SACRIFICIO, GOCE Y PULSIÓN DE MUERTE
MARTA GEREZ AMBERTIN
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Sacrificio, goce y pulsión de muerte.
Nota editorial
La autora nos presenta un recorrido preciso y exhaustivo en el trabajo sobre los conceptos
de sacrificio, goce, deseo, culpa, pulsión de muerte, ley, nombres del padre. Ubica como
el sujeto, en un intento de restituir las fallas de los nombres del padre, empeña su goce en
el sacrificio, en un posicionamiento donde, sin ser culpable, queda compelido a purgar
los crímenes familiares. Con las variaciones propias de la histeria y la obsesión, la
victimización y la culpa, respectivamente, la indagación nos conduce hasta la tesis de que
hay en el sacrificio un anudamiento entre goce y pulsión de muerte. Este enlace del hijo
con el padre en el sacrificio encuentra un correlato con el enlace de la masa con el líder.
Palabras clave
Sacrificio; goce; pulsión de muerte; hijos y padre;
Editors note
Sacrifice, jouissance and death drive
The author presents us with a precise and exhaustive work on the concepts of sacrifice,
jouissance, desire, guilt, death drive, law, names of the father. She locates how the subject,
in an attempt to restore the flaws of the father's names, commits his jouissance to sacrifice,
in a position where, without being guilty, he is compelled to purge family crimes. With
the variations typical of hysteria and obsession, victimization and guilt, respectively, the
investigation leads us to the thesis that in sacrifice there is a connection between
enjoyment and the death drive. This link between the son and the father in the sacrifice
finds a correlation with the link of the mass with the leader.
Key words
Sacrifice; jouissance; death drive; sons and father.
Reseña curricular
Psicoanalista y escritora. Imparte cursos y seminarios de psicoanálisis a nivel
internacional. Magister en Teoría Psicoanalítica (México); Doctora en Psicología
(Universidad de Tucumán) y Posdoctora en Psicología Clínica (Univ. Católica San Pablo,
Brasil) Doctora Honoris Causa Univ. Nacional de Mar del Plata. Directora del espacio
Psicoanálisis y ley del Sigma.com (sitio web de Psicoanálisis, Salud y Cultura). Directora
Ejecutiva y docente de Fundación Psicoanalítica Sigmund Freud e Instituto J. Lacan.
Miembro ad honorem de Institución Lapsus de Toledo. España. Docente de carrera
Doctorado en Psicología. Univ. Nacional Tucumán, Maestrías en Universidad Federal de
Pernambuco (Brasil), F LACSO (CABA) y Universidad del Aconcagua (Mendoza).
Autora de los libros: Las voces del superyó; Imperativos del superyó; Entre deudas y
culpas: sacrificios; Venganza y Culpa en Editorial Letra Viva y traducidos al portugués.
Compiladora- autora de cuatro tomos sobre Discurso jurídica y psicoanalítico. (Ed. Letra
Viva).
Sacrificio, goce y pulsión de muerte
En mi libro Entre deudas y culpas: sacrificios (Editorial Letra Viva) destaco una
hipótesis que hoy mantiene plena vigencia: Entre deudas y culpas que emanan de las
paradojas intrínsecas a la ley de los Nombres-del-Padre, los sacrificios no son sino el
empeño de restituir esa ley, darle la consistencia de que carece. Intento de restaurar la
inconsistencia del Otro que tanto malestar, goce y penar demás ocasiona.
En El Yo y el Ello Freud hace una afirmación enigmática: “la culpa inconsciente es
prestada”. Y, si es prestada, si no es propia, ¿de dónde proviene? Toda su obra estuvo
dedicada a demostrar que esa herencia deriva de las faltas del padre. El mito del crimen
originario revela una humanidad culpable que destaca la relación del sujeto con el parricidio
y la ley del padre, esa ley paradojal que prohíbe –y por eso mismo tienta– al parricidio.
Prohibición ligada al deseo y tentación ligada al goce.
