Carlos Manchal
La bancarrota
del virreinato. Nueva España
y las finanzas del Imperio
español, 1780-1810
Fideicomiso Historia de las Américas
Serie Estudios
Carlos Marichal
La bancarrota del virreinato.
Nueva España y las finanzas
del Imperio español, 1780-1810
El libro que el lector tiene entre sus
manos explora las causas de la crisis de
las finanzas del virreinato de la Nueva
España, ‘la joya más rica” de la corona
española en los tres decenios que
precedieron a la independencia. Ello
inevitablemente obliga a analizar el
lugar que ocupaba este virreinato dentro
de lo que era todavía el gran Estado
imperial español y la forma en que las
guerras internacionales de la época y la
consiguente quiebra de la metrópoli
llevaron a la bancarrota del gobierno del
México colonial.
Se inserta el análisis del régimen
colonial dentro del marco internacional
para ilustrar la repercusión que, sobre
México, tuvieron los cambios
revolucionarios en el mundo atlántico
durante ese periodo. En este sentido, se
sostiene que ya no es posible adherirse a
la visión del “espléndido aislamiento ”
del México borbónico, cuando a todas
luces —como se observa en este libro—
el virreinato era una pieza clave en las
finanzas del Imperio español y del
conjunto de las economías atlánticas a
fines del siglo xvm y principios del xix.
Al explicar la complejidad del sistema
fiscal y de las deudas de la
administración novohispana, el presente
estudio contribuye a develar algunas de
las contradicciones profundas que
afloraron en la sociedad mexicana en los
años anteriores a las guerras de
(pasa a la segunda solapa)
Comentarios y sugerencias:
correo electrónico:
[email protected] SECCIÓN DE OBRAS DE HISTORIA
Fideicomiso Historia de las Américas
Serie Estudios
Coordinada por
Alicia Hernández Chávez
La bancarrota del virreinato, Nueva España
y las finanzas del Imperio español, 1780-1810
CARLOS MARICHAL
LA BANCARROTA DEL VIRREINATO,
NUEVA ESPAÑA Y US FINANZAS
DEL IMPERIO ESPAÑOL, 1780-1810
Con la colaboración de
Carlos Rodríguez Venegas
£
EL COLEGIO DE MÉXICO
Fideicomiso Historia de las Américas
FONDO DE CULTURA ECONÓMICA
MÉXICO
Primera edición, 1999
Se prohíbe la reproducción total o parcial de esta obra
—incluido el diseño tipográfico y de portada—,
sea cual fuere el medio, electrónico o mecánico,
sin el consentimiento por escrito del editor.
D. R. © 1999, Fideicomiso Historia de las Américas
D. R. © 1999, El Colegio de México
Camino al Ajusco, 20; 10740 México, D. F.
D. R. © 1999, Fondo de Cultura Económica
Carretera Picacho-Ajusco, 227; 14200 México, D F.
ISBN 968-16-5675-X
Impreso en México
A las y los colegas
del Seminario de Historia de las Finanzas y el Crédito en México,
por su amistad perdurable
ABREVIATURAS
AGN Archivo General de la Nación (México)
AGI Archivo General de Indias (Sevilla)
AHBE Archivo Histórico del Banco de España (Madrid)
AHN Archivo Histórico Nacional (Madrid)
ANF Archives Nationales de France (París)
BN (México) Biblioteca Nacional (ciudad de México)
bn (Madrid) Biblioteca Nacional (Madrid)
9
PREFACIO
N LOS ÚLTIMOS AÑOS se han multiplicado los estudios sobre el
1 ¿ auge y la caída de los imperios, un tema clásico de la historio
grafía que ha logrado despertar un renovado interés en nuestros días.
El presente estudio tiene como objetivo el proponer caminos para ex
plorar y repensar algunas causas de la quiebra final del imperio espa
ñol, uno de los mayores de su época. La originalidad del enfoque de
este estudio reside en analizar la crisis imperial mirando desde las co
lonias americanas bada la metrópoli. Por ello, aquí se centra la aten
ción en la Nueva España en tanto fue la colonia hispanoamericana
que proporcionó los mayores apoyos fiscales y financieros a la mo
narquía española en aquella extraordinaria sucesión de guerras y re
voluciones que sacudieron el mundo atlántico a fines del siglo xvm y
principios del xix.
El abordar un tema tan complejo como el que ocupa las páginas de
este estudio necesariamente ha requerido de numerosos apoyos de tipo
personal, institucional y financiero. En primer lugar, quiero destacar la
colaboración de Carlos Rodríguez Venegas, quien ha dedicado mucho
tiempo y entusiasmo a la realización de este proyecto desde sus inicios
en 1987. Ha trabajado conmigo en distintos tramos en la búsqueda de
documentación dispersa en el Archivo General de la Nación, siendo
un colaborador de primer orden; posteriormente, ha contribuido en la
realización de buen número de cuadros y gráficas que ilustran este tra
bajo y ha sido siempre un interlocutor valiosísimo, comentando en de
talle los capítulos de esta obra en sus varias versiones.
Muchas personas más me han auxiliado en diversas formas, entre
las cuales debo mencionar a Pedro Pérez Herrero, quien hace ya bas
tantes años me abrió el camino hacia la historia económica colonial,
proporcionándome una serie de indicaciones fundamentales sobre do
cumentación y problemas por explorar. Asimismo, quiero manifestar
mi agradecimiento a un grupo de historiadores económicos españoles
quienes me han alentado en los proyectos de investigación que he
realizado en los últimos años: Nicolás Sánchez Albornoz, Pedro Tedde,
Gabriel Tortella, Gonzalo Anes, Francisco Comín, Leandro Prados
11
12 PREFACIO
de la Escosura, Pablo Martín Aceña, Jordi Maluquer de Motes y Josep
Fontana.
En nuestras conversaciones sobre las finanzas coloniales, Guillermi
na del Valle me ha iluminado sobre numerosos puntos claves que se
encuentran en este libro. Por su apoyo en la discusión de avances de
investigación estoy en deuda con todos los miembros del Seminario
de Historia de las Finanzas Mexicanas, que coordino con Leonor Lud-
low desde hace más de una década; han sido de particular importancia
para mí las discusiones sobre finanzas coloniales con Jorge Silva, Ma
tilde Souto y Luis Jáuregui.
Entre otros amigos que colaboraron con entusiasmo en diferentes
fases de la investigación, quisiera destacar a Juan Carlos Garavaglia y
el muy querido amigo, ya fallecido, Juan Carlos Grosso. Sus trabajos
han resultado inestimables para mi comprensión del periodo, en par
ticular, sobre la importancia de las alcabalas y otros temas de la fiscali-
dad colonial. Fundamentales también han sido el aliento y los aportes
de Herbert Klein, José Carlos Chiaramonte, John Coatsworth, Richard
Garner, Richard Salvucci, Eric van Young y John TePaske, en sus es
tancias en México, a través de estimulantes conversaciones acerca de
la historia económica colonial y a través de sus obras que han contribui
do a colocar al México borbónico en un lugar destacado dentro del de
bate historiográfico internacional de nuestros días.
Por sus comentarios a algunas versiones del manuscrito, quisiera
agradecer a Manuel Miño, ya que ayudaron a matizar algunas de mis
ideas sobre la crisis financiera del virreinato. A Hira de Gortari, siempre
gran promotor de proyectos de investigación, a Dorothy Tanck por
compartir sus investigaciones sobre los donativos de las comunidades
indígenas, a Marcello Carmagnani por sus observaciones sobre la fis-
calidad del antiguo régimen, y a mis alumnos de varios seminarios en
El Colegio de México.
Por otra parte, me es grato dar testimonio del apoyo recibido del
Banco de España al otorgarme una beca del V Centenario en el año
de 1987 que me incitó a iniciar el presente trabajo. En este sentido, qui
siera agradecer la labor realizada por la Comisión del V Centenario, y
en particular extender mi reconocimiento a Esteban Hernández Esteve
y a Gonzalo Anes por el empeño puesto en promover los estudios de
historia económica hispanoamericana.
La realización del presente estudio —nada extrañamente— ha sido
el producto de la explotación de una serie de ricas vetas que guardan
PREFACIO 13
diversos archivos, verdaderas minas que proporcionan la “materia pri
ma” para el historiador. Por ello debo subrayar una profunda deuda
con el magnífico Archivo General de la Nación de México, institución
que ha acogido con generosidad y paciencia a generaciones de histo
riadores. Agradezco la solidaridad demostrada por Juan Manuel He
rrera y Armando Rojas, responsables entonces de la organización y
conservación de acervos del mismo archivo, y por los trabajadores de
las diferentes galerías que me ayudaron en la tarea de encontrar docu
mentación dispersa. Una mención especial dirijo a Eutiquio Franco,
por orientarme en el ramo de donativos y préstamos que eficazmente
contribuyó a organizar, y a Roberto Beristain por su ayuda en localizar
documentos fundamentales. Mi agradecimiento se extiende asimismo
a Teresa Tortella, directora del Archivo Histórico del Banco de España,
y a su equipo, por las facilidades brindadas en la consulta de materiales;
a Micaela Chávez y Shirley Ainsworth de la Biblioteca de El Colegio
de México por su apoyo constante; y al personal de los otros archivos
y bibliotecas en donde consulté materiales de importancia para este
estudio: Archives Nationales de France en París, la Biblioteca Nacional
y el Archivo Histórico Nacional en Madrid.
Finalmente deseo consignar mi agradecimiento a Alicia Hernández
Chávez por la incorporación de este libro a la colección Fideicomiso
Historia de las Américas del Fondo de Cultura Económica. Extiendo
asimismo mi reconocimiento a Manuel Miño y Julio Gallardo por su
esmerado trabajo editorial en la revisión del manuscrito.
Tepoztlán, 15 de enero de 1998
INTRODUCCIÓN
UANDO EL GRAN VIAJERO y científico alemán Alejandro von Hum-
C boldt visitó la Nueva España en 1803, fue testigo de uno de los
últimos y más brillantes momentos de esplendor de la sociedad virrei
nal. La prueba más elocuente de ello se descubría en la propia capital
de México que —con sus más de 100000 habitantes— era la ciudad ma
yor del hemisferio americano y la más próspera, a juzgar por sus mag
níficos palacios, por el despliegue de carrozas que desfilaban por sus
anchas avenidas, por el gran número de sus bien surtidas tiendas y
por la actividad de sus mercados populares. El eje de la actividad po
lítica, financiera y social de la élite urbana giraba en torno al Real Pala
cio en el Zócalo, plaza principal de la urbe. En ese enorme edificio
despachaba el virrey, recibiendo a los funcionarios, a la alta curia, a los
representantes de las principales y más poderosas corporaciones —el
Tribunal de Minería (1784) y el antiguo y venerable Consulado de
Comercio (1592)— así como a los grandes hacendados, buen número
de ellos residentes en la capital.1 En cambio, en tardes y noches, el pa
lacio se convertía en una especie de gran casino donde acudían miem
bros de la alta sociedad a jugar a los naipes, apostando miles de pesos,
como había sido la costumbre durante al menos doscientos años.2
A un costado del palacio se elevaba otra gran construcción que era
sede y símbolo igualmente importante del poder económico concentra
do en la capital virreinal: la Casa de Moneda. Como señalaba Humboldt:
Es imposible visitar este edificio... sin acordarse que de él han salido más
de dos mil millones de pesos fuertes en el espacio de menos de 300 años
y sin reflexionar sobre la poderosa influencia que estos tesoros han tenido
en la suerte de los pueblos de Europa.3
1 Para un excelente análisis de la élite de la ciudad hacia finales de la época colonial, véase
Ladd (1976). Para una descripción contemporánea de los palacios y de la vida urbana hacia 1777,
véase la descripción del presbítero Juan de Viera (1992).
2 Con un siglo de anterioridad, en 1702, Francisco Seijas describía el derroche en los juegos
en palacio: “porque no hay parte en el mundo en que los juegos sean tan grandes y muchos van
a jugar a la casa del Virrey [...]”. Seijas y Lobera (1986), p. 310.
5 Humboldt (1991), p. 457. Para estimaciones de los flujos totales de plata americana a
Europa entre el siglo xvi y fines del xvm, véase Morineau (1985).
15
16 INTRODUCCIÓN
Al comentar sobre el gran volumen de plata acuñada en este lugar,
el científico alemán subrayó la prodigiosa contribución del virreinato
y de las otras colonias al sostenimiento del imperio español, ya que,
como él señalaba, en años de bonanza se extraían anualmente hasta
nueve millones de pesos plata de las tesorerías de la Nueva España
para remitir al exterior.4 Una parte importante de dichos fondos se en
viaba a la metrópoli, pero cantidades igualmente sustanciales se des
tinaban al sostenimiento de las diversas colonias españolas en el Gran
Caribe y Filipinas. A pesar del aumento constante de las remesas a fi
nes del siglo xvm, Humboldt consideraba que la riqueza de la Nueva
España era suficiente para sostener este colosal esfuerzo.5
Esta visión, sin embargo, era excesivamente optimista pues hoy sa
bemos que la administración hacendaría virreinal enfrentaba dificulta
des crecientes para cubrir las demandas imperiales de fondos, desem
bocando a fines de la época colonial en la quiebra del erario.6 Pero
cabe preguntar: ¿existían indicios claros de que el gobierno novohis-
pano se encaminaba hacia una crisis fiscal? Es nuestra hipótesis que
no existe una sola respuesta a esta interrogante; al contrario, la evi
dencia es notablemente contradictoria. Tanto así que constituye uno
de los dilemas principales que se plantean a lo largo de los distintos
capítulos que conforman el presente libro.
Es más, el análisis de la evolución fiscal y financiera del virreinato se
sitúa en el centro de un fuerte debate historiográfico acerca del desem
peño de la economía (pública y privada) del México borbónico. La po
lémica ha atraído la atención de buen número de investigadores en los
últimos treinta años, obligando a matizar la visión clásica del siglo xviii
como una centuria de prosperidad. En su primer gran estudio sobre el
tema, David Brading (1971) adoptó el enfoque clásico de los escritores
más lúcidos de principios del siglo xix, Humboldt y Alamán, que habían
subrayado la riqueza de la Nueva España a fines de la época, entonces el
mayor productor de plata a escala mundial. Pero tras la opulencia no-
vohispana subyacía una serie de problemas que han sido subrayados
por diversos historiadores: Enrique Florescano enfatizó las numerosas
4 Humboldt (1991), p. 551, estimaba las remesas anuales desde la Nueva España en el dece
nio de 1790-1800 como su único punto de referencia temporal. Compárense sus cálculos con los
datos en Marichal y Souto (1994).
5 Ibid., p. 539, argumentaba: “El aumento extraordinario de la renta pública así como el de los
diezmos prueba los progresos de la población, la mayor actividad del comercio y el acrecen
tamiento de la riqueza nacional”.
6 El ensayo pionero sobre el tema es TePaske (1991). Dos recientes tesis doctorales que abor
dan la crisis financiera del gobierno novohispano son Jáuregui (1994) y Valle Pavón (1997).
INTRODUCCIÓN 17
y devastadoras crisis agrarias de fines de siglo; Van Young hizo no
tar que los ingresos reales de la mayoría de la población tendieron a
caer por causa del estancamiento de los salarios al tiempo que subían
los precios de la mayoría de los productos básicos; y Richard Garner
señaló las tasas lentas de crecimiento de la economía en su conjunto.
Por su parte, John Coatsworth echó más leña al fuego al argumentar que
incluso el sector minero se encontraba en crisis a fines del siglo xviii.7
El espectáculo aparentemente paradójico de una gran riqueza com
binada con una extensa pobreza, sin embargo, era una de las caracte
rísticas más señaladas de la mayoría de las sociedades del antiguo régi
men, fuese en América o en Europa.8 De allí que, como sugiere Manuel
Miño, la impresión del “claroscuro” de la sociedad colonial “es posi
blemente la misma que hemos tenido siempre, sólo que los matices
ahora se aprecian mejor, cuando más allá del frío cálculo se hacen
evidentes las desigualdades sociales”.9
Si enfocamos la atención en la historia fiscal y financiera de los últi
mos decenios del gobierno virreinal, se descubre también una serie de
tendencias contrapuestas que incitan a debatir algunos de los térmi
nos que la abundante historiografía reciente ha puesto sobre la mesa
de discusión. A raíz de los trabajos de Herbert Klein sabemos que las
reformas impositivas implantadas por la administración borbónica des
de mediados del siglo impulsaron un aumento notable de los recursos
fiscales en la Nueva España, especialmente entre 1765 y 1785. Pero cabe
preguntar si la persistente ofensiva fiscal impulsada por la real hacien
da española puede calificarse como un éxito sin calificativos. En otras
palabras: ¿cuáles fueron las verdaderas causas del incremento en la re
caudación en la Nueva España? ¿Se debía a un crecimiento de la econo
mía o a una intensificación de la presión fiscal?
De manera similar habría que preguntar cuáles son los factores que
explican el hecho de que hacia fines del siglo el gobierno virreinal se
viese obligado a recurrir a un proceso de creciente endeudamiento.
¿Sería ello indicativo de una crisis financiera emergente? El cúmulo de
préstamos, donativos y otras exacciones que se impusieron sobre la
Nueva España desde 1780, hicieron que en cuestión de menos de trein
ta años se convirtiese en la colonia hispanoamericana con la mayor
7 Véase una excelente revisión de varias de estas interpretaciones y, en especial, una penetran
te crítica de las posturas de Coatsworth en Miño (1992). Asimismo véanse Florescano y Pastor
(1981); Van Young (1992), cap. 2, y Garner (1993).
8 Van Young (1992), cap. 1, califica esta época como “la era de las paradojas”.
9 Miño (1992), pp. 223-224.
18 INTRODUCCIÓN
deuda estatal. Sin embargo, como ha señalado Richard Gamer, ese
endeudamiento del gobierno virreinal constituye uno de los aspectos
menos conocidos de la economía de México del siglo xviii, requiriendo
un cuidadoso análisis para lograr una comprensión más completa de
los orígenes y la naturaleza de los problemas financieros que se acumu
laron al final del régimen colonial.10
El objetivo principal del estudio que el lector tiene entre sus manos
consiste precisamente en centrar la atención en el incremento de las
deudas coloniales, pero situándolas en el contexto más amplio del lugar
que ocupaba la Nueva España dentro de la real hacienda de la mo
narquía española. En otras palabras, resulta insuficiente un enfoque que
se limite al marco de referencia de la administración virreinal, ya que el
estudio de la estructura y la práctica de la fiscalidad y las finanzas de
un Estado imperial tan antiguo y complejo como el español requiere
que se utilicen herramientas conceptuales específicas para abordar
este problema.11 Más concretamente, no puede entenderse su dinámi
ca sin tener en cuenta los complejos flujos de fondos en el ámbito
intraimperial, tanto entre colonias y metrópoli como entre las propias
colonias hispanoamericanas. En efecto, las nuevas investigaciones in
dican que el funcionamiento fiscal y financiero de las posesiones
americanas dentro del imperio era más complejo de lo que habitual
mente se supone: nos revelan que no es suficiente el análisis de la re
lación colonia-metrópoli para entender la maquinaria fiscal trasatlántica
de ía monarquía hispana, sino que también hay que tener muy en
cuenta las complejas relaciones colonia-colonia, especialmente en el
plano de las transferencias de fondos de la real hacienda.12
No obstante, el análisis del fenómeno específico del endeudamien
to colonial también revela un proceso de creciente subordinación de
la administración virreinal a las exigencias fiscales y financieras de la
metrópoli, ya que, en la práctica, la mayoría de los numerosos donati
vos y préstamos levantados en la Nueva España entre 1780 y 1810 no
estuvieron destinados a cubrir gastos locales sino externos. Para decirlo
sin rodeos, las deudas asumidas por el gobierno novohispano consti-
10 Gamer (1993), p. 238: “The history of the colonial public debí remains to be written”.
11 Para esta problemática, por consiguiente, es equívoco utilizar la metodología de estudio de
la hacienda tradicional que suele aplicarse para un Estado nacional. Tampoco estamos de acuer
do con el uso del concepto impreciso de un supuesto Estado colonial. Para una crítica incisiva de
este último concepto véase Malamud (1991).
12 Sobre esta problemática véanse Klein (1995), Jara (1995), Barbier (1980), TePaske (1989) y
Manchal y Souto (1994). Son de importancia complementaria las tesis de Sempat Assadourian
(1983).
INTRODUCCIÓN 19
tuyeron un mecanismo de extracción de recursos de la colonia sin
devolución.
El constante incremento de las demandas imperiales, por tanto, fue
una de las causas primordiales que impulsaron la implantación de una
amplia gama de arbitrios financieros para extraer un volumen cada
vez mayor de recursos de la población novohispana. Pues, a pesar del
éxito inicial de las políticas impositivas ratificadas desde 1765 por el ré
gimen borbónico, éstas no fueron suficientes para cubrir los inmensos
compromisos militares y financieros de la metrópoli, razón por la cual
los ministros de Hacienda españoles comenzaron a solicitar una larga
cadena de empréstitos, muchos de ellos a las Américas. Por consiguien
te, el súbito incremento de las deudas coloniales hacia fines de siglo
no fue resultado de un desequilibrio fiscal local sino de un fenómeno
distinto, complejo y asaz sorprendente, que consistió en el traslado de
una parte de los déficit metropolitanos a las posesiones americanas más
opulentas, con objeto de que sus tesorerías ayudaran a equilibrar las fi
nanzas de la monarquía. Y, en nuestra opinión, ello constituye una de
las pruebas más palpables de la necesidad de analizar la evolución del
fisco y de las deudas de la Nueva España dentro del más amplio marco
imperial.
El debate internacional sobre las crisis financieras
DEL ANTIGUO RÉGIMEN: ¿DÓNDE SE SITÚA EL CASO DEL MÉXICO BORBÓNICO?
Si resulta válido nuestro argumento acerca de la importancia de situar la
real hacienda virreinal finisecular en un contexto internacional, ello
implica a su vez la conveniencia de considerar su vinculación con las
crisis financieras del antiguo régimen características de la época. La hi
pótesis de que la supervivencia de un régimen político (en el corto o
largo plazo) depende en parte importante de su solvencia fiscal y finan
ciera es un tipo de explicación que no ha tenido demasiada fortuna en
la historiografía mexicana, pero que ha resultado enormemente suge-
rente para el caso de otros países que también sufrieron procesos revo
lucionarios en el mismo periodo. Nos referimos a aquellos estudios
históricos que han privilegiado los elementos fiscales y financieros para
explicar, por ejemplo, el derrumbe del antiguo régimen en Francia a
partir de la gran revolución de 1789 o, alternativamente, la quiebra de
la monarquía absoluta en España entre 1814 y 1833.13 Evidentemente,
13 La obra ya clásica de Josep Fontana (1971) abrió el campo de investigaciones modernas
20 INTRODUCCIÓN
ninguna de estas experiencias explica lo específico de la evolución de
la Nueva España entre 1780 y 1810, pero incitan a repensar la relación
entre la supervivencia de un régimen político y sus estrategias fiscales
y financieras.14
Esta problemática se vincula con la intensa polémica que actual
mente llevan a cabo historiadores económicos y políticos acerca de la
evolución fiscal de los Estados europeos en los siglos xviii y principios
del xix. Nos referimos al debate que contrasta el considerable éxito al
canzado por el gobierno de Gran Bretaña en fortalecer las bases impo
sitivas de su poderío militar y político en este periodo, con la debilidad
fiscal y financiera subyacente a la monarquía absoluta en Francia, fac
tor decisivo en el estallido de la gran revolución en ese país.15
Esta discusión ha cobrado especial fuerza a partir de la convocatoria
de John Brewer para volver a colocar al Estado en el centro de la re
flexión sobre el tránsito de las sociedades del antiguo régimen hacia la
modernidad política y económica desde mediados del siglo xviii. Esta
preocupación remite a una distinguida tradición dentro de la ciencia po
lítica y la literatura histórica que tendía a encontrar en Gran Bretaña y
Francia los dos modelos paradigmáticos pero diferentes de esa transi
ción.16 Los nuevos estudios agregan un enfoque distintivo en tanto sub
rayan la importancia de conocer mejor las bases fiscales de los Estados
del antiguo régimen, subrayando los orígenes de lo que Brewer ha de
nominado el “military-fiscal state” y que Bonney llama más simplemen
te la consolidación moderna del “tax state”.17
En dichas investigaciones y discusiones se ha prestado una aten
ción particular a los efectos que tuvieron las guerras del siglo xviii so-
sobre la historia de la hacienda pública de España en este periodo crítico de 1814-1833, y sigue
siendo punto de referencia esencial. Sobre las finanzas del antiguo régimen y la primera etapa
de la revolución de 1789 en Francia la bibliografía es vasta: algunas contribuciones recientes
—que incluyen abundantes referencias bibliográficas— son Crouzet (1993), Guéry (1978), White
(1989) y Velde y Weir (1992).
14 Al reseñar el libro de Garner (1993), Salvucci (1994) tiende a subrayar los paralelos entre el
México borbónico y otros casos de quiebra del antiguo régimen: “This is a good eighteenth cen
tury story. Leviathan brings down the walls by striding too heavily across the floor. Weren’t there
a few other eighteenth century revolutions that got started with a swift kick to the fiscal pants of
the state? Perhaps the story that Garner tells us about Bourbon Mexico is less idiosyncratic and
exceptional than many of us are accustomed to think”, p. 221.
15 El debate fue impulsado recientemente por Brewer (1989), y retomado por Stone (1994),
Root (1994) y Bonney (1995). Sin embargo, otros autores también han contribuido al mismo: véan
se Mathias y O’Brien (1976), Riley (1987), White (1989) y Velde (1992).
16 Basta con recordar las obras conocidísimas de Barrington Moore (1969), Theda Skocpol
(1979) o Charles Tilly (1975) que ilustran este enfoque, por no hablar de la síntesis clásica de
Hobsbawn (1969).
17 Brewer (1989) y Bonney (1995).
INTRODUCCIÓN 21
bre la fiscalidad y las finanzas de las principales potencias europeas,
con énfasis en Inglaterra y Francia. Curiosamente, este debate tiende a
pasar por alto la trayectoria paralela pero al mismo tiempo singular de
las finanzas de la monarquía española, el más viejo y extenso imperio
de la época y todavía la tercera potencia naval de Europa. Que sea así
obliga a considerar si no sería conveniente ampliar considerablemente
el marco de referencia de la historia hacendaría comparada en esta
época. Más concretamente, cabría preguntar si desde el punto de vista
de la estructura y dinámica fiscal no sería cierto que el Estado imperial
español finisecular constituía un modelo esencialmente distinto de sus
rivales y más eficaz en lo que se refiere a la extracción de beneficios fis
cales de sus colonias.
En términos del volumen de recursos del que disponía, la monarquía
hispana no tenía nada que envidiar a las otras potencias europeas ha
cia fines del siglo xviii. Como ha argumentado Herbert Klein, si se su
man los ingresos del conjunto de tesorerías del imperio español, se ob
serva que eran equivalentes en valor al total de las percepciones de la
monarquía francesa, el mayor Estado europeo de la época en térmi
nos de ingresos fiscales.18 Por otra parte, es claro que las prioridades
del gasto eran similares entre los tres países mencionados, sobre todo
en lo que se refiere al predominio de los gastos militares y navales en
esta época de guerras imperiales en Europa, las Américas y otras re
giones del mundo.19
Pero estos paralelos no deben oscurecer los fuertes contrastes entre
la organización fiscal y financiera del imperio español y las de sus ri
vales. Sin entrar en los aspectos específicos y distintivos de las respec
tivas estructuras impositivas, puede sugerirse que la principal diferen
cia residía en la mayor complejidad estructural de la maquinaria
fiscal imperial de la monarquía española y su mayor eficacia en la
extracción de recursos fiscales y financieros directos de sus colonias.
De ello no tenía ninguna duda el economista contemporáneo Adam
Smith, quien contrastaba —con cierta amargura— los pingües ingresos
que España obtenía de sus posesiones americanas con la virtual inca-
Klein (1995) ofrece una síntesis panorámica del sistema fiscal novohispano y peruano e
indica que hacia 1780 el total anual de los ingresos fiscales obtenidos en España era de unos 35
millones de pesos y en las colonias americanas unos 38 millones de pesos. La suma de estas
cifras era similar al total de los ingresos del gobierno de Francia en el mismo periodo: para los
datos franceses véase Bonney (1995), pp. 336-347.
19 Son esclarecedores los estudios de Brewer (1989), Stone (1994), Riley (1985) y Bonney
(1995) y, más específicamente, para el caso español los ensayos de Klein y Barbier (1981 y 1984).
22 INTRODUCCIÓN
pacidad del gobierno británico para extraer recursos fiscales de sus
colonias americanas. Al contrario, en el caso de Gran Bretaña, el mante
ner esa administración civil y militar en ultramar requirió aumentar los
impuestos en la propia metrópoli:
Las contribuciones establecidas sobre sus posesiones en ultramar, como las
de Inglaterra, rara vez alcanzaron a sufragar los gastos de las colonias en
épocas de paz, y jamás han sido suficientes para costear los que ocasiona
ron en tiempos de guerra. Estas últimas colonias [británicas] han sido una
fuente inagotable de gastos y no de ingresos para la madre patria.20
La capacidad superior de la monarquía española para obtener fon
dos de las tesorerías coloniales —tanto para cubrir los gastos propios
de la administración colonial como de la metrópoli— también ayuda a
explicar la diferencia de la trayectoria de su política de endeudamiento
con respecto a las de Gran Bretaña y Francia, al menos hasta fines de
siglo. De hecho, antes de 1790, el gobierno español no sufrió fuertes
déficit ni una acumulación de deuda (ni en la península ni en las Amé-
ricas) y, hasta entonces, el servicio de la deuda no representaba un por
centaje abultado del gasto total. En cambio, en la Francia de Luis XVI
fue notorio el fracaso de ministros de finanzas tan experimentados
como Calonne o Necker en reducir tanto los déficit como la gigantes
ca deuda del gobierno, los cuales eventualmente desembocarían en la
reunión de los Estados Generales en 1789 y, por ende, en la revolu
ción. Y, en el caso de Gran Bretaña, también se observa un enorme
aumento de la deuda pública por causa de las guerras imperiales, aun
que es claro que pudo solventar estos gastos mucho más exitosamen
te que la monarquía de Luis XVI.
¿Qué factores explicarían entonces la solvencia financiera tan no
table del gobierno español, al menos durante el reinado de Carlos III
(1759-1788)? Los trabajos de Pedro Tedde sugieren que se vinculaba
con el equilibrio presupuestal y la creación de nuevos instrumentos
financieros tales como la emisión de los vales reales y la creación del
Banco de San Carlos (1783).21 Sin embargo, en nuestra opinión, este
enfoque esencialmente “nacional” no hace justicia a la participación y
contribución de las colonias hispanoamericanas —y en particular de la
Nueva España— en las finanzas de la monarquía imperial en esa época.
20 Adam Smith (1979), p. 529.
21 Tedde (1988 y 1989).
INTRODUCCIÓN 23
En efecto, consideramos que no puede explicarse satisfactoriamente
la solvencia de la administración de Carlos III (así como el bajo nivel de
deuda acumulada antes de 1790) sin tener en cuenta los aportes de las
colonias tanto a la propia defensa del imperio americano como a la te
sorería general metropolitana.
Después de 1793, en cambio, las deudas gubernamentales en Espa
ña y sus colonias se dispararon a raíz de la debilidad subyacente de la
monarquía hispana que se hizo manifiesta en los campos de batalla
(de tierra y navales) en el terreno financiero. El rápido endeudamien
to del gobierno metropolitano que se produjo durante el reinado de
Carlos IV (1789-1808) ha sido objeto de algunos estudios pero, curio
samente, estas investigaciones tienden a descontar la acumulación si
multánea de deudas en las colonias hispanoamericanas.22 Y tampoco
prestan atención al hecho de que el endeudamiento americano se tra
dujo en un fuerte aumento de las transferencias de plata de las tesore
rías americanas a la metrópoli desde el decenio de 1790. Estas lagunas
historiográficas resultan algo sorprendentes, pues sería precisamente
en esta época que las remesas por cuenta de la real hacienda ameri
cana alcanzarían su nivel más alto en tres siglos de historia colonial.23
Y, por eso, argumentamos que no pueden entenderse cabalmente las
políticas financieras adoptadas por los ministros de Carlos IV (1789-
1808) y sus esfuerzos por sortear el espectro de la bancarrota (en una
época de guerras casi constantes) si no se consideran con cuidado los
flujos de plata de la real hacienda americana y, en particular, de la Nue
va España, tanto a la península como a diversos acreedores de la
monarquía española en el resto de Europa.
Por estas razones, nosotros proponemos la hipótesis de que el di
latado sistema fiscal y financiero americano del Estado imperial espa
ñol fue uno de los factores claves que le permitió seguir ocupando un
lugar destacado en la lucha por el poder entre las naciones europeas
de la época. Los recursos de la maquinaria fiscal colonial contribuye
ron a financiar una parte fundamental de los gastos incurridos a raíz
22 Los estudios de Artola (1984), Merino (1981b), Tedde (1987a), Klein y Barbier (1981) y
Cuenca (1981a) analizan la crisis fiscal y financiera metropolitana pero no entran en detalle en la
profunda vinculación con el endeudamiento hispanoamericano.
23 De acuerdo con los datos de TePaske (1983), cuadros 1 y 2a, los niveles anteriores más
altos de exportación de plata gubernamental de América a España fueron alcanzados entre 1600
y 1640 cuando el promedio anual fue algo menor a 2.5 millones de pesos. En cambio, entre
1788 y 1811 el total de remesas sumó un poco más de 3 mil millones de reales vellón, lo que da
un promedio anual de más de 6.5 millones de pesos. Véase nuestro apéndice 1, cuadro 2.
24 INTRODUCCIÓN
de los conflictos con las dos mayores potencias europeas de la época
—Francia y Gran Bretaña— durante el último cuarto del siglo xviii y a
principios del xix. No obstante, también es cierto que, a la larga, incluso
los aportes de las tesorerías coloniales no serían suficientes para evitar
el derrumbe final.
El análisis de las finanzas hispanoamericanas y, en especial, de las
novohispanas tiene, por consiguiente, un significado especial para en
tender las estrategias de supervivencia de España y su imperio antes y
durante las guerras napoleónicas, pero también resulta de utilidad para
contrastarlas con las de otras potencias militares rivales. Esta proble
mática se discute a lo largo de este estudio —en distintos apartados—
con objeto de situar el estudio del caso de las finanzas de la Nueva Es
paña dentro de un marco comparativo pues, como ya hemos indica
do, consideramos que resulta indispensable para percibir su significado
no sólo al interior del virreinato sino a escala internacional.
Prontuario de hipótesis de trabajo
El presente estudio está dividido en ocho capítulos, cada uno de los
cuales plantea varias hipótesis de trabajo que, de manera entrelazada,
forman el esqueleto de nuestro argumento general acerca de las cau
sas coyunturales y estructurales de la génesis de la crisis financiera del
virreinato. Para facilitar el seguimiento de los argumentos sobre estos
problemas político-financieros, asaz complejos dentro del marco impe
rial, consideramos conveniente enunciar los principales temas puestos
a debate en las distintas secciones.
En el primer capítulo exploramos el lugar fundamental que ocupa
ba el virreinato dentro de la economía pública del imperio, situación
que sirve de marco de referencia para el conjunto del trabajo. Argu
mentamos que en términos fiscales y financieros, la Nueva España
llegó a operar como una virtual submetrópoli dentro de la América
septentrional, en tanto fue el punto de apoyo indispensable para el sos
tenimiento de la administración española no sólo en el virreinato sino
también en todo el Gran Caribe. Ello reflejaba la complejidad de la
imponente maquinaria fiscal trasatlántica de la monarquía hispana, y
para demostrarlo utilizamos nuevas estimaciones de los grandes flujos
de plata que se enviaron en este periodo desde Veracruz, tanto a las dis
tintas administraciones en el Gran Caribe como a la península, los cua-
INTRODUCCIÓN 25
les nos revelan la compleja lógica de la red de transferencias fiscales
intraamericanas.
Pero estos flujos no eran los únicos que tenía que efectuar el go
bierno virreinal, ya que éste también contribuyó con sumas importan
tes directamente para la hacienda metropolitana. En efecto, la tesorería
central en España dependió cada vez más de las remesas americanas,
las que ofrecen uno de los mejores indicadores de los beneficios que la
metrópoli obtenía del imperio. A la inversa, esta doble demanda (ame
ricana y peninsular) de fondos constituye un indicador claro de los
costos fiscales para la Nueva España de su vínculo colonial.24
Para cubrir tanto los compromisos internos como los externos, la
administración virreinal tuvo que implantar una política ambiciosa de
recaudación, siguiendo los lineamientos establecidos por la burocra
cia borbónica imperial. Éste constituye el tema del segundo capítulo,
en el cual se analizan las tendencias del ingreso de las tesorerías me
xicanas, ratificándose algo que ha sido señalado repetidamente en la
historiografía: las políticas fiscales adoptadas desde el decenio de 1760
fueron exitosas porque lograron una extracción de volumen creciente
de caudales a partir del establecimiento de nuevos impuestos y tarifas
impositivas, la introducción de una serie de estancos (como el del
tabaco) y una mayor profesionalización y coordinación contable de la
burocracia.
No obstante, encontramos que el incremento en las percepciones
enfrentó ciertas limitaciones. La hipótesis formulada en este segundo
capítulo es que la extracción de algunos de los más importantes re
cursos impositivos en el virreinato alcanzó una especie de techo hacia
1790, sin que menguara la presión impositiva en los decenios subsi
guientes. A pesar de ello, las demandas de fondos por parte de la real
hacienda imperial siguieron intensificándose, creando problemas cada
vez más serios para la administración novohispana. Pero, debe enfati
zarse que el explorar los orígenes de un creciente desequilibrio fiscal
del gobierno virreinal no debe circunscribirse exclusivamente a la com
paración entre las tendencias de ingresos y egresos. También nos remi
te al problema del impacto de la política impositiva sobre los contribu
yentes: por ello, en un apartado, ofrecemos una incursión preliminar
en la sociología fiscal histórica del periodo, con objeto de sugerir el
interés que puede tener para estudios futuros.
24 Para un análisis cuantitativo de dichos beneficios y costos fiscales véanse estimaciones en
Marichal (1997).
26 INTRODUCCIÓN
Debido a los obstáculos para aumentar la recaudación de impuestos,
la administración virreinal no tuvo otra opción que adoptar una serie de
nuevas políticas financieras en el decenio de 1780 y, sobre todo, des
de el de 1790, que propiciaron un fuerte proceso de endeudamiento del
gobierno colonial, habiendo de continuar de manera ininterrumpida
hasta la Independencia. Éste constituye el tema central del tercer capí
tulo, el cual enfoca la atención en los donativos y préstamos de fines
del siglo xviii.
¿Cómo se explica este proceso de endeudamiento en una sociedad
colonial? En otras palabras: ¿cómo pudo la real hacienda recaudar
una cantidad tan importante de recursos extraordinarios —en la forma
de donativos y préstamos, así como otros arbitrios crediticios— de la
sociedad mexicana cuando estaba ya fuertemente recargada con im
puestos? Estas interrogantes obligan a analizar los mecanismos de en
deudamiento adoptados por el gobierno virreinal entre 1780 y 1810,
incluyendo una mezcla de instrumentos financieros tradicionales y
modernos que se expresaban en aquella combinación de principios
contradictorios sin la cual no se puede explicar el funcionamiento del
régimen colonial: la coacción y la colaboración.
Ambos principios se aplicaron de manera diferenciada en términos
sociales. La coacción se observa con especial nitidez al analizar la mul
titud de donativos forzosos (1782, 1793, 1795, 1798, 1809) que se im
pusieron sobre el conjunto de la población novohispana, recayendo
en particular sobre los sectores más pobres y menos preparados para
soportar estas exacciones. En cambio, para obtener préstamos (a inte
rés) de los sectores acaudalados, la fuerza coactiva no resultaba un ins
trumento eficaz, por lo que se instrumentó una amplia gama de medi
das encaminadas a asegurar la colaboración de los sectores más ricos de
la sociedad novohispana, especialmente en la forma de préstamos, los
cuales fueron todavía más numerosos que los donativos. La variedad
y el carácter extensivo de los instrumentos crediticios utilizados nos
hablan de la complejidad del sistema financiero colonial y de la natu
raleza (a la vez arcaica y moderna) de los “mercados de capitales” en
el México borbónico.25
Si bien la sociedad se vio obligada a contribuir con una cantidad in-
25 Con objeto de proporcionar información para futuras investigaciones más profundas sobre
el endeudamiento novohispano, incluimos en los apéndices a este libro un resumen detallado de
los donativos y préstamos realizados a lo largo de 30 años, incluyendo montos, tasas de interés
y otros datos esenciales que permiten evaluar las trayectorias de las operaciones de crédito pú
blico colonial de la época.
INTRODUCCIÓN 27
gente de recursos extraordinarios a la Corona, ningún sector del vi
rreinato aportó mayores sumas que aquella compleja y multifacética
organización que era la Iglesia. La importancia y constancia de las
aportaciones financieras de las entidades eclesiásticas —que estudia
mos en el cuarto capítulo— nos revela cuán fundamental era la alian
za secular con la Iglesia para la monarquía borbónica y, más particu
larmente, para la administración virreinal. Sin embargo, la agresividad
y arbitrariedad cada vez más notorias de las autoridades fiscales y fi
nancieras del gobierno de Carlos IV (en la metrópoli y en la Nueva
España) fueron provocando fisuras y tensiones cada vez más agudas
con su aliado secular. En este sentido, se observa cómo el Estado espa
ñol aplicó una política maniquea y, a la postre, peligrosa para obtener
fondos de las instituciones eclesiásticas.
Aparte de proporcionar formidables contribuciones a la real hacien
da virreinal por medio de transferencias fiscales, la Iglesia novohispana
otorgó préstamos a través de sus muy diversas corporaciones: las cate
drales y sus cabildos, las órdenes de frailes, los conventos de monjas,
los Juzgados de Obras Pías y Capellanías, el Real Fisco de la Inquisi
ción. El último tramo de la política de exacciones de fondos que recayó
sobre la Iglesia mexicana fue la adopción por los ministros de Carlos IV
de la Consolidación de Vales Reales que se extendió a las Américas
entre 1804 y 1808, medida que habría de contribuir de manera signifi
cativa a propiciar divisiones internas difícilmente salvables.
El análisis de la Consolidación da pie a que en el quinto capítulo se
estudie la vinculación entre las políticas de endeudamiento de la real
hacienda metropolitana y la colonial en la primera época de las guerras
napoleónicas, cuando España era aún aliada de Francia. En particular,
resulta insólito descubrir que la mayor parte de los fondos de la Conso
lidación reunidos en la Nueva España entre 1805 y 1808 se destinaron
a liquidar una serie de deudas contraídas con Napoleón. En otras pala
bras, la evidencia que presentamos contradice la historiografía tradicio
nal que sugería que los dineros recaudados en la Nueva España a través
de la Consolidación de Vales Reales (más de 10 millones de pesos
plata) fueron a parar a manos del gobierno de Carlos IV cuando, en
realidad, no fue así, ya que los fondos mexicanos terminaron mayori-
tariamente en las arcas de la tesorería francesa. Ello nos habla de la
enorme complejidad de las finanzas internacionales en esta época de
guerras internacionales y resalta el papel tan importante de las finanzas
novohispanas y de los flujos de plata mexicana en aquel torbellino
28 INTRODUCCIÓN
político y militar que sacudió el conjunto de las sociedades del mun
do atlántico en la era napoleónica.
En el sexto capítulo se analiza cómo —en medio de sucesivas guerras
internacionales— la real hacienda española intentó evitar la pérdida
de su control sobre los flujos trasatlánticos de mercancías y de plata
entre 1805 y 1808, utilizando una serie de contratos con varios consor
cios mercantiles-financieros internacionales, el más importante siendo
aquel realizado con la casa comercial de Gordon y Murphy, cuyas ope
raciones analizamos con algún detalle en esta sección. Las remesas de
la plata mexicana fueron siguiendo derroteros cada vez más complejos
a través del Atlántico, confundiéndose con el comercio privado que
realizaban comerciantes y navieros de los llamados países neutrales
durante las contiendas napoleónicas. Este tema permite vislumbrar al
gunos de los antecedentes de la liberalización comercial internacional
que se produciría a partir de la Independencia. Pero debe subrayarse que
el objetivo central de los contratos firmados por la burocracia imperial
consistía en asegurar los flujos de plata oficial y de diversos insumos
necesarios para el sostenimiento de la real hacienda —tanto en las Amé-
ricas como en la metrópoli— a pesar de la intensificación de los con
flictos bélicos internacionales.
En el séptimo y penúltimo capítulo se analizan las finanzas colonia
les y metropolitanas desde el año aciago de 1808 hasta principios de
1811. A raíz de la invasión napoleónica de España, se instrumentó una
renovada campaña financiera en las Américas que duró tres años (1808-
1811) con objeto de apoyar el esfuerzo de los españoles patriotas en
su resistencia. De hecho, la enorme cantidad de fondos remitidos prin
cipalmente desde la Nueva España en estos años constituyó el sopor
te financiero inicial del gobierno de la Regencia en Sevilla (1809) y de
los primeros años de las Cortes de Cádiz (1810-1811). Dichas trans
ferencias (realizadas en plena guerra) demuestran que para explicar
aspectos fundamentales de la evolución de las finanzas de la monar
quía española en esta coyuntura crítica es necesario prestar mayor
atención a los aportes de las tesorerías hispanoamericanas —y en par
ticular de las de la Nueva España—, ya que el sistema fiscal y finan
ciero de la monarquía española aún seguía siendo imperial (y pro
fundamente entrelazado en varios niveles) al menos hasta principios
de 1811.
Pero para entonces ya era manifiesta la inminente quiebra de la real
hacienda en España y América, socavada por las guerras pero también
INTRODUCCIÓN 29
por procesos de desintegración fiscal y de endeudamiento irresolu
bles. Dada la complejidad de este proceso, en las últimas páginas de
este estudio nos limitamos a ofrecer un balance general de la situa
ción fiscal y del cúmulo de deudas que pesaban sobre el erario colonial
a partir del estallido de la insurgencia, contribuyendo a la bancarrota
definitiva de la administración colonial de la Nueva España que se
produciría durante las guerras de independencia (1810-1820), coinci
diendo grosso modo con la crisis hacendaría y política de la metrópoli
y del imperio español en su conjunto.26
En resumidas cuentas, el estudio del caso del virreinato de la Nueva
España entre 1780 y 1810 nos parece especialmente ilustrativo de los
antecedentes de este desenlace, y precisamente por ello nos inclinamos
a pensar que es mirando desde la ciudad de México, o desde el puerto
de Veracruz, que puede lograrse uno de los puntos de observación más
iluminadores de la crisis financiera del imperio español en los mo
mentos de su ocaso.
26 Miño (1992), p. 240, argumenta que la desintegración financiera del régimen colonial tardó
tiempo en darse. Por su parte Jáuregui (1994) y Valle Pavón (1997) ofrecen importantes análisis
del impacto fiscal y financiero de la guerra de independencia.
I. LOS GASTOS IMPERIALES Y EL VIRREINATO
DE LA NUEVA ESPAÑA: COSTOS FISCALES
DEL COLONIALISMO, 1760-1810
Las únicas colonias que han contribuido con sus
rentas a la defensa de la metrópoli han sido las es
pañolas y las portuguesas.
Adam Smith, Riqueza de las naciones, iv, vii, iii
La Nueva España lleva más de dos siglos, que sin
haber dado motivo a que la metrópoli gaste un solo
peso en su defensa, ha contribuido por año común
con ocho millones de pesos, es decir, más del duplo
de todos los productos libres de las otras posesiones
ultramarinas. Resultado [...] tan peregrino, que no
tiene ejemplar en la historia de todas las colonias
antiguas y modernas.
Representación contra la Consolidación del Ayunta
miento de Valladolid, Michoacán, 18051
ESDE MEDIADOS del SIGLO XVIII se produjo un amplio debate
D en Europa acerca de la naturaleza y las funciones de las colo
nias. En Francia e Inglaterra, philosopbes como Montesquieu, Diderot,
Hume o Raynal cuestionaron la persistencia de imperios construidos
sobre la base de la subordinación de las sociedades coloniales, argu
mentando que la única justificación legítima de la expansión de las
potencias europeas en ultramar se fincaba en el impulso al comercio.2
En consonancia con estas preocupaciones, en España, figuras ilustradas
como Campillo y Cosío propusieron reformas para mejorar la admi
nistración colonial e impulsar el intercambio con la madre patria. Les lla
maba la atención el aparentemente escaso provecho mercantil que
obtenía la metrópoli de sus posesiones americanas, en contraste con
* La primera cita es de Smith (1979), p. 529; el texto del Ayuntamiento de Valladolid se en
cuentra en Sugawara (1976), p. 61. Debe tenerse en cuenta que los regidores de Michoacán co
nocían bien las cifras de su época pero no las de decenios anteriores.
