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TRADICIONES PERUANAS
RICARDO PALMA
PUBLICADO ENTRE 1872 Y 1910
PUBLICADO DE NUEVO POR
ABELA PUBLISHING, LONDRES [2011]
A BENEFICIO DE
PROYECTO PERÚ
ORGANIZACIÓN BENÉFICA
REGISTRADA EN INGLATERRA Y GALES
No. 1049413
APOYANDO A LOS EN EXTREMA POBREZA
RICARDO PALMA
TRADICIONES PERUANAS
Disposición tipográfica de esta edición
O Abela Publishing 2011
Este libro no puede ser reproducido en su formato actual de
ninguna manera en ningun medio de comunicación o
transmisión por ningun medio, que sea electrónico,
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Internet, blogs, wikis, ni en ningun almacenamiento de
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permitido por la ley, sin el permiso previo por escrito de la
Editorial.
Abela Publicación,
Londres
Reino Unido
2011
ISBN-13: 978-1-907256-59-2
correo electrónico: Books0AbelaPublishing.com
www.AbelaPublishine.com >eruanas.html
11
TRADICIONES PERUANAS
AGRADECIMIENTOS
ABELA PUBLISHING
reconoce el trabajo que hizo
RICARDO PALMA
en la compilación y publicación de las
TRADICIONES PERUANAS
antes de que los medios de comunicación electrónica
estaban en uso
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33% de los beneficios de la venta de
este libro estarán donado a
PROYECTO PERÚ
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111
RICARDO PALMA
E3
i.
RICARDO PALMA
(183531919)
INDICE
LOS DUENDESDENLCUZCO NA 1
LOS POLVOS'DE MA CONDES AA 11
EL JUSTICIA MA YORIDEDAYCACOTAE 19
RACIMO DEHORCAA A 29
AMOR DE MADRE A 41
LUCAS El SAGRERACORTO A 49
RUDAMENTE, PULIDAMENTE, MAÑOSAMENTE 57
El, RESUCITA DO A 69
EL CORREGIDOR DE TINA a 77
LA GATITA DE MARI-RAMOS QUE HALAGA
CON LA COLA Y ARAÑA CON LAS MANOS ...... 85
¡ALA CARCEITODO ER IO 103
NADIE SE MUERE HASTA QUE DIOS QUIERE..... 111
EL FRAILE MEA MONDE, O 121
POR'BEBER UNA COPADE CORO A 135
UNA EXCOMUNION FAMOSA
TRADICIONES PERUANAS
AER UNARUN AA de e 149
DECIOSIDA DINO “A CRADECIDA CA A 153
ERNALMA DEBRA Y VENANCIO ed 157
BATTRENZA DE SUS: EADELLOS: den a 165
DEAD RETON dd a nO 173
POS'A RGUMENTOS DEL CORREGIDOR 179
PAE DEAN TOO 187
LA TTEORONA DEL VIERNES SANTO aa 193
MPAA RIPECESL: e mao a de 201
CONVERSION DE UN LIBERTINO 4000 ita 207
ESSE YDEL MONTES aa eS iO 213
TRES CUESTIONES HISTORICAS SOBRE
PIZARRO O deal E 225
A e O NE tol 235
NOTAS 0 ot ES OE 237
Wiséa 17)
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+)
TRADICIONES PERUANAS
LOS IDIUIANIDAS DIME ICIUDACIO,
CRÓNICA QUE TRATA DE CÓMO EL VIRREY POETA
ENTENDÍA LA JUSTICIA
Esta tradición no tiene otra fuente de autoridad que el
relato del pueblo. Todos la conocen en el Cuzco tal como
hoy la presento. Ningún cronista hace mención de ella, y
sólo en un manuserito de rápidas apuntaciones, que
abarca desde la época del virrey marqués de Salinas hasta
la del duque de la Palata, encuentro las siguientes líneas:
«En este tiempo del gobierno del príncipe de Squillace,
murió malamente en el Cuzco, a manos del diablo, el
almirante de Castilla, conocido por el descomulgado».
Como se ve, muy poca luz proporcionan estas líneas, y me
afirman que en los Anales del Cuzco, que posee inéditos el
señor obispo de Ochoa, tampoco se avanza más, sino que
el misterioso suceso está colocado en época diversa a la
que yo le asigno.
Y he tenido en cuenta para preferir los tiempos de don
Francisco de Borja; y Aragón, no sólo la apuntación ya
citada, sino la especialísima circunstancia de que, conocido
el carácter del virrey poeta, son propias de él las
espirituales palabras con que termina esta leyenda.
Hechas las salvedades anteriores, en descargo de mi
conciencia de cronista, pongo punto redondo y entro en
materia.
RICARDO PALMA
Don Francisco de Borja y Aragón, príncipe de Esquilache y
conde de Mayalde, natural de Madrid y caballero de las
Ordenes de Santiago y Montesa, contaba treinta y dos
años cuando Felipe II, que lo estimaba, en mucho, le
nombró virrey del Perú. Los cortesanos criticaron el
nombramiento, porque don Francisco sólo se había
ocupado hasta entonces en escribir versos, galanteos y
desafíos. Pero Felipe Il, a cuyo regio oído, y contra la
costumbre, llegaron las murmuraciones, dijo: — En verdad
que es el más joven de los virreyes que hasta hoy han ido a
Indias; pero en Esquilache hay cabeza, y más que cabeza
brazo fuerte.
El monarca no se equivocó. El Perú estaba amagado por
flotas filibusteras: y por muy buen gobernante que hiciese
don Juan de Mendoza y Luna, marqués de Montesclaros,
faltábale los bríos de la juventud. Jorge Spitberg, con una
escuadra holandesa, después de talar las costas de Chile,
se dirigió al Callao. La escuadra española le salió al
encuentro el 22 de julio de 1615, y después de cinco horas
de reñido y feroz combate frente a Cerro Azul o Cañete, se
incendió la capitana, se fueron a pique varias naves, y los
piratas vencedores pasaron a cuchillo a los prisioneros.
El virrey marqués de Montesclaros se constituyó en el
Callao para dirigir la resistencia, más por llenar el deber
que porque tuviese la esperanza de impedir, con los pocos
y malos elementos de que disponía, el desembarque de los
piratas y el consiguiente saqueo de Lima. En la ciudad de
los Reyes dominaba un verdadero pánico; y las iglesias no
sólo se hallaban invadidas por débiles mujeres, sino por
22
[RADICIONES PERUANAS
hombres que, lejos de pensar en defender como bravos sus
hogares, invocaban la protección divina contra los herejes
holandeses. El anciano y corajudo virrey disponía
escasamente de mil hombres en el Callao, y nótese que,
según el censo de 1614, el número de habitantes de Lima
ascendía a 25.454.
Pero Spitberg se conformó con disparar algunos
cañonazos que le fueron débilmente contestados, e hizo
rumbo para Paita. Peralta en su Lima fundada, y el conde
de la Granja, en su poema de Santa Rosa, traen detalles
sobre esos luctuosos días. El sentimiento cristiano atribuye
la retirada de los piratas a milagro que realizó la virgen
limeña, que murió dos años después, el 24 de agosto de
1617.
Según unos el 18 y según otros el 23 de diciembre de 1615,
entró en Lima el príncipe de Esquilache, habiendo salvado
providencialmente, en la travesía de Panamá al Callao, de
caer en manos de los piratas.
El recibimiento de este virrey fué suntuoso, y el Cabildo
no se paró en gastos para darle esplendidez.
Su primera atención fué crear y fortificar el puerto, lo que
mantuvo a raya la audacia de los filibusteros hasta el
gobierno de su sucesor, en que el holandés Jacobo
L'Heremite acometió su formidable empresa pirática
Descendiente del Papa Alejandro VI (Rodrigo Borgia) y de
San Francisco de Borja, duque de Gandía, el príncipe de
Esquilache, como años más tarde su sucesor y pariente el
conde de Lemos, gobernó el Perú bajo la influencia de los
jesuítas.
¡59)
Calmada la zozobra que inspiraban los amagos
filibusteros, don Francisco se contrajo al arreglo de la
hacienda pública, dictó sabias ordenanzas para los
minerales de Potosí v Huancavelica, y en 20 de diciembre
de 1619 erigió el tribunal del Consulado de Comercio.
Hombre de letras, creó el famoso colegio del Príncipe, para
educación de los hijos de caciques, y no permitió la
representación de comedias ni autos sacramentales que no
hubieran pasado antes por su censura. «Deber del que
gobiern — decíaa
—es ser solícito por que no se pervierta el
gusto».
La censura que ejercía el príncipe de Esquilache era
puramente literaria, y a fe que el juez no podía ser más
autorizado. En la plévade de poetas del siglo XVII, siglo
que produjo a Cervantes, Calderón, Lope, Quevedo, Tirso
de Molina, Alarcón y Moreto, el príncipe de Esquilache es
uno de los más notables, si no por la grandeza de la idea,
por la lozanía y corrección.de la forma. Sus composiciones
sueltas y su poema histórico Nápoles recuperada, bastan
para darle lugar preeminente en el español Parnaso.
No es menos notable como prosador castizo y elegante. En
uno de los volúmenes de la obra Memorias de los virreyes se
encuentra la Relación de su época de mando, escrito que
entregó a la Audiencia para que ésta lo pasase a su sucesor
don Diego Fernández de Córdova, marqués de
Guadalcázar. La pureza de dicción y la claridad del
pensamiento resaltan en este trabajo, digno, en verdad, de
juicio menos sintético.
TRADICIONES PERUANAS
Para dar una idea del culto que Esquilache rendía a las
letras, nos será suficiente apuntar que, en Lima, estableció
una academia o club literario, como hoy decimos, cuyas
sesiones tenían lugar los sábados en una de las salas de
palacio. Según un escritor amigo mío y que cultivó el ramo
de crónicas, los asistentes no pasaban de doce, personajes
los más caracterizados en el foro, la milicia o la iglesia.
«Allí asistía el profundo teólogo y humanista don Pedro
de Yarpe Montenegro, coronel de ejército; don Baltasar: de
Laza y Rebolledo, oidor de la Real Audiencia; don Luis de
la Puente, abogadó insigne; fray Baldomero Illescas,
religioso franciscano, gran conocedor de los clásicos
griegos y latinos; don Baltasar Moreyra, poeta, y otros
cuyos nombres no han podido atravesar los dos siglos y
medio que nos separan de su época. El virrey los recibía
con exquisita urbanidad; y los bollos, bizcochos de
garapiña chocolate y sorbetes distraían las conferencias
literarias de sus convidados. Lástima que no se hubieran
extendido actas de aquellas sesiones, que seguramente
serían preferibles a las de nuestros Congresos».
Entre las agudezas del príncipe de Esquilache, cuentan
que le dijo a un sujeto muy cerrado de mollera, que leía
mucho y ningún fruto sacaba de la lectura: — Déjese de
libros, amigo, y persuádase que el huevo mientras más
cocido, más duro.
Esquilache, al regresar a España en 1622, fué muy
considerado del nuevo monarca Felipe IV, y murió en 1658
en la coronada villa del oso y el madroño.
Las armas de la casa de Borja eran un toro de gules en
campo de oro, bordura de sinople y ocho brezos de oro.
RICARDO PALMA
Presentado el virrey poeta, pasemos a la tradición popular.
Il
Existe en la ciudad del Cuzco una soberbia casa conocida
por la del Almirante; y parece que el tal almirante tuvo
tanto de marino, como alguno que yo me sé y que sólo ha
visto el mar en pintura. La verdad es que el título era
hereditario y pasaba de padres a hijos.
La casa era obra notabilísima. El acueducto y el tallado de
los techos, en uno de los cuales se halla modelado el busto
del almirante que la fabricó, llaman preferentemente la
atención.
Que vivieron en el Cuzco cuatro almirantes, lo comprueba
el árbol genealógico que en 1861 presentó ante el Soberano
Congreso del Perú el señor don Sixto Laza, para que se le
declarase legítimo y único representante del Inca Huáscar,
con derecho a una parte de las huaneras, al ducado de
Medina de Ríoseco, al marquesado de Oropesa y varias
otras gollerías. ¡Carillo iba a costarnos el gusto de tener
príncipe en casa! Pero conste, para cuando nos cansemos
de la república, teórica o práctica, y proclamemos, por
variar de plato, la monarquía, absoluta o constitucional,
que todo puede suceder, Dios mediante y el trotecito
trajinero que llevamos.
Refiriéndose a ese árbol genealógico, el primer almirante
fué don Manuel de Castilla, el segundo don Cristóbal de
Castilla Espinosa y Lugo, al cual sucedió su hijo don
Gabriel de Castilla Vázquez de Vargas, siendo el cuarto y
último don Juan de Castilla y González, cuya
descendencia se pierde en la rama femenina.
Cuéntase de los Castilla. ¡para comprobar lo
ensoberbecidos que vivían de su alcurnia, que cuando
rezaban el Avemaría usaban esta frase: Santa María, madre
de Dios, parienta y señora nuestra, ruega por nos.
Las armas de los Castilla eran: escudo tronchado; el
primer cuartel en gules y castillo de oro aclarado de azur;
el segundo en plata, con león rampante de gules y banda
de sinople con dos dragantes también de sinople.
Aventurado sería determinar cuál de los cuatro es el héroe
de la tradición, y en esta incertidumbre puede el lector
aplicar el mochuelo a cualquiera, que de fijo no vendrá del
otro barrio a querellarse de calumnia.
El tal almirante era hombre de más humos que una
chimenea, muy pagado de sus pergaminos y más tieso que
su almidonada gorguera. En el patio de la casa ostentábase
una magnífica fuente de piedra, a la que el vecindario
acudía para proveerse de agua, tomando al pie de la letra
el refrán de que agua y candela a nadie se niegan.
Pero una mañana se levantó su señoría con un humor de
todos los diablos, y dió orden a sus fámulos para que
moliesen a palos a cualquier bicho de la canalla que fuese
osado a atravesar los umbrales en busca del elemento
refrigerador.
Una de las primeras que sufrió el castigo fué una pobre
vieja, lo que produjo algún escándalo en el pueblo.
Al otro día el hijo de ésta, que era un joven clérigo que
servía la parroquia de San Jerónimo, a pocas leguas del
Cuzco, llegó a la ciudad y se impuso del ultraje inferido a
su anciana madre. Dirigióse inmediatamente a casa del
almirante; y el hombre de los pergaminos lo llamó hijo de
cabra y vela verde, y echó verbos y gerundios, sapos y
culebras por esa aristocrática boca, terminando por darle
una soberana paliza al sacerdote.
La excitación que causó el atentado fué inmensa. Las
autoridades no se atrevían a declararse abiertamente
contra el magnate, y dieron tiempo al tiempo, que a la
postre todo lo calma. Pero la gente de iglesia y el pueblo
declararon excomulgado al orgulloso almirante.
El insultado clérigo, pocas horas después de recibido el
agravio, se dirigió a la Catedral y se puso de rodillas a orar
ante la imagen de Cristo, obsequiada a la ciudad por
Carlos V. Terminada su oración, dejó a los pies del Juez
Supremo un memorial exponiendo su queja y
demandando la justicia de Dios, persuadido que no había
de lograrla de los hombres. Diz que volvió al templo al
siguiente día, y recogió la querella proveída con un
decreto marginal de Como se pide: se hará justicia. Y así
pasaron tres meses, hasta que un día amaneció frente a la
casa una horca y pendiente de ella el cadáver del
excomulgado, sin que nadie alcanzara a descubrir los
autores del crimen, por mucho que las sospechas
recayeran sobre el clérigo, quien supo, con numerosos
testimonios, probar la coartada.
En el proceso que se siguió declararon dos mujeres de la
vecindad que habían visto un grupo de hombres cabezones
8
y chiquirriticos, valgo duendes, preparando la horca; y que
cuando ésta quedó alzada, llamaron por tres veces a la
puerta de la casa, la que se abrió al tercer aldabonazo.
Poco después el almirante, vestido de gala, salió en medio
de los duendes, que sin más ceremonia lo suspendieron
como un racimo.
Con tales declaraciones la justicia se quedó a obscuras y no
pudiendo proceder contra los duendes, pensó que era
cuerdo el sobreseimiento.
rS
Si el pueblo cree como artículo de fe que los duendes
dieron fin del excomulgado almirante, no es un cronista el
que ha de meterse en atolladeros para convencerlo de lo
contrario, por mucho que la gente descreída de aquel
tiempo murmurara por lo bajo que todo lo acontecido era
obra de los jesuítas, para acrecer la importancia y respeto
debidos al estado sacerdotal.
RICARDO PALMA
Mm
El intendente y los alcaldes del Cuzco dieron cuenta de
todo al virrey, quien después de oír leer el minucioso
informe le dijo a su secretario:
—¡Pláceme el tema para un romance moruno! ¿Qué te
parece de esto, mi buen Estúñiga?
—Que vuecelencia debe echar una mónita a esos sandios
golillas que no han sabido hallar la pista de los fautores
del crimen.
— Y entonces se pierde lo poético del sucedido —repuso el
de Esquilache sonriéndose.
— Verdad, señor; pero se habrá hecho justicia.
El virrey se quedó algunos segundos pensativo; y luego,
levantándose de su asienta, puso la mano sobre el hombro
de su secretario:
— Amigo mío, lo hecho está bien hecho; y mejor andaría el
mundo si, en casos dados, no fuesen leguleyos
trapisondistas y demás cuervos de Temis, sino duendes,
los que administrasen justicia. Y con esto, buenas noches y
que Dios y Santa María nos tengan en su santa guarda y
nos libren de duendes y remordimientos.
10
RAIN TOS
DE LA CONDESA
CRÓNICA DE LA ÉPOCA DEL DECIMOCUARTO
VIRREY-DEL PERU
(Al doctor Ignacio La-Puente.)
A
En una tarde de junio de 1631 las campanas todas de las
iglesias de Lima planían fúnebres rogativas, y los monjes
de las cuatro órdenes religiosas que a la sazón existían,
congregados en pleno coro, entonaban salmos y preces.
Los habitantes de la tres veces coronada ciudad cruzaban
por los sitios en que, sesenta años después, el virrey conde
de la Monclova debía construir los portales de Escribanos
y Botoneros, deteniéndose frente a la puerta lateral de
palacio.
En éste todo se volvía entradas y salidas de personajes,
más o menos caracterizados.
No se diría sino que acababa de dar fondo en el Callao un
galeón con importantísimas nuevas de España, ¡tanta era
la agitación palaciega y popular! o que, como en nuestros
democráticos días, se estaba realizando uno de aquellos
golpes de teatro a que sabe dar pronto término la justicia
de cuerda y hoguera.
16!
RICARDO PALMA
Los sucesos, como el agua, deben beberse en la fuente; y
por esto, con venia del capitán de arcabuceros que está de
facción en la susodicha puerta, penetraremos, lector, si te
place mi compañía, en un recamarín de palacio.
Hallábanse en él el excelentísimo señor don Luis Jerónimo
Fernández de Cabrera Bobadilla y Mendoza, conde de
Chinchón, virrey de estos reinos del Perú por S. M. don
Felipe IV, y su íntimo amigo el marqués de Corpa. Ambos
estaban silenciosos y mirando con avidez hacia una puerta
de escape, la que al abrirse dió paso a un nuevo personaje.
Era éste un anciano. Vestía calzón de paño negro a media
pierna, zapatos de pana con hebillas de piedra, casaca y
chaleco de terciopelo, pendiendo de este último una
gruesa cadena de plata con hermosísimos sellos. Si
añadimos que gastaba guantes de gamuza, habrá el lector
conocido el perfecto tipo de un esculapio de aquella época.
El doctor Juan de Vega,, nativo de Cataluña y recién
llegado al Perú, en calidad de médico de la casa del virrey,
era una de las lumbreras de la ciencia que enseña a matar
por medio de un récipe.
—¿Y bien, don Juan?—le interrogó el virrey, más con la
mirada que con la palabra.
— Señor, no hay esperanza. Sólo un milagro puede salvar a
doña Francisca.
Y don Juan se retiró con aire compungido.
112
Este corto diálogo basta para que el lector menos avisado
conozca de qué se trata.
El virrey había llegado a Lima en enero de 1639, y dos
meses más tarde su bellísima y joven esposa doña
Francisca Henríquez de Ribera, a la que había
desembarcado en Paita para no exponerla a los azares de
un probable combate naval con los piratas. Algún tiempo
después se sintió la virreina atacada de esa fiebre
periódica que se designa con el nombre de terciana, y que
era conocida por los Incas como endémica en el valle de
Rimac.
Sabido es que cuando, en 1378, Pachacutec envió un
ejército de treinta mil cuzqueños a la conquista de
Pachacamac, perdió lo más florido de sus tropas a estragos
de la terciana. En los primeros siglos de la dominación
europea, los españoles que se avecindaban en Lima
pagaban también tributo a esta terrible enfermedad, de la
que muchos sanaban sin específico conocido, y a no pocos
arrebataba el mal.
La condesa de Chinchón estaba desahuciada. La ciencia,
por boca de su oráculo don Juan de Vega, había fallado.
—;¡Tan joven y tan bella! —decía a su amigo el
desconsolado esposo—. ¡Pobre Francisca! ¿Quién te habría
dicho que no volveríais a ver tu cielo de Castilla ni los
cármenes de Granada? ¡Dios mío! ¡Un milagro, Señor, un
milagro!...
—Se salvará la condesa, excelentísimo señor— contestó
una voz en la puerta de la habitación.
3)
El virrey se volvió sorprendido. Era un sacerdote, un hijo
de Ignacio de Loyola, el que había pronunciado tan
consoladoras palabras.
El conde de Chinchón se inclinó ante el jesuíta. Este
continuó:
— Quiero ver a la virreina, tenga vuecencia fe, y Dios hará
el resto.
El virrey condujo al sacerdote al lecho de la moribunda.
Suspendamos nuestra narración para trazar muy a la
ligera el cuadro de la época del gobierno de don Luis
Jerónimo Fernández de Cabrera, hijo de Madrid,
comendador de Criptana entre los caballeros de Santiago,
alcaide del alcázar de Segovia, tesorero de Aragón, y
cuarto conde de Chinchón, que ejerció el mando desde el
14 de enero de 1629 hasta el 18 del mismo mes de 1639.
Amenazado el Pacífico por los portugueses y por la flotilla
del pirata holandés Pie de palo, gran parte de la actividad
del conde de Chinchón se consagró a poner el Callao y la
escuadra en actitud de defensa. Envió además a Chile mil
hombres contra los araucanos, y tres expediciones contra
algunas tribus de Puno, Tucumán y Paraguay.
Para sostener el caprichoso lujo de Felipe IV y sus
cortesanos, tuvo la América que contribuir con daño de su
prosperidad. Hubo exceso de impuestos y gabelas, que el
comercio de Lima se vió forzado a soportar.
14
[RADICIONES PERUANAS
Data de entonces la decadencia de los minerales de Potosí
y Huancavelica, a la vez que el descubrimiento de las
vetas de Bombón y Caylloma.
Fué bajo el gobierno de este virrey cuando, en 1635,
aconteció la famosa quiebra del banquero Juan de la
Cueva, en cuyo Banco—dice Lorente—tenían suma
confianza así los particulares como el Gobierno. Esa
quiebra se conmemoró, hasta hace poco, con la mojiganga
llamada Juan de la Coya, coscoroba.
El conde de Chinchón fué tan fanático como cumplía a un
cristiano viejo. Lo comprueban muchas de sus
disposiciones. Ningún naviero podía recibir pasajeros a
bordo, si previamente no exhibía una cédula de constancia
de haber confesado y comulgado la víspera. Los soldados
estaban también obligados, bajo severas penas, a llenar
cada año este precepto, y se prohibió que en los días de
Cuaresma se juntasen hombres y mujeres en un mismo
templo.
Como lo hemos escrito en nuestro Anales de la Inquisición
de Lima, fué ésta la época en que más víctimas sacrificó el
implacable tribunal de la fe. Bastaba ser portugués y tener
fortuna para verse sepultado en las mazmorras del Santo
Oficio. En uno solo de los tres autos de fe a que asistió el
conde de Chinchón fueron quemados once judíos
portugueses, acaudalados comerciantes de Lima.
Hemos leído en el librejo del duque de Frías que, en la
primera visita de cárceles a que asistió el conde, se le hizo
relación de una causa seguida a un caballero de Quito,
acusado de haber pretendido sublevarse contra el
15
RICARDO PALMA
E . da RAA
monarca. De los autos dedujo el virrey que todo era
calumnia, y mandó poner en libertad al preso,
autorizándolo para volver a Quito y dándole seis meses de
plazo para que sublevase el territorio; entendiéndose que
si no lo conseguía, pagarían los delatores las costas del
proceso y los perjuicios sufridos por el caballero.
¡Hábil manera de castigar envidiosos y denunciantes
infames!
Alguna quisquilla debió tener su excelencia con las
limeñas cuando en dos ocasiones promulgó bando contra
las tapadas; las que, forzoso es decirlo, hicieron con ellos
papillotas y tirabuzones. Legislar contra las mujeres ha
sido y será siempre sermón perdido.
Volvamos a la virreina, que dejamos moribunda en el
lecho.
s IM
Un mes después se daba una gran fiesta en palacio en
celebración del restablecimiento de doña Francisca.
La virtud febrífuga de la cascarilla quedaba descubierta.
Atacado de fiebres un indio de Loja llamado Pedro de
Leyva bebió, para calmar los ardores de la sed, del agua de
un remanso, en cuyas orillas crecían algunos árboles de
quina. Salvado así, hizo la experiencia de dar de beber a
otros enfermos del mismo mal cántaros de agua, en los
que depositaba raíces de cascarilla. Con su descubrimiento
vino a Lima y lo comunicó a un jesuíta, el que, realizando
16
TRADICIONES PERUANAS
la feliz curación de la virreina, prestó a la humanidad
mayor servicio que el fraile que inventó la pólvora.
Los jesuítas guardaron por algunos años el secreto, y a
ellos acudía todo el que era atacado de terciana. Por eso,
durante mucho tiempo, los polvos de la corteza de quina
se conocieron con el nombre de polvos de los jesuítas.
El doctor Scrivener dice que un médico inglés, Mr. Talbot,
curó con la quinina al príncipe de Condé, al delfín, a
Colbert y otros personajes, vendiendo el secreto al
gobierno francés por una suma considerable y una
pensión vitalicia.
Linneo, tributando en ello un homenaje a la virreina
condesa de Chinchón, señala a la quina el nombre que hoy
le da la ciencia: Chinchona.
Mendiburu dice que, al principio, encontró el uso de la
quina fuerte oposición en Europa, y que en Salamanca se
sostuvo que caía en pecado mortal el médico que la
recetaba, pues sus virtudes eran debidas a pacto de dos
peruanos con el diablo.
En cuanto al pueblo de Lima, hasta hace pocos años
conocía los polvos de la corteza de este árbol maravilloso
con el nombre de polvos de la condesa.[1]
RICARDO PALMA
18
EL JUSTICIA
MAYOR DELAYCACOTA
CRÓNICA DE LA ÉPOCA DEL DÉCIMONONO
VIRREY DEL PERÚ
(Al doctor don José Mariano Jiménez.)
En una serena tarde de marzo del año del Señor de 1665,
hallábase reunida a la puerta de su choza una familia de
indios. Componíase ésta de una anciana que se decía
descendiente del gran general Ollantay, dos hijas, Carmen
y Teresa, y un mancebo llamado Tomás.
La choza estaba situada a la falda del cerro de Laycacota.
Ella con quince o veinte más constituían lo que se llama
una aldea de cien habitantes.
Mientras las muchachas se entretenían en hilar, la madre
contaba al hijo, por la milésima vez, la tradición de su
familia. Esta no es un secreto, y bien puedo darla a
conocer a mis lectores, que la hallarán relatada con
extensos y curiosos pormenores en el importante libro que
con el título Anales del Cuzco, publicó mi ilustrado amigo y
compañero de Congreso don Pío Benigno Mesa.
He aquí la tradición sobre Ollantay:
Bajo el imperio del Inca Pachacutec, noveno soberano del
Cuzco, era Ollantay, curaca de Ollantaytambo, el
e
generalísimo de los ejércitos. Amante correspondido de
una de las ñustas o infantas, solicitó de Pachacutec, y como
recompensa a importantes servicios, que le acordase la
mano de la joven. Rechazada su pretensión por el
orgulloso monarca, cuya sangre, según las leyes del
imperio, no podía mezclarse con la de una familia que no
descendiese directamente de Mango Capac, el enamorado
cacique desapareció una noche del Cuzco, robándose a su
querida Cusicoyllor.
Durante cinco años fué imposible al Inca vencer al rebelde
vasallo, que se mantuvo en armas en las fortalezas de
Ollantaytambo, cuyas ruinas son hoy la admiración del
viajero. Pero Rumiñahui, otro de los generales de
Pachacutec, en secreta entrevista con su rey, lo convenció
de que, más que a la fuerza, era preciso recurrir a la maña
y a la traición para sujetar a Ollantay. El plan acordado fué
poner preso a Rumiñahui, con el pretexto de que había
violado el santuario de las vírgenes del Sol. Según lo
pactado, se le degradó y azotó en la plaza pública para
que, envilecido así, huyese del Cuzco y fuese a ofrecer sus
servicios a Ollantay, que viendo en él una ilustre víctima a
la vez que un general de prestigio, no podría menos que
dispensarle entera confianza. Todo se realizó como
inicuamente estaba previsto, y la fortaleza fué entregada
por el infame Rumiñahui, mandando el Inca decapitar a
los prisioneros(2].
Un leal capitán salvó a Cusicoyllor y su tierna hija
Imasumac, y se estableció con ellas en la falda del
Laycacota, en el sitio donde en 1669 debía erigirse la villa
de San Carlos de Puno.
20
Concluía la anciana de referir a su hijo esta tradición,
cuando se presentó ante ella un hombre, apoyado en un
bastón, cubierto el cuerpo con un largo poncho de bayeta,
y la cabeza por un ancho y viejo sombrero de fieltro. El
extranjero era un joven de veinticinco años, y a pesar de la
ruindad de su traje, su porte era distinguido, su rostro
varonil y simpático y su palabra graciosa y cortesana.
Dijo que era andaluz, y que su desventura lo traía a tal
punto que se hallaba,sin pan ni hogar. Los vástagos de la
hija de Pachacutec le acordaron de buen grado la
hospitalidad que demandaba.
Así transcurrieron pocos meses. La familia se ocupaba en
la cría de ganado y en el comercio de lanas, sirviéndola el
huésped muy útilmente. Pero la verdad era que el joven
español se sentía apasionado de Carmen, la mayor de las
hijas de la anciana, y que ella no se daba por ofendida con
ser objeto de las amorosas ansias del mancebo.
Como el platonismo, en punto a terrenales afectos, no es
eterno, llegó un día en que el galán, cansado de conversar
con las estrellas en la soledad de sus noches, se espontaneó
con la madre, y ésta, que había aprendido a estimar al
español, le dijo:
—Mi Carmen te llevará en dote una riqueza digna de la
descendiente de emperadores.
El novio no dio por el momento importancia a la frase;
pero tres días después de realizado el matrimonio, la
anciana lo hizo levantarse de madrugada y lo condujo a
una bocamina, diciéndole:
21
— Aquí tienes la dote de tu esposa.
La hasta entonces ignorada, y después famosísima, mina
de Laycacota fué desde ese día propiedad de don José
Salcedo, que tal era el nombre del afortunado andaluz.
Il
La opulencia de la mina y la generosidad de Salcedo y de
su hermano don Gaspar atrajeron, en breve, gran número
de aventureros a Laycacota.
Oigamos a un historiador: «Había allí plata pura y
metales, cuyo beneficio dejaba tantos marcos como pesaba
el cajón. En ciertos días se sacaron centenares de miles de
pesos».
Estas aseveraciones parecerían fabulosas si todos los
historiadores no estuvieran uniformes en ellas.
Cuando algún español, principalmente andaluz o
castellano, solicitaba un socorro de Salcedo, éste le
regalaba lo que pudiese sacar de la mina en determinado
número de horas. El obsequio importaba casi siempre por
lo menos el valor de una barra, que representaba dos mil
pesos.
Pronto los catalanes, gallegos y vizcaínos que residían en
el mineral entraron en disensiones con los andaluces,
castellanos y criollos favorecidos por los Salcedo. Se
dieron batallas sangrientas con variado éxito, hasta que el
virrey don Diego de Benavides, conde de Santisteban,
encomendó al obispo de Arequipa, fray Juan de
yO
TRADICIONES PERUANAS
Almoguera, la pacificación del mineral. Los partidarios de
los Salcedo derrotaron a las tropas del obispo, librando
mal herido el corregidor Peredo.
En estos combates, hallándose los de Salcedo escasos de
plomo, fundieron balas de plata. No se dirá que no
mataban lujosamente.
Así las cosas, aconteció en Lima la muerte de Santisteban,
y la Real Audiencia asumió el poder. El gobernador que
ésta nombró para Laycacota, viéndose sin fuerzas para
hacer respetar su autoridad, entregó el mando a don José
Salcedo, que lo aceptó bajo el título de justicia mayor. La
Audiencia se declaró impotente y contemporizó con
Salcedo, el cual, recelando nuevos ataques de los
vascongados, levantó y artilló una fortaleza en el cerro.
En verdad que la Audiencia tenía por entonces mucho
grave de que ocuparse con los disturbios que promovía en
Chile el gobernador Meneses y con la tremenda y vasta
conspiración del Inca Bohorques, descubierta en Lima casi
al estallar, y que condujo al caudillo y sus tenientes al
cadalso.
El orden se había por completo restablecido en Laycacota,
y todos los vecinos estaban contentos del buen gobierno y
la caballerosidad del justicia mayor.
Pero en 1667, la Audiencia tuvo que reconocer al nuevo
virrey llegado de España.
Era éste el conde Lemos, mozo de treinta y tres años, a
quien, según los historiadores, sólo faltaba sotana para ser
248)
completo jesuíta. En cerca de cinco años de mando, brilló
poco como administrador. Sus empresas se limitaron a
enviar, aunque sin éxito, una fuerte escuadra en
persecución del bucanero Morgán, que había incendiado
Panamá, y a apresar en las costas de Chile a Enrique Clerk.
Un año después de su destrucción por los bucaneros
(1670), la antigua Panamá, fundada en 1518, se trasladó al
lugar donde hoy se encuentra. Dos voraces incendios, uno
en febrero de 1737 y otro en marzo de 1736, convirtieron
en cenizas dos terceras partes de los edificios, entre los que
algunos debieron ser monumentales, a juzgar por las
ruinas que aun llaman la atención del viajero.
El virrey conde de Lemos se distinguió únicamente por su
devoción. Con frecuencia se le veía barriendo el piso de la
iglesia de los Desamparados, tocando en ella el Órgano, y
haciendo el oficio de cantar en la solemne misa dominical,
dándosele tres pepinillos de las murmuraciones de la
nobleza, que juzgaba tales actos indignos de un grande de
España. s
Dispuso este virrey, bajo pena de cárcel y multa, que nadie
pintase cruz en sitio donde pudiera ser pisada; que todos
se arrodillasen al toque de oraciones; y escogió para
padrino de uno de sus hijos al cocinero del convento de
San Francisco, que era un negro con un jeme de jeta y fama
de santidad.
Por cada individuo de los que ajusticiaba, mandaba
celebrar treinta misas; y consagró, por lo menos, tres horas
diarias al rezo del oficio parvo y del rosario, confesando y
comulgando todas las mañanas, y concurriendo al jubileo
y a cuanta fiesta o distribución religiosa se le anunciara.
24
Jamás se han vista en Lima procesiones tan espléndidas
como las de entonces; y Lorente, en su Historia, trae la
descripción de una que se trasladó desde palacio a los
Desamparados, dando largo rodeo, una imagen de María
que el virrey había hecho traer expresamente desde
Zaragoza. Arco hubo en esa fiesta cuyo valor se estimó en
más de doscientos mil pesos, tal era la profusión de alhajas
y piezas de oro y plata que lo adornaban. La calle de
Mercaderes lució por pavimento barras de plata, que
representaban más de dos millones de ducados. ¡Viva el
lujo y quien lo trujo!
El fanático don Pedro Antonio de Castro y Andrade,
conde de Lemos, marqués de Sarria y de Gátiva y duque
de Taratifanco, que cifraba su orgullo en descender de San
Francisco de Borja, y que, a estar en sus manos, como él
decía, habría fundado en cada calle de Lima un colegio de
Jesuítas, apenas fué proclamado en Lima como
representante de Carlos II el Hechizado, se dirigió a Puno
con gran aparato de fuerza y aprehendió a Salcedo.
El justicia contaba con poderosos elementos para resistir;
pero no quiso hacerse reo de rebeldía a su rey y señor
natural.
El virrey, según muchos historiadores, lo condujo preso,
tratándolo durante la marcha con extremado rigor. En
breve tiempo quedó concluída la causa, sentenciado
Salcedo a muerte, y confiscados sus bienes en provecho
del real tesoro.
Como hemos dicho, los jesuítas dominaban al virrey.
Jesuíta era su confesor el padre Castillo, y jesuítas sus
£ PAS)
secretarios. Las crónicas de aquellos tiempos acusan a los
hijos de Loyola de haber contribuido eficazmente al
trágico fin del rico minero, que había prestado no pocos
servicios a la causa de la corona y enviado a España
algunos millones por el quinto de los provechos de la
mina.
Cuando leyeron a Salcedo la sentencia, propuso al virrey
que le permitiese apelar a España, y que por el tiempo que
transcurriese desde la salida del navío hasta su regreso
con la resolución de la corte de Madrid, lo obsequiaría
diariamente con una barra de plata.
Y téngase en cuenta no sólo que cada barra de plata se
valorizaba en dos mil duros, sino que el viaje del Callao a
Cádiz no era realizable en menos de seis meses.
La tentación era poderosa, y el conde de Lemos vaciló.
Pero los jesuítas le hicieron presente que mejor partido
sacaría ejecutando a Salcedo y confiscándole sus bienes.
