Villanos
Villanos
En las sombras de nuestra sociedad surgen figuras que desafían las normas establecidas, personajes
oscuros que se convierten en los villanos de nuestra historia. Este cuadernillo presenta a algunos de los
delincuentes más notorios de nuestro país, aquellos cuyas acciones han dejado una marca imborrable en
la memoria colectiva.
Investigaremos sobre la vida y los crímenes de ladrones astutos y asesinos despiadados, individuos que,
por diversas razones, eligieron el camino de la ilegalidad. Sus historias, a menudo envueltas en misterio y
controversia, nos invitan a reflexionar sobre los motivos que los llevaron a transgredir la ley y el impacto
de sus actos en la sociedad.
A través de una lectura por medio de notas periodísticas, examinaremos los factores que contribuyeron a
su ascenso en el mundo del crimen, desde sus orígenes y circunstancias personales hasta las
oportunidades y desafíos que enfrentaron. También exploraremos el papel de los medios de
comunicación y la cultura popular en la construcción de su imagen como villanos o bandidos
Este trabajo no busca glorificar ni justificar sus crímenes, sino comprender la complejidad de sus
motivaciones y el contexto en el que se desarrollaron. Al examinar sus historias, esperamos enriquecer los
argumentos para un posterior debate sobre la justicia, la seguridad y la prevención del delito.
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Así, su mamá, con quien vivieron primero en Olivos y luego en Villa Adelina en un barrio de clase media, junto
a su padre, Víctor, le salvó la vida sin proponérselo. Era su único hijo, el mismo que había iniciado desde niño
en las clases de piano, más bien tímido y retraído, quien el 19 de enero había cumplido apenas 20 años.
El raid asesino de “El Ángel de la muerte” o “El Ángel Negro” como se lo nombró, comenzó el 15 de marzo de
1971 cuando acompañado de su ladero, Jorge Ibáñez -a quien conoció cuando cursaba el secundario en el
Instituto Cervantes de Vicente López después de que lo echaran de la escuela Don Orione a los 15 años por
portarse mal y robar dinero- asaltó el boliche Enamour de La Lucila. Sustrajeron 350.000 pesos, y cuando
escaparon Robledo Puch mató al encargado, Félix Mastronardi, y al sereno del lugar, Manuel Godoy, mientras
dormían, con una pistola Ruby.
En el segundo atraco seguido de muerte “El Ángel Negro” y su
cómplice mostraron que no tendrían límites. Ocurrió la madrugada
del 3 de mayo de 1971. Otra vez en yunta Ibáñez y Robledo se
metieron en un local de venta de repuestos de autos Mercedes
Benz. El comercio tenía una casa contigua y en uno de los cuartos
se toparon con un matrimonio y su bebé. Puch empezó a los tiros,
asesinó al hombre e hirió a la mujer. Luego su coequiper intentó
violar a la joven, quien salvó su vida de milagro. Como el niño
lloraba, Robledo escapó disparando contra la cuna.
El “Ángel” siguió matando sin piedad. En total fueron once
víctimas, incluido Ibánez, su socio en el delito. El 5 de agosto de
1971 circulaban en un Siam Di Tella. Se habló de un sospechoso
accidente cuando Robledo iba al volante e Ibáñez, que iba a su
lado, apareció muerto.
A partir de allí se vio obligado a sumar otro compañero para seguir
delinquiendo. Sumó a otro de sus amigos, Héctor Somoza, con
quien en el mes de noviembre robó un supermercado en
Boulogne, y mataron al sereno con una pistola calibre 32 que
habían sustraído un par de días antes asaltando una armería.
Juntos siguieron con robos en un par de concesionarias de la zona Norte del Conurbano asesinando en cada
caso al hombre que prestaba servicio de vigilancia. En el último hecho, Robledo no solo remató al custodio,
también le dio dos balazos a su socio y luego le quemó las manos y la cara
con un soplete para que no lo reconocieran y no lo asociaran a él. Pero
como a casi todos los delincuentes les ocurre, cometió un error: no llevarse
el documento que su compañero de fechorías llevaba encima. Cuando la
policía llegó, encontró la cédula de identidad en uno de los bolsillos del
pantalón de la víctima, de esa manera reconoció el cuerpo, y de inmediato
lo fueron a buscar y cayó.
Fue a parar a la Unidad 9 de La Plata, de donde luego logró fugarse pero a
los tres días lo volvieron a detener. El 27 de noviembre de 1980 lo
condenaron a reclusión perpetua por tiempo indeterminado. Y el 28 de
marzo de 1981 su destino fue la cárcel de máxima seguridad de Sierra
Chica. En el mismo penal donde, en la Semana Santa de 1996, se produjo el
trágico motín en el que los tristemente célebres conocidos como Doce
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Apóstoles tomaron como rehenes a una jueza y a funcionarios del Servicio Penitenciario Bonaerense, mataron
a otros presos de una banda enemiga y hasta cocinaron empanadas con sus restos. No fue todo, también
jugaron a patear en ronda la cabeza de uno de ellos. En esa oportunidad, Robledo se refugió en la parroquia
del penal junto a otros presos.
Historial delictivo de Robledo Puch: Delitos: Homicidios calificados reiterados (10 hechos). Homicidio simple (1
hecho). Tentativa de homicidio calificado. Robo simple cometido en forma reiterada (16 hechos). Robo
calificado. Violación calificada. Tentativa de violación calificada. Raptos reiterados (2 hechos). Abuso
deshonesto. Hurtos simples reiterados (2 hechos) y daño. Todos en concurso real (por el uso de armas).
En uno de los últimos informes integrales acerca de su conducta y su psiquis realizado por profesionales en
dicho penal en setiembre de 2018, tras 46 años de permanencia allí, podía leerse: “...el entrevistado registra
un recurso verborrágico, con un nivel superior a la media poblacional, con terminología específica de alguien
que tiene lectura y conocimientos de algunos temas. Por momentos enfatiza su relato con un tinte emocional
de bronca apoyado en la cantidad de años que lleva detenido en forma ‘injusta’ –según su particular visión–.
