IMPRESIONISMO
Es un movimiento renovador que se desarrolla en Francia durante la segunda mitad del s XIX como
reacción contra el academicismo y el romanticismo. Parten de la aproximación a la realidad propia del
Realismo. Abren la puerta a muchos movimientos posteriores, desde los post- impresionismos hasta la
abstracción.
Quieren plasmar la sensación, la impresión lumínica, el instante. Para captarlo inician la pintura al aire
libre.
Es un estudio de la visión, no del modelo. Importancia de la pincelada y el color, sin línea ni dibujo.
Los temas se toman como desencadenantes de la pintura, y a menudo provienen de la vida cotidiana.
CLAUDE MONET
Impresión sol naciente (inicio de corriente)
Es mucho más que una simple vista portuaria: es la obra que dio nombre al movimiento impresionista,
cambiando para siempre el rumbo del arte occidental. La pintura representa el puerto de El Havre —ciudad
natal de Monet— al amanecer, con el sol elevándose sobre el horizonte y reflejándose en el agua,
envuelto en una atmósfera brumosa y vibrante.
La escena muestra un paisaje marino apenas esbozado: algunas barcas en primer plano, grúas, mástiles y
barcos en el fondo envueltos por la neblina, y el sol anaranjado destacándose sobre una paleta dominada
por azules y grises fríos. Lo más importante no es la fidelidad del dibujo ni el detalle, sino la sensación
fugaz de luz y atmósfera que la escena transmite. Monet no busca representar la realidad objetiva, sino la
impresión visual instantánea, tal como es percibida en un momento concreto del día, con sus cambios de
color, luz y ambiente.
Desde el punto de vista técnico, la pintura se caracteriza por una pincelada suelta y rápida, sin contornos
definidos. Los trazos visibles y vibrantes, junto con una paleta limitada pero eficaz, crean una sensación de
movimiento y vida. Los reflejos en el agua están pintados con pinceladas horizontales, mientras que las
verticales sugieren los mástiles y estructuras industriales al fondo, lo que otorga a la obra un dinamismo
compositivo discreto pero muy efectivo.
En cuanto al contenido, la obra representa el amanecer sobre un puerto moderno, con elementos de la
industria, el comercio y la navegación. Sin embargo, la presencia humana está apenas insinuada. Monet
transforma lo cotidiano —el puerto, el trabajo, la ciudad— en una escena casi onírica, donde lo importante
es el encuentro entre la naturaleza y la percepción individual. Es una obra que habla de lo efímero, de la
luz que cambia, del instante que se escapa.
La pintura fue exhibida en 1874 en la primera exposición colectiva del grupo de artistas que más tarde
serían conocidos como los impresionistas. Fue precisamente el título irónico que un crítico usó para
burlarse de la obra —“impresión… ¿eso es todo?”— lo que dio nombre al movimiento. Sin embargo, ese
término que se usó con desdén se transformó en una declaración de principios: el arte ya no debía copiar
la realidad, sino captar su efecto, su vibración, su atmósfera.
“Impresión, sol naciente” es, por tanto, una obra revolucionaria en su humildad: no representa una historia
épica, ni una figura heroica, ni un paisaje glorioso, sino una sensación íntima y personal, compartida a
través del color y la luz. Monet abre con esta obra un nuevo camino para la pintura: el del arte moderno,
donde la mirada del artista y su percepción subjetiva son tan importantes como el objeto representado.
En resumen, esta obra es un símbolo del nacimiento del impresionismo, un movimiento que rompió con las
normas académicas y cambió la manera de ver y representar el mundo. Con unos pocos trazos y colores,
Monet nos ofrece no solo una imagen del amanecer, sino la experiencia emocional de estar ahí, viendo
cómo el día comienza y la luz transforma el paisaje en algo momentáneo y eterno a la vez.
Trabajos en series de cuadros sobre un mismo motivo. Como LA CATEDRAL DE ROUEN O LAS CASAS
DEL PARLAMENTO
También trata de encuadrar el detalle, con un cambio hacia la abstracción, como NYMPHEAS, a principios
del siglo XX.
AUGUSTE RENOIR
Mujer con sombrilla en un jardín
Realizada en 1875, es una obra que encarna plenamente el espíritu del Impresionismo, tanto en su
temática como en su ejecución técnica. La pintura muestra a una mujer joven —posiblemente una amiga o
modelo cercana al círculo del artista— vestida con ropas elegantes, sosteniendo una sombrilla mientras
pasea o se detiene en un jardín florido y bañado por la luz natural.
La figura femenina, eje de la composición, aparece en actitud tranquila y contemplativa, completamente
integrada en el entorno natural. La sombrilla, elemento muy presente en la pintura impresionista, no solo
indica refinamiento y feminidad, sino que también sirve como recurso para explorar los efectos de la luz
filtrada y la sombra sobre el rostro y el vestido de la mujer.
Desde el punto de vista formal, Renoir emplea una pincelada suelta, visible y vibrante, característica del
estilo impresionista. Los colores son luminosos y vivos, con especial atención al contraste entre los tonos
fríos del vestido (blancos, azules o lilas) y los verdes y florales del jardín, representados no con detalle
minucioso, sino como manchas de color que sugieren hojas, luz solar y vegetación en movimiento. El
efecto logrado no es el de una escena congelada, sino el de un instante fugaz, como si el espectador
estuviera allí, en ese mismo momento, compartiendo la sensación de calma y belleza.
El tratamiento de la luz natural es clave: Renoir no pinta solo lo que ve, sino cómo lo ve en ese preciso
instante, con las variaciones sutiles que la luz produce sobre las superficies, los colores y el ambiente.
