Material de clase – Prof.
Virginia Silva
EL HUMANISMO
LA SOFÍSTICA
La sofística supone una innovación radical de la problemática filosófica porque desplaza el eje
de las investigaciones del cosmos al hombre. Inaugura el período llamado “humanístico” de la
filosofía griega.
Esta nueva orientación no solamente se debe a causas filosóficas -los filósofos de la naturaleza
no supieron dar una respuesta resolutiva al problema del principio-, sino también a causas
sociopolíticas: la crisis de la aristocracia y la ascensión de una nueva clase social.
Los sofistas afirmaron poseer el arte de educar a los hombres y de prepararlos para la vida
política, ofreciéndoles nuevas ideas y nuevos instrumentos.
Sofista significa “sabio”, “experto en saber”. La acepción del término, por sí misma positiva, se
convirtió en negativa a causa sobre todo de la toma de posición notablemente polémica de
Platón y de Aristóteles. Estos sostuvieron que, como ya había dicho Sócrates, el saber de los
sofistas era aparente y no efectivo, y que además no se profesaba con objeto de una búsqueda
desinteresada de la verdad, sino con fines de lucro. Platón, en especial, insiste sobre la
peligrosidad —desde el punto de vista moral— de las ideas de los sofistas, además de su
inconsistencia teórica. En consecuencia, por regla general, el movimiento de los sofistas fue
infravalorado y se le consideró básicamente como un momento de grave decadencia del
pensamiento griego. Sólo en nuestro siglo ha sido posible efectuar una sistemática revisión de
aquellos juicios, con la consiguiente revalorización de ese movimiento, desde el punto de vista
histórico y filosófico; y la conclusión a la que se ha llegado es que los sofistas constituyen un
eslabón esencial en la historia del pensamiento antiguo.
En efecto, llevaron a cabo una revolución espiritual en sentido estricto, desplazando el eje de
la reflexión filosófica desde la physis y el cosmos hasta el hombre y hasta lo que concierne la
vida del hombre en tanto que miembro de una sociedad. Se comprende entonces que los
temas dominantes de la sofística fuesen la ética, la política, la retórica, el arte, la lengua, la
religión, la educación, es decir, lo que hoy llamaríamos la cultura del hombre. Por lo tanto,
cabe afirmar que gracias a los sofistas se inicia el período humanista de la filosofía antigua.
Este radical desplazamiento del eje de la filosofía se explica por la acción conjunta de dos
tipos diferentes de causas. Por un lado, como hemos visto, se habían ido agotando
paulatinamente todas las posibilidades de la filosofía de la physis. Era obligada la búsqueda de
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otro objetivo. Por otra parte, durante el siglo v a.C. tuvieron lugar fenómenos sociales,
económicos y culturales que al mismo tiempo favorecieron el desarrollo de la sofística y,
fueron favorecidos por ella:
- Crisis de la aristocracia: avanza al mismo tiempo que crece el poder del pueblo.
Produce el conflicto con los valores tradicionales y con la idea de que la virtud está
ligada al nacimiento.
- Crecimiento del comercio: pone a cada ciudad en contacto con un mundo más amplio.
Se rompe el círculo restringido de la polis.
- Difusión de las experiencias y conocimientos de los viajeros: provoca el
enfrentamiento entre las costumbres, las leyes y usos helénicos con otras costumbres,
leyes y usos.
Algunos aspectos que contribuyeron a que la sofística fuese negativamente
valuada:
• Los sofistas exigían una compensación económica a cambio de sus enseñanzas. Esto
escandalizaba enormemente a los antiguos, porque para ellos el saber era
consecuencia de una comunión espiritual desinteresada, en la medida en que sólo
accedían al saber los aristócratas y los ricos, que tenían previamente resueltos los
problemas prácticos de la vida y dedicaban al saber el tiempo libre de necesidades. Los
sofistas, empero, habían convertido el saber en oficio y, por tanto, debían exigir una
compensación para vivir y para poder difundirlo, viajando de ciudad en ciudad.
Los sofistas rompían así un esquema social que limitaba la cultura a determinadas
clases de la población, ofreciendo la posibilidad de adquirirla al resto de clases
sociales.
• A los sofistas se les reprochó su carácter errante y el no respetar aquel apego a la
propia ciudad, que para los griegos de entonces era una especie de dogma ético. Sin
embargo, desde otro punto de vista, esta actitud también es algo positivo porque
comprendieron que los estrechos límites de la polis ya no tenían razón de ser,
convirtiéndose en portadores de demandas panhelénicas, y más que ciudadanos de
una simple ciudad, se sintieron ciudadanos de la Hélade. En este aspecto supieron ver
incluso más allá que Platón y Aristóteles, que continuaron considerando a la ciudad-
estado como paradigma del Estado ideal.
