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Villanos

El cuadernillo presenta un análisis de figuras criminales notorias en Argentina, explorando sus vidas y crímenes para reflexionar sobre las motivaciones detrás de sus actos y el impacto en la sociedad. Se destaca la historia de Carlos Eduardo Robledo Puch, conocido como 'El Ángel Negro', un asesino serial que dejó un legado de terror y violencia. Además, se menciona a Yiya Murano, la envenenadora de Monserrat, quien utilizó su astucia para manipular la percepción pública sobre sus crímenes.

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El cuadernillo presenta un análisis de figuras criminales notorias en Argentina, explorando sus vidas y crímenes para reflexionar sobre las motivaciones detrás de sus actos y el impacto en la sociedad. Se destaca la historia de Carlos Eduardo Robledo Puch, conocido como 'El Ángel Negro', un asesino serial que dejó un legado de terror y violencia. Además, se menciona a Yiya Murano, la envenenadora de Monserrat, quien utilizó su astucia para manipular la percepción pública sobre sus crímenes.

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Taller de Comunicación | Profesoras Florencia San Martín - Andrea Flores | 5to Comunicación | 2025

En las sombras de nuestra sociedad surgen figuras que desafían las normas establecidas, personajes
oscuros que se convierten en los villanos de nuestra historia. Este cuadernillo presenta a algunos de los
delincuentes más notorios de nuestro país, aquellos cuyas acciones han dejado una marca imborrable en
la memoria colectiva.

Investigaremos sobre la vida y los crímenes de ladrones astutos y asesinos despiadados, individuos que,
por diversas razones, eligieron el camino de la ilegalidad. Sus historias, a menudo envueltas en misterio y
controversia, nos invitan a reflexionar sobre los motivos que los llevaron a transgredir la ley y el impacto
de sus actos en la sociedad.

A través de una lectura por medio de notas periodísticas, examinaremos los factores que contribuyeron a
su ascenso en el mundo del crimen, desde sus orígenes y circunstancias personales hasta las
oportunidades y desafíos que enfrentaron. También exploraremos el papel de los medios de
comunicación y la cultura popular en la construcción de su imagen como villanos o bandidos

Este trabajo no busca glorificar ni justificar sus crímenes, sino comprender la complejidad de sus
motivaciones y el contexto en el que se desarrollaron. Al examinar sus historias, esperamos enriquecer los
argumentos para un posterior debate sobre la justicia, la seguridad y la prevención del delito.

Robledo Puch, el ángel negro

La historia de Carlos Eduardo Robledo Puch, el asesino serial más


sangriento de la historia criminal argentina podría haber cambiado
abruptamente si se hubiese cumplido el mandato que tenían los policías
que lo detuvieron el 4 de febrero de 1972. No lo pudieron ejecutar
porque lo hallaron junto a su madre, Aída Josefa Habendak, que
siempre lo protegió.
Su sola presencia le salvó la vida ya que los uniformados tenían la
indicación de “sembrarle” un arma con numeración “limada”, como se
conoce en la jerga policial y delincuencial, para que no pudiera ser
rastreada, y luego fingir que los había recibido a los tiros resistiéndose
para no caer preso. Pero la maniobra exigía que no hubiese testigos y no
pudo llevarse a cabo.

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Así, su mamá, con quien vivieron primero en Olivos y luego en Villa Adelina en un barrio de clase media, junto
a su padre, Víctor, le salvó la vida sin proponérselo. Era su único hijo, el mismo que había iniciado desde niño
en las clases de piano, más bien tímido y retraído, quien el 19 de enero había cumplido apenas 20 años.
El raid asesino de “El Ángel de la muerte” o “El Ángel Negro” como se lo nombró, comenzó el 15 de marzo de
1971 cuando acompañado de su ladero, Jorge Ibáñez -a quien conoció cuando cursaba el secundario en el
Instituto Cervantes de Vicente López después de que lo echaran de la escuela Don Orione a los 15 años por
portarse mal y robar dinero- asaltó el boliche Enamour de La Lucila. Sustrajeron 350.000 pesos, y cuando
escaparon Robledo Puch mató al encargado, Félix Mastronardi, y al sereno del lugar, Manuel Godoy, mientras
dormían, con una pistola Ruby.
En el segundo atraco seguido de muerte “El Ángel Negro” y su
cómplice mostraron que no tendrían límites. Ocurrió la madrugada
del 3 de mayo de 1971. Otra vez en yunta Ibáñez y Robledo se
metieron en un local de venta de repuestos de autos Mercedes
Benz. El comercio tenía una casa contigua y en uno de los cuartos
se toparon con un matrimonio y su bebé. Puch empezó a los tiros,
asesinó al hombre e hirió a la mujer. Luego su coequiper intentó
violar a la joven, quien salvó su vida de milagro. Como el niño
lloraba, Robledo escapó disparando contra la cuna.
El “Ángel” siguió matando sin piedad. En total fueron once
víctimas, incluido Ibánez, su socio en el delito. El 5 de agosto de
1971 circulaban en un Siam Di Tella. Se habló de un sospechoso
accidente cuando Robledo iba al volante e Ibáñez, que iba a su
lado, apareció muerto.
A partir de allí se vio obligado a sumar otro compañero para seguir
delinquiendo. Sumó a otro de sus amigos, Héctor Somoza, con
quien en el mes de noviembre robó un supermercado en
Boulogne, y mataron al sereno con una pistola calibre 32 que
habían sustraído un par de días antes asaltando una armería.

Juntos siguieron con robos en un par de concesionarias de la zona Norte del Conurbano asesinando en cada
caso al hombre que prestaba servicio de vigilancia. En el último hecho, Robledo no solo remató al custodio,
también le dio dos balazos a su socio y luego le quemó las manos y la cara
con un soplete para que no lo reconocieran y no lo asociaran a él. Pero
como a casi todos los delincuentes les ocurre, cometió un error: no llevarse
el documento que su compañero de fechorías llevaba encima. Cuando la
policía llegó, encontró la cédula de identidad en uno de los bolsillos del
pantalón de la víctima, de esa manera reconoció el cuerpo, y de inmediato
lo fueron a buscar y cayó.
Fue a parar a la Unidad 9 de La Plata, de donde luego logró fugarse pero a
los tres días lo volvieron a detener. El 27 de noviembre de 1980 lo
condenaron a reclusión perpetua por tiempo indeterminado. Y el 28 de
marzo de 1981 su destino fue la cárcel de máxima seguridad de Sierra
Chica. En el mismo penal donde, en la Semana Santa de 1996, se produjo el
trágico motín en el que los tristemente célebres conocidos como Doce
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Apóstoles tomaron como rehenes a una jueza y a funcionarios del Servicio Penitenciario Bonaerense, mataron
a otros presos de una banda enemiga y hasta cocinaron empanadas con sus restos. No fue todo, también
jugaron a patear en ronda la cabeza de uno de ellos. En esa oportunidad, Robledo se refugió en la parroquia
del penal junto a otros presos.
Historial delictivo de Robledo Puch: Delitos: Homicidios calificados reiterados (10 hechos). Homicidio simple (1
hecho). Tentativa de homicidio calificado. Robo simple cometido en forma reiterada (16 hechos). Robo
calificado. Violación calificada. Tentativa de violación calificada. Raptos reiterados (2 hechos). Abuso
deshonesto. Hurtos simples reiterados (2 hechos) y daño. Todos en concurso real (por el uso de armas).
En uno de los últimos informes integrales acerca de su conducta y su psiquis realizado por profesionales en
dicho penal en setiembre de 2018, tras 46 años de permanencia allí, podía leerse: “...el entrevistado registra
un recurso verborrágico, con un nivel superior a la media poblacional, con terminología específica de alguien
que tiene lectura y conocimientos de algunos temas. Por momentos enfatiza su relato con un tinte emocional
de bronca apoyado en la cantidad de años que lleva detenido en forma ‘injusta’ –según su particular visión–.
Se lo ve lúcido, ubicado en tiempo y espacio. No se aprecian alteraciones en la memoria y sensopercepción.
Frente a los delitos que se le imputan refiere que él sólo comete robos”.
Allí reconoció que robaba joyerías para darle el botín a
los pobres, como si fuera una especie de Robin Hood. “Al
interrogatorio sobre este accionar altruista que expresa
haber tenido, no pudo dar cuenta en forma directa cómo
lo hacía, titubeando frente al mismo. Refiere que nunca
asesinó a nadie. Utiliza reiteradamente a Dios, como que
fue predestinado por Él para estar en este lugar (se
refiere a la cárcel), ya que si no: ‘me juntaban con
cucharitas en la calle por la vida que llevaba…’.
Robledo admiraba a Hitler y a Perón. En el documento se
detalló: “Surgen también sus relatos políticos que
parecen una constante en sus entrevistas realizadas en
esta unidad, mostrando un especial interés por Perón y
enojo por los demás políticos. Presenta algunas
incoherencias en su decir, donde salta de un relato a otro
sin tener un hilo conductor, lo que denota un discurso
discontinuo y antojadizo”. Respecto de las sanciones
disciplinarias, en el informe se remarcó que “cuenta con
varias en su larga trayectoria de recluso”. Y lo calificó
como “un caso mediático”, considerándolo “uno de los asesinos seriales de Argentina”.
Por entonces desarrollaba tareas en la biblioteca, era instructor de ajedrez, jugaba damas y dominó tres veces
por semana. En su momento trabajó en mantenimiento, en la sección carpintería. Fue alumno regular desde
1990 a 1992 en la Escuela de Educación Primaria de Adultos Nº 701 Madre Teresa de Calcuta, con sede en la
prisión. No registraba participaciones en motines o fugas.
Desde marzo de 2017 venía gozando de un beneficio solicitado por su defensa, a través del cual se le concedió
un cambio de régimen, incorporándolo a uno denominado “semiabierto modalidad limitada”, siempre en su
por entonces lugar de encarcelamiento (Pabellón 9, celda 596, donde se alojaban internos de diversidad de
género).

