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Savater

Fernando Savater explora la diferencia entre ciencia y filosofía, destacando que ambas buscan responder preguntas sobre la realidad, pero desde perspectivas distintas: la ciencia se centra en el conocimiento objetivo, mientras que la filosofía reflexiona sobre el significado de ese conocimiento. Además, enfatiza que el proceso de filosofar requiere un examen personal y crítico de las ideas, a diferencia de la ciencia, que puede basarse en el trabajo de otros. En última instancia, la filosofía invita a cuestionar y dudar de lo que se considera sabido, promoviendo una vida de reflexión y examen personal.

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Savater

Fernando Savater explora la diferencia entre ciencia y filosofía, destacando que ambas buscan responder preguntas sobre la realidad, pero desde perspectivas distintas: la ciencia se centra en el conocimiento objetivo, mientras que la filosofía reflexiona sobre el significado de ese conocimiento. Además, enfatiza que el proceso de filosofar requiere un examen personal y crítico de las ideas, a diferencia de la ciencia, que puede basarse en el trabajo de otros. En última instancia, la filosofía invita a cuestionar y dudar de lo que se considera sabido, promoviendo una vida de reflexión y examen personal.

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Savater, Fernando, “Las preguntas de la vida”, Barcelona, Ariel, 1999

“Volvamos otra vez a intentar precisar la diferencia esencial entre ciencia y filosofía. Lo primero
que salta a la vista no es lo que las distingue sino lo que las asemeja: tanto la ciencia como la
filosofía intentan contestar preguntas suscitadas por la realidad. De hecho, en sus orígenes, ciencia
y filosofía estuvieron unidas y sólo a lo largo de los siglos la física, la química, la astronomía o la
psicología se fueron independizando de su común matriz filosófica. En la actualidad, las ciencias
pretenden explicar cómo están hechas las cosas y cómo funcionan, mientras que la filosofía se
centra más bien en lo que significan para nosotros; la ciencia debe adoptar el punto de vista
impersonal para hablar sobre todos los temas (¡incluso cuando estudia a las personas mismas!),
mientras que la filosofía siempre permanece consciente de que el conocimiento tiene
necesariamente un sujeto, un protagonista humano. La ciencia aspira a conocer lo que hay y lo que
sucede; la filosofía se pone a reflexionar sobre cómo cuenta para nosotros lo que sabemos que
sucede y lo que hay. La ciencia multiplica las perspectivas y las áreas de conocimiento, es decir
fragmenta y especializa el saber; la filosofía se empeña en relacionarlo todo con todo lo demás,
intentando enmarcar los saberes en un panorama teórico que sobrevuele la diversidad desde esa
aventura unitaria que es pensar, o sea ser humanos. La ciencia desmonta las apariencias de lo real
en elementos teóricos invisibles, ondulatorios o corpusculares, matematizables, en elementos
abstractos inadvertidos; sin ignorar ni desdeñar ese análisis, la filosofía rescata la realidad
humanamente vital de lo aparente, en la que transcurre la peripecia de nuestra existencia concreta
(v. gr.: la ciencia nos revela que los árboles y las mesas están compuestos de electrones, neutrones,
etc., pero la filosofía, sin minimizar esa revelación, nos devuelve a una realidad humana entre
árboles y mesas). La ciencia busca saberes y no meras suposiciones; la filosofía quiere saber lo que
supone para nosotros el conjunto de nuestros saberes... ¡y hasta si son verdaderos saberes o
ignorancias disfrazadas! Porque la filosofía suele preguntarse principalmente sobre cuestiones que
los científicos (y por supuesto la gente corriente) dan ya por supuestas o evidentes.

