La Cultura Renacentista Ribot
La Cultura Renacentista Ribot
LA
CONTRARREFORMA
Los conceptos de Renacimiento y Humanismo
El término Renacimiento hace alusión a un renacer, una vuelta a la vida, y se refiere originariamente a
la recuperación del mundo antiguo y sus valores, que se produjo en la cultura italiana entre los siglos XIV
y XVI y que a partir de las últimas décadas del XV se extendería por otros países de Europa.
Al proporcionar una nueva visión del mundo y del hombre, no quedó restringido a los aspectos más
genuinamente culturales como el arte o la literatura, sino que dejó su impronta en la política, la religión, la
ciencia y el conjunto de las manifestaciones humanas, por lo que los historiadores lo utilizamos en un
sentido omnicomprensivo, entendiéndolo como una civilización o cultura de época.
En la práctica, el concepto de Renacimiento se aplica tanto a la época como a los aspectos artísticos.
El de Humanismo, en cambio, es más concreto y procede de los Studia humanitatis o conocimientos que
permiten incrementar la humanidad individual, hacerse hombre en el sentido más pleno del término
mediante el uso correcto de la inteligencia y el lenguaje que nos diferencian de los animales.
Se trataba básicamente de gramática, retórica, poética, historia y filosofía moral, a cuyos profesores
comenzó a conocérseles en el siglo XV como humanistas o gramáticos. En sentido estricto, el
Humanismo se refiere al estudio de la Antigüedad a través de los escritos de los autores griegos,
romanos, hebreos, etc., por lo que los humanistas son los estudiosos de las letras clásicas con un matiz
específicamente filológico, que se explica por la necesidad no solo de descubrir viejos textos, sino
también de depurar las versiones existentes de los conocido, escritos en el latín de la Edad Media.
De ahí la importancia de la filología y la crítica textual. Sin ellas y el enorme desarrollo que ahora
adquieren, hubiera sido imposible conocer de primera mano los autores clásicos o volver a la pureza
original de las fuentes del cristianismo.
Pero el Humanismo tiene una segunda acepción, más amplia, que hace referencia a una mentalidad y
una actitud vital no exclusiva de los filólogos e hija del Renacimiento. Frente a la visión del hombre y la
vida terrena como un paso hacia la salvación, fuertemente arraigada en las mentalidades de la época, los
humanistas revalorizarán al ser humano, basándose en esos autores clásicos a los que acuden con
avidez en busca de enseñanzas y modelos vitales.
La idea del Renacimiento como civilización o cultura de una época se la debemos a Jakob Burckhardt,
quien, en su obra clásica La cultura del Renacimiento en Italia (1860), veía en él una ruptura radical con
la Edad Media y lo caracterizaba por el individualismo y el carácter laico, fuertemente influido por el
paganismo de la Antigüedad.
Los estudios posteriores fueron matizando sus apreciaciones. Los medievalistas han diluido la idea de
ruptura con la Edad Media, señalando en cambio las evidentes continuidades, cuando no el brillo cultural
de Borgoña, los Países Bajos y algunas zonas del norte de Francia en los siglos XIV y XV, como haría
Johan Huizinga en El otoño de la Edad Medía (1919).
Otros estudiosos han reducido el carácter paganizante del Renacimiento italiano, indicando la
impronta religiosa presente en muchos autores, frente a la idea inicial de un movimiento esencialmente
italiano, se han estudiado progresivamente otras realidades, fruto de la expansión del Renacimiento
desde Italia a otros países, en algunos casos con un fuerte matiz cristiano.
Características y factores de difusión
Las características propias del Renacimiento —o más bien del Humanismo— son esos nuevos valores
que postula y que pasan todos ellos a través del hombre y su dignidad, como lo prueban los mismos
títulos de obras como las de Giannozzo Manetti, De dignitate et excellentía hominis (1452), o Giovanni
Pico della Mirandola, Oratio de hominis dignitate (1486).
Aspecto esencial de la nueva valoración del hombre será el individualismo, patente en el florecimiento
de la biografía y la autobiografía, así como en el éxito que tuvieron las narraciones de las vidas de
personajes de la Antigüedad, también la preocupación por la fama, la ética, el amor, la cortesía (propia
del cortesano), la virtus (valor, energía, audacia viril, integridad), el goce de la vida, el interés por el
mundo y la naturaleza o la búsqueda de la armonía y la belleza.
La idea del hombre fuertemente integrado en el mundo postulaba una valoración integral del ser
humano, centro de la creación, a partir de una valoración optimista de sus posibilidades. El hombre
nuevo había de desarrollar de forma equilibrada sus facultades físicas, intelectuales y espirituales, de
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acuerdo con esa idea de armonía a la que aludíamos. La educación de los jóvenes tenía por ello un
importante papel.
En la mayor parte de los casos no se produjo un enfrentamiento entre Antigüedad y cristianismo. En la
propia Italia hubo intentos de conciliar ambos, como los de Petrarca en el siglo XIV, y Nicolás de Cusa o
Pico della Mirandola en el siglo XV.
Por otra parte, existió una facies poderosa en el seno del Humanismo tardío —sobre todo desde el
inicio de la Reforma— que dedica sus mejores esfuerzos al estudio de los textos bíblicos y a la búsqueda
de una concordia en el seno de la cristiandad.
Otra de las características del Humanismo será el cosmopolitismo, la aparición de una república de
las letras que difunde las obras respectivas, mantiene unidos a sus miembros por medio de la
correspondencia epistolar, o propicia frecuentes viajes, contactos y estancias en localidades diversas, sin
importar demasiado las fronteras. Algunos de los humanistas llegaron a desarrollar relaciones de
amistad, como la de Erasmo con los ingleses John Colet y, especialmente, Tomás Moro, o la de Erasmo
y Moro con Vives.
La difusión del Renacimiento se benefició de varios factores. Ante todo, los viajes e intercambios de
todo tipo que propagaron las novedades. Para el Humanismo resultó esencial la existencia de una lengua
común entre las gentes cultas, el latín, que no veía aún comprometida su jerarquía pese al desarrollo
evidente de las lenguas vernáculas, propiciado frecuentemente por los propios humanistas.
Ejemplos son Dante, Petrarca y Bocaccio, iniciadores del Humanismo y padres al tiempo de la
literatura italiana, o el de Antonio de Nebrija, latinista y autor de la primera Gramática castellana (1492)
en Alemania, donde el Humanismo contribuyó decisivamente no solo a la fijación de la propia lengua,
también a la identificación de una cultura propia.
El factor más importante fue, no obstante, la imprenta de tipos móviles fundidos, inventada por el
alemán de Maguncia Johan Gutenberg a mediados del siglo xv y que resultará decisiva en la expansión
del Renacimiento y la creación de esa república de las letras.
Hacia 1500 había imprentas en unas 236 ciudades europeas, siendo las zonas con una mayor
concentración el centro-norte de Italia y el centro-sur de Alemania. En la segunda mitad del siglo se
imprimieron en toda Europa cerca de 15.000 textos distintos. El 80% estaban en latín y la mitad era de
tema religioso. En 1537, la imprenta llegó a Veracruz, en América; en 1557 a Goa (India) y en 1564 a
Rusia.
Las capitales con una actividad más destacada fueron Venecia, Basilea, París, Amberes o Lyon, y
entre los grandes impresores-editores, muchos de los cuales eran auténticos humanistas, merecen
citarse Aldo Manuzio en Venecia, Johan Froben en Basilea y, más adelante, Robert Estienne en París o
Christophe Plantin en Amberes.
Un último factor de difusión fueron los centros de enseñanza que introdujeron los estudios
humanistas. No tanto las universidades procedentes de la Edad Media, que en su mayor parte
permanecieron ajenas y, en muchos casos, como la Sorbona, fueron enemigas de los nuevos saberes,
cuanto las academias y los colegios de nuevo cuño.
Las principales fueron las de letras clásicas, como la Pontaniana de Nápoles, fundada a comienzos de
los años cuarenta del siglo xv; la neoplatónica de Florencia (1468); la de Roma, bajo el mecenazgo del
papado y que tuvo su máximo esplendor con el papa Medici León X (1513-1521), o la de Venecia,
dirigida por el impresor Aldo Manucio y fuertemente interesada por los textos griegos.
Fuera de Italia, el Humanismo se desarrolló especialmente en instituciones de nueva creación,
algunas de ellas vinculadas a las universidades, como los colegios trilingues (latín, griego y hebreo) de
Lovaina (1517) —fundado por Erasmo— o Alcalá de Henares (1528), el Christ's College de Cambridge
(1505), el Corpus Christi College de Oxford (1517).
El protagonismo de Italia
Italia fue el origen y epicentro tanto del Renacimiento como del Humanismo. Había sido el núcleo del
Imperio romano y contaba por ello con muchos más restos materiales del mundo antiguo y la cultura
clásica que los demás territorios europeos. Pero jugó también en su favor el desarrollo de las ciudades,
pues ambos fueron fenómenos esencialmente urbanos, una muestra más de ese dinamismo de la ciudad
que caracteriza la Edad Moderna.
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El mecenazgo se exportaría fuera de Italia junto al Renacimiento, y sirvió también poderosamente a
los monarcas europeos para el fortalecimiento de su poder. Muchos de los humanistas fueron secretarios
de príncipes, papas.
Buena parte de los esfuerzos de los humanistas italianos se concentró en el intento de depurar el
latín, basándose en los modelos clásicos. Destacarán en ello Lorenzo Valla (c. 1406-1457), autor de De
la elegancia de la lengua latina, o el florentino Leonardo Bruni (1369-1444), los humanistas se
interesaron también por el griego, que en “buena parte se había perdido y cuyo conocimiento fue
estimulado, entre otros factores, por la llegada de griegos que huían de la invasión turca.
Aunque en menor medida, estudiaron asimismo el hebreo o el arameo, imprescindibles para
acercarse tanto al Antiguo Testamento como a los conocimientos cabalísticos que atraían, entre otros, a
Pico della Mirandola.
En el terreno filosófico continuó el predominio del aristotelismo cristianizado, base de la escolástica,
cuya rama principal, procedente de santo Tomás de Aquino (1224-1274), defendía la plena concordancia
de la fe y la razón. Existían en cambio otras escuelas que separaban ambas, como la nominalista, creada
por Guillermo de Ockham (1280-1349), o la averroísta, inspirada en el filósofo cordobés Averroes (1126-
1198).
El nominalismo, muy difundido en las universidades y responsable en buena medida de la crisis de la
escolástica, defendía la posibilidad del conocimiento, aunque sin garantía alguna de que este
correspondiera con las esencias de las cosas, por lo que los conceptos no eran para él más que nombres
vacíos, lo cual provocaba el rechazo de los humanistas.
El averroísmo, que tuvo algún arraigo en las universidades de Bolonia y, sobre todo, Padua, postulaba
la existencia de una doble verdad, la racional y la de la fe. Su principal representante fue Pietro
Pomponazzi (1462-1525), quien en sus escritos negó la posibilidad de demostrar la inmortalidad del alma
y afirmó la existencia de una contradicción entre la omnipotencia divina y el libre arbitrio.
El Renacimiento recuperó los textos de numerosos filósofos de la Antigüedad, algunos de ellos poco
conciliables con el cristianismo. Pero la gran novedad filosófica fue el neoplatonismo, basado en el
resurgimiento de los escritos de Platón, casi olvidados en la Edad Media pese al conocimiento de los
textos de san Agustín.
Una de sus principales afirmaciones es que la vocación del hombre es pasar, por medio del
conocimiento, del mundo en el que vive, formado por apariencias sensibles o reflejos imperfectos de los
arquetipos divinos, a la inteligencia de las Ideas, es decir, las esencias de las cosas materiales, que
residen en Dios. Uno de los medios de conocimiento será la contemplación de la belleza, lo que
contribuye a explicar la formidable eclosión artística, lo bello, armonioso y equilibrado está más cerca de
lo divino.
El gran difusor y traductor de Platón fue Marsilio Ficino (1433-1499), quien dirigió la Academia de
Florencia, centro principal del neoplatonismo. Ficino intentó armonizar el pensamiento de Platón con el
de Aristóteles. En cambio, su discípulo Pico della Mirandola (1463-1494), mezcló el platonismo con
componentes cabalísticos y mágicos.
