Conflicto Armado
Conflicto Armado
INTRODUCCIÓN El conflicto armado comienza con la Violencia. Y la Violencia está asociada a dos factores
originarios que se influyen mutuamente: el control sobre la tierra y sobre el Estado, sobre todo a partir
de la subida del precio del café, y los presupuestos de gastos de los gobiernos aumentan
considerablemente. El telón de fondo es el enriquecimiento desbordado de EE. UU. después de la
Primera Guerra Mundial. El alza del precio del café y el crecimiento de la demanda interna
desencadenaron conflictos agrarios en las zonas cafeteras donde predominaban el arriendo y la
colonización de tierras baldías. Los arrendatarios desconocían los convenios de trabajo con las haciendas
y los colonos invadían tierras que pertenecían a ellas o las pretendían. El triunfo del Partido Liberal en
1930 y la influencia de la ideología socialista en la organización de ligas campesinas jugaron un papel
determinante, que en muchas regiones fue reprimido por armas oficiales o privadas. El liberalismo, en el
poder a partir del año 30, trató de ganarse la fuerza pública para imponer en algunas regiones su
mayoría electoral o para defenderla. Los conservadores no estaban dispuestos a perder en las urnas lo
que habían ganado con las armas en la Guerra de los Mil Días. Usaron las dos formas y añadieron una
tercera muy poderosa: la fuerza de la Iglesia católica. El liberalismo apeló a encabezar luchas agrarias
como apoyo político. El Partido Comunista tomó el mismo camino. De tal suerte que armas, presupuesto
nacional, ideología y tierra, es decir, todas las formas de lucha, se convirtieron en la mezcla explosiva que
llamamos La Violencia –1925 y 1955–. Gaitán representó las aspiraciones populares y Laureano Gómez
las del Establecimiento. Entre esas fuerzas el choque era inevitable. El Partido Conservador se propuso
inhibir por medio del terror al liberalismo para recuperar el poder. El campo fue el campo de batalla: las
zonas liberales o comunistas fueron atacadas por organizaciones campesinas armadas por el Gobierno,
los políticos y los terratenientes con el respaldo militante de la Iglesia y de sectores de la fuerza pública.
El asesinato de Gaitán desbordó tanto la estrategia conservadora como la liberal. Fue la guerra civil no
declarada. El Gobierno se atrincheró en el poder, y el Partido Liberal, acéfalo, trató de defenderse con
guerrillas oscilando siempre entre las urnas y las armas. Rojas fue el árbitro elegido por la mayoría de las
fuerzas en contienda para enfrentar la amenaza de una guerra civil declarada por las organizaciones
guerrilleras. Con Rojas y el Frente Nacional el manejo del presupuesto se compartió, las Fuerzas Armadas
cayeron definitivamente bajo el dominio de EE. UU. con la doctrina de la Seguridad Nacional; la Iglesia
tomó distancia del poder político a instancias del Concilio Vaticano II y las luchas campesinas buscaron
ser neutralizadas con la reforma agraria. La ilegalización del Partido Comunista con Rojas y su exclusión
total del poder bajo el Frente Nacional de un lado, y los vientos revolucionarios que soplan desde Cuba,
por otro, tornan social el carácter de las luchas guerrilleras que subsisten desde los años 60. El fracaso de
la reforma agraria impulsó el movimiento campesino y débil y el progreso de la industrialización
fortaleció las luchas sindicales. El capital buscó refugio en la ganadería extensiva, en las plantaciones de
banano y palma, mientras la economía del café declinó irreversiblemente. La tierra se concentró y la
colonización de tierras baldías se disparó. Las fuerzas guerrilleras que habían sido desplazadas hacia esas
zonas se convirtieron en poder local. El Estado buscó liquidarlas usando y armando exguerrilleros. En
esta coyuntura aparecieron los cultivos ilícitos que cumplirían un papel similar al jugado por el café:
precios rentables, mercado seguro, crédito y transporte barato. Los colonos conocieron sus mejores días
cuando se desplomó el Pacto Mundial del Café y el desempleo cundió en campos y ciudades. Las
economía de enclave, banano y petróleo se tornaron, con la coca y el ganado, en los ejes de la economía
nacional. La mayoría de estas fuentes de riqueza estaban en zonas de colonización. La fuerza pública se
mostró incapaz de controlar el movimiento guerrillero y apeló a fomentar el paramilitarismo en
colaboración con los intereses afectados por la insurrección. Al mismo tiempo, y por la misma razón, los
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gobiernos buscaron negociaciones de paz. Del intento de Belisario surgió la Unión Patriota, que fue
exterminada en pocos años. Las guerrillas aparecieron como la fuerza de la oposición al sistema y
lograron armar 20.000 unidades militares y tocar los límites de transformar la guerra de guerrillas en
guerra irregular. La respuesta fue el Plan Colombia, financiado por EE. UU., que armó la fuerza pública de
nueva tecnología militar y acrecentó el número de efectivos. La Seguridad Democrática decretó la guerra
muerte e involucró al paramilitarismo como brazo armado de las fuerzas oficiales. El largo camino de
sangre que comenzó a recorrer el país desde los años 20 no podrá desembocar en una paz estable
mientras todas las fuerzas involucradas no renuncien definitivamente a la combinación de todas las
formas de lucha a favor de la lucha civil e independiente del tutelaje militar de EE. UU. PRIMERA PARTE:
PRIMEROS PASOS I. PROSPERIDAD A DEBE De la victoria militar contra Alemania, EE. UU. salió más rico.
Le eran imperiosos nuevos mercados. Durante los gobiernos de Pedro Nel Ospina y Abadía Méndez,
entraron al país US$280 millones. Entre 1922 y 1929 crecieron la red de ferrocarriles y el número de
fábricas. Fue la llamada por López Pumarejo «Prosperidad a debe». Creó una fuerte migración a las
ciudades, pues el jornal de obreros era 20 veces mayor que el campesino. Los hacendados retenían la
mano de obra por medio de la Policía o del endeudamiento crónico. Las grandes inversiones estimularon
la demanda de alimentos. El área cultivada se duplicó. Con todo, Abadía Méndez debió promulgar la Ley
de Emergencia para atender la demanda interna y debilitar las presiones campesinas. El cultivo del café
creció vertiginosamente debido a que el precio se duplicó en ese lapso, lo que impulsó la colonización
campesina en tierras baldías y las tensiones en haciendas cuyos títulos de propiedad eran precarios y
donde los aparceros y arrendatarios exigían el derecho a cultivar café en las tierras asignadas para
pancoger o en las que consideraban baldíos. La cuestión se agravó en 1926 con la sentencia de la Corte
Suprema que obligaba a los hacendados a presentar el título de propiedad en caso de litigio con sus
trabajadores. Fue la llamada «Prueba diabólica». En Cundinamarca, Valle del Cauca y Tolima hubo
invasiones en 35 haciendas como argumento para acceder a cosechar, beneficiar y comercializar café.
Hubo enfrentamientos en Icononzo, Melgar, Cunday, Ibagué, Chaparral, El Líbano, en Tolima; Viotá, El
Colegio, Quipile, La Mesa, Fusagasugá, en Cundinamarca; huelga de cosecheros en Rionegro, Santander;
de arrendatarios en Huila, e invasiones en Valle. Al mismo tiempo, la famosa Danza de los Millones y el
mercado interior creado por la economía cafetera jalonaron la industrialización y la creación de un sector
obrero. Las luchas obreras eran mutualistas y en especial de artesanos. En 1910 el Gobierno reconoció
personería a cuatro organizaciones y en 1917 a ocho. En 1919 hubo un congreso de 500 trabajadores del
Sindicato Central Obrero. El transporte por el río Magdalena y la ampliación de la red ferroviaria
permitieron las primeras huelgas, como la de los trabajadores del ferrocarril de Girardot, a la que se
sumaron los de la Sabana de Bogotá y organizaciones de la capital. Quizá fue el primer ensayo de huelga
general en el país. En el movimiento obrero dominaron hasta 1945 los sindicatos ferroviarios y navieros,
que influyeron en el campo al llevar mensajes ideológicos distintos a los de los partidos tradicionales,
originados en el III Congreso Obrero Nacional en 1926, cuna del Partido Socialista Revolucionario (PSR),
fundado en 1928, que se transformó en 1930 en el Partido Comunista. Estallaron: en Barrancabermeja
los paros contra la Tropical Oil Company en 1924 y 1927, en 1926 la huelga de braceros y ferroviarios del
Magdalena en Girardot, y en 1928 la huelga bananera contra la United Fruit Co. En 1930 ya había 99
sindicatos. Los nombres de María Cano, Raúl Mahecha y Jorge Eliécer Gaitán se hicieron famosos y
crearon un fermento revolucionario que contribuyó a la caída de la Hegemonía Conservadora y a la
fundación de la República Liberal. El desplome de la bolsa de Nueva York en 1929 arrastró las economías
cafeteras de Brasil y Colombia. Bajaron las exportaciones y el consumo en EE. UU. y el crédito externo
prácticamente desapareció. El presupuesto público se redujo en 1929 en 66 % y decayó el gasto en obras
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públicas. Entonces, el gobierno de Olaya derogó la Ley de Emergencia, declaró la moratoria de las
deudas externa e interna y prohibió la circulación libre del oro. El ritmo de industrialización se recuperó
hacia 1934 por el afán de hacerle frente a la reducción de exportaciones. Cuando se recuperaba el
resuello, estalló el conflicto con Perú, que se atendió con un empréstito interno de US$10 millones y uno
de EE. UU. de US$17 millones. Fugaz paréntesis en la lucha por la tierra. Con la bonanza cafetera, que
duró 10 años, los campesinos tumbaban monte en baldíos para abrir fincas y sembrar. La crisis de 1929
aceleró el proceso, sobre todo en Valle, Norte de Santander y las zonas de colonización tardía como
Quindío y el norte y el oriente de Tolima. Hacia 1932 las fincas de menos de 12 hectáreas eran el 40 %. El
conflictivo dinamismo de la economía cafetera se afianzó sobre todo en Caldas, el sur de Antioquia y el
norte de Valle y Tolima, donde fue particularmente aguda la violencia en los años 50. Olaya Herrera trató
de mitigar el conflicto al comprar a los hacendados las tierras en litigio y venderlas a crédito a los
antiguos aparceros o arrendatarios. En 1936 se habían dividido 28 haciendas (17.000 hectáreas). Según
el censo cafetero de 1932, el 98 % de las fincas cafeteras eran pequeñas y sólo el 0,21 % tenían más de
100.000 árboles. En Cundinamarca, en 1936, el 77 % de las fincas no llegaba a 10 fanegadas. En la
segunda posguerra el área sembrada subió el 40 % y el número de parcelaciones pasó de 38 en 1936 a
240 en 1940. 1. El indio Quintín Lame Especial importancia tuvieron las luchas del indio Quintín Lame
por la tierra y la identidad indígena del pueblo páez o nasa. «El indio que no se dejó humillar de ninguna
de las autoridades, ni de los ricos» comenzó su lucha en Tierradentro en 1922 y la terminó en Chaparral
en 1945 con la creación del Resguardo del Gran Chaparral, que tuvo organizaciones en Cauca, Nariño,
Valle, Huila y Tolima. Fue considerado por los gobiernos, tanto conservadores como liberales, un «indio
ignorante… promotor de una sedición encaminada a encender una guerra de razas». Hay que recordar
que el resguardo o parcialidad indígena fue creado por la Corona española en el siglo XVI para defender
a los indígenas del tratamiento de esclavos que les daban encomenderos, pero también para obligarlos a
pagar tributos. La República ordenó la repartición de los Resguardos para «hacer de los indios hombres
libres en pie de igualdad con todos los demás ciudadanos», pero en realidad fue un medio para
despojarlos de las tierras y convertirlos en terrazgueros, el mecanismo clásico de despojo para «liberar la
mano de obra y ponerla a trabajar en condiciones serviles». El general Reyes aceleró por la Ley 104 de
1919 la repartición de los resguardos y el «castigo a los indios que estorben el proceso». Lame comenzó
su lucha contra la política del general Reyes de liquidar los resguardos; fue nombrado «jefe y
representante» de los cabildos de Pitayó, Jambaló, Toribío, Puracé, Cajibío y otros, en 1910. Entre 1914 y
1918 movilizó a los indígenas de Cauca, hasta caer preso en 1915. La persecución política, la división del
movimiento y la masacre de Inzá en 1916 lo obligaron a refugiarse en Natagaima, donde fundó, con José
Gonzalo Sánchez, el Supremo Consejo de Indias, que creó el resguardo del Gran Chaparral. Las
reivindicaciones de Lame marcaron un territorio de luchas entre Popayán y Chaparral. El poeta Guillermo
Valencia lo llamó «asno de los montes». A Lame lo obsesionaba la educación del indio. Su secretario,
Abel Tique, decía: «Antes del general estábamos en la oscuridad, pero él nos trajo la doctrina y la
disciplina para defendernos». Doctrina, disciplina y tierra son principios que se encuentran a menudo en
la lucha de Manuel Marulanda. II. LA REPÚBLICA LIBERAL 1. Chulavitas La crisis de 1929-1932 obligó a
muchos obreros a regresar al campo. Unos, a las haciendas bajo las formas de aparcería, colonato y
arrendamiento, y otros a ocupar baldíos. Los hacendados impusieron condiciones gravosas a los
reenganchados y los colonos prefirieron abrir monte en las vecindades de las haciendas que
normalmente reclamaban como propias los terratenientes. En muchas regiones, los arrendatarios se
proclamaron colonos y se negaron a pagar los convenios, y otros invadieron de frente zonas inexplotadas
de las haciendas. En la región del Tequendama los arrendatarios luchaban por cambiar el régimen
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laboral; en Sumapaz, por la titulación de baldíos. La Ley 83 de 1931 dio derecho de asociación sindical a
los campesinos. Surgieron las Ligas Campesinas de Anolaima y La Mesa, los Sindicatos Campesinos de
Tena, Sesquilé y Quipile. Pero, según el Partido Comunista, más de 20 sindicatos no fueron reconocidos
por no ser liberales. A partir de 1934 el precio del café se recuperó levemente y las condiciones de
trabajo de hacendados fueron ignoradas. El Partido Comunista intentó una huelga nacional cafetera para
impedir lanzamientos, despojo de tierras y atropellos. Tuvo eco en Viotá, El Colegio, Palmira, Restrepo,
Florida. En La Tebaida, Pijao, Málaga, Puerto Berrío, Cajamarca, Hilarco, Coyaima, La Pradera, Doyares,
Chenche, Menche, Jambaló, Tocaima, Guagurco, Totarco, Yaco, Cuasimal, Mercadillo se crearon en 1935
y 1936 asociaciones campesinas vinculadas al Partido Comunista. La recién fundada Casa Liberal
Nacional movilizó en Cundinamarca 10.000 campesinos y creó 17 ligas. Durante el primer gobierno de
López se reconocieron 37 asociaciones; en el de Santos, 10, y en el segundo de López, 36. Para la
Asociación Patriótica Económica Nacional (APEN) y la Sociedad de Agricultores de Colombia (SAC), la
organización campesina representaba un reto al que se debería responder con cuadrillas a sueldo para
«contrarrestar las peonadas insurrectas que levantan el hierro contra el patrón, ebrias de vocablos que
no comprenden» 1 . 1 El doctor Rengifo, gobernador del Valle, le pide al gobierno de Olaya que ordene al
comando de la tercera división suministrar elementos para las milicias cívicas con el fin de conservar el
orden y la tranquilidad social. Olaya respondió: las armas no son para manejarlas los particulares, ni aún
en épocas de peligro del orden público… las armas deben permanecer en los parques al cuidado del
Ejército, porque lo contrario implicaría una irregularidad injustificable. El Colombiano, 1 marzo 1932.
Gaitán alegaba que el problema agrario no se podía resolver según las leyes anteriores a 1936, pero
proclamaba no ser enemigo de la riqueza ni del capital. El Partido Comunista coqueteaba con la lucha
armada sin proclamarla abiertamente. El unirismo y el comunismo tenían organizaciones civiles que
actuaban bajo esquemas militaristas2 . Cuando el precio del tabaco decayó a comienzos de los años 30,
los campesinos medieros de la región de García Rovira, muy conservadora por cierto, se organizaron en
guerrillas para atacar a las autoridades y al parecer actuaban en forma anárquica: «roban, saquean,
matan, arrasan las cementeras, sacrifican los ganados», según comunicación del gobernador de
Santander al presidente Olaya. Las regiones prioritarias para el liberalismo fueron Quipile, Pulí y La Mesa.
