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Revisado Marco Teórico TLP

El Trastorno Límite de la Personalidad (TLP) es un trastorno mental caracterizado por inestabilidad emocional, relaciones interpersonales caóticas y conductas impulsivas, con un diagnóstico que requiere al menos cinco de nueve criterios específicos. Aunque se ha creído que afecta más a mujeres, estudios indican que la prevalencia es similar entre géneros, sugiriendo sesgos en el diagnóstico y diferencias en la manifestación de síntomas. El tratamiento debe considerar estas diferencias de género y la interacción de factores biopsicosociales que contribuyen al desarrollo del TLP.

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Revisado Marco Teórico TLP

El Trastorno Límite de la Personalidad (TLP) es un trastorno mental caracterizado por inestabilidad emocional, relaciones interpersonales caóticas y conductas impulsivas, con un diagnóstico que requiere al menos cinco de nueve criterios específicos. Aunque se ha creído que afecta más a mujeres, estudios indican que la prevalencia es similar entre géneros, sugiriendo sesgos en el diagnóstico y diferencias en la manifestación de síntomas. El tratamiento debe considerar estas diferencias de género y la interacción de factores biopsicosociales que contribuyen al desarrollo del TLP.

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Universidad Nacional Autónoma de México

Facultad de Estudios Superiores Zaragoza

CARRERA DE PSICOLOGÍA

LA INVESTIGACIÓN PSICOLÓGICA CLÍNICA Y DE SALUD

TLP en hombres y mujeres

Elaborado por:

Castro Benitez Nadia

Flores Martinez Axel

Gutiérrez Lara Zoé Ariadna

Lima Olvera Valentina

Ortíz Guadarrama Darlen

Reyna Canchola Eridany Estefanía

Grupo 452 A
El Trastorno Límite de la Personalidad (TLP) es un trastorno mental complejo que se
caracteriza por un patrón persistente de inestabilidad emocional, relaciones
interpersonales turbulentas, autoimagen distorsionada y conductas impulsivas. Este
trastorno ha sido ampliamente estudiado y descrito en los manuales diagnósticos
más utilizados en el ámbito clínico, como el DSM-5 (American Psychiatric
Association, 2013) y el CIE-11 (World Health Organization, 2019). Ambos manuales
coinciden en que el TLP se manifiesta a través de una serie de síntomas que
afectan significativamente la vida emocional, cognitiva y conductual de quienes lo
padecen.

El DSM-5, menciona que el diagnóstico de TLP requiere la presencia de al menos


cinco de los siguientes nueve criterios: esfuerzos frenéticos para evitar el abandono
real o imaginado, un patrón de relaciones interpersonales inestables e intensas
caracterizado por la alternancia entre idealización y devaluación, alteración de la
identidad (autoimagen o sentido de sí mismo marcadamente inestable), impulsividad
en áreas potencialmente auto dañinas (como gastos excesivos, abuso de sustancias
o conductas sexuales de riesgo), comportamientos o amenazas suicidas
recurrentes, inestabilidad afectiva debida a una notable reactividad del estado de
ánimo, sentimientos crónicos de vacío, ira inapropiada e intensa, e ideación
paranoide transitoria relacionada con el estrés o síntomas disociativos graves. Por
su parte, el CIE-11 describe el TLP como un trastorno de la personalidad
caracterizado por un patrón persistente de inestabilidad en las relaciones
interpersonales, la autoimagen y los afectos, junto con una marcada impulsividad y
dificultad para mantener la estabilidad emocional.

El término trastorno límite de la personalidad o borderline oficialmente se integró en


1980 con la publicación del DSM-III, el cual está situado dentro del grupo B y es
definido como un patrón general de inestabilidad en las relaciones interpersonales,
la autoimagen y la afectividad, y una notable impulsividad que comienza al principio
de la edad adulta (adolescencia) y se da en diversos contextos. El término límite
surgió en esta línea y se recurría a él, cuando no se tenía claro si el paciente sufría
una neurosis (pacientes ligeramente enfermos) o una psicosis (pacientes muy
enfermos). La idea de recurrir a este término partió de las dificultades observadas
en un grupo de pacientes que no encajaban en ninguno de los dos polos de
“enfermedad” y que parecían oscilar entre características de funcionamiento normal
y características de funcionamiento patológico, situándose por tanto al límite de la
normalidad y de la patología. Sin embargo, antes de esta aparición "oficial" ya antes
autores habían hablado sobre el TLP. (Mosquera, D., s.f.)

