2.
2 Enfoques teóricos para comprender la obesidad desde diferentes
perspectivas
La obesidad y el sobrepeso no solo dependen de lo que una persona come o del
ejercicio que lleva a cabo. Existen diversos factores que influyen en estos
problemas de salud. Durante este capítulo se analizarán tres enfoques diferentes
para comprender mejor el sobrepeso en el ámbito psicológico, social y familiar. En
cada uno de ellos ayudara a entender como las emociones, el ambiente donde
vivimos y el tipo de vida que llevamos en familia pueden afectar nuestro peso.
Comprender estos aspectos permite ver que el sobrepeso es un problema
complejo que necesita ser atendido desde diferentes puntos de vista y no
solamente cambiando hábitos alimenticios, sino también mejorando el entorno y el
bienestar emocional de las personas.
2.2.1 Enfoque psicológico
Las emociones son una parte fundamental del día a día de cada persona. En
muchas ocasiones, la forma en que perciben los sentimientos y emociones
pueden influir en las acciones diarias de una persona, como la manera en que se
alimenta. El enfoque psicológico estudia factores como la tristeza, la ansiedad, el
estrés o incluso la felicidad pueden hacer que se tenga una mala alimentación, en
lugar de comer lo necesario para satisfacer al cuerpo. Cuando una persona usa la
comida para sentirse mejor o calmar sus emociones, puede empezar a tener
problemas de sobrepeso u obesidad. Además, vivir con sobrepeso puede
perjudicar a una persona, haciendo que se sienta menos segura de sí misma,
creando un ciclo difícil de romper. Por eso, entender la relación entre las
emociones y la alimentación es muy importante para prevenir y tratar la obesidad
de una manera adecuada y segura.
La obesidad tiene diferentes causas (genética, metabólica, psicológica, social,
cultural, etc.,) planteando la necesidad de abordar psicológicamente esta
problemática. La obesidad constituye una de las principales creencias de la
sociedad con una marcada repercusión a nivel psicológico individual; de la misma
forma por la forma en la que se trata este padecimiento, lo consideran una
problemática psicológica, pero no por esto es un trastorno psicológico, sin
embargo, la alta tasa de pacientes con problemas psiquiátricos ayuda a observar y
analizarla como un problema psiquiátrico.
Una de las características de algunas personas con obesidad, es la manera en
que perciben su cuerpo, lo perciben de manera impura; permiten que su peso se
incremente al tal grado que pierden la forma del cuerpo femenino con la que se
protegen de distintas amenazas. Tras la Primea Guerra Mundial, en Estados
Unidos comenzó a institucionalizar el cuerpo bello, de tal forma que una o varias
personas reciben señales que se contradicen una a la otra: el cuerpo es malo y es
bueno, hay que castigarlo y hay que cuidarlo, es enemigo y es aliado, es hermoso
y es horrible, hay que gozarlo y hay que modificarlo.
Comúnmente a las personas con algún problema de peso u obesidad, tienden a
tener comentarios como: “Yo sé que comer tanto pan es malo, pero no puedo
evitarlo porque me hace sentir bien”. Es decir, en cierto punto es algo deseado,
pero una amenaza para nuestra salud. Aquí se observa que las personas con este
tipo de problemas se refieren a la comida no solo como algo rico y sabroso, sino
que también como algo que no pueden dejar, como si para ellos fuera una
protección, una ayuda emocional, un castigo o una fuente de culpa.
Synnott A. (1992), considera que los cuerpos han sido diferentes siempre, no solo
físicamente, también socialmente; indica que el cuerpo puede ser amado u odiado,
bello u horrible. Las ideas sobre lo que es, lo que significa, su valor moral y como
se define permite visualizarla como un problema psiquiátrico, el cual debe de
identificarse y tratarse con los programas de control de peso que tienen las
instancias de salud.
Un estudio que realizo Brito et al (2000) en adolescentes y adultos jóvenes de 15 a
21 años, señaló un indicé alto de padecimientos psiquiátricos. Entre estos
padecimientos destacan los trastornos de: animo, ansiedad, alteraciones en la
conducta alimenticia con pérdida de control, entre otros.
Asimismo, la obesidad conduce al desarrollo de nuevas afecciones psiquiátricas,
que pueden ser el resultado de que el paciente obeso está sometido a múltiples
problemas psicológicos, como la discriminación social que conlleva consecuencias
graves de la conducta; limitaciones personales, laborales y sexuales que
conducen a la disminución de autoestima y al aislamiento.
No se puede verificar de manera certera que existe una relación entre la obesidad
y los problemas psicológicos que tienen algunas personas, pero que ha sido
establecida claramente la relación que existe entre ellas como lo demostró el
estudio de Roberts et al.
Greeno y Wing (2000) concluyeron que el estrés (incluida la depresión) se asocia
con aumento en la ingesta de alimentos en los comedores restringidos, lo cual
esta descrito en el modelo del comportamiento bulímico.
Wardle et al (2001) analizaron una muestra de mujeres obesas con desorden del
atracón, insatisfacción corporal, y su relación con restricción de alimentos y
depresión; sus hallazgos mostraron que estos 4 elementos están íntimamente
relacionados, y al tratar la depresión con medicamentos, y mejorar la
insatisfacción corporal con terapias psicológicas, mejora el curso del desorden del
atracón.