Para los comunistas, Viotá, Natagaima, Coyaima, Ortega, Icononzo, Cunday, Coello y El Líbano. En
haciendas de Chaparral y Toribío, hubo una huelga de 18.000 arrendatarios que pedían acabar el trabajo
obligatorio, cambiar los fieles de las romanas y aumentar el pago de la arroba de café recogida. La
huelga, sobra decirlo, fue reprimida por el Ejército como en muchas haciendas de Cundinamarca antes
de 1936: eran verdaderas repúblicas independientes. Según la comisión de la Cámara que estudió los
conflictos en Sumapaz en 1932, se ejercían en las haciendas los tres poderes: administrativo, legislativo y
judicial. A la preocupación del Partido Conservador por el conflicto agrario se sumaron desde 1928 los
intentos del liberalismo de cambiar el sistema electoral, lo que logró a medias en 1932. La Dirección
Conservadora declaró de inmediato: «Con la cédula, el Partido Conservador pierde las elecciones; los
campesinos no se dejan retratar» (Guerrero, 224). El Partido Liberal duplicó por única vez su votación
habitual en 1933 y sobrepasó el total de los dos partidos en elecciones normales. Laureano Gómez
declaró la abstención electoral –que llamó «purificadora»– aduciendo que la violencia impedía el
sufragio conservador, y no participó en las elecciones de 1933, en las que ganó su amigo Alfonso López.
Laureano llamó a «hacer invivible la República Liberal». Sólo en 1935, el país adoptó la cédula de
ciudadanía. A medida que los programas de la Revolución en Marcha avanzaban, Laureano atacaba
desde El Siglo, en la plaza pública o por radio, con embestidas furibundas, certeras, contundentes, al
liberalismo y al comunismo –que identificaba como un solo cuerpo–. Las 2 El premier está estudiando
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con el presidente la reglamentación de las guardias cívicas. Esto con motivo de la petición de los
comunistas para establecer la suya, lo que constituye el único peligro que el Gobierno ha encontrado en
tales instituciones. Posiblemente se llegará hasta la prohibición de las organizaciones, y el decreto de
suspensión se deberá a los comunistas. reformas de López, en particular las constitucionales, levantaron
ampolla no sólo en los conservadores sino entre liberales y sobre todo en la jerarquía eclesiástica,
terratenientes y empresarios, industriales, comerciantes. Gómez no ocultaba su simpatía hacia la
Alemania nazi y los fascistas italianos, y ponía como ejemplos políticos y morales a Primo de Rivera y a
Franco. El levantamiento contra la República en España era guía metafórica de la conducta política.
Asustaba a los ricos con el fantasma del comunismo; a los políticos, con la falsificación de cédulas, y a la
Iglesia con el ateísmo, el protestantismo y la masonería. Boyacá y los Santanderes eran grandes fortines
conservadores. El triunfo del liberalismo y la abstención decretada por Laureano facilitaron al
conservatismo recurrir poco a poco a las armas. El liberalismo nombró gobernador y alcaldes liberales en
88 de los 101 municipios y trató de hacerse a la maquinaria administrativa y a las Guardias armadas
departamental y municipal y creó una especie de policía cívica. El conservatismo reaccionó llamando a
«defendernos en la forma que las leyes naturales nos lo permitan» (ibid, 129). Particularmente graves
fueron los choques armados en García Rovira y Norte de Boyacá, que lanzaron a la Iglesia y al Partido
Conservador a la ofensiva. A la «liberalización» de la Policía departamental, el conservatismo respondió
con grupos armados, respaldados – cuando no dirigidos– por los curas y con el aval de los obispos.
Boavita se convirtió en el territorio militar conservador de la región del Chicamocha. El general Suárez
Castillo fue nombrado jefe militar conservador de Boyacá. Ramírez Moreno envalentonaba a sus
partidarios calificándolos de «animales acobardados» y llamó a la legítima defensa (Guerrero, 236). En
casas de jefes conservadores el Gobierno confiscó armas; en Boyacá se encontraron documentos que
comprometían con cuadrillas armadas al general Sotero Peñuela, hermano del obispo de Soatá y familiar
del general Próspero Pinzón, vencedor en la guerra de los Mil Días. El general Jesús Villareal –vinculado a
este apellido–, fue el padre de José María, quien siendo gobernador de Boyacá en 1948, armó y
transportó 200 civiles armados de la vereda Chulavita de Boavita hacia Bogotá el 10 de abril. La
tradicional obediencia ciega de los campesinos de Chulavita a sus jefes políticos y su criminal
comportamiento en la capital hicieron famoso su gentilicio, que terminó siendo el nombre de guerra de
las cuadrillas conservadoras que con las Policías departamentales y municipales asolarían el país durante
la Restauración Conservadora (1946-1953). La Ley 200 de 1936 trató de resolver los conflictos agrarios
en vista de que la reacción terrateniente amenazaba con agravarse3 . El «objetivo supremo de las
parcelaciones es evitar conmociones violentas», justificó Alfredo García Cadena, gerente del Banco
Agrícola Hipotecario. La función social de la propiedad, pieza maestra de la reforma, entró a la
Constitución de la mano de la prosperidad cafetera. Pretendía hacer «imposible todo abuso» del
derecho de propiedad. El liberalismo lo entendió como un programa de parcelación de tierras ociosas sin
golpear el régimen hacendatario. En realidad, la reforma permitía al latifundio retener mano de obra
dispuesta al trabajo asalariado y por eso, las parcelas distribuidas eran pequeñas. El Gobierno pagaba las
tierras a los terratenientes y las vendía a los campesinos para asegurar la propiedad y la oferta de
trabajo. Para Marco Palacios, la Ley de Tierras fue una mera ley de titulación de baldíos que abortó años
después. Para Gaitán, una ley hecha de papel y cartulina. Con las parcelaciones, el regreso de Gaitán al
liberalismo en 1936 y la alianza de los comunistas con López Pumarejo, la lucha por la tierra y por
mejores condiciones de trabajo decayó hasta mediados de 1945, quizá con excepción de Sumapaz,
donde Erasmo Valencia y Juan de la Cruz Varela crearon el Movimiento Agrario Nacional. La «Pausa
Santos» se complementó con la Ley 100 de 1944, que restableció relaciones serviles en el régimen
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hacendatario. La Federación Nacional de Cafeteros calificó la ley como una «verdadera contrarreforma
agrícola» al consolidar los contratos de aparcería, lo que garantizaba 15 años más los derechos de los
propietarios, e impedir que «los colonos se conviertan en amos y señores de las pequeñas parcelas
cultivadas». La nueva ley limitó así a los aparceros y arrendatarios a volver a los cultivos de pancoger.
Terminada la Segunda Guerra, el precio del café se disparó de nuevo y el conflicto agrario entró en una
nueva fase de enfrentamientos violentos entre partidos. Según Gerardo Molina, la reforma de 1936 fue
para el liberalismo de izquierda una Constitución nueva, aunque se le hayan incorporado algunos
preceptos de la de 1886. Lo cierto es que la Ley 200 –que en realidad fue una prolongación avanzada de
la Ley 83 de 1931– es el eje alrededor del cual girarían desde entonces los conflictos agrarios sobre los 3
“Los sucesos de Viotá revistieron excepcional gravedad: parece que mayor el número de comunistas
heridos; la carnicería hecha por la Policía entre los pobres trabajadores asume proporciones enormes.
Durante el primer ataque los comunistas intentaron refugiarse en la casa cural, donde se hallaba el
arzobispo primado; los liberales y la Policía dijeron que los comunistas iban a atacar al arzobispo y
entonces cargaron contra ellos furiosamente”. El Espectador, agosto de 1934. que echaría raíces la lucha
armada. La función social de la propiedad fue entendida por los campesinos como su derecho a tierras
no cultivadas, tuvieran o no título. Para los terratenientes ese derecho se tradujo, en muchas regiones,
en una amenaza que se debía rechazar armando a sus peones. En las elecciones de 1938 ganó Eduardo
Santos. Laureano había decretado nuevamente la abstención, pero participó en las legislativas de 1939
para impedir la creciente oposición de un sector de conservadores en el que calaba la orfandad
burocrática y para preparar las elecciones presidenciales de 1942. El domingo 8 de enero de 1939 los
conservadores del Guavio, región célebre por la lealtad a su partido, habían organizado una
manifestación preparatoria de las elecciones de mitaca. El gobernador de Cundinamarca envió un
contingente que el día de los hechos requisó a los que ingresaban a la plaza. Los gamonales, entre ellos
el general Amadeo Rodríguez, se ubicaron en el atrio de la iglesia. Rodríguez participó en la guerra con
Perú y era muy popular en la región por ser pariente de la familia Ospina. Era temperamental,
autoritario, de pistola rápida, como lo demostraría en 1947 cuando en la Cámara de Representantes
mató al liberal Gustavo Jiménez y dejó parapléjico a Soto del Corral. Según El Liberal, dirigido por Alberto
Lleras Camargo, el primer disparo salió del atrio y alborotó a los manifestantes, que respondieron
atacando a un pequeño grupo liberal que desde una esquina trataba de sabotear el acto. Intervino la
Policía y se generalizó el caos. Para los conservadores, la Policía disparó impunemente con miras a
sembrar el terror. Otras versiones dicen que alguien arrojó una pepa de aguacate que hirió a un
manifestante y obligó una reacción violenta contra los liberales. «El general Amadeo Rodríguez estaba
sentado en el atrio de la catedral. Tenía una ruana de paño, sombrero de corcho y guantes. Un látigo
sostenía en sus manos. Unos sostienen que él fue el primero en disparar El general sacó su pistola y
comenzó a disparar hasta agotar los proyectiles que llevaba. Esto es un hecho que se muestra con una
simple inspección en el atrio de la iglesia» 4 . Laureano regresó de su finca de Útica y acusó al Gobierno
de contubernio de las fuerzas del orden con las «turbas izquierdistas». La prensa informó el 10: «ocho
muertos y 18 heridos». El 16 de enero, Aquilino Villegas, político caldense, escribió en El Siglo un
provocador editorial exhortando a los conservadores a rescatar sus derechos a como diera lugar. La
Convención Conservadora de Cundinamarca lo acogió como directriz del partido. Aquilino escribió: 4 El
Espectador, enero 10 de 1939 «Si la convivencia es imposible porque la chusma liberal logra espantar al
Gobierno y obligarlo a replegarse con sus ideas de respeto por los derechos de los conservadores, no nos
queda más recurso que el derecho natural de la propia defensa… mostrando que no somos mancos y
que dondequiera que podamos ser fuertes, rescataremos por la fuerza nuestro derecho». Y a renglón
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seguido dictaba unas normas de defensa: «No reunirnos nunca en dondequiera que nos desarmen; y
armarnos por todos los caminos posibles; organizarnos secretamente… en grupos que aseguren la
mutua defensa… Si lo que quieren los asesinos de Gachetá es apartarnos de las urnas, a las urnas
iremos… Y ya sabremos quiénes tendrán que pagarnos hoy o más tarde el montón de cadáveres y los
torrentes de sangre inocente con que se mancharán las aras de la patria…» (Lleras Restrepo, 119-120).
Laureano, por la Voz de Colombia, acogió no sólo las provocadoras ideas de Villegas, sino la ratificación
que de ellas hizo la Convención Conservadora. No era la primera vez que el conservatismo se declaraba
en pie de guerra. A raíz de otro choque en Pensilvania, Caldas, en octubre de 1936, donde hubo seis
muertos conservadores, Laureano llamó a «constituir fuerzas de choque debidamente armadas que
defiendan la integridad personal de los manifestantes» (El Tiempo, octubre 21 de 1936, citado por
Guerrero, 246). Tres años después, cuando López se presentó como sucesor de Santos, El Liberal tituló:
«El hijo de Laureano Gómez ofrece dar muerte al candidato liberal». La «acción intrépida» tomaba
fuerza en un grupo de 30 jóvenes conservadores organizados como falange que prometían, según Álvaro
Gómez Hurtado, cumplir las órdenes de su padre aun a costa de su vida. El artículo de El Liberal decía:
«Se recuerda que el señor Laureano Gómez en el Senado anunció que el conservatismo optaría por la
guerra civil o por el atentado personal» en caso de que López fuera elegido. La doctrina del atentado
personal y de la legítima defensa que promulgó Laureano fue la matriz de la política conservadora
durante la Restauración Conservadora (1946-1953). Quien resultó asesinado no fue López sino Gaitán,
que sin duda habría derrotado a Ospina o a cualquier conservador. Los conservadores llevaron a la
práctica las intenciones que Gómez atribuía al liberalismo: apartar a los liberales de las urnas, por medio
del terror. 2. La Iglesia Con la Constitución de 1886 la Iglesia católica retomó la poderosa tutela que
ejercía sobre el aparato político. El nombre de Dios volvió a presidir y el arzobispo tenía la potestad de
ser el gran elector presidencial en Colombia. Monseñor Herrera Restrepo había nombrado al general
Vásquez Cobo sucesor de Abadía Méndez, pero monseñor Perdomo, nombrado arzobispo primado, se
inclinó por Guillermo Valencia. Esta dualidad, alimentada por el liberalismo, le permitió a Olaya ganar la
Presidencia, y con él la jerarquía no tuvo mayores fricciones. En cambio con López Pumarejo, que
consideraba que la Iglesia y el Estado debían convivir en órbitas distintas, la relación fue muy difícil.
Laureano aprovechó la diferencia para influir sobre monseñor González Arbeláez, sucesor de Perdomo,
que creó la Acción Católica y convocó un Congreso Eucarístico Bolivariano para enfrentar el desafío
liberal. La Acción Católica fue calificada por la izquierda como arma del «latifundismo fascista» (Abel,
185). El Congreso atacó con dureza el divorcio, el matrimonio civil y la separación de poderes y declaró
que la Iglesia estaba dispuesta a derramar sangre en defensa de sus principios. Fue el primer
llamamiento de la Iglesia a la violencia, atendido sobre todo por el clero rural, muy receptivo a ideas
falangistas. Hubo numerosas denuncias de grupos de civiles armados por los párrocos y sobre la
utilización de los campanarios para situar francotiradores. Ramírez Moreno, dirigente conservador,
declaró que las reformas de López podrían desatar un levantamiento armado campesino (Williford, 117).
Según la inteligencia británica, monseñor González, creador de una corriente golpista en el Ejército,
estuvo en Argentina negociando armas (Abel, 195). La intención de Santos de reformar el Concordato
fue un nuevo motivo de enfrentamientos. Monseñor Builes llamó entonces a luchar contra la iniciativa
hasta la derrota o la muerte (ibid, 192). Laureano desde El Siglo respaldaba lo posición de Builes. La
férrea unidad de la tendencia falangista de la Iglesia y el conservatismo se selló con la condena unánime
al comunismo de la Conferencia Episcopal Bolivariana de 1944. La cruzada religiosa de aquellos años
contribuyó a la polarización política y «preparó el camino para la violencia» (González, 274). SEGUNDA
PARTE: LA SANGRE III. LOS AÑOS 40 En los años 30, como se ha dicho, el país entró –con timidez, es
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cierto– en el convulsionado mundo moderno que se movía entre las dos grandes guerras europeas.
España y Alemania inspiraron a los dos partidos. Laureano, Alzate Avendaño y los Leopardos se
asumieron como legítimos representantes del fascismo español y del nazismo alemán; los liberales
tomaron de la Constitución española de 1931 la figura de la función social de la propiedad. Colombia no
sólo miraba la estrella polar sino giraba ya alrededor de Washington. Pese a la caída del precio del café
durante los años de la depresión, la economía se estabilizó, lo que sostuvo el conflicto por tierras baldías
y al mismo tiempo impulsó la lenta ampliación del mercado interno. La Federación Nacional de Cafeteros
manejó la exportación del grano y favoreció la mediana empresa cafetera, lo que explica en parte el
triunfo de Mariano Ospina, gran negociante de café. La sustitución de importaciones floreció y con ella la
agitación laboral y la sindicalización se fortalecieron. La radio transmitía las imágenes de un mundo
nuevo pero desigual. Así se inició la década de los años 40. Con la caída de López, oscuras fuerzas
partidistas comenzaron a fraguar la violencia que estalló durante la restauración conservadora (1946-
1953). López fue sitiado por fuerzas conservadoras políticas y económicas. Los terratenientes se
envalentonaron con la ampliación del período de gracia autorizada por la Ley 100 de 1944. Los
empresarios golpearon los retozos intervencionistas y López debilitó su alianza con el sindicalismo. El
liberalismo se volvió a dividir con las acusaciones que encabezaba Laureano de corrupción del Gobierno.