Esto es esencial en la estética impresionista, que busca capturar la experiencia visual del momento, más
que una representación objetiva del entorno.
En cuanto al contenido, la obra es una celebración de la vida moderna y de los placeres sencillos: un
paseo por un jardín, la calma de la naturaleza, la feminidad en armonía con el entorno. En este sentido, se
aleja del dramatismo o la narrativa, y propone una pintura más sensual, ligera y emocional. Renoir no
pretende transmitir un mensaje político ni social, sino ofrecer belleza, luz y goce visual.
La figura femenina, como en muchas de las obras de Renoir, no es solo un motivo decorativo, sino el
centro emocional de la escena. Su presencia da equilibrio a la composición y se convierte en símbolo de
elegancia, juventud y naturalidad, en sintonía con la filosofía del artista, que consideraba la pintura como
un arte para alegrar la vida.
En resumen, “Mujer con sombrilla en un jardín” es una obra que expresa con delicadeza y frescura el ideal
impresionista: captar un momento de luz, color y atmósfera con una mirada sensible. A través de su
técnica vibrante y su enfoque amable, Renoir convierte una escena cotidiana en una experiencia sensorial
y poética, donde lo efímero se vuelve eterno a través del arte.
Baile en el moullin de la Galette
Pintado por Pierre-Auguste Renoir en 1876, es una obra emblemática del Impresionismo francés y una de
las representaciones más alegres y vibrantes de la vida moderna del París del siglo XIX. La escena retrata
un domingo por la tarde en el famoso Moullin de la Galette, un popular jardín de baile ubicado en el barrio
de Montmartre, donde la clase obrera y la bohemia parisina se reunían para bailar, beber y disfrutar del
aire libre.
La pintura es una celebración de la vida social, el ocio y la juventud. Decenas de figuras —hombres,
mujeres, niños— se agrupan en una composición animada, donde se mezclan parejas bailando,
conversaciones, risas y miradas cómplices. No hay una jerarquía visual clara, sino una multiplicidad de
gestos, cuerpos y rostros que, aunque aparentemente caóticos, están hábilmente organizados por Renoir
para crear una sensación de movimiento fluido y armonía visual.
Desde el punto de vista técnico, Renoir emplea la típica pincelada suelta y vibrante del impresionismo, que
sugiere más que describe, captando la atmósfera luminosa y efímera del momento. El uso de la luz natural
filtrada por los árboles es clave: las manchas de luz y sombra que salpican a las figuras y al suelo crean un
efecto dinámico que refleja la vivacidad de la escena. La paleta cromática está dominada por tonos azules,
rosados, blancos y ocres, que aportan frescura y ligereza.
A pesar de la aparente espontaneidad, Renoir trabajó intensamente en esta obra: realizó numerosos
bocetos preparatorios y usó modelos reales, muchos de ellos amigos y conocidos del artista, lo que añade
autenticidad a la escena. Entre ellos se encuentran otras figuras del mundo artístico parisino de la época,
lo que refuerza la idea de esta pintura como una instantánea de la vida contemporánea.
Desde el punto de vista temático, Baile en el Moulin de la Galette es una obra profundamente moderna. No
idealiza la escena ni presenta una narrativa concreta: se trata de capturar la experiencia de estar allí, en
medio del bullicio y la alegría, en un momento compartido entre lo individual y lo colectivo. El arte deja de
centrarse en lo heroico o lo religioso y se vuelve sensorial, cotidiano y humano.
La obra también refleja el espíritu del París posterior a Haussmann, una ciudad más abierta, con espacios
públicos donde las clases sociales podían mezclarse y donde el ocio se convertía en parte fundamental de
la vida urbana. En este sentido, Renoir documenta no solo un lugar, sino un estilo de vida: el de la nueva
burguesía, los artistas y los trabajadores urbanos que se apropiaban de la ciudad como escenario de
placer y libertad.
En resumen, “Baile en el Moulin de la Galette” es mucho más que una escena de entretenimiento: es una
obra que celebra la luz, el movimiento, la sociabilidad y la alegría de vivir. Con su técnica suelta, su
enfoque humanista y su sensibilidad para captar lo efímero, Renoir nos invita a entrar en un momento de
felicidad compartida que, aunque perteneciente al siglo XIX, sigue vibrando con frescura y vida ante
nuestros ojos.
Almuerzo de remeros
“Almuerzo de remeros”, pintado por Pierre-Auguste Renoir entre 1880 y 1881, es una de las obras más
representativas del Impresionismo tardío y una celebración de la vida moderna, la amistad, el ocio y la
alegría. Ambientada en la terraza del restaurante Maison Fournaise, en Chatou, a orillas del río Sena, la
obra muestra a un grupo de amigos del artista disfrutando de una comida relajada tras una jornada de
remo, rodeados de conversación, vino, comida y luz natural.
La escena retrata a catorce personajes distribuidos en diferentes planos y actitudes: algunos conversan
animadamente, otros se recuestan, beben, miran al espectador o se pierden en sus pensamientos. Renoir
no estructura la obra en torno a una figura central ni a una narrativa única; en su lugar, crea una
composición coral y fluida, que refleja la espontaneidad y el dinamismo de un momento compartido. Entre
los retratados se encuentran amigos, modelos y conocidos de Renoir, incluyendo a su futura esposa, Aline
Charigot, que aparece en primer plano jugando con un perro pequeño.