El que más influyó en el ánimo de su excelencia fué el
padre Francisco del Castillo, jesuíta peruano que está en
olor de santidad, el cual era padrino de bautismo de don
Salvador Fernández de Castro, marqués de Almuña e hijo
del virrey.
Salcedo fué ejecutado en el sitio llamado Orcca-Pata, a
poca distancia de Puno.
CS ( > E A
il RADICIONES PERUANAS
mM
Cuando la esposa de Salcedo supo el terrible desenlace del
proceso, convocó a sus deudos y les dijo:
—Mis riquezas han traído mi desdicha. Los que las
codician han dado muerte afrentosa al hombre que Dios
me deparó por compañero. Mirad cómo le vengáis.
Tres días después la ¡ina de Laycacota había dado en agua,
y su entrada fué cubierta con peñas, sin que hasta hoy
haya podido descubrirse el sitio donde ella existió.
Los parientes de la mujer de Salcedo inundaron la mina,
haciendo estéril para los asesinos del justicia mayor el
crimen a que la codicia los arrastrara.
Carmen, la desolada viuda, había desaparecido, y es fama
que se sepultó viva en uno de los corredores de la mina.
Muchos sostienen que la mina de Salcedo era la que hoy se
conoce con el nombre del Manto. Este es un error que
debemos rectificar. La codiciada mina de Salcedo estaba
entre los cerros Laycacota y Cancharani.
El virrey, conde Lemos, en cuyo período de mando tuvo
lugar la canonización de Santa Rosa, murió en diciembre
de 1673, y su corazón fué enterrado bajo el altar mayor de
la iglesia de los Desamparados.
Las armas de este virrey eran, por Castro, un sol de oro
sobre gules.
En cuanto a los descendientes de los hermanos Salcedo,
alcanzaron bajo el reinado de Felipe V la rehabilitación de
su nombre y el título de marqués de Villarrica para el jefe
de la familia.
28
TRADICIONES PERUANAS
RKACIMO DE HORCA
CRÓNICA DE LA ÉPOCA DEL VIGÉSIMO VIRREY DEL PERÚ
M1 buen amigo y alcalde don Rodrigo de Odría:
Hanme dado cuenta de que, en deservicio de Su Majestad y en
agravio de la honra que Dios me dió, ha delinquido torpemente
Juan de Villegas, empleado en esta Caja real de Lima. Por ende
procederéis, con la mayor presteza y cuidando de estar a todo
apercibido y de no dar campo para grave escándalo, a la prisión
del antedicho Villegas, y fecha que sea y depositado en la cárcel
de corte, me daréis inmediato conocimiento.
Guarde Dios a vuesa merced muchos años.
El conde de Castellar.
Hoy 10 de septiembre de 1676.
Sentábase a la mesa en los momentos en que, llamando a
coro a los canónigos, daban las campanas la gorda para las
tres, el alcalde del crimen don Rodrigo de Odría, y
acababa de echar la bendición al pan, cuando se presentó
un alguacil y le entregó un pliego, diciéndole:
— De parte de su excelencia el virrey, y con urgencia.
Cabalgó las gafas sobre la nariz el honrado alcalde, y
después de releer, para mejor estimar los conceptos, la
29
orden que dejamos copiada, se levantó bruscamente y dijo
al alguacil, que era un mozo listo como una avispa:
—¡Hola, Gúerequeque! Que se preparen ahora mismo tus
compañeros, que nos ha caído trabajo, y de lo fino.
Mientras se concertaban los alguaciles, el alcalde paseaba
por el comedor, completamente olvidado de que la sopa,
el cocido y la ensalada esperaban que tuviese a bien
hacerles los honores cotidianos. Como se ve, el bueno de
don Rodrigo no era víctima del pecado de gula; pues su
comida se limitaba a sota, lo y rey, sazonados con la
salsa de San Bernardo.
—Ya me daba a mí un tufillo que este don Juan no
caminaba tan derecho como Dios manda y al rey conviene.
Verdad que hay en él un aire de tuno que no es para
envidiado, y que no me entró nunca por el ojo derecho a
pesar de sus zalamerías y dingolodangos. Y cuando el
virrey que ha sido su amigote me intima que le eche la
zarpa, ¡digo si habrá motivo sobrado! A cumplir, Rodrigo,
y haz de ese caldo tajadas, quien manda, manda, y su
excelencia no gasta buenas pulgas. Adelante, que no hay
más bronce que años once, ni más lana que no saber que
hay mañana.
Y plantándose capa y sombrero, y empuñando la vara de
alcalde, se echó a la calle, seguido de una chusma de
corchetes, y enderezó a la esquina del Colegio Real.
Llegado a ella, comunicó Órdenes a sus lebreles, que se
esparcieron en distintas direcciones para tomar todas las
30
avenidas e impedir que escapase el reo, que, a juzgar por
los preliminares, debía ser pájaro de cuenta.
Don Rodrigo, acompañado de cuatro alguaciles, penetró
en una casa en la calle de Ildefonso, que según el lujo y
apariencias no podía dejar de ser habitada por persona de
calidad.
Don Juan de Villegas era un vizcaíno que frisaba en los
treinta y cinco años, y que llegó a Lima en 1674 nombrado
para un empleo de sesenta duros al mes, renta asaz
mezquina aun para el puchero de una mujer y cuatro
hijos, que comían más que un cáncer en el estómago. De
repente, y sin que le hubiese caído lotería ni heredado en
América a tío millonario, se le vió desplegar gran boato,
dando pábulo y comidilla al chichisbeo de las comadres
del barrio y demás gente cuya ocupación es averiguar
vidas ajenas. Ratones arriba, que todo lo blanco no es
harina.
Don Juan dormía esa tarde, y sobre un sofá de la sala, la
obligada siesta de los españoles rancios, y despertó,
rodeado de esbirros, a la intimación que le dirigió el
alcalde.
— ¡Por el rey! Dése preso vuesa merced.
El vizcaíno echó mano de un puñal de Albacete que
llevaba al cinto y se lanzó sobre el alcalde y su comitiva,
que aterrorizados lo dejaron salir hasta el patio. Mas
Gúerequeque, que había quedado de vigía en la puerta de
la calle, viendo despavoridos y maltrechos a sus
compañeros, se quitó la capa y con pasmosa rapidez la
31
arrojó sobre la cabeza del delincuente, que tropezó y vino
al suelo: entonces toda la jauría cayó sobre el caído, según
es de añeja práctica en el mundo, y fuertemente atado
dieron con él en la cárcel de corte, situada en la calle de la
Pescadería.
— ¡Qué cosas tan guapas
— murmuraba don Rodrigo por el
camino —hemos de ver el día del juicio en el valle de
Josafat! Sabios sin sabiduría, honrados sin honra, volver
cada peso al bolsillo de su legítimo dueño, y a muchos
hijos encontradizos del verdadero padre que los engendró.
Algunos pasarán de rocín a ruin. ¡Qué bahorrina, Señor,
qué bahorrina! Bien barruntaba yo que este don Juan tenía
cara de beato y uñas de gato... ¡Nada! Al capón que se
hace gallo, descañonarlo; que como dice la copla:
Arbol tierno aunque se tuerza
recto se puede poner;
pero en adquiriendo fuerza
no basta humano poder.
Tres meses después, Juan de Villega, que previamente
recibió doscientos ramalazos por mano del verdugo,
marchaba en traílla con otros criminales al presidio de
Chagres, convicto y confeso del crimen de defraudador
del real tesoro, reagravado con los de falsificación de la
firma del virrey y resistencia a la justicia.
Cuando el virrey conde de Castellar, que a la sazón
contaba cuarenta y seis años, vino a Lima, trajo en su
companía, entre otros empleados que habían comprado
sus cargos en la corte, a don Juan de Villegas. Durante el
viaje tuvo ocasión de frecuentar el trato del virrey, que le
32
[RADICIONES PERUANAS
tomó algún cariño y lo invitaba a veces a comer en
palacio... Pero caigo en cuenta que estoy hablando del
virrey sin haberlo presentado en forma a mis lectores.
Hagamos, pues, conocimiento con su excelencia.
Don Baltasar de la Cueva, conde de Castellar y de Villa-
Alonso, marqués de Malagón, señor de las villas de Viso,
Paracuellos, Fuente ,el Fresno, Porcuna y Benarfases,
natural de Madrid, hijo segundo del duque de
Alburquerque, caballero de Santiago, alguacil mayor
perpetuo de la ciudad de Toro, alfaqueque de Castilla y
vigésimo virrey del Perú, entró en Lima el 15 de agosto de
1674, ostentando—dice un historiador—en acémilas
lujosamente ataviadas la opulencia que solían sacar otros
virreyes. El pueblo pensó, y pensó juiciosamente, que don
Baltasar no venía en pos de logros y granjerías, sino en
busca de honra, y lo acogió con vivo entusiasmo.
Sus primeros actos administrativos fueron organizar la
escuadra en previsión de ataques piráticos, artillar
Valparaíso, fortificar Arica, Guayaquil y Panamá, y
reparar los muros del Callao, aumentando a la vez su
guarnición.
En el orden civil y en el orden religioso dictó
acertadísimas disposiciones. Dió respetabilidad a los
tribunales; fué celoso guardián del patronato, sosteniendo
graves querellas con el arzobispo; reformó la Universidad;
creó fondos para el sostenimiento del hospital de Santa
Ana, y promulgó ordenanzas para moderar el lujo de los
50
coches y tumultos, para impedir los desafíos y mejorar
otros ramos de policía.
En Hacienda realizó varias economías en los gastos
públicos, castigó con extremo rigor los abusos de los
corregidores, y practicó minuciosa inspección de las cajas
reales. Por resultado de ella marcharon al presidio de
Valdivia varios empleados fiscales, se ahorcó al tesorero
de Chuquiavo, y confiscados los bienes de los culpables,
recuperó el tesoro algunos realejos. Ningún libramiento se
pagaba si no llevaba el cúmplase de letra del virrey, y con
su firma al pie. Muchos de estos documentos fueron
falsificados por Villegas.
Hablando de tan ilustre virrey, dice Lorente:
«Oía a todos en audiencias públicas y secretas, sin tener
horas reservadas ni porteros que impidieran hablarle, y
daba por sí mismo decretos y órdenes, con admiración de
los limeños, que ponderaban no haber observado
actividad igual en el trabajo, ni forma semejante de
administración en ninguno de los virreyes anteriores.
Pocos años hace que un prestidigitador (Paraff) ofreció
sacar del cobre oro en abundancia. Establecióse en Chile,
donde organizó una Sociedad cuyos accionistas
sembraron oro, que fué a esconderse en las arcas de Paraff,
y cosecharon cobre de mala ley.
Algo parecido sucedió en tiempo del conde de Castellar,
sólo que allí no hubo bellaco embaucador, sino inocente
visionario. Sigamos a Mendiburu en la relación del hecho.
34
TRADICIONES PERUANAS
Don Juan del Corro, uno de los principales azogueros del
Potosí, expuso al gobierno que había encontrado un nuevo
método de beneficiar metales de plata, dando de aumento
en unos la mitad, en otros la tercera O cuarta parte, y en
todos un ahorro de azogue de cincuenta por ciento,
solicitando en pago de su descubrimiento mercedes de la
corona. El presidente de Charcas, el corregidor, los
oficiales reales de Potosí, y muchos mineros y azogueros
informaron favorablemente. El virrey puso en duda la
maravilla, y envió a Potosí comisionados de su entera
confianza para que hiciesen nuevos experimentos
prácticos.
Tres o cuatro meses después llegaba una tarde a Lima un
propio, conduciendo cartas y pliegos de los comisionados.
Estos informaban que el descubrimiento de don Juan del
Corro no era embolismo, sino prodigiosa realidad.
Entusiasmado el virrey se quitó la cadena de oro que traía
al cuello y la regaló, por vía de albricias, al conductor de
las comunicaciones. En seguida mandó repicar campanas
y que se iluminase la ciudad.
Esto produjo general alboroto, Tedéum en la Catedral, misa
solemne de gracias celebrada por el arzobispo Almoguera,
lucidas comparsas de máscaras y otros regocijos públicos.
No paró en esto. Castellar dispuso se llevase a la Catedral
las imágenes de la Virgen del Rosario, Santo Domingo y
Santa Rosa en procesión solemne, que atravesó muchas
calles ricamente adornadas y en las que había altares y
arcos de mucho costo. Hízose un novenario suntuoso,
costeando de su propio peculio la devota virreina doña
e 99
Teresa María Arias de Saavedra los gastos de tan
magníficas fiestas.
El virrey mandó imprimir y distribuyó entre los mineros
del Perú la instrucción escrita por el autor del nuevo
método. En todas partes fué objeto de prolijos ensayos que
probaron mal, e hicieron ver que los provechos eran tan
pequeños y aun dudosos, que no merecían la pena. El
virrey creía hasta cierto punto desairado su amor propio
con este resultado; y don Juan del Corro no se daba por
vencido, atribuyendo su desventura a ardides de
enemigos y envidiosos. El de Castellar, acompañado de
todos los funcionarios y gente notable de Lima, presenció
al fin, un ensayo, y quedó convencido de que eran nulas
las ventajas, y soñadas las utilidades del nuevo sistema
que a tantos había alucinado; pero quedó memoria— bien
risible por cierto—del entusiasmo y fiestas con que fué
acogido.
Su intransigencia con arraigados abusos le concitó
poderosísimos enemigos, que gastaron su influjo todo y
no economizaron expediente para desquiciar al virrey en
el ánimo del soberano.
El 7 de julio de 1678, cuando tenía lugar en Lima una
procesión de rogativa, a consecuencia de un terrible
terremoto que en el mes anterior dejó a la ciudad casi en
escombros, recibió el conde de Castellar una real orden de
Carlos II en que se le intimaba la inmediata entrega del
mando al orgulloso y arbitrario arzobispo don Melchor de
Liñán y Cisneros. Este lo sujetó a un estrecho juicio de
residencia, y durante él tuvo la mezquindad de
mantenerlo, por cerca de dos años, desterrado en Paita.
36
Cuando en 1681 reemplazó el excelente duque de la Palata
al arzobispo Cisneros, don Baltasar de la Cueva, absuelto
en el juicio, presentó su Relación de mando, fechada en el
pueblecillo de Surco, inmediato a Chorrillos, que es una de
las más notables entre las Memorias que conocemos de los
virreyes.
El conde de Castellar trajo al Perú gran fortuna, cuya
mayor parte pertenecía a la dote de su esposa, dama
española que se hizo querer mucho en Lima, por su
caridad para con los pobres y por los valiosos donativos
con que favoreció a las iglesias. De él se decía que entró
rico al mando y salió casi pobre.
Las armas del de la Cueva eran: escudo cortinado; el
primero y segundo cuartel en oro con un bastón de gules;
el tercero en plata y un dragón o grifo de sinople en
actitud de salir de una cueva; bordura de plata con ocho
aspas de oro.
En 1682, Carlos Il, en desagravio del desaire que tan
injustamente le infiriera, lo nombró consejero de Indias.
Desempeñando este cargo falleció don Baltasar en España,
tres o cuatro años después.
Mm
El conde de Castellar acostumbraba todas las tardes dar
un paseo a pie por la ciudad, acompañado de su secretario
y de uno de los capitanes de servicio; pero antes de
regresar a palacio, y cuando las campanas tocaban el
Angelus, entraba al templo de Santo Domingo para rezar
devotamente un rosario.
13 Si
RICARDO PALMA
Era la noche del 10 de febrero de 1678.
Su excelencia se encontraba arrodillado en el escabel que
un lego del convento tenía cuidado de alistarle frente al
altar de la Virgen. A pocos pasos de él, y de pie junto a un
escaño se hallaban el secretario y el capitán de la escolta.
A pesar de la semiobscuridad del templo, llamó la
atención del último un bulto que se recataba tras las
columnas de la vasta nave. De pronto, la misteriosa
sombra se dirigió con pisada cautelosa hacia el escabel del
virrey; y acogotando a éste con la mano izquierda, lo
arrojó al suelo, a la vez que en su derecha relucía un
puñal.
Por dicha para el virrey, el capitán era un mancebo ágil y
forzudo, que con la mayor presteza se lanzó sobre el
asesino y le sujetó por la muñeca. El sacrílego bregaba
desesperadamente con el puño de hierro del joven, hasta
que, agolpándose los frailes y devotos que se encontraban
en la iglesia, lograron quitarle el arma.
Aquel hombre era Juan de Villegas.
Prófugo del presidio, hacía una semana que se encontraba
en Lima; y desde su regreso no cesó de acechar en el
templo al virrey, buscando ocasión propicia para
asesinarlo.
Aquella misma noche se encomendó la causa al alcalde
don Rodrigo de Odría, y tanta fué su actividad que, ocho
días después, el cuerpo de Villegas se balanceaba como un
racimo en la horca.
38
TRADICIONES PERUANAS
— ¡Lástima de pícaro! —decía al pie del patíbulo don
Rodrigo a su alguacil—. ¿No es verdad, Gúerequeque, que
siempre sostuve que este bellaco había de acabar muy
alto?
—Con perdón de usiría—contestó el interpelado—, que
ese palo es de poca altura para el merecimiento del bribón.
59
RICARDO PALMA
40
TRADICIONES PERUANAS
AMOR DE MADRE
CRÓNICA DE LA ÉPOCA DEL VIRREY «BRAZO DE PLATA»
(A Juana Manuela Gorrit1.)
Juzgamos conveniente alterar los nombres de los
principales personajes de esta tradición, pecado venial que
hemos cometido en La emplazada y alguna otra. Poco
significan los nombres si se cuida de no falsear la verdad
histórica; y bien barruntará el lector qué razón, y muy
poderosa, habremos tenido para desbautizar prójimos.
En agosto de 1690 hizo su entrada en Lima el
excelentísimo señor don Melchor Portocarrero Lazo de la
Vega, conde de la Monclova, comendador de Zarza en la
Orden de Alcántara y vigésimo tercio virrey del Perú por
su majestad don Carlos II. Además de su hija doña Josefa,
y de su familia y servidumbre, acompañábanlo desde
México, de cuyo gobierno fué trasladado a estos reinos,
algunos soldados españoles. Distinguíase entre ellos, por
su bizarro y marcial aspecto, don Fernando de Vergara,
hijodalgo extremeño, capitán de gentileshombres lanzas; y
contábase de él que entre las bellezas mexicanas no había
dejado la reputación austera de monje benedictino.
Pendenciero, jugador y amante de dar guerra a las
mujeres, era más que difícil hacerlo sentar la cabeza; y el
virrey, que le profesaba paternal afecto, se propuso en
Lima casarlo de su mano, por ver si resultaba verdad
aquello de estado muda costumbres.
41
RICARDO PALMA
Evangelina Zamora, amén de su juventud y belleza, tenía
prendas que la hacían el partido más codiciable de la
ciudad de los Reyes. Su bisabuelo había sido, después de
Jerónimo de Aliaga, del alcalde Ribera, de Martín de
Alcántara y de Diego Maldonado el Rico, uno de los
conquistadores más favorecidos por Pizarro con
repartimientos en el valle del Rimac. El emperador le
acordó el uso del Don, y algunos años después los valiosos
presentes que enviaba a la corona le alcanzaron la merced
de un hábito de Santiago. Con un siglo a cuestas, rico y
ennoblecido, pensó nuestro conquistador que no tenía ya
misión sobre este valle de lágrimas, y en 1604 lió el petate,
legando al mayorazgo, en propiedades rústicas y urbanas,
un caudal que se estimó entonces en un quinto de millón.
El abuelo y el padre de Evangelina acrecieron la herencia;
y la joven se halló huérfana a la edad de veinte años, bajo
el amparo de un tutor y envidiada por su riqueza.
Entre la modesta hija del conde de la Monclova y la
opulenta limeña se estableció, en breve, la más cordial
amistad. Evangelina tuvo así motivo para encontrarse
frecuentemente en palacio en sociedad con el capitán de
gentileshombres, que a fuer de galante no desperdició
coyuntura para hacer su corte a la doncella; la que al fin,
sin confesar la inclinación amorosa que el hidalgo
extremeño había sabido hacer brotar en su pecho, escuchó
con secreta complacencia la propuesta de matrimonio con
don Fernando. El intermediario era el virrey nada menos,
y una joven bien doctrinada no podía inferir desaire a tan
encumbrado padrino.
42
¡RADICIONES PERUANAS
Durante los cinco primeros años de matrimonio, el capitán
Vergara olvidó su antigua vida de disipación. Su esposa y
sus hijos constituían toda su felicidad: era, digámoslo así,
un marido ejemplar.
Pero un día fatal hizo el diablo que don Fernando
acompañase a su mujer a una fiesta de familia, y que en
ella hubiera una sala, donde no sólo se jugaba la clásica
malilla abarrotada, sino que, alrededor de una mesa con
tapete verde, se hallaban congregados muchos devotos de
los culbículos. La pasión del juego estaba sólo adormecida
en el alma del capitán, y no es extraño que a la vista de los
dados se despertase con mayor fuerza. Jugó, y con tan
aviesa fortuna, que perdió en esa noche veinte mil pesos.
Desde esa hora, el esposo modelo cambió por completo su
manera de ser, y volvió a la febricitante existencia del
jugador. Mostrándosele la suerte cada día más rebelde,
tuvo que mermar la hacienda de su mujer y de sus hijos
para hacer frente a las pérdidas, y lanzarse en ese abismo
sin fondo que se llama el desquite.
Entre sus compañeros de vicio había un joven, marqués a
quien los dados favorecían con tenacidad, y don Fernando
tomó a capricho luchar contra tan loca fortuna. Muchas
noches lo llevaba a cenar a la casa de Evangelina y,
terminada la cena, los dos amigos se encerraban en una
habitación a descamisarse, palabra que en el tecnicismo de
los jugadores tiene una repugnante exactitud.
Decididamente, el jugador y el loco son una misma
entidad. Si algo empequeñece, a mi juicio, la figura
43
RICARDO PALMA
histórica del emperador Augusto es que, según Suetonio,
después de cenar jugaba a pares y nones.
En vano Evangelina se esforzaba para apartar del
precipicio al desenfrenado jugador. Lágrimas y ternezas,
enojos y reconciliaciones fueron inútiles. La mujer
honrada no tiene otras armas que emplear sobre el
corazón del hombre amado.
Una noche la infeliz esposa se encontraba ya recogida en
su lecho, cuando la despertó don Fernando pidiéndole el
anillo nupcial. Era éste un brillante de crecidísimo valor.
Evangelina se sobresaltó; pero su marido calmó su
zozobra, diciéndola que trataba sólo de satisfacer la
curiosidad de unos amigos que dudaban del mérito de la
preciosa alhaja.
¿Qué había pasado en la habitación donde se encontraban
los rivales de tapete? Don Fernando perdía una gran
suma, y no teniendo ya prenda que jugar, se acordó del
espléndido anillo de su esposa.
La desgracia es inexorable. La valiosa alhaja lucía pocos
minutos más tarde en el dedo anular del ganancioso
marqués.
Don Fernando se estremeció de vergúenza y
remordimiento. Despidióse el marqués, y Vergara lo
acompañaba a la sala; pero al llegar a ésta, volvió la cabeza
hacia una mampara que comunicaba al dormitorio de
Evangelina, y al través de los cristales vióla sollozando de
rodillas ante una imagen de María.
44
Un vértigo horrible se apoderó del espíritu de don
Fernando, y rápido como el tigre, se abalanzó sobre el
marqués y le dió tres punaladas por la espalda.
El desventurado huyó hacia el dormitorio, y cayó exánime
delante del lecho de Evangelina.
ql
El conde de la Monclova, muy joven a la sazón, mandaba
una compañía en la batalla de Arras, dada en 1654. Su
denuedo lo arrastró a lo más reñido de la pelea, y fué
retirado del campo casi moribundo. Restablecióse al fin,
pero con pérdida del brazo derecho, que hubo necesidad
de amputarle. El lo substituyó con otro plateado, y de aquí
vino el apodo con que, en México y en Lima lo bautizaron.
El virrey Brazo de plata, en cuyo escudo de armas se leía
este mote: Ave María gratia plena, sucedió en el gobierno
del Perú al ilustre don Melchor de Navarra y Rocafull.
«Con igual prestigio que su antecesor, aunque con menos
dotes administrativas —dice Lorente—, de costumbres
puras, religioso, conciliador y moderado, el conde de la
Monclova edificaba al pueblo con su ejemplo, y los
necesitados le hallaron siempre pronto a dar de limosna
sus sueldos y las rentas de su casa».
En los quince años y cuatro meses que duró el gobierno de
Brazo de plata, período a que ni hasta entonces ni después
llegó ningún virrey, disfrutó el país de completa paz; la
administración fué ordenada, y se edificaron en Lima
magníficas casas. Verdad que el tesoro público no anduvo
muy floreciente; pero por causas extrañas a la política. Las
Y 45
procesiones y fiestas religiosas de entonces recordaban,
por su magnificencia y lujo, los tiempos del conde de
Lemos. Los portales, con sus ochenta y cinco arcos, cuya
fábrica se hizo con gasto de veinticinco mil pesos, el
Cabildo y la galería de palacio fueron obras de esa época.
En 1694 nació en Lima un monstruo con dos cabezas y
rostros hermosos, dos corazones, cuatro brazos y dos
pechos unidos por un cartílago. De la cintura a los pies
poco tenía de fenomenal, y el enciclopédico limeño don
Pedro de Peralta escribió con el título de Desvíos de la
naturaleza un curioso libro, en que, a la vez que hace una
descripción anatómica del monstruo, se empeña en probar
que estaba dotado de dos almas.
Muerto Carlos el Hechizado en 1700, Felipe V, que lo
sucedió, recompensó al conde de la Monclova haciéndolo
grande de España.
Enfermo, octogenario y cansado del mando, el virrey Brazo
de plata instaba a la corte para que se le reemplazase. Sin
ver logrado este deseo, falleció el conde de la Monclova el
22 de septiembre de 1702, siendo sepultado en la Catedral;
y su sucesor, el marqués de Casteldos Ríus, no llegó a
Lima sino en junio de 1707.
Doña Josefa, la hija del conde de la Monclova, siguió
habitando en palacio después de la muerte del virrey; mas
una noche, concertada ya con su confesor, el padre Alonso
Mesía, se descolgó por una ventana y tomó asilo en las
monjas de Santa Catalina, profesando con el hábito de
Santa Rosa, cuyo monasterio se hallaba en fábrica. En
46
TRADICIONES PERUANAS
mayo de 1710 se trasladó doña Josefa Portocarrero Lazo de
la Vega al nuevo convento, del que fué la primera abadesa.
HI
Cuatro meses después de su prisión, la Real Audiencia
condenaba a muerte a don Fernando de Vergara. Este
desde el primer momento había declarado que mató al
marqués con alevosía, en un arranque de desesperación de
jugador arruinado. Ante tan franca confesión no quedaba
al tribunal más que aplicar la pena.
Evangelina puso en juego todo resorte para libertar a su
marido de una muerte infamante; y en tal desconsuelo,
llegó el día designado para el suplicio del criminal.
Entonces la abnegada y valerosa Evangelina resolvió
hacer, por amor al nombre de sus hijos, un sacrificio sin
ejemplo.
Vestida de duelo se presentó en el salón de palacio en
momentos de hallarse el virrey conde de la Monclova en
acuerdo con los oidores, y expuso: que don Fernando
había asesinado al marqués, amparado por la ley; que ella
era adúltera, y que, sorprendida por el esposo, huyó de
sus iras, recibiendo su cómplice justa muerte del ultrajado
marido.
La frecuencia de las visitas del marqués a la casa de
Evangelina, el anillo de ésta como gaje de amor en la mano
del cadáver, las heridas por la espalda, la circunstancia de
habérsele hallado al muerto al pie del lecho de la señora, y
otros pequeños detalles eran motivos bastantes para que el
47
RICARDO PALMA
virrey, dando crédito a la revelación, mandase suspender
la sentencia.
El juez de la causa se constituyó en la cárcel para que don
Fernando ratificara la declaración de su esposa. Mas
apenas terminó el escribano la lectura, cuando Vergara,
presa de mil encontrados sentimientos, lanzó una
espantosa carcajada.
¡El infeliz se había vuelto loco!
Pocos años después, la muerte cernía sus alas sobre el
casto lecho de la noble esposa, y un austero sacerdote
prodigaba a la moribunda los consuelos de la religión.
Los cuatro hijos de Evangelina esperaban arrodillados la
postrera bendición maternal. Entonces la abnegada
víctima, forzada por su confesor, les reveló el tremendo
secreto: —El mundo olvidará—les dijo —el nombre de la
mujer que os dió la vida; pero habría sido implacable para
con vosotros si vuestro padre hubiese subido los escalones
del cadalso. Dios, que lee en el cristal de mi conciencia,
sabe que ante la sociedad perdí mi honra porque no os
llamasen un día los hijos del ajusticiado.
48
LUCAS EL SACRÍLEGO
CRÓNICA DE LA ÉPOCA DEL VIGÉSIMONONO
VIRREY DEL PERÚ
El que hubiera pasado por la plazuela de San Agustín a la
hora de las once de«la noche del 22 de octubre de 1743,
habría visto un bulto sobre la cornisa de la fachada del
templo, esforzándose a penetrar en él por una estrecha
claraboya. Grandes pruebas de agilidad y equilibrio tuvo
sin duda que realizar el escalador hasta encaramarse sobre
la cornisa, y el cristiano que lo hubiese contemplado
habría tenido que santiguarse tomándolo por el enemigo
malo o por duende cuando menos. Y no se olvide que, por
aquellos, tiempos, era de pública voz y fama que, en
ciertas noches, la plazuela de San Agustín era invadida
por una procesión de ánimas del purgatorio con cirio en
mano. Yo ni quito ni pongo; pero sospecho que con la
república y el gas les hemos metido el resuello a las
ánimas benditas, que se están muy mohinas y quietas en el
sitio donde a su Divina Majestad plugo ponerlas.
El atrio de la iglesia no tenía por entonces la magnífica
verja de hierro que hoy la adorna, y la policía nocturna de
la ciudad estaba en abandono tal, que era asaz difícil
encontrar una ronda. Los buenos habitantes de Lima se
encerraban en casita a las diez de la noche, después de
apagar el farol de la puerta, y la población quedaba
sumergida en plena tiniebla, con gran contentamiento de
49
gatos y lechuzas, de los devotos de la hacienda ajena y de
la gente dada a amorosas empresas.
El avisado lector, que no puede creer en duendes ni en
demonios coronados, y que, como es de moda en estos
tiempos de civilización, acaso no cree ni en Dios, habrá
sospechado que es un ladrón el que se introduce por la
claraboya de la iglesia. Piensa mal y acertarás.
En efecto. Nuestro hombre con auxilio de una cuerda se
descolgó al templo, y con paso resuelto se dirigió al altar
mayor.
Yo no sé, lector, si alguna ocasión te has encontrado de
noche en un vasto templo, sin más luz que la que despiden
algunas lamparillas colocadas al pie de las efigies, y
sintiendo el vuelo y el graznar fatídico de esas aves que
anidan en las torres y bóvedas. De mí sé decir que nada ha
producido en mi espíritu una impresión más sombría y
solemne a la vez, y que por ello tengo a los sacristanes y
monaguillos en opinión, no diré de santos, sino de ser los
hombres de más hígados de la cristiandad. ¡Me río yo de
los bravos de la Independencia!
Llegado nuestro hombre al sagrario, abrió el recamarín,
sacó la Custodia envolvió en su pañuelo la Hostia divina,
dejándola sobre el altar y salió del templo por la misma
claraboya que le había dado entrada.
Sólo dos días después, en la mañana del sábado 25,
cuando debía hacerse la renovación de la Forma, vino a
descubrirse el robo. Había desaparecido el sol de oro,
evaluado en más de cuarenta mil pesos, y cuyas ricas
50
TRADICIONES "ERUANAS
y 1
perlas, rubíes, brillantes, zafiros, ópalos y esmeraldas eran
obsequio de las principales familias de Lima. Aunque el
pedestal era también de oro v admirable como obra de
arte, no despertó la codicia del ladrón.
Fácil es imaginarse la conmoción que este sacrilegio
causaría en el devoto pueblo. Según refiere el erudito
escritor del Diario de Lima, en los números del 4 y 5 de
octubre de 1791, hubo procesión de penitencia, sermón
sobre el texto de Dayid: Exurge, Domine, et judica causam
tuam, constantes rogativas, prisión de legos y sacristanes, y
carteles fijando premios para quien denunciase al ladrón.
Se cerraron los coliseos y el duelo fué general cuando,
corriendo los días sin descubrirse al delincuente, recurrió
la autoridad eclesiástica al tremendo resorte de leer
censuras y apagar candelas.
Por su parte el marqués de Villagarcía, virrey del Perú,
había llenado su deber, dictando todas las providencias
eme en su arbitrio estaban para capturar al sacrílego. Los
expresos a los corregidores y demás autoridades del
virreinato se sucedieron sin tregua, hasta que a fines de
noviembre llegó a Lima un alguacil del intendente de
Huancavelica don Jerónimo Solá, ex consejero de Indias,
con pliegos en los que éste comunicaba a su excelencia que
el ladrón se hallaba aposentado en la cárcel y con su
respectivo par de calcetas de Vizcaya. Bien dice el refrán
que entre bonete y almete se hacen cosas de copete.
Las campanas se echaron a vuelo, el teatro volvió a
funcionar, los vecinos abandonaron el luto, y Lima se
entregó a fiestas y regocijos.
51
TI
Ciñéndonos al plan que hemos seguido en las Tradiciones,
viene aquí a cuento una rápida reseña histórica de la época
de mando del excelentísimo señor don José de Mendoza
Caamaño y Sotomayor, marqués de Villagarcía, de
Monroy y de Cusano, conde de Barrantes y Señor de Vista
Alegre, Rubianes y Villanueva vigésimonono virrey del
Perú por su majestad don Felipe V, y que, a la edad de
sesenta años, se hizo cargo del gobierno de estos reinos en
4 de enero de 1736.
El marqués de Villagarcía se resistió mucho a aceptar el
virreinato del Perú, y persuadiéndolo uno de los ministros
del rey para que no rechazase lo que tantos codiciaban,
dijo:
—Señor, vueseñoría me ponga a los pies de Su Majestad, a
quien venero como es justo y de ley, y represéntele que
haciendo cuentas conmigo mismo, he hallado que me
conviene más vivir pobre hidalgo que morir rico virrey.
El soberano encontró sin fundamento la excusa, y el
nombrado tuvo que embarcarse para América.
Sucediendo al enérgico marqués de Castelfuerte, la ley de
las compensaciones exigía del nuevo virrey una política
menos severa. Así, a fuerza de sagacidad y moderación,
pudo el de Villagarcía impedir que tomasen incremento
las turbulencias de Oruro y mantener a raya al cuzqueño
Juan Santos, que se había proclamado Inca.
92
TRADICIONES PERUANAS
No fué tan feliz con los almirantes ingleses Vernon y Jorge
Andson, que con sus piraterías alarmaban la costa.
Haciendo grandes esfuerzos e imponiendo una
contribución al comercio, logró el virrey alistar una
escuadra, cuyo jefe evitó siempre poner sus naves al
alcance de los cañones ingleses, dando lugar a que
Andson apresara el galeón de Manila, que llevaba un
cargamento valuado en más de tres millones de pesos.
Bajo su gobierno fué¿cuando el mineral del Cerro de Pasco
principió a adquirir la importancia de que hoy goza, y
entre Otros sucesos curiosos de su época merecen
consignarse la aurora boreal que se vió una noche en el
Cuzco, y la muerte que dieron los fanáticos habitantes de
Cuenca al cirujano de la expedición científica que a las
órdenes del sabio La Condamine visitó la América. Los
sencillos naturales pensaron, al ver unos extranjeros
examinando el cielo con grandes telescopios, que esos
hombres se ocupaban de hechicerías y malas artes.
A propósito de la venida de la comisión científica, leemos
en un precioso manuscrito que existe en la Biblioteca de
Lima, titulado Viaje al globo de la luna, que el pueblo limeño
bautizó a los ilustres marinos españoles don Jorge Juan y
don Antonio de Ulloa y a los sabios franceses Gaudin y La
Condamine con el sobrenombre de los caballeros del punto
fijo, aludiendo a que se proponían determinar con fijeza la
magnitud y figura de la tierra. Un pedante, creyendo que
los cuatro comisionados tenían la facultad de alejar de
Lima cuanto quisiesen la línea equinoccial, se echó a
murmurar entre el pueblo ignorante contra el virrey
marqués de Villagarcía, acusándolo de tacaño y
menguado; pues por ahorrar un gasto de quince o veinte
53
RICARDO PALMA
mil pesos que pudiera costar la obra, consentía en que la
línea equinoccial se quedase como se estaba y los vecinos
expuestos a sufrir los recios calores del verano. Trabajillo
parece que costó convencer al populacho de que aquel
charlatán ensartaba disparates. Así lo refiere el autor
anónimo del ya citado manuscrito.
Después de nueve años y medio de gobierno, y cuando
menos lo esperaba, fué el virrey desairosamente relevado
con el futuro conde de Superunda en julio de 1745. Este
agravio afectó tanto al anciano marqués de Villagarcía,
que regresando para España, a bordo del navío Héctor,
murió en el mar, en la costa patagónica, en diciembre del
mismo año.
Mm
Lucas de Valladolid era un mestizo, de la ciudad de
Huamanga, que ejercía en Lima el oficio de platero. Obra
de sus manos eran las mejores alhajas que a la sazón se
fabricaban. Pero el maestro Lucas pecaba de generoso, y
en el juego, el vino y las mozas de partido derrochaba sus
ganancias.
Los padres agustinos le dispensaban gran consideración, y
el maestro Lucas era uno de sus obligados comensales en
los días de mantel largo. Nuestro platero conocía, pues, a
palmos el convento y la iglesia, circunstancia que le sirvió
para realizar el robo de la Custodia, tal como lo dejamos
referido.
