RENACIMIENTO ITALIANO Y FLAMENCO
A lo largo del siglo XV, Flandes vivirá una época de esplendor económico gracias a la
industria textil. Este desarrollo económico favorecerá el auge de una clase burguesa
poderosa que demanda un nuevo tipo de arte. A partir de ese momento, serán los
gremios y los burgueses lo que encarguen los cuadros y, por tanto, el formato y los
temas van a ser diferentes. La mayoría de las obras son de pequeño tamaño, más
apropiadas para las casas de los burgueses que para los grandes palacios nobiliarios.
Suelen ser trípticos con laterales sobre bisagras. El auge de la industria textil se reflejará
en sus pinturas, siendo el textil el matiz más importante en los cuadros flamencos.
Al final del s. XV los Países Bajos entran en depresión económica por causas bélicas y
sociales, y sobre todo por las nuevas rutas atlánticas abiertas por españoles y
portugueses. Este ambiente de crisis desemboca en la formación de corrientes de
misticismo que se organizan fuera de la religión católica. Un ambiente de religión
exacerbada, pero con un apego a lo cotidiano y terrenal, que culminará en la Reforma
luterana.
Por otro lado, los flamencos recibirán la influencia del nominalismo difundido por
Ockham, que defiende como sistema filosófico un empirismo radical, por el que sólo se
conoce la existencia de algo cuando lo percibimos de manera sensible. Esto conduce
poner en valor lo individual y concreto frente a lo universal y abstracto. En pintura esto
se refleja en el gusto por el detalle minucioso, miniaturizado. Los flamencos tenían una
gran tradición como miniaturistas, lo que sentará un precedente para la evolución de la
pintura y marcará las técnicas a seguir.
Todos estos aspectos van a influir en la creación de una extraordinaria escuela pictórica
que rompe moldes, pero mantiene las diferencias con respecto al renacimiento italiano.
Serán ambos estilos -el italiano y el flamenco- los que marcarán las pautas del panorama
de la pintura europea moderna, ya que las demás -francesa, española, alemana, inglesa-
serán solo variaciones de estos dos estilos centrales.
En ambas tendencias se producirá una reacción similar, en busca del naturalismo e
ilusionismo pictórico. Sin embargo, sus planteamientos técnicos y temáticos difieren,
como veremos. Mientras los flamencos representaron la realidad divina, humana y
natural al mismo tiempo, los toscanos -sobre todo los florentinos- perfeccionaron un
sistema de representación artística no subordinado a los valores religiosos cristianos.
La separación con la Edad Media fue en Italia más clara, audaz y sistematizada que en
Flandes. El arte florentino tuvo la capacidad de crear y construir la conciencia de la
autonomía del hombre, por lo que su revolución se llevó a cabo en un plano
rigurosamente humanista, donde el objeto plástico más bello es el hombre, cuyo poder
creador lo sitúa al nivel de Dios. Todo esto implica un valor autónomo de la obra de
arte, que lleva a los artistas italianos a la conquista del arte terrenal. Para crear algo casi
divino, los italianos se basan en la perspectiva y la geometría, el más alto grado de la
grandeza del hombre.
A diferencia de Italia, el movimiento cultural humanista en Flandes estuvo más
preocupado por temas de religión y piedad personal. Mientras en Italia se da un
renacimiento de las ideas paganas, en los Países Bajos el cristianismo se revigoriza, en
tanto que el lenguaje clásico no ofrece ningún atractivo, ya que no existe esa tradición
en su legado. Por ello, la problemática italiana girará en torno a la síntesis cristiano-
filosófica neoplatónica, mientras que en los Países Bajos cobra creciente importancia la
profunda transformación religiosa a la que contribuyó el humanismo de Erasmo de
Rotterdam. Esta tendencia rechaza los excesos formalistas y rituales de la religión
tradicional, y aboga por una mayor reflexión religiosa, intimista y personal.
