Obras
Gustavo A. Bécquer
Librería de Fernando Fe, 1885
Exportado de Wikisource el 29 de abril de 2025
1
LA AJORCA DE ORO
lla era hermosa, hermosa con esa hermosura que
inspira el vértigo; hermosa con esa hermosura que
no se parece en nada á la que soñamos en los
ángeles, y que, sin embargo, es sobrenatural;
hermosura diabólica, que tal vez presta el demonio á algunos
seres para hacerlos sus instrumentos en la tierra.
El la amaba: la amaba con ese amor que no conoce freno ni
límites; la amaba con ese amor en que se busca un goce y
sólo se encuentran martirios; amor que se asemeja á la
felicidad, y que, no obstante, parece infundir el cielo para la
expiación de una culpa.
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Ella era caprichosa, caprichosa y extravagante, como todas
las mujeres del mundo.
Él, supersticioso, supersticioso y valiente, como todos los
hombres de su época.
Ella se llamaba María Antúnez.
Él Pedro Alfonso de Orellana.
Los dos eran toledanos, y los dos vivían en la misma ciudad
que los vió nacer.
La tradición que refiere esta maravillosa historia, acaecida
hace muchos años, no dice nada más acerca de los
personajes que fueron sus héroes.
Yo, en mi calidad de cronista verídico, no añadiré ni una sola
palabra de mi cosecha para caracterizarlos mejor.
II
El la encontró un día llorando y le preguntó:— ¿Por qué
lloras?
Ella se enjugó los ojos, le miró fijamente, arrojó un suspiro y
volvió á llorar.
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Pero entonces, acercándose á María, le tomó una mano,
apoyó el codo en el pretil árabe desde donde la hermosa
miraba pasar la corriente del río, y tornó á decirle:—¿Por
qué lloras?
El Tajo se retorcía gimiendo al pie del mirador entre las
rocas sobre que se asienta la ciudad imperial. El sol
trasponía los montes vecinos, la niebla de la tarde flotaba
como un velo de gasa azul, y solo el monótono ruido del
agua interrumpía el alto silencio.
María exclamó:—No me preguntes por qué lloro, no me lo
preguntes; pues ni yo sabré contestarte, ni tú comprenderme.
Hay deseos que se ahogan en nuestra alma de mujer, sin que
los revele más que un suspiro; ideas locas que cruzan por
nuestra imaginación, sin que ose formularlas el labio,
fenómenos incomprensibles de nuestra naturaleza
misteriosa, que el hombre no puede ni áun concebir. Te lo
ruego, no me preguntes la causa de mi dolor; si te la
revelase, acaso te arrancaría una carcajada.
Cuando estas palabras espiraron, ella tornó á inclinar la
frente, y él á reiterar sus preguntas.
La hermosa, rompiendo al fin su obstinado silencio, dijo á su
amante con voz sorda y entrecortada:
—Tú lo quieres, es una locura que te hará reir; pero no
importa: te lo diré, puesto que lo deseas.
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Ayer estuve en el templo. Se celebraba la fiesta de la Virgen;
su imagen, colocada en el altar mayor sobre un escabel de
oro, resplandecía como un ascua de fuego; las notas del
órgano temblaban dilatándose de eco en eco por el ámbito de
la iglesia, y en el coro los sacerdotes entonaban el Salve,
Regina.
Yo rezaba, rezaba absorta en mis pensamientos religiosos,
cuando maquinalmente levanté la cabeza y mi vista se
dirigió al altar. No sé por qué mis ojos se fijaron desde luego
en la imagen, digo mal, en la imagen no; se fijaron en un
objeto que hasta entonces no había visto, un objeto que, sin
poder explicármelo, llamaba sobre sí toda mi atención. No te
rías... aquel objeto era la ajorca de oro que tiene la Madre de
Dios en uno de los brazos en que descansa su divino Hijo...
Yo aparté la vista y torné á rezar... ¡Imposible! Mis ojos se
volvían involuntariamente al mismo punto. Las luces del
altar, reflejándose en las mil facetas de sus diamantes, se
reproducían de una manera prodigiosa. Millones de chispas
de luz rojas y azules, verdes y amarillas, volteaban alrededor
de las piedras como un torbellino de átomos de fuego, como
una vertiginosa ronda dé esos espíritus de las llamas que
fascinan con su brillo y su increíble inquietud...
Salí del templo, vine á casa, pero vine con aquella idea fija
en la imaginación. Me acosté para dormir; no pude... Pasó la
noche, eterna con aquel pensamiento... Al amanecer se
cerraron mis párpados, y, ¿lo creerás? aún en el sueño veía
cruzar, perderse y tornar de nuevo una mujer, una mujer
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morena y hermosa, que llevaba la joya de oro y de pedrería;
una mujer, sí, porque ya no era la Virgen que yo adoro y ante
quien me humillo, era una mujer, otra mujer como yo, que
me miraba y se reía mofándose de mí.—¿La ves? parecía
decirme, mostrándome la joya.—¡Cómo brilla! Parece un
círculo de estrellas arrancadas del cielo de una noche de
verano. ¿La ves? pues no es tuya, no lo será nunca, nunca...
