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Simone de Beauvoir 2

Simone de Beauvoir, en su obra 'El segundo sexo', analiza la situación de la mujer en una sociedad patriarcal, cuestionando el concepto de feminidad como un mito cultural que perpetúa la subordinación femenina. La autora argumenta que la identidad de la mujer como 'la otra' se construye a través de una relación de dominación, donde el hombre es visto como el ser humano normal y la mujer como una alteridad. A través de un enfoque existencialista, Beauvoir explora cómo el prestigio social de los hombres se basa en su capacidad de actuar libremente, en contraste con la naturaleza biológica de la reproducción que limita a las mujeres.

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Simone de Beauvoir, en su obra 'El segundo sexo', analiza la situación de la mujer en una sociedad patriarcal, cuestionando el concepto de feminidad como un mito cultural que perpetúa la subordinación femenina. La autora argumenta que la identidad de la mujer como 'la otra' se construye a través de una relación de dominación, donde el hombre es visto como el ser humano normal y la mujer como una alteridad. A través de un enfoque existencialista, Beauvoir explora cómo el prestigio social de los hombres se basa en su capacidad de actuar libremente, en contraste con la naturaleza biológica de la reproducción que limita a las mujeres.

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Historia de la Filosofía – 2º de Bachillerato

El desarrollo del feminismo: Simone de Beauvoir

2. «El segundo sexo». La reflexión sobre la situación de la mujer

En 1949, Simone de Beauvoir publica El segundo sexo. En esta obra la autora


analiza la situación de la mujer en la sociedad patriarcal. Tal como nos muestra el
documental de Virginie Linhart Simone de Beauvoir, no se nace siendo mujer… el
libro tiene un gran éxito de público y supondrá un hito para el pensamiento
feminista a todos los niveles.

El punto de partida de esta obra es la pregunta: «¿Qué es una mujer?». Ahora


bien, hay que explicar el sentido de tal cuestión: ¿por qué la autora llega a
plantearse esta pregunta?

En primer lugar, la autora entiende que ser una mujer no es lo mismo que ser un
hombre, y esta diferencia supone ocupar un lugar de subordinación y
dependencia dentro de la sociedad.

En segundo lugar, la autora constata que esta diferenciación del papel que la
mujer ocupa dentro de la sociedad trata de explicarse a partir de unas supuestas
cualidades que poseen las mujeres; unas cualidades que vendrían a definir lo que
es la feminidad. En El segundo sexo la autora investiga el origen y el sentido de
este concepto: ¿qué es la feminidad? ¿Qué es aquello que hace que un ser
humano sea considerado una mujer? Y en su investigación descubrirá que la
feminidad es un mito construido culturalmente, un mito que justifica que los
humanos identificados como mujeres queden en una situación que obstaculiza su
trascendencia.

De este modo, partiendo de la concepción existencialista sobre el ser humano, la


autora emprende una investigación en la que analiza una circunstancia muy
precisa de lo que somos los seres humanos y de cuál es nuestra manera de estar
en el mundo. Somos seres finitos y situados dentro de unas circunstancias
que nos limitan, una situación que, además, siempre es social: nuestra existencia
es siempre compartida. Las personas nos descubrimos dentro de una situación, y
en la interacción que experimentamos con esta situación se va desarrollando
nuestra conciencia y, desde la libertad que nos caracteriza, vamos construyendo
nuestros proyectos con el objetivo de trascendernos.

Vista desde esta perspectiva, no podemos hablar de una esencia que nos defina
sino más bien hablamos de una condición: las personas somos aquello que
vamos haciéndonos a partir de nuestra situación.
Y desde aquí, volvemos a plantear la pregunta de la autora: ¿pero qué es una
mujer?

2.1. Feminidad y patriarcado

La autora constata que todas las sociedades de las que tenemos noticia son
sociedades patriarcales. Podemos definir el patriarcado como aquella
organización social donde las posiciones centrales (de poder y prestigio) son
ocupadas por los hombres (machos), mientras que las mujeres ocupan
posiciones sociales subordinadas a las posiciones del hombre. (Organización
social donde el hombre (macho) es el sujeto y la mujer es la Alteridad —lo que no
es un hombre—).

En todas las sociedades conocidas, patriarcales por tanto, podemos encontrar


una caracterización de las supuestas cualidades propias de los machos
(inteligencia, fuerza, audacia, rectitud moral, etc.) y de cualidades propias de las
mujeres (afectividad, ternura, timidez, debilidad, incapacidad técnica, carácter
voluble, etc.). Estas cualidades definirían lo que se entiende como masculinidad y
feminidad dentro de cada sociedad concreta. La masculinidad y la feminidad
serían, en consecuencia, las cualidades supuestamente esenciales, naturales,
propias de las personas de cada género. Esta concepción sobre las cualidades
humanas, una vez ha sido socialmente aceptada, vendría a justificar, a legitimar,
las relaciones sociales propias del patriarcado: los machos ocupan unas
posiciones de dominio y prestigio porque tienen unas cualidades naturales para
ocuparlas; en cambio, las mujeres ocupan una posición de subordinación porque
sus cualidades naturales no las califican para ocupar posiciones de poder.

