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Alonso

El rey Agamenón se ve obligado a devolver a Criseide, la joven que anhela, lo que provoca la ira de Aquiles, quien se siente menospreciado por la falta de recompensas. A pesar de las súplicas de Aquiles y su deseo de regresar a casa, Agamenón decide tomar la joven Briseide de Aquiles, lo que lleva a una confrontación entre ambos. La intervención de Zeus y el sueño engañoso que envía a Agamenón marcan el inicio de nuevos conflictos en la guerra de Troya.
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Alonso

El rey Agamenón se ve obligado a devolver a Criseide, la joven que anhela, lo que provoca la ira de Aquiles, quien se siente menospreciado por la falta de recompensas. A pesar de las súplicas de Aquiles y su deseo de regresar a casa, Agamenón decide tomar la joven Briseide de Aquiles, lo que lleva a una confrontación entre ambos. La intervención de Zeus y el sueño engañoso que envía a Agamenón marcan el inicio de nuevos conflictos en la guerra de Troya.
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admitir el espléndido rescate de la joven Criseide, a quien anhelaba tener en mi casa.

La
prefiero, ciertamente, a Clitemnestra, mi legítima esposa, porque no le es inferior ni en el
talle, ni en el natural, ni en inteligencia, ni en destreza. Pero, aun así y todo, consiento en
devolverla, si esto es lo mejor; quiero que el pueblo se salve, no que perezca. Pero
preparadme pronto otra recompensa, para que no sea yo el único argivo que sin ella se
quede; lo cual no parecería decoroso. Ved todos que se va a otra parte la que me había
correspondido.
121 Replicóle en seguida el celerípede divino Aquiles:
122 -¡Atrida gloriosísimo, el más codicioso de todos! ¿Cómo pueden darte otra
recompensa los magnánimos aqueos? No sabemos que existan en parte alguna cosas de la
comunidad, pues las del saqueo de las ciudades están repartidas, y no es conveniente
obligar a los hombres a que nuevamente las junten. Entrega ahora esa joven al dios, y los
aqueos te pagaremos el triple o el cuádruple, si Zeus nos permite algún día tomar la bien
murada ciudad de Troya.
130 Y, contestándole, el rey Agamenón le dijo:
131 Aunque seas valiente, deiforme Aquiles, no ocultes así tu pensamiento, pues no
podrás burlarme ni persuadirme. ¿Acaso quieres, para conservar tu recompensa, que me
quede sin la mía, y por esto me aconsejas que la devuelva? Pues, si los magnánimos
aqueos me dan otra conforme a mi deseo para que sea equivalente... Y si no me la dieren,
yo mismo me apoderaré de la tuya o de la de Ayante, o me llevaré la de Ulises, y montará
en cólera aquél a quien me llegue. Mas sobre esto deliberaremos otro día. Ahora, ea,
echemos una negra nave al mar divino, reunamos los convenientes remeros,
embarquemos víctimas para una hecatombe y a la misma Criseide, la de hermosas
mejillas, y sea capitán cualquiera de los jefes: Ayante, Idomeneo, el divino Ulises o tú,
Pelida, el más portentoso de todos los hombres, para que nos aplaques con sacrificios al
que hiere de lejos.
148 Mirándolo con torva faz, exclamó Aquiles, el de los pies ligeros:
149 -¡Ah, impudente y codicioso! ¿Cómo puede estar dispuesto a obedecer tus órdenes
ni un aqueo siquiera, para emprender la marcha o para combatir valerosamente con otros
hombres? No he venido a pelear obligado por los belicosos troyanos, pues en nada se me
hicieron culpables -no se llevaron nunca mis vacas ni mis caballos, ni destruyeron jamás
la cosecha en la fértil Ftía, criadora de hombres, porque muchas umbrías montañas y el
ruidoso mar nos separan-, sino que te seguimos a ti, grandísimo insolente, para darte el
gusto de vengaros de los troyanos a Menelao y a ti, ojos de perro. No fijás en esto la
atención, ni por ello te tomas ningún cuidado, y aun me amenazas con quitarme la
recompensa que por mis grandes fatigas me dieron los aqueos. Jamás el botín que
obtengo iguala al tuyo cuando éstos entran a saco una populosa ciudad de los troyanos:
aunque la parte más pesada de la impetuosa guerra la sostienen mis manos, tu
recompensa, al hacerse el reparto, es mucho mayor; y yo vuelvo a mis naves, teniéndola
pequeña, aunque grata, después de haberme cansado en el combate. Ahora me iré a Ftía,
pues lo mejor es regresar a la patria en las cóncavas naves: no pienso permanecer aquí sin
honra para procurarte ganancia y riqueza.
172 Contestó en seguida el rey de hombres, Agamenón:
173 -Huye, pues, si tu ánimo a ello te incita; no te ruego que por mí te quedes; otros hay
a mi lado que me honrarán, y especialmente el próvido Zeus. Me eres más odioso que
ningún otro de los reyes, alumnos de Zeus, porque siempre te han gustado las riñas,
luchas y peleas. Si es grande tu fuerza, un dios te la dio. Vete a la patria, llevándote las
naves y los compañeros, y reina sobre los mirmidones, no me importa que estés irritado,
ni por ello me preocupo, pero te haré una amenaza: Puesto que Febo Apolo me quita a
322 -Id a la tienda del Pelida Aquiles, y asiendo de la mano a Briseide, la de hermosas
mejillas, traedla acá, y, si no os la diere, ire yo mismo a quitársela, con más gente, y
todavía le será más duro.
326 Hablándoles de tal suerte y con altaneras voces, los despidió. Contra su voluntad
fuéronse los heraldos por la orilla del estéril mar, llegaron a las tiendas y naves de los
mirmidones, y hallaron al rey cerca de su tienda y de su negra nave. Aquiles, al verlos, no
se alegró. Ellos se turbaron, y, habiendo hecho una reverencia, paráronse sin decir ni
preguntar nada. Pero el héroe lo comprendió todo y dijo:
334 -¡Salud, heraldos, mensajeros de Zeus y de los hombres! Acercaos; pues para mí no
sois vosotros los culpables sino Agamenón, que os envía por la joven Briseide. ¡Ea, Pa-
troclo, del linaje de Zeus! Saca la joven y entrégasela para que se la lleven. Sed ambos
testigos ante los bienaventurados dioses, ante los mortales hombres y ante ese rey cruel,
si alguna vez tienen los demás necesidad de mí para librarse de funestas calamidades
porque él tiene el corazón poseído de furor y no sabe pensar a la vez en lo futuro y en lo
pasado, a fin de que los aqueos se salven combatiendo junto a las naves.
345 Así dijo. Patroclo, obedeciendo a su amigo, sacó de la tienda a Briseide, la de
hermosas mejillas, y la entregó para que se la llevaran. Partieron los heraldos hacia las
naves aqueas, y la mujer iba con ellos de mala gana. Aquiles rompió en llanto, alejóse de
los compañeros, y, sentándose a orillas del blanquecino mar con los ojos clavados en el
ponto inmenso y las manos extendidas, dirigió a su madre muchos ruegos:
352 -¡Madre! Ya que me pariste de corta vida, el olímpico Zeus altitonante debía
honrarme y no lo hace en modo alguno. El poderoso Agamenón Atrida me ha ultrajado,
pues tiene mi recompensa, que él mismo me arrebató.
357 Así dijo derramando lágrimas. Oyóle la veneranda madre desde el fondo del mar,
donde se hallaba junto al padre anciano, a inmediatamente emergió de las blanquecinas
ondas como niebla, sentóse delante de aquél, que derramaba lágrimas, acariciólo con la
mano y le habló de esta manera:
362 -¡Hijo! ¿Por qué lloras? ¿Qué pesar te ha llegado al alma? Habla; no me ocultes lo
que piensas, para que ambos lo sepamos.
364 Dando profundos suspiros, contestó Aquiles, el de los pies ligeros:
365 -Lo sabes. ¿A qué referirte lo que ya conoces? Fuimos a Teba, la sagrada ciudad de
Eetión; la saqueamos, y el botín que trajimos se lo distribuyeron equitativamente los
aqueos, separando para el Atrida a Criseide, la de hermosas mejillas. Luego Crises,
sacerdote de Apolo, el que hiere de lejos, deseando redimir a su hija, se presentó en las
veleras naves aqueas con un inmenso rescate y las ínfulas de Apolo, el que hiere de lejos,
que pendían de áureo cetro, en la mano; y suplicó a todos los aqueos, y particularmente a
los dos Atridas, caudillos de pueblos. Todos los aqueos aprobaron a voces que se
respetase al sacerdote y se admitiera el espléndido rescate; mas el Atrida Agamenón, a
quien no plugo el acuerdo, to despidió de mal modo y con altaneras voces. El anciano se
fue irritado; y Apolo, accediendo a sus ruegos, pues le era muy querido, tiró a los argivos
funesta saeta: morían los hombres unos en pos de otros, y las flechas del dios volaban por
todas partes en el vasto campamento de los aqueos. Un adivino bien enterado nos explicó
el vaticinio del que hiere de lejos, y yo fui el primero en aconsejar que se aplacara al dios.
El Atrida encendióse en ira; y, levantándose, me dirigió una amenaza que ya se ha
cumplido. A aquélla los aqueos de ojos vivos la conducen a Crisa en velera nave con
presentes para el dios; y a la hija de Briseo, que los aqueos me dieron, unos heraldos se la
han llevado ahora mismo de mi tienda. Tú, si puedes, socorre a tu buen hijo; ve al Olimpo
y ruega a Zeus, si alguna vez llevaste consuelo a su corazón con palabras o con obras.
Muchas veces, hallándonos en el palacio de mi padre, oí que te gloriabas de haber
dormir cuando el dulce sueño le vencía. Subió y acostóse; y a su lado descansó Hera, la
de áureo trono.

CANTO II*
Sueño- Beocia o catálogo de las naves
* Para cumplir to prometido a Tetis, Zeus envía un engadoso sueño a Agamenón, y le aconseja que
levante el campamento y regrese a casa; Agamenón convoca el consejo de los jefes y luego la asamblea
general de todos los guerreros, que aceptan la propuesta, por lo que Agamenón (bajo la incitación de
Atenea) debe intervenir para insuflar coraje y buenas esperanzas a los aqueos. Después de varios
incidentes y de enumerar cuantos pueblos formaban los ejércitos griego y troyano, sucédense tres grandes
batallas.

1 Las demás deidades y los hombres que en carros combaten, durmieron toda la noche;
pero Zeus no probó las dulzuras del sueño, porque su mente buscaba el medio de honrar a
Aquiles y causar gran matanza junto a las naves aqueas. Al fin creyó que lo mejor sería
enviar un pernicioso sueño al Atrida Agamenón; y, hablándole, pronunció estas aladas
palabras:
8 -Anda, ve, pernicioso Sueño, encamínate a las veleras naves aqueas, introdúcete en la
tienda de Agamenón Atrida, y dile cuidadosamente lo que voy a encargarte. Ordénale que
arme a los melenudos aqueos y saque toda la hueste: ahora podría tomar a Troya, la
ciudad de anchas calles, pues los inmortales que poseen olímpicos palacios ya no están
discordes, por haberlos persuadido Hera con sus ruegos, y una serie de infortunios
amenaza a los troyanos.
16 Así dijo. Partió el Sueño al oír el mandato, llegó en un instante a las veleras naves
aqueas, y, hallando dormido en su tienda al Atrida Agamenón -alrededor del héroe había-
se difundido el sueño inmortal-, púsose sobre su cabeza, y tomó la figura de Néstor, hijo
de Neleo, que era el anciano a quien aquél más honraba. Así transfigurado, dijo el divino
Sueño:
23 -¿Duermes, hijo del belicoso Atreo, domador de caballos? No debe dormir toda la
noche el príncipe a quien se han confiado los guerreros y a cuyo cargo se hallan tantas
cosas. Ahora atiéndeme en seguida, pues vengo como mensajero de Zeus; el cual, aun
estando lejos, se interesa mucho por ti y te compadece. Armar te ordena a los melenudos
aqueos y sacar toda la hueste: ahora podrías tomar Troya, la ciudad de anchas calles, pues
los inmortales que poseen olímpicos palacios ya no están discordes, por haberlos
persuadido Hera con sus ruegos, y una serie de infortunios amenaza a los troyanos por la
voluntad de Zeus. Graba mis palabras en tu memoria, para que no las olvides cuando el
dulce sueño to desampare.
35 Así habiendo hablado, se fue y dejó a Agamenón revolviendo en su ánimo lo que nó
debía cumplirse. Figurábase que iba a tomar la ciudad de Troya aquel mismo día.
¡Insensato! No sabía lo que tramaba Zeus, quien había de causar nuevos males y llanto a
los troyanos y a los dánaos por medio de terribles peleas. Cuando despertó, la voz divina
resonaba aún en torno suyo. Incorporóse, y, habiéndose sentado, vistió la túnica fina,
hermosa, nueva; se echó el gran manto, calzó sus nítidos pies con bellas sandalias y colgó
del hombro la espada guarnecida con clavazón de plata. Tomó el imperecedero cetro de
su padre y se encaminó hacia las naves de los aqueos, de broncíneas corazas.
48 Subía la diosa Aurora al vasto Olimpo para anunciar el día a Zeus y a los demás
inmortales, cuando Agamenón ordenó que los heraldos de voz sonora convocaran al
ágora a los melenudos aqueos. Convocáronlos aquéllos, y éstos se reunieron en seguida.
53 Pero celebróse antes un consejo de magnánimos próceres junto a la nave del rey
Néstor, natural de Pilos. Agamenón los llamó para hacerles una discreta consulta:
entrambos hallaban un excelente medio que librara de la desgracia a todos los dánaos,
levantóse, vistió la túnica, calzó los nítidos pies con hermosas sandalias, echóse una
rojiza piel de corpulento y fogoso león, que le llegaba hasta los pies, y asió la lanza.
25 También Menelao estaba poseído de terror y no conseguía que se posara el sueño en
sus párpados, temiendo que les ocurriese algún percance a los argivos que por él habían
llegado a Troya, atravesando el vasto mar, y promoviendo tan audaz guerra. Cubrió sus
anchas espaldas con la manchada piel de un leopardo; púsose luego el casco de bronce, y,
tomando en la robusta mano una lanza, fue a despertar a su hermano, que imperaba
poderosamente sobre los argivos todos y era venerado por el pueblo como un dios.
Hallólo junto a la popa de su nave, vistiendo la magnífica armadura. Grata le fue a éste su
venida. Y Menelao, valiente en el combate, habló el primero diciendo:
37 -¿Por qué, hermano querido, tomas las armas? ¿Acaso deseas persuadir a algún
compañero para que vaya como explorador al campo de los troyanos? Mucho temo que
nadie se ofrezca a prestarte este servicio de ir solo durante la divina noche a espiar al
enemigo, porque para ello se requiere un corazón muy osado.
42 Respondióle el rey Agamenón:
43 Tanto yo como tú, oh Menelao, alumno de Zeus, tenemos necesidad de un prudente
consejo para defender y salvar a los argivos y las naves, pues la mente de Zeus ha
cambiado, y en la actualidad le son más aceptos los sacrificios de Héctor. jamás he visto
ni oído decir que un hombre ejecutara en solo un día tantas proezas como ha hecho Héc-
tor, caro a Zeus, contra los aqueos, sin ser hijo de un dios ni de una diosa. Digo que de
sus hazañas se acordarán los argivos mucho y largo tiempo. ¡Tanto daño ha causado a los
aqueos! Ahora, anda, encamínate corriendo a las naves y llama a Ayante y a Idomeneo;
mientras voy en busca del divino Néstor y le pido que se levante por si quiere ir al
sagrado cuerpo de los guardias y darles órdenes. Obedeceránlo a él más que a nadie,
puesto que los manda su hijo junto con Meriones, servidor de Idomeneo. A entrambos les
hemos confiado de un modo especial esta tarea.
60 Dijo entonces Menelao, valiente en el combate:
61 -¿Cómo me encargas y ordenas que lo haga? ¿Me quedaré con ellos y te aguardaré
a11í, o he de volver corriendo cuando les haya participado tu mandato?
64 Contestó el rey de hombres, Agamenón:
65 -Quédate a11í, no sea que luego no podamos encontrarnos, porque son muchas las
sendas que hay por entre el ejército. Levanta la voz por donde pasares y recomienda la
vigilancia, llamando a cada uno por su nombre paterno y ensalzándolos a todos. No te
muestres soberbio. Trabajemos también nosotros, ya que, cuando nacimos, Zeus nos con-
denó a padecer tamaños infortunios.
72 Esto dicho, despidió al hermano bien instruido ya, y fue en busca de Néstor, pastor
de hombres. Hallólo en su tienda, junco a la negra nave, acostado en blanda cama. A un
lado veíanse diferentes armas -el escudo, dos lanzas, el luciente yelmo-, y el labrado
bálteo con que se ceñía el anciano siempre que, como caudillo de su gente, se armaba
para ir al homicida combate, pues aún no se rendía a la triste vejez. Incorporóse Néstor,
apoyándose en el codo, alzó la cabeza, y dirigiéndose al Atrida lo interrogó con estas
palabras:
82 -¿Quién eres tú que vas solo por el ejército y las naves, durante la tenebrosa noche,
cuando duermen los demás mortales? ¿Buscas acaso a algún centinela o compañero? Ha-
bla. No te acerques sin responder. ¿Qué deseas?
86 Respondióle el rey de hombres, Agamenón:
87 -¡Néstor Nelida, gloria insigne de los aqueos! Reconoce al Atrida Agamenón, a
quien Zeus envía y seguirá enviando sin cesar más trabajos que a nadie, mientras la
respiración no le falte a mi pecho y mis rodillas se muevan. Vagando voy; pues,
preocupado por la guerra y las calamidades que padecen los aqueos, no consigo que el
dulce sueño se pose en mis ojos. Mucho temo por los dánaos; mi ánimo no está tranquilo,
sino sumamente inquieto; el corazón se me arranca del pecho y tiemblan mis robustos
miembros. Pero si quieres ocuparte en algo, ya que tampoco conciliaste el sueño, bajemos
a ver los centinelas; no sea que, vencidos del trabajo y del sueño, se hayan dormido,
dejando la guardia abandonada. Los enemigos se hallan cerca, y no sabemos si habrán
decidido acometernos esta noche.
102 Contestó Néstor, caballero gerenio:
103 -¡Gloriosísimo Atrida, rey de hombres, Agamenón! A Héctor no le cumplirá el
próvido Zeus todos sus deseos, como él espera; y creo que mayores trabajos habrá de pa-
decer aún, si Aquiles depone de su corazón el enojo funesto. Iré contigo y despertaremos
a los demás: al Tidida, famoso por su lanza, a Ulises, al veloz Ayante y al esforzado hijo
de Fileo. Alguien podría ir a llamar al deiforme Ayante y al rey Idomeneo, pues sus naves
no están cerca, sino muy lejos. Y reprenderé a Menelao por amigo y respetable que sea y
aunque te me enojes, y no callaré que duerme y te ha dejado a ti el trabajo. Debía
ocuparse en suplicar a los príncipes todos, pues la necesidad que se nos presenta no es
llevadera.
119 Dijo el rey de hombres, Agamenón:
120 -¡Oh anciano! Otras veces te exhorté a que le riñeras, pues a menudo es indolente y
no quiere trabajar; no por pereza o escasez de talento, sino porque, volviendo los ojos ha-
cia mí, aguarda mi impulso. Mas hoy se levantó mucho antes que yo mismo,
presentóseme y te envié a llamar a aquéllos que acabas de nombrar. Vayamos y los
hallaremos delante de las puertas con la guardia; pues a11í es donde les dije que se
reunieran.
128 Respondió Néstor, caballero gerenio:
129 -De esta manera ninguno de los argivos se irritará contra él, ni lo desobedecerá,
cuando los exhorte o les ordene algo.
131 Apenas hubo dicho estas palabras, abrigó el pecho con la túnica, calzó los nítidos
pies con hermosas sandalias, y abrochóse un manto purpúreo, doble, amplio, adornado
con lanosa felpa. Asió la fuerte lanza, cuya aguzada punta era de bronce, y se encaminó a
las naves de los aqueos, de broncíneas corazas. El primero a quien despertó Néstor,
caballero gerenio, fue a Ulises, que en prudencia igualaba a Zeus. Llamólo gritando, y
Ulises, al llegarle la voz a los oídos, salió de la tienda y dijo:
141 -¿Por qué andáis vagando así, por las naves y el ejército, solos, durante la noche
inmortal? ¿Qué urgente necesidad se ha presentado?
143 Respondió Néstor, caballero gerenio:
144 -¡Laertíada, del linaje de Zeus! ¡Ulises, fecundo en ardides! No te enojes, porque es
muy grande el pesar que abruma a los aqueos. Síguenos y llamaremos a quien convenga,
para tomar acuerdo sobre si es preciso huir o luchar todavia.
148 Así dijo. El ingenioso Ulises, entrando en la tienda, colgó de sus hombros el
labrado escudo y se juntó con ellos. Fueron en busca de Diomedes Tidida, y lo hallaron
delante de su pabellón con la armadura puesta, Sus compañeros dormían alrededor de él,
con las cabezas apoyadas en los escudos y las lanzas clavadas por el regatón en tierra; el
bronce de las puntas lucía a lo lejos como un relámpago del padre Zeus. El héroe
descansaba sobre una piel de toro montaraz, teniendo debajo de la cabeza un espléndido
tapete. Néstor, caballero gerenio, se detuvo a su lado to movió con el pie para que des-
pertara, y le daba prisa, increpándolo de esta manera:
159 -¡Levántate, hijo de Tideo! ¿Cómo duermes a sueño suelto toda la noche? ¿No
sabes que los troyanos acampan en una eminencia de la llanura, cerca de las naves, y que
solamente un corto espacio los separa de nosotros?
162 Así dijo. Y Diomedes, recordando en seguida del sueño, profirió estas aladas
palabras:
164 -Eres infatigable, anciano, y nunca dejas de trabajar. ¿Por ventura no hay otros
aqueos más jóvenes, que vayan por el campo y despierten a los reyes? ¡No se puede
contigo, anciano!
168 Respondióle Néstor, caballero gerenio:
169 -Sí, hijo, oportuno es cuanto acabas de decir. Tengo hijos excelentes y muchos
hombres que podrían ir a llamarlos, pero es muy grande el peligro en que se hallan los
aqueos: en el filo de una navaja están ahora una muy triste muerte y la salvación de todos.
Ve y haz levantar al veloz Ayante y al hijo de Fileo, ya que eres más joven y de mí te
compadeces.
177 Así dijo. Diomedes cubrió sus hombros con una piel talar de corpulento y fogoso
león, tomó la lanza, fue a despertar a aquéllos y se los llevó consigo.
180 Cuando llegaron adonde se hallaban los guardias reunidos, no encontraron a sus
jefes durmiendo, pues todos estaban alerta y sobre las armas. Como los canes que
guardan las ovejas de un establo y sienten venir del monte, por entre la selva, una terrible
fiera con gran clamoreo de hombres y perros, se ponen inquietos y ya no pueden dormir;
así el dulce sueño huía de los párpados de los que hacían guardia en tan mala noche, pues
miraban siempe hacia la llanura y acechaban si los troyanos iban a atacarlos. El anciano
violos, alegróse, y para animarlos profirió estas aladas palabras:
192 -¡Vigilad así, hijos míos! No sea que alguno se deje vencer del sueño y demos
ocasión para que el enemigo se regocije.
194 Habiendo hablado así, atravesó el foso. Siguiéronlo los reyes argivos que habían
sido llamados al consejo, y además Meriones y el preclaro hijo de Néstor, porque
aquéllos los invitaron a deliberar. Pasado el foso, sentáronse en un lugar limpio donde el
suelo no aparecía cubierto de cadáveres: allí habíase vuelto el impetuoso Héctor, después
de causar gran estrago a los argivos, cuando la noche los cubrió con su manto.
Acomodados en aquel sitio, conversaban; y Néstor, caballero gerenio, comenzó a hablar
diciendo:
204 -¡Oh amigos! ¿No sabrá nadie que, confiando en su ánimo audaz, vaya al
campamento de los troyanos de ánimo altivo? Quizá hiciera prisionero a algún enemigo
que ande rezagado, o averiguara, oyendo algún rumor, lo que los tróyanos han decidido:
si desean quedarse aquí, cerca de las naves y lejos de la ciudad, o volverán a ella cuando
hayan vencido a los aqueos. Si se enterara de esto y regresara incólume, sería grande su
gloria debajo del cielo y entre los hombres todos, y tendría una hermosa recompensa:
cada jefe de los que mandan en las naves le daría una oveja con su corderito -presente sin
igual- y se le admitiría además en todos los banquetes y festines.
218 Así habló. Enmudecieron todos y quedaron silenciosos, hasta que Diomedes,
valiente en la pelea, les dijo:
220 -¡Néstor! Mi corazón y ánimo valeroso me incitan a penetrar en el campo de los
enemigos que tenemos cerca, de los troyanos; pero, si alguien me acompañase, mi con-
fianza y mi osadía serían mayores. Cuando van dos, uno se anticipa al otro en advertir lo
que conviene; cuando se está solo, aunque se piense, la inteligencia es más tarda y la re-
solución más difícil.
227 Así dijo, y muchos quisieron acompañar a Diomedes. Deseáronlo los dos Ayantes,
servidores de Ares; quísolo Meriones; lo anhelaba el hijo de Néstor; deseólo el Atrida
Menelao, famoso por su lanza; y por fin, también el sufrido Ulises quiso penetrar en el
ejército troyano, porque el corazón que tenía en el pecho aspiraba siempre a ejecutar
audaces hazañas. Y el rey de hombres, Agamenón, dijo entonces:
234 -¡Tidida Diomedes, carísimo a mi corazón! Escoge por compañero al que quieras,
al mejor de los presentes; pues son muchos los que se ofrecen. No dejes al mejor y elijas
a otro peor, por respeto alguno que sientas en tu alma, ni por consideración al linaje, ni
por atender a que sea un rey más poderoso.
240 Habló en estos términos, porque temía por el rubio Menelao. Y Diomedes, valiente
en la pelea, replicó:
242 -Si me mandáis que yo mismo designe al compañero, ¿cómo no pensaré en el
divino Ulises, cuyo corazón y ánimo valeroso son tan dispuestos para toda suerte de
trabajos, y a quien tanto ama Palas Atenea? Con él volveríamos acá aunque nos rodearan
abrasadoras llamas, porque su pnidencia es grande.
248 Respondióle el paciente divino Ulises:
249 -¡Tidida! No me alabes en demasía ni me vituperes, puesto que hablas a los argivos
de cosas que les son conocidas. Pero, vámonos, que la noche está muy adelantada y la
aurora se acerca; los astros han andado mucho, y la noche va ya en las dos partes de su
jornada y sólo un tercio nos resta.
254 En diciendo esto, vistieron entrambos las terribles armas. El intrépido Trasimedes
dio al Tidida una espada de dos filos -la de éste había quedado en la nave-y un escudo; y
le puso un morrión de piel de toro sin penacho ni cimera, que se llama catétyx y lo usan
los mancebos que se hallan en la flor de la juventud para proteger la cabeza. Meriones
procuró a Ulises arco, carcaj y espada, y le cubrió la cabeza con un casco de piel que por
dentro se sujetaba con muchas y fuertes correas y por fuera presentaba los blancos dientes
de un jabalí, ingeniosamente repartidos, y tenía un mechón de lana colocado en el centro.
Este casco era el que Autólico había robado en Eleón a Amíntor Orménida, horadando la
pared de su casa, y que luego dio en Escandia a Anfidamante de Citera; Anfidamante to
regaló, como presente de hospitaidad, a Molo; éste lo cedió a su hijo Meriones para que
lo llevara, y entonces hubo de cubrir la cabeza de Ulises.
272 Una vez revestidos de las terribles armas, partieron y lejaron a11í a todos los
príncipes. Palas Atenea envióles una garza, y, si bien no pudieron verla con sus ojos,
porque la noche era obscura, oyéronla graznar a la derecha del camino. Ulises se holgó
del presagio y oró a Atenea:
278 -¡Oyeme, hija de Zeus, que lleva la égida! Tú que me asistes en todos los trabajos y
conoces mis pasos, séme ahora propicia más que nunca, Atenea, y concede que volvamos
a las naves cubiertos de gloria por haber realizado una gran hazaña que preocupe a los
troyanos.
283 Diomedes, valiente en la pelea, oró luego diciendo:
284 -¡Ahora óyeme también a mí, hija de Zeus! ¡Indómita! Acompáñame como
acompañaste a mi padre, el divino Tideo, cuando fue a Teba en representación de los
aqueos. Dejando a los aqueos, de broncíneas corazas, a orillas del Asopo, llevó un
agradable mensaje a los cadmeos; y a la vuelta ejecutó admirables proezas con tu ayuda,
excelente diosa, porque benévola lo socorrías. Ahora, socórreme a mí y préstame tu
amparo. E inmolaré en tu honor una ternera de un año, de frente espaciosa, indómita y no
sujeta aún al yugo, después de derramar oro sobre sus cuernos.
295 Así dijeron rogando, y los oyó Palas Atenea. Y después de rogar a la hija del gran
Zeus, anduvieron en la obscuridad de la noche, como dos leones, por el campo pues tanta
carnicería se había hecho, pisando cadáveres, armas y denegrida sangre.
299 Tampoco Héctor dejaba dormir a los valientes troyanos pues convocó a todos los
próceres, a cuantos eran caudillos y príncipes de los troyanos, y una vez reunidos les
expuso una prudente idea:
303 -¿Quién, por un gran premio, se ofrecerá a llevar a cabo la empresa que voy a
decir? La recompensa será proporcionada. Daré un carro y dos corceles de erguido
cuello, los mejores que haya en las veleras naves aqueas, al que tenga la osadía de
acercarse a las naves de ligero andar -con ello al mismo tiempo ganará gloria- y averigüe
si éstas son guardadas todavía, o los aqueos, vencidos por nuestras manos, piensan en la
huida y no quieren velar durante la noche porque el cansancio abrumador los rinde.
313 Así dijo. Enmudecieron todos y quedaron silenciosos. Había entre los troyanos un
cierto Dolón, hijo del divino heraldo Eumedes, rico en oro y en bronce; era de feo aspec-
to, pero de pies ágiles, y el único hijo varón de su familia con cinco hermanas. Éste dijo
entonces a los troyanos y a Héctor:
319 -¡Héctor! Mi corazón y mi ánimo valeroso me incitan a acercarme a las naves, de
ligero andar, para saberlo. Ea, alza el cetro y jura que me darás los corceles y el carro con
adornos de bronce que conducen al eximio Pelión. No te será inútil mi espionaje, ni tus
esperanzas se verán defraudadas; pues atravesaré todo el ejército hasta llegar a la nave de
Agamenón, que es donde deben de haberse reunido los caudillos para deliberar si huirán
o seguirán combatiendo.
328 Así dijo. Y Héctor, tomando en la mano el cetro, prestó el juramento:
329 -Sea testigo el mismo Zeus tonante, esposo de Hera. Ningún otro troyano será
llevado por estos corceles, y tú disfrutarás perpetuamente de ellos.
332 Con tales palabras, jurando lo que no había de cumplirse, animó a Dolón. Éste, sin
perder momento, colgó del hombro el corvo arco, vistió una pelicana piel de lobo, cubrió
la cabeza con un morrión de piel de comadreja, tomó un puntiagudo dardo, y, saliendo
del ejército, se encaminó a las naves, de donde no había de volver para darle a Héctor la
noticia. Pues ya había dejado atrás la multitud de carros y hombres, y andaba animoso
por el camino, cuando Ulises, del linaje de Zeus, advirtiendo que se acercaba a ellos,
habló así a Diomedes:
341 -Ese hombre, Diomedes, viene del ejército; pero ignoro si va como espía a nuestras
naves o intenta despojar algún cadáver de los que murieron. Dejemos que se adelante un
poco más por la llanura, y echándonos sobre él lo cogeremos fácilmente; y si en correr
nos aventajase, apártalo del ejército, acometiéndolo con la lanza, y persíguelo siempre
hacia las naves, para que no se guarezca en la ciudad.
349 Dichas estas palabras, tendiéronse entre los muertos, fuera del camino. El incauto
Dolón pasó con pie ligero. Mas, cuando estuvo a la distancia a que se extienden los
surcos de las mulas -éstas son mejores que los bueyes para tirar de un sólido arado en
tierra noval-, Ulises y Diomedes corrieron a su alcance. Dolón oyó ruido y se detuvo,
creyendo que algunos de sus amigos venían del ejército troyano a llamarlo por encargo de
Héctor. Pero así que aquéllos se hallaron a tiro de lanza o más cerca aún, conoció que
eran enemigos y puso su diligencia en los pies huyendo, mientras ellos se lanzaban a
perseguirlo. Como dos perros de agudos dientes, adiestrados para cazar, acosan en una
selva a un cervato o a una liebre que huye chillando delante de ellos, del mismo modo el
Tidida y Ulises, asolador de ciudades, perseguían constantemente a Dolón después que
lograron apartarlo del ejército. Ya en su fuga hacia las naves iba el troyano a topar con
los guardias, cuando Atenea dio fuerzas al Tidida para que ninguno de los aqueos, de
broncíneas corazas, se le adelantara y pudiera jactarse de haber sido el primero en herirlo
y él llegase después. El fuerte Diomedes arremetió a Dolón, con la lanza, y le gritó:
370 Tente, o te alcanzará mi lanza; y no creo que puedas evitar mucho tiempo que mi
mano te dé una muerte terible.
372 Dijo, y arrojó la lanza; mas de intento erró el tiro, y ésta se clavó en el suelo
después de volar por cima del hombro derecho de Dolón. Paróse el troyano dentellando
-los dientes crujíanle en la boca-, tembloroso y pálido de miedo; Ulises y Diomedes se le
acercaron, jadeantes, y le asieron de las manos, mientras aquél lloraba y les decia:
378 -Hacedme prisionero y yo me redimiré. Hay en casa bronce, oro y hierro labrado:
con ellos os pagaría mi padre inmenso rescate, si supiera que estoy vivo en las naves
aqueas.
382 Respondióle el ingenioso Ulises:
383 -Tranquilízate y no pienses en la muerte. Ea, habla y dime con sinceridad: ¿Adónde
ibas solo, separado de tu ejército y derechamente hacia las naves, en esta noche obscura,
mientras duermen los demás mortales? ¿Acaso a despojar a algún cadáver? ¿Por ventura
Héctor te envió como espía a las cóncavas naves? ¿O te dejaste llevar por los impulsos de
tu corazón?
390 Contestó Dolón, a quien le temblaban las carnes:
391 -Héctor me hizo salir fuera de juicio con muchas y perniciosas promesas: accedió a
darme los solípedos corceles y el carro con adornos de bronce del eximio Pelión, para
que, acercándome durante la rápida y obscura noche a los enemigos, averiguase si las
veleras naves son guardadas todavía, o los aqueos, vencidos por nuestras manos, piensan
en la fuga y no quieren velar porque el cansancio abrumador los rinde.
400 Díjole sonriendo el ingenioso Ulises:
401 -Grande es el presente que tu corazón anhelaba. ¡Los corceles del aguerrido
Eácida! Difícil es que ninguno de los mortales los sujete y sea por ellos llevado, fuera de
Aquiles, que tiene una madre inmortal. Pero, ea, habla y dime con sinceridad: ¿Dónde, al
venir, has dejado a Héctor, pastor de hombres? ¿En qué lugar tiene las marciales armas y
los caballos? ¿Cómo se hacen las guardias y de qué modo están dispuestas las tiendas de
los troyanos? Cuenta también lo que están deliberando: si desean quedarse aquí cerca de
las naves y lejos de la ciudad, o volverán a ella cuando hayan vencido a los aqueos.
412 Contestó Dolón, hijo de Eumedes:
413 -De todo voy a informarte con exactitud. Héctor y sus consejeros deliberan lejos
del bullicio, junto a la tumba del divino Ilo; en cuanto a las guardias por que me
preguntas, oh héroe, ninguna ha sido designada, para que vele por el ejército ni para que
vigile. En torno de cada hoguera los troyanos, apremiados por la necesidad, velan y se
exhortan mutuamente a la vigilancia. Pero los auxiliares, venidos de lejas tierras,
duermen y dejan a los troyanos el cuidado de la guardia, porque no tienen aquí a sus hijos
y mujeres.
423 Volvió a preguntarle el ingenioso Ulises:
424 -¿Éstos duermen mezclados con los troyanos o separadamente? Dímelo para que lo
sepa.
426 Contestó Dolón, hijo de Eumedes:
427 -De todo voy a informarte con exactitud. Hacia el mar están los carios, los peonios,
armados de corvos arcos, y los léleges, caucones y divinos pelasgos. El lado de Timbra to
obtuvieron por suerte los licios, los arrogantes misios, los frigios, que combaten en
carros, y los meonios, que armados de casco combaten en carros. Mas ¿por qué me hacéis
esas preguntas? Si deseáis entraros por el ejército troyano, los tracios recién venidos están
ahí, en ese extremo, con su rey Reso, hijo de Eyoneo. He visto sus corceles que son
bellísimos, de gran altura, más blancos que la nieve y tan ligeros como el viento. Su carro
tiene lindos adornos de oro y plata, y sus armas son de oro, magníficas, encanto de la
vista, y más propias de los inmortales dioses que de hombres mortales. Pero llevadme ya
a las naves de ligero andar, o dejadme aquí, atado con recios lazos, para que vayáis y
comprobéis si os hablé como debía.
446 Mirándolo con torva faz, le replicó el fuerte Diomedes:
447 -No esperes escapar de ésta, Dolón, aunque tus noticias son importantes, pues has
caído en nuestras manos. Si te dejásemos libre o consintiéramos en el rescate, vendrías de
nuevo a las veleras naves de los aqueos a espiar o a combatir contra nosotros; y, si por mi
mano pierdes la vida, no serás en adelante una plaga para los argivos.
454 Dijo; y Dolón iba, como suplicante, a tocarle la barba con su robusta mano, cuando
Diomedes, de un tajo en medio del cuello, le rompió ambos tendones; y la cabeza cayó en
el polvo, mientras el troyano hablaba todavía. Quitáronle el morrión de piel de
comadreja, la piel de lobo, el flexible arco y la ingente lanza; y el divino Ulises,
cogiéndolo todo con la mano, levantólo para ofrecerlo a Atenea, que preside los saqueos,
y oró diciendo:
462 -Huélgate de esta ofrenda, ¡oh diosa! Serás tú la primera a quien invocaremos entre
las deidades del Olimpo. Y ahora guíanos hacia los corceles y las tiendas de los tracios.
465 Dichas estas palabras, apartó de sí los despojos y los colgó de un tamarisco,
cubriéndolos con cañas y frondosas ramas del árbol, que fueran una señal visible para que
no les pasaran inadvertidos, al regresar durante la rápida y obscura noche. Luego pasaron
delante por encima de las armas y de la negra sangre, y llegaron al grupo de los tracios
que, rendidos de fatiga, dormían con las hermosas armas en el suelo, dispuestos
ordenadamente en tres filas, y un par de caballos junto a cada guerrero. Reso descansaba
en el centro, y tenía los ligeros corceles atados con correas a un extremo del carro. Ulises
violo el primero y lo mostró a Diomedes:
477 -Éste es el hombre, Diomedes, y éstos los corceles de que nos habló Dolón, a quien
matamos. Ea, muestra tu impetuoso valor y no tengas ociosas las armas. Desata los ca-
ballos, o bien mata hombres y yo me encargaré de aquéllos.
482 Así dijo, y Atenea, la de ojos de lechuza, infundió valor a Diomedes, que comenzó
a matar a diestro y a siniestro: sucedíanse los horribles gemidos de los que daban la vida
a los golpes de la espada, y su sangre enrojecía la tierra. Como un mal intencionado león
acomete al rebaño de cabras o de ovejas, cuyo pastor está ausente, así el hijo de Tideo se
abalanzaba a los tracios, hasta que mató a doce. A cuántos aquél hería con la espada, el
ingenioso Ulises, asiéndolos por un pie, los apartaba del camino, para que luego los
corceles de hermosas crines pudieran pasar fácilmente y no se asustasen de pisar
cadáveres, a lo cual no estaban acostumbrados. Llegó el hijo de Tideo adonde yacía el
rey, y fue éste el decimotercio a quien privó de la dulce vida, mientras daba un suspiro;
pues en aquella noche el nieto de Eneo aparecíase en desagradable ensueño a Reso, por
orden de Atenea. Dúrante este tiempo el paciente Ulises desató los solípedos caballos, los
ligó con las riendas y los sacó del ejército aguijándolos con el arco, porque se le olvidó
tomar el magnífico látigo que había en el labrado carro. Y en seguida silbó, haciendo
seña al divino Diomedes.
503 Mas éste, quedándose aún, pensaba qué podría hacer que fuese muy arriesgado: si
se llevaría el carro con las labradas armas, ya tirando del timón, ya levantándolo en alto;
o quitaría la vida a más tracios. En tanto que revolvía tales pensamientos en su espíritu,
presentóse Atenea y habló así al divino Diomedes:
509 -Piensa ya en volver a las cóncavas naves, hijo del magnánimo Tideo. No sea que
hayas de llegar huyendo, si algún otro dios despierta a los troyanos.
512 Así habló. Diomedes, conociendo la voz de la diosa, montó sin dilación a caballo, y
también Ulises, que los aguijó con el arco; y volaron hacia las veleras naves aqueas.
515 Apolo, que lleva arco de plata, estaba en acecho desde que advirtió que Atenea
acompañaba al hijo de Tideo; e, indignado contra ella, entróse por el ejército de los
troyanos y despertó a Hipocoonte, valeroso caudillo tracio y sobrino de Reso. Como
Hipocoonte, recordando del sueño, viera vacío el lugar que ocupaban los caballos y a los
hombres horriblemente heridos y palpitantes todavía, comenzó a lamentarse y a llamar
por su nombre al querido compañero. Y pronto se promovió gran clamoreo a inmenso
tumulto entre los troyanos, que acudían en tropel y admiraban la peligrosa aventura a que
unos hombres habían dado cima, regresando luego a las cóncavas naves.
526 Cuando ambos héroes llegaron al sitio en que habían dado muerte al espía de
Héctor, Ulises, caro a Zeus, detuvo los veloces caballos; y el Tidida, apeándose, tomó los
cruentos despojos que puso en las manos de Ulises, volvió a montar y picó a los corceles.
Éstos volaron gozosos hacia las cóncavas naves, pues a ellas deseaban llegar. Néstor fue
el primero que oyó las pisadas de los caballos, y dijo:
533 -¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los argivos! ¿Me engañaré o será verdad lo
que voy a decir? El corazón me ordena hablar. Oigo pisadas de caballos de pies ligeros.
Ojalá Ulises y el fuerte Diomedes trajeran del campo troyano solípedos corceles; pero
mucho temo que a los más valientes argivos les haya ocurrido algún percance en el
ejército troyano.
540 Aún no había acabado de pronunciar estas palabras, cuando aquéllos llegaron y
echaron pie a tierra. Todos los saludaban alegremente con la diestra y con afectuosas
palabras. Y Néstor, caballero gerenio, les preguntó el primero:
544 -¡Ea, dime, célebre Ulises, gloria insigne de los aqueos! ¿Cómo hubisteis estos
caballos: penetrando en el ejército troyano, o recibiéndolos de un dios que os salió al
camino? Muy semejantes son a los rayos del sol. Siempre entro por las filas de los
troyanos; pues, aunque anciano, no me quedo en las naves, y jamás he visto ni advertido
tales corceles. Supongo que los habréis recibido de algún dios que os salió al encuentro,
pues a entrambos os aman Zeus, que amontona las nubes, y su hija Atenea, la de ojos de
lechuza.
554 Respondióle el ingenioso Ulises:
555 -¡Néstor Nelida, gloria insigne de los aqueos! Fácil le sería a un dios, si quisiera,
dar caballos mejores aún que éstos, pues su poder es muy grande. Los corceles por los
que preguntas, anciano, llegaron recientemente y son tracios: el valiente Diomedes mató
al dueño y a doce de sus compañeros, todos aventajados. Y cerca de las naves dimos
muerte al decimotercio, que era un espía enviado por Héctor y otros troyanos ilustres a
explorar este campamento.
564 De este modo habló; y muy ufano, hizo que los solípedos caballos pasaran el foso,
y los demás aqueos siguiéronlo alborozados. Cuando estuvieron en la hermosa tienda del
Tidida, ataron los corceles con bien cortadas correas al pesebre, donde los caballos de
Diomedes comían el trigo dulce como la miel. Ulises dejó en la popa de su nave los
cruentos despojos de Dolón, para guardarlos hasta que ofrecieran un sacrificio a Atenea.
Ambos entraron en el mar y se lavaron el abundante sudor de sus piernas, cuello y
muslos. Cuando las olas les hubieron limpiado el abundante sudor del cuerpo y recreado
el corazón, metiéronse en pulimentadas pilas y se bañaron. Lavados ya y ungidos con
craso aceite, sentáronse a la mesa, y, sacando de una rebosante cratera vino dulce como la
miel, en honor de Atenea to libaron.
CANTO XI*
Principalía de Agamenón
* En la batalla entre aqueos y troyanos, aquéllos llevan la peor parte: Agamenón, Diomedes y Ulises
resultan heridos. Ante la clara ventaja de los troyanos, Aquiles envía a Patroclo junto a Néstor.