2 Pagden (1995), cap. 6, analiza de manera penetrante los planteamientos europeos contem
poráneos respecto a la justificación de mantener colonias.
31
32 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
los altos rendimientos que obtenían Francia y Gran Bretaña del comer
cio con sus colonias americanas. Pero, curiosamente, dedicaron poca
atención al análisis de los cuantiosos beneficios fiscales que obtenía la
monarquía española de sus posesiones trasatlánticas.3
En cambio, funcionarios imperiales borbónicos como José de Gál-
vez tenían una idea muy clara de estos beneficios fiscales y por ello
dedicaron esfuerzos sistemáticos desde el decenio de 17Ó0 a mejorar la
administración y recaudación de los impuestos en todos los virreina
tos y capitanías generales de América. El éxito que alcanzaron en este
propósito ha sido ratificado por una abundante historiografía reciente y
ha confirmado la opinión que los contemporáneos tenían acerca de la
productividad superior del fisco imperial hispanoamericano.4
Pero como Jano, la relación colonial inevitablemente tenía dos caras.
Las transferencias fiscales que recibía la metrópoli implicaban, a su
vez, altos costos fiscales para las posesiones españolas en América y
en particular para la Nueva España, que hacia fines del siglo xvm es
taba enviando un volumen de plata al exterior más alto que nunca antes
en la historia colonial: de acuerdo con nuestras estimaciones, entre
1780 y 1810 las tesorerías novohispanas remitieron al exterior la enor
me suma de 250 millones de pesos plata.5 En otras palabras, las de
mandas imperiales de fondos no disminuyeron a fines del régimen
colonial, sino que se incrementaron.
Para testigos contemporáneos tan distantes como Adam Smith en
Escocia y los regidores del Ayuntamiento de Valladolid en Michoacán,
resultaba claro que el indicador económico más importante de la re
lación colonial era precisamente el volumen de remesas de metales
preciosos remitido por los reinos americanos por cuenta de la real ha
cienda, destinado mayoritariamente a cubrir gastos de la administración
civil, militar y naval de España y de diversas regiones del imperio. De
manera implícita, estos observadores ilustrados estaban sugiriendo
que las transferencias fiscales intraimperiales permitían evaluar algu-
3 El tratado de Campillo y Cosío, redactado originalmente en 1743, fue la base para gran nú
mero de proyectos de reformas posteriores referentes a América, como los de Bernardo Ward y
de Campomanes. Sobre este tema es de utilidad el estudio preliminar de Cusminsky a la edición
facsimilar de Campillo y Cosío (1993). Para una visión amplia de problemas y bibliografía refe
rentes a los proyectos de reformas borbónicas en America véanse Pérez Herrero (1983 y 1987) y
Pérez Herrero y Vives (1988).
4 El reciente estudio de Klein (1992) revisa una parte sustancial de la bibliografía fiscal colonial;
Klein (1995) ofrece un balance cuantitativo global del aumento en los ingresos fiscales nomi
nales en el siglo xvm.
5 Basado en el cuadro i.i y en Marichal y Souto (1994).
LOS GASTOS IMPERIALES Y EL VIRREINATO DE LA NUEVA ESPAÑA 33
nos costos de la relación colonial para la Nueva España y, a la inver
sa, aquilatar los beneficios que recibía en metálico el gobierno metro
politano.6
Hoy en día, esta problemática ha vuelto a llamar la atención de los
estudiosos interesados en descifrar las numerosas paradojas de la fis-
calidad y las finanzas del México borbónico. Nos referimos a la impor
tante polémica que los historiadores económicos John Coatsworth y
Enrique Cárdenas abrieron hace algunos años acerca de la naturaleza
de los costos del colonialismo en México a fines del siglo xviii.7 Para
ambos autores la interrogante central consiste en saber hasta qué pun
to es posible medir los “costos” que la vinculación colonial pudo tener
para la economía novohispana. Sin embargo, sus planteamientos fue
ron tan generales que dieron lugar a cierta confusión, pues para avan
zar en este terreno es necesario definir con mayor precisión los térmi
nos puestos sobre la mesa de debate.
Nuestro argumento esencial es que —por razones analíticas y me
todológicas—, al plantear el problema de los costos del colonialismo,
conviene ir por partes, comenzando por distinguir entre los costos fis
cales (que analizamos más adelante) y los costos económicos globales
de la relación colonial. Actualmente estamos en condiciones de me
dir los primeros con bastante precisión ya que conocemos las cifras
anuales de las transferencias de las tesorerías del virreinato. En cam
bio, aún no existen suficientes elementos para sopesar los múltiples
efectos de la relación colonial sobre el sector privado de la economía
novohispana.8 Por ello, en este capítulo nos interesa centrar la aten
ción estrictamente en las demandas fiscales imperiales que recayeron
sobre la real hacienda de la Nueva España.
6 Para ilustrar el tamaño de los compromisos imperiales que pesaron sobre el virreinato en la
segunda mitad del siglo xviii, en este capítulo ofrecemos algunos indicadores del monto de las
transferencias efectuadas por las tesorerías virreinales, que son elementos fundamentales para
estimar los costos fiscales del colonialismo para el México borbónico. Hemos estimado los be
neficios fiscales para la metrópoli de las remesas americanas entre 1763 y 1814 en Marichal
(1997).
7 Algunas de las interrogantes planteadas ya se encontraban en obras clásicas, como es el
caso del Ensayo político de Humboldt. Para el debate reciente véanse Coatsworth (1978)
y (1990), pp. 37-56 y 80-109; Cárdenas (1985), así como subsiguientes discusiones en Garner
(1993), cap. 7 y en léein (1995), cap. 6.
8 Ello requiere estudios tanto cualitativos como cuantitativos de su impacto en las esferas
comercial y productiva de la Nueva España, que presten una atención especial al marco institucio
nal. Coatsworth (1990), cap. 2, adelanta una serie de ideas al respecto pero es claro que cons
tituye una problemática compleja que está lejos de poder resolverse todavía.
34 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
El lugar estratégico de la Nueva España
DENTRO DEL SISTEMA FINANCIERO IMPERIAL
En nuestro análisis fiscal, un punto fundamental consiste en demostrar
que la dinámica de la real hacienda en el virreinato no se explica sim
plemente en función de la relación colonia-metrópoli sino, además,
por la importancia del vínculo colonia-colonia a través de sus aporta
ciones a otros territorios de la América septentrional, de importancia
similar a los proporcionados por el virreinato del Perú a distintas ad
ministraciones en la América del Sur. En efecto, aquí se rebate aquel
presupuesto de la historiografía tradicional española e hispanoameri
cana, que consideraba que las remesas enviadas directamente a la me
trópoli constituían los flujos fiscales más importantes dentro del imperio
español. Los datos que proporcionamos en este capítulo (apoyado en
trabajos anteriores) indican que éste no fue necesariamente el caso ya
que durante la mayor parte del siglo xvm las remesas enviadas desde
la Nueva España hasta las guarniciones militares españolas en el Gran
Caribe tendieron a superar en valor las transferencias anuales de me
tálico efectuadas por la real hacienda desde México a España.9
Los traslados de fondos en metálico conocidos desde fines del si
glo xvi en América como situados constituían una espesa red de trans
ferencias intraimperiales cuya importancia cuantitativa y estratégica
no debe menospreciarse. En efecto, desde el siglo xvn, pero sobre todo
a lo largo del siglo siguiente, la Nueva España fue el sostén del gobier
no militar y civil en una vasta zona geográfica que abarcaba Cuba,
Puerto Rico, Santo Domingo, Luisiana, las Floridas, Trinidad y otros
puntos del Gran Caribe. Al igual que las Filipinas, éstas dependieron
en buena medida de los envíos de la plata mexicana en épocas de paz
y, aún más, en las numerosas coyunturas bélicas. Desde este punto de
vista, hacia fines del siglo xvni el virreinato novohispano estaba ope
rando como una especie de submetrópoli dentro del imperio español.
Ello obliga a modificar algunos estereotipos conceptuales dentro de
la historiografía americanista más tradicional pues, en la práctica, y
como veremos, una parte de la literatura soslaya el hecho sencillo
pero fundamental de que durante la mayor parte del régimen colonial
las posesiones españolas en América en gran medida se autofinancia-
9 Las estimaciones cuantitativas se encuentran en Marichal y Souto (1994).
Cuadro 1.1. Transferenciasfiscales de la Nueva España, 1720-1799:
Situados al Caribe y remisiones a Castilla por quinquenio
Valores absolutos (en pesos) Valores porcentuales
Quinquenios Situados Castilla Total de envíos Situados Castilla Total de envíos
1720-1724 4499062 3234788 7733850 5Z.Y7 41.83 100.00
1725-1729 3085054 3059482 6144536 50.21 49.79 100.00
1730-1734 4197179 5106367 9303546 45.11 54.89 100.00
1735-1739 4656450 4373282 9029732 51.57 48.43 100.00
1740-1744 6912558 1690717 8603275 80.35 19.65 100.00
1745-1749 8959912 4532150 13492062 66.41 33.59 100.00
1750-1754 5617366 4988090 10605456 52.97 47.03 100.00
1755-1759 10287737 7186906 17474643 58.87 41.13 100.00
1760-1764 12490166 4375698 16865864 74.06 25.94 100.00
1765-1769 12415397 1962393 14377790 86.35 13.65 100.00
1770-1774 15239170 5895231 21134401 72.11 27.89 100.00
1775-1779 19299632 8455391 27755023 69.54 30.46 100.00
1780-1784 39182777 6644404 45827181 85.50 14.50 100.00
1785-1789 22 466 573 9911646 32378219 69.39 30.61 100.00
1790-1794 23185235 24323787 47509022 48.80 51.20 100.00
1795-1799 24118964 18850747 42969711 56.13 43.87 100.00
Fuente: TePaske y Klein, 1986 y 1988.
36 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
ron en lo administrativo y militar.10 En efecto, los costos fiscales de
sostener el imperio en el hemisferio occidental no recayeron sobre Es
paña sino que eran absorbidos mayoritariamente por los súbditos hispa
noamericanos. 11
Pero además de solventar los gastos de la administración imperial
en las Américas, también es cierto que las tesorerías coloniales pro
porcionaron una cantidad considerable de fondos a la real hacienda
metropolitana. Como veremos más adelante, hacia fines del régimen
colonial, estas transferencias representaron un porcentaje creciente de
los fondos de la monarquía española, proporcionando un promedio
de 15% de los ingresos ordinarios de la tesorería central de España
entre 1765 y 1785, aumentando luego a casi 25% en el decenio de 1790,
y alcanzando las cifras extraordinarias de 35 a 40% en los años de 1802-
1804 y más de 50% en 1808-1811.12 Por consiguiente, puede afirmarse
que a lo largo de los reinados de Carlos III y Carlos IV, las posesiones
hispanoamericanas —y, en particular, la Nueva España— incremen
taron su importancia como piezas absolutamente claves en lo que era
el extremadamente complejo sistema fiscal y financiero del Estado
imperial español.
Ello ofrece un fuerte contraste con las posesiones americanas de
otras potencias europeas de la época. En efecto, las colonias anglo
americanas no trasladaban beneficios fiscales directos 2l Inglaterra e,
incluso, no lograban cubrir sus propios costos de defensa.13 Algo si
milar puede afirmarse respecto a las posesiones francesas en las Amé
ricas ya que los inmensos gastos que asumió el gobierno francés en la
segunda mitad del siglo xviii para reforzar su marina y para financiar
las guarniciones militares en Canadá y en el Caribe fueron cubiertos
con dineros remitidos desde la metrópoli y no a la inversa, como en el
caso del imperio español.14
Pero entonces surge la pregunta: ¿cómo se explican estas diferencias
10 Sin embargo, habría que evaluar el nivel de gastos que tuvo que efectuar el gobierno espa
ñol en el mantenimiento de la armada, que sin duda fueron sustanciales. No obstante, desde el si
glo xvin las fuerzas navales en el Caribe fueron financiadas con apoyo americano y una parte sus
tancial de los gastos de la armada española en su conjunto también fue financiada desde
América. Véanse Torres Ramírez (1981), Alvarado (1983), Merino (1981a) y Harbron (1988).
11 El último trabajo de Klein (1995) da luz sobre esta problemática en el conjunto de la Amé
rica española.
12 Para las estimaciones véase Marichal (1997).
13 Coatsworth (1990), pp. 84-87, ofrece comentarios sugerentes sobre esta problemática, ha
ciendo notar la extrema disparidad entre los costos globales del colonialismo británico en las 13
colonias y en la Nueva España.
14 Para ios gastos militares de Francia a mediados del siglo xviii véase Riley (1986), y para
Remesas de la Nueva España al Gran Caribe y a Castilla (circa 1780)
CASTILLA
• X •FLORIDA OCCIDENTAL
PANZACOLA BERMUDAS
NS*' •' MOBILA (SANTA -MARÍA
NUEVA ORLEANS SAN AGUSTIN
DE LA FLORIDA
Sitios que reciben situados
★ novohispanos
Ruta de envío de situados
l=> y monto (expresado con la superficie de la flecha)
------ — Viaje
---- ► Tornaviaje
Posesiones extranjeras:
BAHAMAS
■■ Inglaterra
... Francia
Holanda
□□ Dinamarca
CAMPECHE
EL CARMEN
JAMAICA
NEVIS
•• DOMINICA
/
MARTINICA
0 •• SANTA LUCÍA
4 Q
■'CURACAO
a
SANTA MARGARITA’ TRINIDAD
MARTA PUERTO
CARTAGENA CABELLO CARACAS CUMANA
& (LA GUAIRA)
Fuente: mapa elaborado por Araceli Serrano, con base en Marichal y Souto, ‘Silver
and Situados: New Spain and the Financing of the Spanish Empire in the Caribbean
in the Eighteenth Century ”, Hispanic American Review, 74:4, 1994.
LOS GASTOS IMPERIALES Y EL VIRREINATO DE LA NUEVA ESPAÑA 37
tan radicales entre las formas de financiar las cuantiosas erogaciones
de los distintos regímenes coloniales? Las razones son diversas pero,
desde nuestra perspectiva, consideramos que un primer punto de par
tida consiste en efectuar una breve comparación de las estructuras y
estrategias fiscales utilizadas por las diferentes administraciones riva
les, especialmente a partir de mediados del siglo xviii cuando los gastos
militares se dispararon a raíz de una sucesión de guerras que no ha
brían de concluir hasta el segundo decenio del siglo xix.15 Este ejerci
cio puede contribuir a subrayar la singularidad de la dinámica hacen
daría del imperio español en América y puede aclarar, a su vez, por
qué los costos del colonialismo —en el orden fiscal— eran más altos
en la Nueva España que en cualquier otra colonia americana.16
Gastos militares y costos fiscales comparados de los regímenes
COLONIALES EN LAS AmÉRICAS EN LA SEGUNDA MITAD DEL SIGLO XVIII
Es bien sabido que el rubro más importante de los gastos de todos los
Estados europeos en el siglo xviii era el militar y que los egresos por
cuenta de ejércitos y fuerzas navales (cada vez más profesionalizados)
tendieron a aumentar, en especial desde la Guerra de los Siete Años
(1756-1703), conflicto en el cual combatieron las principales potencias
imperiales contemporáneas.17 En efecto, la multiplicación e intensifi
cación de los enfrentamientos en el Caribe y en el Atlántico norte en
la segunda mitad del siglo xviii implicaron un aumento inédito en las
erogaciones navales y militares de Inglaterra, Francia y España. De allí
que el proceso de militarización hiciera que los egresos y, por consi
guiente, los costos fiscales del colonialismo comenzaran a convertirse,
los gastos en los decenios de 1770 y 1780 véanse Guéry (1978), White (1989) y Crouzet (1993),
cap. 2.
15 Un segundo nivel de comparaciones podría consistir en analizar las formas de organi
zación política de los diferentes regímenes coloniales, en particular la participación de las élites
locales en la formulación de las políticas impositivas. Este problema fundamental se aborda más
adelante, en el capítulo siguiente.
16 No entramos aquí en el complejo debate acerca de los costos “mercantiles” del colonialismo
sobre el cual Adam Smith tuvo mucho que decir. Existe una importante bibliografía revisionis
ta, sobre todo en la historiografía inglesa, acerca de los beneficios que derivaba la economía britá
nica del comercio y navegación con sus posesiones americanas [Thomas (1965), McClelland
(1969), Smith (1990)]. Para el caso español véase el importante ensayo de Leandro Prados,
“La pérdida del imperio y sus consecuencias económicas”, en Prados de la Escosura (1993),
pp. 253-300.
17 Estudios fundamentales sobre este punto son los de Bonney (1995), Brewer (1989) y el
ensayo de Samuel Finer en Tilly (1975).
38 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
desde mediados del siglo xviii, en un problema crítico para las finan
zas gubernamentales de los tres países europeos mencionados.
El aumento sostenido de los compromisos imperiales necesariamen
te impulsó la adopción de nuevas políticas para obtener un nivel ma
yor de percepciones. Como ha argumentado Richard Bonney en una
reciente obra colectiva sobre las finanzas de los gobiernos del antiguo
régimen europeo, era la dinámica de los gastos lo que determinaba la
evolución de la política fiscal y no viceversa: “[...] expenditure trends
were the primum mobile creating the need for new resources, whether
in the form of tax or loan income”.18 Entre estos compromisos se con
taban fuertes inversiones realizadas por Gran Bretaña, Francia y Espa
ña para asegurar el incremento y profesionalización de sus ejércitos
coloniales, la ampliación de sus fuerzas navales y la construcción o el
reforzamiento de fortificaciones a lo largo del continente americano.
No obstante, las respectivas metrópolis instrumentaron fórmulas fis
cales y financieras marcadamente distintas para lograr los mismos pro
pósitos. Las políticas de los gobiernos británico y francés han sido
estudiadas en detalle por diversos historiadores, quienes resaltan el
aumento de las deudas metropolitanas para financiar las guerras.19 En
cambio, existe poca claridad en la historiografía española acerca de la
forma en que las administraciones de Carlos III y Carlos IV financia
ron la defensa del imperio, tanto en tiempos de paz como en los de
conflictos bélicos. En efecto, para el caso español la literatura sobre el
financiamiento militar es escasa, las principales excepciones son los
estudios de Klein y Barbier, quienes han argumentado que los gastos
militares de los reinados de Carlos III y Carlos IV recayeron esencial
mente en las finanzas metropolitanas.20 Nuestro argumento, en cam
bio, es que no hay que despreciar la contribución hispanoamericana. Al
fin y al cabo, el grueso de los costos de defensa y de guerra en Améri
ca fue cubierto por las tesorerías americanas del imperio español, ade
más de lo cual no debe olvidarse que una parte de los gastos militares
y financieros en la propia metrópoli fueron solventados con remesas de
las colonias.21
18 Bonney (1995), p. 13.
19 Dentro de la bibliografía reciente que analiza las formas en que Gran Bretaña y Francia
enfrentaron el reto de financiar las múltiples guerras de la época son especialmente sugerentes
Hoffman y Norberg (1994), Root (1993 y 1994), Brewer (1989) y Stone (1994).
20 Klein y Barbier (1981 y 1986).
21 Incluimos dentro de los egresos militares en América tanto los cuantiosos gastos navales
en el Caribe durante las guerras de 1759-1763, 1779-1783, 1793-1795 y 1796-1802 como los gas-
LOS GASTOS IMPERIALES Y EL VIRREINATO DE LA NUEVA ESPAÑA 39
Desde el punto de vista de la historia comparada, el análisis de los dis
tintos sistemas de financiamiento colonial resulta de considerable inte
rés para comprender las diferentes trayectorias de los viejos imperios
europeos. El contraste entre ellos era notable, ya que mientras Francia
y Gran Bretaña perdieron buena parte de sus posesiones más valiosas
en el hemisferio a fines del siglo xvm, España pudo retener la mayor
parte de su imperio americano durante un cuarto de siglo más que sus
rivales a pesar de ser una potencia militarmente mucho más débil.22
En este sentido, una interrogante clave consiste en determinar cuáles
fueron los factores fiscales y financieros que explicarían la mayor per
durabilidad del régimen colonial hispanoamericano a pesar de la apa
rente debilidad de España en relación con sus rivales.
Un testimonio contemporáneo de las ventajas comparativas más
importantes de que disponía el gobierno español lo proporciona el re
lato de Francisco de Saavedra, alto funcionario del gobierno español
que había sido enviado a Cuba y a la Nueva España en 1780 para su
pervisar el financiamiento de las operaciones bélicas emprendidas en
contra de las fuerzas navales y militares de Gran Bretaña en el Caribe.
El comisionado subrayaba la productividad de su estructura colonial fis
cal y financiera, resaltando la importancia de las remesas fiscales de los
territorios españoles en América. Saavedra observaba:
Entre las posesiones europeas en el Nuevo Mundo, solamente las españo
las y portuguesas han contribuido directamente a engrosar las tesorerías
de sus respectivas metrópolis, auxiliándolas en épocas de paz con sumas
más que suficientes para cubrir los gastos hechos en su beneficio y, en
épocas de guerra, sufragando los grandes armamentos requeridos para su
defensa. Las otras naciones (Inglaterra y Francia) han exigido de sus colo
nias únicamente los gastos necesarios para mantener su administración civil
y los pequeños establecimientos militares considerados indispensables
para su tranquilidad doméstica.23
tos de la tropa en tierra en cada uno de los virreinatos y capitanías generales. Por su parte, en los
capítulos ni, v y vii analizamos con detalle los gastos militares y financieros de la metrópoli que
fueron cubiertos con remesas americanas.
22 Recuérdese que en 1763 Francia perdió sus dominios en Canadá en favor de Gran Bretaña,
cediendo Luisiana a España en el mismo año. Luego, en el decenio de 1790 se le escapó el control
sobre su colonia más rica, Haití (Saint-Domingue). Por su parte, Gran Bretaña perdió las 13
colonias de los Estados Unidos en 1783 y al mismo tiempo cedió la Florida a España. El impe
rio español, en contraste, no sufrió desmembramientos realmente importantes hasta después
de 1810.
23 La cita es del Diario de 1780-83 (recientemente editado y traducido al inglés) de Saavedra
(1989), pp. 90-91.
40 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
El contraste entre las diferentes formas de financiamiento imperial
comenzó a observarse con claridad a partir del estallido de los con
flictos entre las potencias europeas en Europa, América y Asia que se
prolongaron a lo largo de los años 1756-1763. Los gastos bélicos se in
crementaron con tal velocidad que Gran Bretaña y Francia, en par
ticular, tuvieron que recurrir masivamente al endeudamiento para fi
nanciar las operaciones militares en mar y tierra. Pero, además, hay
que tener en cuenta que, aún después de la conclusión de la guerra,
siguió existiendo una fuerte presión para mantener el nivel de gastos
militares porque la dinámica de la rivalidad se mantuvo vigente tras la
firma de la paz.24
En efecto, a partir de 1763, cada una de las principales potencias
atlánticas vio reforzadas las razones geoestratégicas que la inducían a
mantener un nivel alto de recursos para cubrir compromisos militares
de carácter imperial. El ostensible vencedor, Gran Bretaña, tenía un mar
cado interés en consolidar su control sobre los territorios americanos
conquistados y en apuntalar la defensa marítima de su imperio.25 Fran
cia, por su parte, necesitaba reconstruir su ya vieja armada, devastada
por las guerras recientes, con objeto de proteger el lucrativo comercio
con las islas azucareras caribeñas que poseía. Y España, temiendo el
avance británico (especialmente tras la ocupación de La Habana en
1762), estaba obligada a reforzar los puntos débiles de su imperio, así
como de su armada para asegurar que siguieran efectuándose las re
mesas oficiales de plata y no se interrumpiese el comercio con sus po
sesiones americanas. Todo ello, lógicamente, requería enormes canti
dades de dinero.
Pero habría que preguntar: ¿cuáles de estas potencias lograron en
frentar estos retos con éxito? En el caso de Gran Bretaña es innegable
que a la postre sufrió el fracaso de su política fiscal americana, ya que
las dificultades para recaudar fondos en las 13 colonias fueron causa
de innumerables problemas para la política inglesa en la segunda mi
tad del siglo xvm. El esfuerzo por recabar un mayor volumen de im
puestos en los territorios angloamericanos se acentuó a partir de la Paz
de París en 1763, cuando el primer ministro, George Grenville, deci-
24 El mejor análisis comparativo de la relación entre guerra y niveles de gastos/ingresos en
los Estados del antiguo régimen se encuentra en Bonney (1990), caps. 9, 10 y 12.
25 En Norteamérica, Inglaterra obtuvo pleno control sobre Canadá, incluyendo el Cabo Bre
tón, así como el conjunto de los territorios al este del Misisipi, todos cedidos por Francia; a su
vez, en el Caribe obtuvo Florida, por cesión de la Corona española, y la ratificación de sus posi
ciones en Belice, en Centroamérica.
LOS GASTOS IMPERIALES Y EL VIRREINATO DE LA NUEVA ESPAÑA 41
dió robustecer el ejército británico en América del Norte y simultánea
mente apuntalar la defensa naval de aquellas colonias y de sus pose
siones en el Caribe.26 No obstante, durante el decenio de 1760 los
impuestos y tarifas aduanales recaudados en la propia América britá
nica apenas alcanzaron a cubrir 10% de los costos de las fuerzas ar
madas inglesas (cerca de 10000 soldados) en ese continente, mientras
que el resto tuvo que ser financiado con transferencias fiscales desde
la propia Inglaterra.27 Estas circunstancias movieron al gabinete inglés
a introducir una serie de reformas fiscales que habrían de tener con
secuencias inesperadas y dramáticas. En primer lugar, se ordenó una
mayor vigilancia del contrabando en 1763 con la aplicación rigurosa
de los “Navigation Acts” y del “Molasses Act”.28 Luego, en 1764, la ad
ministración británica ratificó un impuesto sobre el azúcar que se con
sumía en los territorios americanos —el “Sugar Act”—, y al año siguien
te, estableció un gravamen sobre diversos productos importados,
entre los cuales el más importante era el té, medida conocida como el
“Stamp Act”, a pesar de su notoria impopularidad entre los colonos an
gloamericanos .29
Es bien sabido que las nuevas exacciones constituyeron un factor
fundamental en atizar el resentimiento y eventualmente la rebelión de
las 13 colonias, contribuyendo al estallido de la guerra (1776-1783)
que habría de concluir con su independencia.30 Por ello puede afir
marse que las reformas fiscales británicas aplicadas en América resul
taron un rotundo fracaso, además de lo cual habría que subrayar que
la nueva guerra americana requirió tal cantidad de recursos materia
les, hombres y dinero que exigió un marcado aumento en la presión
impositiva en la propia metrópoli y un acentuado incremento de la
deuda pública inglesa.31
26 “Early in the year 1763, it was definitely known that it was the intention of the British go-
vernment to keep an army of ten thousand men in America, and that the colonies were expected
to contribute to its support.” Beer (1922), p. 274. Véase también Daniel Baugh, “Maritime
Strength and Atlantic Commerce: The Uses of a ‘Grand Marine Empire’”, en Lawrence Stone, ed.
(1994), pp. 205-207.
27 Sobre los gastos bélicos en las Américas véanse J. Gwyn (1980), pp. 74-84; y P. Thomas
(1988), pp. 510-516. Un trabajo reciente Perkins (1994) señala que durante esta guerra los habi
tantes de las 13 colonias contribuyeron 2 567000 libras esterlinas para los gastos militares, por lo
que el Parlamento británico luego les reembolsó la suma de 1067000 libras.
28 Los “Navigation Acts” databan originalmente del siglo xvn pero no siempre habían sido
aplicados con rigor como tampoco lo había sido el “Molasses Act”, establecido en 1733.
29 Beer (1922), caps. 11-13, contiene el análisis clásico del tema.
30 Véanse, por ejemplo, McCIeland (1969) y Labaree (1964).
31 Para la política fiscal británica en el siglo xvin véanse Brewer (1989) y Mathias y O’Brien (1976).
42 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
Las soluciones adoptadas por el gobierno francés para financiar su
política colonial y su marina fueron diferentes de las de sus rivales in
gleses pero aún más infructuosas, debiendo señalarse que, a la larga,
sus consecuencias resultaron catastróficas para la hacienda de la mo
narquía absoluta. A pesar de los enormes gastos realizados durante la
Guerra de los Siete Años (1756-1763), los ministros de finanzas de
Luis XV no pudieron cubrirlos con aumentos de impuestos (ni en la
metrópoli ni en las colonias) por lo que recurrieron al endeudamien
to, socavando a la tesorería francesa por el enorme aumento en su
servicio.32 A pesar de los altos costos financieros y la pérdida de Ca
nadá (1763), Francia siguió manifestando un pronunciado interés en
sostener su política imperial, especialmente para proteger el comercio
con sus ricas posesiones caribeñas, razón por la cual la monarquía
borbónica continuó su política militar expansiva en años subsiguien
tes, apoyando en especial a la marina. Particularmente cuantiosos fue
ron los egresos efectuados durante la guerra de independencia de las
13 colonias angloamericanas (1776-1783), en la cual la contribución
militar francesa —y en especial la naval— resultó finalmente decisiva
en la derrota británica.33
Nuevamente, en esta guerra la hacienda de la monarquía francesa
no pudo allegarse suficientes impuestos para financiar sus costosas
campañas militares en América, por lo que recurrió a un renovado e
intenso proceso de endeudamiento en la propia Francia que habría
de desembocar en la crisis fiscal/financiera de 1787-1788 y, después,
en la debacle política que se produjo a partir del estallido de la revo
lución en 1789 34 La bancarrota del antiguo régimen francés, por con
siguiente, no estaba desligada de los altos costos de sus políticas colo
niales y, en especial, de los egresos navales y militares.
En claro contraste con sus rivales, la corona española no sufrió ni
grandes déficit ni fuerte endeudamiento antes de 1790, a pesar de la
32 El estudio más detallado de las finanzas francesas en estos años señala que: “France elected
to finance the Seven Years War not in the fashion ordinarily associated with oíd regime monar-
chies-involuntary taxes, rec^uisitions, or forced loans-but by a resort to voluntary lending [...]”,
Riley (1986), p. 148. Véanse también Weir (1989) y Velde y Weir (1992).
33 La contribución de la marina francesa en la guerra de independencia de los Estados Uni
dos es conocida, especialmente la intervención decisiva de la flota bajo el mando del almirante de
Grasse en la derrota del general Cornwallis en Yorktown en 1781. Al zarpar del Caribe para el
norte, la armada francesa recogió en La Habana más de un millón de pesos remitidos desde la
Nueva España -jl las tesorerías en Cuba para pagar costos de la expedición francesa [Glascock (1969),
pp. 187-1951.
34 Sobre los orígenes financieros de la crisis del antiguo régimen en Francia véanse Aftalion
(1987 y 1990) y Crouzet (1993), caps. 1 y 2.
LOS GASTOS IMPERIALES Y EL VIRREINATO DE LA NUEVA ESPAÑA 43
intensificación de los numerosos conflictos interimperiales. Si bien es
cierto que los gastos militares en la América española —y especial
mente en la Nueva España y el Caribe— aumentaron de manera nota
ble desde mediados del siglo xviii, no implicaron compromisos fiscales
o financieros realmente graves para la metrópoli.35
Pero ¿cómo puede explicarse la sorprendente solvencia del gobier
no español en esta época de guerras en Europa y América? Una res
puesta importante ya la hemos sugerido: el sistema fiscal de los terri
torios americanos soportó el peso mayor de los gastos bélicos en
ultramar. El caso concreto de la Nueva España es especialmente ilus
trativo, ya que los contribuyentes del virreinato sostuvieron no sólo al
ejército y milicias locales sino que también proporcionaron gruesas
sumas para el mantenimiento y reforzamiento de las fuerzas militares
y navales españolas en el Gran Caribe.
Entre los gastos de tipo militar que tenían que cubrir las cajas reales
novohispanas deben citarse, en primer término, los de defensa del
mismo virreinato, incluyendo los gastos de mantenimiento de la tropa
regular y de la milicia y las fortificaciones e instalaciones terrestres
y marítimas: puertos, fortalezas, presidios y hospitales militares.36
La tropa regular en la Nueva España aumentó de manera notable en
esta época, pasando de unos cuatro mil soldados en el decenio de
1760 a más de 30000 de tropa regular hacia fines del siglo, mientras que
la milicia se incrementó con igual rapidez, alcanzando una cifra de al
rededor de 20000 hombres armados hacia 1803. El grueso de las fuer
zas regulares eventualmente fue concentrado en la zona centro del
país y en Veracruz, mientras que otros contingentes fueron destinados
a los presidios de la frontera norte (más de 5000 integrantes de ca
ballería aguerrida), o asignados a las guarniciones en las costas: Acapul-
co y San Blas en el Pacífico, Tampico, Veracruz e Isla del Carmen en
el Golfo.37
35 Pedro Tedde (1989) ha subrayado la solvencia del régimen de Carlos III (1759-1789), el
bajo nivel de ios déficit y el tamaño manejable de la deuda pública, que incluía lá primera
emisión de vales reales en 1781-1784.
36 Klein (1995), pp. 124-125, proporciona un cuadro de los gastos militares aproximados en
el virreinato de la Nueva España indicando que aumentaron de un promedio de dos millones de
pesos anualmente entre 1700 y 1740 a un nivel aproximado de seis millones entre 1740 y 1770
para luego subir a más de 10 millones de pesos en los decenios de 1770-1800. También debe
verse Rodríguez Venegas (1996), cap. 3, quien proporciona un interesante análisis de egresos
militares entre 1702 y 1783.
37 La tropa regular contaba con 28 842 integrantes de los “cuerpos veteranos” y 5 686 de las
fuerzas militares de las provincias de la frontera norte. Véanse listas detalladas en “Noti
cias estadísticas del reino de la Nueva España", bn (Madrid), ms. 19.702/23, fe. 12 y ss. Los estudios
44 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
Pero aparte de los gastos de defensa realizados al interior del virrei
nato, la administración novohispana se vio obligada a sostener una
parte sustancial del aparato militar y administrativo del imperio espa
ñol en el Gran Caribe. Es cierto que esta política no era inédita ya que
desde mediados del siglo xvn las reales cajas de México y Veracruz
venían remitiendo fondos con bastante regularidad para el manteni
miento de la fuerza naval permanente en el Caribe conocida como la
armada de Barlovento.38 Y también es sabido que desde las mismas fe
chas se requirió a las tesorerías mexicanas que enviasen situados anua
les (consistentes en remesas de plata) a cada una de las guarniciones
militares y navales en Cuba, Puerto Rico, Santo Domingo, las Floridas
y diversas posesiones adicionales en el Gran Caribe. No obstante, du
rante el siglo xvn estas sumas fueron relativamente reducidas. En cam
bio, a partir de 1720 comenzaron a incrementarse de manera sistemá
tica y constante hasta alcanzar sumas realmente colosales en los últimos
decenios del siglo, (véase la gráfica i.i).39 Además, la Corona exigió
que la Nueva España contribuyese cuantiosas sumas para la construc
ción de buques de guerra en los astilleros de La Habana para la arma
da española.40 De hecho, a lo largo del siglo xviii se construyeron más
de 100 buques de guerra en el puerto cubano, siendo financiados bá
sicamente con las remesas de plata mexicana; entre éstos se contaban
algunos de los mayores navios del mundo contemporáneo, los cuales
participaron en las batallas navales más importantes de la época.41
Más allá de estos considerables compromisos propiamente ameri
canos, tampoco hay que olvidar que las reales cajas de la Nueva España
anualmente remitían sumas importantes para auxiliar a la propia teso
rería metropolitana, debiendo enfatizarse que el promedio anual de
plata oficial enviada durante el reinado de Carlos IV (1789-1808) fue
superior al de cualquier periodo anterior de la historia colonial. Ello
del ejército novohispano de Archer (1981 y 1983) proporcionan algo de información presupues
taria sobre gastos militares.
38 Sobre los orígenes de esta fuerza naval véase Al varado (1983).
39 Las remesas anuales de situados mexicanos al Caribe entre 1700 y 1800 se analizan en
Marichal y Souto (1994).
40 Merino señala: “El más importante astillero militar español y uno de los más activos del
mundo fue el de La Habana”, pero añade, significativamente, que “sus gastos fueron pagados di
rectamente por las cajas de México y no aparecieron nunca en los balances ni en los presupues
tos de la marina (en España)”, Merino (1987), p. 27.
41 Por ejemplo, el navio de la Santísima Trinidad de 130 cañones, el mayor buque de la ar
mada española, participó en repetidos encuentros en el Atlántico contra los ingleses hasta la catás
trofe de Trafalgar. Una lista completa de los barcos construidos en La Habana durante el siglo xviii
se encuentra en el estudio de Harbron (1988), pp. 52-53; véase asimismo Inglis (1983).
LOS GASTOS IMPERIALES Y EL VIRREINATO DE LA NUEVA ESPAÑA 45
Gráfica 1.1. Transferenciasfiscales de Nueva España, 1720-1799:
Situados al Caribe y envíos a la península
Fuente: Manchal y Souto (1994).
abre numerosas interrogantes acerca de la lógica y la dinámica del sis
tema fiscal virreinal dentro de la estructura más amplia de las finanzas
imperiales, y por ello consideramos que vale la pena esbozar a conti
nuación una especie de modelo operativo de las transferencias intra-
imperiales en sus niveles múltiples, el cual podría ser de utilidad para
discusiones futuras y más profundas sobre la estructura fiscal asaz sin
gular y compleja del imperio español.
Un modelo de la dinámica fiscal del imperio español
Y EL CASO PARTICULAR DE LA REAL HACIENDA EN LA NUEVA ESPAÑA
Para descifrar el funcionamiento de las finanzas imperiales españolas
en el siglo xviii, es preciso tener en cuenta la densidad y multiplicidad
de los flujos fiscales que la distinguían de las estructuras hacendarías
coloniales más simples de otros imperios europeos de la época.42 La
dinámica de las transferencias intraimperiales en los territorios hispa
noamericanos se daba en tres niveles: 1) aquellas efectuadas al inte-
42 Las colonias angloamericanas y francoamericanas en el siglo xvm, por ejemplo, destinaban
una pequeña cantidad de fondos a apoyar la administración civil y militar estrictamente a nivel
local pero no efectuaban transferencias a otras colonias o a la propia metrópoli.
46 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
rior de cada virreinato o capitanía general y entre sus propias reales
cajas; 2) las remesas reales transferidas entre las diversas colonias ame
ricanas, y 3) las remesas directas a la metrópoli.43
Un principio secular que se aplicaba desde el siglo xvi que ayuda a
explicar la lógica de cobertura y distribución de los gastos de las múl
tiples tesorerías del imperio español era que la mayor cantidad posible
de los gastos debía cubrirse in situ con recursos impositivos recaudados
a escala regional y reunidos en la real caja local.44 Estos gastos in
cluían el sostenimiento de la administración civil y de las fuerzas mili
tares locales. Sin embargo, en ocasiones la respectiva tesorería regio
nal no contaba con suficientes recursos para solventar estos egresos
(en particular cuando los compromisos militares eran sustanciales),
por lo que se requería que otras reales cajas con mayores recursos fisca
les trasladaran fondos a las menos productivas.
En el caso de la Nueva España podemos observar un primer nivel
de la dinámica fiscal tridimensional en los gastos efectuados por y
entre las cajas del propio virreinato para cubrir necesidades de defensa.
Ciertas tesorerías regionales, como la de Veracruz (que habitualmente
reunía excedentes fiscales de diversas zonas), eran responsables del
pago de los gastos militares de otras cajas que contaban con escasos
recursos fiscales propios, como la guarnición de Campeche, emplaza
miento estratégico en el Golfo de México. De manera similar, los pre
sidios militares del norte de la Nueva España —que contaban con li
mitados ingresos impositivos— dependían de remesas de regiones
próximas que disfrutaban de excedentes; así, la caja de Arizpe recibía
transferencias de plata acuñada de las tesorerías de Guadalajara y Bo-
laños, entre otras.45
El segundo nivel de la dinámica fiscal imperial en América se cifra
ba en las subvenciones de un virreinato o capitanía general a otras
colonias: en el caso de aquellas remitidas de la Nueva España al Gran
Caribe —conocidas como situados— constituían un amplio y comple-
43 Para algunos comentarios sobre la lógica de dichas transferencias intraimperiales pueden
consultarse Acosta y Marchena (1983), Jara (1994), Manchal y Souto (1994).
44 Merino (1987), pp. 11-28, proporciona un análisis sintético de algunos de los principios
básicos del funcionamiento de la real hacienda española en la época. Para un estudio compara
tivo muy importante de las prácticas seculares del manejo fiscal y financiero en el imperio espa
ñol véase Calabria (1991) sobre el reino de Nápoles en época de dominio español.
45 Para el caso de la Nueva España los distintos niveles de ingresos y egresos pueden recons
truirse a partir de las series de la real hacienda novohispana recopiladas en la monumental obra de
H. Klein y J. TePaske (1987-1989), J. TePaske y Ma. Hernández Palomo (1976). Las tendencias
son analizadas en H. Klein (1985 y 1995) y J. TePaske (1989 y 1991).
LOS GASTOS IMPERIALES Y EL VIRREINATO DE LA NUEVA ESPAÑA 47
jo abanico de transferencias intraimperiales cuya importancia cuanti
tativa y estratégica exige replantear aspectos fundamentales del estu
dio de las finanzas coloniales.46 El radio geográfico de estas remesas
novohispanas incluía no sólo la frontera norte del virreinato y el con
junto de posesiones españolas en el Gran Caribe, sino que en ocasio
nes abarcaba hasta Centroamérica (se enviaron situados a Guatemala
en épocas de crisis) y las Filipinas, donde se remitían sumas impor
tantes de manera regular desde fines del siglo xvi.
Pero debe observarse que los situados enviados desde la Nueva Es
paña no eran singulares dentro del imperio. Al contrario, se aplicaba
el mismo principio en otras regiones de Hispanoamérica. Así, otra red
de transferencias intraamericanas de gran importancia —pero inde
pendiente de la novohispana— que operaba desde fines del siglo xvi,
se originaba en Perú y en el Alto Perú. Nos referimos a las transfe
rencias fiscales enviadas desde Lima o Potosí destinadas a sostener
las guarniciones en Ecuador, Chile y el Río de la Plata.47 Y lo mismo
puede decirse sobre los apoyos expedidos de las cajas de Quito y
Bogotá para apuntalar al estratégico puerto imperial de Cartagena de
Indias.48
Si bien las transferencias intraamericanas crecieron en importancia a
lo largo del siglo xviii, no debe subestimarse el tercer nivel de trans
ferencias igualmente complejas que se componía de las remesas envia
das por la real hacienda desde la Nueva España (y de los otros virrei
natos) a la propia metrópoli.49 Hacia fines de la época colonial, el
papel preponderante de la Nueva España eq las transferencias a la
metrópoli ya era manifiesto en tanto proporcionaba cerca de 75% del
total de las remesas oficiales de las Américas (véase el apéndice 1,
cuadro 2). En resumidas cuentas, como demuestra la gráfica i.i, se
produjo un aumento importante (en valores corrientes) de los montos
de las remesas novohispanas dirigidas tanto a Castilla como al Gran
Caribe a lo largo de 80 años. En efecto, antes de 1740, el total de re
cursos fiscales enviados al exterior desde Veracruz no solía sobrepasar
un promedio de dos millones de pesos por año, mientras que posterior-
46 El término de situados se hizo común en América desde fines del siglo xvi para describir
estas transferencias fiscales. Véase Marichal y Souto (1994), passim.
47 Sobre las remesas a Filipinas véase Bauzon (1981). Sobre los situados en las finanzas perua
nas la bibliografía es escasa: véanse algunas referencias en Pinto (1981) y Quiroz (1993).
48 Jara (1994).
49 Para la hacienda española, la fuente fundamental es Merino (1987). Hemos efectuado un
análisis comparado de las series españolas y novohispanas entre 1763 y 1814 en Marichal (1997).
48 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
mente fue aumentando de manera sostenida, en especial a partir de
determinadas coyunturas bélicas cuando las demandas financieras para
la defensa del imperio español se acentuaban.50
Ello tiene una singular importancia para comprender la extraordi
naria “ofensiva fiscal” del gobierno borbónico en México en la segun
da mitad del siglo xviii, en tanto ésta fue espoleada por los crecientes
gastos de la administración virreinal y, más específicamente, por la
doble demanda externa de fondos requeridos para suplir a las teso
rerías deficitarias de la administración española en el Gran Caribe y
para la propia tesorería general de Madrid.
Pero dada la multiplicidad de requerimientos que pesaban sobre el
erario novohispano, conviene analizar estas demandas de manera se
parada con objeto de entender sus respectivas dinámicas. Por ello co
menzaremos con un análisis de los situados enviados desde Veracruz
a otros puntos de América para luego pasar al estudio de las remesas a
la península ibérica.
La Nueva España como submetrópoli: los “situados” novohispanos
para el Gran Caribe en la segunda mitad del siglo XVIII
El factor que sometió al gobierno virreinal a mayores presiones para
exportar fondos fiscales durante la segunda mitad del siglo xviii fue el
aumento en las erogaciones militares y financieras que le fueron asig
nadas. Ello era consecuencia del papel estratégico que los más altos
funcionarios de la monarquía consideraban que debía cumplir la Nueva
España dentro del imperio americano.51 Tan significativo era que, como
ya hemos sugerido, el virreinato llegó a operar como una especie de
submetrópoli, que proporcionaba apoyo financiero, militar y logístico
para otras colonias. Para confirmar esta hipótesis es necesario prestar
una atención especial a las transferencias fiscales de plata mexicana.
50 Las series indican ciertos picos que corresponden claramente a dichas coyunturas: la Guerra
de los Siete Años (1756-1763), la guerra contra Gran Bretaña (1779-1783) y la guerra contra la
Convención Francesa (1793-1795). Lógicamente, en estas épocas las obligaciones militares y
financieras de la metrópoli y del imperio (en su conjunto) se acentuaban. No obstante, también
hay que tener en cuenta que en épocas de paz podían aumentarse las remesas a la metrópoli
debido a la mayor seguridad en la navegación trasatlántica.
51 Nuestro argumento de que hay que ir más allá del esquema bilateral de la relación me
trópoli-colonia también implica que debe redefinirse la jerarquía compleja que diferenciaba al
gunas colonias de otras dentro del imperio español y discutir la utilidad de conceptos como el
de submetrópoli para casos como el de la Nueva España o Perú.
LOS GASTOS IMPERIALES Y EL VIRREINATO DE LA NUEVA ESPAÑA 49
La importancia de los situados enviados desde la Nueva España se
ve ratificada por el hecho de que durante el siglo xvm (hasta 1790) las
remesas despachadas anualmente a las guarniciones militares españo
las en el Gran Caribe tendieron a superar ampliamente a las efectuadas
por la real hacienda desde México a la metrópoli, (véase el cuadro i.l).52
La mayor parte de los situados ultramarinos enviados desde Veracruz
a La Habana estaban destinados a cubrir gastos en la propia Cuba o
para ser redistribuidos entre las administraciones españolas en Santo
Domingo, Puerto Rico, las Floridas, la Luisiana y diversas islas y guar
niciones adicionales en el Caribe.53 El incremento de estas transferen
cias fiscales se hizo notar especialmente desde el decenio de 1740 al
alcanzar un promedio anual de 1.5 millones de pesos plata por año,
hecho que se vinculaba con el proceso de creciente conflictividad en
la zona del Caribe a raíz de la guerra con Gran Bretaña en 1739-1743.
Luego de nuevos enfrentamientos en 1762-1763 y, en especial, después
de la ocupación de La Habana por tropas inglesas (durante el año de
1762), el gobierno de Carlos III extendió órdenes al virreinato de la
Nueva España para aumentar inmediatamente (y de forma perma
nente) los situados de plata al Caribe para satisfacer gastos militares y
en especial la construcción de gran número de buques de guerra y de
una serie de fortalezas estratégicas en los principales puertos de la
región.54
No obstante, el punto más álgido en materia de subvenciones fis
cales para el Gran Caribe se alcanzó en 1779-1783 al producirse una
nueva guerra con Inglaterra, incrementándose no sólo el volumen sino
la complejidad de las operaciones financieras. En efecto, puede argu
mentarse que en estos años no fue la metrópoli sino la Nueva España la
fuente fundamental de recursos para el sostén de los ejércitos y fuerzas
navales españolas operando en los más variados puntos de la zona
caribeña en la guerra contra los ingleses.55
Durante este conflicto bélico, las cajas de Veracruz registraron una
52 Entre los pocos trabajos realizados sobre los situados deben citarse TePaske (1983),
Marchena (1979 y 1988) y Marichal y Souto (1994).