Cuatro ciudades son los centros esenciales del Renacimiento italiano: Florencia, Nápoles, Roma y
Venecia. Tal vez sea Florencia el lugar más característico, a la vez que ejemplo de las motivaciones que
llevaron a los gobernantes al mecenazgo. Los Medici, familia de banqueros que se hizo con el poder,
utilizaron el arte y la cultura como un elemento de prestigio, lo que dio lugar a las grandes realizaciones
de tiempos de Cosme el Viejo (1434-1464) y sobre todo de su nieto Lorenzo (1469-1492), conocido como
ya entonces por el Magnífico, gracias en buena parte al brillo de las obras que patrocinó.
En Nápoles, el mecenazgo se desarrolló también al servicio de los intereses del monarca Alfonso V
de Aragón (1442-1458), quien conquistó el reino frente a los reyes de la Casa de Anjou, originaria de
Francia, la personalidad principal del Humanismo napolitano será Lorenzo Valla, latinista, corrector del
texto latino de la Biblia y creador principal de la crítica textual histórico-filológica, que le permitió
demostrar en 1440 la falsedad de los documentos medievales de la cancillería pontificia referidos a la
Donación de Constantino.
En Roma, el Renacimiento aparece vinculado también a sus soberanos, los papas, cuyo mecenazgo
atrajo a los principales artistas, que dejaron la huella de su genialidad en diversos lugares, especialmente
en la basílica de San Pedro y los palacios del Vaticano. Una primera fase, a mediados del siglo XV,
coincidió con los papados sucesivos de Nicolás V, el español Calixto III o el humanista Pío Il (Enea Silvio
Piccolomini). La segunda, a finales de la centuria y durante las primeras décadas del siglo XVI, tuvo
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como promotores a Alejandro VI (Rodrigo de Borja —Borgia— sobrino de Calixto II), y sobre todo a Julio II
(1503-1513) y al hijo de Lorenzo el Magnífico, León X (1513-1521), con los que llegó a la plenitud.
El Renacimiento veneciano tuvo como centros importantes no solo la Academia, orientada
especialmente hacia los estudios griegos, sino también la Universidad de Padua, una de las pocas que
aceptaron los estudios renacentistas y que se convirtió en sede de la renovación de la filosofía
aristotélica, basada en la vuelta a los textos originales de dicho autor. Venecia se beneficiaría
especialmente de la huida de muchos artistas con ocasión del saco de Roma.
En cualquier caso, el Renacimiento italiano tuvo otros muchos centros. Recordemos entre ellos
Rimini, bajo el impulso de Sigismondo Pandolfo Malatesta (1432-1468), quien mandó erigir el Templo
Malatestiano; Urbino, con el duque Federico de Montefeltro (1444-1482), para quien trabajaron, entre
otros, Piero della Francesca y, al parecer, también el español Pedro Berruguete; Milán, con el
mecenazgo de los Visconti y los Sforza; Bolonia, con los Bentivoglio; Ferrara, en la que Ludovico Ariosto
escribiría en honor de los Este el poema épico Orlando furioso, una de las cumbres literarias del
Renacimiento italiano; Mantua, Parma, Módena, Pisa, Siena...
Otros países europeos
Desde Italia, la nueva cultura se fue extendiendo por otros países, en los que se adaptó de formas
variadas, asumiendo habitualmente perfiles propios, fruto del contacto con las características,
trayectorias culturales previas e intereses de cada uno. El vehículo esencial para la propagación fueron
los viajes, tanto de extranjeros que conocieron los círculos artísticos y humanistas de Italia, como de
italianos que se desplazaron a otros territorios.
Antonio de Nebrija estuvo como estudiante en el Colegio de San Clemente de Bolonia (1460), Lefevre
d'Étaples viajó en varias ocasiones a Italia, a la que se desplazaron también otros humanistas como
Erasmo o Guillaume Bude, lo mismo que muchos de los principales artistas del Renacimiento europeo.
Andreas Vesalio viajó a Padua (1539) para estudiar anatomía...
Es importante el mecenazgo de monarcas como el emperador Maximiliano I; los Reyes Católicos o
Carlos I en España; Francisco I en Francia; Enrique VI y Enrique VII en Inglaterra, o Matías Corvino en
Hungría. Pero el mecenazgo no quedó restringido a los reyes, sino que muchos aristócratas y altos
eclesiásticos lo practicaron.
El Humanismo español se inició en el siglo XV en la corona de Aragón, que mantenía fuertes vínculos
con Italia. Aunque en la Universidad de Salamanca ya se enseñaba griego a finales de dicha centuria, el
centro principal del Humanismo será la Universidad de Alcalá de Henares, creada por el cardenal
Cisneros en 1508 y a la que se trasladaría Nebrija en 1512, después de que la de Salamanca, poco
receptiva ante los avances humanísticos, le privara de su cátedra. La gran obra, por iniciativa también de
Cisneros, será la Biblia Políglota, en latín, griego, hebreo y arameo.
La poesía italiana fue introducida en España por Juan Boscán y Garcilaso de la Vega. Años después,
el Humanismo español quedó fuertemente marcado por la crisis religiosa. La influencia principal fue la de
Erasmo de Rotterdam, el príncipe de los humanistas del siglo XVII, que dedicó buena parte de sus
esfuerzos a la búsqueda de una tercera vía entre el catolicismo tradicional y la Reforma.
El Humanismo francés fue más tardío y sus dos figuras principales fueron Guillaume Budé y Jacques
Lefevre d'Etaples. El primero es un destacado especialista en latín y griego, de amplia cultura, que
participó en la fundación del Collége de France y dirigió la biblioteca milanesa de los Sforza, que Luis XII
había llevado a Fontainebleau. Lefevre d'Etaples, en cambio, se inscribe en la corriente del Humanismo
cristiano, preocupado por la pureza de las fuentes, publicó un comentario a las epístolas de san Pablo y
tradujo al francés el Nuevo Testamento griego (1530).
En Inglaterra, John Colet participa en dicha corriente y se interesa también por los escritos de san
Pablo. Más importante es quizá Tomás Moro, jurista, canciller de Enrique VIII y finalmente víctima en el
patíbulo de su oposición al divorcio del rey. Aparte de su amplia cultura, su conocimiento del latín y el
griego y su formación neoplatónica, es autor de una crítica social a partir de la ficción de una sociedad
imaginaria y perfecta
En Alemania, la figura más destacada fue Johan Reuchlin (1455-1522), especialista en hebreo, tío del
humanista reformador Philipp Melanchthon y hombre preocupado asimismo por las cuestiones
teológicas.
En los Países Bajos, el Humanismo estuvo también muy vinculado a la preocupación religiosa.
Dentro de la corriente de la Devotio moderna, que propugnaba una religiosidad más intimista y se
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inscribe en la llamada prerreforma católica, anterior a Lutero, los Hermanos de la Vida Común tuvieron
interés por el estudio y edición de textos clásicos.
Pero la figura descollante del Humanismo de los Países Bajos es Desiderio Erasmo, conocido como
Erasmo de Rotterdam (1469-1536), el más importante de los humanistas del siglo XVI o del Humanismo
tardío. En su educación influyeron los Hermanos de la Vida Común y perteneció a la orden de San
Agustín,
Estuvo en París (desde 1495), Oxford (1499-1500 y 1505-1506), Italia (1506-1509) con estancias en
Roma, Florencia, Padua y Venecia—, Cambridge (1509-1514), Flandes y Lovaina (1502- 1504 y 1517-
1521), Basilea (1521-1529), Friburgo. Sus numerosas obras se dividen en dos grupos: las de carácter
civil, y las de tema religioso.
A las primeras pertenecen, los Adagía (Adagíos, 1500), una colección comentada de proverbios de la
Antigüedad, cuyo éxito editorial le permitió reeditar en varias ocasiones con añadidos y correcciones
diversas; los Colloquía (1518), ejercicios en latín escritos en forma de diálogo: diversas ediciones de
textos clásicos y traducciones al latín de autores griegos, Elogio de la locura, obra breve, irónica y
divertida, en la que constata la omnipresencia y triunfo de la estupidez, y contrapone la abundancia y
mayor felicidad de los estúpidos a la sequedad, aburrimiento y escaso séquito de los cultos y sabios.
En el terreno religioso, Erasmo era partidario de una reforma de la Iglesia, aunque nunca llegó a
romper con ella. Crítico con la excesiva influencia del clero, ansiaba un cristianismo más íntimo y
personal, centrado en la figura de Cristo y alejado de los excesos en las manifestaciones externas y las
prácticas populares, plagadas a menudo de superstición, un cristianismo elitista, en armonía con la
cultura clásica y poco amigo de la escolástica.
Frente al pesimismo antropológico de Lutero, escribió De libero arbitrio (Sobre el libre albedrío)
(1524), en el que expresaba su optimismo y su creencia en la capacidad del hombre para colaborar en su
salvación, eligiendo entre el bien y el mal. Lutero, contrariado, le respondería con De servo arbitrio.
Otro gran personaje vinculado a los Países Bajos es el valenciano Juan Luis Vives (1492-1539),
también cosmopolita, aunque con una vida mucho más difícil, sobre todo por las persecuciones que le
tocaron de cerca y la conciencia progresiva de que desaparecía el mundo en el que había creído.
Hijo de judeoconversos, estudió en París, de donde pasó a Lovaina (1517-1521). El año 1522 tuvo la
oportunidad de volver a España cuando le ofrecieron la cátedra de latinidad de Alcalá de Henares,
vacante por la muerte de Nebrija. Los años siguientes (1522-1528) estuvo en Londres, junto a Moro.
En Inglaterra fue tutor de María Tudor, la futura reina, y profesor en el Corpus Christi College de
Oxford. Su obra, muy extensa, destaca en los terrenos del Humanismo cristiano, la filología, la
pedagogía, la filosofía o el reformismo social. Algunas de sus obras son la Formación de la mujer
cristiana (1523).
La crisis del Renacimiento
En los años treinta y cuarenta, al compás del endurecimiento de las posturas religiosas, comenzaban
a olvidarse los sueños cosmopolitas e integradores del Humanismo. Un buen ejemplo es el de Francois
Rabelais (1494-1553), que en sus cinco libros sobre Gargantúa y Pantagruel, publicados entre 1532 y
1564, muestra la evolución desde la creencia inicial en el hombre y el espíritu de tolerancia hasta el
escepticismo y la resignación frente al avance de la intolerancia.
Tal vez, el elemento más positivo, deudor del Humanismo pero también de los enfrentamientos entre
países, fuera el desarrollo de las culturas nacionales en el terreno literario, caracterizadas por la
utilización de las lenguas respectivas, la recuperación de elementos de la propia historia y cultura, así
como cierta revalorización de lo maravilloso y lo irracional, frente al ansia renacentista de explicar los
misterios de la naturaleza.
El desarrollo del teatro inglés en la época isabelina con Christopher Marlowe, gran precursor de
Willliam Shakespeare; el inicio del Siglo de Oro español, con la aparición del género picaresco en El
lazarillo de Tormes (1554), la gran epopeya americana de Alonso de Ercilla ( La Araucania), la obra de
Fernando de Herrera, apodado El Divino, o la literatura de inspiración religiosa de fray Luis de León,
Teresa de Jesús o Juan de la Cruz; y en Portugal, la figura de Luís de Camoens (1524-1580), autor Os
Lusíadas, auténtica epopeya nacional.
En arte, el Manierismo, basado en la imitación de los grandes artistas de la etapa anterior a la
maniera di) es esencialmente un arte cortesano que supondría la etapa de paso hacia el Barroco. Los
pintores venecianos Tintoretto (1518-1594) y Paolo Veronese (1528-1588), o El Greco (1541-1613)
serían algunos de sus principales representantes.
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Ciencia y técnica en los siglos XV y XVI
La época del Renacimiento fue especialmente brillante en el terreno artístico, sobre todo en Italia.
Nunca como entonces se han dado cita tantos genios creadores en arquitectura, escultura, pintura y
demás artes plásticas. El Humanismo, por su parte, alcanzó también altísimas cotas en el terreno de las
letras. Hubo asimismo avances en las técnicas.
En el campo de la medicina fueron relevantes los estudios de fisiología del francés Jean Fernel, de
cuya amplitud de objetivos, propia del Renacimiento, da prueba su interés por medir el meridano
terrestre; un caso similar es el del médico italiano Girolamo Fracastoro, estudioso de la sífilis, que era
además geógrafo, geólogo y óptico. Otra figura variopinta es la del médico, alquimista y filósofo suizo-
alemán Paracelso (1493-1541),
Al siglo XVI debemos, no obstante, un par de aportaciones científicas de gran relevancia. El aragonés
Miguel Servet descubrió la circulación pulmonar y el flamenco Andreas Vesalio publicó De humani
corporis fabrica (1543), en la que defendía una anatomía empírica que ponía en cuestión muchas de las
opiniones tradicionales basadas en el griego Galeno.
