Final Roma 2
Final Roma 2
Republica temprana:
Antes de la llegada de la República, Roma era una monarquía de carácter electivo. El
séptimo y último rey de Roma, Tarquinio el Soberbio, utilizó la violencia, el asesinato y
el terror para mantener el control sobre Roma como ningún rey anterior los había
utilizado, derogando incluso muchas reformas constitucionales que habían establecido
sus predecesores.
Tarquinio abolió y destruyó todos los santuarios y altares sabinos de la Roca Tarpeya,
enfureciendo de esta forma al pueblo romano. El punto crucial de su tiránico reinado
sucedió cuando permitió que su hijo, Sexto, violara a Lucrecia, una patricia romana. Un
pariente de Lucrecia, Lucio Junio Bruto, convocó al Senado, que decidió la expulsión de
Tarquinio en el año 510 a. C.
Inmediatamente después de la expulsión del monarca se creó un Senado permanente que
decidió abolir la monarquía convirtiendo a Roma en una república en el año 509 a. C.
Roma se dotó con un nuevo sistema de gobierno designado para sustituir el liderazgo de
los reyes. Se creó el nuevo cargo de Cónsul, asignado expresamente a dos senadores.
Inicialmente, los cónsules poseían todos los poderes que antaño tenía el rey, pero
compartidos con otro colega consular. Sus mandatos eran anuales, y cada cónsul podía
vetar las actuaciones o decisiones de su colega.
Posteriormente los poderes de los cónsules fueron divididos, añadiendo nuevas
magistraturas que acapararon distintos poderes, menores a los que originalmente poseía
el monarca. Las primeras de estas nuevas magistraturas fueron las de pretor, que reunía
las potestades judiciales de los cónsules, y la de censor, que poseía el poder de controlar
el censo. Lucio Junio Bruto y Lucio Tarquinio Colatino, sobrino de Tarquinio y viudo
de Lucrecia, se convirtieron en los primeros cónsules del nuevo gobierno de Roma.
El primer acto de Bruto como cónsul fue obligar a Colatino a renunciar bajo el pretexto
de que era un Tarquinio y que Roma no sería libre hasta que todos los miembros de esta
familia dejaran la ciudad. Colatino se vio presionado y se mudó al pueblo latino de
Lanuvium. Posteriormente, el Senado decretó que todos los Tarquinios debían ser
exiliados y el pueblo eligió como nuevo cónsul a Publius Valerius, amigo de Bruto.
Aparentemente, nadie tomó medidas contra Bruto a pesar de que éste era pariente más
cercano a Tarquinos que el exiliado Colatino, aunque no portaba el nombre Tarquinio.
La fecha tradicional del nacimiento de la República se produce durante el año 509 a.
C.,1 después de derrocar y expulsar al monarca de Roma y año de consagración del
templo de la Tríada Capitolina. Después de que el poder de los etruscos se debilitara, los
primeros siglos de la República vieron la progresiva conquista de la Italia peninsular por
parte de Roma. El instrumento de la conquista, la legión, estaba compuesta por
ciudadanos, reclutados en tiempos de guerra. A medida que avanzó en su conquista,
Roma utilizó los contingentes de las ciudades dominadas y aliadas como tropas
auxiliares. Tras las Guerras Latinas, que otorgaron a la República de Roma el control de
todo el territorio del Lacio, los samnitas se opusieron al creciente poder de Roma y se
enfrentaron a ella en tres conflictos conocidos como las Guerras Samnitas,
documentadas por Tito Livio.
Roma venció sucesivamente a los pueblos del Lacio, a los etruscos, a los galos, que se
habían instalado en la llanura del Po, a los samnitas y las ciudades del sur de Italia, que
pese a la intervención del rey de Epiro, Pirro, fueron conquistadas por Roma entre los
años 280 y 275 a. C.
