Un Libro Una Hora
Un Libro Una Hora
Ensayo sobre la ceguera apareció por primera vez en español en 1996 y es uno de los grandes
libros de Saramago. Es una novela que a veces cuesta seguir leyendo por la dureza de lo que
cuenta, pero mantiene la fuerza narrativa desde las primeras páginas hasta la última. Es
emocionante y profunda y terriblemente actual. Más que nunca hay que leer a Saramago.
Vamos allá.
Se iluminó el disco amarillo. De los coches que se acercaban, dos aceleraron antes de que se
encendiera la señal roja. En el indicador del paso de peatones apareció la silueta del hombre
verde. Así comienza Ensayo sobre la ceguera, con los conductores impacientes esperando a
que se ponga la luz en verde para ellos. Pero cuando lo hace, no todos arrancan. El primero de
la fila de en medio se queda parado. Los peatones ven al conductor braceando tras el
parabrisas, mientras los de los coches de atrás tocan frenéticos el claxon. El hombre grita algo.
Por los movimientos de la boca se nota que repite dos palabras: Estoy ciego. Nadie lo diría. A
primera vista, los ojos del hombre parecen sanos. El iris se presenta nítido, luminoso. La
esclerótica blanca, compacta como porcelana. Los párpados muy abiertos. La piel de la cara
crispada. Las cejas repentinamente revueltas. Todo eso cualquiera lo puede comprobar. Son
trastornos de la angustia.
Le ayudan a salir del coche, mientras el hombre repite con desesperación que está ciego, que
lo ve todo blanco. Implora que alguien le lleve a casa. Un hombre se ofrece a conducir el coche
y llevar al hombre a su casa. Aparcan cerca de la casa del ciego. Una vez allí, el ciego dice que
no necesita nada más, por no dejar entrar a un extraño en su casa. Y el buen samaritano se va.
Cuando llega a su mujer, deciden llamar a un oculista. El ciego se da cuenta de que el hombre
no le ha dejado la llave del coche. Aun así, buscan el coche, pero no lo encuentran. El hombre
se lo ha robado.
La mujer explicó a la recepcionista que era la persona que había llamado hacía media hora por
la ceguera del marido. Y ella los hizo pasar a una salita donde esperaban otros enfermos.
Estaba un viejo con una venda negra cubriéndole un ojo. Un niño que parecía estrábico y que
iba acompañado por una mujer que debía de ser la madre. Una joven de gafas oscuras. Otras
dos personas sin particulares señales a la vista, pero ningún ciego. Los ciegos no van al
oftalmólogo.
El ciego le cuenta al médico lo que ha pasado y le dice que lo ve todo blanco. El médico lo
examina. Todo está bien. Tiene los ojos perfectos. Le resulta inexplicable que lo vea todo
blanco. Nunca ha visto ni estudiado un caso igual. Le manda unas pruebas y se van.
Aquella noche el ciego sueña que está ciego. Escribe Juan Cruz en El País que la lectura de
Ensayo sobre la ceguera es un reto, pero es también una insólita aventura de la mente de un
hombre que hizo de la calidad de sus metáforas un compromiso literario y civil también.
Saramago no escribía para complacer ni para complacerse. Pero alcanzó cotas de excelencia
narrativa que ahora, pasado el tiempo, se perciben como la firma mayor de una literatura que
profetizó el malestar contemporáneo.
Ensayo sobre la ceguera es una novela política que muestra la perplejidad de los que no habían
percibido la plaga que les estaba sobreviniendo. Es una explicación narrativa de la vacuidad de
la política cuando no tiene en cuenta los problemas reales del hombre.
El hombre que le robó el coche siente cierto arrepentimiento, mezcla de miedo. Empieza a
mirar las luces de forma obsesiva. Deja el coche lejos del barracón al que debe llevarlo. Sale del
coche. Piensa que eso no es una gripe, que se pegue. Aún no han dado treinta pasos cuando se
queda ciego.
El médico atiende a todos sus pacientes y luego se va a casa donde se pone a estudiar.
Después de cenar le cuenta a su mujer el caso del hombre que se ha quedado ciego. No logra
entender qué puede haberle pasado. Su mujer le da un beso antes de irse a dormir.
Los libros dispersos. ¿Qué será esto? Pensó y de pronto sintió miedo, como si también él fuera
a quedarse ciego en el instante siguiente y lo supiera ya. Contuvo la respiración y esperó. No
ocurrió nada. Ocurrió un
momento después, cuando juntaba los libros para ordenarlos en la estantería. Primero se dio
cuenta de que había dejado de verse las manos. Después supo que estaba ciego.
La muchacha de las gafas oscuras ha ido a la consulta del médico por una conjuntivitis. Se
puede decir que es una prostituta porque esta mujer se va a la cama a cambio de dinero. Pero
lo hace cuando quiere y con quien ella quiere. Tiene una profesión y aprovecha las horas que
le quedan libres para dar algunas alegrías al cuerpo y suficientes satisfacciones a sus
necesidades, tanto a las particulares como a las generales. Vive como le apetece y además saca
de ello todo el placer que puede. Alguien la está esperando. Entra en el hotel con aire natural.
Diez minutos después estaba ya desmolda. A los quince gemía. A los dieciocho susurraba
palabras de amor que ya no tenía necesidad de fingir. A los veinte empezaba a perder la
cabeza. A los veintiuno sintió que su cuerpo se desquiciaba de placer. A los veintidós gritó.
Ahora, ahora. Y cuando recuperó la conciencia dijo agotada y feliz. Aún lo veo todo blanco.
Al ladrón del coche lo lleva un policía a casa. A la muchacha de las gafas oscuras que vive con
sus padres también. El médico se acuesta sin despertar a su mujer. Piensa que tiene que
informar a las autoridades sanitarias, avisar de lo que podría estar convirtiéndose en una
catástrofe nacional, un tipo de ceguera desconocido con todo el aspecto de ser muy
contagioso. Cuando su mujer se despierta él sigue en la cama y luego le dice que se ha
quedado ciego. Llaman al ministerio pero nadie le hace caso. Así que llaman al director de su
propio servicio hospitalario. Deciden enviar a alguien a su consulta para buscar los datos del
primer hombre que se ha quedado ciego. Pero se despide de él muy seco.
Media hora después el médico torpemente con ayuda de la mujer había acabado de afitarse.