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El acceso a esta modalidad de autodisciplina, le permitía circular de una manera no tan restringida como otros
presos. Dicha prerrogativa exigía que se garantizara la asistencia a la prisión de un médico/a especialista en
Psiquiatría y un psicólogo/a especialista en Psicología Cognitivo-Conductual– a fin de establecer los
dispositivos terapéuticos “para llevar adelante el acompañamiento necesario del interno con ajuste de sus
particularidades”, solicitando a “los agentes encargados del acompañamiento del reo” que dispongan
quehaceres que coadyuven a la resocialización, “proponiendo la práctica del ajedrez y otras actividades
recreativas”.
Las autoridades del penal reconocieron que era “un hombre que no generaba problemas, que jugaba al
ajedrez, escribía cartas y concurría a la biblioteca porque era un ávido lector y porque trabajaba allí”. Hacía
años que nadie lo visitaba, ya que en los últimos tiempos, la única que lo hacía hasta que falleció fue su mamá,
Aída Josefa, la misma que como dijimos, con su presencia evitó que lo mataran el día que lo detuvieron.
En ese 2018 cuando se confeccionó el informe que se detalla en esta nota, se estrenó la película El Ángel,
dirigida por Luis Ortega con guion del periodista Rodolfo Palacios basado en su libro de Editorial
Sudamericana. La interpretación de Robledo la hizo el actor Lorenzo Ferro, acompañado por el Chino Darín,
Daniel Fanego, Cecilia Roth, Mercedes Morán y Peter Lanzani.

Robledo Puch luego fue trasladado al Pabellón 1 de la Unidad


Penitenciaria 26 de Olmos. A fines del año 2022 el juez Oscar
Quintana había ordenado prepararlo para una especie de egreso.
El tema fue que desistió de la medida atento a que los informes
que le llegaron eran negativos por su rebeldía. Ni siquiera
tomaba la medicación psiquiátrica que le habían indicado los
profesionales del penal para su diagnóstico de “trastorno de
personalidad psicopático con significativa omnipotencia al
servicio de sostener su narcisismo”. Además registró “una
autovaloración exacerbada, nula empatía, significativo monto de
ira, superficialidad emocional, impulsividad, ausencia de
introspección, emocionalidad displacentera no exteriorizada. Se
observa ideación megalómana deliroide con aspectos
paranoides. Soluciona situaciones que pondrían en juego su autovalía, con una lógica peculiar que se aparta
de la realidad, con posibilidad de despliegue de conductas disfuncionales. Con escasos recursos de
autocontrol”, aseguraron los especialistas.
En noviembre del año pasado el mismo magistrado le planteó una alternativa. Cambiarlo de prisión para pasar
a un régimen abierto en el marco del Programa Casas por Cárceles de la Unidad 25 del Servicio Penitenciario
Bonaerense, “una vez que se produzca el cupo correspondiente, siempre y cuando preste su consentimiento al
efecto”.
Consistía en un espacio habitacional que funcionaba en la Unidad sin guardia armada uniformada, ni muros
perimetrales ni rejas. Pero Robledo le respondió a los peritos a los gritos y sin parar de hablar que no aceptaba
eso porque sentía temor y ya estaba acostumbrado al régimen de la cárcel. Es más, pidió poder volver a una
de las viviendas que existen en la prisión de Sierra Chica, donde se sentía como en su casa y pasó la mayor
parte de sus 53 años tras sus sórdidos muros.

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Yiya Murano, la envenenadora de Monserrat

La célebre y oscura “envenenadora de Monserrat”, que entró en la historia


criminal argentina, fue condenada por asesinar con cianuro a tres amigas
para no pagarles deudas que había contraído. Yiya Murano quedó
catapultada en la oscuridad de la fama criminal como una asesina.
Pero podría haber sido una escritora, al menos desde sus ideas y
pensamientos: sabía cómo generar suspenso en sus declaraciones, lo que
debía callar, cómo decir lo que podía. Sus recursos eran más de ficción que
las de una persona que clama por su inocencia. Una inocencia que fabricó
con mentiras. Uno de sus trucos era aparecer en algunas entrevistas con un
sobre en papel madera lacrado.
Cuando algún periodista insistía para que develara el contenido, pedía dinero.
Una vez, refiere la leyenda, una cronista aprovechó un descuido y abrió el sobre mientras ella saludaba a una
persona que le había pedido un autógrafo. La sorpresa, o no tanto,
terminó con el artificio de la anciana que era capaz de llorar sin
lágrimas, otro de sus recursos: el sobre estaba vacío.
Otra de sus trampas era decir que no había envenenado a sus tres
amigas. Con ese llanto fabricado, obscenamente mal actuado, decía:
-He matado a dos personas.
Y después develaba el misterio: no había misterio. Pero decía:
-He matado a mis padres, que no pudieron soportar mi injusta
detención y eso les rompió el corazón.
Le gustaba jugar al enigma. Al pasar revelaba que había sido amante de
un presidente, que las víctimas habían sido envenenadas por una mafia
de usureros.
Como lectora de Agatha Christie, la “reina del crimen”, parecía saber
cómo construir una trama o un suspenso. Y no por nada la escritora era
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experta en venenos. La mayoría de las víctimas que aparecieron en sus novelas era asesinada por sustancias
tóxicas. Es más, en un caso de envenenamiento en la década de 1970 en Reino Unido, a falta de literatura
científica, los patólogos consultaron uno de sus libros. El asesino era Graham Young.
Pero la tristemente célebre envenenadora de Montserrat, llamada María de las Mercedes Bernardina Bolla
Aponte de Murano, se llevó varios secretos a la tumba. A varios años de su muerte (tenía 84) en un geriátrico
de Belgrano, donde en sus últimos tres años no reconocía a nadie, ni siquiera a ella misma, surgen más
revelaciones. “Una fuente del caso me dijo que Yiya había envenenado a diez personas”, dijo el legendario
periodista Enrique Sdrech tiempo antes de morir.

El caso

Yiya envenenó con té y masitas finas a sus amigas


Nilda Gamba, Lelia Formisano de Ayala y su prima
Carmen Zulema del Giorgio Venturini. Los crímenes
ocurrieron entre el 11 de febrero y el 24 de marzo
de 1979.
Yiya las mató para no saldar una deuda que tenía
con ellas, pero un pagaré encontrado a su nombre
en la casa de una de las víctimas alertó a sus
familiares. Y las sospechas apuntaron a Murano, que
hasta sus últimos años negó haber sido la culpable.
Los sabuesos cerraron el círculo cuando confirmaron que la usurera Yiya les debía plata por un negocio que les
había propuesto, pero que en definitiva era una estafa. Yiya las conocía en la intimidad: eran sus grandes
amigas. Al final, terminaría quedándose con el último suspiro de esa intimidad: la muerte.
Las mató con cianuro, ese veneno cuyo olor y sabor comparan con las almendras negras. Yiya las cuidaba hasta
en su agonía. Y era la que más lloraba en los velorios: aunque lo hacía sin lágrimas.
La detuvieron el 27 de abril de 1979. Fue liberada el 20 de noviembre de 1995 por una reducción de la pena y
por el “dos por uno”. Un año después fue la columnista de moda del programa La Hoguera. Y hasta fue
invitada a los almuerzos de Mirtha Legrand, a quien le ofreció masitas con té.
A la opinión pública no le quedaba claro algo: “¿De dónde obtenía la asesina el veneno alcalino? Es algo que
no se expende en cualquier lado. Es así que la División Homicidios puso a trabajar a varias comisiones en las
droguerías, laboratorios o veterinarias de Capital Federal y del Gran Buenos Aires. “La receta o el documento
firmado por el médico que utilizó Yiya para llevar a cabo su obra maestra del terror tuvo que haber sido
firmado por un profesional", opinó uno de los
investigadores. Pero nunca se llegó a ese dato. Se siguió
esa pista, pero no hubo nada revelador.
Yiya negó que las muertes hubiesen ocurrido por
envenenamiento. “A una de ellas le hicieron respiración
boca a boca ni bien le dio el paro cardíaco, si tenía
cianuro el médico se habría muerto”, se defendía
Murano.
Su hijo Martín Murano, autor de un gran libro sobre la
relación con su madre, afirmó: “me quiso matar cuando
yo tenía diez años. Vi que le puso un líquido de un

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frasquito que ocultó. Me iba a dar el pedazo de torta pero a último momento no me lo dio. No se arrepintió,
simplemente no se animó a dármela, que es muy distinto”, reveló.
Los otros dos crímenes que supuestamente planeó fueron los de su último marido, Julio Banín, ex corrector
del diario La Opinión, ya fallecido, que había quedado ciego y conoció a Yiya en un colectivo, y su hija Julia
Banín.
Hace cuatro años Infobae sacó a la luz la denuncia mediática de Julia, su hijastra. Contó que Yiya intentó
envenenar a su padre Julio y a ella. “Creemos que le puso veneno para ratas a los fideos”, dijo la joven.
Además reveló que la envenenadora les robó los ahorros a su esposo. “Guardaba la plata en una caja. Ella
reemplazó los billetes por diarios recortados”, denunció.
Los policías y agentes judiciales que participaron de la pesquisa estaban convencidos de que la mujer no actuó
sola. Sospechaban de un médico que habría actuado de cómplice o de un hombre que consiguió que un
médico consiguiera los frascos de cianuro que ella utilizó para cometer el triple crimen.
Es más: hubo un sospechoso. Un amante de la asesina. Los testigos también se refirieron a un hombre que fue
visto correr por las escaleras desde la casa de una de las víctimas.
Un investigador creía que tuvo de cómplice a algunos de sus amantes. Pero los que dieron testimonio dijeron
no conocer a la envenenadora, que se jactaba de haberse acostado con más de 250 hombres.
“Y algunos de ellos con mucho poder. Otros con dinero. Famosos. Políticos. Empresarios. Deportistas. El
marido de mi hermana. Todo. Pero no lo puedo decir. La verdad está acá, y si alguien no pone la biyuya me
llevaré todo a la tumba”, decía.
Y se llevó todo bajo tierra. De ella sólo queda el recuerdo de su maldad, sus risas y su llanto inventado. Su
fama maldita detrás de los tres asesinatos que cometió como si fuese un personaje de Agatha Christie.

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Cayetano Santos Godino, el petiso orejudo.

