La Mirada Del CEO - Sarah Rusell
La Mirada Del CEO - Sarah Rusell
Victoria
Necesitaba encontrar un apartamento, un estudio o lo que
fuera que pudiera pagar con el sueldo que ganaba, y lo
necesitaba urgentemente. La cuestión era que no podía seguir
viviendo en casa de mi madre.
Sabía que ya era lo suficientemente grandecita para haberme
independizado hacía mucho, pero tener una madre como la mía
que me exprima hasta el alma, pues, como que no me daba
opción para guardar nada de mi sueldo.
Os pongo un poco en contexto para que me entendáis. Me
llamo Victoria, tengo treinta y un años y todavía vivo con mi
madre. Gracias a Dios, soy hija única, no me malinterpretéis, no
es porque no me hubiera gustado tener una hermana o un
hermano, más bien era porque hay personas que son egoístas y
no están preparadas para ser madres, y por desgracia la mía era
una de ellas.
Mi madre, o la que se suponía que era mi madre, se llamaba
Fabiola y me tuvo cuando apenas tenía dieciocho años, vamos,
que era una cría teniendo a otra cría. De verdad que no sé cómo
logró sacarme adelante, porque en el momento que tuve edad
suficiente, me dijo que tenía que ponerme a trabajar, que ya
había trabajado ella mucho tiempo, o eso decía.
Lo más bonito de todo es que, quería que dejara de estudiar
para que pudiese trabajar a jornada completa, pero me negué
rotundamente. Los estudios no pensaba dejarlos, porque sin
ellos sería cuando no podría salir jamás de esta vida que ella se
había encargado de darme.
¿Y si os preguntáis dónde estaba mi padre? La respuesta es
simple. Si lo encontráis o averiguáis quién es, por favor,
avisadme. Porque ni doña Fabiola sabía quién era. En fin, el
asunto es que quería irme de casa, pero no podía, por mucho que
mirara por el dinero.
Así que también tenía en mente buscar otro trabajo. En el que
estaba me trataban muy bien. Mi jefa siempre me había tratado
como a una hermana, pero era una empresa muy pequeñita y por
mucho que la pobre intentara subirme el sueldo, cuando no se
podía, no se podía.
Esa mañana me desperté más temprano de lo habitual y me
senté en la mesa de la cocina con mi primer café y el portátil
abierto, buscando ofertas laborales que se ajustaran a mis
estudios y que ofrecieran un buen sueldo.
A pesar de haberme levantado con ganas, no tuve suerte; no
llevaba ni diez minutos en la cocina cuando apareció mi madre.
Claro, tonta de mí por pensar que estaba acostada, pero resulta
que había estado de fiesta toda la noche, vete tú a saber con
quién.
—Hombre, a ti te quería ver —habló sin articular muy bien
las palabras—. Necesito que me des dinero, del que me diste
ayer ya no queda nada. —Se apoyó contra la encimera, creo que
era porque si no lo hacía se iba a caer de lado.
—Ayer te di dinero suficiente para una semana, si te lo has
gastado, todo no es mi problema. —Ya me había enfadado y eso
que me había levantado de buen humor, pero esta mujer era
única para quitártelo de un plumazo.
—Lo sé, pero es que anoche me llamó Inma y salimos a
celebrar que había encontrado trabajo.
—Anda, mira, eso es lo que tendrías que hacer tú. —Me
levanté y empecé a recoger todo—. Conseguir un trabajo en
lugar de esperar a que yo lo tenga que costear todo.
—Estoy buscando, pero es que no me sale nada de lo que a
mí me gusta. — ¿En serio pretendía que la creyera?
—Sabes que mi sueldo no da para mucho —suspiré con
resignación— mamá, si no pones de tu parte no vamos a tener ni
para comer.
—Estás exagerando. —Nada, que no entraba en razón por
mucho que lo intentara.
—¡Qué estoy exagerando! ¿Me lo dices en serio? —Estaba
indignada—. Mamá, lo tuyo no es ni medio normal. Estás
tensando la cuerda mucho y al final me voy a ir y te vas a quedar
sola. Cuando eso ocurra, ¿cómo piensas salir adelante?
—Eres una mala hija, desagradecida. Si estás donde estás, es
por mí. —Se dio un golpe en el pecho para dar énfasis a sus
palabras.
—Déjalo, después saco dinero cuando salga del trabajo y te lo
doy —solté un suspiro, porque cuando se ponía así, era mejor
darle la razón con tal de no seguir escuchándola.
Me fui a mi habitación y allí seguí buscando trabajo. Había
una empresa que me llamó mucho la atención. Por lo que pude
ver, la sede principal estaba en Londres, pero por lo visto iban a
abrir una delegación aquí, por lo que estaban ofertando unos
cuantos puestos de trabajo. Entre ellos había uno en el que
necesitaban una secretaría de dirección.
Así que, sin pensármelo dos veces, mandé mi currículum y
crucé los dedos para que me cogieran, ya que el sueldo que
ponía que pagarían era bastante bueno. Con eso sí que me podría
ir a vivir por mi cuenta y dejar todo esto atrás.
Me preparé para irme a trabajar y tal como llegara pensaba
decirle a María que había echado el currículum en otra empresa,
no quería mentirle. María era mi jefa, aunque para mí era mucho
más que una simple jefa.
Siempre estaba pendiente de mí y más de una vez me había
quedado en su casa a dormir cuando en la mía la cosa se había
puesto demasiado difícil. Ella era cinco años mayor que yo y
llevaba casada desde hacía tres. Pedro, que así era como se
llamaba su marido, era igual de bueno que ella, y siempre me
había recibido con los brazos abiertos.
Desde el primer momento se volcaron en mí. En ella vi a la
hermana que nunca tuve y en su marido, a ese cuñado que
siempre intentaba darme buenos consejos. Si no hubiera sido por
ellos, no sabría qué hubiera sido de mí.
Sabía de sobra que entendería mi decisión de buscar otro
empleo y que me respaldaría en lo que necesitara, sin importar
que dejara el trabajo. Eso no significaba que nuestra amistad se
fuera a romper o que dejáramos de vernos, porque como he
dicho, para mí ellos eran mi familia.
Ya arreglada para irme al trabajo, salí de mi habitación
rezando interiormente para no encontrarme con mi madre. Por
esta mañana ya había estado bien la cosa.
Suspiré de alivio cuando llegué a la calle. Vivir en esta casa
me robaba toda la energía y mira que era positiva, pero muchas
veces ese positivismo no me valía de nada. Porque la realidad
era la que era, y por mucho que intentara verlo desde otro punto
de vista, no daba el resultado que a mí me gustaría. En fin, no
había mucho que hacer con mi madre, porque a estas alturas ya
dudaba de que en algún momento cambiara.
Antes de entrar en la oficina, me paré en el bar de Gonzalo
para pedir mi café, ya que la oficina quedaba solo dos portales
más abajo.
—No sé cómo lo haces, pero en el momento que cruzas por
esa puerta me alegras el día —dijo Gonzalo, regalándome una
de sus bonitas sonrisas.
Gonzalo era el dueño del bar y, a sus treinta y ocho años, era
indudablemente un hombre atractivo. No nos vamos a engañar,
como tampoco nos podemos mentir al decir que sabía muy bien
cómo utilizar ese atractivo para seducir a las mujeres.
Conmigo era raro el día que no lo intentara, y muchas veces
me llegué a plantear el quedar con él. No soy tonta y sé que no
sería algo serio, pero, vamos a ver, una es de carne y hueso y
tengo sus necesidades. Lo que me frenaba a dar el paso era que
no quería romper esta especia de amistad, ya que sabía que una
vez cruzara esa línea, no habría vuelta atrás.
El hombre estaba para chuparse los dedos, alto, con cabello
castaño oscuro y ojos color miel, además de un cuerpazo de
infarto. Su sonrisa volvía locas a todas las mujeres que entraban
por la puerta de su bar.
Como os he dicho antes, el muy jodido sabía cómo utilizar su
encanto y sus atributos.
—¿A cuántas se lo has dicho ya esta mañana? —dije cuando
me acerqué a la barra.
—Solo a ti. —Me guiñó el ojo—. Sabes que si me das una
oportunidad, no vuelvo a mirar a otra.
—No te lo crees ni tú. —Me reí al escucharlo, a zalamero no
le ganaba nadie.
—Preciosa, sabes que si pasaras una noche conmigo ya no
podrías dejar de pensar en mí. —Me dedicó una de sus
ensayadas sonrisas—. Te puedo asegurar que te haría disfrutar
mucho. —Esto me lo dijo acercándose más a mí por encima de
la barra.
—Anda, hazme el café para que me pueda ir, que estas tú esta
mañana muy fuerte.
—Marchando el café de mi chica favorita, pero que sepas que
no me voy a dar nunca por vencido hasta que te tenga entre mis
manos —me dijo mientras me hacía el café.
—Ven que te voy a decir un secreto. —Se acercó a mí por
encima de la barra y yo me incliné un poco para llevar mis
labios a su oreja—. El día que vuelen los burros, podrás tenerme
entre tus brazos —le susurré en el oído muy despacito.
El muy capullo se giró rápido y me dio un pico.
—Me has puesto tontorrón y para la próxima no será solo un
pico —dicho eso, se giró y siguió preparándome el café.
—Chico, a ti los reflejos te funcionan bien, qué capacidad de
reacción, por favor. —Me tuve que reír. Sabía que ese beso no
me lo había dado con mala intención, por lo tanto, no me lo iba
a tomar a mal.
—No te creas que para todo soy así de rápido, para otras
cosas me tomo mi tiempo. —No os voy a mentir, mientras él
estaba de espaldas, no podía apartar la mirada de ese culo que
tenía, porque seamos sinceros, no estaba interesada en él. Pero
de tonta no tengo ni un pelo y la verdad es que Gonzalo tenía un
trasero muy tentador.
—¿Cómo para hacerme el café? —Alcé una ceja.
—La verdad es que no, pero como por el rabillo del ojo te he
visto tan entusiasmada mirándome el culo, no he querido
privarte de esas vistas. —Soltó una carcajada al girarse y ver lo
roja que me había puesto al ser pillada—. Pero que, si a ti te
gusta mirar, no te preocupes que yo dejo que me mires todo lo
que quieras.
—Cóbrame, anda, que no veas la mañana que me estás dando.
—A este te invita la casa y al de María también. Hoy estoy
generoso. —Me entregó los dos vasos.
—Pues gracias, bombón. —Le guiñé un ojo y me giré para
irme.
—Victoria —me llamó cuando ya estaba casi saliendo—. La
próxima vez también te dejo que mires por delante. —Dicho
eso, soltó una carcajada.
—Capullo. —Le saqué el dedo del medio y me fui.
He de reconocer que Gonzalo siempre sabía cómo sacarme
una sonrisa, ya fuera por su descaro o por su personalidad tan
arrolladora. La cuestión era que siempre salía de su bar con una
sonrisa.
Capítulo 2
Victoria
—Buenos días. —Canturreé al entrar y ver a María sentada
detrás de su mesa.
—Buenos días, te veo muy contenta esta mañana. ¿Algo que
contar? —Le deje el café encima de su mesa.
—Pues no será por cómo ha empezado. —Me senté detrás de
la mía.
—¿Tu madre otra vez? —Se puso una mano debajo de la
barbilla para escucharme atentamente.
—¿Quién, si no? —Le di un sorbo al café y me supo a gloria,
otro punto a favor de Gonzalo, porque pocas personas hacían un
café tan bueno como lo hacía él—. ¿Te puedes creer que ha
llegado casi borracha esta mañana?
—De tu madre me creo cualquier cosa. Victoria, tienes que
pensar más en ti y no en ella. Sé que te duele porque es tu
madre, pero con esa mujer no puedes seguir viviendo.
—Lo sé, pero no puedo evitar sentir lástima por ella. —Y es
que era verdad, en el fondo me daba pena, porque en el
momento que me fuera de esa casa, no sé lo que sería de ella.
—¿No crees que ya es hora de mirar por ti? Has pasado casi
toda tu vida cuidando de ella, cuando debería haber sido al
revés. Tienes treinta y un años, es hora de que empieces a vivir
tu propia vida, esa que has dejado de lado.
—Ya, sé que tienes razón y que, por mucho que me duela, no
puedo seguir así. Por eso he tomado la decisión de irme de casa.
—La miré a los ojos—. Sabes que eres muy importante para mí
y que te agradezco todo lo has hecho, pero tengo que serte
sincera —suspiré.
»Me he visto en la obligación de echar currículums en otras
empresas. Si quiero salir de esa casa, tengo que buscar un
trabajo con el que me pueda mantener sola y, aunque aquí soy
muy feliz, con lo que gano aquí no me da para independizarme.
—No te preocupes por mí. —Se levantó y se acercó a mi
mesa, donde se sentó en filo—. Cariño, sé que aquí no podías
seguir, y aunque te eche mucho de menos en estas horas de
trabajo, también tengo por seguro de que nunca perderemos
nuestra amistad. —Puso una mano en mi hombro—. Me alegro
de que hayas dado el paso, te lo digo de corazón y lo sabes,
¿verdad?
—Lo sé, María, sé que siempre podré contar contigo y con
Pedro.
—Espero que te cojan en algunas de esas empresas, porque
contigo se van a llevar un tesoro en todos los sentidos. —Me
dedicó una sonrisa—. Y ahora dime, ¿a qué se debía esa sonrisa
con la que has entrado? —Se volvió a sentar en su sitio.
—Eso es cosa de Gonzalo, no se da por vencido. Siempre está
intentando que le diga que sí a quedar una noche con él. ¿Te
puedes creer que esta mañana ha aprovechado, que le he dicho
que no al oído, para darme un pico? —dije entre risas.
—¿Y por qué no se la das? Lo mismo hasta te sorprende y
todo.
—Sabes que Gonzalo no es para mí. Es cierto que es un
hombre con el que te ríes mucho y que también está para mojar
pan, pero no se puede negar que le gusta hasta un palo de escoba
con una falda. —Hice girar la silla en una vuelta completa—.
No puedo estar con alguien que sé que, tarde o temprano, me
sería infiel. Y estoy segura de que él lo haría.
—Eso no te impide disfrutar una noche con él, ya sabes a lo
que me refiero. Ambos sois adultos y, dejando las cosas claras,
no tiene por qué haber ningún problema.
—No me puedo creer que me estés diciendo esto. —Tenía los
ojos abiertos de par en par.
—Pues tampoco es tan difícil; tú eres joven, él se ve que es
un hombre con mucha hambre y, lo más importante, con ganas
de comerte enterita. Yo que tú no perdía la oportunidad de que
me diera un buen revolcón.
—No, si eso no te lo discuto, sé que con él el revolcón, como
tú dices, sería apoteósico, pero y luego ¿qué?
—Pues después, igual que hasta ahora. Como te he dicho, los
dos sois adultos y creo que sabréis separar unos encuentros de
vez en cuando a la amistad que tenéis. ¿Cuánto hace que no
estás con nadie?
—Uff… creo que vuelvo a ser virgen. —Nos reímos las dos,
pero, por el camino que llevaba poco me faltaba para serlo de
nuevo.
—Venga, no le des más vueltas y déjate llevar, aunque solo
sea una vez.
No le volví a contestar y nos pusimos a trabajar. Sin embargo,
mientras revisaba unas cifras y preparaba unos presupuestos, de
vez en cuando se me iba el pensamiento en qué pasaría si
aceptara y, por una vez, me dejara llevar.
Era evidente que Gonzalo era un buen hombre, ya que me
trataba siempre muy bien. Tal vez si dejáramos las cosas claras,
podríamos llegar a tener unos cuantos encuentros. No nos
engañemos, había una atracción entre nosotros que era difícil de
ocultar, y si nunca había llegado a tener nada con él era porque
le gustaba una mujer más que a un tonto, un lápiz. Pero si
dejábamos claro que esto no iba a ser una relación seria, sino
solo unos encuentros esporádicos, tal vez podría funcionar.
La mañana siguió transcurriendo como siempre, con la
excepción de que María me pidió que me acercara al banco para
llevar unos papeles que el director estaba esperando, y como los
del banco me conocían muy bien, no tendría ningún problema.
Más de una vez había tenido que ir yo porque ella estaba liada
con algún que otro cliente.
Cuando llegué, tuve que esperar a que Fernando terminara
con un cliente al que estaba atendiendo. Mientras esperaba,
aproveché para sacar algo de dinero del cajero para dárselo
después a mi madre.
Menos mal que ella no estaba en la cuenta conmigo, porque si
no, lo poco que podía ir guardando para una emergencia se
hubiera esfumado en un abrir y cerrar de ojos.
Cuando salió el cliente que estaba atendiendo Fernando, pasé
y, como siempre, me dedicó una sonrisa al verme entrar.
—Ya está aquí tu clienta más simpática —dije resuelta al
entrar.
—La más simpática y la más bonita. —Me guiñó un ojo.
—No nos pasemos, que al final voy a terminar por creérmelo
y todo. —Fernando era un hombre mayor que llevaba casado
muchos años, pero siempre estábamos bromeando. Jamás me
dijo nada fuera de lugar y siempre me trataba con mucho
respeto.
—Pues deberías creértelo, porque vales mucho, tanto por
dentro como por fuera.
—¡Anda ya! Eso eres tú que me ves con muy buenos ojos. —
Hice un movimiento de mano para quitarle importancia.
—Yo, y mi hijo, que cada vez que vienes aquí le hacen los
ojos chiribitas —dijo soltando una carcajada.
Y es que no era para menos, porque si Gonzalo era mujeriego,
el hijo de Fernando era mucho peor, y como él lo sabía, por eso
soltó esa carcajada.
Después de esa charla nos pusimos con lo que había venido a
hacer. Estuve aproximadamente una hora en la oficina hasta que
logramos dejar todo en orden.
—Bueno, Fernando, muchas gracias por todo. —Me levanté y
me dirigí hacia la puerta. Estaba abriéndola, pero me giré porque
me habló.
—Es un placer tratar siempre contigo, Victoria. —Con una
sonrisa y mirándole di un paso hacia la salida, cuando de pronto
me tropecé con el torso de alguien.
Sin levantar la cabeza, me toqué la nariz, porque menudo
golpe. Dios mío, esto era una persona de verdad o un robot
disfrazado de hombre, porque estaba superduro.
Vamos, con deciros que si no me llega a coger de los brazos
esa persona, hubiera caído de espaldas.
—Perdona, no te vi al salir — dije, levantando la vista para
mirar a ese hombre.
Os prometo que nunca en mi vida había visto a alguien como
el que tenía frente a mí; de verdad, un dios griego se quedaría en
ridículo al lado de este tipo.
Era alto y fuerte, con unas manos como las que me gustaban,
de esas que se veían bien cuidadas, pero que se le notaban las
venas, no en exceso, pero sí lo suficiente. No me preguntéis por
qué, pero siempre me han atraído ese tipo de manos.
Todo eso sin contar que al levantar la vista y encontrarme con
su rostro, me quedé completamente hipnotizada por su
perfección. Esa mirada de un azul turquesa, enmarcada por
pestañas largas y densas, le otorgaba una profundidad que te
envolvía por completo.
—No te preocupes —me dijo sin apartar la mirada de mis
ojos.
Al escuchar ese tono de voz tan profundo y con un leve
acento inglés, o eso es lo que me pareció al escucharle, sentí
cómo se erizaban todos los vellos de mi cuerpo. Intenté sacudir
esos pensamientos extraños de mi mente y me fui de allí sin
mirar atrás.
Llegué a la oficina y, en cuanto me senté en mi mesa, no pude
dejar de pensar en esas manos, esos ojos y la intensidad de su
mirada. Estaba tan distraída que ni siquiera escuché a María
hasta que me llamó a gritos.
—¡Victoria! ¿Qué te pasa? Parece que has visto un fantasma.
—Fantasma, lo que se dice fantasma, no sé si es, pero puedo
asegurar que vi al hombre más guapo del planeta, y eso es un
hecho —le contesté, aún impactada por la belleza de aquel
adonis.
—Victoria, en serio, ahora cuando vayamos a comer al bar de
Gonzalo, dile que sí a quedar una noche con él. Porque hija mía,
estás fatal —negó con la cabeza.
—Te lo digo en serio, María. Me he tropezado con él al salir
del despacho de Fernando, pero tropezado de lleno, tanto, que
por poco me dejo la nariz pegada a su pecho. —Me miró como
si estuviera exagerando.
Le estuve contando cómo era ese hombre, y ella me seguía
mirando como si estuviera exagerando. Al final, la mañana
había llegado a su fin, así que cerramos la oficina para ir a
comer.
—Hola —dijimos las dos al unísono al entrar en el bar.
—María, ¿qué tal? Hacía días que no te veía —le dijo
Gonzalo tras saludarnos.
—He estado liada, y como Victoria siempre se encarga de
pasar a por el café, por eso no he pasado por aquí. ¿Y a ti, qué
tal te va? —le preguntó cuando nos sentamos.
—Pues como siempre, esperando a que mi chica se decida a
quedar conmigo, pero no hay manera. —Sonrió de medio lado.
—Fíjate, de eso mismo he hablado con ella. —Mi cabeza iba
de uno a otro como si estuviera viendo un partido de ping-pong
—. Le he dicho que deberías quedar y quién sabe, a lo mejor
hasta os lo pasáis bien, ya me entiendes —dijo moviendo las
cejas arriba y abajo.
—Es dura, mira que llevo tiempo intentándolo, pero nada, no
hay manera. —Mira que le iba la marcha al descarado este.
—Yo no es por nada, pero ¿sabéis que estoy a vuestro lado?
—Anda, calla, que estamos hablando de un tema muy
importante —habló Gonzalo.
—Serás… —Le di con la servilleta en el brazo—. Venga que
el tiempo corre y tenemos que abrir la oficina.
—A ti sí que te hacía yo correr —soltó una carcajada—, ya
me entiendes.
—Te entiendo yo y cualquiera que te escuche. —Al final, me
tenía que reír con sus cosas—. Si quedo contigo una noche, ¿me
prometes que después no vas a insistir más?
—Princesa, si quedas conmigo una noche no vas que querer
soltarme en la vida.
—Otra cosa no, pero a insistente y engreído no te gana nadie.
—María no paraba de reír—. Sabes que hay un dicho que dice,
«dime de lo que presumes y te diré de lo que careces». Pues a
ver si va a ser tu caso.
—Eso te voy a dejar que lo compruebes por ti misma.
—Mira, me has pillado de buenas. ¿Cuándo te viene bien que
quedemos?
Iba a seguir el consejo de María y darle una alegría al cuerpo,
porque aunque fuéramos a cenar o a tomar algo, no era tonta y
sabía que al final acabaríamos en la cama. Y la verdad, no me
iba a sentir mal por eso; al contrario, pensaba disfrutarlo al
máximo.
Ya que había dado el paso, esperaba no llevarme un chasco,
porque cualquiera era la guapa que aparecía por el bar después
de descubrir que me hacía ver las estrellas, así que esperaba que
este no fuera el caso.
—¿No será una broma de las tuyas? —le dije que no con la
cabeza— Joder, me he puesto hasta nervioso —dijo de forma
teatral— ¿Qué te parece mañana? Es viernes y los fines de
semana no vengo por el bar, ya sabes que tengo camareros que
me cubren esos días.
—Pues perfecto, mañana nos vemos por la noche. —La que
estaba de los nervios era yo, porque era la primera vez que
quedaba con un hombre así.
—Pero coge ropa para el fin de semana entero, ya que por fin
he conseguido que me concedas el gran honor de quedar
conmigo, no te pienso dejar escapar hasta el domingo.
Al final, quedamos que vendría a recogerme a mi casa
alrededor de las nueve de la noche y que me llevaría ropa para
quedarme en su casa hasta el domingo.
Pedimos la comida y, después de darnos un atracón, nos
dirigimos de nuevo a la oficina, donde pasamos el resto de la
tarde metidas entre papeles.
Me despedí de ella al terminar la jornada y de camino a casa
pasé por el supermercado. Me hacían falta algunas cosas básicas
que se habían ido acabando.
—Te estaba esperando —dijo mi madre nada más verme
aparecer por la puerta.
—¿Qué es lo que quieres? —Me puse a colocar la compra en
su sitio.
—No te hagas la tonta, Victoria. Necesito que me des dinero,
te lo dije esta mañana. —Se cruzó de brazos y, mientras yo lo
colocaba todo, ella se quedó parada mirándome.
—Mamá, lo te voy a dar, pero te tiene que durar hasta la
semana que viene. —La miré seriamente—. Si te lo gastas antes,
es tu problema; no tengo más para darte.
—Victoria, no me toques el coño y dame el dinero de una
puñetera vez. —Ya empezaba otra vez con su tono de voz
hiriente.
—¿Alguna vez me has querido? Te lo pregunto porque no
entiendo cómo llegaste a ser madre si solo vives para ti sin
importarte nada de mí.
—Ya estás sentimental, no seas tonta. ¿Te tuve o no? Pues ahí
tienes la respuesta, te crie cuando lo necesitabas.
—Déjalo, toma el dinero —le dije mientras lo sacaba de mi
cartera—. Ya sabes lo que te he dicho, no te voy a dar más hasta
la semana que viene, tú sabrás lo que haces.
No quise seguir hablando más con ella, no merecía la pena
hacerla entrar en razón.
Esa noche no cené, ya ni siquiera tenía apetito. Me di una
ducha y me acosté, mañana sería un nuevo día.
Capítulo 3
Victoria
Estaba esperando a que Gonzalo pasara a recogerme y, para
ser sincera, me sentía un poco nerviosa. Más que nada, porque
me daba miedo que después de este fin de semana se rompiera
nuestra amistad.
Aunque no era el mismo tipo de amistad que tenía con María
y Pedro, valoraba mucho lo que tenía con Gonzalo, ya que
siempre fue muy amable conmigo y tenía una forma única de
hacerme reír. Y creedme, con la vida que me había tocado vivir,
encontrar a alguien que te arranque sonrisas es algo realmente
valioso.
Tenía preparado un bolso con dos mudas y un pijama, pues
sabía que Gonzalo me llevaría a su casa. Nunca había estado
allí, pero según lo que me contó en una ocasión, vivía en una
casita pequeña, aunque lo suficientemente acogedora para estar
cómodo.
Dejé el bolso en la entrada y me dirigí a la cocina para beber
un poco de agua. Justo en ese momento, escuché que llegaba un
coche a la puerta e hizo sonar el claxon un par de veces.
Como no sabía si íbamos a salir a cenar o a tomar algo, decidí
arreglarme un poco. Era mejor estar preparada por si acaso. Por
lo que para esa noche, opté por un vestido entallado que llegaba
hasta las rodillas, con tirantes anchos. Era sencillo, pero tenía un
toque sugerente sin perder la elegancia. Lo combiné con unos
stilettos negros y, para darle un toque de color, me puse un
cinturón muy finito rojo.
No os he dicho todavía cómo soy físicamente, ¿verdad? Pues
os hago un pequeño resumen, porque tampoco hay mucho que
contar.
Soy de estatura media, vamos, que mido uno sesenta y cinto.
Tengo el pelo largo y de un color normal, el castaño claro de
toda la vida. Mis ojos son una mezcla entre avellana y verde, y
dependiendo de la luz, se puede notar más uno que otro. Mi
figura es delgada, pero con curvas donde hay que tenerlas; tengo
pechos generosos, pero sin exagerar. En resumen, me considero
una chica normalita.
—Princesa… me dejas sin palabras —me dijo cuando llegué
a su lado.
Esa noche, él no se quedaba atrás; lucía realmente
impresionante. Al estar acostumbrada a verlo con su ropa de
trabajo, verlo así, tan bien vestido, lo hacía aún más irresistible.
Llevaba un pantalón beige oscuro y una camisa celeste con
los puños arremangados hasta un poco más abajo de los codos.
Lo acompañaba con un cinturón de tono más oscuro que el
pantalón y unos zapatos del mismo color que el cinturón. Estaba
para comérselo.
—Tú tampoco te quedas atrás. —Me acerqué para darle dos
besos.
—Mmm, me encanta que te guste lo que ves. —Y ese
«mmm» lo dijo tan cerca de mi oído que me tembló el cuerpo
entero. Desde luego no se podía decir que no sabía cómo seducir
a una mujer.
—¿Dónde tienes pensado que vayamos? Porque yo me muero
de hambre —dije para salir del paso, ¿os he dicho que soy muy
tímida? Pues lo soy, por lo menos al principio, después me
suelto.
—Te voy a llevar a un italiano donde te vas a chupar los
dedos —habló mientras nos montábamos en el coche.
De camino al restaurante, aprovechó cada momento y fue
calentando motores con sus dotes de seducción. Una mirada
aquí, una caricia en la pierna allá, y unas palabras susurradas
con un tono sensual. En resumen, tenía un talento natural para
caldear el ambiente.
El restaurante estaba muy bien, se veía elegante. Cuando eché
un vistazo a la carta, pude comprobar que tenía unos platos con
los que se te hacía la boca agua. Tras pedir la comida y un vino,
decidí que era el momento adecuado para hablar con él y dejar
todo claro.
—Gonzalo, ¿qué es lo que esperas con esto?
—Para serte sincero, no espero nada más allá de que lo
pasemos bien y nos sintamos cómodos juntos. —Me gustó esta
faceta de él, hablando con sinceridad y sin rodeos—. No quiero
que nuestra amistad se vea afectada por esto, así que te lo digo
claro: aunque me muera por estar contigo, si después vas a
cambiar tu manera de tratarme, lo mejor es que lo dejemos aquí,
en esta cena.
—Nunca me he decidido a quedar contigo por miedo a que se
rompiera nuestra amistad. —Lo miré a los ojos, porque quería
que viera la verdad en los míos—. Pero también sé que somos
adultos y dejando las cosas claras no tendremos ningún
problema, esto es lo que es. Los dos estamos solteros y no le
debemos nada a nadie, por lo tanto, lo demás deja de importar.
Como me ha dicho María en muchas ocasiones, es hora de que
viva mi vida como me dé la gana.
—Me gusta lo que acabas de decir, ya es hora de que hagas lo
que quieras o lo que sientas en ese momento. —Me agarró la
mano por encima de la mesa para darme un pequeño apretón—.
Llevas toda tu vida haciendo cosas que no te pertenecen, te lo
digo en serio, Victoria.
»Me gustas, y mucho, pero no soy tonto y tú tampoco. Los
dos sabemos que no estamos hechos para ser una pareja
propiamente dicha. —No conocía esta faceta de él—. Aunque,
mientras llega alguien a nuestras vidas, nadie nos impide
disfrutar. —Terminó de decir con un guiño de ojo y una sonrisa
ladeada.
—Pues una vez todo está aclarado, ponte las pilas y hazme
ver las estrellas este fin de semana. —Cuando terminé de hablar,
soltó una carcajada.
—No te voy a hacer ver las estrellas —se humedeció los
labios—, te voy a hacer ver el firmamento entero. —Y entonces
la que se rio fui yo.
Nos sirvieron la cena, y como él mencionó al recogerme, en
este sitio se comía de lujo. Cada plato tenía una presentación tan
bonita que daba pena comerlos, pero si la presentación era
espectacular, el sabor superaba todas las expectativas. Sin duda,
fue un acierto elegir este lugar.
Después de la cena me llevó a un local que estaba muy de
moda para tomar unas cuantas copas, no muchas, porque no
queríamos mermar nuestros sentidos. Me reí interiormente al
pensarlo.
La verdad es que, teniendo en cuenta las horas que pasaba
Gonzalo en su bar, me sorprendía que conociera todos estos
lugares. El local estaba decorado muy moderno, predominando
el blanco y el cristal. Contaba con mesas altas para quienes
preferían estar de pie, pero también había mesas bajas rodeadas
de cómodos sillones blancos, y a una de esas mesas fue a donde
nos dirigimos.
Me pedí un cóctel sin alcohol porque con el vino de la cena
había tenido suficiente, mientras que él se decantó por un gin-
tonic. En cuanto el camarero lo dejó en la mesa, le di un sorbo a
mi bebida y, la verdad, estaba deliciosa. La mezcla de sabores
era bastante exótica, aunque el sabor que predominaba era el del
mango.
Gonzalo se fue acercando poco a poco, y yo lo fui dejando.
Encontré el valor en mí misma y, en ese instante, decidí tomar la
iniciativa. Sin pensarlo mucho, me di la vuelta hacia él, lo agarré
del cuello y uní mis labios a los suyos.
Al principio, fue un roce sutil, casi como si estuviera jugando
a seducirlo, con suaves besos que apenas rozaban los labios.
Una de mis manos se posó en su mejilla, mientras que con la
otra acariciaba su cabello en la nuca. Por su parte, él ancló una
mano en mi cintura y la otra también la llevó a mi mejilla.
Sacó la punta de su lengua y comenzó a trazar todo el
contorno de mis labios. Cuando el beso empezó a intensificarse,
se me escapó un pequeño jadeo, momento que él aprovechó para
adentrar su lengua en mi boca, iniciando un baile tentador y
lleno de sensualidad entre las dos.
El agarre que tenía en mi cintura se hizo más fuerte, mucho
más presente. No había duda de que este hombre sabía besar, y
por lo que estaba comprobando lo estaba haciendo demasiado
bien
Nos separamos un momento para tomar una bocanada de aire,
y ahí fue cuando me di cuenta de dónde estábamos y, la verdad,
no era sitio para dar este espectáculo.
—Creo que nos hemos dejado llevar un poco más de la cuenta
—le dije un poco avergonzada.
—Simplemente, hemos hecho lo que nos apetecía en el
momento. —Me cogió con dos de sus dedos por la barbilla para
que levantara la cabeza—. No tienes por qué sentir vergüenza,
no hemos sido los primeros ni seremos los últimos. —Se acercó
y me dio un pico.
—No, no lo digo porque sea algo malo, el problema es que yo
no estoy acostumbrada a estas cosas. Siempre he sido bastante
tímida con los hombres y, sobre todo, para mostrar afecto en
público —dije de carrerilla.
—Mira a tu alrededor, ¿realmente crees que están pendientes
de nosotros?
Eché un pequeño vistazo a nuestro alrededor y, la verdad, es
que todo el mundo iba a lo suyo, lo que para mí fue un alivio.
No vayáis a pensar que soy una mojigata ni mucho menos, pero
como dije antes, soy muy cortada y más si es en público.
Me levanté y le dije que iba a ir a pedir otra ronda de bebidas
a la barra, ya que el local estaba abarrotado y el camarero no
podía venir a la mesa como cuando llegamos, que había mucha
menos personas.
—Quédate, yo voy —se ofreció él.