Sonó el teléfono. Era otra vez el director del servicio oftalmológico pero la voz ahora sonaba
distinta. Tenemos aquí a un niño que también se ha quedado ciego de repente. Lo ve todo
blanco. La madre dice que estuvo ayer con él en su consultorio. Supongo que es un niño que
sufre estrabismo divergente del ojo izquierdo. Sí, no hay duda, es él. Empiezo a estar
preocupado. La situación es realmente seria.
Tres horas después le llaman del ministerio. Le ordenan que no se mueva de su casa. Pocos
minutos después llama de nuevo el director clínico del hospital, nervioso, diciéndole que hay
dos casos más de ceguera fulminante. Por la tarde le vuelven a llamar del ministerio para
decirle que le envían una ambulancia. Su mujer hace una pequeña maleta. Cuando llaman al
telefonillo le piden que baje. Su mujer sube a la ambulancia con él y cuando el conductor
protesta ella contesta que también se acaba de quedar ciega. Pero es mentira.
La ocurrencia había brotado de la cabeza del ministro mismo. Era por cualquier lado que se la
examinara una idea feliz, incluso perfecta, tanto en lo referente a los aspectos meramente
sanitarios del caso como a sus implicaciones sociales y a sus derivaciones políticas. Mientras no
se aclarasen las causas, o para emplear un lenguaje adecuado, la etiología del mal blanco,
como gracias a la inspiración de un asesor imaginativo la mal sonante palabra ceguera sería
designada, mientras no se encontrara para aquel mal tratamiento y cura, y quizá una vacuna
que previniera la aparición de casos futuros, todas las personas que se quedaran ciegas, y
también quienes con ellas hubieran tenido contacto físico o proximidad directa, serían
recogidas y aisladas para evitar así ulteriores contagios.
Consideran que el manicomio es el más adecuado. Está rodeado de una tapia y tiene dos alas.
Una la destinan a los ciegos propiamente dichos y otra para los contaminados. Además tiene
un cuerpo central. Antes del anochecer ya han recogido a todos los ciegos de los que ha
habido noticia y algunos posibles contagiados. Los primeros en ser trasladados al manicomio
son el médico y su mujer. Hay soldados de vigilancia. Una gruesa cuerda hace de pasamanos
desde el portón de entrada a la puerta principal del edificio. La mujer del médico guía al
marido hacia la sala más próxima a la entrada. Tiene dos filas de camas pintadas de un gris
ceniciento. Las mantas, las sábanas y las colchas son del mismo color. Hay más alas, corredores
largos y estrechos, letrinas empercudidas, una cocina, un enorme refectorio. Detrás del edificio
hay un cercado [Link] médico le pide a su mujer que se vaya. Por ahora lo más
probable es que me quede también ciego un día de estos, o dentro de un minuto. Vente, por
favor, no insistas. Además, estoy segura de que los soldados no me dejarían poner un pie
fuera. No te puedo obligar. No, amor mío, no puedes. Me quedo aquí para ayudarte y para
ayudar a los que vengan, pero no les digas que yo veo. Que otros... No creerás que vamos a ser
los únicos. Esto es una locura. Debe serlo. Estamos en un manicomio.
Cada uno se sienta en una cama. Los dos hombres están muy cerca, pero no lo saben. La chica
consuela al niño, diciéndole que su madre seguro que llegará pronto. Los hombres están
crispados, tensos, el cuello en alto, como si olfateasen algo, con una expresión mezcla de
amenaza y de miedo.
En ese momento, se oye una voz seca a través de un altavoz. La voz dice que el gobierno ha
asumido su responsabilidad con este aislamiento y empieza a dictar una serie de instrucciones:
En cada sala hay un teléfono que sólo podrá ser utilizado para solicitar del exterior la
reposición de los productos de higiene y limpieza.
Tampoco deberán contar los internos con ningún tipo de intervención exterior en el supuesto
de que sufran cualquier otra dolencia, y tampoco en el caso de que haya entre ellos agresiones
o desórdenes.
En caso de muerte, cualquiera que sea la causa, los internos enterrarán sin formalidades el
cadáver en el cercado.
La voz anuncia que esa comunicación se repetirá todos los días, a la misma hora. El médico
dice que está claro que están aislados. Al hablar, todos reconocen su voz, menos el ladrón.
Ninguno lleva mucho equipaje. El médico propone que se empiecen a organizar. Uno de los
hombres se pone en pie bruscamente y empieza a culpar al primer ciego de la desgracia de
todos. El hombre reconoce la voz del ladrón y dice que no piensa compartir habitación con él y
se marcha arrastrando los pies para no tropezar, tanteando con la mano libre. Pero en ese
momento le cae encima el ladrón y empiezan a pelearse. Con gran esfuerzo consiguen
separarlos, pero el ladrón sigue acusando al hombre.
Como señala Juan Cruz, en ensayo sobre la ceguera sorprende la simbología contemporánea a
la que Saramago da curso. Los hombres están ciegos, se mueven como autómatas, reciben
órdenes que cumplen sin preguntar por la razón de esas indicaciones. Y la sociedad se sumerge
así en un letargo, cuya metáfora es esta ceguera que llena de espanto a sus personajes. Como
decía su biógrafo y amigo, el poeta y crítico Fernando Gómez Aguilera, habría que leerla
después de ver los noticieros de la televisión. Pues es una indagación en el ser humano,
envuelto en la ceguera del mundo contemporáneo. Es una gran metáfora visionaria sobre la
irracionalidad humana contemporánea, propia de un agitador de conciencias. Así que lo que
cuenta no es surreal, exactamente. La surrealidad es la que estamos viviendo.
Pronto surge la necesidad de ir al baño. La mujer del médico propone guiarles, pero deciden ir
todos juntos. Se organiza una fila. El ladrón se sitúa justo detrás de la chica de las gafas
oscuras. Estimulado por el perfume que de ella se desprendía y por el recuerdo de una
reciente erección, decidió usar las manos con mayor provecho, una acariciándole la nuca por
debajo del cabello, la otra, directa y sin ceremonias, palpándole los pechos. Ella se sacudió
para escapar del desafuero, pero él la tenía bien agarrada. Entonces la muchacha soltó una
patada hacia atrás como una coz. El tacón del zapato, fino como un estilete, se clavó en el
muslo desnudo del ladrón, que soltó un grito de sorpresa y de dolor. No hay nada para curar al
ladrón, y la herida parece grave. El médico y su mujer le llevan a la cocina. Todo está sucio. Le
tienen que vendar con su propia camiseta. Cuando vuelven, el niño se ha hecho pisa encima.
