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Los Inmortales 2

En 'Los Inmortales', Marian se enfrenta a la presión de la sociedad de Ciudad Inmortal mientras lidia con las consecuencias de su reciente secuestro. Atrapada entre la verdad y la mentira, debe navegar un interrogatorio policial que pone en riesgo su libertad y la de aquellos que ama. A medida que intenta proteger a Digger, su conexión con el mundo exterior se vuelve más compleja y peligrosa.

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Los Inmortales 2

En 'Los Inmortales', Marian se enfrenta a la presión de la sociedad de Ciudad Inmortal mientras lidia con las consecuencias de su reciente secuestro. Atrapada entre la verdad y la mentira, debe navegar un interrogatorio policial que pone en riesgo su libertad y la de aquellos que ama. A medida que intenta proteger a Digger, su conexión con el mundo exterior se vuelve más compleja y peligrosa.

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LOS INMORTALES

Libro II

Primera edición, 2022

D.R. © 2022, Anna K. Franco


D.R. © 2022, Bookmate Originals

Bookmate Limited
2 Carmody Street Business Park,
Ennis, Condado de Clare, Irlanda
www.bookmate.com
@bookmate_esp

Diseño de portada: Zaira C

ISBN: 978-1-7398374-7-1

Todos los Derechos Reservados. Queda prohibida la reproducción total o parcial de esta
obra por cualquier medio o procedimiento, comprendidos la reprografía y el tratamiento
informático, la fotocopia o la grabación, sin la previa autorización por escrito de los editores.
Playlist de
Los inmortales

The Path To Decay, Sirenia


Cross My Heart and Hope To Die, Sentenced
Killing Me, Killing You, Sentenced
Rotting In Vain, Korn
Last Resort, Papa Roach
No Rest For The Wicked, Godsmack
Kryptonite, 3 Doors Down
Crawling, Linkin Park
Smooth Criminal, Alien Ant Farm
Evenflow, Pearl Jam
Bring Me To Life, Evanescence
Going Under, Evanescence
Lithium, Evanescence
My Immortal, Evanescence
PARTE 2
Los inmortales:
Marian
1

Papá me sostiene entre sus brazos. Jamás me había apretado contra su pecho de esta
manera. Todos creen que lloro de miedo, pero lo que me domina es la impotencia. En
momentos como este, quisiera ser como aparento: superficial, caprichosa y distraída;
alguien sin ganas de pensar. Pero a cambio soy esta chica que a veces llego a odiar.

No hay espacio para mí en Ciudad Inmortal. Allí, si no eres como la mayoría, te conviertes
en un bicho raro. No soy la única pensante, claro, pero es difícil encontrar gente que se
atreva a mostrar la verdad sobre sí misma. Todos viven a través de la imagen que
proyectan a los demás, por eso están pendientes de sus amistades y de la comunidad
virtual. Lo que ves no es lo que en realidad es. Es lo que los demás quieren que veas.

La oscuridad del bosque me dice que Digger ya se fue. Digger… Me gusta más su
verdadero nombre.

Me aparto de mi padre y me levanto despacio. Mi rostro está mojado, pero mis lagrimales ya
están secos. No puedo llorar más. Llevo una mano a mi cabeza y me quito el gorro. Todavía
huele a su dueño.

—¿Te encuentras bien? —pregunta un hombre. Me toma de los hombros y me impulsa a


girar hacia él. Por su uniforme, deduzco que es un militar. Hago un gesto afirmativo con la
cabeza—. ¿Puedes caminar? Estamos lejos, y hasta el claro no hay espacio para que baje
un helicóptero. De lo contrario, te alzaremos.

—Caminaré.

—Hija. ¡Es un milagro que estés viva! Más allá de este bosque, el cambio climático te habría
matado —dice mi padre, abrazándome de nuevo.

Es evidente que necesita asegurarse de que seguiré creyendo la mentira acerca del mundo
exterior. ¡Me gustaría gritarle tantas cosas! Pero debo callar. Si hablara, estaría en
problemas. Además, tengo que proteger a Digger.

Caminamos hasta el claro durante unos veinte minutos. Voy escoltada por el militar, algunos
soldados, un inspector de policía y mi padre. Una vez en el helicóptero, papá se sienta a mi
lado y vuelve a abrazarme. Nunca se había comportado de manera tan cálida conmigo. Tal
vez esta experiencia haya servido para que nos valoremos más.

Miro el exterior mientras volamos. Un sector del domo se abre y pronto estamos pasando
sobre la muralla. No puedo evitar pensar que ese muro me separará para siempre de la
verdad, de la libertad y de quien me la enseñó.

En el hospital, me introducen en una cápsula de diagnóstico durante un buen rato. Mientras


permanezco recostada boca arriba, envuelta en una bata blanca, diversas imágenes de lo
que vi afuera pueblan mi mente. La vegetación, los pájaros, Digger.
Me obligo a dejar de pensar en el pasado y concibo los detalles finales de mi plan. Siento
indignación de mí misma; en lugar de aborrecer a Digger, me pregunto si mi padre les habrá
entregado las ampollas de la sustancia de la inmortalidad a quienes lo habían contratado. Si
mal no recuerdo, se refirió a esas personas como “radicales”. No dejo de preguntarme qué
destino sufrirá Digger si eso no llegó a ocurrir. Tengo que averiguar de alguna manera qué
hizo mi padre respecto de ese pedido.

Cuando la cápsula se abre, siento miedo. Después de haberme abstraído hacia la vida real,
la ficción inmortal me somete de nuevo.

Me llevan a una habitación donde me reciben mi madre, mi padre y una doctora. Ella explica
que todo está en orden y me autoriza a ir a la comisaría. Sugiere que descanse en cuanto
llegue a casa y que refuerce la dosis de mis píldoras para prevenir enfermedades, ya que
eso ayudará a la inyección que me dieron al entrar en la cápsula.

En cuanto abandona el cuarto, papá se sienta sobre la cama y me sujeta los brazos.

—Tienes que cooperar con el inspector —dice en voz baja—. Lo que hiciste puede
costarnos muy caro.

—¿Salir es un delito? —pregunto, haciéndome la desentendida—. Creí que solo era una
cuestión de seguridad.

—Conoces la ley: solo saldrá quien sea expulsado de la ciudad. No mencioné tu nota y
envié a destruir las imágenes de las cámaras de seguridad que pudieran comprometerte. Di
que ese chico te arrastró a la fuerza y todo estará bien.

Lo miro sin creer lo que me pide, aunque suene lógico viniendo de su parte. Mamá me
ofrece una copa con agua. Le agradezco con un gesto y miro por la ventana mientras la
bebo, imaginando que, del otro lado, está el mundo exterior. Papá sale de la habitación y
ella me alcanza la ropa para que me vista antes de salir también. Me siento aliviada de
tener privacidad aunque sea por un momento.

Cuando me uno a ellos en el pasillo, encuentro que, además de mi familia, están allí Rick,
otro médico y el inspector de policía.

—¡Marian! —exclama Rick con expresión apenada. Sé que está fingiendo—. ¿Te
encuentras bien? No te preocupes, están tras los pasos de ese malnacido que te obligó a
exponerte así en las afueras.

Evito demostrarle lo que siento, pero intuyo que solo pretende herirme con su comentario.
Rick debe pensar que escapé con un amante, pero la hipocresía social le impide gritármelo
a la cara.

Bajamos por el elevador hasta la recepción. En la puerta nos espera un vehículo de la


policía. Rick dice que llevará a mamá a casa, mientras que mi padre me indica que irá en
nuestro auto hasta la comisaría para esperarme y traerme de regreso.
Una vez en la estación de policía, dos agentes escoltan a mi padre hasta la sala de espera.
El inspector que me sigue desde el bosque y otro agente me piden que los acompañe a una
sala de interrogatorios. Caminamos hasta una puerta gris con el símbolo de la eternidad que
también está en nuestra bandera y en cualquier propiedad del gobierno.

Terminamos en una habitación pequeña, con un enorme vidrio oscuro en un costado. No


puedo ver más que mi reflejo; del otro lado deben estar observándome. Los hombres
cierran la puerta y señalan una silla. Sobre la mesa hay una jarra con agua y un vaso.

—¿Necesitas ir al baño? —pregunta el inspector mientras me siento—. Te advierto que los


interrogatorios pueden ser largos.

—No, gracias —replico, respaldándome en la silla. Coloco las manos entre las piernas por
el frío y también, se me ocurre, para darles darles la imagen de una verdadera víctima.

—Soy el inspector Bright y él es el agente Lym. Como podrás imaginar, tenemos muchas
preguntas para ti. Empecemos por el principio. ¿Cómo conociste al secuestrador?

—¿Por qué estoy aquí? —replico, fingiéndome triste—. Fui víctima de un secuestro y quiero
denunciarlo, pero en esta sala me siento la acusada.

—Tranquila, no lo eres. Pero el hecho de que alguien haya podido extraer a una inmortal de
nuestra ciudad es una cuestión de seguridad estatal y, en este momento, tú eres la principal
testigo de su método. ¿Nos ayudarás a permanecer protegidos?

Desearía cerrar los ojos y abrirlos fuera de este cuarto. La mirada de los agentes me pone
nerviosa. No soporto que pretendan seguir fingiendo que afuera solo hay vacío.

—No lo conocía —replico.

—¿Cómo es posible? Según nuestras averiguaciones, te encontraste con él algunas veces.


Tus amigos lo describen como alguien de cabello rubio rojizo, ojos azules y cuerpo atlético.

—Algo como esto —añade Lym, moviendo las manos sobre la mesa.

En ella aparece un chico bastante parecido a Digger. El rostro que usaron para el identikit
es más ovalado y las cejas están demasiado pobladas, pero el dibujo digital es tan parecido
a él que me causa escalofríos. Es inútil que intente hacerles creer que el rostro que
identificaron no existe: sería mi palabra contra la de mis amigos, y sin dudas la de ellos
resultará más confiable.

—¡Este no es el secuestrador! —exclamo enseguida—. El chico de esta imagen se llama


Joe, y lo conocí en Dreams. Mis amigos lo conocieron también. Salimos juntos un par de
veces, pero se sintió atraído por mí y le tuve que decir que, como tengo novio, no quería
saber nada con él. Es una pena, era muy lindo, pero yo soy fiel.
Un comentario de chica tonta siempre viene bien. Me pregunto si habré hecho lo correcto al
delatar su identidad falsa. Supongo que sí, porque mis amigos ya la deben haber
mencionado; ocultarla me pondría en evidencia y sería peor para él.

—¿Quieres decir que este no es el hombre que te secuestró? —indaga Bright, asombrado.

—No.

—De acuerdo. Háblanos del aspecto del secuestrador según tu visión, entonces.

—Tenía el cabello negro largo, barba descuidada y ojos marrones —contesto al instante—.
Estaba sucio y vestía una especie de piloto marrón claro. Tenía caries visibles y olía a
basura.

Dicen que la venganza es un plato que se sirve frío. ¡Oh, sí! Que vayan a buscar a quien
intentó abusar de mí y lo acusen de secuestro y de violar la seguridad de Ciudad Inmortal.

—Tendremos que citarte para hacer un nuevo identikit —añade Lym.

—Con gusto.

—¿Puedes contarnos cómo te secuestró? —indaga Bright.

—Eran cerca de las seis de la mañana. Salí de mi casa para hacer ejercicio. A unos metros,
alguien me sujetó de atrás y apoyó un trapo húmedo sobre mi nariz y mi boca. Cuando
desperté, me encontraba en el bosque, fuera de la ciudad.

—¿En qué calles ocurrió el hecho? No encontramos nada de eso en las grabaciones de
seguridad.

Aunque sé que mi padre se ocupó de los registros, menciono un pasadizo cercano a mi


casa donde sé que no hay cámaras. Los agentes no demuestran la frustración que les
produce ese hecho, pero la percibo en sus miradas.

—Eres la única que describe al sospechoso como un sujeto de cabello negro y ojos
marrones —continúa Bright—. Por favor, es importante que estés segura.

—Lo estoy. En el bosque de las afueras pude verlo de cerca, y es tal como lo estoy
describiendo.

—Marian, tengo la obligación de advertirte algo. Nos importas, porque eres una ciudadana
inmortal y, además, porque tu padre es un político de relevancia. Pero lo que más nos
preocupa es la seguridad de nuestra comunidad. Si nos mientes, estarás incurriendo en un
delito muy grave y podrías ocasionar serias consecuencias. Estoy convencido de que no
quieres que la integridad de tu familia, de tus amigos y de todos los ciudadanos de Ciudad
Inmortal se vea en peligro para proteger a un delincuente, ¿verdad?

—Jamás lo haría —replico, muy convencida.


—¿Viste a alguien más afuera? —interroga Lym.

—No. ¿Hay personas allí? ¿Es posible que el secuestrador proviniera de ahí?

—De ninguna manera —contesta Bright—. Del otro lado de la muralla, hay algunos
kilómetros de bosque similar al que tenemos en la frontera interna, pero no más. Tuviste
suerte de que ese hombre no te obligara a ir más lejos, eso habría implicado una muerte
segura.

—Estamos convencidos de que quien te secuestró no trabaja solo —añade Lym—. Era un
inmortal disfrazado de huérfano. Como sabes, la existencia de esos sobrevivientes es solo
un mito; lo hizo para confundirnos. Tiene que tener cómplices internos. Por la región en la
que se encontraban, podemos deducir por qué puerta salieron. Sin embargo, tampoco
hallamos rastros en las cámaras de seguridad de ese sector.

—No sé por dónde salimos. Cuando desperté, ya estábamos afuera —repito, intentando
aplacar el hervor de mi sangre. Si solo hubiera conocido a Digger, quizás podría creer la
versión de la policía; después de todo, tenía el aspecto físico de un inmortal. Pero el tipo
que me atacó no era de esta ciudad, estoy segura de ello. Y tampoco Digger.

—Lo mencionaste y lo entendemos —confirma Bright—. Sería ideal que pudieras recordar
algo más. Si eso sucede, por favor, comunícate con nosotros.

—Claro que sí. ¿Hemos terminado? Estoy muy cansada.

—No, lo siento —interviene Lym—. Cuéntanos de Joe.

Me tiemblan los dedos contra las piernas. ¿Por qué ese cambio abrupto? Me sentía mucho
más segura en el terreno de las mentiras; la verdad es incómoda y dolorosa.

—¿Por qué tendría que hablarles de Joe? Él no me secuestró.

—Puede que fuera un cómplice —explica Bright.

—¿Qué quieren que les diga?

—¿De qué hablaron en Dreams la noche que se conocieron? ¿Te dijo por qué estaba ahí o
cuál era su apellido?

—No, y no se lo pregunté.

—No hay registros de que un tal Joe haya ingresado a Dreams en la última semana. Es
evidente que te mintió —interviene Lym.

Mueve otra vez la mano sobre la mesa. En ella se reflejan las imágenes de la cámara de
seguridad de la discoteca. ¡Claro que no hay rastros! Digger era un huérfano y no tenía un
chip como nosotros.
—O quizás tan solo no se registró —contesto.

—¿Lo ves en esta captura de la filmación de seguridad?

—Sí, es este —señalo—. Esa noche algunos ingresamos gratis, por eso no hay registros.
Sé que no está permitido ingresar a un sitio público sin registrarse, pero somos amigos de
algunos empleados de Dreams y, en realidad, vamos a visitarlos.

—Linda, entiendo que el chico te haya caído simpático, pero tienes que cambiar esa visión
amigable que tienes de él, al menos mientras siga siendo un sospechoso. ¿Te dijo dónde
vivía?

—No.

—¿Cuántos años tiene?

—No tengo idea.

—¿Tampoco mencionó su usuario en la comunidad?

—No, lo siento. Lamento no ser útil.

Choco mis rodillas una y otra vez debajo de la mesa. ¡Tengo tanto guardado adentro y no
puedo gritarlo!

En Ciudad Inmortal nunca estás solo. No hay espacios privados, solo lugares repletos de
gente todo el tiempo. Si tan solo pudiera regresar al bosque que Digger y yo recorrimos…
Es tan inmenso el mundo, y estamos tan encerrados en este agujero. Tan pendientes de la
pulsera virtual, de la comunidad, de nuestra imagen, que ni siquiera nos miramos cuando
hablamos. Esta vida nos encerró en nosotros mismos. Parece mentira que las dos únicas
personas con las que logré conectar en toda mi existencia se hayan ido.

La voz de Bright me arranca de mis pensamientos.

—Está bien —dice de pronto—. Si recuerdas algo más de Joe o de tu secuestrador,


llámanos cuanto antes. Por el momento, puedes irte. Volveremos a citarte para el nuevo
identikit.

Me levanto sin demora, incapaz de seguir disimulando mis emociones, y me dirijo a la


puerta de la sala. Espero que mi plan haya dado resultado y que se concentren en buscar al
secuestrador que yo describí en lugar de a Digger. Sin embargo, intuyo que por alguna
razón están más interesados en él que en quien se supone que me arrastró fuera de la
ciudad.

¡Ojalá pudiera volver a verlo! Ni siquiera tuve tiempo de pedirle explicaciones, de entender
por qué hizo lo que hizo. Cuando la verdad salió a la luz de manera tan brusca, se describió
como la peor persona del mundo, pero sus ojos me gritaban lo contrario. En ellos vi dolor y
culpa. Vi que me quería y que le dolía haberme lastimado.

Tendré que deshacerme de todos esos recuerdos. No puedo atarme al pasado. Mi vida
continúa en Ciudad Inmortal y, si quiero subsistir, tendré que relegar lo que experimenté
junto a Digger. Puedo manejar los recuerdos, ya lo hice con Kevin. Lo difícil será acallar la
verdad que llevo dentro.
2

Muchas de las respuestas de Digger me resultan claras ahora. Siempre supe que era raro:
ni siquiera hablaba como nosotros. No pensaba como un inmortal, y las marcas en su
antebrazo eran casi tan llamativas como su personalidad. Tan serio y rígido, tan triste. No
tenía idea de nuestra historia, no usaba la pulsera de realidad virtual y jamás lo vi someter
el antebrazo a un lector de identidad. En un principio, intenté justificarlo, pero cuando me
invitó a las afueras, intuí la verdad. Resultaba tan increíble que la deseché y seguí adelante
hasta que, una vez afuera, volví a creer en mi instinto. Yo sabía que era un huérfano, pero
no me atrevía a reconocerlo.

Llegamos a casa y papá guarda el auto en el garaje. Subimos por la escalera interna y
llegamos a la sala, donde nos está esperando mamá.

—Tienes que descansar, mañana hablaremos —sugiere papá.

Preferiría hacerlo cuanto antes, pero me siento demasiado enojada para escuchar la historia
falsa que nos vendieron. Si conversáramos ahora de las mentiras del gobierno,
acabaríamos discutiendo.

Subo las escaleras y, al entrar en mi cuarto, me recorre un escalofrío. Permanezco un


instante en la puerta, observando el revestimiento blanco con flores rosadas de las paredes,
la cama con dosel y acolchado, el mueble blanco que sirve como cómoda y el escritorio con
panel computarizado. La ventana con cortinados blancos y rosados, la perilla de adaptación
de temperatura, el vestidor rebosante de ropa. Miro alrededor y me pregunto si Digger
alguna vez habrá tenido aunque sea una mínima porción de todo esto. Hasta las pantuflas
que están junto a la cama me llevan a preguntarme si las habrán confeccionado las manos
de un huérfano.

Aprieto los párpados con una horrible sensación de ahogo. Cierro la puerta, disfrutando de
la mayor intimidad que se puede obtener en este mundo. Me introduzco debajo de las
sábanas sin siquiera mudarme de ropa y aferro con todas mis fuerzas el gorro de lana. Es
todo lo que me queda, lo único que conservo de los mejores días de mi vida.

¿Qué son unos días en toda la eternidad? ¿Por qué no inventan también algo para borrar la
memoria? ¿Cómo se destierran los sentimientos? ¿Cómo ignoraré todo lo que ahora sé sin
sentirme culpable? Tengo que seguir con mi vida. Tengo que recuperar la estabilidad, como
hice una vez cuando se fue Kevin. Kevin… si afuera hay vida, entonces es posible que él no
haya muerto.

De pronto, me encuentro llorando. Tanto, que me cuesta respirar. Pienso que un pájaro que
nace sin alas nunca vive la experiencia de volar. Pero si alguien se las ofrece y luego se las
corta después de haber volado, ya no sobrevivirá. Debería sentirme feliz por haber vivido de
verdad un par de días, y no triste porque ese sueño terminó. Es una pena que la razón no
pueda acallar los sentimientos.

Despierto recién a media mañana. Dormí muchas horas, jamás quisiera despegarme de la
cama.
Me obligo a levantarme y tomar un baño. Con ropa nueva y la sensación de estar al fin
limpia, me siento delante de la cómoda y acaricio el gorro de lana. Lo llevo a mi nariz y lo
huelo: poco a poco, el aroma de Digger va desapareciendo, como se desvanecen algunos
detalles en mi memoria. La forma exacta de sus dientes, por ejemplo, o las vetas oscuras
de sus ojos azules.

Abro el cajón y lo guardo muy despacio. Me cuesta despedirme de todo lo que Digger
representa. Finalmente, consigo dejarlo sobre unos maquillajes y cierro la gaveta.

Bajo las escaleras con intención de ir a la cocina, pero en el comedor encuentro a mi padre.
Está sentado a la cabecera de la mesa, leyendo un libro que se refleja en el mueble
inteligente.

—Querida, deberías llamar a Rick, estaba muy preocupado. Yo también lo estoy. Ven aquí.
—Señala la silla que está junto a la suya. Me ubico allí—. ¿Cómo te sientes?

—Más o menos —confieso.

—¿Estás sorprendida?

—¿Por lo que hay afuera? Sí.

Papá me devuelve una sonrisa apretada.

—Lo sé, es lógico que te sientas así. Te lo iba a contar en algún momento, aunque no tan
pronto. Cuando decidiéramos que cumplieras veintiún años, quizás, y tuvieras edad para
comenzar tu carrera política.

—¿Mi carrera política? ¿No piensas que puedo querer otra cosa?

—Sí, por supuesto. Pero, Marian… Aunque no te des cuenta, el solo hecho de pertenecer a
una familia como la nuestra te asigna ciertos privilegios que se pagan con
responsabilidades. Como miembros del gobierno, tenemos la obligación de proteger el
sistema. Entenderás que si nuestro presidente decidió ocultar a la población lo que hay
afuera, es por una buena razón.

De pronto, mi corazón resucita. Late tan fuerte que me hace sentir viva.

—¿Por qué los políticos nos mentirían durante un siglo? ¿Por qué nos confinarían a estas
murallas, si somos su amado pueblo?

—Porque así estamos protegidos. ¿Sabes cómo vivían las personas antes de la Gran
Catástrofe? El mundo era un caos. Había robos, abusos, corrupción, enfermedades… Todo
eso reinaba, en mayor o menor medida, en todas las sociedades. La Gran Catástrofe
diezmó la población, dándonos la oportunidad de renacer como humanidad.

—Solo los poderosos pudieron acceder al búnker para salvarse.


—Sí, es cierto. Pero los refugiados no fueron escogidos solo por su nivel socioeconómico.
Entre ellos había científicos, ingenieros, personas con un coeficiente intelectual superior al
resto. Se hizo un gran trabajo de selección para garantizar que la humanidad fuera mejor.

—Eso suena a una tarea que demandaría mucho tiempo. ¿Cómo pudieron planearlo, si los
acontecimientos naturales sucedieron de manera imprevista?

—Podría decirse que sí llegaron de manera imprevista, pero supimos que podían ocurrir
desde un tiempo antes. Era inevitable. La única solución fue hacer una selección y
prepararnos para la supervivencia. Cuando todo pasó, evaluamos dónde convenía construir
la ciudad y ganó esta región.

—¿Sabían que había sobrevivientes aquí?

—En un principio, no. Nos dimos cuenta con el tiempo. Recibimos a los primeros que se
presentaron en nuestra muralla en construcción, sin embargo, detuvimos la admisión ante el
primer acontecimiento violento; un refugiado externo lo ocasionó. Por ese entonces, Sarah
Leigh estaba al mando, solo porque había dirigido al equipo que creó esta ciudad.

—Lo sé. Investigando cómo recuperar la naturaleza perdida en la Gran Catástrofe, su


equipo de científicos también encontró la fórmula de la inmortalidad.

—Así es. El problema era que las ideas de Sarah nos impedían progresar. Ella hubiera
admitido a todos los sobrevivientes dentro de la ciudad y, así, el proyecto se habría alejado
del propósito original. Ante la amenaza inminente de que el mundo se tornara inhabitable,
mucha gente rica había invertido todo su dinero en la construcción de una comunidad
formada solo por elegidos, por lo mejor de la sociedad. Desde que Sarah se suicidó, nuestro
presidente, a diferencia de ella, sabe que este es el mejor camino para conservar una
humanidad pura.

—A costa de estar encerrados en una jaula de cristal mientras los de afuera sufren todo tipo
de miserias —contesto, tragándome la furia.

—Aunque te cueste comprenderlo en un primer momento, esos seres no son como


nosotros. ¿Sabes con cuánto descontrol se reproducen? Imagina qué ocurriría si les
abriéramos las puertas: la humanidad colapsaría. Nuestro mundo no puede mezclarse con
el de ellos, ni ellos con nosotros. Por eso ningún inmortal llega a esos poblados.

—¿Y los que renuncian a la inyección?

—Creo que no estás entendiendo: ningún inmortal llega a esos poblados —repite, y sus
palabras me congelan.

De modo que las renuncias son una mentira. Renuncias a la inyección y te matan para que
no salgas a develar las debilidades de este sistema. Entonces Kevin… Kevin está muerto.
Lo mataron.
Bajo la cabeza; me siento descompuesta. Estoy atrapada aquí; si yo quisiera irme, también
me matarían.

—Marian, quizás tu juventud te impida darte cuenta, pero confía en lo que te digo: si
tenemos una buena vida, es gracias a que nos mantenemos aislados de los huérfanos.
Para que una porción desarrollada de la sociedad viva, es necesario que exista el
subdesarrollo.

—¿Qué quieres decir? —pregunto, incapaz de medir mi tono—. ¿Que somos una especie
de dioses o elegidos?

—Somos lo mejor de la humanidad. Los huérfanos, en cambio, son seres violentos e


irracionales, crueles y corruptos, que no saben vivir en sociedad.

Violentos, irracionales, crueles, corruptos. Visualizo cada adjetivo junto con la imagen de
Digger y no consigo aplicarle uno solo.

¿Violento e irracional? Solo se comportó así por obligación, cuando me defendió del
abusador. ¿Cruel? Solo me cuidó. ¿Corrupto? Es la persona más noble que conozco. A
pesar de las mentiras, es más honesto que los políticos de mi mundo.

—¿Nunca te preguntaste por qué los guardias de la muralla están tan mal vistos? —sigue
exponiendo—. Son huérfanos elegidos a los que se les ofreció la inyección a cambio de su
silencio. Protegen nuestros secretos porque todos, en definitiva, quieren pertenecer a
nuestro grupo selecto. Quieren vivir dentro de estas murallas aunque aquí sean tratados y
vistos como basura. ¿Te das cuenta? Ni siquiera tienen la capacidad de reconocer sus
propias riquezas y de construir un mundo mejor que el nuestro en sus propias tierras. Solo
nos miran como el gran ejemplo que deben imitar, envidiando nuestro éxito.

—¿Les diste la sustancia? —aprovecho para averiguar.

—En un principio, como habías dejado esa nota y que al inspeccionar las cámaras de
seguridad te vi yéndote con ese huérfano, intenté encubrir a nuestra familia. Mantuve lo
ocurrido en secreto y les di diez ampollas. Pero como no aparecías, tuve que hacer la
denuncia de secuestro. Temí que no te devolvieran con vida a pesar de haber cumplido con
mi parte. Son solo diez dosis, no podrán hacer mucho con eso. No tienen la inteligencia ni la
tecnología necesarias para descubrir la fórmula e imitarla. A lo sumo, uno de ellos ganará
diez años, si no lo asesina otro huérfano para quitárselos robándole las ampollas.

»¿Te das cuenta? Piden la sustancia de la inmortalidad como si fuera lo único que puede
salvarlos. Eso habla de su intelecto. Indica su capacidad para construir, gobernar y convivir.
No podemos permitir que ese tipo de gente se mezcle con nosotros. Si todos fuéramos
inmortales, la sobrepoblación haría que el mundo colapsara de nuevo. Para que una porción
mejor de la humanidad pueda vivir, es necesario que ellos sigan muriendo. Nosotros
conquistamos la eternidad, la quisimos desde un principio mientras que muchos de ellos la
rechazaron. Entre los descendientes de los sobrevivientes de la Gran Catástrofe que viven
afuera, hay también nietos de partidarios de Sarah Leigh y algunos revolucionarios que se
negaban a la aprobación de la ley. Si ahora son demasiados, sin leyes ni principios, que
vivan de acuerdo con su elección.

—Pero ellos no eligieron vivir así. ¡Lo que mencionas ocurrió hace cien años! —protesto.

Ya no resisto tanta injusticia. De solo pensar que puedan existir más huérfanos buenos
como Digger, muriendo para que nosotros tengamos una pared revestida, una cama con
dosel y un escritorio, siento ganas de destituir a Vaughn yo misma.

—Marian, tienes que demostrar que protegerás el secreto, o yo mismo te entregaré a las
autoridades. —Le creo. Ciudad Inmortal vale más para él que su propia hija—. Les aseguré
a los demás funcionarios que, en caso de que hayas hallado la verdad, estarías de acuerdo
con nuestro proyecto. Tendrás que estarlo. Proteger este sistema es mi deber, y ahora es
también el tuyo. Olvídate de todo lo que viste ahí afuera. Si la población en general lo
supiera, sentiría curiosidad, y la curiosidad acabaría por destruirnos.

—¿Por qué les quitas a los inmortales su derecho a decidir dónde quieren estar? ¿Cómo
puedes vivir a costa del padecimiento de miles de personas?

—Para que lo mejor de una sociedad viva, el resto debe morir —repite él con frialdad—. No
te conviertas en parte del resto.

Trago con fuerza todo lo que desearía gritarle y me levanto de la mesa. Subo las escaleras
de forma apresurada y me encierro en mi habitación, conteniendo las ganas de llorar.

Paso el día encerrada en mi cuarto, no bajo siquiera para almorzar. Me acuesto un rato,
luego me siento frente al escritorio, con los brazos sobre la madera y la cabeza en ellos.
Miro por la ventana, el sol me ilumina una mejilla; se filtra por el fino paño de cortinado
blanco y desaparece en el paño grueso rosado. Estiro la mano y acaricio el moño de raso
que sostiene la cortina opaca. Las horas se hacen tan largas de esta manera… ¿Por qué no
las sentí así mientras estaba con Digger?

Tengo tiempo de pensar en muchas cosas: el mundo exterior, las palabras de mi padre, mi
futuro. Recuerdo a Kevin, cada confesión que nos hicimos, cada promesa, y no puedo creer
que esté muerto. Acabaron con su energía, su valentía y su entusiasmo ni bien puso un pie
fuera de la muralla, si acaso se lo permitieron. ¿Cómo será la muerte de un inmortal? ¿Nos
inyectarán un compuesto químico? ¿Nos pegarán un tiro en la frente o nos cortarán la
cabeza?

Le dije a mi padre que estábamos en una jaula. En realidad, es una prisión. Me siento
encerrada: si me quedo, agonizo. Si me voy, me matan. Si busco al guardia corrupto para
escapar, me delatará, lo presiento. Después de lo que ocurrió, supongo que los controles
son más estrictos y no podré volver a salir jamás. Me arrepiento de no haber tocado más
plantas, de no haber hecho más silencio para escuchar los cantos de las especies de
pájaros desconocidas. Debería haber disfrutado más el frío, el calor, las caricias.
El segundo día de encierro, llego a la conclusión de que, de seguir así, moriré. La sustancia
no sustituye el agua ni el alimento, y me convertiré en la primera inmortal en morir dentro de
las murallas. Si hubo suicidios o asesinatos, fueron muy bien cubiertos.

Tengo que recuperarme, debo aprender a sobrevivir. ¿Acaso Digger no hizo lo mismo a su
manera? ¿No lo hacemos todos, huérfanos e inmortales?

Por la noche, me levanto y enciendo mi pulsera. Llegan cientos de notificaciones.

“¿Vamos a lo de Jeff?”. “Marian, ¿dónde estás? ¿Por qué no contestas?”. “Oye, linda, ¿nos
vemos esta noche?”. “Soy Rick, llámame ya”.

Me la quito y la arrojo al suelo. Aún allí, sigue proyectando la estúpida imagen de mi red
social.

Un rato después, me siento sobre la mullida alfombra blanca y la recojo. Me la coloco y


presiono el ícono del teléfono para llamar a Ashley.

—¡Marian! ¿Dónde estabas? ¿Te extraviaste? —bromea.

Gracias a sus preguntas entiendo que nadie que no pertenezca a la policía, los militares o
los funcionarios sabe que fui secuestrada. Es lógico; eso generaría miedo y caos en la
ciudad que, hasta ahora, todos consideran segura. Despertaría, además, dudas sobre la
veracidad de la versión del gobierno acerca del mundo exterior. Entonces, ¿con qué excusa
interrogaron a mis amigos?

—Estuve ocupada —respondo sin ganas—. Hoy es sábado, ¿cierto?

—Nena, ¿en qué planeta vives? ¡Claro que es sábado! ¿Vas a Dreams?

—Sí.

—¡Genial! Nos vemos allí.

Corta y me quedo mirando la pulsera. Recuperaré mi vida de una vez.


3

Ingreso al vestidor y elijo un vestido verde brillante. Lo combino con botas de caña alta
negras, me dejo el cabello suelto y me maquillo con colores en la gama de la ropa. Tengo
mi pulsera, no necesito más.

En la sala solo encuentro a mamá. Está leyendo en su tableta.

—Decidiste salir —comenta. Ya no soy su adorada hija, todo parece haber vuelto a la
normalidad.

—Voy a Dreams —replico sin demasiado entusiasmo. Sonríe.

—Me alegra que hayas elegido correctamente —dice, y vuelve a su lectura. No puedo
responder.

Salgo de la casa y bajo las escaleras hasta la acera. No puedo evitar recordar que, la última
vez que lo hice, Digger me esperaba del otro lado de la calle.

Respiro hondo para relegar el recuerdo y empiezo a caminar. Unos segundos después,
suena el alerta de llamada. Miro mi antebrazo y veo a Rick: su pelo enrulado abarca buena
parte de la imagen. No quiero atender; sin embargo, tengo que aceptar. Ignoré todos sus
intentos de ponerse en contacto conmigo desde que decidí que escaparía con Digger.

—Hola —respondo de mala gana.

—¿Por qué contestas recién ahora? —protesta.

—Lo siento, estuve ocupada.

—Tu padre me dijo que te esperara unos días. ¿Estás enferma? —indaga con tono
desconfiado.

Debe creer que, al haber salido, me expuse a todo tipo de agentes nocivos, y eso está mal
visto; enfermarse es un indicio de menor estatus social. Ahora entiendo el motivo: sin dudas
asocian las enfermedades con personas inferiores, con lo que que para los inmortales es la
escoria social.

—Estoy bien —respondo, cuestionándome por qué ahora me da tanto asco continuar en
esta relación. No me sentía así antes de conocer el mundo exterior. Aceptaba mi vida, pero
ahora ya no encuentro el modo, y eso me desespera.

—Veo que no tienes voluntad de conversar. No importa, nos vemos el viernes en la cena
que organizó tu familia. Solo llamaba para advertirte que irán también unos amigos de mis
padres, necesito que te comportes. Debo proyectar una imagen que les genere confianza.
¿Lo harás bien esta vez?

—Sí.
Mientras corto la llamada, dejo escapar el aire. Volver a vivir de esta manera después de
saber que afuera existe mucho más de lo que suponíamos se siente como si a un pez lo
obligaran a vivir fuera del agua. Me asfixiaré, lo sé.

Encuentro a mis amigos a unos metros de la entrada de Dreams.

—¡Desaparecida! —me grita Ray.

—¿Dónde estabas? —pregunta Gerry.

Todos ríen y se comportan con la misma superficialidad de siempre. ¿Por qué no se


cuestionan nada? ¿Cómo pueden ser felices de esta manera?

—Estuve ocupada, lo siento —intento excusarme.

—¿Cómo puedes estar tan ocupada en vacaciones? —interviene Ashley y me choca con el
hombro—. Para mí que te fuiste de fiesta con el coloradito —bromea.

La más mínima referencia a Digger me hace doler el pecho. Está en mi mente todo el
tiempo, y se siente aún peor cuando lo mencionan.

—¿Por casualidad la policía te preguntó por él? —aprovecho a averiguar.

—¿La policía? —repite Ray—. ¿Estás loca? ¿Por qué lo harían?

—Ahora que lo pienso, unos chicos me preguntaron por él —comenta Ashley, entrecerrando
los ojos para después abrirlos de forma desmesurada. Me agarra del brazo—. ¡No me digas
que te metí en problemas con Rick! Uno de esos chicos me dijo que le atraías y me
preguntó si estabas saliendo con alguien. Le dije que tenías novio, pero que en realidad te
gustaba Joe. Había bebido y se me soltó la lengua. ¡Cuánto lo lamento! Por favor, dime qué
puedo hacer para remediarlo.

—¿Dijiste eso? —se ofusca Gerry.

—Sí, yo la escuché, y como también había bebido un poco de más… Bueno, a mí también
se me escaparon algunos datos —confiesa Ray rascándose la cabeza.

—Está bien, no importa —replico, conforme con haber descubierto la estrategia de la policía
para seguir manteniendo los secretos de este gobierno corrupto—. Entremos ya, estoy muy
aburrida.

El interior de la discoteca luce tan frívolo como de costumbre. Nada ha cambiado, excepto
yo. Enseguida ocupamos unos sillones y pedimos tragos. El fuerte sabor del alcohol no
alcanza para que mi boca olvide el de Digger, así que bebo más.

Poco a poco, el exceso hace que deje algo de tristeza en el olvido. Es más fácil sentirse
vacía que adolorida. Me pongo de pie, voy a la pista y bailo sola; la música electrónica me
motiva. Un chico decide acompañarme. Me toca la cintura mientras doy una vuelta y,
cuando quedamos frente a frente, me abraza para que mi pecho se acople al suyo.

¿Por qué todavía recuerdo a Digger? Al descubrirme pensando en él de nuevo, empiezo a


rechazar al que baila conmigo. Para colmo, ya se olvidó de mover los pies y ahora solo
intenta besarme. Lo empujo. El alcohol y la provocación no están funcionando, necesito
algo más fuerte.

Abandono la pista y vuelvo a buscar a mis amigos.

—Esto se puso muy aburrido —les digo. Mi voz evidencia una leve borrachera—. ¿Vamos a
la azotea?

—No puedes —me dice Ashley—. Bebiste demasiado, si te subes a la cornisa, te caerás.

Y si me caigo, moriré, pienso enseguida. Pero la palabra “muerte” parece que estuviera
prohibida. Debo ser la única en todo este sitio que piensa en ella.

—Entonces iré sola —determino, encaminándome a la salida. Solo Gerry me sigue.

El aire fresco de la terraza me despeja. Debí haber bebido más.

—Pon algo de música —solicito a Gerry.

Enseguida manipula su pulsera y una canción empieza a sonar. Me asomo hacia el abismo
mientras él me mira desde el suelo, donde se sentó. La cornisa me tienta. Tal vez me sienta
mejor si estimulo un poco la adrenalina.

Subo un pie. Me quedo quieta. Hacer esto era muy sencillo antes, ¿por qué me cuesta tanto
ahora? Miro el vacío y me pregunto qué se sentirá morir. Si renunciara a la inmortalidad,
moriría.

Subo el otro pie. Aguanto en cuclillas unos segundos hasta que me atrevo a enderezarme.
Abro los brazos, cierro los ojos y levanto una pierna como si fuera una bailarina. La brisa
mece mi cabello y castiga mi piel. Aguanto en esa posición hasta que la única pierna que
tengo apoyada empieza a temblar.

Asiento el otro pie antes de caer al vacío. Bajo los brazos y sigo mirando los hilos que
forman las calles. Dentro de mí, nada ha cambiado: el corazón me duele igual que antes de
estar en peligro. Lo que en el pasado me llenaba, ahora me parece tan aburrido como el
resto de mi vida. Si ya ni siquiera tengo este juego para sentirme mejor, entonces de verdad
parece que estuviera muerta. No hace falta que el corazón de un inmortal deje de latir para
que sepa lo que se siente no existir.

Desciendo de la cornisa con más frustración de la que tenía al subir. Gerry me observa sin
alarmarse, está acostumbrado a que haga estas cosas. No sabe que ahora me resultan
aburridas, ni tiene idea de que quiero morir, pero siento terror de hacerlo. El peso del
secreto que llevo dentro me agobia. Si quiero sobrevivir, tendré que aprender a sentirme
más pesada.

—Creo que este año no me aplicaré la inyección —susurro.

—¿Pasarás a tener dieciocho? No lo hagas, te extrañaríamos demasiado.

—Podré seguir saliendo con ustedes aunque tenga un año más.

