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La Divina Revelación

El documento aborda la búsqueda del hombre por Dios a través de la revelación natural y sobrenatural, destacando que el deseo de Dios está inscrito en el corazón humano. Se enfatiza que la revelación divina se manifiesta a través de la creación, la conciencia y, de manera culminante, a través de Jesucristo, quien es la plenitud de la revelación. La fe es presentada como la respuesta del hombre a esta revelación, permitiendo un conocimiento verdadero y personal de Dios.

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La Divina Revelación

El documento aborda la búsqueda del hombre por Dios a través de la revelación natural y sobrenatural, destacando que el deseo de Dios está inscrito en el corazón humano. Se enfatiza que la revelación divina se manifiesta a través de la creación, la conciencia y, de manera culminante, a través de Jesucristo, quien es la plenitud de la revelación. La fe es presentada como la respuesta del hombre a esta revelación, permitiendo un conocimiento verdadero y personal de Dios.

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LA DIVINA REVELACIÓN

“…porque nos hiciste, señor, para Ti y nuestro corazón está


inquieto mientras no descansa en Ti”.
(San Agustín)

De muchas maneras, en su historia, y hasta el día de hoy, el


hombre no ha cesado en su búsqueda de Dios, y lo manifiesta por
medio de sus creencias, cultos, sacrificios, gestos.
El deseo de Dios está inscrito en el corazón del hombre; ha sido
creado por Dios y para Dios, y sólo en Dios encontrará el hombre la
verdad y la dicha que no cesa de buscar.
“Todo aquello que podemos conocer de Dios debería ser claro para
ellos: Dios mismo se lo manifestó. Pues, si bien a él no lo podemos
ver, lo contemplamos, por lo menos, a través de sus obras, puesto
que él hizo el mundo, y por ellas entendemos que él es eterno y
poderoso, y que es Dios”. (Rom 1, 19-20)
Así el hombre, a pesar de sus errores e imperfecciones, a través de
distintos cauces espirituales se ha esforzado en llegar a Dios. Esta
búsqueda exige todo el esfuerzo de su inteligencia, la rectitud de su
voluntad y también el testimonio de otros que le enseñan a buscar a
Dios.
“Cuando el hombre escucha el mensaje de las creaturas y la voz de
su conciencia, entonces puede alcanzar la certeza de la existencia de
Dios, causa y fin de todo”. (1)
Este conocimiento es una manifestación indirecta de Dios, no se
nos manifiesta Él mismo, sino que lo hace a través de los seres que
creó, los cuales nos lo dejan entrever como origen y dador generoso
de todo bien.
La existencia real de Dios, como ser Supremo, Principio y Fin del
hombre y del universo creado, puede ser conocida con certeza por la
razón natural para elevarse al conocimiento de su Creador.
Entre esos seres que nos manifiestan a Dios, ocupa el primer lugar
el hombre mismo, quien, por su capacidad cognitiva, está en
condiciones de captar la presencia oculta de Dios en el mundo creado
por Él.
Porque quiso Dios que todas sus creaturas llevaran como impresas
sus huellas y dieran testimonio de su existencia. De ahí que sea
posible llegar al conocimiento de Dios por una revelación natural a
través del conocimiento de las cosas creadas.
La Sagrada Escritura nos da testimonio de la capacidad natural del
hombre para conocer a Dios por medio de la creación, pues las cosas
creadas son una manifestación permanente de su Autor y llevan a su
conocimiento con alcance universal.
El Salmo 19 alude a esta revelación natural cuando expresa:
“Los cielos cuentan la gloria de Dios, la obra de sus manos anuncia
el firmamento; el día al día comunica el mensaje y la noche a la
noche transmite la noticia”.

