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UNIVERSIDAD DE PIURA
FACULTAD DE DERECHO e INGENIERÍA
Curso de Introducción a la Teología TE 1 C, D e I
Profesor: P. Luis Andrés Carpio Sardón
Material para el Control de lectura de la Separata XI
48. ¿PARA QUÉ SIRVE REZAR? 1
Nunca están cerradas
todas las puertas
mientras estemos vivos.
José Luis Martín Descalzo
La sordera de Dios
«Me siento engañada. Me habían dicho que Dios era bueno y protegía y amaba a los
buenos, que la oración era omnipotente, que Dios concedía todo lo que se le pedía.
»¿Por qué Dios se ha vuelto sordo a lo que le pido? ¿Por qué no me escucha? ¿Por qué
permite que esté sufriendo tanto?
»Empiezo a pensar que detrás de ese nombre, Dios, no hay nada. Que todo eso es una
gigantesca fábula. Que me han engañado como a una tonta desde que nací».
Esta queja, amarga y crispada, de una mujer afligida por una serie de desgracias,
corresponde a un estilo de quejas de las más antiguas que se escuchan contra Dios.
Y al hecho de ser actitudes muy poco apropiadas para la oración, se une el hecho de que,
en muchos casos, lamentablemente, son las primeras palabras que esa persona dirige
hacia Dios en mucho tiempo. Y si no reciben rápidamente un consuelo a su medida,
tacharán a Dios de ser sordo a sus peticiones. Martín Descalzo decía que ese tipo de
personas tiene a Dios como un aviador su paracaídas: para los casos de emergencia, pero
esperando no tener que usarlo jamás.
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AGUILÓ PASTRANA, A., ¿Es razonable ser creyente?, 50 cuestiones actuales en torno a la fe, Mundo y
cristianismo, Ed. Palabra, Madrid 2020.
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Visión utilitarista de Dios
Al parecer, su dios era algo que servía para hacerla feliz a ella, y no ella alguien destinada
a servir a Dios. Su dios era bueno en la medida que le concedía lo que ella deseaba, pero
dejaba de ser bueno cuando le hacía marchar por un camino más costoso o difícil.
Con la oración, nos dirigimos a Dios y le expresamos nuestras inquietudes y
preocupaciones. Es cierto que con la oración Dios nos concede lo que le pedimos, pero
solo cuando eso que pedimos sea lo que realmente necesitamos. No tendría sentido que
nos concediera cosas que no nos convienen, y las personas no siempre acertamos a
saber qué es realmente mejor para nosotros. La buena oración no es la que logra que
Dios quiera lo que yo quiero, sino la que logra que yo llegue a querer lo que quiere Dios.
Tratar a Dios como a un fontanero, del que solo nos acordamos cuando los grifos
marchan mal, denotaría una visión utilitarista de Dios. Amar a Dios porque nos resulta
rentable es confundir a Dios con un buen negocio, una instrumentalización egoísta de
Dios. Un dolor, por grande que sea, puede ser el momento verdadero en que tenemos
que demostrar si amamos a Dios o nos limitamos a utilizarlo.
Es verdad que el sufrimiento es a veces difícil de aceptar y de entender. Como ha escrito
la Madre Teresa de Calcuta, nuestros sufrimientos son como caricias bondadosas de
Dios, llamándonos para que nos volvamos a Él, para hacernos reconocer que no somos
nosotros los que controlamos nuestras vidas, sino que es Dios quien tiene el control, y
podemos confiar plenamente en Él.
Son muchos los males que afligen al mundo y a nuestra propia vida, pero eso no debe
llevarnos al pesimismo, sino a la lucha por la victoria del bien. Y esta lucha por la victoria
del bien, en el interior de cada persona y en el mundo entero, nos recuerda la necesidad
de rezar.
La oración... ¿no es hablar solo?
Una profesora explica a sus alumnos de nueve años un ejercicio práctico.
Un grupo debe sembrar unas semillas en dos macetas y ponerlas junto a la ventana del
aula.
Luego, ese mismo grupo se encargará de regar todos los días el primero de esos dos
tiestos. El resto de los alumnos se dedicará a rezar para que germine lo que han
sembrado en el segundo, pero sin echar una sola gota de agua.
