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Constimio 1856

La Constitución de 1856, impulsada por Ramón Castilla, buscó modernizar el Estado peruano con un enfoque liberal, promoviendo derechos individuales y descentralización, pero su implementación elitista y restricciones al sufragio limitaron su efectividad. A pesar de sus innovaciones, como un sistema bicameral y reformas judiciales, la constitución generó inestabilidad política y conflictos regionales, culminando en su reemplazo en 1860. Su legado, aunque influyente en textos posteriores, evidenció un equilibrio entre avances democráticos y la perpetuación de estructuras de poder elitistas.

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Constimio 1856

La Constitución de 1856, impulsada por Ramón Castilla, buscó modernizar el Estado peruano con un enfoque liberal, promoviendo derechos individuales y descentralización, pero su implementación elitista y restricciones al sufragio limitaron su efectividad. A pesar de sus innovaciones, como un sistema bicameral y reformas judiciales, la constitución generó inestabilidad política y conflictos regionales, culminando en su reemplazo en 1860. Su legado, aunque influyente en textos posteriores, evidenció un equilibrio entre avances democráticos y la perpetuación de estructuras de poder elitistas.

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V. Análisis de la Constitución de 1856

La Constitución de 1856, promulgada bajo el liderazgo de Ramón Castilla, representa un

esfuerzo audaz por modernizar el Estado peruano mediante un marco liberal que promoviera

derechos individuales, participación regional y una estructura institucional equilibrada. Sin

embargo, sus ambiciones democráticas se vieron limitadas por restricciones elitistas y una

implementación que generó inestabilidad, lo que llevó a su reemplazo en 1860. Este análisis

examina la estructura y organización de la constitución, con énfasis en el poder legislativo, los

principales cambios en la organización del Estado, las reformas judiciales y el impulso

descentralizador, destacando tanto sus logros como sus contradicciones.

Estructura y organización de la Constitución: El énfasis en el poder legislativo

La Constitución de 1856 se estructura en 19 títulos y 140 artículos, organizados de

manera sistemática para abarcar desde los principios fundamentales de la nación (Título I) hasta

las disposiciones transitorias (Título XIX). Esta organización refleja un diseño liberal que busca

claridad y coherencia, con un énfasis particular en el Poder Legislativo, establecido en los

Títulos VIII y IX (Art. 43-62), como el eje central de la gobernanza. El Congreso, compuesto por

dos cámaras (Senadores y Diputados), ejerce amplias atribuciones, incluyendo legislar, aprobar

presupuestos, declarar la guerra, supervisar tratados y velar por el cumplimiento de la

constitución (Art. 55). La elección directa de los representantes (Art. 44) y la renovación anual

por terceras partes (Art. 53) buscan garantizar representatividad y dinamismo, mientras que la

inviolabilidad de los legisladores (Art. 50) y la autonomía de las cámaras para organizar sus

secretarías (Art. 58) refuerzan su independencia. Este énfasis legislativo contrasta con

constituciones previas, como la de 1839, que privilegiaban al Ejecutivo, y refleja la intención de


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limitar el poder presidencial tras los excesos autoritarios de gobiernos anteriores. Sin embargo,

esta preponderancia del Congreso generó tensiones con el Ejecutivo, debilitando la capacidad de

respuesta del Estado frente a conflictos regionales, como los que culminaron en la guerra civil de

1856-1858 (Peralta Ruiz, 2024). Críticamente, aunque el diseño legislativo promovió un ideal

democrático, los requisitos elitistas para ser representante (e.g., renta de 500 pesos o ser profesor,

Art. 46) y el sufragio restringido (Art. 37) aseguraron que el poder permaneciera en manos de

una minoría privilegiada, limitando la representatividad y perpetuando el dominio de las élites.

Principales cambios en la organización del Estado: El sistema bicameral, el Consejo

de Ministros, la abolición del Consejo de Estado y la restricción del poder ejecutivo

