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Tema 2: La filosofía de Platón

Índice
1. El filósofo de las ideas. 5
2. La teoría de las ideas: una metafísica dualista. 6
2.1. Los dos ámbitos de la realidad. 7
2.2. Las esencias y el Demiurgo. 8
2.3. La teoría de la participación 9
2.4. La jerarquía de las Ideas. 11
3. El problema del conocimiento: La epistemología. 12
3.1. Dos mundos, dos formas de conocer 12
3.2 La dialéctica. 14
3.3 La reminiscencia. 16
4. Cuerpo y alma: la antropología. 18
4.1. El dualismo antropológico 18
4.2 La inmortalidad del alma. 18
4.3 La teoría de la transmigración de las almas 19
4.4 Las tres partes del alma humana 19
5. La ética del bien. 21
5.1. Las virtudes y la justicia 22
6. La pasión política de Platón 24
6.1. La ciudad ideal 24
6.2. Hacia la armonía de la sociedad perfecta 26
6.3. La justicia en el individuo y en la sociedad 26
La importancia de Platón en la historia del pensamiento es gigantesca. En su
obra se recoge la preocupación que ya mostraron los presocráticos por
explicar el origen y la estructura del mundo natural. Pero sus escritos también
reflejan el interés de Sócrates y los sofistas por el ser humano, la ética y la
política. En sus diálogos, Platón aborda un enorme abanico de problemas
filosóficos, y lo hace de una forma tan atractiva y profunda que su lectura
sigue siendo en la actualidad una poderosa fuente de inspiración para
nosotros. El hecho de que intente tratar simultáneamente problemas tan
dispares como la naturaleza humana o la metafísica, de forma coherente, le
convierte en el primer autor sistemático de la historia del pensamiento.

El núcleo central de la filosofía de Platón es la teoría de las Ideas, según la


cual la auténtica realidad no puede estar sujeta al cambio ni a la decadencia.
El ser verdadero, según Platón, es lo que permanece de manera eterna, idéntica
e inmutable, idea con clara influencia parmenídea. Por eso, todo lo que
podemos ver a nuestro alrededor, que está en continuo cambio, no es la
auténtica realidad aunque lo parezca.
Si queremos conocer la realidad genuina, tendremos que hacer un
esfuerzo para ir más allá de las apariencias, lo cual solo puede hacerse si nos
guiamos por la razón en lugar de fiarnos de los sentidos. De ese modo
descubriremos que la auténtica realidad es perfecta y no cambia nunca. Es en
ella donde residen la verdad, la justicia, la belleza y el bien, que son realidades
objetivas y universales.

Aunque el pensamiento de Platón ha recibido numerosas críticas, lo cierto es


que las preguntas que formuló, los conceptos que introdujo y las doctrinas que
propuso han condicionado de manera decisiva a todos los filósofos posteriores,
en una dirección u otra.

PLATÓN
Nace en Atenas, en el año 427 a. C. Sus padres, Aristón y Perictione, están
emparentados con algunas de las familias más importantes de Grecia. Los
antepasados de su padre se remontan hasta el rey Codros y los de su madre hasta
Solón, el primer legislador de Atenas. Tiene dos hermanos y una hermana, uno de
cuyos hijos, Espeusipo, le sucede al frente de la Academia. A la muerte de su padre,
su madre vuelve a casarse con uno de los hombres más ricos de la ciudad, Pirilampes.
Son familiares de Platón los políticos Cármides y Critias, que forman parte del
gobierno de los Treinta Tiranos, gobierno títere impuesto por Esparta cuando derrota
a Atenas en la guerra del Peloponeso. No es de extrañar, por lo mismo, que, desde
joven, tuviera una clara vocación política, como reconoce él mismo en la Carta VII,
epístola que posee un marcado carácter autobiográfico: «siendo yo joven pasé por la
misma experiencia que otros muchos; pensé dedicarme a la política tan pronto como
llegara a ser dueño de mis actos».
A los dieciocho años conoce a Sócrates, convirtiéndose en el más fiel y entusiasta
de sus discípulos y, a su muerte, huye a Megara con un grupo de socráticos. Viaja
también a Egipto y de allí pasa a Italia a través del norte de África. En la Italia
meridional se pone en contacto con Arquitas, pitagórico, estadista y matemático, y
este encuentro puede explicar la influencia en su obra de la filosofía pitagórica y la
reverencia que siente hacia las matemáticas. En filosofía tiene como maestro a
Crátilo, discípulo de Heráclito, y las enseñanzas que de él recibe influyen, sin duda
alguna, en su afirmación de que sobre lo sensible, que está en continuo cambio, no
puede haber conocimiento estable.
En el 388 a. C., pensando que era posible organizar una ciudad conforme a las
pautas que recogerá poco tiempo después en la República, viaja a Sicilia, donde
conoce a Dión, ferviente admirador suyo y cuñado del tirano de Siracusa, Dionisios.
Se le permite tratar de organizar la ciudad de acuerdo con sus ideas y el resultado del
intento no es otro que su venta como esclavo cuando intenta regresar a Atenas en
una nave espartana, gracias a un plan urdido por Dionisio.
Un amigo suyo lo reconoce en Egina, lo rescata y lo pone en libertad.
A su vuelta a Atenas, funda la Academia, en cuya puerta, según la tradición,
coloca un cartel que dice: «Nadie entre aquí que no sea geómetra». Instalada en los
jardines de Academos (de ahí su nombre), es, en palabras de Jean Whal, «la primera
Universidad verdaderamente organizada». En el 367 a. C. muere Dionisios y le sucede
su hijo Dionisios II, Platón vuelve a Siracusa, pero las luchas internas por el poder que
se producen en la ciudad le obligan a abandonar y a volver a Atenas al año siguiente.
Todavía lo va a intentar Platón una tercera vez, en el año 361 a. C., cuando es
requerido nuevamente por Dionisios II, pero otra vez fracasará en su intento y, al año
siguiente, vuelve de nuevo a Atenas, donde permanecerá, dedicado a escribir, hasta
su muerte, que se produce en el 347 a. C.
Sus obras están escritas en forma de diálogo y suponen, como se ha afirmado
frecuentemente, una «ventana abierta a los problemas de la época», tanto por los
temas que tratan como por los personajes que intervienen en ellas y que encarnan
maneras definidas de pensar muy acordes con el momento. No deja, pues, tratados
sistemáticos sino conversaciones, a menudo salpicadas de bromas, y en las que
continuamente aparece la anécdota.

OBRA
En cuanto a la fecha de su escritura, y aunque existen diferencias entre unos
comentaristas y otros, lo más habitual es dividirlas en cuatro periodos:
- Periodo socrático. Contiene los diálogos que escribe Platón antes de realizar su
primer viaje a Siracusa en el 388 a. C.; reciben este nombre porque intentan reflejar la
personalidad y las ideas de Sócrates, así como exonerarle de las inculpaciones que le
llevaron a la muerte: Apologia de Sócrates, Critón, Ión, Lisis, Protágoras, Laques,
Cármides, Eutrifón.
- Periodo de transición. Contiene los publicados entre los años 388 al 385 a. C., y en
ellos comienzan a despuntar las ideas genuinamente platónicas: Hipias Menor, Hipias
Mayor, Gorgias, Menéxeno, Eutidemo, Crátilo, Menón.
- Periodo de madurez. Comprende los escritos entre los años 385 al 370 a. C., en ellos
el autor desarrolla sus más famosas teorías (las ideas, el conocimiento, la dialéctica, la
organización del Estado): Banquete, Fedón, Fedro y República.
- Periodo de vejez. Contiene los escritos desde el 370 a. C. hasta su muerte.
Suponen en muchos casos una fuerte crítica a algunas de sus teorías anteriores:
Teeteto, Parménides, Sofista, Político, Filebo, Timeo, Critias y las Leyes.
1. El filósofo de las ideas.

