LECTURA COMPRENSIVA
Docente: CECILIA FANDIÑO Grado: OCTAVO Periodo: 4
OBJETIVO DE APRENDIZAJE:
Comprende lo que lee, amplía el conocimiento de sus alrededores y del mundo a través de la
lectura.
ANTES DE LA LECTURA
1. Es necesario que sepan que es cuento.
2. Lea el siguiente cuento colombiano
El Avión de la Bella Durmiente
Gabriel García Márquez
Era bella, elástica, con una piel tierna del color del pan y los ojos de almendras
verdes, y tenía el cabello liso y negro y largo hasta la espalda, y un aura de
antigüedad que lo mismo podía ser de Indonesia que de los Andes. Estaba
vestida con un gusto sutil: chaqueta de lince, blusa de seda natural con flores
muy tenues, pantalones de lino crudo, y unos zapatos lineales del color de las
buganvilias. "Esta es la mujer más bella que he visto en mi vida", pensé, cuando
la vi pasar con sus sigilosos trancos de leona, mientras yo hacía la cola para
abordar el avión de Nueva York en el aeropuerto Charles de Gaulle de París. Fue
una aparición sobrenatural que existió sólo un instante y, destapa recio en la
muchedumbre del vestíbulo.
Eran las nueve de la mañana. Estaba nevando desde la noche anterior, y el
tránsito era más denso que de costumbre en las calles de la ciudad, y más lento
aún en la autopista, y había camiones de carga alineados a la orilla, y automóviles
humeantes en la nieve. En el vestíbulo del aeropuerto, en cambio, la vida seguía
en primavera.
Yo estaba en la fila de registro detrás de una anciana holandesa que demoró casi
una hora discutiendo el peso de sus once maletas. Empezaba a aburrirme cuando
vi la aparición instantánea que me dejó sin aliento, así que no supe cómo terminó
el altercado, hasta que la empleada me bajó de las nubes con un reproche por mi
distracción. A modo de disculpa le pregunté si creía en los amores a primera vista.
"Claro que sí", me dijo. "Los imposibles son los otros". Siguió con la vista fija en la
pantalla, de la computadora, y me preguntó qué asiento prefería: fumar o no
fumar.
-Me da lo mismo -le dije con toda intención-, siempre que no sea al
lado de las once maletas. Ella lo agradeció con una sonrisa comercial
sin apartar la vista de la pantalla fosforescente.
-Escoja un número -me dijo-: tres, cuatro o siete.
-Cuatro, Su sonrisa tuvo un destello triunfal.
-En quince años que llevo aquí -dijo-, es el primero que no escoge el siete. Marcó
en la tarjeta de embarque el número del asiento y me la entregó con el
resto de mis papeles, mirándome por primera vez con unos ojos color de uva que
me sirvieron de consuelo mientras volvía a ver la bella. Sólo entonces me advirtió
que el aeropuerto acababa de cerrarse y todos los vuelos estaban diferidos.
¿Hasta cuándo?
-Hasta que Dios quiera -dijo con su sonrisa. La radio anunció esta mañana que
será la nevada más grande del año.
Se equivocó: fue la más grande del siglo. Pero en la sala de espera de la primera
clase la primavera era tan real que había rosas vivas en los floreros y hasta la
música enlatada parecía tan sublime y sedante como lo pretendían sus creadores.
De pronto se me ocurrió que aquel era un refugio adecuado para la bella, y la
busqué en los otros salones, estremecido por mi propia audacia. Pero la mayoría
eran hombres de la vida real que leían periódicos e n inglés mientras sus mujeres
pensaban en otros, contemplando los aviones muertos en la nieve a través de las
vidrieras panorámicas, contemplando las fábricas glaciales las vastas sementeras
de Roissy devastados por los leones. Después del mediodía no había un espacio
disponible, y el calor se había vuelto tan insoportable que escapé para respirar.
Afuera encontré un espectáculo sobrecogedor. Gentes de toda ley habían
desbordado las salas de espera, y estaban acampadas en los corredores
sofocantes, y aun en las escaleras, tendidas por los suelos con sus animales y sus
niños, y sus enseres de viaje. Pues también la comunicación con la ciudad estaba
interrumpida, y el palacio de plástico, transparente parecía una inmensa cápsula
espacial varada en la tormenta. No pude evitar la idea de que también la bella
debía estar en algún lugar en medio de aquellas hordas mansas, y esa fantasía
me infundió nuevos ánimos para esperar.