La constitución introduce cambios significativos en la organización del Estado,

orientados a equilibrar los poderes y promover una gobernanza más participativa. El

establecimiento de un sistema bicameral (Art. 43) marca una innovación frente a constituciones

previas, como la de 1839, que carecían de esta estructura. La Cámara de Senadores y la Cámara

de Diputados, formadas inicialmente por sorteo (Art. 56), aseguran una deliberación legislativa

más rigurosa, con la Cámara de Diputados facultada para acusar al Presidente y otros

funcionarios por infracciones constitucionales (Art. 61), y el Senado para juzgar dichas

acusaciones (Art. 62). Este diseño fortalece los contrapesos institucionales, pero su

implementación inicial por sorteo refleja la urgencia de estabilizar el sistema en un contexto de

transición. Otro cambio clave es la creación del Consejo de Ministros (Art. 93), encargado de

coordinar la administración pública y presentar memorias anuales al Congreso (Art. 94-95). Este

consejo, al formalizar la responsabilidad solidaria de los ministros (Art. 97), introduce un

mecanismo de rendición de cuentas que limita el poder arbitrario del Ejecutivo. La abolición del

Consejo de Estado, un órgano asesor presente en constituciones anteriores, elimina un vestigio


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de control centralizado, otorgando mayor autonomía al Congreso y a los ministros. Finalmente,

la restricción del poder ejecutivo se evidencia en la elección directa del Presidente por los

pueblos (Art. 75), la prohibición de reelección inmediata (Art. 80), y la suspensión de sus

funciones al mandar la fuerza armada (Art. 88). Estas medidas buscan prevenir el caudillismo,

pero debilitan al Ejecutivo frente a un Congreso dominante, contribuyendo a la inestabilidad

política, como se vio en los conflictos regionales de la época (Villanueva, 2024). Críticamente,

aunque estos cambios reflejan un avance hacia un gobierno representativo, la exclusión de

amplios sectores de la población del sufragio (Art. 37) y la dependencia de las élites para ocupar

cargos públicos perpetúan un sistema donde la participación real permanece restringida.

Reformas en el sistema judicial: La abolición de los jurados y la creación del Fiscal

de la Nación

La constitución introduce reformas significativas en el sistema judicial, regulado en el

Título XVII (Art. 124-133), con el objetivo de modernizar la administración de justicia y

garantizar su independencia. Una innovación clave es la abolición de los jurados, implícita en la

estructura judicial que privilegia a jueces profesionales en la Corte Suprema, Cortes Superiores,

Juzgados de Primera Instancia y Juzgados de Paz (Art. 126). Esta decisión, que contrasta con

sistemas anglosajones que usaban jurados, responde a la necesidad de profesionalizar la justicia

en un país con alta fragmentación social, asegurando decisiones basadas en el conocimiento legal

rather than popular sentiment. La creación del Fiscal de la Nación (Art. 132), junto con fiscales

departamentales y agentes fiscales, establece una figura dedicada a vigilar el cumplimiento de las

leyes y perseguir delitos como la prevaricación o el cohecho (Art. 131). Este rol fortalece la

rendición de cuentas, permitiendo acciones populares contra magistrados corruptos y asegurando

que las garantías individuales, como la prohibición de arrestos arbitrarios (Art. 18), se respeten.
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La publicidad de los juicios (Art. 128) y la prohibición de comisiones extrajudiciales (Art. 129)

refuerzan la transparencia y la legalidad. Sin embargo, la amovilidad de los jueces (Art. 125) y

su nombramiento por el Ejecutivo y el Congreso (Art. 127) plantean riesgos para la

independencia judicial, ya que los poderes políticos podían influir en la selección. Críticamente,

aunque estas reformas avanzaron hacia un sistema judicial más profesional, la exclusión de las

clases populares del proceso político y judicial, debido al sufragio restringido y al elitismo de los

cargos, limitó el acceso a la justicia, perpetuando desigualdades (Tito et al., 2025).

La descentralización: La creación de Juntas Departamentales y la limitación del

poder del Prefecto

Un pilar distintivo de la constitución es su impulso hacia la descentralización, plasmado

en la creación de Juntas Departamentales (Título XIV, Art. 104-113) y la autonomía de las

Municipalidades (Título XV, Art. 114-117), diseñados para promover la participación regional y

local. Las Juntas Departamentales, compuestas por diputados electos (Art. 104), tienen

atribuciones deliberativas, consultivas y jurisdiccionales para fomentar el desarrollo

departamental, como la mejora de infraestructura y la resolución de conflictos locales (Art. 110).

Su elección popular y renovación anual por mitad (Art. 113) reflejan un esfuerzo por

democratizar la gestión regional, en contraste con el centralismo de constituciones anteriores.