Fueron los días de las denuncias sobre la corrupción del «hijo del Ejecutivo», de las que Gaitán no fue
ajeno. El golpe de Pasto le mostró a López que las FF. MM. no escapaban a los enfrentamientos políticos,
y finalmente renunció a la Presidencia para dar paso a Alberto Lleras, su fiel escudero, quien rompió
definitivamente con la Central de Trabajadores de Colombia (CTC) y oxigenó la Unión de Trabajadores de
Colombia (UTC), manejada por los jesuitas. A las elecciones de 1946 se postularon Turbay, liberal
moderado no obstante haber sido uno de los fundadores del Partido Comunista, y Gaitán, que había sido
alcalde de Bogotá con López, ministro de Educación de Santos y ministro de Trabajo en la segunda
administración de López. Gaitán reunió en el teatro Colón –enero de 1947– comisiones representativas
de diversas regiones que redactaron la Plataforma del Partido Liberal, aclamada nueve meses después
en la Plaza de Toros. La división facilitó la victoria del Partido Conservador con Ospina Pérez, quien en
realidad era el caballo de Troya de Laureano. La elección causó disturbios en Bucaramanga, Túquerres,
Duitama, Ocaña, Chiquinquirá, Capitanejo, Tocaima y Carcasí (Oquist, 231). Desde España, Laureano
declaró: «La guerra civil es inevitable y ojalá la ganemos». En mayo de 1947 la CTC llamó a paro nacional
contra el alto costo de vida, aunque en realidad buscaba la renuncia de Ospina. Fue particularmente
duro en Bogotá, Cali y Barrancabermeja. Un verdadero ensayo de 9 de abril. El gaitanismo ganó las
elecciones legislativas de 1947 y Gaitán el control total sobre su partido. Después de una fugaz
colaboración del Partido Liberal con Ospina, Gaitán abandonó la Unidad Nacional. Laureano intensificó
su campaña contra el millón ochocientas mil cédulas falsas. «La violencia política –sentenció– es
engendrada por el fraude». El gobierno Ospina emprendió la conservatización de las FF. MM. y de Policía
para imponer su propio orden social. Los liberales propusieron que la Policía quedara bajo jurisdicción
del Congreso, donde eran mayoría, para detener la escalada de sangre. Fue cuando el Cojo Montalvo,
ministro de Justicia, dijo que el Gobierno se defendería «a sangre y fuego» contra la propuesta liberal de
cambiar la potestad de mando sobre la Policía nacional del Ejecutivo a favor del Legislativo. Una
confesión. Para fines de 1947, cerca de 14.000 colombianos habían muerto. De ahí en adelante el
número de muertos por violencia política crecería en forma terrorífica: en 1948, 44.000; 1949, 19.000;
1950, 50.000; 1952, 13.000, y 1953, 9.000 (ibid, 332). La violencia en los campos se generalizó. A fines de
1946, en virtud del estado de sitio, 202 militares –algunos policías– habían sido nombrados alcaldes
(Ramsey, 118). Los comandantes de las Brigadas en Cali, Tunja y Bucaramanga recibieron órdenes de no
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interferir en las acciones de grupos conservadores armados bajo el mando de los gobernadores. Fue
muy común que los militares se negaran a tomar decisiones relativas a crímenes cometidos por
conservadores contra liberales. Canal Ramírez declaró a principios de 1948 que «la Policía es un cuerpo
peligrosamente sectario en el que no se puede confiar» (ibid, 121). Lleras Restrepo también lo denunció.
Las armas se usaban no sólo en los campos sino en recintos como la asamblea departamental del Valle y
la Cámara de Representantes. En Norte de Santander, informó El Espectador que el orden público estaba
peligrosamente alterado en Arboledas, Cucutilla, Mutuscua, Chinácota, Ragombalia, Gramalote y
Rosario. El 7 de febrero de 1948 Gaitán organizó la célebre «Marcha del Silencio» para denunciar la
matazón de campesinos liberales y pedir el cese de la violencia oficial. Cien mil ciudadanos llenaron la
Plaza de Bolívar en «un silencio sagrado». Gaitán habría podido «ordenarle a la multitud que rodeara
todos los edificios públicos. O incluso el Palacio Presidencial, a tan solo tres cuadras de distancia» (Braun,
238). Su cadáver dio esa orden el 9 de abril. En Bogotá hubo, según Oquist, 2.585 muertos; un testigo de
la Cruz Roja afirmó que eran sólo mil muertos y 2.500 heridos, Ortiz Márquez elevó la cifra a 4.000
personas (Henderson, 451). El número de muertos subió al mismo ritmo de las cifras del crecimiento
económico: 11,5 % anual entre 1945 y 1950. El 5 de diciembre de 1949 la Andi declaró: «La situación de
Colombia en este momento es la mejor que se haya visto hasta hoy» (Tirado, 171). El asesinato de Gaitán
fue el hecho cumbre de una estrategia para obstruirle la Presidencia de la República, dentro de otra –
paralela– encaminada a inhibir a los liberales en las urnas. Desde los años 20 un sector del
conservatismo estaba decidido a mantener el triunfo obtenido en la Guerra de los Mil Días apelando a
todas las formas de lucha: ideológica, electoral o armada. La Iglesia y poderosos grupos financieros y
empresariales, sobre todo petroleros, fueron sus aliados incondicionales. La policía conservatizada, las
guardias civiles armadas y tendencias partidistas dentro del Ejército fueron instrumentos de la violencia
con que el Partido Conservador cercó al Liberal. Detrás estaba el botín burocrático como verdadera presa
del pugnaz cálculo político (Anexo 1). EE. UU. apoyó a los conservadores, pero le incomodaban las
simpatías de Laureano con el fascismo y el nazismo. Acusaba a Gaitán de ser un comunista enmascarado.
A raíz de los hechos de Gachetá, cientos de liberales y de gaitanistas –o campesinos sospechosos de
serlo– fueron asesinados por partidarios del Partido Conservador con anuencia de sus dirigentes. Con el
asesinato de Gaitán no sólo se detenía su carrera hacia el poder, sino que, usando la reacción de los
liberales, disponían los directorios conservadores de un argumento expedito para reprimir toda protesta
como un atentado contra el orden. Se quería llevar al liberalismo a las armas para, como sucedió a partir
de 1948, derrotarlos con las armas oficiales. Un genocidio que nunca ha sido reconocido (Anexo 2). En
ciudades como Barranquilla, Cartagena, Sincelejo, El Carmen, Magangué, Corozal, Buenaventura y
Medellín los acontecimientos fueron casi tan violentos como en la capital, con saqueos; tomas de
emisoras y periódicos; quemas de casas de conservadores, iglesias y colegios católicos. En algunas, los
conservadores se armaron. En Ibagué hubo actos muy violentos. Las «turbas» fueron dirigidas por
«jóvenes liberales» contra las propiedades de conservadores. El periódico El Derecho, gobiernista, fue
incendiado. Se formó una junta revolucionaria. Hubo también saqueos. La cárcel y la plaza de mercado
fueron incendiadas. Las emisoras Ondas de Ibagué y Ecos del Combeima se pusieron «al servicio de la
revolución». La policía liberal fue reducida por el Ejército. El lunes se restableció el orden bajo ley
marcial. Hubo 15 muertos. Especial atención merecen los hechos en Barrancabermeja –ciudad que
Gaitán visitaba con frecuencia y donde tenía muchos seguidores–, por ser centro petrolero donde el
sindicato tenía un poder particular. La Unión Sindical Obrera (USO) declaró un paro general
revolucionario que se conoce como la «Comuna de Barranca» en alusión a la comuna de París de 1870.
El movimiento insurreccional tenía una historia de luchas sindicales desde 1927, pero la más
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trascendental había sido hacía sólo dos meses, cuando el sindicato obligó al Gobierno a cumplir el
contrato de concesión con la Tropical a vencerse en 1951. Así nació Ecopetrol como empresa del Estado.
El triunfo fortaleció al sindicato, cuyo prestigio era notable. Gaitán estuvo muy vinculado al movimiento.
El 10 de abril el pueblo se concentró frente a la alcaldía y nombró a Rafael Rangel en reemplazo del
mandatario conservador, conformó una Junta Revolucionaria y creó brigadas obreras a las que la Policía
entregó armas. La Junta ordenó la toma de los centros de comunicación, la protección de religiosos y la
detención de 300 conservadores para evitar que los lincharan; los empleados extranjeros fueron
confinados a sus casas. Barranca se convirtió en un gobierno popular armado con jurisdicción entre
Puerto Wilches y La Dorada. El Gobierno amenazó con bombardear la ciudad y la Junta respondió con la
posibilidad de volar la refinería, la zona de producción y las instalaciones de la Shell. El Gobierno y la
Junta revolucionaria llegaron a un acuerdo que incluía: nombramientos de un liberal en la Gobernación
de Santander y de un miembro de la Junta como alcalde de Barranca, a cambio de que el Ejército
ocupara la ciudad y no tomara represalias. La Comuna duró 14 días. Sólo se cumplió el nombramiento de
alcalde. Rafael Rangel, Antonio Pérez Tolosa – jefe de las milicias– y José Recaedo Silva, al saber que
serían juzgados por una corte marcial, huyeron a las selvas del Chucurí y el Opón a iniciar la lucha de
guerrillas. El triángulo Puerto Wilches-San Vicente de Chucurí-Barranca ha sido una región rebelde. Allí
general Uribe Uribe licenció parte de las tropas que sobrevivieron a la batalla Palonegro y se convirtieron
en colonos. El movimiento obrero de Barranca, desde la primera huelga, en 1925, influyó mucho en la
organización de colonos y campesinos. En 1929, el sindicato de ferrocarrileros del país, fuerte del PRS,
controlaba la línea Bucaramanga-Puerto Wilches. El sindicato declaró un paro de acuerdo con un plan
insurreccional organizado por un comando nacional compuesto por socialistas y liberales de izquierda. El
levantamiento nacional fracasó y sólo en El Líbano, Tolima, y el campamento La Gómez, cerca de Puerto
Wilches, los obreros tomaron las armas. Algunos de sus dirigentes como Heliodoro Ochoa y ****
Rodríguez se unirían después a las guerrillas de Rangel, y sus hijos a las del ELN en los años 60. IV EL
MEDIO SIGLO 1. Pájaros volando La colonización antioqueña tuvo una etapa tardía que se podría llamar
quindiana y se desarrolló sobre el lomo occidental de la Cordillera Central, al sur de Armenia, y sobre el
lomo oriental de la Occidental. La primera oleada se debió desprender de las últimas guerras civiles y de
la expansión de la industria azucarera, que ocupó tierras campesinas en las zonas planas y fértiles del
Valle del Cauca. De modo que en los años 20 y 30 se encontraron dos puntas de colonización en la
misma zona: la que venía del norte, quindiana, y la que se originó en el sur, vallecaucana. Tuluá y Buga
fueron los epicentros comerciales y políticos de estas colonizaciones. Una tercera punta, más débil, llegó
del sur de Tolima, a través del páramo de las Hermosas, desde Chaparral. Nudo de colonizaciones,
conflictos agrarios y luchas políticas que tuvo una enorme influencia en la Violencia. Como toda
colonización campesina, la primera fase de ocupación supuso la tumba y la quema de selva para
«civilizarla» con cultivos de pancoger. Aquí también el auge del café fue el resorte de la colonización
campesina y al mismo tiempo la causa de los conflictos que generó. A diferencia de otras zonas como el
Tequendama, en Cundinamarca, los colonos no tuvieron que enfrentarse, en principio, con concesiones
ni grandes haciendas. Pero con el alza de precio del grano, se valorizaron las mejoras y los negociantes
de tierras hicieron su agosto. Se desplazaba a los fundadores y se concentraba la tierra. Los «agentes»
eran en general testaferros de negociantes que se lucraban con la intermediación de bienes que
terminaban en manos de hacendados. Hubo empresas como la de Leocadio Salazar, quien sin producir
un grano de café dominó enormes propiedades en Barragán, Ceilán, Trujillo y hasta en el Cañón del
Garrapatas en Chocó. Era comerciante y negociaba ganado, compraba café y tenía tiendas, fondas y
bares en toda la región. Tenía propiedades «escrituradas a machete» en las dos cordilleras: La Hacienda
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Barragán, en la Central, de 60.000 hectáreas, y la de Cuancua, del mismo tamaño, en Trujillo, en la
Occidental. En 1938 fundó en Bogotá la Sociedad Parcelera de Cuancua S. A. cuyo objeto era la «compra-
venta de propiedad raíz y en forma especial, la parcelación… (Leocadio) tendrá a su cargo la celebración
de negocios con ocupantes de parcelas o con los que pretendan adquirirlas». «(En 1948) la sociedad –
dijo su apoderado– ha vendido más de un millar de parcelas a colonos» (Urbano, 40). Sus negocios
originaron miles de pleitos que litigaba con un equipo de tinterillos y testaferros del que hacían parte sus
hijos –abogados, fervientes católicos y políticos ospinistas–, uno de los cuales, Gustavo Salazar García,
fue senador y dos veces embajador. Sólo en Tuluá don Leocadio tenía incoados 120 pleitos sobre tierras.
Salazar García no sólo trabajaba con su padre, sino con Ángel María Lozano, el ‘Cóndor’, señor y dueño
de vida y haciendas del norte del Valle. El 9 de abril era vendedor de quesos en Tuluá y rechazó a bala y
machete el ataque contra el colegio de los salesianos por parte de los nueveabrileños. La Iglesia lo
protegía y el Partido Conservador lo declaró intocable. Organizó bandas criminales asociadas con el
Ejército y con el detectivismo y la Policía departamentales que asolaron regiones donde el liberalismo
tenía fuerzas electorales y Leocadio tenía propiedades y pleitos. Después de las elecciones de junio de
1949, ganadas por el liberalismo, el Partido Conservador vio el peligro de perder las presidenciales con
Laureano frente a Darío Echandía y desató una ola de violencia en todo el país. El Valle del Cauca era un
baluarte electoral liberal. Los conservadores eran una minoría compuesta y orientada por industriales
azucareros, empresarios algodoneros, ganaderos y grandes comerciantes, pero monopolizaban la prensa
y la radio. El 31 de mayo de 1949, el diario liberal El Crisol publicó: «Hernando Navia Varón da la orden
de armarse o perder». En marzo de 1948, Mariano Ospina nombró al coronel Gustavo Rojas Pinilla
comandante de la Tercera Brigada en Cali. Era un oficial que había mostrado inequívocas inclinaciones
conservadoras como comandante de la primera brigada con jurisdicción en Boyacá, departamento que el
Gobierno pretendía reconservatizar a la fuerza. Alberto Galindo escribió en El Liberal: «…Rojas Pinilla
está íntimamente vinculado a las actividades de la policía de asesinos y bandoleros, que él con destreza
de maestro ayudó a organizar en Boyacá…» (Galvis y Donadío, 110). En Cali le correspondió controlar el
orden público el 9 de abril, con 800 soldados. Los liberales formaron una Junta Revolucionaria que
nombró gobernador y alcalde en cabildo abierto. La Policía municipal se sublevó y la situación se tornó
muy grave. Con ayuda del Cóndor, Rojas se tomó la sede de la Junta, apresó sus miembros y los envió a
Pasto para ser juzgados. Concentró allí más de 6.000 liberales vallecaucanos detenidos arbitrariamente.
Rojas consideró su actuación la más brillante de su carrera. Pero realmente destacada fue su astuta
actuación relacionada con la matanza en la Casa Liberal de Cali el 22 de octubre de 1949, donde, a la
salida de una reunión electoral fueron asesinados 15 ciudadanos y heridos 70. «Primero entraron
disparando los chulavitas y los pájaros, luego la Policía departamental y para rematar lo que quedaba
vivo, el Ejército» (ibid, 144 y ss). Ese mismo día, Rojas celebraba su ascenso a general. Siguieron otras
horripilantes masacres a cargo de grupos al mando del Cóndor, de quien se dice que nunca mató a nadie
con su propia mano, pero que sabía leer los editoriales de El Siglo y ejecutarlos volando. Entre junio y
agosto de 1949 hubo incursiones criminales de pájaros en El Águila, Toro, Ansermanuevo, El Dovio,
Bolívar, Versalles, Roldanillo y El Cairo que dejaron 100 muertos. Y así quedaron en cenizas La Tulia, El
Naranjal y La Primavera, para poder tomarse Betania, un pueblo liberal muy próspero fundado por
excombatientes de la Guerra de los Mil Días y atravesado en el camino hacia el Cañón de Garrapatas,
tierras que Leocadio veía con especial interés comercial. Dejaron ocho muertos en Tuluá y cuatro en
Zarzal. La masacre de Ceilán el 27 de octubre fue pavorosa: 250 muertos, según El Espectador (ibid, 149).
La novela Viento Seco, de Daniel Caicedo, describe el hecho. Pedro Antonio Marín me lo contó así:
«Cuando parecía que se calmaba la matazón del puente de San Rafael que dejó varios días rojo el río,
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una tarde se desató un aguacero de balas. De las esquinas del pueblo, del atrio, de la torre, del techo de
la alcaldía, de todos lados salía plomo. Los vecinos corrían de un lado para otro, la guardia cívica disparó
80 tiros, los que tenían, y todo el mundo echó para el monte. Hasta los tullidos corrían» (Molano,
Trochas y fusiles, 62). La segunda entrada de los pájaros a Ceilán fue peor porque los liberales habían
organizado un grupo de defensa. Marín, también testigo excepcional, dice: «Masacraron a todo el
mundo, porque le metieron policía, pájaros, ejército, totalmente equipados, y destruyeron todo a su
paso, quemaron todo; mejor dicho, lo que uno sabe es que les dieron muerte por lo menos a 300
liberales. Luego fue la desbandada de la resistencia» (Alape, Las muertes de Tirofijo). Jaime Naranjo, el
‘Vampiro’, uno de los más sanguinarios lugartenientes del Cóndor, remata así el relato de la brutal
campaña contra los campesinos liberales: «Nosotros no combatimos por combatir, sino por unas
creencias. Luchamos por ganarles esas zonas a los liberales y se las ganamos siendo nosotros minoría.