El resultado en las mentes de los chicos es fácil de imaginar: el aplastante peso de la
realidad les hace ver que rezar es una gran ingenuidad, puesto que de la primera maceta
pronto brotó una hermosa planta, y en cambio, de la segunda, la oración no consiguió
absolutamente nada.
He recordado esta anécdota, que sucedió realmente, porque a veces nos hacemos una
idea de la oración casi tan extraña como la que aquella profesora quería inculcar en sus
alumnos.
La fe y la esperanza cristianas no son ese balido paciente de ovejas cobardes con que
algunos parecen identificarlo:
El que reza no puede pretender que Dios haga el trabajo que le corresponde hacer a
él.
La oración no es una simple espera de que alguien venga a resolver lo que nosotros
hemos de resolver.
Ni es la aceptación cansina de errores o injusticias que estaría en nuestra mano atajar.
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Tampoco es un vano y supersticioso intento de obtener un poder oculto sobre los
bienes de este mundo.
Rezar no es una especie de diálogo de un maníaco con su sombra. La oración es algo
muy distinto, y millones de seres humanos han encontrado en ella a lo largo de los siglos,
no solo consuelo, sino una luz y una fortaleza grandes.
No son pocos los que desdeñan o incluso se pitorrean ante la misma idea de la oración.
Hablan con sarcasmo de todo lo que suponga rezar a Dios para que se resuelva un
problema social o se abrevie cualquier desgracia o maldad humana. Los que se burlan
de todo eso —señala Juan Manuel de Prada— son los mismos que luego solucionan el
mundo cada día, ensartando rutinarias condenas o repitiendo cansinas obviedades.
¿Acaso son más eficaces esas manifestaciones de protesta o sus expresiones
archisabidas de lamento? Si nos burlamos de la palabra musitada en soledad, si
encontramos irrisorio el coloquio con Dios, en el que una persona emplea todas sus
potencias intelectuales (la imaginación y la memoria, la inteligencia y la voluntad), a las
que suma el fervoroso deseo, ¿no deberíamos también carcajearnos de cualquier otra
reacción pacífica?
¿Por qué ese regodeo de algunos en negar y pisotear la posibilidad del misterio? Un rezo
no va a imponer nuestros anhelos a la realidad, pero puede que, al conjuro de esas
palabras, nuestra pobre naturaleza humana, desvalida y apabullada, ascienda sobre el
barro de sus debilidades y halle una luz que le infunda fortaleza y convicciones. Esas
palabras que pujan por encontrar un interlocutor sobrenatural no son ridículas, ni
estériles, ni pazguatas; son la expresión de personas que se resisten a desfallecer y
claman justicia y enarbolan la voz, como un incienso votivo, para contrarrestar la fuerza
de la maldad.
—Pero muchos dicen que han intentado hablar con Dios y no oyen ninguna
respuesta..., que no escuchan nada en la oración, que es algo inútil.
Nadie profano en la música consideraría inútil un piano por el simple hecho de haber
obtenido una penosa melodía al teclearlo al azar. El problema no es que la oración sea
inútil, sino que hay que aprender a hacer oración. Y en la oración no escucharemos
ninguna respuesta con voz de ultratumba que nos hable solemnemente. La oración no
es cosa de fantasías. La respuesta se escucha con el corazón.
En el silencio del corazón es donde habla Dios. Dios es amigo de ese silencio. Y
necesitamos escuchar a Dios, porque lo que importa no es lo que nosotros le decimos,
sino sobre todo lo que Él nos hace ver.
Dios no habla demasiado alto, pero nos habla una y otra vez a través de todo lo que nos
sucede. Oírle depende de que, como receptores, logremos estar en buena sintonía con
el emisor, que es Dios, y sepamos vencer las muchas interferencias que a veces produce
nuestro propio estilo de vida. Así escucharemos lo que nos pide, o lo que nos reprocha,
y caeremos en la cuenta de lo que espera de nosotros.
Algunos pensarán que orar es cosa de sugestión. Sin embargo, quienes verdaderamente
tratan con cercanía y profundidad a Dios mediante la oración son más reflexivos, más
ponderados, más certeros en sus juicios, con una humanidad más sensible.
