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El Amor de Alicia - Sarah Rusell

El documento narra el cumpleaños número veintiuno de Alicia, quien espera ansiosamente el regalo de un coche de sus padres. Durante la celebración, se entera de que su hermana Blanca está embarazada, lo que añade emoción al día. La fiesta incluye sorpresas y un emotivo regalo de su mejor amigo Sam, quien le rinde homenaje a su amistad a lo largo de los años.

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El Amor de Alicia - Sarah Rusell

El documento narra el cumpleaños número veintiuno de Alicia, quien espera ansiosamente el regalo de un coche de sus padres. Durante la celebración, se entera de que su hermana Blanca está embarazada, lo que añade emoción al día. La fiesta incluye sorpresas y un emotivo regalo de su mejor amigo Sam, quien le rinde homenaje a su amistad a lo largo de los años.

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Primera edición.

El amor de Alicia
©Sarah Rusell
©diciembre, 2024
©imágenes por Freepik y AdobeStock
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del autor.
ÍNDICE
Capítulo 1
Capítulo 2
Capítulo 3
Capítulo 4
Capítulo 5
Capítulo 6
Capítulo 7
Capítulo 8
Capítulo 9
Capítulo 10
Capítulo 11
Capítulo 12
Capítulo 13
Capítulo 14
Capítulo 15
Capítulo 16
Capítulo 17
Capítulo 18
Capítulo 19
Capítulo 20
Capítulo 21
Capítulo 22
Capítulo 23
Capítulo 24
Capítulo 25
Capítulo 26
Capítulo 27
Capítulo 28
Capítulo 29
Capítulo 30
Capítulo 31
Capítulo 32
Capítulo 33
Epílogo
Capítulo 1

Este no era un sábado cualquiera, no, sino el día que cumplía


veintiún años.

Había esperado la llegada de este momento con ilusión e


incertidumbre desde que mis padres Jake y María, me dijeron,
cuando cumplí los dieciséis, que me regalarían un coche el día que
cumpliera los veintiuno.

Y no es que esperara que me regalaran algo caro, excesivo o


llamativo, pero al menos sería mi propio coche y no tendría que
compartir el familiar de mi madre, ese que yo utilizaba para ir a la
Universidad, y ella, al trabajo.

Estaríamos todos en casa de mis padres para celebrar un año


más de vida para mí, uno donde ya había ido guardando
recuerdos, momentos y deseos cumplidos, y donde empezaba la
nueva etapa para obtener más de todo eso.

Y con todos me refería a mis padres, mi hermana dos años


mayor que yo, su marido, mi mejor amigo y sus padres, además de
muchos de mis amigos y compañeros de Universidad.
Aún seguía en la cama, durmiendo plácidamente, aprovechando
esos últimos minutos calentita bajo las mantas. Estábamos a
mediados de enero y el frío podía calar hasta los huesos, por no
hablar de esos días en los que nos sorprendía alguna que otra
nevada y cubría toda la ciudad de Nueva York con ese manto
blanco.

Noté unas leves cosquillas en el costado y me estremecí, hasta


que sentí un beso en el cuello. Abrí los ojos y al mirar un poco por
encima del hombro, descubrí a Trevor bajando con suaves besos
por mi cuerpo hasta que separó un poco mis piernas, y entonces…

—Ah —jadeé al sentir su juguetona lengua en mi zona íntima.

Cerré los ojos y dejé que me acomodara para tener mejor acceso
a mí, recordando entonces que la noche anterior, y dado que él no
podría estar en mi fiesta de cumpleaños, lo habíamos celebrado
juntos y acabamos en su apartamento.

No dejó de jugar con la lengua en mi zona hasta que me hizo


estallar de placer con un grito desgarrador, para después
adentrarse en mí, de una sola embestida y llevarme a liberar el
clímax por segunda vez, al mismo tiempo que él.

—Feliz cumpleaños, preciosa —susurró, antes de besarme


mientras me abrazaba.

Llevábamos saliendo dos años y siempre hablábamos de que al


acabar la Universidad nos casaríamos, algo que esperaba casi
tanto como este día.

—Eres la cumpleañera más bonita que he visto en mi vida.

—Y tú eres un pelota —sonreí—. ¿Qué hora es? —Eché un


vistazo al reloj que tenía en la mesita y vi que eran casi las once—
Tengo que irme, he quedado con mi hermana para comer —dije,
apartándolo un poco y él se recostó en la cama.

Lo dejé ahí mientras iba a darme una ducha y como tenía ropa
en su apartamento, cogí unos jeans, un jersey, me puse las botas
altas con las que había salido la noche anterior y el abrigo, y en
cuanto estuve lista me despedí de mi chico con un beso de lo más
apasionado.

—Nos vemos el lunes en el campus —dije.

—Te espero para desayunar en la cafetería.

Asentí y salí de allí corriendo para buscar un taxi que me llevara


al bar donde había quedado con mi hermana.

Por suerte hoy no era uno de esos días de nieve o lluvia, y el


tráfico estaba de lo más fluido, así que no tardé en llegar y la vi
sentada en una de las mesas.

—Dime que no llego tarde.


—No —rio—. Yo he llegado antes —me incliné para darle un
abrazo—. Felicidades, hermanita.

—Gracias —sonreí mientras me sentaba.

—¿Qué se siente al tener veintiún años?

—¿Y lo preguntas tú, que tienes veintitrés? Ya te vale, Blanca


—reí.

—Será que como llevo un año casada, me noto más mayor.

—Tonterías, que no eres una anciana. Y tu marido, tampoco.

—Tiene treinta y uno, es mayor que nosotras.

—Como dijo mamá, la edad no importa cuando hay amor, y


entre vosotros lo hay, y mucho.

Pedimos unas raciones de patatas, pollo frito y pescado, y


pasamos esa comida de cumpleaños que nunca había faltado desde
que ella cumplió los dieciocho. Ya era una tradición para nosotras
celebrar nuestros cumpleaños a solas antes de la gran noche en
familia y con algunos amigos.

Me preguntó si estaría Trevor y le dije que no, tenía turno de


noche en el bar de su primo donde le echaba una mano, y sonrió al
contarle que habíamos tenido nuestra propia fiesta la noche antes.
—Alicia, tengo que contarte algo, y quería que fueras la primera
en saberlo —dijo cuando nos trajeron los postres, que era una
deliciosa tarta de manzana que nos encantaba a las dos.

—¿Qué pasa? No me asustes.

—Estoy embarazada —sonrió levemente.

—¿Qué? Pero, ¡eso es genial! ¡Felicidades! —me levanté para


abrazarla— ¿Lo sabe Alan? —pregunté refiriéndome a su marido.

—No, se lo diré mañana.

—Pues se va a poner de lo más contento —sonreí—. Y no


digamos mamá y papá.

—Ellos se van a poner aún más contentos —rio.

—Voy a ser tía, qué ilusión, menudo regalo de cumpleaños. ¿De


cuánto estás?

—De ocho semanas, pasaré gran parte del verano esperando que
nazca.

—Ya tengo ganas de verle la carita. Me alegro mucho, Blanca,


de verdad.
Terminamos de comer mientras me contaba cómo se había
sentido los últimos días y que justo se enteró la mañana anterior.

Blanca acababa este año la carrera de Enfermería, esa que yo


también cursaba siguiendo los pasos de nuestra madre, nuestro
padre era médico, cirujano más concretamente, pero nosotras
quisimos hacer enfermería.

En cuanto acabara haría las prácticas en el hospital donde ellos


trabajaban, al igual que yo, y las dos contábamos con trabajar allí
y ser compañeras.

Después de comer nos despedimos quedando en vernos por la


noche en casa de nuestros padres, donde yo aún seguía viviendo, y
allí fui en taxi tras pasar por la pastelería a recoger mi tarta de
cumpleaños.

Sam: Buenas tardes señorita, ¿nerviosa por la fiesta? Espero


que sí porque tal como le dije, mi regalo de cumpleaños va a ser
mejor que el coche que van a darte tus padres. O eso espero,
porque no veas si me ha costado conseguirlo. Nos vemos a las
siete, preciosa. Te I love you too much, y lo sabes.

Sonreí al leer el mensaje de Sam, mi mejor amigo, ese que al


igual que Blanca y yo, estudiaba enfermería y con el que esperaba
trabajar en cuanto yo me graduara, puesto que tenía la edad de mi
hermana.

No sabía qué regalo me iba a hacer ese loco, pero conociéndolo,


seguro que me dejaba sin palabras, porque así era él.
Llegué a casa y vi que mi madre ya estaba con los del cáterin
que habían contratado, le dije que no era necesario, que podríamos
haber preparado algo nosotras, pero mi padre se empeñó en que
tuviera una cena a la altura.

Eran un amor, y precisamente ese fue el motivo de que mi


madre dejara Málaga años atrás para venirse con él a Nueva York.

—Ha llegado la tarta —dije entrando en la cocina donde estaban


los dos.

—¿Y ha venido ella sola? —Mi padre arqueó la ceja.

—No, no, que no tiene piernas, la he traído yo —reí.

—Feliz cumpleaños, mi niña —mi padre me dio un abrazo de


esos de oso que tanto me gustaban.

—Gracias, papá.

—Ven aquí, hija —mi madre tenía los brazos abiertos y no tardó
en abrazarme también—. Qué mayor te haces, cariño. Muchas
felicidades.

—Cinco años no cumplo, desde luego —reí.


—No, pero parece que fue ayer cuando los cumpliste y te
regalamos tu primera bicicleta.

—Y ahora me vais a regalar mi primer coche, papá.

—¿Quién ha dicho que vayamos a regalarte un coche? —


Frunció el ceño.

—¿Perdona? Cuando cumplí los dieciséis me dijisteis que, el día


que cumpliera veintiún años, me regalarías el coche. Y hoy es ese
día, papá.

—Tiene razón, Jake —sonrió mi madre—. Ve a arreglarte, que


pronto empezarán a llegar todos.

Cogí un canapé de paté que había en una de las bandejas y me lo


comí antes de ir a mi habitación.

Para esa noche tenía el vestido perfecto, uno en color salmón


que realzaba el tono bronceado de mi piel, así como el cabello que
había heredado de mis padres y los ojos verdes de mi madre,
Blanca en cambio tenía los ojos marrones de nuestro padre.

Me di un baño relajante mientras escuchaba una de mis


canciones favoritas y cuando acabé, tras ponerme crema hidrante
por todo el cuerpo, maquillarme y hacerme una coleta alta, me
puse el vestido y los zapatos de tacón del mismo color.
El vestido era una preciosidad, con un tirante ancho sobre el
hombro derecho, entallado y largo hasta la altura de los tobillos,
de gasa y con la falda de lo más vaporosa.

Eché un vistazo al reloj y vi que eran casi las siete, así que fui
hacia el salón y no tardé en escuchar el timbre.

—Madre mía, si pareces una actriz de Hollywood —dijo Sam


nada más verme—. Felicidades, cariño.

—Muchas gracias —sonreí mientras le daba un abrazo.

—Con la pareja tan bonita que hacéis —comentó Steven, su


padre.

—Papá, que ella no me quiere a mí, que está enamorada de


Trevor —rio Sam.

—No me gusta ese chico para ti, y lo sabes, Alicia.

—Porque quieres que sea la novia de tu hijo —sonreí—. Gracias


por venir.

—Eres de la familia, cielo —me dijo Madison, la madre de Sam


—. Feliz cumpleaños —me dio una cajita después de abrazarme.

—Esto es pequeño —la abrí y me quedé con la sonrisa de oreja


a oreja porque era preciosa. Se trataba de una pulsera tipo
brazalete de oro blanco con el árbol de la vida en un círculo en el
centro—. Muchas gracias —abracé y besé a ambos.

—Mi regalo todavía tiene que esperar —dijo Sam—, así que,
¿por qué no me llevas a por una copa de ese ponche que prepara tu
madre?

Fuimos todos hacia la cocina donde estaban mis padres


ultimando todo, y de ahí al jardín.

Había quedado todo precioso, con guirnaldas de luces que iban


de un árbol al otro y en el centro, la carpa donde ya estaban
servidas la comida y la bebida.

Poco a poco fueron llegando todos los invitados y también lo


hicieron mi hermana y mi cuñado, Alan.

—Felicidades, pequeña —me dijo él, dándome un abrazo—.


Aunque bueno, ya no eres tan pequeña —sonrió de medio lado.

—No, no soy esa adolescente de dieciséis años que conociste —


reí, recordando que él llevaba saliendo con mi hermana desde
hacía ya cinco años.

—Desde luego que no.

Mi hermana volvió a felicitarme y me entregó un sobre de parte


de los dos, en él había un cheque por valor de tres mil dólares,
algo que como les dije era demasiado, pero insistieron en que
podía usarlo, cuando, y en lo que quisiera.

La verdad es que me vendría bien para hacer algunas compras e


irme unos días en verano con Sam a algún lugar del mundo de
viaje.

Me fui mezclando con todos mis amigos y compañeros de la


Universidad, entre todos me habían comprado varios regalos,
había ropa, complementos y unos pendientes preciosos con forma
de estrella, pero me faltaba Trevor en una celebración como esa.

La música sonaba a cada rato, el DJ no dejaba que hubiera


ningún silencio, y entonces escuché la voz de Sam.

—¿Hola? ¿Me oís? ¿Sí? Perfecto, porque me gustaría tener la


atención de la cumpleañera.

—¿Qué haces ahí, loco? —reí mientras me acercaba a la mesa


del DJ.

—Darte tu regalo de cumpleaños, ¿qué voy a hacer?

—Me das miedo, eso es lo que me das —reí de nuevo.

—Vale, ¿está todo listo, chicos? —preguntó, mirando al fondo


— Perfecto. Alicia, nos conocemos desde que naciste, tú no te
acuerdas que eras una bebé arrugadita…
—Uy, lo mato —me fui hacia él.

—Pero preciosa, eras preciosa —siguió—. Como decía, nos


conocemos desde hace veintiún años, y cuando te vi la primera
vez supe que eras mi alma gemela, y no, no vayamos por lo del
amor y eso, que no, que yo la quiero mucho, pero como si fuera
una prima. No cambaría ni un solo día de estos años contigo, por
nada del mundo, y te aseguro que, si la reencarnación es cierta, yo
quiero volver a coincidir contigo en todas mis vidas. Sabes que te
quiero, y que siempre me tendrás ahí para ti. No es lo material lo
más importante, sino el valor sentimental de las cosas, y aunque
tengo otro regalo, este es el que más ilusión me ha hecho preparar.
Feliz cumpleaños, mi preciosa niña.

No tardé en ver que aparecía un grupo musical, la melodía de la


canción Birthday de Katy Perry empezó a sonar y la chica
comenzó a cantar al mismo tiempo que, en una pantalla que había
a un lado, se iban reproduciendo fotos mías desde que era una
bebé, y en todas ellas aparecía Sam a mi lado.

Era nuestra vida juntos, esos veintiún años que llevábamos


compartiendo, donde nunca nos faltaron risas y tampoco lágrimas.

Y la última era una de hacía solo unos días, en el campus de la


Universidad, posando con la mejor de nuestras sonrisas. Acabó la
presentación al mismo tiempo que la canción y lo hizo con una
frase en la pantalla en la que ponía su famosa frase, “I love you
too much”.

Me lancé a él llorando a mares para abrazarlo, pero no era la


única, pues había muchas compañeras que estaban igual que yo.
Sam me dio un beso en la frente y le dije cuánto le quería.

La celebración siguió después de eso y, tal como esperaba, mis


padres me regalaron el coche que me habían prometido. Era
pequeño, un utilitario en color rojo, pero que a mí me encantaba.

Sam también me dio el otro regalo, uno que no me pudo hacer


más ilusión, y es que, cuando tenía doce años, mis padres me
regalaron una gargantilla de oro con mi inicial sobre un corazón
con un pequeño brillante verde, ese que pedí durante una
excursión cuando tenía quince años y por el que lloré debido a la
pena más de un mes.

Y ahí estaba mi mejor amigo, que se había tomado la molestia


de, con una de las fotos de aquel cumpleaños en el que me lo
regalaron, fue a una joyería para que hiciera uno idéntico.

Después de la tarta y tras algunos bailes, poco a poco todos se


fueron marchando, salvo la familia, y fue ese momento el que mi
hermana aprovechó para contarles a todos que estaba embarazada.

¿Podía haber un cumpleaños más feliz? No creí que fuera


posible, y desde luego que iba a recordar el día que cumplí
veintiuno, toda mi vida.
Capítulo 2

Tres meses después…

Esa tarde iba a acompañar a mi hermana a la revisión con la


ginecóloga. Alan, que era policía de los que se infiltraban durante
meses por alguna misión, no podía acompañarla, así que me pidió
que fuera yo.

Mi cuñado llevaba los dos últimos meses en alguna parte de


Estados Unidos, nunca preguntábamos dónde y él tampoco lo
contaba, solo se ponía en contacto con Blanca una vez a la semana
o cada diez días y hablaban poco más de una hora. Para él, lo
primordial era mantener a su familia al margen del trabajo.

Y hoy era un día especial para ella, porque le dirían el sexo del
bebé, eso si se dejaba ver porque lo habían intentado en más de
una ocasión y nada, que ese pequeñín, o pequeñina, era de lo más
tímido.

Estaba aún en clase, era la última de la semana pues era viernes,


y tenía ganas de acabar y encontrarme con Trevor en la puerta de
mi edificio.
Él cursaba empresariales, tenía la edad de mi hermana y Sam y
siempre me decía que algún día tendría su propia multinacional.