Durante la segunda mitad del siglo XX cuando los profesionales de la salud
comienzan a preocuparse por el tratamiento de la obesidad, condición física que
en épocas pasadas no solo no era concebido como un problema de salud, sino
que se consideraba una forma de vitalidad, bienestar u opulencia. En cierto modo,
los psicólogos han intervenido tradicionalmente tratando los problemas
psicológicos asociados a la obesidad, trabajando la baja autoestima, la
insatisfacción corporal o la ansiedad, entre otros aspectos.
Durant la década de los setenta, Stuart (1967) fue uno de los primeros autores en
hablar en un estudio referente a la intervención psicológica de enfoque conductual;
en este, ocho personas con obesidad consiguieron disminuir su peso tras un año
de tratamiento con dicha terapia. El planteamiento básico del tratamiento
conductual se fundamenta en que la obesidad es un desajuste de hábitos, los
cuales son aprendidos por el individuo a lo largo de su historia vital y, son
promovidos y mantenidos, tanto por sus circunstancias como por las propias
consecuencias que conllevan, como sucede con cualquier otra conducta.
El jefe del Departamento de Educación Continua en el Instituto Nacional de
Psiquiatría “Ramón de la Fuente Muñiz” (INPRFM) Héctor Esquivias Zavala,
afirmo que entre un 30 y 60 por ciento de las personas que viven con obesidad
presentan alguna condición de salud mental como lo es la depresión, ansiedad,
baja autoestima o alteraciones en la conducta alimenticia, indico que la depresión
en una persona con obesidad se caracteriza por ser aún más grave y puede
presentar mayor número de recaídas, por esto mismo dice que tratar estas
condiciones, puede favorecer una mayor pérdida de peso; incluso, después de
una operación bariátrica.
Por ejemplo, un estudio en España demostró la prevalencia de sobrepeso en un
12,4% y la obesidad es de un 13,9% en jóvenes de entre 3 y 18 años.
Los adolescentes con obesidad tienen mayor riesgo de desarrollar trastornos de la
conducta alimentaria, alteraciones emocionales como lo es la depresión y
ansiedad, y ser víctimas de burlas por amigos, familiares o compañeros. Derivado
de esto, los adolescentes desarrollan trastornos de alimentación por la
preocupación excesiva por el peso y la figura, para lograr en diferentes círculos
sociales y poder sentirse identificados, esto los lleva a utilizar métodos o técnicas
insanas y dañinas para perder peso. A esto, se tiene que añadir los estados
emocionales y las situaciones sociales negativas, como la depresión, la ansiedad
y el estrés como se ha mencionado en diversas ocasiones. La ansiedad en
jóvenes con obesidad están relacionados con la con una disminución de la
actividad física y un aumento en la ingesta como respuesta al estrés, buscando
satisfacer esa necesidad o preocupación comiendo, creando un hábito de
tranquilidad al comer por un problema que se presenta en la vida cotidiana de
alguna persona y la preocupación por el peso y la figura, la baja autoestima y la
ansiedad pueden inducir a la obesidad y actuar como una gran barrera para lograr
perder peso y llevar una vida sana.
A lo largo de los años se ha creado una cultura extraordinariamente sedentaria y
consumista, donde la forma en la que manejan los conflictos emocionales, el
estrés y las perdidas, consisten precisamente en consumir cosas que los hacen
sentir bien, como puede ser los carbohidratos y otros alimentos o bienes
asociados al bienestar, que en conjunto con las medicinas y fármacos prohibidos a
la venta (ansiolíticos, antipsicóticos y antidepresivos) inciden de una forma
agresiva sobre los mecanismos del sistema autónomo de regulación de la
actividad y el de la acumulación de grasas. También al buscar una dieta provoca
estrés y ansiedad en las personas al no notar resultados satisfactorios al disminuir
sus alimentos.
De la misma forma se ha demostrado que la falta de sueño y/o calidad de sueño,
como dejar alguna adicción también generan el aumento de peso en una primera
etapa y puede llegar a transformarse en obesidad cuando buscan cambiar la
adicción original con la ingesta de alimentos.
La cultura actual ha sido caracterizada por un estilo de vida sedentario, la
sobreexposición a pantallas y la normalización del consumo de productos ultra
procesados, ha creado un ambiente propicio para el desarrollo de trastornos
alimenticios y emocionales. Esto provoca que las personas busquen
constantemente una satisfacción inmediata ante las frustraciones cotidianas,
utilizando la comida como un medio de escape emocional. Esta combinación de
factores individuales, familiares y sociales hace que tratar la obesidad de forma
efectiva sea cada vez más complicado, ya que no basta con un cambio de hábitos,
sino que es necesario atender también las causas emocionales y culturales de
fondo.
En general para lograr combatir los trastornos de obesidad producidos por nuestra
cultura es necesario construir una nueva cultura de la alimentación y de la
actividad que nos permita vivir mejor en el mundo real que hemos creado. Es
necesario dejar el consumismo de forma habitual y buscar más allá de una
pantalla, recuperando el libre albedrio de las personas donde solo busca una
imagen falsa y “perfecta” creada por una computadora, provocando estándares tan
altos que un individuo al querer cumplirlos y creer que con eso tendrá una
aceptación social, que fue generado por burlas, ansiedad o depresión, puede
provocar problemas incluso más graves que pueden perjudicar en la salud de
manera extrema y preocupante por alcanzar los estándares establecidos por la
sociedad que ha ido creando y evolucionando con el paso de los años.