—¿Y con tanto rezar, no corren peligro de alejarse un poco de la realidad?
El silencio interior (el que Dios realmente bendice) no aísla jamás a las personas de los
otros seres. Al contrario, les hace comprenderlos mejor, entrar más en su interior. La
verdadera oración otorga a las personas una madurez, un equilibrio de alma y unos
modos sensatos y profundos de entender la vida propia y la de los demás.
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La oración enriquece enormemente a cualquier persona que la practique. Buscar unos
minutos al día de pausa cordial para el encuentro con Dios en el fondo del alma,
elevándose un poco por encima del trajín y el ruido de nuestras actividades cotidianas,
dejando por un rato esas preocupaciones que agobian (o precisamente tratando de ellas
en la presencia de Dios); y tomar, por ejemplo, el Evangelio, o cualquier libro que nos
ayude a elevar nuestro pensamiento hacia Él; y leer una frase, unas pocas líneas, y
dejarlas calar dentro de sí, como la lluvia cae sobre la tierra. Eso, aunque solo sea unos
pocos minutos, pero cada día, a la vuelta de poco tiempo produce un sorprendente
enriquecimiento interior.
49. ¿LA FE CATÓLICA NO ES DEMASIADO EXIGENTE?
Nunca sabe un hombre
de lo que es capaz
hasta que lo intenta.
Charles Dickens
No somos héroes
Quizá recuerdes aquella gran película protagonizada por Orson Welles que se titula “El
tercer hombre”.
Una gran noria gira lentamente sobre los tejados de una Viena de posguerra,
bombardeada y ocupada por las fuerzas internacionales, mientras debajo, como puntos
lejanos, unos niños se entretienen en sus juegos.
El protagonista de la película es un adulterador de penicilina sin escrúpulos. Desde lo
alto de la noria, su amigo le pregunta si ha llegado a ver personalmente la desgracia de
alguna de sus víctimas, y este le contesta cínicamente: «No me resulta agradable hablar
de eso. ¿Víctimas? ¡No seas melodramático! Mira ahí abajo: ¿sentirías compasión por
algunos puntitos negros si dejaran de moverse? ¿Si te ofrecieran veinte mil dólares por
cada puntito que se parara, me dirías que me guardase mi dinero..., o empezarías a
calcular los puntitos que serías capaz de parar tú? Y libre de impuestos. ¡Libre de
impuestos! Hoy es la única manera de ganar dinero...» «Antes creías en Dios», le recordó
su amigo.
El protagonista reflexionó un momento y dijo: «¡Y sigo creyendo en Dios, amigo! Creo en
Dios y en su misericordia; pero creo que los muertos están mejor que nosotros: ¡para lo
que han dejado aquí...!».
Afortunadamente, son pocos los que llegan a ese grado de cinismo. Pero, salvando las
distancias, todos corremos el riesgo de ser seducidos por esa especie de ética de la
normalidad, cuyos eslóganes más emblemáticos podrían ser “eso es lo normal, lo hace
todo el mundo”, “hoy día ya nadie piensa así”, “no hay que complicarse la vida”, “la vida
es así, qué le vamos a hacer”, u otras afirmaciones semejantes.
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“No somos héroes”, podría ser la consigna de los representantes de esta mentalidad.
Una seducción que, de una forma o de otra, todos experimentamos de vez en cuando. Y
quizá entonces, como al tercer hombre, nos asalta ese pensamiento: “No nos pongamos
melodramáticos...”, y apartamos la vista de aquello que no hacemos bien.
En esas ocasiones se comprueba que, para llevar una vida coherente y moral, hace falta
a veces un cierto grado de heroísmo. Para acabar con la esclavitud, o con la tortura, o
con la segregación racial, por citar tres ejemplos no muy lejanos, hubo un tiempo en que
muchas personas tuvieron que actuar contracorriente, con heroísmo. Y esto es aplicable
a cuestiones grandes o pequeñas, porque pocos logros morales pueden alcanzarse sin
esfuerzo.
Razones para obrar en la adversidad
Afortunadamente, han quedado muy atrás aquellos moralismos austeros de otros
tiempos, con esa exagerada exaltación del sacrificio y con desproporcionados
sentimientos de culpa. Ahora, sin embargo, habría que preguntarse: ¿es posible vivir
rectamente sin sacrificio y sin una adecuada noción de culpa?
