Licenciatura médico cirujano
Traumatología y ortopedia
LM8C
Tarea: Fractura de cadera
Alumno: Alejandro Porcayo Castillo
Docente: Dr. Fredy Radilla Suastegui
Acapulco, Guerrero, marzo 2025.
Fractura de Cadera
Anatomía y consideraciones biomecánicas
La cadera es una articulación esferoidea formada por la cabeza femoral y el acetábulo, que
permite la transmisión del peso corporal hacia el miembro inferior. El extremo proximal del
fémur se divide en la cabeza, cuello, región intertrocantérica y subtrocantérica. La
vascularización de la cabeza femoral depende fundamentalmente de las arterias
retinaculares posteriores, ramas de la arteria circunfleja femoral medial, las cuales ingresan
al cuello femoral y son vulnerables ante fracturas desplazadas del cuello. Esta configuración
anatómica explica por qué las fracturas intracapsulares tienen mayor riesgo de necrosis
avascular, sobre todo en adultos jóvenes. La región intertrocantérica, por ser extracapsular y
con mejor vascularización, tiene mejor pronóstico de consolidación, pero puede volverse
inestable si hay conminución posteromedial. La biomecánica de la cadera, que involucra
cargas torsionales, compresivas y de cizallamiento, condiciona la clasificación y el
tratamiento quirúrgico, ya que la dirección del trazo y el grado de desplazamiento influyen
directamente en la elección del implante.
Clasificación y tipos de fractura
Las fracturas de cadera se clasifican anatómicamente en intracapsulares (subcapitales y
transcervicales) y extracapsulares (intertrocantéricas y subtrocantéricas). En las fracturas
intracapsulares, la clasificación de Garden es la más empleada. Garden I corresponde a
una fractura impactada en valgo, incompleta; Garden II es una fractura completa sin
desplazamiento; Garden III está desplazada con pérdida parcial del contacto óseo; y
Garden IV presenta desplazamiento completo, sin contacto entre los fragmentos. Esta
clasificación tiene utilidad pronóstica, ya que los tipos III y IV tienen alto riesgo de necrosis
avascular. Por otro lado, la clasificación de Pauwels se basa en el ángulo del trazo de
fractura con respecto a la horizontal: a mayor ángulo, mayor componente de cizallamiento y
por ende mayor inestabilidad mecánica. Las fracturas intertrocantéricas se clasifican según
el sistema AO/OTA como 31-A1 (trazo simple), A2 (multifragmentarias) y A3 (trazo inverso o
subtrocantérico). Estas últimas requieren implantes que controlen cargas axiales y
rotacionales debido a la inestabilidad del patrón. Las fracturas subtrocantéricas, situadas
hasta 5 cm distal al trocánter menor, presentan conminución frecuente y alta exigencia
biomecánica, lo que implica mayor tasa de fallo del implante si no se emplean técnicas
quirúrgicas adecuadas.
Clínica, diagnóstico y evaluación inicial
El paciente con fractura de cadera suele presentar dolor intenso en la región inguinal o
glútea, imposibilidad para deambular y acortamiento y rotación externa del miembro
afectado. En pacientes geriátricos, una caída de bajo impacto es suficiente para producir la
lesión, mientras que en pacientes jóvenes se requiere trauma de alta energía. La
exploración debe incluir evaluación neurovascular y descartar otras fracturas concomitantes.
La radiografía anteroposterior de pelvis y lateral de cadera permite establecer el diagnóstico
en la mayoría de los casos. Cuando la sospecha clínica es alta y las radiografías son
normales, la resonancia magnética es el estudio más sensible para detectar fracturas
ocultas, especialmente en el contexto de fracturas impactadas o incompletas.
Tratamiento quirúrgico y consideraciones técnicas
El tratamiento quirúrgico es el estándar en prácticamente todas las fracturas de cadera, con
el objetivo de permitir la deambulación temprana y reducir las complicaciones sistémicas
asociadas al encamamiento. Las fracturas del cuello femoral no desplazadas (Garden I y II)
se tratan con fijación percutánea mediante tornillos canulados, idealmente en configuración
triangular. En pacientes jóvenes con Garden III o IV, se prefiere también la fijación interna
para preservar la cabeza femoral, salvo que haya signos de compromiso vascular o
conminución severa. En adultos mayores, especialmente con desplazamiento, se
recomienda artroplastia parcial o total de cadera según el nivel funcional y el estado del
acetábulo. Las fracturas intertrocantéricas estables pueden tratarse con tornillo deslizante
de cadera (DHS), mientras que las inestables (AO 31-A2 o A3) requieren clavo
endomedular cefálico, ya que permite controlar mejor las cargas axiales y torsionales. Las
fracturas subtrocantéricas, por su alto estrés mecánico y patrón conminuto, deben tratarse
con clavo intramedular largo, con especial atención al control de la alineación rotacional y
angular.
Pronóstico, rehabilitación y complicaciones
El pronóstico de una fractura de cadera depende de la edad del paciente, el tipo de fractura,
la calidad del tratamiento quirúrgico y la rehabilitación postoperatoria. En pacientes jóvenes,
la principal preocupación en fracturas del cuello femoral es la necrosis avascular, que puede
presentarse incluso con fijación correcta. En adultos mayores, las principales
complicaciones son la pérdida de independencia funcional, neumonía, tromboembolismo y
úlceras por presión. La movilización precoz es esencial para reducir estas complicaciones.
En fracturas extracapsulares, el pronóstico es mejor si se logra estabilidad quirúrgica
inmediata. Las complicaciones mecánicas incluyen fallo del implante, migración del tornillo
cefálico, consolidación viciosa o pseudoartrosis, especialmente en patrones inestables mal
tratados. El seguimiento debe incluir control clínico y radiológico, así como un protocolo de
fisioterapia dirigido a recuperar fuerza, equilibrio y marcha. Las escalas funcionales como el
Harris Hip Score permiten evaluar la recuperación funcional a mediano y largo plazo.
Licenciatura médico cirujano
Traumatología y ortopedia
LM8C
Tarea: Fractura de tobillo
Alumno: Alejandro Porcayo Castillo
Docente: Dr. Fredy Radilla Suastegui
Acapulco, Guerrero, marzo 2025
Fracturas de Tobillo
Anatomía funcional y biomecánica del complejo del tobillo
La articulación del tobillo, o articulación tibioperoneoastragalina, está compuesta por la
porción distal de la tibia, el peroné y el cuerpo del astrágalo. La tibia forma el plafón tibial y
el maléolo medial, mientras que el peroné forma el maléolo lateral. Posteriormente, el
extremo distal de la tibia se proyecta en el maléolo posterior. Estas estructuras, junto con el
astrágalo, conforman la mortaja tibioperonea. La articulación está estabilizada por los
ligamentos colaterales medial (ligamento deltoideo) y lateral (ligamentos talofibulares y
calcaneofibular), así como por la sindesmosis tibioperonea distal, compuesta por los
ligamentos tibioperoneos anterior y posterior, transverso e interóseo. Desde el punto de
vista biomecánico, el tobillo permite los movimientos de dorsiflexión y flexión plantar, y
depende de una mortaja congruente para mantener la estabilidad durante la marcha. La
integridad de la sindesmosis y la alineación de los maléolos son esenciales para conservar
una biomecánica normal; cualquier incongruencia articular mayor de 2 mm puede acelerar
el desarrollo de artrosis postraumática.
