PREGUNTA
¿Qué significa "deberían
imitarme a mí, así como
yo imito a Cristo" (1
Corintios 11:1)?
RESPUESTA
Al concluir una sección de enseñanza sobre la naturaleza de
la libertad cristiana (1 Corintios 10:23-11:1), el apóstol
Pablo emitió esta audaz directiva: "Y ustedes deberían
imitarme a mí, así como yo imito a Cristo" (versículo 11:1,
NTV). La libertad cristiana se puede resumir en seguir el
ejemplo de Jesucristo o imitar a Cristo. "Imítenme, así como
yo imito a Cristo", afirma la Nueva Versión Internacional.
Como discípulos de Jesús, estamos llamados a seguir Su
ejemplo y llegar a ser como Él (Juan 13:15, 34; Mateo
11:29; Romanos 8:29; 13:14). Podemos ayudarnos imitando
a otros siervos cristianos maduros que nos han
proporcionado aliento espiritual (ver 1 Tesalonicenses 2:14).
Cuando Pablo dijo: "deberían imitarme a mí, así como yo
imito a Cristo", nos estaba instruyendo como creyentes para
que examináramos cuidadosamente la vida de nuestro
Salvador y las vidas de Sus siervos fieles. Antes había dado
una orden similar en 1 Corintios [Link] "Por tanto, os ruego
que me imitéis". En el griego original, el verbo traducido
como "imitar" en 1 Corintios 11:1 y 1 Corintios 4:16 es
mimētai y significa "convertirse en una persona que copia
las palabras y los comportamientos de otra". El término
griego es la raíz de nuestra palabra en español imitar. Pablo
eligió el mismo verbo para decir a los efesios: "Por el
contrario, sean amables unos con otros, sean de buen
corazón, y perdónense unos a otros, tal como Dios los ha
perdonado a ustedes por medio de Cristo. Por lo tanto,
imiten a Dios en todo lo que hagan porque ustedes son sus
hijos queridos" (Efesios 4:32-5:1, NTV).
Nuestra libertad en Cristo no es una licencia para hacer lo
que queramos, sino una invitación a seguir las huellas de
Cristo. Jesús dijo a Sus discípulos: "Si alguno quiere venir en
pos de mí, niéguese a sí mismo, y tome su cruz, y sígame"
(Mateo 16:24). Imitar el ejemplo de Jesús implica morir a
uno mismo, como demostró el propio Cristo (Filipenses 2:5-
8). Pero este es el secreto de la verdadera libertad cristiana.
Para imitar a Cristo, debemos conocerlo íntimamente. Lo
hacemos mediante el estudio constante y profundo de Su
vida y Sus palabras. La enseñanza de Pablo aquí, en 1
Corintios 10:23-11:1, nos da una idea. Podemos ver que
Jesús nunca se conformó con lo que era aceptable o
permitido, sino que siempre buscó lo que era beneficioso y
constructivo (versículo 23). No se centraba en Su propio
bien, sino en el bien de los demás (versículos 24 y 33;
cf. Filipenses 2:4). Tenía constantemente en cuenta Sus
actos y cómo podían afectar a la conciencia de otro
(versículos 28-29; cf. Mateo 17:24-27). Jesús hizo todo para
reflejar la gloria de Dios (versículo 31; cf. 2 Corintios 4:6; 2
Corintios 4:4; Hebreos 1:3).
En la antigüedad, se esperaba que los alumnos imitaran a
sus maestros como parte de su formación. En la fe cristiana,
los creyentes llegan a conocer el carácter de Cristo a través
de la comunión con mentores piadosos y tomando ejemplo
espiritual de ellos. El autor de Hebreos escribió: "a fin de
que no os hagáis perezosos, sino imitadores de aquellos
que por la fe y la paciencia heredan las promesas" (Hebreos
6:12). Más adelante, exhortó: "Acordaos de vuestros
pastores, que os hablaron la palabra de Dios; considerad
cuál haya sido el resultado de su conducta, e imitad su fe"
(Hebreos 13:7).