—No, de verdad. Así estiro un poco las piernas y veo el local
con más atención.
La verdad es que me resultó un poco difícil llegar hasta ella;
sinceramente, no sabía de dónde habían salido tantas personas.
Cuando llegamos, no estaba así ni por asomo, en fin, entre
empujones y codazos, logré hacerme un pequeño hueco en un
lado de la barra.
Fue un verdadero desafío conseguir que el camarero me
hiciera un poco de caso y me atendiera. Gonzalo, a este paso, iba
a pensar que me había fugado o algo por el estilo. Solo bromeo,
pero realmente se tomaron su tiempo para atenderme.
Mientras estaba pagando, se puso a mi lado un hombre
bastante alto. Bueno, para ser bastante alto en comparación
conmigo, tampoco había que ser un gigante.
El hecho fue que, ese hombre se pegó tanto a mí que me vi
atrapada entre él y la barra. Para colmo, se acomodó de medio
lado, quedando casi detrás de mí, lo que hizo que la situación
fuera aún más incómoda.
—Perdona, ¿me dejas pasar? —Hice el intento de girarme
para mirarlo, pero el espacio era tan reducido que hasta eso me
estaba costando.
—¿Y si no quiero? —Me devolvió la pregunta, pero en plan
chulo.
Con toda mi fuerza, logré darme la vuelta y mirarlo de frente.
No se podía negar que era guapo, pero a mí un tío no me pasaba
por encima ni muerta.
—¿Sabes que el acoso está muy mal visto? —Le volví a
preguntar con una ceja levantada—. Te lo voy a decir por última
vez, déjame pasar y ahora sin, por favor.
—Lo siento, muñeca, pero me gusta tenerte donde te tengo.
—No sé qué es lo que me pasó por la mente, sin embargo, no
me lo pensé dos veces. Llevé mi mano a sus partes y con todas
mis fuerzas apreté.
—Yo creo que te gustará más conservar esto que tengo entre
mi mano, ¿o me equivoco? —Se estaba poniendo entre rojo y
morado, alzó las manos como diciendo que se rendía—. Eso
mismo pensaba yo.
Sin más, se aportó dejándome paso, y al pasar por su lado le
dediqué una sonrisa de triunfo.
—¿Te habías perdido de camino a la barra? —me preguntó
Gonzalo en plan cachondeo.
—Esto se ha puesto de bote en bote en nada de tiempo, y si a
eso le sumamos que el camarero ha tardado en atenderme y que
después un gilipollas no me dejaba pasar, lo raro sería que
hubiera llegado antes —dije poniendo las bebidas en la mesa.
—¿A pasado algo con ese gilipollas que tú dices? —Hizo que
me sentara de lado sobre sus piernas.
—Tranquilo, sé defenderme solita. —Aguanté la risa al
recordar la cara que había puesto el tipo ese.
—Eso lo sé, pero no te he preguntado eso. —Iba acariciando
mi muslo por encima del vestido.
—Le pedí por favor, que me dejara pasar y, como no quiso, le
agarré las bolas con todas mis fuerzas. Al final, se apartó. —Ya
no me pude aguantar y rompí a reír.
—Princesa, eres más peligrosa de lo que me imaginaba. —
Estaba aguantándose la risa—. Y yo que te iba a decir que me
dijeras quién había sido para ir a darle unas cuantas hostias, pero
por lo que veo, no hace falta —dijo cerca de mi oído para
después dejar un reguero de besos por toda esa zona.
—Gonzalo… esa zona es mi punto débil —se me escapó un
gemido.
El efecto de las copas estaba haciendo de las suyas, no lo digo
por el alcohol, porque de eso no bebí, lo decía porque necesitaba
ir urgentemente al baño. Si no iba rápido, iba a terminar
menándome encima.
Cuando le dije que iba al baño, quería acompañarme por si
me encontraba con el tío de antes, pero le dije que no era
necesario. No se quedó muy conforme, pero al final no insistió
más.
Los baños estaban en la otra punta del local, por lo que, al
igual que cuando fui a barra, tardé un poco en llegar, menos mal
que al hacerlo, estaban vacíos y pude entrar sin tener que
esperar.
Estaba de vuelta a la mesa, cuando alguien me agarró con
fuerza de la muñeca y al mirar vi que era el mismo tipo de la
barra. ¿De veras había tíos tan imbéciles que no aceptaban que
se les llevara la contraria?
—¿Eres gilipollas o simplemente lo practicas como deporte?
—Di un tirón de la mano para que me soltara.
—Perdona, te he visto pasar y solo te he agarrado porque
quiero pedirte disculpas por mi comportamiento de antes. —De
entre todas las cosas que me podía imaginar, esta no era una de
ellas.
—Perdona por lo de gilipollas, y disculpas aceptadas.
—Después de que casi me dejaras eunuco y mi amigo me
haya echado la bronca, solo quería disculparme. Pero te lo digo
de verdad, ni ahora ni antes ha sido mi intención de ofenderte.
—No te preocupes, parece que has estado fuera de juego en el
tema de ligar, pero tengo un consejo para ti: no vuelvas a
intentarlo de esa manera, porque no vas a conseguir nada y
podrías llevarte más de una hostia.
Al final, no parecía ser tan mal hombre. Me da la impresión
de que llevaba bastante tiempo sin intentar ligar con alguien y
quizás, antes, le había funcionado ese método, pero hoy en día
ya no es así.
Cuando llegué junto a Gonzalo, decidimos dar por terminada
la noche de salidas y nos dirigimos a su casa.
Capítulo 4
Victoria
La casa de Gonzalo era pequeña, como os dije antes, pero
tampoco os penséis que era todo en una habitación; era una casa
de las de toda la vida, de una planta, con dos habitaciones, un
baño completo, una cocina y un salón no demasiado pequeño.
Lo tenía todo muy bonito, ordenado y limpio. La decoración,
aunque sencilla, tenía un toque que la hacía acogedora. Según
me había contado hacía tiempo, la casa era de sus padres y, tras
su fallecimiento, se la quedó él. Tenía una hermana, pero vivía
en otra ciudad, por lo que Gonzalo le dio la parte que le
correspondía de la casa.
—Tienes una casa muy bonita —le dije después de que me la
enseñara entera.
—Gracias, cuando me la quedé, le hice una pequeña reforma
porque ya estaba muy antigua.
—Pues has tenido muy buen gusto, te lo aseguro. —Era
consciente de que Gonzalo me estaba dando mi tiempo para dar
el paso, así que decidí darlo yo.
Me acerqué a él caminando de manera sensual y, cuando
llegué, coloqué las palmas de mis manos en su pecho y comencé
a acariciarlo suavemente.
—Y dime, ¿dónde voy a dormir yo? —Estaba claro que con
él, pero esto de la seducción no es que se me diera muy bien del
todo.
—Princesa, no creo que te deje dormir mucho, pero si lo
llegas a hacer, lo harás encima de mí o yo encima de ti, como
más cómoda te sientas. —Llevó las manos a mi espalda y
empezó a bajar la cremallera del vestido muy despacio.
Por mi parte, empecé a desabrocharle los botones de la
camisa con calma. A medida que iba soltando cada uno, le
regalaba un beso. El primero fue en los labios, atrapándolos
suavemente con mis dientes y tirando de ellos con ternura. El
segundo fue en su mentón, seguido de otro en su nuez de Adán.
Finalmente, cuando ya había desabrochado toda la camisa, le di
un beso en la clavícula, disfrutando de cada momento.
Me bajó los tirantes del vestido y este se deslizó hasta caer al
suelo, formando un remolino de tela arrugada a mis pies. Saqué
los pies de él y con la punta de uno de ellos lo aparté hacia un
lado.
Gonzalo se alejó un poco de mí y con su mirada me recorrió
el cuerpo entero, con una mirada tan intensa que me hizo sentir
deseada, como si en ese momento yo fuera la mujer más
hermosa del mundo a sus ojos.
—Victoria, toda tú eres pura fantasía. —Yo no me quedé
atrás, lo repasé de arriba abajo.
—Pues esta fantasía es tuya todo el fin de semana. —Me
acerqué de nuevo y le desabroché el cinturón.
Con la yema de sus dedos, empezó a recorrer mi espalda con
delicadeza, deslizando sus manos desde la base de mi cuello a lo
largo de mi columna. Cuando llegó al broche del sujetador, lo
desabrochó sin ningún problema, dejando claro que tenía mucha
experiencia.
Con cada caricia suya, un nuevo cosquilleo se iba formando
en mi bajo vientre, y de ahí iba mandando pequeñas corrientes a
mi zona más íntima.
Cogió ambos tirantes y los deslizó por mis brazos, era
innegable que me estaba haciendo sentir cosas maravillosas. En
un principio, cuando decidí quedar con él, no imaginaba que
fuera a tener tanto cuidado ni que me tratara con la ternura que
estaba demostrando.
Como estábamos en desventaja en cuestión de ropa, decidí
desabrocharle el pantalón, tenía la intención de ir más allá de lo
que él había hecho hasta ese momento. Así que, al desabrocharle
el pantalón, me arrodillé frente a él y comencé a deslizar los
laterales del pantalón por sus piernas, llevándome también el
bóxer en el proceso.
No os voy a mentir, y puedo asegurar que Gonzalo estaba
muy bien dotado; no era algo desmesurado, pero definitivamente
iba bien servido.
Empecé a pasar la punta de la lengua por encima del vello
púbico, y en el momento que hice contacto con él, su abdomen
se contrajo y dejó escapar un jadeo que me encendió por
completo.
—Joder… —dijo cuando dejé un reguero de besos mientras
recorría toda su longitud.
Llevó las manos a mi pelo y lo cogió en su puño, sin ejercer
demasiada fuerza ni tirar de él. Empecé a recorrer con mi lengua
toda su erección, y al llegar al glande, lo envolví con ella antes
de introducirlo en mi boca. Comencé a mover la cabeza hacia
arriba y hacia abajo, y al llegar a la punta, aplicaba una ligera
succión. Esto provocaba que Gonzalo no pudiera contener sus
gemidos y gruñidos de placer.
—Victoria… me estás matando —dijo gruñendo.
—Espero que sea una muerte muy placentera —susurré.
—Si me dieran a elegir cómo que me gustaría morir, no
dudaría en decir que con tu boca rodeándome como lo estás
haciendo ahora. —Yo seguía subiendo y bajando mientras que él
iba hablando.
Agarró un poco más fuerte mi pelo y empezó a dirigir los
movimientos, mientras sus caderas iban al encuentro de mi boca
y viceversa.
De pronto, me hizo parar y se apartó un poco para que
pudiera ponerme de pie. Con un movimiento rápido, me quitó
las braguitas. Me pidió que apoyara un pie en el asiento del sofá
y, acto seguido, se arrodilló frente a mí.
Cuando su lengua hizo contacto por primera vez, una oleada
de sensaciones me recorrió de pies a cabeza, y sin poder
contenerme, se me escapó un gemido que brotó desde lo más
profundo de mi ser.
Joder, hacía tanto tiempo que no me tocaba un hombre, que
hasta se me había olvidado lo que era que te hicieran sentir todas
estas sensaciones.
Incliné la cabeza hacia abajo para verle entre mis piernas y,
como hizo él, llevé mis manos a su pelo donde lo cogí con
fuerza y lo acerqué más a mi vagina.
Con dos de sus dedos, separó mis labios vaginales y fue
entonces cuando se adentró en mi sexo. Su lengua recorría el
camino desde el clítoris hasta la entrada de mi vagina, solo para
regresar al clítoris, donde lo atrapaba suavemente entre sus
dientes antes de succionar con intensidad. No le hizo falta ni
penetrarme con los dedos para llevarme directa a un mundo
lleno de colores, provocando en mí un orgasmo tan intenso que
no podía recordar haber experimentado algo similar antes.
Se puso en pie y, tras sacar un preservativo de un cajón en el
mueble del salón, se acomodó en el sofá. Me hizo sentarme a
horcajadas sobre él, y con mi mano, cogí su pene y lo fui
guiando lentamente hacia el interior de mi vagina.
Fui descendiendo lentamente, intentando ajustarme a su
tamaño, Dios, después de esto me iba a resultar difícil no desear
otra noche así con Gonzalo. Me estaba haciendo sentir increíble,
no solo en el aspecto sexual, sino también por la forma en que
me había tratado durante toda la noche.
—Ahh… ¡¡Dios!! —Eché la cabeza hacia atrás y solté un
suspiro de placer.
—Princesa, aquí no hay más dios que el que tienes dentro de
ti ahora mismo. —Mira que era vanidoso.
—Aún no puedo creer que seas como un dios —le susurré
mientras le daba un suave beso en el cuello.
—Creo que antes te lo he demostrado, y solo ha sido con la
lengua. —Ancló sus manos en mis caderas y empezó a dirigir
mis movimientos, mientras sus caderas se movían en sincronía
con las mías.
—Joder… Gonzalo, por lo que más quieras no pares. —Cada
vez se iba clavando más profundo y fuerte en mí.
De vez en cuando rotaba mis caderas y con eso pude
comprobar que ese movimiento le encantaba.
Unas cuantas penetraciones más le bastaron para llevarme de
nuevo a otro orgasmo aún mayor que el anterior, el cual me hizo
cerrar los ojos con fuerza por todo lo que me hizo sentir.
Conmigo en brazos y sin salir de mi interior, se levantó, dio la
vuelta al sofá y me apoyó en el respaldo, por lo que Gonzalo
quedó de pie entre mis piernas.
—Agárrate al sofá, porque ahora va a ser mucho más intenso
—tras decir eso, se retiró de mi interior poco a poco.
Cuando estaba a punto de salir, me sorprendió con una
embestida intensa y desde ese instante no disminuyó la
intensidad en ningún momento. Cada penetración y cada
embestida nos envolvieron en una ola de placer que se sentía
como una verdadera locura.
—Gonzalo… —No podía ni hablar.
—Jesús… Victoria… —Estaba jadeando por el esfuerzo que
estaba realizando, pero qué resistencia tenía este hombre, por el
amor de mi vida.
Cuando llegué a mi tercer orgasmo de la noche, le clavé los
dientes en el hombro para evitar gritar con fuerza, y con dos
embestidas más, él también llegó a su clímax.
Apoyó la frente en mi pecho mientras cogía un poco de aire.
—Si llego a saber que esto iba a ser así, hubiera insistido más
en que quedáramos —dijo sonriendo.
—Te aseguro que, si lo hubiera sabido yo, te hubiera dicho
que sí mucho antes. —Pasé las manos por sus hombros y lo
abracé, porque, aunque no fuéramos a tener una relación
sentimental, no significaba que no pudiéramos ser cariñosos.
Salió de mi interior y me ayudó a ponerme en pie. Luego, nos
dirigimos al baño y compartimos una ducha, disfrutando del
momento juntos. Después de eso, nos metimos en la cama,
completamente desnudos, sintiendo la calidez de nuestros
cuerpos.
Gonzalo decía que así era mejor, por si en mitad de la noche
queríamos volver a follar como locos, que no tuviéramos barreas
que lo impidieran.
Al final, tenía razón, y no estaba exagerando en absoluto; de
hecho, era todo lo contrario. Cada vez que me aseguraba que a
su lado iba a vivir momentos inolvidables, se quedaba corto en
sus promesas.
No se equivocó al decir que la ropa sobraba, porque esa
noche lo volvimos a hacer.
✤ ✤ ✤
Victoria
Como hoy me tendría que escapar un rato del trabajo para ir a
la entrevista, decidí vestirme un poco más elegante de lo
habitual. No es que normalmente fuera mal vestida en la oficina
con María, pero hoy quería ir un poquito mejor.
Opté por unos pantalones de vestir que son un poco más
modernos, ajustados y que llegan justo por encima del tobillo,
en un tono beige que me encanta. Para complementar, elegí una
camisa entallada en un suave color rosa pastel y unos zapatos de
tacón fino en marrón, que combinaban perfectamente con el
cinturón.
Me hice una coleta alta, bien tirante, y opté por un maquillaje
ligero, como siempre, ya que prefiero verme natural. La verdad
es que me encantó lo que vi en el espejo; sí, el resultado final me
encantó.
Como ya os había dicho, soy una mujer con un cuerpo
normalito, pero después de pasar ese fin de semana con
Gonzalo, algo había cambiado en mí. No sé exactamente qué
hizo, pero gracias a él estaba empezando a quererme un poco
más y valorarme de una manera que antes no había hecho. La
verdad es que estar con Gonzalo me había venido bien en todos
los sentidos, y creo que ya sabéis a qué me refiero.
Llegué al bar de Gonzalo y entré para coger los cafés. No
quise detenerme en casa para tomarme uno, ya que esa mañana
prefería evitar a mi madre, quien tiene la habilidad de
absorberme la energía por completo.
Por eso salí de casa un poco antes, con la intención de tomar
el primer café en el bar. Después, me llevaría un par más: uno
para María y otro para mí.
—Buenos días. —Canturreé al entrar.
—Ahora sí que lo son —dijo un camarero jovencito que tenía
Gonzalo en plantilla.
—Niño, tú a lo tuyo —le riñó Gonzalo en plan broma.
—Jefe, que no he dicho nada malo, solo que al entrar ella, ya
sí son buenos días. —Este niño apuntaba maneras, y en unos
años lo veía igual que Gonzalo—. Victoria, todos los días vienes
muy guapa, pero hoy estás que te sales —me piropeó con todo
su arte.
—Nada, que el niño no me hace caso. —Movió la cabeza de
forma teatral—. Princesa, el niño tiene razón, estás preciosa. —
Como vio que me había sentado en un taburete de la barra, se
sentó en uno a mi lado—. ¿Cómo tan temprano por aquí?
—Me he quedado sin café en casa, así que he venido para
tomarme uno tranquilamente antes de entrar a trabajar. —Me
encogí de hombros.
—¿No será que me echabas de menos? —Le di un manotazo
en el brazo riendo.
—No seas engreído. —Me acerqué un poco más a él—.
Tampoco eres para tanto —le dije cerca del oído para que solo
lo escuchara él.
—Eso ha dolido. —Se llevó la mano al corazón de forma
exagerada—. Pero como sé que lo dices de broma, te lo voy a
dejar pasar. —Se levantó y me dio un beso rápido en los labios
—. Eso para que aprendas que no se debe mentir.
En un principio me quedé un poco congelada en el sitio, pero
después reaccioné riendo. Este hombre no iba a cambiar nunca.
Se fue hacia dentro de la barra para hacerme el café, porque
sabía que el que me gustaba era el que él me preparaba.
—Aquí tiene su café, la señoría —dijo poniéndolo delante—
¿Cómo se te presenta el día? —Apoyó los brazos en la barra y se
inclinó un poco sobre ella para hablar un rato conmigo.
—Con María en la oficina, supongo que será como casi todos
los días: unos con más trabajo y otros un poco más relajados. A
las doce tengo la entrevista; supongo que al ser una empresa tan
grande, me la hará alguien de Recursos Humanos. —Me encogí
de hombros—. Por la tarde toca hacer la compra y volver a casa.
Mi vida es muy aburrida, como ya sabes.
—Victoria, dejando de lado las bromas, si tú quieres, puedo
alquilarte la habitación que me sobra. —Me cogió la mano por
encima de la barra—. Y digo alquilar, porque de otra manera ni
te lo pensarías.
—Te lo agradezco de todo corazón, pero no creo que sea
buena idea. —Di un sorbo al café.
—¿Por qué? Sabes que en mi casa puedes vivir cómodamente
hasta que encuentres algo acorde a tu situación.
—Sé que me lo ofreces de corazón, pero no voy a invadir tu
intimidad. —Forcé una sonrisa.
—No creo que a mi intimidad le importe demasiado que la
invadas, es más, a ella creo que le gustaría mucho. —Me guiñó
un ojo—. Ahora en serio, que vengas a casa, no quiere decir que
haya nada entre nosotros, y lo sabes. Solo te la ofrezco porque
no quiero que lo sigas pasando mal en casa con tu madre.
—Por ahora voy a seguir como estoy. De todos modos,
últimamente está mejor la cosa. —Lo agradecía de verdad, pero
no me podía ir a su casa—. Así que nos quedamos como
estamos y todo nos irá mejor.
—Como quieras, pero sabes que siempre tendrás las puertas
abiertas.
—Lo sé, muchas gracias por todo, Gonzalo. Y ahora los otros
cafés antes de que María tenga que venir a buscarme.
Le pagué los cafés y me dirigí a la oficina. Coincidí con
María en la entrada.
—¿Se te han pegado las sábanas? —Le tendí el vaso.
—Uff, esta mañana Pedro no me dejaba salir de la cama —
dijo entre risas.
—Suficiente, eso no es información relevante, no necesito
saberlo. —Me tapé los oídos en plan broma.
—¿Cómo que no es información relevante? ¿Entonces cómo
piensas aprender, chiquitina? —Se notaba que el marido la había
hecho feliz esa mañana, porque la puñetera venía con ganas de
cachondeo.
—Creo que en ese ámbito sé defenderme muy bien y, si no es
así, siempre la pareja que tenga en ese momento me puede
enseñar. —Me senté detrás de mi mesa—. Cambiando de tema,
una de las empresas me contestó el sábado y me van a
entrevistar hoy a las doce.
—Y ¿quién te dice que puedes ir a esa hora? —dijo toda
sería, pero a mí no me la daba—. Es broma, sabes que te puedes
coger el tiempo que necesites, vamos, como si te tuvieras que
coger el día completo.
—Sabía que no iba a tener problemas contigo, por eso no les
he dicho nada sobre cambiar la hora. Aunque, sinceramente,
dudo que si se lo hubiera pedido, lo habrían hecho.
—¿Y cuál de ellas te ha contestado? —Como le había dicho
todas las empresas donde había echado el currículum y les
estuvimos echando un vistazo por Internet, pues las conocía a
todas.
—Me ha contestado la de Londres, esa de tecnología puntera.
—¿En serio? Pero si esa es la mejor de todas las que hemos
visto. —Se notaba que se alegraba mucho por mí.
—¿Te imaginas que me contratan? No me quiero hacer
muchas ilusiones, pero sería una gran oportunidad para mí.
—Ojalá te escojan, porque se llevarían a una gran trabajadora
y, lo que es más importante, una gran persona. —Sabía que lo
pensaba de verdad—. Cambiando de tema, ¿cómo te ha ido este
fin de semana con Gonzalo? ¿Es tanto como él presume?, o ¿le
falta mucho para llegar a ese nivel?
—Para el carro que te has embalado, de una en una, por favor.
—No pude contener la risa, ya que había tomado impulso
haciendo preguntas—. Respondiendo a la primera, te diré que
me lo he pasado muy muy bien. Y respecto a la segunda, puedo
asegurarte de que es tal como presume, e incluso más; realmente
se queda corto. En cuanto a la tercera, no le falta para llegar a
ese nivel, es todo lo contrario, le sobra y con creces.
—Vamos, lo que se dice comúnmente, que te ha dejado con
las piernas temblando. —Nos reímos a carcajadas—. ¿Y vas a
seguir quedando con él?
—Por ahora no hemos hablado de eso. Solo lo hemos pasado
muy bien y cuando a ambos nos apetezca, pues lo
comentaremos.
Nos pusimos cada una con nuestras tareas del trabajo. Yo, de
los nervios que tenía por la entrevista, no paraba de mirar el
reloj cada dos por tres. Sin embargo, había un aspecto positivo:
nuestra oficina estaba en una ubicación muy céntrica, y la
empresa a la que debía dirigirme quedaba a poca distancia de
allí.
—María, me voy, quiero llegar con tiempo —dije cogiendo el
bolso.
—Mucha suerte, cariño. Aunque estoy segura de que lo vas a
conseguir —me animó.
—Ojalá, aunque me dolería irme por ti, porque una jefa como
tú no la voy a tener en otro sitio.
—Bueno, dejaría de ser tu jefa, pero nunca tu amiga y
hermana de corazón. —me emocionaban sus palabras.
—Si salgo pronto, nos vemos aquí antes de parar a comer, si
se hace tarde, nos vemos después.
Salí de la oficina después de despedirme de ella, sintiéndome
un poco nerviosa, pero al mismo tiempo, con mucha ilusión. No
sé cómo explicarlo, pero había algo en el aire que me daba una
sensación positiva.
Capítulo 6
Victoria
Aquí estaba, frente a las puertas de esta imponente
delegación. Me acerqué para entrar y me abrió la puerta un
portero uniformado. Con un gesto de cabeza, me indicó que me
dirigiera al mostrador. Una vez allí, tenía que dar mis datos, y
ellos me informarían sobre a qué planta debía dirigirme.
—Buenas tardes —le dije a una chica que había tras
recepción—. Tengo una entrevista a las doce para el puesto de
secretaria de dirección.
—Buenas tardes —me contestó con voz dulce y una sonrisa
—. ¿Me dice su nombre, por favor?
—Victoria Beltrán.
—Encantada, señoría Beltrán. Mi nombre es Anabel.
—Gracias, igualmente.
—La entrevista es en la quinta planta, pero te aviso que va
con un poco de retraso.
—De nuevo, muchas gracias. —Me despedí de Anabel y me
dirigí hacia el ascensor.
Al bajarme de él, vi que había otro mostrador donde había
otra chica detrás de él. Me acerqué y le dije lo mismo que a la
primera. Esta también me dijo que iba con un poco de retraso,
que por favor tomara asiento y que si necesitaba cualquier cosa,
no dudara en decírselo.
Victoria: María, esto va lento, por lo que me han dicho, va
con un poco de retraso.
Victoria: Pues por hoy, podrías ser creyente y rezar por mí,
tampoco te va a costar mucho. —Más risas.
María: Sí, ese que tú decías que era el más guapo que habías
visto en tu vida.
Victoria
Llegué a la oficina y, como me pasó por la mañana, pillé justo
en ese instante a María abriéndola.
—Hola. ¿Qué tal te fue? —Quiso saber.
—Cuando te lo cuente, vas a flipar. —Entré con ella delante
de mí.
—Pues ya sabes, empieza y no te dejes nada atrás. —Se
dirigió a su mesa y yo a la mía.
Se lo conté todo, desde el encontronazo que tuve con Oliver
el viernes por la noche, pasando por la entrevista y
posteriormente por el adonis que me tenía loca. Bueno, eso se lo
había comentado por mensaje, pero de todos modos, se lo volví
a contar.
—¿Me estás diciendo que el tío al que le trincaste los huevos
es el vicepresidente de esa empresa y el que te hizo la
entrevista? —asentí con la cabeza. Y la muy hija de su madre
por poco se mea de la risa— Esto se lo tengo que contar a Pedro.
Victoria, hija, lo que no te pasa a ti no le pasa a nadie. —No
podía parar de reír—. ¡Ay, qué bueno!, ja, ja, ja.
—¡Vale ya! —Fingí indignación—. O sea, que de no haber
visto en mi vida a ese hombre a verlo dos veces seguidas —
resoplé.
—Y el adonis, como tú lo llamas, ¿no sabes qué es lo que
pinta allí?
—Pues no, hija. Solo sé que estuvo un rato dentro del
despacho. Como comprenderás, no le iba a preguntar a Oliver
quién era.
—Pues no hubiera estado mal, así hubieras salido de dudas.
—Eso, tú sigue cachondeándote.
Me puse con la redacción de unos informes que había que
pasar a limpio, pero seguía escuchando las risas de María. Y si
ella se estaba riendo con ganas, no me quería ni imaginar lo que
se reiría Gonzalo, porque ese era mucho peor que ella.
Un rato después se calmó, por lo que también se puso ella con
el trabajo. Era media tarde y todavía nos quedaba hora y media
para salir de trabajar cuando María me habló de nuevo.
—Victoria, ¿por qué no te acercas al bar de Gonzalo a por dos
cafés? Te juro que hoy, estoy que me caigo de sueño.
—A ver si le dices a tu marido que te deje dormir por las
noches —hablé—. Y no, hoy no voy al bar, porque como vaya y
le cuente a Gonzalo lo que ha pasado, se va a reír mínimo una
semana entera a mi costa. Así que si quieres café, vas tú a por él.
—¡Qué exagerada eres, por Dios! —Se levantó y cogió su
cartera para ir al bar.
Quince minutos después entraba por la puerta acompañada de
Gonzalo, que traía él mismo los cafés, y por la risa contenida
que le estaba viendo, ya sabía que la otra se había ido de la
lengua.
—Shhh, como te rías en mi cara, te capo. —Lo señalé con el
boli que tenía en la mano.
—Mujer, que solo he venido a verte. —Menuda mentira
acababa de soltar.
—Claro, y yo soy monja.
—Pues si eres monja, el fin de semana pasado pecaste, y
mucho. —Le tiré el boli a la cabeza, pero fallé.
—Calla, bruto. —Puse los ojos en blanco.
—¿Qué tal te ha ido con tu amigo? Ya me ha contado, María,
tu nueva experiencia laboral. —Se acercó y puso el café sobre
mi mesa.
—Que sepas que la culpa es tuya. —Lo señalé con el dedo.
—¿Mía? —Se señaló a sí mismo.
—Sí, tuya. Si me hubieras llevado a otro local, esto no
hubiera pasado. —Entrecerré los ojos.
—Mira, no sabía que tenía que ser adivino. La próxima vez lo
tendré en cuenta.
—Pues ya sabes, para la próxima, lo que tienes que hacer.
—Mmm… ¿Me estás diciendo que vamos a tener una
próxima? —Ronroneó cerca de mí, pero en plan de cachondeo.
—Si no estuviera casada, hasta yo me presentaba voluntaria,
Gonzalo —dijo toda resuelta María. Los demás sabíamos que lo
decía de broma, porque ella estaba muy enamorada de su
marido.
—Que no te escuche Pedro, que ese es capaz de ponerme un
ojo morado —comentó de forma teatral.
La verdad es que no podía estar rodeada de unos amigos
mejores que estos. Por la madre que tenía, de pequeña, nunca
tuve muchos amigos porque me daba vergüenza que vinieran a
mi casa, y conforme fui creciendo, me fui encerrando más en mí
misma.
Hasta que tuve la suerte de conocer a María, Pedro y el loco
de Gonzalo. Los tres eran mis pilares de contención, mi refugio
y mi fortaleza para salir hacia delante.
Gonzalo se marchó para seguir con su bar y nosotras nos
pusimos con nuestras cosas. Cuando llegó la hora de salir, nos
despedimos hasta el día siguiente
De camino a casa, como casi siempre, paré en el
supermercado, porque si no era yo la que hacía la compra, no
comeríamos nada.
—¡Mamá! —la llamé al entrar, no recibí respuesta alguna—
¡Mamá, ya estoy en casa! —la volví a llamar.
Me resultó raro que no me contestara, más que nada porque
sabía que ella me había estado llamando, y eso solo significaba
que quería algo de mí.
Al pasar por el salón, vi que faltaba la tele, y ya solo con eso
me puse a temblar. Con pasos rápidos, empecé a revisar el resto
de las habitaciones, pero no estaba en ninguna. Dejé mi
habitación para el final, y al abrir la puerta, el mundo se me vino
encima.
El portátil que siempre lo tenía encima del escritorio no
estaba, todos los cajones estaban revueltos, la ropa desperdigada
por toda la habitación. Hasta un joyero que tenía escondido en el
fondo del armario estaba abierto en mitad del suelo.
Caí de rodillas llevándome las manos a la cara, porque no me
hacía falta nada para saber que había sido ella la causante de
todo esto. Me lo había quitado todo, con deciros que incluso se
había llevado ropa y zapatos.
Esto había sido el colmo, ya no pensaba perdonarle nada más,
de verdad que por mucho que intentara comprenderla, no
lograba hacerlo.
Entendía que fue madre muy joven y que siempre estuvo sola
en ese camino, pero también tuvo la opción de no tenerme y
decidió seguir adelante. También podría haber optado por
entregarme en el mismo hospital e incluso hubiera entendido
que me dejara en la puerta de una iglesia o alguna casa, pero
esto no.
Esto no era vida que le pudieras dar a un hijo, no se merecía
ni que la llamaran madre, ese nombre le quedaba muy grande a
ella.
Lo poquito que tenía en el joyero me lo había comprado
durante muchos años y muy poco a poco. No vayáis a pensar
que tenía gran cosa, porque desde ya os digo que no.
Dios, ¿y ahora cómo seguía hacia delante? No me quedaba
casi dinero en la cuenta.
Sentía que me asfixiaba, tenía un nudo enorme que me
oprimía el pecho. ¿A quién acudía yo ahora? ¿De qué me iba a
valer denunciarla? ¿Por qué había hecho esto? Eran tantas
preguntas que se me pasaban por la cabeza, pero para ninguna
tenía respuestas.
Bueno, para la última sí que la tenía, todo esto lo hacía
porque era alcohólica desde hacía muchos años. Antes, más o
menos se controlaba algo, pero de un tiempo a esta parte, ya ni
siquiera intentaba disimularlo.
Muchas veces pensaba que lo hacía para que definitivamente
me fuera de la casa y así ella poder hacer lo que quisiera con
ella. Lo digo de corazón, por mí se la podía meter por el culo.
Como si me tenía que ir a vivir debajo de un puente, pero que
hoy mismo me iba de aquí, estaba más que claro.
Con las manos temblándome, llamé a María, porque no sabía
a quién más llamar. Era consciente de que Gonzalo me había
dicho que me podía ir a la suya, pero no quería irrumpir en su
vida y trastocársela por completo.
Me senté a los pies de la cama, pero en el suelo, abrazándome
las rodillas e hice la llamada.
—Dime corazón. —Se escuchaba ruido de fondo.
—María…
—Victoria, ¿qué te pasa? ¿Por qué estás llorando? —Mi
respiración era entrecortada, porque el llanto no me dejaba
respirar con normalidad.
—María, necesito que vengas a mi casa urgente, por favor.
—Estoy en el bar de Gonzalo con Pedro, vamos ahora mismo
para allá.
Sin más, me colgó el teléfono. Tenía claro que lo había hecho,
porque se había puesto nerviosa al oírme llorar de esta manera.
Sabía que en menos de diez minutos estaría aquí con su marido.
No me moví del sitio, total, María tenía unas llaves de mi
casa, ya que se las di por si algún día pasaba algo. Apoyé mi
cabeza en las rodillas mientras seguía rodeándolas con mis
brazos.
—¡Victoria! —me llamó gritando.
—En mi habitación. —Escuché varios pasos subir corriendo.
—Cariño…— Hasta ella se había quedado sin habla al ver el
estado en el que me encontraba yo, y en el que estaba mi
habitación.