Clasificación y tipos de fractura
Las fracturas del tobillo pueden dividirse anatómicamente en unimaleolares, bimaleolares y
triamaleolares, dependiendo de si están involucrados uno, dos o tres maléolos
respectivamente. La clasificación más utilizada en la práctica clínica es la de Danis-Weber,
que se basa en la localización del trazo de fractura del peroné respecto a la sindesmosis. El
tipo A se refiere a fracturas infrasyndesmales, generalmente estables. El tipo B ocurre a
nivel de la sindesmosis, con posible afectación ligamentosa. El tipo C corresponde a
fracturas suprasyndesmales, habitualmente inestables, y frecuentemente asociadas a
disrupción de la sindesmosis. Otra clasificación funcional es la de Lauge-Hansen, que toma
en cuenta la posición del pie al momento del trauma (supinación o pronación) y la dirección
de la fuerza (adducción, abducción o rotación externa). Esta clasificación permite predecir el
patrón de lesión ósea y ligamentaria, y se correlaciona con el mecanismo de lesión.
Finalmente, la clasificación AO/OTA agrupa las fracturas del tobillo bajo el código 44, siendo
A las infrasyndesmales, B las transsyndesmales y C las suprasyndesmales, con subgrupos
según el grado de conminución.
Presentación clínica y evaluación diagnóstica
El paciente con fractura de tobillo suele presentarse con dolor intenso localizado en la
región maleolar, imposibilidad para cargar peso, tumefacción, deformidad evidente y
equimosis. La exploración física debe incluir evaluación neurovascular distal, palpación
dirigida de cada maléolo, del eje peroneo, del astrágalo, así como de la sindesmosis. Es
indispensable evaluar la integridad de la articulación radiocubital distal para descartar
lesiones más proximales. Las radiografías anteroposterior, lateral y mortaja del tobillo son
esenciales para confirmar el diagnóstico y valorar el desplazamiento, la integridad articular y
la presencia de disrupción sindesmótica (medido por el espacio claro tibioastragalino medial
y el traslape tibiofibular). En casos con lesión compleja o dudas sobre la congruencia
articular, la tomografía computarizada aporta información valiosa para la planificación
quirúrgica.
Tratamiento: criterios de estabilidad y abordaje quirúrgico
El tratamiento depende del grado de desplazamiento, el número de maléolos
comprometidos, la integridad de la sindesmosis y el estado general del paciente. Las
fracturas unimaleolares no desplazadas, con mortaja tibioperonea congruente y sin
inestabilidad, pueden tratarse conservadoramente con inmovilización en bota corta o yeso, y
seguimiento radiográfico. Sin embargo, la mayoría de las fracturas maleolares desplazadas
requieren tratamiento quirúrgico mediante reducción anatómica y fijación interna. En
fracturas del maléolo lateral, la fijación se realiza generalmente con placa de compresión
lateral y tornillos. En fracturas del maléolo medial, se emplean tornillos canulados o tensión
con alambre tipo figura de ocho, dependiendo del trazo. En las fracturas del maléolo
posterior, si el fragmento representa más del 25% de la superficie articular o hay
desplazamiento >2 mm, está indicada la fijación con tornillos desde posterior a anterior o
con placas posteriores. En las fracturas del tipo Danis-Weber C, o con prueba de Cotton
positiva (inestabilidad sindesmótica), debe colocarse un tornillo transindesmótico o sistema
de botón cortical. La reducción articular debe ser anatómica, especialmente en fracturas
intraarticulares o trimalelares, ya que los resultados funcionales se correlacionan
directamente con la congruencia lograda.
Rehabilitación, complicaciones y pronóstico
El objetivo postoperatorio es la restauración de la marcha funcional con carga progresiva,
iniciando movilidad del tobillo lo más pronto posible para evitar rigidez articular. La carga
suele diferirse 4 a 6 semanas, dependiendo de la estabilidad lograda y el tipo de implante
utilizado. La rehabilitación debe enfocarse en recuperar la dorsiflexión y evitar adherencias
capsuloligamentosas. Las complicaciones más frecuentes incluyen consolidación viciosa,
rigidez residual, dolor persistente, síndrome compartimental agudo (en lesiones de alta
energía) y, a largo plazo, artrosis postraumática. En fracturas que no se reducen
anatómicamente o con disrupción no tratada de la sindesmosis, el riesgo de deterioro
articular y dolor crónico es elevado. El pronóstico funcional es bueno cuando la alineación
es restaurada, la articulación es congruente y se inicia la movilización de manera oportuna.
En fracturas bimaleolares y triamaleolares, el resultado funcional dependerá tanto de la
calidad de la fijación como de la adherencia al protocolo de rehabilitación.
Licenciatura médico cirujano
Traumatología y ortopedia
LM8C
Tarea: Fracturas fisiarias
Alumno: Alejandro Porcayo Castillo
Docente: Dr. Fredy Radilla Suastegui
Acapulco, Guerrero, marzo 2025
Fracturas Fisarias
Anatomía y fisiología de la placa de crecimiento
La fisis, o placa de crecimiento, es una estructura cartilaginosa especializada que se ubica
entre la epífisis y la metáfisis en los huesos largos en crecimiento. Su función es permitir el
alargamiento longitudinal del hueso durante la infancia y adolescencia. Está compuesta por
zonas histológicas bien definidas: la zona germinativa, la zona proliferativa, la zona
hipertrófica y la zona de osificación. La fisis es una estructura altamente vulnerable a
fuerzas de tracción, cizallamiento y compresión, especialmente en los periodos de
crecimiento acelerado. Su irrigación proviene de ramas epifisarias y metafisarias, pero la
zona germinativa es hipovascular, lo que la hace particularmente sensible a lesiones
traumáticas. El anillo de Ranvier y la línea de LaCroix proveen soporte pericondral, pero
cuando estas estructuras son lesionadas, aumenta el riesgo de fusión precoz o deformidad
angular progresiva.