La pintura flamenca supuso una renovación figurativa y conceptual basada en la
observación fiel de la naturaleza y del hombre, pero el sistema de visión es aún
medieval; se preocupan por la realidad tangible y material de los objetos,
despreocupándose del conjunto y del sistema de perspectiva. Es indudable que en los
pintores flamencos se advierte un amor a lo humano, sin embargo, lo expresan de un
modo íntimo y relacionado con un insondable misterio religioso. Esto les permite no
contraponer lo humano y lo divino, concibiéndolo en armonía -con una espiritualidad
que luego se revelará en la Reforma de Lutero-, conformándose así una forma moderna
de religiosidad en su manera de acercar lo divino a lo humano. Los flamencos trataron,
pues, de humanizar lo divino, mientras que los italianos divinizaron lo humano.
Otro aspecto a destacar es que los artistas de ambos países proclamaban su fidelidad a la
naturaleza, pero aplicando una distinción que era muy propia de época; los flamencos
estaban mucho más preocupados por la natura naturata (el mundo creado) y los
italianos por la natura naturans (la fuerza creadora subyacente). Además, en el norte el
nuevo impulso artístico hizo mella solo en la pintura: la escultura resultó poco afectada
y la arquitectura nada en absoluto.
Por tanto, aunque es evidente que el arte flamenco estuvo influido por la erudición y el
saber italianos, el Renacimiento del norte de Europa encierra unas ciertas características
distintivas y unos rasgos comunes a toda la región que permiten considerarlo en su
conjunto como un estilo diferenciado.
Se puede concluir diciendo que a los artistas florentinos les faltó ese aliento
intensamente religioso de sus compañeros de Flandes, y a los flamencos les faltó esa
rigurosa visión perspectiva de los florentinos, aunque introdujeron técnicas italianas
como el claroscuro, la luz atmosférica, los colores no uniformes, sino esfumados, y el
sentido del espacio. Los pintores italianos efectúan la profundidad a modo geométrico,
mientras sus colegas flamencos se inclinan hacia un concepto intuitivo y aéreo con un
resalte de los colores y la utilización de fondos paisajísticos como caminos o ríos que
serpentean.
TÉCNICA DE LA PINTURA FLAMENCA
La pintura es la más importante y novedosa de sus manifestaciones artísticas,
destacando en ella los retablos. Debido a su tradición en la miniatura, la mayoría de las
obras son dípticos, trípticos y polípticos de hoja móvil de tamaño reducido que pueden
instalarse provisionalmente y ser trasladados de un sitio a otro. Con independencia de
quien los hubiera encargado -aunque solían ser clientela del ámbito religioso-, estaban
visibles en las iglesias, y dirigidos a un público de todas las clases sociales. En
consecuencia, muchos retablos religiosos están incluidos en el contexto de la vida
cotidiana de las ciudades holandesas y entre las actividades familiares de los
comerciantes acomodados.
En la pintura flamenca no hay improvisación. Los pintores flamencos están sujetos,
como todos los artesanos, a la reglamentación gremial que les exige un lento y duro
aprendizaje que se revalida con la «obra maestra». Los artistas reciben los encargos con
mucha precisión y se ajustan casi siempre al modelo requerido; los pintores saben, pues,
perfectamente su oficio y sus obras son técnicamente perfectas, en las que gastan largo
tiempo porque cada detalle recibe una atención esmerada.
En cuanto a la técnica pictórica se generaliza el uso del óleo, técnica ya conocida
gracias al descubrimiento (atribuido a los Van Eyck) de un método de secado rápido,
aunque no sabemos bien de dónde la importaron.
El óleo nunca antes había sido utilizado para retablos. Aparentemente, los holandeses
estaban descontentos con el aspecto de la superficie al temple, que, a pesar del barniz
que universalmente se aplicaba como protección, era seca, mate y como esmaltada,
consiguiendo sus mejores efectos con colores brillantes. En lugar de yema de huevo, los
nórdicos usaron como medio un aceite muy refinado, comenzando con linaza o aceite de
nuez que había sido fundido, estando caliente, con resina dura, semejante al ámbar o
goma copal, disolviéndose luego con aceite de romero o espliego.