—Pero ya no será lo mismo. Estarás en otra edad y te harás de nuevos amigos.

Elijo guardar silencio. Dudo que alguna vez pueda sentirme parte de esta sociedad.

Durante la semana me mantengo conectada con mis amigos a través de la comunidad.


Ashley me cuenta que conoció a un chico por videollamada e invierto una hora de mi
eternidad aconsejándola.

—Quiero iniciarme en la vida sexual —confiesa.

—¿Para qué? —le pregunto con tono aburrido. El único chico con el que he estado es Rick
y, para ser honesta, nunca lo pasé tan bien como para recomendarle la experiencia.

Ella ríe ante mi respuesta.

—¿Cómo “para qué”? —contesta.

Las conversaciones vacías nunca me parecieron entretenidas, y mucho menos ahora. Sin
embargo, es lo máximo a lo que podemos aspirar entre amigos. Me gustaría poder contarle
a Ashley la verdad de lo que pienso. Ella es buena, pero no me comprendería.

Seguimos conversando del chico otro rato y después me pongo a leer un libro. No era tan
difícil: mi vida es de nuevo la misma. Ausencia de propósitos, solo monotonía.

El viernes me visto para la cena. Mi madre me informa que los invitados son distinguidos,
así que me pongo un solero plateado y sandalias de tacón, y me recojo el cabello en una
cola alta.

Aun antes de bajar las escaleras escucho los murmullos de los invitados. Suspiro para
darme ánimos. No tengo ganas de ver gente y fingir que me interesan sus conversaciones.
En las reuniones siempre hay que aparentar y sonreír.

El espectáculo comienza ni bien me ve el primer invitado.

—Marian, linda —me dice el hombre de traje negro. Es un político amigo de mi padre.

—Hola, señor Lewitz —respondo con el tono más amable del mundo.
Maldito viejo. Todos saben que engaña a su esposa con su secretaria, pero nadie emite una
palabra al respecto. Ni siquiera su mujer se digna a ponerlo en evidencia, así que todos
ignoran ese detalle y lo describen como alguien intachable y honesto. Yo no confío en él.
Una persona que es capaz de engañar a quien se supone que debe amar no me parece
confiable. Yo engañé a Rick. Por lo tanto, yo tampoco lo soy.

Una amiga de mamá me estrecha la mano, otra me da un ligero abrazo. Sigo impostando
una sonrisa que sirva para contentar a todo el mundo, menos a mí misma. Soy capaz de
sostenerla hasta que un brazo me rodea la cintura. El frío que me recorre la columna me
indica que es Rick.

Giro la cabeza y lo encuentro sonriente. Verlo como mi prometido, después de haberme


besado con otra persona que de verdad me atrae, se siente horrible. Parece que me
hubieran atado a un poste del que jamás lograré escapar. ¿Qué haré cuando me diga que
es hora de casarse conmigo?

—Ven, te presentaré a los amigos de mi padre —dice Rick a mi oído.

Atravesamos juntos el enjambre que puebla la sala y llegamos al comedor. Diviso a mis
padres conversando con los de Rick en un rincón. Él me lleva a la mesa, donde otras
personas nos miran sonrientes.

—¿Qué tal? Ella es Marian, mi prometida.

—Mucho gusto, querida —dice la señora.

—El gusto es mío —replico con obediencia.

A lo largo de la noche, converso con tantas personas que pierdo la cuenta. Hablan de
negocios, deportes, entretenimiento. Para mí, todo es tan aburrido como de costumbre, o
más. Después de soportar un tonto discurso acerca de la excepcional gobernabilidad de
Vaughn Leroy, decido que ya es suficiente y me excuso para ir al baño.

Transito el pasillo que lleva al sanitario y me pierdo en medio del camino para ir al balcón.
Las luces del jardín están encendidas, pero en el fondo de la casa, por lo menos, no hay
personas. Escucho los murmullos a lo lejos, me encantaría tener un botón para acallarlos.
Deseo volver a estar en silencio, como en el bosque de las afueras. Los adaptadores de
temperatura de la ciudad no permiten que sintamos frío o calor. ¡Cuánto daría porque el aire
del exterior diera en mi cara y barriera mi sonrisa de plástico! Al menos tengo este balcón
para escapar por un momento. ¿Cuánto tardarán en molestarme?

—Marian —resuena la voz de Rick—. ¿Qué haces?

Se aproxima y me rodea el brazo cerca del codo. Aprieta tan fuerte que lo pondrá colorado.

—Te dije que te necesitaba a mi lado —dice de mala manera.


—Suéltame —le ordeno entre dientes, intentando liberarme. Aunque aprieta más fuerte, tras
unos instantes, lo consigo—. No me trates de esta manera, no me gusta.

—¿Qué ocurre contigo? ¿Estás loca? —se defiende—. Desde que te fugaste con ese
renegado te has convertido en una completa imbécil. ¿Cómo pudiste caer tan bajo? ¿Por
qué, al menos, no me engañaste con un ser humano y no con un animal de las afueras?

—¡Porque yo también soy un animal! —le grito—. Tus dedos son fríos, en cambio los de él
son cálidos. Tu lengua es la de una serpiente, la de él es suave y compasiva. Es mejor que
tú en todo sentido.

No veo venir una bofetada hasta que siento la palma de la mano de Rick en toda mi mejilla.
Me aferro a la balaustrada y giro la cabeza hacia él para mirarlo con desprecio.

—Esto se terminó. Búscate a otra esclava —le digo, quitándome el anillo de compromiso.
Por un instante, guardo la ilusión de que Rick me pida disculpas, pero tan solo ríe.

—¡A mí nadie me deja! —prorrumpe—. Hablaré con tu padre y veremos qué dice al
respecto.

—Haz lo que quieras —replico, y le arrojo la sortija contra el pecho antes de irme.

Otra vez termino encerrada en mi cuarto.

Por suerte, nadie me molesta hasta que yo misma decido bajar a desayunar por la mañana.
Mamá y papá están sentados a la mesa. Me saludan con normalidad, nada parece estar
mal. Aún.

Muy pronto, mamá se retira con la excusa de que está llegando tarde a un encuentro con
sus amigas.

—¿Tienes algo que contarme? —interroga mi padre.

—No sé qué podría contarte —replico, untando una tostada.

—Rick dice que lo amenazaste.

—No lo amenacé. Lo dejé —aclaro.

Papá ríe. Al parecer, no se toma en serio mi decisión. Haber jugado el papel de tonta todo
este tiempo no me benefició.

—Marian, entiendo que lo que ocurrió en las afueras pueda haberte confundido un poco,
pero debes volver a la realidad cuanto antes. Al ver la nota que habías dejado, supe que
algo no estaba bien. Después de recibir el llamado con la amenaza, entendí que te habían
engañado. Posiblemente, confiaste en alguien, y esa persona te traicionó. Todo eso debe
ser difícil de asimilar para ti, pero Rick no tiene que pagar por tus errores.
Apoyo la tostada en el plato al tiempo que se me escapa una mirada rebelde.

—No puedo creer que, en lugar de preguntar por qué lo dejé, tan solo me digas que cometí
un error —contesto, indignada.

—¡Lo hiciste! Parecemos muchos, pero no somos tantos, querida. Rick es el mejor partido
que podrás conseguir. Es un chico estudioso, atractivo, de familia prestigiosa. No quedan
muchos como él disponibles.

—Parece que estuviéramos hablando de mercadería.

—Estamos hablando de negocios. El matrimonio es una empresa. ¿Sabes cuántas parejas


fracasaron en el siglo pasado por dejarse llevar por esa idea romántica del amor que tú
tienes? Y si el asunto pasa por tu secuestrador, tienes que saber que eso, en el pasado,
cuando el mundo era el desastre que viste afuera, solía tener un nombre: síndrome de
Estocolmo. ¿Escuchaste hablar de eso alguna vez? Es el amor ficticio de la víctima por su
secuestrador.

Ahora la que ríe soy yo. Mi cariño por Digger no es un engaño, ni siquiera sabía que me
estaba secuestrando. No lo hizo. Lo seguí por voluntad propia, y a cada segundo me
convenzo más de que lo seguiría de nuevo.

—Llamarás a Rick y le dirás que fuiste una tonta —concluye—. No te preocupes, te


perdonará. Tampoco quedan muchas chicas como tú para él. No olvides que debes
procurar llevarte bien con todos, verás muy pocas personas nuevas a lo largo de la
eternidad.

—¿Puedo hacer una pregunta? —respondo al instante.

—Por supuesto.

—¿La búsqueda continúa?

Tras lanzar la pregunta, siento que mi corazón galopa. Si atraparan al hombre que intentó
abusar de mí en las afueras, estaría contenta. Si encontraran a Digger, en cambio, temería
que sufriera horribles consecuencias.

—Claro que sí. Hasta cierto límite, por supuesto. Adentrarse en las tierras huérfanas sería
suicida para cualquier inmortal. Lo más probable es que ninguno de los dos aparezca.

—¿Ninguno de… los dos?

—Puedes intentar engañar a la policía, pero no a mí. Estoy seguro de que el sujeto que les
describiste como secuestrador no existe. En cuanto a Joe… Lo buscan por otra cosa.

Mi mente comienza a elucubrar a una velocidad asombrosa. Me pregunto si sabrán que


Joe, en realidad, es un huérfano. Imagino que sí, dado que habrán comparado su imagen
en las cámaras de seguridad con las identificaciones de todos los Joe registrados en el
sistema y no hallaron coincidencias. Quizás, hasta fue inútil intentar confundirlos respecto
del secuestrador.

—¿Por qué lo buscan? —indago, aunque creo que conozco la respuesta: como no hay un
Joe como él en los registros, saben que penetró la muralla siendo un huérfano, y eso es un
delito gravísimo.

—Ese asunto no te incumbe. En cuanto al guardia de seguridad, es lógico que alguno


intentara traicionarnos alguna vez en toda la eternidad; no ha sido ni será el único. La
corrupción de los huérfanos es algo que también necesitamos para sustentarnos.

»Antes de hacer la denuncia por tu desaparición, investigué las cámaras de seguridad de


cada puerta. No es tonto, cubrió la suya con musgo antes de abrir, así que no hay imágenes
que lo comprometan, y tampoco a ti. De todos modos, le hice creer que sí. Me conviene que
un guardia dependa de mi buena voluntad para permanecer aquí, por eso lo protegí.

»Ni se te ocurra regresar, ahora trabaja para mí y no te dejará pasar. Siempre es bueno
tener un aliado en esa posición de contacto con la mugre del exterior, así no hay que
tocarla. —Pasa las manos sobre la mesa para apagar la imagen del libro que estaba
leyendo y vuelve a mirarme—. No hablemos más de este asunto. Esfuérzate para dejar
atrás la experiencia lo antes posible. Haremos de cuenta que nunca ha existido.

Se levanta y sale de la casa, supongo que para ir a trabajar. ¿Dejar la experiencia atrás?
¿Cómo podría hacer de cuenta que jamás existió, si siento que es el único tiempo que he
vivido?

Una notificación me aparta de mis pensamientos: se trata de un recordatorio para


inscribirme en la materia que quiera cursar este año. Solo me quedan dos opciones, ambas
horribles. Agoté lo que me interesaba, así que me inscribo en Matemática. ¡Qué espanto!
Ojalá estuviera en la universidad. Es una pena que ya no comenzaré ninguna carrera. Ni
siquiera empezaré Matemática.

Puedo vivir para siempre en una caja de cristal o morir luchando en el barro.

Prefiero el barro.
4

Queridos mamá y papá:

¿Recuerdan el día que decidimos que me quedaría con trece años por un buen tiempo?
Hasta ese momento, me habían hecho avanzar muy rápido, y eso me hacía sentir distinta
del resto. Los chicos que había conocido a los ocho seguían teniendo la misma edad, en
cambio yo había crecido y debía hacerme de nuevos amigos cada año.

Por eso, cuando decidimos que me estancaría por un tiempo, fui muy feliz. Creí que tener
una misma edad para siempre sería genial. Con el transcurso de los años, sin embargo,
comencé a cuestionarme cuán bueno era eso. Hasta ese momento, creía que nadie podía
elegir envejecer un año más sabiendo que el tiempo no vuelve atrás. El problema es que,
cuando mi edad avanzaba, la eternidad para mí iba cambiando, y el cambio alimentaba mi
vida. Lo necesitaba para no sentirme muerta por dentro. Si alguien vive, pero se siente
muerto, entonces, ¿es realmente inmortal?

Creo que, por aquel entonces, fue la primera vez que empecé a hacerme preguntas.
Supuse que se terminarían, pero eso no ocurrió. Intenté acallarlas, lo juro. No lo he
conseguido. A medida que pasaron los años, las dudas aparecieron con más fuerza. Tal
como había pensado en un primer momento, no tenía forma de volver atrás: una vez que la
incertidumbre se implanta, solo resta aniquilarla o rendirse ante ella.

Durante años intenté vivir como una inmortal más. Sin embargo, nunca me sentí parte de
esta sociedad. Sé que mis palabras les romperán el corazón, pero no pertenezco a este
lugar. No soy la hija que necesitan, lo siento. Sé que tal vez les cueste entender mi
decisión. Quiero que sepan que a mí también me costó tomarla.

Por favor, no piensen que ustedes tienen la culpa, y tampoco yo. Llega un punto en el que
no podemos controlar nuestras ideas. Me dieron lo mejor, creyeron que yo sería feliz así, y
no los culpo por eso. No me culpen a mí por tener ideas distintas.

Los amo. Siempre estarán en mi alma, donde sea que vaya. Los recordaré en sus
momentos más felices, conversando con sus amigos o aconsejándome a la hora de la
cena. Recordaré sus risas, sus voces, sus miradas. Y siempre, siempre, estarán conmigo.
Porque el amor sí es eterno.

Nos reencontraremos en una próxima vida, si es que existe alguna.

Con cariño,

Marian.

Doblo el papel con manos temblorosas y lo dejo sobre la cómoda. Me quito la pulsera y la
apoyo sobre la hoja. Me suelto el pelo, me deshago de mis joyas y me miro al espejo. No
puedo negar que tengo miedo, pero no volveré atrás. Lo hice una vez, no más.
Me levanto, engancho el gorro de Digger en mi cinturón y voy a la puerta. La casa está
vacía, mis padres salieron. Suspiro y bajo las escaleras mirando los portarretratos
electrónicos en los que se suceden un centenar de fotos. Cada escalón que desciendo
representa un año menos de mi vida, como si fuera retrocediendo al momento en que nacía.
La imagen que aparece en el último es de mamá embarazada. Me gustaría llevarla
conmigo, pero no tendría sentido. Para morir no necesito nada.

Salgo, bajo las escaleras despacio y, al llegar a la acera, me detengo a contemplar mi casa.
Mi garganta se cierra cuando mis ojos pasan por el jardín y los revestimientos de piedra. Es
la última vez que veré todo eso. La última vez que pasearé por estas calles, que respiraré el
aire puro de los inmortales. La última vez que respiraré, en realidad.

Detengo un taxi en la primera avenida.

—Al extremo norte, por favor —solicito, pasando mi antebrazo por el lector.

Comenzamos a andar. El hombre conversa, como todos los taxistas, mientras yo miro por la
ventanilla, intentando prestar atención a cosas que durante mi vida pasaron inadvertidas.
No hay rincón de esta ciudad que no conozca. Sin embargo, siempre hay algo por descubrir
a último momento. Las molduras del techo de la biblioteca, por ejemplo, o las grietas en la
pared de una casona.

Cuando el coche se detiene en la calle que limita con el bosque, miro al conductor por el
espejo retrovisor.

—¿Vas a lo de una amiga? —interroga.

—Que tenga un buen día —contesto abriendo la puerta.

Espero que se vaya antes de internarme en el bosque. Camino entre los árboles durante
media hora, recordando a cada paso el trayecto que hice con Digger en otra zona.
Finalmente, llego a un edificio que jamás había visto antes. Es una enorme construcción de
ladrillos amarillos con pocas ventanas enrejadas. Un enorme letrero sobre la puerta anuncia
que se trata de la frontera.

Miro atrás. Aunque el bosque es frondoso y no me permite ver más allá, sé que mi casa
está hacia ese lado y no puedo evitar dudar. Durante años me pregunté qué se sentiría
morir y coqueteé con ello. Hoy que estoy a punto de descubrirlo, no puedo controlar los
nervios. Aprieto los labios y dejo de pensar en el pasado. Debo hacer que mis últimos
minutos de vida valgan la pena.

Respiro profundo y avanzo con paso decidido. Subo dos escalones y hago sonar el timbre.
Se sucede al menos un minuto de silencio, lo suficiente para preguntarme si estaré
haciendo lo correcto. Cuando empiezo a pensar en golpear a la enorme puerta de hierro, el
rostro de una mujer se refleja en una pantalla.

—Pase su muñeca por el lector, por favor —solicita.


Una flecha indica dónde se encuentra ubicado. Alzo el antebrazo y lo dejo delante de la
marca hasta que escucho el aviso de lectura.

—Señorita Stone, ¿por qué necesita entrar al edificio Frontera? —pregunta.

—Vengo a hacer el trámite de renuncia —respondo. Me hubiera gustado sonar inflexible y


no asustada, pero no lo consigo.

—Lo siento, ¿puede repetirlo, por favor?

—Quiero renunciar a la inmortalidad.

La pantalla se apaga y a cambio suena un pitido. Empujo la puerta. Del otro lado hay tanta
luz artificial que me enceguece. Cierro los ojos y los abro con cuidado. Entonces distingo a
una mujer delante de mí.

—Buenos días, señorita Stone —me dice—. ¿Cuál es la razón de su visita?

¡Vaya! Si no fuera porque es la tercera vez que tengo que manifestar mi propósito, pensaría
que de verdad necesita saberlo. Resulta evidente que esperan que me arrepienta; obligar a
alguien a enfrentarse con sus deseos es un buen método para que desista de ellos. Pero
cada vez que yo verbalizo lo que quiero, me siento más convencida de que es lo correcto.

—Vine para renunciar a la inmortalidad —repito una vez más, mucho más clara y precisa.

La mirada de la empleada cambia en cuanto percibe mi convencimiento.

—Sígame —ordena con frialdad.

Me conduce a una puerta que abre con un código de seguridad y luego ingresamos por un
pasillo hasta una habitación. Me pide con un gesto que me siente. Una vez que lo hago,
mueve las manos sobre la mesa y hace aparecer una pantalla. Digita otro código y aparece
un interminable formulario.

—Complete la solicitud, volveré por usted en cuanto la firme —me informa.

Sale y la puerta se cierra con trabas. Estoy encerrada.

Observo alrededor: las paredes son azules, menos una, que es de vidrio oscuro. Puede que
me estén observando del otro lado; yo no puedo verlo. Suspiro y empiezo a completar el
formulario. Debo rellenar los datos de mi cédula de identidad y luego un centenar de
preguntas personales. Durante cuánto tiempo medité mi decisión, si alguien me impulsó a
tomarla, si estoy al tanto de las terribles condiciones climáticas del exterior. La más difícil es
por qué quiero renunciar a la inyección de la inmortalidad. Podría escribir que quiero morir,
pero estaría mintiendo. Termino escribiendo: “Desde hace años siento que no pertenezco a
este lugar”.
Ni bien coloco mi firma, la empleada regresa. Espío el reloj de la mesa, pasaron unos veinte
minutos; sin dudas el sistema le avisó cuando había acabado. Me pide que la siga. Me
levanto y camino con ella por otro pasillo hasta un nuevo cuarto. Adentro hay un hombre de
barba blanca y traje marrón claro.

—Siéntate, Marian —solicita, señalando la silla que está del otro lado del escritorio—. Soy
psiquiatra. Estuve leyendo tus respuestas y me siento intrigado por algunas de ellas.
¿Hiciste alguna vez tratamiento psicológico?

—Quiero renunciar a la inmortalidad. No tiene que convencerme de nada, la decisión ya


está tomada.

—No intentaré convencerte, Marian, pero eres muy joven y, tal como habrás leído en el
formulario de solicitud, la renuncia es irrevocable. Una vez que estés afuera, no podrás
volver a entrar, y es mi trabajo asegurarme de que no te arrepentirás.

Suspiro con un nudo en el estómago. Jamás pensé que renunciar a la inyección de la


inmortalidad supondría tantos obstáculos, nunca conocí a nadie que hubiera pasado por
eso y regresado o, al menos, jamás me lo dijeron.

—De acuerdo —acepto, resignada.

—Según los informes que acabo de rastrear, viviste una situación de tensión hace poco: te
secuestraron.

—Eso no tiene nada que ver con mi decisión. Me siento diferente a todas las personas de
este mundo desde hace mucho.

—Si me permites una opinión, yo creo que lo que viviste afuera sí tuvo que ver con tu
decisión —discute—. Si creyeras que el exterior sigue siendo inhabitable, ¿te atreverías a
irte? —Me quedo en silencio, haciéndome la misma pregunta—. Tengo la obligación de
advertirte que, aunque las condiciones climáticas alrededor de la ciudad no sean tan
terribles como creías, de todos modos no sobrevivirías del otro lado de la muralla. No hay
alimento ni abrigo. Una inmortal acostumbrada a las comodidades de la ciudad no resistiría
una sola noche en las afueras. ¿Aun así quieres irte?

Claro que no resistiría, ustedes se encargarían de que no pudiera, pienso, mordiéndome la


lengua. Creo que, aunque en el exterior el clima hubiera sido tal como lo muestran en los
videos, igual me hubiera ido. De hecho lo estoy haciendo, aun sabiendo que me matarán en
cualquier momento.

—No hay vuelta atrás, renuncio —le digo con voz muy clara.

—¿Pensaste en tus padres?

—Renuncio.

—¿Lo conversaste con tu novio?


—Renuncio.

Deja escapar el aire y se reclina en el asiento, rendido. Baja la mirada, supongo que le
cuesta legalizar la decisión de una inmortal joven y de una familia importante. Niega con la
cabeza, recoge un lápiz digital y firma sobre la mesa otro formulario.

Un instante después, la misma mujer que me recibió entra en el consultorio y me pide que la
siga.

—Suerte —me desea el psiquiatra antes de que atraviese la puerta.

—Gracias.

Atravesamos otro pasillo y una nueva puerta con clave de seguridad. Tras atravesarla me
encuentro en una amplia habitación. Dos sujetos vestidos con trajes de seguridad aguardan
de pie en medio del cuarto. Llevan cascos, por lo que es imposible distinguir sus rostros, y
tienen armas en la cintura.

Entonces, ¿este es el final? ¿Aquí me matarán?

Miro alrededor: los azulejos blancos, las duchas plateadas colgando del techo, los
cerámicos claros del suelo. No hay rastros de sangre, pero todo da miedo. Trago con fuerza
y contemplo la puerta por sobre mi hombro. La empleada sale, oigo las trabas y cierro los
ojos.

—Abre los brazos —me pide de mala manera la voz de una mujer detrás de uno de los
cascos.

Hago lo que me pide. Estoy esperando un disparo. Me tiembla todo el cuerpo.

Extrae una tijera. ¿Por qué tienen que asesinarme con tanta crueldad? Cierro los ojos,
esperando el pinchazo, el corte, la sangre fluir por mi pecho. Tira de mi pulóver. Abro los
ojos y soy testigo del momento en que lo divide en dos. Una vez que lo tiene en la mano, lo
arroja a un costado junto con la tijera. Vuelvo a respirar.

Que no me quite el gorro de Digger, por favor. Que no me lo quite.

Pasa las manos por todo mi cuerpo en busca de armas. El gorro cuelga de la cintura de mi
pantalón, y allí permanece después de la revisión.

—Quítate las botas —ordena. Hago lo que me pide.

—Por aquí —indica su compañero, señalando una puerta.

Entramos a otro cuarto donde me espera una médica. El consultorio está un tanto
deteriorado, pero los artefactos son modernos. Señala un mullido sillón blanco con respaldo.
Me siento y extiendo mis brazos. Me ata el derecho y con un bisturí, sin aplicarme
anestesia, hace un corte justo donde tengo el chip.

No puedo evitar temblar y quejarme por el dolor. Escarba en la herida con una pinza y
extrae el chip mientras a mí se me salen las lágrimas. Sufro una horrible quemazón cuando
pasa el lápiz sellador y la herida se cierra, como si nunca hubiera sido inmortal. ¿Para qué
lo hacen? Si de todos modos van a matarme, ¿por qué se toman tanto trabajo?

En cuanto la doctora libera mi brazo, los guardias me atrapan desde atrás. Me alzan en el
aire y, así, atravesamos otra puerta. Llegamos a una enorme habitación vacía, en el fondo
hay una puerta de hierro.

Me empujan para que caiga de rodillas frente a una pared. En ella aparece un video de
cuando yo tenía cuatro o cinco años. Mi padre y mi madre me esperan del otro lado de un
camino mientras yo aprendo a andar en un skate volador y ríen cuando consigo llegar hasta
ellos por mis propios medios. Jamás había visto ese video.

Entonces, ¿así mueren los inmortales? ¿Me matarán frente a un recuerdo de mi infancia?

Después del video, mis padres aparecen en la pantalla frente a la puerta del edificio. Mamá
golpea, desesperada, y papá grita mi nombre.

—¡Por favor, abran! —ruega él—. ¡Marian, no lo hagas! Soy el señor Stone. Si alguno de
ustedes se atreve a autorizar a mi hija…

La imagen desaparece.

Bajo la cabeza. Me siento acabada, sin fuerzas. Los guardias me sostienen de los brazos,
cuelgo como si ya fuera un cadáver.

—Es tu última oportunidad —me advierte la mujer con voz helada—. ¿Te quedas?

Mi cuerpo, mi alma, mis sentidos tiemblan, pero no mis convicciones.

Mamá, papá, lo siento.

—Renuncio.
5

La puerta de hierro se abre, emitiendo un horrible sonido. Me empujan fuera del cuarto y
caigo de bruces sobre el barro. Todo está oscuro y húmedo. Es un pasillo similar al que
transitamos con Digger para atravesar la muralla. Consigo ponerme en pie justo cuando la
puerta se cierra a mi espalda. Miro por sobre el hombro y, al volver la cabeza hacia
adelante, entiendo que ya estoy sola.

Un escalofrío recorre mi cuerpo. Fui ingenua al pensar que me matarían antes de salir de la
ciudad: en Ciudad Inmortal nadie muere. El fin de mi vida ha de estar en este túnel o a la
salida. Trago con fuerza, intentando controlar los temblores que sacuden mi cuerpo.

Avanzo con cuidado para no resbalar con lo blanduzco del suelo. Miro hacia todas partes en
busca de armas ocultas; o quizás aparezca alguien para dispararme. Cuando mi vista se
acostumbra a la penumbra, empiezo a distinguir mejor las formas. En la piedra que forma la
pared solo hay hongos y musgos propios de la humedad. Un hilo de agua corre junto a una
enredadera y un gusano repta por una de sus hojas.

Tengo que tranquilizarme, los nervios no me permiten pensar. Durante días supe que
moriría al renunciar a la inyección de la inmortalidad, solo debo ser fuerte para resistirlo.
Clavo los ojos en la luz al final del túnel y empiezo a caminar con mayor seguridad,
dispuesta a alcanzar mi objetivo. Tarde o temprano, esto tenía que pasar.

Mis manos se ensucian al sostenerme de las piedras. Mi ropa es un desastre: las medias, el
pantalón y la camiseta sin mangas ya no sirven. Si sobrevivo hasta la noche, tendré que
idear una forma para no morir congelada, ya que me quitaron el suéter y el calzado.

Pensar en sobrevivir en lugar de en cómo moriré me ayuda a sentirme más segura. Mis
pasos se afirman, y la luz de la salida está cada vez más cerca. Una vez que la alcanzo, no
me atrevo a abandonar la protección de las paredes. Tengo solo dos opciones: quedarme a
morir de hambre en este túnel o lanzarme a mi destino. Si ya llegué hasta este punto, no
tiene sentido estancarme. Tengo que nacer.

En cuanto pongo un pie afuera, una bala roza mi pelo. Hasta ahora había pensado que, al
percibir la muerte de cerca, me entregaría a ella sin dudarlo. Sin embargo, frente al
verdadero peligro, la rendición es la última idea en mi lista. Aunque sea absurdo, lo primero
que pienso es en salvar mi vida.

Me agacho y ruedo entre disparos hasta ocultarme en un arbusto del bosque. Espero un
momento, conteniendo la respiración, hasta que oigo el crujido de unas hojas. Alguien
acaba de saltar de un árbol.

Giro muy despacio y, del mismo modo, levanto un poco la cabeza. Aparto una hoja. Por
detrás de algunas ramitas, alcanzo a ver una figura vestida de negro. Lleva un traje ceñido
al cuerpo y un pasamontañas. Dos cuchillos cuelgan de su cinturón. En la mano aprieta una
ametralladora con silenciador.
Regreso a mi posición inicial con los ojos cerrados y las manos contra el pecho. Agacho la
cabeza para intentar paliar el miedo, pero entonces descubro que mi nariz quedó contra una
calavera.

Una corriente helada recorre mi columna. Si no me alejo, tarde o temprano el asesino me


encontrará y con el tiempo me transformaré en huesos.

Pruebo arrastrándome unos milímetros. En cuanto las hojas crujen, desisto. Si al menos
pudiera encontrar algo con qué defenderme…

Justo cuando intento moverme de nuevo, un disparo roza mi brazo. Me levanto y me echo a
correr entre la maleza. Las ramas me hieren y mis pies descalzos se lastiman; todo lo que
me importa es que no me alcance una bala.

Me escabullo entre las plantas, entro en un tronco hueco caído y salgo del otro lado,
arrastrándome de rodillas. Más disparos me amenazan, pero es tan grande mi deseo de
sobrevivir que solo me impulsan a ir más rápido.

La forma de un árbol me da una idea. Miro por sobre el hombro, arriba, a los costados.
Como no veo al asesino, salto sobre una rama y escalo por otras hasta alcanzar cierta
altura. Corto un pedazo del tronco, hiriéndome las manos por la corteza. Lo presiono con el
pie y arranco un trozo de modo de obtener una especie de lanza. Si mi plan sale bien,
comenzaré a creer que soy una afortunada. Si sale mal, estaré muerta y ya no tendré
oportunidad de pensar en nada. De cualquier manera, saldré beneficiada.

La espera se extiende durante algunos segundos. Tantos, que empiezo a mirar alrededor,
creyendo que el asesino está también en las alturas. De pronto, una sombra aparece bajo
mis pies. Es él.

Contengo la respiración. Lo observo caminar un poco agachado, mirando hacia todas partes
como un experto. Presiona el arma con las dos manos, listo para disparar. Si la apuntara
hacia arriba, estaría muerta en menos de un segundo. Tengo que medir muy bien mis
movimientos, cuento con una sola oportunidad de ganar y compré todos los números
perdedores. Me tiemblan las manos mientras mido sus movimientos. El asesino avanza
despacio. Si dejo caer la lanza ahora demorará en caer… ¿cuántos microsegundos?

Cierro los ojos por un instante. Los abro decidida a poner fin a la agonía. Estiro la mano y
dejo caer la lanza. Esperaba que se le enterrara en el cuerpo, pero ya puedo prever que el
intento falló. Cambio de plan sobre la marcha y me arrojo yo también. El asesino presiente
el movimiento muy rápido y dispara. Lo hace en dirección al tronco, dándome la espalda.

Caigo sobre sus hombros. Consigo enredar las piernas en su cintura antes de acabar en el
suelo, mi cabeza queda colgando hacia abajo. Gira sobre sí mismo mientras yo me aferro a
su espalda. Me enderezo sujetándome de las correas que lleva en la espalda y le aprieto el
cuello. Coloca la punta del arma sobre mi pierna, va a dispararme. Me obliga a distraer una
mano para intentar apartarlo del objetivo. Como no puedo, termino dejándome caer, pero en
el camino al suelo consigo arrebatarle un cuchillo.
Giramos juntos y, cuando menos lo espera, se lo entierro en el pie. Grita, y al hacerlo,
descubro que no se trata de un hombre, sino de una mujer. La pateo en las rodillas y cae al
suelo conmigo. La ametralladora resbala de sus manos y va a parar al suelo. Cuando se
estira para recuperarla, empuño el cuchillo y lo uso para enterrarlo en su antebrazo.

Recojo una piedra a la velocidad de la luz y la golpeo en la cabeza. Permanece un


momento consciente y, de pronto, cae; supongo que acabo de desmayarla. Empiezo a
temblar, sentada junto a ella. Las lágrimas nublan mis ojos, casi no puedo respirar. ¿Y si
todo es una trampa? ¿Y si aún no estoy en la tierra de los huérfanos? ¿Qué ocurrirá si, en
realidad, estoy en un lugar cerrado y este juego macabro nunca acaba?

No puedo seguir haciendo conjeturas, tengo que avanzar. Aunque me siento


descompuesta, muevo el cuerpo de la asesina y le robo el abrigo. Me quedo, además, con
el otro cuchillo. Si tuviera agallas, también le quitaría la ropa y me disfrazaría con ella, pero
todavía no me siento capaz de tanto.

Me cuelgo todo y empiezo a caminar con intención de alejarme lo más rápido posible.
Mientras me pregunto hacia qué dirección debo ir, reviso la ametralladora. No sé utilizarla.

Camino durante tanto tiempo que mis pantorrillas duelen. Mis pies sangran desde que salí
del barro y me arde el roce de la bala en el brazo. Me humedezco los labios, deseosa de
agua. Si tan solo me hubiera quedado en casa… Pero no. Yo elegí este camino y me siento
bien de haberlo hecho. ¿De qué vale la comodidad, si nuestra vida es falsa? Yo no estaba
hecha para vivir entre los inmortales, aunque tampoco me imagino viviendo entre los
huérfanos.

De pronto, el bosque acaba y me encuentro en un enorme valle circundado por dos


mesetas. Suspiro, esperanzada de poder atravesarlo sin peligros. Sin embargo, mi intuición
me dice que no será así.

Respiro profundo y avanzo con el arma entre las manos. Cuanto más me adelanto, quedo
más expuesta. Sin vegetación y en una zona baja, será difícil salvarme si alguien dispara
desde algunas de las mesetas.

Miro hacia uno y otro lado, todo parece tranquilo. De pronto, un ruido me lleva a agacharme
y alzar el arma. Apunto hacia cualquier parte, no sé de dónde proviene el sonido. Instantes
después, descubro que se trata de un conjunto de pájaros.

Dejo caer las manos y la cabeza, agotada. El calor comenzó a ser agobiante. Algunos
recuerdos se cruzan por mi mente. Mi familia, Dreams, mis amigos. No puedo rendirme, no
ahora que llegué hasta aquí. Habría sido más fácil dejarme morir.

Una vez más, la experiencia real de estar en peligro me sorprende en el momento menos
esperado. Presiento algo a mi izquierda. Cuando giro, encuentro a una chica sobre la
meseta. No está vestida como la otra, tiene unos pantalones marrones y un chaleco de
cuero. Sostiene un arco y está a punto de dispararme una flecha. La apunto con la
ametralladora y aprieto el gatillo, pero nada sucede. Sigo sin saber utilizarla, estoy
indefensa.
La aferro contra mi pecho y me echo a correr más rápido que nunca. Aunque me tiemblen
las piernas, no puedo detenerme, no debo darme por vencida. La flecha pasa junto a mi
hombro.

La adrenalina reaviva mis músculos adormecidos. Las ansias de vivir me impulsan a mirar
atrás: me persigue otro enmascarado. Ahogo un grito y sigo corriendo, tratando de salvarme
del disparo que sin dudas impactará en mi cabeza y de la flecha que me atravesará el
pecho. Al menos moriré luchando.

Voy tan rápido que ya casi llego al final del valle. Salto para esquivar una roca y, cuando
caigo, tengo tanta mala suerte que mi tobillo se dobla y acabo en el suelo. Mi pecho se
arrastra por el pedregullo salvaje, mis manos extendidas no alcanzan para frenar la
velocidad del impacto. La ametralladora escapa de mi agarre y va a parar contra otra roca.
Al girar la cabeza, veo al asesino tan cerca que vuelvo a mirar adelante y cierro los ojos. Me
quedan apenas unos segundos de vida.

Un ruido seco me hace pensar que acaban de dispararme, pero todavía no me duele. ¿Será
que ya estoy muerta? ¿Esto era? ¿Tantos preparativos solo para creer que sigo viva?

Me siento en la tierra, con las manos detrás de la cadera, y el mundo se detiene. Me quedo
helada: jamás hubiera esperado ver al asesino muerto. Tiene una flecha clavada en la
espalda.

Vuelvo a mirar sobre la meseta. La chica baja el arco y, detrás de ella, aparecen al menos
unas cinco personas más. ¿Entonces no estaba apuntándome a mí, sino a mi perseguidor?
¿Acaso estoy en la tierra de los huérfanos?

Me siento tan mareada que debo recostarme con la espalda sobre el suelo. El cielo celeste
gira sobre mi cabeza, los graznidos de los cuervos retumban en mis oídos. Giran en círculos
sobre mi cuerpo, como si fuera un cadáver. ¿Estoy viva? ¿Estoy muerta? Mis ojos se
cierran. No puedo mantenerlos abiertos.
6

Hace mucho calor. Me arden el brazo, las manos y los pies, pero aun así, estoy agradecida.
Si no fuera por el dolor, no sabría si continúo con vida.

Abro los ojos despacio, el sol me enceguece. Cuando consigo acostumbrarme a la claridad,
me doy cuenta de que estoy acostada en un catre, dentro de una tienda.

—Hola. ¿Te sientes bien? —me pregunta una mujer.

Giro la cabeza hacia la voz. Delante de unas telas que hacen de puerta, hay una sombra.
Avanza unos pasos y así puedo verla: tiene el pelo rubio enrulado, viste una camiseta
blanca sin mangas y pantalones de color verde oscuro como las lonas que forman la tienda.

—¿Dónde estoy? —pregunto. Mi voz suena embotada en mi garganta.

—Afuera —responde y apoya una mano en mi frente—. Tu temperatura es adecuada —


determina y va hacia una mesita con algunos instrumentos médicos—. Te llevará un tiempo
adaptarte a los cambios climáticos, en especial al frío. La sustancia de la inmortalidad baja
la temperatura corporal, pero en cuanto la droga abandone tu cuerpo por completo, te
sentirás mejor. Puede demandar un año. Tendrás que cuidarte en ese tiempo.

—¿Es usted doctora?

—Sí. Escapé de la ciudad hace muchos años.

—¿Esta es una ciudad de personas que fueron inmortales?

—No en realidad. Pero nos alegra que te sumes a este lado del muro.

Una extraña sensación me agobia. Por un lado, me siento a salvo entre estos
desconocidos, pero, por el otro, en mi mente resucitan las últimas imágenes de mi familia. A
pesar de que nunca supieron amarme del modo en que yo lo necesitaba, sé que lo hacían,
y pensar que alguna vez tendré más edad que ellos me parece muy extraño. Saber que
jamás volveré a verlos duele tanto como vivir en la ciudad. Estaba tan segura de que
moriría, que no me pregunté qué sentiría si sobrevivía.

La doctora se aproxima y acomoda la frazada vieja que cubre mi cuerpo.

—Descansa —me pide y sale de la tienda.

En cuanto me quedo sola, los recuerdos se convierten en sensaciones. Me duele la panza


del miedo y se me oprime el pecho de pena. Tomé una decisión y no me arrepiento, pero
mentiría si dijera que estoy segura de haber hecho lo correcto.

El silencio y la preocupación se conjugan en imágenes borrosas. Los recuerdos de Ciudad


Inmortal se mezclan con escenas incoherentes que nunca ocurrieron. Me adormezco.
Entreabro los ojos sin conciencia del tiempo. Noto en mis párpados el sol anaranjado que
traspasa las lonas y deduzco que está cayendo la tarde. Respiro hondo el aire sucio de las
afueras y giro la cabeza hacia el lado derecho. Todavía tengo los ojos entrecerrados, pero
aun así percibo que alguien está sentado a mi lado.

Solo alcanzo a ver una cazadora verde con bolsillos y una camiseta blanca con vetas grises
que se asoma por el cuello. Me humedezco los labios resecos y, después de un momento,
consigo terminar de abrir los ojos.

¡No puedo creerlo! Esa mirada… Si bien luce distinta, jamás la olvidaría.

—K… Kev… —susurro, acongojada.

Kevin sonríe, aliviado.

—Marian —responde. Su voz también suena distinta por el paso del tiempo, pero es él. ¡Es
mi mejor amigo!

Me siento sin pensar que puedo marearme, estoy temblando. Toco los brazos de Kevin, sus
hombros, sus mejillas. Poco queda en él del chico que conocí. En mi último recuerdo, era un
adolescente de pelo castaño oscuro peinado con un flequillo hacia el costado y piel de
porcelana. Ahora tiene poco más de veinte años. Puedo adivinar que, debajo de su ropa, se
demarcan algunos músculos. Lleva el pelo muy corto y tiene una pequeña cicatriz en el
pómulo, cerca del ojo. Antes era muy delgado y se vestía como un chico de familia
acomodada, en cambio este hombre bien podría pasar por un soldado. La primera
impresión que me llevo de él es que es un ser completamente nuevo, casi un extraño. Sin
embargo, sus ojos no mienten. Cambió mucho, pero aún es Kevin. Aún es lo único que
resta de mi pasado.