Cuando el profesor nos despidió hasta el lunes, salí casi


corriendo de clase y fui hacia el edificio de Trevor, de donde lo vi
salir con su habitual sonrisa y extendiendo los brazos.

—Hola, preciosa —me recibió con un beso—. ¿Tienes tiempo


para comer?

—Algo rápido, que luego me voy con Blanca al ginecólogo.

—Trevor —nos giramos al escucha una voz femenina y ahí


estaba Candance, esa rubia de pechos operados porque su padre
era cirujano plástico y su padre le había hecho más de un arreglo a
su hija—. Recuerda que hemos quedado para hacer el trabajo
todos en la biblioteca.

—Sí, tranquila que a las cinco estaré ahí —contestó sin


soltarme, y ella me dedicó una de esas miradas que dejaban claro
que, a su lado, yo era un mosquito.

—No llegues tarde por estar con ella.

—Perdona —di un paso al frente—, pero soy su novia.

—Sí, sí, lo que sea.


Se fue y me quedé mirándola con el ceño fruncido, cuando le
pregunté a Trevor qué le pasaba a esa chica conmigo, dijo que, no
era por mí, pues ella era así con todo el mundo.

Fuimos a la cafetería a comer y estuvimos planeando el fin de


semana. Dado que esa noche no podríamos vernos porque él
quería dejar el trabajo lo más avanzado posible, me dijo que me
llevaría el fin de semana a la cabaña de sus padres en la montaña.

Un fin de semana romántico los dos solos, sin cobertura y sin


nadie que nos molestara, fueron sus palabras exactas antes de que
nos despidiéramos con un beso y lo dejara allí para ir a buscar a
mi hermana.

Blanca me esperaba en el ático donde vivía con Alan desde que


se comprometieron, antes de casarse, en Manhattan. Estaba en la
puerta mirando el móvil y cuando escuchó el claxon de mi coche,
sonrió al verme.

—¿Llevas mucho esperando? —pregunté cuando se sentó.

—No, acababa de bajar. ¿Qué tal las clases?

—Bien, como siempre.

Ella siempre comía en su casa, yo a veces venía con ella, otras


con Sam y otras a casa de mis padres, pero había días como hoy
que me quedaba en la cafetería para estar un rato con mi chico.
Me dijo que había recibido un mensaje de Alan esa mañana y
que iba a intentar llamarla por la noche para hablar con ella y
saber qué iban a tener, pero que, si no podía, lo haría al día
siguiente.

La verdad es que habían sido muchas las veces que le dije a mi


hermana que yo no podría llevar esa vida, siempre esperando que
mi chico pudiera llamarme y sin saber si estaría bien o no. Si la
vida de un policía ya era bastante peligrosa, la de un policía
infiltrado, mucho más.

Ellos se conocieron cuando Blanca acababa de cumplir los


dieciocho, mis padres le dejaron el coche para ir a la universidad y
Alan que por aquel entonces tenía veintiséis y era policía de
patrulla, le dio el alto al comprobar que iba un poco más rápido de
lo que debía circular.

Le dijo que era el primer día de clases en el campus y ya llegaba


tarde, ella se puso tan nerviosa que acabó llorando y el policía,
que se quedó prendado de aquella joven, la escoltó a la
Universidad con la condición de que no volviera a correr con el
coche, y que le diera su número de teléfono para invitarla a un
café.

La invitó ese mismo día a comer, a tomar café, y hasta se les


hizo de noche y cenaron, y solo un mes después ya estaban
saliendo con el permiso de nuestros padres, que vieron en Alan a
un joven encantador y responsable.
—Hemos llegado —dije al ver la clínica donde estaba la
consulta de nuestra ginecóloga.

Tras aparcar, entramos al edificio y una vez que Cintia, la


recepcionista, nos dijo que la doctora Mancini iba con un poco de
retraso, nos acomodamos en la sala de espera donde había otras
futuras mamás.

—¿Qué te gustaría que fuera? —le pregunté apoyando la cabeza


en la pared y mirándola.

—No tengo preferencia, mientras llegue sano —contestó con


una sonrisa.

—Te das cuenta que vas a ser madre mucho antes de lo que lo
fue nuestra madre, ¿verdad?

—Nuestra madre vino aquí de vacaciones cuando tenía


diecinueve años, se enamoró de papá y él fue a buscarla el verano
siguiente. Hizo el cambio de Universidad y se casaron cuando ella
tenía mi edad, mamá solo tenía dos años más que yo ahora cuando
nací.

—Y papá treinta, un año menos que Alan ahora.

—Trevor y tú no tardaréis en casaros, cuando acabes la carrera


tendrás el anillo en el dedo —sonrió.
—Sí, y tengo ganas, la verdad. Sé que aún seremos jóvenes,
pero también estoy segura de que todo nos irá bien.

—Claro que sí, cariño.

—¿Alan que prefiere? ¿Niño o niña?

—Él dice que quiere una niña y que se parezca a mí —rio.

—Qué jodido, quiere una princesita para después espantarle a


los novios enseñándoles la placa —reí.

—Eso le dije yo.

—¿Y habéis pensado nombres?

—Si es niño, se llamará Alex y, si es niña, Emma. Pero él no lo


sabe, quiero darle una sorpresa.

—Así se llamaban sus padres —recordé, y ella asintió.

Los padres de Alan eran militares y murieron hacía algo más de


veinte años cuando estaban en una de sus muchas misiones fuera
del país. Era hijo único y desde que conoció a mi hermana, mis
padres lo tenían como a un hijo más.

La doctora Mancini llamó a Blanca y entramos en la consulta.


Tras algunas preguntas y revisar el resultado de los análisis que se
había hecho unos días atrás, comprobando que todos los niveles
estaban correctos, mi hermana pasó a la camilla.

—Bien, a ver si hoy nos deja verle un poquito —dijo la doctora.

—Es que mi sobri, ha salido a la madre, muy timidillo —reí.

—Ya lo veo, ya. Como no se deje ver hasta el día del


nacimiento, vas a tener la casa llena de cosas unisex —sonrió.

—Ya tengo mucha ropa blanca y amarilla —contestó Blanca.

—Yo he visto un conjunto en rosa pastel y otro en violeta, que


me han gustado para mi sobrina. Verás que me quedo con las
ganas de comprarlos —resoplé.

—Vamos a ver cómo está este pequeñín hoy —la doctora puso
el gel sobre la barriga de mi hermana y comenzó a pasar el
ecógrafo.

El bebé estaba la mar de cómodo ahí dentro, acurrucado y


durmiendo con un dedo en la boca. Pero empezó a moverse al
notar que había algo pasando por encima suya. No tardó en soltar
el dedo y al girarse…

—Decidle hola a esta preciosa niña —dijo la doctora, y mi


hermana y yo empezamos a llorar.
—¿Es una niña? —preguntó ella, mirando la pantalla.

—Sí, Blanca, vas a tener una niña, y estás sanísima.

—Pues tiene cara de enfadada —dije al ver en la pantalla 4D


que estaba frunciendo los labios y el ceño.

—Es que la hemos despertado, por eso se ha puesto así.

—En eso ha salido a su tía —contestó Blanca entre risas y


lágrimas.

—Esta tía de aquí, va a ir a comprarle esos dos conjuntos que ha


visto —me encogí de hombros.

Nos quedamos mirando la pantalla un poco más, la ginecóloga


hizo algunas fotos de varios momentos de la peque y se las mandó
a mi hermana al email para que las tuviera.

Después de darle cita para la siguiente revisión, fuimos directas


a comprar esos dos conjuntos y alguna cosa más para la niña,
aprovechamos que mis padres tenían la noche libre y compramos
comida asiática para ir a cenar con ellos.

En cuanto nos vieron mi madre preguntó si ya sabía el sexo,


sobra decir que se pusieron locos de contentos al saber que
tendrían otra princesita en la familia.
Después de cenar metí algo de ropa en mi bolsa de viaje pues les
dije que me iría con Trevor a pasar el fin de semana y como
saldríamos a primera hora, les dije que estaría en casa de mi
hermana, puesto que esa noche me apetecía quedarme con ella
para colocar todo lo que habíamos comprado para la niña.

El ático era una pasada, tenía un salón enorme con chimenea,


dos sofás que se abrían y en los que podías dormir cómodamente,
una terraza en la que en verano mi hermana salía a desayunar, y
un rincón con una mesa y seis sillas donde solíamos comer en
ocasiones especiales.

La cocina era amplia, con una isla en el centro donde desayunar,


un pequeño cuarto de baño y el cuarto de lavadora, así como el
gimnasio en esa planta baja.

Y en la planta de arriba estaban la habitación de matrimonio con


cuarto de baño propio y un vestidor enorme, la habitación de
invitados y la habitación del bebé, que también tenía un cuarto de
baño propio.

Acabábamos de colocar todo cuando empezó a sonar el móvil de


Blanca y vio que era una videollamada de mi cuñado.

—Hola, amor —sonrió al verlo.

—Hola, cariño. ¿Qué tal la ecografía?

—Genial, por fin se ha dejado ver —contestó.


—Sí, sí, pero se ha enfado porque estaba durmiendo —dije
asomándome—. Tenías que ver el ceño fruncido que ha puesto,
igualito que el mío.

—Vale, así que vamos a tener un bebé al que no le va a gustar


que le despierten —rio mi cuñado.

—Eso es, lo siento cuñado, tenía que tener algo de su tía favorita
—me encogí de hombros.

—Eres su única tía, pequeña —volvió a reír.

—Y por eso soy la favorita.

—¿Qué vamos a tener, cariño?

—Lo que tú querías —respondió mi hermana, con una sonrisa.

—¿Es una niña? —preguntó con los ojos muy abiertos.

—¿Vas a tener una niña, hermano? —escuchamos que


preguntaba Brian, el mejor amigo de Alan, y no tardó en asomarse
— ¡Felicidades, preciosa!

—Muchas gracias, Brian.


—Vaya, pero si también está mi futura mujer —dijo al verme,
haciéndome un guiño.

—Más quisieras —reí—. Sabes que tengo novio y me casaré


con él.

—Ese chico no te merece, y lo sabes —me señaló con el dedo.

—Y tú eres como un hermano para mi cuñado, que es como un


hermano para mí, por lo que, si tú y yo tuviéramos algo, sería casi
como tener incesto. Así que, no, gracias.

—Reniego de ti, hermano, la elijo a ella —le dijo a Alan, que


soltó una carcajada.

—Cariño, no tengo mucho tiempo —mi cuñado cogió el móvil y


miró a mi hermana, momento en el que me despedí de él con la
mano y les dejé hablando solos.

Iba a ser un gran padre, de eso no teníamos ninguno la menor


duda, y quería a mi hermana con locura.

Cuando terminó de hablar con él nos pusimos los pijamas,


preparamos té que tomamos en el sofá viendo una película, y allí
mismo nos acabamos quedando completamente dormidas.
Capítulo 3

Cuatro meses después…

Agosto, y en apenas un mes empezaría un nuevo año de carrera,


y ya solo me quedaban dos para acabarla.

Estaba disfrutando de un domingo tranquilo en la piscina de la


casa de los padres de Sam, tomando el sol, bebiendo zumos de
frutas naturales, y hablando con él de irnos la semana siguiente a
algún lugar los dos solos.

Trevor estaba haciendo muchas horas por las noches en el bar de


su primo sirviendo copas y decía que no quería que yo me quedara
sin unos días de desconexión antes de volver a las clases.

—Miami, por ejemplo —dijo Sam.

—Santa Mónica mejor.

—Donde quieras, pero vámonos dos semanas, que después


tendremos todo un año de clases y exámenes por delante.
—Te recuerdo que tú, no —reí.

—Es verdad, bueno da igual, yo estaré en el hospital trabajando.

—Vale, pues busca alojamiento y reserva los vuelos —dije


poniéndome en pie, pues ya eran las cinco y media—. Me voy a
ver a Trevor antes de que entre a trabajar —le di un beso rápido en
los labios como solíamos hacer a veces.

—Si te ve mi padre, pensará que eres mi novia —sonrió.

—Cuando estaba soltera no me decía que me quisiera como tu


novia.

—No te lo decía a ti, pero a mí, me lo lleva diciendo desde que


tenías quince años —volteó los ojos.

—Nos vemos mañana. Te quiero.

—Y yo.

Me puse el vestido, cogí mi bolsa y me despedí de sus padres al


salir, subí al coche y conduje hacia el apartamento de Trevor, no
habíamos quedado, pero quería darle una sorpresa y, por qué no,
alegrarle el resto de la noche mientras se acordaba de mí.
Subí en el ascensor buscando las llaves y cuando llegué a la
sexta planta del edificio, abrí la puerta y me sorprendió escuchar
música que venía de la habitación.

No estaba a mucho volumen, pero a esa hora Trevor solía estar


durmiendo. puesto que aprovechaba el mayor tiempo de descanso
posible antes de ir al trabajo.

Lo más extraño no era solo la música, sino unos leves gemidos


que salían de la habitación. Sonreí pensando que igual estaba
viendo alguna de esas películas para adultos y pensando en mí, y
me quité el vestido quedándome solo con el bikini.

Iba a sorprender a mi novio, y la que se llevó la sorpresa, fui yo.

Al abrir la puerta vi una melena rubia entre las piernas de


Trevor, que estaba recostado en la cama con los ojos cerrados y
gimiendo. Eso no me podía estar pasando a mí, de verdad que no.
¿En serio mi novio estaba dejando que otra le hiciera una
mamada?

—¿Trevor? —cuando me escuchó, levantó la cabeza y abrió los


ojos de tal manera, que creí que se le acabarían saliendo de las
cuencas.

Claro que, cuando la dueña de esa melena se giró para mirarme,


entendí muchas cosas.

—Esto no es lo que parece, Alicia —me dijo.


—Pues, perdona si dudo que se trate de un trabajo para la
Universidad —contesté, pues la rubia en cuestión no era otra que
la operadísima Candance.

—Creí que habías dicho que no vendría hoy tampoco —dijo


ella.

—¿Desde cuándo, Trevor? —pregunté, intuyendo que esa, no


era la primera vez.

—Alicia, no…

—¡¿Desde cuándo?! —grité.

—Unos cuatro meses —contestó ella, con una sonrisa de lo más


diabólica.

Cuatro meses, justo el tiempo que hacía que ella dijo aquello del
trabajo.

—Jamás pensé que me hicieras esto —dije, evitando llorar


porque no quería que me vieran hacerlo.

—Espera, Alicia, vamos a hablar —se quitó a la rubia de encima


y ella protestó agarrándolo del brazo.
—De aquí no te mueves, que estoy degustando ese prostre que
me prometiste —dijo.

—Candance, por favor.

—Si te vas con ella, a mí, me pierdes, y recuerda que esta


santurrona no te deja entrar en ciertas zonas.

—Tranquila, que no te va a perder —me puse el vestido—. Me


voy yo, pero no se te ocurra volver a buscarme en tu vida —le dije
a él y salí de la habitación.

—Joder —gritó—. ¡Alicia, espera!

Llegué a la puerta del apartamento y cuando salí de allí, escuché


sus pasos, venía corriendo, pero solo llegué a verle salir, en bóxer,
mirando hacia el ascensor donde ya estaba yo, mientras se
cerraban las puertas.

Me había estado engañando con otra durante meses y ni siquiera


me había dado cuenta. A saber, cuántas de esas tardes que me
decía que estaba durmiendo en estas últimas semanas, en realidad
estaba con ella.

Allí tenía algo de ropa aún, pero podía tirarla o quemarla si


quería, no me importaba.

Cuando salí del ascensor empezó a sonar mi móvil y creí que era
él, por lo que dejé que sonara mientras iba hacia el coche. Una vez
sentada en él, me dejé vencer por el dolor y comencé a llorar.

No sabía el tiempo que pasó desde ese instante, mientras mi


móvil seguía sonando, hasta que finalmente me decidí a sacarlo
del bolso y vi que era Sam.

—Dime —respondí, y se me notaba en la voz que seguía


llorando.

—¿Dónde te has metido? Tu hermana, Alan y tus padres llevan


intentando localizarte una hora. ¿Y por qué estás llorando?

—¿Qué ha pasado?

—Blanca está de parto.

Fue suficiente para mí escuchar aquello, corté la llamada y tras


secarme las lágrimas, conduje hasta el hospital en el que
trabajaban mis padres y donde nacería mi sobrina, esa pequeñina a
la que tantas ganas tenía de ver.

Llegué en tiempo récord y cuando entré en la zona de urgencias,


vi a Sam con sus padres esperando.

—¿Qué te ha pasado? En mi casa estabas bien —me dijo,


cogiéndome ambas mejillas.

—He dejado a Trevor —respondí, y le conté lo que había visto.


Decir que le llamó de todo menos guapo, era quedarme corta,
porque incluso se planteó ir a su apartamento para romperle todos
los dientes. Suerte que su padre le retuvo, o seguro que habría ido.

Alan apareció poco después y tenía el rostro desencajado por


completo. Brian, que estaba en una de las sillas con el móvil y a
quien no había visto hasta ese momento, se acercó a él
preocupado.

—¿Qué pasa, Alan? —pregunté cuando llegó hasta nosotros.

—Tus padres me han pedido que salga, algo… Algo no iba bien,
Alicia —respondió con la voz tomada.

—¿Cómo que algo no iba bien? ¿Qué quieres decir?

—No lo sé, solo me han pedido que salga.