Limpiamos la zona de liberales y la conservatizamos en cuatro meses» (Molano, Los años del tropel,
172). Pedro Antonio Marín nació en Génova, pero se crio y creció en Ceilán, de donde huyó en abril de
1948 a buscar la vida en la vertiente oriental de la Cordillera Occidental: Tuluá, Riofrío, Betania, tierras de
Leocadio controladas por el Cóndor. De Betania regresó a Ceilán y organizó un comando guerrillero.
Según uno de sus guardaespaldas: «Reunió a sus primos y les dijo que el ambiente para vivir se había
acabado y que la única solución era hacer política. Que dejaran de pensar en los negocios o en las fincas,
que lo que tocaba era enfrentar a los conservadores. Así comenzó. Andando con 25 hombres. El primer
ataque fue en Puente Rojo, entre Cumbarco y Ronsesvalles» (Molano, Trochas y fusiles, 66). Génova es
de Quindío; Cumbarco, del Valle del Cauca, y Ronsesvalles, de Tolima, el nudo de la Cordillera Central, un
pasadero de: colonos, ejércitos, guerrillas, bandoleros. También lo llaman el paso de Las Hermosas.
Marín y su grupo terminarán formando parte del comando de Gerardo Loaiza, su primo, y Leopoldo
García, general Peligro, en Rioblanco. 2. Levantamiento en los Llanos Al comienzo tuvo un carácter
defensivo contra los chulavitas provenientes del norte de Boyacá, que apoyados por la Policía
departamental desplegaron un ataque feroz sobre Chámeza y La Salina, pueblos que producían sal,
indispensable para mantener los hatos en los llanos. Pero el directorio conservador de Boyacá no tenía
sólo intereses económicos, sino, como lo declararía López Pumarejo, se trataba de una «cruzada
neofalangista». El liberalismo, que había logrado algún peso dentro de las FF. AA., organizó una
conspiración que, como todas las que intentó, fracasó: El capitán Alfredo Silva, comandante de la base
aérea de Apiay, se insubordinó y se tomó Villavicencio con el apoyo de Eliseo Vásquez. Con rapidez la
rebelión se extendió por el río Meta y los Llanos de Casanare. El Gobierno taponó todas las entradas al
Llano por la Cordillera Oriental, una de cuyas consecuencias fue el desplazamiento de una gran masa de
población civil errante que seguía a los comandos armados. Un fenómeno que se repite en Tolima y
Sumapaz. El Gobierno, por boca del gobernador de Boyacá, José María Bernal, acusaba a las guerrillas de
«crear una republiquita en los Llanos». Las conferencias guerrilleras buscaban afanosamente la
centralización del mando y la formación de frentes civiles políticos urbanos. Pero a medida que la lucha
aumentaba en intensidad, el liberalismo ponía más tierra de por medio con los alzados. En la Convención
del Teatro Imperio en 1951, la DNL declinó la responsabilidad frente al movimiento armado. Los
comandos, huérfanos, radicalizaron sus banderas políticas y sociales. «Detrás de las guerrillas –decía
Franco Isaza, comandante– viene la revolución». A comienzos de 1952 se inició una etapa de guerra más
generalizada y unificada que contenía por parte de los llaneros «formas embrionarias de guerra de
clase» (Fajardo, 269). El Ejército, acorralado, desplegó toda su saña. Es la época en que tiraban a los
prisioneros, vivos o muertos, desde los aviones. Los 23 comandos que se extendían desde Arauca hasta
el Ariari llegaron a formar un movimiento de 7.000 llaneros, según Villanueva (ibid, 181), 2.500 de los
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cuales, según Ramsey, estaban en armas. Las cuentas del Gobierno en todo el país eran: Policía: 25.000;
fuerzas ilegítimamente constituidas: 5.000; Ejército: 15.000; Marina: 3.200; Fuerza Aérea: 1.200
(Ramsey, 179). La única arma ofensiva era la aviación, a la que los alzados tomaron confianza, de manera
que los ataques de los insurgentes eran cada vez más contundentes. En una emboscada, los llaneros
cobraron 96 bajas del Ejército. A comienzos de 1953, el Ejército atacó por Chámeza con 15.000 efectivos
apoyados por civiles que, según Franco, fueron obligados a regresar a sus cuarteles. Lo reconocería así el
general Matallana. Urdaneta Arbeláez ofreció amnistía a quienes se entregaran, pero fue rechazada. Las
guerrillas liberales se extendieron: en Sumapaz, el sur y el norte de Tolima; Antioquia, Caldas, los
Santanderes. Los comandantes llaneros reunidos en el hato Los Trompillos llegaron a un acuerdo para
consolidar el mando: nombraron general de las guerrillas de los Llanos a Guadalupe Salcedo, emitieron
las Leyes del Llano, que constituyeron la bandera social del movimiento en su última etapa (Anexo 3) y
eligieron un Estado Mayor. A través de López Pumarejo, el Gobierno Urdaneta buscó entablar
negociaciones de paz. El Estado Mayor Revolucionario exigió al Senado una profunda investigación sobre
los orígenes y efectos de la confrontación armada y de los métodos para reprimirla. El Gobierno rechazó
la iniciativa. Los militares contactaron por separado a los comandantes y hablaron sobre entrega a
cambio de amnistía e indulto. Guadalupe aceptó en principio la entrega de armas sin más y visitó los
comandos para consultar la decisión. Acordaron la entrega a cambio de garantías políticas al liberalismo,
reconstrucción de pueblos, organización de cooperativas y titulación de 100 hectáreas a cada una de las
1.500 familias más afectadas. De regreso al fuerte de Monterrey, «como a las 2 p. m. y muy de repente,
el capitán notificó a los guerrilleros que debían entregar las armas» (Revista Trópicos No. 6. Reportaje a
Carlos Neira, de Bernardo García y Cristina de la Torre, 58). Guadalupe se negó. El Ejército propuso que
los civiles y los hombres en armas se trasladaran a una casa en medio del cuartel y, astutamente, ordenó
a los soldados rodear el sitio con 500 fusiles punto 30. La radio de Venezuela anunció: «Hoy serán
fusilados los principales jefes de la revuelta, que se encuentran encerrados». Al día siguiente y para
impedir la matanza, Guadalupe salió desarmado y con él, los 19 comandantes. Duarte Blum los recibió:
«Buenos días, guerrilleros». Frente a la prensa desfilaron 800 guerrilleros y unos 3.000 civiles. El 15 de
enero de 1953 los llaneros entregaron las armas. A renglón seguido fueron asesinados la mayoría de
comandantes y fortalecidas las guerrillas de paz, compuestas por antiguos guerrilleros y origen del
cuerpo de carabineros de la Policía. El 6 de junio de 1957, Guadalupe fue asesinado por la Policía
Nacional en Bogotá. 3. Sumapaz El problema de tierras en Sumapaz comenzó a principios del siglo XX,
cuando los colonos –algunos guerreantes de la guerra de los Mil Días– llegaron a trabajar a la Hacienda
Sumapaz, de la familia Pardo Roche. Tenía 200.000 hectáreas, 50 agregados, 480 arrendatarios, en total
3.500 personas (Londoño, 64). El conflicto se inició hacia 1910 por tierras baldías que el hacendado
pretendía apropiar. El régimen del arrendamiento era simple: por el derecho a una parcela dentro de la
hacienda donde se podía levantar un rancho y tener unas pocas reses y cultivos «no raizales» como café,
el arrendatario debía trabajar en la hacienda o pagar. Las acciones judiciales –desalojo, amparo de
posesión y concesión oficial– tendían a forzar a los colonos a convertirse en arrendatarios. Para los años
20 había 2.500 colonos con más de 30 años de posesión. En esos días apareció Erasmo Valencia,
empeñoso gaitanista, y fundó el periódico Claridad, muy difundido en Sumapaz y Tequendama, que
defendía el derecho a la tierra de los campesinos apelando a las movilizaciones y a las leyes. «Valencia
dotó el movimiento campesino de una ideología propia y, por medio de sus editoriales y denuncias, fue
configurando la épica del movimiento agrario de Sumapaz» (ibid, 194). En Cundinamarca y Tolima el
enfrentamiento entre colonos y hacendados, determinado en buena medida por el alza del precio del
café y la agitación social de los sindicatos de obras públicas, obligó a Abadía Méndez a emitir la Ley 47
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del 26, que permitió destinar seis grandes zonas de baldíos a campesinos, norma que fue desarrollada
por la citada sentencia de la Corte Suprema del mismo año 26. Pero fue el Decreto 1110 de 1928 la
mecha que incendió Sumapaz: arrendatarios invadían predios titulados o baldíos, descuajaban montaña
o tumbaban rastrojeras para sembrar. Entre 1930 y 1934, como repercusión de la crisis económica en la
estructura agraria, se presentaron dos clases de conflictos: el de los arrendatarios de tierra – a su vez
«arrendadores de servicios»– contra los hacendados, y el de los «cultivadores de baldíos» por el derecho
de posesión. El Gobierno optó por la compra de latifundios para parcelarlos a los campesinos. Erasmo
Valencia investigaba títulos, medía tierras, demarcaba baldíos para definir cuáles serían apropiados
como colonias. Los baldíos, por efecto del Decreto 1110, dieron lugar a colonias agrícolas, como en el
caso de la hacienda Andalucía. A comienzos de 1930 fundó la «Colonia Villa Montalvo», que agrupaba
colonos del alto Sumapaz, Pandi, Icononzo y Cunday y funcionaba como sindicato. Los socios eran
colonos y pagaban una cuota por la defensa de sus intereses. La tesis de Erasmo –los terratenientes
cogen la tierra no para trabajarla sino para impedir que se trabaje– era oída y puesta en práctica: El
ejemplo cundió en 12 haciendas e involucró 700 familias. Los hacendados presionaban a los gamonales,
los gamonales a los gobernadores y alcaldes, y estos a la Policía o a la guardia departamental. El
resultado: diligencias de policía, abusos de autoridad y uso de la fuerza, como en el caso de La Georgina,
donde terminaron pasados por las armas tres campesinos, y heridos a culata y bayoneta 10. Gaitán
sentenció proféticamente: «La violencia continuada puede traer y traerá la violencia, que no será
entonces injusta represalia sino legítima defensa». Una de las grandes peleas fue la de colonos contra la
familia Caballero, propietaria de la gran hacienda cafetera El Chocho, en Fusagasugá, que terminó
parcelada en parte. El liberalismo y el gaitanismo tuvieron una significativa participación. Otras
haciendas como la Tolima5 , cerca de Ibagué; la Compañía Cafetera de Cunday, y la de los Pardo Roche
en Sumapaz, terminaron intervenidas por el Estado. Las ejecuciones gubernamentales, medidas
legislativas y luchas campesinas terminaron poniendo en cuestión el régimen de la gran hacienda
cafetera y un aumento notable de los cafetales pequeños y medianos. Entre 1925 y 1930, 20 de las
grandes haciendas de Cundinamarca enfrentaron el mismo problema y conocieron idéntica solución
(Bejarano, J. A. 2007. «El despegue cafetero 1900-1928». En Ocampo, 230). En Sumapaz la adjudicación
de baldíos a colonos de Pandi y Cunday se incrementó, lo que redundó en consolidación y ampliación de
las colonias agrícolas. La combinación de la agitación social gaitanista y la apertura de los gobiernos
liberales a los reclamos de campesinos se tradujo en una fortaleza política frente al asedio de los
conservadores y a las 5 Muertos hubo en la hacienda Tolima. En un combate entre policías y
arrendatarios de la finca. El arrendatario Eusebio Pardo había solicitado del juez primero municipal el
avalúo de las mejoras hechas en la finca que tiene la hacienda “Tolima” en el juicio de lanzamiento que
contra Pardo han promovido los dueños de Tolima. Después de esta solicitud, Pardo y sus amigos se
arrepintieron, pero como ya estaba ordenado el avalúo, el juez municipal insistió en que se llevara a cabo
no obstante la oposición de los arrendatarios. El Espectador. 14 de agosto 1934; p1;3: 17 provocaciones
de los terratenientes agrupados en la APEN. Quizás el único caso grave en la región fue la balacera contra
una concentración gaitanista en Fusagasugá en 1933, que dejó cuatro muertos y 20 heridos. Gaitán lo
denunció y reiteró la urgencia de la expropiación sin indemnización y la distribución gratuita de tierra a
los campesinos. El Partido Nacional Agrario (PAN), fundado por Erasmo Valencia, apoyó la pretensión y
alcanzó a tener representación legislativa en Cundinamarca. Los últimos gobiernos de la República
Liberal parcelaron 140.000 fanegadas. En las elecciones de 1946, Gaitán, aliado con Juan de la Cruz
Varela, quien heredó la pelea de Erasmo Valencia, triunfó decididamente en Sumapaz. En las elecciones
de 1947 Varela fue elegido diputado a la Asamblea del Tolima. El asesinato de Gaitán fue un machetazo
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que cortó de tajo la historia de las luchas agrarias pacíficas en Sumapaz. La gente se amotinó en Fusa,
Pasca y Andalucía, después en Villarrica, pero la reacción no derivó en anarquía, como en Bogotá,
porque existía una organización social y política fuerte con dirigentes visibles y aguerridos. Cuatro días
después, había juntas revolucionarias que destituyeron alcaldes, abrieron las cárceles, se armaron y
detuvieron un centenar de conservadores. En Pasca se nombró jefe civil y militar a un guerreante de la
guerra de los Mil Días que formó escuadras para tomarse el poder local «tal como en Barranca»
(Londoño, 440). Sucedió lo mismo en Andalucía, donde los colonos de Villa Montalvo se organizaron,
apresaron a los pocos conservadores del pueblo y se armaron para «contribuir a derrocar el gobierno
conservador» (ibid, 442). Fue como un ensayo general de pasar de las leyes a las armas, que se detuvo al
ser nombrado gobernador de Cundinamarca Pedro Eliseo Cruz –amigo íntimo de Gaitán– en el marco del
acuerdo de Ospina con Lleras y Echandía. Las manifestaciones gaitanistas se sucedían con miras a las
elecciones de 1949. En San Bernardo, Fusagasugá, Pasca hubo enfrentamientos con los conservadores
que dejaron tres muertos y 15 heridos. En Cabrera y Sumapaz hubo atentados armados de hacendados
contra colonos, y en Cunday, las «arbitrariedades de las autoridades son monstruosas» (ibid, 451). Varela
se escapó de un atentado en Arbeláez. En enero de 1950, el Gobierno nombró director de la colonia Villa
Montalvo a Eduardo Gerlein, laureanista acérrimo que traía la «orden expresa de conservatizar la región
a cualquier precio» (ibid, 474). Un mes después de posesionarse, «asesinos de filiación conservadora,
apoyados por la dirección gubernamental, violaron niñas y mujeres, quemaron humildes ranchos y
destruyeron sementeras. El 15 de febrero mataron 140 hombres en la vereda de San Pablo, cuando los
llevaban presos a la cárcel de Cunday» (González y Marulanda, citados por Londoño, 475). Esto llevó a
los colonos a organizarse militarmente para repeler los ataques del «nuevo orden» conservador. Así, en
Mercadilla, vereda de Villarrica, un grupo de autodefensas campesinas dio de baja a 19 soldados. La
reacción fue el bombardeo. La violencia contra Sumapaz se intensificó a raíz del atentado en 1952 contra
el gobernador de Tolima y el hijo del presidente en ejercicio, Urdaneta, en El Líbano. Villarrica, por ser el
centro más organizado de la región, se convirtió en el nervio de la resistencia defensiva, pero pronto
surgieron otros focos de autodefensa en El Roble, Guanacas y El Palmar, donde Varela, siendo un católico
fundamentalista, adhirió al Partido Comunista y donde nació el Mono Jojoy por esa época. Allí llegó,
enviado del sur de Tolima, Luis Enrique Hernández, alias ‘Teniente Solito’. Se realizó una asamblea de
autodefensas donde se eligió un comando político y militar encabezado por Varela y por guerrilleros
tanto de Sumapaz como cuadros entrenados militarmente en Viotá. El comando, de 50 guerrilleros,
protegía a la población civil de los fuertes y regulares ataques de comisiones del Ejército, la Policía y las
guerrillas de paz. La gente se refugió en la llamada Selva de Galilea y en Altamizal. La presión militar
obligó a dividir las fuerzas guerrilleras en dos comandos, uno para acompañar la marcha de Villarrica
hacia el río Duda, en el alto Sumapaz, y otro para atacar el puesto militar de La Concepción y entretener
a los militares mientras los civiles coronaban la cordillera. El ataque fue contundente y aunque murieron
varios guerrilleros –incluido Solito–, las autodefensas destruyeron el puesto militar. Varela se dedicó a
organizar frentes de autodefensa, mientras 4.000 campesinos se movilizaban hacia el Duda y el
Guayabero, y otros hacia El Pato. 4. Magdalena Medio En los años 20 se construyeron los ferrocarriles de
Bogotá a Girardot, Medellín a Puerto Berrío, Bucaramanga a Puerto Wilches y Cúcuta al Zulia, y los
cables aéreos entre Manizales-Mariquita y Ocaña-Gamarra. La exportación del café y la explotación de
petróleo fueron los motores del desarrollo vial. Las obras impulsaron la colonización y generaron no
pocos conflictos sobre baldíos entre colonos y poseedores de títulos. Los sindicatos de obreros
petroleros y de obras públicas buscaron la solidaridad de los colonos y difundieron tesis liberales y
socialistas que dominaron el eje Bucaramanga-Barranca, hasta Puerto Berrío y La Dorada. A comienzos
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de los años 40 hubo organizaciones campesinas influidas por el socialismo en Barranca, Rionegro, Puerto
Wilches, Lebrija y San Vicente, con unos 1.300 socios (Informe del gobernador de Santander a la
asamblea departamental 1943, citado por Vargas, 96). En los años 30 el liberalismo santandereano
afianzó su poder electoral y no fue ajeno a imponerse en las urnas usando los cuerpos departamentales
y municipales de Policía, como sucedió en Boyacá. Casi todos los municipios de la vertiente
santandereana eran liberales. Las banderas sociales de los sindicatos y las pretensiones electorales del
liberalismo dominaban y se entrecruzaron durante los años 30 y 40, sintetizdas en la figura de Gaitán. En
Santander el triunfo de Ospina Pérez significó el nombramiento de autoridades locales conservadoras
que montaron un cuerpo de policía que el liberalismo calificó de extrema peligrosidad: «homicidas,
rateros y facinerosos que crearon una inquietante zozobra» (Galvis Galvis, 11). Frente al nombramiento
de 500 policías departamentales reclutados en pueblos conservadores, Gaitán declaró, como diputado,
que si se buscaba presionar al partido con una policía política para ganar las elecciones, la reacción
liberal sería tanto más aguda e intensa cuanto más honda fuera la coacción. En todo el departamento la
agresión de la Policía –en particular de la «policía cívica»– contra el liberalismo se tornó crítica. El
gobernador nombró 18 militares alcaldes, entre ellos en San Vicente de Chucurí a José Joaquín
Matallana, que trató, sin lograrlo, el desarme de grupos conservadores. Como queda dicho, a raíz del 9
de abril se levantó en armas Rafael Rangel en la región de La Colorada, dominada por Zoilo González,
que había organizado ya un grupo de 100 hombres (Vargas, 117). Los insurgentes controlaron la región
del Carare Opón y la vía entre Vélez y el Carare y recibieron apoyo de células urbanas creadas entre
estudiantes y profesionales, y obreros de obras públicas y de petróleo. Sus acciones fueron violentas:
«Cuando (Rangel) hizo presencia en el Carare, pasaba por corte de franela a cuanto conservador pillara»
(Vargas, 118). Fue un clásico movimiento defensivo que sin embargo tomó iniciativas militares
importantes como la toma de San Vicente el día de las elecciones del 27 de noviembre de 1949. Se dijo
que la guerrilla liberal había asesinado a 100 conservadores que hacían fila para votar. Monseñor
Guzmán habla de 200. Hizo combates memorables como los de Albania, Guaca, Zambito, y en Tona
montó una emboscada que le costó al Ejército 20 soldados. El Ejército bombardeó El Colorado y los
páramos de El Salado y El culebrero. Los perseguidos eran mayoritariamente liberales y en particular
gaitanistas. A medida que Rangel ganaba terreno a la Policía departamental y a las municipales y
derrotaba a las cívicas o chulavitas, el Ejército abría operaciones de pacificación. «Los campesinos fueron
masacrados de la manera más infame, violadas sus mujeres, y a los que dejaron con vida les incoaron
procesos criminales» (Galvis Galvis, 117). En una carta al gobernador, Galvis añade que «la soldadesca y
sus oficiales arrean con los ganados, (roban) gallinas y cerdos, el café recolectado, provisiones, dinero,
joyas, muebles…» (ibid, 123). El Ejército adoptó las mismas prácticas de la Policía que la hicieron tan
odiada. La ofensiva del conservatismo contra el liberalismo buscaba el sometimiento en las urnas y el
abandono campesino de sus tierras. Estas quedaban solas y, siendo ricas, eran ocupadas de inmediato.