República Romana media:
A partir de mediados del siglo III a. C., Roma, que ya dominaba toda la Italia
peninsular, inició una larguísima serie de guerras que la llevaron a dominar el mundo
mediterráneo. Las Guerras Púnicas marcaron la primera etapa de esta expansión. La
ciudad de Cartago, situada en la costa norteafricana, había creado un imperio marítimo
que dominaba todo el Mediterráneo occidental, con colonias en Hispania, Baleares y
Sicilia, de donde llegó a expulsar a los griegos.
En 264 a. C., Roma decidió ocupar las colonias cartaginesas en Sicilia. Para ello
construyó una flota de guerra y tras años de batallas de distinto signo, en 241 a. C.
Cartago tuvo que capitular. Roma, tras apoderarse de Sicilia, aprovechó el
debilitamiento de su enemigo para ocupar Córcega y Cerdeña, y para penetrar en la
Galia Cisalpina. La Segunda Guerra Púnica (218–201 a. C.) se desarrolló en Hispania,
Italia, y finalmente en África. La difícil victoria final de Roma supuso la ocupación de
Hispania, con sus ricos yacimientos argentíferos. Finalmente, Cartago fue derrotada
totalmente, primero política (201 a. C.) y más tarde materialmente (146 a. C.). Su
población fue exterminada o esclavizada y su territorio pasó a convertirse en la
provincia romana de África.
En el Mediterráneo oriental, Roma se enfrentó sucesivamente a los monarcas de los
estados helenos surgidos del imperio de Alejandro Magno: a los reyes macedonios
Filipo V en el año 197 a. C. y Perseo en el 168 a. C. en las Guerras Macedónicas, y a
Antíoco III de Siria en el año 189 a. C. en la Guerra Romano-Siria. Macedonia, Acaya y
Epiro se convirtieron en provincias romanas en el año 146 a. C. Átalo III de Pérgamo
legó su reino a Roma en el año 133 a. C., una parte del cual se convirtió en la provincia
romana de Asia.
Roma consolidó su dominio de la cuenca occidental del Mediterráneo con el
establecimiento de numerosas colonias en la Galia Cisalpina, la definitiva conquista de
Hispania (toma de Numancia, 133 a. C.) y la ocupación de la Galia del sur, que,
convertida en la provincia Narbonense, permitió la unión terrestre de Hispania con
Roma por la vía Domitia.
Estas conquistas comportaron una verdadera revolución económica. El botín, las
indemnizaciones de guerra y los tributos pagados por las provincias, enriquecieron al
estado y a los particulares. Los miembros de la clase senatorial acapararon las tierras
que el estado se había reservado en las conquistas, el ager publicus, y los caballeros
administraron la explotación de los bienes públicos -por eso su nombre de publicanos-
en la que se entregaron a la especulación.
Pero las conquistas trastocaron también el frágil equilibrio social de la República: los
esclavos, cada vez más numerosos, se rebelaron encabezados por Espartaco (73–74 a.
C.), muchos pequeños campesinos italianos, arruinados, aumentaron la plebe urbana de
Roma, cada vez más susceptible de manipulación demagógica, los habitantes de los
territorios ocupados estaban descontentos por la explotación a la que estaban sometidos
por sus gobernantes y los italianos deseaban la igualdad con los romanos.
Las instituciones creadas para administrar una ciudad no servían para el nuevo gran
imperio. Al mismo tiempo, el gusto por el lujo se introdujo en las costumbres a pesar de
las leyes suntuarias y el arte y la literatura se transformaron influenciados por el arte
oriental, sobre todo por el arte helenístico.
La sociedad republicana:
La nueva aristocracia romana estaba formada por la antigua aristocracia patricia y los
nuevos ciudadanos ricos, en oposición a la mayoría de los plebeyos y a algunos
patricios empobrecidos.
Aunque en su origen, los plebeyos estaban bajo el dominio de los patricios, pero tras la
caída de la monarquía, éstos obtuvieron mejoras de forma progresiva. Se creo el cargo
de tribuno de la plebe y la plebe urbana, élite que se había enriquecido con el comercio,
arrebató a los patricios el acceso a las magistraturas y al cargo de Máximo Pontífice y
augures. Las reuniones de la plebe, los concilia plebis, fueron el origen de los comicios
tribunados, válidos para legislar por plebiscitos.