Todas las obras de Platón están escritas en forma de diálogo. Las razones que se han
dado para explicar este hecho son varias:

- Que el diálogo era una costumbre profundamente arraigada entre los


atenienseses.

- Que el diálogo se había convertido en arte gracias a la tragedia, de la que


Platón era gran conocedor.

- Que Sócrates había desarrollado su filosofía dialogando, sin escribir nunca


nada.

Todas ellas son válidas y pueden haber influido en que Platón escribiera sus obras en
la forma en que lo hizo, pero hay algunos pensadores que sostienen que el platonismo
es la filosofía originaria, en el sentido estricto del término, y que el diálogo platónico
ha sido el modo «necesario» de la presentación de la filosofía original.

El motivo de esta afirmación hay que situarlo en la concepción que Platón posee de
la filosofía. Para Platón la filosofía es, en primer lugar, ruptura, crítica, repulsa de la
opinión, de los hábitos mentales aceptados corrientemente. Y esto es lo que él
pretende conseguir con los diálogos: demostrar lo inconsistente de toda actitud
mental y de toda conducta fundada en la opinión, dóxa; poner en evidencia el vacío
de la opinión, y hacer ver que la opinión, aunque se presente como coherente y como
fundada en hechos y evidencias, no es sino expresión de la pasión, del capricho, de la
manipulación del lenguaje. En este sentido, como podemos suponer, combate
activamente las ideas sofísticas, siguiendo la estela de Sócrates.

Pero la reflexión filosófica, para Platón, no es solo repulsa, sino construcción: los
diálogos platónicos, después de haber demostrado que la opinión no es válida, se
esfuerzan por construir un razonamiento que satisfaga a todo individuo de buena fe y
le permita responder eficazmente a las preguntas tanto teóricas como prácticas que
se le planteen.

El objetivo de su filosofía, como señala él mismo en la Carta VII, es claramente


político: organizar el Estado de acuerdo con la verdadera filosofía, puesto que solo
bajo ella se puede alcanzar la «verdadera justicia». Si en lugar de la «verdad» se valora
la «opinión» - es lo que ocurre en su época como consecuencia de la educación de los
sofistas- el Estado se corrompe legal y moralmente y triunfa la violencia. La filosofía, la
verdadera filosofía sirve, pues, para orientar la conducta del ser humano, para
señalarle cómo debe comportarse, sobre todo en su convivencia con los demás.
2. La teoría de las ideas: una metafísica dualista.

Al igual que su maestro Sócrates, Platón se opuso a las teorías relativistas y


escépticas defendidas por los sofistas. El relativismo considera que no existen
realidades absolutas, puesto que la verdad depende del punto de vista desde el que se
mira. De acuerdo con los sofistas, el significado que damos a valores como el bien o la
justicia varía según el momento y el lugar. Por eso las costumbres, normas y opiniones
son tan distintas en cada pueblo y en cada época histórica.

Sin embargo, tanto Sócrates como Platón creían que las teorías relativistas eran falsas
y, además, peligrosas. Los relativistas afirmaban que las cosas son tal y como las
percibimos, pero olvidaban la importante diferencia que hay entre la apariencia y
la realidad, de acuerdo con Sócrates y Platón.

A menudo las apariencias son engañosas, y en muchas ocasiones nuestras opiniones


son incorrectas. Si queremos conocer la verdadera realidad, tenemos que intentar ir
más allá de nuestras creencias personales, dejando atrás lo que las cosas parecen
para descubrir lo que realmente son. Por eso Platón, al igual que Sócrates, estaba
convencido de que existía una realidad verdadera que era independiente de nuestro
punto de vista.

Sin embargo, alcanzar la auténtica realidad no resulta nada fácil. Para lograrlo
debemos ir más allá de nuestras opiniones particulares, recordando que a menudo las
apariencias nos confunden. La tarea de la filosofía consiste según Platón,
precisamente, en ayudarnos a encontrar ese camino en busca de la verdad.

Enfrentándose al relativismo de los sofistas, Platón creía, al igual que Sócrates, en


la existencia de una verdad última más allá de nuestras opiniones y creencias.

En su combate contra el relativismo, Sócrates se había interesado principalmente por


los problemas de la ética, dejando de lado las cuestiones cosmológicas y metafísicas
que habían preocupado a los filósofos presocráticos. Más tarde, Platón recogió y
desarrolló los planteamientos de Sócrates, extendiéndolos más allá del ámbito ético
para abarcar todas las ramas de la filosofía. Es decir, Platón configuró un sistema
filosófico completo.

La investigación de Platón no sólo se ocupa de la moral, sino que también abarca temas
como la naturaleza, el conocimiento o el ser humano. En todos estos campos la inspiración
fundamental del pensamiento platónico procede del convencimiento, heredado de
Sócrates, de que la auténtica realidad está más allá de las apariencias, y que sólo
podemos alcanzarla mediante un esfuerzo serio y comprometido con la verdad.
2.1. Los dos ámbitos de la realidad.
El estudio de las matemáticas ofreció a Platón algunas claves importantes en su
búsqueda de la auténtica realidad. Por poner un ejemplo, todos sabemos lo que es un
cuadrado y podemos imaginarnos su aspecto sin ningún problema. Sin embargo, si
intentamos representar gráficamente esta figura geométrica usando un lápiz o una
tiza, enseguida comprobaremos que nos resulta imposible dibujar un cuadrado con
total exactitud.

Esto se debe a que el cuadrado que todos nos representamos en el pensamiento es un


polígono perfecto, cuyos ángulos son completamente rectos y cuyos lados tienen
todos justo el mismo tamaño. Esta es, precisamente, la esencia que define lo que es
un cuadrado. En cambio, el cuadrado que trazamos sobre el papel o en la pizarra
siempre será un dibujo imperfecto y deficiente, con líneas desiguales y ángulos solo
rectos de forma aproximada, aunque en su elaboración hayamos empleado escuadra
y cartabón.

¿Cómo es posible que todos sepamos de manera clara en qué consiste un cuadrado
perfecto, cuando lo cierto es que resulta imposible dibujar esta figura con exactitud?
Platón creía que este enigma sólo podía resolverse reconociendo la existencia de dos
ámbitos distintos de la realidad. Por un lado, está el mundo sensible, formado por
las cosas. Por el otro, está el mundo inteligible, compuesto por las esencias.

El mundo sensible está constituido por todas las cosas que vemos y tocamos. Este es
el mundo material que percibimos con los sentidos y que está formado por cosas
particulares que son imperfectas, cambiantes y perecederas.