En 1952, Rangel dominaba el territorio entre La Dorada y Puerto Wilches y hacía difícil la navegación por
el río Magdalena. Con el golpe de Rojas Rangel entregó armas el 3 de agosto de 1953 en el Opón. Un año
antes, Urdaneta Arbeláez había creado un programa de colonización dirigida a lo largo de la línea del
ferrocarril del río Magdalena, en construcción, para asentar principalmente reservistas y exmiembros de
la fuerza pública. Rojas Pinilla continúo el proyecto, pero incluyó exguerilleros y centró el esfuerzo en
Cimitarra. Construyó un gran aeropuerto militar y aprovechó para comprar a su nombre una hacienda en
Landázuri. 5. El golpe de Rojas Pinilla López Pumarejo soslayó al Ejército durante su primer mandato.
Desconfiaba del alto mando formado en la Hegemonía. Plinio Mendoza Neira, como ministro de Guerra,
protegió la débil tendencia liberal en el Ejército mientras «liberalizaba» la Policía en manos de
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gobernadores y alcaldes. En su segundo mandato, López pagó su intento con el golpe de Pasto. El 9 de
abril el Ejército respaldó a Mariano Ospina; en reconocimiento nombró tres generales en el gabinete y
entregó el mando de la Policía a un alto oficial del Ejército, pese a lo cual la Policía se chulavitizó. Los dos
partidos sabían que el apoyo de las armas era decisivo para afrontar o para hacer la violencia y hasta
veían a los militares como posibles árbitros en el conflicto, lo que se hizo realidad cuando las guerrillas
representaron un peligro inminente para el sistema. Laureano propuso una junta militar para pacificar el
país y López no fue ajeno a la iniciativa. Aunque nunca se conocerán números exactos, la cifra de
guerrilleros armados hacia 1953 podría ser entre 40.000 y 55.000, mientras los efectivos de la fuerza
pública no pasaban de 25.000 (Ramsey, 206). Sin duda la debilidad del Gobierno fue una de las causas
del envío de tropas a Corea, con lo que Laureano buscaba comprometer a EE. UU. en el conflicto interno
y excusar su apoyo al nazismo. De hecho, el Gobierno recibió de EE. UU. un importante cargamento de
armas a raíz de la emboscada de El Turpial y del intento de toma de la base de Palanquero en 1952. Con
el argumento de que la democracia era incapaz de impedir la revolución comunista, propuso un régimen
de corte corporativo inspirado en la dictadura de Franco, que buscaba «crear un sistema autoritario
encabezado por un presidente todopoderoso» (Parsons, 519). El liberalismo y la mayoría del
conservatismo se opusieron rotundamente y pactaron el golpe militar de Rojas Pinilla el 13 de junio de
1953. La entrega de las guerrillas a cambio de meras garantías políticas fue masiva y rápida. En seis
meses sólo quedaban resquicios armados en el sur de Tolima y Sumapaz, grupos influidos por el Partido
Comunista, que desconfiaba del jefe Supremo de las Fuerzas Armadas por sus tendencias conservadoras,
su comportamiento como comandante de la II Brigada en el Valle del Cauca y por considerar que
«continuaría la misma política de entreguismo y abandono de la soberanía nacional» (Treinta años, 111).
Rojas mostró su anticomunismo a los pocos días del golpe al declarar su admiración por Franco, y antes
de que los periodistas lo notaran, el Gobierno nombró por decreto «una red de censores cuyos cuarteles
generales estaban en las gobernaciones departamentales y las brigadas militares» (Galvis y Donadío,
270). Cinco días antes de la celebración de su elección constitucional en 1954, los estudiantes citaron
una manifestación para conmemorar el asesinato de Gonzalo Bravo durante el gobierno de Abadía
Méndez en 1928. El Ejército trató de impedirla a bala y resultó muerto Uriel Gutiérrez. Al día siguiente, 9
de junio, el Gobierno bloqueó a disparos el paso de una manifestación de estudiantes con un
destacamento de Ejército y Policía. Resultaron muertos ocho estudiantes, heridos 50 y detenidos 200,
entre los cuales conocidos dirigentes comunistas. Los soldados habían hecho curso para apoyar al
Batallón Colombia en Corea y estaban listos para embarcarse: Tras el respaldo de EE. UU., Rojas culpó al
comunismo. En julio de 1954, la Asamblea Nacional Constituyente eligió a Rojas Pinilla presidente para el
período 1954-1958 y el 6 de septiembre decretó «la prohibición del comunismo internacional en
Colombia». Fue una norma copiada de la Ley de Control del Comunismo aprobada por el Congreso de
Estados Unidos dos semanas antes en Washington, que a su vez se basaba en The Subversive Activities
Control Act of 1950, impulsada por el senador McCarthy. La censura de prensa y la ley anticomunista
molestaron al liberalismo, a pesar, como lo manifestaron, de ser un partido anticomunista. El Gobierno
sabía que los movimientos del sur de Tolima y de Sumapaz seguían armados pese a haber participado en
las ceremonias de entrega en algunas partes. No representaban mucho peligro, pero sí una gran
oportunidad de recibir apoyo y beneplácito de EE. UU. en plena Guerra Fría. Rojas inició en Sumapaz
contactos tendientes a la desmovilización y el 31 de octubre, con bombo y platillos, desfilaron tres
grupos de guerrilleros y depusieron las armas. El Gobierno se comprometió a reconstruir más de 25
pueblos y 12.000 viviendas y a devolver las tierras que habían sido adquiridas a bajos precios, a sus
legítimos propietarios. El Ministerio de Agricultura asignó 600.000 hectáreas para el programa y la
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construcción de tres grandes carreteras, inclusive una entre Sumapaz, El Duda y Acacías. Todo pintaba
bien hasta cuando el Gobierno ordenó la construcción de un aeropuerto en el alto Sumapaz, obra que a
los ojos de los curtidos guerrilleros no era inocente. El rompecabezas quedó armado cuando el Gobierno
declaró zona de operaciones militares toda la región Sumapaz, Cabrera, Cunday, Villarrica y Melgar e
inició una «operación limpieza». En Cunday, sede del comando operativo, se establecieron verdaderos
campos de concentración. La limpieza consistió en el traslado de casi 6.000 personas a centros de
trabajo obligatorio. Hacia mediados de junio de 1955, se amplió el cerco militar y el campo de
concentración se llenó de prisioneros. El 8 de junio entró el Ejército a la zona en plan de guerra. Los
mandos campesinos ordenaron defender la Colonia de Villa Montalvo. «Trajeron 12 aviones que
bombardeaban y ametrallaban. El Ejército, que dizque eran 7.000 soldados reducidos en un solo sector,
todos disparaban… parecía el día del juicio final… nosotros evacuamos, íbamos como 30.000 personas.
Los aviones acabaron con la iglesia y la Colonia. No dejaron casa que no desbarataran... bombardearon
con bombas incendiarias… caía la bomba y prendía todo, casas, potreros, monte» (Aprile, 88). Otro
recuerda: «Tomamos posiciones. Hicimos la ‘cortina’ de defensa, desde la región de Prado hasta
Cunday… Una distancia que necesita días para recorrer a pie. Nosotros no retrocedíamos y el Ejército no
podía avanzar… Nuestras fuerzas pasaban de 5.000 combatientes. Entre 1955 y 1956 resistimos 11
meses, 17 asaltos del Ejército. Nos bombardeaban desde las 4 a. m. En el río Cuinde combatimos contra
300 hombres, y se terminó con el Batallón Colombia… que también golpeamos en Mercadillas» (Prada,
71). La reacción del Gobierno fue brutal. Bombardeó con napalm regiones pobladas o lugares de refugio
civil, la guerra de posiciones fue derrotada. Campesinos que antes eran trabajadores de fincas cafeteras
o pequeños propietarios de Cunday, Guatimbol, Pandi e Icononzo emprendieron un éxodo hacia el alto
Sumapaz y el sur de Tolima. Los recuerdos de los guerrilleros coinciden con un informe del embajador
norteamericano al Departamento de Estado en abril de 1955: «…total evacuación de civiles de
Villarrica… alrededor de 2.500 personas… cientos arrestados en las zonas de operaciones… hay cerca de
10.000 soldados en el área… el Ejército está exagerando su misión en Villarrica arrestando y ejecutando
personas indiscriminadamente, especialmente liberales, bajo el pretexto de que son comunistas. La FAC
arrojó 50 bombas napalm fabricadas aquí… se nos informó que la ofensiva rompió la organización
guerrillera» (Galvis y Donadío, 435). A fines de 1955 Rojas comenzó a perder respaldo en los partidos por
la creación del «binomio Pueblo-Fuerzas Armadas» y del sector financiero, por temor a la
nacionalización de la banca, lo que facilitó un arreglo con las guerrillas de Sumapaz: el Gobierno permitió
el regreso de 1.400 familias a sus hogares y nombró una comisión para el «estudio de títulos y la pronta
y recta devolución de propiedades» (Londoño, 559). En diciembre de 1956 se realizó una reunión del
Partido Comunista con Varela y se resolvió: «trasladarse con familias a regiones del Duda y el Guayabero
para abrir esas tierras y formar el primer ejército de liberación nacional, marchando al nudo central de
los Andes, es decir, al sur de Tolima y el norte de Cauca, para seguir combatiendo» (ibid, 553). A la caída
de Rojas, la Junta Militar suspendió las operaciones y se reunió con jefes guerrilleros. La junta aceptó
que no entregaran armas, con el compromiso de suspender las hostilidades. Varela dejó explícita
constancia: «Nos reservamos el derecho de poseer con qué defendernos mientras las mismas
condiciones nos inspiran confianza…» (ibid, 565). TERCERA PARTE: EL VIRAJE V. LOS AÑOS 60 1. Frente
Nacional La idea del Frente Nacional (FN) se originó en la estrategia de colaboración de los dos partidos
tradicionales en el manejo del poder político durante la administración de Olaya, pero fue López
Pumarejo quien en 1946, cuando ya la violencia se salía de madre, propuso que los liberales presentaran
a los conservadores una lista de presidenciables para que estos escogieran. El gran opositor de la
colaboración entre los partidos tradicionales había sido Laureano, pero en 1957, tras el exilio en España,
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aceptó la iniciativa liberal de turnarse el poder los dos partidos. Para los liberales y muchos
conservadores –así no lo confesaran–, la violencia tenía que ver con el botín burocrático. La creencia de
que la coalición liquidaría la lucha banderiza no resultó cierta. El vacío fue llenado por el MRL y la Anapo,
movimientos que en última instancia trasladaron su fuerza social a los grupos armados. No en vano el
MRL tuvo que ver con la fundación del ELN, y la Anapo con el M-19. El FN nació en un contexto
internacional que cambiaba con rapidez: Fidel Castro triunfó en Cuba, 1959; EE. UU. cayó derrotado en
Vietnam, 1975, y, entre uno y otro, estalló la Revolución estudiantil del 68 en París. Tres hechos que,
pese a surtir efectos diferentes, condicionaron el rumbo que los fundadores del FN habían previsto. La
revolución cubana, bloqueada por EE. UU. al nacionalizar la industria del azúcar, buscó protección en la
Unión Soviética. La Guerra Fría no tuvo, «objetivamente hablando», ningún peligro inminente de
desencadenar una guerra, fue sin embargo el gran argumento del complejo industrial-militar para
imponer la Doctrina de Seguridad Nacional, sobre todo después de la crisis de los misiles en 1962
(Hobsbawm, 239). El carácter de las guerrillas de los años 40 y 50 cambió sustancialmente a raíz de esa
imposición, estrenada en Colombia con la toma de Marquetalia. Los manuales de Yonborugh se hicieron
textos oficiales en la Escuela de Guerra. La guerra de Vietnam, más allá del aliento a las luchas del Tercer
Mundo, creó condiciones inesperadas para el desarrollo del consumo de drogas ilícitas, que cayó como
anillo al dedo a las revoluciones culturales que tenían lugar en Francia y EE. UU. Los conflictos agrarios
tenían ya en Colombia una larga historia cuando la Revolución Cubana emitió la Ley Agraria en 1961.
