MODERNISMO Y GENERACIÓN DEL 98
LLENGUA CASTELLANA I LITERATURA 4 ESO
Institut Manuel Blancafort
ESQUEMA DE CONTENIDOS
1. El Modernismo literario: una nueva forma de expresión.
La Generación literaria del 98.
2. La poesía
2.1 El esteticismo de Rubén Darío.
2.2 Del Modernismo a la trascendencia: Juan Ramón Jiménez.
2.3 La sensibilidad de Antonio Machado.
3. La novela
3.1 La angustia vital de Miguel de Unamuno.
3.2 La desencantada concepción de la vida: Pío Baroja.
3.3 La prosa descriptiva y evocativa de José Martínez Ruíz, Azorín.
4. El teatro
4.1 Del Modernismo al Esperpento: Ramón María de Valle-Inclán.
Rubén Darío (1867-1916)
1.
La tigre de Bengala
con su lustrosa piel manchada a trechos,
está alegre y gentil. Está de gala.
Salta de los repechos
de un ribazo, al tupido
carrizal de un bambú; luego a la roca
que se yergue a la entrada de su gruta.
Allí lanza un rugido,
se agita como loca
y eriza de placer su piel hirsuta.
La fiera virgen ama.
Es el mes del ardor. Parece el suelo
rescoldo; y en el cielo
el sol, inmensa llama.
Por el ramaje oscuro
salta huyendo el kanguro.
El boa se infla, duerme, se calienta
a la tórrida lumbre;
el pájaro se sienta
a reposar sobre la verde cumbre.
Siéntense vahos de horno:
y la selva indiana
en alas del bochorno,
lanza, bajo el sereno
cielo, un soplo de sí. La tigre ufana
respira a pulmón lleno,
y al verse hermosa, altiva, soberana,
le late el corazón, se le hincha el seno.
Contempla su gran zarpa, en ella la uña
de marfil; luego toca
el filo de una roca,
y prueba y lo rasguña.
Mírase luego el flanco
que azota con el rabo puntiagudo
de color negro y blanco,
y móvil y felpudo;
luego el vientre. En seguida
abre las anchas fauces, altanera
como reina que exige el vasallaje;
después husmea, busca, va. La fiera
exhala algo a manera
de un suspiro salvaje.
Un rugido callado
escuchó. Con presteza
volvió la vista de uno y otro lado.
Y chispeó su ojo verde y dilatado
cuando miró de un tigre la cabeza
surgir sobre la cima de un collado.
El tigre se acercaba.
Estival (1-49), Azul
2.
La princesa está triste… ¿Qué tendrá la princesa?
Los suspiros que escapan de su boca de fresa,
que ha perdido la risa, que ha perdido el color.
La princesa está pálida en su silla de oro,
está mudo el teclado en su clave sonoro,
y en un vaso olvidada se desmaya una flor.
El jardín puebla el triunfo de los pavo-reales.
Parlanchina, la dueña dice cosas banales,
y vestido de rojo pirueta el bufón.
La princesa no ríe, la princesa no siente;
la princesa persigue por el cielo de Oriente
la libélula vaga de una vaga ilusión.
(*) Ya no quiere el palacio, ni la rueca de plata,
ni el halcón encantado, ni el bufón escarlata,
ni los cisnes unánimes en el lago de azur.
Y están tristes las flores por la flor de la corte,
los jazmines de Oriente, los nelumbos del Norte,
de Occidente las dalias y las rosas del Sur.
¡Pobrecita princesa de los ojos azules!
Está presa en sus oros, está presa en sus tules,
en la jaula de mármol del palacio real,
el palacio soberbio que vigilan los guardas,
que custodian cien negros con sus cien alabardas,
un lebrel que no duerme y un dragón colosal.
Sonatina (1-13, 19-35), Prosas Profanas
3.
Dichoso el árbol, que es apenas sensitivo,
y más la piedra dura porque esa ya no siente,
pues no hay dolor más grande que el dolor de ser vivo,
ni mayor pesadumbre que la vida consciente.
Ser y no saber nada, y ser sin rumbo cierto,
y el temor de haber sido y un futuro temor….