Pero la contribución más importante se produjo en el campo de la astronomía, en el que el canónigo
polaco Nicolás Copérnico (1473-1543), en su obra De Revolutionibus orbium caelestium, aparecida
también en 1543, defendió la teoría de que la Tierra giraba en torno al Sol —propuesta ya en el siglo II a.
C. por Aristarco de Samos— que se enfrentaba con la concepción geocéntrica de Ptolomeo.
En el terreno de la técnica, destaca con brillo propio la figura polifacética del florentino Leonardo da
Vinci, inventor y dibujante de numerosos ingenios y máquinas, no siempre exitosos —como por ejemplo
sus intentos de diseñar algún aparato que permitiera volar—, pero siempre geniales y bellísimos. Durante
el Renacimiento hubo avances evidentes en las técnicas de la guerra, la artillería y la fortificación.
LA RUPTURA DE LA CRISTIANDAD
Crisis de la religiosidad medieval y primeras tentativas reformistas
Desde la Baja Edad Media existía un descontento bastante generalizado en relación con la Iglesia, los
papas, el clero o las prácticas religiosas, acompañado del deseo de volver a las enseñanzas genuinas
del Evangelio, sin los añadidos posteriores.
La decadencia del papado era evidente tras la prolongada estancia de la sede pontificia en Avignon
(1309-1377) y el cisma posterior (1378-1417). El Concilio de Constanza (1414-1418), iniciado cuando
había tres papas, no sirvió para consolidar su autoridad y su prestigio y tampoco ayudaron a ello la mayor
parte de los papas del Renacimiento, excesivamente preocupados por su poder temporal y demasiado
mundano.
En los siglos XIV y XV no solo habían adquirido un importante desarrollo las teorías conciliaristas, que
defendían la superioridad de los concilios sobre el papa, sino también las tendencias nacionales, con
fuerte carga xenófoba, en las Iglesias de buena parte de los territorios europeos, que aspiraban a una
práctica independencia del poder de Roma.
El poder religioso de los príncipes no era una simple práctica, sino que se basaba en toda una
corriente de pensamiento teórico desde los tiempos de la pugna entre el papa y el emperador. Su
manifestación más genuina es el regalismo, muy extendido y que habría de desempeñar un papel
decisivo en la Reforma —separación de Roma— de numerosos reinos y estados. Consistía en la
pretensión de los reyes de gobernar sus iglesias, quedarse con una parte de sus rentas e impedir la
injerencia de un poder externo como el del papa.
La visión negativa de los pontífices era compartida también por gentes de otros territorios europeos,
que veían en ellos una figura extraña y lejana, ajena a su país e interesada sobre todo en las rentas que
allí obtenían. El desprestigio afectaba también a los eclesiásticos.
Muchas de las jerarquías de la Iglesia eran esencialmente señores temporales, preocupados ante
todo por el poder y las rentas, además de poco ejemplares en sus vidas. La acumulación de beneficios,
con sus correspondientes rentas, era un mal extendido, lo mismo que el absentismo.
Buena parte del clero, tanto el secular como el regular, adolecía de una escasa formación y cultura,
con frecuentes casos de excesivo interés por las cosas materiales, amancebamiento y vida desordenada.
Á ello se unía la degradación de la creencia y la práctica religiosa.
La religiosidad de la mayoría de las gentes estaba llena de supersticiones, ritos y creencias absurdas,
fuertemente teñidas de paganismo. El calendario había sido invadido por infinidad de santos protectores
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y sanadores, que resolvían los problemas más nimios, la creencia en una permanente intervención
sobrenatural llenaba el mundo de milagros, lugares y objetos sagrados.
La importancia dada a las reliquias, la preocupación por atesorar indulgencias, las peregrinaciones —a
veces pintorescas—, las romerías, los disciplinantes y otra serie de prácticas habían desplazado lo
esencial de fe y la experiencia religiosa. Detrás de todo ello estaba también la obsesión por la salvación,
que beneficiaba ampliamente a la Iglesia en el aspecto económico, incrementando sus rentas y su
patrimonio.
El mejor ejemplo de la vinculación entre la obsesión por la salvación y los negocios estaba en el
tráfico de indulgencias, que tanta importancia habría de tener en la denuncia inicial de Lutero. Merced a
la creencia en el Purgatorio —un lugar de tránsito para los justos entre la vida terrena y el Cielo, dedicado
a la expiación de las penas merecidas por sus pecados— la Iglesia conseguía extender al más allá su
enorme poder sobre los vivos.
Las indulgencias se ganaban por una serie de medios, en los que se mezclaban hábilmente los actos
de piedad y el imprescindible desembolso de dinero, que era lo que movía todo. Además de las
ordinarias, había indulgencias especiales, que el papa concedía mediante la bula, en beneficio de
instancias muy diversas, lo que hacía que reyes, obispos, ciudades, órdenes religiosas... trataran de
conseguirlas, con la finalidad esencial de incrementar sus ingresos con la venta posterior.
Esta religiosidad tan viciada se vio acompañada por la difusión, a comienzos del siglo XVI, de un
clima apocalíptico, especialmente intenso en Alemania. La idea de que el fin del mundo y el Juicio Final
estaban cerca incrementaba la conciencia de pecado, el sentimiento de culpa y el temor ante un Dios a
quien se veía esencialmente como juez temible.
Vinculado al fin del mundo estaba el Anticristo, que, según el Apocalipsis, gobernaría el mundo antes
de la llegada del reino de Cristo, Lutero lo identificó con el papa, pero también con los campesinos
rebeldes o con el reformador radical Thomas Muntzer, de la misma forma que los católicos lo harán con
Lutero y otros reformadores. Lutero estaba convencido de que el fin del mundo era inminente y una de
las pruebas era que el Anticristo reinaba en Roma.
La conciencia de la degradación de la fe y la práctica religiosa estaba, por tanto, muy difundida en el
tránsito de la Edad Media a la Moderna y había dado lugar, ya antes de Lutero, al surgimiento de
diversas iniciativas reformadoras, algunas de ellas condenadas por la Iglesia, como es el caso sobre todo
de las doctrinas del bohemio Jan Hus (c. 1370-1415), origen del movimiento husita, pero otras dentro de
la ortodoxia.
En unos casos, como en el de las actuaciones encabezadas en Castilla por el cardenal Cisneros con
el apoyo de la reina Isabel l, se trató sobre todo de aspectos de disciplina eclesiástica relacionados con
los obispos y las Órdenes religiosas; en otros, la cuestión era más profunda y afectaba a la vivencia de
una religión más íntima y depurada, del estilo de la que proponían numerosos humanistas, o la corriente
de la Devotio moderna, surgida en los Países Bajos e inspirada en autores como Thomas de Kempis,
cuya Imitatio Christi se había divulgado ampliamente.
Vinculados a ella estaban los Hermanos de la Vida Común, cuyas escuelas —a una de las cuales
acudió Lutero— promovían una religión más íntima y cristocéntrica. Inquietudes similares hubo en Italia y
otros lugares, con iniciativas como la fundación en Roma del Oratorio del Amor Divino (1513).
Para quienes deseaban una religión más auténtica, la Biblia o Sagrada Escritura, y no el magisterio
del papa, era la que marcaba el criterio a seguir, lo que explica que uno de los productos estrella del
nuevo y revolucionario arte de la imprenta fueran las Biblias, No siempre las ediciones eran en latín, sino
que las había también en los idiomas vernáculos. El gran problema, sin embargo, era que se basaban en
general en el texto canónico de la Vulgata latina, por lo que una de las principales obsesiones de los
humanistas era la depuración lingüística de sus textos a partir de los originales.
Martín Lutero
Martín Luther (Lutero, 1483-1546) nació en Eisleben, localidad perteneciente a la Sajonia electoral,
gobernada por el duque-elector Federico y distinta de la Sajonia albertina. Formado con los Hermanos de
la Vida Común en Magdeburgo y en el nominalismo de la Universidad de Erfurt, ingresó en la orden de
San Agustín. Posteriormente se doctoró en teología en la Universidad de Wittenberg, recién creada por el
duque Federico, donde enseñó durante los años siguientes.
Nominalismo y agustinismo son esenciales para entender su pensamiento. Aquel, por su separación
radical entre el conocimiento adquirido por la razón (no fiable) y el derivado de la teología; el agustinismo
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—o la interpretación que hace de san Agustín— por su desconfianza maniquea en el hombre, su libertad,
capacidades y méritos, frente a la omnipotencia de la Gracia divina.
A ello uniría otra influencia importante, la de la corriente mística medieval alemana de Eckhart o
Tauler, que a la pequeñez del hombre frente a Dios añadía la idea de la experiencia de la divinidad
directa y sin mediaciones.
La materia que enseñaba en la universidad era la Biblia, lo que le familiarizó profundamente con la
Escritura y atrajo su atención por las cartas de san Pablo a los romanos y a los gálatas, que le ratificaron
en la idea de la nulidad de las obras humanas frente a la acción salvadora de la Gracia de Dios. Un
último elemento, ya aludido, era su creencia milenarista en la cercanía del fin del mundo.
La repercusión inesperada de sus 95 tesis acerca de las indulgencias (1517) fue el impulso inicial,
alimentado por nuevos rechazos, que le hizo seguir adelante hasta crear toda una nueva forma de
entender la fe y la religión.
En ellas partía de su concepto de la justificación (o salvación del hombre) por la fe, en virtud de los
méritos de Cristo en la cruz —basado en san Pablo y san Agustín—, y criticaba el engaño que se hacía a
los fieles con las indulgencias, dada la incapacidad de la jerarquía para borrar las penas del Purgatorio.
La imprenta —el nuevo y revolucionario medio de aquellos tiempos—lo difundió ampliamente en pocas
semanas. Preocupado ante la inesperada repercusión, Lutero redactó entonces, e hizo imprimir, sendos
escritos en alemán y en latín, en los que expresaba su sumisión a la Iglesia de Roma, insistía en el
carácter de disputa académica de sus tesis y expresaba su rechazo a ser considerado hereje.
Fueron las reacciones en su contra de los meses siguientes —muchas de ellas en la propia Alemania—
las que le empujaron hacia la herejía, con una grave responsabilidad del papa León X y los teólogos de
su entorno. Frente a la reacción en su contra, Lutero se reafirmó y desarrolló sus doctrinas, sorprendido
por la facilidad con la que calaban en amplios sectores de la sociedad alemana.
La bula Exsurge Domine (15 de junio de 1520) condenaba como heréticas cuarenta y una de sus
proposiciones, todas ellas aisladas de su contexto. El 3 de enero de 1521, la bula Decet Romanum
Pontificem excomulgó a Lutero, declarándole hereje. Su enfrentamiento con la Iglesia era cada vez
mayor, al tiempo que el reformador reaccionaba contra el papa y contra Roma, identificándola como la
sede del Anticristo.
Durante algunos años, no obstante, hubo tal vez posibilidades de arreglo y concordia, el emperador
Carlos V o el teólogo Philipp Melanchthon, entre los seguidores de Lutero, estuvieron dispuestas a
importantes cesiones para conseguirlo. Pero todas se vieron frustradas, por las circunstancias, y entre
ellas los intereses de numerosos príncipes, señores territoriales y ciudades soberanas del Imperio, que
no solo veían en la aplicación de la Reforma una oportunidad para frenar el incremento del poder del
emperador y aumentar el propio, sino también una magnífica fuente de financiación., para muchos
alemanes, además, era la ocasión de crear una Iglesia propia, desligada de dependencias exteriores.
Para Carlos V, la resolución del conflicto creado era una cuestión decisiva para la paz en sus
territorios alemanes. Por ello resultó de enorme importancia la Dieta de Worms (1521), a la que asistió
Lutero, ya declarado hereje y, por tanto, perseguido también por los poderes civiles, con el aval de un
salvoconducto del emperador y con el respaldo de las numerosas manifestaciones de entusiasmo que
recibió durante su viaje.
El resultado fue su condena por el emperador y su proscripción en el ámbito del Imperio, si bien la
amplia aceptación que recibía en muchos lugares mostraba la profunda división que había provocado en
Alemania. La protección del duque elector de Sajonia le protegería el resto de su vida, aunque limitara
sus movimientos.