La obesidad y el sobrepeso no son solamente cuestiones de mala alimentación o
falta de ejercicio. Los factores emocionales juegan un papel muy importante en
cómo una persona se alimenta y cómo se siente con su cuerpo. Emociones como
el estrés, la tristeza o la ansiedad pueden llevar a comer en exceso, y con el paso
del tiempo, esto afecta no solo la salud física, sino también la manera en que
alguien se percibe a sí mismo. Además, la presión social y los comentarios
negativos sobre el cuerpo empeoran esta situación, generando un ciclo difícil de
romper.
Por ello, es importante entender que para tratar la obesidad no basta con modificar
la dieta o realizar actividad física; también se necesita atender la parte emocional y
psicológica, brindando apoyo para mejorar la autoestima, manejar las emociones y
fortalecer la relación que las personas tienen con su cuerpo y su bienestar. Con la
ayuda de amigos cercanos y familiares que puedan contribuir al apoyo de la
persona que padece de obesidad, ayudando a que no se sientan atacados ni en
un lugar donde no puedan ser ellos mismos, creando un ambiente seguro para
que puedan ayudar de la manera más sana y segura para no comprometer la
salud mental del familiar o amigo y que en las recaídas pueda sentirse con la
seguridad de sentir apoyo por parte de todos sus círculos de confianza
2.2.2 Enfoque social
Actualmente en la sociedad en la que vivimos también tiene una gran influencia en
nuestros hábitos alimenticios y nuestra salud. Hoy en día es bastante normal ver
anuncios de comida rápida en la televisión, en internet o en las calles. Estos
mensajes nos invitan constantemente a consumir alimentos altos en grasas,
azucares y calorías: Además en diversos grupos sociales es más fácil encontrar
comida chatarra que frutas y verduras frescas. El estilo de vida actual es mucho
más sedentario que en otras épocas, donde muchas personas pasan horas frente
al televisor, celular o computadora en lugar de estar realizando alguna actividad
física sencilla como caminar, esto trae como consecuente el aumento de peso en
muchas personas que llevan este tipo de vida sedentaria
Otros elementos que se sumarian también esta problemática, es que hoy en día
es casi reiterativo recordar que en las últimas décadas, los cambios económicos y
laborales, sociales o demográficos han provocado modificaciones en la dieta y en
los estilos de vida que han afectado las bases mismas de nuestra forma de vivir y
de alimentarnos: incremento de la población urbana; aumento del sector
económico terciario y, en consecuencia, menor ejercicio físico; reducción de la
familia y de la habitación extensa e incorporación al mundo laboral de todos los
miembros adultos de una familia; modificaciones en la jornada laboral y mayores
desplazamientos; menor tiempo para dedicar en las tareas domésticas y, por lo
tanto, a la cocina; enriquecimiento calórico y lipídico de las ingestas diarias; mayor
ingesta de alimentos procesados industrialmente y rutinas cotidianas que
favorecen el consumo de comida procesada, lipídica y barata; mayor número de
comidas fuera de casa; menor conocimiento y control sobre las diferentes etapas
que un alimento recorre en la cadena alimentaria; modificaciones en la jornada
escolar para alumnos universitarios, etc.
La manera en que la sociedad sigue evolucionando nunca dejara de formar parte
del proceso de cambio y estilos de vida, como en la forma en la que nos
alimentamos y nos cuidamos físicamente. La realidad es que determinadas
tendencias, modas y tipologías siguen marcando el modo de alimentarnos y,
quizás hoy más que nunca, son practicadas y reconocidas como parte de la
sociedad en general, creando estereotipos y modas que la gente quiere seguir hoy
en día para poder darle sentido de pertenencia a su vida.
De otro lado, la población infantil hoy en día es más vulnerable al mercado
televisivo del consumo de alimentos hipercalóricos, siendo un canal de
comunicación entre la colectividad y el mundo, condicionando prácticas de
consumo, de relaciones sociales y culturales.
Por ejemplo, la manera en la que se alimentan los niños hoy en día es muy
diferente a lo que era antes, ellos aprender a que les disgusten ciertos alimentos
por la influencia familiar o en la escuela, haciendo que lo vean como un premio, al
ver cuando dicen “si te acabas tus vegetales, puedes jugar”, estop afecta de
manera importante a la nutrición desde la infancia ya que buscamos que la comida
nos genere una recompensa o bienestar.
Los efectos de la globalización son la pérdida de regionalización e identidad de los
alimentos consumidos, por lo que las grandes empresas trasnacionales, que
ofertan alimentos rápidos, fugaces y “llenadores” como lo dicen los propios
consumidores, que por su disponibilidad están acordes al tiempo que se puede
dedicar para su consumo, además de que las redes sociales también tiene una
importante relevancia en la vida y elección de comidas en el ser humano, ya que
por las modas que se han alcanzado hoy en día, la gente busca dietas alimenticias
para mejorar su físico, pero por diferentes circunstancias y causas personales, no
logran ver resultados, por lo que desisten y entran en un estado de ansiedad
donde para poder satisfacer dicha necesidad, comen sin la necesidad de
satisfacer el cuerpo, si no que la necesidad de satisfacer más allá de lo necesario.
De hecho, la estigmatización y la discriminación que sufren las personas obesas
se ha comprobado en múltiples áreas (laboral, familiar, educativa, etc.). Lo que
puede contribuir a mermar la calidad de vida del paciente.
De acuerdo con la OMS la obesidad y el sobrepeso se define como una
acumulación anormal o excesiva de grasa que puede ser perjudicial para la salud.
