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Arenas Movedizas - Emily Rodda

Lief y sus amigos, Barda y Jasmine, continúan su búsqueda de las gemas del Cinturón de Deltora, enfrentándose a peligros en su camino hacia las Arenas Movedizas. En su viaje, descubren que la llanura donde se encuentran es en realidad una isla rodeada de agua, y deben cruzarla mientras son perseguidos por un ak-baba, un temible pájaro al servicio del Señor de la Sombra. La historia destaca la lucha por la supervivencia y la búsqueda de esperanza en medio de la adversidad.

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Arenas Movedizas - Emily Rodda

Lief y sus amigos, Barda y Jasmine, continúan su búsqueda de las gemas del Cinturón de Deltora, enfrentándose a peligros en su camino hacia las Arenas Movedizas. En su viaje, descubren que la llanura donde se encuentran es en realidad una isla rodeada de agua, y deben cruzarla mientras son perseguidos por un ak-baba, un temible pájaro al servicio del Señor de la Sombra. La historia destaca la lucha por la supervivencia y la búsqueda de esperanza en medio de la adversidad.

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Lief ha visto gracias al poder del ópalo que la cuarta piedra se encuentra en

las Arenas Movedizas, un lugar inhóspito de dunas rojizas y nubes amarillas.


Por el camino pasarán por una ciudad, Rithmere, donde la población parece
estar muy feliz y excitada. Y no es para menos porque está a punto de
celebrarse el acontecimiento más esperado por todos: los Juegos, cuyo premio
para el gran campeón son mil monedas de oro. Lief, Barda y Jasmine pronto
descubrirán que no es oro todo lo que reluce…

Página 2
Emily Rodda

Arenas movedizas
La saga de Deltora 4

ePub r1.0
Titivillus 29.04.2025

Página 3
Título original: The Shifting Sands
Emily Rodda, 2000
Traducción: Albert Solé

Editor digital: Titivillus


ePub base r2.1

Página 4
Página 5
La historia hasta el momento…

A sus dieciséis años Lief, cumpliendo un juramento que hizo su padre antes
de que él naciera, ha emprendido una larga busca para dar con las siete
gemas del mágico Cinturón de Deltora. Las gemas —una amatista, un
topacio, un diamante, un rubí, un ópalo, un lapislázuli y una esmeralda—
fueron robadas para abrir paso al Señor de la Sombra a fin de que pudiera
invadir Deltora. Escondidas en lugares temibles esparcidos por todo el reino,
las gemas deben ser devueltas al Cinturón antes de encontrar al heredero del
trono de Deltora y dar fin así a la tiranía del Señor de la Sombra.
Los compañeros de Lief son Barda, un hombre que había sido guardia del
palacio, y Jasmine, una indómita huérfana de la edad de Lief a la que
conocieron en los temibles Bosques del Silencio.
Hasta el momento han encontrado tres gemas. El topacio dorado, símbolo
de la fe, tiene el poder de establecer contacto con el mundo de los espíritus y
aclarar la mente. El rubí, símbolo de la felicidad, palidece cuando el peligro
amenaza, repele a los espíritus maléficos y es un antídoto contra el veneno.
El ópalo, gema de la esperanza, proporciona atisbos del futuro.
En sus viajes, los tres compañeros han descubierto un movimiento secreto
de resistencia formado por personas que han jurado desafiar al Señor de la
Sombra. Pero los sirvientes del Enemigo están por todas partes. Algunos,
como sus brutales guardias grises, son fáciles de reconocer. Otros mantienen
bien escondida su oscura lealtad.
Los tres compañeros han sido afortunados al haber podido escapar con
vida de la Ciudad de las Ratas. Pero ahora están atrapados en la llanura
desértica que la rodea y han perdido todas sus provisiones. El ópalo le ha
ofrecido a Lief una terrible visión de su próxima meta: las Arenas Movedizas.

Y ahora seguid leyendo…

Página 6
—1—
Huida

A
Lief le parecía que llevaban toda una eternidad andando junto al
cauce del río. Pero solo habían transcurrido una noche y parte de un
día desde que él, Barda y Jasmine salieron de la Ciudad de las Ratas
envuelta en llamas. El tenue olor del humo todavía flotaba en el aire inmóvil,
aunque ahora la ciudad ya no era más que una mancha borrosa en el horizonte
a sus espaldas.
Ya hacía mucho rato que los tres habían prescindido de las pesadas
prendas y de las botas rojas que los habían salvado de las ratas. Caminar se
había vuelto más fácil. Pero el hambre y el agotamiento hacían que el viaje
pareciese interminable, y el hecho de que el paisaje nunca cambiara no
ayudaba en nada. Llevaban hora tras hora avanzando sobre la reseca tierra
desnuda, rodeados a ambos lados por las aguas del Río Ancho, las cuales
formaban un cauce tan enorme que apenas si les permitían llegar a entrever
las lejanas orillas.
Aunque estaban muy necesitados de descanso, sabían que tenían que
seguir moviéndose. La columna de humo que manchaba el azul del cielo a sus
espaldas era una señal para sus enemigos. Aquella humareda era un signo de
que algo de una gran importancia había ocurrido en el terrible lugar donde
estuvo escondida la tercera piedra del Cinturón de Deltora. Si el Señor de la
Sombra llegaba a enterarse de que la piedra había sido sacada de allí, sus
sirvientes empezarían a buscar a los ladrones.
¡Y con qué facilidad los encontrarían en aquella llanura vacía!
Barda andaba lentamente junto a Lief, con la cabeza baja. Jasmine iba un
poco por delante de ellos. De vez en cuando la joven le murmuraba algo a
Filli, que se había instalado encima de su hombro, pero sus ojos permanecían
clavados en el horizonte. Jasmine estaba buscando a Kree, el cuervo. Kree se

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había alejado volando en cuanto amaneció para examinar el terreno y buscar
comida.
Llevaban muchas horas sin verlo. Aquello era un mal presagio, porque
significaba que la comida y el cobijo se encontraban muy distantes. Pero lo
único que podían hacer era seguir en movimiento. No había otra dirección que
tomar aparte de la que estaban siguiendo, porque la Llanura de las Ratas
quedaba en un recodo del río y tres de sus lados estaban circundados por las
profundas aguas del cauce.
Las ratas se han visto atrapadas durante siglos por el río que se curva
alrededor de la llanura, pensó Lief sombríamente. Y ahora nosotros también
estamos atrapados.
De pronto Jasmine dejó escapar un agudo grito. Un tenue graznido llegó
hasta ellos en respuesta al grito de la joven.
Lief alzó la mirada y vio un puntito negro que venía hacia ellos a través
del lejano azul. El puntito iba haciéndose más grande por momentos, y
finalmente Kree bajó hacia ellos, graznando roncamente.
El cuervo se posó sobre el brazo de Jasmine y volvió a graznar. Jasmine lo
escuchó con el rostro inexpresivo. Finalmente se volvió hacia Lief y Barda.
—Kree dice que la llanura termina en una masa de agua muy ancha que es
casi tan grande como el mismo río —dijo.
—¿Qué? —preguntó un atónito Lief mientras se sentaba en el suelo.
—¿La llanura es una isla? —gruñó Barda—. ¡Pero eso es imposible! —
murmuró, sentándose junto a Lief con un hondo suspiro.
Kree se alisó las plumas y soltó un chasquido lleno de irritación.
—Kree lo ha visto con sus propios ojos —replicó Jasmine secamente—.
Una franja de agua une los dos brazos del río. Dice que es muy ancha, pero
quizá no sea lo bastante profunda para que no podamos llegar a cruzarla.
Parece tener un color más pálido que el río, y Kree ha podido ver bancos de
peces a poca profundidad.
—¡Peces! —exclamó Lief, sintiendo que se le hacía la boca agua solo al
pensar en comida caliente.
—¿A qué distancia queda? —le oyó preguntar a Barda.
Jasmine se encogió de hombros.
—Kree piensa que si seguimos adelante durante toda la noche, quizá
podríamos llegar allí mañana.
—Entonces eso es lo que haremos —dijo Barda resueltamente,
poniéndose en pie—. Al menos en la oscuridad no nos podrán ver con
facilidad. Y después de todo tampoco tenemos comida. No disponemos de

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ningún cobijo ni de nada que podamos tender sobre la tierra desnuda a modo
de lecho. Así pues, ¿de qué nos iba a servir hacer un alto? Ya puestos,
podemos seguir andando hasta que nos desplomemos.

*
Y así fue como a la pálida luz del alba del día siguiente los tres compañeros
se encontraron contemplando, allí donde terminaba la llanura, y con los ojos
que les escocían por el cansando, una reluciente extensión de agua que les
cortaba el paso.
—Esto no puede ser un canal natural —dijo Lief—. Las orillas son
demasiado rectas e iguales.
—Fue abierto por manos humanas —coincidió Barda—. Hace mucho
tiempo, diría yo, para que sirviese como una barrera contra las ratas.
Kree surcaba el cielo por encima de ellos, graznando excitadamente.
—Al otro lado hay árboles —murmuró Jasmine—. Árboles y otras cosas
que crecen.
La joven entró en el agua sin vacilar, con la mirada ansiosamente clavada
en la hilera de verdor que había delante de ellos.
—¡Ten cuidado, Jasmine! —le gritó Lief mientras la veía alejarse.
Pero Jasmine siguió adelante sin detenerse ni volverse a mirar. El agua le
llegaba hasta la cintura primero y hasta el pecho después, pero luego ya no
subió más. La joven empezó a avanzar rápidamente hacia la orilla opuesta.
Barda y Lief se apresuraron a seguirla, chapoteando en la fría corriente.
—Cuando intentaba evitar que te metieras en líos por las calles de Del,
Lief, pensaba que en toda la creación no podía haber un chinchoso más
impulsivo y capaz de buscarse problemas que tú —musitó Barda—. Te pido
disculpas. Jasmine es igual que tú… ¡o peor!
Lief sonrió; luego dio un salto y chilló cuando algo le rozó suavemente el
tobillo. Bajó la mirada hacia el agua, y vio un súbito movimiento provocado
por varios grandes peces que se apresuraban a alejarse y a perderse entre las
sombras.
—No te harán ningún daño —dijo Jasmine sin volverse.
—¿Cómo lo sabes? —gritó Lief a su vez—. Podrían estar tan hambrientos
como yo. Y ellos…
Se interrumpió cuando Kree soltó un graznido, se precipitó hacia ellos
rozando la superficie del agua y luego volvió a remontar el vuelo.
Jasmine se detuvo, súbitamente alerta, y se volvió para mirar a Lief y
Barda.

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—¡Algo está viniendo desde el cielo! —anunció—. Kree…
Sin dejar de graznar, el pájaro negro volvió a descender hacia ellos.
Saltaba a la vista que el cuervo estaba aterrorizado.
—¿Qué es? —preguntó Lief, recorriendo frenéticamente el cielo con la
mirada sin que pudiese ver nada.
—¡Algo enorme! ¡Algo muy malo! —Jasmine cogió a Filli de su hombro
y lo sostuvo en el aire, un diminuto bulto de pelaje grisáceo cuyos dientes
castañeteaban de pánico—. ¡Kree! —chilló—. ¡Coge a Filli! ¡Escóndelo, y
escóndete tú también!
Entonces Lief divisó una mancha negra en el horizonte que aumentaba por
momentos. Unos instantes después pudo distinguir un largo cuello y unas
enormes alas que batían el aire.
—¡Un ak-baba! —murmuró Barda—. Ha visto el humo.
Lief sintió que se le helaba la sangre. Su padre le había hablado de los
ak-baba, unos gigantescos pájaros parecidos a los buitres que vivían mil años.
El Señor de la Sombra tema a siete de ellos por sirvientes; fueron ellos los que
llevaron las gemas del Cinturón de Deltora a sus peligrosos escondites.
Obedeciendo la orden de Jasmine, Kree había tomado a Filli en sus garras
y volaba con él hacia el otro lado de la banda de agua. Allí los dos podrían
esconderse entre los largos tallos de hierba o buscar refugio en un árbol.
Pero Lief, Barda y Jasmine no tenían ningún sitio donde esconderse.
Detrás de ellos estaba la desnudez de la llanura. Delante de ellos había una
enorme masa de agua que relucía bajo la claridad del amanecer.
Tambaleantes, dieron unos cuantos pasos más, pero los tres sabían que
aquello no servía de nada. El ak-baba volaba con una increíble celeridad. Lo
tendrían encima mucho antes de que pudieran ponerse a salvo.
El ak-baba ya podía divisar el humo de la ciudad en llamas. Cuando viera
a tres harapientos desconocidos que estaban huyendo de la llanura, sabría
inmediatamente que eran enemigos del Señor de la Sombra.
¿Los atacaría? ¿O se limitaría a precipitarse sobre ellos para cogerlos en
sus enormes garras y llevárselos a su señor? En cualquier caso, los tres
compañeros estaban condenados.
El único lugar donde podían esconderse era debajo del agua, sin embargo
Lief sabía que en realidad el cauce no era un buen escondite. Llegando desde
el aire, el ak-baba podría verlos tan claramente como Kree había visto los
bancos de peces.
—Todavía no nos ha visto —se apresuró a decir Barda—. No aparta los
ojos del humo de la ciudad. ¡Tu capa, Lief!

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¡Claro! Luchando con sus dedos mojados y torpes, Lief desató las cintas
que le ceñían la capa alrededor de la garganta hasta que la prenda finalmente
quedó libre para flotar sobre las aguas.
—¡Abajo! —susurró Barda.
Los tres compañeros cogieron aire con una profunda inspiración y se
sumergieron manteniendo la capa extendida por encima de ellos como si fuera
un dosel. La capa flotaba sobre sus cabezas, casi invisible en el agua.
Habían hecho cuanto podían. Pero ¿bastaría eso para ocultarlos a la aguda
vista del ak-baba? Si fuera a la puesta de sol tal vez sí. Pero con aquella
intensa claridad del amanecer, la bestia tenía que darse cuenta de que una
pequeña superficie del agua parecía un poco distinta del resto. Si sospechaba
algo, el ak-baba empezaría a describir círculos sobre ella, observando,
esperando…
¿Y durante cuánto tiempo podrían contener la respiración Lief, Barda y
Jasmine? Tarde o temprano tendrían que salir a la superficie, jadeando y
tosiendo. Entonces el monstruo atacaría.
Los dedos de Lief buscaron el cierre del Cinturón que llevaba debajo de
su camisa. El Cinturón de Deltora no debía ser capturado junto con él. Si era
necesario, Lief se lo quitaría y dejaría que el Cinturón se hundiese en el barro
que cubría el fondo del cauce. Antes de que volviera a caer en manos del
Señor de la Sombra, sería mejor que quedara olvidado allí.
Lief ya estaba empezando a sentir una terrible opresión en los pulmones;
su cuerpo le decía que subiera a la superficie y respirase. Entonces algo le
empujó el hombro y Lief abrió los ojos. Había peces moviéndose por todas
partes en torno a él, grandes peces plateados que lo miraban fijamente con sus
ojos vidriosos. Sus aletas y sus colas le abofeteaban la cabeza y la cara. Los
peces se pegaban a él, estrujándolo entre sus cuerpos.
Y entonces, de pronto, todo se oscureció. Una enorme sombra tapaba el
sol.
El ak-baba estaba encima de ellos.

Página 11
—2—
La fruta prohibida

L
ief trató de no dejarse dominar por el pánico que amenazaba con
engullirlo. La sombra del ak-baba había hecho que el agua se volviera
negra. Ya no podía ver los peces, pero podía sentir su peso. Ahora
había docenas de ellos nadando alrededor de la capa, alejando de la superficie
a los tres compañeros y empujándolos hacia abajo, cada vez más hacia
abajo…
A Lief la cabeza le daba vueltas. Empezó a debatirse, con el pecho cada
vez más dolorido por la creciente necesidad de respirar. Intentó
desesperadamente empujar la capa, pero los peces se habían acumulado de tal
forma que eran como un techo vivo y en movimiento, imposible de romper.
Los esfuerzos de Lief fueron volviéndose cada vez más débiles. Podía
sentir cómo iba perdiendo el conocimiento y su mente se alejaba de su
cuerpo.
¿Es así, entonces, como termina?, pensó. Después de todo aquello a lo que
hemos hecho frente… Una imagen de su padre y su madre en casa pasó por su
cabeza como una exhalación. Ahora estarían desayunando en la cocina de la
fragua. Hablando de él, quizá, o de Barda.
Nunca sabrán qué fue de nosotros, pensó Lief. Nuestros huesos yacerán en
este barro por siempre jamás, y el Cinturón de Deltora con ellos.
Entonces fue vagamente consciente de unos apremiantes empujones en
sus brazos y su pecho. Los peces no paraban de embestirlo. Parecían estar
tratando de impulsarlo hacia arriba. Y… los peces que había encima de su
cabeza se estaban haciendo a un lado.
Recurriendo a las últimas fuerzas que le quedaban, Lief obligó a sus
temblorosas piernas a que se pusieran rectas. Su cabeza atravesó la superficie
de las aguas y Lief, inmensamente agradecido por poder hacerlo, inspiró
enormes bocanadas de aire.

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Al principio no pudo ver nada. La capa todavía estaba extendida por
encima de su cabeza, pegándosele a la cara. Por fin la prenda se deslizó y Lief
se encontró contemplando con ojos parpadeantes a Barda y Jasmine, los
cuales estaban tan jadeantes y empapados como él.
Miró hacia arriba con los ojos llenos de terror. Pero el ak-baba ya había
dejado muy atrás el canal y ahora volaba por encima de la llanura,
dirigiéndose hacia la columna de humo que se elevaba en el horizonte.
—¡No nos ha visto! —exclamó Lief, tosiendo—. Ha pasado de largo por
encima de nosotros —añadió sin podérselo creer.
—Pues claro. —Jasmine sonrió mientras recogía la capa que flotaba sobre
las aguas y la enrollaba—. Cuando el ak-baba miró hacia abajo, lo único que
vio en el agua fue un banco de peces. Peces que ya había visto cien veces con
anterioridad.
Pasó las manos por la ondulante superficie de las aguas y le dio unas
suaves palmaditas.
—¡Ay; peces, qué listos habéis sido! —dijo riendo—. Nos habéis
escondido muy bien.
Los peces nadaban a su alrededor, soplando burbujas perezosamente.
Parecían sentirse muy satisfechos de sí mismos.
—Pensé que estaban intentando ahogamos —dijo Barda—. Y lo que
estaban haciendo durante todo ese tiempo era ocultamos a los ojos del
ak-baba. ¿Quién ha oído hablar de que unos peces acudieran en ayuda de
alguien?
—Estos no son peces corrientes —le aseguró Jasmine—. Son muy viejos
y sabios. Las ratas que convirtieron la llanura al otro lado de su río en un erial
no les gustaban nada, y tampoco sienten ningún aprecio por el Señor de la
Sombra o sus sirvientes.
—¿Los peces te han dicho todo eso? —preguntó Lief, asombrado.
La joven se encogió de hombros.
—No son peces corrientes —repitió—. Bastaría con que los escucharas
para que también te hablasen a ti.
Lief contempló las formas que se movían por debajo de la superficie y se
concentró con todas sus fuerzas. Pero lo único que pudo oír fue el sonido de
las burbujas y las ondulaciones del agua.
—Hubiese debido saber que no moriríamos en el río —murmuró—. En la
llanura el ópalo me mostró una visión de mí mismo de pie en las Arenas
Movedizas. Si he de morir en algún sitio, será allí.
Sintió cómo los ojos de Barda y Jasmine se clavaban en él.

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—¿El ópalo te cuenta lo que ocurrirá, o solo aquello que podría llegar a
ocurrir? —preguntó Barda abruptamente.
Lief se encogió de hombros. No lo sabía.
—Debemos seguir nuestro camino —dijo Jasmine—. El ak-baba podría
volver por aquí.
Con los peces nadando por delante de ellos para que no les resultara tan
difícil moverse, los tres compañeros fueron vadeando el canal. Cuando por fin
llegaron a la orilla opuesta, se volvieron hacia las aguas y dieron las gracias
inclinándose ante ellas.
—Os debemos la vida, peces —dijo Jasmine con dulzura mientras Kree
bajaba volando para posarse en su brazo—. Os agradecemos vuestra bondad.
Los peces bajaron las cabezas y luego se alejaron nadando lentamente, sus
colas se mecían de un lado a otro en señal de despedida.
Kree soltó un graznido y volvió a alzar el vuelo. Lief, Barda y Jasmine lo
siguieron mientras el cuervo iba hacia un árbol que crecía junto al agua, con
sus largas y delicadas ramas cubiertas de verde inclinándose sobre el suelo
hasta rozarlo.
Se abrieron paso a través del verdor y se encontraron en un pequeño claro
rodeado por ramas que llegaban al suelo. El claro era como una pequeña
habitación verde, con el nudoso tronco del árbol en el centro. Filli estaba
sentado allí esperándolos. Nada más verlos corrió hacia Jasmine y saltó a su
hombro, parloteando de placer.
Los tres compañeros se sentaron en el suelo con un gemido de alivio. Una
gruesa capa de suaves hojas marrones servía de almohada para sus doloridos
huesos, y un techo de verdor se alzaba sobre sus cabezas. A su alrededor
había muros que susurraban bajo la tenue brisa.
—A salvo —murmuró Jasmine. Pero por una vez no había ninguna
necesidad de que la joven explicase qué era lo que le había dicho el árbol.
Todos sentían la paz que irradiaba de él.
Unos instantes después, ya se habían dormido.

*
Cuando despertó, Lief se encontró solo. Los pájaros cantaban encima de su
cabeza. Hacía un poco de frío, y la luz era tenue.
El sol se está poniendo, pensó con un estremecimiento. He dormido
durante todo el día.
¿Dónde estaban Barda y Jasmine, Kree y Filli? Lief se arrastró por encima
de las ramas colgantes que rodeaban su refugio, las separó cautelosamente y

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miró fuera. Se quedó muy sorprendido al ver que el sol no se estaba poniendo,
sino saliendo. ¡No solo había dormido durante todo el día, sino también
durante la noche siguiente!
Jasmine y Barda iban hacia el árbol. Lief supuso que habrían estado
buscando comida y esperó que hubieran encontrado algo. Notaba vacío el
estómago; parecía como si hubiese transcurrido mucho tiempo desde que
había comido por última vez. Abriéndose paso a través de las hojas, Lief
corrió al encuentro de sus amigos.
—¡Manzanas! —gritó Barda mientras se aproximaba—. Más bien
pasadas, pero lo bastante dulces, y además te dejan extrañamente lleno.
Le lanzó una manzana a Lief, quien hundió ávidamente sus dientes en ella
y no tardó en comérsela entera, incluido el corazón.
—Dicen que la fruta robada siempre es la que sabe más dulce —rió
Barda, lanzándole otra manzana.
—¿Robada? —preguntó Lief, con la boca llena.
—Esos árboles que hay ahí arriba son un huerto de manzanos —dijo
Barda, señalando detrás de él—. Jasmine se sirvió sin molestarse en encontrar
al dueño y pedirle permiso antes.
Jasmine sacudió la cabeza.
—Los árboles gimen bajo el peso de sus frutos —dijo secamente—.
Arden en deseos de verse descargados de él, y además ya ves lo resecas que
están las manzanas. ¿Quién se va a molestar porque hayamos cogido unas
cuantas?
—No me estoy quejando —dijo Lief alegremente—. La última vez que
comí una manzana…
Entonces se calló, sintiendo cómo aquel dulce fruto se secaba súbitamente
dentro de su boca. La última vez que había comido una manzana fue en Del,
dándose un banquete con sus amigos. Había sido su decimosexto cumpleaños.
Era el día en que Lief había dicho adiós a su infancia, a la vida que había
conocido, a su hogar y a sus amados padres. ¡Cuánto tiempo parecía haber
transcurrido desde entonces!
Jasmine estaba mirándolo con los ojos llenos de curiosidad. Lief se dio
cuenta de que su expresión se había vuelto muy triste, y se apresuró a
volverse. Jasmine había vivido sola en los Bosques del Silencio con Filli y
Kree por única compañía. Había visto cómo los guardias grises se llevaban a
sus padres, y había desafiado a numerosos terrores desde su más tierna
infancia. Lief estaba seguro de que la nostalgia del hogar que él estaba
sintiendo ahora a Jasmine le parecería una debilidad propia de niños.