Se lo ve lúcido, ubicado en tiempo y espacio. No se aprecian alteraciones en la memoria y sensopercepción.
Frente a los delitos que se le imputan refiere que él sólo comete robos”.
Allí reconoció que robaba joyerías para darle el botín a
los pobres, como si fuera una especie de Robin Hood. “Al
interrogatorio sobre este accionar altruista que expresa
haber tenido, no pudo dar cuenta en forma directa cómo
lo hacía, titubeando frente al mismo. Refiere que nunca
asesinó a nadie. Utiliza reiteradamente a Dios, como que
fue predestinado por Él para estar en este lugar (se
refiere a la cárcel), ya que si no: ‘me juntaban con
cucharitas en la calle por la vida que llevaba…’.
Robledo admiraba a Hitler y a Perón. En el documento se
detalló: “Surgen también sus relatos políticos que
parecen una constante en sus entrevistas realizadas en
esta unidad, mostrando un especial interés por Perón y
enojo por los demás políticos. Presenta algunas
incoherencias en su decir, donde salta de un relato a otro
sin tener un hilo conductor, lo que denota un discurso
discontinuo y antojadizo”. Respecto de las sanciones
disciplinarias, en el informe se remarcó que “cuenta con
varias en su larga trayectoria de recluso”. Y lo calificó
como “un caso mediático”, considerándolo “uno de los asesinos seriales de Argentina”.
Por entonces desarrollaba tareas en la biblioteca, era instructor de ajedrez, jugaba damas y dominó tres veces
por semana. En su momento trabajó en mantenimiento, en la sección carpintería. Fue alumno regular desde
1990 a 1992 en la Escuela de Educación Primaria de Adultos Nº 701 Madre Teresa de Calcuta, con sede en la
prisión. No registraba participaciones en motines o fugas.
Desde marzo de 2017 venía gozando de un beneficio solicitado por su defensa, a través del cual se le concedió
un cambio de régimen, incorporándolo a uno denominado “semiabierto modalidad limitada”, siempre en su
por entonces lugar de encarcelamiento (Pabellón 9, celda 596, donde se alojaban internos de diversidad de
género).
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El acceso a esta modalidad de autodisciplina, le permitía circular de una manera no tan restringida como otros
presos. Dicha prerrogativa exigía que se garantizara la asistencia a la prisión de un médico/a especialista en
Psiquiatría y un psicólogo/a especialista en Psicología Cognitivo-Conductual– a fin de establecer los
dispositivos terapéuticos “para llevar adelante el acompañamiento necesario del interno con ajuste de sus
particularidades”, solicitando a “los agentes encargados del acompañamiento del reo” que dispongan
quehaceres que coadyuven a la resocialización, “proponiendo la práctica del ajedrez y otras actividades
recreativas”.
Las autoridades del penal reconocieron que era “un hombre que no generaba problemas, que jugaba al
ajedrez, escribía cartas y concurría a la biblioteca porque era un ávido lector y porque trabajaba allí”. Hacía
años que nadie lo visitaba, ya que en los últimos tiempos, la única que lo hacía hasta que falleció fue su mamá,
Aída Josefa, la misma que como dijimos, con su presencia evitó que lo mataran el día que lo detuvieron.
En ese 2018 cuando se confeccionó el informe que se detalla en esta nota, se estrenó la película El Ángel,
dirigida por Luis Ortega con guion del periodista Rodolfo Palacios basado en su libro de Editorial
Sudamericana. La interpretación de Robledo la hizo el actor Lorenzo Ferro, acompañado por el Chino Darín,
Daniel Fanego, Cecilia Roth, Mercedes Morán y Peter Lanzani.
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El caso
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frasquito que ocultó. Me iba a dar el pedazo de torta pero a último momento no me lo dio. No se arrepintió,
simplemente no se animó a dármela, que es muy distinto”, reveló.
Los otros dos crímenes que supuestamente planeó fueron los de su último marido, Julio Banín, ex corrector
del diario La Opinión, ya fallecido, que había quedado ciego y conoció a Yiya en un colectivo, y su hija Julia
Banín.
Hace cuatro años Infobae sacó a la luz la denuncia mediática de Julia, su hijastra. Contó que Yiya intentó
envenenar a su padre Julio y a ella. “Creemos que le puso veneno para ratas a los fideos”, dijo la joven.
Además reveló que la envenenadora les robó los ahorros a su esposo. “Guardaba la plata en una caja. Ella
reemplazó los billetes por diarios recortados”, denunció.
Los policías y agentes judiciales que participaron de la pesquisa estaban convencidos de que la mujer no actuó
sola. Sospechaban de un médico que habría actuado de cómplice o de un hombre que consiguió que un
médico consiguiera los frascos de cianuro que ella utilizó para cometer el triple crimen.
Es más: hubo un sospechoso. Un amante de la asesina. Los testigos también se refirieron a un hombre que fue
visto correr por las escaleras desde la casa de una de las víctimas.
Un investigador creía que tuvo de cómplice a algunos de sus amantes. Pero los que dieron testimonio dijeron
no conocer a la envenenadora, que se jactaba de haberse acostado con más de 250 hombres.
“Y algunos de ellos con mucho poder. Otros con dinero. Famosos. Políticos. Empresarios. Deportistas. El
marido de mi hermana. Todo. Pero no lo puedo decir. La verdad está acá, y si alguien no pone la biyuya me
llevaré todo a la tumba”, decía.
Y se llevó todo bajo tierra. De ella sólo queda el recuerdo de su maldad, sus risas y su llanto inventado. Su
fama maldita detrás de los tres asesinatos que cometió como si fuese un personaje de Agatha Christie.
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Cayetano Santos Godino, el petiso orejudo.
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El pibe que nació mal
Cayetano Santos Godino nació en Buenos Aires el 31 de octubre de 1896. Era hijo de Fiore y Lucía Godino, un
matrimonio de calabreses llegados a Buenos Aires en 1884. Su llegada al mundo no fue de lo mejor: casi murió
en el parto y tuvo siempre una salud endeble, quizás agravada por el ambiente del hogar en que iba creciendo.