53 Para el análisis detallado véase Marichal y Souto (1994). Las razones por las cuales elegi
mos el año de 1720 son sencillas. De acuerdo con las series fiscales publicadas por Klein y
TePaske (1987-1989) las cartas cuentas de Veracruz contienen algo de información sin desagregar
e incompleta sobre situados a las islas de Barlovento desde 1660. Es solamente desde 1720 que
hay información anual desagregada de envíos de situados desde Veracruz.
54 Una revisión estadística importante de situados y gastos militares para los años 1702-1783
se encuentra en Rodríguez Venegas (1996), cap. 3-
55 Lewis (1975) y Glascock (1969) son las fuentes fundamentales sobre este tema.
50 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
salida de aproximadamente 37 millones de pesos plata para el Gran
Caribe.56 La mayor parte fue destinada a Cuba, aunque desde allí se
remitieron cantidades muy importantes a otros puntos donde se reque
rían para proseguir con la guerra.57 El papel redistribuidor de La Ha
bana se manifiesta en las cifras siguientes: entre 1781 y 1783 la tesore
ría general de Cuba suplió más de nuve millones de pesos mexicanos
a la Luisiana (al ejército bajo el mando de Bernardo de Gálvez), más de
cuatro millones de pesos a Puerto Rico y aproximadamente un millón
de pesos a la guarnición de Panzacola, plaza militar estratégica en las
Floridas.58
Después de la firma de los acuerdos de paz en el Tratado de París
en 1783, las operaciones militares en el Gran Caribe se suspendieron,
dando lugar a una disminución de los envíos de fondos de la Nueva
España a La Habana. Sin embargo, el descenso no fue muy pronuncia
do; de hecho, los situados de plata entre 1785 y 1790 tendieron a re
gularizarse en un promedio de casi cuatro millones de pesos anuales,
nivel más alto que en el periodo de preguerra. Luego, en el decenio
de 1790, volvieron a subir ligeramente —a un promedio de entre cuatro
y cinco millones de pesos por año— debido fundamentalmente al au
mento de los gastos provocado por la prolongada guerra en Santo
Domingo en el decenio de 1790.59
Desde comienzos del nuevo siglo, en cambio, los envíos de plata me
xicana al Gran Caribe disminuyeron de manera drástica. De acuerdo con
la correspondencia del virrey Iturrigaray, revisada por la historiadora
Von Grafenstein, en 1800-1807, los giros bajaron a aproximadamente 1.1
millones de pesos por año, aunque falta una investigación más deta-
s6 Esta suma era equivalente a unos 750 millones de reales; es decir, ¡era equivalente al pre
supuesto total de egresos de la tesorería general de España durante un año promedio en este
periodo!
57 Un testimonio incomparable de la complejidad de las operaciones financieras en el Caribe
lo proporciona el diario del comisionado regio en esta zona durante la guerra (1780-1783), Fran
cisco de Saavedra, que ha sido publicado recientemente: véase Saavedra (1989). De la plata me
xicana despachada a La Habana para gastos militares durante la contienda, informes oficiales
indican que aproximadamente 18 millones de pesos fueron destinados al ejército y 10 millones a
la marina española; el resto fue para pagar provisiones, astilleros, gastos de las guarniciones fijas
y erogaciones administrativas. Para detalles véanse Marichal y Souto (1994), pp. 608-609; Von
Grafenstein (1994), pp. 102-106; C. Rodríguez (1996), caps. 3 y 4, y Glascock (1969), pp. 265-273.
58 Grafenstein (1997), p. 161. Estas cifras, sin embargo, no representan la totalidad de los
situados enviados al Gran Caribe pues una parte menor de los fondos se remitían desde Veracruz
a distintas guarniciones directamente sin pasar por Cuba: véase ibid., pp. 136-142.
59 Hay abundantes informes sobre los muy considerables gastos del conflicto en Santo Do
mingo en los ramos de marina y Correspondencia de Virreyes en el agn. Para referencias véase
Grafenstein (1994), cap. 3.
LOS GASTOS IMPERIALES Y EL VIRREINATO DE LA NUEVA ESPAÑA 51
liada sobre los montos exactos, la distribución y la finalidad de los en
víos.60 Después de 1808, la información disponible en los archivos sobre
situados es escasa. Podemos presumir que disminuyeron, ya que en
documentación posterior de la real hacienda novohispana (por ejem
plo en 1813) se señalan los atrasos acumulados de pagos que debían
haberse efectuado a las administraciones españolas en el Caribe, aunque
también es claro que las autoridades virreinales siguieron realizando
esfuerzos por girar al menos algunas remesas a estas guarniciones.61
Resulta algo arriesgado intentar una estimación de la contribución
que representaron los situados de la Nueva España como porcentaje
de los ingresos fiscales totales de las colonias españolas en el Gran Ca
ribe, ya que las estadísticas de dichas tesorerías aún no han sido publi
cadas.62 No obstante, existen indicadores de su singular importancia:
por ejemplo, de acuerdo con el estudio clásico de Ramón de la Sagra,
que analiza la evolución de la hacienda cubana en la segunda mitad
del siglo xviii, las remesas mexicanas representaron 75% del total de
ingresos registrados por la tesorería principal de Cuba entre 1765 y
1788: durante ese periodo habrían llegado a La Habana 57739000
pesos (en concepto de situados de la Nueva España), mientras que so
lamente 18836000 pesos fueron recaudados al interior de la isla por
el propio fisco cubano.63
La importancia de los despachos de plata mexicana era similar para
las administraciones de las demás posesiones españolas en el Gran
Caribe: Puerto Rico, Santo Domingo, Trinidad, las Floridas y Nueva
Orleans, ya que las tesorerías respectivas no lograban recaudar local
mente más que una limitada proporción de los fondos requeridos para
el sostén de sus guarniciones militares y navales. En el caso de Santo
60 Grafenstein (1997), pp. 316-317, cita cartas del virrey Iturrigaray al ministro español de
Hacienda sobre el envío de situados (desde 1803) a las posesiones ultramarinas del Golfo-
Caribe: “En la primera carta que data del 20 de enero de 1807 el virrey reporta haber mandado
5737375 pesos: 875000 a Yucatán, 160000 a la isla del Carmen y 4 702 375 a La Habana [...] En
la segunda minuta [...] precisa haber mandado desde septiembre de 1807 2323740 pesos a las
posesiones que se socorren de este erario”. La autora cita los documentos en agn, Correspon
dencia de Virreyes, vol. 233, núm. 1169, fs. 59-60; vol. 236, núm. 1456, fs. 69-70, y vol. 233,
núm. 1292, fs. 205-206.
61 Véanse estimaciones y comentarios en Memoria instructiva y documentada del estado
comparativo de los productos de la Real Hacienda del año de 1809, México, 1813, bn (México),
ms. 1282.
62 John TePaske y Alvaro Jara han anunciado la próxima publicación de las estadísticas de in
gresos y egresos de la caja de La Habana en el siglo xvm. Mientras tanto, las obras de Humboldt
(1960) y del socialista utópico y gran estadístico Ramón de la Sagra (1831) siguen siendo de
consulta indispensable.
63 Sagra (1831), pp. 278-281.
52 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
Domingo, por ejemplo, una fuente francesa señalaba que, hacia 1800,
de un promedio anual de 400000 pesos de gastos que efectuaba el
gobierno en la parte española de la isla, apenas 130000 provenían de
impuestos locales, y el resto era cubierto por los situados de la Nueva
España.64
En resumidas cuentas, es claro que al menos desde mediados del
siglo xviii (y con toda seguridad mucho antes) la Nueva España se había
constituido en baluarte financiero del imperio español en la América
septentrional, pues sin los envíos de plata mexicana no hubiera sido
posible sostener la administración y defensa de las posesiones en el
Gran Caribe en esta época de multiplicación de guerras imperiales en
el mundo atlántico.
Las remesas de la Nueva España a la metrópoli:
¿cuán importantes eran para las finanzas españolas?
A pesar de la preponderancia de las reales remesas de la Nueva Espa
ña al Gran Caribe durante la mayor parte del siglo xviii, en los últimos
decenios de esa centuria puede observarse que la exportación de pla
ta por cuenta de la real hacienda novohispana a la propia metrópoli
aumentó considerablemente (véase el cuadro i.i). Tradicionalmente,
las contribuciones fiscales del virreinato a la tesorería general española
no habían sido muy cuantiosas, como lo demuestra el hecho de que
desde mediados de 1650 hasta alrededor de 1750 el promedio anual de
plata enviada por las tesorerías de México a España no solía rebasar
un millón de pesos —suma sustancialmente menor a la despachada al
Gran Caribe—. Sin embargo, en los decenios de 1750-1760, 1770-1780
y 1790-1800 se produjeron incrementos importantes en el volumen de
remesas a la península; de hecho, en el último decenio del siglo xviii,
la real hacienda de la Nueva España llegó a mandar cerca de cinco
millones de pesos anualmente a la metrópoli, el promedio más alto
alcanzado hasta entonces en la historia colonial.
Pero, ¿cuánto significaban estos giros como porcentaje del total de
ingresos de las tesorerías metropolitanas? La mayoría de los autores
que han tratado el tema —desde Humboldt en adelante— han argu
mentado que las contribuciones americanas a la hacienda metropoli-
64 Grafenstein (1994), p. 114.
LOS GASTOS IMPERIALES Y EL VIRREINATO DE LA NUEVA ESPAÑA 53
tana eran sustanciales pero que no debe exagerarse su peso.65 En ge
neral, se afirma que las remesas americanas alcanzaron en el mejor de
los casos entre 15 y 20% de los ingresos fiscales de la tesorería gene
ral de la metrópoli durante el reinado de Carlos III y que tendieron a
decaer hacia fines del siglo.66 Sin embargo, este enfoque resulta equí
voco, ya que de acuerdo con nuestros nuevos cálculos la contribución
fiscal americana no disminuyó sino que incluso aumentó hacia finales
del régimen colonial.
Como puede observarse en la gráfica 1.2, las colonias proporcio
naron como promedio anual un poco menos de 15% de los ingresos
ordinarios de la tesorería general metropolitana entre 1763 y 1783 pero
luego esta aportación aumentó sustancialmente en términos absolutos
y relativos. En efecto, nuestro análisis de las contribuciones america
nas indica que llegaron a representar más de 25% de los ingresos ordi
narios de la misma tesorería general durante la mayor parte de los de
cenios 1790-1810, a pesar de fuertes fluctuciones.67
Para calcular los ingresos “americanos” hemos procedido de la si
guiente forma, siempre con base en los datos del estudio pionero de
José Patricio Merino.68 Hasta 1783 utilizamos las cifras de ingresos en
Depositaría de Indias registradas por Merino, añadiendo a estas cifras el
25% de los ingresos por el ramo de tabaco en la metrópoli. Después
de 1783 agregamos también 30% de “rentas generales”, ya que ello
representa el mínimo de la proporción de los ingresos aduanales deri
vados del comercio con América.69
El añadir al rubro de “Indias” un porcentaje (30%) de las “rentas ge
nerales” (cobradas en la península sobre el comercio con América) no
parece ser controversial como lo indica Prados de Escosura (quien
calcula que 35% del total del comercio español se componía de las
65 Los cálculos de Humboldt se encuentran en el “Libro VI" de su Ensayo político. Para estima
ciones globales más recientes véanse Cuenca (1981), Merino (1981), y, sobre todo, Barbier
(1980).
66 Para mediados del siglo xvm véanse los cálculos de Pieper (1992). Jacques Barbier ofrece
estimaciones a partir de 1760 sobre la base de los registros de ingresos de la Depositaría General
de Indias, principal caja de recepción de las remesas de las colonias americanas hasta el decenio
de 1780. “On the average the Depositaría’s entire income (Indias and rentas generales) repre-
sented 19.3% of General Treasury expenditure in 1760-1765; 21.4% in 1766-1778; and 20% in
1779-1789.” Barbier (1980), p. 346.
67 Marichal (1997).
68 Merino (1987) proporciona las series completas de los ingresos de la tesorería central espa
ñola entre 1760 y 1807; para los años de 1808-1812, en cambio, sus cifras son incompletas.
69 Merino (1987). Véase Barbier (1980b) para una discusión detallada de las características de
los ingresos de la Depositaría General de Indias hasta 1783.
54 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
transacciones con los reinos americanos) entre 1783 y 181O.70 Por otra
parte, podemos encontrar en la propia época una serie de testigos lú
cidos y bien informados sobre las finanzas imperiales, como es el caso
del obispo de Michoacán, Manuel Abad y Queipo, quien hacía hinca
pié en la importancia de esta contribución al afirmar:
Es indubitable que la Nueva España contribuye indirectamente con una
sexta parte de la renta real de la Península, por los derechos que adeudan
en aquellos puertos los frutos y efectos nacionales y extranjeros que con
sume, y la plata y frutos propios que introduce en ellos.71
Pero en nuestros cálculos de las transferencias fiscales americanas a
la península también hemos incluido un porcentaje del enorme volu
men de remesas de tabaco en rama que efectuaba el estanco del taba
co de Cuba a España. Debe observarse que dichas remesas en especie
eran muy importantes para el fisco metropolitano aun cuando no se
incluían dentro de las estimaciones publicadas por los oficiales de la
real hacienda dentro del rubro de remesas de Indias. Nuestro razona
miento es el siguiente: puede estimarse que una porción del valor de
la producción del monopolio del tabaco en España (al menos 25%, en
nuestra opinión) se debía directamente a la masa inmensa de tabaco
en rama enviada desde Cuba, ya que el grueso de la materia prima que
se utilizaba en las fábricas españolas para elaborar cigarros (así como
el tabaco en polvo) provenía de Cuba como transferencia fiscal neta
aunque en especie?2 Por consiguiente, no parece incorrecto argumen
tar que al menos 25% de los ingresos por cuenta del tabaco registrados
en la tesorería general de Madrid pueden contabilizarse como derivados di
rectamente de los envíos regulares de tabaco en hoja sin costo desde
América.73
Debe notarse, por otra parte, que la posibilidad de efectuar estas
70 Hemos preferido una cifra más baja que la propuesta por Prados de la Escosura (1993),
pp. 270 y 287-291, para no incurrir en posibles sobrestimaciones.
71 En Sugawara (1976), p. 61. Añadiendo las contribuciones “indirectas” del resto de América
se llegaría a 30% de las aduanas peninsulares.
72 El escritor enciclopedista de la época Ramón de la Sagra (1831) consideraba que Cuba había
proporcionado una subvención fiscal de cerca de 200 millones de pesos (en tabaco) a la metró
poli entre 1760 y 1810. Deans-Smith (1992), p. 61, señala que entre 1778 y 1796 se importó taba
co en hoja al puerto de Cádiz proveniente del real estanco en Cuba por valor de 72.8 millones
de pesos.
73 Fisher (1985), pp. 68-70, ofrece algunas cifras que a todas luces exageran el valor del tabaco
importado a España por cuenta de la Corona desde las colonias. Se requiere una investigación
más minuciosa del tema a partir de los fondos del ramo del tabaco en el agí.
LOS GASTOS IMPERIALES Y EL VIRREINATO DE LA NUEVA ESPAÑA 55
enormes transferencias de tabaco en rama a España se debía a sub
venciones fiscales mexicanas. En efecto, cada año se remitía desde
Veracruz a La Habana el llamado situado del tabaco, que hacia fines
del siglo xviii alcanzaba los 750000 pesos. Este dinero servía para que
los reales funcionarios en Cuba pudieran pagar a los cosecheros de
tabaco por sus productos y, por lo tanto, la Nueva España contribu
yera considerablemente a facilitar las importantes remesas cubanas
(en especie) a la metrópoli.
El análisis de las tendencias de ingresos por cuenta de “Indias” —que
se incluyen en la gráfica 1.2— es bastante elocuente: las remesas ameri
canas demuestran ser probablemente la categoría individual más
importante dentro de los ingresos ordinarios de la tesorería metropo
litana a lo largo de casi medio siglo y, desde 1784, tendieron a ser de
terminantes en las principales fluctuaciones de la hacienda española,
muy marcadas por cierto.
Debe tenerse presente, por otra parte, que del total de plata y oro
enviado por el conjunto de las tesorerías coloniales, las remesas mexi
canas fueron de las más importantes, alcanzando dos terceras partes
del total de metálico remitido por la real hacienda desde América en
el periodo de 1780-1810 (véase el apéndice 1, cuadro 1 y gráfica 1.3).74
Ello nos habla claramente de la importancia financiera para la metró
poli del virreinato de la Nueva España por encima del resto de las
colonias hispanoamericanas.75 Si a ello agregamos el hecho de que, a
lo largo del siglo xviii, la contribución financiera de la Nueva España
para el sostenimiento del conjunto de las posesiones en el Gran Caribe
fue aún mayor que sus aportes a la propia metrópoli, nos parece que
queda manifiesto el papel crucial de este virreinato para el sostenimien
to del viejo pero todavía relativamente robusto Estado imperial español.
LOS DÉFICIT METROPOLITANOS DURANTE EL REINADO DE CARLOS IV:
SU IMPACTO SOBRE EL VIRREINATO DE LA NUEVA ESPAÑA
Los argumentos esbozados en las páginas anteriores tienden a ratificar
la capacidad del virreinato más rico de España en América para pro-
74 Para estimaciones globales véase Marichal (1997). No existen estudios desglosados de las re
mesas de los virreinatos o capitanías generales sudamericanos. Sin embargo, es posible hacer algu
nas estimaciones. Por ejemplo, Bonnett Vélez (1995), p. 35, indica que las remesas de Nueva Gra
nada promediaron unos 200000 pesos en el decenio de 1790, subiendo a 1.5 millones de pesos en 1802.
75 Puede observarse la ascendencia fiscal de la Nueva España respecto a Perú en el siglo xviii
en Klein (1995), cap. 5.
Gráfica 1.2. Tesorería General de España, 1763-1810
Ingresos ordinarios e Indias
Fuente: apéndice 1, cuadro i.
Gráfica 1.3. Tesorería General de España, 1763-1811
Ingresos provenientes de Indias y la Nueva España
Millones de reales vellón
Quinquenios
* Las cifras abarcan de octubre de 1808 a febrero de 1811.
Fuente: apéndice 1, cuadro 2.
LOS GASTOS IMPERIALES Y EL VIRREINATO DE LA NUEVA ESPAÑA 57
porcionar una parte sustancial de los dineros requeridos para el man
tenimiento del imperio en una época de guerras sucesivas en el mundo
atlántico. Sin embargo, también es cierto que las inmensas erogacio
nes comenzaron a rebasar las fuentes tradicionales de tributos colonia
les (ya plenamente explotadas), desembocando en una crisis fiscal
emergente en la Nueva España. Pero, ¿cuáles eran las causas funda
mentales de esta crisis? ¿Eran internas o externas?
Para contestar a estas preguntas es importante tener en cuenta que
hasta 1790 las tesorerías mexicanas lograron satisfacer las demandas
simultáneas de situados y del gobierno metropolitano esencialmente
con los recursos fiscales ordinarios, incluyendo tanto impuestos como
los ingresos netos de los monopolios estatales. No obstante, desde el úl
timo decenio del siglo la administración virreinal se vio obligada a
adoptar un conjunto de nuevos instrumentos financieros para obtener
fondos adicionales. Éstos incluyeron: préstamos de los sectores acauda
lados de la Nueva España, donativos forzosos y universales, contribu
ciones de la Iglesia, el vaciamiento de diversos ramos particulares de
la real hacienda colonial y la expropiación de los fondos de diversos
grupos sociales y corporaciones, incluyendo las cajas de las comuni
dades indígenas.
Dichas medidas provocaron un endeudamiento fuerte y progresivo, lo
cual aparentemente reflejaba un déficit en el presupuesto novohispa-
no. Pero aquí nos topamos con un problema analítico complejo pues
observamos que los gastos internos del virreinato estaban siendo cu
biertos enteramente con ingresos ordinarios, estando compuestos por
impuestos y estancos. Entonces cabría preguntar: ¿por qué comenzó a
requerirse gran cantidad de préstamos y donativos a partir de 1793?
Ello parecería indicar la existencia de un faltante en las cuentas virrei
nales. Sin embargo, éste no era el caso; lo que ocurría era que la tesore
ría general de la metrópoli estaba trasladando sus déficit a las colonias.
Por tanto, sólo resta llegar a una conclusión respecto al creciente en
deudamiento novohispano de fines del siglo: éste era resultado de las de
mandas externas, y no de las internas. En efecto, si comparamos los
ingresos totales de los ramos comunes y particulares de la real hacienda
de la Nueva España para los periodos 1785-1789 y 1795-1799 (para el
cual contamos con cuentas consolidadas para el conjunto del virreinato)
podemos observar que los gastos locales (sueldos de la burocracia, gastos
de las fábricas de tabaco y pólvora, sueldos y provisiones de guerra,
pensionistas y otros gastos de la administración) habitualmente no su-
58 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
peraban 50% del “valor entero” de lo recaudado (véase el apéndice 1,
cuadros 3,4 y 5).76 En otras palabras, hasta la penúltima década del siglo,
los productos de los impuestos, estancos y otros ramos fiscales cubrían
holgadamente los compromisos internos del gobierno virreinal.
Pero estos gastos locales eran solamente una parte de lo que tenían
que cubrir las tesorerías novohispanas, ya que también era su obligación
remitir una serie de fuertes cantidades al exterior, las cuales ya hemos
reseñado: concretamente, los situados y las transferencias a Castilla.
En 1792, por ejemplo, antes del estallido de la guerra con la Conven
ción francesa, las llamadas cargas ultramarinas de la Nueva España
ya alcanzaban 9354 334 pesos, absorbiendo 47% del total de los in
gresos fiscales de la real hacienda del virreinato.77 En ese año —y a
pesar de los fuertes requerimientos externos— dichas cargas pudieron
ser cubiertas con aumentos impositivos, por lo que se prescindió de
cualquier préstamo. Sin embargo, en el periodo subsiguiente, cuando
se renovaron las guerras internacionales, los impuestos en la colonia
ya no alcanzaban a cubrir todas las demandas imperiales.
Entre 1795 y 1799 los oficiales de hacienda calcularon que los pagos
a remitirse al exterior (cargas ultramarinas) ya superaban más de 11
millones de pesos anuales, cifra que se aproximaba a 55% de los in
gresos ordinarios del gobierno virreinal. En efecto, en esos años, el
promedio anual de las recaudaciones por cuenta de ramos comunes y
particulares fue de 20.4 millones de pesos, mientras que los gastos al
canzaron 22.4 millones.78 Como resultado, comenzaron a registrarse
déficit anuales de más de dos millones de pesos (sumando 10 millo
nes de pesos como total quinquenal), los cuales sólo pudieron ser satis
fechos con una serie de préstamos y donativos.
Este creciente endeudamiento, por consiguiente, era consecuencia del
aumento de las demandas externas que superaban las posibilidades
de recaudación del sistema virreinal. El gobierno colonial no tenía di-
76 Para los ingresos y egresos consolidados del gobierno de la Nueva España en 1785-1789
véanse cuadros en Fonseca y Urrutia (1845-1853). Para 1792 Estado general de los valores y dis
tribución que han tenido los Ramos comunes y particulares de la Real Hacienda en las tesorerías
de la Nueva España el año de 1792, agí, 2358, 24 folios. Para los años de 1795-1799 véase Me
moria instructiva y documentada del estado comparativo de los productos de la Real Hacienda
desde el año de 1809 (México, 1813); bn (México), ms. 1282. Debo copias de estos dos extraor
dinarios documentos a Guillermina del Valle Pavón.
77 “Estado general de los valores y distribución que han tenido los Ramos comunes y parti
culares de la Real Hacienda en las tesorerías de la Nueva España el año de 1792”, agí, 2358,
24 folios.
78 Para el detalle de los situados y remesas a Castilla véase el cuadro i.i.
LOS GASTOS IMPERIALES Y EL VIRREINATO DE LA NUEVA ESPAÑA 59
ficultad para cubrir la totalidad de sus gastos internos y además remitir
un importante nivel de recursos fiscales adicionales, pero la demanda
de remesas crecía más aprisa de lo que las tesorerías novohispanas re
caudaban a través de la aplicación de nuevos impuestos. En otras pala
bras, los problemas fiscales y financieros que enfrentó la administración
virreinal desde fines del siglo no tuvieron su origen en la propia colo
nia, sino en los crecientes desequilibrios de la hacienda metropolitana.
Para comprobar esta hipótesis, sin embargo, es necesario demostrar
cuál era el origen de los déficit del gobierno español. Esto se percibe
al analizar las cuentas de la tesorería general en la península, las cua
les indican que se produjo una divergencia (desde principios del de
cenio de 1790) entre gastos cada vez más abultados y un estancamien
to relativo en los ingresos ordinarios. Por consiguiente, los déficit de
la administración central fueron los verdaderos causantes del proceso
que socavó las finanzas de la monarquía y, por ende, de la fuerte pre
sión que obligaba al gobierno de su posesión americana más rica a car
gar con un enorme cúmulo de deudas para reunir los dineros que nece
sitaba la Corona.
Pero ahondemos más en la cuestión: ¿cuáles eran las causas especí
ficas del desequilibrio fiscal en la metrópoli? Su aparición data de ma
nera clara desde la coyuntura de la guerra contra la Convención france
sa en 1793-1795, cuando los gastos del gobierno español sobrepasaron
las expectativas de los ministros de la Corona.79 Luego, con el estallido
de la primera guerra naval con Inglaterra (1796-1802), la situación se
tornó incontrolable por la acumulación de la deuda en vales reales y,
a la vez, de una enorme suma de obligaciones públicas a corto plazo
que crecieron exponencialmente.80
De acuerdo con los cálculos del experto hacendista José Canga Ar-
güelles, podía estimarse que los gastos de la guerra contra Francia al
canzaron la descomunal cifra de 4741 millones de reales entre 1793 y
1795, siendo cubiertos con impuestos únicamente en 40%, dejando un
faltante inicial de cerca de 60%.81 Las autoridades intentaron cubrir la
enorme brecha con préstamos voluntarios y forzosos, la emisión de
79 Las opiniones de los ministros se registran en las Memorias de Hacienda de España del de
cenio de 1790 transcritas en Canga Argüelles (1833-1834).
80 Herbert Klein y Jacques Barbier han argumentado que el incremento extraordinario de los
gastos del ejército y de la marina estaba en el origen de los déficit de la real hacienda española
[Barbier y Klein (1981), pp. 315-3391
81 Los aumentos en los impuestos cobrados en la metrópoli entre 1792 y 1798 fueron limita
dos. Véase Artola (1982), cap. 5.
60 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
vales reales, la entrega de una multitud de pagarés (deuda flotante), el
establecimiento de donativos, subsidios eclesiásticos y con la aplica
ción de una rigurosa política recaudatoria en las Américas, exigiendo
que los sobrantes acumulados en las tesorerías (como las de la Nueva
España) se trasladaran con premura a la península.
En efecto, una parte del déficit metropolitano se cubrió con 476 mi
llones de reales en caudales llegados de América, mientras que otros
511 millones de reales fueron reunidos a partir de donativos y présta
mos reunidos en la propia España, 380 millones de suplementos ade
lantados por el Banco de San Carlos y grandes comerciantes de Ma
drid, y 311 millones de reales mediante aumentos de impuestos.82 No
obstante, siguió existiendo un descubierto de mil millones de reales
que no pudo ser solventado excepto por medio de la colocación de
más vales reales y deuda flotante, esta última en la forma de pagarés
entregados a los acreedores del gobierno, incluyendo sus propios
empleados y soldados.83
La renovación de la guerra naval con Inglaterra (1796-1802) implicó
nuevos y enormes desembolsos de cuatro mil millones de reales, pro
vocando —según Canga— un déficit adicional de aproximadamente
1780 millones en los años de 1796-1798, situación que culminaría con
la caída del primer ministro Manuel de Godoy, así como de varios de
sus colaboradores.84 En 1798, en la cúspide de la crisis financiera, el
nuevo ministro de Hacienda, Francisco de Saavedra, afirmó que no
quedaba otro remedio para la hacienda metropolitana que obtener
socorros de América.
Será pues necesario que sin pérdida de instante se comuniquen las órde
nes más estrechas para juntar caudales en América, destacando de la es
cuadra algunos navios y fragatas muy veleras traigan dinero a España [...].
Estos socorros [...] sostendrán el crédito de los vales, y acaso con los auxi
lios de la Caja de amortización se reducirá y extinguirá el agio que tanto
arruina la real hacienda [...].85
No obstante, debido a la guerra en el Atlántico, ya no llegaban a
Cádiz navios españoles de guerra con fondos provenientes de las te-
82 Canga Argüelles (1833) pp. 93-94, incluye cuadros detallados de sus estimaciones. Debe
tenerse en cuenta que 20 reales vellón eran equivalentes entonces a un peso plata.
83 La abultada deuda a corto plazo quedó registrada en la contabilidad real bajo la categoría
de “Cartas de pago de tesorería sucesiva”, Merino (1987), pp. 136-146.
84 Canga Argüelles (1833), pp. 93-94.
85 Ibid., p. 167.
LOS GASTOS IMPERIALES Y EL VIRREINATO DE LA NUEVA ESPAÑA 61
sorerías americanas; por ello fue necesario recurrir nueva y continua
mente a la emisión de vales reales en la península (emitiéndose cerca
de 2 500 millones de reales en vales pero a un precio promedio de ape
nas 60% de su valor nominal), que fue complementada con la colo
cación de una fuerte cantidad de pagarés (deuda flotante). Estos ar
bitrios cubrieron una parte de los cuantiosos déficit de la tesorería
general de Madrid, si bien no sacaron a la monarquía de sus apuros
financieros.86
La crisis fiscal afectó seriamente al Banco de San Carlos, que fue
empujado al borde de la bancarrota por causa de los numerosos cré
ditos que forzosamente tuvo que otorgar al gobierno.87 Por ello fue
necesario desplegar otros instrumentos financieros, incluyendo la co
locación de deuda externa en Holanda y la ratificación de la Consoli
dación de Vales Reales en 1798, lo cual permitió liquidar una parte
sustancial de la deuda flotante y cubrir descubiertos en años subsi
guientes; pero aun así, la situación de la hacienda metropolitana seguía
siendo crítica.88
Para fortuna del gobierno español, tras la firma de la Paz de Amiens
(1802) se renovaron los embarques de la plata americana, condición
esencial para evitar la bancarrota de la monarquía hispana. Las sumas
que llegaron por cuenta de las tesorerías coloniales en el corto espa
cio de dos años (en especial las de la Nueva España) fueron sorpren
dentemente altas, sumando más de 800 millones de reales, equivalentes
a entre 35 y 40% de las rentas fiscales ordinarias metropolitanas en los
años de 1802-1804 89
Igualmente importante, la llegada del metálico permitió una recupe
ración en la cotización de los vales y de la confianza de los banqueros
holandeses en los títulos españoles. No obstante este alivio, la situa
ción financiera metropolitana se agravaría poco después a raíz de
la firma del Tratado de Subsidios con Napoleón (1803) que obligó a la
administración de Carlos IV a pagar un tributo anual que contribuiría a
arrastrar la monarquía hacia la bancarrota definitiva.
Esta rápida revisión de tan compleja problemática indica, en todo
86 Merino (1987), pp. 140-146.
87 Sobre la política de emisión de los vales reales véase el estudio clásico de Herr (1971). Sobre
el Banco de San Carlos la obra fundamental es la de Tedde (1993), pero Artola (1982), cap. 5, es
más explícito en subrayar la virtual bancarrota de esta institución financiera a raíz de las guerras.
88 Richard Herr (1971 y 1989) ha calculado que el valor total de las enajenaciones en la
metrópoli alcanzó más de 1 230 millones de reales entre 1798 y 1808.
89 Véanse cifras en J. P. Merino (1987) y estimaciones en Marichal (1997).
62 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
caso, que las exigencias de la monarquía por dineros de ultramar no
cesaron, sino que se incrementaron constantemente desde 1780 en
adelante. Lo sorprendente del caso es que las posesiones americanas
y, en especial la Nueva España, pudieran cubrir estos pagos, además de
los que ya tenían que efectuar al interior del espacio colonial. Explicar
cómo el virreinato logró responder a las demandas financieras cada
vez mayores del imperio constituye precisamente el tema de los capí
tulos subsiguientes.
II. ¿AUGE O CRISIS FISCAL EN EL MÉXICO BORBÓNICO?
Padecen y sufren sin esperanza de remedio la agri
cultura, la industria y el comercio por los privilegios
del fisco [...]
Representación a nombre de los labradores y comer
ciantes de Valladolid de Michoacán, 1805.
I LA EVOLUCIÓN de los montos de plata transferidos al exterior por
S cuenta de la real hacienda novohispana a fines del siglo xvm nos
resulta un buen indicador global de los costos fiscales del colonialis
mo, cabe preguntar: ¿cómo pudieron extraerse tan abultados y soste
nidos volúmenes de fondos de la sociedad colonial para solventar
tanto los gastos del gobierno virreinal como las demandas financieras
crecientes del imperio? La respuesta a esta pregunta se encuentra en
el análisis del sistema fiscal novohispano, prestando atención en primer
lugar a la evolución de los ingresos ordinarios (impuestos y estancos)
y en segundo término a los recursos extraordinarios (donativos y prés
tamos) recabados en el virreinato entre 1780 y 1810.
En este capítulo centramos la atención específicamente en las tenden
cias de los impuestos y estancos porque constituyeron el grueso de los
ingresos de la administración borbónica en la Nueva España hasta fi
nales de la Colonia. El argumento principal que aquí adelantamos es
que si bien los ingresos de la real hacienda en la Nueva España (por
cuenta de impuestos y monopolios) aumentaron sistemáticamente
hasta mediados del decenio de 1780, posteriormente dejaron de cre
cer con la misma rapidez e incluso, en el caso de algunos ramos, se es
tancaron al menos dos de los impuestos más importantes: alcabalas y
pulques.1
Esta situación amenazó con generar un desequilibrio en las finanzas
estatales, porque las demandas de fondos para el sostén del imperio y
de la metrópoli ya comenzaban a rebasar la capacidad tributaria tradi-
1 Tel’aske (1989) es el investigador que primero señaló la emergencia de una crisis fiscal
pero el propio Klein (1995), p. 127, también subraya el estancamiento de ‘los ingresos fiscales
directos procedentes de la minería, el intercambio, el comercio y la agricultura” entre 1790 y
1810.
63
64 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
cional del virreinato. Ello indujo a las autoridades hacendarlas a modi
ficar las tasas de muchos gravámenes e introducir un número enorme
de nuevas contribuciones. Es más, si fijamos la atención en la canti
dad de exacciones, puede argumentarse que hacia fines del periodo
colonial la sociedad novohispana estaba gimiendo bajo el sistema im
positivo más riguroso y extenso de su historia.2
A pesar del aumento en la recaudación de recursos ordinarios, éstos
no alcanzaron a cubrir la totalidad de gastos asignados por la mo
narquía a las tesorerías de la Nueva España, provocando un proceso
de endeudamiento, que se analizará en secciones posteriores de este
libro. Pero debe tenerse en cuenta que los préstamos y donativos, que
cobraron especial intensidad desde 1793 en adelante, nunca supera
ron en importancia a la fiscalidad ordinaria.3
Comenzaremos el capítulo con una revisión del debate acerca de
las grandes tendencias en la recaudación de impuestos en la Nueva
España y la forma en que deben ser interpretados los datos. No obs
tante, el limitar el análisis a las cifras agregadas de los ingresos del go
bierno no es suficiente sino que, además, se requiere una exploración
de la lógica política y administrativa detrás de los distintos ramos de la
fiscalidad.
En este sentido, una interrogante clave es: ¿cómo se formulaba la po
lítica impositiva a finales del siglo xvm en México? Resulta equívoco,
por ejemplo, considerar que las reformas borbónicas de tipo fiscal se
aplicaron de manera uniforme en todos los niveles de la estructura ha
cendaría. Al contrario, se observan diferencias fundamentales de un
ramo impositivo a otro, razón por la cual se insiste en este capítulo en
la necesidad de distinguir entre los principales rubros de recaudación,
ya que ilustran la complejidad del régimen hacendado colonial y sugie
ren la dificultad de llegar a una conclusión definitiva respecto al debate
sobre el auge o la crisis fiscal en la Nueva España a fines del siglo xviii.
Analizaremos los cuatro tipos de ingresos más importantes, pues cada
uno es notablemente diferente en cuanto a su dinámica: los impues
tos sobre la minería, las alcabalas y pulques, el estanco del tabaco y el
tributo indígena.
El estudio de las tendencias globales de los principales ramos de la
2 Para una definición detallada de cada uno de los principales ramos fiscales véase Fonseca y
Urrutia (1845-1853).
3 Esta afirmación contradice a Klein (1995), cap. 4, pues las cifras que él registra respecto a
ingresos extraordinarios entre 1790 y 1810 son el resultado de una doble contabilidad.
¿AUGE O CRISIS FISCAL EN EL MÉXICO BORBÓNICO 65
real hacienda, sin embargo, tampoco agota las posibilidades de entender
la formulación, aplicación e impacto de la política fiscal de fines del si
glo xvni. Pues, en efecto, cada impuesto tenía un perfil particular y
una productividad regional distinta. Es razonable suponer que los fun
cionarios de la real hacienda eran pragmáticos y tenían un conocimien
to bastante aproximado de la evolución económica y la capacidad de
tributación de los habitantes de las distintas regiones de la Nueva Es
paña.4 Por ello argumentamos que la implantación de la política impo
sitiva se forjaba a partir de un equilibro delicado entre exigencias admi
nistrativas (internas y externas al virreinato) y las posibilidades reales
de extraer excedentes monetarios de la población, llevando en algu
nos casos —como el de la minería— a que se aplicaran políticas de
manera selectiva y discrecional, dependiendo del ramo de actividad
económica y de la zona.
Para comparar la estructura y evolución de los diversos impuestos,
dedicamos un apartado a analizar las contribuciones en cuatro regio
nes con distinta estructura económica y social: Guadalajara, Zacatecas,
Veracruz y Yucatán. Los contrastes muy marcados, por cierto, nos ha
cen pensar que conviene tener presentes los márgenes institucionales
y económicos en la implantación de la política fiscal colonial.5
Por último, el análisis de las tendencias de la recaudación en los
niveles global, sectorial y regional también plantea otra vertiente de la
fiscalidad en el virreinato que es el impacto diferencial de la imposición
sobre los contribuyentes. Ello pone de manifiesto la conveniencia de
contar con trabajos de sociología fiscal, casi ausentes en la historiogra
fía mexicana.6 Por consiguiente, ofrecemos en el cuarto apartado de
este capítulo una aproximación a este tema, sugiriendo la importancia
de analizar la incidencia de los impuestos sobre diferentes grupos so
ciales en una época en que los funcionarios virreinales intensificaron
la recaudación con celo inusitado en cada rincón del territorio novo-
hispano.
4 Importantes fuentes para el estudio de las políticas y opiniones de los funcionarios fiscales
de mayor rango son las biografías de Gálvez, por Priestley (1936), de Bucareli, por Bobb (1962),
y del fiscal de Hacienda, Ramón de Posada, por Rodríguez García (1985).
5 Una excelente introducción a este tema se encuentra en Jáuregui (1994).
6 Para una metodología de la sociología fiscal histórica véanse los estudios de Mathias
y O’Brien (1976) sobre la Inglaterra del siglo xvm y de Gross (1993) para la Francia del mis
mo siglo.
66 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
Tendencias globales de los ingresos fiscales
en el México borbónico: el debate sobre auge o crisis
El primer problema que requiere explorarse para entender la política
fiscal agresiva del régimen borbónico en la Nueva España consiste en
revisar las grandes tendencias cuantitativas de los ingresos ordinarios
de la real hacienda virreinal. Una abundante y polémica historiografía
reciente revela la existencia de dos tendencias contrapuestas pero no
necesariamente excluyentes que se refieren a los decenios de 1760 a
1810.7 Los problemas que evocan son de tipo teórico y empírico, reve
lando no sólo las dificultades para realizar mediciones precisas para
ese periodo sino, a su vez, los obstáculos para llegar a conclusiones de
finitivas sobre problemas de causalidad en el análisis de la fiscalidad.
Por un lado, se cuenta con una serie de trabajos ya clásicos y deta
llados, argumentando que se dio un incremento bastante sostenido de
los ingresos en las tesorerías novohispanas en la segunda mitad del
siglo xvm. Los estudios de Herbert Klein, John TePaske, Juan Carlos
Garavaglia y Juan Carlos Grosso, por ejemplo, tienden a resaltar el
éxito fiscal de las reformas borbónicas aplicadas desde 1765, ya que
para el decenio de 1780-1790 se alcanzó el nivel más alto de ingresos
ordinarios (en términos nominales) por cuenta de la real hacienda en
tres siglos de gobierno colonial.8 Más debatible resulta la interpreta
ción de los datos globales de ingresos de las cartas cuentas de las teso
rerías novohispanas durante los siguientes dos decenios de 1790-1810.9
El curso secular de incremento de las percepciones nominales de
7 Más adelante comentamos los principales participantes en este debate: Klein (1992 y 1995),
TePaske (1986 y 1989), Garavaglia y Grosso (1987c), Coatsworth (1990), Pérez Herrero (1991),
Gamer (1993) y Jáuregui (1997).
8 Debe tenerse en cuenta que los autores mencionados han realizado la labor pionera de ex
plorar y reconstruir la documentación serial que es, en efecto, la base para la mayor parte de los
actuales estudios sobre fiscalidad colonial de la Nueva España. Véanse las series y su análisis en
Klein (1995), TePaske (1975), Klein y TePaske (1985-1987) y Garavaglia y Grosso (1986, 1987a-d
y 1994).
9 Diversos autores, entre los cuales se cuenta Pérez Herrero (1991), han señalado el proble
ma de doble contabilidad que lleva a Klein (1995), cap. 4, a afirmar que en promedio los ingre
sos anuales del gobierno virreinal se dispararon de aproximadamente 31 millones de pesos en el
decenio de 1780 a más de 67 millones en 1800-1809. Dichos datos agregados no son confiables.
De acuerdo con Fonseca y Urrutia (1845-1853), el promedio de ingresos fiscales ordinarios en el
virreinato entre 1785 y 1789 no superaba los 20 millones de pesos; este nivel se mantuvo en los
años de 1790 (véase nuestro apéndice 1, cuadro j), aunque para entonces había que agregar en
tre 2 y 4 millones de ingresos extraordinarios anuales por cuenta de deudas contratadas por el
gobierno virreinal.
¿AUGE O CRISIS FISCAL EN EL MÉXICO BORBÓNICO 67
impuestos y estancos por parte de la administración virreinal hasta el
último decenio del siglo ha generado varias explicaciones que demues
tran cuán compleja resulta la interpretación de las estadísticas.10 Una
primera explicación del auge en los ingresos del gobierno virreinal es
aquella adelantada por Herbert Klein en el sentido de que la capta
ción de recursos se vinculaba estrechamente con “el crecimiento extra
ordinario de la economía novohispana” a lo largo de buena parte del
siglo xviii, agregando que ello se debió al “aumento de la producción
argentífera [...] motor de una sostenida expansión en todos los sec
tores de la economía”.11
Sin embargo, el argumento de que las tendencias fiscales pudieran
reflejar con precisión la evolución de la economía novohispana pre
senta serias dudas. Richard Garner señala que desde el punto de vista
de la teoría económica resulta muy problemático intentar deducir las
tasas de crecimiento de la economía a partir de las tendencias fisca
les.12 No obstante, el propio Garner argumenta que la recaudación en
el México colonial (al igual que en el Perú) estaba secularmente rela
cionada con la acuñación de plata y oro en metálico, si bien las corre
laciones variaron a lo largo del tiempo. Efectivamente, buen número de
los estudios sobre la fiscalidad en sociedades del antiguo régimen es
tablecen vínculos entre la masa monetaria en circulación y la fiscali
dad.13 Pero en el caso novohispano hay que tener en cuenta algunos
factores que matizarían cualquier conclusión demasiado tajante sobre
esta correspondencia.
Por ejemplo, es importante observar que dentro del conjunto de in
gresos de la real hacienda novohispana, una proporción cada vez me
nor (en términos relativos) se derivaba de los impuestos mineros en
los últimos decenios del siglo xviii; es decir, que a pesar del aumento
en la producción y acuñación de plata, el grueso de los impuestos pro
venía de la recaudación de otras contribuciones.
Por otra parte, un factor adicional de tipo extraeconómico ha sido
10 A partir de 1787 una serie de reformas contables, aunada a una creciente proporción de
ingresos no tributarios (fundamentalmente distintas categorías de deuda), hace debatible soste
ner que seguía aumentando la recaudación del grueso de los impuestos más tradicionales. Para
una discusión de estos problemas véase Jáuregui (1994), pp. 157-165.
11 Klein (1985), p. 562. Por su parte, TePaske (1985), p. 121, afirmó que “utilizadas de ma
nera crítica las tendencias fiscales son una fuente indispensable para medir tendencias y ciclos
de la economía”.
12 Gamer (1993), p. 220. También debe consultarse el ensayo teórico de Gómez (1997).
13 En el estudio comparativo más importante y reciente sobre el tema se afirma: “Finally, the
relationship of taxation to the monetary stock, although difficult to quantify was clearly of funda
mental importance in all [ancient regime] States”. Bonney (1995), p. 11.
68 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
aducido por otros investigadores para explicar el incremento nominal
en la recaudación fiscal. Como señalan Garavaglia y Grosso, un análi
sis comparado de las series de alcabalas y de los diezmos demuestra
que las causas del aumento en la percepción (civil y eclesiástica)
podrían derivarse no sólo de una expansión económica, sino de una
creciente presión en la recaudación.14 En sus palabras: “El Estado
metropolitano en busca incansable de recursos parece estar matando la
gallina de los huevos de oro, pues el crecimiento de la fiscalidad se ha
despegado, por así decirlo, del movimiento general de la economía
novohispana”.15
Pero el debate sobre auge o crisis fiscal en el México borbónico es
aún más complejo ya que debe tenerse en cuenta una serie de consi
deraciones adicionales, entre las cuales destaca la creciente inflación
que se experimentó desde el decenio de 1780, la cual habría incidido
en los ingresos reales del fisco novohispano en tanto el incremento de
precios reduciría el valor real de los impuestos recogidos.16 Por ejem
plo, si utilizamos las estimaciones de ingresos deflactados que ofrece
TePaske —siguiendo a Coatsworth—, se ratifica que las percepciones
reales del gobierno colonial tendieron a estancarse a fines del siglo xviii
por el aumento de los precios en la Nueva España.17 En otras palabras,
el proceso inflacionario de fines del siglo xviii se habría comido una
parte del aparente incremento de impuestos y otros ingresos. No obs
tante, este planteamiento no está exento de espinosas polémicas, como
lo demuestra el meditado estudio cuantitativo de Richard Gamer, quien
calcula una inflación más baja que TePaske, argumentando que las
contribuciones (y recursos extraordinarios) crecieron más rápidamen
te que la inflación y que la economía en general.18
14 Los autores indican que el incremento en la recaudación se debía a dos factores: “Se mezclan
aquí en realidad dos cosas diversas: creciente presión del fisco y multiplicación de la actividad
mercantil”. Garavaglia y Grosso, “Estado borbónico y presión fiscal en la Nueva España, 1750-
1821”, Reporte de Investigación, Universidad Autónoma Metropolitana, México, 1984, p. 11. En
versión ampliada este trabajo se presentó en el VII Congreso del ahíla, Florencia, 1985. Véanse
asimismo los trabajos subsiguientes de Garavaglia y Grosso (1987, 1989 y 1994).
15 Garavaglia y Grosso (1985), p. 5.
16 Sin embargo, esta hipótesis todavía espera la construcción de índices de precios confiables
para el conjunto de las regiones más importantes del virreinato en los últimos decenios del gobier
no colonial, lo cual explica por qué existen posiciones encontradas sobre el tema. Véanse co
mentarios de Gamer (1993), pp. 27-34, sobre las dificultades para efectuar estimaciones definitivas
debido a importantes lagunas en las series de precios.
17 TePaske (1985). A sugerencia de Coatsworth, TePaske elaboró un ejercicio para defiactar
los ingresos tributarios; sin embargo, la muestra de precios no es suficientemente amplia para
poder utilizar estos datos con confiabilidad.