Las Municipalidades, también electivas (Art. 116), administran fondos locales y el Registro

Cívico (Art. 115), otorgándoles autonomía financiera y administrativa. La limitación del poder

del Prefecto (Art. 101) es crucial, ya que estos funcionarios, nombrados por el Ejecutivo a

propuesta de las Juntas, están subordinados a las leyes y pueden ser removidos, reduciendo su

capacidad de imponer el control central. Sin embargo, esta descentralización enfrenta

contradicciones: los prefectos siguen dependiendo del Ejecutivo (Art. 100), y las Juntas
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requieren la aprobación de los prefectos para ejecutar acuerdos (Art. 112), lo que limita su

autonomía práctica. Estas tensiones contribuyeron a conflictos regionales, como los que

enfrentaron a Arequipa contra el gobierno central durante la guerra civil de 1856-1858

(Villanueva, 2024). Críticamente, aunque la descentralización buscó empoderar a las regiones, su

implementación elitista, restringida por el sufragio limitado (Art. 37) y la supervisión ejecutiva,

perpetuó el dominio de las élites locales y nacionales, socavando el potencial democrático del

modelo.

VI. Impacto y Legado de la Constitución de 1856

La Constitución de 1856, promulgada bajo el liderazgo de Ramón Castilla, representó un

esfuerzo ambicioso por modernizar el Perú mediante un marco liberal que promoviera derechos

individuales, descentralización y participación política, pero su impacto fue complejo, marcado

por inestabilidad política, conflictos regionales y la perpetuación de estructuras elitistas. A

continuación, se analizan los eventos clave que definieron su legado, sus críticas y su influencia

en el desarrollo constitucional peruano, contrastándola con la Constitución de 1839 para destacar

sus innovaciones y limitaciones.

La "contrarrevolución" de 1856: El levantamiento de Manuel Ignacio Vivanco y la

segunda guerra civil

La promulgación de la Constitución de 1856 desencadenó una reacción inmediata

conocida como la "contrarrevolución" de 1856, liderada por Manuel Ignacio Vivanco, cuya

rebelión en Arequipa marcó el inicio de la segunda guerra civil peruana (1856-1858). Este

levantamiento, apoyado por sectores conservadores y regionales opuestos al liberalismo radical

del documento, reflejó el rechazo a medidas como la descentralización mediante Juntas


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Departamentales (Art. 104-113) y la abolición de la pena de muerte (Art. 16), que amenazaban

los intereses de las élites tradicionales y el control centralizado. Vivanco, respaldado por la élite

arequipeña, capitalizó el descontento con la autonomía otorgada a las regiones, que generó

tensiones con el gobierno de Castilla, exacerbadas por la percepción de un Congreso dominante

(Art. 43-55) que debilitaba al Ejecutivo. La guerra civil, que enfrentó a las fuerzas de Castilla

contra las de Vivanco, evidenció la incapacidad de la constitución para unificar un país

fragmentado, prolongando la inestabilidad hasta la derrota de los rebeldes en 1858 (Villanueva,

2024). Críticamente, este conflicto subraya cómo el liberalismo de la constitución, aunque

progresista, careció de un respaldo social amplio, alimentando divisiones que socavaron su

viabilidad y pavimentaron el camino hacia un modelo más centralista en 1860.

La disolución de la Convención Nacional: Las causas y consecuencias

La Convención Nacional, encargada de redactar la Constitución de 1856, fue disuelta en

1857 en medio de la crisis política desatada por la guerra civil y las tensiones internas. Las

causas de esta disolución radicaron en la polarización entre liberales, que defendían el texto por

sus garantías individuales (Art. 15-31) y descentralización (Art. 104-117), y conservadores, que

lo criticaban por debilitar el poder central y otorgar excesiva autonomía a las regiones. La

rebelión de Vivanco y los conflictos regionales, particularmente en Arequipa, pusieron en

evidencia la fragilidad del sistema bicameral (Art. 43) y la incapacidad del Ejecutivo (Art. 73-90)

para controlar las disidencias, lo que llevó a Castilla a priorizar la estabilidad sobre la

continuidad de la Convención. La disolución tuvo consecuencias profundas: debilitó la

legitimidad de la constitución, al interrumpir el proceso deliberativo que la sustentaba, y aceleró

la transición hacia un modelo más autoritario, culminando en la promulgación de la Constitución

de 1860. Críticamente, este evento refleja la dificultad de implementar reformas liberales en un


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contexto de fragmentación política, donde las ambiciones democráticas de la constitución

chocaron con las realidades de un país dividido (Villanueva, 2024).