Clasificación y tipos de fractura fisaria
La clasificación más aceptada y utilizada en la práctica clínica es la de Salter y Harris, que
se basa en el patrón de fractura en relación con la fisis. El tipo I es una fractura puramente
fisaria, sin compromiso óseo; el tipo II es la más común y se extiende desde la fisis hacia la
metáfisis; el tipo III cruza la fisis hacia la epífisis y compromete la superficie articular; el tipo
IV atraviesa la metáfisis, la fisis y la epífisis; y el tipo V es una lesión por compresión axial,
sin trazo visible en la radiografía, pero con alto riesgo de cierre prematuro de la fisis. Esta
clasificación es pronóstica: los tipos I y II tienen bajo riesgo de complicaciones, mientras que
los tipos III a V presentan mayor probabilidad de afectación del crecimiento, requerimiento
quirúrgico y desarrollo de deformidades. Existen también clasificaciones complementarias
como la de Peterson, que añade variantes no incluidas por Salter-Harris, pero en la práctica
la mayoría de los casos se ajustan a esta última.
Presentación clínica y diagnóstico
Las fracturas fisarias son exclusivas de la población pediátrica y representan entre el 15 y el
30% de todas las fracturas en niños. El mecanismo más frecuente es el trauma indirecto,
como una caída sobre la mano extendida o una torsión de una extremidad. En general, el
paciente refiere dolor localizado en la región epifisaria, con edema, limitación funcional y, en
ocasiones, deformidad visible. Es fundamental la sospecha clínica, ya que muchas fracturas
tipo I no presentan alteraciones radiológicas evidentes en la fase aguda. La evaluación
incluye radiografías anteroposterior y lateral del segmento afectado, comparativas si es
necesario. En casos de duda diagnóstica, especialmente en fracturas ocultas del fémur
distal o la tibia proximal, la resonancia magnética puede ser útil para detectar daño a la fisis
o puente óseo incipiente. En fracturas tipo III o IV, se recomienda la tomografía
computarizada para planificar la reconstrucción articular.
Manejo terapéutico según tipo de fractura
El tratamiento de las fracturas fisarias se basa en el tipo de Salter-Harris, el grado de
desplazamiento, la afectación articular y la edad del paciente. Las fracturas tipo I y II no
desplazadas suelen tratarse de forma conservadora con reducción cerrada (si es necesario)
e inmovilización con yeso. El seguimiento clínico y radiográfico es esencial para descartar
pérdida de reducción y monitorear el crecimiento longitudinal. En las fracturas tipo II
desplazadas, la reducción cerrada seguida de yeso suele ser suficiente, pero si persiste una
incongruencia >3 mm o hay angulación significativa, puede requerirse reducción abierta y
fijación interna.
Las fracturas tipo III y IV, al comprometer la superficie articular, requieren reducción
anatómica para evitar artrosis precoz. En estos casos se indica reducción abierta y fijación
interna con tornillos, cuidando de no cruzar la fisis si es posible. Cuando se requiere
atravesarla, los tornillos deben colocarse paralelos al eje de crecimiento y retirarse
oportunamente. Las fracturas tipo V suelen diagnosticarse tardíamente, y no existe
tratamiento específico agudo. Su manejo se enfoca en prevenir o tratar las secuelas, como
deformidad angular, acortamiento o cierre fisario asimétrico.
Pronóstico, complicaciones y seguimiento a largo plazo
El pronóstico de las fracturas fisarias depende de múltiples factores: el tipo de Salter-Harris,
el hueso afectado, la edad del paciente y el manejo terapéutico inicial. Las fracturas tipo I y
II tienen una excelente evolución si se manejan de forma adecuada. Las tipo III y IV tienen
riesgo de artrosis postraumática si la reducción articular no es anatómica, y las tipo V son
las que presentan peor pronóstico, con alta incidencia de fusión prematura de la fisis.
Las complicaciones más importantes incluyen la formación de puentes fisarios, crecimiento
asimétrico, deformidades angulares, discrepancia de longitud y artrosis secundaria. Por
ejemplo, una fractura de fémur distal en un niño puede producir un cierre precoz del
cartílago de crecimiento, resultando en un acortamiento significativo del miembro. Las
estrategias de manejo en estas complicaciones incluyen resección del puente fisario,
interposición grasa, epifisiodesis contralateral o alargamiento óseo, según el caso.
El seguimiento debe prolongarse hasta el cierre fisiológico del cartílago de crecimiento,
especialmente en fracturas de alta energía o con reducción quirúrgica. Se deben realizar
controles radiográficos seriados cada 3 a 6 meses, evaluando la alineación y la simetría de
crecimiento. En fracturas articulares, debe vigilarse la aparición de dolor, rigidez o
deformidad progresiva, lo cual puede requerir intervención quirúrgica secundaria.
Licenciatura médico cirujano
Traumatología y ortopedia
LM8C
Tarea: Fracturas de la escapula
Alumno: Alejandro Porcayo Castillo
Docente: Dr. Fredy Radilla Suastegui
Acapulco, Guerrero, marzo 2025
Fractura de la Escápula
Anatomía funcional y biomecánica escapulotorácica
La escápula es un hueso plano, triangular y altamente móvil que forma parte esencial de la
cintura escapular. Se ubica en la región posterior del tórax y articula con la clavícula en su
parte superior (articulación acromioclavicular) y con el húmero a través de la cavidad
glenoidea, formando la articulación glenohumeral. Desde el punto de vista anatómico, está
conformada por el cuerpo escapular, la espina de la escápula, el acromion, la apófisis
coracoides, la cavidad glenoidea y el cuello escapular. Estas estructuras están íntimamente
relacionadas con numerosas inserciones musculares, entre las que destacan el trapecio,
deltoides, romboides, serrato anterior, supraespinoso, infraespinoso y subescapular. La
escápula actúa como una plataforma de anclaje muscular y como punto de transmisión de
fuerza entre el tronco y el miembro superior. La articulación escapulotorácica, aunque no es
una verdadera articulación sinovial, permite el desplazamiento libre sobre la parrilla costal,
lo que resulta en una movilidad coordinada del hombro. La vascularización proviene de la
arteria escapular dorsal y la arteria circunfleja escapular, y en su vecindad discurre el plexo
braquial, lo que convierte al trauma de escápula en un potencial marcador de lesiones
neurovasculares asociadas.
Epidemiología y mecanismo de lesión
Las fracturas de la escápula representan menos del 1% de todas las fracturas y entre el 3 y
el 5% de las fracturas del hombro. Debido a su posición protegida y su movilidad sobre el
tórax, este hueso requiere generalmente un trauma de alta energía para fracturarse, como
accidentes de tránsito, caídas desde altura o traumatismos directos por impacto posterior.
En la gran mayoría de los casos, estas fracturas no son aisladas, y se asocian con lesiones
torácicas (contusiones pulmonares, hemotórax, fracturas costales), lesiones de clavícula o
del complejo superior del hombro (anillo superior). La alta energía del mecanismo debe
alertar sobre la posibilidad de politrauma, especialmente en pacientes con fractura del cuello
escapular o disociación escapulotorácica.