Dueño de tan valiosa prenda, se dirigió con ella a su casa,
desarmó el sol, fundió el oro y engarzó en anillos algunas
54
TRADICIONES PERUANAS
piedras. Viendo la excitación que su crimen había
producido, se resolvió a abandonar la ciudad y emprendió
viaje a Huancavelica, enterrando antes en la falda del San
Cristóbal una parte de su riqueza.
La esposa del intendente Solá era limeña, y a ésta se
presentó el maestro Lucas ofreciéndole en venta seis
magníficos anillos. En uno de ellos lucía una preciosa
esmeralda, y examinándola la señora, exclamó: «¡Qué
rareza! Esta piedra gs idéntica a la que obsequié para la
Custodia de San Agustín».
Turbóse el platero, y no tardó en despedirse.
Pocos minutos después entraba el intendente en la
estancia de su esposa, y la participó que acababa de llegar
un expreso de Lima con la noticia del sacrílego robo.
—Pues, hijo mío —le interrumpió la señora—, hace un rato
que he tenido en casa al ladrón.
Con los informes de la intendenta procedióse en el acto a
buscar al maestro Lucas; pero ya éste había abandonado la
población. ¡Redobláronse los esfuerzos y salieron
inmediatamente algunos indios en todas direcciones en
busca del criminal, logrando aprehenderlo a tres leguas de
distancia.
El sacrílego principió por una tenaz negativa; pero le
aplicaron garrotillo en los pulgares o un cuarto de rueda, y
canto de plano.
55
RICARDO PALMA
Cuando el virrey recibió el oficio del intendente de
Hancavelica despachó para guarda del reo una companía
de su escolta.
Llegado éste a Lima, en enero de 1744, costó gran trabajo
impedir que el pueblo lo hiciese añicos. ¡Las justicias
populares son cosa rancia por lo visto!
A los pocos días fué el ladrón puesto en capilla, y entonces
solicitó la gracia de que se le acordasen cuatro meses para
fabricar una Custodia superior en mérito a la que él había
destruido. Los agustinos intercedieron y la gracia fué
otorgada.
Las familias pudientes contribuyeron con oro y nuevas
alhajas, y cuatro meses después, día por día, la Custodia,
verdadera obra de arte, estaba concluída. En este intervalo
el maestro Lucas dió en su prisión tan positivas muestras
de arrepentimiento que le valieron la merced de que se le
conmutase la pena. s
Es decir, que en vez de achicharrarlo como a sacrílego, se
le ahorcó muy pulcramente como a ladrón.
56
RUDAMIENTE,
PULIDAMENTE,
MANOSAMENTE
CRÓNICA DE LA ÉPOCA DEL VIRREY AMAT
En que el lector hace conocimiento con una hembra del coco, de
Rechupete y Tilín
Leonorcica Michel era lo que hoy llamaríamos una limeña
de rompe y rasga, lo que en los tiempos del virrey Amat se
conocía por una mocita del tecum y de las que se amarran
la liga encima de la rodilla. Veintisiete años con más
mundo que el que descubrió Colón, color sonrosado, ojos
de más preguntas y respuestas que el catecismo, nariz de
escribano por lo picaresca, labios retozones, y una tabla de
pecho como para asirse de ella un náufrago, tal era en
compendio la muchacha. Añádase a estas perfecciones
brevísimo pie, torneada pantorrilla, cintura estrecha, aire
de taco y sandunguero, de esos que hacen estremecer
hasta a los muertos del campo santo. La moza, en fin, no
era boccato di cardinale, sino boccato de concilio ecuménico.
Paréceme que con el retrato basta y sobra para esperar
mucho de esa pieza de tela emplástica, que
Y
era como el canario
que va y se baña,
y luego se sacude
con arte y maña.
Leonorcica, para colmo de venturanza, era casada con un
honradísimo pulpero español, más bruto que el que asó la
manteca, y a la vez más manso que todos los carneros
juntos de la cristiandad y morería. El pobrete no sabía otra
cosa que aguar el vino, vender gato por liebre y ganar en
su comercio muy buenos cuartos, que su bellaca mujer se
encargaba de gastar bonitamente en cintajos y faralares, no
para más encariñar a su cónyuge, sino para engatusar a los
oficiales de los regimientos del rey. A la chica, que de suyo
era tornadiza, la había agarrado el diablo por la, milicia
y... ¡échele usted un galgo a su honestidad! Con razón
decía uno: — Algo tendrá, el matrimonio, cuando necesita
bendición de cura.
El pazguato del marido, siempre que la sorprendía en
gatuperios y juegos nada limpios con los militares, en vez
de coger una tranca y derrengarla, se conformaba con
decir:
— Mira, mujer, que no me gustan militronchos en casa y
que un día me pican las pulgas y hago una que sea
sonada.
—Pues mira, ¡arrastrado!, no tienes más que empezar—
contestaba la mozuela, puesta en jarras y mirando entre
ceja y ceja a su víctima.
58
TRADICIONES PERUANAS
Cuentan que una vez fué el pulpero a querellarse ante el
provisor y a solicitar divorcio, alegando que su conjunta lo
trataba mal.
—¡Hombre de Dios! ¿Acaso te pega?—le preguntó su
señoría.
—No, señor—contestó el pobre diablo—,no me pega...
pero me la pega. :
“
Este marido era de la misma masa de aquel otro que
cantaba:
ni mujer me han robado
tres días ha:
ya para bromas basta:
vuelvanmelá.
Al fin la cachaza tuvo su límite, y el marido hizo... una que
fué sonada. ¿Perniquebró a su costilla? ¿Le rompió el
bautismo a algún galán? ¡Quia! Razonando
filosóficamente, pensó que era tontuna perderse un
hombre por perrerías de una mala pécora; que de hembras
está más poblado este pícaro mundo, y que como dijo no
sé quién, las mujeres son como las ranas, que por una que
zambulle salen cuatro a flor de agua.
De la noche a la mañana traspasó, pues, la pulpería, y con
los reales que el negocio le produjo se trasladó a Chile,
donde en Valdivia puso una cantina.
¡Qué fortuna la de las anchovetas! En vez de ir al puchero
se las deja tranquilamente en el agua.
3
RICARDO PALMA
Esta metáfora traducida a buen romance quiere decir que
Leonorcica, lejos de lloriquear y tirarse de las greñas, tocó
generala, revistó a sus amigos de cuartel, y de entre ellos,
sin más recancamusas, escogió para amante de relumbrón
al alférez del regimiento de Córdoba don Juan Francisco
Pulido, mocito que andaba siempre más emperejilado que
rey de baraja fina.
10
Mano de Historia
Si ha caído bajo tu dominio, lector amable, mi primer libro
de Tradiciones, habrás hecho conocimiento con el
excelentísimo señor don Manuel Amat y Juniet, trigésimo
primo virrey del Perú por su majestad Fernando VI.
Ampliaremos hoy las noticias históricas que sobre él
teníamos consignadas.
La capitanía general de Chile fué, en el siglo pasado, un
escalón para subir al virreinato. Manso de Velazco, Amat,
Jáuregui, O'Higgins y Avilés, después de haber gobernado
en Chile, vinieron a ser virreyes del Perú.
A fines de 1761 se hizo Amat cargo del gobierno. «Traía—
dice un historiador—la reputación de activo, organizador,
inteligente, recto hasta el rigorismo y muy celoso de los
intereses públicos, sin olvidar la propia conveniencia». Su
valor personal lo había puesto a prueba en una
sublevación de presos en Santiago. Amat entró solo en la
cárcel, y recibido a pedradas, contuvo con su espada a los
rebeldes. Al otro día ahorcó docena y media de ellos.
Como se ve, el hombre no se andaba con repulgos.
60
TRADICIONES PERUANAS
Amat principió a ejercer el gobierno cuando hallándose
más encarnizada la guerra de España con Inglaterra y
Portugal, las colonias de América recelaban una invasión.
El nuevo virrey atendió perfectamente a poner en pie de
defensa la costa desde Panamá a Chile, y envió eficaces
auxilios de armas y dinero al Paraguay y Buenos Aires.
Organizó en Lima milicias cívicas, que subieron a cinco
mil hombres de infantería y dos mil de caballería, y él
mismo se hizo reconocer por coronel del regimiento de
nobles, que contaba fon cuatrocientas plazas. Efectuada la
paz, Carlos III premió a Amat con la cruz de San Jenaro, y
mandó a Lima veintidós hábitos de caballeros de diversas
Ordenes para los vecinos que más se habían distinguido
por su entusiasmo en la formación, equipo y disciplina de
las milicias.
Bajo su gobierno se verificó el Concilio provincial de 1772,
presidido por el arzobispo don Diego Parada, en que
fueron confirmados los cánones del Concilio de Santo
Toribio.
Hubo de curioso en este Concilio que habiendo investido
Amat al franciscano fray Juan de Marimón, su paisano,
confesor y aun pariente, con el carácter de teólogo
representante del real patronato, se vió en el conflicto de
tener que destituirlo y desterrarlo por dos años a Trujillo.
El padre Marimón, combatiendo en la sesión del 28 de
febrero al obispo Espiñeyra y al crucífero Durán, que
defendían la doctrina del probabilismo, anduvo algo
cáustico con sus adversarios. Llamado al orden Marimón,
contestó, dando una palmada sobre la tribuna: — Nada de
gritos, ilustrísimo señor, que respetos guardan respetos, y
si su señoría vuelve a gritarme, yo tengo pulmón más
£ 61
fuerte y le sacaré ventaja—. En uno de los volúmenes de
Papeles varios de la Biblioteca de Lima se encuentran un
opúsculo del padre agonizante Durán, una carta del
obispo fray Pedro Ángel de Espiñeyra, el decreto de Amat
y una réplica de Marimón, así como el sermón que
pronunció éste en las exequias del padre Pachi, muerto en
olor de santidad.
El virrey, cuyo liberalismo en materia religiosa se
adelantaba a su época, influyó, aunque sin éxito, para que
se obligase a los frailes a hacer vida común y a reformar
sus costumbres, que no eran ciertamente evangélicas.
Lima encerraba entonces entre sus murallas la bicoca de
mil trescientos frailes, y los monasterios de monjas de
pigricia de setecientas mujeres.
Para espiar a los frailes que andaban en malos pasos por
los barrios de Abajo el Puente, hizo Amat construir el
balcón de palacio que da a la plazuela de los
Desamparados, y se pasaba muchas horas escondido tras
de las celosías.
Algún motivo de tirria debieron darle los frailes de la
Merced, pues siempre que divisaba hábito de esa
comunidad murmuraba entre dientes: «¡Buen blanco!» Los
que lo oían pensaban que el virrey se refería a la tela del
traje, hasta que un curioso se atrevió a pedirle aclaración,
y entonces dijo Amat: «¡Buen blanco para una bala de
canón!»
En otra ocasión hemos hablado de las medidas prudentes
y acertadas que tomó Amat para cumplir la real orden por
la que fueron expulsados los miembros de la Compañía de
62
Jesús. El virrey inauguró inmediatamente en el local del
colegio de los jesuítas el famoso Convictorio de San
Carlos, que tantos hombres ilustres ha dado a la América.
Amotinada en el Callao a los gritos de ¡Viva el rey y
muera su mal gobierno! la tripulación de los navíos
Septentrión y Astuto, por retardo en el pagamento de
sueldos, el virrey enarboló en un torreón la bandera de
justicia, asegurándola con siete canñonazos. Fué luegó a
bordo, y tras brevísima información mandó colgar de las
antenas a los dos cabecillas y diezmó la marinería
insurrecta, fusilando diez y siete. Amat decía que la
justicia debe ser como el relámpago.
Amat cuidó mucho de la buena policía, limpieza y ornato
de Lima. Un hospital para marineros en Bellavista; un
templo de las Nazarenas, en cuya Obra trabajaba a veces
como carpintero; la Alameda y plaza de Acho para la
corrida de toros, y el Coliseo, que ya no existe, para las
lidias de gallos, fueron de su época. Emprendió también la
fábrica, que no llegó a terminarse, del Paseo de Aguas y
que, a juzgar por lo que aun se ve, habría hecho
competencia a Saint-Cloud y a Versalles.
Licencioso en sus costumbres, escandalizó bastante al país
con sus aventuras amorosas. Muchas páginas ocuparían
las historietas picantes en que figura el nombre de Amat
unido al de Micaela Villegas, la Perricholi, actriz del teatro
de Lima.
Sus contemporáneos acusaron a Amat de poca pureza en
el manejo de los fondos públicos, y daban por prueba de
su acusación que vino de Chile con pequeña fortuna y
63
que, a pesar de lo mucho que derrochó con la Perricholi,
que gastaba un lujo insultante, salió del mando millonario.
Nosotros ni quitamos ni ponemos, no entramos en esas
honduras y decimos caritativamente que el virrey supo, en
el juicio de residencia, hacerse absolver de este cargo,
como hijo de la envidia y de la maledicencia humanas.
En julio de 1776, después de cerca de quince años de
gobierno, lo reemplazó el excelentísimo señor don Manuel
Guirior.
Amat se retiró a Cataluña, país de su nacimiento, en
donde, aunque octogenario y achacoso, contrajo
matrimonio con una joven sobrina suya. Las armas de
Amat eran: escudo en oro con una ave de siete cabezas de
azur.
mn
Donde el lector hallará tres retruécanos no rebuscados sino
históricos
Por el año de 1772 los habitantes de esta, hoy
prácticamente republicana, ciudad de los Reyes, se
hallaban poseídos del más profundo pánico. ¿Quien era el
guapo que después de las diez de la noche asomaba las
narices por esas calles? Una carrera de gatos o ratones en
el techo bastaba para producir en una casa soponcios
femeniles, alarmas masculinas y barullópolis mayúsculo.
La situación no era para menos. Cada dos o tres noches se
realizaba algún robo de magnitud, y según los cronistas de
esos tiempos, tales delitos salían, en la forma, de las
64
TRADICIONES PERUANAS
prácticas hasta entonces usadas por los discípulos de
Caco. Caminos subterráneos, forados abiertos por medio
del fuego, escalas de alambre y otras invenciones
mecánicas revelaban, amén de la seguridad de sus golpes,
que los ladrones no sólo eran hombres de enjundia y pelo
en pecho, sino de imaginativa y cálculo. En la noche del 10
de julio ejecutaron un robo que se estimó en treinta mil
pesos.
Que los ladrones no gran gentuza de poco más o menos, lo
reconocía el mismo virrey, quien, conversando una tarde
con los oficiales de guardia que lo acompañaban a la mesa,
dijo con su acento de catalán cerrado.
— ¡Muchi diablus de latrons!
—En efecto, excelentísimo señor—le repuso el alférez don
Juan Francisco Pulido—. Hay que convenir en que roban
pulidamente.
Entonces el teniente de artillería don José Manuel
Martínez Ruda le interrumpió:
—Perdone el alférez. Nada de pulido encuentro; y lejos de
eso, desde que desvalijan una casa contra la voluntad de
su dueño, digo que proceden rudamente.
—¡Bien! Señores oficiales, se conoce que hay chispa—
añadió el alcalde ordinario don Tomás Munoz, y que era,
en cuanto a sutileza, capaz de sentir el galope del caballo
de copas—. Pero no en vano empuño yo una vara que
hacer caer mañosamente sobre esos pícaros que traen al
vecindario con el credo en la boca.
65
IV
Donde se comprueba que a la larga el toro fina en el matadero y
el ladrón en la horca
Al anochecer del 31 de julio del susodicho año de 1772, un
soldado entró cautelosamente en la casa del alcalde
ordinario don Tomás Muñoz y se entretuvo con él una
hora en secreta plática.
Poco después circulaban por la ciudad rondas de
alguaciles y agentes de la POLEA que fundó Amat con el
nombre de encapados.
En la mañana del 1” de agosto todo el mundo supo que en
la cárcel de corte y con gruesas garras de grillos se
hallaban aposentados el teniente Ruda, el alférez Pulido,
seis soldados del regimiento de Saboya, tres del
regimiento de Córdoba y ocho paisanos. Hacíanles
también compañía doña Leonor Michel y doña Manuela
Sánchez, queridas de los dos oficiales, y tres mujeres del
pueblo, mancebas de soldados. Era justo que quienes
estuvieron a las maduras participasen de las duras. Quien
comió la carne que roa el hueso.
El proceso, curiosísimo en verdad y que existe en los
archivos de la excelentísima Corte Suprema, es largo para
extractarlo. Baste saber que el 13 de agosto no quedó en
Lima títere que no concurriese a la Plaza mayor, en la que
estaban formadas las tropas regulares y milicias cívicas.
Después de degradados con el solemne ceremonial de las
ordenanzas militares los oficiales Ruda y Pulido, pasaron
66
TRADICIONES PERUANAS
junto con nueve de sus cómplices a balancearse en la
horca, alzada frente al callejón de Petateros. El verdugo
cortó luego las cabezas que fueron colocadas en escarpias
en el Callao y en Lima.
Los demás reos obtuvieron pena de presidio, y cuatro
fueron absueltos, contándose entre éstos doña Manuela
Sánchez, la querida de Ruda. El proceso demuestra que si
bien fué cierto que ella percibió los provechos, ignoró
siempre de dónde salían las misas.
Vv
En que se copia una sentencia que puede arder en un candil
«En cuanto a doña Leonor Michel, receptora de especies
furtivas, la condeno a que sufra cincuenta azotes, que le
darán en su prisión de mano del verdugo, y a ser rapada
la cabeza y cejas, y después de pasada tres veces por la
horca, será conducida al real beaterio de Amparadas de la
Concepción de esta ciudad a servir en los oficios más bajos
y viles de la casa, reencargándola a la madre superiora
para que la mantenga con la mayor custodia y precaución,
ínterin se presenta ocasión de navío que salga para la
plaza de Valdivia, adonde será trasladada en partida de
registro a vivir en unión de su marido, y se mantendrá
perpetuamente en dicha plaza. —Dió y pronunció esta
sentencia el excelentísimo señor don Manuel de Amat y
Juniet, caballero de la Orden de San Juan, del Consejo de
su Majestad, su gentilhombre de cámara con entrada,
teniente general de sus reales ejércitos, virrey, gobernador
y capitán general de estos reinos del Perú y Chile; y en ella
firmó su nombre estando haciendo audiencia en su
67
gabinete, en los Reves, a 11 de agosto de 1772, siendo
testigo don Pedro Juan Sanz, su secretario de cámara, y
don José Garmendia, que lo es de cartas. — Gregorio
González de Mendoza, escribano de su majestad y Guerra.»
¡Cáscaras! ¿No le parece a ustedes que la sentencia tiene
tres pares de perendengues?
Ignoramos si el marido entablaría recurso de fuerza al rey
por la parte en que, sin comerlo ni beberlo, se le obligaba a
vivir en ayuntamiento con la media naranja que le dió la
Iglesia, o si cerró los ojos y aceptó la libranza, que bien
pudo ser; pues para todo hay genios en la viña del Señor.
68
EL RESUCITADO
DEL TRIGÉSIMO CRÓNICA DE LA ÉPOCA SEGUNDO VIRREY
A principios del actual siglo existía en la Recolección de
los descalzos un octogenario de austera virtud y que vestía
el hábito de hermano lego. El pueblo, que amaba mucho al
humilde monje, conocíalo sólo con el nombre de” el
Resucitado. Y he aquí la auténtica y sencilla tradición que
sobre él ha llegado hasta nosotros.
En el año de los tres sietes (número apocalíptico y famoso
por la importancia de los sucesos que se realizaron en
América) presentóse un día en el hospital de San Andrés
un hombre que frisaba en los cuarenta agostos, pidiendo
ser medicinado en el santo asilo. Desde el primer
momento los médicos opinaron que la dolencia del
enfermo era mortal, y le previnieron que alistase el bagaje
para pasar a mundo mejor.
Sin inmutarse oyó nuestro individuo el fatal dictamen, y
después de recibir los auxilios espirituales o de tener el
práctico a bordo, como decía un marino, llamó a Gil Paz,
ecónomo del hospital, y díjole, sobre poco más o menos:
— Hace quince años que vine de España, donde no dejo
deudos, pues soy un pobre expósito. Mi existencia en
Indias ha sido la del que honradamente busca el pan por
medio del trabajo; pero con tan aviesa fortuna que todo mi
caudal, fruto de mil privaciones y fatigas, apenas pasa de
69
RICARDO PALMA
cien onzas de oro que encontrará vuesa merced en un
cincho que llevo al cuerpo. Si como creen los físicos, y yo
con ellos, su Divina Majestad es servida llamarme a su
presencia, lego a vuesamerced mi dinero para que lo goce,
pidiéndole únicamente que vista mi cadáver con una
buena mortaja del seráfico padre San Francisco, y pague
algunas misas en sufragio de mi alma pecadora.
Don Gil juró por todos los santos del calendario cumplir
religiosamente con los deseos del moribundo, y que no
sólo tendría mortaja y misas, sino un decente funeral.
Consolado así el enfermo, pensó que lo mejor que le
quedaba por hacer era morirse cuanto antes; y aquella
misma noche empezaron a enfriársele las extremidades, y
a las cinco de la madrugada era alma de la otra vida.
Inmediatamente pasaron las peluconas al bolsillo del
ecónomo, que era un avaro más ruin que la encarnación de
la avaricia. Hasta su nombre revela lo menguado del
sujeto: ¡¡Gil Paz!! No es posible ser más tacaño de letras ni
gastar menos tinta para una firma.
Por entonces no existía aún en Lima el cementerio general,
que, como es sabido, se inauguró el martes 31 de mayo de
1808; y aquí es curioso consignar que el primer cadáver
que se sepultó en nuestra necrópolis al día siguiente fué el
de un pobre de solemnidad llamado Matías Isurriaga,
quien, cayéndose de un andamio sobre el cual trabajaba
como albañil, se hizo tortilla en el atrio.
Dejemos por un rato en reposo al muerto, y mientras el
sepulturero abre la zanja fumemos un cigarrillo, charlando
sobre el gobierno y la política de aquellos tiempos, mismo
70
del cementerio. Los difuntos se enterraban en un corralón
o campo santo que tenía cada hospital, o en las bóvedas de
las iglesias, con no poco peligro de la salubridad pública.
Nuestro don Gil reflexionó que el finado le había pedido
muchas gollerías; que podía entrar en la fosa común sin
asperges, responsos ni sufragios; y que, en cuanto a ropaje,
bien aviado iba con el raído pantalón y la mugrienta
camisa con que lo había sorprendido la flaca.
p
—En el hoyo no es como en el mundo-— filosofaba Gil
Paz—, donde nos pagamos de exterioridades y
apariencias, y muchos hacen papel por la tela del vestido.
¡Vaya una pechuga la del difunto! No seré yo, en mis días,
quien halague su vanidad, gastando los cuatro pesos que
importa la jerga franciscana. ¿Querer lujo hasta para
pudrir tierra? ¡Hase visto presunción de la laya! ¡Milagro
no le vino en antojo que lo enterrasen con guantes de
gamuza, botas de campana y gorguera de encaje! Vaya al
agujero como está el muy bellaco, y agradézcame que no
lo mande en el traje que usaba el padre Adán antes de la
golosina.
Y dos negros esclavos del hospital cogieron el cadáver y lo
transportaron al corralón que servía de cementerio.
10
El excelentísimo señor don Manuel Guirior, natural de
Navarra y de la familia de San Francisco Javier, caballero
de la Orden de San Juan, teniente general de la real
armada, gentilhombre de cámara y marqués de Guirior,
hallábase como virrey en el nuevo reino de Granada,
Al
RICARDO PALMA
donde había contraído matrimonio con doña María
Ventura, joven bogotana, cuando fué promovido por
- Carlos II al gobierno del Perú.
Guirior, acompañado de su esposa, llegó a Lima de
incógnito el 17 de julio de 1776, como sucesor de Amat. Su
recibimiento público se verificó con mucha pompa el 3 de
diciembre, es decir, a los cuatro meses de haberse hecho
cargo del gobierno. La sagacidad de su carácter y sus
buenas dotes administrativas le conquistaron en breve el
aprecio general. Atendió mucho a la conversión de
infieles, y aun fundó en Chanchamayo colonias y
fortalezas, que posteriormente fueron destruidas por los
salvajes. En Lima estableció el alumbrado público con
pequeño gravamen de los vecinos, y fué el primer virrey
que hizo publicar bandos contra el diluvio llamado juego
de carnavales. Verdad es que, entonces como ahora,
bandos tales fueron letra muerta.
Guirior fué el único, entre los virreyes, que cedió a los
hospitales los diez pesos que, para sorbetes y pastas,
estaban asignados por real cédula a su excelencia siempre
que honraba con su presencia una función de teatro. En su
época se erigió el virreinato de Buenos Aires y quedó
terminada la demarcación de límites del Perú, según el
tratado de 1777 entre España y Portugal, tratado que
después nos ha traído algunas desazones con el Brasil y el
Ecuador.
En el mismo aciago año de los tres sietes nos envió la corte
al consejero de Indias don José de Areche, con el título de
superintendente y visitador general de la real Hacienda, y
revestido de facultades ommímodas tales, que hacían casi
pa
irrisoria la autoridad del virrey. La verdadera misión del
enviado regio era la de exprimir la naranja hasta dejarla
sin jugo. Areche elevó la contribución de indígenas a un
millón de pesos; creó la junta de diezmos; los estancos y
alcabalas dieron pingúes rendimientos; abrumó de
impuestos y socaliñas a los comerciantes y mineros, y
tanto ajustó la cuerda que en Huaraz, Lambaveque,
Huánuco, Pasco, Huancavelica, Moquegua y otros lugares
estallaron serios desórdenes, en los que hubo corregidores,
alcabaleros y empleados reales ajusticiados por el pueblo.
«La excitación era tan grande—dice Lorente—que en
Arequipa los muchachos de una escuela dieron muerte a
uno de sus camaradas que, en sus juegos, había hecho el
papel de aduanero, y en el llano de Santa Marta dos mil
arequipeños oOsaron, aunque con mal éxito, presentar
batalla a las milicias reales.» En el Cuzco se descubrió muy
oportunamente una vasta conspiración encabezada por
don Lorenzo Farfán y un indio cacique los que,
aprehendidos, terminaron su existencia en el cadalso.
Guirior se esforzó en convencer al superintendente de que
iba por mal camino; que era mayúsculo el descontento, y
que con el rigorismo de sus medidas no lograría establecer
los nuevos impuestos, sino crear el peligro de que el país
en masa recurriese a la protesta armada, previsión que dos
años más tarde y bajo otro virrey, vino a justificar la
sangrienta rebelión de Tupac-Amaru. Pero Areche
pensaba que el rey lo había enviado al Perú para que, sin
pararse en barras, enriqueciese el real tesoro a expensas de
la tierra conquistada, y que los peruanos eran siervos cuyo
sudor, convertido en oro, debía pasar a las arcas de Carlos
HI. Por lo tanto, informó al soberano que Guirior lo
embarazaba para esquilmar el paísy que nombrase otro
Y
virrey, pues su excelencia maldito si servía para lobo
rapaz y carnicero. Después de cuatro años de gobierno, y
sin la más leve fórmula de cortesía, se vió destituido don
Manuel Guirior, trigésimo segundo virrey del Perú, y
llamado a Madrid, donde murió pocos meses después de
su llegada.
Vivió una vida bien vivida.
Así en el juicio de residencia como en el secreto que se le
siguió, salió victorioso el virrey y fué castigado Areche
severamente.
mM
En tanto que el sepulturero abría la zanja, una brisa fresca
y retozona oreaba el rostro del muerto, quien ciertamente
no debía estarlo en regla, pues sus músculos empezaron a
agitarse débilmente, abrió luego los ojos y, al fin, por uno
de esos maravillosos instintos del organismo humano,
hízose cargo de su situación. Un par de minutos que
hubiera tardado nuestro español en volver de su
paroxismo o catalepsia, y las paladas de tierra no le
habrían dejado campo para rebullirse y protestar.
Distraído el sepulturero con su lúgubre y habitual faena,
no observó la resurrección que se estaba verificando hasta
que el muerto se puso sobre sus puntales y empezó a
marchar con dirección a la puerta. El buho de cementerio
cayó accidentado, realizándose casi al pie de la letra
aquello que canta la copla:
74
el vivo se cayó muerto
y el muerto partió a correr.
Encontrábase don Gil en la sala de San Ignacio vigilando
que los topiqueros no hiciesen mucho gasto de azúcar
para endulzar las fisanas cuando una mano se posó
familiarmente en su hombro y oyó una voz cavernosa que
le dijo: ¡Avariento! ¿Dónde está mi mortaja?
Volvióse aterrorizado don Gil. Sea el espanto de ver un
resucitado de tan extraño pelaje, o sea que la voz de la
conciencia hubiese hablado en él muy alto, es el hecho que
el infeliz perdió desde ese instante la razón. Su sacrílega
avaricia tuvo la locura por castigo.
En cuanto al español, quince días más tarde salía del
hospital completamente restablecido, y después de
repartir en limosnas las peluconas, causa de la desventura
de don Gil, tomó el hábito de lego en el convento de los
padres descalzos, y personas respetables que lo conocieron
y trataron nos afirman que alcanzó a morir en olor de
santidad, allá por los años de 1812.
AS
RICARDO PALMA
76
TRADICIONES PERUANAS
ENCORRESIDONDETINTE
CRÓNICA DE LA ÉPOCA DEL TRIGÉSIMO TERCIO VIRREY
Ahorcaban a un delincuente
y decía su mujer:
— No tengas pena, pariente,
todavía puede ser
que la soga se reviente.
eS
Anónimo.
Era el 4 de noviembre de 1780, y el cura de Tungasuca,
para celebrar a su santo patrón, que lo era también de su
majestad Carlos Ill, tenía congregados en oOpíparo
almuerzo a los más notables vecinos de la parroquia y
algunos amigos de los pueblos inmediatos que, desde el
amanecer, habían llegado a felicitarlo por su cumpleaños.
El cura don Carlos Rodríguez era un clérigo campechano,
caritativo y poco exigente en el cobro de los diezmos y
demás provechos parroquiales, cualidades apostólicas que
lo hacían el ídolo de sus feligreses. Ocupaba aquella
mañana la cabecera de la mesa, teniendo a su izquierda a
un descendiente de los Incas, llamado don José Gabriel
Tupac-Amaru, y a su derecha a doña Micaela Bastidas,
esposa del cacique. Las libaciones se multiplicaban y,
como consecuencia de ellas, reinaba la más expansiva
alegría. De pronto sintióse el galope de un caballo que se
detuvo a la puerta de la casa parroquial, y el jinete, sin
descalzarse las espuelas penetró en la sala del festín.
DY
El nuevo personaje llamábase don Antonio de Arriaga,
corregidor de la provincia de Tinta, hidalgo español muy
engreído con lo rancio de su nobleza v que despotizaba,
por plebeyos, a europeos y criollos. Grosero en sus
palabras, brusco de modales, cruel para con los indios de
la mita y avaro hasta el extremo de que si en vez de nacer
hombre hubiera nacido reloj, por no dar no habría dado ni
las horas, tal era su señoría. Y para colmo de desprestigio,
el provisor y canónigos del Cuzco lo habían excomulgado
solemnemente por ciertos avances contra la autoridad
eclesiástica.
Todos los comensales se pusieron de pie a la entrada, del
corregidor, quien, sin hacer atención en el cacique don
José Gabriel, se dejó caer sobre la silla que éste ocupaba, y
el noble indio fué a colocarse a otro extremo de la mesa,
sin darse por entendido de la falta de cortesía del
empingorotado español. Después de algunas frases
vulgares, de haber refocilado el estómago con las viandas
y remojado la palabra, dijo su señoría:
—No piense vuesa merced que me he pegado un trote
desde Yanaoca sólo para darle saludes.
—Usiría sabe—contestó el párroco—que cualquiera que
sea la causa que lo trae es siempre bien recibida en esta
humilde choza.
— Huélgome por vuesa merced de haberme convencido
personalmente de la falsedad de un aviso que recibí ayer,
que a haberlo encontrado real, juro cierto que no habría
reparado en hopalandas ni tonsuras para amarrar a vuesa
merced y darle una zurribanda de que guardara memoria
78
en los días de su vida; que mientras yo empuñe la vara,
ningún monigote me ha de resollar gordo.
— Dios me es testigo de que no sé a qué vienen las airadas
palabras de su señoría — murmuró el cura, intimidado por
los impertinentes conceptos de Arriaga.
— Yo me entiendo y bailo solo, señor don Carlos. Bonito es
mi pergenio para tolerar que en mi corregimiento, a mis
barbas, como quien dice, se lean censuras ni esos papelotes
de excomunión que contra mí reparte el viejo loco que
anda de provisor en el Cuzco, y ¡por el ánima de mi padre,
que esté en gloria, que tengo de hacer mangas y capirotes
con el primer cura que se me descantille en mi
jurisdicción! ¡Y cuenta que se me suba la mostaza a las
narices y me atufe un tantico, que en un verbo me planto
en el Cuzco y torno chafaina y picadillo a esos canónigos
barrigudos y abarraganados!
Y enfrascado el corregidor en sus groseras baladronadas,
que sólo interrumpía para apurar gordos tragos de vino,
no observó que don Gabriel y algunos de los convidados
iban desapareciendo de la sala.
TI
A las seis de la tarde el insolente hidalgo galopaba en
dirección a la villa de su residencia, cuando fué enlazado
su caballo; y don Antonio se encontró en medio de cinco
hombres armados, en los que reconoció a otros tantos de
los comensales del cura.
79
—Dése preso vuesa merced—le dijo Tupac-Amaru, que
era el que acaudillaba el grupo.
Y sin dar tiempo al maltrecho corregidor para que
opusiera la menor resistencia, le remacharon un par de
grillos y lo condujeron a Tungasuca. Inmediatamente
salieron indios con pliegos para el Alto Perú y otros
lugares, y Tupac-Amaru alzó bandera contra España.
Pocos días después, el 10 de noviembre, destacábase una
horca frente a la capilla de Tungasuca; y el altivo español,
vestido de uniforme y acompañado de un sacerdote que lo
exhortaba a morir cristianamente, oyó al pregonero estas
palabras:
Esta es la justicia que don José Gabriel 1, por la gracia de Dios,
Inca, rey del Perú, Santa Fe, Quito, Chile, Buenos Aires y
continente de los mares del Sur, duque y señor de los Amazonas
y del gran Paititi, manda hacer en la persona de Antonio de
Arriaga por tirano, alevoso, gnemigo de Dios y sus ministros,
corruptor y falsario.
En seguida el verdugo, que era un negro esclavo del
infeliz corregidor, le arrancó el uniforme en señal de
degradación, le vistió una mortaja y le puso la soga al
cuello. Más al suspender el cuerpo, a pocas pulgadas de la
tierra, reventó la cuerda; y Arriaga, aprovechando la
natural sorpresa que en los indios produjo este incidente,
echó a correr en dirección a la capilla, gritando: ¡Salvo soy!
¡A iglesia me llamo! ¡La iglesia me vale!
rol0)
| RADICIONES PERUANAS
Iba ya el hidalgo a penetrar en sagrado, cuando se le
interpuso el Inca Tupac-Amaru y lo tomó del cuello,
diciéndole:
—¡No vale la iglesia a tan pícaro como vos! ¡No vale la
iglesia a un excomulgado por la Iglesia!
Y volviendo el verdugo a apoderarse del sentenciado, dió
pronto remate a su sangrienta misión.
A
Mm
Aquí deberíamos dar por terminada la tradición; pero el
plan de nuestra obra exige que consagremos algunas
líneas por vía de epílogo al virrey en cuya época de mando
aconteció este suceso.
El excelentísimo señor don Agustín de Jáuregui, natural
de Navarra y de la familia de los condes de Miranda y de
Teba, caballero de la Orden de Santiago y teniente general
de los reales ejércitos, desempeñaba la presidencia de
Chile cuando Carlos Ill relevó con él injusta y
desairosamente, el virrey don Manuel Guirior. El caballero
de Jáuregui llegó a Lima el 21 de junio de 1780, y
francamente, que ninguno de sus antecesores recibió el
mando bajo peores auspicios.
Por una parte, los salvajes de Chanchamayo acababan de
incendiar y saquear varias poblaciones civilizadas; y por
otra, el recargo de impuestos y los procedimientos
tiránicos del visitador Areche habían producido serios
disturbios, en los que muchos corregidores y alcabaleros
fueron sacrificados a la cólera popular. Puede decirse que
81
RICARDO PALMA
la conflagración era general en el país, sin embargo de que
Guirior había declarado en suspenso el cobro de las
odiosas y exageradas contribuciones, mientras con mejor
acuerdo volvía el monarca sobre sus pasos.
Además en 1779 se declaró la guerra entre España e
Inglaterra, y reiterados avisos de Europa afirmaban al
nuevo virrey que la reina de los mares alistaba una flota
con destino al Pacífico.
Jáuregui (apellido que, en vascuence, significa residencia
del señor), en previsión de los amagos piráticos, tuvo que
fortificar y artillar la costa, organizar milicias y aumentar
la marina de guerra, medidas que reclamaron fuertes
gastos, con los que se acrecentó la penuria pública.
Apenas hacía cuatro meses que don Agustín de Jáuregui
ocupaba el solio de los virreyes, cuando se tuvo noticia de
la muerte dada al corregidor Arriaga, y con ella de que en
una extensión de más: de trescientas leguas era
proclamado por Inca y soberano del Perú el cacique
Tupac-Amaru.
No es del caso historiar aquí esta tremenda revolución
que, como es sabido, puso en grave peligro al gobierno
colonial. Poquísimo faltó para que entonces hubiese
quedado realizada la obra de la Independencia.
El 6 de abril, viernes de Dolores del año 1781, cayeron
prisioneros el Inca y sus principales vasallos, con los que
se ejercieron los más bárbaros horrores. Hubo lenguas y
manos cortadas, cuerpos descuartizados, horca y garrote
vil. Areche autorizó barbaridad y media.