Y el espanto seguro de estar mañana muerto,
y sufrir por la vida y por la sombra y por
lo que no conocemos y apenas sospechamos,
y la carne que tienta con sus frescos racimos
y la tumba que aguarda con sus fúnebres ramos,
¡ y no saber adónde vamos,
Ni de dónde venimos!...
Lo fatal, Otros poemas.
Juan Ramón Jiménez (1881-1958)
1.
Pájaro errante y lírico, que en esta floreciente
soledad de domingo vagas por mis jardines,
del árbol a la yerba, de la yerba a la fuente,
llena de hojas de oro y caídos jazmines…,
¿Qué es lo que tu voz débil dice al sol de la tarde
que sueña dulcemente en la cristalería?
¿ Eres, como yo, triste, solitario y cobarde,
hermano del silencio y la melancolía?
¿Tienes una ilusión que cantar al olvido?,
¿una nostalgia eterna que andar al ocaso?,
¿ un corazón sin nadie, tembloroso, vestido
de hojas secas, de oro, de jazmín y de raso?
“Pájaro errante y lírico…”, La soledad sonora.
2.
Vino, primero, pura,
vestida de inocencia,
y la amé como un niño.
Luego se fue vistiendo
no sé de qué ropajes;
y la fui odiando sin saberlo.
Llegó a ser una reina,
fastuosa de tesoros…
¡Qué iracuandia de yel y sin sentido!
… Mas se fue desnudando.
Y yo le sonreía.
Se quedó con la túnica
de su inocencia antigua.
Creí de nuevo en ella.
Y se quitó la túnica,
y apareció desnuda toda….
¡Oh pasión de mi vida, poesía
desnuda, mía para siempre!
“La poesía”, Eternidades.
3.
En ti estás todo, mar, y sin embargo,
¡ qué sin ti estás, qué solo,
qué lejos, siempre de ti mismo!
Abierto en mil heridas, cada instante,
cual mi frente,
tus olas van, como mis pensamientos,
y vienen, van y vienen,
besándose, apartándose,
en un eterno conocerse,
mar, y desconocerse.
Eres tú, y no lo sabes,
tu corazón te late, y no lo siente…
¡Qué plenitud de soledad, mar solo!
“Soledad”, Diario de un poeta recién casado.
4.
Estoy completo de naturaleza,
en plena tarde de áurea madurez,
alto viento en lo verde traspasado.
Rico fruto recóndito, contengo
lo grande elemental en mí (la tierra,
el fuego, el agua, el aire), el infinito.
Chorreo luz: doro el lugar oscuro,
transmito olor: la sombra huele a dios,
emano son: lo amplio es honda música,
filtro sabor: la mole bebe mi alma,
deleito el tacto de la soledad.
Soy tesoro supremo, desasido,
con densa redondez de limpio iris,
del seno de la acción. Y lo soy todo.
Lo que es el colmo de la nada,
el todo que se basta y que es servido
de lo que todavía es ambición.
“El otoñado”, La Estación Total.
Antonio Machado (1875-1939)
1.
Al olmo viejo, hendido por el rayo
y en su mitad podrido,
con las lluvias de abril y el sol de mayo,
algunas hojas verdes le han salido.
¡ El olmo centenario en la colina
que lame el Duero! Un musgo amarillento
le mancha la corteza blanquecina
al tronco carcomido y polvoriento.
No será, cual los álamos cantores
que guardan el camino y la ribera,
habitado por los pardos ruiseñores.
Ejército de hormigas en hilera
va trepando por él, y en sus entrañas
urden sus telas grises las arañas.
Antes que te derribe, olmo del Duero,
con su hacha el leñador, y el carpintero
te convierta en melena de campana,
lanza de carro o yugo de carreta;
antes que rojo en el hogar, mañana,
ardas en alguna mísera caseta,
al borde de un camino;
antes de que te descuaje un torbellino
y tronche el soplo de las sierras blancas;
antes que el río hasta la mar te empuje
por valles y barrancas,
olmo, quiero anotar en mi cartera
la gracia de tu rama verdecida.
Mi corazón espera
también, hacia la luz y hacia la vida,
otro milagro de la primavera.
“A un olmo seco”, Campos de Castilla.
2.