Miré a Sam y en cuanto supo lo que se me estaba pasando por la


cabeza, negó.

Pero ignoré todo, y a todos, y corrí hacia el pasillo para ir en


busca de mi hermana.

No tardé en escuchar voces diciendo que la estaban perdiendo, y


algo en lo más profundo de mi ser me decía que era Blanca.
Cuando llegué a la habitación donde estaba ella, el prolongado
pitido de una de las máquinas que me dijo lo que tanto me temía.
Vi a mi hermana recostada en la camilla, con los ojos cerrados
mientras mi padre intentaba salvarla, pero no pudo.

Mi madre estaba llorando con la bebé en brazos, que también


lloraba con un desgarro que me llegaba al alma. Entré con las
lágrimas cayendo por mis mejillas y fui directa hacia mi hermana
mayor.

—Alicia, no puedes estar aquí —me dijo uno de los médicos,


que me conocía más que de sobra, pero no le hice caso.

Cogí la mano de mi hermana y apoyé la frente en la suya,


llorando al igual que vi que había estado haciendo ella.

—Blanca, no nos hagas esto —le pedí entre sollozos—, Emma


te necesita.

—Alicia, cariño —noté las manos de mi padre en los brazos, y


no tardó en hacerme girar—. No puedes estar aquí, hija.

—Se ha ido —lloré de nuevo—. Se ha ido.

Mi padre me abrazó, mi sobrina seguía llorando y mi madre


también.

Salí al pasillo y dejé que lavaran a la pequeña e hicieran lo


necesario con mi hermana. Cuando mis padres salieron, llorando
la pérdida de su hija mayor, nos fuimos los tres hacia la habitación
donde descansaría la niña esos días bajo la supervisión de mi
madre.

Le pedí que me dejara cogerla en brazos y conseguí que se


calmara un poco, mi madre sonrió y dijo que debía ser porque en
mí notaba la misma esencia que en su madre.

Miré a mi sobrina y se me cayeron dos lágrimas como puños de


grandes, le besé la cabecita y le prometí que siempre me iba a
tener.

Salieron para hablar con mi cuñado y yo me quedé en la


habitación con la niña, meciéndola, mostrándole la ciudad y
jurándole que jamás iba a dejarla sola. Cuando escuché la puerta
abriéndose me giré y vi a Alan entrando, era la primera vez que
veía a ese hombre, alto, fuerte, grande, rubio y de ojos azules
llorar como un niño.

—Ni siquiera sé qué nombre quería ponerle —me dijo,


acercándose despacio.

—Yo lo sé desde que supimos que era una niña —sonreí, y me


miró con los ojos abiertos—. Papá, ella es tu hija Emma —se la
presenté y cuando la vio, mi cuñado cayó de rodillas al suelo
apoyando la frente en mi mano, esa que sujetaba a su pequeña—.
Blanca no querría verte así, Alan —le dije entre lágrimas—. Y la
niña necesita a su padre.

—No voy a poder, Alicia, yo solo no voy a poder.


—Por supuesto que sí, y no estás solo. Nos tienes a mis padres y
a mí.

—El trabajo no me permitirá estar con ella, cuidarla, sabes que


paso meses fuera de casa.

—Nosotros te ayudaremos, Alan, y lo sabes.

—¿Qué voy a hacer sin ella? —Me rodeó con ambos brazos por
la cintura y acaricié su cabello.

—Yo también he perdido a Trevor —dije volviendo a llorar por


ese otro dolor—. No ha muerto, pero para mí, sí. Y no es
comparable ni mucho menos, pero duele perder a quien tanto has
querido.

—No imagino mi vida sin ella.

—Pues tienes que ser fuerte por la niña, Alan, ella necesita a su
padre.

—Y a su madre, también necesita a su madre.

—Te aseguro, igual que le he dicho a ella, que su tía estará aquí
siempre.
Nos quedamos en silencio unos minutos, Alan consiguió calmar
un poco ese llanto desgarrador que tenía, se puso en pie y cogió a
su hija en brazos. Le dio un beso en la frente y le juro que no iba a
fallarle nunca.

—Quiero pedirte algo, Alicia —dijo en un susurro y cuando nos


miramos, vi la determinación en sus ojos—. Quiero que tú cuides
de nuestra pequeña Emma.
Capítulo 4

Siete años después…

En ocasiones la vida nos podía poner a prueba, y hacía siete


años que nos puso a toda mi familia.

El día que perdimos a Blanca, todos, sin excepción, quedamos


devastados, pero quien peor lo pasó fue mi cuñado Alan.

Aún a día de hoy seguía siendo policía, uno de los mejores, y


pasaba largas temporadas infiltrado fuera de casa, siempre
procurando que nadie supiera su verdadera identidad y, de ese
modo, mantenernos a salvo.

Blanca era mi hermana mayor, pero también mi confidente y


amiga, ese hombro en el que llorar cuando lo necesitaba, y el pilar
que me mantenía en pie cuando no me encontraba bien.

Estos años sin ella, me había costado no dejarme caer, pero lo


había hecho por mi sobrina, por esa preciosa niña que dependía de
mí y a quien Alan dejó a mi cargo.
En cuanto pudimos llevarla a casa me instalé en el ático con ella
y mi cuñado, de modo que la habitación de invitados pasó a ser la
mía. Mis padres también nos ayudaban, y cuando empecé las
clases en la Universidad de nuevo, ellos modificaron sus turnos de
trabajo para poder ocuparse de la niña durante el día, haciendo
todos los turnos de noche.

Alan me pidió que me sintiera como en casa y, dado que Sam


era como de la familia, cuando él no estaba se venía conmigo a
pasar algunos fines de semana cuidando de la pequeña.

Para mí cambió todo de manera radical, apenas salía más que


para ir a clase, y si quería salir una noche a cenar y tomar una
copa, era aprovechando los días libres de mis padres.

O cuando Alan estaba en la ciudad y me empujaba a salir


quedándose él con la niña. Solo que ya me había acostumbrado
tanto a esa pequeña, que había veces que regresaba antes de
medianoche y me los encontraba a los dos dormidos en el sofá.

Ver a Alan, con lo grande que era, con esa pequeñina en su


torso, era algo increíble. Y era un gran padre, jamás se había
perdido unas Navidades ni cumpleaños.

Cuando acabé la carrera y empecé a trabajar en el hospital mis


padres siguieron con esos mismos turnos, de modo que tanto Sam,
como yo, trabajábamos durante el día y así muchas noches se
venía al ático con nosotras.
Y si había algo de lo que estaba completamente segura, era de
que no cambiaría nada de lo que había ocurrido desde que
perdimos a mi hermana siete años atrás, porque cada uno de los
momentos vividos con mi sobrina Emma eran magia pura.

Esa niña era la perdición de todos nosotros, incluso los padres


de Sam la tenían como si fuera una nieta, y ella los llamaba
abuelos igual que a mis padres.

Era un amor de niña, siempre sonriente y feliz, y para nadie


pasaba desapercibido el parecido que tenía con mi hermana, pues
eran prácticamente iguales. Tenía algunos gestos de Alan, y como
ya vimos cuando supimos que era una niña, había sacado mi gesto
al fruncir el ceño.

Hoy era un día de esos en los que la alegría se mezclaba con la


tristeza, pero todos poníamos nuestro granito de arena para que
ella estuviera feliz, aunque le faltara su mami.

Estaba terminando de prepararle su vaso de leche con galletas


para el desayuno cuando sonó mi móvil y vi que era Alan.

—Buenos días —saludé con una sonrisa al verlo al otro lado de


la pantalla.

—Buenos días, pequeña. ¿Está por ahí la niña del cumpleaños?

—¿Es papá? —preguntó Emma, que apareció corriendo por la


puerta de la cocina.
—Sí, es tu padre —dije cogiéndola en brazos para sentarla en el
taburete.

—¡¡Papá!! Hoy es mi cumpleaños.

—Lo sé, hija, lo sé, y cumples siete años —sonrió—. Muchas


felicidades.

—Gracias —se le iluminó la cara—. ¿Vas a llegar a tiempo para


la fiesta en casa de los abuelos?

—Por eso llamaba —suspiró—. Se me ha complicado un poco


el trabajo, y no voy a poder estar —cuando lo escuché, abrí los
ojos de tal manera que creí que se me saldrían de las cuencas.

¿Cómo que no iba a poder estar para el cumpleaños de su hija?


Nunca se había perdido uno, era algo que siempre le dejó claro a
sus jefes, que ante todo estaba su hija en primera línea.

—¿Y cuándo vendrás, papá?

—No estoy seguro, cariño.

—Jo, pero hace mucho que no vienes.

—Lo sé, mi vida, pero cuando vuelva, haremos una gran fiesta.
—No será lo mismo —dijo y se bajó del taburete.

—Emma, espera cariño —la llamé, pero se fue corriendo a su


habitación—. No puedes estar hablando en serio, Alan.

—No he podido hacer nada, el equipo…

—Me importa una mierda el equipo —le corté—. Es tu hija,


solo te tiene a ti y te echa de menos. Nunca has faltado a un
cumpleaños.

—Amor, vamos, llegamos tarde —escuché la voz de una mujer


y fruncí el ceño, momento en el que mi cuñado bajó el móvil y no
pude ver nada—. ¿Qué haces? Si no salimos ya…

—Sí, sí, ya voy —le oí decir a él.

Y escuché unos tacones alejándose, hasta que volví a ver a mi


cuñado en la pantalla.

—Alicia.

—No, déjalo. Ya veo que no es cuestión de trabajo, sino que


tienes cosas mejores que hacer por lo que se ve, que pasar el
cumpleaños de tu hija con ella.

—No es lo que crees…


—Al último que le oí decirme eso, le estaban haciendo una
mamada. No me des explicaciones, pero procura venir pronto para
ver a tu hija.

Colgué y tras soltar el aire, fui hacia la habitación de mi sobrina,


donde estaba llorando en la cama.

—Ey, ¿qué son esas lágrimas? —dije recostándome a su lado.

—Echo de menos a papá, y quería verlo hoy —contestó mirando


al techo.

—Lo verás pronto, pero ya sabes que el trabajo lo aleja mucho


de casa —le pasé el brazo por los hombros y se recostó en mi
pecho.

—¿Y por qué no busca un trabajo aquí? Así no tendría que irse.

Razón no le faltaba, pero ella no sabía que su padre era policía,


cuando menos supiera, mucho mejor.

—Vamos a desayunar, que tenemos que ir a llevarle flores a tu


mamá.

—Y luego a comer las dos solas por mi cumpleaños —dijo


mirándome y sonreí, aquella era una tradición que también tenía
con ella, además que nos íbamos a comer juntas también el día
que mi hermana hubiera cumplido años.
—Exacto, y hoy te dejo elegir.

—Quiero comida asiática.

—Excelente elección, señorita.

Fuimos a desayunar mientras veíamos los dibujos. Mis padres,


Sam y los padres de este, llamaron para felicitarla y estuvo
hablando un rato con ellos, nos duchamos y vestimos y salimos
del ático listas para pasar esa mañana juntas.

Era un bonito día de verano de primeros de agosto y las dos


íbamos de lo más fresquitas con nuestros vestidos y las sandalias,
además, nos habíamos recogido el pelo en una coleta alta.

Quien nos veía juntas siempre me decía que tenía una hija
preciosa, y las dos sonreíamos antes de decir que era mi sobrina.

Pero ella a veces me llamaba mami, a modo cariñoso, y yo me


derretía.

La vida me cambió a los veintiún años, pero no había ningún


otro modo mejor de que me hubiera cambiado, que teniéndola a
ella conmigo.

Pasamos por la floristería de nuestra calle y Frank, el dueño,


sonrió al vernos.
—Mira a quién tenemos aquí —dijo cuando nos acercamos al
mostrador—. Feliz cumpleaños, Emma.

—Gracias, Frank —sonrió.

—¿Flores para tu mamá?

—Sí, las de siempre.

—Ahora mismo te preparo las preferidas de Blanca.

Se dio la vuelta y comenzó a hacer el ramo de flores para que le


lleváramos a mi hermana. Sus preferidas eran las lilas, y las rosas
rosas. Frank hizo un ramo precioso y además le puso un bonito
corazón en el centro en el que podía leerse: “Te quiero, mamá”.
Le regaló una rosa blanca a Emma por su cumpleaños, y nos
despedimos de él para subir de nuevo al coche e ir al cementerio.

Una vez allí caminamos de la mano hasta llegar a la tumba de


mi hermana, donde las dos nos quedamos en silencio unos
minutos, cada una sumida en sus pensamientos.

Emma no había conocido a su madre, pero sabía lo que todos


nosotros le habíamos contado, y por eso cuando le dejaba las
flores, hablaba un ratito con ella y la ponía al día de todo lo
importante que le había pasado desde el día en el que mi hermana
habría cumplido años.
Se despidió de ella dejando un beso en la lápida y cuando vio a
la señora Morgan y su perrita Sisi, fue a saludarlas mientras yo me
quedaba con Blanca.

—Está preciosa —le dije a mi hermana—. Y es muy lista,


Blanca, tendrías que ver sus notas. Le encanta la Lengua y es un
genio de las matemáticas, no sé a quién ha salido —reí—. Bueno
sí, a su padre, que los números siempre se le dieron bien. Te
quiere mucho, ya sabes que tiene una de tus últimas fotos
embarazada en su mesita de noche, y todas las noches te desea
dulces sueños. Ojalá pudieras verla. Pero como te prometí, no voy
a dejarla sola nunca. Nos vemos en unos meses hermanita —dejé
un beso en la lápida—. Te quiero.

Fui donde Emma jugaba con Sisi, y tras despedirnos de ella y la


señora Morgan, regresamos al coche para ir al centro comercial.

Antes de comer dimos una vuelta por las tiendas, le compré


algunas prendas de ropa que iba a necesitar para el nuevo curso
escolar, así como cuadernos, y fuimos a comer al restaurante
asiático que tanto le gustaba.

Y es que, a mi sobrina, igual que a su madre, le encantaban los


rollitos de primavera y los fideos fritos con verduras y carne.

Para el postre pedimos unos pasteles de chocolate rellenos de


menta y nos fuimos a la tienda de juguetes donde acabé
comprándole un nuevo puzle, pues le encantaba hacerlos.
No le había comprado nada de lo que ya tenían todos como
regalo de cumpleaños, que bien me había asegurado yo de que
todos me dijeran qué habían comprado para tenerlo en cuenta.

—Y ahora, a casa de los abuelos —dije cuando le abroché los


cinturones de la silla.

—Tía Alicia, no quiero ir.

—¿Por qué, cariño?

—No va a estar papá.

—Mi niña, no puedes no celebrar tu cumpleaños porque papá no


pueda venir. Además, ya sabes que tienes un deseo que pedir al
soplar las velas. Si pides que papá venga pronto a casa… quién
sabe, igual se cumple —sonreí—. Y los abuelos están deseando
verte —le acaricié la mejilla.

—Vale.

Mis padres, que a sus setenta él y sesenta y cinco ella, ya


estaban jubilados, adoraban a su nieta y no había sábado que no
me pidieran que se quedara en casa a dormir con ellos y así
desayunar el chocolate con curros que preparaba mi madre.

Subí al coche y puse rumbo a la casa, esperando que mi cuñado


de verdad volviera pronto para estar con su hija, que tanto lo
extrañaba.
Capítulo 5

En cuanto llegamos a casa de mis padres y entramos, Emma fue


corriendo hacia la cocina donde estaban todos esperándonos.

Sam al verme sonrió extendiendo los brazos y me acogió en


ellos.

—¿Cómo estás, preciosa? —preguntó.

—Todo lo bien que se puede, ya sabes —me encogí de hombros.

—Sigo diciendo que hacéis una pareja perfecta —dijo Steven,


su padre.

—Al final cualquier día le pido a tu hijo que se case conmigo.

—Hija, ya te digo yo que a mi marido le das una alegría —rio


Madison, su madre.

Sam era una mezcla genética perfecta de ambos. De su padre,


había heredado el cabello castaño, ese que ahora Steven lucía
completamente blanco, y de Madison, sus bonitos ojos color miel.

Era un hombre atractivo, no había duda de ello, pero jamás nos


liaríamos como pareja.

—Tía, mira la tarta —dijo Emma, abriendo la nevera.

—Señorita, eres una cotilla —le riñó mi madre.

—Es de nata, fresa y almendras —sonrió la niña de lo más


pícara.

—Anda que no eres golosa —reí.

—A quién habrá salido —carraspeó mi padre, mirándome.

—¿Por qué me miras a mí? Blanca era más golosa que yo.

—Las dos por igual —rio Madison.

—Soy igual que tú, tía Alicia —soltó con todo el descaro
mientras cogía una patata del plato, y nos echamos todos a reír.

Cogí los vasos y platos para poner la mesa y al ver mi madre


que había cogido siete en vez de ocho, me miró extrañada y
preguntó si no iba a venir Alan.
—Tenía trabajo —dije, por no mencionar nada más sobre la
mujer a la que había oído hablar cuando estábamos en la
videollamada.

—¿Se va a perder el cumpleaños de la niña? —preguntó Sam


con el ceño fruncido cuando nos quedamos solos en el salón—
Eso es nuevo.

—Ya ves, ahora tiene otras prioridades.

—¿Qué prioridades?

—Una novia, o amante, o lo que quiera que sea la mujer que


estaba con él cuando llamó a su hija.