Pero también existe un mundo diferente, separado de todo lo material e integrado por
las esencias. Se trata del mundo inteligible, compuesto por realidades inmateriales
que no se pueden captar con los sentidos, sino únicamente mediante la razón. A
diferencia de las cosas, las esencias son universales, perfectas, eternas e inmutables.
Este es el mundo al que pertenecen realidades como, por ejemplo, las figuras
geométricas perfectas, los números o los conceptos abstractos como el bien, la justicia
o la belleza.

Es importante señalar que, para Platón, las esencias existen en un plano muy distinto
al de las cosas materiales. Las esencias son trascendentes, porque están más allá del
mundo sensible y pertenecen a una realidad de orden superior.

Platón distinguía dos ámbitos separados de la realidad: el mundo sensible, al que


pertenecen las cosas que percibimos con los sentidos, que es imperfecto, cambiante y
perecedero; y el mundo inteligible, formado por las esencias trascendentes que se captan
con la razón, que es perfecto, eterno e inmutable.
2.2. Las esencias y el Demiurgo.
Las características de esas esencias, que reciben generalmente el nombre de “ideas”
(aunque no en el sentido habitual de la palabra), son las siguientes:

· Objetivas. No son, pues, pensamientos o contenidos del pensamiento, sino


entidades sin cuya existencia sería imposible el conocimiento científico; son realidades
ideales auténticas y arquetipos ideales de todo lo sensible.

 · Universales, mientras que las cosas sensibles son individuales y mantienen con
ellas, entre otras, la relación que lo particular mantiene con lo universal.

· Inmutables e indivisibles. A diferencia de las cosas del mundo sensible que


cambian continuamente y, además, son divisibles.

· Eternas. Ingénitas, trascienden el tiempo y no están en el espacio, al contrario


de las cosas sensibles que comienzan a existir -están, pues, en el tiempo- y ocupan un
lugar en el espacio.

· Se encuentran, además, jerarquizadas y existe una idea que posee un rango
tan elevado en esa jerarquía, que las abarca a todas. En este aspecto existe una
evolución en el pensamiento de Platón y mientras que en la República atribuye
claramente este papel a la idea del «bien», en su vejez es la idea de «lo uno» la que
ocupa la posición central dentro de su sistema.

Platón dedica una de sus últimas obras, como el Timeo, a explicar su concepción del
mundo sensible, del «mundo visible», mundo que se encuentra entre el ser y el no ser,
sin verdadera y propia realidad, siempre cambiante, y que no es sino una imagen, una
copia de la idea a la que tiende a imitar sin conseguirlo nunca.

Este mundo ha sido hecho por el demiurgo. No se trata de que el demiurgo haya
creado el mundo de la nada (el concepto de creación no existe en la cultura griega); lo
que el demiurgo ha hecho, por ser sumamente inteligente y bueno, es actuar sobre
una materia informe y caótica, que existía desde siempre, y sacarla de su estado de
confusión y desorden para llevarla a un estado de orden, convencido de que este
estado era mejor que aquel primitivo caos en el que se encontraba.

El demiurgo ha introducido un orden en la materia informe y caótica que existía desde


siempre haciendo así del mundo un cosmos y, para hacerlo, se ha servido como
modelo de unas ideas, que también existían desde siempre, proyectándolas sobre la
materia; lo ha hecho de la misma manera que un escultor proyecta la imagen de lo
que quiere representar en el mármol o en la madera. De este modo, del caos primitivo
se pasó a este cosmos organizado que, si es imperfecto, no lo es por voluntad del
demiurgo, sino porque la materia es esencialmente limitada y cambiante y no tiene
capacidad para recibir perfecciones más que en grado limitado.
2.3. La teoría de la participación
Para referirse a las esencias trascendentes que integran el mundo inteligible, Platón
empleó el término “idea” (eidos), pero en un sentido distinto al que usamos
habitualmente, como ya hemos dicho. Esta palabra significa en griego "forma" o
"figura". Por eso, la propuesta platónica que distingue el mundo de las esencias del
mundo sensible suele denominarse teoría de las Ideas o teoría de las Formas.

La teoría de las Ideas es una doctrina ontológica, puesto que describe cuáles son las
realidades que verdaderamente existen. La metafísica de Platón es dualista, porque
distingue dos ámbitos diferentes de la realidad, que son el mundo sensible y el mundo
inteligible.

Platón creía que la existencia de estos dos mundos tan distintos permitía explicar las
enormes diferencias que hay entre las cosas y las esencias. Sabemos por
experiencia que todas las cosas que vemos y tocamos están sujetas al cambio, la
imperfección y el deterioro. Cualquier cuadrado que podamos dibujar tendrá defectos
y acabará por desaparecer con el tiempo. Las esencias, sin embargo, no sufren
alteraciones ni perecen jamás: la esencia que define lo que es un cuadrado es siempre
la misma, para cualquier persona, en todo momento y en todo lugar. Por eso, las
esencias no pueden formar parte del mundo de las cosas, sino que pertenecen a
un ámbito propio, que es eterno, perfecto e inmutable. A este ámbito en el que existen
las esencias es a lo que Platón denominó mundo inteligible o mundo de las Ideas.

El mundo inteligible o de las ideas es el ámbito de la realidad compuesto por esencias,


formas o ideas, que son entidades objetivas, universales, inmutables y eternas,
organizadas de forma jerárquica.

La distinción platónica entre el mundo sensible y el mundo inteligible deja abierta una
importante cuestión: ¿cuál es la relación que hay entre estos dos ámbitos de la
realidad? ¿Existe algún vínculo entre las cosas y las Ideas?

Para comprender la conexión que Platón establecía entre estos dos mundos, puede ser
útil analizar algún caso concreto. Fijémonos, por ejemplo, en todas las cosas bellas que
existen a nuestro alrededor. Se trata de un conjunto muy variado de personas,
acciones y objetos que nos parecen hermosos. Lo que tienen en común es que en
todos ellos, en mayor o menor medida, se hace presente la belleza. Sin embargo, la
belleza en sí misma no pertenece al mundo sensible, puesto que no hay un objeto que
sea la belleza como tal, la belleza en sí misma, sino que es una esencia del mundo
inteligible, de acuerdo con Platón. Es decir, es algo que se manifiesta en los objetos
sensibles, sin que exista ningún objeto sensible que sea la belleza misma. ¿Cómo es
posible, entonces, que aparezca en las cosas que vemos y tocamos?
Platón creía que esta cuestión sólo podía aclararse suponiendo que todo lo que es
bello participa, de alguna manera, en la Idea de belleza. Las cosas hermosas son
bellas porque en ellas se hace presente, aunque sea solo de forma parcial e
imperfecta, la esencia eterna e inmutable de la belleza. Así pues, la relación entre las
cosas y las Ideas puede entenderse como una participación (methexis, en griego).

La teoría de la participación afirma que las Ideas actúan como modelos eternos e
inmutables de las cosas, que a su vez son lo que son porque participan de aquella
Idea de la cual proceden. Las cosas del mundo sensible proceden de una Idea a la que
tratan de imitar aunque solo lo consigan parcialmente. De hecho, Platón creía que
todos los objetos del mundo sensible intentan parecerse lo más posible a las Ideas de
las cuales participan, pese a que nunca terminen de lograrlo.

