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El Niño

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Sebastián Carmona Alzate

Ensayo sobre el texto: “El menor de hoy, de victima a victimario” por Beatriz Zuluaga
Sujetos en relaciones pedagógicas
Docente: Marta Cecilia Palacio
Instituto de filosofía
Semestre 2022-1

El niño que debemos oír


La lectura del texto “El menor de hoy, de victima a victimario” que nos ofrece Beatriz Zuluaga,
está lleno de interpelaciones para que nos mueva sobre cómo hemos visto al niño en la sociedad
actual, porque en ellos ha recaído una importante reflexión sobre el cómo y por qué estamos
educando, estamos enseñando a formarse, y estamos dotando de un mundo simbólico a aquellos
nuevos integrantes de la comunidad. Parece que la visión en la infancia de hoy debe hacernos
sentir responsables de aquellas herramientas que les entregamos para que sepan convivir en
sociedad y sepan acallar la furia de las pulsiones, aquellas que nos habita en virtud humana, pero
que podemos tener racionalidad sobre ellas cuando por medio de las palabras y las acciones se
busca una transformación de las mismas, y entonces eso es lo que nos cita en los niños, aquellos
seres que a veces parecen amorfos, débiles y hasta inocentes, pero que no se puede limitar la
visión de estos seres nacientes en algo de vulnerabilidad. También debemos citarlos como seres
responsables, simbolizantes y accionantes del mundo en el que también están aprendiendo a vivir
desde las direcciones de los que ya han aprendido a controlar las pulsiones de la infancia.
“Los niños son seres de sexualidad, sujetos de palabra, además están llamados a que se
impliquen en sus acciones” esta afirmación de Beatriz Zuluaga nos debe detonar cierta atención,
debemos empezar a reconocer en los niños sujetos de capacidades reales y no hacerlos inválidos
ante el mundo para responder, vemos como se ha reducido su imagen a la fragilidad biológica y
eso le ha restado también la concepción de seres con responsabilidad. Pensemos a los niños en el
orden que nos propone Zuluaga, y si somos conscientes de la realidad, veremos que los infantes
que nos rodean siempre gritan atención sexual, buscan satisfacer aquella pulsión que en palabras
de Pierre Seel “Es la más fuerte de las pulsiones humanas” y el niño abre los brazos esperando
que alguien se los extienda igualmente para sentirse importante dentro la comunidad o para
saberse querido por ese “otro” del cual necesita, además vemos cómo recurren a otras pulsiones
como de vida o la muerte para generar atención en los mayores, parece que fuesen victimarios de
sus pulsiones para reclamar inclusión y aceptación en el mundo que los ha recibido. Sumado a
esta realidad, debemos tener claridad en que son sujetos de palabra; siempre tienen algo que
decir en toda situación que se les presente, inclusive muchas veces dan respuestas lógicas aunque
parece que su psiquis aún no estuviera lo suficientemente madura para dar tales respuestas, y por
ende, su capacidad de lenguaje sumada a su creatividad para responder ante el mundo, se hace un
acto que debe ser tenido en cuenta porque si se callan o se vulneran dichas expresiones, se estaría
cayendo en un pozo donde el niño es víctima de la oscuridad que lo silencia porque pareciera que
la estructura ya formada por aquellos ilustrados en términos kantianos, debe primar por la
ignorancia a superar de aquel infante que desconoce incluso que se mueve por medio de las
pulsiones, de la vida sexual y del goce, por decir o hacer lo que suscita la existencia en él.
Es gracias a la cultura que damos un mundo simbólico a los niños, en un caso como el
Colombiano podemos ver como salen corriendo por las calles en busca de alguna casa donde se
realice una novena de navidad con la ilusión de que allí el “niño Dios” les traerá algún regalo, se
puede evidenciar como la formación de señales funciona como protección en el caso de la señal
de la cruz para los católicos y para aquellos que tras portar un arma le arrancan de un solo
disparo la oportunidad de ser y de vivir a otro semejante. La cultura es la que después de todo
nos educa como una gran pedagoga, nos dota de sentidos y nos hace despertar a la realidad de las
pulsiones, sigo hablando de un ejemplo colombiano cuando cito la sensualidad que se tiene del
cuerpo, la necesidad del afecto, la búsqueda de la exploración pasional y así, muchas realidades
que desde pequeños nos han ido formando y educando, han demarcado una escala de valores que
debemos satisfacer desde la pulsión, pero regular desde la razón, este proceso solo se logra
cuando al niño se le hace un constante acompañamiento para enseñarle a comportarse, para que
sepa habitar el mundo como un agente social y no solo pulsional.
Cuando un niño grita está buscando saciar una pulsión, está deseando la atención de quien lo
rodea y esto puede verse en una doble línea, pues si se atiende a ese llamado con la rigurosidad
en medida que el grito aumenta, puede generar en ese niño una situación de placer y de dominio
sobre quien acude a su intención, o puede que se normalice y se espere que “se le pase”
generando en él un deseo incompleto que puede manifestarse en un futuro, en un escuchar
siempre aquellas pulsiones de muerte que susciten nuevos gritos para el mundo, que incluso
puede llegar a escalas destructivas, hirientes o humillantes para los seres con los que compartirá
en sociedad, como para él mismo. Por eso, debemos escuchar siempre a los niños, realizar
procesos donde las palabras guíen el siguiente paso, aunque la pulsión no desaparezca, el hecho
de que se genere un proceso de comunicación si puede garantizar la búsqueda de estrategias para
acallar esas pulsiones que recaen sobre el otro, por ejemplo, ingresar al chico a una escuela de
fútbol o de ballet, desarrollar actitudes artísticas como la pintura o la literatura, cocinar, hacer
deporte, jugar videojuego, etc.…
Entonces lograremos comprender que aquella masa amorfa que es el niño solo puede moldearse
desde la guianza, la escucha y el sumergirlo en un mundo simbólico que le enseñe reglas de
moral, que lo cuestione éticamente, pero que también lo haga partícipe de hablar y de integrarse
al mundo lingüístico donde dará forma verbal a sus pulsiones con el hecho de pedir, de buscar el
goce y de responder cuando no encuentre solución a su grito. La pregunta de ¿qué es un niño?
Debe hacernos pensar como agentes que apostamos por la interacción pedagógica con el otro,
que es una responsabilidad que asumimos para formar y educar, para aprender de ellos en sus
formas de comunicarse, pero también para saber dotarlo de herramientas que los hagan seres
responsables, conscientes de su mundo sexual, claramente desde lo paulatino del tiempo, pero
siempre con la intención de mirar la intimidad de sus pulsiones, para poder realizar en ellos lo
mismo que suscitaron en nosotros aquellos responsables de nuestros procesos.

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