En el siglo III a. C. disminuyeron las diferencias entre los patricios y jefes de los
plebeyos, y se agruparon en una aristocracia dirigente, la nobilitas. Con la rápida
reducción del efectivo de los patricios, el término plebe tendió desde entonces a
designar a las masas populares.
Los esclavos eran considerados como un instrumento económico que podía ser vendido
y comprado y que se hallaba bajo la dependencia de un dueño. Procedían
mayoritariamente de pueblos sometidos por la República y, durante el siglo I a. C., se
convirtieron en el estrato social más numeroso de Roma; siglo en el que protagonizaron
las Guerras Serviles.
Historia social:
En la historia de la República Romana cabe distinguir tres etapas. En la primera de
ellas, en el siglo V a. C., el poder era ejercido por los patricios, siendo conocido como el
Estado Gentilicio. Bajo este tipo de gobierno la plebe quedaba excluida del gobierno y
carecía de derechos políticos. Así, en la primera etapa de la República no todos los
ciudadanos tenían igualdad de derechos y deberes. El grupo aristocrático que arrebató el
poder al rex —monarca— organizó el nuevo sistema en beneficio propio, abundando en
esta época las luchas entre los propios patricios por el poder personal. Este confuso
período dio origen a la implantación de la Dictadura y los distintos jefes militares
trataron de alcanzar el poder apoyándose unas veces en la plebe y, otras, en la fuerza de
las armas o en la invasión de Roma por pueblos enemigos. Otras veces, la pugna por el
poder se efectuaría mediante la prórroga de los cargos políticos excepcionales — los
decemviros, encargados de redactar la Ley de las XII Tablas o Lex duodecim
tabularum.
Este tipo de gobierno fue la causa de una lucha de los plebeyos para conseguir derechos
políticos y que duró hasta finales del siglo IV a. C., ya que los magistrados, cónsules y
senadores, todos ellos patricios, no estaban dispuestos a conceder, y a su vez, las nuevas
asambleas, los comicios centuriados, estaban dominadas por los terratenientes ricos,
también de origen patricio.
Para obtener una igualdad con los patricios, los plebeyos se retiraron al Aventino y
lograron que en el año 494 a. C. se creara el cargo de Tribuno de la plebe, en número de
dos y que tenían como misión la defensa de los plebeyos. Progresivamente, los plebeyos
tuvieron acceso a todas las magistraturas. La igualdad de todos ante la ley fue
codificada por la ley de las Doce tablas a mediados del siglo V a. C.
La segunda etapa de la República abarca del siglo III al II a. C. Hacia mediados del
siglo III a. C. la actividad política seguía teniendo como marco la ciudad de Roma y sus
alrededores, y sólo los ciudadanos romanos gozaban de todos los derechos políticos.
Roma organizó el territorio italiano alrededor de las ciudades, estableciendo mediante
tratados el estatus de cada una de ellas: colonias romanas, municipios, colonias de
derecho latino y ciudades aliadas, en función de la resistencia ofrecida a su conquista.
Tras las luchas entre patricios y plebeyos, las concilia plebis se confundieron con los
comicios tribunados, abiertos a los patricios; estos emitían los plebiscitos aplicables
como leyes a todos los ciudadanos, elegían a los tribunos de la plebe y a los magistrados
inferiores. Estas reuniones estaban controladas por los ciudadanos con poder
económico; el poder se encontraba en manos de la nobleza o nobilitas — nueva clase
política aparecida en el siglo III a. C. y constituida por ricos patricios y plebeyos.
Las magistraturas, jerarquizadas en el cursus honorum, eran igualmente colegiales y
anuales. En la base de la escala se encontraban los cuestores, seguidos en orden
ascendente por los ediles. Los pretores podían mandar ejércitos y ayudar a los dos
cónsules, que presentaban las leyes a los comicios y eran comandantes en jefe.