Como discípulos de Cristo, imitamos Su carácter y, al
hacerlo, proporcionamos modelos de vida dignos de imitar
(Filipenses 4:9; 1 Tesalonicenses 1:6; 3:2-4). Y, a medida
que imitamos a Cristo y nos parecemos más a Él en todo lo
que hacemos, somos verdaderamente libres (Romanos
12:1-2; 2 Corintios 3:18; Efesios 4:14-16, 22-24). El apóstol
Juan afirmó: "y al vivir en Dios, nuestro amor crece hasta
hacerse perfecto. Por lo tanto, no tendremos temor en el día
del juicio, sino que podremos estar ante Dios con confianza,
porque vivimos como vivió Jesús en este mundo" (1 Juan
4:17, NTV).
5 actitudes de
Jesús que todo
creyente debe
imitar
12 junio, 2024 | SERGIO VILLANUEVA
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.
La iglesia actual tiene un problema que produce tristeza: hemos
reemplazado la necesidad de tener la actitud de Cristo y buscar el
desarrollo del carácter con la exaltación de los talentos, las habilidades o
los dones.
Sobrevaloramos el carisma, la personalidad, los dones y las habilidades
y solemos poner a muchos en posiciones de influencia o liderazgo sin
haber tomado el tiempo de
Veamos cinco actitudes del carácter de Jesús que son evidentes en
Filipenses 2.
1) Reverencia
…el cual, aunque existía en forma de Dios, no consideró el ser igual a
Dios como algo a qué aferrarse… (Fil 2:6).
El diccionario define la palabra «reverencia» como respeto o veneración.
Yo diría que la reverencia es la antesala de la devoción, porque la
reverencia es el reconocimiento constante de que vivimos para la gloria
de Dios.
Jesús sabía que para venir a salvarnos debía despojarse de Su gloria
como Dios eterno, para encarnarse como humano y vivir sabiendo que
todo lo hacía para la gloria de Dios. Vivir con reverencia es hacerlo con
un entendimiento persistente y con plena conciencia de que todo
nuestro ser se encuentra ante la presencia de Dios y de que
voluntariamente nos sometemos a Su autoridad.
El celo y la devoción son la manifestación externa de una actitud
interna de reverencia, asombro y temor de Dios
El temor a Dios es otro término que usa la Biblia para referirse a la
reverencia. Temer a Dios no significa vivir con miedo a Dios, sino vivir
con el asombro saludable que produce entender la grandeza y la
santidad de Dios, y que las consecuencias de nuestros pecados
deshonran y entristecen el corazón del Dios santo que nos ama.
El necio se siente el dueño absoluto de su existencia y considera en
poco el daño que pudiera traer a otros como producto de sus actos
egoístas, pecaminosos e irreverentes. Los necios se burlan de sus
propios pecados (Pr 14:9).
Jesús vivió toda Su vida con un temor reverente (He 5:7). Su celo por los
asuntos del Padre brotaba de una actitud de reverencia, porque el celo y
la devoción son la manifestación externa de una actitud interna de
reverencia, asombro y temor de Dios.
2) Abnegación
…sino que se despojó a Sí mismo tomando forma de siervo… (Fil 2:7).
La abnegación es tener una actitud de entrega voluntaria al Señor y de
renuncia a los intereses propios, por el bien de los demás y para la gloria
de Dios. Si la reverencia es el reconocimiento constante de que vivimos
delante de Dios como autoridad suprema, la abnegación comienza con
el reconocimiento de que vivimos con un corazón que fácilmente puede
extraviarse, porque ha sido manchado por causa de nuestro pecado.
Para mostrar abnegación debemos ser conscientes de que fuimos
creados para la gloria de Dios, pero nuestro corazón se ha desviado y
ahora pretendemos ser los dueños de nuestro propio destino y los
arquitectos de nuestro supuesto imperio egoísta.
Cuando Jesús se despojó voluntariamente de Su gloria, lo hizo
consciente de que dejaba atrás Sus privilegios divinos para vestirse de
fragilidad en Su condición humana. La frase «se despojó» en otras
versiones es traducida como «se despojó de su grandeza» (BLP) y «se
quitó ese honor» (PDT).
