CIENCIA POLÍTICA Colección dirigida por
Fernando Jaime
LA COORDINACIÓN ESTRATÉGICA DE LOS
SISTEMAS ELECTORALES
DEL MUNDO
El propósito de esta colección es reflejar la pluralidad de temáticas que han surgido en los
últimos años a partir de un denominador común: el estudio de las instituciones políticas. Como tales se en
tienden los sistemas de gobierno, los mecanismos de toma de decisiones en los sistemas políticos, la
organización de las actividades legislativas, los sistemas electorales, la estructura de los partidos políti cos,
las burocracias públicas, la provisión de bienes públicos y la regulación de los servicios públicos, Todos
estos fenómenos se abordan como resultados de complejas interacciones entre múltiples acto res con
intereses, informaciones y creencias particulares y en diversos marcos institucionales. La colección Ciencia
Política pretende acercar al público de habla hispana algunas de las más destaca das contribuciones a este
enfoque disciplinario que se han realizado tanto en el ámbito académico in ternacional como en el
iberoamericano.
Hacer que los votos cuenten
NUEVAS CORRIENTES EN TEORIA POLÍTICA
Gary W. Cox
ROBERT E. GOODIN
Teoria del diseño institucional
B. GUY PETERS El nuevo institucionalismo
Teoría institucional en ciencia política
Teoria analitica de la política
MELVIN J. HINICH y MICHAEL C. MUNGER
Traducción de Gabriela Ventureira Revisión técnica de Diego
Reynoso
SISTEMAS ELECTORALES
GARY W. Cox La coordinación estratégica
de los sistemas electorales del mundo Hacer que los votos cuenten
JOSEP M.* COLOMER Cómo votamos
Los sistemas electorales del mundo: pasado, presente y futuro (próxima aparición)
gedisa
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editorial
*
***
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Votación estratégica, etiquetas partidarias y
entrada
En la Parte II de este libro se investigó la naturaleza e incidencia del voto estratégico en
una variedad de sistemas electorales y se destacó, sobre todo, el abandono estratégico
que sufren los candidatos y listas débiles. Duver ger, y muchos otros después de él,
argumentaron que las expectativas de la élite sobre el voto estratégico deberían
conducir a retiros prudentes y, por lo tanto, a reducir el número de competidores
que entran en el campo de batalla. En particular, aquellas élites que prevén que sus
propios candidatos o listas sufrirán los efectos del voto estratégico probablemente
decidan que montar una campaña (sin esperanzas) no vale el costo, y tratarán, en
cam bio, de dar su apoyo a los candidatos o listas más viables (presumiblemente por
un precio). En la medida en que se produzcan desistimientos de ese ti po, el número de
competidores decrecerá, desde luego.
En este capítulo subrayo que el argumento acerca de los retiros pru dentes tiene
algunas de las mismas limitaciones teóricas que el de Duver ger acerca del voto
estratégico. Primero, el argumento presupone que en la época en que deben
tomarse las decisiones sobre la entrada, será evidente qué candidatos o listas se
juzgan no viables el día de los comicios y, en conse cuencia, los votantes
instrumentalmente racionales los desecharán. Por lo tanto, así como los electores
deben tener creencias consistentes («expecta tivas racionales») acerca de quién va a
la zaga, del mismo modo las élites
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deben tener creencias consistentes respecto de quién irá a la zaga y, por
consiguiente, será víctima del voto estratégico. Segundo, el argumento de los retiros
prudentes también presupone que las élites se hallan principal mente motivadas por
la perspectiva de obtener la victoria en la elección presente. Para que el argumento
tenga validez, sin embargo, los votantes deben ser instrumentalmente racionales en
el corto plazo, pero también deben serlo las élites.
A fin de esclarecer estos puntos, examino primero que sucede cuan do no es
claro, durante la época en que deben tomarse las decisiones sobre la entrada,
quién será percibido como inviable. Hay, ciertamente, situa ciones en el mundo real
donde suele faltar una claridad de esa índole: pensemos, por ejemplo, en las
elecciones realizadas en las nuevas demo cracias o en gobiernos con sistemas
no estructurados de partidos.' Con sideraré aquí algunos modelos formales de
entrada que llevan las cosas hasta su extremo lógico: se juzga que cada participante
potencial tiene, en la época en que debe decidirse su ingreso, las mismas
probabilidades de no sufrir un abandono estratégico o, dicho a la inversa, tiene las
mis mas probabilidades de ser víctima de él, en caso de entrar en la liza poli tica. A fin
de prever el resultado, esos modelos muestran que las expecta tivas sobre el voto
estratégico no limitan el número de participantes cuando todos tienen la misma
probabilidad ex ante de sufrirla o de bene ficiarse de ella. Los únicos límites del número
de participantes en equili brio se relacionan con los costos de la entrada y con los
beneficios del cargo.
En el apartado 8.2 examino como el argumento de Duverger sobre los retiros
sensatos podría fracasar en otro aspecto, aun cuando la cuestión de la viabilidad
en el corto plazo resulte clara. Señalo, simplemente, los dife rentes tipos de
posibles resultados en el largo plazo que podrían motivar a las élites y reducir sus
probabilidades de coordinarse, comparadas con las de los electores.
En 8.3 me ocupo del caso más favorable a la lógica duvergeriana rela tiva a la
entrada: cuando todos los políticos se interesan principalmente en hacer una buena
elección, y un cierto subconjunto de potenciales participantes son ostensiblemente
viables y los demás, inviables. En este caso, si el candidato es consensualmente
percibido como no viable, hay razones de peso para no entrar en la contienda,
pues será una probable
víctima del abandono estratégico y perderá sin remedio; ¿por qué moles tarse
entonces, si la presente elección es todo cuanto le interesa? Cuan do las
expectativas son bastante obvias, habrá pues una regla M + 1 en el nivel de entrada
del candidato. Pero la verdadera pregunta es cómo resul ta tan evidente que un
gran número de potenciales candidatos no tiene probabilidad alguna de ganar.
Asimismo se examina aquí en detalle el pa pel desempeñado por las etiquetas o
investiduras partidarias en la coordi nación de las expectativas sobre la
viabilidad y se señala la posible exis tencia de una regla M + 1, aplicable también al
número de etiquetas partidarias.
En el apartado 8.4 se investiga la naturaleza de la entrada en situaciones en las
cuales ciertos partidos tienen indudables ventajas de viabilidad, de bido a la posesión
de etiquetas valiosas. Los candidatos valoran esas eti quetas porque transfieren
a su campo un cierto número de votantes habi tuales, certifican públicamente
su viabilidad y, de ese modo, les otorgan un «seguro» contra el abandono estratégico.
Dado que los candidatos valoran las etiquetas con un grupo de segui dores
establecido en el electorado, cabe inferir al menos dos cosas. Prime ro, los
futuros políticos de carrera competirán por las etiquetas existentes, cuando la
probabilidad de ganar bajo esa investidura sea mayor que la de hacerlo en calidad
de independiente o como miembro de un nuevo par tido. Segundo, los grupos,
movimientos políticos y futuros partidos en contrarán a menudo más ventajoso
unirse a uno de los partidos viables, en lugar de fundar uno nuevo o ingresar en
uno que no es viable. En 8.4 ana lizo este último punto, aunque ambas cuestiones
se hallan, ciertamente, es trechamente relacionadas.
8.1. Los modelos neutrales de entrada
En este apartado, considero la entrada en condiciones de extrema sime tría, es decir,
cuando se juzga que cada participante tiene tantas probabi lidades de ganar como
cualquier otro durante la época del ingreso. Para comprender esa situación, me
remito a la literatura basada en el modelo espacial de dos etapas, según la cual los
potenciales candidatos deciden primero si entran o no en la competencia y luego -
cuando algunos de ellos ya han ingresado-compiten por posicionare en alguna
parte del con tinuum izquierda-derecha (Palfrey, 1984; Greenberg y Shepsle, 1987; Fe
rejohn y Noll, 1988; Feddersen, Sened y Wright, 1990; Weber, 1990, 1992a, 1992b;
Osborne, 1993; Osborne y Silvinski, 1995; Shvetsova,
1. Según la definición de Sartori (1968, pp. 281, 293-294), un sistema de partidos estruc turado es
aquel en el cual los partidos establecidos poseen organizaciones nacionales y -lo que es más
importante para nuestros fines, controlan las fidelidades habituales del electorado.