Todos se van a buscar los baños. Primero se alivian los hombres. Las mujeres esperan.
A la mañana siguiente, la mujer del médico se despierta con miedo de haberse quedado ciega.
No quiere abrir los ojos. Pero sigue viendo. De la cama del ladrón llega un gemido. Se le ha
infectado la herida. De pronto se oyen voces en el exterior de la sala. Llega más gente. La
mujer del médico propone que se enumeren y diga cada uno quién es. Dos hombres hablaron
al mismo tiempo. Siempre pasa igual. Luego los dos se callaron y fue un tercero quien
comenzó. Uno hizo una pausa. Parecía que iba a dar su nombre, pero lo que dijo fue: soy
policía y la mujer del médico, pensó, no ha dicho cómo se llama. Seguro que sabe que eso aquí
no tiene importancia. Ya otro hombre se estaba presentando. Dos, y siguió el ejemplo del
primero. Soy taxista. El tercer hombre dijo, tres, soy dependiente de farmacia. Después una
mujer, cuatro, soy camarera de hotel. Y la última, cinco, soy oficinista.
Es mi mujer, mi mujer, gritó el primer ciego. ¿Dónde estás? Dime dónde estás. Aquí, estoy
aquí, decía ella llorando y avanzando trémula por el pasillo, con ojos desorbitados, las manos
luchando contra el mar de leche que por ellos entraba. En ese momento el altavoz avisa que la
comida ha sido depositada en la entrada. Han calculado la comida para cinco personas. Hay
botellas de leche y galletas, pero se han olvidado de vasos, platos y cubiertos.
Horas después, el altavoz anuncia que se puede ir a recoger la comida del mediodía. Siguen
siendo raciones para cinco. Gritan a los soldados que son once, pero los soldados se mozan de
ellos. El herido no quiere comer. Mediada la tarde entran tres ciegos más, expulsados de la
otra ala. De pronto se oye una confusión de gritos y órdenes, un vocerío que viene de la calle.
Son ciegos, traídos en rebaño. El manicomio se llena casi del todo. Poco a poco va llegando
cierta calma y con la noche los ciegos van durmiéndose. El único que queda despierto es el
ladrón. Ya no nota la pierna. Se tira de la cama y se arrastra hacia el pasillo. Logra ponerse de
pie y arrastrando la pierna mala se dirige hacia la entrada. Cuando llega a la entrada se cae y a
partir de ahí se arrastra hacia los soldados.
El soldado que está de guardia ve aparecer la cara blanca del ladrón entre los hierros, como un
fantasma. Es el miedo lo que le hace apuntar su arma y disparar una ráfaga a quemarropa.
Vamos a ver si hay por aquí una pala o un azadón, algo, cualquier cosa que sirva para cavar,
dijo el médico. Llevaron con gran esfuerzo el cadáver al cercado interior. Lo dejaron en el
suelo, entre la basura y las hojas caídas de los árboles. Ahora había que enterrarlo. Solo la
mujer del médico conocía el estado en que se encontraba el muerto. La cara y el cráneo
destrozados por la descarga. Tres orificios de bala en el cuello y en la parte del esternón.
Enterrarle es un trabajo terrible. Pero cuando los soldados traen la comida, y como no han
traído el desayuno por la mañana, hay muchísimos ciegos que se dirigen hacia ellos. Cunde el
pánico entre los soldados y abren fuego contra la multitud. Ahora hay que enterrar a muchos.
A partir de entonces les dejan la comida cerca del portón, no en el zaguán. Y llegar hasta ella
ya es una aventura. Tienen que organizarse para llegar. Cuando van a comer, se dan cuenta de
que unos cuantos han robado unas cajas y queda muy poca comida para repartir entre todos.
Pero no hay tiempo para pensarlo, porque se empiezan a oír tiros en la calle. El ejército trae a
unos 200 ciegos en autobuses. No estaría bien imaginar que estos ciegos, en tal cantidad, van
allí como borregos al matadero, palando como de costumbre, un poco apretados es cierto,
pero esa fue siempre su manera de vivir, pelo con pelo, aliento con aliento, hedor con hedor.
Aquí van unos que lloran, otros que gritan de miedo, de rabia, otros que blasfeman. Alguien
soltó una amenaza inútil y terrible. Como se agarre un día... Se supone que se refería a los
soldados. Os arranco los ojos.
El viejo de la venda negra cuenta a los demás cómo están las cosas fuera. Corre el rumor de
que se va a formar de inmediato un gobierno de salvación nacional. El miedo ciega, dijo la
chica de las gafas oscuras. Son palabras ciertas. Ya éramos ciegos en el momento en que
perdimos la vista. El miedo nos cegó. El miedo nos mantendrá ciegos. Ocupados, todos los
camastros, 240 sin contar los ciegos que duermen en el suelo. Ninguna imaginación, por fértil y
creadora que sea, puede describir el tendal de porquería que hay. No es sólo el estado al que
rápidamente llegan las letrinas,sino que los ciegos empiezan a utilizar el cercado como
aliviadero de todos sus desahogos. No tardarán en convertirse en animales, peor aún, en
animales ciegos. La mujer del médico piensa que hay que poner remedio a ese horror y que no
puede seguir fingiendo que no ve, pero también piensa en las consecuencias. Se convertirá en
una esclava, todos le exigirán que los alimente, que los lave, que los lleve de aquí para allá.
Algunos llegarán a odiarla por ver. La ceguera no les ha hecho mejores, ni peores. Decide
anunciar que ve a la mañana siguiente, pero a la mañana siguiente sucede algo que lo cambia
todo.
"No nos han dejado traer la comida," dijo uno, y los otros repitieron, "no, no nos han dejado."
"¿Qué ciegos? Aquí todos somos ciegos. No sabemos quiénes eran," dijo el dependiente de
farmacia, "pero creo que deben ser de aquellos que vinieron juntos, los últimos que llegaron."
"¿Y cómo es eso? ¿Por qué nos dejaron traer la comida?" Preguntó el médico, "hasta ahora no
ha habido ningún problema."
"Ellos dicen que eso se ha acabado, que a partir de hoy quien quiera comer tendrá que pagar.