Desde el punto de vista técnico, la pintura es un ejemplo maduro del estilo impresionista: Renoir utiliza una
pincelada suelta, vibrante y llena de luz, con una paleta cálida dominada por tonos dorados, naranjas,
rojos y azules suaves. La luz del mediodía se filtra a través del toldo y rebota sobre las superficies,
generando reflejos sutiles y zonas de sombra que dan profundidad y vida a la escena. Los rostros, las
ropas y los objetos están tratados con detalle, pero sin caer en el realismo rígido; Renoir logra un equilibrio
entre observación precisa y frescura expresiva.
El ambiente es distendido y natural, pero está cuidadosamente construido. Renoir organiza la escena con
un dominio del espacio y la perspectiva, guiando la mirada del espectador de un grupo a otro, desde el
primer plano hasta el fondo del paisaje fluvial, que se abre suavemente más allá del balcón. La disposición
de los cuerpos y las miradas crea una red de relaciones sutiles, reforzando la idea de convivencia,
sociabilidad y placer compartido.
En cuanto al contenido, Almuerzo de remeros es una celebración del estilo de vida burgués y bohemio de
la Francia de finales del siglo XIX. Lejos de los temas épicos o históricos, Renoir se centra en lo cotidiano,
en el disfrute simple del presente, en la belleza del instante. Esta obra refleja también un mundo en
transformación, donde la vida urbana y la naturaleza comienzan a entrelazarse gracias a los trenes, los
suburbios y los nuevos espacios de ocio.
La pintura puede leerse como una afirmación optimista del arte impresionista, que busca capturar la luz, el
color y el espíritu de su tiempo. En este sentido, Almuerzo de remeros es más que una escena festiva: es
un testimonio del modo en que el arte puede hacer eterno lo efímero, inmortalizar la alegría, la amistad y la
juventud.
En resumen, “Almuerzo de remeros” es una obra maestra de la pintura moderna que une técnica, emoción
y observación con maestría. Renoir convierte una comida entre amigos en una escena universal y
atemporal, donde la belleza surge de lo sencillo, y donde la luz, el color y la convivencia se funden en una
imagen vibrante de la felicidad cotidiana.
HENRI DE TOULOUSE-LAUTREC
Pintor y cartelista francés, que destacó por la representación de la vida nocturna parisina de finales del
siglo XIX. Crítica a la hipocresía y doble moral burguesa.
NO se interesó por el género del paisaje. Tiene un estilo fotográfico, espontáneo, para captar el
movimiento en sus escenas y sus personajes. Originalidad de los encuadres y libertad en la elección de
los colores.
Baile en el mollin rouge
Pintado por Henri de Toulouse-Lautrec entre 1890 y 1895, es una obra que nos sumerge en el mundo
vibrante, excéntrico y nocturno de la vida parisina en el legendario cabaret del Moulin Rouge, en el barrio
de Montmartre. Esta sala de espectáculos, inaugurada en 1889, fue un símbolo del entretenimiento
moderno, del París bohemio y decadente, y uno de los lugares más frecuentados por Toulouse-Lautrec,
quien lo convirtió en tema central de muchas de sus pinturas, carteles y litografías.
La escena nos muestra una pista de baile animada, llena de personajes que se mueven, bailan o
simplemente observan. En el centro de la composición destaca la figura de Valentin le Désossé, famoso
bailarín del Moulin Rouge, acompañado por una bailarina rubia de vestido blanco (probablemente una de
las chicas can-can), ejecutando un paso del célebre baile. A su alrededor, otros personajes —en su
mayoría retratados con trajes oscuros— permanecen en actitud estática, casi como sombras, contrastando
con la energía de los bailarines.
Desde el punto de vista formal, Toulouse-Lautrec utiliza una composición dinámica y fragmentada, influida
por el arte japonés (particularmente los encuadres inusuales y las líneas planas). La perspectiva es
ligeramente forzada, creando una sensación de profundidad inclinada y ambiente cerrado. La pincelada es
rápida, suelta y nerviosa, lo que contribuye a transmitir la vitalidad y el movimiento del lugar. El color se
aplica con contrastes intensos: los tonos oscuros de los trajes contrastan con los blancos y rojos vibrantes
de los bailarines y el suelo iluminado.
Una de las características más impactantes es la forma en que Toulouse-Lautrec retrata a los personajes
sin idealización: rostros pálidos, cuerpos alargados, posturas deformadas o exageradas. Lejos de
representar una escena glamorosa, el artista nos muestra una visión cruda, irónica y muy humana del
espectáculo y sus protagonistas. Esta mirada distante pero empática es típica del estilo de Lautrec, que se
movía entre el arte, la sátira y el retrato psicológico.
Desde el punto de vista temático, la obra refleja la mezcla de clases sociales, marginalidad y cultura
popular que caracterizaba el mundo del cabaret. En el Moulin Rouge se cruzaban aristócratas, artistas,
prostitutas, burgueses, obreros y excéntricos personajes de la noche. Toulouse-Lautrec no solo pinta este
ambiente, sino que forma parte de él: lo observa desde dentro, con lucidez, ironía y afecto.
Baile en el Moulin Rouge también puede interpretarse como un comentario sobre la modernidad urbana: la
luz artificial, la vida nocturna, el ocio como espectáculo, la ciudad como escenario de disfrute y también de
alienación. En este sentido, la obra se sitúa entre el realismo crítico y la experimentación visual,
anticipando aspectos del arte moderno del siglo XX.