En su Tratado sobre el papado de Roma (1520), expone su creencia en una lglesia sin jerarquías, una
comunidad de creyentes en Cristo, única cabeza, y basada en el primado exclusivo de la Sagrada
Escritura, lo que implica la supresión del pontificado.
Su idea, ya esbozada aquí, del sacerdocio universal, la desarrollaría en el Manifiesto a la nobleza
cristiana de Alemania, aparecido el mismo año aunque después de la bula en la que se condenaban sus
doctrinas. En él critica al papa y los abusos de Roma de forma mucho más dura, que en el anterior, al
tiempo que llama a las autoridades civiles a impulsar la Reforma en sus territorios. Lutero, que soñaba
con una nueva Iglesia alemana, se lo dedicó significativamente al recién elegido emperador Carlos V.
El ataque más virulento a la Iglesia de Roma lo reservaba, sin embargo, para el tercero de sus libros
de aquel año decisivo, La cautividad babilónica de la Iglesia, en el que manifiesta su doctrina sobre los
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sacramentos, que considera meros signos salvíficos y reduce de siete a dos, los únicos establecidos por
Cristo: el bautismo y la eucaristía, aunque no rechaza totalmente la confesión o penitencia.
La Iglesia, basándose en la distinción aristotélica y escolástica de materia (o substancia) y forma
(apariencia), justificaba —y justifica— la presencia real de Cristo en la eucaristía mediante la teoría de la
transubstanciación, en virtud de la cual la consagración convierte las sustancias del pan y el vino en el
cuerpo y la sangre de Cristo, aunque manteniendo la forma externa de pan y vino.
Lutero defiende la presencia simultánea tanto de las substancias originales (pan y vino) como del
cuerpo y la sangre de Cristo. Dicha teoría, conocida como consubstanciación, considera además que el
sacrificio de la cruz se realizó una única y exclusiva vez, por lo que se opone a la idea de la misa como
repetición incesante del mismo, tal como la proponía la Iglesia, o a la de los sacramentos como
transmisores de la Gracia. En sobre la libertad del cristiano , también de 1520, reflexiona sobre la
liberación del cristiano en virtud de la muerte de Cristo en la cruz.
Otras dos obras importantes de estos primeros tiempos, elaboradas ambas durante los diez meses
posteriores a la Dieta de Worms, en los que estuvo refugiado en el castillo de Wartburg (mayo de 1521-
marzo de 1522), son la traducción del Nuevo Testamento al alemán, libro de gran éxito que superó las
350 ediciones en vida de Lutero, y el tratado Sobre los votos monásticos, que atacaba los fundamentos
de la vida religiosa al considerar: los una invención humana, y que provocó una oleada de deserciones
de frailes y monjas, que se pasaron a la Reforma.
No solo conseguía adhesiones, pues su escrito De servo arbitrio (1525), en el que respondía a
Erasmo, supuso el abandono de numerosos humanistas, incapaces de conciliar la centralidad de su
creencia en el ser humano con la antropología pesimista de Lutero.
Las principales afirmaciones de Lutero responden a una lógica bastante coherente. Las dos básicas
son la salvación solo por la fe, en virtud de los méritos de Cristo en la ocasión única e irrepetible de la
cruz, y el primado exclusivo de la Sagrada Escritura, única fuente de la fe.
De ellas se desprenden otras como la centralidad de Cristo y la desaparición de las mediaciones de la
Virgen o los santos, sacerdocio universal (con la supresión de jerarquías, votos monásticos, etc.), puesto
que Dios habla a cada creyente a través de la Biblia; la supresión de la misa entendida como repetición
del sacrificio de la cruz; la reducción de los sacramentos a los únicos que él considera instaurados por
Cristo; la eliminación de la tradición como fuente de la fe, o la teoría de la consubstanciación sobre la
presencia de Cristo en la eucaristía.
Sus planteamientos implicaban también la inexistencia de una Iglesia visible, pues solo existiría la
invisible o espiritual, formada por la comunidad de los creyentes y sin jerarquías. Por ello, hasta bastante
tiempo después de su ruptura con Roma, Lutero no se dio cuenta de la necesidad de aportar una mínima
organización a su Iglesia.
Basándose en uno- de sus textos iniciales, el Manifiesto a la nobleza cristiana de Alemania , apelará al
poder civil como protector y cabeza de su organización eclesiástica, lo que daría pie en diversos
territorios a la organización de las ansiadas Iglesias nacionales, establece una especie de nuevo clero,
los pastores o ministros del sacramento y la palabra —que podían casarse, como hizo el propio Lutero— y
reintroduce la organización eclesiástica basada en circunscripciones o diócesis, encabezadas por
obispos nombrados por el príncipe.
El poder civil asumía también la jurisdicción eclesiástica y reproducía métodos de control no muy
distintos a los de las inquisiciones católicas. Tal vez los dos aspectos más positivos de la dependencia
estatal fueran la extensión de la enseñanza, con índices de analfabetismos bastante inferiores a los de
los países católicos y la transferencia al poder civil de la asistencia a pobres y enfermos.
Ulrico Zwinglio
Ulrich Zwinglio (1484-1531) de amplia formación humanista, estudió en las universidades de Viena y
Basilea, tras lo que se ordenó sacerdote. Durante diez años tuvo ocasión de acompañar como capellán a
los numerosos mercenarios de la ciudad de Glaris que servían en el ejército del papa.
En 1521, siendo predicador y deán de la colegiata de Zurich, renunció a la pensión que recibía de
Roma. En los años siguientes, atacó la abstinencia pascual, se casó, defendió el matrimonio de los
clérigos y dejó claro en sus escritos la autoridad exclusiva de la Sagrada Escritura.
Junto a su transformación personal, se estaba produciendo la de la ciudad de Zurich, que a
comienzos de 1523 celebró la disputa teológica —procedimiento basado en la escolástica— que era la
fórmula habitual de adhesión a la Reforma. Las 67 tesis sobre las que giró esta fueron preparadas por
Zwinglio.
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En las transformaciones posteriores, iniciadas por una violenta destrucción de imágenes y objetos
sagrados, la ciudad adoptó un modelo bastante riguroso inspirado por él. La predicación dominaba todo,
pues hasta se destruyeron los órganos y se eliminaron los cánticos y la música.
Desde un principio también, la reforma de Zwinglio tuvo una preocupación específica por la atención
a los pobres y la enseñanza. Para el auxilio a los necesitados se utilizaron los bienes secularizados de
monasterios y cofradías, mientras que la enseñanza se financió con las rentas de la colegiata, en la que
se fundó una escuela de formación bíblica, una de cuyas primeras tareas fue la traducción de la Biblia al
alemán (1529).
Al igual que Lutero, Zwinglio escribió una serie de obras sencillas, formativas y orientadoras de la
liturgia, como el catecismo titulado Breve instrucción cristiana (1523), así como otras más complejas,
como su ataque a los anabaptistas, a los que aborrecía casi tanto como Lutero, o el Comentario sobre la
verdadera religión (1525), en el que resume sus doctrinas.
Zwinglio admitía solo dos sacramentos, el bautismo y la eucaristía, ambos con el carácter de meros
símbolos. Su postura sobre la segunda mereció los mayores insultos y odios por parte de Lutero,
especialmente tras el fracaso de las conversaciones de Magdeburgo (1529), en que quedó clara la
imposibilidad de llegar a un acuerdo. Para el suizo no había presencia real y física del cuerpo y la sangre
de Cristo, sino una mera conmemoración simbólica.
Al igual que Lutero, su idea inicial era la de una iglesia invisible, pero pronto y ante la experiencia de
desviaciones como la del anabaptismo, inspirado en sus doctrinas y al que hubo de combatir en -su
propia ciudad, se dio cuenta de la necesidad de organizar a los creyentes.
Surgió así en Zurich —ciudad de unos 6.000 habitantes—una Iglesia marcadamente inquisitorial,
gobernada por un Consejo Secreto del que formaban parte miembros del gobierno de la ciudad y
predicadores, todos ellos bajo la inspiración y guía teocrática del reformador.
El Consejo controló de forma rigurosa la vida de los habitantes de la ciudad mediante el Tribunal
Matrimonial —auténtica Inquisición—, cuya misión inicial de regular las cuestiones matrimoniales se fue
extendiendo a otros muchos aspectos, incluidas las ideas, en la que sería la primera experiencia puritana
en el seno de la Reforma.
Su deseo de incorporar toda Suiza a su credo, apoyado en el prestigio que comenzaba a tener fuera
de Zurich, llevaron a los cantones rurales católicos a organizarse contra él, apoyados por Austria. Tras
una disputa pública en la Dieta federal de Baden (1526), convocada por los católicos, Zwinglio fue
excomulgado, aunque continuó protegido por su ciudad.
El campo católico y protestante se dividieron y el enfrentamiento se hizo inevitable. Aunque entre los
protestantes figuraban los importantes cantones de Berna y Basilea, además de la ciudad imperial
limítrofe de Constanza, que se había adherido a la Reforma, Zwinglio, ganado nuevamente por el
belicismo de sus tiempos de capellán de mercenarios, se enfrentó con escasas ayudas al ejército
católico, que le derrotó en la Batalla de Kappel (1531).
La derrota no supuso, sin embargo, ningún avance sustancial de los católicos. Después de ella se
trazó de hecho en Suiza una frontera bastante rígida e intolerante entre cantones católicos y
protestantes, de acuerdo con una aplicación precoz del principio cuius regio eius religio , que habría de
adoptarse a mediados del siglo en Alemania.
Desde una fecha tan temprana empezaba a evidenciarse que la adhesión a la Reforma, iniciada en
nombre de la libertad del cristiano, no iba a ser cuestión de la conciencia individual, sino de la confesión
oficial adoptada por las autoridades civiles. Quienes no estuvieran de acuerdo —y lo mismo ocurría en el
campo católico— solo podían o conformarse o emigrar.
En Zurich, la figura de Zwinglio fue sustituida por la más prudente de Heinrich Bullinger, quien logró
clarificar los límites entre los poderes civil y religioso, acogió a varios exiliados confesionales y consiguió
reunir a las principales ciudades suizas, junto con Estrasburgo, en la primera confesión de fe Helvética
(1539), logrando también posteriormente acuerdos en cuestiones eucarísticas con el propio Calvino.
Desde los años sesenta el zwinglianismo, bastante más moderado que en tiempo de su creador,
alcanzaría alguna expansión por Centroeuropa, Francia, Escocia y sobre todo, en el Palatinado.
Rebeliones y reformas radicales
Era difícil que los cambios que propiciaba no fueran vistos por algunos como la ocasión para mezclar
con el Evangelio reivindicaciones sociales diversas o para amparar en él sueños radicales e igualitarios.
Lutero reaccionó con dureza, e incluso violencia verbal, contra quienes amenazaban el orden social y
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desacreditaban su obra reformadora, de carácter espiritual y para la que consideraba imprescindible el
apoyo del poder civil.
Los primeros fueron sus convecinos de Wittenberg, quienes, durante el largo encierro de Lutero en el
castillo de Wartburg a raíz de la Dieta de Worms, se dejaron llevar por las predicaciones de Andreas
Bodenstein (1477-1541), conocido como Karlstadt, decano de la Facultad de Teología en la que
enseñaba Lutero. A diferencia de este, Karlstadt no circunscribía la libertad del cristiano al ámbito
personal de sus relaciones con Dios, trató de aplicarlo a la conformación de la sociedad.
En el clima de cambios del inicio de la Reforma, en el que participaban también profetas y exaltados
diversos, en Wittenberg, y a imitación suya en otras ciudades, se invadieron iglesias, se destruyeron
libros litúrgicos, imágenes, altares y objetos de culto, se expulsó a los sacerdotes católicos, se cambió la
misa o se reformó la caridad. Karlstadt, anatematizado por Lutero, a quien llamaría nuevo papista, hubo
de emigrar.
Casi inmediatamente se manifestó el malestar de los caballeros del suroeste de Alemania,
abundantes en regiones como el Alto Rin, Franconia o Suabia, que veían comprometida su situación
tanto por la inflación como por las transformaciones políticas y militares. Un número impreciso de ellos,
bajo el liderazgo del humanista Ulrich von Hutten y el caballero Franz von Sieckingen, intentaron
aprovechar la Reforma para ocupar y secularizar las tierras del arzobispado de Tréveris (1522-1523).