Cuatro modelos neutrales de entrada
1995; Wada, s. f.; véase también Brams y Straffin, 1982).2 Todos los estu dios
considerados aquí utilizan los presupuestos técnicos de la
neutralidad y de la votación espacial determinista; tomados en conjunto,
implican que la única característica de los candidatos que les interesa a los votantes y
que estos conocen con certeza, es la posición adoptada en el continuum iz
quierda-derecha.'Suponer la neutralidad y la votación determinista
significa que los votantes no son «racionalmente ignorantes» (Downs,
1957) y, en consecuencia, no necesitan utilizar etiquetas de partido como una
forma rápida y directa de obtener información (véanse Popkin, 1991;
Fiorina, 1977) ni tomar «decisiones permanentes» en favor de los
candidatos con una etiqueta específica (Key, 1964b). Dicho de otra manera,
los candida tos y los partidos que los apoyan no tienen reputaciones
espaciales (por ejemplo, ideológicas o políticas) que sea preciso olvidar o
construir. Su poner la neutralidad significa, asimismo, que los votantes
carecen de indicios tales como la titularidad en un cargo o la historia electoral del
candidato, lo
cual podría revelarles quiénes son viables y quiénes no lo
son. Todos los jugadores están en un campo de juego nivelado, por así
decirlo; un hecho que contrasta con la literatura teórica de la decisión más
empíricamente orientada, donde a menudo se da por sentado el efecto
ahuyentante o di suasorio de la titularidad con respecto a la entrada."
En este apartado, analizo cuatro modelos neutrales de entrada
partiendo de la literatura sobre el tema. Los cuatro modelos difieren en
diversos aspec tos, pero todos imponen un límite superior al número de
participantes en equilibrio. La existencia de un límite superior nos recuerda
la Ley de Du verger, aunque, como veremos luego, las razones que dan cuenta del
lími te superior son totalmente distintas de las que Duverger tenía en mente.
El primer modelo del que me ocupo es el de Feddersen, Sened y Wright
(1990). En dicho modelo (de una elección bajo un sistema de ma yoría relativa),
los ciudadanos votan estratégicamente y un partido puede o bien entrar en
la competencia política en una posición espacial especí fica, pagando el
costo de entrada, o bien decidir no hacerlo. Si un partido desiste de la
elección, obtiene un resultado final de cero. Si, por otro la do, sale a la palestra,
entonces su resultado final equivale a la probabilidad de ganar (p) por el beneficio
de ocupar un cargo (6), menos el costo de entrada (c). De ese modo, no participará
ningún partido en equilibrio, a menos que pb 2c. En parte debido al
presupuesto de la neutralidad, el va lor en equilibrio de p resulta ser igual a
1/n, donde n es el número de par ticipantes. Esto es, cada participante
tiene las mismas oportunidades de ganar en equilibrio. Así, la condición
pb c se transforma en bic2n: el nú mero de participantes, n, tiene como
límite superior la razón beneficio-costo, b/c.
Si suponemos que b/c < 3, entonces surge un límite superior semejan te al
mencionado en la Ley de Duverger: en equilibrio, habrá al menos
2. No todos los estudios toman exactamente esta forma. Por ejemplo, en Palfrey (1984) la
etapa del ingreso se determina de manera exógena, con dos candidatos
participantes. Estos sa ben que una vez que hayan tomado posiciones, ingresará un tercer
candidato.
3. Un modelo espacial es neutral si, cuando los candidatos A y B cambian sus
posiciones es paciales (y se mantiene constante la posición de los otros candidatos, en
caso de que los haya), cambian entonces los porcentajes esperados de votos y las
probabilidades de obtener la victoria. El significado de votación determinista, contrapuesto
a la votación probabilística (véase Coughlin, 1992), puede explicarse con más facilidad en
una competencia entre dos candidatos, digamos en tre A y B. Cuando un votante prefiere la
posición política asumida por el candidato A y lo vota sin vacilar, entonces la votación es
determinista. Cuando es factible, pero no seguro, que el vo tante apoye a A debido a su
posición espacial superior, la votación es entonces probabilística.
4. La rama de la literatura correspondiente a la teoría de la decisión se centra en dar cuen ta de las
decisiones sobre la entrada y salida de los candidatos individuales. Algunos autores, por
ejemplo, investigan por qué los legisladores titulares deciden retirarse o competir por un cargo
de mayor jerarquía en vez de buscar la reelección. Otros investigan por qué quienes no
son ti tulares buscan, en principio, cargos legislativos. En ambos tipos de estudios, los hallazgos
mues tran, habitualmente, que los costos de oportunidad y las probabilidades de obtener la
victoria inciden de manera directa. En cuanto a los titulares, por ejemplo, la bibliografía
demuestra que, durante el período de posguerra en Estados Unidos, los republicanos
pertenecientes a la Cáma ra
baja buscaron puestos de mayor jerarquía con más
frecuencia que sus colegas demócratas,
pues su eterno estatuto de partido minoritario, si bien se modificó en los últimos tiempos, sig
nificaba que tenían pocas probabilidades de obtener la presidencia de un comité o de un subco mité
(Gilmour y Rothstein, 1993; Schansberg, 1994); que los representantes de estados peque ños
buscan un cargo estatal más a menudo que los representantes de grandes estados,
porque los distritos de la Cámara baja, donde deben competir, comprenden una porción
mayor del electo rado estatal y porque hay menos competencia por parte de otros
miembros de la Cámara que gozan de movilidad vertical (Rohde, 1979; Brace, 1984;
Kiewiet y Zeng, 1993, p. 933); y que era más probable que se retirasen los miembros de la
Cámara de Representantes que libraron más cheques en el escándalo bancario de la
Cámara en 1991-1992, pues sus oportunidades (per cibidas) de ser reelectos se habían
reducido considerablemente (Groseclose y Krehbiel, 1994; Ja cobson y Dimock, 1994). En cuanto
al efecto disuasorio producido por la titularidad, Squire (1989, p. 284) descubre que en las
elecciones a la Cámara de Representantes estadounidense, durante el período 1978-1988, sólo el
4% de los escaños vacantes se ganaron sin oposición, en tanto que el 14% de todos los
escaños se ganaron sin oposición. Según Cox y Morgenstern (1993), la probabilidad de
una elección reñida en los distritos legislativos estatal de Estados Uni dos es desde .02
hasta .14 mayor si el escaño está vacante que si está defendido por un titular (después de
controlar las fuerzas relativas del partido en el distrito).
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2.
dos participantes. Pero la razón inmediata de esta predicción de equilibrio es
simplemente el presupuesto de que blc < 3. De acuerdo con Shepsle (1991,
p. 75; véase Ferejohn y Noll, 1988, p. 15), «los costos de entrada y la
evaluación de las ventajas del cargo determinan el número en equilibrio de
participantes». Pero el énfasis en los costos de entrada y en los benefi cios del
cargo no guarda una relación obvia con el razonamiento de Du verger, centrado en
las expectativas de la élite sobre el voto estratégico. El enfoque de Feddersen,
Sened y Wrigth nos recuerda los onerosos requi sitos sobre la recolección de un
gran número de firmas antes de participar en una votación estadounidense, las
ventajas concedidas a los lemas «per manentes» en Uruguay (González,
1991) o los costos de hacer publicidad por televisión en Francia (Duverger,
1986, p. 81). El enfoque de Duver ger gira en torno a las expectativas sobre el
voto estratégico. Cuando fal tan razones para creer que la proporción beneficio-
costo es, generalmen te, menor que tres, el modelo de entrada de Feddersen-Sened-
Wright no conduce a un resultado compatible con la Ley de Duverger, aunque seña la,
por supuesto, un conjunto importante de factores pasible de afectar el número en
equilibrio de los postulantes en un determinado gobierno.
El segundo modelo de entrada en las elecciones según la mayoría rela tiva se debe a
Weber (1992b) y difiere en muchos aspectos del de Fedder sen, Sened y
Wright: los partidos maximizan su porcentaje de votos, no la utilidad esperada;
los votantes votan sinceramente, no estratégicamen te; la entrada es consecutiva,
no simultánea. Sin embargo, el resultado con respecto a la entrada sigue siendo
muy parecido en lo esencial.
De acuerdo con Weber, los n partidos establecidos compiten simultánea mente
unos contra otros, aun previendo el posible ingreso de un solo par ticipante
potencial. Este entrará si, y sólo si, puede garantizar un porcenta je de votos
que exceda un nivel predeterminado q. Cabe interpretar que el participante
deriva la utilidad del hecho de ganar votos (debido no sólo a la probabilidad de
convertir los votos en escaños, sino también a otras razo nes), aunque deba
pagar, asimismo, el costo de entrada. El nivel q es enton ces el costo de
entrada expresado como una proporción del total de votos.
Según uno de los resultados del modelo de Weber, cuando el costo de entrada es lo
bastante alto (al menos el .25 expresado en función del por centaje de votos),
entonces los dos partidos establecidos podrán impedir la entrada de un
tercero." Esta predicción coincide con la de la Ley de Du verger, pero depende
exclusivamente de los costos de entrada, como en el
resultado de Feddersen, Sened y Wright. En efecto, la falta de toda de
pendencia con respecto a las expectativas de la élite sobre el voto estraté
gico se torna aun más obvia en este modelo al estipular que los ciudada nos votan
sinceramente.
El tercer modelo de entrada pertenece a Shvetsova (1995), quien tam bién imagina un
número de partidos establecidos que compiten simultánea mente, aunque
prevén la posible entrada de un solo candidato adicional. El modelo de
Shvetsova, sin embargo, investiga la entrada bajo las reglas elec torales de VUNT
en un distrito de Mescaños; la estructura electoral es, por lo tanto, más general que la
considerada por Palfrey o Weber.