Es verdad que, al menos a largo plazo, el camino de la virtud es más atractivo que el
camino del vicio. Pero esto no siempre aparece así de claro. Y es precisamente en esas
situaciones, en las que lo bueno se nos presenta rodeado de inconvenientes, y en cambio
lo malo aparece ante nosotros con un enorme atractivo, es entonces cuando la ética se
hace más necesaria. Y esa ética debe ofrecer razones para obrar en la adversidad. Ahí
está el punto débil de esa ética light que se niega a exigir el suficiente nivel de sacrificio:
que luego nos deja en la estacada precisamente cuando más la necesitamos.
¿Quién no se ha encontrado en el dilema de tener que elegir entre pasar por un pobre
escrupuloso o bien ceder ante el dinero fácil, la mujer del vecino o la seducción de la
mentira?
Se trata de situaciones que pueden presentarse a cualquiera, antes o después, con
mayor o menor frecuencia. En esos momentos, la tentación siempre nos invita,
sonriente, a superar prejuicios y estrecheces morales. Y será bien fácil que nos seduzca
si el propio discurso moral se reduce a corrección, buena voluntad, decencia..., pero ni
el más pequeño sacrificio.
Sin embargo, el sacrificio es el gran tema de la ética. Es una ingenuidad pensar que se
puede amar a alguien, repartir bienes escasos, respetar ideas diferentes a las nuestras,
o proteger el medio ambiente..., sin sacrificio. Toda existencia auténtica topa en no pocas
ocasiones con la contrariedad del bien arduo, pues no siempre coincide lo bueno con lo
que va en nuestro provecho o nuestro interés.
—Estás describiendo la ética como algo muy cuesta arriba...
Hay cuestas arriba, pero efectivamente no quisiera teñir la virtud de un aspecto hosco o
antipático. La excelencia moral nunca debe perder su verdadero rostro, que es siempre
amable y liberador. Además, la virtud es un hábito bueno, y como tal, facilita los actos
buenos y permite una atenuación progresiva del esfuerzo.
¿Un talante negativo?
—Muchos tienen la impresión de que la Iglesia lanza continuamente mensajes
negativos, de prohibiciones y de reacciones defensivas.
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Esa impresión varía mucho según las diferentes culturas de las naciones. En tiempos de
la opresión comunista en la Europa del Este, la opinión pública percibía que la Iglesia
anunciaba un mensaje de libertad, que transmitía una energía que también comunicaba
fuerza a los no creyentes y les inspiraba grandes valores. También en África se ve la
Iglesia como una gran fuerza dinámica que sale en defensa de los derechos de todos y
hace frente a las situaciones de injusticia y corrupción del Estado. La Iglesia es también
el mejor valedor del Tercer Mundo, donde emprende numerosísimas iniciativas y
promueve sus derechos y libertades. Y en Latinoamérica la perspectiva es también otra.
Quiero decir con esto que si en Europa se tiende a ver a la Iglesia como una instancia
severa, quizá se debe a que precisamente ahí es donde denuncia muchas cosas que gran
parte de la sociedad ha aceptado solo porque le resulta más cómodo.
Cuando la Iglesia habla, algunos solo conservan en su memoria alguna prohibición moral
(casi siempre en materia de sexo), y les queda la impresión de que la Iglesia solo se ocupa
de juzgar y restringir la vida. Esto puede suceder por falta de acierto en algunas
explicaciones, o por el enfoque o la selección de noticias que hacen los medios de
comunicación, o por lo que sea. Pero las prohibiciones encuentran su sentido dentro de
un contexto más amplio y positivo, al que lamentablemente se presta menos atención.
¿Y si se cediera un poco?
—¿Y no sería mejor que la Iglesia cediera un poco en unos cuantos de esos
detalles que a la gente le cuesta más asumir?