1 La Aurora se levantaba del lecho, dejando al ilustre Titono, para llevar la luz a los
dioses y a los hombres, cuando, enviada por Zeus, se presentó en las veleras naves aqueas
la cruel Discordia con la señal del combate en la mano. Subió la diosa a la ingente nave
negra de Ulises, que estaba en medio de todas, para que lo oyeran por ambos lados hasta
las tiendas de Ayante Telamonio y de Aquiles; los cuales habían puesto sus bajeles en los
extremos, porque confiaban en su valor y en la fuerza de sus brazos. Desde a11í daba
aquélla grandes, agudos y horrendos gritos, y ponía mucha fortaleza en el corazón de
todos los aqueos, a fin de que pelearan y combatieran sin descanso. Y pronto les fue más
agradable batallar que volver a la patria tierra en las cóncavas naves.
15 El Atrida alzó la voz mandando que los argivos se apercibiesen, y él mismo vistió la
armadura de luciente bronce. Púsose en torno de las piernas hermosas grebas sujetas con
broches de pláta, y cubrió su pecho con la coraza que Ciniras le había dado por presente
de hospitalidad. Porque hasta Chipre habíá llegado la noticia de que los aqueos se embar-
caban para Troya, y Ciniras, deseoso de complacer al rey, le dio esta córaza que tenía
diez filetes de pavonado acero, doce de oro y veinte de estaño, y a cada lado tres cerúleos
dragones erguidos hacia el cuello y semejantes al iris que el Cronión fija en las nubes
como señal para los hombres dotados de palabra. Luego, el rey colgó del hombro la
espada, en la que relucían áureos clavos, con su vaina de plata sujeta por tirantes de oro.
Embrazó después el labrado escudo, fuerte y hermoso, de la altura de un hombre, que
presentaba diez círculos de bronce en el contorno, tenía veinte bollos de blanco estaño y
en el centro uno de negruzco acero, y lo coronaba Gorgona, de ojos horrendos y torva
vista, con el Terror y la Fuga a los lados. Su correa era argentada, y sobre la misma
enroscábase cerúleo dragón de tres cabezas entrelazadas, que nacían de un solo cuello.
Cubrió en seguida su cabeza con un casco de doble cimera, cuatro abolladuras y penacho
de crines de caballo, que al ondear en to alto causaba pavor; y asió dos fornidas lanzas de
aguzada broncínea punta, cuyo brillo llegaba hasta el cielo. Y Atenea y Hera tronaron en
las alturas para honrar al rey de Micenas, rica en oro.
47 Cada cual mandó entonces a su auriga que tuviera dispuestos el carro y los corceles
junto al foso; salieron todos a pie y armados, y levantóse inmenso viento antes que la au-
rora despuntara. Delante del foso ordenáronse los infantes, y a éstos siguieron de cerca
los que combatían en carros. Y el Cronida promovió entre ellos funesto tumulto y dejó
caer desde el éter sanguinoso rocío porque había de precipitar al Hades a muchas y
valerosas almas.
56 Los troyanos pusiéronse también en orden de batalla en una eminencia de la llanura,
alrededor del gran Héctor, del eximio Polidamante, de Eneas, honrado como un dios por
el pueblo troyano, y de los tres Antenóridas: Pólibo, el divino Agenor y el joven
Acamante, que parecía un inmortal. Héctor, armado de un escudo liso, llegó con los
primeros combatientes. Cual astro funesto, que unas veces brilla en el cielo y otras se
oculta detrás de las pardas nubes; así Héctor, ya aparecía entre los delanteros, ya se
mostraba entre los últimos, siempre dando órdenes y brillando por la armadura de bronce
como el relámpago del padre Zeus, que lleva la égida.
67 Como los segadores caminan en direcciones opuestas por los surcos de un campo de
trigo o de cebada de un hombre opulento, y los manojos de espigas caen espesos, de la
misma manera, troyanos y aqueos se acometían y mataban, sin pensar en la perniciosa
fuga. Igual andaba la pelea, y como lobos se embestían. Gozábase en verlos la luctuosa
Discordia, única deidad que se hallaba entre los combatientes; pues los demás dioses
permanecían quietos en los hermosos palacios que se les había construido en los valles
del Olimpo y todos acusaban al Cronida, el dios de las sombrías nubes, porque queria
coneeder la victoria a los troyanos. Mas el padre no se cuidaba de ellos; y, sentado aparte,
ufano de su gloria, contemplaba la ciudad troyana, las naves aqueas, el brillo del bronce,
a los que mataban y a los que la muerte recibían.
84 Al amanecer y mientras iba aumentando la luz del sagrado día, los tiros alcanzaban
por igual a unos y a otros y los hombres caían. Cuando llegó la hora en que el leñador
prepara el almuerzo en la espesura del monte, porque tiene los brazos cansados de cortar
grandes árboles, siente fatiga en su corazón y el dulce deseo de la comida le ha llegado al
alma, los dánaos, exhortándose mutuamente por las filas y peleando con bravura,
rompieron las falanges teucras. Agamenón, que fue el primero en arrojarse a ellas, mató
primeramente a Biánor, pastor de hombres, y después a su compañero Oileo, hábil jinete.
Éste se había apeado del carro para sostener el encuentro, pero el Atrida le hundió en la
frente la aguzada pica, que no fue detenida por el casco del duro bronce, sino que pasó a
través del mismo y del hueso, conmovióle el cerebro y postró al guerrero cuando contra
aquél arremetía. Después de quitarles a entrambos la coraza, Agamenón, rey de hombres,
dejólos allí, con el pecho al aire, y fue a dar muerte a Iso y a Antifo, hijos bastardo y
legítimo, respectivamente, de Príamo, que iban en el mismo carro. El bastardo guiaba y el
ilustre Antifo combatía. En otro tiempo Aquiles, habiéndolos sorprendido en un bosque
del Ida, mientras apacentaban ovejas, atólos con tiernos mimbres; y luego, pagado el
rescate, los puso en libertad. Mas entonces el poderoso Agamenón Atrida le envainó a Iso
la lanza en el pecho, sobre la tetilla, y a Antifo lo hirió con la espada en la oreja y lo
derribó del carro. Y, al ir presuroso a quitarles las magníficas armaduras, los reconoció;
pues los había visto en las veleras naves cuando Aquiles, el de los pies ligeros, se los
llevó del Ida. Bien así corno un león penetra en la guarida de una ágil cierva, se echa
sobre los hijuelos y despedazándolos con los fuertes dientes les quita la tierna vida, y la
madre no puede socorrerlos, aunque esté cerca, porque le da un gran temblor, y atraviesa,
azorada y sudorosa, selvas y espesos encinares, huyendo de la acometida de la terrible
fiera; tampoco los troyanos pudieron librar a aquéllos de la muerte, porque a su vez huían
delante de los argivos.
122 Alcanzó luego el rey Agamenón a Pisandro y al intrépido Hipóloco, hijos del
aguerrido Antímaco (éste, ganado por el oro y los espléndidos regalos de Alejandro, se
oponía a que Helena fuese devuelta al rubio Menelao): ambos iban en un carro, y desde
su sitio procuraban guiar los veloces corceles, pues habían dejado caer las lustrosas
riendas y estaban aturdidos. Cuando el Atrida arremetió contra ellos, cual si fuese un
león, arrodilláronse en el carro y así le suplicaron:
131 -Haznos prisioneros, hijo de Atreo, y recibirás digno rescate. Muchas cosas de
valor tiene en su casa Antímaco: bronce, oro, hierro labrado; con ellas nuestro padre lo
pagaría inmenso rescate, si supiera que estamos vivos en las naves aqueas.
136 Con tan dulces palabras y llorando hablaban al rey, pero fue amarga la respuesta
que escucharon:
138 -Pues si sois hijos del aguerrido Antímaco que aconsejaba en el ágora de los
troyanos matar a Menelao y no dejarle volver a los aqueos, cuando vino a título de
embajador con el deiforme Ulises, ahora pagaréis la insolente injuria que nos infirió
vuestro padre.
143 Dijo, y derribó del carro a Pisandro: diole una lanzada en el pecho y lo tumbó de
espaldas. De un salto apeóse Hipóloco, y ya en tierra, Agamenón le cercenó con la espada
los brazos y la cabeza, que tiró, haciendola rodar como un montero, por entre las filas. El
Atrida dejó a éstos, y seguido de otros aqueos, de hermosas grebas, fuese derecho al sitio
donde más falanges, mezclándose en montón confuso, combatían. Los infantes mataban a
los infantes, que se veían obligados a huir; los que combatían desde el carro daban muerte
con el bronce a los enemigos que así peleaban, y a todos los envolvía la polvareda que en
la llanura levantaban con sus sonoras pisadas los caballos. Y el rey Agamenón iba
siempre adelante, matando troyanos y animando a los argivos. Como al estallar voraz
incendio en un boscaje, el viento hace oscilar las llamas y to propaga por todas partes, y
los arbustos ceden a la violencia del fuego y caen con sus mismas raíces, de igual manera
caían las cabezas de los troyanos puestos en fuga por Agamenón Atrida, y muchos
caballos de erguido cuello arrastraban con estrépito por el campo los carros vacíos y
echaban de menos a los eximios conductores; pero éstos, tendidos en tierra, eran ya más
gratos a los buitres que a sus propias esposas.
163 A Héctor, Zeus le sustrajo de los tiros, el polvo, la matanza, la sangre y el tumulto;
y el Atrida iba adelante, exhortando vehementemente a los dánaos. Los troyanos corrían
por la llanura, deseosos de refugiarse en la ciudad, y ya habían dejado a su espalda el
sepulcro del antiguo Ilo Dardánida y el cabrahígo; y el Atrida les seguía al alcance,
vociferando, con las invictas manos llenas de polvo y sangre. Los que primero llegaron a
las puertas Esceas y a la encina detuviéronse para aguardar a sus compañeros, los cuales
huían por la llanura como vacas aterrorizadas por un león que, presentándose en la
obscuridad de la noche, da cruel muerte a una de ellas, rompiendo su cerviz con los
fuertes dientes y tragando su sangre y sus entrañas; del mismo modo el rey Agamenón
Atrida perseguía a los troyanos, matando al que se rezagaba, y ellos huían espantados. El
Atrida, manejando la lanza con gran furia, derribó a muchos, ya de pechos, ya de
espaldas, de sus respectivos carros. Mas cuando le faltaba poco para llegar al alto muro
de la ciudad, el padre de los hombres y de los dioses bajó del cielo con el relámpago en la
mano, se sentó en una de las cumbres del Ida, abundante en manantiales, y llamó a Iris, la
de doradas alas, para que le sirviese de mensajera:
186 -¡Anda, ve, rápida Iris! Dile a Héctor estas palabras: Mientras vea que Agamenón,
pastor de hombres, se agita entre los combatientes delanteros y destroza filas de hombres,
retírese y ordene al pueblo que combata con los enemigos en la encarnizada batalla. Mas
así que aquél, herido de lanza o de flecha, suba al carro, le daré fuerzas para matar ene-
migos hasta que llegue a las naves de muchos bancos, se ponga el sol y comience la
sagrada noche.
195 Así dijo; y la veloz Iris, de pies ligeros como el viento, no dejó de obedecerlo.
Descendió de los montes ideos a la sagrada Ilio, y, hallando al divino Héctor, hijo del
belicoso Príamo, de pie en el sólido carro, se detuvo a su lado, y le habló de esta manera:
200 -¡Héctor, hijo de Príamo, que en prudencia igualas a Zeus! El padre Zeus me
manda para que te diga lo siguiente: Mientras veas que Agamenón, pastor de hombres, se
agita entre los combatientes delanteros y destroza sus filas, retírate de la lucha y ordena al
pueblo que combata con los enemigos en la encarnizada batalla. Mas así que aquél, heri-
do de lanza o de flecha, suba al carro, te dará fuerzas para matar enemigos hasta que
llegues a las naves de muchos bancos, se ponga el sol y comience la sagrada noche.
210 Cuando Iris, la de los pies ligeros, hubo dicho esto, se fue. Héctor saltó del carro al
suelo sin dejar las armas; y, blandiendo afiladas picas, recorrió el ejército, animóle a
luchar y promovió una terrible pelea. Los troyanos volvieron la cara a los aqueos para
embestirlos; los argivos, por su parte, cerraron las filas de las falanges; reanudóse el
combate, y Agamenón acometió el primero, porque deseaba adelantarse a todos en la
batalla.
218 Decidme ahora, Musas, que poseéis olímpicos palacios, cuál fue el primer troyano
o aliado ilustre que a Agamenón se opuso.
221 Fue Ifidamante Antenórida, valiente y alto de cuerpo, que se había criado en la
fértil Tracia, madre de ovejas. Era todavía niño cuando su abuelo materno Ciseo, padre
de Teano, la de hermosas mejillas, to acogió en su casa; y así que hubo llegado a la
gloriosa edad juvenil, lo conservó a su lado, dándole a su hija en matrimonio. Apenas
casado, Ifidamante tuvo que dejar el tálamo para ir a guerrear contra los aqueos: llegó por
mar hasta Percote, dejó allí las doce corvas naves que mandaba y se encaminó por tierra a
Ilio. Tal era quien salió al encuentro de Agamenón Atrida. Cuando ambos se hallaron
frente a frente, acometiéronse, y el Atrida erró el tiro, porque la lanza se le desvió;
Ifidamante dio con la pica un bote en la cintura de Agamenón, más abajo de la coraza, y,
aunque empujó el astil con toda la fuerza de su brazo, no logró atravesar el labrado tahalí,
pues la punta al chocar con la lámina de plata se torció como plomo. Entonces el
poderoso Agamenón asió de la pica, y tirando de ella con la furia de un león, la arrancó
de las manos de Ifidamante, a quien hirió en el cuello con la espada, dejándole sin vigor
los miembros. De este modo cayó el desventurado para dormir el sueño de bronce,
mientras auxiliaba a los troyanos, lejos de su joven y legítima esposa, cuya gratitud no
llegó a conocer después que tanto le había dado: habíale regalado cien bueyes y
prometido cien mil cabras y mil ovejas de las innumerables que sus pastores apacentaban.
El Atrida Agamenón le quitó la magnífica armadura y se la llevó, abriéndose paso por
entre los aqueos.
248 Advirtiólo Coón, varón preclaro a hijo primogénito de Anténor, y densa nube de
pesar cubrió sus ojos por la muerte del hermano. Púsose al lado de Agamenón sin que
éste to notara, diole una lanzada en medio del brazo, en el codo, y se lo atravesó con la
punta de la reluciente pica. Estremecióse el rey de hombres, Agamenón, mas no por esto
dejó de luchar ni de combatir; sino que arremetió con la impetuosa lanza a Coón, el cual
se apresuraba a retirar, asiéndolo por el pie, el cadáver de Ifidamante, su hermano de
padre, y a voces pedía auxilio a los más valientes. Mientras arrastraba el cadáver por
entre la turba, cubriéndolo con el abollonado escudo, Agamenón le envasó la broncínea
lanza; dejó sin vigor sus miembros, y le cortó la cabeza sobre el mismo Ifidamante. Y
ambos hijos de Anténor, cumpliéndose su destino, acabaron la vida a manos del rey
Atrida y descendieron a la morada de Hades.
264 Entróse luego Agamenón por las filas de otros guerreros, y combatió con la lanza,
la espada y grandes piedras mientras la sangre caliente brotaba de la herida; mas así que
ésta se secó y la sangre dejó de correr, agudos dolores debilitaron sus fuerzas. Como los
dolores agudos y acerbos que a la parturienta envían las Ilitias, hijas de Hera, las cuales
presiden los alumbramientos y disponen de los terribles dolores del parto; tales eran los
agudos dolores que debllitaron las fuerzas del Atrida. De un salto subió al carro; con el
corazón afligido mandó al auriga que le llevase a las cóncavas naves, y gritando fuerte
dijo a los dánaos:
276 -¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los argivos! Apartad vosotros de las naves
surcadoras del ponto el funesto combate; pues a mí el próvido Zeus no me permite
combatir todo el día con los troyanos.
280 Así dijo. El auriga picó con el látigo a los caballos de hermosas crines,
dirigiéndolos a las cóncavas naves; ellos volaron gozosos, con el pecho cubierto de
espuma, y envueltos en una nube de polvo sacaron del campo de la batalla al fatigado rey.
284 Héctor, al notar que Agamenón se ausentaba, con penetrantes gritos animó a los
troyanos y a los licios:
2s6 -¡Troyanos, licios, dárdanos que cuerpo a cuerpo combatís! Sed hombres, amigos, y
mostrad vuestro impetuoso valor. El guerrero más valiente se ha ido, y Zeus Cronida me
concede una gran victoria. Pero dirigid los solípedos caballos hacia los fuertes dánaos y
la gloria que alcanzaréis será mayor.
291 Con estas palabras les excitó a todos el valor y la fuerza. Como un cazador azuza a
los perros de blancos dientes contra un montaraz jabalí o contra un león, así Héctor Priá-
mida, igual a Ares, funesto a los mortales, incitaba a los magnánimos troyanos contra los
aqueos. Muy alentado, abrióse paso por los combatientes delanteros, y cayó en la batalla
como tempestad que viene de to alto y alborota el violáceo ponto.
299 ¿Cuál fue el primero, cuál el último de los que entonces mató Héctor Priámida
cuando Zeus le dio gloria?
301 Aseo, el primero, y después Autónoo, Opites, Dólope Clítida, Ofeltio, Agelao,
Esimno, Oro y el bravo Hipónoo. A tales caudillos dánaos dio muerte, y además a
muchos hombres del pueblo. Como el Céfiro agita y se lleva en furioso torbellino las
nubes que el veloz Noto tenía reunidas, y gruesas olas se levantan y la espuma llega a to
alto por el soplo del errabundo viento; de esta manera caían delante de Héctor muchas
cabezas de gente del pueblo.
310 Entonces gran estrago a irreparables males se hubieran próducido, y los aqueos,
dándose a la fuga, no habrían parado hasta las naves, si Ulises no hubiese exhortado al
Tidida Diomedes:
313 -¡Tidida! ¿Por qué no mostramos nuestro impetuoso valor? Ea, ven aquí, amigo;
ponte a mi lado. Vergonzoso fuera que Héctor, el de tremolante casco, se apoderase de
las naves.
316 Respondióle el fuerte Diomedes:
317 -Yo me quedaré y resistiré, aunque será poco el provecho que logremos; pues Zeus,
que amontona las nubes, quiere conceder la victoria a los troyanos y no a nosotros.
320 Dijo, y derribó del carro a Timbreo, envasándole la pica en la tetilla izquierda;
mientras Ulises hería al escudero del mismo rey, a Molión, igual a un dios. Dejáronlos
tan pronto como los pusieron fuera de combate, y penetrando por la turba causaron
confusión y terror, como dos embravecidos jabalíes que acometen a perros de caza. Así,
habiendo vuelto a combatir, mataban a los troyanos; y en tanto los aqueos, que huían de
Héctor, pudieron respirar placenteramente.
328 Dieron también alcance a dos hombres que eran los más valientes de su pueblo y
venían en un mismo carro, a los hijos de Mérope percosio: éste conocía como nadie el
arte adivinatoria, y no quería que sus hijos fuesen a la homicida guerra; pero ellos no lo
obedecieron, impelidos por las parcas de la negra muerte. Diomedes Tidida, famoso por
su lanza, les quitó el alma y la vida y los despojó de las magníficas armaduras. Ulises
mató a Hipódamo y a Hipéroco.
336 Entonces el Cronida, que desde el Ida contemplaba la batalla, igualó el combate en
que troyanos y aqueos se mataban. El hijo de Tideo dio una lanzada en la cadera al héroe
Agástrofo Peónida, que por no tener cerca los corceles no pudo huir, y ésta fue la causa
de su desgracia: el escudero tenía el carro algo distante, y él se revolvía furioso entre los
combatientes delanteros, hasta que perdió la vida. Atisbó Héctor a Ulises y a Diomedes,
los arremetió gritando, y pronto siguieron tras él las falanges de los troyanos. Al verlo,
estremecióse el valeroso Diomedes, y dijo a Ulises, que estaba a su lado:
347 -Contra nosotros viene esa calamidad, el impetuoso Héctor. Ea, aguardémosle a pie
firme y cerremos con él.
349 Dijo; y apuntando a la cabeza de Héctor, blandió y arrojó la ingente lanza, y no le
erró, pues fue a dar en la cima del yelmo; pero el bronce rechazó al bronce, y la punta no
llegó al hermoso cutis por impedírselo el casco de tres dobleces y agujeros a guisa de
ojos, regalo de Febo Apolo. Héctor entonces retrocedió un buen trecho, y, penetrando por
la turba, cayó de rodillas, apoyó la robusta mano en el suelo y obscura noche cubrió sus
ojos. Mientras el Tidida atravesaba las primeras filas para recoger la lanza que en el suelo
se había clavado, Héctor tornó en su sentido, subió de un salto al carro, y, dirigiéndolo
por en medio de la multitud, evitó la negra muerte. Y el fuerte Diomedes, que lanza en
mano lo perseguía, exclamó:
362 -¡Otra vez te has librado de la muerte, perro! Muy cerca tuviste la perdición, pero
te salvó Febo Apolo, a quien debes de rogar cuando sales al campo antes de oír el
estruendo de los dardos. Yo acabaré contigo si más tarde to encuentro y un dios me
ayuda. Y ahora perseguiré a los demás que se me pongan al alcance.
368 Dijo; y empezó a despojar el cadáver del Peónida, famoso por su lanza. Pero
Alejandro, esposo de Helena, la de hermosa cabellera, que se apoyaba en una columna
del sepulcro de Ilo Dardánida, antiguo anciano honrado por el pueblo, armó el arco y lo
asestó al hijo de Tideo, pastor de hombres. Y mientras éste quitaba al cadáver del
valeroso Agástrofo la labrada coraza, el manejable escudo de debajo del pecho y el
pesado casco, aquél tiró del arco y disparó; y la flecha no salió inútilmente de su mano,
sino que le atravesó al héroe el empeine del pie derecho y se clavó en tierra. Alejandro
salió de su escondite, y con grande y regocijada risa se gloriaba diciendo:
380 -Herido estás; no se perdió el tiro. Ojalá que, acertándote en un ijar, lo hubiese
quitado la vida. Así los troyanos tendrían un desahogo en sus males, pues te temen como
al león las baladoras cabras.
384 Sin turbarse le respondió el fuerte Diomedes:
385 -¡Flechero, insolente, experto sólo en manejar el arco, mirón de doncellas! Si frente
a frente midieras conmigo las armas, no te valdría el arco ni las abundantes flechas.
Ahora te alabas sin motivo, pues sólo me rasguñaste el empeine del pie. Tanto me cuido
de la herida como si una mujer o un insipiente niño me la hubiese causado, que poco
duele la flecha de un hombre vil y cobarde. De otra clase es el agudo dardo que yo arrojo:
por poco que penetre deja exánime al que to recibe, y la mujer del muerto desgarra sus
mejillas, sus hijos quedan huérfanos, y el cadáver se pudre enrojeciendo con su sangre la
tierra y teniendo a su alrededor más aves de rapiña que mujeres.
396 Así dijo. Ulises, famoso por su lanza, acudió y se le puso delante. Diomedes se
sentó, arrancó del pie la aguda flecha y un dolor terrible recorrió su cuerpo. Entonces
subió al carro y con el corazón afligido mandó al auriga que lo llevase a las cóncavas
naves.
401 Ulises, famoso por su lanza, se quedó solo; ningún argivo permaneció a su lado,
porque el terror los poseía a todos. Y gimiendo, a su magnánimo espíritu así le hablaba:
404 -¡Ay de mí! ¿Qué me ocurrirá? Muy malo es huir, temiendo a la muchedumbre, y
peor aún que me cojan quedándome solo, pues a los demás dánaos el Cronión los puso en
fuga. Mas ¿por qué en tales cosas me hace pensar el corazón? Sé que los cobardes huyen
del combate, y quien descuella en la batalla debe mantenerse firme, ya sea herido, ya a
otro hiera.
411 Mientras revolvía tales pensamientos en su mente y en su corazón, llegaron las
huestes de los escudados troyanos, y, rodeándole, su propio mal entre ellos encerraron.
Como los perros y los florecientes mozos cercan y embisten a un jabalí que sale de la
espesa selva aguzando en sus corvas mandíbulas los blancos colmillos, y aunque la fiera
cruja los dientes y aparezca terrible, resisten firmemente; así los troyanos acometían
entonces por todos lados a Ulises, caro a Zeus. Mas él dio un salto y clavó la aguda pica
en un hombro del eximio Deyopites; mató luego a Toón y a Ennomo; alanceó en el
ombligo por debajo del cóncavo escudo a Quersidamante, que se apeaba del carro y cayó
en el polvo y cogió el suelo con las manos; y, dejándolos a todos, envasó la lanza a
Cárope Hipásida, hermano carnal del noble Soco. Éste, que parecía un dios, vino a
defenderlo, y, deteniéndose cerca de Ulises, hablóle de este modo:
430 -¡Célebre Ulises, varón incansable en urdir engaños y en trabajar! Hoy, o podrás
gloriarte de haber muerto y despojado de las armas a ambos Hipásidas, o perderás la vida,
herido por mi lanza.
434 Cuando esto hubo dicho, le dio un bote en el liso escudo: la fornida lanza atravesó
el luciente escudo, clavóse en la labrada coraza y levantó la piel del costado; pero Palas
Atenea no permitió que llegara a las entrañas del varón. Entendió Ulises que por el sitio
la herida no era mortal, y retrocediendo dijo a Soco estas palabras:
441 -¡Ah infortunado! Grande es la desgracia que sobre ti ha caído. Lograste que cesara
de luchar con los troyanos, pero yo te digo que la perdición y la negra muerte te
alcanzarán hoy; y, vencido por mi lanza, me darás gloria, y a Hades, el de los famosos
corceles, el alma.
446 Dijo, y como Soco se volviera para huir, clavóle la lanza en el dorso, entre los
hombros, y le atravesó el pecho. El guerrero cayó con estrépito, y el divino Ulises se
jactó de su obra:
450 -¡Oh Soco, hijo del aguerrido Hípaso, domador de caballos! Te sorprendió la
muerte antes de que pudieses evitarla. ¡Ah mísero! A ti, una vez muerto, ni el padre ni la
veneranda madre te cerrarán los ojos, sino que te desgarrarán las carnívoras aves
cubriéndote con sus tupidas alas; mientras que a mí, si muero, los divinos aqueos me
harán honras fúnebres.
456 Así diciendo, arrancó de su cuerpo y del abollonado escudo la ingente lanza que
Soco le había arrojado; brotó la sangre y afligióle el corazón. Los magnánimos troyanos,
al ver la sangre, se exhortaron mutuamente entre la turba y embistieron todos a Ulises, y
éste retrocedió, llamando a voces a sus compañeros. Tres veces gritó cuanto un varón
puede hacerlo a voz en cuello; tres veces Menelao, caro a Ares, to oyó, y al punto dijo a
Ayante, que estaba a su lado:
465 -¡Ayante Telamonio, del linaje de Zeus, príncipe de hombres! Oigo la voz del
paciente Ulises como si los troyanos, habiéndole aislado en la terrible lucha, lo estuviesen
acosando. Acudámosle, abriéndonos calle por la turba, pues lo mejor es llevarle socorro.
Temo que a pesar de su valentía le suceda alguna desgracia solo entre los troyanos, y que
después los dánaos te echen muy de menos.
47z Así diciendo, partió y siguióle Ayante, varón igual a un dios. Pronto dieron con
Ulises, caro a Zeus, a quien los troyanos acometían por todos lados como los rojizos cha-
cales circundan en el monte a un cornígero ciervo herido por la flecha que un hombre le
disparó con el arco -sálvase el ciervo, merced a sus pies, y huye en tanto que la sangre
está caliente y las rodillas ágiles; póstralo luego la veloz saeta, y, cuando carnívoros
chacales lo despedazan en la espesura de un monte, trae la fortuna un voraz león que,
dispersando a los chacales, devora a aquél-; así entonces muchos y robustos troyanos
arremetían al aguerrido y sagaz Ulises; y el héroe, blandiendo la pica, apartaba de sí la
cruel muerte. Pero llegó Ayante con su escudo como una torre, se puso al lado de Ulises
y los troyanos se espantaron y huyeron a la desbandada. Y el marcial Menelao, asiendo
de la mano al héroe, sacólo de la turba mientras el escudero acercaba el carro.
489 Ayante, acometiendo a los troyanos, mató a Doriclo, hijo bastardo de Príamo, a
hirió a Pándoco, Lisandro, Píraso y Pilartes. Como el hinchado torrente que acreció la
lluvia de Zeus baja rebosante por los montes a la llanura, arrastra muchos pinos y encinas
secas, y arroja al mar gran cantidad de cieno, así entonces el ilustre Ayante desordenaba y
perseguía por el campo a los enemigos y destrozaba corceles y guerreros. Héctor no lo
había advertido, porque peleaba en la izquierda de la batalla, cerca de la orilla del
Escamandro: a11í las cabezas caían en mayor número y un inmenso vocerío se dejaba oír
alrededor del gran Néstor y del marcial Idomeneo. Entre todos revolvíase Héctor, que,
haciendo arduas proezas con su lanza y su habilidad ecuestre, destruía las falanges de
jóvenes guerreros. Y los divinos aqueos no retrocedieran aún, si Alejandro, esposo de
Helena, la de hermosa cabellera, no hubiese puesto fuera de combate a Macaón, pastor de
hombres, mientras descollaba en la pelea, hiriéndolo en la espalda derecha con trifurcada
saeta. Los aqueos, aunque respiraban valor, temieron que la lucha se inclinase, y aquél
fuera muerto. Y al punto habló Idomeneo al divino Néstor:
511 -¡Oh Néstor Nelida, gloria insigne de los aqueos! Ea, sube al carro, póngase
Macaón junto a ti, y dirige presto a las naves los solípedos corceles. Pues un médico vale
por muchos hombres, por su pericia en arrancar flechas y aplicar drogas calmantes.
516 Dijo; y Néstor, caballero gerenio, no dejó de obedecerlo. Subió al carro, y tan
pronto como Macaón, hijo del eximio médico Asclepio, lo hubo seguido, picó con el
látigo a los caballos y éstos volaron de su grado hacia las cóncavas naves, pues les
gustaba volver a ellas.
521 Cebríones, que acompañaba a Héctor en el carro, notó que los troyanos eran
derrotados, y le dijo:
523 -¡Héctor! Mientras nosotros combatimos aquí con los dánaos en un extremo de la
batalla horrísona, los demás troyanos son desbaratados y se agitan en confuso tropel hom-
bres y caballos. Ayante Telamonio es quien los desordena; bien lo conozco por el ancho
escudo que cubre sus espaldas. Enderecemos a aquel sitio los corceles del carro, que a11í
es más empeñada la pelea, mayor la matanza de peones y de los que combaten en carros,
a inmensa la gritería que se levanta.
531 Habiendo hablado así, azotó con el sonoro látigo a los caballos de hermosas crines.
Sintieron éstos el golpe y arrastraron velozmente por entre troyanos y aqueos el veloz ca-
rro, pisando cadáveres y escudos; el eje tenía la parte inferior cubierta de sangre y los
barandales estaban salpicados de sanguinolentas gotas que los cascos de los corceles y las
llantas de las ruedas despedían. Héctor, deseoso de penetrar y deshacer aquel grupo de
hombres, promovía gran tumulto entre los dánaos, no dejaba la lanza quieta, recorría las
filas de aquéllos y peleaba con la lanza, la espada y grandes piedras; solamente evitaba el
encuentro con Ayante Telamonio [porque Zeus se irritaba contra él cuando combatía con
un guerrero más valiente].
544 El padre Zeus, que tiene su trono en las alturas, infundió temor en Ayante y éste se
quedó atónito, se echó a la espalda el escudo formado por siete boyunos cueros, paseó su
mirada por la turba, como una fiera, y retrocedió volviéndose con frecuencia y andando a
paso lento. Como los canes y los pastores del campo ahuyentan del boíl a un tostado león,
y, vigilando toda la noche, no le dejan llegar a los pingües bueyes; y el león, ávido de
carne, acomete furioso y nada consigue, porque caen sobre él multitud de venablos
arrojados por robustas manos y encendidas teas que le dan miedo, y, cuando empieza a
clarear el día, se escapa la fiera con ánimo afligido; así Ayante se alejaba entonces de los
troyanos, contrariado y con el corazón entristecido, porque temía mucho por las naves de
los aqueos. De la suerte que un tardo asno se acerca a un campo, y venciendo la
resistencia de los niños que rompen en sus espaldas muchas varas, penetra en él y
destroza las crecidas mieses; los muchachos lo apalean; pero, como su fuerza es poca,
sólo consiguen echarlo con trabajo, después que se ha hartado de comer; de la misma
manera los animosos troyanos y sus auxiliares, reunidos en gran número, perseguían al
gran Ayante, hijo de Telamón, y le golpeaban el escudo con las lanzas. Ayante unas
veces mostraba su impetuoso valor, y revolviendo detenía las falanges de los troyanos,
domadores de caballos; otras, tornaba a huir; y, moviéndose con furia entre los troyanos y
los aqueos, conseguía que los enemigos no se encaminasen a las veleras naves. Las lanzas
que manos audaces despedían se clavaban en el gran escudo o caían en el suelo delante
del héroe, antes de llegar a su blanca piel, deseosas de saciarse de su carne.
575 Cuando Eurípilo, preclaro hijo de Evemón, vio que Ayante estaba tan abrumado
por los copiosos tiros, se colocó a su lado, arrojó la reluciente lanza y se la clavó en el hí-
gado, debajo del diafragma, a Apisaón Fausíada, pastor de hombres, dejándole sin vigor
las rodillas. Corrió en seguida hacia él y se puso a quitarle la armadura. Pero advirtiólo el
deiforme Alejandro, y disparando el arco contra Eurípilo logró herirlo en el muslo
derecho: la caña de la saeta se rompió, quedó colgando y apesgaba el muslo del guerrero.
Éste retrocedió al grupo de sus amigos, para evitar la muerte, y, dando grandes voces,
decía a los dánaos:
587 -¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los argivos! Deteneos, volved la cara al
enemigo, y librad del día cruel a Ayante que está abrumado por los tiros y no creo que
escape con vida del horrísono combate. Pero deteneos afrontando a los contrarios, y
rodead al gran Ayante, hijo de Telamón.
592 Tales fueron las palabras de Eurípilo al sentirse herido, y ellos se colocaron junto a
él con los escudos sobre los hombros y las picas levantadas. Ayante, apenas se juntó con
sus compañeros, detúvose y volvió la cara a los troyanos.
596 Siguieron, pues, combatiendo con el ardor de encendido fuego; y, entre tanto, las
yeguas de Neleo, cubiertas de sudor, sacaban del combate a Néstor y a Macaón, pastor de
pueblos. Reconoció al último el divino Aquiles, el de los pies ligeros, que desde la popa
de la ingente nave contemplaba la gran derrota y deplorable fuga, y en seguida llamó,
desde la nave, a Patroclo, su compañero: oyólo éste, y, parecido a Ares, salió de la tienda.
Tal fue el origen de su desgracia. El esforzado hijo de Menecio habló el primero,
diciendo:
606 -¿Por qué me llamas, Aquiles? ¿Necesitas de mí?
607 Respondió Aquiles, el de los pies ligeros:
608 -¡Divino Menecíada, carísimo a mi corazón! Ahora espero que los aqueos vendrán
a suplicarme y se postrarán a mis plantas, porque no es llevadera la necesidad en que se
hallan. Pero ve Patroclo, caro a Zeus, y pregunta a Néstor quién es el herido que saca del
combate. Por la espalda tiene gran semejanza con Macaón el Asclepíada, pero no le vi el
rostro; pues las yeguas, deseosas de llegar cuanto antes, pasaron rápidamente por mi lado.
616 Así dijo. Patroclo obedeció al amado compañero y se fue corriendo a las tiendas y
naves aqueas.
618 Cuando aquéllos hubieron llegado a la tienda del Nelida, descendieron del carro al
almo suelo, y Eurimedonte, servidor del anciano, desunció los corceles. Néstor y Macaón
dejaron secar el sudor que mojaba sus corazas, poniéndose al soplo del viento en la orilla
del mar; y, penetrando luego en la tienda, se sentaron en sillas. Entonces les preparó una
mixtura Hecamede, la de hermosa cabellera, hija del magnánimo Arsínoo, que el anciano
se había llevado de Ténedos cuando Aquiles entró a saco en esta ciudad: los aqueos se la
adjudicaron a Néstor, que a todos superaba en el consejo. Hecamede acercó una mesa
magnífica, de pies de acero, pulimentada; y puso encima una fuente de bronce con
cebolla, manjar propio para la bebida, miel reciente y .sacra harina de flor, y una bella
copa guarnecida de áureos clavos que el anciano se había llevado de su palacio y tenía
cuatro asas -Dada una entre dos palomas de oro- y dos sustentáculos. A otro anciano le
hubiese sido difícil mover esta copa cuando después de llenarla se ponía en la mesa, pero
Néstor la levantaba sin esfuerzo. En ella la mujer, que parecía una diosa, les preparó la
bebida: echó vino de Pramnio, raspó queso de cabra con un rallo de bronce, espolvoreó la
mezcla con blanca harina y los invitó a beber así que tuvo compuesto el potaje. Ambos
bebieron, y, apagada la abrasadora sed, se entregaron al deleite de la conversación cuando
Patroclo, varón igual a un dios, apareció en la puerta. Violo el anciano; y, levantándose
del vistoso asiento, le asió de la mano, le hizo entrar y le rogó que se sentara; pero
Patroclo se excusó diciendo:
648 -No puedo sentarme, anciano alumno de Zeus; no lograrás convencerme.
Respetable y temible es quien me envía a preguntar a qué guerrero trajiste herido; pero ya
lo sé, pues estoy viendo a Macaón, pastor de hombres. Voy a llevar, como mensajero, la
noticia a Aquiles. Bien sabes tú, anciano alumno de Zeus, lo violento que es aquel
hombre y cuán pronto culparía hasta a un inocente.
655 Respondióle Néstor, caballero gerenio:
656 -¿Cómo es que Aquiles se compadece de los aqueos que han recibido heridas? ¡No
sabe en qué aflicción está sumido el ejército! Los más fuertes, heridos unos de cerca y
otros de lejos, yacen en las naves. Con arma arrojadiza fue herido el poderoso Tidida
Diomedes; con la pica, Ulises, famoso por su lanza, y Agamenón; a Eurípilo flecháronle
en el muslo, y acabo de sacar del combate a este otro, herido también por una saeta que
un arco despidió. Pero Aquiles, a pesar de su valentía, ni se cura de los dánaos ni se
apiada de ellos. ¿Aguarda acaso que las veleras naves sean devoradas por el fuego
enemigo en la orilla del mar, sin que los argivos puedan impedirlo, y que unos en pos de
otros sucumbamos todos? Ya el vigor de mis ágiles miembros no es el de antes. ¡Ojalá
fuese tan joven y mis fuerzas tan robustas como cuando en la contienda levantada entre
los eleos y nosotros por el robo de bueyes, maté a Itimoneo, al valiente Hiperóquida, que
vivía en la Elide, y tomé represalias! Itimoneo defendía sus vacas, pero cayó en tierra
entre los primeros, herido por el dardo que le arrojó mi mano, y los demás campesinos
huyeron espantados. En aquel campo logramos un espléndido botín: cincuenta vacadas,
otras tantas manadas de ovejas, otras tantas piaras de cerdos, otros tantos rebaños
copiosos de cabras y ciento cincuenta yeguas bayas, muchas de ellas con sus potros.
Aquella misma noche lo llevamos a Pilos, ciudad de Neleo, y éste se alegró en su corazón
de que me correspondiera una gran parte, a pesar de ser yo tan joven cuando fui al com-
bate. Al alborear, los heraldos pregonaron con voz sonora que se presentaran todos
aquéllos a quienes se les debía algo en la divina Élide, y los caudillos pilios repartieron el
botín. Con muchos de nosotros estaban en deuda los epeos, pues, como en Pilos éramos
pocos, nos ofendían; y en años anteriores había venido el fornido Heracles, que nos
maltrató y dio muerte a los principales ciudadanos. De los doce hijos del irreprensible
Neleo, tan sólo yo quedé con vida; todos los demás perecieron. Engreídos los epeos, de
broncíneas corazas, por tales hechos, nos insultaban y urdían contra nosotros inicuas
acciones.-El anciano Neleo tomó entonces un rebaño de bueyes y otro grande de cabras,
escogiendo trescientas de éstas con sus pastores, por la gran deuda que tenía que cobrar
en la divina Élide: había enviado cuatro corceles, vencedores en anteriores juegos,
uncidos a un carro, para aspirar al premio de la carrera, el cual consistía en un trípode; y
Augías, rey de hombres, se quedó con ellos y despidió al auriga, que se fue triste por lo
ocurrido. Airado por tales insultos y acciones, el anciano escogió muchas cosas y dio lo
restante al pueblo, encargando que se distribuyera y que nadie se viese privado de su
respectiva porción. Hecho el reparto, ofrecimos en la ciudad sacrificios a los dioses.- Tres
días después se presentaron muchos epeos con carros tirados por solípedos caballos y
toda la hueste reunida; y entre sus guerreros se hallaban ambos Molión, que entonces
eran niños y no habían mostrado aún su impetuoso valor. Hay una ciudad llamada
Trioesa, en la cima de un monte contiguo al Alfeo, en los confines de la arenosa Pilos: los
epeos quisieron destruirla y la sitiaron. Mas así que hubieron atravesado la llanura,
Atenea descendió presurosa del Olimpo, cual nocturna mensajera, para que tomáramos
las armas, y no halló en Pilos un pueblo indolente, pues todos sentíamos vivos deseos de
combatir. A mí Neleo no me dejaba vestir las armas y me escondió los caballos, no
teniéndome por suficientemente instruido en las cosas de la guerra. Y con todo eso,
sobresalí, siendo infante, entre los nuestros, que combatían en carros; pues fue Atenea la
que dispuso de esta suerte el combate. Hay un río nombrado Minieo, que desemboca en
el mar cerca de Arene: a11í los caudillos de los pilios aguardamos que apareciera la
divina Aurora, y en tanto afluyeron los infantes. Reunidos todos y vestida la armadura,
marchamos, llegando al mediodía a la sagrada corriente del Alfeo. Hicimos hermosos
sacrificios al prepotente Zeus, inmolamos un toro al Alfeo, otro a Posidón y una gregal
vaca a Atenea, la de ojos de lechuza; cenamos sin romper las filas, y dormimos, con la
armadura puesta, a orillas del río. Los magnánimos epeos estrechaban el cerco de la
ciudad, deseosos de destruirla; pero antes de lograrlo se les presentó una gran acción de
Ares. Cuando el resplandeciente sol apareció en to alto, trabamos la batalla, después de
orar a Zeus y a Atenea. Y en la lucha de los pilios con los epeos, fui el primero que mató
a un hombre, al belicoso Mulio, cuyos solípedos corceles me llevé. Era éste yerno de
Augías, por estar casado con la rubia Agamede, la hija mayor, que conocía cuantas
drogas produce la vasta tierra. Y, acercándome a él, le envasé la broncínea lanza, lo
derribé en el polvo, salté a su carro y me coloqué entre los combatientes delanteros. Los
magnánimos epeos huyeron en desorden, aterrorizados de ver en el suelo al hombre que
mandaba a los que combatían en carros y tan fuerte era en la batalla. Lancéme a ellos cual
obscuro torbellino; tomé cincuenta carros, venciendo con mi lanza y haciendo morder la
tierra a los dos guerreros que en cada uno venían; y hubiera matado a entrambos Molión
Actorión, si su padre, el poderoso Posidón, que conmueve la tierra, no los hubiese
salvado, envolviéndolos en espesa niebla y sacándolos del combate. Entonces Zeus
concedió a los pilios una gran victoria. Perseguimos a los eleos por la espaciosa llanura,
matando hombres y recogiendo magníficas armas, hasta que nuestros corceles nos
llevaron a Buprasio, fértil en trigo, la roca Olenia y Alesio, al sitio llamado la colina,
donde Atenea hizo que el ejército se volviera. Allí dejé tendido al último hombre que
maté. Cuando desde Buprasio dirigieron los aqueos los rápidos corceles a Pilos, todos
daban gracias a Zeus entre los dioses y a Néstor entre los hombres. Tal era yo entre los
guerreros, si todo no ha sido un sueño.- Pero del valor de Aquiles sólo se aprovechará él
mismo, y creo que ha de ser grandísimo su llanto cuando el ejército perezca. ¡Oh amigo!
Menecio to hizo un encargo el día en que to envió desde Ftía a Agamenón, estábamos
dentro del palacio yo y el divino Ulises y oímos cuanto aquél to encargó. Nosotros, que
entonces reclutábamos tropas en la fértil Acaya, habíamos llegado a la bien habitada casa
de Peleo, donde encontramos al héroe Menecio, a ti y a Aquiles. Peleo, el anciano jinete,
quemaba dentro del patio pingües muslos de buey en honor de Zeus, que se complace en
lanzar rayos; y con una copa de oro vertía el negro vino en la ardiente llama del
sacrificio, mientras vosotros preparabais carnes de buey. Nos detuvimos en el vestíbulo;
Aquiles se levantó sorprendido, y cogiéndonos de la mano nos introdujo, nos hizo sentar
y nos ofreció presentes de hospitalidad, como se acostumbra hacer con los forasteros.
Satisficimos de bebida y de comida el apetito, y empecé a exhortaros para que os
vinierais con nosotros; ambos to anhelabais y vuestros padres os daban muchos consejos.
El anciano Peleo recomendaba a su hijo Aquiles que descollara siempre y sobresaliera
entre los demás, y a su vez Menecio, hijo de Áctor, lo aconsejaba así: «¡Hijo mío!
Aquiles te aventaja por su abolengo, pero tú le superas en edad; aquél es mucho más
fuerte, pero hazle prudentes advertencias, amonéstalo a instrúyelo y te obedecerá para su
propio bien.» Así lo aconsejaba el anciano, y tú lo olvidas. Pero aún podrías recordárselo
al aguerrido Aquiles y quizás lograras persuadirlo. ¿Quién sabe si con la ayuda de algún
dios conmoverías su corazón? Gran fuerza tiene la exhortación de un amigo. Y si se
abstiene de combatir por algún vaticinio que su madre, enterada por Zeus, le ha revelado,
que a lo menos te envíe a ti con los demás mirmidones, por si llegas a ser la aurora de sal-
vación de los dánaos, y to permita llevar en el combate su magnífica armadura para que
los troyanos te confundan con él y cesen de pelear, los belicosos aqueos que tan abatidos
están se reanimen, y la batalla tenga su tregua, aunque sea por breve tiempo. Vosotros,
que no os halláis extenuados de fatiga, rechazaríais fácilmente de las naves y tiendas
hacia la ciudad a esos hombres que de pelear están cansados.
804 Así dijo, y conmovióle el corazón dentro del pecho. Patroclo fuese corriendo por
entre las naves para volver a la tienda de Aquiles Eácida. Mas cuando, corriendo, llegó a
los bajeles del divino Ulises -allí se celebraba el ágora y se administraba justicia ante los
altares erigidos a los dioses- regresaba del combate, cojeando, Eurípilo Evemónida, del
linaje de Zeus, que había recibido un flechazo en el muslo: abundante sudor corría por su
cabeza y sus hombros, y la negra sangre brotaba de la grave herida, pero su inteligencia
permanecía firme. Violo el esforzado hijo de Menecio, se compadeció de él y,
suspirando, dijo estas aladas palabras:
816 -¡Ah infelices caudillos y príncipes de los dánaos! ¡Así debíais en Troya, lejos de
los amigos y de la patria tierra, saciar con vuestra blanca grasa a los ágiles perros! Pero
dime, héroe Eurípilo, alumno de Zeus: ¿Podrán los aqueos sostener el ataque del ingente
Héctor, o perecerán vencidos por su lanza?
822 Respondióle Eurípilo herido:
823 -¡Patroclo, del linaje de Zeus! Ya no habrá defensa para los aqueos que corren a
refugiarse en las negras naves. Cuantos fueron hasta aquí los más valientes yacen en sus
bajeles, heridos unos de cerca y otros de lejos por mano de los troyanos, cuya fuerza va
en aumento. Pero sálvame llevándome a la negra nave, arráncame la flecha del muslo,
lava con agua tibia la negra sangre que fluye de la herida y ponme en ella drogas
calmantes y salutíferas que, según dicen, te dio a conocer Aquiles, instruido por Quirón,
el más justo de los centauros. Pues de los dos médicos, Podalirio y Macaón, el uno creo
que está herido en su tienda, y a su vez necesita de un buen médico, y el otro sostiene
vivo combate en la llanura troyana.
837 Contestó el esforzado hijo de Menecio:
838 -¿Cómo acabará esto? ¿Qué haremos, héroe Eurípilo? Iba a decir al aguerrido
Aquiles to que Néstor gerenio, protector de los aqueos, me encargó; pero no te dejaré así,
abrumado por el dolor.
842 Dijo; y, cogiendo al pastor de hombres por el pecho, llevólo a la tienda. El
escudero, al verlos venir, extendió en el suelo pieles de buey. Patroclo recostó en ellas a
Eurípilo y sacó del muslo, con la daga, la aguda y acerba flecha; y, después de lavar con
agua tibia la negra sangre, espolvoreó la herida con una raíz amarga y calmante que
previamente había desmenuzado con la mano. La raíz le calmó todos los dolores, secóse
la herida y la sangre dejó de correr.