Shvetsova postula que todos los candidatos maximizan sus probabilida des de obtener
un escaño y que el participante potencial ingresará si, y só lo si, puede garantizar una
probabilidad positiva de ganar. Asimismo, la autora supone que los electores votan
sincera y no estratégicamente.
Una de las preguntas formuladas por Shvetsova (véase Greenberg y Shepsle,
1987) es si existe o no un equilibrio en M: una situación en la cual M candidatos han
adoptado posiciones espaciales tales que 1) dichas posiciones constituyen un
equilibrio de Nash para los M participantes de terminados de antemano y 2) se ha
disuadido a el único participante po tencial de entrar en la liza. También se pregunta
si existen los equilibrios en M + 1, definidos análogamente (véase Weber,
1992a). Y descubre que los equilibrios en M existen en condiciones estrictas
(distribuciones de preferencia simétricas convexas y MS 3); que los equilibrios en M
+ 1 existen en condiciones un poco menos rigurosas (distribuciones de prefe
rencia simétricas unimodales) y que debe haber un equilibrio Mo bien un equilibrio M + 1 en
condiciones aun menos estrictas (distribuciones uni modales de preferencia).
Si se piensa que las distribuciones de las preferencias tienden a ser uni
modales, entonces estos resultados se oponen, en alguna medida, a la Ley
de Duverger y a la extensión de Reed de dicha ley, por cuanto la predicción es que
no habrá más que M + 1 partidos. El mecanismo que produce este re sultado no se
relaciona en absoluto con el voto estratégico, pues se supone que en el modelo
los votantes se comportan sinceramente. El resultado de pende, en cambio, de
la capacidad de los partidos que ya entraron de actuar en connivencia, ocupando todos
los nichos electorales atractivos y no de jando espacio alguno al participante (M + 2)°
para conseguir un escaño.
5. Los mecanimos disuasorios con respecto a la entrada son similares a los mencionados en Palfrey
(1984).
6. Considerado más ampliamente, el resultado de Shvetsova es, en esencia, similar al de
We ber y Feddersen, Sened y Wright. Si bien la autora no presenta explícitamente la noción de
costo de entrada, cabe interpretar, conforme a sus resultados, que la entrada es onerosa, pero
......
.
..?
Por último, un modelo cuyo resultado es pertinente a la Ley de Duver ger
(Osborne y Silvinski, 1995), compara la entrada bajo la regla de la ma yoría
simple y bajo la mayoría absoluta con balotaje. El modelo da por sentado que los
candidatos valoran la política tanto como las prebendas del cargo, y que
deben pagar un costo para entrar en la competencia. Además de descubrir
que el número de candidatos que ingresa (bajo la re gla de mayoría simple o
de mayoría absoluta con balotaje) responde al cos to de entrada y al
beneficio de la victoria, Osborne y Silvinski muestran que las condiciones en que
puede mantenerse un equilibrio de dos candi datos bajo la mayoría absoluta con
balotaje son mucho más exigentes que las condiciones análogas bajo la
mayoría relativa. De esa suerte, aunque el modelo no respalda la
conclusión de que los equilibrios de dos candidatos son los únicos posibles
o probables bajo la regla de la mayoría relativa (como sugiere la Ley de
Duverger), sí muestran que los equilibrios de dos candi datos se dan con más
frecuencia bajo la regla de la mayoría relativa que ba jo la regla de la mayoría
absoluta con balotaje.
delo mantiene la neutralidad, entonces, antes de tomar decisiones
sobre la entrada, cada partido juzga que tiene tantas probabilidades favorables
como cualquier otro en el subjuego de posicionarse, posterior al ingreso. Esto es,
ningún partido tiene razón alguna para creer que será la probable víc tima del voto
estratégico, aun cuando todos piensen que habrá víctimas. Por tanto, los
pronósticos de voto estratégico en un modelo neutral de entrada no cambian las
probabilidades de victoria anteriores al ingreso (ni tampoco las posteriores,
previas a los posicionamientos) y, en consecuen cia, tampoco inciden
negativamente en el número de participantes.
¿Cómo podría un modelo de entrada incorporar las expectativas de la élite
sobre el voto estratégico? Tomando la formulación de Feddersen, Se ned y
Wright de la utilidad esperada, la manera más simple de incorpo rarlas sería hacerlo a
través de los supuestos sobre la probabilidad de la vic toria. En ese caso, los partidos
ya no calcularán las probabilidades de ganar -que dependen de la entrada- dando
por sentado la neutralidad del elec tor y la votación espacial determinista. En
cambio, todos sabrán que algu nos de ellos cuentan con una ventaja no
espacial, por cuanto los electores los perciben con más probabilidades que otros
de competir seriamente. En el subjuego de la votación, el resultado del equilibrio
será, entonces, el si guiente: los candidatos desfavorecidos sufrirán
posiblemente los efectos del voto estratégico y recibirán un porcentaje de
sufragios equivalente a cero. Una vez anticipado el hecho, los candidatos
previsiblemente desfa vorecidos no entrarán, en principio, en la competencia.
De esa suerte, si en la época de entrada resulta claro quién es viable y quién no
lo es, entonces corresponde impedir la entrada de los candida tos inviables (en la
medida en que su ingreso esté motivado por la proba bilidad de ganar la elección en
curso). Pero, ¿cómo saber a ciencia cierta quién no es viable? La respuesta es
simple: remitirse a la historia electoral; aquellos que ganaron en el pasado
se tornan claves en cualesquiera juegos de coordinación susceptibles de
surgir en las elecciones subsiguientes (véase Forsythe et al., 1993). Según la
respuesta a la que apunto más adelante (apartado 8.3), contar con el respaldo de
un partido mayor confiere ven tajas en cuanto a la viabilidad.
Análisis
Los cuatro modelos recién examinados se centran todos en el mismo me canismo
básico como la clave para poner un límite superior al número de postulantes: la
entrada es costosa y, por lo tanto, los nuevos candidatos saldrán a la palestra
sólo si sus probabilidades de obtener la victoria (o porcentajes de votos) son lo
bastante considerables para justificar el cos to. Este enfoque no es compatible
con el énfasis en el voto estratégico: cabe imaginar la construcción de un
modelo donde los candidatos eva lúen, en parte, las probabilidades de salir
victoriosos previendo quién su frirá los efectos del voto estratégico. Pero, en
realidad, ninguno de los modelos lo hace.
En la literatura sobre el tema, el único intento de considerar la incor poración del
voto estratégico como un factor susceptible de influir en las percepciones de los
partidos sobre sus probabilidades de ganar, se debe a Palfrey (1989), quien
simplemente señala que un modelo neutral de entra da con votación
estratégica es «esencialmente indeterminado». Si el mo
8.2. Cuando los políticos tienen perspectivas de largo plazo
que la probabilidad positiva de la victoria basta para superar ese costo. (El modelo no confirma
las probabilidades de victoria arbitrariamente pequeñas en equilibrio y, por lo tanto,
supone de hecho que el costo de entrada no es infinitesimal.)
Aunque resulta obvio que un político determinado probablemente sufra el
efecto del voto estratégico, en caso de entrar en la puja electoral, toda vía
puede hacerlo si cree que el ingreso lo beneficiará en el futuro. Tal vez
Desde esta perspectiva, resulta comprensible el escenario típico en las
democracias emergentes, donde surge un gran número de partidos en las
primeras elecciones y el proceso de filtro es relativamente bajo. Mu chos se
presentan en la primera elección porque todavía no se sabe con certeza quiénes
son viables y quiénes no. Una vez revelada la información sobre las preferencias
de los votantes, los grupos más serios continuarán participando -aunque las
probabilidades en el corto plazo sean poco hala güeñas, con la esperanza de
convencer a los competidores menos com prometidos de que se retiren. Este
sacrificio a corto plazo tiene por re compensa establecer expectativas claras para las
futuras elecciones sobre la viabilidad del propio grupo en cuanto representante
de un nicho especí fico de la opinión del electorado.
8.3. Sobre el valor de los respaldos partidistas como meca nismos
de coordinación
piense que si su entrada ocasiona la derrota de otro candidato, ello
demostra rá que el respaldo de su grupo es crucial y le permitirá obtener
concesio nes políticas. (Esta pudo haber sido la motivación de los prohibicionistas
en la política estadounidense de fines del siglo xix y principios del xx, por ejemplo.)
Quizá piense que su posición será más favorable cuando se presente a un cargo en
los próximos comicios (Bernard Sanders, el único socialista en la Cámara de
Representantes de Estados Unidos, pudo esta blecer su credibilidad como
candidato de un tercer partido, colocándose en segundo lugar, por delante de
un candidato demócrata débil (véase En dersby y Thomason, 1994). O quizá se
trate de un joven conservador bri tánico, quien no ignora que competir con éxito
en un distrito laborista seguro es una buena manera de ser nominado en un
distrito mejor (don de le resulte más fácil ganar), la próxima vez.
