CAPITULO VI
LA CORPOREIDAD
I. Cuerpo Humano y cuerpo no-humano
II. El lenguaje del cuerpo: el cuerpo humano como expresividad y
manifestación de intimidad.
III. Carácter sexual del cuerpo humano
Introducción
La existencia de cada hombre es un evento único, exclusivo; la
corporeidad juega aquí un papel importante. La diversidad de rostros expresa
la singularidad de cada hombre; por eso cada uno exige que se le llame por
su nombre propio. En el cuerpo humano se refleja un rayo del esplendor de
Dios Creador. Decía san Juan Crisóstomo que nada es más apto para
hacernos admirar y alabar la habilidad del Sumo Artista que el arte infalible
manifestado en la creación de nuestro cuerpo.
La reflexión sobre la corporeidad ha adquirido particular fuerza en el
pensamiento contemporáneo el cual, abandonando un dualismo residual de
los siglos pasados, considera al hombre en su existencia concreta como
ser-en-el-mundo y como espíritu en el mundo 1. Así, la corporeidad constituye
parte esencial del hombre; en este sentido el pensamiento contemporáneo
se aleja cada vez más de la ficción cartesiana del hombre definido como
res cogitans2.
La definición del hombre como cuerpo y alma no agrada mucho a los
filósofos contemporáneos3, no sólo porque cuerpo y alma son algo con lo que
el hombre se ha encontrado al nacer, sino porque es difícil y arriesgado
pretender seccionar el todo humano en alma y cuerpo. No porque no sean
distintos, sino porque no hay modo de determinar dónde termina nuestro
cuerpo y dónde comienza nuestra alma.
1
I. CUERPO HUMANO Y CUERPO NO HUMANO
El hombre pertenece, como el mineral, al género <<cuerpo>> y ocupa, como
él, un espacio, tiene figura y color, es visible y tangible. Desde el punto de
vista psico-fisiológico el tacto es quien mejor muestra la corporeidad. En él se
presentan siempre juntas e inseparables dos cosas: el cuerpo que tocamos y
nuestro cuerpo con que lo tocamos; es una relación entre un cuerpo externo
y nuestro cuerpo. El mundo que nos rodea se compone de cosas que son
cuerpos; y lo son porque chocan con lo que es más próximo al hombre: su
cuerpo. <<nuestro cuerpo –dice Ortega y Gasset – hace que sean cuerpos
todos los demás y lo sea el mundo>>4.
Para el <<espíritu puro>> los cuerpos no existen, porque no pueden
chocar contra ellos, sentir sus presiones. Ser cuerpo significa, pues, poseer
unas notas espacio-temporales que permitan el choque, el tacto y el
contacto. Pero si es verdad que el hombre pertenece al género cuerpo, ¿el
cuerpo humano es <<cuerpo>> en el mismo sentido que es cuerpo un
mineral? Parece que no. Más aún, el cuerpo del hombre, aunque pertenezca
al género <<cuerpo>> y ocupe espacio como el mineral, se diferencia de éste
como una especie de otra. Obviamente no se trata de averiguar si la química
puede reducir a los mismos elementos tanto un organismo humano y uno
que no lo es, sino de subrayar que el complejo fenómeno <<cuerpo
humano>> es esencialmente diverso del cuerpo no-humano.
El hombre pertenece al mundo visible, es cuerpo entre cuerpos, pero no
es cuerpo como otros cuerpos. El cuerpo, mediante el cual el hombre
participa del mundo creado visible, es un <<cuerpo humano>>, que lo hace
consiente de ser distinto de los otros cuerpos. En el ámbito de la
fenomenología husserliana se ha formulado la distinción entre Körper y Leib,
que nos permite distinguir el cuerpo como simple objeto del cuerpo como
presencia subjetiva. El primero corresponde al cuerpo que resulta de una
consideración puramente externa como podría ser analizado y
conceptualizado desde la biología. El segundo se refiere al cuerpo real en
cuanto es experimentado por el sujeto mismo, como expresión directa de su
identidad. Max Scheler desarrolla, con particular amplitud, esta distinción
buscando demostrar la originalidad del Leib como forma unitaria de todas las
sensaciones orgánicas, que lo diferencia, sea del mundo espiritual (Geist), sea
del psíquico (Ich), sea del mundo del cuerpo físico (Körper).
2
La originalidad del Leib surge del hecho de que cada hombre es
completamente consciente de la presencia de su cuerpo y de la percepción
externa de la misma en una unidad de identidad que no permite la reducción
del Leib a unas u otra5; el Leib es la forma unitaria de todas las sensaciones
orgánicas y la que hace que sean sensaciones de tal cuerpo humano y no de
otro6.
Se podría decir que el cuerpo humano no se diferencia esencialmente del
cuerpo no-humano ni por su color, ni por la figura; de hecho, podrían
coincidir en lo visible. El cuerpo humano difiere esencialmente del cuerpo no
humano no por la composición química, sino porque éste es todo
exterioridad, mientras que aquel es además exteriorización de algo
esencialmente interno. Una simple constatación fenomenológica sobre
nuestro comportamiento nos manifiesta la diversa actitud que asumimos
ante una piedra, un árbol, un gato, y ante lo que se nos presenta como
humano, esta distinción se basa en el hecho de que prevemos más allá de lo
que vemos.
II. EL LENGUAJE DEL CUERPO: EL CUERPO HUMANO COMO EXPRESIVIDAD Y
MANIFESTACION DE INTIMIDAD
Cuando vemos el cuerpo de un hombre, no vemos un cuerpo sino un
hombre, porque el hombre no es sólo un cuerpo sino, tras el cuerpo, un
alma, psique, espíritu, persona. <<El hombre exterior –dice Ortega-está
habitado por un hombre interior; tras el cuerpo está emboscada el alma>> 7.
