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Anne Mather - Candente Legado

En 'Una extraña herencia', Alex Seton se enfrenta a la inesperada herencia de su abuela que incluye a Isabel Ashley, la mujer que rompió el matrimonio de su primo. A pesar de su desprecio hacia ella, Alex se ve obligado a actuar como mediador en la venta de las acciones de Isabel en la empresa familiar, lo que lo lleva a reconsiderar sus sentimientos hacia ella. La historia explora temas de familia, lealtad y los conflictos emocionales que surgen del pasado.

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Anne Mather - Candente Legado

En 'Una extraña herencia', Alex Seton se enfrenta a la inesperada herencia de su abuela que incluye a Isabel Ashley, la mujer que rompió el matrimonio de su primo. A pesar de su desprecio hacia ella, Alex se ve obligado a actuar como mediador en la venta de las acciones de Isabel en la empresa familiar, lo que lo lleva a reconsiderar sus sentimientos hacia ella. La historia explora temas de familia, lealtad y los conflictos emocionales que surgen del pasado.

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Una extraña herencia

Candente legado
Anne Mather

Una extraña herencia (1989)


En Harmex: Candente legado (1988)
Título Original: Burning inheritance (1987)
Editorial: Harlequin Ibérica
Sello / Colección: Bianca 381
Género: Contemporáneo
Protagonistas: Alex Seton e Isabel Ashley

Argumento:
Aquellas manos sabían lastimar, pero también excitar…
El veredicto de Alex Seton sobre la mujer que se casó con su primo y
rompió aquel matrimonio, escasos dos años después, fue que era hermosa,
inmoral y egoísta.
Ella lo atraía, mas ¿qué hombre no se sentiría cautivado por una
despampanante rubia como Isabel?
Algo era cierto, el pasado estaba muerto, y él no deseaba volver a verla…
aunque parecía que ahora no tenía alternativa. Le gustara o la odiara, ¡ya
no podría ignorarla!
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Capítulo 1
—¡La vieja estaba loca! —declaró Robert Seton con enojo.
—Mas no era así —lo contradijo su sobrino, desde un sillón de cuero italiano—.
Vinnie se aseguró de que no le pudieses imputar ese cargo. Estaba en sus cabales
cuando redactó el testamento. Y hay tres certificaciones médicas para probarlo.
—No necesito que me lo recuerdes —replicó Robert, irritado—. Yo sólo
exterioricé mi opinión, eso es todo. Opinión que con toda seguridad compartirá la
mayoría de los accionistas. Por Dios Santo, Alex, ¡dejarle a Isabel Ashley sus intereses
en la empresa, es algo propio de un demente!
—Es obvio que Vinnie no lo pensaba así —recalcó Alex, se metió las manos en
los bolsillos y extendió las piernas al frente—. Ella siempre tuvo preferencia por
Isabel. Supongo que consideró esto como un modo de reparar una injusticia.
—¿Qué injusticia? —el tío estaba impaciente—. Isabel se fue de la familia con lo
que trajo nada más y nada menos.
—Quizá Vinnie no lo consideró justo —Alex encogió los hombros.
—¿Qué insinúas? —Robert Seton lo contempló, incrédulo—. ¿Estás de acuerdo
con ella? Yo nunca imaginé que…
—Alguien tiene que representar el papel de abogado del diablo —indicó Alex
con suavidad. Pero entonces, como si se contagiara un poco de la agitación de su
pariente, de manera abrupta se puso de pie—. Después de todo, si vas a oponerte al
ingreso de Isabel al consejo…
—¡Por supuesto que me opondré!
—…debes tener en cuenta todas las opciones.
—Alex —protestó Robert—, hay veces que tu lógica de leguleyo me enfurece.
Esa mujer es una oportunista, ¿no te das cuenta? —con el puño cerrado golpeó la
palma de la otra mano—. Debí prohibirle a Vinnie que la viese. Nunca me perdonaré
por haber permitido que esto sucediera.
Alex levantó una de sus oscuras cejas, como si pusiese en duda la capacidad de
su tío para prohibir a Vinnie alguna cosa, antes de alejarse de él y caminar con
indolencia hacia los grandes ventanales. De espaldas a la habitación, dejó que el
panorama que desde allí se admiraba, lo tranquilizara.
La abuela había muerto y se negó a dejar que el mal carácter de Robert agravara
la tristeza que todavía lo embargaba.
En el exterior, las crecientes sombras se extendían por los jardines cubiertos por
los brotes de principios del verano. Los exuberantes lechos de flores atendidos por
Deacon, el jardinero de su tío, constituían un marco natural para los prados verdes.
Además, los arbustos que los limitaban, eran tan frondosos como el resto de la
vegetación.

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La extensión de la propiedad de los Denby llegaba hasta la Bahía Peale, y el Río


Naze marcaba el límite oriental de las tierras que les pertenecían. Aunque ahora los
dueños serían los Seton, supuso Alex con súbita ironía. La muerte de la abuela
significó la terminación de la línea sucesora con el apellido de la familia de su madre.
Virginia Denby sobrevivió a sus dos hijas veinte años, pero a los setenta y cinco, por
fin perdió la batalla. La extrañaría, quizá mucho más de lo que imaginaba. Fue una
dama intrépida, y Alex la quería mucho. Durante veinte años ella trató de llenar el
hueco dejado por la muerte de los padres de Alex y se convirtió en su confidente en
la adolescencia y primera juventud.
Una elevación del terreno ocultaba la vista al mar, excepto en un pequeño
espacio triangular, pero los campos de ondulantes pastizales compensaban el
panorama. Ese era el lugar donde Alex nació, donde él y su primo Christopher
jugaron de niños, y aunque Alex tenía casa en Londres, todavía consideraba a
Nazeby como su hogar.
—Tendrás que ir a verla —anunció su tío detrás de él, y Alex se volvió
incrédulo hacia su malhumorado pariente.
—¡Yo! —exclamó—. Oh, no. Espero que se trate de una broma. Si quieres
ponerte en contacto con Isabel Ashley, hazlo tú mismo.
—No, no puedo —Robert Seton hizo un gesto de disgusto, pero después
cambió su tono a zalamería—. Sabes que ella siempre me culpó por el fracaso de su
matrimonio. Si voy a verla, se burlará de mí. Tú la conoces. Si llega a pensar que al
retener sus acciones, dará un golpe a Industrias Denby, ¡y a mí!, nunca accederá a
vender.
Alex tuvo que reconocer que en las palabras de su tío había algo de verdad.
Para decirlo con sutileza, Robert Seton no era del agrado de Isabel y lo acusó de
volver a Chris en su contra. No obstante, él no quería ejercer venganza alguna en
contra de la mujer. Tenía razones para despreciar a Isabel Ashley, y nada de lo que
dijera su tío, podría convencerlo de que actuase como su emisario. Que los abogados
de la compañía se encargaran del asunto. Eran muchos y alguien podría ocuparse de
ello.
—¿Por qué no mandas a Chris? —inquirió ahora, con expresión de sorna.
—¿Estás loco? —Robert apretó los puños—. ¿No sabes que tu primo aún siente
algo por ella? ¿No he sido yo el involuntario receptor de sus lamentos cuando bebe
de más? Por Dios Santo, Alex, lo último que me hace falta es que esa mujer vuelva a
clavar en él sus garras. Ya una vez Chris logró escapar de una situación difícil, pero
no confío en que vuelva a salir tan bien librado.
Alex sintió una tensión creciente en el cuello, por lo que inclinó la cabeza para
aliviarla.
—Tío, no puedes descargar en mí el trabajo no grato —declaró, tajante—. Si
quieres tratar este asunto de manera impersonal, encárgaselo a John Frazer o a
Malcolm Stansfield. Para eso les pagas.

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—Alex, tú sabes que el deseo más caro de tu abuela fue que tú formaras parte
de la empresa. ¿Crees que le habría dejado esas acciones a Isabel si hubiera pensado
que podría convencerte de que pusieras más interés en Industrias Denby? ¿Qué te
parece si hacemos un trato? Convence a Isabel de que venda y podrás conservar esas
acciones. Nada me daría más gusto que el hecho de que ocupes el lugar de Vinnie en
el consejo.
—No —la negativa de Alex fue cortés pero firme, y su tío le dirigió una mirada
de frustración.
Hacía cinco años, desde que Alex se graduó en la facultad de derecho e instaló
su despacho de consultoría en impuestos, Robert trató de persuadirlo de que se
uniera a Denbys, pero sin éxito. En lo que a Alex concernía, su primo Christopher era
el sucesor natural de su tío, y a pesar de su parentesco tan estrecho, Alex prefería
permanecer independiente.
—¿No se te ha ocurrido pensar que eso es lo que tu madre querría para ti? —
insistió el hombre mayor—. Ella era la hija menor de tu abuela, y ya sé que a tu padre
no le interesaba hacer dinero, pero, maldición, Alex, él era mi hermano y cuando
estrelló el automóvil que los mató a los tres, incluyendo a mi esposa, cambió la
situación de alguna manera, ¿no te parece?
La mandíbula de Alex se endureció.
—No soy un desagradecido y reconozco la deuda que tengo contigo y con
Vinnie. Si lo que quieres es apelar a la lealtad familiar…
—No es eso —Robert se apresuró a detenerlo, percatándose de que fue
demasiado lejos—. Alex, deberías saber que para mí eres el hijo que quisiera haber
tenido… No… no me interrumpas. Es la verdad. Eres como yo. Nuestra manera de
pensar es tan parecida, que a veces creo que en ti hay más de mí, que en Chris. Él es
como su madre, un Denby de los pies a la cabeza. Así fue como decayó la familia.
Porque generación tras generación, fueron alimentados con leche y agua, ¡sin agallas!
—Vinnie era una Denby —señaló Alex con dureza.
—Sólo a través del matrimonio, Alex; sólo a través del matrimonio —repitió con
fuerza—. ¡Y la muerte nos impidió saber lo que mi esposa y tu madre habrían hecho
con la empresa! Nosotros estamos vivos, Alex, y juntos podríamos dar a Denby un
alcance internacional. Ya tenemos intereses en las empresas mineras del Brasil y
tengo la mira puesta en Canadá y en Estados Unidos. Si te hicieras cargo de las
operaciones aquí, yo quedaría libre para viajar por el mundo para conseguir
contratos. Textiles Denby ya no es la base de nuestras compañías. A través de los
años ha sido superada por Ingeniería Denby y Electrónica Denby. Te quiero
conmigo, Alex, tú lo sabes. Me aterra pensar qué ocurrirá con el grupo cuando Chris
se haga cargo. Y sucederá algún día, a menos que tú lo impidas.
Alex estaba serio.
—¡Tío Robert, Chris es tu hijo! —exclamó enojado, pero el otro hombre no se
descorazonó.

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—¿Y qué? —inquirió, indiferente—. No digo que no lo quiera. Lo amo


entrañablemente pues es mi único hijo, pero eso no significa que el cariño me ciegue
y no pueda ver sus defectos. Chris no tiene las aptitudes para ser el próximo director
de Denby. Tú sí, ¡y lo sabes!

Alex salió en su auto para Londres esa misma noche. Mientras el reluciente
Ferrari gris cubría los kilómetros entre Nazeby y su casa en Eaton Mews, él tuvo
tiempo suficiente para reflexionar en lo que su tío le dijo y por fin decidió, aunque no
sin irritación, que Robert Seton llegaría a cualquier extremo con tal de salirse con la
suya.
Desde luego, Alex no estaba en total desacuerdo con su tío. Era cierto que a
Chris se le dificultaría incorporarse al trabajo, pues durante los pasados ocho años
gastó parte de las utilidades producidas por las compañías de su padre, en el juego.
Aun así, Alex nunca consideró que su parte en Denby le daría derechos sobre la
compañía. Cuando Robert Seton se casó con la hermana de su madre, los negocios no
andaban muy bien y sin la experiencia de Robert, se habrían visto en la necesidad de
vender Nazeby para pagar sus deudas. Fue la habilidad de Robert la que convirtió la
compañía en un negocio floreciente, y lo justo era que su hijo lo heredara.
Además, Alex siempre quiso ser independiente. Nunca le gustó vivir atenido a
la generosidad de su tío y mientras Chris era enviado a Oxford y perdía el tiempo en
centros nocturnos y en hipódromos, Alex se recibía con honores en abogacía. Pudo
haberse dedicado casi a cualquier cosa, pues los amigos de su tío le ofrecieron
diversos trabajos en la industria o en la banca, pero, en contra de lo esperado por
todos, entro a una firma de consejeros en impuestos y pasó los siguientes tres años
dedicado al aprendizaje de lo relativo a impuestos sobre la renta, empresariales y
todos los vericuetos intrincados del sistema de impuestos británico.
En consecuencia, cuando cumplió veintiséis años, se estableció por su cuenta y
ahora, a los veintinueve, poseía una próspera compañía, cuyos frutos eran suficientes
para satisfacer sus necesidades. Fue eso lo que lo ayudó a rechazar la proposición de
su tío. No deseaba convertirse en el nuevo director de Industrias Denby, y si además,
ello significaba volver a ver a Isabel Ashley, nada podría convencerlo. O así lo creía
él.
Diez días después, tuvo motivos para reconsiderar su opinión. Un télex
procedente de Nueva York lo esperaba en su oficina al regresar del almuerzo y aquel
mensaje lo hizo acudir con rapidez al teléfono.
—¿Qué sucede? —preguntó a la secretaria y acompañante de viaje de su tío—.
Aquí tengo un mensaje que dice: Busca a Ashley inmediato. Referente venta acciones
Denby. Robert sabe que hace días me negué a encargarme de esta comisión. ¿Cuál es
su juego ahora? Déjeme hablar con él.
—El señor Seton se encuentra en una reunión de negocios y no se le puede
interrumpir —dijo Joan Ferris y Alex apretó los labios al escuchar la consabida
excusa—. Pensó que usted podría hablar por teléfono y me pidió que le dijera que la

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situación ha cambiado. Parece que la señorita Ashley quiere vender sus acciones y
dado que su tío no se encuentra en el país por el momento, le pide que actúe como
mediador familiar en su ausencia.
—¿Y qué pasa con sus abogados? —inquirió Alex, receloso. ¿Por qué su tío no
lo llamó por teléfono en vez de enviar un mensaje por télex, sin darle la oportunidad
de rebatir?
—El señor Seton estaba seguro de que usted comprendería que en un asunto
tan delicado como este, el encargado debe ser un miembro de la familia…
—Pero no Chris, ¿verdad? —la interrumpió Alex con dureza—. De acuerdo,
Joan, pero la próxima vez que vea a su jefe, le diré una o dos cosas que merece. Por lo
pronto, hágame el favor de informarle que no me gusta su forma de proceder.
—¿Hará lo que él le pide?
—¿Es que tengo alguna elección? —protestó Alex—. Bien, Joan. Déjemelo a mí,
pero no se sorprendan si fracaso, ¡no estoy de humor para actuar con tacto!
No fue sino hasta que Alex se encontró de nuevo en su casa esa noche, que se
permitió dedicar algún pensamiento al cometido de su tío. Durante la velada
agradable que pasó al cenar con Howard Marsden y su esposa, lo hizo olvidar ese
pendiente e incluso pudo evadir los no disimulados esfuerzos de Hilary Marsden por
llamar su atención. Se dedicó a tratar el problema que Howard tenía con sus
impuestos.
Ahora, al desabotonarse la camisa y quitarse el pantalón, recordó a Isabel. Era
increíble que el pensar en la exesposa de su primo, aún tuviera el poder de
perturbarlo. Su resentimiento contra Robert aumentó por haberlo puesto en esa
situación. Si no fuese por el afecto sincero que sentía por su tío, se lavaría las manos
con respecto al asunto y dejaría que alguien más se hiciera cargo de él. Pero dio su
palabra, y no podía romperla, en especial si con ello lograba que las acciones de su
abuela volvieran a la familia.
Se duchó antes de meterse en cama y se ataba el cinturón de la bata de seda
color crema, cuando oyó que alguien llamaba a su puerta. A su resignada respuesta,
un hombre de edad madura y cabellos grises, se asomó sonriente.
—Me pregunté si el señor Alex querría algo para beber o quizá un emparedado
—abrió la puerta y entró, vestido en pijama a rayas azules y blancas y cubierto por
una bata de lana en tono oscuro—. Me preparaba para acostarme cuando lo oí llegar,
y pensé que, si el señor cenó temprano, tal vez ahora sintiese algo de hambre.
—No, Kerry, gracias —Alex miró ceñudo al bonachón irlandés.
Seis años antes, desde que decidió vivir solo, contrató a Kerry O'Flynn para que
se encargara de atenderlo. Él pertenecía al personal de Nazeby y se lo llevó por
insistencia de Robert Seton.
—No necesito nada —añadió con desdén, consciente de la perspicaz mirada del
mayordomo—. Y antes que me digas algo, no dejaré esas toallas tiradas para que
humedezcan la alfombra, sino que las pondré en el cesto del cuarto de baño antes de
acostarme. Te lo prometo.

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—Las recogeré yo —indicó Kerry, indignado. Entró en la habitación y tomó las


toallas para llevárselas—. Las lavaré mañana a primera hora.
Alex forzó una sonrisa.
—Gracias.
—No es nada —Kerry tomaba sus tareas con mucha seriedad—. ¿Está seguro de
que no le hace falta algo?
—Sí.
—Bien —Kerry retrocedió hasta la puerta—. Entonces le desearé buenas noches,
señor. Que descanse, parece fatigado. ¿Sí?
Después que el puntilloso irlandés se marchó, Alex se acercó al espejo y
examinó su rostro con cuidado. En efecto, parecía agotado. Las noches anteriores
trabajó hasta tarde, y eso empezaba a dejar su huella. Y desde la muerte de la abuela
no podía dormir bien y menos aún al conocer el testamento.
Hizo una mueca y se pasó una mano por la mandíbula. Necesitaba afeitarse,
pero ¡diablos!, eso podría esperar. No era igual si Penny estuviese aquí para quejarse.
Ella estaría de regreso de Kuwait a principios de semana y para entonces, la
inminente entrevista con Isabel, que ahora lo irritaba, habría quedado atrás.
A la mañana siguiente en cuanto llegó a su oficina, pidió a la secretaria que lo
comunicara con Isabel por teléfono. Cuanto más pronto tratase el asunto, mejor.
Mientras se dirigía a su despacho particular, se negó a especular, sobre el
motivo por el que todavía recordaba ese número telefónico. Los siguientes minutos,
instalado en la cómoda y familiar atmósfera del lugar, los dedicó a revisar la
correspondencia, pero tuvo que presionar el intercomunicador cuando le pareció que
la secretaria demoraba demasiado para establecer la comunicación.
—Lo siento, Alex —se disculpó Diana Laurence—. Pero no obtengo respuesta
en el número de la señorita Ashley. ¿Deseas que trate en otro?
—Oh… —Alex lanzó una maldición, pero se recobró con rapidez—. Lo siento. Y
no, desconozco si la señorita Ashley tiene otro número. Dejémoslo por ahora. Más
tarde volveremos a intentarlo.
—Muy bien.
Diana llevaba con él demasiado tiempo para haberse ofendido por su reacción.
Alex se apoyó contra el respaldo de su sillón ejecutivo. Pudo haberle dado otro dato
a la secretaria, pues desde hacía dieciocho meses, Isabel trabajaba en la agencia Ferry.
Habría sido sencillo llamar a Jason Ferry y pedirle que la localizara, pero eso
significaría dar explicaciones y divulgar su misión. Misión Imposible, como aquel
antiguo programa de televisión, pensó taciturno, aunque abrigó la esperanza de que
no la hubiesen enviado en alguna tarea allende el mar.
Diana lo llamó en ese momento para avisarle que la primera persona citada
había llegado, y reconociendo que no podía permitir que su frustración interfiriera
con su trabajo, le dijo que recibiría al cliente.

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Por la tarde volvería a intentar comunicarse con Isabel. Y si no lo lograba,


tendría todo el derecho de decirle a Robert que fracasó en su cometido.
Almorzó con uno de sus condiscípulos de Oxford, y se alegró de que su tarde
estuviese ocupada con la visita a una cooperativa en la parte este de Londres. Él
ofrecía un servicio gratuito en conjunción con un ambicioso plan del gobierno, y el
grupo a cargo de la pequeña compañía estaba ansioso por enseñarle el lugar.
Necesitaban asesoría en cuestiones de impuestos, y su opinión con respecto a la
inversión que les convendría hacer en maquinaria.
—Estoy segura de que su auto cuesta más de lo que nosotros ganaremos este
año —comentó Brenda Jeffries, una de las oficinistas, al admirar el Ferrari de Alex
desde la ventana de la oficina en el primer piso—. Y, ¿sabe? —añadió al volverse
para que él admirara su perfil—. También apuesto a que el coche no le hace falta para
atraer a las chicas. ¿Por casualidad necesita una asistente, señor Seton? Tengo
experiencia… como secretaria.
—No pongo en duda su experiencia —respondió Alex de buen talante al
guardar sus papeles en el cartapacio—. La tendré en mente para cuando haya una
vacante.
—¿En serio? —los ojos azules de Brenda brillaron—. Se lo recordare la próxima
vez que venga.
—De acuerdo —Alex caminó hacia la puerta—. No olvide decirle a Ted Ripley
que me mantendré en contacto. Hasta luego.
—Hasta luego.
Brenda le dirigió una mirada radiante y Alex esbozó una sonrisa al bajar por la
escalera de hierro hacia el estacionamiento.
Mas al conducir el auto de vuelta al despacho, su buen humor se había
disipado.
—Diana, por favor intenta de nuevo en ese número —pidió a la secretaria al
llegar a la oficina y apretó los dientes con impaciencia ante la pregunta de ella.
—¿Cuál número?
—El de Isabel Ashley, por supuesto —replicó él y al darse cuenta de lo
irrazonable que era, suspiró—. Lo siento. He tenido un día muy pesado. ¿Tomaste
nota del número? Es…
—Aquí lo tengo —dijo Diana, imperturbable—. Ah… te dejé algunos mensajes
sobre el escritorio. Chris, tu primo, te ha llamado varias veces.
—¿Chris? —Alex reprimió un gruñido. Eso era todo lo que necesitaba, que
Chris se enterara de que trataba de ver a Isabel. A pesar de oponerse a lo que le pedía
su tío, estaba de acuerdo con Robert en que no era aconsejable que Chris volviese a
tratar a su exesposa—. ¿Qué le dijiste?
—Que habías ido a Walthamstow —respondió Diana al presionar los botones
que formaban el número telefónico de Isabel y sonreír—. Llama. ¿Quieres tomar el
auricular?

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Alex titubeó y negó con la cabeza.


—Esperaré —dijo, convencido de que Isabel no contestaría. Mas después de
unos segundos, escuchó que la comunicación se establecía—. Tomaré la llamada en
mi despacho —indicó a Diana y apresuró el paso.
—¿Señorita Ashley? —preguntó la empleada—. Espere un momento. Tengo
una llamada para usted.
—¿Isabel? —casi arrancó el auricular de su sitio, e hizo una mueca al notar que
se le aceleraba el pulso. Estoy fuera de condición, se reprochó, al no querer admitir
otro motivo para su respiración agitada. Tomó asiento sobre el escritorio e inhaló una
fuerte bocanada de aire—. Isabel, habla Alex… Seton. Mi tío me pidió que me
comunicara contigo.

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Capítulo 2
El teléfono sonó mientras Isabel doblaba su ropa para meterla en la maleta.
Jason, pensó de inmediato, nadie más podía buscarla al cuarto para las cinco de la
tarde. Al ir a contestar, deseó que la llamara para avisarle que se cancelaba el viaje.
Un fin de semana en Escocia no le atraía en lo más mínimo en ese período especial de
su vida. La voz de la chica al otro extremo de la línea no le era conocida.
—¿Señorita Ashley? —dijo. Ninguno de los empleados de Jason se dirigiría a
ella como "señorita Ashley"—. Espere un momento. Tengo una llamada para usted.
Isabel se humedeció los labios. De súbito, se vio de nuevo en la intimidante
oficina del abogado y oyó los secos tonos del representante legal de Virginia Denby
al comunicarle que había heredado las acciones que la anciana tenía en Industrias
Denby, de manera instintiva, supo que la llamada tenía algo que ver con ello. ¿Quién
más, si no Robert Seton, se dirigiría a ella como señorita Ashley, sin perder la
oportunidad de recalcar su triunfo al haber logrado romper sus nexos con la familia
Seton?
Estuvo tentada a colgar sin hablar con el hombre. Los abogados de la empresa
Denby ya se habían puesto en contacto con los suyos, ofrecieron comprarle las
acciones con un incremento sustancial; ella contestó que no le interesaba. Era obvio
que Robert Seton no estaba satisfecho con esa respuesta, él haría cualquier cosa para
evitar que Isabel volviese a ver a Chris. Si supiera…
—¿Isabel?
Su mano tembló al escuchar esa voz y no le hizo falta oír: "Isabel, habla Alex",
con el "Seton" añadido para que identificara a su interlocutor. En ese instante quiso
cortar la comunicación y sólo el saber que Vinnie no lo aprobaría, la obligó a
soportarlo.
—Alex —reconoció tajante y añadió con ironía—: ¡Vaya sorpresa!
—¿Lo es? —la voz de él era fría—. Bueno… pues… tío Robert está fuera del país
y me pidió que… lo representara, por así decirlo.
—¿Ah, sí?
Alex tuvo que hacer un esfuerzo para controlarse.
—Me pregunto si podrás venir mañana a mi oficina, digamos… a las… —ella lo
escuchó hojear a través de las páginas de su agenda—. Mmm… ¿a las doce y media?
—Me temo que no —de súbito, el viaje a Escocia le pareció muy atractivo—.
Saldré de la ciudad unos días. Lo más pronto que podría verte sería… el próximo
miércoles.
La impaciencia de él era casi palpable.
—El próximo miércoles —repitió como un eco entre dientes—. Ya veo.
—Es la verdad —era muy importante que la creyese. Después de todo, lo
último que deseaba era que Alex pensara que tenía miedo de verlo. Tarde o

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temprano habría que hacerlo. Aceptó eso cuando recibió las acciones de Vinnie—.
Me voy a Perth mañana a primera hora. Trabajo para Jason Ferry y él tomó en renta
un castillo frente a Loch Tay durante el fin de semana —cruzó los dedos—. Debe de
ser un viaje emocionante y lo espero con ansiedad.
—¿En mayo? —Alex parecía escéptico—. Confío en que no tengas que
despojarte de mucha ropa.
Los dientes de Isabel se clavaron con fuerza en su labio inferior.
—Nunca lo hago —replicó ella, con evidente tensión—. Deberías saberlo.
—La gente suele cambiar —replicó él con indolencia e Isabel sintió el
abrumador deseo de golpear el delgado y sardónico rostro—. De cualquier manera
—continuó Alex—, yo diría que tu repentino golpe de suerte te coloca en la
posibilidad de renunciar a una ocupación hacia la cual siempre demostraste disgusto.
—Eso fue antes de conocer a los Seton —declaró Isabel con malicia—.
Comparado con la existencia dentro de tu familia, ¡el servir como modelo de un
fotógrafo es una delicia! Y no trabajaba para Jason cuando me casé con Chris —¡a
pesar de que él piense lo contrario!, se dijo furiosa.
Alex no respondió e Isabel se preguntó incómoda si estaría manejando mal la
situación. Tenía que comportarse con dignidad y discreción con su antigua familia
política, tal como decidió al enterarse de la generosidad de Virginia Denby. No
obstante, ahora deseaba patear y clavar las uñas, como si fuese la mujer ambiciosa
que Alex siempre la creyó.
—De cualquier modo —agregó ella, con tono conciliador—, no sé para qué
quieres que nos veamos. Cualquier asunto que desees tratar, puedes hacerlo a través
de mis abogados y como no eres miembro del consejo de administración de Denby…
—Ya te lo dije —la interrumpió Alex con suavidad—. Mi tío me pidió que me
encargara de este asunto en su ausencia y como tú eres, o eras, miembro de la
familia, le parece que un trato menos… digamos, formal, es lo apropiado.
Las rubias cejas de Isabel se juntaron en un gesto de confusión.
—Me temo que… ¿de qué hablas?
—¿A qué crees que me refiero? —inquirió él, y ella lo oyó suspirar.
—No lo sé —hizo una mueca—. ¿Hay algunos documentos que debí leer y no lo
hice?
—¿Documentos? —protestó Alex—. Dejemos de jugar con las palabras,
¿quieres? Me refiero a las acciones de Lady Denby. Las recuerdas, ¿o no?
La mano de Isabel buscó el acojinado respaldo de la silla mecedora. Con
objetividad, admiró el esmalte color durazno de sus uñas, que hacían contraste con el
terciopelo verde oscuro del cojín; mientras tanto, su cerebro giraba en un remolino de
pensamientos.
—¿Estás todavía allí?