Si todos los políticos tienen perspectivas de largo plazo, entonces el jue go de
coordinación que se desarrolla entre ellos es más complicado del que Duverger
supuso implícitamente. En lugar de un juego de coordinación de una sola etapa,
en que los potenciales participantes compiten por una posi ción en el contexto
de expectativas firmemente establecidas sobre la viabili dad, se trata de un juego
de coordinación de múltiples etapas donde se lleva rá a cabo una serie indefinida de
futuras elecciones, y donde las expectativas de viabilidad pueden estar o bien
sólidamente establecidas (por ejemplo, el Partido Socialdemócrata (SDP) en el
Reino Unido, cuando trató de suplan tar al Laborista), o bien pueden no estarlo
(una nueva democracia donde se realizan las primeras elecciones). En lo que
resta del capítulo, me centraré en el caso en que las expectativas no se
hallan bien definidas.
Evidentemente, en este tipo de juegos tiene sentido entrar en la pri mera vuelta:
por hipótesis, uno cuenta con tantas probabilidades como cualquier otro de
obtener escaños y de posicionarse favorablemente para las elecciones
posteriores, o al menos no queda claro que uno no pueda hacerlo. Asimismo, tiene
sentido «mostrarse firme». Si es posible conven cer a otros de que uno se ha
comprometido a participar a perpetuidad, entonces quienes procuran ocupar un
nicho similar en el campo de los candidados pueden ser disuadidos de salir a la
liza. Limitarse a decir que uno está comprometido no resulta muy persuasivo.
Participar en las pri meras vueltas de la competencia, incluso si las propias
perspectivas no son buenas, es la señal más evidente de la credibilidad de dicho
compromiso. Así pues, la mayoría de los equilibrios naturales de estos tipos de
juegos de coordinación de varias etapas son aquellos en los cuales hay muchos
par ticipantes en las primeras vueltas y una gran susceptibilidad en lo concer
niente a los compromisos de largo plazo.
Cuando a los políticos les interesa principalmente la elección en curso y todos
saben quiénes son los candidatos viables y quiénes los inviables, en tonces la
coordinación en el plano de la élite es más fácil y se espera que no haya más de
M + 1 candidatos (o listas, en el caso de la representación proporcional). En
otras palabras, el resultado M + 1 en el nivel del voto estratégico, induce a un
resultado M + 1 en el nivel de entrada, si las éli tes prevén cabalmente quién sufrirá el
efecto del voto estratégico. La ver dadera pregunta es, por tanto, cómo se
establecen o confieren las «reputa ciones concernientes a la viabilidad». En este
apartado, la respuesta se formula en función de los avales partidistas.
Los avales del partido pueden ser valiosos para los votantes en dos as pectos.
Según la típica fuente de valor señalada en la bibliografía, los res paldos suelen
indicar, con precisión variable, dónde está situado el can didato que recibe el
aval o la adhesión con respecto a las cuestiones electorales (Key, 1964b; Fiorina,
1977). Otra fuente de valor, general mente inadvertida, reside en la utilidad del aval
como mecanismo de coordinación: si no hubiera una etapa de nominación ni
adhesiones pú blicas, los grupos de electores con las mismas opiniones
podrían terminar dividiendo sus votos subóptimamente entre una
superabundancia de can didatos similares.
Por esta razón, los avales partidistas valiosos para los votantes también lo serán
para los candidatos. Cuando transmiten información sobre las creencias políticas de
los candidatos y cuando los electores son racional
mente ignorantes, estas adhesiones conllevan una cierta masa de
seguidores habituales. En la medida en que dichas adhesiones monopolizan,
como mecanismo focal de coordinación, algún conjunto de electores, preserva
rá del abandono estratégico a quienes respalda y operará, en rigor, para
convertirlos en netos beneficiarios del voto estratégico.
¿Cómo cabe establecer o mantener el valor de la investidura partida ria? El
valor de la etiqueta como guía táctica puede promoverse en virtud de la
consistencia y la homogeneidad de creencias dentro del partido. Por
consiguiente, el aval del partido «significa algo» en términos políticos. El valor
de la etiqueta en cuanto mecanismo de coordinación reside, parcial mente, en su
naturaleza de profecía autorrealizadora. Si cada izquierdista piensa que
todos los izquierdistas apoyarán al Partido Demócrata, enton ces es racional
que lo hagan, y no que respalden a algún otro grupo. En caso contrario los
republicanos, menores en número pero mejor coordi nados, pueden «robar» la
elección.
Dicho de otra manera, una etiqueta debe ser focal para que sea valiosa como
mecanismo de coordinación. Es preciso que haya establecido un mo nopolio con respecto
al apoyo dentro de un segmento de opinión específico, una vez expulsados o
cooptados los otros supuestos mecanismos de coordi nación. En caso de no
expulsarlos, los votantes se encuentran entonces en la posición de los
sujetos de los famosos experimentos de Schelling (1960), esto es, con
demasiadas bases sobre las cuales coordinarse. Así pues, una can tidad excesiva
de avales puede ser tan nefasta como no contar con ninguno.
En el análisis precedente se dio por sentado que el resultado final de
una coordinación fructífera consiste en la probabilidad real de obtener un
escaño por parte de quien recibe el respaldo. Ello presupone, a su vez, una
cierta magnitud. La coordinación fructífera entre una escasa minoría de
votantes da por resultado meramente un bloque de votos, pero ningún es caño. Suponer
que es necesario un resultado en escaños para mantener la viabilidad de
una etiqueta implica la existencia de un número máximo de etiquetas.
Cuál será este máximo depende tanto de la estructura electoral cuanto de la manera
como se defina la viabilidad. Consideremos primero los
principales sistemas electorales examinados en la Parte I, para los cuales existen
modelos de voto estratégico desarrollados formalmente. Por lo ge neral, en estos
sistemas se espera que no haya más de M + 1 candidatos que «se presenten» para
obtener un escaño, donde M se refiere o bien a la magnitud del distrito (en el caso de la
regla de mayoría relativa y de la re presentación proporcional), o bien al número de
candidatos calificados para pasar a la segunda vuelta (en el caso de los sistemas de
votación con dos vueltas). Cuando «viable» o «establecido» definen a una etiqueta
cuyo principal candidato tiene probabilidades de ganar cada elección, el núme ro
máximo de etiquetas de partido viables que compiten en un distrito dado es M + 1.8
Otra manera de concebir el límite superior en el número de etiquetas viables es
hacerlo en función del tamaño mínimo viable de un partido. Por supuesto, se
considerará viable a todo partido susceptible de alcanzar o de aproximarse de
manera uniforme al umbral de exclusión en un siste ma. Cuando la magnitud del
distrito aumenta, el umbral de exclusión y, por consiguiente, el tamaño mínimo viable
para un partido decrece, de modo que se incrementa el número máximo de
etiquetas sustentables.
Más allá de los factores puramente electorales, un partido pequeño será menos
viable cuando hay poderosas economías de escala que compran es pacios
publicitarios en televisión, recolectan fondos para la campaña o aseguran las
carteras y otras posiciones de poder en el gobierno. Hay, pues, razones para
esperar que el número de etiquetas viables sea insufi ciente para el
número de candidatos viables.
8. Si se adoptara un nivel más bajo de viabilidad, entonces aumentaría, obviamente, el
lími te superior del equilibrio en el número de etiquetas viables.
9. Más allá de los principales sistemas electorales examinados en la Parte II, cabe observar que el
tamaño mínimo de un partido también disminuye con otras manipulaciones electorales
que bajan el umbral de exclusión (por ejemplo, el descenso de los umbrales legales, el reemplazo
de una fórmula electoral por otra más proporcional o la estipulación de otros niveles de
adjudicación de escaños). Asimismo, es más factible que el tamaño sea reducido cuando
la ley electoral faci lita o bien la negociación del voto dentro del distrito (mediante el
apparentement o las disposi ciones sobre el voto transferible), o bien los acuerdos sobre
nominaciones conjuntas (mediante listas conjuntas o cláusulas relativas a la fusión). En
ambos casos, los partidos con un tamaño in ferior al mínimo viable pueden evitar cualquier
sanción electoral (por su tamaño subóptimo) aliándose con otros partidos. De ese modo,
los beneficios de la pequeñez se suman a los de la consistencia sin sacrificar la viabilidad. Los
sistemas en los cuales se permite la negociación del voto dentro de un mismo distrito o que
cuentan con medidas para la nominación conjunta pue den, por consiguiente, tener
más de M + 1 etiquetas partidarias viables.
7. La manera como el apoyo de los partidos alcanza preponderancia y eclipsa el
patrocinio de los periódicos, empresarios poderosos, etc., constituye en rigor un tema
fascinante. Según mi propia impresión, basada en la lectura de la bibliografía histórica
sobre el desarrollo de los mé todos de nominación en Estados Unidos, las nominaciones
del partido se estructuran de tal mo do que resultan más persuasivas -para el electorado,
que los avales concedidos por los grupos de intereses.