CANTO XII*
Combate en la muralla
* Los troyanos asaltan con éxito la muralla y el foso del campamento aqueo. Héctor, con una gran piedra,
derriba la puerta de entrada al campamento y abre una vía de acceso a sus tropas.
1 En tanto que el fuerte hijo de Menecio curaba, dentro de la tienda, a Eurípilo herido,
acometíanse confusamente argivos y troyanos. Ya no había de contener a éstos ni el foso
ni el ancho muro que al borde del mismo construyeron los dánaos, sin ofrecer a los dioses
hecatombes perfectas, para que los defendiera a ellos y las veleras naves y el mucho botín
que dentro se guardaba. Levantado el muro contra la voluntad de los inmortales dioses,
no debía subsistir largo tiempo. Mientras vivió Héctor, estuvo Aquiles irritado y la ciudad
del rey Príamo no fue expugnada, la gran muralla de los aqueos se mantuvo firme. Pero,
cuando hubieron muerto los más valientes troyanos, de los argivos unos perecierón y
otros se salvaron, la ciudad de Príamo fue destruida en el décimo año, y los argivos se
embarcaron para regresar a su patria; Posidón y Apolo decidieron arruinar el muro con la
fuerza de los ríos que corren de los montes ideos al mar: el Reso, el Heptáporo, el Careso,
el Rodio, el Gránico, el Esepo, el divino Escamandro y el Simoente, en cuya ribera
cayeron al polvo muchos cascos, escudos de boyuno cuero y la generación de los
hombres semidioses.- Febo Apolo desvió el curso de todos estos ríos y dirigió sus
corrientes a la muralla por espacio de nueve días, y Zeus no cesó de llover para que más
presto se sumergiese en el mar. Iba al frente de aquéllos el mismo Posidón, que bate la
tierra, con el tridente en la mano, y tiró a las olas todos los cimientos de troncos y piedras
que con tanta fatiga echaron los aqueos, arrasó la orilla del Helesponto, de rápida
corriente, enarenó la gran playa en que estuvo el destruido muro y volvió los ríos a los
cauces por donde discurrían sus cristalinas aguas.
34 De tal modo Posidón y Apolo debían proceder más tarde. Entonces ardía el
clamoroso combate al pie del bien labrado muro, y las vigas de las torres resonaban al
chocar de los dardos. Los argivos, vencidos por el azote de Zeus, encerrábanse en el
cerco de las cóncavas naves por miedo a Héctor, cuya valentía les causaba la derrota, y
éste seguía peleando y parecía un torbellino. Como un jabalí o un león se revuelve,
orgulloso de su fuerza, entre perros y cazadores que agrupados le tiran muchos venablos
-la fiera no siente en su ánimo audaz ni temor ni espanto, y su propio valor la mata- y va
de un lado a otro, probando las hileras de los hombres, y se apartan aquéllos hacia los que
se dirige, de igual modo agitábase Héctor entre la turba y exhortaba a sus compañeros a
pasar el foso. Los corceles, de pies ligeros, no se atrevían a hacerlo, y parados en el borde
relinchaban, porque el ancho foso les daba horror. No era fácil, en efecto, salvarlo ni
atravesarlo, pues tenía escarpados precipicios a uno y otro lado, y en su parte alta grandes
y puntiagudas estacas, que los aqueos clavaron espesas para defenderse de los enemigos.
Un caballo tirando de un carro de hermosas ruedas difícilmente hubiera entrado en el
foso, y los peones meditaban si podrían realizarlo. Entonces llegóse Polidamante al audaz
Héctor, y dijo:
61 -¡Héctor y demás caudillos de los troyanos y sus auxiliares! Dirigimos
imprudentemente los veloces caballos al foso, y éste es muy difícil de pasar, porque está
erizado de agudas estacas y a lo largo de él se levanta el muro de los aqueos. Allí no
podríamos apearnos del carro ni combatir, pues se trata de un sitio estrecho donde temo
que pronto seríamos heridos. Si Zeus altitonante, meditando males contra los aqueos,
quiere destruirlos completamente para favorecer a los troyanos, deseo que lo realice
cuanto antes y que aquéllos perezcan sin gloria en esta tierra, lejos de Argos. Pero si los
aqueos se volviesen, y viniendo de las naves nos obligaran a repasar el profundo foso, me
figuro que ni un mensajero podría retornar a la ciudad huyendo de los aqueos que
nuevamente entraran en combate. Ea, procedamos todos como voy a decir. Los escuderos
tengan los caballos en la orilla del foso y nosotros sigamos a Héctor a pie, con armas y
todos reunidos; pues los aqueos no resistirán el ataque si sobre ellos pende la ruina.
80 Así dijo Polidamante, y su prudente consejo plugo a Héctor, el cual, en seguida y sin
dejar las armas, saltó del carro a tierra. Los demás troyanos tampoco permanecieron en
sus carros; pues así que vieron que el divino Héctor lo dejaba, apeáronse todos, mandaron
a los aurigas que pusieran los caballos en línea junto al foso, y, habiéndose ordenado en
cinco grupos, emprendieron la marcha con los respectivos jefes.
88 Iban con Héctor y Polidamante los más y mejores, que anhelaban romper el muro y
pelear cerca de las cóncavas naves; su tercer jefe era Cebríones, porque Héctor había
dejado a otro auriga inferior para cuidar del carro. De otro grupo eran caudillos Paris,
Alcátoo y Agenor. El tercero lo mandaban Héleno y el deiforme Deífobo, hijos de
Príamo, y el héroe Asio Hirtácida, que había venido de Arisbe, de las orillas del río
Seleente, en un carro tirado por altos y fogosos corceles. El cuarto lo regía Eneas,
valiente hijo de Anquises, y con él Arquéloco y Acamante, hijos de Anténor, diestros en
toda suerte de combates. Por último, Sarpedón se puso al frente de los ilustres aliados,
eligiendo por compañeros a Glauco y al belicoso Asteropeo, a quienes tenía por los más
valientes después de sí mismo, pues él descollaba entre todos. Tan pronto como hubieron
embrazado los fuertes escudos y cerrado las filas, marcharon animosos contra los dánaos;
y esperaban que éstos, en vez de oponerles resistencia, se refugiarían en las negras naves.
108 Todos los troyanos y sus auxiliares venidos de lejas tierras siguieron el consejo del
eximio Polidamante, menos Asio Hirtácida, príncipe de hombres, que, negándose a dejar
el carro y al auriga, se acercó con ellos a las veleras naves. ¡Insensato! No había de
librarse de las funestas parcas, ni volver, ufano de sus corceles y de su carro, de las naves
a la ventosa Ilio; porque su hado infausto lo hizo morir atravesado por la lanza del ilustre
Idomeneo Deucálida. Fuese, pues, hacia la izquierda de las naves, al sitio por donde los
aqueos solían volver de la llanura con los caballos y carros; hacia aquel lugar dirigió los
corceles, y no halló las puertas cerradas y aseguradas con el gran cerrojo, porque unos
hombres las tenían abiertas, con el fin de salvar a los compáñeros que, huyendo del
combate, llegaran a las naves. A aquel paraje enderezó los caballos, y los demás to
siguieron dando agudos gritos, porque esperaban que los aqueos, en vez de oponer
resistencia, se refugiarían en las negras naves. ¡Insensatos! En las puertas encontraron a
dos valentísimos guérreros, hijos gallardos de los belicosos lapitas: el esforzado
Polipetes, hijo de Pirítoo, y Leonteo, igual a Ares, funesto a los mortales. Ambos estaban
delante de las altas puertas, como en el monte unas encinas de elevada copa, fijas al suelo
por raíces gruesas y extensas, desafían constantemente el viento y la lluvia; de igual
manera aquéllos, confiando en sus manos y en su valor, aguardaron la llegada del gran
Asio y no huyeron. Los troyanos se encaminaron con gran alboroto al bien construido
muro, levantando los escudos de secas pieles de buey, mandados por el rey Asio,
Yámeno, Orestes, Adamante Asíada, Toón y Enómao. Polipetes y Leonteo hallábanse
dentro a instigaban a los aqueos, de hermosas grebas, a pelear por las naves; mas, así que
vieron a los tróyanos atacando la muralla y a los dánaos en clamorosa fuga, salieron
presurosos a combatir delante de las puertas, semejantes a montaraces jabalíes que en el
monte son terrero de la acometida de hombres y canes, y en curva carrera tronchan y
arrancan de raíz las plantas de la selva, dejando oír el crujido de sus dientes, hasta que los
hombres, tirándoles venablos, les quitan la vida; de parecido modo resonaba el luciente
bronce en el pecho de los héroes a los golpes que recibían, pues peleaban con gran
denuedo, confiando en los guerreros de encima de la muralla y en su propio valor. Desde
las torres bien construidas los aqueos tiraban para defenderse a sí mismos, las tiendas y
las naves de ligero andar. Como caen al suelo los copos de nieve que impetuoso viento,
agitando las pardas nubes, derrama en abundancia sobre la fértil tierra, así llovían los
dardos que arrojaban aqueos y troyanos, y lbs cascos y abollonados escudos sonaban
secamente al chocar con ellos las ingentes piedras. Entonces Asio Hirtácida, dando un
gemido y golpeándose el muslo, exclamó indigando:
164 -¡Padre Zeus! Muy falaz te has vuelto, pues yo no esperaba que los héroes aqueos
opusieran resistencia a nuestro valor a invictas manos. Como las abejas o las flexibles
avispas que han anidado en fragoso camino y no abandonan su hueca morada al acercarse
los cazadores, sino que luchan por los hijuelos, así aquéllos, con ser dos solamente, no
quieren retirarse de las puertas mientras no perezcan, o la libertad no pierdan.
173 Así dijo; pero sus palabras no cambiaron la mente de Zeus, que deseaba conceder
cal gloria a Héctor.
175 Otros peleaban delante de otras puertas, y me sería difícil, no siendo un dios,
contarlo todo. Por doquiera ardía el combate al pie del lapídeo muro; los argivos, aunque
llenos de angustia, veíanse obligados a defender las naves; y estaban apesarados todos los
dioses que en la guerra protegían a los dánaos. Entonces fue cuando los lapitas
empezaron el combate y la refriega.
182 El fuerte Polipetes, hijo de Pintoo, hirió a Dámaso con la lanza por el casco de
broncíneas carrilleras: el casco de bronce no detuvo a aquélla cuya punta, de bronce
también, rompió el hueso; conmovióse el cerebro y el guerrero sucumbió mientras
combatía con denuedo. Aquél mató luego a Pilón y a órmeno. Leonteo, hijo de Antímaco
y vástago de Ares, arrojó un dardo a Hipómaco y se lo clavó junto al ceñidor; luego
desenvainó la aguda espada, y, acometiendo por en medio de la muchedumbre a
Antífates, lo hirió y lo tiró de espaldas; y después derribó sucesivamente a Menón, Yá-
meno y Orestes, que fueron cayendo al almo suelo.
195 Mientras ambos héroes quitaban a los muertos las lucientes armas, adelantaron la
marcha con Polidamante y Héctor los más y más valientes de los jóvenes, que sentían un
vivo deseo de romper el muro y pegar fuego a las naves. Pero detuviéronse indecisos en
la orilla del foso, cuando ya se disponían a atravesarlo, por haber aparecido encima de
ellos, y dejando el pueblo, a la izquierda, un ave agorera: un águila de alto vuelo,
llevando en las garras un enorme dragón sangriento, vivo, que se estremecía y no se había
olvidado de la lucha, pues encorvándose hacia atrás hirióla en el pecho, cerca del cuello.
El águila, penetrada de dolor, dejó caer el dragón en medio de la turba; y, chillando, voló
con la rapidez del viento. Los troyanos estremeciéronse al ver en medio de ellos la
manchada sierpe, prodigio de Zeus, que lleva la égida. Entonces acercóse Polidamante al
audaz Héctor, y le dijo:
211 -¡Héctor! Siempre me increpas en las juntas, aunque lo que proponga sea bueno;
mas no es decoroso que un ciudadano hable en las reuniones o en la guerra contra lo de-
bido, sólo para acrecentar tu poder. También ahora he de manifestar lo que considero
conveniente. No vayamos a combatir con los dánaos cerca de las naves. Creo que nos
ocurrirá lo que diré, si vino realmente para los troyanos, cuando deseaban atravesar el
foso, esta ave agorera: un águila de alto vuelo, que dejaba el pueblo a la izquierda y
llevaba en las garras un enorme dragón sangriento y vivo, y lo hubo de soltar presto antes
de llegar al nido y darlo a sus polluelos. De semejante modo, si con gran ímpetu
rompemos ahora las puertas y el muro, y los aqueos retroceden, luego no nos será posible
volver de las naves en buen orden por el mismo camino; y dejaremos a muchos troyanos
tendidos en el suelo, a los cuales los aqueos, combatiendo en defensa de sus naves,
habrán muerto con las broncíneas armas. Así lo interpretaría un augur que, por ser muy
entendido en prodigios, mereciera la confianza del pueblo.
230 Encarándole la torva vista, respondió Héctor, el de tremolante casco:
231 -¡Polidamante! No me place lo que propones y podías haber pensado algo mejor. Si
realmente hablas con seriedad, los mismos dioses te han hecho perder el juicio; pues me
aconsejas que, olvidando las promesas que Zeus tonante me hizo y ratificó luego,
obedezca a las aves aliabiertas, de las cuales no me cuido ni en ellas paro mientes, sea
que vayan hacia la derecha por donde aparecen la aurora y el sol, sea que se dirijan a la
izquierda, al tenebroso ocaso. Confiemos en las promesas del gran Zeus, que reina sobre
todos, mortales a inmortales. El mejor agüero es éste: combatir por la patria. ¿Por qué te
dan miedo el combate y la pelea? Aunque los demás fuéramos muertos en las naves
argivas, no debieras temer por to vida; pues ni tu corazón es belicoso, ni te permite
aguardar a los enemigos. Y si dejas de luchar, o con tus palabras logras que otro se
abstenga, pronto perderás la vida, herido por mi lanza.
251 Así, habiendo hablado, echó a andar. Siguiéronlo todos con fuerte gritería, y Zeus,
que se complace en lanzar rayos, enviando desde los montes ideos un viento borrascoso,
levantó gran polvareda en las naves, abatió el ánimo de los aqueos, y dio gloria a los
troyanos y a Héctor, que, fiados en las prodigiosas señales del dios y en su propio valor,
intentaban romper la gran muralla aquea. Arrancaban las almenas de las torres, demolían
los parapetos y derribaban los zócalos salientes que los aqueos habían hecho estribar en el
suelo para que sostuvieran las torres. También tiraban de éstas, con la esperanza de
romper el muro de los aqueos. Mas los dánaos no les dejaban libre el camino, y,
protegiendo los parapetos con boyunas pieles, herían desde allí a los enemigos que al pie
de la muralla se encontraban.
265 Los dos Ayantes recorrían las torres, animando a los aqueos y excitando su valor; a
todas partes iban, y a uno le hablaban con suaves palabras y a otro le reñían con duras
frases porque flojeaba en el combate:
2H -¡Oh amigos, ya entre los argivos seáis los preeminentes, los mediocres o los
peores, pues no todos los hombres son iguales en la guema! Ahora el trabajo es común a
todos y vosotros mismos to conocéis. Nadie se vuelva atrás, hacia los bajeles, por oír las
amenazas de un troyano; id adelante y animaos mutuamente, por si Zeus olímpico,
fulminador, nos permite rechazar el ataque y perseguir a los enemigos hasta la ciudad.
277 Dando tales voces animaban a los aqueos para que combatieran. Cuan espesos caen
los copos de nieve cuando en un día de invierno Zeus decide nevar, mostrando sus armas
a los hombres, y, adormeciendo los vientos, nieva incesantemente hasta que cubre las
cimas y los riscos de los montes más altos, las praderas cubiertas de loto y los fértiles
campos cultivados por el hombre, y la nieve se extiende por los puertos y playas del
espumoso mar, y únicamente la detienen las olas, pues todo lo restante queda cubierto
cuando arrecia la nevada de Zeus, así, tan espesas, volaban las piedras por ambos lados,
las unas hacia los troyanos y las otras de éstos a los aqueos, y el estrépito se elevaba so-
bre todo el muro.
290 Mas los troyanos y el esclarecido Héctor no habrían roto aún las puertas de la
muralla y el gran cerrojo, si el próvido Zeus no hubiese incitado a su hijo Sarpedón
contra los argivos, como a un león contra bueyes de retorcidos cuernos. Sarpedón levantó
en seguida el escudo liso, hermoso, protegido por planchas de bronce, obra de un
broncista que sujetó muchas pieles de buey con varitas de oro prolongadas por ambos
lados hasta el borde circular; alzando, pues, la rodela y blandiendo un par de lanzas, se
puso en marcha como el montaraz león que en mucho tiempo no ha probado la carne y su
ánimo audaz le impele a acometer un rebaño de ovejas yendo a la alquería sólidamente
construida; y, aunque en ella encuentre pastores que, armados con venablos y provistos
de perros, guardan las ovejas, no quiere que lo echen del establo sin intentar el ataque,
hasta que, saltando dentro, o consigue hacer presa o es herido por un venablo que ágil
mano le arroja; del mismo modo, el deiforme Sarpedón se sentía impulsado por su ánimo
a asaltar el muro y destruir los parapetos. Y en seguida dijo a Glauco, hijo de Hipóloco:
310 -¡Glauco! ¿Por qué a nosotros nos honran en la Licia con asientos preferentes,
manjares y copas de vino, y todos nos miran como a dioses, y poseemos campos grandes
y magníficos a orillas del Janto, con viñas y tierras de pan llevar? Preciso es que ahora
nos sostengamos entre los más avanzados y nos lancemos a la ardiente pelea, para que
diga alguno de los licios, armados de fuertes corazas: «No sin gloria imperan nuestros
reyes en la Licia; y si comen pingües ovejas y beben exquisito vino, dulce como la miel,
también son esforzados, pues combaten al frente de los licios». ¡Oh amigo! Ojalá que,
huyendo de esta batalla, nos libráramos para siempre de la vejez y de la muerte, pues ni
yo me batiría en primera fila, ni to llevaría a la lid, donde los varones adquieren gloria;
pero, como son muchas las clases de muerte que penden sobre los mortales, sin que éstos
puedan huir de ellas ni evitarlas, vayamos y daremos gloria a alguien, o alguien nos la
dará a nosotros.
329 Así dijo; y Glauco ni retrocedió ni fue desobediente. Ambos fueron adelante en
línea recta, siguiéndoles la numerosa hueste de los iicios. Estremecióse al advertirlo
Menesteo, hijo de Péteo, pues se encaminaban hacia su torre, llevando consigo la ruina.
Ojeó la cohorte de los aqueos, por si divisaba a algún jefe que librara del peligro a los
compañeros, y distinguió a entrambos Ayantes, incansables en el combate, y a Teucro,
recién salido de la tienda, que se hallaban cerca. Pero no podía hacerse oír por más que
gritara, porque era tanto el estrépito, que el ruido de los escudos al parar los golpes, el de
los cascos guarnecidos con crines de caballo, y el de las puertas, llegaba al cielo; todas las
puertas se hallaban cerradas, y los troyanos, detenidos por las mismas, intentaban pe-
netrar rompiéndolas a viva fuerza. Y Menesteo decidió enviar a Tootes, el heraldo, para
que llamase a Ayante:
343 -Ve, divino Tootes, y llama corriendo a Ayante, o mejor a los dos; esto sería
preferible, pues pronto habrá aquí gran estrago. ¡Tal carga dan los caudillos licios, que
siempre han sido sumamente impetuosos en las encarnizadas peleas! Y si también a11í se
ha promovido recio combate, venga por lo menos el esforzado Ayante Telamonio y
sígalo Teucro, excelente arquero.
351 Así dijo; y el heraldo oyólo y no desobedeció. Fuese corriendo a lo largo del muro
de los aqueos, de broncíneas corazas, se detuvo cerca de los Ayantes, y les habló en estos
términos:
354 -.-¡Ayantes, jefes de los argivos, de broncíneas corazas! El caro hijo de Péteo,
alumno de Zeus, os ruega que vayáis a tener parte en la refriega, aunque sea por breve
tiempo. Que fuerais los dos, sería preferible; pues pronto habrá a11í gran estrago. ¡Tal
carga dan los caudillos licios, que siempre han sido sumamente impetuosos en las
encarnizadas peleas! Y si también aquí se ha promovido recio combate, vaya por lo me-
nos el esforzado Ayante Telamonio y sígalo Teucro, excelente arquero.
364 Así habló; y el gran Ayante Telamonio no fue desobediente. En el acto dijo al
Oilíada estas aladas palabras:
366 -¡Ayante! Vosotros, tú y el fuerte Licomedes, seguid aquí y alentad a los dánaos
para que peleen con denuedo. Yo voy a11á, combatiré con aquéllos, y volveré tan pronto
como los haya socorrido.
370 Así habiendo hablado, Ayante Telamonio partió y con él fueron Teucro, su
hermano de padre, y Pandión, que llevaba el corvo arco de Teucro. Llegaron a la torre del
magnánimo Menesteo, y, penetrando en el muro, se unieron a los defensores que ya se
veían acosados; pues los caudillos y esforzados príncipes de los licios asaltaban los
parapetos como un obscuro torbellino. Trabaron el combate y se produjo gran vocerío.
378 Fue Ayante Telamonio el primero que mató a un hombre, al magnánimo Epicles,
compañero de Sarpedón, arrojándole una piedra grande y áspera que había dentro del
muro, en la parte más alta, cerca del parapeto. Difícilmente habría podido sospesarla con
ambas manos uno de los actuales jóvenes, y aquél la levantó y, tirándola desde lo alto a
Epicles, rompióle el casco de cuatro abolladuras y aplastóle los huesos de la cabeza; el
troyano cayó de la elevada torre como salta un buzo, y el alma separóse de los miembros.
Teucro, desde to alto de la muralla, disparó una flecha a Glauco, esforzado hijo de
Hipóloco, que valeroso acometía; y, dirigiéndola adonde vio que el brazo aparecía
desnudo, to puso fuera de combate. Saltó Glauco y se alejó del muro, ocultándose para
que ningún aqueo, al advertir que estaba herido, profiriera jactanciosas palabras.
Apesadumbróse Sarpedón al notario; mas no por esto se olvidó de la pelea, pues,
habiendo alcanzado a Alcmaón Testórida, le envasó la lanza, que al punto volvió a sacar:
el guerrero, siguiendo la lanza, dio de cara en el suelo, y las broncíneas labradas armas
resonaron. Después, cogiendo con sus robustas manos un parapeto, tiró del mismo y lo
arrancó entero; quedó el muro desguarnecido en su parte superior y con ello se abrió
camino para muchos.
400 Pero en el mismo instante acertáronle a Sarpedón Ayante y Teucro: éste atravesó
con una flecha el lustroso correón del gran escudo, cerca del pecho; mas Zeus apartó de
su hijo las parcas, para que no sucumbiera junto a las naves; Ayante, arremetiendo, dio un
bote de lanza en el escudo: la punta no lo atravesó, pero hizo vacilar al héroe cuando se
disponía para el ataque. Sarpedón se apartó un poco del parapeto, pero no se retiró del
todo, porque en su ánimo deseaba alcanzar gloria. Y volviéndose a los licios, iguales a los
dioses, los exhortó diciendo:
409 -¡Oh licios! ¿Por qué se afloja tanto vuestro impetuoso valor? Difícil es que yo
solo, aunque haya roto la muralla y sea valiente, pueda abrir camino hasta las naves.
Ayudadme todos, pues la obra de muchos siempre resulta mejor.
413 Así habló. Los licios, temiendo la reconvención del rey, junto con éste y con
mayores bríos que antes, cargaron a los argivos; quienes, a su vez, cerraron las filas de las
falanges dentro del muro, porque era grande la acción que se les presentaba. Y ni los
bravos licios, a pesar de haber roto el muro de los dánaos, lograban abrirse paso hasta las
naves; ni los belicosos dánaos podían rechazar de la muralla a los licios desde que a la
misma se habían acercado. Como dos hombres altercan, con la medida en la mano, sobre
los lindes de campos contiguos y se disputan un pequeño espacio, así, licios y dánaos
estaban separados por los parapetos, y por cima de los mismos hacían chocar delante de
los pechos las rodelas de boyuno cuero y los ligeros broqueles. Ya muchos combatientes
habían sido heridos con el cruel bronce, unos en la espalda, que al volverse dejaron
indefensa, otros por entre el mismo escudo. Por doquiera torres y parapetos estaban
regados con sangre de troyanos y aqueos. Mas ni aun así los troyanos podían hacer volver
la espalda a los aqueos. Como una honrada obrera coge un peso y lana y los pone en los
platillos de una balanza, equilibrándolos hasta que quedan iguales, para llevar a sus hijos
el miserable salario, así el combate y la pelea andaban iguales para unos y otros, hasta
que Zeus quiso dar excelsa gloria a Héctor Priámida, el primero que asaltó el muro
aqueo. El héroe, con pujante voz, gritó a los troyanos:
440 -¡Acometed, troyanos domadores de caballos! Romped el muro de los argivos y
arrojad a las naves el fuego abrasador.
442 Así dijo para excitarlos. Escucháronlo todos; y reunidos fuéronse derechos al muro,
subieron y pasaron por encima de las almenas, llevando siempre en las manos las afiladas
lanzas.
445 Héctor cogió entonces una piedra de ancha base y aguda punta que había delante de
la puerta: dos de los más forzudos hombres del pueblo, tales como son hoy, con dificultad
hubieran podido cargarla en un carro; pero aquél la manejaba fácilmente porque el hijo
del artero Crono la volvió liviana. Bien así como el pastor lleva en una mano el vellón de
un carnero, sin que el peso lo fatigue, Héctor, alzando la piedra, la conducía hacia las
tablas que fuertemente unidas formaban las dos hojas de la alta puerta y estaban
aseguradas por dos cerrojos puestos en dirección contraria, que abría y cerraba una sola
llave. Héctor se detuvo delante de la puerta, separó los pies, y, estribando en el suelo para
que el golpe no fuese débil, arrojó la piedra al centro de aquélla: rompiéronse ambos
quiciales, cayó la piedra dentro por su propio peso, recrujieron las tablas, y, como los
cerrojos no ofrecieron bastante resistencia, desuniéronse las hojas y cada una fue por su
lado, al impulso de la piedra. El esclarecido Héctor, que por su aspecto a la rápida noche
semejaba, saltó al interior: el bronce relucía de un modo terrible en torno de su cuerpo, y
en la mano llevaba dos lanzas. Nadie, a no ser un dios, hubiera podido salirle al encuentro
y detenerlo cuando traspuso la puerta. Sus ojos brillaban como el fuego. Y volviéndose a
la turba, alentaba a los troyanos para que pasaran la muralla. Obedecieron, y mientras
unos asaltaban el muro, otros afluían a las bien construidas puertas. Los dánaos
refugiáronse en las cóncavas naves y se promovió un gran tumulto.

CANTO XIII*
Batalla junto a las naves
* Zeus, cuya voluntad dirigía los acontecimientos, abandona de momento sus planes, y Posidón
aprovecha la circunstancia para organizar la resistencia en el bando aqueo. Al sufrir la presión de los
troyanos por la izquierda y por el centro, inician el contraataque por la derecha.

1 Cuando Zeus hubo acercado a Héctor y los troyanos a las naves, dejó que sostuvieran
el trabajo y la fatiga de la batalla, y, volviendo a otra parte sus ojos refulgentes, miraba a
lo lejos la tierra de los tracios, diestros jinetes; de los misios, que combaten de cerca; de
los ilustres hipomolgos, que se alimentan con leche; y de los abios, los más justos de los
hombres. Y ya no volvió a poner los brillantes ojos en Troya, porque su corazón no temía
que inmortal alguno fuera a socorrer ni a los troyanos ni a los dánaos.
10 Pero no en vano el poderoso Posidón, que bate la tierra, estaba al acecho en la
cumbre más alta de la selvosa Samotracia contemplando la lucha y la pelea. Desde a11í
se divisaba todo el Ida, la ciudad de Príamo y las naves aqueas. En aquel sitio habíase
sentado Posidón al salir del mar; y compadecía a los aqueos, vencidos por los troyanos, a
la vez que cobraba gran indignación contra Zeus.
17 Pronto Posidón bajó del escarpado monte con ligera planta; las altas colinas y las
selvas temblaban debajo de los pies inmortales, mientras el dios iba andando. Dio tres
pasos, y al cuarto arribó al término de su viaje, a Egas; a11í, en las profundidades del
mar, tenía palacios magníficos, de oro, resplandecientes a indestructibles. Luego que
hubo llegado, unció al carro un par de corceles de cascos de bronce y áureas crines que
volaban ligeros; y seguidamente envolvió su cuerpo en dorada túnica, tomó el látigo de
oro hecho con arte, subió al carro y lo guió por cima de las olas. Debajo saltaban los
cetáceos, que salían de sus escondrijos, reconociendo al rey; el mar abría, gozoso, sus
aguas, y los ágiles caballos con apresurado vuelo y sin dejar que el eje de bronce se
mojara conducían a Posidón hacia las naves de los aqueos.
32 Hay una vasta gruta en lo hondo del profundo mar entre Ténedos y la escabrosa
Imbros; y, al llegar a ella, Posidón, que bate la tierra, detuvo los corceles, desunciólos del
carro, dioles a comer un pasto divino, púsoles en los pies trabas de oro indestructibles a
indisolubles, para que sin moverse de aquel sitio aguardaran su regreso, y se fue al
ejército de los aqueos.
39 Los troyanos, enardecidos y semejantes a una llama o a una tempestad, seguían
apiñados a Héctor Priámida con alboroto y vocerío; y tenían esperanzas de tomar las
naves de los aqueos y matar entre ellas a todos sus caudillos.
43 Mas Posidón, que ciñe y bate la tierra, asemejándose a Calcante en el cuerpo y en la
voz infatigable, incitaba a los argivos desde que salió del profundo mar, y dijo a los
Ayantes, que ya estaban deseosos de combatir:
47 -¡Ayantes! Vosotros salvaréis a los aqueos si os acordáis de vuestro valor y no de la
fuga horrenda. No me ponen en cuidado las audaces manos de los troyanos que asaltaron
en tropel la gran muralla, pues a todos resistirán los aqueos, de hermosas grebas; pero es
de temer, y mucho, que padezcamos algún daño en esta parte donde aparece a la cabeza
de los suyos el rabioso Héctor, semejante a una llama, el cual blasona de ser hijo del
prepotente Zeus. Una deidad levante el ánimo en vuestro pecho para resistir firmemente y
exhortar a los demás; con esto podríais rechazar a Héctor de las naves, de ligero andar,
por furioso que estuviera y aunque fuese el mismo Olímpico quien to instigara.
59 Dijo así Posidón, que ciñe y bate la tierra; y, tocando a entrambos con el cetro,
llenólos de fuerte vigor y agilitóles todos los miembros y especialmente los pies y las
manos. Y como el gavilán de ligeras alas se arroja, después de elevarse a una altísima y
abrupta peña, enderezando el vuelo a la llanura para perseguir a un ave, de aquel modo
apartóse de ellos Posidón, que bate la tierra. El primero que le reconoció fue el ágil
Ayante de Oileo, quien dijo al momento a Ayante, hijo de Telamón:
68 -¡Ayante! Un dios del Olimpo nos instiga, transfigurado en adivino, a pelear cerca
de las naves; pues ése no es Calcante, el inspirado augur: he observado las huellas que
dejan sus plantas y su andar, y a los dioses se les reconoce fácilmente. En mi pecho el
corazón siente un deseo más vivo de luchar y combatir, y mis manos y pies se mueven
con impaciencia.
76 Respondió Ayante Telamonio:
77 -También a mí se me enardecen las audaces manos en torno de la lanza y mi fuerza
aumenta y mis pies saltan, y deseo pelear yo solo con Héctor Priámida, cuyo furor es
insaciable.
81 Así éstos conversaban, alegres por el bélico ardor que una deidad puso en sus
corazones; en tanto, Posidón, que ciñe la tierra, animaba a los aqueos de las últimas filas,
que junto a las veleras naves reparaban las fuerzas. Tenían los miembros relajados por el
penoso cansancio, y se les llenó el corazón de pesar cuando vieron que los troyanos
asaltaban en tropel la gran muralla: contemplábanlo con los ojos arrasados de lágrimas y
no creían escapar de aquel peligro. Pero Posidón, que bate la tierra, intervino y reanimó
fácilmente las esforzadas falanges. Fue primero a incitar a Teucro, Leito, el héroe
Penéleo, Toante, Deípiro, Meriones y Antíloco, aguerridos campeones, y, para alentarlos,
les dijo estas aladas palabras:
95 -¡Qué vergüenza, argivos jóvenes adolescentes! Figurábame que peleando
conseguiríais salvar nuestras naves; pero, si cejáis en el funesto combate, ya luce el día en
que sucumbiremos a manos de los troyanos. ¡Oh dioses! Veo con mis ojos un prodigio
grande y terrible que jamás pensé que llegara a realizarse. ¡Venir los troyanos a nuestros
bajeles! Parecíanse antes a las medrosas ciervas que vagan por el monte, débiles y sin
fuerza para la lucha, y son el pasto de chacales, panteras y lobos; semejantes a ellas,
nunca querrán los troyanos afrontar a los aqueos, aunque fuese un instante, ni osaban
resistir su valor y sus manos. Y ahora pelean lejos de la ciudad, junto a las naves, por la
culpa del caudillo y la indolencia de los hombres que, no obrando de acuerdo con él, se
niegan a defender los bajeles, de ligero andar, y reciben la muerte cerca de los mismos.
Mas, aunque el héroe Atrida, el poderoso Agamenón, sea el verdadero culpable de todo,
porque ultrajó al Pelida de pies ligeros, en modo alguno nos es lícito dejar de combatir.
Remediemos con presteza el mal, que la mente de los buenos es aplacable. No es
decoroso que decaiga vuestro impetuoso valor, siendo como sois los más valientes del
ejército. Yo no increparía a un hombre tímido porque se abstuviera de pelear; pero contra
vosotros se enciende en ira mi corazón. ¡Oh cobardes! Con vuestra indolencia haréis que
pronto se agrave el mal. Poned en vuestros pechos vergüenza y pundonor, ahora que se
promueve esta gran contienda. Ya el fuerte Héctor, valiente en la pelea, combate cerca de
las naves y ha roto las puertas y el gran cerrojo.
125 Con tales amonestaciones, el que ciñe la tierra instigó a los aqueos. Rodeaban a
ambos Ayantes fuertes falanges que hubieran declarado irreprensibles Ares y Atenea, que
enardece a los guerreros, si por ellas se hubiesen entrado. Los tenidos por más valientes
aguardaban a los troyanos y al divino Héctor, y las astas y los escudos se tocaban en las
cerradas filas: la rodela apoyábase en la rodela, el yelmo en otro yelmo, cada hombre en
su vecino, y chocaban los penachos de crines de caballo y los lucientes conos de los
cascos cuando alguien inclinaba la cabeza. ¡Tan apiñadas estaban las filas! Cruzábanse
las lamas, que blandían audaces manos, y ellos deseaban arremeter a los enemigos y
trabar la pelea.
136 Los troyanos acometieron unidos, siguiendo a Héctor, que deseaba ir en derechura
a los aqueos. Como la piedra insolente que cae de una cumbre y lleva consigo la ruina,
porque se ha desgajado, cediendo a la fuerza de torrencial avenida causada por la mucha
lluvia, y desciende dando tumbos con ruido que repercute en el bosque, corre segura
hasta el llano, y a11í se detiene, a pesar de su ímpetu, de igual modo Héctor amenazaba
con atravesar fácilmente por las tiendas y naves aqueas, matando siempre, y no detenerse
hasta el mar; pero encontró las densas falanges, y tuvo que hacer alto después de un
violento choque. Los aqueos le afrontaron; procuraron herirlo con las espadas y lanzas de
doble filo, y apartáronle de ellos, de suerte que fue rechazado, y tuvo que retroceder. Y
con voz penetrante gritó a los troyanos:
150 -¡Troyanos, licios, dárdanos que cuerpo a cuerpo peleáis! Persistid en el ataque;
pues los aqueos no me resistirán largo tiempo, aunque se hayan formado en columna
cerrada; y creo que mi lanza les hará retroceder pronto, si verdaderamente me impulsa el
dios más poderoso, el tonante esposo de Hera.
155 Con estas palabras les excitó a todos el valor y la fuerza. Entre los troyanos iba
muy ufano Deífobo Priámida, que se adelantaba ligero y se cubría con el liso escudo.
Meriones arrojóle una reluciente lanza, y no erró el tiro: acertó a dar en la rodela hecha de
pieles de toro, sin conseguir atravesarla, porque aquélla se rompió en la unión del asta
con el hierro. Deífobo apartó de sí el escudo de pieles de toro, temiendo la lanza del
aguerrido Meriones; y este héroe retrocedió al grupo de sus amigos, muy disgustado, así
por la victoria perdida, como por la rotura del arma, y luego se encaminó a las tiendas y
naves aqueas para tomar otra lanza grande de las que en su bajel tenía.
169 Los demás combatían, y una vocería inmensa se dejaba oír. Teucro Telamonio fue
el primero que mató a un hombre, al belicoso Imbrio, hijo de Méntor, rico en caballos.
Antes de llegar los aqueos, Imbrio moraba en Pedeo con su esposa Medesicasta, hija
bastarda de Príamo; mas así que llegaron las corvas naves de los dánaos, volvió a Ilio,
descolló entre los troyanos y vivió en el palacio de Príamo, que le honraba como a sus
propios hijos. Entonces el hijo de Telamón hirióle debajo de la oreja con la gran lanza,
que retiró en seguida; y el guerrero cayó como el fresno nacido en una cumbre que desde
lejos se divisa, cuando es cortado por el bronce y vienen al suelo sus tiernas hojas. Así
cayó Imbrio, y sus armas, de labrado bronce, resonaron. Teucro acudió corriendo,
movido por el deseo de quitarle la armadura; pero Héctor le tiró una reluciente lanza;
violo aquél y hurtó el cuerpo, y la broncínea punta se clavó en el pecho de Anfímaco, hijo
de Ctéato Actorión, que acababa de entrar en combate. El guerrero cayó con estrépito, y
sus armas resonaron. Héctor fue presuroso a quitarle al magnánimo Anfímaco el casco
que llevaba adaptado a las sienes; Ayante levantó, a su vez, la reluciente lanza contra
Héctor, y si bien no pudo hacerla llegar a su cuerpo, protegido todo por horrendo bronce,
diole un bote en medio del escudo, y rechazó al héroe con gran ímpetu; éste dejó los
cadáveres, y los aqueos los retiraron. Estiquio y el divino Menesteo, caudillos atenienses,
llevaron a Anfímaco al campamento aqueo; y los dos Ayantes, que siempre anhelaban la
impetuosa pelea, levantaron el cadáver de Imbrio. Como dos leones que, habiendo
arrebatado una cabra a unos perros de agudos dientes, la llevan en la boca por los espesos
matorrales, en alto, levantada de la tierra, así los belicosos Ayantes, alzando el cuerpo de
Imbrio, lo despojaron de las armas; y el Oilíada, irritado por la muerte de Anfímaco, le
separó la cabeza del tierno cuello y la hizo rodar por entre la turba, cual si fuese una bola,
hasta que cayó en el polvo a los pies de Héctor.
206 Entonces Posidón, airado en el corazón porque su nieto había sucumbido en la
terrible pelea, se fue hacia las tiendas y naves de los aqueos para reanimar a los dánaos y
causar males a los troyanos. Encontróse con él Idomeneo, famoso por su lanza, que
volvía de acompañar a un amigo a quien sacaron del combate porque los troyanos le
habían herido en la corva con el agudo bronce. Idomeneo, una vez to hubo confiado a los
médicos, se encaminaba a su tienda, con intención de volver a la batalla. Y el poderoso
Posidón, que bate la tierra, díjole, tomando la voz de Toante, hijo de Andremón, que en
Pleurón entera y en la excelsa Calidón reinaba sobre los etolios y era honrado por el
pueblo cual si fuese un dios:
219 -¡Idomeneo, príncipe de los cretenses! ¿Qué se hicieron las amenazas que los
aqueos hacían a los troyanos?
221 Respondió Idomeneo, caudillo de los cretenses:
222 -¡Oh Toante! No creo que ahora se pueda culpar a ningún guerrero, porque todos
sabemos combatir y nadie está poseído del exánime terror, ni deja por flojedad la funesta
batalla; sin duda debe de ser grato al prepotente Cronida que los aqueos perezcan sin
gloria en esta tierra, lejos de Argos. Mas, oh Toante, puesto que siempre has sido
belicoso y sueles animar al que ves remiso, no dejes de pelear y exhorta a los demás
varones.
231 Contestó Posidón, que bate la tierra:
232 -¡Idomeneo! No vuelva desde Troya a su patria y venga a ser juguete de los perros
quien en el día de hoy deje voluntariamente de combatir. Ea, toma las armas y ven a mi
lado; apresurémonos por si, a pesar de estar solos, podemos hacer algo provechoso. Nace
una fuerza de la unión de los hombres, aunque sean débiles; y nosotros somos capaces de
luchar con los valientes.
239 Dichas estas palabras, el dios se entró de nuevo por el combate de los hombres; a
Idomeneo, yendo a la bien construida tienda, vistió la magnífica armadura, tomó un par
de lanzas y volvió a salir, semejante al encendido relámpago que el Cronión agita en su
mano desde el resplandeciente Olimpo para mostrarlo a los hombres como señal, tanto
centelleaba el bronce en el pecho de Idomeneo mientras éste corría. Encontróse con él, no
muy lejos de la tienda, el valiente escudero Meriones, que iba en busca de una lanza; y el
fuerte Diomedes dijo:
249 -¡Meriones, hijo de Molo, el de los pies ligeros, mi companero más querido! ¿Por
qué vienes, dejando el combate y la pelea? ¿Acaso estás herido y te agobia puntiaguda
flecha? ¿Me traes, quizás, alguna noticia? Pues no deseo quedarme en la tienda, sino
pelear.
234 Respondióle el prudente Meriones:
Zss -¡Idomeneo, príncipe de los cretenses, de broncíneas corazas! Vengo por una lanza,
si la hay en tu tienda; pues la que tenía se ha roto al dar un bote en el escudo del feroz
Deífobo.
259 Contestó Idomeneo, caudillo de los cretenses:
260 -Si la deseas, hallarás, en la tienda, apoyadas en el lustroso muro, no una, sino
veinte lanzas, que he quitado a los troyanos muertos en la batalla; pues jamás combato a
distancia del enemigo. He aquí por qué tengo lanzas, escudos abollonados, cascos y
relucientes corazas.
266 Replicó el prudente Meriones:
267 También poseo yo en la tienda y en la negra nave muchos despojos de los troyanos,
mas no están cerca para tomarlos; que nunca me olvido de mi valor, y en el combate,
donde los hombres se hacen ilustres, aparezco siempre entre los delanteros desde que se
traba la batalla. Quizá algún otro de los aqueos de broncíneas corazas no habrá fijado su
atención en mi persona cuando peleo, pero no dudo que tú me has visto.
274 Idomeneo, caudillo de los cretenses, díjole entonces:
275 -Sé cuán grande es tu valor. ¿Por qué me refieres estas cosas? Si los más señalados
nos reuniéramos junto a las naves para armar una celada, que es donde mejor se conoce la
bravura de los hombres y donde fácilmente se distingue al cobarde del animoso -el
cobarde se pone demudado, ya de un modo, ya de otro; y, como no sabe tener firme áni-
mo en el pecho, no permanece tranquilo, sino que dobla las rodillas y se sienta sobre los
pies y el corazón le da grandes saltos por el temor de las parcas y los dientes le crujen; y
el animoso no se inmuta ni tiembla, una vez se ha emboscado, sino que desea que cuanto
antes principie el funesto combate---, ni a11í podrían baldonarse to valor y la fuerza de
tus brazos. Y, si peleando te hirieran de cerca o de lejos, no sería en la nuca o en la
espalda, sino en el pecho o en el vientre, mientras fueras hacia adelante con los guerreros
más avanzados. Mas, ea, no hablemos de estas cosas, permaneciendo ociosos como unos
simples; no sea que alguien nos increpe duramente. Ve a la tienda y toma la fornida
lanza.
295 Así dijo; y Meriones, igual al veloz Ares, entrando en la tienda, cogió en seguida
una broncínea lanza y fue en seguimiento de Idomeneo, muy deseoso de volver al comba-
te. Como va a la guerra Ares, funesto a los mortales, acompañado de la Fuga, su hija
querida, fuerte a intrépida, que hasta el guerrero valeroso causa espanto; y los dos se ar-
man y saliendo de la Tracia enderezan sus pasos hacia los éfiros y los magnánimos flegis,
y no escuchan los ruegos de ambos pueblos, sino que dan la victoria a uno de ellos, de la
misma manera, Meriones a Idomeneo, caudillos de hombres, se encaminaban a la batalla,
armados de luciente bronce. Y Meriones fue el primero que habló, diciendo:
307 -¡Deucálida! ¿Por dónde quieres que penetremos en la turba: por la derecha del
ejército, por en medio o por la izquierda? Pues no creo que los melenudos aqueos dejen
de pelear en parte alguna.
311 Respondióle Idomeneo, caudillo de los cretenses:
312 -Hay en el centro quienes defiendan las naves: los dos Ayantes y Teucro, el más
diestro arquero aqueo y esforzado también en el combate a pie firme; ellos se bastan para
rechazar a Héctor Priámida por fuerte que sea y por incitado que esté a la batalla. Difícil
será, aunque tenga muchos deseos de pelear, que, triunfando del valor y de las manos in-
victas de aquéllos, llegue a incendiar los bajeles; a no ser que el mismo Cronión arroje
una tea encendida en las ligeras naves. El gran Ayante Telamonio no cedería a ningún
hombre mortal que coma el fruto de Deméter y pueda ser herido con el bronce o con
grandes piedras; ni siquiera se retiraría a vista de Aquiles, que rompe las filas de los
guerreros, en un combate a pie firme; pues en la carrera Aquiles no tiene rival. Vamos,
pues, a la izquierda del ejército, para ver si presto daremos gloria a alguien, o alguien nos
la dará a nosotros.
328 Así dijo; y Meriones, igual al veloz Ares, echó a andar hasta que llegaron al
ejército por donde Idomeneo le aconsejaba.
330 Cuando los troyanos vieron a Idomeneo, que por su impetuosidad parecía una
llama, y a su escudero, ambos revestidos de labradas armas, animáronse unos a otros por
entre la turba y arremetieron todos contra aquél. Y se trabó una refriega, sostenida con
igual tesón por ambas partes, junto a las popas de las naves. Como aparecen de repente
las tempestades, suscitadas por los sonoros vientos un día en que los caminos están llenos
de polvo y se levanta una gran nube del mismo, así entonces unos y otros vinieron a las
manos, deseando en su corazón matarse recíprocamente con el agudo bronce por entre la
turba. La batalla, destructora de hombres, se presentaba horrible con las largas picas que
desgarran la carne y que los guerreros manejaban; cegaba los ojos el resplandor del
bronce de los lucientes cascos, de las corazas recientemente bruñidas y de los escudos
refulgentes de cuantos iban a encontrarse; y hubiera tenido corazón muy audaz quien al
contemplar aquella acción se hubiese alegrado en vez de afligirse.
345 Los dos hijos poderosos de Crono, disintiendo en el modo de pensar, preparaban
deplorables males a los héroes. Zeus quería que triunfaran Héctor y los troyanos para glo-
rificar a Aquiles, el de los pies ligeros; mas no por eso deseaba que el ejército aqueo
pereciera totalmente delante de Ilio, pues sólo intentaba honrar a Tetis y a su hijo, de áni-
mo esforzado. Posidón había salido ocultamente del espumoso mar, recorría las filas y
animaba a los argivos, porque le afligía que fueran vencidos por los troyanos, y se indig-
naba mucho contra Zeus. Igual era el origen de ambas deidades y una misma su prosapia,
pero Zeus había nacido primero y sabía más, por esto Posidón evitaba el socorrer
abiertamente a aquéllos, y, transfigurado en hombre, discurría, sin darse a conocer, por el
ejército y le amonestaba. Y los dioses inclinaban alternativamente en favor de unos y de
otros la reñida pelea y el indeciso combate; y tendían sobre ellos una cadena
inquebrantable a indisoluble que a muchos les quebró las rodillas.
361 Entonces Idomeneo, aunque ya semicano, animó a los dánaos, arremetió contra los
troyanos, llenándoles de pavor, y mató a Otrioneo. Éste había acudido de Cabeso a Ilio
cuando tuvo noticia de la guerra y pedido en matrimonio a Casandra, la más hermosa de
las hijas de Príamo, sin obligación de dotarla; pero ofreciendo una gran cosa: que echaría
de Troya a los aqueos. El anciano Príamo accedió y consintió en dársela; y el héroe
combatía, confiando en la promesa. Idomeneo tiróle la reluciente lanza y le hirió mientras
se adelantaba con arrogante paso, la coraza de bronce que llevaba no resistió, clavóse
aquélla en medio del vientre, cayó el guerrero con estrépito, a Idomeneo dijo con
jactancia:
374 -¡Otrioneo! Te ensalzaría sobre todos los mortales si cumplieras lo que ofreciste a
Príamo Dardánida cuando te prometió a su hija. También nosotros te haremos promesas
con intención de cumplirlas: traeremos de Argos la más bella de las hijas del Atrida y te
la daremos por mujer, si junto con los nuestros destruyes la populosa ciudad de Ilio. Pero
sígueme, y en las naves surcadoras del ponto nos pondremos de acuerdo sobre el
casamiento; que no somos malos suegros.
383 Hablóle así el héroe Idomeneo, mientras le asía de un pie y le arrastraba por el
campo de la dura batalla; y Asio se adelantó para vengarlo, presentándose como peón
delante de su carro, cuyos corceles, gobernados por el auriga, sobre los mismos hombros
del guerrero resoplaban. Asio deseaba en su corazón herir a Idomeneo, pero anticipósele
éste y le hundió la pica en la garganta, debajo de la barba, hasta que el bronce salió al
otro lado. Cayó el troyano como en el monte la encina, el álamo o el elevado pino que
unos artífices cortan con afiladas hachas para convertirlo en mástil de navío; así yacía
aquél, tendido delante de los corceles y del carro, rechinándole los dientes y cogiendo con
las manos el polvo ensangrentado. Turbóse el escudero, y ni siquiera se atrevió a torcer la
rienda a los caballos para escapar de las manos de los enemigos. Y el belicoso Antíloco
se llegó a él y le atravesó con la lanza, pues la broncínea coraza no pudo evitar que se la
clavase en el vientre. El auriga, jadeante, cayó del bien construido carro; y Antíloco, hijo
del magnánimo Néstor, sacó los caballos de entre los troyanos y se los llevó hacia los
aqueos, de hermosas grebas.
402 Deífobo, irritado por la muerte de Asio, se acercó mucho a Idomeneo y le arrojó la
reluciente lanza. Mas Idomeneo advirtiólo y burló el golpe encongiéndose debajo de su
liso escudo, que estaba formado por boyunas pieles y una lámina de bruñido bronce con
dos abrazaderas, la broncínea lanza resbaló por la superficie del escudo, que sonó ron-
camente, y no fue lanzada en balde por el robusto brazo de aquél, pues fue a clavarse en
el hígado, debajo del diafragma, de Hipsenor Hipásida, pastor de hombres, haciéndole
doblar las rodillas. Y Deífobo se jactaba así, dando grandes voces:
414 -Asio yace en tierra, pero ya está vengado. Figúrome que, al descender a la morada
de sólidas puertas del terrible Hades, se holgará su espíritu de que le haya procurado un
compañero.
417 Así habló. Sus jactanciosas frases apesadumbraron a los argivos y conmovieron el
corazón del belicoso Antíloco; pero éste, aunque afligido, no abandonó a su compañero,
sino que corriendo se puso cerca de él y le cubrió con el escudo. E introduciéndose por
debajo dos amigos fieles, Mecisteo, hijo de Equio, y el divino Alástor, llevaron a
Hipsenor, que daba hondos suspiros, hacia las cóncavas naves.
424 Idomeneo no dejaba que desfalleciera su gran valor y deseaba siempre o sumir a
algún troyano en tenebrosa noche, o caer él mismo con estrépito, librando de la ruina a
los aqueos. Posidón dejó que sucumbiera a manos de Idomeneo, el hijo querido de
Esietes, alumno de Zeus, el héroe Alcátoo (era yerno de Anquises y tenía por esposa a
Hipodamía, la hija primogénita, a quien el padre y la veneranda madre amaban
cordialmente en el palacio porque sobresalía en hermosura, destreza y talento entre todas
las de su edad, y a causa de esto casó con ella el hombre más ilustre de la vasta Troya): el
dios ofuscóle los brillantes ojos y paralizó sus hermosos miembros, y el héroe no pudo
huir ni evitar la acometida de Idomeneo, que le envainó la lanza en medio del pecho,
mientras estaba inmóvil como una columna o un árbol de alta copa, y le rompió la coraza
que siempre le había salvado de la muerte, y entonces produjo un sonido ronco al
quebrarse por el golpe de la lanza. El guerrero cayó con estrépito; y, como la lanza se
había clavado en el corazón, movíanla las palpitaciones de éste; pero pronto el arma
impetuosa perdió su fuerza. E Idomeneo con gran jactancia y a voz en grito exclamó:
446-¡Deífobo! Ya que tanto te glorías, ¿no te parece que es una buena compensación
haber muerto a tres, por uno que perdimos? Ven, hombre admirable, ponte delante y
verás quién es este descendiente de Zeus que aquí ha venido; porque Zeus engendró a
Minos, protector de Creta, Minos fue padre del eximio Deucalión, y de éste nací yo, que
reino sobre muchos hombres en la vasta Creta y vine en las naves para ser una plaga para
ti, para to padre y para los demás troyanos.
455 Así dijo; y Deífobo vacilaba entre retroceder para que se le juntara alguno de los
magnánimos troyanos o atacar él solo a Idomeneo. Parecióle lo mejor ir en busca de
Eneas, y le halló entre los últimos; pues siempre estaba irritado con el divino Príamo, que
no le honraba como por su bravura merecía. Y deteniéndose a su lado, le dijo estas aladas
palabras:
463 -¡Eneas, príncipe de los troyanos! Es preciso que defiendas a tu cuñado, si por él
sientes algún interés. Sígueme y vayamos a combatir por tu cuñado Alcátoo, que te crió
cuando eras niño y ha muerto a manos de Idomeneo, famoso por su lanza.
468 Así dijo. Eneas sintió que en el pecho se le conmovía el corazón, y se fue hacia
Idomeneo con grandes deseos de pelear. Éste no se dejó vencer del temor, cual si fuera un
niño, sino que to aguardó como el jabalí que, confiando en su fuerza, espera en un paraje
desierto del monte el gran tropel de hombres que se avecina, y con las cerdas del lomo
erizadas y los ojos brillantes como ascuas aguza los dientes y se dispone a rechazar la
acometida de perros y cazadores, de igual manera Idomeneo, famoso por su lanza,
aguardaba sin arredrarse a Eneas, ágil en la lucha, que le salía al encuentro; pero llamaba
a sus compañeros, poniendo los ojos en Ascálafo, Afareo, Deípiro, Meriones y Antíloco,
aguerridos campeones, y los exhortaba con estas aladas palabras:
481 -Venid, amigos, y ayudadme; pues estoy solo y temo mucho a Eneas, ligero de
pies, que contra mí arremete. Es muy vigoroso para matar hombres en el combate, y se
halla en la flor de la juventud, cuando mayor es la fuerza. Si con el ánimo que tengo,
fuésemos de la misma edad, pronto o alcanzaría él una gran victoria sobre mí, o yo la
alcanzana sobre él.
487 Así dijo; y todos con el mismo ánimo en el pecho y los escudos en los hombros se
pusieron al lado de Idomeneo. También Eneas exhortaba a sus amigos, echando la vista a
Deífobo, Paris y el divino Agenor, que eran asimismo capitanes de los troyanos.
Inmediatamente marcharon las tropas detrás de los jefes, como las ovejas siguen al
carnero cuando después del pasto van a beber, y el pastor se regocija en el alma; así se
alegró el corazón de Eneas en el pecho, al ver el grupo de hombres que tras él seguía.
496 Pronto trabaron alrededor del cadaver de Alcátoo un combate cuerpo a cuerpo,
blandiendo grandes picas; y el bronce resonaba de horrible modo en los pechos al darse
botes de lanza los unos a los otros. Dos hombres belicosos y señalados entre todos, Eneas
a Idomeneo, iguales a Ares, deseaban herirse recíprocamente con el cruel bronce. Eneas
arrojó el primero la lanza a Idomeneo; pero, como éste la viera venir, evitó el golpe: la
broncínea punta clavóse en tierra, vibrando, y el arma fue echada en balde por el robusto
brazo. Idomeneo hundió la suya en el vientre de Enómao y el bronce rompió la
concavidad de la coraza y desgarró las entrañas: el troyano, caído en el polvo, asió el
suelo con las manos. Acto continuo, Idomeneo arrancó del cadaver la ingente lanza, pero
no le pudo quitar de los hombros la magnífica armadura, porque estaba abrumado por los
tiros. Como ya no tenía seguridad en sus pies para recobrar la lanza que había arrojado, ni
para librarse de la que le arrojasen, evitaba la cruel muerte combatiendo a pie firme; y, no
pudiendo tampoco huir con ligereza, retrocedía paso a paso. Deífobo, que constantemente
le odiaba, le tiró la lanza reluciente y erró el golpe, pero hirió a Ascálafo, hijo de Enialio;
la impetuosa lanza se clavó en la espalda, y el guerrero, caído en el polvo, asió el suelo
con las manos. Y el ruidoso y robusto Ares no se enteró de que su hijo hubiese
sucumbido en el duro combate porque se hallaba detenido en la cumbre del Olimpo,
debajo de áureas nubes, con otros dioses inmortales por la voluntad de Zeus, el cual no
permitía que intervinieran en la batalla.
526 La pelea cuerpo a cuerpo se encendió entonces en torno de Ascálafo, a quien
Deífobo logró quitar el reluciente casco, pero Meriones, igual al veloz Ares, dio a
Deífobo una lanzada en el brazo y le hizo soltar el casco con agujeros a guisa de ojos, que
cayó al suelo produciendo ronco sonido. Meriones, abalanzándose a Deífobo con la
celeridad del buitre, arrancóle la impetuosa lanza de la parte superior del brazo y
retrocedió hasta el grupo de sus amigos. A Deífobo sacóle del horrísono combate su
hermano carnal Polites: abrazándole por la cintura, to condujo adonde tenía los rápidos
corceles con el labrado carro, que estaban algo distantes de la lucha y del combate,
gobernados por un auriga. Ellos llevaron a la ciudad al héroe, que se sentía agotado, daba
hondos suspiros y le manaba sangre de la herida que en el brazo acababa de recibir.
540 Los demás combatían y alzaban una gritería inmensa. Eneas, acometiendo a Afareo
Caletórida, que contra él venía, hirióle en la garganta con la aguda lanza: la cabeza se
inclinó a un lado, arrastrando el casco y el escudo, y la muerte destructora rodeó al
guerrero. Antíloco, como advirtiera que Toón volvía pie atrás, arremetió contra él y le
hirió: cortóle la vena que, corriendo por el dorso, llega hasta el cuello, y el troyano cayó
de espaldas en el polvo y tendía los brazos a los compañeros queridos. Acudió Antíloco y
le quitó de los hombros la armadura, mirando a todos lados, mientras los troyanos iban
cercándole ya por éste, ya por aquel lado, a intentaban herirle; mas el ancho y labrado
escudo paró los golpes, y ni aun consiguieron rasguñar la tierna piel del héroe con el
cruel bronce, porque Posidón, que bate la tierra, defendió al hijo de Néstor contra los
muchos tiros. Antíloco no se apartaba nunca de los enemigos, sino que se agitaba en
medio de ellos; su lanza, lamas ociosa, siempre vibrante, se volvía a todas partes, y él
pensaba en su mente si la arrojaría a alguien, o acometería de cerca.
560 No se le ocultó a Adamante Asíada lo que Antíloco meditaba en medio de la turba;
y, acercándosele, le dio con el agudo bronce un bote en medio del escudo; pero Posidón,
el de cerúlea cabellera, no permitió que quitara la vida a Antíloco, a hizo vano el golpe
rompiendo la lanza en dos partes, una de las cuales quedó clavada en el escudo, como
estaca consumida por el fuego, y la otra cayó al suelo. Adamante retrocedió hacia el
grupo de sus amigos, para evitar la muerte; pero Meriones corrió tras él y arrojóle la
lanza, que penetró por entre el ombligo y las partes verendas, donde son muy peligrosas
las heridas que reciben en la guerra los míseros mortales. Allí, pues, se hundió la lanza, y
Adamante, cayendo encima de ella, se agitaba como un buey a quien los pastores han
atado en el monte con recias cuerdas y llevan contra su voluntad; así aquél, al sentirse
herido, se agitó algún tiempo, que no fue de larga duración porque Meriones se le acercó,
arrancóle la lanza del cuerpo y las tinieblas velaron los ojos del guerrero.
576 Héleno dio a Deípiro un tajo en una sien con su gran espada tracia, y le rompió el
casco. Éste, sacudido por el golpe, cayó al suelo, y rodando fue a parar a los pies de un
guerrero aqueo que to alzó de tierra. A Deípiro tenebrosa noche le cubrió los ojos.
581 Gran pesar sintió por ello el Atrida Menelao, valiente en el combate; y, blandiendo
la aguda lanza, arremetió, amenazador, contra el héroe y príncipe Héleno, quien, a su vez,
armó el arco. Ambos fueron a encontrarse, deseosos el uno de alcanzar al contrario con la
aguda lanza, y el otro de herir a su enemigo con una flecha arrojada por el arco. El
Priámida dio con la saeta en el pecho de Menelao, donde la coraza presentaba una
concavidad; pero la cruel flecha fue rechazada y voló a otra parte. Como en la espaciosa
era saltan del bieldo las negruzcas habas o los garbanzos al soplo sonoro del viento y al
impulso del aventador, de igual modo, la amarga flecha, repelida por la coraza del
glorioso Menelao, voló a to lejos. Por su parte Menelao Atrida, valiente en la pelea, hirió
a Héleno en la mano en que llevaba el pulimentado arco: la broncínea lanza atravesó la
palma y penetró en el arco. Héleno retrocedió hasta el grupo de sus amigos, para evitar la
muerte; y su mano, colgando, arrastraba el asta de fresno. El magnánimo Agenor se la
arrancó y le vendó la mano con una honda de lana de oveja, bien tejida, que les facilitó el
escudero del pastor de hombres.
601 Pisandro embistió al glorioso Menelao. El hado funesto le llevaba al fin de su vida,
empujándole para que fuese vencido por ti, oh Menelao, en la terrible pelea. Así que en-
trambos se hallaron frente a frente, acometiéronse, y el Atrida erró el golpe porque la
lanza se le desvió; Pisandro dio un bote en el escudo del glorioso Menelao, pero no pudo
atravesar el bronce: resistió el ancho escudo y quebróse la lanza por el asta cuando aquél
se regocijaba en su corazón con la esperanza de salir victorioso. Pero el Atrida desnudó la
espada guarnecida de argénteos clavos y asaltó a Pisandro, quien, cubriéndose con el
escudo, aferró una hermosa hacha, de bronce labrado, provista de un largo y liso mango
de madera de olivo. Acometiéronse, y Pisandro dio un golpe a Menelao en la cimera del
yelmo, adornado con crines de caballo, debajo del penacho; y Menelao hundió su espada
en la frente del troyano, encima de la nariz: crujieron los huesos, y los ojos,
ensangrentados, cayeron en el polvo, a los pies del guerrero, que se encorvó y vino a
tierra. El Atrida, poniéndole el pie en el pecho, le despojó de la armadura; y, blasonando
del triunfo, dijo:
620 -¡Así dejaréis las naves de los aqueos, de ágiles corceles, oh troyanos soberbios a
insaciables de la pelea horrenda! No os basta haberme inferido una vergonzosa afrenta,
infames perros, sin que vuestro corazón temiera la ira terrible del tonante Zeus
hospitalario, que algún día destruirá vuestra ciudad excelsa. Os llevasteis, además de
muchas riquezas, a mi legítima esposa, que os había recibido amigablemente; y ahora
deseáis arrojar el destructor fuego en las naves surcadoras del ponto, y dar muerte a los
héroes aqueos; pero quizás os hagamos renunciar al combate, aunque tan enardecidos os
mostréis. ¡Padre Zeus! Dicen que superas en inteligencia a los demás dioses y hombres, y
todo esto procede de ti. ¿Cómo favoreces a los troyanos, a esos hombres insolentes, de
espíritu siempre perverso, y que nunca se pueden hartar de la guerra a todos tan funesta?
De todo llega el hombre a saciarse: del sueño, del amor, del dulce canto y de la agradable
danza, cosas más apetecibles que la pelea; pero los troyanos no se cansan de combatir.
640 En diciendo esto, el eximio Menelao quitóle al cadáver la ensangrentada armadura;
y, entregándola a sus amigos, volvió a pelear entre los combatientes delanteros.
643 Entonces le salió al encuentro Harpalión, hijo del rey Pilémenes, que fue a Troya
con su padre a combatir y no había de volver a la patria tierra: el troyano dio un bote de
lanza en medio del escudo del Atrida, pero no pudo atravesar el bronce y retrocedió hacia
el grupo de sus amigos para evitar la muerte, mirando a todos lados, no fuera alguien a
herirlo con el bronce. Mientras él se iba, Meriones le asestó el arco, y la broncínea saeta
se hundió en la nalga derecha del troyano, atravesó la vejiga por debajo del hueso y salió
al otro lado. Y Harpalión, cayendo a11í en brazos de sus amigos, dio el alma y quedó
tendido en el suelo como un gusano; de su cuerpo fluía negra sangre que mojaba la tierra.
Pusiéronse a su alrededor los magnánimos paflagones, y, colocando el cadáver en un
carro, lleváronlo, afligidos, a la sagrada Ilio; el padre iba con ellos derramando lágrimas,
y ninguna venganza pudo tomar de aquella muerte.
660 Paris, muy irritado en su espíritu por la muerte de Harpalión, que era su huésped en
la populosa Paflagonia, arrojó una broncínea flecha. Había un cierto Euquenor, rico y
valiente, que era vástago del adivino Poliido, habitaba en Corinto y se embarcó para
Troya, no obstante saber la funesta suerte que a11í le aguardaba. El buen anciano Poliido
habíale dicho repetidas veces que moriría en penosa dolencia en el palacio o sucumbiría a
manos de los troyanos en las naves aqueas, y él, queriendo evitar los baldones de los
aqueos y la enfermedad odiosa con sus dolores, decidió it a Ilio. A éste, pues, Paris le
clavó la flecha por debajo de la quijada y de la oreja: la vida huyó de los miembros del
guerrero, y la obscuridad horrible le envolvió.
673 Así combatían con el ardor de encendido fuego. Héctor, caro a Zeus, aún no se
había enterado, a ignoraba por entero que sus tropas fuesen destruidas por los argivos a la
izquierda de las naves. Pronto la victoria hubiera sido de los aqueos. ¡De tal suerte
Posidón, que ciñe y sacude la tierra, los alentaba y hasta los ayudaba con sus propias
fuerzas! Estaba Héctor en el mismo lugar adonde había llegado después que pasó las
puertas y el muro y rompió las cerradas filas de los escudados dánaos. A11í, en la playa
del espumoso mar, habían sido colocadas las naves de Ayante y Protesilao; y se había
levantado para defenderlas un muro bajo, porque los hombres y corceles acampados en
aquel paraje eran muy valientes en la guerra.
685 Los beocios, los jonios, de rozagante vestidura, los locrios, los ptiotas y los ilustres
epeos detenían al divino Héctor, que, semejante a una llama, porfiaba en su empeño de ir
hacia las naves; pero no conseguían que se apartase de ellos. Los atenienses habían sido
designados para las primeras filas y los mandaba Menesteo, hijo de Péteo, a quien se-
guían Fidante, Estiquio y el valeroso Biante. De los epeos eran caudillos Meges Filida,
Anfión y Dracio. Al frente de los ptiotas estaban Medonte y el belicoso Podarces: aquél
era hijo bastardo del divino Oileo y hermano de Ayante, y vivía en Fílace, lejos de su
patria, por haber dado muerte a un hermano de Eriópide, su madrastra y mujer de Oileo; y
el otro era hijo de Ificlo Filácida. Ambos se habían armado y puesto al frente de los
magnánimos ptiotas, y combatían en unión con los beocios para defender las naves.
701 El ágil Ayante de Oileo no se apartaba un instante de Ayante Telamonio: como en
tierra noval dos negros bueyes tiran con igual ánimo del sólido arado, abundante sudor
brota en torno de sus cuernos, y sólo los separa el pulimentado yugo mientras andan por
los surcos para abrir el hondo seno de la tierra, así, tan cercanos el uno del otro, estaban
los Ayantes. A1 Telamonio seguíanle muchos y valientes hombres, que tomaban su
escudo cuando la fatiga y el sudor llegaban a las rodillas del héroe. Mas al Oilíada, de
corazón valiente, no le acompañaban los locrios, porque no podían sostener una lucha a
pie firme: no llevaban broncíneos cascos, adornados con crines de caballo, ni tenían
rodelas ni lanzas de fresno; habían ido a Ilio, confiando en sus arcos y en sus hondas de
retorcida lana de oveja, y disparando a menudo destrozaban las falanges teucras.
Aquéllos peleaban al frente con Héctor y los suyos; éstos, ocultos detrás, disparaban; y
los troyanos apenas pensaban en combatir, porque las flechas los ponían en desorden.
723 Entonces los troyanos hubieran vuelto en deplorable fuga de las naves y tiendas a
la ventosa Ilio, si Polidamante no se hubiese acercado al audaz Héctor para decirle:
726 -¡Héctor! Eres reacio en seguir los pareceres ajenos. Porque un dios te ha dado esa
superioridad en las cosas de la guerra, ¿crees que aventajas a los demás en prudencia? No
es posible que tú solo lo reúnas todo. La divinidad a uno le concede que sobresalga en las
acciones bélicas, a otro en la danza, al de más a11á en la cítara y el canto, y el
largovidente Zeus pone en el pecho de algunos un espíritu prudente que aprovecha a gran
número de hombres, salva las ciudades y to aprecia particularmente quien to posee. Pero
voy a decir lo que considero más conveniente. Alrededor de ti arde la pelea por todas
partes; pero de los magnánimos troyanos que pasaron la muralla, unos se han retirado con
sus armas, y otros, dispersos por las naves, combaten con mayor número de hombres.
Retrocede y llama a los más valientes caudillos para deliberar si nos conviene arrojarnos
a las naves, de muchos bancos, por si un dios nos da la victoria, o alejarnos de ellas antes
que seamos heridos. Temo que los aqueos se desquiten de lo de ayer, porque en las naves
hay un varón incansable en la pelea, y me figuro que no se abstendrá de combatir.
748 Así habló Polidamante, y su prudence consejo plugo a Héctor, que saltó en seguida
del carro a tierra, sin dejar las armas, y le dijo estas aladas palabras:
751 -¡Polidamante! Reúne tú a los más valientes caudillos, mientras voy a la otra parte
de la batalla y vuelvo tan pronto como haya dado las conveniences órdenes.
754 Dijo; y, semejante a un monte cubierto de nieve, partió volando y profiriendo gritos
por entre los troyanos y sus auxiliares. Todos los caudillos se encaminaron hacia el bravo
Polidamante Pantoida así que oyeron las palabras de Héctor. Éste buscaba en los
combatientes delanteros a Deífobo, al robusto rey Héleno, a Adamante Asíada, y a Asio,
hijo de Hírtaco; pero no los halló ilesos ni a todos salvados de la muerte: los unos yacían,
muertos por los argivos, junto a las naves aqueas; y los demás, heridos, quién de cerca,
quién de lejos, estaban dentro de los muros de la ciudad. Pronto se encontró, en la
izquierda de la batalla luctuosa, con el divino Alejandro, esposo de Helena, la de hermosa
cabellera, que animaba a sus compañeros y les incitaba a pelear; y, deteniéndose a su
lado, díjole estas injuriosas palabras:
769 -¡Miserable Paris, el de más hermosa figura, mujeriego, seductor! ¿Dónde están
Deífobo, el robusto rey Héleno, Adamante Asíada y Asio, hijo de Hírtaco? ¿Qué es de
Otrioneo? Hoy la excelsa Ilio se arruina desde la cumbre; hoy te aguarda a ti horrible
muerte.
774 Respondióle a su vez el deiforme Alejandro:
775 -¡Héctor! Ya que tienes intención de culparme sin motivo, quizás otras veces fui
más remiso en la batalla, aunque no del todo pusilánime me dio a luz mi madre. Desde
que al frente de los compañeros promoviste el combate junto a las naves, peleamos sin
cesar contra los dánaos. Los amigos por quienes preguntas han muerto, menos Deífobo y
el robusto rey Héleno; los cuales, heridos en el brazo por ingentes lanzas, se fueron, y el
Cronión les salvó la vida. Llévanos adonde el corazón y el ánimo to ordenen; nosotros to
seguiremos presurosos, y no han de faltarnos bríos en cuanto lo permitan nuestras
fuerzas. Más a11á de lo que éstas permiten, nada es posible hacer en la guerra, por
enardecido que uno esté.
788 Así diciendo, cambió el héroe la mente de su hermano. Enderezaron al sitio donde
era más ardiente el combate y la pelea; a11í estaban Cebríones, el eximio Polidamante,
Falces, Orteo, Polifetes, igual a un dios, Palmis, Ascanio y Mores, hijos los dos últimos
de Hipotión; todos los cuales habían llegado el día anterior de la fértil Ascania para
reemplazar a otros, y entonces Zeus les impulsó a combatir. A la manera que un
torbellino de vientos impetuosos desciende a la llanura, acompañado del trueno del padre
Zeus, y al caer en el mar con ruido inmenso levanta grandes y espumosas olas que se van
sucediendo, así los troyanos seguían en filas cerradas a los caudillos, y el bronce de sus
armas relucía. Iba a su frente Héctor Priámida, cual si fuese Ares, funesto a los mortales:
llevaba por delante un escudo liso, formado por muchas pieles de buey y una gruesa
lámina de bronce, y el refulgence casco temblaba en sus sienes. Movíase Héctor,
defendiéndose con la rodela, y probaba por codas partes si las falanges cedían, pero no
logró turbar el ánimo en el pecho de los aqueos. Entonces Ayante adelantóse con ligero
paso y provocóle con estas palabras:
810 -¡Varón admirable! ¡Acércate! ¿Por qué quieres amedrentar de este modo a los
argivos? No somos inexpertos en la guerra, sino que los aqueos sucumben debajo del
cruel azote de Zeus. Tú esperas destruir las naves, pero nosotros tenemos los brazos
prontos para defenderlas; y mucho antes que to consigas, vuestra populosa ciudad será
tomada y destruida por nuestras manos. Yo to aseguro que está cerca el momento en que
tú mismo, puesto en fuga, pedirás al padre Zeus y a los demás inmortales que tus corceles
de hermosas crines sean más veloces que los gavilanes; y los caballos to llevarán a la
ciudad, levantando gran polvareda en la llanura.
821 Así que acabó de hablar, pasó por cima de ellos, hacia la derecha, un águila de alto
vuelo; y los aqueos gritaron, animados por el agüero. El esclarecido Héctor respondió:
824 -¡Ayante lenguaz y fanfarrón! ¿Qué dijiste? Así fuera yo para siempre hijo de Zeus,
que lleva la égida, y me hubiese dado a luz la venerable Hera y gozara de los mismos
honores que Atenea o Apolo, como este día será funesto para todos los argivos. Tú
también serás muerto entre ellos si tienes la osadía de aguardar mi larga pica: ésta te
desgarrará el delicado cuerpo; y tú, cayendo junto a las naves aqueas, saciarás a los
perros de los troyanos y a las aves con to grasa y tus carnes.
833 En diciendo esto, pasó adelante; los otros capitanes le siguieron con vocerío
inmenso; y detrás las tropas gritaban también. Los argivos movían por su parte gran
alboroto y, sin olvidarse de su valor, aguardaban la acometida de los más valientes
troyanos. Y el estruendo que producían ambos ejércitos llegaba al éter y a la morada
resplandeciente de Zeus.