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Volvió a morder su manzana, y luego dio un salto cuando una voz
estridente resonó en el silencio.
—¡Ladrones!
Lief entornó los ojos, tratando de protegerlos de la intensa claridad del
amanecer. Algo que chillaba venía rápidamente hacia él por entre la hierba.
Cuando estuvo un poco más cerca, Lief pudo ver que era una anciana.
Estaba tan regordeta e iba envuelta en tal cantidad de chales y refajos que
parecía completamente redonda. Llevaba su fino pelo marrón recogido,
formando un diminuto nudo en lo alto de su cabeza. Su rostro, tan marchito y
lleno de arrugas como una manzana reseca, estaba rojo por la ira. Fruncía
furiosamente el ceño mientras agitaba su puño.
—¡Ladrones! —chilló—. ¡Vagabundos! ¡Devolvedlas! ¡Devolvedlas!
Los tres compañeros la miraron boquiabiertos.
—¡Habéis robado mis manzanas! —gritó la anciana—. ¡Habéis robado
mis preciosidades mientras mis guardias dormían! ¿Dónde están? ¡Dádmelas!
Sin decir nada, Jasmine le pasó las tres manzanas que tenía en sus manos.
La mujer se las llevó al pecho y la fulminó con la mirada.
—¡Ah, quieres engañarme! ¿Dónde están las otras? —grifó—. ¿Quién
tiene las otras seis? Cada manzana está numerada y hay que rendir cuentas de
cada una de ellas. ¿De qué otra manera podría cumplir con mi cuota? Nueve
frutas habéis cogido, y nueve deben ser devueltas.
Barda se aclaró la garganta con un suave carraspeo.
—Lo siento mucho, señora, pero no podemos devolverlas. Me temo que
ya han sido comidas.
—¿¿Comidas??
La anciana pareció hincharse, y se puso tan roja que Lief temió que fuera
a estallar.
—Os… os rogamos que nos perdonéis —balbuceó—. Teníamos tanta
hambre, y…
La anciana echó la cabeza hacia atrás, levantó los brazos, sacudió sus
chales y dejó escapar un terrible y estridente alarido.
Inmediatamente, una nube que zumbaba y vibraba la rodeó.
Eran abejas, miles de ellas. Habían viajado sobre la espalda de la anciana,
escondidas debajo de sus chales. Ahora giraban por el aire formando un
furioso enjambre a su alrededor, esperando la orden de atacar.

Página 16
—3—
El camino a Rithmere

L
ief, Barda y Jasmine se apresuraron a retroceder. La nube de abejas
tan pronto avanzaba en una dirección como se precipitaba en otra,
trazando extraños dibujos en el aire detrás de la cabeza de la anciana.
Su zumbido era como el gruñido amenazador de un gran animal.
—Pensabais que yo no tenía ninguna protección, ¿verdad? —dijo la
anciana con voz chirriante—. Pensabais que podíais robarme sin temor
alguno. Mis guardias son pequeñas, pero hay muchas y actúan con una sola
mente. Ahora pagaréis lo que habéis hecho muriendo de mil aguijonazos.
Jasmine estaba hurgando desesperadamente dentro de sus bolsillos.
Encontró lo que estaba buscando y extendió la mano. Monedas de oro y plata
relucieron bajo los rayos de sol.
—¿Aceptarás estas monedas a cambio de tus manzanas? —preguntó.
La anciana dio un respingo y entrecerró los ojos.
—Si tienes dinero, ¿por qué robas? —quiso saber. Pero extendió
bruscamente su arrugada mano y cogió las monedas.
—¡No! —exclamó Lief, dando un paso adelante sin pensar en lo que hacía
—. Ese dinero es todo lo que tenemos. ¡No puedes quedarte con todas las
monedas por unas cuantas manzanas resecas!
Las abejas avanzaron hacia él, zumbando peligrosamente.
—Despacio, muchacho, despacio. ¡Y no hagas tanto ruido! —dijo la
anciana con una risita—. A mis guardias no les gustan nada los movimientos
repentinos, y se enfurecen con mucha facilidad. ¡Imagínate, hasta yo misma
he de emplear el humo para calmarlas cuando cojo su miel de la colmena! Sí,
hasta yo.
Luego chasqueó suavemente la lengua, la nube de abejas se encogió
detrás de ella y desapareció entre los pliegues de sus chales. La anciana se

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guardó las monedas asegurándose de que no se le cayera ninguna al suelo y
miró a los tres compañeros con el ceño fruncido.
—¡Que esto os sirva de lección! —ordenó—. Y decidles a los demás
vagabundos que los próximos ladrones que vengan aquí no encontrarán
clemencia alguna.
Lief, Barda y Jasmine titubearon.
La anciana los amenazó con el puño.
—¡Idos! Volved al camino por el que habéis venido.
—¡No hemos venido del camino, anciana! ¡Y tampoco somos unos
ladrones! —chilló Jasmine.
La mujer se quedó inmóvil y no dijo nada.
—Si no habéis venido del camino, ¿de dónde venís entonces? —murmuró
finalmente—. No hay ninguna otra manera de llegar hasta mi huerto.
Excepto…
De pronto extendió la mano y sus dedos se cerraron sobre el borde de la
capa de Lief. Al notar que estaba mojada, la anciana soltó una exclamación
ahogada y luego levantó lentamente la cabeza para mirar, más allá de las
aguas, hacia el horizonte en el que una tenue columna de humo todavía se
elevaba de la Ciudad de las Ratas.
Una expresión de temor pasó velozmente por su rostro lleno de arrugas.
—¿Quiénes sois? —murmuró. Luego alzó la mano—. No, no me lo
digáis. ¡Idos de una vez! Si alguien os ve aquí, entonces ni siquiera mis abejas
serán capaces de protegerme.
—¿Cómo encontramos el camino? —se apresuró a preguntar Lief.
La mujer señaló el huerto detrás de ella.
—Id por el huerto. Hay una puerta al otro extremo. ¡Daos prisa! Y olvidad
lo que he dicho. No le digáis a nadie que habéis estado aquí.
—Puedes contar con ello —dijo Barda—. Como supongo que nosotros
podemos contar con que tú olvidarás que nos has visto, ¿verdad?
La anciana asintió en silencio. Los tres compañeros dieron media vuelta y
echaron a andar por la hierba. Estaban llegando a los árboles cuando oyeron
un grito y miraron atrás. La extraña vieja permanecía inmóvil, redonda como
una bola, entre una nube de abejas mientras los veía marchar.
—¡Buena suerte! —gritó la anciana, levantando el brazo.
—Sí, está muy bien eso de desearnos buena suerte ahora —se quejó
Jasmine mientras los tres compañeros iban por entre los manzanos—. Hace
unos momentos amenazaba con hacer que sus abejas nos mataran a
aguijonazos. Y no se ofreció a devolvernos nuestro dinero.

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Barda se encogió de hombros.
—¿Quién sabe qué problemas ha padecido? Quizá tiene todo el derecho
del mundo a sospechar de los forasteros. Excepto por esas abejas, parece estar
sola aquí.
—Habló de una «cuota» que tenía que ser cumplida —dijo Lief
pensativamente mientras llegaban al final del huerto y salían por una puerta
que llevaba a un sendero serpenteante junto al que crecían los árboles—. Eso
suena como si tuviera que cultivar un cierto número de manzanas.
—O hacer algo a partir de esas manzanas —dijo Barda. Cerró la puerta en
cuanto hubieron salido por ella y señaló con la cabeza un letrero clavado a la
vieja madera.

—La Sidra de la Abeja Reina era una bebida muy apreciada entre los
guardias y los acróbatas cuando yo estaba en el palacio de Del —siguió
diciendo Barda—. Daba nuevas fuerzas a quienquiera que la bebiese. Parece
que se hace aquí… por nuestra amiga de ahí atrás, quien sin duda es la Abeja
Reina en persona.
—Ojalá nos hubiera dado una o dos antes de hacernos seguir nuestro
camino —dijo Lief, suspirando.
Lo cierto era que estaban cansados y se sentían bastante abatidos mientras
iban por el sendero hablando en voz baja. Sabían que su próxima meta tenía
que ser las Arenas Movedizas, pero cómo iban a llegar hasta allí era un
misterio.
En las mentes de los tres compañeros estaba muy presente el pensamiento
de que no teman dinero, comida, mantas ni mochilas. Ahora ya solo les
quedaban el mapa que el padre de Lief había dibujado para él, sus armas y las
ropas medio harapientas que llevaban.

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Y el Cinturón de Deltora, se recordó Lief. Pero el Cinturón, a pesar de
todo su poder y a pesar de que ahora tres piedras relucieran en sus respectivos
lugares, no podía llenarles los estómagos ni protegerlos de las inclemencias
del tiempo.
—El ópalo proporciona atisbos del futuro —dijo Jasmine pasados unos
instantes—. Seguramente podrá decirnos qué nos espera, ¿verdad?
Pero Lief no quería tocar el ópalo. La visión de las Arenas Movedizas que
había tenido todavía lo obsesionaba, y no deseaba volver a experimentarla.
—No necesitamos ver el futuro para saber que necesitamos ayuda —dijo,
mirando hacia delante—. Necesitamos provisiones, y un lugar seguro en el
que poder descansar durante un tiempo. De momento limitémonos a pensar en
eso.
Esperaba que Jasmine protestara, pero cuando la miró vio que la joven
había dejado de escuchar lo que le decía y se estaba concentrando en alguna
otra cosa.
—Oigo carros y pisadas —anunció por fin—. También voces. Debe de
haber un camino mayor cerca de aquí.
Y como era de esperar, unos minutos después el tortuoso sendero que
habían estado siguiendo se encontró con un camino mucho más recto y ancho.
Los compañeros miraron cautelosamente en ambos sentidos del camino. Un
carro tirado por un caballo se estaba aproximando por la derecha; varios
hombres y mujeres andaban junto a él.
—Al parecer hay otras personas que también van en nuestra dirección —
murmuró Barda—. Parecen inofensivas. Pero aun así, sería más prudente
esperar a que hayan pasado. No podemos permitirnos responder a demasiadas
preguntas hasta que nos hayamos alejado lo suficiente de aquí.
Los tres compañeros se escondieron entre los árboles y observaron el
camino mientras el carro iba aproximándose poco a poco por él. Estaba
gastado y bastante desvencijado, y el caballo que tiraba de él era viejo y
andaba con paso lento y vacilante. Pero las personas —tanto las que iban a pie
junto al carro como las que en el interior se sacudían por los baches—
hablaban y reían como si todo fuera bien en el mundo.
Lief oyó repetir varias veces el nombre «Rithmere» mientras el carro
pasaba por delante de ellos. Estaba claro que Rithmere era alguna población,
y que aquellas personas tenían muchas ganas de llegar a ella. Lief empezó a
sentirse un poco más animado.
—En ese sitio llamado Rithmere tienen que estar celebrando alguna fiesta
o feria —susurró.

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—¿Una celebración en estos tiempos que corren? —gruñó Barda—. No
me lo puedo creer. Pero aun así, si Rithmere está a la izquierda del camino,
entonces queda en la dirección que debemos seguir para llegar a las Arenas
Movedizas. Y lo que necesitamos ahora es un pueblo, cuanto más grande
mejor.
—¿Por qué? —susurró Jasmine, que prefería con mucho el campo abierto.
—Porque allí podemos pasar desapercibidos entre la multitud y ganar
dinero con el cual comprar nuevas provisiones. O mendigarlo.
—¿Mendigarlo? —exclamó Lief, horrorizado.
Barda lo miró, con una sombría media sonrisa tirando de una de las
comisuras de su boca.
—Hay ciertos momentos en los que, por una buena causa, se puede
prescindir del orgullo —dijo.
Lief farfulló una disculpa. ¿Cómo se le había podido llegar a olvidar que
Barda había pasado varios años disfrazado de mendigo en Del?
Cuando el carro se alejó lo suficiente, los tres compañeros salieron de
entre los árboles y empezaron a seguirlo. Todavía no habían ido muy lejos
cuando Lief vio algo tirado en el suelo. Era un anuncio. Impulsado por la
curiosidad, Lief lo recogió.

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Lief les enseñó el anuncio a Barda y Jasmine. El corazón le palpitaba de
excitación.
—¡Aquí está la respuesta! —dijo—. Esta es nuestra ocasión de ganar el
dinero que necesitamos, y más. Tomaremos parte en los Juegos. ¡Y
ganaremos!

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—4—
Perdidos entre la multitud

C
uando por fin Rithmere apareció ante ellos unos días después, Lief
ya no se sentía lleno de esperanzas. El trayecto había sido largo y
agotador, y tenía mucha hambre. Las bayas que crecían junto al
camino eran el único alimento que los tres compañeros habían podido
encontrar, y además escaseaban. Los viajeros que habían pasado por aquel
camino antes que ellos habían dejado los arbustos casi vacíos.
Cuanto más andaban, más concurrido estaba el camino. Muchas personas
más estaban yendo hacia Rithmere. Algunas iban tan mal preparadas para el
viaje como Lief, Barda y Jasmine. Sus ropas estaban muy viejas y gastadas, y
tenían poco o nada que comer. Algunos, famélicos y exhaustos, se dejaban
caer junto al camino presa de la desesperación.
Los tres compañeros se las arreglaron para mantenerse en movimiento,
aunque se detenían a menudo para descansar. Hablaron lo menos posible con
sus compañeros de viaje. Aunque se sentían más a salvo y menos visibles
entre la multitud, les parecía que sería más prudente evitar que les
preguntasen de dónde venían.
Pero aguzaron el oído, y no tardaron en enterarse de que, desde haría diez
años, los Juegos se celebraban anualmente. Su fama había ido creciendo y no
tardaron en llegar a ser muy conocidos, con el resultado de que ahora los que
esperaban poder competir en ellos venían de todas partes para buscar su
fortuna en Rithmere. También se enteraron, para su inmenso alivio, de que los
guardias grises rara vez aparecían por Rithmere cuando se estaban celebrando
los Juegos.
—Saben que no deben interferir en algo que le gusta mucho a la gente —
oyó Lief que le decía una pelirroja muy alta a su acompañante, un gigante
cuyos músculos se hincharon debajo de la camisa hecha harapos que llevaba
cuando se inclinó para atarse los cordones de su bota.

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El hombre asintió.
—Mil monedas de oro —susurró—. ¡O incluso un centenar! Piensa en lo
mucho que eso cambiaría las cosas para nosotros… y para toda la gente de
casa, claro. —Terminó de atarse los cordones, se incorporó y apretó los
dientes mientras contemplaba la población que se extendía ante ellos—. Este
año como mínimo seremos finalistas, Joanna. Lo presiento.
—Nunca has estado más fuerte, Orwen —convino la mujer
afectuosamente—. Y yo también tengo alguna posibilidad. El año pasado no
estuve lo bastante atenta, y permití que esa zorra de Brianne de Lees me
pusiera la zancadilla. No volverá a suceder.
Orwen le pasó su gran brazo por los hombros.
—No debes sentirte culpable por haber perdido ante Brianne. Después de
todo, ella terminó ganando el campeonato. Es una gran luchadora. Y piensa
en lo mucho que han trabajado para prepararla las gentes de Lees.
—Dicen que la trataron igual que a una reina —masculló Joanna con
amargura—. Comida extra, y ninguna obligación aparte de su entrenamiento.
Su gente pensaba que ella iba a ser su salvación. ¿Y qué fue lo que hizo
Brianne después? Huir con el dinero tan pronto como lo tuvo en sus manos.
¿Te lo puedes creer?
—Pues claro —dijo el hombre secamente—. Mil monedas de oro son una
gran fortuna, Joanna. Pocos campeones de los Juegos regresan a sus hogares
después de su victoria. La mayoría no quieren compartir su riqueza, así que se
apresuran a irse con ella para iniciar una nueva vida en algún otro sitio.
—Pero tú nunca harías eso, Orwen —protestó Joanna apasionadamente—.
Y yo tampoco lo haría, porque a mí nunca se me ocurriría dejar que mi pueblo
siguiera sumido en la pobreza cuando podría ayudarlos. Antes preferiría
arrojarme a las Arenas Movedizas.
Sus últimas palabras hicieron que Lief se pusiera rígido y miró a Jasmine
y Barda para ver si las habían oído.
Joanna y Orwen siguieron andando, hombro contra hombro, alzándose
como dos torres por encima del resto de la multitud.
—El hecho de que haya mencionado las Arenas Movedizas no significa
nada, Lief —dijo Barda en voz baja, mirando detrás de ellos—. Las Arenas
son una pesadilla tan familiar para todas las gentes que viven en estos lugares
como los Bosques del Silencio lo son para los habitantes de Del.
Su expresión se había vuelto sombría y profundas arrugas de cansancio
marcaban su rostro.

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—Una cuestión más importante es decidir si estamos malgastando nuestro
tiempo al tratar de competir con personas como Joanna y Orwen. En nuestro
estado actual…
—Debemos intentarlo —farfulló Lief, aunque él tampoco tenía muchas
esperanzas.
—¡Hablar de esto ahora no tiene ningún sentido! —intervino Jasmine
impaciente—. Tanto si competimos en los Juegos como si no, debemos entrar
en la ciudad. Hemos de conseguir algo de comida, incluso si para ello
tenemos que robarla. ¿Qué otra cosa podemos hacer?

*
Rithmere era un hervidero. Los puestos callejeros llenaban las angostas
callejas, pegados los unos a los otros y ocupando todo el espacio disponible,
con sus propietarios gritando lo que teman por vender y vigilando sus
artículos con ojos de águila.
El ruido era ensordecedor. Músicos, bailarines, tragafuegos y malabaristas
actuaban en cada esquina, con sus sombreros colocados delante de ellos para
recoger las monedas arrojadas por los transeúntes. Algunos tenían animales
—serpientes, perros, incluso osos danzantes, así como extrañas criaturas que
los tres compañeros nunca habían visto antes— para que los ayudaran a atraer
la atención.
El ruido, los olores, los vivos colores y la confusión hicieron que Lief, ya
un poco aturdido por el hambre, se sintiera mareado y débil. Las caras en la
multitud parecían seguirlo con la mirada cuando pasaba junto a ellas dando
traspiés. A algunas las reconocía del camino, pero la mayoría eran totalmente
extrañas para él.
Las formas encogidas de los mendigos estaban por todas partes, con sus
flacas caras suplicantemente vueltas hacia arriba y sus manos extendidas.
Algunos eran ciegos, o les faltaba algún miembro. Otros simplemente tenían
hambre. La mayoría de personas no les prestaban ninguna atención, pasaban
por encima de ellos como si fueran montones de basura.
—¡Eh, chica! ¡Tú, la del pájaro negro! ¡Ven aquí!
El áspero grito provenía de alguien que se encontraba muy cerca. Los tres
compañeros miraron en torno a ellos, sorprendidos y un poco sobresaltados.
Un gordo de pelo largo y grasiento estaba llamando a Jasmine con
apremiantes gestos de la mano. Los tres compañeros fueron abriéndose paso a
través de la multitud hacia él, preguntándose qué querría. A medida que se
aproximaban vieron que el gordo estaba sentado detrás de una mesita cubierta

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con un largo paño rojo que llegaba hasta el suelo. Apoyadas en la pared detrás
de él había dos muletas. Encima de la mesa había una percha, una cesta llena
de pájaros de madera pintados y una rueda adornada con imágenes de pájaros
y monedas de vivos colores.

Estaba claro que aquello era alguna clase de juego de apuestas.


—¿Te gustaría ganar un poco de dinero, pequeña preciosidad? —gritó el
hombre por encima del estrépito de la multitud.
Jasmine frunció el ceño y no dijo nada.
—¡Ella no puede jugar! —gritó Lief a su vez—. A no ser que no cueste
nada.
El hombre soltó un bufido.
—¿Y cómo me voy a ganar la vida de esa manera, mi joven amigo? —
replicó—. No, no. Una moneda de plata por un giro de la rueda, ese es mi
precio. Pero no le estoy pidiendo a tu amiga que juegue. En estos momentos
nadie puede jugar. Mi pájaro se acaba de morir. ¿Ves? —preguntó,
enseñándoles un pichón muerto que sujetaba por las patas y balanceándolo
delante de las narices de los tres compañeros.
Jasmine lo miró con expresión pétrea. Las comisuras de la boca del
hombre se fruncieron hacia abajo en una mueca llena de abatimiento.
—Una pena, ¿verdad? —dijo—. Una pena para Chico-Pico, y una pena
todavía más grande para mí. Necesito un pájaro para que haga girar la rueda.
Ese es el juego. Vencer al pájaro, ¿comprendéis? Tengo dos pichones más allí

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donde me alojo, pero si ahora voy a buscar uno perderé mi sitio. Perdería las
ganancias de la mitad de un día. Y no puedo permitirme eso, ¿verdad?
Sus ojillos se entornaron mientras recorría de arriba abajo a Jasmine con
la mirada.
—Tú y tus amigos tenéis cara de que no os iría nada mal meteros una
buena comida dentro del estómago —dijo taimadamente—. Bueno, os
ayudaré.
Tiró al suelo el pichón muerto, lo metió debajo de la mesa de una patada y
señaló a Kree.
—Os compraré vuestro pájaro. ¿Cuánto queréis por él?

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—5—
Ganar y perder

J
asmine sacudió la cabeza.
—Kree no está en venta —dijo con firmeza, y dio media vuelta
disponiéndose a irse. El gordo la agarró por la manga de la chaqueta.
—No me vuelvas la espalda, pequeña preciosidad —gimoteó—. No le
vuelvas la espalda al pobre y viejo Ferdinand, por lo que más quieras.
Kree inclinó la cabeza hacia un lado y miró fijamente al hombre. Luego
saltó a la mesa y fue directamente hacia él, inspeccionándolo con mucha
atención mientras su cabeza se movía rápidamente hacia aquí y hacia allá.
Pasados unos instantes graznó ruidosamente.
Jasmine miró a Lief y Barda, y luego volvió a mirar a Ferdinand.
—Kree pregunta cuánto estarías dispuesto a pagar por poder contar con su
ayuda el día de hoy —dijo.
El gordo rió.
—Así que te habla, ¿verdad? —se burló con incredulidad—. Bueno, eso
es algo que no se ve cada día.
Sacó una latita de su bolsillo, la abrió y extrajo de ella una moneda de
plata.
—Dile que le daré esta moneda si hace girar la rueda hasta que se ponga
el sol. ¿Le parece un buen trato?
Kree vino a posarse en el brazo de Jasmine y volvió a graznar. Jasmine
asintió lentamente.
—Por una moneda de plata, Kree hará girar la rueda treinta veces. Si
quieres que haga más, vuelve a pagar.
—¡Eso es un robo! —exclamó Ferdinand.
—Es su precio —dijo Jasmine sin perder la calma.
El rostro de Ferdinand se frunció en una mueca de desesperación y lo
enterró en sus manos.

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—¡Ah, eres una chica muy cruel! Estás siendo cruel con un pobre
infortunado que solo intenta ganarse la vida —balbuceó—. Mi última
esperanza se ha esfumado. Me moriré de hambre, y mis pájaros se morirán
conmigo —dijo, y sus hombros se estremecieron cuando empezó a sollozar.
Jasmine se encogió de hombros, no parecía nada conmovida. Lief,
mirando las muletas que Ferdinand había dejado apoyadas en la pared, se
sintió muy incómodo.
—Eso me parece muy duro, Jasmine —le susurró al oído—. ¿No
podrías…?
—Venga, está fingiendo. Puede permitirse pagar diez veces esa suma —
susurró Jasmine a su vez—. Kree dice que en su cinturón tiene una bolsa llena
de monedas. El paño que cubre la mesa nos la esconde. Espera un momento y
verás.
Y como era de esperar, cuando pasado un instante el gordo miró por entre
sus dedos y vio que Jasmine no iba a cambiar de parecer, dejó de fingir que
sollozaba y se apartó las manos de la cara.
—Muy bien —dijo secamente, hablando en un tono de voz totalmente
distinto al de antes—. Para ser un pájaro, no cabe duda de que sabe negociar.
Ponlo encima de la percha.
—Primero el dinero, si eres tan amable —se apresuró a intervenir Barda.
Ferdinand lo miró con irritación, y luego, con muchos suspiros y gemidos,
le entregó a Jasmine la moneda de plata que había sacado de la lata.
Satisfecho, Kree voló hacia la percha.
—Vosotros tres haceos a un lado —ordenó Ferdinand secamente—. Dejad
sitio a los clientes.
Los tres compañeros hicieron lo que se les decía, pero no se alejaron
mucho del puesto para poder ver lo que ocurría. Ninguno de ellos se fiaba de
Ferdinand. El olor de comida que llegaba de un puesto cercano estaba
haciendo que a Lief se le hiciera la boca agua, pero sabía que no podía
comprar nada con la moneda de plata hasta que Kree volviera a estar a salvo
en el brazo de Jasmine.
—¡Venid, venid! —gritaba Ferdinand—. ¡Venced al pájaro y ganad! ¡Una
moneda de plata por un giro de la rueda! ¡Cada persona que juegue gana un
premio!
Un pequeño gentío empezó a formarse alrededor de su mesa mientras
Ferdinand iba señalando los números en las monedas pintadas alrededor de la
rueda.