Palacio, buen amigo,
¿ está la primavera
vistiendo ya las ramas de los chopos
del río y los caminos? En la estepa
del alto Duero, Primavera tarda,
¡ pero es tan bella y dulce cuando llega!...
¿Tienen los viejos olmos
algunas hojas nuevas?
Aún las acacias estarán desnudas
y nevados los montes de las sierras.
¡ Oh, mole del Moncayo blanca y rosa,
allá, en el cielo de Aragón, tan bella!
¿Hay zarzas florecidas
entre las grises peñas,
y blancas margaritas
entre la fina hierba?
Por esos campanarios
ya habrán ido llegando las cigüeñas.
Habrá trigales verdes,
y mulas pardas en las sementeras,
y labriegos que siembran los tardíos
con la lluvia de abril. Ya las abejas
libarán del tomillo y el romero.
¿Hay ciruelos en flor? ¿Quedan violetas?
Furtivos cazadores, los reclamos
de la perdiz bajo las capas luengas,
no faltarán. Palacio, buen amigo,
¿ tienen ya ruiseñores las riberas?
Con los primeros lirios
y las primeras rosas de las huertas,
en una tarde azul, sube al Espino,
al alto Espino donde está su tierra…
“A José María Palacio”, Campos de Castilla.
3.
1
El ojo que ves no es
ojo porqué tú lo veas;
es ojo porque te ve.
2
Mas busca en tu espejo al otro,
al otro que va contigo.
3
Caminante, son tus huellas
el camino, y nada más;
caminante, no hay camino,
se hace camino al andar.
Al andar se hace camino,
y al volver la vista atrás
se ve la senda que nunca
se ha de volver a pisar.
Caminante, no hay camino,
sino estelas en la mar.
Proverbios y cantares, Nuevas Canciones.
4.
Es una tarde cenicienta y mustia,
destartalada, como el alma mía;
y es esta vieja angustia
que habita mi usual hipocondría.
La causa de esta angustia que no consigo
ni vagamente comprender siquiera;
pero recuerdo y recordando, digo:
- Sí, yo era niño, y tú, mi compañera.
*
Y no es verdad, dolor, yo te conozco,
tú eres nostalgia de la vida buena
y soledad de corazón sombrío,
de barco sin naufragio y sin estrella.
Como perro olvidado que no tiene
huella ni olfato y yerra
por los caminos, sin camino, como
el niño que en la noche de una fiesta
se pierde entre el gentío
y el aire polvoriento y las candelas
chispeantes, atónito, y asombra
su corazón de música y de pena,
así voy yo, borracho melancólico,
guitarrista lunático, poeta,
y pobre hombre en sueños,
siempre buscando a Dios entre la niebla.
Soledades, Galerías y otros poemas
Miguel de Unamuno (1864-1936)
Y entonces Lázaro, mi hermano, tan pálido y tan tembloroso como don
Manuel cuando le dio la comunión, me hizo sentarme, en el sillón mismo donde
solía sentarse nuestra madre, tomó aliento, y luego, como en íntima confesión
doméstica y familiar, me dijo:
-Mira, Angelita, he llegado la hora de decirte la verdad, toda la verdad, y te la
voy a decir, porque debo decírtela, porque a ti no puedo, no debo callártela y
porque además habrías de adivinarla, y a medias, que es lo peor, más tarde o
más temprano.
Y entonces, serena y tranquilamente, a media voz, me contó una historia
que me sumergió en un lago de tristeza. Cómo don Manuel le había venido
trabajando, sobre todo en aquellos paseos a las ruinas de la vieja abadía
cistercense, para que no escandalizase, para que diese buen ejemplo, para que
se incorporase a la vida religiosa del pueblo, para que fingiese creer si no creía,
para que ocultase sus ideas al respecto, mas sin intentar siquiera catequizarle,
convertirle de otra manera.
-Pero ¿eso es posible?-exclamé, consternada.