18 Gamer (1993), pp. 27-36 y 255.
¿AUGE O CRISIS FISCAL EN EL MÉXICO BORBÓNICO 69
A pesar de los contrastes en los enfoques, las distintas interpretacio
nes no son irreconciliables. En efecto, nosotros argumentaríamos que
buen número de las contradicciones se resuelven si se centra la aten
ción específicamente en las distintas fases de la evolución de cada uno
de los principales impuestos y gravámenes en el virreinato en las últi
mas décadas del gobierno colonial. Lo que se observa es un claro in
cremento fiscal en 1765-1785, seguido por una tendencia hacia cierto
grado de estancamiento fiscal, sobre todo, en lo que se refiere a algu
nos de los más importantes impuestos durante el periodo siguiente de
1785-1810.19 Por otra parte, el descenso en las tasas de crecimiento
de varios ramos tradicionales de la real hacienda coincidió con la agudi
zación de una serie de problemas que surgieron en diversos sectores
económicos, en particular en la minería y la agricultura.20
Auge y crisis en la recaudación de los principales ramos fiscales
Para explicar las tendencias fundamentales de los ingresos del gobier
no virreinal es necesario distinguir entre tendencias globales (que pue
den ser viciadas por manejos contables cambiantes) e ingresos por
ramos y cajas. Por ello, hace algún tiempo David Brading argumentó
que sería necesario prestar una atención preferente al análisis de cada
ramo, complementándolo con el estudio de las tesorerías regionales
para sacar tendencias más confiables.21 Tomando en cuenta esta reco
mendación, procedemos en las páginas siguientes al análisis cuantita
tivo de algunos de los principales ramos tributarios seculares.
Comencemos con la revisión del rubro fiscal que durante largo tiem
po había constituido un pilar especialmente destacado de la real ha-
19 El hecho de que cayeran los rendimientos de impuestos tradicionales no implicaba que el
gobierno virreinal no pudiese recabar fondos extraordinarios, como lo ilustran las cuentas de las
cajas reales. Varios autores señalan la existencia de una crisis fiscal subyacente desde alrededor
de 1790: Klein (1995), pp. 126-127, 173-174; Garavaglia y Grosso (1984 y 1987d) y TePaske (1985).
20 Coatsworth (1990), cap. 3, enfatiza la crisis minera; Florescano (1986) analiza las crisis agra
rias, y Garner (1993) ofrece una visión detallada del estancamiento en numerosos sectores de la
economía novohispana. Por su parte, el propio Klein ha propuesto que hacia finales del periodo
colonial se hizo manifiesto “lo que sin lugar a dudas era el comienzo de un ciclo de depresión”,
(1995), p. 127.
21 Brading (1985 y 1989) señala que cada ramo llevaba sus propias cuentas consolidadas y
que ello proporciona una importante fuente complementaria a las cartas cuentas de las diferen
tes reales cajas. Para estudios recientes que ofrecen importantes pistas sobre la comparación de
la evolución de economías regionales y de cajas provinciales, véanse Gamer (1978) para el caso
de Zacatecas, Garavaglia y Grosso (1994) paira el caso de Puebla, Silva (1995) para Michoacán, e
Ibarra (1995) para el caso de Guadalajara.
70 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
cienda colonial, aunque disminuyó en importancia relativa hacia fines
del siglo xviii: el diezmo minero. Tradicionalmente, como es bien sabido,
la minería era fuente fundamental de ingresos para la administración
virreinal, pero su peso variaba sustancialmente de una real caja a otra.22
Desde el siglo xvi, estos gravámenes recaían directamente sobre la
producción minera, afectando las ganancias de los dueños de las minas
e incidiendo sobre los niveles de inversión de los empresarios mine
ros, especialmente en épocas cuando aumentaban fuertemente los
costos, como ocurrió a finales del siglo xviii.23
Por ello, los funcionarios borbónicos resolvieron establecer una se
rie bastante compleja de incentivos fiscales con objeto de mantener el
nivel de producción de plata; éstos incluyeron políticas selectivas que no
sólo permitieron la reducción de los costos del azogue y de la pólvora,
sino incluso la limitación o eliminación de las alcabalas sobre insumos
esenciales en determinadas zonas mineras.24
Como complemento de los diezmos 'mineros, la real hacienda ob
tenía importantes rendimientos de los estancos que constituían parte
de los insumos esenciales para la minería (azogue, pólvora, sal, etc.),
pero también reunía apreciables cantidades de dineros por cuenta del
cobro de la acuñación de la plata, los impuestos al ensaye y el “seño-
riage”. Durante el siglo xviii, tres devaluaciones permitieron sustan
ciales ganancias para el Estado, como lo señaló de manera penetrante
el director de minas, el ilustrado Fausto Elhuyar.25 Al mismo tiempo,
las reducciones en costos de amonedación a finales del siglo xviii
proporcionaron ganancias adicionales para la Casa de Moneda, re
dundando en un producto anual de más de un millón de pesos para
la tesorería.26
Durante la mayor parte del siglo xviii, por tanto, la importancia de
22 Por ejemplo, en las tesorerías de zonas mineras preeminentes —como Guanajuato, Zacate
cas o San Luis Potosí— el diezmo minero proporcionó el grueso de los fondos de dichas teso
rerías regionales durante largo tiempo. Una evaluación estadística se encuentra en Klein (1995),
pp. 99-103.
23 Coatsworth (1990), cap. 3, ha adelantado este argumento de manera convincente, utilizan
do, sobre todo, los datos acerca de las ganancias y tasas de inversión en Brading (1971). Se
requiere más información precisa sobre utilidades, costos y producción en otros campos mineros
para confirmar el argumento.
24 María Eugenia Romero (1997), cap. 1, hace hincapié en que las políticas de exenciones se
aplicaron de manera preferencial en ciertas zonas mineras: Zacatecas, por ejemplo, salió mucho
mejor librado que Guanajuato.
25 Elhuyar (1818). Para referencias adicionales véanse Moreno de los Arcos (1978) y Howe
(1949).
26 Véanse Romero Sotelo (1997) y Soria (1994).
¿AUGE O CRISIS FISCAL EN EL MÉXICO BORBÓNICO 71
los gravámenes mineros no debe menospreciarse, aunque es cierto
que hacia fines de siglo éstos sufrieron algunas mermas. En la “caja
matriz” de la ciudad de México, por ejemplo, los ingresos por cuenta
del diezmo minero y de amonedación, ensaye y señoriaje alcanzaron
entre 20 y 25% de los ingresos totales en el decenio de 1770 pero, pos
teriormente, dichos porcentajes fueron declinando.27 A su vez, si se
revisan las series de contribuciones mineras compiladas por Herbert
Klein para el conjunto de la Nueva España, se observa que la percep
ción fiscal sobre minería tendió a mantenerse bastante estable a partir
de 1780-1790, decenio considerado por los historiadores como el de
mayor “prosperidad” de la época borbónica.28
Hacia fines del siglo xvm, otras contribuciones ya sobrepasaban en
valor total a las mineras, lo cual a todas luces reflejaba el éxito de di
versificación en las políticas impositivas borbónicas, aunque también
estuviesen basadas en aumentos en la presión fiscal. La administra
ción del impuesto indirecto más importante, la alcabala, ofrece un buen
ejemplo, ya que desde el decenio de 1780 superaba a la minería como
fuente de ingresos tributarios para el gobierno. Como han demostrado
Garavaglia y Grosso en sucesivos trabajos, el incremento en la recauda
ción de estos impuestos fue notable, especialmente entre 1770 y 1785,
lo cual sugiere un avance en la mercantilización de la producción
agrícola, ganadera y manufacturera del virreinato en este periodo. El
impuesto de la alcabala se cobraba sobre la gran mayoría de las trans
acciones mercantiles, incluyendo tanto los productos importados (de
“Castilla”) y los productos locales (“de la tierra”).29 Garavaglia y Grosso
encuentran, en forma significativa, que la venta de productos locales
solía ser sustancialmente mayor que la de los importados de Europa, lo
que resalta la importancia de la producción y de los mercados inter
nos como fuentes de recursos fiscales.30
27 Entre 1780 y 1810 estos ingresos aumentaron —por razón de la creciente amonedación—
pero a un paso más lento. Véase Soria (1994), p. 138 y anexos. Por otra parte, habría que tener
en cuenta las transferencias (probablemente en forma de préstamos/suplementos) de la Casa de
Moneda a la real hacienda entre 1736 y 1780, pasando de un promedio de 387000 pesos anua
les a más de un millón de pesos.
28 Klein (1995), p. 96.
29 Sin embargo, debe subrayarse que no se cobraban alcabalas sobre la venta de ciertos pro
ductos básicos (maíz, frijol, chiles, etc.) por parte de las comunidades indígenas (quizá 50% de la
población, pero con ingresos bajos). Garavaglia y Grosso (1989) analizan varios documentos ex
cepcionales que permiten evaluar su importancia.
•*’ De hecho, la antiquísima alcabala es el equivalente de nuestro muy contemporáneo “iva”
o “sales tax”, lo cual sugiere como aún en los sistemas fiscales modernos se constata el legado
de una curiosa mezcla de lo antiguo y lo nuevo en materia impositiva.
72 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
Gráfica II. 1. Reales alcabalas de la Nueva España
Ingresos, 1777-1811
A nivel del conjunto del virreinato, los ingresos nominales por cuen
ta de alcabalas entre 1778 y 1809 indican “un crecimiento modesto”
de 29% de acuerdo con Garavaglia y Grosso, quienes añaden que ha
bría que tomar precauciones en las estimaciones por el aumento de
los precios en el periodo.31 En todo caso, es nuestro argumento que las
tendencias descritas globalmente en la gráfica ii.i reflejan el estanca
miento en la recaudación desde mediados del decenio de 1780.32 Ello,
sin duda, se relacionó inicialmente con el impacto de la peor crisis agra
ria del siglo xviii (la de 1785-1786), que tuvo efectos contundentes no
sólo en los pueblos campesinos sino también en la propia ciudad de
México, el mercado mayor del virreinato, que experimentó una caída
abrupta de más de 60% de los ingresos alcabalatorios entre 1784 y
1786. Posteriormente, la recaudación en la capital se recuperó parcial
mente pero, a la larga, tendió a descender lentamente.
31 Garavaglia y Grosso (1987b), p. 738.
32 La gráfica ii.i está construida sobre la base de dos importantes series fiscales que corren
paralelas. La primera es la de Manuel Payno, experto hacendista del siglo xix, quien utilizó series
aparentemente completas de la recaudación en toda la Nueva España. La segunda es de Gara
vaglia y Grosso, quienes utilizan las series alcabalatorias de todas las receptorías con excepción
de la Aduana de México, lo que presumiblemente explica las diferencias con Payno.
¿AUGE O CRISIS FISCAL EN EL MÉXICO BORBÓNICO 73
Un problema adicional que habría que tener en cuenta para analizar
la evolución de las recaudaciones de las alcabalas eran las variaciones
en las tarifas. Un ejemplo lo proporciona el aumento a 8% de las tasas de
alcabalas (decretada en Nueva España en 1780 por el virrey Mayorga),
provocando un pequeño aumento inicial de los ingresos que luego
fue seguido por una caída en la percepción en algunas regiones, posi
blemente reflejando un aumento en la evasión.33 En contraste, duran
te el decenio de 1790, cuando se redujo la tasa a 6%, volvió a incre
mentarse la recaudación en ciertas regiones, lo que podría sugerir que
los contribuyentes respondieron favorablemente a esta decisión.34 Si
ello fuera cierto, cabría preguntar si desde principios del decenio de
1780 pueden identificarse indicios del funcionamiento de lo que po
dríamos describir como una “curva Laffer”, para usar la terminología
de las finanzas públicas modernas. Es decir, al aumentar las tasas por
encima de lo que los contribuyentes estuviesen dispuestos a pagar, co
menzaba a disminuir la efectividad de la cobranza por efecto de una
creciente evasión de los impuestos.35
Problemas similares se observan en el caso del pulque, que era
posiblemente la mercancía que soportaba cargas impositivas propor
cionalmente más fuertes que cualquier otra.36 De hecho, como señala
Hernández Palomo: “José de Gálvez y Carlos III le habían cargado (al
pulque) con gravámenes tan pesados que hacia la década de 1770 el
precio de venta al mayoreo era más de dos veces y media del costo
habitual de producción”. Sin embargo, en 1780, “en su empeño por
extraer recursos de donde fuese posible”, el virrey Mayorga ordenó
que se le subiera la tasa en un tercio. A raíz de ello, los ingresos por
33 La decisión de Mayorga se vinculaba con el aumento de gastos durante la guerra contra
Gran Bretaña en 1779-1783. También dio órdenes para que se extendieran —por primera vez—
las alcabalas al maíz y a los productos provenientes de propiedades eclesiásticas, anteriormente
exentos. No obstante, hubo tal dificultad en recolectar las alcabalas aumentadas que la real ha
cienda se vio obligada a aceptar pagarés, los cuales se acumularon hasta el monto de tres millones
de pesos en agosto de 1782. Lewis (1975), pp. 198-200. Para mayor información véanse Garavaglia
y Grosso (1987c).
34 Véanse comentarios sobre la percepción de las alcabalas en este periodo en Michoacán en
Silva (1996).
35 El argumento de Laffer es que las tasas muy altas inducen a una disminución en la transpa
rencia de las transacciones, fomentando la actividad de la “economía informal” y probablemente
un aumento del contrabando. Arthur Laffer (1979).
36 El propio Carlos III sugirió en 1776 que para pagar los crecientes gastos militares éste era
un impuesto que debía incrementarse. La tasa tradicional era de un real por arroba, aumentán
dose por 1 1/6 granos en 1767 y por otros tres en 1777. Posteriormente, se fije aumentando la tasa,
en concordancia con cada guerra, estableciéndose arbitrios sobre el pulque en 1778, 1787, 1788,
1790 y 1802. Véanse referencias en Bobb (1963), pp. 240-244, y Hernández Palomo (1980), passim.
74 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
cuenta de pulques progresaron pero con lentitud, lo que se manifestó
en el hecho de que el consumo de pulque legal no crecía con la rapi
dez que el vendido extralegalmente.37
La evolución del ramo del pulque experimentó un crecimiento es
pectacular entre 1765 y 1784 en todo el virreinato, pero luego sufrió
una dramática caída en la época de las grandes hambrunas de 1785-
1786.38 Ello se explica por el hecho de que los principales consumido
res del pulque tasado eran las clases populares, especialmente de los
barrios indígenas de las ciudades y pueblos grandes, sectores que, evi
dentemente, fueron de los más severamente castigados por la crisis
que conjuntó alzas abruptas en precios de alimentos y el estallido de
pestes con una mortandad extremadamente elevada.39 Una vez pasa
dos los efectos de la desastrosa penuria, la recaudación de los im
puestos sobre el pulque se recuperó parcialmente (hacia 1788), pero
en los dos decenios subsiguientes la renta ya no aumentaba sino que
declinaba lentamente, lo que nos habla de persistentes restricciones
en los niveles del consumo popular (véase la gráfica 11.2).40
Si bien las cifras presentadas sobre las tendencias de la recaudación
sobre alcabalas y pulques indican una tendencia al estancamiento, se
produjo una serie de divergencias entre las diferentes tesorerías, unas
aumentaron de manera bastante sostenida, mientras que otras decaye
ron. Por ello, Garavaglia y Grosso sostienen que solamente un análisis
regional permite captar el verdadero significado de las tendencias en
la recaudación de las alcabalas.41 Sus cifras demuestran, por ejemplo,
que en las zonas del golfo y del norte de la colonia las alcabalas au
mentaron notablemente (por lo menos hasta 1790) mientras que en
las del centro y sur se estancaron. Por consiguiente, en zonas como las
de Sonora y Chihuahua o Veracruz, el aumento en la recaudación de
alcabalas podría estar reflejando el considerable crecimiento de estas
57 Hernández Palomo (1980) pp. 324-332 y 336.
38 Ibicl., pp. 196-209, ofrece una serie de gráficas especialmente ilustrativas de la caída en la
recaudación del pulque en diversos pueblos y regiones a partir de esta crisis.
59 Es difícil estimar con precisión la mortandad pero se pensaba que murieron entre 200000 y
300000 personas en el virreinato como consecuencia de la crisis agraria. Véase gran número de
testimonios locales en Florescano (1981).
40 Véanse comentarios en Hernández Palomo (1980) y el interesante ensayo de Quiroz
(1994). Cuenca Esteban (1984), p. 302, sugiere que puede aplicarse un modelo económico sim
ple que aclararía por qué el consumo de pulque a precios y tasas impositivas bajas era inelástico
pero a precios altos tendía a ser elástico, lo cual ayudaría también a explicar la caída en las ven
tas y percepciones fiscales.
41 Garavaglia y Grosso (1987a y 1987c).
¿AUGE O CRISIS FISCAL EN EL MÉXICO BORBÓNICO 75
Gráfica II. 2. Renta del pulque en la Nueva España
Ingresos, 1765-1810
economías provinciales a finales del siglo xviii.42 En cambio, en otras
regiones las tendencias fueron de relativo estancamiento. Por ejem
plo, Antonio Ibarra ha mostrado en su estudio sobre Guadalajara que,
a pesar del dinamismo relativo de la agricultura y la ganadería, la re
caudación de alcabalas creció muy lentamente en el decenio de 1780
y luego de 1794 tendió a declinar sistemáticamente.43 Por su parte, en
el caso de Tepeaca, una de las receptorías más importantes del centro
del virreinato, las alcabalas aumentaron hasta la gran crisis agraria de
1785-1786, cuando sufrieron un fuerte hundimiento, para luego estan
carse durante el resto del periodo colonial.44
A primera vista, los ingresos por cuenta de los monopolios reales re
velan tendencias diferentes a los anteriormente señalados, pues no es
tan manifiesto el “techo” marcado por la crisis agraria de 1785-1786
que afectó a las alcabalas, pulques y otros ramos. En efecto, el nivel de
ventas del estanco más importante —el monopolio del tabaco— bajó
notablemente en los años terribles de 1785-1786, pero luego prosiguió su
42 Gamer (1993), p. 178, también cita aumentos en un grupo de aduanas internas, incluyendo
Guanajuato, Michoacán, San Luis Potosí, Saltillo y Zacatecas.
43 Ibarra (1995), cap. 3, especialmente gráfica 12.
44 Garavaglia y Grosso (1989), pp. 559-560.
76 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
camino hacia arriba. Sin embargo, como veremos, los ingresos netos del
monopolio del tabaco también se estancaron a partir de mediados del de
cenio de 1780.
Los monopolios reales incluían tanto el tabaco como la venta de azo
gue, el papel sellado, la pólvora, las salinas, los naipes, la venta de nieve e
incluso las peleas de gallos, pero es menester tener muy en cuenta las
fuertes diferencias que existían en cuanto a la importancia y rentabi
lidad de cada ramo.45 Por ejemplo, las cifras disponibles sobre el
estanco de azogues en la caja de México indican una disminución del
producto de este ramo a partir del decenio de 1780, mientras que se
guían aumentando las percepciones por cuenta del tabaco. En su con
junto, para fines de siglo, los monopolios estaban produciendo quizá
cinco millones de pesos de ingresos netos anuales para la real hacien
da, de los cuales más de la mitad provenía de la fabricación y venta de
tabacos en sus diversas formas.46
La importancia del tabaco novohispano para el fisco metropolitano
se derivaba no sólo de su alta rentabilidad sino, además, del hecho de
que su producto neto se reservaba para ser remitido a España o para cu
brir gastos de la administración colonial en Cuba. Constituía, por con
siguiente, una de las herramientas fiscales más estratégicas dentro de
la compleja estructura entrelazada de las finanzas imperiales de colo
nias y metrópoli.
El estanco del tabaco reflejaba, en microcosmos, el creciente peso
del Estado borbónico en la economía y la complejidad de esa partici
pación estatal. Las fábricas de tabaco eran las unidades manufacture
ras más importantes del virreinato tanto por el volumen de su produc
ción como por la cantidad de mano de obra ocupada en las mismas. De
hecho, como indica el número total de los empleados y trabajadores
que laboraban en el ramo, ésta era una de las mayores empresas en
todo el mundo atlántico a fines del siglo xviii.47 Por otra parte, la renta
bilidad de otros sectores reglamentados por el gobierno español de
pendía del estanco, en especial, la producción de papel y el propio cul-
45 Para una buena descripción de cada uno de dichos ramos véase Fonseca y Urrutia (1845-
1853).
46 Klein (1985), pp. 584-585.
47 Hacia 1790, solamente el monopolio novohispano del tabaco empleaba la impresionante
cantidad de 17256 personas, incluyendo los 10000 trabajadores de las fábricas de la ciudad de Mé
xico y Querétaro, además de estanquilleros y funcionarios. Para detalles véase Deans-Smith (1992).
A ello habría que agregar los millares de empleados del monopolio en Cuba, España y otros
puntos del imperio. Para información comparativa véase la tesis doctoral de Laura Nater, actualmente
en proceso de elaboración en El Colegio de México.
¿AUGE O CRISIS FISCAL EN EL MÉXICO BORBÓNICO 77
tivo del tabaco, que proporcionaban las materias primas básicas para
las reales fábricas. Por todos estos motivos, los virreyes utilizaron al
monopolio del tabaco como instrumento predilecto para extraer re
cursos del virreinato.
Para numerosos observadores del México borbónico, el ramo del
tabaco era el ejemplo más elocuente del éxito fiscal de las reformas
emprendidas desde la época de la visita de Gálvez, ya que los ingre
sos “brutos” (ventas totales) por su cuenta subieron espectacularmen
te de apenas 1.5 millones de pesos en 1765 a más de ocho millones de
pesos anualmente al doblar el siglo (véase la gráfica 11.3). Ello se de
bió, en parte, a los aumentos de tasas durante épocas de guerra, siem
pre un acicate para incrementar la presión fiscal. Un ejemplo fue el
hecho de que, tras un fuerte aumento en 1778 de 30% en el precio del
tabaco vendido por el estanco, el virrey Mayorga autorizó otro aumen
to de 25% en 1779 con objeto de ayudar a financiar la guerra que recién
se iniciaba contra Gran Bretaña.48
Sin embargo, también es importante tener en cuenta que el gran auge
de crecimiento de los ingresos “netos” concluyó desde mediados del de
cenio de 1780. En efecto, después de 1783, los productos líquidos (o
netos) del monopolio del tabaco fluctuaron alrededor de 3 5 millones
de pesos anuales sin que se observase una tendencia sostenida de au
mento. De acuerdo con el excelente estudio de Susan Deans-Smith,
dicho estancamiento se debió fundamentalmente al incremento en los
costos de los principales insumos, de manera especial por alzas en los
precios del papel importado de España a partir del decenio de 1790.49
No obstante el incremento en gastos, las ventas siguieron creciendo, lo
que hace presuponer que el monopolio tuvo un notable éxito comer
cial, difundiendo el “vicio” tabaquista entre la población novohispana.
Pero de nuevo, vale la pena hacer hincapié en el hecho de que la ex
pansión en las ventas no implicaba un incremento sustancial del pro
ducto neto.50
Por último, cabe mencionar otro impuesto de gran importancia secu-
48 Lewis (1975), p. 184, afirma que el aumento de las tasas provocó un descenso del con
sumo de la cantidad de tabaco per capita, lo que impidió que aumentasen rápidamente los ingresos
de este monopolio como deseaban los funcionarios reales. Sin embargo, las cifras de ventas glo
bales no lo ratifican.
49 Deans-Smith (1992), pp. 69-105.
50 El incremento en los ingresos entre 1765 y 1810 fue de 4.4% anualmente, pero en cambio,
para el periodo de 1778-1809 fue de apenas 1.2%. Ello confirma que el gran crecimiento se dio al
principio del establecimiento del estanco y que luego se alcanzó un “techo”. Véase Deans-Smith
(1992) para datos que deben complementarse con Céspedes del Castillo (1992) y Mcwatters (1979).
78 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
Gráfica II.3. Renta de tabaco en la Nueva España
Ingresos y gastos, 1765-1809
Fuente: véase apéndice 2, cuadro 3.
lar: el tributo indígena. Acaso el menos estudiado de las principales
fuentes de ingresos ordinarios del gobierno borbónico, el peso del tri
buto (per cápita) no se incrementó significativamente durante el últi
mo cuarto del siglo aunque sí hay evidencias de que se extendió a
nuevos sectores sociales, permitiendo reunir un mayor volumen de
fondos para el erario estatal.51 En tanto ese gravamen era un derecho
de capitación (obligando a cada jefe de familia en los pueblos indíge
nas a tributar aproximadamente dos pesos al tesoro real), reflejaba más
bien las tendencias demográficas que la evolución económica de di
chas comunidades.
Pero, como señaló el biógrafo del virrey Bucareli, desde 1772 la real
hacienda se esforzó por incorporar cada vez más tributarios a las listas:
así fue resuelto que debía asegurarse la cobranza de los indígenas tribu
tarios que trabajasen como peones en haciendas o ranchos, los cuales
eran obligados a pagar este impuesto a través de los terratenientes; si
multáneamente, se comenzó a aplicar el tributo a la importante pobla
ción esclava —negros y mulatos— de la ciudad de México, ratificándo-
51 Apenas se incluye una página de comentarios sobre esta importante contribución en dos de
los estudios más detallados sobre fiscalidad y economía en el México borbónico: Klein (1995),
p. 109, y Garner (1993), p. 26.
¿AUGE O CRISIS FISCAL EN EL MÉXICO BORBÓNICO 79
se también medidas para el cobro sobre trabajadores en diversas zonas
mineras.52
De acuerdo con la documentación sobre ingresos totales por cuenta
de tributos analizada por Herbert Klein, se observa un fuerte aumento
en la recaudación en los decenios de 1780-1810.53 Sin embargo, las
discrepancias regionales son considerables. Por ejemplo, las cifras para
las zonas centrales —adscritas a la caja de México— indican un dete
rioro visible del tributo a partir de 1780. Aun así, los datos sobre los in
gresos totales en el virreinato hacia 1805 indican un incremento con
siderable, lo cual hablaría del esfuerzo de los funcionarios por hacer
el tributo cada vez más extensivo, con base en las listas de tributarios
cada vez más amplias.54
Debe quedar claro, por consiguiente, que se requieren investiga
ciones más detalladas a escala regional para llegar a conclusiones fir
mes sobre la evolución de este arcaico impuesto a finales del periodo
colonial. Y lo mismo puede afirmarse respecto a las demás contribucio
nes, motivo por el cual, pasamos ahora a una consideración selectiva
de la geografía fiscal.
La evolución fiscal regional: una aproximación a SU DIVERSIDAD
Desde la llegada de José de Gálvez a la Nueva España en el decenio
de 1760, las autoridades de la real hacienda habían introducido nue
vos gravámenes e hicieron un esfuerzo notable para extender las
exacciones a todos aquellos parajes que antes podían haberse escapado
del fisco colonial. Por ello no es extraño que se manifestaran im
portantes diferencias en cuanto a las tendencias regionales. El incre
mento de la percepción en las provincias del norte, por ejemplo, pro
porciona un ejemplo especialmente ilustrativo de este esfuerzo, aunque
es cierto que la documentación contemporánea sobre la tremenda
52 Bobb (1963), pp. 229-233, incluye un buen número de referencias de archivo sobre estos
nuevos tributarios que merecen ser investigadas con mayor detalle.
‘53 El aumento registrado por las series presentadas por Klein (1995), pp. 109-111, de la
recaudación del tributo para el conjunto de la Nueva España supera la tasa de crecimiento de
la población, lo que resulta difícil de creer y, por tanto, debe ser objeto de estudios más
detallados.
54 Daniela Merino (1997) sostiene: “Es nuestra hipótesis que [...] fue muy difícil poner en
práctica las reformas tributarias y simplificar el complejo sistema del tributo que regía en la Nueva
España”. Sin embargo, también demuestra que se multiplicaron las instrucciones para aumentar
la eficiencia en la cobranza.
80 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
ofensiva fiscalizadora del Estado borbónico abunda para toda la Nue
va España.55
Después de 1767, la campaña para reunir más dinero se expresaba
a través de un conjunto complejo de instrumentos que apuntaban a
una mayor presión fiscal: la introducción de decenas de nuevos gra
vámenes; la multiplicación de puntos de recaudación a muchas locali
dades nuevas; el establecimiento de tasas más altas y un mayor rigor
en la recaudación, eliminando arrendamientos, mejorando la contabili
dad, y promoviendo la profesionalización del cuerpo de funcionarios
fiscales.56 Si nos fijamos, por ejemplo, en la caja de México —la más
importante del virreinato— puede observarse el establecimiento de
un número sorprendente de nuevas exacciones fiscales en la segunda
mitad del siglo xviii: más de 35 nuevos rubros bajo el reinado de Car
los III, ¡y otros 40 bajo el gobierno de Carlos IV! No obstante, debe
subrayarse que el grueso de las percepciones seguía derivándose de
los principales impuestos tradicionales.57
Con objeto de resaltar las diferencias en la estructura de la recau
dación a escala regional, centraremos la atención en la evolución de
los rubros impositivos en las cajas de Guadalajara, Zacatecas, Mérida
(Yucatán) y Veracruz entre 1760 y 1810. La revisión de los diferentes
ingresos en estas cuatro tesorerías regionales confirma la multiplica
ción de nuevas contribuciones entre 1760 y 1810 y, en algunos casos,
ratifica el descenso en importancia de ciertos impuestos tradicionales
en favor de otros nuevos.
En el caso de Guadalajara —una zona que combinaba una agricul
tura y ganadería en expansión con pequeña minería— las percepcio
nes mineras producían cerca de 54% del total de los dineros públicos
en 1760, sobre un total de 21 ramos hacendarios. En contraste, para
1810 existían al menos 51 categorías de ingresos en Guadalajara, de
los cuales los mineros representaban apenas 17.6% de lo recaudado.
Mientras tanto, las alcabalas, los impuestos sobre el mezcal y otros
gravámenes sobre ventas producían 46%; a su vez, los ramos eclesiás
ticos aportaban casi 16% del total (véase el cuadro ii.i).58
55 Sobre el aumento en la recaudación desde 1780 en Sonora, por ejemplo, véase la tesis
doctoral de Cuauhtémoc Hernández (1995).
56 Jáuregui (1994), caps. 1-3, proporciona una visión panorámica de este proceso a nivel
administrativo.
57 Para un listado completo de los ramos fiscales véase agn, Caja Matriz, [Libro] Común de la
Tesorería de Ejército y Real Hacienda, año de 1810.
58 Nuestras estimaciones están basadas en una revisión de los ingresos registrados en Klein y
TePaske (1986-1988). Para realizar el análisis de ingresos netos, eliminamos las categorías de exis-
Cuadro II.1. Ingresos en la real caja de Guadalajara, 1760, 1790, 1800y 1804
Valores absolutos (en pesos) Valores porcentuales
Ramos 1760 1790 1800 1804 1760 1790 1800 1804
Impuestos sobre minería 142957 155721 100857 160102 53.68 23.84 15.73 19.28
Impuestos sobre ventas 22630 275583 256399 382034 8.50 42.19 39.98 46.00
Impuestos a los indígenas 36708 61104 92311 100436 13.78 936 14.39 12.09
Ingresos provenientes de la Iglesia 27018 119201 134880 132007 10.15 18.25 21.03 15.89
Ingresos provenientes de la burocracia 5702 21874 12300 9857 2.14 3.35 1.92 1.19
Estancos de masa común 6611 17184 31066 35818 2.48 2.63 4.84 4.31
Ramos menores 24686 2466 13523 9930 9.27 0.38 2.11 1.20
Otros ingresos 371 0.04
Total de ingresos 266312 653133 641336 830555 100.00 100.00 100.00 100.00
Fuente: TePaske y Klein, 1986-1988, vol. 1 (Sumario general de carta cuenta de Guadalajara).
82 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
La creciente importancia de las percepciones sobre agricultura, gana
dería y comercio en la región de Guadalajara concuerda con los análi
sis históricos más recientes sobre la evolución económica de aquella
zona. Tanto las investigaciones de Eric van Young como las de Antonio
Ibarra, por ejemplo, demuestran que el crecimiento de la propia ciu
dad de Guadalajara y de otros centros urbanos cercanos estimularon
un incremento de la producción rural mientras que a todas luces la mi
nería tendió a estancarse, tendencias que sugieren que la fiscalidad se
guía bastante de cerca la evolución de la economía.
En contraste, en una zona eminentemente minera como Zacatecas,
los cambios en la estructura de las percepciones fueron menos nota
bles. En 1760, por ejemplo, existían 19 categorías principales de ingre
sos, de los cuales los mineros proporcionaban 83% del total de las per
cepciones; medio siglo más tarde, en 1810, existían 30 categorías de
ingresos pero obsérvese que las contribuciones mineras seguían re
presentando más de 75% del total de lo recaudado (véase el cuadro 11.2).
La continuidad en la base impositiva también se registraba en la real
caja de Mérida, en Yucatán, donde tradicionalmente eran muy impor
tantes las contribuciones de las comunidades indígenas. En 1760, sobre
17 ramos, el grueso de los fondos provenía de los tributos indígenas,
alcanzando 43% de las percepciones totales. En 1808 la tesorería local
dependía de 37 ramos, pero seguían siendo dominantes los ingresos
extraídos de las comunidades, representando casi 35% de las sumas
ingresadas en la tesorería (véase el cuadro 11.3).59
Un cuarto tipo de estructura fiscal regional es ilustrado por el caso de
Veracruz, el cual demuestra la creciente importancia de los impuestos
al comercio, sobre todo en términos absolutos, lo que refleja el consi
derable dinamismo de las transacciones mercantiles realizadas al inte
rior de esta provincia pero, sobre todo, del comercio externo realizado
desde su puerto. En 1760 existían en la caja de Veracruz unas 11 cate
gorías impositivas que producían apenas 265 mil pesos netos, mientras
que en 1810 ya era 47 el total de ramos, produciendo la gran cantidad
de más de 1.5 millones de pesos: de éstos, la inmensa mayoría provenía
•
tencias, depósitos, otras tesorerías y extraordinarios. Cuando hablamos de "categorías principales
de impuestos” nos referimos solamente a aquellos ramos que producían más de 2000pesos anua
les. El aumento en el número de rubros impositivos solía ser sostenido: en Zacatecas aumentó de
seis en 1760 a 12 en 1790, 16 en 1800 y 15 en 1810; en Guadalajara, de 12 en 1760 a 18 en 1790, a 23
en 1800 y 25 en 1804; en Mérida pasó de 11 categorías en 1760 a 14 en 1800 y 22 en 1808.
59 Si deducimos el ingreso por cuenta del donativo para la guerra en 1808, que representó
15% del total, la proporción de las contribuciones de los indígenas seguía similar al nivel de 1760. Un
análisis detallado del manejo fiscal de los fondos de las comunidades se encuentra en Tanck (1995).
Cuadro II.2. Ingresos de la real caja de Zacatecas, 1760, 1790, 1800y 1810
Valores absolutos (en pesos) Valores porcentuales
Ramos 1760 1790 1800 1810 1760 1790 1800 1810
Impuestos sobre minería 197738 340443 329930 478555 82.86 77.90 64.12 75.39
Impuestos sobre ventas 26237 41833 107134 74357 10.99 9.57 20.82 11.71
Impuestos a los indígenas 7509 7754 12745 24061 3.15 1.77 2.48 3-79
Ingresos provenientes de la Iglesia 5639 5526 13541 19448 2.36 1.26 2.63 3.06
Ingresos provenientes de la burocracia 717 1973 2976 1030 0.30 0.45 0.58 0.16
Estancos de la masa común 793 39404 45113 33698 0.33 9-02 8.77 5.31
Ramos menores 99 2245 3626 0.02 0.44 0.57
Otros ingresos 896 0.17
Total “masa común” (ramos) 238633 437032 514580 634775 100.00 100.00 100.00 100.00
Fuente: TePaske y Klein, 1986-1988, vol. 2 (Sumario general de carta cuenta de Zacatecas).
Cuadro II.3. Ingresos de la real caja de Mérida, 1760, 1790, 1800y 1808
Valores absolutos (en pesos) Valores porcentuales
.Ramos 1760 1790 1800 1808 1760 1790 1800 1808
Impuestos sobre ventas 5974 8533 25002 43336 4.18 7.80 11.36 14.85
Impuestos a los indígenas 61390 65739 83102 101561 42.99 60.07 37.76 34.80
Ingresos provenientes de la Iglesia 6172 13507 27489 30209 4.32 12.34 12.49 10.35
Ingresos provenientes de la burocracia 15013 3923 197 9802 10.51 3-58 0.09 336
Estancos de la masa común 2487 14234 15405 29251 1.74 13.01 7.00 10.02
Ramos menores 8829 3509 67870 77644 6.18 3.21 30.84 26.61
Otros ingresos 42925 986 30.06 0.45
Total 142790 109445 220051 291803 100.00 100.00 100.00 100.00
Fuente: TePaske y Klein, 1986-1988, vol. 1 (Sumario general de carta cuenta de Mérida).
¿AUGE O CRISIS FISCAL EN EL MÉXICO BORBÓNICO 85
de impuestos sobre el comercio exterior, incluyendo las llamadas al
cabalas del mar con 32% del total y los almojarifazgos con más del 36%
(véase el cuadro n.4).60
Este incremento súbito en los ingresos por cuenta de las importa
ciones no estaba desligado de los efectos del libre comercio en la
Nueva España, estimulando un fuerte incremento en el número de na
vios que fueron llegando al puerto de Veracruz y, por consiguiente, un
aumento de los montos de importaciones efectuados a través del mis
mo. Ello explica, en buena medida, el auge del grupo mercantil vera-
cruzano —creándose el Consulado de comerciantes del puerto en
1796— el cual llegaría a rivalizar con el secular y dominante Consula
do de comerciantes de la ciudad México.61
En resumidas cuentas, se perfilan tendencias sustancialmente distin
tas en la estructura de los impuestos en las distintas regiones del virrei
nato, aunque tendencialmente puede afirmarse que había un conside
rable paralelismo en la trayectoria hacia un crecimiento nominal de
los mismos, al menos hasta el decenio de 1790.
Dicho esto, nos parece conveniente pasar ahora a un aspecto ape
nas tomado en cuenta en la historiografía del México borbónico, pero
fundamental para una comprensión de la naturaleza de la presión fis
cal que puede analizarse a la luz de algunos conceptos modernos de
las finanzas públicas: nos referimos al impacto e incidencia del cúmu
lo de impuestos viejos y nuevos que fueron cobrándose en el México
borbónico.
El IMPACTO Y LA INCIDENCIA DE LOS IMPUESTOS:
¿ES POSIBLE UNA SOCIOLOGÍA FISCAL?
Como ya se sugirió en la introducción de este estudio, para analizar
“los costos del colonialismo” no es suficiente analizar las macromagni-
tudes de la fiscalidad sino que, además, conviene tener en cuenta sus
efectos a escala social y “microsocial”. En otras palabras, aparte de
analizar las frías estadísticas de ingresos y egresos, interesa saber
cómo ello afectaba el nivel de vida de los contribuyentes novohispa-
60 Para estimar ingresos “locales” de la caja de Veracruz hay que restar ciertas categorías,
como los ingresos por cuenta de “otras tesorerías”. Todas las estimaciones de ésta y otras cajas
regionales están basadas en un análisis desagregado cuidadoso de las cartas cuentas en Klein y
TePaske (1985-1987), vols. 1 y 2.
61 Sobre el nuevo Consulado y el volumen de comercio realizado en esos años por Veracruz,
véase Souto (1996).
Cuadro II.4. Ingresos de la real caja de Veracruz, 1760, 1790, 1800y 1805
Valores absolutos (en pesos) Valores porcentuales
Ramos 1760 1790 1800 1805 1760 1790 1800 1805
Impuestos sobre minería 4210 6532 0.21 0.98
Impuestos sobre ventas 232 191 1569521 490296 1389587 87.50 80.13 73.30 90.94
Impuestos a los indígenas 8610 43647 60219 50096 3-24 2.23 9.00 3.28
Ingresos provenientes de la Iglesia 125000 705 4095 6.38 0.11 0.27
Ingresos provenientes de la burocracia 2363 35966 3971 11243 0.89 1.84 0.59 0.74
Estancos de la masa común 2802 87238 37044 19926 1.06 4.45 5.54 1.30
Ramos menores 19402 93132 66 503 50961 7.31 4.75 9.94 3-33
Otros ingresos 3625 2158 0.54 0.14
Total “masa común” (ramos) 265368 1958714 668895 1528066 100.00 100.00 100.00 100.00
Fuente: TePaske y Klein, 1986-1988, vol. 2 (Sumario general de carta cuenta de Veracruz).
¿AUGE O CRISIS FISCAL EN EL MÉXICO BORBÓNICO 87
nos de los distintos estratos sociales, especialmente en los «últimos de
cenios del régimen colonial, cuando la presión fiscal se tornó cada vez
mas extensiva.
Para utilizar la terminología y los conceptos de la teoría fiscal, hay
que analizar cuál fue el impacto e incidencia de los impuestos. Este
tipo de enfoque no ha tenido mucha fortuna en la literatura sobre la
economía mexicana del siglo xvm, salvo contadas excepciones, pero
puede considerarse potencialmente como un campo rico en posibili
dades para futuras investigaciones.62 Lo que sigue, por tanto, son ape
nas algunas sugerencias que serán complementadas en los capítulos
subsiguientes de este trabajo al analizar el peso de la fiscalidad extra
ordinaria (préstamos, donativos y otras exacciones especiales) sobre
los habitantes del virreinato a finales de la época colonial.
Con objeto de evaluar la incidencia de los principales impuestos
pueden llevarse a cabo dos ejercicios que son complementarios. El
primero consiste en proponer una estimación global del peso fiscal
como parte del ingreso per cápita de los habitantes del virreinato. De
acuerdo con Garner y otros autores, el ingreso promedio anual en me
tálico rondaría entre 20 y 30 pesos per cápita entre las clases popula
res (90% de la población).63 Si calculamos que el pago de impuestos
era de aproximadamente cuatro pesos per cápita hacia 1790, ello nos
permite concluir que entre 15 y 20% de los ingresos de los habitantes
se los apropiaba el gobierno a través de la tributación, una proporción
más alta que la de diversas sociedades europeas de la época, como
veremos más adelante.64
Una segunda forma más matizada de evaluar la incidencia de los
impuestos parte de una revisión de las estimaciones de los “niveles de
vida” en el periodo con base en dos indicadores claves, precios y sa
larios, los cuales pueden utilizarse para evaluar el peso específico de
determinados impuestos. Es de singular importancia tener en cuenta
la evolución de precios porque afectaba los niveles de imposición.65
Así, Richard Salvucci señala acertadamente que el aumento de los pre
cios hacia finales del siglo debe haber afectado la recaudación de varios
62 Entre los trabajos que proporcionan más elementos cuantitativos y analíticos para una socio
logía fiscal en la Nueva España destacan los de Garavaglia y Grosso (1985, 1986, 1994).
63 Garner (1993), p. 33; Van Young (1992), pp. 63-64, y TePaske (1985), p. 126. Por su parte,
Deans-Smith (1993), pp. 142-144, calcula en 34 pesos el ingreso de subsistencia per cápita de los
trabajadores de la ciudad de México hacia 1800.
64 El cálculo de cuatro pesos per cápita procede del siguiente cálculo: en 1792 los ingresos
de los ramos impositivos y estancos del gobierno virreinal se acercaban a unos 20 millones de
pesos y la población total de la Nueva España era de aproximadamente cinco millones.
88 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
rubros, entre ellos, las alcabalas.66 Pero, aun cuando se argumente que
el incremento en los precios hacía menos gravosas las alzas en las ta
sas de impuestos, este enfoque resulta incompleto si no se toma en
cuenta la evolución de los niveles salariales.
Si los salarios aumentaron más lentamente que los precios, enton
ces los incrementos impositivos habrían afectado de manera radical y
drástica a la población contribuyente. Ello se ve confirmado indirecta
mente en un reciente estudio de Eric van Young basado en una am
plia gama de fuentes, planteando una serie de nuevas interrogantes
acerca del efecto de la evolución económica sobre los ingresos de am
plios sectores de la población. Concluye que en el último cuarto del
siglo xviii la conjunción del aumento de precios de productos alimen
ticios y el estancamiento de los salarios produjo una caída real de los
ingresos de los trabajadores asalariados.67
Por consiguiente, si concordamos con esta hipótesis acerca del em
peoramiento de los salarios reales y las condiciones de vida de gruesas
franjas de la población mexicana, podría sugerirse que hacia fines del
siglo xviii el aumento registrado en impuestos como los de alcabalas,
pulques y el estanco del tabaco (todos los cuales recaían sustancial
mente en los sectores populares) contribuyó a una situación de crecien
te penuria que era causada no sólo por la inflación y una mayor ex
plotación laboral, sino además por el peso de los impuestos y otras
exacciones por parte del Estado. En otras palabras, el empobrecimien
to no estaría desligado de una notoria agudización de la presión fiscal
sobre los trabajadores, campesinos y el menúpeuple en general.
Pero más allá de la incidencia general de los impuestos, es necesa
rio también evaluar cómo afectaban a los distintos sectores sociales.
Podemos comenzar con el tributo, la más antigua de las contribucio
nes en la Nueva España. Sabemos que el impacto del tributo recaía
directamente sobre los escasos ingresos monetarios de la población
65 Para algunas estimaciones debatibles de ingresos reales a fines del siglo xviii utilizando
algunos deflactores basados en precios agrarios véanse Coatsworth (1990), p. 39, y TePaske
(1985), pp. 129-141.
66 Salvucci (1994), p. 225, en su reseña de Garner señala: “Here was a tax collection which
varied at least in parí with the price level. Or do we assume that the alcabala yielded more in
the 1780s simply because it was administered more efficiently in the 1780s than in the 1770s or the
1790s?”
67 Van Young (1992), cap. 2. La versión original de este ensayo en inglés era “The Rich get
Richer and the Poor get Skewed: Real Wages and Popular Living Standards in Late Colonial
México”, ensayo presentado en la University of California, Economic History Group, mayo de
1987.
¿AUGE O CRISIS FISCAL EN EL MÉXICO BORBÓNICO 89
de las comunidades indígenas que obtenían ingresos en metálico de
sueldos por labores realizadas en haciendas, o por medio de la venta
de algunos artículos agrícola-ganaderos —maíz, chile, cerdos, leña— o,
alternativamente, de textiles o tintes, como la grana cochinilla.68
Pero ¿cuál era el promedio de ingresos en metálico de los campe
sinos indígenas? De acuerdo con las estimaciones de Van Young, los
peones de hacienda en México a finales del siglo xvm podían alcanzar
un salario de unos cinco pesos al mes, lo que produciría alrededor de
60 pesos al año, en caso de contar con empleo permanente. Sin em
bargo, es sabido que la mayoría de los campesinos indígenas de las co
munidades no contaban con salarios anuales y que sus ingresos mone
tarios eran más bajos que los de los trabajadores fijos de las haciendas
(los sirvientes permanentes). En el caso de que un campesino/indíge-
na obtuviese empleo eventual fuera de la comunidad, podría reunir
ingresos salariales de quizá unos 20 pesos anuales. Sobre este monto,
el pago del tributo —un poco más de dos pesos— representaría una
carga significativa pero aceptada tradicionalmente. No obstante, es cla
ro que en épocas de crisis agraria y hambrunas, los indígenas protes
taban amargamente por estas exacciones 69 Por otro lado, aparte del tri
buto, sería necesario calcular otras contribuciones efectuadas por el
sector indígena, en particular aquellas destinadas a las cajas de las co
munidades de indígenas.70
Pero el tributo no recaía exclusivamente sobre los indígenas que re
sidían en las comunidades, hecho que se confirma al observar que los
funcionarios borbónicos pusieron un particular empeño en extender
la cobranza a todos aquellos que viviesen y trabajasen en haciendas de
manera más o menos permanente. En estos casos, los dueños de las
haciendas descontaban del salario la parte correspondiente al tributo
para entregárselo al fisco. De forma similar, los dueños de esclavos
fueron requeridos para que entregasen un pago en concepto de tribu
to sobre lo producido por cada esclavo.71
68 Uno de los pocos estudios que proporciona información detallada sobre ventas de indíge
nas en los mercados rurales es Garavaglia y Grosso (1989). Sobre la manipulación de la venta de
la grana cochinilla —el segundo producto de exportación de México— véase el estudio clásico
de Hamnett (1971).
69 Sobre las numerosísimas quejas de los campesinos en las crisis agrarias de 1785-1786 y
1809 véanse las magníficas recopilaciones documentales de Florescano y Pastor (1981) y Flores-
cano y San Vicente (1985).
70 Las contribuciones que se efectuaban por cuenta de las cajas de comunidades indígenas
son analizadas en Tanck (1994 y 1995) y Marta Terán (1995), caps. 2 y 3.