Siendo así podemos confirmar la sentencia latina: “Delicta maiorum immeritus
lues” [Aunque no seas culpable, deberás expiar los pecados de tu padre].
El “aunque no seas culpable... deberás expiar” implica que la culpa inconsciente –
falta ignorada por el sujeto– es: propia y ajena, familiar y desconocida. Pero es preciso que
el sujeto se haga cargo de la misma por las vías de la responsabilidad. La responsabilidad
es una deuda a saldar para hacer, del sujeto pasivo que hereda las culpas, un sujeto activo
de su destino. Porque si “Los padres comieron uvas verdes y sus hijos tuvieron denteras”
(Ezequiel, XVIII:2), si los antepasados cometieron estragos y los hijos no cesan de
padecerlos y tragar sus amargores, queda el recurso, en cada descendiente, de inventar
cómo procesar los acíbares. Vemos esas estrategias en las neurosis desde histeria y
obsesión.
1. Sacrificio y goce en histeria y obsesión
Desde sus orígenes la clínica freudiana ubica al sacrificio como coartada histérica
del anhelo parricida. En el Manuscrito N (Carta 64 a Fliess del 31/05/1897) Freud
puntualiza: “ante los impulsos hostiles con los padres el castigo constituye una represalia
a la que acompaña el padecimiento de los mismos estados –muerte o enfermedad– que
ellos sufrieron”, y especifica luego: “la identificación que sobreviene a raíz de ello no es
otra cosa que un modo de padecimiento” (Freud, 1897, p. 296. Cursivas mías). Treinta
años más tarde –en Dostoievsky y el parricidio y en referencia a los ataques epilépticos
del escritor ruso– dirá: “El ataque tiene así el valor de una punición, uno ha deseado la
muerte del otro y uno mismo es ese otro y está muerto” (Freud, 1927-28, p. 182).
Revelación de una clínica diferencial en la neurosis: el histérico no se siente
culpable sino víctima del sometimiento de algún partenaire imaginario cuya figura, en su
insistencia, revela siempre al padre.
Mientras el obsesivo tiende a la inflación culposa, el histérico intensifica su
posición de víctima inocente. Clínica invariante hasta nuestros días.
Freud insistió en el sacrificio como ofrecimiento al padre, como un alibí que
encubre el anhelo parricida. Ante el fracaso de la idealización del padre, la respuesta es
el odio y el reproche, pero vueltos contra el hijo: queriendo maltratar al padre, el maltrato,
en cambio, recae sobre el hijo. Es él quien padece.
En psicoanálisis, primero Sandor Ferenczi y Anna Freud después, indagaron esta
cuestión con la noción de identificación con el agresor que Freud no había definido pero
sí abordado en Más allá del principio del placer y en El yo y el ello al referir sobre la
vuelta de la pulsión de destrucción contra sí mismo que derivó luego en la
conceptualización del superyó vinculado al acopio de la pulsión de muerte.
En cuanto a la obsesión establece –en el Manuscrito N–, a propósito de los
“impulsos hostiles contra los padres”, que estos tienen como destino, en la subjetividad
del hijo, un giro hacia la compasión y la piedad como representación consciente en
relación a la hiperculpabilidad y la extrema severidad de la conciencia moral. La
compasión es, en la obsesión, la otra cara del reproche victimal de la histeria. De últimas,
ambas caras intensifican la represalia. Freud aclara –en Una perturbación del recuerdo
de la Acrópolis (1936)– lo que posibilita dar una nueva forma a la expresión impulsos
hostiles hacia los padres: “Parece como si lo esencial en el éxito fuera haber llegado más
lejos que el padre, y como si continuara prohibido querer sobrepasarlo” (Freud, 1936, p.
220). Implacable herencia del parricidio.
