Una Emmanuelle emprendedora y aburrida
Carlos Rehermann
El libro de Marayat Rollet-Andriane que haría popular el nombre Emmanuelle se
publicó en 1959 sin nombre de autor. La edición circuló por toda Francia al punto que
en 1967, ya su ambiente libertino tras el escudo de la píldora anticonceptiva, el libro se
publicó con un seudónimo de la autora: Emmanuelle Arsan. Aunque no se hacía énfasis
en la veracidad de los hechos narrados en el libro, el editor publicó una foto de
Marayat desnuda, que instaló la idea de que se trataba de una especie de
autobiografía, junto al requisito de lo que la moda actual llama “autoficción”: que el
nombre del protagonista sea el mismo que el que figura en la tapa como autor.
Marayat era tailandesa, aunque con ancestros franceses. Su familia tenía medios de
sobra como para que la muchacha estudiara en Suiza y no tuviera que ocuparse de
asuntos tan banales como trabajar. Se casó muy joven con un diplomático francés que
la doblaba en edad y ambos se instalaron en Bangkok, que es el lugar donde se
desarrolla la trama de su novela.
El libro cuenta las aventuras eróticas de una muchacha casada, una exploración de su
sexcualidad a través de una serie bastante estándar de experiencias. Un estándar del
género pornográfico, que más o menos se repite, desde siempre, de la siguiente
forma.
Una escena de presentación de personaje de pocas líneas; a continuación una escena
de sexo, generalmente heterosexual, que obra como grado cero; un período
refractario, otra escena de sexo (puede ser autoerotismo o lesbianismo); otra pausa,
otra escena de sexo (aquí aparecen algunas variedades de parafilia, que en
Emmanuelle tiene que ver con sujeción, pedofilia y voyeurismo); descanso; y así hasta
terminar el libro, que en este caso insiste bastante con la homosexualidad femenina,
algo de masculina y bisexualidad, en un ambiente exótico y con otras variantes
transgresivas (por ejemplo, un fumadero de opio en Bangkok), tríos y swinging.
El éxito del libro en 1967 llevó rápidamente a una traducción al inglés en 1971, el
rumor de que el autor no era Marayat sino su esposo (nunca se pudo confirmar, de
manera que conviene descartarlo) y una adaptación a cine en 1974 que se convirtió en
un éxito de público internacional nunca antes, ni después, alcanzado por una película
francesa, el mayor éxito económico en la historia de esa industria.
La novela tuvo dos secuelas; la película seis. En los años setenta hubo un florecimiento
de cine erótico y pornográfico que manifestaba un rasgo extraño para el género: las
películas tenían argumento. Garganta profunda, de 1972, es probablemente la que
mejor representa ese efímero giro de la industria. La protagonista rechaza el sexo
porque no logra tener orgasmos. En esos años el término orgasmo era tan malsonante
como una palabrota. La palabra mágica era “frigidez”, un calificativo que hacía énfasis,
taimadamente, en la negatividad y en echar la culpa a una característica de las
mujeres, esquivando la mayor parte de las causas de la anorgasmia. Garganta
profunda dio un paso interesante: la protagonista no tiene orgasmos porque su clítoris
no está en el lugar que sus ocasionales amantes creen: ella lo tiene en la garganta. Esto
lo descubre un médico (era, hay que recordarlo también, la época en que Masters y
Johnson trataban de explicar lo que llamaron “respuesta sexual humana” con cierto
método científico y desinteresadas experiencias personales). El motivo de su
insatisfacción no está en el carácter sino en el cuerpo de la mujer. Sigue siendo
atribuido a la mujer, pero al menos el cuerpo empieza a estar presente, es decir, hay
una objetividad que desplaza la cuestión de supuestos problemas mentales, y se
nombran cosas hasta entonces casi nunca mencionadas en una película pornográfica,
como “orgasmo” y “clítoris”.
Emmanuelle dio, un pare de años después de Garganta profunda, un paso más, y allí es
donde debe buscarse la razón de su popularidad. La muchacha, joven y con cierta dosis
de inocencia, se explora a sí misma. Casada, no se mantiene adherida a su marido, sino
que, con serena curiosidad, prueba un repertorio de prácticas sexuales que la hacen
dueña de su cuerpo y de su placer.
Cincuenta años más tarde de su lanzamiento, la película parece bastante parecida a
mucho cine erótico posterior, aunque las mujeres se retratan con menos
esquematismo del que se sigue viendo hoy en día en la mayor parte de las
producciones industriales de todos los géneros. También resulta un poco pacata, con
una cierta cantidad de clisés y lo que hoy consideramos incorrecciones inaceptables
(por ejemplo, el sexo con una menor de edad) y concesiones excesivas al público
masculino heterosexual (gran cantidad de lesbianismo, varones mucho mayores que
las mujeres, algo que era el eje de El último tango en París, de1972). Pero se entiende
que se trata de una película que abrió una ruta distinta a la tradición de entonces.
La película de 1974, y luego la historieta de Guido Crepax de 1978, son adaptaciones
muy fieles al espíritu del libro. La novela está correctamente escrita y bien
estructurada. No intenta legitimarse con florituras, es directa y simple, y se detiene,
con naturalidad, sin artificios, en cierta descripción de los estados de ánimo y los
sentimientos de Emmanuelle. Pero su fuerte es la trama, el argumento, el recorrido del
personaje, que no tiene ninguna complejidad y más bien oficia como reflejo de una
feminidad de la segunda mitad del siglo XX que examina el mundo para tomar
posesión de él sin muchos aspavientos.
Lo que no se explica es la nueva versión de Emmanuelle, que al final de los créditos se
presenta como “basada en el personaje creado por Emmanuelle Arsan”, pero que se
promociona como una remake de la película de 1974. Si bien sigue en algunos
aspectos la trama del libro, se aparta en bastantes aspectos centrales. Se ambienta en
Oriente, pero no en Tailandia, sino en Hong Kong, y la mayor parte de la acción ocurre
dentro de un hotel de super lujo. Si en 1974 Bangkok aportaba el exotismo que cierta
mentalidad europea o europeizante sentía que iba bien con el erotismo, en la película
de 2024 el ambiente de lujo se emparenta con la esquemática fantasía erótica del
hotel por horas con habitaciones temáticas. Emmanuelle no es, en esta película, una
chica recién casada, sino una empleada de una trasnacional que va al hotel a hacer un
trabajo de inspección y recibe la orden de encontrar un motivo para despedir a la
gerenta. Quizá el erotismo que es capaz de representar la industria de hoy sea la
mostración de ambientes ultralujosos, personajes llenos de dinero que se enredan en
sábanas de bambú y miran hacia techos tan altos que jamás se alcanzan a ver, en este
mundo lacado de emprendedurismo que domina el sistema solar en estos días.
La película es frígida, no en el sentido de antaño (ahora que se pueden comprar en
Amazon los más variados proveedores de orgasmos), sino estrictamente debido a la
temperatura emocional que manifiesta. Helada, distante, con segmentos delirantes
llenos de bomberos y plomeros, su fuerza dramática se limita a avanzar por el camino
riesgoso de la carrera laboral de la protagonista y su víctima potencial (la gerenta). El
erotismo se reduce a momentos gélidos de aburrimiento tanto de la protagonista
como de los espectadores.
El libro es una curiosidad histórica; la primera Emmanuelle es un hallazgo inocente que
representa a cabalidad su tiempo; la última, un desaguisado nacarado y suavecito.