Mira fijamente al cielo, la luna canta dulcemente.
Piensa en todas las cosas que ha
tenido que atravesar durante su vida hasta llegar a este momento, en sus seres
queridos, la gente que lo ha apoyado, la que ya no está.
La noche se hace eterna, y peor aún, desesperante. Se encuentra a tan solo un
combate de convertirse en campeón de los pesos pesados de la UFC, sostiene un
récord de siete victorias con cero derrotas y lo está poniendo todo en juego. Todos
saben que el récord de un peleador es esencial, perder lo pondría en un lugar
complicado en cuanto a lo que opinión publica refiere. Desde su orgullo hasta su
condición de invicto, todo. Viene de tener un campamento de en sueño, la repercusión
que ha tomado su combate contra el actual campeón, Tom Aspinall, ha sido histórica.
Ni siquiera en los tiempos de Mc Gregor se había visto algo así. Llegó a todas las
conferencias de prensa como el menos favorito, sin embargo, conmocionó al público
con cada una de sus acotaciones. Cada palabra que salía de su boca humillaba más y
más a Aspinall, las conversaciones fueron tan crudas como las de DC con Bones. En
parte, el efecto que tuvo en su oponente y en el publico era entendible, pocas veces se
había visto un peleador de este calibre en la división.
Está comenzando a hacer frío y, de hecho, tarde ya se hizo.
Moon de Ye suena de fondo
- “Angels say I’m not ever weak
Troublei’n my so-oul, God knows I might never sleep…”
La canción suena hasta que logra conciliar el sueño.
Prácticamente no recuerda nada de la noche de ayer. Se encuentra abandonando los
vestuarios. Mira las gradas en búsqueda de su esposa, hasta que cruza miradas con
ella, que se encontraba en primera fila. Se siente tranquilo, siente sus manos rozando
los guantes de cuero, el vendaje que sostiene sus dedos, el bucal, que muerde con
fuera y la vaselina que acaban de colocar a la altura de sus cejas, está listo.
Bruce Buffer – En la esquina roja, peleando desde Brasil, con un récord profesional de
7-0-0, constituido por siete knockouts, pesando ciento siete kilos, midiendo ciento
ochenta y siete centímetros, Ilia Oliveira.
Mientras Bruce presenta al actual campeón, Ilia solo está fantaseando con el
cinturón, colgado de su hombro, dándole así el título del mejor peleador de la división y
del mundo.
Suena la campana, y después de tocar guantes el primer recto del brasilero
marca un knock-down seguido de una guillotina que llega casi tan rápido como el
impacto de su mano derecha. En instantes el ahora ex-campeón se rinde y da los tres
toques al dorsal del rival, dando a Oliveira la victoria y consagrándolo campeón
indisputado de los pesos pesados.
Por primera vez en la historia de la UFC, la arena hace silencio mientras se
anuncia al ganador. Nadie lo puede creer. En menos de nueve segundos de combate,
terminó con la soberanía de Aspinall, quien fue campeón ocho años consecutivos.
Por fin su esfuerzo dio sus frutos, y, da la sensación, de que seguirá siendo así
por un largo tiempo.
Todavía recuerdo aquellos días en el parque de su casa, cuando él todavía caminaba
y yo todavía no tenía preocupaciones.
Regresé de aquellos recuerdos mientras me hablaba. Mi abuelo, Roberto, una
de las figuras más importantes de mi vida. Comenzó a desarrollar sordera con tan solo
veinticinco años, durante las horas de vuelo que cumplía en un antiguo avión fumigador
con tal de acumular los requisitos que imponían, en ese momento, para entrar en
Aerolíneas Argentinas. Fue un tipo estudioso y trabajador, se casó joven con su novia
de la facultad y tuvo cuatro hijos. Me encuentro sentado, bebiendo de mi taza, a su
lado, frente a la salamandra, la cual se encuentra prendida dejando ver un fuego tenue.
Desde hace unos tres años ya que se lo ve débil, sufre de enfermedades que no se ni
pronunciar y que lo apagan cada vez más. Y ahí está él, pidiéndome que nunca olvide
todos los recuerdos. Él tiene una memoria prodigiosa, pero extraña. Recuerda a la
perfección el primer auto que compró, la nacionalidad de sus repuestos, tamaño de las
ruedas, sensaciones de manejo y muchas otras especificaciones más que siempre me
nombra, que ya me tomé la molestia de investigar y que, de algún modo, son correctas.
Se olvida, si, de que todo esto me lo contó mil veces, sin embargo, nunca falla en
contarlo nuevamente. No quiere ser olvidado, sentirse débil ha de darle la sensación de
que la muerte está a la vuelta de la esquina, y quiere asegurarse de dejarme
enseñanzas, recuerdos y transmitirme valores, pero lo que no sabe es que no es
necesario preocuparse, lo recuerdo tan bien como el a su antiguo Alfa Romeo.
Mientras la gata se sienta en su regazo, yo pienso a mis adentros:
- “Oh, Dios mío, que momento más dulce”
Ellos están igual de viejitos y se siguen buscando, adoran la compañía del otro.
La gata ronronea fuerte, tan fuerte que pareciera ser otro sonido proveniente de la tele,
donde se muestra un circuito de Formula Uno, liderado por Lewis Hamilton, allí los
motores rugen con un frenesí muy particular y los ángulos que toman las cámaras
cambian en menos de diez segundos.
