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Sartre en La Habana o La Rectificación de La Mirada

El artículo analiza las impresiones de Jean Paul Sartre sobre la Revolución Cubana, destacando su confusión ante la dualidad de rascacielos y pobreza en La Habana. Sartre reflexiona sobre la pedagogía revolucionaria y su propia incapacidad para comprender la ciudad, simbolizando su lucha entre entender y aprender. La crítica se centra en cómo la Revolución intenta erradicar el capitalismo mientras enfrenta la realidad de la desigualdad social persistente.

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Sartre en La Habana o La Rectificación de La Mirada

El artículo analiza las impresiones de Jean Paul Sartre sobre la Revolución Cubana, destacando su confusión ante la dualidad de rascacielos y pobreza en La Habana. Sartre reflexiona sobre la pedagogía revolucionaria y su propia incapacidad para comprender la ciudad, simbolizando su lucha entre entender y aprender. La crítica se centra en cómo la Revolución intenta erradicar el capitalismo mientras enfrenta la realidad de la desigualdad social persistente.

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6/5/25, 15:51 La Habana Elegante - La Ronda

La Azotea de Reina | El barco ebrio | Ecos y murmullos | Café París | La expresión americana
Hojas al viento | La lengua suelta | En la loma del ángel | Panóptico habanero | La Ronda | La más verbosa
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Sartre en La Habana o la rectificación de la mirada


Francisco Morán

El filósofo y escritor francés Jean Paul Sartre fue un testigo de excepción de los primeros
momentos del fervor revolucionario en Cuba, y sus impresiones
quedaron recogidas en su libro sobre la Isla. Nosotros reproducimos
aquí la traducción del primer capítulo - “Havana - Skycrapers and
Poverty” - de Sartre on Cuba (New York: Ballantine Books, 1961). En
cierta medida, este primer capítulo dicta la tónica del libro: se trata de
contraponer el modelo de la Revolución Cubana a una idea, digamos
que universal, de la revolución, contraposición que conduce,
inevitablemente, a continuos ajustes y reajustes de la mirada sartreana.
Curiosamente, estos ajustes están mediados; o mejor, son iniciados,
más que por una reflexión del yo autorial, por la pedagogía
revolucionaria. Llama la atención el hecho de que, mientras Sartre ve el
afán pedagógico como rasgo característico de los discursos de Fidel
Castro, él, por su parte, ocupe constantemente el pupitre del
estudiante. Precisamente, la clave del libro de Sartre habría que
buscarla en la tensión entre comprender/no comprender, por un lado, y
explicar - enseñar, educar, - y finalmente aprender, por el otro. No
resulta, pues, casual, el comentario con que abre el libro: “Esta ciudad,
tan fácil de comprender en 1949, me ha confundido. Esta vez no he entendido nada.”
En este sentido, la metáfora de la mirada, del ojo, resulta insoslayable. Lo primero que perturba a
Sartre es que no puede leer la ciudad: los rascacielos no se unen, no forman un paisaje, se dispersan
y lo dispersan. Será el acto discursivo revolucionario - literalmente, el discurso de un ministro, Oscar
Pino Santos, el que le revele su padecimiento: retinosis pigmentaria, enfermedad que “se manifiesta
en una pérdida de la visión lateral.” Obsérvese que dos de los aspectos más llamativos de la ciudad
que concentran la mirada sartreana - el lujo y los rascacielos - lo llevan a lecturas que, en ambos
casos, revelarían esa carencia de “visión lateral,” y que serán igualmente corregidas por la
oftalmología revolucionaria; primero, por el ministro; luego, por Carlos Franqui.
No queremos concluir esta breve introducción sin antes llamar la atención sobre dos momentos del
texto sartreano que nos parecen importantes. El primero de ellos es la inquietud que, desde el
momento mismo del triunfo revolucionario, suscita el espacio urbano como escenario de la disipación,
del despilfarro, de la mascarada, y del deseo. Este espacio, que Sartre descubre inicialmente con una
indudable fascinación, se transforma, casi enseguida, en metonimia de aquello que debe ser
cancelado por la acción revolucionaria: el capitalismo. De hecho - e irónicamente - lo que provoca las
fricciones entre Urrutia, el primer presidente, y la comandancia del ejército rebelde, fue la
intransigencia del primero, empecinado en sanear la ciudad y extirparle sus vicios. Tal radicalización,
en los primeros momentos de la Revolución, era altamente peligrosa, y fue rechazada por Fidel

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Castro.
Lo segundo que queremos
subrayar es el carácter profético -
él no podía imaginar en qué
extensión lo serían - de las
lucubraciones de Sarte sobre el
destino de los carros americanos
en la Revolución Cubana.
No tenemos duda de que
nuestros lectores disfrutarán de
estas páginas, que, para no
aburrirlos con estas meditaciones,
interrumpimos de una buena vez.