En resumen, “Baile en el Moulin Rouge” es mucho más que una escena de diversión. Es una radiografía
del París moderno, con toda su mezcla de energía, decadencia y vitalidad. A través de su estilo audaz, su
mirada penetrante y su dominio del ritmo visual, Toulouse-Lautrec convierte el cabaret en un espejo de la
sociedad y de la condición humana, con toda su complejidad.
POST- IMPRESIONISMO
Este término ambiguo incluye diferentes artistas y movimientos que se apoyan en el Impresionismo y
desarrollan diferentes aspectos de este, siempre con un enfoque subjetivo y personal, enfatizando las
formas geométricas, buscando efectos expresivos y utilizando colores poco naturales o sin “quebrar”,
como salían de los tubos.
Inicialmente el crítico Ernst Fry se refería a Gaugin, Van Gogh y Matisse, pero después fueron entrando
otros grupos de difícil encaje antes de la eclosión de las vanguardias.
Influencias del arte japonés. Sentido del movimiento “congelado”.
EL PUNTILLISMO
La práctica está dirigida por la observación (elaboración mental por encima de la ejecución).
División del tono en sus componentes básicos: colores puros y complementarios.
La retina procede a fundir los puntos de color.
Seurat y Signac
PAUL GAUGUIN
Deseo de unir arte y vida, actitud de raíces románticas y simbolistas fue un antecedente de posteriores
actitudes vanguardistas. Influyó en Matisse y Picasso.
Rechazo de la cultura de Occidente y búsqueda de la “autenticidad” primitiva. Viaje a Tahití y Martinica.
Colores planos muy saturados y siluetas marcadas.
Obras como: LA VISIÓN TRAS EL SERMÓN, ¿DE DÓNDE VENIMOS? ¿QUÉNES SOMOS? ¿ADÓNDE
VAMOS?, MATERNIDAD Y MUJERES TAHITIANAS EN LA PLAYA.
VINCENT VAN GOGH
La calidad de su obra fue reconocida solo después de su muerte, en una exposición retrospectiva en 1890,
considerándose en la actualidad uno de los grandes maestros de la historia de la pintura.
Influyó grandemente en el arte del siglo XX, especialmente entre los expresionistas alemanes y los
fauvistas.
Jarrón con doce girasoles
Pintado en 1888, forma parte de una icónica serie de naturalezas muertas dedicadas a girasoles, realizada
durante su estancia en Arlés, en el sur de Francia. Esta obra no solo es un estudio floral, sino una
declaración de estilo, emoción y simbolismo, que ha llegado a convertirse en uno de los emblemas más
reconocibles del arte moderno.
La pintura muestra un sencillo jarrón de cerámica sobre una superficie plana, en el que sobresalen doce
girasoles, algunos en flor, otros marchitándose. El fondo es plano, de un amarillo pálido, al igual que la
mesa, lo que crea una armonía monocromática poco convencional pero profundamente expresiva. Este
uso dominante del amarillo, en diferentes tonalidades, es una de las características más audaces de la
obra, y refleja el interés de Van Gogh por experimentar con el color como medio emocional, más allá de su
función representativa.
Desde el punto de vista formal, la pintura se caracteriza por una pincelada gruesa, enérgica y visible,
conocida como impasto, que aporta textura y volumen a las flores. Esta técnica no solo genera relieve
físico, sino que también transmite la intensidad emocional con la que Van Gogh abordaba su trabajo. Cada
flor parece tener su propia personalidad: algunas se alzan vivas y radiantes, otras se doblan y se
marchitan, como si el artista estuviera representando diferentes estados de ánimo o etapas de la vida.
Aunque se trata de una naturaleza muerta, la obra está llena de vitalidad. Van Gogh no busca la exactitud
botánica ni la perfección compositiva, sino capturar la esencia de los girasoles como símbolo de luz,
energía y también de fugacidad. El girasol, que gira siguiendo al sol, se convierte aquí en una metáfora del
alma humana: luminosa, vulnerable, siempre en busca de sentido.
Este cuadro fue pintado por Van Gogh en preparación para la llegada de Paul Gauguin, con quien
planeaba fundar una comunidad de artistas en Arlés. Van Gogh esperaba que los girasoles decoraran la
habitación de su amigo, como símbolo de hospitalidad, amistad y esperanza. Por eso, más allá de su
belleza plástica, la obra está cargada de intención afectiva y simbólica.
En cuanto al estilo, esta obra muestra la evolución de Van Gogh hacia un lenguaje personal, expresivo y
visionario, que se aleja de los modelos académicos y del realismo tradicional. La deformación deliberada
de las formas, el uso emocional del color y la pincelada dinámica son elementos que anticipan muchos de
los principios del arte expresionista del siglo XX.
En resumen, “Jarrón con doce girasoles” no es solo una pintura de flores, sino una obra profundamente
humana, simbólica y emocional. En ella, Van Gogh transforma lo cotidiano en arte trascendente, haciendo
de los girasoles una expresión de su mundo interior, de su búsqueda de belleza y sentido en medio del
dolor y la lucha. Es una imagen luminosa, intensa y viva que sigue conmoviendo y fascinando al
espectador más de un siglo después.
La noche estrellada
Pintada en 1889, es sin duda una de las obras más reconocibles y simbólicas del artista, y también del arte
occidental en general. Fue realizada durante su estancia en el hospital psiquiátrico de Saint-Rémy-de-
Provence, en el sur de Francia, donde el pintor se internó voluntariamente tras sufrir una grave crisis
mental. Desde la ventana de su habitación, sin poder salir, Van Gogh observaba los paisajes nocturnos y
celestes que inspiraron esta visión poética e intensa del firmamento.