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—¡Dos piezas de plata por una! —gritó—. ¿O quizá preferiríais tres
piezas de plata? ¿O cuatro? Sí, damas y caballeros, chicos y chicas. ¡Cuatro
piezas de plata por una!
La gente empezó a hurgar dentro de sus bolsillos en busca de monedas.
La mano regordeta de Ferdinand recorría la rueda señalando con su dedo
un número tras otro.
—Pero ¿por qué detenerse en el cuatro? —gritó—. ¡Este es vuestro día de
la suerte! ¿Por qué no vais a poder ganar cinco, seis o diez piezas de plata? —
Se tiró de los pelos y puso los ojos en blanco. Su voz subió de tono hasta
convertirse en un chillido—. ¡Diez monedas de plata por una! ¡Un premio
para cada persona que juegue! ¿Por qué estoy haciendo esto? ¡Debo de estar
perdiendo el juicio!
Varias personas se apresuraron a ir hacia el puesto con su dinero en la
mano. Lief se removió nerviosamente.
—Quizá deberíamos utilizar nuestra moneda en el juego —le musitó a
Barda—. Podríamos doblar nuestro dinero. ¡O quizá incluso podríamos llegar
a sacar más que eso!
Barda le sonrió compasivamente.
—O, lo que es más probable, podríamos perder nuestra moneda y terminar
solo con un pájaro de madera que no sirve para nada —dijo—. Si la rueda se
detiene en un pájaro en vez de hacerlo en una moneda…
Lief no estaba nada convencido, especialmente cuando vio cómo Kree
hacía girar la rueda por primera vez golpeándola enérgicamente con el pico.
La rueda dio vueltas y más vueltas. La jugadora, una mujer de largos cabellos
y expresión impaciente, la siguió con la mirada y luego gritó de alegría
cuando la rueda se detuvo y el marcador indicó que había ganado dos
monedas.
—¡Ha vencido al pájaro! —chilló Ferdinand, hurgando dentro de su latita
del dinero y entregándole su premio a la mujer—. ¡Oh, pobre de mí! —Se
volvió hacia Kree y lo amenazó con el puño—. ¡Esfuérzate un poco más! —lo
riñó—. ¡Me vas a arruinar!
La multitud rió. Otra persona dispuesta a jugar fue hacia la mesa. Kree
volvió a hacer girar la rueda. La segunda persona tuvo todavía más suerte que
la primera, ganó tres monedas.
—¡Este pájaro no tiene remedio! —aulló Ferdinand con desesperación—.
Dios mío, ¿qué voy a hacer?
Después de eso, ya no pudo coger el dinero de sus clientes lo bastante
deprisa. La gente se apelotonaba delante de su mesa, ansiosa por probar suerte

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en el juego.
Kree hizo girar la rueda una y otra vez. Y, de alguna manera inexplicable,
a partir de entonces nadie pareció tener la suerte de las dos primeras personas
que habían jugado. La rueda se detenía cada vez más a menudo en la figura de
un pájaro, y el decepcionado jugador se iba con un pájaro de madera en la
mano. El marcador ya solo rara vez señalaba la imagen de una moneda, y
cuando lo hacía normalmente siempre era una moneda marcada «1» o «2».
Pero cada vez que ocurría eso Ferdinand organizaba un gran alboroto,
felicitaba al ganador; decía que estaba arruinado; gritaba a Kree por no saber
jugar bien; y temía que en la próxima ocasión el premio fuera todavía más
grande.
Pero el montón de monedas iba creciendo dentro de la cajita de latón.
Cada cuatro o cinco minutos, Ferdinand cogía unas cuantas monedas sin decir
nada y se las guardaba en la bolsa que colgaba de su cinturón. Mientras, los
jugadores seguían empujándose, impacientes por probar suerte.
—No me extraña que su bolsa esté a punto de reventar —susurró Jasmine
con disgusto—. ¿Por qué todas esas personas le dan su dinero? Salta a la vista
que algunos de ellos son muy pobres. ¿No ven que Ferdinand gana más a
menudo que ellos?
—Ferdinand solo arma jaleo cuando los jugadores ganan —dijo Barda
pesadamente—. A los perdedores los pasa por alto y enseguida los olvida.
Jasmine puso cara de disgusto.
—Kree ya ha hecho veintinueve giros —dijo—. Después del próximo,
volveremos a tenerlo con nosotros. No deseo seguir con esto. No me gustan
nada ni Ferdinand ni su rueda. ¿Estáis de acuerdo conmigo?
Barda asintió, y Lief hizo lo mismo. Por mucha falta que les hiciese el
dinero, ninguno de ellos quería seguir ayudando a Ferdinand.
Barda señaló una banderola clavada en lo alto de un edificio que había
camino abajo.

—Puede que allí encontremos cobijo y comida —dijo—. Quizá nos dejen
trabajar para pagar nuestro sustento. Al menos podemos intentarlo.

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Kree hizo girar la rueda por última vez. El jugador, un hombre de cara
muy flaca con profundas ojeras, contempló desesperadamente la rueda
mientras iba deteniéndose. Cuando se detuvo en la imagen de un pájaro y
Ferdinand le entregó la pequeña baratija de madera, la boca del hombre se
estremeció y se marchó con los huesudos hombros caídos.
Jasmine fue hacia la mesa y extendió el brazo para que Kree se posara en
él.
—Ya ha dado las treinta vueltas, Ferdinand —dijo—. Ahora tenemos que
irnos.
Pero Ferdinand, con su rostro regordete reluciendo de sudor y codicia,
volvió sus ojillos hacia ella y sacudió violentamente la cabeza.
—No os podéis ir —escupió—. Necesito el pájaro. Es el mejor que he
tenido jamás. ¡Fijaos en esa multitud! ¡No os lo podéis llevar!
Su brazo salió disparado hacia Kree y su mano regordeta se dispuso a
agarrarlo por las patas. Pero Kree saltó de su percha justo a tiempo, y aterrizó
en el borde de la mesa.
—¡Vuelve aquí! —rugió Ferdinand, tratando de cogerlo. Kree inclinó la
cabeza y tiró con su afilado pico del paño rojo que cubría la mesa. Cuando
este se desplazó hacia un lado, la multitud soltó una exclamación ahogada y
luego empezó a rugir de ira.
Porque en el suelo debajo de la mesa había un pedal con unos cuantos
cables que, atravesando la mesa, llegaban hasta la rueda.
—¡Puede detener la rueda y ponerla en marcha cuando quiera! —gritó
alguien—. Utiliza sus pies. ¿Veis? ¡Hace trampa!
La multitud enfurecida se puso en movimiento. Kree se apresuró a saltar
al brazo de Jasmine. Ferdinand cogió la rueda y, poniéndose en pie, saltó por
encima de la mesa. Los pájaros de madera y la lata de monedas de plata
cayeron al suelo cuando Ferdinand puso pies en polvorosa, alejándose calle
abajo con una sorprendente celeridad, la rueda debajo del brazo y los restos
de los cables que le permitían hacer trampa arrastrándose tras él. Algunos de
sus clientes se detuvieron a recoger el dinero que rodaba por todas partes. La
mayoría echó a correr en persecución del hombre que huía, gritando de furia.

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—6—
Baya, Pajarito y Tallo

L
ief los miró boquiabierto.
—¡Vaya, pero si a las piernas de Ferdinand no les pasa nada! —
exclamó—. Se ha dejado olvidadas las muletas… ¡y está corriendo!
—Un tramposo en todos los sentidos —resopló Barda—. Espero que sus
clientes consigan alcanzarlo. Tenemos suerte de que no culparan a Kree y se
volvieran contra nosotros.
—Y también fue una suerte que tú hicieras que Ferdinand nos pagara por
adelantado —murmuró Jasmine. Estaba recorriendo el camino con la mirada,
en busca de monedas. Pero la multitud había limpiado el suelo y lo único que
encontró fue un pájaro de madera. La joven lo recogió y se lo guardó en el
bolsillo junto con sus otros tesoros. Para Jasmine, nada era demasiado
pequeño para que no pudiese llegar a tener alguna utilidad.
Guiados por el estandarte que ondeaba en lo alto sobre las cabezas de la
multitud, los tres compañeros se dirigieron hacia la Posada del Campeón.
Entraron por la puerta y quedaron muy sorprendidos al encontrarse en una
diminuta habitación cerrada. Una oronda mujer que llevaba un vestido de
color verde intenso adornado por muchas cintas y encajes se levantó detrás de
un escritorio en un rincón y fue rápidamente hacia ellos, el gran manojo de
llaves que colgaba de su cintura tintineaba con una ruidosa importancia.
—¡Buenos días! —los saludó afablemente—. Soy Madre Jovial, vuestra
anfitriona. Os ruego que me perdonéis, pero antes de que pueda daros la
bienvenida aquí, he de preguntaros si vais a competir en los Juegos.
—Deseamos hacerlo —dijo Barda cautelosamente—. Pero somos nuevos
en estas tierras, y no sabemos qué es lo que hay que hacer para inscribirse en
ellos.
—¡Ah, pues entonces habéis venido al lugar apropiado! —dijo Madre
Jovial con una gran sonrisa—. Esta es la posada oficial de los Juegos. Aquí

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podéis inscribiros como competidores, y alojaros hasta que los Juegos
empiecen mañana.
Los tres compañeros se miraron. Sonaba maravilloso, pero…
—Solo tenemos una moneda de plata entre todos —admitió Barda de
mala gana—. Esperábamos que quizá podríamos trabajar para pagarnos el
alojamiento.
La mujer agitó las manos delante de él mientras sacudía la cabeza.
—¿Trabajar? ¡Tonterías! —exclamó—. Tenéis que descansar y comer
para que podáis hacerlo lo mejor posible en los Juegos. Si una moneda de
plata es todo lo que tenéis, entonces una moneda de plata será el precio que
pagaréis. En la Posada del Campeón los competidores solo pagan lo que
pueden permitirse pagar.
Antes de que pudieran decir nada más, Madre Jovial se apresuró a volver
a su escritorio mientras los invitaba a seguirlos con un gesto de la mano. Una
vez allí se sentó, tiró de un gran libro abierto que había delante de ella y cogió
una pluma.
—¿Nombre y población? —preguntó, mirando a Barda.
Lief contuvo la respiración. Él, Barda y Jasmine habían decidido que no
sería prudente dar sus verdaderos nombres cuando se inscribieran en los
Juegos. Pero no habían imaginado que tuvieran que inventarse unos nombres
falsos tan pronto.
Madre Jovial estaba esperando, con la pluma en alto y las cejas enarcadas.
—Pues… me llamo… Baya. De Pueblo Matorral —tartamudeó Barda.
La mujer escribió, frunciendo el ceño ligeramente.
—Nunca había oído hablar de Pueblo Matorral —dijo.
—Queda… hacia el norte —respondió Barda—. Mis amigos… Pajarito
y… y Tallo… también son de allí.
Miró nerviosamente a Jasmine y Lief, que ya lo estaban fulminando con la
mirada, pero Madre Jovial asintió y se puso a escribir rápidamente, pareció
sentirse completamente satisfecha con su respuesta.
—Bueno —dijo después, levantándose de un salto con el libro debajo del
brazo—. ¡Seguidme, si tenéis la bondad!
Todo estaba yendo muy deprisa. Bastante aturdidos, Lief, Barda y
Jasmine la siguieron a otra habitación en la que había un gran juego de
balanzas, una larga regla y una enorme alacena.
—Haced el favor de entregarme vuestras armas —dijo Madre Jovial,
cogiendo una llave del manojo que colgaba de su cintura y abriendo la
alacena con ella. Luego, mientras los compañeros titubeaban, dio una seca

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palmada y alzó la voz—. ¡He de insistir en ello! Está prohibido llevar armas
dentro de la Posada del Campeón.
Lief y Barda se quitaron las espadas de mala gana, y Jasmine entregó la
daga que llevaba en su cinturón. Madre Jovial guardó las armas dentro de la
alacena, asintiendo aprobadoramente mientras lo hacía.
—No temáis —dijo en un tono de voz más calmado—. Aquí estarán
seguras, y os serán devueltas antes de que os vayáis. Y ahora, vuestras
medidas.
Pesó por tumo a Lief, Barda y Jasmine, midió su estatura y tomó nota de
todos los detalles en su libro. Les tocó los músculos y examinó
minuciosamente sus manos y sus pies. Luego asintió, complacida.
—Necesitáis comida y descanso, queridos míos, pero por lo demás estáis
fuertes y deberíais hacerlo bastante bien —dijo—. Ya me lo había parecido
cuando os vi por primera vez. Una última cosa, vuestros talentos especiales.
¿Cuáles son?
Esperó con la cabeza inclinada hacia un lado.
Lief, Barda y Jasmine se miraron los unos a los otros. No estaban muy
seguros de a qué se refería la mujer.
—Yo… puedo trepar —terminó diciendo Jasmine con voz titubeante—.
Puedo mantener el equilibrio en lugares altos, balancearme, saltar…
—¡Excelente, Pajarito! —exclamó Madre Jovial, y escribió «AGILIDAD»
junto al falso nombre de Jasmine. Luego se volvió hacia Barda—. ¿Y tú,
Baya? Déjame adivinar. Tu talento tiene que ser la fuerza. ¿He acertado?
Barda se encogió de hombros y asintió. La mujer sonrió de oreja a oreja y
volvió a escribir. Luego miró a Lief.
—¿Y Tallo? —quiso saber.
Lief sintió cómo el calor afluía a su rostro y supo que se estaba poniendo
rojo. ¿Qué podía haberle pasado por la cabeza a Barda para que se le hubiese
ocurrido ponerle un nombre tan absurdo? ¿Y cuál era su talento especial? Lief
no estaba demasiado seguro de tener alguno.
—Celeridad —se apresuró a decir Barda—. Mi amigo tiene unos pies
muy rápidos, y puede saltar, esquivar y agacharse como el mejor.
—¡Perfecto! —exclamó Madre Jovial, escribió «CELERIDAD» junto al
nombre «Tallo de Pueblo Matorral»—. Agilidad, fuerza y celeridad. Vaya,
entre los tres tenéis que formar un equipo magnífico. Y ahora, esperad aquí un
momento. No tardaré mucho.
Volvió a salir de la habitación. Los tres compañeros se miraron. Estaban
atónitos ante aquel súbito cambio de fortuna.

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—No me extraña que las gentes vengan en masa a Rithmere —dijo Lief
en voz baja—. Lo que resulta sorprendente es que toda Deltora no se
encuentre aquí. Vaya, al menos aquí puedes obtener comida y cama gratis
durante un tiempo.
—Siempre que estés dispuesto a competir —susurró Barda—. Tengo el
presentimiento de que estos Juegos podrían ser más difíciles, o más peligrosos
de lo que esperamos.
—Ninguna prueba de correr o saltar podría ser más peligrosa que aquello
por lo que acabamos de pasar —murmuró Jasmine—. Lo más difícil de todo
va a ser acordarse de responder a esos nombres tan estúpidos que escogiste
para nosotros, Barda.
—Sí —convino Lief—. ¡Tallo! ¿Es que no pudiste pensar en nada mejor?
—Me pilló por sorpresa y dije lo primero que me vino a la cabeza —
gruñó Barda—. Si hubiera titubeado, ella habría sabido enseguida que le
estaba mintiendo.
En ese momento Madre Jovial volvió a entrar en la habitación. Traía
consigo tres bandas de tela de distintos colores, una roja, una azul y una
verde. Ató la banda roja alrededor de la muñeca de Barda, la banda verde
alrededor de la muñeca de Lief, y la azul alrededor de la de Jasmine. Sus
falsos nombres habían sido escritos en sus bandas, con su estatura y su peso
debajo de ellos.
—No os quitéis las bandas de las muñecas, ni siquiera para dormir —les
aconsejó Madre Jovial—. Os identifican como competidores oficiales,
muestran vuestro talento especial y os dan derecho a comer, beber y entrar en
los Juegos. Y ahora, estoy segura de que querréis comer y descansar un poco
después de vuestro viaje. ¿La moneda de plata, si tenéis la bondad?
Jasmine le entregó la moneda y recibió a cambio de ella una llave con el
número 77.
—Esta es la llave de vuestra habitación —dijo Madre Jovial—. Un
número muy afortunado, desde luego. No la perdáis.
Luego titubeó mientras los tres compañeros asentían, y se mordisqueó el
labio inferior como si estuviera intentando tomar una decisión acerca de algo.
De pronto miró hacia atrás para asegurarse de que estaban solos y se inclinó
hacia ellos para susurrarles.
—Bueno, esto no es algo que diga a todos los competidores, pero sois
nuevos en los Juegos y os he cogido cariño —susurró—. No confiéis en
nadie, por muy amistoso que se muestre. Y mantened cerrada vuestra puerta

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en todo momento, especialmente de noche. No queremos que haya ningún…
accidente.
Se llevó un dedo a los labios y luego dio media vuelta y volvió a irse a
toda prisa, haciéndoles señas de que la siguieran.
Perplejos y sin saber muy bien qué pensar, los compañeros la siguieron
por un pasillo hasta un espacioso comedor, en el que un gran número de
personas que llevaban en las muñecas bandas azules, rojas y verdes estaban
comiendo y bebiendo ávidamente. Muchos de los comensales levantaron la
vista y los miraron, con sus rostros iluminados por la curiosidad, el desafío, la
sospecha o la amenaza. La mayoría de ellos eran muy corpulentos y parecían
extremadamente fuertes, aunque también había unos cuantos hombres más
delgados y no tan altos así como varias mujeres.
Lief alzó la barbilla y miró orgullosamente a su alrededor, decidido a
demostrar que no estaba nervioso o asustado. En una mesa del centro vio a
Joanna y Orwen, aquella pareja tan alta que había visto en el camino.
Entonces dio un respingo. Sentada cerca de ellos, aunque sola, había otra
persona a la que conocía.
Era el viajero de la cicatriz y el pelo oscuro al que los tres compañeros
habían visto en el comercio de Tom, cuando estaban yendo hacia la Ciudad de
las Ratas. Los penetrantes ojos del hombre permanecían fijos en los recién
llegados, pero no parecía que los hubiera reconocido.
—Servíos de todo lo que os apetezca, queridos míos —dijo Madre Jovial,
señalando un banco muy largo que había en un extremo de la habitación
donde unos platos se mantenían calientes encima de un fuego bajo—. Comed,
y luego descansad. Haced todo lo que podáis para estar en forma mañana.
¡Tengo grandes esperanzas en vosotros tres! Si queréis que os diga la verdad,
tenéis aspecto de finalistas. Y he visto pasar a muchos por aquí.
No se había molestado en bajar la voz, y Lief se removió nerviosamente
cuando las miradas de los otros competidores se volvieron todavía más
alertas. Todos habían oído lo que acababa de decir Madre Jovial.
—Bien, y ahora he de regresar a mi puesto —dijo Madre Jovial—. Ya
empieza a ser un poco tarde, pero nuevos competidores podrían llegar incluso
ahora. Una campana os despertará mañana para que desayunéis. Una segunda
campana, una hora después, os llamará para que acudáis a los Juegos.
Se volvió para marcharse. No queriendo quedarse solo en aquella
habitación tan hostil, Lief habló para entretenerla un poco.
—Antes de que se vaya, Madre Jovial, ¿podría aconsejarnos sobre a qué
acontecimientos deberíamos tratar de presentarnos? —preguntó.

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Las cejas de la mujer se arquearon mientras lo miraba fijamente.
—Pero seguro que eso ya lo sabéis, ¿verdad? No seréis vosotros quienes
escojáis con quién vais a pelear.
—¿Pelear? —dijo Lief con un hilo de voz.
Madre Jovial asintió.
—Os enfrentaréis a aquellos que hayan sido escogidos para vosotros, otras
personas que tengan vuestro peso, vuestra estatura y vuestro talento especial
—dijo—. Al menos al principio, claro. Si ganáis las primeras rondas, claro
está, terminaréis enfrentándoos a competidores de todas las clases.
Le brillaban los ojos y se apretó las manos.
—Esos acontecimientos siempre son los más emocionantes de todos.
Agilidad contra fuerza. Grande contra pequeño. Celeridad contra agilidad.
Ingenio contra peso. A veces las competiciones duran muchas horas. Hace
dos años hubo una final que duró un día y una noche enteros… Sí, fue una
batalla de lo más sangrienta. El perdedor, pobre tipo, terminó perdiendo una
pierna, porque quedó hecha pedazos. Pero naturalmente ahora tiene sus cien
monedas de oro como consuelo. ¡Y os aseguro que fue un entretenimiento
maravilloso!
Se despidió de ellos con una alegre inclinación de cabeza y se fue
trotando. La puerta se cerró con un chasquido detrás de ella.

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—7—
Problemas

L
os tres compañeros se miraron en silencio.
—Bueno —dijo Barda finalmente—, ahora ya sabemos por qué
no toda Deltora toma parte en los Juegos de Rithmere. La mayoría de
las personas no tienen ningún deseo de que las hagan picadillo en una
competición deportiva.
Lief volvió la mirada hacia el sitio en el que había estado sentado el
hombre de la cicatriz en la cara, para señalárselo a Jasmine y Barda, pero la
silla estaba echada hacia atrás y ahora se hallaba vacía. El hombre se había
ido.
—Creo que deberíamos irnos —murmuró—. No podemos correr el riesgo
de que nos hagan daño de verdad solo para ganar dinero. Tendremos que
conseguir provisiones de alguna otra manera.
Jasmine sacudió la cabeza.
—No me iré de aquí hasta que haya comido —anunció—. Estoy
hambrienta, y Filli también tiene mucha hambre.
Barda y Lief se miraron. La idea de comer resultaba muy tentadora.
—Madre Jovial tiene nuestra moneda de plata —murmuró Lief—. Eso
bastará para pagar una comida, ¿no?
Así fue como quedó decidido que comerían. Los tres compañeros se
sirvieron; se llenaron bien los platos. Luego encontraron un sitio donde
sentarse y empezaron a comer agradeciendo cada bocado. Todo estaba muy
bueno. Encima de la mesa había grandes recipientes de Sidra de la Abeja
Reina, y los tres bebieron jarra tras jarra de su burbujeante dulzura.
Concentrados en la comida, al principio hablaron muy poco entre ellos, y
nadie les dirigió la palabra. Pero Lief notaba un cosquilleo en el cuello, y
sabía que docenas de pares de ojos continuaban clavados en él. Los otros
competidores estaban tratando de juzgar hasta qué punto iba a ser peligroso

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como oponente. No tenéis por qué preocuparos, les dijo silenciosamente.
Pronto me habré ido de aquí.
El comedor ya casi se había vaciado para cuando terminaron de comer.
Una vez satisfecha su hambre, Lief descubrió que ahora tenía muchas ganas
de dormir. Barda y Jasmine también estaban bostezando, pero todos sabían
que no podían quedarse en la posada. Se levantaron de mala gana y fueron
hacia la puerta por la que habían entrado en el comedor, conscientes de que
cada paso suyo estaba siendo observado.
—Me alegraré mucho de salir de aquí, pero no me apetece nada tener que
decirle a Madre Jovial que hemos cambiado de parecer —murmuró Lief,
sintiéndose muy incómodo.
Jasmine rió.
—¿Porque se enfadará con nosotros? ¿Y qué puede importar eso?
Barda empujó la puerta, pero esta no se movió. Parecía cerrada desde
fuera.
—Por ahí no —dijo una voz muy grave detrás de ellos—. A los
dormitorios y a las áreas de adiestramiento se llega por aquí.
Los tres compañeros se volvieron y vieron la inmensa figura de Orwen,
quien estaba señalando una puerta al otro extremo del comedor.
—No queremos ir a los dormitorios o a las áreas de adiestramiento —
respondió Jasmine secamente—. Queremos irnos de la posada.
Orwen la contempló un instante sin decir nada, con el rostro inexpresivo.
Luego, finalmente, sacudió la cabeza.
—Sois competidores —dijo—. No os podéis ir.
Lief decidió que aquel hombretón debía de ser un poco bobo.
—Hemos cambiado de parecer, Orwen —le dijo afablemente—. Ya no
deseamos competir en los Juegos. Queremos irnos de Rithmere y seguir
nuestro camino.
Pero Orwen volvió a sacudir la cabeza.
—No podéis cambiar de parecer —dijo—. Vuestros nombres figuran en el
libro. Tenéis vuestras bandas en la muñeca. Habéis comido y bebido en el
comedor. No os dejarán marchar.
—¿Quieres decir que estamos prisioneros? —quiso saber Barda.
Orwen encogió sus enormes hombros.
—El resto de nosotros desea estar aquí —dijo—. No nos consideramos
unos prisioneros. Pero ciertamente no somos libres de ir y venir a nuestro
antojo.