Estrategias para no sobrepasar al padre se hallan en la culpa universal del hijo que
intersecta la subestimación, la sobreestimación y la crítica al padre y carga con la culpa
para dis-culparlo, limpia sus máculas y lo preserva en idealizada custodia. Allí la piedad
es una respuesta subjetiva ligada a la culpa, en suma, a la compasión (mitleid) como
represión del anhelo de muerte del padre como, de alguna manera, especificará en Pulsión
y destino de pulsión. Freud acentúa, en ese texto, la significación de mitleid: “sufrir-con”,
con-pasión acompañar al padre idealizado para confirmar el amor entrañable del hijo,
pero también la lástima y misericordia por sus faltas. Esta doble cara de la compasión
piadosa entraña un plus de goce que el sujeto usufructúa ya que, junto a la compasión,
hay una buena dosis de odio, reproche y crueldad.
Se reafirma con esto la premisa freudiana: “la obsesión es un dialecto de la
histeria” pues, en la piedad, encontramos una variedad del sacrificio victimal, una ligazón
culposa con el Otro que asume el rasgo de “sufrir con”, aquello que da al obsesivo el
semblante donde el yo construye una fortaleza segura: bondad, obediencia,
meticulosidad... en síntesis, el summum del buen hijo/a.
Sin embargo, las cosas no son tan simples. ¿La piedad obsesiva y la victimización
histérica son sólo un efecto de la identificación edípica al padre? Si así fuera resultaría
fácil, en la clínica, modificar la posición del sujeto en las mismas.
Pero no es así, es en la posición sacrificial donde se atrinchera el sujeto, y muchas
veces incide en el fracaso de la cura o en el fracaso de la vida en tanto pueden precipitar
hacia pasajes al acto que podrían derivar en crimen o suicidio. Es importante sondear
cuánto del goce incoercible se juega allí.
2. Más allá de las identificaciones en el neurótico y las masas
¿No indica acaso todo lo anterior que hay en el sacrificio un entrecruzamiento de
goce y pulsión de muerte? Freud da algunas pistas: “Formaciones reactivas respecto de
ciertas pulsiones simulan la mudanza del contenido de éstas, como si el egoísmo se
hubiera convertido en altruismo, y la crueldad en compasión” (Freud, 1915, p. 283). Esta
ruta conduce al camino del síntoma ligado a la dialéctica de las identificaciones, pero
también a la pulsión, al fantasma y al goce.
La gramática del fantasma Pegan a un niño posibilita la deconstrucción: “Mi
padre castiga a un hermano odiado – Mi padre me pega, me ama” lo que engarza complejo
nodular edípico y pulsión. La escena de la fantasía refiere al deseo del sujeto, pero
también, a un más allá del deseo: al goce que puede encontrar en las vicisitudes de la
pulsión de muerte. Punto en el cual síntoma y fantasma se anudan y donde la pulsión hace
mover la trama del destino. Y es posible encontrar, otra vez, las variadas manifestaciones
del sacrificio ya sea en la victimización o en la piedad. Voracidad vengativa del padre.
Estas pistas conllevan al rescate de una de las premisas más sólidas del texto
freudiano sobre las Acciones obsesivas y prácticas religiosas: “¡La venganza es potestad
mía! - dice el Señor” lo cual puede guiar a formas sacrificiales desmedidas:
No se debe al azar que a los antiguos dioses se les atribuyera todas las
cualidades humanas -con los crímenes a ellas consecutivos- en una medida
ilimitada, ni es una contradicción que a pesar de ello no estuviera permitido
justificar la propia impiedad por el ejemplo divino” (Freud, 1907, p. 109.
Cursivas mías).
Impiedad del padre, de los dioses, del líder, del amo que encuentra en el sacrificio
un más allá de la dialéctica de las identificaciones. Bisagra entre la clínica del sujeto y el
malestar de las masas. La autoaniquilación constante de los pueblos tras la fascinación
del padre-amo-líder dan cuenta del estrecho margen que separa la idealización sostenida
en la identificación y el sometimiento aniquilante ligado al mandato superyoico.
Inclinación de la faz amable del Ideal del Yo hacia la procura cruel del aniquilamiento
sacrificial no sin odio, temor o reproche. Contracara catabólica de la amabilidad libidinal.
