Hfil T2
Hfil T2
Índice
1. El filósofo de las ideas. 5
2. La teoría de las ideas: una metafísica dualista. 6
2.1. Los dos ámbitos de la realidad. 7
2.2. Las esencias y el Demiurgo. 8
2.3. La teoría de la participación 9
2.4. La jerarquía de las Ideas. 11
3. El problema del conocimiento: La epistemología. 12
3.1. Dos mundos, dos formas de conocer 12
3.2 La dialéctica. 14
3.3 La reminiscencia. 16
4. Cuerpo y alma: la antropología. 18
4.1. El dualismo antropológico 18
4.2 La inmortalidad del alma. 18
4.3 La teoría de la transmigración de las almas 19
4.4 Las tres partes del alma humana 19
5. La ética del bien. 21
5.1. Las virtudes y la justicia 22
6. La pasión política de Platón 24
6.1. La ciudad ideal 24
6.2. Hacia la armonía de la sociedad perfecta 26
6.3. La justicia en el individuo y en la sociedad 26
La importancia de Platón en la historia del pensamiento es gigantesca. En su
obra se recoge la preocupación que ya mostraron los presocráticos por
explicar el origen y la estructura del mundo natural. Pero sus escritos también
reflejan el interés de Sócrates y los sofistas por el ser humano, la ética y la
política. En sus diálogos, Platón aborda un enorme abanico de problemas
filosóficos, y lo hace de una forma tan atractiva y profunda que su lectura
sigue siendo en la actualidad una poderosa fuente de inspiración para
nosotros. El hecho de que intente tratar simultáneamente problemas tan
dispares como la naturaleza humana o la metafísica, de forma coherente, le
convierte en el primer autor sistemático de la historia del pensamiento.
PLATÓN
Nace en Atenas, en el año 427 a. C. Sus padres, Aristón y Perictione, están
emparentados con algunas de las familias más importantes de Grecia. Los
antepasados de su padre se remontan hasta el rey Codros y los de su madre hasta
Solón, el primer legislador de Atenas. Tiene dos hermanos y una hermana, uno de
cuyos hijos, Espeusipo, le sucede al frente de la Academia. A la muerte de su padre,
su madre vuelve a casarse con uno de los hombres más ricos de la ciudad, Pirilampes.
Son familiares de Platón los políticos Cármides y Critias, que forman parte del
gobierno de los Treinta Tiranos, gobierno títere impuesto por Esparta cuando derrota
a Atenas en la guerra del Peloponeso. No es de extrañar, por lo mismo, que, desde
joven, tuviera una clara vocación política, como reconoce él mismo en la Carta VII,
epístola que posee un marcado carácter autobiográfico: «siendo yo joven pasé por la
misma experiencia que otros muchos; pensé dedicarme a la política tan pronto como
llegara a ser dueño de mis actos».
A los dieciocho años conoce a Sócrates, convirtiéndose en el más fiel y entusiasta
de sus discípulos y, a su muerte, huye a Megara con un grupo de socráticos. Viaja
también a Egipto y de allí pasa a Italia a través del norte de África. En la Italia
meridional se pone en contacto con Arquitas, pitagórico, estadista y matemático, y
este encuentro puede explicar la influencia en su obra de la filosofía pitagórica y la
reverencia que siente hacia las matemáticas. En filosofía tiene como maestro a
Crátilo, discípulo de Heráclito, y las enseñanzas que de él recibe influyen, sin duda
alguna, en su afirmación de que sobre lo sensible, que está en continuo cambio, no
puede haber conocimiento estable.
En el 388 a. C., pensando que era posible organizar una ciudad conforme a las
pautas que recogerá poco tiempo después en la República, viaja a Sicilia, donde
conoce a Dión, ferviente admirador suyo y cuñado del tirano de Siracusa, Dionisios.
Se le permite tratar de organizar la ciudad de acuerdo con sus ideas y el resultado del
intento no es otro que su venta como esclavo cuando intenta regresar a Atenas en
una nave espartana, gracias a un plan urdido por Dionisio.
Un amigo suyo lo reconoce en Egina, lo rescata y lo pone en libertad.
