Diplomado Heridas de Infancia
Instituto Nacional de Neuroeducación
Formación Especializada y Científica a Docentes
Heridas de infancia 2
El concepto freudiano de trauma emocional difiere del que se usa comúnmente.
Para Freud el trauma se genera por lo menos por dos situaciones que ocurren en
tiempos diferentes. En un primer tiempo, un acontecimiento no tiene significado
traumático; sí lo tiene cuando ocurre un segundo acontecimiento tiempo después,
es decir cuando adquiere “resignificado”. Freud pone el ejemplo de un pastelero que
pellizca los genitales de una niña. Este acto vejatorio causa risa al pastelero. La niña
no entiende el significado de este acto ni la risa del pastelero; comparte la risa en
lugar de indignarse. Después, al crecer la niña y asignarle un significado sexual a
sus genitales, esa primera escena vejatoria se “resignifica”. Es decir, la primera
escena no produce en la niña una respuesta adecuada, porque no cuenta con un
aparato de percepción capaz de dar significado al carácter sexual futuro. (Bárcena,
2005)
Citando a Orihuela (2016) se mencionan aspectos importantes sobre el cuerpo
emocional:
EL AFECTO
Se expresa por medio de ternura, empatía y amor, con caricias, miradas y
cercanía física; pensamientos de aceptación y respeto profundo por el otro.
Cuando una madre o un padre sienten afecto por su hijo, lo expresan con sus
ojos, sus actos, su cuerpo, el reconocimiento de sus necesidades, al
alimentarlo y darle la seguridad que necesita. No sólo es proveer, eso lo hace
cualquier cuidadora, sino dar con amor; es un lenguaje muy energético y un
sentimiento de aceptación e intimidad. El impacto del afecto se ve claramente
en un padre que disciplina a su hijo desde el rechazo o desde el afecto; el
mensaje que recibirán será muy diferente; aunque ambos hablen de sacar
buenas calificaciones, el impacto energético será distinto. Incluso ambos
pueden hablar molestos y serios, pero cuando hay afecto sincero, éste se
refleja y cuando hay rechazo, también. No importan los cómo, sino los dónde,
porque el dónde es lo que termina por escucharse
Lo antagónico al afecto podría ser el rechazo. El afecto te vincula y acerca,
el rechazo te aleja y separa. Un padre que rechaza a su hijo, que no lo quiere
en su vida, que le estorba, que lamenta su nacimiento, transmite ese
sentimiento que el niño interiorizará y convertirá en odio a sí mismo. Si esa
herida permanece, será una persona autodestructiva, que rechaza su
capacidad para salir adelante y se odia profundamente. El sentimiento de
rechazo de un padre es el peor veneno para un hijo, ya que con el paso del
tiempo el hijo lo sentirá y actuará de modo autodestructivo mediante el
alcohol o las drogas, o pensará en el suicidio, etcétera.
LA PERTENENCIA
Todos necesitamos sentirnos parte de algo: de una familia, de una sociedad,
de un país. Es una necesidad humana básica. Hasta el más solitario necesita
ser parte de algo (como una tribu urbana) o busca pertenecer mediante la
música o una corriente de pensamiento. Pertenencia es compartir una
identidad o las mismas raíces. Una persona con pertenencia desarrolla un
sano orgullo y visión colectiva. La desarrollamos por medio de la presencia
constante y predecible de nuestros padres. Del orgullo que dan los abuelos,
los padres, la nación. Y en el nivel básico, el hogar, la habitación, la familia,
los amigos. Todo genera un lazo de unidad con lo externo.
Un niño que no tiene claro quiénes son sus padres o abuelos ni con quién
vive, si siente rechazo de su familia o le avergüenza su madre, se siente
separado, solo, como extraterrestre en el mundo. Esto es muy doloroso para
una persona. El desarraigo es la peor soledad interna porque inhabilita para
crear una familia, trabajar en comunidad, sentir amor por los otros y por la
vida.
Es importante que la persona sin pertenencia trabaje sus lazos familiares y
recupere la herencia positiva de su grupo. Siempre hay una herencia positiva
en las familias, así como motivos de orgullo y aprendizaje, sólo que, a veces,
están ocultos y deben sacarse a la luz.
ESTRUCTURA
En la familia la estructura y los límites constituyen el orden básico para la
personalidad del niño. Tanto como los horarios y las disciplinas, el desarrollo
de la propia independencia e identidad. Desde muy pequeños, los límites
ayudan a reconocer qué se permite y qué no, ciertas reglas, orden y respeto
por algunas cosas. Cuando aprendemos esto en casa, lo llevamos a la vida.
Eso nos da seguridad y orden. Por ejemplo, si estás en lugares o instituciones
donde sabes que hay reglas y límites claros que todos respetan, eso te da
confianza, no tienes que estar a la defensiva o protegiéndote de todos. Sabes
que hay autoridad y, por lo tanto, estás protegido. Las reglas son importantes
y hay que seguirlas. Empiezan con la disciplina y autoridad de los padres. Su
ausencia desestructura la personalidad de un niño. La falta de reglas, o el
exceso de ellas, genera enojo hacia la autoridad y cuando la persona no sabe
seguirlas puede convertirse en un sociópata que quiere que todo se haga con
base en sus reglas.