Es un grupo grande de los últimos que han llegado, y están armados con palos."
El médico propone ir a hablar con ellos. La mujer del médico le acompaña. Se van sumando
ciegos de todas las salas. Cuando los que tienen la comida se ven rodeados, uno de ellos saca
una pistola. El primer disparo hace soltarse del techo una gran placa de estuco que cae sobre
las desprevenidas cabezas, aumentando el pánico. Les obligan a volver a las salas riéndose de
ellos.
Cada sala, les dicen, nombrará a dos responsables que se encargarán de recoger todo lo que
haya de valor, todo de cualquier tipo:
Dinero, Joyas, Anillos, Pulseras, Pendientes, Relojes Y luego se lo llevarán. Y les advierten que
no se dejen nada porque harán una inspección. Cuando todos vuelven a sus salas, discuten qué
hacer, pero terminan recogiendo todos los objetos de valor. Lo único que se guarda la mujer
del médico, colgándolas en un clavo muy alto, son unas tijeras. La comida que les entregan a
cambio es muy poca.
Pasada una semana, los ciegos malvados mandaron aviso de que querían mujeres. Así,
simplemente, tráiganos mujeres. Esta inesperada, aunque no del todo insólita, exigencia causó
la indignación, que es fácil imaginar. Los aturdidos emisarios que vinieron con la orden
volvieron de inmediato para informar que las salas habían decidido por unanimidad no acatar
la degradante imposición, objetando que no podía rebajarse hasta ese punto la dignidad
humana, en ese caso, femenina. La respuesta fue corta y seca.
Las mujeres no están dispuestas, evidentemente. Uno de los ciegos, con especial sentido de la
oportunidad, pregunta si hay voluntarias, pero las protestas estallan. Saltan las furias. Los
hombres son moralmente arrasados. Les llaman chulos, proxenetas, alcahuetes, vampiros,
explotadores. Luego el silencio se va apoderando de la sala, como si las mujeres
comprendieran que vendrá inevitablemente la derrota. Hasta que una mujer de unos 50 años
que tiene a su cargo a su anciana madre dice que ella irá. Y una a una, las mujeres van diciendo
que irán. Son siete mujeres.
Al día siguiente, a la hora de cenar, aparecen en la puerta de la sala tres ciegos del otro lado,
preguntando cuántas mujeres hay. Los ciegos se echaron a reír.
"Bueno, bueno, entonces vais a tener que trabajar mucho esta noche."
"No vale la pena," dijo el tercer ciego, que sabía aritmética. "Prácticamente tocan a tres
hombres por cada mujer. Ya verás cómo ellas aguantan."
Se rieron otra vez y el que había preguntado cuántas mujeres había dio la orden.
"Venga, vamos. Eso si queréis comer mañana y dar de mamar a vuestros hombres."
Las humillaciones, las vejaciones, las violaciones son terribles. Amanece cuando los ciegos
malvados dejan ir a las mujeres. Durante horas han pasado de hombre en hombre. Ahora los
hombres ya pueden ir a por la comida. Vuelven sordas, ciegas, calladas, a tumbos, solo con la
voluntad suficiente para no dejar la mano de la que llevan delante. Una de ellas cae,
literalmente, como si le hubiesen cegado las piernas. Muerta.
Los hombres esperan en la puerta. El médico y el viejo de la venda negra van a por la comida.
El salario de la vergüenza. Como recuerda Patricia Kolesnikov en Cultura Inquieta, los
personajes de esa novela se han dado cuenta, eso es lo que intento decir allí, que nuestra
razón está ciega, en el sentido de que no usamos la razón en una forma racional, contaba el
Nobel portugués en una entrevista. Es decir, no usamos la razón para defender la vida, casi
siemprela usamos para destruirla. Saramago la definía como la novela que plasmaba, criticaba
y desenmascaraba una sociedad podrida y desencajada. El autor se da el lujo de obviar los
nombres de los múltiples personajes. Solo la exhaustiva descripción que hace de cada uno de
ellos permite que el lector los identifique claramente. Los describe por alguna característica
sobresaliente, como la mujer del médico, la mujer de las gafas oscuras, el niño estrábico, etc.
Cuatro días después, los malvados acuden a por más mujeres a la sala de al lado. La mujer del
médico levanta los ojos y ve sus tijeras colgadas de un clavo. Las coge y sale. Quince mujeres
van hacia la guarida de los malvados. Cuando acaban de pasar, la mujer del médico la sigue.
Ninguna se da cuenta. Van aterrorizadas, no tanto por la violación como por la orgía, la
desvergüenza. La cama que sirve de cancela es apartada rápidamente. Las iban llevando a las
camas. Las desnudaban a tirones. Enseguida se oyeron los llantos acostumbrados, las súplicas,
las voces implorantes, pero las respuestas, cuando las había, no variaban. Si quieres comer,
tienes que abrir las piernas. Y las abrían. Algunas les ordenaban que usasen la boca, como
aquella que estaba en cuclillas entre las rodillas del jefe de los malvados. Esa no decía nada.
La mujer del médico entra en la sala y va hasta el fondo, donde está la cama del jefe de los
malvados y donde se amontonan las cajas de comida. Mientras avanza por el pasillo, observa
los movimientos de aquel a quien no tardará en matar. Cómo el placer le hace inclinar la
cabeza hacia atrás, como si le ofreciera el cuello. Se coloca detrás de él. La ciega continúa su
trabajo. La mujer levanta las tijeras, las hojas un poco separadas y cuando va a llegar el
orgasmo, la mujer del médico baja violentamente el brazo y las tijeras se entierran con toda la
fuerza en la garganta del ciego. El grito del hombre apenas se oye, pero es el grito de la mujer
cuando un chorro de sangre le da en la cara, lo que alarma a los malvados. Los ciegos dejaron a
las mujeres, avanzaban a tientas. ¿Qué pasa, por qué gritas de ese modo? preguntaban. Pero
ahora la ciega tenía una mano sobre la boca. Alguien le decía al oído, cállate. Y luego notó que
la empujaban suavemente hacia atrás. No digas nada. Era una voz de mujer y esto la
tranquilizó, si tanto se puede decir en semejante situación.