Todas las sociedades han generado una serie de “mitologías” para justificar su
funcionamiento. Y en las mitologías que justifican la división de la sociedad en
géneros y, sobre todo, la jerarquía de géneros, el punto de partida está siempre en
el dimorfismo sexual de la especie: los órganos reproductivos de los distintos
géneros, así como la diferencia de funciones en el proceso reproductivo, es
evidente.

Ahora bien, ¿estas diferencias anatómicas son suficientes para justificar la


atribución de características que hemos descrito como masculinidad y
feminidad? Para Simone de Beauvoir es evidente que no. Esta aceptación de
características esenciales en los seres humanos es completamente incompatible
con la caracterización del ser humano que se hace desde el existencialismo.

En El segundo sexo la autora investigará cómo se van creando y manteniendo en el


tiempo estas concepciones sexistas. Y al mismo tiempo expone cómo han sido
cuestionadas a lo largo de la historia y cómo este cuestionamiento ha comenzado
a ser tan fuerte en su tiempo.
En estas investigaciones se verá la influencia del materialismo histórico
marxista en los trabajos de Simone de Beauvoir.

En los siguientes apartados analizaremos dos cuestiones clave que se plantea la


autora. En primer lugar: ¿cómo es posible que durante tanto tiempo la mujer
haya asumido una posición de subordinación? ¿Qué tiene que pasar para que
un ser humano acabe identificándose a sí mismo con unas características que lo
subordinan a otros seres humanos? En segundo lugar, la autora trata de contestar
a la pregunta: ¿qué efectos tiene para un ser humano haberse identificado
como mujer? ¿Cómo han vivido las mujeres su posición subordinada dentro de la
sociedad?

2.2. Ser la “otra”, ser “alteridad”

Simone de Beauvoir muestra cómo, en la manera de explicar el mundo y los seres


humanos, se utiliza la palabra “hombre” para referirse a toda la especie humana.
Ahora bien, aunque se asume que el concepto “hombre” se aplica en un sentido
general a toda la especie, su uso no es neutro. En la visión del mundo
socialmente aceptada, el hombre, el macho de la especie, es el ser humano
normal, natural. Todos los elementos humanos quedan representados por el
macho. La hembra de la especie, la mujer, es un “hombre” especial: un hombre
que no acaba de serlo. Esto da sentido al concepto de “otro” o “alteridad”: en la
concepción socialmente dominante, el macho se identifica con el ser humano, la
mujer es una “otra cosa”, la mujer es “la otra”.

Es importante introducir esta conceptualización para comprender el desarrollo


que Simone de Beauvoir hace del proceso de construcción de la “feminidad” en la
sociedad patriarcal.

Y a partir de esta conceptualización podemos plantear la pregunta: ¿por qué la


mujer acepta ser “la otra”? ¿Qué tiene que pasar para que, en el proceso
histórico, una parte de la humanidad —los machos de la especie— se identifique
como humanos, mientras que otra parte se identifique como aquello que no
acaba de ser un ser humano?

Simone de Beauvoir recurre a los análisis que hace G. W. F. Hegel sobre la


relación dialéctica entre el amo y el esclavo para aclarar este proceso. Vamos a
explicar estos análisis de forma esquemática:

En el proceso de formarse cada sujeto, cada individuo, la conciencia que tiene


de sí misma se va desarrollando por oposición a todo aquello que este individuo
encuentra y que no forma parte de él. Cuando un sujeto se encuentra delante de
algo que no responde a su voluntad, trata de dominarlo. Y la resistencia que
encuentra en aquello externo a sí mismo le hace tomar conciencia de sí mismo.
Entre las cosas que un sujeto encuentra frente a él, se encuentran otros sujetos.
Así tenemos un sujeto enfrentado a la alteridad.

Frente al “otro”, el sujeto trata de dominarlo, de someterlo. Y de forma simultánea


puede experimentar que el “otro” actúa de manera semejante, tratando de
dominarlo a él mismo.

En resumen, cuando dos sujetos, dos conciencias, se encuentran, se


enfrentan y tratan de dominarse mutuamente. Este enfrentamiento puede
desembocar en tres situaciones:

1. Primera situación: una de las dos conciencias es más fuerte que la otra y
logra someterla. Esta situación mantendrá dentro de sí un germen de
inestabilidad, ya que la conciencia sometida tratará en todo momento de
ganar fuerza o de debilitar al adversario para conseguir liberarse de su
dominio e incluso someter a aquel sujeto que la ha sometido en un primer
momento.