Cayetano Santos Godino llevaba 21 años en el penal de Ushuaia


cuando murió en el hospital de la cárcel víctima de una hemorragia
interna que los médicos no pudieron – o quizás no quisieron –
controlar. Así y todo, era un milagro que hubiera sobrevivido tanto
tiempo, porque nadie quería al Petiso Orejudo en la “cárcel del fin del
mundo”, donde estaba confinado por la justicia como si así pudieran
olvidarse los crímenes con los que había horrorizado a la sociedad.
Los otros presos lo odiaban y eso que era un penal con muchos
criminales peligrosos, pero al Petiso no le perdonaban que hubiera
matado de las maneras más crueles: a una la quemó viva, a otro le
trepanó el cráneo con un clavo, a una tercera la ahogó en una zanja
cuando le falló estrangularla, y esas eran solo algunas. Había
cometido todos sus crímenes antes de cumplir 16 años y sus víctimas, que se contaban en por lo menos cuatro
muertos y diez heridos, eran niños, algunos de ellos menores de dos años. Como si fuera poco, era también
pirómano: se le probaron siete incendios de edificios.
Los diarios y revistas de la época en que cometió esos crímenes – las dos primeras décadas del Siglo XX – no
escatimaban adjetivos para calificarlo: bestia, hiena, monstruo, idiota, imbécil, inhumano, degenerado,
repugnante, fiera, abominable. Nunca hasta entonces jueces, policías, criminólogos y psiquiatras se habían
topado con un caso como el del Petiso Orejudo.

El final del Petiso Orejudo


Las autoridades y los médicos del penal de Ushuaia tampoco sentían el más mínimo aprecio por él. Por eso los
jefes penitenciarios autorizaron una y otra vez a los facultativos para que lo usaran como ratón de laboratorio
en experiencias “científicas” que consistían, por ejemplo, en achicar quirúrgicamente sus prominentes orejas
para comprobar si así se podían controlar sus “instintos criminales”.
La madrugada del 11 de noviembre de 1944 tuvieron que llevarlo de urgencia desde su celda hasta la
enfermería después de encontrarlo tendido en el suelo con escupitajos de sangre en la boca. Sufría una
hemorragia interna masiva que los médicos adjudicaron a una úlcera gastrointestinal. De eso, dijeron, murió.
Esa fue la versión oficial, porque en los pasillos de la
cárcel se decía otra cosa: que sangraba por dentro
después de una golpiza brutal que le propinaron varios
presos cuando descubrieron que el Petiso había
estrangulado al gato que tenían como mascota.
Fue enterrado en el cementerio lindero a la cárcel, pero
su tumba fue profanada y sus restos desaparecieron.
Una leyenda negra cuenta que la esposa del director del
penal tenía su cráneo sobre el escritorio y que lo
utilizaba como pisapapeles.
Era lo único que quedaba de Cayetano Santos Godino, el primer asesino en serie registrado en la historia
criminal de la Argentina, que además era un niño asesino en serie de niños.

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El pibe que nació mal
Cayetano Santos Godino nació en Buenos Aires el 31 de octubre de 1896. Era hijo de Fiore y Lucía Godino, un
matrimonio de calabreses llegados a Buenos Aires en 1884. Su llegada al mundo no fue de lo mejor: casi murió
en el parto y tuvo siempre una salud endeble, quizás agravada por el ambiente del hogar en que iba creciendo.
Su padre, alcohólico y con síntomas de demencia provocados por una sífilis contraída años antes, golpeaba a
su madre constantemente y muchas veces el pequeño Cayetano recibía su parte. También lo golpeaba su
hermano mayor, Antonio, otro chico torturado que, además, sufría frecuentes ataques de epilepsia. Por esos
años Cayetano estuvo varias veces al borde de la muerte, debido a una enfermedad estomacal –
probablemente una enteritis – mal tratada por los médicos.
Ni bien tuvo edad suficiente buscó la calle para escapar del infernal clima de su casa. A los cinco años ya
vagaba por Almagro y Parque Patricios, que por entonces eran un arrabal de Buenos Aires, donde todavía
había baldíos y quintas de descanso, pero crecían los conventillos poblados de paisanos venidos del interior e
inmigrantes. Lo echaron de varias escuelas por su rendimiento casi nulo – parecía no entender nada – y su
comportamiento violento.
A Cayetano le faltaba un mes para cumplir los 8
años cuando cometió su primer crimen, una
agresión que no terminó en asesinato por
casualidad. El 28 de septiembre de 1904
encontró en la calle a Miguel Depaola, un nene
de dos años, y lo llevó engañado hasta un baldío
cercano, donde lo golpeó y lo arrojó sobre un
montón de espinas. Lo estaba golpeando
nuevamente cuando los gritos de la pequeña
víctima alertaron a un policía que pasaba por ahí
y los llevó a los dos a la comisaría. Como se
trataba de dos niños, la policía buscó a sus
madres y se los entregó sin averiguar qué había
pasado.
Eso quizás lo envalentonó, porque unos meses después volvió a las andadas con el mismo modus operandi.
Engañó a Ana Neri, una nena de solo 18 meses que vivía en la misma cuadra de su casa, y la llevó a un baldío,
donde la tiró al piso y le golpeó la cabeza con una piedra. Por segunda vez, el paso casual de un policía evitó
que la matara. El agente devolvió la niña a sus padres y llevó a Cayetano a la comisaría, pero esa misma noche
estaba de regreso en su casa. Lo único que hizo el comisario fue mandar a buscar a la madre de Cayetano para
que se lo llevara.

La primera muerte
El 29 de marzo de 1906, un Cayetano de 9 años tuvo finalmente éxito en sus intentos homicidas, pero nadie se
enteró. El modus operandi fue el mismo de los casos anteriores: invitó a jugar a María Rosa Face, de tres años,
y la llevó hasta otro baldío, donde intentó estrangularla. La nena todavía respiraba cuando la enterró en una
zanja y la tapó con latas.
La policía nunca conectó la desaparición de María Rosa, denunciada por sus desesperados padres, con el niño
al que habían descubierto golpeando a otras criaturas en un baldío. Si se sabe de su muerte es porque años
después el propio Petiso Orejudo la confesó e indicó el lugar donde la había enterrado. El cadáver nunca fue
recuperado, porque ya no había allí un baldío y una zanja, sino que se levantaba un edificio de dos pisos.
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Para entonces, Fiore Godino no sabía cómo sacarse de encima a su hijo
problemático, de cuyo comportamiento en la calle se quejaban todos los
vecinos. Menos de una semana después de que Cayetano matara a María
Rosa sin ser descubierto, el hombre lo encontró acogotando a sus gallinas.
Lo molió a golpes y lo llevó a la rastra hasta la comisaría del barrio. El texto
de la denuncia del padre contra su hijo todavía se conserva: “En la Ciudad
de Buenos Aires, a los 5 días del mes de abril del año 1906, compareció una
persona ante el infrascrito Comisario de Investigaciones, el que previo
juramento que en legal forma prestó, al solo efecto de justificar su
identidad personal, dijo llamarse Fiore Godino, ser italiano, de 42 años de
edad, con 18 de residencia en el país, casado, farolero y domiciliado en la
calle 24 de Noviembre 623. Enseguida expresó: que tenía un hijo llamado
Cayetano, argentino, de 9 años y 5 meses, el cual es absolutamente
rebelde a la represión paternal, resultando que molesta a todos los
vecinos, arrojándoles cascotes o injuriándolos; que deseando corregirlo en
alguna forma, recurre a esta Policía para que lo recluya donde crea
oportuno y para el tiempo que quiera. Con lo que terminó el acto y previa
íntegra lectura, se ratificó y firmó. Firmado: Francisco Laguarda, comisario. Fiore Godino. Se resolvió detener al
menor Cayetano Godino y se remitió comunicado a la Alcaidía Segunda División, a disposición del señor jefe de
policía”, anotó el sumariante policial. Cayetano fue a parar a un reformatorio, pero dos meses más tarde
estaba de vuelta en su casa.

Más intentos fallidos


Tenía 11 años cuando empezó a tomar cuanto alcohol quedaba al alcance de su mano, siguiendo los ejemplos
de su padre y de su hermano Antonio. La ginebra empezó a potenciar aún más su comportamiento violento. Y
también sus ganas de matar.
El 9 de septiembre de 1908 encontró jugando solo en la calle a Severino González Caló, un nene de dos años, y
lo llevó hasta una bodega cercana. Una vez adentro, alzó al niño en sus brazos y lo metió en una pileta para
caballos, donde intentó ahogarlo. Los ruidos alertaron al dueño de la bodega, Zacarías Caviglia, que corrió y
sacó a Severino del agua, ante la mirada impertérrita de Cayetano.
Cuando le preguntó qué estaba haciendo ahí con ese nene, El
Petiso Orejudo le contestó que intentaba sacar al nene de la pileta,
porque había visto a una mujer vestida de negro – a la que luego
describiría con lujo de detalles a la policía – tirándolo al agua.
Caviglia llevó a los dos chicos a la comisaría, donde los dos años de
Severino salvaron a Cayetano. El nene no pudo explicar lo que
había pasado, y El Petiso Orejudo repitió su historia, agregándole
detalles. Lo hicieron dormir en una celda, pero al día siguiente lo
entregaron a sus padres.
La policía no lo asustaba a Cayetano, porque su necesidad de
ejercer violencia sobre otros más chicos que él era mucho más
potente que cualquier temor. Una semana después del intento de
asesinato del pequeño Severino, la madre de Julio Botte, un nene
de 22 meses, encontró a Cayetano metido en su casa, en la calle
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Colombres, quemándole un párpado a su hijo con la brasa de un cigarrillo. El Petiso Orejudo logró escapar otra
vez. La mujer hizo la denuncia, pero la policía no lo buscó.
Una y otra vez, Cayetano se salvaba de ser encarcelado por sus tropelías, pero lo que no podía esquivar era el
odio de su padre, que trataba de sacarse de encima a ese hijo problemático de cualquier manera. El 6 de
diciembre de 1908, con 12 años recién cumplidos, Cayetano volvió a ser denunciado y entregado por Fiore en
la Comisaría. Por orden de un juez lo enviaron a la Colonia de Menores de Marcos Paz.
Estuvo tres años fuera de circulación. En la colonia aprendió a leer y escribir – algo que nunca pudo hacer en
su breve paso por la escuela - y también algún oficio. Pero el reformatorio no reforma a Cayetano, o lo reforma
para peor. Endeble de físico, pasó todo ese tiempo soportando las agresiones de los otros internados.
Lo liberaron el 23 de diciembre de 1911 por pedido de sus padres, que al verlo tranquilo en las visitas
decidieron que el chico había tenido suficiente y que a partir de entonces se iba a portar mejor. Se
equivocaban: el reformatorio no había logrado frenar la furia asesina de Cayetano y el resultado era el
contrario.