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Despidiéndose con una inclinación de cabeza, dio media vuelta y los dejó
allí.
Jasmine golpeó furiosamente la puerta con los puños. La puerta se
estremeció y el marco crujió, pero no acudió nadie.
—¿Y ahora qué hacemos? —quiso saber Lief.
—Iremos a nuestra habitación sin hacer ningún ruido —dijo Barda
tranquilamente—. Ahora nuestras mentes van muy despacio, porque estamos
cansados. Dormiremos, y cuando despertemos ya encontraremos alguna
manera de salir de aquí.
El comedor había quedado sumido en el silencio, y todos los que se
hallaban presentes en él siguieron con la mirada a los tres compañeros
mientras estos iban hacia la puerta que había en la parte de atrás y salían por
ella. Unos letreros los dirigieron hacia unos escalones que llevaban al piso
donde se dormía. Una vez allí, echaron a andar por un laberinto de pasillos
llenos de puertas, buscando la habitación 77.
Había alfombras debajo de sus pies y los pasillos estaban silenciosos y
bien iluminados, pero Lief se sentía cada vez más incómodo mientras
andaban por ellos. Súbitas corrientes de aire hacían que el frío no parara de
azotarle las piernas, y notaba un cosquilleo en la nuca. Estaba seguro de que
las puertas iban abriéndose sigilosamente detrás de él y ojos hostiles lo
seguían con la mirada. Varias veces se volvió bruscamente para tratar de
sorprender a los espías, pero nunca había nada que ver.
—Tú sigue andando —dijo Barda en voz alta—. Deja que esos idiotas
miren todo lo que quieran. ¿Qué nos importa eso a nosotros?
—Y además alguien nos está siguiendo —jadeó Jasmine—. Lo noto. Esa
mujer no hubiese debido decir lo que dijo acerca de nosotros. Me temo que
alguien ha decidido quitamos de en medio antes de que empiecen los Juegos.
La mano de Lief fue automáticamente hacia su espada, pero naturalmente
el arma ya no estaba allí: ahora se encontraba guardada bajo llave en la gran
alacena de Madre Jovial.
Los números de las puertas que había junto a él eran el 65 y el 66. Más
adelante el pasillo torcía en otra dirección.
—Nuestra habitación ya no puede quedar muy lejos —murmuró Lief—.
Una vez que hayamos llegado a ella estaremos a salvo.
Apretaron el paso y llegaron a la curva del pasillo en un momento. Se
apresuraron a doblar la esquina y se encontraron en un corto pasillo sin salida.
Vieron que la habitación 77 quedaba justo al final de él y echaron a andar en
esa dirección.

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Y entonces la luz se apagó.
Kree graznó una advertencia. Lief se retorció y saltó hacia un lado en la
oscuridad, pegándose a la pared. Notó un puñetazo que pasó rozándole el
hombro. Oyó gritar a Barda. Acto seguido oyó un golpe sordo y un estrépito
seguido por un furioso bufido de dolor. Después hubo un ruido de forcejeo y
de pies que corrían, y luego silencio.
—¡Lief! ¡Barda! —Era la voz de Jasmine—. ¿Estáis…?
Lief respondió, y para su inmenso alivio también le oyó murmurar una
respuesta a Barda. Entonces, tan súbitamente como se había apagado, la luz
volvió a brillar. Protegiéndose los ojos de aquella repentina claridad, Lief vio
a Barda ponerse en pie mientras se sacaba del bolsillo un papel arrugado.
Detrás de él estaba Jasmine, con la cabellera en desorden. Su mano
izquierda permanecía suspendida en un gesto para proteger a Filli que estaba
acurrucado debajo de su chaqueta. La mano derecha de la joven empuñaba su
segunda daga, aquella que normalmente mantenía oculta. Su punta estaba
manchada de rojo. Jasmine fruncía el ceño mientras miraba pasillo adelante.
Lief siguió la dirección de su mirada y vio que un rastro de gotas rojas
marcaba el suelo hasta llegar a la esquina del pasillo.
—¡Bien! Pensaba que había herido a alguien, pero no estaba segura. Eso
les enseñará que no somos presas fáciles —dijo Jasmine—. ¡Solo unos
cobardes serían capaces de atacarnos por detrás, en la oscuridad!
—Se han llevado nuestra llave —dijo Barda sombríamente—. Y han
dejado esto en su lugar —añadió, mostrándoles el papel que sostenía en la
mano.

Los tres compañeros miraron a su alrededor. El pasillo estaba en silencio.


Ninguna de las puertas se había abierto.

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—¿Y bien? —preguntó Lief pasados unos instantes—. ¿Qué vamos a
hacer al respecto?
Pero ya conocía la respuesta. Podía sentir cómo todo él estaba encendido
de ira. Podía ver el fuego que ardía en los ojos de Jasmine, y la tozuda
firmeza con la que Barda estaba apretando las mandíbulas.
—Quienquiera que nos haya atacado ha cometido un error —dijo Jasmine,
hablando en un tono lo bastante alto para que cualquiera que los estuviese
escuchando pudiera oírla—. A pesar de lo que dijimos antes, ahora no
saldremos huyendo de esta competición.
—¡Y no seremos precisamente nosotros quienes lo lamentaremos! —
añadió Barda, levantando la voz igual que había hecho ella.
Fueron lentamente hacia la puerta marcada con el número 77. Esta se
abrió cuando Barda hizo girar el picaporte, y los tres compañeros entraron en
la pequeña y aseada habitación.
Era acogedora y bien ventilada, con una alfombra de alegres colores en el
suelo, pero la ventana con barrotes hacía que pareciese la celda de una
prisión. El mobiliario se limitaba a tres camas cubiertas con colchas rojas y
una pequeña y pesada cómoda.
—Quienquiera que se haya llevado nuestra llave debe de pensar que de
esa manera nos mantendrá despiertos durante toda la noche, por temor a ser
atacados —musitó Lief.
—Entonces es un idiota —dijo Barda secamente—. Dormiremos bien. No
temeremos nada —añadió, apoyando el hombro en la cómoda y empujándola
contra la puerta.
Se acostaron en sus camas sintiéndose llenos de alivio y durmieron. Tal
como había predicho Barda, durmieron profundamente. Si hubo algún ruidito
fuera de su puerta en la oscuridad de la noche, no perturbó su sueño. Los tres
compañeros siguieron durmiendo, protegidos por el hecho de saber que nadie
podía entrar en la habitación sin despertarlos.
Pero, tal como había dicho Barda, estaban muy cansados, y sus mentes no
funcionaban muy deprisa. Al concentrarse en el peligro de que los atacaran,
habían olvidado una cosa.
Del mismo modo en que una llave puede abrir una puerta, también puede
dejarla cerrada. Cuando la campana del despertar sonó por la mañana y los
compañeros apartaron la cómoda, se encontraron con que la puerta no se
podía abrir.
Su desconocido enemigo había encontrado otra manera de asegurarse de
que no salieran vencedores de los Juegos. Había decidido evitar que pudieran

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asistir a ellos.

Página 44
—8—
Los Juegos

L
os tres pasaron un buen rato gritando y dando golpes en la puerta,
pero no acudió nadie. Barda terminó lanzándose contra la puerta en
un arranque de furia, tratando de derribarla con su hombro, pero la
madera era gruesa y la cerradura sólida, y sus esfuerzos no sirvieron de nada.
Finalmente los tres compañeros admitieron su derrota y volvieron a
dejarse caer encima de sus camas.
—Fuimos unos idiotas al no esperarnos esto —jadeó Barda.
Jasmine guardaba silencio. Lief sabía que estaba intentando no sucumbir
al pánico. Para Jasmine, estar prisionera era la peor de las torturas. Pasados
unos instantes la joven se levantó de un salto y corrió a la ventana, sacudiendo
los barrotes y gritándole al vacío. Pero el viento cogió sus gritos y se los llevó
lejos de allí sin que hubieran sido oídos por nadie.
—¿Crees que Kree podría pasar por entre los barrotes? —preguntó Lief.
Jasmine sacudió la cabeza, pero la pregunta le había dado una idea. Cogió
la colcha de su cama y la pasó por entre los barrotes hasta que media colcha
quedó fuera de la ventana agitándose como una bandera bajo la brisa.
La segunda campana sonó. El tiempo siguió transcurriendo lentamente.
Lief apretó los dientes hasta hacerlos rechinar. ¡Cómo debía de estar riéndose
su enemigo ante la facilidad con que habían caído en la trampa!
De pronto llamaron enérgicamente a la puerta y el picaporte vibró. Los
tres compañeros gritaron y oyeron inmediatamente el ruido de una llave en la
cerradura. La puerta se abrió para dar paso a Madre Jovial, ataviada con un
vestido de un intenso color rojo y un bonete para el sol atado por cintas verdes
y azules. Tenía las mejillas sonrojadas y apenas si le quedaba aliento.
—¡Me disponía a ir a los Juegos cuando qué veo sino una de mis colchas
ondeando desde una ventana! —exclamó—. No podía dar crédito a mis ojos,
y vine corriendo enseguida.

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Lief, Barda y Jasmine le explicaron rápidamente lo que había sucedido.
La mujer los escuchó con muchas exclamaciones de horror y consternación.
—¡Dios mío, cómo me avergüenza que esto haya podido llegar a ocurrir
en mi posada! —exclamó—. Espero que el susto no afecte a vuestro
rendimiento. Le he dicho a todo el mundo que creo que seréis finalistas, eso
como mínimo.
—Pero… ¿no es demasiado tarde? —preguntó Lief.
Madre Jovial sacudió la cabeza decididamente.
—¡En absoluto! —aseguró—. Seguidme.
Dejaron en la habitación a Filli y Kree, y Lief, Barda y Jasmine siguieron
a la mujer escalera abajo hasta el comedor desierto. Allí Madre Jovial les
sirvió comida y grandes jarras de espumeante Sidra de la Abeja Reina.
—Comed y haced acopio de fuerzas —les dijo vehementemente—. ¡Le
demostraremos a vuestro despreciable enemigo que no se juega con los
favoritos de Madre Jovial!
Cuando los tres hubieron bebido y comido hasta saciarse, Madre Jovial
los llevó a través de las salas de adiestramiento que había en la parte de atrás
de la posada; después cruzaron una pasarela cubierta hasta el interior de la
arena. La ceremonia de apertura de los Juegos aún no había terminado, y
muchas cabezas se volvieron para observar a los recién llegados. Barda,
Jasmine y Lief levantaron la barbilla e ignoraron las miradas y los murmullos.
—¡Buena suerte! —susurró Madre Jovial y se apresuró a irse, dejando
solos a los tres compañeros.
La arena era una gran extensión redonda rodeada por hileras de bancos
que iban subiendo, formando un nivel tras otro. Los bancos estaban llenos, y
muchos de sus ocupantes agitaban banderas rojas, azules y verdes luciendo la
medalla de oro que era el símbolo de los Juegos.
Los competidores se colocaron en el centro de la arena y levantaron las
manos, jurando que lucharían lo mejor que pudieran. Entre ellos, fácilmente
visibles debido a lo altos que eran, sobresalían Joanna y Orwen. El
desconocido de la cicatriz en la cara también se encontraba allí, no muy lejos
de donde estaba Lief. Llevaba un trozo de tela anudado alrededor del cuello
como si fuera un pañuelo.
¿Era una protección contra el sol, o servía para ocultar una herida hecha
por la daga de Jasmine en el pasillo la noche anterior? Lief apretó el puño
mientras levantaba la mano. Todas sus dudas y temores se habían esfumado.
Ahora solo estaba furioso, y decidido a demostrar que no se lo podía derrotar
tan fácilmente.

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*
Poco después, se leyeron los emparejamientos y dieron comienzo las
competiciones. Las reglas eran muy sencillas. Todas las parejas luchaban al
mismo tiempo. Cada pareja luchaba hasta que uno de los dos ya no podía
tenerse en pie.
El perdedor era sacado de la arena. El ganador, después de solo unos
minutos de descanso, era emparejado con otro ganador para volver a pelear,
porque el aguante físico era considerado tan importante como la fuerza, la
agilidad, la rapidez y la astucia.
Lief, Barda y Jasmine no tardaron en descubrir que no había lugar para el
juego limpio en los Juegos de Rithmere. Los competidores luchaban con una
furia salvaje, mordían y arañaban; embestían con las cabezas y trataban de
arrancarles el pelo y los ojos a sus rivales; daban puñetazos y patadas. Nada
estaba prohibido salvo el uso de las armas.
La multitud rugía agitando sus banderas, instaba a pelear a sus favoritos, y
siseaba y abucheaba a aquellos que no combatían bien. Los vendedores de
golosinas, de comida caliente y de Sidra de la Abeja Reina hacían un
magnífico negocio mientras iban y venían por los pasillos que había entre los
asientos ofreciendo su mercancía.
A medida que más y más competidores derrotados iban abandonando la
arena, decepcionados y curándose las heridas, el espacio que había entre las
parejas enfrentadas iba haciéndose mayor. Cada combate era más duro que el
anterior, pero Lief, Barda y Jasmine se las arreglaron para superar cada una de
las rondas.
A diferencia de la mayor parte de sus rivales, los tres compañeros estaban
acostumbrados a combatir por sus vidas. Todos habían aprendido mucho
desde su primer encuentro en los Bosques del Silencio, pero ahora, incluso lo
que habían aprendido de niños les fue de una gran ayuda.
No en vano Lief había pasado su infancia en las peligrosas calles de Del.
Tal como le había dicho Barda a Madre Jovial, Lief podía esquivar y correr
como el que más, y emplear su ingenio para quitarse de encima a enemigos
mucho mayores que él. Era joven, pero como había trabajado con su padre en
la fragua del herrero, su cuerpo era fuerte y sus músculos estaban
acostumbrados al trabajo duro.
Barda había sido adiestrado desde su juventud como guardia de palacio y
los guardias eran los mejores luchadores de toda Deltora; únicamente la
hechicería del Señor de la Sombra había podido derrotarlos. Barda había

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pasado muchos años enfrentándose a sus compañeros como parte de ese
adiestramiento. E incluso el tiempo que pasó disfrazado de mendigo delante
de las puertas de la fragua le había ayudado a seguir siendo igual de fuerte,
porque entonces seguía a Lief por toda la ciudad y lo protegía de todo mal.
¿Y Jasmine? Pequeña y delgada como era, nadie en aquel grupo de
competidores había hecho frente a lo que había tenido que afrontar ella, o
vivido la clase de vida que ella había vivido. La astuta Madre Jovial había
visto la fuerza que había en aquellos esbeltos brazos, y la determinación en
sus ojos verdes. Pero los oponentes de Jasmine confundían su pequeño
tamaño por debilidad, y pagaban por ese error.

*
El sol ya estaba muy bajo en el cielo cuando se anunció a los ocho finalistas,
los que librarían sus últimas batallas al día siguiente.
Lief, Barda y Jasmine figuraban entre ellos. Joanna y Orwen también eran
finalistas. Los otros tres eran un hombre bajo y musculoso llamado Glock;
una mujer, Neridah, cuya rapidez había asombrado a la multitud; y el
desconocido con la cicatriz en el rostro cuyo nombre los tres compañeros
oyeron entonces por primera vez: Doom.
—Un nombre muy apropiado para un personaje tan tenebroso —susurró
Barda mientras Doom se adelantaba, sin sonreír, y alzaba los brazos hacia la
multitud que lo vitoreaba—. No me gusta nada la idea de tener que luchar
contra él.
A Lief tampoco le gustaba nada. Pero había estado pensando en algo que
lo preocupaba todavía más.
—No esperaba que todos fuéramos finalistas —murmuró—. ¿Y si
tenemos que luchar entre nosotros?
Jasmine lo miró fijamente.
—Bueno, pues entonces decidiremos quién va a ganar y luego solo
fingiremos luchar —dijo—. De todas formas es lo que tendremos que hacer
en los combates de mañana. Debemos dejar ganar a nuestros oponentes, y de
esa manera evitar que nos hagan ningún daño. Ya estamos seguros de que
cada uno de nosotros tendrá cien monedas de oro, porque somos finalistas.
Eso es todo el dinero que necesitamos, y todavía sobrará.
Barda se removió nerviosamente. Estaba claro que la idea de hacer trampa
para perder lo ofendía tanto como la idea de hacerla para ganar.
—No sería… honroso… —empezó a decir.

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—¿Que no sería honroso? —siseó Jasmine—. ¿Qué tiene que ver el honor
con esto? —Se volvió hacia Lief para encararse con él—. ¡Díselo! —lo
apremió.
Lief titubeó. A diferencia de lo que le ocurría a Barda, la idea de engañar
a los organizadores de los Juegos, o incluso a la multitud, no representaba
ningún problema para él. En las calles de Del, lo único que se requería era el
honor entre amigos y la supervivencia era la única regla. Pero una parte de su
mente —la parte que todavía se encendía de ira cuando pensaba en la nota de
advertencia y en la puerta cerrada— se rebelaba contra el plan de Jasmine.
—Si no tratamos de ganar, nuestros rivales lo sabrán. Parecerá como si
por fin nos estuviéramos inclinando ante sus amenazas —dijo en voz baja.
Jasmine soltó un resoplido de disgusto.
—¡Eres tan idiota como Barda! ¿Pondrás en peligro nuestra búsqueda por
salvar tu orgullo? ¡Me agotas la paciencia!
Le dio la espalda y se fue.

*
Aquella noche los finalistas cenaron juntos en el comedor atendidos por
Madre Jovial, que sonreía y estaba radiante en su vestido rojo fruncido. Fue
una cena bastante extraña, porque así como la noche anterior el comedor
había estado animado y repleto de ruidos, ahora estaba vacío y lleno de ecos.
Al parecer los competidores derrotados ya habían sido enviados lejos. Lief se
preguntó qué tal les estarían yendo las cosas, porque muchos de ellos estaban
heridos y todos carecían de dinero.
Jasmine todavía estaba enfadada. Comió muy poco y solo bebió agua.
—Esa Sidra de la Abeja Reina tiene demasiada sustancia para mí —
musitó—. Solo pensar en ella me pone enferma. En la arena el aire apestaba a
sidra. La gente que había en los asientos se había pasado el día entero
bebiéndola.
Barda frunció el ceño.
—No deberían vendérsela. Se elabora pensando en que luego será usada
por los combatientes, quienes necesitan enormes cantidades de energía, y no
por aquellos que se limitan a estar sentados y mirar. No me extraña que griten
pidiendo sangre.
Entonces Madre Jovial hizo sonar una campanilla.
—Unas palabras antes de que os retiréis a vuestras habitaciones, queridos
míos —dijo mientras todos los finalistas se volvían hacia ella—. No quiero
que esta noche haya trucos o problemas, así que recogeré vuestras llaves y

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cerraré las puertas yo misma. Las abriré por la mañana inmediatamente
después de que haya sonado la campana del despertar.
Un silencio absoluto se hizo en el comedor. La mujer miró en torno a ella,
con su rostro regordete súbitamente muy serio.
—Así que dormid profundamente y recuperad vuestras fuerzas —siguió
diciendo—. Mañana no debéis mostrar ninguna señal de debilidad o falta de
determinación. La multitud… Bueno, el último día siempre está muy
excitada. Sí, realmente está muy, muy excitada… Algunos finalistas que no lo
hicieron demasiado bien llegaron a ser atacados y hechos pedazos. No me
gustaría que eso os ocurriera a ninguno de vosotros.
Lief sintió que le daba un vuelco el estómago y no se atrevió a mirar a
Jasmine o a Barda. Así que esa era la manera en que los organizadores de los
Juegos se aseguraban de que todos los finalistas se esforzaran al máximo el
último día. La multitud, aquel enjambre sediento de sangre y que, llevado
hasta un estado febril, actuaba con una sola mente, era su arma.

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—9—
Los finalistas

L
a arena ya estaba empezando a calentarse cuando llegaron a ella por
la mañana. El sol caía sobre un lado del arenal recién rastrillado. El
otro lado se hallaba sumido en la sombra. Los bancos estaban
repletos, y la multitud hervía de excitación.
Los ocho finalistas alzaron las manos y repitieron su juramento de luchar
lo mejor posible. Luego fueron avanzando uno por uno para coger una tarjeta
de la cesta de mimbre sostenida por una sonriente Madre Jovial.
Lief miró su tarjeta con un nudo en la garganta. El número que había
escrito en ella era el 3. Miró a Barda y Jasmine, y sintió un gran alivio al ver
que Barda sostenía el número 1 y Jasmine el número 4. Así pues no iban a
pelear entre ellos, al menos en aquella ronda. Pero ¿cuáles iban a ser sus
oponentes?
Miró a su alrededor y se le cayó el alma a los pies cuando vio a Doom, el
hombre de la cicatriz, yendo hacia Barda con la tarjeta en alto para que todos
pudieran ver el número 1 escrito en ella. El gigante Orwen había sacado el
segundo número 4 y ya estaba junto a Jasmine, quien parecía una niña al lado
de él. Glock y Joanna habían sacado dos tarjetas marcadas con el 2, por lo que
ahora ya solo quedaba Neridah la Rápida. Y, como tenía que suceder, un
instante después Neridah ya estaba yendo rápidamente hacia Lief, enseñando
la tarjeta del 3 que demostraba que estaba emparejada con él.
La multitud rugió cuando las cuatro parejas de oponentes tiraron sus
tarjetas al suelo y se pusieron frente a frente.
Neridah bajó la mirada hacia sus manos y luego levantó la vista hacia
Lief.
—Confieso que estoy más bien asustada —dijo en voz baja—. La verdad
es que no sé cómo he conseguido llegar hasta las finales. Y tú eres uno de los
favoritos de Madre Jovial, ¿verdad?

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Lief le devolvió la mirada sin saber qué decir. El día anterior había
peleado con varias mujeres, y había descubierto que era una temeridad no ver
en ellas a unas peligrosas oponentes. Además, cualquiera que hubiese visto en
acción a Jasmine sabía que no debía subestimar a una combatiente por el
mero hecho de que fuese mujer. Pero Neridah tenía un aspecto muy dulce y
delicado. Era tan alta como Lief, pero esbelta y grácil como una cierva y con
sus mismos enormes y oscuros ojos.
—La… la multitud —balbuceó Lief—. Debemos…
—¡Por supuesto! —susurró Neridah—. Ya sé que he de esforzarme al
máximo. Y no te culparé por hacer lo que tienes que hacer. Me ocurra lo que
me ocurra, mis pobres hermanas y mi madre tendrán las cien monedas de oro
que ya he ganado. Madre Jovial así lo ha prometido.
—No tengas miedo, porque… —empezó a decir Lief con dulzura.
Pero la campana del inicio sonó en ese preciso instante, y el pie de
Neridah se movió con la rapidez de una serpiente para golpear a Lief en la
punta del mentón, dejándolo tirado en el suelo.
La multitud rió y lo abucheó.
Lief se apresuró a levantarse, sacudiendo estúpidamente la cabeza
mientras lo hacía. Le zumbaban los oídos. No podía ver a Neridah.
Moviéndose con una asombrosa celeridad, la joven se había colocado detrás
de él. Neridah le pateó salvajemente la parte de atrás de las rodillas y Lief se
tambaleó, inclinándose hacia delante con un jadeo de dolor. Unos instantes
después Neridah ya estaba corriendo alrededor de él, saltando y dándole
patadas en los tobillos, las rodillas, el estómago y la espalda, haciendo que
Lief se volviera de un lado a otro como un payaso confuso y agitara los
brazos mientras ella siempre se mantenía fuera de su alcance.
¡Lo estaba dejando en ridículo! La multitud había empezado a burlarse de
Lief, gritaban su estúpido nombre falso, «Tallo», y reían. Una oleada de ira le
despejó un poco la cabeza. Si Neridah era rápida, él también lo era. Saltó
hacia atrás, alejándose de ella de tal manera que Neridah se viera obligada a
hacerle frente. Los dos empezaron a moverse describiendo cautelosos círculos
el uno alrededor del otro. De pronto Lief se abalanzó sobre Neridah, la agarró
por la cintura tirándola al suelo.
Neridah cayó y se quedó inmóvil, jadeando, con un brazo flácido e
inservible. Ahora Lief ya solo tenía que terminar con ella, impedir que llegara
a ponerse en pie. Una patada, o un puñetazo…
Pero las lágrimas ya habían empezado a fluir de los ojos de Neridah
mientras se debatía débilmente sobre la arena.