Clasificación y patrones de fractura
Las fracturas de escápula pueden clasificarse según su localización anatómica en fracturas
del cuerpo escapular, cuello escapular, cavidad glenoidea, acromion, espina y apófisis
coracoides. La clasificación de Euler y Rüedi agrupa estas regiones en cinco tipos
anatómicos. Las fracturas del cuerpo escapular son las más frecuentes (60%) y suelen ser
estables. Las fracturas del cuello escapular pueden comprometer la transmisión de fuerzas
desde el húmero y se asocian a lesiones del complejo clavícula-coracoides. Las fracturas de
la glenoides, si afectan la superficie articular, tienen implicancia quirúrgica debido al riesgo
de inestabilidad glenohumeral o artrosis postraumática. Estas se clasifican según Ideberg
en tipos I a VI, dependiendo de la dirección y extensión del trazo en la cavidad glenoidea.
Las fracturas del acromion pueden causar conflicto subacromial si alteran el espacio para el
manguito rotador, mientras que las de la apófisis coracoides, clasificadas por Ogawa, se
dividen en tipo I (proximales al ligamento coracoclavicular, más inestables) y tipo II (distales,
más estables). En ocasiones, la fractura de escápula forma parte de una disrupción
completa del anillo escapulotorácico, situación que requiere tratamiento quirúrgico para
restaurar la biomecánica del hombro.
Evaluación clínica, diagnóstico por imágenes y estudios
complementarios
La presentación clínica incluye dolor en la región escapular posterior, limitación funcional del
hombro, edema localizado y equimosis. En casos de politrauma, puede pasar inadvertida si
no se realiza una exploración dirigida. La palpación dolorosa del cuerpo escapular,
crepitación y disminución del rango de movimiento activo orientan al diagnóstico. La
evaluación neurológica del plexo braquial es obligatoria. Las radiografías anteroposterior de
tórax y escapular en Y permiten detectar la mayoría de las fracturas, pero la tomografía
computarizada con reconstrucción 3D es el estudio más útil para clasificar la fractura,
planificar el tratamiento quirúrgico y valorar la afectación de la cavidad glenoidea. En
fracturas glenoideas articulares, puede ser necesario asociar artroscopia diagnóstica o
resonancia magnética para evaluar lesiones del labrum o del manguito rotador.
Tratamiento ortopédico y quirúrgico
La mayoría de las fracturas escapulares pueden tratarse de manera conservadora con
cabestrillo, analgesia y rehabilitación progresiva, especialmente las del cuerpo escapular no
desplazadas o con desplazamiento <10 mm. El tratamiento quirúrgico está indicado en
casos de desplazamiento significativo, afectación articular mayor de 2 mm, pérdida de
relación escapulotorácica, disociación escapulotorácica, fracturas de cuello con angulación
>40° o desplazamiento >1 cm, y fracturas combinadas del anillo escapular. Las fracturas
glenoideas tipo III a VI de Ideberg requieren reducción anatómica y fijación con tornillos o
placas, ya que el compromiso de la superficie articular puede generar inestabilidad crónica o
artrosis. El abordaje quirúrgico más utilizado es el abordaje posterior de Judet, que permite
acceso al cuerpo, cuello y espina escapular. En fracturas del acromion sintomáticas, puede
requerirse resección del fragmento o fijación con placa en puente. Las fracturas de la
apófisis coracoides tipo I pueden necesitar fijación con tornillos, sobre todo si se asocian a
lesiones acromioclaviculares.
Pronóstico funcional, complicaciones y rehabilitación
El pronóstico de las fracturas escapulares tratadas de forma adecuada es excelente en la
mayoría de los casos. Las fracturas del cuerpo escapular y de la espina consolidan bien con
tratamiento conservador y logran recuperación funcional completa en 6 a 12 semanas. Sin
embargo, las fracturas articulares o aquellas que comprometen la biomecánica
escapulotorácica tienen riesgo de inestabilidad del hombro, rigidez, debilidad en abducción
o artrosis secundaria si no se tratan correctamente.
Licenciatura médico cirujano
Traumatología y ortopedia
LM8C
Tarea: Fracturas de humero
Alumno: Alejandro Porcayo Castillo
Docente: Dr. Fredy Radilla Suastegui
Aca0+pulco, Guerrero, marzo 2025
Fracturas del Húmero (proximal, diafisario y distal)
Anatomía funcional y relaciones clínicas
El húmero es el hueso largo del brazo y se divide anatómicamente en tres regiones:
el extremo proximal, la diáfisis y el extremo distal. El húmero proximal está
compuesto por la cabeza humeral, el cuello anatómico, el cuello quirúrgico y los
tubérculos mayor y menor. Estos elementos se articulan con la cavidad glenoidea de
la escápula en la articulación glenohumeral. El troquiter y el troquín representan las
inserciones de los tendones del manguito rotador. La arteria circunfleja humeral
posterior, rama de la arteria axilar, aporta irrigación principal a la cabeza humeral; su
compromiso en fracturas desplazadas del cuello femoral se asocia a necrosis
avascular. El nervio axilar cruza posteriormente el cuello quirúrgico y es vulnerable a
lesión en fracturas proximales desplazadas.
La diáfisis humeral se extiende desde el cuello quirúrgico hasta la unión
metafisodiafisaria distal. Su cara posterior está íntimamente relacionada con el
nervio radial dentro del canal espiral. Esta cercanía anatómica explica la alta
frecuencia de neuropatía radial en fracturas del tercio medio. En el húmero distal, se
encuentra el cóndilo humeral, formado por el capítulo y la tróclea, que se articulan
con la cabeza del radio y la escotadura del cúbito, respectivamente. Los epicóndilos
medial y lateral sirven de inserción a los músculos del antebrazo, mientras que el
nervio cubital se localiza detrás del epicóndilo medial.
Fracturas del húmero proximal: clasificación de Neer y manejo
Las fracturas del húmero proximal representan alrededor del 5% de todas las
fracturas, siendo comunes en adultos mayores con osteoporosis, y en jóvenes por
traumatismo de alta energía. La clasificación de Neer, basada en cuatro fragmentos
anatómicos (cabeza humeral, troquiter, troquín y diáfisis), establece que un
fragmento se considera desplazado si existe >1 cm de separación o >45° de
angulación. Según este criterio, las fracturas se agrupan en una, dos, tres o cuatro
partes. Las de una parte no tienen fragmentos desplazados y suelen tratarse
conservadoramente. Las de dos partes implican desplazamiento del cuello
quirúrgico o un tubérculo. Las de tres partes afectan cuello quirúrgico más un
tubérculo, y las de cuatro partes presentan desplazamiento de todos los segmentos,
con alto riesgo de necrosis avascular.