El ataque acabó, sin embargo, en un sonoro fracaso, no solo por la eficaz defensa del arzobispo, sino
por la solidaridad que encontró entre los príncipes alemanes que —se inclinaran o no en favor de la
Reforma— no estaban dispuestos a tolerar que se pusiera en duda su posición de privilegio, como
mostraron con la dura represión posterior.
Les siguieron poco después los campesinos (1524-1525), cuyo levantamiento armado contaba con
diversos precedentes en las décadas anteriores. Iniciado en la zona meridional de la Selva Negra, donde
los rebeldes llegaron hasta las puertas de Stuttgart, se propagó por el sur —Alsacia, Suabia, Franconia—,
hacia el norte —Turingia y Sajonia—, e incluso al este, en regiones gobernadas por los Habsburgo como
Tirol y Carniola, o en el principado eclesiástico de Salzburgo.
Se trató de un movimiento confuso, desorganizado y con diversos focos y expresiones, en el que se
mezclaba el Evangelio con reacciones antiseñoriales, anhelos de reparto de las propiedades
eclesiásticas y propuestas igualitarias, subversivas del orden social. Su objetivo esencial eran los
monasterios y castillos, aunque atacaron también alguna ciudad. Fueron frecuentes las acciones
violentas, así como la destrucción de imágenes y las reacciones anticlericales.
Junto a los programas moderados de algunos campesinos hubo otros radicales, como el surgido en el
Tirol (1525-1526) bajo la inspiración de Michael Gaismair, que proyectaba una sociedad utópica e
igualitaria en la que prácticamente desaparecía la propiedad privada.
Coincidiendo con las sublevaciones campesinas, tuvo lugar la utopía de Thomas Muntzer (1489-
1525), que antecede en muchos aspectos a las de los anabaptistas. Vinculado inicialmente a Lutero,
Muntzer mezcló sus afanes reformadores con la preocupación por los pobres y los sueños apocalípticos
de crear la Iglesia de los elegidos. Enfrentado a los poderes civiles y al propio Lutero, se instaló en la
ciudad libre de Muhlhausen (Turingia) aprovechándose del clima reformista existente, trató de realizar en
ella su Iglesia —y su sociedad— de los elegidos-pobres, que daría paso al reino de Dios en la tierra.
Su pequeño ejército de unos 300 fieles se vio así incrementado con varios miles de hombres
procedentes de las bandas rebeldes, con los que se enfrentó a sus enemigos, convencido de que el
propio Dios dirigiría a sus partidarios. El 15 de mayo de 1525 fueron severamente derrotados en la
Batalla de Frankenhausen por las tropas al mando de Felipe de Hesse y el duque Jorge de Sajonia.
La Dieta de Spira (1529) convirtió la prohibición del anabaptismo en ley del Imperio. El término
anabaptistas alude a su decisión de rebautizar o posponer el bautizo a la edad adulta, lo que explica
muchas de las reacciones contrarias en un tiempo de altísima mortalidad infantil, la amplia oposición que
suscitaron se basaba también en su igualitarismo radical y en la negación de cualquier forma de iglesia y
sociedad civil, a ello se unía un tercer elemento, su carácter sectario, es decir, la exclusión de los demás
al considerarse ellos los únicos elegidos por el espíritu.
Las manifestaciones del anabaptismo, a partir de sus primeras expresiones en Suiza, fueron múltiples
y variadas, siempre fuertemente reprimidas. Al principio buscaban estrictamente la transformación
personal, pero más adelante hubo intentos de cambiar también la sociedad, como el de las comunidades
de hermanos de la zona minera del Tirol, llamados hutteritas por su inspirador Jakob Hutter, quemado en
Innsbruck en 1536, que proponían abolir la propiedad privada.
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Pero tal vez la experiencia más significativa fue la que se produjo en los Países Bajos, donde
dirigentes como el panadero de Haarlem Jan Mathijs hicieron realidad en la ciudad de Munster (1534-
1535) la idea de que el reino de Dios había de establecerse por la espada y la violencia, para lo que
instauró con sus seguidores un régimen de propiedad común, sin monedas ni víveres privados y con las
puertas de las casas abiertas.
Fue sucedido por un antiguo sastre, Jan van Leiden (Juan de Leiden), quien incrementó su dominio
sobre la ciudad. Cesó al Consejo con la disculpa de que había sido elegido por los hombres, Leiden
decretó la poligamia en mayo de 1534, con pena de muerte para quienes se opusieran y, como el
número de varones se reducía por la lucha contra los sitiadores, obligó a todos los hombres en edad de
casarse a tomar mujeres sin límite, el 25 de junio de 1535 la ciudad fue tomada, la represión fue brutal y
los principales responsables fueron condenados a morir asados en parrillas.
Los últimos restos del anabaptismo, sobre todo en los Países Bajos y el norte de Alemania, fueron
influidos por el antiguo sacerdote católico Menno Simons (1496-1591), quien lo convirtió en una
espiritualidad interior, basada en el dolor y la aceptación pasiva de las persecuciones. Simons eliminaba
dos de los elementos que más oposiciones habían suscitado, pues ni rechazaba la autoridad ni pretendía
imponer modelo social alguno.
La segunda generación de reformadores. Calvino
Jean Calvino nació en Noyon (norte de Francia) en 1509, en una familia de notables de la ciudad.
Destinado desde niño, como segundón que era, a la carrera eclesiástica, estudió, entre otros colegios de
calidad, en el de Montaigu de París. Se licenció posteriormente en Derecho en Orléans.
En 1534, durante una dura represión de Francisco I contra los reformados, abandonó Francia
refugiándose en Basilea—que había sido reformada por el alemán Johannes Ecolampadio (1482-1531)
donde redactó su obra más característica, la Institución de la religión cristiana, publicada en latín (1536),
En ella se exponía de forma clara y sistemática la fe de Calvino, lo que explica su éxito editorial. Tras
viajar por diversos lugares, entre ellos la italiana Ferrara donde fue requerido por círculos reformados,
pensaba establecerse en Estrasburgo, junto al reformador de dicha ciudad alsaciana Martin Butzer
(Bucero). Antes, sin embargo, se desvió a Ginebra (1536), de unos 11.000 habitantes, donde estaba en
plena efervescencia la reforma radical del francés Guillermo Farel.
Pronto surgieron las tensiones en la ciudad, cuando ambos trataron de forzar la adhesión individual y
pública a la Reforma. Enfrentados con la autoridad civil, hubieron de escapar, lo que llevó a Calvino
finalmente a Estrasburgo, en la que permanecería tres años.
Allí maduró su doctrina y escribió entre otras obras el Tratado sobre la santa cena (1541), donde
entendía como alimento de la fe, suponía una postura intermedia entre el realismo de Lutero y el
simbolismo de Zwinglio, aceptada posteriormente por muchos protestantes.
Su teología partía de las ideas básicas de Lutero sobre las relaciones entre el hombre y Dios, pero las
llevaba a sus últimas consecuencias. El dominio absoluto de Dios, la ineficacia de los méritos del hombre
y el conocimiento divino de los más mínimos detalles del devenir humano desembocaban en una doctrina
tan terrible como la de la predestinación inapelable.
No obstante, Dios daba pruebas consoladoras de su elección, como la pertenencia a la Iglesia
calvinista, el ejemplo de Estrasburgo reafirmó, asimismo, su convicción de la necesidad de organizar
unas poderosas estructuras eclesiales.
En 1541 volvió a Ginebra, solicitado por el nuevo Consejo de la ciudad, en el que predominaban sus
partidarios. Allí implantó su modelo de ciudad religiosa basada en la Biblia, la cual plasmó en las
Ordenanzas eclesiásticas de la Iglesia de Ginebra, que establecían cuatro ministerios: los pastores o
ministros, los diáconos, los doctores y los ancianos laicos.
Los pastores eran la base de la organización. Se ocupaban de predicar la palabra y administrar los
dos sacramentos admitidos por Calvino, el bautismo y la cena, eran cuidadosamente seleccionados por
los magistrados civiles del Consejo de la ciudad. Los diáconos se encargaban de asistir a los pobres y
los enfermos en el hospital general ahora creado.
Los doctores tenían a su cargo la formación de todos los habitantes de una ciudad en la que
desapareció el analfabetismo, desde los niños (en la escuela obligatoria, luego en la superior) a los
futuros magistrados urbanos y pastores (en el colegio), en la cúspide eclesiástica se situaba el
Consistorio, institución de la que formaban parte los pastores con los ancianos laicos, delegados del
gobierno civil, y que regulaba hasta en los más mínimos detalles la vida de los ginebrinos, garantizando
la ortodoxia, la disciplina y la moralidad.
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Se prohibieron los juegos de azar, los espectáculos, las lecturas profanas, el lujo, las tabernas y otras
expansiones, la represión de los disidentes y herejes, como habría de comprobar, entre otros, el médico
Miguel Servet, que fue quemado en la hoguera (1553) por haber escrito contra la Trinidad y a favor del
anabaptismo,
Por encima de toda la estructura eclesiástica se situaba el reformador, auténtico profeta y guía de la
comunidad, obsesionado por impulsar su fe fuera de Ginebra y rebatir las herejías. Cuando murió en
1564 fue reemplazado por su discípulo Teodoro de Beza.
Ginebra y el calvinismo aportaron a la Reforma un modelo fundamentalista, riguroso y adusto, más
basado en el Antiguo Testamento y en la concepción de un Dios temible, que en el Nuevo y en la idea de
la misericordia divina a través de Cristo. El calvinismo prendió en muchos lugares de Europa, y
especialmente en Escocia, Polonia, Bohemia y, sobre todo, Hungría.
Los dos grandes conflictos religiosos de la segunda mitad del siglo, en Francia y los Países Bajos,
fueron una consecuencia de las resistencias con que tropezó su expansión. Ello le hizo evolucionar en la
oposición a la monarquía, no solo en ambos territorios, sino también en textos como el del reformador
escocés John Knox.
El Concilio de Trento y la Contrarreforma
Otro de los problemas que estaba en la base de la Reforma era la propia indefinición doctrinal de la
Iglesia, por lo que buen número de quienes deseaban cambios dentro de la ortodoxia no se limitaban a
pedir una moralización de las costumbres o una religión más cristocéntrica e interior, sino que querían
también aclaraciones en numerosos aspectos.
Todos pensaban, y en ello influía poderosamente la fuerte tradición conciliarista procedente del siglo
XV, que la única solución pasaba por un concilio, como reclamó inicialmente el propio Lutero. Pero dicha
idea tenía también numerosos enemigos, y entre ellos los más firmes partidarios del poder pontificio,
temerosos de que pudieran resurgir las tesis que pretendían la superioridad de tales reuniones sobre el
papa.
Las guerras de Italia o los celos de los pontífices ante el poder y las que consideraban intromisiones
de Carlos V, el concilio se retrasó tanto que ya no sirvió para recomponer la unidad perdida, aunque sí
para fijar la doctrina de la Iglesia y para adoptar toda una serie de medidas disciplinares que mejorasen
la formación, la práctica religiosa y la calidad moral de clero y fieles.
Los trabajos del concilio, convocado finalmente en la ciudad imperial de Trento por el papa Paulo III,
comenzaron en diciembre de 1545, después de la Paz de Crépy entre Carlos V y Francisco I. No
concluirían hasta 1563, aunque el tiempo de reunión efectiva fue bastante menor, pues sufrió dos
prolongadas interrupciones, la segunda de ellas de diez años (1552-1562), debida a la hostilidad del
nuevo papa Paulo IV y su enfrentamiento con Carlos V y Felipe II.
Hubo tres fases relativamente breves, con tres papas distintos, de 1545 a 1548, la más larga (Paulo
III); de 1551 a 1552 (Julio III) y de 1562 a 1563 (Pío IV). Los protestantes rehusaron asistir y solo
enviarían representantes en 1551, obligados por el emperador tras su victoria en Muhlberg. Los
participantes pasaron de 60 en la primera a 235 en la última fase. Casi dos tercios eran italianos,
seguidos a de españoles, franceses, alemanes e ingleses.
En el terreno dogmático supuso una reafirmación de la doctrina católica frente a las diversas
reformas. Las fuentes de la fe no se reducen a la Biblia, sino que incluyen también la tradición cristiana y
el magisterio de la Iglesia; de hecho, la Biblia no puede interpretarse libremente por los fieles, sino a
través del magisterio. La versión oficial —aunque corregida— será la latina de la Vulgata de san Jerónimo.
