El papel del Estado en la garantía del derecho a la educación
La educación es uno de los pilares fundamentales para el desarrollo integral de las
personas y el progreso de las sociedades. Reconocida como un derecho humano por
múltiples instrumentos internacionales, entre ellos la Declaración Universal de los
Derechos Humanos y la Convención sobre los Derechos del Niño, su garantía no puede
quedar sujeta al mercado ni a la buena voluntad de los particulares. En este contexto, el
Estado tiene la obligación indeclinable de promover, respetar, proteger y garantizar el
derecho a la educación. Esta responsabilidad implica no solo asegurar el acceso a la
educación, sino también velar por su calidad, equidad e inclusión.
La primera obligación del Estado es la de promover el derecho a la educación. Esto
significa implementar políticas públicas que fomenten la asistencia escolar desde la
primera infancia hasta los niveles superiores. No basta con establecer leyes que
reconozcan este derecho: es necesario crear condiciones materiales, sociales y culturales
que lo hagan efectivo. Por ejemplo, en países como Finlandia, el Estado ha invertido
durante décadas en un sistema educativo gratuito, equitativo y de alta calidad que ha
logrado eliminar las desigualdades educativas y ha convertido al país en un referente
mundial.
En segundo lugar, el Estado debe respetar el derecho a la educación. Esto implica
abstenerse de adoptar medidas que lo restrinjan o lo hagan inaccesible. En contextos de
crisis económicas o políticas, esta obligación se vuelve aún más relevante. Recortes
presupuestarios en el sector educativo, aumento en las tasas escolares o privatización de
servicios educativos básicos son decisiones que vulneran este derecho y que deben ser
evitadas. En América Latina, por ejemplo, las políticas de austeridad aplicadas en
algunos países han reducido la inversión pública en educación, afectando especialmente
a los sectores más vulnerables.
Asimismo, el Estado debe proteger el derecho a la educación, es decir, evitar que
terceros —como empresas privadas, grupos religiosos o incluso familias— lo
obstaculicen o lo nieguen. Esta protección incluye la regulación de las escuelas privadas
para garantizar estándares mínimos de calidad y no discriminación, así como la
prevención y sanción de prácticas como el trabajo infantil, el matrimonio forzado o la
violencia escolar, que impiden que niñas, niños y adolescentes puedan estudiar en
condiciones dignas y seguras.
Finalmente, y quizás de forma más integral, el Estado tiene la obligación de garantizar
el derecho a la educación. Esto supone asegurar el acceso universal, gratuito y
obligatorio a la educación básica, así como progresivamente ampliar la cobertura a
niveles medios y superiores. En este sentido, debe ofrecer infraestructura adecuada,
materiales educativos actualizados, formación continua para los docentes y mecanismos
de evaluación y mejora continua del sistema educativo.
Un ejemplo que ilustra la importancia del papel activo del Estado es el caso de
Colombia con su política de gratuidad educativa. En los últimos años, el gobierno
colombiano ha implementado la gratuidad en la educación pública desde el preescolar
hasta el grado 11, beneficiando a millones de estudiantes de bajos recursos. Esta medida
no solo ha aumentado la cobertura educativa, sino que ha permitido disminuir la
deserción escolar y avanzar en la equidad social. No obstante, el desafío sigue siendo la
calidad, y aquí nuevamente el Estado debe redoblar sus esfuerzos para que todos los
estudiantes accedan no solo a la escuela, sino a una educación que les permita
desarrollar plenamente sus capacidades.
En conclusión, el papel del Estado en la promoción, respeto y garantía del derecho a la
educación es irremplazable. Cuando el Estado asume con seriedad sus obligaciones, se
abren caminos hacia sociedades más justas, inclusivas y democráticas. Por el contrario,
su omisión o negligencia en esta área perpetúa la desigualdad, la pobreza y la exclusión.
La educación no es un privilegio ni una mercancía: es un derecho humano que debe ser
garantizado para todos y todas, sin excepción.