Su padre, alcohólico y con síntomas de demencia provocados por una sífilis contraída años antes, golpeaba a
su madre constantemente y muchas veces el pequeño Cayetano recibía su parte. También lo golpeaba su
hermano mayor, Antonio, otro chico torturado que, además, sufría frecuentes ataques de epilepsia. Por esos
años Cayetano estuvo varias veces al borde de la muerte, debido a una enfermedad estomacal –
probablemente una enteritis – mal tratada por los médicos.
Ni bien tuvo edad suficiente buscó la calle para escapar del infernal clima de su casa. A los cinco años ya
vagaba por Almagro y Parque Patricios, que por entonces eran un arrabal de Buenos Aires, donde todavía
había baldíos y quintas de descanso, pero crecían los conventillos poblados de paisanos venidos del interior e
inmigrantes. Lo echaron de varias escuelas por su rendimiento casi nulo – parecía no entender nada – y su
comportamiento violento.
A Cayetano le faltaba un mes para cumplir los 8
años cuando cometió su primer crimen, una
agresión que no terminó en asesinato por
casualidad. El 28 de septiembre de 1904
encontró en la calle a Miguel Depaola, un nene
de dos años, y lo llevó engañado hasta un baldío
cercano, donde lo golpeó y lo arrojó sobre un
montón de espinas. Lo estaba golpeando
nuevamente cuando los gritos de la pequeña
víctima alertaron a un policía que pasaba por ahí
y los llevó a los dos a la comisaría. Como se
trataba de dos niños, la policía buscó a sus
madres y se los entregó sin averiguar qué había
pasado.
Eso quizás lo envalentonó, porque unos meses después volvió a las andadas con el mismo modus operandi.
Engañó a Ana Neri, una nena de solo 18 meses que vivía en la misma cuadra de su casa, y la llevó a un baldío,
donde la tiró al piso y le golpeó la cabeza con una piedra. Por segunda vez, el paso casual de un policía evitó
que la matara. El agente devolvió la niña a sus padres y llevó a Cayetano a la comisaría, pero esa misma noche
estaba de regreso en su casa. Lo único que hizo el comisario fue mandar a buscar a la madre de Cayetano para
que se lo llevara.
La primera muerte
El 29 de marzo de 1906, un Cayetano de 9 años tuvo finalmente éxito en sus intentos homicidas, pero nadie se
enteró. El modus operandi fue el mismo de los casos anteriores: invitó a jugar a María Rosa Face, de tres años,
y la llevó hasta otro baldío, donde intentó estrangularla. La nena todavía respiraba cuando la enterró en una
zanja y la tapó con latas.
La policía nunca conectó la desaparición de María Rosa, denunciada por sus desesperados padres, con el niño
al que habían descubierto golpeando a otras criaturas en un baldío. Si se sabe de su muerte es porque años
después el propio Petiso Orejudo la confesó e indicó el lugar donde la había enterrado. El cadáver nunca fue
recuperado, porque ya no había allí un baldío y una zanja, sino que se levantaba un edificio de dos pisos.
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Para entonces, Fiore Godino no sabía cómo sacarse de encima a su hijo
problemático, de cuyo comportamiento en la calle se quejaban todos los
vecinos. Menos de una semana después de que Cayetano matara a María
Rosa sin ser descubierto, el hombre lo encontró acogotando a sus gallinas.
Lo molió a golpes y lo llevó a la rastra hasta la comisaría del barrio. El texto
de la denuncia del padre contra su hijo todavía se conserva: “En la Ciudad
de Buenos Aires, a los 5 días del mes de abril del año 1906, compareció una
persona ante el infrascrito Comisario de Investigaciones, el que previo
juramento que en legal forma prestó, al solo efecto de justificar su
identidad personal, dijo llamarse Fiore Godino, ser italiano, de 42 años de
edad, con 18 de residencia en el país, casado, farolero y domiciliado en la
calle 24 de Noviembre 623. Enseguida expresó: que tenía un hijo llamado
Cayetano, argentino, de 9 años y 5 meses, el cual es absolutamente
rebelde a la represión paternal, resultando que molesta a todos los
vecinos, arrojándoles cascotes o injuriándolos; que deseando corregirlo en
alguna forma, recurre a esta Policía para que lo recluya donde crea
oportuno y para el tiempo que quiera. Con lo que terminó el acto y previa
íntegra lectura, se ratificó y firmó. Firmado: Francisco Laguarda, comisario. Fiore Godino. Se resolvió detener al
menor Cayetano Godino y se remitió comunicado a la Alcaidía Segunda División, a disposición del señor jefe de
policía”, anotó el sumariante policial. Cayetano fue a parar a un reformatorio, pero dos meses más tarde
estaba de vuelta en su casa.
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Una semana más tarde, el 16 de noviembre, llevó a Carmen Ghittone, de tres años, a un baldío y le golpeó la
cabeza con una piedra. Los descubrió un policía cuando estaba estrangulándola y lo obligó a escapar. No lo
atraparon.
Esperó apenas dos días para hacer otro intento. El 20 de noviembre, encontró en la calle a Catalina Neutelier,
de cinco años e intentó llevarla hasta un baldío de la calle Directorio para matarla allí. No pudo llegar porque
Catalina pidió ayuda y Cayetano la golpeó en plena calle para que se callara. Un vecino le gritó y El Petiso
Orejudo tuvo que escapar sin llevarse a la nena.
Se delató solo
Las autoridades ya buscaban al Petiso Orejudo cuando éste cometió su último crimen, el que lo haría caer. Fue
el 3 de diciembre de 1912. La mañana de ese día, utilizando su clásico modus operandi de engaños, se llevó a
Jesualdo Giordano, un nene de 3 años, de la puerta de su casa en la calle Progreso 2185. Le prometió
comprarle caramelos en un kiosco cercano, le dio uno y le dijo que le daría más si iba con él. Así consiguió
llevarlo al lugar que se conocía como la Quinta Moreno, donde hoy se levanta el Instituto Bernasconi.
Lo alzó en brazos, lo metió en la quinta y lo llevó hasta el horno de ladrillos, donde volvió a usar la soga tenía
como cinturón para estrangularlo. Pero Jesualdo seguía respirando, de modo que recogió un clavo oxidado
que había en el piso y se lo clavó en la cabeza utilizando una piedra como martillo.