La justificación (salvación) no se obtiene únicamente por la fe, sino también por las obras y en virtud
de la Gracia divina, que se transmite a través de los siete sacramentos tradicionales. Uno de ellos, el del
orden sacerdotal, separa a quienes lo reciben del resto de los fieles, lejos por tanto de la idea del
sacerdocio universal.
En cuanto a la eucaristía, se confirmó la presencia real de Cristo mediante la transubstanciación. Por
último, se insistió en el valor modélico de la Virgen y los santos y la función de mediadores que justifica
su culto.
Para evitar nuevas desviaciones dogmáticas, el papa Paulo III creó la Congregación del Santo Oficio,
comisión de cardenales con funciones inquisitoriales en la cúspide de la Iglesia, por encima de las
inquisiciones episcopales.
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En el ámbito disciplinar el Concilio de Trento adoptó medidas tendentes a incrementar la instrucción,
piedad y moralidad de los eclesiásticos. Se prohibió la acumulación de beneficios, se obligó a la
residencia de los que tenían cargas pastorales (obispos y párrocos) y se reafirmó y exigió con mayor
firmeza el celibato.
Para la formación de los futuros sacerdotes fueron creados los seminarios diocesanos. Los obispos
tendrían que controlar la vida de sus diócesis mediante visitas pastorales periódicas. Otras disposiciones
importantes afectaron a la vida de los fieles, que la Iglesia católica lograría controlar cada vez más, igual
que ocurriría en las reformadas. Para la instrucción religiosa en las lenguas vernáculas se impusieron los
catecismos, sencillos compendios de la doctrina cristiana que eran explicados por los clérigos.
La obsesión por el control llevó a Paulo IV a crear el índice de libros prohibidos, vigente hasta el
Concilio Vaticano II y que recogía todas las obras que no podía leer un católico. Se ratificó la liturgia en
latín y se insistió en las formas tradicionales de piedad rechazadas por los reformistas (cofradías,
rosarios, procesiones...), aunque siempre bajo la supervisión eclesiástica.
Antes de Trento se habían realizado reformas de órdenes religiosas y creado otras. Entre las nuevas
del siglo XVI estaban los teatinos (1524), orientados hacia la reforma moral del clero y la predicación; los
capuchinos (1528), que se escinden de los franciscanos y uno de cuyos superiores generales,
Bernardino Ochino, se pasará a la Reforma en 1542.
La principal, sin embargo, serán los jesuitas (Compañía de Jesús), fundados en 1540 por el vasco
Iñigo de Loyola, quien concibió una agrupación nueva, basada en la selección rigurosa y la formación
profunda de sus miembros y con un cuarto voto específico de obediencia al papa. Los jesuitas tendrían
un protagonismo evidente en la reconquista de espacios reformados. Su actividad destacó en tres
campos esenciales: la educación, especialmente de las elites; el confesonario —y la dirección espiritual—
de reyes y poderosos, y las misiones en el Nuevo Mundo.
Una nueva geografía religiosa. La Europa confesional
Desde 1521 la Reforma de Lutero se extendió con gran facilidad por el Imperio, donde las primeras en
acogerla fueron la mayoría de las ciudades importantes, y entre ellas Núremberg, Estrasburgo,
Augsburgo, Hamburgo o Lubeck, pero también otras como Constanza, lindante con los cantones suizos,
en muchos de los cuales prendió también muy pronto.
También numerosos príncipes fueron adhiriéndose. El primero fue Alberto de Brandeburgo, de la
familia Hohenzollern, gran maestre de la Orden Teutónica, que secularizó la parte de las posesiones de
la orden que le pertenecía, en el norte de Alemania y en la Prusia oriental, convertida por él en ducado
(1525).
Al final de la vida de Lutero, Alemania quedaba prácticamente dividida en un norte y un centro
luterano un sur católico. En este último destacaban las dos principales dinastías, la de los Wittelsbach de
Baviera y los Habsburgo. Los principales obispados independientes, entre los que se encontraban los
tres electores de Maguncia, Colonia y Tréveris, se mantuvieron fieles a Roma.
El luteranismo se extendió también fuera de Alemania, con seguidores en buena parte de los países
europeos incluida la propia España, pero donde alcanzó un éxito evidente: bastante fácil, ya en tiempos
de Lutero, fue en los países bálticos, en los que la influencia de Roma era muy escasa dada su lejanía, y
la imagen del papado se veía negativamente afectada por los impuestos que se le enviaban.
Influyeron también los humanistas y la importancia que daban al Evangelio, pero el elemento esencial
fue la política, en un período de inestabilidad marcado por la independencia de Suecia y el fin de la Unión
de Kalmar. En Dinamarca como en Suecia, y en los territorios vinculados a ellas (Noruega, Islandia y
Finlandia) el luteranismo permitió reforzar el poder real.
La expansión posterior del calvinismo por los Países Bajos, Francia y Escocia, junto con la separación
de Inglaterra de la Iglesia de Roma contribuían a diseñar un nuevo mapa religioso europeo producto de la
ruptura de la cristiandad medieval, aunque aún inestable y con muchas zonas conflictivas, como se verá
en los grandes enfrentamientos posteriores vinculados a la religión.
La ruptura religiosa del siglo XVI, el antagonismo entre las diversas confesiones que surgieron de la
misma y el afán expansivo de unos y otros favorecieron el incremento del poder civil sobre las Iglesias,
que era uno de los grandes objetivos de príncipes y gobernantes.
Al propio tiempo que reforzaban y dotaban de una personalidad específica a las monarquías y estados
del Renacimiento, las Iglesias adquirieron un fuerte carácter territorial o nacional, que se manifestaba en
un doble aspecto: el fuerte disciplinamiento social de los propios súbditos y el proceso de
confesionalización, o vinculación entre la fe reafirmada y los objetivos políticos,
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LOS CONFLICTOS RELIGIOSOS
Los enfrentamientos en Alemania
El enfrentamiento armado fue tardío. Antes hubo una serie de años en los que los desacuerdos en
materia religiosa trataron de resolverse en reuniones de la Dieta imperial o en contactos entre ambas
partes, coincidentes casi siempre con los momentos de distensión en los frentes bélicos del emperador.
La primera dieta fue la de Worms (1521), a la que Lutero acudió con la salvaguardia de un pasaporte
imperial que garantizaba su seguridad, y que acabó sin acuerdo y con la prescripción de Lutero y su
doctrina.
La Dieta de Spira (1526), convocada al efecto, mostró la dificultad de resolver las divergencias, al
tiempo que el emperador comenzaba a diferir a un concilio, general o restringido a Alemania, cualquier
innovación en materia religiosa, cuestiones prácticas, como las desamortizaciones ya realizadas,
añadían una dificultad considerable a los desacuerdos en materia doctrinal.
En otro momento de paz con Francia —y con el papa— (1529), se celebró la segunda Dieta de Spira,
en la que cinco príncipes y catorce ciudades que se habían adherido a la Reforma presentaron un
manifiesto que les atribuyó el carácter de protestantes, la década terminaría con una nueva dieta, esta
vez en Augsburgo (1530), que fue tal vez la ocasión en la que estuvo más cerca el acuerdo.
A pesar de la falta de resultados, en buena medida por la oposición de teólogos antiluteranos como
los alemanes Johann Maier von Eck o Johann Dobeneck, conocido como Cocleo, la dieta tuvo una
consecuencia muy importante: la Confesión Augustana elaborada por Melanchthon, que habría de ser
uno de los textos básicos del luteranismo.
Los años treinta vieron así el deslizamiento hacia el conflicto armado, pese a tardíos intentos
conciliadores en 1540-1541 (Hagenau, Worms, Regensburg), que fracasaron en mayor medida por
cuestiones como las jerarquías eclesiásticas o la autoridad del papa que por aspectos más estrictamente
doctrinales.
Los príncipes y ciudades reformados constituyeron una alianza militar defensiva, la Liga de Smalkalda
(1531), promovida por Felipe de Hesse y el duque elector de Sajonia, que sería en el futuro la
interlocutora de Francisco I para las alianzas contra el emperador.
El primer éxito de la liga, con el apoyo francés, fue la reconquista del ducado de Wurttenberg (1534),
cuyo duque había sido destituido catorce años atrás. Á este siguieron otros, como la invasión del ducado
de Brunswick o la toma de Westfalia. Lo cierto es que el protestantismo se extendía por medios militares
o pacíficos. En 1543 se convirtió el obispo-elector de Colonia y tres años más tarde lo hizo el elector del
Palatinado.
La Guerra de Smalkalda (1546-1547) tuvo varios frentes y diversas alternativas, favorables en general
al más numeroso ejército de Carlos V (42.000 infantes y más de 14.000 soldados a caballo, frente a unos
10.000 infantes y unos 7.000 caballeros). La batalla decisiva fue la de Mulhberg (24 de abril de 1547), en
la que las tropas imperiales, al mando del duque de Alba y con la presencia del mismo emperador,
infligieron a sus enemigos una severa derrota. El éxito no se tradujo, sin embargo, en cambios
sustanciales.
El emperador, sorprendido por la decisión del papa de interrumpir el concilio en febrero de 1548,
adoptó dicho año el Interim de Ausgsburgo, solución provisional en espera de los decretos del concilio,
que contó con la colaboración de teólogos protestantes como Johann Agricola.
Entre otros acuerdos, el Interim establecía una reforma disciplinar del clero y evitaba alterar la
situación creada por las desamortizaciones, pero no consiguió la aceptación de la mayoría de los
protestantes, lo que obligó en muchos lugares a aplicarlo por la fuerza.
Tras el resonante triunfo militar del emperador, algunos teólogos protestantes asistieron, en general
de mala gana, a la segunda sesión del Concilio de Trento (1551-1552). En Alemania, Mauricio, duque de
la Sajonia no electoral, que había servido hasta entonces al emperador a pesar de su fe - protestante,
cambió de bando durante el sitio de Magdeburgo, ciudad del norte en la que se habían refugiado
numerosos protestantes huidos.
Con la colaboración del nuevo rey de Francia, Enrique Il, quien recibiría a cambio las tres ciudades
lorenesas de Metz, Toul y Verdun (tratado de Chambord), las tropas protestantes avanzaron en 1552
hacia los Alpes, obligando al emperador a huir de Innsbruck y refugiarse en Austria.
15
A finales de dicho año, el intento del - envejecido y enfermo Carlos V de recuperar Metz acabó en un
fracaso, que le llevó a la decisión de abdicar. Ya en agosto había tenido que firmar el tratado de Passau,
por el que renunciaba a buena parte de los avances conseguidos en Múlhberg.
La Paz de Augsburgo (1555) reconocía la incapacidad de ambos bandos para imponerse,
estableciendo en consecuencia una solución por la que, aunque se oficializaba el luteranismo, se
institucionalizaba la intolerancia religiosa. Ello dio lugar a tres situaciones distintas.
Los habitantes de los estados territoriales (ducados, condados, marquesados, etc.) estaban obligados
a compartir la fe de su respectivo príncipe o señor, de acuerdo con el principio cuius regio eius religio; en
caso contrario, no les quedaba otro recurso que emigrar.
En los principados católicos de carácter religioso —para evitar nuevas desamortizaciones—se
estableció la llamada reserva eclesiástica, que permitía a su titular el cambio de fe, aunque solo a título
individual, en cuyo caso los cabildos elegirían un sucesor católico.
Los protestantes no aceptaron tal cláusula y pidieron a cambio una tolerancia, no siempre respetada,
para los súbditos de los príncipes religiosos. Solo quienes vivían en ciudades libres, gobernadas por
oligarquías municipales, podían teóricamente elegir entre catolicismo o luteranismo.
La rebelión de los Países Bajos
La nobleza se sentía marginada del gobierno, la economía atravesaba serias dificultades por el
desgaste sufrido, especialmente en el último periodo de la guerra contra Francia. El malestar de la
nobleza se incrementó con la reorganización eclesiástica autorizada por el papa en 1559, la cual preveía
la creación de nuevos obispados y el desmembramiento de antiguas abadías y monasterios, que
afectaba a sus derechos de presentación y patronazgo.
En 1566 se produjo una revuelta que los gobernantes no supieron —o pudieron—detener a tiempo y
cuya solución militar y represiva contribuiría a consolidar tanto las opciones nacionalistas como la
adscripción religiosa. Eso sí, la represión lograría rescatar una parte y reducir la zona rebelde a las
provincias del norte.