Lo abrazo por el cuello, sin poder contener la emoción que el reencuentro me produce. Él
me rodea la cintura y me aprieta contra su pecho. ¡Lo extrañé tanto! ¡Añoré tantos años
nuestras conversaciones, nuestras risas, nuestros abrazos!

Unos segundos después, nos alejamos para mirarnos. Todavía no alcanzo a asimilar que
nos reencontramos. Kevin acaricia mi rostro y sonríe de nuevo, aunque su mirada se haya
apagado con el tiempo. Imaginar lo que debe haber atravesado en las afueras desde la
última vez que nos vimos me duele aún antes de saberlo.

—Marian… —susurra—. Jamás creí que te atreverías a ser mortal.

—¡Y yo no pensé que volvería a verte! —dejo escapar con afecto.

Kevin sonríe. Sus emociones se fortalecieron tanto como su cuerpo, pero aun así, sé que
está conmovido. Presiento que ya no llorará como cuando me contaba la frustración de
haber recibido otra vez la inyección, sin embargo, su mirada me demuestra que añoraba
verme tanto como yo deseaba renunciar a la inmortalidad. Quiero preguntarle tantas cosas
que no sé por dónde empezar.
—Mi padre me dijo que ningún inmortal sobrevive a la renuncia definitiva de la inmortalidad,
por eso supuse que te habían asesinado. ¿Vives entre los huérfanos? —indago.

—¿Cómo sabes que de verdad existen los huérfanos? —pregunta él, ignorando lo que para
mí era lo más importante—. ¿Acaso el gobierno les dijo la verdad?

—Jamás lo harían, mi padre me lo dejó claro. Lo sé porque conocí a uno.

—¿Conociste a un huérfano? ¿Entró en la ciudad o acaso tú lograste salir antes de


renunciar? ¿En realidad no renunciaste y te echaron por haber descubierto la verdad?

—Renuncié, no me echaron. Por favor, ¡cuéntame cómo sobreviviste! —suplico, ansiosa por
cambiar de tema. No quiero exponer a Digger. Si bien Kevin es la persona en la que más
solía confiar, las cosas pueden haber cambiado. Por suerte, no insiste con preguntas.

—Lo que dijo tu padre es cierto: ningún inmortal llega vivo a las tierras de los huérfanos.
Excepto yo, y ahora tú.

—Y la doctora —agrego.

—La doctora y otros cuantos inmortales que hoy son adultos salieron mucho antes, cuando
hubo una revuelta hace algunos años.

—Nunca supe de eso.

—Claro que no. El gobierno de Ciudad Inmortal se encargó de ocultarlo, como esconden
que asesinan a cada ciudadano que renuncia para siempre a la inmortalidad y que existe la
vida aquí afuera, entre muchas cosas más.

»Marian, no tienes idea de lo increíble que resulta esto. Llevamos más de tres años
haciendo guardias en el claro, atentos a la aparición de cualquier inmortal que se haya
atrevido a renunciar o que hayan echado. ¡Y ahora hay una aquí! Nuestro plan tuvo sentido,
todo ha valido la pena.

—¿Estamos en la tierra de los huérfanos? —me apresuro a preguntar.

—Podría decirse que ahora somos huérfanos también, pero vivimos en unas tierras que
nadie elegiría. Si bien lo que nos mostraban en la ciudad acerca del mundo exterior en parte
era mentira, aquí la vida es muy dura. Esta región es un desierto de arena: no tenemos
árboles para protegernos del calor ni del frío, y debemos negociar con traficantes para
obtener lo necesario para la vida. Sin embargo, no te gustaría pisar los lugares que habitan
los huérfanos. Nosotros en nuestra aldea somos civilizados, en cambio ellos…

—Estoy segura de que existen huérfanos civilizados en otras tierras —intervengo,


recordando a Digger.

—Sí, por supuesto, pero la mayoría no lo son. Debes tener mucho cuidado. No te
preocupes, nosotros te protegeremos y te enseñaremos a protegerte. Uno de nuestros
modos de supervivencia es estar bien preparados. Además, estamos planeando algo. Es
largo de contar, te lo explicaré en otro momento. Preferiría que ahora descansaras un poco
más, tienes que reponer energías. Por la noche, te llevaré a mi tienda para que no pases
frío. Entonces, podremos hablar un poco más.

—Ya conozco el frío —decido confesar.

—No el de estas tierras.

Se pone de pie, y yo le tomo la mano para retenerlo. Sentir sus dedos entre los míos
después de tanto tiempo me hace temblar de nuevo. Sus manos también cambiaron, son
casi tan ásperas como las de Digger, quizás por empuñar armas o por el trabajo duro.
¿Acaso yo también me transformaré con el paso del tiempo? ¿Sobreviviré en este lugar?

—No puedo creer que siga viva, creí que al salir me matarían —confieso, conmovida.

—Fuiste muy valiente. ¿Sabes que eres la única que renunció a la inmortalidad en estos
años? Desde que hacemos las guardias, nadie más atravesó esa puerta hasta que llegaste
tú, y aunque suene egoísta, estoy feliz de que lo hayas hecho. La vida aquí es dura, pero al
menos es nuestra y no la que otros nos imponen.

—¿No extrañas a tus padres? ¿Cómo sobreviviste el primer tiempo?

—Fue muy difícil, en especial porque estaba solo. La primera noche creí que moriría.
Cuando pisé tierras de huérfanos, me atacaron varias veces y también estuve al borde de la
muerte. ¿Ves esta marca? —Señala la cicatriz de su pómulo—. No es la única que tengo,
todas me las hice peleando contra ellos. Un día, el hambre y los golpes me dejaron
inconsciente, pero sobreviví gracias a Geraldine, la médica que conociste. Ella me encontró
y me trajo a esta comunidad. Tú no estás sola. Jamás permitiré que pases por todo eso: nos
tienes a nosotros, me tienes a mí.

Hago un gesto afirmativo con la cabeza, tiro de su mano para que se siente en el borde del
catre y vuelvo a abrazarlo. Ansío que sus palabras me brinden consuelo y convencerme de
nuevo de que tomé la decisión correcta.

—Gracias —susurro—. Todavía no puedo creer que estés aquí.

—Ni yo que tú estés aquí —dice, sonriendo—. Descansa un poco más. Vendré antes de
que anochezca para llevarte a mi tienda, donde cenaremos.

—Me siento bien, llévame ahora —le ruego—. Muéstrame qué hay afuera y luego
hablemos. Ya no tenemos una eternidad para contarnos qué ocurrió durante los años que
perdimos.

Kevin acaba aceptando con un movimiento de la cabeza. Me ayuda a ponerme en pie y a


estabilizarme. Me duelen las piernas.
—Antes de salir, necesitas vestirte —explica—. Aquí es importante que aprendas a
protegerte de los cambios climáticos. En este momento, por ejemplo, la temperatura está
bajando, así que te conviene abrigarte.

Va a un perchero y descuelga una camiseta blanca sin mangas, un pantalón negro y un


piloto con capucha. Revuelve una caja llena de calzados y elige unas botas.

—Espero haber acertado con las tallas —dice mientras deja todo sobre la frazada roída—.
Vístete tranquila, cuidaré que no entre nadie. Sal cuando estés lista.

Mientras me quito mi delicada ropa de la ciudad, pienso que esta será la última vez que la
use. Abandonarla se siente como dejar ir mi pasado, solo me consuela que la parte más
vívida de él me espera fuera de la tienda.

Lo único que conservo es el gorro de lana. Dejo el resto de las prendas sobre la cama y me
alejo mirando atrás. Me toma un instante despedirme de mis cosas, pero cuando abro la
cortina, lo hago decidida. Kevin me mira con una sonrisa. Mis ojos le devuelven una
expresión agradecida y salgo para apropiarme del entorno.

Estamos en un desierto de arena. Es tan parecido al que nos mostraban en videos que me
asusta. Si no hubiera visitado otra zona de las afueras, pensaría que Vaughn Leroy no nos
mintió.

Kevin toma mi mano y mi cuerpo se estremece; todavía me cuesta asimilar que otra vez
estemos juntos. Solíamos andar así en el pasado, cuando los dos éramos inmortales. Las
manos unidas, los sentimientos atolondrados, la extraña comprensión que nos envolvía y
regresa ahora. Todo me recuerda que, alguna vez, solo nos tuvimos el uno al otro.

Mientras caminamos entre las tiendas, no puedo dejar de mirarlo. Mis ojos alternan entre lo
que nos rodea y su perfil. Cada vez me resulta más familiar. Por un instante siento que el
tiempo no transcurrió y que volvemos a ser los mismos, esos mejores amigos que
planearon renunciar juntos y que mi cobardía terminó separando.

Avanzamos hasta donde se terminan las tiendas de campaña y solo resta el desierto. Unas
montañas nevadas se alzan a lo lejos, parece mentira que los cambios climáticos sean tan
drásticos. La Gran Catástrofe terminó con el mundo tal como lo conocíamos, haciéndolo
hostil hacia nosotros. Según los libros de Historia de la ciudad, fue nuestra culpa. Tratamos
mal a la naturaleza, y ella siguió su curso: para sobrevivir necesitaba exterminarnos, y eso
hizo.

En nuestro recorrido me presenta a algunas personas, todos son huérfanos que se alejaron
de las tierras colmadas de corrupción y delitos.

—La familia que te acabo de presentar fue la última en mudarse con nosotros —explica
Kevin, camino a su tienda—. Decidieron venir cuando un huérfano intentó abusar de su hija
adolescente. La estamos entrenando, y es muy buena: se llama Serena, es quien te
defendió con su arco.
»Los huérfanos no llevan nombres como los nuestros y no tienen apellido. Sus nombres son
lo que sus padres creen que están destinados a hacer en el futuro. Serena significa “calma”.
Por supuesto, para cualquier inmortal esas creencias huérfanas son producto de la
ignorancia. Pero, de alguna manera, terminan convenciéndose de que son ciertas al punto
de que, a la larga, se parecen a sus nombres. Por ejemplo, Serena ayudó a que pudieras
estar en paz.

Aunque la historia es interesante, me quedo pensando en el abuso. Al parecer, es bastante


común que eso suceda: con razón Digger reaccionó de forma tan violenta con el huérfano
que me atacó en el bosque. ¿Acaso tendrá hermanas y alguna habrá sufrido ese destino?
Digger… Siguiendo la lógica de los nombres de los huérfanos, es algo así como
“excavador”. Digger, ¿Por qué excavas?, me pregunto. ¿Qué buscas?

—¡Ey! —exclama Kevin, pasando una mano por delante de mis ojos—. Te perdí.

Bajo la cabeza, descubierta.

—Lo siento, me quedé pensando en algo. Por favor, continúa.

—Te decía que, aunque parezca que un huérfano es confiable, jamás les creas. Ni siquiera
a esa familia que acabo de presentarte. Están acostumbrados a la corrupción, la violencia y
el delito. Ahora, pregúntame lo que quieras —dice y abre la puerta de tronco que da ingreso
a su tienda.

Avanzo despacio, observando lo que me rodea: el fuego arde en un hogar improvisado, hay
objetos muy extraños por doquier y un catre con frazadas viejas. Lo primero sobre lo que
me arrojo son libros de papel. No existen en Ciudad Inmortal, ni siquiera en la biblioteca:
todo el contenido es digital.

—¿Cuántos árboles destruyeron para hacer esto? —pregunto, hojeando un ejemplar. Kevin
sonríe.

—Son del mundo que ni siquiera conocimos —explica, aproximándose—. Los guardo
porque, de algún modo, me recuerdan quiénes fuimos.

—Es historia pura entre mis manos —replico, fascinada—. Jamás pensé que podría ver
uno.

—¿Te gusta? Te lo regalo.

Leo el título con entusiasmo: El Príncipe, de Maquiavelo. Sonrío y lo apoyo contra mi pecho,
feliz de quedármelo.

La cena consiste en carne asada y nos la alcanza un muchacho. Kevin y yo nos sentamos a
comer en el suelo.

—¿Cazan animales para subsistir? —pregunto.


—Es difícil conseguir animales vivos —explica—. Los contrabandistas los consiguen de
tierras muy lejanas y ni siquiera sabemos qué son.

—¿Quieres decir que no sabemos qué estamos comiendo? Podría ser tanto una vaca como
un perro.

—Exacto. Por eso es mejor no pensar en ello.

Aunque la información debería horrorizarme, tengo tanta hambre que sigo comiendo.

—Así que contrabandistas —añado—. ¿Y qué les das a cambio de la comida?

—Generalmente, atención médica. Casi no hay médicos en las tierras de los huérfanos,
solo curanderos.

—Es decir que Geraldine es tu mejor arma para los negocios.

—Sí, por eso la protegemos; tememos que algún día quieran secuestrarla para otras tierras.
Aquí no existe el gobierno, pero aun así hay personas más poderosas que otras, y puede
que intenten llevársela. De todos modos, ella también está muy bien entrenada. Sobrevivió
sin nosotros tantos años, que decir que la protegemos es en realidad arrogante. Ella es
quien nos cuida.

—¿Ella formó esta comunidad?

—Sí, aunque podríamos decir que yo soy el líder. Me creen fuerte por haber sobrevivido el
asesinato inmortal al abandonar la ciudad.

—¿Y lo eres?

—Tanto como tú. Tú también sobreviviste. Me alegra tenerte conmigo.

Estira una mano para tomar la mía, y yo comienzo a jugar con sus dedos. Tanto Kevin como
yo hemos cambiado, pero supongo que, en el fondo, sigue siendo mi mejor amigo

—Hay algo que me preocupa —confieso—. ¿Los inmortales no buscan a sus


supervivientes? Temo que aún quieran asesinarme.

—Como te expliqué, nadie salió en estos años, así que no lo sabemos. Cuando yo logré
escapar, sí me buscaron. Lo bueno es que no se alejan más de unos kilómetros, y nosotros
estamos bastante apartados. Según me explicó Geraldine, consideran que esta región no
es apta para la vida humana. Y, como lo huérfanos nos matarían si se enteraran de nuestro
origen, saben que jamás lo confesaríamos, por lo tanto, sus secretos están a salvo. Aunque
son poderosos, no suelen alejarse tanto de la ciudad por temor a los huérfanos. Tampoco
pueden deshacerse de ellos, los necesitan para abastecerse. Así que les basta con que
ambos mundos no se mezclen. Es tu turno. ¿Me contarás cómo conociste a un huérfano
viviendo en Ciudad Inmortal?
Me muerdo el labio, dudosa acerca de confesarle a Kevin la verdad.

—Un huérfano me ayudó a salir.

—Es decir que, primero, consiguió entrar.

—Entró solo, supongo, y salió conmigo. Fue gracias a un guardia corrupto.

—¿Un guardia se atrevió a tanto? —pregunta, sorprendido—. Son huérfanos a los que les
ofrecieron la inmortalidad a cambio de ejercer un trabajo denigrado, tratar con los
contrabandistas y mantener en secreto cualquier dato referido al interior de la ciudad.
Ninguno se arriesgaría a perder sus beneficios.

—Este sí, pero mi padre ya se ocupó de doblegarlo.

—Tal vez, pero todo puede cambiar. Nadie muere dentro de la ciudad. Si lo atrapan y lo
condenan a muerte, lo sacarán por la misma puerta que saliste tú, y quizás podamos
reclutarlo. Reforzaré la guardia en la salida.

—No creo que te convenga reclutar a ese hombre, no me dio buena espina.

—¿Qué huérfano podría dártela?

Lo observo en silencio un momento, sin entender sus pensamientos. Ya lo había oído


decirme que no podía confiar en los huérfanos cuando me presentó a la nueva familia de su
comunidad, pero lo pasé por alto. No puedo hacerlo de nuevo, ahora que escuché dos
veces lo mismo. Vive entre huérfanos, ¿por qué entonces habla de ellos como si todavía
fuera un inmortal?

Mis dedos tiemblan entre los de Kevin. De pronto, vuelve a parecerme un extraño. ¿Cuál es
la realidad? ¿Estoy frente a un desconocido o frente al chico que vive en mi recuerdo?
7

Por la mañana despierto muy temprano, incapaz de continuar durmiendo. Todavía no


amanece, pero aun así me encuentro con los ojos de Kevin mirándome atentos.

—Ven, quiero que hagamos algo —dice de pronto.

Me toma de la mano y se pone de pie conmigo. Me conduce cerca del fuego: sospecho lo
que va a pasar y eso me hace sonreír. Kevin se recuesta boca arriba sobre una alfombra de
piel. Poco después, estoy extendida a su lado, viendo el techo construido con madera y
paja.

—¿Recuerdas cuando mirábamos las estrellas? —indaga.

Nuestros dedos se entrelazan, imitando el pasado.

—Claro que lo recuerdo —respondo.

El fuego está encendido y aun así siento frío. Es cierto que la temperatura de esta zona es
todavía peor que la del lugar que conocí. Kevin me cuenta que duermen vestidos y que la
higiene personal es difícil de mantener.

—Nos bañamos en un oasis que está a varios kilómetros una vez a la semana. No tenemos
jabón ni champú, notarás que la mayoría de nosotros tiene el cabello descuidado —cuenta.

—¿Y cómo hacen las chicas cuando… ya sabes? —pregunto.

—Lavan trapos. También nos cuidamos los dientes con los dedos. Vivir aquí es como volver
a un mundo primitivo.

Me muerdo el labio. Ya sabía que renunciar a la inmortalidad implicaba también perder las
comodidades, pero supongo que nadie es consciente del todo hasta que sucede.

—Imagino que tampoco hay medicinas para el dolor.

—No. Usamos remedios caseros y otros de la Ciudad Inmortal que han caducado. Los
compramos a los contrabandistas.

Suspiro, otra vez pensando en Digger. ¿Le habrán dolido mucho las cicatrices que vi en su
antebrazo? ¿Cómo se las habrá hecho? Me apena que no haya tenido con qué calmar su
sufrimiento.

—¿Sabes de un grupo de huérfanos que esté interesado en obtener la sustancia de la


inmortalidad? —indago. Kevin gira la cabeza para mirarme.

—Todos se mueren por esa fórmula. ¿Por qué lo preguntas? ¿Tiene que ver con ese
huérfano que se coló en la ciudad? ¿Intentó robarla? No creo que la haya conseguido, es lo
único que el gobierno jamás descuidaría. Ni siquiera nos darían dosis vencidas, la muerte
de los huérfanos es su medio de vida.

Me sorprende el nivel de conocimiento que Kevin alcanzó en este tiempo. Todo lo que
expresa coincide con lo que mi padre me dijo, así que ya no tengo dudas de cómo viven los
huérfanos y de lo injusto que me parece eso.

Pensar en que Digger solo conoció esa realidad dura y cruel me apena. Más allá del trabajo
que aceptó hacer, estoy convencida de que era una buena persona. Lo noté en su mirada,
en sus palabras y, sobre todo, en sus actitudes. Además, ni siquiera cumplió con su
objetivo. Dijo que tenía que secuestrarme y entregarme a un grupo de radicales, pero jamás
lo hizo. Tan solo me llevó a dar un paseo, el que abrió mis ojos. Solo por eso le debo mi
vida.

—Kevin, ¿por qué desconfías tanto de los huérfanos?

—Todos son traicioneros.

—Imagino que, aunque sea, confías en los que te rodean.

—Más o menos. Son seleccionados. No aceptamos a cualquiera y están a prueba durante


meses. Los huérfanos nos odian, Marian; apuesto a que incluso los que viven con nosotros
nos delatarían si se les presentara una buena oportunidad. Por eso, aunque algunos
conocen nuestro origen, intentamos parecernos a ellos para que lo olviden. Cuando
estemos delante de la gente, llámame Tough. A Geraldine deberás llamarla Wisdom. ¿Te
parece bien si te llamo Stone? Tu apellido podría ser un buen nombre huérfano.

—Sí, me agrada —respondo.

—Como te darás cuenta, vivir de este lado de la muralla, en tierras ajenas, no es amigable.
Por eso, me preocupa que hayan podido colarse en la ciudad para obtener la fórmula de la
inmortalidad. ¿Sabes lo que podría suceder si el gobierno cayera en las manos
equivocadas?

Otra expresión casi idéntica a la de mi padre. ¿Qué ocurre con Kevin? Se convirtió en un
huérfano y habita en sus tierras, pero desconfía de ellos todo el tiempo. Aunque puede que
tenga razón, siento que una parte de él no dejó de ser inmortal, como tampoco dejaré de
serlo yo.

—Si pensamos así, ¿qué nos diferencia de los políticos? —pregunto.

—Nada. Huérfanos e inmortales somos la misma basura. Quizás la Gran Catástrofe debió
exterminarnos a todos.

Sé que solíamos decir eso cuando éramos inmortales, pero en este momento ya no lo
siento de esa manera. Haber conocido a Digger me dio una tonta esperanza, como si
creyera que puede existir algo de luz en medio de la oscuridad. Él era bueno entre la
maldad, se regía por la moral a pesar de su corazón endurecido, y me hizo pensar que tal
vez la humanidad tenga posibilidades.

—Hay gente buena en ambas partes —defiendo.

—Lo sé, nosotros somos buenos.

—No lo digo por nosotros.

—¿Y por quién, entonces?

—Por nadie en particular.

Kevin sonríe y, por un momento, sus ojos brillan igual que en el pasado. Aparta un mechón
de pelo de mi frente con una caricia suave y se inclina sobre mis labios.

—¿Recuerdas cómo nos despedimos? —pregunta.

Mi cuerpo tiembla debajo del suyo, mi boca está sedienta. Lo sujeto de los hombros,
aunque no sé si lo hago para atraerlo más o para alejarlo.

—Jamás podría olvidarlo —respondo.

—¿Cuántos años tienes?

—Diecisiete.

—¿Estabas comprometida en la ciudad?

—Algo así, pero lo dejé antes de irme.

Sonríe y me besa en la mejilla por sorpresa.

—Te quiero, Marian —susurra, rozándome la comisura de los labios—. Gracias por volver a
mí.

Entonces, su boca desciende sobre la mía.

—Kev —murmuro, colocando una mano entre su pecho y el mío para apartarlo—. Perdona,
yo…

—No, discúlpame tú —dice, alejándose—. Como dijiste que recordabas el modo en que nos
despedimos…

—Sí, pero fue hace años. Necesito tiempo para adaptarme a esto.

—Lo sé. Ya casi amanece. Anoche estabas muy cansada, te quedaste dormida y no quise
molestarte. Te acompañaré a la que será tu tienda; es una regla que las chicas duerman
con las chicas. Te pondré con las huérfanas en las que más confío, pero de todos modos
deberás tener cuidado.

Acepto con un ligero asentimiento.

Tenía razón: afuera el frío es casi insoportable. Si no fuera por el abrigo, me habría
congelado. Caminamos hasta una puerta de tronco. Kevin la golpea. Nos abre una chica de
pelo castaño sujeto en una cola.

—Stone, te presento a Justice. Compartirás la tienda con ella y con sus hermanas.

Sonrío con los labios apretados. Me siento insegura, no estoy acostumbrada a conocer
gente nueva. Además, Kevin dijo que los huérfanos nos odian, y yo acabo de llegar de la
ciudad inmortal. Intento mantener en la mente que Digger, a pesar del odio que sin dudas
sentía por mí, jamás me lastimó. Pero es imposible que algo del prejuicio de Kevin no me
haga sentir temor.

Me esfuerzo por sonreír con naturalidad. Presiento que se nota que no estoy siendo
auténtica, y que eso sí puede molestar a las huérfanas. Lo mejor para dejar de pensar es
entrar de una vez a la tienda. Cuando decido dar un paso, Kevin me detiene tomándome del
brazo.

—¿Estarás bien? —pregunta. Sé que se refiere a lo mismo que yo estoy pensando, al


parecer todavía mantenemos algo de la conexión que nos unía.

—Sí, tranquilo —respondo enseguida.

Él asiente y espera a que entre para cerrar la puerta.

—¿Y bien? ¿Qué se siente ser libre? —pregunta Justice con las manos en los bolsillos
traseros de su pantalón.

—Se siente extraño —respondo.

Justice sonríe, se da la vuelta y me presenta a sus hermanas. Los nombres son muy
simples, pero estoy un poco distraída y los olvido enseguida.

Están acostadas en catres compartidos. No hay mucha posibilidad de acomodarse, más


que mirar el techo enrojecido por las llamas de la leña ardiente. Las chicas me hacen
algunas preguntas sobre la ciudad hasta que una de ellas pide silencio, dice que está
cansada y que quiere dormir otro rato. Justice me promete que más tarde no me libraré de
su interrogatorio y después de soltar una risita, también calla.

Me siento más tranquila después de haber conversado con las huérfanas. Si bien entiendo
que hemos atravesado vivencias muy distintas, de cierto modo me recuerdan a Ashley. Me
pregunto qué les dirán acerca de mi desaparición a mis amigos de Ciudad Inmortal. Dudo
que les cuenten la verdad.
En la ciudad siempre había ruido. Autos, música, voces de vecinos. Lo que más me
sorprende de este lugar es que solo oigo el crepitar del fuego. De pronto, después de
muchas horas, vuelvo a sentir miedo.

Cuando intento darme la vuelta, un bulto se entierra en mi cadera. Vuelvo a la posición


inicial y me hago de lo que llevo enganchado en la cintura del pantalón: el gorro de Digger.

Lo aprieto contra mi pecho y cierro los ojos. Así, el miedo va desapareciendo. De repente,
en lugar de pensar en el beso fallido de Kevin, recuerdo el primero que nos dimos con
Digger y deseo volver a verlo. Me pregunto en qué lugar de esta inmensa tierra vivirá. Es
imposible saberlo.

Despierto con algunos golpes a la puerta. Ya es de día. Justice se queja y se revuelve en su


catre. Como todas duermen todavía, me levanto, dejo el gorro sobre un estante
desvencijado y abro.

—Buen día —me dice Kevin—. ¿Desayunamos?

Volver a verlo me reanima. Sonrío y acepto enseguida.

Desayunamos en el suelo de su tienda, recordando anécdotas. No había mucho que hacer


en la ciudad, y cada historia se parece a otras que viví cientos de veces más, pero cuando
las compartía con Kevin tenían un sabor distinto. Nos entendíamos demasiado y sabíamos
los secretos del otro, lo cual nos permitía ser auténticos. Nos divertíamos a pesar de la
repetición y el hastío.

—¿Te animas a empezar a entrenar? —pregunta. No tengo dudas en decirle que sí, movida
por el deseo de novedad.

Aunque pienso que me sugerirá salir solo con la camiseta sin mangas, me pide que me
coloque el piloto.

—Pensé que el calor era insoportable —comento mientras él me acomoda la capucha.

—El sol sobre tu cabeza podría matarte —explica, paciente—. Te dije que tendrías que
habituarte a protegerte a la vez del frío y del calor.

El clima está bastante pesado. Entiendo por qué me pidió que utilizara esa prenda: el sol es
tan fuerte que nos habría quemado. Kevin me lleva de la mano al otro extremo del poblado
y me hace entrar en una de las tiendas más grandes. En el interior hay dos mujeres,
algunos niños y varios hombres. Cada uno lleva arcos y flechas caseras, espadas, lanzas y
hondas. Hay algunos cuchillos sobre una mesa, mazas y otros elementos que desconozco.

—Les presento a Stone —dice—. Es nueva en nuestra comunidad.

Los adultos me saludan con una inclinación de la cabeza. Uno de los niños, en cambio, me
mira con el ceño fruncido.
—No pareces una huérfana —comenta—. ¿Tú también sobreviviste a la muerte inmortal?

—Todos los que estamos de este lado de la muralla somos huérfanos —replica Kevin con
cierta autoridad, y prosigue con lo que en realidad le interesa—. Nunca entrenó, así que
tendremos que enseñarle de cero. Sin embargo, la conozco desde hace mucho tiempo, y
algo me dice que será una muy buena guerrera.

Una chica se aproxima y me entrega un arco.

—¿Te animas a probar? —pregunta.

Aunque ni siquiera tengo claro cómo se sujeta ese aparato, le digo que sí sin dudar.

Kevin se para junto a mí y me explica cómo preparar la flecha. Me enseña a tensar la


cuerda y algunas técnicas básicas para apuntar. Ríe cuando se da cuenta de que pasó
tanto tiempo explicándome que mi codo tiembla. Me ayuda a mantenerlo firme y entonces
me hace disparar. No doy en el blanco ni por casualidad, pero la flecha pasa bastante cerca
del extremo de los círculos concéntricos.

—¡Lo sabía! —exclama Kevin, riendo—. No es casualidad, naciste para esto. Deberías
llamarte Warrior.

—Stone está bien —replico—. Además, ni siquiera acerté dentro de algún círculo.

—Es evidente que no tienes idea de lo difícil que es esto y de lo bien que lo hiciste para ser
la primera vez que tienes un arco entre las manos.

Durante ese día me hace practicar un poco con cada arma para que vaya conociéndolas.
Por orden de Kevin, el resto de la semana solo nos dedicamos a la lucha cuerpo a cuerpo;
le parece lo más necesario para que una chica pueda defenderse del ataque de un
huérfano más fuerte.

Justice me instruye en varias técnicas y terminamos peleando entre nosotras. No me cuesta


aprender a atacar y a defenderme, de hecho lo disfruto. Cuando tengo que hacerlo, solo
pienso en mi objetivo, y así todo lo que me rodea desaparece. Siento la adrenalina en mi
cuerpo. Nadie volverá a tocarme como ese huérfano en el bosque ni me tratará como Rick.

Las semanas siguientes, practicamos el uso de diversos instrumentos: espada, maza,


especialmente cuchillos. Todo lo que sirva para protegernos es bien recibido y siempre
dedicamos un rato a la defensa personal. Me gusta tanto el entrenamiento que nunca quiero
parar. Tal como Kevin suponía, soy buena en esto, y yo ni siquiera lo sabía.

Nos divertimos al igual que en el pasado y pasamos mucho tiempo juntos. A veces solos,
otras, acompañados. Me explica movimientos pegado a mi espalda, y en esos momentos su
respiración me hace cosquillas en el lóbulo de la oreja. Un día, intenta besarme de nuevo, y
ya no me opongo. Tal vez mi vida esté aquí, a su lado.
Me siento mejor en estas tierras que en Ciudad Inmortal. Sin embargo, algunas noches me
cuesta conciliar el sueño. Me acuerdo de mis padres y de mis amigos, de la vida que dejé
del otro lado de la muralla y de la libertad que pretendía alcanzar. ¿Cómo es posible que,
aun estando fuera de la caja de cristal, todavía no me sienta en paz? Quizás es porque, de
este lado, tampoco se es libre.

Las tierras que ocupa la comunidad de Geraldine son amplias, pero muy hostiles. Sus
servicios como médica no alcanzan para alimentar a tantas personas, por eso igual tienen
que dirigirse a otros territorios para trabajar. Arriesgan sus vidas trasladándose bajo el calor
agobiante y en regiones peligrosas para conseguir, con suerte, unas latas de conserva.

Analizando la realidad me doy cuenta de que, aunque aquí todos nos llamemos huérfanos,
algunos seguimos siendo privilegiados. Los únicos que vivimos de Geraldine y que no
tenemos que salir de la aldea somos los que alguna vez fuimos inmortales.

Por la noche, Kevin me invita a cenar en su tienda. Conversamos un poco y luego nos
acostamos a mirar el techo. Enlaza sus dedos con los míos y levanta nuestras manos. Oigo
su risa, y eso me lleva a girar la cabeza hacia su lado. Sus labios buscan los míos y
acabamos besándonos.

En cuanto sus dedos transitan por el borde de mi pulóver, me pongo tensa. Intento
relajarme y disfrutar de la caricia cuando su mano avanza por mi abdomen hasta alcanzar
uno de mis pechos.

Mi entrepierna sucumbe al cosquilleo que me provoca y las abro. Su palma vuelve a


acariciar mi vientre en dirección descendente mientras me besa el cuello. Enredo los dedos
en su pelo y arqueo la cintura hacia él, pero en cuanto intenta colocarse sobre mi cuerpo,
todo lo que siento es que no quiero.

—Kev… Necesito ir al baño —me excuso.

—Espera un poco —murmura.

—Perdona.

Lo tomo de los hombros y lo empujo hasta que se da cuenta de que necesito que se
detenga. Se aparta a regañadientes y yo aprovecho para levantarme. Me abrigo para salir
de la tienda y me encamino al pequeño cubículo externo que está cerca.

La verdad es que no tengo ganas de ir al baño. Solo necesito despejarme y entender por
qué, si bien Kevin y yo tenemos una especie de relación, a veces me siento como si
estuviera con Rick. No tienen nada que ver uno con el otro, y a Rick ni siquiera lo escogí.
Nunca estuve conectada con él de ninguna manera. Sin embargo, tampoco ahora estoy del
todo conectada con Kevin. Los momentos en los que me siento así son esporádicos, y no
tienen el peso suficiente para que termine de querer esto que estamos haciendo.
Digger vuelve a cruzarse por mi mente. No tuve mucho tiempo para conocerlo, pero algo me
atraía a él de una manera inexplicable. Es una pena que no tenga idea ni de dónde
empezar a buscarlo.

Regreso a la tienda, esperanzada de que Kevin se haya quedado dormido, pero lo


encuentro esperándome.

—Estaba a punto de salir. Tardaste demasiado, temí que te hubiera ocurrido algo —dice.

—Necesitaba un poco de espacio —confieso, acostándome de nuevo a su lado—. Kev,


cuando apenas nos encontramos me dijiste que tenías algunos planes que refieren a
Ciudad Inmortal. ¿Me los contarás o crees que, como los huérfanos, tampoco soy
confiable?

Se yergue sobre un codo y me mira con expresión reprobatoria.

—No entiendo por qué estás usando ese tono conmigo —protesta.

—Lo siento —respondo, consciente de que mis dudas me hacen mirarlo con otros ojos.

—Puedo contarte nuestro plan; sé que lo guardarás en secreto. Hace un tiempo me enteré
de un rumor interesante gracias a un sobreviviente de las revueltas que acontecieron años
atrás en Ciudad Inmortal. Sucedieron porque un pequeño grupo de soldados comenzó a
desconfiar de Vaughn Leroy y sus intenciones. Es fácil que una minoría acomodada y
algunos científicos estén de acuerdo con la ideología perversa del gobierno, pero necesitan
de la milicia para defender la muralla. A ellos les dicen que, más allá de algunos kilómetros
de bosque, del otro lado del muro, el resto del mundo es inhabitable y que morirían ni bien
pusieran un pie en el hielo o en el desierto.

—El mismo cuento que le venden a todo el mundo, omitiendo eso del bosque que está
afuera —replico.

—Sí, pero estos soldados tuvieron la desgracia, o la suerte, según como se lo mire, de
encontrarse en un entrenamiento exterior con un grupo de huérfanos. Por lo general no
circulan por esas zonas, saben que los inmortales no lo permitirían; solo los contrabandistas
se acercan a la ciudad, y por sectores determinados. Cuando esto ocurrió, la mentira del
gobierno se cayó a pedazos en un instante: había personas del otro lado, y podían vivir sin
necesidad de permanecer encerradas, sometidas a la voluntad de un grupo de poderosos.

—Supuse que todo aquel que estuviera en contacto con la frontera sabría de la existencia
de los huérfanos, pero que por alguna razón conservaban el secreto.

—No es cierto. El contrabando solo se realiza donde no hay militares mirando. El mismo
gobierno se ocupa de eso, porque es también una estrategia: dándoles migajas a los
huérfanos, se asegura de que ellos crean que solo pueden comer de su mano y que sigan
necesitándolos.
—¿Ese es el rumor? ¿Que un grupo de soldados se cruzó con unos huérfanos y decidieron
enfrentar a Vaughn Leroy?

—No. Es algo mucho más interesante, que seguro te atrapará. En su búsqueda secreta de
información, hallaron indicios de algo relacionado con Sarah Leigh.

—¿Con Sarah? —repito.

—Sabía que esta parte te interesaría. ¿Sigues siendo su fan número uno?

—Supongo —reconozco con una sonrisa.

—Al parecer, Sarah Leigh tenía un hijo, y Vaughn Leroy lo mantuvo como un bebé durante
sesenta años después de que ella se suicidó. Según los rumores, alguien logró extraerlo de
la ciudad y lo escondió en las tierras de los huérfanos. Geraldine cree que murió. Supongo
que los inmortales también, por eso dejaron de buscarlo. Pero si existiera un solo indicio de
que está vivo, te aseguro que no descansarían hasta hallarlo. Es la única razón por la que
serían capaces de revolver las tierras de los huérfanos y matar a quien intente protegerlo.

—¿Por qué un bebé podría ser tan importante? Si vive, quizás ni siquiera esté al tanto de su
origen.

—Es posible, pero ¿qué sucedería si se enterara de quién es en realidad? Siendo el


heredero de Sarah Leigh, su poder dentro de la sociedad inmortal sería incalculable.
¿Cuánta credibilidad perdería el gobierno si las personas se enteraran de que les
mintieron?

—En la ciudad nadie sabe que ese hijo existió, de lo contrario, sería imposible mantenerlo
en secreto. Hasta quizás sea solo un mito.

—Por alguna razón, Sarah lo escondió, por eso no lo saben. Pero los indicios que
encontraron los militares tienen que ver con su identidad. Al parecer, tenía un chip
implantado, solo que su identificación estaba cifrada. Algo me dice que es real y que está
vivo.

—¿Tu plan está relacionado con él?

—Sí. Ese hijo es uno de los secretos que utilizaremos cuando encontremos la manera de
vencer las defensas inmortales. El objetivo es destituir a Vaughn Leroy. Si el hijo de Sarah
Leigh existiera y estuviera vivo, sería nuestra mejor arma.

—¿Cómo sabes si merecería el gobierno? Además, dudo de que los inmortales quisieran
que un hombre criado entre huérfanos los gobierne, sin importar quién haya sido su madre.

—¡Por supuesto que no lo queremos para eso! No intentaríamos que se quedara con la
presidencia, solo lo utilizaríamos para desestabilizar al gobierno de Leroy.

—Hablas de usarlo como si no fuera una persona.


Kevin ríe, demostrándome que mi apreciación quizás sea demasiado ingenua. Vuelve a
mirar el techo.

—Ese hombre ya no es un bebé, Marian. Debe rondar los cuarenta años, necesitaríamos su
consentimiento. Pero si fuera como todos los huérfanos, sería fácil comprarlo por un puñado
de comida.

—Entonces te valdrías de su necesidad para conseguir tus objetivos. Después de destituir a


Vaughn Leroy, ¿qué harían?

—Tomar el control de la ciudad y administrarla con justicia.

—Define qué entiendes por “justicia”.

—Algo así como lo que tenemos aquí: un grupo selecto de personas, huérfanos e
inmortales, con acceso a decidir si quieren aplicarse o no la inyección. Para que la ciudad y
el mundo no colapsen, permitiríamos el ingreso de gente a medida que otros vayan
renunciando a la inmortalidad. Es importante que los números se mantengan estables, de lo
contrario, estaríamos acabados. Las renuncias a la inmortalidad y el control de la natalidad
serían nuestras bases.

—Kevin —susurró, con la sangre helada—. No encuentro diferencias con lo que dice mi
padre.

Él permanece un momento en silencio, supongo que estará evaluando si mi tono de voz


suena triste o desilusionado. Ni siquiera yo alcanzo a precisarlo.

—No sé qué dice tu padre —contesta finalmente.

—Lo mismo que el gobierno.

—¡Nuestra idea no tiene nada que ver con lo que piensa este gobierno! Te estoy diciendo
que tanto huérfanos como inmortales podrían acceder a la ciudad, y que las personas
escogerían si quieren aplicarse o no la inyección.

—Basándote en una selección. ¿Quién la haría? ¿Con qué criterios? Supongo que
Geraldine y tú estarían adentro. ¿Por qué ella tendría derecho a vivir en la ciudad y un
huérfano cualquiera, quizás, no? No es justo que los demás sigan consumiéndose en la
enfermedad y la pobreza para que algunos vivan. Si no serán inmortales, al menos tienen
derecho a que la muerte no les duela.

—Es lo que les propondremos: vivir de otra manera. El que sea capaz de respetarla, estará
adentro con el tiempo. El que no, tendrá que permanecer afuera. Lamento que tengas que
enterarte de este modo, Marian, pero tienes una idea muy romántica de cómo son los
huérfanos. Justice y sus hermanas, Serena y otro puñado, son buenos, o eso aparentan.
Pero la mayoría no lo son. Por más que un gobierno quisiera imponerles leyes y brindarles
educación, no la aceptarían. Se acostumbraron a vivir de esta manera, y no les conviene
otra. No podríamos arriesgar la única posibilidad de salvación para la humanidad por
personas que jamás la apreciarían.

Me siento mal, intranquila.

—Estoy cansada —le digo—. ¿Te molesta si voy a mi tienda?

—Tú me pediste hablar del plan.

—Lo sé, y te agradezco que me lo hayas contado. Pero no sé si quiera saber más.

—Por favor, no nos despidamos enemistados. Dame un beso.