Los malvados se dan cuenta de que su jefe está muerto. Parecen aturdidos. Uno de los ciegos
coge la pistola y los cartuchos que quedan. Las mujeres son presas del pánico queriendo salir
de allí, pero tropiezan con los malvados. Estos creen que los atacan y se produce una gran
confusión. Algunas mujeres consiguen dar con la puerta. Otras luchan por liberarse de las
manos que las sujetan. Alguna intenta estrangular al enemigo y añadir un muerto a otro
muerto. El ciego de la pistola dispara un tiro al aire. Entonces la mujer del médico decide
avanzar dando golpes a diestra y siniestro. Se va abriendo camino. En su huida clava las tijeras
en el pecho de otro y luego les dice a los malvados que ahora, si quieren seguir vivos, serán
ellas las que recojan la comida. Se alejó, dio unos cuantos pasos todavía firmes. Luego avanzó a
lo largo de la pared del corredor casi desmayándose. En un momento las rodillas se le doblaron
y cayó redonda. Los ojos se le nublaron. Voy a quedarme ciega, pensó. Pero luego comprendió
que no sería esta vez. Eran solo lágrimas lo que cubría su vista. Lágrimas como jamás las había
llorado en su vida. He matado, dijo en voz baja. Quise matar y maté.
Pero la comida empieza a escasear. Durante bastantes días los soldados dejan de traer las
cajas. La única comida que queda en el manicomio es la que tienen los malvados almacenada.
Algunos hombres tratan de sacarles de su guarida donde se han atrincherado, pero ellos se
defienden a tiros. Una noche una mujer decide incendiar las camas que hacen de barricada en
la sala de los malvados. Se arrodilla en la entrada de la sala, tira lentamente de los cobertores
hacia afuera, saca un mechero que ha guardado celosamente hasta entonces y lo enciende. La
llama lame la suciedad de los tejidos y poco a poco prende. Pero de repente las llamas se
multiplican, se convierten en una cortina ardiente. Su propio cuerpo alimenta la hoguera. El
fuego salta velozmente de cama en cama. Los malvados intentan alcanzar las ventanas, pero
cuando entra aire, atiza el incendio. Los otros ciegos corren despavoridos por los pasillos llenos
de humo. Gritan fuego. En cada sala solo hay una puerta. Los ciegos empujan, se pisan. El
corredor se llena de gente. La única que puede guiar a los demás hacia la salvación es la única
que ve, la mujer del médico. Estoy aquí. Solo ahora he logrado salir de la sala. La culpa fue del
niño estrábico que nadie conseguía saber dónde se había metido. Ahora está aquí. Lo agarro
con fuerza de la mano. Tendrían que arrancarme el brazo para que lo soltara. Con la otra mano
llevo la mano de mi marido. Y luego viene la chica de las gafas oscuras. Y luego el viejo de la
venda negra. Donde está uno está el otro. Y después el primer ciego. Y después su mujer.
Todos juntos como una piña que al menos, eso espero, ni este calor puede abrir.
Alguien grita que hay que salir de allí. La mujer del médico dice que va a hablar con los
soldados y se lanza, seguida por los suyos, hacia la salida. Consigue al fin salir al rellano y llega
prácticamente desnuda, grita pidiendo ayuda entre el humo. Nadie responde. Nada se mueve.
Los soldados se han ido. En ese momento ocurre todo al mismo tiempo. La mujer del médico
anuncia a gritos que están libres. El tejado del ala izquierda se viene abajo, dispersando
llamaradas por todas partes. Los que han conseguido salir se precipitan hacia la tapia gritando.
El portón está abierto de par en par. Los locos salen. Le dices a un ciego, estás libre. Le abres la
puerta que lo separaba del mundo. Vete, estás libre, volvemos a decirle. Y no se va. Se queda
allí parado en medio de la calle, él y los otros. Están asustados, no saben a dónde ir.
Y es que no hay comparación entre vivir en un laberinto racional, como es por definición un
manicomio, y aventurarse sin mano de guía ni tralla de perro en el laberinto enloquecido de la
ciudad, donde de nada va a servir la memoria, pues sólo será capaz de mostrar la imagen de
los lugares y no los caminos para llegar.
Cuando nace el día, empieza a llover. Una llovizna fina pero persistente. Trabajosamente,
vacilando, agarrándose unos a otros, se ponen en marcha hacia el centro de la ciudad. Pero la
mujer del médico quiere encontrar un sitio donde dejarles seguros e ir sola en busca de
comida. La idea es dejarles en una tienda, reteniendo el nombre de la calle y el número de la
puerta para volver.
Se paró. Le dijo la chica de las gafas oscuras. Esperaos aquí, no os mováis. Y fue a mirar por la
puerta cristalada de una farmacia. Le pareció ver dentro unos bultos tumbados. Llamó en los
cristales. Una de las sombras se movió. Alguien se levantó volviendo la cara hacia el lugar de
donde venía el ruido. Están todos ciegos, pensó la mujer del médico, sin entender por qué se
encontraban allí. Quizás sea la familia del farmacéutico. Pero si es así, ¿por qué no están en su
propia casa?
Pero uno de los hombres que duerme en la farmacia le cuenta que como todo el mundo está
ciego, muchas veces no encuentran sus casas. Así que se meten en la primera casa que
encuentran o duermen en las tiendas, que es más fácil. Y por el día deambulan buscando
comida.
El grupo de la farmacia sale del local. A lo largo de la calle aparecen otros grupos, también
personas aisladas, arrimados a las paredes. Hay hombres aliviando la urgencia matinal de la
vejiga, mujeres al resguardo de los coches abandonados. A blandados por la lluvia, los
excrementos aquí y allá motean la calle.
La mujer del médico mete a los suyos en la farmacia que se ha quedado vacía y les dice que no
dejen ese sitio. Y si los echan, que se queden en la puerta juntos hasta que ella llegue. Había
mucha gente fuera. ¿Cómo se orientarán? Se preguntó la mujer del médico. No se orientaban,
caminaban rozando las casas con los brazos tendidos hacia adelante. Tropezaban
continuamente unos con otros, como las hormigas que van en cadena. Pero cuando esto
ocurría, no se oían protestas ni necesitaban hablar.
Una de las familias se despegaba de la pared, avanzaba a lo largo de la que venía en dirección
contraria. Y así seguían hasta el próximo tropiezo. De vez en cuando se paraban, olfateaban a
la entrada de las tiendas por ver si olía comida, sea lo que fuera. Luego continuaban su camino,
doblaban una esquina, desaparecían de la vista. Poco después aparecía otro grupo. Las tiendas
parecen haber sido devoradas por dentro. Son como caparazones vacíos.