El circuito se dio por finalizado hace media hora, yo ya saludé hace veinte
minutos e igualmente sigo parado en la puerta, teniendo la clásica conversación de
despedida que suelo mantener con ellos. Cuesta apreciar una compañía hasta que
toca separarse.
Palermo. Loco. Vodka. Entra. Registro. Fútbol. Pelea. Lenta. Knock-out. Contusión.
Hospital. Coágulo. Cirugía. Mamá. Charla. Vitales. Muerte. Fin
La suerte se encuentra de su lado, ya que no vive en una zona urbana y tampoco
propensa a inundarse, solo se forman pequeños charcos que en menos de medio mes
ya se han evaporado completamente. Estas condiciones ameritan producir
descendencia, la próxima camada de mosquitos. Sin embargo, necesita, para esto,
extraer sangre de algún ser vivo. Vuela de lado a lado, por horas, hasta que logra dar
con un grupo de vacas que se encontraba pastando los alrededores.
Siente la adrenalina recorrer sus patas, finitas y rayadas, que, por ahora, son lo
único que debe cargar consigo al volar. El viento se corta al colisionar con su cuerpo,
cortesía de la evolución, que le propinó una de las mejores aerodinamias del reino
animal. Logró posar sus patas en el muslo izquierdo del gigante animal. Cual mariposa
en búsqueda de extraer pólen, despliega su larga ‘trompa’, la inyecta en su víctima a la
distancia justa y procede a extrae sus jugos vitales, permitiéndole así, alimentar a la
futura camada de crías que dejará en uno de los efímeros charcos de la zona.
S
¿ erá que saludar a tu madre antes de salir a robar es buena idea? ¿Sabés que cada
día de vida puede ser el último? ¿Por qué no invertiste más en tu educación? ¿Por qué
sentís un vacío tan profundo en el pecho al despedir a tu progenitora? ¿Será que tenés
miedo? ¿Aunque así fuera, siquiera te importa tener miedo? ¿Hacia dónde te dirigís?
¿Se te hizo costumbre ya trasladarte hasta un barrio a veinte kilómetros de casa solo
para cometer actos delictivos? ¿Esa persona con la que hablás, es alguna clase de
‘compañero’? ¿De nuevo caminando solo? ¿Abandonaste a tu compañero por tener un
mal presentimiento sobre el acto de hoy, simplemente, o es que hay algo más? ¿Ese
pobre tipo trabajador al que tanto mirás, pensás hurtar de su bolso o utilizar algún tipo
de amenaza violenta? ¿En serio, tan poca dignidad tenés? ¿Apuntar en la cabeza a un
padre de familia que está pisando sus 70, por un bolso? ¿Largarte a correr, a vos te
parece? ¿La adrenalina retrasó la sensación del disparo que atravesó tu caja toráxica
desde la espalda? ¿Vas a caer rendido? ¿No te ha favorecido para nada el karma, no
es así?
Existe en algún rincón de Buenos Aires un perfumero llamado Augusto, quien posee
un carisma peculiar, al igual que su local, donde vende esencias que él mismo fabrica.
Las esencias de Augusto, poseen la capacidad de “modificar a las personas”. En este
contexto una clienta con un notable tormento personal, entra en búsqueda de una
fragancia que la ayude, la consigue y se va contenta. Se esparcen los rumores en la
cuidad, entre las grandes esferas del poder, cómo el trabajo de Augusto beneficia a las
personas que lo consumen. Muchos hombres poderosos lo buscan, uno en particular
es rechazado.
Elena y Sofía tenían un vínculo amistoso que cayó en una profunda incertidumbre
consecuencia de sentimientos cruzados. Elena mira el oleaje en el mar y reflexiona
sobre la relación que llegó a tener con Sofía. Se cruzan en un café, Sofía se ve distinta
y esto, a Elena, la atraviesa. Intercambian algunas palabras vacías y la interacción
finalmente no lleva a nada. De vuelta a casa, Elena va caminando por la arena,
descalza, pero el mar ya no está agitado, no le produce esos sentimientos bruscos que
llegó a sentir en algún momento, sino, más bien, le produce una profunda
incertidumbre.
Ya rasparon la pintura roja de su armadura, en este momento se disponen a cortar su
resistente traje metálico, muy bruscamente y con una precisión impresionante.
Mientras su armadura se vence ante el filo de una extraña navaja, que hace una
especie de palanca para conseguir sacarlo de allí dentro, comienza a sentir brutales
cortes a sus lados, de frente y por detrás. No consigue descifrar la forma de esta
extraña arma, que, al estar oxidada desgarra sus adentros rápidamente. Se encuentra
retenido por una fuerza casi divina, inimaginable para el reducido tamaño del guerrero,
que no le permite rotar para escaparse.
Se encuentra totalmente mutilado, expulsa de la que en algún momento fue una
sólida cobertura chorros rojos de a montones, ‘cachos’ gigantes de sólidas estructuras
rojizas de su interior, incluso llegando a vislumbrarse pedacitos blancos redondos, que
parecen trozos de hueso.
La misma fuerza divina que lo sostuvo durante esta grotesca tortura, procede a
voltearlo sobre una cacerola gigante llena de ajo picado y exclama:
- “Tiene una pinta el tuco este…”