“Sombras liquidas”
Sacaste el ultimo cigarrillo de la caja, como mi sol, lo lanzaste al caribe
y encendiste mecha para convocar el satín del humo, me miraste.
Profundamente, y escupiste el halito del cigarro al mi rostro para así
marcharte.
Era una noche de tempestad con el olor al nombre de tragedia que latía
con florescencia, lejos de lo cohibido con música de lluvia hurgar la
sapiencia, diáfana mire a tu sombra y el eco de tu silueta caminar al
prestigio de la ensenada del olvido marchito, la ocurrencia desata el
llanto y las voces de cada gota enredada en el diluvio fantasmal me
sumerge en el agobio insípido, de recuerdos naces con tu tacto cálido
que anochece frio, ¿debería llamarte para que me regreses mi cuerpo y
mi nombre? Dolor puro doblemente sufrido al fisurar del remoto
principio hambrío me adelgaza entre la arpa de la brizna sin cumbre.
Si tan solo hubiera oído… pero al tocarte el bullicio era recalcitrante,
mencionan el tibio miedo de la carencia en su plumaje, tu mirada suave
despojan del sudario de mi infierno sin bautizo, esa noche, dijiste muy
claro, “Se termino” pero ¿Qué mas se había terminado? Entre las
fogatas del cantil reflejado en los charcos de chubasco, y el pavimento
como perlas negras de caviar aglutinadas, camine escuchando el raso
de mis ilusiones profundas socavarse sin aliento, mis ojos eran hojas
secas que ya habían lloviznado. Sientes la muerte ajena pero tan tuya
como la felpa de mi abrigo, solloce cuando al mirar atrás no te vi, y el
raso de un carro en metraje fugaz movió mi melena y mis huesos.
Las lagrimas saben al mar, a que te ahogas en un riachuelo salado que
te empuja al borde y te raspa con el peñasco... mientras el eco de tu
ausencia siembra difuntos en cascaras de ausencia, tu voz retumbaba
como un tambor roto en mi pecho. El horizonte se desdibujaba en
sombras líquidas, y la tormenta parecía devorar lo poco que quedaba de
mi cordura. Caminé sin rumbo, sintiendo que mis pasos no me
pertenecían, como si el suelo mismo se burlara de mi intento infantil de
avanzar a donde hubiese una calidez semejante a la tuya.
El humo de tu último cigarrillo aún flotaba en el aire, un fantasma
celeste y tenue que se aferraba a mi piel como un recordatorio. No
sabía si quería odiarte o amarte por última vez, pero la duda me
carcomía, lenta y voraz, como la marea que desgasta las piedras.
El mundo seguía moviéndose, indiferente, mientras yo me desmoronaba
en silencio. Y en ese instante, bajo la furia de los relámpagos y el
susurro constante de la lluvia, entendí que algo más se había acabado:
no solo nosotros, sino también la versión de mí que te pertenecía.
Quedé allí, perdida entre el abismo del pasado y la incertidumbre del
futuro, con el sabor del mar en mis labios y la certeza de que no habría
vuelta atrás ya que todo fue inútil.