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—Por favor… —susurró.
Lief titubeó durante una fracción de segundo. Y con eso bastó, porque un
instante después el brazo «inservible» de Neridah ya salía disparado hacia
delante y su mano le aferraba el tobillo. La multitud rugió cuando Neridah se
incorporó de un salto, levantándole el pie del suelo a Lief. Lief se tambaleó,
cayó sobre la arena y no fue consciente de nada más.

*
Mientras tanto, Barda y Doom estaban luchando, empujándose el uno al otro
en un intento de hacerse caer. Estaban muy igualados. Barda era más alto,
pero los músculos de Doom eran como el hierro y su voluntad era todavía
más fuerte. Bamboleándose de un lado a otro y de atrás hacia delante, los dos
hombres se esforzaban pero ninguno cometía un error, y ninguno se daba por
vencido.
De dondequiera que vengas, Doom de las Colinas, has tenido una vida
muy dura, pensó Barda. Has sufrido mucho. Y entonces se acordó del signo
que el hombre de la cicatriz en la cara había dibujado sobre el polvo del
mostrador de una tienda, la primera vez que Barda lo vio. El signo de la
resistencia, el signo secreto de aquellos que habían jurado desafiar al Señor de
la Sombra.
—¿Qué estás haciendo aquí, Doom? —jadeó—. ¿Por qué malgastas tu
tiempo luchando conmigo cuando tienes un trabajo más importante que
hacer?
—¿Qué trabajo? —preguntó Doom, con la larga cicatriz reluciendo como
un hilo blanco sobre su piel reluciente—. ¡Mi trabajo… ahora… es aplastarte,
Baya del Pueblo Matorral!
Sus labios se fruncieron en una hosca sonrisa mientras decía su nombre,
evidentemente seguro de que era falso.
—Tu amigo Tallo ha caído y no volverá a levantarse —se burló—. Mira,
detrás de ti. Escucha a la multitud.
Barda trató de mantener la concentración, no quería volver la mirada y
trataba de hacer oídos sordos a los alaridos de la gente. Pero aun así podía oír
el frenético griterío: «¡Neridah! ¡Neridah! ¡Patéalo! ¡Sí! ¡Otra vez! ¡Acaba
con él!».
La presión de Doom se volvió un poco más fuerte mientras desplazaba el
peso de su cuerpo hacia un lado. Barda se tambaleó, pero solo un poco.
—¡No te va a ser tan fácil, Doom! —musitó. Apretó los dientes y siguió
luchando.

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*
Jasmine solo podía ver la enorme silueta de Orwen moviéndose en círculos a
su alrededor; solo oía sus salvajes gruñidos mientras se abalanzaba sobre ella
y el palpitar de su propio corazón cuando saltaba a un lado. La mente de
Jasmine funcionaba tan deprisa como sus pies.
Todos los competidores con los que había luchado el día anterior eran
mayores que ella, pero ninguno había tenido el tamaño y el peso de Orwen. Si
Jasmine se dejaba atrapar por el cuerpo de oso de aquel gigante, Orwen la
aplastaría. Sabía que tenía que ser como una abeja que zumba alrededor de la
cabeza de una gran bestia. Tenía que irritarlo y cansarlo, de tal manera que
Orwen terminara cometiendo un error.
Pero Orwen no era estúpido. Sabía qué era lo que estaba planeando hacer
Jasmine. Durante un buen rato se había mantenido fuera del alcance de
Jasmine, girando y dando saltos mientras ella iba dejando caer pequeñas y
dolorosas patadas sobre los tobillos y las rodillas de Orwen. El sudor
chorreaba por el rostro de Orwen, pero la firmeza de su mirada no había
desfallecido.
Jasmine volvió a saltar alejándose de él. Llevaba varios minutos tratando
de hacer que Orwen se volviera hasta quedar de cara al sol. Y ya casi lo había
conseguido. Uno o dos movimientos más…
Entonces la expresión de Orwen cambió de repente. Ahora estaba mirando
por encima del hombro de Jasmine, con los ojos llenos de horror. ¿Sería un
truco? ¿O…?
Detrás de ella hubo un sonido terrible, el de alguien que se estaba
asfixiando en una espantosa agonía. Y la multitud empezó a rugir: «¡Glock!
¡Glock! ¡Mata! ¡Mata! ¡Mata!».
Orwen saltó hacia delante. Jasmine se hizo a un lado, pero reparó casi de
inmediato en que el hombre no estaba mirándola. Orwen había olvidado que
ella se encontraba allí.
Joanna había caído y estaba inmovilizada en el suelo. Glock estaba
arrodillado sobre ella, con sus enormes y peludas manos le sujetaba el cuello,
lo apretaba y lo sacudía con los dientes al descubierto en una mueca de
salvaje alegría mientras contemplaba cómo la vida de Joanna iba apagándose
rápidamente.
Un instante después Orwen caía sobre él, lanzándolo a un lado como si
fuese un manojo de harapos. Los espectadores chillaron de excitación. El
rugido de furia y perplejidad de Glock se vio bruscamente interrumpido

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cuando su cuerpo chocó pesadamente con el suelo. Orwen se inclinó sobre
Joanna y la tomó en sus brazos.
La mujer permanecía tan flácidamente inmóvil que al principio Jasmine
pensó que había muerto. Pero cuando Orwen pronunció su nombre, los
párpados de Joanna temblaron y su mano fue torpemente hacia su garganta
llena de morados. Orwen inclinó la cabeza con un gemido de alivio, solo veía
a Joanna.
Por eso no percibió que Glock se ponía en pie e iba hacia él. No oyó el
súbito grito de advertencia de Jasmine. No prestó atención a la febril
excitación que se adueñaba de la multitud. Un instante después, los puños
entrelazados de Glock se habían abatido sobre su nuca como dos grandes
piedras. Orwen cayó de bruces sin emitir un solo sonido, y no volvió a
moverse.

*
Barda y Doom todavía estaban luchando, ninguno de los dos cedía. Se habían
quedado solos en la arena. Barda fue vagamente consciente de que dos
personas habían sido sacadas de la arena mientras Glock, sujetado por tres
robustos encargados de los Juegos, seguía insultándolas con una rabia asesina.
—¡Glock está loco! —gruñó Doom. Su voz estaba llena de desprecio.
—¿Y acaso no lo estamos nosotros? —jadeó Barda—. Aquel de nosotros
que venza seguramente tendrá que luchar contra él. ¿Tu deseo de tener mil
monedas de oro es lo bastante grande para eso?
—¿Y tú? —preguntó Doom, con un destello en sus oscuros ojos—. Mis
propios propósitos me han condenado a esto. Pero tú… No, seguro que tú no
estás condenado a esto. Ya hemos proporcionado suficiente espectáculo. Si
uno de nosotros cae ahora, quedará libre de seguir su camino. ¡Piénsalo!
Barda pensó, y se sintió desfallecer.
La vacilación fue casi imperceptible, una diminuta brecha en la
concentración que había estado sirviéndole de coraza durante todo ese tiempo.
Pero fue suficiente para Doom. Un giro, un poderoso empujón, y Barda
perdió el equilibrio y se tambaleó.
El puño del otro hombre se estrelló contra su mandíbula. Barda vio
brillantes puntos de luz, y un instante después el suelo ya venía rápidamente a
su encuentro. En cuestión de segundos se encontró yaciendo de bruces sobre
la arena, aturdido, con la cabeza dándole vueltas y el cuerpo entero dolorido
mientras oía cómo la multitud aullaba el nombre de Doom. A través de la
neblina de su dolor, Barda se preguntó si Doom lo había engañado o si le

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había hecho un gran favor. ¿La causa de aquella derrota era el deseo de
Doom, o el suyo propio?

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— 10 —
La campeona

Q
uedaban cuatro finalistas: Neridah, Doom, Glock… y Jasmine, ya
que se la había declarado ganadora de su enfrentamiento, a pesar de
que Orwen había sido derribado por otro.
Jasmine solo había dispuesto de unos instantes para averiguar cómo se
encontraban Lief y Barda. Los dos estaban bastante maltrechos, pero Madre
Jovial, que no se separaba de ellos, le dijo que, al igual que Joanna y Orwen,
no tardarían en recuperarse. Sus heridas no eran muy graves, y la derrota no
los afectaría demasiado.
Viendo que sus amigos se hallaban en buenas manos, Jasmine dejó que la
llevaran al centro de la arena para reunirse con Glock, Neridah y Doom.
Les trajeron espumosas jarras de Sidra de la Abeja Reina. El joven
sirviente de pelo oscuro estaba muy emocionado por poder atender a tan
importantes participantes. Ofreció la bandeja a Doom, quien cogió una jarra
con un murmullo de agradecimiento.
—¿Por qué le sirves primero? —gritó Glock furiosamente. Cogió otra
jarra de la bandeja, se la llevó a la boca y la vació.
El joven, visiblemente sorprendido y asustado, empezó a murmurar
palabras de disculpa.
—Todo va bien —dijo Doom sin inmutarse—. No te preocupes.
Poniéndose muy rojo, el joven les ofreció la bandeja a Neridah y Jasmine.
Neridah cogió una jarra y la vació de un trago. Jasmine, sin embargo, sacudió
la cabeza.
—Gracias, pero no me gusta la Sidra de la Abeja Reina —dijo—. He
bebido agua, y me basta con eso.
Mientras el joven la miraba fijamente, Glock se apresuró a coger la jarra
rechazada.
—¡Más ración para mí! —graznó, bebiendo ávidamente la sidra.

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Se volvió hacia Jasmine, limpiándose la boca con el dorso de la mano.
—Reza para que no tengas que enfrentarte conmigo en la próxima ronda,
pequeño Pajarito que bebe agua. Te romperé los huesos como si fueran
cáscaras de huevo. Te…
Entonces una expresión muy extraña pasó por su rostro. Y en ese preciso
instante, Neridah dejó escapar un suave suspiro junto a él, dobló las rodillas y
cayó al suelo. Glock la miró, y luego contempló la jarra vacía que tenía en la
mano y se llevó la otra mano a la garganta.
—¡Veneno! —exclamó. Se volvió, tambaleándose, y señaló con un dedo
tembloroso al joven de la bandeja—. Tú… —balbuceó.
El joven dejó caer la bandeja y salió corriendo. Cuando Glock cayó
también al suelo sin sentido, el sirviente ya había desaparecido entre la
multitud.
Varias personas corrían hacia ellos, gritando y señalando con el dedo.
Jasmine miró fijamente a Doom.
—¡Todo esto es obra tuya! —susurró—. Ese muchacho… ¡Tú lo
conocías!
—¿Se puede saber qué tonterías estás diciendo? —replicó él secamente.
Jasmine entornó los ojos.
—Piensas que si quitas a los otros de en medio, si solo tienes que luchar
conmigo en la final… ganarás —dijo lentamente—. Pero te equivocas, Doom.
Doom se volvió para que Jasmine no pudiera verle la cara. Los
encargados ya habían llegado hasta ellos. Estaban sacudiendo a Glock y
Neridah, parloteando y soltando ruidosas exclamaciones. Solo Jasmine oyó la
respuesta de Doom.
—Ya lo veremos —murmuró el hombre—. Ya lo veremos.

*
Si luchar con Orwen era como luchar con un oso, esto es como hacer frente a
un lobo, pensó Jasmine mientras ella y Doom describían lentos círculos el uno
alrededor del otro en el centro de la arena. Doom era como un flaco y taimado
lobo.
Aquel hombre era peligroso, muy peligroso. Todos los instintos de
Jasmine se lo estaban diciendo. Nunca le había tenido tanto miedo a ningún
ser humano, y sin embargo Jasmine no sabía por qué. Buscó una razón, y de
pronto pensó haberla encontrado.
A Doom le da igual vivir o morir, pensó, y no pudo reprimir un
estremecimiento de horror. Vio cómo una diminuta chispa brillaba en los ojos

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de Doom, y cuando él se abalanzó sobre ella se hizo a un lado justo a tiempo.
La multitud, que se había visto privada de las competiciones de la
semifinal y estaba furiosa porque su favorito, Glock, no podría volver a
luchar, estaba realmente de muy mal humor. Un rugir de abucheos y
maldiciones se elevó de los bancos cuando Doom falló su presa por un pelo.
Los espectadores estaban hartos de todo aquel moverse en círculos y esquivar.
Querían acción. Querían sangre.
Respirando entrecortadamente, Jasmine giró sobre sus talones para hacer
frente de nuevo a su enemigo. Los labios de Doom se fruncieron en una
sonrisa despectiva.
—¿Dónde están tus fanfarronadas ahora, pequeño pájaro? —se burló
suavemente—. Vaya, pero si ni siquiera eres capaz de vencer tu miedo lo
suficiente para ofrecerle un buen espectáculo a la multitud. ¡Vuelve corriendo
a tu casa y esconde la cabeza en el regazo de tu mamá!
Una llamarada de ira recorrió todo el cuerpo de Jasmine, consumiendo el
miedo. Alzó la mirada hacia Doom y vio con satisfacción cómo la sonrisa se
esfumaba de sus labios cuando este percibió el cambio que acababa de
producirse en ella. Vio tensarse su boca, y una expresión de cautela apareció
en sus ojos.
—Estás cansado, viejo —le susurró—. Hasta tus huesos están cansados.
Y mientras lo decía, Jasmine supo que así era. El largo combate librado
con Barda había minado las fuerzas de Doom y embotado sus reflejos. ¿Por
qué otra razón no había logrado darle cuando atacó?
—¡Cógeme si puedes! —sonrió Jasmine, y dio media vuelta como si se
dispusiera a salir corriendo.
Pillado por sorpresa, Doom dio un tambaleante paso hacia ella. Jasmine
giró sobre sí misma y lanzó una patada, luego volvió a girar y lanzó otra
patada. Después, cuando Doom trató de atraparla, se alejó de un salto
dejándolo con las manos cerrándose en el aire. Luego saltó y volvió a atacar
una y otra vez.
Jasmine oyó con un salvaje placer los gruñidos de dolor e ira de Doom, y
cómo la multitud empezaba a vitorearla. La excitación de los espectadores iba
creciendo, al igual que la suya. El combate siguió y siguió. Doom no
conseguía llegar a tocarla.
La arena se desdibujaba. Jasmine solo sentía su propio deseo de castigar y
hacer daño. Era como si su sangre estuviera hirviendo, como si su ira se
hubiese convertido en una energía que corría por todo su cuerpo, haciendo
que le hormiguearan las manos y los pies. Riendo, Jasmine retrocedió en un

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ágil paso de baile mientras Doom volvía a abalanzarse sobre ella, alto y
amenazador. La multitud aulló. El rugido fue ensordecedor. Tan fuerte… ¿por
qué sonaba tan fuerte…?
Jasmine dio un paso atrás… y su talón chocó con la solidez de la madera.
Miró atrás llena de perplejidad y vio un muro y, por encima de él, una
masa de rostros enrojecidos que gritaban. Solo entonces se dio cuenta de
cómo había sido engañada, y de lo insensata que había llegado a volverla su
ira. Poco a poco, Doom había ido empujándola hacia el límite de la arena.
Ahora Jasmine tenía la espalda pegada al muro que la circundaba. Y Doom
iba hacia ella.
Jasmine saltó y aterrizó en perfecto equilibrio sobre lo alto del muro tal
como había hecho innumerables veces anteriormente sobre las ramas de los
árboles de los Bosques del Silencio. La multitud gritaba detrás de ella. Pero
Doom estaba cerca, muy cerca, se inclinaba hacia delante con sus manos
extendidas hacia los tobillos de Jasmine. Manos como arañas gigantes. Brazos
como gruesas lianas hambrientas…
El instinto la impulsó a saltar, a salir despedida en dirección a él. Durante
una fracción de segundo el hombro inclinado de Doom fue la rama de árbol
de Jasmine. Luego saltó hacia atrás impulsándose con los pies y volvió a
lanzarse al aire mientras hacía que Doom se desplomara hacia delante.
Jasmine lo oyó gritar y estrellarse contra la pared mientras ella daba una
voltereta en el aire y se posaba ágilmente sobre la arena, muy por detrás de él.
Tomó tierra lista para echar a correr. Jasmine solo había estado pensando
en escapar, pero su salto hacia la libertad acababa de hacer mucho más que
eso.
Doom yacía inmóvil junto al muro. La multitud se había puesto de pie y
gritaba el nombre de Jasmine. Poco a poco, Jasmine fue dándose cuenta con
un creciente asombro de que el combate había terminado. Ella había ganado.

*
—¡Bueno, todo se acabó por este año! ¡Y qué competición tan
emocionante resultó ser nuestra final! —rió Madre Jovial, mientras se
apresuraba a llevar a Lief, Barda y Jasmine de regreso a la posada después de
la entrega de premios—. Al principio un poquito lenta, quizá. ¡Pero luego
enseguida empezó la diversión!
Le dio una afectuosa palmadita en el hombro a Jasmine.
—Eres una campeona muy popular, querida. No hay nada que le guste
más a la multitud que la agilidad venciendo a la fuerza.

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Jasmine guardaba silencio. El medallón de oro colgaba pesadamente de su
cuello. Una bolsa llena de monedas de oro pesaba en sus brazos. Y el corazón
le pesaba más que cualquiera de esas dos cosas.
Pensar en qué se había convertido durante un rato en aquella arena hacía
que se le revolviera el estómago. Había pasado a ser una bestia que sentía
placer haciendo daño a otra persona, una estúpida que se olvidaba de todo en
el embriagador deleite de la batalla. Había llegado a ser tan salvaje como
aquel aborrecible Glock, y a estar tan ebria de violencia como aquella
multitud maloliente que no paraba de gritar. Si su vanidad hubiera terminado
causando su perdición, como había estado a punto de suceder, le habría estado
bien empleado.
Lief y Barda se miraron el uno al otro por encima de la cabeza de
Jasmine. La conocían lo bastante bien para adivinar lo que estaba sintiendo.
Pero Madre Jovial no podía imaginar que Jasmine sintiera algo que no fuese
orgullo.
—Y si queréis que os diga la verdad —siguió parloteando mientras bajaba
la voz—, me alegré mucho de ver caer al tal Doom. Un hombre orgulloso y
que casi daba miedo… con un pasado muy desagradable, de eso estoy segura.
Sí, estoy segura de que fue él quien se encargó de echar droga en la sidra. Se
fue tan pronto como despertó, y ni siquiera esperó a que le dieran sus cien
monedas de oro. Eso sin duda demuestra que no tiene la conciencia tranquila.
—¿Glock y Neridah han despertado? —preguntó Lief.
Madre Jovial sacudió la cabeza tristemente.
—Todavía están durmiendo como un par de bebés —suspiró—. No
podrán irse de aquí hasta mañana. Pero Joanna y Orwen ya se han ido. Joanna
cojeaba mucho y Orwen tenía un feo chichón en la cabeza, pero no hubo
manera de convencerlos de que se quedaran. —Volvió a suspirar—. Al
parecer una vez que le echaron mano al oro ya no quisieron tener nada más
que ver con Rithmere.
Lief tampoco deseaba quedarse allí ni un instante más de lo
imprescindible, y era evidente que Barda estaba de acuerdo con él.
—Por desgracia nosotros también tenemos que irnos, Madre Jovial —dijo
su robusto amigo con el mayor tacto posible mientras entraban en la posada
—. Pero antes de marcharnos tenemos que comprar unos cuantos suministros.
¿Puede recomendarnos…?
—¡Tengo todo lo que podáis necesitar! —lo interrumpió Madre Jovial—.
Vendo toda clase de suministros para los viajeros.

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Y así resultó ser. Tan pronto como hubieron recogido a Filli y Kree de su
habitación, los tres compañeros fueron con Madre Jovial a un gran almacén
lleno hasta el techo de mochilas, mantas para dormir, cantimploras, cuerdas,
pastillas para el fuego, comida seca y docenas de otros útiles artículos.
Tal como habían sospechado Lief, Barda y Jasmine, todo era muy caro.
Pero disponían de un montón de oro que gastar y, al igual que otros ganadores
antes que ellos, estaban dispuestos a pagar un poco más para no tener que
recorrer todo Rithmere. Al cabo de media hora ya disponían de todo lo que
necesitaban. Luego, ante la insistencia de Madre Jovial, comieron por última
vez en el comedor vacío.
Lief apenas disfrutó de la comida. No conseguía quitarse de encima la
incómoda sensación de que no todo era como hubiese debido ser. Continuaba
sintiendo un extraño hormigueo, como si los estuvieran espiando. Pero ¿quién
podía estar observándolos? Neridah y Glock todavía estaban durmiendo.
Joanna, Orwen y Doom ya se habían ido.
Encogiéndose de hombros, Lief intentó dejar de pensar en ello y se dijo
que ya estaba bien de tonterías.

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— 11 —
Tan fácil como guiñar el ojo

M
adre Jovial estuvo de muy buen humor todo el rato que pasaron
comiendo, pero luego, cuando les devolvió sus armas y los tres
compañeros se estaban preparando para irse, quedó claro que tenía
algo en la cabeza.
Finalmente, Madre Jovial se mordió el labio y se inclinó hacia ellos.
—Me resulta muy difícil decir esto —murmuró, hablando en voz baja—.
No me gusta nada tener que hablar mal acerca de los Juegos, o de Rithmere.
Pero… hay que decíroslo. Se ha sabido de algunos casos en que los
campeones, e incluso los finalistas, sufrieron algún… infortunio, cuando
estaban saliendo de Rithmere.
—¿Quieres decir que les atacaron y les robaron? —preguntó Barda
secamente.
Madre Jovial asintió nerviosamente.
—Las monedas de oro son una gran tentación —murmuró—. ¿Os
ofenderíais si os aconsejara que salierais de la posada por un camino secreto?
Hay una puerta trasera a la que se llega mediante un pasadizo que sale del
sótano. Así es como traen los barriles de sidra hasta aquí; pocas personas
saben de su existencia, y la calle de atrás es muy estrecha, y siempre está
desierta. Salir por ahí sin que os vieran sería tan fácil como guiñar el ojo.
—Gracias, Madre Jovial —dijo Lief, estrechándole la mano
afectuosamente—. Eres una buena amiga.

*
El pasadizo que salía del sótano era largo y oscuro, tenía el techo muy bajo y
hedía a sidra. Las botas de los tres compañeros resonaban sobre las piedras
mientras iban avanzando en fila de a uno, con Barda inclinado hasta que su

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frente casi rozaba el suelo. Habían dividido el oro restante entre ellos para que
resultase más fácil de llevar, pero aun así colgaba pesadamente de sus
cinturones. Ya doloridos por sus batallas del día, no tardaron en sentirse muy
rígidos e incómodos.
—Quizá hubiésemos debido pasar la noche en la posada y partir por la
mañana —gimió Lief—. Pero no podía soportar la idea de pasar una hora más
en Rithmere.
—Ni yo —dijo Jasmine, rompiendo su largo silencio. Kree, que iba
encogido encima de su brazo, soltó un graznido de asentimiento.
—Al menos tenemos aquello por lo que vinimos aquí —dijo Barda, que
abría la marcha—. Ahora tenemos oro suficiente para financiar el resto de
nuestro viaje, y todavía nos sobrará un poco. —Hizo una pausa, y luego
añadió torpemente—: Lo hiciste muy bien, Jasmine.
—Desde luego —se apresuró a asentir Lief.
—Nada de eso —dijo Jasmine en voz baja—. Me siento avergonzada.
Doom se burló de mi madre. Me puso furiosa, y eso era justo lo que él
pretendía que ocurriese. Quería que me olvidara de mí misma para que le
ofreciera un buen espectáculo a la multitud.
—Pues entonces cayó en su propia trampa —dijo Barda—. Porque al final
él perdió y tú ganaste. Piensa en eso, y olvídate de lo demás. —Se detuvo y
señaló con el dedo—. Veo luz delante de nosotros. Creo que por fin estamos
llegando al final de este maldito túnel.
Los tres compañeros apretaron el paso, impacientes por ver el sol y poder
erguirse.
Tal como les había dicho Madre Jovial, el pasadizo terminaba en una
pequeña puerta. La luz brillaba tenuemente a través de la rendija que había
debajo de ella. Pero cuando Barda descorrió el cerrojo, y la puerta se abrió, un
torrente de sol se derramó dentro del pasadizo.
Con los ojos llorosos y casi cegados por aquella deseada claridad, los tres
compañeros pasaron arrastrándose uno a uno por el hueco de la puerta. Y así
fue como, uno a uno, recibieron un golpe en la cabeza y fueron capturados.
Resultó tan fácil como guiñar el ojo.

