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FILOSOFÍA MODERNA 3
TEMA 7. JEAN-JACQUES ROUSSEAU: TEMA
0. INTRODUCCIÓN
Jean-Jacques Rousseau nació en Ginebra en el año 1712 y, tras pasar la
mayor parte de su vida entre Suiza y Francia, murió en el año 1778. Si bien
perteneció durante un tiempo al círculo de los ilustrados franceses, su
relación con ellos resultó muy conflictiva. De hecho, la publicación de sus
primeros escritos le condujo a la ruptura con sus representantes. Aunque
compartía con ellos su reflexión sobre las cuestiones de la sociedad y de la
historia, sus tesis sobre ellas eran bien diferentes del optimismo ilustrado.
Por ejemplo, frente a la confianza absoluta en la razón y la cultura propia
de los enciclopedistas, Rousseau destacó el papel del sentimiento interior
y de la naturaleza, por lo que se lo considera también un precursor del
Romanticismo.
Entre las principales obras filosóficas del filósofo ginebrino se encuentran Discurso sobre las artes y
las ciencias, Discurso sobre el origen y el fundamento de la desigualdad entre los hombres, Discurso
sobre la economía, Emilio y, sobre todo, Contrato social.
1. FILOSOFÍA POLÍTICA: LA SOCIEDAD Y EL ESTADO
1.1. Crítica de la sociedad civilizada
Desde sus primeras obras, Rousseau adoptó una actitud enormemente crítica respecto de la
sociedad civilizada, que se caracteriza principalmente por la artificialidad, la hipocresía y la
competitividad. A su juicio, la causa de esta degeneración moral es el progreso de las artes, las
ciencias y las letras, tesis claramente opuesta a los principios de los enciclopedistas. En
consecuencia, contra el efecto negativo de la cultura es preciso cultivar una «ignorancia razonable»,
que consiste en el amor a la virtud y en la limitación de la curiosidad a las facultades que se han
recibido. Aunque posteriormente matizó su rechazo de la civilización, la idea de que la naturaleza
humana ha sido corrompida por la sociedad y la cultura siempre estuvo presente en su pensmiento.
1.2. El estado de naturaleza
La afirmación de que la sociedad civilizada ha corrompido al ser humano tal como era en su estado
de naturaleza exige una descripción de dicho estado. Puesto que solo conocemos al ser humano en
sociedad, esta investigación de su estado natural no puede ser empírica ni
histórica, sino que más bien ha de ser una explicación hipotética que consiste en tomar al ser
humano tal como lo conocemos y retirarle todos los atributos que ha recibido de la vida en
sociedad. En definitiva, el estado de naturaleza es más bien el modelo o norma desde el cual
Rousseau somete a crítica el orden social vigente.
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Aunque en el estado de naturaleza el ser humano se dedicaría fundamentalmente a la conservación
de su vida, se diferenciaría de los animales no solamente por su inteligencia y habilidad, sino, sobre
todo, por su libertad. Además, el ser humano se distingue por su perfectibilidad, es decir, por su
capacidad de perfeccionarse a sí mismo.
En su estadio más primitivo, sin vida social y sin haber alcanzado el nivel de reflexión, el ser humano
carecería de cualidades morales en sentido estricto. Ahora bien, esto no implica que fuese malo ni
violento, sino simplemente que no poseería las ideas de bondad y maldad ni tampoco las de justicia
e injusticia, pues ni siquiera habría una distinción entre lo «mío» y lo «tuyo». Por el contrario, cabe
afirmar que, según Rousseau, el ser humano en este primitivo estado de naturaleza es bueno, ya
que, si bien no puede ser considerado bueno en un sentido estrictamente moral, la bondad moral
no consiste más que en el desarrollo de sus sentimientos e inclinaciones naturales. Entre tales
sentimientos naturales se hallan el amor de sí mismo, que no hay que confundir con el egoísmo que
se da la sociedad, y la piedad o compasión, la cual nace, en opinión de Rousseau, del amor de sí.
Por otra parte, Rousseau describe al ser humano en su estado más primitivo sin lenguaje. Con el
tiempo, se establecieron signos convencionales para designar cada objeto y más tarde aparecieron
términos generales para expresar ideas generales. Respecto a la cuestión de si la existencia de la
sociedad es necesaria para la adquisición del lenguaje o, por el contrario, el surgimiento de este es
imprescindible para el establecimiento de la sociedad, el pensador suizo no propone ninguna
solución. No obstante, sostiene con claridad que la vida intelectual del ser humano sería imposible
sin la capacidad lingüística.