Pirómano y asesino serial


El Petiso Orejudo – como lo llamaban en el barrio – había cumplido 15 años hacía menos de dos meses cuando
volvió a la calle. Su padre le consiguió trabajo en una fábrica, pero duró menos de un mes en el empleo.
Faltaba seguido, llegaba borracho, trabajaba mal y provocaba a los otros obreros.
Sólo se mantenía perseverante en sus ansias de matar, a las que se había agregado un incontenible deseo
pirómano. El 17 de enero de 1912 se metió de noche en una bodega de la calle Corrientes y le prendió fuego.
Escapó antes de que llegaran los bomberos, que demoraron más de cuatro horas en controlar las llamas. No lo
atraparon por el hecho, él mismo confesaría su autoría después, cuando lo detuvieron por su último crimen:
“Me gusta ver trabajar a los bomberos, es lindo ver cómo caen en el fuego”, explicó. En los meses siguientes,
El Petiso Orejudo provocaría otros seis incendios. Siempre logró escapar.
Cometió su primer asesinato del año el 26 de enero, cuando llevó a
Arturo Laurora, de 13 años, a una casa vacía de la calle Pavón y lo
estranguló con una soga. El cadáver, semidesnudo, fue encontrado por
el dueño de la casa cuando llegó para mostrarla a un potencial
inquilino. La policía no encontró pistas sobre la identidad del autor del
crimen. Si se la conoce es porque El Petiso Orejudo lo confesó
después.
El 7 de marzo prendió fuego el vestido de Reyna Bonita Vainicoff, una
nena de cinco años. Sus padres la llevaron inmediatamente al Hospital
de Niños, donde agonizó durante 16 días sin que los médicos pudieran
salvarle la vida.
El 8 de noviembre volvió a utilizar su estrategia de engaños para
convencer a Roberto Russo, un nene de dos años, que lo acompañara
a comprar caramelos. Lo llevó a un baldío donde había un alfalfar e
intentó estrangularlo con la soga que usaba a manera de cinturón. No
lo logró porque un peón vio la escena y corrió hacia ellos. Cayetano
explicó que había visto al nene atado y lo estaba desatando. Parece
insólito con sus antecedentes, pero la policía le creyó.

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Una semana más tarde, el 16 de noviembre, llevó a Carmen Ghittone, de tres años, a un baldío y le golpeó la
cabeza con una piedra. Los descubrió un policía cuando estaba estrangulándola y lo obligó a escapar. No lo
atraparon.
Esperó apenas dos días para hacer otro intento. El 20 de noviembre, encontró en la calle a Catalina Neutelier,
de cinco años e intentó llevarla hasta un baldío de la calle Directorio para matarla allí. No pudo llegar porque
Catalina pidió ayuda y Cayetano la golpeó en plena calle para que se callara. Un vecino le gritó y El Petiso
Orejudo tuvo que escapar sin llevarse a la nena.

Se delató solo
Las autoridades ya buscaban al Petiso Orejudo cuando éste cometió su último crimen, el que lo haría caer. Fue
el 3 de diciembre de 1912. La mañana de ese día, utilizando su clásico modus operandi de engaños, se llevó a
Jesualdo Giordano, un nene de 3 años, de la puerta de su casa en la calle Progreso 2185. Le prometió
comprarle caramelos en un kiosco cercano, le dio uno y le dijo que le daría más si iba con él. Así consiguió
llevarlo al lugar que se conocía como la Quinta Moreno, donde hoy se levanta el Instituto Bernasconi.
Lo alzó en brazos, lo metió en la quinta y lo llevó hasta el horno de ladrillos, donde volvió a usar la soga tenía
como cinturón para estrangularlo. Pero Jesualdo seguía respirando, de modo que recogió un clavo oxidado
que había en el piso y se lo clavó en la cabeza utilizando una piedra como martillo.
Estuvo a punto de ser atrapado cuando salió. En la vereda de la quinta se encontró con el padre de Jesualdo,
que le preguntó si había visto a un nene que estaba perdido. Imperturbable, Cayetano contestó con un
lacónico: “No Señor”.
Lo perdió – como a muchos delincuentes – la necesidad de comprobar las consecuencias de su crimen. Esa
misma noche, El Petiso Orejudo fue el velatorio del niño. Quería ver si todavía tenía el clavo en la cabeza, le
confesó después a la policía. Cayetano estuvo un rato parado al lado del cajón y de pronto estalló en llanto y
huyó corriendo. El padre del niño reconoció al pibe que había visto en la Quinta Moreno y sospechó.
Al día siguiente, una patrulla policial al mando del principal Ricardo Bassetti, allanó la casa de los Godino y
detuvo a Cayetano. En un bolsillo del pantalón le encontraron un pedazo de soga: era la misma que había
alrededor del cuello de Jesualdo.

Sin remordimientos
“¿Siente usted remordimientos por lo que ha hecho?”, le preguntó a Cayetano Santos Godino uno de los
psiquiatras forenses que lo entrevistaron durante el proceso penal.
“No entiendo”, le respondió,
imperturbable, El Petiso Orejudo.
Los forenses y los criminólogos se
peleaban por hablar con él: se
trataba de un caso siniestro y
fascinante que parecía salido del
manual de Césare Lombroso.
Ninguno dejaba de tomar nota
sobre la forma de sus orejas.
“Priman en él los instintos
primarios de la vida animal con
una actividad poco común,
mientras que los sociales están
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poco menos que atrofiados. Es un tipo agresivo, sin sentimientos e inhibición, lo que explica su inadaptabilidad
a la disciplina didáctica. Ofrece del punto de vista físico, diversos estigmas degenerativos, los más
característicos del tipo criminal”, anotó uno de los expertos, Víctor Mercante, luego de entrevistarlo en
noviembre de 1913.
En noviembre de 1914, el juez en lo Penal Ramos Mejía absolvió a Godino – pese a que había confesado
cuatro muertes, siete incendios y varios intentos de asesinato – por considerarlo “penalmente irresponsable”,
pero ordenó internarlo por tiempo indeterminado debido al peligro social que representaba. Fue a parar al
pabellón de delincuentes alienados del Hospital de Mercedes, donde en poco tiempo intentó matar a dos
pacientes e intentó escaparse.
Mientras tanto, la Fiscalía había apelado la sentencia y la Cámara de Apelaciones en lo Criminal resolvió Santos
Godino fuera confinado (mientras no hubiera asilos adecuados) en una cárcel, por lo que lo trasladaron a la
Penitenciaría Nacional de la calle Las Heras.
Estuvo allí hasta 1923, cuando lo enviaron a su último destino, la cárcel de Ushuaia, donde 21 años más tarde
murió en “confusas circunstancias”.
Hoy, en las viejas instalaciones de la vieja “cárcel del fin del mundo” funciona un museo penitenciario donde
se reproducen las condiciones en que vivían los presos, tanto los políticos como los comunes. Entre sus
atracciones hay una celda que aloja a un muñeco de cera de tamaño natural que representa a Cayetano Santos
Godino. Dicen que es la misma donde encontraron al Petiso Orejudo sangrando y en agonía el día de su
muerte.

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Nahir Galarza, el linchamiento mediático.

Nahir Galarza se convirtió en la condenada a perpetuidad más


joven de la historia penal argentina. Perdió todas las apelaciones
presentadas y quedó a cargo del servicio penitenciario por tres
décadas. Galarza estuvo presa desde el primer día, a diferencia de
muchos acusados de femicidios, y fue víctima del doble estándar
inocultable del poder judicial.
Nahir Galarza era lo contrario de una desobediente. Una
adolescente pálida, agraciada, pelito rubio y lacio como
corresponde, voz baja y buenos modales. Una chica de clase
media criada en los valores de la familia policial, que adoraba pero
le tenía un poco de miedo a su padre, el oficial Marcelo Galarza;
que iba con la mamá, la expolicía Yamina Kroh, al gimnasio. Que
no se drogaba y estudiaba Derecho.
Tenía algunas amigas parecidas a ella, amantes ocasionales y,
desde los 14, un vínculo complicado con Fernando Pastorizzo.

Vivía en Gualeguaychú, una ciudad de Entre Ríos que no llega a los 100.000 habitantes.
Meses antes de que su vida diera un giro irreversible, a 80 km, en Gualeguay, el femicidio de Mica García,
apenas un par de años mayor que ella, había sacudido a la provincia y al país. Nahir escribió en sus redes que
no quería a las feministas que siempre critican a la Policía.
Quién imaginaría que, en la madrugada del 29 de diciembre de 2017, la chica obediente iba a levantar la 9 mm
reglamentaria de su padre para descargarla en la espalda de Fernando Pastorizzo, a la que estuvo abrazada
hasta un segundo antes. Tenía 19 años y él, 20. Así describe lo ocurrido la sentencia.
El primer juicio se resolvió en menos de 30 días, allanado por la
confesión de Nahir -primero dijo que no pero a las horas dijo que sí- y
algunos testimonios que confirmaban su presencia en el lugar: un
remisero que la vio junto al muchacho y la moto caída, alguna cámara
que la filmó yéndose, un vecino que declaró que un rato después la vio
entrar a su casa “con una rara sonrisa”.
Lo más raro fue que la prueba de parafina, que detecta el rastro de
pólvora en sus manos, diera negativa. "Lo que condenan son las
pruebas, y la parafina da negativo, Nahir no efectuó el disparo. Por más
que diga que lo hizo", se exaltó su abogado, Víctor Rebossio. El fiscal
Sergio Rondoni le aplacó el entusiasmo con una frase: “Dio negativo
porque le transpiraban mucho las manos”. Un argumento, cuanto
menos, endeble.
A la madre de Nahir y al remisero también les hicieron la prueba de
parafina. Les dio negativo. Al padre, no. La policía de Entre Ríos
confirmó que a esa hora el hombre estaba trabajando y que iban a
sancionarlo por descuidar el arma.

