Autor: Diego (Selección Remussi
Editorial: Ediciones Lea
Categorías: INFANTILES, JUVENILES Y DIDÁCTICOS
Idioma: Español
Año de edición: 2012
LEYENDA DE UNA FLOR
Un cielo rosa- azulado, chorreando vapores de agua, cubría el pequeño pueblito situado en un
maravilloso valle, en el centro de Asia, donde habitaba la familia de los Sung. El padre, de tez
cobre canela; la madre, morena, con hermoso moño negro anudado a su nuca, de menudos
pechos ahumados, que gemían baladas redondas; y el hijo, de un año, componían la feliz
familia que las hojas de los cerezos y la nieve de las montañas cercanas soñaron contemplar.
Los días de fiesta, se ponían su traje más hermoso y salían al campo a pasear y admirar su
belleza.
Uno de esos días la familia no salió. El pequeño Shu, estaba enfermo.
-Se habrá resfriado esta mañana – dijo el padre.
-Sí; dentro de unos días estará bien- sentenció la madre.
Pasaron los días y el pequeño no mejoraba. La madre, preocupada, viendo la palidez de la
carita del niño, dijo:
-Escucha, esposo: he pensado que debemos llevar a nuestro hijo al sabio que vive en las
afueras del pueblo. Él conoce las hierbas que sanan y nos dará alguna para nuestro hijo.
-Dices bien, esposa. Mañana mismo le llevaremos.
Al día siguiente, apenas el alba se abría paso entre la noche, cuando los gallos cavaban
buscando la aurora, la pareja salió en busca del hombre sabio que recolectaba hierbas que
curaban a los hombres.
Una vez delante del anciano, mirando éste al niño, escucharon las palabras negras:
- Lo siento; pero no tengo las hierbas que puedan curar a vuestro hijo.
-¡Por favor, te lo rogamos! ¡Dinos qué podemos hacer para que nuestro hijo viva!- suplicó la
madre.
-El sabio la miró y su pena le conmovió.
-Mira, mujer; vas a ir a lo más profundo del bosque y, en el lugar donde se encuentra el árbol
más alto, ahí hallaras una flor. ¡Tráela! Tantos pétalos como tenga, tantos días vivirá tu hijo.
Sólo puedo decirte eso.
-¿Una flor?
-Sí.
La madre, con el rostro de amapola, salió en busca de la desconocida flor. Con la soledad a
cuestas y la sombra sobre sus ojos llegó al lugar del bosque donde se erguía el árbol más alto
que jamás viera. Su copa se desvanecía entre hilachos de algodón.
Buscó alrededor de él, y sus ojos captaron una flor, cuya forma, color y perfume, eran la
esencia de la belleza. Cortó una y, horrorizada, vio que tan sólo la formaban cuatro pétalos.
-“¡Oh, no; mi hijo sólo vivirá cuatro días! ¡No; no lo puedo consentir!”
Y, arrodillándose, depositó la flor en el verde manto y, muy despacio, con sumo cuidado, fue
rasgando cada pétalo en finos hilos de color.
-“Mi hijo vivirá mucho más, ahora”
Regresó corriendo llena de esperanza a la casa del sabio. Le mostró la flor.
El anciano comenzó a contar los finos pétalos pero una alada brisa los amontonó y perdió el
número de los contados.
-Tengo que empezar de nuevo- dijo para sí.
Fue separando, de nuevo, con sumo cuidado los pedacitos de flor y, de pronto, una
inesperada lluvia impidió que siguiera contado.
-Creo que es imposible contar los innumerables pétalos de esta flor. Esto indica que tu hijo
vivirá incontables días. Idos tranquilos; el niño llegará a contar largos años en su vida.
Así fue, el niño sano, y vivió largos años.
Los padres, agradecidos y felices, quisieron ir de nuevo hasta el lugar donde crecía la flor.
La sombra del majestuoso Sándalo protegía a las especies vegetales que anidaban a sus pies
de la dureza del sol. La pareja vio, con admiración, que las flores que allí se mostraban, tenían
incontables pétalos; tantos, como los que la madre había dividido a los de la primera flor.
Decidieron darle un nombre en honor a su virtud de dar larga vida a los hombres, y le
llamaron: Crisantemo.
LA LEYENDA DE RELAMPAGOS Y TRUENOS
A comienzos de los tiempos prehistóricos, existían dos tribus que habitaban en profundas
cavernas ubicadas junto a las montañas que se destacaban de todas las demás .
Una de ella había reunido a su gente en la enorme caverna de la montaña plateada, la otra ,
algo distante , estaba en las profundidades de la montaña roja, era esta tribu , de costumbres
muy diferentes.
En las noches de luna llena , de la montaña roja salían dragones enfurecidos que llegaban
hasta las nubes y desde allí bajaban bramando en la oscuridad .