Cada cinco años se elegían dos censores para preparar el censo de los ciudadanos. En
caso de gran peligro, se podía designar un dictador por un plazo de seis meses, que
ostentaba con todos los poderes. Un poco al margen del cursus, los diez tribunos de la
plebe extendían sus poderes a todos los ciudadanos y presidían los comicios tribunos, a
los que presentaban los proyectos.
Todos los magistrados estaban controlados por el senado, que en el siglo III a. C. era
una asamblea de antiguos magistrados y dominaba tanto la política exterior como la
interior. El senado velaba sobre el tesoro público o aerarium y era el guardián de la
religión. Mientras que los comicios y los magistrados sólo tenían la apariencia del
poder, el senado lo ejerció en realidad. Este conflicto dio lugar a la división entre
populares y optimates; los primeros eran partidarios de aumentar el poder de tribunos y
de los comicios populares y los segundos deseaban limitar el poder de las asambleas
populares romanas y aumentar el del Senado, al que consideraban mejor y más estable a
la hora de buscar el bienestar de Roma. Los optimates favorecieron los nobiles —
familias nobles— y se opusieron a la ascensión de los «hombres nuevos» —plebeyos,
normalmente nacidos en las provincias, cuyas familias no tenían experiencia política—
dentro de la política romana.
La tercera y última etapa se dio durante el siglo I a. C. y fue una época llena de crisis,
dictaduras y guerras civiles que dieron paso al Principado, la primera etapa imperial de
Roma.
El imperio Romano:
El Imperio romano fue una etapa de la civilización romana en la Antigüedad clásica,
posterior a la República romana y caracterizada por una forma de gobierno autocrática.
El nacimiento del Imperio viene precedido por la expansión de su capital, Roma, que
extendió su control en torno al mar Mediterráneo. Bajo la etapa imperial los dominios
de Roma siguieron aumentando hasta llegar a su máxima extensión durante el reinado
de Trajano, momento en que abarcaba desde el océano Atlántico al oeste hasta las
orillas del mar Caspio, el mar Rojo y el golfo Pérsico al este, y desde el desierto del
Sahara al sur hasta las tierras boscosas a orillas de los ríos Rin y Danubio y la frontera
con Caledonia al norte. Su superficie máxima estimada sería de unos 6,5 millones de
km².
El término es la traducción de la expresión latina Imperium Romanum, que significa
literalmente «El Dominio de Roma». Polibio fue uno de los primeros hombres en
documentar la expansión de Roma aún como República. Durante los casi tres siglos
anteriores al gobierno del primer emperador, César Augusto, Roma había adquirido
mediante numerosos conflictos bélicos grandes extensiones de territorio que fueron
divididos en provincias gobernadas directamente por propretores y procónsules,
elegidos anualmente por sorteo entre los senadores que habían sido pretores o cónsules
el año anterior.
Durante la etapa republicana de Roma su principal competidora fue la ciudad púnica de
Cartago, cuya expansión por la cuenca sur y oeste del Mediterráneo occidental
rivalizaba con la de Roma y que tras las tres Guerras Púnicas se convirtió en la primera
gran víctima de la República. Las Guerras Púnicas llevaron a Roma a salir de sus
fronteras naturales en la península Itálica y a adquirir poco a poco nuevos dominios que
debía administrar, como Sicilia, Cerdeña, Córcega, Hispania, Iliria, etc.
Los dominios de Roma se hicieron tan extensos que pronto fueron difícilmente
gobernables por un Senado incapaz de moverse de la capital ni de tomar decisiones con
rapidez. Asimismo, un ejército creciente reveló la importancia que tenía poseer la
autoridad sobre las tropas para obtener réditos políticos. Así fue como surgieron
personajes ambiciosos cuyo objetivo principal era el poder. Este fue el caso de Julio
César, quien no solo amplió los dominios de Roma conquistando la Galia, sino que
desafió la autoridad del Senado romano.