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En los meses previos al juicio, cientos de personas se movilizaron
en Gualeguaychú bajo la consigna “Ni uno menos”. Los oradores,
invariablemente varones, predicaron contra la parcialidad del “Ni
una menos” y exigieron la condena perpetua. ¿Una manera de
señalar a quienes delinquen como seres ajenos, como monstruos,
e intentar que desaparezcan para siempre? ¿O una revancha?
Aunque los índices de femicidio indican un mínimo de una
asesinada cada 30 horas, que esta vez la ejecución del crimen
recayera sobre una muchacha parecía devolver cierto equilibrio
“natural” a las cosas.
Los padres no hablaron mucho. Ante el tribunal, la madre dijo que
su hija era una chica “sana” y que antes eran más cercanas. Que
en 2014 sufrió un ataque sexual que no se pudo comprobar y
desde entonces “cambió para siempre”. Que Fernando no era su
novio. Que en los últimos tiempos la había visto golpeada. Que
empezó a sospechar del muchacho una vez que la llamó 87 veces
mientras Nahir se duchaba. Que la hija le suplicó que no le contara al padre.
Los medios se arrojaron sobre la adolescente: frívola, promiscua, calculadora, cínica, desdeñosa y violenta
hasta lo inconcebible. ¡Nahir, con ayuda de una amiga, había golpeado a Fernando! Él se los contó, llorando en
un WhatsApp, dijeron sus amigos. La autopsia informó que el chico tenía moretones “de diez días de
antigüedad”.
Cuando promediaban las audiencias circuló en las redes el video de la Cámara Gesell donde una Nahir de 16
años contaba con voz casi inaudible el ataque sexual. El periodista, Ricardo Canaletti lo pasó en el prime time,
mientras le ponía nariz de Pinocho a una figura en tamaño real de la acusada.
En el tribunal, la fiscalía intentó exhibir un segundo video, donde los chicos hacían el amor. Nahir amenazó con
suicidarse.
La asesina perfecta, la bautizó Crónica, también fue responsabilizada por el derrumbe de una familia modélica:
una madre cabizbaja y un marido firme rodeándola con su abrazo. La familia contrató como vocero a un
manager de modelos, Jorge Zonzini, y le encargó que rehabilitara la imagen de Nahir.
Que fuera blanca, rubia, flaquísima, distante, bien vestida, parecía generar más irritación. No suelen ser así las
mujeres sentadas en el banquillo de los acusados. La fiscalía y los medios expurgaron fotos, testimonios, redes
sociales, mails de la acusada. El tribunal, sin embargo, rechazó el pedido de la defensa de revisar las redes de
Fernando para efectuar una autopsia psicológica. Querían probar que no eran novios sino una relación
inestable atravesada por la violencia.
La estrategia de presentar a Nahir como víctima de violencia de género -un atenuante- también fracasó,
aunque ella contó que la insultaba y la golpeaba. Aunque algunos testigos confirmaron que le habían visto
moretones, incluso en la entrepierna. El tribunal tampoco admitió el acoso a pesar de que se registraron en el
celular de la chica 250 llamadas de Fernando en dos días. “Lo maté porque nunca me iba a dejar en paz”, le
dijo Nahir a una amiga, según recoge el expediente.
La pericia del psiquiatra forense, Simón Ghiglione, confirmó con lujo de detalles cada prejuicio: la chica era
consciente de sus actos, había actuado con premeditación porque él iba a dejarla. El único problema fue “una
baja tolerancia a la frustración” y cierta “irritabilidad”.

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Esa evaluación judicial contrastó con la de la psicóloga de parte, Alicia Paday, que mencionó “breves brotes
psicóticos” y que él la sometía a violencia psicológica y sexual. No había lugar para evaluaciones favorables a
Nahir: el fiscal pidió que procesaran a Paday por falso testimonio.

Víctimas o victimarias
Las mujeres siempre dan tela para el linchamiento mediático. A diferencia de los femicidios, donde el nombre
de la asesinada perdura y el del asesino suele perderse, esta vez la centralidad cayó sobre Nahir, la
adolescente asesina, que ni se descontrolaba ni pedía perdón.
Hacia la asesina sin sentimientos fueron el alegato de la fiscalía y la sentencia. Un doble estándar inocultable
hasta la grosería, ese mismo día, en Mar del Plata, la Justicia absolvió al ex sargento de la Bonaerense Ricardo
Panadero, integrante de la patota policial que violó y asesinó a Natalia Melmann.
Panadero estuvo en libertad los 17 años que duró la causa. Nahir estuvo presa desde el primer día. Cuatro
veces el Juzgado de Garantías denegó el pedido de prisión domiciliaria, beneficio que sí habían concedido a los
acusados por el femicidio de Mica García.
En Gualeguaychú, el fallo del tribunal, el 3 de julio de 2018, fue
implacable: Nahir había planificado el asesinato de Fernando
-”un plan preordenado”- y “se aprovechó de la indefensión”.
Con el agravante de que la víctima era o había sido su novio, la
condenaron a prisión perpetua, 35 años de cumplimiento
efectivo. Podría quedar en libertad en 2052, a los 53 años.
Ni problemas mentales ni emoción violenta ni violencia de
género. La Justicia no halló atenuantes y la condenó a la pena
máxima. Las fuerzas vivas de Gualeguaychú, que habían pedido
un castigo ejemplar, fueron satisfechas: no hay clemencia con el
“machicidio”.
La agrupación feminista “Todo preso es político” fue la única
expresión de solidaridad activa con Nahir. El 10 de julio,
inmediatamente después de la sentencia, unas 30 personas se
convocaron frente a la Casa de Entre Ríos en la Ciudad de
Buenos Aires. “Te creemos porque sabemos”, decía el documento que denunciaba que Nahir “había sido
condenada socialmente antes del juicio” y “el show mediático con la intención de estigmatizarla”. Reclamaron
la absolución.
Nahir Galarza se convirtió en la condenada a perpetuidad más joven de la historia penal argentina (un titular
del que no prescindió ningún medio). Y perdió todas las apelaciones presentadas en las instancias superiores
de la Justicia de Entre Ríos.

Beneficios de estar lejos de casa


En varias oportunidades Nahir dijo que en la cárcel se sentía libre, que el control familiar era insoportable. En
enero de 2020, cuando llevaba cuatro años presa, contrató a la abogada Raquel Hermida Leyenda, que había
ofrecido sus servicios en el momento del crimen pero la familia rechazó “por zurda y feminista”.
En una nueva evaluación psicológica convocada por Hermida Leyenda, el psiquiatra Enrique Stola y la psicóloga
Alicia Castro coincidieron en que la joven “padece de esquizofrenia de inicio temprano y experimenta
alucinaciones auditivas, olfativas, visuales y cenestésicas. Además de una percepción alterada de la realidad”.

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Stola subrayó que Nahir no tuvo la contención médica ni psicológica adecuada, y llegó al juicio en “las peores
condiciones de salud mental”.
Meses después, Nahir explotó: le dijo a Hermida Leyenda que el asesino era su padre, que junto con el
abogado Rebossio le indicaron que se declarara culpable, que el papá le había prometido que diría la verdad
“después de solucionar algunas cosas” y que el fiscal Sergio Rondoni era cómplice.
Además, contó que un tío paterno la había violado cuando era
chica y que poco antes del crimen los padres la habían
obligado a abortar. Que pidiera protección porque el padre
era violento. Segundo derrumbe de la “familia modélica”.
La madre, que ya no vivía con Galarza y se había mudado a
Paraná para estar más cerca de la hija, rompió el silencio, dio
por cierta la denuncia de Nahir y pidió una perimetral para su
exmarido. Las vecinas del penal dicen que nunca la vieron,
que entra y sale oculta en su camioneta.
Haber denunciado a su padre enfrentó a Nahir con tres
instituciones temibles: la familia, la policía y el Poder Judicial.
Y con los medios, que repasaron prolijamente sus
contradicciones en el primer juicio.
La justicia no se permitió dudar: el homicidio “ya había sido analizado en distintas instancias judiciales”. Ni
siquiera se citó al padre “que a esa hora estaba trabajando”, apuntó el fiscal. También sobreseyeron al tío
porque habían pasado muchos años para comprobar la acusación.
Hermida Leyenda es contundente: “Al tomar la causa descubrí que lo que faltaba no era perspectiva de género
sino derecho penal. No se la defendió, la obligaron a hacerse cargo de un homicidio que no había cometido,
aunque sí había estado presente. La perspectiva de género fue un invento para tratar de salvarla después de
salvar a su padre”.
La defensora tiene una hipótesis sobre lo que ocurrió
esa madrugada: “los jóvenes iban en la moto y
Fernando llevaba el arma. Cuando vieron que se
acercaba el padre, el chico frenó de golpe y el arma
cayó al piso. El padre se agachó, tomó su pistola
reglamentaria y disparó hacia arriba, las dos veces.
Acto seguido le ordenó a Nahir que la agarrara y se
fuera a la casa”. Piensa que alguien ayudó a Galarza
para que ninguna cámara registrara su presencia en
la zona.
Ningún tribunal estuvo interesado en investigar esta versión. Ni siquiera la Corte Suprema.
Se puede pensar que esto fue así porque el padre no tenía un motivo para matar a Fernando. ¿Nahir sí? ¿Que
él - “no me lo iba a sacar nunca de encima”- la acosaba? ¿Ese no sería un atenuante? ¿Que él le dijo que la iba
a dejar? ¿Que ella no está mentalmente en buen estado? ¿No cabría la inimputabilidad?

Contra quién va el punitivismo


Nahir es una víctima del giro punitivista de la legislación desde 2004. Con las reformas propuestas por
Blumberg, la Argentina abandonó el llamado “régimen de progresividad de la pena” -explica la criminóloga
Claudia Cesaroni- que permitía que “a medida que la persona presa cumpliera ciertos requisitos de
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comportamiento” tuviera “acceso a salidas transitorias hasta los dos tercios de la condena y luego libertad
condicional”.
Antes ese derecho se ejercía a los 20 años de cárcel. Después, a los 35. A partir de 2017, el entonces diputado
y ministro de Defensa Luis Petri aprovechó el femicidio de Mica García para apretar más el torniquete y quitar
la libertad condicional a todos los condenados a perpetua por ciertos delitos -entre ellos, homicidio agravado.
”Como en nuestro país no hay pena de muerte, lo más parecido a la pena de muerte es la muerte en vida”,
opina Cesaroni.
A principios de julio, la Corte Suprema de la Nación tomó por válida la investigación realizada por los
tribunales entrerrianos, calificó como “inadmisible” el recurso extraordinario y dejó firme la sentencia contra
Nahir. Era la última chance que le quedaba en Argentina. Ahora apelará a la Corte Interamericana de Derechos
Humanos.
La condena a perpetuidad es por 35 años, Nahir podría salir de la cárcel recién en 2052, a sus 53 años. ¿El
servicio penitenciario la tragará por tres décadas? ¿Ese castigo evitará algún mal?