Sonrío para tranquilizarlo. Apoyo una mano en su pecho y me inclino sobre él hasta que
nuestras bocas se encuentran como no pueden hacerlo nuestras conciencias. Supongo que
Kevin y yo ya no somos tan parecidos.
8

Por la mañana, estoy distraída en mi entrenamiento. Paseo por el exterior de la tienda con
una daga apoyada en el hombro, agobiada por los recuerdos. Todo se entremezcla: Kevin,
mi familia, Digger. Extraño al chico que fue mi mejor amigo, a mis padres a pesar de sus
desaciertos y a la única persona con la que me he sentido viva: un huérfano.

—¡Marian! —exclama Kevin a mi espalda—. ¿Qué haces afuera sin el piloto con capucha?
Una insolación podría matarte.

Apoya la prenda sobre mis hombros y, aunque sé que es él, por un instante sus manos se
sienten como si fuera Rick. No quiero rechazar a Kevin, no merece otra traición de mi parte.

—¿Qué ocurre? —pregunta.

Me resulta imposible ocultar lo que siento. Desde hace días me parece que tampoco
pertenezco a este sitio. Debo ser yo, sin dudas. Es imposible que no pertenezca a ninguna
parte.

—Nada —miento, cabizbaja.

—¿Es por lo que hablamos anoche? No te preocupes, Marian. Ese bebé debe haber muerto
y, hasta que encuentre otro método para penetrar en la ciudad y restarle credibilidad al
gobierno, pueden pasar años.

—No es eso. Entremos.

No puedo explicarle que esa conversación no es más que una pequeña muestra de lo que
en realidad está pasando: ya no somos compatibles, eso es todo, y quiero ser libre.

Los días siguientes, me mantengo ocupada con el entrenamiento. Por la noche, aunque
paso un rato en la tienda de Kevin, no puedo negar que estoy un poco distante. Cuando me
besa ya no hay cosquillas ni deseo. Cuando nos abrazamos, me siento en compañía de un
amigo. No me atrae, y tampoco quiero sentir que le atraigo.

Cada mañana busco el gorro de Digger y me lo llevo a la nariz con la esperanza de que
todavía conserve su perfume. Nada queda de él, solo su recuerdo. La idea de buscarlo
cobra cada vez más fuerza, pero ni siquiera sabría por dónde empezar. Apenas tengo un
par de datos para intentar localizarlo: que fue contratado para secuestrarme, que mató
gente, que se gana la vida en la lucha libre.

La llegada de Justice me obliga a ocultar el gorro. Nos dirigimos juntas a la zona de


entrenamiento.

—¿Cómo amaneciste? —me pregunta Kevin, abrazándome por la espalda mientras intento
afilar un cuchillo.
—Bien —le digo a la vez que me doy la vuelta para mirarlo—. Estuve pensando en algo, y
sé que me dirás que es una locura, pero quiero recorrer tierras de huérfanos.

Kevin se aparta de golpe.

—¿Para qué querrías hacer eso? Estás protegida aquí, no permitas que la curiosidad te
tienda una trampa.

—No es curiosidad, es necesidad de ver el mundo. Si tan solo me quedara aquí, aceptando
lo que tú me cuentas, ¿qué diferencia habría con haberme quedado en Ciudad Inmortal,
aceptando las mentiras de los políticos?

—La diferencia es que todo lo que yo te digo es cierto.

—No dudo de ti, pero deseo verlo por mí misma.

—No lo entiendes, Marian: te esperé demasiado y no quiero que te pase nada malo.

Sus palabras me hacen sentir una persona horrible. La culpa por no poder responder a su
confesión me lleva a apretar los labios. Por suerte, unos hombres entran y tenemos que
terminar con la conversación.

Mientras entreno, pienso que no tengo modo de encontrar a Digger. Tampoco no puedo
salir de esta aldea sin rumbo, sería una locura. Si bien confío en mi capacidad para
defenderme, no soy una experta, y correría menos riesgo si fuera a un lugar concreto.

Aprovecho los momentos en los que Kevin está lejos para conversar con los huérfanos que
viven en la aldea. La primera a la que le consulto acerca de las tierras habitadas es a
Justice.

—Existen muchos poblados —explica— Las tierras áridas, las fértiles, las tierras altas… Los
habitantes de las distintas regiones son parecidos: la mayoría son violentos y están
consumidos por algún vicio. No tienen leyes. Sin embargo, hay una especie de estatus
social implícito. Las personas que viven en las tierras fértiles son las más beneficiadas,
entonces, usan a los de las tierras áridas para trabajar casi como esclavos. Yo estuve en
algunas plantaciones cuando era niña, nos trataban peor que a sus caballos y nos pagaban
con latas de comida vencida.

Cada dato que agrega es un pinchazo más en mi pecho. No sé por qué presiento que
Digger no pertenece a esa clase de huérfanos acomodados y que a cambio habrá sufrido.

—¿Puedo preguntarte algo en secreto? —solicito. Justice asiente, visiblemente sorprendida


por mi pedido. Su silencio me hace creer que nuestra conversación morirá en la piedra
sobre la que nos sentamos, así que prosigo—. ¿Por casualidad conociste a un huérfano
llamado Digger?

—¿Digger? —repite con los ojos entrecerrados—. Mmm… No, no lo creo. Mucho menos si
es un chico, es peligroso hablar con desconocidos.
—¿Y cómo hacen amigos? ¿Cómo saben en quién confiar?

—No confiamos en nadie. Y los amigos, por lo general, se conservan desde la infancia, el
único momento en que tenemos algo de ingenuidad y mostramos quiénes somos en
realidad. Los niños no saben fingir: el que es violento, lo demostrará. El que es mentiroso, a
la larga, también. Y eso te habla de quiénes serán como adultos. Por eso, cuando un
huérfano niño conoce a otro y puede comprobar su bondad, por lo general, nunca se
separan. Incluso es así como se forman familias.

¡Todo es tan distinto y a la vez tan similar a lo que viví en Ciudad Inmortal! Después de
todo, allí tampoco se podía ser uno mismo, mucho menos con extraños. Siempre debía
ocultar mis verdaderos pensamientos acerca de la sustancia de la inmortalidad y del
gobierno.

Comprendiendo que la conversación no me llevará adonde necesito, le doy las gracias y le


propongo volver al entrenamiento.

Con el correr de los días, entablo conversaciones con otros huérfanos. Todos cargan
historias tristes en sus espaldas, pero ninguno escuchó de Digger. Resulta evidente que
esto no es Ciudad Inmortal, donde todos conocen a casi todos y siempre son los mismos. Ni
siquiera doy con alguien que sepa de él utilizando la pista más certera que tengo: la lucha
libre. Si bien algunos hombres asistieron a las peleas alguna vez, ninguno era aficionado y
no tienen idea de quiénes son los luchadores. Además, según ellos, hay muchísimos antros
de peleas y los luchadores mueren muy seguido, por lo tanto, siempre los renuevan. Esa
información me hiela la sangre. Pensar que Digger puede haber dejado su vida en una jaula
por una lata de comida me revuelve el estómago.

Empiezo a perder las esperanzas. Me desquito arrojando dagas al blanco. Casi todas dan
en el pequeño círculo negro. ¡De verdad soy muy buena en los entrenamientos! Nunca lo
habría apostado.

Me detengo en cuanto escucho el sonido de un cuerno; es el aviso que emite quien está de
guardia para avisar de algún peligro. Enseguida se oyen gritos de un hombre. Miro a la
única persona que comparte la tienda conmigo, un niño que está afilando una espada, y los
dos fruncimos el ceño. Al parecer, se trata de una conversación matizada de llanto y ruegos.

Me cuelgo un arco y flechas, oculto una daga en el bolsillo de mi pantalón y salgo sin
ponerme el piloto. Me aproximo a la escena: un hombre se arrodilla ante un grupo de
huérfanos de la aldea liderados por Kevin.

—¡Te lo suplico! —grita; su rostro está enrojecido por el estado de nerviosismo—. ¡No
tienes idea de cuánto me costó escapar de ese contratista! Lo maté. Lo maté, ¿entiendes?
Sus secuaces me buscarán para vengarse. ¡Necesito un refugio!

—No queremos luchadores, y mucho menos asesinos, en nuestras tierras —replica Kevin
con rudeza—. Váyase ya mismo o tendremos que sacarlo a la fuerza.
—¿No van a ayudarme? —replica el sujeto, encorvado, mirando alrededor—. Había oído
rumores de que aquí eran buenos, pero no son más que mentiras. ¡Son peores que los
demás huérfanos! ¿Quiénes se creen? ¿Por qué creen que son superiores a nosotros?

Kevin se le aproxima con mirada amenazante y lo sujeta del cuello de su vieja camiseta.

—Ya le dije que no queremos asesinos en nuestras tierras. Ahora lárguese —repite y lo
empuja a la arena.

Entiendo que proteja a su gente, pero no puedo negar que su actitud me confunde. Jamás
hubiera creído que el chico de mi recuerdo era capaz de ser cruel; es evidente que los años
fuera de la ciudad no solo cambiaron su aspecto físico.

El hombre se pone en pie con dificultad y empieza a caminar en una dirección imprecisa.
Cojea y parece muy sediento; sin dudas necesita atención médica

Siento tanta pena que debo bajar la cabeza para no seguir viendo. Tengo que atenerme a
las reglas de esta aldea o huir, corriendo todo tipo de peligros.

“No queremos luchadores”, dijo Kevin.

Alzo los ojos de inmediato. ¡Estoy dejando escapar el único lazo que podría llevarme a
Digger!

Regreso a la tienda de entrenamiento y recojo una cantimplora con agua. Salgo y, en lugar
de volver al tumulto, decido ir por donde nadie me verá. Sigo en la dirección que tomó el
hombre hasta que lo encuentro caído junto a una tienda.

Me arrodillo a su lado y le levanto la cabeza. Abro la cantimplora y le mojo los labios. Poco a
poco reacciona y comienza a tragar, desesperado. Sus ojos se entreabren, me mira con
recelo.

—¿Quieres pasar la noche aquí? —le ofrezco—. Conozco un lugar donde quien sea que te
esté buscando jamás te encontrará.

Asiente con la cabeza sin dudarlo. Apoyo su brazo sobre mi hombro y lo ayudo a
levantarse. Le cuesta un poco mantenerse en pie, pero al menos ganó fuerzas y ya puede
sostener la cantimplora por sí mismo. Bebe todo su contenido y después empezamos a
caminar.

Lo conduzco entre algunas tiendas hasta un pozo. Lo suelto para abrir la reja que lo recubre
y le indico que se oculte allí con la mano.

—Estás loca si piensas que entraré ahí —dice—. ¿Te envían para encarcelarme? ¿Son
caníbales?

Se me congela la sangre de solo pensar en comer un ser humano.


—Solo te estoy ayudando —replico, manteniendo la calma—. Claro que te pediré que te
quedes en una celda. ¿Dónde piensas que te pondría, en mi tienda? Puedes ocultarte aquí,
no te encontrarán. ¿Vas a entrar o no?

—¿Por qué me ayudarías? —replica con los ojos entrecerrados.

¡Claro! No confían en nadie, y ante la más mínima señal de que puedo estar engañándolo,
retrocede. Suspiro y decido contarle la verdad, quizás así sepa que no voy a traicionarlo.

—Tough te llamó “luchador”.

—¿Así se llama esa basura? ¿Tough?

—¿Eres un luchador o no? —continúo, ignorando el matiz violento de su voz.

—Sí, y maté a mi contratista, así que tengo que ocultarme.

—Necesito que me ayudes, por eso te estoy ofreciendo mi ayuda.

—¿Qué quieres?

—Saber si conoces a Digger. También es un luchador.

Esperaba muchas respuestas, pero no una carcajada.

—¿Tan ingenua eres? —responde—. ¿Acaso no piensas que puedo mentirte? Si me dices
todo lo que quieres, sabré cómo dominarte.

En la ciudad me creía un genio por hacerme la tonta, y aquí parece que en verdad lo soy.
Es evidente que esta gente está mil pasos delante de mí. Aun así, no permito que me
intimide y saco a relucir a la chica que solía ser.

—¡Tough! —susurro con cara de paranoica—. ¡Este hombre me atacó! ¡Tough!

—¿Qué haces? —pregunta el huérfano, confundido.

—Te aviso lo que estoy a punto de gritar. ¡Tough! —repito, elevando la voz.

El hombre se lanza hacia mí, me rodea la cintura con un brazo y me cubre la boca con la
mano. Mi cuerpo se estremece al tomar contacto con él, estoy a punto de patearlo en la
entrepierna.

—¡Cállate! —suplica. Sacudo la cabeza para alejar su mano sucia de mis labios.

—¿Ahora entiendes quién domina a quién? —replico, fingiéndome fuerte. No me


atemorizas, pienso para convencerme, aunque sea mentira—. ¿Conoces a Digger o no?

Me suelta bruscamente y da un paso atrás. Duda un instante y luego dice:


—¿El de la madre y la hermana enfermas?

Entrecierro los ojos, no tengo idea. ¿Madre y hermana enfermas? Es posible, podría ser la
causa por la que aceptó secuestrarme.

—Sí, debe ser ese —continúa el hombre, pensativo—. Es el que me hizo esto.

Aparta el pelo de su frente y me muestra una cicatriz cerca de las raíces. Vi la técnica de
Digger cuando me defendió en el bosque: al parecer siempre estrella la cabeza de sus
contrincantes contra superficies duras.

El tipo sonríe de nuevo.

—Estuve a punto de vengarme, pero me enteré de que peleaba por ellas y lo dejé pasar.
¿Para qué lo buscas?

—Eso no te incumbe —respondo para mantener el respeto ganado—. No delataré que


estás aquí si me dices dónde puedo encontrarlo.

—Quiero más que eso. Necesito quedarme un tiempo.

—No sé si pueda convencer a Tough de eso, pero haré el intento. Ahora dime dónde hallar
a Digger.

Calla un momento, como si quisiera prolongar mi agonía.

—Trabaja para Shark, un contratista de las tierras áridas —dice finalmente.

Suspiro, entre aliviada y tensa. La perspectiva de encontrar a Digger me agita. Intuyo que
este huérfano dice la verdad, de modo que todo lo que supuse es cierto: Digger tenía un
motivo para secuestrarme y un sentido de la moralidad que le impidió hacer referencia a
ello. No es un huérfano de buena posición, sino uno de los esclavos. No es un luchador que
ame la violencia, sino una persona que se vio obligada a ejercerla. ¡Lo sabía!

—Gracias —replico.

—Ten cuidado —me advierte—. Por tu forma de hablar, me di cuenta en un segundo de que
no eres una huérfana. Esta tierra te aplastará.

Puede que tenga razón, pero no me daré por vencida por eso.

—Entonces removeré escombros hasta salir a la luz de nuevo —respondo y me doy la


vuelta.

Voy a mi tienda, dejándole la posibilidad de refugiarse en la celda o irse. Aprovecho que


estoy sola para agacharme delante del mueble y buscar el gorro de lana. Estrujarlo me hace
sentir más cerca de las convicciones que me impulsaron a renunciar a la inmortalidad.
Recuerdo la primera vez que vi a Digger, nuestro beso en el taxi, nuestra separación. La
noche que me bajó de la cornisa, el temor que se reflejaba en sus ojos mientras yo hacía
acrobacias peligrosas en el auto. En todos esos momentos debió haberme odiado, sin
embargo, me protegió. Por mi culpa y la de las personas como mi familia, la de él estaba
muriendo. Pasaba hambre y dolor para que yo viviera entre algodones. Estaba destinado a
morir para que yo viviese, y no puedo quitarme todo eso de la cabeza. No puedo estar
tranquila sabiendo que, indirectamente, lastimé a una persona que me importa.

La voz de Kevin me sacude.

—¿Por qué desobedeciste mi orden? —pregunta. Suena muy molesto, tiene que haberme
visto ayudar al luchador.

Me levanto apretando el gorro y lo miro.

—Porque quise. Renuncié a la inmortalidad para que nadie más me diera órdenes.

—Pero yo no soy cualquier persona, soy el responsable de la seguridad de esta aldea. No


se aceptan luchadores, son demasiado peligrosos. Punto.

—Entonces, tampoco los aceptarías en Ciudad Inmortal si tú y tu grupo estuvieran al


mando.

—¿Y eso qué?

—Asumes que todos los luchadores son peligrosos sin conocerlos.

—No correré el riesgo. Me basta con saber que son brutales, violentos y asesinos. No hay
un solo luchador que no haya matado a uno de sus contrincantes. De lo contario, no estaría
vivo.

—¿Y eso significa que solo albergan oscuridad? ¿Acaso no crees que algunos puedan
verse forzados a pelear para alimentarse? ¿De verdad piensas que a todos los huérfanos
que terminan en las peleas les gusta que los golpeen y saber que están al borde de la
muerte cada vez que luchan?

Kevin suspira, ahogando el fastidio.

—¿Cuántas veces tengo que decirte que solo quiero cuidarte?

—Y yo te lo agradezco, pero no puedo devolverte lo mismo.

—¿De qué hablas? No necesito que me cuides.

—Escapé de la ciudad para ser libre y ahora me siento tu prisionera. Lo siento, Kevin. Te
quiero, pero no sé si desee seguir aquí.
—No te irás. Jamás te lo permitiré.

—¿Cómo puedes intentar prohibirme algo? Suenas a mi prometido en Ciudad Inmortal.

—No me importa lo que pienses, algún día me lo agradecerás. No tienes idea de cómo son
los huérfanos ni de los peligros que podrías enfrentar en sus tierras.

—Los conozco, no soy tan ingenua.

—Pues, a veces, lo pareces. No hablemos más de esto. La próxima vez que pongas en
peligro a mi aldea por desobediencia, tendré que castigarte como a cualquiera.

—¿Castigarme?

—¿Para qué crees que existe esa celda?

Mi asombro se mezcla con indignación y desengaño. Como no puedo ocultarlos, recojo un


pulóver y salgo de la tienda sin dar más respuestas.

Esa noche, inicio una nueva conversación con Justice.

—Recuerdo que mencionaste las tierras áridas, ¿sabes cómo llegar allí?

—Estás loca si piensas que te lo diré. No puedes dejarnos por una tonta pelea de novios.

—¿Qué pelea de novios?

—Te oí discutiendo con Tough.

Entreabro los labios, pensando que allí, como en Ciudad Inmortal, al parecer las paredes
oyen.

—No es por eso, te lo aseguro. Ocurre que necesito encontrar a alguien.

—¿Te refieres a ese tal Digger? ¿Es un luchador? No vayas, Marian. Los huérfanos no son
personas confiables y los luchadores, menos.

—¿Y tú qué eres, Justice? ¿No eres acaso una huérfana?

—Nosotros somos distintos.

—¡¿Por qué?! —me exaspero—. ¿Solo porque un líder inmortal te dijo que le pareces
confiable? Confío en ti, pero no por lo que Kevin te haya dicho. Confío en Digger e iré a
buscarlo. ¿Me ayudarás o tendré que recorrer distancias inútiles hasta dar con esas tierras
por mi cuenta? No tienes modo de convencerme de que me quede, así que colaboras o me
dejas ir a la deriva. Tú eliges.
Justice frunce los labios y niega con la cabeza. No está convencida, pero presiento que
entendió que no me echaré atrás.

—Te dibujaré un mapa —ofrece—. No esperes gran cosa, soy pésima para dibujar.

—Será suficiente. Gracias —respondo.

—Solo prométeme que tendrás cuidado y que Tough jamás se enterará. Me mataría si
supiera que te indiqué cómo llegar.

—Te lo prometo.

Me quedo pensando en que Kevin tenía razón: los huérfanos terminan cumpliendo el
destino de su nombre. Irme de allí será un acto de justicia, para empezar, conmigo misma.
9

—¿Llevas las latas? —me pregunta Justice con las manos en mi mochila de tela roída—.
¿La manta, las botellas con agua, las dagas?

—Sí.

—Recuerda: tres días en la dirección que te señalé. Es imposible que te extravíes.

—No lo haré.

Nos abrazamos y, cuando nos soltamos, me cuelgo la mochila. No puedo negar que una
sombra de temor me amenaza, por eso decido irme aunque todavía no amanezca.

La caminata es muy dura. Mientras procuro sobrevivir las altas temperaturas del desierto
con las técnicas que Kevin y Geraldine me enseñaron, intento no pensar que no lo lograré.
Al mediodía, hace tanto calor que empiezo a sufrir alucinaciones. Veo mi casa de Ciudad
Inmortal, a Kevin, a Digger. Termino cayendo detrás de un arbusto reseco, cubierta por la
capucha del piloto y con los labios heridos. Me siento tan agotada que no puedo mantener
los ojos abiertos.

Recupero la conciencia de repente, sin idea de cuánto tiempo pasó, al oír unos gritos que
claman mi nombre. Estoy segura de que Kevin ya se dio cuenta de que me fugué y salió a
buscarme con algunos integrantes de su comunidad. Solo espero que Justice no le haya
dicho hacia dónde me dirijo.

Consigo ponerme en pie con la fuerza de mi temperamento y, para cuando cae la noche, ya
me encuentro en una arboleda. Busco refugio entre algunas ramas y logro dormitar parte de
la noche. El resto del tiempo permanezco atenta a cualquier ruido mientras intento vencer el
frío sin encender una fogata que pueda delatarme.

Al día siguiente, la caminata se hace más llevadera. El bosque cubre los rayos solares y en
esta zona el clima es más benevolente, aunque siempre cruel. El problema llega en la
noche, cuando el frío es imposible de detener.

Tirito entre unas ramas despojadas de hojas, duermo de a ratos y despierto sobresaltada,
temiendo haber muerto. Cerca del amanecer, cuando el cielo se tiñe de un tono gris azulado
y las sombras del bosque cobran una forma reconocible, un crujido detiene mi respiración.
Agudizo el oído y me doy cuenta de que no estoy sola: alguien se acerca.

Extraigo una daga de la manga del piloto y la oculto en mi mano. Recojo la mochila y
abandono mi escondite a hurtadillas. Gateo en dirección a unos árboles, pero no los
alcanzo. Alguien se arroja sobre mi espalda y me hunde la mejilla en la tierra húmeda. Una
mano pesada estruja mi cabeza; una rodilla, mi espalda.

—¡Dame la mochila! —ordena una voz de hombre.


Mi respuesta no se hace esperar. Haciendo uso de una técnica que practiqué con Justice,
consigo liberar un brazo y le asesto un codazo en las costillas. Así logro que afloje la
presión que ejerce sobre mi cabeza y levanto la cadera. Llevo el cuerpo de quien me
aprisiona conmigo y lo arrojo a un costado cuando giro. El huérfano que me atacó queda
sentado, con las manos y los pies apoyados en el suelo.

Me levanto de un salto y lo pateo en el estómago. Cuando estoy a punto de asestarle el


siguiente golpe, me toma del tobillo y caigo. Me arrastra hacia él, siento crecer la
desesperación dentro de mí. Ríe con los dientes podridos y deformes, helando mi ser. No
parece una persona, sino un animal; no debo olvidar que es tan humano como yo.

—¡Maldita! —grita.

Consigo controlar mi temor y pensar con frialdad. Dejo que me acerque a él y, una vez que
me suelta el tobillo para tomarme del cuello, mi antebrazo choca con el suyo y mi frente con
su nariz. El huérfano grita de dolor y se cubre la cara con intención de protegerse.
Entonces, me levanto y vuelvo a patearlo en el pecho, en las costillas y en la espalda. Se
queda tendido en el suelo. Me agacho y le alzo la cabeza tomándolo del pelo.

—¿Dejarás de molestarme? —pregunto a su oído. Su pelo y su piel huelen a mugre—. Si


insistes, tendré que matarte. —Hago que la daga se deslice por la palma de mi mano y
apoyo la punta en su mejilla—. Déjame en paz —le ordeno, y le corto un mechón de pelo
para demostrarle que no le tengo miedo.

Lo suelto y dejo caer el cabello en su espalda. Está inmóvil, parece que entendió que no le
daré mis pertenencias.

Me vuelvo para recoger la mochila y me alejo mirando por sobre el hombro. El huérfano
permanece tendido hasta que lo pierdo de vista.

Un rato después, me detengo para respaldarme en un tronco. Todavía no puedo creer que
acabo de vencer a un hombre, pelear en los entrenamientos era más fácil que en la
realidad. No tengo miedo, repito en mi mente. Nada podrá detenerme. La posibilidad de
morir me da valor. A decir verdad, nunca me sentí tan viva. Quizás, la única forma de
valorar la vida sea tomar conciencia de que existe la muerte.

Tal como Justice prometió, al tercer día encuentro las primeras casas del poblado de las
tierras áridas. Todas son construcciones precarias, no puedo evitar compararlas con las de
la ciudad. Cuando mi padre hablaba del tipo de vida que los huérfanos debían llevar para
que nuestra sociedad viviese bien, imaginé pobreza y marginalidad, pero verlo se torna
todavía más duro.

Me agacho antes de encontrarme con las primeras personas y ensucio mi rostro con barro.
Necesito disimular mi piel lozana, producto de la sustancia de la inmortalidad.

Los primeros huérfanos que alcanzo a divisar son dos niños que pelean por un juguete roto.
Se trata de un caballito igual a uno que tuve cuando era niña, solo que el mío se iluminaba
del color que yo quisiera. Este, en cambio, perdió esa facultad, y le falta la cola.
Me oculto detrás de una pared, trago con fuerza y cierro los ojos. Tuve cientos de juguetes.
Pensar que sus despojos son de tanto valor para estos niños me deja indefensa. La
injusticia carcome. El hambre duele.

Cuando consigo recuperarme, me acomodo la capucha y salgo de mi escondite para


meterme entre el caserío. En mi camino me cruzo con huérfanos adultos y, al hacerlo,
mantengo mi cabeza baja. No quiero que me dirijan siquiera una mirada; tal como expresó
el luchador que dejé en el pueblo de Kevin, salta a la vista que no me crié en tierra
huérfana, y no podría enfrentar a un centenar de personas enardecidas por mi origen.

Siguiendo la premisa de no confiar en nadie, recorro la zona en busca del antro de lucha
libre sin pedir indicaciones. Cuando lo encuentro, descubro que se trata de un pequeño
edificio de fachada blanca gastada y una puerta semidestruida.

Doy una vuelta alrededor de la construcción hasta que encuentro una salida alternativa.
Miro el cielo: por la posición del sol, deben faltar algunas horas para que caiga la noche.
Estoy segura de que las peleas no se desarrollan de día, así que tendré que esperar en los
alrededores.

Busco un escondite cercano y termino oculta entre las paredes exteriores de dos casas.
Comeré el contenido de la última lata que me queda y después tendré que rogar que el
destino se apiade de mí para conseguir alimento.

Antes de que pueda acabar la mitad, un niño de unos cuatro años me descubre y se queda
mirándome con los ojos muy abiertos. Está vestido con harapos y tiene las mejillas sucias.
Sostenemos el contacto visual por un momento, hasta que se humedece los labios con la
lengua y, entonces, parece que mi alma se rompiera.

—¿Tienes hambre? —le pregunto. Asiente con la cabeza—. Acércate —le pido, estirando
una mano.

No me hace caso, intuyo que está acostumbrado a desconfiar. Miro mi lata y suspiro
pensando cuánto podría resistir sin alimento. Una semana, tal vez. Será suficiente para
regresar con Kevin en caso de no hallar a Digger.

—Dejaré esto aquí —le aviso al niño, apoyando la lata en el suelo, y me alejo con cautela.

Cuando giro la cabeza después de haber dado unos pasos, lo veo arrodillado, con una
mano dentro de la lata y otra en su boca. Come con desesperación, como nunca vi comer a
nadie, y tengo que voltear para no seguir sintiéndome un monstruo.

Me pregunto qué ocurriría si más personas de la ciudad conocieran la realidad que los
políticos les ocultan. Si vivieran un solo día como los huérfanos, ¿acaso comprenderían la
injusticia o solo se asustarían y cerrarían todavía más sus fronteras para que esa realidad
no los afecte?
Viendo comer a este niño, entiendo que soñar con iguales condiciones para todos es una
utopía. Los huérfanos se lanzarían como perros hambrientos sobre la sustancia de la
inmortalidad, y el mundo colapsaría. Matarían a los ciudadanos, sedientos de venganza por
los años de padecimiento, y la cadena de injusticias nunca acabaría.

Me alejo más, antes de que mis pensamientos me traicionen, y espero la hora de las peleas
en otra parte.

Me quedo sentada en el suelo, con la espalda en la pared, hasta que cae la noche con el
frío y una larga fila de hombres se reúne delante de la puerta del antro. Como no quiero
exponerme, espero con paciencia a que todos entren, y al final descubro que el movimiento
nunca acaba: mientras unos se van, otros llegan, y así podría seguir toda la noche.

Aprovecho un blanco para acercarme al custodio y, cuando estoy frente a él, lo miro. Sus
ojos oscuros me amenazan en silencio. No desisto. Le paso por al lado e ingreso en un
pasillo con luces amarillentas.

Vuelvo a estar cabizbaja, ocultando mi rostro con la capucha. Aunque en la mochila solo me
quedan la manta y una cantimplora, la aferro contra mi pecho con fuerza; no permitiré que
me la roben.

El pasillo desemboca en unas gradas atestadas de hombres. El olor es fuerte y


desagradable: algunos fuman una extraña hierba, otros beben e insultan. Al pasar junto a
una de las filas, dos hombres se trenzan en una pelea a puños y caen a mi lado. Sus
amigos hinchan por uno o por el otro, dejándome en medio de la expresión más horrible de
irracionalidad que haya visto nunca.

Consigo escapar del tumulto justo cuando unos guardias de seguridad con peor aspecto
que los espectadores se entrometen para retirar a los contrincantes del recinto. Por alguna
razón, presiento que les importa más que se roben el espectáculo que el daño que puedan
provocarse el uno al otro.

Me entremezclo con los hombres que pueblan la grada que juzgo menos abarrotada de
personas. Todos están de pie, gritando y alzando los puños al aire. Quedo escondida entre
un tipo muy alto y uno petiso que grita en mi oído como si fuera lo último que hará en su
vida.

Estoy en mitad del área norte de la sala. Seis gradas más abajo hay un blanco y, más allá,
la jaula. Dentro, dos luchadores muy gordos sujetan la cabeza uno del otro. La muestra de
resistencia se mantiene hasta que el más pesado de los dos choca la frente contra la de su
oponente y lo empuja, haciéndolo trastabillar. El agredido se tambalea y termina cayendo,
atontado. El mediador abre la verja y se mete para contar. Cuando llega a diez, alza la
mano del vencedor.

—¡Derrotado! —grita el animador.

El que acaba de ganar lanza un grito bestial al aire y, como si no existieran las reglas, patea
al otro en la espalda, aunque la pelea ya terminó. De solo ver la crueldad con que se tratan
se me hiela la sangre. Imaginar a Digger en una de esas peleas me causa dolor en el
pecho.

Para dejar de imaginar escenas de crueldad, miro una fila donde los hombres hacen sus
apuestas. Entregan latas de comida, abrigos, vajilla vieja de lata, utensilios y hasta una
gallina. Por lo que me contó Kevin, supongo que el animal debe ser uno de los bienes más
preciados.

Vuelvo a la realidad en cuanto percibo una respiración en el oído; tiene que estar muy cerca
para que la capucha no la detenga. Giro la cabeza y me encuentro con el rostro del tipo
petiso muy cerca del mío.

—Así que eres una mujer… —murmura con aliento rancio, y su mano asciende por mi
cintura—. ¿Cuánto cobras? ¿Te viene bien una lata de comida?

No puedo creer que me esté confundiendo con una prostituta.

—No me toques —le ordeno, mostrándole una daga disimuladamente. Se aparta


enseguida.

Vuelvo a mirar la jaula, cubriéndome mejor con la capucha para que no se dé cuenta de que
mi aspecto nada tiene que ver con el de una huérfana. Aunque todavía conservo algo de
barro en mi rostro, temo que buena parte de la piel haya quedado al descubierto. Además,
sería imposible adquirir los rasgos de la vida dura de las afueras en apenas unas semanas
en esos territorios. Con suerte pude esbozar su acento para advertirle que me dejara en
paz.

—La siguiente pelea es la que estaban esperando, la que recibió más apuestas —anuncia
la insoportable voz del presentador en el micrófono—. Los dos viven en nuestras tierras
áridas. Uno, sin embargo, nació en medio de una plantación en las tierras fértiles, por eso
se llama Bull. Bull, el toro: fuerte como un árbol, indestructible como este mismo estadio. ¡Él
arrollará a su adversario!

Las luces enfocan un pasillo. Por allí aparece un sujeto corpulento, con un tatuaje de
cuernos en la frente. Atraviesa el recinto entre manos agitadas y exclamaciones del público.
Entra a la jaula empujando al guardia que acaba de abrirla y se aferra al tejido para gritar
hasta que las venas de su cuello se demarcan en su piel áspera. Eso no es un toro, es un
monstruo. “¡Bull!, ¡Bull!, ¡Bull!”, gritan sus apostadores.

—Su contrincante de esta noche es el favorito de muchos. El sábado venció a Bird, y


todavía el pájaro veloz no abrió los ojos. Todos saben de quién hablo: el maldito, el que
siempre tiene sed de muerte, el excavador: ¡Digger!

Mi cuerpo tiembla ante la sola mención del nombre. Comienzo a buscar el sitio donde la luz
se encenderá esta vez. Parece que mi corazón fuera a escapar por mi boca cuando el
pasillo se ilumina otra vez.
“¡Digger!, ¡Digger!, ¡Digger!”, grita la gente. Y entonces aparece él, escoltado por un hombre
al que le entrega una sudadera gris y otro que le habla al oído. Se ve tan fuerte y rudo. ¡Se
ve tan triste!

—Digger, el asesino —sigue describiendo el presentador. ¡¿“Asesino”?! Este hombre no


tiene idea de quién es Digger—. El que cavará la tumba de sus enemigos.

¡Es tan injusto! Digger no es ese que describen, es el chico más bueno que conozco. Es el
que, aún a través de la distancia, hace que me estremezca. Es hacia quien quiero ir y a
quien deseo abrazar hasta hacerle entender que ya no tiene que sufrir sin sentir felicidad.
Es el chico que, a pesar de que no hizo a tiempo a mostrarme su verdad, conozco mejor
que a nadie; el que quiero proteger y acompañar.

“¡Digger!, ¡Digger!, ¡Digger!”, grita la gente.

Algún día yo le gritaré que lo quiero, y la verdad nos salvará de la muerte.


10

Sigo a Digger con los ojos mientras camina entre la gente y entra a la jaula. Se quita la
camiseta sin mangas y la arroja a un costado. Su contextura física me impresiona, como así
también las cicatrices que alcanzo a ver aun a pesar de la distancia. No existen en Ciudad
Inmortal, por eso me hacen pensar que cada una de ellas representa el dolor, físico y
espiritual, al que están sometidos todos los huérfanos.

Cuando la puerta se cierra, también lo hace mi garganta. El estadio repleto permanece en


silencio un momento mientras Digger y Bull se estudian uno a cada lado de la jaula, dando
pasos lentos. No puedo creer que tantas personas disfruten de la brutalidad y el sufrimiento
de dos hombres que no tienen más opción que convertirse en las mascotas de los
apostadores. No puedo entender que nadie vea lo mismo que yo en los ojos de Digger: su
bondad, su miedo, su tristeza.

Bull ataca primero. Se lanza hacia Digger, lo toma de los hombros y lo lleva contra el tejido.
La estructura vibra emitiendo un sonido metálico que me crispa los nervios. Digger
reacciona enseguida, apoyando sus manos en el pecho de su contrincante y lo empuja. Sus
piernas cubiertas por un pantalón de jean azul luchan para avanzar y ganar terreno.

Los dos quedan en medio de la jaula. Bull consigue zafarse del agarre de Digger y lo patea
en el costado, a la altura de las costillas. Me estremezco al imaginar cuánto debe doler,
pero a pesar de ello, Digger se dobla en dos solo un momento y al otro ya está embistiendo
de nuevo a Bull con el hombro en su pecho. Lo arroja contra la verja y sigue pateándolo en
el costado, en las piernas, en el vientre. Bull permanece un momento quieto, se cubre el
rostro con los antebrazos y, cuando Digger menos lo espera, atrapa su rodilla en el aire. Lo
hace caer de espaldas y se arroja sobre él para golpearlo en la cara. Lo tiene atrapado bajo
sus piernas, castigándolo con crueldad.

“¡Mata! ¡Mata! ¡Mata!”, grita la multitud.

¿Así tratan a su favorito? ¿Acaso la muerte no significa nada para los huérfanos? Nadie
tiene conciencia de lo que significa una vida, nadie la valora.

Aprieto los puños, temblorosa. Levántate, Digger, suplico por dentro. Me gustaría entrar en
esa jaula y defenderlo, aunque muera en el intento.

—Levántate, por favor —susurro con los ojos húmedos.

Alcanzo a distinguir su rostro a pesar de la distancia: los golpes lo aturden, pero en el fondo
es consciente de que se está dejando matar. ¿Cuánto está dispuesto a soportar? ¿Por qué
permite que lo castiguen de esta manera?

Como si algo de todo lo que pienso llegara hasta él, de pronto alza los brazos y entierra los
dedos en las costillas de su oponente. Bull echa la cabeza atrás, lanzando un grito furioso, y
lleva las manos al cuello de Digger para ahorcarlo.
Tiemblo desesperadamente, le quedan apenas unos segundos antes de perder la
conciencia y ya no ser capaz de defenderse. La gente insiste con gritos mientras mi corazón
lo llama. Lo imagino en la puerta de mi casa de Ciudad Inmortal con su gorro de lana. Lo
veo en el bosque, riendo por primera vez desde que lo conocí, y mis labios se curvan
también. Digger no es tan débil como para dejarse morir, siempre elegirá vivir.

De pronto, un golpe de su puño aterriza en la mejilla de Bull con tanta fuerza que el inmenso
cuerpo del hombre-toro se inclina hacia un costado. Todavía no le suelta el cuello, pero al
menos se nota que perdió buena capacidad de presión. Digger sigue golpeándolo en los
costados hasta que consigue elevar una pierna y, con ella, a Bull. Una vez que se lo saca
de encima, gira sobre sí mismo y se queda un instante quieto, con las rodillas y las manos
apoyadas en el suelo. Respira con dificultad, estoy segura de que ni siquiera puede ver con
claridad.

Antes de que su adversario se recupere, se vuelve hacia él y lo patea en la cara; la de


Digger está sangrando. Dos dientes salen despedidos de la boca de Bull y junto con un
chorro de sangre. Digger lo golpea en el pecho, en la cabeza, en la mejilla. Recuperado de
la confusión y del ahogo, alza a Bull tomándolo del pelo y lo arroja contra la verja. No puedo
creer que tenga tanta fuerza, que trate a un tipo más grande que él como si fuera una bolsa
de plumas.

Un instante después, lo sujeta del pelo y hace que su frente choque contra uno de los
barrotes que sostienen el enrejado, haciendo uso de su técnica. «¡Mata! ¡Mata! ¡Mata!»,
vuelve a gritar la gente. Les da lo mismo quién muera, mientras que muera alguien. Pero
Digger no quiere matar, lo sé. Los gritos, en lugar de avivar su odio, lo desgarran.

Vuelve a arrojar a Bull contra la reja hasta que el cuerpo rebota y cae pesado entre sus
pies. Digger se aleja temblando, cabizbajo, se dobla y apoya las manos en las rodillas. Está
sudoroso y agitado.

Un guardia abre la verja y otro entra para controlar el estado de Bull. El silencio vuelve a
impresionarme en un sitio donde antes solo había gritos. El calor de la gente agobia, el odio
destruye.

—¡Muerto! —anuncia finalmente el hombre y, entonces, el dolor de Digger se propaga


dentro de mí.

Otro guardia se acerca a él y alza su brazo en signo de triunfo. Algunos gritan, excitados
ante la presencia de la muerte, mientras que otros empiezan a reclamar sus apuestas. Un
tipo del público inicia una pelea con otro; no quiere darle el abrigo que apostó a favor de
Bull. Los ánimos se están caldeando; tengo que huir antes de que el ambiente se torne
todavía más peligroso.

Empujo a algunos espectadores para volver al pasillo y miro la jaula. Siguen levantando el
brazo de Digger como si él se sintiera feliz de haber ganado. Miro la salida y me pregunto si
puedo arriesgarme a perderlo de vista otra vez. No quiero alejarme sin saber que podré
volver a dar con él.
En lugar de ir a la calle, bajo de las gradas y me quedo de pie en medio de las peleas, gritos
y forcejeos que se producen cerca de la jaula. Me abro paso como puedo hasta el pasillo
por el que aparecieron los luchadores, suponiendo que Digger regresará por donde vino. Lo
custodian dos guardias. Empiezo a pensar que no tendré modo de pasar, pero justo un
grupo de chicos empieza una disputa y uno va a parar a los pies de un custodio. La rabia
crece en ellos. Se agachan para levantar al chico y arrojarlo contra la muchedumbre entre
los dos. Aprovecho esa distracción y me escabullo por el pasillo sin que me noten.