- ¡y tan posible, hermana, y tan posible! Y cuando yo le decía:” Pero ¿es usted,
el sacerdote, el que me aconseja que finja?”, él, balbuciente: “ ¿Fingir?!Fingir,
no!, ¡ eso no es fingir! Toma agua bendita, que dijo alguien, y acabarás
creyendo.” Y como yo, mirándole a los ojos, le dijese: “¿Y usted celebrando
misa ha acabado por creer?”, él bajó la mirada y se le llenaron los ojos de
lágrimas. Y así es como le arranqué su secreto. (…)
- Entonces- prosiguió mi hermano- comprendí sus móviles y con eso comprendí
su santidad; porque es un santo, hermana, todo un santo. No trataba, al
emprender ganarme para su santa causa- porque es una causa santa,
santísima- arrogarse un triunfo, sino que lo hacía por la paz, por la felicidad,
por la ilusión si quieres, de los que le están encomendados, comprendí que si
los engaña así- si es que esto es engaño- no es por medrar. Me rendí a sus
razones, y he aquí mi conversión. Y no me olvidaré jamás del día en que
diciéndole yo: “Pero, don Manuel, la verdad, la verdad ante todo”, él temblando,
me susurró al oído- y eso que estábamos solos en medio del campo-: “¿La
verdad? La verdad, Lázaro, es acaso algo terrible, algo intolerable, algo mortal;
la gente sencilla no podría vivir con ella.” “Y ¿por qué me la deja entrever ahora
aquí, como confesión?”, le dije. Y él: “Porque si no me atormentaría tanto,
tanto, que acabaría gritándola en medio de la plaza, y eso jamás, jamás, jamás.
Yo estoy para hacer vivir a las almas de mis feligreses, para hacerlos felices,
para hacerles que sueñen inmortales y no para matarlos. Lo que aquí hace falta
es que vivan sanamente, que vivan en unanimidad de sentido, y con la verdad,
con mi verdad, no vivirían. Que vivan. Y eso hace la Iglesia, hacerlos vivir.
¿Religión verdadera? Todas las religiones son verdaderas en cuanto hacen vivir
espiritualmente a los pueblos que las profesan, en cuanto les consuelan de
haber tenido que nacer para morir, y para cada pueblo la religión más
verdadera es la suya, la que ha hecho. ¿Y la mía? La mía es consolarme en
consolar a los demás, aunque el consuelo que les soy no sea el mío”. Jamás
olvidaré sus palabras.
San Manuel Bueno, mártir
Empezó hablándome de mis trabajos literarios y más o menos filosóficos,
demostrando conocerlos bastante bien, lo que no dejó, ¡claro está!, de
halagarme, y enseguida empezó a contarme su vida y sus desdichas. Le atajé
diciéndole que se ahorrase aquel trabajo, pues de las vicisitudes de su vida
sabía yo tanto como él, y se lo demostré citándole los más íntimos pormenores
y lo que él creía más increíble; creí notar que se le alteraba el color y traza de
semblante y que hasta temblaba. Le tenía yo fascinado.
-¡Parece mentira!-repetía-. ¡Parece mentira! A no verlo no lo creería. No sé si
estoy despierto o soñando…
-Ni despierto ni soñando-le contesté.
- No me lo explico…., no me lo explico-añadió-; más puesto que usted parece
saber sobre mí tanto como sé yo mismo, acaso adivine mi propósito…
- Sí - le dije- tú- y recalqué este tú con un tono autoritario-, tú abrumado por
tus desgracias, has concebido la diabólica idea de suicidarte, y antes de
hacerlo, movido por algo que has leído en uno de mis ensayos, vienes a
consultármelo.
El pobre hombre temblaba como un azogado, mirándome como un
poseído miraría. Intentó levantarse, acaso para huir de mí; no podía. No
disponía de sus fuerzas.
-¡No te muevas! – le ordené.
- Es que…, es que… - balbuceó.
- Es que tú no puedes suicidarte, aunque lo quieras.
-¿Cómo? – exclamó al verse de tal modo negado y contradicho.
- Sí. Para que uno pueda matar a sí mismo, ¿qué es menester?- le pregunté.
- Que tenga valor para hacerlo- me contestó.
- No –le dije-, ¡que esté vivo!
-¡Desde luego!
- ¡Y tú no estás vivo!
- ¿Cómo que no estoy vivo? (…)
- No, no existes más que como ente de ficción; no eres, pobre Augusto, más
que un producto de mi fantasía y de las de aquellos de mis lectores que lean el
relato de tus fingidas venturas y malandanzas que he escrito yo; tú no eres más
que un personaje de novela, o de nívola, o como quieras llamarle. Ya sabes,
pues, tu secreto.