De esta manera, las Ideas no son solo el arquetipo, modelo o paradigma del cual
proceden las cosas, sino que también son el ideal al que estas se “esfuerzan” por
acercarse. Para explicar esta tensión dinámica entre las Ideas y las cosas que tienden
a ellas, Platón solía referirse a la relación entre un amante y su amado. Al igual que el
amor nos mueve a perfeccionarnos para acercarnos lo más posible a lo que amamos,
del mismo modo, las cosas se esfuerzan por parecerse e imitar de la mejor manera
que pueden a las Ideas.

Según Platón, las cosas son lo que son y tienen las cualidades que tienen porque
imitan o aspiran a las Ideas correspondientes.

No obstante, hay que tener en cuenta que a la hora de explicar esta relación entre
ideas y objetos sensibles, se encuentran algunas diferencias a lo largo de la obra de
Platón. Mientras que en los diálogos de juventud recalca la inmanencia de las ideas
con respecto a las realidades sensibles -y habla de que las ideas están «presentes» a
las cosas, y que estas las «poseen» o «participan» de ellas-, en los de madurez insiste
más en la trascendencia de las ideas, y afirma que estas son «modelos», «arquetipos
ideales», mientras que las cosas sensibles son «copias», «sombras», «imágenes»;
establece entre las ideas y las cosas una relación de causalidad expresada como
imitación o copia.

Sin embargo, no se trata de una evolución en el pensamiento de Platón, sino de que la


utilización de ambas dimensiones le pareció necesaria para acercarse a la verdad,
puesto que mientras la inmanencia acentuaba la estrecha conexión entre las ideas y
las cosas, la trascendencia recalcaba el fracaso, la imposibilidad de toda cosa para
ser como la idea, como la esencia ideal.

La teoría de la participación tiene una consecuencia: si las cosas son copias


imperfectas de las Ideas que les sirven de modelo, las Ideas son más importantes que
las cosas y anteriores a ellas. Por tanto, el mundo inteligible es superior al mundo
sensible y, por ese motivo, también es más auténtico y más verdadero: su existencia y
su permanencia no dependen del mundo sensible.

2.4. La jerarquía de las Ideas.


Aunque todas las Ideas son imperecederas, perfectas y eternas, no todas ellas tienen
la misma importancia. En La República, Platón afirma que las Ideas están ordenadas
en una jerarquía que recuerda a la forma de una pirámide. En la base están las Ideas
menos importantes, mientras que en la cúspide se encuentran las más generales,
significativas y valiosas.

De entre todas las Ideas, Platón afirma que las principales son las de relaciones y
valores como la Bondad, la Belleza o la Justicia. Y por encima de todas ellas, en el
vértice de la pirámide, está la Idea de Bien, que es la más importante de todas.

De acuerdo con Platón, las Ideas del mundo inteligible están ordenadas
jerárquicamente. Por encima de todas ellas se encuentra la Idea de Bien, que es la Idea
suprema.
3. El problema del conocimiento: La epistemología.

3.1. Dos mundos, dos formas de conocer


La teoría gnoseológica o epistemológica de Platón está íntimamente ligada a su
propuesta metafísica. Según Platón, la existencia de dos mundos diferentes explica
que haya también dos maneras muy distintas de conocer. Es decir, ambas teorías son
dualistas.

Por un lado, está el mundo sensible, que puede captarse a través de los sentidos, pero
que al ser imperfecto y cambiante no se corresponde con la verdadera realidad. Por
otro lado, está el mundo de las Ideas, que constituye la auténtica realidad perfecta y
eterna, a la que solo puede llegarse mediante la razón.

De acuerdo con Platón, estas dos formas de conocimiento son por completo
distintas. Todo lo que captamos mediante los sentidos es cambiante e imperfecto. De
manera que el conocimiento sensible no es un saber de lo verdadero, sino solo de lo
aparente. Por eso, Platón llama opinión (doxa, en griego) a este tipo de saber falible e
incompleto, ya que es el conocimiento de cosas contingentes y cambiantes.

El conocimiento de las Ideas, en cambio, es un saber verdadero, ya que las Ideas


nunca cambian y siempre permanecen inalterables. Este es el tipo de conocimiento
que Platón denominaba ciencia (episteme, en griego) y que solo se puede alcanzar si
vamos más allá de nuestros sentidos y nos servimos de la razón. De esta forma,
podremos obtener un conocimiento universal, necesario, e inmutable (como por
ejemplo, el matemático).

Platón distingue dos formas de saber distintas: la doxa ("opinión") es el conocimiento del
mundo sensible, que se realiza por medio de los sentidos y que es imperfecto e
incompleto; la episteme ("ciencia" o "saber verdadero") corresponde al mundo inteligible,
se alcanza con la razón y es un conocimiento de Ideas eternas e inmutables.

Sin embargo, la verdadera episteme no está al alcance de cualquiera. Para llegar a


captar las Ideas es preciso reconocer las limitaciones de los sentidos y confiar en
exclusiva en la razón. Platón creía que esto únicamente podía conseguirse mediante un
difícil proceso para el que solo están preparados de forma adecuada quienes
practiquen la filosofía.

ALEGORÍA O MITO DE LA CAVERNA


En esta conocida alegoría, Platón condensa gran parte de sus ideas acerca del
conocimiento y la realidad de forma simbólica.
El mito de la caverna simboliza el esfuerzo de la actividad filosófica y la obligación
moral y solidaria de comunicar sus logros al resto de los humanos, asumiendo los riesgos
que ello comporta.
En el interior de una caverna se encuentran, desde su nacimiento, unos prisioneros
encadenados de manera que solo pueden mirar hacia el muro del fondo. Fuera de la
caverna hay una hoguera encendida, y entre ésta y los prisioneros un camino escarpado y
un muro de cierta altura por donde pasan unos hombres con toda clase de objetos que
asoman por encima de sus cabezas. En el fondo del muro se proyectan las sombras de
estos objetos y de los hombres que los portan, y eso es lo único que ven los prisioneros
durante toda su vida: las sombras de lo real.
Si uno de los prisioneros lograra liberarse y salir de la caverna, en un primer momento,
cegado por la luz del sol, sentiría dolor en los ojos y apenas vería. Al cabo de un tiempo
comenzaría a ver los objetos en sus sombras y en sus reflejos en el agua. Más adelante, y
al ir acostumbrándose a la luz, vería los objetos directamente y, por la noche, la luz de los
astros y de la luna. Por último, vería directamente el sol una vez acostumbrado a la luz.
Una vez contemplados los objetos a la luz del sol, su obligación sería bajar de nuevo a
la caverna para intentar liberarlos, informarles cómo es la auténtica realidad para que
ellos también puedan comprender el error en el que viven. Pero puede ocurrir que se rían
de él, que lo tomen por tonto o loco o que incluso se sientan tentados de matarle, puede
ocurrir que no anhelen la liberación. Cuando el esclavo liberado evalúa estos riesgos es
posible que se sienta tentado de no regresar a la caverna.

Dentro de cada tipo de conocimiento (el sensible y el inteligible) establece a su vez


Platón diversos grados, representados gráficamente con una línea segmentada.

