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Dixon - ADIÓS AL ADIÓS

El protagonista, Jules, se enfrenta a la revelación de su esposa Arlene de que desea el divorcio y está enamorada de otro hombre, Mike. A lo largo de la narración, Jules experimenta una mezcla de confusión, enojo y dolor mientras intenta comprender la situación y su impacto en su familia. La historia explora temas de amor, traición y la complejidad de las relaciones humanas.

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Dixon - ADIÓS AL ADIÓS

El protagonista, Jules, se enfrenta a la revelación de su esposa Arlene de que desea el divorcio y está enamorada de otro hombre, Mike. A lo largo de la narración, Jules experimenta una mezcla de confusión, enojo y dolor mientras intenta comprender la situación y su impacto en su familia. La historia explora temas de amor, traición y la complejidad de las relaciones humanas.

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ADIÓS AL ADIÓS

STEPHEN DIXON

“Adiós”, y se va. Me quedo ahí, con el regalo que iba a


darle en la mano. Que le había dicho que iba a darle. Esa
tarde, por teléfono. Dije: “Me gustaría llevarte una cosa
que tengo para ti”. Ella dijo: “¿Y eso?”. Dije: “Tu
cumpleaños”. Dijo: “Sabes que no me gusta que me lo
recuerden, pero ven, si quieres, a eso de las siete, ¿sí?”.
Fui. Abrió la puerta. Desde el umbral vi a un tipo sentado
en el sofá del salón. Ella dijo: “Pasa”. Pasé, le di mi abrigo,
llevaba el regalo en la bolsa de compras donde lo había
puesto la vendedora de la tienda. “Estoy con un amigo,
espero que no te importe”, me dijo. “¿A mí? ¿Importarme?
No seas sonsa, pero, ¿qué tan amigo?”. “Asunto mío”, dijo,
“¿te importa?”. “Claro que no, ¿por qué iba a importarme?
Tienes razón, es asunto tuyo”. Fuimos al salón. El hombre
se puso de pie. “No te levantes”, dije. “No es molestia”,
dijo. “Encantado. Mike Sliven”, y me ofreció la mano.
“Jules Dorsey”, y ofrecí la mía. “¿Quieres tomar algo,
Jules?”, dijo ella mientras nos estrechábamos la mano, y yo
dije: “Sí, ¿qué tienes?”. “Cerveza, soda, vino, un poco de
coñac, aunque preferiría guardarlo, si no te importa”.
“¿Por qué habría de importarme? Aunque me gustaría
tomar algo fuerte. Cerveza”. “¿Negra o rubia?”, dijo ella.
“De la que más tengas”, dije. “Tengo seis de cada una”.
“Entonces… negra”, dije. “Tengo ganas de una cerveza
negra, de repente me siento muy oscuro. Es una broma,
claro”, le dije a Mike, y después me volví hacia ella para
que también entendiera que estaba bromeando. Fue a la
cocina. Mike dijo: “Ahora recuerdo tu nombre. Arlene me
habló de ti”. “Seguro que solo dijo cosas buenas”. “Sí y
no”, dijo él, “pero hablas de nuevo en broma, sin duda”.
“Ah, sí, en broma, claro, o a lo mejor no. Digo, ¿quién
cuernos eres y qué diablos haces aquí? Pensé que Arlene
salía solamente conmigo”, y de un tirón lo hice levantarse
del sofá. Era mucho más alto que yo, pero no protestó.
“¿Dónde dejaste tu abrigo y tu sombrero?”, dije, y dijo: “No
traje sombrero, pero mi abrigo está por ahí, en el placar”.
“Pues vamos a buscarlo, así te vas”. Lo tomé del codo y lo
llevé al placar. Arlene volvió al salón y dijo: “Jules, ¿qué
haces? ¿Y tú adónde vas, Mike?”. “Creo que afuera”, dijo.
