1884
“Y la muerte vagará libremente por las calles.
Y este ángel no sabe de clases sociales, razas, ni religiones”
Una sombra negra se ha extendido por las calles de la ciudad; la mortandad se ha
adueñado de nuestras almas, aprisionando nuestro espíritu. La gente ya no sonríe,
ha perdido la esperanza, las ganas de vivir, son entes sin energía que deambulan
de un lado a otro, carentes de toda ilusión. Quedan muy pocos hogares en los que
no se haya perdido un ser querido, el horror entra por la puerta, aunque esté
cerrada a cal y canto, y si no... pues por la ventana, nada puede detenerlo y nadie
sabe hasta cuándo estará entre nosotros.
En el cementerio de la ciudad mi padre y yo tenemos mucho trabajo, los cadáveres
se acumulan por doquier y el alcalde ha dado la orden de quemarlos, para así evitar
la propagación del mal. Ni una misa, ni un homenaje, ni un adiós de sus seres
queridos. Todos por igual, hombres, mujeres y niños apiñados como deshechos en
la antesala de la funeraria que nos hace las veces de morgue.
Los que en vida habían sido personas importantes e influyentes yacen ahora
muertos, contaminados y pudriéndose junto a los cadáveres de los que también
en vida habían sido deshechos de la sociedad (prostitutas, ladrones, mendigos),
todos sin distinción en su último viaje, desnudos, unos encima de otros, esperando
el momento en el que el fuego consumirá sus carnes putrefactas, esperando así
purificar el ambiente, pero dejando un olor nauseabundo, a carne quemada y
desesperación, la de sus familiares que no se resignan a decirles adiós de una forma
tan repentina y apresurada. Y es que la parca actúa así: viene muy pronto cuando
no quieres ni pensar en ella y tarda demasiado cuando la anhelas.
Paso ocupado mis días, desde que apunta el alba hasta entrada la noche,
ayudando a mi padre en su peligrosa misión y agradeciendo la buena fortuna de
no ingresar en la lista de desaparecidos. En nuestra casa hasta hoy, no hemos
lamentado ninguna pérdida. Mi madre y mi hermana pequeña gozan por ahora de
buena salud, y mi padre da cada día gracias por ello. Eso sí, no les deja bajar a las
inmediaciones del cementerio. Aunque vivamos en la planta de arriba, y cada
noche al llegar a casa después del trabajo, nos limpiamos concienzudamente antes
de subir a cenar.
Para mí, no todo es tristeza, mi felicidad se la debo al amor de Lucrecia, la hija del
panadero y la criatura más maravillosa que hay sobre la faz de la tierra. Tiene 16
años, dos menos que yo, y estamos muy enamorados. Nuestras familias están
encantadas con nuestra relación, y ya suenan campanas de boda. Ella es la razón
para levantarme cada mañana y el último pensamiento que viene a mi mente
antes de dormir. Es una joven preciosa, de piel blanca como la nieve, con unos ojos
azules tan intensos que parecen reflejar el cielo de una tarde primaveral, unos
labios rojos como el carmín, una figura que parece tallada por los mismos dioses y
un rostro angelical perfectamente enmarcado por un largo cabello del color del
trigo, que siempre lleva recogido dejando a la vista su precioso cuello de cisne.
Parece una princesa escapada de un cuento, como si ni siquiera perteneciera a
este mundo.
Mi amada y yo somos dos personas muy diferentes, y no solo en el aspecto físico,
pues aparte de la tez pálida, no compartimos ningún otro rasgo en común. Yo
tengo un gran matojo de pelo negro, más oscuro que la inmensidad de la noche y
que combina perfectamente, dándome un aspecto más enigmático, con mis ojos
negros “negros como tú alma lúgubre” me suele decir Lucrecia entre bromas,
refiriéndose a mi personalidad bastante tímida y reservada. Permanezco
constantemente absorto en mis pensamientos y me cuesta mucho socializar con
los demás. Sin embargo, ella es una de las personas más queridas de la zona.