La mujer del médico está bastante lejos ya cuando ve un supermercado. Dentro sólo hay
estanterías vacías, vitrinas rotas, ciegos vagando por los pasillos, la mayoría gatas, barriendo
con las manos el suelo. De pronto piensa que debe de haber un almacén grande que estará en
otro sitio. Busca una puerta al fin en un pasillo oscuro, ve lo que parece un montacargas. Una
puerta lisa que da unas escaleras. Cuando la cierra se queda a oscuras. Y así baja las escaleras
hasta que llega al almacén. Encuentra unas cerillas y llena las bolsas de comida. Riqueza
suficiente
Para comprar la ciudad. Antes de irse se sienta en el suelo, abre un envase de chorizo, otro de
lonchas de pan negro, una botella de agua y sin remordimientos come. Luego sale, con tres
bolsas en cada mano. Tiene que pasar entre los ciegos. Uno de ellos olfatea el aire y dice que
huele a chorizo. Ella echa a correr.
Señala Juan Cruz que Ensayo sobre la ceguera es, como dice Pilar del Río, un ensayo sobre la
humanidad. Si se lee, en voz alta, en voz baja, uno verá a Saramago adivinando
misteriosamente el desconcierto real del mundo en que vivimos. Como algunos de los libros
principales de Saramago, este es, como dice Pilar del Río, un descenso a los infiernos. La
circunstancia es kafkiana, y de Kafka es Saramago heredero directo, pero tiene una virtud
principal el autor portugués, y la subraya Pilar del Río. Su modernidad literaria consiste en su
capacidad de indagación, que le lleva, en efecto, a bajar a los infiernos. Pero resuelve, con su
estilo, con su voz, las situaciones más complejas. El estilo, la voz, es el ritmo, que en este libro
alcanza la perfecta compenetración entre el grito en que consiste y la musicalidad con que se
dice.
Llovía torrencialmente cuando llegó a la calle. Mejor, pensó jadeando, con las piernas
temblándole. Así se sentiría menos el olor. Alguien la había agarrado por el último andrajo que
apenas la cubría de cintura arriba. Ahora iba con los pechos al aire, por ellos, lustralmente,
palabra fina, corría el agua del cielo. No era la libertad guiando al pueblo, las bolsas,
afortunadamente llenas, pesan demasiado como para llevarlas alzadas como una bandera. Por
todas partes hay ciegos con la boca abierta hacia las alturas, matando la sed. Va leyendo los
nombres de las calles, pero hay un momento en el que se cree que se ha perdido, que no les
encontrará jamás. Se sienta, cansada, desesperada en el suelo y se pone a llorar. Los perros la
rodean, pero uno de ellos le lame la cara. La mujer le acaricia la cabeza. Encuentra un plano de
la ciudad en una marquesina y consigue orientarse. Le sigue el perro. Y así llega a la tienda.
La mujer del médico les cuenta todo lo que ha pasado y lo que le han contado. El médico dice
que él aún conserva las llaves de su casa. Introduce tres dedos en un bolsillo pequeño de los
andrajosos pantalones y allí están. Después de comer deciden buscar tiendas para calzarse y
vestirse adecuadamente y luego llegar hasta la primera parada, la casa de la chica de las gafas
oscuras.
La música se ha acabado. Nunca hubo tanto silencio en el mundo. Teatros y cines sirven a
quien se ha quedado sin casa o ha dejado de buscarla. Algunas salas de espectáculos, las
mayores, se usaron para las cuarentenas cuando el gobierno o lo que dé sucesivamente fue
quedando. Aún creía que el mal blanco podía ser atajado con trucos e instrumentos que de tan
poco sirvieron en el pasado contra la fiebre amarilla y otros pestíferos contagios. Pero eso se
ha acabado. Aquí ni siquiera ha sido necesario un incendio. En cuanto a los museos, es un
auténtico dolor del alma, algo que rompe el corazón. Toda aquella gente, gente digo bien,
todas aquellas pinturas, aquellas esculturas no tienen delante ni una persona a quien mirar.
La casa de la chica de las gafas oscuras está cerrada. Nadie contesta cuando aporrean la
puerta. Ella vivía con sus padres, no sabe qué ha sido de ellos. La vecina de abajo, la del
primero, una mujer muy vieja, dice que no sabe dónde están, que la casa ha estado ocupada y
les deja pasar al patio para subir por la escalera de incendios a su casa. La chica de las gafas
oscuras quiere quedarse allí esperando a sus padres, pero la mujer del médico propone que no
se dispersen, que sigan juntos. El viejo de la venda negra no tiene casa, vivía solo en un cuarto
alquilado, no tiene familia. El niño estrábico no se quiere separar de la chica de las gafas
oscuras. Así que allá van, todos juntos.
Llegan al atardecer a casa del médico, que saca sus llaves y abre la puerta. Nadie ha entrado
desde que se fueron. Lo primero que hace la mujer del médico es pedir a todos que se
desnudan y con unas sábanas y unas toallas intentan limpiarse lo mejor que pueden. Y luego,
sentados a la mesa, cenan.
Empezó a llover cuando clareaba la mañana. El viento lanzó contra las ventanas un aguacero
que resonó como mil latigazos. La mujer del médico se despertó, abrió los ojos y murmuró,
como llueve. Luego volvió a cerrarlos. En el dormitorio seguía siendo noche profunda, podía
dormir. No llegó a estar así ni un minuto. Despertó abruptamente con la idea de que tenía algo
que hacer, pero sin comprender qué era. La lluvia estaba diciéndole, levántate. ¿Qué querría la
lluvia? Sale a la terraza donde se amontona la ropa sucia. Eso es lo que tiene que hacer,
aprovechar ese agua. Empieza a reunir cazos, palanganas, todo lo que pueda recoger un poco
de esa lluvia. Y luego se quita de golpe la batamojada y desnuda, recibiendo en el cuerpo unas
veces la caricia y otras veces los latigazos de la lluvia, empieza a lavar la ropa al tiempo que se
lava a sí misma. En la puerta de la terraza aparecen la chica de las gafas oscuras y la mujer del
primer ciego. ¿Qué presentimientos, qué intuiciones, qué voces interiores las han despertado?
