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Actividades G

El documento presenta cuatro fábulas que enseñan lecciones morales. La primera narra cómo la avaricia puede llevar a perder lo que se tiene, la segunda muestra la racionalización de la frustración, la tercera ilustra las consecuencias del mal carácter y la importancia de las relaciones, y la cuarta destaca la aceptación de las diferencias y la amistad. Cada historia concluye con una reflexión sobre valores y comportamientos en la vida.

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El documento presenta cuatro fábulas que enseñan lecciones morales. La primera narra cómo la avaricia puede llevar a perder lo que se tiene, la segunda muestra la racionalización de la frustración, la tercera ilustra las consecuencias del mal carácter y la importancia de las relaciones, y la cuarta destaca la aceptación de las diferencias y la amistad. Cada historia concluye con una reflexión sobre valores y comportamientos en la vida.

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La gallina de los huevos de oro

“Érase una vez una pareja de granjeros que, un día, descubrieron en uno de los
nidos en los que criaban gallinas un huevo de oro macizo. La pareja fue
observando que el ave producía tal prodigio día tras día, obteniendo cada día un
huevo de oro.

Reflexionando sobre qué era lo que hacía que la gallina en cuestión tuviese esa
habilidad, sospecharon que que ésta poseía oro en su interior. Para comprobarlo y
obtener todo el oro de una vez, mataron a la gallina y la abrieron, descubriendo
para su sorpresa que por dentro la prodigiosa ave era igual a las demás. Y también
se dieron cuenta que, en su ambición, habían acabado con aquello que les había
estado enriqueciendo.”

El zorro y las uvas


“Había una vez un zorro que caminaba, sediento, por el bosque. Mientras lo hacía
vio en lo alto de la rama de un árbol un racimo de uvas, las cuales deseó al instante
al servirle para refrescarse y apagar su sed. El zorro se acercó al árbol e intentó
alcanzar las uvas, pero estaban demasiado altas. Tras intentarlo una y otra vez sin
conseguirlo, el zorro finalmente se rindió y se alejó. Viendo que un pájaro había
visto todo el proceso se dijo en voz alta que en realidad no quería las uvas, dado
aún no estaban maduras, y que en realidad había cesado el intento de alcanzarlas
al comprobarlo.”
El niño y los clavos
Había un niño que tenía muy mal carácter. Un día, su padre le dio una bolsa
con clavos y le dijo que cada vez que perdiera la calma, clavase un clavo en
la cerca del patio de la casa. El primer día, el niño clavó 37 clavos. Al día
siguiente, menos, y así el resto de los días. Él pequeño se iba dando cuenta
que era más fácil controlar su genio y su mal carácter que tener que clavar
los clavos en la cerca. Finalmente llegó el día en que el niño no perdió la
calma ni una sola vez y fue alegre a contárselo a su padre. ¡Había
conseguido, finalmente, controlar su mal temperamento! Su padre, muy
contento y satisfecho, le sugirió entonces que por cada día que controlase su
carácter, sacase un clavo de la cerca. Los días pasaron y cuando el niño
terminó de sacar todos los clavos fue a decírselo a su padre.

Entonces el padre llevó a su hijo de la mano hasta la cerca y le dijo:

– “Has trabajo duro para clavar y quitar los clavos de esta cerca, pero fíjate
en todos los agujeros que quedaron. Jamás será la misma. Lo que quiero
decir es que cuando dices o haces cosas con mal genio, enfado y mal
carácter dejas una cicatriz, como estos agujeros en la cerca. Ya no importa
que pidas perdón. La herida siempre estará allí. Y una herida física es igual
que una herida verbal. Los amigos, así como los padres y toda la familia, son
verdaderas joyas a quienes hay que valorar. Ellos te sonríen y te animan a
mejorar. Te escuchan, comparten una palabra de aliento y siempre tienen su
corazón abierto para recibirte”.

Las palabras de su padre, así como la experiencia vivida con los clavos,
hicieron con que el niño reflexionase sobre las consecuencias de su carácter.
Y colorín colorado, este cuento se ha acabado.

Carrera de zapatillas
Había llegado por fin el gran día. Todos los animales del bosque se
levantaron temprano porque ¡era el día de la gran carrera de zapatillas! A las
nueve ya estaban todos reunidos junto al lago. También estaba la jirafa, la
más alta y hermosa del bosque. Pero era tan presumida que no quería ser
amiga de los demás animales, así que comenzó a burlarse de sus amigos:
– Ja, ja, ja, ja, se reía de la tortuga que era tan bajita y tan lenta.

– Jo, jo, jo, jo, se reía del rinoceronte que era tan gordo.

– Je, je, je, je, se reía del elefante por su trompa tan larga.

Y entonces, llegó la hora de la largada. El zorro llevaba unas zapatillas a


rayas amarillas y rojas. La cebra, unas rosadas con moños muy grandes. El
mono llevaba unas zapatillas verdes con lunares anaranjados. La tortuga se
puso unas zapatillas blancas como las nubes. Y cuando estaban a punto de
comenzar la carrera, la jirafa se puso a llorar desesperada. Es que era tan
alta, que ¡no podía atarse los cordones de sus zapatillas!

– “Ahhh, ahhhh, ¡qué alguien me ayude!” – gritó la jirafa.

Y todos los animales se quedaron mirándola. El zorro fue a hablar con ella y
le dijo:

– “Tú te reías de los demás animales porque eran diferentes. Es cierto, todos
somos diferentes, pero todos tenemos algo bueno y todos podemos ser
amigos y ayudarnos cuando lo necesitemos”.

Entonces la jirafa pidió perdón a todos por haberse reído de ellos. Pronto
vinieron las hormigas, que treparon por sus zapatillas para atarle los
cordones. Finalmente, se pusieron todos los animales en la línea de partida.
En sus marcas, preparados, listos, ¡YA! Cuando terminó la carrera, todos
festejaron porque habían ganado una nueva amiga que además había
aprendido lo que significaba la amistad.

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