A su vuelta a Atenas, funda la Academia, en cuya puerta, según la tradición,
coloca un cartel que dice: «Nadie entre aquí que no sea geómetra». Instalada en los
jardines de Academos (de ahí su nombre), es, en palabras de Jean Whal, «la primera
Universidad verdaderamente organizada». En el 367 a. C. muere Dionisios y le sucede
su hijo Dionisios II, Platón vuelve a Siracusa, pero las luchas internas por el poder que
se producen en la ciudad le obligan a abandonar y a volver a Atenas al año siguiente.
Todavía lo va a intentar Platón una tercera vez, en el año 361 a. C., cuando es
requerido nuevamente por Dionisios II, pero otra vez fracasará en su intento y, al año
siguiente, vuelve de nuevo a Atenas, donde permanecerá, dedicado a escribir, hasta
su muerte, que se produce en el 347 a. C.
Sus obras están escritas en forma de diálogo y suponen, como se ha afirmado
frecuentemente, una «ventana abierta a los problemas de la época», tanto por los
temas que tratan como por los personajes que intervienen en ellas y que encarnan
maneras definidas de pensar muy acordes con el momento. No deja, pues, tratados
sistemáticos sino conversaciones, a menudo salpicadas de bromas, y en las que
continuamente aparece la anécdota.
OBRA
En cuanto a la fecha de su escritura, y aunque existen diferencias entre unos
comentaristas y otros, lo más habitual es dividirlas en cuatro periodos:
- Periodo socrático. Contiene los diálogos que escribe Platón antes de realizar su
primer viaje a Siracusa en el 388 a. C.; reciben este nombre porque intentan reflejar la
personalidad y las ideas de Sócrates, así como exonerarle de las inculpaciones que le
llevaron a la muerte: Apologia de Sócrates, Critón, Ión, Lisis, Protágoras, Laques,
Cármides, Eutrifón.
- Periodo de transición. Contiene los publicados entre los años 388 al 385 a. C., y en
ellos comienzan a despuntar las ideas genuinamente platónicas: Hipias Menor, Hipias
Mayor, Gorgias, Menéxeno, Eutidemo, Crátilo, Menón.
- Periodo de madurez. Comprende los escritos entre los años 385 al 370 a. C., en ellos
el autor desarrolla sus más famosas teorías (las ideas, el conocimiento, la dialéctica, la
organización del Estado): Banquete, Fedón, Fedro y República.
- Periodo de vejez. Contiene los escritos desde el 370 a. C. hasta su muerte.
Suponen en muchos casos una fuerte crítica a algunas de sus teorías anteriores:
Teeteto, Parménides, Sofista, Político, Filebo, Timeo, Critias y las Leyes.
1. El filósofo de las ideas.
Todas las obras de Platón están escritas en forma de diálogo. Las razones que se han
dado para explicar este hecho son varias:
Todas ellas son válidas y pueden haber influido en que Platón escribiera sus obras en
la forma en que lo hizo, pero hay algunos pensadores que sostienen que el platonismo
es la filosofía originaria, en el sentido estricto del término, y que el diálogo platónico
ha sido el modo «necesario» de la presentación de la filosofía original.
El motivo de esta afirmación hay que situarlo en la concepción que Platón posee de
la filosofía. Para Platón la filosofía es, en primer lugar, ruptura, crítica, repulsa de la
opinión, de los hábitos mentales aceptados corrientemente. Y esto es lo que él
pretende conseguir con los diálogos: demostrar lo inconsistente de toda actitud
mental y de toda conducta fundada en la opinión, dóxa; poner en evidencia el vacío
de la opinión, y hacer ver que la opinión, aunque se presente como coherente y como
fundada en hechos y evidencias, no es sino expresión de la pasión, del capricho, de la
manipulación del lenguaje. En este sentido, como podemos suponer, combate
activamente las ideas sofísticas, siguiendo la estela de Sócrates.
Pero la reflexión filosófica, para Platón, no es solo repulsa, sino construcción: los
diálogos platónicos, después de haber demostrado que la opinión no es válida, se
esfuerzan por construir un razonamiento que satisfaga a todo individuo de buena fe y
le permita responder eficazmente a las preguntas tanto teóricas como prácticas que
se le planteen.