El Imperio Romano como sistema político surgió tras las guerras civiles que siguieron a
la muerte de Julio César, en los momentos finales de la República romana. Tras la
guerra civil que lo enfrentó a Pompeyo y al Senado, César se había erigido en
mandatario absoluto de Roma y se había hecho nombrar Dictator perpetuus (dictador
vitalicio). Tal osadía no agradó a los miembros más conservadores del Senado romano,
que conspiraron contra él y lo asesinaron durante los Idus de marzo dentro del propio
Senado, lo que suponía el restablecimiento de la República, cuyo retorno, sin embargo,
sería efímero. El precedente no pasó desapercibido para el joven hijo adoptivo de César,
Octavio, quien se convirtió años más tarde en el primer emperador de Roma, tras
derrotar en el campo de batalla, primero a los asesinos de César, y más tarde a su
antiguo aliado, Marco Antonio, unido a la reina Cleopatra VII de Egipto en una
ambiciosa alianza para conquistar Roma.
A su regreso triunfal de Egipto, convertido desde ese momento en provincia romana, la
implantación del sistema político imperial sobre los dominios de Roma deviene
imparable, aún manteniendo las formas republicanas. Augusto aseguró el poder imperial
con importantes reformas y una unidad política y cultural (civilización grecorromana)
centrada en los países mediterráneos, que mantendrían su vigencia hasta la llegada de
Diocleciano, quien trató de salvar un Imperio que caía hacia el abismo. Fue éste último
quien, por primera vez, dividió el vasto Imperio para facilitar su gestión. El Imperio se
volvió a unir y a separar en diversas ocasiones siguiendo el ritmo de guerras civiles,
usurpadores y repartos entre herederos al trono hasta que, a la muerte de Teodosio I el
Grande en el año 395, quedó definitivamente dividido.
Finalmente en 476 el hérulo Odoacro depuso al último emperador de Occidente,
Rómulo Augústulo. El Senado envió las insignias imperiales a Constantinopla, la capital
de Oriente, formalizándose así la capitulación del Imperio de Occidente. El Imperio
oriental proseguiría varios siglos más bajo el nombre de Imperio bizantino, hasta que en
1453 Constantinopla cayó bajo el poder otomano.
El legado de Roma fue inmenso; tanto es así que varios fueron los intentos de
restauración del Imperio, al menos en su denominación. Destaca el intento de Justiniano
I, por medio de sus generales Narsés y Belisario, el de Carlomagno así como el del
propio Sacro Imperio Romano Germánico, pero ninguno llegó jamás a reunificar todos
los territorios del Mediterráneo como una vez lograra la Roma de tiempos clásicos.
Con el colapso del Imperio romano de Occidente finaliza oficialmente la Edad Antigua
dando inicio la Edad Media.
Augusto:
Con la victoria de Octavio sobre Marco Antonio, la República se anexionó de facto las
ricas tierras de Egipto, aunque la nueva posesión no fue incluida dentro del sistema
regular de gobierno de las provincias sino convertida en una propiedad personal del
emperador legable a sus sucesores. A su regreso a Roma el poder de Octavio fue
enorme, tanto como lo fue la influencia sobre sus legiones.
En el año 27 a. C. se estableció una ficción de normalidad política en Roma, otorgando
a Augusto, por parte del Senado, el título de Imperator Caesar Augustus (emperador
César Augusto). El título de emperador, que significa «vencedor en la batalla», lo
convertía en comandante de todos los ejércitos. Aseguró su poder manteniendo un frágil
equilibrio entre la apariencia republicana y la realidad de una monarquía dinástica con
aspecto constitucional (Principado), en cuanto compartía sus funciones con el Senado,
pero de hecho el poder del príncipe era completo. Por ello, formalmente nunca aceptó el
poder absoluto aunque de hecho lo ejerció, asegurando su poder con varios puestos
importantes de la República y manteniendo el orden sobre varias legiones. Después de
su muerte, Octavio fue consagrado como hijo del divus (divino) Julio César, lo que lo
convertiría, a su muerte, en dios.