(3) y (4) Conc. Vat. II, Const. Dogmática Dei Verbum, nº2.
Más explícitamente encontramos referencia a este conocimiento
natural en el Libro de la Sabiduría, mostrando dos caminos para
alcanzar el conocimiento de Dios:
-Por la contemplación de las diversas bellezas creadas se llega al
conocimiento de Aquel que es la fuente de toda belleza, Dios, belleza
Suprema.
“Si, vanos por la naturaleza todos los hombres que ignoraron a Dios
y no fueron capaces de conocer por los bienes visibles a Aquel-que-
es, ni, atendiendo a las obras reconocieron al Artífice; sino que al
fuego, al viento, al aires sutil, a la bóveda estrellada, al agua
impetuosa o las lumbreras del cielo los consideraron como dioses,
señores del mundo.
Que si, seducidos por su belleza, los tomaron por dioses, sepan
cuanto les aventaja el Señor de todos ellos, pues fue el Autor mismo
de la belleza quien los creó”. (Sabiduría 13, 1-4)
-El otro camino es el poder y la fuerza que existe en la naturaleza
creada; las fuerzas de la naturaleza son un reflejo de la omnipotencia
de Aquel a quien se someten todas las potencias.
“Y si fue su poder y eficiencia lo que les dejó sobrecogidos,
deduzcan de ahí cuanto más poderoso es Aquel que los hizo; pues de
la grandeza y belleza de las criaturas se llega, por analogía, a
contemplar a su autor. Con todo, no merecen estos tan grave
reprensión, pues tal vez caminan desorientados buscando a Dios y
queriéndole hallar.
Como viven entre sus obras, se esfuerzan por conocerlas, y se
dejan seducir por lo que ven. Tan bellas se presentan a sus ojos. Sin
embargo, no tienen excusas. Si adquirieron bastante ciencia para
poder investigar el universo ¿cómo no descubrieron antes al Señor de
todo?” (Sab. 13, 5-9).
Basándose en la enseñanza bíblica la Iglesia afirmó en el Concilio
Vaticano I que el hombre tiene capacidad intelectual para conocer
con certeza la existencia de Dios.
También la Sagrada Escritura nos enseña otro medio por el cual el
hombre puede conocer a Dios: se trata de su conciencia, la cual
atestigua tanto la existencia de Dios como la ley natural que Dios
escribió en el corazón del hombre y que participa de la ley eterna de
Dios. (Cfr. Rom. 2, 14-15)
Por otra parte, el hombre también, con su aspiración al infinito y a
la felicidad percibe en su alma espiritual, signos de la existencia de
Dios: cuando reconoce en sí mismo la presencia de un alma espiritual
e inmortal, toca una verdad profundísima: la semilla de eternidad que
lleva en sí no puede tener origen más que en Dios. (Cfr. Concilio
Vaticano II, Constitución Pastoral Gaudim et Spes, nº 14, 18)
“El mundo y el hombre atestiguan que no tienen en ellos mismos ni
su primer principio ni su fin último, sino que participan de Aquel que
es el Ser en sí, sin origen y sin fin. (…) causa primera y el fin último
de todo y que todos llaman Dios”. (2)
Pero, para que el hombre pueda entrar en la intimidad de Dios,
llegar a un conocimiento verdadero y cierto de Dios, es necesario que
la inteligencia del hombre sea iluminada con la luz de la Revelación.
(3) y (4) Conc. Vat. II, Const. Dogmática Dei Verbum, nº2.
Dios ha querido manifestarse al hombre de un modo especial: la
revelación sobrenatural. No sólo hablaron sus obras de su creación y
la conciencia del hombre, sino que nos habló Él mismo, directa y
expresamente para entrar en diálogo y comunión personal con
nosotros.
Dios ha querido revelarse al hombre y darle la gracia de poder
acoger en la fe la revelación. Las pruebas de la existencia de Dios a
través de la creación pueden disponer a la fe y ayudar a ver que la fe
no se opone a la razón humana.
Se trata de un verdadero conocimiento sobrenatural de Dios, no es
un mero raciocinio o puro conocimiento intelectual, sino que, ayudado
por la gracia divina, proviene de la entrega fiel y total del hombre a la
invitación divina.
De todas las criaturas, sólo el hombre es capaz de conocer y amar
a su Creador, sólo él está llamado a participar por el conocimiento y
el amor en la vida de Dios.
Dios ha establecido un diálogo con el hombre, no se ha limitado a
dejar en las cosas la huella de su acción creadora, sino que ha
llamado al hombre, lo ha convocado a dialogar, se manifiesta por el
gesto y la palabra. El gesto divino es el milagro, la palabra divina es la
revelación.
La fe es la respuesta del hombre a Dios que se revela y se entrega
a él, dando al mismo tiempo la luz necesaria para que el hombre
encuentre el sentido último de su vida.
Tener fe es aceptar la revelación de Dios que va al encuentro del
hombre, por lo que éste confía y responde con su entendimiento y
voluntad, siendo necesaria la ayuda del Espíritu, que abre los ojos y
perfecciona la fe con sus dones.
Mediante la revelación, Dios comunica los bienes divinos que
superan la comprensión de la inteligencia humana.