“Afuera”, dije. “Vine a darte un regalo y a llevarte a cenar
por tu cumpleaños y después a pasar la noche contigo aquí
o en mi casa o en un buen hotel, si quieres, y eso es lo que
pienso hacer, aunque me parta un rayo”. “¿Qué te pasa,
Jules? Nunca te oí hablar así”. “¿Te importa?”, dije. “No, la
verdad es que un poco me gusta. Mike, ¿te irás así como
así porque alguien te lo dice?”. “Creo que debería”, dijo,
“porque si hay algo en la vida que no me gusta es dar pelea
o provocar una; sobre todo, cuando me doy cuenta de que
no tengo posibilidad de ganar”. Abrí el placar. Tomó su
abrigo. Abrí la puerta de calle y se fue. Le eché llave a la
puerta. Pasé el cerrojo, por las dudas de que él tuviera
llaves. Después me volví. Arlene estaba de pie en el salón,
con mi vaso de cerveza en la mano. Avanzó hasta el
recibidor. No me moví, solo la dejé avanzar. “¿Aún quieres
beber esto?”, dijo. “No, quiero coñac”, dije. “Es del bueno,
importado”. “Pues del importado”, dije. “¿Cómo lo
quieres?”. “Con hielo”. “Marchando”, y volvió a la cocina.
La seguí. La vi estirar la mano para agarrar el coñac de un
estante alto del armario; me daba la espalda. Me le
acerqué desde atrás –no parecía saber que yo estaba allí–,
la abracé y me apreté contra ella. Dio vuelta la cabeza, me
besó. Nos besamos. Empecé a desvestirla ahí mismo.
No fue eso lo que pasó, por supuesto. Pasó lo siguiente. Le
llevé un regalo, no era su cumpleaños, había un tal Mike
sentado en el salón, aunque pensé que estaría sola, ella
dijo que era un buen amigo, “de hecho, el hombre con el
que me estoy acostando”. “Caramba”, dije. “Bueno, aquí
está el regalo, así que mejor te lo quedas”. Ella dijo: “La
verdad, no sería justo”. Mike se acercó al recibidor, se
presentó. “Mike Ivory”, dijo. “Jules Dorsey”, dije. “Mejor
me voy”. “No, Jules, quédate y bebe algo. ¿Qué quieres?”.
“¿Qué tienes?”, dije. “No sé. ¿Qué tenemos?”, le preguntó
a Arlene. Ella dijo: “Cerveza rubia y negra, vino blanco y
tinto, whisky escocés y de centeno, bourbon, vodka, gin,
brandy y creo que un poco de ese coñac que quedaba y
todos los aditivos para hacer tragos, además de algunas
bebidas sin alcohol, si de pronto quieres algo así”. “Bueno,
Jules ha de beber bastante”, dijo Mike, “o al menos lo hará
con nosotros”. “Sí, me gusta beber”, dije, “aunque no es
para tanto. Pero hoy quisiera un coñac doble de ese que
dices que te queda, si alcanza para uno doble”. “¿Por qué
no? ¿No, Arlene? ¿Lo busco?”. “Deja, yo lo traigo”, dijo
ella. “¿Cuánto es un doble?”. “El doble de lo que pones
habitualmente”, dijo. “Si no queda suficiente en la botella
como para duplicar lo que pones habitualmente, vacía la
botella en su vaso”. “En general, sirvo y listo, no sé
cuánto”, dijo ella. “Hazlo de esa manera”, dijo él, “pero
ponle el doble”. “Llena la mitad de un vaso común de
jugo”, dije, “y después ponle un cubito, si no te importa”.