Parecemos la noche y el día, aun así, no podríamos vivir el uno sin el otro. La razón
de su existencia es el alimento de la mía.
Aunque vivimos tiempos oscuros y la tristeza se ha apoderado de todo, aún queda
tiempo para el amor, para las risas furtivas inundadas de un deseo abrasador, cada
vez que nos encontramos a escondidas en el pajar de la casa de sus padres, cuando
ya todos se han ido a descansar pasada la medianoche.
- Como puedes estar tan tranquilo siempre hijo mío, con la que está cayendo.
Parece que no te preocupara nada y que tanta desgracia a nuestro
alrededor no tuviera relación contigo —me dice mi padre mientras cavamos
la tierra, para prepararla, pues hay que enterrar los restos de los cadáveres
calcinados—.
Yo solo me limito a mirarle, esbozando una leve sonrisa como respuesta. Siempre
he encontrado belleza en la muerte y todo lo que tenga que ver con ella. Nacemos,
crecemos, nos reproducimos y morimos. Pero... ¿qué pasa después? ¿Nos espera
algo en el más allá? Me pregunto por qué la gente tiene miedo a morir, si no sabe
qué pasará después, por tanto, no tememos a la muerte, lo que nos asusta es el
desconocimiento de lo que vendrá. En cambio, para mí, es exactamente eso lo que
la hace tan atractiva, porque creo que tal vez no sea este el fin de la partida, sino el
comienzo de una nueva.
En estos pensamientos me encontraba, cuando vinieron a avisarnos de la muerte
de la esposa del alcalde. El hecho ocurrió alrededor de la medianoche del día
anterior, pero el pobre hombre no tuvo el valor de avisar hasta mucho más tarde.
Para nadie era un secreto lo enamorado que estaba de su mujer a quien cuidaba
como su más grande tesoro. Por eso era fácil entender lo desesperado que estaba
y no nos extrañó ni a mi padre ni a mí, que, desoyendo los consejos del médico de
la familia, decidiera velarla en su propia casa y darle cristiana sepultura en el
panteón familiar, en lugar de llevarla al depósito municipal como al resto de los
cadáveres.
Así fue como, en nuestra posición de ver, oír y callar, nos vimos obligados a
participar en esta locura.
- Es una insensatez – bufaba mi padre furioso – ese hombre nos va a condenar
a todos. Al final, lo que conseguirá es propagar la enfermedad
- Cálmate padre, si intentamos tomar las máximas precauciones tal vez
podamos salir victoriosos de esta – le contesté tranquilamente, mientras
preparaba los pañuelos con alcohol para protegernos la nariz y ponía a
calentar el agua para lavarnos las manos después - entre más rápido
empecemos, más pronto terminaremos.
Lavamos concienzudamente el cuerpo de la difunta mujer. Peinamos sus largos
cabellos negros y untamos con aceite su cuerpo. Después la vestimos con la ropa
que nos proporcionó su esposo, la depositamos en el tálamo nupcial, donde en vida
hizo tan feliz a su marido y la dejamos reposando tranquilamente a la espera de
que viniera a decirle adiós. Era una mujer muy hermosa, ni la muerte envidiosa
había conseguido aplacar su belleza. Conservaba aún el rubor de sus mejillas y el
rojo de sus labios. La enfermedad no había hecho estragos en ella. No sufrió
demasiado. En cuanto vinieron los vómitos y la descomposición del estómago, se
entregó al sueño infinito y marchó a su cita con el destino, dejando aquí un hombre
desesperado que lloraba su ausencia.
- Vámonos hijo. Aquí ya hemos terminado - sentenció mi padre
Salimos de la estancia dispuestos a esperar afuera, el tiempo que él tardaría en
despedirse y así para poder llevárnosla a su nueva morada.
-Vamos a cenar algo mientras tanto, porque ya está cayendo la noche y queremos
enterrarla al abrigo de la oscuridad, para que no haya testigos de nuestra
imprudencia. - le dice mi padre al galeno -ya nos manda a buscar cuando termine.