La Iglesia no puede ceder en cuestiones de fe. Además, no resolvería nada: ahí está,
como prueba, la experiencia de muchas de las iglesias protestantes, que tomaron hace
ya tiempo una opción muy condescendiente en todas las cuestiones morales más
debatidas, y el resultado ha hecho evidente que sus problemas no se han resuelto, ni
han disminuido, por aceptar esas prácticas que la Iglesia católica no admite. Esas
“soluciones” no han hecho más atractivo el Evangelio, ni han hecho más fácil ser
cristiano, ni les han mantenido más unidos. Tener claro esto es importante para no
equivocar el diagnóstico de lo que sucede.
Por eso es una lástima que en muchos ambientes (a veces, por desgracia, también en
algunos círculos eclesiásticos), se centre el análisis y el debate siempre en el intento de
cesiones en esos mismos puntos: el celibato opcional, la ordenación de mujeres, el
matrimonio de los divorciados, el uso de preservativos, etc. Y es una pena que se orillen
en cambio muchas otras cuestiones de mayor preocupación para la Iglesia y que apenas
suelen tomar en consideración: por ejemplo, qué podríamos hacer, como cristianos, para
explicar nuestra fe al ochenta por ciento de la humanidad que espera aún el anuncio del
Evangelio; qué podríamos hacer para contribuir más a resolver los grandes retos morales
y de derechos humanos que tiene la sociedad de hoy; o qué podríamos hacer para aliviar
el sufrimiento que produce en tantas personas su alejamiento de Dios y de la verdad.
La solución no está en ese catolicismo débil que adopta una cobarde estrategia de
repliegue, de capitulación constante hasta en lo que más atañe a sus convicciones, de
miedo a expresar su fe con voz alta y clara. Es triste escuchar sus declaraciones sinuosas,
elusivas, vergonzantes, cuando se les inquiere sobre sus certezas religiosas; o asistir a la
declinación de esas certezas si la conveniencia así lo exige; o ver su actitud achantada,
resignada a aceptar cualquier veredicto supuestamente mayoritario. No puede
fundamentarse la fe sobre cimientos tan medrosos y claudicantes.
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Siempre y en todas partes, el Evangelio será un desafío para la debilidad humana, y en
ese desafío está toda su fuerza. A pesar de todas las flaquezas de las personas, la Iglesia
debe continuar incansable en su tarea.
CASO 13: El Sacramento de la Confirmación2
Santiago (16 años) es el "empollón" de su clase. Es muy cumplidor, y al parecer ha
heredado de su padre, que es militar, un arraigado sentido del deber. Ha procurado tener
buena preparación en todo —idiomas, entrenamiento deportivo, informática—, y no se
ha dado cuenta de que a base de dedicar exhaustivamente todo su tiempo a sí mismo
se ha hecho bastante egoísta. En todo caso, es muy celoso del empleo de su tiempo.
Un día, en el recreo del colegio, su amigo Juan le dice que acaba de inscribirse en una
catequesis de confirmación en su parroquia —es la de los dos, pues viven cerca—, y le
anima a hacer lo mismo. Santiago contesta que si es obligatorio confirmarse. Juan le dice
que cree que "tanto como obligatorio, no, pero viene muy bien", aunque no está muy
seguro. Santiago replica que no ve en qué le puede venir tan bien, y que no ve diferencias
entre quienes están confirmados y quienes no lo están, ni en ser mejores personas ni en
ser más cumplidores con la Iglesia. Juan, consciente de que no tiene argumentos muy
sólidos para convencer a su amigo, le propone que vaya a la parroquia y allí se entere
bien, porque se lo explicarán mejor que él. Al final, Santiago se deja convencer, pero sólo
de ir a la parroquia a informarse.