La consolidación de la "plutocracia" en el Perú: El ascenso de la nueva élite

económica y su influencia en la política

La Constitución de 1856, al operar en el contexto del auge económico del guano,

contribuyó indirectamente a la consolidación de una "plutocracia" en el Perú, marcada por el

ascenso de una nueva élite económica que monopolizó el poder político. Las garantías

individuales, como la inviolabilidad de la propiedad (Art. 25), y la libertad de trabajo (Art. 22),

favorecieron a los exportadores de guano y terratenientes, quienes aprovecharon los ingresos

fiscales para consolidar su influencia. El sufragio restringido a ciudadanos alfabetizados o

propietarios (Art. 37) y los requisitos para cargos legislativos (e.g., renta de 500 pesos, Art. 46)

aseguraron que esta élite dominara el Congreso bicameral (Art. 43), marginalizando a las clases

populares. Esta plutocracia, fortalecida por el control de los recursos económicos, influyó en la

política al priorizar intereses comerciales sobre reformas sociales, perpetuando desigualdades en

un país donde la abolición de la esclavitud (Art. 17) no se tradujo en inclusión real. Críticamente,

la constitución, al privilegiar a los sectores acaudalados, consolidó un sistema donde el poder

político reflejaba los intereses de una minoría, limitando el alcance democrático de sus ideales

liberales y reforzando estructuras de exclusión que persistirían en décadas posteriores

(Mogrovejo Palomo).

La influencia de la Constitución de 1856 en posteriores constituciones peruanas

La Constitución de 1856, pese a su breve vigencia, dejó un legado significativo en las

constituciones peruanas posteriores, particularmente en la de 1860, que heredó y adaptó varios


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de sus elementos. Su sistema bicameral (Art. 43-62), con un Congreso encargado de legislar y

supervisar al Ejecutivo, se mantuvo en 1860, aunque con un Senado más elitista para estabilizar

la deliberación. Las garantías individuales, como la libertad de prensa (Art. 20), la inviolabilidad

del domicilio (Art. 30), y la abolición de la esclavitud (Art. 17), fueron incorporadas en el texto

de 1860, consolidando un marco de derechos que perduró en constituciones posteriores, como la

de 1920. La descentralización, mediante Juntas Departamentales (Art. 104-113) y

Municipalidades (Art. 114-117), inspiró debates sobre autonomía regional, aunque la

inestabilidad que generó llevó a un retroceso centralista en 1860. La creación del Fiscal de la

Nación (Art. 132) marcó un precedente para la profesionalización judicial, influenciando

sistemas posteriores. Críticamente, mientras la constitución de 1856 introdujo innovaciones

liberales, su elitismo y falta de adaptabilidad limitaron su impacto, obligando a ajustes en textos

posteriores que priorizaron la estabilidad sobre la participación democrática, evidenciando un

legado ambivalente de progreso y exclusión.

Críticas y limitaciones de la Constitución

La Constitución de 1856, aunque progresista en su diseño liberal, enfrentó críticas

significativas por sus limitaciones estructurales y prácticas, que restringieron su alcance

democrático y contribuyeron a su efímera vigencia. El sufragio restringido (Art. 37), limitado a

ciudadanos alfabetizados, propietarios o retirados militares, excluyó a la mayoría de la

población, especialmente indígenas y clases trabajadoras, perpetuando un sistema elitista que

contradecía los ideales de representación popular. La exclusión religiosa (Art. 4), al prohibir el

ejercicio público de religiones no católicas, marginó a minorías y chocó con los principios de

pluralismo, reforzando el conservadurismo en un texto supuestamente liberal (Iberico Ruiz,

2024). La descentralización, aunque innovadora con las Juntas Departamentales (Art. 104-113),
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resultó ineficaz debido a la dependencia de los prefectos del Ejecutivo (Art. 101), generando

conflictos regionales que desestabilizaron al país, como se vio en la guerra civil de 1856-1858.

El énfasis excesivo en el Congreso (Art. 43-55) debilitó al Ejecutivo (Art. 73-90), dificultando la

gobernabilidad en un contexto de divisiones políticas. Además, los requisitos elitistas para cargos

públicos (Art. 46) consolidaron el dominio de una plutocracia, alienando a las masas.

Críticamente, estas limitaciones reflejan una constitución que, aunque aspiraba a modernizar el

Perú, no logró articular una democracia inclusiva ni garantizar estabilidad, condenándola a ser

reemplazada por un modelo más centralista y conservador en 1860.