La obra representa un cielo nocturno agitado y vibrante, con remolinos de luz, una luna brillante, estrellas
que parecen soles, y un cielo en movimiento que domina la composición. Debajo, un pueblo tranquilo
descansa, con sus casas en penumbra y una iglesia de torre puntiaguda. En primer plano, se eleva un
ciprés oscuro y ondulante, que conecta el cielo con la tierra como una especie de columna espiritual o
símbolo de lo eterno.
Desde el punto de vista formal, La noche estrellada es un ejemplo magistral del estilo personalísimo de
Van Gogh: la pincelada es enérgica, gruesa y curva, llena de movimiento y ritmo, como si todo en el
cuadro —el cielo, el ciprés, incluso el aire— estuviera vivo. La paleta cromática está dominada por los
azules profundos y los amarillos luminosos, creando un contraste emocional entre la calma de la noche y
la intensidad espiritual del cielo.
Este cuadro no busca representar la realidad tal como es, sino como es sentida y vivida interiormente. En
este sentido, se aleja del Impresionismo para adentrarse en un lenguaje expresivo y simbólico, que
muchos consideran un precursor del Expresionismo. Van Gogh no pinta un cielo, sino su experiencia
emocional del cielo; no pinta un pueblo, sino una visión del mundo interior desde la soledad y la
esperanza.
Desde el punto de vista simbólico, la obra ha sido interpretada de múltiples maneras. El ciprés,
tradicionalmente asociado con la muerte, puede leerse como un puente entre el mundo terrenal y el
cósmico. El cielo en movimiento, con sus remolinos y espirales, podría reflejar la agitación mental del
artista, pero también su deseo de trascendencia, su fascinación por lo infinito. La luz de las estrellas,
vibrante y cálida, sugiere que en medio de la oscuridad siempre hay una forma de belleza o redención.
A pesar de haber sido creada en un momento de fragilidad emocional, “La noche estrellada” transmite una
fuerza vital arrolladora. Es una obra donde el dolor y la esperanza coexisten, donde la noche no es solo
oscuridad, sino también un espacio de misterio, luz y profundidad espiritual. Van Gogh escribe en una
carta a su hermano Theo:”¿Por qué, me pregunto, la luz de las estrellas no debería ser tan accesible como
la luz del día?”. Esta frase resume la esencia de la obra: una búsqueda de consuelo, de sentido y de
belleza en medio de la noche del alma.
En resumen, “La noche estrellada” no solo es una obra maestra por su técnica, color y originalidad, sino
también por su potente dimensión emocional y existencial. A través de su pincel, Van Gogh convirtió una
noche cualquiera en un paisaje del alma, un canto visual a la angustia y a la esperanza, que sigue
conmoviendo profundamente a los espectadores de todo el mundo.
Exterior e interior
También conocida como “La puerta abierta” o “Interior y exterior de una casa”, es una obra realizada
durante su estancia en Saint-Rémy-de-Provence, en 1889. Aunque no es tan famosa como La noche
estrellada o Los girasoles, esta pintura es especialmente interesante porque juega con la dualidad entre el
mundo interior y el mundo exterior, tema central en la vida y obra de Van Gogh.
La escena muestra una puerta abierta, a través de la cual el espectador puede ver simultáneamente el
interior oscuro y estrecho de una habitación y el exterior luminoso y abierto de un jardín o paisaje. Este
contraste visual y simbólico es fundamental: por un lado, el interior representa el espacio cerrado, íntimo,
posiblemente vinculado con el encierro físico y mental del artista; por otro, el exterior simboliza la libertad,
la naturaleza, la luz y el deseo de trascendencia.
Desde el punto de vista formal, Van Gogh emplea sus características pinceladas gruesas y dinámicas, que
dan textura y vida a cada superficie, ya sea una pared interior o una planta al sol. La paleta cromática
también refuerza el contraste: colores sombríos y apagados dentro, tonos cálidos y vibrantes fuera. La luz
se convierte en un símbolo: entra desde afuera, como una promesa, como una invitación a cruzar el
umbral.
La puerta funciona aquí no solo como un elemento arquitectónico, sino como un símbolo de transición, de
frontera entre dos estados del ser: el encierro y la apertura, la introspección y la esperanza, la oscuridad
interior y la luz exterior. Es posible leer en esta obra una metáfora del estado emocional de Van Gogh:
atrapado por sus enfermedades mentales y su aislamiento, pero siempre en búsqueda del consuelo que le
ofrecía la naturaleza, la pintura y la luz.
En cuanto al significado más profundo, “Exterior e interior” puede interpretarse como una reflexión sobre la
condición humana: todos habitamos espacios internos (emocionales, mentales) desde los que miramos
hacia fuera, hacia el mundo, buscando sentido, conexión y belleza. Van Gogh, con su sensibilidad única,
convierte esa experiencia en imagen, mostrándonos cómo la pintura puede ser una puerta abierta entre el
alma y el mundo.
En resumen, “Exterior e interior” es una obra discreta pero profundamente conmovedora. Con una escena
aparentemente simple, Van Gogh habla del encierro, del deseo de libertad y de la tensión entre lo que
vivimos por dentro y lo que anhelamos fuera. Es una obra de contemplación, de transición, y de búsqueda,
donde el artista vuelve a demostrar que incluso en los detalles más cotidianos puede esconderse un
universo de emoción y simbolismo.
PAUL CÉZANNE
Estructuración geométrica y esquematización de las figuras.
Oscilación de planos y uso de luces múltiples. Influirá en el cubismo.