CANTO XIV*
Engaño de Zeus
* Zeus, por una atiagaza de Hera, cae rendido por el suerto, y Posidón se pone al frente de los aqueos.
Ayante pone fuera de combate a Héctor, y sus hombres tienen que retorceder más a11á del muro y del
foso del campamento aqueo.

1 Néstor, aunque estaba bebiendo, no dejó de advertir la gritería; y hablando al


Asclepíada, pronunció estas aladas palabras:
3 -¿Cómo crees, divino Macaón, que acabarán estas cosas? junto a las naves es cada
vez mayor el vocerío de los robustos jóvenes. Tú, sentado aquí, bebe el negro vino,
mientras Hecamede, la de hermosas trenzas, pone a calentar el agua del baño y te lava
después la sangrienta herida; y yo subiré prestamente a un altozano para ver lo que
ocurre.
9 Dijo; y, después de embrazar el labrado escudo de reluciente bronce, que su hijo
Trasimedes, domador de caballos, había dejado a11í por haberse llevado el del anciano,
asió la fuerte lanza de broncínea punta y salió de la tienda. Pronto se detuvo ante el
vergonzoso espectáculo que se ofreció a sus ojos: los aqueos eran derrotados por los
feroces troyanos y la gran muralla aquea estaba destruida. Como el piélago inmenso
empieza a rizarse con sordo ruido y purpúrea, presagiando la rápida venida de los sonoros
vientos, pero no mueve las olas hasta que Zeus envía un viento determinado; así el
anciano hallábase perplejo entre encaminarse a la turba de los dánaos, de ágiles corceles,
o enderezar sus pasos hacia el Atrida Agamenón, pastor de hombres. Parecióle que sería
lo mejor ir en busca del Atrida, y así lo hizo; mientras los demás, combatiendo, se
mataban unos a otros, y el duro bronce resonaba alrededor de sus cuerpos a los golpes de
las espadas y de las lanzas de doble filo.
27 Encontráronse con Néstor los reyes, alumnos de Zeus, que antes fueron heridos con
el bronce -el Tidida, Ulises y el Atrida Agamenón-, y entonces venían de sus naves. Éstas
habían sido colocadas lejos del campo de batalla, en la orilla del espumoso mar:
sacáronlas a la llanura las primeras, y labraron un muro delante de las popas. Porque la
ribera, con ser vasta, no hubiera podido contener todos los bajeles en una sola fila, y
además el ejército se hubiera sentido estrecho; y por esto los pusieron escalonados y
llenaron con ellos el gran espacio de costa que limitaban altos promontorios. Los reyes
iban juntos, con el ánimo abatido, apoyándose en las lanzas, porque querían presenciar el
combate y la clamorosa pelea; y, cuando vieron venir al anciano Néstor, se les sobresaltó
el corazón en el pecho. Y el rey Agamenón, dirigiéndole la palabra, exclamó:
42 -¡Oh Néstor Nelida, gloria insigne de los aqueos! ¿Por qué vienes, dejando la
homicida batalla? Temo que el impetuoso Héctor cumpla la amenaza que me hizo en su
arenga a los troyanos: Que no regresaría a Ilio antes de pegar fuego a las naves y matar a
los aqueos. Así decía, y todo se va cumpliendo. ¡Oh dioses! Los aqueos, de hermosas
grebas, tienen, como Aquiles, el ánimo poseído de ira contra mí y no quieren combatir
junto a las naves.
52 Respondió Néstor, caballero gerenio:
53-Patente es lo que dices, y ni el mismo Zeus altitonante puede modificar to que ya ha
sucedido. Derribado está el muro que esperábamos fuese indestructible reparo para las
veleras naves y para nosotros mismos; y junto a ellas los troyanos sostienen vivo a
incesante combate. No conocerías, por más que to miraras, hacia qué parte van los aqueos
acosados y puestos en desorden: en montón confuso reciben la muerte, y la gritería llega
hasta el cielo. Deliberemos sobre lo que puede ocurrir, por si nuestra mente da con alguna
traza provechosa; y no propongo que entremos en combate, porque es imposible que
peleen los que están heridos.
64 Díjole el rey de hombres, Agamenón:
65 -¡Néstor! Puesto que ya los troyanos combaten junto a las popas de las naves y de
ninguna utilidad ha sido el muro con su foso que los dánaos construyeron con tanta
fatiga, esperando que fuese indestructible reparo para las naves y para ellos mismos; sin
duda debe de ser grato al prepotente Zeus que los aqueos perezcan sin gloria aquí, lejos
de Argos. Antes yo veía que el dios auxiliaba, benévolo, a los dánaos, mas al presente da
gloria a los troyanos, cual si fuesen dioses bienaventurados, y encadena nuestro valor y
nuestros brazos. Ea, procedamos todos como voy a decir. Arrastremos las naves que se
hallan más cerca de la orilla, echémoslas al mar divino y que estén sobre las anclas hasta
que vengá la noche inmortal, y, si entonces los troyanos se abstienen de combatir,
podremos echar las restantes. No es reprensible evitar una desgracia, aunque sea durante
la noche. Mejor es librarse huyendo, que dejarse coger.
82 El ingenioso Ulises, mirándole con torva faz, exclamó:
83-¡Atrida! ¿Qué palabras se te escaparon del cerco de los dientes? ¡Hombre funesto!
Debieras estar al frente de un ejército de cobardes y no mandarnos a nosotros, a quienes
Zeus concedió llevar al cabo arriesgadas empresas bélicas desde la juventud a la vejez,
hasta que perezcamos. ¿Quieres que dejemos la ciudad troyana de anchas calles, después
que hemos padecido por ella tantas fatigas? Calla y no oigan los aqueos esas palabras, las
cuales no saldrían de la boca de ningún varón que supiera hablar con espíritu prudente,
llevara cetro y fuera obedecido por tantos hombres cuanto son los argivos sobre quienes
imperas. Repruebo del todo la proposición que hiciste: sin duda nos aconsejas que
echemos al mar las naves de muchos bancos durante el combate y la pelea, para que más
presto se cumplan los deseos de los troyanos, ya al presente vencedores, y nuestra
perdición sea inminente. Porque los aqueos no sostendrán el combate si las naves son
echadas al mar; sino que, volviendo los ojos adonde puedan huir, cesarán de pelear, y tu
consejo, príncipe de hombres, habrá sido dañoso.
103 Contestó el rey de hombres, Agamenón:
104 -¡Ulises! Tu dura reprensión me ha llegado al alma; pero yo no mandaba que los
aqueos arrastraran al mar, contra su voluntad, las naves de muchos bancos. Ojalá que al-
guien, joven o viejo, propusiera una cosa mejor, pues le oiría con gusto.
109 Y entonces les dijo Diomedes, valiente en la pelea:
110 -Cerca tenéis a tal hombre -no habremos de buscarle mucho-, si os halláis
dispuestos a obedecer; y no me vituperéis ni os irritéis contra mí, recordando que soy más
joven que vosotros, pues me glorío de haber tenido por padre al valiente Tideo, cuyo
cuerpo está enterrado en Teba. Engendró Porteo tres hijos ilustres que habitaron en
Pleurón y en la excelsa Calidón: Agrio, Melas y el caballero Eneo, mi abuelo paterno,
que era el más valiente. Eneo quedóse en su país; pero mi padre, después de vagar algún
tiempo, se estableció en Argos, porque así to quisieron Zeus y los demás dioses, casó con
una hija de Adrasto y vivió en una casa abastada de riqueza: poseía muchos trigales, no
pocas plantaciones de árboles en los alrededores y copiosos rebaños, y aventajaba a todos
los aqueos en el manejo de la lanza. Tales cosas las habréis oído referir como ciertas que
son. No sea que, figurándoos quizás que por mi linaje he de ser cobarde y débil,
despreciéis lo bueno que os diga. Ea, vayamos a la batalla, no obstante estar heridos, pues
la necesidad apremia; pongámonos fuera del alcance de los tiros para no recibir herida
sobre herida; animemos a los demás y hagamos que entren en combate cuantos, cediendo
a su ánimo indolente, permanecen alejados y no pelean.
133 Así se expresó, y ellos le escucharon y obedecieron. Echaron a andar, y el rey de
hombres, Agamenón, iba delante.
135 El ilustre Posidón, que sacude la tierra, estaba al acecho; y, transfigurándose en un
viejo, se dirigió a los reyes, tomó la diestra de Agamenón Atrida y le dijo estas aladas pa-
labras:
139 -¡Atrida! Aquiles, al contemplar la matanza y la derrota de los aqueos, debe de
sentir que en el pecho se le regocija el corazón pernicioso, porque está totalmente falto de
juicio. ¡Así pereciera y una deidad le cubriese de ignominia! Pero los bienaventurados
dioses no se hallan irritados del todo contigo, y los caudillos y príncipes de los troyanos
serán puestos en fuga y levantarán nubes de polvo en la llanura espaciosa; tú mismo los
verás huir desde las tiendas y naves a la ciudad.
147 Cuando así hubo hablado, dio un gran alarido y empezó a correr por la llanura.
Cual es la gritería de nueve o diez mil guerreros al trabarse la contienda de Ares, tan pu-
jante fue la voz que el soberano Posidón, que bate la tierra, arrojó de su pecho. Y el dios
infundió valor en el corazón de todos los aqueos para que lucharan y combatieran sin des-
canso.
153 Hera, la de áureo trono, miró con sus ojos desde la cima del Olimpo, conoció a su
hermano y cuñado, que se movía en la batalla donde se hacen ilustres los hombres, y se
regocijó en el alma; pero vio a Zeus sentado en la más alta cumbre del Ida, abundante en
manantiales, y se le hizo odioso en su corazón. Entonces Hera veneranda, la de ojos de
novilla, pensaba cómo podría engañar a Zeus, que lleva la égida. A1 fin parecióle que la
mejor resolución sería ataviarse bien y encaminarse al Ida, por si Zeus, abrasándose en
amor, quería dormir a su lado y ella lograba derramar dulce y placentero sueño sobre los
párpados y el prudente espíritu del dios. Sin perder un instante, fuese a la habitación
labrada por su hijo Hefesto -la cual tenía una sólida puerta con cerradura oculta que
ninguna otra deidad sabía abrir-, entró, y, habiendo entornado la puerta, lavóse con
ambrosía el cuerpo encantador y lo untó con un aceite craso, divino, suave y tan oloroso
que, al moverlo en el palacio de Zeus, erigido sobre bronce, su fragancia se difundió por
el cielo y la tierra. Ungido el hermoso cutis, se compuso el cabello y con sus propias
manos formó los rizos lustrosos, bellos, divinales, que colgaban de la cabeza inmortal.
Echóse en seguida el manto divino, adornado con muchas bordaduras, que Atenea le
había labrado, y sujetólo al pecho con broche de oro. Púsose luego un ceñidor que tenía
cien borlones, y colgó de las perforadas orejas unos pendientes de tres piedras preciosas
grandes como ojos, espléndidas, de gracioso brillo. Después, la divina entre las diosas se
cubrió con un velo hermoso, nuevo, tan blanco como el sol, y calzó sus nítidos pies con
bellas sandalias. Y cuando hubo ataviado su cuerpo con todos los adornos, salió de la
estancia, y, llamando a Afrodita aparte de los dioses, hablóle en estos términos:
190 -¿Querrás complacerme, hija querida, en lo que yo te diga, o te negarás, irritada en
tu ánimo, porque yo protejo a los dánaos y tú a los troyanos?
193 Respondióle Afrodita, hija de Zeus:
194 -¡Hera, venerable diosa, hija del gran Crono! Di qué quieres; mi corazón me
impulsa a efectuarlo, si puedo hacerlo y ello es factible.
197 Contestóle dolosamente la venerable Hera:
canes y los hombres con gritos y venablos, siente que el corazón audaz se le encoge y
abandona de mala gana el redil; de la misma suerte apartábase de Patroclo el rubio
Menelao, quien, al juntarse con sus amigos, se detuvo, volvió la cara a los troyanos y
buscó con los ojos al gran Ayante, hijo de Telamón. Pronto le distinguió a la izquierda de
la batalla, donde animaba a sus compañeros y les incitaba a pelear, pues Febo Apolo les
había infundido un gran terror. Corrió a encontrarle; y, poniéndose a su lado, le dijo estas
palabras:
120 -¡Ayante! Ven, amigo; apresurémonos a combatir por Patroclo muerto, y quizás
podamos llevar a Aquiles el cadáver desnudo, pues las armas las tiene Héctor, el de
tremolante casco.
123 Así dijo; y conmovió el corazón del aguerrido Ayante, que atravesó al momento las
primeras filas junto con el rubio Menelao. Héctor había despojado a Patroclo de las mag-
níficas armas y se lo llevaba arrastrando, para separarle con el agudo bronce la cabeza de
los hombros y entregar el cadáver a los perros de Troya. Pero acercósele Ayante con su
escudo como una torre; y Héctor, retrocediendo, llegó al grupo de sus amigos, saltó al
carro y entregó las magníficas armas a los troyanos para que las llevaran a la ciudad,
donde habían de causarle inmensa gloria. Ayante cubrió con su gran escudo al Menecíada
y se mantuvo firme. Como el león anda en torno de sus cachorros cuando llevándolos por
el bosque le salen al encuentro los cazadores, y, haciendo gala de su fuerza, baja los
párpados ocultando sus ojos, de aquel modo corría Ayante alrededor del héroe Patroclo.
En la parte opuesta hallábase el Atrida Menelao, caro a Ares, en cuyo pecho el dolor iba
creciendo.
140 Glauco, hijo de Hipóloco, caudillo de los licios, dirigió entonces la torva faz a
Héctor, y le increpó con estas palabras:
142 -¡Héctor, el de más hermosa figura, muy falto estás del valor que la guerra
demanda! Inmerecida es tu buena fama, cuando solamente sabes huir. Piensa cómo en
adelante defenderás la ciudad y sus habitantes, solo y sin más auxilio que los hombres
nacidos en Ilio. Ninguno de los licios ha de pelear ya con los dánaos en favor de la
ciudad, puesto que para nada se agradece el combatir siempre y sin descanso contra el
enemigo. ¿Cómo, oh cruel, salvarás en la turba a un obscuro combatiente, si dejas que
Sarpedón, huésped y amigo tuyo, llegue a ser presa y botín de los argivos? Mientras es-
tuvo vivo, prestó grandes servicios a la ciudad y a ti mismo; y ahora no to atreves a
apartar de su cadáver a los perros. Por esto, si los licios me obedecieren, volveríamos a
nuestra patria, y la ruina más espantosa amenazaría a Troya. Mas, si ahora tuvieran los
troyanos el valor audaz a intrépido que suelen mostrar los que por la patria sostienen
contiendas y luchas con los enemigos, pronto arrastraríamos el cadáver de Patroclo hasta
Ilio. Y en seguida que el cuerpo de éste fuera retirado del campo y conducido a la gran
ciudad del rey Príamo, los argivos nos entregarían, para rescatarlo, las hermosas armas de
Sarpedón, y también podríamos llevar a Ilio el cadáver del héroe; pues Patroclo fue
escudero del argivo más valiente que hay en las naves, como asimismo to son sus tropas,
que combaten cuerpo a cuerpo. Pero tú no osaste esperar al magnánimo Ayante, ni resistir
su mirada en la lucha, ni combatir con él, porque to aventaja en fortaleza.
169 Mirándole con torva faz, respondió Héctor, el de tremolante casco:
170 -¡Glauco! ¿Por qué, siendo cual eres, hablas con tanta soberbia? ¡Oh dioses! Te
consideraba como el hombre de más seso de cuantos viven en la fértil Licia, y ahora he
de reprenderte por to que pensaste y dijiste al asegurar que no puedo sostener la
acometida del ingente Ayante. Nunca me espantó la batalla, ni el ruido de los caballos;
pero siempre el pensamiento de Zeus, que lleva la égida, es más eficaz que el de los
hombres, y el dios pone en fuga al varón esforzado y le quita fácilmente la victoria,
aunque él mismo le haya incitado a combatir. Mas, ea, ven acá, amigo, ponte a mi lado,
contempla mis hechos, y verás si seré cobarde en la batalla, como has dicho, aunque dure
todo el día; o si haré que alguno de los dánaos, no obstante su ardimiento y valor, cese de
defender el cadáver de Patroclo.
183 Cuando así hubo hablado, exhortó a los troyanos, dando grandes voces:
184 -¡Troyanos, licios, dánaos, que cuerpo a cuerpo peleáis! Sed hombres, amigos, y
mostrad vuestro impetuoso valor, mientras visto las armas hermosas del eximio Aquiles,
de que despojé al fuerte Patroclo después de matarlo.
188 Dichas estas palabras, Héctor, el de tremolante casco, salió de la funesta lid, y,
corriendo con ligera planta, alcanzó pronto y no muy lejos a sus amigos que llevaban
hacia la ciudad las magníficas armas del hijo de Peleo. Allí, fuera del luctuoso combate
se detuvo y cambió de armadura: entregó la propia a los belicosos troyanos, para que la
dejaran en la sacra Ilio, y vistió las armas divinas del Pelida Aquiles, que los dioses
celestiales dieron a Peleo, y éste, ya anciano, cedió a su hijo, quien no había de usarlas
tanto tiempo que llegara a la vejez llevándolas todavía.
198 Cuando Zeus, que amontona las nubes, vio que Héctor, apartándose, vestía las
armas del divino Pelida, moviendo la cabeza, habló consigo mismo y dijo:
201 «¡Ah, mísero! No piensas en la muerte, que ya se halla cerca de ti, y vistes las
armas divinas de un hombre valentísimo a quien todos temen. Has muerto a su amigo, tan
bueno como fuerte, y le has quitado ignominiosamente la armadura de la cabeza y de los
hombros. Mas todavía dejaré que alcances una gran victoria como compensación de que
Andrómaca no recibirá de tus manos, volviendo tú del combate, las magníficas armas del
Pelión».
209 Dijo el Cronión, y bajó las negras cejas en señal de asentimiento. La armadura de
Aquiles le vino bien a Héctor, apoderóse de éste un terrible furor bélico, y sus miembros
se vigorizaron y fortalecieron; y el héroe, dando recias voces, enderezó sus pasos a los
aliados ilustres y se les presentó con las resplandecientes armas del magnánimo Pelión. Y
acercándose a cada uno para animarlos con sus palabras -a Mestles, Glauco, Medonte,
Tersíloco, Asteropeo, Disénor, Hipótoo, Forcis, Cromio y el augur Énnomo-, los instigó
con estas aladas palabras:
220 -¡Oíd, tribus innúmeras de aliados que habitáis alrededor de Troya! No ha sido por
el deseo ni por la necesidad de reunir una muchedumbre por lo que os he traído de
vuestras ciudades, sino para que defendáis animosamente de los belicosos aqueos a las
esposas y a los tiernos infantes de los troyanos. Con este pensamiento abrumo a mi
pueblo y le exijo dones y víveres para excitar vuestro valor. Ahora cada uno haga frente y
embista al enemigo, ya muera, ya se salve, que tales son los lances de la guerra. Al que
arrastre el cadáver de Patrocio hasta las filas de los troyanos, domadores de caballos, y
haga ceder a Ayante, le daré la mitad de los despojos, reservándome la otra mitad, y su
gloria será tan grande como la mía.
233 Así dijo. Todos arremetieron con las picas levantadas y cargaron sobre los dánaos,
pues tenían grandes esperanzas de arrancar el cuerpo de Patroclo de las manos de Ayante
Telamoníada. ¡Insensatos! Sobre el mismo cadáver, Ayante hizo perecer a muchos de
ellos. Y este héroe dijo entonces a Menelao, valiente en la pelea:
238 -¡Oh amigo, oh Menelao, alumno de Zeus! Ya no espero que salgamos con vida de
esta batalla. Ni temo tanto por el cadáver de Patroclo, que pronto saciará en Troya a los
perros y aves de rapiña, cuanto por tu cabeza y por la mía; pues el nublado de la guerra,
Héctor, todo to cubre, y a nosotros nos espera una muerte cruel. Ea, llama a los más va-
lientes dánaos, por si alguno to oye.
246 Así dijo. Menelao, valiente en la pelea, no desobedeció; y, alzando recio la voz,
dijo a los dánaos:
248 -¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los argivos, los que bebéis en la tienda de los
Atridas Agamenón y Menelao el vino que el pueblo paga, mandáis las tropas y os viene
de Zeus el honor y la gloria! Me es difícil ver a cada uno de los caudillos. ¡Tan grande es
el combate que aquí se ha empeñado! Pero acercaos vosotros, indignándoos en vuestro
corazón de que Patroclo llegue a ser juguete de los perros troyanos.
256 Así dijo. Oyóle en seguida el veloz Ayante de Oileo, y acudió antes que nadie,
corriendo a través del campo. Siguiéronle Idomeneo y su escudero Meriones, igual al
homicida Enialio. ¿Y quién podría retener en la memoria y decir los nombres de cuantos
aqueos fueron llegando para reanimar la pelea?
262 Los troyanos acometieron apinados, con Héctor a su frente. Como en la
desembocadura de un río que las celestiales lluvias alimentan, las ingentes olas chocan
bramando contra la corriente del mismo, refluyen al mar y las altas orillas resuenan en
torno; con una gritería tan grande marchaban los troyanos. Mientras tanto, los aqueos
permanecían firmes alrededor del cadáver del Menecíada, conservando el mismo ánimo y
defendiéndose con los escudos de bronce; y el Cronión rodeó de espesa niebla sus
relucientes cascos, porque nunca había aborrecido al Menecíada mientras vivió y fue
servidor del Eácida, y entonces veía con desagrado que el cadáver pudiera llegar a ser
juguete de los perros troyanos. Por esto el dios incitaba a los compañeros a que lo
defendieran.
274 En un principio, los troyanos rechazaron a los aqueos, de ojos vivos, y éstos,
desamparando al muerto, huyeron espantados. Y si bien los altivos troyanos no
consiguieron matar con sus lanzas a ningún aqueo, como deseaban, empezaron a arrastrar
el cadáver. Poco tiempo debían los aqueos permanecer alejados de éste, pues los hizo
volver Ayante; el cual, así por su figura, como por sus obras, era el mejor de los dánaos,
después del eximio Pelión. Atravesó el héroe las primeras Filas, y parecido por su
bravura al jabalí que en el monte dispersa fácilmente, dando vueltas por los matorrales, a
los perros y a los florecientes mancebos, de la misma manera el esclarecido Ayante, hijo
del ilustre Telamón, acometió y dispersó las falanges de troyanos que se agitaban en
torno de Patroclo con el decidido propósito de llevarlo a la ciudad y alcanzar gloria.
288 Hipótoo, hijo preclaro del pelasgo Leto, había atado una correa a un tobillo de
Patroclo, alrededor de los tendones; y arrastraba el cadáver por el pie, a través del reñido
combate, para congraciarse con Héctor y los troyanos. Pronto le ocurrió una desgracia, de
que nadie, por más que to deseara, pudo librarlo. Pues el hijo de Telamón, acometiéndole
por entre la turba, le hirió de cerca por el casco de broncíneas carrilleras: el casco,
guarnecido de un penacho de crines de caballo, se quebró al recibir el golpe de la gran
lanza manejada por la robusta mano; el cerebro fluyó sanguinolento por la herida, a lo
largo del asta; el guerrero perdió las fuerzas, dejó escapar de sus manos al suelo el pie del
magnánimo Patroclo, y cayó de pechos, junto al cadáver, lejos de la fértil Larisa; y así no
pudo pagar a sus progenitores la crianza, ni fue larga su vida, porque sucumbió vencido
por la lanza del magnánimo Ayante. A su vez, Héctor arrojó la reluciente lanza a Ayante,
pero éste, al notarlo, hurtó un poco el cuerpo, y la broncínea arma alcanzó a Esquedio,
hijo del magnánimo ífito y el más valiente de los focios, que tenía su casa en la célebre
Panopeo y reinaba sobre muchos hombres: clavóse la broncínea punta debajo de la
clavícula y, atravesándola, salió por la extremidad del hombro. El guerrero cayó con
estrépito, y sus armas resonaron.
312 Ayante hirió en medio del vientre al aguerrido Forcis, hijo de Fénope, que defendía
el cadáver de Hipótoo; y el bronce rompió la cavidad de la coraza y desgarró las entrañas:
el troyano, caído en el polvo, cogió el suelo con las manos. Arredráronse los
combatientes delanteros y el esclarecido Héctor; y los argivos dieron grandes voces,
retiraron los cadáveres de Forcis y de Hipótoo, y quitaron de sus hombros las respectivas
armaduras.
319 Entonces los troyanos hubieran vuelto a entrar en Ilio, acosados por los belicosos
aqueos y vencidos por su cobardía; y los argivos hubiesen alcanzado gloria, contra la vo-
luntad de Zeus, por su fortaleza y su valor; pero el mismo Apolo instigó a Eneas,
tomando la figura del heraldo Perifante Epítida, que había envejecido ejerciendo de
pregonero en la casa del padre del héroe y sabía dar saludables consejos. Así
transfigurado, habló Apolo, hijo de Zeus, diciendo:
327 -¡Eneas! ¿De qué modo podríais salvar la excelsa Ilio, hasta si un dios se opusiera?
Como he visto hacerlo a otros varones que confiaban en su fuerza y vigor, en su bravura
y en la muchedumbre de tropas formadas por un pueblo intrépido. Mas, al presente, Zeus
desea que la victoria quede por vosotros y no por los dánaos; y vosotros huís temblando,
sin combatir.
333 Así dijo. Eneas, como viera delante de sí a Apolo, el que hiere de lejos, le
reconoció, y a grandes voces dijo a Héctor:
335 -¡Héctor y demás caudillos de los troyanos y sus aliados! Es una vergüenza que
entremos en Ilio, acosados por los belicosos aqueos y vencidos por nuestra cobardía. Una
deidad ha venido a decirme que Zeus, el árbitro supremo, será aún nuestro auxiliar en la
batalla. Marchemos, pues, en derechura a los dánaos, para que no se lleven
tranquilamente a las naves el cadáver de Patroclo.
342 Así habló; y, saltando mucho más allá de los combatientes delanteros, se detuvo.
Los troyanos volvieron la cara y afrontaron a los aqueos. Entonces Eneas dio una lanzada
a Leócrito, hijo de Arisbante y compañero valiente de Licomedes. Al verlo derribado en
tierra, compadecióse Licomedes, caro a Ares; y, parándose muy cerca del enemigo, arrojó
la reluciente lanza, hirió en el hígado, debajo del diafragma, a Apisaón Hipásida, pastor
de hombres, y le dejó sin vigor las rodillas: este guerrero procedía de la fértil Peonia, y
era, después de Asteropeo, el que más descollaba en el combate. Vioto caer el belicoso
Asteropeo, y, apiadándose, corrió hacia él, dispuesto a pelear con los dánaos. Mas no le
fue posible; pues cuantos rodeaban por todas partes a Patroclo se cubrían con los escudos
y calaban las lamas. Ayante recorría las filas y daba muchas órdenes: mandaba que
ninguno retrocediese, abandonando el cadáver, ni combatiendo se adelantara a los demás
aqueos, sino que todos rodearan al muerto y pelearan de cerca. Así se lo encargaba el
ingente Ayante. La tierra estaba regada de purpúrea sangre y caían muertos, unos en pos
de otros, muchos troyanos, poderosos auxiliares, y dánaos; pues estos últimos no
peleaban sin derramar sangre, aunque perecían en mucho menor número porque cuidaban
siempre de defenderse recíprocamente en medio de la turba, para evitar la cruel muerte.
366 Así combatían, con el ardor del fuego. No hubieras dicho que aún subsistiesen el
sol y luna, pues hallábanse cubiertos por la niebla todos los guerreros ilustres que
peleaban alrededor del cadáver del Menecíada. Los restantes troyanos y aqueos, de
hermosas grebas, libres de la obscuridad, luchaban al cielo sereno: los vivos rayos del sol
herían el campo, sin que apareciera ninguna nube sobre la tierra ni en las montañas, y
ellos combatían y descansaban alternativamente, hallándose a gran distancia unos de
otros y procurando librarse de los dolorosos tiros que les dirigían los contrarios. Y en
tanto, los del centro padecían muchos males a causa de la niebla y del combate, y los más
valientes estaban dañados por el cruel bronce. Dos varones insignes, Trasimedes y An-
tíloco, ignoraban aún que el eximio Patroclo hubiese muerto y creían que, vivo aún,
luchaba con los troyanos en la primera fila. Ambos, aunque estaban en la cuenta de que
sus compañeros eran muertos o derrotados, peleaban separadamente de los demás; que
así se to había ordenado Néstor, cuando desde las negras naves los envió a la batalla.
384 Todo el día sostuvieron la gran contienda y el cruel combate. Cansados y sudosos
tenían las rodillas, las piernas y más abajo los pies, y manchados de polvo las manos y los
ojos, cuantos peleaban en torno del valiente servidor del Eácida, de pies ligeros. Como un
hombre da a los obreros, para que la estiren, una piel grande de toro cubierta de grasa, y
ellos, cogiéndola, se distribuyen a su alrededor, y tirando todos sale la humedad, penetra
la grasa y la piel queda perfectamente extendida por todos lados, de la misma manera
tiraban aquéllos del cadáver acá y acullá, en un reducido espacio, y tenían grandes
esperanzas de arrastrarlo los troyanos hacia Ilio, y los aqueos a las cóncavas naves. Un
tumulto feroz se producía alrededor del muerto; y ni Ares, que enardece a los guerreros,
ni Atenea por airada que estuviera, habrían hallado nada que baldonar, si to hubiesen
presenciado: tare funesto combate de hombres y caballos suscitó Zeus aquel día sobre el
cadáver de Patroclo. El divino Aquiles ignoraba aún la muerte del héroe, porque la pelea
se había empeñado muy lejos de las veleras naves, al pie del muro de Troya. No se
figuraba que hubiese muerto, sino que después de acercarse a las puertas volvería vivo;
porque tampoco esperaba que llegara a tomar la ciudad, ni solo, ni con él mismo. Así se
to había oído muchas veces a su madre cuando, hablándole separadamente de los demás,
le revelaba el pensamiento del gran Zeus. Pero entonces la diosa no le anunció la gran
desgracia que acababa de ocurrir: la muerte del compañero a quien más amaba.
412 Los combatientes, blandiendo afiladas lanzas, se acometían continuamente
alrededor del cadáver; y unos a otros se mataban. Y hubo quien entre los aqueos, de
broncíneas corazas, habló de esta manera:
415 -¡Oh amigos! No sería para nosotros acción gloriosa la de volver a las cóncavas
naves. Antes la negra tierra se nos trague a todos; que preferible fuera, si hemos de
permitir a los troyanos, domadores de caballos, que arrastren el cadáver a la ciudad y
alcancen gloria.
420 Y a su vez alguno de los magnánimos troyanos así decía:
421 -¡Oh amigos! Aunque la parca haya dispuesto que sucumbamos todos junto a ese
hombre, nadie abandone la batalla.
423 Con tales palabras excitaban el valor de sus compañeros. Seguía el combate, y el
férreo estrépito llegaba al cielo de bronce, a través del infecundo éter.
426 Los corceles de Aquiles lloraban, fuera del campo de la batalla, desde que supieron
que su auriga había sido postrado en el polvo por Héctor, matador de hombres. Por más
que Automedonte, hijo valiente de Diores, los aguijaba con el flexible látigo y les dirigía
palabras, ya suaves, ya amenazadoras; ni querían volver atrás, a las naves y al vasto
Helesponto, ni encaminarse hacia los aqueos que estaban peleando. Como la columna se
mantiene firme sobre el túmulo de un varón difunto o de una matrona, tan inmóviles
permanecían aquéllos con el magnífico carro. Inclinaban la cabeza al suelo, de sus
párpados caían a tierra ardientes lágrimas con que lloraban la pérdida del auriga, y las
lozanas crines estaban manchadas y caídas a ambos lados del yugo.
441 A1 verlos llorar, el Cronión se compadeció de ellos, movió la cabeza, y, hablando
consigo mismo, dijo:
443 «¡Ah, infelices! ¿Por qué os entregamos al rey Peleo, a un mortal, estando vosotros
exentos de la vejez y de la muerte? ¿Acaso para que tuvieseis penas entre los míseros
mortales? Porque no hay un ser más desgraciado que el hombre, entre cuantos respiran y
se mueven sobre la tierra. Héctor Priámida no será llevado por vosotros en el labrado
carro; no lo permitiré. ¿Por ventura no es bastante que se haya apoderado de las armas y
se gloríe de esta manera? Daré fuerza a vuestras rodillas y a vuestro espíritu, para que
llevéis salvo a Automedonte desde la batalla a las cóncavas naves; y concederé gloria a
los troyanos, los cuales seguirán matando hasta que lleguen a las naves de muchos
bancos, se ponga el sol y la sagrada obscuridad sobrevenga.»
456 Así diciendo, infundió gran vigor a los caballos: sacudieron éstos el polvo de las
crines y arrastraron velozmente el ligero carro hacia los troyanos y los aqueos.
Automedonte, aunque afligido por la suerte de su compañero, quería combatir desde el
carro, y con los corceles se echaba sobre los enemigos como el buitre sobre los ánsares; y
con la misma facilidad huía del tumulto de los troyanos, que arremetía a la gran turba de
ellos para seguirles el alcance. Pero no mataba hombres cuando se lanzaba a perseguir,
porque, estando solo en el sagrado asiento, no le era posible acometer con la lanza y
sujetar al mismo tiempo los veloces caballos. Viole al fin su compañero Alcimedonte,
hijo de Laerces Hemónida; y, poniéndose detrás del carro, dijo a Automedonte:
469 -¡Automedonte! ¿Qué dios te ha sugerido tan inútil propósito dentro del pecho y to
ha privado de te buen juicio? ¿Por qué, estando solo, combates con los troyanos en la pri-
mera fila? Tu compañero recibió la muerte, y Héctor se vanagloria de cubrir sus hombros
con las armas del Eácida.
474 Respondióle Automedonte, hijo de Diores:
475 -¡Alcimedonte! ¿Cuál otro aqueo podría sujetar o aguijar estos caballos inmortales
mejor que tú, si no fuera Patroclo, consejero igual a los dioses, mientras estuvo vivo?
Pero ya la muerte y la parca to alcanzaron. Recoge el látigo y las lustrosas riendas, y yo
bajaré del carro para combatir.
481 Así dijo. Alcimedonte, subiendo en seguida al veloz carro, empuñó el látigo y las
riendas, y Automedonte saltó a tierra. Advirtiólo el esclarecido Héctor; y al momento dijo
a Eneas, que a su lado estaba:
485 -¡Eneas, consejero de los troyanos, de broncíneas corazas! Advierto que los
corceles del Eácida, ligero de pies, aparecen nuevamente en la lid guiados por aurigas
débiles. Y creo que me apoderaría de los mismos, si tú quisieras ayudarme; pues,
arremetiendo nosotros a los aurigas, éstos no se.. atreverán a resistir ni a pelear frente a
frente.
491 Así dijo; y el valeroso hijo de Anquises no dejó de obedecerle. Ambos pasaron
adelante, protegiendo sus hombros con sólidos escudos de pieles secas de buey, cubiertas
con gruesa capa de bronce. Siguiéronles Cromio y el deiforme Areto, que tenían grandes
esperanzas de matar a los aurigas y llevarse los corceles de erguido cuello. ¡Insensatos!
No sin derramar sangre habían de escapar de Automedonte. Éste, orando al padre Zeus,
llenó de fuerza y vigor las negras entrañas; y en seguida dijo a Alcimedonte, su fiel
compañero:
501-¡Alcimedonte! No tengas los caballos lejos de mí; sino tan cerca, que sienta su
resuello sobre mi espalda. Creo que Héctor Priámida no calmará su ardor hasta que suba
al carro de Aquiles y gobierne los corceles de hermosas crines, después de darnos muerte
a nosotros y desbaratar las filas de los guerreros argivos; o él mismo sucumba, peleando
con los combatientes delanteros.
507 Así habiendo hablado, llamó a los dos Ayantes y a Menelao:
508 -¡Ayantes, caudillos de los argivos! ¡Menelao! Dejad a los más fuertes el cuidado
de rodear al muerto y defenderlo, rechazando las haces enemigas; y venid a librarnos del
día cruel a nosotros que aún vivimos, pues se dirigen a esta parte, corriendo por el
luctuoso combate, Héctor y Eneas, que son los más valientes de los troyanos. En la mano
de los dioses está to que haya de ocurrir. Yo arrojaré mi lanza, y Zeus se cuidará del
resto.
516 Dijo; y, blandiendo la ingente lanza, acertó a dar en el escudo liso de Areto, que no
logró detener a aquélla: atravesólo la punta de bronce, y rasgando el cinturón se clavó en
el empeine del guerrero. Como un joven hiere con afilada segur a un buey montaraz por
detrás de las astas, le corta el nervio y el animal da un salto y cae, de esta manera el
troyano saltó y cayó boca arriba y la lanza aguda, vibrando aún en sus entrañas, dejóle sin
vigor los miembros.- Héctor arrojó la reluciente lanza contra Automedonte, pero éste,
como la viera venir, evitó el golpe inclinándose hacia adelante: la fornida lanza se clavó
en el suelo detrás de él, y el regatón temblaba; pero pronto la impetuosa arma perdió su
fuerza. Y se atacaron de cerca con las espadas, si no les hubiesen obligado a separarse los
dos Ayantes; los cuales, enardecidos, abriéronse paso por la turba y acudieron a las voces
de su amigo. Temiéronlos Héctor, Eneas y el deiforme Cromio, y, retrocediendo, dejaron
a Areto, que yacía en el suelo con el corazón traspasado. Automedonte, igual al veloz
Ares, despojóle de las armas y, gloriándose, pronunció estas palabras:
538 -El pesar de mi corazón por la muerte del Menecíada se ha aliviado un poco;
aunque le es inferior el varón a quien he dado muerte.
540 Así diciendo, tomó y puso en el carro los sangrientos despojos; y en seguida subió
al mismo, con los pies y las manos ensangrentados como el león que ha devorado un toro.
543 De nuevo se trabó una pelea encarnizada, funesta, luctuosa, en torno de Patroclo.
Excitó la lid a Atenea, que vino del cielo, enviada a socorrer a los dánaos por el
largovidente Zeus, cuya mente había cambiado. De la suerte que Zeus tiende en el cielo
el purpúreo arco iris, como señal de una guerra o de un invierno tan frío que obliga a
suspender las labores del campo y entristece a los rebaños, de este modo la diosa,
envuelta en purpúrea nube, penetró por las tropas aqueas y animó a cada guerrero.
Primero enderezó sus pasos hacia el fuerte Menelao, hijo de Atreo, que se hallaba cerca;
y, tomando la figura y voz infatigable de Fénix, le exhortó diciendo:
556 -Sería para ti, oh Menelao, motivo de vergüenza y de oprobio que los veloces
perros despedazaran cerca del muro de Troya el cadáver de quien fue compañero fiel del
ilustre Aquiles. ¡Combate denodadamente y anima a todo el ejército!
56o Respondióle Menelao, valiente en la pelea:
561 -¡Padre Fénix, anciano respetable! Ojalá Atenea me infundiese vigor y me librase
del ímpetu de los tiros. Yo quisiera ponerme al lado de Patroclo y defenderlo, porque su
muerte conmovió mucho mi corazón; pero Héctor tiene la terrible fuerza de una llama, y
no cesa de matar con el bronce, protegido por Zeus, que le da gloria.
567 Así dijo. Atenea, la diosa de ojos de lechuza, holgándose de que aquél la invocara
la primera entre todas las deidades, le vigorizó los hombros y las rodillas, a infundió en
su pecho la audacia de la mosca, la cual, aunque sea ahuyentada repetidas veces, vuelve a
picar porque la sangre humana le es agradable; de una audacia semejante llenó la diosa
las negras entrañas del héroe. Encaminóse Menelao hacia el cadáver de Patroclo y
despidió la reluciente lanza. Hallábase entre los troyanos Podes, hijo de Eetión, rico y
valiente, a quien Héctor honraba mucho en la ciudad porque era su compañero querido en
los festines; a éste, que ya emprendía la fuga, atravesólo el rubio Menelao con la
broncínea lanza que se clavó en el ceñidor, y el troyano cayó con estrépito. A1 punto, el
Atrida Menelao arrastró el cadáver desde los troyanos adonde se hallaban sus amigos.
582 Apolo incitó a Héctor, poniéndose a su lado después de tomar la figura de Fénope
Asíada; éste tenía la casa en Abides, y era para el héroe el más querido de sus huéspedes.
Así transfigurado, dijo Apolo, el que hiere de lejos:
586 -¡Héctor! ¿Cuál otro aqueo te temerá, cuando huyes temeroso ante Menelao, que
siempre fue guerrero débil y ahora él solo ha levantado y se lleva fuera del alcance de los
troyanos el cadáver de tu fiel amigo a quien mató, del que peleaba con denuedo entre los
combatientes delanteros, de Podes, hijo de Eetión?
591 Así dijo, y negra nube de pesar envolvió a Héctor, que en seguida atravesó las
primeras filas, cubierto de reluciente bronce. Entonces el Cronida tomó la esplendorosa
égida floqueada, cubrió de nubes el Ida, relampagueó y tronó fuertemente, agitó la égida,
y die la victoria a los troyanos, poniendo en fuga a los aqueos.
597 El primero que huyó fue Penéleo, el beocio, per haber recibido, vuelto siempre de
cara a los troyanos, una herida leve en el hombre; y Polidamante, acercándose a él, le
arrojó la lanza, que desgarró la piel y llegó hasta el hueso.- Héctor, a su vez, hirió en la
muñeca y dejó fuera de combate a Leito, hijo del magnánimo Alectrión; el cual huyó
espantado y mirando en torno suyo, porque ya no esperaba que con la lanza en la mano
pudiese combatir con los troyanos.- Contra Héctor, que perseguía a Leito, arrojó
Idomeneo su lanza y le dio un bote en el peto de la coraza, junto a la tetilla; pero
rompióse aquélla en la unión del asta con el hierro; y los troyanos gritaron. Héctor
despidió su lama contra Idomeneo Deucálida, que iba en un carro; y por poco no acertó a
herirlo; pero el bronce se clavó en Cérano, escudero y auriga de Meriones, a quien acom-
pañaba desde que partieron de la bien construida Licto. Idomeneo salió aquel día de las
corvas naves al campo, como infante; y hubiera procurado a los troyanos un gran triunfo,
si no hubiese llegado Cérano guiando los veloces corceles: éste fue su salvador, porque le
libró del día cruel al perder la vida a manos de Héctor, matador de hombres. A Cérano,
pues, hirióle Héctor debajo de la quijada y de la oreja: la punta de la lanza hizo saltar los
dientes y atravesó la lengua. El guerrero cayó del carro, y dejó que las riendas vinieran al
suelo. Meriones, inclinándose, recogiólas, y dijo a Idomeneo:
622 -Aquija con el látigo los caballos hasta que llegues a las veleras naves; pues ya tú
mismo conoces que no serán los aqueos quienes alcancen la victoria.
624 Así habló; a Idomeneo fustigó los corceles de hermosas crines, guiándolos hacia
las cóncavas naves, porque el temor había entrado en su corazón.
626 No les pasó inadvertido al magnánimo Ayante y a Menelao que Zeus otorgaba a los
troyanos la inconstante victoria. Y el gran Ayante Telamonio fue el primero en decir:
629 -¡Oh dioses! Ya hasta el más simple conocería que el padre Zeus favorece a los
troyanos. Los tiros de todos ellos, sea cobarde o valiente el que dispara, no yerran el
blanco, porque Zeus los encamina; mientras que los nuestros caen al suelo sin dañar a
nadie. Ea, pensemos cómo nos será más fácil sacar el cadáver y volvernos, para regocijar
a nuestros amigos; los cuales deben de atligirse mirando hacia acá, y sin duda piensan
que ya no podemos resistir la fuerza y las invictas manes de Héctor, matador de hombres,
y pronto tendremos que caer en las negras naves. Ojalá algún amigo avisara rápidamente
al Pelida, pues no creo que sepa la infausta nueva de que ha muerto su compañero amado.
Pero no puedo distinguir entre los aqueos a nadie capaz de hacerlo, cubiertos como están
por densa niebla hombres y caballos. ¡Padre Zeus! ¡Libra de la espesa niebla a los
aqueos, serena el cielo, concede que nuestros ojos vean, y destrúyenos en la luz, ya que
así te place!
648 Así dijo; y el padre, compadecido de verle derramar lágrimas, disipó en el acto la
obscuridad y apartó la niebla. Brilló el sol y toda la batalla quedó alumbrada. Y entonces
dijo Ayante a Menelao, valiente en la pelea:
651 -Mira ahora, Menelao, alumno de Zeus, si ves a Antíloco, hijo del magnánimo
Néstor, vivo aún; y envíale para que vaya corriendo a decir al belicoso Aquiles que ha
muerto su compañero más amado.
655 Así dijo; y Menelao, valiente en la pelea, obedeció y se fue, como se aleja del
establo un león después de irritar a los canes y a los hombres que, vigilando toda la
noche, no le han dejado comer los pingües bueyes -el animal, ávido de carne, acomete,
pero nada consigue porque audaces manos le arrojan muchos venablos y teas encendidas
que le hacen temer, aunque está enfurecido-; y al despuntar la aurora se va con el corazón
atligido: de tan mala gana, Menelao, valiente en la pelea, se apartaba de Patroclo, porque
sentía gran temor de que los aqueos, vencidos por el fuerte miedo, lo dejaran y fuera
presa de los enemigos. Y se lo recomendó mucho a Meriones y a los Ayantes,
diciéndoles:
669 -¡Ayantes, caudillos de los argivos! ¡Meriones! Acordaos ahora de la mansedumbre
del mísero Patroclo, el cual supo ser amable con todos mientras gozó de vida. Pero ya la
muerte y la parca le alcanzaron.
673 Dicho esto, el rubio Menelao partió mirando a todas partes como el águila (el ave,
según dicen, de vista más perspicaz entre cuantas vuelan por el cielo), a la cual, aun
estando en las alturas, no le pasa inadvertida una liebre de pies ligeros echada debajo de
un arbusto frondoso, y se abalanza a ella y en un instante la coge y le quita la vida; del
mismo modo, oh Menelao, alumno de Zeus, tus brillantes ojos dirigíanse a todos lados,
por la turba numerosa de los compañeros, para ver si podrías hallar vivo al hijo de Néstor.
Pronto le distinguió a la izquierda del combate, donde animaba a sus compañeros y les
incitaba a pelear. Y deteniéndose a su lado, hablóle así el rubio Menelao:
685 -¡Ea, ven acá, Antíloco, alumno de Zeus, y sabrás una infausta nueva que ojalá no
debiera darte! Creo que tú mismo conocerás, con sólo tender la vista, que un dios nos
manda la derrota a los dánaos y que la victoria es de los troyanos. Ha muerto el más
valiente aqueo, Patroclo, y los dánaos le echan muy de menos. Corre hacia las naves
aqueas y anúncialo a Aquiles; por si, dándose prisa en venir, puede llevar a su bajel el
cadáver desnudo, pues las armas las tiene Héctor, el de tremolante casco.
694 Así dijo. Estremecióse Antíloco al oírle, estuvo un buen rato sin poder hablar,
llenáronse de lágrimas sus ojos y la voz sonora se le cortó. Mas no por esto descuidó de
cumplir la orden de Menelao: entregó las armas a Laódoco, el eximio compañero que a su
lado regía los solípedos caballos, y echó a correr.
700 Llevado por sus pies fuera del combate, fuese llorando a dar al Pelida Aquiles la
triste noticia. Y a ti, oh Menelao, alumno de Zeus, no te aconsejó el ánimo que te
quedaras a11í para socorrer a los fatigados compañeros de Antíloco, aunque los pilios
echaban muy de menos a su jefe. Envióles, pues, el divino Trasimedes; y volviendo a la
carrera hacia el cadáver del héroe Patroclo, se detuvo junto a los Ayantes, y en seguida
les dijo:
708 -Ya he enviado a aquél a las veleras naves, para que se presente a Aquiles, el de los
pies ligeros; pero no creo que Aquiles venga en seguida, por más airado que esté con el
divino Héctor, porque sin armas no podrá combatir con los troyanos. Pensemos nosotros
mismos cómo nos será más fácil sacar el cadáver y librarnos, en la lucha con los
troyanos, de la muerte y la parca.
715 Respondióle el gran Ayante Telamonio:
716 -Oportuno es cuanto dijiste, ínclito Menelao. Tú y Meriones introducíos
prontamente, levantad el cadáver y sacadlo de la lid. Y nosotros dos, que tenernos igual
ánimo, llevamos el mismo nombre y siempre hemos sostenido juntos el vivo combate, os
seguiremos, peleando a vuestra espalda con los troyanos y el divino Héctor.
722 Así dijo. Aquéllos cogieron al muerto y alzáronlo muy alto; y gritó el ejército
troyano al ver que los aqueos levantaban el cadáver. Arremetieron los troyanos como los
perros que, adelantándose a los jóvenes cazadores, persiguen al jabalí herido; así como
éstos corren detrás del jabalí y anhelan despedazarlo, pero, cuando el animal, fiado en su
fuerza, se vuelve, retroceden y espantados se dispersan; del mismo modo los troyanos
seguían en tropel y herían a los aqueos con las espadas y lanzas de doble filo; pero,
cuando los Ayantes volvieron la cara y se detuvieron, a todos se les mudó el color del
semblante y ninguno osó adelantarse para disputarles el cadáver.
733 De tal manera ambos caudillos llevaban presurosos el cadáver desde la batalla
hacia las cóncavas naves. Tras ellos suscitóse feroz combate: como el fuego que prende
en una ciudad, se levanta de pronto y resplandece, y las caws se arruinan entre grandes
llamas que el viento, enfurecido, mueve; de igual suerte, un horrísono tumulto de caballos
y guerreros acompañaba a los que se iban retirando. Así como mulos vigorosos sacan del
monte y arrastran por áspero camino una viga o un gran tronco destinado a mástil de
navío, y apresuran el paso, pero su ánimo está abatido por el cansancio y el sudor: de la
misma manera ambos caudillos transportaban animosamente el cadáver. Detrás de ellos,
los Ayantes contenían a los troyanos como el valladar selvoso extendido por gran parte
de la llanura refrena las corrientes perjudiciales de los ríos de curso arrebatado, les hace
torcer el camino y les señala el cauce por donde todos han de correr, y jamás los ríos
pueden romperlo con la fuerza de sus aguas; de semejante modo, los Ayantes apartaban a
los troyanos que les seguían peleando, especialmente Eneas Anquisíada y el preclaro
Héctor. Como vuela una bandada de estorninos o grajos, dando horribles chillidos,
cuando ven al gavilán que trae la muerte a los pajarillos, así entonces los aqueos,
perseguidos por Eneas y Héctor, corrían chillando horriblemente y se olvidaban de
combatir. Muchas armas hermosas de los dánaos fugitivos cayeron en el foso o en sus
orillas, y la batalla continuaba sin intermisión alguna.