82
TRADICIONES PERUANAS
Con el suplicio del Inca, de su esposa doña Micaela, de sus
hijos y hermanos, quedaron los revolucionarios sin un
centro de unidad. Sin embargo, la chispa no se extinguió
hasta julio de 1783, en que tuvo lugar en Lima la ejecución
de don Felipe Tupac, hermano del infortunado Inca,
caudillo de los naturales de Huarochirí. «Así—dice el deán
Funes — terminó esta revolución, y difícilmente presentará
la historia otra ni más justificada ni menos feliz.»
Las armas de la casa de Jáuregui eran: escudo cortinado, el
primer cuartel en oro con un roble copado y un jabalí
pasante; el segundo de gules y un castillo de plata con
bandera; el tercero de azur, con tres flores de lis.
Es fama que el 26 de abril de 1784 el virrey don Agustín de
Jáuregui recibió el regalo de un canastillo de cerezas, fruta
a la que era su excelencia muy aficionado, y que apenas
hubo comido dos o tres cayó al suelo sin sentido. Treinta
horas después se abría en palacio la gran puerta del salón
de recepciones; y en un sillón, bajo el dosel, se veía a
Jáuregui vestido de gran uniforme. Con arreglo al
ceremonial del caso el escribano de cámara, seguido de la
Real Audiencia, avanzó hasta pocos pasos distante del
dosel, y dijo en voz alta por tres veces: ¡Excelentísimo
señor don Agustín Jáuregui! Y luego, volviéndose al
concurso, pronunció esta frase obligada: Señores, no
responde. ¡Falleció! ¡Falleció! ¡Falleció! En seguida sacó un
protocolo, y los oidores estamparon en él sus firmas.
Así vengaron los indios la muerte de Tupac-Amaru.
83
RICARDO PALMA
84
¡ RADICIONES
10 Ve ro
PERUANAS
DEDTIANTA
LA GATITA DE MARI-
KAMOS QUE HALAGA
CON LA COLA Y ARAÑA
CON LAS MANOS
CRÓNICA DE LA ÉPOCA DEL TRIGÉSIMO CUARTO
VIRREY DEL PERÚ
(A Carlos Toribio Robinet.)
Al principiar la Alameda de Acho y en la acera que forma
espalda a la capilla de San Lorenzo, fabricada en 1834,
existe una casa de ruinoso aspecto, la cual fué, por los años
de 1788, teatro no de uno de esos cuentos de entre dijes y
babador, sino de un drama que la tradición se ha
encargado de hacer llegar hasta nosotros con todos sus
terribles detalles.
Veinte abriles muy galanos; cutis de ese gracioso moreno
aterciopelado que tanta fama dió a las limeñas, antes de
que cundiese la maldita moda de adobarse el rostro con
menjurjes, y de andar a la rebatiña y como albañil en
pared con los polvos de rosa arroz; ojos más negros que
noche de trapisonda y velados por rizadas pestañas; boca
incitante, como un azucarillo amerengado; cuerpo airoso,
si los hubo, y un pie que daba pie para despertar en el
85
prójimo tentación de besarlo; tal era, en el año de gracia de
1776, Benedicta Salazar.
Sus padres, al morir, la dejaron sin casa ni canastilla y al
abrigo de una tía entre bruja y celestina, como dijo
Quevedo, y más gruñona que mastín piltrafero, la cual
tomó a capricho casar a la sobrina con un su compadre,
español que de a legua revelaba en cierto tufillo ser hijo de
Cataluña, y que aindamáis tenía las manos callosas y la
barba más crecida que deuda pública. Benedicta miraba al
pretendiente con el mismo fastidio que a mosquito de
trompetilla, y no atreviéndose a darle calabazas como
melones, recurrió al manoseado' expediende de hacerse
archidevota, tener padre de espíritu y decir que su
aspiración era a monjío y no a casorio.
El catalán, atento a los repulgos de la muchacha,
murmuraba:
niña de los muchos novios,
que con ninguno te casas;
si te guardas para un rey
cuatro tiene la baraja.
De aquí surgían desazones entre sobrina y tía. La vieja la
trataba de gazmoña y papahostias, y la chica rompía a
llorar como una bendita de Dios, con lo que
enfureciéndose más aquella megera, la gritaba:—
¡Hipócrita! A mí no me engatusas con purisimitas. ¿A qué
vienen esos lloriqueos? Eres como el perro de Juan
Molleja, que antes que le caiga el palo ya se queja.
¿Conque monjío? Quien no te conozca que te compre,
saquito de cucarachas. Cualquiera diría que no rompe
86
¡RADICIONES PERUANAS
plato, y es capaz de sacarle los ojos al verdugo Grano de
Oro. ¿Si no conoceré yo las uvas de mi majuelo? ¿Conque
te apestan las barbas? ¡Miren a la remilgada de Jurquillos,
que lavaba los huesos para freírlos! ¡Pues has de ver toros
y cañas como yo pille al alcance de mis uñas al
barbilampiño que te baraja el juicio! Miren, miren a la
gatita de Mari-Ramos, que hacía ascos a los ratones y
engullía los gusanos! ¡Malhaya la niña de la media
almendra!
“
Como estas peloteras eran pan cotidiano, las muchachas
de la vecindad, envidiosas de la hermosura de Benedicta,
dieron en bautizarla con el apodo de Gatita de Mari-Ramos;
y pronto en la parroquia entera los mozalbetes y demás
niños zangolotinos que la encontraban al paso, saliendo de
misa mayor, le decían:
—¡Qué modosita y qué linda que va la Gatita de Mari-
Ramos!
La verdad del cuento es que la tía no iba descaminada en
sus barruntos. Un petimetre, don Aquilino de Leuro, era el
quebradero de cabeza de la sobrina; y ya fuese que éste se
exasperara de andar siempre al morro por un quítame allá
esas pajas, o bien que su amor hubiese llegado a extremo
de atropellar por todo respeto, dando al diablo el hato y el
garabato, ello es que una noche sucedió... lo que tenía que
suceder. La gatita de Mari-Ramos se escapó por el tejado,
en amor y compaña de un gato pizpireto, que olía a
almizcle y que tenía la mano suave.
87
y ADTAY > AA
RICARDO PALMA
II
Demos tiempo al tiempo y no andemos con lilailas y
recancanillas. Es decir, que mientras los amantes apuran la
luna de miel para dar entrada a la de hiel, podemos echar,
lector carísimo, el consabido parrafillo histórico.
El excelentísimo señor don Teodoro de Croix, caballero de
Croix, comendador de la muy distinguida orden teutónica
en Alemania, capitán de guardias valonas y teniente
general de los reales ejércitos, hizo su entrada en Lima el 6
de abril de 1784.
Durante largos años había servido en México bajo las
órdenes de su tío (el virrey marqués de Croix), y vuelto a
España, Carlos HI lo nombró su representante en estos
reinos del Perú. «Fué su excelencia— dice un cronista—
hombre de virtud eminente, y se distinguió mucho por su
caridad, pues varias veces se quedó con la vela en la mano
porque el candelero de plata lo había dado a los pobres, no
teniendo de pronto moneda con que socorrerlos;
frecuentaba sacramentos y era un verdadero cristiano.»
La administración del caballero Croix, a quien llamaban el
Flamenco, fué de gran beneficio para el país.
El virreinato se dividió en siete intendencias, y éstas en
distritos o subdelegaciones. Estableciéronse la Real
Audiencia del Cuzco y el tribuna de Minería,
repobláronse los valles de Víctor y Acobamba, y el
ejemplar obispo Chávez de la Rosa fundó en Arequipa la
famosa casa de huérfanos, que no pocos hombres ilustres
ha dado después a la república.
88
TRADICIONES PERUANAS
Por entonces llegó al Callao, consignado al conde de San
Isidro, el primer navío de la Compañía de Filipinas; y para
comprobar el gran desarrollo del comercio en los cinco
años del gobierno de Croix, bastará consignar que la
importación subió a cuarenta y dos millones de pesos y la
exportación a treinta y seis.
Las rentas del Estado alcanzaron a poco más de cuatro y
medio millones, y los gastos no excedieron de esta cifra,
viéndose por primera y única vez entre nosotros realizado
el fenómeno del equilibrio en el presupuesto. Verdad es
que, para lograrlo, recurrió el virrey al sistema de
economías, disminuyendo empleados, cercenando
sueldos, licenciando los batallones de Soria y
Extremadura, y reduciendo su escolta a la tercera parte de
la fuerza que mantuvieron sus predecesores desde Amat.
La querella entre el marqués de Lara, intendente de
Huamanga, y el señor López Sánchez, obispo de la
diócesis, fué la piedra de escándalo de la época. Su
ilustrísima, despojándose de la mansedumbre sacerdotal,
dejó desbordar su bilis hasta el extremo de abofetear al
escribano real que le notificaba una providencia. El juicio
terminó, desairosamente para el iracundo prelado, por
fallo del Consejo de Indias.
Lorente, en su Historia, habla de un acontecimiento que
tiene alguna semejanza con el proceso del falso nuncio de
Portugal. «Un pobre gallego—dice—que había venido en
clase de soldado y ejercido después los poco lucrativos
oficios de mercachifle y corredor de muebles, cargado de
familia, necesidades y años, se acordó que era hijo natural
de un hermano del cardenal patriarca, presidente del
89
Consejo de Castilla, y para explotar la necedad de los
ricos, fingió recibir cartas del rey y de otros encumbrados
personajes, las que hacía contestar por un religioso de la
Merced. La superchería no podía ser más grosera, y sin
embargo engañó con ella a varias personas. Descubierta la
impostura y amenazado con el tormento, hubo de
declararlo todo. Su farsa se consideró como crimen de
Estado, y por circunstancias atenuantes salió condenado a
diez años de presidio, enviándose para España, bajo
partida de registro, a su cómplice el religioso».
El sabio don Hipólito Unanue que con el seudónimo de
Aristeo escribió eruditos artículos en el famoso Mercurio
peruano; el elocuente mercedario fray Cipriano Jerónimo
Calatayud, que firmaba sus escritos en el mismo periódico
con el nombre de Sofronio; el egregio médico Dávalos, tan
ensalzado por la Universidad de Montpellier; el clérigo
Rodríguez de Mendoza, llamado por su vasta ciencia el
Bacón del Perú y que durante treinta años fué rector de San
Carlos; el poeta andaluz Terralla y Landa, y otros hombres
no menos esclarecidos formaban la tertulia de su
excelencia, quien, a pesar de su ilustración y del prestigio
de tan inteligente círculo, dictó severas Órdenes para
impedir que se introdujesen en el país las obras de los
enciclopedistas.
Este virrey, tan apasionado por el cáustico y libertino poeta
de las adivinanzas, no pudo soportar que el religioso de San
Agustín fray Juan Alcedo le llevase personalmente y
recomendase la lectura de un manuscrito. Era éste una
sátira, en medianos versos, sobre la conducta de los
españoles en América. Su excelencia calificó la pretensión
de desacato a su persona, y el pobre hijo de Apolo fué
90
TRADICIONES PERUANAS
desterrado a la metrópoli para escarmiento de frailes
murmuradores y de poetas de aguachirle.
El caballero de Croix se embarcó para España el 7 de abril
de 1790, y murió en Madrid en 1791 a poco de su llegada a
la patria.
¡08
¿Hay Quevos?
—A la otra esquina por ellos.
(Popular).
Pues, señores, ya que he escrito el resumen de la historia
administrativa del gobernante, no dejaré en el tintero,
pues con su excelencia se relaciona, el origen de un juego
que conocen todos los muchachos de Lima. Nada pondré
de mi estuche, que hombre verídico es el compañero de La
Bromaf3] que me hizo el relato que van ustedes a leer.
Es el caso que el excelentísimo señor don Teodoro de
Croix tenía la costumbre de almorzar diariamente cuatro
huevos frescos pasados por agua caliente; y era sobre este
punto tan delicado, que su mayordomo, Julián de
Córdova y Soriano, estaba encargado de escoger y
comprar él mismo los huevos todas las mañanas.
Mas si el virrey era delicado, el mayordomo llevaba la
cansera y la avaricia hasta el punto de regatear con los
pulperos para economizar un piquillo en la compra; pero
al mismo tiempo que esto intentaba había de escoger los
huevos más grandes y más pesados, para cuyo examen
llevaba un anillo y ponía además los huevos en la balanza.
SM
RICARDO PALMA
Si un huevo pasaba por el anillo o pesaba un adarme
menos que otro, lo dejaba.
Tanto llegó a fastidiar a los pulperos de la esquina del
Arzobispo, esquina de Palacio, esquina de las Mantas y
esquina de Judíos, que encontrándose éstos un día
reunidos en Cabildo para elegir balanceador, recayó la
conversación sobre el mayordomo don Julián de Córdova
y Soriano, y los susodichos pulperos acordaron no
venderle más huevos.
Al día siguiente al del acuerdo presentóse don Julián en
una de las pulperías, y el mozo le dijo: —No hay huevos,
señor don Julián. Vaya su merced a la otra esquina por
ellos.
Recibió el mayordomo igual contestación en las cuatro
esquinas, y tuvo que ir más lejos para hacer su compra. Al
cabo de poco tiempo, los pulperos de ocho manzanas a la
redonda de la plaza estaban fastidiados del cominero don
Julián y adoptaron el mismo acuerdo de sus cuatro
camaradas.
No faltó quien contara al virrey los trotes y apuros de su
mayordomo para conseguir huevos frescos, y un día que
estaba su excelencia de buen humor le dijo:
— Julián, ¿en dónde compraste hoy los huevos?
— En la esquina de San Andrés.
— Pues mañana irás a la otra esquina por ellos.
92
¡RADICIONES PERUANAS
—Segurito, señor, y ha de llegar día en que tenga que ir a
buscarlos a Jetafe.
Contado el origen del infantil juego de los huevos,
paréceme que puedo dejar en paz al virrey y seguir con la
tradición.
IV
Dice un refrán que lg mula y la paciencia se fatigan si hay
apuro, y lo mismo pensamos del amor. Benedicta y
Aquilino se dieron tanta prisa que, medio año después de
la escapatoria, hastiado el galán se despidió a la francesa,
esto es, sin decir abur y ahí queda el queso para que se lo
almuercen los ratones, y fué a dar con su humanidad en el
Cerro de Pasco, mineral boyante a la sazón. Benedicta
pasó días y semanas esperando la vuelta del humo o, lo
que es lo mismo, la del ingrato que le dejaba más desnuda
que cerrojo; hasta que, convencida de su desgracia,
resolvió no volver al hogar de la tía, sino arrendar un
entresuelo en la calle de la Alameda.
En su nueva morada era por demás misteriosa la
existencia de nuestra gatita. Vivía encerrada, y evitando
entrar en relaciones con la vecindad. Los domingos salía a
misa de alba, compraba sus provisiones para la semana y
no volvía a pisar la calle hasta el jueves, al anochecer, para
entregar y recibir trabajo. Benedicta era costurera de la
marquesa de Sotoflorido, con sueldo de ocho pesos
semanales.
Pero por retraída que fuese la vida de Benedicta y por
mucho que al salir rebujase el rostro entre los pliegues del
95
manto, no debió la tapada parecerle costal de paja a un
vecino del cuarto de reja, quien dió en la flor siempre que
la atisbaba, de dispararla a quemarropa un par de
chicoleos, entremezclados con suspiros, capaces de sacar
de quicio a una estatua de piedra berroqueña.
Hay nombres que parecen una ironía, y uno de ellos era el
del vecino Fortunato, que bien podía, en punto a femeniles
conquistas, pasar por el más infortunado de los mortales.
Tenía hormiguillo por todas las muchachas de la feligresía
de San Lázaro, y así se desmerecían y ocupaban ellas de él
como del gallo de la Pasión que, con arroz graneado, ají
mirasol y culantrillo, debió ser guiso de chuparse los dedos.
Era el tal—no el gallo de la Pasión, sino Fortunato—, lo que
se conoce por un pobre diablo, no mal empatillado y de
buena cepa, como que pasaba por hijo natural del conde
de Pozosdulces. Servía de amanuense en la escribanía
mayor del gobierno, cuyo cargo de escribano mayor era
desempeñado entonces por el marqués de Salinas, quien
pagaba a nuestro joven veinte duros al mes, le daba por
pascua del Niño Dios un decente aguinaldo y se hacía de
la vista gorda cuando era asunto de que el mocito
agenciase lo que en tecnicismo burocrático se llama buscas
legales.
Forzoso es decir que Benedicta jamás paró mientes en los
arrumacos del vecino, ni lo miró a hurtadillas y ni siquiera
desplegó los labios para desahuciarlo, diciéndole:
«Perdone, hermano, y toque a otra puerta, que lo que es en
ésta no se da posada al peregrino».
94
TRADICIONES PERUANAS
Mas una noche, al regresar la joven de hacer entrega de
costuras, halló a Fortunato bajo el dintel de la casa, y antes
de que éste le endilgase uno de sus habituales piropos, ella
con voz dulce y argentina como una lluvia de perlas y que
al amartelado mancebo debió parecerle música celestial, le
dijo:
— Buenas noches, vecino.
El plumario, que epa mozo muy socarrón y amigo de
donaires, díjose para el cuello de su camisa: —Al fin ha
arriado bandera esta prójima y quiere parlamentar.
Decididamente tengo mucho aquel y mucho garabato para
las hembras, y a la que le guiño el ojo izquierdo, que es el
del corazón, no le queda más recurso que darse por
derrotada.
Yo domino de todas la arrogancia,
conmigo no hay Sagunto ni Numancia...
Y con airecillo de terne y de conquistador, siguió sin más
circunloquios a la costurera hasta la puerta del entresuelo.
La llave era dura, y el mocito, a fuer de cortés, no podía
permitir que la niña se maltratase la mano. La gratitud por
tan magno servicio exigía que Benedicta, entre ruborosa y
complacida, murmurase un— Pase usted adelante, aunque
la casa no es como para la persona.
Suponemos que esto o cosa parecida sucedería, y que
Fortunato no se dejó decir dos veces que le permitían
entrar en la gloria, que tal es para todo enamorado una
mano de conversación a solas con una chica como un
piñón de almendra. El estuvo apasionado y decidor:
5
RICARDO PALMA
Las palabras amorosas
son las cuentas de un collar,
en saliendo la primera
salen todas las demás.
Ella, con palabritas cortadas y melindres, dió a entender
que su corazón no era de cal y ladrillo; pero que como los
hombres son tan pícaros y reveseros, había que dar largas
y cobrar confianza, antes de aventurarse en un juego en
que casi siempre todos los naipes se vuelven malillas. El
juró, por un calvario de cruces, no sólo amarla
eternamente, sino las demás paparruchas que es de
práctica jurar en casos tales, y para festejar la aventura
añadió que en su cuarto tenía dos botellas del riquísimo
moscatel que había venido de regalo para su excelencia el
virrey. Y rápido como un cohete descendió y volvió a
subir, armado de las susodichas limetas.
Fortunato no daba la victoria por un ochavo menos. La
familia que habitaba en el principal se encontraba en el
campo, y no había que temer ni el pretexto del escándalo.
Adán y Eva no estuvieron más solos en el paraíso cuando
se concertaron para aquella jugarreta cuyas consecuencias,
sin comerlo ni beberlo, está pagando la prole, y siglos van
y siglos vienen sin que la deuda se finiquite. Por otra
parte, el galán contaba con el refuerzo del moscatelillo, y
como reza el refrán, de menos hizo Dios a Cañete y lo
deshizo de un puñete.
Apuraba ya la segunda copa, buscando en ella bríos para
emprender un ataque decisivo, cuando en el reloj del
Puente empezaron a sonar las campanas de las diez, y
Benedicta con gran agitación y congoja exclamó:
96
TRADICIONES PERUANAS
—¡Dios mío! ¡Estamos perdidos! Entre usted en este otro
cuarto y suceda lo que sucediere, ni una palabra ni intente
salir hasta que yo lo busque.
Fortunato no se distinguía por la bravura y de buena gana
habría querido tocar de suela; pero sintiendo pasos en el
patio, la carne se le volvió de gallina, y con la docilidad de
un niño se dejó encerrar en la habitación contigua.
vV
Abramos un corto paréntesis para referir lo que había
pasado pocas horas antes.
A las siete de la noche, cruzando Benedicta por la esquina
de Palacio, se encontró con Aquilino. Ella, lejos de
reprocharle su conducta, le habló con cariño, y en gracia
de la brevedad diremos que, como donde hubo fuego
siempre quedan cenizas, el amante solicitó y obtuvo una
cita para las diez de la noche.
Benedicta sabía que el ingrato la había abandonado para
casarse con la hija de un rico minero; y desde entonces
juró en Dios y en su ánima vivir para la venganza. Al
encontrarse aquella noche con Aquilino y acordarle una
cita, la fecunda imaginación de la mujer trazó rápidamente
su plan. Necesitaba un cómplice, se acordó del plumario, y
he aquí el secreto de su repentina coquetería para con
Fortunato.
Ahora volvamos al entresuelo.
97
VI
Entre los dos reconciliados amantes no hubo quejas ni
recriminaciones, sino frases de amor. Ni una palabra sobre
lo pasado, nada sobre la deslealtad del joven que
nuevamente la engañaba, callándola que ya no era libre y
prometiéndola no separarse más de ella. Benedicta fingió
creerlo y lo embriagaba de caricias para mejor afianzar su
venganza.
Entretanto el moscatel desempeñaba una función terrible.
Benedicta había echado un narcótico en la copa de su
seductor. Aquí cabe el refrán: más mató la cena que curó
Avicena.
Rendido Leuro al soporífero influjo, la joven lo ató con
fuertes ligaduras a las columnas de su lecho, sacó un
puñal, y esperó impasible durante una hora a que
empezara a desvanecerse el poder narcótico.
A las doce mojó su pañuelo en vinagre, lo pasó por la
frente del narcotizado, y entonces principió la horrible
tragedia.
Benedicta era tribunal y verdugo.
Enrostró a Aquilino la villanía de su conducta, rechazó sus
descargos y luego le dijo:
— ¡Estás sentenciado! Tienes un minuto para pensar en
Dios.
98
LRADICIONES PERUANAS
Y con mano segura hundió el acero en el corazón del
hombre a quien tanto había amado...
El pobre amanuense temblaba como la hoja del árbol.
Había oído y visto todo por un agujero de la puerta.
Benedicta, realizada su venganza, dió vuelta a la llave y lo
sacó del encierro. —,
—Si aspiras a mi amor—le dijo —empieza por ser mi
cómplice. El premio lo tendrás cuando este cadáver haya
desaparecido de aquí. La calle está desierta, la noche es
lóbrega, el río corre en frente de la casa... Ven y ayúdame.
Y para vencer toda vacilación en el ánimo del acobardado
mancebo, aquella mujer, alma de demonio encarnada en la
figura de un ángel, dió un salto como la pantera que se
lanza sobre su presa y estampó un beso de fuego en los
labios de Fortunato.
La fascinación fué completa. Ese beso llevó a la sangre y a
la conciencia del joven el contagio del crimen.
Si hoy, con los faroles de gas y el crecido personal de
agentes de policía, es empresa de guapos aventurarse
después de las ocho de la noche por la Alameda de Acho,
imagínese el lector lo que sería ese sitio en el siglo pasado
y cuando sólo en 1776 se había establecido el alumbrado
para las calles centrales de la ciudad.
99
La obscuridad de aquella noche era espantosa. No parecía
sino que la naturaleza tomaba su parte de complicidad en
el crimen.
Entreabrióse el postigo de la casa, y por él salió
cautelosamente Fortunato, llevando al hombro, cosido en
una manta, el cadáver de Aquilino. Benedicta lo seguía, y
mientras con una mano lo ayudaba a sostener el peso, con
la otra, armada de una aguja con hilo grueso, cosía la
manta a la casaca del joven. La zozobra de éste y las
tinieblas servían de auxiliares a un nuevo delito.
Las sombras vivientes llegaron al pie del parapeto del río.
Fortunato, con su fúnebre carga sobre los hombros, subió
el tramo de adobes y se inclinó para arrojar el cadáver.
¡Horror!... El muerto arrastró en su caída al vivo.
Tres días después unos pescadores encontraron en las
playas de Bocanegra el cuerpo del infortunado Fortunato.
Su padre, el conde de Pozosdulces, y su jefe, el marqués de
Salinas, recelando que el joven hubiera sido víctima de
algún enemigo, hicieron aprehender a un individuo sobre
el que recaían no sabemos qué sospechas de mala
voluntad para con el difunto.
Y corrían los meses y la causa iba con pies de plomo, y el
pobre diablo se encontraba metido en un dédalo de
acusaciones, y el fiscal veía pruebas clarísimas en donde
todos hallaban el caos, y el juez vacilaba, para dar
sentencia, entre horca y presidio.
100
TRADICIONES PERUANAS
Pero la Providencia que vela por los inocentes, tiene
resortes misteriosos para hacer la luz sobre el crimen.
Benedicta, moribunda y devorada por el remordimiento,
reveló todo a un sacerdote, rogándole que para salvar al
encarcelado hiciese pública su confesión; y he aquí cómo
en la forma de proceso ha venido a caer bajo nuestra
pluma de cronista la sombría leyenda de la Gatita de Mari-
Ramos.
101
RICARDO PALMA
102
TRAD IONES PERUANAS
¡ALA CÁRCEL TODO
CRISTO!
CRÓNICA DE LA ÉPOCA DEL VIRREY INGLÉS
Por los años de 1752 recorría las calles de Lima un
buhonero o mercachifle, hombre de mediana talla, grueso,
de manos y facciones toscas, pelo rubio, color casi
alabastrino y que representaba muy poco más de veinte
años. Era irlandés, hijo de pobres labradores y, según su
biógrafo Lavalle, pasó los primeros años de su vida
conduciendo haces de leña para la cocina del castillo da
Dungán, residencia de la condesa de Bective, hasta que un
su tío, padre jesuíta de un convento de Cádiz, lo llamó a
su lado, lo educó medianamente, y viéndolo decidido por
el comercio más que por el santo hábito, lo envió a
América con una pacotilla.
NÑo Ambrosio el inglés, como llamaban las limeñas al
mercachifle, convencido de que el comercio de cintas,
agujas, blondas, dedales y otras chucherías no le
produciría nunca para hacer caldo gordo, resolvió pasar a
Chile, donde consiguió por la influencia de un médico
irlandés muy relacionado en Santiago, que con el carácter
de ingeniero delineador lo empleasen en la construcción
de albergues o casitas para abrigo de los correos que, al
través de la cordillera, conducían la correspondencia entre
Chile y Buenos Aires.
103
RICARDO PALMA
Ocupábase en llenar concienzudamente su Compromiso,
cuando acaeció una formidable invasión de los araucanos,
y para rechazarla organizó el capitán general, entre otras
fuerzas, una compañía de voluntarios extranjeros, cuyo
mando se acordó a nuestro flamante ingeniero. La
campaña le dió honra y provecho; y sucesivamente el rey
le confirió los grados de capitán de dragones, teniente
coronel, coronel y brigadier; y en 1785, al ascenderlo a
mariscal de campo, lo invistió con el carácter de presidente
de la Audiencia, gobernador y capitán general del reino de
Chile.
Ni tenemos los suficientes datos, ni la forma ligera de
nuestras tradiciones nos permite historiar los diez años del
memorable gobierno de don Ambrosio O'Higgins. La
fortaleza del Barón, en Valparaíso, y multitud da obras
públicas hacen su nombre imperecedero en Chile.
Habiendo reconquistado la ciudad de Osorno del poder de
los araucanos, el monarca lo nombró marqués de Osorno,
lo ascendió a teniente general y lo trasladó al Perú como
virrey, en reemplazo del bailío don Francisco Gil y Lemus
de Toledo y Villamarín, caballero profesor de la orden de
San Juan, comendador del Puente Orgivo y teniente
general de la real armada.
En 5 de junio de 1796 se encargó O'Higgins del mando.
Bajo su breve gobierno se empedraron las calles y
concluyeron las torres de la Catedral de Lima, se creó la
sociedad de Beneficencia, y se establecieron fábricas de
tejidos. La portada, alameda y camino carretero del Callao
fueron también obra de su administración.
104
En su época se incorporó al Perú la intendencia de Puno,
que había estado sujeta al virreinato de Buenos Aires, y
fué separado Chile de la jurisdicción del virreinato del
Bera
La alianza que por el tratado de San Ildefonso, después de
la campaña del Rosellón, celebró con Francia el ministro
don Manuel Godoy, duque de Acudía y príncipe de la
Paz, trajo como consecuencia la guerra entre España e
Inglaterra. O'Higgins envió a la corona siete millones de
pesos con los que el Perú contribuyó, más que a las
necesidades de la guerra, al lujo de los cortesanos y a los
placeres de Godoy y de su real manceba María Luisa.
Rápida, pero fructuosa en bienes, fué la administración de
O'Higgins, a quien llamaban en Lima el virrey inglés.
Falleció el 18 de marzo de 1800, y fué enterrado en las
bóvedas de la iglesia de San Pedro.
Grande era la desmoralización de Lima cuando O'Higgins
entró a ejercer el mando. Según el censo mandado formar
por el virrey-bailío Gil y Lemus, contaba la ciudad en el
recinto de sus murallas 52.627 habitantes, y para tan
reducida población excedía de setecientos el número de
carruajes particulares que, con ricos arneses y soberbios
troncos, se ostentaban en el paseo de la Alameda. Tal
exceso de lujo basta a revelarnos que la moralidad social
no podía rayar muy alto.
Los robos, asesinatos y otros escándalos nocturnos se
multiplicaban y para remediarlos juzgó oportuno su
105
RICARDO PALMA
excelencia promulgar bandos, previniendo que sería
aposentado en la cárcel todo el que después de las diez de
la noche fuese encontrado en la calle por las comisiones de
ronda. Las compañías de encapados o agentes de policía,
establecidas por el virrey Amat, recibieron aumento y
mejora en el personal con el nombramiento de capitanes,
que recayó en personas notables.
Pero los bandos se quedaban escritos en las esquinas, y los
desórdenes no disminuían. Precisamente los jóvenes de la
nobleza colonial hacían gala de ser los primeros
infractores. El pueblo tomaba ejemplo de ellos; y viendo el
virrey que no había forma de extirpar el mal, llamó un día
a los cinco capitanes de las compañías de encapados.
— Tengo noticias, señores—les dijo —que ustedes llevan a
la cárcel sólo a los pobres diablos que no tienen padrino
que les valga; pero que cuando se trata de uno de los
marquesitos o condesitos que andan escandalizando el
vecindario con escalamientos, serenatas, estocadas y
holgorios, vienen las contemporizaciones y se hacen
ustedes de la vista gorda. Yo quiero que la justicia no
tenga dos pesas y dos medidas, sino que sea igual para
grandes y chicos. Téngalo ustedes así por entendido, y
después de las diez de la noche... ¡a la cárcel todo Cristo!
Antes de proseguir refiramos, pues viene a pelo, el origen
del refrán popular a la cárcel todo Cristo. Cuentan que en un
pueblecito de Andalucía se sacó una procesión de
penitencia, en la que muchos devotos salieron vestidos
con túnica nazarena y llevando al hombro una pesada
cruz de madera. Parece que uno de los parodiadores de
Cristo empujó maliciosamente a otro compañero, que no
106
TRADICIONES PERUANAS
tenía aguachirle en las venas y que, olvidando la
mansedumbre a que lo comprometía su papel, sacó a
relucir la navaja. Los demás penitentes tomaron cartas en
el juego y anduvieron a mojicón cerrado y puñalada
limpia, hasta que apareciéndose el alcalde, dijo: —¡A la
cárcel todo Cristo!
Probablemente don Ambrosio O'Higgins se acordó del
cuento cuando, al sermonear a los capitanes, terminó la
reprimenda empleando las palabras del alcalde andaluz.
Aquella noche quiso su excelencia convencerse
personalmente de la manera como se obedecían sus
prescripciones. Después de las once y cuando estaba la
ciudad en plena tiniebla, embozóse el virrey en su capa y
salió de palacio.
A poco andar tropezó con una ronda; mas reconociéndolo
el capitán lo dejó seguir tranquilamente, murmurando:
—¡Vamos, ya pareció aquello! También su excelencia anda
en galanteo, y por eso no quiere que los demás tengan un
arreglillo y se diviertan. Está visto que el oficio de virrey
tiene más gangas que el testamento del moqueguano.
Esta frase pide a gritos explicación. Hubo en Moquegua
un ricacho nombrado don Cristóbal Cugate, a quien su
mujer, que era de la piel del diablo, hizo pasar la pena
negra. Estando el infeliz en las postrimerías, pensó que era
imposible comiese pan en el mundo hombre de genio tan
manso como el suyo, y que otro cualquiera, con la décima
parte de lo que él había soportado, le habría aplicado diez
palizas a su conjunta.
107
RICARDO PALMA
—Es preciso que haya quien me vengue—díjose el
moribundo; y haciendo venir un escribano, dictó su
testamento, dejando a aquella arpía por heredera de su
fortuna, con la condición de que había de contraer
segundas nupcias antes de cumplirse los seis meses de su
muerte, y de no verificarlo así, era su voluntad que pasase
la herencia a un hospital.
Mujer joven, no mal laminada, rica y autorizada para dar
pronto reemplazó al difunto — decían los moqueguanos—
,¡¡qué gangas de testamento! Y el dicho pasó a refrán.
Y el virrey encontró otras tres rondas, y los capitanes le
dieron las buenas noches, y le preguntaron si quería ser
acompañado, y se derritieron en cortesías, y le dejaron
libre el paso.
Sonaron las dos, y el virrey, cansado del ejercicio, se
retiraba ya a dormir, cuando le dió en la cara la luz del
farolillo de la quinta ronda, cuyo capitán era don Juan
Pedro Lostaunau.
— ¡Alto! ¿Quien vive?
—Soy yo, don Juan Pedro, el virrey.
— No conozco al virrey en la calle después de las diez de la
noche. ¡Al centro el vagabundo!
— Pero, señor capitán...
— ¡¡Nada!! El bando es bando y ¡a la cárcel todo Cristo!
108
TRADICIONES PERUANAS
Al día siguiente quedaron destituidos de sus empleos los
cuatro capitanes que, por respeto, no habían arrestado al
virrey; y los que los reemplazaron fueron bastante
enérgicos para no andarse en contemplaciones, poniendo,
en breve, término a los desórdenes.
El hecho es que pasó la noche en el calabozo de la cárcel
de la Pescadería, como cualquier pelafustán, todo un don
Ambrosio O'Higgins, marqués de Osorno, barón de
Ballenari, teniente ¡general de los reales ejércitos, y
trigésimo sexto virrey del Perú por su majestad don Carlos
IV.
109
RICARDO PALMA
110
NADIE SE MUERE HASTA
QUADS SO UIENE
CRÓNICA DE LA ÉPOCA DEL TRIGÉSIMO SÉPTIMO
VIRREY DEL PERÚ
Cuentan que un fraile con ribetes de tuno y de filósofo,
administrando el sacramento del matrimonio, le dijo al
varón:
Ahí te entrego esa mujer:
trátala como a mula de alquiler,
mucho garrote y poco de comer.
Otro que tal debió ser el que casó en Lima al platero
Román, sólo que cambió de frenos y dijo a la mujer:
Ahí tienes ese marido:
trátalo como a buey al yugo uncido
y procura que se ahorque de aburrido.
Viven aún personas que conocieron y trataron al platero, a
quien llamaremos Román; pues causa existe para no
estampar en letras de molde su nombre verdadero. El
presente sucedido es popularísimo en Lima y te lo referirá,
lector, con puntos y comas, el primer octogenario con
quien tropieces por esas calles.
Me
La mujer de Román, si bien honradísima hembra en punto
a fidelidad conyugal, tenía las peores cualidades
apetecibles en una hija de Eva. Amiga del boato,
manirrota, terca y regañona, atosigaba al pobrete del
marido con exigencias de dinero; y aquello no era casa, ni
hogar, ni Cristo que lo fundó, sino trasunto vivo del
infierno. Ni se daba escobada, ni se zurcían las calcetas del
pagano, ni se cuidaba del puchero, y todo, en fin, andaba a
la bolina. Madama no pensaba sino en dijes y faralares, en
bebendurrias y paseos.
A ese andar, la tienda y los haberes del marido se
evaporaron en menos de lo que se persigna un cura loco, y
con la pobreza estalló la guerra civil en esa república
práctica que se llama matrimonio. Los cónyuges andaban
siempre a pícame Pedro que picarte quiero. Por quítame
allá esta paja se tiraban los cacharros a la cabeza, a riesgo
de descalabrarse, y no quedaba silla con palo sano. A bien
librar salía siempre el bonachón del marido llevando en el
rostro reminiscencias de las uñas de su conjunta persona.
Este matrimonio nos trae al magín un soneto que
escribimos, allá por los alegres tiempos de nuestra
mocedad, y que, pues la ocasión es tentadora para
endilgarlo, ahí va como el caballo de copas:
Caséme por mi mal con una indina,
fresca como la pera bergamota;
trájome suegra y larga familiota
y por dote su cara peregrina.
A trote largo mi caudal camina
a sumergirse en una sirte ignota;
pronto he de hacer con ella bancarrota,
TEA
TRADICIONES PERUANAS
salvo que encuentre una boyante mina.
Un diablo pedigúeño anda conmigo;
es ¡dame! su perenne cantinela,
y así estoy en los huesos, caro amigo.
¿Qué me dices? ¿Mi afán te desconsuela?
—Dígote, don Peruétano, que digo,
que aquella no es mujer... es sanguijuela.
No recuerdo a quién oí decir que los mandamientos de la
mujer casada son, como los de la ley de Dios, diez:
El primero, amar a su marido sobre todas las cosas.
El segundo, no jurarle amor en vano.
El tercero, hacerle fiestas.
El cuarto, quererlo más que a padre y madre.
El quinto, no atormentarlo con celos y refunfuños.
El sexto, no traicionarlo.
El séptimo, no gastarle la plata en perifollos.
El octavo, no fingir ataque de nervios ni hacer mimos a los
primos.