La Habana -
rascacielos y pobreza
Jean Paul Sartre

(traducción de Francisco Morán)

Esta ciudad, tan fácil de comprender en 1949, me ha confundido. Esta vez no he entendido nada.
Estamos viviendo en la zona residencial. El Hotel Nacional es una fortaleza de lujo, flanqueada
por dos torres cuadradas almenadas.
A los clientes que proceden del
continente se les exigen dos
cualidades: fortuna y gusto. Puesto
que éstas son raramente
conciliables, si usted tiene lo primero,
ellos asumirán, sin examinarlo muy
de cerca, que también tiene lo
segundo.
A menudo me encuentro en el
pasillo con altos, elegantes y
deportivos “yankis” (aún son
llamados así en Cuba, a menos que
uno los llame “americanos”). Miro
sorprendido sus rostros fríos. ¿Qué
es lo que los apabulla? ¿sus millones
o sus sentimientos?
No es problema que me concierna
en modo alguno.
Mi millonaria habitación de hotel podría contener mi apartamento en París. ¿Qué puede uno decir
sobre esto? Hay sedas, mamparas, flores bordadas o en vasos, dos camas dobles para mí solo -
todas las comodidades.
Pongo el aire acondicionado al máximo para disfrutar del frío del rico. Mientras hay 860 a la
sombra, me acerco a la ventana y, tiritanto voluptuosamente, miro al transeúnte que suda.
No tuve que buscar mucho para hallar las razones que subyacen en la supremacía aún no
desafiada del Nacional. Sólo tuve que correr las persianas. Vi fantasmas estirando sus miembros
hacia el cielo.
El Nacional domina el mar, a la manera de las ciudadelas coloniales, las cuales han estado
vigilando el puerto por tres siglos. Detrás de él, nada: sólo el Vedado.
El Vedado era un espacio resguardado - contra los hombres, no contra las plantas. Este suelo
prohibido estaba consumido por una jungla de hierba. Entonces en 1952 fue dividido en lotes, y
súbitamente desapareció la yerba. Queda un pago pedazo de suelo, henchido por la erupción de esas
locas protuberancias: los rascacielos.
Personalmente, me gustan los rascacielos: los del Vedado, tomados uno a uno, son bonitos. Pero
están por todas partes. Cuando el ojo intenta unirlos, se escapan - no hay unidad, cada uno por su
cuenta. Muchos son hoteles: el Habana Hilton (ahora el Habana Libre), el Capri, y otros veinte.
Es una carrera por ganar pisos. “Uno más, ¿quién añadirá uno mejor? A los quince pisos usted tiene
un rascacielos de bolsillo. Cada edificio lucha por mirar al mar por encima de los hombros de su
vecino. Poderoso, desdeñoso, el Nacional le vuelve la espalda a esta agitación. Seis pisos, ni uno
más: ahí reside su título de nobleza.
Está también esto: la revolución está inventado su arquitectura, que será hermosa; está
levantando sus propias ciudades desde el suelo. Mientras tanto, combate la americanización al

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oponerse a la herencia colonial.