71 Bobb (1962), pp. 228-233.
90 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
Aunque resulta bastante complicado evaluar la incidencia e impacto
de la fiscalidad sobre los indígenas sin contar con estudios más deta
llados de esta problemática, puede sugerirse que antes de fin de siglo
era posiblemente menos apremiante que entre otros sectores popula
res de la sociedad novohispana.72 Considérese, a manera comparativa,
la situación de los peones de hacienda, los trabajadores en las minas
o los artesanos y operarios de los obrajes textiles. Aunque estos jor
naleros no necesariamente pagaban tributo, tenían que contribuir
montos sustanciales por cuenta de otros impuestos que en total cons
tituían una fuerte carga: las alcabalas (que se cobraban sobre la mayo
ría de los productos de consumo), los pulques, el tabaco, la sal y otras
mercancías estancadas (naipes y nieves, por ejemplo), y las bulas.
Para calcular el peso de la imposición entre los sectores populares
volvemos a recurrir a los cálculos de Van Young, quien ha estimado
que los ingresos de los peones rurales podrían rondar en promedio los
60 pesos anuales. Evidentemente, es difícil conocer el peso fiscal ex
cepto mediante caminos indirectos: por ejemplo, en el decenio de
1780-1790 puede estimarse que todos los productos de consumo bási
co llevaban en su precio el 8% de alcabalas que se cobraba a los co
merciantes, aunque bajarían a 6% después de 1790. Por su parte, otros
productos no necesariamente esenciales —como el tabaco y los lico
res— llevaban recargos mucho más marcados. El tabaco, como ya se
ñalamos, aumentó de precio muy rápidamente a partir de 1777 al igual
que el pulque, que llevaba un recargo de cerca de 200% sobre el pre
cio de costo de producción, de acuerdo con Hernández Palomo.73 En
estos casos, la incidencia de los impuestos era alta, pudiendo calcular
se que en el decenio de 1780 los trabajadores libres posiblemente
contribuían hasta 20% de sus ingresos en impuestos.74
72 En cambio, después de 1795, el saqueo sistemático de las cajas de las comunidades in
dígenas por parte de la real hacienda, obliga a repensar este problema. Sobre este tema véase, por
ejemplo, Tanck (1994 y 1995) y Terán (1995).
73 Hernández Palomo (1980), p. 327.
74 Incluimos dentro del 20% estimado el 8% de alcabalas, una suma similar en tabacos, y su
mas menores en pulques y otros rubros. Susan Deans-Smith (1993), p. 155, ofrece materiales
para efectuar un cálculo del consumo per cápita en tabaco: en 1793 las ventas totales de tabaco
en el virreinato alcanzaban 6.7 millones de pesos, o sea, aproximadamente 1.3 pesos per cápita;
en 1806 las ventas eran de 9.1 millones de pesos, o sea 1.5 pesos per capita. Si multiplicamos
esta cifra por cuatro en el caso de una familia pequeña de artesanos, operarios o de rancheros o
peones, estimaríamos un consumo promedio de seis pesos por jefe de familia, que presumible
mente sería el principal consumidor. Por tanto, sobre un ingreso de 60 pesos, algo cercano a
10% del total iba para pagar tabaco. Debe agregarse que Deans-Smith (1993), p. 255, no argu
menta que hubiese un fuerte aumento en consumo per cápita, sino que éste era ya tan alto en
1746 como a fines de siglo.
¿AUGE O CRISIS FISCAL EN EL MÉXICO BORBÓNICO 91
Para los pequeños propietarios agrícolas o rancheros, la situación
era algo diferente ya que el fisco afectaba tanto a su propia produc
ción como a su consumo. Es cierto que el impacto fiscal sobre los pro
ductos que vendían podía trasladarse hacia el consumidor: las alca
balas, por ejemplo, se incluían en el precio de los productos agrícolas
y ganaderos vendidos. Pero, en cambio, los rancheros tenían que cu
brir fuertes impuestos sobre la considerable diversidad de productos
que consumían —al igual que el resto de la población—, además de te
ner que entregar fondos sobre otros gravámenes como los diezmos
eclesiásticos.
Los grandes propietarios de la sociedad novohispana —mineros, te
rratenientes y grandes comerciantes— tampoco se escapaban del fis
co, aunque (con excepción de los mineros) la proporción de sus in
gresos que iba al gobierno era menor. Tanto los dueños de las minas
como los comerciantes y banqueros de la plata, como ya hemos visto,
estaban sujetos a fuertes contribuciones directas que podían llegar a
representar entre 10 y 20% del valor de la plata extraída. En cambio,
los terratenientes estaban en una situación más favorable: no pagaban
impuestos directos (excepto el diezmo eclesiástico) y podían trasladar
el impacto de los indirectos, como las alcabalas, hacia los consumido
res, aunque sí tenían que pagar impuestos sobre todos los bienes de
consumo propio.
Por último, puede sugerirse que los menos perjudicados por el sis
tema fiscal eran los grandes comerciantes, pues aunque tenían que
cubrir gran cantidad de impuestos sobre productos locales o importa
dos en los que se especializaban, trasladaban la incidencia de dichos
impuestos a los consumidores mediante el aumento de precio de los
productos vendidos. No debe extrañar, por tanto, que a cambio de esta
situación privilegiada que podríamos calificar de lenidad fiscal, los co
merciantes fueran los súbditos a los cuales la Corona recurría con mayor
frecuencia para pedir adelantos financieros en la forma de préstamos.
Algunas comparaciones internacionales del peso de la fiscalidad:
Europa y la Nueva España a fines del siglo XVIII
Si bien hemos sugerido que la incidencia de los impuestos era alta para
los sectores populares de la Nueva España, queda por determinar si en
términos relativos la fiscalidad era más o menos pesada que en otras
92 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
sociedades contemporáneas. Es claro que la diversidad del universo de
sujetos fiscales hace realmente complejo llegar a conclusiones firmes
acerca de este tipo de problema. Aun así, una breve comparación de
los impuestos pagados per cápita en la Nueva España con los niveles
de las contribuciones en otras sociedades del siglo xvm sugiere una
idea aproximada del peso de la fiscalidad. Esta problemática ya había
sido comentada por Alejandro von Humboldt hace más de 200 años al
argumentar que el sistema impositivo novohispano era tan o más opre
sivo (per cápita) como el de cualquier monarquía de la Europa de la
época del despotismo ilustrado.75
De acuerdo con un cálculo reciente de Herbert Klein, hacia 1800 la
población novohispana estaba contribuyendo 70% más per cápita que
los habitantes de la propia España a la real hacienda. En efecto, Klein
estima que los habitantes de la Nueva España pagaban ocho pesos por
persona mientras que los de España pagaban apenas 4.8 pesos.76 Sin
embargo, hay que tener mucho cuidado con estas cifras que no son real
mente confiables, pues están calculadas sobre la base de la totalidad
de ingresos fiscales (impuestos más deuda) precisamente en años de
guerra cuando el presupuesto y el endeudamiento de la Nueva España
se habían disparado, haciendo difícil determinar cuál era la verdadera
presión fiscal.77
Para mayor seguridad, conviene elegir un año “normal” cuando las
contribuciones ordinarias (impuestos) constituían el grueso de los in
gresos del gobierno, como es el caso de las cifras para el periodo de
1785-1789. En ese quinquenio, de acuerdo con los mayores expertos
hacendarios contemporáneos (los funcionarios Fabián de Fonseca y
Carlos de Urrutia) los ingresos anuales de la real hacienda de la Nueva
España rondaban los 20 millones de pesos (véase el apéndice 1, cua-
75 Humboldt comparó los ingresos fiscales per cápita en la Nueva España, la Francia de Luis XVI
y la India británica a fines del siglo xvm. Señalaba, además, que la recaudación novohispana de
aproximadamente 20 millones de pesos al año representaba una cantidad equiparable a lo que
percibía el rey de Prusia, tres veces más que los ingresos públicos suecos y estadunidenses y
cinco veces más de lo que aportaba cada uno de los virreinatos de Perú y Nueva Granada a la Co
rona española. Humboldt (1991), pp. 543-544 y 553-555. Para un análisis comparativo más recien
te sobre la percepción de los niveles de imposición en Inglaterra y Francia en este periodo, véanse
Mathias y O’Brien (1976), Gross (1993) y Crouzet (1993), pp. 62-65.
76 Véase Klein (1994), pp. 131-132.
77 Después de 1790, como ya hemos argumentado, el uso de las cifras totales de ingresos del
gobierno virreinal presenta complejos problemas de doble contabilidad, transferencias entre
ramos y múltiples partidas de “extraordinarios” que hay que desmenuzar. Por este motivo, los
cálculos de ingresos totales utilizados por Klein (1994), pp. 90-91, para 1790-1810 resultan infla
dos, debiendo reexaminarse en función solamente de los ingresos por impuestos y estancos.
¿AUGE O CRISIS FISCAL EN EL MÉXICO BORBÓNICO 93
dro 3).78 Sobre la base de una población de aproximadamente cinco
millones, ello indicaría que los habitantes del virreinato aportaban
una contribución per cápita de cuatro pesos plata por año a la real
hacienda.
Estas cifras contrastan con los 2.9 pesos que aportaban los habitan
tes de España anualmente a su gobierno, de acuerdo con las cifras de
la tesorería general de Madrid recopiladas por Merino para fines del si
glo xviii.79 En otras palabras, la diferencia entre España y la Nueva Es
paña es menos marcada que la sugerida por Klein, pero resulta meri
dianamente claro que los súbditos coloniales pagaban sustancialmente
más al fisco que los españoles en la península.
Si extendemos las comparaciones a otros países, puede observarse
que la contribución fiscal en el México de fines del siglo xviii también
era más alta que en Francia, la monarquía más poderosa de Europa,
donde el contribuyente promedio no alcanzaba a pagar mucho más
de 3-2 pesos per cápita.80 En cambio, los novohispanos aportaban
menos que el altísimo nivel de impuestos que pagaban los contribu
yentes en Gran Bretaña, la nación más rica del mundo europeo: en
1790, de acuerdo con Mathias y O’Brien, los contribuyentes británicos
pagaban anualmente el equivalente de 9 5 pesos per cápita.81
Pero ¿cuánto significaban estos impuestos en relación con los ingre
sos de los contribuyentes? Varios estudios permiten proponer algunas
estimaciones del porcentaje que representaba el pago de impuestos en
relación con ingresos per cápita. Por ejemplo, en Francia los impues
tos representaban aproximadamente 12% del ingreso per cápita. En
cambio, en Inglaterra los impuestos per cápita representaban, en pro
medio, 24% de los ingresos de los habitantes británicos, reflejando el
78 Coinciden las cifras con las de Humboldt y las de otros autores contemporáneos. Hum-
boldt (199D, pp. 539 y ss., efectuó una serie de estimaciones sobre la base de los promedios de
ingresos de los años de 1788-1792; el científico alemán tuvo la ventaja de poder consultar docu
mentos detallados reunidos por la Secretaría de la Cámara del virrey y por los funcionarios de la
real hacienda.
79 De acuerdo con Merino (1981), p. 179 y (1987), el promedio anual de ingresos de la teso
rería española hacia 1790 era de unos 675 millones de reales, lo cual era equivalente a unos 33.5
millones de pesos plata. Si se divide esta cifra entre los 11.5 millones de población estimados en
1790 (de acuerdo con el Censo de Floridablanca de 1787 y el Censo de 1797), ello nos da una
cifra de aproximadamente 2.9 pesos per cápita.
80 Las estimaciones de los impuestos per cápita en Inglaterra y Francia son en precios corrien
tes de 1790: Mathias y O’Brien (1976), p. 611. Cada peso plata era equivalente a entre 5.6 y seis
livres francesas.
81 Mathias y O’Brien (1976), p. 612. La libra esterlina era aproximadamente igual a cinco pe
sos plata. No obstante, véase Salvucci (1994) para fluctuaciones internacionales del valor del
peso plata.
94 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
nivel de exacción fiscal más alto de Europa. En páginas anteriores
nosotros hemos calculado que los impuestos podían haber representa
do hasta 20% del ingreso promedio en México en el mismo periodo, lo
cual también refleja una fuerte presión fiscal.82
Las cifras nominales que ofrecemos sobre los niveles de contribu
ciones en el virreinato novohispano son relativamente altas en com
paración con España y Francia en la misma época, pero resultan aún
más notables si tenemos en cuenta que los ingresos per cápita del ha
bitante en la Nueva España eran probablemente inferiores a los de sus
contemporáneos europeos. Sin embargo, no contamos todavía con su
ficientes trabajos estadísticamente confiables para llegar a conclusiones
muy firmes en este terreno y por ello todavía dependemos de juicios
cualitativos de observadores de la época. Humboldt, por ejemplo, no
tenía ninguna duda de los bajos ingresos de gran parte de la población
en la Nueva España, en comparación con Europa. Decía en un cono
cido pasaje:
México es el país de la desigualdad. Acaso en ninguna otra parte la hay
más espantosa en la distribución de fortunas, civilización, cultivo de la tie
rra y población [...] Los indios mexicanos, considerados en masa, presen
tan el espectáculo de la miseria [...].83
Evidentemente, esta observación no proporciona la precisión de una
estimación que utilizase cálculos deflactados de la evolución de la fis-
calidad a lo largo del siglo xvm y del nivel salarial, pero sí refleja una
evaluación cualitativa que merece tenerse en cuenta, dado que prove
nía del observador y escritor científico más penetrante que hubiese
visitado el México borbónico. Por ello, resta solamente sugerir la conve
niencia de que se pueda efectuar en el futuro un análisis comparativo
y sofisticado de los niveles de ingreso para determinar hasta qué punto
estaba en lo cierto el viajero alemán y cuál era el peso real del régimen
impositivo novohispano en comparación con otros sistemas fiscales
de la época.
En todo caso, el análisis de la fiscalidad en la Nueva España en los
últimos decenios del régimen colonial no se puede limitar exclusiva-
82 Van Young (1993) ofrece datos que pueden servir para este fin si se comparan con los que
ofrecen trabajos diversos sobre casos europeos; por ejemplo, Mathias y O’Brien (1976) y Weir
(1991).
83 Humboldt (1991), pp. 68-69.
¿AUGE O CRISIS FISCAL EN EL MÉXICO BORBÓNICO 95
mente a los impuestos pues, en efecto, simultáneamente fue implan
tándose un gran número de arbitrios extraordinarios —los más im
portantes—, siendo una larga cadena de donativos y préstamos que fue
ron multiplicándose desde el decenio de 1780, y es sobre ellas que ahora
necesitamos centrar la atención.
III. LAS GUERRAS IMPERIALES
Y LOS PRÉSTAMOS NOVOHISPANOS, 1780-1800
He resuelto que por una vez, y con calidad de Do
nativo, me contribuyan sólo un peso todos los hom
bres libres, así Indios, como de las otras castas que
componen el Pueblo, y dos pesos los Españoles y
Nobles, comprendiendo en esta clase cuantos Suge-
tos distinguidos la constituyen en Indias [...].
Carlos III (17 dé agosto de 1780)
A ESTRATEGIA POLÍTICO-MILITAR de reforzamiento del imperio es-
JLj pañol en el último tercio del siglo xvifi se asentó sobre una cam
paña fiscal rigurosa en la metrópoli y, especialmente, en las colonias
hispanoamericanas. Pero la multiplicación de las guerras requirió no
sólo un incremento de los impuestos sino además fuentes adicionales de
dinero, sobre todo en la forma de donativos y préstamos. Nos referi
mos a las demandas financieras que surgieron a partir de la guerra con
tra Gran Bretaña (1779-1783), la confrontación bélica contra la Conven
ción francesa (1793-1795) y la primera y segunda guerras navales contra
Gran Bretaña (1796-1802 y 1805-1808). Así, los sucesivos conflictos
bélicos provocarían tanto un aumento de la deuda pública española
como la adopción de una política de endeudamiento progresivo de los
gobiernos coloniales en los territorios americanos.
El crecimiento de las deudas coloniales se produjo desde el decenio
de 1780, las más cuantiosas de las cuales correspondieron a la Nueva
España. Allí, en apenas dos decenios se recaudaron cuatro donativos
universales y tres préstamos gratuitos (“suplementos”), así como nue
ve préstamos a interés contratados a través del Consulado de Comercio
y el Tribunal de Minería (véase el cuadro m.i). En total, entre 1781 y
1800, se recogieron en el virreinato algo más de cuatro millones de pe
sos plata por cuenta de cuatro donativos y 17.5 millones de pesos por
cuenta de préstamos y suplementos.1
1 Un poco más de tres millones de pesos fueron suplementos —préstamos a corto plazo— sin
réditos, realizados en 1782 y 1793.
96
LAS GUERRAS IMPERIALES Y LOS PRÉSTAMOS NOVOHISPANOS, 1780-1800 97
Pero las contribuciones de la Nueva España no fueron las únicas otor
gadas a la metrópoli para proseguir con sus costosas guerras. Simultá
neamente, se fueron realizando algunos empréstitos a corto y largo
plazos en Cuba, Guatemala, Nueva Granada, Perú, Chile y otros territo
rios de Hispanoamérica, aunque, en general, de menor cuantía y más
tardíamente que los mexicanos.2 Fue, sobre todo, desde 1804, cuando
los préstamos en las demás colonias tendieron a aumentar, como lo
demuestra el caso del virreinato del Perú donde mineros, comercian
tes, aristócratas e instituciones diversas (entre ellas la Iglesia peruana y
el Consulado de Comerciantes de Lima) hicieron aportes de cerca de seis
millones de pesos a la Corona en forma de préstamos entre 1804 y
1815.3
Curiosamente, y a pesar de su importancia, el tema de las deudas co
loniales no se ha resaltado en la historiogafía mexicana, con la excep
ción de unas iluminadoras páginas en la obra clásica de Lucas Alamán,
Historia de México, en las que pasa revista a los préstamos de los años
de 1808-1810. Pero Alamán —al igual que la mayoría de los autores
subsiguientes— no menciona los donativos y préstamos realizados en
décadas anteriores y, en particular, entre 1780 y 1800. En pocas pala
bras, las múltiples contribuciones de los habitantes novohispanos — tan
to ricos como pobres— a los donativos, préstamos graciosos y présta
mos a rédito, constituyen un capítulo poco explorado de la historia del
virreinato pero esencial para descifrar la compleja evolución finan
ciera y política del periodo.4
Precisamente por ello, en las páginas que siguen intentaremos ofre
cer un panorama del conjunto diverso de “arbitrios” que se utilizaron
para obtener recursos extraordinarios durante las sucesivas guerras de
fines de siglo. Algunos fueron instrumentos de tipo forzoso con una
2 Sobre los préstamos del Perú véase el estudio documentado de Quiroz (1993), que debe
complementarse con Anna (1983), pp. 11-14. Sobre los préstamos —muchos de corto plazo—
de los comerciantes de La Habana véanse apuntes en Le Riverend (1974), pp. 134-135, y Von Graf-
enstein (1994), p. 103, y notas extensas en Sagra (1831), pp. 240-265. Sobre donativos y présta
mos en la capitanía general de Guatemala véanse referencias breves en Woodward (1993), pp.
13-15. Sobre Nueva Granada véase Phelan (1978), pp. 28-29. Sobre Chile véanse notas en Sergio
Villalobos, “Opposition to Imperial Taxation”, Humphreys y Lynch (1965), pp. 135-136.
3 Estos años fueron los de mayor endeudamiento porque fue entre 1805 y 1808 que se aplicó
en toda la América española la Consolidación de Vales Reales (préstamo forzoso exigido a la
Iglesia y a sus deudores) y, además, por el hecho de que entre 1808 y 1812 se solicitaron nume
rosos préstamos para apoyar a la Regencia y a las Cortes de Cádiz. Para estimaciones de las con
tribuciones peruanas véanse Anna (1978) y Alfonso Quiroz (1993), passim.
4 Una reciente y detallada investigación que echa mucha luz sobre los préstamos propor
cionados por el Consulado de Comerciantes de la ciudad de México se encuentra en la tesis doc
toral de Guillermina del Valle Pavón (1997).
98 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
larga tradición en la colonia mientras que otros tuvieron rasgos inno
vadores que reflejaban cambios importantes en los mercados crediti
cios y de capitales de la Nueva España.5 En otras palabras, el estudio
de los tipos de instrumentos financieros utilizados por el gobierno virrei
nal refleja una doble cara: algunos eran claramente de tipo “antiguo” y
otros de carácter “moderno”.6
Entre los primeros se contaban los donativos y préstamos sin réditos,
los cuales eran herramientas financieras de las que tradicionalmente
había dispuesto la monarquía absoluta en circunstancias apremiantes.
La naturaleza antigua y extensiva de los donativos a lo largo de la época
colonial es conocida, habiéndose iniciado su aplicación en las Américas
desde fines del siglo xvi, intensificándose especialmente en épocas de
guerras de la Corona española.7 Pero no todos los donativos se destina
ron a fines militares, ya que también se exigieron de las corporaciones y
élites locales en otras coyunturas, de manera particular en tiempos de
calamidades, por ejemplo, al producirse fuertes crisis agrarias, hambru
nas y pestes, fenómenos harto comunes en el antiguo régimen.8
Sintomático de la condición tradicional y hasta arcaica de los dona
tivos era el hecho de que solían ser forzosos. Al igual que los impues
tos, los donativos universales que estudiamos aquí (decretados en
1781, 1793, 1795 y 1798) eran instrumentos coactivos de tipo secular
que obligaban al conjunto de la población a contribuir con fondos para
el apoyo de la monarquía. Como veremos más adelante, su recauda
ción se fincaba en el lanzamiento de campañas religioso-patrióticas para
obtener fondos tanto de los más humildes habitantes del virreinato
como de los individuos más opulentos.9
5 Para un amplio repertorio de estudios sobre los cambios del sistema crediticio colonial en
la segunda mitad del siglo xvin (especialmente en lo que se refiere al crédito mercantil y el
crédito eclesiástico), véanse Ludlow y Silva (1993), López-Cano (1995), Pérez Herrero (1988) y
Von Wobeser (1994).
6 La definición de instrumentos financieros modernos es parte de un amplio debate en la his
toriografía europea, que incluye textos tan sugerentes para la segunda mitad del siglo xvni como
los de Riley (1980) y Neal (1990), ambos analizados de manera penetrante en Boyer-Xambeau
et al. (1992).
7 Sobre los primeros donativos graciosos realizados en la Nueva España —en particular el del
año de 1599— se cuenta con una abundante documentación en el agn, Archivo Histórico de
Hacienda, vol. 1292, passim. Los préstamos a interés de tipo forzoso (conocidos en ocasiones
como “secuestros”) fueron aplicados frecuentemente contra los cargadores de Indias desde me
diados del siglo xvi; véanse detalles en Martín Acosta (1992), passim.
8 Un excelente análisis de las medidas adoptadas para paliar la crisis de 1785-1786 se encuentra
en el ensayo introductorio de Rodolfo Pastor en Florescano y Pastor (1981), vol. 1, pp. 29-63.
9 Véase apéndice 3-1 para un listado completo de las condiciones y montos de los donativos
para la Corona realizados en la Nueva España entre 1780 y 1810.
LAS GUERRAS IMPERIALES Y LOS PRÉSTAMOS NOVOHISPANOS, 1780-1800 99
En contraste, los préstamos a rédito tendían a revelar facetas nuevas
que eran reflejo de un proceso de modernización en el manejo de las
finanzas públicas españolas en esta época, con una clara proyección
allende el atlántico.10 En efecto, la negociación de los préstamos a inte
rés para el gobierno virreinal (que se inició en 1782-1784 y se multipli
có en el decenio de 1790-1800) ilustra el manejo cada vez más com
plejo del crédito público en la Nueva España. Estos préstamos requerían
de la colaboración explícita de las élites coloniales (mineros, comer
ciantes, hacendados, eclesiásticos, etc.), por lo que la administración
colonial experimentó con diversas tasas de interés, plazos de amorti
zación, premios financieros y garantías fiscales, al tiempo que echaba
mano de concesiones políticas o sociales para obtener los dineros an
siosamente reclamados.11
En resumidas cuentas, en este capítulo pasamos revista a las princi
pales operaciones financieras implantadas por el gobierno virreinal en
la Nueva España entre los años de 1780 a 1800, poniendo énfasis en el
carácter inherentemente contradictorio del sistema fiscal/financiero de
la administración colonial en tanto combinaba principios contrapues
tos para obtener recursos: la coacción y la colaboración.12 Pero antes
de entrar al análisis detallado de los diferentes donativos y préstamos
(véase el cuadro m.i), es necesario plantearse por qué fue necesario
recurrir a una política de recursos extraordinarios.
Orígenes de las políticas de endeudamiento en el virreinato:
LA COYUNTURA DE 1779-1783
Es' un axioma de la economía pública que cuando los impuestos cu
bren la totalidad de los gastos del gobierno, no existe un déficit y, por
tanto, no se genera endeudamiento. Como ya hemos argumentado, es
10 Entre las iniciativas financieras innovadoras en el virreinato deben citarse, por ejemplo, la
creación del Banco de Avío de la Minería en México (1784) y el lanzamiento de préstamos a in
tereses (con hipoteca del estanco del tabaco) por el gobierno virreinal; sobre los mismos véanse
Howe (1948) y Valle Pavón (1997). El estudio más detallado del proceso de modernización fi
nanciera en la España de Carlos III es el de Tedde (1988), mientras que los estudios de Riley (1980
y 1986) y Neal (1990) analizan los cambios financieros en otros países europeos de la época.
11 Véase el apéndice 3.2 para una descripción sintética de los contratos y condiciones de los
préstamos para la Corona realizados en la Nueva España entre 1780 y 1810.
12 En verdad, este conjunto contradictorio de principios es característico de la mayoría de los
gobiernos, pero suele identificarse la coacción con regímenes absolutistas mientras que el con
senso se vincula más habitualmente con regímenes parlamentarios. Véanse sugerentes referencias
en Bonney (1995), pp. 423-431 y Root (1994), caps. 8 y 9-
Cuadro III. 1. Ingresos de la real hacienda por cuenta de préstamos
y donativos en la Nueva España, 1781-1803 *
Préstamos Préstamos 5% Préstamo 5%
Donativos suplementos Consulado Hipoteca
A ños graciosos (sin rédito) y Minería tabaco
1781 566295 1655415
1782 326958 2000000
1783 55669
1784 94554 523376
1785
1786 150000
1787
1788
1789
1790 100000
1791
1792
1793 446450 1 559000 2000000
1794 2000000
1795 1041941 964572
1796 583897
1797 1290097
1798 849364 1836434
1799 980651 500000 826654
1800 223565 718324
1801 685327
1802 221859
1803 45100
* Los datos incluidos en este cuadro constituyen una primera estimación, pero deben ser ana
lizados críticamente a partir de una revisión de los “libros manuales” de la real hacienda.
Fuentes por años por distintas categorías de préstamo
a) Donativos
1781-1784: agn, Donativos y Préstamos, vol. 17, fs. 136-167.
1793: agn, Donativos y Préstamos, vol. 1, exp. 8, f. 332 y vol. 28, fs. 16-17.
1795: agn, Donativos y Préstamos, Correspondencia de Virreyes, Ia serie, vol. 180, fs. 504,
510-511.
1798-1799: Gazeta de México, 14 de diciembre de 1798 y 28 de septiembre de 1799.
1800: agn, Donativos y Préstamos, vol. 2, fs. 230-231.
b) Préstamos del Consulado de Comercio
1781-1782: agn, Consulado, caja 306, exp. 7.
1786 y 1790: Pedro Pérez Herrero, Plata y libranzas, datos en apéndices.
LAS GUERRAS IMPERIALES Y LOS PRÉSTAMOS NOVOHISPANOS, 1780-1800 101
1793: agn, Donativos y Préstamos, vol. 1, exp. 80, f. 322; vol. 28, fs. 3-14.
1805: Pedro Pérez Herrero, Plata y libranzas, datos en apéndices; y Reales Cédulas Ori
ginales, vol. 195, exp. 166, fs. 321-322.
c) Préstamos del Real Tribunal de Minería
1781-1782: Walter Howe, The Mining Guild, pp. 96, 372.
1790: agn, Donativos y Préstamos, vol. 28, f. 20.
1793 y 1794: agn, Donativos y Préstamos, vol. 28, f. 23; y Walter Howe, The Mining Guild,
pp. 376-379.
1798: Gazeta de México, ix, 125, 28 de septiembre de 1799, p. 1029.
d) Préstamos con hipoteca de la Renta del Tabaco
1784: J. Calderón Quijano, Historia de los virreyes de Nueva España en el reinado de Car
los III, n, p. 147.
1795-1803: agn, Correspondencia de Virreyes, Ia serie, vol. 213, exp. 57, f. 100; Consulado, caja
312, exp. 8.
importante subrayar que durante la mayor parte del siglo xvm la admi
nistración virreinal de la Nueva España no había sufrido déficit im
portantes ya que pudo cubrir sus gastos internos con recursos imposi
tivos e incluso enviar fuertes y crecientes cantidades de fondos fiscales
para suplir al imperio.
¿Cómo se explica entonces que a fines del siglo entrase en una fase
de intenso endeudamiento? La respuesta a esta pregunta es compleja,
tal como se sugirió en el primer capítulo. En efecto, las deudas colo
niales se crearon esencialmente para suplir las demandas imperiales
requeridas para financiar los múltiples compromisos generados por
guerras sucesivas, comenzando con la guerra contra Gran Bretaña en
1779-1783. Pero no basta con delinear el marco general de esta tra
yectoria de endeudamiento pues, en efecto, para entenderla en toda su
complejidad es de utilidad analizar en detalle cuáles fueron las condi
ciones específicas que obligaron a adoptar medidas de financiamiento
extraordinario en la Nueva España. Iniciamos con el análisis de la pri
mera coyuntura clave cuando comenzó a intensificarse la contratación
de deudas coloniales, durante la administración virreinal de Martín de
Mayorga (1779-1783). Este caso nos demuestra que los reales funcio
narios en América preferían depender de recursos ordinarios para cu
brir los gastos de la administración, siendo el incremento de las de
mandas externas lo que obligaba a recurrir a una política financiera
de endeudamiento.
Mayorga era un oficial militar de alto rango y considerable experien
cia cuando fue nombrado virrey de la Nueva España en 1779, reci
biendo los encargos de reforzar el ejército novohispano, asegurar el
102 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
financiamiento de las administraciones españolas en el Gran Caribe y,
además, continuar (cuando fuese posible) con las remesas de plata a
Cádiz.13 Con objeto de asegurar estos vastos propósitos, el rey Carlos III
le instó a implantar un donativo universal en el virreinato.14 Sin embar
go, y a pesar de las múltiples exigencias que se produjeron a raíz del
estallido de la guerra contra los ingleses, el nuevo virrey manifestó
inicialmente cierta resistencia a contratar donativos o préstamos.
En efecto, Mayorga prefirió explotar al máximo los instrumentos fis
cales tradicionales a su disposición, aumentando las tasas impositivas,
como hemos visto en el capítulo anterior. En ello seguía los pasos de
su predecesor, el virrey Antonio María Bucareli (1771-1779), quien ha
bía dedicado gran atención al aumento de la recaudación.15 Aparte de
aumentar las tarifas de ramos como los pulques y alcabalas, Mayorga
intentó reducir los gastos públicos, incluyendo algunos de tipo admi
nistrativo para compensar el aumento extraordinario de gastos milita
res.16 Pero aun así, al cabo de dos años los impuestos no alcanzaban
para cubrir las demandas de los situados militares (destinados funda
mentalmente al Gran Caribe) que amenazaban con dejar exhaustas a
las arcas reales del virreinato.
Pero ¿de dónde obtener más recursos? Los dineros de buen número
de ramos fiscales ya estaban comprometidos para apuntalar las teso
rerías del Caribe mientras que otras se destinaban a la tesorería gene
ral en Madrid. Por ejemplo, los excedentes del ramo de correos de la
Nueva España se remitían anualmente a La Habana para cubrir gastos
13 Desde 1779 Gálvez ordenó a Mayorga que remitiera fondos a los situados españoles en
Cuba, Puerto Rico, Trinidad y Luisiana para neutralizar a los buques de la armada británica y
para preparar la reconquista de las Floridas, cedidas a Inglaterra en 1763. En menos de dos
años, Mayorga ordenó la transferencia desde Veracruz de 15 millones de pesos en metálico a
Cuba así como víveres y municiones por valor de un millón y medio de pesos. Al mismo tiempo,
dio órdenes para el embarque de uno de los mejores cuerpos de infantería mexicana, el
Regimiento de la Corona, con destino a La Habana, a los que agregó un cuerpo de 1600 mari
neros que debían incorporarse a la tripulación de la escuadra española. Véase Lewis (1975), passim,
y Manchal y Souto (1994), pp. 606-610.
14 La real orden para el donativo americano se publicó en agosto de 1780, pero Mayorga no
quiso implantarla inmediatamente.
15 De hecho, Bucareli logró amortizar la mayor parte de la deuda a plazo y flotante del go
bierno colonial y regularizó los pagos de situados al Caribe: Bobb (1962), passim.
16 En consonancia con este esfuerzo, se redujo el sueldo del virrey a la mitad (30 mil pesos
en vez de 60 mil anuales). Más grave y cruel, se recortaron los pagos de sostenimiento diario de
presidiarios y otros trabajadores forzados que cumplían trabajos públicos: el intendente de Ha
cienda, Pedro de Cosío, redujo los suministros para cada preso de dos reales a un real por día,
eliminando entre otros gastos el único “lujo” que tenían, que era medio real diario para comprar
tabaco o licores. También intentó aminorar una serie de gastos financieros de la real hacienda, sus
pendiendo los pagos del 6% de intereses sobre deuda de la Corona durante la guerra. Lewis
(1975), pp. 172-173, 175.
LAS GUERRAS IMPERIALES Y LOS PRÉSTAMOS NOVOHISPANOS, 1780-1800 103
de la marina en ese puerto estratégico.17 De manera similar, buena
parte de las ganancias obtenidas de las ventas del ramo de azogues se
enviaba a Cuba para ayudar con la compra de cosechas del estanco de
tabacos en la isla.18 Por su parte, era frecuente que los sobrantes de la
Casa de Moneda de México y de los ramos de vacantes y medias ana
tas también se destinaran al Caribe, aunque otra parte iba a España.19
Y a ellos se agregaba una parte sustancial de los superávit de la masa
común de los impuestos recaudados.20 Por su parte, el más producti
vo de todos los ramos fiscales, el monopolio del tabaco tenía la obliga
ción de remitir la mayoría de sus ingresos netos a la metrópoli.
Debido a las demandas extraordinarias generadas por la guerra en
el Caribe (1779-1783) y la insuficiencia de los fondos remitidos desde
la Nueva España en concepto de situados, Mayorga resolvió adoptar
una medida algo heterodoxa, recurriendo a los sobrantes acumulados
en el ramo de tabacos a pesar de que, por reglamento secular, éstos
debían destinarse exclusivamente a la península. Para atender a las
urgencias de guerra, el virrey dispuso que cerca de 12 millones de pe
sos del ramo de tabacos de la Nueva España fuesen enviados a Cuba
en el transcurso de los años de 1780-1783 pero, aun así, estos dineros
no fueron suficientes para cubrir todos los pagos requeridos para ar
mada y ejército de tierra.21
Después del primer e impresionante esfuerzo realizado para finan
ciar los enormes gastos de la expedición militar-naval en el Gran Cari
be en 1780-1781, la resistencia de Mayorga a los préstamos y donativos
17 Heladio Galeana (1997), cuadro i.
18 Herrera Heredia (1978), pp. 156-158 y 261, señala que en la primera mitad del siglo xvm, la
mitad de los beneficios fiscales obtenidos de la venta de azogues se usó para ese fin.
19 Es difícil determinar exactamente qué proporción de los fondos de la Casa de Moneda iba
a la metrópoli y cuánto a Cuba. Víctor Soria ha reconstruido las series y proporciona alguna in
formación sobre situados en sus notas: “Entre 1777 y 1780 las remisiones de fondos a la Corona
por parte de la Casa de Moneda alcanzaron un promedio anual de 623512 pesos [...] entre 1781
y 1785, 952000 pesos [...] en el quinquenio 1786-1790 [...] 1139165 pesos, elevándose en el si
guiente quinquenio a 1440000 bajando (en 1795-1799) a 1160000. Los envíos de fondos
alcanzaron el promedio anual más alto en el quinquenio de 1801-1805 con 1 502 670 pesos”.
Soria (1994), p. 141; véase asimismo el mapa 5 y anexo.
20 Los expertos funcionarios Fonseca y Urrutia proporcionan un estimado de tres millones de
pesos como promedio anual de los impuestos utilizados para remitir en la forma de “Situados”
entre 1785 y 1789. Fonseca y Urrutia (1845-1853) apéndice, cuadro 2.
21 Lewis (1975), p. 219. Una importante armada bajo el mando del almirante Cacigal operó
en todo el Caribe durante estos años, atacando a los baluartes ingleses en las Bahamas, Jamaica,
Honduras y las Floridas. A su vez, la expedición militar encabezada por el general Bernardo de
Gálvez se encargó de tomar posesión del fuerte de Pensacola y de reforzar posiciones españolas
en Nueva Orleans y sobre el río Misisipi. Para detalles sobre el financiamiento véase Marichal y
Souto (1994).
104 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
se resquebrajó. Por ello, a principios de 1781, el virrey finalmente re
solvió poner en marcha la real cédula de Carlos III para recaudar un
donativo gracioso de la población mexicana, comenzando a reunirlo a
partir de marzo de 1781. Poco después, también ordenaría a los respon
sables de las oficinas hacendarías que colaborasen en la campaña para
obtener préstamos (algunos con interés y otros gratuitos) de los indivi
duos acaudalados y de las corporaciones más opulentas de la Nueva Es
paña: el Consulado de Comercio, el Tribunal de Minería y la Iglesia.
Los donativos y préstamos no eran inéditos en la historia virreinal,
pero rara vez habían alcanzado un volumen tan cuantioso como ahora.
De hecho, puede sugerirse que el conjunto de operaciones financie
ras realizadas en 1781-1783 reflejaba un primer intento por poner en
marcha una política crediticia de mayor complejidad que las habitua
les, constituyendo un antecedente fundamental de esa larga serie de
empréstitos que se realizarían a partir de esta fecha y durante cuatro
decenios de guerras, casi constantes, en las que se vio envuelta tanto la
metrópoli como la propia Nueva España.
El “donativo gracioso” de 1781-1784:
LA COACCIÓN COMO INSTRUMENTO FINANCIERO
Cuando el virrey Mayorga dio órdenes para que se recaudara el “do
nativo universal” (decretado en agosto de 1780 por el rey Carlos III),
estaba actuando sobre la base de una larga tradición, con numerosos
antecedentes en la historia de España y América. ¿Cuáles eran las ca
racterísticas de este tipo de exacción? De acuerdo con el documenta
do estudio de Miguel Artola sobre la evolución de la hacienda de la
monarquía española, los donativos en España fueron iniciados por
Felipe II pero requeridos de forma más frecuente durante el reinado
de Felipe IV.22 Es importante observar que un número significativo de
estos donativos fueron aplicados en las Américas, algunos reclamados
específicamente a corporaciones como los Consulados de Comercio de
Lima y de México mientras que otros se pedían a la Iglesia. Pero quizá
de mayor importancia, también se recaudaron algunos donativos uni-
22 Entre los donativos más importantes de Felipe IV se encontraban los de 1624, 1632 y 1635,
a los que habría que agregar los exigidos a las ciudades catalanas entre 1626 y 1632. De nuevo
con las guerras de fines del siglo xvn y durante la guerra de sucesión de 1700-1715 se pidió un
buen número de donativos. Finalmente, volvieron a multiplicarse con las guerras de fines del si
glo xvin. Artola (1982), p. 157.
LAS GUERRAS IMPERIALES Y LOS PRÉSTAMOS NOVOHISPANOS, 1780-1800 105
versales que pesaban sobre el conjunto de la población aunque de
manera especialmente notoria sobre las comunidades indígenas.23
El primer donativo solicitado específicamente al Consulado de Mé
xico en el siglo xvii se realizó en 1622, siendo seguido por otras deman
das similares en la década de 1630, época de la campaña militar y fi
nanciera conocida como la Unión de Armas, cuando España se vio
envuelta en guerras contra todos sus rivales europeos. Posteriormente,
sin embargo, las demandas de dinero a los grandes mercaderes novo-
hispanos se hicieron infrecuentes tanto por rivalidades entre el Consu
lado de Comerciantes y el Cabildo de la ciudad de México como por la
aparente falta de recursos del comercio en los decenios de 1640-1690.
Así, el gobierno virreinal no obtuvo otros donativos importantes del
Consulado hasta fines del siglo, cuando el gremio mercantil consiguió
el arriendo de las alcabalas en la ciudad de México. Ya a comienzos del
siglo xviii se renovaron las solicitudes de donativos de los grandes mer
caderes novohispanos, por ejemplo, en 1704, a raíz de la guerra con
Argel, y en 1744 en época de conflictos en Italia, multiplicándose las
exigencias de la monarquía, especialmente a partir de la guerra contra
Gran Bretaña en 1779-1783 y en decenios posteriores.24
La participación de la Iglesia en los antiguos donativos mexicanos
también fue importante, pero la información es más escasa aunque no
por ello necesariamente menos significativa. Un estudio de Thomas
Calvo sobre un donativo requerido a la Iglesia novohispana en 1700-1709
resalta su importancia financiera, ya que se esperaba recoger la suma
muy considerable de un millón de ducados.25 Otros ejemplos posterio
res de contribuciones eclesiásticas incluyen el donativo de 1743 (para
financiar a las tropas españolas en Italia) y los donativos de 1777
otorgados por los arzobispos de México y de Valladolid (Michoacán)
por 160000 pesos para ayudar con el programa de rearme naval im
pulsado por el virrey Bucareli.26
23 Durante el siglo xvii se aplicaron más donativos en Perú que en la Nueva España. En cam
bio, en el siglo xviii la relación se invierte. Para información puede consultarse M. Ayala (1988),
t. iv.
24 Sobre el préstamo de 1622 véase Peña (1983), pp. 257-260. De acuerdo con Guillermina
del Valle Pavón (1997), cap. 1, entre 1700 y 1750, cada vez que se renovaba el encabezonamien
to de las alcabalas para el Consulado, éste solía otorgar algún tipo de préstamo o donativo para
el gobierno. Un largo listado que localizamos sobre préstamos, suplementos y donativos realiza
dos por el Consulado de México se encuentra en agn, Archivo Histórico de Hacienda, vol. 640,
exp. 36, fs. 226-227, con fecha de 26 de junio de 1806. Sobre los donativos de 1704 y 1744 véase
agn, Archivo Histórico de Hacienda, vol. 223, exp. 1, fs. 1-69, y exp. 5.2, fs. 258-376.
25 Calvo (1995).
26 agn, Archivo Histórico de Hacienda, vol. 223, exp. 5, fs. 252-257; y Bobb (1962), pp. 112-114.
106 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
Más allá de los suplementos forzosos requeridos de las principales
corporaciones o de ricos hombres, también interesa enfocar la aten
ción sobre los donativos universales por los cuales se solicitaban contri
buciones del conjunto de las clases populares y, en particular, de milla
res de comunidades de indios de la Nueva España, práctica asaz común
desde fines del siglo xvi, como lo atestiguan las noticias de donativos
impuestos a los pueblos en 1599, 1621, 1624 y 1678; luego, y hasta
1781, la información es más escasa sobre este tipo de exacción.27
De acuerdo con las condiciones establecidas en la mayoría de los
donativos universales, éstos eran “graciosos” (para usar la terminología
de la época), lo que implicaba que no tenían devolución y que todos
los súbditos debían colaborar con alguna contribución; sin embargo, las
instrucciones también solían hacer explícito que no se admitían ex
cepciones. Ello reflejaba el carácter coactivo de los mismos y, en el
caso de donativos cobrados a los indios, los convertía en una especie
de doble tributación que se agregaba al tributo anual efectuado por
todos los jefes de familias de dichas comunidades. La naturaleza obli
gatoria se volvió a ratificar en el caso de los donativos novohispanos de
1781-1784 y en aquellos implantados en el decenio de 1790, siendo
importante resaltar su universalidad, ya que estas exacciones se hicie
ron extensivas al conjunto de la población urbana y rural novohispana
(véase la gráfica m.i).
En los dos primeros meses de recaudación del donativo de 1781
(marzo y abril), el grueso de los dineros entregados provino de la
propia capital del virreinato y de poblaciones relativamente cercanas a
la misma. Como muestra de su celo por la causa de su monarca, los em
pleados de las distintas oficinas reales de la ciudad de México se apu
raron a hacer entrega de cantidades de cierta importancia. Los funcio
narios del Real Tribunal de Cuentas, por ejemplo, donaron 938 pesos,
mientras que el regente y oidores de la Real Audiencia entregaron
1 500 pesos. El propio Pedro de Cosío, intendente del Ejército y secre
tario de la Cámara del Virreinato, “enteró por sí y los dependientes de
dicha Secretaría la suma de mil pesos”.28 También efectuaron contri
buciones los empleados del Monte de Piedad, de la Casa de Moneda,
de la Administración de Correos, de las contadurías de la Oficina de
Azogues y de los Reales Tributos.
27 Silva Prada (1995), p. 5.
28 Un listado de estas contribuciones se encuentra en agn, Donativos y Préstamos, vol. 17,
fs. 136-167.
Gráfica III. 1. Dinámica típica de los donativos, 1782-1810
Intendentes y/o subdelegados a partir de 1786.
108 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
Entre las contribuciones más fuertes de la capital destacaban las del
estanco del tabaco. Los operarios de la Real Fábrica de Tabacos de la
capital aportaron la considerable suma de diez mil pesos (a razón de
uno o dos pesos per cápita) mientras que los agentes del monopolio en
distintas intendencias proporcionaron montos equivalentes o, incluso,
mayores.29 El factor de la Renta de Tabacos de Puebla, por ejemplo, re
mitió 10 246 pesos mientras que el administrador de esta renta en Valla
dolid transfirió 29819 pesos. En estos últimos dos casos, sin embargo,
las sumas no representaban solamente los donativos de los empleados
sino también dineros reunidos por los oficiales del ramo en numero
sos pueblos en dichas jurisdicciones.30
Al mismo tiempo, la administración presionó para obtener algunas
contribuciones de los individuos más acaudalados de la sociedad novo-
hispana, aunque se estimaba que estos grupos podrían aportar sumas
más fuertes en la forma de préstamos en vez de donativos.31 Lo mismo
podría decirse de otro grupo de contribuyentes, los eclesiásticos. En
tre los religiosos “de esta Corte”, puede señalarse que los jefes de varias
órdenes monásticas ofrecieron sumas sustanciales: el padre provincial
de los Carmelitas, un tal fray Manuel de Cristo, hizo entrega de mil
pesos mientras que el jefe de la orden de Nuestra Señora de la Mer
ced donó 500 pesos, incluyendo 29 pesos con que habían contribuido
“los mozos sirvientes de su convento”.
No obstante estos aportes, la mayor contribución del clero al dona
tivo consistió en coadyuvar a la campaña recaudatoria en centenares
de haciendas y pueblos campesinos a lo largo de todo el virreinato.
En efecto, un análisis del conjunto de las contribuciones para el dona
tivo reclamado por Carlos III indica que el grueso de los fondos provino
de las clases populares: campesinos, trabajadores mineros, artesanos e
incluso ¡esclavos!32 Así, a lo largo de tres años, tanto la burocracia civil
29 Debe tenerse en cuenta que había cerca de 7000 operarios en la fábrica; Deans-Smith
(1992), p. 176.
50 Éste también fue el caso del factor de tabacos de la ciudad de Córdoba, en la Intendencia
de Veracruz, que entregó 43 267 pesos “colectados de los individuos de aquella administra
ción y de varias Justicias de aquel Distrito que han cobrado de sus vecindarios”, agn, Donativos
y Préstamos, vol. 17, f. 159.
31 Sin embargo, debe indicarse que en los primeros meses del donativo se hizo un esfuerzo
importante por obtener fondos de hacendados nobles y de algunos comerciantes y mineros. Por
ejemplo, el conde de Rábago donó 10000 pesos y 1 200 cargas de trigo (con un valor de 14955
pesos) y mil caballos; el Conde de Santa María de Guadalupe del Peñasco, 2000 pesos; el Marqués
de Selva Nevada 900 pesos; y la Condesa de San Mateo Valparaíso 2000 pesos, entre muchos
otros. Véanse listas completas en Rodríguez Venegas (1996), anexo 2.
32 En el caso de los peones y esclavos de las haciendas, eran los propios terratenientes los
LAS GUERRAS IMPERIALES Y LOS PRÉSTAMOS NOVOHISPANOS, 1780-1800 109
como la eclesiástica se dirigió a los pueblos rurales y barrios popula
res de las ciudades para recaudar los donativos, exigiendo la entrega de
un peso por parte de campesinos indígenas y otros trabajadores, y dos
pesos por parte de los españoles.33
Al principio se había supuesto que la recaudación podría efectuarse
con gran rapidez, pero en la práctica tardó mucho más tiempo de los
cuatro meses previstos por la dilatada y montañosa geografía del vi
rreinato, por la lentitud burocrática y, no infrecuentemente, por la
dificultad en extraer dineros de comunidades rurales en condiciones
de extrema pobreza. Por ello, el completar las entregas de donativos de
centenares de haciendas y millares de ranchos y pueblos tardaría unos
tres años (véase el apéndice 3-1).