—¿Qué dices? Pero si desde que perdió a tu hermana no ha


estado con nadie. Por Dios, Alan tiene la entrepierna de adorno.
No puede ser un hombre más célibe.

—Pues yo he oído lo que he oído, y debe tener a alguien en su


vida.

—¿Y si era parte del trabajo? Ya sabes, está infiltrado y podría


ser una de esas mujeres.

—Entonces no tiene la entrepierna de adorno, con alguna se


habrá acostado.
—Lo dudo, si no lo hacía antes no lo hará ahora. ¿No dijo Brian
una vez que Alan fingía ser gay para que no le tiraran los tejos?

—Eso dijo, pero, ya sabes, del dicho al hecho… —Me encogí de


hombros.

—Seguro que le habrá jodido no poder venir, nunca se pierde el


cumpleaños de la niña, y tampoco las Navidades.

—Da igual, vamos a intentar que ella disfrute, aunque no esté su


padre —dije tras colocar los cubiertos.

Fuimos a la cocina y ayudamos a llevar todo lo que habían


preparado entre mi madre y la suya para la cena, y es que allí
había comida como si estuviéramos de boda.

Habían preparado tostas de jamón y queso, hojaldres rellenos de


atún con tomate y de paté, patatas fritas y unos solomillos de
carne que daba gusto verlos.

Eso sí, no quedó nada en los platos, nos lo comimos todo. Y,


claro, tuvimos que hacer hueco para la tarta, momento que
aprovechamos para que Emma abriera los regalos.

Le compraron ropa, zapatos, unas deportivas, un abrigo para


cuando llegara el invierno y unas botas a juego, algunos libros de
su joven detective favorita con los que pasaba horas leyendo,
cuadernos para colorear, juegos de mesa y algunos puzles.
—Bueno, ¿quién quiere tarta? —preguntó mi padre.

—¡Yo! —gritó Emma levantando las dos manos.

—Claro que sí, dos porciones te vamos a poner a ti.

—Eso, abuelo, porque soy la chica del cumpleaños —sonrió.

—No sabe nada la jovencita esta —dijo Sam, que la tenía


sentada en su regazo.

—Tío Sam, al que cumple los años, se le pueden dar dos


porciones.

—Y hasta tres, si se ha portado bien —contestó Steven.

—Entonces yo quiero tres porciones, abuelo —le dijo a mi


padre.

—Y esta noche la pasamos en urgencias contigo mala de la


tripa. Una porción, y mañana te comes otra —le advertí.

—¿Es que la quieres toda para ti, tía?

—Tu tía es muy golosa, ya lo sabes —rio Sam.

—Habló el que no puede vivir sin dulces —volteé los ojos.


Mis padres fueron a la cocina por la tarta y cuando regresaron,
cantando el cumpleaños feliz, Emma sonrió con esa timidez que a
veces mostraba al ser el centro de atención.

—Te deseamos todos, cumpleaños feliz —cantamos a coro al


final.

—Pide un deseo, preciosa —le dijo Sam, y ella cerró los ojos
con las manos apoyadas en la mesa y unos segundos después,
sopló.

Mi madre cortó una porción para cada uno, a ella le sirvió


primero, y comenzamos a comernos aquella tarta que estaba
buenísima.

Estábamos terminando cuando sonó el timbre.

—Voy yo —dijo Sam, poniéndose en pie.

—¿Quién será? No esperamos a nadie —comentó mi madre.

Y cuando escuché la voz de mi cuñado miré hacia el pasillo, al


igual que Emma, que sonrió y fue corriendo hacia él.

—Hola, princesa —la abrazó con fuerza.

—Has venido, papá —dijo llorando—. Has venido.


—Mi niña, jamás me perderé un cumpleaños tuyo.

—Pero, ¿y el trabajo? —le preguntó, mirándolo.

—El tío Brian me está cubriendo.

—Alan, hijo, qué alegría verte —mi madre se acercó para darle
un abrazo.

—Yo también me alegro de verte María.

Saludó a todos y yo seguía sentada en mi silla, Sam me dio un


codazo para que me levantara cuando se sentó a mi lado y lo hice
a regañadientes.

—Hola, pequeña —me dio un abrazo.

—Hola.

—¿Podemos hablar?

—Pues ahora mismo no, porque Sam y yo nos vamos —miré a


mi mejor amigo, que arqueó la ceja y le mandé esa mirada de: “di
que sí, o te enteras”.

—Sí, sí, hemos quedado con unos compañeros del hospital.


—Y, como estás aquí, yo también puedo tener un ratito de sexo
esta noche —le murmuré a mi cuñado, que me miró con el ceño
fruncido.

Si le había molestado me importaba bien poco, la verdad, él


seguramente que llevaba tiempo acostándose con esa mujer, y yo
también tenía derecho.

Me despedí de todos y quedé con mi madre en que iría un día de


la siguiente semana a comer con ellos, aprovechando que la niña
se quedaba durante el día allí mientras yo trabajaba.

Sam subió a su coche y yo al mío y fuimos al local donde


solíamos quedar con algunos de nuestros compañeros.

—Que sepas que te he escuchado decirle a Alan que vas a follar


esta noche —me dijo cuando entramos.

—No se lo he dicho así, pero es cierto.

—¿Con quién, si puede saberse?

—Con el único al que cuando se lo pido, está dispuesto.

—¿Matt? Dios mío, ese hombre se acuesta con todas las


enfermeras solteras del hospital.
—Por eso me sirve, porque no va a querer nada serio, y ya sabes
que yo soy prácticamente madre soltera.

Llegamos a la barra y vimos a nuestros compañeros, entre los


que se encontraba Matt, un moreno de ojos marrón chocolate que
tenía a todas las enfermeras y algún que otro enfermero de nuestro
hospital loco por sus huesos.

Me bastó acercarme a él, pasar mi mano por su torso y darle un


beso rápido en los labios para que supiera lo que quería de él en
ese momento.

El local era de su prima, así que no teníamos problema en


escabullirnos. Me llevó al despacho como siempre y allí dimos
rienda suelta a nuestros deseos.

Nos besamos mientras nuestras manos buscaban acariciar el


cuerpo del otro, me apoyé en el escritorio y le rodeé con la pierna
por la cintura, momento que él aprovechó para apartar la braguita
a un lado y deslizar los dedos entre mis labios vaginales.

Comenzó a tocarme y penetrarme haciendo que mis gemidos


fueran en aumento, bajó dejando besos cortos por mi torso y mi
vientre hasta que vi cómo cubría su cabeza con la falda de mi
vestido y lamía sin parar.

Alcancé el primer orgasmo poco después y no tardó en


incorporarse, desabrocharse el pantalón y tras hacerme girar para
colocar mis manos sobre el escritorio se puso el preservativo y me
penetró.
Lo nuestro, era sexo y nada más, encuentros esporádicos y
rápidos en los que los dos liberábamos esa tensión acumulada por
el deseo y la necesidad de saciarnos.

Mientras me penetraba sus dientes arañaban la piel de mi


hombro despacio, besaba esa parte de mi cuerpo y compartíamos
algún que otro beso. Hasta que los dos liberábamos el clímax y
nos quedábamos unos segundos recobrando el aliento.

—Parece que me echabas de menos —dijo con una leve sonrisa.

—Y tú a mí —le di un beso rápido en los labios.

Nos arreglamos la ropa y el cabello y volvimos a la barra donde


estaban Sam y el resto.

Durante las horas que pasamos allí, bebimos y bailamos, reímos


y Matt y yo nos calentamos con tanto acercamiento de tal modo
que volvimos a irnos al despacho de su prima antes de marcharnos
a casa.

—¿Comemos mañana? —me preguntó Sam cuando me


acompañó al coche.

—Sí, así dejamos que Alan disfrute de la niña, que no sé cuándo


se irá.

—Ve con cuidado, ¿vale?


—Sí, tranquilo. Te pongo un mensaje cuando llegue a casa —le
di un beso en la mejilla—. Adiós.

Conduje escuchando música y resultó ser una de las que solía


cantar a todo pulmón con mi hermana. Sonreí al imaginarnos a las
dos en el coche gritando y así llegué al edificio en el que vivía.
Aparqué en una de las dos plazas de garaje que pertenecían al
ático y subí en el ascensor escribiendo el mensaje para Sam, ese
que envié en cuanto abrí la puerta de casa antes de entrar.

La televisión estaba encendida y vi que Alan se había quedado


dormido en el sofá. Estaba solo y en la mesa había una botella de
bourbon y un vaso ya vacío. La niña debía llevar tiempo dormida,
así que apagué la televisión y me incliné para despertarlo. Por el
olor a alcohol, no se había tomado solo una copa.

—Alan, vamos, hora de ir a la cama —dije en un susurro


mientras lo zarandeaba—. Vamos, Alan, despierta o te dejo aquí
durmiendo —nada, seguía con los ojos cerrados—. Alan, que me
acuesto.

—Quédate aquí, por favor —murmuró, y no es que hubiera


bebido mucho, pero sí lo suficiente como para tener la lengua de
trapo.

—Alan, a la cama, vamos.

—Vamos a dormir aquí —tiró de mí de tal modo que acabé


cayendo sobre él, y se acomodó conmigo sobre su cuerpo.
—Por Dios, Alan, despierta.

—No me dejes solo —dijo, y estaba claro que estaba soñando.

—Alan —le cogí ambas mejillas y comencé a pellizcarlas para


que se espabilara—, haz un esfuerzo y despierta, que tenemos que
irnos a la cama —abrió los ojos.

—Alicia —frunció el ceño al verme.

—Parece que alguien se ha tomado alguna copita de más —


sonreí.

—Dios, ¿qué hora es?

—Las dos y media, hora de irse a la cama —me fui


incorporando para levantarme, pero no me dejó.

—No, espera, quiero hablar contigo —nos miramos fijamente y


por unos momentos me quedé enganchada a sus bonitos ojos
azules—. Lo de esta mañana no es lo que crees, en serio. Ella es
una de las compañeras que también está infiltrada, se supone que
es mi pareja y para no meter la pata, siempre me llama amor.

—No me tienes que dar explicaciones, por mí, como si te


acuestas con ella.
—Desde tu hermana no ha habido ninguna otra mujer, por
vergonzoso que sea decirlo —suspiró cerrando los ojos y volvió a
mirarme unos segundos después—. Y sí que iba a venir al
cumpleaños, pero no saldría de allí con el tiempo suficiente como
para llegar a cenar, no quería defraudar a Emma.

—Mintiéndole has hecho que llore pensando que no ibas a venir.


En el futuro, cuñado, te sugiero que le digas la verdad. Es
preferible que se quede un poquito triste porque llegues tarde, o al
día siguiente, a que le hagas crees que no va a poder verte.

—Eres una gran madre, pequeña, ¿lo sabías? —dijo mientras me


colocaba un mechón que se me había escapado de la coleta detrás
de la oreja— Blanca estaría orgullosa.

—Lo hago lo mejor que puedo —me encogí de hombros—. Y


ahora —me moví un poco y noté un roce con su pistola, pero no
dije nada—, hora de irse a la cama —le cogí de las manos para
levantarme, pero él tenía más fuerza y acabé de nuevo cayendo
sobre él.

—Creo que el sofá piensa igual que yo, que es mejor que nos
quedemos aquí porque no voy a ser capaz de subir esas escaleras
—suspiró.

—Pues vamos a dormir un poquito incómodos si no te deshaces


de la pistola, señor policía.

—¿Qué pistola? —Frunció el ceño— Esa la dejé en mi caja


fuerte.
Y ahí la que se quedó sin habla, y seguramente sin color en el
rostro, fui yo, porque… sino era la pistola con lo que me había
rozado, ¿qué había sido?

No quería pensar en lo que se me estaba pasando por la cabeza,


pero es que no había otra cosa que pudiera ser. Y no, aquello lejos
de estar muerto como diría Sam, estaba muy, muy vivo.
Capítulo 6

Me encontraba de lo más cómoda, y eso que, por norma general,


mi cama ya lo era, pero esto… esto estaba a otro nivel, no había
duda.

Y calentita, a pesar de que estábamos en agosto y hacía calor,


notaba la suavidad de la manta fina y estaba calentita bajo ella.

Noté una caricia en el brazo y eso ya no era tan normal que


dijéramos. ¿Había bebido tanto la noche anterior como para no
acodarme si me fui a casa con Matt? Y obviamente me refería a su
casa, porque yo al ático no traía a ningún hombre, salvo a Sam.

Sí, donde tenía apoyada la cabeza y la mano, definitivamente era


un torso, un torso masculino más concretamente, que desprendía
un calor de lo más agradable a través de la camiseta. Y estaba
duro por lo que podía comprobar.

¿Matt iba al gimnasio y no me había dado cuenta? Porque, Dios


mío, qué torso.
Y la mano con la que me acariciaba el brazo, era grande, y
también la notaba bastante suave para ser la de un hombre.

Mi pierna estaba entre las suyas, la fui moviendo despacio,


subiéndola un poco, y noté que el torso no era lo único que estaba
duro a esas horas de la mañana. Matt tenía energía para un poco
más de…

Ah, pues no, me había equivocado, porque se estaba moviendo


para levantarse.

—Buenos días —dije con la voz aún somnolienta y abrí los ojos,
comprobando dos cosas.

La primera, que estaba en el salón del ático, y la segunda que no


era Matt la persona con la que había dormido.

—Buenos día, pequeña —contestó Alan con una leve sonrisa.

—¿Hemos dormido en el sofá? ¿Juntos? —pregunté,


disimulando mientras llevaba la mano bajo esa fina manta y
comprobar que aún llevaba el vestido del día anterior.

—Sí. Llegaste tarde…

—Intenté convencerte de que te fueras a la cama, pero habías


bebido un poquito más de la cuenta —le corté.
—Lo sé, pero lo necesitaba. Anoche lo necesitaba —dijo
mientras cogía el móvil de la mesa.

—¿Está todo bien en el trabajo? —Me levanté y recogí la manta


para después cerrar el sofá.

—Todo bien, sí —contestó algún mensaje y fue hacia la cocina.

—¿Cuánto tiempo te quedas?

—Solo hoy, mañana cojo un vuelo temprano y estaré fuera hasta


el viernes. Después mi trabajo en esa misión habrá acabado, hasta
que me asignen otra.

—Al menos estarás unos días del verano con Emma —sonreí.

—Voy a hacer café.

—Yo a darme una ducha y ponerme algo más cómodo que el


vestido.

—Te queda muy bien, estás preciosa con él.

—Gracias.

Cogí el bolso que había dejado en la mesa del salón la noche


anterior, fui a mi habitación y me di una ducha larga y relajante
mientras pensaba en lo que había sentido al notar el cuerpo de mi
cuñado junto al mío.

Bueno, antes de saber que era él.

Me puse unos shorts vaqueros, una camiseta de las que quedaba


con un hombro caído y las deportivas, y salí para ir a despertar a
Emma, pero mi sobrina ya no estaba en la cama. Siempre ocurría
lo mismo cuando estaba Alan en casa, se levantaba mucho más
temprano de lo normal.

Cuando me acercaba a la cocina pude escuchar su vocecita y esa


risa tan bonita que tenía que me hacía sonreír a mí. Era mi
sobrina, pero la quería como si de mi propia hija se tratara.

—Buenos días, señorita madrugadora —dije abrazándola desde


atrás y le di un beso, pues estaba sentada en uno de los taburetes
de la isla tomándose un vaso con zumo de naranja.

—Buenos días, mami —sonrió.

—Menos mal que solo me llamas así en casa, y en contadas


ocasiones, porque quien te escuchara iba a pensar que de verdad
soy tu madre.

—Eres una buena mamá, mis amigos del cole siempre me dicen
que, ojalá ellos tuvieran una mamá como tú.

—No saben lo que dicen —volteé los ojos.


—Ahora te pongo el café, Alicia —me dijo Alan.

—Tranquilo, yo me sirvo.

—Déjalo, tía, que ha dicho que hoy nos va a mimar mucho a las
dos —dijo mientras daba palmaditas en el taburete que tenía al
lado.

—Ah, ¿sí?

—Sí, eso ha dicho.

—¿Y qué hemos hecho para que nos quiera mimar?

—¿No puedo mimar a mis chicas? —Arqueó la ceja y me miró


de un modo que hizo que me estremeciera, algo sin duda alguna
nuevo para mí.

—Sí, sí, claro, por favor. Mímanos, que nosotras nos dejamos.

—Había pensado en pasar el día fuera, ¿qué os parece? —


preguntó, mientras me dejaba la taza de café delante, y volvía para
sacar el bacon que ya estaba dorado.

—¿Dónde iríamos, papá?


—¿Te apetece ir al Aquarium? Después podemos caminar por el
paseo marítimo.

—¿Y comer perritos calientes con patatas y helado de cuatro


bolas de postre?

—Sí hija —rio.

—Vale, yo digo que sí —sonrió, levantando la mano—. ¿Y tú,


tía?

—Me parece un plan perfecto para el domingo.

—¡Bien! Domingo en familia —aplaudió ella.

Desayunamos mientras ella pensaba qué ponerse, y acabó


eligiendo ir cómoda, como yo, con unos pantalones cortos, una
camiseta y las deportivas. Mientras ella fue a prepararse, Alan y
yo recogimos todo lo del desayuno, evitando hablar de las dos
veces que yo había notado su masculinidad en todo su esplendor.

Fue a darse una ducha y aproveché para escribir a Sam y decirle


que no iba a poder comer con él, que me iba a pasar el día con
Alan y la niña.