El tratamiento depende del grado de desplazamiento, la edad del paciente y la
funcionalidad previa. Las fracturas no desplazadas pueden manejarse con
cabestrillo y rehabilitación temprana. Las fracturas desplazadas en pacientes
jóvenes deben tratarse con fijación interna mediante placas bloqueadas o clavos
endomedulares. Las fracturas de cuatro partes, en adultos mayores, suelen requerir
artroplastia: hemiartroplastia si el manguito está íntegro, o artroplastia reversa si
está roto o degenerado. El pronóstico funcional depende de la reducción anatómica,
la integridad del manguito rotador y la movilidad postoperatoria temprana.
Fracturas diafisarias del húmero: abordaje y consideraciones
Las fracturas de la diáfisis humeral representan aproximadamente el 3% de todas
las fracturas. Pueden ser producto de trauma directo o torsional. En general, tienen
una buena tasa de consolidación, incluso con tratamiento no quirúrgico. La
clasificación AO las divide en tipo A (simple), tipo B (con cuña) y tipo C (conminuta).
El tratamiento conservador con férula funcional tipo Sarmiento es el estándar en
fracturas cerradas sin desplazamiento mayor o compromiso neurovascular. La
consolidación se espera en 8 a 12 semanas, con recuperación funcional progresiva
del rango de movilidad.
Las indicaciones quirúrgicas incluyen fracturas abiertas, fracturas bilaterales, lesión
vascular asociada, politrauma, síndrome compartimental, parálisis radial progresiva,
o falla del tratamiento conservador. La técnica quirúrgica más común es la
osteosíntesis con placa de compresión dinámica o placas bloqueadas. En algunos
casos se utiliza el clavo endomedular, especialmente en fracturas del tercio medio a
distal. La neuropatía radial se presenta en hasta un 15% de los casos,
especialmente en fracturas espirales del tercio medio; es habitualmente neurapraxia
y se resuelve espontáneamente en la mayoría de los casos.
Fracturas del húmero distal: tipos, tratamiento y pronóstico
Las fracturas del húmero distal pueden comprometer la tróclea, el capítulo, uno o
ambos cóndilos, y pueden ser extraarticulares, parcialmente articulares o
completamente articulares. En adultos, estas fracturas se presentan por
traumatismos de alta energía, mientras que en niños son más frecuentes las
fracturas supracondíleas. La clasificación AO/OTA las divide en tipo A
(extraarticulares), tipo B (parcialmente articulares) y tipo C (articulares completas).
Estas lesiones requieren con frecuencia tratamiento quirúrgico debido al
compromiso articular.
La fijación se realiza habitualmente mediante doble placa anatómica colocada en
configuración ortogonal o paralela. En fracturas con conminución articular severa en
pacientes ancianos con baja demanda funcional, puede considerarse la artroplastia
total de codo. En niños, la clasificación de Gartland es la más utilizada para
fracturas supracondíleas, siendo tipo I no desplazada, tipo II con desplazamiento
parcial y tipo III completamente desplazada. El tratamiento en niños suele ser con
reducción cerrada y fijación percutánea con agujas de Kirschner.
El pronóstico de las fracturas distales del húmero depende de la calidad de la
reducción y de la movilización temprana. Las principales complicaciones incluyen
rigidez articular, artrosis postraumática, neuropatía cubital y consolidación viciosa.
Licenciatura médico cirujano
Traumatología y ortopedia
LM8C
Tarea: Fracturas de humero
Alumno: Alejandro Porcayo Castillo
Docente: Dr. Fredy Radilla Suastegui
Acapulco, Guerrero, marzo 2025
Fracturas del Codo
Anatomía funcional y estructuras comprometidas
El codo es una articulación compleja compuesta por tres articulaciones contenidas
en una cápsula articular común: la humeroulnar (tróclea con escotadura del cúbito),
la humerorradial (capítulo con cabeza radial) y la radioulnar proximal (cabeza del
radio con escotadura radial del cúbito). Esta disposición permite los movimientos de
flexoextensión y pronosupinación del antebrazo. Está estabilizada dinámicamente
por los músculos del brazo y del antebrazo, y estáticas por los ligamentos colateral
medial (cubital) y colateral lateral (radial), así como el complejo ligamentoso lateral
posterior. Desde el punto de vista clínico, estructuras neurovasculares como el
nervio cubital (por detrás del epicóndilo medial), el nervio radial (en la fosa
antecubital) y el nervio mediano (adyacente a la arteria braquial) son vulnerables en
traumatismos del codo y deben evaluarse siempre en la exploración inicial.
Clasificación y tipos de fractura
Las fracturas del codo pueden involucrar uno o más de sus componentes óseos: el
olécranon, la cabeza del radio, el proceso coronoides, la epitróclea, el cóndilo, o
bien ser fracturas articulares del húmero distal. Las fracturas del olécranon resultan
del impacto directo o de la contracción violenta del tríceps y se clasifican según el
sistema de Mayo: tipo I (no desplazadas), tipo II (desplazadas estables) y tipo III
(desplazadas inestables, frecuentemente asociadas a luxación del codo). Las
fracturas de la cabeza radial son frecuentes tras caídas sobre la mano en extensión
y se clasifican según Mason: tipo I (no desplazadas), tipo II (desplazadas >2 mm o
con bloqueo mecánico), tipo III (conminutas) y tipo IV (asociadas a luxación del
codo). Las fracturas del proceso coronoides, claves en la estabilidad anterior del
codo, se clasifican según Regan y Morrey en tipo I (punta), tipo II (<50%) y tipo III
(>50%). Las fracturas del húmero distal se clasifican mediante el sistema AO/OTA
en tipo A (extraarticulares), tipo B (parcialmente articulares) y tipo C (completamente
articulares). En pediatría, se utiliza la clasificación de Gartland para fracturas
supracondíleas, que define tres tipos según el desplazamiento. Un patrón de lesión
relevante es la llamada “tríada terrible del codo”, que consiste en fractura de la
cabeza radial, fractura del proceso coronoides y luxación posterior del codo, entidad
inestable que requiere tratamiento quirúrgico agresivo.
Evaluación clínica, diagnóstico y estudios de imagen
El paciente con fractura del codo presenta dolor intenso, inflamación local,
deformidad variable y limitación funcional completa o parcial. Es fundamental
realizar una evaluación neurovascular dirigida, incluyendo exploración del nervio
radial (extensión de muñeca y dedos), mediano (oposición del pulgar) y cubital
(abducción del quinto dedo), así como palpación del pulso radial. La movilidad debe
evaluarse con cautela para evitar agravar desplazamientos. Las radiografías
anteroposterior y lateral del codo permiten identificar la mayoría de los patrones de
fractura. En fracturas intraarticulares, o cuando se sospechan fragmentos
impactados o conminución, está indicada la tomografía computarizada. La
resonancia magnética tiene utilidad limitada en la fase aguda, aunque puede
emplearse para valorar lesiones del complejo ligamentario en casos crónicos o
inestables.