El envío de una gran expedición militar al mando del duque de Alba (1567) permitió a los españoles,
en los primeros años, una serie de importantes victorias militares frente a las tropas rebeldes
encabezadas por Guillermo de Orange. La acción militar estuvo acompañada por una fuerte represión,
con la instauración de un organismo judicial extraordinario, el Tribunal de los Tumultos, que dictó
numerosas condenas, y entre ellas la de los condes de Egmont y Horn, decapitados en la plaza mayor de
Bruselas (1568).
Pero la falta de dinero, la necesidad de atender el frente mediterráneo o el problema que supuso en
España la revuelta de los moriscos granadinos (1568-1571) frenaron las posibilidades de acabar con la
rebelión. No obstante, se concedió un amplio perdón (1570) y el poder real pareció restablecerse, al
tiempo que se producía una reorganización eclesiástica en virtud de la cual se introdujeron catorce
nuevos obispados creados por el papa unos años atrás.
En 1572, sin embargo, surgió de nuevo la revuelta, apoyada sobre todo en la capacidad naval de los
marinos conocidos como gueux o mendigos del mar. El 1 de abril se apoderaron por sorpresa del puerto
de Brielle en la desembocadura del Mosa, tras lo cual la insurrección se extendió desde la ciudad de
Flesinga, en las bocas del Escalda, a las provincias del norte, suprimiendo el culto católico en cuantos
lugares conquistaban.
El fracaso de la política militar más dura llevó a la destitución de Alba, sustituido por la política más
conciliadora de don Luis de Requesens (1573-1576), quien tampoco logró avances sustanciales. Pese al
enorme gasto y a los impuestos creados por Alba, la falta de dinero para pagar a las tropas sería casi
crónica. La bancarrota de 1575 —segunda del reinado tras la de 1559— contribuye a explicar los motines
de 1576 y el duro saqueo de Amberes, con varios miles de muertos, en noviembre de dicho año.
Asustados por las consecuencias de las guerras, tanto rebeldes como leales a Felipe II llegaron días
después al acuerdo conocido como la Pacificación de Gante, que pedía la marcha de las tropas y
encomendaba a los Estados Generales la solución de los problemas religiosos. Don Juan de Austria,
sucesor del fallecido Requesens, aceptó tales condiciones y ordenó la salida de los tercios en el edicto
Perpetuo de febrero de 1577, don Juan abandonó Bruselas en manos de Guillermo de Orange.
La falta de dinero y los apoyos exteriores que recibían los rebeldes le impidieron mayores avances,
muriendo en octubre de dicho año en el sitio de Namur. En enero de 1579, varias provincias católicas del
sur se agrupaban en la Unión de Arras, y en el mismo mes las influidas por los calvinistas constituían la
Unión de Utrecht.
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Era un primer paso hacia la división de los Países Bajos, cuyo hito fundamental habría de ser el Acta
de Abjuración (1581), documento de excepcional importancia en la historia política por el que las
provincias calvinistas rompieron la lealtad que las unía a Felipe II.
Los años ochenta se iniciaban así de forma muy favorable al monarca español, quien obtenía también
importantes triunfos en los Países Bajos de la mano del nuevo capitán general Alejandro Farnesio, duque
de Parma, A él se debe en buena parte la reconquista de las provincias del sur, con la toma de
localidades como Brujas y Gante (1584) o Bruselas y Amberes (1585), junto con un avance importante en
el norte, donde conquistó plazas como Eindhoven, Breda, Oudenaarde, Zupthen o Nimega.
Desde 1589, la marcha de la guerra de Flandes se vería influida por un segundo elemento exterior: la
intervención de Felipe Il en la última de las guerras de religión en Francia, que paralizó la ofensiva
española permitiendo a los rebeldes recuperar algunas posiciones, esencialmente en 1591. La muerte, a
finales de 1592, de Alejandro Farnesio puso fin simbólicamente a las posibilidades de acabar con la
rebelión de los Países Bajos.
En 1598, creó en ellos una soberanía específica en manos de su hija Isabel Clara Eugenia y su
esposo, el archiduque Alberto, aunque con cierta dependencia de España y la condición —que se haría
efectiva— de que volvieran a la soberanía española en caso de que los nuevos soberanos no tuvieran
descendencia.
Las Guerras de Religión en Francia
La muerte inesperada de Enrique Il, en julio de 1559, a causa de un accidente sufrido en el torneo con
que se celebraba el matrimonio de su hija Isabel, dejó el trono en manos de su hijo Francisco Il. En
nombre del nuevo monarca, Carlos IX, ejercería la regencia su madre, la reina viuda de Enrique Il,
Catalina de Medici, cuyo principal objetivo fue defender la autoridad real.
Pese al fracaso de un coloquio entre ambos credos convocado en Poissy, en enero de 1562 (con
intervención de Teodoro de Beza por parte de los calvinistas), Catalina de Medici concedió a los
protestantes la libertad de culto público en el exterior de las ciudades amuralladas, así como la
celebración de reuniones privadas dentro de sus muros.
Tal disposición, que iniciaba la historia de la tolerancia en Francia, agradó a los hugonotes y fue
admitida por los católicos moderados, aunque no por los más radicales. Para oponerse a tal política, el
duque de Guisa se reconcilió con Montmorency y el mariscal de Saint-André, formando un triunvirato
ampliamente respaldado.
El 1 de marzo de 1562, el duque de Guisa disolvió una reunión de protestantes que se celebraba en
una granja cerca de Vassy, dejando entre ellos numerosos muertos y heridos. Se iniciaba así la primera
de las guerras, en la que los protestantes se apoderaron de una serie de ciudades, ayudados por la
alianza de Isabel de Inglaterra.
La reina madre se aprovechó de ello para pacificar el país por medio del edicto de Amboise (marzo de
1563). Pese a ser menos favorable a los reformados que el del año anterior, permitió unos años de paz
solo relativa, pues continuaron la intolerancia y las violencias.
La tercera guerra se inició en septiembre de aquel año y sus hechos principales tuvieron lugar en la
zona occidental del reino. Pese a que los hugonotes fueron derrotados en diversas batallas, los católicos
no lograron imponerse. La reina madre inició las negociaciones que llevaron a la Paz de Saint-Germain
(agosto de 1570), a quienes se concedieron durante dos años, cuatro plazas de seguridad, y entre ellas
La Rochelle, que se había convertido durante la guerra en su principal plaza fuerte.
En la madrugada del 24 de agosto de 1572, noche de San Bartolomé, se produjo en París una gran
matanza. La reina, temerosa tal vez de que descubrieran su mano en el atentado a Coligny, con la
colaboración de otro de sus hijos, el duque de Anjou —futuro Enrique III—, el duque Enrique de Guisa y
otros cabecillas católicos, decidió eliminar a los principales jefes de los hugonotes.
Carlos IX, asustado al parecer por las noticias de un complot anticatólico, dio su aquiescencia final,
ordenando el asesinato de Coligny y otros destacados hugonotes.
La matanza sirvió también para reafirmar la resistencia calvinista, especialmente fuerte en el oeste y
el sur del reino y unida por una lucha similar en Francia y en los Países Bajos. Otra consecuencia fue la
organización del grupo conocido desde entonces como los políticos, integrado mayoritariamente por
católicos moderados, deseosos de llegar a un acuerdo con los hugonotes que pacificase el país.
Pronto se desencadenó la cuarta guerra, cuyo principal episodio fue el sitio de La Rochelle. Cuando el
duque de Anjou, que mandaba las tropas del rey, estaba a punto de rendir la ciudad, decidió negociar
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tras recibir la noticia de que había sido elegido rey de Polonia. En virtud del edicto de Boulogne (julio de
1573), concedió a los hugonotes la libertad de culto en algunas villas además de la libertad de
conciencia.
El 30 de mayo de 1574 murió Carlos IX, lo que elevó al trono a Enrique III, quien regresó
precipitadamente de Polonia. Su política inicial, influida por su madre y los católicos, fue contraria a hacer
concesiones a los protestantes, lo que provocó la quinta guerra. Después de escapar del Louvre, en el
que permanecían vigilados, el duque de Alencon y el rey de Navarra, Enrique de Borbón, se unieron a los
hugonotes, a quienes volvió a ayudar Juan Casimiro del Palatinado.
Enrique III hubo de avenirse a la llamada Paz de Monsieur. El edicto de Beaulieu (1576) supuso el
momento de mayor triunfo de los hugonotes, pues el rey no solo desaprobaba la matanza de San
Bartolomé, sino que reconocía el culto protestante en todo el reino, salvo en la región de París, y les
concedía ocho plazas de seguridad y la mitad de los escaños de todos los parlamentos.
Entre finales de 1576 y noviembre de 1580 hubo otras dos guerras, al final de las cuales se recortaron
considerablemente las concesiones obtenidas por los protestantes. A finales de 1580, tras la Paz de
Fleix, comenzó un periodo de varios años relativamente tranquilo, aunque a costa de una crisis profunda
en el seno del reino, que parecía avanzar hacia la división entre zonas católicas y zonas dominadas por
los hugonotes, con sus respectivas organizaciones políticas y administrativas.
Tal situación cambió cuando la muerte del ambicioso e intrigante duque de Anjou (junio de 1584)
planteó el problema sucesorio, dado que el heredero del trono pasaba a ser el protestante Enrique de
Navarra.
El 31 de diciembre de aquel año, los Guisa firmaron con Felipe II el tratado de Joinville, que además
de sostener como sucesor al cardenal de Borbón, tío de Enrique de Navarra, comprometía al soberano
español a financiar el bando católico con 50.000 escudos mensuales.
Nuevamente, el rey se puso a la cabeza de la misma y no solo se encargó del sostenimiento del
ejército formado por ella, sino que concedió a la Liga varias plazas de seguridad. En julio de 1585 anuló
todos los anteriores decretos pacificadores. El papa Sixto V declaró que los dos Borbón, Enrique de
Navarra y el príncipe de Condé, habían perdido sus derechos al trono por herejes y relapsos.
La reacción católica llevó a los protestantes a la octava y última guerra, que habría de ser la más larga
y encarnizada y cuya fase inicial se conoce como la Guerra de los Tres Enriques. El fracaso de la Gran
Armada de Felipe II contra Inglaterra le dio, sin embargo, nuevos bríos y, entre otras medidas, mandó
asesinar al duque de Guisa y a su hermano Luis, el cardenal. También por orden suya, muchos de los
jefes de la Liga fueron apresados. Se produjo entonces un gran levantamiento católico contra el rey, tanto
en París como en otras grandes ciudades (Lyon, Bourges, Marsella, Toulouse).
El duque de Mayenne, hermano de Guisa, organizó un consejo general de la Unión de los Católicos.
Enrique III se dirigió entonces a los protestantes, con cuyo apoyo y un ejército de 30.000 hombres inició
el asalto de París, en el curso del cual fue asesinado en Saint-Cloud por el dominico Jacques Clément
(1589).
Hábilmente, el nuevo rey, Enrique IV, se acercó a los católicos, lo que le supuso el apoyo de un grupo
conocido como los católicos realistas, en el que había también nobles y eclesiásticos. La Liga, sin
embargo, proclamó rey al cardenal de Borbón (Carlos X), pero como estaba preso en manos de Enrique
IV, el poder pasó al duque de Mayenne, nombrado lugarteniente general del reino.
La guerra prosiguió en los años siguientes. Tras vencer a Mayenne, Enrique IV puso cerco a París,
que resistió pese al hambre hasta que fue liberada, en septiembre de 1590, por el ejército español
llegado desde Flandes bajo el mando de Alejandro Farnesio.
La muerte del cardenal de Borbón en 1590 abría perspectivas y ambiciones, entre otros a Felipe II,
quien deseaba que el trono fuera para su hija mayor, Isabel Clara Eugenia, nieta de Enrique II y sobrina
de los tres últimos reyes. En abril de 1593, delegados de la Liga y de los católicos realistas se reunieron
en Suresnes, y el jefe de estos últimos anunció la decisión del rey de convertirse al catolicismo.
Un mes después, a finales de julio de 1593, el rey abjuró solemnemente en la basílica de Saint-Denis,
cerca de París. En febrero de 1594 fue consagrado en la catedral de Chartres. A comienzos de 1595
declaró la guerra a Felipe II, librada durante los tres años siguientes en territorio francés, desde los tres
frentes de ataque terrestre de que disponían los españoles: los Países Bajos, el Franco Condado y los
Pirineos.