Nuestros dirigentes políticos sabían que el problema de la tierra estaba íntimamente ligado a la lucha
armada y que encontraba piso y fuerza donde había organizaciones campesinas como en Sumapaz,
Tolima, Santander y Cauca. Donde no las hubo, la persecución política se bandolerizó cuando los partidos
les quitaron apoyo a sus clientelas armadas. Son los casos, por ejemplo, de Efraín González y de Teófilo
Rojas, a diferencia de los de Charro Negro y Juan de la Cruz Varela. Siendo el FN un acuerdo para acabar
con «esa guerra civil del siglo XX», como la llamaba López Pumarejo, los partidos debían encarar el
problema agrario continuando una tradición que arrancó en los 20. Con el aval y la participación de los
dos partidos se creó la Comisión para el Estudio de las Causas de la Violencia en 1957. Sin embargo, el
rumbo que tomó la revolución en Cuba, que obligó a EE. UU. a crear la Alianza para el Progreso como
antídoto contra el contagio comunista, dio un aire nuevo a la reforma agraria. No en vano Kennedy visitó
Colombia en la misma semana en que se firmó la Ley de Reforma Agraria. Así, pues, la Doctrina de
Seguridad Nacional y la Alianza para el Progreso fueron dos caras de la misma moneda o, si se quiere, la
combinación de todas las formas de lucha de EE. UU. para mantener el statu quo y aislar al mismo
tiempo a Cuba. El gobierno de Lleras Camargo creó en 1958 la Comisión Especial de Rehabilitación, que,
según perspicaz concepto de Gonzalo Sánchez, se convirtió en un «gabinete ministerial para asuntos de
la violencia». El concepto general del presidente Lleras sobre el fenómeno violencia era simple: «un
flagelo que tiene que tiene raíces sociales»; en consonancia, la solución fue: construcción de escuelas,
asistencia a desplazados, carreteras de penetración, distribución de baldíos, terminación de cárceles. El
tema de tierras propiamente dicho no tuvo mucho espacio porque los ministros consideraron que no era
prudente meterse en ese avispero y por lo tanto, los programas se orientaron a obras de infraestructura,
con un agravante: la distribución de recursos debía respetar la milimetría y por tanto alimentar el
clientelismo. No obstante, gracias a Echandía, gran parte de las inversiones se hizo en Tolima, donde
habían sido destruidas 35.000 casas. La Comisión se ocupó también del problema de la invasión de
tierras en Viotá y otras regiones. Negoció haciendas para hacer parcelaciones campesinas y creó el
Programa de colonización dirigida en el Ariari, Carare, Sumapaz y Caquetá. El fracaso de estos programas
quedó patente: de los 10.000 colonos que se pensaba trasladar al Ariari, sólo se instalaron 251. La
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comisión murió lentamente al perder respaldo de los políticos, más interesados en los presupuestos
departamentales que en las cifras marginales de la Rehabilitación. En la última etapa el programa se
transformó en una plataforma que permitió la ofensiva de militares, autoridades civiles y hacendados,
contra bandoleros, gamonales y campesinos (Sánchez, 117). No obstante, la Comisión de Reforma
Agraria (10 liberales y cuatro conservadores), presidida por Lleras Restrepo, estaba en marcha. El
laureanismo no quiso participar. Aunque minoritario, el Partido Conservador impuso sus tesis: 1. Las
tierras expropiables debían ser pagadas a precios comerciales, 2. La reforma debía incluir carreteras,
riego, escuelas, fábricas y «música». 3. Priorizar la mediana propiedad. 4. Preparar a los campesinos para
«ingresar al movimiento urbano» (Delgado O, 97-98). El liberalismo, comprometido con EE. UU. a tomar
decisiones y presionado por invasiones de tierra, sacó adelante la Ley 135 de 1961. EE. UU. y las agencias
internacionales le prestaron a Colombia más de mil millones de dólares, de los cuales gran parte se
asignó a los proyectos del Incora. Llegaron también más de mil voluntarios de los Cuerpos de paz
(Henderson, 573). El laureanismo atacó frontalmente la nueva ley, que consideró perjudicial y regresiva
porque enfrentaba a los campesinos con los propietarios. «No gustamos de la lucha de clases»,
sentenció Álvaro Gómez en el Senado. Y a renglón seguido, formuló la nefasta tesis de las repúblicas
independientes: «No hay ningún colombiano que legítimamente pueda invocar motivos políticos para
rechazar la soberanía del Estado. No se ha caído en la cuenta de que hay en este país una serie de
repúblicas independientes que no reconocen la soberanía del Estado colombiano, donde el Ejército
colombiano no puede entrar, donde se le dice que su presencia es nefanda, que ahuyenta al pueblo, o a
los habitantes. Hay una serie de repúblicas independientes que existen de hecho aunque el Gobierno
niegue su existencia, periódicamente da unos comunicados falsos, mendaces, diciendo que el territorio
nacional está todo sometido a la soberanía y no está bajo la soberanía colombiana. Hay una república
independiente de Sumapaz; hay una república independiente de Planadas, la de Río Chiquito, la de ese
bandolero que se llama Richard y ahora, tenemos el nacimiento de una nueva república independiente
anunciada aquí por el ministro de Gobierno: la república independiente del Vichada. La soberanía
nacional se está encogiendo como un pañuelo; ese es uno de los fenómenos más dolorosos del Frente
Nacional» (Alape, La Paz, la violencia, 245). Alberto Lleras ignoró el ataque de Gómez, pero tomó atenta
nota y la compartió con EE. UU. Desde entonces se comenzó a planear la toma del sur de Tolima.
Durante el gobierno de Guillermo León Valencia poco avanzó la reforma agraria. Lleras Restrepo fue su
principal mentor sin salirse del marco trazado por los partidos: inversiones en regadío, titulación de
baldíos, crédito supervisado. Los obstáculos interpuestos por los dos partidos llevaron a Lleras Restrepo
a crear al final de su gobierno (1968) la Asociación Nacional de Usuarios Campesinos (ANUC). El balance
de la reforma agraria fue muy pobre. La concentración de tierras se intensificó; las medianas
propiedades no se fortalecieron; los aparceros y arrendatarios disminuyeron; avanzó la colonización del
piedemonte amazónico, Magdalena medio, Urabá, Catatumbo y costa pacífica (Ocampo, 396). Las cifras
son claras: entre 1962 y 1985 entraron por extinción de dominio 3,6 millones de hectáreas. Por compra y
cesión o expropiación fueron 889.000 –sólo el 7,4 % por expropiación–. La mayoría eran tierras
inexplotadas. Según el censo agropecuario de 1974, en 1970 había 800.000 familias sin tierra, la reforma
benefició al 8 %. La titulación de baldíos fue de 7,7 millones de hectáreas distribuidas en 260.000 títulos.
La adecuación de tierras cubrió 178.000 hectáreas; la mitad de los beneficiados eran minifundistas y el
15 %, propietarios medianos a grandes (ibid, 404- 405). En dos palabras, la principal acción del Incora fue
la colonización. «Con el pasar de los días, la mayoría de las zonas de colonización experimentaron un
‘traumático’ proceso de descomposición ante el avance de la ganadería y de la agricultura comercial»
(ibid, 400). La debilidad de la reforma agraria corrió pareja con el fortalecimiento de las organizaciones
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campesinas y los movimientos armados. Lleras Restrepo impulsó la ANUC por medio de un grupo de
promotores vinculados al Ministerio de Agricultura y al Incora, y de una agresiva campaña publicitaria. La
meta era organizar un millón de campesinos. El conservatismo consideró muy peligroso el paso de
Lleras. En tres años, se organizaron un poco más de 950.000 usuarios y 450 asociaciones. La ANUC se
radicalizó al punto de exigir la legalización de las invasiones de tierras, la expropiación sin indemnización
y la conformación de consejos de reforma agraria para dirigir la expropiación (Primer mandato
campesino, 1971). El gobierno de Misael Pastrana reaccionó promoviendo la división de la ANUC al
acusarla de infiltración comunista. El sector más radical se conocería como «Línea Sincelejo», mientras el
sector institucional se llamaría «Línea Armenia». La línea Sincelejo llevó a cabo más de 2.000 invasiones
de tierra en todo el país en 1971 y 1972 y organizó paros cívicos en Caquetá, Caldas, Córdoba, Saravena y
Sucre. La represión fue violenta. El Gobierno congeló el presupuesto de la ANUC, despidió a los
funcionarios campesinistas, encarceló y persiguió los dirigentes de paros e invasiones. Las invasiones,
que antes se negociaban, «fueron severamente reprimidas por la policía rural y se dio libertad a los
terratenientes para organizar grupos armados por cuenta propia» (Zamosc, citado por Ocampo). El
Comité de Presos Políticos denunció el asesinato de varios dirigentes campesinos «a manos de pájaros o
matones empleados por gamonales y terratenientes locales» (Revista Alternativa. Citado por Bagley,
204). El movimiento campesino, muy influido por distintos e irreconciliables grupos de izquierda, se
dividió en dos tendencias cuyas consignas sintetizaban sus programas: La tierra es para quien la trabaja y
Tierra sin patrones. A su vez, el Gobierno, por iniciativa y presión del Partido Conservador, promovió el
«Pacto de Chicoral», que «inició el desmonte de la Reforma Agraria» (Ocampo, 406). El primer acuerdo
fue proteger la afectación de predios por parte del Incora definiendo reglas más precisas para su
clasificación. El segundo, el establecimiento de la renta presuntiva y, por último, la creación del Fondo
Financiero Agropecuario. Durante el gobierno de López Michelsen, los acuerdos del Pacto de Chicoral
fueron complementados con el programa DRI-PAN, tendiente a elevar la producción y la productividad
campesinas orientadas por la Revolución Verde y la perspectiva de romper la dependencia de la
exportación de café abriendo nuevos renglones como algodón, palma africana, azúcar. «López no
buscaba la redistribución de tierra sino el control de las movilizaciones campesinas para desarrollar el
capitalismo en el campo» (Ocampo, 209). Las divisiones en la ANUC y el principio de independencia
indígena del movimiento campesino condujeron a la fundación del Consejo Regional Indígena del Cauca
(CRIC). 2. La cuna de las FARC La Violencia en Tolima en los años 50 fue particularmente sangrienta. Entre
1948 y 1957, fueron asesinadas 35.294 personas y se abandonaron 93.882 fincas. Como respuesta se
organizaron 33 comandos armados, 12 de los cuales en el sur, región colindante con Cauca, Valle, Huila y
Caquetá. Como ya se dijo, hacia 1950 llegó Pedro Antonio Marín con 19 hombres armados, casi todos
familiares, huyendo de la violencia de Quindío y del norte del Valle y se integró al comando de su primo
Gerardo Loaiza en Rioblanco. Los Loaiza, liberales prósperos, estaban aliados con ‘Peligro’ y ‘Arboleda’.
Marín comenzó a operar en las cuencas de los ríos Atá y Cambrín y organizó su propio comando en la
región de San Miguel, donde se refugiaban cientos de liberales víctimas de un gran operativo desplegado
por la Policía en Santiago Pérez, Planadas y Gaitania, tierras fértiles de vertiente trabajadas por colonos
caldenses y campesinos tolimenses, muchos descendientes de indígenas paeces y pijaos que lucharon
por la tierra al lado de Quintín Lame. Como en todo el país, la gente se defendió durmiendo en el monte,
estrategia de sobrevivencia que dio lugar a focos de resistencia armada como los comandos de Ciro
Castaño, en Monteloro; Prías Alape, en Villarrica; Jesús María Oviedo, en Santiago Pérez, vinculados al
comando de los Loaiza. De otra parte, desde los años 30 María Cano y Raúl Mahecha tenían gran
influencia en el sur de Tolima, lo que facilitó la creación de Ligas Campesinas y la organización de células
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del Partido Comunista. Su más importante dirigente fue Isauro Yosa, ‘Mayor Líster’, nacido en Irco,
Chaparral, donde comenzó a trabajar en la Hacienda Providencia, de los Rocha. El café era el principal
negocio en la región y su economía prosperó a la par con el conflicto de tierras; en el sur de Tolima, la
colonización cafetera campesina chocó las grandes haciendas. Yosa organizó el Comando del Combeima
y ayudado por los Loaiza dirigió una columna de marcha, con campesinos desplazados y amenazados,
hacia la región de El Davis, en Rioblanco. Eran unas 200 familias apoyadas por hombres armados de
escopetas en un recorrido de más de 100 kilómetros. Se fundó así el comando de El Davis, población civil
defendida por grupos armados que elaboraron un reglamento y unas normas de defensa armada para
rechazar el hostigamiento conservador. Los bienes eran colectivos y la comida muy escasa. Los adultos
salían a buscar alimentos o a realizar operativos militares; las mujeres cosían, lavaban la ropa y
preparaban alimentos; los viejos cultivaban maíz, fríjol, yuca, plátano y caña panelera, y los niños
ayudaban en diversas labores, incluida la preparación militar en el comando «Batallón Sucre». Había
hospital, campo de paradas, fábrica de cotizas, almacén general o comisariato, comedores generales,
armería, escuela, guardería, juzgado, y se llegó a construir refugios antiaéreos. Más que una táctica de
autodefensa, fue una alternativa obligada. Años más tarde, El Davis sería llamado por Manuel Marulanda
«corazón de la resistencia», y por Jacobo Arenas, «matriz del amplio movimiento campesino dirigido por
el Partido Comunista». Llegó a tener 2.000 personas y compartía territorio con el comando de los Loaiza,
por lo que formaron un estado mayor conjunto. En principio, comisiones mixtas de combate, pero poco a
poco se dividieron entre guerrillas de «Limpios» –o liberales–, que consideraban propiedad individual las
armas y era, en realidad, una especie de gamonalismo armado contra los conservadores y la policía
chulavita, y «Comunes» –o comunistas–, para quienes las armas eran patrimonio colectivo y tenían un
programa social que reivindicaba los derechos a las tierras baldías y exigía garantías políticas a la
oposición. El rompimiento definitivo se dio cuando los comunistas adoptaron el programa aprobado por
la «Conferencia Boyacá», reunida el 15 de agosto de 1952 en Viotá, con delegados de las guerrillas del
Llano, Santander, Antioquia y Sumapaz, donde se propuso la construcción de un gobierno popular que
restableciera libertades democráticas, decretara una reforma agraria «que aplicara el principio de la
tierra es para quien la trabaja», devolviera la integridad de las comunidades indígenas, nacionalizara las
minas, separara la Iglesia del Estado, creara un ejército nacional y democrático y adoptara una política
internacional independiente. Los liberales no asistieron. A partir de entonces, los combates fueron
frecuentes y muy fuertes. En un ataque liberal al comando de El Davis perdieron la vida dos hijos de don
Gerardo Loaiza y uno de Peligro. Ciro Trujillo y Marulanda se solidarizaron con la causa comunista. El
Davis fue cercado por las tropas del Gobierno, más de 5.000 hombres –dice Marulanda– apoyados por la
aviación y estrenando fusiles punto 30, y quizá como una estrategia para reducir la presión sobre su
centro. La población civil fue evacuada. Al desintegrarse El Davis, Richard salió con su gente para
Calarma; Avenegra, otro de los mandos, se perdió por los lados de Natagaima, y Yosa se refugió en
Gaitania. Marulanda constituyó, con Charro Negro –militante comunista– un comando móvil llamado de
«Los Treinta» (26 hombres y cuatro mujeres). Se emplazaron entre Marquetalia –llamada en ese tiempo
el Támaro– y Riochiquito, mientras Richard y Líster formaron una columna de marcha que se desplazó
con armas, mujeres, niños y bestias desde Gaitania hasta Villarrica. Las organizaciones de Sumapaz y
Tequendama integraron sus fuerzas al destacamento. El Ejército combinaba sus acciones tanto con la
Policía como con bandas de chulavitas y pájaros. Se masacró el pueblo de Belalcázar, Cauca; se
bombardeó El Líbano; fueron incendiados El Espectador y El Tiempo y las casas de López Pumarejo y
Lleras Restrepo. Sin lugar a dudas, el nuevo papel del Ejército fue presionado por EE. UU. después de su
participación en la guerra de Corea. Según el libro La Violencia en Colombia, había numerosos focos de
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resistencia armada contra el Gobierno que tendían a unificarse. Esta amenaza fue uno de los factores
que llevaron a liberales y parte de los conservadores a promover el golpe de Estado contra Laureano el
13 de junio de 1953. Tras un corto período de desconcierto las guerrillas del Bloque Sur o El Davis no
aceptaron los términos de Rojas, pues sospecharon que los limpios se volverían aliados del Gobierno y
cambiarían sus viejos fusiles por armas de dotación oficial contra los comunes, como en efecto sucedió.