El noveno, no desear más prójimo que su marido.
El décimo, no codiciar el lujo ajeno.
¡LS
Estos diez mandamientos se encierran en la cajita de los
polvos de arroz, y se leen cada día hasta aprenderlos de
memoria.
El quid está en no quebrantar ninguno, como hacemos los
cristianos con varios de los del Decálogo. Sigamos con el
platero.
Una mañana, después de haber tenido Román una de esas
cotidianas zambras de moros y cristianos, gutibambas y
muziferreras, se dijo:
—Pues, señor, esto no puede durar más tiempo, que penas
más negras que las que paso con mi costilla no me ha de
deparar su Divina Majestad en el otro mundo. Bien dijo el
que dijo que si el mar se casase había de perder su
braveza, y embobalicarse. Decididamente, hoy me ahorco.
Y con la única peseta columnaria que le quedaba en el
bolsillo, se dirigió al ventorrillo o pulpería de la esquina y
compró cuatro varas de cuerda fuerte y nueva, lujo muy
excusable en quien se prometía no tener ya otros en la
vida.
II
—¿Y qué virrey gobernaba entonces? —Paréceme oír esta
pregunta, que es de estilo cuando se escucha contar algo
de cuya exactitud dudan los oyentes.
Pues, lectores míos, gobernaba el excelentísimo señor don
Gabriel de Avilés y Fierro, marqués de Avilés, teniente
general de los reales ejércitos y que, después de haber
114
TRADICIONES PERUANAS
servido la presidencia de Chile y el virreinato de Buenos
Aires, vino en noviembre de 1801 a hacerse cargo del
mando de esta bendita tierra.
Avilés había llegado al Perú en la época del virrey Amat; y
cuando estalló en 1780 la famosa revolución de Tupac-
Amaru fué mandado con tropas para sofocarla. Excesivo
fué el rigor que empleó Avilés en esa campaña.
Durante su gobierna se erigió el obispado de Maynas y se
incorporó Guayaquil al virreinato. Se estableció en Lima el
hospital del Refugio para mujeres, a expensas de Avilés y
de su esposa la limeña doña Mercedes Risco, y se principió
la fábrica del fuerte de Santa Catalina para cuartel de
artillería, bajo la dirección del entonces coronel, y más
tarde virrey, don Joaquín de la Pezuela.
Con grandes fiestas se celebró la llegada del flúido
vacuno. Tuvo el Perú la visita del sabio Humboldt, y en
Lima se experimentó una noche el alarmante fenómeno de
haberse oído con claridad muchos truenos. En esa época se
plantaron los árboles de la Alameda de Acho.
Como España y Francia hacían causa común contra
Inglaterra y acababa de realizarse el desastre de Trafalgar,
dos bergantines ingleses atacaron en Arica a la fragata de
guerra española Astrea, ocasionándola fuertes averías y
forzándola a buscar abrigo en la bahía.
Tratando de dar cumplimiento a una real orden sobre
desamortización de bienes eclesiásticos, tropezó Avilés
con serias resistencias, que el prudente virrey calmó
dando largas al asunto y enviando consultas y memoriales
iS
a la corona. No fué ésta la primera vez en que el virrey
apeló al expediente de dar tiempo al tiempo para
libertarse de compromisos. En 1804 interesábase la ciudad
porque el virrey dictase cierta providencia; mas él,
creyendo que la cosa no era hacedera o que no entraba en
sus atribuciones, decidió consultar al monarca. El pueblo,
que lo ignoraba, se echó a murmurar sin embozo, y en la
puerta de palacio apareció este pasquín:
¡Avilés! ¡Avilés!
¿Qué haces que por la ciudad no ves?
El virrey no lo tomó a enojo, y mandó escribir debajo:
Para dar gusto a antojos
he mandado hasta España por anteojos.
Respuesta que tranquilizó los ánimos, pues vieron los
vecinos que su empeño estaba sujeto a la decisión del rey.
Avilés consagraba gran parte de su tiempo a las prácticas
religiosas. El pueblo lo pintaba con esta frase. En la
oración hábil es y en gobierno inhábil es.
En julio de 1806 entregó el mando a Abascal.
Anciano, enfermo y abatido de ánimo, por la reciente
muerte de su esposa, quiso Avilés regresar a España. La
nave que lo conducía arribó a Valparaíso, y a los pocos
días falleció en este puerto el virrey devoto, como lo
llamaban las picarescas limenas.
116
TRADICIONES PERUANAS
mM
Provisto de cuerda y sin cuidarse de escribir previamente
esquelas de despedida, como es de moda desde la
invención de los nervios y del romanticismo, se dirigió
nuestro hombre al estanque de Santa Beatriz, lugar
amenisimo entonces y rodeado de naranjos y otros
árboles, que no parecía sino que estaban convidando al
prójimo para colgarse de ellos y dar al traste cort el
aburrimiento y pesaqumbres.
Principió Román por pasar revista a los árboles, y a todos
hallaba algún pero que ponerles. Este no era bastante
elevado; aquél no ofrecía consistencia para soportar por
fruto el cuerpo de un tagarote como él; el otro era poco
frondoso, y el de más allá un tanto encorvado. Cuando
uno se ahorca debe siquiera llevar el consuelo de haberlo
hecho a su regalado gusto. Al fin encontró árbol con las
condiciones que el caso requería y, encaramándose en él,
ató la cuerda en una de las ramas más vigorosas.
En estos preparativos reflexionó que, para no ser
interrumpido y quedarse a medio morir y tener tal vez
que empezar de nuevo la faena, lo mejor era esperar a que
el camino estuviese desierto. Indias pescadoras que venían
de Chorrillos, hierbateros de Surco, yanaconas de
Miraflores, cimarrones de San Juan y peones de las
haciendas, traficaban a esa hora a pequeña distancia del
estanque. No había forma de que un hombre pudiera
matarse en paz.
— ¡Pues sería andrómina que, a lo mejor de la función, me
descolgase un transeúnte inoportuno! Si ello, al fin, ha de
1117
RICARDO PALMA
ser, nada se pierde con esperar un rato, que no llega tarde
quien llega.
En estas y otras cavilaciones hallábase Román escondido
entre el espeso ramaje del árbol, cuando vió llegar con
tardo paso, y mirando a todas partes con faz recelosa, un
hombrecillo envuelto en un capote lleno de remiendos.
Era éste un vejete español que vivía de la caridad pública,
y a quien en Lima conocían con el apodo de Ovillitos. El
apodo le venía de que en una época entraba de casa en
casa vendiendo ovillos de hilo, hasta que un día resolvió
cambiar de oficio sentando plaza de mendigo.
Ovillitos, después de dirigir miradas escudriñadoras a las
tapias y al camino, se sentó bajo el árbol que cobijaba a
Román, y sacando una tijera, descosió dos de los infinitos
parches que esmaltaban su mugriento capote de barragán.
¿Cuál sería la sorpresa delsencaramado Román al ver que
de cada parche sacó Ovillitos una onza de oro y que luego
las enterró al pie del árbol, después de haber permanecido
gran espacio de tiempo contemplándolas amorosamente?
— ¡Qué suicidio ni qué ocho cuartos! —exclamó Román,
descendiendo listamente de su árbol apenas se alejó el
mendigo—. Pues Dios me ha venido a ver, aprovechemos
la ocasión y empuñémosla por el único pelo de la calva.
¡Arbol feliz el que tal abono tiene!
Y se puso a la obra, y desenterró poco más de cien
peluconas, de esas que bajo el Indiae et Hispaniarum Rex
lucían el busto de Carlos III o Carlos IV.
118
[RADICIONES PERUANAS
IV
Román volvió a habilitar la tienda, y su comercio de
platería marchó viento en popa. Aleccionado por los días
de penuria, puso coto a los derroches de su mujer, cuyo
carácter, por milagro sin duda de la Divina Providencia,
para quien no hay imposibles, mejoró notablemente.
Ovillitos enfermó de gravedad al descubrir que su tesoro
se había convertido, en pájaro y volado del encierro. El
infeliz ignoraba que el dinero no es monje cartujo que
gusta de estar guardado y criar moho, y que es un
libertino que se desvive por andar al aire libre y de mano
en mano. Mendigos ha habido, en todos los tiempos, que a
su muerte han dejado un caudal decente.
Román murió, ya en los tiempos de la república,
repartiéndose entre sus herederos una fortuna que se
estimó en más de cincuenta mil pesos.
Una de las cláusulas de su testamento, que hemos leído,
señala durante veinticinco años la suma de treinta pesos al
mes para misas en sufragio del alma de Ovillitos.
119
RICARDO PALMA
120
TRADICIONES PERUANAS
EL FRAILE Y LA MONJA
¡DALE AL ANO
Escribo esta tradición para purgar un pecado gordo que
contra la historia y la literatura cometí cuando muchacho.
Contaba dieciocho años y hacía pinicos de escritor y de
poeta. Mi sueño dorado era oír, entre los aplausos de un
público bonachón, los destemplados gritos: ¡el autor! ¡el
autor! A esa edad todo el monte antojábaseme orégano y
cominillo, e imaginábame que con cuatro coplas, mal
zurcidas, y una docena de articulejos, peor hilvanados,
había puesto una pica en Flandes u otra en Jerez. Maldito
si ni por el forro consultaba clásicos, ni si sabía por
experiencia propia que los viejos pergaminos son criadero
de polilla. Casi, casi me habría atrevido a dar quince y
raya al más entendido en materias literarias, siendo yo
entonces uno de aquellos zopencos que, por comer pan en
lugar de bellota, ponen al Quijote por las patas de los
caballos, llamándolo libro disparatado y sin pies ni cabeza.
¿Por qué? Porque sí. Este porque sí será una razón de pie de
banco, una razón de incuestionable y caprichosa
brutalidad, convengo; pero es la razón que alegamos todos
los hombres a falta de razón.
Como la ignorancia es atrevida, echéme a escribir para el
teatro: y así Dios me perdone si cada uno de mis
engendros dramáticos no fué puñalada de pícaro al buen
sentido, a las musas y a la historia. Y sin embargo, hubo
público bobalicón que llamara a la escena al asesino poeta
y que, en vez de tirarle los bancos a la cabeza, le arrojara
el
RICARDO PALMA
coronitas de laurel hechizo. Verdad es que, por esos
tiempos, no era yo el único malaventurado que con
fenomenales producciones desacreditaba el teatro
nacional, ilustrado por las buenas comedias de Pardo y de
Segura. Consuela ver que no es todo el sayal alforjas.
Titulábase uno de mis desatinos dramáticos Rodil, especie
de alacrán de cuatro colas o actos, y ¡sandio de mí!, fuí tan
bruto que no sólo creí a mi hijo la octava maravilla, sino
que, ¡mal pecado!, consentí en que un mi amigo, que no
tenía mucho de lo de Salomón, lo hiciera poner en letras
de molde. ¡Qué tinta y qué papel tan mal empleados!
Aquello no era drama ni piñón mondado. Versos
ramplones, lirismo tonto, diálogo extravagante,
argumento inverosímil, lances traídos a lazo, caracteres
imposibles, la propiedad de la lengua tratada a puntapiés,
la historia arreglada a mi antojo y... vamos, aquello era un
mamarracho digno de un soberbio varapalo. A guisa,
pues, de protesta contras tal paternidad escribo esta
tradición, en la que, por lo menos, sabré guardar respetos
a los fueros de la historia y la sombra de Rodil no tendrá
derecho para querellarse de calumnia y dar de soplamocos
a la mía cuando ambas se den un tropezón en el valle de
Josafat.
— ¡Basta de preámbulo, y al hecho! —exclamó el presidente
de un tribunal, interrumpiendo a un abogado que se
andaba con perfiles y rodeos en un alegato sobre filiación
O paternidad de un mamón. El letrado dijo entonces de
corrido: —El hecho es un muchacho hecho: el que lo ha
hecho niega el hecho: he aquí el hecho.
12
Con la batalla de Ayacucho quedó afianzada la
Independencia de Sudamérica. Sin embargo, y como una
morisqueta de la Providencia, España dominó por trece
meses más en un área de media legua cuadrada. La
traición del sargento Moyano, en febrero de 1824, había
entregado a los realistas una plaza fuerte y bien
guarnecida y municionada. El pabellón de Castilla
flameaba en el Cajlao, y preciso es confesar que la
obstinación de Rodil en defender este último baluarte de
la monarquía rayó en heroica temeridad. El historiador
Torrente, que llama a Rodil el nuevo Leónidas, dice que hizo
demasiado por su gloria de soldado. Stevenson y aun
García Camba convienen en que Rodil fué cruel hasta la
barbarie, y que no necesitó mantener una resistencia tan
desesperada para dejar su reputación bien puesta y a salvo
el honor de las armas españolas.
Sin esperanzas de que llegasen en su socorro fuerzas de la
Península, ni de que en el país hubiese una reacción en
favor del sistema colonial, viendo a sus compañeros
desaparecer día a día, diezmados por el escorbuto y por
las balas republicanas, no por eso desmayó un instante la
indomable terquedad del castellano del Callao.
Mucho hemos investigado sobre el origen del nombre
Callao que lleva el primer puerto de la república, y entre
otras versiones, la más generalizada es la de que viene por
la abundancia que hay en su playa del pequeño guijarro
llamado por los marinos zahorra o callao.
RICARDO PALMA
A medida que pasan los años, la figura de Rodil toma
proporciones legendarias. Más que hombre, parécenos ser
fantástico que encarnaba una voluntad de bronce en un
cuerpo de acero. Siempre en vigilia, jamás pudieron los
suyos saber cuáles eran las horas que consagraba al
reposo, y en el momento más inesperado se aparecía como
fantasma en los baluartes y en la caserna de sus soldados.
Ni la implacable peste que arrebató a seis mil de los
moradores del Callao lo acometió un instante; pues Rodil
había empleado el preservativo de hacerse abrir fuentes en
los brazos.
Rodil era gallego y nacido en Santa María del Trovo.
Alumno de la Universidad de Santiago de Galicia, donde
estudiaba jurisprudencia, abandonó los claustros junto con
otros colegiales, y en 1808 sentó plaza en el batallón de
cadetes literarios. En abril de 1817 llegó al Perú con el
grado de primer ayudante del regimiento del Infante.
Ascendido poco después a comandante, se le encomendó
la formación del batallón+Arequipa. Rodil se posesionó
con los reclutas de la solitaria islita del Alacrán, frente a
Arica, donde pasó meses disciplinándolos, hasta que
Osorio lo condujo a Chile. Allí concurrió Rodil, mandando
el cuerpo que había creado, a las batallas de Talca,
Cancharrayada y Maipú.
Regresó al Perú, tomando parte activa en la campaña
contra los patriotas, y salió herido el 7 de julio de 1822 en
el combate de Pucarán.
Al encargarse del gobierno político y militar del Callao, en
1824, el brigadier don José Ramón Rodil, hallábase
condecorado con las cruces de Somorso, Espinosa de los
124
TRADICIONES PERUANAS
Monteros, San Payo, Tumanes, Medina del Campo, Tarifa,
Pamplona y Cancharrayada, cruces que atestiguaban las
batallas en que había tenido la suerte de encontrarse entre
los vencedores. Sitiado el Callao por las tropas de Bolívar,
al mando del general Salom, y por la escuadra patriota,
que disponía de 171 cañones, fué verdaderamente titánica
la resistencia. La historia consigna la, para Rodil, decorosa
capitulación de 23 de enero de 1826, en que el bravo jefe
español, vestido de gran uniforme y con los honores de
ordenanza, abandogó el castillo para embarcarse en la
fragata de guerra inglesa Briton. El general La Mar, que
era, valiéndome de una feliz expresión del Inca Garcilaso,
un caballero muy caballero en todas sus cosas, tributó en
esta ocasión justo homenaje al valor y la lealtad de Rodil,
que desde el 1% de marzo de 1824, en que reemplazó a
Casariego en el mando del Callao, hasta enero de 1826,
casi no pasó día sin combatir.
Rodil tuvo durante el sitio que desplegar una maravillosa
actividad, una astucia sin límites y una energía
incontestable para sofocar complots. En sólo un día fusiló
treinta y seis conspiradores, acto de crueldad que le rodeó
de terrorífico y aun supersticioso respeto. Uno de los
fusilados en esa ocasión fué Frasquito, muchacho andaluz
muy popular por sus chistes y agudezas, y que era el
amanuense de Rodil.
El general Canterac (que tan tristemente murió en 1835 al
apaciguar en Madrid un motín de cuartel) fué
comisionado por el virrey conde de los Andes para
celebrar el tratado de Ayacucho, y en él se estipuló la
inmediata entrega de los castillos. Al recibir Rodil la carta
u oficio en que Canterac le transcribía el artículo de
£
125
RICARDO PALMA
capitulación concerniente al Callao, exclamó furioso:—
¡Canario! Que capitulen ellos que se dejaron derrotar, y no
yo. ¿Abogaderas conmigo? Mientras tenga pólvora y
balas, no quiero dimes ni diretes con esos p...Ícaros
insurgentes.
II
Durante el sitio disparó sobre el campamento de
Bellavista, ocupado por los patriotas, 9.553 balas de cañón,
454 bombas, 908 granadas, y 34.713 tiros de metralla,
ocasionando a los sitiadores la muerte de siete oficiales y
ciento dos individuos de tropa, y seis oficiales y sesenta y
dos soldados heridos. Los patriotas, por su parte, no
anduvieron cortos en la respuesta, y lanzaron sobre las
fortalezas 20.327 balas de cañón, 317 bombas e incalculable
cantidad de metralla.
Al principiarse el sitio contaba Rodil en los castillos una
guarnición de 2.800 soldados, y el día de la capitulación
sólo tuvo 376 hombres en estado de manejar un arma. El
resto había sucumbido al rigor de la peste y de las balas
republicanas. En las calles del Callao, donde un año antes
pasaban de 8.000 los asilados o partidarios del rey, apenas
si llegaban a 700 almas las que presenciaron el desenlace
del sitio. Según García Camba, fueron 6.000 las víctimas
del escorbuto y 767 los que murieron combatiendo.
En los primeros meses del sitio, Rodil expulsó de la plaza
2.389 personas. El gobierno de Lima resolvió no admitir
más expulsados, y vióse el feroz espectáculo de infelices
mujeres que no podían pasar al campamento de
Miranaves ni volver a la plaza, porque de ambas partes se
126
TRADICIONES PERUANAS
las rechazaba a balazos. Las desventuradas se encontraban
entre dos fuegos y sufriendo angustias imposibles de
relatarse por pluma humana. He aquí lo que sobre este
punto dice Rodil en el curioso manifiesto que publicó en
España, sin alcanzar ciertamente a disculpar un hecho
ajeno a todo sentimiento de humanidad.
«Yo, que necesitaba aminorar la población para suspender
consumos que no podían reponerse, mandé que los que no
pudieran subsistir con sus provisiones o industria saliesen
del Callao. Esta orden fué cumplida con prudencia, con
pausa y con buen éxito. La noticia de los primeros que
emigraron fué animando a los que carecían de recursos
para vivir en la población, y en cuatro meses me descargué
de 2.389 bocas inútiles. Los enemigos, a la decimocuarta
emigración de ellas, entendieron que su conservación me
sería nociva, y tentaron no admitirlas con esfuerzo
inhumano. Yo las repelí decisivamente».
Inútil es hacer sobre estas líneas apreciaciones que están
en la conciencia de todos los espíritus generosos. Si
indigna hasta la barbarie y ajena del carácter compasivo
de los peruanos fué la conducta del sitiador, no menos
vituperable encontrará el juicio de la historia la conducta
del gobernador de la plaza.
Rodil estaba resuelto a prolongar la resistencia; pero su
coraje desmayó cuando, en los primeros días de enero de
1826, se vió abandonado por su íntimo amigo el
comandante Ponce de León, que se pasó a las filas
patriotas, y por el comandante Riera, gobernador del
castillo de San Rafael, quien entregó esta fortaleza a los
republicanos. Ambos poseían el secreto de las minas que
1127
debían hacer explosión cuando los patriotas emprendiesen
un asalto formal. Ellos conocían en sus manores detalles
todo el plan de defensa imaginado por el impertérrito
brigadier. La traición de sus amigos y tenientes había
venido a hacer imposible la defensa.
El 11 de enero se dió principio a los tratados que
terminaron con la capitulación del 23, honrosa para el
vencido y magnánima para el vencedor.
Las banderas de los regimientos Infante don Carlos y
Arequipa, cuerpos muy queridos para Rodil, le fueron
concedidas para que se las llevase a España. De las nueve
banderas españolas tomadas en el Callao, dispuso el
general La Mar que una se enviase al gobierno de
Colombia, que cuatro se guardasen en la Catedral de
Lima, y las otras cuatro en el templo de Nuestra Señora de
las Mercedes, patrona de las armas peruanas.
¿Se conservan tan preciosas reliquias? Ignoro, lector, el
contenido de la pregunta.
Mm
Vuelto Rodil a su patria, lo trataron sus paisanos con
especial distinción; y fué el único, de los que militaron en
el Perú, a quien no aplicaron el epíteto de ayacucho con que
se bautizó en España a los amigos políticos de Espartero.
Rodil figuró, y en altísima escala, en la guerra civil de
cristinos y carlistas; y como no nos hemos propuesto
escribir una biografía de este personaje, nos limitaremos a
decir que obtuvo los cargos más importantes y
honoríficos. Fué general en jefe del ejército que afianzó
128
URADICIONES PERUANAS
sobre las sienes de dona María de la Gloria la corona de
Portugal. Tuvo después el mando del ejército que
defendió los derechos de Isabel II al trono de España,
aunque le asistió poca fortuna en las operaciones militares
de esta lucha, que sólo terminó cuando Espartero eclipsó
el prestigio de Rodil.
Fué virrey de Navarra, marqués de Rodil y sucesivamente
capitán general de Extremadura, Valencia, Aragón y
Castilla la Nueva, diputado a Cortes, ministro de la
Guerra, presidente del Consejo de ministros, senador de la
Alta Cámara, prócer del reino, caballero de collar y placa
de la orden de la Torre y Espada, gran cruz de las de
Isabel la Católica y Carlos Ill, y caballero con banda de las
de San Fernando y San Hermenegildo. Entre él y Espartero
existió siempre antagonismo político y aun personal,
habiendo llegado a extremo tal que, en 1845, siendo
ministro el duque de la Victoria, hizo juzgar a Rodil en
consejo de guerra y lo exoneró de sus empleos, honores,
títulos y condecoraciones. Al primer cambio de tortilla, a
la caída de Espartero, el nuevo ministerio amnistió a
Rodil, devolviéndole su clase de capitán general y demás
preeminencias.
El marqués de Rodil no volvió desde entonces a tomar
parte activa en la política española, y murió en 1861.
Espartero murió en enero de 1879, de más de ochenta años
de edad.
1120)
IV
Desalentados los que acompañaban a Rodil y convencidos
de la esterilidad de esfuerzos y sacrificios, se echaron a
conspirar contra su jefe. Clara idea del estado de ánimo de
los habitantes del castillo puede dar este pasquín:
Como estuvimos estamos,
como estamos estaremos,
enemigos sí tenemos
y amigos... los esperamos.
El presidente marqués de Torre-Tagle y su vicepresidente
don Diego Aliaga, los condes de San Juan de Lurigancho,
de Castellón y de Fuente González, y otros personajes de
la nobleza colonial, habían muerto víctimas del escorbuto
y de la disentería que se desarrollan en toda plaza mal
abastecida. Los oficiales y tropa, estaban sometidos a
ración de carne de caballo, y sobrándoles el oro a los
sitiados, pagaban a precios fabulosos un panecillo o una
fruta. El marqués de Torre-Tagle, moribundo ya del
escorbuto, consiguió tres limones ceutíes en cambio de
otros tantos platillos de oro macizo, y llegó época en que
se vendieron ratas como manjar delicioso.
Por otra parte, las cartas y proclamas de los patriotas
penetraban misteriosamente en el Callao alentando a los
conspiradores. Hoy descubría Rodil una conspiración, e
inmediatamente, sin fórmulas ni proceso, mandaba fusilar
a los comprometidos, y mañana tenía que repetir los
castigos de la víspera. Encontrando muchas veces un
traidor en aquel que más había alambicado antes su
130
TRADICIONES PERUANAS
lealtad a la causa del rey, pasó Rodil por el martirio de
desconfiar hasta del cuello de su camisa.
Las mujeres encerradas en el Callao eran las que más
activamente conspiraban. Los soldados del general Salom
llegaban de noche hasta ponerse a tiro de fusil, y gritaban:
—A Lima, muchachas, que la patria engorda y da
colores — palabras que eran una apetitosa promesa para las
pobres hijas de Eva, a quienes el hambre y la zozobra
traían escuálidas y ojerosas.
A pesar de los frecuentes fusilamientos no desaparecía el
germen de sedición, y vino día en que almas del otro
mundo se metieron a revolucionarias. ¡No sabían las
pobrecitas que don Ramón Rodil era hombre para
habérselas tiesas con el purgatorio entero!
Fué el caso que una mañana encontraron privados de
sentido, y echando espumarajos por la boca, a dos
centinelas de un bastión o lienzo de muralla fronterizo a
Bellavista. Eran los tales dos gallegos crudos, mozos de
letras gordas y de poca sindéresis, tan brutos como
valientes, capaces de derribar a un toro de una puñada en
el testuz y de clavarle una bala en el hueso palomo al
mismísimo gallo de la Pasión; pero los infelices eran
hombres de su época, es decir, supersticiosos y fanáticos
hasta dejarlo de sobra.
Vueltos en sí, declaró uno de ellos que, a la hora en que
Pedro negó al Maestro, se le apareció como vomitado por
le
RICARDO PALMA
la tierra un franciscano con la capucha calada, y que con
aquella voz gangosa que diz que se estila en el otro barrio
le preguntó: — ¡Hermanito! ¿Pasó la monja?
El otro soldado declaró, sobre poco más o menos, que a él
se le había aparecido una mujer con hábito de monja
clarisa, y díchole: — ¡Hermanito! ¿Pasó el fraile?
Ambos añadieron que no estando acostumbrados a hablar
con gente de la otra vida, se olvidaron de la consigna y de
dar el quién vive, porque la carne se les volvió de gallina,
se les erizó el cabello, se les atravesó la palabra en el galillo
y cayeron redondos como troncos.
Don Ramón Rodil, para curarlos de espanto, les mandó
aplicar carrera de baquetas.
El castellano del Real Felipe, que no tragaba rueda, de
molino ni se asustaba con duendes ni demonios
coronados, dióse a cavilar en los fantasmas, y entre ceja y
ceja se le encajó la idea de que aquello trascendía de a
legua a embuchado revolucionario. Y tal maña dióse y a
tales expedientes recurrió, que ocho días después sacó en
claro que fraile y monja no eran sino conspiradores de
carne y hueso, que se valían del disfraz para acercarse a la
muralla y entablar por medio de una cuerda cambio de
cartas con los patriotas.
Era la del alba, cuando Rodil en persona ponía bajo
sombra, en la casamata del castillo, una docena de
sospechosos, y a la vez mandaba fusilar al fraile y a la
monja, dándoles el hábito por mortaja.
182
TRADICIONES PERUANAS
Aunque a contar de ese día no han vuelto fantasmas a
peregrinar o correr aventuras por las murallas del hoy casi
destruido Real Felipe, no por eso el pueblo, dado siempre
a lo sobrenatural y maravilloso, deja de creer a pies
juntillas que el fraile y la monja vinieron al Callao en tren
directo y desde el país de las calaveras, por el solo placer
de dar un susto mayúsculo al par de tagarotes que hacía
centinela en el bastión del castillo.
133
RICARDO PALMA
POR BEBER UNA
COMES OIRNO
El pueblo de Tintay, situado sobre una colina del
Pachachaca, en la provincia de Aymaraes, era en 1613
cabeza de distrito de Colcabamba. Cerca de seis mil indios
habitaban el pueblo, de cuya importancia bastará a dar
idea el consignar que tenía cuatro iglesias.
El cacique de Tintay cumplía anualmente por enero con la
obligación de ir al Cuzco, para entregar al corregidor los
tributos colectados, y su regreso era celebrado por los
indios con tres días de ancho jolgorio.
En febrero de aquel año volvió a su pueblo el cacique muy
quejoso de las autoridades españolas, que lo habían
tratado con poco miramiento. Acaso por esta razón fueron
más animadas las fiestas; y en el último día, cuando la
embriaguez llegó a su colmo, dió el cacique rienda suelta a
su enojo con estas palabras:
— Nuestros padres hacían sus libaciones en copas de oro, y
nosotros, hijos degenerados, bebemos en tazas de barro.
Los viracochas son señores de lo nuestro, porque nos hemos
envilecido hasta el punto de que en nuestras almas ha
muerto el coraje para romper el yugo. Esclavos, bailad y
cantad al compás de la cadena. Esclavos, bebed en vasos
toscos, que los de fino metal no son para vosotros.
165
El reproche del cacique exaltó a los indios, y uno de ellos,
rompiendo la vasija de barro que en la mano traía,
exclamó:
— ¡Que me sigan los que quieran beber en copa de oro!
El pueblo se desbordó como un río que sale de cauce, y
lanzándose sobre los templos, se apoderó de los calices de
oro destinados para el santo sacrificio.
El cura de Tintay, que era un venerable anciano, se
presentó en la puerta de la iglesia parroquial con un
crucifijo en la mano, amonestando a los profanadores e
impidiéndoles la entrada. Pero los indios, sobreexcitados
por la bebida, lo arrojaron al suelo, pasaron sobre su
cuerpo, y dando gritos espantosos penetraron en el
santuario.
Allí, sobre el altar mayor y en el sagrado cáliz, cometieron
sacrilegas profanaciones. *
Pero en medio de la danza y la algazara, la voz del
ministro del Altísimo vibró tremenda, poderosa,
irresistible, gritándoles:
— ¡Malditos! ¡Malditos! ¡Malditos!
La sacrílega orgía se prolongó hasta media noche, y al fin,
rendidos de cansancio, se entregaron al sueño los impíos.
Con el alba despertaron muchos sintiendo las angustias de
una sed devoradora, y sus mujeres e hijos salieron a traer
agua de los arroyos vecinos.
136
TRADICIONES PERUANAS
¡Poder de Dios! Los arroyos estaban secos.
Hoy (1880) es Tintay una pobre aldea de sombrío aspecto,
con trescientos cuarenta y cuatro vecinos, y Sus
alrededores son de escasa vegetación. El agua de sus
arroyos es ligeramente salobre y malsana para los viajeros.
Entre las ruinas, y perfectamente conservada, encontróse
en 1804 una efigie del Señor de la Exaltación, a cuya
solemne fiesta concurren el 14 de septiembre los creyentes
de diez leguas a la redonda.
187
RICARDO PALMA
138
LRADICIONES PERUANAS
UNA EXCOMUNION
FAMOSA
Tiempos de fanatismo religioso fueron sin duda aquellos
en que, por su majestad don Felipe Il, gobernaba estos
reinos del Perú don Andrés Hurtado de Mendoza,
marqués de Cañete y montero mayor del rey. Y no lo digo
por la abundancia de fundaciones, ni por la suntuosidad
de las fiestas, ni porque los ricos dejasen su fortuna a los
conventos, empobreciendo con ello a sus legítimos
herederos, ni porque, como lo pensaban los
conquistadores, todo crimen e inmundicia que hubiera
sobre la conciencia se lavaba dejando en el trance del
morir, un buen legado para misas, sino porque la Iglesia
había dado en la flor de tomar cartas en todo y para todo,
y por un quítate allá esas pajas le endilgaba al prójimo una
excomunión mayor que lo volvía tarumba.
Sin embargo de que era frecuente el espectáculo de enlutar
templos y apagar candelas, nuestros antepasados se
impresionaban cada vez más con el tremendo aparato de
las excomuniones. En algunas de mis leyendas
tradicionales he tenido oportunidad de hablar más
despacio sobre muchas de las que se fulminaron contra
ladrones sacrílegos y contra alcaldes y gente de justicia
que, para apoderarse de un delincuente, osaron violar la
santidad del asilo en las iglesias. Pero todas ellas son
chirinola y cháchara celeste, parangonadas con una de las
que el primer arzobispo de Lima don fray Jerónimo de
169
Loayza lanzó en 1561. Verdad es que su señoría ilustrísima
no anduvo nunca parco en esto de entredichos, censuras y
demás actos terroríficos, como lo prueba el hecho de que
antes de que la Inquisición viniera a establecerse por estos
trigales, el señor Loayza celebró tres autos de fe. Otra
prueba de mi aseveración es que amenazó con ladrillazo
de Roma (nombre que daba el pueblo español a las
excomuniones) al mismo sursum corda, es decir, a todo un
virrey del Perú. He aquí el lance:
Cuéntase que cuando el virrey don Fernando de Toledo
vino de España, trajo como capellán de su casa y persona a
un clérigo un tanto ensimismado, disputador y
atrabiliario, al cual el arzobispo creyó oportuno encarcelar,
seguir juicio y sentenciar a que regresase a la metrópoli. El
virrey puso el grito en el cielo y dijo, en un arrebato de
cólera: que si su capellán iba desterrado, no haría el viaje
solo, sino acompañado del fraile arzobispo. Súpolo éste,
que faltar no podía oficioso que con el chisme fuese, y diz
que su excelencia amainó tan luego como tuvo aviso de
que el arzobispo había tenido reunión de teólogos y que,
como resultado de ello, traía el ceño fruncido y se estaban
cosiendo en secreto bayetas negras. El cleriguillo,
abandonado por su padrino el virrey, marchó a España
bajo partida de registro.
Pero la excomunión que ha puesto por hoy la péñola en
mis manos es excomunión mayúscula y, por ende, merece
capítulo aparte.
140
ql
El decenio de 1550 a 1560 pudo dar en el Perú nombre a
un siglo que llamaríamos sin empacho el siglo de las
gallinas, del pan, del vino, del aceite y de los pericotes.
Nos explicaremos.
Sábese, por tradición, que los indios bautizaron a las
gallinas con el nombre de hualpa, sincopando el de“su
último inca Atahualpa. El padre Blas Valera (cuzqueño)
dice que cuando cantaban los gallos, los indios creían que
lloraban por la muerte del inca, por lo cual llamaron al
gallo hualpa. El mismo cronista refiere que durante
muchos años no se pudo lograr que las gallinas españolas
empollasen en el Cuzco, lo que se conseguía en los valles
templados. En cuanto a los pavos, fueron traídos de
México.
Garcilaso, Zárate, Gómara y muchos historiadores y
cronistas dicen que fué por entonces cuando doña María
de Escobar, esposa del conquistador Diego de Chávez,
trajo de España medio almud de trigo que repartió a razón
de veinte O treinta granos entre varios vecinos. De las
primeras cosechas enviaron algunas fanegas a Chile y
otros pueblos de la América.
Casi con la del trigo coincidió la introducción de los
pericotes o ratones en un navío que, por el estrecho de
Magallanes, vino al Callao. Los indios dieron a esta plaga
de dañinos inmigrantes el nombre de hucuchas, que
significa salidos del mar. Afortunadamente el español
Montenegro había traído gatos en 1537 y es fama que don
Diego de Almagro le compró uno en seiscientos pesos. Los
141
naturales no alcanzando a pronunciar bien el mizmiz de los
castellanos, los llamaron michitus.
Y aquí, por vía de ilustración, apuntaremos que en los
primeros veinte años de la conquista el precio mínimo de
un caballo era de cuatro mil pesos, trescientos el de una
vaca, quinientos pesos el de un burro, doscientos el de un
cerdo, cien el de una cabra o de una oveja, y por un perro
se daban sumas caprichosas. En la víspera de la batalla de
Chuquinga ofreció un rico capitán a un soldado diez mil
pesos por su caballo, propuesta que el dueño rechazó con
indignación, diciend o: no poseo un maravedí,
— Aunque
estimo a mi compañero más que a los tesoros de Potosí.
Habiendo gran escasez de vino, a punto tal que en 1555 se
vendía la arroba en quinientos pesos, Francisco
Carabantes trajo de las Canarias los primeros sarmientos
de uva negra que se plantaron en el Perú. En el pago de
Tacaraca, en Ica (escribía Córdova y Urrutia en 1840)
existe hoy una viña de uva negra, que se asegura ser una
de las plantadas por Carabantes, la cual da hasta ahora
muy buena cosecha. ¡Injusticias humanas! Los borrachos
bendicen siempre al padre Noé, que plantó las viñas, y no
tienen una palabra de gratitud para Carabantes, que fué el
Noé de nuestra Patria.
Obtenido pan y vino, hacía falta el aceite. Probablemente
lo pensó así don Antonio de Ribera, y al embarcarse en
Sevilla en 1559 cuidó meter a bordo cien estacas de olivos.
Don Antonio de Ribera fué, en Lima, persona de mucho
viso; como que tenía escudo de armas en el que había
pintado dos lobos con dos lobeznos en campo de oro.
142
TRADICIONES PERUANAS
Casado con la viuda de Francisco Martín de Alcántara,
hermano materno del marqués Pizarro, y que murió a su
lado defendiéndolo, trájole ésta pingúe dote. Tomó gran
participación en las guerras civiles de los conquistadores,
y después de la rebeldía de Girón marchó a España en
1557 con el nombramiento de procurador del Perú.
Ribera fué dueño de la espaciosa huerta que conocemos,
en Lima, con el nombre de Huerta perdida. Poseía úna
fortuna de trescientos mil duros, adquirida haciendo
vender por sus mitayos higos, melones, naranjas, pepinos,
duraznos y demás frutas desconocidas hasta entonces en
el Perú. La primera granada que se produjo en Lima fué
paseada en procesión en las andas en que iba el Santísimo
Sacramento, y dicen que era de fenomenal tamaño.
Desgraciadamente para Ribera, la navegación, llena de
peligros y contratiempos, duró nueve meses, y a pesar de
sus precauciones se encontró al pisar tierra con que sólo
tres de las estacas podían aprovecharse, pues las demás no
servían sino para avivar una hoguera.