A→D→C→E→B
1. El segmento AC representa el conocimiento sensible, o conocimiento del mundo de
lo que se genera y se corrompe, y es propio de los seres humanos que carecen de
educación, de instrucción; proporciona opinión (dóxa) y posee dos niveles:

a. El representado por el segmento AD, imaginación (eikasía), es el conocimiento


que el ser humano obtiene mediante conjeturas; en este tipo de conocimiento
reina la imprecisión, la confusión. Platón lo relaciona con el arte, que supone la
copia (la obra artística) de una copia (el mundo sensible) de la auténtica realidad
(las ideas).

b. El representado por el segmento DC, creencia, (pístis), es conocimiento del mundo


sensible propiamente dicho, y es un conocimiento de realidades que están en
continuo cambio, que da origen a enunciados que carecen de estabilidad y, por lo
mismo, de verdad.

2. El segmento CB representa el conocimiento intelectual, o conocimiento del mundo


de las ideas; es propio de las personas instruidas, de los filósofos, proporciona
ciencia (epistéme), y tiene también dos niveles:

a. El representado por el segmento CE, pensamiento (diánoia), o conocimiento


que se obtiene cuando se razona y se va de las hipótesis a las conclusiones que
de ellas se deducen.

b. El representado por el segmento EB, conocimiento (nóesis), o conocimiento


que se obtiene cuando, partiendo de las hipótesis y basándose solo en las ideas
y no en las imágenes, se va al principio de las mismas, a un principio que no
necesita de ninguna hipótesis (en el sentido de supuesto, de apoyo o
fundamentación), sino que es la hipótesis de todas las demás ideas; se trata del
conocimiento de la idea del bien que, según Platón, es la idea que se
encuentra en la cúspide jerárquica del mundo de las ideas, siendo la causa de
que todas las demás «posean esencia y existencia». Corresponde a la visión
que los liberados de la caverna tienen directamente del sol cuando ya se han
acostumbrado a la luz.

3.2 La dialéctica.
Para llegar a «recordar lo olvidado» (conocer) hay que seguir un método, un camino,
que Platón denomina dialéctica, y que es el camino, el método, que va desde la
«imaginación» al «conocimiento», desde la visión de las sombras en el interior de la
caverna a la contemplación de la luz del sol. Y, una vez que se ha contemplado el sol,
una vez que el ser humano ha descubierto el principio de todas las ideas, de todas las
realidades, es el camino que ha de seguir para informar a los que todavía se
encuentran encadenados sobre cómo es la auténtica realidad, el camino que ha de
seguir para señalar a los demás seres humanos cómo hay que vivir para hacerlo
justamente.
La dialéctica es camino y método en una doble vertiente: del conocimiento y de la
libertad; de la ciencia y de la justicia; saber y conocer es buscar la verdad y liberarse
de las opiniones y los prejuicios. Por eso, Platón es un filósofo «ilustrado», porque
reclama la emancipación teórica y práctica del ser humano. La dialéctica tiene, pues,
una doble dirección:

· Ascendente, que consiste en la indagación del principio del que dependen


todas las hipótesis, en la búsqueda de una realidad que no necesite de ninguna otra
para existir, sino que sea ella la causa de la existencia de las demás realidades y que
termina con la visión de tal principio. En el diálogo La República identifica ese principio
con la idea de Bien.

· Descendente, que consiste en extraer las consecuencias de ese principio para


poder vivir de manera justa; solo los que han contemplado la idea de Bien son
capaces, después, de organizar correctamente su vida y la de los demás.

El paso de la doxa a la episteme se identificaría, pues, con la dialéctica ascendente,


y el recorrido sería como sigue:

- Como es natural, el primer conocimiento que percibe cualquier persona es el


que le llega por los sentidos. Este no es un saber verdadero, sino solo una
opinión (doxa) que puede estar equivocada.
- Si nos fijamos bien, incluso dentro de la doxa podemos encontrar dos tipos de
conocimiento distintos. Al principio, lo que en verdad percibimos no son más
que imágenes, que pueden resultar engañosas o traicioneras. A este
conocimiento de imágenes es a lo que Platón denomina conjetura (eikasía, en
griego), que ya hemos explicado que se corresponde en cierto sentido con el
arte.
- Pero el mundo sensible está hecho de cosas, no de imágenes. Si conseguimos ir
más allá de las imágenes, llegando a captar los objetos, habremos alcanzado la
segunda fase del conocimiento, a la que Platón denomina creencia (pistis, en
griego). Sin embargo, al tratarse de un conocimiento sensible, tampoco la
creencia es realmente un saber verdadero. El auténtico conocimiento no es el
de las cosas, sino únicamente el de las Ideas.

- Platón sabía lo difícil que resulta desprenderse del testimonio de los sentidos
para acceder al mundo de las Ideas. Para conseguirlo, recomendaba que se
profundizase en el estudio de las matemáticas. Los objetos matemáticos no
son cosas que podamos ver y tocar, sino que son entes inmateriales. Por
supuesto, podemos usar una pizarra para dibujar un triángulo, elaborando así
una imagen sensible de lo que estamos pensando. Pero también podemos
pensar en las propiedades de un triángulo cualquiera sin necesidad de
dibujarlo. Por ejemplo, sabemos que en cualquier triángulo la suma de sus
ángulos debe ser igual a 180°. Cuando razonamos de esta manera no estamos
basándonos en cosas materiales, sino que manejamos solo objetos mentales,
que existen única y exclusivamente en nuestro pensamiento.

Si logramos comprender que los objetos matemáticos tienen una existencia


inmaterial, habremos alcanzado la siguiente fase del conocimiento, a la que
Platón denominaba en su filosofía saber discursivo (dianoia, en griego). Este
conocimiento pertenece a la episteme o saber verdadero, porque no trata de
objetos sensibles, sino de entidades inmateriales, eternas e inalterables como,
por ejemplo, los triángulos, las circunferencias o los números.

- Pero los entes matemáticos, aunque pertenecen al mundo inteligible, no se


corresponden con las Ideas más importantes y valiosas. Si queremos alcanzar
el verdadero y auténtico conocimiento, debemos hacer un esfuerzo aún mayor
para captar las Ideas más relevantes, como las de Belleza, Justicia o Verdad.
Este proceso, que culmina cuando conseguimos contemplar la Idea de Bien, es
el más difícil y el más importante de todos. Por eso es el único que propiamente
puede llamarse inteligencia (noesis, en griego). Con esta fase culmina la
ascensión dialéctica, cuando el auténtico conocimiento alcanza su nivel
supremo.

Platón ofreció una imagen simbólica de la ascensión dialéctica en la célebre alegoría


de la caverna, incluida en el libro VII de La República, que hemos resumido
anteriormente. Este relato también ilustra el dualismo metafísico de Platón, así como
su diferenciación entre la doxa y la episteme.

3.3 La reminiscencia.
La teoría de la ascensión dialéctica puede parecer a primera vista algo extraña. Lo
que Platón afirma es que las personas, aunque vivimos en el mundo sensible, somos
capaces de captar una realidad mucho más elevada si nos remontamos al mundo de
las Ideas. Pero ¿cómo es eso posible, si las Ideas no se pueden ver ni tocar? ¿Qué vía
de acceso tenemos los seres humanos para alcanzar la realidad inmaterial del mundo
inteligible?

Platón creía que las personas podemos captar las Ideas porque, de alguna manera,
estas ya se encuentran en nuestro interior. Por eso todos sabemos de qué estamos
hablando cuando nos referimos a la Justicia, el Bien o la Belleza, aunque nos resulte
difícil definir estos conceptos con exactitud.