Levanté la mirada para verla y me encontré que detrás de ella
estaban Pedro y Gonzalo. Por lo visto, este último, al escucharla
hablar con su marido, dejó el bar en manos de sus camareros y
se vino con ellos.
Al ver a mis tres pilares juntos y pendientes de mí, el llanto se
hizo más fuerte y desgarrador.
—¿Han entrado a robar? ¿Estás bien? —Gonzalo sabía la
gran mayoría de cosas sobre mi madre, pero a él no se lo había
contado todo.
—Ha sido su madre, Gonzalo —le respondió María por mí.
Se acercó a mí, me ayudó a levantarme del suelo y me sentó
en el borde de la cama, rodeándome con sus brazos en un intento
de darme consuelo. Apoyé mi cabeza en su pecho y me dejé
llevar por la calma que me ofrecía.
—Victoria, recoge lo que necesites, que nos vamos a casa, no
te quedas aquí ni un solo día más —dijo con rotundidad Pedro.
Mi amiga ya estaba de un lado para otro, recogiendo toda la
ropa que iba viendo.
—Ella, se viene a mi casa, sabe que allí tengo una habitación
vacía —habló Gonzalo.
—No, Gonzalo, me voy con ellos, no quiero molestarte. De
todos modos, mañana mismo me pongo a buscar lo que sea,
porque tampoco quiero molestarles a ellos.
—Esto no es discutible, princesa. Ni a ellos les molestas y a
mí, mucho menos, pero te vienes a mi casa.
María iba recogiendo todo lo que iba encontrando a su paso,
pero sin dejar de soltar maldiciones.
—Pero mira que es hija de puta, ¿cómo puede hacerle esto a
su propia hija?
—Porque no la ha querido nunca. Por no querer, no se quiere
ni a sí misma —le contestó su marido bastante cabreado.
Entre los cuatro lo recogimos todo, porque no pensaba volver
a pisar esta casa en mi vida. Para mí, mi madre había muerto
hoy. Por muy mal que sonara esto, a veces era mejor apartar a
las personas como ella.
Porque si en treinta y un años no había cambiado, no lo haría
nunca. Ya estaba bien de intentar luchar por una madre que
había sido toda su vida como una desconocida para su propia
hija.
A veces tenemos que soltar por mucho que nos duela, porque
si no lo hacemos, el dolor es mucho más intenso y profundo, no
permitiéndote avanzar para alcanzar esa vida con la que has
soñado siempre.
Por eso no iba a permitir que me hiciera más daño, ya se
terminó el sobrevivir, ahora me tocaba vivir, pero vivir de
verdad y no con el miedo de pensar qué sería lo próximo que me
iba a encontrar.
Cuando terminamos de recoger todo, salí de esa casa sin
mirar atrás. No le dejé ni una nota, cuando se le pasara la
borrachera, ya se daría cuenta de lo que había hecho y de que
me había ido de su vida para siempre. A partir de ahora, era libre
para hacer lo que le diera la gana, aunque siempre lo había sido,
porque lo que yo le decía le entraba por un oído y le salía por el
otro. Pues bien, ya no tendría que escucharme más.
Capítulo 8
Victoria
María y Pedro también vinieron a casa de Gonzalo porque,
después de salir del bar, se fueron los tres en el coche de Pedro,
así que tenían que llevarnos ellos. Tan pronto como llegamos,
descargamos todo y empezamos a meter las cosas en casa.
Gonzalo le pidió a Pedro que lo llevara al bar de nuevo para
que pudiera coger su coche y avisar a sus trabajadores que esta
noche tendrían que cerrar ellos el bar.
Así que, mientras ellos se iban y volvían, María se quedó a mi
lado y entre las dos fuimos colocando todas mis cosas en la
habitación de invitados. La verdad es que era muy bonita, tenía
una cama de matrimonio con el cabecero de forja, y tanto las
mesitas de noche como el resto de los muebles eran de color
blanco.
Gonzalo tenía una casa realmente bonita y bien cuidada, pero
eso es algo que ya sabéis, porque cuando estuve aquí por
primera vez, os lo comenté.
—Todavía no me entra en la cabeza que tu madre haya hecho
algo así. —Era normal que costara entenderlo.
—Es fácil, desde hace un tiempo está peor con la bebida.
—¿Por qué no me habías dicho que la cosa se había puesto
peor?
—¿Para qué? ¿Para que te preocuparas más todavía?
—Victoria, ¿cuándo vas a darte cuenta de que no estás sola?
—Se acercó a mí y me cogió mis manos, llevándome hacia el
borde de la cama para que nos sentáramos—. Nos tienes a Pedro
y a mí a tu lado, lo sabes, te queremos mucho y haríamos
cualquier cosa por ti.
»Eres parte de nuestra familia, una familia que no tiene la
misma sangre, lo que la hace aún más especial, porque es una
elección nuestra y no algo impuesto por el destino. Esa es la
mejor que se puede tener. —Le tembló la voz al hablar—. Ahora
también tienes a Gonzalo, por favor, no te encierres tanto en ti
misma. Sé que toda tu vida te has sentido sola, pero eso ya no
tiene que ser así.
Todo lo que dijo lo sabía más que se sobra, pero la forma en
que lo expresó, con tanto sentimiento, y en un momento en el
que me sentía tan vulnerable, me conmovió más de lo que
esperaba.
—No quería preocuparte, María. Tienes tu vida con tu
marido, ¿sabes cómo me siento cada vez que te cuento una de
mis penas porque no puedo más? Te lo voy a decir, me siento
avergonzada, vulnerable y siento pena de la vida que he llevado
por culpa de una madre egoísta.
—Cariño, no digas esas cosas. En la vida de mi marido y mía,
estas tú, ya que eres parte de nuestra vida.
Los chicos llegaron justo cuando nosotras habíamos
terminado de colocarlo todo, y como se había hecho tarde,
María y Pedro se quedaron a cenar en casa a petición de
Gonzalo.
Me sentí muy aliviada de tenerlos a todos allí, puesto que
hicieron un gran esfuerzo por sacarme más de una sonrisa.
Durante la cena, lograron hacerme olvidar todos mis problemas,
y es que no podían ser mejores de lo que eran.
Si no los tuviera en mi vida, no sabría qué habría sido de mí.
Antes de irse, María me sugirió que me tomara el día libre
mañana. Aunque no tenía intención de hacerlo, no se lo dije,
porque sabía que no dejaría de insistir.
A lo largo de la noche, intenté hacerme la fuerte delante de
todos, pero en cuanto me metí en la ducha, la fachada se
desmoronó. Me hice un ovillo bajo el chorro de agua que caía
por la alcachofa, dejando que las lágrimas fluyeran junto con el
agua, y en ese momento, me prometí que nunca más volvería a
llorar por mi madre.
Fue entonces cuando Gonzalo entró en el baño; al verme de
esa manera, me ayudó a ponerme en pie, me envolvió con una
toalla y me llevó a mi habitación.
Estando en ella, me hizo tumbarme, me pidió que me
tumbara, y él hizo lo mismo detrás de mí. Simplemente, me
envolvió en sus brazos, y en ese instante no hicieron falta
palabras; su fuerte agarre me bastó para sentirme en paz y
reconfortada.
—Evita que piense —dije mientras me daba la vuelta para
mirarlo directamente—. Solo ayúdame a olvidar, por favor. —Él
me observó detenidamente durante un instante, como si
estuviera sopesando mis palabras.
—¿Estás segura? No quiero que mañana te arrepientas o
pienses que me aprovecho de la situación. Quiero que cuando te
acuestes conmigo lo hagas porque de verdad te apetezca. —Me
acaricio suavemente la mejilla con el dorso de la mano.
—Me apetece. —Me acerqué despacio a sus labios y posé los
míos esperando a que diera el paso.
—No puedo decirte que no, Victoria. Siempre me has
parecido increíblemente atractiva y, después de todo el esfuerzo
que he puesto en conquistarte, no voy a rechazarte. No soy de
piedra, pero sí que pones cierta parte de mi anatomía como una
piedra. —Soltamos los dos una gran carcajada—. Ahora vuelvo.
—No me dio tiempo a preguntarle dónde iba, cuando ya estaba
de vuelta moviendo entre sus dedos unos cuantos preservativos.
—¿Pero cuántas veces tienes intención de que lo hagamos?
—dije incrédula por la cantidad de condones que traía.
—Las que nos apetezcan —contestó con una sonrisa de pillo.
Mientras se dirigía hacia la cama, se fue quitando la ropa, y
cuando finalmente llegó a mi lado, ya estaba completamente
desnudo y con su erección mirándome de frente.
Se tumbó sobre mí, obligándome a abrir las piernas para
poderse posicionar entre ellas, empezando a mover sus caderas,
de manera que la fricción entre nuestros sexos encendiera una
llama intensa en mi interior.
Con delicadeza, fue dejando un reguero de besos desde mi
frente, mi nariz y ambos ojos, hasta que finalmente sus labios
encontraron los míos, introduciendo su lengua en mi boca. En el
momento en que nuestras lenguas hicieron contacto, se desató
un beso ardiente y abrasador, llevándonos a un estado de lujuria
imparable.
Se acomodó sobre sus rodillas para ponerse el preservativo,
pero, anticipándome a su movimiento, se lo quité de las manos
para ponérselo yo misma.
—Victoria, vas a hacer que me corra antes de tiempo, Dios,
qué manos tienes, hija —susurró entre jadeos.
Me dejé caer de espaldas sobre la cama, y él volvió a
posicionarse entre mis piernas. Con firmeza, agarró mis manos y
las llevó por encima de mi cabeza, haciendo que me aferrara a
los barrotes del cabecero de la cama.
En esa posición, comenzó a penetrarme con una lentitud
exquisita. Cada movimiento era deliberado, como si el tiempo se
detuviera a nuestro alrededor. Su cabeza se inclinó hacia mí, y
sus labios comenzaron a explorar mi piel, mordisqueando
suavemente mi mentón, deslizándose por mi cuello y hombro,
hasta llegar a mi pezón, mientras sus caderas se movían con un
ritmo pausado, un vaivén que se convertía en una deliciosa
tortura.
Mis piernas se enroscaron alrededor de su cintura, instándolo
a que acelerara el ritmo, mientras mis pies se cruzaban en su
espalda, empujándome hacia él para que sus penetraciones
fueran más profundas.
Se incorporó, quedando sentado sobre sus pantorrillas, y me
llevó con él, posicionándome sobre su cuerpo. Ahora era
Gonzalo quien, con sus manos firmemente colocadas en mis
caderas, me incitaba a moverme con más rapidez.
Puse mis brazos sobre sus hombros y le rodeé el cuello con
ellos, apoyando mi frente contra la suya. Comencé a deslizarme
hacia arriba y hacia abajo sobre su miembro, mientras de vez en
cuando giraba mis caderas, haciendo que mi clítoris rozara su
pubis, provocando que la excitación de ambos aumentara.
—Ah… sigue, preciosa, sigue así. —Tras ese gruñido, me
mordió en el hombro, provocando una oleada de placer que
recorrió cada rincón de mi ser.
Los movimientos se hicieron más rápidos. Estaba tocando el
orgasmo con la punta de los dedos y solo ansiaba poder llegar, y
con ello, sacar todo lo que tenía acumulado en mi interior.
Su agarre se hizo más fuerte, no dudaba de que me quedaría
una marca en las caderas, pero bendita marca.
—Gonzalo… ah… estoy a punto —grité.
Con su ayuda empecé a moverme más deprisa, con mucha
más fuerza. Él, por otro lado, empezó a mover las caderas para
venir a mi encuentro. Cinco penetraciones más nos bastaron
para llegar los dos a un clímax que nos destrozó como la
primera vez que lo hicimos.
Fue muy intenso, tanto, que nos costaba volver a respirar con
normalidad. Me dejé caer hacia atrás y extendí los brazos en
cruz. Él se quitó el preservativo y se dejó caer a mi lado.
—Dios, Victoria. Otro más como este, y muero —dijo entre
resuellos.
—Vaya, y yo que creía que tú eras el gran maestro del sexo.
—Lo soy, lo soy. Pero la alumna me está suponiendo un gran
reto de resistencia. —Me volví hacia él riendo.
—No sé si eso es bueno o malo. —Enarqué una ceja mientras
seguía riendo.
—Te adelanto que es realmente excelente. —Me dio un beso
rápido en los labios.
—Gonzalo —llamé su atención—, te puedo hacer una
pregunta.
—Siempre. —Se puso de lado para mirarme.
—¿Cómo es que nunca te has casado o formado una familia?
—Supongo que, por lo típico, todavía no ha llegado la
persona indicada. —Me acarició el brazo—. Imagino que a ti
tampoco te ha llegado esa persona especial.
—No, tampoco he tenido relaciones duraderas, creo que
nunca he logrado abrirme por completo a la persona que estaba
conociendo.
Es cierto que he tenido mis relaciones, pero siempre han sido
efímeras. Tampoco es que la persona que estuviera conociendo
en esos momentos me removiera nada por dentro.
No puedo negar que, en términos generales, mis parejas, por
así decirlo, me han tratado con respeto y cariño, pero nunca han
logrado tocar las fibras más íntimas de mi ser.
—¿Crees que algún día nos llegará ese alguien especial? —
me preguntó, y me sorprendió mucho, la verdad.
—Vaya, no te tenía por un hombre tan sentimental.
—Oye, que también tengo un corazoncito —dijo haciéndome
sonreír.
—No lo pongo en duda. —Puse mi mano sobre su corazón—.
Lo tienes muy grande y fuerte, porque no todo el mundo es
capaz de hacer lo que tú has hecho por mí.
—Espero que cuando conozca a la mujer de mi vida, si
alguna vez la conozco, sea tan buena como tú. Y que sepas que
lo que he hecho no tiene mérito alguno, solo le he tendido la
mano a una amiga a la que quiero mucho.
—Gonzalo, ¿no crees que es mejor que no nos acostemos
más? —Me miró atentamente—. No es que no lo disfrute, sino
que si nos acostumbramos a esto mientras estoy en tu casa, será
difícil permitir que alguien más entre en nuestras vidas. No sé si
entiendes lo que quiero decir.
—Preciosa, te entiendo más de lo que crees. Si es lo que tú
quieres, por mí no hay problema. —Llevó un dedo a mis labios
y lo fue deslizando poco a poco sobre ellos—. Pero antes, nos
vamos a despedir en condiciones de esto.
Y, efectivamente, nos despedimos, pero lo hicimos de una
manera memorable, repitiendo la experiencia en dos ocasiones
más. Pero con esto marcábamos el cierre definitivo a nuestros
encuentros. En el fondo, sabía que esta decisión era la más
acertada, ya que, aunque lo pasáramos bien, no éramos el uno
para el otro y continuar así solo nos llevaría a una zona de
confort.
Capítulo 9
Victoria
Había transcurrido una semana desde que dejé de vivir en
casa de mi madre y me mudé a la casa de Gonzalo. Desde
aquella memorable noche en la que nos despedimos por todo lo
alto, no habíamos vuelto a tener nada entre nosotros.
La verdad es que la convivencia resultaba sorprendentemente
fácil; me gustaba mucho conocer esta faceta de su personalidad.
Conocía al Gonzalo bromista, pero conocer al hombre íntegro y
de buen corazón, me hizo mirarlo de otra manera mucho más
cercana.
Durante esa semana, mi madre me llamó en numerosas
ocasiones, y como no contesté a ninguna llamada, empezaron a
llegar mensajes que, si bien podían considerarse sutiles, tenían
un tono amenazante. Decidí no compartir esto con nadie y, tras
el quinto mensaje, opté por bloquearla de todos los lados.
En lo que respecta al nuevo trabajo, la falta de noticias me
hizo perder toda esperanza. Sin embargo, al mudarme a casa de
Gonzalo, decidí que mis gastos serían menores. Aunque le diera
dinero a él por vivir aquí, aún podría ahorrar un poco, lo que me
permitiría, en un tiempo relativamente corto, tener un fondo para
poder independizarme.
Sin embargo, el tema de pagarle a Gonzalo siempre generaba
tensiones; él se negaba rotundamente a aceptar un solo céntimo,
pero bueno, ya veríamos lo que pasaba cuando se lo diese por
primera vez.
María, por su parte, se convirtió en un gran apoyo en mi
búsqueda de un nuevo trabajo; hablaba de mí con sus contactos,
con la esperanza de que el boca a boca me brindara alguna
oportunidad.
Como sabía que mi marcha era un hecho, ella también
empezó a buscar a alguien que me reemplazara. Siempre me
consultaba sobre las candidatas que iban viniendo para las
entrevistas, y entre todas las que pasaron, dos nos parecieron las
más adecuadas para el trabajo.
—¿Qué opinas? —me preguntó para saber cuál de las dos me
gustaba más para sustituirme.
—Yo creo que Paula es la más preparada de las dos.
Paula tenía un año menos que yo, y se veía una chica muy
amable. Con una mirada limpia y sincera, aparte de que sus
estudios eran impecables. Para mí, ella parecía ser la candidata
ideal para el puesto, una combinación perfecta de calidez y
competencia.
—Sí, también creo que es la más adecuada. De todos modos,
tengo que hablar con ella y explicarle que, al principio, solo
tiene que venir dos tardes a la semana para que le vayas
enseñando en qué consiste tu trabajo. —Me entregó unas
facturas para que las revisara.
—¿Te encargarás tú de llamarla o prefieres que lo haga yo?
—le pregunté mientras le echaba un ojo a lo que me había
entregado.
—No te preocupes, ya la llamo yo mientras tú sigues con eso.
Mientras estaba absorta entre el mar de facturas que tenía que
revisar, el sonido del teléfono rompió la monotonía de la tarde.
Al mirar la pantalla, y ver un número que no reconocía, me
costó contestar. Podría ser mi madre usando el teléfono de
alguien más, pero también existía la posibilidad de que se tratara
de alguna empresa. La indecisión me invadió, pero la curiosidad
y la necesidad de aclarar la situación me llevaron a contestar. Si
resultaba ser ella, no dudaría en colgar y bloquear ese número de
inmediato.
—¿Diga?
—Hola, Victoria, soy Oliver. —Me levanté de la silla de un
salto de los nervios que me habían entrado.
—Hola, Oliver. ¿Qué tal estás?
—Bien, gracias. Te llamo para darte una buena noticia: has
sido elegida para el puesto. Como me pediste que te avisara con
antelación, aquí estoy. — Hizo una breve pausa—. ¿Sería
posible que empezaras la próxima semana? Sé que es poco
tiempo, pero el señor Carter realmente necesita que empieces lo
más pronto posible. De hecho, si pudieras comenzar incluso
antes de la próxima semana, sería genial.
No podía creer lo que estaba pasando, así que empecé a
hacerle gestos a María, quien iba captando perfectamente lo que
le estaba diciendo.
—Oliver, por favor, ¿me das un minuto y ahora te llamo? Voy
a hablar con mi jefa y así te digo la fecha exacta para empezar
con vosotros. —Iba dando saltos, esto era una oportunidad
enorme para mí.
—Sin ningún problema, me llamas a este número. Hasta
ahora. —Colgó el teléfono y pegué un grito de alegría.
—¡¡María, me han llamado de la multinacional de
tecnología!! Necesitan que empiece cuanto antes —hablaba
superrápido, y es que cuando me ponía nerviosa siempre lo
hacía.
—Ains, Victoria, no sabes cuánto me alegro por ti. —Vino
hacia mí y me abrazó con todas sus fuerzas.
—¿Crees que puedes decirle a Paula que empiece antes? Me
han dicho que necesitan que me incorpore lo antes posible.
—Claro, no hay problema. Puedes quedarte un par de día y
que ella venga esos dos días a jornada completa. Entre las dos le
enseñamos lo básico. ¿Te parece bien?
—Me parece genial. —En el fondo me daba pena irme de
aquí, pero el saber que mi amistad con María no se iba a romper,
hacía un poco más fácil dar este paso—. No tienes idea de
cuánto te voy a echar de menos.
Gracias por ser quien eres conmigo, por haberme acogido con
los brazos abiertos desde el primer momento y por ser mi amiga.
—Hala, ya estaba llorando como una magdalena, pero es que
ella estaba igual, parecíamos dos tontas.
—No seas boba, que, aunque ya no trabajes conmigo, siempre
me vas a tener. Como no quedes conmigo de vez en cuando o no
vengas a verme a casa cuando puedas, me voy a enfadar contigo.
—Se limpió las lágrimas con un pañuelo.
Llamé a Oliver para informarle que tenía que quedarme dos
días más aquí, por lo tanto, podía empezar a trabajar con ellos el
jueves. Acordamos encontrarnos ese día en su despacho a las
ocho de la mañana; aunque mi jornada laboral comenzaba a las
nueve, quería enseñarme un par de cosas antes y, de paso, tenía
que firmar el contrato.
Tras hablar un poco más, colgué la llamada con la sensación
de que mi vida iba a cambiar para mejor, por lo menos
laboralmente.
María quería organizar una cena en su casa, decía que era
para celebrar mi nuevo puesto de trabajo. A mí la verdad me
daba igual el motivo, lo único que deseaba era disfrutar de la
compañía de mis amigos y pasar un buen rato con ellos; eso era
lo que realmente contaba para mí.
A la hora del almuerzo, decidimos ir al bar de Gonzalo para
comer y, de paso, contarle la noticia. Desde que estaba viviendo
con él en su casa, nuestra relación se había fortalecido de una
manera especial, dejando atrás los dos momentos íntimos que
compartimos. A partir de aquella noche inolvidable en la que
tomamos la decisión de no volver a tener relaciones sexuales,
nunca más volvimos a sacar el tema.
—¡Ole, mi niña! —dijo mientras me giraba con un abrazo en
cuanto le dije que me habían cogido— Ya verás qué bien te va a
ir.
—Eso espero. Ahora toca adaptarse a un nuevo estilo de
trabajo, pero voy con muchas ganas y fuerzas.
Le comentamos que María ya había elegido a una chica y que
la conocería cuando viniera a recoger los cafés. Además, María
lo invitó a cenar en su casa, y por supuesto, él no podía faltar a
esa celebración.
Gonzalo se había integrado perfectamente en nuestro pequeño
grupo, y es que había demostrado con creces lo buena persona
que era. Para mí, si antes era alguien muy importante en mi vida,
en los últimos tiempos se había convertido en alguien
fundamental.
Ese día el almuerzo se alargó un poco más de lo habitual, y el
tiempo se nos escapó sin que nos diéramos cuenta, dando como
resultado que abrimos la oficina con una hora de retraso. Por
suerte, no teníamos ninguna cita programada con ningún cliente,
lo que nos dio un respiro.
Abrimos con prisa y nos pusimos a trabajar como locas. Mi
objetivo era dejar casi todo preparado, o por lo menos la mayor
parte del trabajo, para que cuando llegara Paula, le resultara más
fácil adaptarse y no tener que ir a marchas forzadas. Así que en
los próximos días, planeaba darlo todo.
Las horas se nos pasaron volando, y cuando nos quisimos dar
cuenta, ya era la hora de cerrar. Yo quería quedarme un poco
más, pero María se negó rotundamente, así que nos fuimos cada
una a nuestros respectivos hogares. Bueno, en mi caso, me dirigí
al de Gonzalo. Quedamos en vernos a las nueve en su casa para
la cena.
Nada más llegar, decidí ponerme a limpiar un poco. Como
todavía tenía algo de tiempo, quería darle un repaso a la cocina y
al salón. La verdad es que me organicé bien y en menos de una
hora ya tenía todo listo, así que aproveché para darme una
ducha. Quería que cuando Gonzalo regresara del bar, pudiera
ducharse sin tener que esperar.
Dicho y hecho, fue salir de la ducha envuelta en mi albornoz
cuando él entró por la puerta.
—Justo a tiempo —le dije mientras me dirigía a mi
habitación— ¿Todo bien por el bar?
—Perfecto, como siempre. Mientras terminas de arreglarte,
me ducho y nos vamos.
Como íbamos a casa de María y Pedro, no quise arreglarme
mucho, así que solo me puse unos vaqueros ajustados, una
camiseta blanca y unas deportivas del mismo color. El pelo me
lo dejé suelto, ya que no tenía ganas de secármelo con el
secador.
Al salir de la habitación, ya lista, me topé con Gonzalo, quien
me esperaba en la cocina, ya preparado. La verdad es que no
tardé mucho en vestirme, pero este hombre tiene una habilidad
impresionante para arreglarse a la velocidad del rayo.
Yo tenía el carné de conducir, pero nunca me había comprado
un coche. Más que nada, porque con mi sueldo apenas podía
cubrir los gastos de la casa de mi madre y sus vicios, así que
añadir otro no era una opción viable. Sin embargo, tenía muy
claro que en cuanto pudiera, una de mis prioridades sería
comprarme uno. Por eso, nos fuimos en el coche de Gonzalo.
—Hola, hola —dije en cuanto Pedro me abrió la puerta.
Al entrar, le planté un beso y lo dejé saludando a Gonzalo
mientras yo me dirigía a buscar a mi amiga. La encontré en la
cocina, ocupada con la cena, así que sin dudarlo, me uní a ella
para echarle una mano.
—Se me olvidó preguntarte si habías llamado a Paula —dije
mientras cortaba unas zanahorias en bastoncitos para acompañar
el humus.
—Sí, en cuanto llegué a casa la llamé, se puso muy contenta.
Mañana a las nueve de la mañana estará en la oficina. —Estaba
terminando de hacer la salsa carbonara para la pasta.
—No sé por qué, pero esa chica me da muy buena espina.
Los chicos entraron en la cocina y se pusieron también manos
a la obra con la cena y, es que cuando las cosas se hacían en
equipo salían mejor y más rápido.
Cuando tuvimos todo listo, comenzamos a llevar las cosas al
salón, donde pusimos música suave de fondo y nos acomodamos
todos para disfrutar de la comida.
Para empezar, servimos un delicioso surtido de quesos
acompañado de nueces y uvas, sin olvidar los piquitos y
regañadas. También había humus con los bastones de zanahoria
y una ensalada completa, y, por último, una exquisita pasta a la
carbonara. Pedro se había pasado por una confitería y trajo una
tarta de hojaldre rellena de crema, decorada con una variedad de
frutas que la hacían irresistible.
Lo que reímos esa noche no tenía precio, aunque también
hubo momentos en los que me emocioné, especialmente cuando
entre los tres me regalaron un nuevo portátil.
—No teníais por qué hacerlo —dije luchando contra las
lágrimas que tenía acumuladas.
—Claro que sí, te mereces eso y mucho más. Puedes estar
segura de que tu madre no lo venderá. —Y así sería, porque ya
no lo tendría a mano.
—Lo sois todo para mí, os lo digo de corazón. No puedo
imaginar mi vida sin tenerlos a mi lado. —Los fui abrazando
uno por uno.
—Sin lugar a duda, lograrías salir adelante de todas formas,
ya que no hay una persona más luchadora que tú —comentó
Pedro mientras me envolvía en un abrazo.
Victoria
Alaric tenía una apariencia seria, pero era evidente que era un
verdadero experto en el mundo de los negocios. Tenía más que
claro que junto a él iba a aprender mucho.
Si en un solo día ya había descubierto tantas cosas, no me
cabía duda de que con el paso de los días iba a adquirir
conocimientos en áreas que, de trabajar para otra persona, me
llevarían años entender.
Tan ensimismada estaba, que ni cuenta me había dado de que
la hora de la salida había llegado.
—Victoria, puedes dejar lo que estás haciendo y sigues
mañana.
—Uy, no me había dado cuenta de la hora, pero si necesitas
que me quede, no me cuesta nada.
—No, tranquila, esto puede esperar hasta mañana. Que pases
una muy buena noche.
—Igualmente, señor. —Me levanté de la silla y me dirigí al
perchero para coger mi bolso.
—Victoria… —llamó mi atención y me giré para mirarlo—.
Puedes llamarme por mi nombre y tutearme cuando estemos los
dos solos.
—Gracias, Alaric. —Me despedí de él hasta el día siguiente.
Capítulo 11
Alaric
Cuando tomé la decisión de abrir una delegación en este país,
y me recomendaron uno de los bancos más prestigiosos de la
ciudad para llevar a cabo mis gestiones, nunca imaginé que me
iba a tropezar con una de las mujeres más deslumbrantes que
había visto en mi vida.
Para colmo, unos días después la vi en un bar, acompañada de
un hombre, y el imbécil de mi amigo, que no tiene filtro, se
acercó a ella de la manera más torpe posible. Era casi increíble,
pero la verdadera locura llegó cuando la vi en mi oficina para la
entrevista de secretaria.
No sé qué fue lo que me impactó tanto de ella, pero desde el
primer momento no pude sacarla de mi mente. Cuando puso a
Oliver en su sitio con un apretón de huevos, sin ni siquiera
despeinarse, me dije: «esta mujer tiene que ser para mí».
Me obsesioné tanto que cada vez que caminaba por la calle,
no podía evitar fijarme en todas las mujeres que pasaban,
pensando que si había tenido la suerte de cruzarme con ella dos
veces, tal vez el destino me daría otra oportunidad.
Así que cuando la vi en la sala, esperando a ser entrevistada,
no pude resistir la tentación. Llamé a Oliver por el teléfono
interno y le pedí que se olvidara de todas las candidatas, excepto
de la última que estaba por entrar, y que cuando la viera lo
entendería todo.
Menuda sorpresa se llevó cuando la vio entrar por la puerta, o
al menos eso es lo que él me contó. Me habría encantado estar
allí para ver su cara, porque Victoria también se quedó
boquiabierta, repito, según lo que me dijo Oliver.
Quiero aclarar para que no haya confusiones que Victoria no
tenía idea de que yo la había visto en ese local. Menuda bronca
le eché a Oliver cuando vi lo que hizo, tanto fue así que en
cuanto tuvo la oportunidad, se disculpó con ella.
La realidad es que estaba trabajando codo a codo con ella y,
por lo que pude comprobar, era una mujer con muchas ganas de
aprender. Eso era algo que realmente me estaba gustando de su
actitud.
Tenía otras delegaciones abiertas en otros países, pero en cada
una de ellas contaba con personas altamente capacitadas para
dirigirlas, siempre bajo mi supervisión. Cuando empecé a
considerar la apertura de esta nueva delegación, tenía muy claro
que me mudaría aquí o pasaría la mayor parte del tiempo.
No podía ignorar mi vida en Londres, especialmente porque
toda mi familia vivía allí, sin olvidar que la sede de mi empresa
también estaba en esa ciudad. Así que me veía en la obligación
de ir por lo menos una vez cada dos o tres semanas.
Como os iba diciendo, mi objetivo era que Victoria fuese mía.
Con una o dos noches me bastaba, para qué nos vamos a
engañar. El problema era que cada vez que la veía, mi deseo de
besarla crecía sin control.
—Eh… Alaric —me llamó Oliver—. ¿Qué te pasa? Llevo un
rato llamándote, y parecía que estabas en otro mundo.
—Perdona, no te había oído. ¿Nos vamos? —respondí
mientras me levantaba de la silla—. ¿Has descubierto algo
nuevo? —Lo miré con seriedad.
—No, no tengo mucho más que lo que ya te he contado. De
verdad, no entiendo qué te pasa —respondió.
—No lo sé ni yo —suspiré—, lo que único que sé, es que
necesito saberlo todo de ella.
Solo quería saber cómo había sido su vida y cuánto tiempo
llevaba de relación con el hombre que la acompañaba. Victoria
me había cautivado de una manera que nunca había
experimentado antes, ni siquiera con mi ex.
Sí, estuve casado, y la verdad es que me alegro de no tener
ningún vínculo con mi ex, porque era una arpía de manual. A
veces me pregunto qué me llevó a dar ese paso hace seis años y
decidir casarme con ella.
Por suerte, no tuvimos hijos, porque si hubiera sido así, no
habría podido librarme de ella tan fácilmente. Era así, y muchas
veces aparecía por mi sede de Londres, intentando alguna
artimaña de las suyas.
—Oliver, me da igual a quién tengas que contratar, pero
necesito saber todo lo que pueda sobre Victoria. No me llames
loco, pero hay algo en su mirada que me inquieta bastante. —
Acabábamos de entrar en el ascensor.
—¿No crees que es una buena persona? —Levantó una ceja,
sorprendido.
—No, no es eso. No sé cómo explicarlo, es como si esos ojos
ocultaran un gran pesar. Aunque siempre es amable, risueña y
atenta, hay algo en su actitud que me hace pensar que ha vivido
experiencias duras.
Oliver quiso que saliéramos a cenar, aunque a mí no me
apetecía mucho; estaba cansado y solo quería descansar. Sin
embargo, al final logró convencerme.
Durante la cena, la conversación fluyó por diversos temas,
incluyendo la familia. No soy tonto, y aunque mi amigo
intentara ocultarlo diciendo que nunca se comprometería con
nadie, no era ciego; en varias ocasiones lo sorprendí mirando a
mi hermana desde lejos.
Nunca me había confesado que se sentía atraído por ella, no
sé si lo hacía por respeto a nuestra amistad, por respeto a la
familia o por el temor de enamorarse de verdad y perder su
independencia.
La cuestión era que nunca se acercó a ella con intención de
tener algo más aparte de la amistad que los unía.
—Oliver, ¿cuándo piensas confesarme que te gusta Hanna?
—Me puse más serio de la cuenta, aunque tenía ganas de reírme
al ver su expresión.
Hanna es mi única hermana y es ocho años más joven que yo.
Desde siempre hemos tenido una conexión especial, y esa
cercanía se ha mantenido a lo largo de los años.
Junto a mis padres, Robert y Daphne, han sido el pilar que me
ha impulsado a seguir mis sueños y a crear esta empresa.
Mis padres son un ejemplo de amor y respeto, siempre han
sabido darnos el espacio que necesitamos, pero al mismo tiempo
han estado ahí para apoyarnos en todo. Y desde que conocí a
Oliver siendo pequeño, también lo trataron a él como un hijo
más, quizás ese era otro de los motivos por los que no daba el
paso.
—Tío, creo que el vino te ha hecho más efecto de la cuenta
—respondió tratando de parecer indiferente.
—Nos conocemos desde pequeños, tengo ojos en la cara y sé
cómo la miras cuando crees que nadie te ve. Si piensas que mis
padres o yo te diríamos algo, estás muy equivocado.
—Anda, deja ya de imaginarte cosas. —Bueno, yo lo había
intentado, si él lo quería seguir negando, poco podía hacer yo.
Me sentía un poco mal por la situación, porque sabía que
Hanna estaba profundamente enamorada de él. Ella me lo había
contado hacía tiempo, y aunque tenía la tentación de decírselo,
le había prometido que guardaría el secreto, así que tenía la
intención de cumplir esa promesa.