En el plano militar Augusto estableció las fronteras del Imperio romano en lo que él
consideraba debían ser sus límites máximos de extensión al norte; el limes Elba-
Danubio. Asimismo, finalizó la conquista de Hispania doblegando a las últimas tribus
del norte de las montañas cantábricas: cántabros y astures, que permanecían aún al
margen del control militar romano. Esta sangrienta lucha final sería conocida como las
Guerras Cántabras. Tan difícil fue la tarea que Augusto se trasladó personalmente con
toda su corte a la península Ibérica estableciendo Tarraco como capital provisional
imperial. En este periodo la urbe experimentó un gran crecimiento urbanístico. Hacia el
17 a. C. Hispania pasa a dominio romano por completo, y su territorio queda organizado
en 3 provincias: Lusitania, Tarraconensis y Baetica, además de la provincia
Transduriana, que organizaba los territorios recién conquistados del Noroeste, de cuya
existencia tenemos noticia por un epígrafe recientemente descubierto en el Bierzo: el
Edicto del Bierzo.
Al norte, Augusto también obtuvo grandes victorias y anexionó Germania Magna, con
lo que el Imperio se expandió hasta el río Elba. Pero esta situación no duraría mucho:
Augusto confió la dirección de la provincia a un inexperto gobernador, Publio Quintilio
Varo. Su ineptitud y su escaso entendimiento de las culturas locales, nada
acostumbradas a plegarse ante un conquistador, incrementaron los recelos de los
lugareños. Así fue como en 9 a. C. una revuelta protagonizada por Arminio aniquiló las
3 legiones de Varo en una brutal emboscada conocida como la batalla del bosque de
Teutoburgo. La reacción romana permitió evacuar no sin problemas el resto de cuerpos
militares acantonados en Germania. Augusto, escandalizado ante el desastre militar,
exclamaría: «¡Quintilio Varo, devuélveme mis legiones!». Finalmente, y a pesar de los
deseos iniciales de Augusto, las legiones se retiraron a defender el frente del Rin. Así el
sistema de limes septentrional se mantendría estable hasta el colapso del Imperio en la
menos firme frontera Rin-Danubio. Augusto recomendó a su sucesor Tiberio que no
tratara de extender más allá sus dominios.
Arquitectura:
Las ciudades romanas eran el centro de la cultura, la política y la economía de la época.
Base del sistema judicial, administrativo y fiscal eran también muy importantes para el
comercio y a su vez albergaban diferentes acontecimientos culturales. Es importante
destacar que Roma fue, a diferencia de otros, un imperio fundamentalmente urbano.
Las ciudades romanas estaban comunicadas por amplias calzadas que permitían el
rápido desplazamiento de los ejércitos y las caravanas de mercaderes, así como los
correos. Las ciudades nuevas se fundaban partiendo siempre de una estructura básica de
red ortogonal con dos calles principales, el cardo y el decumano que se cruzaban en el
centro económico y social de la ciudad, el foro, alrededor del cual se erigían templos,
monumentos y edificios públicos. También en él se disponían la mayoría de las tiendas
y puestos comerciales convirtiendo el foro en punto de paso obligado para todo aquel
que visitase la ciudad. Así mismo un cuidado sistema de alcantarillado garantizaba una
buena salubridad e higiene de la ciudad romana.