A la hora del almuerzo habíamos asumido nuestra conciencia de náufragos. Las
colas se hicieron interminables frente a los siete restaurantes, las cafeterías, los
bares atestados, y en menos de tres horas tuvieron que cerrarlos porque no había
nada qué comer ni beber. Los niños, que por un momento parecían ser todos los
del mundo, se pusieron a llorar al mismo tiempo, y empezó a levantarse de la
muchedumbre un olor de rebaño. Era el tiempo de los instintos. Lo único que
alcancé a comer en medio de la rebatiña fueron los dos últimos vasos de helado
de crema en una tienda infantil. Me los tomé poco a poco en el mostrador,
mientras los camareros ponían las sillas sobre las mesas a medida que se
desocupaban, y viéndome a mí mismo en el espejo del fondo, con el último vasito
de cartón y la última cucharita de cartón, y pensando en la bella.
El vuelo de Nueva York, previsto para las once de la mañana, salió a las ocho de
la noche. Cuando por fin logré embarcar, los pasajeros de la primera clase
Estaban ya en su sitio, y una azafata me condujo al mío. Me quedé sin aliento. En
la poltrona vecina, junto a la ventanilla, la bella estaba tomando posesión de su
espacio con el dominio de los viajeros expertos. "Si alguna vez escribiera esto,
nadie me lo creería", pensé. Y apenas si intenté en mi media lengua un saludo
indeciso que ella no percibió.
Se instaló como para vivir muchos años, poniendo cada cosa en su sitio y en
su orden, hasta que el lugar quedó tan bien después como la casa ideal donde
todo estaba al alcance de la mano. Mientras lo hacía, el sobrecargo nos llevó la
champaña de bienvenida. Cogí una copa para ofrecérsela a ella, pero me
arrepentí a tiempo. Pues sólo quiso un vaso de agua, y le pidió al sobrecargo,
primero en un francés inaccesible y luego en
un inglés apenas más fácil, que no la despertara por ningún motivo durante el
vuelo. Su voz grave y tibia arrastraba una tristeza oriental.
Cuando le llevaron el agua, abrió sobre las rodillas un cofre de tocador con
esquinas de cobre, como los baúles de las abuelas, y sacó dos pastillas doradas
de un estuche donde llevaba otras de colores diversos. Hacía todo de un modo
metódico y parsimonioso, como si no hubiera nada qué no estuviera previsto para
ella desde su nacimiento. Por último, bajó la cortina de la ventana, extendió la
poltrona al máximo, se cubrió con la manta hasta la cintura sin quitarse los
zapatos, se puso el antifaz de dormir, se acostó de medio lado
en la poltrona, de espaldas a mí, y durmió sin una sola pausa, sin un suspiro, si n
un cambio mínimo de posición, durante las ocho horas eternas y los doce minutos
de sobra que duró el vuelo a Nueva York.
Fue un viaje intenso. Siempre he creído que no hay nada más hermoso en la
naturaleza que una mujer hermosa, de modo que me fue imposible escapar ni un
instante al hechizo de aquella criatura de fábula que dormía a mi lado. El
sobrecargo había desaparecido tan pronto como despegamos, y fue reemplazado
por una azafata cartesiana que trató de despertar a la bella para darle el estuche
de tocador y los auriculares para la música. Le repetí la advertencia que ella le
había hecho al sobrecargo, pero la azafata insistió para oír de ella misma que
tampoco quería cenar. Tuvo que confirmárselo el sobrecargo aun así me
reprendió porque la bella no se hubiera colgado en el cuello el cartoncito con la
orden de no despertarla.
Hice una cena solitaria, diciéndome en silencio loque le hubiera dicho a ella si
hubiera estado despierta. Su sueño era tan estable, que en cierto momento tuve
la inquietud de que las pastillas que se había tomado no fueran para dormir sino
para morir. Antes de cada trago, levantaba la copa y brindaba.
-A tu salud, bella.