—Si no lo quieres reconocer, tú sabrás, pero que sepas que lo
sé y creo que te estás equivocando.
—Te digo que no, que yo a Hanna no la veo así. Además, con
lo bien que estoy, ¿te piensas que me ataría a alguien? —Le dio
un gran sorbo al vino.
—Como te he dicho, no soy tonto, pero tranquilo que no te
vuelvo a sacar más el tema.
Ya se daría cuenta él el día en que Hanna encontrara a alguien
y decidiera hacer su vida junto a esa persona.
Después de terminar la cena, me propuso salir a tomar una
copa, pero me negué rotundamente. Tenía muchas ganas de
llegar a casa y darme una buena ducha.
Así que, en cuanto llegué, me metí en la ducha y, al salir, me
fui directo a la cama.
No sin antes pensar en cierta chica castaña que me había
atrapado por completo. Tenía una curiosidad enorme por
conocer más sobre ella. Su mirada me intrigaba de tal manera
que estaba decidido a desvelar cada uno de sus secretos.
Porque, aunque a otros tal vez les pudiera engañar, a mí no.
Capítulo 12
Victoria
«Madre mía, Victoria, espabila de una vez», me dije
mentalmente, porque el tiempo se me había echado encima. La
noche anterior no había logrado dormir bien.
Y es que cuando estábamos preparando la cena, Gonzalo y yo
en casa, me empezaron a llegar algunos mensajes de mi madre,
y claro, como a ella la tenía bloqueada con su número, pues
empezó a escribirme desde otro.
Me inundó con mensajes hasta que finalmente decidí
bloquear ese número también, pero ya era tarde, su veneno había
salido. Primero me pidió dinero, y al ver que no le respondía,
empezó a soltarme cosas horribles, como que debí haber muerto
al nacer o que ojalá me hubiera abortado. ¿Para qué os voy a
contar más?
Por último, viendo que seguía sin hacerle caso, empezaron a
llegar amenazas, de esas que ponían los pelos de punta. En ese
momento, sentí un nudo en el estómago que me hizo sentir tan
incómoda que decidí ponerle una excusa a Gonzalo y me retiré a
la cama sin cenar.
No estoy segura de si él se tragó mi historia, pero al menos
me dejó en paz. Esa fue la razón por la que apenas pude dormir
en toda la noche, y por la que me quedé dormida justo antes de
que sonara el despertador, lo que hizo que no lo escuchara en
absoluto.
Era una locura, me encontraba corriendo de un lado a otro,
tratando de arreglarme y salir lista para el trabajo. A pesar de
todo el apuro, era consciente de que, al menos, iba a llegar con
un retraso de veinte minutos.
Dicho y hecho, entré por la puerta que me abrió Juan,
veinticinco minutos tarde.
—Buenos días, Juan. Voy con prisa, después nos vemos —le
dije, casi con la lengua fuera de la carrera que me había dado
desde el metro hasta aquí.
—Buenos días, Victoria —respondió, levantando la mano
hacia su gorra y asintiendo—. Apúrate, que aún no se han dado
cuenta, el jefe no ha llegado.
Al escuchar eso, me sentí un poco más tranquila. Aunque ya
llevaba una semana en la oficina, no quería que Alaric pensara
que era desorganizada, aunque esta vez realmente había sido un
imprevisto.
De pasada saludé a Anabel desde lejos; a la pobre solo le dio
tiempo de mover la mano porque ya me estaba metiendo en el
ascensor.
Al llegar a mi planta, corrí hacia mi despacho. Justo cuando
estaba colgando mi bolso en el perchero de la esquina, la puerta
se abrió y Alaric apareció sosteniendo una caja.
—Parece que hoy nos hemos puesto de acuerdo para llegar a
la misma hora. —Me quedé con las manos suspendidas hacia el
perchero.
—Lo siento, te prometo que no volverá a pasar. —Lo miré
con vergüenza—. No sé qué es lo que ha pasado, que no he
escuchado la alarma.
—A lo mejor tienes que decirle a tu novio que te deje dormir
más por las noches. —Lo miré con los ojos bien abiertos, no
podía creer que me estuviera diciendo eso, tenía que ser una
broma.
—¿Perdón? Creo que no te he entendido bien. —Lo miré con
un poco de rabia en la mirada.
—Te he dicho que le digas a tu novio…
—No tengo por qué decirle nada. —No le dejé de terminar la
frase—. Para empezar, no tengo novio, y si lo tuviera, tampoco
sería necesario que le dijera nada. Creo que estoy cumpliendo
con mi trabajo, he llegado tarde porque no he escuchado la
alarma del móvil, ya que anoche no pude dormir bien y apenas
cerré los ojos —me callé de golpe al darme cuenta de que me
había ido de la lengua—. Da igual, esta tarde recupero este
tiempo.
Le cambió el semblante por completo; antes, mientras me
estaba diciendo lo del novio, tenía una leve sonrisa que
jugueteaba en sus labios, pero ahora se había puesto
completamente serio.
—Disculpa, no soy quién para opinar sobre tu vida personal y
no es necesario que te quedes más tiempo esta tarde. —Se dio la
vuelta para irse, pero recordó algo y se volvió de nuevo—.
Cuando tengas el informe del nuevo prototipo del microchip
listo, ¿me lo envías, por favor?
Victoria
Menos mal que Alaric estuvo todo el día en reuniones y no
me necesitó, porque pasé la jornada entera llorando y ni siquiera
comí. No salí del despacho en todo el día, y la verdad es que mis
ojos estaban tan hinchados que cualquiera que me viera se daría
cuenta de lo mal que estaba.
Cuando llegó la hora de salir por la tarde, decidí lavarme la
cara con agua fría para intentar bajar la hinchazón de los ojos.
En cuanto puse un pie en la calle, me dirigí rápidamente a un
cajero para sacar dinero.
Quería llevárselo cuanto antes para así no tener que volver a
tener nada que ver con ella. Pensaba dejarle muy claro que no
me volviera a pedir dinero porque no pensaba darle más y, si
seguía por ese camino, iba a denunciarla y pedir una orden de
alejamiento.
Llegué a su casa, y la llamó así porque, para mí, dejó de serlo
en el instante en que decidí escapar de ese infierno. Toqué la
puerta, ya que no tenía las llaves; las dejé aquí cuando me fui.
No se dio ninguna prisa en abrir, y eso que estaba allí para
entregarle el dinero. Me abrió la puerta un hombre que no había
visto en mi vida, pero las pintas que tenía no presagiaban nada
bueno.
—¿Le puedes decir a Fabiola que salga?
—Entra, te está esperando — respondió, apartándose para
dejarme pasar.
—No es necesario, solo quiero entregarle algo y me voy.
—Sí, sí que hace falta que entres, porque hay un par de
cosillas que tu madre quiere decirte —me dijo, sujetándome de
la muñeca y arrastrándome hacia el interior de la casa.
Esto no me lo esperaba y, conociendo a mi madre, me daba
miedo hasta estar aquí.
—Qué alegría que hayas venido a visitarme —dijo saliendo
de la cocina con una cerveza en la mano.
—No me ha quedado más opción, solo he venido a traerte el
dinero y me voy —le dije mientras metía la mano dentro del
bolso para sacar el dinero—. Aquí lo tienes, pero no vuelvas a
pedirme más, porque no tengo intención de darte ni un céntimo
más. —Le extendí la mano con el dinero para que lo cogiera y
así poder irme de allí.
—Escucha bien. —En lugar de aceptar el dinero, me agarró
de la muñeca y me acercó a ella con un tirón—. Vas a darme
todo lo que te pida. —Su rostro se acercó al mío y el olor a
alcohol que emanaba de su aliento me hizo sentir náuseas—.
Porque si no lo haces, mi amigo aquí presente se encargará de
hacerle una visita a tus amigos y, de paso, a ti también.
Intenté soltarme de su agarre, pero la muy hija de puta me
tenía agarrada con una fuerza sorprendente. Ya no iba a dejar
que el miedo me dominara, había soportado lo suficiente a lo
largo de mi vida.
—No te tengo miedo y no voy a darte más —le respondí con
desprecio.
—¿Estás segura de lo que dices? — preguntó con una sonrisa
fingida, antes de dirigir su mirada hacia el hombre que estaba
detrás de mí.
De repente, sentí un tirón brutal en el cabello, como si
intentaran arrancármelo de cuajo, y un grito involuntario se
escapó de mis labios.
—Creo que deberías hacerle caso a tu madre —dijo desde
atrás, sosteniendo un mechón de mi pelo y forzando mi cabeza
hacia un lado para que pudiera mirarlo a la cara.
—No —respondí con rabia.
Mi madre no se lo pensó dos veces, y me propinó una
bofetada con el dorso de la mano que me hizo girar la cabeza.
¿Cómo podía tener tanta fuerza, incluso estando borracha? Sentí
cómo el labio inferior se me partía en el mismo momento del
impacto.
—La próxima vez será más fuerte.
—Puedes matarme si eso es lo que deseas, pero no pienso
darte nada más. —La miré con los ojos entrecerrados—. No te
engañes, madre, mis amigos, como tú los llamas, están al tanto
de que estoy aquí y si me retraso en regresar, serán ellos quienes
se encarguen de avisar a la policía. —Era mentira, pero
necesitaba encontrar una forma de salir de esta situación; aunque
por fuera intentaba mostrarme fuerte, por dentro me sentía
completamente aterrorizada.
—Tu hija es mucho más lista que tú —comentó el hombre
entre risas, pero había un tono de malicia en su risa—. Me
gustan las chicas tan listas como tú. —Se acercó y me dio un
lametón en la mejilla.
Un escalofrío de asco y terror me recorrió, y de repente, toda
mi fortaleza se desvaneció, mientras las lágrimas comenzaban a
brotar de mis ojos.
—¿Ves? Ya no pareces tan dura —se burló mi madre—.
Recuerda, Victoria, no me obligues a hacer algo de lo que
puedas lamentarte.
Con un tirón, me quitó el dinero de las manos, me soltó la
muñeca y me empujó hacia la puerta. Salí de allí todo lo deprisa
que pude, sin mirar ni para los lados, cruzando la calle a lo loco.
No era mi madre la que me daba miedo, sino ese hombre,
porque juntos podrían haberme hecho mucho daño.
Sin pensarlo dos veces, me dirigí a la comisaría más cercana
para presentar una denuncia; no iba a permitir que hiciera lo que
quisiera conmigo.
Nada más entrar por las puertas de la comisaría y viendo el
estado en el que llegaba, un policía se acercó rápidamente para
preguntarme cómo me encontraba y qué había sucedido.
Le expliqué que quería presentar una denuncia, así que me
condujo hasta su superior. Sentada allí, me sentí un poco más
segura y empecé a desahogarme sobre mi madre, relatando el
sufrimiento que había experimentado a lo largo de los años y,
por último, le enseñé los mensajes amenazantes que había
recibido de números desconocidos durante varios días.
El policía me aconsejó que fuera al médico para obtener un
parte de lesiones para adjuntarlo a la denuncia y que así tuviera
más peso, aunque me tranquilizó al decirme que no era
necesario que lo llevara ese mismo día, sino que podía hacerlo al
siguiente.
Con la denuncia ya presentada, salí de la comisaría y me
dirigí directamente a urgencias. Tuve mucha suerte y me atendió
una doctora muy amable, quien, mientras me examinaba, me
hacía preguntas para completar su informe.
Cuando terminé y me dio el parte de lesiones firmado por
ella, me fui para la casa. En el camino, no dejaba de rezar para
no cruzarme con Gonzalo, ya que no quería que me viera en ese
estado.
No solo tenía el labio partido, sino que también me había
dejado un moretón considerable en la muñeca, donde primero
me agarró el hombre para meterme en la casa, y luego lo hizo mi
madre.
Al llegar, no tuve suerte; al asomarme a la puerta, vi que las
luces de la cocina y el salón estaban encendidas. Así que,
armándome de valor, abrí la puerta y entré lo más rápido que
pude.
—Buenas noches —saludé mientras me dirigía a la
habitación, sin detenerme—. No me siento bien, así que me voy
a acostar ya. —No le di la oportunidad de responder.
Me senté en el filo de la cama y me tapé la cara con las
manos, dejando que saliera todo el llanto, intentando hacerlo en
silencio para que Gonzalo no pudiera oírme.
Dio unos cuantos golpes suaves en la puerta para llamarme.
—Victoria, ¿qué es lo que te pasa?
—Nada importante, solo me dio un ataque de migraña y
necesito oscuridad y silencio —dije, intentando parecer
tranquila.
—Desde que te conozco, nunca te has quejado de migraña.
Abre la puerta, por favor.
Me levanté despacio y, agachando la cabeza, le abrí la puerta.
—Y ahora cuéntame qué es lo que te pasa de verdad —me
dijo mientras con dos de sus dedos me cogió por la barbilla y me
hizo levantar la cabeza—. ¿Qué coño te ha pasado?
—Nada, de verdad. —Eché mi cabeza hacia atrás para que
soltara el agarre de la barbilla—. Me tropecé en las escaleras del
metro y me di de bruces contra el suelo.
Con la mirada me repasó de arriba abajo.
—Si te has caído, ¿cómo es que no tienes los pantalones
manchados? —Frunció los labios—. Quiero que me digas la
verdad ahora mismo.
Sin pensarlo, me lancé hacia él y me dejé abrazar,
permitiendo que las lágrimas fluyeran sin tratar de contenerlas.
—Me estás asustando, ¿te ha pasado esto en el trabajo? ¿O
han intentado algo en el metro? —susurraba mientras acariciaba
suavemente mi espalda, tratando de darme un poco de calma.
—Ha sido mi madre y un tipo que estaba con ella. —Me fue
guiando poco a poco al salón, donde nos sentamos en el sofá.
Le conté todo lo que había sucedido, desde los mensajes
amenazantes hasta el incidente de hoy. Además, le mencioné
que las amenazas también afectaban a todos ellos y cómo, a
pesar del temor que me generaban, había decidido dar el paso de
denunciarla.
Me ofreció su apoyo incondicional, asegurándome que había
hecho lo correcto. Intentaba parecer tranquilo, pero sabía que era
solo una fachada; en el fondo, lo que realmente quería era salir a
buscar a mi madre y al hombre que la acompañaba para
enfrentarlos.
Cuando me vio un poco más tranquila, insistió en que me
tomara un vaso de caldo, alegando que no iba a dejar que me
fuera a la cama con el estómago vacío.
Después de tomarme el vaso de caldo obligada, me di una
ducha y luego me metí en la cama. Justo cuando estaba
acomodándome, la puerta se abrió de nuevo.
Esa noche, Gonzalo se quedó a dormir a mi lado. No penséis
mal, solo me abrazó y así fue como me quedé dormida,
sintiéndome un poco más segura.
Capítulo 14
Victoria
Cuando me desperté, ya no había rastro de Gonzalo. Siempre
se levantaba temprano para hacer ejercicio antes de ir al bar, así
que supuse que estaría corriendo por ahí. Cuando llegara, yo ya
no estaría porque quería salir antes de tiempo para pasarme por
la comisaría a llevar el parte del médico; quería quitármelo de
encima lo más pronto posible y, desde allí, me iría al trabajo.
Hice lo posible por ocultar el golpe que tenía, y casi lo logré.
Sin embargo, la hinchazón y el corte en mi labio inferior me
delataban. No me quedaba más remedio que enfrentar el día
como pudiera, esperando que no me bombardearan con
preguntas sobre lo que me había pasado.
Al salir de la comisaría y de camino al trabajo, decidí hacer
una parada en una cafetería y compré tres cafés; uno era para
Juan, otro para Anabel, y el tercero era para mí, porque
necesitaba un poco de energía para afrontar lo que venía.
—Buenos días, Juan. Te traigo un cafecito para que tu
mañana sea un poco más amena —le dije con una sonrisa, y al
sonreír mis labios se estiraron provocando que se me abriera un
poco el corte.
—¡Victoria! ¿Qué te ha pasado? —preguntó cuando me vio.
—¿Esto? —Me señalé el labio—. Soy muy patosa y anoche
me levanté para ir al baño y no encendí la luz, así que aquí ves
el resultado de mi descuido. —Le quité importancia.
—Deberías mirártelo porque está sangrando un poco, y
muchas gracias por el café.
Después, le llevé el suyo a Anabel y cuando me preguntó, le
dije lo mismo que a Juan. Como había llegado con tiempo,
decidí ir directamente a mi despacho antes de que Alaric
apareciera.
Estaba encendiendo el ordenador después de haber disfrutado
de mi café, mientras miraba por la ventana y reflexionaba sobre
mi vida, o más bien, sobre lo poco que había logrado en ella.
Pues, como os iba diciendo, estaba encendiendo el ordenador
cuando se abrió la puerta y, como sabía que era Alaric no
levanté la cabeza, porque me daba vergüenza de que me viera.
Sabía que no era mi culpa, ni mucho menos había hecho nada
malo, pero, aun así, me daba cosa que me viera.
—Buenos días, Victoria, hoy te has adelantado —dijo desde
la puerta.
—Buenos días, Alaric. Sí, tenía algo que hacer de camino
aquí, así que vine un poco antes de tiempo — respondí,
manteniendo la mirada en unos papeles para no tener que
levantar la cara.
—Victoria… — me llamó con un tono que me hizo sentir un
poco expuesta.
—¿Qué sucede? —pregunté, sintiendo que la incomodidad
aumentaba.
—¿Te pasa algo? Te lo pregunto porque no me has mirado a
la cara mientras hablamos —dijo mientras entraba en el
despacho.
—No te preocupes, no me pasa nada, solo estoy ocupada con
esto —era consciente de que mi actitud no era la más adecuada,
pero realmente me incomodaba que me mirara.
—Vale, pues como yo soy tu jefe, te digo que dejes eso ahora
mismo y me mires.
Cuando levanté la cara y me vio, noté cómo apretaba la
mandíbula y los puños con fuerza.
—Perfecto, ahora que me has mirado, ¿puedes decirme qué te
ha sucedido? —No sé qué tenía Alaric, pero su mirada decía
mucho, o al menos yo podía interpretarlo. En ese momento,
había mucha rabia contenida.
—Es una tontería, verás. Anoche me levanté para ir al baño y
no encendí la luz. Y, tonta de mí, me tropecé y me di de bruces
contra la puerta —le conté lo mismo que a los demás.
—Vale… Ahora prueba con la verdad. —Se paró ante la mesa
y metió las manos en los bolsillos del pantalón y me miró
atentamente mientras esperaba mi respuesta.
—Es la verdad, Alaric, si no me crees, ese es tu problema. —
Sabía que, por mucho que insistiera, no me iba a creer.
—Victoria, no soy tonto y que intentes tomarme por uno, me
molesta mucho. Te lo he dicho antes y lo repito: si no quieres
compartir lo que te sucede, está bien, pero no me engañes.
Prefiero que me digas que no tienes ganas de hablar.
—Está bien, no tengo ganas de hablar. ¿Contento? —No me
había dado cuenta de que una lágrima había caído por mi mejilla
hasta que él, con un gesto suave, la limpió con su pulgar.
—Mira, si no quieres contarme nada, no hay problema, pero
quiero que sepas que estoy aquí para lo que necesites. —
Mientras hablaba, me tomó de la muñeca para levantarme, y al
hacerlo, notó las marcas en mi piel. Su expresión se tornó seria y
me ayudó a ponerme de pie.
Me acercó a su pecho y me envolvió en un abrazo cálido. Les
prometo que fue el abrazo más reconfortante que he
experimentado en mi vida. Nunca había sentido algo así en los
brazos de alguien.
Mi cabeza le llegaba justo a la altura de su pecho, y al
apoyarla allí, pude escuchar los latidos de su corazón. Me
concentré en ese ritmo y acompasé mi respiración con sus
latidos; eran calmados, pero resonaban con fuerza.
No debería estar dejándome abrazar por él, al fin y al cabo,
era mi jefe. Por mucho que me gustara, no era tonta y la realidad
era que nunca se fijaría en alguien como yo.
—Gracias. —Intenté apartarme de él—. Eres muy amable,
Alaric.
—No se trata de amabilidad, Victoria —no me dejó que me
apartara—, se trata de mucho más. —No entendí muy bien lo
que quiso decir, pero no le iba a preguntar.
Así permanecí en sus brazos un buen rato, llorando en
silencio y empapando su camisa con mis lágrimas.
—¿Sabes qué vamos a hacer? —me preguntó cuando me
separé de él—. Vamos a pedir un desayuno en condiciones y nos
lo vamos a comer en mi despacho tranquilamente y sin prisa. —
Me volvió a retirar con sus dedos más lágrimas.
—No quiero molestar ni que interrumpas tus asuntos por mí
— respondí con timidez.
—Si fueras una carga, no te lo propondría. Además, soy tu
jefe, así que ya sabes cómo va esto. —Su comentario me sacó
una sonrisa, y lo seguí hacia su despacho.
No sé a quién llamó, pero en menos de veinte minutos
teníamos ante nosotros un desayuno completo y con una pinta
impresionante.
La verdad es que no tengo idea de cómo lo logró, pero
durante el rato que estuve en su despacho, logré olvidar todas las
cosas que me habían pasado en estos últimos días con mi madre.
— Creo que ya es momento de que empecemos a trabajar, o
de lo contrario, pensaré que soy una mala influencia para usted,
señor Carter —me gustó ver cómo sonrió al escucharme.
En ese momento, Alaric recibió una llamada y yo aproveché
para empezar a recoger todo mientras él hablaba por teléfono.
Terminé de recogerlo todo y, por el rabillo del ojo, noté cómo su
expresión cambiaba drásticamente, y no precisamente para bien;
podía ver la tensión en sus hombros, sus labios apretados y una
mirada que destilaba rabia.
Como estaba tan atento a esa llamada, me despedí con un
gesto y me dirigí a mi despacho, donde me esperaba una
montaña de papeles que atender.
A media mañana, recibí la llamada que había estado
esperando, pero que también me generaba un gran temor.
—Hola. —No me dejó que hablara más.
—Déjate de hola, cuando salgas esta tarde del trabajo, quiero
que vengas a mi casa. Tenemos una charla pendiente y no me
digas que no puedes, y mucho menos te inventes una excusa, eso
no va a funcionar conmigo. —Se notaba que estaba muy
cabreada.
—María, sé de qué quieres que hablemos y, sinceramente, si
ya te lo ha contado todo Gonzalo, no entiendo para qué quieres
que lo repita yo. —Podía escuchar cómo resoplaba con
frustración al otro lado de la línea.
—No, Victoria. Es que no debería haberme enterado por él.
Mi amiga eres tú, sabes que para mí eres como mi hermana. —
La oí tomar una bocanada de aire—. Victoria, ¿cuántas veces
tengo que recordarte que no estás sola?
—Lo sé, tienes razón en todo lo que dices. —Empecé a llorar
—. María, había un hombre con ella, un tipo que me agarró de la
muñeca y me metió a la fuerza en la casa, me tiró del pelo y
después, con su asquerosa lengua, me dio un lametazo en la
cara. Pasé un miedo horrible, y no le bastó con eso que, también
me amenazó con haceros algo a vosotros. —No me di cuenta de
que estaba hablando más alto.
»Si os pasa algo a algunos de vosotros, yo me muero, no
tengo a nadie más en esta vida. —Desde que había recibido la
llamada, me había puesto de pie y estaba mirando por la
ventana. No escuché cuando entraron en el despacho, solo me di
cuenta cuando unos brazos me rodearon por detrás y me
abrazaron con fuerza.
—Shhh… —susurró Alaric desde la espalda.
—María, después me paso por tu casa —susurré—. Te quiero.
—Más te quiero yo, cariño mío.
Colgué el teléfono y me quedé un momento en esa misma
posición, sintiendo su abrazo en mi espalda mientras intentaba
calmarme. Hay veces que el silencio dice mucho más que las
palabras, y este era uno de esos momentos.
—Recoge tus cosas —me dijo de manera firme.
—¿Por qué? —pregunté, un poco confundida.
—Hoy no vamos a trabajar más, nos vamos. Necesitas
descansar y despejar la mente, y eso es exactamente lo que
vamos a hacer.
— Pero hay papeles que debo atender, ya hemos perdido
bastante tiempo con el desayuno —respondí, sorprendida por su
decisión.
—Los papeles, como tú los llamas, no se van a mover de su
lugar —dijo mientras se giraba para salir de mi oficina—. Voy a
buscar mi chaqueta, y nos marchamos.
Cogí el móvil, lo guardé en el bolso y fui a buscarlo.
Una vez que ambos estuvimos listos, nos dirigimos al
ascensor. Como tenía el coche en el garaje, evitamos pasar por
recepción y bajamos directamente hacia su vehículo. Como
podréis imaginar, no se trataba de un coche común y corriente;
era un modelo impresionante que reflejaba su estilo de vida. No
había que engañarse, era lo más habitual considerando todo lo
que él poseía.
Por lo que había investigado en Google, él había creado todo
esto desde cero. Tenía una curiosidad enorme por conocerlo
mejor, por descubrir más sobre su vida. Me parecía un hombre
fascinante, y todo lo relacionado con él captaba mi atención.
—¿Dónde vamos? —pregunté una vez que estuve dentro del
coche.
—A un lugar donde nadie te va a molestar —respondió con
una sonrisa pícara y un guiño que me hizo sentir un poco más
tranquila.
Su actitud hacia mí me revelaba mucho sobre su carácter; era
evidente que tenía un gran corazón. No es común que alguien se
preocupe de esta manera por una empleada con la que apenas
había comenzado a trabajar.
Capítulo 15
Victoria
Después de lo que parecía un trayecto interminable, que en
realidad no fue tanto, pero sí duró más de una hora, finalmente
llegamos a lo que parecía ser una finca en las afueras de la
ciudad. Desde el camino que tomamos, no se podía ver cómo
sería la casa o el chalé o lo que fuera que hubieran construido
más allá de estos muros.
—¿Dónde estamos? —pregunté, mientras seguía mirando por
la ventanilla.
— Es una casa que tengo, la utilizo solo cuando quiero
desconectar y no ser molestado —respondió, girando
brevemente la cabeza para mirarme—. En la ciudad tengo otra
donde vivo normalmente, pero esta me encantó tanto cuando la
vi con los de la inmobiliaria que no pude resistirme y decidí
comprarla.
Abrió el portón principal con un mando a distancia y condujo
por un camino de gravilla hasta detenerse delante de una casa
preciosa. A simple vista, se veía espaciosa, aunque todo lo
construido era de una sola planta.
Lo primero que vi fue un porche decorado con muebles de
mimbre y con cojines blancos, complementado con plantas
dispuestas en lugares estratégicos, lo que le daba un aire alegre y
hogareño al mismo tiempo.
Me encantó cada rincón de la casa, aunque, para ser honesto,
no la llamaría casa en el sentido tradicional, ya que era bastante
amplia. La decoración en tonos claros iluminaba cada
habitación, creando un ambiente de luz y claridad que te
envolvía en una sensación de paz y armonía.
—Alaric, esto es realmente precioso —exclamé, admirándolo
todo con los ojos muy abiertos, porque este sitio era tal como él
me había descrito. Transmitía mucha paz y serenidad.
—Me alegra que te guste y que te sientas bien aquí —
respondió él.
Por lo que me contó, mientras iba a buscar su chaqueta, había
llamado al matrimonio que cuidaba de la propiedad para pedirles
que dejaran algo de comida.
—Ven, vamos a preparar algo de picoteo con un buen vino y
nos sentaremos en el porche a disfrutarlo tranquilamente —me
dijo, tomando suavemente mi mano y guiándome hacia la
cocina.
La cocina era un verdadero sueño hecho realidad, con
muebles blancos que aportaban frescura, pero con un toque
rústico gracias a las encimeras de madera clara. En el centro,
una isla con una vitrocerámica de seis fuegos
Tenía pequeños jarrones con flores silvestres distribuidos por
toda la estancia, haciendo que pareciera un lugar con mucha
vida. Para cualquier persona que valore la tranquilidad, vivir en
un lugar así sería un verdadero sueño.
Junto a Alaric, llevamos todo al porche y nos acomodamos en
un sofá que parecía increíblemente acogedor. A pesar de que él
no me hacía preguntas, podía sentir que su curiosidad lo
consumía por dentro, deseando saber qué me pasaba.
Era consciente de que debía abrirme a él, y quiero dejar claro
que si decidía hacerlo, no sería por obligación, sino más bien por
un profundo agradecimiento. Agradecimiento por haberse
volcado de esta forma en mí, por estar a mi lado a pesar de no
saber los motivos, y sobre todo por mostrarme que podía contar
con él incondicionalmente para todo lo que necesitara.
Cogí la copa de vino, le di un pequeño sorbo y la mantuve
entre mis manos, fijando la mirada en ella mientras buscaba las
palabras adecuadas.
—No sé por dónde empezar — dije, humedeciéndome los
labios y tomando aire—. Mi madre siempre ha sido una persona
un tanto… ¿Cómo lo diría? —Me quedé pensando en mis
siguientes palabras.
»Nunca ha tenido instintos maternales, así que no he tenido
una madre convencional; más bien, he sido yo quien ha asumido
ese rol desde que tengo memoria. Desde muy pequeña, me
encargaba de preparar mis cosas y las de ella también, para qué
voy a mentir —solté un gran suspiro.
Alaric
La ira recorría mis venas como si fuera lava fluyendo por las
laderas de un volcán en plena erupción. Intentar ponerme en el
lugar de esa mujer que había sufrido tanto era un ejercicio inútil,
ya que era casi inimaginable que alguien pudiera infligir tal
dolor, y mucho menos que una madre pudiera hacerle eso a su
propia hija.
Estaba completamente seguro de que lo que me había contado
Victoria, era solo la punta de iceberg; en su interior guardaba un
mundo de sufrimiento que, con el tiempo, lograría que me
revelara. Sabía que, poco a poco, podría ganarme su confianza y
que se abriría a mí.
Victoria dejaba ver desde lejos que era una persona de buen
corazón. No tenía maldad, y en su bonito cuerpo se reflejaba
también esa forma de ser tan amable y atenta con todos.
Había sido testigo, incluso a través de las cámaras, de cómo
saludaba a Juan y a Anabel cada día, y hoy, a pesar de su estado,
se tomó el tiempo de llevarles un café a cada uno. Lo dicho,
mejor corazón no podía tener.
Esa mujer había causado tanto daño en Victoria que había
hecho que le costara entender que había personas que la querían
de verdad. Y me preguntaba sobre aquellas otras madres que, en
lugar de ayudar a una niña en apuros, decidieron alejar a sus
hijas de ella; no tenía palabras suficientes para describir mi
desprecio hacia ellas.
Tenía la firme intención de asegurarme de que esa mujer
enfrentara las consecuencias de cada una de las atrocidades que
había infligido a Victoria. Ojalá hubiera crecido en un hogar que
la hubiera amado como realmente merecía.
Tenía planes de llevarla a Londres, a mi casa, y presentarla a
mi familia. Estaba convencido de que mis padres y mi hermana
la recibirían con el cariño que tanto necesitaba, y más aún, no
tenía ninguna duda al respecto.
—Alaric… — me llamó, su voz sonaba un poco tímida, como
si temiera mi reacción— ¿Te pasa algo? Te he llamado varias
veces y no me has respondido.
—Perdona, estaba pensando. ¿Dime? —Sacudí la cabeza casi
imperceptiblemente para que no se diera cuenta.
—Te preguntaba dónde querías comer. — dijo mientras
comenzaba a lavar una lechuga, ya que íbamos a hacer una
ensalada para acompañar la lasaña.
—Me da igual, donde tú prefieras. — le respondí, notando
que me miraba con una expresión seria.
—¿Te sientes incómodo conmigo por todo lo que te he
contado? —me preguntó, y me sorprendió que pensara eso.
Cuán equivocada estaba si creía que me incomodaba, cuando en
realidad lo único que deseaba era abrazarla y quedarme así para
siempre.
—¿¡Qué!? —le respondí, sorprendido y a la vez cuestionando
— ¿De verdad piensas eso?
—No lo sé, es que desde que te lo he contado has estado muy
callado. —Se encogió de hombros.
Dejé a un lado lo que estaba haciendo y me acerqué a ella,
decidido a no contener más mis sentimientos. Me planté a su
lado y, sin previo aviso, tomé su rostro entre mis manos.
Humedecí mis labios mientras me acercaba a los suyos, y justo
cuando estaba a punto de tocarlos, le susurré algo.
—Me haces sentir todo menos incomodidad —Victoria, al
escucharme, también se humedeció los labios con la lengua, y
eso fue el impulso que necesitaba para unir nuestros labios en un
beso.
Empecé con un sutil roce de labios, tentándola, atrapando sus
labios con los míos y dibujando su labio inferior con la punta de
mi lengua. Ella apoyó las palmas de su mano contra mi pecho y
con ese simple roce me hizo estremecerme. Era un recordatorio
de que los hombres también podían sentir con la misma
intensidad que ellas. Desde el primer instante en que nos
cruzamos, esta mujer había captado mi atención de una manera
que nunca había experimentado.
El beso se fue intensificando. Aproveché el momento en que
sus labios se entreabrieron ligeramente para profundizar en ese
contacto, un beso que me consumía por dentro, uno que había
anhelado durante tanto tiempo, un beso que expresaba todo lo
que mis labios callaban.
Y, chicas, no me pongáis de hombre blando, porque no lo era
en absoluto. Pero insisto, no todos los hombres tenemos que ser
unos cabrones desde el principio. Si desde el primer momento
que la vi me había atraído Victoria, ¿por qué me iba a portal
mal? No, definitivamente eso no iba conmigo. Mis padres me
enseñaron a ser un buen hombre, y eso no me hacía menos, al
contrario, me hacía más fuerte.
Me crie viendo el amor tan grande que mi padre siempre
había sentido por mi madre, lo bien que la había tratado y
respetado, siempre con muestras de amor y de cariño. Y eso no
lo hacía menos hombre, al contrario, era un ejemplo de lo que
significa una verdadera relación: amor, respeto, cariño y
comprensión. Todo eso, y mucho más, son los pilares que
sostienen una pareja auténtica.
Quería darle su tiempo, permitirle procesar ese beso, que se
sintiera segura a mi lado. Así que, con una gran fuerza de
voluntad, me detuve, aunque me costó un mundo alejarme de
esos labios que tanto deseaba seguir besando.
Apoyé mi frente en la suya y solté un suspiro, un suspiro que
reflejaba mi necesidad de sentirla aún más profundamente.