Naturaleza muerta con manzanas
Es una de las múltiples versiones que Paul pintó entre 1890 y 1894, donde exploró de forma exhaustiva la
composición, el color, la forma y la estructura en objetos cotidianos. Lejos de limitarse a una
representación realista, Cézanne utiliza la naturaleza muerta como un laboratorio de experimentación
pictórica, sentando las bases del arte moderno del siglo XX.
La obra representa una mesa o superficie sobre la que se disponen varias manzanas, algunas en platos,
otras directamente sobre la tela, acompañadas en ocasiones por otros elementos como botellas, jarras o
paños. A primera vista, la escena parece sencilla, pero en realidad está cuidadosamente organizada: nada
está al azar. Cézanne construye la composición mediante un equilibrio entre formas geométricas (círculos,
conos, cilindros), colores modulados y una perspectiva que no sigue las reglas tradicionales.
Una de las características más notables es que la perspectiva está ligeramente alterada: los objetos
parecen vistos desde diferentes ángulos al mismo tiempo. Las líneas no convergen en un solo punto de
fuga, y los volúmenes se distorsionan sutilmente. Esto no es un error, sino una elección consciente:
Cézanne intenta captar la experiencia visual real, tal como el ojo se mueve alrededor de los objetos en el
espacio, no como una cámara fija.
Desde el punto de vista técnico, la pintura se caracteriza por una pincelada estructurada y constructiva.
Cézanne no utiliza los trazos sueltos del Impresionismo, sino toques de color que modelan la forma. Las
manzanas, por ejemplo, no están definidas por líneas negras, sino por zonas de color cuidadosamente
moduladas que crean volumen y peso. La paleta cromática es cálida y natural: ocres, verdes, rojos,
marrones, que otorgan solidez y coherencia a la imagen.
En cuanto al contenido, aunque se trata de una simple naturaleza muerta, la obra adquiere una dimensión
más profunda y filosófica. Cézanne no representa las manzanas por su valor decorativo o simbólico, sino
como un desafío visual: cómo representar la realidad a través de la pintura, cómo traducir la percepción
del mundo en formas y colores. En este sentido, su enfoque es casi científico, pero también
profundamente emocional y contemplativo.
Esta manera de abordar la pintura influyó directamente en las vanguardias posteriores, especialmente en
el Cubismo de Picasso y Braque, quienes retomaron esta idea de representar múltiples puntos de vista y
de reducir las formas a estructuras básicas. Por eso, Cézanne es considerado “el padre de todos nosotros”
por muchos artistas modernos.
En resumen, “Naturaleza muerta con manzanas” no es solo una imagen de frutas sobre una mesa, sino
una obra revolucionaria en la historia del arte. Con ella, Cézanne transforma un género tradicional en un
espacio de investigación formal y perceptiva. A través de la materia, el color y la composición, la pintura se
convierte en un medio para pensar y sentir la realidad desde una nueva perspectiva, más libre, profunda y
moderna.
Las grandes bañistas
Pintada entre 1898 y 1906, es considerada una de las obras cumbre de su carrera y una de las más
influyentes en la transición del arte del siglo XIX hacia la modernidad del siglo XX. Esta pintura representa
un grupo de mujeres desnudas bañándose en un paisaje natural, un tema clásico del arte occidental, pero
reinterpretado por Cézanne de una manera radicalmente nueva.
A primera vista, la escena podría parecer una actualización de las tradicionales escenas mitológicas o
pastorales, donde figuras femeninas se integran en un entorno natural idealizado. Sin embargo, Cézanne
se aleja del enfoque narrativo o sensual típico del academicismo. Aquí no hay erotismo ni anécdota: las
figuras no posan ni seducen, sino que parecen formas escultóricas, sólidas, casi abstractas, integradas
con el paisaje.
Desde el punto de vista formal, Las grandes bañistas es una obra profundamente estructurada. Las figuras
están dispuestas en una composición triangular que recuerda a las composiciones clásicas del
Renacimiento, como las de Tiziano o Poussin. Sin embargo, Cézanne no busca el realismo anatómico,
sino la armonía entre las formas humanas y las formas naturales. Las mujeres parecen casi fundirse con
los árboles y el suelo; todo está construido a base de planos de color y volúmenes geométricos.
La pincelada es característica de Cézanne: densa, visible, a menudo facetada, con toques de color que
modelan el espacio y las figuras más que delinearlas. La paleta cromática es sobria pero cálida, dominada
por ocres, tierras, azules y verdes que refuerzan la sensación de naturalidad y solidez. La atmósfera no es
de movimiento ni de acción, sino de serenidad, contemplación y equilibrio.
En cuanto al contenido, esta obra ha sido interpretada como una búsqueda de lo esencial, una síntesis
entre el cuerpo humano, la naturaleza y la pintura misma. Cézanne no pinta simplemente mujeres, árboles
o agua, sino relaciones de forma, color y espacio. Como él mismo decía: “Quiero hacer del Impresionismo
algo sólido y duradero, como el arte de los museos”. Las grandes bañistas son precisamente eso: una
obra que une la tradición clásica con la experimentación moderna.
Esta pintura fue profundamente influyente para las vanguardias del siglo XX, especialmente para artistas
como Picasso, Matisse y los cubistas, que encontraron en Cézanne un nuevo camino para pensar la figura
y el espacio. Picasso, por ejemplo, reconoció que sin Cézanne no habría sido posible Las señoritas de
Avignon.