207
8.4. La entrada en presencia de etiquetas establecidas
En el apartado anterior, afirmé que el número máximo de etiquetas via bles en un
distrito dado (donde rige uno de los sistemas electorales exa minados en la Parte I)
sería M + 1. Este límite superior proviene, básica mente, de una reflexión sobre el
comportamiento racional del votante en condiciones electorales alternativas.
¿Es posible agregar algo acerca del número en equilibrio de las etique tas, salvo que no
excederá M + 1? En este apartado, imagino la existencia de un cierto número
de etiquetas establecidas y considero cuáles son las opciones de un «nuevo»
grupo que podría querer participar en la compe tencia política. Partiendo del análisis de
la decisión del grupo frente a estas opciones, es posible lograr otra perspectiva
crítica sobre las características de un número en equilibrio de etiquetas.
Suponiendo que los candidatos que se presentan bajo etiquetas estable cidas
tienen una ventaja (y no una desventaja, como ocurrió recientemen te en Italia),
las nuevas fuezas políticas que procuran alcanzar el poder o in fluir en el corto o
mediano plazo se verán obligadas a elegir entre cuatro opciones electorales básicas: 1)
abstenerse de actuar en el frente electoral, tal vez desalentadas por los altos costos y las
escasas probabilidades de éxito, y centrarse en cambio en estrategias no
electorales; por ejemplo, en intrigas grupos de presión (lobbying] con los miembros electos
de uno o más parti dos consolidados;" 2) tratar de influir en el proceso de
nominación de uno de los partidos establecidos, de modo de conseguir buenas
posiciones en la lista o bien distritos seguros para los candidatos auspiciados por ellas;
3) lanzar un nuevo partido, motivadas por la creencia de que son capaces de
establecer su viabilidad, o 4) incluso si piensan que ya no hay cabida en el
sistema para otra etiqueta sustentable, transformarse en un partido de «pro testa» o
de «chantaje» perjudicándose y perjudicando momentáneamente a otra de las
investiduras partidistas consolidadas, con la esperanza de obte ner eventuales
concesiones. A fin de examinar estas cuatro opciones más formalmente,
imaginemos a un grupo (unitario) de algún tipo, ponderan do dichas opciones en un
distrito de Mescaños, donde hay ms M + 1 par tidos establecidos. En principio,
consideraré sólo a los grupos con metas a corto plazo que, de no haber perspectivas
inmediatas de obtener escaños,
descartarán la cuarta opción e incluso la tercera. Así pues, esos grupos pueden elegir no
participar en los comicios, buscar influencia dentro de uno de los partidos consolidados o
presentar una lista independiente de candidatos o la de un nuevo partido.
Daré por sentado que cada partido nomina a lo sumo a M candidatos, y que los
nominados del partido i pueden ordenarse de 1 a n;, donde n; SM." Según la
interpretación general de esta lista ordenada de candida tos (slate), el candidato 1
tiene un mejor aval (o, al menos, no peor) que el candidato 2, quien a su vez
cuenta con tantas ventajas como el candi dato 3, y así sucesivamente. En los sistemas
de representación proporcio nal con lista cerrada, el ordenamiento corresponde,
simplemente, a la posición en la lista. En los sistemas de RP con lista abierta y flexible,
in cluido el VUT, la idea de que hay una «lista» ordenada de nombres puede
tener un análogo natural (en los Países Bajos, por ejemplo, el partido de termina el
orden de los nombres, lo cual afecta sustancialmente qué can didatos reciben los
escaños de la lista) o no tenerlo (en Finlandia, que yo sepa, los partidos se
abstienen de conceder ventajas a sus distintos candi datos asignándoles
posiciones más y menos favorables). En este caso, la noción formal de «lista» (slate]
no tiene un verdadero análogo y cabe ele gir aleatoriamente el ordenamiento de los
candidatos. En el sistema japonés de voto único no transferible no hay, por cierto, nada
que pueda denomi narse coloquialmente una «lista», pero el hecho de anunciar el
propio res paldo antes y no más tarde puede constituir, empero, una ventaja. El
Par tido Demócrata Liberal (LDP), por ejemplo, habitualmente anuncia a qué
candidatos apoyará en las distintas vueltas, y tal vez resulte ventajoso estar en la
primera y no en la segunda vuelta. De ser así, la noción formal de orden de lista correspondería
a la secuencia cronológica en que se anun cian las nominaciones. Cuando el orden de
presentación no confiere nin guna ventaja sistemática, lo cual suele ocurrir,
entonces el orden formal de la lista puede ser escogido al azar. La cuestión del
ordenamiento no se suscita en los distritos uninominales.
Sea e; una variable ficticia igual a 1 si el grupo en consideración asegu ra la ja
posición a uno de sus candidatos, e igual a cero en caso contrario. El vector e; =
(ling ..., lim) describe entonces el éxito total del grupo para conseguir posiciones
avaladas por el partido i , y la variable e = ((1, ... , em describe el éxito para conseguir
posiciones avaladas por cada uno de los m partidos establecidos. Supondré que ningún
grupo puede conseguir el
10. Daré por sentado que el grupo ya aplica estas estratagemas no electorales en algún nivel
óptimo y que está considerando la posibilidad de sumar un componente electoral a su estrate
gia. Por tanto, cabe juzgar que la estrategia de «no hacer nada» produce un incremento
en la utilidad igual a cero.
11. Muchos gobiernos del mundo limitan de esta manera el número de
nominados, aunque algunos no lo hacen.
La utilidad esperada de no participar en el proceso de respaldo de nin gún partido
consolidado se expresa de la siguiente manera:
UE(No entrar) = max{s(0) - c(0),0}
(1)
donde c(0) representa el costo (equivalente en escaños) de presentar una lista
independiente o de un nuevo partido en una elección general. 13 La lógica que
respalda esta ecuación es simple: si el grupo en consideración no compite por
espacios de apoyo en la lista de cualquier partido conso lidado, entonces deberá
escoger, a la hora de la elección general, entre lanzar una lista independiente o de un
nuevo partido propio y producir un resultado esperado de s(0) - 6(0), o no tomar parte
en la elección y producir un resultado normalizado equivalente a cero. Podríamos escri
bir la utilidad esperada de presentar una lista independiente o de un nue vo
partido como s(0)6 - C(O), donde b corresponde al valor, en alguna unidad de cálculo,
de un solo escaño. He elegido la normalización b = 1 para que la función ce se
denomine, como ya señalé, en equivalentes de escaños.
La utilidad esperada para el grupo (con un margen de riesgo neutro) de participar en el
proceso de apoyo del partido i puede expresarse for malmente así:
grupo pupar en el pro
lenga éxito
respaldo de más de un partido consolidado. Así, a lo sumo para un parti do i, e; no es
cero. Si un grupo desaparece por completo, sea por falta de gestión o debido al
rechazo, e = 0, donde ( es un vector de mM ceros.
Sea s(e) el número esperado de escaños que obtendrá el grupo, dado que se asegura
las posiciones de apoyo descriptas en e y que presenta un candidato en cada una de
las posiciones aseguradas. Así, por ejemplo, en un distrito trinominal español con dos
partidos consolidados, quizás e = (0,1,0;0,0,0) -el grupo consigue el segundo puesto en
la lista del partido 1- y s(0,1,0,0,0,0) = .5 (el segundo puesto cuenta con muchos
competi dores en este distrito). Si e = 0, interpretaré s(0) como el número espera do
de escaños que obtendrá el grupo si presenta un número «óptimo» de candidatos
en una lista independiente o en la lista de un nuevo partido (la cuestión de la
nominación óptima surge, por ejemplo, en los sistemas de voto limitado).
El grupo no puede, desde luego, garantizarse a sí mismo las posiciones avaladas que
desea. Resulta costoso participar en el proceso de nomina ción del partido i, e incluso si el
grupo puede permitirse los costos de en trada, tal vez no tenga éxito en conseguir los
lugares deseados (o, en rigor, cualquier lugar). A fin de reflejar estos costos e
incertidumbres, sea Cui el costo del grupo para competir, en un nivel óptimo de
gestión, en cual quier proceso que asigne nominaciones en el partido i, y sea p:e:)
igual a la probabilidad de que el grupo consiga las posiciones avaladas e;, en el ca so
de ingresar en el proceso de nominaciones del partido i y de hacer una gestión
óptima.2
Es posible describir ahora con más detalle el problema de decisión que enfrenta el
grupo. Este debe decidir primero si ingresará o no en el proceso de apoyo de uno
de los partidos consolidados y, en caso de hacerlo, en cuál de ellos. Si el grupo
participa en el proceso de un partido consolida do, entonces debe decidir qué hará
a continuación, a la luz de las posicio nes de apoyo que consiga. Puede decidir
que dichas posiciones no valen los costos de presentarse a una elección general
o pueden serle denegadas cualesquiera posiciones. En ambos casos, se
enfrentará al problema de de cidir si presentarse en calidad de independiente o
no tomar parte en la elección general. Alternativamente, puede decidir que las
posiciones con seguidas son lo bastante buenas para justificar los costos de
presentarse a la elección general, y actuar en consecuencia.
quier luos
UE(Entrar en i) = {p:(e.)max{s(€;0) - Ç(e;0),(0) – (0),0} - Cy(2)
ee E
donde E = {0,1}Mes el conjunto de todos los posibles conjuntos de posi ciones
avaladas obtenido por el grupo; la notación (e;0) indica que el gru po no recibió
posiciones de respaldo de partidos distintos de i, en tanto que recibió las posiciones de i
enlistadas en e;; y c.(e;0) representa el costo esperado de presentarse en la elección
general con las posiciones de apo yo denotadas por (e;;0).