“¿Hielo en uno de los mejores coñacs que tenemos?”, dijo
él. “No, señor, no. Lo lamento”. “Entonces, sírveme del
peor coñac”, dije, “pero ponle hielo, por favor. Tengo ganas
de tomarme un coñac y tengo ganas de tomarme un coñac
doble y tengo ganas de que esté helado”. “Perdón, de
veras”, dijo él. “Solo tenemos un tipo de coñac y es uno de
los más finos que existen. Al gin, al vodka, al bourbon, al
whisky, incluso a la cerveza, rubia o negra, le echaré un
cubito, y al vino, cualquiera de los dos, también. Pero no al
coñac ni al brandy. Los dos son demasiado buenos. No te
miento si te digo que no dormiría tranquilo si supiera que
ayudé o fui responsable o permití de alguna manera que
pasara algo así, que no hice nada y dejé que se le pusiera
hielo al coñac o al brandy sabiendo que con decir algo
podría haberlo impedido”. “Escúchame bien”, dije, y lo
agarré del cuello con una mano. Intentó golpearme. Me
agaché y le pegué en el estómago, se dobló en dos y le
asesté un puñetazo en la espalda. Se desplomó. Le metí el
pie bajo el pecho y lo volteé suavemente y quedó acostado
de espaldas. Miré a Arlene. Se había cubierto los ojos con
las manos, pero parecía espiar por entre los dedos. Le dije
a Mike: “Puede que lo que voy a decirte no le guste a
Arlene, pero voy a contar hasta diez para que tomes tu
sombrero y tu abrigo y…”. “No traje sombrero ni abrigo”,
dijo. “Entonces, para que te largues de una buena vez”.
“Jules, esto es un espanto”, dijo Arlene, aunque no se veía
preocupada ni asustada ni molesta ni nada por el estilo.
“No me importa. De repente me vinieron ganas de hacer
esto, así que lo hice y punto, aunque hacerlo no me haya
hecho sentir muy bien que digamos. Ahora, arriba, amigo”,
le dije a Mike. “Uno, dos, tres…”. Se levantó, se agarró el
estómago mientras se dirigía a la puerta. Para cuando
conté hasta ocho, estaba fuera. Ella dijo: “Detesto cuando
alguien le hace algo así a otra persona, pero creo que en el
fondo me encantó que se lo hicieras a él. No porque sea
Mike. Es alguien muy agradable. Lo que pasa es que,
bueno, nunca te vi actuar así. No entiendo qué me provoca,
pero ven aquí, canalla”. Me le acerqué. Me revolvió el pelo,
con la otra mano se quitó un zapato y después el otro. “¿Lo
hacemos aquí o en el dormitorio?”. “Aquí”, dije, “al menos
el comienzo, pero antes déjame echarle llave a la puerta”.
Tampoco pasó así. Pasó de la siguiente manera. Arlene es
mi mujer. Llevamos tres años casados. Antes vivimos
juntos otros dos. Tenemos un niño de nueve meses.
Durante la cena, Arlene dijo que quería el divorcio.
Nuestro hijo dormía en su habitación. Yo acababa de servir
el plato principal y el acompañamiento. Solté el tenedor.
Acababa de entrar en lo que suele llamarse estado de
shock. No me gusta el término, pero por ahora habrá que
aceptarlo. Figurativa y en cierto sentido literalmente –
técnica, científicamente–, entré en estado de shock. Me
quedé inmóvil no sé cuánto tiempo. Un minuto, dos, tres.