La Revelación en sí misma
Quiso Dios en su bondad y sabiduría revelarse a sí mismo y dar a
conocer el misterio de su Voluntad, mediante el cual los hombres, por
medio de Cristo, Verbo Encarnado, tienen acceso al Padre, en el
Espíritu Santo y se hacen partícipes de la naturaleza divina. (3)
“La verdad profunda acerca de Dios y de la salvación humana se
nos manifiesta por la revelación en Cristo, que es a un tiempo
mediador y plenitud de toda la revelación”. (4)
Por medio de la Revelación Divina, Dios se manifiesta al hombre y
le revela los eternos decretos de su voluntad salvífica.
Según el Concilio, la Revelación de Dios es revelación del
conocimiento de Dios, porque, al darse a conocer, Dios manifiesta sus
planes y su voluntad; es una Persona que se hace conocer. Por eso es
necesaria una relación de sentimientos, de comunicación con el
hombre.
Este plan de la revelación se realiza con palabras y gestos,
relacionados íntimamente, de forma que las obras (gestos) realizadas
por Dios en la historia de la salvación, manifiestan y confirman la
doctrina (palabras) y los hechos significados por las palabras, y las
(3) y (4) Conc. Vat. II, Const. Dogmática Dei Verbum, nº2.
palabras mismas, proclaman las obras y esclarecen el misterio
contenido de ellas.
Dios, que se revela como invisible, tiene que hacerse perceptible,
visible a través de los hechos. Así la revelación tiene un tiempo en la
historia. La revelación es histórica porque tiene elementos, hechos
históricos que la confirman. Dios actúa en la historia del hombre.
La Biblia nos cuenta la historia de esa actuación divina; es la
revelación de un acontecimiento. De algo que está ocurriendo; y eso
que acontece es que Dios está presente y actuando en el mundo. La
Biblia nos revela como la historia visible, los sucesos sociales e
individuales son la manifestación del Dios cercano.
El Dios bíblico se revela primordialmente obrando. Dios ha creado
el mundo, castigando a Adán, enviando el diluvio, eligió a su pueblo,
estableció la Alianza, liberó a los israelitas de Egipto…
En el Antiguo Testamento, los primeros capítulos del Génesis
atestiguan que Dios entrega una idea muy elevada de sí mismo, y
esta “idea” de Dios va tener un desarrollo a través de los libros y está
ligada íntimamente al Nombre de Dios y lo qué significa para el
Pueblo de Israel conocer su nombre.
“A su Pueblo Israel Dios, se reveló dándole a conocer su Nombre. El
nombre expresa la esencia, la identidad de la persona y el sentido de
su vida. Dios tiene un nombre. No es una fuerza anónima. Comunicar
su nombre es darse a conocer a los otros. Es, en cierta manera,
comunicarse a sí mismo haciéndose accesible, capaz de ser más
íntimamente conocido y de ser invocado personalmente” (C.I.C.,1º
parte, cap.1, nº 203)
Dios no revela desde el primer momento su Nombre, lo hace
progresivamente y bajo diversos nombres.
El Dios que se conoce por los Patriarcas es “Él”, así Abraham,
cuando es llamado por Dios, lo nombra con el Él. Más tarde, se va a
llamar a Dios según los elegidos: “Es el Dios de los patriarcas: El Dios
de Abraham, de Isaac y de Jacob” (Ex. 3,6)
Pero el nombre propio de Dios va a ser revelado recién en Moisés.
“Dios se reveló progresivamente y bajo diversos nombres a su
pueblo, pero la revelación del Nombre Divino, hecha a Moisés en la
teofanía de la zarza ardiente, en el umbral del Éxodo y de la Alianza
del Sinaí, demostró ser la revelación fundamental tanto para la
Antigua como para la Nueva Alianza” (C.I.C, nº204)
“Yahvé: ese es Mi Nombre” dice Dios a Moisés. (Ex. 3, 15; 6, 3)
Pero, aún cuando el hombre sepa que todo cuanto ocurre es obra
de Dios, el lenguaje de los acontecimientos es, muchas veces oscuro,
y no es fácil comprender lo que Dios espera del hombre:
“Porque vuestros pensamientos no son mis pensamientos y mis
caminos no son vuestros caminos, oráculo de Dios”. (Is 55,8)
De aquí que la palabra tenga que venir a aclarar el sentido del
acontecimiento: esa fue la misión del profetismo. El profeta es el que
explicita el sentido de la historia:
“En verdad, el Señor Yahvé no hace nada sin revelar su secreto a
sus siervos los profetas”. (Amós 3, 7)