(…) Pero hay otra diferencia importante entre ciencia y filosofía, que ya no se refiere a los
resultados de ambas sino al modo de llegar hasta ellos. Un científico puede utilizar las soluciones
halladas por científicos anteriores sin necesidad de recorrer por sí mismo todos los razonamientos,
cálculos y experimentos que llevaron a descubrirlas; pero cuando alguien quiere filosofar no puede
contentarse con aceptar las respuestas de otros filósofos o citar su autoridad como argumento
incontrovertible: ninguna respuesta filosófica será válida para él si no vuelve a recorrer por sí
mismo el camino trazado por sus antecesores o intenta otro nuevo apoyado en esas perspectivas
ajenas que habrá debido considerar personalmente. En una palabra, el itinerario filosófico tiene
que ser pensado individualmente por cada cual, aunque parta de una muy rica tradición
intelectual. Los logros de la ciencia están a disposición de quien quiera consultarlos, pero los de la
filosofía sólo sirven a quien se decide a meditarlos por sí mismo.

Dicho de modo más radical, no sé si excesivamente radical: los avances científicos tienen como
objetivo mejorar nuestro conocimiento colectivo de la realidad, mientras que filosofar ayuda a
transformar y ampliar la visión personal del mundo de quien se dedica a esa tarea. Uno puede
investigar científicamente por otro, pero no puede pensar filosóficamente por otro... aunque los
grandes filósofos tanto nos hayan a todos ayudado a pensar. Quizá podríamos añadir que los
descubrimientos de la ciencia hacen más fácil la tarea de los científicos posteriores, mientras que
las aportaciones de los filósofos hacen cada vez más complejo (aunque también más rico) el
empeño de quienes se ponen a pensar después que ellos. Por eso probablemente Kant observó que
no se puede enseñar filosofía sino sólo a filosofar: porque no se trata de transmitir un saber ya
concluido por otros que cualquiera puede aprenderse como quien se aprende las capitales de
Europa, sino de un método, es decir un camino para el pensamiento, una forma de mirar y de
argumentar.

«Sólo sé que no sé nada», comenta Sócrates, y se trata de una afirmación que hay que tomar -a
partir de lo que Platón y Jenofonte contaron acerca de quien la profirió- de modo irónico, «Sólo sé
que no sé nada» debe entenderse como: «No me satisfacen ninguno de los saberes de los que
vosotros estáis tan contentos. Si saber consiste en eso, yo no debo saber nada porque veo
objeciones y falta de fundamento en vuestras certezas. Pero por lo menos sé que no sé, es decir
que encuentro argumentos para no fiarme de lo que comúnmente se llama saber. Quizá vosotros
sepáis verdaderamente tantas cosas como parece y, si es así, deberíais ser capaces de responder
mis preguntas y aclarar mis dudas. Examinemos juntos lo que suele llamarse saber y desechemos
cuanto los supuestos expertos no puedan resguardar del vendaval de mis interrogaciones. No es lo
mismo saber de veras que limitarse a repetir lo que comúnmente se tiene por sabido. Saber que no
se sabe es preferible a considerar como sabido lo que no hemos pensado a fondo nosotros mismos.
Una vida sin examen, es decir la vida de quien no sopesa las respuestas que se le ofrecen para las
preguntas esenciales ni trata de responderlas personalmente, no merece la pena de vivirse». O sea
que la filosofía, antes de proponer teorías que resuelvan nuestras perplejidades, debe quedarse
perpleja. Antes de ofrecer las respuestas verdaderas, debe dejar claro por qué no le convencen las
respuestas falsas. Una cosa es saber después de haber pensado y discutido, otra muy distinta es
adoptar los saberes que nadie discute para no tener que pensar. Antes de llegar a saber, filosofar
es defenderse de quienes creen saber y no hacen sino repetir errores ajenos. Aún más importante
que establecer conocimientos es ser capaz de criticar lo que conocemos mal o no conocemos
aunque creamos conocerlo: antes de saber por qué afirma lo que afirma, el filósofo debe saber al
menos por qué duda de lo que afirman los demás o por qué no se decide a afirmar a su vez. Y esta
función negativa, defensiva, crítica, ya tiene un valor en sí misma, aunque no vayamos más allá y
aunque en el mundo de los que creen que saben el filósofo sea el único que acepta no saber pero
conoce al menos su ignorancia.”

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