1.3. La transición del estado de naturaleza a la sociedad organizada
Aparte de la conciencia de la ventaja de la colaboración en ciertas empresas comunes, según
Rousseau, la aparición de la sociedad civil depende ante todo del establecimiento de la propiedad
privada. Al introducirse esta, desapareció la igualdad y, junto con la agricultura y la metalurgia,
surgieron la esclavitud y la miseria. Aun cuando también aparecieron las nociones de justicia e
injusticia, el ser humano se alejó de su sencillez primitiva y se impusieron las desigualdades y los
enfrentamientos, hasta el punto de darse un «estado de guerra».
Dados la inseguridad y los males derivados de la institución de la propiedad privada, resultó
necesario el establecimiento por consentimiento común de la sociedad política, el gobierno y la ley.
Sin embargo, estos no supusieron un avance, sino la pérdida de la libertad natural y la consolidación
de la propiedad privada y el aumento de las desigualdades derivadas de ella. Aunque la sociedad
política tiene su origen en un «contrato» entre el pueblo y los gobernantes, el poder político
degeneró en el despotismo hasta conducir finalmente a la ley del más fuerte, a la que, en principio,
estaba destinado a sustituir.
Mientras que en el estado de naturaleza no había más desigualdad que la natural, que consiste en
la mera diferencia de capacidades, en la sociedad civil existe, además, la «desigualdad moral o
política», que es consecuencia de la aparición de la propiedad privada y de las leyes. Esta
desigualdad no es proporcional a la desigualdad natural y se encuentra en contradicción con el
derecho natural. De este modo, se regresa, por así decirlo, al estado de naturaleza. Ahora bien, a
diferencia del inicial, que se caracterizaba por la inocencia y la sencillez, el actual es fruto de la
corrupción.
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No obstante, pese a esta crítica de la sociedad civilizada, Rousseau no se plantea la meta imposible y
absurda de la supresión de la sociedad, sino más bien una reforma radical de ella que supere los
males propios del orden social vigente al recuperar los sentimientos naturales. Paradójicamente,
solo la razón puede promover el retorno a la bondad del estado de naturaleza dentro de la sociedad
debidamente transformada.
1.4. El contrato social
La filosofía política de Rousseau parte, pues, de que los individuos son libres en el estado de
naturaleza, pero, en cambio, se encuentran encadenados en la sociedad civil. Si bien en sus
primeros escritos había adoptado una actitud meramente crítica ante esta situación de acuerdo con
la cual rechazaba a la sociedad como un mal, en su obra fundamental, titulada el Contrato social,
opta por justificar un orden social tal como debería ser para que se superasen los males de la
civilización y se recuperara de algún modo el estado de naturaleza, solo que en el seno de la
sociedad misma.
Para ello recurre a la teoría contractual que ya habían propuesto en la Edad Moderna autores como
Hobbes y Locke. Así, el deber de obedecer al poder político no puede fundarse en la fuerza que este
posee y ejerce, las cuales solo justificarían un acto de prudencia, sino en un acuerdo o convención
que legitime el orden social y la autoridad política. .
Según el filósofo ginebrino, los seres humanos se ven forzados a unirse y asociarse para conservarse
una vez que los obstáculos a su conservación en el estado de naturaleza superan a los recursos de
los que dispone en dicho estado. Ahora bien, el problema reside en encontrar un forma de
asociación que no solamente proteja a los miembros de la sociedad y sus posesiones, sino que a la
vez garantice que los individuos sigan siendo libres como en el estado de naturaleza, esto es,
continúen obedeciéndose solo a sí mismos.
Dicha forma de organización política se basa en un pacto entre iguales mediante el cual cada
miembro de la sociedad se une a los demás para obedecer voluntariamente la voluntad general,
renunciar a sus intereses particulares y convertirse en una parte del todo indivisible que es la
comunidad. Así, por medio del contrato social, se sustituye la libertad natural que poseían los
individuos en el estado de naturaleza por la libertad civil y moral que adquieren en la sociedad.
Según Rousseau, los seres humanos se hacen libres al obedecer la voluntad general y la ley basada
en esta, pues, al someterse a ellas, obedecen a su propia razón y a lo que su voluntad realmente
quiere.