Curiosamente, este riguroso ordenamiento urbanístico, ejemplo del orden romano,
nunca se aplicó en la propia Roma, ciudad que surgió mucho antes que el imperio y que
ya tenía una estructura un tanto desordenada. El advenimiento del auge del poder
imperial motivó su rápido crecimiento con la llegada de multitud de nuevos inmigrantes
a la ciudad en busca de fortuna. Roma nunca fue capaz de digerir bien su grandeza
acentuándose más aún el caos y la desorganización. La capital construía hacia lo alto, el
escaso espacio propició la especulación inmobiliaria y muchas veces se construyó mal y
deprisa siendo frecuentes los derrumbes por bloques de pisos de mala calidad. Famosos
eran también los atascos de carros en las intrincadas callejuelas romanas. La fortuna sin
embargo quiso que la capital imperial se incendiara el año 64 dC, durante el mandato de
Nerón. La reconstrucción de los diferentes barrios se realizó conforme a un plan
maestro diseñado a base de calles rectas y anchas y grandes parques lo que permitió
aumentar muchísimo las condiciones higiénicas de la ciudad.
Por lo demás toda ciudad romana trataba de gozar de las mismas comodidades que la
capital y los emperadores gustosos favorecían la propagación del modo de vida romano
sabedores de que era la mejor carta de romanización de las futuras generaciones
acomodadas que jamás desearían volver al tiempo en que sus antepasados se rebelaban
contra Roma. Por ello, allí donde fuera preciso se construían teatros, termas, anfiteatros
y circos para el entretenimiento y el ocio de los ciudadanos. También muchas ciudades
intelectuales gozaban de prestigiosas bibliotecas y centros de estudio, así fue en Atenas
por ejemplo ciudad que siempre presumió de su presuntuosa condición de ser la cuna de
la filosofía y el pensamiento racional.
Para traer agua desde todos los rincones se construían acueductos si era preciso, el agua
llegaba a veces con tal presión que era necesario construir abundantes fuentes por todas
partes lo que aún aumentaba más el encanto de dichas ciudades, que a pesar de estar
construidas en tierras secas recibían la llegada de las bien planificadas canalizaciones
romanas.
Las casas típicas eran las insulae (isla). Solían estar hechas de adobe normalmente de
unos tres o cuatro pisos aunque en Roma o en otras ciudades de gran densidad se
llegaban a construir verdaderos rascacielos cuya solidez muchas veces fue más que
dudosa. La gente rica y de dinero, patricios de buena familia o ricos comerciantes
plebeyos que habían hecho fortuna se alojaban en casa de una sola planta con patio
interior (impluvium) recubierto de mosaicos llamadas domus.
En honor a las victorias se construían columnas, arcos de triunfo, estatuas ecuestres y
placas conmemorativas que solían hacer siempre referencia al emperador reinante y sus
gloriosas victorias conseguidas en pos de la salvaguarda de la pax romana de la que
gozaban inconscientes los ciudadanos de la urbe. Era un motivo que se recordaba
constantemente para dar sentido a la recaudación imperial, sin dinero no hay ejército,
sin ejército no hay seguridad y sin seguridad no hay ciudades ni comercio. Algo que
quedaría patente a finales del bajo imperio.
Con la llegada de la crisis del siglo tercero y, particularmente, ya en el tardío imperio
cristiano la seguridad de la que disfrutaron durante tiempo las ciudades romanas había
desaparecido. Y muchas de ellas, sobre todo las más fronterizas con los limes acechados
por los pueblos germanos se vieron obligadas a amurallarse y recluirse en
fortificaciones sacrificando calidad de vida por seguridad. Fue un paso hacia atrás que
se materializaría con la desaparición del imperio de occidente, la ruralización, el fin de
las actividades comerciales y el surgimiento de los castillos medievales.
Economia:
La economía del Imperio Romano era la propia de un imperio esclavista; los esclavos
trabajaban, obviamente sin remuneración alguna, lo cual producía una enorme riqueza.
Las diferentes ciudades y provincias estaban conectadas por una red de comunicaciones,
vías y puertos, que fomentaban el comercio notablemente.
Aunque la vida se centraba en las ciudades, la mayoría de los habitantes vivían en el
campo con un buen nivel, donde cultivaban la tierra y cuidaban el ganado. Los cultivos
más importantes eran el trigo, la cebada, la viña y los olivos, también árboles frutales,
hortalizas y legumbres. Los romanos mejoraron las técnicas agrícolas introduciendo el
arado romano, molinos más eficaces, como el grano, el prensado de aceite, técnicas de
regadío y el uso de abono.
