El altiplano mexicano y su influencia en la península:
Chichén Itzá
Después del año 925 d.C., se introduce en territorio maya una oleada de toltecas
procedentes de Tula y cuya aparición en tierras mayas coincide con el ocaso del periodo
cultural clásico. La presencia en la península de la gramática plástica característica del
Altiplano Central Mexicano, da lugar al nacimiento de un nuevo periodo histórico y artístico
denominado precisamente «mexica-no» toda vez que el vigor con el que se presenta la
cultura extranjera alcanza a ocultar muchos de los principios vitales que hasta ese momento
habían regido en la cosmogonía del pueblo maya.
Chichén Itzá, en medio de la planicie del norte de Yucatán, será ocupada por el grupo
tolteca y convertida en el nuevo foco de irradiación del modelo de vida del altiplano, tanto
como del repertorio artístico que había madurado en la Toltecayotl.
La ciudad ya había sido fundada cuando el pueblo de la serpiente emplumada hace su
aparición, prueba de ello es la sección conocida como Chichén Viejo, en donde subsisten
vestigios de arquitectura del último periodo clásico, caracterizada por los recursos
estilísticos del Puuc y el Chenes. Los edificios de la Igle-sia, las Monjas y el Anexo, con sus
restos de cresterías caladas, mascarones de Chac y portadas zoomorfas son testimonios de
un esplendor constructivo recién olvidado a la llegada de los toltecas.
La presencia legendaria del mito de Quetzalcóatl-Kukulkán tiene lugar en la porción norte de
la ciudad, en la proximidad del «Ce-note Sagrado», boca natural en la tierra sobre uno de
los característicos ríos subterráneos de la península y a través de la cual se desarrollaba el
vínculo ritual entre los hombres y Chac, simbolizando la posibilidad de la subsistencia a
través de la fecundación de los suelos.
La concepción cósmica del tolteca moldea con sus caracteres plásticos la construcción del
nuevo Chichén, definiendo con sus formas un modelo semántico para la arquitectura, la cual
surgirá para gloria del espíritu de la guerra, y para entonar a la eternidad un canto ritual
integrado por dos notas fundamentales: el misterio de la muerte y el mito de la serpiente
emplumada. La columna, recurso característico de la tecnología edificatoria del altiplano,
aparece en el Templo de los Guerreros, cuyo esquema compositivo presenta una
extraordinaria semejanza con el Tla-huizcalpantecutli de Tula, manteniendo su misma
escala antropométrica aunque destaca cuantitativamente dentro de un espacio
compartimentado que amén de prolongar, tal como en el caso de Tula, la densidad de una
sombra artificiosamente creada dentro del contexto natural, multiplica poderosamente en el
Templo de las Mil Columnas (conjunto anexo al de los Guerre-ros) los ejes visuales que
señalan la trayectoria del individuo dentro del edificio.
El juego de pelota, situado en un extremo de la gran plaza ceremonial, sintetiza en su
configuración monumental la herencia plástica del altiplano, aquella que estableció el
dominio del espacio externo confinado con dilatados volúmenes, y que en conjunto
conformó esquemas plenos de armonía formal. El patio interno mide 150 metros de longitud
y tiene la configuración habitual en forma de «I» con templetes cabeceros. Sobre el flanco
oriental se levanta un soberbio basamento coronado por el Templo de los Tigres, integrado
por una peculiar volumetría que en rigor corresponde al sistema de proporciones tolteca, en
el que la dimensión del alzado del templo juega un papel jerárquico similar al del
basamento, además en este caso se trata de una pirámide casi continua y de reducida
planta, elementos que contribuyeron a generar una impresión de gran solidez geométrica e
integridad formal.