Dióse a cultivarlas con grande ahinco, cuidándolas más
que a sus talegas de duros; y eso que su reputación de
avaro era piramidal. Y para que ni un instante escapasen a
su vigilancia, plantó las tres estacas en un jardinillo bien
murado y resguardado por dos negros colosales y una
jauría de perros bravos.
Pero fíese usted de murallas como las de Pekín, en
gigantes como Polifemo y en canes como el Cerbero, y
estará más fresco que una horchata de chufas. Las
dichosas estacas tenían más enamorados que muchacha
143
RICARDO PALMA
bonita y ya se sabe que para hombres que se apasionan del
bien ajeno, sea hija de Eva o cosa que valga la pena, no hay
obstáculo exento de atropello.
Una mañana levantóse don Antonio con el alba. No había
podido cerrar los párpados en toda la santa noche. Tenía
la corazonada, el presentimiento de una gran desgracia.
Después de santiguarse, y en chanclas y envuelto en el
capote, se dirigió al jardinillo; y el corazón le dio tan gran
vuelco que casi se le escapa por la boca junto con el taco
redondo que lanzó.
— ¡Canario! ¡Me han robado!
Y cayó al suelo presa de un accidente.
En efecto, había desaparecido una de las tres estacas.
Aquel día Ribera derrengóa palos media jauría de perros,
y el látigo anduvo bobo entre los pobres esclavos, que a su
merced se le había subido la cólera al campanario. -
Cansado de castigos y de pesquisas y viendo que sus
afanes no daban fruto, se acerco al arzobispo, que era muy
su amigo, y lo informó de su gran desventura, al lado de la
cual los trabajos de Job eran can-can y zanguaraña.
Pero no es cuento, lectores míos, sino muy auténtico, lo
que sucedió, y así se lo dirá a ustedes el primer cronista
que hojeen.
144
Aquel día las campanas clamorearon como nunca; y por
fin, después de otras imponentes ceremonias de rito, el
ilustrísimo señor arzobispo fulminó excomunión mayor
contra el ladrón de la estaca.
Pero ni por ésas.
El ladrón sería algún descreído o espirt fort, de esos que
pululan en este siglo del gas y del vapor, pensará el lector.
4
Pues se lleva un chasco de marca.
En aquellos tiempos una excomunión pesaba muchas
toneladas en la conciencia.
HI
Tres años transcurrieron y la estaca no parecía.
Verdad es que ni pizca de falta le hacía a Ribera, quien
tuvo la fortuna de ver multiplicados los dos olivos que le
dejara el ladrón y disponía ya de estacas para vender y
regalar. Presumo que los famosos olivares de Camaná,
tierra clásica por sus aceitunas y por otras cosas que
prudentemente me callo, pues no quiero andar al rodapelo
con los camanejos, tuvieron por fundador un retoño de la
Huerta perdida.
Un día presentóse al arzobispo, con cartas de
recomendación, un caballero recién llegado en un navío
que, con procedencia de Valparaíso, había dado fondo en
el Callao; y bajo secreto de confesión le reveló que él era el
ladrón de la celebérrima estaca, la cual había llevado con
145
gran cautela a su hacienda de Chile, y que, no embargante
la excomunión, la estaca se había aclimatado y
convertidose en un famoso olivar.
Como la cosa pasó bajo secreto de confesión, no me creo
autorizado para poner en letras de imprenta el nombre del
pecador, tronco de una muy respetable y acaudalada
familia de la república vecina.
Todo lo que puedo decirte, lector, es que el comején de la
excomunión traía en constante angustia a nuestro hombre.
El arzobispo convino en levantarsela, pero imponiéndole
la penitencia de restituir la estaca con el mismo misterio
que se la había llevado.
¿Cómo se las compuso el excomulgado? No sabré decir
más sino que una mañana, al visitar don Antonio su
jardincillo, se encontró con la viajera, y al pie de ella un
talego de a mil duros con un billete sin firma, en que se le
pedía cristianamente un perdón que él acordó, con tanta
mejor voluntad cuanto que le caían de las nubes muy
relucientes monedas.
El hospital de Santa Ana, cuya fábrica emprendía entonces
el arzobispo Loayza, recibió también una limosna de dos
mil pesos, sin que nadie, a excepción del ilustrísimo,
supiera el nombre del caritativo.
Lo positivo es que quien ganó con creces en el negocio fué
don Antonio de Ribera.
En Sevilla la estaca le había costado media peseta.
146
| RADICIONES PERUANAS
IV
A la muerte del comendador don Antonio de Ribera, del
hábito de Santiago, su viuda, doña Inés Muñoz, fundó en
1573 el monasterio de la Concepción, tomando en él el
velo de monja y dejándole su inmensa fortuna.
El retrato de doña Inés Muñoz de Ribera se encuentra aún
en el presbiterio de la iglesia, y sobre su sepulcro se lee:
«
Este cielo animado en breve esfera
depósito es de un sol que en él reposa,
el sol de la gran madre y generosa
dona Inés de Muñoz y de Ribera.
Fué de Ana-Cuenca encomendera,
de don Antonio de Ribera esposa,
de aquel que tremoló con mano atrosa
del Alférez Real la real bandera.
147
148
TRADICIONES PERUANAS
ACEITUNA, UNA
Acabo de referir que uno de los tres primeros olivos que se
plantaron en el Perú fué reivindicado por un prójimo
chileno, sobre el cual recayó por el hurto nada menos que
excomunión mayor, recurso terrorífico merced al cual,
años más tarde, restituyó la robada estaca, que a orillas del
Mapocho u otro río fuera fundadora de un olivar famoso.
«
Cuando yo oía decir aceituna, una, pensaba que la frase no
envolvía malicia o significación, sino que era hija del
diccionario de la rima o de algún quídam que anduvo a
caza de ecos y consonancias. Pero ahí verán ustedes que la
erré de medio a medio, y que si aquella frase como esta
otra: aceituna, oro es una, la segunda plata y la tercera mata,
son frases que tienen historia y razón de ser.
Siempre se ha dicho por el hombre que cae generalmente
en gracia o que es simpático: Este tiene la suerte de las
aceitunas, frase de conceptuosa profundidad, pues las
aceitunas tienen la virtud de no gustar ni disgustar a
medias, sino por entero. Llegar a las aceitunas era también
otra locución con que nuestros abuelos expresaban que
había uno presentádose a los postres en un convite, O
presenciado sólo el final de una fiesta. Aceituna zapatera
llamaban a la oleosa que había perdido color y buen sabor
y que, por falta de jugo, empieza a encogerse. Así decían
por la mujer hermosa a quien los años o los achaques
empiezan a desmejorar: —Estás, hija, hecha una aceituna
zapatera—. Probablemente los cofrades de San Crispín no
podían consumir sino aceitunas de desecho,
149
Cuentan varios cronistas, y cCitaré entre ellos al padre
Acosta, que es el que más a la memoria me viene, que a los
principios, en los grandes banquetes, y por mucho regalo y
magnificencia, se obsequiaba a cada comensal con una
aceituna. El dueño del convite, como para disculpar una
mezquindad que en el fondo era positivo lujo, pues la
producción era escasa y carísima, solía decir a sus
convidados: caballeros, aceituna, una. Y así nació la frase.
Ya en 1565 y en la huerta de don Antonio de Ribera, se
vendían cuatro aceitunas por un real. Este precio permitía
a su anfitrión ser rumboroso, y desde ese año eran tres las
aceitunas asignadas por cada cubierto.
Sea que opinasen que la buena crianza exige no consumir
toda la ración del plato, o que el dueño de la casa dijera,
agradeciendo el elogio que hicieran de las oleosas:
aceituna, oro es una, dos son plata y la tercera mata, ello es que
la conclusión de la coplilla daba en qué cavilar a muchos
cristianos que, después dewmasticar la primera y segunda
aceituna, no se atrevían con la última, que eso habría
equivalido a suicidarse a sabiendas. Si la tercera mata,
dejémosla estar en el platillo y que la coma su abuela.
Andando los tiempos vinieron los de ño Cerezo, el
aceitunero del Puente, un vejestorio que a los setenta años
de edad dió pie para que le sacasen esta ingeniosa y
epigramática redondilla:
Dicen por ahí que Cerezo
tiene encinta a su mujer.
Digo que no puede ser,
porque no puede ser eso.
150
TRADICIONES PERUANAS
Como iba diciendo, en los tiempos de Cerezo era la
aceituna inseparable compañera de la copa de
aguardiente; y todo buen peruano hacía ascos a la cerveza,
que para amarguras bastábanle las propias. De ahí la frase
que se usaba en los días de San Martín y Bolívar para
tomar las once (hoy se dice lunch, en gringo): —Señores,
vamos a remojar una aceitunita.
Y ¿por qué—preguntará alguno —llamaban los antiguos
las once, al acto de echar después de mediodía, un
remiendo al estómago? ¿Por qué?
Once las letras son del aguardiente.
Ya lo sabe el curioso impertinente.
Gracias a Dios que hoy nadie nos ofrece ración tasada y
que hogaño nos atracamos de aceitunas sin que nos
asusten frases. ¡Lo que va de tiempo a tiempo!
Hoy también se dice: aceituna, una; mas si es buena, una
docena.
Sl
152
ADICIONES
A UNES >
PERUANAS
Í
OFICIOSIDAD NO
AGRADECIDA
Cuentan las crónicas, para probar que el arzobispo Loayza
tenía sus ribetes de mozón, que en Lima había un clérigo
extremadamente avaro, que usaba sotana, manteo,
alzacuello y sombrero tan raídos, que hacía años pedían a
grito herido inmediato reemplazo. En arca de avariento, el
diablo está de asiento, como reza el refrán.
Su ilustrísima, que porfiaba por ver a su clero vestido con
decencia, llamóle un día y le dijo:
—Padre Godoy, tengo una necesidad y querría que me
prestase una barrita de plata.
El clérigo, que aspiraba a canonjía, contestó sin vacilar:
—Eso, y mucho más que su ilustrísima necesite, está a su
disposición.
—Gracias. Por ahora me basta con la barrita, y Ribera, mi
mayordomo, irá por ella esta tarde.
Despidióse el avaro contentísimo por haber prestado un
servicio al señor Loayza, y viendo en el porvenir, por vía
de réditos, la canonjía magistral cuando menos.
Ocho días después volvía Ribera a casa del padre Godoy,
llevando un envoltorio bajo el brazo, y le dijo:
56
RICARDO PALMA
— De parte de su ilustrísima le traigo estas prendas.
El envoltorio contenía una sotana de chamalote de seda,
un manteo de paño de Segovia, un par de zapatos con
hebilla dorada, un alzacuello de crin y un sombrero de
piel de vicuña.
El padre Godoy brincó de gusto, vistióse las flamantes
prendas, y encaminóse al palacio arzobispal a dar las
gracias a quien con tanta liberalidad lo aviaba, pues
presumía que aquello era un agasajo o angulema del
prelado agradecido al préstamo.
Nada tiene que agradecerme, padre Godoy—le dijo el
arzobispo. — Véase con mi mayordomo para que le
devuelva lo que haya sobrado de la barrita; pues como
usted no cuidaba de su traje, sin duda porque no tenía
tiempo para pensar en esa frivolidad, yo me he encargado
de comprárselo con su propio dinero. Vaya con Dios y con
mi bendición. A
Retiróse mohino el padre, fuése donde Ribera, ajustó con
él cuentas, y halló que el chamalote y el paño importaban
un dineral, pues el mayordomo había pagado sin regatear.
Al otro día, y después de echar cuentas y cuentas para
convencerse de que en el traje habrían podido
economizarse dos O tres duros, volvió Godoy donde el
arzobispo y le dijo:
— Vengo a pedir a su ilustrísima una gracia.
— Hable, padre, y será servido a pedir de boca.
154
TRADICIONES PERUANAS
—Pues bien, ilustrísimo señor. Ruégole que no vuelva a
tomarse el trabajo de vestirme.
195
eS
RICARDO PALMA
» '
156
EL ALMA DE FRAY
VENANCIO
Allá por la primera mitad del anterior siglo no se hablaba
en Lima sino del alma de un padre mercedario que vino
del otro mundo, no sé si en coche, navío o pedibus andando,
con el expreso destino de dar un susto de los gordos a un
comerciante de esta tierra. Aquello fué tan popular como
la procesión de ánimas de San Agustín, el encapuchado de
San Francisco, la monja sin cabeza, el coche de Zavala, el
alma de Gasparito, la mano peluda de no sé qué calle, el
perro negro de la plazuela de San Pedro, la viudita del
cementerio de la Concepción, los duendes de Santa
Catalina y demás paparruchas que nos contaban las
abuelas, haciéndonos tiritar de miedo y rebujarnos en la
cama.
De buena gana querría dar hoy a mis lectores algo en que
no danzasen espíritus del otro barrio, aunque tuviera que
echar mano de la historia de los hijos de Noé, que fueron
cinco, y se llamaron Bran, Bren, Brin, Bron, Brun, como
dicen las viejas. Pero es el caso que una niña, muy guapa y
muy devota a la vez, me ha pedido que ponga en letras de
molde esta conseja, y ya ven ustedes que no hay forma de
esquivar el compromiso.
¡Ay, que se quema! ¡Ay, que se abrasa
el ánima que está en pena!
era el estribillo con que el sacristán de la parroquia de San
Marcelo pedía limosna para las benditas ánimas del
MY
purgatorio, a lo cual contestaba siempre algún chusco
completando la redondilla:
que se queme en hora buena,
que yo me voy a mi casa.
El padre Venancio y el padre Antolín se querían tan
entrañablemente como dos hermanos, se entiende como
dos hermanos que saben quererse y no andan al morro por
centavo más o menos de la herencia.
En el mismo día habían entrado en el convento, juntos
pasaron el noviciado y el mismo obispo les confirió las
sagradas Órdenes.
Eran, digámoslo así, Damón y Pithias tonsurados, Orestes
y Pílades con cerquillo.
No pasaron ciertamente por frailes de gran ciencia, ni
lucieron sermones gerundianos, ni alcanzaron sindicato,
procuración o pingúe capellanía, y ni siquiera dieron que
hablar a la murmuración con un escándalo callejero o una
querella capitular.
Jamás asistieron a lidia de toros, ni después de las ocho de
la noche se les encontró barriendo con los hábitos las
aceras de la ciudad. ¡Vamos! ¡Cuando yo digo que sus
reverencias eran unos benditos!
158
Eran dos frailes de poco meollo, de ninguna enjundia,
modestos y de austeras costumbres; como quien dice, dos
frailes de misa y olla, y pare usted de contar.
Pero ni en la santidad del claustro hay espíritu tranquilo, y
aunque no mundana, sino muy ascética, fray Venancio
tenía una preocupación constante.
Los dominicos, agustinos, franciscanos y hasta
juandedianos y barbones o belethmitas ostentaban con
orgullo, en su primer claustro, las principales escenas de la
vida de sus santos patrones, pintadas en lienzos que, a
decir verdad, no seducen por el mérito de sus pinceles.
¡Qué vergúenza! Los mercedarios no adornaban su
claustro con la vida de San Pedro Nolasco.
Al pensar así, había en el ánima de nuestro buen religioso
su puntita de envidia.
Y esto era lo que le escarabajeaba a fray Venancio, y lo que
hizo voto de realizar en pro del decoro de su comunidad.
El padre Antolín, para quien el padre Venancio no tenía
secretos, creyó irrealizable el propósito, pues los lienzos
no los pintan ángeles, sino hombres que, como el abad, de
lo que cantan yantan. Según el cálculo de ambos frailes,
eran precisos diez mil duros por lo menos para la obra.
El padre Venancio no se descorazonó, y contestó a su
compañero que con fe y constancia se allanan imposibles y
se realizan milagros. Y entre ellos no se volvió a hablar
más del asunto.
159
RICARDO PALMA
Pero el padrecito se echó pacientemente a juntar realejos, y
cada vez que de las economías de su mesada conventual,
alboroques, limosnas de misas y otros gajes alcanzaba a
ver apiladas sesenta pulidas onzas de oro, íbase con gran
cautela al portal de Botoneros y entraba en la tienda de
don Marcos Guruceta, comerciante que gozaba de gran
reputación de probidad, y que por ello era el banquero o
depositario de los caudales de muchos prójimos.
Y el depósito se realizaba sin que mediase una tira de
papel; pues la honorabilidad del mercader, hombre que
diariamente cumplía con el precepto, que comulgaba en
las grandes festividades y que era mayordomo de una
archicofradía, se habría ofendido si alguno le hubiese
exigido recibo u otro comprobante. ¡Qué tiempos tan
patriarcales! Haga usted hoy lo propio, y verá dónde le
llega el agua.
Sumaban ya seis mil pesos los entregados por fray
Venancio, cuando una noche se sintió éste acometido de
un violento cólico miserere, enfermedad muy frecuente en
esos siglos, y al acudir fray Antolín encontró a su alter ego
con las quijadas trabadas y en la agonía. No pudo, pues,
mediar entre ellos la menor confidencia, y fray Venancio
fué al hoyo.
El honrado comerciante, viendo que pasaban meses y
meses sin que nadie le reclamase el depósito, llegó a
encariñarse con él y a mirarlo como cosa propia. Pero a
San Pedro Nolasco no hubo de parecerle bien quedarse sin
lucir su gallardía en cuadro al óleo.
160
TRADICIONES PERUANAS
Il
Y pasaron años de la muerte de fray Venancio.
Dormía una noche tranquilamente el padre Antolín y
despertó sobresaltado sintiendo una mano fría que se
posaba en su frente.
Un cerillo encendido bajo una imagen de la Virgen
Protectora de Cautiyos esparcía, en la celda, débiles y
misteriosos reflejos.
A la cabecera de la cama, y en una silla de vaqueta estaba
sentado fray Venancio.
—No te alarmes— dijo el aparecido—. Dios me ha dado
licencia para venir a encomendarte un asunto. Ve mañana
al mediodía al portal de Botoneros y pídele a don Marcos
Guruceta seis mil pesos que le di a guardar, y que están
destinados para poner en el primer claustro la vida de
nuestro santo patrón.
Y dicho esto, la visión desapareció.
El padre Antolín se quedó como es de presumirse. Cosa
muy seria es ésta de oír hablar a un difunto.
Por la mañana se acercó nuestro asustado religioso al
comendador de la orden y le refirió, sueño o realidad, lo
que le había pasado.
—Nada se pierde, hermano—contestó el superior—, con
que vea a Guruceta.
í
161
En efecto, mediodía era por filo cuando fray Antolín
llegaba al mostrador del comerciante y le hacía el reclamo
consabido. Don Marcos se subió al cerezo y díjole que era
un fraile loco o trapalón.
Retiróse mohino el comisionado; pero al llegar a la
portería de su convento, salióle al encuentro un fraile en el
cual reconoció a fray Venancio.
— Y bien, hermano, ¿cómo te ha ido?
—Malísimamente, hermano—contestó el interpelado—.
Guruceta me ha tratado de visionario y embaucador.
— ¿Sí? Pues vuelve donde él y dile que, si no se allana a
pagarte, voy yo mismo dentro de cinco minutos por mi
plata.
Fray Antolín regresó al portal, y al verlo don Marcos
entrar por la puerta de la tienda, le dijo:
— ¿Vuelve usted a fastidiarme?
—Nada de eso, señor Guruceta. Vengo a decirle que
dentro de pocos instantes estará aquí fray Venancio en
persona a entenderse con usted. Yo me he adelantado a
esperarlo.
Al oír estas palabras, y ante el aplomo con que fueron
dichas, experimentó Guruceta una conmoción extraña, y
decididamente temió tener que habérselas con un alma de
la otra vida.
162
—Que no se moleste en venir fray Venancio— dijo
tartamudeando—. Es posible que, con tanto asunto como
tengo en esta cabeza, haya olvidado que me dió dinero.
Sea ello lo que fuere, pues el propósito es cristiano y yo
muy devoto de San Pedro Nolasco, mande su paternidad
un criado por las seis talegas.
La religiosidad de los limeños suplió con limosnas y
donativos la suma que faltaba para el pago de pintores, y
un año después, en la festividad del patrón, se estrenaban
los lienzos que conocemos.
Tal es la tradición que, en su infancia, oyó contar el que
esto escribe a fray León Fajardo, respetabilísimo sacerdote
y comendador de la Merced.
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164
| RADICIONES PERUANAS
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LA TRENZA DE SUS
WADUIATOS
AL POETA ESPANOL DON TOMÁS RODRÍGUEZ RUBÍ, AUTOR
DE UN DRAMA QUE LLEVA EL MISMO
TÍTULO DE ESTA TRADICIÓN
De cómo Mariquita Martínez no quiso que la llamasen
Mariquita la pelona
Allá por los años de 1734 paseábase muy risueña por estas
calles de Lima, Mariquita Martínez, muchacha como una
perla, mejorando lo presente, lectora mía. Paréceme estar
viendo, no porque yo la hubiese conocido, ¡qué diablos!
(pues cuando ella comía pan de trigo, este servidor de
ustedes no pasaba de la categoría de proyecto en la mente
del Padre Eterno), sino por la pintura que de sus prendas
y garabato hizo un coplero de aquel siglo, que por la pinta
debió ser enamoradizo y andar bebiendo los vientos tras
de ese pucherito de mixtura. Marujita era de esas limeñas
que tienen más gracia andando que un obispo confirmado,
y por las que dijo un poeta:
Parece en Lima más clara
la luz, que cuando hizo Dios
el sol que al mundo alumbrara,
puso amoroso en la cara
de cada limeña, dos.
165
En las noches de luna era cuando había que ver a
Mariquita paseando, Puente arriba y Puente abajo, con
albísimo traje de zaraza, pañuelo de tul blanco, zapatito de
cuatro puntos y medio, dengue de resucitar difuntos, y la
cabeza cubierta de jazmines. Los rayos de la luna
prestaban a la belleza de la joven un no sé qué de
fantástico; y los hombres, que nos pirramos siempre por
esas fantasías de carne y hueso, la echaban una andanada
de requiebros, a los que ella, por no quedarse con nada
ajeno, contestaba con aquel oportuno donaire que hizo
proverbiales la gracia y agudeza de la limeña.
Mariquita era de las que dicen: Yo no soy la salve para
suspirar y gemir. ¡Vida alegre, y hacer sumas hasta que se
rompa el lápiz o se gaste la pizarra!
En la época colonial casi no se podía transitar por el
Puente en las noches de luna. Era ése el punto de cita para
todos. Ambas aceras estaban ocupadas por los jóvenes
elegantes, que a la vez que con el airecito del río hallaban
refrigerio al calor canicular, deleitaban los ojos
clavándolos en las limeñas que salían a aspirar la fresca
brisa, embalsamando la atmósfera con el suave perfume
de los jazmines que poblaban sus cabelleras.
La moda no era lucir constantemente aderezos de rica
pedrería, sino flores; y tal moda no podía ser más barata
para padres y maridos, que con medio real de plata salían
de compromisos, y aun sacaban alma del purgatorio.
Tenían, además, la ventaja de satisfacer curiosidades sobre
el estado civil de las mujeres, pues las solteras
acostumbraban ponerse las flores al lado izquierdo de la
cabeza y las casadas al derecho.
166
TRADICIONES PERUANAS
Todas las tardes de verano cruzaban por las calles de Lima
varios muchachos, y al pregón de ¡el jazminero!, salían las
jóvenes a la ventana de reja, y compraban un par de hojas
de plátano, sobre las que había una porción de jazmines,
diamelas, aromas, suches, azahares, flores de chirimoya, y
otras no menos perfumadas. Las limeñas de entonces
buscaban sus adornos en la naturaleza, y no en el arte.
La antigua limeña no usaba elixires odontálgicos ni polvos
para los dientes; y, sip embargo, era notable la regularidad
y limpieza de éstos. Ignorábase aún que en la caverna de
una muela se puede esconder una California de oro, y que
con el marfil se fabricarían mandíbulas que nada tendrían
que envidiar a las que Dios nos regalara. ¿Saben ustedes a
quién debía la limeña la blancura de sus dientes? Al
raicero. Como el jazminero, era éste otro industrioso
ambulante que vendía ciertas raíces blandas y jugosas, que
las jóvenes se entretenían en morder restregándolas sobre
los dientes.
Parece broma; pero la industria decae. Ya no hay
jazmineros ni raiceros, y es lástima; que a haberlos, les
caería encima una contribución municipal que los partiera
por el eje, en estos tiempos en que hasta los perros pagan
su cuota por ejercer el derecho de ladrar. Y, con venia de
ustedes, también se han eclipsado el pajuelero o vendedor
de mechas azufradas, el puchero o vendedor de puntas de
cigarros, el anticuchero y Otros industriosos.
Digresiones a un lado, y volvamos a Mariquita.
La limeña de marras no conoció peluquero ni castañas sino
uno que otro ricito volado en los días de repicar gordo, ni
167
RICARDO PALMA
fierros calientes ni papillotas, ni usó jamás aceitillo,
bálsamos, glicerina ni pomadas para el pelo. El agua de
Dios y san se acabó, y las cabelleras eran de lo bueno, lo
mejor.
Pero hoy dicen las niñas que el agua pudre la raíz del pelo,
y no estoy de humor para armar gresca con ellas
sosteniendo la contraria. También los borrachos dicen que
prefieren el licor, porque el agua cría ranas y sabandijas.
Mariquita tenía su diablo en su mata de cabellos. Su
orgullo era lucir dos lujosas trenzas que, como dijo
Zorrilla pintando la hermosura de Eva,
la medían en pie la talla entera.
Una de esas noches de luna iba Mariquita por el Puente
lanzando una mirada a éste, esgrimiendo una sonrisa a
aquél, endilgando una pulla al de más allá, cuando de
improviso un hombre lavtomó por la cintura, sacó una
afilada navaja, y ¡zis! ¡zas!, en menos de un POS le
rebanó una trenza.
Gritos y confusión. A Mariquita le acometió la pataleta, la
gente echó a correr, hubo cierre de puertas, y a palacio
llegó la noticia de que unos corsarios se habían venido a la
chita callando por la boca del río y tomado la ciudad por
la sorpresa.
En conclusión, la chica quedó mocha, y para no dar campo
a que la llamasen Mariquita la pelona, se llamó a buen vivir,
entró en un beaterio y no se volvió a hablar de ella.
168
TRADICIONES PERUANAS
De cómo la trenza de sus cabellos fué causa de que el Perú
tuviera una gloria artística
El sujeto que, por berrinche, había trasquilado a Mariquita
era un joven de veintiséis años, hijo de un español y de
una india. Llamábase Baltasar Gavilán. Su padre le había
dejado algunos cuartejos; pero el muchacho,
encalabrinado con la susodicha hembra, se dió a gastar
hasta que vió el fondo de la bolsa, que ciertamente no
podía ser perdurable como las cinco monedas de Juan
Espera-en-Dios, alias el Judío Errante.
Era padrino de Baltasar el guardián de San Francisco,
fraile de muchas campanillas y circunstancias, quien,
aunque profesaba al ahijado gran cariño, echó un sermón
de tres horas al informarse del motivo que traía en cuitas
al mancebo. El alcalde del crimen reclamó, en los primeros
días, la persona del delincuente; pero fuese que Mariquita
meditara que, aunque ahorcaran a su enemigo, no por eso
había de recobrar la perdida trenza, o, lo más probable,
que el influjo de su reverencia alcanzase a torcer las
narices a la justicia, lo cierto es que la autoridad no hizo
hincapié en el artículo de extradición.
Baltasar, para distraerse en su forzada vida monástica,
empezó por labrar un trozo de madera y hacer de él los
bustos de la Virgen, el niño Jesús, los tres Reyes Magos y,
en fin, todos los accesorios del misterio de Belén. Aunque
las figuras eran de pequeñas dimensiones, el conjunto
quedó lucidísimo, y los visitantes del guardián propalaban
que aquello era una maravilla artística. Alentado por los
169
elogios, Gavilán se consagró a hacer imágenes de tamaño
natural, no sólo en madera, sino en piedra de Huamanga,
algunas de las cuales existen en diversas iglesias de Lima.
La obra más aplaudida de nuestro artista fué una Dolorosa,
que no sabemos si se conserva aún en San Francisco. El
virrey marqués de Villagarcía, noticioso del mérito del
escultor, quiso personalmente convencerse, y una mañana
se presentó en la celda convertida en taller. Su excelencia,
declarando que los palaciegos se habían quedado cortos
en el elogio, departió familiarmente con el artista; y éste,
animado por la amabilidad del virrey, le dijo que ya le
aburría la clausura, que harto purgada estaba su falta en
tres años de vida conventual, y que anhelaba ancho campo
de libertad. El marqués se rascó la punta de la oreja, y le
contestó que la sociedad necesitaba un desagravio, y que
pues en el Puente había dado el escándalo, era preciso que
en el Puente se ostentase una obra cuyo mérito hiciese
olvidar la falta del hombre para admirar el genio del
artista. Y con esto, su excelencia giró sobre los talones y
tomó el camino de la puerta.
Cinco meses después, en 1738, celebrábase en Lima, con
solemne pompa y espléndidos festejos, la colocación sobre
el arco del Puente de la estatua ecuestre de Felipe V.
En la descripción que de estas fiestas hemos leído, son
grandes los encomios que se tributan al artista.
Desgraciadamente para su gloria, no le sobrevivió su obra;
pues en el famoso terremoto de 1746, al derrumbarse una
parte del arco, vino al suelo la estatua.
170
Y aquí queremos consignar una coincidencia curiosa. Casi
a la vez que caía de su pedestal el busto del monarca,
recibióse en Lima la noticia de la muerte de Felipe V a
consecuencia de una apoplejía fulminante, que es como
quien dice un terremoto en el organismo.
mM
De cómo una escultura dió la muerte al escultor
“
Los padres agustinianos sacaban, hasta poco después de
1824, la célebre procesión de Jueves Santo, que concluía,
pasada la medianoche con no poco barullo, alharaca de
viejas y escapatoria de muchachas. Más de veinte eran las
andas que componían la procesión, y en la primera de
ellas iba una perfecta imagen de la Muerte con su guadaña
y demás menesteres, Obra soberbia del artista Baltasar
Gavilán.
El día en que Gavilán dió la última mano al esqueleto
fueron a su taller los religiosos y muchos personajes del
país, mereciendo entusiasta y unánime aprobación el buen
desempeño del trabajo. El artista alcanzaba un nuevo
triunfo.
Baltasar, desde los tiempos en que vivió asilado en San
Francisco, se había entregado con pasión al culto de Baco,
y es fama que labró sus mejores efigies en completo estado
de embriaguez.
Hace poco leí un magnífico artículo sobre Edgardo Poe y
Alfredo de Musset, titulado El alcoholismo en literatura.
71
Baltasar puede dar tema para otro escrito que titularíamos
El alcoholismo en las bellas artes.
El alcohol retemplaba el espíritu y el cuerpo de nuestro
artista; era su ninfa Egeria, por decirlo así. Idea y fuerza,
sentimiento y verdad, todo lo hallaba Baltasar en el fondo
de una copa.
Para celebrar el buen término de la obra que le
encomendaron los agustinos, fuése Baltasar con sus
amigos a la casa de bochas y se tomó una turca soberana.
Agarrándose de las paredes pudo, a las diez de la noche,
volver a su taller, cogió pedernal, eslabón y pajuela, y
encendiendo una vela de sebo se arrojó vestido sobre la
cama.
A medianoche despertó. La mortecina luz despedía un
extraño reflejo sobre el esqueleto colocado a los pies del
lecho. La guadaña de la Parca parecía levantada sobre
Baltasar. s
Espantado, y bajo la influencia embrutecedora del alcohol,
desconoció la obra de sus manos. Dió horribles gritos, y
acudiendo los vecinos comprendieron, por la incoherencia
de sus palabras, la alucinación de que era víctima.
El gran escultor peruano murió loco el mismo día en que
terminó el esqueleto, de cuyo mérito artístico hablan aún
con mucho aprecio las personas que, en los primeros años
de la Independencia, asistieron a la procesión de Jueves
Santo.
172
TRADICIONES PERUANAS
DASS IAS AREOS
Supongo, lector, que tienes edad para haber conversado
con contemporáneos del virrey Pezuela, y que hablándote
de una hija de Eva, esforzada y varonil, les habrás oído
esta frase: Es mujer de asta y rejón.
¿Que sí has oído la frase? Pues entonces allá va el origen
de ella, tal cual me ha sido referido por un descendiente
E eS
de la protagonista.
En una de las casas de la calle de Aparicio vivía por los
años de 1760 la señora doña Feliciana Chaves de Mesía.
Era doña Feliciana lo que se llamaba una mujer muy de su
casa y que, a pesar de ser rica hasta el punto de sacar al sol
la vajilla de plata labrada y los zurrones de pesos duros,
no pensaba en emperejilarse, sino en aumentar su caudal.
Dueña de una hacienda en los valles próximos a la ciudad
y de la panadería del Serrano, tenía en el patio de su casa
dos vastos almacenes donde vendía por mayor harina,
azúcar, aceite y otros artículos de general consumo.
¡Qué tiempos aquéllos! En materia de trabajo nuestras
abuelas eran la romana del diablo, y cuando un hombre se
casaba encontraba en la conjunta, no sólo la costilla
complementaria de su individuo, sino un socio mercantil
que le ahorraba el gasto de dependientes.
RICARDO PALMA
El marido de doña Feliciana hacía tres años que había ido
a Ica a establecer una sucursal de la casa de Lima,
quedándose la señora al frente de múltiples operaciones
comerciales; y como si Dios se complaciera en echar su
bendición sobre la trabajadora limeña, en cuanto negocio
ponía mano encontraba una ganancia loca.
Pero no todo es tortas y pan pintado en este valle de
lágrimas, y cuando más confiada estaba doña Feliciana en
que su marido no pensaba sino en ganar peluconas,
recibió de Ica una carta anónima en que la informaban,
con puntos y comas, de cómo el señor Mesía tenía su
chichisbeo, y de cómo gastaba el oro y el moro con la
sujeta, y que la susodicha no valía un carámbano ni llegaba
a la suela del zapato de doña Feliciana, que aunque
jamona se conservaba bastante apetecible y no era digna
de que el perillán de su marido la hiciese ascos. Dijo la
gallina de cierto cuento: — Poner huevo y no comer trigo,
ésa no va conmigo.
El anónimo levantó roncha en el espíritu de la señora, y se
dió a pensar en la infidelidad del señor Mesía; y tanto
zumbó en su alma el tábano de los celos, que decidió
remontar el vuelo, caerle al cuello al perjuro y
sorprenderlo en el gatuperio. Pero era el caso que para ir,
en esos tiempos, a Ica se gastaba muchos días y se corrían
mil peligros; y como las bodegas no podían quedar
cerradas O a merced de un dependiente, resolvióse a
venderlas, comisión que encargó a un español llamado
Vilches, que era su compadre y hombre para ella de toda
confianza.
174
TRADICIONES PERUANAS
En esos tiempos las transacciones eran muy expeditivas,
como que no se estilaban muchas fórmulas, y antes de
cuarenta y ocho horas vió doña Feliciana entrar por las
puertas de su casa algunas talegas de a mil. La señora
regaló a Vilches una de ellas en recompensa de su
actividad, y desembarazada de estorbos alistó viaje para
tres días después.
Aquella noche doña Feliciana echó sus cuentas y resolvió
que, apenas amaneciese Dios, debía depositar su dinero y
alhajas en casa de un comerciante de proverbial honradez.
Pero sus celosas cavilaciones por un lado, y por otro sus
cálculos rentísticos, la quitaron el sueño, y en ello tuvo no
poca ventura.
Serían las dos de la madrugada, hora de gatos y ladrones,
cuando sintió un ligero y cauteloso ruido de pasos en el
traspatio. Aguzó el oído, y se convenció de que en una
puerta que comunicaba con su dormitorio estaban
aplicando lo que no en tecnicismo de botica, sino en el de
los hijos de Caco, se llamaba entonces una ventosa.
Consistía este experimento en abrir por medio del fuego
un boquete en la madera.
Doña Feliciana saltó con presteza del lecho, y de una
esquina del cuarto tomó una asta o varilla de palo a cuyo
extremo adaptó un puntiagudo rejoncillo de hierro. Era
ésta el arma con que acostumbraban salir al campo todos
los hacendados.
175
Así prevenida, nuestra heroína se colocó en acecho tras la
puerta. Apenas la ventosa hubo dejado expedito un gran
agujero, asomó por él una cabeza. Doña Feliciana, sin dar
el quién vive, le clavó el rejoncillo en la nuca.
El ladrón exhaló un grito de muerte, y sus compañeros
pusieron pie en pared. Entonces la senora dió voces,
alborotóse el vecindario, acudió la ronda, y con universal
sorpresa hallaron moribundo al honrado Vilches, quien
cantó de plano y denunció a sus compañeros de empresa.
mM
Todos se hicieron lenguas del arrojo de dona Feliciana, y
en Lima no se hablaba de otra cosa. De haber habido
periódicos, la habrían consagrado estrepitoso bombo en la
crónica local.
La fama de su hazaña la había precedido a Ica, adonde
llegó una mañana, armada.de asta y rejón, y abocándose a
su marido le dijo:
—A Lima, señor mío, y a su casa si no quiere usted que
haga en su personita otro tanto de lo que hice en la de
Vilches, y lo deje tal que no sirva ni para simiente de
rábanos.
El de Mesía tembló como azogado, mandó ensillar la mula
y, sin chistar ni mistar, obedeció el precepto.
Desde entonces ella llevó en la casa los pantalones, y él fué
el más fiel de los maridos de que hacen mención las
176
TRADICIONES PERUANAS
historias sagradas y profanas, como que sabía que le iba la
pelleja en el primer tropezón en que lo pillase madama.
Mucho cuento es tener por compañera una mujer de asta y
rejón.