Sin embargo, tanto Sócrates como Platón creían que las teorías relativistas eran falsas
y, además, peligrosas. Los relativistas afirmaban que las cosas son tal y como las
percibimos, pero olvidaban la importante diferencia que hay entre la apariencia y
la realidad, de acuerdo con Sócrates y Platón.
Sin embargo, alcanzar la auténtica realidad no resulta nada fácil. Para lograrlo
debemos ir más allá de nuestras opiniones particulares, recordando que a menudo las
apariencias nos confunden. La tarea de la filosofía consiste según Platón,
precisamente, en ayudarnos a encontrar ese camino en busca de la verdad.
La investigación de Platón no sólo se ocupa de la moral, sino que también abarca temas
como la naturaleza, el conocimiento o el ser humano. En todos estos campos la inspiración
fundamental del pensamiento platónico procede del convencimiento, heredado de
Sócrates, de que la auténtica realidad está más allá de las apariencias, y que sólo
podemos alcanzarla mediante un esfuerzo serio y comprometido con la verdad.
2.1. Los dos ámbitos de la realidad.
El estudio de las matemáticas ofreció a Platón algunas claves importantes en su
búsqueda de la auténtica realidad. Por poner un ejemplo, todos sabemos lo que es un
cuadrado y podemos imaginarnos su aspecto sin ningún problema. Sin embargo, si
intentamos representar gráficamente esta figura geométrica usando un lápiz o una
tiza, enseguida comprobaremos que nos resulta imposible dibujar un cuadrado con
total exactitud.
¿Cómo es posible que todos sepamos de manera clara en qué consiste un cuadrado
perfecto, cuando lo cierto es que resulta imposible dibujar esta figura con exactitud?
Platón creía que este enigma sólo podía resolverse reconociendo la existencia de dos
ámbitos distintos de la realidad. Por un lado, está el mundo sensible, formado por
las cosas. Por el otro, está el mundo inteligible, compuesto por las esencias.
El mundo sensible está constituido por todas las cosas que vemos y tocamos. Este es
el mundo material que percibimos con los sentidos y que está formado por cosas
particulares que son imperfectas, cambiantes y perecederas.
Pero también existe un mundo diferente, separado de todo lo material e integrado por
las esencias. Se trata del mundo inteligible, compuesto por realidades inmateriales
que no se pueden captar con los sentidos, sino únicamente mediante la razón. A
diferencia de las cosas, las esencias son universales, perfectas, eternas e inmutables.
Este es el mundo al que pertenecen realidades como, por ejemplo, las figuras
geométricas perfectas, los números o los conceptos abstractos como el bien, la justicia
o la belleza.
Es importante señalar que, para Platón, las esencias existen en un plano muy distinto
al de las cosas materiales. Las esencias son trascendentes, porque están más allá del
mundo sensible y pertenecen a una realidad de orden superior.
· Universales, mientras que las cosas sensibles son individuales y mantienen con
ellas, entre otras, la relación que lo particular mantiene con lo universal.
· Se encuentran, además, jerarquizadas y existe una idea que posee un rango
tan elevado en esa jerarquía, que las abarca a todas. En este aspecto existe una
evolución en el pensamiento de Platón y mientras que en la República atribuye
claramente este papel a la idea del «bien», en su vejez es la idea de «lo uno» la que
ocupa la posición central dentro de su sistema.
Platón dedica una de sus últimas obras, como el Timeo, a explicar su concepción del
mundo sensible, del «mundo visible», mundo que se encuentra entre el ser y el no ser,
sin verdadera y propia realidad, siempre cambiante, y que no es sino una imagen, una
copia de la idea a la que tiende a imitar sin conseguirlo nunca.
Este mundo ha sido hecho por el demiurgo. No se trata de que el demiurgo haya
creado el mundo de la nada (el concepto de creación no existe en la cultura griega); lo
que el demiurgo ha hecho, por ser sumamente inteligente y bueno, es actuar sobre
una materia informe y caótica, que existía desde siempre, y sacarla de su estado de
confusión y desorden para llevarla a un estado de orden, convencido de que este
estado era mejor que aquel primitivo caos en el que se encontraba.
La teoría de las Ideas es una doctrina ontológica, puesto que describe cuáles son las
realidades que verdaderamente existen. La metafísica de Platón es dualista, porque
distingue dos ámbitos diferentes de la realidad, que son el mundo sensible y el mundo
inteligible.