Sam: Buenos días, preciosa. Me acabas de dar envidia, que lo


sepas. Piensa en algo que hacer con la princesa el martes por la
tarde, ya sabes que es mi día oficial para hacer de segundo padre.
Divertíos con Alan, ¿sí? Os quiero.
Me sentí tentada a contarle lo de Alan, lo que noté y que
habíamos dormido en el sofá, pero no lo hice porque estaba claro
que no era más que una tontería.

Cuando Alan apareció por el salón hablando por teléfono, se me


fueron los ojos a ese torso en el que me había despertado. Llevaba
una camiseta negra que le quedaba ligeramente ajustada, los
bíceps, aunque no eran de esos exagerados, se le marcaban
mucho, y el pantalón vaquero le sentaba muy bien.

—Ya estoy lista —dijo Emma bajando las escaleras y con su


mochila en la espalda—. Llevo la gorra, pañuelos, caramelos y me
falta mi botella de agua.

—Vamos a llenarla mientras papá termina.

Alan estaba tecleando en el móvil por lo que debía estar


hablando con Brian o algún otro compañero.

Tras llenar la botella de Mérida, su princesa favorita, la


guardamos en la mochila y yo cogí la mía para irnos.

Bajamos al garaje y nos montamos en el coche de Alan, ese


todoterreno negro del que tanto insistía que yo debería tener uno
igual para ir más seguras.

El camino hasta la playa de Coney Island, donde estaba el


Aquarium de Nueva York, no era más de cuarenta minutos, así que
los pasamos escuchando a Emma contarle a su padre todo lo que
había hecho durante el verano en su ausencia.

En cuanto Alan aparcó el coche, Emma se desabrochó los


cinturones de su silla y abrió la puerta para bajarse.

—Que no se van a llevar a los animales, hija —le dijo Alan


sonriendo.

—Es que quiero entrar pronto, papá. Venga, no os entretengáis


—cogió su mano y tiró de él, así que Alan tuvo que cerrar el
coche con el mando a toda prisa.

Mientras esperábamos que él comprara las entradas, Emma se


puso la gorra y me pidió que le hiciera una foto, esa que tuve que
enviarles a mis padres a petición suya.

No tardaron en decir que estaba preciosa y que parecía toda una


exploradora.

Entramos y lo primero que quiso hacer nuestra pequeña


exploradora fue ir hacia la zona que simulaba ser un pequeño
bosque marino. Allí, entre algas, arrecifes de coral y la costa
arenosa, los más pequeños deambulaban como lo harían los
tiburones, las sardinas o las ballenas. Por no hablar de que había
una piscina táctil donde podían meter las manos e interactuar con
erizos de mar morado, cangrejos herradura y cangrejos araña,
inofensivos todos, pero que a los más pequeños les daba un
poquito de miedo.
Caminamos hacia el túnel que quedaba bajo el agua, con esa
cúpula de cristal rodeando la zona, en la que pudimos ver las
diferentes especies marinas que conviven a diario allí.

No era la primera vez que mi sobrina visitaba el Aquarium, pero


le encantaba adentrarse en ese mundo marino que tanto le
fascinaba, contemplando los diferentes tipos de tiburones de cerca,
las rayas, tortugas marinas y otros muchos animales que hacían de
aquel paseo por el túnel una experiencia única e inolvidable, todo
ello en medio de un colorido y magnífico arrecife de coral.

Emma nos llevaba de un lado a otro y nosotros simplemente la


seguíamos, sonriendo mientras veíamos cómo nuestra pequeña,
disfrutaba de cada rincón.

Entramos en la conocida como Sala de conservación donde se


podía pasear por los largos y extensos pasillos explorando la gran
variedad de hábitats acuáticos que había allí, como los arrecifes de
coral y los peces payaso, entre otros.

—Mira, tía, estos deben ser la familia de Nemo —dijo al ver a


los peces payaso.

—Parientes cercanos, seguro —sonreí.

—Son muy bonitos —sonrió mientras daba un leve toquecito en


el cristal y muchos de ellos, se acercaron curiosos a ver qué
ocurría.
Cogí el móvil y grabé aquel momento único, porque era la
primera vez que mi sobrina hacía eso y mientras movía el dedo de
un lado a otro, los peces iban siguiéndolo como si de una
coreografía se tratara.

De ahí pasamos a la zona marina donde vivían los pingüinos, las


nutrias de mar, los leones marinos y la foca común.

Todos ellos nadaban y hacían sus piruetas frente al cristal para


deleite de los más pequeños. Las nutrias, que eran de lo más
graciosas con esas caritas entrañables, incluso movían a modo de
saludo las patas delanteras.

Y esas mismas piruetas y acrobacias que hacían bajo el agua,


nos las mostraron poco después en los diferentes espectáculos que
ofrecían a los visitantes al aire libre.

Cuando acabamos la visita al Aquarium volvimos al coche y


fuimos hasta el paseo marítimo de Coney Island para comer.

Los mejores perritos calientes se encontraban allí, y a Emma le


encantaban.

Pedimos uno gigante para cada uno con extra de patatas y nos
sentamos en una de las mesas de la terraza para disfrutar de ellos.

—Están buenísimos. Tendríamos que hacer del domingo, el día


oficial de los perritos de Coney Island para nosotros, papá.
—Me encantaría, hija, pero sabes que no puedo estar todos los
domingos, por mi trabajo.

—No tienes que irte otra vez, ¿verdad?

—Sí, cariño, me marcho mañana. Pero regreso el viernes y


pasaré el resto del verano contigo.

—¿Por qué no puedes pedir que te dejen trabajar cerca de casa?


No me gusta que pases tanto tiempo lejos —dijo con pena.

—Es complicado, cariño.

Terminamos de comer y fuimos por uno de esos deliciosos


helados, Emma lo pidió de cuatro bolas, con sabores diferentes, y
le añadió varios toppins, así como barquillos.

—¿Y si vamos a Luna Park? —propuse, y Emma me miró con


una sonrisa.

—¡Sí! ¿Podemos, papá?

—Claro que sí, cariño —le dio un beso en la sien y me hizo un


guiño.

Luna Park era el lugar preferido de los más pequeños en Coney


Island, el parque de atracciones por excelencia donde acudían la
gran mayoría de los neoyorquinos cada día. La entrada como tal
siempre es gratuita, de modo que es un buen lugar para pasear
durante horas y aprovechar un día en familia.

Solo se pagaba por subir a las atracciones y no en dólares, sino


en créditos Luna, que es como llamaban a las fichas del parque,
así que Alan cambió varios dólares por esas fichas para que Emma
subiera a tantas atracciones como quisiera.

Y sobra decir que compramos chuches, palomitas y hasta


algodón de azúcar con el que nos pusimos las dos moradas, Alan
comió algo menos puesto que no era tan goloso.

Mientras ella estaba subida a una de las atracciones, Alan me


pasó el brazo por los hombros y lo miré.

—Eres una gran madre, Alicia, que nadie se atreva jamás a decir
lo contrario —me dijo con su mirada azul fija en la mía.

—Hago lo que puedo —me encogí de hombros.

—Tenías veintiún años cuando te hiciste cargo de Emma, eras


muy joven, pero has sabido hacerlo muy bien —se acercó y me
dio un beso en la mejilla—. Siempre te estaré agradecido por ello,
y por lo que sé que has sacrificado por hacerlo.

—Lo volvería a hacer, Alan, es mi sobrina y lo volvería a hacer


sin pensar.
—El hombre que te haga su esposa, será el más afortunado del
mundo —dijo sin apartar esos ojos azules de los míos.

Cuando Emma bajó dimos un paseo por el parque, subió en


algunas atracciones más y decidimos regresar a casa, pero antes
paramos en nuestra pizzería favorita para comprar la cena, esa que
tomamos en el sofá una vez duchados y con los pijamas puestos.

Alan acostó a la niña mientras yo recogía todo y cuando entró en


la cocina se apoyó en la encimera.

—Me voy en unas horas, no os despertaré —dijo y asentí—. Os


llamaré el miércoles si puedo, si no, nos veremos el viernes
cuando vuelva.

—¿Sabes a qué hora estarás de vuelta?

—No, pero si es durante tu turno en el hospital, iré a por Emma


a casa de tus padres.

—Vale. Ten cuidado, ¿sí? Ella te necesita —sonreí.

—Siempre lo tengo, pequeña —me colocó un mechó de cabello


tras la oreja y se inclinó para darme un beso en la mejilla—. Que
descanses.

—Igualmente.
Salí de la cocina y me fui a mi habitación notando algo
diferente, algo que no quería notar y que, sobre todo, no debería
estar notando ahora.
Capítulo 7

Estaba siendo un martes de esos en los que deseaba que fuera


cualquier otra época del año, menos verano. Y no porque no me
gustara disfrutar del calor y las playas, no, sino porque muchos
padres traían a sus hijos con la piel demasiado roja por el sol.

Por no hablar de las intervenciones que los sanitarios debían


hacer en las piscinas a consecuencia de ahogamientos.

—Dios, es que no entiendo cómo no les ponen protector solar a


los niños, con lo fácil que es —protesté mientras me sentaba en
una de las sillas del área de descanso para tomarme un café con
Sam.

—Ya sabes que no todas las madres, son como tú —sonrío.

—Emma siempre se pone protector, es algo básico para los más


pequeños.

—Exacto, Emma se pone, tú la cubres tanto que la pobre niña


parece un bote de protector.
—¿Me estás diciendo, que exagero cuando yo le pongo el
protector a mi pequeña? —Arqueé la ceja.

—Y ahí está la leona que llevas dentro —rio—. Eres una


madraza, no hay duda —dio un sorbo a su café.

—Solo quiero lo mejor para ella, y lo sabes.

—Algún día Alan quizás encuentre una mujer de la que se


enamore perdidamente y ahí sí, será ella quien quiera lo mejor
para Emma.

—Lo sé, cuento con ello. Alan es un hombre atractivo, seguro


que tiene una larga lista de mujeres esperando que se decida.

—¿La de la llamada del sábado, por ejemplo?

—Me dijo que era una compañera, que también está trabajando
con él, una especie de tapadera, ya sabes —bebí de mi café y me
quedé por unos segundos sumida en mis pensamientos mientras él
hablaba, pero no le estaba prestando atención.

—¿Tierra a Alicia? ¿Sigues aquí? —Lo vi moviendo la mano


delante de mi cara.

—¿Eh? ¿Qué?
—¿Dónde te habías ido? Porque aquí conmigo no tenías la
cabeza.

—Perdona, estaba pensando…

—¿En qué?

—¿Cómo puedes ser tan cotilla, Sam?

—No sé, creo que es cosa de familia, me viene por mi padre, de


hecho —frunció el ceño—. Venga, dime, ¿en qué pensabas?

—No es nada.

—Alicia, que nos conocemos desde hace veintiocho años —


protestó—, que te he cargado en brazos miles de veces.

—Vale, es que…

Y le hablé de lo ocurrido la noche del sábado cuando volví a


casa, cómo encontré a Alan, lo que pasó, y que al despertar a la
mañana siguiente volví a notar su entrepierna demasiado viva.

—Ok, eso significa que el aparatito le sigue funcionando.

—Me dijo que desde Blanca no ha estado con nadie.


—Entonces ese hombre necesita una descarga con urgencia, o
acabará con las joyas de la corona moradas y estallando.

—Por Dios, Sam, mira que eres bruto —reí.

—Creo que deberías proponerle salir con Brian y que tenga una
noche loca. Ya sabes, dile que vaya a cenar, a tomar una copa, y
no sé, ¿un local de strippers?

—¿Cómo le voy a decir a mi cuñado que vaya a un local de


strippers? ¿Te has vuelto loco?

—Vale, vale, entonces dile a Brian que lo lleve, es mucho más


fácil.

—Sí, definitivamente, te has vuelto loco —volteé los ojos.

Nina, nuestra jefa de enfermeras, entró para pedirnos que


fuéramos a la zona de boxes, donde nos necesitaban para atender a
un par de niños que habían llegado junto con otros diez.

Nos acabamos el café y fuimos hacia allí. Al parecer los doce


niños estaban en un campamento cercano, algunas abejas se
habían escapado de la colmena y les habían picado, varios de ellos
eran alérgicos y había que pincharles cuanto antes, el resto solo
necesitaban gran cantidad de antinflamatorio en pomada y algunas
pastillas.
El doctor Harris, Mike como prefería que le llamáramos todos,
estaba en el box al que yo entré, y en cuanto me vio sonrió
haciéndome uno de sus guiños.

Era un hombre muy atractivo, moreno y con unos llamativos


ojos grises, con el que en un par de ocasiones en las cenas de
Navidad que celebráramos todos los del turno de día me había
acabado liando, y sí, antes de que con Matt fuera algo más asiduo,
habíamos tenido un par de encuentros más.

Terminamos de atender a la niña que teníamos en la camilla y


cuando Mike se marchó, le di unos caramelos que tenía en el
bolsillo y sonrió agradecida.

Regresó con los monitores, así como el resto de niños, y nuestro


trabajo en esa urgencia estaba terminado.

—Sigo pensando que deberías proponerle a Brian que se lleve a


Alan a una noche loca.

—Claro que sí, a meterle unos cuantos billetes en el tanga a una


stripper —resoplé.

—Mujer, ese pobre hombre necesita echar un polvo, apiádate de


él.

—Si yo me apiado, pero a Blanca no le gustaría —dije mientras


iba recogiendo los utensilios de la mesa.
—Pero querría que a su marido no le diera una apoplejía por no
usar el aparatito.

—No dan apoplejías por no usar el aparatito.

—Le va a reventar, eso seguro. Cualquier día lo tenemos aquí en


urgencias por un terrible dolor de huevos, ya verás —suspiró.

—¿No tienes trabajo que hacer?

—Ya me voy, pero recuerda que cuando salgamos, recogemos a


Emma y nos vamos con ella a pasar la tarde los tres como una
familia. ¿Dónde queréis ir?

—Ella me ha dicho que al Zoo de Central Park.

—Tarde de Zoo entonces, perfecto —me hizo un guiño y se fue


a hacer lo que fuera que tuviera que hacer.

Durante el resto de la jornada atendí a varios niños más, hubo un


par de ancianos que habían sufrido un golpe de calor y estaban
algo deshidratados, y algunos pacientes más con los que las horas
hasta el momento de irme a comer se pasaron rápidas.

Como siempre tras cambiarnos de ropa comimos en la cafetería


y Sam acabó convenciéndome para que le enviara un mensaje a
Brian pidiéndole que, lo primero y más importante, no le dijera a
Alan que le había escrito. Y lo segundo, que cuando regresaran a
Nueva York quería verlo para hablar con él.
Tardaría en leer mi mensaje pues al igual que Alan estaba muy
metido en esa misión en la que los dos estaban infiltrados, así que
me tocaría esperar al viernes para que él se pusiera en contacto
conmigo.

Cogimos los coches y fuimos hasta casa de mis padres, donde


Sam dejaría el suyo para irnos con el mío hasta Central Park.

En cuanto entramos en la casa y Sam saludó desde la puerta,


Emma vino corriendo hacia nosotros.

—¡¡Tío Sam!!

—Hola, princesa —la cogió en brazos y la alzó en el aire como


a ella le gustaba, algo que hacía desde que tenía tres años.

—¿Ya nos vamos al zoo? —le preguntó mientras íbamos hacia


el salón.

—Emma, cariño, deja que tus tíos se tomen un café, tranquilos


—le dijo mi madre con una sonrisa.

—Vale, voy mientras por mí mochila.

Sam la dejó en el suelo y salió corriendo sin tan siquiera darme


un beso a mí.
—Como si no existiera para ella —suspiré.

—Entiéndela, a mí me ve mucho menos. Y soy su tío favorito,


tienes que asumirlo —se encogió de hombros.

—Tienes un morro —reí.

Tras tomarnos el café con mis padres, subimos a mi coche y nos


fuimos los tres a disfrutar de una tarde de verano en el zoo de la
ciudad.

Al igual que ocurría con el Aquarium, Emma había ido allí


cientos de veces desde que era pequeña, pero le encantaban los
animales y disfrutaba viéndolos.

Ya desde la entrada todo era una experiencia, pues los visitantes


eran recibidos por las diferentes estatuas en forma de animales que
la adornaban, donde tanto mayores como pequeños posaban para
algunas fotos de recuerdo.

Y tras cruzar la entrada, lo primero que nos recibía era el jardín


central y la piscina de leones marinos donde todos los que nos
deteníamos a verlos, disfrutábamos del espectáculo que ofrecían,
tanto en la superficie como bajo el agua. Muchos de ellos
simplemente estaban allí, recostados en las piedras tomando el sol
y si los más pequeños los llamaban, miraban y saludaban con sus
aletas.

Emma pidió que fuéramos a ver al leopardo de las nieves, esa


especie tan misteriosa como majestuosa. Reposaban en las rocas
tranquilamente, un par de ellos dormía y otros dos, cachorros,
jugueteaban a su alrededor.

—Mira tío Sam, mira cómo se rasca la barriga ese oso —dijo
Emma, cuando llegamos a la zona de los osos pardos.

—Eso es que acaba de comerse una chuche, seguro.

A pesar de ser osos salvajes, todos los que estaban en el zoo


eran osos rescatados tras quedar huérfanos y allí disfrutaban de la
vida de un modo diferente. Les gustaba nadar, incluso alguna vez
habíamos visto a un par de ellos luchando, pero sin hacerse daño,
más como un juego, se estiraban en las rocas al sol y buscaban
esas chuches que los cuidadores les escondían para que se
entretuvieran.