Manejo ortopédico y quirúrgico según tipo de fractura
El tratamiento depende del tipo de fractura, su desplazamiento, la estabilidad del
codo y la edad del paciente. Las fracturas no desplazadas del olécranon y de la
cabeza radial (Mayo I, Mason I) pueden tratarse con inmovilización breve en férula
posterior, seguida de movilización progresiva para evitar rigidez. Las fracturas
desplazadas del olécranon (Mayo II o III) requieren fijación con alambre de tensión
tipo figura de ocho o placa anatómica precontorneada, especialmente si existe
conminución. En fracturas de la cabeza radial tipo II con bloqueo mecánico o tipo III,
se realiza reducción abierta y fijación con tornillos o, en casos irreconstruibles,
artroplastia de cabeza radial. En fracturas del proceso coronoides tipo II y III se
recomienda fijación con tornillos desde anterior o sutura transósea. La tríada terrible
del codo debe abordarse con fijación de la cabeza radial, estabilización del
coronoides y reparación del ligamento colateral lateral, asegurando la estabilidad
articular antes de iniciar movilización.
Las fracturas del húmero distal, especialmente las articulares, deben tratarse
quirúrgicamente mediante reducción anatómica y fijación con doble placa ortogonal
o paralela. En pacientes mayores con conminución severa y baja demanda
funcional, puede considerarse la artroplastia total de codo. En niños, las fracturas
supracondíleas tipo I se tratan con yeso. Las tipo II y III requieren reducción cerrada
bajo anestesia general y fijación con agujas de Kirschner cruzadas, con protección
del nervio cubital.
Rehabilitación funcional, complicaciones y pronóstico
El codo es una articulación propensa a la rigidez postraumática, por lo que la
rehabilitación debe iniciarse lo más pronto posible. La inmovilización prolongada
debe evitarse siempre que se haya logrado estabilidad suficiente con el tratamiento
quirúrgico. Se recomienda iniciar movilidad pasiva asistida a los pocos días, seguida
de ejercicios activos y fortalecimiento progresivo. El rango funcional necesario para
la mayoría de las actividades diarias es de 30 a 130° de flexoextensión y al menos
50° de pronación y supinación.
Las complicaciones más frecuentes incluyen rigidez articular, osificación
heterotópica, neuropatía cubital, artrosis postraumática, consolidación viciosa y, en
casos mal manejados, inestabilidad crónica del codo.
Licenciatura médico cirujano
Traumatología y ortopedia
LM8C
Tarea: Fracturas de radio y cúbito
Alumno: Alejandro Porcayo Castillo
Docente: Dr. Fredy Radilla Suastegui
Acapulco, Guerrero, marzo 2025
Fracturas de Radio y Cúbito (Antebrazo)
Anatomía funcional del antebrazo y biomecánica
El antebrazo está constituido por dos huesos largos: el radio, en posición lateral, y
el cúbito (ulna), en posición medial. Estos huesos están unidos entre sí por la
membrana interósea, que proporciona estabilidad longitudinal y sirve como punto
de inserción muscular. Proximalmente, ambos huesos se articulan con el húmero en
el codo, y distalmente con los huesos del carpo y entre sí en la articulación
radiocubital distal. La integridad estructural del radio y el cúbito es esencial para
conservar el movimiento de pronosupinación, que depende de su alineación axial
y rotacional. Debido a esta relación funcional, una fractura diafisaria de uno o ambos
huesos que no sea reducida de forma anatómica puede producir pérdida
significativa de la movilidad del antebrazo, incluso si consolida. Además, el nervio
interóseo posterior (rama motora del nervio radial) discurre cerca de la cara
posterior del radio proximal, y puede lesionarse durante maniobras quirúrgicas.
Clasificación y tipos de fractura
Las fracturas diafisarias del radio y cúbito pueden ser aisladas (de un solo hueso) o
combinadas (ambos huesos), y están codificadas en el sistema AO/OTA bajo el
grupo 22. Se dividen en tipo A (fracturas simples: transversas, oblicuas o espirales),
tipo B (con cuña metafisodiafisaria) y tipo C (conminutas). Existen además tres
lesiones especiales del antebrazo: la fractura-luxación de Monteggia, que
consiste en una fractura del cúbito proximal con luxación de la cabeza radial; la
fractura-luxación de Galeazzi, con fractura del radio distal y luxación de la
articulación radiocubital distal; y el síndrome de Essex-Lopresti, que incluye una
fractura de la cabeza radial con disrupción de la membrana interósea y luxación
radiocubital distal. Estas lesiones deben ser reconocidas y tratadas oportunamente,
ya que comprometen la estabilidad longitudinal del antebrazo.
Clínica, evaluación y diagnóstico radiológico
Los pacientes con fractura de antebrazo se presentan con dolor intenso, deformidad
visible, edema, impotencia funcional y, en ocasiones, crepitación ósea. Las fracturas
aisladas del cúbito, como las del tercio medio por trauma directo (fractura del
parachoques), pueden tener menor desplazamiento. En cambio, las fracturas
simultáneas de radio y cúbito son inestables y dolorosas, y generan pérdida
completa de la función del antebrazo. La evaluación incluye exploración
neurovascular del miembro y examen completo del codo y muñeca para descartar
lesiones asociadas. Las radiografías anteroposterior y lateral del antebrazo deben
incluir el codo y la muñeca, ya que lesiones como la de Galeazzi o Essex-Lopresti
pueden pasar inadvertidas si se enfocan solo en la diáfisis. En fracturas con
conminución o compromiso articular, la tomografía es útil para valorar
desplazamiento y planificar la fijación.
Tratamiento: indicaciones, técnicas y consideraciones quirúrgicas
El tratamiento ideal de las fracturas diafisarias del antebrazo en adultos es
quirúrgico, con reducción anatómica abierta y fijación interna (RAFI) con placas
de compresión dinámica (DCP) o placas bloqueadas. La meta es restaurar con
precisión la longitud, el eje y la rotación de ambos huesos para conservar la función
de pronosupinación. Se realiza un abordaje separado para cada hueso: el radio por
vía volar (Henry) y el cúbito por vía posterior o subcutánea. Las placas deben
colocarse en zonas seguras para evitar interferir con la pronación y evitar daño al
nervio interóseo posterior.
El tratamiento conservador en adultos se limita a fracturas no desplazadas de un
solo hueso sin compromiso articular, y debe realizarse con yeso braquiopalmar en
posición neutra o supinada. Sin embargo, presenta tasas elevadas de consolidación
viciosa, pérdida de rotación y pseudoartrosis, por lo que su uso es excepcional.