Terminada la cena apagaron las luces, dieron la película para nadie, y los dos quedamos
solos en la penumbra
del mundo. La tormenta más grande del siglo había
pasado, y la noche del Atlántico era inmensa y límpida, y el avión parecía inmóvil
entre las estrellas. Entonces la contemplé palmo a palmo durante varias horas, y
la única señal de vida que pude percibir fueron las sombras de los sueños que
pasaban por su frente como las nubes en el agua. Tenía en el cuello una cadena
tan fina que era casi invisible sobre su piel de oro, las orejas perfectas sin
puntadas para los aretes, las uñas rosadas de la buena salud, y un anillo liso en la
mano izquierda. Como no parecía tener más de veinte años me consolé con la
idea de que no fuera un anillo de bodas sino el de un noviazgo efímero. "Saber
que duermes tú, cierta, segura, cauce fiel de abandono, línea pura, tan cerca de
mis brazos maniatados", pensé, repitiendo en la cresta de espumas, de champaña
el soneto magistral de Gerardo Diego. Luego extendí la poltrona a la altura de la
suya, y quedamos acostados más cerca que en una cama matrimonial. El clima de
su respiración era el mismo de la voz, y su piel exhalaba un hálito tenue que sólo
podía ser el olor propio de su belleza. Me parecía increíble: en la primavera
anterior había leído una hermosa novela de Yasunarl Kawabata sobre los ancianos
burgueses de Kyoto que pagaban sumas enormes para pasar la noche
contemplando a las muchachas más bellas de la ciudad, desnudas y narcotizadas,
mientras ellos agonizaban de amor en la misma cama. No podían despertarlas, ni
tocarlas, y ni siquiera lo intentaban, porque la esencia de placer era verlas dormir.
Aquella noche, velando el sueño de la bella, no sólo entendí aquel refinamiento
senil, sino que lo viví a plenitud.
-Quién iba a creerlo -me dije, con el amor propio exacerbado por el champaña-:
Yo, anciano japonés a estas alturas.
Creo que dormí varias horas, vencido por el champaña y los fogonazos mudos de
la película, Y desperté con la cabeza agrietada. Fui al baño. Dos lugares detrás del
mío yacían la anciana de las once maletas despatarrada de mala manera en la
poltrona. Parecía un muerto olvidado en el campo de batalla. En el suelo, a mitad
del pasillo, estaban sus lentes de leer con el collar de cuentas de colores, y por un
instante disfruté de la dicha mezquina de no recogerlos.
Después de desahogarme de los excesos de champaña me sorprendí a mí mismo
en el espejo, indigno y feo, y me asombré de que fueran tan terribles los estragos
del amor. De pronto el avión se fue a pique, se enderezó como pudo, y prosiguió
volando al galope. La orden de volver al asiento se encendió. Salí en estampida,
con la ilusión de que sólo las turbulencias de Dios despertaran a la bella, y que
tuviera que refugiarse en mis brazos huyendo del terror. En la prisa estuve a
punto de pisar los lentes de la holandesa, y me hubiera alegrado. Pero volví sobre
mis pasos, los recogí, y se los puse en el regazo, agradecido de pronto de que no
hubiera escogido antes que yo el asiento número cuatro.
El sueño de la bella era invencible. Cuando el avión se estabilizó, tuve que resistir
la tentación de sacudirla con cualquier pretexto, porque lo único que deseaba en
aquella última hora de vuelo era verla despierta, aunque fuera enfurecida, para
que yo pudiera recobrar mi libertad, y tal vez mi juventud. Pero no fui capaz.
"Carajo", me dije, con un gran desprecio. "¡Por qué no nací Tauro!". Despertó sin
ayuda en el instante en que se encendieron los anuncios del aterrizaje, y estaba
tan bella y lozana como si hubiera dormido en un rosal. Sólo entonces caí en la
cuenta de que los vecinos de asiento en los aviones, igual que los matrimonios
viejos, no se dan los buenos días al despertar. Tampoco ella. Se quitó el antifaz,
abrió los ojos radiantes, enderezó la poltrona, tiró a un lado la manta, se sacudió
las crines que se peinaban solas con su propio peso, volvió a ponerse el cofre en
las rodillas, y se hizo un maquillaje rápido y superfluo, que le alcanzó justo para
no mirarme hasta que la puerta se abrió. Entonces se p uso la chaqueta de lince,
pasó casi por encima de mí con una disculpa convencional en castellano puro de
las Américas, y se fue sin despedirse siquiera, sin agradecerme al menos lo
mucho que hice por nuestra noche feliz, y desapareció hasta e l sol de hoy en la
amazonia de Nueva York.