*
Cuando recobró el conocimiento, Lief se encontró cubierto por alguna clase
de tela áspera y maloliente, quizá unos viejos sacos. La cabeza le palpitaba
dolorosamente. Estaba amordazado, y sus muñecas y sus tobillos sentían la
presión de unas pesadas cadenas.

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Lief empezó a ser consciente de que estaba siendo dolorosamente
sacudido y zarandeado. Podía oír voces, una especie de tintineo y el resonar
de unos cascos. Comprendió que se encontraba en la parte de atrás de un
carro. Quienquiera que lo hubiese atacado se lo estaba llevando lejos de
Rithmere. Pero ¿por qué?
¡El Cinturón!
Con un estremecimiento de horror, Lief se llevó a la cintura las manos
encadenadas y dejó escapar un gemido de alivio cuando sus dedos
encontraron la forma familiar de los medallones unidos debajo de sus ropas.
Su bolsa del dinero había desaparecido, al igual que su espada. Pero el
Cinturón de Deltora se hallaba a salvo. Sus captores no lo habían encontrado.
Todavía.
Su gemido obtuvo como respuesta un sordo resonar de cadenas y un
suspiro junto a él, y un grito ahogado que llegó desde un poco más lejos.
Aquello quería decir que Barda y Jasmine estaban en el carro con él. Lief se
sintió absurdamente reconfortado, aunque naturalmente hubiese sido mejor
que al menos uno de ellos estuviera libre. Entonces aún habría podido haber
alguna esperanza de rescate. Tal como estaban las cosas…
Una risotada llegó hasta ellos desde la parte delantera del carro.
—Las garrapatas se están despertando, Carn 8 —dijo una voz muy áspera
—. ¿Les doy otro toque?
—Más vale que no —dijo una segunda voz—. Tienen que estar en buenas
condiciones para la entrega.
—No veo por qué este lote merece que nos tomemos tantas molestias por
él —gruñó el primer hombre—. ¡El grande puede que valga la pena, pero los
otros dos son basura! Especialmente la mujercita flacucha. ¡Campeona, y un
cuerno! No durará ni cinco minutos en la Arena de la Sombra.
Lief permaneció rígidamente inmóvil, aguzando el oído para escuchar
algo más por encima del ruido de la lluvia mientras intentaba no sucumbir al
pánico.
—Decir qué merece las molestias no es asunto nuestro, Carn 2 —
respondió la otra voz—. A la vaina se le dijo eso desde el primer momento.
Es la vieja la que responde ante el amo, no nosotros. La mujer jovial
suministra las mercancías, y lo único que tenemos que hacer nosotros es
entregarlas sin que hayan sufrido daños.
Lief sintió que la sangre afluía a su cabeza, y Barda emitió un sonido
ahogado junto a él.

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—Las garrapatas nos han oído —rió despectivamente el hombre al que el
otro había llamado Carn 2.
—¿Qué importa? No se lo van a contar a nadie, ¿verdad? —se burló su
compañero—. ¿O acaso piensas que ese pájaro negro hará correr la voz?
Sigue ahí, sabes. Justo detrás de nosotros.
Rieron, y el carro siguió su camino.

*
El viaje prosiguió hora tras hora. Lief dormía, despertaba y volvía a dormir.
Cada vez estaba más oscuro y hacía más frío, y finalmente empezó a llover.
Los sacos que lo cubrían quedaron empapados. Lief empezó a temblar.
—Será mejor que hagamos un alto y pongamos a cubierto a las garrapatas
—gruñó Carn 8 pasado un rato—. Y además dales de beber y algo de comida,
o se nos morirán durante el trayecto. Entonces sí que estaríamos metidos en
un buen lío.
El carro salió del camino con un súbito bamboleo, y terminó
deteniéndose. Lo siguiente que supo Lief fue que lo sacaban del carro y lo
tiraban al suelo sin ningún miramiento. Una terrible punzada de dolor le
atravesó la cabeza y gimió en voz alta. Solo la fría lluvia que azotaba su cara
lo mantuvo consciente.
—¡Ten más cuidado, idiota! —rugió Carn 8—. ¿Cuántas veces hay que
decírtelo? ¡Un solo hueso roto que Jovial no haya anotado en su informe y
nos encontraremos en la Arena! ¿Quieres terminar tus días llevando el traje de
cuero de un gladiador mientras luchas con un vraal? ¡Mételos debajo del
toldo, y deprisa!
El otro hombre gruñó. Su cara y sus hombros surgieron de la oscuridad
cuando se inclinó sobre Lief y lo cogió, sujetándolo por debajo de los brazos.
Y fue entonces cuando las peores sospechas de Lief quedaron confirmadas:
sus captores eran guardias grises.

*
Los guardias habían improvisado un tosco cobijo para sus prisioneros
extendiendo telas embreadas bajo las ramas inferiores de un árbol. Barda,
Jasmine y Lief permanecían acurrucados debajo de aquella cubierta,
estremeciéndose de frío.
Kree, que los había estado siguiendo desde Rithmere, se había posado
sobre el hombro de Jasmine. Pero no podía ayudarlos. No había ninguna

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posibilidad de huir. Los grilletes que los tres compañeros llevaban en las
piernas habían sido sujetados a una clavija de hierro hundida en el suelo.
Les quitaron las mordazas y les dieron agua y unos cuantos trozos de pan.
Luego los guardias se alejaron. Forzando la vista a través de la lluvia y la
oscuridad, Lief entrevió cómo se arrastraban por debajo del carro con la
aparente intención de dormir allí.
—¡No puedo comer yendo cargada con todas estas cadenas! —gritó
Jasmine.
—¡Vigila tu lengua o te la cortaré y te arrojaré a las Arenas Movedizas,
con órdenes o sin ellas! —gruñó Carn 2—. Hace una hora justa que pasamos
junto a ellas.
—¿El Cinturón está a salvo, Lief? —susurró Barda.
—Sí —susurró Lief a su vez—. ¿Has oído…?
—Sí. No estamos lejos de las Arenas Movedizas. Pero esta noticia no nos
es de mucha utilidad en nuestro estado actual. Madre Jovial supo engañamos
bien.
—¡Y yo que pensaba que la tonta era ella! —murmuró Jasmine con
amargura, rompiendo un trocito de pan para Filli—. Pero la salida secreta de
la posada era una trampa.
—¡Los Juegos enteros son una trampa! Con monedas de oro como cebo.
—Lief apretó los puños—. ¿Qué mejor manera de atraer a los mejores
luchadores, y hacerles demostrar lo buenos que son? Y nuestra querida Madre
Jovial se encuentra presente en todo momento, para asegurarse de que el
mayor número posible de finalistas vaya al cautiverio sin ofrecer resistencia
cuando todo ha terminado.
Barda sacudió la cabeza con una mueca de disgusto.
—En el camino oímos decir que son pocos los campeones de los Juegos
de los que se vuelve a saber algo. Ahora sabemos por qué. No salen corriendo
para gastar su dinero en paz. Se los llevan a las Tierras de las Sombras para
morir allí luchando con bestias salvajes o los unos contra los otros para
diversión de las multitudes.
—¡Y sus monedas de oro, e incluso el medallón del campeonato, los
recuperan para volver a utilizarlos! —susurró Jasmine—. Es monstruoso.
Iba dejando de llover, y pudieron oír los ronquidos que provenían de
debajo del carro. Los guardias se habían quedado dormidos. Los tres
compañeros empezaron a debatirse para liberarse, aunque sabían que no
servía de nada.

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Ya hacía un buen rato que habían cesado en sus esfuerzos y dormitaban
nerviosamente cuando Kree soltó un súbito graznido y se oyó un ruidito de
ramitas que se partían detrás de ellos.
—¡No os mováis! —jadeó una voz—. No os mováis ni habléis hasta que
yo os lo diga. Ya tengo guardadas vuestras mochilas y vuestras armas en un
lugar seguro. Ahora voy a abrir vuestras cadenas. ¡Cuando estéis libres,
seguidme lo más silenciosamente que podáis!

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— 12 —
No hay elección

U
n rato después, asombrados por su inesperada liberación, los tres
compañeros estaban sentados sobre sus talones en el refugio que les
ofrecía una caverna y contemplaban con perplejidad a aquel que los
había rescatado: Doom.
El hombre de la cicatriz rechazó sus palabras de agradecimiento con un
impaciente gesto de la mano.
—Escuchadme atentamente —dijo—. No disponemos de mucho tiempo.
Mando un grupo que ha jurado resistirse al Señor de la Sombra. Ya hacía
algún tiempo que sospechábamos de los Juegos, porque estábamos seguros de
que no eran lo que parecían. Mi propósito al venir aquí era averiguar qué
estaba ocurriendo, desde dentro. Vuestra presencia interfería en mis planes.
Traté de asustaros para que huyerais…
—¡Fuiste tú el que nos encerró en nuestra habitación! —intervino Lief—.
El que nos atacó.
—Sí… y mi esfuerzo fue recompensado con un corte. —Doom torció el
gesto y se llevó la mano a la tela que le cubría el cuello—. Estaba tratando de
evitar que compitierais, intentaba protegeros.
—¿Por qué? —preguntó Barda bruscamente.
—Cuando os vi por primera vez en el comercio de Tom, algo que había en
vosotros despertó mi interés. Yo tenía que atender mis propios asuntos y no
podía quedarme allí. Pero desde entonces, allá donde he estado siempre he
oído hablar en susurros acerca de tres viajeros: un hombre, un muchacho y
una joven indómita, acompañados por un pájaro negro. Se decía que allá
donde iban esos tres viajeros, una parte del mal obrado por el Señor de la
Sombra quedaba borrado.
Lief le apretó el brazo a Barda. Si se estaba empezando a hablar de ellos,
¿cuánto tiempo transcurriría antes de que el Señor de la Sombra llegara a

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saber de su existencia?
Pero Jasmine, que seguía sin poder decidir si debía confiar en Doom,
estaba pensando otra cosa.
—Permitiste que nos capturasen —lo acusó—. Desapareciste después de
las finales, pero en realidad no te fuiste. Te escondiste en la posada, te
dedicaste a observar y no moviste un dedo para ayudarnos.
Doom se encogió de hombros.
—No tenía elección. Tenía que averiguar cómo funcionaba todo. Mi
intención original era que proclamaran campeón a ese animal de Glock, y que
luego sufriera el destino que le tenían reservado, fuera cual fuera. Pero Glock
cogió la jarra de sidra drogada que estaba destinada a ti, y en vez de perder
ante él, tal como yo había planeado, tuve que encontrar una manera de fingir
que perdía ante ti.
Jasmine se incorporó.
—Interpretaste muy bien tu papel —dijo en tono helado—. De hecho,
hubiese jurado que habías perdido. ¿O me equivoco al pensar que te diste con
la cabeza en el muro, y que luego caíste al suelo casi inconsciente?
El sombrío rostro de Doom se relajó en una media sonrisa.
—Eso nunca lo sabrás, ¿verdad? —dijo secamente.
—Si hubiera sido Glock el que hubiese sido capturado, ¿lo habrías
rescatado? —preguntó Lief, lleno de curiosidad.
La sonrisa desapareció.
—Haces demasiadas preguntas —gruñó Doom—. Lo que sí es cierto es
que ahora desgraciadamente tengo que salvarlo, porque mañana tanto él como
esa mujer llamada Neridah seguirán vuestros pasos, y no puedo liberar a la
una sin el otro.
Contempló la lluvia con expresión pensativa durante unos instantes, y
después se volvió nuevamente hacia ellos.
—Un grupo está esperando no muy lejos de aquí —siguió diciendo—.
Entre ellos se encuentra Dain, el muchacho que me ayudó en los Juegos. Él os
llevará hasta las montañas, donde tenemos una fortaleza. Allí estaréis a salvo.
Barda, Lief y Jasmine se miraron.
—Te estamos agradecidos —dijo Barda finalmente—. Y espero que no te
tomarás a mal esto, pero me temo que no podemos aceptar tu oferta. Debemos
continuar con nuestro viaje. Hay… algo de gran importancia que tenemos que
hacer.
Doom frunció el ceño.

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—Sea lo que sea, debéis abandonarlo por ahora —dijo—. No podía correr
el riesgo de tratar de matar a los guardias. Robar vuestras armas y provisiones
del carro mientras ellos dormían debajo de él ya era bastante peligroso.
—Creo que tienen nuestro oro —suspiró Lief.
—Sí, los vi cogerlo —dijo Doom—. Pero a su señor no le importará nada
el oro. Es a vosotros a los que quiere. Cuando los guardias despierten y se
encuentren con que ya no estáis allí, os seguirán adondequiera que vayáis. No
descansarán hasta encontraros.
—Pues entonces será mejor que no los llevemos hasta vuestra fortaleza —
dijo Barda sin inmutarse. Se puso la espada y la mochila y empezó a
arrastrarse fuera de la cueva. Doom le puso la mano en el hombro para
detenerlo.
—Somos muchos, y en nuestra base sabemos cómo tratar a los guardias
—dijo—. Más vale que os unáis a nosotros. ¿Qué podría ser más importante
que nuestra causa? ¿Qué es esa misteriosa misión que no puede esperar?
Barda, que se había puesto muy serio, apartó de su hombro la mano que lo
retenía y continuó saliendo a rastras de la caverna. Jasmine y Lief lo
siguieron. Fuera, la lluvia seguía cayendo, el cielo estaba negro y no había
ninguna estrella.
Doom apareció junto a ellos, silencioso como una sombra.
—Entonces seguid vuestro camino —dijo, hablando en un tono muy frío
—. Pero no le digáis nada a nadie de lo que os he contado esta noche, o
desearéis haber ido a las Tierras de las Sombras.
Sin decir una sola palabra más, desapareció entre los arbustos que
goteaban agua y se esfumó.
—¡Cómo se atreve a amenazarnos! —se indignó Jasmine.
—Está furioso. —Lief se sentía muy desanimado. Le dolía la cabeza,
tenía frío y lamentaba haberse separado de Doom de esa forma—. Creo que
es un hombre que rara vez confía en nadie, y sin embargo había confiado en
nosotros. Ahora teme haber cometido un error al hacerlo, porque nosotros no
le hemos devuelto esa confianza confiando en él.
Barda asintió lentamente.
—Ojalá las cosas pudieran haber ido de otra manera —dijo—. Doom
habría sido un aliado muy valioso. Pero no podíamos correr ese riesgo. Doom
no se conformaría con dejarnos guardar nuestro secreto. Y hay espías por
todas partes, tantos que puede que ni siquiera su grupo esté a salvo. Más
adelante, si triunfamos en nuestra búsqueda…
Kree graznó impacientemente.

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—Si no nos ponemos en marcha no viviremos para triunfar en nada —dijo
Jasmine—. Ya casi ha amanecido.
—Pero ¿qué dirección debemos seguir? —Lief miró en torno a él
sintiéndose lleno de frustración—. No tenemos ni idea de dónde estamos, y ni
siquiera disponemos de las estrellas para que nos guíen.
—Te estás olvidando de Kree —dijo Jasmine con una sonrisa—. Él nos
siguió, y sabe exactamente dónde estamos.
Echaron a andar; Kree revoloteaba delante de ellos. No tardaron en
encontrar un diminuto arroyo que la lluvia había agrandado. Se metieron en él
y chapotearon a lo largo de su cauce todo lo que pudieron, esperando que el
agua escondería su olor.
Estaban doloridos y exhaustos y deseaban poder descansar. Pero pensar
que los guardias grises los seguían como unos malvados sabuesos los
mantuvo en movimiento.
El amanecer trajo consigo el sol, que asomaba tenuemente a través de las
nubes. Poco después llegaron a un angosto sendero surcado por fangosas
huellas de carro. Al otro lado del sendero había una valla de madera, y más
allá se divisaba una extensión de terreno rocoso que terminaba en una hilera
de colinas grises. Kree voló hasta uno de los postes de la valla y agitó
impacientemente sus alas mientras saltaba hacia la izquierda.
—Si andamos por encima de la valla, al menos no dejaremos ninguna
huella —murmuró Jasmine—. ¡Venga, deprisa!
Preparándose para el esfuerzo, los tres compañeros saltaron al otro lado
del camino, treparon por la valla y empezaron a seguirla; Jasmine hacía
equilibrios encima de ella, y Barda y Lief avanzaban dificultosamente con los
pies encima del tablón central.
No tardaron en llegar a una encrucijada. La valla continuaba doblando el
recodo y luego se alejaba hasta perderse de vista en las colinas grises. Justo al
lado del recodo se alzaba una enorme piedra erosionada por la intemperie. Era
tan alta como Lief. Había palabras talladas en ella, pero llevaban tanto tiempo
allí que muchas de las letras habían desaparecido.

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—Las Arenas Movedizas. ¡Peligro! —dijo Barda, contemplando la piedra
con los ojos entornados—. Eso puedo distinguirlo, pero no sabría deciros qué
dicen las letras más pequeñas. El viento y la lluvia han borrado demasiadas.
—Creo que la primera palabra es «Muerte» —dijo Lief en voz baja.
Estirándose desde la valla, puso la mano encima de la piedra y fue
resiguiendo las letras con las puntas de los dedos. Con voz vacilante y
utilizando tanto el tacto como la vista, empezó a leer.
—«La muerte enjambra dentro de su rocosa pared. Donde todos son uno,
una voluntad lo rige todo…»
—¡Sigue, Lief! —lo apremió Jasmine al ver que se quedaba callado.
Lief sacudió la cabeza y frunció el ceño.
—Las dos líneas siguientes están más desgastadas que las demás. Parecen
decir algo así como: «Abajo los muertos, los vivos luchan con voluntad sin
mente por sobrevivir… ¿a la colmena?». Pero en realidad eso no tiene ningún
sentido, ¿verdad?
—Tiene el suficiente sentido para decirnos que las Arenas no van a ser
nada agradables —dijo Barda secamente—. Pero me parece que eso ya lo
sabíamos.
La mente de Jasmine estaba muy ocupada con las cuestiones prácticas.
—Dado que el poema habla de «su rocosa pared», me imagino que las
Arenas se encuentran detrás de esas colinas. Pero tendremos que cruzar la
llanura para llegar hasta ellas. Las rocas quizá oculten nuestras huellas, pero
no habrá ninguna manera de disfrazar nuestro olor.
—Eso es algo que no se puede evitar —dijo Lief. Pasando por encima de
la valla, saltó al suelo con un suspiro de alivio y flexionó sus dedos
entumecidos—. Y además, hemos tenido mucho cuidado. A estas alturas los
guardias ya tienen que haber perdido nuestro rastro.

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—Yo no contaría con eso —murmuró Barda. Pero él también bajó al
suelo y pasados unos instantes Jasmine saltó de la valla para reunirse con
ellos. Los tres compañeros siguieron adelante, casi corriendo sobre el suelo
desnudo y mirando atrás con frecuencia. A pesar de sus palabras llenas de
esperanza, Lief miraba atrás tan a menudo como sus compañeros. La idea de
los guardias grises siguiéndolos en silencio, la idea de un proyectil mortal
volando hacia él sin que él lo viera para estallar encima de su espalda, hacía
que se le pusiera la piel de gallina.
A medida que el sol iba subiendo por detrás de su velo de nubes fue
haciendo más calor, y el vapor empezó a elevarse del suelo mojado. Las
colinas grises que se alzaban ante ellos también quedaron rápidamente
envueltas en la niebla. Por eso no fue hasta que llegaron a ellas cuando los
tres compañeros se dieron cuenta de que no eran unas colinas corrientes, sino
millares de enormes peñascos amontonados unos encima de otros para formar
un gran muro natural: la «rocosa pared» del poema.
Empezaron a subir por él y no tardaron en perder de vista el suelo por
debajo de ellos. La blancura los rodeaba por todas partes. El aire fue
espesándose y todos los sonidos quedaban apagados. Cautelosamente y dando
un solo paso cada vez, los tres compañeros llegaron a lo alto del montón de
rocas y luego, todavía más cautelosamente, empezaron a bajar por el otro
lado.
Cuando ya se encontraban muy cerca del suelo, un sonido llegó a sus
oídos: era una especie de tenue zumbido, tan débil que al principio Lief pensó
que se lo estaba imaginando. Y un instante después, sin ninguna advertencia
previa, se encontró debajo de la nube.
Lief se volvió lentamente, apartándose de las rocas para contemplar lo que
había más allá de ellas. Y entonces la frente se le cubrió de sudor y sintió que
se le cortaba la respiración.
Habían llegado a las Arenas Movedizas.

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— 13 —
Las Arenas Movedizas

A
rena, solo una gruesa capa de arena reseca. Grandes dunas rojizas se
alejaban hasta donde llegaba la vista bajo un techo de amenazadoras
nubes amarillentas que flotaban muy cerca del suelo. No había ni
rastro de ningún ser vivo, pero un extraño zumbido ahogado resonaba por
todas partes, llenando el lugar como si el mismo aire tuviera vida.
Lief se dejó resbalar a lo largo de las últimas rocas y sus pies se hundieron
en la granulosa suavidad que había debajo de ellas. Una extraña sensación de
temor se había adueñado de él, un sentimiento que era tan fuerte y real como
cualquier sabor u olor.
He estado aquí antes…
Aquel era el lugar que había contemplado en la visión del futuro que le
dio el ópalo allá en la Llanura de las Ratas. El terror que había estado
acosándolo en sus sueños estaba a punto de hacerse realidad. ¿Cuándo?
¿Dentro de una hora? ¿Un día? ¿Una semana?
A través de su miedo, Lief oyó hablar a Jasmine.
—Es imposible —estaba diciendo la joven, mientras bajaba de un salto
junto a él—. ¡Si la gema está escondida aquí, nunca la encontraremos!
—El Cinturón se calentará cuando la gema esté cerca —le recordó Barda.
Él también estaba claramente impresionado por la magnitud de la tarea que
tenían por delante, pero se negaba a admitirlo—. Dividiremos la arena
marcándola por secciones, y luego las iremos registrando una a una.
—¡Eso podría llevar meses! —exclamó Jasmine—. Meses… ¡o incluso
años!
—No. —Lief había hablado en voz baja, pero tanto Jasmine como Barda
se volvieron hacia él. Lief siguió hablando, tratando de evitar que le temblara
la voz—. Esta gema es como las demás. Tiene un terrible guardián —dijo,

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contemplando las dunas inmóviles y secretas—. Y el Guardián ya es
consciente de nuestra presencia. Lo percibo.
¿O es el Cinturón el que lo percibe?, pensó mientras avanzaba hacia la
arena y se adentraba en ella como alguien que anda en un sueño. ¿Es el
Cinturón el que percibe el peligro?
Pero Lief no se atrevía a poner las manos encima del Cinturón de Deltora.
Sabía que si tocaba el ópalo, si volvía a ver el futuro… daría media vuelta y
saldría corriendo.
Cerró los ojos para no tener que seguir viendo aquella tierra desnuda y el
cielo que relucía. Pero siguió viendo arena roja debajo de sus párpados. Y la
voluntad hambrienta y celosa que lo estaba atrayendo hacia ella, de la misma
manera en que atraía todo cuanto había en aquel lugar arrastrándolo hacia sí
misma, era más fuerte que nunca.
Lief empezó a subir por la primera duna. Sus pies se hundían
profundamente en la arena llena de ondulaciones, cada paso requería un
enorme esfuerzo y le obligaba a luchar para seguir avanzando.
—¡Lief! —oyó gritar a Jasmine.
La voz de la joven atravesó su sueño, y Lief abrió los ojos. Pero no se
detuvo.
—Lo único que tenemos que hacer es seguir adelante —dijo sin mirar
atrás—. El Guardián está muy cerca. No tendremos que buscarlo. Él nos
encontrará a nosotros.