Sobre la plaza central limitada por los dos grandes conjuntos mencionados (el Templo de
los Guerreros y el juego de pe-lota), se erigieron basamentos de diferentes dimensiones; el
más sobresaliente es el Castillo o Templo de Kukulkán, que comparte territorio con el
conjunto del Tzompantli, y las plataformas de Venus y las Aguilas. El Tzompanti, próximo al
juego de pelota, además de cumplir su misión de ser el altar donde se ofrendan los cráneos
de los hombres muertos en sacrificio, consolida mediante su significado religioso y las
representaciones de cráneos en los tableros del basamento, la presencia en la península
del nuevo orden universal encabezado por el hombre en su calidad de artífice de la guerra y
ésta a su vez, se expresa en la plástica a través del realismo anatómico y una vocación por
lo terrible. La plataforma de Venus próxima a la calzada que conduce al cenote de los
sacrificios, es uno de los edificios que mayor interés compositivo encierra dentro de la
ciudad; pese a lo reducido de su dimensión dado que se trata de apenas una plataforma
levantada a no más de cinco metros del nivel del terreno, presenta una solución plástica que
sustituye la originalidad (tal como aparece en el vecino templo de los Tigres) por la
depuración tanto en el uso de proporciones, como en el esmerado manejo de todos los
detalles físicos. El volumen presenta una amplia escalinata de baja pendiente en cada una
de las cuatro caras; las escaleras se confinan con alfardas rematadas con dados en los
remates superiores de los que emergen cabezas de águilas, animal relacionado por los
pueblos del altiplano con el ritual de la guerra y el culto al sol, cada escalinata por sí misma
adquiere presencia de volumen aislado que termina por ensamblarse al núcleo central, en
contra de la imagen general que la presenta como parte del edificio, dando lugar a una
secuencia rítmica perimetral rica en contrapuntos por la serie de tableros horizontales y
triángulos que se alternan en la fusión de las sombras. Relieves con los mencionados temas
de la iconografía guerrera aparecen adosados a los flancos del edificio mediante tableros
sobrepuestos, los que combinados con molduras horizontales integran una seriación de
claroscuros verticales y horizontales simbolizando la presencia del abstraccionismo
conceptual de viejo origen teotihuacano, en el mundo organicista maya.
La Pirámide de Kukulkán es sin duda uno de los monumentos más conocidos de la
arquitectura mesoamericana, amén de que por sus dimensiones resulta el de mayor
presencia visual en el paisaje de Chichén Itzá. En este edificio se dio un proceso de síntesis
que amalgamó la pureza del perfil geométrico de la arquitectura del periodo clásico maya,
con la serenidad a que da lugar la extensión horizontal de la volumetría del altiplano
me-xicano; las cuatro escalinatas le dan una inusual polivalencia dentro del contexto de la
explanada donde se ubica, al provocar que el edificio mantenga frontalidad constante hacia
cuatro puntos cardinales, a ello contribuye la forma cuadrada del templo en la cima, que
disminuye su dimensión a fin de no restarle al basamento el valor jerárquico que caracteriza
a los edificios de la tradición constructiva de Tikal, en contraposición a la costumbre tolteca
que aparenta menospreciar la altura de las construcciones.
Los nueve cuerpos que constituyen el basamento, están recortados en talud con lo que se
exalta la condición de reposo formal del edificio al aparecer como labrado con una fina
precisión geométrica sobre el telón del cielo yucateco. A diferencia de los otros conjuntos
del periodo tolteca de Chichén, el Castillo deja el gobierno de su composición a un principio
matemático traducido plásticamente en condiciones de armonía; se produce un profundo
sentido del equilibrio entre el plano vertical de la escalera y el conjunto de los cuerpos
sobrepuestos, de los que finalmente más se distingue el perfil escalonado en los extremos y
el suave desplazamiento del claroscuro de los planos adosados. Tal como apunta Raúl
Flores Guerreo, los arquitectos maya-toltecas lograron en la pirámide de Kukulkán: «resumir
la esencia matemática de su visión cósmica.., una visión que tiende a materializar los
conceptos divinos, y que impone al hombre la tarea de ser protagonista del sostenimiento
del supremo equilibrio de la naturaleza».