1.5. La soberanía popular
Por otra parte, con la asociación de individuos mediante el contrato social, se crea un cuerpo moral
y colectivo al que se denomina Estado, Soberano o Poder según se lo considere pasivamente, de
forma activa o en relación con otros cuerpos semejantes. Por tanto, Rousseau considera que la
soberanía reside en dicho cuerpo, que es el pueblo en cuanto legisla ejerciendo la voluntad general.
De ahí que cada individuo, en cuanto miembro del cuerpo moral, es soberano, mientras que, como
poseedor de una voluntad particular, debe someterse a la voluntad general.
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Rousseau defiende que la soberanía es inalienable, de modo que no admite representación alguna.
Como mucho, el pueblo puede elegir diputados que ejerzan como administradores, pero no que
legislen en representación suya. Además, la soberanía es indivisible, dado que la voluntad general
también lo es. Tampoco es posible una división de la soberanía en los poderes ejecutivo y el
legislativo, sino que el poder ejecutivo meramente administra la ley y es un instrumento al servicio
del soberano, es decir, del pueblo en cuanto legislador.
1.6. La voluntad general
El concepto fundamental de la teoría política propuesta por Rousseau es, sin duda alguna, el de
voluntad general. En su opinión, el Estado es un sujeto o un «ente moral que cuenta con una
voluntad». Esta voluntad tiende siempre al bien del todo y de cada parte. Por ello ha de ser la fuente
de todas las leyes y constituir para todos los miembros de la sociedad la norma de lo justo y lo
injusto tanto respecto de sus relaciones recíprocas con en su relación con el Estado. Solo así el
derecho coincidirá, por así decirlo, con la moral.
La voluntad general no se identifica, pues, la voluntad de la mayoría de los ciudadanos, sino con a
voluntad del Estado como un todo y orientada al interés y al bien común. Por ello distingue
Rousseau entre la voluntad de todos y la voluntad general. Mientras que la primera tiene en cuenta
intereses privados y no es más que la suma de las voluntades particulares, la segunda es la voluntad
del pueblo soberano que quiere el bien común o universal. Por esto motivo, la voluntad de todos o
de la mayoría puede errar en su búsqueda del bien común, pero la voluntad general es infalible y
siempre quiere el interés común.
Al ser la voluntad general más universal que la voluntad de todo individuo y la de todo grupo
perteneciente al Estado, debe prevalecer sobre ellas. Así pues, la bondad moral y la virtud consisten
en que la voluntad particular se identifique y se ajuste a la voluntad general. Igualmente, el
legislador tiene el deber de que las leyes sean conformes a ella.
Por tanto, aunque a veces se observa en el pensamiento de Rousseau la tendencia a asociar la
voluntad general con la de la asamblea popular o el cuerpo legislativo que representa al pueblo,
queda claro que admite que las leyes y las decisiones emanadas de ellos pueden no corresponderse
con la voluntad general, que es, por así decirlo, el criterio moral para distinguir lo justo de lo injusto.
Además, también parece admitir la idea de algo más general que Estado de la cual las voluntades de
todos los individuos y todos los estados serían miembros. La voluntad de esta «gran ciudad del
mundo» sería, pues, la «voluntad de la naturaleza» a la cual también los estados deberían
someterse, siendo la sociedad política el modo en que se cumple la voluntad general.
No obstante, con el fin de garantizar que la asamblea popular apruebe leyes que se ajusten a la ley
general, el pensador suizo propone, entre otras medidas, evitar las sociedades parciales con sus
respectivas voluntades relativamente generales a fin de que cada ciudadano piense por sí mismo.
Para ello deberán estar, además, adecuadamente informados. Si se cumplen estas condiciones,
entonces la voluntad de la mayoría expresará inevitablemente la voluntad general al compensarse
las diferencias entre las voluntades particulares. Así pues, salvo en el caso del contrato social, que
requiere unanimidad, en el resto de las decisiones la mera voluntad de la mayoría resulta
vinculante, si bien debe aproximarse a la unanimidad a medida que aumente la importancia de los
asuntos que se decidan.
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1.7. El gobierno
De acuerdo con el planteamiento de Rousseau, el poder legislativo es el pueblo soberano, que
expresa la voluntad general mediante leyes universales, mientras que el poder ejecutivo o gobierno
se encarga de aplicar la ley en el caso de acciones y personas particulares. La función del gobierno
es, pues, meramente administrativa. Además, el pueblo no se sitúa bajo el gobierno por un
contrato, sino por un encargo, de modo que el pueblo, en quien reside la soberanía, puede limitar,
modificar o recuperar el poder ejecutivo para encargárselo a quien decida.