El hombre es, por esencia, intimidad; a diferencia de todas las realidades del
universo, lo humano es un arcano secreto que se revela mediante la
corporeidad. La intimidad del hombre no ocupa espacio; por ello necesita de
la materia para revelarse y se hace presente mediante el cuerpo; en él se
proyecta, en él se imprime, en él manifiesta.
Esta temática ha sido repetidamente asumida por los filósofos
existencialistas, desde Martin Heidegger en Seind Und Zeit a J. –P. Sartre en L’
Etre et le néant. El resultado ha sido la afirmación del cuerpo como campo
expresivo e integrante de la totalidad de la persona. El cuerpo no es algo que
yo poseo, el cuerpo que yo vivo en primera persona soy yo mismo 8. Mi
cuerpo no es sólo un modo de actuar sobre el mundo, sino la condición
imprescindible de habitarlo y de vivir mi experiencia irrepetible en él 9.
3
No tengo otro modo de conocer mi cuerpo que viviéndolo. El cuerpo humano
participa plenamente en la realización del yo espiritual, y la constituye.
La corporeidad es expresión de interioridad. No vemos nunca el cuerpo de
un hombre como simple cuerpo, sino siempre como cuerpo humano; es
decir, como una forma espacial cargada de referencias a una intimidad. En el
cuerpo mineral la percepción termina en su aspecto exterior. En el cuerpo
humano, el aspecto exterior no es un término donde concluye nuestra
percepción sino que nos lanza hacia un más allá, a algo que él manifiesta. El
cuerpo humano va más allá de la simple corporeidad animal porque, en
cuanto humano, lleva en sí mismo la vitalidad interior: el alma.
El cuerpo humano es tal en cuanto animado internamente; es, por tanto,
erróneo decir que primero vemos en el hombre sólo un cuerpo igual al
mineral y, después, en virtud de ciertas reflexiones, insuflamos en él
mágicamente un alma. La verdad es exactamente lo contrario: nos cuesta un
gran esfuerzo de abstracción ver en el hombre sólo su cuerpo mineralizado.
La corporeidad nos presenta, de golpe, el cuerpo y el alma en una unidad
indisoluble. Esta unidad no consiste en que veamos juntos el cuerpo y el
alma, sino que ambos forman una estructura peculiar: el hombre.
Cuando veo a otro hombre, su presencia sensible me da de él un cuerpo
que manifiesta una forma particular, que se mueve, que tiene
comportamientos externos y visibles. Pero lo extraño y misterioso es que,
viendo sólo la figura externa y los movimientos corporales, vemos en ellos
algo esencialmente invisible, algo que es pura intimidad: su pensar y su
querer.
La corporeidad es el modo específico de existir del espíritu humano: el
cuerpo revela al hombre, expresa la persona. Las palabras del Génesis 2, 23
hablan claramente de ello: <<esta vez sí que es hueso de mis huesos y carne
de mi carne>>. El hombre pronuncia estas palabras como si sólo ante la vista
de la mujer pudiese identificar lo que los hace semejantes el uno al otro y
también lo que manifiesta la humanidad. A la luz del análisis anterior de
todos los <<cuerpos>> que el hombre definió conceptualmente llamándolos
animalia, la expresión <<carne de mi carne>> adquiere justamente este
significado: el cuerpo revela al hombre. La homogeneidad somática y el
dinamismo manifestado en él, no obstante la diversidad de la constitución
unida a la diferencia sexual, son tan evidentes que el hombre (varón) lo
expresa de inmediato reconociendo a otro hombre (mujer) semejante a él.
4
El cuerpo humano, quieto o en movimiento, es un semáforo que envía de
modo interrumpido las más variadas señales de lo que pasa en el dentro que
es el otro hombre. Ese dentro, esa intimidad, no está nunca presente, pero es
co-presente, como lo es la cara oculta de la luna.
La fisonomía de ese cuerpo, su mímica y pantomímica, los gestos y las
palabras, manifiestan que hay allí una intimidad semejante a la mía. El
cuerpo es un campo expresivo muy fértil. Incluso el modo de percibir el
cuerpo humano es distinto de modo como percibimos otros objetos; de
hecho, hay en el cuerpo humano un factor interior que, al percibirlo,
manifiesta que no es sólo un objeto externo sino un <<alguien>> lleno de
intimidad.
Todo esto sería imposible sin una intuición típicamente humana del
significado del propio cuerpo. El hombre es un sujeto no sólo por su
autoconciencia y autodeterminación, sino también por su propio cuerpo. Su
estructura corpórea es tal que le permite ser autor de actos específicamente
humanos. En esta actividad el cuerpo expresa la persona. Así, en toda su
materialidad, se hace penetrable y transparente a fin de evidenciar su ser
hombre. El cuerpo caracteriza al individuo; cada uno es un individuo,
indicado y reconocido como tal porque tiene un cuerpo 10. En el ámbito de la
percepción del cuerpo humano, la percepción de <<mi cuerpo>> es distinta
de la percepción del <<cuerpo del otro>>. No es solo una diferencia de
perspectiva. La verdad es que eso que llamo <<mi cuerpo>> se asemeja un
poco al <<cuerpo del otro>>. La razón es que mi cuerpo no es mío sólo
porque se presenta como lo más cercano; esto sería una razón espacial. Es
mío porque es el instrumento inmediato para relacionarme con las cosas. Mi
cuerpo es percibido dese dentro de él, es el <<intra-cuerpo>>.