—¿Estás bien? —seguía con la frente apoyada—. Perdona, si
te ha molestado, no he podido contenerme más. —Deslicé mi
pulgar por su labio inferior—. Victoria, me gustas de verdad, y
no voy a excusarse diciendo que el beso ha sido algo sin más,
porque no es así. El beso ha sido porque desde la primera vez
que te vi me gustaste. Te pido disculpas si te he hecho sentir
incómoda. — Prefería ser sincero con ella desde el principio.
Lo que no esperaba en absoluto era que ella se lanzara hacia
mí, devolviéndome el beso con una intensidad que me
sorprendió. Yo había intentado contenerme, temeroso de su
reacción, pero ella dejó de lado sus miedos y se entregó a la
pasión.
La cogí a pulso y la senté encima de la isla de la cocina,
colocándome entre sus piernas. En ese momento, sentí que
estaba exactamente donde debía estar. Con mis manos en su
cadera, comencé a deslizar mis dedos por debajo de su camisa,
primero acariciando su espalda y luego moviéndolos hacia
delante, donde empecé a masajear sus pechos sobre el sujetador.
Tenía unos pechos bastante voluminosos, algo que me volvía
loco. No es que no lo supiera, mis ojos se habían desviado hacia
esa parte de su cuerpo más de una vez, y ahora, al tenerla tan
cerca, la atracción era innegable.
Me encantó escuchar el pequeño jadeo que se le escapó
cuando, con mis dedos, toqué sus pezones y los apreté
suavemente. Fue un gesto sutil, pero lo suficientemente intenso
como para que ella jadease.
—Alaric…
Escucharla decir mi nombre en ese tono me hizo entender que
ella tampoco era inmune a mí.
Me rodeó el cuello con sus brazos, acercándome a ella con un
tirón, mientras sus dedos se entrelazaban en la parte posterior de
mi cabeza. La sensación de sus dedos deslizándose por mi
cabello me resultó increíblemente placentera.
A medida que nuestras lenguas se encontraban, la chispa
entre nosotros se intensificaba, y lo que había comenzado como
un simple beso se transformaba en algo mucho más apasionado.
Llevé las manos a los botones de su camisa,
desabrochándolos uno a uno con calma, en contraste con su
impaciencia al quitar los míos. Me estaba gustando mucho esta
fogosidad que me estaba demostrando.
Cuando finalmente terminé de desabrochar su camisa, tiré de
los lados para abrirla, revelando sus pechos cubiertos por un
delicado sujetador de encaje blanco. Se veían llenos, turgentes y
muy firmes. Sin pensarlo dos veces, tiré de la copa de su
sujetador, dejando al descubierto esa parte de su cuerpo que
tanto me gustaba.
Tenía unos pezones pequeños y de un color maravilloso. Al
verlos, sentí cómo mi pene se endurecía aún más. Dios, creo que
era una de las veces en que más excitado me había sentido.
Empecé a descender desde sus labios, besando suavemente su
cuello y luego su hombro, hasta que finalmente llegué a uno de
esos pezones que, sinceramente, parecían estar llamándome a
gritos.
Pasé mi lengua por el pezón derecho, rodeándolo con
delicadeza antes de atraparlo con mis labios, disfrutando de su
sabor con glotonería mientras mi mano jugueteaba con el otro.
Su camisa abierta y el sujetador me molestaban, por lo que
me aparté un poco de ella y le quité ambas prendas. Ella no se
quedó atrás y, en cuanto tuvo la oportunidad, me quitó la mía,
dejándonos a los dos desnudos de cintura hacia arriba.
Me atrajo de nuevo hacia ella para volver a besarme. Nuestros
pechos, desnudos, se rozaron y un gemido se nos escapó al
mismo tiempo, como si nuestros cuerpos hablaran por nosotros.
Nuestras lenguas se enredaban en un baile acompasado y
abrasador, un vaivén que nos iba encendiendo más con cada
segundo.
Me separé de ella y apoyé mi mano en el centro de su pecho,
guiándola suavemente hacia atrás hasta que quedó recostada
sobre la isla. Sin perder el tiempo, empecé a desabrocharle el
pantalón y deslizándolo junto con las braguitas, dejando al
descubierto su pubis, suave, perfectamente depilado, y con el
brillo del flujo de su excitación asomando entre sus labios
vaginales.
Llevé una mano a esa zona tan íntima de su cuerpo, y al
tocarla, mis dedos se empaparon de su humedad. Sentí cómo un
leve temblor le recorría el cuerpo, haciendo que su vello se
erizara. Deslicé mis dedos un par de veces con suavidad y
cuando noté que su respiración se volvió más irregular, dejé que
uno se hundiera dentro de ella mientras con el pulgar dibujaba
círculos lentos y firmes sobre su clítoris.
Empezó a mover sus caderas, invitándome a que fuera más
osado con mis movimientos. No podía defraudarla, así que le
introduje un segundo dedo, curvándolos hacia arriba para tocar
esa zona rugosa que tanto podía llegar a excitarla. Empecé a
moverlos sin prisa, pero sin pausa, disfrutando de cada
momento, mientras mis dedos se deslizaban lentamente,
profundizando en la conexión que estábamos compartiendo.
—Eres perfecta, Victoria. —Acerqué mi boca a su vagina sin
parar de mover los dedos dentro de ella, saqué la lengua y se la
pasé por toda la zona, logrando que con ese movimiento,
Victoria soltara un grito de placer.
—¡Alaric! —gritó ante ese contacto—. No… pares… ah… —
decía palabras entrecortadas.
Sin poderlo evitar, sonreí entre sus piernas, porque tendrían
que matarme y ni, aun así, lograrían que parara.
Y podéis estar seguras de que no paré en ningún momento
hasta que llegó al orgasmo, y por lo que pude comprobar, no fue
un orgasmo leve. Su espalda se arqueó mientras los últimos
espasmos de placer se desvanecían de su cuerpo.
Tiré de sus manos para que se incorporara y volví a abordar
esos labios que tanto me gustaban.
—Rodéame la cintura con las piernas —dije sobre sus labios.
En cuanto lo hizo, la levanté de la isla y me la llevé a la
habitación, dejándola suavemente en el centro de la cama y
empecé a quitarme la poca ropa que aún llevaba puesta.
La urgencia de estar dentro de ella me consumía; había
tiempo para seguir jugando, pero en ese momento, lo único que
deseaba era sentir su calor rodeando mi pene.
Me coloqué el preservativo mientras la miraba con deseo
contenido. Me hice hueco entre sus piernas y, sin apartar los ojos
de los suyos, empecé a introducirme dentro de su cavidad. Su
cuerpo me acogió como si llevara toda la vida esperándome.
No exagero, os lo prometo: fue la sensación más intensa y
placentera que he experimentado jamás. Y creedme cuando digo
que no me faltan recuerdos en el archivo del placer, pero esto…
esto era otra liga. Era otro universo.
Empecé a moverme con un ritmo lento. Con embestidas
suaves, pero profundas, como si buscara memorizar cada rincón
de su cuerpo. Y entonces, ella clavó sus uñas en mis nalgas con
una urgencia que me desató. Fue la señal. Empecé a moverme
más rápido, con más fuerza, con más hambre, sintiéndome
perdido en su calor.
Salí de ella, solo para girarla y colocarla a cuatro patas. En
esa posición, la penetré de nuevo, una, dos, tres veces, con el
sudor corriéndome por la piel, sin importarme nada más que su
cuerpo y el mío en ese trance compartido. Cuatro, cinco… y
entonces se volvió a dejar ir. Al sentir cómo ella llegaba a su
clímax y sus contracciones me apretaban con tanta intensidad,
solo necesité dos embestidas más para dejarme ir yo también,
soltando un gruñido profundo, primitivo y puro.
—¿Estás bien? —Quise saber.
—Estoy perfecta —me respondió, y su sonrisa iluminó su
rostro, lo que me hizo sentir aún más aliviado.
—Menos mal que apagué el horno, porque si no, la lasaña se
hubiera calcinado —dije, disfrutando del sonido de su risa,
porque era uno de los mejores sonidos.
Decidimos levantarnos de la cama, aun sin ganas, y comer, ya
que no lo habíamos hecho todavía. Por supuesto, no nos
vestimos; a ella le dejé una camiseta mía y yo me puse solo el
bóxer. No penséis que esto había terminado aquí, puesto que
teníamos todo un día por delante lleno de posibilidades.
Capítulo 17
Victoria
Victoria
Habían pasado varios días desde que Alaric me llevó a su
casa, y desde entonces, la conexión que hemos forjado se ha ido
haciendo más fuerte con cada momento que compartimos.
Aunque él me había invitado a quedarme en su casa, aún no
me había atrevido a dar ese paso. Tal vez había algo en mi
interior que me generaba cierta desconfianza. No era porque él
me hiciera sentir así, ni mucho menos, al contrario, era más bien
una cuestión de creer en mí misma, bueno, más que creer, era
pensar que alguien me pudiera querer de verdad.
Era consciente de que mis amigos me querían, pero el
verdadero problema no eran ellos, sino yo misma. La lucha
interna provenía de la idea de que, si mi madre no me había
querido, ¿por qué los demás lo harían? Me doy cuenta de que
son heridas emocionales que nos imponemos o que surgen a
partir de vivencias anteriores.
La verdad es que me costaba mucho aceptar que realmente
me querían o que les importaba mi bienestar, pero os prometo
que estaba trabajando en ello y poniendo todo de mi parte.
Porque sí, merecía ser feliz y deseaba rodearme de personas
que me quisieran de verdad, así como yo también quería
quererlos.
Como os iba contando, perdonad que muchas veces me voy
por las ramas. Alaric me había pedido que me fuera a su casa,
pero aún no había tomado una decisión al respecto. La cuestión
era que, como en pocos días nos íbamos a Londres, le dije que
cuando volviéramos, le daría una respuesta.
Además, tenía en mente organizar una cena especial con
todos mis amigos y Oliver para despedirme de ellos, y de paso,
presentárselos a Alaric.
Como no podía ser de otro modo, él se ofreció a que
hiciéramos la cena en su casa, lo cual acepté encantada.
Así que aquí estábamos, en su cocina, yo a cargo de la
preparación de la comida y él como mi pinche, y la verdad es
que se le daba bastante bien.
—Oye, parece que se te da bien la cocina —dije después de
observarlo un rato.
—A mí no hay nada que no se me dé bien —respondió con un
aire de arrogancia que me hizo sonreír por dentro.
—Guau… tú no necesitas abuela, por lo que veo —dije
mientras ponía los ojos en blanco, tratando de contener la risa—.
Si tan sobrado vas, igual debería sentarme y ver cómo te
desenvuelves solo.
—Está bien, reconozco que me he pasado un poco de
confianza. Así que, si quieres que tus amigos coman bien, más
vale que sigas manos a la obra y me vayas ordenando qué es lo
que tengo que ir haciendo. —Se acercó a mí, despacio—. O si lo
prefieres, podemos pedir la comida a un buen restaurante y
aprovechamos el tiempo en otra cosa. —Posó ambas manos en
mis nalgas y me levantó, dejando así que mis pies quedaran
suspendidos en el aire.
—Mejor sigamos con lo que estábamos haciendo —dije
mientras colocaba mis manos sobre su pecho y estiraba los
brazos, intentando que me soltara.
Para esta cena, decidí que íbamos a preparar unas deliciosas
croquetas de jamón y pollo como entrante, acompañadas de mini
tostas de cebolla caramelizada con queso azul y una fresca.
Como plato principal, optamos por un salmón reducido con una
salsa de soja y miel, que llenó la cocina de un aroma irresistible.
—Preciosa, esto tiene una pinta increíble. —Probó con la
punta de la cuchara un poco de la salsa del salmón y se relamió
los labios—. Y realmente sabe aún mejor de lo que parece.
¿Quieres probar un poco?
Asentí con la cabeza, pensando que me ofrecería la cuchara,
pero en su lugar, me sorprendió con un beso.
—Así puedes degustarlo mejor —dijo con una sonrisa de
canalla cuando se separó de mí.
—Tú no pierdes ninguna oportunidad, ¿verdad? —respondí,
sonriendo como una tonta.
Estaba terminando de preparar la mesa en la que íbamos a
comer cuando sonó el timbre. Yo seguí con mis preparativos
mientras él se dirigía a abrir la puerta. El primero en aparecer
fue Olivier, quien al llegar hasta mí me dio dos besos y un
abrazo, que, para ser sincera, duró un poco más de lo normal, y
el motivo lo descubrí después.
—¡Suelta a mi chica ya! Si no quieres que te haga algo peor
de lo que te hizo ella — dijo Alaric, con los brazos cruzados y
una expresión seria, pero en su mirada vi que estaba bromeando,
y el abrazo de Olivier parecía haber sido intencionado para
picarlo.
—Joder, no hacía falta que me lo recordaras —respondió él,
haciendo una mueca de dolor fingido.
—¡Venga ya, Oliver! Que tampoco fue para tanto —le dije
aguantándome las ganas de reír, porque todavía tenía la cara que
puso cuando se los estrujé grabada en mis retinas.
—Oye, que esas partes son muy sensibles —respondió con
una mueca cómica, lo que nos hizo reír,
El timbre volvió a sonar y esta vez fui yo quien abrió la
puerta. Allí estaban mis tres amigos junto a Paula, porque sí, las
miradas que un principio vimos entre Paula y Gonzalo estaban
dando sus frutos, ya que estaban tonteando de una manera
bastante evidente.
—Cariño, estás preciosa. —Me abrazó María.
Recibí besos y abrazos de todos, dejando a Gonzalo para el
final, pues me apetecía hacerle rabiar un poco, mientras los
demás iban entrando al salón. Lo agarré del brazo y lo retuve un
momento.
—Tú me tienes que contar algo y lo sabes. —Lo señalé con el
dedo.
—Preciosa, no saques a pasear esa imaginación tuya, que nos
conocemos. —Entrecerró los ojos y me retó con la mirada.
Ja, este pensaba que podía engañarme, pero estaba lista para
ver quién de los dos podía más.
—Mi imaginación sigue en su sitio y hasta ahora no he tenido
necesidad de sacarla a pasear. Cuando eso suceda, serás el
primero en enterarte —dije con un tono irónico—, así que ya
estás empezando a soltar palabras con coherencia por esa
boquita. —Ahora era yo la que lo retaba con la mirada.
—Victoria, mira que eres insistente.
—Pues igual que tú, cuando yo no quiero hablar y me obligas
a hacerlo.
—Está bien, me gusta de una manera en la que no me ha
gustado nunca nadie o, por lo menos, no recuerdo que me hayan
gustado. —Bajó un poco más el volumen—. Pero me da miedo,
¿vale? ¿Ya estás satisfecha? —Parecía frustrado, y en todo el
tiempo que lo conocía, nunca lo había visto así.
—Gonzalo, yo sé mejor que nadie aquí, lo que significa dejar
que alguien entre en tu corazón, ya sea como amigo o como
pareja. Pero también sé que cuando lo hagas de verdad, te
sentirás pleno. Solo te pido que te lances, porque tengo la
sensación de que ella siente lo mismo que tú.
—Te prometo de que lo intentaré, por ahora te tiene que valer
con eso. —Lo abracé por la cintura y apoyé mi cabeza contra su
pecho, porque lo quería y sabía en la tesitura que se encontraba
—. Vamos, entremos, o pronto estarán aquí buscándonos.
Al entrar, vi que todos estaban en el salón, pero cuando miré a
Alaric, noté que estaba un poco más serio que de costumbre. Me
pareció algo raro, pero tampoco era el momento indicado para
preguntarle.
Cuando presenté a Gonzalo a Alaric y Oliver, ambos lo
saludaron con un semblante un tanto serio, lo que me hizo
pensar en lo que podría estar detrás de ese cambio en su actitud.
Con el resto del grupo, su comportamiento era completamente
normal, pero con Gonzalo la situación era diferente. Lo más
gracioso de todo era que disimulaba superbién y para cualquiera
pasaría como un comportamiento de lo más normal, pero para
mí, que ya iba conociendo tan bien todas esas miradas, no era
normal.
Estuvimos disfrutando de una copa de vino antes de sentarnos
a cenar, conversando entre nosotros. Después de esa primera
copa, pasamos a la cena.
Entre risas y charlas triviales, las horas se nos fueron volando
sin que nos diéramos cuenta.
Si no hubiera sido por las miradas furtivas que le dirigía de
vez en cuando Alaric a Gonzalo, me hubiera encontrado mucho
más cómoda. Yo hice lo mismo que él, disimular todo lo mejor
que pude, que a mí también se me daba de lujo hacerlo.
—Entonces, ¿cuándo os vais y por cuánto tiempo? —nos
preguntó Pedro.
—En un principio, dos semanas, pero iremos viendo.
—María —la llamé para que me mirara, porque había algo
que me había llamado la atención durante la cena—. No te he
visto tomar ni una copa de vino esta noche. ¿Te pasa algo?
Noté cómo se miraron con su marido y se sonrieron de una
manera que me hizo intuir lo que estaba sucediendo.
—¡No puede ser! —grité saltando de la silla—. ¡Qué alegría,
no puedo creer que finalmente haya llegado este momento! —
Los demás me miraban sin entender nada, pero a mí me dio
igual, yo lo único que quería era abrazar a mis amigos.
Nos abrazamos los tres al mismo tiempo, consciente de
cuánto tiempo habían estado intentando ser padres y que, por
fin, lo iban a conseguir. Esa noticia me llenaba de felicidad.
¡Dios, iban a tener un bebé! Esto era su sueño hecho realidad, y
yo iba a tener un pequeñajo al que consentir y darle todo mi
amor.
Cuando compartieron la noticia con el resto del grupo, la sala
se llenó de felicitaciones, abrazos y besos. La noche no podía
haber terminado de una manera más perfecta.
Después de esa inmensa alegría, nos despedimos hasta mi
regreso, no sin antes prometerles que les iría llamando de vez en
cuando para mantenernos al tanto sobre cualquier novedad.
Capítulo 19
Victoria
—Bien, ¿puedes contarme qué ha pasado esta noche? —le
pregunté una vez que nos quedamos a solas en su casa.
—No me pasa nada, Victoria —respondió, no sé si se pensaba
que era tonta o algo por el estilo.
—Te tenía por otra clase de hombre, uno sincero. Te voy a
decir lo mismo que tú me has dicho a mí en alguna ocasión. —
No estaba enfada ni mucho menos, pero sí un poco dolida
porque no compartía lo que sentía o lo que le estaba ocurriendo,
que, para ser sinceros, era un ataque de celos—. Prefiero que me
digas que no quieres hablar de ello, pero no me mientas, por
favor.
—Creo que te has dado cuenta tú sola de lo que me pasa, por
lo tanto, está de más que te lo diga —dijo mientras comenzaba a
colocar los platos en el lavavajillas.
—Esto no funciona así, Alaric, y lo sabes. La clave está en la
comunicación, en que, aunque pueda leerte tan bien como tú a
mí, debemos hablar y expresar nuestras inquietudes o temores,
sin importar lo simples o tontos que nos parezcan.
—No tenía idea de que Gonzalo era el hombre con el que
estabas esa noche en el bar, y mucho menos que vivías con él.
—¿Y? ¿Cuál es el problema? ¿Acaso no has tenido vida antes
de conocerme a mí? Hay cosas de mi pasado de las que me
arrepiento, te lo prometo, pero eso ya es historia, al igual que tú
tienes el tuyo. —Ahora sí que estaba un poco enfada—. La
verdad es que no sé qué más decirte, creo que lo mejor sería que
me fuera a casa y así puedo preparar mi maleta con más calma.
—¿Te vas para hacer la maleta o para pasar tiempo con tu
amigo?
—Con esa pregunta, acabas de caerte del pedestal en el que
tenía, no me esperaba esto de ti, no esperaba que te montaras
una película así y que fueras ruin con tus palabras. —Lo encaré
—. Porque no es necesario usar palabras malsonantes para hacer
daño, hay muchas maneras de hacerlo y tú acabas de
demostrarlo.
—Te molesta que te haga esa pregunta, pero no te incomoda
que todos estuviéramos en el salón y que tú estuvieras con él en
la entrada de casa abrazada a él. —Sí, sé que esa situación
podría interpretarse de muchas maneras, pero no era la forma
correcta de expresarlo.
—Entiendo que pueda parecer algo que no tiene nada que ver,
pero de ahí a que actúes así hay una gran diferencia —resoplé
—. Quizás deberías haberme preguntado o expresado tus dudas
en lugar de dejarte llevar por los celos. —Me miró con
desconfianza.
—A lo mejor deberías haberme dicho que vivías con un
amigo con que el compartías un poco más de intimidad, no sé,
quizás no lo mencionaste porque te gustan las relaciones
abiertas. Sí, es así, espero que lo digas, más que nada para poder
hacer lo mismo que tú.
—Está visto que no se puede hablar contigo hoy, estás tan
metido en tu propio mundo que no te das cuenta de lo que pasa a
tu alrededor —dije mientras iba a buscar mi bolso.
—¿A dónde crees que vas? —Vino detrás de mí—. ¿No se
supone que tenemos que hablar las cosas?
—No tengo ganas de discutir, Alaric, no me gusta ni me
siento cómoda, así que prefiero irme y que ambos tengamos
tiempo para reflexionar, porque esto nos involucra a los dos.
Por lo visto, él no opinaba lo mismo, ya que, de repente, me
levantó en brazos y me llevó al sofá, dejándome allí mientras él
se quedaba de pie frente a mí.
—Reconozco que no debí hablarte así, pero me molestó verte
tan cercana a él, especialmente después de haberte visto
besándote con él.
¿Cuándo me has visto besándome con él? —pregunté,
levantando las cejas en señal de incredulidad.
—Estaba en el bar cuando conociste a Oliver y te vi con
Gonzalo. —Me levanté, sintiéndome incómoda al estar sentada
mientras él estaba de pie.
—Déjame aclararte esto, porque yo también habría pensado
lo mismo que tú. —Dejé caer mi bolso al lado del sofá—.
Conozco a Gonzalo desde hace mucho tiempo, al principio solo
era el dueño del bar donde solía tomar café o comer algo rápido.
Con el tiempo, empezamos a bromear y nuestra amistad fue
creciendo.
ȃl siempre con sus bromas me tiraba los tejos, pero yo
nunca le hice caso porque sé que es un mujeriego. Aun así,
nuestra amistad se fortaleció, no solo entre nosotros, sino
también con María y Pedro. La noche que me viste con él,
decidimos experimentar un encuentro sexual, dejando claro que
no afectaría nuestra amistad, y así fue.
»Tuvimos una aventura durante un fin de semana, y después
nuestra relación ha vuelto a la normalidad. Incluso me abrió las
puertas de su casa cuando mi madre me robó, desde entonces no
hemos tenido nada más.
—¿Y por qué estabais abrazados a escondidas esta noche? Os
vi cuando fui a buscarte.
—Es que es mi amigo, pero la verdad es que él me confesó
que nunca se ha enamorado. Desde que Paula empezó a trabajar
con María y la vio por primera vez, noté que le gustaba de una
manera diferente a como le había gustado yo o cualquier otra
chica antes.
»Así que le animé a que lo intentara, porque me confesó que
le daba miedo lanzarse, y por eso lo abracé en ese momento,
porque me necesita y siempre que lo haga voy a estar a su lado,
te guste o no. ¿Necesitas que te aclare algo más? —Esto último
se lo pregunté con retintín.
—Lo siento, no he actuado de la mejor manera, pero no me
ha gustado veros así. Lo reconozco, los celos me han cegado un
poco. —Sabía que estaba siendo sincero, y yo no estaba
enfadada por su reacción celosa, sino porque debió hablar
conmigo antes de actuar.
Faltaban solo dos días para nuestro viaje a Londres y, por un
lado, tenía muchas ganas, pero, por otro, estaba muerta de
miedo. Bueno, tampoco hace falta que exagere. Muerta de
miedo no es que estuviera, nerviosa, sí y mucho.
Aún no había hecho la maleta, pero sabía que si mencionaba
que iba a prepararla, él podría pensar que seguía molesta con él,
y la verdad es que no era así en absoluto.
— Victoria, aunque confío en ti, no puedo evitar sentirme
incómodo al saber que vives con Gonzalo.
—Bueno, no pienses en eso. En dos días nos vamos y voy a
estar viviendo contigo, así que un problema menos —dije
resuelta—. Ya veré qué hago a la vuelta, pero ahora tengo que
irme porque aún no he hecho la maleta. — No había terminado
de hablar cuando vi cómo se le dibujaba una sonrisa en la cara,
de esas que decían, sí, sí, lo que tú digas, pero se hace lo que yo
quiera.
— No hace falta que prepares nada, en Londres podemos
comprar todo lo que necesites, sí, definitivamente eso es lo
mejor.
— ¿En serio lo dices? —No pude evitar reírme al ver su
expresión.
—Por supuesto, vamos a mi casa. Yo tengo allí ropa, por lo
que no tengo que llevar maleta ni nada. Así que lo mejor es que
compremos allí todo lo que necesites. — En realidad, no quería
que fuera a la casa de Gonzalo ni en broma.
—Alaric, lo tuyo no es normal. —De verdad que la cara de
santo que estaba poniendo no tenía precio.
—Te lo digo de verdad, tienes aquí algo de ropa para estos
dos días, y lo demás lo compramos allá, que facturar es muy
caro. —No me aguanté más la carcajada.
—Creo que facturar vale mucho más barato que comprar
ropa.
—Puede ser, pero dime, ¿no es más divertido ir de compras
que lidiar con la facturación? —Esa sonrisa y su mirada me
estaban ganando, «capullo», pensé para mí.
—No es más fácil que digas que no quieres que vaya a mi
casa. —Me acerqué un poco a él.
—En todo caso, no es tu casa, es la casa de tu amigo. Tu casa
tiene que ser esta. — Dio un paso también hacia mí.
—¿No te parece que vas un poco rápido? —Puse las manos
sobre su pecho.
—Eso depende de qué tan rápida estés acostumbrada a ser —
era increíble, siempre tenía una respuesta lista para cada
situación.
—No estoy acostumbrada a correr mucho, la verdad es que no
soy buena en eso de ir rápido —le respondí con un tono meloso.
—No te preocupes, que yo puedo enseñarte a acelerar un
poco. —¿De veras estábamos teniendo esta conversación tan
absurda?—. Por ejemplo, ahora puedes acelerar en quitarte la
ropa antes de que lo haga yo, eso si quieres conservarla intacta
—. Me eché un poco para atrás porque estaba viendo sus
intenciones.
—Creo que esa parte ya me la has enseñado demasiado bien.
—Di otro paso hacia atrás.
—No des, un paso más atrás. —Me señaló con el dedo—.
Que esta noche te voy a enseñar a correr un poco más.
—Estamos cambiando de tema, empezamos hablando de una
cosa y ahora estamos en otra completamente diferente. —No
sabía si debía salir corriendo o quedarme quieta.
Y efectivamente, nos habíamos desviado del asunto. Intenté
dar un paso rápido hacia el baño, pero él me atrapó en el
segundo paso que di. Al baño sí que fui, pero para meterme con
él en la bañera, y ya os podéis imaginar lo que sucedió en ese
baño y esa bañera.
Sí, sí, de todo menos un baño normal, más bien todo lo
contrario, porque correr me hizo correr, pero en otro sentido de
la palabra.
Capítulo 20
Victoria
—¡Joder, qué frío hace aquí! —fue lo primero que dije al salir
del aeropuerto.
—La temperatura es distinta, pero tampoco para tanto. —Me
abrazó por los hombros para pegarme a su costado.
—Eso lo dices tú, que ya estás acostumbrado. Menos mal que
al menos me he traído una chaqueta. —Sí, eso era lo único que
me había traído, porque cabezón era un rato, y al final se salió
con la suya.
—Vamos, que Peter nos está esperando —dijo, como si yo
supiera quién era ese tal Peter.
—¿Y quién es Peter? —Alcé la cabeza para mirarlo, sí, eso es
lo que pasa cuando tu pareja es más alta que tú, que tienes que
levantarla para mirarlo a la cara.
—Es mi chófer, aquí tengo uno porque me resulta más fácil
moverme con él.
Al llegar al coche, su chófer nos recibió con la puerta abierta.
Después de presentarnos, le pidió que nos llevara a una
cafetería.
El chófer nos dejó justo delante de una cafetería que
simplemente era preciosa, y creo que esa palabra se quedaba
corta para describir lo bonita que se veía. Estaba pintada en rosa
pastel, adornada con una variedad de flores que iban desde los
tonos más oscuros hasta los más claros, todas mezcladas con
rosas blancas.
Pero la decoración rosa no se limitaba solo a la fachada; las
mesas, sillas, tazas y todo lo demás también eran de ese color.
La verdad es que me costaba imaginar a Alaric disfrutando de
un lugar así.
—Esta cafetería es la más bonita que he visto en mi vida —
dije embobada mirándolo todo.
—Es una cafetería muy famosa de aquí, donde muchas
personas vienen solo para tomarse una foto frente a la fachada.
—Podía imaginar a un montón de influencers acercándose para
hacerse sus fotos y colgarlas en sus redes sociales. Sin duda, una
imagen frente a esa hermosa fachada sería un gran acierto.
—Pero, no sé por qué, no te imagino aquí —le comenté una
vez que nos sentamos en una mesa dentro.
—Y has acertado, no vengo nunca, pero he querido traerte
porque sabía que a ti te iba a gustar.
—Pues has acertado, porque no solo me ha gustado, sino que
¡me ha encantado!
La belleza del lugar, el excelente servicio y el delicioso
desayuno hicieron que la experiencia fuera realmente mágica.
Disfrutamos de la comida sin prisa, decididos a tomarnos el día
con tranquilidad.
Desayunamos sin ninguna prisa, él insistió en que ese día nos
lo tomaríamos con calma.
Después del desayuno, me llevó a los grandes almacenes
Harrods, donde quería que compráramos todo lo que
consideraba necesario para mí.
—Alaric, no necesito que me compres la ropa allí, me parece
excesivo. —No quería que se gastara en mí esa cantidad de
dinero.
—Preciosa, el valor del dinero está en el que tú le quieres dar.
—Me cogió de la mano y me dio un suave apretón—. ¿De qué
sirve tener dinero si no puedo gastarlo en lo que deseo? —Con
el dedo pulgar iba trazando círculos en mi muñeca mientras
hablaba conmigo—. Y lo que más me apetece es gastarlo
contigo.
Yo no era nadie para decirle en lo que se podía gastar su
dinero, pero me incomodaba un poco que lo hiciera en mí.
Recorrimos todas las plantas buscando lo que necesitaba:
ropa, perfumes, productos de higiene y maquillaje, un verdadero
surtido. Él también se dejó llevar y compró algunas cosas para sí
mismo.
Al final, nuestras manos estaban llenas de bolsas; lo que él
gastó en esas tres horas podría haberme mantenido durante más
de un año, incluyendo el pago de una casa.
Como se nos echó la hora de la comida encima, me llevó a
un restaurante que también era muy famoso. La verdad es que el
día estaba siendo de lo más completo y aunque no estaba muy
de acuerdo con gastar tanto dinero, no podía negar que estaba
disfrutando como nunca lo había hecho en mi vida.
Después de comer, decidimos dar por concluido el día y le
pidió a Peter que nos llevara a su casa, que según me había
contado, estaba en el barrio de Belgravia. Era uno de los más
caros y tranquilos de la ciudad.
En cuanto vi su vivienda, no pude poner en duda lo de que
fuera uno de los barrios caros, porque lo que tenía frente a mí
era realmente asombroso. ¿Os imagináis la típica mansión
inglesa de esas que aparecen en las películas? Pues así era,
rodeada de amplios jardines, con una fachada completamente
blanca y una imponente puerta de entrada de doble hoja.
—¿En serio necesitas una mansión así para vivir? —pregunté,
con la boca abierta, aunque no de manera literal, pero ya me
entendéis.
—Fue una buena inversión —respondió encogiéndose de
hombros.
—Pues menuda inversión, aquí podrían vivir mínimo veinte
personas sin verse en todo el día.
—Por ahora solo vamos a vivir nosotros y el personal que
trabaja para mí —me guiñó un ojo mientras me tomaba de la
mano y me conducía hacia la entrada de la casa.
Me voy a ahorrar el describiros la casa, si es que se le puede
llamar así. Imaginaos todos los lujos posibles, pero con un gusto
exquisito. Había un montón de habitaciones, cada una con su
propio baño, y varias salas comunes, lo que da como resultado
esta «casa, guion mansión», nótese mi ironía.
Al entrar, lo primero que hizo fue presentarme a todo el
personal que trabajaba allí y luego me mostró cada rincón de la
casa.
Una chica llamada Marion se encargó de organizar todas las
cosas que habíamos comprado en su lugar correspondiente.
Marion parecía un par de años más joven que yo, pero se veía
una chica agradable con la que se podía hablar fácilmente.
Cuando me di cuenta de que estaba organizando todo, decidí
ofrecerle mi ayuda. Me puso mil pegas para que no lo hiciera,
pero me negué a aceptar ninguna. Estaba acostumbrada a
trabajar y no se me iban a caer los anillos por colocar la ropa en
el vestidor.
Como Alaric se fue a su oficina porque tenía que hacer unas
llamadas, yo me quedé con ella en la habitación.
— ¿Cuánto tiempo llevas trabajando para Alaric? —le
pregunté mientras sacaba prendas de las bolsas.
—Dos años, señorita — respondió, pero por ahí sí que no.
— Marion, por favor, no me llames señorita. Prefiero que me
digas por mi nombre, que es Victoria.
—Es que no sé si al señor le parecerá bien.
—Bueno, pero es que el señor no te lo está pidiendo, soy yo.
A él puedes seguir llamando, señor, pero yo prefiero que me
llames por mi nombre.
—Lo voy a intentar, pero no prometo nada —dijo con
timidez.
—Pues que ese intento se haga realidad — dije mientras
colocaba unos jerséis en un estante—. Cuéntame, ¿cómo es el
resto del personal? ¿Son tan agradables como tú?
—La verdad es que sí, no es porque sean mis compañeros de
trabajo, sino que realmente son todos muy buenas personas.
Recuerdo que poco después de que comencé aquí, el jefe
despidió a una chica, aunque no tengo idea de cuál fue la razón
detrás de esa decisión.
—¿Y tienes pareja? —Me estaba comportando como una
auténtica cotilla—. Perdona, si te estoy haciendo demasiadas
preguntas.
—No, para nada, puedes preguntar todo lo que quieras. —Me
dedicó una sonrisa afable—. Respondiendo a tu pregunta, sí,
tengo pareja, se llama Peter.