Platón creía que la existencia de estos dos mundos tan distintos permitía explicar las
enormes diferencias que hay entre las cosas y las esencias. Sabemos por
experiencia que todas las cosas que vemos y tocamos están sujetas al cambio, la
imperfección y el deterioro. Cualquier cuadrado que podamos dibujar tendrá defectos
y acabará por desaparecer con el tiempo. Las esencias, sin embargo, no sufren
alteraciones ni perecen jamás: la esencia que define lo que es un cuadrado es siempre
la misma, para cualquier persona, en todo momento y en todo lugar. Por eso, las
esencias no pueden formar parte del mundo de las cosas, sino que pertenecen a
un ámbito propio, que es eterno, perfecto e inmutable. A este ámbito en el que existen
las esencias es a lo que Platón denominó mundo inteligible o mundo de las Ideas.
La distinción platónica entre el mundo sensible y el mundo inteligible deja abierta una
importante cuestión: ¿cuál es la relación que hay entre estos dos ámbitos de la
realidad? ¿Existe algún vínculo entre las cosas y las Ideas?
Para comprender la conexión que Platón establecía entre estos dos mundos, puede ser
útil analizar algún caso concreto. Fijémonos, por ejemplo, en todas las cosas bellas que
existen a nuestro alrededor. Se trata de un conjunto muy variado de personas,
acciones y objetos que nos parecen hermosos. Lo que tienen en común es que en
todos ellos, en mayor o menor medida, se hace presente la belleza. Sin embargo, la
belleza en sí misma no pertenece al mundo sensible, puesto que no hay un objeto que
sea la belleza como tal, la belleza en sí misma, sino que es una esencia del mundo
inteligible, de acuerdo con Platón. Es decir, es algo que se manifiesta en los objetos
sensibles, sin que exista ningún objeto sensible que sea la belleza misma. ¿Cómo es
posible, entonces, que aparezca en las cosas que vemos y tocamos?
Platón creía que esta cuestión sólo podía aclararse suponiendo que todo lo que es
bello participa, de alguna manera, en la Idea de belleza. Las cosas hermosas son
bellas porque en ellas se hace presente, aunque sea solo de forma parcial e
imperfecta, la esencia eterna e inmutable de la belleza. Así pues, la relación entre las
cosas y las Ideas puede entenderse como una participación (methexis, en griego).
La teoría de la participación afirma que las Ideas actúan como modelos eternos e
inmutables de las cosas, que a su vez son lo que son porque participan de aquella
Idea de la cual proceden. Las cosas del mundo sensible proceden de una Idea a la que
tratan de imitar aunque solo lo consigan parcialmente. De hecho, Platón creía que
todos los objetos del mundo sensible intentan parecerse lo más posible a las Ideas de
las cuales participan, pese a que nunca terminen de lograrlo.
De esta manera, las Ideas no son solo el arquetipo, modelo o paradigma del cual
proceden las cosas, sino que también son el ideal al que estas se “esfuerzan” por
acercarse. Para explicar esta tensión dinámica entre las Ideas y las cosas que tienden
a ellas, Platón solía referirse a la relación entre un amante y su amado. Al igual que el
amor nos mueve a perfeccionarnos para acercarnos lo más posible a lo que amamos,
del mismo modo, las cosas se esfuerzan por parecerse e imitar de la mejor manera
que pueden a las Ideas.
Según Platón, las cosas son lo que son y tienen las cualidades que tienen porque
imitan o aspiran a las Ideas correspondientes.
No obstante, hay que tener en cuenta que a la hora de explicar esta relación entre
ideas y objetos sensibles, se encuentran algunas diferencias a lo largo de la obra de
Platón. Mientras que en los diálogos de juventud recalca la inmanencia de las ideas
con respecto a las realidades sensibles -y habla de que las ideas están «presentes» a
las cosas, y que estas las «poseen» o «participan» de ellas-, en los de madurez insiste
más en la trascendencia de las ideas, y afirma que estas son «modelos», «arquetipos
ideales», mientras que las cosas sensibles son «copias», «sombras», «imágenes»;
establece entre las ideas y las cosas una relación de causalidad expresada como
imitación o copia.