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La historia de Ricardo Barreda,


autor del cuádruple femicidio que conmocionó al país
El odontólogo, quien murió en un geriátrico a los 83 años, es uno de
los criminales más notorios de la historia argentina. Dijo al final de su
vida que se arrepentía de haber matado a su suegra, su esposa y sus
hijas.
El domingo 15 de noviembre de 1992, el odontólogo Ricardo Barrera
masacró a tiros a su mujer, a su suegra y a sus dos hijas en la casona
de dos plantas ubicada en la calle 48, entre 11 y 12, del centro de La
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Plata. Según su propio relato, ese día le dijo a su esposa, Gladys McDonald, que iba a limpiar las telarañas del
techo y ella le contestó con desdén: "Andá a limpiar, que los trabajos de conchita son los que mejor hacés".

Al abrir el depósito para buscar los elementos, Barreda


tomó una escopeta Víctor Sarrasqueta, calibre 16,5, que le
había regalado su suegra tiempo atrás, fue hasta la cocina
donde estaba su mujer y su hija, Adriana, de 24 años, y
disparó contra ambas. Al oír los estruendos, su suegra
Elena Arreche, de 86 años, bajó las escaleras y fue
acribillada, y Barreda cerró la masacre con su otra hija,
Cecilia, de 26 años.

"Aquel domingo bajé lo más tranquilo. Ellas acababan de


almorzar", relató durante el juicio. "Pasé por la cocina y le
dije a mi esposa: voy a pasar la caña en la entrada, el
plumero en el techo, porque está lleno de insectos atrapados que causan una muy mala impresión. O sino, le
digo, voy a cortar y atar un poco las puntas de la parra que ya andan jorobando. Voy a sacar primero las telas
de araña de la entrada, que es lo que más se ve. Me dice 'mejor que vayas a hacer eso. Andá a limpiar que los
trabajos de 'conchita' son los que mejor te quedan, es para lo que más servís'".

"No era la primera vez que me lo decía y me molestó sobremanera (...)


Al contestarme ella así, sentí como una especie de rebeldía y entonces
le digo: el 'conchita' no va a limpiar nada la entrada. El 'conchita' va a
atar la parra. Para hacer eso había que sacar una escalera del garaje.
Voy a buscar un casco que estaba en el bajo escalera (...) y encuentro
que afuera del bajo escalera, entre una biblioteca y la puerta, estaba la
escopeta parada (...) Y ahí, bueno, fue extraño. Sentí como una fuerza
que me impulsaba a tomarla. La tomo, voy hasta la cocina, donde
estaba Adriana, y ahí disparo".

Miguel Maldonado, uno de los primeros peritos de parte que entró en


acción a los días de los crímenes, relató en diálogo con PERFIL: "Ricardo
(así le decía yo) era un tipo con acentuados rasgos obsesivos que no
estaba para nada conmovido con lo que había hecho, como si el diablo hubiera poseído su cuerpo y lo hubiera
llevado a actuar. Fue un caso que me marcó la vida, porque empecé a ver este tipo de criminalidad, que no es
por motivos económicos, aunque alguien dijo que él tenía interés por quedarse con la propiedad y demás,
pero no tenía el perfil previo para eso".

"Algunos peritos sostuvieron que no había patología en Barreda, sin decir qué lo había llevado a cometer ese
delito. Otros, como yo, dijimos que en realidad tenía una patología que consistía en un delirio de
reivindicación, él estaba queriendo volver a ser el padre de familia que prácticamente nunca pudo ser por
algunas inconductas que él cometía, por ejemplo, sabiendo que su mujer y sus hijas iban a ir al Teatro
Argentino de La Plata, él iba con la novia de turno”, continuó. “Era un galán a la antigua Barreda, hacía todo el
cortejo como un novio, tanto que tenía una novia en Mar del Plata, a quien visitaba periódicamente y allí tenía

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una bata y unas pantuflas, clásico del amante antiguo que dejaba en la casa de la amada esto, como si eso
fuera el sello de posesión".

"La última vez que vi a Barreda fue durante el juicio oral, porque tuve que ir a declarar. Después no lo vi más",
dijo Maldonado. "Él no estaba contento con nosotros, con sus peritos, porque nosotros habíamos adherido y
ampliado la posición del perito oficial que había dicho 'Barreda estuvo, está y estará loco'. Y él decía que no,
que de ninguna manera. Argumentamos con los abogados de ese momento que lo queríamos convencer,
cuando lo entrevistamos antes del juicio, de que entendiera que es lo que nosotros habíamos encontrado
como para aliviar su situación. En el caso de haber sido declarado inimputable hubiera ido a un centro
psiquiátrico durante unos años".

En 1995, Barreda fue condenado a prisión perpetua y estuvo 11 años


preso en la Unidad 9 de La Plata hasta que, en 2007, y por su buena
conducta obtuvo el beneficio de la prisión domiciliaria. Dos años más
tarde, confesó sentirse "muy arrepentido". "Lamento mucho lo que me
pasó, sobre todo lo siento por mi hija más chica, que fue a la que menos
le di y de la que más recibí", dijo en una entrevista en la que confesó
que por momentos le parecía "irreal" lo ocurrido. "Es como que uno
estaba inmerso en algo que nunca podía prever que le podía pasar. Yo
digo lo que me pasó a mi, pero hay veces que todavía no me doy
cuenta, me parece una cosa irreal", reveló.

El odontólogo dijo entonces que iba a lamentar "toda" su vida los


terribles asesinatos y admitió que hay momentos del día en que estaba
bien, contento, risueño y, de pronto "me viene el recuerdo y se me baja
la máscara". "Siempre se dijo que yo en esa oportunidad sostuve que
volvería a hacer lo que hice. Y eso no es así. Cuando me hicieron esa
pregunta, yo lo que respondí fue que si las circunstancias volvieran a
darse de la misma manera, creo
(hay un creo ahí) que volvería a responder de la forma que respondí, porque cuando el cúmulo de pruebas, de
ofensas, humillaciones, injurias llegan a cierto punto, uno estalla".
En 2011, la Sala I de la Cámara Penal platense le concedió la libertad condicional al odontólogo, quien dijo que
"se hizo justicia". A partir de entonces, el odontólogo continuó viviendo con su novia en el barrio porteño de
Belgrano. "La mayor pena que sobrellevará en su vida es saber que fue el autor de la muerte de quienes más
quería", dijo su abogado Eduardo Gutierrez, quien afirmó que era necesario entender los crímenes en "el
contexto de lo que se vivía en ese hogar, donde había una patología que involucraba a toda la familia".

Entonces se fue a vivir con su nueva pareja, la docente Berta "Pochi"


André, a su departamento del barrio porteño de Belgrano. Allí vivió hasta
2014, cuando la Justicia consideró que la relación con Berta se había
vuelto "peligrosa" y el odontólogo volvió a la prisión, al penal de Olmos.
"El periodista Rodolfo Palacios, autor del libro 'Conchita: Ricardo
Barreda, el hombre que no amaba a las mujeres', cuenta que cuando lo
visitaba a Barreda notaba cómo trataba a su concubina (Berta) con quien
se ponía muy hiriente y la llamaba 'chochán' (chancho al revés)". Y
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amplió: "Durante el último tiempo la maltrataba porque decía que no lo atendía como correspondía y que
estaba muy gorda y que no se cuidaba. Él quería una modelito".

A fines de 2015, la Sala I de la Cámara de Apelaciones le dio la libertad condicional y se mudó a Tigre. En mayo
de 2016, la justicia consideró cumplida su condena y se convirtió en un hombre libre. Solo unos días después
de haber quedado extinguida su condena, Barreda fue fotografiado en la sala de espera de un hospital de
Pacheco visiblemente desmejorado, con la mirada perdida y
abandonado, por una mujer que lo fotografió y compartió la imagen a
su cuenta de Facebook sin saber de quién se trataba, ya que el hombre
le dijo que se llamaba Alberto Navarro. "Amigos, este señor abuelo,
está en el hospital, no sé cuánto hace. Se llama Alberto Navarro, dice
que no tiene parientes. Pero yo creo que si, ahora me pregunto, como
pueden abandonarlo, a su suerte, si usted lo conoce y conoce a su
familia, está en el hospital de Pacheco", escribió la mujer, que agregó:
"Y díganle también, a sus hijos, o sobrinos, hermanos. Que son, no voy
a decir, la palabra, pero, yo daría por tener a mis viejos vivos, cuidarlos
como ellos me cuidaron a mi".

En 2017, Barreda dijo que se arrepintió de haber cometido el cuádruple crimen, mientras pasaba sus días en
un hospital de la localidad bonaerense de Pacheco. Ante la consulta de si considera que se pudo haber
comportado de otro modo cuando cometió el cuádruple crimen, el odontólogo dijo: "Eso pienso siempre. Es
una cosa que uno la va a respirar siempre". "A veces uno se alegra con algunas cosas, hay que buscarlas y
seguir para adelante", indicó. Otra de las preguntas que le hicieron es cómo convive con ese peso, a la que
contestó: "Eso lo marca a uno para toda la vida. A cualquiera, o al menos a mí. A los demás no sé, ni me
importa". Barreda dijo primero que se arrepintió de haber matado a Adriana, su hija menor, pero luego dijo
que se arrepentía del cuádruple crimen al señalar: "A las cuatro, sí. No vamos a establecer diferencias". Allí, el
hombre le habría confesado a un enfermero: "No hay día que me despierte y no sienta culpa".

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El robo del siglo


Los ladrones de Banco Río engañaron a
la policía. La audacia del impresionante
plan dejó a la nación en shock y se
transformó en un hito de la historia
criminal argentina
El 13 de enero de 2006, Argentina fue
testigo de uno de los robos más
audaces de su historia criminal: el
“Robo del Siglo”. Ese día un grupo de
delincuentes, con una meticulosa
planificación previa, llevó a cabo el
impactante asalto a la sucursal del
Banco Río en Acassuso, en la provincia
de Buenos Aires.