Al oí esto quedó el pobre hombre mirándole un rato con una de esas
miradas perforadoras que parecen atravesar la mira e ir más allá, miró luego un
momento a mi retrato al óleo que preside a mis libros, le volvió el color y
aliento, fue recobrándose, se hizo dueño de sí, apoyó los codos en mi camilla, a
que estaba arrimado frente a mí, y, la cara en las palmas de las manos y
mirándome con una sonrisa en los ojos, me dijo lentamente:
-Mire usted bien, don Miguel…, no sea que esté usted equivocado y que ocurra
precisamente todo lo contrario de lo que usted cree y me dice.
Capítulo XXXI, Niebla
Juan Antonio Ruiz, Azorín (1873-1967)
La mesonera me ha llevado a un diminuto cuarto, cerrado por una
cortina, sin ventanas, con la sola luz de la puerta. Me encuentro sentado ante
una mesa cubierta con un mantel pequeño. ¡Voy a comer!
Espero un poco; un perro con un cascabel al cuello entra y retoza por la
estancia. Espero otro poco; otro perro fino, negro, luciente – el de esta mañana
y de todas las horas- asoma su oscuro hocico por la puerta y luego se cuela con
pasito mesurado. La mesonera trae un cuenco de recia porcelana con diminutos
pedazos de carne frita; después pone sobre la mesa una botella llena de una
misteriosa mixtura amarilla. Dice que es vino.
Yo como filosóficamente de la carne frita e intento sorber el acedo
brebaje. El perro pequeño ladra y salta; el galgo negro se acerca mansamente y
pone su hocico sobre mi muslo. ¿Me voy a comer toda la vianda? No, no; ya
estoy harto de pedacitos de carne frita. Espero un poco; uno de los perros
continúa ladrando; el otro restriega discretamente su trompa sobre mis
pantalones. Espero otro poco. Y luego me levanto y examino en la pared una
estampa piadosa. Entre tanto el galgo ha puesto los pies sobre la mesa y ha
devorado el resto de la carne… Me canso de esperar y llamo a la huéspeda.
-¿No me da usted nada más?- le pregunto.
Y ella se me queda mirando, extrañada, sonriendo por mi exigencia
estupenda, y exclama:
-¿Qué más quiere usted?
Es verdad; me olvido de que estoy en la Meseta y soy un hombre del
litoral; yo no debo, en Torrijos, querer comer más cosas.
La digestión no resultará pesada; pero hay que ir al casino a tomar un
confortable digestivo. En la plaza hay una casa vieja sobre un alterón del piso;
esta casa tiene un gran pasadizo; dentro de este pasadizo hay una diminuta
puerta de cuarterones. Cuando yo llego ante esta puerta llega también un
hombre vestido de pana gris y ceñido el cuerpo por ancha faja negra. Yo me
detengo un momento ante la puerta cerrada, y él saca una llave de la faja y
abre. Subimos un escalón; luego, a la derecha, reptamos por una escalera
pendiente; ya en lo alto, llegamos a un angosto pasillo, torcemos luego a la
izquierda, y nos hallamos en un cuarto reducido, con tres mesas de mármol y
un ventanillo microscópico.
Los gallos cantan a lo lejos; una cinta de sol fulgente cruza el blanco
mármol y marca sobre el piso un vivo cuadro. Los minutos transcurren lentos,
interminables. Suena a lo lejos una tos seca y persistente; se oye el
chisporroteo de un hornillo.
-¿No viene nadie?- pregunto al mozo.
- Le diré a usted – me contesta- ; es que anoche hubo en el pueblo baile de
máscaras…
Quedo profundamente convencido. Se hace un largo silencio. Llegan
cacareos de gallos y ladridos de perro. Yo siento como si hubieran pasado tres o
cuatro horas en este ambiente de soledad, de aburrimiento, de inercia, de
ausencia total de vida y de alegría. Miro el reloj; son las dos; ha transcurrido
media hora.