El cuerpo hace del hombre un personaje espacial. Me coloca en un lugar y
me excluye de todos los demás. No me permite ser ubicuo. <<en cada
instante me clava como un clavo en un lugar y me destierra del resto. El
resto, es decir, las cosas del mundo, están en otros sitos y sólo puedo verlas,
oírlas y tal vez tocarlas desde donde yo estoy. El lugar donde yo estoy lo
llamamos aquí, y el fonema mismo castellano por su acento agudo y su
fulminante caer en sólo dos sílabas, del a tan abierto al i tan puntiagudo, y
por su acento tan vertical, expresa maravillosamente ese mazazo del destino
que me clava como un clavo… Aquí>>11. Yo puedo cambiar de lugar, pero ese
será siempre mí aquí. Considerando con atención este tema, Husserl revela
que mi <<propio cuerpo>> hace que yo me encuentre siempre aquí, y no
tenga la posibilidad de alejarme de él o de alejarlo de mí: <<para el propio yo,
5
el propio cuerpo tiene un lugar privilegiado, determinado por el hecho de
llevar en sí el punto cero de todas estas orientaciones (encima, debajo,
derecha, izquierda, etc.)…siempre es caracterizado por el modo del último y
central “aquí”, un aquí que no tiene otro fuera de sí, porque en relación con
ese será un “allí”. Así, todas las cosas del mundo que nos circunda 12 tienen
una orientación con relación al cuerpo… Lo “lejano” está lejos de mí, de mi
propio cuerpo>>13.
Excursus: el concepto de <<cuerpo humano>> según santo Tomás
Cuerpo es todo aquello compuesto de materia y forma: <<Omne
compositum ex materia et forma est corpus>>14. El <<cuerpo humano>>, por
ser cuerpo, está compuesto de materia y forma; sin embargo, lo que hace
específicamente humano a este cuerpo es la unión íntima con su forma
humana: el alma espiritual.
La expresión <<cuerpo humano>>, por tanto, contiene ya la composición de
materia y forma espiritual; no podemos hablar de <<cuerpo humano>>
considerándolo sólo como cuerpo, porque, en cuanto cuerpo humano, se
define siempre como informado por un alma espiritual. <<Anima rationalis
est forma in homine, qua corpus est corpus>> 15. Ni siquiera podemos hablar
del cuerpo y alma en una especie de oposición, como si fuesen dos sustancias
específicamente distintas; debemos hablar del único hombre que existe:
<<Anima et corpus non sunt distincta sicut res diversorum generum vel
specierum…>>16. <<Una enim et eadem forma est per essentiam, per quam
homo est ens actu, et per quam est corpus, et per quam est homo>> 17. Por
tanto, la stricte dicte, es incorrecto decir que el cuerpo humano es para el
alma, porque la expresión <<cuerpo humano>> ya contiene el alma
espiritual.
III. CARÁCTER SEXUAL DEL CUERPO HUMANO
1.- El lenguaje del cuerpo sexual
El hombre y la mujer expresan con el lenguaje de sus cuerpos toda su
realidad como personas. A través de gestos y reacciones, por medio de todo
el dinamismo recíprocamente condicionado de la tensión y del gozo, habla el
hombre, la persona. Es justamente la masculinidad y feminidad la fuente
directa del lenguaje corporal.
6
El cuerpo humano no es sólo el campo de reacciones de carácter sexual, sino
que es, al mismo tiempo, medio de expresión de todo el hombre, de la
persona, que se revela a sí misma por medio del <<lenguaje del cuerpo>>.
Este lenguaje del cuerpo va más allá de la sola capacidad de reacción sexual.
Ésta, como expresión autentica de la persona, está sometida a la realidad
total del ser hombre o mujer, que la trasciende. En el nivel de este
<<lenguaje del cuerpo>>, el hombre y la mujer se manifiestan a sí mismos
recíprocamente del modo más pleno y más profundo, justamente por la
misma dimensión somática de la masculinidad y de la feminidad. El cuerpo,
en cuanto sexual, expresa la vocación del hombre a la reciprocidad y a la
donación mutua de sí.
La corporeidad es el tejido unitivo en el cual yo y el otro nos
interpretamos mutuamente; posibilidad de relación, síntesis de un encuentro
en el cual mi existencia está condicionada por la existencia del otro. El cuerpo
del otro está constantemente presente y ausente como también el mío lo
está para el otro. En la sexualidad el hombre puede aferrarse a la carne como
un ídolo, pero puede también acercarse al otro como participación de un
don, como trascendencia de sí en el otro.
2. La dualidad sexual
a) Diversidad y complementariedad
Corporeidad y sexualidad no se identifican completamente. Si bien el
cuerpo humano lleva en su constitución normal los signos del sexo y es, por
naturaleza, masculino o femenino, sin embargo, el hecho de que el hombre
sea <<cuerpo>> pertenece más profundamente a la estructura del sujeto
personal que el hecho de ser en su constitución somática hombre o mujer.
Con todo, lo quiera o no, el hombre es un ser sexual en su constitución
somática, y esta característica determina su ser. Es una realidad de
importancia primaria con la cual la naturaleza, inexorable en sus designios,
nos obliga a contar. Es evidente que el hombre no existe en abstracto; más
bien existe, siempre y sólo, en dos posibles modos: o <<el modo masculino>>
o <<el modo femenino>>. Tanto un modo de existencia humana como el
otro, tomados separadamente, revelan un comportamiento específico,
tienen a una manera particular de proyectar al mundo, se manifiestan con
una lógica particular y son inconfundibles en su obra.