Espero no tardar demasiado pues no quiero faltar a mi cita de la medianoche con
Lucrecia. Cuento las horas para poder verla.
Después de una hora sale el hombre más compungido que nunca y hecho un mar
de lágrimas. El médico le administra unas gotas de láudano y nosotros
aprovechamos para retirar el cadáver. Lo subo a la carreta con mucho cuidado,
envuelto en la mortaja fúnebre e intentando tener el mínimo contacto con ella. No
quiero tocarla con las manos desnudas, estoy convencido que es uno de los
mayores medios de propagación de la enfermedad, por eso usamos unos guantes
de tela que nos hizo mi madre y que se han convertido en nuestra mejor arma de
protección. Acto seguido marchamos rumbo al cementerio.
Después de haber enterrado con el mayor secretismo a nuestra nueva huésped,
subo a casa donde ceno con muchísimas ganas porque el potaje que prepara
madre es lo más rico de toda la región. La perfecta combinación de verduras y
legumbres le da un sabor especial, además que ella le añade sus especias secretas.
Esta noche estamos de suerte pues ha conseguido un buen trozo de bacalao en el
mercado, gracias al generoso pago que nos había hecho el señor alcalde como
retribución a nuestros servicios y sobre todo para agradecernos el llevar todo el
asunto con la máxima discreción.
- Gracias, madre, se ha lucido usted como siempre. Prepara unos manjares
destinados a alimentar a los reyes –le sonrío complacido mientras me
dispongo a levantarme de la mesa–Me retiraré a descansar. Hoy ha sido un
día difícil.
- ¡oh! Cariño, tú siempre tan zalamero. Con amor todo se puede y yo lo hago
con mucho gusto. Lo que sea por mis hombres de la casa – contesta ella
entusiasmada dándome un beso en la mejilla – ve tranquilo y que tengas
dulces sueños.
- Buenas noches a todos – y me dirijo a mi habitación.
Una hora después apuntando casi la medianoche, salgo por mi ventana y me
descuelgo por el árbol de roble que se encuentra plantado cerca, salto para llegar
al suelo y caigo de bruces con escasa agilidad felina. En cuanto me puse de pie
para sacudir el polvo de mi ropa, llama mi atención una delgada figura femenina,
de largos cabellos rojos como el fuego, ataviada con un vestido negro que le llega
hasta el suelo cubriendo sus pies descalzos y que camina hacia el centro del
cementerio. La llamo repetidas veces, pero no me responde, parece que ni siquiera
nota mi presencia y sigue andando tranquilamente, haciendo caso omiso a mi
llamado.
Tal vez alguien más sensato que yo, hubiera preferido seguir su camino e ignorar a
la enigmática criatura que acababa de ver, pero no es ese mi caso y movido por
una enorme curiosidad, que no consigue aplacar el miedo que me cala hasta los
huesos, me dispongo a seguirla, procurando no ser descubierto, aunque para esto
no necesite esforzarme demasiado, pues ella camina despreocupada, sin mirar
atrás, como si estuviera segura de que nadie más en este mundo, pudiera verla.
Después de casi veinte minutos se detiene en una tumba fresca, con la tierra
recientemente removida, muy familiar para mí, pues pertenece a la mujer que
enterramos hará casi tres horas. Es el panteón de la familia del alcalde.
Tranquilamente la veo arrodillarse ante ella y es entonces cuando puedo ver su
rostro: blanco, casi translucido, con unos preciosos ojos violeta de mirada profunda,
tanto, que pareciera que pueden ver el interior de tu alma. Labios delgados y del
mismo color de su pelo, como si destellearan fuego, como si al rozarlos siquiera, te
abrasaran el cuerpo entero. No me ha mirado aún, pero por alguna razón creo que
sabe que estoy ahí, observándola.