Para que nos entendamos, es como si nuestra alma ya conociese esas Ideas, pero
por alguna razón las hubiera olvidado y tuviera dificultades para contemplarlas de
nuevo. Para poder explicar esta situación, Platón propuso la teoría de la
reminiscencia, que se encuentra recogida en diálogos como el Menón o el Fedón.
Según esta teoría, las Ideas nos resultan de algún modo familiares porque nuestra
alma ya ha estado en contacto con ellas, aunque nosotros no nos acordemos. Esto
debió suceder antes de nuestro nacimiento, cuando nuestra alma se encontraba en el
mundo inteligible rodeada de las Ideas inmateriales.

Cuando el alma se unió al cuerpo (unión accidental), el conocimiento de las Ideas


quedó olvidado y oscurecido, como si esos saberes hubieran quedado en suspensión.
Sin embargo, ese conocimiento puede despertar al relacionarnos con las cosas que
nos rodean en el mundo sensible.

De este modo se despierta en nosotros el recuerdo de las Ideas que conocíamos


pero habíamos olvidado. En esto consiste la reminiscencia (anámnesis, en griego) que
hace posible el proceso de la ascensión dialéctica.

Platón pensaba que la ascensión dialéctica es posible gracias a la reminiscencia o


anámnesis, la cual nos permite recordar las Ideas que nuestra alma alberga en su
interior desde antes de que naciéramos.
4. Cuerpo y alma: la antropología.

4.1. El dualismo antropológico


El dualismo de Platón no se limita únicamente a su interpretación de la realidad y del
conocimiento, sino que también caracteriza su visión antropológica. Para él, el ser
humano está compuesto de dos partes muy distintas: el cuerpo, que es material,
cambiante e imperfecto y que pertenece al mundo sensible; y el alma, que es
inmaterial y es la parte más noble que hay en las personas. Platón pensaba que el
alma, aunque está lejos de ser perfecta, está ligada a la razón (por eso es en cierto
modo un concepto similar al actual concepto de “mente”) y guarda similitud con el
mundo de las Ideas.

La antropología de Platón es dualista. Según creía, los seres humanos estamos


compuestos de un alma inmaterial que está encerrada en un cuerpo material e
imperfecto.

Platón explicaba la diferencia entre las dos partes de que está compuesto el ser
humano. Siguiendo la tradición pitagórica, afirmaba que el cuerpo (soma, en griego)
es una especie de prisión (en griego sema) en la que el alma está encerrada. De
acuerdo con Platón, las pasiones y los apetitos del cuerpo, asociados a su carácter
innoble y terrenal, son responsables de nuestros defectos e imperfecciones. Las
necesidades y los deseos corporales nos acosan continuamente, alejándonos de la
sabiduría y de la auténtica felicidad.

Si uno se deja llevar por las exigencias del cuerpo, acabará siendo esclavo de sus
propias pasiones. Por eso, para llevar una vida plena y satisfactoria, lo que se
debería hacer, según Platón, es cultivar la parte racional, asociada al alma, sin permitir
que la parte corporal domine a la persona. Eso exige llevar una vida ascética.
Podemos ver aquí cierta influencia pitagórica. Para superar todas las inclinaciones
materiales, sería necesario poner freno a los placeres y los deseos. Por contrapartida,
el centro de atención y de ocupación debería ser el aspecto racional, y no tanto el
cuerpo.

4.2 La inmortalidad del alma.


Según Platón, la superioridad del alma sobre el cuerpo queda muy clara cuando nos
fijamos en lo que ocurre al morir. El cuerpo, como todo lo material, se descompone y
desaparece, mientras que el alma no parece que pueda desaparecer jamás. Esta
idea puede surgir de la dificultad para uno figurarse el cese de su propia actividad
mental.
Platón estaba convencido de que los seres humanos tienen un alma eterna e inmortal.
Según afirma en el Fedón, la prueba más convincente de la inmortalidad del alma
está ligada a la teoría de la reminiscencia. Si se es capaz de captar Ideas
trascendentes y eternas que no se han percibido con los sentidos, es porque se han
contemplado con anterioridad en el mundo inteligible. Así pues, el alma debió existir
antes del nacimiento, como igualmente seguirá existiendo también tras la muerte.

4.3 La teoría de la transmigración de las almas


En el pensamiento platónico, la creencia en la inmortalidad del alma está ligada a la
teoría de la reencarnación, transmigración o metempsicosis. Inspirándose en los
filósofos pitagóricos, Platón creía que, después de la muerte, el alma puede volver a
la vida uniéndose a un nuevo cuerpo, que será noble y bello si en la vida pasada se ha
vivido de manera virtuosa, primando la preocupación por el espíritu y no cediendo
ante las pasiones corporales. De lo contrario, el alma se reencarnará en un cuerpo
inferior.

Según Platón, el proceso de las reencarnaciones se repite una vez tras otra. Con cada
vida existiría la oportunidad de mejorar y purificar el alma siguiendo una forma de
vida ascética. Si al cabo de suficientes ciclos el alma queda completamente purificada
de inclinaciones materiales, dejaría de reencarnarse. Entonces el alma podrá
permanecer para siempre, plena y dichosa, en el mundo de las Ideas al cual
verdaderamente aspira.

En esta teoría se entrevé la importancia de la influencia pitagórica y órfica en el


pensamiento de Platón. El orfismo era una corriente religiosa de la antigua Grecia, con
claras influencias orientales, en la que se afirmaba que los seres humanos habían
nacido de las cenizas de los titanes fulminados por Zeus. El alma, encerrada en un
cuerpo como en una prisión, llevaba el peso de un crimen original (el de los titanes) y
no salía de esta prisión hasta después de numerosos ciclos de existencia
(transmigraciones), una vez purificada, conforme a las reglas, por medio del ayuno, el
ascetismo y la iniciación, esenciales para conocer el itinerario espiritual que debía
seguir. El orfismo influyó de manera decisiva en la filosofía pitagórica, y ésta en Platón.

4.4 Las tres partes del alma humana


Aunque Platón valoraba por encima de todo la dimensión racional del ser humano,
también era consciente de que las pasiones del cuerpo ejercen un gran influjo en el
comportamiento. Las personas a menudo sufrimos tensiones internas cuando
nuestros deseos entran en conflicto con la razón. Platón, que conocía bien esta
situación, elaboró su teoría tripartita del alma para explicar estas contradicciones
que todos hemos experimentado alguna vez.

De acuerdo con esta teoría, pueden distinguirse tres partes distintas en el alma
humana, asociadas a funciones diferenciadas con claridad. La mejor parte es la parte
del alma racional, que está relacionada con el pensamiento. Luego está la parte del
alma irascible, que es la sede de las pasiones y los sentimientos nobles, como el
honor, la ira, la ambición, el valor… Por último, la parte del alma apetitiva o
concupiscible, es la sede de los deseos y apetitos corporales, como el ansia de comer
cuando se tiene hambre o el impulso sexual.

Platón creía que el tipo de persona que cada uno es depende de la parte del alma que
predomine en él o ella. Aquellos en los que destaca la parte racional tienen un especial
interés por el aprendizaje y valoran por encima de todo la racionalidad. Las personas
en las que predomina el alma irascible se caracterizan por su arrojo y están
preocupadas por el honor. Finalmente, quienes están dominados por el alma apetitiva
se dejan arrastrar por sentimientos innobles y se interesan, sobre todo, por cuestiones
de tipo material.