En resumen, “Las grandes bañistas” no es solo una pintura de mujeres desnudas en la naturaleza: es una
reflexión visual sobre la forma, la estructura y la armonía del mundo, donde Cézanne lleva al límite su
visión personal y artística. Con esta obra, culmina su búsqueda de una pintura que no imite la realidad,
sino que la construya con rigor, sensibilidad y libertad, abriendo las puertas al arte moderno.
SIMBOLISMO
El inicio de esta corriente se dio en poesía, gracias al impacto de Las flores del mal de Charles Baudelaire
Baudelaire acuñó el término modernidad para designar la experiencia fluctuante y efímera de la vida en la
metrópolis urbana y la responsabilidad que tiene el arte de capturar esa experiencia.
Surgió como reacción al naturalismo del realismo y el impresionismo, frente a cuya objetividad y descripción
detallada de la realidad opusieron la subjetividad y la plasmación de lo oculto y lo irracional. Es un movimiento
heterogéneo, más una sensibilidad que un estilo.
ARNOLD BÖCKLIN
Este estilo puso un especial énfasis en el mundo de los sueños y el misticismo, el esoterismo, el satanismo, el
pecado y la perversión. Es sintomático en este sentido la fascinación de estos artistas por la figura de la femme
fatale. Influyó en varios ismos posteriores, como el grupo Nabí, el expresionismo y el surrealismo.
La isla de los muertos
Pintada por Arnold Böcklin en 1880, es una de las obras más misteriosas e inquietantes del arte del siglo
XIX. Tan poderosa fue su impacto visual y emocional, que el propio Sigmund Freud la tuvo colgada en su
consulta, y Hitler poseyó una copia, lo que demuestra su capacidad para despertar lecturas profundamente
personales y universales. Böcklin realizó cinco versiones de esta pintura entre 1880 y 1886, cada una con
pequeñas variaciones, pero todas mantienen su atmósfera sombría, metafísica y silenciosa.
La escena muestra una pequeña isla rocosa, rodeada por aguas oscuras y tranquilas, hacia la que se
dirige una barca con dos figuras: un barquero y una figura de pie, vestida de blanco, junto a un féretro. La
isla está flanqueada por altos cipreses, árboles tradicionalmente asociados con la muerte y el duelo, y en
sus paredes rocosas se abren lo que parecen ser nichos o tumbas excavadas, lo que sugiere que el
destino final de la barca es un cementerio aislado y eterno.
Desde el punto de vista formal, la obra está dominada por una composición vertical y cerrada, que acentúa
el carácter claustrofóbico de la isla. La luz es tenue, casi espectral, y todo parece envuelto en una
atmósfera crepuscular o de sueño. El contraste entre los tonos oscuros del agua y de la piedra, y el blanco
de la figura central, dirige la mirada hacia el corazón simbólico de la obra: la travesía hacia lo desconocido.
La pintura no representa un lugar real, sino una visión interior y simbólica. Böcklin no era un pintor realista,
sino un artista profundamente influido por la mitología, el romanticismo y la filosofía, y su obra se inscribe
dentro del Simbolismo, movimiento artístico que buscaba expresar emociones, estados del alma e ideas
abstractas a través de imágenes cargadas de sentido. En este caso, la imagen puede interpretarse como
una alegoría del viaje hacia la muerte, un pasaje entre el mundo de los vivos y el más allá.
La barca recuerda al mito de Caronte, el barquero que transporta las almas en la mitología griega,
mientras que la isla podría ser una versión moderna del Hades, del Averno o del más allá cristiano, aunque
sin ninguna representación religiosa explícita. Es una muerte silenciosa, solitaria, natural y eterna, sin
redención ni castigo, solo la permanencia.
Desde una perspectiva emocional, la obra transmite una profunda melancolía, pero también una especie
de calma solemne. No hay dramatismo ni horror, sino un sentimiento de inevitabilidad y misterio. La figura
blanca puede ser un símbolo del alma, del duelo, o incluso una reflexión sobre la fragilidad de la existencia
humana frente a lo eterno e inabarcable.
En resumen, “La isla de los muertos” es una obra que trasciende el tiempo y el estilo. No busca narrar una
historia, sino provocar una experiencia emocional y espiritual en el espectador. Con su imagen casi
onírica, Böcklin nos enfrenta al gran enigma de la vida: la muerte. Lo hace sin palabras, sin símbolos
obvios, solo con el poder del color, la forma y el silencio. Por eso sigue siendo, más de un siglo después,
una de las pinturas más inquietantes, evocadoras y personales del arte occidental.
EL GRUPO NABÍ: Sérusier, Denis, Bonnard, Vuillard y Valloton
Le dan al color la mayor importancia y autonomía de la realidad, rompiendo con el concepto de pintura como
mimesis.
Se reivindica una pintura pura cuyo valor es prescindir de la anécdota. Por eso, el tema es cada vez más simple
y avanzan el camino al fauvismo y a la abstracción.
Influencias de la pintura de Gaugin, del arte japonés y del simbolismo.
HENRI MATISSE
Es una de las figuras centrales de la pintura de la primera mitad del s XX.
Sus colores rabiosamente contrastados junto con la influencia de la escultura africana y otras culturas primitivas
serán denominador común
El comedor rojo
Pintado por Henri Matisse en 1908, es una de las obras más representativas del fauvismo, movimiento
artístico liderado por el propio Matisse que rompió con la tradición del realismo en favor de la expresión del
color y la emoción. Esta pintura marca un momento clave en la evolución del arte moderno, donde el color
deja de ser solo un medio para imitar la realidad y se convierte en un protagonista autónomo que
comunica sensaciones y estados de ánimo.