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• Los sofistas manifestaron una notable libertad de espíritu con respecto a la tradición,
las normas y las conductas codificadas, y mostraron una confianza ilimitada en las
posibilidades de la razón.
Para concluir, podemos afirmar que los sofistas supieron captar a la perfección las demandas
de la época que les tocó vivir, las supieron explicitar y les supieron otorgar su propio estilo y su
propia voz. Esto explica por qué lograron tanto éxito, sobre todo entre los jóvenes: les decían
lo que éstos esperaban, cuando ya no les satisfacían los valores tradicionales que les proponía
la generación anterior ni la forma en que se les proponía, pero no lograron constituir un
bloque compacto de pensadores. Si bien destruyeron la vieja imagen del hombre característica
de la poesía y la tradición prefilosófica, no supieron construir una nueva. Para reconocerse a sí
mismo, el hombre debía hallar una base más sólida.
SÓCRATES (470-399 a.C)
La vida de Sócrates y la cuestión socrática (el problema de las fuentes)
Sócrates nació en Atenas en el 470/469 a.C. y murió en el 399 a.C., condenado a muerte por
impiedad; fue acusado de no creer en los dioses de la ciudad y de corromper a los jóvenes; no
obstante, tras esas acusaciones se ocultaban resentimientos de diversas clases y maniobras
políticas.
Fue hijo de un escultor y de una comadrona. No fundó una escuela, como los demás filósofos,
pero enseñó en lugares públicos (en los gimnasios, en las plazas públicas), como una especie
de predicador laico, ejerciendo una enorme fascinación no sólo sobre los jóvenes, sino
también sobre hombres de todas las edades, lo cual le ganó notables aversiones y
enemistades.
En su vida frecuentó a los físicos y se hizo eco del influjo de la sofística, se planteó sus mismos
problemas aunque en abierta polémica con las soluciones que proponían los sofistas.
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No escribió nada, ya que consideraba que su mensaje debía comunicarse a través de la palabra
viva, a través del diálogo y la oralidad dialéctica. Sus discípulos establecieron por escrito una
serie de doctrinas que se le atribuyen. Esas doctrinas, sin embargo, a menudo no coinciden y, a
veces, incluso se contradicen.
En la mayor parte de sus diálogos Platón idealiza a Sócrates y lo convierte en portavoz de sus
propias doctrinas; en consecuencia, resulta muy difícil determinar qué es lo que pertenece
efectivamente a Sócrates y qué corresponde, en cambio, a replanteamientos y reelaboraciones
que formula Platón.
Se ha llegado a sostener la tesis de la imposibilidad de reconstruir la figura histórica y el
auténtico pensamiento de Sócrates, sin embargo, hoy en día, se va abriendo camino el criterio
que podría definirse como «perspectiva del antes y del después de Sócrates»: esto quiere decir
que a partir del momento en que el filósofo actúa en Atenas, la literatura en general y la
filosofía en particular experimentan una serie de novedades de alcance muy considerable, que
más tarde en el ámbito griego permanecen como adquisiciones irreversibles y puntos de
referencia constante. Pero hay más aún: las fuentes de las que hay registros, concuerdan en
atribuir a Sócrates la autoría de tales novedades, ya sea de modo explícito o implícito. Por
tanto, con un alto grado de probabilidad, podremos referir a Sócrates aquellas doctrinas que la
cultura griega recibe a partir del momento en que él actúa en Atenas y que nuestros
documentos le atribuyen.
Si se replantea de acuerdo con estos criterios la filosofía socrática manifiesta un influjo tan
notable en el desarrollo del pensamiento griego, y en general del pensamiento occidental, que
puede compararse con una auténtica revolución espiritual.
El descubrimiento de la esencia del hombre: el hombre es su «psyche»
Sócrates trata de responder al problema siguiente: «¿Cuál es la naturaleza y la realidad última
del hombre? ¿Cuál es la esencia del hombre?» Llega a una respuesta precisa e inequívoca: el
hombre es su alma puesto que su alma es precisamente aquello que lo distingue de manera
específica de cualquier otra cosa.
Entiende por alma nuestra razón y la sede de nuestra actividad pensante y ética. En pocas
palabras: el alma es para Sócrates el yo consciente, es decir, la conciencia y la personalidad
intelectual y moral.