Tendrás acaso otras mejores, más ricas, si es posible; pero
ésta, ésta que resplandece de un modo tan fantástico, tan
fascinador... nunca... nunca...—Desperté; pero con la misma
idea fija aquí, entonces como ahora, semejante á un clavo
ardiente, diabólica, incontrastable, inspirada sin duda por el
mismo Satanás... ¿Y qué?... Callas, callas y doblas la
frente... ¿No te hace reir mi locura?
Pedro, con un movimiento convulsivo, oprimió el puño de su
espada, levantó la cabeza, que en efecto había inclinado, y
dijo con voz sorda:
—¿Qué Virgen tiene esa presea?
—La del Sagrario, murmuró María.
—¡La del Sagrario! repitió el joven con acento de terror: ¡la
del Sagrario de la catedral!...
Y en sus facciones se retrató un instante el estado de su
alma, espantada de una idea.
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—¡Ah! ¿por qué no la posee otra Virgen? prosiguió con
acento enérgico y apasionado; ¿por qué no la tiene el
arzobispo en su mitra, el rey en su corona, ó el diablo entre
sus garras? Yo se la arrancaría para tí, aunque ne costase la
vida ó la condenación. Pero á la Virgen del Sagrario, á
nuestra Santa Patrona, yo... yo que he nacido en Toledo,
¡imposible, imposible!
—¡Nunca! murmuró María con voz casi imperceptible;
¡nunca!
Y siguió llorando.
Pedro fijó una mirada estúpida en la corriente del río. En la
corriente, que pasaba y pasaba sin cesar ante sus extraviados
ojos, quebrándose al pie del mirador entre las rocas sobre
que se asienta la ciudad imperial.
III
¡La catedral de Toledo! Figuráos un bosque de gigantes
palmeras de granito que al entrelazar sus ramas forman una
bóveda colosal y magnífica, bajo la que se guarece y vive,
con la vida que le ha prestado el genio, toda una creación de
seres imaginarios y reales.
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Figuráos un caos incomprensible de sombra y luz, en donde
se mezclan y confunden con las tinieblas de las naves los
rayos de colores de las ojivas; donde lucha y se pierde con la
oscuridad del santuario el fulgor de las lámparas.
Figuráos un mundo de piedra, inmenso como el espíritu de
nuestra religión, sombrío como sus tradiciones, enigmático
como sus parábolas, y todavía no tendréis una idea remota
de ese eterno monumento del entusiasmo y la fe de nuestros
mayores, sobre el que los siglos han derramado á porfía el
tesoro de sus creencias, de su inspiración y de sus artes.
En su seno viven el silencio, la majestad, la poesía del
misticismo, y un santo horror que defiende sus umbrales
contra los pensamientos mundanos y las mezquinas pasiones
de la tierra.
La consunción material se alivia respirando el aire puro de
las montañas; el ateismodebe curarse respirando su
atmósfera de fe.
Pero si grande, si imponente se presenta la catedral á
nuestros ojos á cualquier hora que se penetra en su recinto
misterioso y sagrado, nunca produce una impresión tan
profunda como en los días en que despliega todas las galas
de su pompa religiosa en que sus tabernáculos se cubren de
oro y pedrería, sus gradas de alfombra y sus pilares de
tapices.
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Entonces, cuando arden despidiendo un torrente de luz sus
mil lámparas de plata; cuando flota en el aire una nube de
incienso, y las voces del coro, y la armonía de los órganos y
las campanas de la torre estremecen el edificio desde sus
cimientos más profundos hasta las más altas agujas que lo
coronan, entonces es cuando se comprende, al sentirla, la
tremenda majestad de Dios que vive en él, y lo anima con su
soplo y lo llena con el reflejo de su omnipotencia.
El mismo día en que tuvo lugar la escena que acabamos de
referir, se celebraba en la catedral de Toledo el último de la
magnífica octava de la Virgen.
La fiesta religosa había traído á ella una multitud inmensa de
fieles; pero ya ésta se había dispersado en todas direcciones;
ya se habían apagado las luces de las capillas y del altar
mayor, y las colosales puertas del templo habían rechinado
sobre sus goznes para cerrarse detrás del último toledano,
cuando de entre las sombras, y pálido, tan pálido como la
estatua de la tumba en que se apoyó un instante mientras
dominaba su emoción, se adelantó un hombre que vino
deslizándose con el mayor sigilo hasta la verja del crucero.
Allí la claridad de una lámpara permitía distinguir sus
facciones.
Era Pedro.