Un cristiano que no reconoce la necesidad diaria de la
abnegación personal siempre será un cristiano superficial
El sacrificio que Jesús hizo en Su abnegación fue despojarse de Su gloria
para venir a este mundo caído, pero el tipo de abnegación que Él nos
llama a tener es todo lo contrario. Jesús nos llama a dejar atrás este
mundo caído, sus pasiones y deseos para seguirlo a Él rumbo a la gloria
(Lc 9:23). La abnegación a la cual Jesús nos llama implica negarse a sí
mismo, tomar la cruz y reconocer que, para seguir a Jesús como nuestro
Salvador, primero debemos de dejar de seguirnos a nosotros mismos
como nuestro propio salvador.
Un cristiano que no reconoce la necesidad diaria de la abnegación
personal siempre será un cristiano superficial y carnal que vivirá una
vida estancada, simplemente tratando de negociar bendiciones con Dios
sin morir a sí mismo y sin servir a Dios y a los demás.
3) Solidaridad
…haciéndose semejante a los hombres… (Fil 2:7).
La solidaridad comienza con el reconocimiento de que fuimos creados
para ser parte de una comunidad con la que debemos identificarnos
plenamente. En ese sentido, con solidaridad quiero decir que debemos
adherirnos a la causa de otros. Jesús vino a este mundo para vivir cerca
de aquellos a los cuales quería salvar, se encarnó y se volvió uno de
nosotros (Jn 1:14).
La encarnación es el milagro más grande que Dios ha realizado en la
creación, aunque ciertamente tendemos a ver la cruz y la resurrección
como las más grandes evidencias del amor de Dios. Sin embargo, no
podemos dejar a un lado la encarnación del Hijo de Dios, porque sin ella
no hubiéramos tenido la crucifixión ni la resurrección.
Jesús cumplió el propósito de salvar al ser humano al venir
primeramente a vivir entre nosotros y volverse uno de nosotros. Él quiso
vivir en proximidad, muy cerca nuestro. Los que somos discípulos de
Jesús no servimos a la congregación desde una posición de celebridad,
sino que servimos desde una posición de cercanía y solidaridad. El
ministerio de las celebridades no existe en la Biblia. El ministerio que sí
existe es el que nos dice: «gócense con los que se gozan y lloren con los
que lloran» (Ro 12:15).
La solidaridad es entrar en los espacios donde el pueblo de Dios llora y
estar tan cerca que sentimos su dolor y podemos llorar con ellos. Es
entrar en los espacios donde el pueblo de Dios se goza y ser tan parte
de ellos que gozamos con ellos. Es identificarnos con su condición y
adherirnos a su causa. Eso es lo que Jesús nos enseñó y es lo que mandó
a Su iglesia a modelar. No podemos perder de vista que de ese llamado
están llenas las epístolas (Gá 6:2; Ro 12:10; 15:7; Ef 4:32; Stg 5:16; 1 Jn
4:11).
4) Humildad
Y hallándose en forma de hombre, se humilló Él mismo… (Fil 2:8).
La humildad verdadera está firmemente anclada en el entendimiento de
nuestra identidad en Dios. Ser humilde es saber quién ha dicho Dios que
soy, ni más ni menos. El pastor Gerson Morey lo explica así:
La humildad está cimentada en el entendimiento bíblico de nuestra
realidad como seres creados que hemos caído en desgracia por
rebelarnos contra el Creador. La verdadera humildad nace de una
conciencia de nuestra condición. Es el resultado de considerar que
somos criaturas, conscientes de nuestra indignidad a causa del pecado.
Una estimación correcta de lo que somos es la base para la humildad.
Conocer mi identidad en Cristo me proporciona una perspectiva
correcta de quién soy, hacia dónde voy y cómo debo
desenvolverme
Si la humildad está asentada sobre un entendimiento correcto de mi
identidad, entonces es de suma importancia que yo crezca en el
conocimiento de mi identidad en Cristo (2 Co 5:17; Ef 1:4-5; Gá 2:20; Col
3:1-2; 1 P 2:9). Conocer mi identidad en Cristo me proporciona una
perspectiva correcta de quién soy, hacia dónde voy y cómo debo
desenvolverme entre aquellos con quienes Dios me ha llamado a vivir.