Se desnudan y se ponen a lavar la ropa entre las tres. El agua corre por sus cuerpos, del suelo a
la terraza cae una cascada de espuma. Y mientras lavan y se lavan, hablan. Las palabras son así,
disimulan mucho, se van juntando unas con otras, parece como si no supieran a dónde quieren
ir. Y de pronto, por culpa de dos o tres o cuatro que salen de repente, simples en sí mismas, un
pronombre personal, un adverbio, un verbo, un adjetivo, ya tenemos ahí la conmoción
ascendiendo irresistiblemente a la superficie de la piel y de los ojos, rompiendo la compostura
de los sentimientos.
La mujer del médico tiene nervios de acero, y resulta que también la mujer del médico está
deshecha en lágrimas por obra de un pronombre personal, de un adverbio, de un verbo, de un
adjetivo, meras categorías gramaticales, meros designativos, como lo están igualmente las dos
mujeres, las otras, pronombres indefinidos, también ellos llorosos, que se abrazan a la de la
oración completa, tres gracias desnudas bajo la lluvia que cae. Las mujeres ya están limpias,
ahora les toca a los hombres. El viejo de la venda negra prefiere lavarse en el cuarto de baño.
Le ponen un poco de agua limpia en la bañera y allí se arrodilla. Se enjabona, se frota
enérgicamente, se lava la cabeza. De pronto siente que unas manos le tocan la espalda,
recogen la espuma de los brazos y del pecho y luego se la dispersan por la espalda,
suavemente.
Quiere preguntar quién es, pero se le traba la lengua, no es capaz. Tienen que salir a buscar
más comida. Van la mujer del médico, el primer ciego y su mujer. La calle cada vez está peor,
los perros olfatean por todas partes, escarban en la basura. Alguno lleva en la boca una rata.
Todavía se pueden encontrar judías o garbanzos en sacos. La mujer del médico llena de
habichuelas y garbanzos dos de las bolsas que llevan. Luego se dirigen a la casa del primer
ciego. Está ocupada por un escritor con su mujer y sus dos hijas, que a su vez perdieron su casa
a manos de otros ciegos. Deciden dejar que se queden con la promesa de que se vayan a su
casa cuando ésta se desocupe.
Cuando volvieron a casa, cargando alimentos suficientes para tres días, la mujer del médico,
intercalado con las excitadas explicaciones del primer ciego y de su mujer, contó lo que había
ocurrido. Y por la noche, como tenía que ser, leyó para todos unas cuantas páginas de un libro
que sacó de la biblioteca. El tema del libro no le interesaba al niño estrábico, que se quedó
dormido al poco tiempo con la cabeza en el regazo de la chica de las gafas oscuras y los pies
sobre las piernas del viejo de la venda negra.
Como señala el blog Libros Prohibidos, Saramago realiza aquí un despliegue de imaginación
terrorífico, narrando qué podría ocurrir con los afectados de una epidemia infecciosa en
nuestro mundo. Cómo perderíamos nuestro civismo en una ocasión semejante. Y lo cierto es
que se trata de un relato real, tal vez demasiado, donde lo único mágico es la enfermedad en
sí. Todo lo demás es posible. Tanto que da tanto miedo como la mejor novela de terror. Ensayo
sobre la ceguera es el reino de la desesperación, la fealdad de la desesperación y la ley del más
fuerte. No puede ser más triste, diría uno. Pero Saramago va más allá. Lo que se trata de saber
es si han aprendido con lo que han vivido y van a cambiar.
Dos días después van a la consulta del médico. Se han llevado los archivos, pero el
instrumental está a salvo. Luego vuelven a casa de la chica de las gafas oscuras. Lo primero que
ven es que su vecina está en el suelo ante el portal, muerta. Deciden enterrarla en el patio. No
hay rastro de sus padres. Ella quiere dejarles un mensaje por si vuelven. Tiene que ser algo que
ellos puedan reconocer por el tacto. A la mujer del médico se le ocurre que podría dejarles un
mechón de pelo colgado del tirador de la puerta. La chica de las gafas oscuras rompe a llorar
con la cabeza caída sobre los brazos cruzados en las rodillas. Desahoga su pena, la añoranza, la
conmoción por esa ocurrencia.
Aquella noche hubo de nuevo lectura y audición. Ahora no hay más música que la de las
palabras. Y esas, sobre todo las que están en los libros, son discretas. Aunque la curiosidad
trajera a alguien a escuchar tras la puerta de la casa, no oiría más que un murmullo solitario. Es
el largo hilo de sonido quepodrá prolongarse infinitamente porque los libros del mundo, todos
juntos, son, como dicen, ¿qué es el universo? Infinitos. Al día siguiente deciden ir al almacén
del supermercado. Van la mujer del médico y su marido. El aspecto de las calles empeora cada
hora. Atravesan una plaza donde grupos de ciegos se entretienen oyendo los discursos de
otros ciegos. Llegan al supermercado. A la mujer del médico le extraña que no haya gente
entrando y saliendo, ni viviendo dentro. Hay un olor como a podrido. Cuando la mujer del
médico abre la puerta que da acceso al corredor, el olor se hace más intenso. Avanza por el
corredor, cada vez más oscuro. Saturado del olor a putrefacción, el aire parecía pastoso. A
medio camino la mujer del médico vomitó. ¿Qué habrá pasado aquí? Pensó entre dos arcadas
y murmuró luego una y otra vez estas palabras mientras se iba aproximando a la puerta
metálica que daba al sótano. Confundida por la náusea, no había notado que en el fondo se
percibía una claridad difusa muy leve. Ahora sabía lo que era aquello. Pequeñas llamas
palpitaban en los intersticios de las dos puertas, la de la escalera y la del montacargas. Un
nuevo vómito le retorció el estómago. Fue tan violento que la tiró al suelo. El médico la oye
vomitar y corre como puede a buscarla. Es la primera vez desde que le afectó la ceguera que es
él quien guía a la mujer. Cuando salen del corredor los nervios de ella se desatan de golpe. El
llanto se convierte en convulsión. No hay manera de enjuagar lágrimas como estas. Solo el
tiempo y la fatiga las podrán reducir.