CANTO XVIII *
Fabricación de las armas
* Aquiles, al enterarse de la noticia de la muerte de su amigo Patroclo, ansía vengarlo. Su madre, Tetis,
pide a Hefesto que fabrique un escudo que reemplace al que Héctor tomó como botín del cadáver de
Patroclo.

1 Mientras los troyanos y los aqueos combatían con el ardor de abrasadora llama,
Antíloco, mensajero de veloces pies, fue en busca de Aquiles. Hallóle junto alas naves, de
altas popas, y ya el héroe presentía lo ocurrido; pues, gimiendo, a su magnánimo espíritu
así le hablaba:
6 -¡Ay de mí! ¿Por qué los melenudos aqueos vuelven a ser derrotados, y corren
aturdidos por la llanura con dirección a las naves? Temo que los dioses me hayan
causado la desgracia cruel para mi corazón, que me anunció mi madre diciendo que el
más valiente de los mirmidones dejaría de ver la luz del sol, a manos de los troyanos,
antes de que yo falleciera. Sin duda ha muerto el esforzado hijo de Menecio. ¡Infeliz! Yo
le mandé que, tan pronto como apartase el fuego enemigo, regresara a los bajeles y no
quisiera pelear valerosamente con Héctor.
15 Mientras tales pensamientos revolvía en su mente y en su corazón, llegó el hijo del
ilustre Néstor; y, derramando ardientes lágrimas, diole la triste noticia:
18-¡Ay de mí, hijo del aguerrido Peleo! Sabrás una infausta nueva, una cosa que no
hubiera de haber ocurrido. Patroclo yace en el suelo, y troyanos y aqueos combaten en
torno del cadáver desnudo, pues Héctor, el de tremolante casco, tiene la armadura.
22 Así dijo; y negra nube de pesar envolvió a Aquiles. El héroe cogió ceniza con ambas
manos, derramóla sobre su cabeza, afeó el gracioso rostro y la negra ceniza manchó la di-
vina túnica; después se tendió en el polvo, ocupando un gran espacio, y con las manos se
arrancaba los cabellos. Las esclavas que Aquiles y Patroclo habían cautivado salieron
afligidas; y, dando agudos gritos, fueron desde la puerta a rodear a Aquiles; todas se
golpeaban el pecho y sentían desfallecer sus miembros. Antíloco también se lamentaba,
vertía lágrimas y tenía de las manos a Aquiles, cuyo gran corazón deshacíase en suspiros,
por el temor de que se cortase la garganta con el hierro. Dio Aquiles un horrendo gemido;
oyóle su veneranda madre, que se hallaba en el fondo del mar, junto al padre anciano, y
prorrumpió en sollozos; y cuantas diosas nereidas había en aquellas profundidades, todas
se congregaron a su alrededor. Allí estaban Glauce, Talía, Cimódoce, Nesea, Espío, Toe,
Halia, la de ojos de novilla, Cimótoe, Actea, Limnorea, Mélite, Yera, Anfítoe, Ágave,
Doto, Proto, Ferusa, Dinámene, Dexámene, Anfínome, Calianira, Dóride, Pánope, la
célebre Galatea, Nemertes, Apseudes, Calianasa, Clímene, Yanira, Yanasa, Mera, Oritía,
Amatía, la de hermosas trenzas, y las restantes nereidas que habitan en el hondo del mar.
La blanquecina gruta se llenó de ninfas, y todas se golpeaban el pecho. Y Tetis, dando
principio a los lamentos, exclamó:
52 -Oíd, hermanas nereidas, para que sepáis cuántas penas sufre mi corazón. ¡Ay de mí,
desgraciada! ¡Ay de mí, madre infeliz de un valiente! Parí a un hijo ilustre, fuerte a
insigne entre los héroes, que creció semejante a un árbol; le crié como a una planta en
terreno fértil y to mandé a Ilio en las corvas naves para que combatiera con los troyanos;
y ya no le recibiré otra vez, porque no volverá a mi casa, a la mansión de Peleo. Mientras
vive y ve la luz del sol está angustiado, y no puedo, aunque a él me acerque, llevarle
socorro. Iré a ver al hijo querido y me dirá qué pesar le aflige ahora que no interviene en
las batallas.
65 Así diciendo, salió de la gruta; las nereidas la acompañaron llorosas, y las olas del
mar se rompían en torno de ellas. Cuando llegaron a la fértil Troya, subieron todas a la
playa donde las muchas naves de los mirmidones habían sido colocadas junto a la del
veloz Aquiles. La veneranda madre se acercó al héroe, que suspiraba profundamente; y,
rompiendo el aire con agudos clamores, abrazóle la cabeza, y en tono lastimero
pronunció estas aladas palabras:
73 -¡Hijo! ¿Por qué lloras? ¿Qué pesar te ha llegado al alma? Habla; no me to ocultes.
Zeus ha cumplido lo que tú, levantando las manos, le pediste: que todos los aqueos,
privados de ti, fueran acorralados junto a las naves y padecieran vergonzosos desastres.
78 Exhalando profundos suspiros, contestó Aquiles, el de los pies ligeros:
79 -¡Madre mía! El Olímpico, efectivamente, lo ha cumplido; pero ¿qué placer puede
producirme, habiendo muerto Patroclo, el fiel amigo a quien apreciaba sobre todos los
compañeros y tanto como a mi propia cabeza? Lo he perdido, y Héctor, después de
matarlo, le despojó de las armas prodigiosas, encanto de la vista, magníficas, que los
dioses regalaron a Peleo, como espléndido presente, el día en que lo colocaron en el
tálamo de un hombre mortal. Ojalá hubieras seguido habitando en el mar con las
inmortales ninfas, y Peleo hubiese tomado esposa mortal. Mas no sucedió así, para que
sea inmenso el dolor de tu alma cuando muera tu hijo, a quien ya no recibirás vuelto a la
patria, pues mi ánimo no me incita a vivir, ni a permanecer entre los hombres, si Héctor
no pierde la vida, atravesado por mi lanza, recibiendo de este modo la condigna pena por
la muerte de Patroclo Menecíada.
94 Respondióle Tetis, derramando lágrimas:
95 -Breve será tu existencia, a juzgar por lo que dices, pues la muerte te aguarda así que
Héctor perezca.
97 Contestó muy afligido Aquiles, el de los pies ligeros:
9e -Muera yo en el acto, ya que no pude socorrer al amigo cuando lo mataron: ha
perecido lejos de su país y sin tenerme al lado para que le librara de la desgracia. Ahora,
puesto que no he de volver a la patria tierra, ni he salvado a Patroclo ni a los muchos
amigos que murieron a manos del divino Héctor, permanezco en las naves cual inútil
peso de la tierra, siendo tal en la batalla como ninguno de los aqueos, de broncíneas
corazas, pues en el ágora otros me superan. Ojalá pereciera la discordia para los dioses y
para los hombres, y con ella la ira, que encruelece hasta al hombre sensato cuando más
dulce que la miel se introduce en el pecho y va creciendo como el humo. Así me irritó el
rey de hombres, Agamenón. Pero dejemos to pasado, aunque afligidos, pues es preciso
refrenar el furor del pecho. Iré a buscar al matador del amigo querido, a Héctor; y yo
recibiré la muerte cuando lo dispongan Zeus y los demás dioses inmortales. Pues ni el
fornido Heracies pudo librarse de ella, con ser carísimo al soberano Zeus Cronida, sino
que la parca y la cólera funesta de Hera le hicieron sucumbir. Así yo, si he de tener igual
muerte, yaceré en la tumba cuando muera; mas ahora ganaré gloriosa fama y haré que
algunas de las matronas troyanas o dardanias, de profundo seno, den fuertes suspiros y
con ambas manos se enjuguen las lágrimas de sus tiernas mejillas. Conozcan que durante
largo tiempo me he abstenido de combatir. Y tú, aunque me ames, no me prohíbas que
pelee, que no lograrás persuadirme.
127 Respondióle Tetis, la de argénteos pies:
128 -Sí, hijo, es justo, y no puede reprobarse que libres a los afligidos compañeros de
una muerte terrible; pero to magnífica armadura de luciente bronce la tienen los troyanos,
y Héctor, el de tremolante casco, se vanagloria de cubrir con ella sus hombros. Con todo
eso, me figuro que no durará mucho su jactancia, pues ya la muerte se le avecina. Tú no
penetres en la contienda de Ares hasta que con tus ojos me veas volver; y mañana, al
romper el alba, vendré a traerte una hermosa armadura fabricada por Hefesto.
138 Cuando así hubo hablado, dejó a su hijo; y volviéndose a sus hermanas de la mar,
les dijo:
140 -Bajad vosotras al anchuroso seno del mar para ver al anciano marino y el palacio
del padre, a quien se lo contaréis todo; y yo subiré al elevado Olimpo para que Hefesto, el
ilustre artífice, dé a mi hijo una magnífica y reluciente armadura.
14s Así habló. Las nereidas se sumergieron prestamente en las olas del mar, y Tetis, la
diosa de argénteos pies, enderezó sus pasos al Olimpo para procurar a su hijo las magnífi-
cas armas.
148 Mientras la diosa se encaminaba al Olimpo, los aqueos, de hermosas grebas,
huyendo con gritería inmensa a vista de Héctor, matador de hombres, llegaron a las naves
y al Helesponto; y ya no podían sacar fuera de los tiros el cadáver de Patroclo, escudero
de Aquiles, porque de nuevo los alcanzaron los troyanos con sus carros y Héctor, hijo de
Príamo, que por su vigor parecía una llama. Tres veces el esclarecido Héctor asió a
Patroclo por los pies a intentó arrastrarlo, exhortando con horrendos gritos a los troyanos;
tres veces los dos Ayantes, revestidos de impetuoso valor, le rechazaron. Héctor, con-
fiando en su fuerza, unas veces se arrojaba a la pelea, otras se detenía y daba grandes
voces, pero nunca se retiraba del todo. Como los pastores pasan la noche en el campo y
no consiguen apartar de la presa a un fogoso león muy hambriento; de semejante modo,
los belicosos Ayantes no lograban ahuyentar del cadáver a Héctor Priámida. Y éste to
arrastrara, consiguiendo inmensa gloria, si no se hubiese presentado al Pelión, para
aconsejarle que tomase las armas, la veloz Iris, de pies ligeros como el viento; a la cual
enviaba Hera, sin que to supieran Zeus ni los demás dioses. Colocóse la diosa cerca de
Aquiles y pronunció estas aladas palabras:
170 -¡Levántate, Pelida, el más portentoso de los hombres! Ve a defender a Patroclo,
por cuyo cuerpo se ha trabado un vivo combate cerca de las naves. Mátanse a11í los
aqueos defendiendo el cadáver, y los troyanos acometiendo con el fin de arrastrarlo a la
ventosa Ilio. Y el que más empeño tiene en llevárselo es el esclarecido Héctor, porque su
ánimo le incita a cortarle la cabeza del tierno cuello para clavarla en una estaca.
Levántate, no yazgas más; avergüéncese tu corazón de que Patroclo llegue a ser juguete
de los perros troyanos; pues será para ti motivo de afrenta que el cadáver reciba algún
ultraje.
181 Respondióle el divino Aquiles, el de los pies ligeros:
182 -¡Diosa Iris! ¿Cuál de las deidades te envía como mensajera?
183 Díjole la veloz Iris, de pies ligeros como el viento:
184 -Me manda Hera, la ilustre esposa de Zeus, sin que lo sepan el excelso Cronida ni
los demás dioses inmortales que habitan el nevado Olimpo.
187 Replicóle Aquiles, el de los pies ligeros:
188 -¿Cómo puedo ir a la batalla? Los troyanos tienen mis armas, y mi madre no me
permite entrar en combate hasta que con estos ojos la vea volver, pues aseguró que me
traería una hermosa armadura fabricada por Hefesto. Entre tanto no sé de cuál guerrero
podría vestir las armas, a no ser que tomase el escudo de Ayante Telamoníada; pero creo
que éste se halla entre los combatientes delanteros y pelea con la lanza por el cadáver de
Patroclo.
196 Contestóle la veloz Iris, de pies ligeros como el viento:
197 -Bien sabemos nosotros que aquéllos tienen tu magnífica armadura; pero muéstrate
a los troyanos en la orilla del foso para que, temiéndote, cesen de pelear; los belicosos
aqueos, que tan abatidos están, se reanimen, y la batalla tenga su tregua, aunque sea por
breve tiempo.
202 En diciendo esto, fuese Iris, ligera de pies. Aquiles, caro a Zeus, se levantó, y
Atenea cubrióle los fornidos hombros con la égida floqueada, y además la divina entre las
diosas circundóle la cabeza con áurea nube, en la cual ardía resplandeciente llama. Como
se ve desde lejos el humo que, saliendo de una isla donde se halla una ciudad sitiada por
los enemigos, llega al éter, cuando sus habitantes, después de combatir todo el día en
horrenda batalla, fuera de la ciudad, al ponerse el sol encienden muchos fuegos, cuyo
resplandor sube a to alto, para que los vecinos los vean, se embarquen y les libren del
apuro, de igual modo el resplandor de la cabeza de Aquiles llegaba al éter. Y acercándose
a la orilla del foso, fuera de la muralla, se detuvo, sin mezclarse con los aqueos, porque
respetaba el prudente mandato de su madre. Allí dio recias voces y a alguna distancia
Palas Atenea vocifer6 también y suscitó un inmenso tumulto entre los troyanos. Como se
oye la voz sonora de la trompeta cuando vienen a cercar la ciudad enemigos que la vida
quitan, tan sonora fue entonces la voz del Eácida. Cuando se dejó oír la voz de bronce del
héroe, a todos se les conturbó el corazón, y los caballos, de hermosas crines, volvíanse
hacia atrás con los carros porque en su ánimo presentían desgracias. Los aurigas se
quedaron atónitos al ver el terrible a incesante fuego que en la cabeza del magnánimo
Pelión hacía arder Atenea, la diosa de ojos de lechuza. Tres veces el divino Aquiles gritó
a orillas del foso, y tres veces se turbaron los troyanos y sus ínclitos auxiliares; y doce de
los más valientes guerreros murieron atropellados por sus carros y heridos por sus propias
lanzas. Y los aqueos, muy alegres, sacaron a Patroclo fuera del alcance de los tiros y
colocáronlo en un lecho. Los amigos le rodearon llorosos, y con ellos iba Aquiles, el de
los pies ligeros, derramando ardientes lágrimas, desde que vio al fiel compañero
desgarrado por el agudo bronce y tendido en el féretro. Habíale mandado a la batalla con
su carro y sus corceles, y ya no podía recibirlo, porque de ella no tornaba vivo.
239 Hera veneranda, la de ojos de novilla, obligó al sol infatigable a hundirse, mal de
su grado, en la corriente del Océano. Y una vez puesto, los divinos aqueos suspendieron
la enconada pelea y el general combate.
243 Los troyanos, por su parte, retirándose de la dura contienda, desuncieron de los
carros los veloces corceles y se reunieron en el ágora antes de preparar la cena.
Celebraron el ágora de pie y nadie osó sentarse; pues a todos les hacía temblar el que
Aquiles se presentara después de haber permanecido tanto tiempo apartado del funesto
combate. Fue el primero en arengarles el prudente Polidamante Pantoida, el único que
conocía to futuro y to pasado: era amigo de Héctor, y ambos nacieron en la misma noche;
pero Polidamante superaba a Héctor en la elocuencia, y éste descollaba más que él en el
manejo de la lanza. Y arengándoles benévolo, así les dijo:
254 -Pensadlo bien, amigos, pues yo os exhorto a volver a la ciudad en vez de aguardar
a la divinal aurora en la llanura, junto a las naves, y tan lejos del muro como al presente
nos hallamos. Mientras ese hombre estuvo irritado con el divino Agamenón, fue más fácil
combatir contra los aqueos; y también yo gustaba de pernoctar junto a las veleras naves,
esperando que acabaríamos tomando los corvos bajeles. Ahora temo mucho al Pelida, de
pies ligeros, que con su ánimo arrogante no se contentará con quedarse en la llanura,
donde troyanos y aqueos sostienen el furor de Ares, sino que luchará para apoderarse de
la ciudad y de las mujeres. Volvamos a la población; seguid mi consejo, antes de que
ocurra to que voy a decir. La noche inmortal ha detenido al Pelida, de pies ligeros; pero,
si mañana nos acomete armado y nos encuentra aquí, conoceréis quién es, y llegará
gozoso a la sagrada Ilio el que logre escapar, pues a muchos de los troyanos se los
comerán los perros y los buitres. ¡Ojalá que tal noticia nunca llegue a mis oídos! Si, aun-
que estéis afligidos, seguís mi consejo, tendremos el ejército reunido en el ágora durante
la noche, pues la ciudad queda defendida por las torres y las altas puertas con sus tablas
grandes, labradas, sólidamente unidas. Por la mañana, al apuntar la aurora, subiremos
armados a las torres; y si aquél viniere de las naves a combatir con nosotros al pie del
muro, peor para él; pues habrá de volverse después de cansar a los caballos, de erguido
cuello, con carreras de todas clases, llevándolos errantes en torno de la ciudad. Pero no
tendrá ánimo para entrar en ella, y nunca podrá destruirla; antes se to comerán los veloces
perros.
284 Mirándole con torva faz, exclamó Héctor, el de tremolante casco:
285 -¡Polidamante! No me place lo que propones de volver a la ciudad y encerrarnos en
ella. ¿Aún no os cansáis de vivir dentro de los muros? Antes todos los hombres dotados
de palabra llamaban a la ciudad de Príamo rica en oro y en bronce, pero ya las hermosas
joyas desaparecieron de las casas: muchas riquezas han sido llevadas a la Frigia y a la en-
cantadora Meonia para ser vendidas, desde que Zeus se irritó contra nosotros. Y ahora
que el hijo del artero Crono me ha concedido alcanzar gloria junto a las naves y acorralar
contra el mar a los aqueos, no des, ¡oh necio!, tales consejos al pueblo. Ningún troyano to
obedecerá, porque no lo permitiré. Ea, procedamos todos como voy a decir. Cenad en el
campamento, sin romper las filas; acordaos de la guardia y vigilad todos. Y el troyano
que sienta gran temor por sus bienes, júntelos y entréguelos al pueblo para que en común
se consuman; pues es mejor que los disfrute éste que no los aqueos. Mañana, al apuntar la
aurora, vestiremos la armadura y suscitaremos un reñido combate junto alas cóncavas na-
ves. Y si verdaderamente el divino Aquiles pretende salir del campamento, le pesará
tanto más, cuanto más se arriesgue. Porque intento no huir de él, sino afrontarle en la
batalla horrísona; y alcanzará una gran victoria, o seré yo quien la consiga. Que Enialio
es a todos común y suele causar la muerte del que matar deseaba.
310 Así se expresó Héctor, y los troyanos le aclamaron, ¡oh necios!, porque Palas
Atenea les quitó el juicio. ¡Aplaudían todos a Héctor por sus funestos propósitos y ni uno
siquiera a Polidamante, que les daba un buen consejo! Tomaron, pues, la cena en el
campamento; y los aqueos pasaron la noche dando gemidos y llorando a Patroclo. El
Pelida, poniendo sus manos homicidas sobre el pecho del amigo, dio comienzo a las
sentidas lamentaciones, mezcladas con frecuentes sollozos. Como el melenudo león a
quien un cazador ha quitado los cachorros en la poblada selva, cuando vuelve a su
madriguera se aflige y, poseído de vehemente cólera, recorre los valles en busca de aquel
hombre, de igual modo, y despidiendo profundos suspiros, dijo Aquiles entre los
mirmidones:
324 -¡Oh dioses! Vanas fueron las palabras que pronuncié un día en el palacio para
tranquilizar al héroe Menecio, diciendo que a su ilustre hijo le llevaría otra vez a Opunte
tan pronto como, tomada Ilio, recibiera su parte de botín. Zeus no les cumple a los
hombres todos sus deseos; y el hado ha dispuesto que nuestra sangre enrojezca una
misma tierra, aquí en Troya; porque ya no me recibirán en su palacio ni el anciano
caballero Peleo, ni Tetis, mi madre, sino que esta tierra me contendrá en su seno. Ahora,
ya que tengo de penetrar en la tierra, oh Patroclo, después que tú, no to haré las honras
fúnebres hasta que traiga las armas y la cabeza de Héctor, tu magnánirno matador.
Degollaré ante la pira, para vengar to muerte, doce hijos de ilustres troyanos. Y en tanto
permanezcas tendido junto a las corvas naves, te rodearán, llorando noche y día, las
troyanas y dardanias de profundo seno que conquistamos con nuestro valor y la ingente
lanza, al entrar a saco opulentas ciudades de hombres de. voz articulada.
343 Cuando esto hubo dicho, el divino Aquiles mandó a sus compañeros que pusieran
al fuego un gran trípode para que cuanto antes le lavaran a Patroclo las manchas de san-
gre. Y ellos colocaron sobre el ardiente fuego una caldera propia para baños, sostenida
por un trípode; llenáronla de agua, y metiendo leña debajo la encendieron: el fuego rodeó
la caldera y calentó el agua. Cuando ésta hirvió en la caldera de bronce reluciente,
lavaron el cadáver, ungiéronlo con pingüe aceite y taparon las heridas con un unguento
que tenía nueve años; después, colocándolo en el lecho, lo envolvieron de pies a cabeza
en fina tela de lino y lo cubrieron con un velo blanco. Los mirmidones pasaron la noche
alrededor de Aquiles, el de los pies ligeros, dando gemidos y llorando a Patroclo. Y Zeus
habló de este modo a Hera, su hermana y esposa:
357 -Lograste al fin, Hera veneranda, la de ojos de novilla, que Aquiles, ligero de pies,
volviera a la batalla. Sin duda nacieron de ti los melenudos aqueos.
360 Respondió Hera veneranda, la de ojos de novilla:
361 -¡Terribilísimo Cronida! ¡Qué palabras proferiste! Si un hombre, no obstante su
condición de mortal y no saber Canto, puede realizar su propósito contra otro hombre,
¿cómo yo, que me considero la primera de las diosas por mi abolengo y por llevar el
nombre de esposa tuya, de ti que reinas sobre los inmortales todos, no había de causar
males a los troyanos estando irritada contra ellos?
368 Así éstos conversaban. Tetis, la de argénteos pies, llegó al palacio imperecedero de
Hefesto, que brlllaba como una estrella, lucía entre los de las deidades, era de bronce y
habíalo edificado el cojo en persona. Halló al dios bañado en sudor y moviéndose en
torno de los fuelles, pues fabricaba veinte trípodes que debían permanecer arrimados a la
pared del bien construido palacio y tenían ruedas de oro en los pies para que de propio
impulso pudieran entrar donde los dioses se congregaban y volver a la casa. ¡Cosa
admirable! Estaban casi terminados, faltándoles tan sólo las labradas asas, y el dios
preparaba los clavos para pegárselas. Mientras hacía tales obras con sabia inteligencla,
llegó Tetis, la diosa de argénteos pies. La bella Caris, que llevaba luciente diadema y era
esposa del ilustre cojo, viola venir, salió a recibirla, y, asiéndola por la mano, le dijo:
385 -¿Por qué, oh Tetis, la de largo peplo, venerable y cara, vienes a nuestro palacio?
Antes no solías frecuentarlo. Pero sígueme, y to ofreceré los dones de la hospitalidad.
388 Dichas estas palabras, la divina entre las diosas introdujo a Tetis y la hizo sentar en
un hermoso trono labrado, tachonado con clavos de plata y provisto de un escabel para
los pies. Y, llamando a Hefesto, ilustre artífice, le dijo:
392 -¡Hefesto! Ven acá, pues Tetis to necesita para algo.
393 Respondió el ilustre cojo de ambos pies:
394 -Respetable y veneranda es la diosa que ha venido a este palacio. Fue mi salvadora
cuando me tocó padecer, pues vime arrojado del cielo y caí a lo lejos por la voluntad de
mi insolente madre, que me quería ocultar a causa de la cojera. Entonces mi corazón
hubiera tenido que soportar terribles penas, si no me hubiesen acogido en su seno
Eurínome y Tetis; Eurínome, hija del retluente Océano. Nueve años viví con ellas
fabricando muchas piezas de bronce -broches, redondos brazaletes, sortijas y collares- en
una cueva profunda, rodeada por la inmensa, murmurante y espumosa corriente del
Océano. De todos los dioses y los mortales hombres, sólo to sabían Tetis y Eurínome, las
mismas que antes me salvaron. Hoy que Tetis, la de hermosas trenzas, viene a mi casa,
tengo que pagarle el beneficio de haberme conservado la vida. Sírvele hermosos
presentes de hospitalidad, mientras recojo los fuelles y demás herramientas.
410 Dijo; y levantóse de cabe al yunque el gigantesco e infatigable numen que al andar
cojeaba arrastrando sus gráciles piernas. Apartó de la llama los fuelles y puso en un arcón
de plata las herramientas con que trabajaba; enjugóse con una esponja el sudor del rostro,
de las manos, del vigoroso cuello y del velludo pecho, vistió la túnica, tomó el fornido
cetro, y salió cojeando, apoyado en dos estatuas de oro que eran semejantes a vivientes
jóvenes, pues tenían inteligencia, voz y fuerza, y hallábanse ejercitadas en las obras
propias de los inmortales dioses. Ambas sostenían cuidadosamente a su señor, y éste,
andando, se sentó en un trono reluciente cerca de Tetis, asió la mano de la deidad, y le
dijo:
424 -¿Por qué, oh Tetis, la de largo peplo, venerable y cara, vienes a nuestro palacio?
Antes no solías frecuentarlo. Di qué deseas; mi corazón me impulsa a ejecutarlo, si puedo
ejecutarlo y es hacedero.
428 Respondióle Tetis, derramando lágrimas:
429 -¡Hefesto! ¿Hay alguna entre las diosas del Olimpo que haya sufrido en su ánimo
tantos y tan graves pesares como a mí me ha enviado el Cronida Zeus? De las ninfas del
mar, únicamente a mí me sujetó a un hombre, a Peleo Eácida, y tuve que tolerar, contra
toda mi voluntad, el tálamo de un hombre que yace ya en el palacio, rendido a la triste
vejez. Ahora me envía otros males: concedióme que pariera y alimentara un hijo insigne
entre los héroes, que creció semejante a un árbol, to crié como a una planta en terreno
fértil y to mandé a Ilio en las corvas naves, para que combatiera con los troyanos; y ya no
le recibiré otra vez, porque no volverá a mi casa, a la mansión de Peleo. Mientras vive y
ve la luz del sol está angustiado, y no puedo, aunque a él me acerque, llevarle socorro.
Los aqueos le habían asignado, como recompensa, una joven, y el rey Agamenón se la
quitó de las manos. Apesadumbrado por tal motivo, consumía su corazón, pero los
troyanos acorralaron a los aqueos junto a los bajeles y no les dejaban salir del
campamento, y los próceres argivos intercedieron con Aquiles y le ofrecieron espléndidos
regalos. Entonces, aunque se negó a librarles de la ruina, hizo que vistiera sus armas
Patroclo y envióle a la batalla con muchos hombres. Combatieron todo el día en las
puertas Esceas; y los aqueos hubieran destruido la ciudad, a no haber sido por Apolo, el
cual mató entre los combatientes delanteros al esforzado hijo de Menecio, que tanto estra-
go causaba, y dio gloria a Héctor. Y yo vengo a abrazar tus rodillas por si quieres dar a
mi hijo, cuya vida ha de ser breve, escudo, casco, hermosas grebas ajustadas con broches,
y coraza; pues las armas que tenía las perdió su fiel amigo al morir a manos de los
troyanos, y Aquiles yace en tierra con el corazón afligido.
462 Contestóle el ilustre cojo de ambos pies:
463 -Cobra ánimo y no to apures por las armas. Ojalá pudiera ocultarlo a la muerte
horrísona cuando el terrible destino se le presence, como tendrá una hermosa armadura
que admirarán cuantos la vean.
468 Así habló; y, dejando a la diosa, encaminóse a los fuelles, los volvió hacia la llama
y les mandó que trabajasen. Estos soplaban en veinte hornos, despidiendo un aire que avi-
vaba el fuego y era de varias clases: unas veces fuerte, como lo necesita el que trabaja de
prisa, y otras al contrario, según Hefesto lo deseaba y la obra to requería. El dios puso al
fuego duro bronce, estaño, oro precioso y plata; colocó en el tajo el gran yunque, y cogió
con una mano el pesado martillo y con la otra las tenazas.
478 Hizo lo primero de todo un escudo grande y fuerte, de variada labor, con triple
cenefa brillante y reluciente, provisto de una abrazadera de plata. Cinco capas tenía el
escudo, y en la superior grabó el dios muchas artísticas figuras, con sabia inteligencia.
483 A11í puso la tierra, el cielo, el mar, el sol infatigable y la luna llena; a11í las
estrellas que el cielo coronan, las Pléyades, las Híades, el robusto Orión y la Osa, llamada
por sobrenombre el Carro, la cual gira siempre en el mismo sitio, mira a Orión y es la
única que deja de bañarse en el Océano.
490 Allí representó también dos ciudades de hombres dotados de palabra. En la una se
celebraban bodas y festines: las novias salían de sus habitaciones y eran acompañadas por
la ciudad a la luz de antorchas encendidas, oíanse repetidos cantos de himeneo, jóvenes
danzantes formaban ruedos, dentro de los cuales sonaban flautas y cítaras, y las matronas
admiraban el espectáculo desde los vestíbulos de las casas.- Los hombres estaban
reunidos en el ágora, pues se había suscitado una contienda entre dos varones acerca de la
multa que debía pagarse por un homicidio: el uno, declarando ante el pueblo, afirmaba
que ya la tenía satisfecha; el otro negaba haberla recibido, y ambos deseaban terminar el
pleito presentando testigos. El pueblo se hallaba dividido en dos bandos, que aplaudían
sucesivamente a cada litigante; los heraldos aquietaban a la muchedumbre, y los
ancianos, sentados sobre pulimentadas piedras en sagrado círculo, tenían en las manos los
cetros de los heraldos, de voz potente, y levantándose uno tras otro publicaban el juicio
que habían formado. En el centro estaban los dos talentos de oro que debían darse al que
mejor demostrara la justicia de su causa.
509 La otra ciudad aparecía cercada por dos ejércitos cuyos individuos, revestidos de
lucientes armaduras, no estaban acordes: los del primero deseaban arruinar la plaza, y los
otros querían dividir en dos partes cuantas riquezas encerraba la agradable población.
Pero los ciudadanos aún no se rendían, y preparaban secretamente una emboscada.
Mujeres, niños y ancianos subidos en la muralla la defendían. Los sitiados marchaban
llevando al frente a Ares y a Palas Atenea, ambos de oro y con áureas vestiduras,
hermosos, grandes, armados y distinguidos, coino dioses; pues los hombres eran de
estatura menor. Luego en el lugar escogido para la emboscada, que era a orillas de un río
y cerca de un abrevadero que utilizaba todo el ganado, sentábanse, cubiertos de reluciente
bronce, y ponían dos centinelas avanzados para que les avisaran la llegada de las ovejas y
de los bueyes de retorcidos cuernos. Pronto se presentaban los rebaños con dos pastores
que se recreaban tocando la zampoña, sin presentir la asechanza. Cuando los emboscados
los veían venir, corrían a su encuentro y al punto se apoderaban de los rebaños de bueyes
y de los magníficos hatos de blancas ovejas y mataban a los guardianes. Los sitiadores,
que se hallaban reunidos en junta, oían el vocerío que se alzaba en torno de los bueyes, y,
montando ágiles corceles, acudían presurosos. Pronto se trababa a orillas del río una
batalla en la cual heríanse unos a otros con broncíneas lanzas. Allí se agitaban la
Discordia, el Tumulto y la funesta Parca, que a un tiempo cogía a un guerrero vivo y
recientemente herido y a otro ileso, y arrastraba, asiéndolo de los pies, por el campo de la
batalla a un tercero que ya había muerto; y el ropaje que cubría su espalda estaba teniño
de sangre humana. Movíanse todos como hombres vivos, peleaban y retiraban los
muertos.
541 Representó también una blanda tierra noval, un campo fértil y vasto que se labraba
por tercera vez: acá y acullá muchos labradores guiaban las yuntas, y, al llegar al confín
del campo, un hombre les salía al encuentro y les daba una copa de dulce vino; y ellos
volvían atrás, abriendo nuevos surcos, y deseaban llegar al otro extremo del noval
profundo. Y la tierra que dejaban a su espalda negreaba y parecía labrada, siendo toda de
oro; to cual constituía una singular maravilla.
550 Grabó asimismo un campo real donde los jóvenes se gaban las mieses con hoces
afiladas: muchos manojos caíar al suelo a lo largo del surco, y con ellos formaban gavilla:
los atadores. Tres eran éstos, y unos rapaces cogían los manojos y se los llevaban a
brazados. En medio, de pie en un surco, estaba el rey sin desplegar los labios, con el
corazón alegre y el cetro en la mano. Debajo de una encina, los heraldos preparaban para
el banquete un corpulento buey que habían matado. Y las mujeres aparejaban la comida
de los trabajadores, haciendo abundantes puches de blanca harina.
561 También entalló una hermosa viña de oro, cuyas cepas, cargadas de negros
racimos, estaban sostenidas por rodrigones de plata. Rodeábanla un foso de negruzco
acero y un seto de estaño, y conducía a ella un solo camino por donde pasaban los
acarreadores ocupados en la vendimia. Doncellas y mancebos, pensando en cosas tiernas,
llevaban el dulce fruto en cestos de mimbre; un muchacho tañía suavemente la
harmoniosa cítara y entonaba con tenue voz un hermoso lino, y todos le acompañaban
cantando, profiriendo voces de júbilo y golpeando con los pies el suelo.
573 Puso luego un rebaño de vacas de erguida cornamenta: los animales eran de oro y
estaño, y salían del establo, mugiendo, para pastar a orillas de un sonoro río, junto a un
flexible cañaveral. Cuatro pastores de oro guiaban a las vacas y nueve canes de pies
ligeros los seguían. Entre las primeras vacas, dos terribles leones habían sujetado y
conducían a un toro que daba fuertes mugidos. Perseguíanlos mancebos y perros. Pero los
leones lograban desgarrar la piel del corpulento toro y tragaban los intestinos y la negra
sangre; mientras los pastores intentaban, aunque inútilmente, estorbario, y azuzaban a los
ágiles canes: éstos se apartaban de los leones sin morderlos, ladraban desde cerca y
rehuían el encuentro de las fieras.
587 Hizo también el ilustre cojo de ambos pies un gran prado en hermoso valle, donde
pacían las cándidas ovejas, con establos, chozas techadas y apriscos.
590 El ilustre cojo de ambos pies puso luego una danza como la que Dédalo concertó
en la vasta Cnoso en obsequio de Ariadna, la de lindas trenzas. Mancebos v doncellas de
rico dote, cogidos de las manos, se divertían bailando: éstas llevaban vestidos de sutil lino
y bonitas guirnaldas, y aquéllos, túnicas bien tejidas y algo lustrosas, como frotadas con
aceite, y sables de oro suspendidos de argénteos tahalíes. Unas veces, moviendo los
diestros pies, daban vueltas a la redonda con la misma facilidad con que el alfarero,
sentándose, aplica su mano al torno y to prueba para ver si corre, y en otras ocasiones se
colocaban por hileras y bailaban separadamente. Gentío inmenso rodeaba el baile y se
holgaba en contemplarlo. Entre ellos un divino aedo cantaba, acompañándose con la
cítara; y así que se oía el preludio, dos saltadores hacían cabriolas en medio de la
muchedumbre.
606 En la orla del sólido escudo representó la poderosa corriente del río Océano.
609 Después que construyó el grande y fuerte escudo, hizo para Aquiles una coraza
más reluciente que el resplandor del fuego; un sólido casco, hermoso, labrado, de áurea
cimera, y que a sus sienes se adaptara, y unas grebas de dúctil estaño.
614 Cuando el ilustre cojo de ambos pies hubo fabricado todas las armas, entrególas a
la madre de Aquiles. Y Tetis saltó, como un gavilán desde el nevado Olimpo, llevando la
reluciente armadura que Hefesto había construido.