En pacientes pediátricos, en cambio, existe mayor capacidad de remodelación. Las
fracturas no desplazadas pueden tratarse con yeso cerrado. En las desplazadas, se
prefiere la reducción cerrada y fijación con clavos intramedulares flexibles (TEN).
En fracturas conminutas, abiertas o con falla de la reducción cerrada, se emplea
fijación con placas.
En lesiones especiales, como la fractura de Monteggia, la estrategia consiste en
reducir y fijar el cúbito, lo cual habitualmente permite la reducción espontánea de la
cabeza radial. En Galeazzi, se fija el radio anatómicamente y se evalúa la
estabilidad de la articulación radiocubital distal. Si persiste inestabilidad, se coloca
una aguja de Kirschner transfixiante. En el síndrome de Essex-Lopresti, debe
considerarse artroplastia de cabeza radial, reconstrucción de la membrana interósea
y estabilización de la radiocubital distal.
Complicaciones, pronóstico y rehabilitación funcional
Las fracturas del antebrazo, si no se tratan correctamente, tienen alto riesgo de
complicaciones funcionales. Las más frecuentes incluyen pseudoartrosis,
consolidación viciosa, pérdida de pronosupinación, síndrome compartimental agudo
y lesión del nervio interóseo posterior. La consolidación viciosa rotacional es
particularmente incapacitante y no se corrige con la compensación funcional;
requiere osteotomía correctiva.
Licenciatura médico cirujano
Traumatología y ortopedia
LM8C
Tarea: Fracturas de muñeca
Alumno: Alejandro Porcayo Castillo
Docente: Dr. Fredy Radilla Suastegui
Acapulco, Guerrero, marzo 2025
Fracturas de Muñeca
Anatomía funcional y relaciones clínicas del radio distal
La muñeca comprende la articulación radiocarpiana, la radiocubital distal y las
intercarpianas. El componente más frecuentemente fracturado es el extremo distal
del radio, que articula con el escafoides y el semilunar a través de su superficie
articular cóncava. Medialmente, articula con el cúbito mediante la escotadura
sigmoidea del radio, conformando la articulación radiocubital distal, cuya
integridad es esencial para la pronosupinación. La estabilidad está dada por los
ligamentos radiocarpianos dorsales y palmares, así como por el complejo
fibrocartilaginoso triangular (TFCC), que funciona como estabilizador primario de la
articulación radiocubital distal. La apófisis estiloides radial es el anclaje ligamentoso
más importante del carpo. El nervio mediano, que atraviesa el túnel del carpo,
puede verse comprimido en fracturas desplazadas con colapso volar, causando
síndrome del túnel del carpo agudo o crónico.
Epidemiología y mecanismos de lesión
Las fracturas de radio distal son las más frecuentes del miembro superior,
representando hasta el 20% de las fracturas atendidas en urgencias. Se presentan
con dos picos de edad: en adultos jóvenes por traumatismos de alta energía
(accidentes, deportes de contacto) y en adultos mayores, especialmente mujeres
osteoporóticas, tras caídas simples desde su propia altura. El mecanismo clásico es
la caída sobre la mano extendida (FOOSH), generando un vector de compresión
dorsopalmar sobre el radio distal, lo que puede causar desde fracturas
extraarticulares hasta lesiones conminutas intraarticulares y afectación ligamentaria.
Clasificación y patrones de fractura
Las fracturas de muñeca se clasifican por su patrón anatómico y mecanismo de
lesión. La clasificación de Frykman considera el compromiso articular
radiocarpiano y radiocubital distal, así como la presencia de fractura del cúbito
distal. La clasificación de Fernández se basa en el mecanismo: tipo I (colapso
metafisario), tipo II (cizallamiento articular), tipo III (avulsión ligamentaria), tipo IV
(lesión de alta energía) y tipo V (lesión con conminución severa). Sin embargo, la
más utilizada actualmente es la clasificación AO/OTA, que agrupa las fracturas del
radio distal como tipo A (extraarticulares), tipo B (parcialmente articulares) y tipo C
(completamente articulares), con subtipos según el grado de conminución y
desplazamiento. El patrón clásico es la fractura de Colles, con desplazamiento
dorsal y acortamiento radial; la fractura de Smith, en cambio, presenta
desplazamiento volar y es menos estable. La fractura de Barton representa un
patrón por cizallamiento con luxación asociada del carpo, y suele requerir
intervención quirúrgica.
Evaluación clínica, diagnóstico y estudios complementarios
El paciente refiere dolor localizado, edema, deformidad evidente en “tenedor” (en
fracturas de Colles), y limitación funcional. Puede haber parestesias por compresión
del nervio mediano. La evaluación clínica debe incluir valoración de la estabilidad
radiocubital distal, dolor en el escafoides y movilidad de los dedos. Las radiografías
anteroposterior y lateral permiten clasificar la fractura y valorar parámetros críticos
como altura radial, angulación volar y longitud del cúbito. Se consideran indicativos
de inestabilidad: conminución dorsal, compromiso articular >2 mm, angulación
dorsal >10°, acortamiento radial >3 mm y fractura conmutada del cúbito distal. En
fracturas intraarticulares o con patrón complejo, la tomografía computarizada aporta
información clave para la planificación quirúrgica.
Tratamiento conservador y quirúrgico: indicaciones y técnicas
Las fracturas no desplazadas o mínimamente desplazadas, sin criterios de
inestabilidad, pueden tratarse de forma conservadora con yeso braquimetacarpiano
durante 4 a 6 semanas, con seguimiento radiográfico a la primera semana para
verificar la alineación. Las fracturas desplazadas, con inestabilidad radiológica o
compromiso articular, requieren intervención quirúrgica. El estándar actual es la
reducción abierta y fijación interna con placa volar bloqueada, que proporciona
estabilidad angular, permite movilización temprana y es versátil en fracturas con
conminución. En fracturas extraarticulares simples o en pacientes seleccionados,
puede utilizarse fijación percutánea con agujas de Kirschner más yeso. En
lesiones de alta energía, abiertas o con afectación severa de partes blandas, puede
emplearse fijación externa temporal o definitiva. Las fracturas del escafoides no
desplazadas se tratan con yeso tipo navicular; las desplazadas requieren fijación
percutánea con tornillo de Herbert o cirugía abierta según el grado de
conminución. Las lesiones del TFCC o la inestabilidad radiocubital distal persistente
deben evaluarse y repararse quirúrgicamente si son sintomáticas.