Movimiento en el amor al padre-líder, de la idealización a la exaltación de su crueldad.
Basculación de toda idealización: de lo mullido del enamoramiento al aguijón punzante
del superyó que destroza. Un más allá de la identificación y el amor que, circulando por
tyché, instala la trampa de un goce mortífero.
En el sacrificio se consolidan los lazos del hijo con el padre y de la masa con el
líder. Comunidad (como-una-unidad) que se apretuja goceramente en el padecimiento y
hace axioma el verso borgiano: “no nos une el amor sino el espanto...”. Extraña ligazón
sacrificial donde el hijo encuentra su destrucción para no ir “más allá del padre” y
mantiene, a ese precio, una horrorosa y ficticia protección. Las masas se dirigen a la
hecatombe para no sobrepasar a líderes que las condenan a su exterminio bajo promesas
de un mundo (o un infierno) mejor.
3. Sacrificio y goce del cuerpo
Cabe, entonces, recuperar la proposición freudiana del sacrificio a un Dios cruel
y malvado que, como el de Abraham, exige la libra de carne: sacrificio que implica
siempre el goce del cuerpo.
Lacan resalta, en el Seminario XI, que el sacrificio, como trampa a los Dioses,
tiene función de apaciguamiento, busca seducirlos, apaciguarlos no sin una querella por
su omnipotencia. Procura de hacer condescender el goce al deseo en el intento repetitivo
y fracasado de sostener la consistencia del Otro.
Búsqueda en el sacrificio –tal el ardid de su trampa– del deseo del Otro, confirmar
si el omnipotente y todopoderoso Dios padre desea algo. Con la cesión sacrificial se
pretende responder al “¿Qué me quieres?”, haciendo como si el Otro deseara algo aún a
costa de una mutilación. Ardid por el que se atribuye a Dios-Padre cualidades humanas.
En suma, faltas que hacen conjunción con las del hijo y que, al resultar insoportables por
el grado de co-responsabilidad en el goce que esto implica, terminan potenciando las
faltas del padre en grado ilimitado para quedar a su merced y tornarlo un Dios cruel y
sanguinario. Si la crueldad más perfecta está totalmente del lado del Otro, también de su
lado está toda responsabilidad por el destino. Cobardía moral en el sacrificio ligado a una
cesión de responsabilidad en el Otro.
Hacia el final de Tótem y Tabú, Freud advierte que el sacrificio, es una celada a
los dioses por cuanto implica una cesión de responsabilidad por el asesinato parricida. Es
el otro el que lo pide, ordena o exige y los hermanos, en la alianza culposa, quedan libres
de toda responsabilidad.
Como coartada e intento de pacificar a Dios-Padre por el crimen cometido contra
él, el sacrificio muestra el lado de alianza y reciprocidad que une a la divinidad, pero, al
mismo tiempo, al depositar en Dios el pedido de sacrificio, se intenta implicarlo en un
desvarío que aplaque la deuda imposible de saldar, la del goce por el asesinato del padre.
Dirá Freud: “No son los hijos, en efecto, los responsables del sacrificio; es Dios mismo
quien lo exige y lo ordena” (Freud, 1913, p. 155).
Se trata de un juego tramposo para acentuar que algo del deseo o del goce del Otro
está interesado en el sacrificio –fracaso, mutilación, la vida misma–. Es la captura del
Otro a cualquier precio, pero, si el sacrificio da consistencia al Otro, también devela el
peso de su goce. Jano bifronte: en una cara el pacto simbólico con Dios-Padre que sostiene
la alianza e intercambio entre los hermanos y con él de quien se obtiene una muestra de
su deseo –guiño amistoso y protector–; y la cara del goce masoquista que, en el encuentro
con un real, presentifica su goce allende cualquier pacto lo que devela su avidez
inagotable, sus tenaces exigencias que no pueden saldarse ni aplacarse.