CANTO XIX*
Renunciamiento de la cólera
* Penrechado con la armadura que le había fabricado Hefesto, Aquiles se remncilia con Agamenón.
Briseide lamenta la muerte de Patroclo y el ejército aqueo se prepara para la batalla que va a tener lugar.

1 La Aurora, de azafranado velo, se levantaba de la corriente del Océano para llevar la


luz a los dioses y a los hombres, cuando Tetis llegó a las naves con la armadura que
Hefesto le había entregado. Halló al hijo querido reclinado sobre el cadáver de Patroclo,
Ilorando ruidosamente y en torno suyo a muchos amigos que derramaban lágrimas. La di-
vina entre las diosas se puso en medio, asió la mano de Aquiles y hablóle de este modo:
8 -¡Hijo mío! Aunque estamos afligidos, dejemos que ése yazga, ya que sucumbió por
la voluntad de los dioses; y tú recibe la armadura fabricada por Hefesto, tan excelente y
bella como jamás varón alguno la haya Ilevado para proteger sus hombros.
12 La diosa, apenas acabó de hablar, colocó en el suelo delante de Aquiles las labradas
armas, y éstas resonaron. A todos los mirmidones les sobrevino temblor; y, sin atreverse
a mirarlas de frente, huyeron espantados. Mas Aquiles, así que las vio, sintió que se le
recrudecía la cólera; los ojos le centellearon terriblemente, como una llama, debajo de los
párpados; y el héroe se gozaba teniendo en las manos el espléndido presente de la deidad.
Y, cuando bubo deleitado su ánimo con la contemplación de la labrada armadura, dirigió
a su madre estas aladas palabras:
21 -¡Madre mía! El dios te ha dado unas armas como es natural que sean las obras de
los inmortales y como ningún hombre mortal las hiciera. Ahora me armaré, pero temo
que mientras tanto penetren las moscas por las heridas que el bronce causó al esforzado
hijo de Menecio, engendren gusanos, desfiguren el cuerpo -pues le falta la vida- y co-
rrompan todo el cadáver.
28 Respondióle Tetis, la diosa de argénteos pies:
29 -Hijo, no te turbe el ánimo tal pensamiento. Yo procuraré apartar los importunos
enjambres de moscas, que se ceban en la carne de los varones muertos en la guerra. Y,
aunque estuviera tendido un año entero, su cuerpo se conservaría igual que ahora o mejor
todavía. Tú convoca al ágora a los héroes aqueos, renuncia a la cólera contra Agamenón,
pastor de pueblos, ármate en seguida para el combate y revístete de valor.
37 Dicho esto, infundióle fortaleza y audacia, y echó unas gotas de ambrosía y rojo
néctar en la nariz de Patroclo, para que el cuerpo se hiciera incorruptible.
40 El divino Aquiles se encaminó a la orilla del mar, y, dando horribles voces, convocó
a los héroes aqueos. Y cuantos solían quedarse en el recinto de las naves, y hasta los pilo-
tos que las gobernaban, y como despenseros distribuían los víveres, fueron entonces al
ágora, porque Aquiles se presentaba, después de haber permanecido alejado del triste
combate durante mucho tiempo. El intrépido Tidida y el divino Ulises, servidores de
Ares, acudieron cojeando, apoyándose en el arrimo de la lanza -aún no tenían curadas las
graves heridas-, y se sentaron delante de todos. Agamenón, rey de hombres, Ilegó el
último y también estaba herido, pues Coón Antenórida habíale clavado su broncínea pica
durante la encarnizada lucha. Cuando todos los aqueos se hubieron congregado,
levantándose entre ellos dijo Aquiles, el de los pies ligeros:
56 -¡Atrida! Mejor hubiera sido para entrambos, para ti y para mí, continuar unidos que
sostener, con el corazón angustiado, roedora disputa por una joven. Así la hubiese muerto
Ártemis en las naves con una de sus flechas el mismo día que la cautivé al tomar a
Lirneso; y no habrían mordido el anchuroso suelo tantos aqueos como sucumbieron a
manos del enemigo mientras duró mi cólera. Para Héctor y los troyanos fue el beneficio,
y me figuro que los aqueos se acordarán largo tiempo de nuestra disputa. Mas dejemos lo
pasado, aunque nos hallemos afligidos, puesto que es preciso refrenar el furor del pecho.
Desde ahora depongo la cólera, que no sería razonable estar siempre irritado. Mas, ea,
incita a los melenudos aqueos a que peleen; y veré, saliendo al encuentro de los troyanos,
si querrán pasar la noche junto a los bajeles. Creo que con gusto se entregará al descanso
el que logre escapar del feroz combate, puesto en fuga por mi lanza.
74 Así habló; y los aqueos, de hermosas grebas, holgáronse de que el magnánimo
Pelión renunciara a la cólera. Y el rey de hombres, Agamenón, les dijo desde su asiento,
sin levantarse en medio del concurso:
78 -¡Oh amigos, héroes dánaos, servidores de Ares! Bueno será que escuchéis sin
interrumpirme, pues lo contrario molesta hasta al que está ejercitado en hablar. ¿Cómo se
podría oír o decir algo en medio del tumulto producido por muchos hombres? Turbaríase
el orador aunque fuese elocuente. Yo me dirigiré al Pelida; pero vosotros, los demás
argivos, prestadme atención y cada uno penetre bien mis palabras. Muchas veces los
aqueos me han dirigido las mismas Palabras, increpándome por to ocurrido, y yo no soy
el culpable, sino Zeus, la Parca y Erinia, que vaga en las tinieblas; los cuales hicieron
padecer a mi alma, durante el ágora, cruel ofuscación el día en que le arrebaté a Aquiles
la recompensa. Mas, ¿qué podía hacer? La divinidad es quien lo dispone todo. Hija
veneranda de Zeus es la perniciosa Ofuscación, a todos tan funesta: sus pies son
delicados y no los acerca al suelo, sino que anda sobre las cabezas de los hombres, a
quienes causa daño, y se apodera de uno, por lo menos, de los que contienden. En otro
tiempo fue aciaga para el mismo Zeus, que es tenido por el más poderoso de los hombres
y de los dioses; pues Hera, no obstante ser hembra, le engañó cuando Alcmena había de
parir al fornido Heracles en Teba, ceñida de hermosas murallas. El dios, gloriándose, dijo
así ante todas las deidades: «Oídme todos, dioses y diosas, para que os manifieste lo que
en el pecho mi corazón me dicta. Hoy Ilitia, la que preside los partos, sacará a luz un
varón que, perteneciendo a la familia de los hombres engendrados de mi sangre, reinará
sobre todos sus vecinos.» Y hablándole con astucia, le replicó la venerable Hera:
«Mentirás, y no llevarás al cabo to que dices. Y si no, ea, Olímpico, jura solemnemente
que reinará sobre todos sus vecinos el niño que, perteneciendo a la familia de los hombres
engendrados de to sangre, caiga hoy entre los pies de una mujer.» Así dijo; Zeus, no
sospechando el dolo, prestó el gran juramento que tan funesto le había de ser. Pues Hera
dejó en raudo vuelo la cima del Olimpo, y pronto llegó a Argos de Acaya, donde vivía la
esposa ilustre de Esténelo Persida; y, como ésta se hallara encinta de siete meses
cumplidos, la diosa sacó a luz el niño, aunque era prematuro, y retardó el parto de
Alcmena, deteniendo a las Ilitias. Y en seguida participóselo a Zeus Cronida, diciendo:
«¡Padre Zeus, fulminador! Una noticia tengo que darte. Ya nació el noble varón que
reinará sobre los argivos: Euristeo, hijo de Esténelo Persida, descendiente tuyo. No es
indigno de reinar sobre aquéllos.» Así dijo, y un agudo dolor penetró el alma del dios,
que, irritado en su corazón, cogió a Ofuscación por los nítidos cabellos y prestó solemne
juramento de que Ofuscación, tan funesta a todos, jamás volvería al Olimpo y al cielo
estrellado. Y, volteándola con la mano, la arrojó del cielo. En seguida llegó Ofuscación a
los campos cultivados por los hombres. Y Zeus gemía por causa de ella, siempre que
contemplaba a su hijo realizando los penosos trabajos que Euristeo le iba imponiendo.
Por esto, cuando el gran Héctor, el de tremolante casco, mataba a los argivos junto a las
popas de las naves, yo no podía olvidarme de Ofus cación, cuyo funesto influjo había
experimentado. Pero ya que falté y Zeus me hizo perder el juicio, quiero aplacarte y
hacerte muchos regalos, y tú ve al combate y anima a los demás guerreros. Voy a darte
cuanto ayer lo ofreció en tu tienda el divino Ulises. Y si quieres, aguarda, áunque estés
impaciente por combatir, y mis servidores traerán de la nave los presentes para que veas
si son capaces de apaciguar tu ánimo los que te brindo.
14s Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros:
146 -¡Atrida gloriosísimo, rey de hombres, Agamenón! Luego podrás regalarme estas
cosas, como es justo, o retenerlas. Ahora pensemos solamente en la batalla. Preciso es
que no perdamos el tiempo hablando, ni difiramos la acción -la gran empresa está aún por
acabar-, para que vean nuevamente a Aquiles entre los combatientes delanteros,
aniquilando con su broncínea lanza las falanges teucras. Y vosotros pensad también en
combatir con los enemigos.
154 Contestó el ingenioso Ulises:
155 -Aunque seas valiente, deiforme Aquiles, no exhortes a los aqueos a que peleen en
ayunas con los troyanos, cerca de Ilio; que no durará poco tiempo la batalla cuando las
falanges vengan a las manos y la divinidad excite el valor de ambos ejércitos. Ordénales,
por el contrario, a los aqueos que en las veleras naves se harten de manjares y vino, pues
esto da fuerza y valor. Estando en ayunas no puede el varón combatir todo el día, hasta la
puesta del sol, con el enemigo; aunque su corazón lo desee, los miembros se le en-
torpecen sin que él lo advierta, le rinden el hambre y la sed, y las rodillas se le doblan al
andar. Pero el que pelea todo el día con los enemigos, saciado de vino y de manjares,
tiene en el pecho un corazón audaz y sus miembros no se cansan hasta que todos se han
retirado de la lid. Ea, despide las tropas y manda que preparen el desayuno; el rey de
hombres, Agamenón, traiga los regalos en medio del ágora para que los vean todos los
aqueos con sus propios ojos y to regocijes en el corazón; jure el Atrida, de pie entre los
argivos, que nunca subió al lecho de Briseide ni se juntó con ella, como es costumbre, oh
rey, entre hombres y mujeres; y tú, Aquiles, procura tener en el pecho un ánimo benigno.
Que luego se te ofrezca en el campamento un espléndido banquete de reconciliación, para
que nada falte de lo que se te debe. Y el Atrida sea en adelante más justo con todos; pues
no se puede reprender que se apacigue a un rey, a quien primero se injurió.
184 Dijo entonces el rey de hombres, Agamenón:
185 -Con agrado escuché tus palabras, Laertíada, pues en todo lo que narraste y
expusiste has sido oportuno. Quiero hacer el juramento; mi ánimo me lo aconseja, y no
será para un perjurio mi invocación a la divinidad. Aquiles aguarde, aunque esté
impaciente por combatir, y los demás continuad reunidos aquí hasta que traigan de mi
tienda los presentes y consagremos con un sacrificio nuestra fiel amistad. A ti mismo lo
te encargo y ordeno: escoge entre los jóvenes aqueos los más principales; y,
encaminándoos a mi nave, traed cuanto ayer ofrecimos a Aquiles, sin dejar las mujeres. Y
Taltibio, atravesando el anchuroso campamento aqueo, vaya a buscar y prepare un jabalí
para inmolarlo a Zeus y al Sol.
198 Replicó Aquiles, el de los pies ligeros:
199 -¡Atrida gloriosísimo, rey de hombres, Agamenón! Todo esto debierais hacerlo
cuando se suspenda el combate y no sea tan grande el ardor que inflama mi pecho.
¡Yacen insepultos los que mató Héctor Priámida cuando Zeus le dio gloria, y vosotros
nos aconsejáis que comamos! Yo mandana a los aqueos que combatieran en ayunas, sin
tomar nada; y que a la puesta del sol, después de vengar la afrenta, celebraran un gran
banquete. Hasta entonces no han de entrar en mi garganta ni manjares ni bebidas, a causa
de la muerte de mi compañero; el cual yace en la tienda, atravesado por el agudo bronce,
con los pies hacia el vestíbulo y rodeado de amigos que le lloran. Por esto, aquellas cosas
en nada interesan a mi espíritu, sino tan sólo la matanza, la sangre y el triste gemir de los
guerreros.
215 Respondióle el ingenioso Ulises:
216 -¡Oh Aquiles, hijo de Peleo, el más valiente de todos los aqueos! Eres más fuerte
que yo y me superas no poco en el manejo de la lanza, pero to aventajo mucho en el
pensar, porque nací antes y mi experiencia es mayor. Acceda, pues, to corazón a to que
voy a decir. Pronto se cansan los hombres de pelear, si, haciendo caer el bronce muchas
espigas al suelo, la mies es escasa, porque Zeus, el árbitro de la guerra humana, inclina al
otro lado la balanza. No es justo que los aqueos lloren al muerto con el vientre, pues
siendo tantos los que sucumben unos en pos de otros todos los días, ¿cuándo podríamos
respirar sin pena? Se debe enterrar con ánimo firme al que muere y llorarle un día, y
luego cuantos hayan escapado del combate funesto piensen en comer y beber para vestir
otra vez el indomable bronce y pelear continuamente y con más tesón aún contra los
enemigos. Ningún guerrero deje de salir aguardando otra exhortación, que para su daño la
esperará quien se quede junto a las naves argivas. Vayamos todos juntos y excitemos al
cruel Ares contra los troyanos, domadores de caballos.
238 Dijo; mandó que le siguiesen los hijos del glorioso Néstor, Meges Filida, Toante,
Meriones, Licomedes Creontíada y Melanipo, y encaminóse con ellos a la tienda de
Agamenón Atrida. Y apenas hecha la proposición, ya estaba cumplida. Lleváronse de la
tienda los siete trípodes que el Atrida había ofrecido, veinte calderas relucientes y doce
caballos; a hicieron salir siete mujeres, diestras en primorosas labores, y a Briseide, la de
hermosas mejillas, que fue la octava. Al volver, Ulises iba delante con los diez talentos de
oro que él mismo había pesado, y le seguían los jóvenes aqueos con los presentes. Pu-
siéronio todo en medio del ágora; alzóse Agamenón, y al lado del pastor de hombres se
puso Taltibio, cuya voz parecía la de una deidad, sujetando con la mano a un jabalí. El
Atrida sacó el cuchillo que llevaba colgado junto a la gran vaina de la espada, cortó por
primicias algunas cerdas del jabalí y oró, levantando las manos a Zeus; y todos los
argivos, sentados en silencio y en buen orden, escuchaban las palabras del rey. Éste,
alzando los ojos al anchuroso cielo, hizo esta plegaria:
258 -Sean testigos Zeus, el más excelso y poderoso de los dioses, y luego la Tierra, el
Sol y las Erinias que debajo de la tierra castigan a los muertos que fueron perjuros, de que
jamás he puesto la mano sobre la joven Briseide para yacer con ella ni para otra cosa
alguna, sino que en mi tienda ha permanecido intacta. Y si en algo perjurare, envíenme
los dioses los muchísimos males con que castigan al que, jurando, contra ellos peca.
266 Dijo; y con el cruel bronce degolló el jabalí que Taltibio arrojó, haciéndole dar
vueltas, a gran abismo del espumoso mar para pasto de los peces. Y Aquiles,
levantándose entre los belicosos argivos, habló en estos términos:
270 -¡Zeus padre! Grandes son los infortunios que mandas a los hombres. Jamás el
Atrida me hubiera suscitado el enojo en el pecho, ni hubiese tenido poder para arrebatar-
me la joven contra mi voluntad; pero sin duda quería Zeus que muriesen muchos aqueos.
Ahora id a comer para que luego trabemos el combate.
276 Así se expresó; y al momento disolvió el ágora. Cada uno volvió a su respectiva
nave. Los magnánimos mirmidones se hicieron cargo de los presentes, y, llevándolos
hacia , el bajel del divino Aquiles, dejáronlos en la tienda, dieron sillas a las mujeres, y
servidores ilustres guiaron a los caballos al sitio en que los demás estaban.
282 Briseide, que a la áurea Afrodita se asemejaba, cuando vio a Patroclo atravesado
por el agudo bronce, se echó sobre el mismo y prorrumpió en fuertes sollozos, mientras
con las manos se golpeaba el pecho, el delicado cuello y el f lindo rostro. Y, llorando
aquella mujer semejante a una diosa, así decía:
287 -¡Oh Patroclo, amigo carísimo al corazón de esta desventurada! Vivo te dejé al
partir de la tienda, y te encuentro difunto al volver, oh príncipe de hombres. ¡Cómo me
persigue una desgracia tras otra! Vi al hombre a quien me entregaron mi padre y mi
venerable madre, atravesado por el agudo bronce al pie de los muros de la ciudad; y los
tres hermanos queridos que una misma madre me diera murieron también. Pero tú,
cuando el ligero Aquiles mató a mi esposo y tomó la ciudad del divino Mines, no me
dejabas llorar, diciendo que lograrías que yo fuera la mujer legítima del divino Aquiles,
que éste me llevaría en su nave a Ftía y que allí, entre los mirmidones, celebraríamos el
banquete nupcial. Y ahora que has muerto no me cansaré de llorar por ti, que siempre has
sido afable.
301 Así dijo llorando, y las mujeres sollozaron, aparentemente por Patroclo, y en
realidad por sus propios males. Los caudillos aqueos se reunieron en torno de Aquiles y
le suplicaron que comiera; pero él se negó, dando suspiros:
305 -Yo os ruego, si alguno de mis compañeros quiere obedecerme aún, que no me
invitéis a saciar-el deseo de comer o de beber; porque un grave dolor se apodera de mí.
Aguardaré hasta la puesta del sol y soportaré la fatiga.
309 Así diciendo, despidió a los demás reyes, y sólo se quedaron los dos Atridas, el
divino Ulises, Néstor, Idomeneo y el anciano jinete Fénix para distraer a Aquiles, que
estaba profundamente afligido. Pero nada podía alegrar el corazón del héroe, mientras no
entrara en sangriento combate. Y acordándose de Patroclo, daba hondos y frecuentes
suspi ros, y así decía:
315 -En otro tiempo, tú, infeliz, el más amado de los compañeros, me servías en esta
tienda, diligente y solícito, el agradable desayuno cuando los aqueos se daban prisa por
traba el luctuoso combate con los troyanos, domadores de caba Ilos. Y ahora yaces,
atravesado por el bronce, y yo estoy ayuno de comida y de bebida, a pesar de no faltarme,
por la soledad que de ti siento. Nada peor me puede ocurrir; ni que supiera que ha muerto
mi padre, el cual quizás llora allá en Ftía por no tener a su lado un hijo como yo, mientras
peleo con los troyanos en país extranjero a causa de la odiosa Helena; ni que falleciera mi
hijo amado que se cría en Esciro, si el deiforme Neoptólemo vive todavía. Antes el
corazón abrigaba en mi pecho la esperanza de que sólo yo perecería aquí en Troya, lejos
de Argos, criador de caballos, y de que tú, volviendo a Ftía, irías en una veloz nave negra
a Esciro, recogerías a mi hijo y le mostrarías todos mis bienes: las posesiones, los
esclavos y el palacio de elevado techo. Porque me figuro que Peleo ya no existe; y, si le
queda un poco de vida, estará afligido, se verá abrumado por la odiosa vejez y temerá
siempre recibir la triste noticia de mi muerte.
338 Así dijo, llorando, y los caudillos gimieron, porque cada uno se acordaba de
aquéllos a quienes había dejado en su respectivo palacio. El Cronión, al verlos sollozar,
se compadeció de ellos, y al instante dirigió a Atenea estas aladas palabras:
342 -¡Hija mía! Desamparas de todo en todo a ese eximio varón. ¿Acaso tu espíritu ya
no se cuida de Aquiles? Hállase junto a las naves de altas popas, llorando a su compañero
amado; los demás se fueron a comer, y él sigue en ayunas y sin probar bocado. Ea, ve y
derrama en su pecho un poco de néctar y ambrosía para que el hambre no le atormente.
349 Con tales palabras instigóle a hacer to que ella misma deseaba. Atenea emprendió
el vuelo, cual si fuese un halcón de anchas alas y aguda voz, desde el cielo a través del
éter. Ya los aqueos se armaban en el ejército, cuando la diosa derramó en el pecho de
Aquiles un poco de néctar y de ambrosía deliciosa, para que el hambre molesta no hiciera
flaquear las rodillas del héroe; y en seguida regresó al sólido palacio del prepotente
padre. Los guerreros afluyeron a un lugar algo distante de las veleras naves. Cuan
numerosos caen los copos de nieve que envía Zeus y vuelan helados al impulso del
Bóreas, nacido en el éter, en tan gran número veíanse salir del recinto de las naves los
refulgentes cascos, los abollonados escudos, las fuertes corazas y las lanzas de fresno. El
brillo llegaba hasta el cielo; toda la tierra se mostraba risueña por los rayos que el bronce
despedía, y un gran ruido se levantaba de los pies de los guerreros. Armábase entre éstos
el divino Aquiles: rechinándole los dientes, con los ojos centelleantes como encendida
llama y el corazón traspasado por insoportable dolor, lleno de ira contra los troyanos,
vestía el héroe la armadura regalo del dios Hefesto, que la había fabricado. Púsose en las
piernas elegantes grebas ajustadas con broches de plata; protegió su pecho con la coraza;
colgó del hombro una espada de bronce guarnecida con argénteos clavos y embrazó el
grande y fuerte escudo cuyo resplandor semejaba desde lejos al de la luna. Como aparece
el fuego encendido en un sitio solitario en to alto de un monte a los navegantes que vagan
por el mar, abundante en peces, porque las tempestades los alejaron de sus amigos; de la
misma manera, el resplandor del hermoso y labrado escudo de Aquiles llegaba al éter.
Cubrió después la cabeza con el fornido yelmo de crines de caballo que brillaba como un
astro; y a su alrededor ondearon las áureas y espesas crines que Hefesto había colocado
en la cimera. El divino Aquiles probó si la armadura se le ajustaba, y si, Ilevándola
puesta, movía con facilidad los miembros; y las armas vinieron a ser como alas que
levantaban al pastor de hombres. Sacó del estuche la lanza paterna, pesada, grande y
robusta, que entre todos los aqueos solamente él podía manejar: había sido cortada de un
fresno de la cumbre del Pelio y regalada por Quirón al padre de Aquiles para que con ella
matara héroes. En tanto, Automedonte y Álcimo se ocupaban en uncir los caballos:
sujetáronlos con hermosas correas, les pusieron el freno en la boca y tendieron las riendas
hacia atrás, atándolas al fuerte asiento. Sin dilación cogió Automedonte el magnífico
látigo y saltó al carro. Aquiles, cuya armadura relucía como el fúlgido Hiperión, subió
también y exhortó con horribles voces a los caballos de su padre:
400-¿Janto y Balio, ilustres hijos de Podarga! Cuidad de traer salvo a la muchedumbre
de los dánaos al que hoy os guía cuando nos hayamos saciado de combatir, y no le dejéis
muerto a11á como a Patroclo.
404 Y Janto, el corcel de ligeros pies, bajó la cabeza -sus crines, cayendo en torno de la
extremidad del yugo, llegaban al suelo, y, habiéndole dotado de voz Hera, la diosa de los
níveos brazos, respondió desde debajo del yugo:
408 -Hoy te salvaremos aún, impetuoso Aquiles; pero está cercano el día de tu muerte,
y los culpables no seremos nosotros, sino un dios poderoso y la Parca cruel. No fue por
nuestra lentitud ni por nuestra pereza que los troyanos quitaron la armadura de los
hombros de Patroclo; sino que el más fuerte de los dioses, a quien parió Leto, la de
hermosa cabellera, matóle entre los combatientes delanteros y dio gloria a Héctor.
Nosotros correríamos tan veloces como el soplo del Céfiro, que es tenido por el más
rápido. Pero también tú estás destinado a sucumbir a manos de un dios y de un hombre.
418 Dichas estas palabras, las Erinias le cortaron la voz. Y muy indignado, Aquiles, el
de los pies ligeros, le dijo:
420 -¡Janto! ¿Por qué me vaticinas la muerte? Ninguna necesidad tienes de hacerlo. Ya
sé que mi destino es perecer aquí, lejos de mi padre y de mi madre; mas, con todo eso, no
he de descansar hasta que harte de combate a los troyanos.
424 Dijo; y, dando voces, dirigió los solípedos caballos por las primeras filas.
CANTO XX *
Combate de los dioses
* Los dioses, en asamblea extraordinaria, no se ponen de acuerdo sobre a quién habia que favorecer.
Aquiles, enfurecido, vuelve al combate y mata a tantos troyanos que los cadáveres obstruyen la corriente
del río Janto.