Unos minutos después ella dice que están todos muertos. Que vio los fuegos fatuos agarrados
en las rendijas. Seguro que vieron con el sótano, se precipitaron escaleras abajo en busca de
comida y se cayeron todos. El sótano es ahora un inmenso sepulcro. La mujer del médico
piensa que la culpa fue suya al salir del sótano aquel día, oliendo a chorizo. En cierto modo
todo cuanto comemos es robado de la boca de los otros. Y si les robamos demasiado
acabamos causando su muerte. En el fondo todos somos más o menos asesinos. Flaco
consuelo. Lo que no quiero es que empieces a cargarte tú misma con culpas imaginarias
cuando ya apenas puedes soportar la responsabilidad de sostenerse y bocas concretas e
inútiles. La mujer del médico apenas puede arrastrar los pies. La conmoción la ha dejado sin
fuerzas. Necesita acostarse, cerrar los ojos, respirar pausadamente. Si pudiera estar unos
minutos tranquila, quieta, seguro que le volverían las fuerzas. Pero no quiere acostarse sobre
la inmundicia de la acera. Al otro lado de la calle hay una iglesia. Será un buen sitio para
descansar. Las puertas están abiertas de par en par. Está llena. Casi no hay un palmo de suelo
libre. Pero encuentra un espacio donde se deja caer, rindiendo el cuerpo al desmayo, cerrados
al fin por completo los ojos.
Después de un rato empieza a volver en sí, a encontrarse mejor. Pero en aquel mismo instante
pensó que se había vuelto loca o que desaparecido el vértigo, sufría ahora alucinaciones. No
podía ser verdad aquello que los ojos le mostraban. Aquel hombre clavado en la cruz con una
venda blanca cubriéndole los ojos. El lado, una mujer con el corazón traspasado por siete
espadas y con los ojos también tapados por una venda blanca. Y no eran sólo este hombre y
esta mujer los que así estaban. Todas las imágenes de la iglesia tenían los ojos vendados. Las
esculturas con un paño blanco atado alrededor de la cabeza. Los cuadros con una gruesa
pincelada de pintura blanca. Es difícil contar a todos lo que ha pasado. Comen lo que tienen. La
mujer del médico dice que cada día es más difícil encontrar comida, que quizá tendrán que
salir de la ciudad e irse a vivir al campo. Después de comer se echan a dormir. Por la noche no
comen. Solo el niño estrábico recibe algo. Se sientan a oír la lectura del libro. A veces se
quedan dormidos o amodorrados escuchando.
El primer ciego está pensando en su casa y en el escritor que la ocupa cuando de repente el
interior de sus párpados se le vuelve oscuro. Entonces le entra un gran miedo en el alma. Cree
que ha pasado de una ceguera a otra, que habiendo vivido en la ceguera de la luz, irá ahora a
vivir en la ceguera de las tinieblas. Su mujer le pregunta qué le pasa y él contesta que se ha
quedado ciego. Su mujer le dice que todos están ciegos. Le dice que se duerma. El consejo le
puso furioso. Estaba allí un hombre angustiado hasta un punto que sólo él sabía. Y a su mujer
no se le ocurría más que decirle que se fuese a dormir. Irritado ya con la respuesta ácida
escapando de la boca, abrió los ojos y vio. Vio y gritó. ¡Veo! El primer grito fueaún el de la
incredulidad. Pero con el segundo y el tercero, y unos cuantos más, fue creciendo la evidencia.
¡Veo! ¡Veo! Se abrazó a su mujer como loco. Después corrió hacia la mujer del médico y la
abrazó también. Era la primera vez que la veía, pero sabía quién era. Y reconocía a todos. El
médico le pregunta si ve realmente bien, como veía antes, y él dice que incluso mejor.
Entonces el médico dice lo que todos están pensando, pero nadie se atreve a decir en voz alta.
Es posible que esta ceguera haya llegado a su fin. La mujer del médico empieza a llorar, pero la
alegría general es sustituida por el nerviosismo. El viejo de la venda negra propone que se
queden todos allí, esperando.
En cierto momento, al primer ciego se le ocurrió decirle a su mujer que al día siguiente se irían
a su casa. Pero yo todavía estoy ciega, respondió ella. Es igual, yo te llevo. Solo quien allí se
encontraba, y en consecuencia lo oyó con sus propios oídos, fue capaz de entender cómo en
palabras tan sencillas pueden caber sentimientos tan distintos como son los de protección,
orgullo y autoridad.
La segunda en recuperar la vista, avanzada la noche, es la chica de las gafas oscuras. Ha estado
todo el tiempo con los ojos abiertos, como si por ellos tuviera que entrar la visión y no renacer
por dentro. De repente dice que le parece que está viendo. Se abraza con la mujer del médico.
No se sabe cuál de las dos llora más. El segundo abrazo es para el viejo de la venda negra.
De fiesta fue el banquete de la mañana. Lo que estaba en la mesa, además de poco, repugnaría
cualquier apetito normal. La fuerza de los sentimientos, como en momentos de exaltación
siempre ocurre, había ocupado el lugar del hambre. Pero la alegría le servía de manjar. Nadie
se quejó. Hasta los que aún estaban ciegos se reían como si los ojos que ya veían fuesen los
suyos.
La chica de las gafas oscuras decide ir a poner en la puerta de su casa un cartel para sus
padres. El viejo de la venda negra le pide ir con ella. El primer ciego y su mujer deciden ir a ver
si el escritor se ha ido de su casa.
Minutos después, ya solos, el médico se sienta al lado de su mujer. El niño estrábico duerme
en un extremo del sofá. Por la ventana abierta, pese a la altura del piso, llega el rumor de las
voces alteradas. Las calles deben estar llenas de gente. La multitud grita una sola palabra. Veo.
Empieza a aparecer una historia de otro mundo, aquella en que se dijo, estoy ciego. La mujer
del médico le pregunta a su marido por qué se han quedado ciegos. El médico dice que no lo
sabe, que quizá un día lleguen a saber la razón.
¿Quieres que te diga lo que estoy pensando? Dime. Creo que no nos quedamos ciegos. Creo
que estamos ciegos. Ciegos que ven, ciegos que viendo no ven.
La mujer del médico se levantó, se acercó a la ventana. Miró hacia abajo, a la calle cubierta de
basura, a las personas que gritaban y cantaban. Luego alzó la cabeza al cielo y lo vio todo
blanco. Ahora me toca a mí, pensó. El miedo súbito le hizo bajar los ojos. La ciudad aún estaba
allí.
Y así les hemos contado Ensayo sobre la ceguera de José Saramago. Hemos seguido la edición
de Alfaguara con traducción de Basilio Lozada. Gracias por estar ahí y gracias por leer.