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Su silencio provocó la pregunta y ella agitó la cabeza en un esfuerzo por aclarar


la mente.
—Creí haber dejado en claro mi posición —comentó con calma—. Tu abuela me
dejó esas acciones y yo… intento respetar sus deseos.
Hubo una pausa breve, pero cargada de tensión.
—¿Entonces por qué te hablo ahora? —inquirió Alex con dureza.
Isabel tragó saliva. Ella pudo hacerle la misma pregunta. Si el tío le pidió que la
llamara, era posible que a él se le dificultase encontrar una respuesta convincente. O
quizá fue idea suya. Mas, ¿cuáles eran sus intenciones? Porque con seguridad no
supondría que iba a engañarla para que entregara sus acciones. El rostro le ardió al
pensar que Alex imaginara que podría triunfar cuando su tío fracasó.
—Quizá tú deberías preguntártelo —respondió Isabel, sin dejarse amedrentar
por la ira de Alex, aun cuando advertía su antagonismo.
—¿Qué quieres decir con eso? —inquirió él, mordaz, y de pronto, Isabel decidió
arrojar toda precaución por la borda.
—Nunca pudiste mantenerte lejos de mí, ¿verdad, Alex? Eso fue lo que te puso
furioso. El hecho de que yo me hubiese casado con Chris cuando tú estabas
disponible.
Colgó el auricular sin esperar respuesta. Cualquiera que fuera, ella no deseaba
escucharla y esperaba que a su regreso de Escocia, el asunto se hubiese resuelto. Era
obvio que se trataba de un intento por convencerla de no conservar las acciones y ella
se preguntó si, a pesar de que Alex siempre manifestó su determinación de no formar
parte de la organización Denby, por fin aceptó su herencia. Después de todo, su
madre fue una Denby.
Movió la cabeza para despejarse y fue a la habitación contigua para terminar de
hacer su maleta. Tuvo que hacer un esfuerzo para recordar qué había guardado y
qué no. La charla telefónica la distrajo y era difícil concentrarse en una tarea tan
tediosa como esa cuando todavía estaba molesta por lo que Alex le dijo. Sin embargo,
tendría que ser implacable y relegar todo pensamiento sobre la familia Seton al fondo
de su mente, aunque la llamada de Alex hubiese reavivado sus dudas sobre el legado
que recibió.
No metió mucha ropa en la maleta, pues aun cuando ella y las demás modelos
estarían fuera durante cinco días, la mayor parte del tiempo usarían la ropa
proporcionada por la agencia. Hasta el maquillaje iba a aplicarlo una persona
experta, por lo que en realidad tenía que llevar muy pocos artículos personales.
Necesitaba elegir que perfumes iba a usar. Su favorito, uno de Nina Ricci, era el
que utilizaba la mayor parte del tiempo, pero para las noches prefería algo más
fuerte. No obstante, su atención pronto se distrajo por la imagen de sus manos en el
espejo y, resistiendo la urgencia de volverse, dejó que su mirada se desviase hacia
arriba.
¿Cuánto tiempo habría transcurrido desde que la vio alguno de los Seton por
última vez?, se preguntó al recorrer la línea de sus pómulos con la punta de los

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dedos, ¿Tres años? ¿Cuatro? ¿Más? Los que fueran, le parecían toda una vida. Mucho
había sucedido y era mucho lo que ella deseaba olvidar.
Los ojos grises encontraron su reflejo y distinguieron una sombra fugaz en sus
profundidades. Pero la sombra pronto se desvaneció, borrada por la determinación
de no revelar alguna emoción, ni siquiera ante sí. En lugar de ello, contempló la
belleza de sus largas pestañas. Sus ojos siempre fueron su mejor atributo y junto con
unas facciones atractivas, eran su medio de vida, si no es que su fortuna. La nariz era
larga y recta, y sus altos pómulos podían constituir una desventaja, en especial
cuando adelgazaba demasiado. Después de su divorcio, sus facciones parecían casi
angulares y pasaron varios meses para que se llenasen de nuevo. Su boca era ancha,
el labio superior delgado y el inferior un tanto turgente. Pero sus dientes eran muy
blancos y regulares, Jason aseguraba que su boca era muy sensual.
Hizo una mueca. Jason diría cualquier cosa con tal de salirse con la suya. En
fechas recientes, él reveló una actitud posesiva en lo que a ella concernía, Isabel
abrigaba la esperanza de que eso no se convirtiera en un problema. Él era muy
agradable e Isabel le estaba muy agradecida porque le dio la oportunidad de
reanudar su carrera después del fracaso de su matrimonio. Pero no lo amaba. El
amor era una emoción que no podía permitirse. En alguna ocasión la probó y resultó
destructiva.
Eran casi las seis y después de decidir que merecía una taza de café, cruzó la
sala y fue a la cocina. El apartamento no era grande, pero sí cómodo y le pertenecía.
Creció en un orfanato, ya que su madre la abandonó cuando tenía tan sólo unos
días de nacida y nunca tuvo el atractivo necesario para ser adoptada. Siempre fue
alta para su edad y sus largas y huesudas piernas eran un contraste desfavorable de
las niñas más pequeñas y regordetas. Además, su cabello, a pesar de ser rubio, no le
gustaba a ninguno de los visitantes al lugar, y las apretadas trenzas en que siempre
lo llevaba recogido, acentuaban la palidez de su piel. Nunca pareció fuerte y el hecho
de que era tan saludable como el que más, no convencía a nadie.
Fue sólo hasta que tuvo alrededor de catorce años de edad y su cuerpo empezó
a llenarse, que cambió la opinión de la gente. El color pajizo de su cabello se convirtió
en un rico oro oscuro, la delgadez de sus facciones adquirió una belleza peculiar y las
largas piernas se volvieron torneadas. El patito feo se transformó en un hermoso
cisne y las encargadas del orfanato no sabían qué hacer con ella.
Isabel encontró natural el dedicarse al modelaje profesional. En ese aspecto tuvo
suerte, pues uno de los miembros del patronato del asilo tenía contactos con una de
las principales agencias de modelos en la ciudad y cuando Isabel cumplió veinte
años, ya estaba establecida dentro del ámbito de la publicidad comercial. Fue
entonces cuando conoció a Chris, se casaron y ella creyó que vivirían felices para
siempre. Más cuan equivocada estuvo…
El sonido del timbre de la puerta interrumpió sus pensamientos. Era extraño,
pero no se trataba del intercomunicador de la entrada al edificio, sino del timbre de
su puerta. Y aunque comprendió que podría tratarse de alguno de los ocupantes de
los demás apartamentos, no lo creyó probable, pues ella siempre los evitó
intencionalmente. No era que no le gustase tener amistades, pero apreciaba mucho

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su intimidad por haber carecido de ella durante demasiados años. Por eso una
expresión de angustia nubló su mirada cuando volvió a oír la campanilla.
No estaba preparada para recibir visitas, se dijo al contemplar el traje que llevó
al deportivo y que aún usaba. Estaba descalza y su rostro sin maquillar, además, a su
alborotada cabellera, le hacía falta una buena cepillada. Su intención era la de
terminar de hacer su maleta, aplicarse una mascarilla facial, gozar de un largo baño
de tina y comer unos bocadillos mientras veía la última función de cine en la
televisión. ¿Quién trataba de arruinarle sus planes? La única persona en la que pensó
fue Jason y apretó los labios al encaminarse hacia la puerta.
En virtud de que las precauciones nunca están de más, puso la cadena de
seguridad y preguntó por la identidad del visitante antes de abrir.
Hubo un momento de silencio, tiempo durante el cual se preguntó si la persona
se habría arrepentido. Pero si se trataba de Jason, como creía, era raro que no
respondiera. Isabel suspiró.
—¿Isabel? —inquirió por fin una voz, la cual, aunque era masculina, en
definitiva no pertenecía a Jason. Él no poseía ese timbre distintivo ni producía una
ola de escalofrío a través de su cuerpo—. Abre la puerta. No hemos terminado
nuestra conversación.
Isabel tragó saliva y se volvió de espaldas para presionar los hombros contra la
puerta. ¡Alex! ¡Allí! No podía creerlo.
—¡Isabel!
Su voz era inconfundible y ella pensó en la actitud típica de los Seton, creyendo
que siempre bailaría al son que le tocasen. ¿De verdad creería Alex que si lograba
burlar el sistema de seguridad del edificio, iba entrar en el apartamento aunque ella
no accediera? Qué hombre tan intratable y arrogante.
—¡Isabel! Ya sé que estás allí. ¿Acaso no tienes valor para abrir? ¿Qué sucede?
Isabel apretó las mandíbulas. Era ridículo. Temblorosa, estaba detrás de la
puerta, mientras el hombre a quien más odiaba en el mundo le gritaba desde el otro
lado. Alex no comprendía. Ella sí tenía valor, pero en ese momento no era dueña de
sus actos y no sabía qué hacer.
De pronto se decidió y abrió la cerradura, aunque la mano le temblaba tanto,
que se disgustó consigo. No quería que él pensara que la desconcertaba, pero de
cualquier manera, mantuvo el seguro en su lugar.
La puerta se abrió hasta donde lo permitió la longitud de la cadena. Isabel hizo
acopio de valor y se enfrentó al hombre por vez primera desde que se divorció.
—¡Vaya, si es Alex! ¡Qué agradable sorpresa! —lo saludó, burlona—. No sabía
que ahora te dedicabas a forzar la entrada en los edificios. Pero en realidad, nada que
hagan los Seton debería asombrarme.
Alex apoyó el hombro contra la puerta.
—Isabel, no espero quedarme aquí toda la noche —dijo él, casi con dulzura—.
Abres y me dejas entrar o romperé la puerta. Tú decides.

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—No te atreverías —respondió ella, pasándose la lengua por los labios resecos.
—¿No? Ponme a prueba. Recuerda que tú tienes más que perder que yo. El
ruido no les gustará a tus vecinos y hasta es posible que llamen a la policía. Piensa
cuan vergonzoso sería eso.
—¡Eres un desgraciado!
—Ahora te pareces más a la Isabel que recuerdo —se enderezó—. Abre la
puerta.
Ella la cerró, pero sólo para quitar la cadena.
—Ya está —musitó, al tiempo que retrocedía hasta la sala.
Cuando él entró en el apartamento, ella le dio la espalda.
Alex no había cambiado, pensó con amargura. Parecía tan enigmático como
siempre y ni siquiera tenía que mirarlo para recordar los ojos oscuros, casi negros,
bajo espesas pestañas, en un rostro demasiado duro para que se le pudiese
considerar apuesto. Él era el único hombre que sobrepasaba su estatura por unos
veinte centímetros y su esbelto cuerpo debía su condición a un alto metabolismo,
más que a una asidua devoción al atletismo. Según recordaba, el único deporte que él
practicaba, era la natación en un club londinense. Era un acaudalado hombre de éxito
y su atractivo con las mujeres, inmenso. Pero también era implacable, como Isabel
confirmó por experiencia.
Alex ya estaba en la habitación, de pie y las manos metidas con indolencia en
los bolsillos de la chaqueta. Su traje era de color azul oscuro, de muy buena clase. La
amplitud de sus hombros se delineaba con claridad bajo la fina tela, mientras que el
angosto corte del pantalón permitía adivinar los poderosos muslos. Isabel no deseaba
verlo, pero no podía evitarlo, en especial porque cualquier demostración de
debilidad funcionaría a favor de él.
Mientras tanto, Alex miraba con interés a su alrededor, y ella se preguntó qué
pensaría de sus modestos dominios.
—¿Qué quieres? —demandó al decidir que estaría más segura si tomaba la
iniciativa en vez de esperar a que él lo hiciera.
Alex volvió la vista hacia ella.
—No cambias, ¿verdad, Isabel? —recalcó Alex, y ella se sintió frustrada—. No
creo que en tu vida hayas sido capaz de abrigar un sentimiento profundo. Por eso es
increíble que Vinnie te tuviera tanto afecto.
Isabel suspiró.
—¿Para eso viniste? ¿Para hablar de tu abuela? —encogió los hombros—. Ella
era una encantadora anciana a quien yo amé mucho. ¿Qué otra cosa pretendes que te
diga?
—¿La quisiste? —los delgados labios de Alex, se curvaron—. Por favor no digas
eso. Nunca has amado a alguien que no seas tú. Ni a Chris, ni a mi tío…

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—Estás equivocado. Sí tuve un gran afecto por Vinnie —lo interrumpió Isabel
con indignación y al darse cuenta de que una vez más permitía que él la pusiera a la
defensiva, forzó una burlona sonrisa—. ¿Qué sucede, Alex? —contraatacó con
indolencia—. ¿Estás celoso?
Verlo ruborizarse valió la pena. Esa era la única forma de tratarlo.
—Como acabo de decir, tú no cambias —replicó él, y le dirigió una paralizante
mirada—. Eres hermosa, pero inmoral y egoísta hasta la médula de los huesos.
Gracias a Dios, Chris tuvo el buen sentido de alejarse de ti. Todavía no encuentra a
alguien con quien compartir su vida, pero al menos es feliz.
Isabel se quedó rígida, sin embargo, no permitió que notara que sus palabras
podían lastimarla. Las había oído antes y debía estar acostumbrada a sus ofensas.
—No estoy aquí para revivir viejas rencillas —continuó Alex, e Isabel encogió
los hombros.
—¿Viniste a crear algunas nuevas? —insinuó provocativa y tuvo la satisfacción
temporal de otra victoria.
—Lo que quiero saber es por qué cambiaste de opinión. Primero te comunicas
con mi tío y después…
—¿Cómo dices?
Alex le dirigió una mirada cansada.
—No finjas inocencia y dime qué es lo que quieres. Tío Robert pagará lo que sea
necesario para recuperar esas acciones. Ponles precio. Esa ventaja tienes.
Isabel lo miró asombrada.
—¿Me creerías si te digo que no sé de qué demonios me hablas?
—No —Alex se movió inquieto en el lugar en que se encontraba—. No trates de
engañarme, Isabel. ¡O ya sabes a lo que te expones!
Isabel movió la cabeza.
—De acuerdo. Acepto que estás aquí para convencerme de vender las acciones,
pero no veo qué cosa tenga que ver tu tío en este asunto. La única forma de
comunicación que he tenido con él, ha sido a través de mis abogados.
—Ah, ¿sí? —Alex reflexionó un momento. Entonces sacó una mano del bolsillo
y se pasó los dedos entre el cabello—. Tío Robert no me lo dijo, pero no importa. Es
obvio que los abogados expresaron tu deseo de hablar sobre el asunto. Dime qué
pides, hablaré con mi tío y volveré aquí mañana… o la semana próxima, si es que vas
a salir.
—¿Si es que voy a salir? —Isabel controló su resentimiento mediante un
esfuerzo supremo—. Alex, lo siento, pero no sé de qué se trata todo esto.
—Mientes.

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—¡No! —su intransigencia la hizo enojar—. Creo que es mejor que regreses con
tu tío y averigües con exactitud cuál es su juego. Ni mis abogados ni yo lo hemos
llamado.
—¿No has pensado vender las acciones? —la contempló, incrédulo.
—No —apuntó Isabel.
—Pero entonces, ¿por qué mi…?
Alex se interrumpió y ella notó el relámpago de comprensión que cruzó su
rostro.
—Creo que es mejor que me vaya —dijo él de manera abrupta. Sacó la otra
mano de su bolsillo y se abrochó un botón de la chaqueta—. Es evidente que me
equivoqué al interpretar el mensaje de mi tío. Él debió tener la esperanza de que tú
recuperaras la cordura. Es posible que Vinnie te haya dejado las acciones, pero nunca
esperó que las conservaras.
—Lo que quieres decir es que el señor Seton tenía la esperanza que tú triunfaras
cuando él fracasó —declaró Isabel con desdén, disgustada al darse cuenta de que
Alex apoyaría a su pariente en cualquier circunstancia.
Por un momento, sólo por un momento, creyó percibir desilusión en su rostro y
hasta sintió lástima. Pero fuera lo que fuese lo que ella vio ahora ya se encontraba
bajo un firme control, y no tenía ganas de escucharlo defender a un hombre sin
escrúpulos.
—No voy a discutir contigo las intenciones de mi tío —declaró Alex cuando se
dirigía hacia la puerta y al observarlo, Isabel se preguntó si de verdad era tan
indiferente como parecía.
—Entonces has perdido tu tiempo al venir —aventuró—. ¿Acaso Robert Seton
ignora que me odias y que no podrías haber influido en mí?
La expresión de Alex se endureció.
—Lo dices con excesiva severidad, Isabel —hizo una pausa al abrir la
cerradura—. Para odiar a alguien, debió tenerse algún sentimiento hacia la persona.
Por fortuna, éste no es mi caso con respecto a ti. Te admiro como se admira un objeto
extraordinario, mas nunca te deseé. Ese fue el error que cometiste.
Isabel contuvo el aliento.
—Eso no es cierto.
—Me temo que sí —abrió la puerta y salió al pasillo—. Quédate con tus
acciones, Isabel y duerme con ellas. En vista de que juzgas a los demás en términos
de su cuenta bancaria, las acciones deben ser un consuelo para ti.
Cerró la puerta de golpe y aunque Isabel tuvo deseos de salir tras él y clavarle
las uñas en el rostro, no lo hizo. Aseguró bien la puerta y se propuso no pensar en él,
mas el aroma que dejó su loción, lo impidió. Y aunque abrió las ventanas, no dejó de
percibir el olor.

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Capítulo 3
—Alex, tu primo está aquí. ¿Lo hago pasar?
La voz de Diana Laurence provenía del intercomunicador y al escucharla, Alex
suspiró, impaciente.
—¿Por qué?
—¿Que por qué está aquí, o por qué hacerlo pasar? —inquirió Diana—. No lo
sé. ¿Quieres que se lo pregunte?
Alex titubeó.
—¿A qué hora vendrá la próxima persona citada?
—Ya no hay.
—Pues ya hay una —la respuesta de Alex fue brusca—. Danos unos… quince
minutos y entonces interrumpe, ¿de acuerdo?
—Si tú lo dices —Diana parecía reacia—. ¿Lo hago pasar? Ya sabes que por el
intercomunicador se oye todo lo que se dice.
—Sólo lo que dices tú —aclaró Alex con sequedad—. De acuerdo, Diana. Hazlo
pasar. Pero no lo olvides; nada más quince minutos. Alex hacía a un lado el
expediente que estudiaba cuando su primo Christopher entró en la oficina. Se puso
de pie para recibir al hombre que alguna vez fue el marido de Isabel Ashley,
asombrado al darse cuenta de que pensaba en Chris de ese modo.
—Siéntate —le dijo después del saludo inicial—. ¿A qué debo el placer, o es que
se trata de una visita social?
Christopher Seton rió y tomó asiento. Cruzó las piernas y apoyó las manos con
indolencia sobre la rodilla. Al igual que su primo, vestía un terno, pero mientras que
el de Alex era oscuro y conservador, el de Christopher era mucho más llamativo y
parecía más propio para un hipódromo que para una oficina. Alex y Chris se veían
en muy raras ocasiones en esos días. Desde que ambos llegaron a la edad adulta,
averiguaron que nada tenían en común y la aparición de Isabel, sólo sirvió para
ampliar la brecha.
—¿Cómo estás, Alex? —preguntó Chris y su primo se sintió muy irritado, más
allá de toda proporción a la inconveniencia de su visita.
—Bien, ¿y tú? —disimuló con dificultad.
—Bien, bien —Chris hizo una mueca—. Pierdo más de lo que gano, pero esa no
es novedad. Me ayuda a pasar el tiempo. Deberías probar.
La expresión de Alex era controlada.
—No, no es lo mío Chris. Sabes que yo prefiero una manera más segura de
ganarme la vida.

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—Si, claro —las facciones de Chris adoptaron una expresión conocida—. ¡El
buen Alex! El ejemplo para todos nosotros. Necesitas despabilarte, viejo, o papá te
moldeará a su imagen. Sabes que eres su favorito y que yo nunca tuve oportunidad.
Alex suspiró.
—Eso no es verdad, Chris.
—¿No? —su primo lo miró con perspicacia—. No dirías eso si pudieses verlo. El
asunto de Isabel lo tiene muy preocupado.
—Así que es eso —disgustado, Alex hizo a un lado su silla y se puso de pie—.
Te mandó tu padre para tratar de justificar lo que hizo. No es verdad que creas que
soy el favorito, sólo fue un truco para tratar de ganarte mi simpatía.
—¿Me crees capaz?
—Sí, si en ello llevas una utilidad.
—¡Eso no es justo!
Alex lo contempló con resignación por un momento y entonces movió la
cabeza.
—¿Qué te dijo?
—¿Quién? ¿Papá?
—¿Quién más?
Chris se quitó una imaginaria mota de polvo de la manga de la chaqueta.
—Está muy preocupado, Alex, heriste sus sentimientos. No está acostumbrado
a que nadie lo trate así.
—Mala suerte.
—Debemos tratar de recuperar esas acciones. No sé en qué pensaba Vinnie al
dictar su testamento. Esas acciones eran mías, Alex, ¡mías! ¿Cómo pudo dejárselas a
ella?
Alex apretó los labios.
—Tal vez como una compensación —comentó con sarcasmo.
—Muy gracioso —musitó—. De cualquier manera, creo que tu comportamiento
no es el indicado. Papá pensaba en la compañía y tanto tú como yo, esperamos parte
de ella.
—Yo nada espero —respondió Alex—. Industrias Denby es tuya. Y ahora, si fue
por eso que viniste, tengo trabajo pendiente y…
—¿Cómo está?
La inesperada pregunta de Chris lo tomó desprevenido y sintió que la cólera lo
invadía.
—¿Qué dices? —preguntó, aunque sabía a qué se refería su primo.
—Isabel. ¿Ha cambiado mucho?

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Alex consideró su respuesta.


—Pues… no mucho —admitió, reacio—. Tiene más edad, por supuesto, pero lo
mismo sucede con nosotros.
Chris se inclinó hacia adelante.
—¿Sigue… sigue hermosa?
—Si te gustan las mujeres de su tipo —Alex hizo una fuerte aspiración—. ¿De
qué se trata, Chris? ¿Por qué te importa su apariencia?
—No lo sé. En realidad no lo sé —Chris volvió a acomodarse y Alex sintió
ganas de sacarlo de su oficina—. Admite que tuve buen gusto. Los hombres me
envidiaban cuando salía con ella.
—Chris… —dijo Alex dirigiéndole una significativa mirada.
—De acuerdo, de acuerdo, ya me voy —señaló Chris con resignación—. ¿No
puedo hacer recuerdos de vez en cuando? Lástima, ¿pero cómo iba a saber que se
convertiría en una malvada? Gracias a Dios que tú no estabas interesado en ella. Fue
terrible descubrir que ella me engañaba, imagínate lo que habría sentido si se hubiera
tratado de ti.
Alex apretó los labios.
—Ella no es de mi tipo.
—Oh, gracias —gruñó Chris—. Es un consuelo.
—Ya sabes a qué me refiero.
Chris se puso de pie.
—Supongo que sí —concedió y añadió—. ¿Y qué con lo de papá? ¿Vas a dejar
que esa mujer arruine tus relaciones con él?
—Chris…
—Bien, como ya has adivinado, por eso vine. El viejo parece un oso con dolor
de cabeza. Los abogados de Isabel se niegan a discutir cualquier posibilidad de venta
¡y tú lo tratas como a un leproso! ¿Es que no puedes comprender que sus motivos
son nobles, aunque sus métodos no lo sean? Alex, ve a verlo y haz las paces con él.

Penny Hollister secundó la petición de Chris esa misma tarde. Penny, azafata
de una línea aérea, llegó de Kuwait el día anterior, pero esa noche Alex tenía un
compromiso para cenar por lo que no pudieron verse sino hasta después.
Ahora, mientras compartían una botella de vino en un pequeño restaurante
italiano, cerca de la casa de Alex en Knightsbridge, él se vio obligado a admitir que
tendrían que cancelar el fin de semana en Nazeby. Pasó por alto los detalles más
personales del encuentro con la exesposa de su primo, pero tuvo que hablarle a
Penny sobre el motivo de su visita.

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—Pues a pesar de lo que los médicos dijeron, yo creo que tu abuela debió estar
trastornada —declaró Penny, triste por no ir a Nazeby—. ¿Que trataría de probar? Tu
primo ya estaba divorciado de esa mujer, ¿no es cierto? ¿Por qué beneficiarla con una
herencia si ya no es de la familia?
Alex prefirió guardar silencio, pues no le gustó que describiera a su abuela
como a una persona demente.
—¿Y cómo es ella? —preguntó Penny, mientras envolvía una larga tira de
espagueti alrededor de su tenedor.
Alex la observó durante varios segundos antes de responder de manera
evasiva.
—Es una mujer.
—Eso ya lo sé —Penny hizo una mueca reprobatoria—. ¿Es bien parecida?
Atrajo a tu primo, así que algo debe tener.
Alex no deseaba discutirlo, pero se dio cuenta de que cualquier resistencia de su
parte podría desatar sospechas y él no quería que Penny pensara que tenía motivos
personales para negarse a contestar.
—Mmm… pues se parece un poco a ti —dijo por fin y en ese momento notó que
era cierto.
Las dos chicas se parecían aunque tenía que admitir que Penny era sólo un
pálido reflejo de su alter ego. El cabello de Isabel poseía un rico color dorado, el de
Penny era ambarino; los ojos de Isabel eran de un gris verdoso, los de Penny color
avellana; los labios de Isabel eran provocativos, los de Penny apenas sobresalían…
—¿A mí? Qué curioso, dime más.
—No hay más que decir —excepto que Isabel era más alta y más esbelta, pensó
Alex, y lamentó haber abordado el tema.
—Te disgusta, ¿verdad? —manifestó Penny y extendió una mano por encima
de la mesa para acariciarle la muñeca. Captó su irritación y ansiaba que él recuperara
el buen humor—. Si te enfadas, no volveremos a tocar ese asunto. Pero, ¿crees que
por ella vale la pena llevarle la contraria a tu tío?
Las aletas nasales de Alex se expandieron.
—La opinión que yo tenga de Isabel no se relaciona con la discusión con mi tío.
Dejémoslo así, ¿quieres? Me atrevo a decir que con el tiempo, tío Robert y yo
zanjaremos nuestras diferencias.
—Pero no antes de este fin de semana —señaló Penny con pesar—. ¡Maldita
Isabel Ashley y maldita tu abuela también!
Alex no hizo comentario y se alegró de la oportunidad de cambiar la
conversación hacia temas menos controvertidos. Al terminar la cena, mientras
esperaban un licor para redondear la velada, Penny volvió a hablar de Isabel.
—¿A qué se dedica? —preguntó, con lo que hizo que Alex volviese a perder la
tranquilidad.

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—¿Quién? —inquirió, aunque lo sabía.


Parecía que el tema de Isabel fascinaba a Penny. Era evidente que el enterarse
de su similitud física, despertó su interés.
—Isabel Ashley —le dirigió una mirada de disculpa—. No te molestes. Tengo
curiosidad, eso es todo.
—Es modelo fotográfica —respondió Alex—. Aparece en las portadas de
catálogos y revistas y en ocasiones en comerciales de televisión. ¿Te satisface eso?
Penny abrió mucho los ojos.
—¿Es famosa?
—Lo dudo —Alex estaba impaciente—. Hay docenas de chicas como ella, pocas
logran sobresalir.
—Lo supongo —Penny quedó pensativa.
Alex bebió su brandy en dos tragos.
—¿Nos vamos? De lo contrario, voy a empezar a preguntarme si será Chris la
razón de tu interés por pasar el fin de semana en Nazeby.
—No hay posibilidad de ello —comentó Penny al tomarlo del brazo mientras
caminaban hacia donde Alex dejó el auto—. Lo conocí aquel domingo en que llegó a
tu apartamento para pedirte dinero —hizo una mueca—. Él no es de mi tipo, su
rostro expresa debilidad, ¿no lo crees?
Alex la miró con indulgencia mientras abría la puerta del Ferrari.
—¿Te das cuenta de que te has referido de manera despectiva a mi abuela y a
mi primo?
Penny se ruborizó.
—Lo siento. No quise que pensaras que estoy interesada en Chris. Por cierto,
nunca me has dicho por qué se divorció.
—Otro día te lo diré —expresó Alex y entró en el automóvil—. Debo trabajar
una vez que te lleve a casa.
Penny pareció desilusionada.
—¿No vas a pasar?
—No esta noche —contestó Alex mientras accionaba la marcha—. Es un reporte
que se necesita para mañana y he elaborado sólo la mitad.
Penny lo miró resentida.
—Debiste decírmelo antes de ir al restaurante, pues en ese caso hubiese
preferido una rápida comida china y regresar a casa para lavarme el cabello.
—No te enojes.
—Claro que sí. En primer lugar, nuestro fin de semana se estropeó Por el tonto
desacuerdo que tuviste con tu tío y ahora no tienes tiempo para estar conmigo
porque vas a escribir un estúpido reporte. ¡Y todavía quieres que no me disguste!

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—De acuerdo, de acuerdo. Te acompañaré —declaró Alex con el rostro


inexpresivo—, pero tendré que irme en cuanto…
—¡No, no te irás!
—El reporte no puede escribirse solo.
—No me refería a eso —lloriqueó la chica—. Si crees que permitiré que me
uses…
—Yo tenía entendido que los dos nos usábamos —Alex le dirigió una mirada
fría—. Pensé que habíamos acordado que nuestro trabajo siempre sería primero. Yo
no pongo ninguna objeción cuando tú tienes que partir para El Cairo, Bahrain, o
hacia alguna capital con unos cuantos minutos de aviso. ¿Por qué te molestas cuando
tengo un trabajo pendiente?
—Alex, hemos estado separados durante una semana y te necesito.
—Lo siento mucho.
—No es cierto —se apartó de él—. ¿Sabes? A veces hasta pienso que tienes otra
mujer.
—Que yo recuerde, en nuestro trato no entra la exclusividad.
—Así que estoy en lo cierto —Penny sollozó.
—Yo no dije eso —Alex detuvo el auto frente al edificio donde la azafata tenía
su apartamento.
—Si… Si… pudiésemos confiar uno en el otro…
—La confianza es para los niños, Penny. Y para aquellos extraños seres que
logran encontrar una relación duradera; no para nosotros. Desde el principio ambos
dejamos muy en claro nuestro deseo de ser independientes.
A Penny le temblaban los labios.
—¿Y si he cambiado de opinión?
—Habrás cambiado tú, pero yo no —Alex descendió del coche y lo rodeó para
abrir la puerta a la chica—. Buenas noches, Penny. Que duermas bien.
Él estaba a punto de abordar su auto de nuevo, cuando ella pareció recuperar el
sentido.
—¿Cuándo nos volveremos a ver?
—Ya te llamaré —prometió Alex y antes que ella pudiese continuar, subió al
automóvil y arrancó a toda prisa.
Al llegar a casa, fue recibido por su obsequioso empleado, pero se deshizo de él
al indicarle con sequedad que no deseaba nada, y que lo dejara solo, pues tenía un
trabajo urgente que terminar.
—Sí, señor —expresó el mayordomo y contempló a su jefe mientras entraba en
el estudio, su santuario privado.

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Kerry se consideraba un buen juez del carácter de las personas y pensaba que
no era sólo el peso del trabajo lo que agobiaba a su amo esa noche. El señor Seton
tenía algo más en mente.
Alex también pensó algo semejante al dejarse caer en la silla del escritorio. Era
cierto que necesitaba escribir el famoso reporte, pero en realidad no tenía prisa. ¿Por
qué no quiso quedarse con Penny esa noche, si durante los pasados seis meses
habían sostenido una relación satisfactoria?
De pronto se le ocurrió algo, mas la idea fue rechazada de inmediato. Su
encuentro con Isabel Ashley no pudo afectarlo a tal grado. Era risible, pero él no se
sentía divertido. Temeroso, quizá, disgustado, por supuesto, pero no jovial.
Se despojó de la corbata y la arrojó impaciente por encima del escritorio.
Aunque estaba incómodo y sin ganas de trabajar, fue su sensibilidad lo que lo hizo
darse cuenta de que demasiada introspección no lo conduciría a algo bueno.
Extendió una mano para tomar la pila de documentos arreglados sobre una bandeja
de metal. Siempre pudo encontrar paz en el trabajo y cuando Kerry se arriesgó a
asomarse antes de irse a dormir, vio a su jefe absorto en un complicado análisis
financiero.

Robert Seton llamó a Alex por teléfono a la mañana siguiente.


—¿Quieres hablar con él? —preguntó Diana al recordar el mal humor en que
quedó el día anterior después de la visita de su primo—. Tienes una cita a las once.
Alex titubeó, pero al fin accedió.
—Alex, ¿significa que me perdonas? —preguntó Robert, feliz. Alex sintió
remordimientos—. Chris me dijo que fue a verte. Por lo general yo no apruebo que él
intervenga, lo sabes, pero en este caso me inclino a aceptarlo.
Alex se mordió el labio inferior un momento, antes de responder. Era
consciente de que la decisión de hablar con su tío se debía en no poca medida a la
inquieta noche que pasó más que a cualquier persuasión que hubiese ejercido su
primo. Era mejor atribuirle el crédito a Chris, ya que no tenía intención de decirle a
Robert que Isabel Ashley perturbó su sueño.
—¿Qué es lo que quieres, tío? —inquirió, reclinándose en el respaldo de su
asiento—. Espero a una persona dentro de cuatro minutos exactos. No quiero ser
grosero, pero no dispongo de mucho tiempo.
—Ya sé que estás muy ocupado —el tono de Robert Seton era conciliatorio—. Y
lo que tengo que decirte no tomará más de un par de minutos. Quiero que sepas que
a pesar de todo te espero en Nazeby este fin de semana. Y por supuesto que también
a tu encantadora amiga. Chris ansia verla de nuevo, dice que es una chica
encantadora.
Alex suspiró.
—Tío, ha surgido algo inesperado y me temo que no podré ir. Lo siento.

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Robert también suspiro.


—Así que no me has perdonado.
—Mi decisión no tiene que ver con el asunto de Isabel —declaro Alex con
sequedad—. Lo que pasa es que…
—¿Cómo puedo creerte? —el hombre mayor parecía desesperado—. Alex, la
última vez que nos vimos dijiste algunas cosas desagradables acerca de mí, y de mis
métodos para los negocios. De acuerdo, quizá no me comporté como es debido. Te
envié a ver a esa mujer con la loca idea de que podrías convencerla. Sabes que ella
siempre sintió debilidad por ti. ¿Fue poco ético de mi parte hacer la prueba y
explotar ese hecho?
—Sí —Alex era inflexible.
—Bueno, digamos que así fue. Pero somos de la familia, Alex. No podemos
permitir que esa mujer cause más dificultades entre nosotros. Por favor, dime que
has olvidado el incidente. De verdad quiero verte.
—¿Por qué?
—¿Por qué crees?
—La reunión del consejo será la semana próxima —consideró Alex.
Hubo una pausa y el silencio originado estaba cargado de frustración.
—Oh, vamos —dijo por fin Robert—. No todos tus asuntos los tratas en horas
de oficina. ¿No puedes dedicarme un fin de semana? Me urge hablar contigo.
—¿Acerca de qué? —inquirió Alex después de unos segundos.
—Creí que habías dicho que esperas a un cliente.
—Así es.
—Pues bien —argumentó Robert—, es posible que para esto se necesite algo
más que unos minutos. Ven a cenar conmigo esta noche y hablaremos.
—Me temo que ya tengo compromiso —declaró Alex—. Si pudieras venir aquí
mañana…
—Lo dejaremos para el almuerzo —dijo su tío con dureza—. ¿O es que también
tienes compromiso para entonces? ¿Qué tratas de hacerme, Alex? ¿No crees que me
debes unos minutos de tu tiempo?
Alex pudo negarse, pero el afecto que siempre tuvo por su tío, ganó la partida.
A las doce y media cruzó las puertas del selecto restaurante del Soho y se reunió con
Robert en el bar adjunto.
—¿Ginebra con agua de quina? —inquirió el hombre señalando su vaso, mas
Alex negó con un movimiento de cabeza.
—Agua Perrier —insistió y tomó asiento al lado de su tío—. Me espera una
tarde muy pesada.

