Un lindisimo dia de inexistente primavera en una pequeña ciudad de Colombia, nació ( tras horas,
esfuerzo y finalmente intervención quirúrgica) una niñita. Lastimosamente había tardado más de lo
recomendado (y no ha perdido la costumbre). Cuando por fin nació la niña tuvieron que llevarla
corriendo a una capsulita que pudiera crear el mejor ambiente para ella. Esto porque, según el
medico, había “aspirado meconio”, es decir, había ingerido su primera deposición; que bonito
presagio. Lo bueno es que ha sabido manejar excelentemente las cosas, o bueno, mas o menos. Lo
dejo a criterio de quien lea esto.
Los años más difusos de mi vida:
Una vez leí (de una fuente no muy confiable) que el 80% de nuestros recuerdos de infancia los
construimos a partir de las historias que los demás nos contaban; a pesar de eso, hay pequeños
fragmentos que se colan en nuestra corteza cerebral que pertenecen a cada quien que los haya
vivido.
El primero de esos recuerdos, en orden cronológico, es de una María Paz de unos tres años viendo
por decima octava vez “enredados” mientras escuchaba a su abuelito decirle a los demás
habitantes de la casa que también querían ver televisión, y estaban ya hartos de la cinta, que eso
era lo que se iba a ver hasta que yo me aburriera. No recuerdo más al respecto. Otros cuántos son
de cuándo me caí de una escalera altísima que, según mi mamá por eso quedé así. O una vez en
que mi papá estaba tan enojado que rompió una ventana, y que no volví a verlo muchos años
después de eso. Excepto cuando cumplí cuatro (cuando estaba a punto de irme a Villavicencio con
mi mamá) y mi papá me regaló unos patines rosados con una barbie sirena en los costados y me
ayudó a no caerme. Creo que ese sería el primero de una lista de hobbies que se iría ampliando a
lo largo de mis (muchos) 15 años.
Los años más confusos y queridos de mi vida:
Justo después de cumplir cuatro, mi mamá y yo nos mudamos a Villavicencio con sus
papás (mis abuelitos claramente) para; uno, estar lo más lejos posible de mi papá y dos,
tener aquel apoyo adicional que había perdido. En lo que nos acomodábamos me la
pasaba de arriba para bajo en la casa, preguntándoles a todos que hacían al menos 10
veces por hora. Para alivio de todos por fin entré al colegio, no recuerdo muy bien el
nombre pero si que siempre lo asocie a un arcoíris. Ese era mi último año de pre-escolar y
no conocía a nadie (lo cual cambió rápidamente porque menos mal lo antisocial lo adquirí
con el paso de los años y no de nacimiento) Para el final del dia ya tenía dos amigas.
No recuerdo muy bien en que punto de ese año pasó, pero por primera vez me gustó
alguien. Aunque no recuerde el nombre del colegio, si que recuerdo su nombre; se llamaba
Cristopher (recuerdo que una vez me le burle porque su nombre era innecesariamente
raro), tenía el pelo mono rojizo y ojos avellana. Cuando le conté a mis dos super amigas
(haciendo enfasis en súper) una de ellas me dijo que a ella le gustaba desde hace años (y
ahora que lo pienso, teniendo la corta de edad de cinco años. Con muchos años, ¿ Se
refería a que le gustaba desde los dos años o desde que nació?)
Y apartir de ese momento cualquier cosa que hacía para ella estaba mal. Me decía
vanidosa porque solo llevaba el uniforme de diario, lo cual era porque no nos alcanzaba
para el de educación física, pero me daba tanta pena decírselo que me limitaba a decir “Si
¿Y qué?” (expresión que seguiría usando hasta la fecha).
Al final el niño resultó ser el vanidoso y dos vanidosos no van bien.
Ese mismo año tuve mi primera crisis asmática y descubrí que la salud en Villavicencio
debería mejorarse, casi me ahogo con una espina en el colegio (pero al menos me dieron
agua en el vaso rosado), mi papá dejó de llamarme cada día, mi abuelito me abrazó cada
vez que lloré por ello, pinte en puerta de mi habitación a mi mamá, mis abuelitos y una
casa muy bonita; me puse un birrete por primera vez (y hasta el momento la unica). En mi
graduación estuvieron mi mamá y mi abuelito. Igual que en cada una de las ocasiones
anteriores, y me di cuenta de que así sería por casi todo lo que va de mi vida.