La manera de interpretar la ecuación 2 es la siguiente. Para cualquier e; E E dado, el
grupo en consideración tiene alguna probababilidad p:e:) de conseguir las posiciones
avaladas que se enlistan en e;. Según si recibe o no dichas posiciones, el grupo puede
optar por no tomar parte en la elección
12. Al igual que en la obra de Black (1972) sobre la ambición progresiva, el cálculo de la utilidad
esperada podría generalizarse a fin de tomar en cuenta el nivel de gestión. Como esos
refinamientos no afectan en nada lo que estoy tratando de puntualizar, prescindiré de ellos aquí.
13. Supongo que el grupo focal podría presentar una lista independiente o la de un nuevo
partido sin que ello implicase costos análogos al costo eni de participar en el proceso de aval del partido
i; y dejo de lado la posibilidad de que el grupo ponga a sus candidatos en la lista de al gún otro partido ya
existente pero inviable.
(con un resultado normalizado de cero), rechazar las nominaciones ofrecidas y
presentar una lista independiente o de un nuevo partido (con un resultado de s(0) -
€(0), o bien competir en la elección general con las nominaciones recibidas del
partido i (en cuyo caso el resultado es s(e;;0) - Ç(e;;0)). Al mar gen de la opción
escogida por el grupo después de la nominación, este ha brá incurrido en el costo
cui al participar en el proceso de nominación del partido i (el último término situado a
la derecha de la ecuación).
La decisión del grupo de ingresar en el proceso de nominación del partido o de no
hacerlo está regida por el signo UE(Entrar en i) - UE (No Entrar): cuando la expresión
es positiva, el grupo prefiere ingresar en el proceso a no ingresar en ninguno;
cuando es cero, el grupo es indiferen te; cuando es negativa, el grupo prefiere no
ingresar en ningún proceso a hacerlo en el de i. Utilizando las ecuaciones (1) y (2),
UE(Entrar en i) - UE(No entrar) es igual a
proceso de nominación de un partido consolidado, en lugar de desis tir de la elección
o de salir a la palestra como un nuevo partido, au menta con: a) la permeabilidad de
los procesos de aval de los partidos mayores (men surada directamente para el
partido i por p:(1); la probabilidad de que el grupo pueda adjudicar a su propio
candidato la nominación de i, si lo intenta; e inversamente por Cuir los costos
percibidos del intento); b) la ventaja de poseer una de las etiquetas de los partidos
mayores (men surado para el partido i por s(1;0) - Ç(1:0) - max{s(0) - Ç(0),0}, el valor
esperado en equivalentes en escaños del candidato del grupo cuya cam paña se
hace con el apoyo del partido i y no sin este).
Ep;(e.)[s(e;0) - €(e;0) - max{s(0) - €(0),0}] - Culi ее С.
(3)
donde C; = {e; € E: s(e;0) – Ç(e;;0) > max{s(0) - Ç(0),0}} es el conjunto de todos los
avales ofrecidos por el partido i que el grupo encuentra atra yente, por cuanto
prefiere presentarse con la investidura del partido i en cualquiera de las posiciones
concedidas a sus otras opciones.
La decisión de participar, según se la describió hasta el momento, se centra sólo en los
resultados del presente. Desde una perspectiva pura mente teórica de la decisión, es
posible, empero, arrojar alguna luz sobre los resultados futuros postulando el
descuento de algún valor actual rela tivo a la opción de chantaje o de protesta, y
especificando los valores de continuidad también para las otras opciones. No
desarrollaré formalmen te esta extensión. Los resultados enunciados a continuación
trascienden, pues, lo que es demostrable en los límites del modelo formalmente elabo
rado, cuando se refieren a la cuarta opción.
Una vez dicho esto, podemos proceder a caracterizar la elección del grupo entre las
cuatro opciones antes delineadas. El caso más fácil de exa minar es el de los sistemas
de mayoría relativa uninominal (M= 1). En este caso, E = {0,1}, C; = {1} y la
expresión (3) reduce a p:(1)[s(1:0) - (1:0) - max {s(0) - €(0),0}] - Enir suponiendo que
s(1:0) - 6,(1:0) - max {s(0) - C(0),0} > 0. Partiendo de esta expresión, tenemos:
Cabe esclarecer el significado de esta proposición considerando unos pocos casos
especiales, ya señalados en la literatura pertinente.
Analicemos primero el caso donde s(1:0) = 1, de modo que el partido 1 es
dominante -en rigor, está prácticamente seguro de ganar la elección y el beneficio de
conseguir su etiqueta es máximo. En ese tipo de distritos, no hay razón alguna (que
maximice los escaños existentes) para presentarse bajo otra etiqueta que no sea la
dominante. Quienes aspiran a hacer carre ra política o bien participarán en el proceso
de avales del partido domi nante, o bien no lo harán en absoluto. Los grupos que
buscan controlar el poder legislativo procurarán, análogamente, controlar el proceso
de apo yo del partido dominante o se contentarán con las actividades inherentes intrigas,
grupos de presión (lobbying].14
Estas expectativas, desde luego, se corresponden estrechamente con la sensatez
tradicional del viejo y «sólido Sur» estadounidense. Como era imposible que ganase un
candidato republicano, la competencia política real fue derivada, casi por completo, a la
primaria demócrata (Key, 1964a). Epstein (1986, p. 129) le dio a la cuestión un cariz
teórico: «Quienes bus can cargos (en estados unipartidistas) tal vez perciban que
la primaria del partido dominante es un vehículo más ventajoso que ingresar como
can didatos en un partido minoritario, no importa cuán fácil resulte el ingre so. Las
protestas, junto con la ambición, el talento y el interés, son pues absorbidos por el
partido único». Grimm (1983, p. 316) notó una tenden cia similar en Alemania, donde
las pujas por las nominaciones se dan con
Proposición 1: En los sistemas de mayoría relativa uninominal, la pro babilidad de
que un grupo en busca de un cargo intente controlar el
14. Los partidos que ejercen este tipo de chantaje no serán viables, porque, por hipótesis,
no hay probabilidad alguna de que un tercer partido pueda incidir negativamente en la
elección del segundo. Así pues, no se infligiría ningún daño y no habría ninguna razón
para hacer con cesiones.
más frecuencia en los distritos que resultan «seguros» para uno u otro de
los partidos mayores; dicha puja surge, ciertamente, dentro del partido dominante.
Según una afirmación hecha a menudo con respecto al Sur, la adop ción de la
primaria directa contribuyó a perpetuar el unipartidismo (véa se Epstein, 1986, pp.
129-131). En términos de la Proposición 1, ello sig nifica que un proceso de respaldo
más permeable –la primaria directa en contraposición con los caucuses o
convenciones de delegados, suscitaba una mayor competencia.'"
Consideramos a continuación el caso en el cual s(1:0) = s(0:1) y s(0) - C(O) <0. Se
trata de un distrito en que dos partidos tienen una probabili dad de obtener el
escaño, pero donde los terceros partidos y los indepen dientes cuentan con tan
pocas posibilidades en la elección general, que no vale la pena el esfuerzo de
intentarlo (excepto para probar suerte). El re sultado es aquí similar al del primer
caso, y depende de la ventaja sustanti va implícita en la etiqueta de un partido
mayor. La razón para entrar en este distrito (en cuanto a maximizar los escaños) no
difiere en nada de la participación en un distrito donde compiten candidatos de
uno de los par tidos mayores. De ese modo, las nuevas fuerzas electorales se
esforzarán por abrirse paso en los procesos de respaldo del partido dominante, o
de sistirán de la elección.
Otro resultado aplicable a esta instancia corresponde al famoso argu mento
de Epstein (1986, pp. 131-132), según el cual la amplia adopción de las primarias
directas en Estados Unidos -un proceso de patrocinio eminentemente permeable,
contribuye a «la debilidad característica de los terceros partidos norteamericanos».
Epstein señala que «de acuerdo con el razonamiento, los intentos del tercer
partido son desalentados ante la posibilidad de capturar los colores de uno u
otro partido mayor en una primaria» (p. 131) y que «el temprano abandono de
los evidentemente de biles terceros partidos, puede ser alentado por la misma [...]
posibilidad
que parece mermar, en principio, la utilidad de dichos partidos» (p. 132).