Es evidente que si el alma es la esencia del hombre, cuidar de sí mismo significa cuidar no el
propio cuerpo sino la propia alma, y enseñar a los hombres el cuidado de la propia alma es la
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tarea suprema del educador, que fue precisamente la tarea que Sócrates consideró haberle
sido encomendada por el Dios.
Uno de los razonamientos fundamentales realizado por él para probar esta tesis es la
siguiente. Uno es el instrumento del cual nos valemos y otro es el sujeto que se vale de dicho
instrumento. Ahora bien, el hombre se vale del propio cuerpo como de un instrumento, lo cual
significa que son cosas distintas el sujeto —que es el hombre— y el instrumento, que es el
cuerpo. A la pregunta de ¿qué es el hombre?, no se podrá responder que es su cuerpo, sino
que es aquello que se sirve del cuerpo, la psyche, el alma (la inteligencia).
Sócrates lleva a cabo una revolución en la tabla tradicional de los valores. Los verdaderos
valores no son aquellos que están ligados a las cosas exteriores, como la riqueza, el poder o la
fama, y tampoco aquellos que están ligados al cuerpo, como la vida, la fuerza física, la salud o
la belleza, sino exclusivamente los valores del alma que se hallan todos incluidos en el
conocimiento. Por supuesto, esto no significa que todos los valores tradicionales se conviertan
en antivalores, significa que por sí mismos carecen de valor. Sólo se convertirán en valores si
se utilizan como lo exige el conocimiento, es decir, en función del alma y de su arete (virtud).
El Método Socrático
La refutación y la mayéutica: ante todo hay que llamar la atención sobre una característica
general del método o sobre el tono general del mismo, que es al propio tiempo rasgo distintivo
de la personalidad de Sócrates: la ironía. En sentido corriente, el vocablo "ironía" se refiere a la
actitud de quien dice lo contrario de lo que en efecto piensa, pero de manera tal que se echa
de ver que en realidad piensa justamente lo opuesto de lo que dice (como si alguien, viendo a
un calvo, le preguntase por el peine que usa, o viendo a una persona muy delgada, le
preguntase si ha roto la balanza).
En griego "ironía" significaba "disimulo", o la acción de interrogar fingiendo ignorancia. En
Sócrates se trata de su especial actitud frente al interrogado: disimulando hábilmente la propia
superioridad, manifiesta su falta de conocimiento acerca de tal o cual tema, y finge estar
convencido del saber del otro, con objeto de que le comunique ese supuesto saber; para
terminar, según se verá, obligándolo intelectualmente a que reconozca su propia ignorancia.
Ahora bien, el método propiamente dicho tiene dos momentos: el primero, que es un
momento negativo, se llama refutación; y el segundo, positivo, que es la mayéutica.
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La refutación consiste en mostrar al interrogado, mediante una serie de hábiles preguntas, que
las opiniones que cree verdaderas son, en realidad, falsas, contradictorias, incapaces de resistir
el examen de la razón. Sócrates se dirige, por ejemplo, a un general, pidiéndole que le diga qué
es la valentía; o se dirige a un pedagogo preguntándole qué es la virtud hacia la cual toda
educación debiera orientarse; o bien le pregunta a un político qué es la justicia, puesto que
toda política debiera empeñarse por realizarla. Él mismo no responde a estas preguntas,
argumentando que ignora las respuestas. Los interrogados, en cambio, creen ingenuamente
saber lo que se les pregunta pero el interrogatorio al que el filósofo los somete pone en
evidencia que se trata de un falso saber: en el momento en que ello se hace manifiesto,
Sócrates los ha refutado y el interlocutor se declara ignorante.
Como es obvio, a los sabiondos y a los mediocres la discusión provocaba irritación o reacciones
aún peores. En los mejores, en cambio, la refutación servía para purificar de las falsas
certidumbres, esto es, para purificar de la ignorancia.
La mayéutica: significa “ayudar a dar luz” porque el arte de Sócrates consiste, no en
proporcionar él mismo conocimientos, sino en ayudar al alma de los interrogados a dar a luz
los conocimientos, guiarlos a través del diálogo.
La verdad solamente puede hallarse de manera auténtica en la conversación, lo que supone
que no hay verdades ya hechas, listas, sino que el espíritu del que aprende, para que su
aprendizaje sea genuino, tiene que comportarse activamente, pues tan sólo con su propia
actividad llegará al saber. Lo que se busca no es "informar" sino "formar".