Con la mirada fija en el tenedor que se hallaba sobre el
plato. Hasta que dijo esas palabras, yo pensaba que, si bien
nuestro matrimonio tenía algunos problemas, eran
manejables y corregibles y no atípicos y que nos
proponíamos solucionarlos. En general, me parecía que
éramos muy parecidos en la mayoría de las cosas y que
nuestro matrimonio prosperaba y marchaba cada vez
mejor. Varias veces –muchas veces– Arlene también lo
había dicho. Más o menos una vez por mes me decía que
me amaba y que le encantaba estar casada conmigo y, más
o menos una vez por mes, no solo después de que ella me
lo dijera, yo le decía lo mismo. Yo lo decía en serio y me
parecía que ella también. No tenía motivos para pensar
que no lo decía en serio. Esa es la verdad. A veces, decía
de la nada: “Te amo, Jules”. A veces, yo le respondía: “Ah,
¿sí?”, y ella decía: “De veras”. Quizá estábamos en un taxi
y ella giraba el cuello y me lo decía. O íbamos caminando
al teatro o estábamos en la puerta del teatro durante el
intervalo de una obra y ella interrumpía lo que cualquiera
de los dos estuviese diciendo para decirlo. Durante aquella
cena, que yo había preparado… era una buena cena, pollo
con arroz, cocido a la perfección, algo que ella me enseñó a
hacer, una fuente de zucchini al horno, una ensalada
fantástica, una botella de vino, cóctel de camarones de
entrada y galletas con queso acompañadas por dos tragos
antes de sentarnos… habíamos hecho el amor la noche
anterior y los dos dijimos después que había sido una de
las mejores experiencias que habíamos tenido, nuestro hijo
era maravilloso y nos encantaba ser padres aunque
admitíamos que era duro y a menudo agotador, los dos
ganábamos bien por primera vez en nuestra vida de
casados, por lo que gozábamos de solidez financiera como
familia, nada o casi nada andaba mal, todo o casi todo iba
bien, así que por eso digo que de repente entré en estado
de shock. “¿Quieres el divorcio?”, dije por fin, después de
que ella dijera: “¿Qué tienes que decir sobre lo que acabo
de decir?”. “Sí”, dijo, “el divorcio”. “¿Por qué?”. “Porque ya
no te amo”, dijo. “Pero la semana pasada o la anterior
dijiste que me amabas más de lo que nunca amaste, o tanto
como amaste, dijiste”. “Mentía”. “No mentirías sobre algo
así”. “Te digo que estaba mintiendo”, dijo. “¿Por qué ya no
me amas?”. “Porque estoy enamorada de otra persona”.
“¿Estás enamorada de otra persona?”. “Es lo que acabo de
decir, de otra persona”. “¿Desde cuándo?”, dije. “Desde
hace meses”. “¿Y dejaste de amarme en el preciso instante
en que empezaste a amarlo?”. “No, un par de meses
antes”. “¿Por qué?”. “No lo sé. Me hice la misma pregunta
muchísimas veces y la única conclusión fue que, más que
saber la razón, simplemente sentía que era así. Una se
enamora, se desenamora. Aunque esta vez estoy segura de
haberme enamorado para siempre porque el sentimiento
es más fuerte que nunca”. “No puedo creerlo”, dije.
“Créelo. Desde hace un tiempo tengo el romance más
intenso que pueda imaginarse con alguien que conocí en el
trabajo –no lo conoces– y es casado y va a divorciarse para
estar conmigo, así como yo voy a divorciarme para estar
con él”. “Pero los chicos… quiero decir, nuestro hijo”, dije.
“Ya nos arreglaremos. Siempre nos las hemos arreglado, a
diferencia de otras parejas, y lo mismo pasará ahora. Yo
me quedaré con Kenneth por el momento y, cuando deje de
tomar el pecho, podrás verlo todo lo que quieras y por el
tiempo que quieras, siempre y cuando no afecte demasiado
su vida”. “Pero el hecho de que me dejes, el divorcio, la
ruptura de la familia, afectará su vida”, dije. “Lo siento, no
quise hacerlo; de hecho, intenté negarme, pero la fuerza de
lo que siento por este hombre y lo que él siente por mí…”.
“¿Cómo se llama?”. “¿Para qué quieres saberlo?”. “Dime su
nombre. Puede que lo conozca”. “Incluso si fuera el caso,
aunque no lo es, nada de lo que hagas o digas…”. “¿Su
nombre, por favor? Solo quiero saber a qué y a quién me
enfrento”. “¿Qué podrías saber por el nombre? Si fuera
Butch o Spike o Mike, ¿te haría sentir más o menos seguro
de que no estoy muy enamorada de él y de que no me voy a
divorciar de ti para casarme con él?”. “¿Se llama Mike?”.
“No, pero sabes que no me refería a eso”. “Bueno, sí, se
llama Mike”, dijo cuando me quedé mirándola fijo como si
la hubiera pescado mintiendo, “¿pero eso qué tiene que
ver? Mikey, Michael o Mike, es un nombre cualquiera”.