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Robert hizo una mueca, pero dio la orden al encargado y después dirigió a su
sobrino una mirada de alivio.
—No te imaginas lo contento que estoy de verte. Y también por haber logrado
zanjar nuestras diferencias. Porque así ha sido, ¿no es cierto?
—Supongo que sí —respondió Alex con un sardónico alzamiento de cejas y
aceptó el vaso de agua mineral helada que le entregó el empleado del bar—. Siempre
y cuando no me vuelvas a encomendar el trabajo sucio.
Robert apretó los labios.
—No fue así, Alex. Ya sabes por qué lo hice. Si hay alguien a quien quizá Isabel
escuche, es a ti.
—Yo me negué a hacerlo —le recordó Alex con suavidad, aunque frustrado al
recordar el truco usado por su tío—. Creo que no nos queda más remedio que
aceptar la decisión de Isabel.
—No puedo —Robert golpeó con el puño cerrado la barra, en señal de
protesta—. Comprende lo que esa mujer trata de hacerme.
Alex contuvo su impaciencia con esfuerzo. Era notorio que Robert necesitaba
confiar en alguien.
—Bueno —volvió la mirada hacia su vaso e hizo girar el hielo en un remolino
de burbujeante agua mineral—, dímelo. ¿Qué hace ella?
—¿De verdad quieres saberlo? ¿No bromeas?
—Te lo he pedido, ¿no? —Alex ocultó su resignación.
—De acuerdo —Robert suspiró—. Te lo diré. Nos bloquea la proposición de
Denby para adquirir farmacéuticos Mattley.
Ahora fue el turno de Alex de hacer una mueca de sorpresa.
—¿Y cómo puede hacerlo?
—Con su voto anula lo que yo digo, ya me lo comunicaron sus abogados.
—Sus acciones ascienden sólo al… ¿qué? Al quince por ciento, ¿no? —Alex
estaba confuso.
—Es que cuando tu tía Ellen murió, yo le di sus acciones a Vinnie —admitió
Robert con pesar—. Tu abuela había perdido a sus dos hijas, y yo pensé que al darle
las acciones de Ellen, de cierta forma, una de ellas viviría. Siempre creí que cuando
Vinnie muriese, las acciones volverían a la familia. Por eso me alteré tanto cuando
leyeron el testamento. Fue un golpe terrible para mí.
—Y necesitas una mayoría del setenta y cinco por ciento para la operación
Mattley. ¿Qué tanto porcentaje en acciones tiene Isabel?
—Treinta.
—¡Treinta! —Alex exclamó anonadado.

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—Sí —Robert encogió los hombros—. Por supuesto que es mi culpa. Si no


hubiese sido por mi estúpido sentimentalismo, no estaría ahora en esta posición. Por
eso necesito tu ayuda, Alex. No en una participación directa, sino para que me
aconsejes.

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Capítulo 4
Era más de la una de la tarde cuando Isabel entró apresurada en el restaurante.
Pasó la mañana con el estilista del cabello y en ese momento sólo pensaba en el hecho
de que Jason tenía ya más de media hora esperándola.
—Perdona —le dijo al llegar—. Sé que llego tarde, pero no fue mi culpa.
Jason Ferry volvió a sentarse y le dirigió a Isabel una mirada sombría.
—¿Y entonces de quién fue la culpa? —inquirió con frialdad—. No me digas
que acabas de salir de la sala de belleza.
—Pues así es —contestó Isabel con ansiedad—. Además, ya sabes que a esta
hora del día es muy difícil conseguir taxi. Y cuando por fin pude encontrar uno, al
llegar a Charing Cross Road quedamos atrapados en un embotellamiento.
—Debiste avisarme que llegarías tarde —le indicó Jason sin razón y llamó al
camarero—. Dos vasos de vino blanco, Claud. Uno con hielo.
Isabel se despojó de la chaqueta, mientras Jason ordenaba. Ni siguiera le
sorprendió que su acompañante no le preguntara qué deseaba tomar, pues ya
conocía sus cambios de humor y se alegró de que no hiciese una escena. Era un
hombre extraño, a veces tan temperamental como un niño y otras demasiado amable
y comprensivo. Era muy concienzudo en su trabajo, incansable en su esfuerzo por
lograr lo mejor para sus modelos. No obstante, podía ser gruñón e impaciente,
ofendiéndose por cualquier minucia y desquitándose con quien tuviese cerca.
Era un hombre apuesto, aunque Isabel nunca se sintió atraída hacia él. Aparte
del hecho de que a ella ya no le interesaba relacionarse con ningún hombre, él le
recordaba a su exmarido. Por eso ahora tenía la esperanza de que su actitud posesiva
sobre ella no fuese a crear problemas.
—Por lo menos esa visita al salón de belleza fue un éxito —la aduló, capturando
una de sus manos con el pretexto de examinarle las uñas, y después la llevó a sus
labios—. Lo siento si al recibirte fui un poco brusco, pero estaba preocupado por ti.
—No hay problema —respondió Isabel con una sonrisa y retiró la mano.
Tomó el vaso que el camarero acababa de colocar frente a ella y, para evadir la
expresión posesiva de Jason, recorrió el salón con la vista… sólo para encontrarse con
la mirada de Alex Seton.
Quedó anonadada y resentida de que él se encontrara allí. Nunca lo había visto
en el lugar, por lo que pensó que su presencia era intencional. ¿Por qué? ¿Qué
ganaría? Después de su reciente encuentro, era el último a quien esperaba encontrar.
Palideció y cuando Jason expreso su preocupación y le preguntó si le pasaba algo,
ella le aseguró que no. Y, mientras examinaba la minuta, oyó a su lado una voz.
—Hola, Isabel.
Escuchar esa odiada, pero sin duda, atractiva voz, la hizo palidecer aún más
pese al maquillaje. Sin embargo, se vio obligada a reconocer la presencia del hombre.

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—Alex —saludó escueta, sin dejarle dudas respecto a su reacción, mas, para
consternación suya, él sonrió.
—Él es Ferry, ¿verdad? —comentó Alex y dirigió la vista hacia su compañero—.
¿Jason Ferry? Quizá no lo recuerde, pero una vez nos encontramos en un baile de
gala de caridad. Usted estaba con Yvone Hemmingway, y yo con su prima, Meryl
French. Yo soy Alex Seton. Isabel estaba casada con mi primo.
Jason se vio obligado a ponerse de pie para estrechar la mano del otro hombre,
y a Isabel se le pusieron los nervios de punta. No era propio de Alex el ser tan cortés,
y no pudo evitar la suspicacia.
Jason musitó algo como saludo y Alex se volvió de nuevo hacia ella.
—Espero que no te moleste mi interrupción —dijo con suavidad—. Pero mi tío
y yo hablábamos de ti. Nos preguntábamos si aceptarían, ambos, acompañarnos a
tomar una copa.
—¿Hablas en serio? —Isabel contempló su enjuto y sardónico rostro con
incredulidad no disimulada.
—¿Y por qué no? —la mirada de Alex era enigmática—. El que ya no formes
parte de la familia no significa que no podamos ser amigos. Reconozco que en el
pasado tuvimos diferencias, pero eso ya está superado. Nosotros… es decir, tío
Robert y yo, deseamos cruzar el puente. ¿Podríamos al menos encontrarnos a medio
camino?
Isabel retuvo el aliento.
—No lo creo —dijo con voz ahogada—. Los Seton no cruzan puentes, ¡los
destruyen!
Alex dio la impresión de quedar estupefacto y, para sorpresa de ella, Jason
acudió en ayuda de Alex.
—Isabel —manifestó en tono conciliador—, creo que el hombre sólo trata de ser
amistoso —volvió a sentarse, tomó la mano de la modelo y dirigió una mirada de
disculpa hacia Alex—. Me temo que ella no se siente bien. Hace un instante creí que
iba a desmayarse…
—¡Por favor, quieres dejar de hablar de mí como si yo no estuviese presente! —
exclamó Isabel, molesta, al tiempo que liberaba su mano. Hizo una inhalación
profunda y se obligó a mirar de nuevo a Alex—. Gracias, pero no deseo compartir
nada contigo o con tu tío. No estoy enferma, sino asqueada… e interpreta mis
palabras.
Alex encogió los hombros y regresó a su mesa.
—Vamos a ver —comentó Jason en cuanto Alex se alejó—. ¿Por qué no me
dijiste que tu exmarido era uno de los Seton? Dios mío, yo creí que se trataba de un
vendedor o alguien sin importancia.
Isabel se sintió cansada de pronto.

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—¿Tiene eso alguna importancia? —replicó, y deseó que Jason dejara de hablar
del tema, por lo que tomó la minuta con determinación—. Estábamos a punto de
decidir lo que íbamos a pedir para comer.
Jason no la escuchaba.
—Textiles Denby —decía pensativo—. Tienen un catálogo de material muy
exclusivo, dedicado más que nada al mercado estadounidense. Un contrato con ellos
le vendría muy bien a la agencia Ferry.
—No, Jason —declaró Isabel, tajante.
—¿No? —él hizo una mueca.
—Eso dije.
—Aún te duele, ¿eh? —los ojos de Jason estaban alertas e Isabel suspiró.
—Lo que siento por ellos es… disgusto —lo corrigió ella—. Y ahora, Jason,
¿podríamos hablar de otra cosa? ¿De comida por ejemplo?
Necesitó un inmenso esfuerzo de voluntad, pero de algún modo se las arregló
para comer el budín de salmón ahumado y la ensalada. Por lo menos, ingirió lo
suficiente para convencer a Jason de que nada la molestaba y cuando salieron del
restaurante, estaba segura de haberse conducido con aplomo.
Alex y Robert Seton ya se habían retirado e Isabel pudo actuar con mayor
serenidad. No obstante, decidió no volver a ese restaurante.
Para su fortuna, Jason tenía un compromiso por la tarde y ella no se vio
obligada a buscar alguna excusa para irse a casa. La sugerencia de él de reunirse más
tarde para cenar y aprovechar el tiempo para hablar de un proyectado viaje a París,
fue menos difícil de evadir. Ella dejó hasta último minuto sus vacilaciones y Jason no
tuvo tiempo para tratar de convencerla.
—Muy bien —concedió él, con las facciones alteradas por el disgusto—. Nos
veremos mañana en el estudio. Y no llegues tarde esta vez pues quizá decida dar por
terminado tu contrato.
Las palabras: "¡Hazlo así!", temblaron en los labios de Isabel, mas logró
contenerse; no tenía objeto que la frustración afectara su trabajo. Cierto que Jason a
veces era un poco molesto, pero estaba segura de poder manejarlo, y sería absurdo
perder su empleo.
Al llegar a la calle Oxford, Isabel llamó a un taxi y dio al chofer su dirección
antes de reclinarse en la gastada cubierta del respaldo. Era una bendición poder
descansar. No pudo evitar preguntarse si valía la pena su esfuerzo por retener las
acciones de Vinnie. Porque por eso la perseguía Alex. Sin importar lo amistoso o
cortés que pareciera, el motivo era evidente. Sus otros métodos fracasaron; por eso
ahora le ofrecía una aparente rama del olivo.
Movió la cabeza. ¿Por qué lo habría hecho la anciana? ¿Por qué la empujó hacia
el centro de la pista? Vinnie fue su confidente durante los traumáticos días siguientes
a la ruptura de su matrimonio y estaba enterada de los sentimientos que abrigaba
por su exmarido y la familia, y debió saber lo que sentiría al verse obligada a tratar

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con Robert Seton. Y si su objetivo fue proporcionarle los medios para ejecutar una
venganza, deseó que la hubiera consultado primero.
Dorset Place está situado a la derecha de la avenida que rodea Regent's Park.
Hacia el final de la calle, las ventanas superiores de la casa victoriana adaptada
donde se localizaba su apartamento, tenían vista hacia el campo de cricquet y el
panorama que podía admirarse desde su sala de estar, era una de las razones por las
que ella lo compró sin olvidar la relativa tranquilidad del área. Como Isabel trabajaba
a veces hasta alta horas por la noche, podía dormir durante el día sin que nadie la
molestara.
Eran poco después de las tres cuando la modelo llegó a su apartamento y
después de quitarse la chaqueta y los zapatos, cruzó la sala para ir a su dormitorio y
cambiarse a ropa más informal.
En esa habitación ella desplegó su creatividad sin límites. Desde la pantalla
china, colocada detrás de la cama, hasta el cuarto adjunto con su tina de hidromasaje,
significaron un gasto mayor que el originalmente previsto, pero la resultante mezcla
de lo antiguo con lo moderno era una compensación más que agradable.
Pero ese día, ni siquiera el atractivo de su dormitorio sirvió para levantarle el
ánimo. La atormentaban las dudas acerca de su proceder, así como de la
conveniencia de la venganza. Ella no era una persona de naturaleza vengativa. Hasta
que Virginia Denby le colocó los medios en las manos, ni siquiera pensó en hacer
pagar a Robert Seton por el dolor y la humillación que provocó.
Se puso su traje especial para hacer ejercicio, y también los zapatos para correr,
se arregló el cabello sujetándolo con una banda elástica y, después de exhalar un
suspiro profundo, tomó la llave y salió del apartamento.
Aún hacía algo de frío, a pesar de que estaban en mayo. A esa hora de la tarde,
sus compañeros usuales en el parque eran niños acompañados de sus madres o ayas,
gente que sacaba a caminar a sus perros y unos cuantos ancianos que salían a tomar
el aire. Mientras Isabel trotaba alrededor del lago, se encontró con varias personas
cuyos rostros reconoció y sus tensos nervios respondieron al medio ambiente
familiar. Satisfecha, terminaba el recorrido cuando distinguió el Ferrari gris metálico,
estacionado frente al edificio en que ella vivía y sintió una oleada de temor.
¡Alex! ¿O sería Chris? Tal vez ninguno de los dos. Suspiró. Era absurdo ser
melodramática.
No obstante, aminoró el paso al aproximarse al vehículo y sólo cuando se dio
cuenta de que no había nadie en el interior, se tranquilizó un poco. Pero en ese
momento, se le ocurrió la terrible posibilidad de que algún indeseable visitante la
esperara en la puerta de su apartamento.
El pasillo estaba desierto y la joven rió de sus temores. Después de mirar a su
alrededor, Isabel sacó la llave y abrió la puerta. Entró a toda prisa en el apartamento,
cerró con llave y colocó la cadena de seguridad. Fort Knox, pensó; se alejó de la
puerta y se dirigió con más confianza hacia la sala.

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El hombre apoyado con indolencia en el antepecho de la ventana y que miraba


el parque, se volvió al oírla. El miedo inicial de Isabel cedió su lugar a un profundo
resentimiento.
—¿C… cómo entraste?
Isabel tenía la lleve aferrada contra el pecho al hablar y Alex hizo una mueca
burlona. Al sacar una mano del bolsillo del pantalón, le enseñó la lleve que tenía
entre los dedos.
—Isabel, ya deberías saber que consigo casi todo lo que quiero.
—Debí confiar en mi presentimiento —declaró Isabel con amargura mientras él
recorría su cuerpo con la mirada—. Cuando vi la trampa allá abajo, debí saber que la
rata andaría por aquí.
Alex apretó los labios ante el insulto deliberado, pero no respondió a la
provocación. En lugar de ello, se acercó al sofá y se dejó caer en él.
—Gracias, me sentaré —contestó mientras ocupaba el centro del asiento y
extendía los brazos en el respaldo a uno y otro lado—. Y, sí claro, aceptaré tomar
algo, si tú me acompañas.
—¡Sal de aquí!
Alex ni siquiera se inmutó, permaneció inmóvil.
Isabel quedó abrumada ante su impotencia. Nada podía hacer. Él era más
corpulento que ella y por supuesto más fuerte. Su única oportunidad consistía en que
él volviese su furia contra sí y no lo lograría si se daba cuenta de que estaba molesta.
—Pareces acalorada —dijo él mientras ella trataba de mantener la calma.
Sin embargo, Isabel no podía ignorar su presencia, y no sólo como su
atormentador. Tenía la chaqueta abierta sobre una camisa blanca de seda y una
corbata gris a rayas; uno de los pequeños botones de perla se había salido de su lugar
y revelaba una porción de la piel morena; Isabel sintió que una oleada de recuerdos
no buscados la invadía y tuvo que desviar la vista.
—¿Apeteces un café? —preguntó con determinación y experimentó la
momentánea satisfacción de una demorada respuesta.
—Café está bien —concedió él por fin, su tono reflejaba menos confianza, e
Isabel exhaló un suspiro de triunfo al encaminarse a la cocina.
Su triunfo fue efímero. Mientras ponía el agua a hervir en la percoladora y café
en el filtro, Alex se acercó a la puerta y se apoyó contra el marco, al tiempo que
observaba a Isabel sin parpadear. Con una mano en el bolsillo y la otra jugueteando
con la corbata, representaba una perturbadora presencia e Isabel necesitó gran acopio
de fuerza y control para no derramar el café sobre la superficie de mármol de la mesa
de trabajo de la cocina.
—¿Por qué te dejó mi abuela esas acciones? —preguntó él de pronto, e Isabel se
ruborizó—. Ella debió de saber cómo reaccionaría tío Robert. Era una mujer
inteligente. Si quería dejarte algo, ¿por qué no dinero?

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La modelo no permitió que sus palabras la alteraran. Era una pregunta


razonable. Si la tomaba por su valor intrínseco, podría tener algo de dignidad. ¿Por
qué le heredó Vinnie las acciones? Ella también deseaba saberlo.
—No lo sé —respondió y sacó dos tazas y dos platos—. ¿Tomas crema y
azúcar? Ya no lo recuerdo.
—¿No? —Alex se incorporó—. Azúcar, pero sin crema —indicó, distante—. Y
sin duda sabes más de lo que admites. ¿Fue idea tuya quedarte con parte de Denby?
—¿Idea mía? —Isabel empezó a levantar la voz, pero se contuvo a tiempo—.
Por supuesto que no —negó con menos vehemencia, mientras colocaba el azúcar y la
crema en una pequeña bandeja de plata—. Yo… ¿te gustaría un panecillo? Creo que
tengo algunos.
La reacción de Alex fue aspirar y volverse hacia otro lado. Isabel se felicitó por
su éxito y dedicó su atención a la percoladora. Ni siquiera el hecho de que las manos
le temblaban y que se salpicó con varias gotas de agua que la quemaron, pudo evitar
su sensación de victoria. De seguir así, no volvería a temer a los Seton.
Cuando llevó la bandeja a la sala, Alex ya estaba de nuevo en el sofá. Isabel
tomó asiento en un sillón, pues no quiso sentarse a su lado.
—¿Co… conoces a Jason? —inquirió para abrir la charla y Alex asintió con la
cabeza.
—Un poco —concedió de manera escueta.
—Es un buen fotógrafo.
—Estoy seguro.
—Trabajo con él desde hace dieciocho meses.
—¿En verdad?
—Sí —Isabel se relajó un poco. Eso iba a ser más fácil de lo que creyó. Si tan
sólo pudiese sostener esa conversación insulsa hasta que Alex terminara su café, ya
no habría motivo para que él prolongara su estancia—. Hace dos semanas realizamos
unas tomas en Escocia. Oh… pero eso ya lo sabías. Fue… fue divertido. El clima no
era muy bueno, claro, pero pasamos el fin de semana en un viejo castillo que…
—¿Por qué, Isabel?
La intempestiva interrupción de Alex la silenció de momento.
—¿Qué cosa? —preguntó Isabel con inocencia después de humedecerse los
labios.
—¿Por qué esta farsa? —demandó él, sin hacer caso del café. Se movió hacia el
borde del sofá, extendió las piernas y entrelazó las manos—. ¿A quién tratas de herir?
¿A Robert? ¿A Chris? —hizo una pausa—. ¿A mí?
—¡No seas vanidoso! —exclamó Isabel.
—¿Lo soy? —la observó con cuidado—. ¿Qué es lo que dicen acerca de una
mujer despechada?

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—¿Una mujer despechada? —repitió Isabel con una oleada de furia por su
arrogancia. La adrenalina corría a toda velocidad por su sangre y le dieron ganas de
lanzarlo del apartamento. De alguna manera logró controlarse y se puso de pie con
admirable entereza—. El despecho de una mujer. ¡Oh, Alex! ¡Te engañas a ti mismo!
Alex también se levantó, con expresión amenazadora.
—Te gusta jugar con fuego, ¿verdad, Isabel? Pues cuídate. ¡Aún puedes
quemarte!
—No me hagas temblar —en realidad así estaba, mas no deseaba hacérselo
saber—. Ya no me asustas, Alex.
Un indicio de emoción que ella no pudo identificar, cruzó las facciones de Alex
al escuchar aquellas palabras, mas dejó escapar un profundo suspiro.
—No trato de asustarte. Esta tarde vine aquí, como cuando acudí a tu mesa a la
hora del almuerzo, para tratar de salvar algo en el caos dejado por Vinnie.
—¿En serio? —Isabel no pudo evitar un dejo de amargura en su voz—. Y
supongo que forzar tu entrada en mi apartamento es un medio muy lícito para ti.
—No hice eso —dijo Alex con los dientes apretados.
—Yo no te entregué la llave.
—No, y sabía que no me dejarías entrar si hubiera llamado.
—Lo que debe darte un indicio sobre mis sentimientos por los Seton —declaró
Isabel con desdén.
Alex se pasó los dedos a través del cabello oscuro.
—No quiero pelear contigo.
—Entonces vete de aquí.
—¿Es eso lo que quieres?
—¿Que si es eso lo que quiero? —repitió ella con una risa despectiva—. ¿Cómo
puedes dudarlo?
—¿Ni siquiera consideras ser razonable?
—¿Qué tan razonable fue tu tío? —espetó Isabel, encolerizada—. ¿Cuan
razonable fue Chris?
—Así que se trata de una vendetta —expuso Alex—. Por supuesto. Lo supe
desde el principio.
—¡Tú no sabes nada!
Isabel temblaba, e incapaz de soportar la mirada de Alex, se volvió hacia otro
lado y se acercó a las ventanas, desde donde contempló el parque. Oh Dios, pensó
con dolor, se pasó una mano bajo el cabello y se frotó los rígidos músculos del cuello.
Otra vez discutía con él, a pesar de haberse propuesto no volver a hacerlo. Lo más
seguro era que Alex dedujera que ella aún sufría porque Chris se divorció de ella.

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—¿Así que debo decirle a mi tío que no hay ninguna oportunidad de recuperar
las acciones?—inquirió Alex e Isabel se puso tensa. Como ella no intentó replicar, él
volvió a hablar, esta vez atrás de Isabel, habiendo cruzado la habitación sin hacer
ruido—. Eres muy tonta, ¿lo sabías? —señaló él con dureza, aunque sin traza de
censura en la voz—. No es posible qué las acciones signifiquen algo para ti. Con lo
que Robert pueda pagarte por ellas, podrías vivir a todo lujo el resto de tu vida.
—¿Es eso lo que tú harías? —preguntó Isabel al volverse.
Estaban separados por unos cuantos centímetros y aun cuando no le era fácil
estar tan cerca de él, la modelo presintió que Alex se sentía igual.
—Yo… sí. Creo que sí —respondió el abogado y ella notó la forma en que le
latía la arteria del cuello. Alex tragó saliva—. Por lo menos debías de pensar en ello.
Podrías dejar de trabajar para el bastardo de Ferry y montar tu propia agencia.
Isabel bajó las manos para apoyarse contra el alféizar de la ventana.
—Dijiste que apenas lo conocías —le recordó ella y Alex exhaló un quejido
impaciente.
—Ahora no vamos a discutir mi trato con Jason Ferry —replicó con suavidad—.
¿No podríamos olvidar el pasado y concentrarnos en el presente? Te ganas la
existencia, pero no vives en la opulencia, ¿o sí? Pese a que este apartamento es
agradable, mereces algo mejor.
Él era brusco, mas le alteraba tanto su cercanía como a ella la de él.
—¿Todavía vives en el mismo apartamento, Alex? —preguntó Isabel con
nerviosismo, sabedora de que los pezones se le habían endurecido y se delineaban
bajo la tela de su ropa. Él también lo notó, estaba casi segura, aunque se forzó a
mantener la mirada fija en su rostro.
—El lugar donde yo viva no tiene que ver contigo —respondió Alex, cortante, y
los labios de ella se separaron en una sonrisa por esa evidencia de frustración—.
Isabel, no trato de engañarte. Sólo quiero que reflexiones en que pierdes lo más por lo
menos. Estropearás los planes que mi tío tiene para la empresa, sin considerar que si
Denby se salvó, fue por él y gracias a eso, mi abuela tuvo acciones para heredarte.
¿Has pensado en toda la gente que perderá su empleo si la compañía va a la
bancarrota?
Isabel se movió, inquieta.
—Deberías ejercer la abogacía Alex —señaló con tono burlón—, eres
convincente.
Alex la miró a los ojos.
—¿Te he convencido?
Isabel se balanceó de un lado a otro.
—¿Acerca de qué? —preguntó, provocativa.
—De las acciones —replicó Alex, ceñudo—. Ya sabes a qué me refiero. Y bien…
¿cuál es tu respuesta?

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Isabel alzó los hombros.


—Todavía lo pienso —manifestó, y extendió la mano para quitarle una
imaginaria mota de polvo del cuello de su fina camisa.
—¿Qué demonios haces? —gritó Alex; la asió de la muñeca y la hizo desviar la
mano.
Ella lo miró con los ojos muy abiertos.
—¡Me lastimas!
—Podría hacerlo —respondió él con brusquedad—. ¡No me tientes!
—¿Lo hago? —se frotó la muñeca y Alex lanzó un maldición.
—¿Qué cosa?
—¿Soy una tentación para ti?
El abogado prefirió ignorar la pregunta.
—Te sugiero que le comuniques a mi tío tu decisión —declaró con severidad y
se encaminó hacia la puerta.
Isabel, sin considerar las consecuencias de lo que estaba a punto de hacer, lo
siguió. Pasó de prisa a su lado y llegó a la puerta antes que Alex y se apoyó contra
ella, de cara a él como si tuviese la esperanza de detenerlo por la fuerza.
—¿Qué te pasa, Alex? —lo provocó—. ¿No te atreves a enfrentarte tú a mi
decisión?
—No seas tonta, Isabel —Alex se detuvo a cierta distancia—. ¡Quítate de mi
camino!
—Quítame tú —lo retó ella, y fue sólo después, que se percató de la sandez de
su acto.
En ese momento no pudo resistir el deseo de humillarlo como él lo hizo en el
pasado. En lugar de apartarse, caminó hacia él, hasta que Alex la detuvo.
—¡Isabel! —pronunció su nombre con una nota de desesperación y al
aprovechar la momentánea debilidad del abogado, ella evadió sus brazos, levantó la
cabeza y con la lengua tocó la barbilla masculina.
Alex la tomó de los antebrazos para apartarla. Isabel lo permitió, contenta de
haber averiguado que Alex no era tan indiferente a ella como pretendía hacerle creer.
Escuchó su respiración acelerada y percibió la picante fragancia que provenía de la
piel de Alex y la inhaló con fuerza, saboreando su éxito.
No obstante, si no se hubiese detenido en felicitarse, pudo haber notado el
momento en que las reacciones de Alex se transformaron. No vio el peligroso brillo
que apareció en sus ojos, ni cuando las manos que la rechazaban, cambiaron de
táctica y emprendieron una lucha diferente.
—Así que eso es lo que quieres —dijo él con dureza al acercarla—. Pues
entonces… ¿por qué voy a poner objeciones? —y antes que ella pudiese protestar, él
capturó sus labios con los propios.

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Fue sólo un momento, pues al arquearse hacia atrás, Isabel pudo romper aquel
ofensivo contacto. Al hacerlo tuvo que dar unos pasos hacia atrás. Lo cual fue un
error ya que quedó contra la puerta. Ahora no tenía la menor posibilidad de escapar
y, satisfecho, él volvió a tomar sus labios, Isabel apretó los dientes y luchó por
apartarse, pero él no lo permitió. En lugar de ello, la presionó contra la puerta y con
las manos le rodeó el cuello en actitud amenazadora.
Isabel trató en vano de morderlo y el súbito relajamiento de su mandíbula
permitió que la lengua de Alex se deslizara entre sus labios. Las manos que antes la
lastimaron, adoptaron ahora un movimiento sensual.
Con la respiración constreñida por el continuo asalto, todo lo que Isabel podía
sentir, era a Alex. Sin importar la fuerza con la que combatía la insidiosa llama que él
encendía, su proximidad la hacía consciente de la facilidad con la que él la sometería.
Deseaba luchar y escapar de esa amenaza a su independencia, mas la verdad era que,
cuanto más la estrechaba él, menos fuerza le quedaba para resistirse, y la
superioridad física de Alex hacía inútil cualquier esfuerzo.
Sintió que las manos de él se movían hacia sus hombros y después volvían a
asirla por los antebrazos. Pero esta vez no para retirarla, sino para atraerla y tomarla
después por la cintura. Con la boca la incitó a participar y poco a poco lo logró.
El calor de la piel de Alex la quemaba a través de la delgada seda de la camisa.
De pronto, su boca abandonó los labios de Isabel y empezó a buscar el contorno de
sus mejillas. Le acarició los senos erectos contra la tela de algodón, y con las palmas
de las manos frotó un poco los pezones antes de deslizarlas hacia la cintura. El
cuerpo de la rubia casi se incrustó contra la puerta cuando un duro muslo oprimió
los suyos en tanto las manos de Alex se deslizaron por su espalda para capturar las
redondeadas curvas de su trasero. Fue atraída aún más de modo que ella pudo sentir
cuan excitado estaba.
—Oh, Dios —musitó él—. ¡Casi había logrado olvidarme de ti!
El desprecio por sí fue lo que la hizo reaccionar y darse cuenta de que era la
víctima en lugar del verdugo. Aprovechó de la debilidad de él para liberarse.
—¡Fuera, no quiero volver a verte! —gritó.
Aunque Alex se encontraba todavía a merced de sus sentidos, pudo preguntar:
—¿No te parece que es un poco tarde para eso? —dirigió a Isabel una mirada
indolente.
—¡Te dije que te fueras! —el atractivo de Alex era peligroso y ella necesitó de
toda su fuerza para mantener la compostura.
—Muy bien —Alex hizo una aspiración, se irguió y añadió en son de burla—:
¿Llegaste a una decisión acerca de las acciones?
—Eres un… ¡un despreciado!
—¿Quiere decir eso que sí o que no?
Isabel se estremeció.

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—¡Oh, Dios, Alex… cuánto te odio!


—Supongo que es un no —caminó con lentitud hacia la puerta—. Pasaré tu
mensaje.
Ella luchó por encontrar una réplica adecuada mientras él retiraba las cadenas
de seguridad que ella colocó antes, mas fue inútil. Nada de lo que ella pudiese decir,
le proporcionaría alguna satisfacción y cuando al salir Alex, se cerró la puerta, ella se
quedó con la desagradable sensación de haber actuado como una tonta una vez más.