Una de las primeras noticias de la recaudación rural data de mayo
de 1781 de la Hacienda de San Nicolás Coatepeque, en la jurisdicción de
Texcoco, próxima a la capital. Allí, los trabajadores de mayor jerarquía
pagaron dos pesos cada uno, incluyendo al mayordomo, el milpero, el
caporal, el maestro de escuela, el herrero, el aviador, el mulero y el va
quero. Por su parte, a cada uno de los trabajadores más humildes, in
cluyendo a los pastores, albañiles y peones (casi todos los cuales eran
designados como indios) se le quitó un peso de su “raya” (pago men
sual) en calidad de donativo.
Algo distintos eran los procedimientos utilizados en las repúblicas
de indios, ya que se requería la colaboración de las autoridades loca
les, tanto de los curas como de los gobernadores indígenas.34 Por
ejemplo, en agosto de 1781, el comisionado enviado a recolectar el
donativo en el pueblo de Tlocotepec en la Intendencia de Veracruz,
refirió que había acompañado al cura parroquial a una reunión con el
gobernador y alcaldes de la comunidad indígena a quienes se les ex
plicó las condiciones bajo las cuales “se les señala a los Indios para que
contribuyan a Su Majestad con el peso asignado del Real Donativo”.35
responsables de entregar el donativo. La correspondencia al respecto con listas detalladas de
contribuciones se encuentra en agn, Donativos y Préstamos, vols. 1-33, passim. Para comentarios
véase Manchal (1990).
33 En la práctica es difícil determinar exactamente qué significaba la expresión de españoles
para la real hacienda ya que, en la práctica, no se refería solamente a las clases propietarias sino
que incluía a blancos (españoles o criollos) relativamente pobres y mestizos con puestos de tra
bajo especializados en haciendas y minas.
34 Hacia 1800 existían unos 4000 pueblos indígenas (repúblicas de indios) en el virreinato
que tenían que pagar tributo y participar en el donativo. Véase el excelente y detallado estudio de
Tanck (1998), cap. 4.
33 agn, Donativos y Préstamos, vol. 21, f. 74.
110 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
Este ejemplo queda corroborado por un estudio de Natalia Silva
Prada, quien señala que se utilizaban con asiduidad las listas de tribu
tarios indios, siendo cobrado el donativo por los mismos gobernado
res, corregidores y alcaldes mayores que habitualmente cobraban el
tributo, aunque también solía participar el clero:
Lo primero era congregar en los días festivos a las repúblicas en los “tecpan”
o casas de comunidad donde se comunicaba el pedido real a los represen
tantes de las respectivas repúblicas. También se visitaron lugares de tra
bajo como los obrajes en donde vivían los tributarios “vagos”. En las repú
blicas de indios, los gobernadores deberían nombrar dos alcaldes oficiales
para que colectaran lo correspondiente en sus respectivos barrios, y lo
mismo debían hacer los dueños de las oficinas, veedores de gremios y
recaudadores interventores, asentando en un libro las listas formadas con
el nombre de cada individuo donante. La verificación de las recaudacio
nes, es decir, el control, quedó en manos de corregidores y de curas.36
Sin embargo, en los distritos más alejados, la recaudación se pro
longó durante largo tiempo, siendo obstaculizada no sólo por las dis
tancias sino, además, por la pobreza aguda de muchos de los pueblos
campesinos. Tres años después del inicio de la campaña del donativo,
en septiembre de 1784, el teniente de alcalde mayor de Xiliapam, en
la provincia interna de Sonora, presentó un informe sobre su visita a
pueblos de los indios pames y sus tratos con “el señor caudillo” de la
población, quien se encargó de transmitir las instrucciones reales. No
obstante, los indígenas en esta región estaban en tal estado de penu
ria que no podían hacer entrega de un peso, sino de apenas cuatro
reales por vecino. El funcionario agregó que muchos de los habitantes
hicieron entrega de su donativo pero otros no pudieron, “no habien
do en ellos morosidad alguna, pero lo que responden es que se hallan
bastantemente insolventes l...]”.37
Puede observarse que fue variable el éxito alcanzado en obtener
fondos de cada pueblo del virreinato, dependiendo del tipo de pueblo
o del grupo social al que se le exigía la contribución. En algunas zo
nas, los funcionarios utilizaban una clasificación por castas que resulta
ilustrativa de las jerarquías y diferencias socioétnicas de la sociedad
colonial novohispana. En Zimatlán, por ejemplo, se aplicó el donativo
36 Silva Prada (1995), p. 15.
37 agn, Donativos y Préstamos, vol. 21, exp. 20, f. 300.
LAS GUERRAS IMPERIALES Y LOS PRÉSTAMOS NOVOHISPANOS, 1780-1800 111
a los jefes de familia de acuerdo con cinco categorías: españoles que
pagaban dos pesos cada uno, y mestizos, castizos, mulatos e indios
que pagaban un peso. Es interesante observar en las listas de donan
tes de Zimatlán que los españoles, mestizos y castizos (un total de 207)
estaban concentrados en cuatro pueblos mayores (cabeceras), los mu
latos (105) en cuatro haciendas y trapiches, mientras que los 3840 in
dios se encontraban repartidos en un amplio espectro de 46 pueblos
con sus rancherías, y en tres haciendas y dos trapiches.
Los métodos utilizados para convencer a la población de la impor
tancia del donativo fueron variados y, aunque se suponía que debía
prevalecer un sentimiento de lealtad hacia el rey, es evidente que in
cidía mucho el celo de los funcionarios en extraer recursos, en algunos
casos movidos por el deseo de obtener un ascenso en el escalafón
burocrático-político. En algunos casos donde se enfrentaban proble
mas para la recaudación, los oficiales reales se apropiaban de los fon
dos acumulados en las cajas de las comunidades. En otros casos, los al
caldes amenazaron a los indios con castigos. Como señala Silva Prada,
en la jurisdicción de Maravatío dos repúblicas de indios acusaron al
alcalde de haber transgredido el espíritu de la Real Cédula al exigir el
donativo a “las doncellas, viudas y viejos, conminando a los demás con
amenazas y aparatos de ejecución”.38
Aquí se observa con nitidez el carácter coactivo del donativo en tan
to éste era considerado esencialmente como un requisito fiscal forzoso
que obligatoriamente debían cumplir todos Iqs súbditos del monarca
español. No obstante, los donativos no eran los únicos instrumentos
de financiamiento extraordinario adoptados en esos años en la Nueva
España.
Los préstamos de 1781-1783:
LA COLABORACIÓN FINANCIERA DE LA ÉLITE NOVOHISPANA
Si bien el donativo para la guerra contra Inglaterra constituyó un aporte
importante para la Corona, alcanzando más de 800000 pesos, era infe
rior en importancia a las sumas recaudadas por cuenta de préstamos
de los sectores acaudalados de la sociedad novohispana (véase el
cuadro m.i). Al igual que los donativos, debe tenerse presente que los
préstamos no eran inéditos en la historia novohispana pero, sin duda,
38 Silva Prada (1995), p. 10, quien cita el agn, Donativos y Préstamos, vol. 24, fs. 252-255.
112 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
aquellos ratificados en 1781-1783 fueron de mayor trascendencia y su
instrumentación más compleja que en decenios anteriores.39
En otras épocas, los préstamos requeridos a diversas corporaciones
de la Nueva España habían proporcionado cantidades relativamente
importantes al tesoro real, sobre todo en ocasiones de conflictos béli
cos. Por ejemplo, en 1706 (época de la guerra de la sucesión españo
la) un centenar de miembros del Consulado de México aportó un
total de 903000 pesos para financiar a los ejércitos en la metrópoli.40
En 1727 los comerciantes mexicanos volvieron a apoyar a la monar
quía, reuniendo un millón de pesos para la guerra que llevaban a cabo
los españoles contra los ingleses en el Mediterráneo.41 Luego, en 1742,
durante una temprana guerra contra Inglaterra, el virrey conde de
Fuenclara pidió un préstamo del Consulado de Comercio de la ciudad
de México y simultáneamente un donativo religioso con objeto de fi
nanciar la escuadra española y los presidios en el barlovento y para
cubrir algunos gastos de la marina española en el Mediterráneo.42
En el caso del préstamo de 1742 se observa la importancia que po
dían tener las contribuciones de algunos de los hombres más ricos del
virreinato. En total se logró recaudar un monto de 1200 000 pesos, pero
la mayor contribución provino del principal banquero de plata del
virreinato contemporáneo, Francisco de Valdivielso, quien prestó la
impresionante suma de 840000 pesos al rey en 1742, posiblemente el
préstamo individual más grande que registra la historia colonial.43
Sin embargo, no todos los empréstitos eran exitosos como lo ilustra
el caso del préstamo para la defensa del imperio contra Inglaterra,
anunciado en 1765, que resultó un rotundo fracaso, recaudándose ape
nas 75000 pesos en el virreinato al cabo de varios meses.44 Pero la
lealtad y generosidad de los más ricos novohispanos volvió a ratificar
se en 1778 cuando el virrey Bucareli solicitó apoyos para la campaña
de rearme naval cuyo objetivo principal era impulsar la construcción de
39 La investigación más completa de los préstamos por cuenta del Consulado de Comercian
tes de la ciudad de México en los siglos xvn y xvin es la de Guillermina del Valle Pavón (1997).
40 agn, Archivo Histórico de Hacienda, vol. 213, exp. 9; véase la correspondencia en vol. 223,
exp. 3, fs. 39-69.
41 Guillermina del Valle Pavón (1997), pp. 117-121.
42 agn, Archivo Histórico de Hacienda, vol. 213, exp. 5.
43 Para detalles sobre los negocios de este extraordinario comerciante-banquero, véase Var-
gas-Lobsinger (1986), p. 615.
44 Para información sobre estos tempranos préstamos y donativos, véanse referencias en Fon-
seca y Urrutia (1845-1853), vol. i, pp. 437-440; Asunción Lavrin, “Los conventos de monjas en la
Nueva España”, en A. Bauer (1986), p. 195; y agn, Consulado, caja 266, exp. 15; caja 300, exp. 8;
caja 301, exps. 3 y 4.
LAS GUERRAS IMPERIALES Y LOS PRÉSTAMOS NOVOHISPANOS, 1780-1800 113
buques de guerra en los astilleros de La Habana. En esa ocasión el vi
rrey recibió diversos préstamos de ricos hombres del virreinato, inclu
yendo una donación descomunal del conde de Regla, el minero más
rico de la Nueva España, para financiar la construcción en La Habana
de dos buques de guerra para la armada española, el Conde de Regla y
el Mexicano, los cuales costaron, posiblemente, 450000 pesos.45
Para obtener estos créditos, la Corona española tradicionalmente
acostumbraba utilizar una combinación de incentivos económicos pero
también políticos y sociales. Por una parte, el hecho de que el rey de
mandara apoyos financieros de sus súbditos más acaudalados se inter
pretaba, sin duda, de manera política: en otras palabras, se entendía
que los privilegios de los que disfrutaban los plutócratas novohispanos
—fuesen terratenientes, mineros o comerciantes— estaban vinculados a
las buenas relaciones que mantuviesen con el gobierno. El adelantar
fondos a la real hacienda en situaciones de emergencia podría garan
tizar dichos privilegios e, incluso, abrir puertas para nuevos negocios
o favores. Pero al mismo tiempo, también era conveniente ofrecer otro
tipo de premios que pudieran reforzar el prestigio social de los do
nantes: nos referimos concretamente a la concesión de títulos nobilia
rios, práctica común en la segunda mitad del siglo xviii. De hecho, se
otorgaron al menos 13 títulos a grandes comerciantes y mineros novo
hispanos en esta época por préstamos concedidos en época de guerra,
fenómeno que reflejaba la persistencia de los valores más añejos de la
sociedad del antiguo régimen.46
La nueva política de endeudamiento adoptada en 1782, sin embargo,
era de mayor complejidad y modernidad que las operaciones anterio
res no sólo por la mayor diversidad de prestamistas, sino asimismo por
las condiciones establecidas como garantía de los empréstitos. En par
ticular, como sugiere el documentado estudio de Guillermina del Valle,
se observan innovaciones importantes en el manejo de la deuda pú
blica colonial desde 1782 por el papel de los intermediarios financie
ros, el Consulado de Comerciantes y el Tribunal de Minería, existiendo
algunos paralelos con la actuación innovadora en España del Banco
de San Carlos que en el mismo año comenzó la emisión de los vales
reales, títulos de deuda pública transferibles, que fungían a la vez como
45 Bobb (1962), p. 114. Regla también donó 300 mil pesos para fundar la importante institu
ción del Monte de Piedad en la ciudad de México: Couturier (1975).
46 Sobre la concesión de títulos nobiliarios en el siglo xviii véase el excelente estudio de Ladd
(1976), caps. 1 y 2.
114 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
papel comercial, papel especulativo y papel moneda. En Nueva Espa
ña, sin embargo, no circularon vales reales en cantidades significati
vas, limitándose el gobierno a entregar certificados (o “escrituras”) a los
prestamistas, garantizando su pago con la hipoteca de los reales ra
mos y con la asignación de determinados rubros fiscales para el pago
de los intereses.47
Aunque apenas comenzaba a crearse un “mercado de capitales” para
títulos de crédito público en el virreinato, éste se desarrolló con bas
tante rapidez al paso que se multiplicaban las transacciones crediticias
privadas de mediano plazo.48 La creciente oferta de capitales en el ám
bito privado se ilustra con particular claridad en un documento de 1782
del Real Fisco de la Inquisición que señalaba:
Porque la abundancia de pesos, originada de la bonanza de minas, y otras
causas, han hecho experimentar cada día muchas redenciones de graváme
nes (amortización de préstamos) [...] Y porque comunidades, tribunales y
archicofradías tienen dinero de sobra para dar a cuantos necesitados lle
gan a pedir [...].49
Al solicitar apoyos para la Corona, por tanto, Mayorga aprovechó
una coyuntura financiera favorable, pero en vez de pedir un préstamo a
rédito, el virrey comenzó aplicando un recurso más tradicional, solici
tando lo que era conocido como suplemento, el cual consistía esencial
mente en un adelanto de dinero (sin réditos) por parte de una serie de
individuos especialmente acaudalados, a ser reintegrado por la real
hacienda en un plazo máximo de dos años. Para obtener este crédito
gratuito y a corto plazo, en marzo de 1781 el virrey ordenó a Pedro de
Cosío, superintendente del Ejército y de la real hacienda de la Nueva
España (figura respetada por los ricos hombres del virreinato por ser
miembro de una de las dinastías mercantiles más antiguas) que re
uniese a los miembros del Consulado de Comerciantes en el Palacio y
47 En los préstamos de 1782-1783 se entregaron escrituras de imposición a los acreedores, ya
que estaban efectuando depósitos irregulares (una inversión a plazo) en deuda de gobierno a
través del Tribunal del Consulado o del Tribunal de Minería. Posteriormente, en el decenio de
1790 se modificaron los términos de los documentos entregados a cambio de nuevos préstamos,
utilizándose en ocasiones la expresión certificados o cédulas, pero no sería hasta 1798 que se
utilizaría ei término acción, evidentemente como sinónimo de lo que hoy conocemos como
“bonos de gobierno”.
48 Señala Guillermina del Valle Pavón (1995), pp. 231-232, que hacia la década de 1780 el mer
cado de capitales de la ciudad de México adquirió mayor dinamismo, presentándose un notable
aumento en la oferta del crédito.
49 Citado en Wobeser (1990), p. 865.
LAS GUERRAS IMPERIALES Y LOS PRÉSTAMOS NOVOHISPANOS, 1780-1800 115
les solicitara préstamos individuales hasta alcanzar la suma de un millón
y medio de pesos, pero sin promesa de pago de intereses.50
Mayorga agregó en su correspondencia que no debía existir incon
veniente para que entregasen los dineros requeridos, ya que debido a
la suspensión de las actividades mercantiles durante la guerra “es indi
ferente a los comerciantes tener sus caudales en sus propias casas, o
suplidas para estas urgencias al rey 51 Cosío informó a Mayorga
que habían concurrido a la reunión la mayoría de los comerciantes
y que, en principio, habían aceptado a efectuar la contribución. Des
pués de la sesión, y a título individual, se le acercaron cuatro de los
individuos que gozaban de mayores fortunas: Antonio Bassoco, mer
cader y alto funcionario del Consulado, prometió entregar 100000 pe
sos por su cuenta para gastos de la guerra; el terrateniente, conde de
Rábago, ofreció mil caballos y seis mil cargas de trigo para la tropa así
como 102000 pesos en metálico; Pedro Antonio de Alies, otro acaudala
do almacenero, prometió 100000 pesos, y Servando Gómez de la Cor
tina (posteriormente nombrado conde de Cortina por los servicios pres
tados a la Corona) ofreció 50000 pesos en plata y mil cargas de trigo
de una de sus haciendas.52
Un resumen global del préstamo sin réditos (suplemento) indica que,
finalmente, tres miembros del gremio de ricos comerciantes hicieron en
trega de préstamos por 100000 pesos, otros nueve por montos de 40000
a 50000 pesos, mientras que los demás proporcionaron sumas meno
res. Pocas semanas después se celebraron sendas reuniones en Xalapa
y Veracruz con el mismo fin. En Xalapa de la Feria se reunieron los
comerciantes en la casa de Felipe Montes, “diputado que fue de la úl
tima flota”, mientras que en Veracruz se celebró una junta presidida
por el gobernador del puerto y varias autoridades de la real hacienda.53
Sus contribuciones fueron menos cuantiosas que las de sus colegas de
la capital, pero ello no resultaba sorprendente teniendo en cuenta que
los comerciantes de la ciudad de México seguían dominando el comer
cio en el virreinato. El total recaudado entre estos tres grupos de ricos
mercaderes alcanzó algo más de la cifra de millón y medio de pesos
que había sido solicitada por el virrey (véase el apéndice 3 2).
50 Sobre Cosío véase Rodríguez García (1985), pp. 72-77.
51 agn, Consulado, caja 306, exp. 7, f. 7.
52 Ibid., f. 10. Bassoco y Alies también recibirían títulos nobiliarios en años posteriores. Para
mayor información sobre las fortunas y trayectorias de estos contribuyentes, véase Ladd (1976),
passim.
53 agn, Donativos y Préstamos, vol. 21, exp. 5, fs. 110-119.
116 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
Un año más tarde, en agosto de 1782, ante la continua sangría finan
ciera causada por la guerra en el Caribe, el virrey resolvió solicitar dos
préstamos adicionales a través de los intermediarios financieros, el Con
sulado de Comerciantes y el Tribunal de Minería (véase la gráfica 111.2),
ofreciendo en esta ocasión una tasa de interés de 5%. En primer lugar,
instó al Consulado de Comerciantes de México a que reuniera un prés
tamo de un millón de pesos a cambio del cual autorizó un aumento
del impuesto de la avería para que esta corporación pudiera cubrir el
servicio de dicha deuda.54 El Consulado no aportó fondos propios sino
que sirvió de intermediario financiero, reuniendo los dineros en el mer
cado de capitales virreinal. Un detallado estudio de Guillermina del
Valle registra todos los inversionistas que colocaron fondos en este
empréstito, entre los cuales se contaban siete miembros del Consula
do, nueve rentistas y hacendados y nueve corporaciones eclesiásticas.55
Seguidamente, Mayorga se acercó al Tribunal de Minería, que agru
paba a los principales dueños de minas del país, exigiendo que buscara
fondos entre sus asociados para completar un préstamo de un millón
de pesos. Los mineros, sin embargo, replicaron que esperaban una se
rie de concesiones a cambio de la entrega del metálico. Señalaron que
ya habían efectuado algunos préstamos recientes (entre ellos 300000
pesos para la construcción de muelles en Coatzacoalcos y 100000 pe
sos en donativo para el príncipe de Asturias) y que no deseaban se
considerase al Tribunal como un banco con fondos inagotables. Ma
yorga accedió a sus peticiones de que se congelara el precio del azo
gue que vendía la Corona y autorizó al Tribunal de Minería a cobrar
cuatro gramos de plata sobre cada marco de plata amonedada en la
Casa de la Moneda con objeto de garantizar el pago de los intereses so
bre el préstamo.56
El Tribunal no tuvo que desembolsar más que una fracción del em
préstito en tanto logró que diversos ricos hacendados, comerciantes,
rentistas e instituciones eclesiásticas suscribieran el grueso del mismo.57
Pero sí se vio obligado a cubrir el servicio de la deuda e ir amortizan-
54 Mayorga informó a Gálvez que a cambio del préstamo había autorizado que el Consulado
cobrara cuatro al millar adicionales a los seis al millar que ya cobraba del impuesto de la avería
y añadió que “cesarán los cuatro al miliar cuando se cancelen las Escrituras que han otorgado del
millón de pesos [...]”. agn, Correspondencia de Virreyes, vol. 131, exp. 1691, fs. 48-49, 6 de julio
de 1782.
55 Guillermina del Valle Pavón (1997), cap. 3, cuadro m.2.
56 Para detalles sobre préstamos de los mineros véase el estudio clásico de Walter Howe
(1949), pp. 84-85, 96, 118-119, 372, 376-379.
57 La lista completa de los prestamistas (que entregaron 890000 pesos) está en el Archivo de
Gráfica III. 2. Administración de préstamos a interés recogidos para la real hacienda
por el Consulado de Comerciantes y el Tribunal de Minería
118 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
do el mismo. Para estos propósitos se vio obligado a disponer de una
parte sustancial de los cuantiosos fondos invertidos en su Fondo Do-
tal, los cuales se debían destinar, en principio, a proporcionar créditos
a la industria minera.58 Sin embargo, como señala Walter Howe: “Las
demandas de la Corona no dejaron fondos disponibles para financiar
las minas y como consecuencia después de 1786 no se pudo lograr este
importante objetivo del Tribunal 59
En total, para esta guerra contra Gran Bretaña, el virrey logró recaudar
840000 pesos por cuenta del donativo entre 1781 y 1784, 1 655 000
pesos (sin réditos) del suplemento de los ricos comerciantes en 1781,
dos millones de pesos a través de los préstamos del Consulado de Co
mercio y del Tribunal de Minería en 1782 y medio millón de pesos de
un préstamo garantizado por hipoteca del tabaco en 1783.60
La información sobre los préstamos mencionados ratifica que exis
tía una considerable disponibilidad de capital en metálico en la Nueva
España, especialmente entre los mercaderes más acaudalados. La ex
plicación de esta situación es variada: por una parte, como señalaba
Mayorga en su correspondencia con el ministro Gálvez, a raíz del des
censo abrupto del comercio exterior durante la guerra, los grandes co
merciantes no tuvieron otra opción que reducir el uso de caudales en
esta actividad, la cual habitualmente absorbía gran parte del metálico
disponible en el virreinato; así, tendieron a aumentar los stocks de
moneda en los almacenes. En segundo lugar, por su tradicional control
de la circulación de la plata, los mercaderes novohispanos disponían de
una extraordinaria liquidez que no cesó en este periodo gracias al alza
de las acuñaciones. En tercer lugar, numerosas corporaciones disfruta
ban de cierta bonanza a principios del decenio de 1780 que facilitaba su
participación en estas grandes operaciones crediticias.61
Minería, Minería, vol. 63, s./exp., fs. 145-146. El Tribunal de Minería tuvo que aportar 110000
pesos para completar el millón del préstamo.
58 Flores Clair (1997) proporciona información sobre los principales acreedores del Fondo
Dotal así como de los créditos que otorgó.
59 Howe (1949), p. 382.
60 Existen algunas pequeñas discrepancias en las cifras totales, dependiendo del documento
consultado. Por ejemplo, de acuerdo con un documento localizado por López Godínez (1993),
pp. 145-148, la suma total del donativo de 1782-1784 en la Nueva España llegó a 887809 pesos,
incluyendo más de 100000 pesos remitidos desde Manila. El documento es algo tardío, está fecha
do en 1793 y se encuentra en agn, Donativos y Préstamos, vol. 28, exp. 8, fs. 105-362. Compárese
con nuestros datos del cuadro iii.i.
61 Pérez Herrero (1981), pp. 335-336, señala: “Un índice indirecto de la liquidez que alcanza
ban los comerciantes de la ciudad de México lo pueden dar los préstamos y donaciones gratui
tas en metálico que durante la segunda mitad del siglo xvin y principios del xix hizo el Consula-
LAS GUERRAS IMPERIALES Y LOS PRÉSTAMOS NOVOHISPANOS, 1780-1800 119
No obstante, también debe quedar claro que prestar fondos a la real
hacienda podía resultar una operación atractiva por la solvencia del
deudor, hecho ratificado por la confianza que los ricos hombres depo
sitaron en el gobierno virreinal. Esta confianza se debía, entre otras
cosas, a los cuantiosos recursos impositivos de los que disponía la ad
ministración colonial. De hecho, es importante notar que, si bien la suma
de préstamos y donativos para la guerra de 1779-1783 fue significativa,
era claramente inferior a los aportes del monopolio de tabaco a la real
hacienda, que (como ya indicamos) proporcionó unos 12 millones de
pesos para este fin.62 Pero, a la inversa, esta opulencia fiscal era preci
samente uno de los factores más importantes para inspirar la confianza
de los inversionistas, pues era con los fondos del mismo ramo del ta
baco que se prometió cubrir una parte de la amortización de los prés
tamos de particulares y del pago anual de intereses durante y después de
la guerra. Ello queda bien reflejado en la documentación de diversos
ramos hacendarlos que confirman el funcionamiento de una política
de crédito público racional y sistemático por la cual los prestamistas
—comerciantes, mineros, hacendados, rentistas y corporaciones colo
niales— recibían sus réditos con regularidad y lograban la devolución
de parte sustancial de sus capitales.63
Este proceso de endeudamiento que impulsó el gobierno virreinal
entre 1782 y 1784 no estaba desvinculado de las reformas financieras
que se habían iniciado desde 1780 al interior de la propia España. Nos
referimos a las nuevas formas de endeudamiento de la Corona espa
ñola, incluyendo las emisiones de “vales reales” que comenzaron en
1781, la creación del Banco de San Carlos (1782), y la progresiva con
tratación de deuda externa en Holanda.64 Dichas reformas constituye-
do al monarca con motivo de subvenir a los gastos bélicos de la Corona. En un ambiente en que
la tónica general era la escasez de circulante, estos comerciantes reunieron enormes sumas en
metálico
62 Deans-Smith (1992), p. 64, cita un informe del contador general de la caja de México de
1788 señalando que en ese año esa tesorería central todavía le debía al estanco del tabaco 14
millones de pesos; sin embargo, de acuerdo con un informe posterior, hacia 1799 se había redu
cido esa deuda a apenas siete millones de pesos.
63 La documentación sobre pagos por parte del Consulado es abundante pero dispersa a lo
largo de los muchos volúmenes del ramo de Consulado en el agn. Deans-Smith (1992), pp. 64-
65, ofrece datos importantes pero incompletos sobre los pagos de capital y réditos por el ramo
de tabacos; por ejemplo, entre 1783 y 1787 se habían pagado más de cuatro millones de pesos
sobre las deudas contraídas desde 1780. Se discute este problema con mayor detalle en Valle Pavón
(1997), cap. 4, quien, sin embargo, señala que después de 1800 la regularidad en el servicio de las
deudas dejó mucho que desear.
64 La mejor descripción y análisis de estas innovaciones en la metrópoli se encuentra en Tedde
(1988 y 1989).
120 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
ron el intento más importante realizado hasta entonces en la monar
quía hispánica por crear un sistema moderno de administración de
deuda pública, incluyendo la creación de nuevos instrumentos de cré
dito y, luego, una caja de amortización de la deuda: todo ello con
objeto de favorecer el desarrollo de mercados más amplios y estables
para títulos de crédito público.65
Estas operaciones sin duda marcaron un nuevo hito en la historia fi
nanciera de la monarquía, pero vale la pena notar que su éxito depen
dió de manera pronunciada de las contribuciones del virreinato de
la Nueva España, las que fueron multifacéticas. En este sentido, debe
hacerse énfasis en especial en dos elementos vinculados entre sí: la
importancia de las remesas de plata mexicana para sostener la emisión
de los vales reales y las aportaciones novohispanas a la creación del
Banco de San Carlos desde 1782.
El envío de caudales novohispanos para sostén directo de las prime
ras emisiones de vales reales en la península lo atestiguan las comuni
caciones oficiales del virrey Mayorga, las cuales confirman que él
había ordenado el traslado de remesas con este propósito, efectuán
dose pagos en La Habana en 1782 y 1783 a agentes de Francisco Ca-
barrús, fundador del flamante Banco de San Carlos, por el considerable
monto de tres millones de pesos procedentes de las tesorerías mexica
nas para apuntalar las emisiones de los nuevos vales reales.66
Al mismo tiempo, las autoridades hacendarías en Madrid solicitaron
a los funcionarios de la administración colonial que buscaran el concur
so de inversores en México que desearan adquirir acciones del mismo
Banco de San Carlos. Al parecer había poco interés por parte de los
comerciantes y mineros novohispanos en esta empresa, por lo que las
autoridades virreinales resolvieron utilizar 134000 pesos provenientes
65 La estrategia financiera del gobierno español adoptada desde 1780 reflejaba los obstácu
los para implantar una reforma fiscal profunda en la península, por lo que los ministros en Madrid
ordenaron no sólo hipotecar diversos ramos reales de ingresos sino, además, recurrir a préstamos
de los fondos de los municipios y de la Iglesia. La innovación crediticia más importante fue una
nueva forma de deuda interna —la emisión de vales reales— por 9-9 millones de pesos (149 mi
llones de reales) en 1780, y por 5.3 millones de pesos (79.8 millones de reales) en 1781: Tedde
(1990), pp. 369 y 380. Las cifras son en pesos de 15 reales vellón; si el cálculo fuese en pesos de
plata mexicanos se debieran calcular en pesos de 20 reales vellón que es la paridad utilizada por
los mayores expertos contemporáneos como Canga Argüelles (1833-1834). Una detallada discusión
de la política de endeudamiento en la metrópoli se encuentra en el excelente estudio de Miguel
Artola (1982), pp. 321-459- Debe complementarse con Tedde (1988 y 1990).
66 Virrey Mayorga a Pedro de Cosío, intendente del Ejército de la Nueva España, 13 de febre
ro de 1782, agn, Consulado, caja 306, exp.7, fs. 6-10. Sobre los pagos con libranzas mexicanas a
Cabarrús a través de La Habana véase Tedde (1987). Estos dineros salieron en buques de guerra
franceses; véase agn, marina, vol. 12, fs. 137-138.
LAS GUERRAS IMPERIALES Y LOS PRÉSTAMOS NOVOHISPANOS, 1780-1800 121
de las cajas de comunidades indígenas para dicho propósito.67 Su
puestamente, los pueblos de indios recibirían una compensación en
la forma de dividendos del banco, pero a pesar de sus reclamaciones
nunca se satisficieron.68
Los DONATIVOS Y PRÉSTAMOS DE 1793 Y 1795
Desde la firma de la paz en 1783 hasta el año de 1793, cuando España
volvió a entrar en guerra, las autoridades hacendarías apenas tuvieron
que recurrir a medidas crediticias extraordinarias, y las transferencias
fiscales (ordinarias) de México para la tesorería de Madrid volvieron a
regularizarse en un promedio de algo más de tres millones de pesos,
al tiempo que continuaban realizándose fuertes remesas al Caribe y a
Filipinas.69 La solvencia del gobierno novohispano era todavía nota
ble, pero pronto comenzó a sufrir una serie de presiones que habían de
probarla seriamente.
Fue a partir del estallido de la guerra con el gobierno revoluciona
rio de la Convención francesa en enero de 1793 que las necesidades
financieras del tesoro español metropolitano se hicieron apremiantes,
por lo que se retornó al expediente de exigir donativos y préstamos
en la metrópoli y en las colonias, pero en una escala aún mayor que la
experimentada en la anterior guerra. La confrontación entre las tropas
de la Francia revolucionaria y el ejército de la monarquía española
duró casi dos años y medio, provocando un enorme incremento en
los egresos militares-de la tesorería de Madrid. Inicialmente, la parte
principal de estos compromisos fue cubierta con impuestos y la emi
sión de deuda en la propia España, pero el sostenido aumento de los
67 El de Calderón Quijano (1962) es el estudio clásico sobre el tema de las inversiones de las
cajas de comunidad en el Banco de San Carlos. También deben consultarse Teresa Tortella (1986)
y Tedde (1988), cuadro n.r>. Por su parte, Tanck (1998), cap. 4, señala que en estos mismos años
los funcionarios también consiguieron que las cajas de comunidad indígenas novohispanas in
virtieran 98187 pesos en la igualmente flamante Real Compañía de Filipinas.
68 El desprecio por los indios se encuentra finamente documentado en la opinión de Antonio
de Alzate sobre la inutilidad de informar a las comunidades indígenas del resultado de sus inver
siones. En 1789 este funcionario ilustrado afirmaba: “¿Qué importa a los indios que se publique
que sus caudales han utilizado (sic) tanto o cuanto en el Banco Nacional si ellos ignoran que hay
tal Banco y tan inútiles les son las utilidades (de su capital) como los principales?” Citado en Tanck
(1998), cap. 4.1
69 En los años de 1785-1789, las sumas de “remisibles” de la Nueva España (básicamente so
brantes del ramo de tabacos) fueron cuantiosas: 11775496 pesos entre 1785 y 1789, de acuerdo con
Fonseca y Urrutia (1845-1853), apéndice, cuadro 3.
122 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
gastos bélicos provocó déficit metropolitanos que solamente pudieron
ser saldados con nuevos aportes americanos.70
La demanda más perentoria del gobierno español era por metales
preciosos, esenciales tanto para asegurar la paga de la tropa como para
cubrir las deudas de la real hacienda; los soldados y los acreedores que
rían plata contante y sonante, pero ésta escaseaba en la península. Di
cha situación se agravó a partir del conflicto con Francia que abrió las
puertas a una amplia gama de especulaciones, reduciendo las posibi
lidades que tenía la real hacienda de localizar metálico. Como lo sugie
re el extracto de un informe reservado del Banco de San Carlos, la fuga
de capitales de España desde 1793 fue enorme:
La desconfianza ha separado mucha de la circulación por lo que yace es
condido en la ociosidad: las extracciones fuera del reyno por el comercio
y por el contrabando han sido, y continúan siendo, quizás tanto o más quan-
tiosas que las importaciones (de plata) de Indias: la entrada y larga man
sión de los exércitos españoles en el territorio francés no pudo menos de
dar amplia salida a incalculables sumas; y por último la naturaleza misma
de la guerra actual abre infinitos canales y conductos por donde corre y por
donde se escapa el dinero de la nación.71
Los triunfos iniciales de la tropa española fueron seguidos por de
rrotas, obligando a la Corona a solicitar apoyos financieros urgentes de
sectores acaudalados de la propia península. Pero en este propósito
tuvo un éxito limitado ya que, por ejemplo, en el año de 1793, solamen
te los cargadores de Indias del comercio de Cádiz respondieron posi
tivamente a la solicitud de aportar fondos para la guerra, entregando
un millón de pesos plata a cambio de una serie de concesiones impo
sitivas. Que los demás comerciantes españoles hayan sido renuentes a
contribuir posiblemente se explique por su temor a nuevas ofensivas de
los ejércitos jacobinos y la posibilidad, incluso, de la capitulación de la
monarquía española.
La aguda escasez de fondos en la metrópoli impulsó al ministro de
70 De hecho, fue a partir de la ejecución del rey francés, Luis XVI, en septiembre de 1792, que
Carlos IV resolvió solicitar un préstamo de 6 a 8 millones de pesos de sus súbditos americanos.
Al recibir la solicitud, el virrey Revillagigedo contestó al ministro de Hacienda, Diego de Gardo-
qui, que se procedería a reunir una nueva cantidad de préstamos en la Nueva España pero que
debía tenerse en cuenta que ya se habían remitido más de 30 millones de pesos a la metrópoli y
a los situados del Caribe desde que había asumido su cargo en 1789. Guillermina del Valle Pa
vón (1997), pp. 219-220.
71 “Informe de la Junta de Directores del Banco de San Carlos sobre los medios para evitar la
pérdida de los Vales Reales”, 1° de noviembre de 1794, ahbe, Banco de San Carlos, leg. 708.
LAS GUERRAS IMPERIALES Y LOS PRÉSTAMOS NOVOHISPANOS, 1780-1800 123
Hacienda Diego de Gardoqui a presionar a los virreyes americanos para
que enviasen la mayor cantidad de caudales posible. De acuerdo con
Artola, del total de tres mil millones de reales recaudados por la tesore
ría metropolitana, entre 1792 y 1796 en la forma de ingresos extraordi
narios casi 30% del total efectivamente provino de América. De la enor
me suma de 842 millones de reales (42 millones de pesos de plata)
enviados desde las Américas, la mayor contribución fue la novohispa-
na e incluía —además de excedentes fiscales— una fuerte cantidad
obtenida a partir de nuevos préstamos y donativos.72
El primero de los préstamos americanos para esta guerra data de
enero de 1793 cuando el virrey de la Nueva España, el conde de Revi-
llagigedo, solicitó a comerciantes, mineros, hacendados, altos funcio
narios y clérigos que aprontaran dineros en forma de un préstamo/su-
plemento (sin réditos) para ayudar a la Corona en sus preparativos de
guerra. En cuestión de apenas seis meses se reunió una suma similar
a los suplementos de 1781-1782 (véase el cuadro m.i). Pero ahora las
autoridades reales tuvieron mayores dificultades para convencer a los
hombres pudientes del virreinato para que entregaran una porción de
sus caudales. La correspondencia con los comerciantes y hacendados
es ilustrativa tanto de las muestras de lealtad como de los recelos que
provocó el empréstito.
Algunos ricos hombres no titubearon en manifestar su adhesión a la
Corona y ofrecieron sumas sustanciales: así, el conde de la Cortina en
tregó 50 000 pesos, el teniente coronel de milicias y rico mercader Fran
cisco Pérez de Sorranez otros 50000, Antonio Bassoco 50000, los socios
de la firma de Iraeta 40000 y Tomás de Acha 25000 pesos, para citar so
lamente los más importantes.73 Sin embargo, otros mercaderes se nega
ron a sacrificarse, aludiendo en general a las dificultades por las que
atravesaban los giros mercantiles. El comerciante Francisco Bazo Ibá-
ñez, por ejemplo, afirmaba:
[...] lo deplorable en los tiempos y decadencia del comercio, me han pues
to en la precisión de invertir el caudal que tenía sin destino, parte en una
72 De acuerdo con las estimaciones de Artola, las medidas extraordinarias implantadas entre
1792 y 1796 estaban compuestas en 5% de aumentos fiscales, 20% de anticipos y donativos va
rios, 47% de la emisión de vales reales y empréstitos externos, y 28% de fondos remitidos de
América. Artola (1982), pp. 404-405.
73 Para una lista de contribuyentes hasta el 28 de junio de 1793 véase agn, Donativos y Prés
tamos, vol. 1, exps. 80-88, fs. 317-324. Debe tenerse cuidado en comparar las promesas de pago
con las entregas efectivas. En realidad, los montos mayores fueron proporcionados por corpora
ciones eclesiásticas.
124 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
hacienda, otra impuesta a réditos, y lo restante en dependencias y efectos
que por la misma causa no se pueden recaudar [...].74
El virrey, urgiéndole a donar una suma significativa, le recordó que
tenía constancia de que para el anterior empréstito Ibáñez había contri
buido con 29 000 pesos y que su casa “no ha experimentado decaden
cia”. Algo distintos fueron los argumentos que ofreció el rico comercian
te y minero Gaspar Martín Vicario, quien comunicaba a Revillagigedo
que en los tres años anteriores había perdido 105 mil pesos en varias
inversiones mineras malogradas, agregando: “El resto de mi caudal
consiste en la existencia de efectos que tengo en mi almacén y en una
tienda; y la situación actual del comercio no sufre que las venda, a
menos que las sujete a un considerable quebranto”.75
Que un importante número de comerciantes se negase a contri
buir al real erario se debía a diversos factores, como lo evidencian las
respuestas al virrey. El motivo más frecuentemente citado era la baja
en las transacciones mercantiles, aunque podría argumentarse que los
años de 1792-1793 no fueron especialmente perjudiciales para el co
mercio novohispano. Sin embargo, debe tenerse en cuenta que desde
la ratificación del decreto de comercio libre en la Nueva España (1789),
los mercaderes del Consulado de Comerciantes de la ciudad de Méxi
co se encontraban expuestos a una mayor competencia, por lo que se
vieron obligados a mantener un mayor nivel de caudales en circula
ción.76 Es más, en numerosos casos los mercaderes afirmaban que
uno de los principales motivos por los que carecían de dinero líquido
era precisamente por tener tantos fondos comprometidos en la compra
de efectos en Europa o en transacciones con Perú y otros puntos de
América. El rico mercader Isidro Icaza, por ejemplo, lamentaba su
imposibilidad de contribuir debido a grandes compromisos que tenía
en “el giro de comercio que yo sigo con el reyno de Perú por Acapulco
[que] demanda anticipadas remesas [...]”.77
74 agn, Donativos y Préstamos, vol. 1, exp. 33, fs. 88-89.
75 La correspondencia con estos comerciantes se encuentra en agn, Donativos y Préstamos,
vol. 1, exp. 4, f. 8, y exp. 33, fs. 88-89.
76 Guillermina del Valle Pavón (1997), cap. 4, sostiene que desde el establecimiento del libre
comercio en la Nueva España en 1789 se dio una mayor competencia de los mercaderes de la ciu
dad de México con los comerciantes de Veracruz, La Habana y otras partes del imperio español,
reduciendo el atesoramiento de plata y obligando a ponerla en movimiento constante. Ello vendría
a reforzar los argumentos de Pérez Herrero (1988), caps. 9 y 10, sobre la mayor circulación de li
branzas (en vez de plata) para financiar el comercio al interior del virreinato.
77 Icaza le comunicó al virrey que la prosperidad de su casa dependía de mantener en “con-
LAS GUERRAS IMPERIALES Y LOS PRÉSTAMOS NOVOHISPANOS, 1780-1800 125
Otro tipo de justificación de los grandes propietarios consistía en
señalar las grandes cantidades que tenían invertidas en haciendas ga
naderas, trigueras y de azúcar, como se observa en la corresponden
cia de las autoridades virreinales con los ricos terratenientes Juan de
Oteyza, el marqués de Inguanzo y el conde de Medina y Torres.78 Por
su parte, Gabriel de Yermo, comerciante y hacendado, quien posterior
mente había de ser un actor político de primer orden, le comunicó al
virrey que había incurrido en cuantiosos gastos en sus haciendas en
Cuernavaca y en un nuevo trapiche que acababa de adquirir, lo que le
impedía efectuar contribuciones importantes al gobierno. Por otra parte,
señalaba que la mayor parte de sus capitales líquidos estaba compro
metida en negocios vinculados con la exportación de azúcar y en la
importación de tejidos europeos que había pedido a sus corresponsa
les en Cádiz y Santander.79
La correspondencia con los individuos más acaudalados reflejaba la
heterogeneidad de sus fortunas, lo que parece confirmar la hipótesis
de Pérez Herrero sobre la diversificación de las inversiones de los
grandes comerciantes novohispanos, especialmente desde 1780, colo
cando capitales en minas, haciendas, y bienes raíces urbanos —además
de sus inversiones tradicionales en el giro mercantil—. En efecto, para
los mercaderes resultaba necesario adoptar estrategias para asegurar
sus caudales en una época de fuertes cambios en la economía virreinal
causados por guerras internacionales, fluctuaciones agudas del comer
cio, reformas administrativas y fiscales del régimen borbónico y, tam
bién, por la evolución dispareja de los distintos sectores productivos y
comerciales en la Nueva España.80
Pero la renuencia de un considerable número de ricos hombres a
contribuir al préstamo reclamado también puede haber sido conse-
tinuo movimiento” sus capitales, lo que impedía que dispusiera de ellos en esa coyuntura. De
manera similar, su colega, el comerciante Juan Dosamantes, hacía hincapié en la gran cantidad
de efectos que tenía consignados “tierra adentro [...] en esta capital y en el puerto de Veracruz”.
agn, Donativos y Préstamos, vol. 1, exp. 3, f. 7 y exp. 29, f. 75.
78 Medina y Torres lloró pobrezas, comunicando al virrey que desde 1786 sus numerosas ha
ciendas andaban mal y que en el año anterior había tenido que gastar 80000 pesos en maíz para
alimentar a sus sirvientes (trabajadores permanentes en los cascos de las haciendas), por lo que tuvo
que buscar algunas nuevas hipotecas sobre sus tierras, agn, Donativos y Préstamos, vol. 1, exp. 12.
79 El virrey, decepcionado con la respuesta de Yermo, le comunicó que informaría al rey de
su negativa a contribuir, agn, Donativos y Préstamos, vol. 1, exp. 38, f. 101.
80 Pérez Herrero (1988), cap. 9, argumenta que la inversión en minas constituyó uno de los
mecanismos que adoptaron los comerciantes del Consulado para mantener su monopolio de la
circulación de plata a pesar de los intentos de la Corona por limitar su control sobre esta faceta
clave de la actividad económica del virreinato.
126 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
cuencia del hecho de que el “suplemento” solicitado por Revillagige-
do no ofrecía el pago de réditos, lo que indicaría que un buen número
de los capitalistas novohispanos no estaba dispuesto a arriesgar sus
fondos sin premio. De hecho, en la mayoría de las subsiguientes ope
raciones de crédito, la administración colonial tuvo que ofrecer réditos
y garantías fiscales más seguros, amén de una serie de reconocimien
tos y/o concesiones especiales, incluyendo el otorgamiento de títulos
nobiliarios a algunos de los mayores prestamistas.81
Las nuevas modalidades adoptadas posteriormente sugieren una cre
ciente complejidad en el funcionamiento de los mercados financieros
en el virreinato, fenómeno soslayado en la historiografía tradicional.
Ilustrativo de las innovaciones adoptadas en el terreno financiero fue
ron las gestiones del virrey Revillagigedo en 1793 para convencer tanto
al poderoso Tribunal de Minería como al Consulado de Comercio para
que sirvieran de intermediarios en dos empréstitos a rédito de un millón
de pesos cada uno.
En ambos casos se esperaba que estos organismos sirvieran de
intermediarios financieros (bastante similar a un mercbant bank) en
cargándose de buscar inversores individuales que estuvieran interesa
dos en colocar capitales en los préstamos al gobierno. No obstante, sus
funciones eran más complejas, ya que el Consulado y el Tribunal de
Minería también fueron encomendados a cubrir el servicio de la deu
da en el futuro, utilizando determinados recursos fiscales para el pago
futuro de los intereses, lo que reflejaba la imbricación de lo público y
lo privado en el régimen corporativo del antiguo régimen.82
Las negociaciones con el Consulado de Comerciantes de la ciudad
de México fueron difíciles, pues como señala Guillermina del Valle:
El 8 de marzo de 1793, un día después de que la Convención Francesa de
clarara formalmente la guerra a España [...] el Consulado notificó a Revilla
gigedo que sólo había logrado reunir 527 000 pesos con grandes dificultades.
81 El otorgamiento de títulos de nobleza a comerciantes como Antonio Bassoco o Pedro
Antonio de Alies es descrito en Ladd (1976), passim. Otros premios podían consistir en el
nombramiento de cargos de oficiales de milicias. Para las tasas de interés véase nuestro cua
dro III.2.
82 El modelo básico para la colocación de capitales ya había sido ensayado con éxito desde
1782-1783. Ahora se le ofreció a cada Tribunal un recurso impositivo para garantizar el servicio
de las nuevas deudas: 5 al millar sobre la avería al Consulado y un porcentaje de la acuñación al
Tribunal de Minería. La investigación más detallada sobre el funcionamiento de este tipo de inter
mediario financiero colonial es Valle Pavón (1997), caps. 3 y 4. Para algunas comparaciones con
el Perú véase Quiroz (1993).