7
La dualidad sexual es uno de los datos fundamentales del ser humano, y
ninguna corriente de pensamiento igualitario lo puede negar. A su vez, la
sexualidad es un componente esencial de la personalidad, un modo propio
de ser, de manifestarse, de comunicarse con los demás, de sentir, de
expresarse y de vivir el amor humano. Como dice Cornelio Fabro: <<nacer
hombre o mujer no es un hecho indiferente para la existencia del individuo;
no es una circunstancia que sólo repercute en el armazón anatómico del
organismo, en la fisonomía de los miembros y en las funciones biológicas,
sino que lleva en sí una condición de ser que orienta sin demora el
movimiento de conciencia que debe “proyectarse” hacia el futuro en una
dirección obligada>>18.
La persona humana está tan profundamente influida por la sexualidad
que ésta se considera como uno de los factores que dan a la vida los
caracteres distintivos principales. <<de hecho, la persona humana deriva del
sexo las características que, en el plano biológico, psicológico y espiritual, la
hacen hombre o mujer, condicionando enormemente de este modo el
camino de su desarrollo hacia la madures y su inserción en la sociedad>> 19.
<<la sexualidad caracteriza al hombre y a la mujer no sólo en el plano físico,
sino también en el psicológico y espiritual, marcando cada una de sus
expresiones>>20.
Alexis Carrel, autor del famoso libro El hombre, este desconocido, escribe
acerca del problema femenino: <<las diferencias que existen entre hombre y
mujer no se deben simplemente a las particulares formas de los órganos
genitales, a la presencia del útero, a la gestación o a la educación. Tienen su
origen en una causa más profunda, la impregnación de todo el organismo de
sustancias químicas producidas por glándulas sexuales. La ignorancia de este
hecho fundamental es lo que ha llevado a los promotores del feminismo a la
idea de que los dos sexos pueden tener la misma educación, las mismas
ocupaciones, los mismos poderes, las mismas responsabilidades. En realidad
la mujer es profundamente distinta del hombre. Cada célula de su organismo
lleva el sello de su sexo. Lo mismo debe decirse de los sistemas orgánicos y,
sobre todo, de su sistema nervioso. Las leyes fisiológicas son tan inexorables
como las astronómicas. Es imposible sustituirlas con deseos humanos.
Estamos obligados a aceptarlas como son. Las mujeres deben desarrollar las
actitudes en la dirección que marca su naturaleza sin buscar imitar a los
hombres. Su tarea en el progreso social es más elevada que la de los
hombres. No conviene que la abandone>>21.
8
b) Diferencias anatómicas y morfológicas
El individuo crece y se desarrolla bajo la acción de sustancias excitantes e
inhibidoras llamadas hormonas. En la formación del organismo, sea
masculino o femenino, son fundamentales las hormonas sexuales que a su
vez dependen de los genes x e y 22. En condiciones normales, el organismo
se plasma anatómica, morfológica y fisiológicamente de una manera distinta
y complementaria. El femenino, de forma que un día pueda realizar las
funciones de la maternidad. El masculino, de modo que pueda desarrollar las
funciones de la paternidad.
Además de las diferencias estrictamente ligadas a los órganos de la
reproducción, la mujer tiene la pelvis más ancha, una proporción
tronco-extremidades distinta; su estatura es menor (un promedio de 10 cm);
el aparato esquelético y muscular es más pequeño, el tejido adiposo más
abundante, el aparato fonético más delicado. Las formas del cuerpo
femenino se diferencian bastante de las del cuerpo masculino. <<En el
cuerpo de la mujer la carne tiene siempre finísimas curvas>> 23. Cualquier
parte del cuerpo de la mujer, incluso aquella menos diferente que la del
hombre, manifiesta la feminidad. Porque <<no son las formas corporales que
luego vamos a calificar de peculiarmente femeninas las que nos señalan un
extraño modo de ser humanas profundamente distinto del masculino y que
llamamos <<feminidad>>, sino más bien al contrario: todas y cada una de las
porciones de su cuerpo nos com-presentan, nos hacen entrever la intimidad
de aquel ser que desde luego, nos es la Mujer, y esta feminidad interna, una
vez advertida, rezuma sobre su cuerpo y lo feminiza. La advertencia es
paradójica, pero me parece innegable: no es el cuerpo femenino quien nos
revela el <<alma femenina>>, sino el <<alma>> femenina quien nos hace ver
femenino su cuerpo>>24.
Desde el punto de vista fisiológico, el metabolismo de la mujer es más
bajo; la temperatura es inconstante, desciende antes de la rotura del folículo
ovárico y después crece. El desarrollo de la mujer sigue un ritmo distinto al
del hombre; alcanza la pubertad unos años antes que el hombre. La madurez
sexual está acompañada de fenómenos más intensos; la producción de los
óvulos es cíclica, con los fenómenos que hacen posible al anidamiento. La
concepción y el desarrollo de una nueva creatura se da en el seno de una
mujer durante un período de nueve meses. El parto es algo propio de la
mujer.
9
c) Diferencias psíquicas
Las diferencias anatómicas y fisiológicas, ligadas profundamente a la
constitución femenina, no pueden sino incidir en su vida psíquica. Las
diferencias psíquicas pueden deducirse de la íntima relación existente entre
el alma y el organismo biológico informado por ella; el ser humano no es un
dualismo espíritu-materia, sino una unidad, y existe una interacción entre la
dimensión biológica y la psíquica. Teniendo esto en cuenta, podemos
preguntarnos cuales son las diferencias psíquicas fundamentales entre el
hombre y la mujer. Conviene tener presente que no se trata de presencia o
ausencia de caracteres diversos sino de variaciones de intensidad y tonalidad.