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Capítulo 5
Isabel se puso una ajustada falda en color azul marino e intentó subir la
cremallera. No ayudó a mejorar su estado de ánimo el que el cierre se trabara y
maldecía en un murmullo cuando Lauren Bishop entró al probador.
—Calma, calma —aconsejó la amiga mientras se despojaba de los zapatos de
tacón alto y se inclinaba para dar masaje en sus doloridos pies—. Ya se lo dijiste y lo
aceptó. Piensa con optimismo Isabel. Helen está encantada de ir a Madrid en tu
lugar. Jason accederá, siempre lo hace.
Isabel suspiró.
—Desde la semana pasada le avisé que el jueves tendría reunión del consejo.
No puede habérsele olvidado. Jason nunca olvida cosas así.
—Quizá pensó que tú lo olvidarías —dijo Lauren sin darle mucha importancia,
al tiempo que se inclinaba hacia el espejo para examinar su cutis—. ¿Crees que esta
base de maquillaje de verdad me queda bien? Maxine aseguro que sí, pero yo no
estoy tan segura.
—Maxine dice lo que Jason quiere que ella diga —señaló Isabel, molesta, sin
deseos de compartir los sentimientos de la otra chica—. ¿Y cómo voy a olvidarme de
la reunión del consejo? Tengo que asistir para enterarme de lo que sucede.
Lauren suspiró y se volvió para apoyar las caderas contra el tocador. También
era una chica alta y aunque era más morena que Isabel, a ambas les quedaban los
mismos colores. No llevaban una amistad estrecha, pues la actitud de Isabel no lo
propiciaba, pero simpatizaban cuando viajaban al extranjero, por lo general
compartían la misma habitación.
Lauren movió la cabeza.
—¿Por qué es tan importante que vayas? Podrías pedir la minuta, o como se
llame.
—Yo quiero estar allí porque es importante. Es lo que Lady Denby había
deseado.
—Lady Denby —repitió Lauren como un eco—. Es la dama que te dejó las
acciones, ¿no?
—Cierto —Isabel se mordió el labio inferior, y entonces añadió con renuencia—.
Era la abuela de mi antiguo marido.
—Ah —Lauren hizo un gesto de comprensión—. ¡Qué raro! Una suegra que le
deja herencia a su nuera. Debe de ser un caso único, sobre todo por lo del divorcio.
—¡Oh! —Isabel se sintió ruborizar—. Es que… Vinnie y yo éramos amigas.
—¿Vinnie?
—Lady Denby.
—Ya veo —Lauren alzó los hombros—. Así que el jueves verás a tu exesposo.

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—Es lo más probable —respondió Isabel, después de un breve titubeo, pues era
una eventualidad que no deseaba.
—¿Por eso está Jason tan molesto? —preguntó Lauren con perspicacia y cuando
Isabel la miró sorprendida, añadió—: Todos sabemos lo que él siente por ti, no lo ha
mantenido en secreto.
—Oh —Isabel movió la cabeza—. Espero que no. Jason me simpatiza, pero…
—… pero no es tu exmarido, ¿no es cierto?
—¡No es nada de eso! —manifestó Isabel con vehemencia—. Lo de Chris y yo
fue… fue un error. Nunca debimos casarnos, pero yo era muy joven y… —se inclinó
para buscar sus zapatos—, entonces nos pareció buena idea.
Lauren arrugó el entrecejo.
—¿Cuánto tiempo duró el matrimonio?
—Dos años.
Isabel no deseaba seguir con el tema, mas Lauren estaba intrigada.
—¿Y qué sucedió? ¿Surgió alguien más?
Isabel se enderezó. Para evitar preguntas como esa, se mantenía distante y
reservada.
—¿Alguien más?
—No tiene importancia. Olvidé con quién hablaba —se volvió—. Es mejor que
me cambie.
Isabel sintió la fuerte tentación de confiar en la otra chica, pero ésta no era
conocida por su discreción.
Al salir del estudio, Isabel prefirió usar la puerta posterior para no encontrarse
con Jason.
Ahora estaba libre por una semana, pues el miércoles, Jason, Lauren, Helen
Rogers y dos chicas más, volarían a Madrid para la sesión fotográfica que Isabel tuvo
que rechazar. Se ausentaría cinco días, cuando menos. Tuvo una confrontación con
Jason esa tarde por ese motivo, mas ella se negó a dejarse intimidar por sus amenazas
y decidió asistir a la reunión del consejo de Industrias Denby, aunque perdiese su
lugar en la agencia de Jason. De cualquier modo, sentía remordimientos ya que él la
ayudó cuando lo necesitó.
Al pensar en la reunión del consejo que tendría lugar el jueves, Isabel se dio
cuenta de que contaba con menos de dos días para leer toda la literatura que pudiese
encontrar tanto de Industrias Denby, como de Farmacéuticos Mattley. Su oposición a
la propuesta de Robert Seton fue en cierto modo impulsiva y con seguridad le harían
algunas preguntas: en realidad no comprendía las consecuencias, ni pensó en los
empleados hasta que Alex mencionó el asunto. Ella había leído en los periódicos que
a veces los grandes consorcios trataban de adquirir pequeñas compañías, aunque sus
dueños no lo deseasen. Así que después de todo, quizá ella estaría haciendo un favor
a Farmacéuticos Mattley al oponerse a Robert Seton.

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El pensar en Alex sirvió para reforzar su fe en lo que hacía. Desde que el salió
del apartamento, Isabel se reprochó varias veces su torpeza al permitir lo sucedido.
Estaba segura de ser inmune a su cercanía, y fracasó. Si ella no lo hubiese irritado
tanto, él no la habría atacado. Más lo provocó y lo hizo perder la cabeza.
Porque sí perdió la cabeza, reflexionó Isabel con cierta satisfacción mientras
conducía su auto de segunda mano, del estudio a su apartamento. Ni siquiera él
podría negarlo. Y no por vez primera, recordó. Si no hubiera sido por Alex, quizá
nunca se habría casado con Chris. Mas, como cualquier persona, Isabel también tenía
orgullo.
Se emocionó cuando Chris Seton demostró interés en ella. Se conocieron en una
fiesta de los medios de comunicación masiva, a la que ella asistió en representación
de la agencia para la que entonces trabajaba. Chris llegó con una modelo de una
agencia rival. En esos días, el heredero de Industrias Denby era considerado como
uno de los solteros más codiciados, e Isabel se dejó impresionar.
Seton resultó un compañero muy agradable y a pesar de las advertencias de sus
amigas, Isabel empezó a aceptar sus invitaciones. No temió enamorarse de él. Los
años pasados en el orfanato la enseñaron a no entregar su afecto con premura y
aunque Chris le gustaba, no tenía intención de tomarlo en serio. Eso fue antes de
conocer a Robert… y a Alex… A partir de ese momento, había tenido que correr por
su vida…
La biblioteca no le proporcionó mucha información acerca de Farmacéuticos
Mattley. Había mucha literatura acerca de Industrias Denby y de la empresa matriz,
Textiles Denby, pero de la compañía más pequeña sólo existía un breve resumen en
el que aparecían los nombres de los directores. Isabel pensó en la posibilidad de
hacer contacto con uno de ellos para pedir su opinión sobre la transacción, pero la
descartó de inmediato. Nadie daría detalles de las políticas de una compañía, a una
desconocida.
El jueves por la mañana, Isabel lamentó no haber accedido a vender las
acciones. ¿Qué ganaba ella con pasar ese trago amargo? Además quizá la intención
de Vinnie al heredarle esas acciones fue que las vendiera para así asegurar su futuro.
Pero la modelo sabía que la anciana esperaba algo más que eso. Si hubiera
querido que recibiera una sustancial suma de dinero, así lo habría dispuesto en su
testamento. Por alguna razón, conocida sólo por ella, Vinnie quiso que la joven
mantuviera el contacto con la compañía Y si en ello había un motivo ulterior, sin
duda el tiempo lo revelaría.
Isabel puso cuidado especial en su arreglo para la reunión. Por un momento,
tuvo el perverso deseo de vestirse tan provocativa que los demás miembros del
consejo se escandalizarían y no podrían concentrarse en la junta, pero el impulso
pasó. Comportarse así probaría a Robert Seton que ella era incapaz de un juicio
racional, dándole oportunidad de ponerla en ridículo ante el consejo. Para triunfar en
la tarea que se había propuesto, tenía que convencer a los ejecutivos de su sinceridad.
Y para lograrlo, no debía proporcionar a su adversario ningún motivo para minar sus
esfuerzos.

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Con eso en mente, escogió un traje sastre recto en fina lana moteada en tono
beige. Complementó su atuendo con una blusa de seda en color ámbar y una corbata
que hacía juego. El severo corte de la prenda era con exactitud lo que necesitaba y si
servía para acentuar su femineidad, mejor. Se recogió el cabello en un moño hacia
atrás y se puso unos zapatos de tacón alto. Como toque final, se aplicó un poco de
rubor en las mejillas; la mano no le temblaba por el temor que sentía de enfrentarse
con Chris y su padre.
Tomó un taxi para dirigirse al sitio de reunión, pues decidió que esa mañana
sería mejor no arriesgarse a conducir su auto. Un portero uniformado abrió la puerta
del edificio al verla aproximarse. Isabel entró y observó la serie de acceso a los
ascensores, con la expresión de un reo a punto de recibir sentencia. "Ya basta", se
amonestó con vigor al pasar el primer ascensor que se abrió. "¿Qué tienes que
perder? Ninguno de ellos puede lastimarte ahora, así que deja de sentir pánico".
El aparato permaneció vacío hasta el décimo piso, cuando subieron dos
secretarias jóvenes. No le prestaron mucha atención, ya que iban absortas en la charla
y no fue sino hasta que oyó mencionar el nombre de Alex, que Isabel se sintió
incómoda.
—Pues yo oí que se divorció de ella porque tuvo un amorío con el primo de él
—decía una de las chicas—. Ya sabes a quién me refiero, Tracy, pues lo has visto. ¡Se
trata de Alex Seton!
—¿De veras? —los ojos de la otra chica se abrieron mucho, mientras Isabel las
escuchaba, incrédula—. ¿Crees que es cierto?
—No lo sé —su compañera hizo un gesto expresivo—. Pero a mí me gustaría
llevar una relación con él. Es una pena que no sea el hijo del señor Seton. Imagínate a
alguien de su apariencia como dueño de todo esto.
—Pues… el señor Chris no está mal —murmuró Tracy, mientras abrazaba los
expedientes que llevaba entre los brazos—. Y saluda si te lo encuentras dentro del
edificio. No es antipático, sino una persona muy dulce.
—Pero no es Mel Gibson ¿verdad? —preguntó la primera chica con sequedad y
al darse cuenta de que elevaba la voz, añadió con tono apenas audible—: Además, he
oído que…
Isabel no se enteró del resto, pues las puertas del ascensor se abrieron en el
décimo quinto piso y las dos chicas salieron. Lo cual fue mejor para Isabel, pues
estaba muy confusa al saberse de nuevo objeto de chismes.
El aparato llegó al piso décimo octavo unos segundos después, e Isabel deseó
haberlo detenido en el piso anterior a fin de contar con unos minutos para
recuperarse. Entró en el área de recepción de las oficinas de Robert Seton, donde fue
recibida e identificada de inmediato por la empleada.
—¡Señora Seton! —exclamó, a pesar de que Isabel y su exmarido llevaban dos
años divorciados—. Me alegra verla de nuevo. ¿Cómo está usted?

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—El nombre debe ser señorita Ashley —la corrigió, reacia a que le recordaran el
motivo de su presencia allí—. Yo también me alegro de verla, Susan. Con tanto
trabajo como siempre, según veo.
—Así es —aceptó Susan Lightfoot y encogió los hombros con desdén—. No
todos podemos tener una vida tan emocionante como la suya, señora… señorita
Ashley. Con frecuencia veo su fotografía en periódicos y en revistas. Debe ser muy
grato ser famosa, pero me temo que eso no es para mí.
Isabel sonrió, consciente de que la señora Lightfoot no era tan ingenua como
parecía. Había estado con Robert Seton demasiado tiempo para sentir alguna
simpatía por la antigua nuera de su jefe y aunque sus comentarios parecían inocuos,
en ellos se encontraba una nota de desaprobación.
—¿Quiere un café? —preguntó la mujer, invitando a Isabel a tomar asiento
mientras informaba a Seton de su llegada, mas Isabel se opuso.
—¿No sería más sencillo si yo fuese directo a la sala de juntas? —sugirió, con
los dedos aferrados con fuerza innecesaria a la correa de su bolso de mano—. Me
esperan.
—Oh, sí, ya lo sé —Susan Lightfoot no se alteró—. Pero los demás miembros
del consejo no han llegado y el señor Seton se encuentra ocupado.
—Prefiero esperar allá —manifestó Isabel y se preguntó qué habría hecho Lady
Denby en una circunstancia así. Pero Vinnie no era de las personas a quienes se hace
esperar. Si ella estuviese allí, sin duda su yerno se apresuraría a recibirla.
Susan no pareció complacida, mas nada podía hacer. Además en la sala del
consejo no había ningún documento confidencial. Exhaló un suspiro y llevó a Isabel a
lo largo del pasillo de espesa alfombra. La modelo conocía el camino, pero concedió a
la secretaria esa particular indulgencia. Se puso rígida al pasar frente a la puerta de la
oficina de Robert Seton, cuya voz traspasaba los sólidos muros.
La sala del consejo era grande, la extensa mesa rectangular estaba dispuesta con
catorce sillas de respaldo de cuero a su alrededor, y ante cada sitio, se encontraba un
secante blanco inmaculado, una libreta para apuntes y un bolígrafo.
—Avisaré al señor Seton que usted está aquí —declaró Susan con voz gélida al
irse.
Isabel pensó que si se hubiera dejado intimidar por ella, ¿qué esperanzas le
quedarían ante Robert Seton?
Colocó su bolso sobre la mesa y trató de controlar sus emociones al recorrer la
habitación. Era un salón agradable y en ese momento el sol entraba a raudales por las
ventanas, lo que lo hacía menos imponente. El único cuadro que colgaba de las
paredes, era un retrato de Robert Seton, colocado en uno de los extremos de la
habitación. Isabel supuso que en la cabecera de ese lado se sentaba el director, para
que aun cuando no estuviese presente en alguna de las reuniones, se sintiera su
presencia.
Aparte del retrato, el cual Isabel consideraba mejor que el original, en el salón
destacaba un mueble en el que estaban expuestos varios de los premios industriales

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acumulados por el consorcio a lo largo de los pasados treinta años. Desde que Robert
Seton quedó como director de Industrias Denby, pensó Isabel con desdén. Sin el
núcleo anterior a 1950, no existiría empresa para que los Seton la manejasen.
En uno de los rincones de la habitación había un mueble sobre el cual podía
verse una percoladora y una docena de tazas y platos de porcelana. Isabel sintió una
súbita necesidad de apoyo y decidió servirse un café.
Tomaba el humeante líquido, cuando se abrió la puerta y al volverse con la taza
en la mano, vio a su exmarido, de pie en el umbral. Isabel no supo quién era el más
asombrado, si ella o Chris. Con seguridad la señora Lightfoot no le avisó que su
indeseable visita ya estaba allí.
Pero de manera sorprendente, Isabel no tenía tanto resentimiento contra él,
como hacia Robert y Alex; y aunque alguna vez lo despreció, no podía decir que lo
odiaba.
—Veo que tomas café —comentó Chris al entrar en la habitación—. Yo… a mí…
también me vendría bien una taza.
—¿Con dos cucharadas de azúcar? —sugirió Isabel y él asintió.
—¡Lo recuerdas! —exclamó y su pálido semblante se cubrió de color—. Quiero
decir… es grato volver a verte, Isabel. A menudo quise preguntar por ti, pero Vinnie
nos hizo saber que tú no querías saber nada de nosotros.
Isabel encogió los hombros. Era difícil sostener cualquier animosidad contra él.
—Ha pasado mucho tiempo desde entonces, Chris —comentó mientras añadía
azúcar al café—. Cada quien debe tomar su camino. ¿No es eso lo que Vinnie habría
dicho?
Chris aceptó la taza y emitió una risa despectiva.
—De cualquier modo, tu apariencia es fantástica. Las fotografías que he visto de
ti no te hacen justicia. Si es que no te molesta que te lo diga.
—¿Y por qué iba a molestarme? —la expresión de Isabel era irónica—. Veo que
has ganado un poco de peso.
—No tienes que recordármelo —Chris hizo una mueca—. Eso me ha amargado
la vida.
—No tanto un querubín, sino más bien un sátiro —comentó Isabel con ligereza,
recordando una broma que alguna vez compartieron, y Chris gimió.
—Creo que lo que me hace falta es una mujer que no me haga salir de la raya —
bromeó él sin pensarlo y la sonrisa de Isabel desapareció.
—¿De veras? —musitó la modelo al mirarlo a los ojos y después le dio la
espalda.
—¡Oh, Isabel! —exclamó Chris—. ¡Ojalá fuese más parecido a Alex! ¡Por lo
menos él sabe lo que quiere en la vida!
—No digas eso. ¡Nunca te compares de manera tan desfavorable con tu primo!
¡Él carece de conciencia!

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—Yo creí que lo admirabas.


—Sé lo que pensabas y te dejé seguir con esa idea —Isabel suspiró—. Yo
deseaba salir de la familia, Chris. Si no me iba, perdería el respeto que me quedaba
hacia mí.
—¡Bravo!
La burlona exclamación y el aplauso que acompañó a la palabra la hizo volver
sorprendida. Estaba tan concentrada en lo que decía, que olvidó por un momento
dónde se encontraba. Fue en ese instante cuando Robert Seton entró a través de la
puerta de comunicación con su oficina, y los observó con expresión malévola.
No fue el director de Industrias Denby quien llamó la atención de la modelo,
sino otro hombre que entró detrás de él. Alto y moreno, ataviado con un ligero traje
que iba con su piel morena y que con aplomo se acercó al lado de su tío. Al verlos
juntos, Isabel pensó en lo parecidos que eran.
—No te importa que Alex nos acompañe durante la reunión, ¿verad, Isabel? —
inquirió Robert Seton y extendió la mano para saludarla.
Su hostilidad inicial al encontrar juntos a su hijo y a su exmujer se evaporó con
el éxito de lograr confundirla y cerró la palma alrededor de la fría mano de la joven
con satisfacción no disimulada.
Isabel estaba muy molesta consigo por haberle permitido esa ventaja. Él carecía
de escrúpulos y la única manera en que podía lastimarlo, era a través de su empresa.
Cualquier otra vía estaba cerrada para ella. Alex no intentó saludarla y se limitó a
una leve elevación de cejas. Se sirvió una taza de café y contempló a los ocupantes de
la habitación con despreocupación. A semejanza de Robert Seton, estaba en completo
control de sus actos, e Isabel se preguntó si le habría hablado a su tío de su
enfrentamiento anterior.
—Qué escena tan tierna —comentó Robert a su hijo y le dio una alentadora
palmada en la espalda—. Juntos después de mucho tiempo, espero que Vinnie pueda
vernos, pues consiguió lo que quería.
Isabel aspiró con fuerza y entonces, sin hacer caso a la ansiosa mirada de Chris,
intervino.
—Me pregunto si ella estaría tan feliz si supiera la forma en que usted ha
tratado de entorpecer sus deseos, señor Seton —su voz era serena—. Lamento haber
rechazado su generoso ofrecimiento por las acciones que ella me dejó, mas creí que le
debía a Lady Denby el apoyo a su decisión.
—¡Ella debió de estar loca al dejarte esa herencia! Industrias Denby no te
importa en lo más mínimo, ¡en lo único que piensas es en ti!
Isabel sintió que el rostro le ardía, pero antes que pudiese encontrar las palabras
apropiadas para refutar la acusación, Chris intervino.
—Isabel nunca venderá si le hablas así. Haz como yo, usa un poco de
psicología.

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—Lo que deberíamos hacer —comentó Alex de pronto—, es convencerla de que


el asunto Mattley beneficiará a todos.

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Capítulo 6
—¡Lo logramos! —declaró triunfante Robert Seton al entrar en su oficina tiempo
después, y dejarse caer feliz sobre su sillón—. Alex, hijo mío, ¡eres un genio! Lo he
dicho antes y lo repito, e insisto en que me permitas invitarte a cenar esta noche.
—Sí, Alex, tu desempeño fue extraordinario —comentó Chris al seguirlos hasta
la oficina—. La hiciste como quisiste y cuando llegó la votación, nos favoreció.
—Me limité a explicar lo que significaría la fusión para el personal de
Farmacéuticos Mattley. Si no hubiera sido por la mutua falta de comunicación, las
cosas con Isabel no habrían llegado a este extremo. Ella comprendió bien lo que yo
dije.
—No te menosprecies, Alex. Tu elocuencia fue la que funcionó, y este pleito lo
empezó ella.
—Según entiendo, el asunto lo iniciamos nosotros al tratar de recuperar las
acciones. Tal vez si nos hubiésemos acercado de otra forma…
—¡No seas tonto, Alex! —lo amonestó Chris—. Tú te molestaste tanto como
cualquiera de nosotros cuando se leyó el testamento de la abuela. Y después de lo
que Isabel trató de hacerte…
—¡Basta! —exclamó Alex y a pesar de la moderación de su tono, transmitió una
amenaza—. Tú no le demostrabas falta de interés cuando tu padre y yo los
interrumpimos. ¿Qué le decías entonces? Ella parecía pensar que iba a contar con tu
apoyo.
—¡Eso no es cierto! —Chris parecía muy acalorado y se aflojó la corbata—. Ella
trataba de conseguir mi ayuda. Pero por supuesto yo le expliqué dónde estaba mi
obligación, le dije que apoyaba a papá, mas eso no la detuvo. De hecho, si papá y tú
no hubiesen entrado cuando lo hicieron, sabrá Dios qué…
—¡Mientes!
Alex extendió una mano y asió a su primo por el cuello de la camisa y lo apretó
con fuerza letal. A los pocos segundos, Chris jadeaba para obtener aire.
—¡Por Dios Santo, Alex! —Robert dejó su asiento para rodear el escritorio y
separar a los dos hombres—. ¿Por qué te afecta tanto lo que diga Chris acerca de esa
mujer? ¡Maldición, lo único que ha provocado en nuestra familia son problemas!
—Lo siento —musitó Alex y se pasó una mano por el cabello—. Creo que lo que
sucede es que ya estoy harto de este asunto.
—¿Y no lo estamos todos? —preguntó su primo mientras con manos
temblorosas se arreglaba la ropa—. ¡No tienes por qué descargar en mí tu frustración!
¡Estás herido porque Vinnie no te dejó esas acciones!
Alex se volvió hacia Chris, pero su tío se interpuso.
—¡Es suficiente! —exclamó Robert con ira—. Chris, o retiras tu comentario, o en
el futuro te encargarás de pagar tus cuentas. Alex, en este momento, todos estamos

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alterados y actuamos en consecuencia, debemos calmarnos. Y aún no tengo tu


respuesta acerca de la cena de esta noche.
—Me temo que no puedo, tío —dijo, con una forzada nota de pesar en la voz—.
Voy a ver a un cliente a las ocho y media. Lo siento, tendremos que dejarlo para otra
ocasión.
—¿Entonces por qué no vienes a Nazeby el fin de semana? —sugirió Robert con
ansiedad—. La semana pasada no fuiste… No vendrá nadie más. Sólo nosotros, así
que podremos jugar una partida de golf; y si el tiempo es bueno, quizá podamos salir
en la lancha.
Alex suspiró.
—No lo sé…
—¿Y yo? —inquirió Chris—. ¿Estoy invitado también, o se trata sólo de un tête-
á-tête?
—¡No seas tonto! —gritó su padre con impaciencia—. Nazeby es tu casa, ¿o no?
¿Cuándo no has sido bienvenido? —respiraba con pesadez—. Según recuerdo, me
dijiste que irías a Newcastle, a las carreras. ¿O es que también en eso has cambiado
de opinión?
—¿Qué quieres decir con eso de… también! ¿Acaso crees en la versión de Alex
sobre mi conversación con Isabel?
Robert negó con la cabeza.
—No dije eso.
—Tengo que irme —declaró Alex de manera abrupta, sin querer inmiscuirse en
otra discusión—. Más tarde te llamaré para avisarte lo de este fin de semana, tío.
Alex sintió gran alivio al salir del edificio Denby. Las nubes que se cernían
sobre la ciudad aquella mañana ya se habían disipado y, como su humor, el cielo
estaba más claro. También hacía calor, el primero del verano, y Alex decidió caminar
hasta su oficina en lugar de tomar un taxi, como de costumbre.
No obstante, a medio camino empezó a arrepentirse de su entusiasmo. La
caminata se prestaba para la reflexión y la senda que sus pensamientos tomaban no
era lo que él deseaba. No quería pensar en la reunión de aquella mañana; tampoco en
su reacción al ver juntos a Chris y a Isabel, pero más que nada, se negaba a pensar en
Isabel misma y en lo derrotada que parecía cuando él terminó de hablar. La hizo
parecer una tonta.
Suspiró y miró apesadumbrado a su alrededor, tratando de distraerse. Pero las
jóvenes en sus vestidos de verano y las madres que llevaban a sus bebés en sus
cochecitos, sólo le recordaron lo que pudo ser, y lo impresionado que se sintió al
conocer a Isabel. ¿Cuántos años hacía que la vio en Nazeby por vez primera? ¿Cinco?
¿O quizá seis? Suficiente tiempo para que él hubiese olvidado ese episodio; suficiente
tiempo para apagar los rescoldos del pasado.
El hecho de que aquel primer encuentro con la futura esposa de su primo aún
estuviese grabado en su mente con tanta fuerza como al principio, le causó irritación.

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Él deseaba olvidar, pero las circunstancias no se lo permitían. Siempre se mantuvo


informado sobre las andanzas de Isabel y sabía de sus encuentros con Vinnie. Pese a
ello se sorprendió mucho cuando la abuela le dejó al morir aquellas acciones, pues
así quedaba ligada a los asuntos de los Denby, y de los Seton, durante muchos años.
También arruinaba su propósito de no volver a verla.
Incómodo, se dio cuenta de que pensaba en Isabel demasiado. Si no hubiese
sentido la necesidad de volver a verla después de aquella perturbadora escena en el
apartamento, nunca hubiese permitido que su tío lo convenciera de asistir a la
reunión de aquella mañana. Quería verla de nuevo. Tuvo la urgencia de estar allí y
convencerse de que lo que sucedió entre ellos no ocurriría otra vez. Cuando Robert
abrió la puerta del salón de juntas, Alex sintió que la sangre le palpitaba en las sienes
al ver la escena que interrumpían. Isabel y Chris en una conversación íntima, su
cercanía fue una reminiscencia de aquel día en Nazeby, cuando Alex los sorprendió
en la biblioteca…
También era verano, temprano hubo una tormenta y el ambiente estaba
húmedo y todavía había algunos relámpagos cuando Alex llegó de Londres. Iba de
muy buen humor, pues su entrevista con Storey and Heathcliffe había resultado
satisfactoria, tenía fundadas esperanzas de ser aceptado en el negocio.
Entró en la casa que siempre consideró como su hogar, para buscar a su tío o a
la abuela y compartir con ellos la noticia. En lugar de encontrar a Robert o a Vinnie
en la biblioteca, se enfrentó a Chris y a su nueva amiga, la joven de quien su tío se
había quejado durante las seis semanas anteriores.
Verla en la biblioteca con su primo no debió afectarlo, pero no fue así. Advirtió
un súbito y desconocido sentimiento de animosidad hacia los dos y fue tan poderoso,
que casi le impidió ser cortés aunque Chris no se dio cuenta.
Alex tuvo que admitir que Isabel no era como él esperaba. Después de oír los
despectivos comentarios de su tío acerca del éxito de la joven como modelo, esperaba
ver a una chica de senos prominentes o a una morena de facciones duras. Que Isabel
distaba mucho de ser así, fue obvio. Ella era alta y esbelta y el color de su cabello
desafiaba cualquier descripción. Era una alborotada melena de oscuros rizos oro
rojizo más corto de como ahora lo llevaba, pero muy femenino. Su cutis era perfecto;
la boca ancha, la nariz, prominente, pero no por ello dejaba de ser atractiva; y sus
ojos eran de un extraño tono gris verde, con largas y rizadas pestañas con ribetes de
oro. Cuando habló, su voz era suave y musical, aunque un poco ronca. Era evidente
que Chris estaba encaprichado con ella y Alex no podía culparlo.
Su reacción fue menos sencilla de diagnosticar, más, en los días y semanas que
siguieron, cuando Chris manifestó su deseo de casarse con la rubia, Alex empezó a
apoyar a Robert en cualquier discusión. Por alguna razón, la idea de que su primo se
casara con Isabel, lo perturbó más de lo que quiso admitir y si hubiese podido
cambiar la decisión de Chris, lo habría hecho sin titubear.
Por una vez, Chris se mantuvo en sus trece y se negó a escuchar los argumentos
de su padre y Alex. Estaba enamorado, o eso decía, y aun si Robert decidía dejarlo
sin un centavo, convertiría a Isabel en su esposa.

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Vinnie, la abuela de Alex, fue menos insegura en su opinión. Isabel le


simpatizaba, le simpatizaba mucho. Por ello, resultaba sorprendente que no hizo
mucho por alentar el matrimonio. Cuando éste tuvo lugar, bendijo a los contrayentes.
Robert Seton tuvo que ceder al fin. A pesar de sus defectos, quería mucho a su
único vástago y la fecha de la boda se fijó para octubre. Alex pensó que su tío llegó a
ilusionarse ante la perspectiva de convertirse en abuelo en el futuro. Sólo Alex no
aceptaba lo inevitable.
Una mañana de principios de octubre, Alex recibió una llamada telefónica de
Chris, quien le pedía un favor. Tenía que recoger a Isabel en el estudio, pero había
surgido algo que le impedía ir. Un antiguo condiscípulo llegó de manera inesperada
a Nazeby y a Chris no le gustaba la idea de que se marchara sin invitarlo a comer. En
vista de que era viernes y Alex de cualquier manera iría a pasar con ellos el fin de
semana, le suplicaba que recogiera a Isabel en el estudio y la llevara a Nazeby. Chris
le estaría agradecido hasta la eternidad.
Alex no pudo negarse. El propósito principal de su viaje de fin de semana a
Nazeby era para el ensayo de la ceremonia nupcial que el vicario haría con todos.
Como Alex sería el padrino, tenía que estar presente.
Isabel esperaba fuera del estudio cuando él llegó. Fue evidente que sabía que
iba a ir, pues no demostró sorpresa cuando se detuvo frente a ella en el Porsche
negro que conducía. Sin permitirle la cortesía de salir a ayudarla a subir al auto, ella
ocupó el asiento contiguo. Se colocó entre las piernas su pequeño maletín y al
ajustarse el cinturón de seguridad, dirigió a Alex una sonrisa cortés.
—Gracias —le dijo y se apoyó contra el respaldo del asiento—. Espero que no le
moleste esta imposición.
Alex estuvo a punto de decirle que de todas maneras sería igual, pero no lo
hizo. Le tomarían dos horas para llegar a Nazeby y a pesar de su antipatía por ella,
no le gustaba la idea de empezar el viaje con una discusión.
Le restó importancia a su gratitud al hacer unos comentarios inofensivos acerca
de lo intrincado del tránsito, para que el tiempo que pasaran juntos, estuviesen
tranquilos.
A pesar de su aparente negligencia, Alex era consciente con cada fibra de su ser,
de la joven que iba sentada a su lado. Aunque ahora no podía verla bien por centrar
su atención en la carretera, conocía su apariencia y sabía lo que vestía, adivinó que el
blusón y el pantalón ajustado de color malva eran su atavío acostumbrado para ir y
venir de los estudios. Su rostro estaba desprovisto de maquillaje y el nacarado cutis
era perfecto. Sólo su cabello parecía una contradicción. Alguien, quizá el estilista del
estudio, había tejido los mechones en docenas de pequeñas trenzas, cada una sujeta
con diminutas cuentas de cerámica, y cuando movía la cabeza con rapidez, las
cuentas chocaban unas con otras. No era un sonido desagradable, pero sí extraño, y
las primeras veces que sucedió, Alex la miró con curiosidad.
—Mm… Chris atiende a un antiguo condiscípulo, ¿no es cierto? —inquirió
Isabel después de un rato.