Los domingos eran mi dia favorito, nos levantabamos temprano a ver los cuentos de los
hermanos grimm y el chavo del ocho; mi abuelita se sacrificaba por todos y hacia el
desayuno, siempre hacia mi desayuno favorito. En la tarde mi abuelito y yo íbamos a
donde alcanzará, a veces íbamos a los juegos que ponían a unas cuadras de la casa, otros
íbamos a la tienda de la esquina y comprábamos helados mientras hablábamos, bueno, yo
hablaba y mucho. O a veces íbamos a un centro comercial y hacíamos lo mismo que en la
tienda de la esquina, hablaba y hablaba hasta que mi abuelita nos llamaba para decirnos
que la cena ya estaba lista. Y así fue mi vida hasta que cumplí los siete, entré a primaria
pero realmente la parte más importante de mi vida siguió igual que siempre, hasta que
decidí que quería volver a Neiva y vivir con mi papá.
Igual que nunca, distinto a siempre:
Mi papá fue a Villavicencio en un carro negro que, en cuanto lo vi, me pareció de lo más
amable. Pasamos todo el dia los tres; mi papá, mi mamá y yo. Lo que había querido desde
el instante que escuché el vidrio hacerse trizas por fin estaba pasando y me sentía de lo
más feliz. Cuando volvimos a la casa, mi abuelita nos hizo la cena y mis papas subieron.
Llevaban tanto tiempo arriba que ya se me había olvidado que habían subido hasta que yo
lo hice y los vi en la puerta del cuarto dándose un beso (bajé lo más rápido que pude
claramente).
Cuando miro hacia el momento en que salí por esa casa, y me despedí de las personas que
me habían amado tanto, tan casualmente me siento terriblemente mal. No digo que me
arrepiento pero al mismo tiempo si.
Cuando llegamos a Neiva me sentía muy feliz, mi papá y yo veíamos películas todas las
noches. Entré al mismo colegio en el que había estado antes de irme, todos me recordaban
a pesar de que yo no recordara a nadie. Todos los días a las 6:30 de la mañana estaba
sentada en mi pupitre, y a las 6:30 de la tarde volvía a ver a mi papá. Íbamos al almacén y
luego volvíamos a la casa. Comíamos y veíamos películas. Antes de llegar a sugerir que
quería volver a Villavicencio llegó mi mamá y juro que fue lo mejor que me pudo pasar.
Dos meses después nos mudamos a un conjunto muy bonito, donde el primer día unos
niños llegaron a la puerta del apartamento tras haber visto el camión de mudanza y
preguntar al celador quienes y a donde se mudaban. Creo que fueron las personas que
recuerdo con más cariño de esa etapa de mi vida; a diferencia que en el colegio, donde a
pesar de tener dos mejores amigas y un mejor amigo. No me sentía realmente cómoda con
ellos, o al menos esa es mi explicación a no recordar con nostalgia o cariño a ninguno de
ellos. A pesar de todo el tiempo que pasábamos juntos y las muchísimas piyamadas que
hacía con mi segunda mejor amiga, o las veces que la primera iba a mi casa. No recuerdo
ninguno de esos momentos con alegría en el pecho.
De los momentos mas felices seguían siendo los domingos, solo que no eran los mismos.
No descargaba todo mi repertorio, pero si íbamos a misa, a desayunar, a comprar películas
(una para mi y tres para ellos) habíamos llegado a ese acuerdo porque el tiempo que
demoraba en terminar la primera película bastaba para tener a dos pares de niños
golpeando la puerta para salir a jugar. Pero sin lugar a duda los momentos del año que más
emocionaba era volver a Villavicencio en junio y diciembre, cuando llegaba mis abuelitos
organizaban una fiesta con todos los niños del barrio que habían sido mis amigos antes de
irme, comíamos pastel, bolitas de masa rellenas de salchicha y jugábamos hasta que los
vecinos nos gritaban que nos calláramos por sexta vez. Esa era la regla. Los domingos
volvían a ser los domingos. Ayudaba a mi abuelita con el almuerzo, o más bien le hablaba
mucho mientras lo hacía; hacia pijamada tras pijamada con mi prima; otro primo siempre
que se enteraba que había vuelto me daba un regalo y me sentía la persona más especial
del mundo. Los sábados si o si íbamos a tomar chocolate con pan con mi bisabuelita,
jugábamos parques y lloraba cada vez que me metían a la cárcel. Y así año tras año tras
año. Y luego ya no más.