De entre todas las Ideas, Platón afirma que las principales son las de relaciones y
valores como la Bondad, la Belleza o la Justicia. Y por encima de todas ellas, en el
vértice de la pirámide, está la Idea de Bien, que es la más importante de todas.
De acuerdo con Platón, las Ideas del mundo inteligible están ordenadas
jerárquicamente. Por encima de todas ellas se encuentra la Idea de Bien, que es la Idea
suprema.
3. El problema del conocimiento: La epistemología.
Por un lado, está el mundo sensible, que puede captarse a través de los sentidos, pero
que al ser imperfecto y cambiante no se corresponde con la verdadera realidad. Por
otro lado, está el mundo de las Ideas, que constituye la auténtica realidad perfecta y
eterna, a la que solo puede llegarse mediante la razón.
De acuerdo con Platón, estas dos formas de conocimiento son por completo
distintas. Todo lo que captamos mediante los sentidos es cambiante e imperfecto. De
manera que el conocimiento sensible no es un saber de lo verdadero, sino solo de lo
aparente. Por eso, Platón llama opinión (doxa, en griego) a este tipo de saber falible e
incompleto, ya que es el conocimiento de cosas contingentes y cambiantes.
Platón distingue dos formas de saber distintas: la doxa ("opinión") es el conocimiento del
mundo sensible, que se realiza por medio de los sentidos y que es imperfecto e
incompleto; la episteme ("ciencia" o "saber verdadero") corresponde al mundo inteligible,
se alcanza con la razón y es un conocimiento de Ideas eternas e inmutables.
A→D→C→E→B
1. El segmento AC representa el conocimiento sensible, o conocimiento del mundo de
lo que se genera y se corrompe, y es propio de los seres humanos que carecen de
educación, de instrucción; proporciona opinión (dóxa) y posee dos niveles:
3.2 La dialéctica.
Para llegar a «recordar lo olvidado» (conocer) hay que seguir un método, un camino,
que Platón denomina dialéctica, y que es el camino, el método, que va desde la
«imaginación» al «conocimiento», desde la visión de las sombras en el interior de la
caverna a la contemplación de la luz del sol. Y, una vez que se ha contemplado el sol,
una vez que el ser humano ha descubierto el principio de todas las ideas, de todas las
realidades, es el camino que ha de seguir para informar a los que todavía se
encuentran encadenados sobre cómo es la auténtica realidad, el camino que ha de
seguir para señalar a los demás seres humanos cómo hay que vivir para hacerlo
justamente.
La dialéctica es camino y método en una doble vertiente: del conocimiento y de la
libertad; de la ciencia y de la justicia; saber y conocer es buscar la verdad y liberarse
de las opiniones y los prejuicios. Por eso, Platón es un filósofo «ilustrado», porque
reclama la emancipación teórica y práctica del ser humano. La dialéctica tiene, pues,
una doble dirección:
- Platón sabía lo difícil que resulta desprenderse del testimonio de los sentidos
para acceder al mundo de las Ideas. Para conseguirlo, recomendaba que se
profundizase en el estudio de las matemáticas. Los objetos matemáticos no
son cosas que podamos ver y tocar, sino que son entes inmateriales. Por
supuesto, podemos usar una pizarra para dibujar un triángulo, elaborando así
una imagen sensible de lo que estamos pensando. Pero también podemos
pensar en las propiedades de un triángulo cualquiera sin necesidad de
dibujarlo. Por ejemplo, sabemos que en cualquier triángulo la suma de sus
ángulos debe ser igual a 180°. Cuando razonamos de esta manera no estamos
basándonos en cosas materiales, sino que manejamos solo objetos mentales,
que existen única y exclusivamente en nuestro pensamiento.
3.3 La reminiscencia.
La teoría de la ascensión dialéctica puede parecer a primera vista algo extraña. Lo
que Platón afirma es que las personas, aunque vivimos en el mundo sensible, somos
capaces de captar una realidad mucho más elevada si nos remontamos al mundo de
las Ideas. Pero ¿cómo es eso posible, si las Ideas no se pueden ver ni tocar? ¿Qué vía
de acceso tenemos los seres humanos para alcanzar la realidad inmaterial del mundo
inteligible?