2. Segunda situación: después de un periodo de tensiones, ambas


conciencias acaban estableciendo algún tipo de pacto. Cuando ocurre
esta situación diremos que las dos conciencias se han reconocido: han
reconocido frente a sí a otra conciencia que lucha por imponerse y han
establecido una especie de acuerdo. Al reconocerse, diremos que han
formado un “nosotros”. Ya no son uno enfrentado a otro, son un “nosotros”
que pueden enfrentarse a un “otro”. Este “otro” será cualquier sujeto que
no hayan reconocido.

3. Tercera situación: una conciencia pretende imponerse sobre la “otra” y la


“otra” acepta su subordinación. No estamos hablando de una derrota,
sino de la aceptación de ser la “otra”, de ser alguien que se somete a la
decisión de aquel que se autoafirma como sujeto.

La tercera situación, la situación en la que un ser humano acepta someterse a


otro, en la que acepta una posición de subordinación frente a otras personas, es lo
que identifica, según Simone de Beauvoir, la situación de la mujer en la
sociedad patriarcal. Pero ¿por qué lo hace? ¿Por qué se da esta situación que
rompe la lógica de la oposición entre dos conciencias en su proceso de
afirmación?

Para contestar a esta cuestión, Simone de Beauvoir encuentra en el análisis de


Hegel la respuesta. Hegel explica este proceso de relación y construcción de la
conciencia humana. Y analiza el proceso en que se establece una relación de
vasallaje o de esclavitud. En esta relación, la dependencia es mutua: si el amo
no tiene esclavos no es nadie, no tiene poder; si el esclavo no tiene quien le
proporcione un espacio y unos recursos, no puede vivir. Ahora bien, el amo
aprovecha la dependencia del esclavo para imponerse. El esclavo, en cambio,
no utiliza la dependencia que el amo tiene de él para liberarse. ¿Por qué?

La clave para Hegel está en el prestigio. Según Hegel, el esclavo ve que el amo
puede hacer cosas por él que él no puede hacer por el amo. Y eso hace que el
esclavo le reconozca al amo un prestigio que él no tiene. En este punto, según
Hegel, el esclavo ha aceptado su sumisión. El esclavo reconoce una capacidad de
actuar en el amo que él no tiene.

Este esquema de explicación, según Simone de Beauvoir, debe aplicarse a la


situación de la mujer como la “otra”, como alguien que se ha de someter al
macho. De una manera u otra, el hombre ha conseguido que la mujer le
reconozca un prestigio que ella no tiene.

¿Cuál es el origen de ese prestigio?

2.3. El factor biológico

Simone de Beauvoir muestra en El segundo sexo que, en las especies de


mamíferos, el proceso de gestación y parto supone un desgaste para la hembra
de la especie mucho mayor que para el macho. Y este proceso reproductivo
tiene una incidencia en la integridad y la salud de la hembra humana mucho más
acusada que en cualquier otra especie de mamíferos. El proceso reproductivo
(gestación, parto, posparto y lactancia) coloca a la hembra humana en una
situación muy crítica y de extrema vulnerabilidad. Esta circunstancia tiene
unos efectos que, aunque transitorios, son manifiestamente incapacitantes. Y la
colaboración de la comunidad es determinante en el éxito de este proceso.

En el caso del macho de la especie humana, su participación en el proceso


reproductivo es meramente anecdótica. Este proceso no afecta en nada a sus
capacidades. Y esto hace que el macho de la especie, a diferencia de la hembra,
tenga plena disponibilidad para participar en cualquier tipo de actividad. El
hecho de no verse afectado por el proceso reproductivo sitúa a los machos en
una situación que les permite ganar un prestigio frente a las hembras: ellos no
se ven afectados por las “cargas reproductivas”, ellos no se debilitan en ninguna
fase del proceso reproductivo. Y este hecho hará que ganen prestigio frente a
las hembras de la especie.

Aquí tenemos, por tanto, la explicación del origen de la sumisión de la mujer al


hombre. (Pero estamos hablando solo del origen; esto no explicará por qué se
mantiene históricamente una organización patriarcal de la sociedad).

La autora plantea una pregunta muy importante:


Si la capacidad de hacer cosas por otro que este otro no puede hacer es el
origen del prestigio, ¿por qué las mujeres no obtienen prestigio de su
protagonismo en el proceso reproductivo?
En todas las sociedades humanas los procesos reproductivos son fundamentales.
En estos procesos la participación de las mujeres es esencial. ¿Por qué las
mujeres no obtienen un prestigio de su capacidad reproductiva que equilibre
el prestigio obtenido por los machos?