El alma, para Platón, al ser independiente del cuerpo, no difiere entre sexos. En este
sentido, Platón puede considerarse un autor adelantado a su tiempo: por coherencia
con su teoría, y en contra de las creencias habituales de su tiempo, planteó que las
mujeres debían de ser a nivel intelectual capaces de los mismos logros que los
hombres, aunque no lo fuesen a nivel físico. En concordancia con esto, como veremos,
propuso en su sistema político que tuviesen acceso a la educación en relativo pie de
igualdad con los hombres.
5. La ética del bien.

La ética de Platón se inspira directamente en los planteamientos de Sócrates. Al igual


que su maestro, Platón creía que los valores morales son universales y objetivos.

Según Platón, el bien y la justicia existen por sí mismos y son iguales para todas las
personas en todos los lugares y en todas las épocas. Esta visión contrasta con la
teoría relativista que defendían los sofistas, y que tanto Sócrates como Platón
rechazaron con contundencia.

Platón también era partidario del intelectualismo moral socrático. De acuerdo con
esta visión, si alguien se comporta de un modo incorrecto, no es porque sea un
malvado, sino que actúa así por ignorancia. Cuando se conoce de verdad en qué
consiste el auténtico bien (que es único e igual para todos), entonces necesariamente
se actúa bien. Quien se comporta mal en realidad lo hace porque está equivocado y
cree que con su conducta puede obtener un bien, lo cual es un lamentable error.

Así, el problema de la ética se reduce, en el fondo, a aprehender la Idea de Bien


porque, una vez que hayamos conseguido captar qué es el auténtico bien, nuestro
comportamiento será siempre bueno y moralmente adecuado. Platón, como Sócrates,
no contemplaba la posibilidad de que los seres humanos pudiesen desarrollar
comportamientos totalmente irracionales.

La teoría ética de Platón se basa en el universalismo y en el intelectualismo moral


defendidos por Sócrates.

El problema, sin embargo, es que no todo el mundo está capacitado para llegar a
contemplar la Idea de Bien. Como vimos, para Platón el Bien es la realidad suprema
que preside toda la jerarquía de ideas en el mundo inteligible. Esta Idea, la más
importante de todas, es también la más difícil de captar. Para llegar hasta ella hace
falta recorrer un largo y complicado proceso de ascensión dialéctica que requiere
años de esfuerzo y dedicación. Además, solo podrán acceder a la Idea de Bien
quienes estén dispuestos a preocuparse sólo del alma y de la razón, renunciando
ascéticamente a dejarse llevar por los deseos y las pasiones corporales.

Esto significa que solo unas pocas personas son realmente capaces de comprender en
qué consiste el verdadero bien. Para ellos, el problema de la moralidad quedará
resuelto cuando capten la Idea de Bien, ya que entonces obrarán siempre de manera
adecuada. Pero ¿cómo deberían actuar las demás personas que no pueden aspirar a
contemplar la Idea de Bien?
5.1. Las virtudes y la justicia
De acuerdo con Platón, las únicas personas que pueden aspirar a captar la Idea de
Bien son las que tienen un alma predominantemente racional. Los demás seres
humanos, en los que domina el alma irascible o concupiscible, son incapaces de
realizar la ascensión dialéctica, por lo que jamás podrán contemplar las Ideas en sí
mismas. Pero estas personas también pueden comportarse de forma moralmente
adecuada, dentro de los límites que les impone su específico tipo de alma.

Platón pensaba que cada tipo de alma está asociado a una forma de vida
característica, que es la más conveniente para ese tipo de personas. A cada una de
estas formas de vida está asociada una virtud o excelencia, que se corresponde con
las cualidades que son más deseables para esa clase de seres humanos.

Una persona en la que predomina el alma racional será excelente si cultiva su


inteligencia o sabiduría. En cambio, cuando en alguien destaca el alma irascible, la
virtud que debe esforzarse en desarrollar es la valentía. Por último, los que tienen un
alma predominantemente concupiscible deben intentar cultivar la moderación, para
que los deseos no acaben por dominarlos. De este modo, incluso quienes tienen un
tipo de alma menos noble pueden llevar una vida virtuosa y satisfactoria, dentro de
las limitaciones contempladas por Platón.

Platón pensaba que a cada tipo de alma le corresponde una virtud específica: al
alma racional, la sabiduría; al alma irascible, la valentía, y al alma concupiscible, la
moderación.

Sin embargo, por encima de las demás cualidades se encuentra la virtud más
importante de todas, que es la justicia. Platón creía que, para que en un individuo
reine la justicia, es preciso que la dimensión racional de su alma controle las partes
irascible y apetitiva. Solo puede alcanzarse la justicia cuando la razón es capaz de
dominar nuestras pasiones y nuestros deseos, esto es, cuando hay una armonía entre
las tres partes del alma.

En el diálogo Fedro, Platón explica esta teoría comparando el alma humana con un
carro guiado por un auriga y tirado por dos caballos alados. Uno de los caballos es
noble y bueno, pero el otro es perezoso y desobediente. El auriga representa el alma
racional, mientras que el caballo noble se corresponde con el alma irascible, y el
caballo desobediente, con el alma apetitiva.

La alegoría pretende mostrar que el carro (la vida humana) solo podrá avanzar si el
auriga (la razón) consigue dominar y controlar a los dos caballos (la pasión y los
deseos) sin dejar que estos se desboquen.
Platón nos muestra en este mito unos caballos alados, porque el objetivo del auriga es
ascender hacia el cielo, que simboliza el mundo de las Ideas. Pero, si el auriga es
incapaz de mantener el control de los dos caballos, el carro (que representa la vida
humana) se desequilibrará, acabará por precipitarse hacia el suelo y caerá en el
mundo sensible, material e imperfecto.

Solo cuando el ser humano, siguiendo el camino de la dialéctica, llega a captar la


idea de Bien, es cuando conoce realmente qué es lo bueno, y si domina sus apetitos,
podrá convertirse en virtuoso. Como en Sócrates, la razón aplicada al conocimiento
de la realidad proporciona conocimiento verdadero, y la verdad cobra así
categoría moral, puesto que le es imprescindible al ser humano para ser virtuoso.
6. La pasión política de Platón

Durante toda su vida, Platón sintió un gran interés por la política. Su familia era noble,
rica e influyente, y muchos de sus miembros habían tenido un papel destacado en la
política ateniense. Desde su juventud, Platón también sintió deseos de involucrarse en
la política activa, aunque finalmente se alejó de la participación directa en los asuntos
públicos.

Cuando Platón era joven, la derrota de Atenas en la guerra del Peloponeso supuso el
final de la democracia y la instauración de un régimen aristocrático impuesto por los
espartanos. En este Gobierno, conocido como la Tiranía de los Treinta, participaron
algunos familiares de Platón. Sin embargo, el Gobierno de los Treinta Tiranos actuó de
manera injusta, cruel y despótica, por lo que Platón pronto se sintió decepcionado con
el régimen, pese a su pensamiento pro espartano.