La mujer generalmente es más sensible, se da cuenta de más cosas,
incluso pequeñas, que pueden parecer insignificantes al hombre. Hasta el
grado de acusarla de meticulosidad y de ser rebuscada; por su parte ella
acusa al hombre de ser descuidado. El cuerpo femenino está dotado de una
sensibilidad interna mucho más aguda que el masculino. La relativa
hiperestesia de las sensaciones orgánicas de la mujer la llevan a sentir que su
cuerpo existe para ella más que para el hombre el suyo. Generalmente el
hombre olvida su cuerpo: parece que no existe nada entre su yo psíquico y el
mundo exterior. La mujer al contrario está constantemente ligada a la
intensidad de sus sensaciones corporales: en cada momento siente su cuerpo
como puesto entre el mundo exterior y su yo psíquico. En consecuencia su
vida psíquica está más unida al cuerpo que la del hombre. La mujer posee un
grado de penetración entre cuerpo y espíritu, mucho más alto que el
hombre. En este carácter primario de los sexos se encuentra el porqué del
adorno femenino y la preocupación por el propio cuerpo, un dato enigmático
que atraviesa la historia de la humanidad de un extremo a otro. Desde esta
perspectiva nada hay más natural; la estructura fisiológica de la mujer la lleva
a preocuparse por su cuerpo.
La mujer es más afectiva y emotiva. Se conmueve con más facilidad que el
hombre. Llora y ríe más fácilmente. Su afectividad la hace más compasiva,
más tierna que el hombre. Su sensibilidad y emotividad influyen en la
facultad intelectual, y su inteligencia generalmente se desarrolla de manera
distinta que la del hombre.
La inteligencia de la mujer es más intuitiva, mientras que la del hombre es
más discursiva. La capacidad de comprender algo puede explicarse de dos
modos: la intuición y por el razonamiento discursivo.
10
Este último exige una elaboración larga y atenta. La intuición, por el contario,
es como una chispa intelectual, una aprensión instantánea, en un acto único,
de las causas en el efecto. El hombre y la mujer gozan de ambos modos de
comprensión; pero la mujer es más rica intuitivamente. La inteligencia con la
ayuda del amor, quema etapas y llega inmediatamente donde la inteligencia
discursiva llega mucho más tarde. Piénsese, por ejemplo, en las instituciones
que la madre tiene con respecto a sus hijos o la esposa con respecto al
marido.
La mujer es alocéntrica, el hombre es egocéntrico. La mujer tiene como
centro de su interés un ser distinto de sí misma al cual se entrega,
derramando las riquezas de su afectividad y sensibilidad, y por el cual es
recompensada. El objeto de los intereses femeninos es un ser vivo y concreto
que esta fuera del sujeto, un ser al que la mujer pueda hacer feliz y que la
haga feliz. En fin, un ser que la mujer pueda amar en el sentido más pleno de
la palabra y por el cual sea, a su vez, amada. La tendencia fundamental del
alma femenina es el amor. El amor, en la mujer, generalmente supera el
problema del placer, para extenderse completamente al campo psíquico; y la
unión moral, sentimental y espiritual con aquél que ama, asume fácilmente
el puesto principal en su espíritu. El hombre, en cambio, se inclina más a
obrar, indagar, escrutar, construirse una posición, un nombre, una
reputación.
Resumiendo, de la diversa constitución de la mujer con respecto al
hombre aparece claro que la mujer es más sensible, más afectiva, más
intuitiva que el hombre. Es alocéntrica: su mayor interés se dirige a los seres
vivos, porque es esencialmente materna; su tendencia fundamental es el
amor. La educación, el ambiente, la cultura pueden influir modificando,
mejorando o deformando, pero en general no transforman completamente
la personalidad25.
11
d) Distintos, pero complementarios y con los mismos derechos
De lo que hemos dicho podemos deducir y afirmar que es errónea la
afirmación: << La mujer es igual que el hombre>> la mujer no es igual que el
hombre. Otra cosa sería decir que la mujer tiene los mismos derechos que el
hombre. Estos es cierto porque los derechos derivan de la naturaleza;
hombre y mujer tienen la misma naturaleza.
Cuando Dios creó al hombre dijo: << Hagamos al hombre a imagen y
semejanza nuestra: hombre y mujer los creo>>26. Ambos tienen la misma
naturaleza humana, hecha a imagen y semejanza de Dios; por eso tienen los
mismos derechos. Pero dado que tienen distinta personalidad (<< masculum
et feminam creavit eos>>), cada uno tiene derecho a que sea respetada su
personalidad.
Para el ser humano la dualidad sexual nos es una imposición inexorable,
sino un complemento y perfección con el otro sexo. Hombre y mujer son
complementarios el uno para el otro. El hombre, el vir, no es plenamente
homo sin la presencia de la mujer, ni ésta es totalmente humana sin el
complemento del hombre. Toda separación teórica o institucional del
hombre y de la mujer, toda marcada preferencia del varón con perjuicio de la
mujer contradice la naturaleza misma del ser humano. Hombre y mujer son
proyectados como seres correspondientes el uno al otro, en el mismo plano,
que se relacionan con la palabra, la sonrisa, el llanto, el amor. La dualidad
hombre-mujer es una igualdad total, si se trata de la dignidad humana; es
una maravillosa complementariedad, si se trata de los atributos, de las
propiedades y de los deberes, unidos a la masculinidad y feminidad del ser
humano.
La distinción sexual que aparece como determinación del ser humano es
diversidad, pero es igualdad de naturaleza y dignidad. La persona humana,
por su íntima naturaleza, exige una relación de alteridad, que implica una
reciprocidad de amor. Los sexos son complementarios: semejantes y distintos
al mismo tiempo; no idénticos, pero iguales en la dignidad de la persona; son
iguales para comprenderse, distintos para complementarse recíprocamente.