17
hi
RICARDO PALMA
178
TRADICIONES PERUANAS
LOS ARGUMENTOS DEL
CORREGIDOR
Parece que una mañana se levantó Carlos IM con humor de
suegra, y francamente que razón había harta para
avinagrar el ánimo del monarca. Su majestad había
soñado que las arcás reales corrían el peligro de verse
como Dios quiere a las almas, es decir, limpias, porque sus
súbditos de las Américas andaban un si es no es
remolones para proveerlas.
—¡Carrampempe! Pues a mí no ha de pasarme lo que a
don Enrique el Doliente que, no embargante ser rey y de
los tiesos, llegó día en que no tuvo cosa sólida que meter
bajo las narices, y empeñó el gabán para que el cocinero
pudiera condimentarle una sopa de ajos y un trozo de
jabalí ahumado. Que me llamen a don José Antonio.
Y don José Antonio de Areche, del Consejo de Indias y
caballero de la distinguida orden de Carlos III, no tardó en
presentarse ante su rey, y disertar con él largo y tendido
sobre los atrenzos del real tesoro. Y por consecuencia de la
plática entre señor y vasallo, nos cayó como llovido por
estos reinos del Perú, en 1777 y con el título de Visitador
general, un culebrón de los finos.
El Visitador, a poco de llegado a Lima, se convenció de
que la tierra era muy rica y la comisión sabrosa y de
papilla. Item, adivinó, sin ser brujo, que los peruleros
179
RICARDO PALMA
éramos mansitos de genio y, por ende, susceptibles de
soportar cuanta albarda pluguiera a su señoria echarnos a
cuestas. Y pensado y hecho, y sin andarse con algórgoras
ni brujoleos, se nos vino al bulto y decretó impuestos, y
estancos, y tarifas y qué sé yo cuántas gurruminas. ¡Dios
me perdone!, pero cuentan que, anticipándose a un
municipio de estos maravillosos tiempos, estuvo en un
tumbo de dado que estableciera contribución canina, sin
exceptuar de ella al perro de San Roque, ni al de Santo
Domingo, ni al de San Lázaro, ni al de Santa Margarita
que, según colijo, fueron santos aficionados a chuchos.
Pero tanto estiró la cuerda que, a la postre, vino el
estallido, y reventó y se armó la tremenda. El Visitador era
testarudo, no cejó un ápice y siguió ajustándonos las
clavijas como a guitarra ajena. Y hubo una tal de
zambomba y degollina, horca, y jicarazo, que... ¡vamos!
debemos tomar por especial cariño y bendición de Dios no
haber comido pan en aquel desbarajustado siglo. Por fin
de fines, los pícaros impuestos subsistieron y, entre
gruñido y refunfuños, hubo de pagarlos todo aquel que,
teniendo ley a su pescuezo, no ambicionara ponerlo en
relaciones íntimas con el verdugo.
A la vez que así nos sacaba roñosos maravedises para su
majestad, echóse su señoría a pesquisar a todos los
empleados que tenían manejo de fondos públicos; y tal
revoltijo y gatuperio hallaría en el examen de algunas
cuentas, que plantó en chirona a encopetados personajes
responsables de éstas. Es fama que, oyendo los descargos
que le daba un empleado, dijo aburrido el señor de
Areche:
180
CRADICIONES PERUANAS
—¿Sabe usted, señor alcabelero, que no entiendo sus
cuentas?
—No es extraño, señor Visitador. Yo tampoco las
entiendo, y eso que las cuentas son mías.
¡Vaya si las malditas andarían enredadas!
Entre los presos hallábase cierto corregidor, de quien
decíase que había sido más voraz que sanguijuela para
sacar el quilo a los pueblos cuyo gobierno le estaba
encomendado. La causa, entre probanzas, testigos, careos,
apelaciones y demás batiborrillo de la chusma forense,
llevaba trazas de dar tela para pleito durante tres
generaciones por lo menos. Nuestro hombre resolvió
cortar por el atajo y, abocándose con el carcelero, le pidió
resueltamente que lo dejase salir por un par de horas,
empeñándole palabra de regresar a la prisión antes de que
expirase el término fijado. El carcelero reflexionó que la
palabra de honor no es cosa para empeñada, pues sobre tal
prenda no desata un usurero los cordones de la bolsa, y
dijo rotundamente que nones. Mas deslumbrado por el
brillo de algunas peluconas, que al descuido y con
cuidado le puso entre las manos el preso, acabó por
ablandarse y correr cerrojos y abrir rejas.
Eran las siete de la noche. Hallábase el señor Visitador en
el salón de su casa echando una mano de tresillo con unos
amigos, y acababan de hacerle puesta real en solo de oros con
estuches, falla y rey enano, cuando entró su mayordomo y,
llamándolo aparte, le dijo:
181
— Un caballero quiere hablar en el instante con su señoría.
—¡Algún importuno! Que vuelva mañana. ¿No te ha dicho
su nombre?
—No, señor; pero me ha regalado dos onzas de oro
porque pasara recado, y como no era decente que esperase
respuesta en el zaguán, lo he hecho entrar en el cuarto de
estudio.
—¡Y dices que te ha dado dos onzas de alboroque! Pues ha
de ser algo de importancia lo que trae a ese sujeto.
Y volviéndose a sus tertulios, les dijo:
—Con permiso, caballeros, no tardaré en volver, y que
don Narciso juegue por mí. ¡Es vida muy aporreada la que
llevo, y no se la doy a mi mayor enemigo!
Y don José Antonio se dirigió al estudio, que estaba
situado en el patio de la casa. Esperábalo allí un embozado
que, al presentarse Areche, se descubrió y dijo
cortésmente:
— Buenas y santas noches.
— Así se las dé Dios. ¡Hola, hola, señor mío! ¿Cómo ha
salido de la cárcel sin mi licencia?
—No hizo falta, señor Visitador. He dado mi palabra, y
sabré cumplirla, de regresar en breve a la prisión.
182
[RADICIONES PERUANAS
—Supongo a lo que usted viene..., a hablarme, sin duda,
de su causa.
— Precisamente, señor Visitador.
— Pues tiempo perdido, amigo mío. Lo veo a usted en mal
caballo, y con dolor de mi corazón tendré que ser severo;
que el rey no me ha enviado para que ande con blanduras
y contemplaciones. En su causa hay documentos atroces y
testigos libres de tacha cuyas declaraciones bastan y
sobran para enviar a la horca diez prójimos de su calibre.
Yo soy muy recto, y tratándose de administrar justicia no
me Caso ni con la madre que me parió.
—Pues, señor Visitador, contra todo lo que dice su señoría
que hay de grave en mi proceso, poseo yo mil argumentos
irrefutables; sí, señor, mil argumentos. Y lo mejor es que
seamos amigos y nos dejemos de pleitos, que no sirven
sino para traer desazones, criar mala sangre y hacer caldo
gordo a escribas y fariseos.
—¿Y por qué, si tiene tanta confianza en que han de
sacarlo airoso, no ha hecho uso de sus argumentos? Ya
quisiera conocer uno para refutárselo.
—Si el señor Visitador me ofrece no airarse y guardarme el
secreto, diréle en puridad cuáles son mis argumentos.
— Hable usted clara y como Cristo nos enseña. Presénteme
uno solo de sus argumentos, y guarde los novecientos
noventa y nueve restantes, que ni tiempo hay sobrado ni
ocasión es ésta para hacerme cargo de ellos.
183
Entonces el corregidor metió mano al bolsillo, y entre el
pulgar y el índice sacó una onza de oro.
— ¿Ve su señoría este argumento?
— ¡Eso es una pelucona, señor corregidor!
—Pues mil argumentos de su especie tengo listos para que
se corte el proceso. Y buenas noches, señor Visitador, que
las horas vuelan y la palabra es palabra.
Y paso entre paso, el corregidor siguió camino de la cárcel.
En cuanto al señor de Areche, refieren que volvió
cogitabundo a ocupar su puesto en la mesa de tresillo, que
en toda la santa noche no hizo jugada en regla, y que, por
primera vez en su vida, cometió dos renuncios, prueba
clara de la preocupación de su ánimo.
s HI
¡Qué demonche! Yo no soy maldiciente, pero en la historia
hay hechos que lo sacan a uno de quicio.
Y la prueba de que don José Antonio de Areche no jugó
muy limpio, que digamos, en el desempeño de la comisión
que el rey le confiara, está en que, a pesar de los pesares,
su majestad se vió forzado a destituirlo, llamándolo a
España, confiscándole la hacienda, y sentenciándolo a
vivir desterrado de la villa y corte de Madrid.
Al siguiente día de la entrevista con el Visitador, fué
puesto en libertad el preso y se sobreseyó en la causa.
184
TRADICIONES PERUANAS
¡Y tenga usted fe en la incorruptibilidad de la justicia!
Digo, ¡si fumarían en pipa los argumentos del corregidor!
185
RICARDO PALMA
186
TRADICIONES PERUANAS
LA NINA DEL ANTOJO
Generalizada creencia era entre nuestros abuelos que a las
mujeres encintas debía complacerse aún en sus más
extravagantes caprichos. Oponerse a ellos equivalía a
malograr obra hecha. Y los discípulos de Galeno eran los
que más contribuían a vigorizar esa opinión, si hemos de
dar crédito a muchas tesis o disertaciones médicas, que
impresas en Lima, en diversos años, se encuentran
reunidas en el tomo XXIX de Papeles varios de la Biblioteca
Nacional.
Las mujeres de suyo son curiosas, y bastaba que les
estuviese vedado entrar en claustros para que todas se
desviviesen por pasear conventos. No había, pues, en el
siglo pasado limeña que no los hubiese recorrido desde la
celda del prior o abadesa hasta la cocina.
Tan luego como en la familia se presentaba hija de Eva en
estado interesante, las hermanitas, amigas y hasta las
criadas se echaban a arreglar programa para un mes de
romería por los conventos. Y la mejor mañana se aparecían
diez o doce tapadas a la portería de San Francisco, por
ejemplo, y la más vivaracha de ellas decía, dirigiéndose al
lego portero:
— ¡Ave María purísima!
—Sin pecado concebida. ¿Qué se ofrece, hermanitas?
—Que vaya usted donde el reverendo padre guardián y le
diga que esta niña, como a la vista está, se encuentra
187
abultadita, que se le ha antojado pasear el convento, y que
nosotras venimos acompañándola por si le sucede un
trabajo.
— ¡Pero tantas!... — murmuraba el lego entre dientes.
—Todas somos de la familia: esta buena moza es su tía
carnal; estas dos son sus hermanas, que en la cara se les
conoce; estas tres gordinfloncitas son sus primas por parte
de madre; yo y esta borradita, sus sobrinas, aunque no lo
parezcamos; la de más allá, esa negra chicharrona, es la
mama que la crió; ésta es su...
—Basta, basta con la parentela, que es larguita—
interrumpúía el lego sonriendo.
Aquí la niña del antojo lanzaba un suspiro, y las que la
acompañaban decían en coro:
—i¡Jesús, hijita! ¿Sientes . algo? Vaya usted prontito,
hermano, a sacar la licencia. ¡No se embrome y tengamos
aquí un trabajo! ¡Virgen de la Candelaria! ¡Corra. usted,
hombre, corra usted!
Y el portero se encaminaba, paso entre paso, a la celda del
guardián; y cinco minutos después regresaba con la
superior licencia, que Su paternidad no tenía entrañas de
Ogro para contrariar deseo de embarazada.
— Puede pasar la niña del antojo con toda la sacra familia.
Y otro lego asumía las funciones de guía o ciceron
188
t
PR ADICIÓN
CQINDO A ? ERUANAS
Por supuesto que en muchas ocasiones la barriga era de
pega, es decir, rollo de trapos; pero ni guardián ni portero
podían meterse a averiguarlo. Para ellos vientre
abovedado era pasaporte en regla.
Y de los conventos de frailes pasaban a los monasterios de
monjas; y de cada visita regresaba a casa la niña del antojo
provista de ramos de flores, cerezas y albaricoques,
escapularios y pastillas. Las camaradas participaban
también del pan bendito.
Y la romería en Lima duraba un mes por lo menos.
Un arzobispo, para poner coto al abuso y sin atreverse a
romper abiertamente con la costumbre, dispuso que las
antojadizas limeñas recabasen la licencia, no de la
autoridad conventual, sino de la curia; pero como había
que gastar en una hoja de papel sellado, y firmar solicitud,
y volver al siguiente día por el decreto, empezaron a
disminuir los antojos.
Su sucesor, el señor La Reguera, cortó de raíz el mal
contestando un no redondo a la primera prójima que fué
con el empeño.
— ¿Y si malparo, ilustrísimo señor?— insistió la postulante.
— De eso no entiendo yo, hijita, que no soy comadrón, sino
arzobispo.
Y lo positivo es que no hay tradición de que limeña alguna
haya abortado por no pasear claustros.
189
Entre los manuscritos que en la Real Academia de la
Historia, en Madrid, forman la colección de Matalinares,
archivo de curiosos documentos relativos a la América,
hay uno (cuaderno 3” del tomo LXXVII) códice que no es
sino el extracto de un proceso a que en el Perú dió motivo
la niña del antojo.
Guardián de la Recoleta de Cajamarca era, por los años de
1806, fray Fernando Jesús de Arce, quien, contrariando la
arzobispal y disciplinaria disposición, dió en permitir el
paseíto por su claustro a las cristianas que lo solicitaban
alegando el delicado achaque. La autoridad civil tuvo o no
tuvo sus razones para pretender hacerlo entrar en vereda,
y se armó proceso, y gordo.
El padre comisario general apoyó al padre Arce,
presentando, entre otros argumentos, el siguiente que, a
su juicio, era capital y decisivo:
— La conservación del feto
es de derecho natural y el precepto de la clausura es de
derecho positivo, y por consideración al último no sería
caritativo exponer una mujer al aborto.
El padre Arce decía que para él era caso de conciencia
consentir en el capricho femenino; pues una vez que se
negó a conceder tal licencia acontecióle que, a los tres días,
se le presentó la niña del antojo llevando el feto en un
frasco y culpándolo de su desventura. Añadía el padre
Arce que por él no había de ir otra almita al limbo, que no
se sentía con hígados para hacer un feo a antojos de mujer
encinta.
El vicario foráneo se vió de los hombres más apurados
para dar su fallo, y solicitó el dictamen de Matalinares,
190
TRADICIONES PERUANAS
que era a la sazón fiscal de la Audiencia de Lima.
Matalinares sostuvo que no por el peligro del feto, sino
por corruptelas y consideraciones de conveniencia o por
privilegios apostólicos para determinadas personas de
distinción, se había tolerado la entrada de mujeres en
clausura de regulares, y que eso de los antojos era grilla y
preocupación. En resumen, terminaba opinando que se
previniese al padre comisario general ordenase al
guardián de la Recoleta que por ningún pretexto
consintiese en lo sucesivo visitas de faldas, bajo las penas
designadas por la Bula de Benedicto XV, expedida en 3 de
enero de 1742.
El vicario, apoyándose en tan autorizado dictamen, falló
contra el guardián; pero éste no se dió por derrotado, y
apeló ante el obispo, quien confirmó la resolución.
Fray Fernando Jesús de Arce era testarudo, y dijo en el
primer momento que no acataba el mandato mientras no
viniese del mismo Papa; pero su amigo, el comisario
general, consiguió apaciguarlo, diciéndole:
—Padre reverendo, más vale maña que fuerza. Pues la
cuestión ante todo es de amor propio, éste quedará a salvo
acatando y no cumpliendo.
El padre Arce quedó un minuto pensativo; y luego,
pegándose una palmada en la frente, como quien ha dado
en el quid de intrincado asunto, exclamó:
— ¡Cabalito! ¡Eso es!
191
RICARDO PALMA
Y en el acto hizo formal renuncia de la guardianía, para
que otro y no él cargase con el mochuelo de enviar almitas
al limbo.
192
Ya a rara YO rr y
TRADICIONES PERUANAS
LA LLORONA DEL
VIERNES SANTO
CUADRO TRADICIONAL DE COSTUMBRES ANTIGUAS
Existía en Lima, hasta hace cincuenta años, una asociación
de mujeres todas garabateadas de arrugas y más pilongas
que piojo de pobre, cuyo oficio era gimotear y echar
lagrimones como garbanzos. ¡Vaya una profesión perra y
barrabasada! Lo particular es que toda socia era vieja
como el pecado, fea como un chisme y con pespuntes de
bruja y rufiana. En España dábanlas el nombre de
planidoras; pero en estos reinos del Perú se les bautizó con
el de doloridas o lloronas.
Que el gobierno colonial hizo lo posible por desterrarlas,
me lo prueba un bando o reglamento de duelos que el
virrey don Teodoro de Croix mandó promulgar en Lima
con fecha 31 de agosto de 1786, y que he tenido
oportunidad de leer en el tomo XXXVIII de Papeles varios
de la Biblioteca Nacional. Dice así, al pie de la letra, el
artículo 12 del bando: «El uso de las lloronas o plañidoras,
tan opuesto a las máximas de nuestra religión como
contrario a las leyes, queda perpetuamente proscrito y
abolido, imponiéndose a las contraventoras la pena de un
mes de servicio en un hospital, casa de misericordia o
panadería». Parece que este bando fué como tantos otros,
letra muerta.
No bien fallecía prójimo que dejase hacienda con que
pagar un decente funeral, cuando el albacea y deudos se
193
echaban por esas calles en busca de la llorona de más
fama, la cual se encargaba de contratar a las comadres que
la habían de acompañar. El estipendio, según reza un
añejo centón que he consultado, era de cuatro pesos para
la plañidera en jefe y dos para cada subalterna. Y cuando
los dolientes, echándola de rumbosos, añadían algunos
realejos sobre el precio de tarifa, entonces las doloridas
estaban también obligadas a hacer algo de extraordinario,
y este algo era acompañar el llanto con patatuses,
convulsiones epilépticas y repelones. Ellas, en unión de los
llamados pobres de hacha, que concurrían con un cirio en la
mano, esperaban a la puerta del templo la entrada y salida
del cadáver para dar rienda suelta a su aflicción de
contrabando.
Dígase lo que se quiera en contra de ellas; pero lo que yo
sostengo es que ganaban la plata en conciencia. Habíalas
tan adiestradas que no parece sino que llevaban dentro del
cuerpo un almacén de lágrimas; tanto eran éstas bien
fingidas, merced al expediente de pasarse por los ojos los
dedos untados en zumo de ajos y cebollas. Con frecuencia,
así habían conocido ellas al difundo como al moro Muza, y
mentían que era un contento exaltando entre ayes y
congojas las cualidades del muerto.
—¡Ay, ay! ¡Tan generoso y caritativo!— y el que iba en el
cajón había sido usurero nada menos.
—¡Ay, ay! ¡Tan valiente y animoso!—el infeliz había liado
los bártulos por consecuencia del mal de espanto que le
ocasionaron los duendes y las penas.
194
A y ] y ;
[RADICIONES PERUANAS
—¡Ay, ay! ¡lan honrado y buen cristiano! —y el difunto
había sido, por sus picardías y por lo encallecida que traía
la conciencia, digno de morir en alto puesto, es decir, en la
horca.
Y por este tono eran las jeremiadas.
No concluía aquí la misión de las lloronas. Quedaba aún el
rabo por desollar; esto es, la ceremonia de recibir el duelo en
casa del difunto durante treinta noches. Enlutábanse con
cortinados negros la sala y cuadra, alumbrándolas con un
fanal o guardabrisa cubierta por un tul que escasamente
dejaba adivinar la luz, o bien encendían una palomilla de
aceite que despedía algo como amago de claridad, pero
que realmente no servía sino para hacer más terrorífica la
lobreguez. Desde las siete de la noche los amigos del
finado entraban silenciosos en la sala y tomaban asiento
sin proferir palabra. Un duelo era en buen romance una
consagración de mudos.
La cuadra era el cuartel general de las faldas y de las
pulgas. Las amigas imitaban a los varones en no mover
sus labios, lo cual, bien mirado, debía ser ruda penitencia
para las hijas de Eva. Sólo a las lloronas les era lícito
sonarse con estrépito y lanzar de rato en rato un ¡ay Jesús!
o un suspiro cavernoso, que parecía queja del otro mundo.
Escenas ridículas acontecían en los duelos. Un travieso,
por ejemplo, largaba media docena de ratoncillos en la
cuadra, y entonces se armaba una de gritos, carreras,
chillidos y pataletas.
195
Por fortuna, con las campanadas de las ocho terminaba la
recepción: aquí eran los apuros entre las mujeres. Ninguna
quería ser la primera en levantarse. Llamábase este acto
romper el chivato.
A la postre se decidía alguna a dar esta muestra de coraje,
y acercándose a la no siempre inconsolable viuda, le decía:
—¡Cómo ha de ser! Hágase la voluntad de Dios.
Confórmate, hija mía, que él está entre santos y
descansando de este mundo ingrato. No te des a la pena,
que eso es ofender a quien todo lo puede.
Y todas iban despidiéndose con idéntica retahila.
Cuando la familia regresaba de dar el pésame, por supuesto
que ponía sobre el tapete a la viuda y a la concurrencia, y
cortaban las muchachas, con la tijera que Dios les dió,
unos sayos primorosos. Lo que es la abuela o alguna tía, a
quienes el romadizo había impedido ir a cumplir con la
viuda, preguntaban.
— ¿Y quién rompió el chivato?
— Doña Estatira, la mujer del escribano.
—Ella había de ser, ¡la muy sinvergienza! ¡Ya se ve..., una
mujer que tiene coraje para llamarse Estatira!...
Por más que cavilo no acierto a darme cuenta del porqué
de esta murmuración. ¡Caramba! Supongo que una visita
no ha de ser eterna, y que alguien ha de dar ejemplo en lo
196
TRADICIONES PERUANAS
de tomar el camino de la puerta, y que no hay ofensa a
Dios ni al prójimo en llamarse Estatira.
En cada noche recibía la llorona una peseta columnaria y
un bollo de chocolate. Y no se olvide que la ganga duraba
un mes cabal.
Sólo en el fallecimiento de los niños no tenían las lloronas
misión que desempeñar. ¡Ya se ve! ¡Angelitos al cielo!
Pero entre todas las planidoras había una que era la
categoría, el non plus ultra del género, y que sólo se
dignaba asistir a entierro de virrey, de obispos o
personajes muy encumbrados. Distinguíase con el título
de la llorona del Viernes Santo. El pueblo la llamaba con otro
nombre que, por no ruborizar a nuestras lectoras, dejamos
en el fondo del tintero.
Así, se decía: —El entierro de don Fulano ha estado de lo
bueno lo mejor. ¡Con decirte, niña, que hasta la llorona del
Viernes Santo estuvo en la puerta de la iglesia!
Para mí sólo hay una profanación superior a ésta, y es la
que anualmente se realiza en las grandes ciudades, con el
paseo O romería que, en noviembre, se emprende al
cementerio. La vanidad de los vivos y no el dolor de los
deudos es quien ese día adorna las tumbas con flores,
cintas y coronas emblemáticas. —¿Qué se diría de
nosotros? — dicen los cariñosos parientes—. Es preciso que
los demás vean que gastamos lujo—. Y encontré vanidad
hasta en la muerte, dice el más sabio de los libros.
197%
RICARDO PALMA
Las losas sepulcrales son objeto de escarnio y difamación
en esa romería.
— ¡Hombre! —dice un mozalbete a otro chisgarabís de su
estofa, pasando revista a las lápidas—. Mira quién está
aquí... La Carmencita... ¿No te acuerdas, chico?... La que
fué querida de mi primo el banquero, y le costó un ojo de
la cara... Muchacha muy caritativa... y bonita, eso sí, sólo
que se pintaba las cejas y fruncía la boca para esconder un
diente mellado. —¡Preciosa corona le han puesto a don
Melquíades! Mejor se la puso su mujer en vida. —¡Buen
mausoleo tiene don Junípero! ¡Podría ser mejor, que para
eso robó bastante cuando fué- ministro de Hacienda!
¡Valiente pillo! — Fíjate en el epitafio que le han puesto a
don Milón, que no fué sino un borrico con herrajes de oro
y albarda de plata. ¡Llamar pozo de ciencia y de sabiduría
a ese grandísimo cangrejo! —¡Gran zorra fué doña
Remedios! La conocí mucho, mucho. ¡Como que casi tuve
un lance con el Juan Lanas de su marido! —No sabía yo
que se había ya muerto el marqués del Algarrobo. ¡Bien
viejo ha ido al hoyo! ¡Como que era contemporáneo de los
espolines de Pizarro! —¡Pucha! Aquí está un patriota
abnegado, de esos que dan el ala para comerse la pechuga
y que saben sacar provecho de toda calamidad pública.
Y basta para muestra de irreverente murmuración. A estas
maldicientes les viene a pelo la copla popular:
El zapato traigo roto,
¿con qué lo remedaré?
Con picos de malas lenguas
que propalan lo que no es.
198
TRADICIONES PERUANAS
El verdadero dolor huye del bullicio. Ir de paseo al
cementerio el día de finados por ver y hacerse ver, por
aquello de—¿adónde vas Vicente?, a donde va toda la
gente — como se va a la plaza de toros, por novelería y por
matar tiempo, es cometer el más repugnante y estúpido de
los sacrilegios.
Dejo en paz a los difuntos y vuelvo a las lloronas.
Los padres mercedarios, en competencia con lo que la
víspera hacían los agustinianos, sacaban el Viernes Santo
en procesión unas andas con el sepulcro de Cristo, y tras
ellas y rodeada por multitud de beatas, iba una mujer
desgreñada, dando alaridos, echando maldiciones a Judas,
a Caifás, a Pilatos y a todos los sayones; y lo gracioso es
que, sin que se escandalizase alma viviente, lanzaba a los
judíos apóstrofes tan subidos de punto como el llamarlos
hijos de... la mala palabra.
De la capilla de la Vera Cruz salía también, a las once de la
noche, la famosa procesión de la Minerva, que, como se
sabe, era costeada por los nobles descendientes de los
compañeros de Pizarro, quien fué el fundador de la
aristocrática hermandad y obtuvo que el Papa enviara
para la iglesia un trozo del verdadero lignun crucis,
reliquia que aun conservan los dominicos.
Pero en esta procesión todo era severidad, a la vez que lujo
y grandeza. La aristocracia no dió cabida nunca a las
lloronas, dejando ese adorno para la popular procesión de
los mercedarios.
199
RICARDO PALMA
El arzobispo don Bartolomé María de las Heras no había
gozado de esas mojigangas; y el primer año, que fué el de
1807, en que asistió a la procesión hizo, a media calle,
detener las andas, ordenando que se retirase aquella mujer
escandalosa que, sin respeto a la santidad del día, osaba
pronunciar palabrotas inmundas.
¿Creerán ustedes que el pueblo se arremolinó para
impedirlo? Pues así como suena. ¡No faltaba más que
deslucir la procesión eliminando de ella a la llorona!
El sagaz arzobispo se sonrió y, acatando la voluntad del
pueblo, mandó que siguiese su curso la procesión; pero en
el año siguiente prohibió con toda entereza a los
mercedarios semejante profanación.
En cuanto a las planidoras de entierros, ellas pelecharon
por algunos años más.
Como se ve por este ligera, cuadro, si había en Lima oficio
productivo era el de las lloronas. Pero vino la Patria con
todo su cortejo de impiedades, y desde entonces da grima
morirse; pues lleva uno al mudar de barrio la certidumbre
de que no lo han de llorar en regla.
A las lloronas las hemos reemplazado con algo peor si
cabe..., con las necrologías de los periódicos.
¡ANADAR, PECES!
Posible es que algunos de mis lectores hayan olvidado que
el área en que hoy está situada la estación del ferrocarril
de Lima al Callao constituyó en días no remotos la iglesia,
convento y hospital de las padres juandedianos.
En los tiempos del virrey Avilés, es decir, a principios del
siglo, existía en el susodicho convento de San Juan de Dios
un lego ya entrado én años, conocido entre el pueblo con
el apodo de el padre Carapulcra, mote que le vino por los
estragos que en su rostro hiciera la viruela.
Gozaba el padre Carapulcra de la reputación de hombre de
agudísimo ingenio, y a él se atribuyen muchos refranes
populares y dichos picantes.
Aunque los hermanos hospitalarios tenían hecho voto de
pobreza, nuestro lego no era tan calvo que no tuviera
enterrados, en un rincón de su celda, cinco mil pesos en
onzas de oro.
Era tertulio del convento un mozalbete, de aquellos que
usaban aríto de oro en la oreja izquierda y lucían pañuelito
de seda filipina en el bolsillo de la chaqueta, que hablaban
ceceando, y que eran los dompreciso en las jaranas de
mediopelo, que chupaban más que esponja y que
rasgueaban de lo lindo, haciendo decir maravillas a las
cuerdas de la guitarra.
Sus barruntos tuvo éste de que el hermano lego no era tan
pobre de solemnidad como las reglas de su instituto lo
201
RICARDO PALMA
exigían; y dióse tal maña, que el padre Carapulcra llegó a
confesarle en confianza que, realmente, tenía algunos
maravedíes en lugar seguro.
—Pues ya son míos— dijo para sí el niño Cututeo, que tal
era el nombre de guerra con que el mocito había sido
solemnemente bautizado entre la gente de chispa, arranque
y traquido.
Estas últimas líneas están pidiendo a gritos una
explicación. Démosla a vuela pluma.
El bautismo de un mozo de tumbo y trueno se hacía delante
de una botija de aguardiente, cubierta de cintas y flores. El
aspirante la rompía de una pedrada, que lanzaba a tres
varas de distancia, y el mérito estribaba en que no
excediese de un litro la cantidad de licor que caía al suelo;
en seguida el padrino servía a todos los asistentes,
mancebos y damiselas; y antes de apurar la primera copa,
pronunciaba un speach, aplicando al candidato el apodo
con que, desde ese instante, quedaba inscripto en la
cofradía de los legítimos chuchumecos. Concluída esta
ceremonia, empezaba una crápula de esas de hacer
temblar el mundo y sus alrededores.
Entre esos bohemios del vicio era mucha honra poder
decir:
— Yo soy chuchumeco legítimo y recibido, no como quiera,
sino por el mismo Pablo Tello en persona, con botija
abierta, arpa, guitarra y cajón.
202
TRADICIONES PERUANAS
Largo podríamos escribir sobre este tema y sobre el
tecnicismo o jerigonza que hablaban los afiliados; pero ello
es comprometedor y peliagudo, y será mejor que lo
dejemos para otro rato, que no se ganó Zamora en una
hora.
Una tarde en que, con motivo de no sé qué fiesta, hubo
mantel largo en el refectorio de los juandedianos, se
agarraron a trago va y trago viene el lego y el chuchumeco,
y cuando aquél estaba ya madio chispo, hubo de parecerle
a éste propicia la oportunidad para venturar el golpe de
gracia.
—Si su paternidad me confiara parte de esos realejos que
tiene ociosos y criando moho, permita Dios que el
piscolabis que he bebido se me vuelva en el buche rejalgar o
agua de estanque con sapos y sabandijas, si antes de un
año no se los he triplicado.
El demonio de la codicia dió un mordisco en el corazón
del lego.
—Mire su paternidad —prosiguió el niño—. Yo he sido
mancebo de la botica de don Silverio, y tengo la
farmacopea en la punta de la uña. Con dos mil pesos
ponemos una botica que le eche la pata encima a la del
Gato.
— ¡Con tan poco, hombre! — balbuceó el juandediano.
—Y hasta con menos; pero me fijo en suma redonda
porque me gusta hacer las cosas en grande y sin miseria.
Un almirez, un morterito de piedra, una retorta, un
203
RICARDO PALMA
alambique, un tarro de sanguijuelas, unas cuantas Onzas
de goma, linaza, achicoria y raíz de altea, unos frascos
vistosos, vacíos los más y pocos con droga, y pare de
contar... Es cuanto necesitamos. Créame su paternidad.
Con cuatro simples, en un verbo le pongo yo la primera
botica de Lima.
Y prosiguió, con variaciones sobre el mismo tema,
excitando la codicia del hospitalario y halagando su
vanidad con llamarlo a roso y velloso su paternidad. Parece
que el muy tunante guardaba en la memoria este pareado:
para surgir, con adularte basta;
la lisonja es jabón que no se gasta.
Mucho alcanza un adulador, sobre todo cuando sabe
exagerar la lisonja. A propósito de adulaciones, no
recuerdo en qué cronicón he leído que uno de los virreyes
del Perú fué hombre que se pagaba infinito que lo
creyesen omnipotente. Discurríase una noche en la tertulia
palaciega sobre el Apocalipsis y el juicio final; y el virrey,
volviéndose a un garnacha, mozo limeño y decidor, que
hasta ese momento no había despegado los labios para
hablar en la cuestión, le dijo: —Y usted, señor doctor,
¿Cuándo cree que se acabará el mundo?—Es claro—
contestó el interpelado—, cuando vuecelencia mande que
se acabe.— Agrega el cronista que el virrey tomó por
lisonja fina la picante y epigramática respuesta. ¡Si viviría
el hombre convencido de su omnipotencia!
A la postre, el buen lego mordió el anzuelo y empezó por
desenterrar cien peluconas.
204
Y la botica se puso, luciendo en el mostrador cuatro
redomas con aguas de colores y una garrafa con pececitos
del río. En los escaparates se ostentaban también algunos
elegantes frascos de drogas; pero con el pretexto de que
hoy se necesita tal bálsamo y mañana cual menjurge, llegó
el boticario a arrancarle a su socio todas las muelas que
tenía bajo tierra.
Y pasaron meses; y el mocito, que entendía de picardías
más que una culebra, le hacía cuentas alegres, hasta que
aburrido Carapulcra, le dijo:
—Pues, señor, es preciso que demos un balance, y cuanto
más pronto mejor.
—Convenido—contestó impávido Cututeo—: mañana
mismo nos ocuparemos de eso.
Y aquella tarde vendió a otros del oficio, por la mitad de
precio, cuanto había en los escaparates, y la botica quedó
limpia sin necesidad de escoba.
Cuando al día siguiente fué Carapulcra en busca del
compañero para dar principio al balance, se encontró con
que el pájaro había volado, y por única existencia la
garrafa de los peces.
Púsose el lego furioso, y en su arrebato cogió la garrafa y
la arrojó a la acequia diciendo:
—¡A nadar, peces!
Y he aquí, por si ustedes lo ignoran, el origen de esta frase.
205
RICARDO PALMA
Y luego el padre Carapulcra, tomándose la cabeza entre las
manos, se dejó caer en un sillón de vaqueta murmurando:
—¡Ah pícaro! Con cuatro simples me dijo que se ponía una
botica... ¡Embustero! El la puso con sólo un simple... ¡y ése
fuí yo!
206
TRADICIONES PERUANAS
CONVERSION DE UN
LIBERTINO
Un faldellín he de hacerme
de bayeta de temblor,
con un letrero que diga:
¡nusericordia, Señor!
(Copla popular en 1746).
“
En el convento de la Merced existe un cuadro
representando un hombre a caballo (que no es San Pedro
Nolasco, sino un criollo del Perú), dentro de la iglesia y
rodeado de la comunidad. Como esto no pudo pintarse a
humo de pajas, sino para conmemorar algún suceso, dime
a averiguarlo, y he aquí la tradición que sobre el particular
me ha referido un religioso.
Don Juan de Andueza era todo lo que hay que ser de
tarambana y mozo tigre. Para esto de chamuscar casadas y
encender doncellas no tenía coteja.
Gran devoto de San Rorro, patrón de holgazanes y
borrachos, vivía, como dicen los franceses, au jour le jour, y
tanto se le daba de lo de arriba como de lo de abajo.
Mientras encontrara sobre la tierra mozas, vino, naipes,
pendencias y francachelas, no había que esperar reforma
en su conducta.
Para gallo sin traba, todo terreno es cancha.
207
El 28 de octubre de 1746 hallábase en una taberna del
Callao, reunido con otros como él y media docena de
hembras de la cuerda, gente toda de no inspirar codicia ni
al demonio. El copeo era en regla, y al son de una guitarra
con romadizo, una de las mozuelas bailaba con su
respectivo galán una desenfrenada sajuriana o cueca, como
hoy decimos, haciendo contorsiones de cintura, que
envidiaría una culebra, para levantar del suelo, con la boca
y sin auxilio de las manos, un cacharro de aguardiente. A
la vez, y llevando el compás con palmadas, cantaban los
circunstantes:
Levántamelo, María;
levántamelo, José;
si tú no me lo levantas
yo me lo levantaré.
¡Qué se quema el sango!
¡No se quemará,
pues vendrán las olas
y lo apagarán!
Aquella bacanal no podía ser más inmunda, ni la bailarina
más asquerosamente lúbrica en sus movimientos. Eso era
para escandalizar hasta a un budinga. Con decir que la
jarana era de las llamadas de cascabel gordo, ahorro gasto
de tinta.
La zamacueca o mozamala es un bailecito de mi tierra y que,
nacido en Lima, no ha podido aclimatarse en otros
pueblos. Para bailarlo bien es indispensable una limeña
con mucha sal y mucho rejo. Según la pareja que lo baila,
puede tocar en los extremos: o fantásticamente espiritual o
208
TRADICIONES PERUANAS
desvergonzadamente sensual; habla al alma o a los
sentidos. Todo depende de la almea.
Refieren que un arzobispo vió de una manera casual bailar
la mozamala, y volviéndose al familiar que lo
acompañaba, preguntó:
— ¿Cómo se llama este bailecito?
— La zamacueca, ilustrísimo señor.
—Mal puesto nombre. Esto debe llamarse la resurrección de
la carne.
Acababan de picar a bordo del navío de guerra San Fermín
(construído en 1731 en el astillero de Guayaquil, con gasto
de ochenta mil pesos) las diez y media de la noche,
cuando un ruido espantoso, acompañado de un atroz
sacudimiento de tierra, vino a interrumpir a los jaranistas.
Pasado éste, y sin cuidarse de averiguar lo ocurrido en la
población, volvió aquella gentuza a meterse en el chiribitil
y a continuar el fandango.