Ya en la zona del territorio polar, mi sobrina disfrutó viendo a


los pingüinos, las focas y otras especies de aves que habían
llegado de diferentes lugares del mundo.

Ver nadar a os pingüinos y hacer esas piruetas y acrobacias que


tanto les gustaban a los más pequeños, era algo sencillamente
precioso.

En la siguiente zona los monos de nieve eran los reyes, pues con
sus pequeñas travesuras hacían reír a todos. Pero sin duda quienes
se ganaba las sonrisas y piropos por lo bonitos que eran sus
pelajes, eran los pandas rojos.
La zona de selva tropical albergaba diferentes especies de aves
tropicales, así como lémures de collar blanco y negro o monos
saki de cara blanca entre otros.

—Yo es veo a estos lémures, y me viene a la cabeza la película


de Madagascar, cuando el lémur se pone a cantar y todos los
demás le hacen el coro —dijo Sam—. Ya sabes, esa de: “Yo
quiero marcha, marcha. Yo quiero marcha, marcha” …

—Tío Sam, no cantes a ver si se va a poner a llover —le pidió la


niña volteando los ojos, y a mí me salió una carcajada.

—Pero bueno, ¿es que canto mal? —protestó mirándome,


Emma y yo nos miramos y respondimos al unísono.

—Sí —reímos.

—Sí, ¿eh? —arqueó la ceja, y el muy cabrito se puso a bailar y


cantar—. Yo quiero marcha, marcha. Yo quiero marcha, marcha.
Yo quiero marcha, marcha. Tú quieres… —Señaló a un grupo de
adolescentes que pasaban por allí, y estos le siguieron la corriente.

—¡Marcha! —gritaron todos al unísono.

Yo ya no sabía dónde meterme, y Emma estaba encantada,


aplaudiendo y bailando con su loco tío Sam, porque había que
estar loco para hacer aquello.
Lo mejor fue que otros niños, y sus padres, se unieron al baile,
ese en el que Sam cantaba y cuando señalaba al grupo de
adolescentes estos acababan la estrofa.

—Vamos, tía Alicia —me dijo Emma, llamándome con la mano.

—No, hija, que, de los dos, el loco es tu tío Sam —negué.

Y tras el show improvisado que se marcó el loco de mi mejor


amigo, todos los presentes aplaudieron, cogí a la niña de la mano
y a él le di un leve empujón para alejarnos.

—Qué divertido, tío Sam —dijo ella, sonriendo feliz de la vida


—. ¿Ahora vamos al zoológico infantil, tía? —preguntó
mirándome.

—Sí, cariño, vamos a ver a los parientes de tu tío Sam.

—¿Qué parientes? —Él, frunció el ceño.

—Las cabras, Sam, las cabras, porque estás igual de loco que
ellas —volteé los ojos y los dos se rieron.

Llegamos a la zona infantil donde no solo los más pequeños


disfrutaban, sino que muchos mayores también lo hacían.

Aquel era el hogar de ovejas, cabras, cebúes, patos y otras


especies que hacían que los más pequeños se adentraran en ese
mundo un poco menos salvaje y más granjero.
Ver saltar a los cabritillos, o que los niños pudieran dar de comer
a todos esos animalitos, era una experiencia perfecta como broche
para una gran tarde en el zoo.

Llevamos a Emma a cenar una de sus hamburguesas favoritas


dentro de Central Park, y tras tomarse una porción de tarta de
chocolate de postre, regresamos a casa de mis padres para que
Sam cogiera su coche e irnos a descansar.

—Me lo he pasado muy bien, tía —dijo después de su baño,


cuando ya estaba metida en la cama.

—Me alegro, cariño —sonreí dándole un beso.

—Tía, ¿podemos organizar algo para ir con papá cuando


regrese?

—Claro, ¿qué quieres hacer?

—¿Y si vamos el fin de semana a la playa?

—Esa es una buena idea. Le pongo un mensaje para decírselo y


lo preparo todo.

—Vale —me dio un abrazo—. Te quiero mucho, tía mami.

—Eso es nuevo —reí—. Yo también te quiero, princesa.


—Buenas noches, mamá —se dio un beso en los dedos y tocó la
foto de mi hermana.

Tras acurrucarse en la cama salí de la habitación y, como alguna


que otra noche, se me cayeron un par de lágrimas que sequé
rápidamente.

Me fui a la ducha y me metí en la cama tras echar un vistazo a


mi móvil, donde vi que tenía un mensaje de Brian.

Brian: Buenas noches, preciosa. ¿Quieres tener una cita


conmigo? Me has puesto hasta nervioso. Regresamos el jueves
por la noche, así que el viernes podemos vernos cuando acabes el
turno. Llámame y quedamos donde me digas.

Hacía un par de horas que me había enviado el mensaje, así que


no iba a responderle puesto que tal vez ya no vería ese teléfono
hasta el viernes.

Le mandé un mensaje a Alan para cuando lo viera supiera que


iba a preparar el fin de semana en la playa como quería la
pequeña, en esa casita que solíamos alquilar desde que ella tenía
cuatro años.

Volvía el jueves, así que podríamos irnos el sábado temprano


hasta Coney Island, que era la playa que más cerca teníamos y con
todo lo que necesitaríamos para un buen fin de semana.
Capítulo 8

Llegó el viernes y cuando me levanté esa mañana, Alan aún no


había llegado a casa.

Después de vestirnos y desayunar, llevé a Emma a casa de mis


padres y me fui al hospital.

Cuando le comenté a Sam que no había llegado Alan, me dijo


que tal vez habían tenido que retrasar un día la vuelta, las
misiones podían ser de lo más complicadas y toda precaución
siempre era poca para que nadie supiera quién se ocultaba tras la
falsa identidad que adquiría cada uno de esos policías que
trabajaban en ellas.

Pasé la mañana preocupada, no iba a mentir, porque si alguien


descubría la verdadera identidad de Alan o alguno de sus
compañeros, podrían terminar mal, lo que para nosotros
significaría que Emma perdiera también a su padre y se quedara
sin los dos.

Me tomé un café con Mike en uno de los descansos y me


comentó que estaba viendo a alguien, no era enfermera, así que no
había pasado por la cama de Matt, ese enfermero que se había
convertido en un peligro para todo el hospital. Y me alegré por él,
era un hombre de cuarenta años que había pasado por un divorcio
tras una infidelidad y merecía encontrar alguien que lo quisiera.

—Y tú deberías hacer lo mismo —me contestó, cuando le dije


eso.

—¿Yo?

—Sí, tú, tú —me señaló con el dedo—. ¿Cuánto hace que no


tienes una relación de verdad, Alicia?

—Desde mi novio de la Universidad.

—Muchos años —rio.

—Soy como una madre soltera para Emma, así que no tengo
mucho tiempo para relaciones.

—Porque no quieres, pero podrías, y deberías. En algún


momento tu cuñado encontrará una mujer con la que rehacer su
vida, una madre para Emma, y tú tienes todo el derecho a
encontrar a alguien que te quiera.

—Aún soy joven, quizás dentro de dos años —contesté dando


un sorbo a mi café.
Nina entró buscándonos y venía apresurada. Nos acababan de
traer a varios heridos por un accidente de tráfico y corrimos a la
zona de boxes para atender a todos los que había.

Traumatismos, roturas de brazo o pierna, una mujer embarazada


que se puso de parto por el susto, un par de adolescentes y un niño
de cuatro años que no dejaba de llorar porque le dolía el brazo.

Fueron varias horas de lo más ajetreadas para atenderlos a todos,


y me pidieron que ayudara con la embarazada para traer a ese
bebé al mundo.

Sam también estaba conmigo, la mujer le había cogido la mano


y se negaba a soltarlo. Se trataba de una joven de veinticuatro
años, soltera por lo que nos dijo, a la que aún le quedaban dos
meses para dar a luz.

—Vamos, Mia, ya casi está —le dijo Roger, otro de los médicos
que estaba en nuestro turno de urgencias.

—No puedo —contestó ella, sollozando.

—Ey, Mia, claro que puedes —habló Sam y ella le miró—.


Puedes hacerlo, solo un pequeño esfuerzo más.

—Algo va mal, lo sé —lloró de nuevo y cuando miré a Roger,


asintió.
Me acerqué a él y me dijo que el bebé venía de nalgas, así que
iba a tener que hacer todo lo posible para sacarlo antes de que los
dos sufrieran, y Mia ya estaba perdiendo demasiada sangre.

Se lo dijo a ella y lloró aún más, a lo que Sam no dudó en


inclinarse y acariciarle el cabello.

—Mírame, Mia —le pidió y ella lo hizo—. Va a salir todo bien,


¿de acuerdo? Roger ha traído a muchos bebés al mundo y, si yo
fuera a ser padre, no querría a otro médico ayudándolo a nacer.

—Tengo miedo —lloró—. Mi bebé es lo único que tengo en la


vida.

—Por esto tienes que estar tranquila y poner de tu parte, ¿sí?


¿Sabes qué va a ser?

—Un niño.

—Vaya, así que tenemos a un guerrero en camino —dijo Roger


y yo me acerqué a Mia para secarle el sudor.

—Tienes que ayudarle a salir adelante, ¿de acuerdo? —le dijo


Sam, y vi el cariño con el que trataba a esa joven.

—¿Qué nombre vas a ponerle? —pregunté.

—No lo sé, aún no he elegido ninguno.


—Pues tienes hasta que nazca para pensarlo —sonreí, aunque
con las mascarillas que llevábamos no podía verlo.

—¿Cómo te llamas? —le preguntó a mi mejor amigo.

—Sam, me llamo Sam.

—Samuel —dijo con una sonrisa y los párpados cerrándosele


por momentos—. Mi bebé se llamará Samuel.

Cerró los ojos y Roger pidió que trajeran el equipo de


reanimación por lo que pudiera pasar.

Sam no le soltaba la mano, no lo hizo en ningún momento


mientas Roger ayudaba a ese pequeño guerrero a nacer mientras
su madre respiraba con ayuda del oxígeno.

Y el pequeño Samuel nació poco después, y llegó al mundo


dando un grito fuerte y dejando claro que tenía unos pulmones
sanísimos.

Después de controlar la hemorragia de Mia y llevar al bebé a la


incubadora, a ella la dejaron en el box hasta que se recuperase del
desmayo para poder ver que estuviera bien y llevarla a una
habitación.

Sam y yo seguimos trabajando, pero él iba de vez en cuando a


ver cómo estaban la madre y el bebé.
Comimos juntos como siempre y cuando acabamos le mandé un
mensaje a Brian para quedar con él en la cafetería que había cerca
del hospital. Mientras lo esperaba llamé a mi madre y me dijo que
Alan acababa de recoger a Emma.

—Y aquí está mi futura esposa —dijo Brian haciéndome reír,


como siempre que decía aquello, desde que yo tenía veinte años.

Era un hombre atractivo, alto, moreno y con unos ojos azul


oscuro de lo más penetrantes.

—¿Y esa perilla? —pregunté al verlo.

—¿Te gusta? Es de mi otro yo —se encogió de hombros y me


dio un beso en la mejilla—. ¿Cómo estás, preciosa?

—Bien, con ganas de que llegara el viernes por fin —sonreí.

—¿Para verme? En serio, me voy a poner nervioso, y a mis


años.

—No, pero también me apetecía verte —reí.

—Y así es como suena un corazón rompiéndose. ¡Crash!

—Mira que eres exagerado. ¿Habéis regresado hoy?


—No, volvimos ayer. ¿Por qué?

—Alan no fue a casa, y ha recogido hoy a Emma. ¿Dónde ha


estado?

—Imagino que, haciendo todo el papeleo, ya sabes, para


quedarse dos semanas libre de todo el trabajo —contestó sin
mirarme, señal de que estaba mintiendo, u ocultándome algo.
Llamó a la camarera y pidió un café—. ¿Para qué querías que nos
viéramos?

—Quiero pedirte algo.

—Si es una cita para cenar, acepto. Aunque mejor te vienes a mi


apartamento, yo cocino. Preparo una pasta a la boloñesa
buenísima. Por no hablar del postre, claro —elevó la ceja en un
gesto de lo más provocativo al tiempo que sonreía.

—¿De verdad me estás diciendo que llevas ocho años interesado


en mí? Vamos, Brian, que por tu apartamento han pasado muchas
mujeres —le di un sorbo al café.

—Touché. Ahora en serio, ¿qué quieres pedirme?

—Que te lleves una noche a Alan a cenar, de copas y, no sé.

—¿A follar?
—Yo no he dicho eso, y si me preguntas, esa parte es cosa de
Sam.

—Vale, entonces él habrá dicho que lo puedo llevar a un local de


strippers.

—Eso ha dicho, sí.

—Alicia, Alan no ha estado con nadie desde Blanca.

—Por eso quiero que salga, debería conocer a alguien, rehacer


su vida…

—No puedo obligarlo.

—Y no te estoy diciendo que lo obligues, solo que lo lleves a


algún sitio donde pueda conocer a alguien.

—¿De verdad quieres a una stripper como futura madre de


Emma? Y tengamos en cuenta que hay muchas de ellas que se
ganan la vida así para poder mantener a sus hijos.

—Si quiere a la niña y al padre, me da igual en qué trabaje.


Brian, lo único que quiero es que Alan se abra a la posibilidad de
conocer a alguien. Mira, probablemente ni siquiera debería
contarte esto a ti, no lo he hablado con Alan, solo con Sam y por
eso llegamos a la conclusión de que le vendría bien salir. La otra
noche… —le conté los dos roces que había tenido con él, o mejor
dicho con su entrepierna, y de ahí el interés en que liberara un
poco de la tensión que debía tener acumulada después de siete
años sin sexo.

Brian tragó fuerte y noté que se rascaba el cuello, un gesto que


solía hacer cuando estaba un poco nervioso o quería evitar alguna
conversación.

—Bueno, ya ves que el hombre. manco no está, así que, digo yo


que hará… trabajos manuales, ya me entiendes…

—¿Te estás poniendo nervioso al hablar de esto, gran poli? —


pregunté sonriendo mientras arqueaba la ceja.

—Estamos hablando de las relaciones sexuales que no tiene mi


amigo, qué coño, mi hermano, es normal que me ponga nervioso.

—¿Y tú desde cuándo no las tienes?

—Seis meses, el tiempo que llevamos en esa jodida misión.


Ahora mismo lo de llevarme a Alan a un local de strippers, me
parece una buenísima idea —resopló.

—O me invitas a cenar a tu apartamento y nos tomamos allí el


postre —dije dando un sorbo al café.

—Preciosa, no juegues con el deseo carnal de un hombre ante


un cuerpo tan tentador como el tuyo.
—Ya te dije una vez que, acostarme contigo, sería algo raro.
Eres familia, Brian —sonreí.

—Reniego de Alan, ahora mismo. Espera que lo llamo —cogió


el móvil.

—Si lo llamas es para decirle que salís esta noche. Mañana nos
iremos a Coney Island con la niña para pasar allí el fin de semana,
me lo pidió ella el otro día.

—No creo que quiera salir, pero yo lo intento —dijo mientras lo


llamaba—. Ey, hermano. ¿Qué planes tienes esta noche? —Se
quedó callado escuchando y mirándome— Genial, pues te invito a
cenar y tomar una copa. Nos hemos ganado una noche de juerga
después de seis meses de curro, ¿no te parece? —Más silencio—
Acabo de estar con ella, iba a hacer unas compras y volvía a casa.
Sí, me pidió vernos hoy. Afirmativo, en mi apartamento —mintió
—. ¿De verdad quieres saber si nos hemos liado? —preguntó, y a
mí se me iban a salir los ojos de las órbitas— Hermano, esta no
sería nuestra primera vez, solo digo eso —lo fulminé con la
mirada, y si pudiera, le clavaría la cuchara en un ojo— Te veo a
las ocho en tu calle, entonces. Y ponte guapo, que tengo la
sensación de que esta noche ligas. Adiós.

—¿Se puede saber por qué le has dicho esa mentira?

—Mujer, déjame que al menos fantasee con esa posibilidad de


haber tenido la oportunidad de acostarme contigo.

—Estás fatal, y no solo eso, ¿qué va a pensar Alan?


—Que piense lo que quiera, Alicia. Eres una mujer joven,
atractiva y sexy, mereces tener un poco de vida fuera del ático y lo
que conlleva la niña.

—Sabes que la quiero como si fuera mi hija, Brian, la niña no


me molesta.

—Lo sé, pero llevas vida de madre casada, y no lo eres. Igual


que yo voy a sacar a Alan de casa para que se divierta, tú deberías
hacer lo mismo más a menudo. ¿O crees que Sam no me mantiene
al tanto de que apenas salís?

—Entonces esta noche sale contigo —cambié de tema.

—Sí, me lo llevo a cenar y tomar una copa. Lo que ocurra


después, queda en sus manos —levantó las suyas en señal de que
se despreocupaba de lo que fuera, y asentí.

Después de tomarnos el café nos despedimos con un abrazo, y


quedamos en vernos otro día, pero sin más intenciones que las de
tomar algo, porque nunca podría acostarme con él, sería como
acabar en la cama con Alan, una locura absoluta y total.

Pasé por la carnicería y compré unas hamburguesas para la cena,


quería tener una noche de chicas con Emma de esas que ella solía
disfrutar siempre.
Capítulo 9

Cuando entré en el ático escuché música que venía del salón, no


tardé en ver a Emma y su padre, bailando con uno de los
videojuegos musicales de la pequeña.