Oculto mi rostro estirando la capucha hacia mi boca y busco rápido un indicio de a dónde
debo ir. Lo encuentro al ver la sudadera gris de Digger colgada en el gancho de una puerta.
Dudo un instante, y al final termino entrando a las apuradas cuando percibo que alguien se
acerca

El cuarto está oscuro y hace mucho frío. Solo la luz pálida de la luna penetra por una
pequeña ventana alta y, a lo lejos, se oyen las voces del estadio. Las paredes están
despintadas y en gran parte solo se ven ladrillos enmohecidos. Hay un espejo roto delante
de una tinaja con agua, un banco de madera vieja y vendas.

Escucho un ruido. Miro por sobre el hombro: el picaporte se mueve. Echo un rápido vistazo
alrededor y me oculto entre unas telas negras antes de que alguien me descubra.

Por suerte, quien ingresa es Digger. Tenerlo cerca hace que mi corazón lata muy fuerte. Me
siento tentada de aparecer, pero algo me retiene. La expresión agotada de su rostro,
quizás, o el dolor que lo consume.

Arroja la sudadera al banco, se sienta y desarma las vendas de sus manos. No tiene prisa,
ni siquiera a pesar de que una gota de sangre escapa de su nariz y va a parar a su dedo.
Deja las vendas sobre el banco, gira el antebrazo y observa las cicatrices. Un instante
después, hurga en su bota y extrae una navaja.

Me cubro la boca con una mano: sé lo que hará, y ahora entiendo qué significan esas
marcas. Alguna vez me pregunté por qué no las desvanecía, como todos en la ciudad.
Aunque tuviera la oportunidad, jamás las eliminaría, él las quiere ahí. Más sangre
derramada, más dolor esparciéndose por su cuerpo.

Conforme con el corte, guarda la navaja y descansa un momento con la cabeza gacha.
Después se levanta y va hacia la tinaja. Se mira al espejo. Me pregunto qué estará
pensando; seguro nada bueno. Se enjuaga las heridas, incluida la que él mismo se provocó
en el antebrazo. Ya no resisto, es hora de indicarle que me encuentro aquí.

Estoy a punto de dar un paso adelante cuando la puerta se abre, obligándome a retroceder.
Digger se vuelve hacia allí. Por su expresión entiendo que la visita le resulta molesta.
Observo un poco mejor y me doy cuenta de que no es la visita lo que lo perturba, sino lo
que el hombre lleva en la mano.

—Digger —dice el sujeto.


—¿Qué sucede? —replica Digger de mal modo, con el acento de los huérfanos. Se nota
que en la ciudad intentaba imitar el de los inmortales.

—¿Recuerdas a nuestros amigos de las tierras altas?

—No quiero tener nada que ver con ellos —determina Digger enseguida, volviéndose de
espaldas al hombre. Veo sus ojos a través del espejo: hay algo oscuro en todo esto.

—Espera, no te apresures —solicita el hombre alzando una mano—. ¿Acaso no te dieron lo


prometido por tu trabajo?

—No me importa, no quiero saber más de ellos —repite y gira para ver al invasor—. ¿Qué
me pedirán ahora, que secuestre a un gobernante en persona?

Me muerdo el labio; indirectamente, están hablando de mí.

El sujeto se sienta en el banco y extiende la tela que lleva entre las manos. En el interior
aparece un frasco. Reconozco la etiqueta, tiene el logo de Ciudad Inmortal.

—Es medicina para tu madre y para tu hermana —explica ante la mirada atónita de Digger
—. Parece que la sustancia de la inmortalidad tarda unas semanas en hacer efecto; te
vendría bien aplacar los síntomas de su enfermedad con esto durante un tiempo. Quieren
que lo tengas como parte del pago.

—Solo me llevaré lo que acordamos por esta pelea —responde Digger, recogiendo su
sudadera. Se coloca la prenda sin prender el cierre—. A tus amigos diles que no volveré a
trabajar para ellos y punto.

—Piénsalo mejor: están tramando algo grande.

—No lo entiendes, Shark. ¿Por qué me querrían de nuevo? No hice las cosas como me
pidieron, ¿qué les garantiza que lo haré bien esta vez?

—Que debes buscar a un chico.

—¿Otro hijo de un político? —cuestiona Digger con sorna.

—Yo no sé nada, solo tengo la obligación de llevarte con ellos de nuevo.

—Pues diles que no quiero. Y si me molestas otra vez con esto, terminarás como tu amigo.

El tal Shark suelta una risotada.

—¿Vas a matarme? —contesta. Digger sale sin responder.

Mi mente no alcanza a procesar la información, pero supongo que hablan del contratista
que mató el luchador que buscó refugio en la comunidad de Kevin. Pienso mil cosas al
mismo tiempo, en especial las referidas a cómo Digger y yo nos conocimos. No hubo
mentiras, después de todo, solo ocultamientos. Incluso escondió las razones por las que
había aceptado el trabajo de secuestrarme. Ni siquiera lo hizo tal como se lo pidieron,
aunque eso pusiera en riesgo la vida de su madre y de su hermana. Sabía que no me
equivocaba, que era una buena persona.

Tengo que ir tras él, y para eso necesito que este hombre salga del cuarto; me impacienta
que se tome tanto tiempo. Mira hacia mi lado, temo que me haya descubierto. Por un
momento, me parece que frunce el ceño y que percibe algo. Mi corazón está a punto de
abandonarme, me tienta salir corriendo. Sin embargo, después de unos instantes eternos,
sale dejándome a oscuras de nuevo.

Suspiro, aliviada, y abandono mi escondite para ir a la puerta; me tiemblan las manos. Abro
despacio y espío el pasillo: la espalda de Shark desaparece en dirección al estadio. Camino
hacia la puerta del lado contrario al que se encuentran los guardias y, justo antes de que
abra, una voz resuena a mi espalda. Salgo sin mirar.

Afuera, el frío me hace tiritar. Acomodo la mochila sobre mi hombro y camino en una
dirección intuitiva, no tengo idea de hacia dónde se fue Digger. Mientras lo busco con la
mirada en cada oscuro rincón que me rodea, pienso en todo lo que habrá vivido y en su
pasado. ¿Serán esa madre y hermana que todos mencionan su única familia? ¿Desde qué
edad trabajará en la lucha libre y como un esclavo para la gente de las tierras fértiles?

De pronto, mi corazón da un salto: su espalda inconfundible desaparece detrás de una


casa. Lo sigo con pasos rápidos, pero lo alcanzo recién cuando el caserío acaba y se
interna en un pequeño bosque.

Lleva la capucha puesta y la tela que ganó por pelear enredada en el puño. Presiento que
está enojado. Si pudiera verlo a los ojos, estoy segura de que me parecería un ser
peligroso. Te quiero así, si esa es tu verdad, pienso mientras lo observo caminar.

Mi mente se nubla cuando sus pasos se detienen y me obliga a hacer lo mismo. Estamos a
pocos metros, separados apenas por un poco de tierra, y tiemblo de solo imaginar que
pueda mirarme a los ojos.

Cuando gira hacia mi lado, no hago a tiempo a reaccionar. De pronto está sobre mí como
un animal salvaje. Mi espalda choca contra el suelo cubierto de hojas resecas, me duele la
cabeza por el golpe y no puedo respirar: su antebrazo presiona mi garganta.

—¡¿Qué quieres?! —grita sobre mi rostro, oculto por la capucha—. ¿Quién te manda?
¡Déjenme en paz!

—D… Digger… —susurro.

Me suelta de repente, se sienta y se aleja arrastrándose. Empiezo a toser mientras me


masajeo la garganta y me siento al igual que él. Cuando consigo restablecerme, giro un
poco la cabeza de modo que mi rostro se haga visible.
Nuestros ojos se encuentran. Lo percibo asustado y sorprendido, pero en el fondo, sé que
está feliz de verme.
11

—No —murmura—. No, no, ¡no! ¿Qué haces aquí?

La desesperación hace presa de él; siento que el mundo se derrumba en su mirada. Se


arrodilla y viene a mí. Toma mi rostro entre las manos y busca mis ojos. Nunca vi tanta
preocupación y calidez en una persona.

—Marian, ¡¿por qué estás de este lado del muro?! —repite, angustiado.

Ya no tengo dudas: cuando lo miro no existen las inseguridades. Sé con certeza cómo me
siento, qué quiero. Sonrío al darme cuenta de que mi mejor elección fue venir a buscarlo.

—Digger… —susurro, y lo abrazo.

Sus manos aprietan mi cintura, mi nariz se hunde en su cuello mientras sus labios acarician
mi mejilla por entre mi pelo. Me toca con necesidad y alivio; los dos significamos mucho
para el otro. Unos instantes compartidos cambiaron nuestra vida, ¿cuánto más podría
cambiar ahora?

Se aparta unos centímetros y otra vez me aprieta la cara.

—No puedes permanecer aquí —determina—. Tienes que volver a tu casa. Yo te llevaré.

—No puedo —contesto, y un breve silencio presagia mis siguientes palabras—. Renuncié a
la inmortalidad.

Sus manos tiemblan, su mirada se vuelve triste y a la vez preocupada.

—¿Por qué? —indaga—. ¡No debiste!

—Tenía que hacerlo. No podía seguir viviendo en una mentira.

Si bien me doy cuenta de que entiende mis motivos, el miedo no se aleja.

—¿Qué vamos a hacer ahora? —pregunta, preocupado, y baja la cabeza—. En cualquier


poblado te matarían en cuanto se dieran cuenta de que fuiste una inmortal, no podemos
permitir que lo sepan.

Me arrastro hacia él y le tomo la mano.

—Tengo a donde ir de ser necesario —intento tranquilizarlo—, pero no quiero alejarme de ti.
No sin que antes puedas ser tú mismo. Vine por tu verdad, Digger, y no me iré sin ella.

Me mira de manera tan intensa que me cuesta soportarlo. Puedo imaginar que está
luchando con sentimientos contradictorios. Cuando entró a Ciudad Inmortal supongo que
me odiaba. Quiero descubrir qué siente ahora.
—La verdad es lo que te dije cuando nos despedimos —asegura.

—Era una verdad a medias —replico—. No me hablaste de tu madre ni de tu hermana


enfermas. ¿Ellas fueron la razón por la que aceptaste secuestrarme? ¿Por qué no me lo
dijiste? ¿Por qué querías que creyera que eras una mala persona?

—¿Cómo sabes de ellas?

—Un luchador me lo contó. ¿Son tu única familia?

Percibo que se pone a la defensiva. Enseguida se relaja, resulta evidente que no está
acostumbrado a confiar en la gente y que lo tomé por sorpresa.

—No. También están mi hermana Fellow y el pequeño Boy —confiesa. Sé cuán difícil es
para un huérfano confiar en alguien, por eso me halaga que crea en mí. Tal vez el hecho de
que yo haya confiado en él antes no estuvo tan mal: le dio la libertad de hacer lo mismo.

—¿Boy? —repito con una sonrisa amarga—. ¿Tan solo se llama “chico”?

—Estábamos atravesando una epidemia y mi madre creyó que moriría siendo muy
pequeño.

Cada nuevo aspecto de Digger moviliza más mi afecto. No lo veo como a un chico
peligroso, mucho menos como la basura que él mismo aseguró que era antes de
despedirnos. Le aprieto la mano.

—Tengo a donde ir, ya te lo dije, pero ¿acaso quieres que nos separemos tan pronto?
¿Puedes dejar a tu familia por unos días? Vámonos a donde nadie nos encuentre y tan solo
seamos nosotros mismos por un tiempo.

—Es imposible —dice, apenado—. Los lugares habitables están poblados; si no nos
encuentran aquí, lo harán en otra parte. Si nos quedamos en el bosque o en el desierto, el
frío y el calor nos matarían. No conseguiríamos alimento ni podríamos higienizarnos, con lo
cual enfermaríamos. Podemos soportarlo unas horas, pero para prolongarlo necesitaríamos
un refugio. Tengo que meterte en mi casa sin que te vean.

—No quiero causarte problemas —susurro, negando con la cabeza. Digger pone un dedo
en mi mentón y me aquieta enseguida.

—Vamos a mi casa, por favor. Confío en que pasaremos desapercibidos. —Después de


tanta tensión, por fin aparece su sonrisa. Me acaricia una mejilla y yo cierro los ojos para
disfrutarlo—. No puedo creer que estés aquí. Me había resignado a que jamás volvería a
verte.

—Yo también.
Me abraza entregado al momento, sin resabios de miedo, y me aprieta fuerte contra su
pecho.

—Vamos —dice al instante—. Debes tener frío.

—Espera. Tengo algo tuyo —comento, mostrándole el gorro de lana.

El brillo en su mirada me indica que está contento de volver a verlo. Se lo coloco en la


cabeza como cuando pasó a buscarme por la puerta de mi casa y aprovecho para
acariciarle la mejilla.

Nos levantamos y él recoge mi mochila para llevarla en mi lugar. Intento sujetarla para que
me la entregue, pero no me hace caso y se larga a caminar. Mientras avanzo a su lado, no
puedo quitarme de la cabeza su pelea con Bull, ni el momento en que grabó la muerte de su
adversario con una marca en su antebrazo.

En el bosque no nos encontramos con ningún peligro. Sin embargo, en cuanto aparecen las
primeras casas y personas, el riesgo es inminente. Digger se detiene para acomodarme la
capucha.

—Permanece cabizbaja y no hables —indica—. Ninguno de mis vecinos se atreverá a


molestarte si te ven conmigo, pero es importante que no sospechen. Quiero que piensen
que eres mi amiga Innocence, con quien suelen verme. Somos muchos, pero en la zona la
mayoría nos conocemos.

Acepto con un movimiento de la cabeza, dispuesta a respetar su pedido.

Me toma de la mano y caminamos de nuevo. Nos metemos entre las casas. Atravesamos
muy rápido algunos pasillos estrechos y nos ocultamos de un grupo de hombres que pasa
cerca. Llevan hachas y machetes, supongo que se dedican a la tala. Cuando se alejan,
Digger me impulsa a caminar otra vez. En menos de un minuto se planta delante de una
puerta. Golpea fuerte hasta que se oye un ruido, como si alguien estuviera corriendo una
enorme traba.

Abre enseguida y apoya una mano en mi cintura para que entre primero. Del otro lado
espero ver a la persona que nos permitió entrar, pero solo encuentro un comedor con las
paredes deterioradas. Hay una mesa vieja y sillas desvencijadas. Detrás, un hogar
encendido. A la derecha y a la izquierda unas cortinas cubren aberturas, supongo que son
el baño y las habitaciones.

Me quito la capucha mientras reflexiono respecto de todo lo que a él le falta y lo que a mí


me sobraba en la ciudad. Mi estómago se anuda cuando pienso una vez más en las
necesidades que debe sufrir desde niño.

Digger coloca un pesado listón de madera como traba en la puerta por la que ingresamos y
controla que las ventanas también estén cerradas. Oigo un quejido; debe de ser su madre.
Al instante siguiente, una chica vestida de negro aparece trayendo una bandeja con agua y
un trapo, apresurada.
—Mamá tiene fiebre. Parece que… —Calla de pronto y se queda mirándome. Deja la
bandeja sobre la mesa y se dirige a su hermano—. Digger… —susurra.

—Ella es Marian, pasará unos días con nosotros —explica él sucintamente.

—¡¿Estás loco?! Mira su piel, mira sus manos. ¡Es una inmortal!

Miro mis manos y a la vez las de Digger: se nota que somos diferentes. Él tiene las marcas
del trabajo duro. Las mías, en cambio, evidencian una vida cómoda. Mi estómago sigue
anudándose.

—¡Calla, Fellow! —le ordena Digger, dando un paso hacia ella.

—¡No puedo! ¿De eso se trataba ese misterioso trabajo que conseguiste? ¿Tiene que ver
con ella?

—No sabes por qué está aquí ni cómo se dieron las cosas, así que, por favor, conserva el
secreto.

—¿Hasta cuándo se quedará? ¡¿Por qué la trajiste aquí?! —sigue interrogando la chica,
ofuscada. Se nota que no quiere que el resto de la familia se entere de lo que está pasando,
pero aunque se esfuerza por hablar bajo, la preocupación escapa por sus poros.

—Se quedará unos días, hasta que resolvamos qué hacer. La traje porque vamos a
protegerla.

—Digger, ¿qué ocurre contigo? ¿Enloqueciste? Este no eres tú, ¡el verdadero Digger odia a
los inmortales!

—No. El verdadero Digger solo quiere paz.

—No eres parte de ellos, no tienes que protegerlos. Olvídate de lo que dijo mamá. ¡Estaba
desvariando!

Digger se acerca todavía más a ella.

—¿Cuál es tu problema? —indaga, tan ofuscado como su hermana—. Si yo pude desterrar


el odio, tú también puedes hacerlo. Al menos sabes guardar un secreto, de eso estoy
convencido.

—No es mi odio el problema, ni todo lo que un inmortal representa para nosotros. Es el


peligro que corremos con ella dentro de la casa. Llevamos años cuidando de mamá y de
Gift. Ahora que les dimos la sustancia y está haciendo efecto, ¿las pondremos en peligro?
Sabes bien qué ocurriría si alguien se enterara de que ocultas aquí a una inmortal. Yo
puedo callar, pero ¿Boy? Sabes cómo es, lo dirá. ¡A veces parece que nos odiara!

Digger le aprieta los brazos a los costados del cuerpo.


—¡Basta! —le ordena—. Ya sé todo eso, pero no voy a dejarla. ¡No quiero!

No puedo permitir que siga discutiendo con su hermana por mi culpa.

—Digger —le digo. Los dos me miran—. No hace falta que me quede aquí. Vamos a otra
parte, como te propuse en un primer momento. Sabía que esto era una mala idea.

—No —discute él, enérgico.

—¡Una inmortal es más sensata que tú! —exclama Fellow.

Digger se aparta de ella y vuelve a tomarme la mano. Apunta a su hermana con un dedo.

—Guardarás el secreto —le ordena, y me lleva a una de las habitaciones. Discutir será en
vano en este momento, tengo que esperar a que se calmen los ánimos.

Del otro lado de la cortina opaca, está tan oscuro que no me atrevo a moverme. Digger me
deja contra una pared y se aleja. Poco después, regresa con una vela. Las paredes están
descascaradas y enmohecidas. Solo hay una cama desvencijada con un colchón muy
delgado y una manta. Deja el candelabro de lata en el suelo y se sienta en la orilla,
cabizbajo.

Por un momento, no puedo moverme; estoy segura de que por su mente transitan miles de
pensamientos horribles. Debe de estar confundido, apuesto a que se siente entre la espada
y la pared. Me atrevo a sentarme a su lado y le tomo una mano.

—No quiero que tu familia y tú corran riesgos —le digo—. No lo pensé cuando vine a
buscarte. Supongo que todavía no tomo dimensión de lo dura que es la vida para los
huérfanos.

—Jamás debiste abandonar la ciudad inmortal, Marian —responde.

—Hacía mucho que quería hacerlo, pero no me atrevía.

Al fin me mira. Alza una mano despacio y me aparta un mechón de pelo que cae sobre mi
mejilla.

—Lo siento. Perdóname por haber pensado en lastimarte en un primer momento. Si no


hubiera estado cegado por el odio, creyendo que todos los inmortales merecían un castigo,
esto no habría sucedido. Ahora estarías a salvo en la ciudad, ignorando que afuera el
mundo es salvaje y despiadado.

—Seguiría viviendo una existencia vacía. Continuaría muerta. La vida real no está dentro de
las murallas. La Gran Catástrofe no nos legó un paraíso. Dejó ambos mundos en ruinas,
solo que los inmortales se niegan a aceptarlo.

—No vi ruina allí dentro. Debiste quedarte con los tuyos.


—Quizás miraste solo con los ojos de las necesidades. Es cierto: allí teníamos abrigo y
alimento, pero seguimos siendo humanos, y los defectos son los mismos. Violencia,
mentira, corrupción, engaños. Aquí roban el derecho a la vida. Allí, el derecho a morir y a
ser libres. ¿Cuál es la diferencia? Solo la ley hace que la conducta de la mayoría no se vaya
a los extremos. Somos huérfanos de guante blanco.

»No te mentiré: tampoco lo paso bien aquí afuera. Me duelen esta realidad y haber dejado a
mi familia. Me duelen el frío, el hambre y me dueles tú. Pero no me arrepiento de haber
elegido la verdad. Volvería a hacerlo si tuviera la oportunidad.

La mirada de Digger se vuelve cálida y profunda. Sus dedos se enredan en mi pelo y me


acaricia. Se acerca a mi boca y respira sobre mis labios, transformando mi cuerpo en una
masa blanda llena de sensaciones agradables. Sus labios rozan los míos muy despacio;
nada tiene que ver este beso con el que le di en el taxi. Cuando su lengua entra en mi boca
y sus dedos siguen acariciándome, entiendo que un beso puede ser mucho más que un
acto físico. Es una manera de dejar que el alma hable, y la mía ansía gritarle que quiero que
seamos libres. Necesito cerrar los ojos y que, cuando los abra, el mundo haya cambiado.
Quiero que tengamos nuestro propio paraíso.

El beso se extiende y, sin darme cuenta, termino tocando los brazos de Digger, viajando
entre la realidad y el deseo hacia donde están sus heridas. Bajo la cabeza y contemplo las
marcas que él mismo se ha causado. Me inclino hacia adelante y empiezo a acariciarlas con
mis labios. Digger enreda los dedos en mi pelo y con la otra mano me presiona la espalda.
Cuando llego al último corte, lo recorro con mi lengua.

Después de eso, todo se sale de control muy rápido.

Me toma de la cintura y me carga sobre sus piernas. Me siento sobre él, con las mías
abiertas, y lo abrazo por el cuello. Mientras me besa de nuevo, introduce las manos por
debajo de mi ropa y emite un sonido ronco cuando consigue llegar a la piel de mi espalda.
Muy pronto me quita las prendas.

Me muevo sobre él, ansiosa de más. Mis pechos chocan contra su barbilla y él baja la
cabeza para besarlos. Nunca pensé que se podía desear tanto. Jamás deposité mis
sentimientos en esto, y temo vaciarme.

Como necesito sentir su piel contra la mía, le quito la camiseta. Trago con fuerza mientras
contemplo su torso atlético. Las marcas de una vida dura no solo afectaron sus manos, sino
también el resto de su cuerpo. Tiene cicatrices que deben ser producto de las peleas, e
incluso una quemadura, pero aun así es el chico más hermoso para mí. Es la única persona
que, a pesar de la traición, a pesar de las mentiras, conozco verdaderamente.

—¿Tienes frío? —me pregunta, rodeándome con sus brazos.

—¿Crees que podría sentir frío? —respondo, ahogando la risa.

—Quizás deberíamos detenernos. Estoy sano, pero no tengo idea de en qué día estás.
—¿Te refieres al día del ciclo? ¿Ese es el método de protección que utilizan aquí? —Su
silencio me indica la respuesta—. No te preocupes, el último anulador que tomé todavía
está vigente.

Me toma de la cintura, mucho más tranquilo, y me levanta con él para recostarme sobre la
cama. Después se cierne sobre mí, desabrochándose el pantalón. Le ahorro trabajo
quitándome el mío. Todo cae junto a nuestras botas en el suelo.

Se recuesta sobre mí, sosteniéndose con los brazos junto a mi pecho. Sus labios vuelven a
apoyarse sobre los míos mientras, más abajo, nuestros cuerpos también se acarician. Su
respiración es rápida, su mirada es un incendio. Me atrae como nadie antes, y lo quiero.

—Jamás hubiera imaginado que esto pasaría. Gracias por haber venido —susurra contra mi
mejilla, entrando en mí así como en mis sentimientos.

Nos besamos mientras recorremos juntos un camino sin retorno, el que lleva a la sensación
más placentera que viví nunca. Lo que hacía con Rick no tiene comparación con esto. La
forma en que Digger me trata, el modo en que me habla y me mira es lo más lindo que me
ha pasado, y no puedo más que devolverle lo mismo.

Terminamos agitados, mirándonos a los ojos. Lo abrazo y me oculto en su hombro. Él me


acaricia el pelo y me besa en la sien repetidas veces.

—Siempre sentí que nos había faltado tiempo —susurro contra su pecho—. Te extrañé,
Digger.

—Y yo a ti —responde, acariciándome.

Un rato después, se extiende a mi lado y nos cubre con la manta. Sobre mi cuerpo coloca
también nuestra ropa. Ahora sí empiezo a padecer el frío. Me abraza muy fuerte y yo me
apoyo contra su pecho, con las manos contra mi mentón. A pesar de que estoy en la tierra
más peligrosa, nunca me sentí más a salvo.

—¿Cómo fue la renuncia? —pregunta—. ¿Te dejaron salir así sin más?

—Fue horrible —respondo, presa de un escalofrío—. Intentaron convencerme por todos los
medios de que desistiera y luego intentaron asesinarme.

Me mira de golpe, en sus ojos hay miedo. Enseguida me abraza de nuevo, todavía más
fuerte.

—¿Cómo te salvaste? —indaga con la voz ahogada.

—Kevin me salvó.

—¿Kevin?
—Está vivo y lidera una aldea muy lejos de aquí.

Siento que traga con fuerza.

—Lamento que hayas tenido que pasar por eso —susurra, y me besa en la frente.

—Fue para obtener algo mejor —le digo, y alzo la cabeza para besarlo en los labios—.
¿Qué sucedió contigo una vez que escapaste de los soldados?

—Regresé a casa y los radicales me entregaron una dosis de la sustancia.

—Me lo contó mi padre. ¿Has notado alguna mejoría en tu madre y en tu hermana?

—Me dijeron que, al ser la primera aplicación y haber dividido la dosis entre las dos, puede
tomar un tiempo. Pero están un poco mejor.

Asiento en silencio; de verdad espero que se curen. Saber que tantas personas podrían
sanar con algo que en la ciudad hay de sobra, me lleva a cuestionarme el rumbo de este
mundo. Los inmortales no pueden ser tan egoístas.

—Digger, ahora que puedes ser tú mismo, quiero saber más. ¿Qué pensaste cuando me
conociste? ¿Qué sentías mientras nos íbamos acercando?

—No quiero decir lo que pensé cuando te vi por primera vez y te seguí a la discoteca. Me
creí la mentira que les mostrabas a todos.

—Cuando tropecé contigo y me sostuviste, sentí que algo en mí se había sacudido. Desde
que nos miramos por primera vez me pareció que eras distinto. Después, con cada cosa
que decías, seguía comprobando mi teoría.

—¿Cuándo te diste cuenta de que era un huérfano?

—Digamos que tuve la sospecha desde que nos despedimos en la puerta de mi casa y me
quedé con tu gorro, pero me parecía una locura. Creía que los huérfanos eran un mito.
Terminé de convencerme de ello ni bien vi que afuera podía haber vida humana, pero
entonces no quería creerlo porque eso significaría que nunca volvería a verte.

—Tenía que secuestrarte, pero lo retrasaba porque también quería seguir viéndote. No fue
mi madre, ni que los inmortales desconocieran la existencia del mundo exterior lo que acabó
con mi odio. Fuiste tú. Tú me liberaste de un gran peso que había cargado desde que
entendí las diferencias entre los inmortales y nosotros.

—¿Qué haremos? —pregunto en susurros, con la garganta cerrada—. Dejar Ciudad


Inmortal y venir a buscarte no fue la solución. No hay lugar en el mundo en el que podamos
ser en verdad libres.

—Ya se nos ocurrirá algo —promete sobre mi mejilla—. No pienses en eso ahora.
—Es una locura, pero no quiero perderte —susurro contra su pecho.

El frío desapareció desde que me mantiene abrazada. El odio murió cuando sentimientos
mejores se apoderaron de nosotros, demostrándonos que no importa cuán larga sea la vida,
sino vivirla en serio.
12

Un estruendo me despierta de golpe. Ya amaneció, lo sé porque entra algo de claridad


entre las barras de madera que forman la persiana.

Digger se sienta en la cama, alerta. Su hermana abre la cortina sin siquiera pedir permiso, y
yo cubro mis pechos con la manta de inmediato.

—¡Te lo dije! —grita ella, al borde de un ataque de nervios—. ¡Ya se enteraron!

Fellow cierra la cortina y Digger salta de la cama. Me entrega mi ropa mientras pone en
orden la suya a las apuradas.

—Vístete. Saldremos por la ventana.

El miedo me anuda el estómago, pero no puedo retroceder ahora. Escapar es la única


solución por el momento.

Me visto con urgencia y estoy lista a la par de él. Digger se coloca el gorro de lana, se
cuelga mi mochila y espía por entre las maderas que cubren la ventana. Los ruidos afuera
siguen siendo muy fuertes, y ahora también se oyen gritos y exclamaciones. No alcanzo a
entender qué dicen.

Digger abre un poco la ventana y, entonces, una piedra entra con la velocidad de una bala.
Choca contra mi hombro, haciéndome trastabillar. Él cierra de nuevo la madera y se vuelve
hacia mí, preocupado.

—¿Estás bien? —me pregunta, haciéndome una revisión apresurada. Mi rostro debe de
evidenciar dolor y miedo.

Las piedras golpean una tras otra la casa rodeada de huérfanos. “¡¿Dónde está la
inmortal?!”, preguntan. “¡Entréguenla!”, ordenan. Alguien tiene que habernos visto entrar a
la vivienda.

Me toma de la mano y vamos a la sala. Fellow está hablando con un niño cerca del hogar;
supongo que es Boy, su hermano menor.

—¡Yo no hice nada! —grita el chico—. ¡Te lo juro!

Fellow gira la cabeza hacia Digger, desesperada. No estoy en su mente, pero puedo
adivinar sus pensamientos de completa frustración. Entiendo la siguiente idea de Digger
cuando suelta mi mochila y me mira.

—Quédate aquí —ordena.

—¡No! —le grito, e intento retenerlo tomándolo del brazo—. ¡No salgas!

Se suelta sin atender mi súplica y va hacia la puerta.


—¡Es tu culpa! —me grita Fellow—. Si algo le ocurre a mi hermano, ¡será tu culpa!

—¿Quién es ella? —pregunta el niño. Fellow pone una mano sobre su pecho y lo retiene
contra la pared.

Todo es caos y desesperación. Lo peor es sentir que yo lo provoqué.

Cuando Digger abre la puerta, una piedra casi lo golpea en el rostro. No puedo permitir que
pague un precio tan alto por mi causa. Si la turba enardecida entra a la casa, su madre y
sus hermanos estarán en grave peligro.

A pesar de que me ordenó permanecer adentro, aparezco tras él en una fracción de


segundo. Un huérfano enardecido se aproxima, amenazándolo con un palo. Digger nos
defiende dándole un golpe en el rostro. El hombre cae, vencido. Es un luchador, por
supuesto que derribará a muchos antes de que accedan a nosotros. Pero son demasiados
y, tarde o temprano, saldremos perdiendo.

—No lo hagas —le ruego—. ¡Ni siquiera lo intentes! Lo mejor es que les demos lo que
quieren.

—¡Ve adentro! —me dice.

—¡Basta, Digger!

Tal como imaginaba, muy pronto más gente llega hasta nosotros y Digger lucha contra
todos ellos. Cuando un sujeto me atrapa por la espalda, lo pateo en la entrepierna, y así me
involucro también en la pelea. De repente, los dos nos hallamos combatiendo contra
cualquiera que se nos acerque, enfrentándonos al peligro de los piedrazos y los palos.

Cuando veo que tres hombres del tamaño de un ropero consiguen detener a Digger, mi
preocupación por él me distrae de mi objetivo. Él intenta soltarse, pero es en vano. Fellow
se acerca y comienza a rogarles que no lo lastimen, llorando y gritando.

Alguien me golpea en la nuca y caigo de rodillas.

—¡Maldita! —me grita una mujer, y me patea en el costado. El dolor es tan intenso que me
arranca un grito—. ¡Muere, maldita inmortal! ¡Muere!

Muy pronto una multitud me rodea; todos ansiosos por golpearme. Entre los gruñidos de
Digger, el llanto de Fellow y los insultos de la turba, alguien me arranca la ropa. Intento
cubrirme los pechos con los antebrazos, enroscándome sobre mí misma, y entonces
comienzan a darme latigazos en la espalda.

Siento la tierra en mi boca, los secos pastizales en mis ojos. El dolor, cada vez más intenso,
me atormenta. Quieren desquitarse conmigo un siglo de padecimientos en manos de los
inmortales. Quieren que expíe los crímenes de todo un sistema político con mi muerte. Pues
si eso les hace bien, si eso los libera de su odio y de su pena, ya no puedo hacer más. Aquí
me tienen.

—¡Aléjense! —ordena una voz de mujer con tono autoritario.

Por increíble que parezca, un silencio atroz se impone de repente y, poco a poco, la gente
que me rodea retrocede. Casi no tengo fuerzas, pero alcanzo a ver las patas de tres
caballos a unos metros. Uno es blanco, los otros dos son grises. Sigo subiendo por las
piernas de la mujer que acaba de apearse del caballo blanco y por el grueso abrigo de piel
que recubre su cuerpo. La escoltan dos hombres de gran tamaño.

—Suéltenlo —ordena ella, señalando a Digger. Los hombres que lo apresaban lo liberan de
inmediato.

Él se arrastra hacia mí y me levanta del suelo para apoyarme sobre sus piernas. Me
envuelve con sus brazos, cubriendo mi desnudez para el resto. Percibo su respiración sobre
mi frente. Al fin me siento protegida.

—¿Estás bien? —susurra, desesperado—. Por favor, contéstame.

Aunque intento hablar, no me sale.

—Retírense ahora —indica la mujer, supongo que se dirige a la muchedumbre que todavía
nos rodea—. Si no obedecen, olvídense de recibir nuestros favores.

Me cuesta respirar y veo borroso. Cierro los ojos contra el pecho de Digger, muerta de dolor
y de frío. Adivino que la gente empieza a retirarse.

—¿Qué haces aquí? —lo oigo preguntar, mientras continúa apretándome contra su cuerpo
—. Ya le dije a Shark que no volveré a trabajar para ustedes.

Si mal no recuerdo, Digger llamó Shark al hombre que se encontró con él en el antro de las
peleas. Puedo suponer quién es esta mujer: es quien lo envió a secuestrarme. A juzgar por
la reacción de la multitud ante su orden, resulta evidente que tiene mucho poder en estas
tierras.

—No vine por ti, vine por ella.

—Estás loca si piensas que se irá contigo. Para llevártela tendrás que pasar sobre mi
cadáver. ¿No les bastó con las dosis que les dio su padre?

—No me interesa obtener más dosis. Si lo que estamos tramando se concreta, no


necesitaremos suplicar para obtenerlas. No es seguro que vuelvas a meterla en tu casa.
Acepta mi hospitalidad en nuestras tierras, allí estarán a salvo. Hunter, quédate haciendo
guardia en la puerta de esta casa. Si alguien se acerca a molestar, ya sabes lo que tienes
que hacer.
Me doy cuenta de que la mujer le arroja algo a Digger porque una mano de él me suelta
para atraparlo. Muy pronto me encuentro cubierta por un abrigo de piel grueso y mullido. No
me había percatado de que estaba temblando hasta que me siento abrigada y segura.

Digger me levanta en brazos, me lleva hasta un caballo y sube conmigo a la montura.


Vuelve a ocultarme contra su pecho, rodeándome con los brazos al tiempo que sujeta las
riendas. Por encima del abrigo que me cubre hasta la nariz, alcanzo a ver a Fellow
sujetándole una pierna.

—Por favor, ten cuidado —le ruega.

—Mantente adentro —solicita él en voz baja—. El sujeto que se quedará a cuidarlos lo hará
bien. Tranquila. ¿Tendrás alimento?

—Cobraré lo de mis tejidos.

La cabalgata se torna larga e incómoda. Cada vez hace más frío y me duele mucho el
cuerpo. Aunque agradezco estar viva, tal vez hubiera sido mejor que los huérfanos se
salieran con la suya. Kevin me advirtió de su odio, pero no le hice caso. Nunca hubiera
querido ocasionar un problema a la familia de Digger.

Después de ese recorrido interminable, llegamos a una región helada en la cumbre de una
colina. Digger vuelve a cargarme en sus brazos. Ojalá pudiera caminar, pero el dolor me lo
impide. Nunca había sido golpeada de esta manera; no quiero imaginar lo que debió sentir
él en cada pelea. ¿Cómo podía meterse en esa jaula sin ponerse a temblar sabiendo lo que
le esperaba allí dentro?

Alcanzo a ver una construcción mucho más sólida que las casas del poblado, como un
pequeño castillo de piedra. En el interior, el frío se aplaca gracias al fuego que crepita en un
hogar de leña. Oigo otra vez la voz de la mujer que nos rescató de la muchedumbre.

—Pueden ocupar la habitación que está tras la segunda puerta del pasillo. Solicitaré que les
alcancen elementos de higiene para sus heridas. Tendremos tiempo de conversar más
tarde.

—Gracias —responde Digger, encaminándose a la puerta.

Muy pronto me encuentro en una cama, cubierta por el abrigo de piel y una manta gruesa.
Aunque el dolor sigue presente, por lo menos el frío comienza a aplacarse, y poco a poco
me voy sintiendo mejor.

Digger me acaricia la mejilla con un dedo y me aparta el pelo de la cara.

—Marian, ¿me oyes? —pregunta.

—Lo siento —susurro. Me resulta difícil contener la angustia.


—Somos nosotros los que deberíamos pedirte disculpas —alcanza a decir antes de que
resuenen algunos golpes a la puerta.

Se aleja para abrir y regresa con los elementos que le prometió la mujer. Me avisa que tiene
que destaparme mientras sus dedos recorren la piel de mi hombro. Una vez que lo hace,
siento sus suaves roces en mi espalda y en mis brazos en torno a mis heridas.

—Puede que arda bastante, lo siento —me advierte antes de apoyar un paño frío sobre una
de las lastimaduras.

Aprieto la sábana y los dientes para aguantar, pero aun así se me escapa un quejido. Si
esta es la vida que me espera en estas tierras, dudo que pueda resistirla mucho tiempo.
¿Cómo se aprende a ser fuerte? Hasta esto, creí que lo era.

Digger invierte mucho tiempo en higienizar las heridas de mi espalda y luego me pregunta si
puedo darme la vuelta. Aunque moverme me haga sentir muy mal, me esfuerzo para
cumplir. Revisa mi cuerpo con la mirada. Se detiene en la zona que más me duele

—Perdona, tendré que causarte dolor un instante —me advierte de nuevo, apoyando las
manos sobre mis costillas.

Casi no aguanto la presión de sus dedos. Me resulta imposible no retorcerme de dolor


cuando me aprieta a lo largo de algunos centímetros.

—No creo que haya algún hueso roto, pero puede que alguna costilla tenga una fisura —
concluye—. Debo vendarte para que sane más rápido. ¿Soportarías que lo hiciera?

—Haz lo que sea necesario —contesto, sosteniéndome sobre un codo para que pueda
pasar la venda por debajo de mi torso—. ¿Cómo lo resistes? Me refiero a soportar que te
golpeen casi todos los días de tu vida.

—Supongo que, cuando te crías aquí, se transforma en una costumbre. Haré todo lo que
esté a mi alcance para que jamás se convierta en algo habitual para ti. No quiero que nadie
te lastime.

Le acaricio una mejilla, me arden los ojos al intentar retener las lágrimas.

—Fui egoísta. No debí venir a buscarte —le digo, justo cuando termina de dar la primera
vuelta a mis costillas con la tela.

—No digas eso. Yo también necesitaba verte y, ahora que estás aquí, solo podría dejarte ir
para regresar a la ciudad inmortal, donde sé que estarías segura. Buscaremos la manera de
sobrevivir mientras sigas aquí.

—Nunca regresaré allí.

—Entonces tendremos que encontrar la forma de vivir aquí. Por el momento, tener a Sinner
de nuestra parte es una ventaja.
—¿Sinner? ¿Así se llama esta mujer? ¿Quiénes son estas personas? Por lo que le dijiste,
supongo que es quien te envió a secuestrarme. ¿Es confiable?

—Nadie en estas tierras lo es, pero es la segunda vez que me sorprende con algo bueno, y
eso no es muy común entre los huérfanos.

—Por la forma en que la multitud respetó su orden, supongo que tiene mucho poder.

—El lugar donde estamos son las tierras altas. Por las condiciones climáticas, las personas
que viven aquí son muy duras y resultan atemorizantes para el resto. Además, sospecho
que ha hecho varios favores a muchas personas, como este que ahora le debemos.

—Y no es bueno estar en deuda, ¿verdad?

—Exacto. ¿Lo ves? Ya empiezas a entender la lógica que rige la vida de los huérfanos.
Tengo que dar una segunda vuelta a la venda, ¿estás lista?

—Sí.

Me aferro a su hombro con una mano para que termine de vendarme y luego me recuesto.
Lo observo ocuparse de sus lastimaduras. Están en los nudillos, por los golpes que les dio a
varias personas, y en su pómulo, por uno que le dieron. Casi no parece sufrir dolor, resulta
evidente que se hizo muy resistente a lo largo de los años.

Cuando termina, se acuesta a mi lado y me abraza. Todavía me siento mal. Desearía tener
alguna de las medicinas de Ciudad Inmortal para mejorar, pero sé que no hay; el único
remedio es aguantar. Me desespera pensar que, tal vez, nunca hallemos la solución para
que pueda permanecer aquí. No me agrada la alternativa de regresar a la aldea de Kevin;
sin embargo, por ahora parece la única opción para que Digger y su familia estén a salvo.
Es lo último que pienso antes de quedarme dormida.