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Como él, era obvio que deseaba olvidar sus diferencias, por lo menos mientras
durara el viaje, por lo que Alex hizo un esfuerzo por responder de igual modo.
—Eso creo —respondió él, consciente de que su tono no era tan cordial como el
de ella—. Mi primo tiene muchos amigos de la época que pasó en Haveringham.
—Haveringham —Isabel repitió la última palabra—. Es una escuela pública,
¿verdad? Recuerdo haber oído el nombre, pero no sé dónde está.
—En Buckinghamshire —respondió Alex—. Es un bello lugar de Inglaterra,
¿Has estado alguna vez en aquella parte del país o prefieres permanecer en Londres?
Se dio cuenta de que su pregunta final era de condescendencia excesiva, pero
no pudo evitarlo. Cuanto más hablaba con ella, más fuerte era la urgencia de tratar
de minimizarla, aunque ignoraba por qué. Sólo sabía que su indiferencia lo irritaba
sobremanera.
—No, no conozco Buckinghamshire —respondió Isabel con sinceridad—. Pero
no siempre he vivido en Londres. Nací en Lincolnshire y hasta que empecé a trabajar,
fue que me trasladé a Londres.
Alex absorbió la noticia con atención, pues de alguna manera tenía la idea de
que ella siempre vivió en la ciudad. La evaluación sobre su carácter había sido total y
era desconcertante descubrir que existían facetas que él había pasado por alto.
—¿En qué parte de Lincolnshire? —preguntó, convencido de que su interés era
sólo circunstancial, e Isabel le dirigió una mirada de soslayo.
—No estoy segura —admitió, reacia—. Me crié en un orfanato y nunca conocí a
mis padres. Lo único que averigüé fue que mi madre me abandonó a los pocos días
de nacida.
Alex estaba anonadado. Con razón Chris hizo énfasis en que los padres de
Isabel habían muerto y por eso no podrían asistir a la boda. Si Robert Seton supiese
que la chica era una huérfana procedente de un asilo, tal vez impediría la boda.
—¿Estás impresionado? —preguntó Isabel y Alex luchó por poner sus
pensamientos en orden.
—Sorprendido —concedió él después de un momento; y preguntó en un
impulso—. ¿Nunca has tratado de averiguar quiénes fueron tus padres?
Isabel negó con la cabeza.
—No —hizo una pausa—. Decidí que si mi madre fue capaz de abandonar a su
hija, a mí no me interesaba saber quién era.
Se encontraban en la autopista y Alex tuvo que concentrarse en rebasar una
serie de vehículos que circulaba con lentitud, por lo que transcurrieron varios
minutos antes que volviese a hablar.
—¿Y con respecto a tu padre?
—Lo más probable es que él ni siquiera se haya enterado de mi existencia —
replicó ella con un suspiro—. En aquellos años, la gente era de criterio más estrecho

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que en la actualidad. Si mi madre mantuvo mi nacimiento en secreto, ¿es justo que


ahora se resucite un error?
—Respuesta filosófica.
—Sólo práctica —corrigió ella con calma. Y de pronto, al extender un poco las
manos, emitió una risa baja—. No sé por qué te digo todo esto. ¿Cómo dicen cuando
arrestan a alguien? "Cualquier cosa que declare será tomada en cuenta y podrá ser
usada como evidencia en su contra". ¿Es eso lo que planeas hacer? ¿Informar a tu tío?
¿Darle otro motivo para evitar el matrimonio?
Alex le dirigió una mirada fría.
—Si Chris prefirió ocultárselo, ¿por qué no voy a hacerlo yo?
—Porque eres el favorito del señor Seton —Isabel hablaba sin parcialidad—. Es
posible que tú no seas su hijo, ni su heredero, pero él se apoya más en ti y compartes
la opinión que tiene de mí.
—¿Y cuál es? —Alex apretó los labios.
—¿Qué cosa? —Isabel estaba confusa.
—Mi opinión sobre ti. ¿Cuál es?
—Oh… —ella inclinó la cabeza y las diminutas cuentas golpearon contra la
curva de su cuello—. Yo no te simpatizo, pero… el sentimiento es mutuo, así que no
te molestes en negarlo.
Alex oprimió con fuerza el volante.
—Nada sabes de mí.
—Lo admito —aspiró con fuerza y dirigió la mirada hacia Alex—. Tú no te has
esmerado en ocultar tus sentimientos. Crees que me caso con Chris debido a que
tiene mucho dinero. Además, menosprecias mi profesión y criticas mi apariencia.
La respiración de Alex no era rítmica.
—¡Tú careces de profesión! —replicó al fin—. Despojarte de la ropa frente a una
cámara no pasa de ser un trabajo intrascendente.
—¡Yo no me despojo de la ropa! —Isabel exclamó, indignada.
—Lo harías, si te llegaran al precio —replicó Alex sin miramientos, y ella lo
miró, impotente.
Guardaron silencio un rato. La modelo se acomodó en su asiento para darle la
espalda a él; sus rodillas tocaban la puerta. Alex trató de tomar cierto interés en la
conducción, mas, a pesar de su esfuerzo por ignorarla, su mirada iba una y otra vez
hacia los largos dedos, crispados en puños y colocados sobre las rodillas y la suave
curva de los muslos revelada por el ajustado pantalón que usaba. El resultado era
demasiado provocativo, aunque él dudaba que ella se diese cuenta. Portaba su ropa
con la misma elegancia con la que se movía. Era poseedora de una gracia natural,
admitió Alex y la sexualidad que advertía en sus movimientos se debía más a su
imaginación que a un acto voluntario de parte de la chica.

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Salieron de la autopista después de Winchester, para tomar un camino más


angosto de dos carriles, que los llevó a la campiña de Hampshire. Cruzaron varias
aldeas, algunas no pasaban de ser caseríos con su respectiva iglesia y surtidor de
gasolina.
Alex conocía bien el camino. Existía una carretera más rápida, pero de mayor
tránsito que pudo haber tomado para llegar a su destino; él optó por la ruta más
tranquila. Además, siendo viernes, todas las carreteras principales estaban atestadas
a causa de las personas que regresaban a casa; inhalar el humo del escape de los
demás vehículos, no era el modo que le gustaba para empezar el fin de semana.
Fue evidente que Isabel notó la desviación y a juzgar por la forma en que leía
los avisos en la carretera, sin duda se preguntaba a dónde la llevaría. Chris tenía la
costumbre de tomar la ruta más corta entre dos puntos, Alex dudó que su primo la
hubiese llevado alguna vez por allí. Torció los labios. Quizá Isabel temiese que la
secuestrara por instrucciones de su tío; o que planease asesinarla y tirar su cadáver
en algún apartado rincón del país.
—Sólo nos faltan unos treinta kilómetros para llegar —comentó Alex,
impulsado a tranquilizarla, por razones que no le importó admitir, e Isabel volvió la
mirada de sus grises ojos hacia él.
—¿De veras?
—No acostumbro mentir —aseguró con voz firme y aminoró la marcha del
vehículo cuando llegaron a un aviso que indicaba que debían ceder el paso—. Este
camino es un poco más largo, pero al menos no nos estorban los vehículos lentos. Y
es una ruta más escénica —añadió casi a la defensiva.
Isabel encogió los hombros.
—No me he quejado.
A Alex se le encendió la sangre.
—Sería demasiado esperar que hablaras con cortesía…
—¡Cortesía! —Isabel apenas lo dejó terminar la palabra, observaba al abogado
con obvio desdén—. ¿Después de lo que me dijiste? ¡Eres arrogante e insoportable! Si
no fuese por el hecho de que Chris te cree maravilloso, ¡no volvería a dirigirte la
palabra!
El pie de Alex presionó el freno de manera instintiva. Sentía que la furia lo
asfixiaba y sin reflexionar, desvió el auto a la cuneta llena de hierba; no previo que la
vegetación pudiese ocultar una zanja o algo peor. Más tuvo suerte. Las llantas del
Porsche derraparon un poco en la hierba aún húmeda por la tormenta que se abatió
más temprano sobre la región, pero aparte de unos cuantos saltos, el auto se detuvo
indemne.
Alex se volvió hacia Isabel, con los ojos brillantes a causa de la ira y dijo lo
primero que se le ocurrió para evitar atacarla con las manos.
—Si eso piensas, ¡te sugiero que encuentres tu propio camino hacia Nazeby! —
gritó, aferrado al volante como si quisiera estrangularlo como le gustaría hacerlo con

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ella—. ¡Vamos! ¡Bájate! ¡Estoy seguro de que encontrarás a alguien que sea más de tu
gusto para que te lleve!
Isabel palideció.
—No hablarás en serio, ¿verdad? —miró a su alrededor y él notó que los
músculos de su cuello se le movían al tragar saliva—. Ni siquiera sé dónde nos
encontramos.
—Estamos a casi treinta kilómetros de Nazeby —afirmó Alex con dureza—. ¿Te
parece una perspectiva intimidante? No debería serlo para alguien de tus dudosos…
¡talentos!
Isabel contuvo la respiración.
—Estás decidido, ¿no es así?
—Es mejor que lo creas.
—¿Y qué le dirás a Chris?
Alex encogió los hombros.
—Es posible que no le diga nada. Tal vez renuncie a mi papel en este fiasco de
boda y en este momento regrese a Londres.
—No lo harás —lo miró a los ojos.
—¿No?
Alex le sostuvo la mirada sin parpadear, e Isabel, como si se sintiese agotada,
expresó su conformidad.
—De acuerdo —dijo, con un dejo perturbador en la voz—, me arriesgaré —
movió la cabeza—. Existen autobuses y trenes. No necesito tu ayuda para llegar a
Nazeby.
Abrió la puerta del auto y descendió. Ella de verdad creyó que la abandonaría,
y Alex de súbito supo que, a pesar de su resentimiento contra ella, no lo haría. ¿Qué
iba a decir a Chris?, se preguntó con amargura, pero no era sólo la reacción de su
primo lo que lo preocupaba. No podía dejar allí a la joven, a merced de cualquier
vagabundo y pervertido sexual que la viera. Además, el cielo estaba muy nublado y
entre tantos árboles, ella no estaría a salvo de los rayos.
—¡Olvídalo! —exclamó de pronto—. Sube al auto.
Isabel se volvió hacia él y habló con voz gélida.
—No pienses que tu remordimiento de conciencia te concede el derecho de
manipularme a tu voluntad. Yo no te pedí que me trajeras, sino que Chris insistió en
ello. Tonta de mí, pensé que tú por fin querías hacer las paces, y me equivoqué. Debí
darme cuenta de que eres tan parecido a tu tío que no albergas un pensamiento
caritativo hacia alguien.
Alex apretó los labios.

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—Ya te dije que lo olvides —repitió con dureza—. Ahora, deja el drama y sube,
pues aún faltan varios kilómetros y deseo llegar a tiempo para darme una ducha
antes de cenar.
—Nada te impide irte —declaró Isabel con tranquilidad y sin hacer el menor
intento por abordar el coche.
Alex suspiró impaciente, abrió la puerta de su lado y rodeó el automóvil para
acercarse a Isabel, quien echó a correr de inmediato.
—¡Isabel! —gritó Alex y comenzó a seguirla—. Por Dios Santo, ¿qué haces?
Ella se encontraba a unos noventa metros adelante de él, cuando Alex tropezó y
cayó en la hierba húmeda. Se levantó de inmediato, mas el cabello se le había atorado
en una zarza y tuvo que darle un violento y doloroso tirón para zafarse. La ropa
quedó húmeda y en mal estado, lo que lo enfureció más. Cuando le pusiera las
manos encima… se prometió. Pero las amenazas no la harían regresar, así que Alex
volvió a correr tras ella.
Isabel le llevaba ventaja, mas los zapatos le estorbaban y además Alex tenía el
paso más largo. De pronto vio que había llegado a un campo en el que pastaban
algunas vacas que levantaron la cabeza al ver a la intrusa. Isabel llevaba la suela de
los zapatos llena de lodo y de súbito se sintió como un nadador que descubriese que
sus aletas eran de cemento, perdió el equilibrio y cayó de rodillas en un lodazal.
Alex llegó a su lado en el momento que ella trataba de ponerse de pie y no
pudo evitar sentir lástima por ella al verla llena de fango.
—No te muevas, sujétate de aquí —sacó algunos papeles, una pluma y su
billetera de los bolsillos de la chaqueta y arrojó hacia ella uno de los extremos de la
costosa prenda—. Vamos a acomodar esto sobre el lodo para que pises sin resbalar.
—Pero tu chaqueta… —protestó Isabel.
—No es la única —informó él con sequedad—. Haz lo que te digo. ¿O quieres
que te deje allí?
Isabel le dirigió una mirada de resignación antes de hacer acopio de valor y
empezar a pisar sobre la fina prenda. Segundos después se encontró al lado de Alex.
—Gracias —musitó.
Él movió la cabeza.
—Tu apariencia es terrible.
—Ya lo sé —ella se contempló con pesar—. ¿Qué puedo hacer? —se volvió
hacia el abogado—. ¿Qué voy a decirle a Chris?
—¿Qué voy a decir yo? —corrigió Alex con sequedad—. Tenemos que idear
algo. Pero sugiero que antes hagamos algo por tus manos y piernas.
—¿Se puede? —Isabel estaba dudosa y Alex sonrió a su pesar.
—Supongo que sí. Tal vez no lo hayas notado, pero este charco proviene de un
arroyo. Ven, no debe estar lejos. El agua estará fría, pero espero que limpia.

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Así fue. Con lentitud Isabel se despojó del pantalón y lo lavó en la corriente
mientras Alex intentaba lavar los zapatos. La parte de afuera quedó bien, pero el
interior siguió manchado, aunque una vez que ella se los pusiera eso no sería visible.
Cuando volvieron al auto, Isabel guardó el pantalón mojado en su maletín y
puso los zapatos en el suelo. Sus piernas desnudas eran hermosas y provocativas,
demasiado accesibles bajo el borde del blusón. Alex tuvo que hacer un gran esfuerzo
por recordar su antipatía y no ceder a otras emociones. De pronto sintió una
inconfundible prueba de excitación. Molesto, se apresuró a rodear el vehículo y
tomar su lugar tras el volante, para que Isabel no se diese cuenta.
—¿Y la chaqueta? —inquirió la joven al tomar asiento.
—En el portaequipaje, junto con tu maletín —replicó él, mientras esperaba a
que ella cerrase la puerta y pudiesen partir. Ahora estaba ansioso de llegar a su
destino y de escapar también, a la verdad que había eludido mucho tiempo.
—¿Quedará bien? —insistió Isabel, y examinó sus zapatos antes de meter los
pies en ellos. Sonrió, pesarosa—. Es mejor que me envíes la cuenta de la lavandería.
—Quizá lo haga —Alex fue cortante, pero no pudo evitarlo. Maldición, ¿por
qué no cerraba esa puerta? Cada segundo que permanecían allí, mermaba su control
de la situación.
—Siempre me han gustado estos zapatos —comentó Isabel al contemplarlos con
cariño, como si fuesen algo especial y sin hacer caso de la puerta—. Los compré en
Venecia, durante la Pascua. ¿Has estado alguna vez en Venecia? Oh, supongo que sí.
Chris dice que has viajado mucho.
Alex suspiró.
—¿No tienes frío?
—Un poco. ¿Por qué?
—¿Entonces por qué no cierras la puerta para que podamos irnos?
Isabel pareció asombrada.
—Oh… lo siento —extendió la mano hacia el suelo—. Primero me pondré bien
los zapatos. Si cierro, no podré ver lo que hago.
Después Alex se maldijo por su impaciencia. Pudo haber esperado, pero en
cuanto la chica se inclinó, él extendió un brazo para alcanzar la puerta. Ella se
incorporó de pronto y el brazo de Alex quedó atrapado por la espalda femenina.
Alex nunca supo quién se sorprendió más, si él por haber quedado así, o Isabel
cuando encontró su rostro a sólo unos cuantos centímetros del otro. En cualquier
caso, el resultado fue el mismo y durante un estremecedor momento, ninguno de los
dos se movió. Alex empezó a respirar más rápido de lo que el ejercicio justificaba y al
mirar el ruborizado semblante de Isabel hacia la agitación del pecho, descubrió en
ella una reacción similar. Mientras la observaba, el ritmo de su respiración se aceleró
más y sus turgentes senos se adhirieron a la ropa. Los pezones se endurecieron y se
hicieron visibles bajo la blusa. Alex entreabrió los labios de manera involuntaria,

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tentado más allá de cualquier precaución, a descubrir qué sentiría al poner su boca
en los senos.
Isabel fue la primera que habló, aunque con voz más alta de lo normal.
—No, Alex —pidió, temblorosa, con lo cual denotaba que estaba tan excitada
como él.
—¿Por qué no? —demandó Alex mirándola al rostro y el brazo que tenía en la
espalda de ella empezó a moverse hasta tocar uno de los senos.
—Porque no debemos…
Alex no le permitió seguir al apoderarse de sus labios mientras la sensación de
la caricia en su seno resultaba en extremo agradable.
Al principio ella trató de luchar y de alejarse, pero Alex estaba sordo y ciego a
sus intentos, dedicado sólo a la necesidad de hacerla tan consciente de él como él lo
estaba de ella. Y lo logró. O por lo menos pensó que así era.
Cuando Isabel dejó de luchar y permitió que la lengua invasora se deslizara
entre sus labios, Alex sintió un intenso placer. Aquella boca le ofrecía una dulzura sin
límites, y cuando la lengua de ella tocó la de él, perdió la noción de la realidad.
Olvidó con quién estaba y él motivo por el que la llevaba a Nazeby. Olvidó que
se trataba de la prometida de su primo y que para él era fruta prohibida. Isabel no
amaba a Chris, no podía amarlo si lo besaba a él de esa forma. Sus manos reposaban
sobre el cuello de Alex y cuando él siguió el contorno de su seno bajo el blusón, ella
se le acercó más, con la respiración agitada.
¡Oh, Dios, cómo la deseaba! La posesión de su boca no era sustituto para los
deleites que sin duda le brindaría si la hiciera suya.
La mano de Alex descendió más para acariciar el vientre femenino antes de
deslizarse hacia el borde del blusón. Isabel se estremeció por el contacto y con
lentitud Alex recorrió la parte interior de los muslos femeninos. Tuvo que hacer un
gran esfuerzo para contenerse, y emitió un gemido cuando sintió que ella le
mordisqueaba el lóbulo de una oreja.
—Isabel… —musitó con voz ronca, mientras hundía el rostro en su cabello y
escuchaba el sonido de las cuentas de su peinado al buscar el calor de su piel…

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Capítulo 7
El súbito golpeteo sobre el cristal de la ventana del lado del conductor asustó a
ambos. Pero para su alivio, Alex notó que el vidrio estaba empañado y que quien se
asomara tendría tan sólo una nebulosa visión de dos personas en el interior. En ese
instante les llegó la luz de una linterna y Alex se apresuró a accionar el botón que
bajaba el cristal de la ventana.
—¿Está todo bien, señor? —la voz pertenecía a un agente policiaco con casco,
quien lo miraba con suspicacia.
Alex se sintió como si tuviese quince años de edad y lo hubiesen sorprendido
haciendo el amor en el asiento posterior de uno de los Land Rover de su tío. Recordó
su primera experiencia sexual con la hija de uno de los arrendatarios de Robert. Ella
tenía dieciocho o diecinueve años y era mayor que él, pero estaba más que deseosa
de iniciarlo en las artes del placer sexual. Ahora él ya no tenía quince años, e Isabel
no era una conquista fácil…
—Sí… gracias —respondió al oficial al darse cuenta de que no sería aconsejable
protestar.
Estaban estacionados junto a la carretera y, después de todo, su auto siempre
llamó la atención. Tuvo la esperanza de que el policía no hubiese reconocido su
registro. Todos los autos de la familia Seton tenían placas privadas y la suya era
identificable de inmediato.
—¡Está usted bien, señorita? —el policía dirigió la luz de su linterna a Isabel,
quien se movió inquieta en su asiento.
—Por… por supuesto —respondió—. Me… me sentí un poco enferma y… y
quise que nos detuviéramos. Ya me siento mejor, gracias.
—Bien, bien —el agente dio unos golpecitos sobre el techo del vehículo al
incorporarse. Satisfecho de que ellos no significasen corrupción para el vecindario—.
Ya no los entretendré más. Que tengan buenas noches; y recuerden, si beben, no
conduzcan.
—Gracias.
La respuesta de Alex fue breve y se tranquilizó al notar que no fue identificado.
Pero la intervención del policía lo hizo reflexionar. Estuvo a punto de hacer el amor
con Isabel en el auto como un colegial. ¡Debía de estar loco!
No obstante, era tan consciente de ella como antes, y ese pensamiento lo
consumía. ¿Qué le pasaba? ¡Ella era la prometida de Chris!
¿E Isabel? ¿Qué pensaría?, se preguntó Alex. Después de todo, se dijo al buscar
una justificación, ella era tan culpable como él. Apretó las manos sobre el volante.
¿Por qué demonios estaba callada? Sin duda sabía lo que él pensaba. ¿Acaso tenía
mucha experiencia? ¿Por eso venció él sus protestas con facilidad? ¿No era el primer
hombre con quien jugaba después de su compromiso?

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—¿Se lo dirás a Chris? —preguntó por fin Isabel y Alex sonrió al notar la
ansiedad implícita.
—¿Lo harás tú? —replicó él, con la mirada fija en la carretera.
—Por supuesto que no —respondió ella y se retorció las manos sobre el
regazo—. Yo… esto no debió suceder nunca.
—No —concedió él, aun cuando sus sentidos contradecían su negativa—. Creo
que sería inconveniente para ti si se supiera.
—Y para ti —señaló ella, con acaloramiento—. Yo no te pedí que me tocaras.
—Pues no opusiste mucha resistencia —Alex se despreció por su falta de
sutileza, aunque se dijo que estaba en su derecho—. No te preocupes, no destruiré la
imagen perfecta que Chris tiene de ti, dejaré que tú misma lo hagas.
—Gracias.
La respuesta de ella fue apenas audible y Alex sintió remordimientos una vez
más. Pero ella lo merecía. Era hermosa y seductora, mas incapaz de guardar
fidelidad; inmoral y egoísta.
Aquel fin de semana fue el peor que Alex pasó en Nazeby. Verla en compañía
de Chris, observar cómo su primo la estrechaba y besaba, lo tenía muy alterado;
soportar el ensayo de la boda fue el peor de los tormentos.
No la amaba, se dijo durante aquellas noches en que lo abrumaba la idea de ella
ya casada con Chris, pero sí la deseaba con tal ansiedad, que casi destruyó su
amistad con Chris para siempre. Tenía la fuerte sospecha de que si iba a la habitación
de Isabel y reanudaba lo que estuvo a punto de ocurrir en el auto, la modelo no lo
rechazaría y ese conocimiento no lo ayudó a conciliar el sueño. Alex sabía que su tío
no lo culparía, sino que, por el contrario, le alegraría contar con una excusa para
cancelar la boda.
Alex no dijo nada, no hizo nada y los planes para la ceremonia prosiguieron. Al
terminar el fin de semana, Chris llevó a su prometida de regreso a Londres y Alex
permaneció en Nazeby un día más para enfriar su acalorada sangre. Sabía que la
abuela estaba preocupada por él, pero no le dio explicaciones y la dejó que sacara sus
propias conclusiones. Tal vez pensara que su nieto también tenía reservas acerca de
aquella boda.
A su regreso a la ciudad, Alex pasó los siguientes tres días en lucha contra su
deseo de volver a ver a Isabel. El viernes por la noche, la víspera de la boda, él ya no
soportó más. Tomó un taxi y se dirigió hacia la calle Stanton, subió por las escaleras
hasta el apartamento situado en el segundo piso que ella compartía con otras dos
chicas. Ni siquiera le importó la posibilidad de que alguien lo viera, pero la suerte lo
acompañó. Isabel estaba sola, ocupada en planchar el vestido que usaría al día
siguiente.
—¡Alex! —exclamó sorprendida al abrir la puerta, se dio cuenta de que él estaba
un poco bebido y trató de volver a cerrar, pero él lo impidió al detener la puerta con
el pie.

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—Vamos —protestó Alex—, ¿es ése el modo de saludar á tu futuro primo


político? —mientras hablaba, retiró el pie, entró y cerró la puerta—. ¿No vas a
ofrecerme algo de beber? Como quien dice, para ce… celebrar.
El atractivo de ella era devastador, aun en jeans y una blusa holgada y con el
cabello alborotado. El ajustado pantalón delineaba la encantadora forma de sus
piernas, y, al recordar la suavidad de sus muslos, la respiración de Alex se agitó.
—¿Qué quieres? —preguntó Isabel, sin hacer ningún intento por alejarlo.
Reconocía que él era más fuerte y que por lo tanto le ganaría en cualquier
confrontación física. Pero su actitud hacia él no fue conciliatoria, sino de patente
desdén.
—¿Qué supones que quiero? —se apoyó contra la puerta—. Te deseo a ti, por
supuesto. Y no puedes negar que tú me deseas también.
—¿Yo? ¿Desearte? ¡Tiene que ser una broma!
—¿Así lo crees? —caminó hasta arrinconar a Isabel contra un viejo sofá y la
mesa de planchar—. Yo no lo pienso así. Ambos sabemos lo que queremos y en vista
de que, estamos solos, ahora es un buen momento.
Isabel rió, mas con una risa desprovista de humor.
—¡Estás loco! ¡Y ebrio! Vete a casa y date una ducha; de preferencia, fría.
—No… no te burles de mí —sugirió Alex con dureza y con un terrible sabor en
la boca.
La conciencia de que había bebido más de la cuenta sólo sirvió para aumentar
su frustración y tuvo que mover la cabeza con impaciencia para aclarar su aturdido
cerebro.
—Vete a casa, Alex —repitió Isabel, mientras trataba de mover la mesa sin tirar
la plancha—. ¡Por favor! No sabes lo que haces. Me parece que Chris te espera para
salir juntos.
Si ella creía que al mencionar a su prometido, Alex recobraría la cordura, estaba
muy equivocada. Se puso celoso y enojado al pensar que su primo la tocaría y por
eso sujetó a Isabel de los hombros.
—¡Suéltame! —exclamó ella y trató de liberarse de los dedos que la
lastimaban—. ¡Alex, por Dios Santo! ¿Estás loco?
Él ni siquiera la escuchaba. Era una maravilla tocarla de nuevo y sentir su calor
y cuanto más se resistía ella, más se excitaba él. Deslizó las manos sobre los suaves
hombros, luego por la espalda, deteniéndose en la curva de la cintura antes de llegar
al trasero.
Levantó la cabeza, ansioso de tomar los labios de Isabel y probar la dulzura. No
recordaba haberse excitado tanto, ni siquiera durante la adolescencia y su pasión era
sólo igualada por el deseo de prolongar el placer.
El dolor que le ocasionó el objeto que lo golpeó a un lado del cuello, fue
devastador. Aparte de que casi lo dejó sin sentido, el metal caliente lo hizo lanzar un

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grito de angustia. No se dio cuenta del momento en que soltó a Isabel, tampoco
recordó haberse golpeado contra la mesa de planchar. El primer recuerdo coherente
que tuvo fue que Isabel lo miraba horrorizada, mientras las lágrimas le corrían por
las mejillas. Ella se apresuró a acercársele para revisarle la herida.
Alex ya estaba sobrio y se daba cuenta de que lo que lo había golpeado era la
plancha, aunque se negaba a reconocer que la modelo fuese la atacante.
Pero sí, fue ella, pues en el apartamento no había alguien como prueba
incriminatoria, la chica aún sostenía en la mano el artículo agresor. Isabel dejó la
plancha antes de acercarse a Alex con manos temblorosas. Era evidente que ella
estaba tan impresionada como él por lo sucedido.
—Alex… lo siento mucho.
Él se preguntó cómo era posible que hubiese sido tan estúpido para ir allí. Ni
siquiera las lágrimas de Isabel lograron conmoverlo.
—Después de todo, tengo que darte las gracias por haberme hecho recuperar la
cordura. Estaba ebrio, intoxicado por completo, de otra manera, ni siquiera habría
venido.

Después de eso, la boda fue un anticlímax. Alex efectuó los movimientos como
en el ensayo, pero sin entusiasmo. La explicación que dio de su herida en el cuello
fue que la máquina de afeitar eléctrica se le había zafado y lo lastimó.
Para Alex, el matrimonio de Isabel con Chris significó el fin de cualquier
relación entre ellos. Quizá estuviese dispuesto a robarle la novia a su primo, pero no
la esposa.
Sin embargo, cuando ellos volvieron de la luna de miel, la situación fue muy
extraña. Lejos de llegar bronceada y feliz después de las cuatro semanas pasadas bajo
el sol del Caribe, Isabel estaba pálida, nerviosa y más delgada que antes. No lo
miraba a los ojos y parecía tensa y reservada.
Chris, no obstante, actuaba como siempre. Alex pensó que tal vez él fuese
culpable de la infelicidad de Isabel, pero esa sospecha la descartó con rapidez. Chris
era más atento con ella como esposa que como novia y era obvio que si algo andaba
mal en su matrimonio, la culpable era Isabel.
Algunos meses después, Robert le confió a Alex, que su nuera le sugirió que el
matrimonio debería anularse. La razón que ella dio, según dijo Robert, fue que la
vida en Nazeby le parecía muy aburrida en comparación con la de Londres.
Pero cuando Alex insinuó que quizá una separación fuese mejor, su tío se opuso
porque no quería que la chica fuese a decir que Chris era el culpable.
Alex se preguntó algunas veces por qué Isabel no se iba si así lo deseaba, pues
Chris y su padre no podían retenerla por la fuerza. Más, según Robert, ella esperaba
conseguir una buena pensión.

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La situación se resolvió de manera providencial sin que su tío tuviese que hacer
algo. Al recordarlo, Alex revivió la furia que lo invadió cuando Robert le informó
sobre la conducta de Isabel. Al principio no quiso creerlo, pero luego aceptó los
hechos. De cualquier manera, su recuerdo aún tenía el poder de alterarle los sentidos
y los nervios, como si se tratase de una herida que no quería sanar.
Él nunca conoció al hombre en cuestión. Lo único que supo fue que se trataba
de un conocido de Chris que estaba en Nazeby para recuperarse de una enfermedad.
En aquellos días, Alex evitaba ir a Nazeby y ponía como excusa las exigencias de su
trabajo. A su tío lo veía con frecuencia en Londres y cada vez que Chris iba a la
ciudad, comían juntos. Pero no deseaba ver a Isabel, pues aún se sentía atraído por
ella; y el hecho de que tuviese dificultades con Chris, constituía un constante agravio.
Su relación con Jerrold Palmer fue el último freno. El hombre le hizo un favor a él. Y
cuando ella acudió en busca de ayuda, Alex ya no albergaba ningún sentimiento
positivo hacia ella.
Eso fue entonces y ahora estaba en el presente, se recordó con amargura al
entrar en la oficina de Diana Laurence con el rostro ceñudo. Sin importar lo
desagradable que la verdad pudiese parecerle, el ver a Isabel de nuevo lo convenció
de que aún no era inmune a ella. Se odió por destruir todos los argumentos de la
joven en la reunión del consejo, y aun cuando su proceder estuviera justificado, se
sintió como un desdichado por humillarla al someterse a la voluntad de la mayoría.
Sin embargo, no evitó la mirada de Alex al concluir la sesión, y la dignidad que había
en esos ojos grises lo hizo sentirse miserable. Por eso se disgustó tanto con Chris y
con su tío cuando alardeaban de su éxito, se consideraba un traidor manejado por su
tío.
Contestó con frialdad a las preguntas de su secretaria con respecto al resultado
de la junta y le dijo que podía irse a almorzar.
Al llegar a su despacho, se sirvió una ración generosa del escocés que tenía para
el uso de los clientes, pues la imagen de Isabel no dejaba de perturbarlo. ¿Qué
pensaría de él? Lo más probable era que, como siempre, lo considerase el lacayo de
su tío.
Pero eso, ¿qué le importaba a él?, se dijo al acercarse a las ventanas y mirar
hacia las calles iluminadas por el sol. Sin importar lo patética que se hubiese visto,
ella era la misma Isabel que lo alentó para después rechazarlo; que engañó a su
esposo y después acudió a Alex para que la ayudara. Era una mujer sin escrúpulos y
si él deseaba conservar la cordura, debía borrarla de sus pensamientos.
El sonido del timbre del teléfono interrumpió sus divagaciones. Esperó un
momento a que contestase Diana, pero entonces recordó que había salido a almorzar.
—Diga. Seton al habla —dijo al tomar el auricular, y entonces tuvo la loca
esperanza de que fuese Isabel.
La ligera voz de quien llamaba no pertenecía a la modelo.
—Alex, querido, ¿eres tú? Creí que ibas a llamarme. ¿No me habrás olvidado?
La desilusión de Alex fue instantánea, pero disimuló.