Cierra los ojos y murmura unas palabras ininteligibles, no puedo oír lo que dice,
pero sigo el movimiento de sus labios. Estoy completamente hipnotizado, no
puedo apartar la vista ni un segundo, sin pestañear. De pronto, como si despertara
de un largo sueño, una mano de mujer emerge desde lo profundo de la tierra, y se
queda extendida, como saludando, esperando ser tomada. La extraña acerca la
suya y la coge suavemente, en cuanto las dos hicieron contacto, la que estaba en
la tierra se aferró fuertemente a ella, ansiosa. La enigmática pelirroja deja caer la
cabeza hacía atrás y pone los ojos en blanco. Por espacio de un minuto que a mí se
me antoja eterno, continúa en esa posición. Un brillo extraño le pasa por todo su
cuerpo. De pronto, baja la vista, cierra los ojos y desaparece, no me da tiempo a
reaccionar, todo pasa muy rápido. Intento correr para auxiliar a la difunta,
pensando que seguramente estará viva, pero no queda rastro ni de la tierra
removida, ni de la mano que tan misteriosamente había brotado. No doy crédito a
lo que acabo de ver y empiezo a dudar de mi cordura. Seguramente estoy muy
cansado, me habré golpeado la cabeza al caer sin darme cuenta. Voy a intentar
olvidar lo que pasó, total, nadie me va a creer, se pensarán que estoy loco o peor
aún...poseído. No, lo mejor será salir de aquí, y con este pensamiento, me dirijo a mi
encuentro con Lucrecia que debe estar esperándome preocupada.
A la mañana siguiente, cuando despierto, tengo la tentación de hablarlo con mi
padre, pero deshecho enseguida la idea porque sé que no me va a creer. Prefiero
continuar con mis labores para mantener mi mente ocupada, pero estoy
continuamente distraído y es que por más que lo intento, no puedo sacar de mi
cabeza la imagen de esa mujer. ¿y si al final, no ha sido una alucinación producto
de un golpe, que ni siquiera sé si me he dado? Tal vez en tantos años de enterrador
mi padre haya podido ver alguna vez algo. No soy muy dado a creer en fantasmas,
además, ella no tenía el aspecto de ser ningún alma en pena. Todo lo contrario, su
presencia inspiraba calma, seguridad, confianza. ¿y por qué tengo la extraña
sensación de haberla conocido antes?
- Padre ¿usted cree en espantos? - pregunto cómo quien no quiere la cosa,
tratando de disimular mi ansiedad
- No, hijo. Esas son cosas del demonio. No hay que tentar los malos espíritus,
ni andar pensando tonterías
- Pero yo imagino que usted en tantos años, alguna vez se habrá llevado un
buen susto – insisto sutilmente
- Bueno, yo nunca he visto nada, aunque alguna vez tu abuelo, cuando yo era
muy joven y le ayudaba, estuvo visitando cada noche el cementerio, a eso
de la medianoche. Estaba obsesionado con una mujer que, según él, venía
a hablar con los muertos. Al final, con el paso de los meses se le pasó, y como
después de la muerte de madre se dio a la bebida, nadie le hacía caso a su
historia. Antes de morir, visitaba seguido a la mujer de la calle del final del
mercado
- ¿la de la dama que adivina el futuro y lee las cartas?, pero cuantos años
tiene – abro los ojos asombrados
- No hombre – se ríe mi padre – la joven que vive ahora no. A quien visitaba
era a su abuela
- Ya decía yo que no podía ser – exclamé avergonzado mientras me quitaba
el pelo de la frente
- ¿por qué tienes tanto interés en el tema? - me miró extrañado mi padre –
no te vayas a dejar embaucar, que esas mujeres son una generación de
charlatanas. ¡No te quiero ver por allí!
– Pierde cuidado padre, no se me pasa por la cabeza – pero lo cierto es, que
me moría de ganas por visitarle -
Dos días después en vísperas de domingo, el día de descanso, le mentí por primera
vez a mi futura esposa.