La lógica subyacente en la Proposición 1 no se limita a los sistemas de mayoría
relativa uninominal (M = 1). Una proposición similar se aplica a los sistemas
con M> 1, sea en los regímenes de doble vuelta con un tope de M candidatos, o
en los regímenes de representación proporcional y de voto único no
transferible en distritos plurinominales. La única compli cación estriba en que los
factores de permeabilidad y de beneficio pueden no ser satisfactoriamente
separables, como en el caso de M= 1. Podemos hablar de q = p; (e) como la
probabilidad de obtener un conjunto favo
eeC; rable de lugares avalados, y de B=1 E [s(e;;0) - Ç(e;;0) - max {s(0) - C(O),0}]
Ic;lezec; como la ventaja media de un conjunto favorable de lugares avalados,
pero no podemos multiplicar simplemente a y B para recuperar el beneficio
esperado, tal como podíamos hacerlo en el caso de M= 1. Sin embargo, no
es tan desencaminado referirse a estos términos como si fuesen sepa rables. Si
lo hacemos, entonces una versión más general de la Proposi ción 1 es la
siguiente:
Proposición 2: La probabilidad de que un grupo en busca de un cargo intente
controlar el proceso de nominación de un partido consolida do, en lugar de
desistir de la elección o salir a la palestra como un nue vo partido, aumenta con:
a) la permeabilidad de los procesos de aval de los partidos consolidados
(mensurada directamente para el partido i por la probabilidad q de que el grupo
puede, si lo intenta, obtener algunas buenas posiciones en la lista de i para su
propio candidato (o candidatos); y de manera inversa por Cuir los costos
percibidos del intento); b) la ventaja de poseer una de las etiquetas de los partidos
mayores (mensurada para el partido i por el beneficio promedio de tener un
conjunto de lugares avalados por el partido mayor, en lugar de presentar se sin
ellos).
15. Cabe observar, a manera de digresión, que cuando los candidatos si se presentan en dis tritos
bajo una etiqueta inviable, ello les aporta beneficios, aunque no obtengan ni el escaño en juego ni
concesiones políticas en el mediano plazo. Presentarse, por ejemplo, como candidato para ocupar
un escaño cuando las posibilidades de ganar son nulas, constituye un medio acep tado
de demostrar la propia
habilidad para hacer campaña electoral y lo pone a uno en una po sición favorable para
presentarse en un distrito mejor la próxima vez. El ejemplo británico tam bién establece una
distinción entre una etiqueta inviable en un distrito específico y aquel que lo es en todas partes.
En Gran Bretaña, a los terceros partidos les resulta difícil presentar buenos candidatos en
todos los distritos porque no cuentan con distritos lo bastante seguros y margina les que sirvan como
señuelo para esforzarse en los menos promisorios.
Esta proposición también se puede esclarecer considerando algunos ejemplos.
Examinemos primero los casos de Uruguay y Colombia. Estos países eligen a los
miembros de la cámara baja en distritos plurinominales (cuyas magnitudes
oscilan desde 2 hasta 29, en Colombia y desde 2 a 47, en
Uruguay). Más aún, ambos han tenido largos períodos de política demo crática
bipartidista (por ejemplo, desde 1974 hasta el presente en Colom bia, desde 1911
hasta 1971 en Uruguay). La razón de esa similitud, suge rida por la Proposición
2, reside en que los dos partidos mayores de ambas naciones son sumamente
permeables.
El sistema colombiano es más fácil de explicar. Todos los escaños se asignan
en el nivel de distrito (no hay niveles superiores ni escaños adicio nales) usando el
método de los restos mayores de la RP, por lo general con la cuota de Hare. No
hay, sin embargo, restricciones legales para usar la etiqueta de los dos principales
partidos, el Liberal y el Conservador. Cual quiera puede presentar una lista de
candidatos y denominarla liberal, aun si ya hay listas liberales en el campo
electoral. Los colores del partido constituyen pues un bien común: agotable pero no
excluible. Una conse cuencia de este peculiar estatuto de las etiquetas de los
partidos mayores en Colombia es que las listas múltiples aparecen
rutinariamente con la misma investidura en casi todos los distritos. Cuando los
votos en favor de las listas liberales (o conservadoras) no se combinan con el
propósito de asig nar escaños, el sistema es similar al voto único no transferible de
Japón (véase Cox y Shugart, sin fecha). Las listas independientes y del tercer partido
fueron escasas en Colombia hasta la introducción, en 1991, de una lista nacional
para el Senado, junto con un nuevo formato de la pape leta y con nuevos
procedimientos de afiliación al partido, lo cual, además de ser otra consecuencia
relacionada con la primera, incrementó la expan sión. La escasez de esas
listas tal vez se debió, en parte, a la influencia de la contienda electoral: tomar
una etiqueta liberal (o conservadora) en lu gar de inventar una nueva, asociada a
una lista legislativa con un candida to presidencial (y, por tanto, con la posibiliad de
gozar del patrocinio del ejecutivo así como de otros favores).
En Uruguay, la historia es parecida pero más difícil de explicar. Antes de instaurarse
el régimen militar en 1971, las leyes electorales sustentaban, entre otras cosas,
un sistema bipartidista que garantizaba simultáneamen te la gran permeabilidad de los
dos partidos mayores y la ventaja sustancial de presentarse dentro de un partido
consolidado. El beneficio de presen tarse bajo un lema «permanente» residía en que
todos los votos para las lis tas pertenecientes al lema se combinaban con el
propósito de asignar es caños al partido, en tanto que no se brindaba esa
ventaja a los nuevos
grupos. Así pues, la ventaja de presentarse como una lista de facción o sub lema
dentro de un partido consolidado fue sustancial.
Los dos partidos mayores uruguayos eran, asimismo, sumamente permea bles.
Ambos mantuvieron el control legal de sus investiduras; pero justamente
porque todos los votos bajo el lema se combinaban, los líderes de los parti dos
tenían pocos incentivos para negarle sus colores a cualquier grupo que quisiese
participar.
Colombia y Uruguay no parecen ser idiosincrásicos. Shugart (1995) comparó
el número efectivo de partidos legislativos en siete países (in cluido Colombia, pero
no Uruguay), donde las elecciones legislativas y presidenciales se llevaban a cabo al
mismo tiempo. Descubrió que aque llos países con procesos de aval más
descentralizados contaban con un número efectivo de partidos legislativos
significativamente menor. Según Shugart interpreta los datos, en las
elecciones simultáneas los candidatos legislativos están impacientes por
alinearse con un candidato presidencial y provocar, de ese modo, una reducción
en el número efectivo de parti dos legislativos en los países cuyos procesos
descentralizados de aval lo permiten."
Si bien las Proposiciones 1 y 2 se refieren a la permeabilidad del proceso de aval
partidario, es posible interpretar los parámetros teóricos {P:(0;0): e;€ C;} de
manera diferente. Tomados en sentido estricto, dichos parámetros son
simplemente las probabilidades de que el grupo consiga varios avales del grupo
i. Para un grupo externo, estas probabilidades pue den reflejar la permeabilidad o
penetrabilidad del partido. Para un grupo que ya ha entrado en el partido y pasado
a ser un participante activo, es tas probabilidades pueden reflejar, sin embargo,
el equilibrio de poder del partido tanto como (o más que) la permeabilidad de
este.
Vamos a suponer la existencia de un partido relativamente no permea ble y a
centrarnos en las decisiones de salida de las facciones intrapartida rias. En este
caso, la Proposición 2 indica que una facción saldrá cuando sus probables posiciones
en la lista del partido proporcionen menos esca ños (esperados y libres de costos)
que los de una lista independiente o de un nuevo partido. Por tanto, es más
probable que el partido en su conjun to se mantenga unido cuando 1) la vida
electoral fuera de él es menos gra ta en cuanto a posibilidades y 2) cuando hay
menos «subrepresentación»
16. Y ambos países tienen tradiciones electorales y democráticas de larga data, aunque
in terrumpidas por la guerra civil (en Colombia) y por el régimen militar (en Uruguay).
17. Las pruebas de Shugart no son todas positivas. Examinando los casos en que las
eleccio nes presidencial y legislativa no se realizaron simultáneamente, descubre que los países
con pro cesos de apoyo más descentralizados tenían un número efectivo significativamente
mayor de par tidos legislativos. No resulta claro por qué razón este debería ser el caso.
de facciones en los procesos de respaldo (por lo cual algunas facciones to man
más que su porcentaje proporcional de respaldos, en función de sus fuerzas
electorales, y dejan a las otras con menos sostén). Estos últimos co mentarios quizás
expliquen por qué tantos partidos faccionalizados y es tables del mundo o bien
asignan apoyos proporcionales a su fuerza dentro de la convención del partido (por
ejemplo, el Partido del Pueblo Cristia no en Bélgica, los democristianos en Italia, la
Unión por la Democracia Francesa y el Partido Socialista en Francia), o bien
«congelan» el porcen taje de cada facción (por ejemplo, el Partido Laborista de
Israel, en 1973).18
8.5. Conclusión
En este capítulo se examinaron varias cuestiones relacionadas con las decisiones
sobre la entrada en la competencia política y cómo estas se ha llan condicionadas
por las expectativas sobre el voto estratégico. De acuerdo con el argumento
original de Duverger sobre la participación en las elecciones bajo la regla de
mayoría relativa, los potenciales candidatos del tercer partido simplemente preveían
que el voto estratégico arruinaría sus candidaturas y, por lo tanto, no participaban en la
pugna electoral. La primera tarea de este capítulo ha sido poner de relieve algunas
restriccio nes lógicas al alcance de la lógica duvergeriana.