Finalmente, el pueblo ateniense se rebeló y restauró la democracia. Pero este régimen


recién restaurado fue el que juzgó y condenó a Sócrates a morir envenenado, y
Platón se convenció de que la democracia era un sistema equivocado e injusto. La
condena de Sócrates es la prueba de que la mayoría no siempre adopta las decisiones
correctas. Platón llegó a la conclusión de que, para que un sistema político sea justo,
es necesario que decidan quienes en realidad saben qué es lo adecuado y bueno
para todos. Así que el poder no debe estar en manos del pueblo, sino de los sabios que
verdaderamente conocen lo que conviene hacer.

Platón trató de diseñar un modelo de sociedad perfecta, encargando el mando del


Estado a los más sabios.

6.1. La ciudad ideal


En La República, que es una de las obras más importantes que escribió, Platón analizó
los diferentes sistemas políticos que existían en su tiempo. De entre todos ellos,
pensaba que los mejores son la monarquía y la aristocracia, siempre que quienes
gobiernan sean sabios y buenos. En la monarquía el poder es ejercido por una sola
persona, mientras que en una aristocracia está en manos de un pequeño grupo de
individuos influyentes.

El problema es que la forma de gobierno aristocrática suele degenerar para


convertirse en una timocracia, que es el dominio de los militares sobre el resto de la
sociedad. Con el tiempo, a su vez, la timocracia se puede convertir en una plutocracia
donde mandan los más ricos. Los excesos de este sistema conducen, por lo general, a
una rebelión que hace triunfar a la democracia, donde el pueblo tiene el poder. Pero la
democracia corre el peligro de verse sometida a la manipulación, de manera que
puede acabar convirtiéndose en una tiranía, que es el peor régimen de todos, puesto
que el tirano solo gobierna pensando en su propio interés.

La propuesta política que se defiende en La República pretende superar estas graves


dificultades. Para lograrlo, Platón se apoya en su teoría antropológica y en la
convicción de que una sociedad bien ordenada es aquella en la que reina la justicia y
los gobernantes piensan en el bien común. Esto solo será posible cuando cada
persona se dedique a aquello que mejor hace, sin interferir en las actividades para las
que no esté bien dotada. Puesto que hay tres tipos de personas distintas, lo mejor es
que cada cual se ocupe de las tareas que son más afines al tipo de alma que en él
predomine.

Así, en una sociedad ideal, quienes tienen un alma básicamente apetitiva o


concupiscible se ocuparán de cuestiones materiales (productores), que son las que
más les interesan. Este tipo de personas deben dedicarse a actividades como la
agricultura, la ganadería, la artesanía o el comercio.

En cambio, los que tienen un alma irascible deberían ser soldados (guardianes),
ocupados en defender a la sociedad de sus enemigos.

Por último, el gobierno de la ciudad estará reservado a aquellos en los que prevalezca
el alma racional, los únicos capacitados para comprender en qué consisten el Bien y la
Justicia, Ideas universales y objetivas que deben inspirar las decisiones de los
gobernantes. Por eso, quienes son capaces de captarlas conocen la auténtica verdad
y pueden basarse en ella para gobernar con justicia. Así, el mando político debe
confiarse a los filósofos (reyes-filósofos), que son los únicos capacitados para
conocer lo que realmente conviene a toda la sociedad.

El modelo político ideal diseñado por Platón otorga a cada persona un lugar distinto
en la sociedad dependiendo del tipo de alma que se tenga.

La propuesta política de Platón pretendía diseñar una sociedad ideal y perfecta que
permitiese resolver las insuficiencias y los defectos de los distintos Estados que existen
en la realidad. No se trata de ninguna sociedad que exista realmente, sino de una
utopía que describe cómo debería organizarse el Estado para que en él reinase la
justicia. Por eso suele decirse que la propuesta elaborada por Platón no es descriptiva,
sino más bien prescriptiva o normativa. (Aunque, como vimos, el propio Platón intentó
llevarla a la práctica en diversas ocasiones, sin éxito).

Lo que Platón propone es una ordenación social muy rígida, en la que la actividad
asignada a cada persona está determinada desde la infancia según el tipo de alma
que tenga cada cual. En este proceso, la educación desempeña un papel
fundamental para encaminar a cada uno hacia la actividad que más le conviene.
Pero, en el sistema político de Platón, las personas no pueden elegir libremente a
qué dedicarse. Tampoco se permite opinar o participar en las decisiones a todo el
mundo, porque solo se admite la intervención de quienes tienen un alma racional.

La sociedad ideal que diseña Platón es tan estricta que incluso somete a los artistas a
una severa vigilancia. Platón era muy consciente del impacto que ejerce el arte sobre
la sociedad y de la capacidad que tienen la literatura, la música y las artes plásticas
para emocionarnos. Esta fuerza emotiva era, precisamente, lo que le hacía desconfiar
de los artistas, puesto que con sus obras pueden llegar a seducir, alejando al público
de lo que es la realidad verdadera. Por esta razón, Platón creía que la actividad de los
artistas debía estar sometida a un riguroso control para evitar que influyesen de
forma negativa en la sociedad.

6.2. Hacia la armonía de la sociedad perfecta


Como hemos visto, la filosofía política de Platón está estrechamente ligada a su
teoría ética y antropológica. Las distintas funciones sociales asignadas a los
diferentes individuos dependen del tipo de alma que predomine en cada cual. Si
queremos que la sociedad esté bien ordenada y resulte armoniosa, será preciso que
cada persona se dedique a la tarea que más le conviene, determinada por el sistema
educativo.

Por eso, el mando debe confiarse a los filósofos, ya que ellos son quienes conocen en
qué consisten las esencias que forman la verdadera realidad y que deben inspirar la
convivencia en sociedad. El buen funcionamiento de la colectividad estará asegurado
si los más sabios se encargan de gobernar y de supervisar el adecuado ajuste del
sistema social. Según Platón, en eso consiste la justicia en la sociedad. Una sociedad
justa será aquella en la cual cada persona se dedica a lo que le corresponde, bajo el
control de quienes saben qué es lo que conviene hacer.

De acuerdo con Platón, una sociedad es justa cuando cada cual hace lo que le
corresponde según su tipo de alma.

6.3. La justicia en el individuo y en la sociedad


La justicia es un valor fundamental para Platón. De hecho, en sus obras considera
que la justicia tiene dos dimensiones distintas: la que se refiere a un individuo o
también la que puede aplicarse a la sociedad.

Según Platón, un individuo es justo cuando en él se da un equilibrio adecuado entre


las tres partes del alma. Si el alma racional consigue controlar las pasiones y
apetitos del alma irascible y del alma concupiscible, entonces podremos decir que la
persona actúa de manera justa.

Algo similar sucede en la política. De acuerdo con Platón, una sociedad sólo será
justa si en ella se establece un equilibrio armónico entre los tres tipos de
personas que la componen. Así, para que reine la justicia en el Estado, hace falta que
cada cual se encargue de lo que mejor sabe hacer, de manera que el gobierno se
confía a los más sabios, mientras los guardianes se encargan de defender la sociedad
y los productores de abastecer a la colectividad de los bienes materiales necesarios.

Esta analogía recibe el nombre de isomorfía entre alma y Estado.

En el pensamiento de Platón pueden distinguirse dos sentidos distintos de la


justicia. La justicia individual es el equilibrio entre las tres tendencias que hay en
nuestra alma. En cambio, la justicia social consiste en la armonía entre los tres tipos
de personas que componen el Estado.

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