Contra la voracidad de la madre patria que
era España, Cuba citó antes la independencia
y la libertad de los Estados Unidos; hoy, contra los Estados Unidos, busca las raíces nacionales y
recuerda la imagen de sus anteriores colonizadores.
Los rascacielos del Vedado son los testigos de su degradación; nacieron bajo la dictadura. El
Nacional, ciertamente, no es muy viejo, pero fue construido antes de la decadencia, antes de la
dimisión. Los revolucionarios sólo son indulgentes con los edificios construidos por sus abuelos
durante el primer período de la democracia.
Por lo tanto, ellos opusieron una forma de lujo a otra; pero, me dije
a mí mismo, la aspiración nacional de Cuba no se redujo a esto. Por
supuesto, la gente me hablaba de la Revolución todos los días. Pero
era necesario verla trabajando, formulando un programa.
Mientras tanto, yo buscaba eso en las calles de la capital. Simone
de Beauvoir y yo caminamos durante horas cada en cada salida;
fuimos a todas partes. Encontré que nada había cambiado. O mejor, sí:
en las secciones de la clase trabajadora la condición del pobre no me
pareció, ni mejor, ni peor que antes; en los otros distritos los visibles
signos de riqueza se habían multiplicado.
El número de autos se había multiplicado y triplicado - Chevrolet,
Chrysler, Buick, De Soto, todas las marcas. Uno llamaba un taxi; se
detenía - era un Cadillac. Estos coches voluminosos y engalanados
iban al paso del caminante, o se alineaban detrás de una carretilla.
Cada tarde, un torrente de luz eléctrica se suelta en la ciudad. El
cielo está pintado de rosa, de malva; el neón parlotea en todas partes y
se jacta de los productos hechos en los Estados Unidos.
Sin embargo supimos que el gobierno había gravado con impuestos
los artículos de lujo. Supimos también, o creímos que sabíamos, que
controlaba la moneda, aconsejaba contra viajes de placer al extranjero,
y había tomado una serie de medidas para alentar el turismo
doméstico. Esto no impedía que una aerolínea ofreciera, en letras de fuego junto al borde del océano,
transportar cubanos a Miami.
Los restaurantes de lujo hacían lejión. Uno puede cenar cómodamente, pero el precio es elevado:
nunca por debajo de seis dólares por cabeza, a menudo por encima de diez. Uno de ellos había sido
el “capricho” de un equívoco ministro. Su excelencia construyó allí un jardín de rocas, con cristales y
un elaborado trabajo de gruta. Tenía rocas esculpidas a imagen de la naturaleza: había marcado el
cemento de los caminos con flora y fauna petrificadas, forzó la percepción hasta el punto de
reinventar el mundo mineral: la piedra había sido tallada en la forma de una piedra. Para animar este
pequeño universo, añadió leones reales, enjaulados. Ahora las jaulas están vacías.
En vez de los leones y el ministro, uno ve vestidos veraniegos. Caballeros, obviamente
extranjeros, contemplan con un aire desconcertado estos minerales encantados. Cuando estuve allí,
se hablaba inglés en todas las mesas. Uno cenaba con velas - ése es el grado máximo del lujo para
un ciudadano libre de los Estados Unidos. La electricidad fluirá si uno lo pide con una señal. Nadie
hace esa señal. La ostentación es desdeñada. Junto al lagrimeo de una vela de cera uno les
demuestra a todos la visible degradación de la costosa pompa del consumo.
Los clubes nocturnos son más numerosos que nunca. Alrededor del Prado - la calle del turismo
norteamericano - hay un enjambre de ellos. Sobre sus puertas, la electricidad reafirma sus derechos.
Nombres seductores y parpadeantes atraviesan los ojos del caminante.
En Tropicana, el salón de baile más grande del mundo, había una muchedumbre en torno a las
mesas de juego. ¿Entonces se juega en Cuba? ¿Todavía juegan? Uno de nuestros acompañantes
replicó brevemente: “jugamos.”
Las máquinas de monedas fueron suprimidas. Pero la lotería nacional continúa. Hay casinos y, en
todos los grandes hoteles, salones de juego.
En cuanto a la prostitución, varias casas fueron cerradas al principio, pero luego no volvieron a ser
molestadas. Recordando este balance bastante negativo me dije a mí mismo durante los primeros

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días, en sus comienzos todas las
revoluciones, o casi todas, tienen una
característica en común: la austeridad.
¿Dónde está la austeridad cubana?