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—Penny. ¡Qué sorpresa! ¿Cuándo volviste al país?


—Anoche regresé de El Cairo, y no encontré ningún mensaje tuyo. Nos
volveremos a ver, ¿verdad, Alex?
Él quiso decirle que la llamaría después. Pero quizá eso era lo que necesitaba.
Otra mujer que lo hiciera olvidar a Isabel.

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Capítulo 8
El sábado por la mañana llovía e Isabel, de pie junto a la ventana de la sala,
tomaba su café matutino mientras se preguntaba cómo estaría el clima en Madrid.
Sin duda, caluroso, reflexionó con pesar. Con toda seguridad más cálido que en
Londres y con la ventaja adicional de poder nadar en la piscina del hotel. Lauren y
Helen la estarían pasando de maravilla. Abundancia de sol, la oportunidad de usar
buena ropa y la dicha de que además les pagarían por disfrutar de aquello.
Suspiró. La culpa de que no estuviera también en Madrid era suya. Ahora se
preguntaba por qué se arriesgó a perder su empleo y la amistad con Jason. Lo único
que consiguió de la experiencia fue que Alex la hiciera quedar como una tonta una
vez más.
La reunión del consejo fue un fracaso, por lo menos en lo que a Isabel concernía.
Sus ingeniosos planes para frustrar a Robert Seton se redujeron a la nada. Desde el
momento en que el abogado empezó a enumerar las razones por las que
Farmacéuticos Mattley necesitaba fusionarse con Industrias Denby, Isabel supo que
perdería la batalla. La pequeña compañía tenía deudas por haber arriesgado parte de
sus recursos en la investigación de una nueva cura para la artritis. Sus esfuerzos
fueron detenidos porque una dependencia gubernamental encontró que uno de los
ingredientes del medicamento con el que experimentaban creaba hábito y la
investigación tuvo que abandonarse. La empresa necesitaba ayuda financiera
inmediata para que casi quinientos empleados no perdiesen su trabajo. Además
estaba el hecho de que Denby buscaba un laboratorio de investigación para su
incipiente industria química y a Isabel no le quedó ningún argumento. Ni siquiera el
de la independencia de la pequeña firma, pues nadie creyó en sus palabras.
La modelo tuvo que sufrir la ignominia de presenciar el triunfo de Robert
Seton, aunque tenía que reconocer que Alex no gozaba de la victoria.
Desanimada, se alejó de la ventana. ¿Qué haría ese día? ¿Qué podría hacer? Por
supuesto que le quedaba el recurso del trabajo doméstico, pero la mujer que iba dos
veces a la semana para realizar esa labor lo hacía muy bien. ¿Y si salía a caminar un
poco? La lluvia se lo impediría. ¿Y el estilista? ¿Ir de compras? Necesitaba comer, por
lo que decidió ir al West End en busca de paté en Fortnum and Masons. Después de
todo, merecía una compensación por haber renunciado al viaje a Madrid. Y ahora por
lo menos podía darse ese lujo, pues los ingresos con los que contaría por sus acciones
en Industrias Denby eran suficientes para que no volviera a trabajar y viviese con
comodidad durante el resto de su vida. Tal vez eso fuera lo que Vinnie deseaba para
ella.
Isabel fue a dejar su taza vacía en la cocina y se dirigió a su dormitorio para
acostarse.
—Qué embrollo has dejado, Vinnie —anunció en la habitación vacía.
¿En qué pensaría la anciana al dejarle las acciones?, se preguntó por centésima
vez. Desde luego no abrigaba alguna esperanza de que Chris y su esposa se
reconciliaran, pues la dama ayudó a Isabel a huir de Nazeby y le dio apoyo

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económico hasta que pudo encontrar trabajo y mantenerse. Por supuesto que le pagó
a la mujer hasta el último centavo. Pero nada de eso explicaba su generosidad.
Isabel suspiró. Los dos años que pasó en Nazeby habrían sido muy tristes sin la
amistad de Vinnie. Ella fue la única aliada verdadera que tuvo en aquella casa,
aunque le tomó algún tiempo descubrirlo. Nunca le simpatizó a Robert Seton. No
quería que se casara con Chris, todos lo sabían. Creyó que Chris sería su amigo,
además de esposo, pero la traicionó. Y Alex… Alex…
Tragó saliva. Sus relaciones con él no fueron sencillas. Desde el momento en
que Alex la descubrió con Chris en la biblioteca, se convirtió en un enigma para ella.
No logró averiguar por qué él sentía tonta aversión por ella, pero así era y se
esforzaba para eludir su compañía. El hecho de que él se convirtiera en una fuerza
dominante en su vida, la perturbaba. No debió sentirse tan consciente de él cada vez
que estaba cerca, en especial cuando su hostilidad hacia ella era tan aguda. Pero en
eso sus sentidos la traicionaban y desde el principio advirtió una indeseable atracción
por él.
No imaginó que Alex la consideraba una fastidiosa intrusa, sino hasta aquella
tarde en que la llevó a Nazeby. Y aun entonces, su conversación inicial no le dio
ninguna pista acerca de su verdadero carácter. Chris le había comentado que su
primo tenía docenas de amiguitas, y que les gustaba mucho a las mujeres. A pesar de
la atracción que sentía por él, Isabel no vio ninguna evidencia de que Alex Seton
tuviera más sentimientos que su tío Robert. Ella lo creía un hombre frío que quizá
usara al sexo opuesto para satisfacer sus necesidades básicas, sin ninguna
complicación emocional para él. Siempre le pareció distante y sarcástico, y era lógico
que Isabel asumiese que no se sentiría relajado con ella.
Su comportamiento al principio de aquel viaje reforzó su opinión, ya que
estuvo reservado y burlón, si bien demostró cierta compasión cuando ella le habló de
su origen. No supo por qué confió en él, pues ni siquiera a Chris le confió toda la
historia y ahora que lo veía en retrospectiva se percataba de que fue una gran
tontería el exponer ante Alex su posible ilegitimidad. Pero ya estaba hecho y por lo
que ella sabía, él nunca traicionó su confianza.
De cualquier modo, no fue justo que ella lo hubiera provocado y que en un
impulso, echara a correr. Si se hubiese detenido a pensarlo, se habría dado cuenta de
la estupidez de su acción.
Más entonces no pensó en eso. El recordar la apariencia de Alex cuando la salvó
del lodazal, le produjo una sonrisa. Era un espectáculo inusitado: el siempre
inmaculado Alexander Seton, con el cabello revuelto y la ropa maltratada. Por lo
menos descubrió que era humano y que sabía sonreír.
Lo malo fue que, una vez que regresaron al auto, todo salió mal. En lugar de
aprovechar ese buen humor, ella lo impacientó de nuevo al negarse a cerrar la puerta
del vehículo y lo que siguió después fue inevitable.
O así pareció. Cuando él la tocó y sus dedos tomaron un seno, ella fue incapaz
de detenerlo. Claro que sí hizo algunos intentos de protesta cuando él la estrechó en
sus brazos, apretó los labios en un esfuerzo por rechazarlo. Pero todo fue inútil. Ella

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en realidad no quería que se detuviese, nunca supo por qué, y le respondió con una
intensidad que la asustó. Chris nunca la hizo sentir así, ni la besó hasta casi hacerla
desfallecer de placer.
Eso no fue suficiente. Ella quería más. Lo deseaba a él y la barrera que
significaba la ropa parecía una complicación insuperable. Sabía que él también la
deseaba. La invasión de sus manos fue un sensual anticipo de lo que podría haber
entre ellos por lo que cuando fueron interrumpidos, Isabel casi llora de frustración.
Después de eso, nada fue igual. Cuando el policía terminó su inspección, Isabel
se sentía como una prostituta, en tanto que Alex se convirtió de nuevo en el frío y
reservado desconocido al que ella estaba acostumbrada.
En algún momento Isabel llegó a pensar que lo sucedido lo ideó Robert Seton
para probarle a su hijo la clase de mujer que era su prometida. Sin embargo Alex le
aseguró que nunca se lo diría a Chris, y lo cumplió.
Aquel fin de semana en Nazeby fue difícil para los dos. Hasta ese momento, ella
no había sentido ninguna duda acerca de sus relaciones con Chris y al asistir al
ensayo de la boda, se dio cuenta de que era un poco tarde para arrepentirse. Además,
Chris fue tan dulce con ella en esos días, que se convenció de que lo sucedido con
Alex fue un incidente casual.
Tan confiada estaba en que su atracción por el abogado era sólo física, que
cuando él se presentó en su apartamento la noche anterior a la boda, ni siquiera
titubeó al golpearlo. Sin embargo, temió sucumbir si él la besaba. Se dijo que una vez
que estuviese casada, no sentiría esa debilidad hacia él; una vez que Chris y ella
hubiesen consumado su unión, no volvería a experimentar esa vergonzosa necesidad
por un hombre que era claro, la deseaba sólo como amante.
En aquellos días, la reticencia de Chris por hacerle el amor le pareció un
encantador detalle de los viejos tiempos, y siempre consideró que su decisión por
respetar los deseos de Chris, era lógica. Por eso su atracción hacia el primo resultaba
despreciable y tan pronto como Alex la presionó contra sí sintió la prueba de su
excitación, actuó por instinto. Tenía que alejarse de él y escapar, antes que le fuese
imposible oponer resistencia.
Usó la plancha sin pensarlo, sin ocurrírsele que el peso supliría su escasa fuerza.
Pero cuando vio los resultados, se horrorizó y si él la hubiese dejado atenderlo, la
historia pudo haber sido muy diferente.
Por supuesto que siguió adelante con sus planes para la boda. El orgullo es un
extraño consejero y fue el orgullo, más que otra cosa, lo que la llevó al altar.
Pero fue la peor de las sandeces y eso lo averiguó la noche de bodas. Al regresar
a Inglaterra trató de terminar con un matrimonio, que lo era sólo de nombre. Incapaz
de decírselo a Chris, acudió a su suegro y le rogó que le permitiera solicitar la
anulación, Robert se enojó mucho y le dijo que era una mentirosa pues su hijo era
normal en todos sentidos y una nudista barata no lo iba a poner en ridículo. Incluso
la amenazó al advertirle que, si se atrevía a abandonar Nazeby, él se encargaría de
que nunca volviera a conseguir trabajo. Y ella lo creyó. Robert Seton no amenazaba
en vano. Sus competidores en el mundo de los negocios a menudo sufrían las

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consecuencias. Isabel se asustó, pues sólo tenía veinte años de edad y, sin dinero
propio sabía que nada podía hacer.
Por lo tanto, se resignó a seguir con su matrimonio, pues, a pesar de todo, Chris
no había cambiado y a su modo, la amaba. O eso creía ella.
Fue débil, se dio cuenta después, al permitir que Robert Seton la manipulara,
sin emprender una verdadera lucha por su independencia. Permitió que la solvencia
económica, la belleza del lugar donde vivía y su afecto por Chris la redujeran a un
estado cercano a la inercia y sólo cuando veía a Alex se sentía como la cobarde que en
realidad era.
Por supuesto que tenía excusas para su proceder. Cualquiera que hubiese
crecido en un orfanato apreciaría el lujo de tener un dormitorio propio en una casa
que sin duda, era una de las mejores de Inglaterra. Tuvo la oportunidad de comprar
tanta ropa como quiso y la comida servida en Nazeby haría que hasta a un
gastrónomo se le hiciera agua la boca. En el aspecto material no carecía de nada y si
las relaciones entre ella y su suegro no eran ideales, por lo menos se volvieron
tolerables.
Con Vinnie fue diferente. Por alguna razón, Lady Denby la tomó bajo su
protección y aunque Isabel nunca cometió el error de hacerle confidencias mientras
estuvo unida a Chris, de alguna manera la anciana adivinó que algo andaba mal.
Aquellos dos años pasados en Nazeby, nunca tuvieron la consistencia de la
realidad, sino que, al considerarlos en retrospectiva, le parecían un sueño. Todo se
derrumbó cuando encontró a Chris con Jerrold Palmer.
Se estremeció y hundió las uñas sobre la colcha al recordar. Aquel fue el peor
momento de esos dos años; peor que la impresión sufrida cuando recibió la demanda
de divorcio en la que se citaba a Jerrold Palmer como amante de ella.
Su primer pensamiento fue, ¿cómo habría logrado Robert Seton persuadir a
Palmer para que participara en el engaño? Pero adivinó la respuesta con la misma
rapidez como se le ocurrió la pregunta. Era evidente que Jerrold Palmer tenía tan
poco deseo, como Chris, de que sus aberraciones sexuales se ventilasen en público y
su testimonio contra ella fue demoledor.
Isabel no se sorprendió por el hecho de que el padre de Chris llegase a esos
extremos por proteger a su hijo, pues sabía, que, en lo relativo al buen nombre de la
familia, Robert Seton era implacable.
Por supuesto que ella habló con Chris para que cambiara su declaración y dijese
la verdad. Él no quiso escucharla y una semana después de la demanda, se fue al
Continente sin dejar ninguna dirección, con lo que la dejó abandonada a su suerte. Ni
siquiera Vinnie pudo ayudarla, pues se encontraba en Melbourne de visita con una
antigua amiga, cuya dirección Isabel ignoraba. Y cuando volvió a Inglaterra, ya era
demasiado tarde.
La única persona que pudo ayudarla era… Alex. Él tenía suficiente influencia y
recursos, para apelar el caso. Isabel se convenció de que, si le confiaba la verdad, la
comprendería y ayudaría.

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La idea de buscar a Alex tomó fuerza y con ella la convicción de que un examen
médico probaría la mentira de Chris.
Al día siguiente fue a Londres en el auto que siempre estuvo a su disposición.
Nadie trató de detenerla. Robert Seton le dio seis semanas para encontrar dónde vivir
y ella adivinó que el personal de Nazeby suponía que iba a buscar casa.
No le fue difícil encontrar el apartamento de Alex. Prefirió esperar hasta el
sábado por la mañana para tener mayor probabilidad de que estuviese en casa. La
idea de verlo en su oficina le pareció demasiado formal. Además, no quiso que algún
empleado se sintiese obligado a reportar su visita.
Salió temprano de Nazeby, por lo que apenas eran las nueve y media cuando
cruzó las puertas de vidrio polarizado de Romsey Court. Según lo que Chris le había
dicho, sabía que el apartamento de Alex se encontraba en el décimo quinto piso, pero
con lo que no contó fue que el edificio estaba vigilado por un eficiente cuerpo de
seguridad.
Un hombre de uniforme gris detenía a todos los visitantes, e Isabel se sintió
como una intrusa cuando tuvo que contestar sus preguntas antes de indicarle que iba
al apartamento de Alex Seton. El guardia señaló los ascensores y le dijo que llamaría
al señor Seton para avisarle de su visita. Por fortuna, el hombre no le pidió que se
identificara y después de examinarla de pies a cabeza, decidió que era inofensiva. Si
Alex sabía que estaba allí, tal vez no permitiría que subiera a su apartamento.
El irlandés que abrió la puerta del apartamento de Alex no era intimidante.
—¿La espera el señor Seton, señorita? —preguntó el mayordomo después que
ella expresó su deseo de ver a Alex.
—Señora, por favor —dijo Isabel—. ¡Señora Seton! Y no, él no me espera, pero
creo que de cualquier manera me recibirá.
—¿La esposa de… Christopher Seton? —inquirió el irlandés después de un
momento.
—¿Puedo pasar? —dirigió la vista hacia la iluminada sala de estar—. Me doy
cuenta de que él sí se encuentra en casa.
Kerry O'Flynn, como ella se enteró después que se llamaba el hombre, dio un
abrupto paso atrás.
—Claro, ¿por qué no? Pase usted. Le avisaré al señor Seton que usted está aquí.
Creo que ya despertó. Hace un rato le llevé su desayuno.
—¿Aún se encuentra en cama? —exclamó Isabel.
—Es que trabajó hasta muy entrada la noche —declaró el irlandés—. Y ahora,
señora Seton, si me espera aquí, yo iré con el señor Seton.
Isabel se dio cuenta de inmediato de por qué la enorme sala del apartamento
parecía tan brillante. Debido a que era una esquina del edificio, los dos grandes
ventanales tenían vista al cercano parque. El grosor de los cristales impedía el paso
de cualquier sonido procedente de la calle, y las largas persianas sesgadas podían
acomodarse para aprovechar la luz.

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Isabel admiraba una figurilla de cristal cortado cuando se dio cuenta de que ya
no estaba sola. Se volvió, esperando a medias que se tratara del mayordomo que iba
a darle una disculpa, pero se trataba de Alex, quien no ocultaba su disgusto por
verla. Llevaba una bata de baño en color azul marino que le llegaba a la rodilla, pero
poca ropa más. Parecía adusto e inaccesible, e Isabel, quien tenía varios meses de no
verlo, sintió una traicionera emoción.
—¡Alex! —dijo, al humedecerse los labios y colocar en su lugar la figurilla que
sostenía en la mano—. Gra… gracias por recibirme.
—No tenía otra alternativa, ya estás aquí —recalcó, inexpresivo—. ¿Qué
quieres, Isabel? Chris no ha venido y yo no sé su dirección.
Isabel respiró hondo.
—No vine a preguntarte por él —hizo una pausa para controlar el temblor en
su voz y entonces prosiguió—. Lo creas o no, no me importa dónde se encuentra, ni
con quién está. Vi… vine a verte a ti. Lo cual debí hacer hace mucho tiempo.
Las oscuras cejas de Alex se alzaron.
—¿De verdad?
—Sí —Isabel dio un paso hacia él—. Oh, Alex, ¿por qué dejaste que me casara
con tu primo? ¿Por qué no lo impediste cuando tuviste la oportunidad?
—¿Cuando yo tuve la oportunidad? —Alex parecía incrédulo—. Isabel, tus
motivos para casarte nada tienen que ver conmigo, y no estuvo en mis manos
detenerlo. Y si lo hubiera estado, no lo habría hecho.
—¡Eso no es cierto! —Isabel se mordió el labio inferior.
—Te aseguro que…
—Por una vez en tu vida sé sincero, ¿o no te atreves? —clamó ella—. Si pudiste
detenerme. Lo sabes y lo sé. Pero ambos fuimos unos tontos y ahora… y ahora yo
pago el precio.
Alex la miró con desdén.
—Yo entendía que era Chris quien pagaba el precio, como dices tú —señaló
Alex—. Espero que no trates de culparme por este… amorío que tienes con Jerrold
Palmer…
—¡Yo no tengo ningún amorío con Jerrold Palmer! —lo interrumpió Isabel con
desesperación—. Alex… ¡fue Chris! ¡No yo! Tu tío ideó complicarme a mí para
proteger a su precioso hijito.
Alex estaba ceñudo.
—¡No te creo! ¿Insinúas que Chris ya lo sabía?
—Alex, ¡no comprendes!
—Isabel, creo que lo mejor es que te vayas de aquí. Tú y yo nada tenemos que
hablar.

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Isabel movió la cabeza de un lado a otro, sin creer que Alex ni siquiera quisiese
escucharla.
—Por favor —rogó—. ¡Yo no soy culpable!
—Pierdes tu tiempo, Isabel —los labios de Alex se endurecieron—. Olvidas que
te conozco y sé que eres una criatura que carece de escrúpulos. Cualquiera que se
comporte como tú en vísperas de su boda…
—¡No fue culpa mía!
—¿Y entonces de quién?
—Alex, tú fuiste a mi casa.
—Porque averigüé quién eras de verdad y yo haría cualquier cosa por proteger
a Chris…
—¡No!
—Sí. ¡Dios mío! Y tuviste la audacia de acudir a mí para que te saque del enredo
en el que te metiste. No sé cómo te atreviste…
—Alex…
—El hecho de que no le haya dicho a Chris la clase de mujer que eres, no te da
motivo para creer que te defenderé ahora. No sé cómo te soportó tanto tiempo. ¡Si un
hombre no era suficiente para ti, debiste tener la decencia de ir a otra parte en lugar
de engañar a Chris con uno de sus amigos!
Isabel se le lanzó encima. Necesitaba descargar por lo menos parte de su
angustia y desilusión para no volverse loca.
—Eres un… ¡un bruto! —sollozó, olvidando su anterior idea de explicar que el
testimonio de un médico podría devolverle su buen nombre. En lo único que podía
pensar, era en que Alex se convirtió en su enemigo y que, lejos de apoyar su
inocencia, creía en lo que Chris le había dicho.
Alex no estaba preparado para su ataque. Las uñas de Isabel se clavaron en el
cuello abierto de la bata, en tanto que con la rodilla golpeaba la parte más sensible de
su anatomía antes que él pudiese controlarla. Pero los reflejos rápidos y la
superioridad de fuerzas pudieron aminorar la efectividad del asalto, e Isabel se
encontró con que le aprisionaba las manos.
—¡Desgraciado! —le gritó, impotente, mientras lágrimas de frustración corrían
por sus mejillas.
—Creo que es mejor que te vayas.
Isabel se volvió y colocó una mano sobre los ojos, pues no soportaba mirarlo.
Saber que la despreciaba era la humillación final.
Nunca pudo recordar cómo regreso a Nazeby. Debió llegar en el auto, ya que al
día siguiente lo encontró en la cochera cuando metió en él sus escasas pertenencias.
Se llevó sólo cosas que ella llevó a Nazeby. Todos los costosos trajes y vestidos que
compró desde su matrimonio con Chris, los dejó en el guardarropa.

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Después de hacer los arreglos pertinentes para que fuesen a recoger el auto, se
alejó de Nazeby. Una semana después, encontró una habitación en una casa en
Bayswater y lo que le dio el seguro de desempleo la sostuvo hasta que encontró
trabajo.
Allí se quedó hasta que Lady Denby regresó de Australia y descubrió lo que
sucedió en su ausencia. Por supuesto que la anciana fue a buscarla y a pesar de la
renuencia de Isabel para aceptar cualquier cosa de parte de la familia, Vinnie insistió
en conseguirle un pequeño apartamento. La vivienda de dos habitaciones, situada en
Earl no era lo que Lady Denby deseaba para ella, pero Isabel insistió en que no podía
pagar más, y Vinnie respetó sus deseos.
Isabel suspiró. La abuela de Chris nunca le hizo preguntas, ni mencionó a su
nieto con relación al divorcio, ni puso en entredicho el trato de Isabel con Jerrold
Palmer. Dejó que la joven hablara con libertad, si quería hacerlo y transcurrieron
varios meses antes que Isabel le confiara que ella no había sido la culpable.
Aun entonces, recordó, fue muy cautelosa al hablar de su exmarido. Después de
la manera en que reaccionaron Robert y Alex, ella temió que la abuela tampoco
creyese en su historia. Cuando Vinnie se enteró de la verdad, se limitó a rodearla con
los brazos para consolarla del único modo que sabía. No fue sino hasta que los
abogados de Vinnie se pusieron en contacto con ella después de su muerte, que
Isabel apareció en todo su valor, la fe que Lady Denby tuvo en ella. ¿Sería por eso
que sentía la necesidad de no deshacerse de las acciones? ¿Por qué constituían la
prueba de que alguien creyó en ella?

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Capítulo 9
Isabel metía los bordes de su pantalón dentro de las botas de color crema,
cuando sonó el intercomunicador. Hizo una mueca de disgusto y terminó de
acomodarse la segunda bota, después se acercó al aparato. No podía imaginar quién
sería, a menos que Jason hubiese regresado de España antes de lo previsto. Pero eso
no era muy factible.
—¿Sí?
—¿Isabel?
Era la voz de Alex, y sintió un pequeño espasmo en el estómago. ¿Qué quería?
Después de sus dolorosas reminiscencias, él era la última persona a quien deseaba
ver. Tragó saliva y mantuvo su voz tan inexpresiva como le fue posible.
—Sí. ¿Qué quieres, Alex?
—¿Puedo subir?
—No creo que sea buena idea —replicó, molesta—. Si tu visita tiene algo que
ver con las acciones, te sugiero qué te pongas en contacto con mi abogado…
—No se trata de las acciones —la interrumpió con dureza—. Quiero hablar
contigo. De preferencia, resguardado de la lluvia.
Isabel titubeó.
—Si es con respecto a la reunión del consejo…
—¡No es algo que tenga que ver con Denby! —Alex suspiró—. Por favor.
Isabel separó los labios. ¡Alex, diciendo por favor! Eso era inverosímil. Además,
ella tenía curiosidad de saber por qué estaba allí en sábado por la mañana.
—De… de acuerdo —manifestó la modelo por fin y presionó un botón—.
Empuja la puerta, ya está abierta.
Mientras él subía por la escalera, ella dejó entreabierta la puerta del
apartamento para que él pudiese entrar y se acercó a la ventana. Con la luz a su
espalda, tenía una momentánea ventaja, aunque el día era tan malo que esa ventaja
fue insignificante.
Alex llegó a la puerta y la abrió despacio. Al ver a Isabel, entró en el
apartamento y cerró. Los breves instantes que necesitó para cerrarla con seguro,
dieron a Isabel la oportunidad de mirarlo sin ser observada y a pesar de su
determinación de comportarse de manera fría y reservada, aún le perturbaba su
presencia.
Era evidente que el abogado tuvo que caminar después de estacionar su auto y
su oscuro cabello estaba húmedo. Llevaba pantalón y chaqueta negros también
salpicados de lluvia, pero fue el enjuto rostro lo que le llamó la atención, así como sus
turbadores ojos negros que ahora miraban en todas direcciones.

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—Isabel —pronunció a manera de saludo y bajó el cierre de la cazadora de ante,


sacudiéndose las gotas de agua de los puños—. Qué feo está el día, ¿verdad?
—Horrible —aceptó—. Estaba a punto de salir de compras.
—Hay mucho tránsito y es imposible encontrar dónde estacionarse.
Isabel encogió los hombros.
—Iba a tomar un taxi.
—Ah —asintió Alex—. ¿Y es esencial?
—¿Las compras? —él indicó con un ademán que a eso se refería—. Es que tengo
que comer.
—Ya veo —la miró al rostro y añadió—: Podríamos comer juntos.
—¿Juntos? —no pudo reprimir la pregunta, e Isabel notó la instintiva retirada
de él ante su incredulidad.
—Hasta los desgraciados comen —expresó con sequedad y para su sorpresa,
ella vio un atisbo de color en las mejillas de Alex.
—Yo… pues… —estaba desconcertada. Fuera cual fuese su motivo para estar
allí, ¡no era para invitarla a almorzar!—. No sé qué decir.
Ahora fue Alex quien encogió los hombros y al notar que el agua en su cabello
le invadía el cuello, Isabel fue a su dormitorio, de donde salió unos segundos
después con una pequeña toalla.
—Toma. Es mejor que te quites la chaqueta.
—Gracias —Alex hizo lo que se le indicaba, mas Isabel tuvo que desviar la vista
ante la evidencia de la musculatura que se delineaba bajo la tela de la camisa.
Mientras él se secaba el cabello, ella se cruzó de brazos y se volvió para
contemplar el panorama del parque bajo la lluvia. Cualquier cosa antes que verlo,
pensó llena de tensión. Fue una tonta al creer que aún lo odiaba. Si alguna vez
sucedió, ya hacía mucho tiempo de eso. Aunque lo negara, sus sentimientos eran
diferentes.
—¿Bien?
Isabel se volvió a mirarlo y notó que de nuevo usaba la chaqueta. No obstante,
con el cabello alborotado y las pestañas aún brillantes por unas errantes gotas de
lluvia, parecía muy vulnerable. Se sintió conmovida al ver aquel rostro, más humano
que el que presentaba en público.
—No puedo creer que hayas venido ahora que llueve tanto, sólo para invitarme
a almorzar —declaró, aliviada al notar en su voz más confianza de la que en realidad
sentía.
Si él supiese lo mucho que la alteraba la idea de salir con él, no pondría en duda
que tarde o temprano la convencería de vender las acciones.
—No fue sólo por eso —respondió él y ella mantuvo la sonrisa fija en el rostro
con un gran esfuerzo de voluntad.

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Debió saberlo, pensó con amargura. Un hombre de negocios como Alex Seton
trabajaba todos los días y usaría cualquier medio que fuese necesario para lograr la
entrada en su apartamento, pero una vez ahí, ya no había razón para proseguir la
actuación.
Volvió a tragar saliva, para reprimir su desencanto.
—Bien, pues entonces sugiero… —empezó a decir con dureza, mas él la
interrumpió antes que pudiese terminar.
—Vine a ofrecerte una disculpa —comentó para su asombro—. Lo que hice el
jueves por la mañana careció de… ética profesional. Debí enviarte los documentos
pertinentes antes de la reunión, para que tú estuvieses preparada. En lugar de ello,
seguí la línea de acción de Robert y te puse en un aprieto. No tengo excusa, pero
quería que supieras que desde entonces me he sentido muy mal.
Isabel se alegró de contar con el apoyo del antepecho de la ventana y colocó allí
las manos. Eso… eso no era algo propio de él.
—Así que, lo menos que puedo hacer es invitarte a almorzar. ¿Aceptarás? —
concluyó el abogado.
—¿Te envío aquí tu tío?
—No.
—¿Se trata de algún plan para ganarte mi confianza?
—No —la negativa de Alex fue contundente—. Me creas o no, venir aquí fue
idea mía. Mi tío no lo aprobaría, puedo asegurártelo.
Isabel le creyó, pues sabía que Robert Seton se pondría furioso si descubriera
que su sobrino favorito fraternizaba con el "enemigo".
—Aprecio tu sinceridad y… y que te hayas tomado la molestia de venir a
disculparte. Pero… en realidad no hay necesidad de que me invites…
Alex apretó los labios.
—Tú lo has dicho, no hay necesidad, pero deseo hacerlo.
Isabel se humedeció los labios.
—¿Por qué?
—Ya te lo dije.
—¿Para reparar un error?
—Sí.
—Repito que no hay necesidad —hizo acopio de valor y se le enfrentó—. No
quiero causarte molestias.
La mirada de aquellos ojos oscuros fue intensa.
—¿Y si lo hago por gusto?
Isabel retuvo el aliento.

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—Resulta difícil de creer.


—Ah, ¿sí? —la respiración de él era agitada—. Pues… ése no es motivo para
que rechaces mi invitación.
Isabel se sentía incómoda.
—Alex…
—¿Isabel?
Ella apretó los labios.
—¡Ni siquiera te soy simpática!
—No siento simpatía ni por mí —comentó Alex con sequedad—. Pero el hecho
de que los dos tenemos que comer permanece, y no veo ninguna razón verdadera
para que no lo hagamos juntos. ¿Y tú?
A Isabel se le ocurrieron varias, entre ellas la involuntaria atracción que sentía
hacia él, misma que se incrementaba teniéndolo cerca. Pero reflexionó con debilidad,
quizá habría menos peligro en almorzar con él en algún restaurante que en discutir
en la intimidad de su sala. Ella ya sabía en qué podía terminar eso.
—De acuerdo —asintió por fin, sin dejar de odiarse por su debilidad—. Iré a
comer contigo. Pero después…
—Tomemos un paso a la vez, ¿te parece? —sugirió él, con un ligero asomo de
sonrisa que alegraba sus morenas y apuestas facciones—. Muy bien, ¿nos vamos?
Isabel titubeó. Las botas de tacón alto y el pantalón le parecieron adecuados
para ir de compras, pero eran menos apropiados para el restaurante al que Alex la
invitaría. El cabello lo llevaba recogido en una cómoda trenza que le llegaba más
abajo del hombro. Ella consideraba que sólo su blusa de seda en color crema era
aceptable.
—A mí me pareces muy bien —comentó Alex de pronto, leyéndole el
pensamiento—. Vamos. Ponte algo para que no te mojes.
De hecho, Isabel se demoró para retocarse el maquillaje. Con el color de su
cutis, necesitaba poco y el resultado fue agradable hasta para sí.
—Estoy lista —dijo al salir de su dormitorio mientras se abrochaba el cinturón
de su gabardina verde oscuro. Miró a Alex con timidez, consciente de que era la
primera vez que él la invitaba a salir.
El Ferrari estaba estacionado a unos metros de la entrada del edificio. Alex le
indicó a Isabel que lo esperara en el pórtico mientras iba por el auto. Le bastaron
pocos segundos para abrir la puerta, subir, encender el motor y dar marcha atrás,
hasta donde ella lo esperaba.
Al estar ya en el auto, Isabel recordó la última vez que estuvieron juntos dentro
de un coche.
—¿Estás cómoda? —preguntó él, con mayor suavidad en la mirada y con
gentileza.