Despierto con unos golpes a la puerta. Supongo que esa tal Sinner nos pedirá que
conversemos, pero Digger regresa de la puerta con un plato de comida y una vela. Por la
oscuridad que invade el cuarto, parece que es de noche y que se trata de la cena. Haber
dormido muchas horas acrecentó las molestias en mi cuerpo, pero al menos me siento con
un poco más de energía.

Después de comer, volvemos a dormir. Los golpes a la puerta que nos despiertan por la
mañana ya no son tan amables.

—Sinner pide verlos enseguida —indica un hombre con voz gruesa.

Digger me ayuda a sentarme para que pueda vestirme con las prendas de mujer que le
entregó el mismo sujeto que vino a despertarnos.

—¿Puedes caminar? —me pregunta, ofreciéndome su mano para que me levante de la


cama.
—Sí, supongo.

Aunque me cuesta bastante ponerme en pie, sobre todo por el dolor en la zona de las
costillas, consigo estabilidad sujetándome de su brazo. El primer paso es el más difícil. A
medida que avanzo, me acostumbro al malestar y puedo moverme sola.

Nos conducen a una habitación donde Sinner espera con el desayuno. Consiste apenas en
una infusión de hierbas y un trozo de pan, pero en el centro de la mesa hay algunas frutas
y, al verlas, se me hace agua la boca.

—No puedo creer que una inmortal esté sentada a mi mesa —comenta la mujer con aire
reflexivo. Me estudia con curiosidad, respaldada en la silla del otro lado de la mesa.

—¿Cómo supiste lo que estaba ocurriendo? —interroga Digger.

—Desde que alguien los vio juntos en el bosque, el rumor de que escondías a una inmortal
en tu casa se esparció como la pólvora. Enseguida intuí que sería Marian Stone. —Me mira
—. Tienes coraje. Si existen inmortales que hayan renunciado a la inyección entre nosotros,
se ocultan muy bien del odio de los huérfanos. Nunca había tenido la oportunidad de hablar
con uno hasta ahora. Digger me dijo que tú le aseguraste que los ciudadanos no saben de
nuestra existencia. ¿Eso es cierto?

—Sí —respondo—. También piensan que, de poner un pie en las afueras, morirían por el
clima. El gobierno sabe bien cómo mantener secretos ocultos.

—¡Ya lo creo!

—¿Qué quieres? —indaga Digger. Podría percibir su desconfianza a kilómetros.

—No sé si lo recuerdas, pero tu trabajo consistía en dejar a Marian en una locación que te
habíamos indicado.

—Ya te expliqué por qué no hice eso.

—Sí, lo sé. No importa ahora. Ella está aquí, así que da igual. Lo que quiero decir es que,
en ese momento, te dijimos que la sustancia de la inmortalidad no era lo único que
queríamos. Necesitamos algo más, algo que ella quizás podría ayudarnos a encontrar.

—¿A dónde quieres llegar? Nos hiciste un favor y lo pagaremos para no estar en deuda.
Pero yo decidiré si lo que nos pides a cambio es justo.

—Hace un tiempo recibimos un rumor acerca de la ciudad inmortal. Según los relatos,
Sarah Leigh, su fundadora, se suicidó cuando las presiones políticas por la ley de
obligatoriedad de la inyección de la inmortalidad a la que ella se oponía la acorralaron. Por
supuesto, en los libros de historia de los inmortales no debe aparecer de esa manera.
—Nunca se descubrió el motivo del suicidio —agrego—. Existen algunas teorías, pero todas
son absurdas.

—¿Por ejemplo? —indaga Sinner con interés.

—Un amor no correspondido. Es ridículo, Sarah no era ese tipo de mujer.

—¿La conociste? Creí que tenías diecisiete años y que habías vivido veintisiete. Sarah
murió hace casi un siglo.

—No, claro que no la conocí, pero he leído mucho acerca de ella y creo que la conozco un
poco. No se suicidó por el desamor ni por un trauma psicológico a causa de la Gran
Catástrofe. Yo creo que la asesinaron.

—No me extrañaría tratándose de Vaughn Leroy.

—Sigo sin entender el punto —interviene Digger. Lo noto muy tenso, casi parece asustado.
Por supuesto, no manifiesta miedo en su voz y en su postura, pero yo puedo percibirlo.

—La historia oficial de los inmortales cuenta que Sarah no tuvo hijos —continúa Sinner—.
Pero los rumores dicen que sí existe uno, que Leroy lo tomó como trofeo de inmortalidad y
que lo mantiene como un bebé desde la muerte de Sarah hasta hoy escondido en alguna
parte de la ciudad.

—Conozco ese rumor, solo que con algunas diferencias —intervengo. Percibo la mirada de
Digger sobre mí, pero continúo dirigiéndome a Sinner—. Puede que el bebé haya sido
extraído de la ciudad y que viva entre los huérfanos desde hace décadas. Ahora rondaría
los cuarenta años.

—Si eso hubiera ocurrido, los inmortales lo habrían buscado. Sería lo único por lo que Leroy
removería cielo y tierra.

—Sí, eso también lo oí en los rumores. Quizás piense que esté muerto.

—¿Y si sigue dentro de la ciudad y pudiéramos encontrarlo? Revelar su existencia a la


sociedad inmortal destrozaría la imagen de Vaughn Leroy.

—Excepto que él diga que lo mantuvo en secreto por un deseo de su madre.

—¿Y cómo justificará que lo conservó como un bebé, si su madre se oponía a la


obligatoriedad de la inyección?

—¿Qué quieres de Marian? —interroga Digger, extrañamente arisco.

—Que regrese a la ciudad y trabaje para nosotros buscando a ese bebé —responde Sinner
sin rodeos.

—Una vez que renuncias a la inmortalidad, no puedes regresar —explico.


—No si eres un ciudadano cualquiera, pero tú eres la hija de un político. Apuesto a que, si
buscáramos la manera de que pudieras hablar con tu padre y le dijeras que quieres
regresar, él lo posibilitaría.

—Ciudad Inmortal es mucho más importante para él que su propia hija. Podría intentarlo,
pero no sé si acceda.

—No —replica Digger.

—¿Por qué no? —le digo—. Podríamos contactar a mi padre a través del mismo guardia
corrupto que negoció con ustedes. Ahora trabaja para él. No se negará si yo le pido que mi
padre se acerque a la puerta para conversar.

—Marian, no —repite él con los dientes apretados.

—No me quedaré allí, no quiero hacerlo. Pero si me garantizaran un modo de salir otra vez,
estaría dispuesta a ayudar. Puedo buscar al bebé dentro de la ciudad mientras ustedes
buscan a un hombre en las afueras. Solo quiero saber una cosa. —Miro a Sinner—. ¿Qué
harías si el gobierno de Leroy cayera y ustedes tomaran el control?

—Primero, decirles la verdad a los inmortales. Si tú aseguras que no la conocen, viven en el


engaño, y no creo que todos sean como los funcionarios. Seguramente, entre la población
habrá personas que no considerarán justo que su vida cómoda se sostenga gracias al
sufrimiento de miles de personas.

—¿Y después?

—Sería imposible que los huérfanos ingresaran a la ciudad; acabarían con los inmortales y
arrasarían con todo a su paso. Supongo que deberíamos intentar extender la ley poco a
poco hacia estas tierras, encarcelando primero a los corruptos. No me interesa vivir en
Ciudad Inmortal. Solo estoy cansada de ver cómo mueren los huérfanos, cómo se roban y
explotan entre sí por las migajas que la ciudad inmortal escupe para ellos.

—¿Qué ocurriría con los políticos y todos aquellos que cometieron delitos tan terribles como
ocultar la verdad sobre los huérfanos?

—Deberíamos idear un sistema de penas. Quedamos muy pocos seres humanos sobre la
faz de la Tierra, matar no resolverá nuestros problemas. Si queremos que nuestra especie
sobreviva, tenemos que preservar la vida.

—¿Para qué querían las dosis de la sustancia de la inmortalidad que le pidieron a mi padre?

—Nosotros también tenemos deudas. Una revolución no se sustenta sola, y lo más preciado
aquí es esa maldita sustancia. Eres una pieza fundamental de esta iniciativa de un primer
gobierno huérfano, Marian Stone.

De repente, Digger se levanta y apoya ambos puños sobre la mesa.


—Es suficiente —prorrumpe con un gesto amenazador —. Ve pensando en otra manera de
que paguemos nuestra deuda, porque Marian no regresará a la ciudad inmortal en busca de
ningún niño.

Me sujeta fuerte de la mano y me obliga a levantarme para salir de la habitación.


13

Intento liberarme del agarre de Digger, pero no lo consigo. Aprieta demasiado fuerte, casi
no parece él mismo. Me hace entrar a la habitación que nos asignaron y cierra la puerta.

—¿Qué ocurre contigo? —le reprocho.

Él comienza a dar vueltas por el cuarto como en la jaula con sus contrincantes. Si no lo
conociera, diría que en este momento es alguien muy peligroso. Pero no está enojado
conmigo, lo presiento. Tengo que saber qué lo está atormentando.

—Digger, contéstame.

—No irás a la ciudad. Punto.

—¿Por qué no? Puede que estemos frente a una solución para lo poco que resta de la
humanidad en este mundo destrozado y podrido, ¡y tú te niegas a que lo intentemos por un
capricho!

—No debes confiar en los huérfanos, mucho menos en una mujer que lleva como nombre
“pecadora”.

—¡Ah, por favor! Esas no son más que creencias paganas. Y, aunque así fuera, quizás su
pecado sea develar una verdad, y el tuyo, excavar en busca de ella.

—No quiero que vayas ahí, sería inútil. Dejémoslo así.

Lo noto muy nervioso, así que intento serenar los ánimos bajando el tono.

—Está bien, no insistiré. Solo dime por qué.

—Porque sí.

—¡Eso no es una razón! Necesito entender qué piensas. ¿Qué es lo que no te convence de
lo que dice Sinner?

—Que son solo promesas.

—Sí, por el momento lo son. Pero al menos es la persona que me ha prometido las cosas
más sensatas en mucho tiempo. Déjame creer en algo.

—Cree en mí.

—Eso intento, pero no me das motivos.

—¿Qué motivos necesitas? —replica, cada vez más ofuscado.

—Dime por qué no quieres que acepte su propuesta.


—¡Tan solo confía! —repite—. Por favor, necesito controlarme.

—¿O qué? ¿Me golpearás? ¿Me estrellarás la cabeza contra una superficie, como haces
cuando luchas?

—¡No!

—Vamos, hazlo. Te dije que quería tu verdad. Si es esta, muéstramela.

—¡Detente!

Se deja caer sobre la cama, agitado, y mira el suelo. Me arrodillo en busca de sus ojos y
apoyo una mano en su pierna. Me duele el cuerpo por los golpes, pero nada se compara
con el sufrimiento que percibo en sus actos.

—Eres una buena persona, Digger —afirmo, acariciándolo—. Por eso deseo que vivas de
verdad, como tú me has mostrado que yo puedo vivir. ¿Sabes cuál fue el momento que más
disfruté de los días que pasamos juntos? Ese instante en el que reíste mientras
almorzábamos. Me muero por verte reír otra vez. Quiero que tengas paz, y que la paz te
haga feliz.

»Dijiste que no quieres que nadie me haga daño. Yo tampoco resisto que te lastimen a ti.
¿Por qué tengo que aceptar que sigas entrando en una jaula donde puedes dejar la vida y
en la que sientes que, con cada golpe que das, pierdes algo de tu humanidad? ¿Por qué
debería aceptar que pases hambre o frío? Si puedo intentar algo para evitarlo, ¿por qué no
lo haría? ¿Acaso tú no harías lo mismo por mí, no lo hiciste ya?

Cuando alza la mirada y me deja ver sus ojos angustiados, siento que me arrebata el aire.

—El hijo de Sarah Leigh no es un bebé ni un hombre de cuarenta años —murmura—.


Tampoco acepta que su vida fue una mentira y que su padre de sangre posiblemente haya
asesinado a su madre biológica. Está muy asustado y cansado, se pregunta para qué sigue
luchando y a veces desearía morir. Pero existen algunas personas que le importan y que se
preocupan por él, por eso sigue adelante. No sabe si sería capaz de soportar sobre sí el
peso de convertirse en un arma política ni desea correr el riesgo de que la chica de la que
se enamoró no pueda regresar con él. Es por eso que no tienes que ir a la ciudad, Marian,
porque ese hijo no está allí.

Trago con fuerza, intentando ordenar mis pensamientos.

—¿Cómo…? —intento preguntar, pero no me salen las palabras.

Digger toma mi mano con mucha más suavidad que para llevarme al cuarto y la apoya
sobre su muñeca. Me obliga a presionar muy fuerte, hasta que puedo sentir el chip inmortal
bajo su piel.
Él afloja el agarre y yo retiro la mano bruscamente. Me quedo mirando su pelo rubio rojizo,
las pecas diminutas en su tabique nasal, sus ojos tan parecidos a los de Sarah Leigh. Las
palabras de su hermana regresan a mi memoria para sacudirme: “No eres parte de ellos, no
tienes que protegerlos. Olvídate de lo que dijo mamá. ¡Estaba desvariando!”.

—Digger… —susurro, y me alzo sobre las rodillas para abrazarlo.

—Te juro que no lo sabía. Me enteré de que tenía una identidad inmortal estando en la
ciudad. Creí que había llegado a mí por error y que se la estaba robando a alguien. Cuando
regresé a casa, mi madre tuvo que contarme la verdad.

—Lo siento. —Le acaricio el pelo.

—Ella era mi niñera. Escapó de la ciudad junto con su esposo para rescatarme después de
que Vaughn Leroy me mantuviera setenta y cinco años siendo un bebé.

Cada detalle que cuenta me revuelve el estómago. Era más sencillo hablar de esa criatura
cuando no la conocía, pero saber que se trata de él me lastima. Lo que han hecho los
políticos con los huérfanos y con los mismos inmortales no tiene perdón.

Lo beso en la mejilla mientras continúo acariciándole el cabello. De pronto, coloca una


mano debajo de mi mentón y me impulsa a mirarlo.

—Cuando estábamos en la ciudad, la policía comenzó a buscarme porque activé la


identidad de Shane —dice en voz baja—. Es posible que Vaugh Leroy continúe
buscándome, quizás para matarme. Además de mi madre, Gift y Fellow, eres la única que lo
sabe.

—Jamás se lo diré a nadie. Tienes que saber que Sinner y los inmortales no son los únicos
que quieren encontrarte. La versión del rumor que reproduje para ella es la que me contó
Kevin. En su aldea, también piensan que develar esa verdad desestabilizaría el gobierno
actual.

—¿Lo ves? Sé que revelar la identidad del hijo de Sarah sería un arma política para
cualquiera, pero me atemoriza entregarme a algún grupo. Eso volvería a convertirme en un
trofeo. De hecho, sigo siéndolo: el primero que me encuentre se hará con el poder. Y en
toda esa lucha, ¿en dónde quedo yo?

—Tienes razón. Resolver los problemas de los huérfanos no depende de ti. No tienes que
hacer algo que no quieras. Pero si queremos conservar tu secreto, lo mejor será que intente
regresar a Ciudad Inmortal, al menos para apaciguar a los huérfanos y entretener a Sinner.

—Tengo muchos pensamientos contradictorios. Por un lado, creo que no existe otro lugar
donde estés más segura que la ciudad. Sin embargo, sé que no eras feliz allí. El peligro
constante al que te exponías, la violencia de Rick, la tristeza de sentir que no perteneces a
ese lugar… Si lo pienso de un modo egoísta, tampoco quiero perderte.

—Ni yo a ti.
—Por eso te prometo que pensaré lo de entregarme.

—No.

—Por favor, tan solo dame tiempo.

—No tienes que hacerlo. Vayámonos de aquí y esperemos a que aparezca otra
oportunidad.

—¿A dónde iríamos? Si saliéramos de estas tierras, solo sería para llevarte a Ciudad
Inmortal. No hay modo de que podamos vivir en paz sin conseguir la destitución de Vaughn
Leroy. Debo elegir entre conservar mi secreto o a ti. Sé que quiero la segunda opción, pero
me da miedo lo que pueda ocurrir cuando ignore la primera. Llevan utilizándome muchos
años sin que pueda elegir: los inmortales, Shark, los dueños de los campos de las tierras
fértiles. Esta vez, si me dejara utilizar, sería por elección. Los huérfanos nacimos para ser
objetos, no personas. Quizás al menos podía rescatar a Shane. Por ahora, todo es muy
confuso y doloroso para mí.

—Lo sé. Si quieres tiempo, yo lo ganaré. ¿Confías en mí?

—Como nunca he confiado en nadie.

—Gracias. Me encargaré.

—¿Puedo hacerte una pregunta? —Lo miro, expectante—. ¿Por qué te fuiste de la aldea de
Kevin? Creí que era tu amigo. Si dices que también busca al hijo de Sarah para hacerse con
el poder, ¿por qué ayudarías a los huérfanos de Sinner y no a él?

—Kevin era mi mejor amigo, pero ya no lo siento así. Sus ideas no me agradan. Desde que
se fue de la ciudad es un huérfano, pero en sus pensamientos creo que sigue siendo un
inmortal.

—¿Es su aldea el lugar seguro de las afueras al que podrías regresar? —Hago un gesto
afirmativo con la cabeza—. Escucha: sé que es tu amigo, pero me siento en desventaja con
él.

No puedo evitar reír.

—¿Por qué te sentirías así?

—Viviste muchas experiencias con él.

—¿Y eso qué? ¿Acaso no crees en la amistad? ¿No tenías una amiga, esa tal Innocence?
También debes haber atravesado mucho con ella. ¿Debería sentirme en desventaja?
—Lo sé, es ridículo. De todos modos, no importa que esté celoso como un idiota. Si ese
lugar es seguro para ti, te llevaré ahí. Kevin tiene poder en su aldea; podría protegerte mejor
que yo.

—Calla —le pido, apoyando dos dedos en sus labios—. No quiero que alguien me proteja.
Prefiero que nos protejamos mutuamente, y eso es lo que nosotros hacemos. Te quiero,
Digger. No es el tiempo lo que importa, sino lo que hemos vivido y lo que deseamos vivir.

Pasamos el resto del tiempo en el cuarto. Comemos lo que nos alcanzan al mediodía, pero
no nos dan la cena. La escasez de alimento es dura y me hace sentir descompuesta.
También el estado de lo que sí comemos. Se nota que en estas tierras la vida es mucho
más difícil que en otras.

Por la noche, Digger me abraza. Me hace ruido la panza, y él me aprieta.

—Lo siento —dice—. Si hubiéramos estado en las tierras áridas, habría intentado conseguir
algo, pero aquí no tengo manera.

—No tienes que disculparte. En la ciudad comía demasiado.

Los dos sabemos que es mentira, pero no quiero que se sienta mal por mí, así que
hacemos un acuerdo de silencio. Por suerte, estoy cansada y me quedo dormida
enseguida.

Por la mañana, despierto antes que él y me escabullo para ir a hablar con Sinner. Otra vez
me convida pan y agua con un poco de café. Por suerte, me siento bastante mejor de la
golpiza, aunque todavía me duele.

—Quería hacerte una pregunta —comienza—. ¿De dónde sacaste el rumor del hijo de
Sarah? ¿Acaso circula en la ciudad inmortal?

—No. Lo supe de un grupo de huérfanos que también lo está buscando.

—¿Ya habías estado en uno? Creí que acababas de salir y que Digger había ido a
buscarte.

—Ya ves: hay otros huérfanos que también ayudan.

—Háblame de ese grupo. Si fueran sensatos, podrían ser nuestros aliados.

—Lo son de alguna manera, pero muchas de sus ideas me suenan conocidas.

—¿Por ejemplo?

—Esquema de privilegios, criterios de selección, prejuicios.

—¡Vaya! De ser una inmortal frívola y caprichosa, pasaste a ser toda una caja de sorpresas.
—También tú: de ser una secuestradora capaz de amenazar a alguien con algo tan
importante como su familia, ahora eres una anfitriona de lujo.

Sinner ríe, dejando entrever una mirada especulativa.

—¿Podrías indicarme dónde vive ese grupo? Me gustaría entablar contacto con ellos.

—No sé si convenga, pero puedo preguntarles si quieren entrar en contacto contigo, claro.
Préstame un caballo para ir a esas tierras y haré de mensajera. Podría ir caminando, pero
demoraría días en traerte una respuesta.

—¿Por qué debería confiar en ti?

—Porque me propusiste que volviera a la ciudad a cumplir con tu plan. ¿Cómo te


asegurarías de que, una vez ahí, no dejara de trabajar para ti y te delatara?

—Porque Digger estaría afuera. —Sonríe. Punto para ella.

—No te traicionaré, Sinner. Siempre que tú no me traiciones a mí.

—¿A qué te refieres?

—Me gustan tus ideas. No aceptes las de ese grupo, porque entonces me perderás.
Supongo que sigo siendo un arma poderosa para acceder a la ciudad, ya sea para buscar al
bebé o para cualquier otra cosa; te conviene tenerme de tu parte.

—No me interesa prolongar un gobierno como el de Vaughn Leroy, ni cederé el control de la


ciudad si logramos obtenerlo. Sin embargo, es cierto que, cuantos más seamos, será mejor.
Podría hacerme de un ejército de huérfanos enardecidos, pero entiendes que esa no es la
idea. Destruir la ciudad y a los inmortales no le serviría a nadie, como tampoco continuar
viviendo de esta manera, solo que con otro nombre en el gobierno. Confiaré en ti. Supongo
que irás hasta allí con Digger y que no aceptarás que te acompañe uno de mis hombres.
Recuerda que su familia sigue en las tierras áridas, y que uno de los míos custodia la puerta
de su casa.

—No hace falta que me amenaces. Cumpliré con mi parte, cumple tú con la tuya —
respondo, y me levanto para retirarme.

Respiro profundo: estoy a punto de emprender un camino difícil, pero es una buena manera
de ganar tiempo. Espero que dé buenos resultados.

Cuando llego a la habitación, encuentro que Digger está despierto.

—¿Fuiste a ver a Sinner? —pregunta.

—Sí. ¿Alguien te lo dijo?

—Lo presentí cuando te alejaste a hurtadillas. ¿De qué hablaron?


—¿Acaso crees que te traicioné? —indago, frunciendo el ceño ante su tono desconfiado.

—No. Lamento si te di a entender eso —responde. Entiendo que le cueste confiar por cómo
ha vivido, así que decido dejar el asunto atrás.

—No importa. Fui a ofrecerle que fuéramos a ver al guardia de seguridad para que me
ayude a contactar a mi padre con la excusa de regresar a la ciudad. Eso nos daría unos
días. Nunca se lo dije; me sirvió una oportunidad mejor en bandeja y la aproveché. ¿Estás
dispuesto a acompañarme a las tierras de Kevin?

—¿Te quedarás allí?

—No, claro que no. Solo oficiaré como mensajera.

—Haré lo que me pidas.


14

Ya tenemos el caballo, solo faltan algunos víveres. Digger se ocupa de llenar una bolsa con
lo poco que nos consigue Sinner y partimos rumbo al campamento de Kevin ese mismo día.

Ir a caballo es más rápido, pero suma un peligro: la carne es un manjar codiciado. La salida
del caserío no pasa desapercibida. Aun así, nadie se atreve a molestarnos. Sinner dio la
orden de que no me ataquen y, por el momento, la están respetando. A diferencia de los
inmortales, los huérfanos se reproducen sin control, por eso son más. Sin embargo, me da
la impresión de que la mayoría de cada región se conoce entre sí, como me dijo Digger que
sucedía en su aldea.

Entrando al bosque nos cruzamos con un grupo de hombres. Empiezan a murmurar entre sí
y cuando les pasamos por al lado, me escupen. Digger detiene el caballo con intención de
descender. Lo retengo tomándolo del brazo y le suplico con la mirada que no se involucre
en problemas. Más allá de la agresión, los sujetos siguen su camino y tan solo miran atrás,
riéndose de mí. No vale la pena enfrentarlos, lo mejor es alejarnos.

De a ratos miramos alrededor; sería tonto confiar en que Sinner no enviará a nadie a
seguirnos. Al parecer no lo hizo, o al menos no nos damos cuenta. Sé que estoy
arriesgando el campamento de Kevin, pero ¿acaso hay otra salida? La tiranía de los
inmortales tiene que terminar, y a la vez no podemos permitir que los huérfanos arrasen con
todo. Resolver la situación política y social es difícil, y solo uniendo las fuerzas de personas
sensatas quizás se pueda conseguir lo mejor para lo que resta de la humanidad sin develar
el secreto de Digger.

Me cuesta entender por qué, siendo tan pocos sobre la faz de la Tierra, en lugar de unirnos,
nos separamos. Mi padre fue claro: “Para que una porción desarrollada de la sociedad viva,
es necesario que exista el subdesarrollo”. Supongo que eso podría aplicar en un mundo
superpoblado, pero este no lo es. Excepto que también nos hayan mentido en eso. ¿Y si en
realidad la porción de tierra en que vivimos es solo un punto en la inmensidad? ¿Y si
existen más personas en otra parte? Los inmortales no lo sabríamos, porque nos lo
ocultaron. Los huérfanos tampoco, porque no tienen los medios para conocer el mundo.

—Digger —digo mientras cabalgamos—. ¿Recuerdas que mencionaste que más allá de
estas tierras habitadas el resto del mundo estaba destruido? ¿Algún huérfano intentó salir
de este continente?

—Por lo que tengo entendido, hubo algunas expediciones, pero todas fracasaron. Más allá
de estas zonas de vegetación parecida a la Tierra antes de la Gran Catástrofe, lo demás es
solo arena o hielo.

—Los huérfanos no tienen los medios para ir más allá, pero quizás los inmortales sí. ¿Qué
tal si hubiera otras zonas del planeta despejadas para vivir?

—Supongo que lo sabremos una vez que tengamos acceso a los documentos clasificados
de los inmortales.
—Presiento que tu chip te permitiría entrar a cualquier lugar, incluso a los sitios restringidos
de Ciudad Inmortal. Si no fuera tan arriesgado porque asociaron la imagen de Shane Leigh
a ti, quizás serías tú el que debería volver ahí.

Por la noche nos detenemos a descansar en el bosque. Damos agua al caballo y comemos
algo de lo que tenemos en la mochila. Por extraño que parezca, el frío ya no se siente con
tanta fuerza.

—¿Me estaré acostumbrando al clima? Ya no siento tanto frío —comento.

Digger mira hacia arriba; supongo que quiere ver el cielo, pero lo cubren las copas de los
árboles.

—Por la noche siempre hace frío. No me había dado cuenta, tienes razón. Es extraño.

—Quizás la Tierra esté empezando a sanar y el clima deje de ser hostil para la vida.
Después de todo, pasaron cien años de la Gran Catástrofe.

—Ojalá. Pero me sigue resultando llamativo que se produzca de golpe.

Nos acostamos uno al lado del otro, cubiertos por una manta. Me gusta sentirlo cerca, así
que me acomodo contra su costado. Él me abraza y muy pronto, casi sin darnos cuenta,
nos besamos. Del mismo modo irracional terminamos haciendo el amor en el bosque,
protegidos por un arbusto de hojas amarillentas.

Despierto con un crujido. Son las hojas del suelo, o quizás el viento agitando las que
perduran en los árboles. Creo que Digger también oyó algo, ya que está tenso. Silencio.
Pienso en algún animal salvaje, pero quedan pocos y hasta sería una suerte que nos
encontráramos con uno.

El ruido se repite. Presiento que Digger está buscando algo en la cintura del pantalón.
Cuando pasa la mano junto a la mía, siento el frío del metal de su cuchillo. Se mueve
despacio, de manera sigilosa.

Subimos al caballo de prisa y nos lanzamos a galopar lo más rápido posible. Nos
detenemos ocultándonos entre unos árboles frondosos cuando oímos gritos. A la derecha,
comenzamos a ver una luz brillante. Es fuego.

Crujen las hojas. Adelante, veo pasar varios sujetos vestidos como la que intentó matarme
ni bien salí de Ciudad Inmortal.

—Están atacando una aldea —me informa Digger, deduciendo en el momento.

—Son soldados especiales de la ciudad. Tenemos que alejarnos lo antes posible.

Volvemos a cabalgar a toda prisa hasta que nos alejamos de los ruidos, el fuego y las
personas. Después de varios kilómetros de tranquilidad, Digger me acaricia el cabello y me
besa en la cabeza.
—Cabalgaré toda la noche, es demasiado peligroso permanecer en estas tierras. Duerme.

—Te ayudaré a vigilar —determino.

—No es necesario. Descansa.

No sería justo que yo pudiera dormir y que él tuviera que encargarse solo de nuestra
seguridad, así que intento permanecer alerta el máximo tiempo posible.

Despierto de golpe, cuando siento que estoy a punto de caerme del caballo. No es cierto;
los brazos de Digger me mantienen quieta contra su pecho, sucede que el sueño me venció
por un momento.

—¿Estás bien? —me pregunta él.

—Sí, lo siento.

—Te dije que descansaras.

—¿Qué ocurre? Tu voz suena muy extraña.

—Dijiste que los atacantes de esa aldea eran soldados especiales de la ciudad.

—Sí. Estaban vestidos igual que la persona que intentó matarme cuando renuncié a la
inmortalidad.

—Entonces deben estar buscando a Shane Leigh.

Me aparto un poco de su pecho para mirarlo. Gracias a la penumbra que nos ofrece la luna
por entre las ramas, alcanzo a distinguir sus ojos.

—¿Y eso qué? —pregunto.

—No se detendrán hasta encontrarme. Incluso puede que un día incendien también la casa
de mi familia. No puedo entregarme a ellos, me matarían. Pero tampoco puedo permitir que
sigan destruyendo a los huérfanos por mi culpa.

Lo abrazo y cierro los ojos. Quisiera evitarle tanto sufrimiento.

Por la mañana llegamos al desierto. La larga extensión de arena nos permite ver a la
distancia y comprobar que nadie nos sigue. Me resulta extraño que Sinner haya creído en
nosotros; quizás no todos los huérfanos son tan desconfiados como opina Digger.

Cubrimos nuestras cabezas con trapos y una capucha, el sol lastima cerca del mediodía.
Atravesamos un enorme médano y, del otro lado, aparece el campamento de Kevin.
Una flecha se entierra en el suelo, espantando al caballo. El animal se alza en sus dos
patas traseras y casi caemos. Digger sostiene con fuerza las riendas y me aprieta entre sus
brazos para mantenerme en el lugar. Otra flecha cae del otro lado. Es una amenaza.

—¡Serena! —grito con todas mis fuerzas

En cuanto el caballo se aquieta, apoyo los pies en los estribos y me levanto, quitándome la
capucha. Coloco el dorso de la mano en la frente para protegerme del sol; necesito saber
desde dónde nos está atacando. Sin dudas, con la capucha y los trapos, no me reconoció.

—¡Stone! —responde ella.

Gracias a su grito consigo divisarla en una parte del médano. La saludo moviendo una
mano y ella responde de la misma manera. Después hace sonar una campana. Es la señal
de que alguien se aproxima al campamento y que es confiable.

Alcanzamos las primeras tiendas muy rápido. Algunos niños nos miran, sorprendidos por el
caballo. Varios adultos nos estudian con interés. Justice se aproxima entre ellos; es la
primera en reconocerme. Desciendo mientras ella sonríe.

—¡Sobreviviste! —exclama con alegría, apretándome los hombros. Luego se aproxima a mi


oído para susurrar—. ¿Trajiste a ese tal Digger? Sabes lo que opina Tough de los
luchadores.

—No importa lo que piense Kevin. Digger no es así —replico.

Geraldine y Kevin se acercan, alertados por el sonido de la campana y el tumulto. Cuando


él me reconoce, sus ojos echan llamas.

—¿Por qué te fuiste de esa manera? —indaga—. ¿En dónde te habías metido? No pudimos
encontrarte. ¿Tienes idea del riesgo que corriste?

Enmudece en cuanto Digger se apea del caballo. Lo percibo, fuerte y gigante, a mi espalda.
Supongo que su presencia es bastante intimidante, me da la impresión de que está
imponiendo su porte peligroso.

—Stone… —susurra Kevin—. ¿Por qué has traído a un desconocido?

—Tengo un mensaje para ti —replico.

—Tú te quedarás. Él tendrá que irse.

—No me apartaré de Marian —replica Digger con la frialdad de su voz de trueno.

Kevin me mira y sonríe con desprecio.

—¿Fue por él que te fuiste? ¿Este es el tipo que te sacó de la ciudad? ¿Por qué confías en
alguien que ni siquiera es capaz de cuidarte usando tu nombre huérfano?
—Porque Marian no es una huérfana, Kevin —replica Digger, destacando su nombre
inmortal.

—Basta de hostilidades —intervengo—. ¿Podemos conversar? Tengo un mensaje para ti.

—Ya te dije que sí. Pero él no entrará a mi aldea.

—Te daré el mensaje aquí, entonces. Geraldine, quédate. Los demás, ¿pueden dejarnos a
solas?

Antes de que Kevin alcance a responder, Geraldine avanza hacia Digger. Se dirige a él en
lugar de a mí.

—¿Cómo te llamas?

—Digger.

—¿De dónde provienes?

—De las tierras áridas.

—¿A qué te dedicas?

—Soy un luchador.

—Lo imaginaba. No permitimos que los luchadores se queden en nuestra aldea.

—No tengo intención de quedarme. Su aldea me importa lo mismo que un puñado de tierra
seca. Solo vine porque me lo pidió Marian.

—Haremos una excepción por esta vez. Conversemos en mi tienda, antes de que el sol nos
calcine.
15

Dejamos el caballo al cuidado de dos aldeanos y seguimos a Geraldine hasta la cabaña.


Digger y Kevin se sientan enfrentados, mientras que yo quedo delante de la doctora. Las
dos apretamos los labios, conscientes de que ellos no se quitan la mirada de encima. La
tensión se puede sentir en el aire.

—Nos alegra que estés bien, Marian —dice ella—. Pero nos pareció un poco descortés que
te fueras de manera tan repentina, sin siquiera avisarnos.

—Lo siento. Era el único modo de que Kevin no me retuviera.

—Lo hacía por tu bien —arguye él.

—Lo sé y estoy agradecida, pero no era lo que yo quería.

—¿Tienen hambre o sed? —continúa Geraldine—. Podemos ofrecerles bebida y alimento.

—No, gracias. Intentaré ser breve —respondo—. Vengo en nombre de una comunidad de
huérfanos que comparten algunos objetivos en común con ustedes. Si les interesa, puedo
contarles un poco de ellos, para que decidan si quieren ponerse en contacto. Es la intención
de su líder, ya que opina que cuantos más aliados sensatos intenten derrocar a Vaughn
Leroy, será mejor.

—¿”Una comunidad de huérfanos”? —repite Kevin—. ¿Por qué haces esto? ¿Acaso no
entiendes que los huérfanos son traidores y corruptos?

—Más allá de eso, ¿qué podría hacer un grupo de huérfanos con Ciudad Inmortal? La
destrozarían —interviene Geraldine.

—No es la idea de este grupo —aseguro.

—¿Y cuál es su objetivo?

—Desean derrocar a Leroy y asumir el poder para extender la ley fuera de la ciudad, sin
penetración de huérfanos enardecidos en ella.

—¡Ja! ¿Y tú les crees? —replica Kevin con ironía—. ¡No seas ingenua!

—Ey, modera tu tono —le ordena Digger, entrecerrando los ojos—. Desde que te vi tengo la
impresión de que miras a todos por sobre el hombro como si fueras superior al resto.

—Te recuerdo que estás en mi aldea y si considero que me insultas, acabarás en un


calabozo —replica Kevin.

—Tal como creí: te crees un rey en un caballo de oro pero estás sentado en un poni.
Cuidado que no termines en el suelo.
—Entiendo que desconfíen —intervengo—. Digger también duda. Yo, en cambio, tengo un
poco más de esperanza. Si no la tuviera, me rendiría. Mis padres están allí dentro, jamás
querría que les ocurriera algo malo.

—Son políticos. ¿Has pensado en lo que les haría tu “comunidad de huérfanos” si tomaran
el control de la ciudad? —indaga Kevin. Trago con fuerza.

—Sí. Por sus promesas, supongo que los huérfanos de este grupo no tienen sed de muerte
y espero que mis padres paguen sus deudas con la cárcel. No sería justo que se libraran de
toda pena como si nada hubiera ocurrido. Tendrán que hacerse responsables de los delitos
que cometieron, como yo pagaré por los míos si acaso cometí alguno. Pienso que un
gobierno de huérfanos e inmortales sería ideal para que todos pudiéramos vivir mejor.
Quizás debieran encontrarse y evaluar las posibilidades de actuar en conjunto. Si no
resulta, pueden hacer de cuenta que nunca se han visto.

—De ninguna manera —contesta Kevin enseguida—. No tenemos nada de qué hablar con
los huérfanos sobre nuestra ciudad.

—¿”Nuestra ciudad”? —replico.

—Nadie duda de que Vaugh Leroy deba ser destituido, pero no compartiremos el mando de
Ciudad Inmortal con un grupo de huérfanos que saben de gobernar tanto como nosotros de
su brutalidad. Bueno… tal vez eso a ti te resulte atractivo, pero no a los demás.

La manera en que Digger se levanta del asiento y golpea la mesa me provoca palpitaciones.

—Púdrete, maldita cosa inmortal —responde con los dientes apretados.

—Escucha ese acento. Ni siquiera sabes hablar —contraataca Kevin.

—¡Basta! —exclama Geraldine—. Tough, ¿qué ocurre contigo? Estás actuando como un
niño. Esta es mi comunidad, no tuya. Guarda silencio.

—¡Wisdom! —protesta él.

—Hazme el favor.

—No los escuches. Te arrepentirás tanto como ella —pide, señalándome.

—Intento dar con una buena manera de destituir a ese hombre desde que abandoné la
ciudad —le dice ella—. Tampoco tengo ganas de asociarme con un grupo de huérfanos de
dudosa credibilidad, pero no pierdo nada con escuchar. —Me mira—. ¿Ellos saben que
fuimos inmortales, así como al parecer él lo sabe? —Se refiere a Digger—. ¿Se lo dijiste?

—No. Su secreto está a salvo. Digger sabe lo de Kevin por otra razón; no le había contado
de ti. No revelé nada de esta comunidad como tampoco estoy develando a ustedes secretos
de la otra. Supongo que así se cumple con el rol de mensajera.
—Está bien. Dile al líder que accederemos a una entrevista, pero será en una zona neutral.

En ese momento, el sonido del cuerno nos paraliza. Digger no sabe lo que significa, pero
aun así apoya una mano sobre mi hombro. Se me anuda el estómago; espero no haber
cometido un error al venir aquí.

Los cuatro salimos de la tienda justo para ver a Sinner y Hunter en sus caballos, escoltados
por un montón de huérfanos de la aldea de Kevin que los apuntan con lanzas.

—Te dije que no te traicionaría —protesto—. ¿Por qué tú me traicionaste a mí?

—No lo hice, pero no podías esperar que confiara en ti con los ojos cerrados —responde
ella—. Estábamos esperando en el límite entre el desierto y el bosque. Ellos nos
encontraron y tuve que decirles que veníamos con ustedes.

Kevin me mira y abre la boca, supongo que para reprenderme. Geraldine se adelanta antes
de que él pueda hablar.

—Supongo que tú eres la líder de la comunidad que quería contactarse con nosotros.

—Mi nombre es Sinner, de las tierras altas. ¿Cuál es el tuyo?

—Wisdom. No tiene sentido que permanezcamos aquí, vayamos a la tienda. Bajen sus
armas —ordena a sus hombres, y se vuelve por donde aparecimos.

Kevin continúa mirándome con molestia. Digger se interpone entre sus ojos y los míos y
apoya una mano en mi cintura para conducirme a la tienda de Geraldine.

Ahora somos seis sentados a la mesa: Geraldine, Kevin, Sinner, Hunter, Digger y yo. Tres
inmortales, dos huérfanos y un híbrido. Es una buena mezcla.

Durante mucho tiempo, Geraldine y Sinner se cuentan sus ideas acerca del gobierno, los
planes que han trazado a lo largo de los años para conseguir derrocar al gobierno y sus
expectativas de lograrlo. Kevin continúa haciendo preguntas con recelo, pero parece más
calmado. Aunque los dos grupos tienen ideologías diferentes, en el fondo las coincidencias
prevalecen.

—Una invasión solo generaría más caos —advierte Sinner—. Desistimos de ella hace
mucho tiempo. Las murallas son impenetrables y jamás contaríamos con el apoyo de un
guardia para algo tan drástico; saldrían perdiendo. Según nos refirió Marian, la mayoría de
los inmortales ni siquiera saben que existimos. Tampoco sería justo que pagaran con su
vida el hecho de haber vivido engañados.