—Oh… me ha parecido un hombre muy agradable. —Lo veía
un poco mayor que ella, pero no mucho más; al final, Alaric me
llevaba nueve años y en el amor la edad no debería ser un
obstáculo cuando realmente se siente.
—Es muy bueno conmigo y me trata como a una reina, dentro
de sus posibilidades. —Creo que se refería a la diferencia
económica entre su pareja y la mía.
—El hecho de que te trate como a una reina no depende del
dinero, sino de cómo te valora, de las pequeñas muestras de
cariño y, sobre todo, del amor que te demuestra cada día. Las
mujeres que son tratadas así son las verdaderas reinas. Por
desgracia, hay muchas que están rodeadas de dinero y, sin
embargo, son muy infelices en sus relaciones.
—Me gusta tu forma de pensar, Victoria. Siendo así, sí me
tiene como a una reina y de las más importantes. —Me
encantaba esta chica.
Una vez que terminamos de organizar todo, me dirigí a la
cocina con Marion. Ella tenía algunas tareas que atender allí, así
que me senté un rato con una taza de té frente a mí, observando
cómo la cocinera preparaba la cena mientras Marion se movía
de un lado a otro, ocupada con varias cosas.
Amelia, que era el nombre de la cocinera, era la más mayor
de los que trabajaban en la casa, y también era una mujer muy
agradable al trato. Se mostró muy solícita conmigo; mientras
disfrutaba de mi té, me ofreció un delicioso trozo de tarta de
limón que, por cierto, estaba exquisita.
También la había convencido para que no me llamara
«señorita». Con ella me costó un poco más, pero al final lo
logré.
—¿Entonces, de los trabajadores, tú eres de las pocas que no
se quedan a dormir aquí? —le pregunté, recordando que había
mencionado algo al respecto.
—No, yo regreso a casa con mi marido cada noche.
—¿Y pasas todo el día aquí y te vas después de la cena? —
Vaya tela conmigo, hoy estaba más curiosa de lo habitual, ni yo
misma me reconocía.
—No —rio—, somos dos cocineras y alternamos los turnos
semanalmente. Esta semana me toca a mí en la tarde y a ella en
la mañana. —Fue a ponerme otro trozo de tarta, pero negué con
la cabeza—. También podemos cambiar los turnos como mejor
nos venga ese día, el señor no se mete en eso.
Estaba tan inmersa en la charla que no me di cuenta de la
llegada de Alaric hasta que me sorprendió con un abrazo por
detrás y un beso en la cabeza.
—¿Le apetece un té, señor? —le preguntó presurosa.
—No, mejor un café —contestó amable—. A Amelia le gusta
mucho el té, como buena inglesa que es —me dijo mirándome
—, así que te aconsejo que le pidas los cafés, porque si no,
siempre te servirá té. —Ella le dedicó una sonrisa amable a su
jefe—. Amelia, ¿te has fijado en lo bonita que es mi chica?
— La señorita, además de ser muy bonita, también parece ser
muy amable.
—¿Qué te he dicho sobre que me llames señorita? —medio la
regañé en broma—. Diles que no me llamen señorita, prefiero
que me llamen por mi nombre.
—Ya la habéis oído, llamadla por su nombre. —Concluyó
después de beberse el café de un trago.
Disfruté mucho de ese primer día en casa de Alaric; me sentí
muy cómoda con Amelia y Marion. Y, por cierto, las habilidades
culinarias de Amelia no tienen comparación. Dios mío, esta
mujer debería haber cocinado para los dioses, porque todo lo
que preparó fue una delicia.
El día había sido largo y Alaric aún tenía que terminar
algunas cosas en la oficina, así que me fui a la habitación.
Después de darme una ducha, me dejé caer en la cama y creo
que no pasaron ni dos segundos antes de que me quedara
dormida. Estaba tan cansada que ni siquiera noté cuando él se
acostó.
Capítulo 21
Victoria
Nerviosa no, estaba a un nivel superior, cuando esa mañana
me anunció Alaric que ese día íbamos a comer a casa de sus
padres.
Este hombre era como un rayo, siempre queriendo hacer todo
a la velocidad de la luz, y estaba claro que la paciencia no era
una de sus virtudes.
Para calmar los nervios y distraerme, decidí mandarle un
mensaje a María.
Victoria
—Le voy a causar mala impresión a tus padres por tu culpa
—le dije cuando íbamos en el coche.
—No te preocupes, no le causarás mala impresión a nadie,
vamos con tiempo de sobra. —Cogió mi mano para
tranquilizarme.
—Si tú lo dices —resoplé—. Por cierto, Peter, me encanta la
pareja que haces con Marion. —Me miró por el espejo retrovisor
con una pequeña sonrisa.
—Gracias, señorita. —Uf, otro igual con lo de «señorita», a
esto no me iba a acostumbrar nunca.
—Voy a cobrarle cinco euros a cada uno de tus empleados
cada vez que me llamen «señorita».
—Peter, le debes cinco euros a la señorita —siguió con la
broma.
—Bueno, esta vez te lo perdono porque me caes bien, pero a
la próxima prepara la cartera.
El pobre era tan reservado que apenas hablaba, aunque reír,
eso sí, lo hacía sin parar. En un abrir y cerrar de ojos, llegamos a
la casa de sus padres, que vivían en el mismo barrio que Alaric.
La casa de ellos se veía casi igual a la de él; imaginaba que en
este barrio las casas no variaban mucho entre sí.
Victoria
Cuando te sientes feliz y plena, el tiempo vuela sin que te des
cuenta. Eso me pasó a mí; ya habían pasado dos semanas desde
que llegué a Londres y ni siquiera lo noté.
Al principio pensé que me costaría un poco más adaptarme y
que, sobre todo, echaría de menos a mis amigos, pero me adapté
superbién. También tengo que decir que el personal de la
empresa me lo puso muy fácil, aunque quienes realmente
facilitaron mi estancia aquí fueron los padres y la hermana, que
desde el primer momento me acogieron con los brazos abiertos.
Claro que extrañaba a mis amigos todos los días, pero
siempre estábamos en contacto y era raro que no habláramos.
Gonzalo por fin se había animado a dar el paso con Paula y
habían empezado a salir. Según él, solo se estaban conociendo;
según yo, estaban empezando una relación de la que estaba
segura saldría algo duradero y definitivo.
María decía que se encontraba un poco mejor y que en dos
días tendría la ecografía donde, si el bebé se dejaba ver, por fin
le dirían el sexo. Ella quería un niño y Pedro prefería una niña.
Cuando me preguntaban a mí, simplemente respondía que no me
importaba, porque al final lo iba a querer igual.
Salía del despacho de Hanna a media mañana, cuando, desde
la puerta, vi a una mujer impresionante entrar en el despacho de
Alaric. Me pareció raro, ya que a esa hora no tenía ninguna cita
programada.
—Hanna, ¿sabes si tu hermano tenía alguna reunión prevista?
—Me di la vuelta y volví a entrar para preguntárselo—. Acabo
de ver a una mujer entrar en su oficina y no estaba en la agenda.
Victoria
¿De veras había venido hasta aquí solo para buscarme?
¿Acaso no iba a dejarme en paz nunca? ¿Realmente merecía que
me tratara así? ¿Tanto me odiaba? Todas esas preguntas se
agolpaban en mi mente mientras miraba a la mujer que decía ser
mi madre.
Me di cuenta de que, en este tiempo, había desmejorado
muchísimo, parecía más mayor, como si le hubieran pasado diez
años por encima y todos de golpe.
—Mira que lo has puesto difícil para encontrarte, ¿te parece
bonito irte sin despedirte de tu madre? —Me pellizcó la mejilla
burlándose de mí—. Uy, perdona, acabo de darme cuenta de que
no puedes hablar. Me ha costado mucho dar contigo, pero nada
que no se solucione pidiendo algunos favores… favores que
después tendré que devolver en forma de dinero. Pero como te
has buscado un hombre que de eso tiene de sobra, no habrá
problema: por ti, me va a dar todo lo que le pida.
—Ujum… —Intenté articular algo, pero no podía.
—No te molestes, dejaré que hables cuando llegue el
momento.
No podía permitir que se saliera con la suya. Aunque no tenía
una salida clara, sabía que debía hacer algo, lo que fuera, aunque
eso significara ponerme en peligro.
De repente, comenzaron a arrastrarme hacia un coche. Al
llegar a la puerta trasera, me empujaron adentro con fuerza. En
cuanto la puerta se cerró, intenté abrirla, aunque sabía que era
una locura, porque, aunque no estuvieran en sus cabales, no
serían tan tontos. Pero por intentarlo no perdía nada.
La suerte fue que aún llevaba el bolso de bandolera, así que,
poco a poco y sin hacer movimientos bruscos, metí la mano
dentro de él y cogí el teléfono sin llegar a sacarlo.
Llamé a María y activé el altavoz para que pudiera escuchar
todo. Silencié a María para que mi madre y su amigo no
pudieran oír nada de lo que decía.
—Mamá, te estás equivocando, Alaric ha roto conmigo
porque ha vuelto con su exmujer —empecé a decir cuando vi
que mi amiga había descolgado la llamada—. Si has estado
vigilando, te habrás dado cuenta de que él ha llegado solo; yo
únicamente venía para recoger mis cosas e irme a un hotel hasta
mañana, cuando iba a coger un vuelo para volver. —Quise decir
todo eso de carrerilla para que María entendiera cuál era la
situación.
—Vales tan poco que ni siquiera sabes cómo follar con un
hombre para mantenerlo a tu lado, das pena y, sobre todo,
mucho asco. Lo que no sé, es cómo ese hombre ha sido capaz ni
de mirarte a la cara. —Con cada una de sus palabras, un
pedacito de mi corazón se rompía un poco más.
»Pero no importa, de todos modos, le pediré dinero por ti, y
si no me lo da, se lo pediré a tus amigos; si ellos tampoco
colaboran, haré contigo lo mismo que hice en el pasado con
otras dos personas. No dudaré en eliminar a personas como tú de
este mundo.
Dios, no podía ser cierto lo que acababa de escuchar; mi
madre no podía ser un monstruo de este calibre. ¿Cómo había
sido tan ciega para no darme cuenta de la clase de persona con la
que vivía?
Me dolía pensar que María estaba escuchando todo esto, pero
no tenía otra opción si quería salir de esta situación y luchar por
mi vida, porque ahora estaba completamente convencida de que
lo que estaba jugando era mi vida.
—¿Qué quieres decir, mamá? Lo que has dicho tiene que ser
mentira, no me lo puedo creer. —Soltó tal carcajada que me
asustó, pero porque sonó vacía, con maldad y carente de
humanidad.
—¡Tú me lo quitaste todo! —gritó a pleno pulmón—. Por tu
culpa lo perdí, no sabes cuánto te odio y cuánto asco me das,
debiste haber muerto junto a ellos.
Las lágrimas comenzaron a brotar sin poder contenerlas,
porque sus palabras me llevaban a pensamientos que preferiría
no imaginar.
—Mamá, por favor, Alaric no me va a ayudar y mis amigos
sabes muy bien que no pueden, deja esto aquí. Si quieres, te doy
lo poco que tengo y te prometo que lo siga ganando, te lo voy
dando.
—Ese hombre tiene dinero de sobra, para él no es nada.
—¡Pero ha vuelto con su exmujer! —grité, llena de
desesperación—. Ese hombre no quiere saber nada de mí.
—Si es así, pronto dejarás de ser una molestia para todos los
que te rodean, porque eso es lo que haces, incomodar con tu
mera presencia. ¿Cuándo te darás cuenta de que nadie te quiere
y que nunca lo harán? Cualquiera que se acerque a ti lo hace por
algún tipo de interés, como ese tío con el que estabas, que solo
quería follarte mientras intentaba volver con su mujer —resopló
—. Desde luego, podía haber tenido mejor gusto y buscarse a
otra mujer que no fuera tan repugnante como tú.
—Yo no tendría problema en follar con ella —habló por
primera vez el hombre que iba conduciendo, aunque para lo que
dijo mejor se hubiera quedado callado, porque lo que consiguió
con esas palabras fue ponerme los pelos de punta.
—Eso ya lo sé, pero tú no tienes ningún tipo de escrúpulos —
respondió mi madre entre risas.
Esperaba que María lo estuviera escuchando todo, no sabía
cuánta batería me podía quedar, aunque suponía que todavía
quedaba bastante, porque hoy había utilizado poco el teléfono y,
cómo tenía la costumbre de cargarlo por la noche, imaginaba
que podría oír un poco más, o eso esperaba.
—Hablo con María todos los días por teléfono. En cuanto no
hable con ella, en dos días llamará a Alaric y cuando se dé
cuenta de que no estoy con él tampoco, llamará a la policía. Te
recuerdo que la primera sospechosa vas a ser tú, por la denuncia
que te puse. En cuanto vayan a buscarte y no te encuentren,
empezarán a buscarte por aquí también.
Solo quería meterle un poco de miedo. Ya no se me ocurría
qué más decirle para que detuviera toda esta locura y diera
marcha atrás. Esta mujer había perdido por completo la cabeza y
no tengo idea de qué le había contado al hombre que la
acompañaba para que se prestara a su juego.
—En eso no habíamos caído, Fabiola.
—Si te quieres echar atrás, estás a tiempo. Nos llevas al
almacén que hemos cogido y te vas por donde has venido, que
yo puedo manejar sola a la desgraciada esta.
—Haz lo que sea, pero yo a la cárcel no vuelvo, me da igual
que en cuanto lleguemos la quites del medio y nos olvidemos
del dinero. Ya la has escuchado, el tío con el que estaba ha
vuelto con su mujer. Además, lo hemos visto entrar en su casa
con esa tía cogida de su brazo.
¡Buum! Así sonó mi corazón al explotar cuando escuché esas
palabras. Si os digo la verdad, ya me daba igual lo que me
pasara. No quería que me siguieran haciendo daño, ni quería
seguir sufriendo.
Estaba visto que en esta vida unos nacían con estrella y otros
estrellados, y yo, por desgracia, pertenecía al segundo grupo.
¿De veras, Alaric había hecho tal cosa? ¿Realmente me había
cambiado tan rápido por su exmujer? ¿Todo lo que decía sentir
por mí había sido una farsa? ¿Cómo me había dejado engañar
tan rápido por un tío?
Para algunas de estas preguntas no tenía respuestas, pero para
otras sí. Me había dejado engañar por él porque, en el momento
en que me ofreció un poco de cariño, me dejé llevar. Siempre
había estado en busca de afecto, y con solo unas pocas palabras
en el momento adecuado, me arrastró a sus brazos, suplicando
por un poco de amor.
Sin que se dieran cuenta, volví a meter la mano dentro del
bolso y colgué la llamada. A estas alturas, como ya había
mencionado, me importaba poco lo que sucediera conmigo.
Al fin y al cabo, si moría, ese descanso que se llevaban mis
amigos también, ¿de qué les valía tener una amiga que solo les
causaba dolores de cabeza? Sería mucho mejor que me alejara
de sus vidas, en lugar de ser una carga que solo les traía
problemas.
No sé cuánto tiempo más estuvo conduciendo, solo recuerdo
que no volví a hablar durante todo el trayecto y tampoco presté
atención a lo que ellos discutían.
Había caído en un estado de apatía total, del que estaba
segura de que no podría recuperarse en mucho tiempo, si es que
lograba sobrevivir a esta situación.
Finalmente, el coche se detuvo frente a lo que parecía un
almacén. Mi madre abrió la puerta de mi lado y, de un tirón de
pelo, me sacó del coche.
No lo vi venir, así que caí de rodillas al suelo, raspándome
ambas y también las palmas de las manos. Si no las llego a
poner, seguramente me habría estampado de cara contra el
suelo.
El hombre que iba con ella me agarró del brazo y me levantó,
llevándome hacia dentro. Una vez allí, me encerró en una
habitación que estaba completamente vacía, salvo por una
simple silla que había a un rincón. Y sin decir ni una palabra
más, cerraron la puerta, dejándome allí sola con mis
pensamientos, esos que poco a poco me estaban destrozando por
dentro.
Capítulo 25
Alaric
Desde que Victoria me había enviado aquel mensaje
asegurándome que estaba bien y que nos veríamos en casa, no
había vuelto a tener noticias de ella. La llamé unas cuantas
veces, pero ninguna de ellas me contestó. También le mandé
mensajes, y esos ni siquiera los leyó. Me sentía intranquilo, y
aunque me había prometido que nos veríamos más tarde, no
podía evitar sentirme preocupado por su silencio.
La culpa de todo esto la tenía yo, de eso no había duda
alguna. Desde el primer momento, debería haberle confesado
que había estado casado, y además, no debí permitir que Harper
entrara en la sede, mucho menos quedarme hablando con ella
mientras dejaba a Victoria a solas con mi hermana.
Tenía que haber estado a su lado, en lugar de dejar que Harper
viniera a contarme los mismos royos de siempre para intentar
que volviera con ella. Lo repito, la culpa de toda esta situación
solo la tenía yo.
En esta ocasión vino a recriminarme que se había enterado de
que estaba teniendo una aventura con alguien que trabajaba para
mí. Lo único que le respondí fue que lo que hiciera con mi vida
no era asunto suyo, y le pedí que no volviera más y que me
dejara en paz.
Las barbaridades que llegó a soltar esa mujer por la boca no
tenían nombre; por lo que no me quedó más opción que llamar a
los de seguridad y pedir que la sacaran de mi despacho y le
prohibieran la entrada. Justo cuando la estaban echando, mi
hermana llegó y me dijo que Victoria se había ido hacía unos
diez minutos, alegando que iba a tomar un café. Eso solo
aumentó mi frustración, ya que podía imaginar todo lo que
estaría pensando en ese momento.
La verdad es que hoy en día me resulta incomprensible cómo
pude haberme casado con alguien tan superficial como Harper.
Era una mujer atractiva, sin duda, pero su interior estaba
completamente vacío, siempre tratando a los demás como si no
valieran nada. Si tenías dinero, entonces sí eras digno de su
atención y amistad, pero si no, simplemente no existías para ella.
Dejando a un lado a Harper, creo que después de la amenaza
que le hice junto a mi hermana de denunciarla por acoso y otras
cosas que sabía de ella, finalmente se alejaría de mí, de una vez
por todas. Le dejé claro que buscara a alguien más a quien
engañar, y esperaba que me hiciera caso.
Las horas transcurrían y Victoria seguía sin aparecer, lo que
me hacía sentir cada vez más culpable, ya que ella había pasado
por mucho y yo podría haberle ahorrado al menos un poco de
ese sufrimiento.
Y encima, teniendo en cuenta que yo no le había contado
nada, voy y me enfado cuando noté que entre ella y Gonzalo
hubo algo. Era un comportamiento que no tenía justificación.
—¿Has sabido algo de ella? —preguntó mi hermana cuando
entró en mi despacho.
—No, son muchas horas fuera y, aunque quiero darle su
espacio para no agobiarla, me está matando esta espera.
—Alaric, ha intentado mostrarse fuerte y tranquila delante de
mí, pero en sus ojos se veía claramente que estaba muy dolida.
—¿Podía odiarme a mí mismo? Sí, con rotundidad. En estos
momentos me odiaba, y mucho.
—Es que, de verdad, no sé por qué no se lo conté —volví a
resoplar, desesperado.
—Creo que a ella le dolió mucho que me pidieras que le
dijera que se quedara conmigo en mi despacho —dijo, mientras
entraba y se sentaba en una de las sillas.
—Sabes que lo hice para evitar que Harper se cruzara con ella
y se enfrentara a ella. Tú la conoces muy bien, y aunque yo
hubiera intervenido, no habría podido evitar que soltara su
lengua afilada contra Victoria. Solo quise protegerla de Harper.
—Lo sé, hermano. El problema es que ella no tiene idea de
eso. —Me daba cuenta de que Hanna intentaba apoyarme, pero
también estaba cabreada.
—Lo mejor que puedo hacer es irme a casa y esperarla allí,
aquí ya no creo que vuelva, viendo la hora que es. —Empecé a
ponerme la chaqueta.
—Voy contigo, por si no quiere hablar con el idiota de mi
hermano. Al menos me tendrá a mí, y entre las dos te podemos
despellejar a gusto —con Hanna era así, siempre intentando
poner un poco de luz a los días grises.
—Con hermanas como tú, ¿quién quiere enemigos? —Le
revolví el pelo al pasar por su lado, eso siempre le había dado
coraje.
—Es mejor tener enemigos como yo que un capullo como tú
de pareja. —Me sacó la lengua con picardía.
—¡Auch! Eso ha dolido. —Me encogí como si me hubieran
golpeado en el pecho de broma.
—Alaric, creo que deberíamos parar en una tienda antes de ir
a casa —dijo con una expresión pensativa—. Sí, necesitamos
comprar unas rodilleras.
—¿Rodilleras? ¿Para qué las necesitas? —Me extrañó que me
dijera eso.
—Para proteger tus pobres rodillas, ya que vas a tener que
arrodillarte para pedir perdón. —Empezó a reírse.
—Últimamente, estás muy graciosilla, sí, definitivamente lo
estás. Creo que voy a tener que pedirle a Oliver que venga, y te
ponga en tu sitio. —Su risa se cortó al momento.
—Qué mala leche tienes, hermano.
—Dónde las dan, las toman. —Le guiñé un ojo mientras
cerraba la puerta de mi oficina.
Sé que sus bromas eran una forma de relajarme, pero ese
momento de diversión no duró mucho. De camino al ascensor,
avisé a Peter para que tuviera el coche preparado.
Al final, entre una cosa y otra, se nos había hecho tarde aquí.
Esperaba que cuando llegara a casa, ella ya estuviera allí.
Intenté volver a llamarla, pero seguía sin cogerme el teléfono,
así que decidí llamar a mi casa y fue Marion quien contestó. Le
pregunté si ya había llegado Victoria, y me dijo que no.
Ella había puesto toda su confianza en mí, y, a pesar de saber
lo difícil que le resultaba aceptar que había personas que
realmente la querían, yo había fallado de una manera que ni
siquiera podía entender.
Aunque pudiera reprocharme lo que quisiera, sabía que en ese
momento no había nada que pudiera hacer para remediarlo. Solo
me quedaba esperar a que regresara a casa y tratar de explicarle,
lo mejor que pudiera, para que lograra comprenderme. Pero
¿cómo le decía que no le había contado que había estado
casado? Ni siquiera yo tenía una respuesta clara para eso. De
verdad, no sé por qué no se lo dije.
No tenía razón para ocultar nada, ya que formaba parte de mi
pasado y, como tal, no tenía sentido ocultarlo.
Al llegar a casa, al bajar del coche, mi hermana se agarró de
mi brazo, aunque no estaba seguro de qué intentaba hacer;
quizás me estaba dando apoyo o simplemente contenía las ganas
de reírse de mí por lo tonto que había sido. Con Hanna nunca se
sabía.
Me fui directo a mi habitación, necesitaba darme una ducha,
necesitaba una ducha para relajarme un poco, ya que sentía una
presión extraña en el pecho.
Tras salir de la ducha, me puse ropa cómoda para estar por
casa y fui al encuentro de mi hermana. La encontré en la cocina,
hablando con Amalia, mientras esta preparaba la cena.
—Buenas noches —saludé al entrar.
—Buenas noches. —Contestaron ambas al unísono.
—¿Le sirvo algo, señor? —Se apresuró a preguntar Amelia.
—Pon dos copas de vino, Amelia —pidió Hanna—. ¿Has
intentado llamarla de nuevo? —negué con la cabeza— ¿Y qué
tal si llamas a María, por si acaso ella ha tenido noticias de
Victoria?
—Lo pensé antes, pero si no han hablado, no quiero
preocupar a María sin razón.
—Te entiendo, pero yo creo que Victoria la ha tenido que
llamar.
—Sí, tienes razón, voy a hacerlo. —Me levanté para ir a por
mi por teléfono, que había dejado en el despacho mientras se
cargaba.
Volví a sentarme junto a mi hermana, mientras que le daba un
sorbo a mi copa de vino. Me llevé el teléfono al oído esperando
a que sonaran los tonos de la llamada, pero María comunicaba.
Pasado un rato, lo volvería a intentar, con la esperanza de que
ella me dijera que habían hablado. Al menos así me quedaría
mucho más tranquilo. Aunque eso me confirmaría que seguía
muy enfadada conmigo, por lo menos sabría que estaba bien y
que, tarde o temprano, volvería a casa.
Lo intenté de nuevo y seguía igual, comunicando. Vaya, esta
mujer sí que estaba ocupada, pensé con ironía. Decidí probar
otra vez, pero esta vez llamé a Victoria, y su teléfono también
estaba comunicando, lo que me hizo pensar que probablemente
estaban hablando entre ellas.
¡Qué frustrante es intentar comunicarte con alguien y no
poder!
—Señor —me llamó Amelia—, esta tarde, cuando venía
hacia aquí, ocurrió algo muy raro.
—¿Qué fue lo que pasó?
—Cuando venía hacia aquí, vi que un hombre y una mujer se
bajaban de un coche justo cuando el vecino pasaba por su lado.
Como yo iba un poco más atrás, pude oír lo que le preguntaban;
esas personas estaban indagando si por esta zona vivía una
mujer joven y española, lo cual me pareció muy raro. Por
supuesto, seguí mi camino y no me dirigieron la palabra. El
vecino les respondió que no había visto a nadie nuevo por aquí,
y eso lo escuché claramente.
Mientras me contaba esto, la pobre retorcía un paño de cocina
que tenía en las manos, como si eso le ayudara a calmarse.
—Gracias, Amelia, por contármelo —dije, y en ese instante,
una sensación de angustia se apoderó de mi pecho.
Justo en ese momento, sonó mi teléfono y al mirar la pantalla,
vi que era Pedro.
Capítulo 26
Alaric
—Buenas noches, Pedro. Justo estaba intentando llamar a
María.
—Alaric, ha pasado algo… escúchame con atención y haz
todo lo que esté en tus manos. —Su voz temblaba de
nerviosismo, y de fondo se oía a María llorar.
—¿Qué le sucede a María? ¿Estáis bien? —pregunté, con el
corazón acelerado. Al oír el tono de mi voz, mi hermana se
tensó de inmediato. Aunque no conocía a ninguno de ellos, sabía
lo importantes que eran para Victoria.
—Es sobre Victoria… No sé cómo decírtelo.
—¿Qué le pasa a Victoria? —solté, con la voz más alta de lo
que pretendía—. Pedro, por favor, habla de una vez.
Una oleada de ansiedad me atravesó el pecho. Empecé a
caminar de un lado a otro por la cocina, como si el movimiento
pudiera frenar lo que ya intuía que venía.
—Alaric, ¿qué está pasando? —preguntó Hanna,
visiblemente preocupada.
—No lo sé —le respondí—. Pedro, por Dios, que me estás
matando con tu silencio.
—Victoria llamó a María hace un rato, pero no podía hablar
—puse el teléfono en altavoz para que Hanna también escuchara
—. Parece que lo puso en manos libres para que María pudiera
oír lo que sucedía —un sollozo se le escapó, y eso me puso en
alerta total.
»Alaric, su madre y un hombre la tienen, no te puedes ni
imaginar las cosas horribles que le estaban diciendo a Victoria.
—Miré a Amelia, ya que ahora todo encajaba con los dos tipos
que habían estado preguntando en la calle.
—Eso no es todo, ¿verdad? —No podía dejar de pasarme las
manos por el pelo.
—No, María fue lista y se puso a grabar toda la conversación.
—De fondo se escuchaba a María hablar muy alterada con
alguien—. Alaric, llama a la policía de tu país, haz lo que tengas
que hacer, porque esa gente planea matarla como no les demos
dinero, y por lo que parece, la madre de Victoria ya lo hizo
antes. —Sentí como si el suelo se abriera bajo mis pies e
intentara tragarme la tierra.
—Hanna, llama a papá y dile que venga aquí, ¡ya! —lo
último se lo grité— Amelia, intenta recordar cómo eran esas
personas y qué coche llevaban. —La rabia comenzó a recorrer
mi cuerpo y la culpa se sintió como una pesada losa sobre mis
hombros, dificultando mi respiración.
Si no hubiera dejado que Harper entrara en mi despacho, nada
de esto estaría pasando y Victoria estaría ahora mismo junto a
mí, dedicándome una de sus sonrisas que tan enamorado me
tenían.
—En la llamada, Victoria decía que tú no pagarías por ella,
que la habías dejado para regresar con tu exmujer. ¿Dime que
eso no es cierto? El hombre le dijo a su madre que
probablemente estaba diciendo la verdad, porque te vieron entrar
en tu casa con una mujer del brazo.
—Esa mujer es mi hermana, que se vino conmigo a casa.
Cogí la copa de vino y la estrellé contra la pared. La habían
secuestrado mientras yo estaba en casa, se la habían llevado a
unos metros de mí y yo no había estado a su lado para evitarlo.
Dios mío, ¿qué planeaban hacer con ella?
Ya había sufrido demasiado en su vida, y todo ese dolor
provenía de la misma persona, su madre. Nunca en mi vida le
haría daño a nadie, pero si tuviera a esa mujer frente a mí, no sé
cómo reaccionaría.
—Envíame la grabación de la llamada para cuando llegue la
policía, voy a hacer todo lo posible para encontrarla, te lo
prometo. Mi padre está en camino y tiene conexiones con gente
muy influyente. Vamos a utilizar todos los recursos que
tengamos a nuestro alcance para dar con Victoria.
Intenté mantenerme fuerte, pero no pude evitar que dos
lágrimas se me escaparan. Mi hermana se acercó y me abrazó
por la cintura, apoyando su cabeza en mi brazo.
—Alaric, es duro de escuchar. —Hizo una pequeña pausa—.
Todo lo que le han dicho es terrible; si Victoria logra salir de
esto, lo hará muy tocada. Ya le cuesta creer que alguien la
quiera, y ahora su madre le dice todas esas barbaridades.
Dios mío… ¿Qué le habrían dicho? Si Pedro lo decía,
entonces debía de ser algo realmente duro. Pero aún más duro
debió de ser para ella escucharlo de la boca de su propia madre.
Justo de quien debía protegerla por encima de todo… y, sin
embargo, era esa misma persona la que más daño le estaba
causando.
— Tú mándamelo, yo me encargaré del resto. Pedro, nos
mantenemos en contacto y, por favor, cuida de María, esto no es
bueno para ella ni para el bebé.
—Haz que la encuentren, por favor, es nuestra familia.
—Lo haré. —Colgué el teléfono justo cuando mis padres
entraron por la puerta de casa.
—Hijo, tu hermana, me ha contado lo que ha pasado —dijo
mi padre cuando llegó a mi lado—. Ya he llamado a algunos
conocidos, tienen que estar al llegar. Vamos a encontrarla y
traerla de vuelta sana y salva.
—Papá, todo es culpa mía. —Me abracé a él, sintiéndome
roto por dentro, deseando con todas mis fuerzas que ella
estuviera aquí a mi lado.
—No digas eso, hijo, tú no tienes la culpa de nada, la
verdadera culpable es esa madre irresponsable —intervino mi
madre al escucharme.
En ese momento, me llegó el mensaje de Pedro con la
grabación de la llamada. No me podía quedar con la intriga,
necesitaba saber qué le había dicho Fabiola a su hija. Sin
pensarlo dos veces, presioné el botón de reproducción.
A medida que escuchaba esas palabras, sentía como si mil
fragmentos de cristal se clavasen en mi corazón. Mi madre,
Hanna y Amelia no dejaban de llorar. Mi padre se puso pálido y
las lágrimas también brotaban de sus ojos, mientras yo me quedé
paralizado.
Ella creía que yo había regresado con Harper, pensaba que
para mí no había sido más que un juego, que solo la había tenido
a mi lado temporalmente hasta volver con mi ex.
No podía imaginar el dolor que debía estar sintiendo. Y ese
hombre insinuó que no le importaría violarla, mientras su madre
se reía de ella, y ¿qué quería decir con que debería haber muerto
junto a las otras dos personas?
Esa mujer estaba completamente desequilibrada, porque esto
no es algo que haría una persona con una mente sana. Sé que las
adicciones pueden llevarte a cometer locuras, pero ¿hasta ese
extremo?
Volvieron a llamar a la puerta y esta vez fue Marion quien la
abrió. Los demás, que habíamos escuchado esa grabación,
todavía no nos podíamos mover del sitio.
Los policías llegaron junto al comandante, quien era un
íntimo amigo de mi padre.
En ese momento, no me importaban los favores que tendría
que devolver en el futuro; lo único que realmente me
preocupaba era encontrar a Victoria lo más pronto posible. Todo
lo demás carecía de importancia, incluso si eso significaba tener
que vender mi alma al diablo.
Le estuvieron haciendo las preguntas habituales a Amelia
sobre cómo era el coche, la apariencia de los secuestradores y si
había notado algo fuera de lo común. En fin, las preguntas de
siempre, pero cada respuesta era de suma importancia.
Cuando escucharon la grabación, los policías obtuvieron una
pista que les indicaba que los secuestradores se dirigían hacia
algún tipo de almacén. Con la descripción del coche
proporcionada por Amelia, se pusieron manos a la obra.
El comandante desplegó todos los recursos con los que
contaba: helicópteros, drones y todo tipo de controles de
carreteras, todo lo que podía ayudar a encontrarla cuanto antes.
Uno de los policías expertos en rastreos se sentó en la mesa
de la concina con un portátil, afirmando que si el teléfono de
Victoria seguía encendido, podría rastrearla y encontrar su
ubicación.
Nunca había sido una persona religiosa, pero en ese instante,
estaba rezando para que su móvil estuviera encendido.
—Hijo, deberías tomar algo, aunque solo sea un té. —me dijo
mi madre mientras yo permanecía sentado cerca de la ventana
del salón, mirando por hacia afuera con la esperanza de que todo
saliera bien.
—Mamá, ahora mismo no me apetece nada, pero muchas
gracias.
Las horas seguían pasando y la incertidumbre sobre su
paradero se hacía cada vez más pesada. A pesar de que habían
logrado captar la señal del teléfono, esta se había perdido
nuevamente, lo que complicaba aún más la situación.
Según los investigadores, al menos contaban con un punto de
partida desde donde intentar localizarla, lo que ofrecía un leve
rayo de esperanza.
—Hermano, descansa un rato, esto se puede alargar mucho —
me sugirió, colocando una mano en mi hombro.
—No, estoy bien, iros vosotros a descansar. — respondí
mientras le apretaba suavemente la mano que tenía sobre mi
hombro.
Una hora después, apareció Amelia con tazas de té para
todos. Aunque se suponía que debía haberse ido hace rato, se
mantuvo firme en su decisión de quedarse hasta que Victoria
apareciera.