El robo comenzó con una toma de rehenes en la planta baja del banco, lo que mantuvo ocupada a la policía
mientras los ladrones desplegaban la verdadera operación en el subsuelo.
El plan se desarrolló de manera sorprendentemente quirúrgica. Mientras la policía negociaba en la planta baja,
los asaltantes vaciaban 146 cajas de seguridad en el subsuelo. Para evitar levantar sospechas, utilizaron armas
de juguete y dejaron una nota memorable en la bóveda: “En barrio de ricachones, sin armas ni rencores, es
solo plata y no amores”. Esta frase no solo demostró su ingenio, sino que también se convirtió en símbolo del
golpe perfecto que estaban llevando a cabo.
Sin embargo, el verdadero golpe maestro consistió en la fuga. A través de un boquete, los delincuentes
accedieron a un túnel de desagüe fluvial por el que escaparon en dos gomones inflables. Esta ruta de escape
subterránea burló a los más de 300 policías que habían rodeado la manzana e hizo posible que los ladrones
desaparecieran sin dejar rastro. Durante horas, lograron mantener la atención de los medios y la policía en la
fachada del robo mientras ya se encontraban a kilómetros de distancia.
La ejecución del robo fue tan meticulosa y
precisa que dejó a toda una nación
estupefacta. Publicaciones de todo el
mundo cubrieron el evento y destacaron
tanto la destreza como la audacia de los
ladrones. El “Robo del Siglo” no sólo
significó una pérdida millonaria, calculada
inicialmente en 19 millones de dólares y 80
kilos de joyas, sino que también demostró
la vulnerabilidad de los sistemas de
seguridad del momento, llevando a una
reevaluación generalizada de las medidas
de protección bancaria.

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El arresto de los miembros de la banda del Robo del Siglo
comenzó tras la delación de Alicia di Tullio, ex esposa de
Rubén Alberto de la Torre, quien reveló detalles que
condujeron a la detención de los ladrones.
Fernando Araujo, el líder e ideólogo del robo, fue
condenado a 14 años de prisión, aunque su sentencia se
redujo a 9 años y en prisión efectiva cumplió solo un año y
medio. Rubén Alberto de la Torre, conocido como “Beto”,
fue el primero en ser capturado y cumplió 8 años de cárcel,
siendo el que más tiempo pasó detenido. Sebastián García Bolster, el “Ingeniero” de la banda, nunca confesó
su participación, pero su pericia técnica quedó probada y fue sentenciado a una pena que también se
disminuyó con el tiempo.
Luis Mario Vitette Sellanes, la cara visible del grupo y encargado de negociar con la policía, fue condenado a 25
años de prisión, pese a que en 2013 recuperó la libertad al ser deportado de por vida de Argentina. Julián
Zalloechevarría, quien participó como chofer y en la logística del robo, recibió 9 años de pena, según el Centro
de Información Judicial. Dos de los integrantes, conocidos como el “Ladrón Fantasma” y el “Séptimo”, nunca
fueron capturados ni imputados oficialmente.

Quiénes llevaron adelante el robo del siglo

La mente maestra detrás del golpe fue Fernando Araujo, quien


orquestó cada detalle del plan con una meticulosidad sorprendente.
Desde su atelier, Araujo diseñó un asalto sin armas reales, inspirado en
técnicas de artes marciales y principios filosóficos. Además, utilizó su
ingenio para idear una estrategia que involucraba la toma de rehenes
como distracción y una fuga a través de un túnel pluvial en gomones
inflables.

Sebastián García Bolster, conocido como “el ingeniero”, jugó un papel crucial
en la logística del robo. Su pericia técnica permitió la apertura de 146 cajas de
seguridad en el subsuelo del banco con la creación de herramientas
especializadas. Durante la planificación, García Bolster ayudó a Araujo a
realizar un reconocimiento del lugar, aunque en una ocasión casi fueron
detenidos por la policía cuando tomaban fotografías del banco.

Luis Mario Vitette Sellanes, también clave en la operación, fue el


encargado de negociar con la policía durante el asalto. Vestido con un
traje gris y utilizando réplicas de armas, Vitette logró engañar a más de
300 policías, manteniéndolos ocupados mientras el botín era sustraído.
Su habilidad para manipular y su rol como negociador le otorgaron una
notoria popularidad, incluso después del robo.

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Rubén Alberto de la Torre, el primero en entrar al banco el día del asalto,


desempeñó un papel fundamental durante la ejecución del plan. Fue el
encargado de asegurar la planta baja y colaborar en la toma de rehenes. De la
Torre, al igual que los otros integrantes, pasó por un intensivo proceso de
preparación, que incluyó ensayos y la adquisición de habilidades específicas
para garantizar que el robo se llevara a cabo sin complicaciones.

Julián Zalloechevarría, conocido como “el Paisa”, era el chofer del grupo y
también se encargó de robar vehículos para la logística del asalto. Aunque
estaba herido y no entró al banco, tuvo un rol importante en el manejo y la
huida.

El Ladrón Fantasma (cuyo apodo se refiere a que nunca fue atrapado),


desempeñó roles esenciales durante la ejecución del plan. Al final del
asalto, este miembro no se dejó ver y mantuvo un perfil bajo, lo que
contribuyó a la leyenda del robo.
El Séptimo Hombre, de quien se sabe muy poco y cuyo nombre real es un
misterio. Este integrante era conocido dentro del grupo como Bebe, Nene o
Luis. Siguió en el anonimato y se presupone que se mantuvo en el delito
hasta su retiro.

¿Qué es de la vida de los integrantes del robo del siglo?


​Fernando Araujo
Después de cumplir su condena, se dedicó a la pintura y a la enseñanza de artes marciales. Fue ternado en los
premios Sur al convertirse en guionista y participar en la producción de la película “El robo del siglo”. Vive en
Vicente López y continúa con sus proyectos artísticos y cinematográficos.
​Sebastián García Bolster
Conocido como “el ingeniero”, volvió a su oficio de reparación de autos, motos y jet skis. Aunque mantiene un
bajo perfil, ha expresado interés en incursionar en el cine y está trabajando en un guion relacionado con el
mundo del delito.
​Luis Mario Vitette Sellanes
Se estableció en San José, Uruguay, donde maneja una joyería llamada Verde Esmeralda. Dice haber dejado
atrás su vida delictiva y ahora se dedica a su familia y a escribir. Ha publicado un libro sobre su participación en
el robo y tiene proyectos vinculados al cine y la televisión. “Soy padre de familia, joyero, relojero, experto en
redes sociales y escritor”, dijo de sí mismo.
​Rubén Alberto de la Torre
Rubén Alberto de la Torre encontró una nueva vocación en el mundo artístico. Ha participado en series de
televisión y películas, incluyendo “Un gallo para Esculapio” y “El robo del siglo”. Además, se graduó como
abogado y ejerce la profesión, dedicándose a casos de justicia.
​Julián Zalloechevarría

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Julián Zalloechevarría, conocido como “el Paisa”, también estudió y se recibió de abogado penalista en la
cárcel. Abandonó el delito y ahora lucha contra las injusticias del sistema judicial. Vive una vida tranquila con
su familia, lejos de su pasado criminal.
​El Ladrón Fantasma
Mantiene un perfil bajo y ha optado por una vida tranquila, dedicándose a su familia. No se conocen muchos
detalles de su vida actual, pero ha declarado que está retirado del delito.
​El Séptimo Hombre
También ha optado por el anonimato. Vive retirado del delito, dedicándose principalmente a su familia y
disfrutando de una vida tranquila. Ha declarado que no tiene intención de regresar al mundo del crimen.

¿Dónde está el dinero del robo del siglo?


El paradero exacto del dinero robado en el “Robo del
Siglo” al Banco Río de Acassuso sigue siendo un misterio.
De los aproximadamente 19 millones de dólares y 80
kilos de joyas sustraídos, la policía logró recuperar solo
una pequeña parte. Hasta hoy, el destino del resto del
botín no ha sido revelado y es motivo de especulación.
Los miembros de la banda, que cumplieron condena por
el asalto, han mantenido silencio sobre la ubicación del
dinero, alimentando así la intriga y el mito alrededor de
uno de los robos más audaces de la historia criminal
argentina.

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Bandidos rurales

Desde el Martín Fierro, la estampa de los héroes populares trastabilla


en la legalidad. Bandidos rurales, la sangrienta página que se inició un
primero de enero de 1872. Los bandidos rurales son santos en
Argentina. Y no hace falta referirse al mayor de ellos, el Gauchito Gil.
Ensimismados en las leyendas a la Robin Hood, robar a los ricos y
repartir a los pobres. Si bien la evidencia histórica habla más bien de
estrategias de protección de los ladrones, negociadas con el
campesinado empobrecido, en pos de refugios clandestinos, y
esporádicas acciones directas de los bandoleros contra hacendados,
los mitos erigieron a estos pistoleros de las Pampas en padres
involuntarios de la lucha contra la injusticia. Juan Moreira pasó de ser
un matón bonaerense a un símbolo de la resistencia contra la
opresión, que recibió vítores y aplausos desde su aparición en el
folletín y circo. Ahora proponemos una breve historia que enlace
famosos bandidos rurales con una hipótesis de origen poco discutida.

Pastor Luna, Hormiga Negra, el Tigre de Quequén y los hermanos Barrientos son los que inspirarán, y
atemorizarán, a toda una sociedad que vivía fuertes cambios, entre el avance irresistible del modelo
agroexportador a nombre del progreso y la inmigración aluvional. Estos hombres representan la última
frontera de una Argentina que cambiaba los rostros y las manos hacia el futuro. Pero para los que estaban
desde antes, y seguirán siendo las anónimas manos, son un estandarte que se enfrentan a las desigualdades
diarias, a los desplazamientos y las miserias. Poco importa si no sólo matan terratenientes o capitalistas, a
veces las víctimas mortales son simples empleados de Bunge & Born o La Forestal. En los ojos de los
campesinos sin tierras, reducidos a jornaleros pagados con insultantes vales, constituyen ajusticiamientos de
una mano divina y reparadora. Dioses para los pobres.

Uno de los primeros santuarios a un bandido rural lo encontramos


en Saladas, Corrientes, en la tumba de Olegario Álvarez, “El gaucho
Lega” Abatido en 1906 todos los 23 de mayo se repite el desfile de
personas que lo invocan, y dejan los tradicionales correntinos
“paños de la cruz”, una costumbre que se extendió a todos los
altares populares argentinos.