Estuvo a punto de ser atrapado cuando salió. En la vereda de la quinta se encontró con el padre de Jesualdo,
que le preguntó si había visto a un nene que estaba perdido. Imperturbable, Cayetano contestó con un
lacónico: “No Señor”.
Lo perdió – como a muchos delincuentes – la necesidad de comprobar las consecuencias de su crimen. Esa
misma noche, El Petiso Orejudo fue el velatorio del niño. Quería ver si todavía tenía el clavo en la cabeza, le
confesó después a la policía. Cayetano estuvo un rato parado al lado del cajón y de pronto estalló en llanto y
huyó corriendo. El padre del niño reconoció al pibe que había visto en la Quinta Moreno y sospechó.
Al día siguiente, una patrulla policial al mando del principal Ricardo Bassetti, allanó la casa de los Godino y
detuvo a Cayetano. En un bolsillo del pantalón le encontraron un pedazo de soga: era la misma que había
alrededor del cuello de Jesualdo.
Sin remordimientos
“¿Siente usted remordimientos por lo que ha hecho?”, le preguntó a Cayetano Santos Godino uno de los
psiquiatras forenses que lo entrevistaron durante el proceso penal.
“No entiendo”, le respondió,
imperturbable, El Petiso Orejudo.
Los forenses y los criminólogos se
peleaban por hablar con él: se
trataba de un caso siniestro y
fascinante que parecía salido del
manual de Césare Lombroso.
Ninguno dejaba de tomar nota
sobre la forma de sus orejas.
“Priman en él los instintos
primarios de la vida animal con
una actividad poco común,
mientras que los sociales están
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poco menos que atrofiados. Es un tipo agresivo, sin sentimientos e inhibición, lo que explica su inadaptabilidad
a la disciplina didáctica. Ofrece del punto de vista físico, diversos estigmas degenerativos, los más
característicos del tipo criminal”, anotó uno de los expertos, Víctor Mercante, luego de entrevistarlo en
noviembre de 1913.
En noviembre de 1914, el juez en lo Penal Ramos Mejía absolvió a Godino – pese a que había confesado
cuatro muertes, siete incendios y varios intentos de asesinato – por considerarlo “penalmente irresponsable”,
pero ordenó internarlo por tiempo indeterminado debido al peligro social que representaba. Fue a parar al
pabellón de delincuentes alienados del Hospital de Mercedes, donde en poco tiempo intentó matar a dos
pacientes e intentó escaparse.
Mientras tanto, la Fiscalía había apelado la sentencia y la Cámara de Apelaciones en lo Criminal resolvió Santos
Godino fuera confinado (mientras no hubiera asilos adecuados) en una cárcel, por lo que lo trasladaron a la
Penitenciaría Nacional de la calle Las Heras.
Estuvo allí hasta 1923, cuando lo enviaron a su último destino, la cárcel de Ushuaia, donde 21 años más tarde
murió en “confusas circunstancias”.
Hoy, en las viejas instalaciones de la vieja “cárcel del fin del mundo” funciona un museo penitenciario donde
se reproducen las condiciones en que vivían los presos, tanto los políticos como los comunes. Entre sus
atracciones hay una celda que aloja a un muñeco de cera de tamaño natural que representa a Cayetano Santos
Godino. Dicen que es la misma donde encontraron al Petiso Orejudo sangrando y en agonía el día de su
muerte.
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Nahir Galarza, el linchamiento mediático.
Vivía en Gualeguaychú, una ciudad de Entre Ríos que no llega a los 100.000 habitantes.
Meses antes de que su vida diera un giro irreversible, a 80 km, en Gualeguay, el femicidio de Mica García,
apenas un par de años mayor que ella, había sacudido a la provincia y al país. Nahir escribió en sus redes que
no quería a las feministas que siempre critican a la Policía.
Quién imaginaría que, en la madrugada del 29 de diciembre de 2017, la chica obediente iba a levantar la 9 mm
reglamentaria de su padre para descargarla en la espalda de Fernando Pastorizzo, a la que estuvo abrazada
hasta un segundo antes. Tenía 19 años y él, 20. Así describe lo ocurrido la sentencia.
El primer juicio se resolvió en menos de 30 días, allanado por la
confesión de Nahir -primero dijo que no pero a las horas dijo que sí- y
algunos testimonios que confirmaban su presencia en el lugar: un
remisero que la vio junto al muchacho y la moto caída, alguna cámara
que la filmó yéndose, un vecino que declaró que un rato después la vio
entrar a su casa “con una rara sonrisa”.
Lo más raro fue que la prueba de parafina, que detecta el rastro de
pólvora en sus manos, diera negativa. "Lo que condenan son las
pruebas, y la parafina da negativo, Nahir no efectuó el disparo. Por más
que diga que lo hizo", se exaltó su abogado, Víctor Rebossio. El fiscal
Sergio Rondoni le aplacó el entusiasmo con una frase: “Dio negativo
porque le transpiraban mucho las manos”. Un argumento, cuanto
menos, endeble.
A la madre de Nahir y al remisero también les hicieron la prueba de
parafina. Les dio negativo. Al padre, no. La policía de Entre Ríos
confirmó que a esa hora el hombre estaba trabajando y que iban a
sancionarlo por descuidar el arma.
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En los meses previos al juicio, cientos de personas se movilizaron
en Gualeguaychú bajo la consigna “Ni uno menos”. Los oradores,
invariablemente varones, predicaron contra la parcialidad del “Ni
una menos” y exigieron la condena perpetua. ¿Una manera de
señalar a quienes delinquen como seres ajenos, como monstruos,
e intentar que desaparezcan para siempre? ¿O una revancha?
Aunque los índices de femicidio indican un mínimo de una
asesinada cada 30 horas, que esta vez la ejecución del crimen
recayera sobre una muchacha parecía devolver cierto equilibrio
“natural” a las cosas.