En este punto Lacan diferencia el “don” como “ofrenda” simbólica, del sacrificio
aniquilante. El don como ofrenda hace posible el anudamiento con la falta. En el sacrificio
carnal, en el suplicio sacrificial, en cambio, el sujeto debe probar que tiene un lugar en el
deseo o el goce del Otro para no quedar sin lugar en esa estructura. El precio es un plus
de aniquilación. Así, en el sacrificio ligado a la “culpa de sangre” –al suplicio–, siempre
está en juego algo de la pulsión y del objeto a como real.
El sacrificio vinculado a la dialéctica de las identificaciones –en las neurosis vía
el padre y en las masas vía el líder– supone un logro negociador con el deseo del Otro en
tanto se mantiene el pacto y la reciprocidad. El síntoma histérico y su referencia a la
“falta” muestra sus consecuencias en la insatisfacción que procura siempre otra cosa en
una serie sustitutiva. Hay una causa deseante que convoca y hace posible mantener el lazo
social. Pero, este lazo, no circula ajeno al malestar que acecha. Cara del sacrificio que no
condesciende a la negociación fálica con el deseo del Otro y que, en su faz pulsional,
remite siempre a una “culpa de sangre” y a un suplicio sacrificial inextinguible.
Sometimiento masoquista incontrolable. Cesión de goce al Otro que no es sino cobardía
moral.
La del sacrificio es una “monstruosa captura” –dirá Lacan en el Seminario XI–
que cede a un Dios oscuro un trozo de su cuerpo o la vida misma. Y agrega –como una
incontrovertible amenaza a nuestro futuro cultural–: “nadie puede resistir a él”. Salvo
algunos. Inercia de “la vida que no quiere curarse”. Múltiples formas del fracaso en la
cura analítica y en la vida o aberrantes totalitarismos que fascinan a las masas y provocan
su aniquilamiento.
Ese sacrificio en relación a la pulsión de muerte y al goce hace pensar en el auge
de la sociedad sacrificial desritualizada, en la procura de los sujetos por este anti-lazo-
corrosivo con el amo. Pero ¿por qué?, ¿cuál es la ganancia? No sólo una certeza de la
consistencia del Otro que en el suplicio sacrificial logra producir con ganancia de goce,
sino también la cesión de la misma vida a ese Otro tan malvado y cruel pero que, al menos,
toma a su cargo la responsabilidad del destino. En suma, cobardía moral del sujeto y los
pueblos; fórmula más segura de delegar cualquier deseo o anhelo en el Otro logrando, así,
henchirlo de goce. El suplicio sacrificial, como cobardía del deseo, pulula en el malestar
de nuestra cultura. La voz del amo, según Lacan, “casi planetarizada, hasta
estratosferizada por nuestros aparatos insiste: “¡No sobrepasarás al Dios amo-padre!”
(Lacan, 1964, pp. 277-8). Parece que el imperativo caló hondo y muchos están dispuestos
a la postración ante el líder, ante el amo, ante el padre real que fustiga más y más.
Referencias
Freud, S. (1982) Manuscrito N (Carta 64 a Fliess. 31/05/1897). O. C. Vol. I. Bs. As.:
Amorrortu.
Freud, S. (1979) Acciones obsesivas y prácticas religiosas [1907]. O.C. Vol. IX. Buenos
Aires:Amorrortu.
Freud, S. (1980) Tótem y Tabú [1913]. O. C. Vol. XIII. Buenos Aires.: Amorrortu
Freud, S. (1979) De Guerra y muerte [1915]. O. C. Vol. XIV. Buenos Aires: Amorrortu,
Freud, S. (1979) Dostoievsky y el parricidio [1927-28]. O. C. Vol. XXI. Buenos Aires:
Amorrortu,
Freud, S. (1979) Una perturbación del recuerdo de la Acrópolis (Carta a R. Rolland)
[1936]. O. C. Vol. XXII. Buenos Aires: Amorrortu.
Lacan, J. (1977) El Seminario, Libro XI. Los cuatro conceptos fundamentales del
psicoanálisis [1964]. Barcelona: Barral.