—¡La hemos encontrado! —exclamó un agente, y todos nos
levantamos de un salto, llenos de esperanza.
—Han localizado el coche aparcado justo al lado de un
antiguo almacén de muebles.
El corazón parecía que se me iba a salir del pecho, porque
esto de que quisieran pedir un rescate y no hubieran llamado
todavía, me tenía muy asustado. La idea de que le hubiera
pasado algo grave me atormentaba, y la falta de comunicación
solo aumentaba la angustia que todos sentíamos.
Lo lógico hubiera sido que llamaran para exigir lo que
querían y, como no había sido así, nos tenían a todos con el alma
en vilo.
Mi hermana se encargó de mantener informados a todos en
España, mientras que Gonzalo y Paula decidieron ir a casa de
María y Pedro para estar juntos en este momento tan difícil.
Oliver, por su parte, se mantuvo en contacto constante.
El comandante envió un equipo especializado en asaltos y
rescates al lugar, mientras que los demás agentes que estaban en
la base también comenzaron a prepararse para salir.
Cuando el comandante se dispuso a irse, le pedí que me
dejara acompañarlo. Al principio, se mostró reacio, pero con la
ayuda de mi padre, logramos convencerlo. Aceptó, pero con la
condición de que me mantuviera alejado y no pusiera en riesgo
la operación; evidentemente le dije que sí.
—Hijo, por favor, no te pongas en peligro —me pidió mi
madre cuando ya estaba llegando a la puerta.
—Te lo prometo, mamá. Solo quiero estar allí presente para
cuando la rescaten, quiero que tenga a alguien que la reciba y yo
me muero por tenerla entre mis brazos.
Salí corriendo detrás de George, que era el nombre del
comandante.
—Alaric, no sabemos lo que nos vamos a encontrar — me
advirtió, mirándome de reojo mientras conducía—. Por nada del
mundo, te quiero cerca de la escena —fue rotundo en eso.
—George, no voy a interferir en nada, lo único que quiero es
que la saquéis de ahí.
La ansiedad por verla y abrazarla me consumía. Me
atormentaba pensar en cómo estaría, en cómo se sentiría, y si le
habían hecho daño. Quería demostrarle cuánto la quería, que se
había convertido en una parte esencial de mi vida, de mi alma y
de mi corazón.
Porque sí, la amaba con todo mi ser y no me daba vergüenza
admitirlo. Virginia era mi otra mitad, la mujer con la que soñaba
pasar el resto de mis días, la madre que deseaba que mis hijos
tuvieran, y quería demostrarle día a día cuánto la quería.
Todo lo que no había recibido en su infancia, yo lo
compensaría; sería su apoyo incondicional, la persona que la
animaría a nunca rendirse y a luchar por sus sueños.
Nunca le cortaría las alas, al contrario, si no sabía volar, me
aseguraría de enseñarle a hacerlo.
Capítulo 27
Alaric
Llegamos al lugar y ya estaba el operativo montado,
siguiendo las instrucciones que George nos daba por teléfono
mientras nos acercábamos.
El negociador estaba utilizando un megáfono, y aunque no
estoy seguro, me dio la impresión de que ya había tenido algún
tipo de comunicación con los secuestradores.
Se podía palpar la tensión en el ambiente; todos estábamos
expectantes, sin saber realmente a qué tipo de personas nos
enfrentábamos. En mi caso, tenía una idea bastante clara de lo
que Fabiola podría hacer, y estaba convencido de que no se
rendiría sin luchar. Esa mujer era capaz de cualquier cosa, y no
me quería ni imaginar de hasta dónde podía llegar su crueldad.
Justo cuando el amanecer comenzaba a asomarse, vi cómo se
abría una puerta y un hombre apareció con las manos en alto,
pero ni Victoria ni su madre se veían por ningún lado.
Él fue caminando lentamente hasta donde la policía le había
indicado, lo cogieron y lo esposaron. Cuando el comandante
llegó a su altura, dijo algo que nos dejó congelados.
—Si no hacéis algo, la va a matar, ella dice que lo tiene todo
perdido y que antes se la lleva por delante.
Victoria
Tenía mucho sueño y me sentía muy cansada; los párpados
me pesaban como si estuvieran hechos de plomo y todo el
cuerpo me dolía. Al principio, no lograba recordar qué había
sucedido, pero poco a poco, los recuerdos comenzaron a aflorar
en mi mente. Entonces empecé a ponerme más nerviosa,
invadida por un miedo inmenso.
Empecé a escuchar un pitido agudo y bastante molesto, cuya
procedencia no lograba identificar. Aunque aún no podía abrir
los ojos, percibía la presencia de varias personas a mi lado.
—¿Victoria, puedes oírme? —preguntó una voz que no
reconocía—. Intenta abrir los ojos, por favor.
Con esfuerzo, fui abriendo los ojos lentamente y, a medida
que mi visión se aclaraba, vi a un médico con su bata blanca
frente a mí.
—Muy bien, ¿sabes dónde estás? —asentí con la cabeza—.
Eso es bueno. ¿Recuerdas lo que te sucedió? —Volví a asentir
con la cabeza.
Porque, aunque prefería no recordar nada, lo recordaba todo.
El momento en que mi madre me disparó… bueno, no mi
madre, porque ella misma me había confesado que había
asesinado a mi verdadera madre, quien murió junto a mi padre.
Victoria
La recuperación fue un poco más lenta de lo que esperaba, ya
que me aconsejaron no esforzarme demasiado al levantarme de
la cama ni al caminar, debido al alto riesgo de aborto. Esto hizo
que todo el proceso se alargara más de lo habitual.
Por suerte, en ningún momento estuve sola; siempre estaba
acompañada por alguien. La mayor parte del tiempo era Alaric
quien lo hacía, pero si él no podía estar, mis amigos, sus padres
o Hanna estaban allí para apoyarme. Todos se esforzaron por
cuidarme y hacerme sentir mejor.
El tiempo en los hospitales se hace eterno, pero todo se lleva
mejor con personas que te quieren a tu lado.
En cuanto a la conversación pendiente con Alaric, si os lo
estáis preguntando, aún no había tenido lugar, ya que me
encontraba en un tira y afloja emocional.
Por un lado, estaba dolida, pero, por otro, no todo el mundo
tenía la suerte de encontrar a un hombre que te demostrara
continuamente cuánto te quería. Tampoco es que hubiera
cometido un crimen; sí, no debió ocultarme que había estado
casado, pero al escuchar sus razones, entendí que lo hizo para
protegerme de las posibles palabras hirientes de esa mujer.
Como os he dicho antes, el tiempo en el hospital, se hacía
lento, pero aquí estábamos, después de tres semanas, esperando
que el médico nos diera la buena noticia de que, si todo iba bien,
podría irme a casa, con Alaric a mi lado, ansioso por escuchar lo
que el doctor tenía que decir.
—No puedo esperar a estar en casa —comenté, sintiéndome
ya cansada de estar aquí.
—Sabes que cuando llegues a casa vas a tener que seguir con
el reposo, ¿verdad?
—Lo sé, pero en casa es diferente, aquí el tiempo se siente
eterno y agotador, necesito salir de estas cuatro paredes.
—Todo saldrá bien, ya verás. —Me acarició la barriga, un
gesto que había adquirido desde que se enteró de mi embarazo.
Porque sí, el bebé todavía seguía conmigo, hacía varios días
que había dejado de manchar, y aunque el riesgo todavía seguía
siendo alto, no perdíamos la esperanza de que el embarazo
siguiera adelante sin problemas.
Este embarazo estaba siendo muy raro, ya que, a pesar de que
estaban todos como locos de alegría, el miedo no les dejaba
celebrarlo como realmente hubieran querido.
—Buenos días —saludó el doctor al entrar en la habitación—
¿Cómo te sientes hoy?
—Estoy perfecta para que me digas que me puedo ir —dije
con más impulsividad de la que pretendía.
—Vaya, se notan las ganas que tienes de perdernos de vista, y
yo que pensaba que te estábamos tratando bien —dijo
bromeando—. Pero ¿no os gustaría ver cómo está vuestro bebé?
Miré a Alaric y ambos compartimos una mezcla de alegría y
nerviosismo, ya que era la primera vez que iba a hacerme una
ecografía. Antes, el bebé era demasiado pequeño y no se podía
apreciar bien en una ecografía convencional, y debido al
sangrado, no se había realizado una ecografía vaginal.
—¿Ya se puede? —pregunté, mientras él asentía con la
cabeza y salía un momento para llamar a la enfermera y pedirle
que trajera el ecógrafo—. Túmbate en la cama, levántate un
poco la camiseta y baja un poco los pantalones.
Estaba tan emocionada, por fin iba a tener la oportunidad de
ver a mi bebé. Bueno, en realidad no iba a ver mucho, ya que no
era experta y probablemente solo vería una mancha moviéndose,
pero al menos podría escuchar su corazón.
Tras tumbarme con la ayuda de Alaric y ponerme como me
había indicado el médico, Alaric cogió mi mano y me miró a los
ojos con un brillo especial que nunca había visto antes.
—Bien, vamos a ver cómo está este campeón o campeona.
Esto está un poco frío —comentó, refiriéndose al gel que
aplicaron en mi barriga, y efectivamente, estaba helado.
—¿Se puede saber ya lo que es? —habló Alaric.
—Todavía es un poco pronto, pero hay muchos casos en los
que desde la primera ecografía se puede saber. —Levantó un
momento la mirada y nos miró serio—. Debéis recordar que
todavía no estás fuera de peligro, no quiero estropearos el
momento, pero quiero que seáis conscientes de eso.
—Lo sabemos, pero tenemos la esperanza de que todo va a
salir bien —respondí con seguridad.
—Perfecto, pues entonces vamos allá.
Empezó a mover el transductor por la barriga y a presionar
algunos botones en el panel de control. Tras unos segundos, en
la pantalla empezaron a salir unas imágenes, que, sinceramente,
no tenía ni idea de lo que se veía. Por más que intentara enfocar
la vista y buscar algún detalle, todo me parecía un completo
misterio. Alaric estaba en la misma situación, emocionado pero
igualmente perdido.
En el fondo era casi cómico ver a dos adultos tratando de
descifrar lo que se mostraba en esa imagen en blanco y negro.
—Vaya, esto sí que es una sorpresa —dijo el médico,
mirándonos de una manera algo extraña.
—Vamos, hombre, suéltalo ya, que nos tienes en un sinvivir.
—No lo pude evitar y me salió mi vena andaluza.
—Bueno, pues ahí va: son dos —dijo riendo tras ver nuestras
caras de sorpresa.
—¿¡Qué!? —grité—. Más vale que vayas a llamar a otro
médico que sepa más que tú. —El doctor alzó una ceja tras
escucharme—. Te lo digo en serio, a lo mejor necesitas gafas o
te ha dado un mareo y ves doble.
El médico no pudo evitar soltar una carcajada al escucharme.
Alaric, por su parte, seguía en estado de shock tras escuchar la
noticia.
—Pero di algo, hombre, no te quedes callado, que esto es un
sinvivir, a ver cómo me las arreglo yo con dos a la vez.
—Eso ya no es asunto mío, pero te aseguro que son dos, de
eso no tengo ninguna duda. —El pobre hombre intentaba
contener la risa como podía.
—Nena, mi madre se va a poner loca de contenta. —Me dio
un beso en la frente.
—¿De verdad? Pues dile a ella que los tenga por mí —dije
entrecerrando los ojos—. No me esperaba ni uno, mucho menos
dos. Con lo pequeña que soy, voy a parecer una bola, no voy a
poder ver ni mis pies, y eso sin contar lo demás.
—Pues sinceramente, yo creo que te ha sentado bien que sean
dos, porque no veas el cambio de ánimo tan repentino que has
dado.
—Como para no tenerlo, hombre, si hasta creo que me ha
dado un cortocircuito. —Los dos hombres se reían a carcajadas,
y aunque ellos podían disfrutar del momento, yo sabía que
cuando mi barriga empezara a crecer, la risa se me iba a quedar
atragantada y no podría verme ni el toto.
—Victoria, no te preocupes, se crían dos igual que uno. —
Intentaba que me lo tomara con humor.
—Claro, eso lo dices tú, que no lo vas a tener que parir por un
pequeño agujero.
—Mujer, por dónde sale uno, salen dos. —Al final, le iba a
coger manía hasta al médico.
—No sabía yo que, además de médico, era usted un
humorista. Lo tengo en el punto de mira, doctor. —Llevé los
dedos en uve de mis ojos a los de él.
—Si llego a saber que ibas a tener este cambio de ánimo, te
hubiera hecho antes la ecografía. ¿Te imaginas que vuelvo a
mirar mejor y te digo que son tres?
—Doctor, ¿para qué me salvó si ahora quiere matarme? —La
madre que parió al médico de los cojones, mira qué gracioso
había salido.
—Bueno, si son tres, más alegría para celebrar. —Si se
pudiera matar con la mirada, Alaric habría caído fulminado en
ese instante.
—Te estás jugando el pellejo, cariñito mío —dije «cariñito»
con ironía, a ver si lo cogía.
Cuando logré salir un poco del estupor en el que me
encontraba después de esa noticia, el doctor prosiguió con la
ecografía y al activar el sonido nos quedamos todos callados,
esperando escuchar el latido de su corazón, mejor dicho, de sus
corazones, perdonad, es que todavía no me hacía a la idea de
que fueran dos.
En cuanto se escuchó el primer «bum, bum, bum» de esos
corazones que estaban latiendo casi al unísono, las lágrimas
comenzaron a brotar de mis ojos. Lloré como una niña que
recibe el regalo que siempre había deseado, lloré porque sabía
que no iba a dejar de darles amor, ese amor que tanto anhelaba y
que no había podido experimentar antes. Lloré por mí, por la
necesidad de que esos pequeños se quedaran a mi lado para
siempre, y porque ya los amaba con todo mi ser. Me prometí
que, si mis hijos llegaban a nacer, haría todo lo posible para ser
la mejor madre del mundo.
No era la única que estaba emocionada. Alaric estaba igual
que yo, y aunque sabía que todavía tenía miedo por lo que podía
pasar, la emoción al escuchar los latidos de sus hijos le embargó
de tal manera que parecía otro hombre, uno más completo,
quizás. No sabía si esa era la palabra correcta, pero
definitivamente era lo que se percibía en su rostro.
—¿Están bien? —preguntó Alaric, visiblemente preocupado.
—Están perfectos, sus corazones laten con fuerza, no hay
duda de que son unos luchadores como su madre. Voy a ver si
puedo averiguar qué son, ¿lo queréis saber si se dejan? —nos
preguntó a los dos.
Asentimos con la cabeza, y él comenzó a presionar botones
en el monitor, acercando la imagen a unos puntos específicos.
—Pues, por lo que veo, son niños y desde ya os digo que son
gemelos. Así que podéis ir preparando pulseritas para
identificarlos —dijo entre risas—. Ahora, poniéndome un poco
más serio, Victoria, tienes que guardar reposo hasta que estés
fuera de peligro.
»Así que, cuando te vayas a casa, nada de moverte
demasiado, puedes caminar un poco, pero sin exagerar, ¿te
queda claro? —asentí— Bien, por mí, puedes irte a casa ya, pero
en el momento que notes cualquier síntoma extraño, quiero que
vengas de inmediato.
—No te preocupes, haremos todo como nos has indicado.
Muchas gracias por todo, doctor.
El médico salió de la habitación, seguido de la enfermera que
lo había estado ayudando. En cuanto nos quedamos solos, nos
fundimos en un abrazo lleno de felicidad, ya que este era un
momento único y especial. Nos habían dicho que todo iba bien,
y por primera vez en días, sentíamos que una chispa de
esperanza iluminaba nuestro camino.
Capítulo 30
Victoria
Regresar a casa me llenaba de alegría, sí, porque esta ya era
mi casa o, por lo menos, así la sentía yo. Aunque Alaric no me
había dicho nada, estaban todos en casa esperándome, bueno,
todos no, porque mis amigos, cuando comprobaron que estaba
fuera de peligro, tuvieron que volver a España, no podían dejar
sus trabajos tanto tiempo desatendidos.
En esos momentos, sentía la falta de María más que nunca; a
los demás también los extrañaba, pero ella era mi hermana, la
que siempre había estado a mi lado desde el primer día, y sabía
que al contarle que todo estaba mejor y que venían dos niños, se
iba a poner loca de contenta.
Mis hijos y la hija de María tendrían una diferencia de edad
mínima, y estaba segura de que crecerían juntos como si fueran
hermanos, aunque eso dependería de si regresaba a España, algo
que por ahora no me apetecía mucho.
Antes de cruzar la puerta de casa, Alaric me detuvo y, con
una mirada, me preguntó si estaba lista para el alboroto que se
avecinaba.
—Lista — respondí con una sonrisa, y él cogió mi mano
mientras juntos atravesábamos la puerta.
Me condujo despacio hasta el gran salón, lo que fue una
sorpresa para mí, y para mi sorpresa, vi que todos mis amigos
habían regresado. Desde el día anterior, cuando el médico le dio
a Alaric la buena noticia de mi alta, él había llamado a los
chicos, quienes no quisieron perderse mi salida del hospital.
Lo que no sabían ellos, era que la sorpresa sería para todos
ellos en cuanto les dijera que estábamos esperando gemelos.
—¡Sorpresa! — exclamaron al unísono. Miré a Alaric y
ambos nos echamos a reír al mismo tiempo.
—La sorpresa, os la vais a llevar vosotros —dijo él, y le di un
codazo para que se estuviera callado un poco más.
—María… —Abrió los brazos y me abracé a ella—. Te
echaba de menos.
—Yo también, cariño.
Los fui saludando a todos con besos y abrazos. Robert y
Daphne me acogieron entre sus brazos y no en el sentido
figurado de la palabra, me acogieron como a una hija desde que
me habían conocido. Siempre lo estaban demostrando con cada
palabra o gesto que tenían hacia mí. Eran unas personas
maravillosas y no podía estar más orgullosa de que mis hijos
tuvieran unos abuelos así.
✤ ✤ ✤
Victoria
Cuando vives feliz y a gusto, el tiempo pasa volando. Porque
eso es lo que es: tiempo. Para algunos se hace lento y tedioso,
mientras que para otros pasa en un abrir y cerrar de ojos. Claro
que también depende mucho del momento que estés viviendo.
Porque si me preguntáis: «¿Cómo se le pasó el tiempo a Hanna
mientras estuvo enamorada en secreto de Oliver?», pues, como
es lógico, te diré que se le hizo interminable. Ahora bien, si me
preguntáis: «¿Cómo se le ha pasado el tiempo a Hanna desde
que está con el amor de su vida?», la respuesta también es
bastante sencilla; estos meses han sido como horas para ella.
No, no penséis que aquella noche salió bien, para nada, más
bien fue todo lo contrario. Oliver salió huyendo de casa como si
lo estuviéramos amenazando. Su explicación, tiempo después,
fue que le aterraba la idea de que las cosas entre él y Hanna no
salieran bien, y que, por ese motivo, pudiera perder a su mejor
amigo.
Tonterías que se le meten a uno en la cabeza, pero oye, cada
loco, con su tema. Menos mal que pocos días después se dio
cuenta de su tremendo error y quiso remediarlo. Pero, para
conseguirlo, tuvo que arrastrarse mucho, porque mi querida
cuñada no era de las que dejaban pasar las cosas. Ella decía que,
si se había humillado ante él, entonces él también tendría que
hacerlo.
El caso fue que el pobre muchacho lo hizo y desde entonces
estaban juntos. Tanto era así que alternaban su residencia entre
España y Londres; cuando él debía trasladarse a la delegación
española, Hanna lo acompañaba, y cuando Alaric requería su
presencia aquí, regresaban los dos.
Es verdad que cuando Hanna vino un día a verme y me dijo:
«Me voy a España con Oliver», sentí que se iba mi otra hermana
y que sin ella me iba a encontrar muy sola, pero lo entendí y a
ella también.
Victoria
—¿Dónde están mis preciosos sobrinos? —preguntó Hanna
nada más entrar por la puerta.
—Hombre, considerando que todavía no andan ni nada por el
estilo, están en las cunas, donde los ha dejado tu hermano —le
contesté desde la cama.
—Qué cuñada más graciosa tengo —dijo mientras se dirigía a
ver a los pequeños.
—Eso, tú no saludes a la madre de los niños, encima que los
traje al mundo con todo mi esfuerzo y dolores. —Reí
interiormente.
—Sobre todo esfuerzo y dolores, un poco más y los tienes
mientras te haces un favor en el baño, ¡menudo trauma le has
causado a mi hermano! —Vino a abrazarme—. ¿Cómo estás? Ya
sé que bien, pero tengo que quedar como la cuñada preocupada.
—Me encuentro tan bien que mañana mismo nos vamos de
marcha. —Que conste que lo dije de broma.
—Preciosa, qué niños más bonitos has tenido —dijo Gonzalo
con uno de ellos en sus brazos.
—Pues a ti eso de tener un bebé en brazos te pega. —Anda,
que le faltó tiempo para dárselo a Oliver—. Venga, que los están
regalando, esto es una epidemia de niños, ja, ja, ja. —Me reí
mucho al ver la cara que puso.
—Os aseguro que es lo más bonito que os puede pasar —
pronunció Alaric, sentándose en el filo de la cama a mi lado.
—¿También ha sido bonito traerlo al mundo en el coche? Tío,
qué estómago, yo no lo hubiera podido aguantar —dijo Oliver
poniendo cara de asco.
—Eso lo dices ahora porque no son tuyos, pero de verdad, es
la mejor experiencia que he vivido nunca.
—¿Incluso mejor que hacerlos? —Oliver no se callaba una.
—Que bruto eres, hijo. —Le dio un toque Hanna en el brazo.
—Pues yo quiero ahora una nieta, así que ya sabéis los dos.
—Anda que tardó poco mi suegra en pedir otro nieto y estos
tenían horas, claro como ella no era la que los tenía.
—Daphne, que sepas que ya te quiero un poco menos —le
contestó el yerno.
—No digas mentiras, hombre, que tú me quieres mucho.
—Sí, pero ya un poco menos.
—Pues yo quiero un hijo, así que ya sabes —habló mi
cuñada.
—Princesa, si tú quieres, yo me presto a practicar todo lo que
quieras, pero que quede solo en eso, por ahora en prácticas.
—No, si tenemos una cosa, quiero también la otra.
—Mira la que me habéis liado.
Todos estábamos bromeando, pero en la mirada de mi cuñada
noté un destello de deseo; parecía que realmente le gustaría
tener un hijo.
Paula sacó el teléfono para hacer una videollamada a María y
a Pedro, y la alegría era palpable. Después de tantos años de
dificultades, finalmente estábamos disfrutando de tiempos
felices juntos.
Yo ya contaba con mi propia familia, a quienes deseaba
ofrecer todo el amor que guardaba en mi corazón, un amor que
parecía no tener límites y que nunca me cansaría de compartir
con cada uno de ellos.
— Ahora que ya tenemos a los niños y estamos rodeados de
toda la familia, quiero preguntarte de nuevo si me harías el
hombre más feliz del mundo al aceptar ser mi esposa. ¿Me
aceptas como tu futuro marido? —dijo mientras sacaba un anillo
de su bolsillo y lo colocaba en mi dedo.
—Pero si todavía no te he dicho que sí.
Tal vez no fuera la pedida más romántica del mundo, pero
para mí era la más auténtica. Ya me lo había pedido varias
veces, pero yo siempre le había dicho que cuando tuviera a los
niños me lo volviera a preguntar, pues bien, se lo había tomado
al pie de la letra.
— Es para que veas lo bonito que es y así no puedas decir que
no —me guiñó el ojo, provocando risas entre todos los
presentes.
—Contigo al fin del mundo —esa fue mi respuesta. Y para
sellar mis palabras, lo atraje hacia mí y le di un buen beso, uno
lleno de sueños por cumplir, un beso repleto de amor que
deseaba compartir, un beso que simbolizaba el futuro que
íbamos a construir juntos y un beso que expresaba cuánto lo
amaba, más que a nada en este mundo.
Las felicitaciones volvieron a llegar, esta vez por nuestra
boda, y me pregunté si era posible morir de felicidad; aunque
sabía que no, solo lo decía para que pudierais imaginar
inmensamente feliz que era en estos momentos.
Más tarde, cuando nos quedamos solos en la habitación, le
hice una pregunta, porque sabía que me había dicho, que le
gustaba el nombre que eligió para mi hijo, pero intuía que había
algo más detrás que no me había dicho.
Cariño, necesito que me digas la verdad. ¿Por qué elegiste ese
nombre para nuestro hijo? Sé que te gusta y que es bonito, pero
hay algo más… tus ojos no pueden engañar, y lo sabes.
—Nena, no sé cómo decírtelo —dijo, visiblemente nervioso
—. He estado investigando, y tras muchos meses he dado con
los nombres de tus padres y el lugar donde están enterrados.
El corazón se me encogió al escucharlo.
—¿Dónde están?
—A unos cincuenta kilómetros de donde vivías —respondió.
—¿Y cómo se llamaban? —le inquirí, sintiendo que las
lágrimas comenzaban a brotar, sin saber si eran de tristeza, de
alegría por conocer su paradero o una mezcla de ambas.
—Él se llamaba Miguel —claro, de ahí el nombre mi hijo,
Michael, se lo había puesto por mi padre, pero en inglés—. Ella
se llamaba como tú, porque tu tía no te pudo cambiar el nombre,
así que te quedaste con el que te pusieron tus padres.
—¿Eran de aquel pueblo?
—Sí, por eso Fabiola se fue de allí, para evitar sospechas, de
hecho los vecinos creían que tú también habías muerto con ellos
en aquel accidente.
Me preguntaba hasta dónde podía llegar la maldad de una
persona; a pesar de todo lo que había vivido con ella, seguía
sorprendida cada vez que escuchaba algo nuevo.
—En cuanto pueda viajar con los niños, me gustaría ir y
llevarles flores a mis padres. —Alaric se acercó a mi rostro y
secó las lágrimas que caían por él.
—Te prometo que, en cuanto podamos viajar, iremos los
cuatro. —Fue dándome besos por toda la cara, eran besos llenos
de mucha ternura y de una promesa que sabía que cumpliría.
✤ ✤ ✤
Victoria
Finalmente, estaba de vuelta en mi ciudad, y la emoción de
reencontrarme con mis amigos era abrumadora. Tenías unas
ganas locas de abrazarlos y besarlos, pero, sobre todo, anhelaba
tener entre mis brazos a mi princesa.
Esa niña que me tenía completamente enamorada, a pesar de
que nunca la había visto en persona. Ahora, aquí estábamos,
juntos de nuevo, con mis pequeños que ya habían cumplido tres
meses.
Cada día, mis hijos se parecían más a su padre: el mismo
color de pelo, los ojos de un tono similar y esas miradas que lo
dicen todo. En cuanto a sus personalidades, Robert era más
parecido a mí, mientras que Michael se parecía más a su padre,
aunque también tenía mucho de su tía Hanna.
Desde que nacieron, me volqué prácticamente en ellos, sé que
a lo mejor más de la cuenta, pero algo en mi interior me decía
que tenía que darles todo el amor de madre que a mí me faltó.
Con Alaric, todos los días eran especiales, nunca me
descuidaba y mucho menos a los niños, aunque, como cualquier
pareja, teníamos nuestras pequeñas discusiones que no eran más
que tonterías sin importancia.
La verdad es que sabía que iba a extrañar mucho los días en
los que tuviera que regresar a Londres, pero como serían
contados y espaciados, intentaría sobrellevarlo de la mejor
manera posible.
Además, iba a estar bastante ocupada con los preparativos de
la boda, ya que en unos meses nos íbamos a casar y lo haríamos
aquí, en mi tierra, esa que durante un tiempo me negué a pisar
por esos recuerdos tan dolorosos que me traía.
También estaba impaciente por visitar el pueblo de mis
verdaderos padres, donde descansan, y quería conocer el lugar
exacto donde están enterrados. Tenía tantas cosas que decirles,
tantas preguntas que hacer, aunque sabía que no obtendría
respuestas, y me moría de ganas de presentarles a sus nietos.
Era consciente de que lo único que quedaba de ellos eran sus
cuerpos físicos, mientras que sus almas permanecían a mi
alrededor. Aun así, sentía que era algo que debía hacer; como si,
al hacerlo, pudiera acercarme más a ellos, sentir que realmente
habían existido y que su amor por mí había sido incondicional.
—Por fin habéis llegado —nos dijo Hanna al recibirnos en
nuestra casa.
Ella se había ofrecido a ponerla a punto para la llegada de los
niños. Esta casa pertenecía a Alaric en la ciudad, y aunque me
gustaba mucho más la que tenía en las afueras, comprendía que
el trayecto de una hora para ir y volver todos los días podía ser
agotador.
—Hola, bombón —le dije entregándole a uno de los niños.
—¿A quién me has dado? —Se puso a mirarlo atentamente
—. Todavía no los distingo muy bien.
—Ni lo harás —contestó Alaric con un resoplido—, me
cuesta a mí que los veo todos los días.
—Pues muy simple: el callado es Robert, el escandaloso es
Michel —dije entre risas, porque sabía lo que me iba a decir a
continuación.
—¿Y cuando están los dos callados? —Enarcó las cejas.
—Intuición de madre. —Me encogí de hombros.
—Se está quedando contigo, Hanna, que ella los distingue por
la pulsera. —Pasó Alaric por nuestro lado llevando una maleta
en cada mano.
—Mira que es graciosa mi cuñada.
—Pues yo sí los distingo. —Miré con cara de ¿te estás
quedando conmigo?, a Oliver cuando habló—. Os lo digo de
verdad.
—¿Cómo los vas a distinguir tú, alma de cántaro?
—Aquí, aquí tiene Michael, un lunar que no tiene Robert. —
¿En serio?, eso no podía ser, porque tenía a mis hijos
memorizados y no había nada que los diferenciara.
—¡Qué capullo eres! —Escuché decir a Alaric.
—Mira, aquí, ¿ves? Esto no lo tiene Robert. —Y él se
quedaba tan tranquilo después de soltar y hacer eso.
—¡Normal que Robert no lo tenga! ¿Le has pintado a mi hijo
un punto con un rotulador permanente en el interior de su
muñeca? —Este tío estaba fatal.
—Yo creo que es buena idea, podríamos hasta tatuárselo. —
Lo más bonito es que se veía convencido de lo que decía—. Os
lo digo en serio, deberíamos hacerlo o, cuando sean mayores, se
van a quedar con toda la familia.
—Oliver, de verdad te lo digo, como alguna vez le hagas algo
de ese tipo a mis hijos, te voy a matar. —Lo apunté con el dedo
mientras lo regañaba, al final resultaba que el niño era él.
—Bueno, por lo menos hoy no me voy a confundir de niño,
¿verdad, Michael? —le dijo al que tenía en brazos.
Victoria
De camino al pueblo en el que se suponía que habían vivido
mis padres, le pedí a Alaric que detuviera el coche en alguna
floristería. Quería comprar dos ramos de flores, uno para cada
uno.
Los niños se mantuvieron dormidos durante todo el trayecto.
La verdad es que, en el fondo, eran niños muy buenos. Lo que
pasaba era que al ser dos, el cansancio del día a día pesaba un
poco más, pero no me podía quejar.
Cuando llegamos al pueblo, le preguntamos a una mujer que
pasó por delante de nosotros, dónde podíamos encontrar una
floristería. Cuando nos indicó que estaba poco antes de llegar al
cementerio, nos dirigimos hacia allí.
Victoria
Era muy temprano cuando unos besos por el interior de los
muslos me despertaron.
—Umm… todavía es de noche —dije con la voz ronca por el
sueño.
—Shhh… solo siente —susurró tras dar otro beso, esta vez un
poco más arriba.
Del interior de un muslo pasó al otro. Esos besos me estaban
volviendo loca y logrando que despejara mi mente de ese sueño
en el que me encontraba cuando él me despertó.
Enganchó los pulgares en los laterales de mis braguitas y las
fue bajando a lo largo de mis piernas hasta llegar a los tobillos.
Todo ese recorrido lo fue haciendo con lametones que iba
dejando su lengua, esa que sabía utilizarla demasiado bien.
Cuando las bragas cayeron a mis tobillos, finalmente logré
deshacerme de ellas. En el instante en que quedé libre, él abrió
mis piernas y comenzó a recorrer el mismo camino que había
tomado al bajar, pero esta vez lo hacía en sentido ascendente.
Con cada lametón y mordisco, sentía cómo cada vello de mi
cuerpo se erizaba, intensificando la sensación. En esa posición,
dirigí mi mirada hacia esa zona y, al hacerlo, él me observó por
encima de sus pestañas. En el momento en que nuestras miradas
se encontraron, el aire pareció quedarse atrapado en mis
pulmones.
¿Qué tenía esa mirada que me volvía completamente loca? Lo
que fuera que la provocara, deseaba que lo siguiera haciendo
toda la vida, porque me encantaba quedarme atrapada en ella.
Mientras se inclinaba entre mis piernas, dándome suaves
besos, sus ojos no se apartaron de los míos, y sus manos se
deslizaron hacia mis pechos, esos que dormían al descubierto
desde que estábamos juntos.
Agarró cada uno con una mano y empezó a estimularlos. No
es que le hiciera mucha falta, porque, desde que empezó con el
primer beso, ya me encontraba lo suficientemente excitada; es lo
que tenía que Alaric me tocara, me llevaba de cero a cien con un
solo roce.
Con sus dedos en mis pezones, empezó a pellizcarlos
apretándolos con una suavidad que, sin embargo, era lo
suficientemente intensa como para encender aún más mi deseo,
si es que eso era posible.
Luego, llevó su lengua al pliegue de mi vagina, deslizándola
lentamente entre mis labios; ese simple contacto me hizo perder
la cabeza. Al ver mi reacción, repitió el movimiento, esta vez
adentrándose un poco más entre los pliegues.
Con una mano, separó mis labios vaginales con dos dedos
para tener un mejor acceso, y al abrirme, me dedicó una sonrisa
de esa de canalla de medio lado. Le tiré un poco del pelo, no
porque me molestara, sino porque me encantaba que se riera de
lo excitada que me ponía, y en el fondo, disfrutaba de esas
sonrisas que me dedicaba.
Después de sonreír, me sopló justo en el centro de mi placer,
lo que me hizo dar un pequeño salto sobre el colchón.
—Alaric…
—¿No te gustó, nena? — dijo, con esa actitud provocadora—
¿Quieres que lo intentemos de nuevo? —. Y otra vez, con una
lamida, volvió a soplar después de pasar su lengua, generando
en mí la misma reacción de antes—. Creo que te está gustando
más de lo que admites.