Los padres no hablaron mucho. Ante el tribunal, la madre dijo que
su hija era una chica “sana” y que antes eran más cercanas. Que
en 2014 sufrió un ataque sexual que no se pudo comprobar y
desde entonces “cambió para siempre”. Que Fernando no era su
novio. Que en los últimos tiempos la había visto golpeada. Que
empezó a sospechar del muchacho una vez que la llamó 87 veces
mientras Nahir se duchaba. Que la hija le suplicó que no le contara al padre.
Los medios se arrojaron sobre la adolescente: frívola, promiscua, calculadora, cínica, desdeñosa y violenta
hasta lo inconcebible. ¡Nahir, con ayuda de una amiga, había golpeado a Fernando! Él se los contó, llorando en
un WhatsApp, dijeron sus amigos. La autopsia informó que el chico tenía moretones “de diez días de
antigüedad”.
Cuando promediaban las audiencias circuló en las redes el video de la Cámara Gesell donde una Nahir de 16
años contaba con voz casi inaudible el ataque sexual. El periodista, Ricardo Canaletti lo pasó en el prime time,
mientras le ponía nariz de Pinocho a una figura en tamaño real de la acusada.
En el tribunal, la fiscalía intentó exhibir un segundo video, donde los chicos hacían el amor. Nahir amenazó con
suicidarse.
La asesina perfecta, la bautizó Crónica, también fue responsabilizada por el derrumbe de una familia modélica:
una madre cabizbaja y un marido firme rodeándola con su abrazo. La familia contrató como vocero a un
manager de modelos, Jorge Zonzini, y le encargó que rehabilitara la imagen de Nahir.
Que fuera blanca, rubia, flaquísima, distante, bien vestida, parecía generar más irritación. No suelen ser así las
mujeres sentadas en el banquillo de los acusados. La fiscalía y los medios expurgaron fotos, testimonios, redes
sociales, mails de la acusada. El tribunal, sin embargo, rechazó el pedido de la defensa de revisar las redes de
Fernando para efectuar una autopsia psicológica. Querían probar que no eran novios sino una relación
inestable atravesada por la violencia.
La estrategia de presentar a Nahir como víctima de violencia de género -un atenuante- también fracasó,
aunque ella contó que la insultaba y la golpeaba. Aunque algunos testigos confirmaron que le habían visto
moretones, incluso en la entrepierna. El tribunal tampoco admitió el acoso a pesar de que se registraron en el
celular de la chica 250 llamadas de Fernando en dos días. “Lo maté porque nunca me iba a dejar en paz”, le
dijo Nahir a una amiga, según recoge el expediente.
La pericia del psiquiatra forense, Simón Ghiglione, confirmó con lujo de detalles cada prejuicio: la chica era
consciente de sus actos, había actuado con premeditación porque él iba a dejarla. El único problema fue “una
baja tolerancia a la frustración” y cierta “irritabilidad”.
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Esa evaluación judicial contrastó con la de la psicóloga de parte, Alicia Paday, que mencionó “breves brotes
psicóticos” y que él la sometía a violencia psicológica y sexual. No había lugar para evaluaciones favorables a
Nahir: el fiscal pidió que procesaran a Paday por falso testimonio.
Víctimas o victimarias
Las mujeres siempre dan tela para el linchamiento mediático. A diferencia de los femicidios, donde el nombre
de la asesinada perdura y el del asesino suele perderse, esta vez la centralidad cayó sobre Nahir, la
adolescente asesina, que ni se descontrolaba ni pedía perdón.
Hacia la asesina sin sentimientos fueron el alegato de la fiscalía y la sentencia. Un doble estándar inocultable
hasta la grosería, ese mismo día, en Mar del Plata, la Justicia absolvió al ex sargento de la Bonaerense Ricardo
Panadero, integrante de la patota policial que violó y asesinó a Natalia Melmann.
Panadero estuvo en libertad los 17 años que duró la causa. Nahir estuvo presa desde el primer día. Cuatro
veces el Juzgado de Garantías denegó el pedido de prisión domiciliaria, beneficio que sí habían concedido a los
acusados por el femicidio de Mica García.
En Gualeguaychú, el fallo del tribunal, el 3 de julio de 2018, fue
implacable: Nahir había planificado el asesinato de Fernando
-”un plan preordenado”- y “se aprovechó de la indefensión”.
Con el agravante de que la víctima era o había sido su novio, la
condenaron a prisión perpetua, 35 años de cumplimiento
efectivo. Podría quedar en libertad en 2052, a los 53 años.
Ni problemas mentales ni emoción violenta ni violencia de
género. La Justicia no halló atenuantes y la condenó a la pena
máxima. Las fuerzas vivas de Gualeguaychú, que habían pedido
un castigo ejemplar, fueron satisfechas: no hay clemencia con el
“machicidio”.
La agrupación feminista “Todo preso es político” fue la única
expresión de solidaridad activa con Nahir. El 10 de julio,
inmediatamente después de la sentencia, unas 30 personas se
convocaron frente a la Casa de Entre Ríos en la Ciudad de
Buenos Aires. “Te creemos porque sabemos”, decía el documento que denunciaba que Nahir “había sido
condenada socialmente antes del juicio” y “el show mediático con la intención de estigmatizarla”. Reclamaron
la absolución.
Nahir Galarza se convirtió en la condenada a perpetuidad más joven de la historia penal argentina (un titular
del que no prescindió ningún medio). Y perdió todas las apelaciones presentadas en las instancias superiores
de la Justicia de Entre Ríos.
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Stola subrayó que Nahir no tuvo la contención médica ni psicológica adecuada, y llegó al juicio en “las peores
condiciones de salud mental”.
Meses después, Nahir explotó: le dijo a Hermida Leyenda que el asesino era su padre, que junto con el
abogado Rebossio le indicaron que se declarara culpable, que el papá le había prometido que diría la verdad
“después de solucionar algunas cosas” y que el fiscal Sergio Rondoni era cómplice.
Además, contó que un tío paterno la había violado cuando era
chica y que poco antes del crimen los padres la habían
obligado a abortar. Que pidiera protección porque el padre
era violento. Segundo derrumbe de la “familia modélica”.