“¿Mike qué?”, dije. “Ya basta, Jules. No quiero que armes
lío”. “No voy a armar nada. Lo único que quiero es saber el
nombre completo de este tipo. Así puedo empezar a
decirme que me dejas y te divorcias de mí y deshaces
nuestra familia por Mike Tal-y-Tal y no por una sombra. No
sé por qué, pero así me parecerá más real y me será más
fácil procesarlo en mi cabeza”. “Spiniker”, dijo ella. “Mike
Spiniker”. “¿Con ‘i’, ‘a’ o ‘e’ o quizá ‘u’ en la segunda
sílaba?”. “Te estás pasando”, dijo ella. “Bueno, de acuerdo,
con eso me alcanza”. Me levanté, fui a buscar la guía
telefónica al living. “¿Qué haces?”, dijo ella. “No puede
haber muchos Mike Spiniker en la guía con una ‘a’, ‘e’, ‘u’
o una segunda ‘i’”. Busqué el nombre. “Un Michael, con
dos íes, en la Tercera Avenida”. Marqué su número.
“Basta”, dijo ella. “Vive en las afueras, aquí solo trabaja”.
Atendió una mujer. “¿Puedo hablar con Michael Spiniker?”,
dije. “¿De parte de quién?”, dijo la mujer. “Lionel Messer.
Soy su agente de bolsa”. “¿Mike tiene acciones en la bolsa?
No lo sabía”. “Tiene una cartera enorme de acciones y
bonos y debo decirle algo urgente al respecto para evitar la
quiebra antes de la medianoche”. “Iré a buscarlo, espere”.
La mujer apoyó el teléfono. “Deja de perder el tiempo”, dijo
Arlene desde el teléfono del cuarto. “Cuelga. No puede ser
él. Te digo que vive a ochenta kilómetros de aquí”. “¿Qué
es esto de las acciones?”, dijo Mike. “Hola, señor Spiniker.
¿Conoce a Arlene Dorsey? Arlene Chernoff Dorsey, en el
trabajo se la conoce por Chernoff”. “Claro que la conozco.
Trabajamos en el mismo edificio. ¿Pasa algo malo? Porque
pensé que la llamada era sobre unas acciones o bonos que
no tengo”. “Parece muy preocupado por la señora
Chernoff. ¿Es así?”. “Claro que estoy preocupado. ¿Quién
no lo estaría al oír su tono de voz? ¿Qué ocurre?”. “Se diría
que usted está enamorado de la señora Chernoff, señor
Spiniker. ¿Es así?”. “Oiga, ¿quién habla? ¿Y qué clase de
estúpida llamada es esta? O se ha equivocado de Spiniker o
está loco y lo que dice no tiene sentido, pero voy a tener
que colgar”. “Habla su marido, no te hagas el listo, y más
vale que dejes de verla o te romperé el cuello con mis
propias manos. Si con eso no alcanza, te pegaré un tiro en
el cuello roto. Tengo los medios. Y no me refiero a un arma
o dos o a gente a la que pueda encargárselo: con gusto lo
haré yo mismo. Puedo y sé cómo. ¿Te queda claro?”. “Muy
claro, hermano. Bien, de acuerdo. Tienes el número
correcto y no estás loco y puede que hayas acertado en
todo lo que has dicho, así que mis más profundas disculpas
por haberme enojado. Pero digamos que debe de haber al
menos dos Michael Spiniker en la ciudad porque no tengo
un agente de bolsa y, después de lo que me has dicho, no
pienso hacer nada con mi dinero salvo dejarlo en el banco,
¿de acuerdo?”. “Bien”, dije, y colgué. Arlene regresó
corriendo al salón. “¿Harías eso por mí? ¿Llegarías a ese
punto?”. “No lo amenacé para asustarlo o porque sabía que
tú estabas escuchando. Mi manera de ver el matrimonio es
que, a menos que se vuelva claramente imposible
permanecer juntos, estamos unidos de por vida. Por
supuesto, solo me lo tomo así por el niño”. “Me imagino.