- No podré verte mañana vida mía, necesito ir al centro de la ciudad a comprar
unos materiales para la funeraria. Es un encargo muy especial de mi padre
y me tomará casi toda la tarde – le digo bajando la mirada. No tengo
experiencia en esto del engaño y temo que el más mínimo movimiento de
mi rostro me delate enseguida.
- Tranquilo – me contesta Lucrecia inocentemente lo que consigue que me
sienta peor aún de lo que ya estoy – estaré arreglando algunas cosas de mi
ajuar con mi madre y así paso más tiempo con ella que últimamente no se
siente muy bien, será cansancio acumulado.
- Pasaré a verte a la noche un rato si puedo – y le doy en beso en la frente,
agradeciendo en mi interior al cielo por tenerla en mi vida.
La casa de la esquina del mercado pertenecía desde hace mucho tiempo, a una
generación de mujeres que se dedicaban a las artes adivinatorias. Y no debía de
irles nada mal, porque la vivienda, que se encontraba en muy buen estado, se
alzaba grande e imponente al final de la calle. Es imposible no fijarse en ella, con
su enorme jardín en cuyo centro descansa una fuente de piedra de cuatro pisos,
con unos pequeños ángeles en sus bordes que sueltan chorritos de agua por la
boca. La vista desde afuera es magnífica, entre la fuente, los ángeles y las estatuas
de piedra que asemejaban personas en diferentes posturas: sentadas, de pie,
hombres pensantes, orando con los brazos en alto, de rodillas, en fin...creo que hay
por lo menos 12 posiciones diferentes, como si hubieran sido sorprendidos y
petrificados en un segundo, sin darse cuenta.
Me acerco a la enorme reja de hierro y compruebo que está abierta, así que sigo
caminando y recorro todo el jardín, hasta llegar a la entrada principal. La enorme
puerta de madera tiene una aldaba que asemeja a un perro con tres cabezas, no
he visto nada igual en toda mi vida, sin embargo, me gusta su imagen y me quedo
absorto un rato contemplándola. Enseguida vuelvo a la realidad y haciendo gala
de un valor inexistente golpeo tres veces, muy fuerte para asegurarme. Espero que
haya alguien en casa.
- Buenas tardes – me pregunta un hombre muy alto, delgado y con cara de
pocos amigos – que necesita joven
- Perdone que lo moleste, me gustaría hablar con la dueña de la casa –
respondo visiblemente nervioso y es que me parece que apareció de pronto,
de la nada – creo que fue muy amiga de mi abuelo, don Rafael, era el anterior
enterrador y vivía abajo en los alrededores del cementerio.
- Tal vez se refiera usted a la señora Francisca, lamentablemente murió hace
tiempo en un accidente familiar, iba acompañada de su hija; les sobrevive
su nieta, la señora Yoana, tal vez ella pueda ayudarle. Venga conmigo le
avisaré de su presencia.
- Muchas gracias, señor - y entro detrás de él siguiéndolo por el oscuro y largo
pasillo, encomendándome en mis oraciones a todos los santos que se me
ocurrieron en ese momento.
En unos minutos que se me antojaron eternos se detuvo frente a una gran puerta
corredera de roble tallada con extrañas figuras y me invitó a entrar al salón.
- Espere un momento por aquí, enseguida lo atenderá la señora
- Gracias - musité con voz débil
El salón está decorado majestuosamente, unas gruesas cortinas de terciopelo
verde del bueno cubrían la infinidad de ventanas. Sin ellas, estoy seguro de que
entraría muy buena luz. Tiene que ser un salón muy luminoso, pero por alguna
razón su dueña lo preferirá así. Hay también lámparas de aceite por todos lados,
pero no de las comunes que encuentras en cualquier casa ¡no!, estas tienen formas
de animales: palomas, leones, elefantes, hay un sinfín de lámparas, ofreciendo un
espectáculo hermoso a la vista y cuando más curioso. En el centro de la sala están
los preciosos sofás brocados y ornamentados, tallados en madera con
incrustaciones doradas; hay una preciosa mesa para tomar el té y también otra en
un rincón, perfectamente adornada y decorada con candelabros de plata, cubierta
por un mantel rojo y con una enorme baraja dispersa sobre la mesa. Imagino que
será donde atiende a sus clientes.