Complicaciones, rehabilitación y pronóstico funcional
Las fracturas de muñeca tienen en general buen pronóstico, especialmente si se
logra una reducción anatómica. Las complicaciones más frecuentes son la
consolidación viciosa (principal causa de dolor y pérdida de función), el síndrome
del túnel del carpo, la rigidez articular por inmovilización prolongada, la
pseudoartrosis del escafoides y la artrosis radiocarpiana postraumática. La
pérdida de la angulación volar normal (>11°) y el acortamiento radial se asocian a
disminución de la fuerza de prensión y movilidad funcional. La rehabilitación debe
iniciar tan pronto como sea posible, con ejercicios de movilidad pasiva, activos
asistidos y fortalecimiento. El retorno a las actividades laborales manuales ocurre en
promedio a las 8–12 semanas, dependiendo del tipo de fractura y tratamiento
aplicado. Se recomienda el uso de escalas como el Mayo Wrist Score o el DASH
para evaluar el resultado funcional.
Licenciatura médico cirujano
Traumatología y ortopedia
LM8C
Tarea: Fracturas de pelvis
Alumno: Alejandro Porcayo Castillo
Docente: Dr. Fredy Radilla Suastegui
Acapulco, Guerrero, marzo 2025
Fracturas de Pelvis y Acetábulo
Anatomía funcional de la pelvis y complejidad biomecánica
La pelvis está compuesta por los dos huesos coxales (ilion, pubis e isquion
fusionados), el sacro y la sínfisis púbica. Estas estructuras forman el anillo pélvico,
una unidad cerrada, altamente resistente, que cumple funciones de carga,
estabilidad postural y protección de órganos vitales. El anillo se estabiliza por
ligamentos posteriores (sacroilíacos, sacrotuberosos y sacroespinosos) y anteriores
(ligamento púbico superior y arcuato). La pelvis transmite el peso del tronco a las
extremidades inferiores y, debido a su forma cerrada, una fractura en un punto suele
acompañarse de una segunda lesión en otro lugar del anillo. Las fracturas del
acetábulo afectan la articulación coxofemoral y comprometen directamente la
congruencia articular. Las estructuras neurovasculares adyacentes incluyen el plexo
lumbosacro, vasos ilíacos, nervio ciático y estructuras viscerales (vejiga, uretra,
recto), lo que convierte a las fracturas pélvicas en lesiones potencialmente letales,
especialmente en politrauma.
Clasificación de las fracturas pélvicas y acetabulares
Las fracturas del anillo pélvico se clasifican según el sistema de Tile, que valora
la estabilidad del anillo. Tipo A: estables (fracturas aisladas del pubis o alas ilíacas);
tipo B: inestables en rotación pero estables verticalmente (como las de libro abierto);
y tipo C: completamente inestables (rotacional y verticalmente), típicas de
traumatismos de alta energía. Otra clasificación ampliamente utilizada es la del
ATLS (Young-Burgess), que divide las fracturas según el vector de fuerza:
compresión anteroposterior (APC), compresión lateral (LC), vertical shear (VS) y
combinadas. Esta última tiene utilidad práctica en urgencias y predice el riesgo de
sangrado. Las fracturas del acetábulo, por su parte, se clasifican según Letournel
y Judet, en fracturas simples (pared anterior, pared posterior, columna anterior,
columna posterior, transversa) y complejas (transversa + pared posterior, T,
bicolumnares, etc.). Esta clasificación se basa en la afectación de columnas y
paredes del acetábulo y orienta el abordaje quirúrgico.
Presentación clínica, evaluación inicial y diagnóstico
Las fracturas pélvicas suelen producirse por trauma de alta energía: accidentes de
tráfico, caídas desde altura o aplastamientos. El paciente puede llegar en estado de
choque hipovolémico debido a sangrado retroperitoneal. El diagnóstico clínico
incluye dolor pélvico intenso, inestabilidad mecánica, hematuria, equimosis perineal,
deformidad en extremidades inferiores, y signos de lesión uretral (sangrado meático,
próstata elevada al tacto rectal). La evaluación debe seguir el protocolo ATLS, con
control de la vía aérea, ventilación y circulación. El examen físico pélvico con
maniobras de compresión debe realizarse solo una vez para evitar
desplazamiento adicional. Las radiografías anteroposterior de pelvis, alae y
inlet/outlet permiten visualizar el patrón fracturario. La tomografía computarizada
es indispensable para evaluar lesiones del acetábulo y planificar tratamiento
quirúrgico. En mujeres con fractura pélvica, es fundamental descartar lesiones
vaginales; en hombres, la evaluación urológica ante sospecha de lesión uretral es
prioritaria.
Tratamiento de fracturas del anillo pélvico: estabilización y cirugía
El manejo inicial de una fractura pélvica inestable implica estabilización
hemodinámica y estabilización pélvica externa emergente con compresores tipo
sábana, fijadores externos o dispositivos como el C-clamp. En casos con sangrado
activo y hemodinámica inestable, está indicada la embolización arterial selectiva o
ligadura de arterias ilíacas internas. El tratamiento definitivo depende del tipo de
fractura y estabilidad: las fracturas tipo A se manejan de forma conservadora con
deambulación progresiva. Las fracturas tipo B requieren estabilización anterior
(placas en sínfisis púbica o fijador externo) y eventualmente estabilización posterior
si existe disrupción sacroilíaca. Las fracturas tipo C, con inestabilidad rotacional y
vertical, necesitan fijación anterior y posterior con placas, tornillos sacroilíacos o
barras transiliosacras. La reducción anatómica del anillo posterior es clave para
prevenir dolor pélvico crónico, dismetría y claudicación. La decisión quirúrgica debe
tomar en cuenta la condición general del paciente, lesiones asociadas y tiempo
desde el trauma.
Tratamiento de fracturas del acetábulo: principios quirúrgicos
Las fracturas acetabulares afectan directamente la congruencia articular de la
cadera, y su tratamiento debe buscar restaurar la superficie articular y prevenir
artrosis postraumática. Las indicaciones quirúrgicas incluyen desplazamiento
articular >2 mm, inestabilidad, dislocación de cadera, incongruencia
femoroacetabular y fracturas de la cúpula superior. El tratamiento se realiza por
abordajes específicos: abordaje de Kocher-Langenbeck para pared y columna
posterior; abordaje ilioinguinal o de Stoppa modificado para columna anterior y
fracturas transversas. La fijación se realiza con tornillos y placas precontorneadas.
En fracturas irreconstruibles en pacientes añosos, la artroplastia total de cadera
primaria puede considerarse. La reducción anatómica es crítica, ya que
desplazamientos >2 mm se asocian a evolución hacia artrosis y necesidad de
artroplastia secundaria.
Complicaciones, rehabilitación y pronóstico funcional
Las fracturas pélvicas inestables presentan riesgo elevado de complicaciones:
hemorragia masiva, tromboembolia venosa, lesión uretral, disfunción sexual, dolor
pélvico crónico e inestabilidad mecánica residual.