Y como siempre, ella iba ganando la partida.

—Ya estoy en casa, chicos —dije cuando acabó la canción, y los


dos me miraron.

—¡Tía Alicia! —gritó ella, que salió corriendo con tan mala
suerte que tropezó con la manta que estaba arrastrando en el sofá,
y cayó al suelo— Ay, qué golpe me he dado.

—Hija, si es que tienes que ir con más cuidado —dijo Alan con
un suspiro.

—Eso digo yo, que un día te nos mellas —sonreí—. ¿Te has
hecho daño? —me incliné para mirarla.
—No, estoy bien —sonrió—. ¿Qué has traído? —curioseó
abriendo la bolsa— ¡Hamburguesas!

—Sí, para cenar esta noche.

—Papá se va con el tío Brian —me informó.

—Ah, ¿sí? —miré a mi cuñado con una sonrisa.

—Sí, vamos a cenar.

—No tienes que volver muy tarde, papá, que mañana nos vamos
a Coney Island.

—Tranquila cariño, que estaré antes de que nos vayamos —le


alborotó un poco el pelo—. Venga, ve a bañarte y ponerte el
pijama.

—Ahora cuando vuelva hacemos las hamburguesas, tía.

—Sí, mi niña —fui a la cocina y mientras sacaba la carne,


escuché a Alan acercándose.

—Me ha dicho Brian que has estado con él —dijo a mi espalda.

—Sí, nos hemos visto después del trabajo.


—¿Te has acostado con él? —preguntó un poco más cerca de
mí.

—No creo que tenga que darte explicaciones de lo que hago,


Alan.

—No —lo tenía pegado a mi espalada y vi sus manos apoyarse


en la encimera de modo que quedé acorralada entre sus brazos—,
pero no quiero que sufras. Brian no es hombre de una sola mujer,
pequeña.

—Yo tampoco soy de un solo hombre, ¿o crees que solo tengo


un poco de sexo rápido con tu amigo? —contesté, mirándolo por
encima del hombro y cuando me encontré con sus ojos, los vi
diferentes.

—¿Hay otros? —Frunció el ceño.

—Otro, sí, un compañero del hospital, por si te interesa.

—Creí que tú…

—¿Qué, Alan? ¿Que a estas alturas tendría una sola pareja?


Pues no, no busco nada serio por el momento —me encogí de
hombros apartando la mirada porque, de algún modo y sin saber
bien por qué, la suya me estaba afectando y mucho—. Solo es
sexo, como puedes tener tú cuando estás en alguna de tus
misiones.
—No hay nadie en mi vida, desde Blanca no ha habido nadie.

—¿Y no has pensado en rehacer tu vida? Solo es curiosidad, no


es que no quiera hacerme cargo de la niña, que quede claro.

—Sé que Emma siempre será una prioridad para ti, y que, si os
separase, las dos lo pasaríais mal. Eres más que su tía y lo sabes,
pequeña —y así, sin más, me rodeó con ambos brazos por la
cintura y apoyó la frente en mi hombro—. Mi hija es como es
gracias a ti, y yo siempre estaré en deuda contigo.

—Si Blanca me hubiera pedido que me hiciera cargo de ella,


como lo hiciste tú, tampoco lo habría dudado —le acaricié la
mejilla mirándolo de nuevo y él me miró a mí—. Así que no me
debes nada, Alan.

—Te lo debo todo, pequeña —me dio un beso en la frente y


cerré los ojos al sentir aquel contacto.

Cuando se apartó volví a pensar en el día en el que perdimos a


mi hermana, ese momento en el que Alan, un hombre grande y
fuerte como él, se derrumbó a llorar como un niño, arrodillado
ante mí, abrazándome.

Jamás creí que lo vería así, pero lo había visto en el que sin
lugar a dudas fue el peor momento de su vida.

—Voy a darme una ducha y a vestirme, Brian no tardará en


venir a buscarme —dijo y asentí.
Dejé todo preparado para cuando la niña terminara empezar a
hacer las hamburguesas, incluso pelé y corté unas patatas para
hacerlas muy finitas como a ella le gustaban y que las cubriera de
kétchup, algo que le encantaba hacer.

Apareció con su pijama blanco con unos corazones rosas y rojos


en el pantalón corto y la camiseta de manga corta, y se puso a mi
lado para ayudarme a su manera.

No le permitíamos usar cuchillos, así que cogió uno de los


untadores de mantequilla y el bote de mahonesa, y lo extendió en
el pan que acababa de tostar mientras la carne estaba en el fuego y
yo cortaba el tomate y picaba la lechuga.

Freímos unas lonchas de bacon y pusimos queso, y cuando


estábamos terminando de dorar las patatas, apareció Alan.

—Papá, estás guapísimo —dijo ella al verlo, y lo de guapísimo


era quedarse corta.

Llevaba unos pantalones de vestir negros, una camisa blanca y


los zapatos, lucía bastante atractivo.

—Gracias, hija —sonrió dándole un beso mientras se guardaba


la cartera en el bolsillo trasero del pantalón—. En cuanto cenes, a
la cama, que mañana hay que levantarse temprano para desayunar.

—Sí, papá. Voy llevando los vasos al salón, tía.


—Vale, cariño.

Cogió los dos vasos y los manteles individuales y se fue hacia el


salón.

—Si quieres que me quede… —dijo Alan.

—¿Por qué iba a querer? Me las suelo arreglar sola con la niña
—sonreí—. Tú sal y diviértete, que la noche es joven.

—Y yo demasiado viejo para donde sea que quiera llevarme


Brian —suspiró.

—Quién sabe, igual esta noche conoces a alguien.

—No salgo con esa intención, créeme.

Su móvil sonó con una notificación de mensaje y dijo que era


Brian antes de guardarlo en el bolsillo del pantalón.

—No volveré muy tarde —dijo acercándose, y por primera vez


en mucho tiempo me envolvió el aroma de su perfume.

—Para cuando llegues estaremos dormidas. Diviértete, anda —


le di un beso en la mejilla y noté su mano en mi cintura, dando un
leve apretón.
—¿Ya te vas, papá?

—Sí, cariño —la cogió en brazos y le dio un beso en la frente—.


Te voy a echar de menos.

—Y yo, pero tenemos todo el fin de semana para estar juntos —


sonrió.

—Eso es verdad —la dejó en el suelo—. Adiós.

—Adiós —respondimos al unísono y se fue.

Emma y yo terminamos servir las hamburguesas y las patatas,


cogimos el kétchup y una botella de refresco de limón sin gas, y
como muchas otras noches nos sentamos sobre los cojines estilo
indio en el salón para cenar en la mesa de café mientras veíamos
una película.

Se decantó por un clásico de Disney como era Cenicienta, y


decía que para su próximo cumpleaños quería celebrarlo con el
vestido de esa princesa.

Terminamos de cenar y nos echamos en el sofá a comer helado


mientras veíamos la película. Se recostó con la cabeza en mis
piernas y sonreí. No, desde luego que no cambiaría ni uno solo de
los momentos que había vivido desde que Emma llegó a mi vida.

Y no sabía si de verdad lo estaba haciendo bien, si era una buena


medio mamá o no, pero todo lo que hacía por ella lo hacía con
cariño y amor. Ella era mi mundo, como lo habría sido de mi
hermana.

Le acaricié la cabeza y ella me miró con su sonrisilla antes de


cogerme la mano y girar llevándola consigo para abrazarla como
si fuera uno de sus peluches.

No tardó mucho en quedarse dormida y cuando acabó la película


la cogí en brazos para llevarla a la cama. Una vez la acosté, le di
un beso en la frente y miré la foto de mi hermana.

—Nuestra pequeña Emma es una niña feliz, hermana —dije


tocando la foto—. Ojalá hubieras podido conocerla.

Miré a mi sobrina una última vez y salí de la habitación con esas


lágrimas que caían a menudo de mis ojos al llegar la noche. Me
sequé las mejillas y recogí todo lo de la cena antes de servirme un
chupito de licor de café que tenía para algunas ocasiones.

Me abracé a mí misma mientras observaba Manhattan por la


ventana y me llegó un mensaje en ese momento.

Sam: ¿Qué tal fue tu café con Brian?

Alicia: Conseguí convencerlo para que saliera con Alan esta


noche.

Sam: Seguro que lo lleva a un local de strippers.


Alicia: No sería de extrañar. Me voy a la cama, la niña ya está
dormida y mañana nos levantamos temprano para ir a la playa a
pasar el fin de semana.

Sam: Divertíos, y descansa preciosa. Te quiero.

Alicia: Y yo a ti.

Suspiré echando un último vistazo a la ciudad y me fui a la


cama.

Era imposible dormirme, no sabía el motivo, pero tras una hora


dando vueltas, aún no había cogido el sueño.

Abrí el cajón de la mesita de noche en busca de los earpods para


escuchar música en el móvil, pero en lugar de eso lo que saqué, a
tientas como lo había cogido, fue el pequeño vibrador que Sam me
regaló en mi último cumpleaños.

Sonreí con los ojos cerrados y entonces una imagen demasiado


nítida se apareció en mi mente, una que hizo que me estremeciera
de tal manera que incluso noté una leve punzada de deseo en mi
zona más íntima.

No pude evitar tocarme ahí, despacio, con las yemas de mis


dedos bajo la tela de las braguitas, y mientras lo hacía esa imagen,
esa cara, esos ojos, me observaban y no sentía el más mínimo
pudor mientras me miraba.
Seguí tocándome y acabé por añadir el vibrador a ese momento
de juegos conmigo misma. No era la primera vez que lo hacía, y
aunque tenía algún que otro encuentro con Matt, estos no eran tan
frecuentes como le había dado a entender a Alan.

Me mordí el labio inferior mientras seguía tocándome y


llevando ese vibrador por mi zona cada vez más rápido.
Escuchaba mis gemidos y jadeos y sentía que me acercaba a ese
momento. Me movía acompasada con los movimientos de mi
mano y del vibrador, dejándome llevar por todo lo que sentía,
gimiendo cada vez más, a punto de alcanzar ese instante en el que
liberar el clímax, lo tenía tan cerca, tan cerca…

Que cuando se encendió la luz de mi habitación y abrí lo ojos


me quedé sin palabras al ver a mi cuñado en la puerta.

—Joder, lo siento —dijo cerrándola, pero antes de que lo hiciera


vi el brillo en sus ojos.

—Mierda —murmuré tirando el vibrador en la cama, al tiempo


que dejaba caer la cabeza con los ojos cerrados sobre la almohada.

Me levanté y fui al cuarto de baño para refrescarme, me sentía


como una adolescente a la que su padre acababa de pillarla con el
novio en casa.

Salí de la habitación y vi luz que venía de la planta baja. Fui


hacia las escaleras y caminé hacia la cocina, pero Alan no estaba
allí. Me tomé un vaso de agua y fui hacia el gimnasio.
No sería la primera noche que mi cuñado, al no poder dormir,
entraba allí para golpear el saco. Y fue precisamente donde lo
encontré.

—Alan —lo llamé y me miró un segundo, antes de seguir


golpeando el saco—. Alan, ¿podemos hablar?

—No tenía que haber abierto la puerta, pensé que estabas con
alguien.

—¿Qué? —Fruncí el ceño— Jamás he traído un hombre a esta


casa.

—Estarías en tu derecho —seguía golpeando el saco—. A fin de


cuentas, vives aquí.

—¿Puedes parar, por favor? —le pedí yendo hacia él y me


interpuse entre el saco y él— Esto es vergonzoso, muy vergonzoso
para mí, que lo sepas.

—No debí abrir, lo siento.

—¿Qué tal lo has pasado con Brian? Es pronto aún.

—No estoy hecho para salir, me hago demasiado viejo.

—Tonterías —sonreí—, estás estupendo. Seguro que has


llamado la atención de más de una esta noche.
—No me interesan —contestó apartándose y vi que se quitaba
los guantes para dejarlos en el banco—. Vuelve a la cama, mañana
hay que levantarse temprano.

—Tú también deberías acostarte ya.

—Sí, en cuanto acabé aquí iré.

—Buenas noches, Alan —dije desde la puerta.

—Buenas noches.

Cerré y escuché un golpe fuerte contra una de las paredes,


estaba claro que a Alan le pasaba algo, tal vez el trabajo había sido
más complicado que de costumbre, y como de eso no solíamos
hablar.

Regresé a la habitación y me metí en la cama, no tardé mucho


en escucharlo subir y caminar por el pasillo. Se detuvo delante de
mí puerta y me quedé mirando hacia ella, no la abrió, pero seguro
que se había quedado ahí por si escuchaba algo.

Qué vergüenza, en serio, jamás había pasado tanta como en ese


momento. Pero la mirada de Alan, el modo en el que sus ojos se
habían fijado en lo que estaba haciendo cuando abrió esa puerta…

Iba a tener que empezar a usar ese pequeño juguete en el cuarto


de baño para evitar que me volviera a encontrar de esa manera tan
vergonzosa.

Cogí el móvil y le mandé un mensaje a Sam, a fin de cuentas,


esto había sido culpa suya, no habría pasado si no me hubiera
regalado ese vibrador.

Alicia: Hasta hoy, no te había odiado tanto en toda mi vida. El


lunes te devuelvo el vibrador que me regalaste.

Lo envié y dejé el móvil de nuevo en la mesita de noche antes


de girarme y mirar por la ventana.

Ahora tenía la lección aprendida y, desde esta noche en adelante,


dejaría mis earpods fuera del cajón para no coger lo que no debía.

Dios, ni siquiera sabía cómo había sido capaz de mirar a Alan a


la cara en el gimnasio, aunque agradecía el hecho de no haberme
muerto de vergüenza allí mismo.

Suspiré por enésima vez, cerré los ojos y esperé que el sueño
llegara al fin a mí, porque el despertador no tardaría en sonar para
que me levantara y preparara el desayuno antes de irnos a pasar un
fin de semana en familia en Coney Island.
Capítulo 10

Y después de haber desayunado en casa y que Alan hiciera su


bolsa de ropa para estos dos días, acabábamos de llegar a Coney
Island para disfrutar del fin de semana en la playa.

La cabaña estaba en un recinto tipo camping de lo más


acogedor, a solo cinco minutos de la playa, y siempre que
decidíamos pasar unos días en la playa, nos alojábamos aquí.

Era pequeña, pero muy acogedora, todo en una sola planta, con
salón y cocina unidos en un espacio abierto, dos habitaciones
amplias, una de ellas con cama de matrimonio, y la otra con dos
camas individuales, así como un cuarto de baño con ducha.

Era de madera y la parte exterior estaba pintada en blanco, en


contraste con el tejado que era negro, y el interior en ese color
natural de la propia madera, con los suelos un poco más oscuros.

Los muebles eran blancos, los sofás y las sillas grises, contaba
con todas las comodidades necesarias para pasar unos días, y un
porche trasero desde el que se podía ver la playa.
—Papá, ¿podemos ir a la playa? —preguntó Emma, nada más
entrar y dejar su bolsa en la habitación que compartiría conmigo.

—Claro, pero antes, coloca tus cosas.

—Vale —salió corriendo con una sonrisa y yo la seguí.

Dejamos todo bien colocado, nos pusimos los trajes de baño y


guardé en la bolsa de playa las toallas, una gorra para Emma y el
protector solar para las dos.

Una vez estuvimos listas fuimos al salón y no tardó en aparecer


Alan con unas bermudas y una camiseta, así como las chanclas,
igual que nos habíamos puesto nosotras.

—Vamos de lo más playeros, papá —sonrió, y él le devolvió el


gesto mientras se ponía las gafas de sol.

Salimos de la cabaña y fuimos caminando hacia la playa, como


decía estaba a solo cinco minutos, así que era un paseo corto.
Emma iba cogida de mi mano y la de Alan y, a ojos de quienes
nos veían, parecíamos una familia de verdad.

Encontramos un sitio en la playa con una sombrilla libre y ahí


colocamos nuestras toallas. Emma no tardó en quitarse el pantalón
corto y la camiseta para ir al agua, y menos mal que estuve rápida
en detenerla o se habría ido corriendo.
—Quieta ahí, jovencita —le advertí—. Tengo que ponerte un
poco de protector.

—Pero si se me va a quitar con el agua —hizo un puchero.

—Todo no se te va a quitar, y luego cuando te seques, te pongo


otro poco. Deberías ver la cantidad de niños que llegan a
urgencias con el cuerpo rojo por el Sol, y eso duele, que lo sepas.

—Me vas a cubrir como si fuera un merengue —protestó.

—Pasas demasiado tiempo con tu tío Sam —resoplé, y vi que


Alan sonreía con disimulo.

Le puse suficiente protector para que no se quemara con el Sol y


le pidió a su padre que fuera con ella al agua, cosa que este hizo
mientras yo terminaba de dejar todo bien colocado y me quitaba
los shorts y la camiseta.

Había cogido un par de bikinis para estos días y el que llevaba


puesto era en rojo coral con topitos negros. Me recogí el cabello
en un moño despeinado y fui hacia el agua donde estaban ellos.

Alan había enseñado a Emma a nadar y cuando veníamos a la


playa, dejaba que lo hiciera sola sin alejarse demasiado y volviera
donde él la esperaba. Ella lo hacía feliz y sin dejar de sonreír, y
cuando me unía a ellos, empezaban los juegos acuáticos, esos que
básicamente consistían en que ella intentaba hacerme aguadillas.
Nadé un poco a solas y regresé junto a ellos, Emma quiso ver
cuánto tiempo podía aguantar conteniendo la respiración bajo el
agua, y aunque no me parecía la mejor de las ideas, la dejamos
hacerlo.