En octubre de 1953 el Bloque Sur llamó a continuar la lucha como autodefensas de masas hasta lograr el
retiro de todas las fuerzas represivas; la devolución de las fincas a las víctimas de la política de sangre y
fuego. Rojas había decretado amnistía e indulto de manera condicional y había dado un año para la
entrega de armas, al término del cual volvió a declarar la guerra al movimiento guerrillero. Entre 1953 y
1957 Charronegro, Marulanda y Ciro Trujillo se dedicaron a crear las bases políticas y militares en
Marquetalia y Riochiquito. 3. Operaciones en Marquetalia y Riochiquito Como se dijo, Alberto Lleras
instituyó en 1958 el Plan Nacional de Rehabilitación (PNR) y en el programa del sur de Tolima,
Charronegro fue el principal representante de los guerrilleros. El problema era siempre el mismo: los
acuerdos no se podían firmar mientras hubiera comunistas «sin tener en cuenta que los dirigentes eran
comunistas», apunta Marulanda con sarcasmo. Hubo, no obstante, acuerdos importantes de cese al
fuego. Los guerrilleros regresaron a sus pueblos: Gaitania, Chapinero, Sur de Atá, La Julia, El Carmen. El
general Matallana reconoció que se desmovilizaron abnegadamente, guardaron su fusil y se pusieron a
trabajar la tierra y fundar o rehacer fincas (Alape, La paz, la violencia, 212). A pesar de los diagnósticos
que mostraban la íntima relación de la tierra con la guerra, las inversiones del PNR se dirigieron
principalmente a construcción de obras públicas. En 1959, 6.700 hombres contratados trabajaban en 110
frentes de carreteras. Marulanda fue nombrado Inspector de Vías. Muchos de sus compañeros, sin
desarmarse puesto que el programa no lo exigía, trabajaron bajo sus órdenes en la carretera Aleluyas-El
Carmen, y otros volvieron a trabajar el campo. Las guerrillas de autodefensa se transformaron en
movimiento agrarista. Charronegro fue nombrado presidente de la Unión Sindical de Agricultores de
Tolima y Huila, y Ciro Trujillo en la Unión de Agricultores de Riochiquito y Tierradentro. Un año después,
Lleras consideró que la violencia no podía ser controlada con meras inversiones en obras públicas y
discursos por la radio nacional y solicitó ayuda a [Link]. Eisenhower creó un grupo especial de la CIA bajo
el control del Departamento de Estado y el apoyo del Departamento de Defensa, que llegó a Colombia
en octubre de 1959. Una de sus conclusiones fue: «el Ejército requiere una reestructuración en sus
servicios de inteligencia, guerra sicológica, información pública y programas de acción cívica» (González,
323-324). Era la tesis que sostenía el entonces comandante del Ejército, Ruiz Novoa, y tomaría forma en
el «Plan Laso» –o Lazo para otros–: una estrategia que daba gran importancia a los efectos sicológicos de
la acción cívico-militar, inspirada en la doctrina de Seguridad Nacional, uno de cuyos principios fueron las
operaciones encubiertas dirigidas a liquidar a los «cabecillas» de los movimientos rebeldes. El 11 de
enero de 1960, los hombres de Mariachi –antiguo comandante de los Limpios, que colaboraba con el
Ejército– mataron a Charronegro. Marulanda volvió a las armas y montó emboscadas en las carreteras
de El Carmen y El Alto. A mediados de 1961 el Partido Comunista citó a una conferencia de autodefensas
en El Támaro –que desde entonces se llamó Marquetalia– con delegados de El Pato, Natagaima y el
Guayabero, donde el comité central le hizo una fuerte crítica por las acciones contra la fuerza pública.
Marulanda argumentó que él no se iba a dejar liquidar ni por el Gobierno ni por los limpios. Poco
después, el Ejército ocupó campamentos de las autodefensas para impedir que las guerrillas de
Marquetalia se regaran, que era precisamente el objetivo defendido por Marulanda en la conferencia.
Un año más tarde –antes de la declaración de Gómez Hurtado–, el Ejército entró a la región de
Natagaima, donde consideraba que los comunistas ejercían soberanía. En las márgenes del río Anchique,
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las tropas oficiales mataron más de 15 personas, entre ellas Avenegra. En honor a esos muertos se
organizó el grupo de autodefensa «26 de Septiembre», fecha de la masacre. Como lo había planeado
Marulanda, sus comandos ampliaron la influencia sobre una gran área del sur de Tolima y Huila y el
norte de Cauca, donde, además de enfrentar al Ejército, se prepararon para la ofensiva de las FF. MM.
organizando a la población civil, construyendo trochas y depósitos estratégicos. A fines de 1963 las
guerrillas tomaron posiciones de combate y citaron a una conferencia que nombró un secretariado de
resistencia compuesto por Marulanda, Isauro Yosa y Ciro Trujillo, que adoptó la estrategia de «movilidad
absoluta y total de las guerrillas y no aceptación de una guerra de posiciones», según Jacobo Arenas. El
18 de mayo el gobierno de Guillermo León Valencia inició la «Operación Soberanía» contra la República
Independiente de Marquetalia. Según el Ejército, sus efectivos «apenas pasaban de 1.200 hombres»; la
guerrilla calculó 16.000 soldados, apoyados por aviones T-33 y por siete helicópteros. Según Guaracas,
las guerrillas constaban de 30 hombres armados. El 14 de junio, la FAC bombardeó el comando de
Marulanda y desembarcó 400 unidades aerotransportadas. Las guerrillas no pudieron con la fuerza del
Ejército y se movieron a Cauca. El 22 de junio el Ejército ocupó totalmente la región, con lo que –escribió
Jacobo– «la guerra pasaba de la resistencia a la guerra guerrillera auténtica». La guerrilla se hizo invisible
y el Ejército perdió todo contacto con ella. Los bombardeos continuaron intermitentes sobre posiciones
que la guerrilla había abandonado. En medio de ellos, el secretariado de resistencia citó el 20 de julio
una asamblea que aprobó el Programa Agrario, cuyo primer punto convocaba a la lucha por una
«reforma agraria auténtica: que cambie de raíz la estructura social del campo, entregando en forma
gratuita la tierra a los campesinos que la trabajen o quieran trabajarla, sobre la base de la confiscación
de la propiedad latifundista» (Anexo 4). El segundo punto decía que los colonos, ocupantes,
arrendatarios, aparceros, agregados recibirían títulos de propiedad sobre los terrenos que explotaran y
se crearía la unidad económica en el campo, tesis que el movimiento agrario defendía desde los años 20.
La guerrilla se replegó hacia el norte de Cauca, región indígena nasa que muchos años atrás había sido
preparada como zona de retirada estratégica por el Bloque Sur y donde había luchado Quintín Lame. Se
trataba de una «colonización dirigida» por la guerrilla que organizó a los colonos en la Unión Sindical de
Trabajadores de Tierradentro y Riochiquito, que repartió parcelas y estaba construyendo un pueblo
cuando por solicitud de monseñor Enrique Vallejo, prefecto apostólico de Tierradentro, el Gobierno
bombardeó la región y quemó el poblado. Valencia Tovar se reunió con Mayor Ciro en abril de 1964,
cuando estaba a punto de iniciarse la «Operación Marquetalia». Ciro se quejó de que el Gobierno no se
asomaba «sino a echar bala y a matar campesinos». Valencia le propuso trabajar haciendo escuelas y
puentes con la dirección del Ejército y mano de obra local. A mediados de 1965, el grupo de civiles
armado por el Ejército y auspiciado por monseñor Perdomo, al mando de Miguel Valencia, mató siete
personas en el Cocuyal, entre ellas un hijo y un sobrino de Mayor Ciro. El 10 de septiembre, el Ejército
inició el control militar de Riochiquito. Marulanda rompió de nuevo el cerco y concentró su gente cerca
de Inzá, pueblo que se tomó el 26 de septiembre. El secretariado de la resistencia convocó una
conferencia donde se analizaron las operaciones militares de Marquetalia, Riochiquito y las que
esperaban enfrentar en El Pato y el Guayabero; se adoptó el Programa Agrario de 1964 como bandera de
lucha y se citó a otra conferencia en el río Duda que se reunió en mayo de 1965, donde se crearon las
Fuerzas Armadas Revolucionarias de Colombia (FARC). En esta segunda conferencia los 250 delegados
eligieron a Manuel Marulanda comandante en jefe, y a Ciro Trujillo segundo al mando, y aprobaron el
estatuto de reglamento del régimen disciplinario y las normas de comando. Trujillo fue enviado a
Quindío para operar sobre el Valle y sobre la zona cafetera, pero en 1966 fue estruendosamente
derrotado. Marulanda y Arenas establecieron sus comandos en El Pato y el Guayabero, zonas abiertas a
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la colonización por las columnas de Marcha que habían salido de Sumapaz y de Marquetalia, desde
donde desplegarían sus fuerzas por los ríos Guaviare y Caguán. En esta zona selvática se formaron
muchos de los comandantes que abrirían frentes en el occidente de Cundinamarca, norte de Tolima,
noreste antioqueño, oriente de Huila, sur de Cauca, Magdalena Medio, Llanos Orientales, Urabá y Perijá.
Al transformarse el Bloque Sur en FARC, el movimiento guerrillero dejaba de ser una fuerza regional
defensiva para convertirse en un ejército cuyo objetivo era la toma del poder. Tras la derrota de Mayor
Ciro, se reunió la Tercera Conferencia, donde se debatió, entre otras cosas, regresar a la Cordillera
Central para ocupar el vacío dejado por la derrota. Las comisiones en la Cordillera Oriental habían
avanzado hacia Huila, Meta y Caquetá. Marulanda aniquiló una patrulla en La Perdiz, hecho que tuvo
resonancia porque el Gobierno había decretado la aniquilación completa de las guerrillas. Marulanda
inició el regreso a las Hermosas, sur de Tolima, en condiciones peligrosas porque el Gobierno tenía
control sobre la región, apoyado en una red de patrullas civiles. Fueron los días de la Ley 48 de 1968, que
definió la defensa civil como una actividad «permanente y obligatoria de todos los colombianos,
hombres y mujeres, no comprendidos en el llamamiento al servicio militar obligatorio, (que) podrán ser
utilizados por el Gobierno en actividades y trabajos con los cuales contribuyan al restablecimiento de la
normalidad». Con base en esta norma se autorizó la creación de grupos paramilitares o guardias
nacionales. Fue un «desplazamiento nocturno sin linterna», señal de máxima seguridad. El grupo de 27
unidades se conoció como “La Móvil”. Entró por San Rafael, Huila, a los páramos de La Herrera y Bilbao,
Tolima, con el objetivo de llegar a Santo Domingo y Corinto, Cauca. Nariño, uno de los comandantes
históricos, relata: «Así, poco a poco, fuimos ampliando la presencia y la influencia sobre Florida, Tuluá y
Palmira, en el Valle; Miranda, Corinto, Toribío, en Cauca, y otros importantes lugares de Quindío, tales
como Sevilla y Génova. Eran tiempos difíciles para las guerrillas. En Anorí el ELN había sido
prácticamente liquidado y el Ejército había ganado prestigio. Marulanda golpeó en Bejuqueros,
Planadas, pero el general Matallana lo envolvió con un cerco que volvió a poner en serias dificultades
logísticas al Frente recién creado». Fue la «Operación Sonora», cerca de Rioblanco. El regreso a la Central
fue tema de discusión en la Cuarta Conferencia, en 1974, donde los destacamentos guerrilleros
asumieron el carácter de Frentes. «En ese momento –recordaba Nariño–, las condiciones para la
creación del Quinto Frente eran un hecho; el Cuarto ya operaba en el Magdalena Medio. Y en Cauca y
Valle, el camarada Manuel había logrado regar, con sus hombres, las semillas para el nacimiento del
Sexto Frente». 4. ELN López Michelsen se opuso con tenacidad no tanto a la idea del Frente Nacional,
que al fin y al cabo había sido tesis de su padre, sino al sistema de la alternación, que en síntesis era una
repartición milimétrica del botín burocrático «tratando de no lesionar ningún interés y de abstenerse de
hacer escogimientos». Esa pugna era una de las causas de la guerra civil no confesada. Para López la
democracia suponía el juego de la oposición, y la alternación sustituía los partidos por coaliciones
ganadoras y perdedoras. Creía, con López de Mesa, que el FN no acabaría con la violencia sino con los
partidos. Se presentaba como el renacimiento del Partido Liberal, heredero de Uribe y de Gaitán y
traicionado por los Lleras. Despertó la mística liberal y defendió la Revolución Cubana, pero también
engendró una división entre la línea dura, partidaria del socialismo, y la línea blanda, encabezada por él
mismo, de carácter reformista. Al amparo de los más radicales, nació la Juventud del Movimiento
Revolucionario Liberal (JMRL), proclive a la lucha armada; uno de sus miembros más activos fue Manuel
Vázquez Castaño, hermano de Fabio. En 1962, 22 jóvenes de la JMRL viajaron a Cuba becados por la
revolución, de los cuales siete, entre ellos Fabio, pidieron recibir entrenamiento militar para regresar a
organizar un grupo guerrillero en el país. Fue la Brigada José Antonio Galán. Como lo recuerda Fernán
González, el MRL era muy fuerte en el Magdalena Medio, en especial donde se había levantado en
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armas Rafael Rangel en 1948. El grupo llegó a la vereda La Fortunata en San Vicente de Chucurí y
contactó campesinos organizados a través de miembros que habían tenido relación con las guerrillas de
Rangel y aun con el levantamiento de La Gómez, como Heliodoro Ochoa y Nicolás Rodríguez, padre del
actual jefe del ELN. José Ayala, dirigente sindical de Barranca, hizo parte del nuevo grupo. La guerrilla se
asentó en la región de Simacota, Santa Helena del Opón y San Vicente de Chucurí, y estableció vínculos
de apoyo con la Unión Sindical Obrera (USO), la Asociación de Universitarios de Santander (Audesa) y la
poderosa Federación Universitaria Nacional (FUN). El 7 de enero de 1964, la pequeña y mal armada
tropa, que tomó el nombre de Ejército de Liberación Nacional (ELN), se tomó el pueblo de Simacota y
dejó muertos seis uniformados, vacías las arcas de la Caja Agraria e inquieta pero interesada la población
después de oír la proclama revolucionaria que juraba «patria o muerte». Pocos meses después salió para
Cuba el segundo grupo a recibir entrenamiento militar, mientras en Bucaramanga, Bogotá, Barranca,
Medellín, se establecieron redes de apoyo logístico y de simpatizantes. El 6 de agosto de 1965 emboscó
un convoy militar en el cerro Cruz de Mayo y voló el oleoducto de la Texas. Unos meses después
descarriló un tren pagador de la línea Bogotá-Santa Marta, recién inaugurada. La acción tuvo un gran
impacto porque fue cubierta por la revista Sucesos de México, que entrevistó a Fabio Vásquez. Desde la
muerte de los estudiantes el 8 y el 9 de junio de 1954, la FUN se radicalizó cada vez más. Jugó un papel
destacado en la caída de Rojas Pinilla en 1957 y fue tomado por la opinión pública y por el Gobierno
como un actor político de primera importancia. A nivel mundial, los países socialistas, especialmente
Cuba, se convirtieron en mecas estudiantiles a donde se iba a aprender y se regresaba a luchar. Los
universitarios se organizaron exigiendo libertad de cátedra y participación en la dirección y la autonomía
universitaria. Uno de los movimientos que con estas banderas más apoyo de la opinión pública tuvo fue
la «Marcha a Bogotá», organizada por estudiantes de la Universidad Industrial de Santander en 1963,
dirigida, entre otros, por Jaime Arenas Reyes. Al movimiento se unió la FUN. Camilo Torres Restrepo,
capellán de la Universidad Nacional, lo respaldó abiertamente y estrechó vínculos con sus dirigentes, en
especial con Arenas, quien fue subdirector del periódico Frente Unido, fundado por Camilo. En este
vínculo y bajo esta atmósfera revolucionaria estudiantil se originó la decisión de Camilo de integrarse al
ELN y con él un grupo de estudiantes de izquierda y de católicos partidarios de la Teología de la
liberación. Camilo duró cuatro meses en el monte. El 7 de enero de 1966 el ELN distribuyó la «Proclama
de Camilo», que invitaba a los colombianos a vincularse a la lucha armada, y el 15 de febrero cayó en
Patio Cemento. A raíz del combate de Patio Cemento, el Ejército intensificó la persecución de los alzados
en armas y los obligó a protegerse en la región del Carare-Opón, donde creó redes sólidas de apoyo
logístico y político. Obligó a los revolucionarios a entrar en combate. Buscando ampliar el teatro de
guerra, Ricardo Lara Parada organizó el frente Camilo Torres en límites de Santander con Cesar, donde se
tomó Bijagual y Papayal. Las operaciones envolventes del Ejército gestaron en el ELN una división que en
un principio apareció como de trabajos especiales: un ala dirigida por los Vásquez Castaño, José Ayala,
José Solano, y otra, por Medina Morón, Juan de Dios Aguilera, Heliodoro Ochoa y el dirigente de la FUN
recién vinculado Julio César Cortés. La división terminó en el fusilamiento de Medina y Cortés, lo que
creó gran confusión en sus filas, desencadenó nuevas y más sangrientas diferencias y multiplicó las
deserciones. Al punto de que un día, El Tiempo publicó la noticia de la deserción de Jaime Arenas. A
finales de 1968 fue desarticulado el Frente Camilo Torres, y Ricardo Lara debió reincorporarse al
comando de Fabio con unos pocos hombres. A fines de 1969 el grueso del ELN cruzó el río Magdalena,
se ubicó en la región de Yondó y se expandió hacia Remedios, Segovia, San Pablo y Puerto Berrío, donde
compartían, no sin dificultad, zonas con las FARC. Fue cuando se incorporaron los padres españoles
Domingo Laín, Manuel Pérez y José Antonio Jiménez, curas obreros pertenecientes al movimiento
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Golconda, que surgió a raíz de la muerte de Camilo. Hacia 1971, después de una persecución de años, el
ELN localizó a Aguilera en Remedios y lo fusiló. Se terminó la fragmentación del ELN, originada en el
fusilamiento de Víctor Medina y la fuga de Jaime Arenas. En 1972 el grueso de la guerrilla, con
participación de cuadros urbanos, se tomó San Pablo, sur de Bolívar; Remedios, y el aeropuerto de Otún.