Junio
1982. Tomado del libro 12 cuentos
peregrinos Bogotá, Colombia
1992 feche de edición
DEMUESTRE QUE COMPRENDIÓ LO LEÍDO
3. Conteste las siguientes preguntas en base a la lectura anterior.
1. ¿Por qué el narrador llama a esta joven la Bella Durmiente?
2. ¿Por qué el vuelo de París a Nueva York no salió a la hora indicada?
3. ¿De qué se arrepiente el narrador al final del vuelo?
4. ¿De qué color era la piel de la mujer?
5. ¿En qué estación del año ocurren los sucesos?
6. ¿Qué carácter podemos suponer que tiene la mujer de las once maletas?
7. ¿Qué puede pensar acerca del amor la empleada del aeropuerto que atendió al
protagonista?
8. ¿Cuál es la idea principal del avión de la Bella Durmiente?
9. ¿Dónde y cuándo sucede la acción del avión de la Bella Durmiente?
10. ¿Quién es el personaje principal de El avión de la Bella Durmiente?
11. ¿Qué clase de narrador es el del avión de la bella durmiente?
12. ¿Qué relación guarda el título el avión de la bella durmiente con el contenido de la
narración?
13. ¿Dónde es originario el cuento de la Bella Durmiente?
14. ¿Usted porque cree que la bella se tomó las pastillas?
15. ¿Usted cree en el amor a primera vista? ¿Por qué? Justifique su respuesta.
5. Busque en el diccionario el significado de las palabras que aparecen en negrilla dentro del texto
6-Complete el siguiente cuadro biográfico con los datos que se le piden a continuación.
Aspecto familiar
Autores Fecha y lugar Estudios (padres, esposa/o Tres obras literarias Fecha y lugar de
de nacimiento realizados e hijos) muerte
Gabriel García
Márquez
6. Con base a la lectura del cuento “el avión de la bella durmiente” completa el siguiente cuadro de
análisis literario. ( toda la información se encuentra en el cuento)
NOMBRE DEL CUENTO
LIBRO EN EL QUE APARECE
AUTOR
PAIS
FECHA DE EDICION
PROTAGONISTAS DEL CUENTO
PERSONAJES SECUNDARIOS
LUGAR DONDE SE DESARROLLA
LA OBRA
¿CUAL ES EL PROBLEMA DE LA
HISTORIA?
¿COMO SE PUEDE SOLUCIONAR
EL PROBLEMA?
¿CUAL ES EL FINAL QUE LE
DIERON A LA HISTORIA?
¿CUAL FINAL LE DARÍA USTED?
¿CUAL ES LA MORALEJA O
ENSEÑANZA DEL CUENTO?
7. Busca las siguientes palabras dentro de la sopa de letra El avión de la bella durmiente
W A E R O P U E R T O W A M O R M
D Q P A R I S H V E S T I B U L O
U Y E L O R N I S G S A T E L A M
R U J L M E T P O B E L L E Z A D
M C L E N S C N R S T E S I M A C
I A I B Ñ P A O E A X E N O N O P
E R M S J E N T J L T E D U N A R
N R O I N R T I A L J A R V I N I
T O N O D A O Z I I G F E S Q K M
E G I F B D R A V T O R R E R M A
X V T V C P E D I S S W Z O R K V
A A R E J U M O H A M O Y T E L E
O J U G U A R N C P E W I L L N R
L E F O T N E I M R E D O M O C A
E D L T I X O W B N D V N O J A S
U R O S I N T U R B U L E N C I A
V Z E S H E R B M U D E H C U M
CONVERSACION AEROPUERTO HIPNOTIZADO VUELO
NEW YORK DURMIENTE PASTILLA PRIMAVERA
DURMIENTE PARIS BELLA BELLEZA
AVION ESPERA MALETAS VIAJE -
AMOR MUCHEDUMBRE VESTIBULO TURBULENCIA