Hoy, en una mañana nublada, estoy


sentado a la mesa; veo desde las ventanas
el congelado tumulto de paralelepípedos y
rectángulos, y me siento curado de esta
maligna aflicción, la cual me había
escondido realmente la verdad sobre Cuba:
retinosis pigmentaria.
No es una palabra de mi vocabulario.
No me di cuenta hasta esta mañana del mal que ella designa. Para decir la verdad, la encontré
mientras leía un discurso del ministro cubano, Oscar Pino Santos,
pronunciado el 10 de julio de 1959:
“Luego de varios días o varias horas en La Habana,” dijo, “no creo que
ningún turista extranjero pueda comprender que Cuba es una de esas
naciones más afectadas por esa tragedia internacional, el subdesarrollo...
“Él vería de esta isla sólo una ciudad con magnificentes bulevares,
vendiendo artículos de la más alta calidad en las tiendas más modernas.
¿Cómo podría creer en nuestra miseria si cuenta las antenas de televisión
junto a las avenidas? ¿Piensa, luego de tantas señales, que somos ricos,
con las herramientas modernas que nos permiten tener una alta productividad?”
Hay, dijo Pinos Santos, un tipo de enfermedad de los ojos llamada retinosis pigmentaria que se
manifiesta en una pérdida de la visión lateral. Todos los que se han ido con una visión optimista de
Cuba están bastante enfermos. Ellos miran directamente al frente, nunca desde la esquina del ojo.
Bien. El viajero mal informado no carece de excusas. Me dije a mí mismo, ya tranquilizado, que me
estaba culpando por nada. Uno se sobrepone rápidamente a esta enfermedad. Sólo es culpable el
turista si se permite a sí mismo desconcertarse y se marcha contento.
“Retinosis.” La palabra se me escapaba. Pero por varios días ya he entendido mi profundo error.
Sentí que mis prejuicios vacilaban. Para descubrir la verdad de esta capital, tendría que ver las cosas
al revés.

Fue por la noche. Regresaba en avión de un viaje por el interior de la isla. El piloto me llamó a la
cabina de mando: estábamos aterrizando. Ya metíamos la nariz en un grupo de joyas - diamantes,
rubíes, turquesas. El recuerdo de una conversación reciente volvió a mí en ese momento,
impidiéndome admirar ese archipiélago de fuego contra el cristal negro del mar. Estas riquezas no
eran cubanas. Una compañía yanki producía y distribuía la energía eléctrica para toda la isla. Había
invertido sus fondos “yankis” en Cuba, pero sus oficinas permanecían en los Estados Unidos y
repatriaba sus ganancias.
El fuego creció, las piedras preciosas enorgullecidas, se volvieron chispeantes frutas; el vestido de
la noche se alejó. Casi tocando pista, vi aparecer las luces, pero me dije a mí mismo, “lo que está
brillando es oro extranjero.”
A partir de ese momento, cuando apretaba el interruptor por las tardes, sabía que mi habitación se
iluminaba por la gracia de una compañía eléctrica
- la misma, por tanto ellos me dijeron, que
controlaba el monopolio de la electricidad en casi
toda América Latina. En el puerto de Nueva York
la lámpara sostenida por la inmensa e inútil
Estatua de la Libertad tomaba su verdadero
sentido: los norteamericanos iluminaban el
Nuevo Mundo al venderle, a un precio bastante
caro, su propia electricidad.
De modo similar la telefónica cubana
pertenecía a una firma americana. Esta
compañía había invertido en este negocio algún
capital excesivo. Cuando los cubanos llamaban,
se comunicaban, para decirlo en breve, con la
benevolente autorización de los Estados Unidos.
Yo lo había malinterpretado todo. Los que tomé como signos de riqueza eran, en efecto, signos de
pobreza y de dependencia. A cada timbre del teléfono, a cada pestañeo del neón, una pequeña pieza
de dólar dejaba la isla y formaba, en el continente americano, todo un dólar con las otras piezas que
estaban esperando por ella.
¿Qué hay que decir de un país cuyos servicios públicos son delegados en los extranjeros?
Conflictos de intereses. ¿Qué podían hacer los cubanos contra el inmenso fondo de inversiones que
monopoliza la corriente eléctrica en todos los estados latinoamericanos? Esta compañía debe tener
una política extranjera, y Cuba es sólo un peón en el tablero de ajedrez.
Ahora, una nación forja su unidad en la misma medida en que sus miembros se comunican entre