La estructura propia del hombre es la dualidad para la unidad. Nacidos
distintos como hombre y como mujer, han nacido para la unidad, y es
precisamente a través de su cuerpo masculino o femenino como esta unidad
se realiza.
12
3. Lo específico de la sexualidad humana
a) El significado <<humano>> de la sexualidad
Para comprender mejor el significado humano de la sexualidad podemos
tomar como punto de referencia el significado humano de la mano. Tomando
la mano como realidad fisiológica aislada de la totalidad de la persona, nunca
será posible determinar en ella las posibilidades específicamente humanas;
sólo en la medida en que la mano se asume en la totalidad de la persona, que
trabaja, que crea instrumentos…, el significado humano de la mano se hace
visible: La mano <<humana>> es principio de instrumentalidad y de la
transformación técnica del mundo al servicio del hombre. Se comprende así
que la estructura fisiológica de la mano esté ya orientada a la globalidad de la
persona.
Algo análogo se verifica en la estructura hombre-mujer y en el significado
<<humano>> de esta estructura. Ser-hombre y ser-mujer no son sólo
estructuras objetivas (fisiológicas, biológicas, psicológicas) que se manifiestan
en individuos singulares y que pueden también, secundariamente,
encontrarse y juntarse.
El significado humano del hombre y de la mujer está precisamente en la
realización inter-personal. Todo el misterio de la sexualidad humana está en
este encuentro intersubjetivo e interpersonal, que no puede ser separado de
las condiciones corpóreas. Se puede aceptar la tesis de Y. Pellé-Douel: <<De
modo particular se afirma que la sexualidad humana se da únicamente en las
realizaciones entre seres humanos que se reconocen como tales; es
necesario insistir en el adjetivo <<humano>>. Esto significa que la sexualidad
no es ni masculina ni femenina sino que es el hecho de hombre, homo, que
son dos y que se manifiestan en la reciprocidad. Reciprocidad se da sólo
donde dos seres existen planamente, donde se da alteridad>>27.
En este contexto de encuentro interpersonal se revelan las posibilidades
<<humanas>> de todos los componentes del hombre y de la mujer:
diferencias fisiológicas, psicológicas, etc. A la sexualidad pertenece de modo
específico la fecundidad, que no consiste solamente en una estructura
biológica y fisiológica del hombre y de la mujer, sino que conlleva también, a
nivel humano, una dimensión interpersonal: establecer un nuevo diálogo con
un nuevo ser.
13
b) La sexualidad es más amplia que la genitalidad
La sexualidad humana no trata sólo de una función, sino del ser personal
humano; no es sólo una actividad encaminada a un fin, sino la realización del
hombre en cuanto hombre. Con esto no decimos que la sexualidad sea el
componente principal y exclusivo (Freud) del hombre, pero sí que impregna
su constitución corpórea, sus sentimientos, su sensibilidad, su voluntad, su
pensamiento y hasta su relación con Dios.
Por esto la sexualidad no puede ser considerada como limitada o
localizada en la genitalidad28. Obviamente todos los fenómenos genitales son
sexuales; hay, sin embargo, muchos otros fenómenos sexuales que no tienen
nada que ver con la genitalidad. La ecuación <<sexual=genital>> no existe. La
sexualidad es una dimensión global de la persona, una dimensión no solo
física sino psíquica. Esta extensión y amplificación del sentido de la
sexualidad indica que no podemos reducir la sexualidad a una mera función
biofísica del cuerpo. De hecho la sexualidad abraza a toda la persona
humana. Ser hombre o mujer pertenece al ser constitutivo de la persona. La
sexualidad, por tanto, no es una condición <<añadida>> a la persona, sino
que es una determinación fundamental y central de su ser humano. La
influencia de sexualidad en el mundo personal repercute en todas las
manifestaciones de la vida personal y social. En la medida en que el sexo no
es accesorio para la naturaleza del hombre y no es solamente una capacidad
fundamental sino que radica en su totalidad personal, se deriva que la
relación entre el hombre y la mujer puede ser realizada de manera justa
únicamente como comunión personal. De aquí se deriva el aspecto ético.
Así, la sexualidad se refiere a la persona, la cual está a su vez en constante
evolución y desarrollo; por eso la misma sexualidad es una realidad dinámica.
De hecho, muchos de sus elementos están sujetos, desde el nacimiento hasta
la muerte, a la ley de una continua evolución que implica el miso crecimiento
dinámico del individuo. La sexualidad tiene su dinamismo interno propio: va
del interés centrado en sí mismo al interés hacia el otro; del amor así al amor
al otro. De ahí que no todos se encuentren, en un momento dado, en la
misma fase del desarrollo psico-sexual. Una sana maduración sexual implica
la capacidad de poder aceptar la propia sexualidad y la de los otros como
esencialmente constitutiva del ser humano.
14
Que la sexualidad vaya más allá de la genitalidad y constituya una
perfección de la persona era ya conocido por santo Tomás quien afirma que
el sexo resucitará29. Tomás distingue en la naturaleza humana una <<prima
perfectio>>, ligada a las necesidades y emergencias terrenales; y una
<<ultima perfectio>>, propia de la resurrección, el significado de la
sexualidad, considerado en su actuar genital, se agota dentro de los confines
de la vida terrena; pero su ser, como tal, supera estos confines y desemboca
en la resurrección. ¿Por qué? Porque el ser sexual pertenece a la perfección
de la naturaleza humana tanto en la especie como en el individuo 30 y, ya que
en la resurrección se tendrá todo lo que pertenece a tales perfecciones,
podemos afirmar que, también entonces, estará presente la sexualidad 31.