Platón creía que las personas podemos captar las Ideas porque, de alguna manera,
estas ya se encuentran en nuestro interior. Por eso todos sabemos de qué estamos
hablando cuando nos referimos a la Justicia, el Bien o la Belleza, aunque nos resulte
difícil definir estos conceptos con exactitud.
Para que nos entendamos, es como si nuestra alma ya conociese esas Ideas, pero
por alguna razón las hubiera olvidado y tuviera dificultades para contemplarlas de
nuevo. Para poder explicar esta situación, Platón propuso la teoría de la
reminiscencia, que se encuentra recogida en diálogos como el Menón o el Fedón.
Según esta teoría, las Ideas nos resultan de algún modo familiares porque nuestra
alma ya ha estado en contacto con ellas, aunque nosotros no nos acordemos. Esto
debió suceder antes de nuestro nacimiento, cuando nuestra alma se encontraba en el
mundo inteligible rodeada de las Ideas inmateriales.
Platón explicaba la diferencia entre las dos partes de que está compuesto el ser
humano. Siguiendo la tradición pitagórica, afirmaba que el cuerpo (soma, en griego)
es una especie de prisión (en griego sema) en la que el alma está encerrada. De
acuerdo con Platón, las pasiones y los apetitos del cuerpo, asociados a su carácter
innoble y terrenal, son responsables de nuestros defectos e imperfecciones. Las
necesidades y los deseos corporales nos acosan continuamente, alejándonos de la
sabiduría y de la auténtica felicidad.
Si uno se deja llevar por las exigencias del cuerpo, acabará siendo esclavo de sus
propias pasiones. Por eso, para llevar una vida plena y satisfactoria, lo que se
debería hacer, según Platón, es cultivar la parte racional, asociada al alma, sin permitir
que la parte corporal domine a la persona. Eso exige llevar una vida ascética.
Podemos ver aquí cierta influencia pitagórica. Para superar todas las inclinaciones
materiales, sería necesario poner freno a los placeres y los deseos. Por contrapartida,
el centro de atención y de ocupación debería ser el aspecto racional, y no tanto el
cuerpo.
Según Platón, el proceso de las reencarnaciones se repite una vez tras otra. Con cada
vida existiría la oportunidad de mejorar y purificar el alma siguiendo una forma de
vida ascética. Si al cabo de suficientes ciclos el alma queda completamente purificada
de inclinaciones materiales, dejaría de reencarnarse. Entonces el alma podrá
permanecer para siempre, plena y dichosa, en el mundo de las Ideas al cual
verdaderamente aspira.
De acuerdo con esta teoría, pueden distinguirse tres partes distintas en el alma
humana, asociadas a funciones diferenciadas con claridad. La mejor parte es la parte
del alma racional, que está relacionada con el pensamiento. Luego está la parte del
alma irascible, que es la sede de las pasiones y los sentimientos nobles, como el
honor, la ira, la ambición, el valor… Por último, la parte del alma apetitiva o
concupiscible, es la sede de los deseos y apetitos corporales, como el ansia de comer
cuando se tiene hambre o el impulso sexual.
Platón creía que el tipo de persona que cada uno es depende de la parte del alma que
predomine en él o ella. Aquellos en los que destaca la parte racional tienen un especial
interés por el aprendizaje y valoran por encima de todo la racionalidad. Las personas
en las que predomina el alma irascible se caracterizan por su arrojo y están
preocupadas por el honor. Finalmente, quienes están dominados por el alma apetitiva
se dejan arrastrar por sentimientos innobles y se interesan, sobre todo, por cuestiones
de tipo material.
El alma, para Platón, al ser independiente del cuerpo, no difiere entre sexos. En este
sentido, Platón puede considerarse un autor adelantado a su tiempo: por coherencia
con su teoría, y en contra de las creencias habituales de su tiempo, planteó que las
mujeres debían de ser a nivel intelectual capaces de los mismos logros que los
hombres, aunque no lo fuesen a nivel físico. En concordancia con esto, como veremos,
propuso en su sistema político que tuviesen acceso a la educación en relativo pie de
igualdad con los hombres.