Por ejemplo, alguien puede tener un buen proyecto y lo inicia pero con el
tiempo lo abandona porque su personalidad carece de estructura, de
constancia y permanencia. El abandono en la infancia impide el desarrollo de
esta estructura y genera individuos sin autoridad interna y externa. Los
padres que no ponen límites fomentan ese abandono y, en consecuencia,
sus hijos poseerán una personalidad sin respeto por los demás, la vida o su
persona.
afecto sin límites, igual a perdedor
límites sin afecto, igual a tirano
afecto y límites sin pertenencia, éxito sin amor por lo colectivo
LA VERGÜENZA Y LA FALSA PERSONALIDAD
Cuando somos niños y no tenemos afecto ni sentido de pertenencia y
estructura básica, nos sentimos abandonados y rechazados. El dolor de
estas heridas se traduce en vergüenza, sentimiento de falta de amor por la
persona que soy; sentirse inadecuado e inseguro. Este sentimiento interno
hace sentir que algo en mí está mal y me rechazo.
Un niño piensa: “Seguro mis padres no me abrazan porque algo está mal en
mí.” “No soy una persona valiosa porque mi padre no quiere verme.” “No soy
importante por eso mi mamá no quiere jugar conmigo.” Esta vergüenza va
directo al ser del niño, al: yo no soy valioso, soy un error, entonces el niño
empieza a sentirse ansioso por miedo a no ser visto
El contacto de los padres es muy necesario, así que el niño se vale de sus
recursos para obtenerlo. Desde la angustia del abandono o el rechazo,
empieza a actuar de diferentes modos para llamar la atención de sus padres;
manifiesta formas de ser y actuar que sacrifican al verdadero yo en un intento
de ganar valor y llenar las necesidades de contacto. A veces actúa como
adulto, se enferma, se muestra rebelde. Como niños, medimos la reacción
de los padres ante ciertos comportamientos y verificamos si funcionan o no.
A veces un regaño, golpes, un grito, dan al niño la garantía de ser visto, lo
cual, aunque suene raro, es mejor que el vacío y ser ignorado.
Ausencia de vínculo = sentimiento de vergüenza, adopción de una falsa
personalidad
Imaginemos a Óscar, cuyos padres siempre están ocupados en sus propios
asuntos. Su madre, siempre enojada con la vida porque no quería tener hijos
ni casarse y sumida en una depresión crónica que no le permite ver a nadie
ni estar presente de ninguna manera constructiva. Su padre, para evadir la
falta de aceptación de su mujer, sus quejas y padecimientos, siempre
trabajando o viendo el televisor. Óscar necesita a sus padres, su ausencia y
falta de contacto lo hacen sentir abandonado. Empieza a angustiarse. Hace
algunos intentos, pero no dan resultado y esto daña seriamente su
autoestima. Óscar no sabe que sus padres no tienen la capacidad de
atenderlo, que están inmersos en sus carencias, no se dan cuenta de que él
los necesita. El pequeño Óscar siente que el problema está en él. Aprende a
mirarse en un espejo roto.
Y cuando están ausentes, el espejo donde nos miramos se rompe. Para un
niño, no ser visto por sus padres y la ausencia de seguridad, afecto y
protección, son como estar en peligro de muerte. Es un tema de
sobrevivencia. El vacío y la ausencia de los padres provocan una enorme
angustia en el hijo, pues no tiene recursos de ningún tipo para salir adelante
solo. De manera que intenta todo para que sus padres lo vean, aunque sea
sacrificándose.
Óscar empieza a pelearse en la escuela, a sacar malas calificaciones, a ser
rebelde con sus padres. Su madre se queja todo el tiempo de él y su padre
deja de ver la tele para golpearlo; su madre empieza a supervisar sus tareas,
los dos empiezan a mirarse para hablar de su mala conducta. Óscar lo ha
logrado, encontró una forma de ser visto, sacrificándose y convirtiéndose en
un problema. De esta manera Óscar busca afecto el resto de su vida.
Siempre elegimos, incluso cuando somos niños, con base en nuestro
temperamento, un recurso con el que cada uno viene a esta vida y nos
permite reaccionar de una u otra forma. Por eso en una familia con tres
hermanos que presencian la misma discusión de sus padres, cada uno toma
decisiones diferentes aunque la realidad sea la misma. Uno decide salir de
la habitación, otro entrar a la discusión y el otro seguir viendo la televisión.
Las decisiones que tomamos suelen ser de tres tipos: rescatar, evadir y
llamar la atención.
Cuando elegimos rescatar, nos convertimos en los padres de nuestros
padres. Desde nuestra intuición y sabiduría de niños, sabemos qué hacer,
nos vamos convirtiendo en consejeros, paño de lágrimas, aliados del padre
o la madre, buscamos cariño y aceptación, nos sacrificamos por ellos,
haciendo todo para complacerlos.
Imaginemos una madre que siempre se queja por la ausencia de su esposo.
Llora frente a su hijo y dice que se siente sola, que su esposo nunca la apoya
y no cuenta con él. El niño que elige rescatar, genera apoyo hacia ella y, en
vez de jugar con sus hermanos, la acompaña; no se porta mal para que ella
no se ponga triste y quizá hasta desea sustituir a su padre, actuando como
adulto para llenar la necesidad de su madre. El niño necesita llenar su
necesidad de contacto con su madre, sin embargo, así se sacrifica y
abandona sus necesidades para cubrir las de su madre, con la esperanza de
que ella vea que la necesita. (pp. 17-21)
Bibliografía
Orihuela, A. (2016). Transforma las heridas de tu infancia. (1ra ed.). AGUILAR.
Bárcena, E. (2005). La vida después de un trauma emocional. Acta Pediátrica de
México, 26(4), 201-205