Una de las frases más célebres conocidas de Sócrates es “Solo sé que no sé nada”. A diferencia
de quienes creen saberlo todo, Sócrates reconoce que es más cada vez lo que le queda por
saber (conciencia de ignorancia).
Las paradojas de la ética socrática
La tesis socrática antes enunciada implicaba dos consecuencias que muy pronto fueron
consideradas como paradojas:
1) La virtud (todas y cada una de las virtudes: sabiduría, justicia, fortaleza, templanza) es
ciencia (conocimiento) y el vicio (todos y cada uno de los vicios), ignorancia.
2) Nadie peca voluntariamente y quien hace el mal lo hace por ignorancia del bien.
Estas dos proposiciones resumen lo que ha sido denominado «intelectualismo socrático», en
la medida en que reducen el bien moral a un hecho de conocimiento, considerando como algo
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imposible conocer el bien y no hacerlo. A pesar de su exageración, las dos proposiciones
contienen algunos elementos muy importantes.
Sócrates tiene toda la razón cuando afirma que la condición necesaria para hacer el bien
consiste en el conocimiento (porque si no conozco el bien, no lo podré hacer); pero se
equivoca cuando considera que, además de condición necesaria, es condición suficiente y cae
en un exceso de racionalismo porque para hacer el bien, en efecto, se requiere también el
concurso de la voluntad.
Los filósofos griegos, no han concedido ninguna atención a la voluntad, que en cambio se
convertirá en elemento central y esencial para la ética de los cristianos.
Para Sócrates, en conclusión, es imposible decir «veo y apruebo lo mejor, pero cuando actúo
hago lo peor», porque quien ve lo que es mejor, necesariamente también lo realiza. Por
consiguiente, el pecado se reducirá a un error de cálculo, un error de la razón, una ignorancia
del verdadero bien.
El descubrimiento socrático del concepto de libertad
La manifestación más significativa de la excelencia de la psyche o razón humana reside en lo
que Sócrates denominó «autodominio», esto es, en el dominio de uno mismo durante los
estados de placer, de dolor y de cansancio, cuando uno está sometido a la presión de las
pasiones y de los impulsos: «Cada hombre, considerando que el autodominio es la base de la
virtud, debería procurar adquirirlo.»
El autodominio, significa el dominio de la propia animalidad mediante la propia racionalidad,
significa que el alma se convierta en señora del cuerpo y de los instintos ligados con el cuerpo.
El hombre verdaderamente libre es aquel que sabe dominar sus instintos, y el hombre
verdaderamente esclavo es aquel que no sabe dominar sus propios instintos y que se
convierte en víctima de ellos.
El nuevo concepto de felicidad
En griego «felicidad» se dice eudaimonia, que originariamente significaba haberle tocado a
uno en suerte un demonio guardián bueno y favorable, que garantizaba un destino favorable y
una vida próspera, placentera.
La felicidad no puede venir de las cosas externas ni del cuerpo, sino sólo del alma, porque ésta
—y sólo ésta— es la esencia del hombre. El alma es feliz cuando está ordenada, es decir,
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cuando es virtuosa. Al igual que la enfermedad y el dolor físico es un desorden del cuerpo, la
salud del alma consiste en su orden y este orden espiritual y esta armonía interior constituyen
la felicidad.
Por ello, según Sócrates, el hombre virtuoso entendido en este sentido «no puede padecer
ningún mal ni en la vida ni en la muerte». En la vida no, porque los demás pueden dañar sus
posesiones o su cuerpo, pero jamás arruinar su armonía interior y el orden de su alma.
Tampoco después de la muerte, porque si hay un más allá, el virtuoso obtiene un premio; si no
lo hay, ya ha vivido bien esta vida, y el más allá es como un ser en la nada.
En cualquier caso, Sócrates creyó con firmeza que la virtud logra su auténtico premio en sí
misma, de manera intrínseca, es decir, esencial, y que vale la pena ser virtuoso, porque la
virtud en sí misma es ya un fin.
De acuerdo con Sócrates, el hombre puede ser feliz en esta vida, cualesquiera que sean las
circunstancias en que le toque vivir y cualquiera que sea su destino en el más allá. El hombre
es el verdadero artífice de su propia felicidad o infelicidad.
Datos bibliográficos:
- Reale, G. y Antiseri, D. 1988. Historia del pensamiento filosófico y científico. Tomo
Primero: Antigüedad y Edad Media. Barcelona. Herder.
- Carpio, Adolfo. 2004. Principios de Filosofía. Una introducción a su problemática.
Buenos Aires, Argentina. Glauco.