Diferencia entre la Constitución de 1856 y la anterior (1839)

La Constitución de 1856 se distingue marcadamente de la Constitución de 1839,

reflejando un giro hacia el liberalismo y la descentralización frente al conservadurismo y

centralismo del texto anterior. La de 1839, promulgada bajo el gobierno de Agustín Gamarra,

establecía un Ejecutivo fuerte con un Presidente de mandato prolongado y amplias facultades,

mientras que la de 1856 restringe el poder presidencial al prohibir la reelección inmediata (Art.

80) y limitar sus funciones al mando de la fuerza armada (Art. 88), fortaleciendo al Congreso

bicameral (Art. 43). La de 1839 carecía de un sistema bicameral, otorgando al Consejo de Estado

un rol asesor que centralizaba el poder, mientras que la de 1856 lo elimina, introduciendo un

Consejo de Ministros (Art. 93) y un Congreso con atribuciones amplias (Art. 55). En materia

judicial, la de 1839 permitía tribunales especiales, mientras que la de 1856 prohíbe comisiones

extrajudiciales (Art. 129) y crea el Fiscal de la Nación (Art. 132) para profesionalizar la justicia

(Val, 2024). La de 1856 introduce garantías individuales robustas, como la abolición de la pena

de muerte (Art. 16) y la libertad de prensa (Art. 20), ausentes o limitadas en 1839. Mientras la de

1839 mantenía un centralismo rígido, la de 1856 fomenta la descentralización con Juntas


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Departamentales y Municipalidades (Art. 104-117). Críticamente, aunque la de 1856 fue más

progresista, su liberalismo excesivo generó inestabilidad, a diferencia del autoritarismo estable

pero represivo de 1839, destacando las tensiones entre orden y democracia en el Perú

decimonónico.
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Conclusiones

La Constitución de 1856 emerge como un punto de inflexión en la historia del Perú, un

audaz intento de consolidar un Estado republicano moderno que, bajo el liderazgo de Ramón

Castilla, buscó equilibrar los ideales liberales con las realidades de un país fracturado por

conflictos y desigualdades; sin embargo, su ambición de forjar una democracia representativa se

vio limitada por restricciones elitistas y una descentralización que, aunque innovadora,

desencadenó inestabilidad, marcando un capítulo efímero pero trascendental en la evolución

política nacional. Promulgada en un contexto de auge económico del guano y tras la abolición de

la esclavitud, esta constitución consagró avances significativos, como la inviolabilidad de la vida

al abolir la pena de muerte, la libertad de prensa sin censura previa, y un catálogo robusto de

garantías individuales que protegían la propiedad, el domicilio y la asociación pacífica,

reflejando un liberalismo progresista que aspiraba a alinear al Perú con los ideales republicanos

de la época.

Su estructura bicameral, con un Congreso empoderado para legislar, supervisar al

Ejecutivo y garantizar el cumplimiento constitucional, rompió con el autoritarismo de

constituciones previas, mientras que la creación de Juntas Departamentales y Municipalidades

fomentó una participación regional inédita, desafiando el centralismo tradicional. No obstante,

estas reformas, diseñadas para democratizar la gobernanza, se vieron socavadas por un sufragio

restringido a ciudadanos alfabetizados o propietarios, que excluyó a la mayoría de la población, y

por una exclusión religiosa que privilegió al catolicismo, contradiciendo los principios de

pluralismo. Esta tensión entre inclusión y exclusión definió su legado, influenciando

constituciones posteriores, como la de 1860, que adoptó el bicameralismo y las garantías

individuales, pero optó por un Ejecutivo más fuerte y un centralismo rígido para corregir la
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inestabilidad generada por el modelo de 1856. Su impacto también se percibe en debates

posteriores sobre descentralización y ciudadanía, aunque su elitismo retrasó una democratización

plena. Reflexionando sobre el cambio político en el Perú del siglo XIX, la Constitución de 1856

revela un patrón de reformas ambiciosas frenadas por estructuras sociales y económicas que

favorecían a las élites, evidenciando la dificultad de construir una república inclusiva en un

contexto de fragmentación regional y dependencia de liderazgos caudillistas. Así, este

documento, aunque de corta vigencia, encapsula las aspiraciones y contradicciones de una nación

en busca de su identidad, dejando un legado de avances liberales que, pese a sus limitaciones,

sentaron las bases para la modernización del Estado peruano.


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Referencias

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456&h=JvdXm7JSAwkGbnKViN8Q8libuhZhKYO5QQfnYOljPl6rIrsA2aDtIKVPhcM1
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