En 1684, Juan Bonet se atreve a unir en un único síndrome la impulsividad y los


estados de ánimo inestables como lo era la ira, la irritabilidad y la depresión, lo que
denominó como folie maniaco-melancolique. (Caballo, V. E., & Camacho, S. 2000)

Hacia 1884, el médico estadounidense C.H. Hughes habló de borderland


insanities para referirse a locuras parciales o en el límite entre la normalidad y la
pérdida de la razón. Retomó esa idea a partir de un caso de “locura de duda y de
tacto”. Los define como “personas que pasaron toda su vida de uno u otro lado"
(Londoño D., 2015).

Helmich, N. (2025) relata que en 1938, Adolf Stern acuñó el término para catalogar
a pacientes que mostraban inestabilidad emocional, impulsividad, hipersensibilidad
al rechazo y falta de una respuesta favorable al tratamiento y denominó a los
pacientes que cumplen con estos síntomas como “el grupo de la línea de la
frontera.”

Kernberg (1975), empleó el término «límite» para describir la mayoría de las formas
serias del carácter patológico.

Las características emocionales del TLP incluyen una intensa inestabilidad afectiva,
donde las personas experimentan cambios rápidos y extremos en su estado de
ánimo, pasando de la euforia a la tristeza o la ira en cuestión de horas (Linehan,
1993). Además, es común que presenten sentimientos crónicos de vacío, una
sensación persistente de falta de significado o propósito que puede llevar a
conductas impulsivas en un intento por aliviar este malestar (Gunderson, 2009).

En el ámbito cognitivo, las personas con TLP suelen presentar una distorsión de la
autoimagen, lo que dificulta la toma de decisiones y la estabilidad en proyectos de
vida (Kernberg, 1985). También es frecuente el pensamiento dicotómico, es decir, la
tendencia a percibir las situaciones y a las personas en términos extremos (todo o
nada, bueno o malo), lo que contribuye a la inestabilidad en las relaciones
interpersonales (Beck, Freeman y Davis, 2004). Desde el punto de vista
neurobiológico se han realizado estudios y se han generado hipótesis sobre la
asociación del fenotipo clínico comportamental con posibles alteraciones en el
sistema de recompensa cerebral, cambios en el procesamiento en vías de dolor
y desregulación amigdalina con alteraciones en su conectividad con el cíngulo
posterior y con la corteza prefrontal (Kraus, Esposito, Seifritz, Di Salle, Ruf,
Valerius y Schmahl, 2009). Con ayuda de las neuroimágenes funcionales que se
han empleado para estudiar el procesamiento emocional en este trastorno (Soloff,
White, Omari, Ramaseshan y Diwadkar, 2015), se ha encontrando reducciones en la
actividad regulatoria de la corteza prefrontal en un modelo top-down, en las
activaciones anómalas amigdalinas e insulares; vinculadas estrechamente con los
niveles de ansiedad y de agresión; además de encontrarse reducciones en los
tamaños de la amígdala derecha (Winsper, Marwaha, Lereya, Thompson,
Eyden y Singh, 2016).

En cuanto a las características conductuales, el TLP se asocia con conductas


impulsivas y autodestructivas, como autolesiones, intentos de suicidio, abuso de
sustancias y comportamientos de riesgo (Zanarini et al., 2005). Estas conductas
suelen ser una respuesta a emociones abrumadoras y una forma de buscar alivio
temporal al malestar emocional (Linehan, 1993).

Uno de los mayores desafíos para las personas con TLP es la regulación emocional.
La falta de habilidades para manejar emociones intensas, como la ira, la tristeza o la
ansiedad, contribuye a la inestabilidad emocional y a los conflictos interpersonales
(Linehan, 1993). Además, las relaciones interpersonales en el TLP suelen ser
caóticas e intensas. Las personas con este trastorno tienden a idealizar a los demás
al inicio de una relación, pero rápidamente pueden devaluarse ante cualquier
desilusión, un patrón conocido como "escisión" (Gunderson, 2009). Este fenómeno
genera conflictos frecuentes y dificulta el mantenimiento de vínculos estables. El
miedo al abandono, otro síntoma central del TLP, puede llevar a comportamientos
desesperados para evitar la separación, lo que a menudo resulta en un círculo
vicioso de conflicto y rechazo (Linehan, 1993).

Desde la introducción del TLP en los manuales diagnósticos, la idea de que afecta
principalmente a mujeres ha estado profundamente arraigada en la práctica clínica.
Sin embargo, estudios epidemiológicos han encontrado que, en la población
general, la prevalencia del TLP no presenta diferencias significativas entre hombres
y mujeres. En un estudio poblacional en Noruega, Torgersen et al. (2001)
encontraron que las tasas de prevalencia eran prácticamente idénticas para ambos
sexos. En cambio, en entornos clínicos, la proporción de mujeres diagnosticadas era
considerablemente más alta, lo que sugiere la existencia de un sesgo en la
detección y diagnóstico.