Mis primeros años a la deriva
En el 2020, hicimos un paseo con toda la familia, pero TODA la familia, alquilamos una
finca enorme, con muchísimos cuartos y aún así teníamos que compartir habitaciones.
Realmente no recuerdo mucho más de este, me divertí mucho; más allá de eso no sabría
que más decir.
El 15 de marzo mi abuelito fue diagnosticado con una insuficiencia renal. Y ahí cambio
todo, el covid había acaparado todo el sistema de salud y la menor preocupación era un
paciente con síntomas deteriorativos, asi que solo lo deterioraron más rápido con dos
diálisis diarias. Mi abuelita y mi abuelito se mudaron a nuestra casa y vi como ese señor
que siempre había querido escucharme ya no podía soportarlo, que aunque lo tenía a una
puerta de distancia su mente nunca había estado más lejos. El señor que a pesar de mi
edad siempre me dejaba enredarme en su pierna y caminaba conmigo agarrada, haciendo
como si no supiera donde estaba, no podía ni levantarse sin ayuda. Los brazos en los que
se perdieron tantas de mis lagrimas ya eras más delgados que los mios. Y no soportaba
verlo así, realmente no podía ver como mi abuelito iba dejando lentamente de serlo.
Un domingo compré dos helados y fui a despertarlo, y la mirada que me dio me partió en
dos y dudo que en algún punto de mi vida vuelva a ser una. El volvió a dormirse y aun así
hablé y hablé. Aunque para muchos lo había dejado de hacer. El hecho de estar encerrada
realmente no ayudaba. A mediados de agosto, toda la familia se reunió en Aipe, por si
acaso, fue un dia tan feliz. Todos estábamos bailando, mi abuelito se levantó del brazo de
mi abuelito y bailaron, desde ese momento es mi recuerdo favorito. El 18 de octubre le
diagnosticaron cancer tipo 3. El 24 de octubre mi abuelito se había ido, y no pude estar con
el. Realmente no recuerdo la última vez que lo vi, pero si recuerdo el grito que me
desgarro la garganta cuándo me enteré.
Desde ese momento, lo veo en todos lados. No de forma sobre natural, pero lo veo en
cada cosa buena y en cada cosa mala que me pasa, escucho lo que creo que me habría
dicho en cada momento. A veces lloro y a veces lloro mientras sonrío.
Mi vida ahora:
De 2020 a ahora han pasado muchas cosas, he conocido a personas, he hecho amigos, he
perdido a muchos otros. Pero lo veo como algo bueno, todas esas personas tenían que
enseñarme algo con su presencia y con su ida. He creído enamorarme un poco más de un
par de veces, y cada vez pongo más arriba el concepto de enamorarme, así que, desde mi
perspectiva en estos momentos no veo importante mencionarlo y todo lo que ha pasado
alrededor de ello.
Lo que si veo importante es que me he encontrado poco a poco a mi misma, aun voy en
proceso y creo que siempre voy a estarlo. Me di cuenta que no me gusta bordar, andar
bicicleta, el voley, no me gusta hablar con gente nueva, me gusta dibujar, me encanta leer
fantasía y distopias, me intriga a niveles impresionantes la mente humana y sus
alteraciones, me encanta todo lo relacionado a Italia, no me gusta perder el tiempo ni que
me hagan perderlo, las personas que valen la pena son aquellas que a pesar de tus
falencias siguen a tu lado, no sin antes decirte cuales son; ya soporto más a mis hermanos,
perdoné a mi papá, perdone a mi mamá y ahora es mi mejor amiga, me estoy perdonando
a mi misma, sobrellevo la muerte de mi abuelito, intento no alejarme de las personas que
me quieren y, se que esto último es más una descripción que una autobiografía pero estoy
demasiado dentro de este momento como para interiorizar y contar realmente esta etapa
de mi vida.