—Nosotros tampoco queremos una invasión —concuerda Geraldine—. Buscamos una


forma más política de destrozar la imagen de Leroy. El problema es que nuestra mejor arma
está tan bien escondida que nadie puede encontrarla, o quizás incluso no exista. Es
probable que sea solo un mito o que haya muerto.
—Entiendo de lo que hablas —asiente Sinner—. Los rumores difieren al respecto. Solo sé
que los inmortales están atacando algunas aldeas muy pobres, sin huérfanos capaces de
defenderlas, y eso tiene que significar algo. Jamás habían hecho algo así antes.

—En realidad, sí. Hace unos veinte años —la corrige Geraldine—. Suponemos que el
muchacho murió en un incendio provocado por los inmortales. Pero, si escapó, debería
tener unos cuarenta años.

—Hasta ayer creía que seguía siendo un bebé oculto en la ciudad inmortal. Lo de anoche
me convenció de que, posiblemente, esté equivocada. También tú si crees que está muerto.
Deberíamos buscar a ese hombre.

Puedo percibir la tensión de Digger sin siquiera mirarlo. La percepción se agudiza cuando
respira hondo y me toma la mano por debajo de la mesa. Comprendo de inmediato lo que
está a punto de hacer y le aprieto los dedos para que sepa que cuenta conmigo, que no
está solo en esto.

—Conozco al chico que están buscando —dice Digger con voz dura. Todos lo miran.

—¿Al “chico”? —repite Geraldine, frunciendo el ceño.

—Al hijo de Sarah Leigh.

El silencio que envuelve la habitación es el más profundo que presencié en mi vida. Nadie
se atreve a romperlo, hasta que Sinner se anima.

—¿Dónde está?

Yo sabía dónde estaba: en su interior, muy asustado. Pero claro que Digger no diría eso.

Apoya el brazo sobre la mesa, toma la mano de Sinner y la obliga a apretarle la muñeca con
fuerza, tal como hizo conmigo. La mujer se aparta ni bien percibe el pequeño bulto del chip,
con la boca entreabierta. Kevin y Geraldine lo observan, anonadados.

—¿Dónde conseguiste eso? —indaga Sinner—. ¿Te lo colocaron cuando estuviste en la


ciudad? ¿Eres un inmortal que renunció a la inyección, como sospecho que son ellos? —
Señala a Kevin y a Geraldine—. No puedes fingir que eres el hijo de Sarah Leigh aunque
tengas eso. En cuanto se descubriera la verdad, te asesinarían.

—No tendría que fingirlo —contesta él con voz calmada—. Mientras estaba en la ciudad,
descubrí en un aprieto que sí tenía un chip bajo mi piel. Fui al hospital, me lo quitaron y me
lo repusieron. La identidad asociada a él era la de Shane Leigh. En un principio, creí que
era un error. Pero cuando llegué a mis tierras y le pregunté a mi madre, ella me contó la
verdad.

—¿Cuál dices que es la verdad? —pregunta Geraldine con desconfianza.


—Sarah Leigh ocultó que estaba embarazada y que había tenido un hijo porque creía que
el padre del niño la estaba traicionando. Después de asesinarla, Leroy me conservó como
un bebé durante setenta y cinco años, hasta que mi niñera y su esposo me robaron de la
ciudad. Esa niñera es mi madre.

—¡No puede ser! —prorrumpe Kevin.

—Que a ti no te agrade la verdad no significa que no exista —replico. Me siento orgullosa


de que, por primera vez, Digger se haya atrevido a contar su historia en primera persona y
no como si se tratara de un tercero.

—¡No puedo creerlo! —exclama Sinner—. Si es cierto, la búsqueda habría terminado:


¡estaríamos a un paso de terminar con el sufrimiento de los huérfanos! ¿Tú lo sabías? —me
pregunta.

—Desde hace muy poco.

—¿Por qué no me lo dijeron?

—No estaba seguro de querer hacer esto, todavía no lo estoy —responde Digger—. Pero
ayer vi cómo los inmortales atacaban esos poblados indefensos y no sé cuándo será el
turno de mi familia. Siempre los he protegido. No sería justo que ahora no lo hiciera.

Todos se miran de nuevo, resulta evidente que no pueden creer lo que está sucediendo.

—Digger —dice Geraldine—. Gracias. Debe ser difícil para ti enterarte de tu identidad y,
casi al mismo tiempo, tener que asumirla para utilizarla.

—No la asumo —contesta él, con una sinceridad que me estremece—. Entiendo cuál es mi
origen, pero no puedo identificarme con el bebé que salió de la ciudad. Haré lo que sea
necesario para que puedan poner algo de orden en lo que nos queda de este mundo solo a
cambio de que luego no me pidan nada más. Soy Digger, un huérfano de las tierras áridas
que necesita alimento para su familia y medicinas para su madre y para su hermana. No
quiero saber nada con esa ciudad, ni con ustedes. Quiero que me dejen en paz.

—¿Entiendes los privilegios que podrías tener en Ciudad Inmortal? —interroga Sinner.

—Sí. Por lo que pude averiguar mientras estuve en la ciudad, incluso soy un millonario allí.
Pero, ¿a qué precio? No lo quiero. Solo tomaré de Shane lo que mejore la vida de mi
familia, siempre que sea fuera de esa ciudad. Nada más.

—Creo que no deberíamos entusiasmarnos todavía —interviene Kevin—. Necesitamos


probar que dice la verdad.

—Ya basta, Tough —alega Geraldine—. No tengo dudas de que es el hijo de Sarah. ¿Quién
rechazaría sus privilegios de esa manera si no fuera el descendiente de una mujer que hizo
lo mismo?
—Marian renunció a ellos —acota Digger—. También Kevin, y supongo que usted. Aun así,
soy su hijo.

—Entiendo que no puedas vincularte con tu origen, pero tu madre fue una gran mujer y
merece que algún día puedas reconocerla.

—Lo intentaré.

—Será mejor que continuemos con los planes mañana —propone Sinner—. ¿Tienes un
lugar para que pasemos la noche? Volver a nuestras tierras en estas circunstancias es
imposible para nosotros. Nos quedaremos aquí.

Kevin asiente en lugar de Geraldine.

—Marian y tú pueden dormir en una tienda de chicas. Ellos…

—Me quedo con Marian o me voy —lo interrumpe Digger. Aunque no puedo manifestarlo,
agradezco que no me deje sola. Estoy segura de que Kevin intentará conversar conmigo, y
no sé si tenga ganas de escucharlo.

—No hay problema —interviene Geraldine—. Síganme.

La expresión de Kevin demuestra lo mal que acaba de caerle la resolución de su amiga,


pero calla.

Geraldine acompaña a Hunter a una tienda de hombres y a Sinner a una de mujeres. A


Digger y a mí nos presta la suya.

En cuanto entramos, Digger se sienta sobre la cama. Me apresuro a ir con él y le tomo las
manos.

—¿Estás bien? —le pregunto.

—Más o menos.

—No tienes que hacerlo si no quieres. Esta noche, mientras todos duermen, podemos
fugarnos sin que nos vean. Vi dónde ataron el caballo, está con el de Sinner. Hasta
podríamos llevarnos también el de ella para que menos personas nos sigan.

—No haremos eso. Los ayudaré, pero necesito tiempo para procesarlo. Todo es muy
reciente, y yo no suelo confiar en la gente. Además, estoy molesto. Por favor, entiende.

Claro que lo entiendo. Leroy se adueñó de su vida durante setenta y cinco años, es lógico
que esté en shock.

Pasamos la tarde solos en la tienda de Geraldine, acostados conversando. Digger me


cuenta de su infancia, reproduce el momento en que se enteró la verdad sobre su origen y
me pide que le hable de Sarah.
—No se lo pedí a mi madre porque, hasta hace unas horas, no quería saber nada de mi
pasado. No podía aceptar que fui un inmortal tanto tiempo, más del que pasé odiándolos —
explica.

—Lo sé. Pero Geraldine tiene razón: eres el hijo de una gran mujer, y eso es un buen
motivo para sentirte bien a pesar de todo. Si me lo permites, ¿puedo confesarte algo?

—Claro.

—Te admiro desde que nos conocimos. Pero desde que me contaste que eres el hijo de
Sarah… No sé, siento que eres todavía más impresionante. Quizás no lo entiendas, porque
no tienes idea de cuánto la admiro a ella. ¡Te le pareces tanto! Creo que ningún otro podría
ser su hijo, solo tú.

—¿Por qué crees que nos parecemos?

—Para empezar, por esas pecas —bromeo, acariciándole la nariz. Me alegra verlo sonreír
—. Ella te protegió, así como tú proteges a los demás. Era valiente y fuerte como tú, capaz
de hacer lo que fuera necesario para que la humanidad sobreviviera. Podría enumerar mil
características más que los dos comparten, pero lo resumiré en que ella también era una
luchadora.

—Me gusta verla con tus ojos.

—Te los prestaré siempre que lo necesites.

—Cuando estemos en la ciudad, necesito que me ayudes a investigar algo. Para cerrar esta
historia, quiero saber quién es mi padre. Si existe una madre, tiene que haber un hombre
con el que me haya gestado, ese que ella decía que la estaba traicionando.

—Te ayudaré —le prometo, acariciándole la mejilla—. Todo saldrá bien.

Cenamos solos unas latas de comida que nos alcanza Justice. Por la noche, volvemos a
acostarnos juntos.

—Te quiero, Marian —dice Digger, y me besa en la frente.

—Y yo a ti.

Ni siquiera me doy cuenta cuando me quedo dormida.

Los dos despertamos al mismo tiempo. La cama se mueve, los muebles se agitan, el techo
y las paredes crujen.

—¡Afuera! —me ordena Digger.


No hago a tiempo a levantarme por mis propios medios. Me toma de la mano y tira de mí,
arrastrándome afuera.

En el campamento, algunas personas corren sin dirección. Otros se quedan junto a sus
tiendas, intentando entender qué está ocurriendo. No siento miedo hasta que veo que una
persona es absorbida por la arena.

Correr es difícil, el suelo blando se mueve y me cuesta conservar el equilibrio. Digger se


tambalea y casi cae al suelo. Yo no tengo la misma suerte y termino gritando cuando siento
que me absorbe como a ese hombre hace un momento.

Digger se vuelve de inmediato en cuanto tiro de su mano, pero en lugar de mirarme a mí,
mira hacia arriba. Una sombra se cierne sobre nosotros: estamos a punto de ser aplastados
por una tienda.

Pone las manos debajo de mis brazos y me levanta de un tirón. Me arrastra hacia atrás, tan
rápido como le permiten sus piernas. La tienda cae a un milímetro de mi cabeza. No hay
tiempo para pensar, Digger vuelve a tomarme de la mano y me impulsa a subir a una mesa,
donde nos tendemos, sujetándonos de los bordes.

El médano enorme sobre el que solían tomar los turnos de vigilancia se esparce como si
alguien hubiera soplado un castillo de papel. La tormenta de arena que eso genera nos
envuelve de pronto. Digger me abraza y apoya mi rostro contra su pecho, intentando
protegerme. Los instantes que siguen son eternos.

La tierra deja de moverse de un momento a otro. La arena tarda un poco más en aplacarse.
Estoy agitada y no me di cuenta hasta ahora de que estaba temblando. El caballo de Sinner
corre desaforado; el corral donde lo habían encerrado debe de haber cedido.

Miro a Digger, confundida y desesperada. La golpiza de los huérfanos todavía está latente
en mi cuerpo, provocándome dolor ante tan bruscos movimientos.

—¿Qué fue eso? —le pregunto.

Su expresión no me tranquiliza. Y sus palabras, mucho menos.

—Creo que fue un terremoto.

Sinner aparece por la izquierda. Tiene un corte en el brazo, algo se le debe de haber caído
encima.

—¿Están bien? —nos pregunta. Digger se sienta sobre la mesa, se lo nota mareado.

—Creo que fue un terremoto —le dice—. Si se sintió también en las tierras de los
huérfanos, debe de ser un caos. Tengo que volver con mi familia.

—¡No puedes irte ahora! —reclama ella—. Tenemos que hacer planes más rápido que
nunca. Si esto fue un terremoto, puede que nos espere otra Gran Catástrofe.
—No puedo, lo siento. Mi familia está primero. —Se vuelve hacia mí y me toma de los
hombros—. Quizás sea mejor que te quedes aquí.

—No —contesto enseguida—. No nos separaremos.

—Yo también iré contigo —determina Sinner. Supongo que Digger, o en realidad Shane
Leigh, es muy importante para sus planes y quiere protegerlo.

Buscamos los caballos y los tres partimos de regreso a la tierra de los huérfanos.
16

Cabalgamos sin parar, ni siquiera para dormir o comer. Estoy agotada, y la carrera todavía
no termina. Por momentos, Digger gira para mirarme, debe estar preocupado por mí. A la
vez, no puede retrasar el viaje: si el temblor en la tierra de los huérfanos fue fuerte, puede
que haya heridos. Aunque no haya sido así, de todos modos puede haber caos, y su familia
estará en peligro.

Conseguimos llegar a las tierras áridas a la mañana siguiente. Tal como sospechábamos,
aunque la destrucción en esta región es menor que en la aldea de Kevin, de todos modos
se sintió el temblor y los huérfanos están enloquecidos. Un hombre habla a una multitud,
subido a una piedra.

—Lo que sucedió no fue casualidad, ni un episodio aislado. Nuestros antepasados ya lo


vivieron y nos lo han contado: es el comienzo de la destrucción. ¡Otra Gran Catástrofe! No
debemos permitir que nos suceda lo mismo que hace cien años. Esta vez no seremos los
que se queden desprotegidos. No veremos morir a nuestros amigos, mientras los inmortales
disfrutan en su búnker.

La muchedumbre aplaude y hace comentarios; no reparan en nosotros hasta que Sinner se


abre paso entre ellos con su caballo. Los huérfanos forman un camino para que pase.

—¿Qué es lo que quieres decir? —increpa al orador—. Sé claro, ¿qué propones?

—No es una propuesta, es un hecho: ¡esta tarde invadiremos la ciudad!

Mi piel termina de erizarse cuando los demás lo vitorean. Si todos los huérfanos en conjunto
se alzan contra Ciudad Inmortal, los inmortales correrán peligro, incluidos mi familia y los
que eran mis amigos. Sé que tenía diferencias con ellos, pero ¿y si, como yo, alguno estaba
fingiendo? Ellos tampoco sabían que existía el mundo exterior. ¿Acaso es justo que la
ingenuidad se pague con la muerte?

—Estamos a un paso de conseguir el desprestigio definitivo de Vaughn Leroy —les anuncia


Sinner—. Fue solo un temblor. La historia también cuenta que los terremotos eran comunes
y esporádicos hace siglos; debemos esperar.

—¿”Esperar”? —replica el orador—. ¿Esperar a que otra Gran Catástrofe nos sorprenda y
acabe con nuestras vidas, como terminó con la mayoría de nuestros antepasados? No. Esta
vez, los poderosos no se saldrán con la suya. ¡Invadiremos la ciudad! —repite, y todos lo
aplauden de nuevo.

—¡Ya no confiamos en ti! —grita un huérfano entre la multitud a Sinner.

—Solo quieres beneficiarte a ti misma —le dice otro.

—¡Tu revolución toma mucho tiempo! ¡El hambre la padecemos ahora! —exclama una
mujer.
Mi padre tenía razón: esta gente no piensa, no evalúa las consecuencias de sus actos, no
entiende de resultados a largo plazo. Quieren que todo se resuelva de forma inmediata, y el
único medio que conocen para lograrlo es la fuerza. No los culpo. Su vida difícil los hizo de
esa manera y los inmortales pagarán las consecuencias de sus propios actos. El problema
es que la mayoría no lo sabe.

—¡Ahí está la inmortal! —grita otro, señalándome.

Digger toma las riendas de mi caballo y espolea el suyo. Tenemos que huir antes de que
vuelvan a atacarme; dudo que esta vez Sinner pueda contenerlos.

—¡Digger! —le grito. Él se vuelve para mirarme; no dejamos de cabalgar a toda velocidad
—. Tengo que ir a la ciudad. Cuando esa gente se levante, lograrán derribar las murallas, y
todos los inmortales morirán. Los matarán.

Guarda silencio. Tan solo nos queda seguir hasta su casa.

En el camino, perdemos de vista a Sinner. Al llegar, la puerta abierta detiene mi corazón.


Supongo que los que corren más peligro en este momento son los más acomodados, es
decir, los huérfanos de las tierras fértiles y los inmortales. Sin embargo, si están saqueando
las viviendas de sus vecinos creyendo que se avecina otra Gran Catástrofe, su madre y su
hermana podrían estar heridas. El odio desborda a todos y estoy segura de que lo dejarán
salir en contra de los ricos, pero también de sus vecinos. La desesperación hace a la gente
menos humana.

Saltamos del caballo. No hay rastros del custodio de Sinner que relevó a Hunter. Ató las
riendas de los animales en un tronco mientras Digger se mete en la casa. Para cuando
terminó y estoy a punto de poner un pie adentro, Fellow sale llevando de la mano a su
hermanito. Cada uno carga un gran trapo anudado, supongo que llevan allí algunas
pertenencias.

—¡No hagas esto! —le grita Digger—. No vayas a la ciudad, busquemos refugio en otro
lado.

Fellow se vuelve, hecha una furia.

—No hay adónde ir, ¡la nueva Gran Catástrofe acabará con todo!

—¿Quién te dijo eso? ¿Quién puede asegurar que no fue solo un temblor aislado?

—Así empieza. ¿No sentiste los cambios de temperatura de esta última semana? ¿Dónde
están el calor agobiante y el frío que congela? ¡Pronto vendrán fenómenos peores y todo
volverá a ser inhabitable!

—¿Abandonarás a mamá y a Gift? —indaga Digger, tomándola de los hombros.

—Tú las abandonaste primero cuando preferiste a esa inmortal. ¡Déjame, Digger! Tengo
derecho a intentar salvar mi vida. Estoy harta del sacrificio y el encierro. Es nuestra
oportunidad para tomar Ciudad Inmortal. El temblor debe de haber debilitado la muralla,
¡tenemos que entrar antes de que sea demasiado tarde!

—Los edificios están preparados contra sismos, y también la muralla —intervengo,


aproximándome a ellos.

—Entonces la tiraremos abajo —contesta ella—. Al fin nos hemos unido como huérfanos,
ahora somos fuertes. Acoplarme a la invasión es mi derecho.

El niño empuja a su hermano mayor. No puede moverlo un milímetro, por eso insiste.

—¡Déjanos en paz! —reclama—. ¡No quiero quedarme contigo!

Digger da un paso atrás, tragando con fuerza. En sus ojos adivino todo tipo de sentimientos.

—Los amo —les dice con la voz ahogada, retrocediendo otro poco. Acaba de darse por
vencido.

Fellow toma de la mano al niño y los dos salen corriendo. Digger suspira, cabizbajo. Al
instante siguiente relega todo y se mete en la casa. Lo sigo.

Su madre aparece en la puerta de la habitación, sosteniéndose del marco.

—Mamá…—susurra él.

—Pude levantarme —dice ella, emocionada—. Parece que la última medicación que
conseguiste de verdad está haciendo efecto.

Noto en la mirada de Digger que él también está afectado por la noticia. No hay tiempo para
las emociones. Se acerca a ella y la impulsa a volver al cuarto.

—Quiero que Gift y tú se encierren aquí y no salgan hasta que yo regrese, no importa lo que
pase.

—¿Sucede algo? Se oyen corridas afuera. —Me señala—. ¿Quién es ella?

—Aquí estarán a resguardo —sigue diciendo él, empujándola despacio hasta sentarla sobre
la cama. Su hermanita lo mira con ojos angustiados, es una niña pequeña y pálida que me
apena—. Prométeme que no saldrán hasta que regrese. Si alguien entra, no opongan
resistencia. Dejen que se lleven lo que quieran.

—¿Qué está ocurriendo afuera? ¿A dónde vas? —indaga la mujer, tomando a su hijo del
brazo—. No te pongas en peligro, Digger. Mis hijos son lo único que tengo.

Digger se suelta de su agarre poco a poco, mientras se miran a los ojos haciéndose
silenciosas promesas. Después él viene hacia mí.
—Coloca la traba de seguridad —solicita a su madre, cerrando la puerta. Entonces me mira
—. Tengo que ir por Innocence.

—¡Digger! —lo llamo—. Lo siento, no puedo seguir aquí. Yo también tengo que proteger a
mi familia.

—Si tú llegas antes y les adviertes lo que están tramando los huérfanos, los inmortales
prepararán sus defensas y muchos morirán.

—¿Crees que no las han preparado ya? Conocen a los huérfanos mejor que ustedes
mismos, deben prever que llegarán.

—Entonces no tiene sentido que vayas primero. No quiero que estés ahí como una inmortal
cuando la invasión se produzca, será difícil que tengan piedad. Los de las tierras lejanas
quizás ni siquiera conozcan la historia de que renunciaste a la inmortalidad. —De pronto,
me abraza—. Iré por Innocence y después te prometo que te ayudaré con lo de tu familia. Si
llegamos a la puerta de la ciudad con la multitud, las defensas de los inmortales nos
atacarán junto con ellos. Entraremos por una puerta lateral, aunque eso implique usar mi
identidad.

Yo también lo abrazo por la cadera, tratando de confiar en que su plan resultará. Digger
jamás me mentiría. Solo espero que hagamos a tiempo.

Nos separamos y miramos el tronco donde até las riendas.

—¡Los caballos! —exclamo. Ya no están.

Debí imaginar que, en medio del caos, alguien los robaría. Es mi culpa por haberlos
descuidado.

Digger me toma de la mano y me hace correr, supongo que hacia donde vive su amiga.
Cada vez hay más huérfanos entre las casas; algunos cargan pertenencias y otros van con
la cara cubierta y cualquier tipo de arma entre las manos: palos, piedras, cuchillos. Aquí no
hay armas sofisticadas. ¿Cómo enfrentarán la tecnología defensiva de los inmortales?
Temo que acaben peor de lo que imaginan.

Digger se detiene en una casa y golpea a la puerta.

—¡Inn! —grita—. ¡Innocence!

Como parece que no abrirán, va hacia una ventana y golpea las maderas que la recubren.
Otra vez clama el nombre de su amiga. Nadie responde.

—Si buscas a la familia que vive en esta casa, todos partieron al bosque —dice una anciana
—. Váyanse también. Hay rumores de que se aproxima una nueva Gran Catástrofe.

Digger y yo nos miramos, incapaces de creer que un rumor sea más fuerte que la razón. Es
que hay mucho más que eso: el odio, en algún momento, iba a estallar. ¿Hasta cuándo
puede sobrevivir una sociedad minoritaria basada en la explotación de una mayoría de
desprotegidos? ¿Hasta cuándo la corrupción de unos pocos controlaría el poder de la
masa? No podemos detener el enfrentamiento, como no podríamos contra una nueva Gran
Catástrofe, si fuera cierta. Debemos ocuparnos de nosotros mismos.

—Digger —suplico, tocándole el brazo.

Él asiente, resignado, y me cubre la cabeza con la capucha. Luego se cubre con la de él.

—Espero que no nos reconozcan —dice, y me toma de la mano de nuevo. Esta vez vamos
en dirección al bosque.

La multitud camina hacia Ciudad Inmortal con sus armas primitivas, los rostros cubiertos de
barro y el odio aflorando en sus palabras. Cada conversación que escucho refiere a cómo
harán pagar a los inmortales cada año de injusticia, el miedo de una nueva Gran Catástrofe
o sus padecimientos. ¡Si no nos hubieran robado los caballos…! Lamento el descuido;
ahora no hay modo de que lleguemos más rápido. Sigo siendo una inmortal después de
todo, me cuesta habituarme a la ley de la selva.

Después de una extensa caminata, empezamos a ver la muralla. Se oyen ruidos de


disparos y helicópteros, ladridos y las voces imparables de la multitud.

Cuando estamos apenas a unos kilómetros, me doy cuenta de que los huérfanos no
esperaron a la tarde: es evidente que algunos llegaron allí más temprano y muchos están a
punto de conseguir su cometido de entrar a la ciudad. Hay personas escalando el muro,
otras intentan abrir la puerta principal con un inmenso tronco. Al mismo tiempo, las defensas
inmortales disparan sus armas láser y explosiones automatizadas. Cuanto más nos
acercamos, más difícil resulta avanzar entre los huérfanos enardecidos, y hasta alcanzo a
ver algunos que, intentando trepar en las alturas, caen al vacío.

—Por allí —indica Digger, y cambiamos de rumbo.

Lejos de la entrada principal, la cantidad de huérfanos tratando de escalar y de soldados


defensores disminuye. Miro hacia atrás cuando escucho un estruendo: un equipo de
militares tomó por sorpresa a los huérfanos desde el bosque y están acribillándolos. Deben
de haberse arrojado de los helicópteros, que también empiezan a disparar desde el aire.

Nos echamos a correr muy rápido, intentando alejarnos de las zonas de impacto de los
disparos. Buscar una entrada alternativa nos demanda tiempo, pero, aunque vamos
contrarreloj, es indispensable para seguir vivos.

Bastante tiempo después, llegamos a la puerta por la que salimos juntos la primera vez.
Algunos huérfanos intentan tirarla abajo, pero al menos no hay defensas. Digger y yo nos
miramos, tenemos que decidir.

—¡Han abierto la puerta principal! —grita él a los huérfanos—. ¡Tenemos que ir por ahí!
Basta que uno solo se eche a correr para que la mayoría lo siga sin comprobar si lo que
dice es cierto. Solo cinco huérfanos se quedan luchando contra la resistencia del hierro;
tenemos que deshacernos de ellos.

Ataco a una mujer que parece bastante enardecida mientras que Digger se ocupa del
hombre de mayor tamaño. Si logramos vencer a los más fuertes, los débiles se sentirán en
desventaja y es probable que se alejen sin que tengamos que pelear.

Consigo deshacerme de la mujer con la misma técnica que Digger usa en las peleas: le
golpeó la cabeza contra el muro de piedra, y ella cae desmayada. Un hombre jala de mi
pelo y me lleva hacia él. Choco contra su pecho y me estruja la garganta. Me cuesta
respirar, empiezo a ver nublado. Si no consigo soltarme, me ahogará.

Lo pateo en la entrepierna y afloja el agarre. Enseguida me doy vuelta y lo golpeo en la cara


y en la garganta. Digger se acerca y termina de vencerlo con un golpe en la nuca. Entonces
los otros huérfanos huyen. Conseguimos lo que queríamos.

—¿Estás bien? —me pregunta, estudiando mi rostro. Debo de estar pálida; me duele el
cuello y lo cubro con las manos. Aun así, hago un gesto afirmativo con la cabeza y soy la
primera en acercarme a la puerta.

Digger traga con fuerza y contempla un momento el lector óptico incrustado en una piedra.
Coloca su muñeca frente a él, y al instante oímos un bip. Al mismo tiempo escuchamos las
trabas corriéndose.

Abre la puerta de una patada. Del otro lado nos esperan el guardia que ya conocemos y
varios soldados con sus armas.

—¡Identifíquese! —grita uno de ellos.

Digger le ofrece el brazo. El hombre se acerca con un lector mientras que los demás
continúan apuntándonos. No me atrevo a moverme; si intentan apresarlo, tendremos que
luchar, pero lo más probable es que acabemos muertos. No debí exponerlo a entrar.

Los segundos que el soldado demora en leer el resultado del escáner se me hacen eternos.
Estoy imaginando cómo intentaré salvarme de la balacera cuando alza los ojos hacia Digger
con el ceño fruncido.

—¿”Shane Leigh”? —repite. Digger asiente en silencio—. Tenemos una orden de llevarlo al
edificio Presidencia.

—Me dirijo a otra parte —responde Digger.

—Tendrá que acompañarnos a Presidencia.

—Y lo que sea que requieran de mí en Presidencia tendrá que esperar porque ya le dije que
voy a otra parte. Ella viene conmigo —indica, señalándome—. Con permiso.
Toma mi mano y avanza entre los soldados como si sus armas no existieran. Nadie nos
detiene.

—Digger… —susurro—. ¿Cómo hiciste eso? ¿Y si nos disparaban?

—Si hubieran querido dispararnos, lo habrían hecho ni bien entramos. Es evidente que
supieron quién estaba ingresando desde que se abrió la puerta. Lo que me sorprende es
que no me hayan apresado. Creí que la policía me buscaba para matarme; esto es muy
extraño. ¿Qué es el edificio Presidencia?

—El edificio de Gobierno donde está Leroy.

Yo también pude entrar sin problemas, solo con la palabra de Digger. Al parecer, el poder
de Shane Leigh en esta sociedad es más importante de lo que suponíamos.

Atravesamos el bosque que oculta la muralla de los ojos sensibles de los inmortales con
paso presuroso. Se oye un rumor; no sé si proviene de adentro o de afuera de la ciudad.
Percibo un clima extraño, como si hubiera a la vez caos y serenidad. Estoy agitada; por
momentos creo que mis rodillas se doblarán y que acabaré en el suelo, temblando de
agotamiento.

Volver a estar donde nací me paraliza. Me pregunto qué habría ocurrido si no hubiera
conocido a Digger. ¿Acaso nos habríamos encontrado en esta invasión de huérfanos? ¿Él
seguiría odiándonos y hubiera deseado destruirnos? ¿Yo habría muerto por sus manos, sin
saber la verdad de lo que hay del otro lado?

Los dos nos detenemos de golpe en cuanto divisamos las primeras casas. No hay
huérfanos a la vista, pero aun así los inmortales se están yendo. Algunos cargan valijas. ¿A
dónde van? ¿Por qué se retiran?

Digger y yo nos miramos. Creo que sé la respuesta. Allí no hay rastros de la amenaza que
rodea las murallas. Jamás les dirían la verdad, las personas no tienen idea de lo que pasa
afuera. Solo hay una razón por la que evacuarían la ciudad: la nueva Gran Catástrofe es
real.
17

Tiro de la manga de Digger, al borde de la desesperación.

—Estoy segura de que están yendo a un búnker —explico—. Los inmortales tienen
tecnologías de avanzada para detectar futuras catástrofes naturales. ¡El rumor de los
huérfanos es real!

—¿Cómo es ese búnker? —pregunta—. ¿Sabes algo de él?

—Si lo que nos dijeron es cierto, hay lugar para todos los habitantes de la ciudad y un
cuarto más.

—De modo que, aunque dejáramos entrar a los huérfanos, no habría lugar para todos.
Alguien tiene que morir.

Afirmo con la cabeza, tengo los ojos húmedos.

—Si entraran, sabríamos quiénes ganarían. Los inmortales comunes no tienen la


preparación suficiente para luchar; los huérfanos los vencerían enseguida y les arrebatarían
el refugio que ellos construyeron. Sería una matanza igual de cruel que la que durante un
siglo llevaron adelante los inmortales en contra de los huérfanos.

Digger me obliga a agacharme para ocultarnos entre la maleza justo cuando una mujer mira
hacia nuestro lado.

—No podemos resolver el problema —dice, contrariado—. Tenemos que ocuparnos de


nosotros y de las personas que queremos. Vamos a tu casa.

Caminamos muy rápido entre los inmortales que van en dirección al norte. Podríamos
llamar la atención por nuestra vestimenta, pero van tan ensimismados en sus asuntos que
ni siquiera reparan en nosotros.

Digger se detiene de golpe. Observa una motocicleta.

—¿Sabes conducir? —me pregunta.

Avanzo hacia el vehículo sin necesidad de dar una respuesta.

Mientras conduzco hacia la zona sur a toda velocidad por las calles de Ciudad Inmortal,
algunos escombros me obligan a desacelerar. Las estructuras estaban preparadas para
diversos fenómenos naturales, por eso resisten mucho más que las de afuera, pero aun así
es inevitable que haya algunas pérdidas.

Los inmortales nos preparamos para una posible catástrofe durante un siglo. Ahora que lo
pienso, quizás sabían que ocurriría, pero no se lo advirtieron a la población. Es inútil hacer
conjeturas, todo lo que importa ahora es asegurarme de que mis padres estarán bien y
buscar refugio.
Se me anuda el estómago frente a la que solía ser mi casa. Bajamos de la moto y subimos
las escaleras; todo parece tranquilo. Como no tengo chip, Digger pasa el suyo por el lector y
entramos. Su estatus le da acceso a todo.

—¡Mamá! ¡Papá! —Entro gritando.

El silencio me eriza la piel. Reviso cada parte de la casa: no hay rastros de ellos ni de los
empleados de servicio. Excepto en el estudio de mi padre, todo está ordenado. Me meto y
enciendo la luz. Digger observa alrededor; es fácil deducir lo difícil que debe significar para
él aceptar el lujo en el que yo vivía, mientras los huérfanos que conocía morían enfermos y
hambrientos.

Hay papeles sobre el escritorio y objetos esparcidos por el suelo.

—Acércate a ese panel y presiona el ícono del televisor —solicito a Digger, señalando un
visor en la pared, mientras revuelvo los papeles en busca de algún dato relevante.

No estoy segura de si entenderá la palabra “ícono”, pero hace lo que le pido y enseguida
aparece una pantalla en la pared. Los dos nos quedamos mirando la imagen de una
periodista que transmite desde el ingreso al búnker.

El terremoto que se espera para esta noche será tan fuerte como los de la Gran Catástrofe
del siglo pasado. Nuestros ingenieros, sin embargo, aseguran que no hay de qué alarmarse:
se esperan daños menores en las viviendas y no habrá peligro en el búnker, del que
podremos salir en tres días.

Las personas ya están llegando, según el orden establecido por el gobierno. En este
momento se permite la entrada de todos los residentes con estatus Presidencial, Político y
Noble. Muy pronto se permitirá el acceso de Plebe y Servicio. Por último, Milicia y Guardia.
Seguiremos informando.

—Entonces no es otra Gran Catástrofe, solo un terremoto muy fuerte —señalo en voz alta.

—Si es cierto lo que dicen… —añade Digger.

—Apágala, no importa. Dijo que en este momento estaban ingresando las personas con
estatus Presidencial, Político y Noble. Mis padres ya deben estar allí. Podemos ir a tu casa.

—¿Sabes dónde queda el búnker? —me pregunta. Afirmo—. Iremos allí.

—¿Para qué?

—Tengo que encontrar información sobre mi padre, y presiento que es el único lugar donde
la hallaría antes de que todo se salga de control.
Nos marchamos.

Detengo la moto donde la policía delimitó el acceso a la zona del búnker. Caminamos juntos
hasta la entrada del búnker, una puerta inquebrantable del mismo material con que está
construida la que protege la ciudad. Ahora entiendo por qué ningún inmortal sabe lo que
está sucediendo afuera con los huérfanos: la entrada del búnker hacia donde todos se
dirigen está en el otro extremo de la ciudad y, además, las láminas del regulador climático
cubren la parte superior de la muralla. Leroy no iba a dejar nada librado al azar.

El ingreso al búnker es lento y ordenado, a los inmortales nunca los apremia el tiempo.
Caminamos entre la multitud que espera su turno para entrar y nos detenemos cerca de la
fila.

—¿Qué hacemos? —le pregunto—. Supongo que, si vinimos, es porque vamos a entrar.

Digger asiente y nos sumamos a la fila. Me pregunto qué hará con su madre y con su
hermana; si se mete en el búnker, temo que no lo dejen irse.

Llegamos al guardia en quince minutos. La puerta del búnker está abierta, y la entrada es
oscura. Del otro lado hay escaleras y un pasillo estrecho.

Digger coloca su muñeca delante del lector. Tras leer su nombre en la pantalla, el militar lo
mira, sorprendido.

—Shane Leigh —dice con el ceño fruncido—. Categoría Presidencial.

—La chica entrará en mi lugar. Es una orden —responde Digger.

—¿Qué? ¡No! —contesto. Me toma de los hombros.

—Quiero que te quedes en el búnker —indica, mirándome a los ojos—. Aquí estarás
protegida.

—¡No! —le grito.

—Marian: busca a tus padres y quédate con ellos. Yo buscaré un refugio para mí y para mi
familia.

—¡Me mentiste!

—Lo siento. Era el único modo de que aceptaras venir aquí.

Me besa en la frente y se vuelve de espaldas. El militar me empuja hacia adentro, necesita


que la fila avance. Tiemblo de pies a cabeza mientras veo la espalda de Digger alejarse; no
quiero perderlo. Miro por sobre el hombro y pienso que mis padres deben estar ahí adentro.
No puedo quedarme, ¡no quiero!
Salgo corriendo llevándome por delante a una pareja que está entrando y voy detrás de
Digger.

—¡Digger! —le grito.

Se vuelve de inmediato con expresión turbada. Me sirve para alcanzarlo.

—¡¿Qué haces?! —protesta—. ¡Tenías que quedarte ahí!

—¡No quiero! No me obligues. Pasé veintisiete años aquí, siendo quien no quería. Déjame
hacer lo que deseo.

Respira profundo, negando con la cabeza.

—Tengo que regresar por mi madre y por mi hermana. No sé si llegue a refugiarlas antes
del terremoto; si el temblor nos sorprende en el bosque o en los caseríos, será muy
peligroso.

—No me importa. Quiero ir contigo. ¿Qué harás al llegar a tu casa? ¿A dónde se


refugiarían? —sigo preguntando, tirando de la manga de su cazadora.

—La única manera de sobrevivir a un terremoto, si no es en un búnker indestructible, es


estar en un lugar libre de objetos que podrían ser mortales. Quiero llegar al valle que limita
con el desierto.

—Si tu madre y tu hermana todavía no tienen fuerzas para caminar tanto, te vendría bien
llevar un vehículo que pueda atravesar el bosque. Lo único que podríamos sacar por la
puerta lateral es una motocicleta. Tú no sabes conducirla y no tendríamos tiempo de que
aprendieras. Necesitas un chofer para ellas, y esa soy yo.

Digger niega con la cabeza.

—Marian, eres una inmortal, refúgiate como tal. No tienes que ayudar a un huérfano.
Sobrevivimos todo este tiempo… Nos arreglaremos.

—Aunque biológicamente sea menor que tú, llevé una vida vacía de propósitos durante
veintisiete años. Deja que decida con qué quiero llenar mis últimos minutos si esto tiene que
terminar.

Digger baja la cabeza, respira profundo. Creo que duda, pero sabe que tengo razón.
Cuando me muevo para llegar a nuestra moto de nuevo, ya no me detiene.

Salimos de la región del búnker como disparados por un túnel y abandonamos la civilización
muy rápido. Atravesamos el bosque por los senderos de los guardias. En la puerta
secundaria, aún persisten el guardia y los soldados; ojalá no queden huérfanos del otro
lado. Digger abre haciendo uso de su chip intradérmico sin atender los pedidos de
explicaciones y las advertencias de los soldados.
La soledad del exterior me asusta. Abandonamos Ciudad Inmortal sin mirar atrás, dejando
la puerta cerrada.
18

La moto es más rápida que los caballos, y conseguimos llegar a las tierras áridas antes de
que caiga el sol. Ya casi no quedan huérfanos en la zona, solo unos pocos niños y
ancianos.

Digger se mete en su casa con urgencia y golpea a la puerta. Yo me quedo custodiando


nuestro vehículo, temerosa de que me lo roben, como hicieron con los caballos.

—¡Mamá! ¡Gift! —grita.

Su madre abre enseguida.

—¡Digger! Creí que no regresarías —exclama, y le da un abrazo.

Gift aparece y se aferra a la ropa de su madre. Digger se aparta de ella y la mira a los ojos.

—Ella es Marian. —Me señala—. Ella las llevará al valle en un vehículo de la ciudad. Se
espera un terremoto muy peligroso. —La mujer se cubre la boca con una mano, de sus ojos
escapa el miedo—. Necesito que seas fuerte y que resistas. Tenemos que irnos ahora.

—¿”Marian”? —repite la señora—. ¿Es una inmortal?

—Igual que tú.

—¿Y tú qué harás?

—Las seguiré, pero tardaré en llegar porque iré caminando.

—Digger… Yo he vivido demasiado. Ve con ellas. Yo me quedaré.

—No. Por favor, no perdamos el tiempo discutiendo. Vamos, te ayudaré.

Regresamos a la moto. Ayudo a subir a la niña mientras que él acomoda a su madre. Yo me


quedo abajo mirando el entorno. Algunas personas siguen en la puerta de sus casas,
observando el cielo o en dirección al bosque.

En cuanto las dos ya están acomodadas, Digger se vuelve para mirarme.

—Caminaré detrás de ustedes. No te detengas por nada. Casi todos los huérfanos están en
el ataque a la ciudad y aunque quisieran robarte la motocicleta, ni siquiera sabrían
encenderla, así que no creo que corras riesgos por eso. Si el terremoto las atrapa en medio
del bosque…

—¿Por qué no intentamos ir los cuatro? —lo interrumpo, temerosa de que no volvamos a
vernos.

—Con suerte caben ustedes tres. No te preocupes, las seguiré. Manténganse a salvo.
Me rodea las mejillas con las manos y nos damos un beso. Lo abrazo con fuerza, no quiero
separarme de él. Tengo que hacerlo de forma obligada y subir a la moto. La enciendo.
Antes de echarme a andar, giro la cabeza y miro a Digger una vez más. Lo veo subir a una
pila de escombros para hablarle al grupo de personas que hay en la zona.