LAS GUERRAS IMPERIALES Y LOS PRÉSTAMOS NOVOHISPANOS, 1780-1800 127
Varios particulares y comunidades habían franqueado 309 200 pesos, a los
que sumaban 218000 pesos que había entregado la real Audiencia l...].83
Posteriormente, las autoridades en Madrid le indicaron a Revillagi-
gedo que se requerían sumas adicionales, instándolo a hipotecar tanto
los ramos de la real hacienda para poder apropiarse de los “capitales
de obras pías, mayorazgos, capellanías, cajas de comunidades de in
dios [...]”, así como “préstamos de los sujetos acaudalados, bajo los
justos premios en que se convenga”. Sin embargo, el virrey tuvo que
notificar al ministro de Hacienda, Gardoqui, que los recursos del virrei
nato ya no daban abasto.84
Mayor suerte tuvo el marqués de Branciforte, quien asumió el cargo
de virrey en julio de 1794, logrando llevar a cabo negociaciones exito
sas tanto con el Consulado como con el Tribunal de Minería para obte
ner otros dos préstamos adicionales por un millón de pesos cada uno,
es decir, la misma cantidad que los del año anterior.85
Al principio, el Tribunal de Minería se resistió a aceptar la solicitud
de Branciforte, señalando que la real hacienda no le había devuelto la
mayor parte del ya añejo préstamo de 1782, pero al final accedió a dar
dinero bajo la condición de poder recaudar algunas partidas adicionales
de la Casa de la Moneda y con la promesa de que no se elevaría el pre
cio de la pólvora, esencial para los trabajos en las minas.86 Así, el Tribunal
cumplió con las solicitudes de apoyo financiero que presentó el virrey,
pero como señala Flores Clair, ello redujo drásticamente los créditos
otorgados a los empresarios mineros, ya que “en realidad una gran par
te de sus recursos fue destinada a cubrir las penurias de la Corona”.87
A pesar de la dificultad para negociar las condiciones de estos nuevos
empréstitos con las corporaciones novohispanas en 1793 y 1794, ello
no implicaba que se hubiesen agotado los fondos disponibles en los
mercados financieros locales. En este sentido, conviene hacer hin
capié en la mayor operación crediticia de la época, que fue el présta-
85 Valle Pavón (1997), p. 229.
84 Revillagigedo se basaba en los informes de los funcionarios Luis Gutiérrez y Juan de Axandoy
al 28 de junio de 1793, indicando que ya se habían recogido 3559000 pesos del suplemento de
ricos hombres y de sendos préstamos del Consulado de Comercio y el Tribunal de Minería, agn,
Donativos y Préstamos, vol. 1, exp. 88, f. 319.
85 El hecho de que Branciforte fuese cuñado de Manuel de Godoy, favorito de Carlos IV,
puede haber influido en dichas gestiones. Valle Pavón (1997), cap. 4.
86 Howe (1949), pp. 376-378. Debe notarse que en realidad el Tribunal sí había logrado la
devolución de tres cuartas partes del viejo préstamo de 1782.
87 Flores Clair (1997), p. 33-
Cuadro III. 2. Principales préstamos recaudados en la Nueva España
para la Corona española, 1782-1802*
Monto prestado Tasa Garantías Agente
A ños (en pesos) de interés (%) fiscales** financiero
1781-1784 1655415 Suplemento sin Real hacienda
interés (devolución
en tres años)
1782 1000000 5 4 al millar Consulado
de avería de Comercio
1782 1000000 5 9 g por
marco de plata
Casa de Moneda
1783 523376 4 Monopolio del Real hacienda
tabaco y renta
de alcabalas
1786 150000 5 Consulado
de Comercio
1790 100000 5 Tribunal
de Minería
1792-1794 1559000 Suplemento sin Real hacienda
interés (devolución
en dos años)
1793 1000000 5 Aumento del Tribunal
5 al millar de Minería
de la avería
1793 1100000 5 3 g de Consulado
marco de plata de Comercio
Casa de Moneda
1794 1000000 5 Tribunal
de Minería
1794 1000000 5 Consulado
de Comercio
1795-1802 7172264 5 Monopolio Tribunal
del tabaco y Consulado
1798 496366 Sin réditos
pero con reintegro
1798 500000 5 3 g de Tribunal
marco de plata de Minería
Casa de Moneda
* Virtualmente todos los préstamos estaban destinados a suplir gastos de las diversas guerras
de la Corona española, incluyendo en algunos casos situados para el Caribe. (Véase el apéndice
3.2 para mayores detalles.)
•* La mayoría de los préstamos y suplementos llevaba la hipoteca de las reales rentas como
garantía de la devolución del capital. En esta columna se consignan solamente los ramos especí
ficos que se señalaban para pago de intereses de los préstamos a rédito.
*** En principio éste era un donativo; sin embargo, aparece como préstamo en parte de la
documentación.
Fuentes: véanse las citadas en el cuadro m.i.
LAS GUERRAS IMPERIALES Y LOS PRÉSTAMOS NOVOHISPANOS, 1780-1800 129
mo del tabaco realizado a partir de 1795 y hasta 1802, produciendo más
de siete millones de pesos para la tesorería. Este empréstito había sido
ratificado en 1795 bajo instrucciones del ministro de Hacienda en Es
paña, quien solicitó un gran crédito de 15 millones de pesos (300 mi
llones de reales) a promoverse entre los contribuyentes novohispa-
nos, ofreciendo la hipoteca del tabaco como garantía para el pago de
intereses sobre los fondos recibidos.88
Una faceta de este préstamo que debe señalarse es que ahora se
recurrió simultáneamente al influyente Consulado de Comerciantes
de la ciudad de México y al Tribunal de Minería para que sirvieran de
intermediarios financieros para recoger, cada uno, un mínimo de tres
millones de pesos de rentistas particulares. A cambio de los dineros
prestados, los prestamistas recibirían unos títulos denominados escri
turas de caución con hipoteca de la renta del tabaco, tras recibir la co
rrespondiente certificación de entero que indicaba el monto y la fecha
de la entrega de los caudales a las oficinas de real hacienda.89 (Véase
detalle en el apéndice 3 2.)
Con estos documentos, los acreedores del gobierno estaban autoriza
dos a cobrar intereses de 5% anual, los cuales se cubrieron puntualmen
te durante varios años. El Consulado quedó encargado de supervisar
el pago de los intereses con fondos del ro del tabaco.90 En el primer
cuatrimestre de 1798, por ejemplo, el Coamnsulado presentó una lista
de los pagos efectuados a 94 acreedores. Entre los mayores se incluía
al marqués del Apartado, rico minero, que había colocado 200 000 pe
sos en este préstamo, varias capellanías de Guadalajara con 344000
pesos, al comerciante Antonio Bassoco con 160000, y a la condesa de
88 La cifra de 15 millones de pesos era el máximo deseado. En la práctica se reunieron algo
más de siete millones de pesos en la Nueva España entre 1795 y 1802. Esta medida era semejan
te a otras adoptadas en la metrópoli por las cuales se habían hipotecado rentas reales con el fin
de ofrecer la seguridad a los acreedores de que dispondrían de los productos de determinados ra
mos impositivos. Véase Artola (1982), pp. 388-420. Canga Argüelles (1833-1834) consideraba que el
préstamo ratificado en España en 1798 con hipoteca del tabaco fue de los más ruinosos. En cam
bio, el préstamo novohispano se realizó sin grandes dificultades y fue amortizado con cierta re
gularidad hasta 1810.
89 Existe documentación sobre el préstamo de tabaco en diversas fuentes; por ejemplo, véase
agn, Consulado, vol. 312, exp. 8, leg. 4; Donativos y Préstamos, vol. 33, exp. 5, fs. 130-137.
90 Existían algunos paralelos entre las medidas financieras adoptadas en 1795 en la colonia y
en la metrópoli, ya que en ambos casos se solicitó el apoyo de instituciones mercantiles para
la recaudación y administración de los créditos para la Corona. Un ejemplo lo proporciona la
emisión de cédulas por valor de 240 millones en España en 1795 con el apoyo de la poderosa
asociación comercial de los Cinco Gremios Mayores de Madrid, la cual proporcionaba anticipos
al gobierno y, presumiblemente, se encargaba de la colocación de la mayoría de los bonos. La
información publicada sobre esta operación crediticia es incompleta. Véase M. Artola (1982), pp.
404, 412, 416.
130 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
San Mateo Valparaíso con 113000 pesos. Estas sumas eran realmente
considerables para la época y nos hablan de fortunas realmente colosa
les, de extraordinaria liquidez.91
En otras palabras, el Consulado de Comercio cumplió casi religiosa
mente su misión de pagar los réditos a los individuos e instituciones
acreedoras durante al menos los primeros años.92 Aparte de los indivi
duos que aportaron fondos, buena parte de los demás eran instituciones
religiosas de diversa índole: capellanías, conventos, cofradías, cabil
dos eclesiásticos, obispados, colegios y seminarios religiosos, congrega
ciones, etc. A su vez, las cajas de numerosas comunidades indígenas
se vieron precisadas a entregar caudales para el mismo fin.
En resumidas cuentas, el empréstito del tabaco resultó un éxito des
de el punto de vista gubernamental, recogiéndose un promedio anual de
cerca de un millón de pesos desde 1795 hasta 1801 (véase el cuadro iii.i).
A principios de 1803, el virrey Iturrigaray dio cuenta del total entrega
do, que ya superaba los siete millones de pesos, lo cual lo convertía en
la deuda más importante contratada por el gobierno virreinal hasta esa
fecha.
Los DONATIVOS UNIVERSALES Y FORZOSOS DE 1793-1795
Aun cuando los préstamos a interés obtenidos de las clases acaudaladas
constituyeron los instrumentos financieros más importantes y eficaces
para reunir fondos para la real hacienda, tanto Revillagigedo como
Branciforte no dudaron en recurrir al instrumento arcaico del donativo,
el cual seguía teniendo ventajas en tanto no requería la devolución de
los dineros a los contribuyentes. En otras palabras, las autoridades im
periales no se limitaron a demandar dinero prestado de acaudalados
comerciantes, mineros, rentistas y hacendados, sino que simultánea
mente aplicaron medidas coactivas más tradicionales sobre las clases
populares.
91 Si calculamos que los 160000 pesos del comerciante/banquero Antonio Bassoco eran
equivalentes a más de 3 millones de reales se pueden hacer algunas comparaciones con las contri
buciones mayores a préstamos en la España contemporánea. Era extremadamente raro que un
comerciante y aristócrata español de la época aportara este volumen de caudales en un solo
préstamo. Ciertamente, el capital total de las mayores casas mexicanas era superior a las princi
pales firmas bancarias madrileñas; por ejemplo, se puede estimar que en 1808 la fortuna de Bas
soco era superior a 3-5 millones de pesos (70 millones de reales), mientras que el capital del
banquero más pudiente de Madrid, Alvaro Benito, apenas alcanzaba 18 millones de reales. Com
párense datos en Tedde (1983), p. 311, con García Ayluardo (1986), p. 35.
92 Para un listado parcial de los acreedores a los que pagaba réditos el Consulado véase agn.
Consulado, vol. 312, exp. 8, leg. 4.
LAS GUERRAS IMPERIALES Y LOS PRÉSTAMOS NOVOHISPANOS, 1780-1800 131
En 1793, por ejemplo, Revillagigedo ya había sido instruido para
recolectar un nuevo donativo del conjunto de la población novohis-
pana, logrando reunir 460000 pesos de grupos de propietarios y de
diversas instituciones en cuestión de ocho meses, seguido por una
campaña de recolección de donativos en los pueblos campesinos.93
En 1795 Branciforte volvió a la carga, exigiendo otro donativo del con
junto de la población novohispana.94 La recaudación fue más rigurosa
que en años anteriores, extendiéndose no sólo a los pueblos sino a la
mayoría de las haciendas, minas y gremios del virreinato.
En la ciudad de México, por ejemplo, se aplicó el donativo a los gre
mios de artesanos que contribuyeron con un total de 5 267 pesos: apor
taron sumas variadas —en general dos pesos per cápita— los gremios
de carroceros, cereros, confiteros, hiladores de seda, maestros sastres, za
pateros, herreros, sombrereros y tintoreros.95 Asimismo participaron los
algodoneros, talabarteros, caldereros y lozeros e, incluso, colaboraron
los cómicos, bailarines y músicos del Teatro del Real Coliseo, ofreciendo
entregar el dinero recibido de varias funciones para este propósito.96
Al mismo tiempo, los altos funcionarios de la administración virrei
nal giraron instrucciones a los oficiales del Ayuntamiento de la ciudad
de México para que recaudaran sumas (en general pequeñas) de los
habitantes en cada barrio. De nuevo, las contribuciones variaban mu
cho de acuerdo con la posición social: en la Plazuela de las Vizcaínas
una contribuyente próspera ofreció 25 pesos mientras que otros (cla
ramente pobres) no pudieron proporcionar más que dos granos; en la
Calle de las Ratas (sic) el promedio era de uno a cuatro granos mien
tras que en el Callejón de Dolores las cifras fluctuaron entre uno y 29
granos.97
Relativamente cuantiosas fueron las sumas ofrecidas por los secto
res urbanos, pero aún más notable fue el volumen de las contribuciones
93 Para las sumas de la recaudación entre los sectores adinerados en 1793 véase agn, Dona
tivos y Préstamos, vol. 28, exp. 7, f. 94. La información sobre el donativo a nivel rural es más
dispersa pero véase, por ejemplo, agn, Donativos y Préstamos, vol. 26, fs. 338-341.
94 La solicitud de Branciforte para recoger el donativo fue publicada en dos ocasiones: el 13
de mayo y el 24 de junio de 1795. agn, Donativos y Préstamos, vol. 30, f. 50. Abundante docu
mentación sobre el donativo se encuentra en el vol. 13 del mismo ramo.
95 Algunos carpinteros daban hasta 20 pesos y algunos hiladores de seda hasta 13 pesos, pero
el promedio estuvo más cerca de dos pesos per cápita. Véanse listas completas de los miembros de
cada gremio y de las cantidades proporcionadas en agn, Donativos y Préstamos, vol. 13, fs. 13-188.
96 Los maestros de las escuelas primarias también entregaron pequeñas sumas, agn, Dona
tivos y Préstamos, vol. 13, f. 326.
97 Un peso fuerte valía ocho reales, y cada real 12 granos. Para datos sobre contribuciones
en distintos barrios de la capital véase agn, Donativos y Préstamos, vol. 13, fs. 274-283.
132 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
de las comunidades indígenas, aunque debe tenerse en cuenta que
estas aportaciones eran básicamente forzosas. El administrador del Juz
gado General de Indios se vanaglorió de los dineros reunidos de pue
blos suburbanos de la capital: “Los Indios de las Parcialidades de San
Juan y Santiago de esta Capital, sus Pueblos y Barrios anexos cuyos
Bienes de Comunidad se administran bajo mi dirección por el Juzgado
General de Naturales [...] donan 10000 pesos”.98
En su mayoría, estos fondos provenían de las cajas de comunida
des, las cuales normalmente disponían de estos dineros para pagar a los
maestros de las escuelas primarias, así como para festividades de la
comunidad.99
También fueron sustanciales las sumas aportadas por los trabajado
res de minas y haciendas. En Guanajuato, por ejemplo, los trabajadores
de 17 minas contribuyeron (forzosamente) con 4396 pesos, los de 26
haciendas proporcionaron casi 2 000 pesos y los trabajadores de la
ciudad 1840 pesos.100 En la mayoría de los casos, los funcionarios
remitieron listas completas de los contribuyentes, con nombre y ape
llido y oficio; en el caso de la ciudad de Guanajuato una tercera parte
del total recaudado provino de la gran mina de La Valenciana, cuyo
administrador incluyó una relación completa de todos los trabaja
dores, los españoles (en general con oficios más especializados) con
tribuyendo con uno o dos pesos, los mulatos un peso y los indios cua
tro reales per cápita.101 El gran total incluyó 137 empleados-trabajadores
(“españoles”) de la empresa minera, quienes contribuyeron como pro
medio dos pesos per cápita, mientras que 1 200 trabajadores mestizos e
indígenas y 140 mulatos aportaron un peso cada uno; finalmente, otros
mil operarios de los niveles peor remunerados de la mina (casi en su
totalidad indios) entregaron cuatro reales cada uno.102
Los dineros de este donativo y de los empréstitos del periodo fue
ron remitidos a España en distintos momentos, conjuntamente con
otras partidas que pertenecían al real fisco.103 En marzo de 1796, al cabo
98 agn, Donativos y Préstamos, vol. 13, f. 348.
99 El carácter forzoso de las contribuciones de las cajas de comunidad se analiza en Tanck
(1995).
100 agn, Donativos y Préstamos* vol. 30, f. 53-
1()1 El total recaudado por el donativo en Guanajuato fue de 7 770 pesos, de los cuales 2 390
provinieron de La Valenciana. El clérigo principal de la villa, sin embargo, informó al intendente
Riaño que la minería estaba en decadencia, agn, Donativos y Préstamos, vol. 30, fs. 50-54.
102 Véanse listas completas con nombre, apellido y empleo en agn, Donativos y Préstamos,
vol. 30, fs. 55-78.
103 El 29 de mayo de 1795, poco después de asumir su cargo como virrey, Branciforte infor-
LAS GUERRAS IMPERIALES Y LOS PRÉSTAMOS NOVOHISPANOS, 1780-1800 133
de un año y ocho meses de ocupar su cargo como virrey de la Nueva
España, el marqués de Branciforte ofreció un informe global al go
bierno en Madrid de los envíos que había autorizado (por cuenta de la
real hacienda) señalando que alcanzaba a la enorme suma de más de
26 millones de pesos en tan corto tiempo: quince millones de pesos en
plata habían sido enviados directamente a la península en los buques
de guerra Conquistador, Santiago la España, San Pedro Alcántara,
Santiago la América y Europa; otros nueve millones fueron remitidos
a los situados de Barlovento y a la escuadra comandada por el tenien
te general Aristazábal; y dos millones cuatrocientos mil pesos fueron
enviados a Filipinas.104
Donativo y préstamos en 1798
Pese a las cuantiosas transferencias de plata remitidas por las tesore
rías de la Nueva España, el fisco metropolitano seguía padeciendo
enormes déficit. La situación se agravó a partir de la nueva guerra
naval con Inglaterra, iniciada a fines de 1796, pero durante medio año
las necesidades de la tesorería general de España pudieron ser cubier
tas de manera conjunta por remesas americanas, recursos fiscales de
la península y la contratación de un empréstito en Madrid y Cádiz por
100 millones de reales.105 No obstante, hacia 1797 el creciente des
equilibrio presupuestal y la escasez de metálico en la metrópoli im
pulsaron una fuerte especulación o “agio” con los vales reales, lo que
provocó una fuerte caída en la cotización de los vales reales e hizo su
mamente costosa toda nueva emisión de los mismos.106
En noviembre de 1797, el funcionario y militar ilustrado, Francisco
mó al rey que había ordenado que las labores en la Casa de Moneda continuaran en días fes
tivos, domingos y en turnos de noche, lográndose acuñar la impresionante suma de tres millo
nes de pesos en menos de un mes, todo con objeto de acelerar las remesas a España, agn, Corres
pondencia de Virreyes, Ia serie, vol. 180, exp. 361, fs. 240-241.
1<>4 agn, Correspondencia de Virreyes, Ia serie, vol. 183, exp. 637, fs. 122-124.
,<)$ Los intentos por obtener fondos a través de créditos de los comerciantes peninsulares re
sultaron un rotundo fracaso. Los Consulados de Cádiz y Madrid, por ejemplo, ofrecieron sendos
anticipos de 15 millones de reales pero bajo condiciones que redujeron el metálico efectiva
mente entregado a una suma irrisoria. Sobre la política financiera a principios de la guerra véase
Merino (1981), pp. 156-158.
*06 para un anáiisis teórico de los orígenes y mecanismos del “agio" con los vales reales
véase el interesantísimo documento reservado del Banco de San Carlos titulado “Informe del
Banco sobre la disminución de la pérdida de los Vales y circulación de las cédulas del Banco”,
Io de noviembre de 1794. ahbe, Banco de San Carlos, leg. 708.
134 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
de Saavedra, asumió el cargo de ministro de Hacienda e inmediatamen
te se dio a la tarea de revisar el estado general de las finanzas de la
monarquía. En mayo de 1798 presentó un plan de medidas extraordi
narias para intentar evitar la bancarrota. Dicho proyecto ha sido alabado
a posteriori por diversos historiadores como un proyecto meritorio y
original, pero resulta significativo que las propuestas de Saavedra apun
taran en primer lugar a la consabida política de tratar de sacar caudales
de América para resarcir las tambaleantes finanzas metropolitanas.107
La primera medida que propuso el ministro fue la de convocar a un prés
tamo patriótico en España e Indias. La segunda consistió en trasladar
caudales de América en buques de guerra, aún a riesgo de que fueran
interceptados por la armada británica. Decía Saavedra:
Mas o menos en todos los parages de América pueden juntarse caudales,
pero particularmente Nueva España ofrece grandes recursos [...] Sería, pues
necesario que sin pérdida de instante se comuniquen las ordenes más es
trechas para juntar caudales en América [...].108
La propuesta de Saavedra referente al lanzamiento de un préstamo
patriótico fue la que más rápidamente pudo instrumentarse y, de
acuerdo con un estudio reciente, cerca de 60% del total de fondos re
caudados entre 1798 y 1800 provino de América.109 El decreto solici
tando un préstamo y un donativo para la guerra fue firmado por el mi
nistro en mayo de 1798 aunque no sería hasta octubre de ese año que
comenzaran a reunirse los donativos en la ciudad de México. Como
era costumbre, los primeros en manifestar su apego al monarca fue
ron los altos funcionarios civiles y eclesiásticos y algunos ricos hom
bres. El virrey Azanza contribuyó 15000 pesos de su propio sueldo, el
obispo de Valladolid remitió 50 000 pesos y el obispo de Puebla entre
gó 20000 pesos. Entre los comerciantes deben citarse las contribucio
nes de Antonio Bassoco por 25 000 pesos en calidad de préstamo y
10000 en la forma de donativo; del marqués del Apartado por 40000
pesos en préstamo y 10000 como donativo; asimismo debe subrayarse
la muy considerable del recién fundado Consulado de Comercio de Ve-
racruz, el cual entregó 100000 pesos en calidad de préstamo.110 Como
reconocimiento de estas contribuciones, se fueron publicando las lis-
107 Véanse los comentarios favorables a la política de Saavedra en Merino (1981), pp. 159-161.
ios véase la Memoria de Saavedra en Canga Argüelles (1833-1834), vol. 2, pp. 183-186.
i°9 Merino (1981), p. 176.
110 Véase la tesis de Matilde Souto Mantecón (1996) en la cual se explica con detalle la
LAS GUERRAS IMPERIALES Y LOS PRÉSTAMOS NOVOHISPANOS, 1780-1800 135
tas de los donantes en el principal periódico del virreinato, la Gazeta
de México.111
Para asegurarse la mayor recaudación posible, el virrey envió cartas
solicitando el donativo a los más diversos cuerpos: cabildos eclesiásti
cos, los provinciales de las órdenes religiosas, el Consulado de Comer
cio y el Tribunal de Minería, los ayuntamientos, las audiencias, los in
tendentes, los comandantes de milicias, los funcionarios públicos y las
diputaciones territoriales de minería. A partir de las listas publicadas,
puede observarse que contribuyeron a este donativo no sólo los sujetos
acaudalados sino virtualmente todos los miembros de la sociedad vi
rreinal. En la capital fueron obligados a contribuir los vecinos (ricos y
pobres) a instancias de los alcaldes de barrio, quienes iban de casa en
casa a colectar los donativos. Al igual que en 1795, entregaron fondos
los miembros de los principales gremios de artesanos, panaderos, curti
dores, tintoreros, sastres, zapateros, talabarteros, carroceros, hiladores de
seda, tejedores de algodón, bordadores y carpinteros, entre otros.112
Los militares y los milicianos de todo el virreinato participaron con
sumas más cuantiosas para este préstamo que en anteriores ocasiones.
El Regimiento de Infantería Fija bajo el mando del futuro virrey Pedro
Garibay, contribuyó con 2 361 pesos, el Regimiento Urbano de la ciudad
de México 7125 pesos, el cuerpo de Caballería Provincial de Queréta-
ro 5 000, el Regimiento de Dragones Provinciales 7 870 pesos, el Regi
miento de Dragones Provinciales de Puebla 4 234 pesos, el Regimien
to de Infantería Fijo de Puebla 10 289 pesos, y así seguidamente a lo
largo de toda la Nueva España.113 Por lo general, los oficiales paga
ban sumas que oscilaban entre 20 y 100 pesos, los suboficiales de cin
co a 20 pesos, y la tropa entre uno y cuatro pesos. También hicieron
aportes importantes los cuerpos de milicias. El 3 de agosto de 1799,
por ejemplo, la Gazeta de México registraba los donativos del Batallón
de Milicias Blancos de Mérida, así como los de la División de Pardos y de
los tres regimientos de Urbanos, Negros Urbanos y Pardos Urbanos.
relación entre los préstamos otorgados por la Corona y la concesión de establecimiento del Con
sulado de Veracruz desde 1796.
1,1 Véanse las listas publicadas en la Gazeta de México desde octubre de 1798 en adelante.
En los últimos volúmenes de 1799 de este periódico hay un largo documento con listas de con
tribuyentes al préstamo y donativo.
112 Para un listado completo de las contribuciones de los gremios de la capital véase agn,
Donativos y Préstamos, vol. 18, fs. 222 y 223.
113 La información sobre las contribuciones individuales e institucionales se localiza en los
suplementos de la Gazeta de México desde noviembre de 1798 hasta septiembre de 1799. Asi
mismo, se encuentra abundante información en agn, Donativos y Préstamos, vols. 2, 14, 15 y 16.
136 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
Para colaborar con el fortalecimiento y aprovisionamiento de las
milicias, numerosos comerciantes y mineros ofrecieron donativos a la
espera de que el virrey les nombrase oficiales de dichos cuerpos, ya
que estos cargos tenían un alto prestigio social. Por ejemplo, en 1798
Ignacio Obregón, “hijo ilegítimo del conde de Valenciana” (el minero
más rico del país) entregó 7 200 pesos “para uniformar y armar a tres
compañías de caballería de su pueblo natal de León”.114 A su vez, ofre
ció una contribución de guerra de 1 500 pesos adicionales por medio
del Tribunal de Minería; en recompensa, el virrey Branciforte lo nombró
capitán de una compañía de milicias.
Los principales contribuyentes a las milicias eran los mercaderes lo
cales. Desde la ciudad de Oaxaca, el comerciante Juan Ibáñez Celorve-
ra envió una carta en la que informaba sobre las medidas adoptadas
por el intendente para recoger el donativo:
Hizo congregar a todos los comerciantes para que cada uno por su parte
contribuyese con la cantidad proporcionada a sus facultades, ya subsir
viendo un donativo gracioso, o ya en calidad de Préstamo [...] Ofrecí dos
cientos pesos, los mismos que entregué en esta real Aduana [...] Haviendo
también contribuido el año pasado tres mil ochocientos pesos para el Ves
tuario y armamento de una Compañía del Batallón de Milicias de esta Ciu
dad, de la que es capitán un hijo mío [...].115
Pero tampoco se quedaban atrás los grandes y medianos hacenda
dos: la marquesa de San Francisco donó 10000 pesos, el marqués de
Inguanzo otros 10000 pesos, el comerciante y dueño de plantaciones
azucareras Gabriel de Yermo, 20000 pesos. En cambio, una de las pro
pietarias más ricas del virreinato, la marquesa del Jaral de Berrio escri
bió al virrey indicándole que sólo podría contribuir con 6 000 pesos
porque “sufrí con la rigurosa seca de este año un considerable que
branto de más de noventa mil cavezas de ganado menor y en mucha
parte del mayor de estas fincas”.116
Al mismo tiempo, los administradores reales extremaron su rigor
con los menos capacitados para pagar: los peones de las haciendas y
los habitantes de las comunidades indígenas. Por ejemplo, en la ha
cienda de Santiago Tetlapayan, en Apan (famosa zona pulquera), el
114 Archer (1983), p. 268.
115 agn, Donativos y Préstamos, vol. 16, f. 22.
116 Ibid., fs. 1-2.
LAS GUERRAS IMPERIALES Y LOS PRÉSTAMOS NOVOHISPANOS, 1780-1800 137
mayordomo aportó 10 pesos mientras que los peones se vieron obli
gados a efectuar contribuciones menores: 12 individuos pagaron cua
tro reales per cápita y 55 entregaron dos reales per cápita.117 El fun
cionario encargado de recibir el donativo en el pueblo de Guaxuapa
en la Intendencia de Oaxaca, por su parte, comentaba algunas de las
dificultades en recaudar fondos de la población más miserable: “Se
ha recojido entre gente muy pobre que no podían señalar ni dar can
tidad particular (un total de) ocho pesos, siete reales, que se juntaron,
dando cada uno de éstos a medio real, otros a real y otros a real y
medio”.118
Desde principios de 1799, los intendentes y subdelegados comen
zaron a juntar el metálico ahorrado por las cajas de las comunidades
indígenas. En marzo de ese año la Gazeta de México comenzó a publi
car este tipo de contribuciones; así consignaba que “los fondos comu
nes de las Repúblicas de Naturales de Xiquilpan donaron 13709 pesos,
de Apacingan 11924 pesos, de Xicayan 7 455 pesos, de Zitáquaro 4 235
pesos, de Orizava 4390 pesos y de Huetamo 12811 pesos”.119
Que el gobierno resolviera disponer de los fondos de los bienes de
las comunidades indígenas era indicativo de que la real hacienda no-
vohispana comenzaba a tocar fondo. Pues los dineros de estas cajas
populares eran no sólo la fuente principal para el pago del tributo in
dígena, sino además una especie de colchón que aseguraba la super
vivencia de los campesinos en épocas de crisis de subsistencias. Esto
era conocido por los funcionarios hacendarios, ya que las exacciones
realizadas sobre las cajas de comunidades para el donativo de 1782-
1784 habían causado serios problemas. Como señala Dorothy Tanck,
dejaron inermes a gran número de pueblos pobres a la hora de la tre
menda crisis agraria y las hambrunas de 1785-1786.120
No obstante, los oficiales de la real hacienda eran impenitentes y
acentuaron el vaciamiento de las cajas de comunidad durante el dece
nio de 1790. El propio Humboldt se mostró indignado con la arbitra
riedad de los intendentes:
Así sucede que ya están acostumbrados (los intendentes) a mirar el dinero
de las cajas de comunidades como si no tuviese destino determinado, que el
1,7 Gazeta de México, ix, 84, suplemento de septiembre de 1799.
118 Para un listado completo de las contribuciones por cada habitante de Guaxuapa véase
agn, Donativos y Préstamos, vol. 15, fs. 86-88.
119 Gazeta de México, ix, 32, 18 de marzo de 1799.
120 Tanck (1998), cap. 4.
138 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
Intendente de Valladolid en 1798 envió a Madrid cerca de 40000 pesos
que se habían llegado a juntar en el espacio de 12 años: diciendo al rey era
un don gratuito y patriótico que los indios de Michoacán hacían al rey como
ayuda para continuar la guerra contra Inglaterra.121
Conclusiones
Los numerosos préstamos y donativos que exigió la Corona a la pobla
ción novohispana entre 1781 y el fin de ese siglo afectaron sucesivamen
te a todos los sectores sociales del virreinato de la Nueva España: comer
ciantes, mineros, hacendados, eclesiásticos, funcionarios de alto y bajo
rango, militares y milicianos, artesanos, peones de haciendas y campe
sinos de las comunidades indígenas. No obstante, puede argumen
tarse que en términos generales, los sectores más acaudalados efectua
ron las mayores aportaciones, lo que reflejaba la considerable riqueza
en metálico de la que disponían las élites propietarias y, asimismo, su
compromiso con el sostenimiento de la administración colonial que ga
rantizaba el statu quo. Más difícil es evaluar la actitud de los sectores
populares respecto a las repetidas campañas de la real hacienda por re
caudar fondos extraordinarios. Puede suponerse que la incidencia de es
tas contribuciones sobre su nivel de vida y sobre el nivel de consumo fue
considerable, pero ello aguarda investigaciones más profundas sobre
esta temática.
En todo caso, es evidente que si bien los donativos y préstamos
constituyeron un importante aporte para la defensa militar del imperio
en sus sucesivas y encarnizadas luchas con Inglaterra y Francia, estas
exacciones también fueron generando problemas serios al interior de
la Nueva España en tanto contribuyeron al endeudamiento del gobier
no virreinal, a la hipoteca de diversos ramos fiscales, a una fuerte pre
sión sobre el sistema crediticio y a una creciente escasez de metálico.
En efecto, puede afirmarse que el cúmulo de préstamos era el reflejo
más nítido de la progresiva extensión de la crisis financiera metropolita
na hacia las Américas. Dicha crisis llegaría a su apogeo con el estable
cimiento de la Real Consolidación en la Nueva España desde fines de
1804, la cual constituyó, en esencia, otro tipo de préstamo forzoso, pero
en escala todavía mayor y con secuelas más graves. Esta medida, que
121 Humboldt, Ensayo político, pp. 70-71.
LAS GUERRAS IMPERIALES Y LOS PRÉSTAMOS NOVOHISPANOS, 1780-1800 139
afectó tanto a la Iglesia como a la gran cantidad de deudores que había
pedido prestados fondos eclesiásticos, habría de convertirse en uno
de los detonadores de la mayor crisis política y financiera del régimen
colonial.
IV. LA IGLESIA NOVOHISPANA
ANTE LA CRISIS FINANCIERA IMPERIAL
Los polos sobre los que rueda la portentosa Monar
quía [.. .1 son los ramos de la agricultura, la minería y
el comercio [...1 En ellos se halla repartido el nume
rario todo de este reino e incorporado en las Obras
Pías. Éstos son la sangre, que circulando por aquellas
arterias en el cuerpo político del reino le conservan
su existencia. Con que extraída de él, por cualquier
conducto, será su ruina inevitable.
Ayuntamiento de la ciudad de México, 18051
ACIA 1800, el gobierno del virreinato de la Nueva España había
H acumulado una abultada deuda, la mayor parte destinada a fi
nanciar las guerras metropolitanas. Una parte de esta deuda, como he
mos visto, fue contratada con base en préstamos reunidos entre las élites
novohispanas: comerciantes, mineros, hacendados y rentistas. Pero la
administración española también obtuvo una gran cantidad de fondos
prestados de la Iglesia, ese multifacético conjunto de instituciones que
ejercía una influencia económica, social e ideológica sin parangón en
la sociedad colonial.
En efecto, si se analizan con detenimiento los recursos reunidos por
el gobierno novohispano en los dos decenios de 1780-1800, se observa
que la Iglesia fue probablemente la corporación que proporcionó la
mayor cantidad de dinero al erario público a través de diversos cana
les, incluyendo transferencias de una parte sustancial de los diezmos,
préstamos directos de conventos, obispados y obras pías, sin olvidar
la entrega al gobierno (hacia fines del siglo) de los sobrantes de una
serie de ricos fondos o ramos vinculados a las actividades o canonjías
que tradicionalmente usufructuaban los distintos sectores religiosos.
Dichas contribuciones financieras llegarían a su apogeo durante los años
de 1805-1808 a raíz de la implantación por el gobierno español de la
1 La copia del extraordinario texto de la representación contra la Consolidación de Vales Reales
entregada por el Ayuntamiento de la ciudad de México al virrey Iturrigaray se encuentra en Suga-
wara (1976), pp. 27-35.
140
LA IGLESIA NOVOHISPANA ANTE LA CRISIS FINANCIERA IMPERIAL 141
Consolidación de Vales Reales en la Nueva España, constituyendo un
nuevo y gigantesco traspaso de capitales (de las capellanías y obras
pías) a la real hacienda.2
La estrecha colaboración financiera entre las instancias eclesiásticas
y el gobierno nos induce a recordar que el Estado en la América espa
ñola (y en la propia España) no era simplemente una instancia de po
der civil sino una entidad bicéfala en tanto se basaba en la alianza se
cular entre Corona e Iglesia.3 Es más, las vinculaciones entre la Iglesia
y el poder civil en el ámbito fiscal y financiero (como en tantos otros
terrenos) hace posible hablar —como lo hace William Callahan— de
una Iglesia Real (Royal Churcb), la cual habitualmente aportaba re
cursos financieros y servicios esenciales a la monarquía.4 Por ello insis
tiríamos en este capítulo que esta alianza aún era eje fundamental del
ejercicio secular del poder político en el imperio español.
Sin embargo, la relación entre ambas instancias (civil y eclesiástica)
era desigual, ya que en términos del ejercicio del poder terrenal, el go
bierno de la monarquía claramente ocupaba un lugar superior e im
plantaba políticas —como la expulsión de los jesuítas en 1767 o, pos
teriormente, la Consolidación de Vales Reales— que revelaban hasta
qué punto los funcionarios civiles podían subordinar a los eclesiásti
cos. Como ha señalado un gran número de autores, el regalismo de la
monarquía borbónica implicaba una clara delimitación entre la admi
nistración real y la Iglesia en las respectivas soberanías sobre las es
feras de lo temporal y lo espiritual. A pesar de ello, durante el siglo xvni
se observó una creciente sujeción de las instancias eclesiásticas a las
civiles.
No obstante, también es importante tener en cuenta que en el domi
nio ideológico, la Iglesia mantenía un enorme prestigio, especialmente
a nivel popular. Y ello ayuda a explicar, a su vez, por qué las autori
dades españolas solicitaban la colaboración activa de las instituciones
eclesiásticas novohispanas en todas las grandes campañas financieras de
la monarquía que se pusieron en marcha a raíz de las sucesivas gue
rras con otras potencias europeas desde 1779 hasta 1814.
2 A pesar de su importancia, los préstamos y donativos eclesiásticos han sido menos estudia
dos que la Consolidación, que cuenta con una abundancia de trabajos. Véanse, por ejemplo, Suga-
wara (1967 y 1976), Flores Caballero (1969), Lavrin (1973), Chowning (1989), Silva Riquer (1989)
y Manchal (1995).
3 Brading (1994), p. 19: “De hecho, en algunas zonas del imperio la Iglesia era el Estado y
sus ministros actuaban como jueces y representantes de la monarquía”.
4 Callahan (1984), especialmente pp. 2-5.
142 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
La Iglesia novohispana accedió a estas demandas, aunque las pre
siones de las autoridades hacendarías para extraer recursos de las
corporaciones eclesiásticas de fines del siglo xvm superaron todo
antecedente histórico. La ofensiva fiscal incluyó una mayor vigilancia
y control de las transferencias a la real hacienda provenientes de diver
sos ramos eclesiásticos —diezmos, bulas, vacantes y medias anatas—,
la remisión a España de fondos de algunos ramos especiales como el
de Temporalidades (que administraba las antiguas propiedades de los
jesuitas), el pago de subsidios eclesiásticos al gobierno, así como una
serie de contribuciones forzosas y/o “graciosas” de las instituciones
religiosas.5
A pesar de las crecientes presiones ejercidas sobre la Iglesia novo
hispana por la Corona, las instancias eclesiásticas no se rehusaron
a colaborar en la recaudación de donativos y préstamos, sino que, al
contrario, fueron actores fundamentales en las diversas campañas para
financiar las guerras de la monarquía. En efecto, si nos preguntamos
por qué los habitantes del virreinato contribuyeron con tanto dinero
(y tan sistemáticamente) a la real hacienda entre 1779 y 1810, no queda
duda de que ello se basaba no sólo en la coacción (que existió) sino
también en la cooperación de grandes franjas de la población con las
autoridades y con el régimen de poder vigente; y esa colaboración de
pendía fundamentalmente de la identificación de los súbditos novohis-
panos con la Iglesia católica.
Pero, cabe preguntar: ¿no sería correcto argumentar que los présta
mos también reflejaban una extraordinaria lealtad de la población
novohispana hacia el monarca español? No parece probable. La situa
ción era más compleja pues, en primer lugar, y como ya hemos visto,
no puede menospreciarse el hecho de que se desplegaran numerosos
instrumentos coactivos en las repetidas campañas de la Corona por
obtener recursos extraordinarios de sus súbditos. Quizá más importan
te, debe tenerse en cuenta que los habitantes del imperio español en
América tenían lealtades diversas y, con toda seguridad, las más fuertes
no eran con el monarca sino con las corporaciones a las que pertene-
5 El estudio reciente más esclarecedor sobre esta problemática es el de Brading (1994), pp. 195-
282. Este autor afirma (p. 210):
En los últimos decenios del gobierno español, las catedrales de la Nueva España se encon
traron en franca oposición a la Corona, cuando ministros y funcionarios trataron de invadir su
jurisdicción y gravar sus ingresos. Los ejemplos más espectaculares de este ataque burocráti
co fueron el intento de arrancar el control del cobro del diezmo a los jueces hacedores, la
imposición de un subsidio eclesiástico a todo ingreso clerical y la amortización de los bienes
de la Iglesia.
LA IGLESIA NOVOHISPANA ANTE LA CRISIS FINANCIERA IMPERIAL 143
cían y, en particular, con la Iglesia. Cuando los curas, obispos y otras
autoridades eclesiásticas pedían a los miembros de la grey que con
tribuyeran con un donativo o préstamo para defender a la monarquía,
los fieles respondían más por interés social y espiritual que por leal
tades políticas o administrativas.6 Lo cual nos obliga a reflexionar, de
nuevo, sobre la verdadera naturaleza del Estado en el antiguo régimen
colonial y la percepción del mismo por los distintos sectores de la
población.
En este capítulo se analiza la compleja red de vínculos fiscales que
unían a la real hacienda con la Iglesia del virreinato. Se revisarán, en pri
mer término, los mecanismos históricos de transferencia de una porción
de los diezmos, así como de otras contribuciones eclesiásticas a las ar
cas reales. Luego, ofreceremos un panorama de los préstamos otorgados
por instituciones eclesiásticas novohispanas para financiar las guerras
de la monarquía, y concluiremos con una revisión de la instrumenta
ción de la Consolidación de Vales Reales en el virreinato en los años
de 1804-1808. En términos generales, debe enfatizarse que estos apor
tes fiscales y financieros fueron los mayores que recibió la Corona de
todas sus colonias americanas, cosa nada extraña teniendo en cuenta
que la Iglesia mexicana era la más opulenta del hemisferio americano
en esa época.7
Las rentas eclesiásticas y la real hacienda novohispana
La mayoría de los estudios recientes que tratan el tema de las finanzas
de la Iglesia en la época colonial tiende a enfatizar la participación
eclesiástica en la economía y, en particular, en el sistema crediticio pri
vado? En cambio, se ha estudiado menos la contribución de las insti
tuciones clericales al funcionamiento del sistema fiscal y el crédito pú-
6 Una importante interpretación reciente que hace hincapié en esta problemática de la rela
ción Iglesia y gobierno, y de las características particulares y complejas de la política en la época
colonial es el estudio de Óscar Mazín (1987), que debe complementarse con Brading (1994).
7 Es difícil hacer una estimación precisa de la riqueza de la Iglesia en las Américas, pero cier
tas tendencias son bastante indicativas. De acuerdo con documentos publicados por Brading
(1994), “Apéndice 1”, los ingresos de la Iglesia novohispana eran equivalentes aproximadamente
al 40% del total de los ingresos de la Iglesia en la América española en su conjunto.
8 El estudio panorámico más importante del crédito eclesiástico para el sector privado en la
Nueva España hacia finales del régimen colonial es el de Wobeser (1994). El análisis cuantitativo re
gional más exhaustivo es el de Cervantes (1993). Otros importantes trabajos son los de Bauer (1983),
Greenow (1983), Lavrin (1985), Calvo (1992), cap. xi, Sánchez Maldonado (1994) y ensayos en
Martínez López Cano (1996); véanse referencias bibliográficas adicionales en Marichal (1990b).
144 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
blico en el México borbónico.9 Nuestro argumento es que el análisis
de las aportaciones complejas y diversas de la Iglesia al real fisco ofre
ce una perspectiva sumamente útil para comprender la forma en que las
corporaciones más importantes compartían el poder con el gobierno
en el antiguo régimen.
Una de las facetas que mejor ilustra esta problemática es el hecho
bien conocido de que existía un sistema de doble imposición (guber
namental y eclesiástico) ya que, al igual que en todas las sociedades
católicas de la época, la Iglesia americana disponía de su propio sistema
fiscal, paralelo al del poder civil.10 Pero en el caso de las colonias es
pañolas en América, el cuadro se torna especialmente complejo porque
una parte de los fondos recaudados por la Iglesia tenía que transfe
rirse a las arcas reales. Ésta era una práctica en Hispanoamérica que
databa del siglo xvi pero que se acentuó notablemente en el último
cuarto del xvni como consecuencia de las reformas borbónicas y los cre
cientes gastos que provocaron las guerras interimperiales.
El sistema fiscal de la Iglesia en América era de gran complejidad,
fincándose sobre la recolección de los diezmos, la venta de bulas, los
ingresos de las capellanías y la gran masa de ingresos parroquiales
cobrados por los curas por la celebración de misas y ritos litúrgicos y
por la administración de sacramentos.11
Para los tesoreros de la monarquía tenían una especial importancia
las transferencias que procedían de los diezmos recaudados por la
Iglesia y, más específicamente, aquella porción conocida como los no
venos reales: en la Nueva España esta categoría fiscal se transfería de
las arcas eclesiásticas a la real hacienda, proporcionando al gobierno
colonial una novena parte (11%) del total de diezmos percibidos por
los eclesiásticos en el virreinato.12 Originalmente —en el siglo xvi— el
9 Trabajos que sí discuten específicamente la contribución eclesiástica a las reales finanzas
son los de Valle Pavón (1996) y Marichal (1989a). También hay información sobre las relaciones
financieras entre Iglesia y gobierno civil en Brading (1994), passtm. La documentación funda
mental sobre la Consolidación de Vales Reales se encuentra en Sugawara (1967 y 1976), y un
estudio penetrante es el de Lavrin (1973).
10 La bibliografía sobre el sistema fiscal eclesiástico es amplia pero dispersa, existiendo pocos
estudios comparados. De interés especial sobre la administración de los diezmos para el caso de
España en el siglo xvm son Anes (1970) y Barrio Gozalo (1982); para el caso de Francia en los
siglos xvi y xvii la tesis de Michaud (1987); para el caso de la Nueva España, Schwaller (1990),
Medina Rubio (1974), diversos trabajos en Bauer (1986), y Sánchez Maldonado (1994).
11 Para una penetrante síntesis véase D. Brading , “El clero mexicano...”, en Bauer (1986),
pp. 136-137.
12 Este 11% era equivalente a lo que la Iglesia definía como dos “novenos”, partiendo de una
ordenanza real general emitida en 1541 y todavía vigente en el siglo xvm. Borah señala que
“con esta disposición, la mitad del monto total de los diezmos debía dividirse en dos partes
LA IGLESIA NOVOHISPANA ANTE LA CRISIS FINANCIERA IMPERIAL 145
propósito de los novenos había consistido en financiar la construcción
de las iglesias catedrales en América, pero posteriormente comenzarían
a canalizarse directamente a las tesorerías de gobierno. Como demues
tran estudios recientes, en el siglo xvm el control y la contabilidad de
la recaudación diezmatorias mejoraron notablemente tanto por par
te de los funcionarios eclesiásticos como de los civiles, lo que hizo
que los ministros de Hacienda españoles les prestaran una atención
especial.13
Los diezmos recaían sobre amplias franjas de la sociedad novohispa-
na, siendo recaudados sobre la totalidad de la producción agrícola-ga
nadera en todas las haciendas y ranchos pero también, en ocasiones,
sobre determinados productos en los pueblos indígenas.14 Para evaluar
su incidencia sobre cada grupo social, habría que elaborar una socio
logía fiscal del diezmo (al igual que en el caso de los impuestos cobra
dos por la real hacienda), tarea difícil, pero que merece ser empren
dida en un futuro no lejano por los investigadores.15 Sólo así podría
aclararse el grado de la creciente presión que el sistema de doble fis-
calidad ejercía sobre los novohispanos.
Hacia fines del siglo xvm, ciertos aspectos del funcionamiento de
este sistema fiscal dual demostraban una creciente subordinación
económica del poder eclesiástico al civil. Nos referimos en particular
al aumento de los novenos y su transferencia a las tesorerías de go
bierno al igual que los dineros reunidos por otros ramos como bulas,
iguales, una para el obispo y otra para el cabildo catedralicio. La otra mitad debía dividirse en
nueve partes iguales, de las cuales dos se reservaban al rey y debían ser recaudadas y gastadas a
su gusto [...]”. Woodrow Borah, “La recolección de diezmos en el obispado de Oaxaca”, en
Bauer (1986), p. 65. Para estudios complementarios sobre este problema en otras regiones del
México borbónico, véanse Sánchez Maldonado (1994), p. 34, y Michael Costeloe (1986), p. 121.