¿Qué había pasado entre los dos amantes para que se
arrastrara al fin á poner por obra una idea que sólo el
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concebirla había erizado sus cabellos de horror? Nunca pudo
saberse.
Pero él estaba allí, y estaba allí para llevar á cabo su criminal
propósito. En su mirada inquieta, en el temblor de sus
rodillas, en el sudor que corría en anchas gotas por su frente,
llevaba escrito su pensamiento.
La catedral estaba sola, completamente sola, y sumergida en
un silencio profundo.
No obstante, de cuando en cuando se percibían como unos
rumores confusos: chasquidos de madera tal vez, ó
murmullos del viento, ó ¿quién sabe? acaso ilusión de la
fantasía, que oye y ve y palpa en su exaltación lo que no
existe, pero la verdad era que ya cerca, ya lejos, ora á sus
espaldas, ora á su lado mismo, sonaban como sollozos que
se comprimen, como roce de telas que se arrastran, como
rumor de pasos que van y vienen sin cesar.
Pedro hizo un esfuerzo para seguir en su camino, llegó á la
verja, y subió la primera grada de la capilla mayor.
Alrededor de esta capilla están las tumbas de los reyes,
cuyas imágenes de piedra, con la mano en la empuñadura de
la espada, parecen velar noche y día por el santuario á cuya
sombra descansan todos por una eternidad.
—¡Adelante! murmuró en voz baja, y quiso andar y no pudo.
Parecía que sus pies se habían clavado en el pavimento. Bajó
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los ojos, y sus cabellos se erizaron de horror: el suelo de la
capilla lo formaban anchas y oscuras losas sepulcrales.
Por un momento creyó que una mano fría y descarnada le
sujetaba en aquel punto con una fuerza invencible. Las
moribundas lámparas, que brillaban en el fondo de las naves
como estrellas perdidas entre las sombras, oscilaron á su
vista, y oscilaron las estatuas délos sepulcros y las imágenes
del altar, y osciló el templo todo con sus arcadas de granito y
sus machones de sillería.
—¡Adelante! volvió á exclamar Pedro como fuera de sí, y se
acercó al ara, y trepando por ella subió hasta el escabel de la
imagen. Todo alrededor suyo se revestía de formas
quiméricas y horribles; todo era tinieblas y luz dudosa, más
imponente aún que la oscuridad. Sólo la Reina de los cielos,
suavemente iluminada por una lámpara de oro, parecía
sonreir tranquila, bondadosa y serena en medio de tanto
horror.
Sin embargo, aquella sonrisa muda é inmóvil que le
tranquilizara un instante, concluyó por infundirle temor; un
temor más extraño, más profundo que el que hasta entonces
había sentido.
Tornó empero á dominarse, cerró los ojos para no verla,
extendió la mano con un movimiento convulsivo y le
arrancó la ajorca de oro, piadosa ofrenda de un santo
arzobispo; la ajorca de oro cuyo valor equivalía á una
fortuna. Ya la presea estaba en su poder: sus dedos crispados
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la oprimían con una fuerza sobrenatural, sólo restaba huir,
huir con ella; pero para esto era preciso abrir los ojos, y
Pedro tenía miedo de ver, de ver la imagen, de ver los reyes
de las sepulturas, los demonios de las cornisas, los endriagos
de los capiteles, las fajas de sombras y los rayos de luz que
semejantes á blancos y gigantescos fantasmas, se movían
lentamente en el fondo de las naves, pobladas de rumores
temerosos y extraños.
Al fin abrió los ojos, tendió una mirada, y un grito agudo se
escapó de sus labios.
La catedral estaba llena de estatuas, estatuas que, vestidas
con luengos y no vistos ropajes, habían descendido de sus
huecos, y ocupaban todo el ámbito de la iglesia, y le miraban
con sus ojos sin pupila.
Santos, monjas, ángeles, demonios, guerreros, damas, pajes,
cenobitas y villanos, se rodeaban y confundían en las naves
y en el altar. A sus pies oficiaban, en presencia de los reyes,
de hinojos sobre sus tumbas, los arzobispos de mármol que
él había visto otras veces, inmóviles sobre sus lechos
mortuorios, mientras que arrastrándose por las losas,
trepando por los machones, acurrucados en los doseles,
suspendidos de las bóvedas, pululaban como los gusanos de
un inmenso cadáver, todo un mundo de reptiles y alimañas
de granito, quiméricos, deformes, horrorosos.
Ya no pudo resistir más. Las sienes le latieron con una
violencia espantosa; una nube de sangre oscureció sus
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pupilas, arrojó un segundo grito, un grito desgarrador y
sobrehumano, y cayó desvanecido sobre el ara.
Cuando al otro día los dependientes de la iglesia le
encontraron al pie del altar, tenía aún la ajorca de oro entre
sus manos, y al verlos aproximarse, exclamó con una
estridente carcajada:
—¡Suya, suya!
El infeliz estaba loco.
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