La humildad es reconocer que, al vivir en solidaridad con la comunidad
de Dios, no soy mayor que nadie ni menor que nadie (Ro 12:3). Jesús
nos llama a aprender de Su humildad y a imitarla, no solo porque es la
voluntad de Dios, sino también porque es bueno y es lo más saludable
para nosotros (Mt 11:28-30).
5) Sumisión
…haciéndose obediente hasta la muerte, y muerte de cruz… (Fil 2:8).
La razón por la cual Jesús estuvo dispuesto a padecer una muerte
horrible en una cruz es que Jesús nació, vivió y murió para glorificar a
Dios Padre al cumplir con Su voluntad. Jesús nos enseñó que la sumisión
es llevar la reverencia hasta las últimas consecuencias.
Solo una actitud de total sumisión a Dios llevaría a alguien a orar así:
«quiero que se haga tu voluntad, no la mía» (Mt 26:39, NTV). Esa fue
una oración cargada de entrega y sumisión por parte de Jesús en
Getsemaní.
El himno de Filipenses 2 es un llamado a alinear nuestras
actitudes al estándar por excelencia: Cristo Jesús
No quisiera continuar sin preguntarte: ¿Hasta qué punto estamos
dispuestos a someternos a Dios y a hacer Su voluntad? ¿Cuál es la
actitud de nuestro corazón cuando Dios nos llama a hacer algo que no
necesariamente nos gusta?
Estoy seguro de que cuando Jesús oró: «Venga Tu reino. Hágase Tu
voluntad», Él sabía perfectamente bien hasta dónde podían llegar las
consecuencias de esa oración, pero a nosotros se nos olvida la mayor
parte del tiempo. Cuando enfrentamos adversidad, inmediatamente le
pedimos a Dios que nos saque de esa situación, pero la Escritura es
clara cuando dice: nos gloriamos en las tribulaciones, sabiendo que la
tribulación produce paciencia; y la paciencia, carácter probado; y el
carácter probado, esperanza (Ro 5:3-4).
Jesús vivió cada momento de Su vida en completa reverencia,
abnegación constante, solidaridad sincera, humildad plena y en total
sumisión al poder del Espíritu Santo y para la gloria de Su Padre. El
himno de Filipenses 2 es un llamado a alinear nuestras actitudes al
estándar por excelencia: Cristo Jesús.
Que Dios no dé la gracia para afinar nuestros corazones al corazón de
nuestro Salvador.
Es interesante ver cómo este texto está centrado en la persona de Cristo. Cada
uno de los versículos que lo componen nos hablan él:
V.1. “…abogado tenemos para con el Padre, a Jesucristo el justo”
V.2. “Y él es la propiciación por nuestros pecados”.
V.3. “…Y en esto sabemos que nosotros le conocemos, si guardamos sus
mandamientos”.
V.4. “El que dice: Yo le conozco, y no guarda sus mandamientos, el tal es
mentiroso, y la verdad no está en él”.
V.5. “Pero el que guarda su Palabra, en este verdaderamente el amor de
Dios se ha perfeccionado; por esto sabemos que estamos en él”.
V.6. “El que dice que permanece en él, debe andar como él anduvo”.
Hoy día existen los influencers, los youtubers, comentaristas, periodistas,
colgadores de contenido en las redes, así como en los medios tradicionales de
comunicación masiva; hasta predicadores y predicadoras, cuyo fin en la vida es
lograr seguidores. Por otro lado están quienes siguen a estos personajes.
San Pedro, en la era apostólica, habló algo similar, Vv. 2 Pedro 2:1-3 “1. Pero hubo
también falsos profetas entre el pueblo, como habrá entre vosotros falsos
maestros, que introducirán encubiertamente herejías destructoras, y aun negarán
al Señor que los rescató, atrayendo sobre sí mismos destrucción repentina. 2. Y
muchos seguirán sus disoluciones, por causa de las cuales el camino de la verdad
será blasfemado, 3. Y por avaricia harán mercadería de vosotros con palabras
fingidas. Sobre los tales ya de largo tiempo la condenación no se tarda, y su
perdición no se duerme”.
Según el versículo 6 de nuestro texto, Cristo es nuestro mejor ejemplo a imitar.
Pero nos preguntamos, ¿Por qué es Cristo nuestro mejor ejemplo a imitar?