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Su amabilidad fue una experiencia perturbadora para Isabel. Oh, Dios, pensó
ella mientras comprimía los labios, ¡no debo volver a actuar como una tonta!
—Vaya verano inglés —musitó pesarosa, al detenerse el Ferrari a causa de lo
pesado del tránsito—. Creo que debí irme a España.
—¿A España? —Alex le dirigió una mirada de soslayo.
—Bueno, en realidad, a Madrid —le informó—. Debí acompañar a las demás
modelos para la sesión fotográfica que Jason tenía que realizar en ese lugar.
Alex frunció el ceño.
—¿Y por qué no fuiste?
Isabel hizo una mueca.
—¿Me creerías si te digo que por la reunión del consejo?
—¿Renunciaste a un viaje a España para asistir a la reunión? —Alex parecía
incrédulo.
—Así es —ella encogió los hombros—. Fue estúpido, ¿no te parece? Jason se
enojó mucho conmigo.
Alex puso en marcha el auto y habló con suavidad.
—Tú y Ferry… ¿pasan mucho tiempo juntos?
Isabel se volvió hacia Alex.
—Algunas veces —admitió ella con cautela—. Somos… amigos. Él ha sido
bueno conmigo y le debo mucho.
—¿Cuánto?
Fue una pregunta extraña, pero Isabel la tomó en sentido literal.
—Se arriesgó a contratarme cuando nadie se atrevía —replicó ella—. La agencia
para la que yo trabajaba antes de… antes de casarme, ni siquiera quiso tomarme en
cuenta. Prefieren a modelos… más jóvenes. No a divorciadas mayores de veinte años
que han olvidado cómo flexionar el cuerpo.
Alex emitió un curioso sonido.
—¿Se te ha olvidado?
—Yo no estaba en forma por el tiempo en que dejé de practicar. Para ser una
buena modelo se necesita entrenamiento. No puedes llegar y empezar a trabajar de
pronto en eso.
—¿Es una profesión? —en su voz había un dejo de burla.
—Ya te lo había dicho en alguna ocasión —se apresuró a recordarle y se relajó.
Él era muy amable con ella; demasiado y debía ser precavida. ¿No dicen que el
tigre siempre sonríe antes de atacar a su víctima?
Cuando cruzaron el puente Hammersmith, Isabel se dio cuenta de que después
de todo no iban al West End.

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—¿Adónde vamos? —preguntó—. Parece que hemos salido de la ciudad —a


causa de la lluvia, no se percató del rumbo que llevaban hasta que llegaron al puente.
—Así es —Alex le dirigió una mirada reconfortante—. Dime, ¿qué harías ahora
si estuvieses en Madrid?
Isabel se mordió el labio inferior. La tentación de exigir una respuesta a su
pregunta fue muy grande, pero no quiso arruinar la nueva armonía que reinaba entre
ellos.
—Supongo que estaría dedicada al trabajo —concedió y se alzó de hombros en
un gesto de despreocupación—. Quizá también tendría demasiado calor, pero pronto
podría irme a nadar un rato en la piscina del hotel. A las demás chicas y a mí nos
gusta hacerlo.
—¿Y a Ferry? —inquirió Alex con suavidad—. ¿Las acompaña?
Isabel titubeó.
—Algunas veces.
—¿La mayoría?
—Sólo… algunas —respondió ella y se volvió para mirar por la ventana—. ¿En
dónde estamos?
—¿Te has enamorado de él? —sus palabras la hicieron volverse hacia Alex.
—¡No!
—¿Estás segura?
—Por supuesto —sintió que un cálido color teñía sus mejillas—. De cualquier
manera eso es cosa mía. ¿No lo crees?
Alex encogió los hombros.
—¿Qué hora es?
—Las doce y cuarto —replicó, mirando su reloj de manera automática, antes de
observar el ostensible reloj del tablero—. ¿No lo crees?
—Supongo que sí —sonrió—. Llegaremos a tiempo para el almuerzo.
La intersección con la autopista M3 surgió amenazadora, e Isabel sintió un
súbito vacío en el estómago. Ese era el camino hacia Nazeby, se dio cuenta con
angustia. Oh, Dios, ¡iba a llevarla con Robert Seton! Y ella que le creyó cuando le dijo
que quería disculparse.
—Estaciona el auto —pidió Isabel de pronto, asió la correa de su bolso y se
maldijo por ser tan ingenua. ¿Por qué era débil cuando se trataba de Alex? Ya sabía la
respuesta, pero eso no lo hacía menos difícil de aceptar.
El Ferrari no aminoró la velocidad y ella no era tan tonta para intentar saltar así.
Vivía del buen aspecto de su cuerpo y si se rompía algo, su carrera habría terminado.
—Alex, por favor —dijo, y se odió por rogarle, pero fue incapaz de enfrentarse
a la perspectiva de encontrarse con Robert Seton de nuevo en sus propios terrenos—.

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¡No me hagas esto! —rogó y él movió la cabeza con impaciencia mientras tomaban la
autopista.
—¿Adónde crees que te llevo? —preguntó, al ganar velocidad el auto, e Isabel
saltó en su asiento.
—A Nazeby —contestó ella, y se preguntó por qué no lo odiaría ahora que tenía
motivos para hacerlo—. Estoy en lo correcto, ¿verdad? Allí es donde vamos. ¡Oh,
Dios, por qué te creí cuando me dijiste que deseabas disculparte?
Alex hizo una mueca.
—"¡Pobres de espíritu los que carezcan de fe!" —citó con amargura y se
acomodó mejor en su asiento—. ¿Por qué crees que te llevo a Nazeby? ¿Para que tío
Robert se regodee en su victoria?
Isabel suspiró.
—Algo así. ¿Qué importa? No voy a salir del auto, así que tendrás que llevarme
de regreso.
—¿Y si te dijera que tendremos la casa para nosotros solos? Tío Robert se
encuentra en Sudamérica, y aparte de la señora Cowie y los sirvientes, no hay nadie.
¿Qué te parece?
—¿Hablas en serio?
—¿Por qué lo dudas?
—Porque… porque… ¿por qué allí?
Alex encogió los hombros.
—Quizá para borrar un mal recuerdo —manifestó con suavidad—. Nazeby no
es un lugar tan malo; la desventaja es la gente —sus labios se separaron para revelar
una indolente sonrisa—. Además, tenemos la piscina. Según recuerdo, tú la usabas
más que nosotros.
Isabel lo contempló.
—¿Cómo lo sabes?
—En las raras ocasiones en que estaba en la casa, solía observarte sin que tú lo
notaras. ¿Sabías que las paredes del invernadero están hechas de vidrio de una sola
vista? Yo te veía, pero tú no podías verme.
Isabel parpadeó.
—¿Y por qué lo hacías?
—Por masoquismo —replicó él con brusquedad—. La señora Cowie nos espera.
Le avisé por teléfono mientras tú te preparabas para salir.

***

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Nazeby se erguía entre las lomas, exuberantes con la promesa del verano. En
los potreros cercanos al río, podían verse algunos potrillos. La floración era
abundante en los arbustos que marcaban los límites de los jardines.
El ama de llaves abrió la puerta cuando el Ferrari se detuvo. Si se sorprendió al
ver a la exesposa de Christopher con el sobrino de su jefe, fue demasiado cortés para
demostrarlo. Los saludó y después se dedicó a sus quehaceres. Alex llevó a Isabel
hacia el vestíbulo con evidente satisfacción.
—¿Por qué haces esto? —preguntó ella con voz baja, y Alex sonrió.
—¿Por qué no te quitas la gabardina y te refrescas? —sugirió, en lugar de
responder a la pregunta de ella—. Ya sabes dónde está todo, así que siéntete en
confianza. Voy a cambiarme de ropa; la que traigo está húmeda.
Isabel se mordió el labio inferior, pues aún dudaba de que se encontraban solos.
Pero cuando él subió antes que ella por la alfombrada escalera y se volvió a mirarla
desde el descanso, ella olvidó sus temores y lo siguió, estremecida ante los recuerdos
que ese sencillo acto evocó.
—Usa esta habitación —le indicó Alex al abrir una puerta, e Isabel entró con
renuencia. Se trataba de un dormitorio para invitados, el mismo que ella usó durante
aquellos traumáticos días antes de irse de Nazeby.
—No tardaré —añadió Alex mientras ella caminaba con lentitud sobre la
alfombra y quedaba de frente a las ventanas, con la mirada ausente—. Quítate la
gabardina. Aquí no hace frío.
Cuando él volvió, Isabel aún se encontraba de pie junto a la ventana, y él cruzó
la habitación para acercarse, en una camisa de polo en color verde lima y un pantalón
corto de algodón.
—No tiene objeto vestirse con formalidad si es que vamos a nadar —comentó y
ella abrió mucho los ojos—. No te preocupes. Ya encontraremos un traje de baño
para ti. El tío Robert siempre piensa en todo cuando recibe invitados.
—Así es.
La respuesta de Isabel contenía una ironía y Alex hizo una mueca.
—De acuerdo, no volveré a mencionar su nombre. Ahora —se apoderó del
cinturón de la gabardina de ella y lo desanudó—. Relájate.
La respiración de Isabel se aceleró ante este inesperado despliegue de
familiaridad. No estaba acostumbrada a que Alex la tocara y el contacto de sus dedos
en la cintura la puso nerviosa.
—Quiero… quiero ir a lavarme las manos —declaró al despojarse de la prenda
y dejarla caer al suelo—. Me… me reuniré contigo abajo. Dame unos minutos.
—Como quieras —Alex se inclinó para recoger la gabardina, la cual depositó
sobre la cama—. Te espero en el invernadero. Pensé que sería bueno que
almorzáramos allí.

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Aunque Isabel se lavó las manos dos veces, aún las sentía sudorosas al dirigirse
a la planta baja. Se dijo que era por encontrarse de nuevo en esa casa, con sus
desagradables recuerdos, pero eso no era cierto. Nazeby siempre le había calmado el
espíritu, aun durante aquellas terribles semanas posteriores a que descubriera a Chris
y Jerrold Palmer en las cuadras. Fue sólo al final cuando llegó a odiarla, pues la
consideraba el símbolo de su desamparo. Ahora se daba cuenta de que la casa no
debía ser culpada.
El desayunador anexo al invernadero era, en esa época del año, semejante a un
jardín interior. De las vigas colgaban canastos de los que emergían fucsias y geranios,
mientras que sobre los mosaicos italianos podían verse macetas con toda clase de
flores de vividos colores.
La señora Cowie había preparado un buffet frío, el cual estaba dispuesto sobre
una mesa lateral. Un platillo de carnes y ensaladas estaba arreglado alrededor de un
langostino; y había también platos con frutas y crema para completar la comida. En
una mesa circular con cubierta de cristal estaba colocado el servicio para dos, con una
botella de vino del Rin dentro de una cubeta con hielo. Era un despliegue hecho para
armonizar con el ambiente, e Isabel, quien había olvidado esas comodidades, se llevó
al pecho una mano nerviosa. Todo era muy familiar… y al mismo tiempo,
desconocido.
El solario adjunto al invernadero estaba provisto de paneles corredizos de
vidrio que podían abrirse para dejar el área al descubierto, con lo que la piscina
podía quedar o no al aire libre, de acuerdo con el clima; y en ese momento estaba a
cubierto. Había algo muy gratificante en el hecho de nadar sin importar la
temperatura exterior, e Isabel recordó cuánto extrañó ese privilegio cuando se fue de
ahí.
Alex salió de uno de los vestuarios anexos a la piscina y al ver a Isabel cerca de
la mesa, le sonrió.
—Fui a constatar que hubiese un traje de baño de tu talla —comentó al rodear la
piscina y ascender los dos peldaños de piedra que conducían hacia el invernadero—.
¿Quieres nadar ahora, o después?
Isabel se humedeció los labios.
—Pues… creo que después —en realidad le aterraba la idea de andar escasa de
ropa en presencia de Alex.
—De acuerdo —expresó él y tomó la botella de vino para llenar las copas—.
Ten —le entregó una a Isabel—. Por tiempos mejores —brindó—. Bebe, seguro que te
gustará.
Isabel tomó un sorbo y un delicioso sabor se extendió por su paladar.
—Está exquisito —dijo y llevó la vista a la mesa—. La señora Cowie se ha
tomado muchas molestias. ¿Sa… sabía con quién venías?
Alex tomó otro sorbo de su vino y asintió con la cabeza.

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—Sí, lo sabía. Y no, no hizo ningún comentario —añadió con indolencia—. No


necesito la aprobación de nadie para traerte. Esta es también mi casa, e invito a quien
quiera.
—¿Y si tu tío hubiese estado aquí? —preguntó ella sin levantar la vista.
—Tú no habrías querido acompañarme —respondió Alex—. Vamos a comer, la
señora Cowie se enojará si no hacemos los honores a sus esfuerzos.

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Capítulo 10
Isabel no tenía mucho apetito, pues todavía estaba tensa a pesar de los
esfuerzos de Alex porque se relajara. Hasta el contacto de su mano sobre su codo casi
la hizo saltar y le era muy difícil comportarse con naturalidad.
Dos copas de vino después, se sintió mejor. Comió un poco de jamón italiano
con melón, se deleitó con un plato de frambuesas con crema batida y hasta logró reír
cuando Alex le limpió un poco de crema que tenía en el labio, con el dedo y se lo
chupó. Estaba tranquila y feliz a un grado absurdo y sólo cuando una de las
doncellas entró a llevarse el servicio y la reconoció, recordó dónde se encontraba y lo
que hacía.
—Alex —dijo con suavidad una vez que se retiró la sirvienta—. ¿Por qué? ¿Por
qué aquí? Sabes que tu tío no lo aprobará.
—Creo que deberíamos tomar un baño sauna —expresó Alex y se puso de pie—
. Hace rato lo encendí, así que el calor debe estar bien ahora.
Isabel lo miró y movió la cabeza.
—¡Un sauna! —repitió como un eco—. Pero acabamos de comer.
—No existe mejor medio para purificar el cuerpo de ese alcohol —respondió él
con una sonrisa—. ¿Me acompañarás? Hay espacio suficiente.
—No lo creo.
—¿Por qué?
—Pues… Creo que hay demasiada humedad.
—Entonces nadaremos —declaró él con rapidez—. El agua no está muy fría. Y
no vayas a decirme que necesitas tiempo para hacer la digestión. Comiste tan poco,
que yo creo que ya lo digeriste dos veces.
Isabel se mordió el labio inferior.
—De acuerdo. Si eso es lo que quieres.
—Creí que eso era lo que tú querías —le recordó Alex con sequedad—. Me
parece recordar un comentario acerca de la piscina de un hotel…
Isabel suspiró.
—Está bien, está bien —se puso de pie—. ¿Cuál vestuario puedo usar?
Los vestuarios estaban muy bien equipados y eran espaciosos. Cada uno tenía
ducha y tocador. Alex había dejado una selección de trajes de baño y, al examinarla,
Isabel se dio cuenta de que era más reveladora de lo que a ella le hubiera gustado.
Por fin escogió uno de una sola pieza, en negro, con adornos en azul y ámbar. A
pesar de ser el más discreto de los que estaban a su disposición, la hizo arrebolarse
por la cantidad de muslo que exponía.

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Alex ya se encontraba dentro del agua. Se había despojado de la camisa de polo


y recorría el largo de la piscina con brazadas vigorosas. Mas, como si un sexto
sentido le avisara de la presencia de Isabel, se dirigió hacia ella a toda velocidad.
—¿Cómo está el agua? —inquirió la joven cuando él llegó a su lado, dándose
cuenta de que lo único que lograba con sus remilgos era atraer más la atención.
—Entra y lo averiguarás —contestó él y extendió una mano hacia ella, pero
Isabel no quiso aprovechar el ofrecimiento.
—Dentro de un rato —insistió y se sentó al borde de la piscina, con los pies
dentro del agua—. ¡Está helada! Te oí decir que el agua no estaba muy fría.
—Una vez que te sumerjas, la sentirás agradable —se volvió boca arriba y
extendió los brazos—. ¡Está deliciosa!
Sobre ellos, un rayo de sol trataba de penetrar a través de las nubes y cuando lo
logró, provocó que los azulejos de la piscina brillaran. Esto es lujo, pensó Isabel, no
podía creer que de verdad se encontrara allí.
Se deslizó del borde de la piscina hacia el agua. Era más honda de lo que
recordaba, casi un metro y medio en el extremo más bajo. Más allá, cerca de los
trampolines, la profundidad era de tres metros.
Recuperaba el aliento cuando Alex nadó hacia ella e ignorando sus esfuerzos
por evadirlo, la tomó de la mano y la llevó hacia media piscina. Muy pronto, la
profundidad la obligó a nadar y protestó indignada al sentir la frialdad del agua en
su piel.
—¡Tratas de ahogarme! —exclamó Isabel cuando él la soltó.
—Olvidas que sé que sabes nadar —replicó él—. ¿Verdad que aquí se está bien?
Es mucho mejor que holgar en algún atestado restaurante toda la tarde.
Isabel suspiró.
—¿Fue por eso que…?
—Aprovecha y diviértete —él volvió a hacer caso omiso de su pregunta—.
Nadie va a lastimarte aquí. Por lo menos, no mientras yo me encuentre a tu lado. ¿De
acuerdo?
Era difícil no hacer otra cosa, contando con Alex que hacía todo lo posible por
ayudarla. Chris no usaba mucho la piscina, ni siquiera cuando estuvieron de luna de
miel, pues prefería quedarse en el bar. Alex era diferente. Nadaba muy bien y gozaba
tanto en el agua como Isabel. Tanto, que el pequeño remojón que ella imaginaba,
duró más de una hora.
Cuando al fin manifestó que estaba cansada y salió de la piscina para acostarse
en una cama de aire, sentía las piernas como de gelatina. Después de sacudirse el
exceso de humedad del cabello, se apoyó sobre los codos y cruzó una pierna.
—Estás fuera de condición física —comentó Alex, y al salir de la piscina, su
sombra tapó el sol que daba sobre el lugar donde Isabel se encontraba—. Notarás que
no he dicho fuera de forma —añadió con apatía—, eso no sería cierto. Siempre fuiste

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una mujer hermosa, Isabel. Es algo en lo que Chris y yo siempre hemos estado de
acuerdo.
La inercia de Isabel desapareció. Era la primera vez que él sacaba el nombre de
Chris a colación y ya fuese deliberado o no, le arruinó el buen humor y se incorporó.
—Creo que es mejor que vaya a vestirme —se preparó para levantare, pero la
mano de Alex sobre su hombro la mantuvo inmóvil.
—Aún no —indicó él, y acercó otra de las camas de aire, donde se sentó—.
Tenemos que hablar.
—¿Hablar? —Isabel sintió la boca seca—. Nada tenemos que hablar, Alex.
—Esa no es la impresión que me has dado —comentó con suavidad—. Querías
que te dijera por qué te traje aquí. ¿O no?
Isabel levantó el hombro para evadir el contacto con él, y Alex retiró su mano
de inmediato y cruzó las piernas, indiferente al agua que goteaba de su cabello en el
pecho.
—¿No… no dijiste que era para borrar un desagradable recuerdo? —torció los
labios en una mueca—. No me digas que fue para buscar una reconciliación entre
Chris y yo.
—¿Y por qué iba a querer eso? —Alex fue sardónico—. No soy tan benevolente.
Chris tuvo su oportunidad y la arrojó por la borda. Yo no intento hacer lo mismo.
Isabel tragó saliva.
—No sé a qué te refieres.
—Creo que sí —la intensidad de su mirada era perturbadora—. De hecho,
pienso que desde el principio te diste cuenta. Ya sabes, dicen que del odio al amor,
no hay más que…
—¡No! —el corazón le latía con fuerza, desvió la mirada y se puso de pié—. No
tengo por qué escuchar esto. Voy a vestirme.
—¿Estás asustada? —ella ya se encaminaba hacia el vestuario, pero se detuvo.
—No… no —lo contradijo con voz ronca—. Asombrada, quizá. Nunca imaginé
ver al impasible señor Alex Seton reducido a hablar con frases hechas.
—No soy impasible, Isabel —aclaró él y apretó los labios—. Tal vez impaciente;
y con toda seguridad, frustrado; más no impasible. No en lo que a ti se refiere.
—No lo creo —protestó ella.
—¿Qué es lo que no crees?
—No creo en tus palabras. Cielos, si hace apenas dos días, usaste tu experiencia
profesional para hacerme quedar en ridículo.
—Sólo… ignorante de los hechos, eso es todo. Y ya me disculpé.
—¿Y con eso lo arreglas todo?

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—No —abandonó su indolente postura y se enderezó—. Nada más intento


explicar la ambivalencia de mi posición.
Isabel movió la cabeza.
—¿Crees que con decir que tu posición es ambivalente, limpias tu conciencia?
Alex suspiró y mediante un ágil movimiento, se puso de pie.
—Yo no podría… limpiar mi conciencia, como tú dices, ni aunque quisiera. Y
esto no nos lleva a ningún lado.
—¿Nos?
—Sí, a ninguno de los dos —insistió él y se volvió hacia ella—. Isabel, tú sabes
de lo que hablo.
Ella dio un paso atrás.
—No.
—Sí, lo sabes —consideró sus palabras antes de añadir—: Desde la primera vez
que fui a tu apartamento, no he podido tocar a otra mujer.
Isabel abrió los labios.
—¿Y se supone que eso significa algo? —demandó—. ¡Dios mío! ¿Me culpas
por ser temporalmente impotente?
Alex cerró los ojos durante un momento y cuando volvió a abrirlos, ella había
aumentado la distancia que los separaba.
—No seas tan prosaica, Isabel —dijo con voz cansina—. No te queda.
—Pues… —ella movió los hombros con nerviosismo—. ¿Qué esperas?
¿Simpatía?
Alex apretó los labios.
—De acuerdo, de acuerdo. Si así lo quieres, adelante. Vístete. Iré a darme una
ducha y después te llevaré a la ciudad.
—¡Aguarda! —la palabra surgió de sus labios sin poder evitarlo, y aunque Alex
titubeó, se volvió a mirarla.
—¿Y bien?
Isabel se pasó la lengua por los labios.
—¿Por qué… por qué me invitaste a almorzar contigo?
Él arqueó las cejas.
—¿De verdad quieres saberlo, o vas a salir con otra réplica ingeniosa?
Ella trató de controlar su respiración.
—De verdad… quiero saberlo.
Alex se le acercó.

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—Porque, a pesar de todo lo que he dicho y hecho, tú tienes razón. Te deseo y


creo que siempre ha sido así.
Isabel se estremeció.
—Quieres decir que… que…
—Quiero decir —acortó el espacio entre ellos—, que desde aquella vez que
entré en la biblioteca y te encontré con Chris, mis sentimientos hacia ti no han sido
ambivalentes.
Isabel movió la cabeza, y su húmeda trenza salpicó un rocío de gotas sobre los
azulejos que rodeaban la piscina.
—¡Pero me odiabas! —protestó ella.
—Dije que mis sentimientos nunca han sido ambivalentes —le recordó Alex con
suavidad, mientras con los pulgares apartaba los húmedos mechones de la frente de
Isabel—. Entonces sí te odiaba, debido a que ibas a casarte con Chris. Y también lo
odié a él, mas eso pude controlarlo.
La modelo parpadeó y lo miró incrédula.
—Y… y aquella tarde que me trajiste desde Londres…
—Ya sabes lo que sentí en esa ocasión —musitó él al inclinar la cabeza para
tocar su hombro desnudo con la lengua—. Si aquel policía no nos hubiera
interrumpido, en ese momento hubieses sido mía.
Isabel se estremeció.
—Desearía que así hubiese sido —susurró al expresar su ferviente deseo.
—Yo también —dijo Alex al tomarla en brazos y hablar contra los labios de ella.
Su beso fue firme y gentil. No había prisa, ni la urgente necesidad de satisfacer
los sentidos. Sólo el despertar hacia las delicias que podrían compartir. Ni siquiera
las manos que acariciaron su cintura hicieron intento alguno por desconcertarla. Alex
se contentaba con explorar sus labios, mejillas y pestañas, así como el lóbulo de la
oreja. Cuando volvió a tomar su boca, ella ansiaba mucho más.
Esta vez, cuando la besó, ella respondió con ardor, le rodeó el cuello con los
brazos y se oprimió contra él. Era maravilloso sentir la dureza de ese cuerpo y hasta
que su busto tocó cierta aspereza, se dio cuenta de que él le había bajado el corpiño
del traje de baño hasta la cintura.
—¿Y si… alguien nos ve? —farfulló Isabel con voz ronca, mientras las manos de
Alex subían de la cintura hacia los turgentes senos.
—A mí no me importa —aseguró Alex con una sonrisa al acercar la boca hacia
un pezón y tomarlo entre los labios—. Pero tranquilízate, nadie vendrá —sonrió—.
No se atreverían.
—¿Estás seguro? —inquirió ella, y Alex asintió con un lento movimiento de
cabeza.

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—Estoy seguro —tomó su rostro entre las manos, al tiempo que frotaba su
frente contra la de ella—. Además, no tenemos de qué avergonzarnos. No estás
casada esta vez.
A pesar del letargo que los besos de Alex inducían en ella, Isabel captó el
mensaje.
—¿Es… esta vez? —repitió como un eco, sin comprender—. ¿Por qué dices…
esta vez? Yo no estaba casada cuando…
—Olvídalo…
Alex no quería hablar, pero el cerebro de Isabel se aclaraba con cada segundo
transcurrido.
—¿Cuándo, Alex? —se separó de él con urgencia—. ¿Cuándo hicimos esto
antes? Yo nunca le fui infiel a Chris, ¡nunca! Y tú lo sabes, ¿verdad?
Alex le permitió alejarse tan sólo al alcance de su brazo.
—Bueno, no conmigo —concedió él con suavidad, y sus pulgares le acariciaron
el hombro—. Querida, en realidad eso no tiene im…
—¡Para mí sí! —exclamó ella, y se liberó de su mano—. Tú… tú aún crees en ese
infundio, ¿no es cierto? Aún crees que tuve un amorío con Jerrold Palmer.
Alex hundió los hombros.
—Isabel, no hablemos de eso ahora…
—¡Yo sí quiero hablar!
—¿Por qué? —suspiró él—. Estoy dispuesto a aceptar que Chris y tú no eran
compatibles. Y hasta estoy dispuesto a admitir que, al ser una mujer apasionada,
necesitas a alguien más…
—¡Qué magnánimo eres! —Isabel contuvo el sollozo que tembló en sus
palabras. Alex nunca lo creyó. Estaba a punto de poseerla, ¡pero creía que Jerrold
Palmer y ella fueron amantes!
—Isabel, Isabel… —Alex trataba de razonar con ella—. ¿No te das cuenta de
que no me importa? ¿Por qué crees que me alejé tanto de Nazeby después que Chris
y tú se casaron? Sabía que no eran felices, y tenía miedo de que si pasaba más tiempo
con ustedes, ¡podría destruirlos a ambos!
Isabel trataba de cubrirse con el traje de baño, pero los dedos le temblaban
tanto, que no podía lograrlo y con una maldición de impaciencia, Alex se acercó a
ella.
—Te ayudaré —Isabel estaba tan alterada que no permitió que la tocara de
nuevo.
—¡No te acerques! —gritó, pero resbaló y cayó de nuevo en el agua.
En circunstancias normales, el hecho de caer a la piscina habría significado poca
cosa. Pero en su estado, tomó aire al golpear su cuerpo contra el agua y sintió un
punzante dolor en los pulmones al entrarles líquido.

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Con seguridad perdió el sentido, pues recordaba muy poco de los siguientes
minutos. Tenía una vaga noción de Alex al sacarla del agua y colocarla en la orilla
para aplicarle presión sobre la espalda y limpiarle los pulmones, pero todo ello como
en un sueño. Su primer recuerdo coherente ocurrió al ser depositada sobre la frialdad
de una colcha y sentir la suavidad de un colchón.
Parpadeó y miró a su alrededor al sentir a su lado el peso de otro cuerpo que se
acostaba y se agitó cuando vio que se trataba de Alex.
—¿Dó… dónde estoy? —las paredes color miel y las cortinas de seda en color
oro no le eran familiares.
—Sobre una cama —contestó él y ella notó que se había puesto un pantalón de
algodón.
Pero el tórax aún lo llevaba descubierto, lo que lo hacía muy atractivo.
—Ya lo sé —contestó Isabel, y sintió que la garganta le dolía un poco al tragar
saliva—. ¿Pero de quién es esta cama? Esta no es la qué fue mi habitación.
—En realidad, se trata de mi lecho —indicó Alex—. Pero no te preocupes, no es
que piense vengarme, sino que consideré que preferirías que no se supiera lo que
pasó; por eso te traje aquí para que te recuperes…
—Estoy mojada.
—Sí —Alex encogió los hombros—. Sin embargo, creí que no aprobarías que yo
te cambiara la ropa.
—No, no lo hubiese aprobado —Isabel se incorporó apoyada en los codos y
dirigió una mirada a su alrededor—. ¿Por qué no me colocaste sobre una toalla? La
colcha se va a estropear con la humedad del traje de baño.
—No quise hacerlo —respondió Alex con sinceridad y pasó la mano por la
colcha de satén con movimientos perezosos—. Quería ver cómo te veías contra mis
almohadas. Si te hubiese colocado sobre una toalla, el efecto se habría arruinado.
A pesar de que era una imprudencia, Isabel no pudo evitar preguntar:
—¿Y? —dijo con voz ronca por la emoción.
Los oscuros ojos de Alex la evaluaron.
—Te hubiera preferido desnuda —declaró con devastadora franqueza y antes
que ella pudiese escapar, inclinó la cabeza y cubrió su boca con la suya.
Ese beso no fue como los demás. Esta vez sí había gran pasión en sus labios y la
lengua que era cálida y sensual. No sólo la besaba, sino que le daba una muestra de
cómo podía hacerle el amor y sus protestas fueron acalladas bajo la hambrienta
presión de la boca de Alex.
Isabel levantó las manos para hundirlas en la aún húmeda espesura de su
cabello, con la determinación de forzarlo a alejarse de ella; mas no pudo lograrlo. En
lugar de ello, sus manos se deslizaron de forma compulsiva alrededor de su cuello
hasta tocar la nuca para atraer a Alex hacia sí.

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—¡Alex! —exclamó temblorosa al sentir sus dedos sobre el traje de baño para
forzarlo a bajar hasta la cintura, pero el abogado no se detuvo. Esta vez hizo que la
ofensiva prenda descendiera a los tobillos, siguiendo su recorrido con los labios, por
lo que ella fue incapaz de resistirse.
Ya desnuda, se abandonó al placer que le producía Alex. Estaba sorda y ciega a
los peligros a los que se exponía y cualquier duda que hubiese albergado, fue
sofocada por las necesidades que él creaba en su interior. Nadie la había besado,
acariciado, ni excitado, como Alex y lo que siempre pareció estar mal con sus
emociones, de súbito estuvo bien. Muy bien.
No existía ninguna parte de su cuerpo que él no hubiese tocado y aunque sabía
que estaba a su lado sobre la cama, no se dio cuenta en qué momento él también se
desnudó. La sensación de sus piernas contra las de ella, la alertó sobre su intimidad,
pero la mente le giraba en un torbellino tal de aturdimiento, que no tuvo ninguna
inhibición.
—¡Eres hermosa! —musitó él al hundir el rostro entre sus senos, antes de
abarcarlos con las manos para después tomarlos con los labios.
Los pezones se endurecieron bajo la errante lengua, y se sorprendió por la
respuesta de su cuerpo.
Cuando Alex dejó sus senos para deslizar los labios hacia la cintura y llegar al
vientre, ella le hundió las uñas en el cabello como para detenerlo, pero la erótica
caricia en su ombligo evocó un placer aún mayor. Alex sensibilizaba cada músculo
tembloroso y cuando llegó a sus muslos, Isabel se estremeció sin control.
—Ahora… —dijo él con voz ronca al apoyarse en ella e Isabel advirtió su
presencia masculina.
Ni siquiera en el momento de dolor quiso retirarse, aun cuando él lo hubiera
permitido. Esto era lo que ella deseaba; para lo que fue creada; y era Alex con el
único con quien ansiaba compartirlo.
Se dio cuenta de que debió informarlo en el instante en que la hizo suya. Pensó
que estaba preparada, que los libros que había leído y que indicaban que podría
sentir dolor, exageraban, pero no era así. La violenta invasión la rasgó como un
cuchillo y aunque trató de sofocar su grito, Alex tenía demasiada experiencia para no
percatarse de lo que sucedía.
Durante varios segundos él permaneció inmóvil y al ceder el dolor, Isabel
albergó la esperanza de que lo ocurrido pasase inadvertido. Pero entonces, con un
gemido de angustia, Alex la hizo volver el rostro hacia él y la joven vio en sus ojos un
tácito reproche por el nuevo engaño.
—¡Debiste decírmelo! —manifestó con tono salvaje e intentó apartarse.
Isabel le echó los brazos al cuello y lo atrajo de nuevo hacia sí. Con deliberada
intención, deslizó la lengua entre los dientes de Alex e incitó su respuesta. Entonces,
cuando los dientes masculinos se cerraron sobre su lengua para detener la danza
seductora, ella deslizó una de sus manos por la espalda de Alex, quien emitió un
gemido al ser abrumado por su propia necesidad.