¿Sabes una cosa? Por horrible que me haga quedar lo que
voy a decir, creo que mis sentimientos han dado un giro de
ciento ochenta grados. Ahora me doy cuenta de qué gran
marido tengo. Y de qué cobarde y qué cerdo es ese tipo al
tomarse todo como lo hizo, incluso si lo tuyo no era puro
engaño, después de todo lo que me juró el otro día sobre
cómo me iba a apoyar frente a ti y frente a su mujer
cuando llegásemos a este punto. Lo siento, Jules. Lo siento
tanto que quiero romperme la cabeza contra esta silla. Si
decirte que te amo no es suficiente, ¿qué más puedo decir
o hacer para probarte que lo que acabo de decir es verdad
y que nunca quiero dejar de estar casada contigo?”.
“Puedes quitarme la ropa y cargarme hasta la cama”. “Lo
haré si puedo”. Me rodeó la cintura con los brazos e
intentó levantarme. “Uf, cómo pesas. En vez de cargarte,
cosa que no puedo, ¿qué te parece si te quito la ropa y
hacemos aquí o en el sofá lo que quieras hacer”. “Me
parece bien”, dije, y ella me agarró del cuello de la camisa
y me la arrancó.
Eso es ridículo y tampoco pasó. ¿Por qué no contar lo que
pasó de una vez y ya? Sucedió todo de manera muy rápida
y sencilla. Estábamos cenando cuando me dijo que iba a
dejarme por un hombre llamado Mike. No teníamos hijos,
llevábamos ocho años casados. Le dije que no intentaría
detenerla. Me daba cuenta de que no había caso y lo único
que quería era que fuese feliz. Si no podía ser feliz
conmigo, me alegraba que pudiera serlo con otro. Dijo que
me agradecía que me lo tomase tan bien y de una manera
tan civilizada. Le pregunté quién era él. Me dijo que
trabajaba en un bufete de abogados que estaba en el
mismo piso que el de ella. Se veían desde hacía seis meses.
Él estaba divorciado, tenía dos hijos. Esa noche, Arlene y
yo dormimos en cuartos separados por primera vez desde
que estábamos casados, o por primera vez sin que uno de
nosotros estuviera enojado con el otro o tan enfermo que
necesitara dormir solo. Decidimos que lo mejor sería
dormir separados hasta que ella se mudara. Alquilaron un
departamento al mes siguiente. La ayudé a empacar y a
llevar sus pertenencias a la camioneta que había alquilado
y conduciría ella misma. Le dije que no me importaba si
Mike venía y le daba una mano porque tenía varias cargas
de cosas que mudar. Ella dijo que no le parecía bien que lo
conociera sino hasta más adelante: cuando estuviesen
casados, quizá; tal vez un año después de casados, cuando
podría visitarlos con mi nueva mujer, que para entonces,
sabía ella, yo tendría. “Estarás tan enamorado de otra
persona dentro de unos meses como yo lo estoy ahora de
Mike”. Dije: “Ojalá tengas razón. Sin duda, es lo que
querría”. Y se fue. Pensé que me lo estaba tomando bien,
pero no era así. De hecho, no lo soportaba. Todas las
noches me emborrachaba pensando en ella. Leía viejas
notas y cartas de amor que me había mandado y miraba
fotos de ella y golpeaba la pared con los puños y gritaba y
lloraba. No soportaba pensar que estaba con otro hombre,
que lo besaba, le susurraba cosas, le hacía el amor, todas
esas cosas íntimas, le contaba secretos, le hablaba de lo
que le había pasado ese día en una tienda, le preguntaba si
quería ver tal o cual película u obra de teatro esa semana,
se encontraba con él para almorzar, se iba con él de viaje
por el fin de semana, visitaban amigos, quizá hasta
planeaban tener un hijo. También me hacía daño el hecho
de que se dedicaran a lo mismo. Sabía que eso los volvería
más unidos, dadas todas las cuestiones laborales de las que
podrían hablar y que podrían analizar y compartir. Un mes
después de que me dejara, me aparecí frente al edificio
donde trabajaban cerca del final de la jornada. Salieron a
los quince minutos, de la mano, charlando animadamente.