Sobre la tabla de escayola, pulida como porcelana fina, el pintor trazaba sus formas y
efectos de luz con una brocha mojada en un solo color, normalmente gris. Sobre esta
base se aplicaban los colores suspendidos en aceite. Las capas finales estaban vidriadas,
esto es, eran soluciones de aceite y trementina mezcladas con color para dar un efecto
transparente o translúcido. Los barnices finales estaban también mezclados, a menudo,
con color, de manera que las capas anteriores se ven a su través como por un vidrio
coloreado. La utilización del óleo permite veladuras, transparencias y minuciosidad, con
una profundidad y resonancia de color grandes, sino también con efectos de sombra y
media luz inalcanzables al temple. A la vista de estos resultados, fue sólo cuestión de
tiempo que el óleo reemplazara al temple por completo, incluso en Italia; aunque las
obras flamencas han perdurado mucho más que las italianas, en la mayoría de los casos
y conservan un colorido fresco e inigualable.
Como se ha comentado, el tipo de pintura que se realiza en Flandes se caracteriza por su
minuciosidad; se trata de una pintura detallista, de filigrana, que se detiene en detalles
casi microscópicos y se recrea en cada pequeño objeto. La gran cantidad de detalles que
inundan sus obras es un cúmulo de símbolos, encargos y caprichos. El flamenco ama
poderosamente el mundo en el que vive, y trata los objetos con una ternura y un respeto
casi místicos. Por otro lado, son temperamentos fuertemente religiosos y están
constantemente unidos a la divinidad, por lo que la composición de sus obras está
dirigida por una simbología matemática y mística elemental. No son obras ingenuas,
como al pronto se pudiera pensar al contemplar sus figuras, sino cuidadosamente
estudiadas y resueltas.
Los artistas flamencos se interesaban por la vida real; en sus pinturas destaca el
naturalismo, la representación veraz de la realidad sin las idealizaciones italianas. Sus
composiciones ya no eran simbólicas como las viñetas de los antiguos devocionarios, ni
las figuras querían representar la pureza, como las Vírgenes de la Escuela de Colonia,
sino personajes vivientes con toda la personalidad terrestre. En tales figuras destacan los
rostros de personas con nombres y apellidos, cuya anatomía está estudiada con una
precisión casi fotográfica en los matices y texturas, pero les falta la visión de conjunto,
la realidad conceptual, escorzos y perspectiva.
También se extiende este naturalismo al gusto por los objetos y por lo concreto de la
vida cotidiana propio de los flamencos. Por este motivo se cultivan frecuencia temas de
interiores, intimistas, con retratos de pequeño tamaño, adecuados a las casas burguesas
de los Países Bajos. En sus pinturas se representan habitaciones pequeñas repletas de
objetos de uso común, que señalan un cierto nivel de vida burguesa y entre los que
destaca el tejido, con todos los detalles de sus diferentes texturas.
El paisaje se convierte en tema protagonista, utilizándose como motivo de la
composición o como fondo, por lo que muchas veces se observa a través de una ventana
desde el interior, y otras veces la vista es exterior. El paisaje es luminoso, húmedo, de
perfil bajo en el horizonte y llano. Está representado con la misma minuciosidad que los
objetos del primer plano y en él hay una ausencia total de espacio tangible, medido con
líneas, en un paisaje sin profundidad e infinito.
La luz en la pintura flamenca es uniforme, como si no jugara ningún papel; se trata de
una luz natural, sin estudio, aún gótica. La composición tiende a ser sencilla, simétrica y
jerarquizada, siguiendo tipologías góticas. Sin embargo, para los flamencos el espacio
es fundamental y de una manera concreta, es el medio que envuelve todas las cosas. De
aquí parte una visión radicalmente diferente a los italianos, por la que la perspectiva -en
lugar de ser la base de la forma y de la proporción- se limita a cumplir un papel
secundario de unificación.
Entre los temas predomina el religioso en dos vertientes: el misterio de la fe, vivido
como un drama, interiorizado, individual y místico. Pero también aparecen escenas
religiosas mezcladas dentro de ambientes cotidianos, vírgenes y santos hablando con
personajes de la época, como si se pretendiera acercar el cielo a la tierra, humanizando
lo divino
Aparecen temas cotidianos y burgueses, donde la moral inunda de puritanismo todas las
escenas: el trabajo diario, el matrimonio y la fidelidad, etc. Para esto se emplean
constantemente multitud de símbolos cristianos de raíz medieval.