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—Isabel… —musitó, mientras ella pasaba un pie en ligeros movimientos arriba


y abajo de su tobillo y se arqueaba contra él.
—Creí que me deseabas —susurró al acariciar uno de los pezones de Alex con
un dedo y él cerró los ojos.
—¡Sí! ¡Sí! —reconoció Alex y cediendo a sus emociones, capturó los labios de
ella con los suyos…

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Capítulo 11
—¡No es posible que hables en serio, Isabel! —Jason la miró incrédulo, con
evidente frustración e Isabel pensó que era típico de él que asumiese saber lo que era
mejor para ella.
—Sí, sí lo es —insistió ella y se dejó caer sobre el sofá cruzando una larga y
esbelta pierna sobre la otra—. No tiene objeto que me ruegues. ¡Nunca volveré al
modelaje!
—¡No lo repitas! —suspiró Jason y extendió las manos—. Isabel, cuando…
cuando esto haya terminado, vas a sentirte muy diferente, créemelo. Pronto te
aburrirás de esta existencia… rústica.
—Lo dudo.
Isabel le dio la espalda para asomarse por las ventanas de celosía de la cabaña y
contempló los campos que bordeaban el canal a unos cien metros. Más allá, un
granjero con el arado preparaba la tierra para los plantíos del invierno y el ronroneo
de la maquinaria era un sonido tranquilizante. "Quizá sea cierto lo de los atavismos
que nos transmiten nuestros antepasados", reflexionó. Era cierto que ese rincón de
Norfolk, casi en el límite con Lincolnshire, tenía una atracción especial para ella. O
quizá fuera el simple hecho de que la cabaña estaba disponible y ella pudo alquilarla,
admitió con sinceridad. Y su lejanía así como su difícil acceso desde Londres, servían
su propósito.
A Jason se le inflamaron las aletas de la nariz.
—No seas imprudente. Algo podría salir mal. ¿Y si te enfermas, a tanta
distancia de cualquier parte?
—Tengo teléfono —Isabel señaló el aparato que ocupaba un rincón del alféizar
de la ventana.
Jason expresó un temor que ella ya había experimentado. A pesar de sus
afirmaciones de independencia, el aislamiento en ese lugar era aterrador para
cualquiera acostumbrado al bullicio de la vida citadina. No le daba miedo
enfermarse, pues siempre fue muy sana. Pero aún se ponía nerviosa de noche y ni
siquiera el saber que el vicariato se encontraba a unos metros de su casa, la
tranquilizaba durante la soledad de la noche.
—Sin embargo —manifestó Jason—. Tarde o temprano volverás a la ciudad —
hizo un gesto de impaciencia—. ¿No tendrás que asistir, por lo menos algunas veces
a las reuniones de consejo en Denby?
Isabel inclinó la cabeza.
—He considerado la posibilidad de vender las acciones.
—¡Venderlas! —Jason estaba asombrado—. ¿Después de todo lo que dijiste?
—Lo sé, lo sé —Isabel alzó los hombros—. Pero no quiero ver a ninguno de los
Seton; y al vender las acciones, eso sería seguro.

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—¡Eres una tonta! —exclamó Jason.


—Tal vez.
—Robert Seton no lo agradecerá.
—No espero que lo haga.
—Intentas darle la primera opción sobre las acciones.
—Quizá.
—¡Estás loca! —Jason movió la cabeza en un gesto de lamentación—. Por lo
menos sácalas al mercado abierto. Déjalos que hagan su ofrecimiento, como todos los
demás.
—No creo que a Vinnie le gustara eso.
—¡Vinnie! —Jason fue cáustico—. Supongo que te das cuenta de que tu preciosa
amiga fue la responsable de todo lo sucedido. Para empezar, si ella no te hubiese
vinculado a la empresa, nunca hubieses vuelto a ver a Alex Seton.
Isabel se puso de pie, era una esbelta y desvalida figura en falda larga y camisa
holgada de mangas largas.
—Prefiero no hablar de ello —dijo, al cruzar la habitación de bajo techo y
dirigirse hacia la cocineta adjunta—. ¿Quieres café? Me temo que no tengo algo más
fuerte.
Jason lanzó una maldición, pero en realidad ya no podía hacer nada. Isabel
había tomado una decisión, y la experiencia le enseñó que cuando eso sucedía, nada
la haría cambiar.
—No —respondió y metió las manos dentro de los bolsillos de su chaqueta de
pana—. Tengo que irme. Necesito pasar al hotel en Spalding a recoger algunas cosas
que dejé allí y después me iré a la ciudad en el auto.
Isabel volvió a la sala.
—Gracias por venir.
—Fue un placer —comentó con ironía—. Cuídate, Isabel. Y recuerda, si cambias
de opinión, avísame.
Ella le dio un beso en la mejilla.
—Gracias —musitó—. Desearía que… las cosas hubieran sido diferentes.
Jason hizo una mueca de dolor.
—También yo —confirmó, al alejarla con firmeza—. Estaré en contacto contigo.
¡Ciao!
Lo vio alejarse en su lujoso Mercedes entre una nube de polvo. En julio llovió,
pero tanto agosto como septiembre fueron secos. Isabel dirigió la vista hacia el cielo,
lleno de amenazadoras nubes; quizá, el deseo de los granjeros que se quejaban de la
sequía, pronto se cumpliese.

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Volvió a la cabaña y cerró la puerta. Se apoyó contra su superficie y reconoció


con pesar que no había muchas probabilidades de que volviese a ver a Jason.
Desde que fue a vivir a la cabaña, él la visitó, varias veces, siempre con la
esperanza de que el tiempo y la soledad la hicieran cambiar de opinión, pero esa vez
parecía que al fin se había convencido. Jason siempre fue un buen amigo y
transcurridos seis meses, quizá pudiera volver a pensar en lo que él le proponía.
En ese momento, la idea de regresar a Londres y la posibilidad de encontrar a
Alex y que se enterase de lo sucedido, no parecía una alternativa adecuada. Si las
cosas hubiesen sido diferentes; si ella todavía estuviese con Alex… Más no lo había
visto y gracias a la cooperación de Jason, su secreto quedaría a salvo.
Se alejó de la puerta y cruzó la habitación hasta acercarse a la chimenea y
añadió otro leño al fuego. No hacía mucho frío, pero las llamas hacían que su
solitaria cabaña se viese más animada. Además, allí podía calentar agua para
bañarse, lo cual haría por la tarde.
Sintió hambre y al descubrir que eran las cuatro y media, decidió preparar té. Es
esos días tenía apetito en los momentos más extraños.
Adquiría la mayor parte de sus provisiones en la aldea, e iba a Spalding en el
auto sólo cuando era necesario. Sabía que la gente de la localidad sentía curiosidad
pues ella se mantenía alejada. La única persona con quien sostuvo una larga
conversación fue con el vicario, sin olvidar al médico.
Después del té salió a dar un paseo a pie, lo cual hacía con frecuencia y eso le
hizo pensar en la conveniencia de adquirir un perro, que le daría tanto como
compañía, como un pretexto para sus paseos, pues una mujer sola por lo regular
propiciaba toda clase de comentarios indeseables. Como ella misma se hacía cargo de
las tareas domésticas, la idea de un animal que llenara de pelos el lugar, no la atraía
en lo más mínimo y decidió dejar para después la decisión.
Cuando volvió a su casa ya estaba casi oscuro, cerró la puerta con llave y se
apresuró a correr las cortinas.
Después de avivar el fuego, encendió la radio y fue a la cocina a preparar su
baño. Una característica extraña de la cabaña era el hecho de que el baño se
encontrara en la planta baja, en la adaptación de una pequeña habitación que antes
quizá fue una despensa. El suelo era de piedra y, mientras se despojaba de su ropa,
Isabel trató de no hacer comparaciones con el de su apartamento londinense y de no
pensar en el frío que pasaría durante el invierno.
Pero al sumergirse en el agua se olvidaba de lo que la rodeaba. El agua caliente
la aislaba y protegía del mundo exterior. Así como su vientre protegía ahora al hijo
de Alex, pensó con dolor. Cuan extraño era que aun cuando no quiso volver a ver al
padre del niño, ya amara tanto a ese pequeño ser que crecía en sus entrañas.
Suspiró. Las apariciones de Jason coincidían con pensamientos como éste. O
más bien, sus visitas provocaban recuerdos que era mejor olvidar. Después de todo,
la primera vez que él fue, ella todavía esperaba que Alex lo acompañara. Más cada
visita sucesiva le demostró lo vano de ese pensamiento.

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Si supiera lo que Alex pensaba cuando partió para América del Sur… ¿Fue
coincidencia que él tuviera que salir al día siguiente de la visita que hicieron a
Nazeby? ¿Para qué fue? Él no tenía relación con los negocios de su tío.
Dedicó varias horas a tratar de encontrar una solución a ese enigma, pero sin
éxito. Todo lo que sabía era que Alex se fue sin volver a verla y que aunque esperó
casi tres semanas, no recibió ninguna comunicación de él.
Movió la cabeza. Ella pensó… de verdad pensó que, al descubrir que no se
había acostado con otro hombre Alex obtendría la prueba de que Chris mentía. Es
más, llegó a creer que el motivo de su viaje fue para confrontar a su tío con esa
prueba. Más al transcurrir los días y las semanas sin recibir ningún mensaje, tuvo que
aceptar lo inevitable: aunque Alex la deseara, su inocencia nada significaba para él.
Lo único que le interesaba era su cuerpo. Una vez logrado lo que quería, perdió el
interés.
Se le formó un nudo en la garganta al pensar que no volvería a ver a Alex. Él se
fue porque era la forma más sencilla de cortar de tajo sus relaciones. Al salir del país,
se ahorraba tener que dar explicaciones para no verla.
Suspiró. Todavía le era difícil creer que aquella tarde no fue tan importante
para él como para ella. En ese momento parecía sincero y el fervor de ambos duró
hasta entrada la noche. Cierto que no hablaron mucho, pero Isabel pensaba que
después tendrían tiempo para ello.
Hicieron el amor varias veces y en los intervalos durmieron uno en brazos del
otro. Después de sus experiencias con Chris supuso que era frígida, pero con Alex
alcanzó el éxtasis una y otra vez. Su primera, e infortunada experiencia fue opacada
por el placer que experimentó después.
Exploraron sus cuerpos con una minuciosidad que ahora le parecía
extraordinaria. Alex no tuvo ninguna inhibición, y la dejó que lo explorara con
libertad, en tanto que ella perdió toda modestia bajo el posesivo contacto de sus
manos.
Contra lo que Isabel esperaba, no se quedaron a pasar la noche en Nazeby, sino
que salieron para la ciudad después de la cena. Durante el viaje de regreso privó un
clima de tensión. Y cuando llegaron al apartamento de ella Isabel estaba a punto de
decirle que pasara, descubrió que Jason la esperaba. La joven no pudo evitar invitarlo
a pasar y Alex se fue casi sin despedirse.
Al día siguiente, Isabel se encontró en su servicio de contestación automática,
un breve mensaje de Alex en que le informaba que se iba para Río de Janeiro en el
vuelo de la mañana y que se comunicaría con ella a su regreso.
Por supuesto, no lo hizo. Pasó una semana, luego dos; y a la tercera, ella
empezó a sospechar lo que después resultó cierto. Estaba embarazada. Fue entonces
cuando decidió irse. Al principio no le comunicó a Jason sus motivos y sólo le dijo
que sus relaciones con Alex fracasaron y que necesitaba pasar algún tiempo a solas.
Fue hasta ese mismo día cuando le habló del bebé y sólo para convencerlo de la
seriedad de sus intenciones de renunciar al modelaje. Se pasó una mano por la leve

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protuberancia de su vientre. No, ni siquiera después del parto volvería a modelar. Su


hijo no iba a ser abandonado por su madre; no si podía evitarlo.
Salía de la tina de baño cuando oyó un ruido proveniente del buzón. Primero
pensó que podría tratarse del boletín de la parroquia o de alguna circular. Pero
cuando el sonido se repitió, se dio cuenta de que alguien estaba allí.
Se envolvió en la toalla y cruzó la sala en silencio, agradecida de haber cerrado
las cortinas antes de encender la luz. En realidad, nadie podría saber que se
encontraba sola en la cabaña. No a menos que la conociesen, añadió para darse
confianza, pero había leído demasiadas historias de mujeres solas asesinadas. ¿Qué
sabía ella sobre la gente de la aldea?
—¡Isabel! ¡Isabel! ¿Estás allí?
Aquella dolorosa voz familiar hizo que las rodillas se le debilitaran y tuvo que
asirse del respaldo del sofá para no caer; creyó que sufría una alucinación. ¡Alex! ¡No
era posible! Debía tratarse del vicario y ella le confundía la voz. Tenía que ser así.
Alex ignoraba su domicilio.
—¿Se… señor Baynes? —preguntó Isabel en un murmullo y se arrebujó aún
más en la toalla.
—No —dijo el visitante después de un momento de silencio—. No se trata del
señor Baynes; ¡soy Alex! ¡Por Dios Santo, abre la puerta! Acá afuera hay una
tormenta eléctrica.
Ella titubeó, indecisa entre el deseo de hacerlo esperar mientras se vestía, para
recibirlo en términos de igualdad, y la preocupación por la posibilidad de que le
cayera un rayo. No era que él le importase, se dijo, al asegurar de nuevo su toalla,
sino que no le gustaría llamar al señor Baynes para que retirase un cadáver de su
pórtico. Ya había expresado su extrañeza por el hecho de que una joven de su edad y
apariencia hubiera decidido enclaustrarse en ese lugar tan aislado. Si tuviera que
explicar su relación con Alex, quizá hasta el periódico local lo publicaría a ocho
columnas.
—Isabel…
—De acuerdo, de acuerdo, ¡ya voy! —exclamó ella, mientras caminaba descalza
sobre la alfombra.
Al entrar Alex hizo una pausa y con la mirada recorrió el pequeño dominio de
Isabel. Sin duda no era lo que él esperaba. La chica se preguntó si el abogado habría
imaginado que ella compraría una casa como la de Robert Seton.
Entonces se volvió para mirarla a ella, y para su sorpresa, notó que parecía
cansado y había perdido peso. Qué gracioso, pensó Isabel con amargo humor; él lo
perdía y ella lo ganaba. Allí había una moraleja, sólo que ella no la captaba.
—¿Acaso te divierto? —preguntó Alex, al notar sus temblorosos labios y
equivocar su interpretación del gesto—. ¿Por qué no me cuentas el chiste?
—¿Qué haces aquí, Alex? —inquirió ella en tanto se alejaba de la puerta—.
¿Cómo supiste en dónde buscarme? ¿Por fin se te ocurrió interrogar a Jason?

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Alex sonrió.
—¿Por fin? —su voz era dura—. ¿Que si se me ocurrió al fin preguntarle a
Ferry? Tal vez te interese saber que he acosado a tu amigo fotógrafo por lo menos en
media docena de ocasiones. Pero siempre obtuve la misma respuesta: "No me pida
que le dé su domicilio. Ella no desea verlo".
Isabel parpadeó.
—¡No!
—¿Qué quieres decir con ese… "no"?
—Que… que Jason no haría eso.
—Pues lo hizo, créeme.
—No, yo… —Isabel dio un par de pasos hacia él y se mordió el labio inferior.
No comprendía eso. Siempre que le preguntó a Jason si sabía algo de Alex, él lo negó.
Y ella le creyó. ¿Por qué no iba a hacerlo?—. Jason… —luchaba por encontrar las
palabras correctas—. ¿Dices que le preguntaste por mi paradero?
—En una sola palabra: sí.
Ella parpadeó.
—Pero… ¿por qué?
—¡Por qué! —exclamó incrédulo—. ¿No lo sabes?
Isabel retrocedió un poco.
—Ha habido un error.
—Puedes apostar tu vida a que así es —Alex respiraba con dificultad—. Y
cuando le ponga las manos encima a Jason Ferry…
—¡Por favor, Alex! —Isabel movió la cabeza—. No hables así. Tal vez dijiste a
Jason algo que lo hizo pensar que querías lastimarme…
—¡Lastimarte! —Alex la miró con salvajismo—. ¡Dios mío! ¡Creo que ya llegaste
al colmo en lo que respecta a lastimar gente! O, para decirlo mejor, a una persona, ¡a
mí!
Isabel se estremeció, aunque no tenía frío. Le era difícil aceptar el hecho de que
Alex se encontraba en su sala, y que aseguraba que había tratado de encontrarla. No
se atrevió a ir más allá en sus pensamientos, pues estaba demasiado herida.
—¿Tienes frío? —demandó él y se volvió a mirar los rescoldos en la chimenea—
. ¿Qué haces para calentar este lugar? Es mejor que te vistas, lo que vamos a tratar sin
duda se llevará algún tiempo.
—Mi… mi bata se encuentra en el baño —dijo ella, sin desear volver a pisar el
suelo de piedra—. No —indicó cuando él dirigió la vista hacia las escaleras—. El
baño se encuentra abajo, atrás de la cocina.
Alex titubeó, pero con un gesto de impaciencia, se dirigió hacia el cuarto de
baño.

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—Toma —le dijo al regresar con la afelpada prenda verde—. Deja caer la toalla.
Prometo no verte.
Lo hizo, ella lo sabía. Aunque se volvió de espaldas, pudo sentir la penetrante
mirada y el calor de su cuerpo.
—Gracias —manifestó Isabel al atarse el cinturón de la bata y apresurarse a
aumentar la distancia entre ellos—. ¿Q… quieres café? No tengo algo más fuerte.
—¿No? —hizo una mueca de disgusto—. Es una lástima. Una copa me caería
muy bien. Pero no quiero café —la miró ceñudo—. Prefiero esperar.
Isabel apretó las manos.
—Sí… si Jason no te informó dónde estaba, ¿cómo…?
—Yo no dije eso —la interrumpió Alex—, sino que le pregunté media docena
de veces dónde te encontrabas y que él no me dio los datos. Mas hoy no tuvo otra
alternativa, pues lo acorralé en Spalding. Supongo que sabía que el juego había
terminado.
Isabel movió la cabeza.
—No lo creo.
—¿No crees, o no quieres creerlo?
Ella suspiró.
—¿Por qué iba a hacerlo?
—¿Qué cosa? ¿Mantenerme alejado? —protestó Alex—. Está celoso. Conozco el
sentimiento, te lo aseguro.
—Pero… ¡te fuiste a Brasil! —exclamó Isabel.
—Sí —aceptó Alex—. Al día siguiente de que fuimos a Nazeby. ¿Acaso lo
olvidaría?
Ella se humedeció los labios.
—Y… me dijiste que cuando regresaras me llamarías.
—Así es.
Isabel tragó saliva.
—Pero no lo hiciste.
—No hice, ¿qué? ¿Regresar? Lo sé, mas puedo explicártelo…
—No… me refiero a que no llamaste —lo interrumpió ella con voz dura—. Es…
esperé durante tres semanas, y no recibí noticia alguna.
—De hecho —concedió él con pesadez—, no fueron tres semanas, sino cuatro.
Las conversaciones íntimas son difíciles desde el otro lado del ecuador.
Isabel lo miró incrédula.

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—¿Quieres decir que… todavía estabas en Brasil?


—De lo cual te habrías enterado si hubieras llamado a mi oficina —Alex
encogió los hombros—. Sé que debería haber escrito. Lo hice en dos ocasiones, pero
destruí las cartas; temía esperar demasiado de nuestra relación, y nadie iba a
acusarme por segunda vez de ser un tonto. Cuando volví y me encontré con que
habías desaparecido, no te llamé porque… esto no va a gustarte, ¿por qué no te
sientas? —Isabel se acomodó en el sofá y Alex bajó la cremallera de su cazadora y
metió las manos en los bolsillos del pantalón—. No te llamé porque… mi tío me rogó
que no lo hiciera. Yo pensé que se lo debía, a pesar de lo que hizo.
En los ojos de Isabel se reflejó la cautela.
—¿Hiciste lo que tu tío te dijo? —tragó saliva—. Ya veo.
—No, no entiendes —dijo Alex de manera abrupta y se sentó frente a la
chimenea—. Sin importar lo que hayas pensado de mí en el pasado, cuando volé a
Río, fue para enfrentarme con Robert Seton. Quería matarlo, mas al llegar a su casa,
descubrí que Chris casi lo hizo por mí.
Isabel frunció el ceño.
—¿Chris?
—Sí —reiteró Alex, y tomó una de las manos de ella para sostenerla entre las
suyas—. ¿Recuerdas aquel amorío con Palmer? ¿Del que te acusé? Pues bien —hizo
una pausa—. Chris se unió con alguien en California, y ese alguien no fue tan
discreto como Jerrold; tomó fotografías y las envió al padre de Chris.
Isabel contuvo el aliento.
—Quieres decir que…
—Ya sabes lo que quiero decir —Alex inclinó la cabeza—. Mi tío fue
chantajeado por medio millón de dólares. La noche en que llegué a Río, él sufrió un
ataque cardiaco.
—¡No!
—Sí.
—En los periódicos no se…
—Yo me encargué de que así fuese —declaró Alex—. Nadie debía enterarse de
lo sucedido para que Chris no lo supiera. A tío Robert le aterraba la posibilidad de
que Chris quisiera ejercer su derecho de hacerse cargo de la empresa en ausencia de
su padre. Por fortuna logramos disfrazar su enfermedad como agotamiento
producido por el calor y me lo traje de regreso a Inglaterra.
—¿Y ahora? ¿Cómo está él? —inquirió Isabel con ansiedad.
—Sufre una parálisis parcial —respondió Alex—. Puede hablar, pero no con
claridad. Su médico dice que quizá quede confinado a una silla de ruedas por el resto
de su vida. El problema es que cambió su testamento. Desde… desde ese asunto con
Chris, ni siquiera quiere verlo. Desea que yo me encargue de la dirección de
Industrias Denby, y yo no sé qué hacer.

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Isabel lo miró, desvalida.


—¿Está enterado Chris?
—¿De la enfermedad de su padre o del testamento?
—Supongo que de las dos cosas.
—Sí, lo sabe.
—¿Y?
—Le afectó mucho. Aunque parece que terminó por aceptarlo. De cualquier
manera, piensa radicar de manera permanente en Estados Unidos. Sin contar la
infortunada experiencia que mencioné, a él le gusta estar allí. Tiene amigos en
California, como también enemigos. Saldrá adelante.
—¿Y el chantajista? —Isabel tenía los ojos muy abiertos—. ¿Tuviste que
pagarle?
Alex hizo una mueca.
—Creo que mi tío sí le había pagado, mas yo preferí ponerme en contacto con la
policía. Le interesan mucho los casos como ese. Todo se resolvió con gran discreción.
Isabel se mordió el labio inferior.
—Así que… ¿por eso no me llamaste?
—Esa fue la razón —Alex la contempló con firmeza—. Sabía que pensarías muy
mal de mí, ¿pero qué podía hacer? Tuve que esperar a mi regreso a Inglaterra,
aunque me consolaba la idea de que dispondríamos del resto de nuestra vida para
nosotros. Y cuando por fin pude volver, tú habías desaparecido.
—Oh, Alex…
—Y el maldito fotógrafo no quiso decirme dónde estabas. Así que ordené que lo
siguieran. El día de ayer, mi contacto me avisó que lo perdió en algún lado en
Spalding. Fui allá estaba mañana y recorrí todas las agencias de bienes raíces de la
localidad mostrándoles tu fotografía. Estaba seguro de que alguien te recordaría. No
pasas inadvertida, ¿sabes?
—Creo que aquí sí —comentó Isabel—. ¿Cuándo viste a Jason?
—Hace dos horas. Salía de un hotel con una maleta. Lo arrinconé y él inventó
una historia acerca de la búsqueda de una locación para unas tomas. Supongo que se
dio cuenta de que podría matarlo si no me decía dónde estabas. De cualquier
manera, después de una discusión, estuve de acuerdo en permitirle presentar su plan
para el catálogo de primavera en Textiles Denby, a condición de que me diera tu
dirección. Y aquí estoy.
Isabel estaba sin aliento.
—Desde que supo que te… conocía, le interesó ese catálogo.
—Bueno, ¿y qué? Fue pequeño el precio por localizarte. Sólo dime que deseabas
que lo hiciera y consideraré que todo valió la pena.

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—Oh, Alex —Isabel se estremeció, se inclinó hacia él y le deslizó los brazos


sobre sus hombros—. ¡Anhelaba que así fuera!
Alex se sentó en el sofá, al lado de ella para estrecharla entre sus brazos.
—Te quiero —musitó, mientras su boca encontraba la de ella—. Me siento como
si hubiese cumplido una condena y acabase de recuperar la libertad…

Transcurrió algún tiempo antes que volviesen a hablar, pero cuando Alex se
incorporó para agregar leños a la chimenea, Isabel sonrió.
—Espero que el señor Baynes no venga esta tarde —murmuró ella—. No estás
vestido para recibir a mis vecinos, ¿no te parece? Y tengo el presentimiento de que él
no aprobaría lo que hacíamos.
Alex se volvió hacia ella.
—¿Quién demonios es el señor Baynes? —exigió saber, y ella le enseñó la
lengua.
—Sólo el vicario —contestó Isabel incapaz de provocarlo más—. Ha sido un
buen amigo para mí, aunque él debe estar seguro de que vine aquí para esconderme.
—Y así fue —le recordó Alex con dureza y se inclinó para recorrerle con los
labios el lóbulo de la oreja—. Dios mío, cuando volví de América y descubrí que no
estabas, casi me volví loco.
—¿De veras? —Isabel lo miró al levantar él la cabeza y le pasó los dedos por la
nuca—. Aquella noche que volvimos a Nazeby, te fuiste de inmediato.
—Aquella noche —comentó Alex—, estaba demasiado impresionado por lo
sucedido. No podía creer que estuve engañado tanto tiempo. Recordarás que parecía
remoto; pues eso fue porque tú echaste abajo todo lo que había imaginado para
nosotros.
—¿Cómo? —Isabel frunció el entrecejo.
—Oh… —Alex suspiró—. Después de luchar durante seis años en contra de lo
que sentía por ti, por fin decidí decírtelo. Era magnánimo, ¿te das cuenta? Estaba
convencido de que mi anterior resentimiento por tus relaciones con Chris quedó
justificado por tu amorío con Palmer ya pesar de cualquier cosa que hubiese
sucedido, aún podría haber un futuro para nosotros. Necesitaba esa justificación. Sin
ella, no podía aceptar la idea de que había desperdiciado seis años; que si hubiese
sido sincero acerca de mis sentimientos desde el principio, quizá nunca te hubieras
casado con Chris.
—¡Oh, Alex!
—Ya lo sé —su mano se curvó posesiva sobre una mejilla de Isabel—. He sido
un tonto, ahora lo sé. Pero aquella noche necesitaba un chivo expiatorio y tío Robert
lo fue.
Las pestañas de Isabel velaron sus ojos.

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—Él… él lo sabía.
—También estoy enterado de eso. Tan pronto como pudo hablar, lo confronté
con ese hecho y tuvo que admitir que tú le rogaste que hiciera anular el matrimonio.
Isabel tembló.
—Me odia. Siempre ha sido así.
—Te odiaba —corrigió Alex con rudeza—. Ahora, ya no odia a nadie y si me
presentara ante él llevándote como mi esposa, te recibiría con los brazos abiertos.
Isabel parecía sorprendida.
—Yo creí que… —se humedeció los labios con la lengua—. Bueno, pues ya
veremos, ¿no te parece?
Alex rió de manera provocativa.
—¿Quiere eso decir que hay probabilidades de que te cases conmigo? —
inquirió, y ella abrió mucho los ojos.
—¿Entonces es que…?
—¿Quieres que me ponga de rodillas?
Los brazos de Isabel lo aprisionaron para atraerlo.
—No es necesario —dijo con voz ronca—. Oh, Alex, ¡te amo!
—¿Significa eso que sí o que no? —susurró él contra sus labios.
—Es un sí —su respiración era agitada—. Excepto… excepto que hay algo
más…
—Lo sé —Alex se hizo un poco hacia atrás para contemplarla, y un leve color
tiñó las mejillas de la joven.
—¿Lo sabes?
Alex inclinó la cabeza.
—Te preocupa que me convierta en director de Industrias Denby —dijo él con
suavidad—. Pero nada es definitivo todavía. Ya te lo dije. No sé qué hacer respecto a
eso y quiero hablar contigo. Si no quieres que participe en el negocio, pues…
—No me refiero a eso —lo interrumpió Isabel y expelió el aliento en un
prolongado suspiro—. Es que… bueno, claro que es importante el hecho de que te
conviertas o no en director de Industrias Denby, pero… hay otra cosa.
Ahora fue el turno de Alex para fruncir el entrecejo.
—¿Qué más? Ya te dije que Chris se irá de Inglaterra…
—No se trata de Chris.
Alex movió la cabeza.
—Entonces no sé… —estaba intrigado—. A menos que te refieras a tus acciones.
Puedes conservarlas.

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—Oh, Alex, tampoco son las acciones. Puedes tenerlas si quieres. De hecho, ya
había decidido ofrecértelas.
—Si no se trata de la empresa, de Chris, ni de las acciones… —Alex la miró sin
comprender—. No será que estás enferma, ¿verdad? ¿Te escondiste aquí porque
pensaste que yo no te querría si me enteraba? Mi amor, si ese es el caso, podemos
encontrar especialistas…
—No estoy enferma —Isabel rió—. ¡Déjame decírtelo! Estoy… estoy
embarazada. Voy a tener un nene.
—¿Un nene? —Alex bajó la vista hacia los senos y la prominencia del
abdomen—. ¡Oh, Dios! ¡Un bebé! ¡Por eso estás aquí!
—Por una parte, sí.
—¿Y la otra parte?
—La conoces. Porque te amo y no soportaba la idea de volver a verte y pensar
que tú no me amabas.
La mirada de Alex se endureció.
—¿Pensabas decírmelo?
Isabel lo negó por medio de un movimiento de cabeza.
—Tenía miedo de que dijeras que no era tuyo.
—Oh, mi amor… ¡mi amor! —hundió el rostro entre su cabello—. Lo creo. Lo
que no puedo creer es que yo haya permitido que perdiésemos tantos años.
—Pues… podríamos empezar a recuperarlos —se aventuró a decir ella y
extendió las palmas de las manos sobre la suave y morena piel de los hombros de su
amado.
—¿Tu señor Baynes accederá a casarnos? —preguntó y en su voz había una
clara provocación—. Como padre recién embarazado, ¡deseo convertirme en un
hombre honesto tan pronto como sea posible!
Isabel sonrió.
—¿Sabes? Me pregunto si Vinnie tenía algo de esto en mente cuando decidió
dejarme aquellas acciones —reflexionó, y Alex la atrajo hacia sí.
—Es posible que tengas razón —comentó Alex con ironía—. Siempre consideré
que esa anciana era más perceptiva que el resto de nosotros.

Fin

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