Este fenómeno también ha sido documentado en estudios realizados en Estados


Unidos, donde se ha observado que la prevalencia del TLP en la comunidad es del
5.6% en hombres y 5.2% en mujeres, lo que contradice la idea de una mayor
afectación femenina. Kaplan y Cols. (2024) sugieren que los criterios del DSM están
formulados desde una perspectiva masculina de la normalidad, lo que podría llevar
a una sobre diagnosticación de mujeres que no cumplen con los estereotipos de
feminidad esperados (Bozzatello et al., 2024)

Uno de los factores clave que contribuye a la diferencia en la percepción del TLP
entre hombres y mujeres es la forma en que se manifiestan los síntomas. Los
estudios han encontrado que las mujeres con TLP tienden a presentar síntomas
internalizantes, como inestabilidad emocional, autolesiones y ansiedad, mientras
que los hombres son más propensos a mostrar síntomas externalizantes, como
agresividad, impulsividad y abuso de sustancias.

La literatura sugiere que estos patrones diferenciales de comportamiento pueden


llevar a que las mujeres sean diagnosticadas con mayor frecuencia debido a que
sus síntomas suelen ser más visibles en entornos clínicos, mientras que los
hombres con síntomas externalizantes pueden recibir diagnósticos alternativos que
encajan mejor con estereotipos masculinos.

Las diferencias en la prevalencia y diagnóstico del TLP tienen implicaciones


importantes para el tratamiento. La mayoría de los estudios sobre intervenciones
terapéuticas para el TLP han sido realizados con muestras predominantemente
femeninas, lo que ha llevado a que los tratamientos están diseñados en función de
sus necesidades y síntomas específicos.

El sesgo de género en la investigación y tratamiento del TLP ha resultado en una


mayor focalización de estudios en mujeres, dejando una brecha en el conocimiento
sobre cómo los hombres responden a las intervenciones terapéuticas (Qian et al.,
2022).

En este sentido, se ha observado que los hombres con TLP suelen buscar menos
ayuda y adherirse menos al tratamiento, lo que podría deberse a normas de género
que desalientan la expresión emocional y la búsqueda de apoyo psicológico. Por
otro lado, las mujeres con TLP reciben más atención en tratamientos basados en la
terapia dialéctico-conductual, mientras que los enfoques específicos para hombres
han sido escasamente explorados (Bozzatello et al., 2024).

Las diferencias de género en la prevalencia y diagnóstico del TLP reflejan una


combinación de factores clínicos, socioculturales y metodológicos. Si bien la idea de
que el TLP es más común en mujeres sigue siendo ampliamente aceptada, la
evidencia sugiere que esto puede deberse más a sesgos en la evaluación y
diagnóstico que a diferencias reales en la prevalencia del trastorno. Para garantizar
un diagnóstico y tratamiento equitativos, es crucial seguir investigando estos
aspectos y desarrollar enfoques terapéuticos que consideren las diferencias en la
manifestación sintomática y las barreras de acceso al tratamiento según el género.

Sus características se manifiestan a partir de la adolescencia o adultez temprana y


afectan significativamente la calidad de vida del individuo.

Diversos estudios han documentado que el TLP se diagnostica con mayor


frecuencia en mujeres, presentándose en torno a un 75% de los casos o una
proporción de 3:1 a 4:1 en comparación con los hombres.

Esta diferencia puede deberse a factores reales (por ejemplo, una mayor exposición
a traumas y abuso sexual en la infancia) y también a sesgos diagnósticos
relacionados con normas y estereotipos de género, los cuales influyen en la
interpretación de comportamientos y en la búsqueda de ayuda en mujeres.

Algunos de los factores Etiológicos y Modelos Teóricos son:

a. Interacción Biopsicosocial

El modelo biopsicosocial es ampliamente aceptado para explicar el TLP. Se postula


que el trastorno surge de la interacción entre:
Vulnerabilidad biológica: Disfunciones en la regulación emocional (por ejemplo, en el
sistema serotoninérgico) que predisponen a respuestas emocionales intensas.

Ambiente invalidante: Experiencias tempranas de maltrato, abuso o abandono,


especialmente relevantes en mujeres, que dificultan el aprendizaje de una adecuada
regulación emocional.

b. Modelos Específicos

Teoría Biosocial de Linehan: Propone que la combinación de una alta sensibilidad


emocional (de base biológica) y un entorno que invalida las emociones del niño
conduce al desarrollo del TLP. Este modelo ha sido la base para la Terapia
Dialéctica Conductual (TDC), diseñada originalmente para tratar este trastorno.

Autores como Young sostienen que los esquemas precoces desadaptativos (por
ejemplo, de abandono, desconfianza o privación emocional) se consolidan a partir
de experiencias traumáticas en la infancia, influyendo en la forma en que las
mujeres interpretan sus relaciones y bienestar

En el contexto de género, las mujeres con TLP suelen presentar:

● Miedo intenso al abandono: Con frecuentes esfuerzos por evitarlo, lo que


genera relaciones inestables.