La madre, que ya no vivía con Galarza y se había mudado a
Paraná para estar más cerca de la hija, rompió el silencio, dio
por cierta la denuncia de Nahir y pidió una perimetral para su
exmarido. Las vecinas del penal dicen que nunca la vieron,
que entra y sale oculta en su camioneta.
Haber denunciado a su padre enfrentó a Nahir con tres
instituciones temibles: la familia, la policía y el Poder Judicial.
Y con los medios, que repasaron prolijamente sus
contradicciones en el primer juicio.
La justicia no se permitió dudar: el homicidio “ya había sido analizado en distintas instancias judiciales”. Ni
siquiera se citó al padre “que a esa hora estaba trabajando”, apuntó el fiscal. También sobreseyeron al tío
porque habían pasado muchos años para comprobar la acusación.
Hermida Leyenda es contundente: “Al tomar la causa descubrí que lo que faltaba no era perspectiva de género
sino derecho penal. No se la defendió, la obligaron a hacerse cargo de un homicidio que no había cometido,
aunque sí había estado presente. La perspectiva de género fue un invento para tratar de salvarla después de
salvar a su padre”.
La defensora tiene una hipótesis sobre lo que ocurrió
esa madrugada: “los jóvenes iban en la moto y
Fernando llevaba el arma. Cuando vieron que se
acercaba el padre, el chico frenó de golpe y el arma
cayó al piso. El padre se agachó, tomó su pistola
reglamentaria y disparó hacia arriba, las dos veces.
Acto seguido le ordenó a Nahir que la agarrara y se
fuera a la casa”. Piensa que alguien ayudó a Galarza
para que ninguna cámara registrara su presencia en
la zona.
Ningún tribunal estuvo interesado en investigar esta versión. Ni siquiera la Corte Suprema.
Se puede pensar que esto fue así porque el padre no tenía un motivo para matar a Fernando. ¿Nahir sí? ¿Que
él - “no me lo iba a sacar nunca de encima”- la acosaba? ¿Ese no sería un atenuante? ¿Que él le dijo que la iba
a dejar? ¿Que ella no está mentalmente en buen estado? ¿No cabría la inimputabilidad?
"Algunos peritos sostuvieron que no había patología en Barreda, sin decir qué lo había llevado a cometer ese
delito. Otros, como yo, dijimos que en realidad tenía una patología que consistía en un delirio de
reivindicación, él estaba queriendo volver a ser el padre de familia que prácticamente nunca pudo ser por
algunas inconductas que él cometía, por ejemplo, sabiendo que su mujer y sus hijas iban a ir al Teatro
Argentino de La Plata, él iba con la novia de turno”, continuó. “Era un galán a la antigua Barreda, hacía todo el
cortejo como un novio, tanto que tenía una novia en Mar del Plata, a quien visitaba periódicamente y allí tenía
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una bata y unas pantuflas, clásico del amante antiguo que dejaba en la casa de la amada esto, como si eso
fuera el sello de posesión".
"La última vez que vi a Barreda fue durante el juicio oral, porque tuve que ir a declarar. Después no lo vi más",
dijo Maldonado. "Él no estaba contento con nosotros, con sus peritos, porque nosotros habíamos adherido y
ampliado la posición del perito oficial que había dicho 'Barreda estuvo, está y estará loco'. Y él decía que no,
que de ninguna manera. Argumentamos con los abogados de ese momento que lo queríamos convencer,
cuando lo entrevistamos antes del juicio, de que entendiera que es lo que nosotros habíamos encontrado
como para aliviar su situación. En el caso de haber sido declarado inimputable hubiera ido a un centro
psiquiátrico durante unos años".
A fines de 2015, la Sala I de la Cámara de Apelaciones le dio la libertad condicional y se mudó a Tigre. En mayo
de 2016, la justicia consideró cumplida su condena y se convirtió en un hombre libre. Solo unos días después
de haber quedado extinguida su condena, Barreda fue fotografiado en la sala de espera de un hospital de
Pacheco visiblemente desmejorado, con la mirada perdida y
abandonado, por una mujer que lo fotografió y compartió la imagen a
su cuenta de Facebook sin saber de quién se trataba, ya que el hombre
le dijo que se llamaba Alberto Navarro. "Amigos, este señor abuelo,
está en el hospital, no sé cuánto hace. Se llama Alberto Navarro, dice
que no tiene parientes. Pero yo creo que si, ahora me pregunto, como
pueden abandonarlo, a su suerte, si usted lo conoce y conoce a su
familia, está en el hospital de Pacheco", escribió la mujer, que agregó:
"Y díganle también, a sus hijos, o sobrinos, hermanos. Que son, no voy
a decir, la palabra, pero, yo daría por tener a mis viejos vivos, cuidarlos
como ellos me cuidaron a mi".
En 2017, Barreda dijo que se arrepintió de haber cometido el cuádruple crimen, mientras pasaba sus días en
un hospital de la localidad bonaerense de Pacheco. Ante la consulta de si considera que se pudo haber
comportado de otro modo cuando cometió el cuádruple crimen, el odontólogo dijo: "Eso pienso siempre. Es
una cosa que uno la va a respirar siempre". "A veces uno se alegra con algunas cosas, hay que buscarlas y
seguir para adelante", indicó. Otra de las preguntas que le hicieron es cómo convive con ese peso, a la que
contestó: "Eso lo marca a uno para toda la vida. A cualquiera, o al menos a mí. A los demás no sé, ni me
importa". Barreda dijo primero que se arrepintió de haber matado a Adriana, su hija menor, pero luego dijo
que se arrepentía del cuádruple crimen al señalar: "A las cuatro, sí. No vamos a establecer diferencias". Allí, el
hombre le habría confesado a un enfermero: "No hay día que me despierte y no sienta culpa".
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El robo comenzó con una toma de rehenes en la planta baja del banco, lo que mantuvo ocupada a la policía
mientras los ladrones desplegaban la verdadera operación en el subsuelo.