1 Mientras los aqueos se armaban junto a los corvos bajeles, alrededor de ti, oh hijo de
Peleo, incansable en la batalla, los troyanos se apercibían también para el combate en una
eminencia de la llanura.
4 Zeus ordenó a Temis que, partiendo de las cumbres del Olimpo, en valles abundante,
convocase al ágora a los dioses, y ella fue de un lado para otro y a todos les mandó que
acudieran al palacio de Zeus. No faltó ninguno de los ríos, a excepción del Océano; y de
cuantas ninfas habitan los bellos bosques, las fuentes de los nos y los herbosos prados,
ninguna dejó de presentarse. Tan luego como llegaban al palacio de Zeus, que amontona
las nubes, sentábanse en bruñidos pórticos, que para el padre Zeus había construido
Hefesto con sabia inteligencia.
13 Allí, pues, se reunieron. Tampoco el que bate la tierra desobedeció a la diosa, sino
que, dirigiéndose desde el mar a los dioses, se sentó en medio de todos y exploró la
voluntad de Zeus:
16 -¿Por qué, oh tú que lanzas encendidos rayos, llamas de nuevo a los dioses al ágora?
¿Acaso tienes algún propósito acerca de los troyanos y de los aqueos? El combate y la
pelea vuelven a encenderse entre ambos pueblos.
19 Respondióle Zeus, que amontona las nubes:
20 -Entendiste, tú que bates la tierra, el designio que encierra mi pecho y por el cual os
he reunido. Me cuido de ellos, aunque van a perecer. Yo me quedaré sentado en la
cumbre del Olimpo y recrearé mi espíritu contemplando la batalla; y los demás ¡dos hacia
los troyanos y los aqueos y cada uno auxilie a los que quiera. Pues, si Aquiles combatiese
sólo con los troyanos, éstos no resistirían ni un instante la acometida del Pelión, el de los
pies ligeros. Ya antes huían espantados al verlo; y temo que ahora, que tan enfurecido
tiene el ánimo por la muerte de su compañero, destruya el muro de Troya contra la
decisión del hado.
31 Así habló el Cronida y promovió una gran batalla. Los dioses fueron al combate
divididos en dos bandos: encamináronse a las naves Hera, Palas Atenea, Posidón, que
ciñe la tierra, el benéfico Hermes de prudente espíritu, y con ellos Hefesto, que, orgulloso
de su fuerza, cojeaba arrastrando sus gráciles piernas; y enderezaron sus pasos a los
troyanos Ares, el de tremolante casco, el intonso Febo, Ártemis, que se complace en tirar
flechas, Leto, el Janto y la risueña Afrodita.
41 Mientras los dioses se mantuvieron alejados de los hombres, mostráronse los aqueos
muy ufanos porque Aquiles volvía a la batalla después del largo tiempo en que se había
abstenido de tener parte en la triste guerra, y los troyanos se espantaron y un fuerte
temblor les ocupó los miembros, tan pronto como vieron al Pelión, ligero de pies, que con
su reluciente armadura semejaba al dios Ares, funesto a los mortales. Mas, luego que las
olímpicas deidades penetraron por entre la muchedumbre de los guerreros, levantóse la
terrible Discordia, que enardece a los varones; Atenea daba fuertes gritos, unas veces a
orillas del foso cavado al pie del muro, y otras en los altos y sonoros promontorios; y
Ares, que parecía un negro torbellino, vociferaba también y animaba vivamente a los
troyanos, ya desde el punto más alto de la ciudad, ya corriendo por la Bella Colina, a
orillas del Simoente.
54 De este modo los felices dioses, instigando a unos y a otros, los hicieron venir a las
manos y promovieron una reñida contienda. El padre de los hombres y de los dioses tronó
horriblemente en las alturas; Posidón, por debajo, sacudió la inmensa tierra y las excelsas
cumbres de los montes; y retemblaron así las laderas y las cimas del Ida, abundante en
manantiales, como la ciudad troyana y las naves aqueas. Asustóse Aidoneo, rey de los
infiernos, y saltó del trono gritando; no fuera que Posidón, que sacude la tierra, la
desgarrase y se hicieran visibles las mansiones horrendas y tenebrosas que las mismas
deidades aborrecen. ¡Tanto estrépito se produjo cuando los dioses entraron en combate!
A1 soberano Posidón le hizo frente Febo Apolo con sus aladas flechas; a Enialio, Atenea,
la diosa de ojos de lechuza; a Hera, Ártemis, que lleva arco de oro, ama el bullicio de la
caza, se complace en tirar saetas y es hermana del que hiere de lejos; a Leto, el poderoso
y benéfico Hermes; y a Hefesto, el gran río de profundos vórtices, llamado por los dioses
Janto y por los hombres Escamandro.
75 Así los dioses salieron al encuentro los unos de los otros. Aquiles deseaba romper
por el gentío en derechura a Héctor Priámida, pues el ánimo le impulsaba a saciar con la
sangre del héroe a Ares, infatigable luchador. Mas Apolo, que enardece a los guerreros,
movió a Eneas a oponerse al Pelión, infundiéndole gran valor y hablándole así, después
de tomar la voz y la figura de Licaón, hijo de Príamo:
83 -¡Eneas, consejero de los troyanos! ¿Qué es de aquellas amenazas hechas por ti en
los banquetes de los reyes troyanos, de que saldrías a combatir con el Pelida Aquiles?
86 Y a su vez Eneas le respondió diciendo:
87 -¡Priámida! ¿Por qué me ordenas que luche, sin desearlo mi voluntad, con el
animoso Pelión? No fuera la primera vez que me viese frente a Aquiles, el de los pies
ligeros: en otro tiempo, cuando vino adonde pacían nuestras vacas y tomó a Lirneso y a
Pédaso, persiguióme por el Ida con su lanza; y Zeus me salvó, dándome fuerzas y
agilizando mis rodillas. Sin su ayuda hubiese sucumbido a manos de Aquiles y de
Atenea, que le precedía, le daba la victoria y le animaba a matar léleges y troyanos con la
broncínea lanza. Por eso ningún hombre puede combatir con Aquiles, porque a su lado
asiste siempre alguna deidad que le libra de la muerte. En cambio, su lanza vuela recta y
no se detiene hasta que ha atravesado el cuerpo de un enemigo. Si un dios igualara las
condiciones del combate, Aquiles no me vencería fácilmente; aunque se gloriase de ser
todo de bronce.
103 Replicóle el soberano Apolo, hijo de Zeus:
104 -¡Héroe! Ruega tú también a los sempiternos dioses, pues dicen que naciste de
Afrodita, hija de Zeus, y aquél es hijo de una divinidad inferior. La primera desciende de
Zeus, ésta tuvo por padre al anciano del mar. Levanta el indomable bronce y no to
arredres por oír palabras duras o amenazas.
110 Apenas acabó de hablar, infundió grandes bríos al pastor de hombres; y éste, que
llevaba una reluciente armadura de bronce, se abrió paso por los combatientes delanteros.
Hera, la de los níveos brazos, no dejó de advertir que el hijo de Anquises atravesaba la
muchedumbre para salir al encuentro del Pelión; y, llamando a otros dioses, les dijo:
115 -Considerad en vuestra mente, Posidón y Atenea, cómo esto acabará; pues Eneas,
armado de reluciente bronce, se encamina en derechura al Pelión por excitación de Febo
Apolo. Ea, hagámosle retroceder, o alguno de nosotros se ponga junto a Aquiles, le
infunda gran valor y no deje que su ánimo desfallezca; para que conozca que le quieren
los inmortales más poderosos, y que son débiles los dioses que en el combate y la pelea
protegen a los troyanos. Todos hemos bajado del Olimpo a intervenir en esta batalla, para
que Aquiles no padezca hoy ningún daño de parte de los troyanos; y luego sufrirá to que
la Parca dispuso, hilando el lino, cuando su madre te dio a luz. Si Aquiles no se entera
por la voz de los dioses, sentirá temor cuando en el combate le salga al encuentro alguna
deidad; pues los dioses, en dejándose ver, son terribles.
132 Respondióle Posidón, que sacude la tierra:
133 -¡Hera! No te irrites más de to razonable, pues no te es preciso. Ni yo quisiera que
nosotros, que somos los más fuertes, promoviéramos la contienda entre los dioses. Vayá-
monos de este camino y sentémonos en aquella altura, y de la batalla cuidarán los
hombres. Y si Ares o Febo Apolo dieren principio a la pelea o detuvieren a Aquiles y no
le dejaren combatir, iremos en seguida a luchar con ellos, y me figuro que pronto tendrán
que retirarse y volver al Olimpo, a la reunión de los demás dioses, vencidos por la fuerza
de nuestros brazos.
144 Dichas estas palabras, el dios de los cerúleos cabellos llevólos al alto terraplén que
los troyanos y Palas Atenea habían levantado en otro tiempo para que el divino Heracles
se librara de la ballena cuando, perseguido por ésta, pasó de la playa a la llanura. Allí
Posidón y los otros dioses se sentaron, extendiendo en derredor de sus hombros una
impenetrable nube; y al otro lado, en la cima de la Bella Colina, en torno de ti, oh Febo,
que hieres de lejos, y de Ares, que destruye las ciudades, acomodáronse las deidades
protectoras de los troyanos.
153 Así unos y otros, sentados en dos grupos, deliberaban y no se decidían a empezar el
funesto combate. Y Zeus desde lo alto les incitaba a comenzarlo.
156 Todo el campo, lleno de hombres y caballos, resplandecía con el lucir del bronce; y
la tierra retumbaba debajo de los pies de los guerreros que a luchar salían. Dos varones,
señalados entre los más valientes, deseosos de combatir, se adelantaron a los suyos para
encontrarse entre ambos ejércitos: Eneas, hijo de Anquises, y el divino Aquiles.
Presentóse primero Eneas, amenazador, tremolando el sólido casco: protegía el pecho con
el fuerte escudo y vibraba broncínea lanza. Y el Pelida desde el otro lado fue a oponérsele
como un voraz león, para matar al cual se reúnen los hombres de todo un pueblo; y el
león al principio sigue su camino despreciándolos; mas, así que uno de los belicosos
jóvenes le hiere con un venablo, se vuelve hacia él con la boca abierta, muestra los
dientes cubiertos de espuma, siente gemir en su pecho el corazón valeroso, se azota con
la cola muslos y caderas para animarse a pelear, y con los ojos centelleantes arremete
fiero hasta que mata a alguien o él mismo perece en la primera fila; así le instigaban a
Aquiles su valor y ánimo esforzado a salir al encuentro del magnánimo Eneas. Y tan
pronto como se hallaron frente a frente, el divino Aquiles, el de los pies ligeros, habló
diciendo:
178 -¡Eneas! ¿Por qué te adelantas tanto a la turba y me aguardas? ¿Acaso el ánimo te
incita a combatir conmigo por la esperanza de reinar sobre los troyanos, domadores de
caballos, con la dignidad de Príamo? Si me matases, no pondría Príamo en tu mano tal
recompensa; porque tiene hijos, conserva entero el juicio y no es insensato. ¿O quizás te
han prometido los troyanos acotarte un hermoso campo de frutales y sembradío que a los
demás aventaje, para que puedas cultivarlo, si me quitas la vida? Me figuro que te será
difícil conseguirlo. Ya otra vez te puse en fuga con mi lanza. ¿No recuerdas que,
hallándote solo, te aparté de tus bueyes y te perseguí por el monte Ida corriendo con
ligera planta? Entonces huías sin volver la cabeza. Luego te refugiaste en Lirneso y yo
tomé la ciudad con la ayuda de Atenea y del padre Zeus, y me llevé las mujeres
haciéndolas esclavas; mas a ti te salvaron Zeus y los demás dioses. No creo que ahora te
guarden, como espera tu corazón; y te aconsejo que vuelvas a tu ejército y no te quedes
frente a mí, antes que padezcas algún daño; que el necio sólo conoce el mal cuando ha
llegado.
199 Y a su vez Eneas le respondió diciendo:
200 -¡Pelida! No creas que con esas palabras me asustarás como a un niño, pues
también sé proferir injurias y baldones. Conocemos el linaje de cada uno de nosotros y
cuáles fueron nuestros respectivos padres, por haberlo oído contar a los mortales
hombres; que ni tú viste a los míos, ni yo a los tuyos. Dicen que eres prole del eximio
Peleo y tienes por madre a Tetis, ninfa marina de hermosas trenzas; mas yo me glorío de
ser hijo del magnánimo Anquises y mi madre es Afrodita: aquéllos o éstos tendrán que
llorar hoy la muerte de su hijo, pues no pienso que nos separemos sin combatir, después
de dirigirnos pueriles insultos. Si deseas saberlo, to diré cuál es mi linaje, de muchos
conocido. Primero Zeus, que amontona las nubes, engendró a Dárdano, y éste fundó la
Dardania al pie del Ida, en manantiales abundoso; pues aún la sacra Ilio, ciudad de
hombres de voz articulada, no había sido edificada en la llanura. Dárdano tuvo por hijo al
rey Erictonio, que fue el más opulento de los mortales hombres: poseía tres mil yeguas
que, ufanas de sus tiernos potros, pacían junto a un pantano.- El Bóreas enamoróse de
algunas de las que vio pacer, y, transfigurado en caballo de negras crines, hubo de ellas
doce potros que en la fértil tierra saltaban por encima de las mieses sin romper las espigas
y en el ancho dorso del espumoso mar corrían sobre las mismas olas.- Erictonio fue padre
de Tros, que reinó sobre los troyanos; y éste dio el ser a tres hijos irreprensibles: Ilo,
Asáraco y el deiforme Ganimedes, el más hermoso de los hombres, a quien arrebataron
los dioses a causa de su belleza para que escanciara el néctar a Zeus y viviera con los
inmortales. Ilo engendró al eximio Laomedonte, que tuvo por hijos a Titono, Príamo,
Lampo, Clitio a Hicetaón, vástago de Ares. Asáraco engendró a Capis, cuyo hijo fue
Anquises. Anquises me engendró a mí, y Príamo al divino Héctor. Tal alcurnia y tal
sangre me glorío de tener. Pero Zeus aumenta o disminuye el valor de los guerreros como
le place, porque es el más poderoso. Ea, no nos digamos más palabras como si fuésemos
niños, parados así en medio del campo de batalla. Fácil nos sería inferimos tantas
injurias, que una nave de cien bancos de remeros no podría Ilevarlas. Es voluble la lengua
de los hombres, y de ella salen razones de todas clases; hállanse muchas palabras acá y
a11á, y cual hablares tal oirás la respuesta. Mas ¿qué necesidad tenemos de altercar,
disputando a injuriándonos, como mujeres irritadas, las cuales, movidas por roedor
encono, salen a la calle y se zahieren diciendo muchas cosas, verdaderas unas y falsas
otras, que la cólera les dicta? No lograrás con tus palabras que yo, estando deseoso de
combatir, pierda el valor antes de que con el bronce y frente a frente peleemos. Ea,
acometámonos en seguida con las broncíneas lanzas.
259 Dijo; y, arrojando la fornida lanza, clavóla en el terrible y horrendo escudo de
Aquiles, que resonó grandemente en torno de ella. El Pelida, temeroso, apartó el escudo
con la robusta mano, creyendo que la luenga lanza del magnánimo Eneas lo atravesaría
fácilmente. ¡Insensato! No pensó en su mente ni en su espíritu que los eximios presentes
de los dioses no pueden ser destruidos con facilidad por los mortales hombres, ni ceder a
sus fuerzas. Y así la pesada lanza de Eneas no perforó entonces la rodela por haberlo im-
pedido la lámina de oro que el dios puso en medio, sino que atravesó dos capas y dejó
tres intactas, porque eran cinco las que el dios cojo había reunido: las dos de bronce, dos
interiores de estaño, y una de oro, que fue donde se detuvo la lanza de fresno.
273 Aquiles despidió luego la ingente lanza, y acertó a dar en el borde del liso escudo
de Eneas, sitio en que el bronce era más delgado y el boyuno cuero más tenue: el fresno
del Pelión atravesólo, y todo el escudo resonó. Eneas, amedrentado, se encogió y levantó
el escudo; la lanza, deseosa de proseguir su curso, pasóle por cima del hombro, después
de romper los dos círculos de la rodela, y se clavó en el suelo; y el héroe, evitado ya el
golpe, quedóse inmóvil y con los ojos muy espantados de ver que aquélla había caído tan
cerca. Aquiles desnudó la aguda espada; y, profiriendo horribles voces, arremetió contra
Eneas; y éste, a su vez, cogió una gran piedra que dos de los hombres actuales no podrían
llevar y que él manejaba fácilmente. Y Eneas tirara la piedra a Aquiles y le acertara en el
casco o en el escudo que habría apartado del héroe la triste muerte, y el Pelida privara de
la vida a Eneas, hiriéndole de cerca con la espada, si al punto no lo hubiese advertido
Posidón, que sacude la tierra, el cual dijo entre los dioses inmortales:
293 -¡Oh dioses! Me causa pesar el magnánimo Eneas, que pronto, sucumbiendo a
manos del Pelión, descenderá al Hades por haber obedecido las palabras de Apolo, que
hiere de lejos. ¡Insensato! El dios no le librará de la triste muerte. Mas ¿por qué ha de
padecer, sin ser culpable, las penas que otros merecen, habiendo ofrecido siempre gratos
presentes a los dioses que habitan el anchuroso cielo? Ea, librémosle de la muerte, no sea
que el Cronida se enoje si Aquiles lo mata, pues el destino quiere que se salve a fin de
que no perezca sin descendencia ni se extinga del todo el linaje de Dárdano, que fue
amado por el Cronida con preferencia a los demás hijos que tuvo de mujeres mortales. Ya
el Cronión aborrece a los descendientes de Príamo; pero el fuerte Eneas reinará sobre los
troyanos, y luego los hijos de sus hijos que sucesivamente nazcan.
309 Respondióle Hera veneranda, la de ojos de novilla:
310 -¡Oh tú que sacudes la tierra! Resuelve tú mismo si has de salvar a Eneas o permitir
que, no obstante su valor, sea muerto por el Pelida Aquiles. Pues así Palas Atenea como
yo hemos jurado repetidas veces a vista de los inmortales todos, que jamás libraríamos a
los troyanos del día funesto, aunque Troya entera fuese pasto de las voraces llamas por
haberla incendiado los belicosos aqueos.
318 Cuando Posidón, que sacude la tierra, oyó estas palabras, fuese; y andando por la
liza, entre el estruendo de las lanzas, llegó adonde estaban Eneas y el ilustre Aquiles. Al
momento cubrió de niebla los ojos del Pelida Aquiles, arrancó del escudo del magnánimo
Eneas la lanza de fresno con punta de bronce que depositó a los pies de aquél, y arrebató
al troyano alzándolo de la tierra. Eneas, sostenido por la mano del dios, pasó por cima de
muchas filas de héroes y caballos hasta llegar al otro extremo del impetuoso combate,
donde los caucones se armaban para pelear. Y entonces Posidón, que sacude la tierra, se
le presentó, y le dijo estas aladas palabras:
332 -¡Eneas! ¿Cuál de los dioses te ha ordenado que cometieras la locura de luchar
cuerpo a cuerpo con el animoso Pelión, que es más fuerte que tú y más caro a los
inmortales? Retírate cuantas veces le encuentres, no sea que lo haga descender a la
morada de Hades antes de lo dispuesto por el hado. Mas, cuando Aquiles haya muerto,
por haberse cumplido su destino, pelea confiadamente entre los combatientes delanteros,
que no te matará ningún otro aqueo.
340 Así diciendo, dejó a Eneas allí, después que le hubo amonestado y apartó la
obscura niebla de los ojos de Aquiles. Éste volvió a ver con claridad, y, gimiendo, a su
magnánimo espíritu le decía:
344 -¡Oh dioses! Grande es el prodigio que a mi vista se ofrece: esta lanza yace en el
suelo y no veo al varón contra quien la arrojé, con intención de matarle. Ciertamente a
Eneas le aman los inmortales dioses; ¡y yo creía que se jactaba de ello vanamente!
Váyase, pues; que no tendrá ánimo para medir de nuevo sus fuerzas conmigo, quien
ahora huyó gustoso de la muerte. Exhortaré a los belicosos dánaos y probaré el valor de
los demás enemigos, saliéndoles al encuentro.
333 Dijo; y, saltando por entre las filas, animaba a los guerreros:
334 -¡No permanezcáis alejados de los troyanos, divínos aqueos! Ea, cada hombre
embista a otro y sienta anhelo por pelear. Difícil es que yo solo, aunque sea valiente,
persiga a tantos guerreros y con todos luche; y ni a Ares, que es un dios inmortal, ni a
Atenea, les sería posible recorrer un campo de batalla tan vasto y combatir en todas
panes. En to que puedo hacer con mis manos, mis pies o mi fuerza, no me muestro
remiso. Entraré por todos lados en las hileras de las falariges enemigas, y me figuro que
no se alegrarán los troyanos que a mi lanza se acerquen.
364 Con estas palabras los animaba. También el esclarecido Héctor exhortaba a los
troyanos, dando gritos, y aseguraba que saldría al encuentro de Aquiles:
366 -¡Animosos troyanos! ¡No temáis al Pelión! Yo de palabra combatiría hasta con los
inmortales; pero es difícil hacerlo con la lanza, siendo, como son, mucho más fuertes.
Aquiles no llevará al cabo todo cuanto dice, sino que en parte lo cumplirá y en parte lo
dejará a medio hacer. Iré a encontrarlo, aunque por sus manos se parezca a la llama; sí,
aunque por sus manos se parezca a la llama, y por su fortaleza al reluciente hierro
373 Con tales voces los excitaba. Los troyanos calaron las lanzas; trabóse el combate y
se produjo gritería, y entonces Febo Apolo se acercó a Héctor y le dijo:
376 -¡Héctor! No te adelantes para luchar con Aquiles; espera su acometida mezclado
con la muchedumbre, confundido con la turba. No sea que consiga herirte desde lejos con
arma arrojadiza, o de cerca con la espada.
379 Así habló. Héctor se fue, amedrentado, por entre la multitud de guerreros apenas
acabó de oír las palabras del dios. Aquiles, con el corazón revestido de valor y dando
horribles gritos, arremetió a los troyanos, y empezó por matar al valeroso Ifitión
Otrintida, caudillo de muchos hombres, a quien una ninfa náyade había tenido de
Otrinteo, asolador de ciudades, en el opulento pueblo de Hida, al pie del nevado Tmolo:
el divino Aquiles acertó a darle con la lanza en medio de la cabeza, cuando arremetía
contra él, y se la dividió en dos partes. El troyano cayó con estrépito, y el divino Aquiles
se glorió diciendo:
389 -¡Yaces en el suelo, Otrintida, el más portentoso de todos los hombres! En este
lugar te sorprendió la muerte; a ti, que habías nacido a orillas del lago Gigeo, donde
tienes la heredad paterna, junto al Hilo, abundante en peces, y el Hermo voraginoso.
393 Así dijo jactándose. Las tinieblas cubrieron los ojos de Ifitión, y los carros de los
aqueos lo despedazaron con las llantas de sus ruedas en el primer reencuentro. Aquiles
hirió, después, en la sien, atravesándole el casco de broncíneas carrilleras, a Demoleonte,
valiente adalid en el combate, hijo de Anténor; y el casco de bronce no detuvo la lanza,
pues la punta entró y rompió el hueso, conmovióse interiormente el cerebro, y el troyano
sucumbió cuando peleaba con ardor. Luego, como Hipodamante saltara del carro y se
diese a la fuga, le envasó la pica en la espalda: aquél exhalaba el aliento y bramaba como
el toro que los jóvenes arrastran a los altares del soberano Heliconio y el dios que sacude
la tierra se goza al verlo; así bramaba Hipodamante cuando el alma valerosa dejó sus
huesos. Seguidamente acometió con la lanza al deiforme Polidoro Priámida, a quien su
padre no permitía que fuera a las batallas porque era el menor y el predilecto de sus hijos.
Nadie vencía a Polidoro en la carrera; y entonces, por pueril petulancia, haciendo gala de
la ligereza de sus pies, agitábase el troyano entre los combatientes delanteros, hasta que
perdió la vida: al verlo pasar, el divino Aquiles, ligero de pies, hundióle la lanza en medio
de la espalda, donde los anillos de oro sujetaban el cinturón y era doble la coraza, y la
punta salió al otro lado cerca del ombligo; el joven cayó de rodillas dando lastimeros
gritos; obscura nube le envolvió; e, inclinándose, procuraba sujetar con sus manos los
intestinos, que le salían por la herida.
419 Tan pronto como Héctor vio a su hermano Polidoro cogiéndose las entrañas y
encorvado hacia el suelo, se le puso una nube ante los ojos y ya no pudo combatir a
distancia; sino que, blandiendo la aguda lanza a impetuoso como una llama, se dirigió al
encuentro de Aquiles. Y éste, al advertirlo, saltó hacia él, y dijo muy ufano estas
palabras:
425 -Cerca está el hombre que ha inferido a mi corazón la más grave herida, el que
mató a mi compañero amado. Ya no huiremos asustados, el uno del otro, por los senderos
del combate.
428 Dijo; y mirando con torva faz al divino Héctor, le gritó:
429 -iAcércate para que más pronto llegues de tu perdición al término!
430 Sin turbarse, le respondió Héctor, el de tremolante casco:
431 -¡Pelida! No esperes amedrentarme con palabras como a un niño; también yo sé
proferir injurias y baldones. Reconozco que eres valiente y que te soy muy inferior. Pero
en la mano de los dioses está si yo, siendo inferior, te quitaré la vida con mi lanza; pues
también tiene afilada punta.
438 En diciendo esto, blandió y arrojó su lanza; pero Atenea con un tenue soplo
apartóla del glorioso Aquiles, y el arma volvió hacia el divino Héctor y cayó a sus pies.
Aquiles acometió, dando horribles gritos, a Héctor, con intención de matarlo; pero Apolo
arrebató al troyano, haciéndolo con gran facilidad por ser dios, y to cubrió con densa
niebla. Tres veces el divino Aquiles, ligero de pies, atacó con la broncínea lanza, tres
veces dio el golpe en el aire. Y cuando, semejante a un dios, arremetía por cuarta vez,
increpó el héroe a Héctor con voz terrible, dirigiéndole estas aladas palabras:
449 -¡Otra vez te has librado de la muerte, perro! Muy cerca tuviste la perdición, pero
te salvó Febo Apolo, a quien debes de rogar cuando sales al campo antes de oír el
estruendo de los dardos. Yo acabaré contigo si más tarde te encuentro y un dios me
ayuda. Y ahora perseguiré a los demás que se me pongan al alcance.
453 Así dijo; y con la lanza hirió en medio del cuello a Dríope, que cayó a sus pies.
Dejóle, y al momento detuvo a Demuco Filetórida, valeroso y alto, a quien pinchó con la
lanza en una rodilla, y luego quitóle la vida con la gran espada. Después acometió a
Laógono y a Dárdano, hijos de Biante: habiéndolos derribado del carro en que iban, a
aquél le hizo perecer arrojándole la lanza, y a éste hiriéndole de cerca con la espada.
También mató a Tros Alastórida, que vino a abrazarle las rodillas por si
compadeciéndose de él, que era de la misma edad del héroe, en vez de matarlo le hacía
prisionero y to dejaba vivo. ¡Insensato! No conoció que no podría persuadirle, pues
Aquiles no era hombre de condición benigna y mansa, sino muy violento. Ya aquél le
tocaba las rodillas con intención de suplicarle, cuando le hundió la espada en el hígado:
derramóse éste, llenando de negra sangre el pecho, y las tinieblas cubrieron los ojos del
troyano, que quedó exánime. Inmediatamente Aquiles se acercó a Mulio; y, metiéndole la
lanza en una oreja, la broncínea punta salió por la otra. Más tarde hirió en medio de la
cabeza a Equeclo, hijo de Agenor, con la espada provista de empuñadura: la hoja entera
se calentó con la sangre, y la purpúrea muerte y la parca cruel velaron los ojos del
guerrero. Posteriormente atravesó con la broncínea lanza el brazo de Deucalión, en el
sitio donde se juntan los tendones del codo; y el troyano esperóle, con la mano
entorpecida y viendo que la muerte se le acercaba: Aquiles le cercenó de un tajo la
cabeza, que con el casco arrojó a to lejos, la medula salió de las vértebras y el guerrero
quedó tendido en el suelo. Dirigióse acto seguido contra Rigmo, ilustre hijo de Píroo, què
había llegado de la fértil Tracia, y le hirió en medio del cuerpo: clavóle la broncínea lanza
en el pulmón, y le derribó del carro. Y, como viera que su escudero Areítoo torcía la
rienda a los caballos, envasóle la aguda lanza en la espalda, y también le derribó en tierra,
mientras los corceles huían espantados.
490 De la suerte que, al estallar abrasador incendio en los hondos valles de árida
montaña, arde la poblada selva, y el viento mueve las llamas que giran a todos lados; de
la misma manera, Aquiles se revolvía furioso con la lanza, persiguiendo, cual una deidad,
a los que estaban destinados a morir; y la negra tierra manaba sangre. Como, uncidos al
yugo dos bueyes de ancha frente para que trillen la blanca cebada en una era bien
dispuesta, se desmenuzan presto las espigas debajo de los pies de los mugientes bueyes;
así los solípedos corceles, guiados por el magnánimo Aquiles, hollaban a un mismo
tiempo cadáveres y escudos; el eje del carro tenía la parte inferior cubierta de sangre y los
barandales estaban salpicados de sanguinolentas gotas que los casos de los corceles y las
llantas de las ruedas despedían. Y el Pelida deseaba alcanzar gloria y tenía las invictas
manos manchadas de sangre y polvo.

CANTO XXI *
Batalla junto al río
* Este río pide ayuda al río Simoente y quiere sumergir a Aquiles, pero el dios Hefesto le obliga a volver
a su cauce. Apolo se transfigure en troyano y se hace perseguir por el héroe para que los demás puedan
entrar en la ciudad; conseguido su objeto, el dios se descubre.

1 Así que los troyanos llegaron al vado del vortiginoso Janto, río de hermosa corriente a
quien el inmortal Zeus engendró, Aquiles los dividió en dos grupos. A los del primero
echólos el héroe por la llanura hacia la ciudad, por donde los aqueos huían espantados el
día anterior, cuando el esclarecido Héctor se mostraba furioso; por allí se derramaron
entonces los troyanos en su fuga, y Hera, para detenerlos, los envolvió en una densa
niebla. Los otros rodaron al caudaloso río de argénteos vórtices, y cayeron en él con gran
estrépito: resonaba la corriente, retumbaban ambas orillas y los troyanos nadaban acá y
acullá, gritando, mientras eran arrastrados en torno de los remolinos. Como las langostas
acosadas por la violencia de un fuego que estalla de repente vuelan hacia el río y se echan
medrosas en el agua, de la misma manera la corriente sonora del Janto de profundos
vórtices se llenó, por la persecución de Aquiles, de hombres y caballos que en el mismo
caían confundidos.
17 Aquiles, vástago de Zeus, dejó su lanza arrimada a un tamariz de la orilla, saltó al
río, cual si fuese una deidad, con sólo la espada y meditando en su corazón acciones
crueles, y comenzó a herir a diestro y a siniestro: al punto levantóse un horrible clamoreo
de los que recibían los golpes, y el agua bermejeó con la sangre. Como los peces huyen
del ingente delfín, y, temerosos, llenan los senos del hondo puerto, porque aquél devora a
cuantos coge, de la misma manera los troyanos iban por la impetuosa corriente del río y
se refugiaban, temblando, debajo de las rocas. Cuando Aquiles tuvo las manos cansadas
de matar, cogió vivos, dentro del río, a doce mancebos para inmolarlos más tarde en
expiación de la muerte de Patroclo Menecíada. Sacólos atónitos como cervatos, les ató
las manos por detrás con las correas bien cortadas que llevaban en las flexibles túnicas y
encargó a los amigos que los condujeran a las cóncavas naves. Y el héroe acometió de
nuevo a los troyanos, para hacer en ellos gran destrozo.
34 Allí se encontró Aquiles con Licaón, hijo de Príamo Dardánida; el cual, huyendo,
iba a salir del río. Ya anteriormente le había hecho prisionero encaminándose de noche a
un campo de Príamo: Licaón cortaba con el agudo bronce los ramos nuevos de un
cabrahígo para hacer los barandales de un carro, cuando el divinal Aquiles, presentándose
cual imprevista calamidad, se to llevó mal de su grado. Transportóle luego en una nave a
la bien construida Lemnos, y a11í to puso en venta: el hijo de Jasón pagó el precio.
Después Eetión de Imbros, que era huésped del troyano, dio por él un cuantioso rescate y
enviólo a la divina Arisbe. Escapóse Licaón, y, volviendo a la casa paterna, estuvo
celebrando con sus amigos durance once días su regreso de Lemnos; mas, al duodécimo,
un dios le hizo caer nuevamente en manos de Aquiles, que debía mandarle al Hades, sin
que Licaón to deseara. Como el divino Aquiles, el de los pies ligeros, le viera inerme -sin
casco, escudo ni lanza, porque todo to había tirado al suelo- y que salía del río con el
cuerpo abatido por el sudor y las rodillas vencidas por el cansancio, sorprendióse, y a su
magnánimo espíritu así le habló:
54 -¡Oh dioses! Grande es el prodigio que a mi vista se ofrece. Ya es posible que los
troyanos a quienes maté resuciten de las sombrías tinieblas; cuando éste, librándose del
día cruel, ha vuelto de la divina Lemnos, donde fue vendido, y las olas del espumoso mar
que a tantos detienen no han impedido su regreso. Mas, ea, haré que pruebe la punta de
mi lanza para ver y averiguar si volverá nuevamente o se quedará en el seno de la fértil
tierra que hasta a los fuertes retiene.
64 Pensando en tales cosas, Aquiles continuaba inmóvil. Licaón, asustado, se le acercó
a tocarle las rodillas; pues en su ánimo sentía vivo deseo de lfbrarse de la triste muerte y
de la negra Parca. El divino Aquiles levantó en seguida la enorme lanza con intención de
herirlo, pero Licaón se encogió y corriendo le abrazó las rodillas; y aquélla, pasándole
por cima del dorso, se clavó en el suelo, codiciosa de cebarse en el cuerpo de un hombre.
En tanto Licaón suplicaba a Aquiles; y, abrazando con una mano sus rodillas y
sujetándole con la otra la aguda lanza, sin que la soltara, estas aladas palabras le decía:
74 -Te lo ruego abrazado a tus rodillas, Aquiles: respétame y apiádate de mí. Has de
tenerme, oh alumno de Zeus, por un suplicante digno de consideración; pues comí en to
tienda el fruto de Deméter el día en que me hiciste prisionero en el campo bien cultivado,
y, llevándome lejos de mi padre y de mis amigos, me vendiste en Lemnos: cien bueyes te
valió mi persona. Ahora te daría el triple por rescatarme. Doce días ha que, habiendo
padecido mucho, volví a Ilio; y otra vez el hado funesto me pone en tus manos. Debo de
ser odioso al padre Zeus, cuando nuevamente me entrega a ti. Para darme una vida corta,
me parió Laótoe, hija del anciano Altes, que reina sobre los belicosos léleges y posee la
excelsa Pédaso junto al Satnioente. A la hija de aquél la tuvo Príamo por esposa con otras
muchas; de la misma nacimos dos varones y a entrambos nos habrás dado muerte. Ya
hiciste sucumbir entre los infantes delanteros al deiforme Polidoro, hiriéndole con la
aguda pica; y ahora la desgracia llegó para mí, pues no espero escapar de tus manos
después que un dios me ha echado en ellas. Otra cosa to diré que fijarás en la memoria:
No me mates; pues no soy del mismo vientre que Héctor, el que dio muerte a to dulce y
esforzado amigo.
97 Con tales palabras el preclaro hijo de Príamo suplicaba a Aquiles, pero fue amarga
la respuesta que escuchó:
99 -¡Insensato! No me hables del rescate, ni to menciones siquiera. Antes que a
Patroclo le llegara el día fatal, me era grato abstenerme de matar a los troyanos y fueron
muchos los que cogí vivos y vendí luego; mas ahora ninguno escapará de la muerte, si un
dios lo pone en mis manos delante de Ilio y especialmente si es hijo de Príamo. Por Can-
to, amigo, muere tú también. ¿Por qué te lamentas de este modo? Murió Patroclo, que
tanto te aventajaba. ¿No ves cuán gallardo y alto de cuerpo soy yo, a quien engendró un
padre ilustre y dio a luz una diosa? Pues también me aguardan la muerte y la Parca cruel.
Vendrá una mañana, una tarde o un mediodía en que alguien me quitará la vida en el
combate, hiriéndome con la lanza o con una flecha despedida por el arco.
114 Así dijo. Desfallecieron las rodillas y el corazón del troyano que, soltando la lanza,
se sentó y tendió ambos brazos. Aquiles puso mano a la tajante espada a hirió a Licaón en
la clavícula, junto al cuello: metióle dentro toda la hoja de dos filos, el troyano dio de
ojos por el suelo y su sangre fluía y mojaba la tierra. El héroe cogió el cadáver por el pie,
arrojólo al río para que la corriente se to llevara, y profirió con jactancia estas aladas
palabras:
122 -Yaz ahí entre los peces que tranquilos te lamerán la sangre de la herida. No te
colocará tu madre en un lecho para llorarte, sino que serás llevado por el voraginoso
Escamandro al vasto seno del mar. Y algún pez, saliendo de las olas a la negruzca y
encrespada superficie, comerá la blanca grasa de Licaón. Así perezcáis los demás
troyanos hasta que lleguemos a la sacra ciudad de Ilio, vosotros huyendo y yo detrás ha-
ciendo gran riza. No os salvará ni siquiera el río de hermosa corriente y argénteos
remolinos, a quien desde antiguo sacrificáis muchos toros y en cuyós vórtices echáis
vivos los solípedos caballos. Así y todo, pereceréis miserablemente unos en pos de otros,
hasta que hayáis expiado la muerte de Patrocio y el estrago y la matanza que hicisteis en
los aqueos junto a las naves, mientras estuve alejado de la lucha.
136 Así habló, y el río, con el corazón irritado, revolvía en su mente cómo haría cesar
al divinal Aquiles de combatir y libraría de la muerte a los troyanos. En tanto, el hijo de
Peleo dirigió su ingente lanza a Asteropeo, hijo de Pelegón, con ánimo de matarlo. A
Pelegón le habían engendrado el Axio, de ancha corriente, y Peribea, la hija mayor de
Acesámeno; que con ésta se unió aquel río de profundos remolinos. Encaminóse, pues,
Aquiles hacia Asteropeo, el cual salió a su encuentro llevando dos lanzas; y el Janto,
irritado por la muerte de los jóvenes a quienes Aquiles había hecho perecer sin
compasión en la misma corriente, infundió valor en el pecho del troya-no. Cuando ambos
guerreros se hallaron frente a frente, el divino Aquiles, el de los pies ligeros, fue el
primero en hablar, y dijo:
150 -¿Quién eres tú y de dónde, que osas salirme al encuentro? Infelices de aquéllos
cuyos hijos se oponen a mi furor.
152 Respondióle el preclaro hijo de Pelegón:
153 -¡Magnánimo Pelida! ¿Por qué sobre el abolengo me interrogas? Soy de la fértil
Peonia, que está lejos; vine mandando a los peonios, que combaten con largas picas, y
hace once días que llegué a Ilio. Mi linaje trae su origen del Axio de ancha corriente, del
Axio que esparce su hermosísimo raudal sobre la tierra: Axio engendró a Pelegón,
famoso por su lanza, y de éste dicen que he nacido. Pero peleemos ya, esclarecido
Aquiles.
161 Así habló, en son de amenaza. El divino Aquiles levantó el fresno del Pelión, y el
héroe Asteropeo, que era ambidextro, tiróle a un tiempo las dos lanzas: la una dio en el
escudo, pero no to atravesó porque la lámina de oro que el dios puso en el mismo la
detuvo; la otra rasguñó el brazo derecho del héroe, junto al codo, del cual brotó negra
sangre; mas el arma pasó por encimá y se clavó en el suelo, codiciosa de la carne.
Aquiles arrojó entonces la lanza, de recto vuelo, a Asteropeo con intención de matarlo, y
erró el tiro: la lanza de fresno cayó en la elevada orilla y se hundió hasta la mitad del
palo. El Pelida, desnudando la aguda espada que llevaba junto al muslo, arremetió
enardecido a Asteropeo, quien con la mano robusta intentaba arrancar del escarpado
borde la lanza de Aquiles: tres veces la meneó para arrancarla, y otras tantas careció de
fuerza. Y cuando, a la cuarta vez, quiso doblar y romper la lanza de fresno del Eácida,
acercósele Aquiles y con la espada le quitó la vida: hirióle en el vientre, junto al ombligo;
derramáronse en el suelo todos los intestinos, y las tinieblas cubrieron los ojos del
troyano, que cayó anhelante. Aquiles se abalanzó a su pecho, le quitó la armadura; y,
blasonando del triunfo, dijo estas palabras:
184 -Yaz ahí. Difícil era que tú, aunque engendrado por un río, pudieses disputar la
victoria a los hijos del prepotente Cronión. Dijiste que to linaje procede de un río de
ancha corriente; mas yo me jacto de pertenecer al del gran Zeus. Engendróme un varón
que reina sobre muchos mirmidones, Peleo, hijo de Éaco; y este último era hijo de Zeus.
Y como Zeus es más poderoso que los nos, que corren al mar, así también los
descendientes de Zeus son más fuertes que los de los ríos. A tu lado tienes uno grande, si
es que puede auxiharte. Mas no es posible combatir con Zeus Cronión. A éste no le
igualan ni el fuerte Aqueloo, ni el grande y poderoso Océano de profunda corriente del
que nacen todos los ríos, todo el mar y todas las fuentes y grandes pozos; pues también el
Océano teme el rayo del gran Zeus y el espantoso trueno, cuando retumba desde el cielo.
200 Dijo; arrancó del escarpado borde la broncínea lanza y abandonó a Asteropeo a11í,
tendido en la arena, tan pronto como le hubo quitado la vida: el agua turbia bañaba el
cadáver, y anguilas y peces acudieron a comer la grasa que cubría los riñones. Aquiles se
fue para los peonios que peleaban en carros; los cuales huían por las márgenes del vo-
raginoso río, desde que vieron que el más fuerte caía en el duro combate, vencido por las
manos y la espada del Pelida. Éste mató entonces a Tersíloco, Midón, Astípilo, Mneso,
Trasio, Enio y Ofelestes. Y a más peonios diera muerte el veloz Aquiles, si el río de
profundos remolinos, irritado y transfigurado en hombre, no le hubiese dicho desde uno
de los profundos vórtices:
214 -¡Oh Aquiles! Superas a los demás hombres tanto en el valor como en la comisión
de acciones nefandas; porque los propios dioses te prestan constantemente su auxilio. Si
el hijo de Crono te ha concedido que destruyas a todos los troyanos, apártalos de mí y
ejecuta en el llano tus proezas. Mi hermosa corriente está llena de cadáveres que
obstruyen el cauce y no me dejan verter el agua en la mar divina; y tú sigues matando de
un modo atroz. Pero, ea, cesa ya; pues me tienes asombrado, oh príncipe de hombres.
222 Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros:
223 -Se hará, oh Escamandro, alumno de Zeus, como tú lo ordenas; pero no me
abstendré de matar a los altivos troyanos hasta que los encierre en la ciudad y, peleando
con Héctor, él me mate a mí o yo acabe con él.
227 Esto dicho, arremetió a los troyanos, cual si fuese un dios. Y entonces el río de
profundos remolinos dirigióse a Apolo:
229 -¡Oh dioses! Tú, el del arco de plata, hijo de Zeus, no cumples las órdenes del
Cronión, el cual to encargó muy mucho que socorrieras a los troyanos y les prestaras to
auxilio hasta que, llegada la tarde, se pusiera el sol y quedara a obscuras el fértil campo.
233 Dijo. Aquiles, famoso por su lanza, saltó desde la escarpada orilla al centro del río.
Pero éste le atacó enfurecido: hinchó sus aguas, revolvió la corriente, y, arrastrando
muchos cadáveres de hombres muertos por Aquiles, que había en el cauce, arrojólos a la
orilla mugiendo como un toro, y en Canto salvaba a los vivos dentro de la hermosa
corriente, ocultándolos en los profundos y anchos remolinos. Las revueltas olas rodeaban
a Aquiles, la corriente caía sobre su escudo y le empujaba, y el héroe ya no se podía tener
en pie. Asióse entonces con ambas manos a un olmo corpulento y frondoso; pero éste,
arrancado de raíz, rompió el borde escarpado, oprimió la hermosa corriente con sus
muchas ramas, cayó entero al río y se convirtió en un puente. Aquiles, amedrentado, dio
un salto, salió del abismo y voló con pie ligero por la llanura. Mas no por esto el gran
dios desistió de perseguirlo, sino que lanzó tras él olas de sombría cima con el propósito
de hacer cesar al divino Aquiles de combatir y librar de la muerte a los troyanos. El
Pelida salvó cerca de un tiro de lanza, dando un brinco con la impetuosidad de la rapaz
águila negra, que es la más forzuda y veloz de las aves; parecido a ella, el héroe coma y
el bronce resonaba horriblemente sobre su pecho. Aquiles procuraba huir, desviándose a
un lado; pero la corriente se iba tras él y le perseguía con gran ruido. Como el fontanero
conduce el agua desde el profundo manantial por entre las plantas de un huerto y con un
azadón en la mano quita de la reguera los estorbos; y la corriente sigue su curso, y mueve
las piedrecitas, pero al llegar a un declive murmura, acelera la marcha y pasa delante del
que la guía; de igual modo, la corriente del río alcanzaba continuamente a Aquiles,
porque los dioses son más poderosos que los hombres. Cuantas veces el divino Aquiles,
el de los pies ligeros, intentaba esperarla, para ver si le perseguían todos los inmortales
que tienen su morada en el espacioso cielo, otras tantas, las grandes olas del río, que las
celestiales lluvias alimentan, le azotaban los hombros. El héroe, afiigido en su corazón,
saltaba; pero el río, siguiéndole con la rápida y tortuosa corriente, le cansaba las rodillas y
le robaba el suelo a11í donde ponía los pies. Y el Pelida, levantando los ojos al vasto
cielo, gimió y dijo:
273 -¡Zeus padre! ¿Cómo no viene ningún dios a salvarme a mí, miserando, de la
persecución del río, y luego sufriré cuanto sea preciso? Ninguna de las deidades del cielo
tiene tanta culpa como mi madre, que me halagó con falsas predicciones: dijo que me
matarían al pie del muro de los troyanos, armados de coraza, las veloces flechas de
Apolo. ¡Ojalá me hubiese muerto Héctor, que es aquí el más bravo! Entonces un valiente
hubiera muerto y despojado a otro valiente. Mas ahora quiere el destino que yo perezca
de miserable muerte, cercado por un gran río; como el niño pórquerizo a quien arrastran
las aguas invernales del torrente que intentaba atravesar.
284 Así se expresó. En seguida Posidón y Atenea, con figura humana, se le acercaron y
le asieron de las manos mientras le animaban con palabras. Posidón, que sacude la tierra,
fue el primero en hablar y dijo:
288 -¡Pelida! No tiembles, ni te asustes. ¡Tal socorro vamos a darte, con la venia de
Zeus, nosotros los dioses, yo y Palas Atenea! Porque no dispone el hado que seas muerto
por el río, y éste dejará pronto de perseguirte, como verás tú mismo. Te daremos un
prudente consejo, por si quieres obedecer: no descanse to brazo en la batalla funesta hasta
haber encerrado dentro de los ínclitos muros de Ilio a cuantos troyanos logren escapar. Y
cuando hayas privado de la vida a Héctor, vuelve a las naves; que nosotros to
concederemos que alcánces gloria.
298 Dichas estas palabras, ambas deidades fueron a reunirse con los demás inmortales.
Aquiles, impelido por el mandato de los dioses, enderezó sus pasos a la llanura inundada
por el agua del río, en la cual flotaban cadáveres y hermosas armas de jóvenes muertos en
la pelea. El héroe caminabá derechamente, saltando por el agua, sin que el anchuroso río
lograse detenerlo; pues Atenea le había dado muchos bríos. Pero el Escamandro no cedía
en su furor; sino que, irritándose aún más contra el Pelión, hinchaba y levantaba a to alto
sus olas, y a gritos llamaba al Simoente:
308 -¡Hermano querido! Juntémonos para contener la fuerza de ese hombre, que pronto
tomará la gran ciudad del rey Príamo, pues los troyanos no le resistirán en la batalla. Ven
al momento en mi auxilio: aumenta to caudal con el agua de las fuentes, concita a todos
los arroyos, levanta grandes olas y arrastra con estrépito troncos y piedras, para que ano-
nademos a ese feroz guerrero que ahora triunfa y piensa en hazañas propias de los dioses.
Creo que no le valdrán ni su fuerza, ni su hermosura, ni sus magníficas armas, que han de
quedar en el fondo de este lago cubiertas de cieno. A él to envolveré en abundante arena,
derramando en torno suyo mucho cascajo; y ni siquiera sus huesos podrán ser recogidos
por los aqueos: tanto limo amontonaré encima. Y tendrá su túmulo aquí mismo, y no
necesitará que los aqueos se to erijan cuando le hagan las exequias.
324 Dijo; y, revuelto, arremetió contra Aquiles, alzándose furioso y mugiendo con la
espuma, la sangre y los cadáveres. Las purpúreas ondas del río, que las celestiales lluvias
alimentan, se mantenían levantadas y arrastraban al Pelida. Pero Hera, temiendo que el
gran río derribara a Aquiles, gritó, y dijo en seguida a Hefesto, su hijo amado:
331 -¡Levántate, estevado, hijo querido; pues creemos que el Janto voraginoso es tu
igual en el combate! Socorre pronto a Aquiles, haciendo aparecer inmensa llama. Voy a
suscitar con el Céfiro y el veloz Noto una gran borrasca, para que viniendo del mar
extienda el destructor incendio y se quemen las cabezas y las armas de los troyanos. Tú
abrasa los árboles de las orillas del Janto, métele en el fuego, y no to dejes persuadir ni
con palabras dulces ni con amenazas. No cese tu furia hasta que yo te lo diga gritando; y
entonces apaga el fuego infatigable.
342 Así dijo; y Hefesto, arrojando una abrasadora llama, incendió primeramente la
llanura y quemó muchos cadáveres de guerreros a quienes había muerto Aquiles; secóse
el campo, y el agua cristalina dejó de correr. Como el Bóreas seca en el otoño un campo
recién inundado y se alegra el que to cultiva, de la misma suerte, el fuego secó la llanura
entera y quemó los cadáveres. Luego Hefesto dirigió al río la resplandeciente llama y
ardieron, así los olmos, los sauces y los tamariscos, como el loto, el junco y la juncia que
en abundancia habían crecido junto a la hermosa corriente. Anguilas y peces padecían y
saltaban acá y allá, en los remolinos o en la corriente, oprimidos por el soplo del
ingenioso Hefesto. Y el río, quemándose también, así habiaba:
357 -¡Hefesto! Ninguno de los dioses te iguala y no quiero luchar contigo ni con tu
llama ardiente. Cesa de perseguirme y en seguida el divino Aquiles arroje de la ciudad a
los troyanos. ¿Qué interés tengo en la contienda ni en auxiliar a nadie?
361 Así habló, abrasado por el fuego; y la hermosa corriente hervía. Como en una
caldera puesta sobre un gran fuego, la grasa de un puerco cebado se funde, hierve y
rebosa por todas partes, mientras la leña seca arde debajo; así la hermosa corriente se
quemaba con el fuego y el agua hervía, y, no pudiendo it hacia adelante, paraba su curso
oprimida por el vapor que con su arte produjera el ingenioso Hefesto. Y el río, dirigiendo
muchas súplicas a Hera, estas aladas palabras le decía:
369 -¡Hera! ¿Por qué tu hijo maltrata mi corriente, atacándome a mí solo entre los
dioses? No debo de ser para ti tan culpable como todos los demás que favorecen a los
troyanos. Yo desistiré de ayudarlos, si tú lo mandas; pero que éste cese también. Y juraré
no librar a los troyanos del día fatal, aunque Troya entera llegue a ser pasto de las voraces
llamas por haberla incendiado los belicosos aqueos.
377 Cuando Hera, la diosa de los níveos brazos, oyó estas palabras, dijo en seguida a
Hefesto, su hijo amado:
379 -¡Hefesto hijo ilustre! Cesa ya, pues no conviene que, a causa de los mortales, a un
dios inmortal atormentemos.
381 Así dijo. Hefesto apagó la abrasadora llama, y las olas retrocedieron a la hermosa
corriente.
383 Y tan pronto como el ánimo del Janto fue abatido, ellos cesaron de luchar porque
Hera, aunque irritada, los contuvo; pero una reñida y espantosa pelea se suscitó entonces
entre los demás dioses: divididos en dos bandos, vinieron a las manos con fuerte
estrépito; bramó la vasta tierra, y el gran cielo resonó como una trompeta. Oyólo Zeus,
sentado en el Olimpo, y con el corazón alegre reía al ver que los dioses iban a embestirse.
Y ya no estuvieron separados largo tiempo; pues el primero Ares, que horada los escudos,
acometiendo a Atenea con la broncínea lanza, estas injuriosas palabras le decía:
394 -¿Por qué nuevamente, oh mosca de perro, promueves la contienda entre los dioses
con insaciable audacia? ¿Qué poderoso afecto to mueve? ¿Acaso no te acuerdas de
cuando incitabas a Diomedes Tidida a que me hiriese, y cogiendo tú misma la reluciente
pica la enderezaste contra mí y me desgarraste el hermoso cutis? Pues me figuro que
ahora pagarás cuanto me hiciste.
400 Apenas acabó de hablar, dio un bote en el escudo floqueado, horrendo, que ni el
rayo de Zeus rompería, allí acertó a dar Ares, manchado de homicidios, con la ingente
lanza. Pero la diosa, volviéndose, aferró con su robusta mano una gran piedra negra y
erizada de puntas que estaba en la llanura y había sido puesta por los antiguos como linde
de un campo; e, hiriendo con ella al furibundo Ares en el cuello, dejóle sin vigor los
miembros. Vino a tierra el dios y ocupó siete yeguadas, el polvo manchó su cabellera y
las armas resonaron. Rióse Palas Atenea; y, gloriándose de la victoria, profirió estas
aladas palabras:
410-¡Necio! Aún no has comprendido que me jacto de ser mucho más fuerte, puesto
que osas oponer tu furor al mío. Así padecerás, cumpliéndose las imprecaciones de tu
airada madre que maquina males contra ti porque abandonaste a los aqueos y favoreces a
los orgullosos troyanos.
415 Cuando esto hubo dicho, volvió a otra parte los ojos refulgentes. Afrodita, hija de
Zeus, asió por la mano a Ares y le acompañaba, mientras el dios daba muchos suspiros y
apenas podía recobrar el aliento. Pero la vio Hera, la diosa de los níveos brazos, y al
punto dijo a Atenea estas aladas palabras:
420 -¡Oh dioses! ¡Hija de Zeus, que lleva la égida! ¡Indómita! Aquella mosca de perro
vuelve a sacar del dañoso combate, por entre el tumulto, a Ares, funesto a los mortales.
¡Anda tras ella!
423 De tal modo habló. Alegrósele el alma a Atenea, que corrió hacia Afrodita, y
alzando la robusta mano descargóle un golpe sobre el pecho. Desfallecieron las rodillas y
el corazón de la diosa, y ella y Ares quedaron tendidos en la fértil tierra. Y Atenea,
vanagloriándose, pronunció estas aladas palabras:
428 -¡Ojalá fuesen tales cuantos auxilian a los troyanos en las batallas contra los
argivos, armados de coraza; así, tan audaces y atrevidos como Afrodita que vino a
socorrer a Ares desafiando mi furor; y tiempo ha que habríamos puesto fin a la guerra con
la toma de la bien construida ciudad de Ilio!
434 Así se expresó. Sonrióse Hera, la diosa de los níveos brazos. Y el soberano
Posidón, que sacude la tierra, dijo entonces a Apolo:
436 -¡Febo! ¿Por qué nosotros no luchamos también? No conviene abstenerse, una vez
que los demás han dado principio a la pelea. Vergonzoso fuera que volviésemos al Olim-
po, a la morada de Zeus erigida sobre bronce, sin haber combatido. Empieza tú, pues eres
el menor en edad y no parecería decoroso que comenzara yo que nací primero y tengo
más experiencia. ¡Oh necio, y cuán irreflexivo es to corazón! Ya no te acuerdas de los
muchos males que en torno de Ilio padecimos los dos, solos entre los dioses, cuando
enviados por Zeus trabajamos un año entero para el soberbio Laomedonte; el cual, con la
promesa de darnos el salario convenido, nos mandaba como señor. Yo cerqué la ciudad
de los troyanos con un muro ancho y hermosísimo, para hacerla inexpugnable; y tú, Febo,
pastoreabas los flexípedes bueyes de curvas astas en los bosques y selvas del Ida, en
valles abundoso. Mas cuando las alegres horas trajeron el término del ajuste, el soberbio
Laomedonte se negó a pagarnos el salario y nos despidió con amenzas. A ti te amenazó
con venderte, atado de pies y manos, en lejanas islas; aseguraba además que con el
bronce nos cortaría a entrambos las orejas; y nosotros nos fuimos pesarosos y con el
ánimo irritado porque no nos dio la paga que había prometido. ¡Y todavía se lo
agradeces, favoreciendo a su pueblo, en vez de procurar con nosotros que todos los
troyanos perezcan de mala muerte con sus hijos y castas esposas!
461 Contestó el soberano Apolo, que hiere de lejos:
462 -¡Batidor de la tierra! No me tendrías por sensato si combatiera contigo por los
míseros mortales que, semejantes a las hojas, ya se hallan florecientes y vigorosos
comiendo los frutos de la tierra, ya se quedan exánimes y mueren. Pero abstengámonos
en seguida de combatir y peleen ellos entre sí.
468 Así diciendo, le volvió la espalda; pues por respeto no quería llegar a las manos
con su tío paterno. Y su hermana, la campestre Ártemis, que de las fieras es señora, lo
increpó duramente con injuriosas voces:
472 -¿Huyes ya, tú que hieres de lejos, y das la victoria a Posidón, concediéndole
inmerecida gloria? ¡Necio! ¿Por qué llevas ese arco inútil? No oiga yo que te jactes en el
palacio de mi padre, como hasta aquí to hiciste ante los inmortales dioses, de luchar
cuerpo a cuerpo con Posidón.
478 Así dijo, y Apolo, que hiere de lejos, nada respondió. Pero la venerable esposa de
Zeus, irritada, increpó con injuriosas voces a la que se complace en tirar flechas:
481 -¿Cómo es que pretendes, perra atrevida, oponerte a mí? Difícil to será resistir mi
fortaleza, aunque lleves arco y Zeus to haya hecho leona entre las mujeres y te permita
matar, a la que te plazca. Mejor es cazar en el monte fieras agrestes o ciervos, que luchar
denodadamente con quienes son más poderosos. Y, si quieres probar el combate,
empieza, para que sepas bien cuánto más fuerte soy que tú; ya que contra mí quieres
emplear tus fuerzas.
489 Dijo; asióla con la mano izquierda por ambas muñecas, quitóle de los hombros, con
la derecha, el arco y el carcaj, y riendo se puso a golpear con éstos las orejas de Ártemis,
que volvía la cabeza, ora a un lado, ora a otro, mientras las veloces flechas se esparcían
por el suelo. Ártemis huyó llorando, como la paloma que perseguida por el gavilán vuela
a refugiarse en el hueco de excavada roca, porque no había dispuesto el hado que aquél la
cogiese. De igual manera huyó la diosa, vertiendo lágrimas y dejando allí arco y aljaba. Y
el mensajero Argicida dijo a Leto:
498 -¡Leto! Yo no pelearé contigo, porque es arriesgado luchar con las esposas de Zeus,
que amontona las nubes. Jáctate muy satisfecha, delante de los inmortales dioses, de que
me venciste con to poderosa fuerza.
502 Así dijo. Leto recogió el corvo arco y las saetas que habían caído acá y acullá, en
medio de un torbellino de polvo; y se fue en pos de su hija. Llegó ésta al Olimpo, a la
morada de Zeus erigida sobre bronce; sentóse llorando en las rodillas de su padre, y el
divino velo temblaba alrededor de su cuerpo. El padre Cronida cogióla en el regazo; y,
sonriendo dulcemente, le preguntó:
509-¿Cuál de los celestes dioses, hija querida, de tal modo te ha maltratado, como si en
su presencia hubieses cometido alguna falta?
511 Respondióle Ártemis, que se recrea con el bullicio de la caza y lleva hermosa
diadema:
512 -Tu esposa Hera, la de los níveos brazos, me ha maltratado, padre; por ella la
discordia y la contienda han surgido entre los inmortales.
514 Así éstos conversaban. En tanto, Febo Apolo entró en la sagrada Ilio, temiendo por
el muro de la bien edificada ciudad: no fuera que en aquella ocasión lo destruyesen los
dánaos, contra lo ordenado por el destino. Los demás dioses sempiternos volvieron al
Olimpo, irritados unos y envanecidos otros por el triunfo; y se sentaron junto a Zeus, el
de las sombrías nubes. Aquiles, persiguiendo a los troyanos, mataba hombres y solípedos
caballos. De la suerte que cuando una ciudad es presa de las llamas y llega el humo al
anchuroso cielo, porque los dioses se irritaron contra ella, todos los habitantes trabajan y
muchos padecen grandes males, de igual modo Aquiles causaba a los troyanos fatigas y
daños.
526 El anciano Príamo estaba en la sagrada torre; y, como viera al ingente Aquiles, y a
los troyanos puestos en confusión, huyendo espantados y sin fuerzas para resistirle,
empezó a gemir y bajó de aquélla para exhortar a los ínclitos varones que custodiaban las
puertas de la muralla:
531 Abrid las puertas y sujetadlas con la mano hasta que lleguen a la ciudad los
guerreros que huyen espantados. Aquiles es quien los estrecha y pone en desorden, y
temo que han de ocurrir desgracias. Mas, tan pronto como aquéllos respiren, refugiados
dentro del muro, entornad las hojas fuertemente unidas; pues estoy con miedo de que ese
hombre funesto entre por el muro.
537 Así dijo. Abrieron las puertas, quitando los cerrojos, y a esto se debió la salvación
de las tropas. Apolo saltó fuera del muro para librar de la ruina a los troyanos. Éstos,
acosados por la sed y llenos de polvo, huían por el campo en derechura a la ciudad y su
alta muralla. Y Aquiles los perseguía impetuosamente con la lanza, teniendo el corazón
poseído de violenta rabia y deseando alcanzar gloria.
544 Entonces los aqueos hubieran tomado a Troya, la de altas puertas, si Febo Apolo no
hubiese incitado al divino Agenor, hijo ilustre y valiente de Anténor, a esperar a Aquiles.
El dios infundióle audacia en el corazón, y, para apartar de él a las crueles Parcas, se
quedó a su lado, recostado en una encina y cubierto de espesa niebla. Cuando Agenor vio
llegar a Aquiles, asolador de ciudades, se detuvo, y en su agitado corazón vacilaba sobre
el partido que debería tomar. Y gimiendo, a su magnánimo espíritu le decía:
553 -¡Ay de mí! Si huyo del valiente Aquiles por donde los demás corren espantados y
en desorden, me cogerá también y me matará sin que me pueda defender. Si dejando que
éstos sean derrotados por el Pelida Aquiles, me fuese por la llanura troyana, lejos del
muro, hasta llegar a los bosques del Ida, y me escondiera en los matorrales, podría volver
a Ilio por la tarde, después de tomar un baño en el río para refrescarme y quitarme el
sudor. Mas ¿por qué en tales cosas me hace pensar el corazón? No sea que aquél advierta
que me alejo de la ciudad por la llanura, y persiguiéndome con ligera planta me dé
alcance; y ya no podré evitar la muerte y las Parcas, porque Aquiles es el más fuerte de
todos los hombres. Y si delante de la ciudad le salgo al encuentro... Vulnerable es su
cuerpo por el agudo bronce, hay en él una sola alma y dicen los hombres que el héroe es
mortal; pero Zeus Cronida le da gloria.
571 Esto, pues, se decía; y, encogiéndose, aguardó a Aquiles, porque su corazón
esforzado estaba impaciente por luchar y combatir. Como la pantera, cuando oye el
ladrido de los perros, sale de la poblada selva y va al encuentro del cazador, sin que
arrebaten su ánimo ni el miedo ni el espanto, y si aquél se le adelanta y la hiere desde
cerca o desde lejos, no deja de luchar, aunque esté atravesada por la jabalina, hasta venir
con él a las manos o sucumbir, de la misma suerte, el divino Agenor, hijo del preclaro
Anténor, no quería huir antes de entrar en combate con Aquiles. Y, cubriéndose con el
liso escudo, le apuntaba la lanza, mientras decía con fuertes voces:
583 -Grandes esperanzas concibe tu ánimo, esclarecido Aquiles, de tomar en el día de
hoy la ciudad de los altivos troyanos. ¡Insensato! Buen número de males habrán de pa-
decerse todavía por causa de ella. Estamos dentro muchos y fuertes varones que,
peleando por nuestros padres, esposas e hijos, salvaremos a Ilio; y tú recibirás aquí
mismo la muerte, a pesar de ser un terrible y audaz guerrero.
590 Dijo. Con la robusta mano arrojó el agudo dardo, y no erró el tiro; pues acertó a dar
en la pierna del héroe, debajo de la rodilla. La greba de estaño recién construida resonó
horriblemente, y el bronce fue rechazado sin que lograra penetrar, porque lo impidió la
armadura, regalo del dios. El Pelida arremetió a su vez con Agenor, igual a una deidad;
pero Apolo no le dejó alcanzar gloria, pues, arrebatando al troyano, le cubrió de espesa
niebla y le mandó a la ciudad para que saliera tranquilo de la batalla.
599 Luego el que hiere de lejos apartó del ejército al Pelión, valiéndose de un engaño.
Tomó la figura de Agenor, y se puso delante del héroe, que se lanzó a perseguirlo. Mien-
tras Aquiles iba tras de Apolo, por un campo paniego, hacia el río Escamandro, de
profundos vórtices, y corría muy cerca de él, pues el odio le engañaba con esta astucia a
fin de que tuviera siempre la esperanza de darle alcance en la carrera, los demás troyanos,
huyendo en tropel, llegaron alegres a la ciudad, que se llenó con los que a11í se
refugiaron. Ni siquiera se atrevieron a esperarse los unos a los otros, fuera de la ciudad y
del muro, para saber quiénes habían escapado y quiénes habían muerto en la batalla, sino
que afluyeron presurosos a la ciudad cuantos, merced a sus pies y a sus rodillas, lograron
salvarse.