En Torrijos, Antonio Azorín
Pío Baroja (1872-1956)
Algunas veces, cuando su madre enviaba por vino o por sidra a la taberna de
Arcale a su hijo Martín, le solía decir:
-Y si te encuentras al viejo Tellagorri, no le hables, y si te dice algo, respóndele
a todo que no.
Tellagorri, tío-abuelo de Martín, hermano de la madre de su padre, era un
hombre flaco, de nariz enorme y ganchuda, pelo gris, ojos grises, y la pipa de
barro siempre en la boca. Punto fuerte en la taberna de Arcale, tenía allí su
centro de operaciones; allí peroraba, discutía y mantenía vivo el odio latente
que hay entre los campesinos y el propietario.
Vivía el viejo Tellagorri de una porción de pequeños recursos que él se
agenciaba, y tenía mala fama entre las personas pudientes del pueblo. Era, en
el fondo, un hombre de rapiña, alegre y jovial, buen bebedor, buen amigo, y en
el interior de su alma bastante violento para pegarle un tiro a uno o para
incendiar un pueblo entero.
La madre de Martín presintió que, dado el carácter de su hijo, terminaría
haciéndose amigo de Tellagorri, a quien ella consideraba como un hombre
siniestro. Efectivamente, así fue; el mismo día en que el tío supo la paliza que
su sobrino había adjudicado al joven Ohando, le tomó bajo su protección y
comenzó a iniciarle en su vida.
El mismo señalado día en que Martín disfrutó de la amistad de Tellagorri,
obtuvo también la benevolencia de Marqués. Marqués era el perro de Tellagorri,
un perro chiquito, feo, contagiado hasta tal punto con las ideas, preocupaciones
y mañas de su amo, que era como él: ladrón, astuto, vagabundo, viejo, cínico,
insociable e independiente. Además, participaba del odio de Tellagorri por los
ricos, cosa rara en un perro.
Tellagorri era un individualista convencido; tenía el individualismo del vasco
reforzado y calafateado por el individualismo de los Tellagorri.
-Cada cual que conserve lo que tenga y que robe lo que pueda- decía.
Ésta era la más social de sus teorías; las más insociables se las callaba.
Tellagorri no necesitaba de nadie para vivir. Él se hacía la ropa; se afeitaba y se
cortaba el pelo, se fabricaba las abarcas, y no necesitaba de nadie, ni de mujer
ni de hombre. Así, al menos, lo aseguraba él.
Cuando Tellagorri tomó por su cuenta a Martín, le enseñó toda su ciencia. Le
explicó la manera de acogotar una gallina sin que alborotase; le mostró la
manera de coger los higos y las ciruelas de las huertas sin peligro de ser visto,
y le enseñó a conocer las setas buenas de las venenosas por el color de la
hierba en donde se crían (…)
Tellagorri era un sabio; nadie conocía la comarca como él; nadie dominaba la
geografía del río Ibaya, la fauna y la flora de sus orillas y de sus aguas como
este viejo cínico. (…)
Tellagorri le curtía a Martín, le hacía andar, correr, subirse a los árboles, meterse
en los agujeros como un hurón; le educaba a su manera, por el sistema
pedagógico de los Tellagorri, que se parecía bastante al salvajismo.
Mientras los demás chicos estudiaban la doctrina y el Catón, él contemplaba los
espectáculos de la Naturaleza, entraba en la cueva de Erroitza, en donde hay
salones inmensos llenos de grandes murciélagos que se cuelgan de las paredes
por las uñas de sus alas membranosas; se bañaba en Ocin beltz, a pesar de
que todo el pueblo consideraba este remanso peligrosísimo; cazaba y daba
grandes viajatas.
Capítulo II de la Primera Parte, Zalacaín el aventurero.
Entraron, y, dirigidos por el Carnicerín, se colocaron cada uno en su sitio.
Había empezado la corrida; la plaza estaba llena. Se veían todas las gradas y
tendidos ocupados por una masa negra de gente.