2.4. El inicio del patriarcado

La respuesta que la autora da a la pregunta anterior es muy esclarecedora:


La mujer no obtiene prestigio de su capacidad reproductiva porque la
reproducción no es un acto de libertad. La reproducción es un proceso biológico
que se desencadena independientemente de la voluntad del individuo. Solo
cuando se tiene el conocimiento y los medios adecuados puede controlarse
la capacidad reproductiva.

Desde el planteamiento existencialista, se insistirá en que solo los actos libres


son portadores de prestigio entre los humanos.

Por tanto, debemos pensar en una sociedad humana en tiempos del paleolítico,
en la que se vive de forma nómada y se obtienen los medios de subsistencia
fundamentalmente de la recolección. (La caza aporta una parte bastante menos
importante de nutrientes). Hay que imaginar una sociedad con muy pocos
recursos técnicos y un conocimiento escaso de los procesos naturales. En una
sociedad así, la fortaleza física de los individuos es fundamental para la
supervivencia. Y en una sociedad de este tipo, las acciones que pueden llevar a
cabo aquellos individuos no afectados por los procesos reproductivos hacen
que necesariamente ganen prestigio frente a las mujeres.

Desde ese prestigio consolidaron ciertos privilegios sociales que con el


tiempo se han esforzado por mantener.

Podríamos ver las sociedades patriarcales como un sistema social que ha


sabido preservar el prestigio de los hombres frente a las mujeres y los
privilegios sociales que este prestigio conlleva.

Ahora bien, como vimos más arriba, las peculiaridades de la reproducción


humana pueden explicar el origen de una división de roles sociales que
privilegia a los machos y subordina a las hembras de la especie humana. Pero
para mantenerse en el tiempo han sido necesarias toda una mitología que
justifique la subordinación de la mujer; y, por otro lado, el desarrollo de formas
sociales que contribuyan a su perpetuación. Veámoslo:

¿Por qué ha sido necesario generar una mitología sobre las capacidades e
incapacidades de hombres y mujeres?
¿Por qué ha sido necesario generar una ideología que justifique el poder de los
hombres sobre las mujeres?

Vemos que el origen del prestigio de los hombres está en el hecho de que la
reproducción de la especie no les afecta. Ahora bien, en la medida en que se
han ido desarrollando ciertos saberes y una mínima tecnología, la posición de
ventaja de los hombres sobre las mujeres queda cada vez más diluida.
Cuando empezamos a disponer de ciertos instrumentos para la defensa (por
ejemplo un arco o una ballesta), cuando se cuenta con ciertas técnicas para
conservar alimentos o para construir viviendas, cuando se cuenta con ciertos
conocimientos para regular la función reproductiva (comprensión de los ciclos
fértiles, conocimiento de plantas abortivas, etc.), estas mínimas ventajas restan
valor a aquello que los hombres pueden hacer por el simple hecho de no verse
afectados por los procesos reproductivos. Todos estos avances permiten que
las relaciones entre hombres y mujeres se planteen en términos de
reconocimiento y no de prestigio y sumisión.

Así, si vemos que hubo un momento histórico en el que parecía “natural”


establecer unas relaciones entre hombres y mujeres sin un reconocimiento
mutuo, también entendemos que estas situaciones históricas fueron
superadas muy pronto.

¿Cómo explicamos entonces el mantenimiento de unas relaciones


patriarcales en la mayoría de sociedades humanas?

Según la autora, a lo largo de la historia de la humanidad ha habido una lucha


constante de los hombres por mantener su prestigio ancestral. Las formas que
ha adoptado este intento de mantener el prestigio son variadas, pero podemos
resumirlas en tres:

a) Se ha creado toda una mitología que ha tratado de presentar la feminidad


como un conjunto de características naturales y determinantes. Estas ideas
entrarían dentro de lo que el materialismo histórico marxista denomina
ideología.

b) Se ha tratado también de organizar el orden social para privar a la mujer de


una autonomía económica que asegurara su dependencia del hombre. La
cantidad de leyes y costumbres sobre la organización económica es extensísima:
prohibición de poseer tierras, de trabajar fuera de casa, de ocupar ciertos
oficios. (Aquí estaríamos hablando del ámbito de las relaciones de producción).

c) Se ha tratado de impedir que la mujer tenga capacidad de control sobre su


propia capacidad reproductiva. Las acciones que se han llevado a cabo en este
sentido están presentes en todos los momentos históricos: desde la
obstaculización al acceso a medios de contracepción hasta la violación como
forma de provocar embarazos no deseados.

En el siguiente punto veremos qué ha supuesto para las mujeres vivir en una
sociedad patriarcal y qué sería necesario hacer para superar este tipo de
sociedad.

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