Acuden ambos a la parroquia, pero Santiago no puede hablar con el sacerdote hasta
haber finalizado una de las sesiones de la catequesis. Cuando por fin puede hacerlo, le
dice que, efectivamente, la Confirmación no es algo "imprescindible" para el cristiano, y
por eso no se podía considerar como algo obligatorio. Pero que era muy interesante
porque hace a los que lo reciben "soldados de Cristo" —milites Christi—, y por tanto era
el sacramento de los cristianos militantes. Santiago pregunta si eso lleva consigo algún
compromiso, y el sacerdote contesta que sí: los que se confirman deben comprometerse
a colaborar activamente con posterioridad en las tareas parroquiales. Santiago replica
que no tiene tiempo para eso, y que además no entiende por qué tiene que durar tanto
esa preparación. Recibe la respuesta de que ese compromiso requiere una seria madura-
ción, y que por eso no se debe hacer antes de la mayoría de edad, o sea, 18 años. A esto
contesta Santiago que acaba de estar en una sesión, y que lo que se explicaba ya lo había
estudiado en el colegio hacía dos años, incluso con más detalle. El sacerdote le dice que
eso obedece a que se ha hecho la opción de dirigirse preferentemente a los más
necesitados —de doctrina, en este caso—, y que así estaban las cosas. Santiago insiste
en que no tiene tiempo para ello, y el sacerdote, algo cortante, responde que "si lo que
quieres es ser uno más de los «cristianos—masa», allá tú".
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Julio de la Vega-Hazas
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A Santiago se le quedó grabada esa conversación, y le dio qué pensar. Aunque lo había
disimulado, le había dado rabia que le hubieran dicho que era mediocre en algo. Cuando
Juan le preguntó sobre este asunto, Santiago le contestó que había decidido confirmarse,
pero no ahí. Como no tenía ganas de contar la conversación ni de discutir, puso como
excusa que había oído que en esa parroquia el que confirmaba era un sacerdote —que
tenía no se acordaba qué cargo—, se lo había contado a su madre y ésta le había dicho
que tenía que ser un obispo. En realidad, eran verdaderas tanto la decisión como la
excusa. Había pensado que quizás no se había dado cuenta de que en vivir su fe
probablemente merecía sólo un "aprobadillo raspado", y era una "asignatura" más
importante que aquellas en las que sacaba sobresaliente. Pero, aparte de que no le había
gustado mucho el ambiente en aquella catequesis, le parecía que ese compromiso que
pedían era "hacer pasar por el aro" a la gente sin tener derecho a ello. Se figuraba que
la mayor parte de los asistentes no harían mucho caso una vez confirmados, pero que él
cumplía su palabra, y si no iba a cumplir lo mejor era no darla.
Preguntas que se formulan:
— ¿Qué quiere decir que la Confirmación nos hace milites Christi? ¿Va por eso dirigida a
un grupo selecto de cristianos militantes, o a todos los cristianos? ¿Cuáles son los efectos
de este sacramento? ¿Tiene todo esto algo que ver con la llamada universal a la
santidad? ¿Y con el llamado "sacerdocio común" de los fieles?
— ¿Es la Confirmación un sacramento imprescindible para el cristiano? ¿Depende de
ello el que sea obligatorio o no? ¿Lo es? ¿Qué diferencia hay entre necesidad de medio
y necesidad de precepto? ¿Cómo se aplica aquí?
— ¿Quién es el sujeto de este sacramento? ¿A qué edad se debe recibir? ¿Hay algún
motivo razonable para no administrarlo antes de los 18 años? ¿Por qué? ¿Qué requisitos
debe tener el sujeto para recibirlo? ¿Son razonables las condiciones que ponen a
Santiago? ¿Por qué?
— ¿Quién es el ministro de la Confirmación? ¿Tiene algún fundamento en el Nuevo
Testamento que ordinariamente sea el obispo? ¿Puede conferirlo un presbítero? ¿En
qué ocasiones?
— ¿Cómo juzgarías la actuación de los personajes del caso? ¿Son certeros todos los
razonamientos de Santiago? ¿Hay en él alguna actitud que debería mejorar?
Vid. Catecismo de la Iglesia Católica, nn. 900, 1121, 1285-1314
Comentario:
Se cometen varios errores en este caso. Uno de ellos lo comparten el sacerdote y Juan
cuando estiman que no es obligatorio confirmarse. Se olvidan de que la Iglesia tiene
disposiciones, leyes. Y establece la obligación para todo bautizado, como recuerda el n.
1306 del Catecismo, remitiendo al Código de Derecho Canónico. Es verdad que no es un
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sacramento imprescindible, pero también lo es que su recepción resulta muy
conveniente, y por ello la Iglesia dispone su obligatoriedad.