—Joder, cállate de una vez y haz que me corra. —Necesitaba
correrme con urgencia.
—Parece que esta mañana te has levantado mandona.
—No me he levantado, me has despertado y todavía es de
noche —gruñí de frustración.
Comenzó a recorrer mi cuerpo hasta llegar a mi rostro, donde
se detuvo a mirarme por unos segundos hasta que decidí hablar.
—Como no vuelvas a poner tu cabeza ahí abajo, ten por
seguro que me lo vas a pagar. —Le tiré del pelo en la nuca.
—Grrr… me encanta cuando te pones así —gruñó tirando de
mis labios con sus dientes.
—A mí me gusta cuando no dejas el trabajo a medias. —
Volví a tirar de su pelo.
Siguió besándome, más bien devorándome, pero llevó dos
dedos sobre el clítoris y empezó a trazar pequeños círculos,
haciendo que mi respiración se volviera mucho más errática y
mucho más pesada.
Con un camino de besos llegó a mi intimidad, volvió a hacer
lo mismo que había hecho pocos momentos antes. Con dos
dedos abrió los labios y entonces fue cuando se adentró por
completo a devorarme sin ningún miramiento. Sabía muy bien
lo que se hacía, lo sabía mejor que bien.
El movimiento de su lengua a veces era rápido, y de buenas a
primeras, se volvía lento. En cuanto sintió que mi cuerpo
necesitaba un poco más, me penetró primero con el dedo
corazón, como para ir tanteando el camino, un camino que se
sabía cómo la palma de su mano.
Curvó ese dedo hacia arriba para llegar a esa rugosidad que
cuando era tocada de la manera adecuada, te hacía arder de un
momento a otro. Tocaba ese punto con acierto, lentamente,
mientras le dedicaba con la lengua especial atención al clítoris.
Dios, estaba a punto de dejarme caer en el abismo de ese
placer tan grande que me estaba provocando. Como conocía las
reacciones de mi cuerpo a la perfección, supo el momento
exacto en el que mi cuerpo necesitaba un poco más y se lo dio,
agregando un segundo dedo.
Fue entonces cuando las penetraciones se volvieron más
intensas, sin dejar de penetrarme con los dedos ni de acariciarme
con su lengua, me hizo alcanzar el clímax.
Cuando finalmente alcancé ese punto de éxtasis, mi espalda
se arqueó de manera involuntaria, como si mi cuerpo estuviera
liberándose de toda la tensión acumulada desde que comenzó a
tocarme.
Tras ese primer orgasmo, subió a través de mi cuerpo dejando
un reguero de besos por donde iba pasando hasta llegar de nuevo
a mi boca, esa que devoró con verdadera pasión, atrapando con
ese beso, mi cuerpo y hasta mi alma.
Lo hice girar para quedarme encima de él, deseando ser yo
quien disfrutara de su cuerpo esta vez.
—Menos mal que le hice caso a Oliver y al final compré un
avión privado, porque de lo contrario habría perdido el vuelo —
dijo mientras le daba beso a lo largo de su mandíbula—. Pero
por esto, dejaría escapar cien vuelos si fuera necesario. —
terminó gruñendo.
— Para que no se te olvide lo que dejas aquí cuando estés en
Londres. —Era la primera vez desde que regresamos que tenía
que marcharse, y la idea no me agradaba en absoluto, aunque
entendía la situación.
—Nena, esté donde esté, siempre pienso en ti. —Me tomó de
las mejillas y me acercó a su boca para darme otro beso, uno de
esos que iban cargados de sentimientos.
Me senté encima de su erección y con la humedad de mi
vagina empecé a hacer fricción sobre ella. Quería hacer que
entrara en combustión, que ardiera en deseos por mí, que cada
minuto del día pensara en lo que éramos cuando estábamos
juntos, en lo que podíamos hacer y en el placer tan grande que
nos dábamos mutuamente.
Empecé a delinear con mis labios su mandíbula, su clavícula,
el centro de su pecho, el ombligo y llegué a esa famosa V que
indicaba el camino a seguir para llegar hasta su miembro, ese
que estaba totalmente erecto, donde una gota de líquido
preseminal brillaba, señal de que estaba totalmente excitado.
Con la yema de mi dedo pulgar, recogí esa gota y la esparcí
por todo su glande, haciendo que Alaric gruñera de satisfacción.
Justo cuando vi que estaba a punto de cogerme para follarme
con fuerza y antes de que eso pasara, llevé mis labios hasta su
miembro rodeándolo con mi lengua.
Pasé un buen rato jugando con él, disfrutando del momento,
hasta que decidí que era hora de llevarlo más lejos. Así que, sin
pensarlo más, lo introduje por completo en mi boca, subiendo y
bajando a lo largo de su longitud, que no era poca.
Me encantaba cuando él tomaba mi cabello y lo enredaba en
su mano, esas manos tan masculinas que parecían tener un poder
especial sobre mi cuerpo.
Cuando sentí que estaba a punto de perder el control, me
retiré y subí por su torso hasta posicionarme justo encima de su
pene. Guie su miembro hacia la entrada de mi vagina y,
lentamente, comencé a descender, sintiendo cómo cada
centímetro de él se adentraba en mí, abriéndose paso y
llenándome por completo.
Puse mis manos sobre su abdomen y empecé a moverme,
primero con una candencia lenta, sutil, pero no por ello menos
placentera. Él, a su vez, llevó una mano a mi cadera y la otra a
mi pecho, donde me pellizcaba con ternura y firmeza al mismo
tiempo.
Cada vez iba subiendo y bajando con más fuerza, con más
rapidez. Quería abrazar esa sensación de placer que me estaba
provocando, pero también quería disfrutar un rato más, no
quería que saliera de mi interior todavía.
—Pon las manos detrás sobre mis muslos, nena, necesito ver
cómo subes y bajas sobre mí —dijo apretando los dientes,
porque yo sabía que él estaba aguantando las ganas de correrse
tanto como yo.
Hice lo que él me dijo, dándole así mayor visibilidad a
nuestros sexos unidos. En ese instante, me cogió de las caderas
con las dos manos, ayudándome a bajar con mayor fuerza
mientras él se impulsaba hacia arriba para llegar tan profundo
como pudiera.
Me corrí, no lo pude aguantar más y terminé explotando en
un orgasmo demasiado intenso, y es que en esta postura llegaba
tan adentro de mí que no sabía dónde terminaba su cuerpo y
empezaba el mío.
Me separó de él y, al salir de mi interior, me giró para que
quedara a cuatro patas y empezó a penetrarme desde atrás. En
esta postura era él el que marcaba el ritmo y la fuerza de cada
embestida, y con cada una de ellas me impulsaba hacia delante
con una fuerza brutal.
—Dios… Alaric, me matas —se me escapó un grito.
—No hay mejor manera de morir que esta. —Me cogió del
pelo y tiró de mi cabeza hacia atrás para atrapar mi boca con la
suya—. Estamos hechos el uno para el otro, nena, siempre
juntos, hasta el final. Porque tú eres mía y yo soy tuyo —dijo sin
dejar de penetrarme con fuerza, sin perder el ritmo.
Una embestida más, dos, tres, cuatro y así perdí la cuenta
hasta que los dos llegamos juntos a ese punto de no retorno,
haciéndonos caer por un abismo del cual no veíamos el final.
Me dejé caer a plomo bocabajo sobre la cama, no podía con
mi cuerpo. Este hombre un día iba a terminar conmigo, pero
siempre que fuera así, sería bienvenido.
Él se dejó caer también encima de mí sin salir todavía de mi
interior.
—Sabes que te vas a perder estos amaneceres durante unos
días por irte —le hablé cuando cogí un poco de aire.
—No me chantajees, nena. Sabes que tengo que ir de vez en
cuando, no puedo desatender mis obligaciones. —Salió
lentamente de mi interior y se dejó caer en la cama a mi lado.
Me giré para mirarlo, apoyando mi cabeza sobre una de mis
manos y con la otra empecé a trazar círculos sobre su abdomen.
—Lo sé, pero eso no significa que no te necesite a mi lado.
Me cogió la mano la que le estaba haciendo los círculos y se
la llevó a los labios, dejando sobre mis nudillos un beso.
—Solo van a ser tres o cuatro días, dependiendo de lo que se
alarguen las firmas de los contratos. —Se acercó y me dio un
beso en la punta de la nariz antes de levantarse y meterse en la
ducha.
Capítulo 36
Victoria
Hacía ya dos días que Alaric había regresado a Londres, y en
esos días lo había extrañado bastante. Ese día había organizado
una comida en casa con todas las chicas, aunque también se
unirían los chicos más tarde, una vez que salieran del trabajo.
También había invitado a mi tío Alfredo y a su mujer
Amparo. Justo cuando estaba cambiando el pañal de Michael,
sonó el timbre de la puerta, así que, con el pequeño, aún sin
pañal, me acerqué a ver quién era.
—Qué oportuna eres siempre, cuñada. Tu sobrino Robert te
está esperando para que le cambies el pañal, yo ya lo hice con el
diablillo este —dije mientras le daba un beso en el moflete a mi
hijo, el otro se escuchaba protestar de fondo.
—Para lo que he quedado —dijo con fingido fastidio.
—No seas tonta, que se te da estupendamente limpiarles el
culo a los niños. —Sonreí al ver la cara que puso.
—Sí, limpiar mierda de niños está entre mis pasatiempos
preferidos. —Puso lo ojos en blanco—. Fíjate, me gusta más que
ir de compras y todo. —Ahí rompimos las dos a reír por su
sarcasmo, porque había pocas cosas en esta vida que le gustaran
más a Hanna que estar de compras.
—Espabila, que no quiero que se irrite el culito a mi niño.
—Eso, encima con prisas, con lo bien que estaba mi hermano
soltero. —Esto último me lo dijo mientras pasaba por lado e iba
a por mi hijo.
Terminamos de arreglar los niños a tiempo para cuando
empezaron a llegar todos los demás.
—Victoria, qué alegría me da volver a verte —dijo Alfredo
cuando le abrí la puerta de casa.
—A mí también me alegra mucho que hayáis podido venir. —
Le di un beso a él y otro a su mujer.
Llegaron con varias bolsas llenas de cosas que habían
comprado, principalmente regalos para mis hijos, lo cual fue un
gesto muy amable de su parte. No era necesario que se
molestaran en gastar tanto dinero en ellos, ya que no quería que
se quedaran sin recursos para sus propias necesidades.
—Estos son unos pequeños detalles para los niños —dijo
Amparo entregándome las bolsas.
—Gracias, sois muy amables, pero no teníais que haberos
molestado. Con vuestra presencia era más que suficiente.
—No es molestia, al revés, para nosotros significa mucho
poder regalarles algo —contestó Alfredo.
Les indiqué el camino para llegar donde estaban todos, que no
era otro, que la gran cocina que tenía esta casa. Desde luego que
cuando Alaric la compró, no sé en lo que pensaba para una casa
tan grande. Estaba visto que a este hombre le gustaban las casas
enormes con espacios muy amplios.
Al llegar, les fui presentando a todos, y rápidamente se
sintieron acogidos por esta familia que habíamos ido formando
con el tiempo.
Oliver, Pedro y Gonzalo parecían haber coordinado su
llegada, y con ellos ya estábamos todos, aunque para mí faltaba
el más importante, pero al menos los que debían estar ese día
estaban presentes.
Entre todos nos pusimos manos a la obra para preparar la
comida, sin complicarnos demasiado.
Ese día, por unanimidad, decidimos que lo que más nos
apetecía era una buena paella de marisco como plato principal.
Antes de eso, como entrantes, servimos un surtido de quesos y
unos cogollos de lechuga con anchoas y un toque de ajito refrito,
que le daba un sabor espectacular.
Ya os podéis imaginar lo que se alargó esa comida y
posteriormente la sobremesa, en la que hubo un poco de todo.
Anécdotas de unos y otros, contando cómo nos habíamos ido
conociendo entre todos.
Mis tíos compartieron muchas historias de mis padres. Al ser
una pareja que estaban juntos desde el instituto, habían tenido un
largo camino con el que nos podían deleitar al hablarnos de
ellos.
Fui a la cocina con la intención de llevar algunos platos al
lavavajillas, tratando de evitar que se acumularan más de lo
necesario. Mientras caminaba, eché un vistazo a mi teléfono,
esperando ver si Alaric había intentado contactarme, ya que lo
había dejado cargando en la cocina. Sin embargo, no había
ningún mensaje suyo.
Lo que sí encontré fueron varios mensajes de un número que
no conocía. Dudé durante un par de segundos si abrirlos o no,
porque yo no solía hacerles mucho caso a los mensajes de
números desconocidos.
Al final, me pudo más la curiosidad, puesto que habían sido
bastante insistentes dejando esos mensajes. En cuanto abrí los
mensajes, las manos me empezaron a temblar.
No, no podía ser cierto eso que las imágenes que me habían
mandado me estaban mostrando. Esto tenía que ser parte de una
broma macabra. La vida no podía ser tan hija de puta conmigo,
no podía darme un atisbo de felicidad, para después
arrebatármela sin parpadear siquiera.
No, me negaba en redondo a creer esto que estaba viendo,
porque yo quería mi final feliz. Yo me merecía ese final feliz e
iba a pelear por él, con uñas y dientes si hacía falta, porque me
negaba a creer que todas esas miradas que me había dedicado
siempre Alaric fueran mentiras.
Si esto mismo me hubiera pasado hace algún tiempo, no
hubiera dudado ni un puto segundo que era verdad lo que estaba
viendo, pero ahora, hoy en día, sí que lo ponía en duda. No
pensaba quedarme de brazos cruzados como una tonta, no, ya
no, porque la tonta murió el mismo día en el que recibí ese
disparo por parte de Fabiola.
Llamé a Hanna y le dije que entrara ella sola, pero como era
de esperar, ninguna de mis otras dos amigas se quedó atrás.
—Te voy a decir un número de teléfono y quiero que mires en
tu móvil si por casualidad lo tienes —le dije a mi cuñada cuando
llegó hasta mí.
—¿Qué es lo que pasa? —preguntó ella.
—Tú, solo hazme caso, quiero comprobar una cosa, aunque
tengo una ligera certeza —le dicté el número, y al ver la cara
que puso, no necesité que me confirmara a quién pertenecía.
—¿Cómo sabes tú este número de teléfono?
—Porque me han escrito desde él, más bien me han mandado
algunas fotos.
—Sea, lo sea que te haya mandado es mentira. De esa persona
nunca se puede esperar nada bueno, te lo digo yo, que he tenido
la desgracia de conocerla demasiado bien. —Con estas palabras
me confirmó Hanna sin saberlo que tenía que seguir creyendo en
mi instinto.
—Bien, escúchame atentamente, escuchadme todas. Necesito
que os quedéis con los niños alguna de vosotras, si no podéis, se
lo pediré a mis tíos, pero me voy a ir a Londres sin que lo sepa
Alaric. Necesito comprobar por mí misma si esto es verdad o es
mentira.
»No quiero que él esté al tanto. No porque no confié en él,
sino, porque tengo que pillar a la bruja esa intentando hacer su
jugada y, si Alaric lo sabe de antemano, el que va a tomar las
medidas será él y no quiero. Por una vez en mi vida voy a coger
el toro por los cuernos yo.
—No le voy a decir nada, pero yo me voy contigo, no pienso
dejarte sola, ni ante esa, ni ante nadie —ratificó Hanna.
Les enseñé las fotos y el mensaje que me había llegado a las
chicas, y todas pensaron como yo.
Esa hija de puta se creía que podía jugar conmigo, pues bien,
le iba a enseñar yo lo que era luchar por algo en la vida, porque
eso había hecho siempre: luchar. Muchas veces con más valor
que otras, pero no iba a dejar que se interpusiera entre el hombre
de mi vida y yo.
Perdonad, que no os he dicho cuáles eran esas fotos. No eran
otras que ella con Alaric, los dos muy acaramelados. ¿Qué
pasaba? Pues que yo no era tonta y ella me las mandó haciendo
parecer que las fotos eran recientes, pero yo sabía que no. Solo
tenía que fijarme en la mirada de él para saber que no era la
misma que tenía ahora, aparte de darme cuenta de que la foto
tenía unos años.
Victoria
Ya estábamos todos listos y vestidos «de guapos», como dijo
Gonzalo, para irnos a ese restaurante. Habíamos decidido ir
temprano porque no queríamos tropezarnos en la entrada con
Harper.
Esa noche, dejándome convencer por las chicas, decidí
ponerme un vestido entallado en un elegante color marfil, que
llegaba justo por encima de las rodillas y se ataba al cuello.
Aunque por delante era bastante discreto, la verdadera sorpresa
estaba en la espalda, que quedaba completamente al descubierto
hasta la cintura, lo que hacía imposible usar sujetador.
Gracias a Dios, después de haber tenido a los niños, mis
pechos se mantenían firmes y en su lugar, lo cual era un gran
alivio para lucir un vestido así.
Las chicas insistieron en que no llevara el pelo suelto, porque
decían que así le quitaría toda la gracia al vestido, así que opté
por recogerlo en una coleta a un lado, dejando que cayera
suavemente sobre mi hombro derecho.
El maquillaje fue sutil, pero dándole un toque más sensual
con los labios pintados de rojo, un rojo vivo, pero en mate, que
combinaban a la perfección con mis stilettos también rojos.
Esperaba que Alaric no se molestara por mi elección de
vestuario, y si lo hacía, que le dieran. Total, todo esto lo hacía
para que no se viera envuelto en algo que posteriormente no
tuviera solución.
Llegamos a ese restaurante, que por cierto, no tenía pinta de
ser nada barato. Lo entendía, a este hombre le sobraba el dinero,
sabía que todo se lo había ganado con su esfuerzo y su visión de
futuro, pero que podía nadar en dinero si así lo quería.
El maître del restaurante nos acompañó hasta nuestro
reservado. Yo me senté en una posición desde la que podía ver
la mesa en la que se iba a sentar Alaric, que estaba dispuesta
para seis comensales. En principio, ellos serían cinco, pero
Oliver habló con los del restaurante y añadió otro más, de ese
modo, cuando llegara el momento, yo pudiera tomar asiento
junto a ellos.
—Victoria, tranquila, que te noto un poco nerviosa —me dijo
María, que era la que mejor me conocía de todos los que estaban
aquí.
—No lo puedo evitar, hay una bruja por no decir otra cosa,
intentando separar a mi familia. Solo espero no llevarme una
sorpresa con Alaric.
—Mi hermano te quiere con locura y jamás se dejaría llevar
con esa hija de puta, porque tú no lo dices, pero yo sí.
Nos echamos a reír todos al escucharla hablar así de ella, se
notaba el amor que le tenía.
—Espero que si alguna vez me separo de tu hermano, me
quieras como mínimo igual que a su exmujer —dije con ironía.
—Cuñada, solo porque eres la madre de mis sobrinos, ya te
tengo un poco más de cariño. —Nos causó más risas y es que
estaba sembrada.
—Yo no es por nada chicos, pero el aludido acaba de entrar
por la puerta acompañado de dos hombres y dos mujeres —dijo
Gonzalo, que desde su posición también veía la puerta de
entrada.
—Ellos son los dos comerciales con los que está cerrando el
trato y las mujeres son las esposas de ellos dos —nos aclaró
Oliver, que también había tenido varias reuniones con ellos y
sus mujeres.
Cuando estaban a punto de llegar hasta su mesa, guardamos
silencio para que no nos pudiera oír. En todo momento se veía a
Alaric correcto, caballeroso y amable. Simplemente, estaba
siendo él mismo, sin máscaras ni nada por el estilo. Esto me
dejaba más tranquila.
Aunque yo confiara en él plenamente, y muestra de ello es
que estaba sentada aquí con todos mis amigos. Aunque eso no
quitaba que me sintiera un poco insegura, porque él era un
hombre poderoso, guapo, atractivo y no solo por fuera, porque
era mucho más atractivo por dentro.
No soy tonta, yo también sabía que podía tener a los hombres
que quisiera a mis pies, pero es que yo no quería a otro hombre,
yo quería al que estaba tomando asiento en la mesa de al lado.
No llevarían ni diez minutos sentados en la mesa cuando
Hanna me dio un puntapié.
—¡Auch! Eso ha dolido cuñada. —Me froté la zona afectada.
—Shhh… habla bajito y mira quién está entrando por la
puerta y va directa hacia mi hermano.
Todos dirigimos las miradas hacia la mujer que se
encaminaba a Alaric. Encima la tía iba con una seguridad que
parecía la reina del lugar, o más le gustaría a ella parecerlo.
Me quedé observando la cara de Alaric, no quería perderme
ningún detalle de él cuando ella llegara hasta su lado.
Y no, mi corazón no me engañó al confiar en él, ni mi
corazón ni esas miradas que me dedicaba él, miradas que no
tenían nada que ver con la que le había echado a Harper.
Ella, en un intento por acercarse, trató de ponerle la mano en
el brazo, pero él la rechazó de inmediato, sin preocuparse por lo
que pudieran pensar las parejas que lo acompañaban. No tengo
idea de lo que diría, pero las mujeres que estaban con esos
hombres cambiaron sus expresiones, que al principio eran
amables, por unas mucho más severas, y todas parecían dirigirse
especialmente hacia Harper.
Sin pensármelo dos veces, me levanté de mi asiento y me fui
hacia ese hombre que era el amor de mi vida, ni él tenía por qué
soportar semejante espectáculo, ni yo tampoco. Cuando llegué a
su lado, puse en mis labios la mayor de mis sonrisas y los saludé
a todos.
—Buenas noches —dije mirando a todos los presentes—.
Perdona, cariño, los niños me retrasaron en el último momento.
—Me acerqué y le di un pequeño beso en los labios, el pobre se
había quedado impresionado.
—¡Nena! —Lo miré y con la mirada nos entendimos—. Te
estábamos esperando todos. —Se giró hacia ellos, ignorando por
completo a Harper—. Permitidme que os presente a mi mujer.
—Por el rabillo del ojo, vi que Harper estaba que echaba humo
hasta por las orejas—. Ella es Victoria.
Nos presentamos todos con un gesto cortés de cabeza.
—Es un placer poder compartir esta cena con todos vosotros.
—Me volví hacia Harper y la observé con atención—. Te
agradezco mucho por las fotos, ha sido un gesto muy amable de
tu parte, pero te pido de manera sincera que evites en el futuro
intentar obtener algo que no te pertenece.
—Alaric, muy educada tu mujer, si hubiera sido yo el que
estuviera en tu lugar, mi mujer ya la habría sacado del
restaurante por los pelos —dijo uno de los que venía con él.
—Bueno, no siempre es así de calmada. —Me lo quedé
mirando porque no creía lo que acababa de decir, pero si yo era
la calma personalizada.
—Cariño, si a ti te hace sentir mejor, la saco por los pelos o
llamo a tu hermana, que estoy completamente segura de que a
ella incluso le haría ilusión.
—Teniendo en cuenta que Hanna está en España, dudo
mucho que pueda sacarla de aquí. —Harper nos miraba como si
no diera crédito a lo que estábamos diciendo.
—Pues yo creo que tu hermana tiene poderes de
teletransportación. —Los de la mesa y Alaric me miraban como
si hubiera perdido un tornillo—. Dadme un segundo. —Me llevé
el móvil al oído y llamé a mi cuñada—. Hanna, te necesito aquí.
Cuando Harper vio aparecer a Hanna, casi se desmayó y todo.
—Nena, no tienes solución, me apuesto lo que sea a que no
habéis venido solas. —No le contesté en el momento, primero
quería ver cómo se las arreglaba mi cuñada con la bruja.
—Hanna, les estaba contando a los acompañantes de tu
hermano que seguramente disfrutarías mucho sacando a tu
excuñada por los pelos de este restaurante. —Mi cuñada empezó
a hacer el papel como si se estuviera frotando las manos.
—Como te acerques a mí, te denuncio —dijo la susodicha.
—¿Hermano? —preguntó.
—No te preocupes, yo me hago cargo de todos los gastos —
dicho esto, mi cuñada sonrió, pero era una de esas sonrisas que
ponían los pelos de punta.
No se lo pensó ni dos veces, cogió a Harper por los pelos y la
llevó fuera del restaurante. Ese fue el momento que eligieron
mis amigos para aparecer a la vez. Todos vitoreando a mi
cuñada, menos Oliver, que se llevó las manos a la cabeza.
—¿Qué hace la loca de tu hermana? —le preguntó a su amigo
y mi pareja.
—Pues, hijo, si no lo sabes, es que eres muy tonto —le
respondió mi amiga María.
—Solo está sacando a una garrapata molestosa que pretendía
chuparle la sangre aquí a mi querido cariñito —dijo con mucha
ironía.
Nos dio un ataque de risa, y la verdad es que, al final, fue
bastante divertido. Una vez que todos dejamos atrás nuestro
«escondite», optamos por cenar juntos con esas dos parejas.
Estábamos a punto de sentarnos a la mesa cuando Alaric me
agarró de la mano para detenerme.
—Nena, ¿me puedes explicar cómo es que estáis todos aquí?
Pero antes de esa explicación, quiero que sepas que me estás
poniendo a cien con solo mirarte. —Se humedeció los labios, y
ese gesto también me hizo encenderme.
Le conté todo lo más rápido que pude, ya que estaban todos
en la mesa esperando que nos sentáramos nosotros para empezar
a pedir.
La cena fue espectacular, tanto en la comida como en la
compañía. La verdad es que esas dos parejas resultaron ser de lo
más divertidas. Después de la cena nos fuimos a un local de
copas que era de lo más popular.
Esa noche reí, canté, bailé y hasta follé en uno de los baños,
porque tanto era el calentón que teníamos encima que no
pudimos aguantarnos las ganas de llegar a casa.
Fue un visto y no visto, pero lo suficientemente placentero
como para hacerme gritar como loca. Menos mal que el local
tenía la música puesta a toda leche, porque si no, me hubieran
escudado hasta en España.
Y lo que me enteraría sería nueve meses más tarde, porque
después de esa noche llegó una sorpresa monumental, de esas
que merecen ser celebradas a lo grande. La verdad es que, si lo
hubiera sabido antes, quizás me habría quedado en España, pero
no, estoy bromeando. No cambiaría por nada del mundo lo que
nos trajo esa sorpresa.
La verdad es que no tengo claro si ese resultado fue
consecuencia de lo que pasó en el bar, de lo que ocurrió en el
aparcamiento de casa o de lo que sucedió en nuestro hogar. Esa
noche, este hombre estaba completamente que se salía del
pellejo, y no logro entender qué le pasó.
Capítulo 38
Victoria
Me costaba creerlo mientras me miraba en el espejo, pero era
la pura verdad. Después de casi dos años desde que Alaric me
propuso matrimonio, finalmente había llegado el momento de
dejar atrás esa vida de pecado, como solían decir mis tíos.
Estaba en nuestra habitación, en la casa que teníamos en las
afueras de la ciudad, terminando de mirarme al espejo para ver
el resultado final de cómo había quedado.
Me había costado tanto el llegar hasta aquí, que me merecía
sentirme como una reina, y así lo hacía, una reina poderosa que
después de haber luchado como nunca contra viento y marea,
por fin podía ponerse su corona.
¿Por qué habíamos tardado tanto en casarnos? Primero, por el
embarazo de mis hijos, y luego porque estaba ocupada
organizando todos los preparativos para el gran día.
¿Qué pasó? Que lo tuvimos que suspender, porque como
suele pasar, los planes cambiaron; mi querido futuro esposo, con
su puntería infalible, me dejó embarazada de nuevo solo tres
meses después de que nacieran nuestros pequeños. Todo ocurrió
aquella noche en Londres, cuando decidí aparecer de improviso
para evitar que Harper destruyera nuestra familia.
Así que tuvimos que esperar a que las niñas nacieran, porque
me negué en redondo a casarme embarazada, y mucho menos
con las niñas recién nacidas. Sí, lo habéis escuchado bien, tuve a
dos niñas gemelas idénticas, yo es que iba de dos en dos, se ve
que no me gustaban los números impares.
Tocaron en la puerta de la habitación, pero no tuve tiempo de
abrir cuando mis amigas, mi cuñada, mi suegra y mi tía entraron
con las niñas en brazos, dejando a los niños con los chicos.
Todas lucían espectaculares, cada una con su propio estilo,
pero todas eran preciosas, y mis pequeñas, con sus nueve meses,
parecían dos auténticas princesitas vestidas igualitas.
Decidimos hacer la boda solo para la familia, porque si
invitábamos a todos los amigos de Alaric, la cosa se habría
complicado mucho; con tantos conocidos que tenía, no
podíamos invitar a unos y dejar a otros fuera, así que lo mejor
fue mantenerlo en un círculo más íntimo.
Mi vestido era de corte sirena, con tirantes anchos y un escote
barco; me encanta ese estilo, y elegí que fuera sencillo, sin
demasiados adornos.
—¡Qué bonita estás! Cuando te vea mi hijo se va a enamorar
más todavía de ti. —Me dio un abrazo de los que te llegan al
alma.
—Seguro que él también está igual de guapo y hará que me
enamore más si se puede —dije, porque era lo que pensaba de
verdad.
—Ains, es que no puedes transmitir más elegancia y
serenidad, ¿no estás nerviosa? —me peguntó Paula.
—Después de cuatro hijos, ¿tú crees que puedo estar
nerviosa? Esto es un simple formalismo, para mí yo soy su
mujer desde el mismo instante en el que me fui a vivir con él.
Y es que era verdad, para mí, Alaric era mi marido, mi
compañero, mi amigo y el padre de mis hijos. Esto era algo
simbólico, algo para celebrar junto a la familia.
Otros dos toques en la puerta y esta vez se esperaron a que
diera paso para entrar. El pobre de mi tío asomó la cabeza todo
tímido, no era para menos, con una habitación llena de mujeres.
—Niña, estás preciosa, pero el novio dice que bajas o sube a
buscarte —dijo entrando en la habitación y dándome un abrazo
—. Tus padres estarían muy orgullosos de ti —me dijo al oído
antes de darme un beso en la frente.
—Gracias, tío, sé que lo estarían, pero quiero que sepas que
yo estoy muy orgullosa del hombre que me va a llevar de la
mano hasta el altar. —Mi tío se emocionó al escuchar mis
palabras, es que él y su mujer se habían convertido en unos
padres para mí.
—Gracias, cariño. Tú eres para mí como mi hija, y quiero que
sepas que siempre que me necesites estaré a tu lado.
—Bueno, venga ya, que el novio se impacienta —dijo mi
cuñada. Sé que lo hizo para que no nos pusiéramos
sentimentales y terminara estropeando el maquillaje.
Todas las mujeres se adelantaron, dejándonos a mi tío y a mí
los últimos en salir al jardín. Al llegar, me sorprendió lo
hermoso que estaba decorado; todo era muy sencillo, justo como
me gusta. Los colores eran suaves y armoniosos, y una alfombra
blanca se extendía desde la puerta del jardín hasta el altar,
creando un ambiente encantador.
No quise que fuera roja, me gustaba que fuera a juego con la
decoración de las flores.
Mientras avanzábamos hacia el altar, comenzó a sonar la
famosa canción Forever de Lewis Capaldi, y es que esta canción
nos gustaba mucho a los dos. Por eso, decidimos que sería la
banda sonora de ese momento tan especial.
Al levantar la mirada, mis ojos se encontraron con los suyos
y, sin desviar la vista, me acerqué a él, tomando su mano. Coger
su mano no solo significaba que estábamos a punto de dar un
gran paso, sino que representaba algo mucho más profundo: esas
manos entrelazadas significaban que nunca nos soltaríamos, que
estaríamos ahí para apoyarnos mutuamente, unidas para
siempre.
—Nunca has estado más bonita, nena. Eres la luz que ilumina
mis días, eres mi todo.
—Te amo y te voy a amar toda mi vida, porque eres el
compañero al que quiero estar unida toda la vida.
La ceremonia fue muy especial y emotiva, donde nos dijimos
unos votos que para nosotros significaron mucho. Éramos
simplemente dos personas que se amaban y que valoraban a su
familia por encima de todo.
Después del «sí, quiero», vino el famoso beso, un gesto que
selló nuestro amor para siempre, y en ese instante supe con
certeza que lo que teníamos era para toda la vida.
La celebración fue tal como la habíamos imaginado. Al ser
solo la familia, no tuvimos que lidiar con problemas ni con
personas desconocidas que apenas conocíamos.
Todos los que realmente importaban estaban presentes, y
aunque fue una boda íntima, no se puede decir que fue aburrida,
para nada. Contábamos con los animadores de la familia, Hanna
y Oliver, que se encargaron de que la fiesta no decayera en
ningún momento.
No sé qué fue lo que tomaron ese día, pero realmente se
entregaron a la fiesta, y cuando digo «todo», es porque lo dieron
todo.
En un momento del día, mi marido, porque ya lo podía llamar
así legalmente, me llevó casi en volandas hasta su despacho.
—Nena, no aguanto más las ganas de enterrarme en ti —dijo
subiendo mi vestido con prisa.
—Yo tampoco, pero por la gloria de tu madre, ¡no más
embarazos! —dije entre risas y jadeos, porque ya tenía sus
dedos entre mis pliegues.
Entre prisas, sobre la mesa de su despacho y un vestido
incómodo, para hacerlo así, lo hicimos por primera vez como
marido y mujer.
Después de arreglarnos la ropa, regresamos a la fiesta, ya que
aún había mucho por celebrar.
Y si esperáis que os cuente sobre nuestra luna de miel, siento
decepcionaros, porque no hubo una como tal. Hubo muchos
viajes, pero eso fue un tiempo después.
¿A dónde íbamos a ir con cuatro niños tan pequeños? Si nos
llevábamos a los peques, no sería una luna de miel, sino un
verdadero martirio, cambiando pañales y dando biberones todo
el día. No, lo siento, pero me negaba en redondo.
Así que decidimos disfrutar del verano y movernos de un lado
a otro, disfrutando de días en la playa, barbacoas familiares y
noches en las que, mientras los niños dormían, nos dedicábamos
a disfrutar de nuestra intimidad.
Como os he dicho antes, después vinieron muchos años en los
que viajamos por el mundo, disfrutando de playas paradisíacas,
lugares mágicos, ciudades impresionantes y pueblos con
encanto.
Algunos de esos viajes los hicimos con nuestros hijos, otros
solos los dos y en otros, nos acompañaba la familia al completo.
Aunque todos y cada uno de ellos fueron especiales.
Epílogo
Sarah Rusell.