—¡Escuchen! Hemos comprobado que no se avecina una Gran Catástrofe, pero sí un


terremoto de magnitud destructiva. La invasión a Ciudad Inmortal fracasó, tenemos que ir al
desierto. —Los ancianos lo miran como si hablara en otro idioma, los niños ni siquiera
escuchan. Apenas un puñado de hombres y mujeres se acercan—. ¡Vayan al desierto!
¡Háganme caso!

—¡Cállate, traidor! —exclama alguien. No puedo creer que sigan presos del rencor, que
permitan que el odio los mate.

Me echo a andar a toda velocidad, antes de que me arrepienta de haber aceptado esta
oferta.

A cada segundo me preocupa más que la naturaleza nos ataque. Noto que el cielo se está
poniendo muy oscuro, y aunque eso no tenga que ver con el terremoto, igual atemoriza.

La hermanita de Digger se abraza a mi cintura, sus manos pequeñas estrujan mi sudadera.


Debo poner la mente en positivo: llegaremos al desierto. Nos salvaremos y lograré salvar a
esta niña. Una pequeña huérfana por todos los que murieron mientras yo tenía una buena
vida. No suena equitativo, pero al menos será un pequeño consuelo.

Un mareo súbito me sorprende cuando todavía estamos atravesando las tierras fértiles;
creo que la moto se sacude. Quizás el temblor ya ha comenzado, o es solo una advertencia.

Los primeros rastros del valle previo al desierto aparecen media hora después. La carga de
la moto está en rojo, temo que se termine la batería. Resiste, pienso para mis adentros.
Solo un poco más. Pero no me hace caso. A unos pocos kilómetros del valle, nuestro
transporte se apaga y se convierte en un objeto inútil.

—¿Pueden caminar? —indago.

—Lo haremos —contesta la madre de Digger.

Después de un rato, llegamos al valle. Veo la arena a lo lejos y no puedo evitar preguntarme
qué será de Kevin y de Geraldine; estamos bastante cerca. En la moto, el viaje fue rápido,
pero caminando se tarda mucho. Temo que Digger jamás llegue.

El tiempo transcurre lentamente. Miro el cielo… ¡Si tan solo existieran señales de un
terremoto! Nada puede anunciarlo, excepto las tecnologías de los inmortales. No sabemos
cuándo ocurrirá. Solo resta esperar.

De pronto, una gran masa de figuras humanas aparece en el horizonte. ¡Un centenar de
huérfanos eligió el mismo refugio que nosotros! Es increíble que el desierto, ese monstruo
que amenazó a estas personas durante tanto tiempo, pueda ser ahora su única esperanza
de salvación.

Le pido a la madre de Digger que se quede con Gift y me acerco a la gente, procurando
ocultar mi rostro detrás de la capucha. Hay familias y personas solitarias, niños, jóvenes y
adultos. Entre ellos, me parece ver a Geraldine. La llamo. Ella se vuelve y nos encontramos.

—¿Qué haces aquí? ¿Hay más personas de tu comunidad? —indago.

Entonces veo aparecer a Kevin y a Sinner.

—Perdí tu rastro y el de Digger en las tierras áridas —me reprocha Sinner.

—Teníamos algo que hacer —contesto—. ¿Dónde está tu ayudante?

—Hunter se fue a atacar la ciudad.

—Estuvimos allí, en Ciudad Inmortal —aprovecho a aclarar—. No se avecina una nueva


Gran Catástrofe. Solo se trata de un fuerte terremoto que ocurrirá esta noche. ¿Saben qué
sucedió con la invasión?

—Hasta donde sabemos, fracasó —responde Sinner.

—¿Cómo entraron a la ciudad? —interviene Geraldine—. Si usaron la identidad de Shane


Leigh, levantarán sospechas. Si la intrusión fracasó, cuando esto pase, tenemos que seguir
con el plan.

—Era necesario —afirmo.

—Si la usó también para salir, ahora saben que está afuera —añade Kevin—. Solo los chips
de los políticos pueden abrir las puertas que dan al exterior. Ha dejado una pista.

—Ya te dije que teníamos que hacerlo —repito.

—¿Dónde está Digger? —indaga Geraldine.

—En el bosque. Yo llegué al claro con su madre y con su hermana porque utilicé una
motocicleta.

—¿Una motocicleta? —se sorprende Kevin—. ¿Te dejaron salir de la ciudad con una?

—A mí no, a Shane Leigh. Al parecer, no lo buscaban para asesinarlo, y tiene mucho poder
allí.

Todos se miran, procesando la información y haciendo deducciones. No volvemos a hablar


durante mucho tiempo.
Las horas transcurren sin un lugar donde ocultarnos para ir al baño ni alimento. El frío
aumenta a cada segundo, aunque no alcanza las bajas temperaturas que había hasta hace
un tiempo. Es un poco contradictorio: si la naturaleza empezaba a ser más benevolente con
los huérfanos, ¿por qué se ensaña por otro lado con sacudirlos?

Paso mucho tiempo de pie, dando vueltas como si así pudiera hacer que Digger llegara más
rápido. Quizás debí esperar a que terminara de dirigirse a sus vecinos y no partir justo
cuando uno de ellos lo había llamado “traidor”. Pensar que puedan haberle hecho daño me
asusta tanto como imaginar que el terremoto lo atrape en medio del bosque.

Cuando al fin decido sentarme, estoy tan cansada y adolorida que termino enroscada en el
suelo y me quedo dormida.

Despierto de repente cuando siento una caricia en la frente. Abro los ojos, temerosa de que
se trate de algún huérfano intentando propasarse conmigo, pero enseguida reconozco los
dedos que me tocan. Me levanto de repente y sin mediar palabras, abrazo a Digger.

—¡Tenía tanto miedo de que no llegaras! —exclamo.

—Robé un caballo —explica, apretándome la cintura.

Al separarme de él descubro que las personas encendieron antorchas. Nosotros estamos


en penumbras.

—¿Estás bien?

—Sí. Solo pienso en Fellow, Boy e Innocence. No sé por qué mi amiga, que jamás sintió
odio por nadie, siguió a una multitud enardecida.

Le tomo la mano. Sus ojos clavados en la tierra me lastiman.

—Confiemos en que estarán bien.

Un sacudón inesperado me arroja sobre Digger. Él me abraza y me recuesta en el suelo.


Las personas gritan; se oye como si las montañas se partieran. Todo sigue moviéndose
durante unos segundos, tan fuerte que parece que mi cerebro se estuviera agitando dentro
de mi cabeza. De pronto, se produce un ruido ensordecedor. Entierro los dedos en la tierra
para intentar permanecer quieta y miro adelante. A unos metros, el suelo se abre,
generando una enorme fisura.

Veo desaparecer a algunas personas dentro de la grieta, entre ellas mi mejor amigo.

—¡Kevin! —grito, desesperada, y me arrodillo para intentar ponerme en pie.

Digger se levanta y va hacia la grieta dando tumbos. Yo sigo en el suelo, arrastrándome;


cada vez que intento levantarme, la inercia me arroja de nuevo. Me siento mareada, pero
aun así consigo llegar hasta el hueco justo cuando Digger se recuesta boca abajo y estira
una mano. Kevin suelta el manojo de raíces del que se sujetaba y lo cambia por la muñeca
de Digger. El miedo me castiga. ¿Y si la tierra sigue cediendo? ¿Y si, por ayudar a Kevin, él
también termina en la grieta?

—¡No me sueltes! —le grita Kevin—. ¡Tira!

Intento ayudar a Digger jalando con él, pero los dedos de Kevin resbalan cada vez más
rápido y temo que no podamos sostenerlo mucho tiempo más.

—¡Ayuda! —empiezo a gritar, casi sin aire—. ¡Alguien que nos asista!

Miro alrededor: cada uno está intentando salvarse a sí mismo. Algunos luchan contra el
mareo, otros están doloridos por los golpes que se dieron con las sacudidas.

Cuando vuelvo a concentrarme en la mano de Digger, veo resbalar a Kevin. Entre gritos y
movimientos desesperados, termina siendo tragado por el hueco.

—¡No! —grito, e intento ir hacia él sin pensar.

Digger me atrapa de la cintura y me sienta sobre sus piernas, impidiéndome avanzar. En


esa posición me abraza con fuerza.

—Lo siento —murmura en mi oído, agitado.

—¡Kevin! —grita Geraldine. Sin dudas también notó lo que ocurría.

Percibo que se arrodilla cerca de nosotros. No puedo separarme de Digger ni dejar de mirar
la grieta que se tragó a mi mejor amigo.

Kevin ya no era el mismo que conocí, pero aun así fue mi único amigo verdadero, y nadie
podrá quitarle jamás ese lugar. Todo lo que atravesamos juntos regresa a mi memoria:
nuestras conversaciones en Ciudad Inmortal, nuestra despedida cuando decidió renunciar a
la inmortalidad, nuestro reencuentro. Quizás, ser inmortal no significa que el cuerpo viva
para siempre, sino perdurar en la memoria de los demás. Dejar recuerdos en nuestros seres
queridos es la esencia de la inmortalidad.

Digger me suelta en cuanto empiezo a tranquilizarme. Me acaricia el pelo y eso hace que lo
mire a los ojos.

—Iré a comprobar que mi madre y mi hermana estén bien —me avisa, y se levanta.

Me quedo con Geraldine, que también llora la muerte de Kevin, mientras él busca a su
familia entre la gente. Algunos están golpeados y otros cayeron por la grieta que se abrió en
la tierra, pero la mayoría está a salvo.

Me levanto con dificultad y me aparto de todos; me siento triste y prefiero estar sola. Paso
un rato en la oscuridad, pensando en mi pasado. Escenas vividas con Kevin me humedecen
los ojos de nuevo. Para cuando Digger regresa conmigo, estoy llorando. Él pasa un brazo
sobre mis hombros y me abraza contra su costado.
—¿Encontraste a tu madre y a tu hermana? —le pregunto.

—Están bien y logré que se quedaran dormidas. Ahora haré lo mismo contigo.

Dudo que lo consiga.

Lo primero que hace es recostarme sobre sus piernas. Me acaricia el pelo despacio,
haciendo que mi tensión disminuya.

—¿Crees que el temblor se repita? —pregunto.

—Puede que haya réplicas, pero no un temblor tan fuerte. Descansa tranquila.

Me quedo dormida sin darme cuenta.

Tal como pensábamos, una réplica nos despierta en la madrugada. Aunque no es tan fuerte
como el temblor que partió la tierra, de todos modos se siente y alcanza para provocar
mareos.

Pasamos el día siguiente al rayo del sol, sin alimento y casi sin agua. Solo algunos
huérfanos tienen algo, y eso ocasiona algunas peleas.

Después del mediodía hay otro temblor, más suave que el anterior. Esperamos al atardecer
para estar un poco más seguros de que no habrá otro.

—Tenemos que volver o nos deshidrataremos —dice Digger a Sinner.

—Las dos réplicas han sido suaves. Posiblemente una tercera no provoque daños. Coincido
en que nos conviene regresar a tierras huérfanas, donde será más fácil encontrar agua —
responde ella.

Después de que da la orden, todos nos movemos.

Digger y yo vamos en busca de la moto. La encontramos en el suelo, pero nadie la ha


robado. Como está sin batería y no tenemos electricidad, él la arrastra. Lo bueno es que
cuenta con un pequeño cargador solar en el armazón y que, en algún momento, nos
permitirá encenderla de nuevo.

Mientras él lleva nuestro vehículo con su madre sobre el asiento, llevo a su hermana en
brazos. Estamos lejos, pero no es imposible llegar. Contemplo el entorno mientras
avanzamos y pienso otra vez en la inmortalidad. Quizás lo único destinado a ser inmortal
sea la naturaleza.

La caminata hasta las tierras de los huérfanos es agotadora. Todos estamos cansados y
débiles, y nos falta líquido y alimento. Por suerte, al menos ya se hizo de noche y no hay
que soportar el sol y el calor del día.
Hallar vegetación es un alivio para todos. En cuanto aparece uno de los pozos de donde se
extrae agua, no alcanzan las manos para obtener el precioso líquido. Por primera vez
parece que los huérfanos se unen en un trabajo bueno para todos, sin sacar ventaja sobre
el otro. Ojalá hayan aprendido algo de lo que han vivido.

Adentrándonos en el bosque, el camino es más difícil: hay árboles caídos y zonas


agrietadas. Esquivar cada obstáculo nos demanda más tiempo del deseado, y acabamos
llegando al primer caserío por la mañana.

Si bien muchas viviendas se derrumbaron, también aparecieron escombros viejos que


deben datar de un siglo atrás. En el camino encontramos algunos supervivientes. Algunos
lamentan haber perdido lo poco que tenían; otros dicen que no tenían nada de todos
modos. Sinner les propone que nos sigan, y así vamos reuniendo sobrevivientes de cada
región en dirección a las tierras áridas, que son las más cercanas a la ciudad inmortal.

La destrucción en algunas zonas es total. Quedan pocos sobrevivientes y, a cambio,


muchos cuerpos aplastados por los escombros. De todos modos, la mayoría estaba
participando de la invasión, así que aún hay esperanzas de hallar una gran cantidad de
huérfanos vivos en los alrededores de la ciudad.

Me pregunto cómo seguirá la vida después de esto. Con la destrucción de las tierras de los
huérfanos y la muerte de muchos de ellos, los inmortales perdieron buena parte de los
bienes sobre los que se sustenta su paraíso. ¿Podremos negociar con ellos? ¿Será honesto
quien se ocupe de esos negocios, o volverán a hundir a los huérfanos en la pobreza que
genera la corrupción?

Recogemos comida de las tierras fértiles, aprovechando que los cuidadores de una
plantación murieron aplastados por un enorme árbol. Con el hambre saciada, es más fácil
seguir adelante, y dan ganas de continuar buscando sobrevivientes.

Para cuando llegamos a las tierras áridas, ya cae la tarde. Descubrimos con pesar que fue
la zona más afectada por el temblor y que la casa de Digger está destruida. Se queda un
rato de pie delante de lo que solía ser la puerta, mirando su pasado convertido en
escombros, con su hermanita tirando de su pantalón. Le tomo a él la mano y nos miramos.

—Buscaremos un refugio —trato de consolarlo. Él asiente con la cabeza y sonríe con los
dientes apretados. Sé que no le preocupa tanto encontrar otra casa como lo que esa
vivienda representaba para él.

Nos volvemos cuando oímos la voz de Sinner. Terminamos los tres sentados con Geraldine,
apartados del resto.

—Somos demasiados. No quedan viviendas en pie para todos, y ni siquiera sabemos


cuáles correrían peligro de derrumbe —comenta Sinner—. Si sumamos la gran cantidad de
huérfanos que quedaron en las afueras de Ciudad Inmortal, estamos a un paso de que el
temblor se convierta en una oportunidad para renacer o en el caos total.
—Si no nos apresuramos a intervenir, yo creo que se convertirá en un caos —añade
Geraldine, y mira a Digger—. Digger: ¿estás dispuesto a seguir con el plan?

Lo miro y aprieto su mano. No quisiera estar en su lugar.

—Sí —contesta, con una seguridad que no le había oído hasta ahora—. Mostremos a los
inmortales que el dueño de la inmortalidad es también el dueño de la muerte. Develemos
quién es Vaughn Leroy.
19

Dormimos entre la vegetación, agradecidos de que el frío no sea cruel con nosotros. Al día
siguiente, dos guardias de Sinner llegan con los únicos caballos de sus tierras que quedan
vivos y partimos con Geraldine y Sinner a Ciudad Inmortal.

El camino vuelve a ser difícil, los árboles caídos dificultan el avance, como así también
algunas grietas. Sin embargo, el temblor hizo renacer manantiales y vegetación
desconocida; lo que mata humanos quizás hace que todo lo demás viva.

Nos detenemos al llegar al punto donde ya tendría que verse la muralla. Todos nos
miramos; el corazón de Digger late pegado a mi espalda, tan rápido como el mío.

Aprovechamos un claro para acelerar el trote de los caballos. El bosque vuelve a ser
espeso y luego hay otro claro. Entonces podemos apreciar que la muralla del lado norte de
la ciudad cayó.

Es imposible permanecer insensible ante la destrucción y los cadáveres que yacen debajo
de los escombros. Algunos restos de la muralla cayeron sobre el claro y ocupan incluso
parte del bosque. Lo más probable es que muchos de los huérfanos que trataban de entrar
hayan sido aplastados, pero ¿dónde está el resto? Tienen que haber ingresado. ¿Habrán
llegado al búnker? ¿Habrán logrado abrirlo? En caso negativo, ¿cómo saldrán los
inmortales, si hay un ejército de huérfanos esperándolos del otro lado de la compuerta para
exterminarlos?

De pronto, el miedo por mis padres me azota con violencia, haciéndome olvidar por
completo que Digger debe de estar sintiendo lo mismo por sus hermanos y por su amiga.
Estoy a punto de arrojarme del caballo, pero él me retiene.

—Espera. No podemos apresurarnos —indica, intentando mantenerse calmado.

Bajamos cuando la pila de escombros hace imposible el avance. Veo muerte por todas
partes, producto del aplastamiento.

—Tenemos que entrar —sugiere Sinner.

—Hay demasiado silencio —advierte Geraldine.

Digger es el primero en comenzar a escalar la pila de escombros.

Cada uno sube por su lado, buscando el mejor sitio donde apoyar cada pie. Mientras trepo,
no puedo dejar de imaginar que, en realidad, estoy subiendo una pila de cadáveres. Me
pregunto cuántos huérfanos habrán quedado debajo de la muralla, cuántos habrán muerto
en cuanto la pared indestructible que separaba a los inmortales de la realidad del mundo
cedió. ¿Hasta cuándo iban a vivir en la mentira? Nadie puede aislarse para siempre.

—Digger… —susurro. Él me mira y estira una mano, creyendo que necesito ayuda. Como
me viene bien, la acepto, aunque en realidad quiera decir otra cosa—. ¿Tienes miedo?
—Tengo más miedo que nunca.

—¿Temes por tus hermanos y por tu amiga?

—Entre otras cosas.

—Se suponía que la estructura era invencible.

—Los huérfanos deben de haberla debilitado con su ataque, y el temblor hizo el resto.

Siento un escalofrío.

—Entonces ya nada de lo que construyeron los inmortales es confiable. ¿Recuerdas la


entrada del búnker? Todo hacía pensar que la construcción subterránea iba hacia este lado.
—Señalo hacia atrás, donde dejamos el claro y el bosque—. Sería lógico, ya que los
edificios necesitan bases profundas y flexibles para resistir terremotos. Si la ciudad había
sido construida para resistir otra Gran Catástrofe, el único lado hacia el que podían construir
un búnker era el exterior. ¿No ves pocos escombros, para ser una muralla tan alta?

Digger se detiene y quedamos de frente, justo en la cima de la montaña de restos.

—¿Crees que…? —Deja la frase en suspenso.

Trago con fuerza, la angustia me invade.

—Sí. Creo que, al caer la muralla, el búnker también cedió.

Los dos nos movemos más rápido, ansiosos por descubrir la verdad. Terminamos dentro de
la ciudad a la par que los demás. Sinner y Geraldine contemplan alrededor con asombro: la
mayoría de los edificios inmortales siguen en pie, como si nada hubiera ocurrido. También
la gran autopista y las casas que llegamos a ver desde nuestra posición. Solo el edificio
Frontera y el bosque norte fueron destruidos por la caída de la muralla. El resto sigue
siendo una ciudad habitable y hermosa, cubierta por el sol bajo una temperatura agradable.

Sinner se detiene para mirarnos.

—Es una ciudad increíble —dice—. ¿Por qué continúa vacía? Si los inmortales saben que
la muralla cayó y que eso habrá permitido que muchos huérfanos entren, ¿cómo no están
combatiendo?

—Creemos que el búnker también cedió —le informa Digger.

Una horrible sensación de pérdida se apodera de mis piernas y salgo corriendo. Sé que
Digger y los demás vienen tras de mí, pero no los espero.

La entrada del búnker está intacta. Giro sobre los talones con los ojos húmedos y me
desespero.
—¡Digger! —le grito.

Él se planta a mi lado y apoya la muñeca en el lector. Los cerrojos se corren después de un


bip y él abre la puerta.

La oscuridad del otro lado me asusta. Trago con fuerza y bajo el primer escalón. Las luces
de emergencia no están encendidas y hay olor a materiales. La oscuridad es total. Empiezo
a ahogarme por el polvillo. Siento algunas piedras bajo las suelas de mis botas, pero aún no
quiero aceptar que la sustancia no podía impedir las consecuencias de un derrumbe; no
quiero aceptar la muerte.

Me veo obligada a parar cuando choco contra un muro de escombros. No es un método de


protección, es el búnker destruido. Me echo a llorar, golpeando el muro como si fuera capaz
de moverlo.

Las manos de Digger me atrapan por la cintura y tira de mí, arrastrándome hacia atrás. La
oscuridad tiñe mis ojos y mis sentimientos. Mis padres y mis amigos estaban en ese búnker.
Las personas que jamás creí que morirían estaban muertas, y yo, que había renunciado a la
inmortalidad, había sobrevivido.

Digger me aparta de las escaleras y sigue arrastrándome hasta un árbol que continúa en
pie en la acera de enfrente. Me hace sentar y me aprieta los hombros.

—Tienes que calmarte, Marian —me dijo—. Tienes que ser fuerte.

—Primero Kevin, ahora mis padres… ¡No me queda nada! —exclamé.

Supongo que lo herí de alguna manera con esa frase, pero él no se defiende. Tan solo me
abraza y me mece contra su pecho, intentando tranquilizarme.

—Yo también estoy tratando de aceptar que mis hermanos y mi mejor amiga quizás ya no
estén con vida —dice—. Ayúdame a ser fuerte también.

Un conjunto de voces desconocidas nos sorprenden. Los dos miramos hacia el grupo de
gente que se acerca por una calle: conozco a tres, eran empleadas de una tienda donde
solía comprar mi madre. Están cubiertas de un polvo blancuzco y descalzas. Los otros dos,
por su vestimenta, deben de ser huérfanos.

—¡Señorita Stone! —exclama una de ellas, mientras se acerca. Me pongo de pie


enseguida, movida por la esperanza.

—¿Salieron del búnker? —le pregunto.

—¿Sabía que existían personas afuera? ¿Conoce lo que hay del otro lado? ¿Por qué no
nos lo dijeron? ¿Por qué nos mentirían?
—¿Salieron del búnker? —repito, ajena a su asombro—. ¡Necesito saber si mis padres
viven!

—Lo siento, señorita Stone, no es probable —interviene su compañera—. La zona del


búnker de la categoría presidencial se derrumbó. Nosotras salimos por el extremo que daba
afuera, era la zona de la categoría Plebe. ¡Fuera de la muralla! ¿Entiende eso? ¡Y allí
encontramos un bosque! Ni hielo ni arena: ¡vegetación!

No estoy de ánimo para comprender su admiración. Me dejo caer sobre el césped, presa de
un temblor incontrolable. Cuando renuncié a la inmortalidad acepté que yo moriría, pero
creía que mis padres por siempre serían inmortales: la inyección los mantendría jóvenes y
sanos. Jamás imaginé que la naturaleza se impondría a la fuerza, destruyendo sus cuerpos
y, por lo tanto, terminando con sus vidas.

—¡Marian, Digger! —exclama Sinner, acercándose—. Tienen que ver esto: hay
sobrevivientes de ambos bandos, huérfanos e inmortales. Y están trabajando juntos para
rescatar a más sobrevivientes de entre los escombros.

Todo parecía bien para los que habían resistido el temblor y el derrumbe de lo que se
suponía indestructible, pero para mí significaba el adiós a todo. Quizás nada de lo que
construye el hombre dura para siempre. Todo está destinado a terminar, como así también
mis convicciones.

—Iremos enseguida —responde Digger—. Ahora necesitamos un momento a solas.

Tanto Sinner como los demás se alejan y Digger vuelve a acuclillarse frente a mí. Me toma
las manos y pone un dedo debajo de mi mentón para que lo mire.

—Por favor, Marian, ¿buscamos juntos a nuestras familias? Sé lo que dijo esa mujer, pero
puede que tus padres también estén vivos. Aún no hay datos certeros, y a cada instante
que pasa puede morir alguien más debajo de los escombros. Huérfanos e inmortales se
unieron para salvar a otras personas, no importa quiénes sean. Quizás al fin comprendieron
que todos somos humanos. Y si nadie de los que queremos vive, ¿dejaremos de ayudar al
resto por eso? Nosotros estamos sufriendo, pero quizás podamos evitar que otros también
sufran. ¿Colaboramos con los demás?

Decirle que no con esos argumentos sería lo mismo que condenarme al egoísmo de los
inmortales durante un siglo. Respiro hondo e intento seguir adelante. Ponerme en pie es el
primer paso. Aceptar la mano que me ofrece Digger, el segundo. Terminamos caminando
hacia la calle donde huérfanos e inmortales intentan rescatar una vida más, y un poco de su
humanidad.

Trabajamos durante horas, pero al menos aparecen varias personas con vida entre los
escombros. Hunter vive, también una huérfana llamada Sacrifice que, al parecer, tanto
Digger como Sinner conocen. Ella nos cuenta que tanto el guardia corrupto como sus
compañeros y muchos militares murieron defendiendo la muralla.
Hay escombros imposibles de remover sin maquinarias. Dos topadoras que se usaban para
la construcción de los edificios no dan abasto, y cada vez que remueven grandes bloques
de mampostería, aparecen más y más cadáveres. Encuentro restos humanos, objetos, pelo.
Mis manos tiemblan y mi piel se eriza cada vez que la muerte deja de ser un concepto y se
convierte en realidad.

Por la noche, un grupo de huérfanos, acostumbrados a robar electricidad, consiguen hacer


funcionar el abastecimiento energético de la ciudad. Colocan grandes luminarias en torno a
la zona del derrumbe y seguimos trabajando hasta entrada la madrugada. De pronto, sin
razón aparente, mis rodillas flaquean y caigo sentada sobre una pila de escombros. Digger
se acerca y me aparta el pelo de la cara. Por su expresión, debo de lucir terrible.

—Tienes que descansar —susurra.

—No. Sigamos buscando.

—Vamos —insiste, y se dirige a Sinner—. Regresaremos en unas horas —le avisa, y me


levanta tomándome de la cintura.

Nos apoderamos de un auto que hallamos en una calle y gracias al chip de Digger hacemos
que arranque. Hasta ahora es el único ser humano vivo que queda con un implante de
categoría presidencial, por lo tanto es también el único que tiene acceso a todo. No puedo
creer que se haya convertido en algo así como el dueño de la ciudad.

Sus primeros intentos por conducir son un fracaso, pero al menos me hace reír. Después de
que le indico cómo programar el coche para que vaya en conducción automática es mucho
más fácil. Me estremezco cuando menciona la dirección de mi casa.

Nos detenemos frente al muro de piedra que me llena de recuerdos. Respiro profundo y
bajo del coche, me siento mareada y sin aire. Estoy agotada.

Subimos las escaleras y entramos. Todo sigue tal como lo vi cuando pasamos por aquí en
nuestra incursión a la ciudad.

En la cocina encuentro paquetes de fideos y dulces. Devoramos lo que podemos y


bebemos litros de agua casi sin respirar. Aunque todavía me siento un poco dolorida, haber
recuperado energías me devuelve algo de ganas de trabajar.

—Volvamos —pido a Digger—. Todavía queda mucho por remover.

—Primero descansaremos unas horas —contesta él—. La remoción de escombros


demandará semanas; tendremos que organizar el trabajo y tomar turnos en algún momento.
Durmamos unas horas primero.

—¿Y si tus hermanos están ahí abajo? ¿Y si mis padres sobrevivieron?


—Enfermaremos si no nos detenemos un rato, llevamos días casi sin descanso ni alimento.
No sabemos dónde están tu familia ni la mía, tampoco si de verdad hay posibilidades de
que estén vivos. Tenemos que descansar.

Me abraza por la cintura y nos vamos a la cama. Une mi espalda a su pecho y me besa en
la mejilla. Yo cierro los ojos, procurando ignorar lo que está ocurriendo afuera.

—Cuando mis hermanos me dijeron que elegían ser parte de la invasión y esa anciana me
contó que Innocence había hecho lo mismo, acepté que posiblemente morirían —confiesa
—. Los huérfanos estamos acostumbrados a eso. Sin embargo, siento que he fracasado.
Los protegí todo este tiempo, y ahora…

—No fallaste. Ellos decidieron irse.

—Lo sé. Pero no puedo quitar de mi cabeza los últimos momentos que pasé con cada uno
de ellos. Creí que estaba acostumbrado a la muerte, todos los huérfanos lo estamos.
Tendré que aprender de nuevo que, gracias a ella, la vida es todavía más valiosa. También
tú, porque sabiendo que existe un final, disfrutarás de verdad; amarás como si cada día
fuera el último. Es lo que quiero que hagas, Marian, porque es lo que intentaré yo a partir de
hoy.

Giro entre sus brazos y le paso los míos por detrás de la nuca. Nos miramos a los ojos y
nos besamos. Es imposible decir que no a esa propuesta. Es imposible retroceder cuando
conoces el verdadero poder de los sentimientos.
20

Despertamos por la mañana, con el sonido de fuertes golpes a la puerta y la voz de Sinner.
“Digger. ¿Estás aquí?”, pregunta.

Bajamos las escaleras, todavía un poco soñolientos. Digger abre la puerta y se encuentra
con ella y con Hunter. Yo me quedo detrás de él, intentando mantener los ojos abiertos a
pesar del cansancio que todavía invade mi cuerpo.

—Encontramos a tu hermano. Está en el hospital. Geraldine y otros doctores sobrevivientes


están atendiendo a los rescatados.

Salimos de inmediato en el automóvil que usamos en la madrugada.

Hay mucho más movimiento en la ciudad que el día anterior. Tanto inmortales como
huérfanos fueron apareciendo, y aunque en un par de sectores alcanzo a ver algunos
intentos de rebelión huérfana, también existen células militares inmortales aplacándolos. Al
parecer, que la población de ambos lados se haya reducido drásticamente facilitó la unión.
Espero que los huérfanos más enardecidos alcancen a comprender que la mayoría de los
inmortales que quedan vivos no tenían idea de su existencia ni de que pasaban tantas
necesidades.

Mientras yo programo el piloto automático del auto que acaba de encender Digger con su
chip, Sinner le explica que uno de sus hombres fue a buscar a su madre y a su hermana
para que se integren a la ciudad con Boy. No hay rastros de Fellow y tampoco de mis
padres. Nadie de la presidencia ni del área gubernamental parece haber sobrevivido, ni
siquiera Rick.

En el hospital hay tantos heridos que no alcanza el espacio y muchos permanecen en la


sala de espera y en los pasillos. Sinner nos lleva a una habitación administrativa donde Boy
descansa sobre una camilla improvisada en un escritorio. Digger se arrodilla a su lado y lo
abraza, aliviado. El niño tiene una venda en la cabeza, la ropa rota y sucia, y los pies
descalzos, pero está bien. Por lo que nos dice Geraldine, se pondrá mejor.

Cuando abre los ojos, Digger le hace una caricia.

—Me dieron de comer —dice el niño. A pesar de la tristeza que produce esa frase por todo
lo que implica, su tono evidencia tanto asombro que todos terminamos riendo.

Las tareas de rescate duran una semana. No hay rastros de mis padres; solo un político
vive, pero su cuerpo está tan lastimado que, según los médicos, es probable que muera. Me
siento triste por mi familia y por la hermana y la amiga de Digger, que tampoco han
aparecido. Le preguntaron a Boy si sabía algo de ellas, pero dijo que no. A la vez una parte
de mí se alegra cuando alguien es rescatado. Huérfanos e inmortales seguimos unidos, y
las rebeliones se producen cada vez con menos frecuencia.
La mayoría de lo que quedaba de la humanidad murió con el temblor y los derrumbes, en
especial aquellos que favorecieron la mentira y el caos. Creo que nadie tiene el derecho de
decidir quién merece vivir o morir, pero la naturaleza tomó la determinación por nosotros.

Para prevenir las enfermedades, incineramos los cadáveres y construimos un pequeño altar
para los muertos. Ese mismo día, Sinner y Geraldine le informan a Digger que han
organizado un comité con algunos soldados y que sería bueno que él, por ser el hijo de
Sarah Leigh, forme parte. Soy testigo del momento en que Digger se niega.

Unos días después, somos citados a una reunión con una veintena de personas. Geraldine
y Sinner son las oradoras. Nos explican, en principio, la verdad sin ocultamientos. Un
inmortal levanta la mano y ellas le ceden la palabra.

—¿Por qué deberíamos permitir que ustedes se queden en nuestra ciudad? —indaga,
mirando a Sinner—. Son más en número y, según lo que acaban de contarnos, no están
acostumbrados a las leyes. ¿Quién nos garantiza que no nos traicionarán?

—Entiendo su preocupación —contesta Geraldine—. Pero si los huérfanos hicieran eso,


¿qué quedaría de la humanidad? La idea de estas reuniones es que poco a poco todos
vayamos tomando conciencia de que debemos unirnos o la raza humana se acabará.
¿Acaso no desean descubrir qué otras verdades nos estuvieron ocultando todo este
tiempo?

Otra voz se oye en el recinto.

—¿Cómo lo sabremos, si al parecer ningún político sobrevivió?

—Tenemos una manera de acceder a los archivos secretos del Gobierno. Todavía no lo
hemos hecho porque queremos asegurarnos de que el edificio Presidencia esté en buenas
condiciones para ingresar.

—¿Cómo lo harán? —pregunta una mujer—. Los chips capturan las pulsaciones y dejan de
funcionar si la persona muere.

—El hijo oculto de Sarah Leigh está vivo —dice Sinner sin rodeos—. Es la única persona
con un chip de la categoría Presidencial y que, por lo tanto, tiene acceso a cualquier parte
de esta ciudad.

Digger permanece cabizbajo mientras que todas las demás personas que nos rodean se
miran unas a otras, murmurando. Alcanzamos a escuchar algunas preguntas: “¿Alguna vez
habías escuchado que tuviera un hijo?”, “¿En eso también nos mintieron? ¿Por qué lo
harían?”. Sinner nos mira desde el frente de la sala de conferencias, sin alertar a nadie de
quién es ese hijo.

Por último, explican que el comité decidió que dejarán la muralla abierta para demostrar que
ya no hay límites, pero harán un control estricto en el ingreso. Necesitan asegurarse de que
los huérfanos que entren lo hagan en son de paz, ateniéndose a las leyes de respeto y
unidad. Nos informan, además, que enviarán un grupo de mensajeros a invitar a los que
todavía estén afuera.

—¿Cómo sabemos que los inmortales no están mintiendo? —añade una huérfana. Según lo
que me dice Digger, solía vivir en las tierras fértiles—. ¿Y si solo fingen que desconocían
nuestra existencia para que los perdonemos?

—Los videos y el material bibliográfico que hay en sus casas y en la biblioteca certifican que
el gobierno los ha engañado: para estas personas, todo lo que había afuera era hielo y
arena —replica Sinner. Supongo que es importante que una huérfana de una de las tierras
que más debieran odiar a los inmortales defienda esa idea.

La reunión dura bastante tiempo, lo suficiente para que los ánimos no queden caldeados y
los huérfanos e inmortales presentes acepten una tregua de convivencia, al menos hasta
que puedan comprobar que se puede compartir el mismo espacio sin enfrentamientos.

Poco después, nos enteramos de que encontraron el cadáver de Vaughn Leroy. Debo
confesar que eso me molesta un poco. Si fuera por mí, le habría aplicado la sustancia de la
inmortalidad cada año mientras lo mantenía encerrado en una prisión de máxima seguridad.
Me hubiera gustado que pagara su traición a todo un pueblo siendo él mismo un trofeo de
inmortalidad. La naturaleza, en cambio, tenía otros planes, y me dejó con el deseo.
Supongo que todo se resuelve de la mejor manera y que a veces no podemos intervenir en
ello.

Sinner y Geraldine forman una especie de gobierno, ya que organizan la ciudad y ordenan
el trabajo para que todos tengamos una buena vida. Una huérfana pura y una mujer de
origen inmortal: la mayoría piensa que es un trato justo y que representan los intereses de
cada grupo que, de pronto, tiene que aprender a convivir en la ciudad.

Lo primero de lo que se ocupan como gobierno es de la inmortalidad. Aplican las ampollas


que encuentran en el centro médico a los enfermos, incluidas la madre y la hermana de
Digger, a quienes les faltaba media dosis para sanar por completo. Como los científicos han
muerto, Geraldine y un grupo de médicos se hacen cargo de poner en marcha una
investigación para intentar recuperar la fórmula.

La familia de Digger se muda a una casa cercana a la mía mientras terminan de asegurarse
de que el edificio Presidencia está en condiciones para ingresar. Tanto Sinner como
Geraldine coinciden en que, aunque Digger no quiera saber nada con la política, le
corresponde vivir allí. Después de todo, la ciudad creada por su madre es su herencia.

Mientras tanto, pasa los días entre la casa de su familia y la mía. La verdad, no me gusta
estar sola. Y aunque Ashley, que también sobrevivió, viene a visitarme, la mayor parte del
tiempo los recuerdos de mis padres me acosan.

Una mañana, Geraldine aparece en mi vivienda para informarle a Digger que el edificio
Presidencia fue declarado apto para la vida, y que depende de él cuándo quiera abrir la
bóveda.
Al día siguiente, lo acompaño al edificio a pie, y allí nos encontramos con Geraldine, Sinner
y algunos soldados.

En el subsuelo hace mucho frío, casi tanto como solía hacer en las afueras. El generador
climático funciona en algunas áreas; llevará tiempo repararlo para que cumpla su función
por completo.

Alcanza con que Digger acerque su muñeca al lector para que la puerta circular de hierro se
abra. En el interior, encontramos un ordenador en un escritorio que se halla en medio de la
pequeña sala y enormes muebles de metal con carpetas.

Los soldados, Geraldine y Sinner se dedican a revisar el material de papel; al parecer se


trata de fórmulas científicas, entre ellas la de la sustancia de la inmortalidad, y archivos
previos al establecimiento de Ciudad Inmortal.

—¡Miren esto! —exclama Geraldine—. Son informes acerca de otras comunidades que
están esparcidas por el mundo.

Nos acercamos a mirar: según las investigaciones de los inmortales, hay ciudades
protegidas de las inclemencias naturales en todos los continentes. Es posible que también
exista una forma de comunicarnos con ellos.

La información es más que interesante, pero hay algo que en este momento es más
importante.

Le explico a Digger cómo encender el ordenador pasando su antebrazo por el escáner. Muy
pronto, la mesa se ilumina con las opciones del dispositivo. No hace falta que le indique
más: presiona el ícono de “Registro de Identidad” y escribe el número de ciudadano que
leyó cuando estuvo la primera vez en la ciudad.

Su ficha aparece enseguida, revelando todo tipo de información sobre su origen y sus
primeros meses de existencia. Incluso hay una fotografía de él cuando era bebé que me
nubla los ojos de lágrimas. Apoyo una mano en su hombro para brindarle fuerzas; se detuvo
en la imagen, por eso entiendo que le cuesta continuar leyendo.

En la segunda página encontramos el acta de nacimiento.

En Ciudad Inmortal, a los 8 días del mes de abril de 2065, el señor Vaughn Leroy declara
que el 3 de noviembre de 2064, aproximadamente a las 21.30 horas, nació en Globo
Protegido (nombre anterior de esta misma ciudad en el antiguo territorio de Oklahoma,
Estados Unidos) un varón llamado Shane Leigh, hijo de su madre, Sarah Leigh, y de su
padre, el declarante Vaughn Leroy. Se inscribe su nacimiento de manera tardía bajo el
número 2064-48 y se indica, por orden de su padre, la aplicación de la primera inyección de
la inmortalidad a los 3 días del mes de noviembre del corriente año.

—Por eso me buscaba, pero no quería matarme —reflexiona Digger, bastante entero para
lo que acaba de descubrir—. De alguna manera, creo que lo intuía.
Lo abrazo por la espalda y le doy un beso en la mejilla.

—Ya has abierto la bóveda, hurgar en todos estos misterios demandará días. ¿Quieres
seguir leyendo o prefieres que demos un paseo?

Gira la cabeza y esboza una sonrisa; supongo que adiviné sus necesidades.

—Prefiero que demos un paseo —admite, y se levanta.

Cierro la ventana del ordenador en su lugar y nos vamos de la mano después de


despedirnos de los que se quedarán en el cuarto.

Caminamos por la calle hasta llegar a la plaza y al mismo lugar donde tuvimos una de
nuestras primeras conversaciones. Acordarnos de ella nos pone nostálgicos. Nos
detenemos delante de la estatua de su madre. Sarah sigue mirando al cielo, como si
estuviera enviando un mensaje. Su hijo es su legado.

—¿Crees que ahora sí seamos libres? —pregunta.

Giro y lo abrazo por el cuello, mientras que él me toma de la cintura.

—Supongo que la verdad y el amor nos liberan —respondo.

Digger me mira a los ojos con la expresión más cálida que le vi nunca y nos besamos.

Tengo la confianza de que lo que sigue en nuestras vidas y para la humanidad será mejor.
Vivir no significa ser inmortal. Significa que tus años en este mundo valgan la pena.

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