Al mismo tiempo la obesidad se considera una enfermedad según la última versión
(2012) de la “Clasificación Internacional de Enfermedades”.
Los prejuicios hacia las personas obesas se han evidenciado en numerosos
documentos científicos. De manera especifica se han descrito estereotipos
negativos sobre este grupo de individuos que han llevado a prejuzgar
percepciones peyorativas como indisciplina, desidia, ociosidad, etc. Se ha
documentado cómo estas actitudes dan lugar a sátiras e ironías hacia las
personas con exceso de peso Al mismo tiempo estos prejuicios, que están
estrechamente vinculados con los estereotipos negativos, pueden dan lugar a la
estigmatización y a la discriminación en los individuos con obesidad. Estos hechos
se han puesto de manifiesto a través de estudios científicos. De cierta forma, se
ha visto que las personas con exceso de peso experimentan discriminación
durante su vida académica, en el ámbito laboral, en las relaciones interpersonales
y en el contexto sanitario, incluso existen trabajos en los que se muestra cómo los
medios de comunicación presentan una imagen de la obesidad de carácter muy
negativo. De hecho, existe la certeza de que los individuos con sobrepeso y
obesidad son estigmatizados en diversos medios de comunicación. Por lo tanto,
las experiencias de rechazo o discriminación son frecuentes en las personas
aquejadas de obesidad.
La promoción de alimentos no saludables en los medios de comunicación ejerce
una influencia persuasiva sobre niños y adolescentes. Estos grupos son
generalmente considerados más vulnerables y menos empoderados que los
adultos, lo que puede llevar a que se les perciba como inocentes y susceptibles a
estas estrategias de marketing. Estas tácticas involucran elementos atractivos
como juegos, disfraces, personajes y colores llamativos, sin tener en cuenta la
calidad de los productos ni los riesgos que puedan representar para los
consumidores.
Este déficit de enfoque en las plataformas digitales es relevante dado que la
representación de la obesidad en los medios desempeña un papel influyente en la
formación de actitudes y creencias públicas sobre las personas con obesidad,
como la idea de que las personas obesas son perezosas, glotonas y carentes de
fuerza de voluntad y disciplina.
La estigmatización en redes sociales conlleva a que las personas con obesidad se
encuentren en estados de negatividad, ansiedad, vergüenza corporal y baja
autoestima, perjudicando la salud mental de quienes son objeto de estas actitudes
discriminatorias.
El enfoque social de la obesidad se basa en comprender cómo factores externos,
como el entorno social, cultural y económico, influyen en los hábitos alimenticios y
la actividad física de los individuos. La obesidad no debe ser vista únicamente
como una condición médica o genética, sino también como un fenómeno que está
profundamente entrelazado con las dinámicas sociales y los estilos de vida
modernos. De acuerdo con diversos estudios, los hábitos alimentarios y las
conductas relacionadas con el peso corporal están fuertemente influenciados por
factores como la disponibilidad de alimentos, el acceso a espacios para hacer
ejercicio, la publicidad, las redes sociales y las políticas públicas.
Uno de los principales factores sociales que contribuyen al aumento de la
obesidad es el entorno urbano. En muchas ciudades, las personas tienen acceso
fácil a alimentos procesados y de bajo costo, pero carecen de un acceso
adecuado a frutas, verduras frescas y otras opciones saludables. Según un
informe de la Organización Mundial de la Salud (OMS, 2021), la urbanización y los
cambios en las estructuras familiares han llevado a un aumento del consumo de
alimentos altamente procesados, mientras que las opciones saludables se han
vuelto menos accesibles y asequibles para muchas personas (Organización
Mundial de la Salud [OMS], 2021).
Además, el entorno familiar y social juega un papel crucial en la adopción de
hábitos alimenticios. La familia, como primer núcleo social, influye
significativamente en las decisiones alimenticias, ya que los niños aprenden desde
pequeños las preferencias alimenticias y los patrones de comportamiento
relacionados con la comida. Sin embargo, el modelo de vida actual, que promueve
la rapidez y la conveniencia, hace que muchas familias recurran a alimentos
procesados y rápidos debido a la falta de tiempo para preparar comidas caseras.
Este fenómeno está relacionado con el fenómeno global de la "alimentación
rápida", que ha sido documentado en diversas investigaciones sociales (Berge &
Saelens, 2012).
Los medios de comunicación, incluidos los anuncios televisivos, las plataformas de
redes sociales y las aplicaciones móviles, también tienen un impacto importante
en la forma en que las personas se relacionan con la comida. En particular, los
niños y adolescentes son grupos especialmente vulnerables a la influencia de la
publicidad de alimentos no saludables. De acuerdo con un estudio de la American
Psychological Association (APA, 2013), la publicidad dirigida a niños a menudo
promueve alimentos con altos niveles de azúcares y grasas, creando un vínculo
emocional con la comida y fomentando la preferencia por opciones poco
saludables (American Psychological Association [APA], 2013). Los anuncios de
alimentos se presentan con personajes animados, jingles y otras tácticas
persuasivas que fomentan un consumo impulsivo sin tener en cuenta los efectos a
largo plazo en la salud.