CANTO XXII*
Muerte de Héctor
* Aquiles, después de decirle que se vengaría de él si pudiera, torna al campo de batalla y delante de las
puertas de la ciudad encuentra a Héctor, que le esperaba; huye éste, aquél le persigue y dan tres vueltas a
la ciudad de Troya; Zeus coge la balanza de oro y ve que el destino condena a Héctor, el cual, engañado
por Atenea se detiene y es vencido y muerto por Aquiles, no obstante saber éste que ha de sucumbir poco
después que muera el caudillo troyano.

1 Los troyanos, refugiados en la ciudad como cervatos, se recostaban en los hermosos


baluartes, refrigeraban el sudor y bebían para apagar la sed; y en tanto los aqueos se iban
acercando a la muralla, con los escudos levantados encima de los hombros. La Parca
funesta sólo detuvo a Héctor para que se quedara fuera de Ilio, en las puertas Esceas. Y
Febo Apolo dijo al Pelión:
8 -¿Por qué, oh hijo de Peleo, persigues en veloz carrera, siendo tú mortal, a un dios
inmortal? Aún no conociste que soy una deidad, y no cesa to deseo de alcanzarme. Ya no
te cuidas de pelear con los troyanos, a quienes pusiste en fuga; y éstos han entrado en la
población, mientras to extraviabas viniendo aquí. Pero no me matarás, porque el hado no
me condenó a morir.
14 Muy indignado le respondió Aquiles, el de los pies ligeros:
15 -¡Oh tú, que hieres de lejos, el más funesto de todos los dioses! Me engañaste,
trayéndome acá desde la muralla, cuando todavía hubieran mordido muchos la tierra
antes de llegar a Ilio. Me has privado de alcanzar una gloria no pequeña, y has salvado
con facilidad a los troyanos, porque no temías que luego me vengara. Y ciertamente me
vengaría de ti, si mis fuerzas to permitieran.
21 Dijo y, muy alentado, se encaminó apresuradamente a la ciudad; como el corcel
vencedor en la carrera de carros trota veloz por el campo, tan ligeramente movía Aquiles
pies y rodillas.
25 EI anciano Príamo fue el primero que con sus propios ojos le vio venir por la
llanura, tan resplandeciente como el astro que en el otoño se distingue por sus vivos rayos
entre muchas estrellas durante la noche obscura y recibe el nombre de "perro de Orión",
el cual con ser brillantísimo constituye una señal funesta porque trae excesivo calor a los
míseros mortales; de igual manera centelleaba el bronce sobre el pecho del héroe,
mientras éste corría. Gimió el viejo, golpeóse la cabeza con las manos levantadas y profi-
rió grandes voces y lamentos, dirigiendo súplicas a su hijo. Héctor continuaba inmóvil
ante las puertas y sentía vehemence deseo de combatir con Aquiles. Y el anciano, ten-
diéndole los brazos, le decía en tono lastimero:
38 -¡Héctor, hijo querido! No aguardes, solo y lejos de los amigos, a ese hombre, para
que no mueras presto a manos del Pelión, que es mucho más vigoroso. ¡Cruel! Así fuera
tan caro a los dioses, como a mí: pronto se lo comerían, tendido en el suelo, los perros y
los buitres, y mi corazón se libraría del terrible pesar. Me ha privado de muchos y
valientes hijos, matando a unos y vendiendo a otros en remotas islas. Y ahora que los
troyanos se han encerrado en la ciudad, no acierto a ver a mis dos hijos Licaón y
Polidoro, que parió Laótoe, ilustre entre las mujeres. Si están vivos en el ejército, los
rescataremos con bronce y oro, que todavía to hay en el palacio; pues a Laótoe la dotó
espléndidamente su anciano padre, el ínclito Altes. Pero, si han muerto y se hallan en la
morada de Hades, el mayor dolor será para su madre y para mí que los engendramos;
porque el del pueblo durará menos, si no mueres tú, vencido por Aquiles. Ven adentro del
muro, hijo querido, para que salves a los troyanos y a las troyanas; y no quieras procurar
inmensa gloria al Pelida y perder tú mismo la existencia. Compadécete también de mí, de
este infeliz y desgraciado que aún conserva la razón; pues el padre Cronida me quitará la
vida en la senectud y con aciaga suerte, después de presenciar muchas desventuras: muer-
tos mis hijos, esclavizadas mis hijas, destruidos los tálamos, arrojados los niños por el
suelo en el terrible combate y las nueras arrastradas por las funestas manos de los aqueos.
Y cuando, por fin, alguien me deje sin vida los miembros, hiriéndome con el agudo
bronce o con arma arrojadiza, los voraces perros que con comida de mi mesa crié en el
palacio para que lo guardasen despedazarán mi cuerpo en la puerta exterior, beberán mi
sangre, y, saciado el apetito, se tenderán en el pórtico. Yacer en el suelo, habiendo sido
atravesado en la lid por el agudo bronce, es decoroso para un joven, y cuanto de él pueda
verse todo es bello, a pesar de la muerte; pero que los perros destrocen la cabeza y la
barba encanecidas y las panes verendas de un anciano muerto en la guerra es to más triste
de cuanto les puede ocurrir a los míseros mortales.
77 Así se expresó el anciano, y con las manos se arrancaba de la cabeza muchas canas,
pero no logró persuadir a Héctor. La madre de éste, que en otro sitio se lamentaba llorosa,
desnudó el seno, mostróle el pecho, y, derramando lágrimas, dijo estas aladas palabras:
82 -¡Héctor! ¡Hijo mío! Respeta este seno y apiádate de mí. Si en otro tiempo te daba el
pecho para acallar tu lloro, acuérdate de tu niñez, hijo amado; y penetrando en la muralla,
rechaza desde la misma a ese enemigo y no salgas a su encuentro. ¡Cruel! Si te mata, no
podré llorarte en tu lecho, querido pimpollo a quien parí, y tampoco podrá hacerlo tu rica
esposa, porque los veloces perros te devorarán muy lejos de nosotras, junto a las naves
argivas.
90 De esta manera Príamo y Hécuba hablaban a su hijo, llorando y dirigiéndole muchas
súplicas, sin que lograsen persuadirle, pues Héctor seguía aguardando a Aquiles, que ya
se acercaba. Como silvestre dragón que, habiendo comido hierbas venenosas, espera ante
su guarida a un hombre y con feroz cólera echa terribles miradas y se enrosca en la
entrada de la cueva, así Héctor, con inextinguible valor, permanecía quieto, desde que
arrimó el terso escudo a la torre prominente. Y gimiendo, a su magnánimo espíritu le
decía:
99 -¡Ay de mí! Si traspongo las puertas y el muro, el primero en dirigirme baldones
será Polidamante, el cual me aconsejaba que trajera el ejército a la ciudad la noche funes-
ta en que el divinal Aquiles decidió volver a la pelea. Pero yo no me dejé persuadir
-mucho mejor hubiera sido aceptar su consejo--, y ahora que he causado la ruina del
ejército con mi imprudencia temo a los troyanos y a las troyanas, de rozagantes peplos, y
que alguien menos valiente que yo exclame: «Héctor, fiado en su pujanza, perdió las
tropas». Así hablarán; y preferible fuera volver a la población después de matar a
Aquiles, o morir gloriosamente delante de ella. ¿Y si ahora, dejando en el suelo el
abollonado escudo y el fuerte casco y apoyando la pica contra el muro, saliera al encuen-
tro del irreprensible Aquiles, le dijera que permitía a los Atridas llevarse a Helena y las
riquezas que Alejandro trajo a Ilio en las cóncavas naves, que esto fue to que originó la
guerra, y le ofreciera repartir a los aqueos la mitad de lo que la ciudad contiene; y más
tarde tomara juramento a los troyanos de que, sin ocultar nada, formarian dos lotes con
cuantos bienes existen dentro de esta hermosa ciudad?... Mas ¿por qué en tales cosas me
hace pensar el corazón? No, no iré a suplicarle; que, sin tenerme compasión ni respeto,
me mataría inerme, como a una mujer, tan pronto como dejara las armas. Imposible es
mantener con él, desde una encina o desde una roca, un coloquio, como un mancebo y
una doncella; como un mancebo y una dondella suelen mantener. Mejor será empezar el
combate cuanto antes, para que veamos pronto a quién el Olímpico concede la victoria.
131 Tales pensamientos revolvía en su mente, sin moverse de aquel sitio, cuando se le
acercó Aquiles, igual a Enialio, el impetuoso luchador, con el terrible fresno del Pelión
sobre el hombro derecho y el cuerpo protegido por el bronce que brillaba como el
resplandor del encendido fuego o del sol naciente. Héctor, al verlo, se puso a temblar y ya
no pudo permanecer allí; sino que dejó las puertas y huyó espantado. Y el Pelida,
confiando en sus pies ligeros, corrió en seguimiento del mismo. Como en el monte el
gavilán, que es el ave más ligera, se lanza con fácil vuelo tras la tímida paloma, ésta huye
con tortuosos giros y aquél la sigue de cerca, dando agudos graznidos y acometiéndola
repetidas veces, porque su ánimo le incita a cogerla, así Aquiles volaba enardecido y
Héctor movía las ligeras rodillas huyendo azorado en torno de la muralla de Troya.
Corrían siempre por la carretera, fuera del muro, dejando a sus espaldas la atalaya y el
lugar ventoso donde estaba el cabrahígo; y llegaron a los dos cristalinos manantiales, que
son las fuentes del Escamandro voraginoso. El primero tiene el agua caliente y lo cubre el
humo como si hubiera allí un fuego abrasador; el agua que del segundo brota es en el
verano como el granizo, la fría nieve o el hielo. Cerca de ambos hay unos lavaderos de
piedra, grandes y hermosos, donde las esposas y las bellas hijas de los troyanos solían
lavar sus magníficos vestidos en tiempo de paz, antes que llegaran los aqueos. Por a11í
pasaron, el uno huyendo y el otro persiguiéndolo: delante, un valiente huía, pero otro más
fuerte le perseguía con ligereza; porque la contienda no era por una víctima o una piel de
buey, premios que suelen darse a los vencedores en la carrera, sino por la vida de Héctor,
domador de caballos. Como los solípedos corceles que tomán parte en los juegos en
honor de un difunto corren velozmente en torno de la meta donde se ha colocado como
premio importante un trípode o una mujer, de semejante modo aquéllos dieron tres veces
la vuelta a la ciudad de Príamo, corriendo con ligera planta. Todas las deidades los
contemplaban. Y Zeus, padre de los hombres y de los dioses, comenzó a decir:
168 -¡Oh dioses! Con mis ojos veo a un caro varón perseguido en torno del muro. Mi
corazón se compadece de Héctor, que tantos muslos de buey ha quemado en mi obsequio
en las cumbres del Ida, en valles abundoso, y en la ciudadela de Troya; y ahora el divino
Aquiles le persigue con sus ligeros pies en derredor de la ciudad de Príamo. Ea, delibe-
rad, oh dioses, y decidid si lo salvaremos de la muerte ó dejaremos que, a pesar de ser
esforzado, sucumba a manos del Pelida Aquiles.
177 Respondióle Atenea, la diosa de ojos de lechuza:
178 -¡Oh padre, que lanzas el ardiente rayo y amontonas las nubes! ¿Qué dijiste? ¿De
nuevo quieres librar de la muerte horrísona a ese hombre mortal, a quien tiempo ha que el
hado condenó a morir? Hazlo, pero no todos los dioses te lo aprobaremos.
182 Contestó Zeus, que amontona las nubes:
183 Tranquilízate, Tritogenia, hija querida. No hablo con ánimo benigno, pero contigo
quiero ser complaciente. Obra conforme a tus deseos y no desistas.
186 Con tales voces instigóle a hacer lo que ella misma deseaba, y Atenea bajó en
raudo vuelo de las cumbres del Olimpo.
188 Entre canto; el veloz Aquiles perseguía y estrechaba sin cesar a Héctor. Como el
perro va en el monte por valles y cuestas tras el cervatillo que levantó de la cama, y, si
éste se esconde, azorado, debajo de los arbustos, corre aquél rastreando hasta que
nuevamente lo descubre; de la misma manera, el Pelión, de pies ligeros, no perdía de
vista a Héctor. Cuantas veces el troyano intentaba encaminarse a las puertas Dardanias, al
pie de las tomes bien construidas, por si desde arriba le socorrían disparando flechas;
otras tantas Aquiles, adelantándosele, lo apartaba hacia la llanura, y aquél volaba sin des-
canso cerca de la ciudad. Como en sueños ni el que persigue puede alcanzar al
perseguido, ni éste huir de aquél; de igual manera, ni Aquiles con sus pies podía dar
alcance a Héctor, ni Héctor escapar de Aquiles. ¿Y cómo Héctor se hubiera librado
entonces de las Parcas de la muerte que le estaba destinada, si Apolo, acercándosele por
la postrera y última vez, no le hubiese dado fuerzas y agilizado sus rodillas?
205 El divino Aquiles hacía con la cabeza señales negativas a los guerreros, no
permitiéndoles disparar amargas flechas contra Héctor: no fuera que alguien alcanzara la
gloria de herir al caudillo y él llegase el segundo. Mas cuando en la cuarta vuelta llegaron
a los manantiales, el padre Zeus tomó la balanza de oro, puso en la misma dos suertes de
la muerte que tiende a lo largo -la de Aquiles y la de Héctor, domador de caballos-, cogió
por el medio la balanza, la desplegó, y tuvo más peso el día fatal de Héctor, que
descendió hasta el Hades. Al instante Febo Apolo desamparó al troyano. Atenea, la diosa
de ojos de lechuza, se acercó al Pelión, y le dijo estas aladas palabras:
216 -Espero, oh esclarecido Aquiles, caro a Zeus, que nosotros dos procuraremos a los
aqueos inmensa gloria, pues al volver a las naves habremos muerto a Héctor, aunque sea
infatigable en la batalla. Ya no se nos puede escapar, por más cosas que haga Apolo, el
que hiere de lejos, postrándose a los pies del padre Zeus, que lleva la égida. Párate y
respira; a iré a persuadir a Héctor para que luche contigo frente a frente.
224 Así habló Atenea. Aquiles obedeció, con el corazón alegre, y se detuvo en seguida,
apoyándose en el arrimo de la pica de asta de fresno y broncínea punta. La diosa dejóle y
fue a encontrar al divino Héctor. Y tomando la figura y la voz infatigable de Deífobo,
llegóse al héroe y pronunció estas aladas palabras:
229 -¡Mi buen hermano! Mucho te estrecha el veloz Aquiles, persiguiéndote con ligero
pie alrededor de la ciudad de Príamo. Ea, detengámonos y rechacemos su ataque.
232 Respondióle el gran Héctor, de tremolante casco:
233 -¡Deífobo! Siempre has sido para mí el hermano predilecto entre cuantos somos
hijos de Hécuba y de Príamo, pero desde ahora hago cuenta de tenerte en mayor aprecio,
porque al verme con tus ojos osaste salir del muro y los demás han permanecido dentro.
238 Contestó Atenea, la diosa de ojos de lechuza:
239 -¡Mi buen hermano! El padre, la venerable madre y los amigos abrazábanme las
rodillas y me suplicaban que me quedara con ellos -¡de tal modo tiemblan todos!-, pero
mi ánimo se sentía atormentado por grave pesar. Ahora peleemos con brio y sin dar
reposo a la pica, para que veamos si Aquiles nos mata y se lleva nuestros sangrientos
despojos a las cóncavas naves, o sucumbe vencido por to lanza.
246 Así diciendo, Atenea, para engañarlo, empezó a caminar. Cuando ambos guerreros
se hallaron frente a frente, dijo el primero el gran Héctor, el de tremolante casco:
250-No huiré más de ti, oh hijo de Peleo, como hasta ahora. Tres veces di la vuelta,
huyendo, en torno de la gran ciudad de Príamo, sin atreverme nunca a esperar tu
acometida. Mas ya mi ánimo me impele a afrontarte, ora te mate, ora me mates tú. Ea,
pongamos a los dioses por testigos, que serán los mejores y los que más cuidarán de que
se cumplan nuestros pactos: Yo no te insultaré cruelmente, si Zeus me concede la victoria
y logro quitarte la vida; pues tan luego como te haya despojado de las magníficas armas,
oh Aquiles, entregaré el cadáver a los aqueos. Pórtate tú conmigo de la misma manera.
260 Mirándole con torva faz, respondió Aquiles, el de los pies ligeros:
261 -¡Héctor, a quien no puedo olvidar! No me hables de convenios. Como no es
posible que haya fieles alianzas entre los leones y los hombres, ni que estén de acuerdo
los lobos y los corderos, sino que piensan continuamente en causarse daño unos a otros,
tampoco puede haber entre nosotros ni amistad ni pactos, hasta que caiga uno de los dos
y sacie de sangre a Ares, infatigable combatiente. Revístete de toda clase de valor, porque
ahora te es muy preciso obrar como belicoso y esforzado campeón. Ya no te puedes
escapar. Palas Atenea te hará sucumbir pronto, herido por mi lanza, y pagarás todos
juntos los dolores de mis amigos, a quienes mataste cuando manejabas furiosamente la
pica.
273 En diciendo esto, blandió y arrojó la fornida lanza. El esclarecido Héctor, al verla
venir, se inclinó para evitar el golpe: clavóse la broncínea lanza en el suelo, y Palas
Atenea la arrancó y devolvió a Aquiles, sin que Héctor, pastor de hombres, lo advirtiese.
Y Héctor dijo al eximio Pelión:
279 -¡Erraste el golpe, oh Aquiles, semejante a los dioses! Nada te había revelado Zeus
acerca de mi destino, como afirmabas; has sido un hábil forjador de engañosas palabras,
para que, temiéndote, me olvidara de mi valor y de mi fuerza. Pero no me clavarás la pica
en la espalda, huyendo de ti: atraviésame el pecho cuando animoso y frente a frente to
acometa, si un dios te lo permite. Y ahora guárdate de mi broncínea lanza. ¡Ojalá que
toda ella penetrara en tu cuerpo! La guerra sería más liviana para los troyanos, si tú
murieses; porque eres su mayor azote.
289 Así habló; y, blandiendo la ingente lanza, despidióla sin errar el tiro, pues dio un
bote en medio del escudo del Pelida. Pero la lanza fue rechazada por la rodela, y Héctor
se irritó al ver que aquélla había sido arrojada inútilmente por su brazo; paróse, bajando
la cabeza, pues no tenía otra lanza de fresno; y con recia voz llamó a Deífobo, el de
luciente escudo, y le pidió una larga pica. Deífobo ya no estaba a su lado. Entonces
Héctor comprendiólo todo, y exclamó:
297 -¡Oh! Ya los dioses me llaman a la muerte. Creía que el héroe Deífobo se hallaba
conmigo, pero está dentro del muro, y fue Atenea quien me engañó. Cercana tengo la per-
niciosa muerte, que ni tardará, ni puedo evitarla. Así les habrá placido que sea, desde
hace tiempo, a Zeus y a su hijo, el que hiere de lejos; los cuales, benévolos para conmigo,
me salvaban de los peligros. Ya la Parca me ha cogido. Pero no quisiera morir
cobardemente y sin gloria, sino realizando algo grande que llegara a conocimiento de los
venideros.
306 Esto dicho, desenvainó la aguda espada, grande y fuerte, que llevaba en el costado.
Y encogiéndose, se arrojó como el águila de alto vuelo se lanza a la llanura, atravesando
las pardas nubes, para arrebatar la tierna corderilla o la tímida liebre; de igual manera
arremetió Héctor, blandiendo la aguda espada. Aquiles embistióle, a su vez, con el
corazón rebosante de feroz cólera: defendía su pecho con el magnífico escudo labrado, y
movía el luciente casco de cuatro abolladuras, haciendo ondear las bellas y abundantes
crines de oro que Hefesto había colocado en la cimera. Como el Véspero, que es el lucero
más hermoso de cuantos hay en el cielo, se presenta rodeado de estrellas en la obscuridad
de la noche, de tal modo brillaba la pica de larga punta que en su diestra blandía Aquiles,
mientras pensaba en causar daño al divino Héctor y miraba cuál parte del hermoso cuerpo
del héroe ofrecería menos resistencia. Éste lo tenía protegido por la excelente armadura
de bronce que quitó a Patroclo después de matarlo, y sólo quedaba descubierto el lugar en
que las clavículas separan el cuello de los hombros, la garganta que es el sitio por donde
más pronto sale el alma: por a11í el divino Aquiles envasóle la pica a Héctor, que ya lo
atacaba, y la punta, atravesando el delicado cuello, asomó por la nuca. Pero no le cortó el
garguero con la pica de fresno que el bronce hacía ponderosa, para que pudiera hablar
algo y responderle. Héctor cayó en el polvo, y el divino Aquiles se jactó del triunfo,
diciendo:
331 -¡Héctor! Cuando despojabas el cadáver de Patroclo, sin duda te creíste salvado y
no me temiste a mí porque me hallaba ausente. ¡Necio! Quedaba yo como vengador, mu-
cho más fuerte que él, en las cóncavas naves, y te he quebrado las rodillas. A ti los perros
y las aves te despedazarán ignominiosamente, y a Patroclo los aqueos le harán honras
fúnebres.
336 Con lánguida voz respondióle Héctor, el de tremolante casco:
337 -Te lo ruego por tu alma, por tus rodillas y por tus padres: ¡No permitas que los
perros me despedacen y devoren junto a las naves aqueas! Acepta el bronce y el oro que
en abundancia te darán mi padre y mi veneranda madre, y entrega a los míos el cadáver
para que lo lleven a mi casa, y los troyanos y sus esposas lo entreguen al fuego.
344 Mirándole con torva faz, le contestó Aquiles, el de los pies ligeros:
345 -No me supliques, ¡perro!, por mis rodillas ni por mis padres. Ojalá el furor y el
coraje me incitaran a cortar tus carnes y a comérmelas crudas. ¡Tales agravios me has
inferido! Nadie podrá apartar de tu cabeza a los perros, aunque me traigan diez o veinte
veces el debido rescate y me prometan más, aunque Príamo Dardánida ordene redimirte a
peso de oro; ni, aun así, la veneranda madre que te dio a luz te pondrá en un lecho para
llorarte, sino que los perros y las aves de rapiña destrozarán to cuerpo.
355 Contestó, ya moribundo, Héctor, el de tremolante casco:
356 -Bien lo conozco, y no era posible que te persuadiese, porque tienes en el pecho un
corazón de hierro. Guárdate de que atraiga sobre ti la cólera de los dioses, el día en que
Paris y Febo Apolo te darán la muerte, no obstante tu valor, en las puertas Esceas.
361 Apenas acabó de hablar, la muerte le cubrió con su manto: el alma voló de los
miembros y descendió al Hades, llorando su suerte, porque dejaba un cuerpo vigoroso y
joven. Y el divino Aquiles le dijo, aunque muerto lo viera:
365 -¡Muere! Y yo recibiré la Parca cuando Zeus y los demás dioses inmortales
dispongan que se cumpla mi destino.
367 Dijo; arrancó del cadáver la broncínea lanza y, dejándola a un lado, quitóle de los
hombros las ensangrentadas armas. Acudieron presurosos los demás aqueos, admiraron
todos el continente y la arrogante figura de Héctor y ninguno dejó de herirlo. Y hubo
quien, contemplándole, habló así a su vecino:
373 -¡Oh dioses! Héctor es ahora mucho más blando en dejarse palpar que cuando
incendió las naves con el ardiente fuego.
375 Así algunos hablaban, y acercándose to herían. El divino Aquiles, ligero de pies,
tan pronto como hubo despojado el cadáver, se puso en medio de los aqueos y pronunció
estas aladas palabras:
378 -¡Oh amigos, capitanes y príncipes de los argivos! Ya que los dioses nos
concedieron vencer a ese guerrero que causó mucho más daño que todos los otros juntos,
ea, sin dejar las armas cerquemos la ciudad para conocer cuál es el propósito de los
troyanos: si abandonarán la ciudadela por haber sucumbido Héctor, o se atreverán a
quedarse todavía a pesar de que éste ya no existe. Mas ¿por qué en tales cosas me hace
pensar el corazón? En las naves yace Patroclo muerto, insepulto y no llorado; y no lo
olvidaré, mientras me halle entre los vivos y mis rodillas se muevan; y si en el Hades se
olvida a los muertos, aun a11í me acordaré del compañero amado. Ahora, ea, volvamos
cantando el peán a las cóncavas naves, y llevémonos este cadáver. Hemos ganado una
gran victoria: matamos al divino Héctor, a quien dentro de la ciudad los troyanos dirigían
votos cual si fuese un dios.
395 Dijo; y, para tratar ignominiosamente al divino Héctor, le horadó los tendones de
detrás de ambos pies desde el tobillo hasta el talón; introdujo correas de piel de buey, y lo
ató al carro, de modo que la cabeza fuese arrastrando; luego, recogiendo la magnífica
armadura, subió y picó a los caballos para que arrancaran, y éstos volaron gozosos. Gran
polvareda levantaba el cadáver mientras era arrastrado; la negra cabellera se esparcía por
el suelo, y la cabeza, antes tan graciosa, se hundía toda en el polvo; porque Zeus la entre-
gó entonces a los enemigos, para que allí, en su misma patria, la ultrajaran.
405 Así toda la cabeza de Héctor se manchaba de polvo. La madre, al verlo, se
arrancaba los cabellos; y, arrojando de sí el blanco velo, prorrumpió en tristísimos
sollozos. El padre suspiraba lastimeramente, y alrededor de él y por la ciudad el pueblo
gemía y se lamentaba. No parecía sino que toda la excelsa Ilio fuese desde su cumbre
devorada por el fuego. Los guerreros apenas podían contener al anciano, que, excitado
por el pesar, quería salir por las puertas Dardanias; y, revolcándose en el estiércol, les
suplicaba a todos llamando a cada varón por sus respectivos nombres:
416 -Dejadme, amigos, por más intranquilos que estéis; permitid que, saliendo solo de
la ciudad, vaya a las naves aqueas y ruegue a ese hombre pernicioso y violento: acaso
respete mi edad y se apiade de mi vejez. Tiene un padre como yo, Peleo, el cual le
engendró y crió para que fuese una plaga de los troyanos; pero es a mí a quien ha causado
más pesares. ¡A cuántos hijos míos mató, que se hallaban en la flor de la juventud! Pero
no me lamento tanto por ellos, aunque su suerte me haya afligido, como por uno cuya
pérdida me causa el vivo dolor que me precipitará en el Hades: por Héctor, que hubiera
debido morir en mis brazos, y entonces nos hubiésemos saciado de llorarle y plañirle la
infortunada madre que le dio a luz y yo mismo.
429 Así habló llorando, y los ciudadanos suspiraron. Y Hécuba comenzó entre las
troyanas el funeral lamento:
431 -¡Oh hijo! ¡Ay de mí, desgraciada! ¿Por qué, después de haber padecido terribles
penas, seguiré viviendo ahora que has muerto tú? Día y noche eras en la ciudad motivo
de orgullo para mí y el baluarte de todos, de los troyanos y de las troyanas, que to
saludaban como a un dios. Vivo, constituías una excelsa gloria para ellos; pero ya la
muerte y la Parca to alcanzaron.
437 Así dijo llorando. La esposa de Héctor nada sabía, pues ningún veraz mensajero le
llevó la noticia de que su marido se quedara fuera de las puertas; y en lo más hondo del
alto palacio tejía una tela doble y purpúrea, que adornaba con labores de variado color.
Había mandado en su casa a las esclavas de hermosas trenzas que pusieran al fuego un
trípode grande, para que Héctor se bañase en agua caliente al volver de la batalla.
¡Insensata! Ignoraba que Atenea, la de ojos de lechuza, le había hecho sucumbir muy
lejos del baño a manos de Aquiles. Pero oyó gemidos y lamentaciones que venían de la
torre, estremeciéronse sus miembros, y la lanzadera le cayó al suelo. Y al instante dijo a
las esclavas de hermosas trenzas:
450 -Venid, seguidme dos; voy a ver qué ocurre. Oí la voz de mi venerable suegra; el
corazón me salta en el pecho hacia la boca y mis rodillas se entumecen: algún infortunio
amenaza a los hijos de Príamo. ¡Ojalá que tal noticia nunca llegue a mis oídos! Pero
mucho temo que el divino Aquiles haya separado de la ciudad a mi Héctor audaz, le
persiga a él solo por la llanura y acabe con el funesto valor que siempre tuvo; porque
jamás en la batalla se quedó entre la turba de los combatientes, sino que se adelantaba
mucho y en bravura a nadie cedía.
460 Dicho esto, salió apresuradamente del palacio como una loca, palpitándole el
corazón, y dos esclavas la acompañaron. Mas, cuando llegó a la torre y a la multitud de
gente que a11í se encontraba, se detuvo, y desde el muro registró el campo; en seguida
vio a Héctor arrastrado delante de la ciudad, pues los veloces caballos lo arrastraban
despiadadamente hacia las cóncavas naves de los aqueos; las tinieblas de la noche
velaron sus ojos, cayó de espaldas y se le desmayó el alma. Arrancóse de su cabeza los
vistosos lazos, la diadema, la redecilla, la trenzada cinta y el velo que la áurea Afrodita le
había dado el día en que Héctor se la llevó del palacio de Eetión, constituyéndole una
gran dote. A su alrededor hallábanse muchas cuñadas y concuñadas suyas, las cuales la
sostenían aturdida como si fuera a perecer. Cuando volvió en sí y recobró el aliento,
lamentándose con desconsuelo dijo entre las troyanas:
477 -¡Héctor! ¡Ay de mí, infeliz! Ambos nacimos con la misma suerte, tú en Troya, en
el palacio de Príamo; yo en Teba, al pie del selvoso Placo, en el alcázar de Eetión, el cual
me crió cuando niña para que fuese desventurada como él. ¡Ojalá no me hubiera
engendrado! Ahora tú desciendes a la mansión de Hades, en el seno de la tierra, y me
dejas en el palacio viuda y sumida en triste duelo. Y el hijo, aún infante, que
engendramos tú y yo, infortunados... Ni tú serás su amparo, oh Héctor, pues has fallecido;
ni él el tuyo. Si escapa con vida de la luctuosa guerra de los aqueos, tendrá siempre
fatigas y pesares; y los demás se apoderarán de sus campos, cambiando de sitio los
mojones. El mismo día en que un niño queda huérfano, pierde todos los amigos; y en ade-
lante va cabizbajo y con las mejillas bañadas en lágrimas. Obligado por la necesidad,
dirígese a los amigos de su padre, tirándoles ya del manto, ya de la túnica; y alguno,
compadecido, le alarga un vaso pequeño con el cual mojará los labios, pero no llegará a
humedecer la garganta. El niño que tiene los padres vivos le echa del festín, dándole
puñadas a increpándole con injuriosas voces: "¡Vete, enhoramala!, le dice, que tu padre
no come a escote con nosotros". Y volverá a su madre viuda, llorando, el huérfano
Astianacte, que en otro tiempo, sentado en las rodillas de su padre, sólo comía medula y
grasa pingüe de ovejas, y, cuando se cansaba de jugar y se entregaba al sueño, dormía en
blanda cama, en brazos de la nodriza, con el corazón lleno de gozo; mas ahora que ha
muerto su padre, mucho tendrá que padecer Astianacte, a quien los troyanos llamaban así
porque sólo tú, oh Héctor, defendías las puertas y los altos muros. Y a ti, cuando los pe-
rros se hayan saciado con tu carne, los movedizos gusanos te comerán desnudo, junto a
las corvas naves, lejos de tus padres; habiendo en el palacio vestiduras finas y hermosas,
que las esclavas hicieron con sus manos. Arrojaré todas estas vestiduras al ardiente fuego;
y ya que no te aprovechen, pues no yacerás en ellas, constituirán para ti un motivo de
gloria a los ojos de los troyanos y de las troyanas.
515 Así dijo llorando, y las mujeres gimieron.

CANTO XXIII *
Juegos en honor de Patroclo
* Luego Aquiles celebra unos espléndidos funerales en honor de Patroclo, mientras ata el cadáver de
Hédor por los pies a su carro y se to lleva arrastrándolo por el polvo; y desde entonces todos los días, al
aparecer la aurora, to vuelve a arrastrar hasta dar tres vueltas alrededor del túmulo de Patroclo.

1 Así gemían los troyanos en la ciudad. Los aqueos, una vez llegados a las naves y al
Helesponto, se fueron a sus respectivos bajeles. Pero a los mirmidones no les permitió
Aquiles que se dispersaran; y, puesto en medio de los belicosos compañeros, les dijo:
6 -¡Mirmidones, de rápidos corceles, mis compañeros amados! No desatemos del yugo
los solípedos corceles; acerquémonos con ellos y los carros a Patroclo, y llorémoslo, que
éste es el honor que a los muertos se les debe. Y cuando nos hayamos saciado de triste
llanto, desunciremos los caballos y aquí mismo cenaremos todos.
12 Así habló. Ellos seguían a Aquiles en compacto grupo y gemían con frecuencia. Y
sollozando dieron tres vueltas alrededor del cadáver con los caballos de hermoso pelo:
Tetis se hallaba entre los guerreros y les excitaba el deseo de llorar. Regadas de lágrimas
quedaron las arenas, regadas de lágrimas se veían las armaduras de los hombres. ¡Tal era
el héroe, causa de fuga para los enemigos, de quien entonces padecían soledad! Y el
Pelida comenzó entre ellos el funeral lamento colocando sus manos homicidas sobre el
pecho de su amigo:
19 -¡Alégrate, oh Patroclo, aunque estés en el Hades! Ya voy a cumplirte cuanto te
prometiera: he traído arrastrando el cadáver de Héctor, que entregaré a los perros para
que lo despedacen cruelmente; y degollaré ante tu pira a doce hijos de troyanos ilustres,
por la cólera que me causó tu muerte.
24 Dijo; y, para tratar ignominiosamente al divino Héctor, lo tendió boca abajo en el
polvo, cabe al lecho del Menecíada. Quitáronse todos la luciente armadura de bronce, de-
suncieron los corceles de sonoros relinchos, y sentáronse en gran número cerca de la nave
del Eácida, el de los pies ligeros, que les dio un banquete funeral espléndido. Muchos
bueyes blancos, ovejas y balantes cabras palpitaban al ser degollados con el hierro; gran
copia de grasos puercos, de albos dientes, se asaban, extendidos sobre la llama de He-
festo; y en tomo del cadáver la sangre corría en abundancia por todas partes.
33 Los reyes aqueos llevaron al Pelida, el de los pies ligeros, que tenía el corazón
afligido por la muerte del compáñero, a la tienda de Agamenón Atrida, después de
persuadirlo con mucho trabajo; ya en ella, mandaron a los heraldos, de voz sonora, que
pusieron al fuego un gran trípode por si lograban que aquél se lavase las manchas de
sangre y polvo. Pero Aquiles se negó obstinadamente, a hizo, además, un juramento:
43 -¡No, por Zeus, que es el supremo y más poderoso de los dioses! No es justo que el
baño moje mi cabeza hasta que ponga a Patroclo en la pira, le erija un túmulo y me corte
la cabellera; porque un pesar tan grande no volverá lamas a sentirlo mi corazón mientras
me cuente entre los vivos. Ahora celebremos el triste banquete; y, cuando se descubra la
aurora, manda, oh rey de hombres, Agamenón, que traigan leña y la coloquen como
conviene a un muerto que baja a la región sombría, para que pronto el fuego infatigable
consuma y haga desaparecer de nuestra vista el cadáver de Patroclo, y los guerreros
vuelvan a sus ocupaciones.
34 Así dijo; y ellos le escucharon y obedecieron. Dispuesta con prontitud la cena,
comieron todos, y nadie careció de su respectiva porción. Mas, después que hubieron
satisfecho de comida y de bebida al apetito, se fueron a dormir a sus tiendas. Quedóse el
Pelida con muchos mirmidones, dando profundos suspiros, a orillas del estruendoso mar,
en un lugar limpio donde las olas bañaban la playa; pero no tardó en vencerlo el sueño,
que disipa los cuidados del ánimo, esparciéndose suave en torno suyo; pues el héroe
había fatigado mucho sus fornidos miembros persiguiendo a Héctor alrededor de la
ventosa Ilio. Entonces vino a encontrarle el alma del mísero Patroclo, semejante en un
todo a éste cuando vivía, tanto por su estatura y hermosos ojos, como por las vestiduras
que llevaba; y, poniéndose sobre la cabeza de Aquiles, le dijo estas palabras:
69 -¿Duermes, Aquiles, y me tienes olvidado? Te cuidabas de mí mientras vivía, y
ahora que he muerto me abandonas. Entiérrame cuanto antes, para que pueda pasar las
puertas del Hades; pues las almas, que son imágenes de los difuntos, me rechazan y no
me permiten que atraviese el río y me junte con ellas; y de este modo voy errante por los
alrededores del palacio, de anchas puertas, de Hades. Dame la mano, te lo pido llorando;
pues ya no volveré del Hades cuando hayáis entregado mi cadáver al fuego. Ni ya,
gozando de vida, conversaremos separadamente de los amigos; pues me devoró la odiosa
muerte que el hado, cuando nací, me deparara. Y tu destino es también, oh Aquiles
semejante a los dioses, morir al pie de los muros de los nobles troyanos. Otra cosa te diré
y encargaré, por si quieres complacerme. No dejes mandado, oh Aquiles, que pongan tus
huesos separados de los míos: ya que juntos nos hemos criado en tu palacio, desde que
Menecio me llevó de Opunte a vuestra casa por un deplorable homicidio -cuando
encolerizándome en el juego de la taba maté involuntariamente al hijo de Anfidamante-,
y el caballero Peleo me acogió en su morada, me crió con regalo y me nombró tu
escudero; así también, una misma urna, la ánfora de oro que te dio tu veneranda madre,
guarde nuestros huesos.
93 Respondióle Aquiles, el de los pies ligeros:
94 -¿Por qué, cabeza querida, vienes a encargarme estas cosas? Te obedeceré y lo
cumpliré todo como lo mandas. Pero acércate y abracémonos, aunque sea por breves
instantes, para saciarnos de triste llanto.
99 En diciendo esto, le tendió los brazos, pero no consiguió asirlo: disipóse el alma cual
si fuese humo y penetró en la tierra dando chillidos. Aquiles se levantó atónito, dio una
palmada y exclamó con voz lúgubre:
103 -¡Oh dioses! Cierto es que en la morada de Hades quedan el alma y la imagen de
los que mueren, pero la fuerza vital desaparece por entero. Toda la noche ha estado cerca
de mí el alma del mísero Patroclo, derramando lágrimas y despidiendo suspiros, para
encargarme to que debo hacer; y era muy semejante a él cuando vivía.
108 Así dijo, y a todos les excitó el deseo de llorar. Todavía se hallaban alrededor del
cadáver, sollozando lastimeramente, cuando despuntó la Aurora de rosáceos dedos.
Entonces el rey Agamenón mandó que de todas las tiendas saliesen hombres con mulos
para ir por leña; y a su frente se puso un varón excelente, Meriones, escudero del valeroso
Idomeneo. Los mulos iban delante; tras ellos caminaban los hombres, llevando en sus
manos hachas de cortar madera y sogas bien torcidas; y así subieron y bajaron cuestas, y
recorrieron atajos y veredas. Mas, cuando llegaron a los bosques del Ida, abundante en
manantiales, se apresuraron a cortar con el afilado bronce encinas de alta copa que caían
con estrépito. Los aqueos las partieron en rajas y las cargaron sobre los mulos. En
seguida éstos, midiendo con sus pasos la tierra, volvieron atrás por los espesos matorra-
les, deseosos de regresar a la llanura. Todos los leñadores llevaban troncos, porque así to
había ordenado Meriones, escudero del valeroso Idomeneo. Y los fueron dejando su-
cesivamente en un sitio de la orilla del mar, que Aquiles indicó para que a11í se erigiera
el gran túmulo de Patroclo y de sí mismo.
127 Después que hubieron descargado la inmensa cantidad de leña, se sentaron todos
juntos y aguardaron. Aquiles mandó en seguida a los belicosos mirmidones que tomaran
las armas y uncieran los caballos; y ellos se levantaron, vistieron la armadura, y los
caudillos y sus aurigas montaron en los carros. Iban éstos al frente, seguíales la nube de la
copiosa infantería, y en medio los amigos llevaban a Patroclo, cubierto de cabello que en
su honor se habían cortado. El divino Aquiles sosteníale la cabeza, y estaba triste porque
despedía para el Hades al eximio compañero.
138 Cuando llegaron al lugar que Aquiles les señaló, dejaron el cadáver en el suelo, y
en seguida amontonaron abundante leña. Entonces el divino Aquiles, el de los pies
ligeros, tuvo otra idea: separándose de la pira, se cortó la rubia cabellera, que conservaba
espléndida para ofrecerla al río Esperqueo; y exclamó apenado, fijando los ojos en el
vinoso ponto:
144 -¡Esperqueo! En vano mi padre Peleo te hizo el voto de que yo, al volver a la tierra
patria, me cortaría la cabellera en tu honor y te inmolaría una sacra hecatombe de cin-
cuenta carneros cerca de tus fuentes, donde están el bosque y el perfumado altar a ti
consagrados. Tal voto hizo el anciano, pero tú no has cumplido su deseo. Y ahora, como
no he de volver a la tierra patria, daré mi cabellera al héroe Patrocio para que se la lleve
consigo.
152 Habiendo hablado así, puso la cabellera en las manos del compañero querido, y a
todos les excitó el deseo de llorar. Y entregados al llanto los dejara el sol al ponerse, si
Aquiles no se hubiese acercado a Agamenón para decirle:
156 -¡Atrida! Puesto que la gente aquea to obedecerá más que a nadie, y tiempo habrá
para saciarse de llanto, aparta de la pira a los guerreros y mándales que preparen la cena;
y de to que resta nos cuidaremos nosotros, a quienes corresponde de un modo especial
honrar al muerto. Quédense tan sólo los caudillos.
161 Al oírlo, el rey de hombres, Agamenón, despidió la gente para que volviera a las
naves bien proporcionadas; y los que cuidaban del funeral amontonaran leña, levantaron
una pira de cien pies por lado, y, con el corazón alligido, pusieron en lo alto de ella el
cuerpo de Patrocio. Delante de la pira mataron y desollaron muchas pingües ovejas y
flexípedes bueyes de curvas astas; y el magnánimo Aquiles tomó la grasa de aquéllas y
de éstos, cubrió con la misma el cadáver de pies a cabeza, y hacinó alrededor los cuerpos
desollados. Llevó también a la pira dos ánforas, llenas respectivamente de miel y de
aceite, y las abocó al lecho; y, exhalando profundos suspiros, arrojó a la hoguera cuatro
corceles de erguido cuello. Nueve perros tenía el rey que se alimentaban de su mesa, y,
degollando a dos, echólos igualmente en la pira. Siguiéronles doce hijos valientes de
troyanos ilustres, a quienes mató con el bronce, pues el héroe meditaba en su corazón
acciones crueles. Y entregando la pira a la violencia indomable del fuego para que la
devorara, gimió y nombró al compañero amado:
179 -¡Alégrate, oh Patroclo, aunque estés en el Hades! Ya te cumplo cuanto te prometí.
El fuego devora contigo a doce hijos valientes de troyanos ilustres; y a Héctor Priámida
no le entregaré a la hoguera para que to consuma, sino a los perros.
184 Así dijo en son de amenaza. Pero los canes no se acercaron a Héctor. La diosa
Afrodita, hija de Zeus, los apartó día y noche, y ungió el cadáver con un divino aceite
rosado para que Aquiles no lo lacerase al arrastrarlo. Y Febo Apolo cubrió el espacio
ocupado por el muerto con una sombna nube que hizo pasar del cielo a la llanura, a fin de
que el ardor del sol no secara el cuerpo, con sus nervios y miembros.
192 En tanto, la pira en que se hallaba el cadáver de Patroclo no ardía. Entonces el
divino Aquiles, el de los pies ligeros, tuvo otra idea: apartóse de la pira, oró a los vientos
Bóreas y Céfiro y votó ofrecerles solemnes sacrificios; y, haciéndoles repetidas
libaciones con una copa de oro, les rogó que acudieran para que la leña ardiese bien y los
cadáveres fueran consumidos prestamente por el fuego. La veloz Iris oyó las súplicas, y
fue a avisar a los vientos, que estaban reunidos celebrando un banquete en la morada del
impetuoso Céfiro. Iris llegó corriendo y se detuvo en el umbral de piedra. Así que la
vieron, levantáronse todos, y cada uno la ¡lamaba a su lado. Pero ella no quiso sentarse, y
pronunció estas palabras:
205 -No puedo sentarme; porque voy, por cima de la corriente del Océano, a la tierra de
los etíopes, que ahora ofrecen hecatombes a los inmortales, para entrar a la parte en los
sacrificios. Aquiles ruega al Bóreas y al estruendoso Céfiro, prometiéndoles solemnes
sacrificios, que vayan y hagan arder la pira en que yace Patroclo, por el cual gimen los
aqueos todos.
212 Habló así y fuese. Los vientos se levantaron con inmenso ruido, esparciendo las
nubes; pasaron por cima del ponto, y las olas crecían al impulso del sonoro soplo,
llegaron, por fin, a la fértil Troya, cayeron en la pira y el fuego abrasador bramó
grandemente. Durante toda la noche, los dos vientos, soplando con agudos silbidos,
agitaron la llama de la pira, durante toda la noche, el veloz Aquiles, sacando vino de una
cratera de oro, con una copa de doble asa, to vertió y regó la tierra, a invocó el alma del
mísero Patroclo. Como solloza un padre, quemando los huesos del hijo recién casado,
cuya muerte ha sumido en el dolor a sus progenitores, de igual modo sollozaba Aquiles al
quemar los huesos del amigo; y, arrastrándose en torno de la hoguera, gemía sin cesar.

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