Manuel miró al redondel; iban a matar al toro cerca de la barrera, a muy
poca distancia de donde ellos estaban. El pobre animal, ya medio muerto,
andaba despacio, seguido de tres o cuatro toreros y del matador, que,
encorvado hacia delante, con la muleta en la mano y la espada en la otra,
marchaba tras él. Tenía el matador un miedo horrible; se ponía enfrente del
toro, tanteando dónde le había de pinchar, y al menor movimiento de la bestia
se preparaba para correr. Luego, si el toro se quedaba quieto, le daba un
pinchazo; después, otro pinchazo, y el animal bajaba la cabeza y, con la lengua
fuera, chorreando sangre, miraba con ojos tristes de moribundo. Tras de mucho
bregar, el matador le clavó la espada más, y lo mató.
Aplaudió la gente y comenzó a tocar la música. El lance pareció bastante
desagradable a Manuel; pero esperó con ansiedad. Salieron las mulillas y
arrastraron al toro muerto.
Al poco rato cesó la música y salió otro toro. Los picadores se quedaron
cerca de las vallas, los toreros se aventuraron un poco, daban un capotazo y
echaban a correr en seguida.
No era aquello, ni mucho menos, lo que Manuel se figuraba; lo visto por
él en los cromos de La Lidia. Él creía que los toreros, a fuerza de arte, andarían
jugando con el toro, y no había nada de aquello; encomendaban su salvación a
las piernas, como todo el mundo.
Después de los capotazos de los toreros, dos monosabios empezaron a
golpear con unas varas al caballo del picador, hasta hacerle avanzar al medio.
Manuel vio al caballo de cerca: era blanco, grande, huesudo, con un aspecto
tristísimo. Los monosabios acercaron el caballo al toro. Este, de pronto, se
acercó; el picador le aplicó la punta de su lanza, el toro embistió y levantó al
caballo en el aire. Cayó el jinete en el suelo, y lo cogieron en seguida; el caballo
trató de levantarse, con todos los intestinos sangrientos fuera, pisó sus
entrañas con los cascos y, agitando las piernas, cayó convulsivamente al suelo.
Manuel se levantó pálido.
Un monosabio se acercó al caballo, que seguía estremeciéndose; el
animal levantó la cabeza como para pedir auxilio; entonces, el hombre le dio un
cachetazo y lo dejó muerto:
-Yo me voy. Esto es una porquería- dijo Manuel al señor Custodio. (…)
Sentía rabia contra todo el mundo, contra los demás y contra él. Le
pareció el espectáculo una asquerosidad repugnante y cobarde.
Último capítulo de La busca.
-La ciencia es la única construcción fuerte de la Humanidad. Contra ese bloque
científico del determinismo, afirmado ya por los griegos, ¿cuántas olas no han
roto? Religiones, morales, utopías; hay todas esas pequeñas supercherías de
pragmatismo y de las ideas-fuerzas…, y, sin embargo, el bloque continúa
inconmovible, y la ciencia no sólo arrolla estos obstáculos, sino que los
aprovecha para perfeccionarse.
- Sí – continuó Iturrioz- ; la ciencia arrolla estos obstáculos y arrolla también al
hombre.
- Esto, en parte, es verdad – murmuró Andrés, paseando por la azotea.
- Ya la ciencia para nosotros – dijo Iturrioz- no es una institución con un fin
humano, ya es algo más; la habéis convertido en ídolo.
- Hay la esperanza de que la verdad, aun la que hoy es inútil, pueda ser útil
mañana – replicó Andrés.
- ¡Bah! ¡Utopía! ¿Tú crees que vamos a aprovechar las verdades astronómicas
alguna vez?
- ¿Alguna vez? Las hemos aprovechado ya.
- ¿En qué?
- En el concepto del mundo.
- Está bien; pero yo hablaba de un aprovechamiento práctico, inmediato. Yo, en
el fondo, estoy convencido de que la verdad en bloque es mala para la vida.
Esa anomalía de la Naturaleza que se llama vida necesita estar basada en el
capricho, quizá en la mentira.
- En eso estoy conforme – dijo Andrés-. La voluntad, el deseo de vivir, es tan
fuerte en el animal como en el hombre. En el hombre es mayor la comprensión.