Esto asustó tanto a la tribu de la montaña plateada que sus habitantes decidieron pensar y
planear qué harían en la próxima luna llena.
Así ocurrió. Cuando la primera luna llena de enero asomaba y antes que los dragones se
manifiesten, desde la montaña plateada , lanzaron brillantes luces que quebraban el cielo .
Pero a estas líneas que corrían iluminadas relampagueando, no siguió el silencio porque
respondieron los dragones con sus bramidos.
Las tribus de las dos montañas, preocupada por lo vivido, decidieron reunirse para acordar el
modo de calmar esas manifestaciones. También asistieron los dragones y las luces
estridentes.
Luego de conversar, pretendiendo acordar, y luego de muchas horas no hubo acuerdos
plenos. Sólo se logró algo: únicamente se manifestarían a veces, solamente cuando la tierra
muy sedienta, reclamase la lluvia.
Entonces allí una luz enceguecedora, correría entre las nubes y suelo, haciendo un camino
quebrado, ramificado e iluminado y seguidamente los dragones lanzarían sus bramidos ,y su
tronar haría temblar ventanas y puertas.
Los relámpagos provocarían miedos y actuarían sin límites, previniendo a todos que tras ellos
llegarían los truenos.
Por siempre estuvieron asociados .Ya lejos de aquellas montañas, buscaron las cordilleras
de nubes para esconderse y expresarse como la luz más potente y el sonido más rugiente
sobre la tierra.
EL SOL, LA LUNA Y LAS ESTRELLAS
Cuenta una leyenda de los indios de California que el Sol, la Luna y las estrellas forman una
numerosa familia. El Sol es el jefe supremo que dicta su voluntad en las celestes regiones; la
Luna es su mujer; y las estrellas sus hijos, a los que tiene que devorar para mantenerse,
cuando le es posible atraparlos. Por eso, cuando el Sol se levanta por la mañana, huyen
despavoridas las estrellas, tan pronto como pueden, y no aparecen de nuevo hasta que aquél
se mete por la boca occidental de su madriguera, por la que se arrastra hasta llegar al centro
de la Tierra, donde tiene su cama; pero es ésta tan estrecha que no puede revolverse y tiene
que salir por el extremo oriental del mencionado escondrijo. A esta hora se va a dormir la
Luna.
Cada mes se aflige esta última cuando su marido devora alguna estrella, y se pinta de negro
una parte de su rostro para demostrar su dolor. Poco a poco, sin embargo, vásele
consumiendo la pintura, hasta que, al cabo de un mes, brilla otra vez su cara en todo su
esplendor. Las estrellas son felices con su madre la Luna, y celebran su paso entre ellas con
cánticos y danzas. Cuando transcurre algún tiempo, vuelven a desaparecer algunas estrellas
pequeñas, y la Luna se viste nuevamente de luto.
LA LEYENDA DE LA LLUVIA
- Enviaremos a alguien para que vaya con los dioses y los convenza de que nos manden la
lluvia. Entonces, pensaron a quién enviar para esta tarea y eligieron a la tortuga.
Fue la tortuga a donde vivían los dioses y les pidió que mandaran la lluvia a los hombres para
que pudieran sembrar. Los dioses le respondieron:
- Sí, no hay problema, lo único que deberás hacer es mostrarle el camino a la lluvia.
Pero la lluvia puso una condición y dijo:
- Llegaré hasta donde te alcance, tortuga.
Ya que se hicieron los acuerdos, los dioses permitieron que la tortuga se llevara la lluvia. La
tortuga muy contenta exclamó:
- ¡Ahora podré llevar la lluvia hasta donde están los hombres!
La lluvia sabía que la tortuga caminaba muy lentamente, por eso le dijo:
- Te daré un poco de ventaja, luego te alcanzo.
La tortuga se propuso correr lo más veloz posible para que la lluvia no la alcanzara, pero a
pocos pasos la alcanzó, y hasta allí llegó. La tortuga, muy triste, regresó con los hombres y les
dijo:
- Los dioses sí me dejaron traer la lluvia, pero pronto me alcanzó y sólo la llevé hasta allí.
A pesar del fracaso de la tortuga, los hombres no se dieron por vencidos y decidieron enviar a
los animales más veloces que existían.
Entonces, mandaron al venado, el cual gritaba mientras corría para guiar a la lluvia, pero ésta
lo alcanzó mucho antes de llegar. Y así, mandaron a muchos animales pero ninguno lograba
llevar a la lluvia hasta los hombres.
Finalmente, los hombres se quedaban sin esperanzas al no saber a quién mandar y lograr
que llegara la lluvia. Fue entonces cuando la rana se acercó y muy convencida les dijo:
- ¡Yo iré con los dioses y traeré la lluvia!