(3) y (4) Conc. Vat. II, Const. Dogmática Dei Verbum, nº2.
Así, en todos los momentos culminantes de la historia de Israel
aparecieron los profetas para revelar el sentido oculto de los
acontecimientos: Isaías y Miqueas, del peligro asirio, Jeremías, de la
amenaza babilónica; Ezequiel, de la cautividad; Isaías, de la liberación
de Ciro; Ageo y Zacarías, de la reconstrucción nacional.
También de boca del profeta se concibe a toda historia como un
progreso en la comunicación de Dios al mundo, hacia una meta
última, el carácter escatológico de la Revelación en esta expresión
del profeta Isaías: “la tierra se llenará del conocimiento de Dios, como
las aguas llenas el mar” (Is. 11,9)
Aceptar, entonces, esta revelación de Dios no sólo significa adoptar
una posición intelectual, sino establecer un contacto personal con el
Dios vivo, presente y actuante en el mundo. Significa creer que Dios
está en medio de los hombres, que Dios se revela llamando al hombre
a una entrega a Él cada vez más plena y completa.

En Cristo culmina la Revelación


“De una manera fragmentaria y de muchos modos habló Dios en el
pasado a nuestros Padres por medio de los profetas; en estos últimos
tiempos nos ha hablado por su Hijo”. (Hebreos 1,1-2)
“Cristo, el Hijo de Dios hecho hombre, en la Palabra única, perfecta
e insuperable del Padre. En Él lo dice todo, no habrá otra palabra más
que esta” (C.I.C, 1º parte, cap. 2º, nº65)
Después de la caída del hombre, Dios nos dio la esperanza de la
salvación, manifestándose personalmente a nuestros primeros
padres: llamó a Abraham para hacerlo padre de un gran pueblo, al
que instruyó luego por los patriarcas, Moisés y los profetas, para ser
reconocido como Dios único, vivo y verdadero.
Dios culmina su revelación enviando a su Hijo que, con su
presencia, palabras, obras, señales y milagros, con su Muerte y
Resurrección y con el envío del Espíritu Santo, completa la revelación
y confirma que Dios está con nosotros.
“La palabra de Dios, expresada en lenguas humanas, se hace
semejante al lenguaje humano, como la Palabra del eterno Padre
asumiendo nuestra débil condición humana, se hizo semejante a los
hombres” (C.I.C, 1º parte, 2º cap., nº 101)

(3) y (4) Conc. Vat. II, Const. Dogmática Dei Verbum, nº2.

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