*
No tardaron en encontrarse rodeados por dunas muy altas sin que pudieran
ver ya las rocas. Pero el rastro que habían dejado era claramente visible detrás
de ellos, por lo que no temían llegar a perderse.
Los tres compañeros ya habían descubierto que las dunas no estaban tan
vacías de vida como supusieron en un principio. Moscas rojizas remontaban
el vuelo desde la arena cuando pasaban junto a ellas y se posaban sobre sus
caras, manos, brazos y cuellos, mordiendo y picando. Lagartos de color
escarlata con largas lenguas azules salían retorciéndose de agujeros invisibles
y luego se alimentaban de las moscas.
—Pero ¿qué se come a los lagartos? —preguntó Jasmine, y empuñó su
daga.
Poco después de eso pasaron junto a un extraño objeto tirado encima de la
arena. Era redondo, de aspecto coriáceo, plano y arrugado, como una bolsa

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vacía o una gigantesca uva medio aplastada que se hubiera partido por un
lado.
—¿Será alguna clase de vaina de semilla? —se preguntó Barda mientras
la contemplaba.
—No se parece a ninguna vaina que yo haya visto jamás —murmuró
Jasmine. Filli parloteaba nerviosamente en su oído y Kree, que viajaba
encima de su hombro, chasqueó el pico con idéntico nerviosismo.
Lief sentía un extraño hormigueo en el cuero cabelludo. No podía quitarse
de encima la sensación de que los estaban observando, pero no había nada
que se moviera aparte de las moscas y los lagartos. No se oía otro sonido que
aquella especie de zumbido ahogado, que Lief había decidido tenía que ser el
viento gimiendo alrededor de las dunas, aunque no podía sentir ninguna brisa
y las arenas permanecían inmóviles.
Habían llegado a la base de otra duna, y acababan de empezar a subir por
la siguiente, cuando Jasmine, que ahora abría la marcha, se puso rígida y
levantó la mano.
Barda y Lief se detuvieron. Al principio no pudieron oír nada. Y luego,
flotando en el aire inmóvil, llegó hasta ellos una voz que fue haciéndose más
intensa.
—¡Carn 2! Olvídate de las moscas. ¡No te detengas!
Lief miró hacia atrás aterrado. El rastro que habían dejado era claramente
visible en la arena. Sus pisadas eran como flechas que señalaban su posición.
No había ningún sitio donde esconderse. No tenían escapatoria.
El zumbido pareció volverse un poco más intenso, como si, pensó Lief, el
viento se hubiera excitado por el temor de los tres compañeros. Y en ese
preciso instante se acordó de un truco al que solía recurrir en Del. Aquel truco
había engañado a los guardias grises anteriormente, y, quizá, podría volver a
engañarlos.
Indicando con un gesto a Barda y Jasmine que debían hacer lo mismo que
él, Lief empezó a andar cautelosamente hacia atrás, asegurándose de que
ponía los pies en sus propias huellas. Cuando llegó a la base de la duna, saltó
a un lado para quedarse inmóvil dentro de la tenue sombra que proyectaba la
duna.
Sus compañeros imitaron cada uno de sus movimientos. Cuando todos
estuvieron acurrucados juntos, Lief los cubrió a los tres con su capa, la cual se
confundió rápidamente con la arena.
Esperaron, inmóviles como piedras.

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Los guardias aparecieron, andando penosamente en sus pesadas botas.
Bajaron corriendo por la ladera de la duna, y empezaron a seguir las huellas
hacia lo alto de la duna siguiente.
Entonces se detuvieron, perplejos. Porque, hacia la mitad de la duna, las
huellas parecían cesar de pronto.
—¡Se los han llevado! —gruñó Carn 2—. Tal como te dije que ocurriría,
Carn 8. Te dije que no había ninguna necesidad de seguirlos dentro de las
Arenas Movedizas. Nos estamos exponiendo a un terrible peligro por…
—¡Guarda silencio! —ordenó secamente su compañero—. ¿Es que no lo
entiendes, idiota? Hemos deshonrado a la vaina de Cam. Dejamos escapar a
una campeona y a dos finalistas. A menos que volvamos a hacernos con ellos,
nuestras vidas no valdrán nada… menos que nada, de hecho. Pero puede que
no se los hayan llevado. Podrían haberse enterrado a sí mismos en la arena.
¡Cava! ¡Cava!
El guardia empezó a excavar en la arena con ambas manos. Gruñendo,
Carn 2 se puso en cuclillas junto a él para ayudarlo.
Y entonces, súbitamente, la duna pareció entrar en erupción debajo de
ellos y, con una impresionante velocidad, una enorme y horrenda criatura
surgió de la arena que se deslizaba y los cogió, levantándolos por los aires.
Los guardias chillaron de terror. Paralizados por el estupor y casi sin
poder dar crédito a sus ojos, Lief, Barda y Jasmine permanecieron
rígidamente inmóviles debajo de la capa que los ocultaba. El monstruo había
estado perfectamente escondido en la duna. Esperando. Un paso más y
hubieran sido ellos, en vez de sus enemigos, los que habrían sido su presa.
Lief miró con fascinado horror. La criatura tenía ocho patas y una
diminuta cabeza que parecía consistir toda ella en ojos formados por múltiples
espejos. Docenas de bolsas coriáceas, como la que habían visto tirada en el
suelo, colgaban de su cuerpo. La arena todavía manaba de sus articulaciones y
hendiduras. La criatura contempló con curiosidad a sus cautivos mientras
estos se debatían colgando de sus aterradoras garras. Luego abrió la boca, se
inclinó hacia delante… y entonces los gritos y los forcejeos cesaron de una
manera abrupta.
Todo había ocurrido en cuestión de segundos. Horrorizados por lo que
habían visto, Lief, Barda y Jasmine permanecieron acurrucados debajo de la
capa, sin osar moverse.
Utilizando sus pinzas, el monstruo fue apartando delicadamente las ropas
de los cuerpos muertos de sus presas, como un pájaro que sacara caracoles de
su concha. Los compañeros vieron cómo ropas, botas, bolsas de dinero, el

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medallón de Jasmine, recipientes de metal llenos de ampollas explosivas,
hondas, garrotes y cantimploras de agua iban cayendo ruidosamente sobre la
arena. Después la criatura se sentó sobre sus cuartos traseros erizados de
espinas y empezó a comer, tomándose su tiempo. Los lagartos y las moscas
fueron saliendo de la arena a millares para darse un banquete con los restos
que iban cayendo de la boca de la criatura.
Lief se tapó la cara con los brazos. No les tenía ningún cariño a los
guardias grises, pero no podía ver aquello.

*
La nube amarilla que flotaba sobre la arena ocultaba el sol de tal forma que
Lief perdió toda noción del tiempo. Durante lo que parecieron horas, él, Barda
y Jasmine yacieron inmóviles mientras la criatura comía hasta saciarse y las
bolsas que colgaban de su cuerpo iban hinchándose lentamente hasta que
parecieron gigantescas uvas colgando de un racimo.
—¡Son estómagos! —jadeó Barda con repugnancia. Lief se estremeció. Y
hasta Jasmine, que había llegado a familiarizarse con muchas criaturas
extrañas en los Bosques del Silencio, frunció la nariz en una mueca de asco.
Finalmente, las moscas y los lagartos se dispersaron y la bestia se
incorporó. Uno de los hinchados estómagos, mayor que todos los demás, se
desprendió de su cuerpo y rodó por la arena hasta quedar inmóvil, únicamente
dejó tras de sí un muñón medio desgarrado. Sin que ello pareciese
preocuparla en lo más mínimo, la criatura se arrastró hacia delante y se
acomodó encima del estómago.
—¿Qué está haciendo? —jadeó Lief, incapaz de guardar silencio.
—Creo que está perforando el estómago y poniendo un huevo dentro —
respondió Jasmine en un susurro—. De esa manera, lo que salga del huevo
dispondrá de comida mientras vaya creciendo.
Barda volvió la cabeza.
Pero la bestia de la arena ya había terminado de poner su huevo y volvía a
moverse. Fue lentamente por la duna deshecha en la que había estado
escondida y subió a la siguiente; no tardó en desaparecer detrás de su cima.
Los tres compañeros esperaron un momento para estar seguros de que no
regresaría, y luego se pusieron en pie con movimientos rígidos y torpes.
Sin vacilar, pero todavía empuñando su daga, Jasmine corrió al lugar en el
que las moscas y los lagartos todavía estaban reptando sobre los huesos de los
guardias y los restos ensangrentados de sus ropas. Ahuyentando a los
carroñeros, la joven empezó a registrar rápidamente los harapos, dejando a un

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lado en un pequeño montón cosas que serían de utilidad: las hondas y las
ampollas de los guardias, sus garrotes y sus cantimploras, las bolsas de
dinero. Pasados unos instantes levantó los ojos, visiblemente sorprendida.
—Las bolsas de dinero reventaron al caer —anunció en voz baja—. La
mayoría de las monedas se desparramaron por la arena. Pero ahora ya no
están aquí. ¡Han desaparecido! Y mi medallón también.
—¡Eso es imposible! —dijo Barda.
El hombretón fue hacia ella y empezó a buscar. Lief lo siguió andando
más lentamente. Le llamó la atención un lugar en el que la arena estaba
totalmente plana más allá de donde se habían acuclillado sus amigos. Lo que
vio allí hizo que sintiera un escalofrío de horror.
—La criatura nos ha impedido ver nada durante horas mientras se
alimentaba —insistía Jasmine—. Algo o alguien vino arrastrándose hasta aquí
sin que pudiéramos verlo y se llevó…
—¡No puede ser! —dijo Barda, que estaba empezando a impacientarse
mientras buscaba infructuosamente en la arena.
—¡Mirad!
La voz de Lief sonó ahogada incluso para sí mismo. Carraspeó para
aclararse la garganta, y señaló con un dedo.
Aquella extensión de arena alisada estaba cubierta por centenares de
extrañas marcas circulares, unas marcas que no estaban allí antes.

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— 14 —
Terror

J
asmine las contempló.
—Nunca había visto unas huellas semejantes —dijo finalmente—.
¿Qué criatura puede haberlas hecho?
—Eso no podemos saberlo —dijo Lief con voz apagada—. Pero sea lo
que sea es algo que no teme a la bestia de la arena, y algo a lo que le gusta el
oro. Quizá también le gustan las gemas. Quizá es el Guardián.
—¡Pero la bestia de la arena tiene que ser el Guardián! —exclamó Barda.
Jasmine sacudió la cabeza.
—Creo que solo es una de las criaturas de la arena —dijo, pareciendo
estar muy segura de lo que decía—. Acabamos de verla poner un huevo. Es
más, mientras veníamos hacia aquí pasamos junto a un estómago vacío. La
cosa de ese huevo ya había salido de él para seguir adelante por su cuenta.
Aquí podría haber centenares de bestias de la arena. Podría haber miles.
Barda maldijo en voz baja.
El zumbido lejano tamborileaba en los oídos de Lief. Miró los círculos de
la arena. Parecían burlarse de él. Trató de apartar la mirada, pero sus ojos
seguían sintiéndose atraídos hacia ellos. Se obligó a alzar la mirada hacia el
cielo, pero no encontró ningún alivio en él. El inmutable techo de nube
parecía aplastar a Lief entre aquellas dunas sin rostro. Y el tiempo seguía
tirando de él como las moscas que habían regresado en oleadas, picando,
mordiendo…
De pronto no pudo soportarlo por más tiempo. Con un grito ahogado, Lief
saltó sobre las marcas y empezó a patearlas, destruyéndolas mientras hundía
profundamente los talones en la suave arena para esparcirla en todas
direcciones.
—¡Lief! ¡Basta! —oyó que gritaba Barda. Pero Lief ya no podía escuchar
nada. Gritó y cayó al suelo, arañándolo y dándole puñetazos. Barda y Jasmine

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corrieron hacia él y trataron de levantarlo, pero Lief se resistió
desesperadamente.
Entonces hubo un suave ruido de algo que se agita y un retumbar
ahogado. Luego la tierra empezó a moverse. Lief oyó gritar a Barda y
Jasmine. Y tuvo el tiempo justo de cogerles las manos mientras inmensas
columnas de arena empezaban a elevarse hacia el cielo alrededor de ellos.
Bruscamente suspendidos en vilo, los tres se desplomaron juntos y
rodaron impotente, ciegamente, mientras la arena rugía y se estremecía debajo
de ellos. Lief pudo oír cómo Jasmine gritaba llamando a Kree, y el graznido
con que le respondió el pájaro. También podía oír su propia voz, gimiendo de
miedo.
Aquí hay algo…
Lief lo sabía. No podía ver nada, porque tenía los ojos cerrados para
protegerse del escozor de la arena, pero podía sentir una terrible presencia
llena de rabia.
Y Lief sabía lo que era. Era la cosa que había estado tirando de él, aquella
cosa que anhelaba lo que percibía que Lief podía llegar a darle.
Quiere el Cinturón… No descansará hasta que tenga…
Entonces sintió que súbitamente el poder se retiraba. Y de manera
inmediata, tan deprisa como había empezado, la tormenta cesó y el suelo
volvió a quedar inmóvil.
Lief yacía en el suelo, mareado y jadeante, mientras las últimas partículas
de arena que habían salido despedidas por los aires caían como lluvia a su
alrededor.
Kree se posó encima del brazo de Jasmine con un rápido batir de alas. No
había sufrido ningún daño, aunque estaba todo él cubierto de polvo rojizo. El
cuervo empezó a alisarse las plumas, tratando de limpiarse. Filli parloteaba
excitadamente dentro de la chaqueta de Jasmine mientras ella le hablaba en
susurros, tranquilizándolo.
Lief se limpió la cara con manos temblorosas.
—Un terremoto —balbuceó Barda—. Bien, así que esta es la razón por la
que a este sitio lo llaman las Arenas Movedizas. Hubiésemos debido reparar
en que…
—Eso no ha sido un terremoto corriente —dijo Jasmine—. El que Lief
estuviera borrando esas marcas a patadas cuando empezó no puede haber sido
una mera casualidad. ¿Por qué hiciste eso, Lief? ¿Qué te ocurre? ¿Te
encuentras mal?

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Lief no podía responderle. Miraba a su alrededor con el rostro
inexpresivo.
Todo había cambiado. Las dimas se habían deshecho para volver a
formarse en distintos lugares, y grandes valles se habían abierto allí donde
antes había habido colinas. Todas las huellas y señales que manchaban las
arenas anteriormente habían desaparecido. La duna desmoronada, el lugar en
el que habían muerto los guardias… ambos habían desaparecido.
Él, Barda y Jasmine bien podrían haber acabado de caer del cielo sobre un
lugar de las Arenas que nunca habían visto antes. Sólo el zumbido ahogado
seguía siendo el mismo.
—¡Lief no quiere hablarme! —oyó que le decía Jasmine a Barda con una
voz llena de miedo que parecía llegar desde muy lejos.
El sol seguía oculto tras la nube que flotaba sobre el suelo. Lief no podía
saber por dónde se iba hacia el este y por dónde se iba hacia el oeste, y
además había rodado tantas veces que no tenía ni idea de cuál era la dirección
por la que había venido.
Así que este es el comienzo, pensó.
Los ojos vidriosos de Lief se posaron en una marca que había sobre la
arena, muy cerca de donde él estaba. Un nudo pareció oprimirle la garganta
mientras la miraba, y de pronto comprendió su significado.

Lief sintió cómo Barda lo cogía por el hombro y lo zarandeaba. Se lamió


los labios y se obligó a hablar.
—No os preocupéis. Estoy bien —dijo con voz ronca.
—Pues no parece que te encuentres nada bien —gruñó Barda—. ¡Te
comportas como si hubieras perdido el juicio!
—Es Jasmine la que ha perdido algo —murmuró Lief—. Ha perdido su
daga… la daga que tiene el cristal tallado en la empuñadura.

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—¿La has encontrado? —exclamó Jasmine—. No sabes cómo me alegro.
Se me cayó justo antes de que terminara la tormenta de arena. Había sido de
mi padre. ¡Pensaba que la había perdido para siempre!
—Me temo que así es —dijo Lief, señalando el dibujo en la arena.
Jasmine y Barda lo contemplaron, enmudecidos por el asombro.
—La cosa cuya ira causó la tormenta aceptó la daga como un tributo y nos
dejó en paz mientras se la llevaba —murmuró Lief.
—¡Los círculos en la arena! ¡No eran huellas, sino representaciones de las
monedas de oro y de la medalla! —Barda apretó los dientes hasta hacerlos
rechinar—. ¿Qué clase de criatura es esta? ¿Por qué deja señales para indicar
lo que se ha llevado?
Lief se encogió de hombros.
—¿Por qué los escultores tallan figuras de piedra, o los dueños de las
tiendas ponen listas con sus artículos encima de las limas de sus escaparates,
o los tontos escriben su nombre sobre de los árboles y las paredes? Para
mostrar qué es lo que más aman. Para mostrar qué poseen. Para dejar un
mensaje a todos aquellos que pasen por allí.
Jasmine no parecía nada convencida.
—Estás diciendo unas cosas muy raras, Lief —murmuró—. Esto no me
gusta nada. Hablas como si conocieras a esa cosa.
Lief sacudió la cabeza.
—Esa cosa está más allá del conocimiento —dijo.
El poema medio borrado que habían visto esculpido sobre la piedra de la
encrucijada acudía una y otra vez a la mente de Lief.

La muerte enjambra dentro de su rocosa pared


donde todos son uno, una voluntad lo rige todo.
¡Abajo los muertos! Los vivos luchan
con voluntad sin mente para… ¿sobrevivir a la colmena?

Lief sabía que no había entendido del todo bien las dos últimas líneas.
Pero había tres palabras acerca de las que estaba totalmente seguro.
Voluntad sin mente…
Una cosa regida por una voluntad que carecía de mente reinaba sobre las
Arenas Movedizas, y se quedaba con cuanto hubiese de valor en aquel
temible lugar. Las aterradoras criaturas que compartían sus dominios podían
quedarse con la carne de sus víctimas, porque el Guardián solo quería el
tesoro que llevaban consigo esas víctimas.

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Por primera vez desde que habían entrado en las Arenas, Lief tocó el
Cinturón que llevaba debajo de la camisa para asegurarse de que el cierre no
se había abierto. Mientras lo hacía, sus dedos rozaron el topacio y de pronto
se le aclaró la mente.
Fue como si hubiera arrancado un velo lleno de polvo de una ventana,
permitiendo que entraran la luz y el aire. Pero de alguna manera inexplicable,
Lief sabía que aquel destello no duraría mucho tiempo. Había otro poder
obrando allí, y era antiguo, y terrible.
Se volvió hacia Barda.
—Tenemos que seguir adelante —dijo apremiante—. La luz se está
yendo, y el sitio que buscamos queda lejos de aquí, porque el Cinturón
todavía no se ha calentado. Pero quiero que nos atemos los unos a los otros
para que no podamos separarnos. Yo he de estar en el centro, atado bien
fuerte.
Mirándolo sombríamente, Barda hizo lo que le pedía, utilizando para ello
la cuerda que le habían comprado a Madre Jovial. Era ligera, pero muy
resistente. Lief la probó y asintió.
—Diga lo que diga, no me desatéis —murmuró.
Sus compañeros asintieron sin hacer preguntas.
Bebieron un poco de agua. Luego emprendieron la marcha, con las armas
empuñadas y unidos por la cuerda, mientras la oscuridad iba cayendo
lentamente.

*
La noche no trajo consigo ni luna ni estrellas. La nube negra, muy negra,
flotaba por encima de ellos, y hacía mucho frío. Habían encendido una
antorcha, pero la luz que daba era muy tenue y se sobresaltaban ante cada
sombra. Barda y Jasmine ya llevaban mucho rato queriendo hacer un alto,
pero Lief los apremiaba continuamente a seguir adelante.
Finalmente, sin embargo, Barda y Jasmine se negaron a seguir
escuchándolo por más tiempo.
—No podemos seguir así, Lief —dijo Barda firmemente—. Tenemos que
descansar, y comer.
Lief se había quedado inmóvil y estaba sacudiendo la cabeza mientras se
bamboleaba sobre sus pies. Lo único que quería era tumbarse en el suelo, pero
de alguna manera sabía que si dormía correría un gran peligro.
Sin embargo Jasmine ya había desatado su extremo de la cuerda, había
caído de rodillas y empezaba a hurgar dentro de su mochila. Unos instantes

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después había abierto un pequeño agujero en la arena y dejaba caer los
garrotes de los guardias dentro de él.
—Nunca habrán tenido un uso mejor —dijo mientras ponía la antorcha
encima de la lisa y dura madera y, como última precaución, añadía algunas de
las partículas de fuego de Madre Jovial—. Pronto tendremos una magnífica
hoguera.
Agitó la mano impacientemente y Lief, incapaz de seguir resistiendo por
más tiempo, se dejó caer junto a ella. Barda también fue hacia el fuego.
Viendo que Lief se había quedado inmóvil junto a él, dejó escapar un gemido
de alivio, desató la cuerda de su muñeca y se desperezó.
El fuego fue subiendo con un intenso chisporroteo. Los gruesos palos
empezaron a brillar. El calor creció y se fue difundiendo.
Barda extendió las manos hacia él.
—¡Ah, qué bien! —suspiró con satisfacción.
Y eso fue lo último que oyó Lief. Porque un instante después hubo un
gran rugido, la arena se estremeció y el mundo pareció estallar a su alrededor.

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— 15 —
El Centro

L
ief estaba solo, entre dunas ondulantes que no tenían fin. Sabía que la
noche ya había terminado. La luz se filtraba a través de la espesa
nube amarilla. La arena estaba caliente debajo de sus pies.
Era de día. Su terrible visión había llegado a hacerse realidad, tal como
siempre había sabido que ocurriría.
Recordó cómo la arena se había alzado debajo de él en la oscuridad para
lanzarlo por los aires. Recordó el sonido de las voces de Barda y Jasmine
gritando su nombre. Recordó las ascuas encendidas del fuego esparciéndose a
través de la noche para ir apagándose poco a poco mientras volaban por los
aires.
Pero eso era todo. Ahora tan solo quedaban sus propias huellas
perdiéndose en la lejanía de la lisura del erial. Ahora tan solo quedaban los
extremos inútiles de la cuerda que seguía atada alrededor de su muñeca,
arrastrándose por la arena. Ahora tan solo quedaba el zumbido, más intenso,
llenando sus oídos y su mente.
Lief sujetaba algo en la mano. Bajó la mirada y ordenó a sus dedos que se
abrieran.
Era el pájaro de madera pintada que Jasmine se había guardado en el
bolsillo allá en Rithmere. Lief tenía que haberlo encontrado y recogido,
después de que…
Se guardó el pequeño objeto dentro del bolsillo de su camisa. Le dolían
las piernas. Su garganta estaba reseca como la misma arena. Le escocían los
ojos. Apenas podía ver. Sabía que debía de haber andado durante muchas
horas, pero no tenía ningún recuerdo de ello.
«El Centro…»
Estaba siendo atraído hacia el Centro. Eso sí que lo sabía. Ya casi no le
quedaban fuerzas. Eso también lo sabía. Pero no podía detenerse, porque si lo

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hacía dormiría. Y si dormía, llegaría la muerte. Eso era lo único que sabía.
Siguió adelante tambaleándose y dando traspiés, llegó a la base de otra
duna y dio un paso adelante para empezar a subir por ella. Entonces sus
piernas cedieron súbitamente debajo de él y cayó. La arena le sirvió de
almohada, tan suave como un lecho de plumas. Lief rodó hasta quedar
tendido sobre la espalda, pero luego ya no pudo seguir moviéndose.
«Duerme…»
Sus ojos se cerraron.

En Del, los amigos están riendo mientras chapotean en las alcantarillas


desbordadas y recogen monedas de oro. Él quiere ir con ellos. Pero su madre
y su padre lo están llamando… Y ahora ve que las alcantarillas están llenas
no de basura, sino de zumbantes abejas rojas. Las alcantarillas rebosan
Sidra de la Abeja Reina que mana de toneles rotos esparcidos por la calle,
con su contenido echándose a perder. Las abejas alzan el vuelo en una nube
enfurecida. Sus amigos están cubiertos de picaduras, y los guardias grises
miran y se ríen… Sus amigos están muriendo y lo llaman, pero él está
cansado, muy cansado. Sus ojos se van cerrando poco a poco mientras va
con paso tambaleante hacia la zumbante nube roja. Sus brazos y sus piernas
se han vuelto muy pesados. Detrás de él su madre dice: «¡Despacio,
muchacho, despacio!», y él se vuelve hacia ella. Pero su rostro se ha
convertido en el rostro de la Abeja Reina. Las abejas cubren su espalda y sus
brazos y se han posado en sus cabellos. Frunce el ceño y lo riñe con un
áspero chirrido, amenazándolo con el puño: «¡Humo, no fuego! Humo, no
fuego…».