Durante las invasiones de la ANUC en la costa, el ELN participó activamente y casó una pelea de largo
aliento con el EPL, que por aquel entonces tenía una fuerte injerencia en el campesinado de Córdoba y
Sucre. Después de la toma de Remedios, Lara recibió la orden de volver al campamento central, pues
Fabio consideraba que había cometido graves errores militares, entre ellos el rescate por parte del
Ejército de unos ingenieros alemanes. Se realizó entonces la «Asamblea de Campo», para analizar
errores de Lara, Manuel Pérez y Manuel Quirós. Lara fue destituido como segundo comandante y Pérez
se escapó de ser fusilado. A fines de 1973 el ELN se dividió en tres comisiones: nordeste antioqueño, sur
de Bolívar y norte del Magdalena Medio. Manuel y Antonio Vásquez salieron hacia Anorí, zona
conservadora, con una columna que fue detectada rápidamente por el Ejército y aniquilada. Murieron
los hermanos Vásquez. Manuel era el único que daba importancia al movimiento obrero y mantenía
relaciones con los cuadros urbanos; editaba el periódico Simacota, que daba parte de las acciones
militares y publicaba artículos políticos e ideológicos. Fabio reunió lo que quedaba del ELN en Antioquia
para analizar lo sucedido en la famosa «Asamblea de Anacoreto». Según Gabino, segundo al mando, allí
no se hizo un análisis juicioso de los errores tácticos y estratégicos de la Operación Anorí, sino un juicio
de responsabilidades individuales que impidió ver el fracaso total de la teoría del foco que guiaba aún al
ELN. De todas maneras, la Asamblea de Anacoreto no resolvió lo fundamental: el «culto a la
personalidad» autoritaria y dogmática de Fabio. Mucha sangre había corrido por esa causa. El número
de bajas infligidas al enemigo probablemente era menor que el realizado a militantes y colaboradores en
función de garantizar una «línea correcta» que los hechos negaban. Fabio tenía a su favor el apoyo de
Cuba y su legitimidad se fundaba en él, pero también tenía una úlcera sangrante que lo debilitaba
progresivamente. Los médicos le aconsejaron viajar a la isla y Helio –su nombre de guerra– aceptó a
regañadientes. Seguía siendo el comandante superior y su vínculo con el ELN se hacía a través de un
radiotransmisor. Desde Cuba las órdenes eras estrictas y precisas. El círculo de sus incondicionales le
obedecía sin objeción. Bien sea porque el radio se dañó o porque mataron al «radista», ese vínculo se
rompió y los mandos en Colombia tuvieron que afrontar la continuación de la guerra sin Fabio o la
disolución del movimiento. Fueron las tesis que se plantearon y se discutieron en la ciudad para que las
armas no participaran. El grupo que tomó esta decisión se conocería en adelante como
«Replanteamiento», que profundizó las críticas a la dirección ausente y, a su vez, se dividió en dos
tendencias: Los que sostenían que aceptando el rechazo al autoritarismo, el militarismo y los
fusilamientos como forma de solucionar las contradicciones, defendían que el ELN permaneciera como
organización con una fuerte reestructuración que lo articulara con el movimiento social y político del
país, y aquellos que sostenían que el ELN debía desaparecer como lucha armada y transformarse en
movimiento político sin armas. En 1978 la crisis tocó fondo. La red urbana había casi desaparecido y en
el monte el grupo se había reducido a unos 30 hombres que se concentraron en el Catatumbo, donde el
movimiento sindical los apoyó. López Michelsen les ofreció discutir un acuerdo de paz que el grupo
rechazó. Sobre estas débiles bases, el ELN se dio a la tarea de reorganizar su gente renunciando al
autoritarismo sin abjurar de la disciplina; elaborar principios y planes estratégicos tanto políticos como
militares, y definir formas de financiación. Corrían los días en que se estaba construyendo el oleoducto
Puerto Limón-Coveñas, rechazado por parte el campesinado, que se veía afectado por la obra. El ELN,
consciente de la necesidad del Gobierno y la compañía petrolera de sacar el crudo, extorsionó a la
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empresa constructora –la Mannesman–. Los recursos económicos obtenidos y los replanteamientos
estratégicos permitieron que el ELN se recuperara y pudiera afrontar la guerra con una relativa solidez.
CUARTA PARTE: CONSECUENCIAS VI. COLONIZACIÓN Y CONFLICTO ARMADO El despliegue de fuerzas
guerrilleras en relación con los conflictos sociales se puede ver más claro en regiones donde se cruzan
colonias y conflicto armado: el Piedemonte oriental, el Catatumbo y Urabá. En la coyuntura de mediados
de los 70 se trenzó un vínculo interno entre la decadencia progresiva de la economía cafetera, la fatiga
de la industrialización por sustitución de importaciones, y la cocalización de las zonas de colonización. El
colono es un trabajador despojado de todo recurso; se enfrenta a una selva poderosísima en condiciones
muy adversas. En realidad hace una finca con base en deudas adquiridas con los comerciantes. Tarde o
temprano sus «mejoras» pasarán a manos de los acreedores, que las concentrarán como haciendas. La
colonización es un proceso de ampliación latifundista de la frontera. Los colonos se convierten en
profesionales de la apertura de mejoras cada vez más lejanas. 1. El Piedemonte oriental Durante los años
60 y 70 el movimiento agrarista, de fuerte acento comunista, echó raíces en zonas de colonización, en
especial en el piedemonte suroriental de la Cordillera Oriental, en el Macizo Colombiano, en el
Magdalena Medio y en Urabá, zonas donde se enraizaron rápidamente frentes guerrilleros de distinta
orientación. No es fácil distinguir entre el movimiento de colonización campesina y el de resistencia
armada, una relación íntima desde los años de La Violencia, fortalecida a partir de los acuerdos de
Chicoral, de la represión a la ANUC y del Estatuto de Seguridad de Turbay. Se podría decir que la guerrilla
comenzó a ser una autoridad surgida del movimiento campesino, que vivía económica y políticamente
de él a cambio de dirigir sus demandas y reemplazar al Estado como árbitro de conflictos y aun como
agente de desarrollo. La marihuana llegó al país como cultivo comercial de cáñamo y como «hierba
prohibida», importada por técnicos mexicanos de las empresas bananeras (United Fruit Co.). El primer
renglón no tuvo éxito, pero el segundo se transformó en un cultivo local de pequeña escala que
satisfacía una demanda limitada al bajo mundo. No obstante, la guerra de Vietnam disparó la demanda
en EE. UU. y los Cuerpos de Paz –voluntarios de la Alianza para el Progreso que trabajaban en la Sierra
Nevada de Santa Marta– descubrieron la calidad de la marihuana local y fueron los primeros cultivadores
y exportadores a pequeña escala. Se convirtió en un cultivo de exportación que se generalizó en las
zonas de colonización. Fue un ensayo general que creó, sin embargo, una cultura: dinero fácil, corrupción
de las autoridades, impunidad, familiaridad con las armas. La oferta gringa sustituyó la colombiana con
ayuda de la fumigación de cultivos aquí y la tolerancia allá. El vacío dejado por la ‘marimba’ fue de
inmediato llenado con el tráfico de pasta básica de cocaína desde Perú y Bolivia para ser transformada
en Colombia. Los cultivos ilícitos se arraigaron en las zonas de colonización por dos razones: la quiebra
permanente de los colonos y la débil y corrupta presencia del Estado. Al principio la guerrilla se opuso
tenazmente por considerar que era una estrategia para quitarle a la insurgencia su base social, pero
pronto comprendió que podía participar en la nueva bonanza cobrando tributos de guerra. La tradición
de las caucherías renació y, por diversos factores, coincidieron sus geografías. Los cultivos ilícitos
representaron para los colonos la encarnación de sus sueños y de las demandas que le hacían al Estado:
comercialización; crédito; vías; acceso a salud, educación, diversión. En muy corto tiempo salieron de su
bancarrota y se integraron al mundo del consumo. Los comerciantes de precursores hicieron parte del
negocio, y grandes capitales nacidos del narcotráfico se legalizaron. Los terratenientes se toparon con
una demanda inusitada de tierras que valorizó sus propiedades y permitió una contrarreforma agraria.
Pero quizá ningún sector fue tan favorecido como las autoridades legítimas. La región más activa en
integrarse a la nueva economía fue la del sur de Meta y el norte de Caquetá. El poblamiento de zonas
baldías, unas, y ocupadas por comunidades indígenas, otras, conoció un ritmo hasta entonces inédito. Al
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mismo tiempo se descubrieron y explotaron los campos de Caño Limón, Cusiana, Apiay y Orito. Los
pueblos progresaban; las demandas de alojamiento, alimentación, transporte crecieron de manera
vertiginosa; las rentas departamentales y municipales conocieron presupuestos fabulosos; las guerrillas
se beneficiaron de la excepcional coyuntura económica por la vía de la extorsión. El movimiento armado,
que hasta entonces era netamente agrario, se transformó en una enorme fuerza militar. A instancias de
EE. UU., Colombia entró en la guerra contra el narcotráfico. La fumigación intensiva de los cultivos
ilegales no logró detenerlo, pero sí, en cambio, desplazar a los colonos y a los comerciantes locales. Estos
cultivos ampliaron los teatros de guerra. Las millonarias inversiones militares fueron quizás equivalentes
a los beneficios económicos de los negocios ilegales. Fueron creados grupos paramilitares organizados y
financiados por narcotraficantes, grandes ganaderos y sectores de la fuerza pública que, a cambio de
favorecer sus negocios, sembraban el terror para derrotar a la guerrilla y controlar política y
económicamente. En Meta y Caquetá, la Unión Patriótica fue masacrada. 2. El Catatumbo La historia
económica y social del Catatumbo permite entender por qué el ELN después de Anorí dirigió gran parte
de sus fuerzas a esa región. El Catatumbo está ligado a la historia de Colombia mediante la violencia y el
petróleo. Al fin de la Guerra de los Mil Días, el general Reyes otorgó una generosa concesión al general
Virgilio Barco, su contendor, que incluía la exención de impuestos y la facultad para negociar los
derechos. Con la Danza de los Millones, la Gulf Oil Company compró todos los derechos que explotó
hasta los años 80. En 1931 la petrolera comenzó a construir el oleoducto Tibú-Coveñas. La constructora
(Sagoc) podía usar para su beneficio una zona paralela al oleoducto y sus ramales. La explotación
encontró la resistencia de los indígenas barí, que la compañía determinó «domesticar», sacar, alejar,
matar o lo que hubiera que hacer, para lo cual organizó y armó patrullas civiles, una de las cuales al
mando del general Antonio Lafaurie. Los enfrentamientos no fueron tan simples. La explotación
petrolera necesitaba mano de obra «civilizada» y fomentó la colonización del Catatumbo. Llegaron miles
de campesinos y desempleados urbanos a buscar trabajo o a cultivar la tierra para vender a la Compañía
arroz, yuca, plátano. Las diferencias entre los obreros de la empresa y los técnicos y altos empleados
crearon un ambiente conflictivo que explotó en 1934 con la «Huelga del arroz», apoyada por campesinos
y colonos, lo que gestó desde entonces una alianza aún vigente. En la segunda posguerra la Concesión
alcanzó su mayor rendimiento. Fue el tiempo en que Bruce Olson y las Hermanas Lauritas entraron a
evangelizar a los indígenas barí. En 1960 tuvo lugar la gran huelga de los «29 Días», que exigió la
eliminación del sistema de contratistas que burla prestaciones sociales y derechos sindicales.
Nuevamente la población se solidarizó con los trabajadores. En 1971 se organizó un paro cívico a raíz del
cual el Gobierno declaró la caducidad del contrato con la Colpet y adquirió los derechos de los pozos, ya
exhaustos. En medio siglo de concesión se sacaron más de 256 millones de barriles, los barí perdieron el
80 % de su territorio y la Nación, más de 200.000 hectáreas de bosque natural. A mediados de los 70
aparecieron las FARC, desprendidas de los frentes de Arauca, y el ELN, como consecuencia del golpe de
Anorí. La construcción del oleoducto Caño Limón-Coveñas despertó protestas sociales capitalizadas por
las guerrillas. El «Paro del Nororiente» (1994) paralizó la región y la represión fortaleció las guerrillas. En
desarrollo de las ambiguas relaciones entre las petroleras y la subversión, el ELN atentó en muchas
ocasiones contra el oleoducto. El alto costo de la lucha armada y los bajos niveles de vida de la población
abrieron la puerta a los cultivos de marihuana y coca. Para la Dirección Nacional de Estupefacientes, en
2002 había 4.471 hectáreas de coca, pero según las Umatas, sólo 30.000. La Gabarra llegó a ser la
tercera región más productora, después de Putumayo y Guaviare, según el Plan Colombia, que justificó
así sus operativos militares. La aparición oficial de los paramilitares data de 1999, cuando se dio la
primera incursión a La Gabarra, municipio de Tibú. Se habla de 800 víctimas entre muertos, heridos y
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desaparecidos, y de no menos de 20.000 desplazados. Desde entonces, las incursiones de las
Autodefensas Unidas de Colombia (AUC) fueron regulares y persistentes, no obstante la presencia de los
Batallones Comuneros No. 36, Santander y No. 10 del Plan Especial Energético. En 2003 Ecopetrol inició
la exploración y la explotación de petróleo en territorio barí. Los indígenas protestaron por considerar
una violación a los acuerdos de Colombia con la OIT, que obligan a una Consulta Previa, y por los
atropellos del Ejército Nacional, que los acosaban y debilitaban. A fines de 2006 la Corte Constitucional
falló a favor de los indígenas (Sentencia T-880) al reconocer sus derechos y ordenar suspender el
proyecto en sus resguardos. Sin embargo, Ecopetrol ha continuado el proyecto en áreas aledañas y el
Gobierno ha ordenado la fumigación de coca y las exploraciones sísmicas en el resguardo. En julio de
2003, las AUC entregaron unas 4.000 armas que manejaban 2.500 hombres al mando de Salvatore
Mancuso y ‘Jorge 40’. 3. Urabá El conflicto que vive la región se refleja en las cifras oficiales: 5.200
muertos, 200 desaparecidos y 60.000 desplazados. El río Atrato ha tenido una suerte adversa,
determinada, paradójicamente, por su importancia geoestratégica y por ser la columna vertebral de una
de las regiones más biodiversas del planeta. A mediados del siglo XX llegaron las grandes compañías
madereras. El desarrollo de las economías ganadera y bananera ha fundado una poderosa elite
empresarial protegida por el Estado. En los años 60, cuando la zona bananera de Santa Marta entró en
crisis, las fruteras extranjeras financiaron el cultivo de banano a empresarios y se reservaron la
comercialización. La demanda mundial de banano ha permitido la ampliación del Eje Bananero hacia el
sur. La experiencia de los conflictos de la zona bananera de Santa Marta se transfirió a Urabá. Los
cultivadores de fruta fundaron la Unión de Bananeros de Urabá (Unibán) y los viejos dirigentes
sindicales, Sintrainagro y Sintrabanano. Los sindicatos y los empresarios se enfrascaron en una lucha
cada día más radical, que se fortaleció con la llegada de las guerrillas en respaldo de los sindicatos y con
la militarización progresiva del Urabá. La Unión Patriótica (UP) y los sindicatos llegaron a controlar la
mayoría de los Concejos y las Alcaldías municipales. La derecha se vio gravemente amenazada. La fuerza
pública era incapaz de controlar los movimientos de protesta. El atropello a los derechos humanos se fue
imponiendo como política para debilitar las demandas sindicales y cívicas. Cuando la UP triunfó en las
elecciones de 1985, las organizaciones clandestinas de derecha dieron luz verde a la formación de
grupos paramilitares. El Estado fue indiferente y la fuerza pública se volvió su gran protectora. Un hecho
determinante para la historia del conflicto fue la entrega de armas del EPL, movimiento prochino, rival
de las FARC, prosoviético, ambos con gran influencia política en la región.
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