La obra representa una escena doméstica sencilla: una mujer arregla una mesa frente a una ventana, en
un comedor decorado con motivos florales y frutales. Sin embargo, lo que sorprende de inmediato es el
uso radical del color rojo, que cubre casi toda la superficie: paredes, mantel, fondo y parte del mobiliario
están tratados con el mismo tono, creando una sensación de continuidad, plenitud y vitalidad.
Desde el punto de vista formal, Matisse elimina la perspectiva tradicional y aplana el espacio. No hay una
separación clara entre fondo y figura, entre mesa y pared; todo se funde en un mismo plano decorativo.
Este recurso genera una experiencia visual más emocional que racional. El color rojo intenso, lejos de
representar la realidad con fidelidad, transmite una fuerza emocional, una calidez que invade toda la
escena. Los motivos decorativos (ramas, flores, frutas) se distribuyen de forma casi rítmica, como si fueran
parte de un patrón visual más que elementos reales del espacio.
La figura femenina, que parece una sirvienta, no domina la escena ni se presenta con detalle psicológico;
su presencia es más funcional que narrativa, como un elemento más de la composición. La ventana, al
fondo, introduce un paisaje que también parece formar parte del mismo universo decorativo, sin ofrecer
una salida real al exterior, lo que refuerza la sensación de mundo cerrado, autónomo y abstracto.
Desde el punto de vista conceptual, El comedor rojo expresa una visión del arte como espacio de armonía,
belleza y placer sensorial. Matisse decía que quería que su arte fuera “como un buen sillón” para el
espectador: algo que relaje, consuele y haga disfrutar, más que inquietar o desafiar. En ese sentido, esta
obra es un manifiesto visual del fauvismo, que antepone el color, la decoración y la emoción por encima de
la representación objetiva del mundo.
Además, la obra puede leerse como una reflexión sobre la pintura misma: el espacio que crea no
reproduce la realidad, sino que la transforma en un lenguaje visual propio, donde las formas y los colores
comunican directamente con el alma. Matisse abre así la puerta a una concepción más libre del arte, que
influiría decisivamente en las vanguardias posteriores como el expresionismo, el arte abstracto o el diseño
moderno.
En resumen, “El comedor rojo” es mucho más que una escena doméstica: es una obra revolucionaria,
donde el color se convierte en emoción, el espacio en ritmo, y la pintura en una experiencia sensorial total.
Con esta obra, Matisse redefine la pintura como un arte del placer visual y espiritual, capaz de transformar
lo cotidiano en una celebración de la belleza y la vida.
La danza
Pintada por Henri Matisse en 1910, es una obra maestra del fauvismo y una de las más influyentes de toda
su carrera. Encargada por el coleccionista ruso Serguéi Shchukin, esta pintura fue concebida como parte
de una decoración mural para su mansión en Moscú, junto con otra obra complementaria, La música. Con
“La danza”, Matisse expresa una visión profundamente esencial y universal del cuerpo, el movimiento y la
alegría vital.
La composición muestra a cinco figuras humanas desnudas, tomadas de la mano, girando en círculo sobre
un paisaje esquemático dividido en dos franjas de color: verde para el suelo y azul para el cielo. Los
cuerpos, de un rojo intenso, contrastan con fuerza sobre este fondo bicolor. La escena no tiene detalles,
sombras ni profundidad clásica: todo está reducido a sus formas más puras, lo que acentúa el impacto
visual y simbólico de la imagen.
Desde el punto de vista formal, la obra es un ejemplo radical de simplificación y expresividad. Matisse
elimina cualquier elemento narrativo o decorativo y se concentra en lo esencial: la línea, el color y el ritmo.
Las figuras, aunque no anatómicamente precisas, tienen un movimiento fluido y dinámico que sugiere una
danza primitiva, atemporal, casi ritual. La circularidad de la composición transmite armonía, unidad y
continuidad, como si los cuerpos giraran eternamente en un ciclo sin fin.
El uso del color es fundamental en la obra. Matisse emplea solo tres colores planos: rojo, azul y verde,
siguiendo la lógica fauvista de que el color no debe copiar la realidad, sino expresar emociones profundas.
El rojo de los cuerpos transmite energía, pasión y vida; el verde y el azul, tranquilidad y naturaleza. Esta
combinación produce un equilibrio vibrante, casi musical, que resuena visualmente en el espectador.
Desde el punto de vista simbólico, La danza puede interpretarse como una celebración de la libertad y la
conexión humana. Las figuras, despojadas de individualidad, representan una humanidad colectiva, unida
por el arte, el movimiento y la existencia compartida. También se ha relacionado con temas como el
paraíso perdido, la armonía con la naturaleza o la búsqueda de lo espiritual a través del cuerpo.
Esta pintura marca un punto de inflexión en la obra de Matisse. A partir de aquí, su estilo se vuelve cada
vez más sintético, decorativo y simbólico, anticipando las corrientes del arte abstracto, el diseño moderno y
la pintura mural del siglo XX. La danza no solo es una obra clave del fauvismo, sino un manifiesto visual de
la modernidad, donde el arte deja de representar el mundo externo para expresar emociones universales
mediante el lenguaje puro de la forma y el color.
En resumen, “La danza” es una obra poderosa y esencial, que transforma un gesto tan antiguo como bailar
en una imagen de armonía cósmica, libertad y gozo vital. Con esta pintura, Matisse demuestra que el arte
no necesita detalles ni complejidad para emocionar, sino solo lo necesario para tocar algo profundo y
eterno en el alma humana.