Hacia el fondo se ve una chimenea de mármol con varios retratos encima. Todas
de mujeres y hay fotos verdaderamente antiguas. También algunos lienzos en la
pared. Cada uno, ya sea cuadro o fotografía tiene una inscripción en su base. Me
acerco detenidamente a ver el retrato de una joven morena que se está
abanicando al lado de una ventana. Se puede leer una anotación: Francisca “la
piadosa “1800 – 1860”, me estaba acercando a otra imagen cuando una voz a mis
espaldas interrumpió mi misión:
- Cada una de las mujeres de mi familia, tiene un adjetivo que describe su
personalidad. Esta por ejemplo es mi madre Renata “la profeta” no fallaba
nunca – dijo mientras me enseñaba una foto con un marco dorado que
estaba puesta junto a las otras - No esperaba a nadie hoy, no recuerdo que
tuviera visita
- Perdone es que ...- y mi voz quedó interrumpida al ver la hermosa mujer que
me hablaba – disculpe mi intromisión, solo quiero hacerle unas preguntas –
dije tratando de ocultar mi nerviosismo, pero sin poder apartar los ojos de su
mirada - ¿y usted es? - pregunté maravillado
- Yoana “la insondable” veré en que puedo ayudarle, tome asiento por favor –
contestó amablemente – he pedido a Jorge que nos traiga un poco de té
con pastelitos, si le parece bien
- Muchas gracias, espero no molestar
- Siempre es agradable contar con visita - respondió con una sonrisa, dejando
a la vista su hermosa dentadura
Nos sentamos en el salón frente a frente y ella pudo notar mis nervios. Estaba
bañado en sudor y las manos me temblaban un poco.
- Relájese por favor - sonreía nuevamente – no acostumbro a morder a nadie
en la primera sesión
- Espero que no - contesté riendo, lo que me ayudó a relajarme un poco.
Enseguida apareció Jorge con las viandas para la merienda. Traía una bandeja de
plata con unas preciosas tazas para servir el té y una bandeja surtida de un sinfín
de pastelitos de todos los colores y sabores. No sabía que existieran de tantas clases
y creo que mi cara de asombro me delató.
- Son de cosecha propia – me dijo tomando uno y llevándolo a su boca,
seguida por mi mirada hipnotizada – los hace mi cocinera, es una receta
secreta
- Están deliciosos - contesté mecánicamente con la boca llena - perdón
- Jajaja no te disculpes, eso es que te han gustado
- Siiiii, mucho – dije mientras cogía otro emocionado
- Ahora que estás más tranquilo, puedes preguntarme lo que viniste a buscar
- Bueno – titubeo un poco – no sé cómo empezar, seguramente pensarás que
estoy loco, pero trabajo en el cementerio central
- Eso, ya lo sé - interrumpió mirándome fijamente
- Es que... el otro día– realmente estaba empezando a titubear - creí ver..a la
medianoche., esto es una locura. Lo siento, creo que ha sido un error, mejor
me voy.
Me levanto apresuradamente y con paso veloz me dirijo a la puerta de salida. Iba
caminando por el pasillo cuando oí su voz a mis espaldas:
- Tu abuelo también podía verla ¿sabías?
- Entonces, no ha sido una ilusión - la mire esperanzado
- No – se acercó a mí y puso su mano en mi mejilla- ¿realmente no lo
recuerdas? No tienes ni idea de quién eres
- Creo que se equivoca conmigo, no soy quien usted cree – Retiré su mano y
salí corriendo
Al llegar a casa encuentro a mi madre esperándome preocupada, al verme se
abalanzo sobre mí y me dio un efusivo abrazo
- Carlo, te hemos estado buscando. Tu padre está preocupado – me dijo entre
lágrimas, mirándome desconsolada – vete a la casa de tus suegros, Lucrecia
está muy enferma.