13 La posibilidad para el gobierno borbónico de obtener montos mayores y más regulares de
los diezmos se vinculaba con el creciente control que fueron estableciendo los propios eclesiás
ticos sobre la recaudación de los diezmos, eliminando el arrendamiento a particulares que había
sido la práctica secular. Costeloe señala: “La Iglesia amplió el sistema de recaudación directa y
las áreas arrendadas fueron haciéndose menos hasta que, finalmente, la última fue abolida en
1782”. Costeloe (1986), p. 102.
14 Borah señala: “Como regla general, los indígenas continuaron pagando el diezmo única
mente sobre las cosas de Castilla, si bien la lista se había ampliado del trigo, la seda y los ani
males en el siglo xvi, a todas las plantas y animales del viejo Mundo. Tanto indios como es
pañoles estaban obligados a pagar un diezmo del 10% sobre la sal [...] sobre el azúcar pagaban
5% (...] 4% sobre la miel [...]”. Existían tarifas diferentes sobre el ganado mayor y menor que
pagaban indios y españoles. Borah, “La recolección de diezmos en el obispado de Oaxaca”, en
Bauer (1986), p. 88.
15 Existen varios estudios o recopilaciones cuantitativos de la recaudación de diezmos en
varias regiones del México del siglo xvm como son los de Medina Rubio (1974), Morin (1979),
Rabell Romero (1986) y Espinoza y Florescano (1985). Sin embargo, el único estudio que aborda
con profundidad la compleja sociología fiscal eclesiástica es el de Sánchez Maldonado (1994).
146 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
medias anatas, mesadas y vacantes mayores y menores (véase la
gráfica iv.i).16
De acuerdo con estadísticas fiscales para el conjunto de la Nueva
España, los reales novenos proporcionaron a la real hacienda un pro
medio anual de algo más de 200000 pesos entre 1785 y 1799 (véase
el cuadro iv.i). Estas cifras representaban el total de novenos recibidos
de la arquidiócesis de México y de las diócesis de Puebla, Valladolid,
Guadalajara y Oaxaca, siendo bastante próximos a 11% del promedio
de los dos millones de pesos recaudados anualmente en diezmos por
la Iglesia novohispana en los años para los cuales tenemos estima
ciones relativamente confiables.17
Debido a los gastos crecientes de las guerras imperiales, las autori
dades hacendarías decidieron reorganizar el ramo de novenos desde
1798 con el objeto de permitir que la Corona obtuviera un porcentaje
todavía mayor de los diezmos; un ejemplo de ello (aunque no el úni
co) fue el decreto del 28 de noviembre de 1804 por el cual se obligó
a la Iglesia a pagar al gobierno un noveno adicional con el objeto de
contribuir a la amortización de vales reales.18 A raíz de esta nueva
medida, y de acuerdo con las cifras de la real caja de la ciudad de Mé
xico, el gobierno aumentó su captación, recibiendo aproximadamente
500000 pesos anualmente por cuenta de los diezmos entre 1804 y 1808,
cifra que sugiere que se estaban transfiriendo a la Corona 20 y 25% de
la totalidad de los ingresos eclesiásticos por cuenta de este rubro en
los distintos obispados de la Nueva España.19
16 Hay que tener cuidado al analizar cada tipo de ramo e impuesto, por los que es conve
niente consultar Fonseca y Urrutia (1845-1853); por ejemplo, paralelamente a los novenos, exis
tía otra categoría fiscal similar pero enteramente autónoma que se denominaba diezmos eclesiásti
cos, los cuales debían servir de apoyo a obispados y misiones pobres (por ejemplo, de la frontera
norte), pero que a fines del siglo xvm se transferían directamente a la real hacienda. Fonseca y
Unritia (1845-1853), vol. 1, p. xxxiii.
r El total de diezmos anuales en la Nueva España fluctuaba entre 1600000 pesos y 2 000 (XX)
de pesos entre 1785 y 1810; las estimaciones son de Brading (1994), p. 242; Florescano (1976),
p. 69; y Garavaglia y Grosso (1987a), p. 52. Deben compararse estos datos con los que propor
ciona Stein (1985), p. 191, sobre diezmos en la Nueva España, quien indica que para el dece
nio de 1780-1790 el promedio anual de recaudación de diezmos era de 1 835 382 pesos. Por
su parte, Brading (1994), p. 241, indica que en 1785-1789 la arquidiócesis de México recibía
anualmente unos 544000 pesos por el diezmo, mientras que la diócesis de Michoacán reci
bía unos 336000 pesos, cifra similar a lo recogido en Puebla y superior a las sumas recaudadas
en Guadalajara.
18 Este noveno adicional era sobre la totalidad de los diezmos recogidos. Para corresponden
cia sobre la implantación del nuevo noveno decimal véase agn, Diezmos, vol. 21, fs. 274-280.
19 Estos cálculos son sobre la base de los novenos recaudados desde 1804, que representaban
22% del total de diezmos, a lo cual hay que agregar algunos rubros menores. De acuerdo con
Garner (1993), pp. 47-53, que contiene la discusión más detallada de las tendencias de diezmos
Gráfica IV. 1. Transferencias de ramos eclesiásticos a la real hacienda
Nueva España, circa 1806
Iglesia Gobierno
Nueva España del virreinato
Venta de bulas ■>
Administración
de diezmos Masa decimal Tesorerías
I4
(cada obispado) de Real Hacienda
en la Nueva España
—► Novenos
Diezmos
Hacendados — eclesiásticos
Agricultores ► Vacantes ►
Subsidio
eclesiástico
Nuevo noveno
decimal
Consolidación ■>
de Vales Reales
Temporalidades
Líneas de autoridad
Flujos de dinero
148 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
Cuadro IV. 1. Ingresos de la real hacienda de la Nueva España por cuenta
de ramos eclesiásticos, 1780-1808 (promedios anuales en miles de pesos)
Novenos Otros ramos
Años Bulas a (diezmos) b eclesiásticos c Total
1785-1789 266 233 209 708
1792 224 207 212 643
1795-1799 302 222 163 687
a Bulas de la Santa Cruzada y demás indulgencias cuyos réditos se entregaban a la Corona.
b Novenos (11% de los diezmos) y el ramo denominado diezmos eclesiásticos.
c Bajo la denominación “otros ramos eclesiásticos particulares” incluimos medias anatas y
vacantes mayores y menores, estos últimos provenían en general de la masa decimal eclesiástica.
Nota: No incluimos en este cuadro otros ramos especiales que podrían considerarse de ori
gen eclesiástico. Por ejemplo, el “subsidio eclesiástico”. Asimismo hemos excluido el “ramo aje
no” de Temporalidades que consistía de las expropiedades jesuítas que eran administradas por
la Corona.
No hemos utilizado los datos de TePaske (1976) para la real caja de México porque no cubren
la totalidad del virreinato y porque contienen graves problemas de doble contabilidad en la ma
yoría de los ramos desde 1787. En los años de 1797 y 1798, por ejemplo, las cuentas de la caja real
de México registran entradas por más de 15 millones de pesos de los ramos de Bulas y Novenos;
ello no corresponde a los ingresos anuales de dichos ramos sino que es una figura contable por
la incorporación formal de dichos ramos dentro de la contabilidad ordinaria de la real hacienda.
Para mayor información consúltese la introducción al texto citado de TePaske.
Fuentes: para datos de 1785-1789, Fonseca y Urrutia (1845-1853), xxxix; para datos de 1792,
agí, 2358; y para datos de 1795-1799, bn (México), ms. 1282.
Pero aparte de los diezmos, los funcionarios reales también fijaron
su atención en otros ingresos eclesiásticos que podrían contribuir a sol
ventar la crisis financiera cada vez más aguda de la monarquía. Una
de las contribuciones eclesiásticas más significativas que atrajo la aten
ción del gobierno español eran las Bulas de la Santa Cruzada, siendo
pagadas por los fieles en forma de limosnas a cambio de indulgen
cias, documentos religiosos cuyo objetivo ostensible era dispensar a
los fieles de determinados pecados o bien facilitar rebajas en los años
que pasarían en el purgatorio tras su fallecimiento.20 Aunque en princi
pio las bulas eran voluntarias, en la práctica se administraban casi como
cualquier impuesto de tipo eclesiástico o civil. En más de una ocasión,
el máximo responsable de la administración de las bulas, el comisario
a escala virreinal, éstos alcanzaron en total un promedio de 1 570000 pesos anualmente en 1770-
1790 y cerca de 2000000 de pesos hacia 1800.
20 La compleja organización del ramo y los métodos utilizados para su predicación y ven
ta (que incluían procesiones solemnes), así como las tasas diferenciales de cada una de las bulas
—de vivos, difuntos, lacticinio, composición, etc.—, se describen en la abundante documen
tación del agn, Bulas de Santa Cruzada; véanse, en especial, vol. 23, exp. 8, y vol. 25, exp. 19,
fs. 417-426.
LA IGLESIA NOVOHISPANA ANTE LA CRISIS FINANCIERA IMPERIAL 149
general y juez apostólico de la Santa Cruzada, remitió órdenes a las
diócesis novohispanas para que los curas levantasen censos de “los
habitantes capases de comprar la bula”.21 Así, al igual que la Corona,
la Iglesia utilizaba no sólo la persuasión sino también mecanismos
coactivos para extraer dinero de los fieles.
No fue extraño que esta presión fiscal provocase protestas con cier
ta frecuencia e incluso que fuese rechazada por los pueblos campe
sinos. En 1792, por ejemplo, el virrey Revillagigedo ordenó que no se
eximiera a los indígenas a pesar de su posible resistencia. No obstan
te, como lo demuestra la correspondencia del cura del pueblo de
Teoloyuca, ello no siempre resultaba tarea fácil: el párroco señalaba
que la venta de bulas se dificultaba “por la explotación de que han
sido objeto los indígenas de esa población, al ser obligados a trabajar
en las minas del Conde de Regla”.22 Y aun la aplicación de castigos
severos no necesariamente producía los resultados deseados: por
ejemplo, en 1791 en el pueblo de Xochimilco, próximo a la ciudad de
México, el cura local mandó a encarcelar a varios indígenas que se
habían demorado en los pagos de bulas que evidentemente no desea
ban adquirir. El párroco acusó a los habitantes de ser “mal educados y
ejemplares en la embriaguez”, lo que, sin embargo, no le impidió ex
traer más de ¡2 000 pesos de la comunidad por concepto de bulas en
el mismo año!23
Los ingresos por cuenta de bulas aumentaron durante algunos años,
alcanzando un promedio anual que pasó de 260000 pesos en 1785-1789
a 300000 pesos en 1795-1799, aunque no tenemos datos suficiente
mente confiables para llegar a conclusiones sobre todo el periodo24
21 Morin (1979), p. 41.
22 agn, Bulas de Santa Cruzada, vol. 14, exp. 19, fs. 340-341.
23 Ibid., vol. 4, exp. 14, fs. 324-325. El mismo cura y otros eclesiásticos expusieron en nutrida
correspondencia con los funcionarios de la real hacienda y con el tesorero del arzobispado que
la mejor forma de vender las bulas a los indígenas era con base en un sistema de crédito, co
brándolas en cuotas. Ibid., exp. 14, fs. 326-341, y vol. 15, exp. 11, fs. 324-330.
24 Los datos de TePaske (1976) indican que el promedio de ingresos por bulas era de 640000
pesos en 1785-1789, pero discrepan con los más confiables de Fonseca y Urrutia (1845-1853),
vol. 1, xxxii, que registran promedios líquidos de ingresos de las bulas en la Nueva España de
180000 a 200000 pesos anuales en 1765-1780, para luego aumentar a 25OOOO pesos en 1780-
1790. Es evidente que existía una duplicación contable en las cifras de bulas de las cartas cuen
tas de la real caja de México para los años de 1785-1789 utilizadas por TePaske. En un trabajo
posterior, TePaske (1991), p. 127, señala que 16 millones de pesos quedaron registrados en las
cartas cuentas de México en 1797-1798 como transferencias del ramo de bulas y novenos a la
real hacienda. No obstante, estas cifras (infladas a todas luces por los funcionarios) esconden
complejos problemas contables; no representan transferencias reales sino la forma en que los
oficiales contabilizaban las deudas con los ramos mencionados.
150 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
(véase el cuadro iv.i). De acuerdo con antiguas normas, el producto lí
quido de las bulas debía destinarse a gastos “contra infieles y a la de
fensa de la fé” y por ello no debe extrañarnos que la Corona se sintiera
justificada al utilizar estos recursos para coadyuvar a las guerras en las
que se vio envuelta en los últimos años del siglo xviii.
Dadas las cuantiosas deudas contraídas por la administración ha
cendaría con estos y otros ramos eclesiásticos, y a raíz de la imposibili
dad de liquidar los débitos, en 1800 los encargados de la real caja de
México —contando con el apoyo del virrey Berenguer— solicitaron a
Madrid la posibilidad de incorporarlos dentro de los ramos comunes
del fisco. (Ello ofrecía la posibilidad de liquidar una parte de las deu
das del real fisco a través de un instrumento contable pero, al mismo
tiempo, permitía seguir utilizando los ingresos anuales de los mismos ra
mos para cubrir los déficit del gobierno español.) El ministro de Ha
cienda, Soler, contestó afirmativamente pero insistiendo que los so
brantes de bulas debían ser remitidos directamente a la península. Sin
embargo, ello no resultó posible ya que —de acuerdo con los funcio
narios novohispanos— aquellos ramos eclesiásticos eran precisamente
los que permitían equilibrar las cuentas internas de la real caja de Mé
xico. La correspondencia oficial —que reflejaba las numerosas tensio
nes entre funcionarios metropolitanos y coloniales— nos sugiere el mar
de contradicciones subterráneas que incidían sobre el manejo de la
vasta maquinaria fiscal del imperio.25
En 1802 el Consejo de Indias resolvió implantar una nueva política
por medio de la cual se reorganizaba el ramo de bulas en Nueva Es
paña y Perú, exigiendo se remitiera la tercera parte de los ingresos a la
Caja de Consolidación en Madrid. El Consejo instruyó a los subdelegados
de la Comisión de Vales Reales que reunieran estados completos de las
existencias y sobrantes del ramo de bulas en cada intendencia de la Nue
va España con el fin de poder separar la tercera parte y remitirla a la
península. Se ordenaba asimismo que se debían custodiar:
los caudales procedentes de este arbitrio en arcas de tres llaves, sin tocar a
ellos con ningún motivo, hasta que haya de verificarse su traslación a las
cajas de los puertos habilitados para luego embarcarse en cuantos buques vi
nieran a cualquiera de los puertos habilitados de España, consignándolas a
25 Para una interesante carta del virrey Iturrigaray del 26 de febrero de 1803, en la que se
reseñan los pleitos entre los funcionarios de la caja real y Soler sobre el uso de los fondos de los
ramos particulares (eclesiásticos), véase agn, Correspondencia de Virreyes, Ia serie, vol. 214,
exp. 330, fs. 201-203.
LA IGLESIA NOVOHISPANA ANTE LA CRISIS FINANCIERA IMPERIAL 151
la orden y disposición del Consejo, y en su nombre a la Comisión de Vales
Reales [.. .].26
Otros recursos de la hacienda virreinal incluían una serie de ramos
particulares de carácter eclesiástico, de los cuales se obtenían transfe
rencias para la Corona. Entre éstos se contaban las vacantes mayores
y menores, las medias anatas y las mesadas eclesiásticas. Cada uno de
estos ramos —al igual que otras rentas menores— contaba con su pro
pia administración y su propio tesoro donde se acumulaban sobran
tes.27 Dado el ostensible propósito religioso de los mismos, la real ha
cienda normalmente debía colaborar para destinar dichos fondos a los
objetivos de tipo espiritual, educativo o caritativo para los que se ha
bían establecido, pero hacia fines del siglo xvm, el gobierno resolvió
modificar su política. En primer lugar, incrementó la supervisión sobre
la recaudación de cada uno de estos “impuestos” eclesiásticos y, en
segundo lugar, sistematizó la transferencia de los sobrantes a cuenta de
otros ramos de las reales cajas para cubrir déficit.28
El ramo denominado vacantes mayores y menores era una fuente de
ingresos derivada de los diezmos, ya que consistía en transferencias
de una parte de las rentas decimales al gobierno que efectuaba la Igle
sia americana de los salarios correspondientes a los cargos vacantes
de obispados, abadías, dignidades, canonjías, racioneros y medios ra
cioneros. Mientras no se ocupasen dichos puestos, era obligación de la
Iglesia entregar a la real hacienda una porción de diezmos que debían
cobrar estos funcionarios eclesiásticos (en calidad de sueldo) en sus
respectivas diócesis. Los vacantes proporcionaron un ingreso de entre
110000 y 150000 pesos como promedio anual entre 1780 y 1800, aun-
26 La cita es de agn, Bulas y Santa Cruzada, vol. 25, f. 420. El Consejo elaboró un plan deta
llado especificando los montos de cada una de las bulas que se utilizarían para este fin. Por
ejemplo, las bulas de “sumario de vivos”, que costaban 15 pesos plata a cada fiel que las adquiría,
se repartían así: 10 pesos para la Hacienda novohispana y cinco pesos a la Consolidación de Va
les Reales en España. De los “lacticinios” (bula otorgada a los mismos eclesiásticos), que costaban
seis pesos, se retendrían cuatro pesos y se remitirían dos pesos a la península. Ibid., fs. 422-426.
27 Una amplia gama de rentas eclesiásticas menores que se recaudaban en la Nueva España
en 1810 eran la de Santos Lugares de Jerusalén, la de capilla real, la pensión del capellán de su
majestad y la pensión del obispo de Luisiana, entre otros, agn, Caja Matriz, “[Libro] común de la
Tesorería de Ejército y Real Hacienda de 1810”. Para un listado más amplio que incluye otros
ramos que se cobraron en decenios anteriores véase Klein (1985), pp. 601-609.
28 La Corona no comenzó a disponer de los “ramos particulares y ajenos” de manera sistemá
tica hasta el decenio de 1790. Tanto Klein como TePaske hacen notar que es sumamente difícil
analizar estos rubros sin que se realice un minucioso estudio de los “libros manuales” de la real
hacienda novohispana, la mayoría de los cuales se han localizado en el agí en Sevilla: Klein (1985),
p. 590 y TePaske (1976). En el agn en la ciudad de México se encuentra una abundante cantidad
de libros manuales aún no clasificados.
152 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
que desde esa última fecha hasta 1808 las sumas entregadas a las cajas
reales resultaron aún mayores.29
A su vez, hay que considerar los ingresos por cuenta de las medias
anatas y mesadas eclesiásticas que consistían en la obligación de los
nuevos prelados de entregar la mitad de sus ingresos al fisco durante
el primer año de su ejercicio, alcanzando un promedio anual (tampo
co despreciable) de cerca de 60000 pesos en los últimos decenios del
siglo xviii, siendo todo remisible a la metrópoli.30
Aparte de estos ramos tradicionales, desde 1790 la Corona exigió a
los obispos de la Nueva España cumplir con otros aportes fiscales que
se denominaban subsidios eclesiásticos y que habían sido recaudados
con cierta regularidad en la metrópoli, pero no frecuentemente en las
colonias.31 Éstos eran, en la práctica, una especie de donativo forzoso
pero disfrazado como un ramo impositivo, habiendo estado formal
mente vigente desde decenios anteriores, pero sin aplicarse. David
Brading señala que en 1783 el ministro de Indias, José de Gálvez, or
denó a los virreyes,'gobernadores y obispos del imperio americano que
se pagaran todas las sumas atrasadas del subsidio eclesiástico. Sin em
bargo, no sería hasta el decenio de 1790, bajo las presiones de las gue
rras, que se hizo efectiva la medida.32
Para mayo de 1794 el virrey Revillagigedo pudo informar a Madrid que ya
había cobrado 382 299 de los 573741 pesos que se debían del subsidio
(eclesiástico). Alentados por el éxito de la operación, en 1795 y nueva
mente en 1799, los ministros obtuvieron nuevos subsidios, cada uno de
millón y medio de pesos.33
La recolección del subsidio llevó a la Corona a solicitar de las auto
ridades eclesiásticas una gran cantidad de información sobre las diversas
29 De acuerdo con Fonseca y Urrutia (1845-1853), vol. 2, xxx, el promedio anual recaudado
por cuenta de vacantes mayores y menores en 1785-1789 era de 137 818 pesos. Para 1792 la cifra
era de 154006 pesos y el promedio anual para 1795-1799 de 112 733 pesos, agí, 2358 y bn (Méxi
co), ms. 1282. Agradezco a Guillermina del Valle Pavón las copias de estos documentos.
30 Las fuentes sobre ingresos de medias anatas son las mismas que en la nota anterior. Otros
ramos eclesiásticos que eran remisibles desde 1798-1804 eran el indulto cuadragesimal, los sub
sidios eclesiásticos, el aumento de Bulas de Santa Cruzada y el nuevo noveno decimal, agn, Caja
Matriz, “[Libro] Común de la Tesorería de Ejército y Real Hacienda, año de 1810”.
31 Brading (1994), p. 244, señala que: “Aunque en dos sucesivos breves de 1721 y 1740 la
Santa Sede había autorizado a Felipe V a cobrar un subsidio de más de cuatro millones de duca
dos a la Iglesia americana, para 1780 sólo se habían pagado 272 210 ducados”. Para algunos
datos sobre el subsidio eclesiástico en España en las últimas décadas del siglo xviii, véase Artola
(1982), pp. 366-367.
32 Brading (1994), pp. 244-245.
33 Ibid., p. 245.
LA IGLESIA NOVOHISPANA ANTE LA CRISIS FINANCIERA IMPERIAL 153
rentas clericales, la cual ratificaba la notable concentración de riqueza
en los obispados de México, Puebla y Michoacán, que proporcionaron
75% de las rentas eclesiásticas y 68% del subsidio eclesiástico pagado
en todo el virreinato en el año de 1799.34
Esta estimación, sin embargo, requiere análisis adicionales para eva
luar con mayor firmeza las tendencias a largo plazo de las finanzas
eclesiásticas en relación con las de la real hacienda. Una fuente comple
mentaria es la serie de datos que proporciona TePaske sobre la caja
real de la ciudad de México, pudiendo señalarse que los subsidios ecle
siásticos aumentaron notablemente en los registros contables de la ca
pital, pasando de 171573 pesos en los años de 1792-1794 a 1370349 pe
sos en 1798-1800 para bajar a 889946 pesos en 1804-1808.35
Por último, para completar el cuadro de las contribuciones fiscales
de origen eclesiástico obtenidas por el gobierno virreinal, hay que ana
lizar aquellos fondos que eran administrados separadamente pero con
supervisión de la real hacienda. Entre ellos se contaba, por ejemplo,
el ramo de Temporalidades, el cual tenía bajo su jurisdicción y admi
nistración los bienes de la orden de los jesuitas, expulsados del virrei
nato desde 1767. El grueso de dichas propiedades consistía de cole
gios e iglesias en las ciudades y de haciendas y ranchos en las zonas
rurales. De acuerdo con una fuente contemporánea, el ramo de Tem
poralidades se encargaba de la administración de 40 haciendas en el
arzobispado de México y 53 haciendas y ranchos en la diócesis de
Puebla.36 Resulta difícil determinar exactamente cuál fue el monto de los
ingresos por cuenta de Temporalidades que fueron remitidos a la pe
nínsula para gastos militares o financieros de la monarquía, ya que las
cuentas de las cajas reales no suelen ofrecer suficientes detalles. No
obstante, otras fuentes indican que dicha contribución fue significativa.
Por ejemplo, en la época de la guerra contra Gran Bretaña de 1779-
1783, tres estudios distintos indican que el virrey Mayorga tomó prés
tamos por valor de 2.7 millones de pesos de las rentas acumuladas del
ramo de Temporalidades, prometiendo devolverlas a la brevedad con
un interés anual de 5 por ciento.37
34 Calculado sobre la base de datos en Brading (1994), apéndice, cuadro i.
35 Habría que completar las cifras de TePaske (1976) con las del conjunto del virreinato. Sin
duda por ello los datos que proporciona Brading son más altos. Brading (1994), pp. 244-245.
36 Fonseca y Urrutia (1845-1853), vol. 5, p. 227.
37 Lewis (1975), p. 217, indica que tradicionalmente se enviaban las ganancias por cuenta de
ventas y arrendamientos de Temporalidades a la metrópoli, pero que entre 1779 y 1782 (fecha
del préstamo) se acumularon en las arcas novohispanas. Fonseca y Urrutia (1845-1853), vol. 1,
154 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
Posteriormente se siguieron enviando sobrantes del ramo: en 1790
se remitieron 300000 pesos desde la Nueva España hacia la penínsu
la por cuenta de Temporalidades y en 1792 otros 400000 pesos.38 Y, a
partir de comienzos de la guerra contra la Convención francesa en 1793,
los aportes de este ramo a los préstamos para la Corona cobraron aún
mayor importancia.39 La prueba más clara del empeño del gobierno
español por utilizar los recursos del ramo de Temporalidades para sol
ventar la crisis financiera de la monarquía se produjo en 1798 cuando
se publicó una real cédula por la cual se ordenaba que “los fondos y
bienes que restan de las Temporalidades de España, Indias e Islas Fili
pinas se incorporen en la real hacienda con destino a la amortización
de vales reales”. La misma cédula agregaba que aun cuando el grue
so de los fondos debía utilizarse para pagar la deuda interna del go
bierno, en caso de emergencia podía destinarse una parte del dinero
para “urgentes necesidades de la monarquía”, presumiblemente de
tipo militar.40
En esta instancia, como en el caso de los diezmos, las autoridades
hacendarías de la monarquía estaban resueltas a utilizar los dineros
de origen eclesiástico para sacar a flote su ambicioso plan de amorti
zación de la deuda interna. Con objeto de retirar vales reales en la
metrópoli se consideró que convenía proceder a la venta de propie
dades del ramo de Temporalidades, lo cual constituyó —en cierto
sentido— el antecedente de la Consolidación de Vales Reales, introdu
cida en el virreinato a fines de 1804, tema que comentaremos con ma
yor detalle más adelante.41
En resumidas cuentas, una serie de ramos eclesiásticos que habían
pp. xxvii, proporcionan datos similares, al igual que Real Díaz y Heredia Herrera en sus ensayos
publicados en Calderón Quijano (1968), vol. 2, p. 160.
38 Fonseca y llrrutia (1845-1853), vol. 5, p. 192.
59 El ramo de Temporalidades proporcionó 160000 pesos para el préstamo a censo redimible
para la Corona entre 1795 y 1798. Lavrin (1985), p. 55. Asimismo el Tribunal de Minería tomó a
crédito importantes sumas de Temporalidades para completar sus préstamos a la Corona: Howe
(1949), pp. 84-85, 118-119, 372-382.
í0 Véase la Real Cédula sobre el destino de los fondos y bienes de Temporalidades a remi
tirse para la amortización de vales reales, dada en San Lorenzo a 2 de noviembre de 1798. agn,
Reales Cédulas Originales, vol. 171, exp. 163, fs. 204-205.
11 Faltan estudios detallados sobre el tema de la venta de estas haciendas, aunque debe seña
larse que la documentación disponible en la sección de Temporalidades en el agn es abundante.
A partir de una revisión superficial de algunos de los documentos del ramo, puede sugerirse
que las ventas de las antiguas propiedades jesuítas tendieron a intensificarse hacia fines del
siglo, lo cual explicaría por qué las remesas a la metrópoli por cuenta de este ramo aumentaron
en el periodo. Véase por ejemplo agn, Temporalidades, vols. 4, 5, 93, 114, 117, 130, 136, 151,
161, 171.
LA IGLESIA NOVOHISPANA ANTE LA CRISIS FINANCIERA IMPERIAL 155
disfrutado de cierta autonomía fueron progresivamente controlados, de
bilitados y ocupados por la insaciable maquinaria hacendaría guber
namental. Pero no debe olvidarse que simultáneamente la Corona es
pañola comenzó a reclamar contribuciones eclesiásticas en la forma
de préstamos y donativos, los cuales también fueron muy cuantiosos.
En la siguiente sección intentaremos evaluar la importancia de esta for
ma de financiamiento eclesiástica para el gobierno virreinal y, por
ende, para el imperio.
La PARTICIPACIÓN ECLESIÁSTICA EN DONATIVOS
Y PRÉSTAMOS DEL GOBIERNO VIRREINAL, 1780-1804
En la Nueva España era una práctica ya establecida desde el siglo xvii
que las autoridades hacendarías recurrieran a la Iglesia para colaborar
en la recaudación de donativos, especialmente en épocas de guerra, ya
que los curas párrocos podían ser excelentes instrumentos de recauda
ción en los pueblos y villas.42 Como hemos visto, a partir de la guerra
con Gran Bretaña de 1779-1783, las instituciones eclesiásticas fueron
instadas a colaborar con el gobierno para cubrir gastos militares comen
zando con la publicación del real bando del donativo y préstamo por
Carlos III en agosto de 1780 que fue dirigido a sus súbditos america
nos. Al poner en marcha el donativo un año más tarde, el virrey Ma-
yorga hizo una especial solicitud de colaboración al arzobispo 1 obispos,
cabildos de las iglesias principales, órdenes de monjas y frailes, los co
legios religiosos y otras instituciones eclesiásticas. Los prelados, por su
parte, instruyeron a los curas parroquiales para reunir a los habitantes
de los pueblos y convencerlos de las bondades del donativo de la
guerra.43
La contribución eclesiástica más importante al donativo de 1781-1784
no fue su propio aporte, ya que los dineros entregados directamente
por los obispados y otras instituciones eclesiásticas apenas constituye
ron 4.7% del total del donativo, a lo cual se agregaron la entrega de
42 “Se pidieron donativos con participación de eclesiásticos en 1624, 1636, 1647, 1696, 1703,
1710, 1723, 1765 y 1780, para mencionar sólo algunos.” Lavrin (1986), p. 195. Véase Calvo (1996)
para comentarios más detallados sobre las aportaciones de la Iglesia novohispana al donativo de
1703.
43 Véase, por ejemplo, la carta de marzo de 1781 del arzobispo de México en la cual informa al
virrey que se han dirigido “a todos los integrantes de la diócesis instrucciones para el donativo [..
agn, Donativos y Préstamos, vol. 10, exp. 30, fs. 263-270.
156 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
cortas sumas por clérigos a título particular.44 En cambio, la documen
tación sobre la recaudación del donativo en los pueblos indica que los
curas parroquiales sí ejercieron un papel muy activo en la movilización
de los indígenas para lograr sus donaciones a la Corona.45
Contribuciones financieras eclesiásticas de mayor valor monetario
fueron las diversas suscripciones de organismos eclesiásticos a los prés
tamos de 1782, que gestionaron tanto el Consulado de Comercio como
el Tribunal de Minería en apoyo a los gastos bélicos. En ambos casos
debe tenerse en cuenta que las aportaciones de las instituciones clerica
les eran en efecto inversiones contra buenas garantías (las rentas de la
real hacienda) con una aceptable tasa de interés anual de 5%, avalada
y pagada por dos de los intermediarios financieros civiles más sólidos
del virreinato.46 Las mayores suscripciones eclesiásticas al préstamo
gestionado por el Consulado procedieron de varios conventos, reunién
dose un total de 347 000 pesos de las fuentes eclesiásticas, incluyendo
200000 pesos de un organismo singular, el Real Fisco de la Inquisi
ción.47 Por su parte, el Tribunal de Minería también logró que varias
instituciones y personalidades eclesiásticas se suscribieran al préstamo
que administró, incluyendo una colocación adicional de 100000 pesos
de los oficiales de la Inquisición.48
Una muestra todavía más inequívoca de la importancia de la con
tribución eclesiástica se observa en el préstamo de 1783 a censo re
dimible, con hipoteca del ramo del Tabaco: de una suma de 523000
pesos prestados al gobierno, casi 462000 pesos (88% del total) pro
vino de instituciones eclesiásticas de Guadalajara, incluyendo in-
44 Para los datos exactos véase Rodríguez Venegas (1996), cuadro 2, p. 107.
45 Rodríguez Venegas (1996), cap. 4, ofrece cuadros detallados sobre lo recaudado en el do
nativo en 1781-1783 que indican que la mitad de los fondos fueron contribuidos por particulares
(entre los cuales había muy pocos clérigos) y la otra mitad por pueblos campesinos.
46 Véase el sugerente y detallado estudio de Valle Pavón (1997), cap. 3, sobre la partici
pación de las instituciones eclesiásticas en los préstamos gestionadas por el Consulado en 1782
y 1793.
47 Wobeser (1990), pp. 865-866, estudia esta operación y concluye: “El hecho de que el Real
Fisco haya resuelto dar el préstamo [de 200000 pesos] al Consulado denota un giro en su política
inversionista. A partir de ese momento [el Real Fisco] estuvo dispuesto a dar préstamos median
te depósito irregular y aceptó que éstos estuvieran garantizados por fiadores y otro tipo de ga
rantía y no necesariamente por bienes raíces”. Valle Pavón (1995), pp. 232-234, proporciona los
datos precisos de la suscripción. Para referencias adicionales sobre los préstamos eclesiásticos que
administró el Consulado véase Pérez Herrero (1981), p. 540.
48 agn, Minería, vol. 63, fs. 145-146, incluye la lista completa de suscriptores; aparte de la
contribución del Real Fisco deben mencionarse los 110000 pesos que prestó el presbítero Juan
Francisco Castañiza, miembro de una familia de la nobleza novohispana y rector del Seminario
universitario de San Ildefonso.
LA IGLESIA NOVOHISPANA ANTE LA CRISIS FINANCIERA IMPERIAL 157
versiones de la catedral, del juzgado de obras pías y de diversas obras
religiosas.49
En el caso del préstamo/suplemento de 1793 fue impresionante la
rapidez con la que diversas instituciones eclesiásticas se movilizaron
para cumplir con la solicitud del rey Carlos IV de adelantar fondos (sin
réditos) para financiar el conflicto contra los revolucionarios france
ses. Debemos recordar que el gobierno girondino en París había sido
calificado en España de antimonárquico por la decisión de enjuiciar y
ejecutar a Luis XVI y también presuntamente de hereje, por sus políti
cas antieclesiásticas. En el escaso tiempo de tres meses —del 9 de
enero al 11 de abril de 1793— se recaudaron 1 559000 pesos entre cor
poraciones e individuos acaudalados de la Nueva España, siendo las
instituciones eclesiásticas las que aportaron mayores sumas.50
Las contribuciones más señaladas fueron aquellas reunidas por el
arzobispo de la ciudad de México, incluyendo 60 000 pesos del deán y
cabildo de la catedral, 100000 pesos de los fondos del Juzgado de Ca
pellanías y 320000 pesos del Juzgado de Bienes Difuntos de la capital.
Otra enorme aportación fue la de 300 000 pesos entregados por el deán
y cabildo de la catedral de Guadalajara. En el caso de la catedral de Pue
bla, el cabildo, después de considerable regateo, accedió a suplir fon
dos propios por valor de 50000 pesos: 21000 de la masa decimal y
29000 de limosnas acumuladas en la catedral.51 Asimismo, varias insti
tuciones religiosas de la intendencia de Valladolid enviaron 70000 pe
sos y el Colegio de San Luis Gonzaga de la ciudad minera de Zaca
tecas remitió otros 80000 pesos.52
Pero las contribuciones eclesiásticas no se limitaban a los suplemen
tos (sin réditos) ya que numerosos conventos, cofradías y juzgados de
obras pías también colocaron fondos en los préstamos (con 5% de in
terés anual) organizados por el Tribunal de Minería —que reunió dos
millones de pesos para la Corona en 1793 y 1794—. De acuerdo con do
cumentación del Tribunal, éste tomó préstamos de decenas de institu
ciones religiosas y privadas para cumplir su compromiso financiero.53
49 Calderón Quijano (1968), vol. 2, p. 147.
50 Cálculo hecho con base en las listas de contribuciones y los cuadros referentes al donativo
de 1793 en varios expedientes en agn, Donativos y Préstamos, vol. 1, entre ellos exp. 80, fs. 317-
318, y vol. 32, fs. 272-276.
51 agn, Donativos y Préstamos, vol. 1, exp. 55, fs.173-174, y vol. 32, fs. X12.-T&.
52 Del Juzgado de Testamentos, Capellanías y Obras Pías de Valladolid se obtuvieron 40000
pesos y del deán y cabildo de la catedral de la misma ciudad, 30000 pesos.
53 Por ejemplo, el 3 de febrero de 1793 el Tribunal informaba que había reunido 300000
pesos de las Temporalidades de San Pedro y San Pablo y 24000 pesos del Hospicio de San
158 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
En cambio, en el caso de la suscripción para el préstamo que gestionó
el Consulado de Comercio en 1793 (por un millón de pesos) el grue
so se realizó por medio de contribuciones privadas, con apenas 16%
de los fondos adelantados por diversas cofradías, conventos y capella
nías y obras pías.54
La importancia de las suscripciones de las instituciones eclesiásticas
para realizar los préstamos gestionados por las principales corporacio
nes civiles del virreinato la subraya el Tribunal de Minería en una repre
sentación a la Corona:
Este Tribunal, el del Consulado y los Cabildos de las ciudades y villas del
reino en los casos de los anteriores donativos y préstamos que ha hecho
necesarios la general revolución de la Europa, no teniendo en sus fondos
los caudales necesarios para manifestar su fidelidad y ayudar en lo posible
a la Corona, el principal asilo que han tenido para hacerse de ellos es ocu
rrir a las Obras Pías, tomando a réditos sus capitales para ponerlos como los
han puesto todos a los pies del Trono en el tiempo de sus urgencias [...].55
Pero junto con los préstamos, las instituciones eclesiásticas también
solían contribuir con fondos gratuitamente, como fue el caso de múl
tiples donativos entre 1793 y 1798. En el caso de aquel ratificado a
principios de 1795, el virrey Branciforte señaló que “a pesar de las ge
nerosas contribuciones con que ambas Españas habían socorrido al
Real Erario, éste se halla exhausto [...]” y, por consiguiente, instaba a
los prelados, comunidades religiosas, cofradías y cabildos de las cate
drales a que buscaran fondos adicionales. El cabildo de la catedral de
Puebla, por ejemplo, dio 25000 pesos de su Mesa Capitular en forma
de donativo y 25 000 “de los fondos de la Fábrica (la catedral) en cali
dad de préstamo”.56 Por su parte, el cabildo de Guadalajara entregó un
préstamo de 100000 pesos y un donativo de 16000 pesos.57 En cambio,
Nicolás. agn, Donativos y Préstamos, vol. 28, f. 20. Por su parte, Howe (1949), p. 382, dice que
los 2.5 millones de pesos reunidos por el Tribunal de Minería en concepto de préstamos para la
Corona entre 1793 y 1798, fueron aportados por un centenar de acreedores, la mayoría eclesiás
ticos. Una buena investigación del tema podría realizarse con los materiales en el Archivo de Mi
nería en el Palacio de Minería en la ciudad de México.
M Para el detalle de las contribuciones eclesiásticas al préstamo organizado por el Consulado,
véase Valle Pavón (1995), pp. 236-238.
55 El texto de la representación de 1805 en Sugawara (1976), p. 40.
56 agn, Donativos y Préstamos, vol. 32, fs. 272-276.
57 Por su parte, el arzobispo y el cabildo de la catedral de México donaron otros 20000 pe
sos. Para mayores detalles sobre estos aportes eclesiásticos véase agn, Correspondencia de Virre
yes, Ia serie, vol. 180, exps. 243 y 365, y vol. 183, exp. 88.
LA IGLESIA NOVOHISPANA ANTE LA CRISIS FINANCIERA IMPERIAL 159
algunas órdenes religiosas argumentaron que no podían contribuir más
que con sumas pequeñas: por ejemplo, la orden de los agustinos de
Michoacán declaró estar “en miserable estado” ya que tenía gravadas
sus rentas, “cuyas pensiones y réditos paga con mucha dificultad y
considerables demoras”.58
De manera similar, conviene mencionar las contribuciones al dona
tivo de 1798, pues nos ofrecen una idea más precisa de la manera en
que los miembros de los diversos conventos novohispanos partici
paron en las campañas financieras en defensa de la monarquía, asedia
da por sus enemigos. En cada caso, se celebraron reuniones de los di
rectivos de las respectivas órdenes de religiosos y religiosas para instar
a los miembros a demostrar su lealtad al monarca tanto a través de sus
oraciones como por medio de fondos en metálico. Un ejemplo espe
cialmente vivido lo proporciona el informe de José Joaquín de Oyar-
zábal, ministro provincial y supervisor de las monjas de Santa Clara,
quien llamó a reunirse a los prelados “más decorados y de mayor
ciencia y experiencia que a la presente se hallaban en esta Ciudad
[...]”, resolviendo que se debían pedir oraciones de parte de todas las
monjas en contra del enemigo inglés. Oyarzábal agregó: “Esto es por lo
que mira a lo Espiritual; y en lo Temporal [...] se pide a todas las Co
munidades que contribuyan [al donativo].59
De hecho, el Convento de Santa Clara efectuó una contribución tem
poral importante (40000 pesos), algo superior a la de otros conventos
de la capital. Sustanciales también fueron las aportaciones de diversos
obispos, de Valladolid (50000), Puebla (20000) y Guadalajara (40000),
mientras que el obispo de Oaxaca no pudo mandar más que 6000 pe
sos, arguyendo que la penuria de su diócesis le impedía reunir mayor
cantidad de caudales.60
Las contribuciones eclesiásticas más considerables del decenio de
1793-1803 fueron aquellas realizadas a favor del gran préstamo con
garantía del ramo del tabaco, cuya suscripción comenzó en el año de
1795, siendo administrado por el Consulado de Comercio y el Tribunal
de Minería. Los fondos se reunieron durante siete años consecutivos,
5K Se entiende por el texto que dicha orden había hipotecado una parte importante de sus
bienes valuados en “la cantidad de 400000 pesos, poco más o menos”, agn, Donativos y Présta
mos, vol. 13, f- 418.
59 agn, Donativos y Préstamos, vol. 16, fs. 169-170.
60 Hay información precisa sobre todas las contribuciones personales e institucionales al do
nativo y préstamo de 1798 en la Gazeta de México, desde octubre de 1798 hasta septiembre de
1799. Asimismo, hay abundante documentación complementaria en agn, Donativos y Préstamos,
vols. 2, 15, 16, 18, 19, 20, 25, 27 y 28.
160 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
lo que solamente puede explicarse por el hecho de contar con la ga
rantía de la renta más pingüe y segura de la hacienda virreinal: el mo
nopolio del tabaco. Diversas instituciones eclesiásticas de Guadalajara
invirtieron sumas cuantiosas, incluyendo el Convento de Santa Gracia
(49800 pesos), el Convento de Santa Ménica (54000) y el Juzgado de
Obras Pías y Capellanías de esa diócesis (453000). Por su parte, la Ar-
chicofradía del Santísimo Sacramento de la ciudad de México colocó
250000 pesos a 5% en el empréstito, mientras que la Tercera Orden
de San Francisco participó con 105000 pesos en la suscripción. Diver
sos colegios religiosos también sacaron dinero de sus reservas para el
mismo fin: el Real Colegio de Indias de Nuestra Señora de Guadalupe
entregó 10000 pesos y el Colegio de Niñas Educandas de San Luis Po
tosí invirtió 69000 pesos de sus fondos.61
En resumidas cuentas, las sumas entregadas en forma de préstamo
por las múltiples instituciones eclesiásticas a la real hacienda fueron de
gran importancia. Pero, como ha señalado Guillermina del Valle en
recientes estudios, la participación de las instituciones eclesiásticas
novohispanas en préstamo tras préstamo para la Corona no puede ex
plicarse solamente en términos de su lealtad al monarca: igualmente
importante era el hecho de que los administradores de los fondos fi
nancieros de la Iglesia tenían conciencia de que era una buena inver
sión el colocar fondos en títulos del gobierno que pagaban 5% de in
tereses por año. A todas luces, ello era menos riesgoso que prestar
fondos a los hacendados, cuyas propiedades en general ya estaban
excesivamente gravadas con deudas. Por otra parte, la fórmula de co
locación —el depósito irregular— constituía un instrumento ágil para
efectuar una inversión a las instituciones de raigambre eclesiástica.62
La confianza y la conveniencia que infundía este tipo de inversiones,
garantizadas por el gobierno y administradas por la corporación fi
nanciera más influyente del virreinato, el Consulado de Comercio,
hizo que la mayoría de los organismos clericales prestamistas no re
clamara la devolución de sus fondos en el corto plazo. Como señala
Del Valle Pavón:
61 Para datos sobre las contribuciones eclesiásticas al empréstito del tabaco véase agn, Con
sulado, vol. 312, exp. 8, leg. 4, y Lavrin (1985), pp. 52-55.
62 Valle Pavón (1995) aclara, por ejemplo, que el Real Fisco de la Inquisición de la Nueva
España había recibido prohibición de las autoridades superiores en la metrópoli de participar en
préstamos con las características del “depósito irregular”, o sea, sin garantía hipotecaria. Pero
desde la apertura de los préstamos para la Corona en 1782, administrados por el Consulado y
por el Tribunal de Minería, sí se les permitió realizar este tipo de colocación.
LA IGLESIA NOVOHISPANA ANTE LA CRISIS FINANCIERA IMPERIAL 161
Las corporaciones eclesiásticas que depositaron sus capitales (en los reales
préstamos) conservaron sus inversiones hasta la consumación de la Inde
pendencia, por una parte debido a la tendencia de los inversionistas de la
época de mantener depositados sus caudales por tiempo indefinido y, por
otra, a causa de la crisis financiera que enfrentó la Real Hacienda, la cual im
pidió restituir los capitales que le habían otorgado en préstamo.63
No obstante, debe tenerse en cuenta que la crisis financiera no hizo
verdadera eclosión en la Nueva España hasta después de 1804, como lo
demostraría la implantación de ese vasto programa financiero conoci
do como la Consolidación de Vales Reales.
La Consolidación de Vales Reales en la Nueva España, 1804-1808
Hacia fines de 1804, los funcionarios de la hacienda virreinal encon
traron que las posibilidades de reunir caudales para remitir a España
eran cada vez más restringidas. Los recursos fiscales ordinarios ya no
daban abasto debido a las enormes remesas de fondos que se habían
efectuado para la península y para los situados en 1802-1804. A su
vez, los llamados “ramos particulares y eclesiásticos” de la Hacienda
habían sufrido fuertes extracciones, al tiempo que los repetidos présta
mos y donativos habían colmado la paciencia y la capacidad de pago
del conjunto de la población novohispana.
Las autoridades hacendarías, por tanto, no encontraron otra alterna
tiva que la de intentar la aplicación de una medida radical y poten
cialmente peligrosa: la estatización de algunos de los bienes raíces y
capitales de la Iglesia. Dicha política, conocida como la Consolidación
de Vales Reales, se había iniciado en la metrópoli en 1798 pero no se
extendió a la Nueva España y al resto de las colonias americanas hasta
fines de 1804. Antes de esa fecha, el gobierno español había preferido
obtener dinero de la Iglesia en ultramar por otros medios más circuns
pectos y menos taxativos, como los ya reseñados.
Posiblemente la demora en aplicar la Consolidación en ultramar se
debió a que los altos funcionarios de Hacienda en Madrid estaban
conscientes de que la Iglesia americana tenía menos propiedades (en la
forma de bienes raíces urbanos y rurales) que la española. Pero, en
cambio, de lo que sí disponían las instituciones eclesiásticas en la Nue-
63 Valle Pavón (1998), p. 24.
162 LA BANCARROTA DEL VIRREINATO
va España y otras colonias americanas era de una cantidad considerable
de capitales, propiedad de aquellas instituciones eclesiásticas conocidas
como Juzgados de Obras Pías y Capellanías que administraban los bie
nes de las más variadas fundaciones religiosas. Dichos fondos habi
tualmente se prestaban a diversos grupos de propietarios, mineros y co
merciantes, constituyendo la base fundamental del sistema de crédito
a largo plazo de la economía colonial. Pero el tocar estos dineros re
sultaba riesgoso en tanto amenazaba con provocar el rechazo de los
deudores privados y, al mismo tiempo, debilitar las bases económicas
fundamentales de la institución que mantenía bajo su control espiritual
a la mayoría de la población del virreinato, fuese española, criolla, in
dígena o mestiza.64
No obstante estos peligros, es claro que desde fines del siglo xvm
—y sobre todo entre 1804 y 1810— las autoridades imperiales deci
dieron proceder con todo rigor y sin vacilaciones en su campaña final
por drenar la mayor cantidad de fondos controlados por las corporacio
nes eclesiásticas en la Nueva España y las demás colonias americanas.
La extensión de la Consolidación a la Nueva España y al resto de
América el 24 de noviembre de 1804 fue señal clara de que los funcio
narios españoles consideraban que había llegado la hora de obligar a
la Iglesia a entregar al gobierno una proporción significativa de los
cuantiosos capitales que administraba en forma de préstamos a par
ticulares. Sin embargo, y a pesar de la clara intención