Una de las restricciones se vincula a la claridad de las expectativas con
cernientes a la viabilidad. Si en la época en que deben tomarse las decisiones sobre la
entrada todos piensan que son igualmente susceptibles de sufrir un abandono
estratégico, entonces nadie será disuadido de participar; pe ro sí serán disuadidos
cuando, durante ese período, queda claro quiénes son las probables víctimas de ese
abandono.
Otra de las restricciones se relaciona con las metas de los políticos. Cuando a
estos solamente les interesa ganar la elección en curso, enton ces la lógica del
argumento es válida. Pero si están dispuestos a sufrir una serie de pérdidas con
la esperanza de lograr una eventual victoria o cier tas concesiones políticas,
entonces la lógica del argumento no es válida.
La fuerza del argumento de Duverger sobre la entrada en la competen cia electoral
depende, pues, de si estas dos condiciones generalmente se
satisfacen o no en un gobierno específico. No tengo mucho que decir acerca de
cuándo los políticos tendrán metas a largo o a corto plazo, pero he señalado que
despertar expectativas claras sobre la viabilidad es una cuestión que corresponde a
la historia electoral y a las etiquetas de partido. Una vez establecidas estas
etiquetas, cuyas propiedades son 1) transferir un cierto número de votos habituales
al total de un candidato y 2) certi ficar la candidatura como «viable», entonces los
nuevos candidatos que podrían competir por los votantes alineados a esas etiquetas
son disuadi dos de participar. Este tipo de candidaturas se enfrenta con un problema de
coordinación bastante complejo cuando compite con el nominado de la etiqueta
establecida, quien goza de todas las ventajas de la centralidad que indudablemente le
pertenecen. Și uno juzga que la Ley de Duverger depende de los mecanismos
causales -el voto estratégico, que reduce el número efectivo de candidatos en caso de
que ingresen más de dos, y la entrada estratégica, que reduce el número de
potenciales candidatos a dos-, podemos reformular la cuestión de la siguiente manera:
la parte del argumento correspondiente a la reducción de la entrada se sostiene
cuan do hay un sistema estructurado de partidos, en el sentido que Sartori da al
término, pero puede no ser válida cuando el sistema de partidos no es tá estructurado."
Si las etiquetas de partido constituyen, en rigor, los principales meca nismos de
coordinación en el largo plazo en casi todos los sistemas elec torales, entonces cabe
preguntarse cuántas etiquetas viables puede tolerar un sistema. Es difícil
estipular una única magnitud óptima para un parti do en un sistema electoral
determinado. Ser pequeño es mejor para mante ner la coherencia ideológica y
lograr que el respaldo del partido signifique algo en términos políticos; ser grande es
mejor para tornar centrales al can didato o a la lista, certificar que ambos son viables y
sacar provecho de cualesquiera economías de escala para publicidad, recaudación
de fondos y formación del gobierno. Tampoco es fácil decir en qué magnitud se ma
ximiza el beneficio total de mantener el rótulo.
Cabe conjeturar, sin embargo, cuál es la magnitud mínima viable de un partido.
Ello depende en forma más directa de los umbrales de exclusión, que a su vez son
funciones reconocidas de la estructura electoral (véase
18. El LDP de Japón se ha apartado, hasta cierto punto, de esa norma; véase Cox y Rosen
bluth (sin fecha). Si las facciones sienten aversión por el riesgo, entonces las reglas de
asignación proporcional también aportan ciertos beneficios en cuanto al «seguro».
19. Sartori parece dar por sentado que ambas partes del argumento relativas al plano del dis trito
son válidas en un sistema de partidos no estructurado. Esto puede ser cierto si hay otros ár bitros focales en
el sistema: los oligarcas poderosos en la Inglaterra anterior a la Reforma, por ejemplo. Pero en
ausencia de métodos alternativos para certificar cuáles son los candidatos via bles y cuáles no lo
son, los postulantes no serán disuadidos de entrar en la liza política. De modo que la Ley de Duverger
no es totalmente operativa ni siquiera en el plano local.
Lijphart y Gibberd, 1977). Dividir la magnitud mínima viable por la uni dad da por
resultado un número máximo de etiquetas viables. Este núme ro es
simplemente M + 1 para los tres principales sistemas electorales exa
minados en la Parte II: la regla de mayoría relativa en distritos de M escaños, la
representación proporcional en distritos de M escaños y el ba lotaje con un
tope de M candidatos. En la práctica, el número de etique tas viables puede ser
menor que este límite superior cuando hay podero sas economías de escala
dedicadas a la publicidad, a la recaudación de fondos y a la formación del gobierno.20
Si los colores partidarios confieren viabilidad y, por otra parte, la viabi lidad es difícil
de establecer, entonces los políticos ambiciosos que desean obtener un cargo
pueden tratar de conseguir el aval de un partido mayor en vez de lanzar un nuevo
partido o una candidatura independiente. Cuanto más valor tiene el presentarse
bajo la etiqueta de un partido domi nante y no sin ella, y cuanto más permeable
es el proceso de nominación de dicho partido, más probabilidades hay de que
los nuevos grupos o los potenciales candidatos se «infiltren» en el partido mayor y
no funden uno nuevo, de acuerdo con el viejo adagio: Si no puedes vencerlos,
únete a ellos.
Entrada racional y conservación de la
desproporcionalidad:
el testimonio de Japón
20. Ello plantea la pregunta sobre lo que sucede cuando el número de etiquetas, m, no lle ga
a M + 1 y surgen nuevos clivajes en el sistema, lo cual equivale a preguntar si un
equilibrio donde m < M + 1 puede ser estable. Algunas de las posibles respuestas ante un nuevo clivaje
son compatibles con el mantenimiento del número de etiquetas viables en m. Por ejemplo, si una
de las mayores etiquetas partidarias coopta los nuevos temas, o si los activistas cuya
finalidad es in troducir el tema en la agenda política eligen infiltrarse en uno de los partidos
mayores en vez de crear uno nuevo (una decisión que dependería de la permeabilidad de los procesos de
apoyo de los diversos partidos mayores, inter alia). Otra respuesta, la creación de un partido de
protes ta o chantaje concebido para forzar la cooptación del tema o una adjudicación
favorable de ava les, indica una desviación a corto plazo de m, seguida por un retorno.
Por último, una tercera respuesta, la creación de un nuevo partido viable, incrementa el
número de etiquetas viables en caso de tener éxito (pues si asumimos que m < M + 1,
entonces hay espacio para otra etiqueta, y la creación de una nueva etiqueta partidaria no
desplaza sencillamente a la vieja). Así, cuando m<M, existe al menos la posibilidad lógica de que el
sistema corrija ciertas alteraciones en las preferencias electorales sin necesidad de crear un nuevo partido.
Cuando, por otro lado, los nuevos clivajes surgen en un sistema con m = M + 1, entonces las opciones son
más limitadas. La
cooptación, la infiltración y el chantaje siguen siendo opciones, pero dar
comienzo a un nuevo partido con la idea de que se hará viable constituye una meta cuyo
cumplimiento requie re de mucho más tiempo. Si ninguna de estas estrategias resulta
satisfactoria, pueden aumentar las presiones para cambiar el sistema electoral, un hecho
que puede considerarse como una ma nera estructural de facilitar la entrada de los nuevos
partidos potencialmente viables (por ejem plo, Nueva Zelanda). Desde luego, el deseo de
consolidar los partidos también puede ser la cau sa de los ajustes electorales (como en
Japón; véase Christensen, 1994).
En este breve capítulo aporto algunas pruebas, en el nivel del distrito, perti nentes a la
Ley de Conservación de la Desproporcionalidad de Taagepera y Shugart, una
proposición articulada en el plano del sistema que depende de las decisiones
racionales sobre la postulación o entrada en la liza electoral. Tanto Taagepera y
Shugart (1989, p. 123) como Lijphart (1994, p. 97), entre otros, han destacado que la
correlación bivariada entre la proporcionalidad de un sistema y su número de partidos
refleja un mecanismo causal recíproco en funcionamiento. Aumentar el número de
contendientes (más allá de algún umbral determinado por la capacidad del sistema
electoral para distribuir proporcionalmente los escaños y mantener lo demás
constante) disminuye la proporcionalidad medida. Las desviaciones previstas de la
proporcionalidad tienden, empero, a reducir el número de partidos. Pues si todos
prevén un resultado desproporcionado y coinciden en que al partido A le tocará la pe or
parte de dicho resultado, entonces el partido A tiene razones válidas para abandonar la
carrera. Pero si A se retira, la correspondencia entre los votos y los escaños realmente
obtenidos será menos distorsionada de lo previsto."
1. Sartori (1985, p. 66, n. 12) también hace este tipo de acotaciones en su crítica a Rose
(1983).