Cuarta estación: Jesús encuentra a su madre
Lector: Te adoramos, oh, Cristo, y te bendecimos,
Todos: Porque con tu cruz redimiste al mundo.
— Lectura del evangelio según san Juan (19,25-27) (no se lee)
Junto a la cruz de Jesús estaban su madre, la hermana de su madre,
María, la de Cleofás, y María, la Magdalena. Jesús, al ver a su madre
y junto a ella al discípulo al que amaba, dijo a su madre: «Mujer, ahí
tienes a tu hijo». Luego, dijo al discípulo: «Ahí tienes a tu madre». Y
desde aquella hora, el discípulo la recibió como algo propio.
Tu madre, Jesús, permanece en pie junto a tu cruz y acoge como hijo
suyo a tu discípulo amado. María nos entregó al sumo y eterno Sacer-
dote que nos salva. También en la vida de tus sacerdotes sus madres
tienen un papel especial. Señor, bendice la generosidad de las madres
de los sacerdotes, dales sentido de fe a aquellas que no aceptan la
vocación de sus hijos o que sufren por la separación que implica la
misión que les encomiendas. (pausa)
Y a tus sacerdotes Señor, recuérdales siempre que cuentan con tu
madre, María, que es también su madre. Dales un gran amor por la
Vir-gen María, para que descansen en ella todas las fatigas y
sufrimientos de su ministerio.
Lector: Señor, danos muchos y santos sacerdotes. (repetimos todos)
Todos: Señor, danos muchos y santos sacerdotes.
Oremos(ministro):
Señor Jesús, en la cruz nos entregaste a tu Madre para que fuera
también nuestra Madre. Haz que sepamos acudir a ella con confianza,
como hijos que encuentran consuelo en su amor.
Bendice a las madres de los sacerdotes, sostén su fe y su
generosidad,
y concede a tus sacerdotes un amor profundo por María,
para que en ella encuentren refugio y fortaleza en su ministerio.
Amén. (avancemos a la siguiente estación)
Undécima estación: Jesús es clavado en la cruz
Lector: Te adoramos, oh, Cristo, y te bendecimos,
Todos: porque con tu cruz redimiste al mundo.
— Lectura del evangelio según san Mateo (7,37-42) (no se lee)
Encima de la cabeza colocaron un letrero con la acusación: «Este es
Jesús, el Rey de los judíos». Crucificaron con él a dos bandidos, uno a
la derecha y otro a la izquierda. Los que pasaban, lo injuriaban y
decían meneando la cabeza: «Tú que destruías el templo y lo
reconstruías en tres días, sálvate a ti mismo; si eres Hijo de Dios, baja
de la cruz». Los sumos sacerdotes con los letrados y los senadores se
burlaban también diciendo: «A otros ha salvado y él no se puede
salvar. ¿No es el rey de Israel? Que baje ahora de la cruz y le
creeremos».
Ahora contemplamos tus manos y pies taladrados por los clavos que
te unen al madero, después, pronto, contemplaremos esas llagas
revestidas de gloria en la resurrección y esperamos, un día, en el
cielo, poder tocar y besar estas santísimas heridas que nos han
curado.
Tus heridas nos recuerdan que hay esperanza para las nuestras, que
tú eres capaz de transformar nuestras heridas en canal de gracia y
salvación para otros, que, en tu misericordia, nuestras heridas son
sanadas y que las cicatrices del corazón se convierten en prueba de lo
que has hecho en nosotros. (pausa)
Señor, que tus sacerdotes porten el aceite del consuelo y el vino de la
esperanza a los heridos de corazón; vida y esperanza que nos llega a
través de los sacramentos. Dales a tus sacerdotes un corazón que
vibre contigo cada vez que celebran los sacramentos y que
encuentren su plenitud y descanso en cada eucaristía, en la que se
unen a tu sacrificio en el altar de cruz, cuerpo entregado y sangre
derramada por la vida del mundo.
Lector: Señor, danos muchos y santos sacerdotes. (repetimos todos)
Todos: Señor, danos muchos y santos sacerdotes.
Oremos(ministro):
Señor, en tus manos y pies traspasados vemos el amor que no se
guarda nada, el amor que sana y redime. En esas llagas gloriosas
encontramos la esperanza de nuestra propia sanación y la certeza de
tu misericordia.
Te pedimos por tus sacerdotes, para que sean fieles ministros de tu
gracia, llevando consuelo a los corazones heridos y esperanza a
quienes buscan tu luz. Que cada Eucaristía renueve en ellos el gozo
de su entrega y la fuerza para seguir uniéndose a tu sacrificio por la
vida del mundo.
Amén. (avancemos a la siguiente estación).