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sí. Si el extranjero se impone sobre los ciudadanos como un permanente intermediario, si hace falta ir
a través suyo para encender la luz en el trabajo, en el estudio, o aún en la vida privada, si la
electrificación del campo es decidida o postergada en otra capital, por los habitantes de otro país, la
nación se fractura, sus ciudadanos profundamente divididos. Los monopolios norteamericanos
introdujeron en Cuba un estado dentro del estado. Están reinando en una isla vuelta anémica por una
hemorragia financiera.
Cada vez que la grúa del puerto descarga un nuevo carro americano en los muelles, la sangre
corre más fuerte y más rápido. Me dijeron, “cada año los autos nos cuestan millones.”
Miré más de cerca los carros en Cuba y descubrí la primera marca de la revolución. Los cubanos
los hacían brillar, ciertamente - el cromo y el níquel
resplandecían. Pero estaban algo pasados de moda. Los
carros más nuevos ya eran al menos 14 meses viejos,
quizá 18. En Chicago o Milwaukee sus hermanas gemelas
habían sido lanzadas al basurero. Dicho en pocas
palabras, Cuba no estaba ya más en la avanzada. El
gobierno sabía lo que hacía cuando golpeó tan
fuertemente sobre estas lujosas importaciones. Los
propietarios de carros ya no podían mantener el ritmo del
continente.
Mirando el incesante desfile de carros, el cual me
había sorprendido la noche anterior, me dije a mí mismo
que estaba mirando a los muertos. Fue la revolución la
que los había restaurado, la que había emprendido la tarea de mantenerlos funcionando. Tenían que
durar un largo tiempo.
Cubanos por adopción, estos carros americanos servirían aún a Cuba por largos años. Luego de
diez o de veinte trabajos de reparación, les habrán
ahorrado a la isla diez, veinte veces más millones
que los que habían costado. En este sector, al
menos, la hemorragia se había detenido.
Por lo que siguió, comprendí mejor el sistema
que había atascado las calles de La Habana con
estas pesadas máquinas. Vi que seis o siete
personas se apretaban en cada carro y que los
propietarios vestían sin refinamiento, a veces
pobremente. En Europa los carros marchan con la
holgura en el vestir, con la prosperidad económica.
Por lo general es la clase media la que los compra.
Pero por mucho tiempo Cuba se había rendido a la
influencia de los Estados Unidos, donde la clase media más baja y los trabajadores mejor pagados
tienen los medios para adquirir un automóvil.
Los cubanos imitaban a los yankis sin tener sus medios. Las cosas más caras eran accesibles,
para decirlo en pocas palabras, para carteras bastante vacías, a condición de morirse de hambre. Los
cubanos aceptaron morir un poco, detrás
de sus paredes, a fin de aparecer en
público tras el timón de un Chrysler.
Aprendí también a ver de una manera
distinta el Vedado y sus rascacielos. Una
tarde le pregunté a Carlos Franqui, el
director del periódico Revolución, acerca
de la fiebre que se había apoderado del
Vedado en 1952.
¿Quiénes habían construido los
rascacielos? Los cubanos. ¿Con qué
capital? Con capital cubano.
“¿Son tan ricos?”
“En verdad, no,” me dijo. “Hay
algunas grandes inversiones, pero
mayormente viene de pequeños y
medianos ahorros. Imagina algunos
comerciantes maduros de edad que han
guardado cinco mil, diez mil dólares en
su vida. ¿Dónde querrías que los invirtieran, puesto que la industria no existe en Cuba?
“¿Nadie les propuso crear sus propias industrias?”
“Varios aventureros: algunos pequeños minoristas que querían desarrollar sus empresas. Nunca
salió bien; a los terratenientes no les gustó. Lo expresaron así, y el apresurado fabricante terminó por
comprender. Además, en ningún caso él habría vendido ni una sola parte de la reserva. Esa es la
costumbre entre nosotros - la construcción de edificios lo consume todo. Para nuestra clase media es
la inversión más segura.”
Veo ahora que estos modernos palacios nacieron de los malos hábitos de un país subdesarrollado.

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La riqueza, en Cuba, significa la tierra. Les ha dado a varias
familias millones de dólares y una virtual nobleza. La clase
media, impresionada por la aparente estabilidad de la propiedad
de la tierra, imaginó que era una inversión segura. Debido a la
escasez de tierra, adquirieron parcelas; debido a que no podían
sembrarlas, las cubrieron de edificios. A la ventura industrial,
prefirieron la engañosa estabilidad de la renta. Las máquinas
giran; cambian; son cambiadas. Todo gira en torno a la pregunta
¿a dónde va todo? La riqueza de los bienes raíces, por el
contrario, por su nombre mismo, es tranquilizadora. La piedra
construida es inerte, y por lo tanto, estable; y nadie puede
trasladarla a otro lugar puesto que no se mueve.
Instigados por Batista y por los especuladores que lo
rodeaban, estos pequeños ricos de un país pobre fueron
lanzados, sin preveer las consecuencias, a la loca aventura de
competir con Miami. Hoy, estos soberbios apartamentos son una
carga para ellos. El rascacielo del Vedado es una copia que
contradice a su modelo. En los Estados Unidos la máquina vino
primero; ella determinó el estilo de la morada.
En Cuba, la locura de los rascacielos tuvo un sólo significado
- reveló la terca negativa de la burguesía acaparadora a
industrializar el país.

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