Un cuarto de hora después Juan de Andueza, que había
dejado su caballo a la puerta del lupanar, salió para sacar
cigarros de la bolsa del pellón, y de una manera
inconsciente dirigió la mirada hacia el mar. El espectáculo
que éste ofrecía era tan aterrador, que Andueza se puso de
un brinco sobra la silla, y aplicando espuela al caballo,
pardo al escape, no sin gritar a sus compañeros de orgía:
209
RICARDO PALMA
—¡Agarrarse, muchachos, que el mar se sale y apaga el
sango!
En efecto, el mar, como un gladiador que reconcentra sus
fuerzas para lanzarse con mayor brío sobre su adversario,
se había retirado dos millas de la playa, y una ola
gigantesca y espumosa alanzaba sobre la población.
De los siete mil habitantes del Callao, según las relaciones
del marqués de Obando, del jesuíta Lozano y del ilustrado
Llano Zapata, no alcanzó al número de doscientos once
años, contados desde la fundación de la ciudad por las
olas. :
El terremoto, habido a las diez y media de la noche,
ocasionó en Lima no menores estragos; pues de setenta
mil habitantes quedaron cuatro mil sepultados entre las
ruinas de los edificios. «En tres minutos
— dice uno de los
escritores citados—quedó en escombros la obra de
doscientos once años, contando desde la fundación de la
ciudad».
Aunque los templos no ofrecían seguro asilo, y algunos,
como el de San Sebastián, estaban en el suelo, abriéronse
las puertas de las principales iglesias, cuyas comunidades
elevaban preces al Altísimo, en unión del aterrorizado
pueblo, que buscaba refugio en la casa del Señor.
Entretanto, ignorábase en Lima el atroz cataclismo del
Callao, cuando después de las once, un jinete, penetrando
a escape por un lienzo derrumbado de la muralla, cruzó el
Rastro de San Jacinto y la calle de San Juan de Dios, y
viendo abierta la iglesia de la Merced, lanzóse en ella y
210
TRADICIONES PERUANAS
llegó a caballo hasta cerca del altar mayor, con no poco
espanto del afligido pueblo y de los mercedarios, que no
atinaban a hallar disculpa para semejante profanación.
Detenido por los fieles el fogoso animal, dejóse caer el
elebronado jinete, y poniéndose de rodillas delante del
comendador, gritó:
— ¡Confesión! ¡Confesión! ¡El mar se sale!
p
Tan tremenda noticia se esparció por Lima con velocidad
eléctrica, y la gente echó a correr en dirección al San
Cristóbal y demás cerros vecinos.
No hay pluma capaz de describir escena de desolación tan
infinita.
El virrey Manso de Velazco estuvo a la altura de la
aflictiva situación, y el monarca le hizo justicia
premiándole con el título de conde de Superunda.
Mm
Juan de Andueza, el libertino, cambió por completo de
vida y vistió el hábito de lego de la Merced, en cuyo
convento murió en olor de santidad.
211
RICARDO PALMA e
149
2LZ
y
¡RADICIONES PERUANAS
ld len DARE MIOINTH E
QUE, ENTRE OTRAS COSAS, TRATA DE CÓMO LA REINA DE
LOS TERRANOVAS PERDIÓ HONRA, CETRO Y VIDA
Con el cristianismo, que es fraternidad, nos vino desde la
civilizada Europa, y«como una negación de la doctrina
religiosa, la trata de esclavos. Los crueles expedientes de
que se valían los traficantes en carne humana para
completar en las costas de África el cargamento de sus
buques, y la manera bárbara como después eran tratados
los infelices negros, no son asuntos para artículos del
carácter ligero de mis Tradiciones.
El esclavo que trabajaba en el campo vivía perennemente
amagado del látigo y el grillete, y el que lograba la buena
suerte de residir en la ciudad tenía también, como otra
espada de Damocles, suspendida sobre su cabeza la
amenaza de que, al primer renuncio, se abrirían para él las
puertas de hierro de un amasijo.
Muchos amos cometían la atrocidad de carimbar O poner
marca sobre la piel de los negros, como se práctica
actualmente con el ganado vacuno o caballar, hasta que
vino de España real cédula prohibiendo la carimba.
En el siglo anterior empezó a ser menos ruda la existencia
de los esclavos. Los africanos, que por aquel tiempo se
vendían en el Perú a precio más o menos igual al que hoy
se paga por la contrata de un colono asiático, merecieron
í
213
RICARDO PALMA
de sus amos la gracia de que, después de cristianados,
pudieran, según sus respectivas nacionalidades o tribus,
asociarse en cofradías. Aun creemos que vino de España
una real cédula sobre el particular.
Andando los años, y con sus ahorrillos y gajes, llegaban
muchos esclavos a pagar su carta de libertad; y entonces se
consagraban al ejercicio de alguna industria, no siendo
pocos los que lograron adquirir una decente fortuna.
Precisamente la calle que se llama de Otárola debió su
nombre a un acaudalado chala o mozambique, del cual,
pues viene a cuento, he de referir una ocurrencia.
Colocóse en cierta ocasión en la puerta de un templo una
mesa con la indispensable bandeja para que los fieles
oblasen limosnas. Llegó su excelencia y el virrey echó un
par de peluconas, y los oidores, y damas, y cabildantes, y
gente de alto coturno hicieron resonar la metálica bandeja
con una onza O un escudo por lo menos. Tal era la
costumbre o la moda. s
De repente presentóse taita Otárola, seguido de dos negros,
cada uno de los cuales traía a cuestas un talego de a mil
duros, y sacando del bolsillo medio real de plata lo echó
en la bandeja, diciendo:
— Esta es la limosna.
Luego mandó avanzar a los negros, y colocando sobre la
mesa los dos talegos añadió:
— Esta es la fantasía.
214
TRADICIONES PERUANAS
Ahora comenten ustedes a sus anchas la cosa, que no deja
de tener entripado.
Como era consiguiente, muchas de las asociaciones de
negros llegaron a poner su tesorería en situación holgada.
Los angolas, caravelís, mozambiques, congos, chalas y
terranovas compraron solares en las calles extremas de la
ciudad, y edificaron las casas llamadas de cofradías. En
festividades determinadas, y con venia de sus amos, se
reunían allí para celebrar jolgorios y comilonas a la usanza
de sus países nativos.
Estando todos bautizados, eligieron por patrona de las
cofradías a la Virgen del Rosario, y era de ver el boato que
desplegaban para la fiesta. Cada tribu tenía su reina, que
era siempre negra y rica. En la procesión solemne salía
ésta con traje de raso blanco, cubierto de finísimas blondas
valencianas, banda bordada de piedras preciosas, cinturón
y cetro de oro, arracadas y gargantilla de perlas. Todas
echaban, como se dice, la casa por la ventana y llevaban
un caudal encima. Cada reina iba acompañada de sus
damas de honor, que por lo regular eran esclavas jóvenes,
mimadas de sus aristocráticas señoras, y a quienes éstas
por vanidad engalanaban ese día con sus joyas más
valiosas. Seguía a la corte el populacho de la tribu, con
cirio en mano las mujeres y los hombres tocando
instrumentos africanos.
Aunque con menos lujo, concurrían también las cofradías
a las fiestas de San Benito y Nuestra Señora de la Luz, en
el templo de San Francisco, y a las procesiones de Corpus
y Cuasimodo. En estas últimas eran africanos los que
215)
formaban las cuadrillas de diablos danzantes que
acompañaban a la tarasca, papahuevos y gigantones.
La reina de los terranovas, en 1799, era una negra de más
de cincuenta inviernos, conocida con el nombre de mama
Salomé, la que habiendo comprado su libertad, puso una
mazamorrería; y el hecho es que cundiendo la venta del
artículo adquirió un fortunón tal que sus compatriotas,
cuando vacó el trono, la aclamaron, nemine discrepante, por
reina y señora.
Probablemente los limeños del siglo anterior se
engolosinarían con la mmazamorra, cuando los
provincianos les aplicaban a guisa de injuria el epíteto de
mazamorreros. ¡Ahí nos las den todas! Tanta deshonra hay
en ello como en mascar pan o chacchar coca.
A Dios gracias, hoy estamos archicivilizados, y no hay
miedo de que nos endilguen aquel mote que nos
ruborizaba hasta el blanco de los ojos. A la inofensiva
mazamorra la tenemos relegada al olvido, y como dijo mi
inolvidable amigo el festivo y popular poeta Manuel
Segura:
Yo conozco cierta dama
que con este siglo irá,
que dice que a su mama
no la llamó nunca mama,
y otra de aspecto cetrino
que, por mostrar gusto inglés,
dice: yo no se lo que es
mazamorra de cochino.
216
TRADICIONES PE
Lo que hoy triunfa es la cerveza de Bass, marca T y el bitter
de los hermanos Broggi. ¡Viva mi Pepa!
Impulso de blandir cachiporra
nunca a nadie inspiró la mazamorra,
que ella no daba bríos
para andarse buscando desafíos,
ni faltar al respeto cortesano
a la mujer, al monje o al anciano.
Mientras hoy, con un vaso de cerveza
a cuestas, o una copa vergonzante
de bitter de Torino, hasta al gigante
Goliath le rebanamos la cabeza
hablamos de tú a Cristo, y un piropo
le echa a una dama el último galopo.
¡La diferencia es nada!
¿Ganamos o perdemos, camarada?
Basta de digresión y adelante con los faroles.
Años llevaba ya nuestra macuita en pacífica posesión de un
trono tan real como el de la reina Pintiquiniestra. Pero
¡mire usted lo que es la envidia!
Como nadie alcanzaba a hacer competencia a la acreditada
mazamorrería de mama Salomé, otra del gremio levantó la
especie de que la terranova era bruja, y que para hacer
apetitoso su manjar meneaba la olla, ¡qué asco!, con una
canilla de muerto, canilla de judío, por añadidura.
¿Bruja dijiste? ¡A la Inquisición con ella! Y la pobre negra,
convicta y confesa (con auxilio de la polea) de malas artes,
fué sacada a la vergúenza pública, con pregonero delante
2
y zurrador detrás, medio desnuda y montada en un burro
flaco.
Y diz que lo es frío o calor bien pudo tener; pero lo que es
vergúenza, ni el canto de una uña, pues en la piel no se le
notó la menor señal de sonrojo.
Entendido está que la Inquisición se echó sobre el último
maravedí de la mazamorrera, y que los terranovas la
negaron obediencia y la destituyeron. Barrunto que entre
ellos sería caso de vacancia la acusación de brujería. No
conozco el artículo constitucional de los terranovas; pero
me gusta, y ya lo quisiera versincrustado en el código
político de mi tierra, en que tachas peores no fueron nunca
pretexto para tamaño desaire.
Mama Salomé, reina de mojiganga o de mentirijillas, no se
parecía a los soberanos de verdad, que cuando sus
vasallos los echan del trono poco menos que a puntapiés,
se van orondos a comer el pan del extranjero y engordan
que es una maravilla, y hablan a tontas y locas de que Dios
consiente, pero no para siempre, y que como hay viñas,
han de volver a empuñar el pandero.
Mama Salomé no intentó siquiera una revolucioncilla de
mala muerte; se echó a dar y cavar en la ingratitud y
felonía de los suyos, y a tal grado se le melancolizó el
ánimo, que sin más ni más se la llevó Pateta.
218
|RADICIONES PERUANAS
DE CÓMO LA MUERTE DE UNA REINA INFLUYÓ
EN LA VIDA DE UN REY
Mama Salomé dejaba un hijo, libre como ella y mocetón de
quince años, el cual se juró a sí mismo, para cuando
tuviese edad, vengar en la sociedad el ultraje hecho a su
madre encorozándola por bruja, y a la vez castigar a los
terranovas por la rebeldía contra su reina.
Cuentan que un día, sin que hubiese llegado el galeón de
Cádiz trayendo noticia de la muerte del rey o de un
príncipe de la sangre, ni fallecido en Lima magnate
alguno, civil o eclesiástico, las campanas de la Catedral
principiaron a doblar solemnemente, siguiendo su ejemplo
las de las infinitas torres que tiene la ciudad. Las gentes se
echaban a las calles preguntando quién era el muerto, y la
autoridad misma no sabía qué responder.
Interrogados los campaneros, contestaban, y con razón,
que ellos no tenían para qué meterse en averiguaciones,
estándoles prevenido que repitiesen todo y por todo el
toque de la matriz. Llamado ante el arzobispo el
campanero de la Catedral, dijo:
—|Ilustrísimo señor: los mandamientos rezan «honrar
padre y madre». La que me envió al mundo murió en el
hospital esta mañana, y yo, que no tengo más prebenda
que la torre, honro a mi madre haciendo gemir a mis
camparas.
20IS
RICARDO PALMA
Mutatis mutandis, puede decirse que el hijo de Salomé
pensaba como el campanero de marras, proponiéndose
honrar con crímenes la memoria de su madre.
Gozaba Lima de aparente tranquilidad, pues ya se
empezaba a sentir en la atmósfera olor a chamusquina
revolucionaria, cuando de pronto cundió grave alarma, y a
fe que había sobrado motivo para ella. Tratábase nada
menos que de la aparición de una fuerte cuadrilla de
bandoleros, que, no contentos con cometer en despoblado
mil y un estropicios, penetraban de noche en la ciudad,
realizaban robos y se retiraban tan frescos como quien no
quiebra un plato ni cosa que lo valga. En diversas
ocasiones salieron las partidas de campo con orden de
exterminarlos; pero los bandidos se batían tan en regla,
que sus perseguidores se veían forzados a volver grupas,
regresando maltrechos y con algunas bajas a la ciudad.
Rara era la incursión de los bandoleros a la capital en que
no se llevasen cautivo algún terranova, que pocos días
después devolvían bien azotado y con la cabeza al rape.
Con las mujeres terranovas hacían también lo mismo, y
algo más. Una noche hallábase la reina de regodeo en la
casa de la cofradía, cuando de improviso se presentaron
los de la cuadrilla, azotaron a su majestad, y cometieron
con ella desaguisados tales que volando, volando y en
pocos días la llevaron al panteón. El trono quedó vacante,
no habiendo quien lo codiciase por miedo a las
consecuencias; lo que ocasionó el desprestigio de la tribu y
dió preponderancia a las otras cofradías, partidarias
entusiastas del Rey del Monte, título con que era conocido
el negro hijo de mama Salomé, capitán de la falange
maldita.
220
TRADICIONES PERUANAS
Contribuían a dar cierta popularidad al Rey del Monte las
mentiras y verdades que sobre él se contaban. Sólo los
ricos eran víctimas de sus robos, y su parte de botín la
repartía entre los pobres; no había jinete que lo superase, y
en cuanto a su valor y hazañas, referíanse de él tantas
historias que a la postre el pueblo empezó a mirarlo como
a personaje de leyenda.
Tan grande fué el terror que el famoso bandido llegó a
inspirar, que los más poderosos hacendados, para verse
libres de un ataque, se hicieron sus feudatarios, pagándole
cada mes una contribución en dinero y víveres para
sostenimiento de la banda.
En vano mandó el virrey colocar en los caminos postes con
carteles ofreciendo cuatro mil pesos por la cabeza del Rey
del Monte. Y pasaban meses y corrían años, y convencida la
autoridad de que empleando la fuerza no podría atrapar al
muy pícaro, que siempre se escabullía de la celada mejor
dispuesta, resolvió recurrir a la traición.
Nada más traicionero que el amor. Una Dalila de azabache
se comprometió a entregar maniatados al nuevo Sansón y
a sus principales filisteos.
Pasando por alto detalles desnudos de interés, diremos
que una noche, hallándose el Rey del Monte entre la
espesura de un bosque, acompañado de su coima y de
cuatro o seis de los suyos, Dalila cuidó de embriagarlos, y
a una hora concertada de antemano penetraron en el
bosque los soldados.
221
RICARDO PALMA
El Rey del Monte despertó al ruido, se lanzó sobre su
trabuco, apuntó y el arma no dio fuego. Entonces,
adivinando instintivamente que la mujer lo había
traicionado, tomó el trabuco por el cañón y lo dejó caer
pesadamente sobre la infeliz, que se desplomó con el
cráneo destrozado.
TI
MAÑUCO EL PARLAMPÁN
Si hubo hombre en Lima con reputación de bonus vir o de
pobre diablo, ése fué sin disputa el negro Mañuco.
Llamábanlo el Parlampán porque en las corridas de toros se
presentaba vestido de monigote en la mojiganga oO
cuadrilla de parlampanes, y desempeñábase con tanto
gracejo que se había conquistado no poca populachería.
Una tarde se exhibió en el redondel llevando dentro del
cuerpo más aguardiente del acostumbrado, cogiólo el toro,
y en una camilla lleváronle al hospital.
Vino el cirujano, reconoció la herida, meneó la cabeza
murmurando malorum, y tras el cirujano se acercó a la
covacha el capellán, y oyó en confesión a Mañuco.
Vivió aún el infeliz cuarenta y ocho horas, y mientras tuvo
alientos no cesaba de gritar:
—Señores, llévense de mi consejo: tranca y cerrojo..., nada
de cerraduras..., la mejor no vale un pucho..., para toda
DDD
chapa hay llave..., tranca y cerrojo, y echarse a dormir a
pierna suelta...
Tanto repetía el consejo, que el ecónomo del hospital de
San Andrés pensó que aquello no era hijo del delirio, sino
grito de la conciencia, y fuése al alcalde del barrio con el
cuento. Este hurgó lo suficiente para sacar en claro que
Mañuco el Parlampán había sido pájaro de cuenta, y tan
diestro en el manejo de la ganzúa que con él no había
chapa segura, siquiera tuviese cien pestillos. Item,
descubrió la autoridad que el honrado Mañuco era el brazo
derecho del Rey del Monte para los robos domésticos.
Ya lo saben ustedes, lectores míos: tranca cerrojo.
Concluyamos ahora con su majestad el Rey.
IV
DONDE SE VE QUE PARA TODO AQUILES HAY UN HOMERO
Inmenso era el gentío que ocupaba la Plaza mayor de
Lima en la mañana del 13 de octubre de 1815.
Todos querían conocer a un bandido que robaba por amor
al arte, repartiendo entre los pobres aquello de que
despojaba a los ricos.
El Rey del Monte y tres de sus compañeros estaban
condenados a muerte de horca.
La ene de palo se alzaba fatídica en el sitio de costumbre,
frente al callejón de Petateros.
DIS
El virrey Abascal, que había recibido varios avisos de que
grupos del pueblo se preparaban a armar un motín para
libertar al sentenciado, rodeó la plaza con tropas reales y
milicias cívicas.
La excitación no pasó de oleadas y refunfuños, y el
verdugo Pancho Sales llenó tranquilamente sus funciones.
Al día siguiente se vendía al precio de un real de plata un
chabacano romance, en que se relataban con exageración
gongorina las proezas del ahorcado. Del mérito del
romance encomiástico bastará a dar una idea este
fragmento:
Más que Rey, Cid de los montes
fué por su arrojo tremendo,
por fortunado en la lidia,
por generoso y mañero;
Roldan de tez africana,
desafiador de mil riesgos,
no le rindieron bravuras,
sino a dides le rindieron.
Por supuesto, que el poeta agotó la edición y pescó buenos
cuartos.
224
MSP STONES
HISTORICAS SOBRE
IZ ARURO:
¿SUPO O NO SUPO ESCRIBIR? ¿FUÉ O NO FUÉ MARQUÉS DE
LOS ATAVILLOS? ¿CUÁL FUÉ Y DÓNDE ESTÁ
SU GONFALÓN DE GUERRA?
Variadísimas y contradictorias son las opiniones históricas
sobre si Pizarro supo o no escribir, y cronistas sesudos y
minuciosos aseveran que ni aun conoció la O por redonda.
Así se ha generalizado la anécdota de que estando
Atahualpa en la prisión de Cajamarca, uno de los soldados
que lo custodiaban le escribió en la uña la palabra Dios. El
prisionero mostraba lo escrito a cuantos le visitaban, y
hallando que todos, excepto Pizarro, acertaban a descifrar
de corrido los signos, tuvo desde ese instante en menos al
jefe de la conquista, y lo consideró inferior al último de los
españoles. Deducen de aquí malignos o apasionados
escritores que don Francisco se sintió lastimado en su
amor propio, y que por tan pueril quisquilla se vengó del
Inca haciéndole degollar.
Duro se nos hace creer que quien hombreándose con lo
más granado de la nobleza española, pues alanceó toros en
presencia de la reina doña Juana y de su corte,
adquiriendo por su gallardía y destreza de picador fama
tan imperecedera como la que años más tarde se
zoPAS,
conquistara por sus hazañas en el Perú; duro es,
repetimos, concebir que hubiera sido indolente hasta el
punto de ignorar el abecedario, tanto más, cuanto que
Pizarro aunque soldado rudo, supo estimar y distinguir a
los hombres de letras.
Además, en el siglo del emperador Carlos V no se
descuidaba tanto como en los anteriores la instrucción. No
se sostenía ya que eso de saber leer y escribir era propio de
segundones y de frailes, y empezaba a causar risa la
fórmula empleada por los Reyes Católicos en el
pergamino con que agraciaban a los nobles a quienes
hacían la merced de nombrar ayudas de Cámara, título
tanto o más codiciado que el hábito de las órdenes de
Santiago, Montesa, Alcántara y Calatrava. Una de las
frases más curiosas y que, dígase lo que se quiera en
contrario, encierra mucho de ofensivo a la dignidad del
hombre, era la siguiente: «Y por cuanto vos (Perico de los
Palotes) nos habéis probado no saber leer ni escribir y ser
expedito en el manejo de la aguja, hemos venido en
nombraros ayuda de nuestra real Cámara, etc.».
Pedro Sancho y Francisco de Jerez, secretarios de Pizarro,
antes que Antonio Picado desempeñara tal empleo, han
dejado algunas noticias sobre su jefe; y de ellas, lejos de
resultar la sospecha de tan suprema ignorancia, aparece
que el gobernador leyó cartas.
No obstante, refiere Montesinos en sus Anales del Perú que
en 1525 se propuso Pizarro aprender a leer, que su
empeño fué estéril, y que contentóse sólo en aprender a
firmar. Reíase de esto Almagro, y agregaba que firmar sin
226
TRADICIONES PERUANAS
saber leer era lo mismo que recibir una herida sin poder
darla.
Tratándose de Almagro el Viejo es punto históricamente
comprobado que no supo leer.
Lo que sí está para nosotros fuera de duda, como lo está
para el ilustre Quintana, es que don Francisco Pizarro no
supo escribir, por mucho que la opinión de sus
contemporáneos no ande uniforme en este punto. Bastarla
para probarlo tener a la vista el contrato de compañía
celebrado en Panamá, a 10 de marzo de 1525, entre el
clérigo Luque, Pizarro y Almagro, que concluye
literalmente así: «Y porque no saben firmar el dicho
capitán Francisco Pizarro y Diego de Almagro, firmaron
por ellos en el registro de esta carta Juan de Panés y
Alvaro del Quiro».
Un historiador del pasado siglo dice:
«En el archivo eclesiástico de Lima he encontrado varias
cédulas e instrumentos firmados del marqués (en gallarda
letra), los que mostré a varias personas, cotejando unas
firmas con otras, admirado de las audacias de la calumnia
con que intentaron sus enemigos desdorarlo y apocarlo,
vengando así contra este gran capitán las pasiones propias
y heredadas».
En oposición a éste, Zárate y otros cronistas dicen que
Pizarro sólo sabía hacer dos rúbricas, y que en medio de
ellas, el secretario ponía estas palabras: El marqués
Francisco Pizarro.
DD
Los documentos que de Pizarro he visto en la Biblioteca de
Lima, sección de manuscritos, tienen todos las dos
rúbricas. En unos se lee Franx. Picarro, y en muy pocos El
marqués. En el Archivo Nacional y en el del Cabildo
existen también varios de estos autógrafos.
Poniendo término a la cuestión de si Pizarro supo o no
firmar me decido por la negativa, y he aquí la razón más
concluyente que para ello tengo:
En el Archivo General de Indias, establecido en la que fué
Casa de Contratación en Sevilla, hay varias cartas en las
que, como en los documentos que poseemos en Lima, se
reconoce, hasta por el menos entendido en paleografía,
que la letra de la firma es, a veces, de la misma mano del
pendolista o amanuense que escribió el cuerpo del
documento. «Pero si duda cupiese —añade un distinguido
escritor bonaerense, don Vicente Quesada, que en 1874
visitó el Archivo de Indias—, he visto en una información,
en la cual Pizarro declara como testigo, que el escribano da
fe de que, después de prestada la declaración, la señaló con
las señales que acostumbraba hacer, mientras que da fe en
otras declaraciones de que los testigos las firman a su
presencia».
II
Don Francisco Pizarro no fué marqués de los Atavillos ni
marqués de las Charcas, como con variedad lo llaman
muchísimos escritores. No hay documento oficial alguno
con que se puedan comprobar estos títulos, ni el mismo
Pizarro, en el encabezamiento de Órdenes y bandos, usó
otro dictado que éste: El marqués.
228
En apoyo de nuestra creencia, citaremos las palabras de
Gonzalo Pizarro cuando, prisionero de Gasca, lo reconvino
éste por su rebeldía e ingratitud para con el rey, que tanto
había distinguido y honrado a don Francisco: —La merced
que su majestad hizo a mi hermano fué solamente el título
y nombre de marqués, sin darle estado alguno, y si no
díganme cuál es.
El blasón y armas del marqués Pizarro era el siguiente:
Escudo puesto a manjel: en la primera parte, en oro, águila
negra, columnas y aguas; y en rojo, castillo de oro, orla de
ocho lobos, en oro; en la segunda parte, puesto a mantel
en rojo, castillo de oro con una corona; y en plata, león rojo
con una F, y debajo, en plata, león rojo; en la parte baja,
campo de plata, once cabezas de indios y la del medio
coronada; orla total con cadenas y ocho grifos, en oro; al
timbre, coronel de marqués.
En una carta que con fecha 10 de octubre de 1537 dirigió
Carlos V a Pizarro, se leen estos conceptos que vigorizan
nuestra afirmación: «Entretanto os llamaréis marqués,
como os lo escribo, que, por no saber el nombre que tendrá
la tierra que en repartimiento se os dará, no se envía dicho
título»; y como hasta la llegada de Vaca de Castro no se
habían determinado por la corona las tierras y vasallos
que constituirían el marquesado, es claro que don
Francisco no fué sino marqués a secas, O marqués sin
marquesado, como dijo su hermano Gonzalo.
Sabido es que Pizarro tuvo en doña Angelina, hija de
Atahualpa, un niño a quien se bautizó con el nombre de
Francisco, el que murió antes de cumplir quince años. En
doña Inés Huaylas o Yupanqui, hija de Manco-Capac,
SUDAS)
tuvo una niña, doña Francisca, la cual casó en España en
primeras nupcias con su tío Hernando, y después con don
Pedro Arias.
Por cédula real, y sin que hubiera mediado matrimonio
con doña Angelina o doña Inés, fueron declarados
legítimos los hijos de Pizarro. Si éste hubiera tenido tal
título de marqués de los Atavillos, habríanlo heredado sus
descendientes. Fué casi un siglo después, en 1628, cuando
don Juan Fernando Pizarro, nieto de doña Francisca,
obtuvo del rey el título de marqués de la Conquista.
Piferrer, en su Nobiliario español, dice que, según los
genealogistas, era muy antiguo e ilustre el linaje de los
Pizarros; que algunos de ese apellido se distinguieron con
Pelayo en Covadonga, y que luego sus descendientes se
avecindaron en Aragón, Navarra y Extremadura. Y
concluye estampando que las armas del linaje de los
Pizarro son: «escudo de oro y un pino con piñas de oro,
acompañado de dos lobos empinantes al mismo y de dos
pizarras al pie del trono». Estos genealogistas se las pintan
para inventar abolengos y entroncamientos. ¡Para el tonto
que crea en los muy embusteros!
mM
Acerca de la bandera de Pizarro hay también un error que
me propongo desvanecer.
Jurada en 1821 la Independencia del Perú, el Cabildo de
Lima pasó al generalísimo don José de San Martín un
oficio, por el cual la ciudad le hacía el obsequio del
estandarte de Pizarro. Poco antes de morir en Boulogne, este
230
prohombre de la revolución americana hizo testamento,
devolviendo a Lima la obsequiada bandera. En efecto, los
albaceas hicieron formal entrega de la preciosa reliquia a
nuestro representante en París, y éste cuidó de remitirla al
gobierno del Perú en una caja muy bien acondicionada.
Fué esto en los días de la fugaz administración del general
Pezet, y entonces tuvimos ocasión de ver el clásico
estandarte depositado en uno de los salones del Ministerio
de Relaciones Exteriores. A la caída de este gobierno, el 6
de noviembre de 186), el populacho saqueó varias de las
oficinas de palacio, y desapareció la bandera, que acaso
fué despedazada por algún rabioso que se imaginaría ver
en ella un comprobante de las calumnias que, por
entonces, inventó el espíritu de partido para derrocar al
presidente Pezet, vencedor en los campos de Junín y
Ayacucho, y a quien acusaban sus enemigos políticos de
connivencias criminales con España, ¡para someter
nuevamente el país al yugo de la antigua metrópoli.
Las turbas no reaccionan ni discuten, y mientras más
absurda sea la especie más fácil aceptación encuentra.
La bandera que nosotros vimos tenía, no las armas de
España, sino las que Carlos V acordó a la ciudad por real
cédula de 7 de diciembre de 1537. Las armas de Lima eran:
un escudo en campo azul con tres coronas regias en
triángulo, y encima de ellas una estrella de oro cuyas
puntas tocaban las coronas. Por orla, en campo colorado,
se leía este mote en letras de oro: Hoc signum vere regum est.
Por timbre y divisa dos águilas negras con corona de oro,
una J y una K (primeras letras de Karolus y Juana, los
monarcas), y encima de estas letras una estrella de oro.
Esta bandera era la que el alférez real por juro de heredad,
Al
paseaba el día 5 de enero, en las procesiones de Corpus y
Santa Rosa, proclamación de soberano, y otros actos de
igual solemnidad.
El pueblo de Lima dió impropiamente en llamar a ese
estandarte la bandera de Pizarro, y su examen aceptó que
ése fué el pendón de guerra que los españoles trajeron
para la conquista. Y pasando sin refutarse de generación
en generación, el error se hizo tradicional e histórico.
Ocupémonos ahora del verdadero estandarte de Pizarro.
Después del suplicio de Atahualpa, se encaminó al Cuzco
don Francisco Pizarro, y creemos que fué el 16 de
noviembre de 1533 cuando verificó su entrada triunfal en
la augusta capital de los Incas.
El estandarte que en esa ocasión llevaba su alférez
Jerónimo de Aliaga era de la forma que la gente de iglesia
llama gonfalón. En una dde sus caras, de damasco color
grana, estaban bordadas las armas de Carlos V; y en la
opuesta, que era de color blanco según unos, o amarillo
según otros, se veía pintado el apóstol Santiago en actitud
de combate sobre un caballo blanco, con escudo, coraza y
casco de plumeros o airones, luciendo cruz roja en el
pecho y una espada en la mano derecha.
Cuando Pizarro salió del Cuzco (para pasar al valle de
Jauja y fundar la ciudad de Lima) no lo hizo en son de
guerra, y dejó depositada su bandera o gonfalón en el
templo del Sol, convertido ya en catedral cristiana.
Durante las luchas civiles de los conquistadores, ni
almagristas, ni gonzalistas, ni gironistas, ni realistas se
232
TRADICIONES PERUANAS
atrevieron a llevarlo a los combates, y permaneció como
objeto sagrado en un altar. Allí, en 1825, un mes después
de la batalla de Ayacucho, lo encontró el general Sucre;
éste lo envió a Bogotá, y el gobierno inmediatamente lo
remitió a Bolívar, quien lo regaló a la municipalidad de
Caracas, donde actualmente se conserva. Ignoramos si tres
siglos y medio de fecha habrán bastado para convertir en
hilachas el emblema marcial de la conquista.
PAS
RICARDO PALMA
234
TRADICIONES PERUANAS
PUN
PAS
NS
NOTAS:
[1] La primera esposa del conde de Chinchón llamóse
doña Ana de Osorio, y por muchos se ha creído que fué
ella la salvada por las virtudes de la quina. Un interesante
estudio histórico publicado por don Félix Cipriano
Zegarra en la Revista Peruana, en 1879, nos ha convencido
de que la virreina que estuvo en Lima se llamó doña
Francisca Henríquez de Ribera. Rectificamos, pues, con
esta nota la grave equivocación en que habíamos
incurrido.
[2] Sobre este argumento, el cura de Tinta don Antonio
Valdés escribió por los años de 1780 un drama en lengua
quechua, el cual se representó en presencia del rebelde
Inca Tupac-Amaru.
Tschudi, Markham, Nadal, Barrancas y muchos
americanistas se empeñaron en sostener que el drama
Ollanta había sido compuesto en los tiempos incásicos, y
que era, por consiguiente, un monumento literario
anterior a la conquista. Traducido en verso por un poeta
peruano, Constantino Carrasco, publicó el autor de estas
Tradiciones un ligero juicio crítico, en el que se atrevió a
apuntar (alegando muy al correr de la pluma varias
razones en apoyo de su opinión) que el Ollanta era ni más
ni menos que comedia española, de las de capa y espada,
escrita en voces quechuas: y que, aunque lo diga
Garcilaso, que no pocos embustes estampó en los
Comentarios reales, los antiguos peruanos estuvieron muy
lejos de cultivar la literatura dramática. Tanto osamos
escribir, y se nos vino la casa a cuestas... Hasta de mal
DA
RICARDO PALMA
patriota nos acusó un quechuista; y un señor Pacheco
Zegarra, entre otros cultos piropos, nos llamó ignorante y
charlatán. Con razones de ese fuste nos dimos por
convencidos de que habíamos estampado un disparate de
a folio. Pero en 1881, el literato argentino don Bartolomé
Mitre, en un serio y extenso estudio, con gran acopio de
pruebas y con sesuda argumentación, puso en
transparencia la filiación, genuinamente española, del
drama Ollanta en su forma, en su fondo y hasta en sus
elementos lingúísticos.
[5] La Broma fué un periódico humorístico que se
publicaba en Lima en 1878.
238
RADICIONES
preecrá, PERUANAS
ACERCA DEL PROYECTO PERÚ
Anclado en amistades de larga duración y de larga
distancia e inspirado por años de solidaridad con
América Latina, Proyecto Perú está devolviendo a los
que han dado tan generosamente. Una iniciativa
activa, imaginativa, voluntaria, que se enfrenta a la
realidad, se puso en marcha en 1992 en Guildford,
Inglaterra. Hoy estamos volando, recogiendo pasajeros
de costa a costa, gente de todas las edades, de todas
las creencias, de todas las habilidades. El billete de
viaje es gratuito, pero que leen la letra pequeña antes
de subir a la montaña rusa que es Proyecto Perú. Así
está escrito: la transformación de la conciencia en el
compromiso y la acción. Reconocimiento de los
marginados y explotados en un país increíblemente
239
hermoso con amplios recursos para todos.
Compromiso con los que viven en extrema pobreza y a
quienes se niega tanto cada día y en muchos niveles,
Acción ¡para eliminar las trabas para ofrecer
oportunidades a las personas necesitadas, sobre todo a
los más vulnerables. Con este fin, ofrecemos personas
y recursos dados con entusiasmo. Disfrutamos de una
comunicación directa con todos los que viven en el
refugio en el Perú, donde las amistades florecen y
nuestro casa hogar crece más cada día.
A pesar de nuestra lucha constante para proveer hasta
los servicios los más básicos nuestra casa hogar es un
refugio para los muchos niños y otras personas de
extrema pobreza que cooperan en el esfuerzo diario
para encontrar la dignidad a través de la
autosuficiencia y la seguridad mediante la
cooperación. En un ambiente de respeto mutuo,
creemos que el cuidado y el-cariño sustituirán a la
explotación y la desesperanza. La comunicación
frecuente conduce a una mayor comprensión y nos
permite responder rápidamente a las necesidades
concretas. Es un privilegio trabajar en la casa hogar,
donde las consecuencias de las divisiónes entre el
"primer mundo" y el "tercer mundo" se desvanecen, y
aun con pocas comodidades, es el lugar lo más alegre
que muchas personas de todos los mundos han vivido.
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240
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PE
- RICARDO PALMA
244
Pr,
AN
et
Pr
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Milton Keynes UK
UKOWO041535240912
199551UK00001B/13/P
RICARDO PALMA (1833 - 1919) fue un escritor peruano,
erudito y bibliotecario. Su obra magna se llama Tradiciones
Peruanas”. Se desempenó el papel de Director de la Biblioteca
Nacional del Perú durante muchos años hasta su muerte en
1919. Palma se encargó de hacer la reconstrucción de la
Biblioteca Nacional después de que fue saqueada por las
fuerzas del ejército chileno en 1881. Palma “alcanzó
transformar la Biblioteca Nacional de pura ceniza en una de
las bibliotecas principales de América del Sur. Por intermedio
de su amistad personal con el entonces presidente chileno,
Domingo Santa María, Palma logró recuperar unos 10,000
libros y también llegó a recuperar muchos más por su mismo
esfuerzo personal.
La reputación literaria de Palma se basa en la creación y
desarrollo del género literario conocido como “tradiciones”
historias cortas que mezclan la historia y la ficción, escritas
tanto para divertir como para educar. Sus “Tradiciones
| Peruanas,” publicadas entre 1872 y 1910, cubren los eventos de
varios siglos. La ficción histórica de Palma hasta el día de hoy
entretiene y divierte a los lectores de todas las edades.
Ricardo Palma aportó bastante a la literatura peruana y de
América del Sur. La mayoría de la gente estaría de acuerdo en
que la universalidad de las “Tradiciones Peruanas” y su éxito
seguido resultan del hecho de que reflejan la idiosincrasia no
| solo del alma nacional sino de la cultura y la historia del
pueblo peruano,
33% de los beneficios de la venta de este libro
estarán donados a PROYECTO PERÚ
ISBN 378-1-30725b6-59-2
||
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