Este significado propio de la sexualidad, que perfecciona la personalidad,
es tal que justifica su presencia en el hombre incluso cuando la sexualidad no
se ejercita a nivel genital. Santo Tomás pone el ejemplo del Verbo Encarnado,
el cual asumiendo un cuerpo humano, asume la sexualidad pero no con el fin
de ejercitarla32, sino porque también ella forma parte de la perfección de la
naturaleza humana. En este sentido, ¿podemos decir que la sexualidad
perfecciona la personalidad? ¿Cuál es la naturaleza de esta perfección que,
en la sexualidad, acompaña su fin procreador? San Tomás no profundiza este
tema, pero aquí se halla en germen toda la teoría de las cualidades
espirituales del hombre y de la mujer, en su reciproca complementariedad;
teoría desarrollada por la sexología contemporánea y apoyada por el reciente
Magisterio de la Iglesia. Así se abandona la idea de la feminidad como
masculinidad imperfecta, y se reconoce a la feminidad una específica
espiritualidad complementaria a la masculina, renunciando a identificar esta
última con la perfección de la naturaleza humana.
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c) Consecuencias prácticas para la virtud de la castidad
Hemos dicho que la sexualidad va más allá de la genitalidad y que, dentro
de una perspectiva religiosa católica, en la resurrección llegan a plena
maduración las cualidades espirituales propias del hombre y de la mujer, aun
sin el ejercicio de la genitalidad, exclusivo de la vida terrena. Esta perspectiva
desarrollada por la teología de la sexualidad nos presenta el significado más
profundo de la castidad, el escatológico, y que en último caso corresponde a
la profesión del voto religioso de castidad. Así se comprende que el Concilio
Vaticano II haya presentado la vida religiosa como signo prefigurativo de la
misma vida resucitada33. La castidad es vivir la sexualidad como será vivida
cuando alcance su perfección suprema en el más allá.
La relación afectiva entre el hombre y la mujer, en la mutua coordinación
de las cualidades espirituales propias de ambos, constituye el modelo último
de la castidad para todos los hombres, independientemente del estado de
vida. Conviene mirar, por tanto, tales condiciones finales de perfección moral
como el modelo definitivo de nuestro actuar moral en esta vida. El tener en
cuenta en la vida presente el modelo escatológico de la castidad contribuirá a
valorar, en su justa medida, la relación entre el hombre y la mujer,
independientemente del estado de vida, y a ver con otros ojos las atracciones
seductoras del erotismo.
La perfección última de la sexualidad humana (perspectiva escatológica)
nos hace comprender que la sexualidad no termina su tarea en la perspectiva
de la generación física en el matrimonio (aunque sea santa, no obstante su
aspecto terreno), sino que extiende su flujo a todo el ámbito de la persona,
de sus potencias y actividades, poniendo así las bases de una relación entre
el hombre y la mujer, presentada en esta tierra por la castidad religiosa,
mucho más profunda que la sola relación genital; una relación entre el
hombre y la mujer que debe constituir la llama interior de cualquier otra
relación más superficial, genital o no genital, y que es la garantía de un amor
verdaderamente interpersonal34.
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d) Características específicas de la sexualidad humana
El sexo en el hombre no es sólo material, corporal, externo al ser humano,
sino que es una realidad profunda, intima, que inunda toda personalidad.
Para ilustrarlo tomamos como ejemplo, por su alto contenido simbólico, tres
aspectos de la actividad sexual humana: la incongruencia de las curvas de
excitación masculina y femenina, la ausencia de periodos de celo y el
fenómeno de la excitación y de la emoción.
La estructura instintiva humana, una realidad en apariencia puramente
animal, contiene sorprendentes referencias a lo que es típicamente humano
y trasciende la experiencia instintiva. La índole sexual del ser humano y la
facultad humana de generar, son diferentes y superiores respecto a cuanto
sucede en los estados inferiores de la vida.35
1. La incongruencia de las curvas de excitación masculina y femenina
Es bien sabido que la excitación masculina sube de manera abrupta y
desciende también bruscamente; en la mujer, por el contrario, la excitación y
el retorno a la normalidad son lentos y largos. Si cada uno de los dos
compañeros, en el ejercicio de esta actividad, pensara sólo en sí mismo,
seguramente dejaría al otro insatisfecho.
Quien juzgara estas incongruencias y carencias de sintonía en la
estructura instintiva del hombre y de la mujer solamente desde el punto de
vista fisiológico, podría concluir que existe una imperfección en la naturaleza,
y que, por esta incongruencia, uno de los dos (por lo general la mujer) se
sentiría frustrado en la relación del acto sexual.
Pero si tomamos la sexualidad humana como en realidad es, vemos que
las leyes fisiológicas manifiestan algo trascendente. De hecho, la diversidad
en las curvas de excitación masculina y femenina pone un freno al hombre
porque así no se deja arrastrar por el instinto de forma <<animal y ciega>>, e
invita al hombre y a la mujer a realizar el acto sexual de forma “humana”. Lo
específico de la sexualidad humana está en que su ejercicio implica la
presencia del hombre entero y la trascendencia de la pura naturaleza. La
condición de creatura del cuerpo es algo más y algo distinto de su mera
naturalidad. Esta condición de creatura significa que, en cada instante, el
hombre está llamado a proyectarse hacia lo que es específico de su
humanidad y, por tanto, a trascender su pura naturaleza36.
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Esta verdad, que es válida para toda la persona humana, lo es también para
su aspecto corporal, porque el cuerpo con su lívido es manifestación del
hombre; y así como el hombre por su integridad es un ser dialogal, abierto al
otro, los es también en su corporeidad sexual.