El impacto de las redes sociales también es notable, ya que plataformas como
Instagram, TikTok y Facebook no solo facilitan el acceso a información sobre
dietas y estilos de vida, sino que también crean una presión social sobre los
cuerpos ideales y las expectativas relacionadas con el físico. Esta presión puede
tener efectos adversos sobre la salud mental de los individuos, especialmente
aquellos que no logran cumplir con estos estándares. La "cultura del cuerpo" que
promueven algunas influencers de redes sociales está estrechamente vinculada
con la ansiedad por el peso, la insatisfacción corporal y la distorsión de la imagen
corporal, lo que puede aumentar el riesgo de trastornos alimentarios y, a su vez,
contribuir a la obesidad (Tiggemann & Slater, 2014).
El enfoque social también debe considerar las políticas públicas y las
intervenciones comunitarias. En muchos países, las políticas gubernamentales
han comenzado a reconocer la importancia de la obesidad como un problema de
salud pública que requiere soluciones estructurales. Algunos ejemplos incluyen
impuestos sobre bebidas azucaradas, regulaciones sobre la publicidad de
alimentos dirigida a niños, y la promoción de espacios urbanos para la actividad
física. Por ejemplo, en México, el gobierno ha implementado una serie de políticas
para enfrentar la obesidad infantil, como la etiquetación de productos alimenticios
y la promoción de campañas educativas sobre hábitos alimenticios saludables
(Secretaría de Salud, 2020). Estas políticas tienen el objetivo de reducir la
exposición de los niños y adolescentes a alimentos poco saludables y fomentar un
entorno más saludable.
En resumen, la obesidad no puede ser entendida únicamente como una cuestión
de salud individual, sino como un fenómeno social que está influenciado por
múltiples factores estructurales y culturales. Las intervenciones deben ser
multifacéticas, abordando no solo el acceso a alimentos saludables y la promoción
de la actividad física, sino también el entorno social, la publicidad, y las normas
culturales que afectan las decisiones alimenticias y los comportamientos
relacionados con la salud.
La manera en que los medios de comunicación, las redes sociales y la publicidad
nos muestran lo que deberíamos comer y cómo deberíamos vernos, también
juega un papel importante en cómo nos relacionamos con la comida y nuestro
cuerpo. Los adolescentes, al ser especialmente vulnerables a estos mensajes,
pueden verse influenciados por estos estereotipos, lo que afecta su bienestar
emocional y físico.
El futuro depende de cómo enfrentemos este desafío y de cómo cambiemos
nuestros hábitos y la forma en que interactuamos con nuestra alimentación y
nuestro cuerpo. Todos, desde la familia hasta las autoridades gubernamentales,
tienen un papel en este cambio. Si logramos mejorar la disponibilidad de alimentos
saludables, promover la actividad física y ofrecer una educación más clara sobre
lo que realmente es una vida saludable, podremos reducir la obesidad y mejorar la
calidad de vida de las personas, especialmente de las generaciones más jóvenes.
2.2.3 Enfoque Familiar
Desde pequeños, los individuos aprenden muchas de sus costumbres y
comportamientos dentro de su hogar. La familia juega un rol fundamental en la
formación de los hábitos alimenticios y en la percepción que los niños tienen de su
propio cuerpo. Si dentro del hogar se promueve una alimentación balanceada, se
realizan comidas en conjunto y se fomenta la actividad física, es más probable que
los niños y adolescentes desarrollen un estilo de vida saludable. Por otro lado, si
en el entorno familiar prevalecen los alimentos procesados, altos en grasas y
azúcares, y no se prioriza la importancia del ejercicio, los riesgos de desarrollar
sobrepeso u obesidad aumentan considerablemente.
Además, la manera en la que los padres o cuidadores se refieren al peso corporal
y a la apariencia física tiene un impacto directo en la autoestima de los niños. Los
comentarios sobre el cuerpo ya sean positivos o negativos, pueden influir
profundamente en la forma en que los adolescentes se ven a sí mismos. Los
mensajes que reciben desde casa sobre el valor del cuerpo y la alimentación
pueden convertirse en creencias duraderas, que afectan no solo su bienestar
físico, sino también su salud mental y emocional.
La obesidad infantil no es solo una cuestión de salud individual; está
profundamente influenciada por el entorno familiar. La familia juega un papel
crucial en la formación de hábitos alimenticios y en la promoción de estilos de vida
saludables. Desde una edad temprana, los niños aprenden comportamientos
relacionados con la alimentación y la actividad física observando y participando en
las rutinas familiares.
Diversos estudios han demostrado que la presencia de sobrepeso u obesidad en
los padres aumenta significativamente el riesgo de que sus hijos también
desarrollen estas condiciones. Este fenómeno se debe a una combinación de
factores genéticos, comportamentales y ambientales. Por ejemplo, padres con
hábitos alimenticios poco saludables o que llevan un estilo de vida sedentario son
más propensos a transmitir estos comportamientos a sus hijos. Además, el
entorno familiar influye en las decisiones alimenticias, como la elección de
alimentos y la frecuencia de las comidas.
Uno de los primeros lugares donde los niños aprenden sobre comida es en su
hogar. Es en la casa donde se definen muchas de las rutinas alimenticias, ya que
son los padres quienes controlan qué alimentos se compran, cuándo se comen y
cómo se preparan. Diversos estudios han comprobado que los niños cuyas
familias promueven una dieta balanceada, que incluye frutas, verduras y alimentos
de bajo contenido calórico, tienen menos probabilidades de desarrollar sobrepeso
u obesidad. Esto se debe, en gran parte, a que los padres establecen las reglas y
rutinas sobre los alimentos en la casa, lo que impacta directamente en las
elecciones alimenticias de los niños.