Cristo es nuestro mejor ejemplo a imitar por múltiples razones. Veamos
algunas de ellas:
1) Cristo es nuestro mejor ejemplo a imitar por su carácter
Vv. Mateo 11:28, 29. “Venid a mí todos los que estáis trabajados y cargados, y yo os
haré descansar. 29. Llevad mi yugo sobre vosotros, y aprended de mí, que soy
manso y humilde de corazón; y hallaréis descanso para vuestras almas”. Tenemos
aquí una alusión a la primera bienaventuranza en Mateo 5:5 “Bienaventurados
los mansos, porque ellos recibirán la tierra por heredad”. La mansedumbre es lo
opuesto a estar fuera de control. No significa debilidad, sino un autocontrol
supremo dado por el Espíritu Santo. Algunos definen la mansedumbre como:
“Poder bajo control”.
Por otro lado este versículo 26 de Mateo 11, nos habla de la humildad de nuestro
Señor Jesucristo. En ocasiones la palabra humildad se presenta como lo
contrario a la violencia, otras veces consiste en desprenderse del propio prestigio
o cosas adquiridas, como hizo San Pablo que las tuvo por perdida o basura. Y en
ocasiones la humildad consiste en dar preferencia a los demás, v. Filipenses 2:3
“Nada hagáis por contienda o por vanagloria; antes bien con humildad,
estimando cada uno a los demás como superiores a él mismo”. Estas dos
cualidades del carácter de Cristo, esto es, la mansedumbre y la humildad, le
hacen digno de ser seguido o imitado.
2) Cristo es nuestro mejor ejemplo a imitar por su estilo de vida
piadosa.
Cristo era fiel practicante de las disciplinas de la vida piadosa:
Era un hombre de oración, v. Hebreos 5:7 “Y Cristo, en los días de su
carne, ofreciendo ruegos y súplicas con gran clamor y lágrimas al que le
podía librar de la muerte, fue oído a causa de su temor reverente”.
Practicaba el ayuno v. Mateo 4:2 “Y después de haber ayunado cuarenta
días y cuarenta noches, tuvo hambre”.
Experimentaba la llenura del Espíritu Santo, v. Lucas 4:1 “Jesús, lleno
del Espíritu Santo, volvió del Jordán, y fue llevado por el Espíritu al
desierto”.
3) Cristo es nuestro mejor ejemplo a imitar por su vida de justicia.
1 “…a Jesucristo el justo”. El adjetivo justo, se aplica al que practica la justicia, es
decir que vive en completa obediencia a la voluntad de Dios el Padre, y no
conforme a su propio criterio. V. Juan 8:4, 29 “4. Me es necesario hacer las obras
del que me envió, entre tanto que el día dura; la noche viene, cuando nadie puede
trabajar 29. Porque el que me envió, conmigo está; no me ha dejado solo el Padre,
porque yo hago siempre lo que le agrada”. Esto es, una vida de sumisión al Padre.
4) Cristo es nuestro mejor ejemplo a imitar por su obra redentora en
favor de la humanidad.
v. 2 “Y él es la propiciación por nuestros pecados; y no solamente por los nuestros,
sino también por los de todo el mundo”. (propiciación: apaciguamiento o
satisfacción), el sacrificio de Cristo en la Cruz satisfizo todas las demandas de la
Santidad de Dios para el castigo de los pecados. V. Rom. 1:18 “Porque la ira de
Dios se revela desde el cielo contra toda impiedad e injusticia de los hombres que
detienen con injusticia la verdad”.
CONCLUSIÓN:
Consideremos las siguientes preguntas:
∙ ¿Debemos tú y yo hermano, hermana ser seguidores o imitadores de cualquier
persona de las redes sociales o simplemente de esta sociedad globalista?
∙ En esta generación perversa y maligna en la que nos ha tocado vivir, ¿A quién
debemos tener como nuestro ejemplo digno de imitar?
Uno de nuestros deberes, como cristianos, debe ser andar como él anduvo.
Todos los que le hemos aceptado como nuestro Señor y Salvador, somos sus
hijos, en tal sentido debemos ser como él.