En Juan este error parece consecuencia de la pura ignorancia, pero en el sacerdote hay
un trasfondo. Concibe este sacramento como destinado a una élite de cristianos
"militantes", "comprometidos". No es así, y no es así porque los "militantes" deben ser
todos los cristianos. Si se considera la doctrina de la llamada universal a la santidad se
entiende fácilmente que debe ser así, y que el sacramento que tiene como fin fortalecer
los efectos del bautismo —de ahí su nombre— debe ir destinado a todos. Por eso se ha
dispuesto que sea obligatorio. Si, en cambio, se piensa que la santidad cristiana está
reservada a unos pocos, entonces la confirmación se restringe a esos pocos: los
"militantes", los "comprometidos". Hay también un error sobre esa "militancia", ya que
se identifica con la adscripción a algún grupo apostólico particular, en este caso
parroquial. Si se leen los puntos del catecismo dedicados a la misión de los laicos (897—
913), se podrá comprobar que su principal misión deben realizarla en su lugar en el
mundo, santificando desde dentro las realidades temporales; también, si quieren,
pueden integrarse en algún grupo, pero condicionar este sacramento a un compromiso
con la parroquia sería un abuso: ni lo pide la ley eclesiástica, ni se corresponde con la
libertad de los fieles para realizar su apostolado del modo que estimen más conveniente:
por su cuenta, asociándose con otros, o adscribiéndose a una organización si así lo
desean (por supuesto, a la que ellos elijan). Por supuesto, esto no debe entenderse como
algo peyorativo sobre las obras parroquiales, que son de suyo buenas y muy necesarias.
También hay un menosprecio de la ley cuando se pone la propia opinión sobre lo que
está dispuesto. Esto aquí se cumple a propósito de la edad. Lo establecido de modo
general es que se reciba hacia la edad del uso de razón, aunque las Conferencias
Episcopales puedan señalar otra edad. En España, la ha señalado: alrededor de los 14
años. ¿Pero no requiere una seria maduración? Contesta el n. 1308 del Catecismo: "Si a
veces se habla de la Confirmación como del 'sacramento de la madurez cristiana', es
preciso, sin embargo, no confundir la edad adulta de la fe con la edad adulta del
crecimiento natural, ni olvidar que la gracia bautismal es una gracia de elección gratuita
e inmerecida que no necesita una 'ratificación' para hacerse efectiva". O sea, que más
que requerir esa madurez, el propósito del sacramento es más bien ayudar a hacerla
posible.
Por supuesto, para que la gracia obtenga sus frutos es necesaria la cooperación humana.
Santiago puede no ver diferencias entre los que se han confirmado y quienes no lo han
hecho, pero eso sólo muestra que somos libres, y que podemos sacar provecho de la
gracia recibida, o podemos no hacerlo. De todas formas, los efectos se producen.
Aumenta la gracia santificante —"aumentar" supone que se poseía previamente: este
sacramento debe recibirse en gracia, de lo contrario su recepción es sacrílega—, y
confiere gracia sacramental y carácter que refuerzan los bautismales.
La excusa que pone Santiago sobre el ministro del sacramento es otro error. El ministro
ordinario del sacramento es el obispo, pero, por otra parte, éste puede delegar en un
sacerdote, tanto para un caso concreto como indefinidamente; más aún, el propio
Derecho de la Iglesia efectúa esa delegación en algún caso, como es en el caso del
bautismo de un adulto, para que el sacerdote bautizante pueda administrarle este
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sacramento en la misma ceremonia. Otros detalles sobre este sacramento —materia,
forma, etc.—, pueden encontrarse expuestos con claridad en el Catecismo.
Por lo demás, cabe preguntarse por la conducta de Santiago. Como todo el mundo, tiene
virtudes y defectos. Entre estos últimos parece que debe incluirse el egoísmo y el orgullo.
Pero no carece de virtudes. Es trabajador y recto, pues cuando se da cuenta de que no
tiene muy cuidada su vida espiritual toma alguna medida para subsanarlo, y por lo que
se ve juzga las cosas con objetividad, aunque a veces no esté muy bien informado. Y, por
lo que se ve, tiene también una virtud nada despreciable: es hombre de palabra, por lo
que juzga adecuadamente que si no va a cumplir lo que se le exige, aun siendo como es
abusivo, es mejor irse a otro sitio.