Yo tenía una llave inglesa. La saqué de debajo de mi
chaqueta, corrí hacia él y grité: “Cabrón, te presento a
Jules, su marido”, y le golpeé la mano que había levantado
para protegerse la cabeza. Se agarró la mano, se dio vuelta
para escapar y le di en la cabeza con la llave. Cayó
redondo. Yo seguía gritando: “Nunca le permitiré que esté
con otro, bastardo, nunca. La amo demasiado. La amaré
siempre”, y levanté la llave sobre su cara, pero no volví a
golpearlo. Vino la policía. No intenté escapar. No sé qué
hacía Arlene en ese momento. Me arrestaron. A Mike se lo
llevaron en una ambulancia. Después, presentó cargos en
mi contra. Me declaré culpable y me sentenciaron a cinco
años. O sea que tendré que cumplir tres años y medio si no
causo problemas en prisión. Arlene me visita tantos días
como se lo permiten y siempre se queda el máximo de
tiempo posible. Son seis horas de autobús de ida y vuelta,
pero dice que no le importa. En dos oportunidades durante
mis primeros seis meses, nos permitieron dar un paseo de
una hora por el jardín de la prisión. Arlene dejó a Mike y él
ya está viviendo con otra mujer. “Hasta ahí llegó su
supuesta devoción eterna”, dijo Arlene, “aunque no es que
ahora yo la quiera”. Varias veces me ha dicho que nunca
estará con nadie más que conmigo. Odió el hecho de que
yo golpeara a Mike con la llave, pero ahora entiende que
probablemente era la única manera que tenía de
demostrarle cuánto la amaba y cuánto quería recuperarla.
“Por extraño que parezca”, dijo, “aquello hizo que me
enamorara de ti nuevamente. Tal vez también porque lo
que hice y la manera en que lo hice te obligó a perder el
control y a querer matarlo y estoy tratando de
recompensarte por ello. Pero, de ahora en más, todo será
distinto. Estoy ansiosa de que estemos juntos de nuevo en
casa, abrazados, en la cama, muy ansiosa”. En ciertos
lugares del jardín, nos dejaban abrazarnos y besarnos por
medio minuto, cosa que siempre hicimos pasándonos del
límite, hasta que uno de los guardias nos ordenaba que nos
detuviéramos.
No fue así. Fue de la siguiente manera. No hubo ninguna
llave inglesa. Hay un Mike. Mi mujer se enamoró de él y
me lo dijo durante el desayuno, no durante la cena. Dijo
que no quería contármelo a la noche porque quería darme
tiempo para absorber la idea antes de ir a acostarme y
también darse tiempo para llevarse sus cosas del
departamento y mudarse a casa de una amiga. No tenemos
hijos. Lo intentamos por un tiempo, pero sin éxito. Después
me hicieron una operación correctiva y entonces podíamos
tenerlos, pero ella dijo que el matrimonio no iba tan bien
como antes y quería asegurarse de que fuese un
matrimonio muy sólido antes de tener un hijo. De eso hace
ya tres años. Desde entonces, ella tuvo varias aventuras.
Me lo contaba mientras las tenía. No me gustaba que las
tuviera, pero lo toleré porque no quería que me dejara. No
sé por qué inventé el asunto del regalo. Quizá porque su
cumpleaños es dentro de dos semanas y últimamente
estuve pensando en qué comprarle. Se me ocurría una
pulsera. Pero ya no. Esta mañana me dijo que se da cuenta
de que la actual es la tercera o cuarta aventura seria que
ha tenido en tres años. Tuvo una o dos más, pero fueron
fugaces y no muy serias. No quiere seguir teniendo
aventuras mientras esté casada o, al menos, mientras
sigamos viviendo juntos. No es justo conmigo, me dijo.