En el v6 de nuestro texto: “El que dice que permanece en él, debe andar como él
anduvo”. La palabra permanecer, es una de las palabras predilectas de Juan
para referirse a la salvación. Como él anduvo, se refiere al estilo de vida de Jesús,
que le hace ser el modelo por excelencia, a quien todo cristiano verdadero debe
imitar.
1 Corintios 11:1 “Sed imitadores de mí, así como yo de Cristo”.
Quienes afirman ser cristianos deben vivir como él vivió,
en vista de que poseemos la presencia y el poder del Espíritu Santo.
Hermanos, seamos imitadores de Cristo, es un mandato, según 1 Corintios 11:1.
Eso implica obediencia a su divina voluntad.
La imitación
como disciplina
espiritual
«Imítame a mí».
El peso de esas palabras suele escapar de nuestro entendimiento…
hasta que vienen los hijos.
Cuando el torbellino de pañales y biberones se disipe, casi sin
advertencia alguna, te encontrarás frente a frente con un «mini tú». Por
más que lo intentes, ignorar su semejanza a ti es imposible. Es un espejo
al que no podemos dar la espalda; un reflejo que nos sigue a todos
lados.
La capacidad de imitación de los «mini tú» es asombrosa. Repiten
nuestras palabras sin entenderlas (¡y con frecuencia en el contexto
adecuado!). Exigen unirse a nuestros pasatiempos preferidos. Replican
nuestros gestos y el tono en el que respondemos cuando alguien nos
pide un favor. Copian nuestra obsesión por las pantallas y la manera en
que ordenamos la casa de mala gana.
«Sean imitadores de mí» (1 Co 11:1).
Cuando leemos estas palabras de Pablo por primera vez, podrían sonar
como una declaración arrogante. «Miren lo bueno que soy. Sean como
yo». Sin embargo, cuando nos detenemos a pensarlo nos damos cuenta
de que el apóstol simplemente está abrazando lo inevitable y
cumpliendo con su responsabilidad. ¿Por qué? Porque todo ser humano
aprende imitando. Todo ser humano es un «yo» y un «mini tú» al mismo
tiempo.
Libre para imitar
A pesar de su inevitabilidad, la imitación es algo de lo que preferiríamos
escapar. Vivimos en una sociedad que nos exhorta a «trazar nuestro
propio camino» y «ser únicos». La idea de ser una «copia» o «imitación»
de alguien más nos resulta ofensiva. Queremos ser completamente
originales. Queremos definir nuestra identidad y destino de manera
independiente.
Cada uno de nosotros es influencia para alguien más: ¡Seas
quien seas, alguien te está mirando!
Pero, lejos de liberarnos, el afán de «encontrarnos a nosotros mismos»
nos ha dejado frustrados, agotados y extraviados. El problema es que
las preguntas más profundas de la vida —¿Quién soy? ¿De dónde vengo?
¿Para qué estoy aquí? ¿Cómo debo caminar en esta vida?— tienen una
respuesta objetiva externa a nosotros. El camino ya está trazado y hay
miles de personas que lo han transitado antes que nosotros. Podemos
seguirlas con seguridad y con gozo.
El tema de la imitación es recurrente en las epístolas de Pablo (1 Co
4:16; 11:1; Fil 3:17; 1 Ts 1:6) y se menciona también en la carta a los
Hebreos (He 6:12). Esto no tiene nada de extraño. Después de todo,
Dios nos creó para vivir en comunidad, nos hizo parte de la Iglesia, nos
dio dones para edificarnos unos a otros y nos concedió líderes para
enseñarnos y guiarnos en la verdad.
¿Cómo luce amar a Dios y al prójimo en la vida real? ¿Cómo podemos
cumplir la Gran Comisión (Mt 28:16-20) en nuestro contexto particular?
¿Cómo transforma el evangelio nuestras relaciones, nuestros trabajos y
nuestra generosidad? Los hombres y las mujeres más maduros en la fe
—aquellos que han seguido al Señor por más tiempo que nosotros y
conocen su Palabra a mayor profundidad— pueden mostrarnos la
respuesta a esas preguntas con sus propias vidas.
El propósito de la imitación bíblica es que seamos
transformados a la imagen de Cristo
El propósito de la imitación bíblica no es seguir a otros ciegamente.