El cansancio de ambos contendientes llevó a la Paz de Vervins, antes de la cual Enrique IV dictó el
edicto de Nantes (13 de abril de 1598), que establecía los derechos de los protestantes. Á todos se les
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reconocían la libertad de conciencia, aunque la de culto quedaba restringida y se prohibía en París, la
religión no debería ser obstáculo para el acceso a los empleos públicos y se concedía a los protestantes
la mitad de los escaños en cuatro parlamentos, así como un centenar de plazas de seguridad durante
ocho años.
El anglicanismo
El cisma de Enrique VIII
El divorcio de Enrique VIII con Ana Bolena, no parecía fácil de conseguir. Aunque había habido casos
de anulaciones, el argumento solía ser la impotencia de alguno de los cónyuges y la consiguiente falta de
consumación del matrimonio, lo que no servía en este caso. Además, la reina era tía de Carlos V, quien,
pese a tratarse de un aliado habitual, difícilmente iba a ver con buenos ojos la pretensión del monarca
inglés. No era, por tanto, una mera cuestión de índole eclesiástica.
La victoria del bando imperial en Italia y la firma de la Paz de Cambrai, acabó con las posibilidades de
que el papa Clemente VII autorizara el divorcio, lo que provocó la caída del cardenal Wolsey (1529).
El Parlamento, imbuido de un fuerte sentimiento antirromano, aprobó diversas actas (leyes)
propuestas por Cromwell —especialmente la de restricción de apelaciones (1533), que limitaban
fuertemente el poder del papa sobre la Iglesia de Inglaterra, incrementando en ella el del rey. Cranmer,
nuevo arzobispo de Canterbury, declaró nulo el matrimonio del monarca y confirmó el que había
celebrado en secreto con Ana Bolena, que estaba embarazada (1533).
Clemente VII negó la anulación y excomulgó al rey. En 1534 Enrique VIII logró que el Parlamento
aprobara el Act of Supremacy (Ley de Supremacía) por el que la Iglesia de Inglaterra se separaba
formalmente de la obediencia de Roma y el rey era nombrado jefe supremo de la misma.
Tanto el obispo de Rochester, John Fisher, como Tomás Moro, quien ya en 1532 había dimitido como
canciller, se negaron a aceptar el Act of Supremacy, por lo que fueron condenados a muerte y
decapitados (1535). Las regiones del norte, más alejadas de Londres, vieron una resistencia católica más
decidida, en la que se mezclaba también el descontento o la incertidumbre de los campesinos ante los
cambios de propiedad provocados por la desamortización de bienes eclesiásticos.
Las más importantes fueron las rebeliones que confluyeron en la llamada Pilgrimage of Grace
(Peregrinación de Gracia, 1536-1537), dirigida por lord Darcy y Robert Aske, o la encabezada por
Thomas Kildare en Irlanda, todas las cuales fueron reprimidas de forma sangrienta.
Inglaterra no se adhería a la Reforma, sino que, por una cuestión esencialmente política, no muy
lejana de las manifestaciones regalistas de otras cortes, se separaba del tronco común de la Iglesia
católica encabezado por el papa. Tras una postura inicial cercana a la Reforma, el rey evolucionó en sus
últimos años hacia una vuelta al catolicismo, aunque manteniendo siempre la separación de Roma.
El primer periodo se manifestó en los llamados Diez Artículos (1536) y en un catecismo, ambos
inclinados moderadamente hacia el protestantismo, que se complementaron con medidas como la
supresión del latín en la liturgia, la orden de que la Biblia en inglés se pusiera a disposición de los fieles
(1537) o las directivas y órdenes de la jerarquía eclesiástica tendentes a acabar con las imágenes y el
culto a los santos, las reliquias, peregrinaciones o procesiones.
El regreso hacia el catolicismo fue posterior a la caída de Cromwell y estuvo marcado por la influencia
creciente del obispo Gardiner, aunque también por hechos de carácter internacional como la vuelta al
entendimiento con Carlos V frente a Francia. Su expresión doctrinal fueron los Seis Artículos de
diciembre de 1539, que afirmaban la transubstanciación, imponían el celibato sacerdotal y daban marcha
atrás en otra serie de cuestiones.
Eduardo VI (1547-1553), hijo del rey y su tercera esposa, Jane Seymour, educado en el
protestantismo y que era un niño de nueve años a la muerte de su padre. El Consejo Privado nombró lord
protector del reino a su tío Edward Seymour, convertido en duque de Somerset, quien, en unión de
Cranmer, ordenó la detención de Gardiner y orientó el país hacia un protestantismo moderado,
expresado en el primer Book of Common Prayer (Libro de Oraciones Comunes) (1549).
En el terreno normativo, se adoptó un segundo Book of Common Prayer (1552) y una nueva confesión
de fe. Esta última, sin embargo, contenida en los Cuarenta y dos artículos e inspirada por Cranmer y el
reformador escocés John Knox, fue publicada unos días antes de la muerte del rey, por lo que no llegaría
a hacerse efectiva.
El objetivo principal de María (1553-1558) fue la restauración del catolicismo, aunque con la prudencia
necesaria para no alterar demasiado las cosas, habida cuenta tanto del extendido sentimiento
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antirromano como de los intereses creados con la secularización de los bienes eclesiásticos. Su llegada
al poder supuso la caída de Thomas Cranmer, al tiempo que Gardiner era nombrado canciller.
La firme resistencia de los protestantes a la restauración católica, sin embargo, cambió la tolerancia
inicial de la reina por una dura represión, que llevó a la muerte en tres años acerca de trescientas
víctimas, incluidos Cranmer y el predicador Hugh Latimer.
La muerte sin sucesión de la reina, con el acceso al trono de su hermanastra Isabel 1 (1558-1603),
hija de Ana Bolena, provocaría otro vaivén, en este caso ya prácticamente definitivo, hacia el
protestantismo o, mejor aún, hacia una forma peculiar del mismo: el anglicanismo.
Pese a la oposición de la Cámara de los Lores, de mayoría católica, en 1559 logró que el Parlamento
aprobase el segundo Act of Supremacy y el Act of Uniformity (Ley de Supremacía y Ley de Uniformidad).
La primera convertía a la reina en jefe supremo (supremo gobernador) de la Iglesia de Inglaterra. La otra
adoptaba con algunas modificaciones el segundo Book of Common Prayer, aprobado en tiempos de
Eduardo VI. La Reforma se completaría en 1563 con la aprobación de los Treinta y Nueve Artículos, que
habrían de ser durante siglos la confesión de fe anglicana.
En ellos hay una serie de elementos protestantes como la justificación por la fe —con algunas posturas
sobre la salvación cercanas a posturas calvinistas—, la consideración de la Sagrada Escritura como
norma suprema, la preeminencia de los dos sacramentos —bautismo y cena—, la inexistencia de
mediaciones de la Virgen y los santos, la liturgia en lengua inglesa. Sin embargo, habrá también
elementos católicos, como la admisión del valor de las obras y de los otros sacramentos, la adopción de
los mismos libros canónicos que la Iglesia de Roma o la estructura episcopal.
Le favoreció el éxito de la Reforma en Escocia, triunfante tras la muerte de la regente María de Guisa
(1560). En 1568, sin embargo, el problema religioso y las intrigas de la corte llevaron a una rebelión
general en dicho reino, que forzó a la débil reina María Estuardo a buscar refugio en Inglaterra.
Otro importante sector religioso era el de los puritanos, grupos de inspiración calvinista, estimulados
por las reformas de los últimos tiempos de Eduardo VI, deseosos de purificar la Iglesia —de ahí su
nombre— y opuestos a la religión oficial, que además de lo esencial del dogma católico mantenía las
jerarquías (obispos) frente a la idea del sacerdocio universal.
Muchos de ellos se vieron fuertemente influidos por los presbiterianos, que eran los seguidores
calvinistas escoceses de John Knox, cuyo nombre proviene de que no admitían otra jerarquía que los
presbíteros (en griego, ancianos), elegidos por las comunidades locales de fieles; del gobierno de estas
se encargaba un consistorio o consejo de presbíteros, lo que constituía un sistema más democrático que
el de Ginebra.
Durante casi tres décadas, y a pesar de la inclinación cada vez más evidente de Isabel I hacia la
Reforma, Felipe II había tratado de mantener la buena relación con Inglaterra, lo que no excluyó
momentos de tensión. Influían en ello elementos como la tradicional alianza dinástica en clave
antifrancesa, sus años como rey de Inglaterra, la importancia de garantizar las comunicaciones con los
Países Bajos o la vinculación económica angloflamenca. Al final, sin embargo, el apoyo de Isabel a los
protestantes de los Países Bajos y de Francia, junto a los ataques ingleses contra el monopolio mercantil
en Indias llevaron al enfrentamiento abierto a partir de 1585.
En virtud del tratado de Nonsuch, Isabel I no solo envió tropas a los Países Bajos, sino que, en
respuesta al embargo realizado en España sobre los barcos ingleses, Francis Drake atacó Vigo y, en
América, Santo Domingo y Cartagena.
La ejecución de María Estuardo precipitó el ataque que se venía preparando desde tiempo atrás, cuyo
objetivo era ocupar Inglaterra y destronar a Isabel. La formidable Gran Armada (1588), que contaba con
130 barcos y preveía desembarcar una parte importante del ejército de Flandes, no consiguió su objetivo,
aunque las pérdidas navales que implicó y su repercusión sobre el poder naval hispano no fueron tan
importantes como señalaba hasta hace unos años la historiografía
REPERCUSIONES DE LOS CONFLICTOS RELIGIOSOS DEL SIGLO XVI
Las repercusiones de la Reforma protestante y de la consecuente reacción católica fueron muy
amplias, no solo desde el punto de vista religioso, sino también político, socioeconómico y cultural. Quizá
debido al excesivo retrato con el que fue convocado, el Concilio de Trento no llegó a alcanzar su propio
propósito, lograr la unidad de la Cristiandad.
En el seno de la Iglesia católica, las medidas adoptadas en Trento se orientaron hacia la confección
de un catecismo que proponía una doctrina clara, se reforma el clero y a las jerarquías eclesiásticas. El
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renacimiento religioso encontró una rápida bienvenida en lugares como Italia y la Península Ibérica, a lo
largo del siglo XVII fue recibido en Alemania, Países Bajos, Bohemia, Polonia y Francia.
Otra consecuencia fue el desarrollo de las guerras de religión que asolaron Europa durante los siglos
XVI y XVII, a pesar de que los estados europeos tuvieron que aprender a convivir de manera pacífica tras
Westfalia con otros credos y confesiones, se acentuó el antisemitismo y los enfrentamientos entre
protestantes y católico.
Por otra parte se desarrolló un movimiento laico en Europa. La Reforma redujo considerablemente la
influencia y poder de la Iglesia, se consolidó la separación entre política y religión, dando lugar a la
génesis del modelo del estado secular fomentado por Lutero (Balderas, 2017).
Los países que acogieron las tesis reformistas empezarán a dar prioridad a la razón de Estado por
encima de las obligaciones religiosas, lo que supuso un primer paso para la laicización del Estado (Bloch
et al, 2017). Se creó, así una especie de dualidad entre el norte, protestante y secular, y el sur, fieles a
Roma y a la tradición confesional.
En el plano económico, al suprimirse los condicionantes morales de la Iglesia respecto a
determinadas actividades económicas, como la banca y los préstamos, se allanó el camino para el
fortalecimiento del capitalismo, además la secularización y la expropiación de los bienes de la Iglesia
supuso un aporte de capital para los Estados protestantes.
La Reforma protestante contribuyó al nacimiento y consolidación de la filosofía moderna en los países
protestantes, sobre todo en Alemania, donde el subjetivismo y el individualismo determinaron nuevos
modelos de pensamiento. Los conflictos religiosos tuvieron una influencia de gran calado en el arte y la
cultura del momento. En el mundo católico, el estilo barroco se erigió como el arte de la Contrarreforma,
convencer y conmover por medio de la imagen para evitar cualquier desvío herético, el mundo
protestante converge con la introducción de nuevos temas.
La bibliografía utilizada para la redacción del tema es la siguiente:
Alfonso, M, y Martínez, C (2015) Historia Moderna, Madrid, España: UNED
Colomer, E (2014) Movimientos de renovación: Humanismo y Renacimiento, Madrid, España:
Akal
Floristán, A (2007) Historia Moderna Universal Barcelona, España: Ariel
Hinrichs, E (2001) Introducción a la Historia de la Edad Moderna, Madrid, España, Akal
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