A más comprender, corresponde menos desear. Esto es lógico, y además se
comprueba en la realidad. La apetencia por conocer se despierta en los
individuos que aparecen al final de una evolución, cuando el instinto de vivir
languidece. El hombre, cuya necesidad es conocer, es como la mariposa que
rompe la crisálida para morir. El individuo sano, fuerte, no ve las cosas como
son, porque no le conviene. Está dentro de una alucinación. Don Quijote, a
quien Cervantes quiso dar un sentido negativo, es un símbolo de la afirmación
de la vida. Don Quijote vive más que todas las personas cuerdas que le rodean,
vive más y con más intensidad que los otros. El individuo o el pueblo que quiere
vivir se envuelve en nubes como los antiguos dioses cuando se aparecían a los
mortales. El instinto vital necesita de la ficción para afirmarse. La ciencia
entonces, el instinto de crítica, de averiguación, debe encontrar una verdad: la
cantidad de mentira que se necesita para la vida. ¿ Se ríe usted?
- Sí, me río porque eso que tú expones con palabras del día está dicho nada
menos que en el Génesis. Tú habrás leído que en el centro del Paraíso había
dos árboles: el árbol de la vida y el árbol de la ciencia del bien y del mal. El
árbol de la vida era inmenso, frondoso y, según algunos santos padres, daba la
inmortalidad. El árbol de la ciencia no se dice cómo era; probablemente sería
mezquino y triste. Cuando Dios tuvo a Adán delante, l
e dijo: “Puedes comer todos los frutos del jardín; pero cuidado con el fruto del
árbol de la ciencia del bien y del mal, porque el día que tú comas ese fruto
morirás de muerte.” Y Dios, seguramente, añadió: “Comed del árbol de la vida,
sed bestias, sed cerdos, sed egoístas, revolcaos por el suelo alegremente; pero
no comáis del árbol de la ciencia, porque ese fruto agrio os dará una tendencia
a mejorar que os destruirá.” ¿No es un consejo admirable?
Cuarta parte, El árbol de la ciencia
Ramón María del Valle-Inclán (1886-1936)
Max: ¿Debe estar amaneciendo?
Don Latino: Así es.
Max: ¡Y qué frío!
Don Latino: Vamos a dar unos pasos.
Max: Ayúdame, que no puedo levantarme. ¡Estoy aterido!
Don Latino: ¡Mira que haber empeñado la capa!
Max: Préstame tu carrik, Latino.
Don Latino: ¡Max, eres fantástico!
Max: Ayúdame a ponerme en pie.
Don Latino: ¡Arriba, carca!
Max: ¡No me tengo!
Don Latino: ¡Qué tuno eres!
Max: ¡Idiota!
Don Latino: ¡La verdad es que tienes una fisonomía algo rara!
Max: ¡Don Latino de Hispalis, grotesco personaje, te inmortalizaré en una
novela!
Don Latino: Una tragedia, Max.
Max: La tragedia nuestra, no es tragedia.
Don Latino: ¡Pues algo será!
Max: El Esperpento.
Don Latino: No tuerzas la boca, Max.
Max: ¡Me estoy helando!
Don Latino: Levántate. Vamos a caminar.
Max: No puedo.
Don Latino: Deja esa farsa. Vamos a caminar.
Max: Los Ultraístas son unos farsantes. El esperpentismo lo ha inventado Goya.
Los héroes clásicos han ido a pasearse en el callejón del Gato.
Don Latino: ¡Estás completamente curda!
Max: Los héroes clásicos reflejados en los espejos cóncavos dan el Esperpento.
El sentido trágico de la vida española solo puede darse con una estética
sistemáticamente deformada.
Don Latino: ¡Miau! ¡Te estás contagiando!
Max: España es una deformación grotesca de la civilización europea. Las
imágenes más bellas en un espejo cóncavo son absurdas.
Don Latino: Conforme. Pero a mí me divierte mirarme en los espejos de la
calle del Gato.
Max: Y a mí. La deformación deja de serlo cuando está sujeta a una
matemática perfecta. Mi estética actual es transformar con matemática de
espejo cóncavo las normas clásicas.
Don Latino: ¿Y dónde está el espejo?
Max: En el fondo del vaso.
Don Latino: ¡Eres genial! ¡Me quito el cráneo!
Max: Latino, deformemos la expresión en el mismo espejo que nos deforma las
caras y toda la vida miserable de España.
Don Latino: Nos mudaremos al callejón del gato.
Luces de bohemia