El plan se desarrolló de manera sorprendentemente quirúrgica. Mientras la policía negociaba en la planta baja,
los asaltantes vaciaban 146 cajas de seguridad en el subsuelo. Para evitar levantar sospechas, utilizaron armas
de juguete y dejaron una nota memorable en la bóveda: “En barrio de ricachones, sin armas ni rencores, es
solo plata y no amores”. Esta frase no solo demostró su ingenio, sino que también se convirtió en símbolo del
golpe perfecto que estaban llevando a cabo.
Sin embargo, el verdadero golpe maestro consistió en la fuga. A través de un boquete, los delincuentes
accedieron a un túnel de desagüe fluvial por el que escaparon en dos gomones inflables. Esta ruta de escape
subterránea burló a los más de 300 policías que habían rodeado la manzana e hizo posible que los ladrones
desaparecieran sin dejar rastro. Durante horas, lograron mantener la atención de los medios y la policía en la
fachada del robo mientras ya se encontraban a kilómetros de distancia.
La ejecución del robo fue tan meticulosa y
precisa que dejó a toda una nación
estupefacta. Publicaciones de todo el
mundo cubrieron el evento y destacaron
tanto la destreza como la audacia de los
ladrones. El “Robo del Siglo” no sólo
significó una pérdida millonaria, calculada
inicialmente en 19 millones de dólares y 80
kilos de joyas, sino que también demostró
la vulnerabilidad de los sistemas de
seguridad del momento, llevando a una
reevaluación generalizada de las medidas
de protección bancaria.
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El arresto de los miembros de la banda del Robo del Siglo
comenzó tras la delación de Alicia di Tullio, ex esposa de
Rubén Alberto de la Torre, quien reveló detalles que
condujeron a la detención de los ladrones.
Fernando Araujo, el líder e ideólogo del robo, fue
condenado a 14 años de prisión, aunque su sentencia se
redujo a 9 años y en prisión efectiva cumplió solo un año y
medio. Rubén Alberto de la Torre, conocido como “Beto”,
fue el primero en ser capturado y cumplió 8 años de cárcel,
siendo el que más tiempo pasó detenido. Sebastián García Bolster, el “Ingeniero” de la banda, nunca confesó
su participación, pero su pericia técnica quedó probada y fue sentenciado a una pena que también se
disminuyó con el tiempo.
Luis Mario Vitette Sellanes, la cara visible del grupo y encargado de negociar con la policía, fue condenado a 25
años de prisión, pese a que en 2013 recuperó la libertad al ser deportado de por vida de Argentina. Julián
Zalloechevarría, quien participó como chofer y en la logística del robo, recibió 9 años de pena, según el Centro
de Información Judicial. Dos de los integrantes, conocidos como el “Ladrón Fantasma” y el “Séptimo”, nunca
fueron capturados ni imputados oficialmente.
Sebastián García Bolster, conocido como “el ingeniero”, jugó un papel crucial
en la logística del robo. Su pericia técnica permitió la apertura de 146 cajas de
seguridad en el subsuelo del banco con la creación de herramientas
especializadas. Durante la planificación, García Bolster ayudó a Araujo a
realizar un reconocimiento del lugar, aunque en una ocasión casi fueron
detenidos por la policía cuando tomaban fotografías del banco.
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Julián Zalloechevarría, conocido como “el Paisa”, era el chofer del grupo y
también se encargó de robar vehículos para la logística del asalto. Aunque
estaba herido y no entró al banco, tuvo un rol importante en el manejo y la
huida.
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Julián Zalloechevarría, conocido como “el Paisa”, también estudió y se recibió de abogado penalista en la
cárcel. Abandonó el delito y ahora lucha contra las injusticias del sistema judicial. Vive una vida tranquila con
su familia, lejos de su pasado criminal.
El Ladrón Fantasma
Mantiene un perfil bajo y ha optado por una vida tranquila, dedicándose a su familia. No se conocen muchos
detalles de su vida actual, pero ha declarado que está retirado del delito.
El Séptimo Hombre
También ha optado por el anonimato. Vive retirado del delito, dedicándose principalmente a su familia y
disfrutando de una vida tranquila. Ha declarado que no tiene intención de regresar al mundo del crimen.
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Bandidos rurales
Pastor Luna, Hormiga Negra, el Tigre de Quequén y los hermanos Barrientos son los que inspirarán, y
atemorizarán, a toda una sociedad que vivía fuertes cambios, entre el avance irresistible del modelo
agroexportador a nombre del progreso y la inmigración aluvional. Estos hombres representan la última
frontera de una Argentina que cambiaba los rostros y las manos hacia el futuro. Pero para los que estaban
desde antes, y seguirán siendo las anónimas manos, son un estandarte que se enfrentan a las desigualdades
diarias, a los desplazamientos y las miserias. Poco importa si no sólo matan terratenientes o capitalistas, a
veces las víctimas mortales son simples empleados de Bunge & Born o La Forestal. En los ojos de los
campesinos sin tierras, reducidos a jornaleros pagados con insultantes vales, constituyen ajusticiamientos de
una mano divina y reparadora. Dioses para los pobres.
Los dos primeros apellidos que se cruzan de bandidos rurales son los del santafesino Juan Bautista Bairoletto y
el tucumano Segundo David Peralta, o Manuel Bertolatti, o más conocido, Mate Cosido. Como se adivina en
los apellidos ya no eran solamente los gauchos quienes delinquían en tiempos donde las primeras
generaciones de inmigrantes padecían a los insaciables latifundios. La mayor concentración de bandidos
rurales se dará en los Territorios Nacionales del sur y el noroeste, grandes extensiones en pocas manos, y con
serias deficiencias en seguridad e infraestructura. Tan serias que los ricos de la Patagonia organizaron la
temible parapolicial Policía Fronteriza del Chubut, bajo las órdenes del impiadoso mayor austríaco Mateo
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Ghebard. Entre sus apresamientos, y fusilamientos sin juicio, se encuentran el cuatrero uruguayo Asencio
Brunel, un gaucho conocido también como El Malvinense, y los norteamericanos William Wilson y Bob Evans,
quienes siguieron los pasos argentinos de famosísimo pistolero Butch Cassidy. En 1911 se regaba con sangre
las heladas tierras del sur en un cruento anticipo de la Patagonia Rebelde.