Los ojos de Lief se abrieron de golpe. El chirrido seguía resonando a su


alrededor. Algo describía círculos por encima de él, una borrosa forma negra
recortada sobre un cielo amarillo.
«¡Ak-baba! ¡Corre! ¡Escóndete!»
Entonces Lief parpadeó, y vio que la forma que volaba en círculos era
Kree; Kree, que volaba cada vez más bajo, llamándolo. Trató de sentarse en el
suelo y descubrió que se había hundido tan profundamente en la arena que
tuvo que retorcerse desesperadamente para poder quedar libre. La arena ya
había cubierto toda la mitad inferior de su cuerpo, sus manos, sus brazos, su
cuello…
Logró levantarse, jadeante y tembloroso. ¿Cuánto tiempo había estado
durmiendo? ¿Qué habría ocurrido si Kree no lo hubiera despertado? ¿Habría
ido hundiéndose cada vez más abajo en la arena hasta que esta hubiera

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terminado cubriéndolo del todo? ¿Habría llegado a despertar ni siquiera
entonces?
El sueño seguía vivido en su mente. Y de pronto Lief comprendió lo que
significaba. Las palabras del verso volvieron a él como un torrente. No «abajo
los muertos» sino «bajo los muertos», murmuró. No «sobrevivir a», sino…
—¡Lief!
Barda y Jasmine habían aparecido en lo alto de la duna siguiente.
Gritando, empezaron a descender por ella hacia él. Lief sintió que los ojos se
le llenaban de lágrimas al verlos, y fue entonces cuando comprendió que los
había creído muertos. Empezó a ir hacia ellos con paso tambaleante.
Jasmine gritó con un estridente alarido. Estaba señalando detrás de él.
Lief se volvió, y vio lo que acababa de surgir de la arena a su espalda. Era
otra bestia de la arena, todavía más grande que la primera. La arena aún
estaba manando de las articulaciones de sus patas. Había estado acechándolo,
pero cuando la mirada de Lief se encontró con la de aquellos ojos de espejo,
la bestia se quedó inmóvil. Lief sabía que dentro de unos momentos saltaría
sobre él.
Retrocediendo ante la bestia de la arena sin dejar de sostenerle la mirada,
Lief buscó a tientas su espada y entonces, lleno de horror, cayó torpemente,
enredado en los extremos de la cuerda que lo había hecho tropezar. Un
instante después estaba debatiéndose sobre la arena, con su espada atrapada
debajo de él. Logró incorporarse sobre las rodillas con un desesperado
esfuerzo, oía gritar a Jasmine y Barda, sabía que era demasiado tarde y tema
la sensación de estar atrapado en una pesadilla. El monstruo empezó a ir hacia
él…
Y entonces se bamboleó, con un grito chirriante, cuando una ampolla
estalló sobre su cuerpo. Se tambaleó, volvió a ponerse en movimiento y luego
se desplomó sobre el costado cuando otra ampolla encontró su objetivo. Las
patas recubiertas de espinas se agitaron y la criatura empezó a girar
locamente, excavando grandes zanjas en la arena.
Con un tobillo todavía atrapado en la cuerda, Lief huyó a rastras,
sollozando y jadeando de alivio. Jasmine fue hacia él, lo puso en pie y lo
liberó de la cuerda. Barda esperaba detrás de ella, con una honda todavía en la
mano y otra ampolla lista para ser lanzada.
Lief empezó a balbucear palabras de gratitud, pero Barda lo hizo callar
con un ademán.
—Si te he salvado la vida, Lief, no ha sido la primera vez y me temo que
tampoco será la última —gruñó—. Parece que mi destino consiste en ser tu

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niñera.
Perplejo y profundamente dolido, Lief buscó refugio en un hosco silencio
y dio media vuelta.
Barda lo agarró por el hombro y lo hizo girar.
—¡No me des la espalda! —gritó—. ¿A qué estás jugando? ¿Por qué
huiste solo? ¿Por qué no intentaste encontrarnos después del terremoto?
Estaba temblando de ira. Y poco a poco Lief comprendió que aquella era
la ira nacida de la perplejidad, el miedo y la preocupación. Era la ira que
había visto algunas veces en los rostros de sus padres, cuando llegaba a casa
mucho después de que hubieran dado el toque de queda. Cuando corría
riesgos.
—Barda, yo no podía… —empezó a decir.
—Ahora no hay tiempo para esto —lo interrumpió secamente Jasmine, sin
apartar los ojos de la monstruosa criatura que se debatía sobre la duna—.
Discutid en otro momento. Debemos alejarnos de aquí, y deprisa. La bestia no
está muerta. Puede que todavía se recupere y vuelva a venir tras nosotros.
—No te preocupes —murmuró Lief—. No nos seguirá allí a donde
vamos.

*
Caminaron durante muchas horas, pero apenas hablaron. Era como si Lief
estuviera escuchando algo que ni Barda ni Jasmine podían oír, y luego ellos
también fueron quedándose cada vez más callados conforme iban acercándose
cada vez al Centro.
Lo vieron mucho antes de que llegaran a él: un pico solitario que surgía de
un círculo aplanado y estaba circundado por dunas redondeadas. Relucía
contra el cielo amarillo, ajeno y misterioso bajo la luz que iba
desvaneciéndose, un inmenso cono con la punta oscura.
—Un volcán —susurró Barda.
Lief sacudió la cabeza.
—Ya lo veréis —dijo.
Gimoteando suavemente, Filli buscó refugio debajo del cuello de la
chaqueta de Jasmine. La joven lo reconfortó con un suave susurro, pero sus
ojos verdes estaban oscurecidos por el miedo.
El zumbido se volvió más intenso conforme se aproximaban a su meta.
Cuando llegaron a su base y empezaron a subir lentamente por la ladera, el
aire ya vibraba con aquel sonido.

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Finalmente llegaron a la cima y contemplaron el núcleo hueco del pico.
Un torbellino de arena rojiza rugía muy por debajo de ellos, dispersándose en
la oscuridad como impulsado por un gran vendaval.
Pero no hacía viento. Y el sonido era como el zumbido de millones de
abejas.
El Cinturón ardía alrededor de la cintura de Lief.
—¿Qué es esto? —preguntó Barda.
El hombretón respiraba entrecortadamente mientras miraba hacia abajo,
aferrando la espada con sus robustas manos.
Lief repitió en voz baja el poema esculpido sobre la piedra. Y esta vez, las
últimas líneas estaban completas.

La muerte enjambra dentro de su rocosa pared.


Donde todos son uno, una voluntad lo rige todo.
Bajo los muertos, los vivos luchan
con voluntad sin mente por servir a la Colmena.

—La Colmena… —repitió Jasmine muy despacio.


—La Arena es el Guardián —dijo Lief.
Barda sacudió la cabeza.
—Pero… eso es imposible —jadeó—. ¡La arena no está viva! Hemos
andado sobre ella, hemos visto criaturas…
—Las criaturas que hemos visto se arrastran sobre una hueste mucho
mayor —dijo Lief, hablando en voz muy baja—. Las dunas que hemos estado
pisando no son más que una capa hecha por aquellos que llevan mucho
tiempo muertos. Los vivos trabajan debajo de ella. Sirviendo a la colmena.
Son ellos los que recogen los tesoros que caen. Son ellos los que hacen las
marcas en la superficie, y los que causan las tormentas.
—La gema…
—La gema, desde cualquier lugar de las Arenas, tendría que terminar
siendo atraída hacia el Centro —murmuró Lief—. Por eso estamos aquí.
Apartó la mirada del torbellino que se agitaba dentro del núcleo y se
volvió hacia Jasmine.
—Necesitamos humo —dijo—. Humo, no fuego.
Jasmine se arrodilló sin decir palabra y empezó a sacar cosas de su
mochila. Lief vio que le temblaban las manos.
Sus manos tampoco estaban muy firmes cuando le dio su espada a Barda
y cogió la cuerda que le ofrecía. Pero mientras anudaba la cuerda alrededor de

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su pecho, Lief medio sonreía y la voz apenas si le tembló un poco cuando por
fin habló.
—Me temo que tendrás que volver a ser mi niñera, Barda —dijo—.
Vuelvo a necesitar tu ayuda y tu fortaleza… y también tu cuerda. Pero esta
vez, te ruego que no me sueltes.

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— 16 —
El cono

L
ief se arrastró por encima del borde del pozo y entró en el espacio
vacío. Quedó suspendido allí, meciéndose suavemente atrás y
adelante mientras alzaba la mirada hacia los rostros llenos de
preocupación de Barda y Jasmine y hacia sus manos que sujetaban
fuertemente la cuerda.
—Despacio —dijo con los labios.
Lief los vio asentir, y luego vio moverse sus manos. Después, muy
lentamente, empezó a bajar por el núcleo del cono.
Llevaba la capa ceñida a su cuerpo y la capucha alrededor de su cabeza y
su cara, cubriéndolo todo excepto sus ojos. Debo de parecer una gran oruga
dentro de un capullo, pensó. Pero ninguna oruga cometería la temeridad de
llegar a invadir una colmena. Porque en el caso de que lo hiciera…
Estremeciéndose, Lief dirigió su pensamiento a otras cosas.
El humo de la antorcha humedecida, bien envuelta con trapos mojados,
ondulaba a su alrededor. Lief no estaba seguro de que eso fuera a servir de
algo, pero ciertamente ninguna otra arma sería de utilidad allí. Además, desde
su sueño, las palabras de la Abeja Reina habían vuelto a la mente de Lief una
y otra vez, y sin duda tenía que haber una razón para ello.
«A mis guardias no les gustan nada los movimientos repentinos, y se
enfurecen con mucha facilidad. ¡Imagínate, hasta yo misma he de emplear el
humo para calmarlas cuando cojo su miel de la colmena…!»
Lief podía recordar las palabras con una extraña claridad. Su mente se
había vuelto mucho más aguda desde que se hallaba en el zumbante torbellino
que formaba el centro de las Arenas. La Colmena quizá ya no lo estaba
llamando, porque ahora no tenía necesidad de hacerlo. Lief estaba justo allí
donde la Colmena siempre había querido tenerlo.

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Miró hacia arriba. Los rostros de sus amigos ya se habían vuelto
minúsculos, y Lief apenas podía distinguirlos contra el resplandor del cielo. Y
abajo, la masa hirviente que era la Colmena giraba rápidamente, elevándose
para ir a su encuentro.
Lief se preparó y cerró los ojos. Un instante después sintió, como un
áspero viento caliente, un torbellino que aguijoneaba todo su cuerpo mientras
lo aspiraba hacia su interior. Girando salvajemente a su alrededor, lo azotó y
lo ahogó con un sonido parecido al del trueno.
Era demasiado fuerte. ¡Demasiado fuerte!
Lief no podía ver. No podía respirar. Sacudido dentro de un furioso
torrente de sonido, no sabía dónde estaba arriba y dónde estaba abajo. Solo
sabía una cosa, que su persona no tenía absolutamente ninguna importancia
para la Colmena. Para la Colmena él no era un alimento, un tesoro codiciado,
ni siquiera un odiado enemigo al cual derrotar. Para la Colmena él solo era el
portador de lo que deseaba. La Colmena lo asfixiaría. Lo restregaría una y
otra vez hasta arrancar las ropas de su carne y la carne de sus huesos, y
entonces tendría aquello que quería. Lo que había querido tener desde el
principio.
El Cinturón de Deltora.
El pánico se apoderó de la garganta de Lief. Empezó a debatirse, a
gritar…
«Despacio, muchacho, despacio. ¡Y no hagas tanto ruido!»
La ronca voz de la anciana resonó dentro de su mente con tanta claridad
como si acabara de hablarle junto al oído. Fue como si le hubieran echado
agua fría en la cara.
Los gritos murieron en la garganta de Lief. Abrió los ojos. Se obligó a
permanecer inmóvil, a dejar de jadear en busca de aire y a respirar con calma.
Luego volvió a cerrar los ojos.
Después los abrió un poco. A través de las estrechas rendijas entre sus
párpados, Lief vio que el humo de la antorcha había empezado a mezclarse
con el rojo del torbellino.
El torbellino se estaba calmando. La Colmena empezaba a moverse más
despacio, e iba reduciéndose poco a poco. Se estaba retirando hacia la
oscuridad que había junto a los lados del cono. Y entonces lo que su furia
había estado ocultando hasta aquel momento apareció por fin: una pirámide
resplandeciente que se elevaba en el centro del cono.
Moviéndose muy despacio y con mucha cautela, Lief alzó la mano y tiró
una vez de la cuerda. Su lento descenso se detuvo con una ligera sacudida

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cuando, muy por encima de él, Jasmine y Barda recibieron la señal.
Durante un momento Lief se limitó a balancearse en el espacio,
contemplando, fascinado, a través del humo que flotaba a su alrededor,
aquella impresionante cosa que la Arena viviente había construido,
custodiado y cuidado durante un incontable número de años.
Era una imponente pirámide de celdillas hechas de oro, cristal, gemas y
huesos blanqueados por el paso del tiempo.
Lief se dijo que él ya había esperado aquello, o al menos algo parecido.
Pero la realidad se encontraba más allá de cuanto hubiera podido llegar a
imaginar.
Se había recogido y utilizado para el edificio cualquier cosa que no
sucumbiera a la podredumbre, o que lo hiciera tan lentamente que no tuviera
que ser sustituida hasta que hubieran transcurrido siglos. Cráneos y huesos de
todos los tamaños y formas estaban amontonados junto con botellas y
recipientes de vidrio, monedas, cristales y gemas, cadenas, anillos y
brazaletes de oro, y todavía más huesos. Las partes pequeñas o grandes se
habían encajado con tan minucioso cuidado que toda la torre destellaba como
una inmensa joya.
Era una visión impresionante. E increíblemente horrenda.
Era una pirámide de muerte. ¿A cuántos seres humanos se les había
arrebatado la vida por el bien de aquella pirámide? ¿Y qué era lo que
guardaban aquellas celdillas secretas? Las crías de la Colmena, sin duda.
Huevos al principio, y luego diminutas cosas que se agitaban y se retorcían,
amontonándose a millares para ser cuidadas, atendidas y alimentadas con un
repugnante brebaje hecho de moscas rojas medio podridas, lagartos muertos y
cualquier otra cosa que se escurriera por debajo de la arena. Hasta que crecían
para llegar a convertirse en… ¿qué? No en alguna clase de insecto que Lief
hubiera conocido jamás. Quizá posiblemente, ni siquiera en insectos, sino en
alguna otra forma de vida que Lief ni siquiera podía imaginar. Sería alguna
diminuta unidad que terminaría llegando a formar parte de la anciana criatura
que había continuado viviendo mientras todo iba cambiando en torno a ella: la
Colmena.
Estremeciéndose de asco, Lief ardía en deseos de arañar y patear la torre,
para verla caer y hacerse pedazos en la oscuridad que había bajo ella. En esa
oscuridad, sin duda, acechaba la gigantesca Reina de la Colmena. Lief casi
tenía la sensación de que podía ver su hinchada forma, agitándose suavemente
en las profundidades mientras ponía un sinfín de huevos.

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Pero sabía que si atacaba la pirámide, entonces la Colmena caería sobre
él. El humo no la mantendría a raya.
El Cinturón palpitaba y quemaba. La gema que Lief andaba buscando se
encontraba en algún lugar de aquella torre resplandeciente. ¿Sería el
diamante? ¿La amatista? ¿La esmeralda? Lief podía ver piedras cristalinas,
verdes y púrpuras entre aquellas que centelleaban sobre la pirámide. Pero
¿cuál era la valiosísima gema Única?
Lief hizo a un lado su capa y su camisa para mirar el Cinturón, atisbando
entre las cintas de humo. Apenas podía ver el topacio y el rubí. Pero el ópalo
brillaba, danzando con destellos centelleantes de tal manera que parecía estar
vivo.
¿Qué significaba aquello? Lief intentó ver dentro de su mente las palabras
de El Cinturón de Deltora que hablaban acerca de los poderes del ópalo.

El ópalo, símbolo de la esperanza, brilla con todos los colores del arco
Iris. Tiene el poder de proporcionar atisbos del futuro, y de ayudar a
aquellos que tienen la vista débil. El ópalo…

¿Qué venía después? Lief cerró los ojos mientras fruncía los párpados con
todas sus fuerzas para que lo ayudaran a pensar, pero tras unos instantes
volvió a abrirlos mientras sacudía la cabeza con desesperación. No podía
recordar el final.
Alzó la mirada hacia la cima de la pirámide. Sabía que lo más probable
era que la gema estuviese allí. Había caído en las Arenas Movedizas justo
antes de que Endon fuese derrocado. De aquello solo hacía un poco más de
dieciséis años, y la pirámide llevaba mucho tiempo creciendo.
Lo primero que vio fue la daga de Jasmine, con la punta clavada en la
cima de la pirámide. Aquella daga había sido lo último que la Colmena había
cogido, así que ahora estaba en lo más alto de la pirámide. Algún día el metal
terminaría consumido por el óxido. Pero la cruz de cristal sobreviviría, y otros
hallazgos ocuparían el lugar de las partes metálicas.
Debajo de la daga y cuidadosamente ordenadas, había muchas monedas
de oro y la medalla del campeonato de los Juegos de Rithmere. Todo aquello
estaba encajado en una masa de relucientes huesos blancos.
Lief se estremeció. Ahora ya no había ni una sola tira de carne unida a los
huesos, pero supo que aquello era cuanto quedaba de Carn 2 y Carn 8, los
guardias grises. La Colmena trabajaba muy deprisa.
Notó que se le revolvía el estómago. ¿Cuánto tiempo más permanecería la
Colmena zumbando junto a los lados del cono? A medida que el humo se

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fuera disipando…
Lief miró debajo de los huesos y vio unos cuantos pequeños recipientes de
vidrio, algunos brazaletes, dos rocas y lo que parecía la quijada de un caballo.
Y debajo de eso…
A Lief le pareció que su corazón dejaba de latir. Allí, con unos puntitos de
luz atravesando la lisura azul oscuro de su superficie, había una piedra
preciosa que era como un cielo nocturno estrellado.
Las palabras olvidadas de El Cinturón de Deltora aparecieron al fin en su
mente.

El ópalo mantiene una relación especial con el lapislázuli, la piedra


celestial, que es un poderoso talismán.

¡El lapislázuli! Allí estaba, minuciosamente incrustado en su sitio para


sostener el techo de una celdilla todavía vacía, la cuarta gema del Cinturón de
Deltora.
Lief extendió la mano hacia él y luego la retiró rápidamente. Si sacaba la
piedra de su sitio, las cosas que había encima de ella sin duda se derrumbarían
y caerían. Entonces la Colmena atacaría. Lief estaría muerto antes de que
pudiera llevar su trofeo a la superficie, y el lapislázuli, y el Cinturón, se
perderían.
Su única esperanza era sustituir la gema con alguna otra cosa, algo que
tuviera aproximadamente el mismo tamaño. Lief rebuscó frenéticamente
dentro de sus bolsillos, aunque sabía que no tenía nada… nada…
Entonces sus dedos tocaron algo en el bolsillo de arriba de su camisa. Era
algo pequeño y duro que tenía una forma muy rara. Lief lo sacó.
Era el pequeño pájaro de madera de Jasmine. Y tenía justo el tamaño
adecuado.
La Colmena zumbaba con una creciente sospecha. Estaba despertando, se
volvía más activa a medida que el humo empezaba a disiparse. Conteniendo
la respiración, Lief volvió a extender la mano hacia el lapislázuli. Pero esta
vez sostenía el pequeño pájaro de madera en la otra mano.
Sacó el lapislázuli de su sitio. La gema se calentó entre sus dedos, y luego
se movió con facilidad, más fácilmente de lo que había esperado Lief, como si
quisiera ser libre.
El ópalo lo está llamando, pensó Lief, sintiendo el calor de respuesta en su
muñeca. Sintió cómo el lapislázuli caía en su mano, y se apresuró a incrustar
el pequeño pájaro de madera en su lugar.
No lo bastante deprisa. La cima de la torre tembló. El zumbido de las

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paredes del cono se volvió más intenso y alerta. La nube roja se inclinó hacia
dentro. Su borde exterior rozó la piel desnuda del pecho de Lief, quemándolo
y desgarrándolo. Lief reprimió un grito de angustia.
No hagas tanto ruido…
Con el sudor goteándole en los ojos mientras trataba de no prestar
atención al dolor, Lief levantó una mano y tiró de la cuerda. Una vez, dos…
La pirámide se bamboleó junto a él. Si llegara a caer. Si algo, lo que fuese,
llegara a caer…
La daga se salió de su sitio y giró en el aire. Lief la cogió con una mano,
logró sujetarla por la punta mientras empezaba a elevarse, con la antorcha casi
apagada bajo el brazo.
Lief subía hacia la superficie con agónica lentitud. Debajo de él, el
zumbido aumentaba e iba incrementándose conforme la Colmena volvía a
cerrarse para moverse nuevamente en círculos alrededor de la pirámide. La
Colmena todavía no sabía que se le había robado algo. Aún se encontraba
adormilada y distraída porque el humo todavía flotaba en el aire. Ahora el
humo era tenue, tan tenue…
Pero todavía ejercía su magia mientras Lief subía lentamente hacia el aire
fresco que había más arriba.
Cuando se incorporó y se volvió lleno de alegría hacia Barda y Jasmine,
mientras abría la mano para enseñarles la piedra celestial, las nubes que
habían cubierto el cielo se separaron como trapos súbitamente rasgados. Las
estrellas y la luna volvieron a derramar su resplandor sobre la oscura tierra
como una bendición, y el lapislázuli les devolvió sus centelleos igual que un
diminuto espejo.
La gema ocupó su lugar en el Cinturón y siguió resplandeciendo allí, llena
de vida bajo la luna.
Lief se volvió hacia Jasmine.
—He tenido que dejar tu pajarito allá abajo. Pero te he traído esto a
cambio —dijo en voz baja, y le dio la daga. La joven la cogió sin decir
palabra, se la puso debajo de la chaqueta y la cerró.
Lief se tambaleó y Barda lo cogió del brazo.
—El lapislázuli es un talismán, Barda —susurró Lief—. Ahora estaremos
a salvo. Pero vayámonos de este lugar.

*
Lief apenas les dijo nada a sus compañeros mientras los tres iban bajando
lentamente por la pendiente roja del pico. Cuando llegaron a la base, dejó que

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Jasmine esparciera bálsamo curativo sobre las partes enrojecidas de su pecho.
Aquello alivió un poco el dolor. Hizo que el largo trayecto de vuelta hasta el
límite de las Arenas se hiciera soportable.
Ahora teman las estrellas para guiarlos, y el lapislázuli como protección
contra los peligros de la noche. Pero no fue hasta que llegaron a las rocas que
marcaban el límite de las Arenas, y treparon por ellas para pisar por fin un
terreno sólido, cuando Lief pudo hablar de lo que había visto.
—Gracias a los cielos tú y el Cinturón estáis a salvo —murmuró Barda
cuando Lief terminó.
—Y ahora —dijo Jasmine, hablando en un tono más alegre—, tenemos la
cuarta piedra. Ya solo faltan tres más. Y sin duda serán fáciles comparadas
con esta.
Lief guardaba silencio. Tuvieron que transcurrir unos instantes antes de
que sus amigos se dieran cuenta de que se había quedado dormido.
—Comparadas con esta, seguro que serán fáciles —insistió Jasmine,
volviéndose hacia Barda.
Barda contemplaba el rostro dormido y lleno de cansancio de Lief y
pensaba en lo mucho mayor que parecía ahora el muchacho. Estaba pensando
en todo aquello por lo que habían pasado, y en lo que todavía podía estar por
llegar.
Jasmine no era de las que permiten que no les presten atención y le tiró de
la manga.
—¡Barda! ¿No estás de acuerdo? —quiso saber.
Barda no llevaba el Cinturón. El ópalo no podía proporcionarle atisbos del
futuro. Pero una sombra cruzó por su cara y al responder su sonrisa estaba
llena de una oscura tensión.
—Ya lo veremos, Jasmine —dijo—. Ya lo veremos.

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