También dijo que yo no tengo por qué soportarlo y que no
debería haberlo hecho antes. No es que habría parado si se
lo hubiese pedido, dijo. Pero yo debería decirle que se
fuera de la casa de una buena vez y debería habérselo
dicho hace dos o tres años. Como no estoy dispuesto a
hacerlo, tendrá que dejarme. Lo cual implica un divorcio,
dijo. Nuestro matrimonio no funciona. ¿Que de qué habla?,
dijo. El matrimonio anda tan mal que no cree que alguna
vez funcione: nunca funcionará, se acabó, nunca. Y, como
ella quiere tener hijos, quizá dos, quizá tres, pero con
alguien de quien esté muy enamorada, tendrá que ponerle
fin a nuestro matrimonio y en algún momento casarse con
otra persona. Tal vez con Mike, pero lo duda. Está casado,
aunque a punto de separarse de su mujer, y ha dado a
entender que no quiere volver a casarse. Tiene además dos
hijos de un matrimonio anterior y no ha manifestado
ningún interés en tener más. Como sea, dijo ella, lo más
justo es que yo me quede y ella se vaya, porque ella es la
que rompe el matrimonio. Por supuesto, si yo quiero irme,
dijo, en ese caso se quedará con mucho gusto porque el
departamento es fabuloso y puede costearlo y nunca
conseguirá algo así, ni siquiera por el doble de alquiler. “Si
no te importa”, dije, “creo que quisiera quedarme con el
departamento. Puede que perderte y tener que buscar un
lugar donde vivir me resulte demasiado difícil”. “No me
importa”, dijo, “¿por qué habría de importarme? Ya te dije
que puedes quedártelo, si quieres. Así que, ¿te importa si
empiezo a empacar para irme?”. “No, adelante. Me
encantaría que te quedaras para siempre, claro, pero, ¿qué
puedo hacer para evitar que te vayas? Nada, supongo, ¿no
es cierto?”. “Es cierto”. Entró en la habitación. Llevé los
platos a la cocina, los lavé, me senté a la mesa y me puse a
mirar el río. Ella volvió a la sala una hora después llevando
dos valijas y un bolso. “Con esto me arreglaré por ahora”,
dijo. “Si estás de acuerdo, coordinaré con alguna amiga
para venir a buscar el resto en otro momento”. “Claro”,
dije. “¿Te mudas a casa de Mike?”. “No, te he dicho que es
casado, vive con su mujer. Por ahora, me quedaré en la
casa de Elena. Si quieres hablar conmigo por algo, puedes
llamarme allí o al trabajo. ¿Tienes su número?”. “Puedo
buscarlo”. “Pero no me llamarás a ninguno de los dos
lugares por motivos muy personales, ¿de acuerdo? Como
para decirme que me extrañas y que quieres que vuelva o
cosas por el estilo. Porque estoy decidida, Jules. El
matrimonio se acabó”. “Lo entiendo. Quiero decir, no
entiendo por qué se acabó tan definitivamente, pero
entiendo que sientas que definitivamente es así. En todo
caso, ¿no puedo intentar nada más? ¿No hay nada que
pueda decir o hacer o prometer que te haga cambiar de
opinión?”. “Nada”. “Pues, entonces, adiós”, dije. “Te
extrañaré terriblemente. Te amo muchísimo. Estaré todo lo
triste que se puede estar por algo como esto por no sé
cuánto tiempo. Pero es problema mío, no tuyo, supongo, y
a la larga se solucionará”. “Me alegra que lo veas de esa
manera. No que estés triste –no quiero que estés así–, pero
sí que veas el problema con claridad y sepas que al fin y al
cabo podrás manejarlo. Porque eso nos hará mucho más
fáciles las cosas –ya lo son– a los dos. Ya verás. Para
cuando quieras darte cuenta, lo habrás superado”. “Te juro
que no”, dije. “Claro que sí”. “Te lo digo. Nunca”. “No, sé
que lo harás. Adiós”. Abrió la puerta, puso las valijas
afuera, dijo: “Vuelvo a buscarlas en dos minutos”, y cargó
el bolso escaleras abajo. “Te ayudo con las valijas”, grité
por las escaleras. “No hace falta”, dijo. “Sería mejor que
cerraras la puerta para que no tengamos que decir adiós
de nuevo”. Cerré la puerta.

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