5. La ética del bien.
Según Platón, el bien y la justicia existen por sí mismos y son iguales para todas las
personas en todos los lugares y en todas las épocas. Esta visión contrasta con la
teoría relativista que defendían los sofistas, y que tanto Sócrates como Platón
rechazaron con contundencia.
Platón también era partidario del intelectualismo moral socrático. De acuerdo con
esta visión, si alguien se comporta de un modo incorrecto, no es porque sea un
malvado, sino que actúa así por ignorancia. Cuando se conoce de verdad en qué
consiste el auténtico bien (que es único e igual para todos), entonces necesariamente
se actúa bien. Quien se comporta mal en realidad lo hace porque está equivocado y
cree que con su conducta puede obtener un bien, lo cual es un lamentable error.
El problema, sin embargo, es que no todo el mundo está capacitado para llegar a
contemplar la Idea de Bien. Como vimos, para Platón el Bien es la realidad suprema
que preside toda la jerarquía de ideas en el mundo inteligible. Esta Idea, la más
importante de todas, es también la más difícil de captar. Para llegar hasta ella hace
falta recorrer un largo y complicado proceso de ascensión dialéctica que requiere
años de esfuerzo y dedicación. Además, solo podrán acceder a la Idea de Bien
quienes estén dispuestos a preocuparse sólo del alma y de la razón, renunciando
ascéticamente a dejarse llevar por los deseos y las pasiones corporales.
Esto significa que solo unas pocas personas son realmente capaces de comprender en
qué consiste el verdadero bien. Para ellos, el problema de la moralidad quedará
resuelto cuando capten la Idea de Bien, ya que entonces obrarán siempre de manera
adecuada. Pero ¿cómo deberían actuar las demás personas que no pueden aspirar a
contemplar la Idea de Bien?
5.1. Las virtudes y la justicia
De acuerdo con Platón, las únicas personas que pueden aspirar a captar la Idea de
Bien son las que tienen un alma predominantemente racional. Los demás seres
humanos, en los que domina el alma irascible o concupiscible, son incapaces de
realizar la ascensión dialéctica, por lo que jamás podrán contemplar las Ideas en sí
mismas. Pero estas personas también pueden comportarse de forma moralmente
adecuada, dentro de los límites que les impone su específico tipo de alma.
Platón pensaba que cada tipo de alma está asociado a una forma de vida
característica, que es la más conveniente para ese tipo de personas. A cada una de
estas formas de vida está asociada una virtud o excelencia, que se corresponde con
las cualidades que son más deseables para esa clase de seres humanos.
Platón pensaba que a cada tipo de alma le corresponde una virtud específica: al
alma racional, la sabiduría; al alma irascible, la valentía, y al alma concupiscible, la
moderación.
Sin embargo, por encima de las demás cualidades se encuentra la virtud más
importante de todas, que es la justicia. Platón creía que, para que en un individuo
reine la justicia, es preciso que la dimensión racional de su alma controle las partes
irascible y apetitiva. Solo puede alcanzarse la justicia cuando la razón es capaz de
dominar nuestras pasiones y nuestros deseos, esto es, cuando hay una armonía entre
las tres partes del alma.
En el diálogo Fedro, Platón explica esta teoría comparando el alma humana con un
carro guiado por un auriga y tirado por dos caballos alados. Uno de los caballos es
noble y bueno, pero el otro es perezoso y desobediente. El auriga representa el alma
racional, mientras que el caballo noble se corresponde con el alma irascible, y el
caballo desobediente, con el alma apetitiva.
La alegoría pretende mostrar que el carro (la vida humana) solo podrá avanzar si el
auriga (la razón) consigue dominar y controlar a los dos caballos (la pasión y los
deseos) sin dejar que estos se desboquen.
Platón nos muestra en este mito unos caballos alados, porque el objetivo del auriga es
ascender hacia el cielo, que simboliza el mundo de las Ideas. Pero, si el auriga es
incapaz de mantener el control de los dos caballos, el carro (que representa la vida
humana) se desequilibrará, acabará por precipitarse hacia el suelo y caerá en el
mundo sensible, material e imperfecto.
Durante toda su vida, Platón sintió un gran interés por la política. Su familia era noble,
rica e influyente, y muchos de sus miembros habían tenido un papel destacado en la
política ateniense. Desde su juventud, Platón también sintió deseos de involucrarse en
la política activa, aunque finalmente se alejó de la participación directa en los asuntos
públicos.