Jesús mismo advirtió sobre los líderes malos: «hagan y observen todo lo
que les digan; pero no hagan conforme a sus obras, porque ellos dicen y
no hacen» (Mt 23:3). De hecho, el objetivo principal de imitar a aquellos
que son dignos de imitar es porque ellos están buscando imitar al más
digno de todos: ¡nuestro Dios!
«Sean, pues, imitadores de Dios como hijos amados; y anden en amor,
así como también Cristo les amó y se dio a sí mismo por nosotros,
ofrenda y sacrificio a Dios, como fragante aroma» (Efesios 5:1-2).
El propósito de la imitación bíblica es que seamos transformados a la
imagen de Cristo… es parte del proceso de restauración del imago
Dei en nosotros, una imagen que ha sido quebrantada por el pecado. No
somos criaturas nuevas para obtener una versión mejorada de nosotros
mismos, sino para parecernos más y más a nuestro Señor Jesucristo.
Si las personas a las que imitamos —y sin duda todos estamos imitando
a alguien— no nos están apuntando a imitar a nuestro Señor, estamos
siguiéndolas en vano y para nuestra perdición. Ellos serán juzgados por
su mal ejemplo, pero nosotros también somos responsables por haber
escuchado su voz por encima de la de nuestro Dios y haberles seguido
(Mt 23:15).
¿A quién apuntas tú?
Los líderes y maestros de nuestras iglesias tienen un llamado solemne y
una responsabilidad particular de ser ejemplos dignos de imitar. Con
todo, la realidad inevitable es que cada uno de nosotros es influencia
para alguien más: ¡Seas quien seas, alguien te está mirando! Podrían ser
tus pequeñitos en casa, el nuevo de tu iglesia que está aprendiendo a
ser cristiano, la joven que se asombra con tu conocimiento bíblico o el
chico que admira cómo te vistes y las fotos aventureras que subes a tus
redes sociales.
¿Eres capaz de volverte hacia ellos y decirles: «imítame a mí, como yo
imito a Cristo»?
Si lo que nos detiene es el temor a «quedar mal», no estamos
entendiendo bien las cosas. Las personas dignas de imitar no pretenden
ser perfectas. Pablo sabía que él mismo estaba lejos de la perfección,
¡tanto que se consideraba el primero de los pecadores! (1 Ti 1:15).
Ninguno de nosotros estamos completamente libres de pecado; todos
nos encontramos en el proceso de ser transformados a la imagen de
Aquel que nos creó.
¿Podemos decir como Pablo —deseosos por ver la imagen de
Dios llenando la tierra— «Imítame a mí como yo imito a Cristo»?
Ser digno de imitar tiene que ver simplemente con vivir cada día
buscando reflejar la gloria de Dios en el día a día… ¡incluso cuando
fallamos! ¿Cuándo fue la última vez que le pediste perdón a tus hijos por
exasperarlos o que te retractaste de tus palabras erradas o altisonantes
en humildad y arrepentimiento? Al volvernos de nuestro pecado y
caminar en la luz también podemos decirles a otros (¡la mayoría de las
veces sin palabras!) «imítame a mí, como yo imito a Cristo».
Muchos pasan demasiado tiempo tratando de presentar una imagen
pulida de sí mismos en las redes sociales o en las conversaciones
rápidas después de las reuniones de la iglesia. Quieren mostrar su
«mejor cara» y ganarse el respeto de otros por sus logros o apariencia.
«¡Imítame a mí!», dicen sus vidas… olvidándose del «como yo imito a
Cristo». ¡Dios nos libre de tal cosa! Que nuestro afán jamás sea apuntar
a otros a nosotros mismos, sino que apuntemos a la gloria del Único que
puede satisfacer el corazón de cada ser humano.
¿Cuál es el mensaje que otros perciben cuando nos miran? ¿«Imítame a
mí porque soy el mejor»? ¿«Imita lo que digo y no lo que hago»? ¿«Por
favor ni te voltees a verme»? ¿O podemos decir como Pablo —deseosos
por ver la imagen de Dios llenando la tierra— «Imítame a mí como yo
imito a Cristo»?