El contexto social dentro del hogar es igualmente crucial. Por ejemplo, las familias
que tienden a comer juntas promueven una mejor relación con la comida y
fomentan la comunicación entre padres e hijos. Comer juntos no solo ayuda a que
los niños coman de forma más saludable, sino que también les proporciona un
espacio para aprender sobre el valor de una alimentación equilibrada. A su vez, las
familias que practican la actividad física en conjunto también ofrecen a sus hijos
modelos saludables a seguir. Realizar actividades como caminar, andar en
bicicleta o jugar deportes juntos contribuye a crear una rutina que prioriza la salud
física y el bienestar.
Sin embargo, el escenario cambia cuando el hogar se caracteriza por una falta de
comunicación sobre el tema de la salud. En muchas familias, el estrés y las
presiones del día a día hacen que los padres recurran a soluciones rápidas, como
la comida rápida, que es poco saludable pero rápida y conveniente. Esto puede
establecer patrones negativos que los niños replicarán en su vida adulta, llevando
a una mayor probabilidad de sufrir de obesidad o problemas relacionados.
Las dinámicas familiares también juegan un papel importante. En familias donde
existe un alto nivel de estrés o conflictos constantes, los niños pueden desarrollar
hábitos de alimentación desordenados. En algunos casos, el estrés puede llevar a
los niños a buscar consuelo en la comida, lo que se traduce en comer en exceso o
en buscar alimentos de bajo valor nutricional para sentirse mejor. Este fenómeno
se conoce como "alimentación emocional", que es una respuesta común a las
tensiones familiares.
Un ambiente familiar disfuncional puede hacer que los niños tengan una relación
poco saludable con la comida, ya que el confort emocional que buscan en la
comida puede reemplazar el apoyo emocional que debería proporcionar la familia.
Por otro lado, las familias que practican la gestión del estrés de manera saludable,
como a través de la meditación, el ejercicio o el diálogo abierto, pueden ayudar a
sus hijos a establecer un equilibrio emocional que les permita hacer mejores
elecciones alimenticias y mantener una vida activa.
La forma en la que los padres hablan sobre la apariencia y el peso de sus hijos
también tiene un impacto importante. Los estudios muestran que cuando los
padres critican el peso de sus hijos o les dan comentarios negativos sobre su
cuerpo, esto puede dañar la autoestima del niño y crear una relación conflictiva
con la comida. Por ejemplo, algunos padres pueden imponer dietas estrictas en un
intento por ayudar a sus hijos a perder peso, sin tener en cuenta los posibles
efectos psicológicos de este enfoque. En cambio, los niños que crecen en un
ambiente donde se valoran las cualidades internas y se fomenta una visión
positiva del cuerpo son más propensos a desarrollar hábitos saludables sin sentir
que deben cumplir con un estándar físico determinado por los demás.
Es importante que los padres se conviertan en modelos a seguir no solo en cuanto
a alimentación, sino también en cómo se percibe y se cuida el cuerpo. Fomentar
una imagen corporal positiva y apoyar a los niños en su desarrollo emocional
puede ayudarles a tomar decisiones más informadas sobre su salud sin sentirse
presionados por ideales de belleza poco realistas.
Otro factor relevante es la cantidad de tiempo que los niños dedican a la actividad
física. En un mundo cada vez más digitalizado, las pantallas (ya sea de televisión,
computadoras o teléfonos) han desplazado muchas veces las actividades al aire
libre. Los padres tienen la responsabilidad de equilibrar el tiempo frente a las
pantallas con actividades que involucren movimiento físico. Las familias que
practican deportes, que participan en caminatas o que realizan tareas como
jardinería juntos, tienden a tener hijos más activos. Este tipo de comportamientos,
que están alineados con un estilo de vida activo, contribuye a la prevención de la
obesidad.
Ya cuando una persona crece las familias continúan influyendo, aunque de
manera diferente. Los estudiantes universitarios que provienen de hogares donde
se valoran los hábitos alimenticios saludables, como la preparación de comidas en
casa o la importancia de mantener una dieta equilibrada, tienen mayores
probabilidades de llevar un estilo de vida saludable, incluso lejos de casa. Esto
puede explicarse porque las bases alimenticias se establecen en la familia, y esas
prácticas continúan durante la vida adulta. Sin embargo, los estudiantes que
provienen de hogares donde la comida chatarra es común y no se enfatiza la
actividad física, tienen más probabilidades de experimentar dificultades con el
control del peso al llegar a la universidad. Además, la transición hacia la vida
universitaria puede desestabilizar los hábitos alimenticios establecidos, lo que
aumenta el riesgo de desarrollar obesidad o sobrepeso.
Por otro lado, a cultura social y los cambios en la rutina diaria también afectan el
comportamiento alimentario. Los estudiantes universitarios pueden verse
influenciados por su entorno social, como en las cafeterías de los campus, donde
las opciones de comida rápida y procesada son comúnmente accesibles. Este
entorno puede desencadenar una repetición de hábitos poco saludables
observados en el hogar durante la adolescencia, si no se desarrollan estrategias
activas para contrarrestarlos. Además, la falta de tiempo debido a las exigencias
académicas puede llevar a los estudiantes a optar por alimentos rápidos y poco
nutritivos, lo que a largo plazo puede resultar en un aumento de peso.