Cuando Platón era joven, la derrota de Atenas en la guerra del Peloponeso supuso el
final de la democracia y la instauración de un régimen aristocrático impuesto por los
espartanos. En este Gobierno, conocido como la Tiranía de los Treinta, participaron
algunos familiares de Platón. Sin embargo, el Gobierno de los Treinta Tiranos actuó de
manera injusta, cruel y despótica, por lo que Platón pronto se sintió decepcionado con
el régimen, pese a su pensamiento pro espartano.
En cambio, los que tienen un alma irascible deberían ser soldados (guardianes),
ocupados en defender a la sociedad de sus enemigos.
Por último, el gobierno de la ciudad estará reservado a aquellos en los que prevalezca
el alma racional, los únicos capacitados para comprender en qué consisten el Bien y la
Justicia, Ideas universales y objetivas que deben inspirar las decisiones de los
gobernantes. Por eso, quienes son capaces de captarlas conocen la auténtica verdad
y pueden basarse en ella para gobernar con justicia. Así, el mando político debe
confiarse a los filósofos (reyes-filósofos), que son los únicos capacitados para
conocer lo que realmente conviene a toda la sociedad.
El modelo político ideal diseñado por Platón otorga a cada persona un lugar distinto
en la sociedad dependiendo del tipo de alma que se tenga.
La propuesta política de Platón pretendía diseñar una sociedad ideal y perfecta que
permitiese resolver las insuficiencias y los defectos de los distintos Estados que existen
en la realidad. No se trata de ninguna sociedad que exista realmente, sino de una
utopía que describe cómo debería organizarse el Estado para que en él reinase la
justicia. Por eso suele decirse que la propuesta elaborada por Platón no es descriptiva,
sino más bien prescriptiva o normativa. (Aunque, como vimos, el propio Platón intentó
llevarla a la práctica en diversas ocasiones, sin éxito).
Lo que Platón propone es una ordenación social muy rígida, en la que la actividad
asignada a cada persona está determinada desde la infancia según el tipo de alma
que tenga cada cual. En este proceso, la educación desempeña un papel
fundamental para encaminar a cada uno hacia la actividad que más le conviene.
Pero, en el sistema político de Platón, las personas no pueden elegir libremente a
qué dedicarse. Tampoco se permite opinar o participar en las decisiones a todo el
mundo, porque solo se admite la intervención de quienes tienen un alma racional.
La sociedad ideal que diseña Platón es tan estricta que incluso somete a los artistas a
una severa vigilancia. Platón era muy consciente del impacto que ejerce el arte sobre
la sociedad y de la capacidad que tienen la literatura, la música y las artes plásticas
para emocionarnos. Esta fuerza emotiva era, precisamente, lo que le hacía desconfiar
de los artistas, puesto que con sus obras pueden llegar a seducir, alejando al público
de lo que es la realidad verdadera. Por esta razón, Platón creía que la actividad de los
artistas debía estar sometida a un riguroso control para evitar que influyesen de
forma negativa en la sociedad.
Por eso, el mando debe confiarse a los filósofos, ya que ellos son quienes conocen en
qué consisten las esencias que forman la verdadera realidad y que deben inspirar la
convivencia en sociedad. El buen funcionamiento de la colectividad estará asegurado
si los más sabios se encargan de gobernar y de supervisar el adecuado ajuste del
sistema social. Según Platón, en eso consiste la justicia en la sociedad. Una sociedad
justa será aquella en la cual cada persona se dedica a lo que le corresponde, bajo el
control de quienes saben qué es lo que conviene hacer.
De acuerdo con Platón, una sociedad es justa cuando cada cual hace lo que le
corresponde según su tipo de alma.
Algo similar sucede en la política. De acuerdo con Platón, una sociedad sólo será
justa si en ella se establece un equilibrio armónico entre los tres tipos de
personas que la componen. Así, para que reine la justicia en el Estado, hace falta que
cada cual se encargue de lo que mejor sabe hacer, de manera que el gobierno se
confía a los más sabios, mientras los guardianes se encargan de defender la sociedad
y los productores de abastecer a la colectividad de los bienes materiales necesarios.