Los hombres pusieron su última esperanza en la rana y la enviaron por la lluvia. Antes de
partir, la rana reunió a todas sus compañeras y las convenció de que, para poder llevar la
lluvia hasta ahí, deberían repartirse por todo el camino, y también que si la lluvia la alcanzaba,
la que estuviera adelante debía gritar para que la lluvia la siguiera. Las ranas aceptaron y así
lo hicieron.
Así pues, la rana fue con los dioses y les dijo:
- He venido por la lluvia.
Ellos le contestaron:
- Puedes llevarte la lluvia, pero hay una condición, debes guiarla por el camino y llegará hasta
donde te alcance.
- ¡Así lo haré!— dijo la rana, y se fue saltando y cantando para que la lluvia la siguiera.
La lluvia estaba tan ocupada tratando de alcanzar a la rana, que no se daba cuenta de que
cuando casi la alcanzaba, otra rana más adelante gritaba y la lluvia la seguía.
De este modo, las ranas llevaron la lluvia hasta donde vivían los hombres. Por esta razón se
dice, que en tiempo de lluvias, se escucha mucho el canto de las ranas que llaman a la lluvia,
recordando cuando la trajeron a los hombres.
LA LEYENDA DEL FUEGO
Hace muchos años, los Huicholes no tenían el fuego y por ello, su vida era muy difícil. En las
noches de invierno, cuando el frío descargaba sus rigores en todos los rincones de la sierra,
hombres, mujeres, niños y ancianos, sufrían mucho. Sólo deseaban que las noches
terminaran pronto para que el sol, con sus cálidas caricias, les diera el calor que tanto
necesitaban.
Los huicholes tampoco sabían cultivar la tierra y habitaban en cuevas o en los árboles. Un
día, el fuego se soltó de alguna estrella, y se dejó caer en la tierra provocando el incendio de
varios árboles.
Los enemigos de los huicholes atraparon el fuego y no lo dejaron apagar.
Se organizaron en equipos para cortar árboles y dárselos al fuego que era un insaciable
devorador de plantas, animales y ¡de todo lo que se ponía a su alcance!
Para impedir que los Huicholes pudieran robarles su tesoro, organizaron un poderoso ejército.
Varios Huicholes hicieron el intento de robarse el fuego pero murieron acribillados por las
flechas de sus enemigos.
Viendo el sufrimiento de los huicholes, se reunieron en una cueva el venado, el armadillo y el
tlacuache.
Ellos tomaron la decisión de regalar a los Huicholes tan valioso elemento, pero no sabían
cómo hacer para lograr su propósito.
Entonces, el tlacuache, que era el más abusado de todos, declaró:
- Yo, tlacuache, voy a traer el fuego.
- ¡Ay sí como no, tú, tan pequeño e insignificante!, ¿cómo vas a traer el fuego?- dijo el
venado.
- No se burlen, como dicen por ahí- contestó el tlacuache. – “Más vale maña que fuerza”; ya
verán cómo cumplo mi promesa. Sólo les pido una cosa, que cuando me vean venir con el
fuego, entre todos me ayuden a alimentarlo.-
Al atardecer, el tlacuachito se acercó cuidadosamente al campamento de los enemigos de los
Huicholes y se hizo bola.
Así pasó siete días sin moverse, hasta que los guardianes se acostumbraron a verlo. Durante
este tiempo observó que en las primeras horas de la madrugada, casi todos los guardianes se
dormían.
El séptimo día, aprovechando que al guardia lo estaba venciendo el sueño, se fue rodando
hasta la hoguera. Al llegar, metió la cola y una llama enorme iluminó el campamento. Con el
hocico tomó un brasa y se alejó rápidamente.
La gran luz que salió de su cola despertó al guardia del fuego y a todo el ejército. Una lluvia
de flechas persiguió al generoso animalito.
Moribundo, recogió la brasa y la guardó en su bolsa.
Por fin, herido y exhausto, el tlacuache llegó hasta el lugar donde estaban los otros animales y
los Huicholes.
- ¡Miren todos, es el tlacuache!- dijo el armadillo.
Allí, ante el asombro y la alegría de todos, depositó la brasa que guardaba en su bolsa.
Todos sabían que tenían que actuar rápidamente para que el fuego sobreviviera.
Así que, levantaron una hoguera con zacate seco y ramas. Arroparon al fuego, lo
apapacharon y lo alimentaron. Pronto creció una hermosa llama.
Después de curar a su héroe, los Huicholes bailaron felices toda la noche.
El generoso animal, que tantas peripecias pasó para proporcionarles el fuego, perdió para
siempre el pelo de su cola; pero vivió contento porque hizo un gran beneficio al pueblo.