En otro contexto, los estudiantes más grandes pueden estar expuestos a factores
estresantes, como los exámenes, las presiones sociales o la adaptación a un
nuevo entorno, lo que puede desencadenar un comportamiento alimentario
desordenado. La transición de la vida familiar a la independencia en la universidad
puede implicar la ausencia de los mecanismos de apoyo emocional que existían
en casa, lo que podría hacer que los estudiantes recurran a la comida como una
forma de lidiar con el estrés. Además, la falta de supervisión por parte de los
padres aumenta el riesgo de desarrollar hábitos poco saludables que fueron
observados en su hogar.
Muchos estudiantes enfrentan presiones relacionadas con el cuerpo y la imagen
física, especialmente cuando la vida universitaria está acompañada de redes
sociales que promueven ideales de belleza poco realistas. En este entorno, la
influencia de los padres continúa siendo crucial, ya que aquellos que crecieron en
un hogar donde la aceptación del cuerpo era positiva y se promovían
comportamientos saludables tienen una mayor capacidad para resistir la presión
externa y mantener un estilo de vida equilibrado.
Además, la educación sobre la salud debe continuar más allá del hogar. Las
universidades deben desempeñar un papel activo en promover hábitos saludables
entre los estudiantes, ofreciendo información sobre nutrición, acceso a actividades
físicas y programas de bienestar. La educación continua puede ayudar a los
jóvenes adultos a tomar decisiones informadas que les permitan prevenir la
obesidad y otros problemas de salud.
La universidad tiene un papel significativo en la formación de hábitos de salud de
los estudiantes. A menudo, los jóvenes experimentan un cambio en sus rutinas
cuando se mudan al campus, lo que puede incluir la independencia alimentaria.
Algunas universidades ya han comenzado a implementar programas para
fomentar la salud de los estudiantes, tales como comedores universitarios con
menús balanceados, clases de actividad física y asesoría nutricional. Sin embargo,
la responsabilidad sobre el cuidado personal recae en gran medida en los
estudiantes, quienes deben tomar decisiones saludables a pesar de los desafíos
cotidianos.
Uno de los principales desafíos para los estudiantes universitarios es el acceso
limitado a alimentos saludables debido a la falta de tiempo para cocinar o a la alta
disponibilidad de alimentos procesados y baratos. La vida universitaria también es
estresante, lo que puede llevar a los estudiantes a recurrir a alimentos
reconfortantes y poco saludables, lo que a su vez puede aumentar el riesgo de
sobrepeso y obesidad.
La vida personal también juega un papel fundamental en la relación de los
individuos con la comida y su salud en general. Factores como el trabajo, el estrés
y las exigencias académicas pueden llevar a las personas a adoptar
comportamientos alimentarios poco saludables. Los estudiantes universitarios a
menudo tienen horarios impredecibles, y muchos se ven obligados a equilibrar
estudios, trabajo y vida social, lo que puede afectar la calidad de su dieta.
Los estilos de vida modernos también están caracterizados por un alto nivel de
digitalización y el uso constante de tecnología, lo que fomenta el sedentarismo.
Los adolescentes y jóvenes adultos pasan muchas horas frente a las pantallas, lo
que contribuye a un mayor riesgo de desarrollar obesidad. El sedentarismo
asociado con el uso excesivo de dispositivos electrónicos es un factor importante
que contribuye al aumento de peso y a la adopción de hábitos poco saludables.
La prevención y tratamiento de la obesidad no puede basarse únicamente en un
enfoque individual. Es necesario un enfoque integral que involucre tanto a la
familia, la universidad, los medios de comunicación y, en última instancia, la
comunidad. Es fundamental que los jóvenes, tanto adolescentes como adultos,
reciban una educación sobre la importancia de la salud y el bienestar a lo largo de
toda su vida, comenzando desde la infancia.
Las políticas públicas también tienen un papel crucial, creando entornos escolares
y universitarios donde los jóvenes puedan acceder a alimentos saludables y
realizar actividades físicas. Las campañas de concientización sobre la obesidad
deben ser dirigidas a sensibilizar a los jóvenes sobre la importancia de una dieta
equilibrada y la actividad física regular, además de desmitificar los estereotipos de
belleza impuestos por la sociedad.
Si bien los padres tienen la mayor influencia directa sobre los hábitos alimenticios
de los niños, los hermanos también juegan un papel clave. Investigaciones
recientes han encontrado que los hermanos mayores, en particular, tienen un
impacto en la forma en que los niños más pequeños ven la comida y adoptan
ciertos comportamientos alimentarios. En algunas familias, la competencia por la
atención de los padres puede llevar a que los hermanos mayores o más pequeños
adopten patrones de alimentación poco saludables como forma de obtener
recompensas emocionales, lo que puede contribuir a la obesidad infantil.
Además, el tipo de estructura familiar también afecta las decisiones alimenticias.
En familias donde ambos padres trabajan, puede haber menos tiempo disponible
para preparar comidas caseras saludables, lo que puede llevar a una mayor
dependencia de alimentos rápidos o poco saludables. La ausencia de una figura
parental que supervisione las elecciones alimenticias también puede llevar a los
niños a desarrollar hábitos no saludables. Por lo tanto, la dinámica familiar, y en
particular las interacciones entre hermanos, también debe considerarse al analizar
el riesgo de obesidad.
