Resumen de Pro Archia – Cicerón
Pro Archia es un discurso que Cicerón pronuncia en el año 62 a.C. para defender a Aulo
Licinio Arquías, un poeta griego bastante conocido que había sido acusado de no tener
ciudadanía romana. Lo curioso es que el caso, que en principio parece menor, se
convierte en una oportunidad para que Cicerón despliegue una defensa mucho más
profunda que lo puramente legal. En vez de limitarse a demostrar que Arquías tenía
derecho a ser ciudadano, arma un discurso que es, básicamente, una oda al valor de la
cultura, de las letras y del pensamiento. Es como si dijera: “más allá de si este tipo tiene
un papel que diga que es ciudadano, lo que importa es lo que representa para Roma”. Y
eso lo hace con su estilo característico: inteligente, persuasivo y cargado de contenido
político y filosófico.
El tema de fondo era que Arquías había nacido en Antioquía, en el mundo griego, pero
hacía años que vivía en Roma y tenía vínculos fuertes con familias importantes, como
los Lucullos, que lo habían acogido y ayudado. En algún momento, había conseguido la
ciudadanía romana a través de una ley llamada Lex Plautia Papiria, que permitía otorgar
la ciudadanía a ciudadanos de ciudades aliadas si cumplían ciertos requisitos, como
registrarse en Roma y vivir allí de forma estable. Arquías supuestamente había
cumplido con todo eso, pero al no haber registros escritos que lo probaran (porque se
habían perdido), alguien aprovechó para acusarlo de no tener ciudadanía legal. El
objetivo real de la acusación parece haber sido político: molestar a sus protectores o
generar un escándalo.
Cicerón, que conocía bien a Arquías y lo admiraba, toma el caso con un enfoque que va
mucho más allá de simplemente probar que su cliente cumplía con la ley. De hecho, sí
lo hace: explica cómo Arquías se inscribió correctamente, que vivía en Roma desde
hace muchos años, que era reconocido por figuras importantes, y que el hecho de que no
haya pruebas escritas no debería invalidar un derecho que se ejercía públicamente desde
hacía décadas. Pero después de dejar eso más o menos claro, Cicerón empieza a hablar
de otra cosa: de lo que Arquías representa como poeta, como intelectual, como figura
cultural.
Ahí es cuando el discurso se vuelve realmente interesante. Cicerón empieza a construir
un elogio de la poesía y la literatura como pocas veces se ve en un juicio. Dice que los
poetas son quienes se encargan de preservar la memoria de los grandes hombres, que
gracias a ellos los logros de Roma no se pierden con el tiempo, que las gestas heroicas
viven en la palabra escrita. Que sin los poetas, la historia no tiene voz. Que su tarea es
tan importante como la de los políticos, los soldados o los jueces. Básicamente, instala
la idea de que Roma no sería Roma sin sus poetas, sin su tradición literaria, sin su
cultura.
Además, Cicerón hace algo que hace muy bien: se mete él mismo en el discurso. Dice
que si él pudo llegar a ser un orador reconocido, un político exitoso, un magistrado
respetado, fue gracias a su formación literaria. Que todo lo que sabe de derecho, de
política, de vida pública, lo aprendió en parte leyendo poesía, filosofía e historia. Y que
por eso, defender a Arquías no es solo defender a un poeta: es defender todo aquello que
le dio sentido a su propia vida política y profesional. Es como si dijera: “si este hombre
no merece ser ciudadano, entonces yo tampoco sería quien soy”.
La jugada de Cicerón es bastante estratégica. Sabe que no tiene todos los papeles para
ganar el caso solo por la vía documental, así que apela a otra cosa: al prestigio de su
palabra, al sentido común, al orgullo romano, a la idea de que hay cosas que trascienden
los documentos. Le habla a los jueces como ciudadanos, como personas que también
fueron educadas en esa cultura, que también crecieron leyendo a los grandes autores, y
que pueden entender por qué alguien como Arquías no solo merece ser ciudadano, sino
que en realidad ya lo es en el sentido más profundo del término.
Y es ahí donde el discurso trasciende completamente el juicio. Porque en el fondo,
Cicerón no está defendiendo a una persona puntual: está defendiendo una forma de
entender Roma, una forma de pensar la vida pública, donde el arte y la palabra tienen un
lugar central. Está diciendo que no todo se reduce a la guerra, al poder o a la ley escrita.
Que también se construye comunidad a través de la belleza, de la memoria, del
conocimiento. Que la cultura no es un adorno, sino una herramienta de poder real. Que
formar ciudadanos no es solo enseñarles leyes, sino también enseñarles a pensar, a
expresarse, a admirar lo valioso.
En este sentido, el Pro Archia se convierte casi en un manifiesto cultural. Cicerón toma
un caso judicial simple y lo convierte en un espacio para reflexionar sobre el rol del
conocimiento en la política. No es casualidad que, siglos después, este discurso siga
siendo leído y comentado no por lo que dice sobre una ley romana puntual, sino por lo
que dice sobre el valor de la palabra en la vida pública. Es un texto que, a través de una
defensa legal, termina hablando de algo mucho más grande: de cómo se construyen las
sociedades, de cómo se preserva la historia, de qué lugar tienen los poetas, los escritores
y los intelectuales en el corazón de una república.
Arquías, al final, fue absuelto. Pero lo que importa no es tanto el resultado del juicio,
sino lo que el discurso deja como mensaje. En un momento donde Roma vivía tensiones
políticas fuertes, donde las instituciones estaban siendo puestas a prueba, donde la
violencia empezaba a ser parte del juego político, Cicerón se planta a decir que sin
cultura, sin poesía, sin memoria, no hay república que aguante. Que el derecho no puede
existir sin espíritu. Que los pueblos que olvidan a sus poetas, terminan también
olvidando su identidad.
Por eso Pro Archia sigue siendo un texto que vale la pena leer. No solo porque muestra
la genialidad retórica de Cicerón, sino porque nos recuerda que hay formas de poder que
no pasan por la fuerza, sino por las ideas. Que el derecho y la palabra están
profundamente conectados. Y que a veces, defender a un poeta es también defender a
todo un pueblo.