Desde el punto de vista económico, la base agrícola varía bastante según las zonas.
En el Valle del Po predominaba el pequeño campesinado que convivía con los grandes
dominios. El cultivo de cereales, cultivo idóneo para la zona, tiende a desaparecer.
El Ager Galicus y el Picenum es una tierra de pequeños campesinos surgidos de la
distribución de tierras por el Estado.
Etruria y Umbría son tierras de ciudades, cuya organización dificulta el progreso del
campesinado.
En el Lacio, País Marso y País de los Sabélicos la situación es similar a la de la propia
Roma.
En Italia del Sur las ciudades están arruinadas y existe poco campesinado.
En el Samnio hay una despoblación notable y las ciudades están también arruinadas.
En Campania y Apulia las antiguas ciudades han quedado arruinadas, y los repartos de
tierras, en general no prosperaran. En parte de Campania las tierras eran Ager Publicus
y solo se dejaban a su ocupante a título de arrendatario por tiempo limitado.
En el Brucio y Lucania el poblamiento es débil y la agricultura apenas progresa.
Sociedad:
La sociedad romana original (comienzos de la República) se configura de dos clases
sociales que tenían la ciudadanía romana: una aristocracia de propietarios (patricii,
patricios) y una clase popular que luchaba por conseguir derechos (plebs, plebeyos).
Como ya se ha dicho anteriormente, la economía estaba basada en el sistema de
producción esclavista, donde la mayoría de los esclavos eran prisioneros de guerra.
Existían mercados de esclavos donde se comerciaba con ellos como si fuesen simples
mercancías.
Así pues la sociedad romana en su orígenes estaba dividida en:
Patricios: eran la clase dominante que poseía todos los privilegios tanto fiscales, como
judiciales, políticos y también culturales.
Plebeyos: eran el pueblo que no gozaba de todos los derechos ni privilegios.
Esclavos: no tenían derechos y eran posesión de sus amos. El esclavismo era toda una
institución social en Roma. No fue un esclavismo de raza, como sí lo sería siglos
después. En Roma cualquiera podía ser esclavo; la fuente de esclavos provenía sobre
todo de pueblos conquistados, pero también de delincuentes u otra gente que fuera
degradada a esa clase social por algún motivo. En realidad el esclavismo no era más que
la clase social más baja. Y como toda clase, también era posible ascender a veces
comprando la propia libertad, o simplemente por el deseo expreso del amo que se
formalizaba con el acto de manumisión, un privilegio exclusivo de todo propietario que
convertía al esclavo en liberto (esclavo liberado).
Al evolucionar la República y convertirse en Imperio, esta sociedad evolucionó con ella
dando origen a nuevos grupos o transformando otros. Ya hacia finales del siglo IV a.C
se había formado la clase de los optimates (o aristocracia patricio-plebeya), resultado de
la fusión de los antiguos patricios con los plebeyos más ricos.
En la medida que Roma entró en el gran circuito económico del Mediterráneo se
desarrolló la clase de los caballeros (u orden ecuestre), dedicada a los negocios
(empresarios mineros, grandes comerciantes, prestamistas, etc).
Por su parte, la antigua clase media campesina, propietaria de tierras en Italia, se arruinó
con las guerras y con la competencia de los latifundios y los productos agrícolas a bajo
precio venidos de las provincias. Los campesinos pobres que la formaban emigraron a
Roma y a las grandes ciudades de Italia, transformándose en el proletariado romano,
una masa ociosa y llena de vicios, cuyos integrantes solían engrosar la clientela de los
políticos profesionales y a quienes vendían sus votos. El proletariado fue sostenido por
el aporte económico de sus patrones y, durante el Imperio, por las arcas fiscales y los
recursos de los emperadores.
La sociedad siguió evolucionando durante el Imperio.