La diversidad-complementariedad de la naturaleza sexual masculina y
femenina impide, por lo tanto, el dejarse llevar solamente por el instinto, y
esto no por <<razones superiores>> sino por la naturaleza misma. La
diversidad sexual es un desafío que requiere una respuesta responsable.
Expone al hombre tanto al fracaso como al triunfo en la realización de su
sexualidad. Y en todo caso ofrece la posibilidad de una comunicación humana
y no simplemente de una cópula aún animal. Por sí misma, y no por una
reflexión superior de carácter ético, la estructura sexual del hombre tiene
una dignidad y una nobleza propias, en cuanto elemento fundamental del
hombre. No son entonces las decisiones éticas las que ennoblecen la
sexualidad humana, sino que es la estructura misma de esta sexualidad la
que impone al hombre entero un comportamiento ético.
Esto es lo específico de la sexualidad humana; es humana no solo porque
depende directamente del intelecto y de la voluntad, sino de la misa
naturaleza. Cuando la libido se quiere así misma, no pueden quererse en
exclusiva, sino que debe abrirse al otro. La sexualidad humana debe llevar
siempre en sí misma el elemento <<diacónico>> para no permanecer estéril y
deformada. La incongruencia de la naturaleza en las curvas de excitación
sexual masculina y femenina podrá ser una imperfección a nivel
ontológico-natural, pero no a nivel humano; precisamente por esta
incongruencia se trasciende el automatismo de los procesos instintivos
animales, y la sexualidad del hombre es <<humana>>.
2. Ausencia de períodos de celo
Esta es otra característica de la sexualidad humana que manifiesta cómo
los fenómenos fisiológicos, por el hecho de pertenecer al cuerpo humano,
trascienden una interpretación meramente fisiológica. En el animal, la
actividad instintiva sexual tiene un carácter totalmente automático. El
encuentro del macho con la hembra en celo no está subordinado a ninguna
decisión o elección; tiene algo de fatal. De igual modo, el ritmo de los
periodos de celo está regulado de manera automática.
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Este carácter automático no se encuentra en el hombre. No existe en el
hombre <<normal>> ninguna actividad instintiva vinculante sin más. La razón
de esto, en relación con la sexualidad, es la ausencia de periodos de celo; a lo
más existen determinados estímulos hormonales que se manifiestan en la
intensificación del instinto. Gracias a esta ausencia, el hombre escapa del
ciclo del tiempo.
De modo análogo a lo que hemos visto en relación con las curvas de
excitación masculina y femenina, la ausencia de los periodos de celo y, por
ello la exclusión del ritmo de la naturaleza, podría parecer, a primera vista,
como un defecto y una pérdida. Además, podríamos preguntarnos si se trata
de un progreso o un retroceso respecto al plano animal. La pregunta es
importante sobre todo si se consideran la inestabilidad y los desórdenes que
se dan en el hombre por falta de estos ritmos; son aspectos negativos que el
animal se ahorra. A diferencia del hombre, el animal difícilmente puede
equivocarse o fallar, pero errar es humano.
El hecho de que el hombre sea excluido de la determinación instintiva no
es un minus, sino otra oportunidad que revela su grandeza. La disminución
de su potencia instintiva, como ser natural, le ofrece la oportunidad de
orientarse libremente. La vida se le presenta organizada, no determinada por
los ciclos de los instintos; así el hombre está expuesto al riesgo, y tiene la
oportunidad y el deber de preguntarse cuál es el sentido de la actividad
sexual. De ahí que la posibilidad de fallar se convierte en un privilegio del que
sólo goza el hombre.
La carencia de una determinación natural de la sexualidad humana y de
las relaciones de los sexos, produce precisamente un impulso de
humanización. El paso de una determinación natural a la capacidad de actuar
consciente y responsablemente es una prerrogativa del hombre y, al mismo
tiempo, una obligación. Este paso que designamos como el nombre de
<<autotrascendencia del hombre>> está ya presente en la estructura sexual
del hombre.
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3. La excitación y la emoción
El ser humano está sujeto a particulares reacciones ligadas a la recíproca
influencia de la masculinidad y feminidad. Este problema que pertenece más
a la psicología que a la biología está en estrecha relación con el dominio de sí.
Un atento análisis de la psicología humana demuestra que, en las relaciones
interpersonales en las que se encuentra el influjo recíproco de la
masculinidad y de la feminidad, se produce en la persona una doble reacción:
la excitación y la emoción.
Estas dos reacciones, aunque se dan juntas, pueden distinguirse respecto
a su objeto. La diferencia objetiva entre ellas consiste en que la excitación es
sobre todo <<corpórea>> y, en este sentido, <<sexual>>; mientras que la
emoción, aunque suscitada por el influjo recíproco de la masculinidad y de la
feminidad, se refiere sobre todo a la persona en su totalidad.
La excitación busca sobre todo expresarse en la forma de placer sensual y
corpóreo y tiende al acto sexual; mientras que la emoción provocada por
otro ser humano, aunque también está condicionada por la feminidad o
masculinidad del otro, no tiende de por sí al acto sexual, sino que se limita a
otras manifestaciones emotivas.
Esta distinción entre emoción y excitación es específicamente humana. La
sexualidad humana se debe expresar en la capacidad de dirigir, ya sea la
excitación hacia su adecuado ejercicio o la emoción hacia la intensificación de
su carácter desinteresado. La diferencia entre excitación y emoción no es una
contraposición. No significa que el acto sexual, como efecto de la excitación,
no implique al mismo tiempo una emoción. Al contrario, en el acto sexual
humano la unión íntima debería comportar una particular intensificación de
la emoción. La distinción entre excitación y emoción prueba, una vez más, la
especificidad de la sexualidad humana, que excluye cualquier reducción al
puro instinto.
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