Los dos primeros apellidos que se cruzan de bandidos rurales son los del santafesino Juan Bautista Bairoletto y
el tucumano Segundo David Peralta, o Manuel Bertolatti, o más conocido, Mate Cosido. Como se adivina en
los apellidos ya no eran solamente los gauchos quienes delinquían en tiempos donde las primeras
generaciones de inmigrantes padecían a los insaciables latifundios. La mayor concentración de bandidos
rurales se dará en los Territorios Nacionales del sur y el noroeste, grandes extensiones en pocas manos, y con
serias deficiencias en seguridad e infraestructura. Tan serias que los ricos de la Patagonia organizaron la
temible parapolicial Policía Fronteriza del Chubut, bajo las órdenes del impiadoso mayor austríaco Mateo

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Ghebard. Entre sus apresamientos, y fusilamientos sin juicio, se encuentran el cuatrero uruguayo Asencio
Brunel, un gaucho conocido también como El Malvinense, y los norteamericanos William Wilson y Bob Evans,
quienes siguieron los pasos argentinos de famosísimo pistolero Butch Cassidy. En 1911 se regaba con sangre
las heladas tierras del sur en un cruento anticipo de la Patagonia Rebelde.

Vairoletto y Mate Cosido, hermanos fuera de la ley


“Soy una fabricación de las injusticias -acusaba Mate Cosido en la revista porteña “Ahora” en enero de 1940,
cuando era buscado por tierra y aire- que siendo muy joven ya comprendí de las persecuciones gratuitas de
una policía inmoral y sin escrúpulos” Hacía principios de los veinte llevaba un estruendosa ruta delictiva en
Córdoba, Santiago del Estero, Chaco y Corrientes,
incluso en Paraguay, que lo ubicaban fácilmente
en el enemigo público número uno de la región.
Apresado en 1926 en Misiones y encarcelado en
Resistencia durante seis años, en ese periodo en
las sombras ensambló una formidable banda con
los míticos delincuentes el Calabrés, el Vasco, el
Chileno y el Vasco Noy. A partir de 1933 retornó a
las correrías y logró amasar una gran fortuna
robada a corredores y bancos de terratenientes,
“en una línea de conducta justiciera”, se
justificaba en “Ahora” El Gran Golpe de película
fue el 6 de julio de 1936, un asalto al tren en
Presidente Roque Sáenz Peña, Chaco. Menos de treinta años antes había asistido ese mismo paraje al último
malón de los indios desplazados de la selva, talada y expoliada, y ahora Mate Cosido robaba 15 mil pesos de la
algodonera Anderson, Clayton & Cía. No es muy difícil imaginar que la banda de Mate Cosido pudo esconderse
donde quiso en una fechoría que muchos consideraron justicia divina. Con los años se supo que se había
albergado en un humilde rancho y, una noche, un niño se largó a llanto pelado. Mate Cosido fue hasta Sáenz
Peña y trajo al médico sin miedo a que lo detenga la policía. Y pagó la cuenta. La supuesta imbatibilidad del
hampón se terminó el 8 de enero de 1940 con un secuestro frustrado a Jacinto Berzón en Villa Berthet, Chaco,
y la delación de un lugarteniente, Julio Centurión. Una balacera de la gendarmería, que tenía la orden de
captura del vivo o muerto, acabó con los secuaces y hería malamente a Mate Cosido. Alcanzó a remitir desde
Rafaela el descargo a la revista y desapareció en los mismos caminos polvorientos que tanto asoló durante tres
décadas. No alcanzó a volver a la casa de sus viejitos en Tucumán ni a los brazos de su querida Ramona en
Córdoba. O nunca se supo.
Un año después terminaría la era de los bandidos rurales en la
Argentina. Rodeado por la policía en Mendoza, y también delatado por
un ladero, Vicente Gazcón, Bairoletto se suicidaría en brazos de su
amada Telma “San Rafael. 14 de septiembre. En su ley, de acuerdo a su
propia vida, cayó esta madrugada, frente a una nutrida comisión
policial, el bandolero con ribetes románticos, quizá el último de su
clase, Juan Bautista Vairoletto -aparecía en Noticias Gráficas, cita de la
investigación de Francisco Juárez- En un rancho donde había
establecido su guarida, en unos campos de San Pedro de Atuel,

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departamento de General Alvear, tuvo un encuentro con la policía. Cayó para siempre Bairoletto y herido su
compinche. La policía no salió indemne…localizado el rancho a las 5 de la mañana, fue sitiado por la
policía…una fuerza de 20 hombres”…contra Bairoletto, un peón llamado Asia y la mujer con sus dos
pequeñas hijas. Llevaba retirado casi un lustro a pedido de Telma, haciéndose llamar Francisco Bravo, y con la
supuesta protección de algunos políticos y policías. Incluso su último acto criminal fue el asalto a La Forestal
en Cote Lal, un frustrado hecho planificado codo a codo con su hermano fuera de la ley, Mate Cosido. Ambos
se admiraban aunque Vairoletto envidiaba en privado la fortuna que amasó su colega. Juan Bautista nunca fue
más que un bandido de poco monta, con relatos orales donde poco se desprende un real robinhoodismo,
aunque eso no impide que en septiembre peregrinen devotos a su tumba en General Alvear.
Bairoletto inicia su foja con el asesinato del cabo Farach en 1919, que la había detenido injustamente por un
problema en un burdel de Eduardo Castex, La Pampa, y en compañía de un pupila de un prostíbulo se
transforma en el terror de los ricos pampeanas -y el héroe de los campesinos desplazados y trabajadores
apaleados en la Semana Trágica. Los anarquistas lo transforman en el ejemplo del ácrata tras el atentado a un
caudillo radical, Pedro Cometta. La verdad es que Vairoletto también era un matón a sueldo de las internas
políticas y no dudó en disparar a quien solía atenderlo. La primera mitad de los veinte encuentra al bandolero
entrando y saliendo de cárceles provinciales hasta que a partir de 1926 enhebra algunos atracos de magro
botín y varias víctimas fatales entre Mendoza y Río Negro. Incluso una violación documentada en La Pampa en
1929. Así es un poco complicado explicar por la envergadura romántica y social que acompaña a Vairoletto.
Uno de los pocos hechos registrados en la tradición oral narran cierta vez que unos colonos llamaron al “amigo
de los pobres” cuando un “usurero árabe” pretendía cobrar unos pagarés. Y Bairoletto a punta de Winchester,
el rifle preferido de los estancieros y las bandoleros, rápido y contundente, obligó al prestamista a quemar en
un tronco los documentos. Córdoba, San Juan, San Luis y Mendoza rinden culto al Gaucho Vairoletto. Incluso
en Eduardo Castex, La Pampa, existe el Circuito Vairoletto, que con fines turísticos recrea los escenarios su
primer crimen y la chacra familiar. Con este bandido rural, que parece en los papeles tan distante a un héroe
social, se patentiza una vez más la tendencia argentina de poner ciertos reclamos sociales en los lugares
equivocados.
Las historias de santos criminales tienen un formato prototípico: sus protagonistas suelen ser víctimas de
persecuciones injustas -a veces por el amor de una mujer, como le ocurrió a Juan Bautista Bairoleto– y se
ponen fuera de la ley por las arbitrariedades de la policía -el caso de Mate Cosido, según su propio
testimonio-; sus robos afectan exclusivamente a los poderosos y tienen cierto sentido redistributivo de las
riquezas, o bien festivo, como las celebraciones adjudicadas a Martina Chapanay; las fuerzas de seguridad
recurren a traidores y los ejecutan con ensañamiento, lo que refuerza la indignación popular y la simpatía
hacia los bandidos.
En desventaja ante las fuerzas de la ley, los bandidos santificados tienen payé, el poder hipnótico que la
leyenda le atribuyó a la mirada del Gauchito Gil, o recursos mágicos como el pañuelo que indicaba por dónde
venía la patrulla policial y el sapucay que inmovilizaban a los perseguidores, en el caso de Isidro Velázquez, de
cuya muerte se cumplieron este mes cincuenta años.
Sus fantasmas, de acuerdo con los mitos, se presentan para continuar los enfrentamientos con los funcionarios
o las elites que instigaron las persecuciones, ahora en el terreno de la memoria y del olvido. El patrón de la
estancia La Estrella, Heriberto Speroni, mandó trasladar los restos de Antonio Gil al cementerio, pero la
osamenta del gauchito, según se cuenta, se le aparecía a cada rato y la tumba volvió a su lugar original.
El santuario del Gauchito Gil, ubicado en el cruce de las rutas 123 y 119, a 8 kilómetros de la ciudad correntina
de Mercedes, es el centro de una peregrinación que cada 8 de enero recuerda la muerte del personaje,
ocurrida según las versiones más difundidas en 1878, después de ser acusado injustamente de robar animales.
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José Dolores Córdoba también tiene un santuario, en la localidad de


Rawson, en San Juan, donde acuden los peregrinos que buscan sus
favores y también los asistentes a la Fiesta Nacional de Doma y Folklore
Cuyano. El gaucho José Dolores, como se lo llama, fue reconocido en
vida por sus presuntos poderes sanadores. Acusado por robo de ganado,
la policía lo mató el 2 de noviembre de 1858 en el lugar donde hoy se
consagra su memoria.

Una mirada social

La comprensión del bandolerismo como fenómeno social dio un giro a partir de Bandidos, el estudio del
historiador norteamericano Eric Hobsbawn (1968). El mismo año el sociólogo Roberto Carri publicó Isidro
Velázquez. Formas prerevolucionarias de la violencia, para plantear "un problema poco estudiado de la política
nacional: las rebeliones espontáneas de sectores del pueblo, formas violentas de protesta que no adoptan
manifiestamente un contenido político pero que indudablemente lo tienen".
Carri -cuya hija, Albertina, se ocupó también del bandido en la película Cuatreros– analizó en clave política el
fenómeno de la canonización de los criminales: "En Corrientes se venera la memoria de una serie de paisanos
alzados: donde están enterrados existe un verdadero culto popular, las reliquias de objetos pertenecientes a
los mismos tienen un gran valor para el pueblo. Debido a la estructura latifundista y a las características del
sistema político correntino, estos paisanos generalmente jugaron un papel activo en favor de caudillos del
partido autonomista".
En la perspectiva del escritor Hugo Chumbita, el mito que rodea a los santos bandidos "es síntoma de un
conflicto entre la élite y las masas" y la celebración de quienes quebrantan la ley implica "un cuestionamiento
al orden social y legal". El investigador de folklore Juan Draghi Lucero apuntó otra causa de fondo: "El pueblo
de urdimbre humildísima e ignorante no cree en la real legalidad de la justicia". Un escepticismo que, en otro
plano, es un motivo permanente de creencias.

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