● Dificultades en la autoimagen: Se perciben a sí mismas de forma fluctuante y


a menudo negativa.

● Impulsividad y autolesiones: Conductas de riesgo en diversas áreas (gastos


excesivos, relaciones sexuales de riesgo, consumo de sustancias).

● Comorbilidades: Alta prevalencia de trastornos depresivos, de ansiedad y, en


algunos casos, trastornos alimentarios.

Además, las normas sociales y los roles de género pueden influir en cómo se
expresan estos síntomas y en la forma en que se les ofrece apoyo, contribuyendo al
estigma y a la interpretación sesgada de la conducta femenina.

En el caso de las implicaciones y consideraciones sociales, el análisis de género en


el TLP sugiere que:
● Las desigualdades y estereotipos de género pueden influir en la
presentación, el diagnóstico y el abordaje terapéutico del TLP en mujeres.
● La socialización en contextos patriarcales puede exacerbar sentimientos de
vacío y dependencia, al tiempo que refuerza la tendencia a buscar validación
externa.

Es fundamental integrar perspectivas socioculturales en el tratamiento, lo que puede


implicar intervenciones psicoeducativas y terapéuticas que aborden tanto los
factores individuales como el contexto social en el que se desarrolla la paciente.

Otro aspecto fundamental es la genética ya que al hablar de manifestaciones como


la agresión, el estado de ánimo y la impulsividad se han relacionado con una serie
de genes diferentes, y su expresión fenotípica se ha moderado por los efectos del
género (Beauchaine et al., 2009). En el caso del polimorfismo el gen de la
monoamino oxidasa A (MAOA), confiere vulnerabilidad a los comportamientos
externalizantes entre los hombres, el genotipo Val/Val Catecol-O-metiltransferasa
(COMT), se asocia con el riesgo de psicopatología después de acontecimientos
vitales estresantes, y al probable comportamiento antisocial en los hombres, y el
alelo corto del gen 5-HTT, confiere una vulnerabilidad a la agresión en los hombres.
Estos genes se han empleado en un modelo de interacción gen-género para
explicar la prevalencia general similar de TLP (Beauchaine et al., 2009).

Al considerarse tanto factores fenomenológicos, epidemiológicos, biológicos y del


desarrollo del TLP, se ha encontrado que los hombres con TLP evidencian un
elevado abuso de sustancias y patrones de comportamiento "externalizantes",
rasgos de personalidad antisocial, autolesiones violentas y agresión interpersonal,
comportamiento suicida o ideación suicida (Bayes & Parker, 2017), la autolesión o
autolesión, la reactividad emocional, percepción de posibles amenazas, rechazo
social y alteraciones de la cognición social (Morales [Link]., 2019). Todo esto en su
mayoría va acompañado de trastornos paranoicos, pasivo-agresivos, narcisistas,
sádicos y de personalidad antisocial (EP) ya que en muy pocas ocasiones es el
único trastorno que sufre la persona. Es por ello que los hombres con TLP han
mostrado una sintomatología más disociativa con un uso más frecuente de defensas
desadaptativas y distorsionadoras de la imagen (Johnson [Link]., 2003).
En este contexto, la Terapia Dialéctica Conductual (DBT por sus siglas en inglés)
emerge como un tratamiento especialmente diseñado para abordar los síntomas del
TLP. Desarrollada en la década de 1980 por la psicóloga Marsha Linehan, la DBT
combina técnicas cognitivo-conductuales con principios de mindfulness y filosofía
dialéctica, centrándose en la aceptación y el cambio. Linehan observó que los
enfoques terapéuticos tradicionales no eran efectivos para pacientes con TLP,
especialmente aquellos con conductas suicidas recurrentes, lo que la llevó a crear
un tratamiento específico para este trastorno (Linehan, 1993).

Los principios de la DBT se alinean directamente con los síntomas centrales del
TLP. Por ejemplo, las técnicas de regulación emocional ayudan a los pacientes a
identificar y modular sus emociones intensas, abordando así la inestabilidad
afectiva. Las habilidades de tolerancia al malestar enseñan a manejar situaciones
estresantes sin recurrir a conductas autodestructivas, mientras que las habilidades
interpersonales mejoran la capacidad para establecer y mantener relaciones
saludables. Finalmente, el mindfulness promueve la conciencia plena y la
aceptación del momento presente, lo que contribuye a reducir la impulsividad y la
reactividad emocional (Linehan, 1993). Su enfoque en la aceptación y el cambio
permite a los pacientes desarrollar habilidades para manejar sus emociones,
mejorar sus relaciones interpersonales y, en última instancia, aumentar su calidad
de vida.

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