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departamento de General Alvear, tuvo un encuentro con la policía. Cayó para siempre Bairoletto y herido su
compinche. La policía no salió indemne…localizado el rancho a las 5 de la mañana, fue sitiado por la
policía…una fuerza de 20 hombres”…contra Bairoletto, un peón llamado Asia y la mujer con sus dos
pequeñas hijas. Llevaba retirado casi un lustro a pedido de Telma, haciéndose llamar Francisco Bravo, y con la
supuesta protección de algunos políticos y policías. Incluso su último acto criminal fue el asalto a La Forestal
en Cote Lal, un frustrado hecho planificado codo a codo con su hermano fuera de la ley, Mate Cosido. Ambos
se admiraban aunque Vairoletto envidiaba en privado la fortuna que amasó su colega. Juan Bautista nunca fue
más que un bandido de poco monta, con relatos orales donde poco se desprende un real robinhoodismo,
aunque eso no impide que en septiembre peregrinen devotos a su tumba en General Alvear.
Bairoletto inicia su foja con el asesinato del cabo Farach en 1919, que la había detenido injustamente por un
problema en un burdel de Eduardo Castex, La Pampa, y en compañía de un pupila de un prostíbulo se
transforma en el terror de los ricos pampeanas -y el héroe de los campesinos desplazados y trabajadores
apaleados en la Semana Trágica. Los anarquistas lo transforman en el ejemplo del ácrata tras el atentado a un
caudillo radical, Pedro Cometta. La verdad es que Vairoletto también era un matón a sueldo de las internas
políticas y no dudó en disparar a quien solía atenderlo. La primera mitad de los veinte encuentra al bandolero
entrando y saliendo de cárceles provinciales hasta que a partir de 1926 enhebra algunos atracos de magro
botín y varias víctimas fatales entre Mendoza y Río Negro. Incluso una violación documentada en La Pampa en
1929. Así es un poco complicado explicar por la envergadura romántica y social que acompaña a Vairoletto.
Uno de los pocos hechos registrados en la tradición oral narran cierta vez que unos colonos llamaron al “amigo
de los pobres” cuando un “usurero árabe” pretendía cobrar unos pagarés. Y Bairoletto a punta de Winchester,
el rifle preferido de los estancieros y las bandoleros, rápido y contundente, obligó al prestamista a quemar en
un tronco los documentos. Córdoba, San Juan, San Luis y Mendoza rinden culto al Gaucho Vairoletto. Incluso
en Eduardo Castex, La Pampa, existe el Circuito Vairoletto, que con fines turísticos recrea los escenarios su
primer crimen y la chacra familiar. Con este bandido rural, que parece en los papeles tan distante a un héroe
social, se patentiza una vez más la tendencia argentina de poner ciertos reclamos sociales en los lugares
equivocados.
Las historias de santos criminales tienen un formato prototípico: sus protagonistas suelen ser víctimas de
persecuciones injustas -a veces por el amor de una mujer, como le ocurrió a Juan Bautista Bairoleto– y se
ponen fuera de la ley por las arbitrariedades de la policía -el caso de Mate Cosido, según su propio
testimonio-; sus robos afectan exclusivamente a los poderosos y tienen cierto sentido redistributivo de las
riquezas, o bien festivo, como las celebraciones adjudicadas a Martina Chapanay; las fuerzas de seguridad
recurren a traidores y los ejecutan con ensañamiento, lo que refuerza la indignación popular y la simpatía
hacia los bandidos.
En desventaja ante las fuerzas de la ley, los bandidos santificados tienen payé, el poder hipnótico que la
leyenda le atribuyó a la mirada del Gauchito Gil, o recursos mágicos como el pañuelo que indicaba por dónde
venía la patrulla policial y el sapucay que inmovilizaban a los perseguidores, en el caso de Isidro Velázquez, de
cuya muerte se cumplieron este mes cincuenta años.
Sus fantasmas, de acuerdo con los mitos, se presentan para continuar los enfrentamientos con los funcionarios
o las elites que instigaron las persecuciones, ahora en el terreno de la memoria y del olvido. El patrón de la
estancia La Estrella, Heriberto Speroni, mandó trasladar los restos de Antonio Gil al cementerio, pero la
osamenta del gauchito, según se cuenta, se le aparecía a cada rato y la tumba volvió a su lugar original.
El santuario del Gauchito Gil, ubicado en el cruce de las rutas 123 y 119, a 8 kilómetros de la ciudad correntina
de Mercedes, es el centro de una peregrinación que cada 8 de enero recuerda la muerte del personaje,
ocurrida según las versiones más difundidas en 1878, después de ser acusado injustamente de robar animales.
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La comprensión del bandolerismo como fenómeno social dio un giro a partir de Bandidos, el estudio del
historiador norteamericano Eric Hobsbawn (1968). El mismo año el sociólogo Roberto Carri publicó Isidro
Velázquez. Formas prerevolucionarias de la violencia, para plantear "un problema poco estudiado de la política
nacional: las rebeliones espontáneas de sectores del pueblo, formas violentas de protesta que no adoptan
manifiestamente un contenido político pero que indudablemente lo tienen".
Carri -cuya hija, Albertina, se ocupó también del bandido en la película Cuatreros– analizó en clave política el
fenómeno de la canonización de los criminales: "En Corrientes se venera la memoria de una serie de paisanos
alzados: donde están enterrados existe un verdadero culto popular, las reliquias de objetos pertenecientes a
los mismos tienen un gran valor para el pueblo. Debido a la estructura latifundista y a las características del
sistema político correntino, estos paisanos generalmente jugaron un papel activo en favor de caudillos del
partido autonomista".
En la perspectiva del escritor Hugo Chumbita, el mito que rodea a los santos bandidos "es síntoma de un
conflicto entre la élite y las masas" y la celebración de quienes quebrantan la ley implica "un cuestionamiento
al orden social y legal". El investigador de folklore Juan Draghi Lucero apuntó otra causa de fondo: "El pueblo
de urdimbre humildísima e ignorante no cree en la real legalidad de la justicia". Un escepticismo que, en otro
plano, es un motivo permanente de creencias.
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