Respecto a las formas de gobierno, Rousseau rechaza que haya una forma de gobierno ideal, pues
el mejor modo de organización política es diferente para clase de sociedad y estado. Pese a ello,
considera que los gobiernos democráticos son adecuados para estados pequeños, los gobiernos
aristocráticos para los estados de tamaño medio y los monárquicos para los grandes estados. No
obstante, todas ellas pueden degenerar y, de hecho, la tendencia a hacerlo es inevitable, si bien la
separación de los poderes ejecutivo y legislativo frena este proceso de decadencia. Por otra parte,
no hay que olvidar que el filósofo ginebrino muestra cierta preferencia por los estados pequeños
tales como los pequeños cantones suizos en los cuales resulta posible una democracia directa en las
que los ciudadanos se reúnen con facilidad en asambleas para ejercer el poder legislativo. Sin
embargo, a la vez teme que la democracia no sea, en realidad, realizable en una sociedad humana.
1.8. La educación
Con el fin de preparar a los seres humanos para la
realización efectiva del contrato social, Rousseau propuso
en su obra Emilio una pedagogía renovadora. El
fundamento de esta pedagogía es una «libertad bien
dirigida», para lo cual resulta imprescindible educar los
sentimientos y la razón en el desinterés y en el amor tanto
al prójimo como a la comunidad, suprimiendo así todo
egoísmo y competitividad.
Este proceso educativo debe ser gradual y atender a las distintas etapas del desarrollo psicológico
del niño y del adolescente, pues en cada fase de su evolución el ser humano requiere diferentes
técnicas pedagógicas según las facultades que se hayan desarrollado lo suficiente para ser
educadas. En general, el educador nunca debe considerar al niño como un adulto en miniatura, sino
como un niño con sus propios modos de pensar y de sentir.
Desde el nacimiento hasta los doce años, hay atender al ejercicio inteligente de los sentidos.
Posteriormente, de los doce a los quince años, se tiene que desarrollar una educación de la
inteligencia, orientando la atención del adolescente hacia las ciencias, pero siempre por medio del
contacto directo con las cosas que imponen sus leyes y su necesidad. Por último, desde los quince a
los veintidós años, la educación debe centrarse en la dimensión moral, fomentando el amor al
prójimo, la compasión, el sentido de la justicia, la vida en comunidad y, como complemento, la
preparación para el matrimonio.
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1.9 La Religión
Rousseau es partidario de establecer una religión natural y una religión civil que no admitan
distinción alguna entre lo público y lo privado, la política y la teología, lo exterior y lo interior, tal
como hace el cristianismo, sino que garantice la convivencia y la aceptación de la voluntad general
que ama siempre el bien común.
Las verdades fundamentales de la religión natural o «religión del hombre», que se opone a todo
elemento sobrenatural, son la existencia de Dios y la inmortalidad del alma. Según Rousseau, la
existencia de Dios es reconocida a partir el maravilloso orden y finalidad de la naturaleza, cuya única
explicación es la existencia de Dios. Su postura se aproxima, pues, al deísmo de muchos ilustrados,
según el cual Dios existe como causa del universo, pero no interviene directamente en este. En
cuanto a la inmortalidad del alma, l se sigue de la imposibilidad racional de admitir que los malos
triunfen definitivamente sobre los buenos, tal como ocurriría si todo se redujese a lo acontecido en
la historia de la humanidad. Asimismo, la voz de la conciencia ―es decir, del principio de justicia
según el cual se juzgan las acciones propias y ajenas― es el sentimiento natural e innato de amor al
bien y a la justicia, si bien por sentimiento hay que entender un aprehensión inmediata o intuitiva.
Finalmente, según Rousseau, el culto divino esencial no es otro que el del corazón y la moralidad.
Además de la «religión del hombre», es necesario proponer también una religión civil o «religión
del ciudadano», es decir, una profesión de fe puramente civil cuyos artículos sean establecidos por
el pueblo soberano, pero no como dogmas religiosos, sino como sentimientos sociales necesarios
para ser buenos ciudadanos. Así, a las verdades de la religión natural, se añaden, primero, la
santidad del contrato social y, segundo, la tolerancia de toda religión que a su vez sea tolerante y no
se oponga a los deberes del ciudadano. Para Rousseau el instrumento de salvación no es la Iglesia,
sino únicamente el Estado.