No solo el comportamiento alimentario de los padres influye en los hijos, sino que
existen también aspectos genéticos relacionados con la obesidad. Los estudios
sugieren que los niños que tienen padres con antecedentes de obesidad tienen
más probabilidades de padecerla. Sin embargo, esto no debe entenderse de
manera determinista, ya que el ambiente familiar y los hábitos de vida pueden
modificar en gran medida el riesgo de obesidad. Por ejemplo, los hábitos
saludables de los padres, como el consumo de frutas y verduras, la limitación de
alimentos procesados y la promoción de la actividad física, pueden contrarrestar la
predisposición genética a ganar peso.
Además, en familias donde se prioriza la comida rápida o los alimentos de bajo
costo y alta densidad calórica, los niños pueden adoptar estos hábitos
alimenticios, independientemente de su predisposición genética. Este tipo de
alimentación no solo está asociado con el aumento de peso, sino también con el
riesgo de desarrollar enfermedades metabólicas, como la diabetes tipo 2, en la
adolescencia o en la adultez temprana.
El contexto socioeconómico de la familia también desempeña un papel crucial en
el desarrollo de la obesidad. Las familias con un nivel socioeconómico bajo
pueden tener menos acceso a alimentos frescos y saludables debido al costo de
estos productos, lo que lleva a un mayor consumo de alimentos procesados, que
son más baratos y tienen una mayor vida útil. Además, las familias que enfrentan
dificultades económicas a menudo tienen menos tiempo para dedicar a la
preparación de comidas caseras, lo que puede llevar a un aumento en el consumo
de alimentos ultra procesados, que suelen ser altos en grasas, azúcares y sal.
Por otro lado, las influencias culturales también afectan la relación con la comida y
la salud. En algunas culturas, la comida es vista como una forma de expresar
amor y afecto, lo que puede llevar a una sobrealimentación, especialmente en
celebraciones familiares. Además, las expectativas sociales sobre el cuerpo y la
imagen de las personas también son muy influyentes en la forma en que las
familias interactúan con la comida. En algunas culturas, un cuerpo más grande
puede ser asociado con prosperidad o salud, lo que podría contradecir las
recomendaciones de salud pública que promueven el control del peso como una
medida preventiva contra enfermedades crónicas.
La educación sobre nutrición y hábitos saludables dentro de la familia es esencial
para la prevención de la obesidad. Las familias que están bien informadas sobre
los beneficios de una dieta equilibrada y la importancia de la actividad física
pueden tomar decisiones más informadas sobre lo que consumen y cómo viven.
Es fundamental que las familias se conviertan en agentes activos de cambio,
adoptando hábitos saludables que favorezcan el bienestar de todos sus miembros.
El enfoque educativo debe incluir no solo a los padres, sino también a los hijos, de
manera que todos en la familia participen activamente en la mejora de la salud
familiar. Esto puede incluir la participación en programas educativos, el
seguimiento de dietas saludables y la inclusión de actividades físicas en la rutina
diaria.
Un ambiente familiar positivo, caracterizado por el apoyo emocional y la
comunicación abierta, es vital para prevenir la obesidad. Los padres que fomentan
una buena relación con sus hijos, donde se promueven la autoestima y el
autocuidado, están ayudando a sus hijos a desarrollar hábitos saludables. Los
niños que se sienten queridos y apoyados por sus familias tienen una mayor
disposición para participar en actividades saludables, como practicar deportes o
hacer elecciones alimenticias balanceadas. Por el contrario, un hogar
caracterizado por conflictos, críticas constantes o falta de apoyo emocional puede
crear un ambiente propenso a comportamientos de alimentación desordenada y al
aumento de peso.
Además de los hábitos alimenticios, la participación de la familia en actividades
físicas juega un papel fundamental en la prevención de la obesidad. Las familias
que practican deportes juntos o que tienen una rutina diaria de actividad física
establecen un modelo de comportamiento positivo para sus hijos. La participación
de los padres en actividades como caminatas, ciclismo o incluso juegos activos en
casa fomenta un estilo de vida activo que es más probable que los hijos adopten.
En contraste, las familias que tienen rutinas sedentarias, donde el tiempo de ocio
se pasa frente a pantallas, como la televisión o los videojuegos, están creando un
entorno que favorece la inactividad física y, por ende, el riesgo de obesidad
(Huppertz et al., 2017).
El apoyo familiar también juega un papel en la motivación de los niños y
adolescentes para realizar ejercicio. Los padres que alientan y acompañan a sus
hijos a practicar deportes o realizar actividades físicas les proporcionan un entorno
que promueve la salud y el bienestar. Esto es especialmente importante en la
adolescencia, donde los hábitos de actividad física comienzan a ser más
independientes, pero aún dependen del apoyo familiar.
En resumen, la familia juega un papel esencial en la formación de hábitos
saludables y la prevención de la obesidad. A través de la influencia directa sobre
las elecciones alimenticias, las rutinas de ejercicio y el apoyo emocional, el
entorno familiar es clave para fomentar un estilo de vida saludable. Los padres y
otros miembros de la familia, al ser modelos de comportamiento, tienen la
capacidad de influir en la relación de los jóvenes con la comida, promoviendo
hábitos que favorezcan su bienestar físico y emocional. Además, una
comunicación abierta sobre salud y nutrición, acompañada de un entorno familiar
activo, ayuda a prevenir no solo el sobrepeso, sino también los problemas de
autoestima que se asocian a la obesidad. En conclusión, las intervenciones
familiares son esenciales para combatir la obesidad, y deben ser vistas como
parte de una estrategia integral para mejorar la salud de las futuras generaciones.
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