No es que fuera a ser ganadora de apnea ni nada de eso, pero


para ella un minuto era una proeza. Para mí, una angustia.

Y acabamos haciendo competiciones de natación, a ver quién


tardaba menos en ir hasta un punto y volver, y claro, su padre que
era más alto que nosotras y tenía los brazos y las piernas más
largos, por no hablar de que era un excelente nadador, nos ganaba
siempre.

—Me voy a la toalla, que no siento los brazos —dijo, dejándose


caer hacia atrás y quedándose flotando en el agua.

—Yo voy al bar por algo para comer —contestó Alan.

Salimos del agua y fuimos a nuestra sombrilla donde nos


secamos y mientras él iba por algo de comer, nosotras nos
quedamos allí sentadas, hasta que Emma se secó y le puse un poco
más de protector.

—¿Quién quiere Donuts y batido de chocolate? —preguntó


Alan cuando regresó.

—¡Yo! —contestó ella con una sonrisa.


Nos tomamos aquel segundo desayuno tranquilamente y cuando
acabamos, Emma fue a hacer un castillo de arena.

Cogí el bote de protector solar y me puse un poco en las piernas


mientras miraba a Emma. Sonreí al ver que se concentraba tanto
para hacer ese castillo como cuando hacía los deberes o un puzle.

—¿Quieres que te ponga en la espalda? —preguntó Alan y


cuando lo miré, extendió la mano para coger el bote.

—Vale, gracias.

Se lo di, se incorporó y acabó sentándose tras de mí, con una


pierna a cada lado de las mías.

En el momento en el que noté sus manos en la espalda cerré los


ojos ante el contacto por el frío de la crema, pero Alan comenzó a
moverlas despacio, extendiendo todo por la espalda, los hombros
y los brazos.

Me mordí el labio inferior al notar una especie de corriente por


el cuerpo, y cuando las manos de Alan llegaron a mi cintura, me
estremecí aún más.

Lo hacía con tanta delicadeza, tan despacio, que más que


extender crema protectora era como si me acariciara o masajeara.

—Papá, mira —dijo Emma, y los dos miramos el castillo que


estaba construyendo.
—Vaya castillo, hija, si sigues, lo harás más grande que el de
Disney.

—Tanto no —rio—, pero quiero que sea como yo de alto. Y


luego me hacéis una foto para enseñárselo a los abuelos, ¿vale,
tía?

—Claro que sí, cariño —sonreí.

Alan había dejado de extenderme la crema y tenía ambas manos


en mi cintura, acariciándome la parte de la espalda con los
pulgares casi de manera distraída, pero se notaba que lo hacía
conscientemente.

—Creo que ya tengo suficiente protector para no acabar roja


como un tomate —dije, mirándolo por encima del hombro y él
sonrió al mismo tiempo que asentía.

Se apartó y en ese momento lo llamaron por teléfono, lo cogió


de la bolsa donde estaban los dos y se alejó para hablar.

Me levanté y fui a ayudar a mi pequeña con su castillo, ese que


terminamos entre las dos, puesto que Alan tardó el volver.

Le hicimos fotos con el castillo y algunos niños se acercaron


para verlo, ella dijo que si querían podían hacerse fotos y fueron a
buscar a sus padres para que se las hicieran.
Nos dimos otro chapuzón y cuando a Emma le entró hambre,
recogimos todo y fuimos hasta el paseo marítimo para comernos
un perrito gigante con extra de patatas que ella bañó en kétchup.

Era increíble cómo, sin haber conocido a su madre ni ver lo que


hacía, ella también hacía lo mismo, porque Blanca siempre que
pedía patatas fritas, les ponía una cantidad de kétchup que bien
parecía que fuera una piscina.

Después de comer nos tomaos un helado y pasamos por el


supermercado que había cerca para comprar lo necesario para la
cena y el desayuno del día siguiente.

—¿Qué os apetece cenar, chicas? —preguntó Alan cuando


entramos en el super.

—Yo quiero pasta, papá.

—¿Boloñesa, carbonara…?

—Carbonara —sonrió.

—Marchando pasta carbonara para la princesa.

Después de media hora recorriendo los pasillos y con el carro


lleno, guardamos todo en bolsas y regresamos a la cabaña.
Mientras Alan guardaba todo Emma se dio una ducha y yo le
preparé el pijama, así como dejé también el mío sobre mi cama, y
cuando ella terminó y se lo puso, me duché rápida para que
pudiera entrar él.

Hicimos nosotras el relevo en la cocina, donde ya estaba


cociéndose la pasta y solo faltaba empezar a preparar la salsa
carbonara.

Nos pusimos manos a la obra mientras Alan se duchaba y


cuando regresó, teníamos todo casi listo.

Pusimos la mesa y en cuanto la pasta estuvo lista para comer,


nos sentamos y disfrutamos de esa deliciosa cena que habíamos
preparado entre los tres.

—Papá, ahora que estás en casa, podíamos volver otro fin de


semana aquí —dijo Emma, tras comerse el último bocado de
pasta.

—Dentro de dos fines de semana, si queréis, volvemos.

—Sí —sonrió—. ¿Podemos venir, tía?

—Claro, no haré planes para salir con tu tío Sam.

—¿Sois novios? —Frunció el ceño.


—¿Qué? No —reí—. Sabes que el tío Sam es como un
hermano.

—Pues hacéis una pareja muy bonita, el abuelo Steven siempre


lo dice.

—Eso lo ha dicho toda la vida, pero nosotros nos queremos


como familia, cariño.

—¿Y tú, tienes novia, papá? —Lo miró con los ojos curiosos, y
yo traté de disimular, pero como que también tenía curiosidad,
porque él me habría dicho que no había habido nadie desde
Blanca, pero tal vez me habría mentido.

—No hija, no tengo novia —sonrió—. En mi vida, tú y la tía


Alicia, sois mi prioridad, y mis chicas.

Y no sabría decir por qué me estremecí al escucharle decir


aquello, pero lo hice, como si mi interior tratara de decirme algo.

Recogimos la mesa y tras prepararle a Emma un vaso de leche


con cacao, nos acomodamos en el sofá antes de acostarnos.
Capítulo 11

Estábamos allí la mar de cómodos los tres, cubiertos con una


manta fina porque a pesar de ser verano, estando cerca de la playa
por la noche refrescaba más.

Emma estaba en medio, apoyada con la cabeza en mi costado


mientras yo la tenía abrazada, y Alan al otro lado con el brazo en
el respaldo.

Comenzó a acariciarme el cuello y poco después esas caricias


pasaron a ser un masaje.

Me relajé por completo olvidándome de todo viendo la


televisión, hasta que noté que me podría acabar quedando
dormida. Eché un vistazo a la niña y ella sí que se había dormido.

—Si sigues, me voy a quedar como ella —dije en un tono bajo y


Alan miró a la niña.

—Me la llevo a la cama.


—No, la llevo yo, que puedo cogerla mejor sin que se despierte.

Alan asintió, se levantó para quitarnos la manta y cogí en brazos


a Emma para llevarla a la cama.

Estaba tan agotada del día que habíamos pasado que no se


despertó en ningún momento, tan solo se recostó en la cama para
acomodarse. Sonreí al verla y le di un beso en la frente antes de
dejarla allí.

Alan había recogido el vaso de leche de la pequeña y estaba


sirviendo un par de copas de licor que no sabía que hubiera traído
de casa.

—¿Y esto? —Fruncí el ceño.

—Sé que a veces te tomas un chupito, así que pensé que, tal vez,
estaría bien tomarnos una copa en el porche.

—Suena bien —sonreí.

Cogí la manta fina del sofá y me cubrí con ella para salir al
porche, refrescaba, pero se estaba bien allí.

Nos sentamos en el balancín con la copa en la mano y di un


sorbo.
—A la niña le hace mucho bien pasar tiempo contigo —dije
mirando hacia la playa—. Te echa de menos cuando no estás,
Alan. Y sí, ya sé que es tu trabajo desde hace años, pero Emma te
necesita.

—No creas que no he pensado en dejarlo, al menos lo de


infiltrarme —contestó tras beber de su copa—. Soy consciente de
que cada nueva misión es un riesgo más, una posibilidad de que
me pase algo, de que descubran la identidad de alguien del equipo
y acabemos todos mal. Pero sé que, si eso pasara, mi hija estaría
bien porque te tiene a ti, y a tus padres, incluso a Sam y sus
padres. Emma no está sola, no se quedaría sola.

—Perder a su padre sería devastador para ella, Alan.

—Lo sé, pequeña, y por eso he pedido a mi jefe que hablemos al


acabar el verano. Quiero ser parte de esta última misión, llevamos
años detrás de esa gente y quiero estar ahí cuando caiga el
máximo responsable.

—¿Y después?

—¿Qué haré, quieres decir? —preguntó mirándome, asentí y lo


vi cerrar los ojos con un suspiro mientras apoyaba la cabeza en el
respaldo del balancín— Trabajo de oficina, formar a otros agentes.
No sé, lo que sea que me permita pasar todo el tiempo en casa,
estar tranquilo y con la seguridad de que nadie me podrá disparar
por la espalda.
—Yo podré cuidar a la niña igual que ahora, solo que me
buscaré un apartamento —dije tras dar un sorbo.

—¿Por qué? El ático es también tu casa, Alicia, no tienes por


qué irte.

—Alan, seamos realistas. En cuanto estés más tiempo en casa


tendrás más posibilidades de conocer a alguien y de rehacer tu
vida. Yo seguiré siendo la tía Alicia que pasa el tiempo con
Emma, pero alguien ocupará el lugar de Blanca, tanto en tu
corazón, como en el de ella —sonreí.

—Lo que dije antes es cierto, vosotras sois mi prioridad, no hay


ninguna otra mujer que me interese.

—Ahora no, pero con el tiempo, quién sabe —me encogí de


hombros y me bebí el resto del licor.

Alan hizo lo mismo y se levantó, cogió mi copa y fue dentro con


ellas para volver solo unos minutos después con ambas llenas de
nuevo.

—Cuñado, hay que tener cuidado con este licor que, aunque
sabe a chocolate, no veas cómo se sube —sonreí.

—Es solo una copa, no va a pasar nada. Y esto es mucho más


suave que mi bourbon, te lo aseguro —dio un buen trago.
—Yo solo digo que más vale que tengas cuidado de no
levantarte muy rápido por si te mareas.

—Y lo dices porque a ti te ha pasado, ¿me equivoco? —Arqueó


la ceja.

—No, no te equivocas —reí, bebiendo yo también de mi copa.

Nos quedamos en silencio mirando los dos hacia la playa,


contemplando las olas a lo lejos acercándose a la orilla y
muriendo en ella. Me cubrí un poco más con la mantita y sonreí
pensando en que a mi hermana le habría gustado conocer este
lugar, ella también disfrutaba mucho de los días de playa.

La echaba de menos, me hacía tanta falta a veces que no podía


evitar acabar llorando. Pero sabía que, de un modo u otro, ella
estaba conmigo.

—¿Qué tienes con Brian? —preguntó de pronto, y me pilló tan


de sorpresa que casi me ahogo con el sorbo que estaba dando.

—Ya te lo dije.

—Sexo.

—Sí —mentí de nuevo.


—No quiero que te haga daño, Brian es un buen tipo, pero la
fidelidad no es uno de sus puntos fuertes. Sabes que por su
apartamento han pasado varias mujeres, ¿cierto?

—Lo sé, lo conozco desde hace el mismo tiempo que a ti.

—La otra noche, cuando salí con él, se fue a casa con una de sus
amigas. Joder, estuvo esa tarde contigo, y si yo… —se quedó
callado.

—Está claro que después de tanto tiempo infiltrado, tenía ganas


—sonreí.

—No lo entiendo, de verdad.

—No hay nada que entender, Alan —contesté, dándole un leve


apretón en la rodilla.

Él miró mi mano y no tardó en cubrirla con la suya, entrelazó


nuestros dedos y me miró con esos ojos azules brillando de un
modo diferente al habitual.

—No entiendo cómo un hombre podría acostarse con otras


mujeres, teniéndote a ti.

—Ya ves, no todos son tan fieles como lo fuiste siempre tú con
Blanca.
Nos quedamos mirando fijamente, en silencio, en aquella leve
oscuridad que había en el porche con el sonido lejano del agua de
la playa como un leve rumor y entonces, Alan me soltó la mano,
la llevó a mi cuello y acortó la distancia entre nosotros al mismo
tiempo que me atraía hacia él.

Sentí sus labios, esos carnosos y suaves labios, posarse sobre los
míos en un beso corto, y después otro, y otro, hasta que la punta
de su lengua acarició los míos y estos se abrieron para ella.

Nuestras lenguas se encontraron y bailaron al son de las olas,


huyendo y encontrándose mutuamente a cada segundo que pasaba.
Sentí de todo en ese momento, cosas que antes no había sentido
con un simple beso, pero es que este no era tan simple.

Alan se acercó aún más a mí, profundizó en el beso más


apasionado que me habían dado en toda mi vida, y noté que me
acaricia el cuello con las yemas de sus dedos.

Y a pesar de ser el beso más increíble que me habían dado, me


aparté avergonzada por quién era la persona que me lo estaba
dando. Cerré los ojos unos segundos mientras agachaba la cabeza,
pasando la lengua por mis labios como si de ese modo saboreara
el momento para grabarlo en mi mente, y negué.

—No deberías, esto no debería haber pasado, Alan. Está mal,


eres mi cuñado —no podía mirarlo a la cara, este momento era tan
vergonzoso como ese en el que me pilló masturbándome en la
habitación—. Esto no está bien —me levanté para irme, pero él
hizo lo mismo, cogiéndome de la mano, atrayéndome hacia él de
modo que quedamos a solo unos milímetros el uno del otro.
—No te vayas, por favor, no te alejes —me pidió en un tono
bajo.

—No deberíamos haber hecho esto Alan. Somos familia —dije


con la voz casi entrecortada por la vergüenza que aún sentía.

—Alicia —me sostuvo la barbilla con dos dedos haciendo que le


mirara—. No te vayas, por favor.

Me quedé enganchada a sus ojos por completo, a ese modo en el


que me miraba mientras me acariciaba la barbilla con el pulgar. Y
entonces pegó su frente a la mía antes de volver a hablar.

—Hace mucho tiempo que me cuesta volver a casa.

—Lo entiendo, Alan. Es porque no está Blanca.

—No, pequeña, no es porque no esté ella, es porque estás tú —


confesó con los ojos fijos aún en los míos, antes de volver a posar
sus labios en los míos.

Y no sabría explicar bien qué me pasó en ese momento, pero


cuando Alan me quitó la copa de la mano y dejó las dos en la
mesa antes de cogerme por la cintura y llevarme así hasta el
balancín donde se sentó conmigo sobre su regazo, simplemente
me dejé llevar.
Volvimos a besarnos y sentí sus manos pasando bajo la tela de
mi camiseta acariciándome los costados. Me mordisqueó el labio,
volvió a besarme, llevó sus manos a mis pechos y los cubrió con
ellas. Mis pezones se erizaron ante ese contacto y gemí en su
boca.

Fue en ese instante en el que noté la leve sacudida que dio su


miembro, ya erecto, bajo mi sexo y no pude evitar moverme
despacio para sentir ese roce con él que me hizo gemir de nuevo.

—Pequeña, no me tientes más de lo que ya lo haces —me pidió


entre besos.

—Quiero sentirte, Alan, quiero sentirte, por favor.

—Y yo, no te haces una idea de las veces que imaginado esto —


seguía tocándome con las manos por todo mi cuerpo y dejando
pequeños besos en mi cuello.

—Alan… —jadeé al notar que una de sus manos se adentraba


por mi pantalón y la braguita.

—Me puse celoso de ese vibrador, que lo sepas —dijo y me


salió una risilla.

—Hazme tú esta noche, lo que no me terminó de hacer él —le


susurré al oído con un tono de lo más pícaro.
Alan me miró, le cogí ambas mejillas entre mis manos mientras
me mordisqueaba el labio y lo besé, yo fui quien lo besó en ese
momento dejándome llevar por todo lo que mi cuerpo sentía.

Se levantó conmigo aún entre sus brazos y entró en la cabaña.


Me estremecí, nerviosa por lo que iba a pasar, y sorprendida
porque deseaba que pasara, a pesar de que el hombre con el que
estaba a punto de acostarme, era el viudo de mi hermana.
Capítulo 12

Nada más entrar en su habitación se sentó en la cama conmigo


sobre su regazo, llevó la mano a mi muslo y comenzó a acariciarlo
despacio mientras con la otra subía por el costado bajo la tela de la
camiseta hasta alcanzar mi pecho.

Lo masajeó despacio y con el pulgar comenzó a hacer fricción


en el pezón. Nos miramos fijamente mientras lo hacía, en silencio,
solo disfrutando del momento.

Cerré los ojos unos breves instantes mientras me mordía el labio


y Alan me dio un leve pellizco en el pezón.

—Mírame, pequeña. Mírame porque quiero que te quede claro


que es conmigo con quien estás —me pidió, y lo miré.

Llevé mis manos a sus mejillas y lo atraje hacia mí para besarlo,


lo hice con ternura, hasta que su lengua comenzó a buscar la mía y
ambas se unieron en un beso más apasionado.

Besaba bien, Alan besaba mejor que muchos otros con los que
había estado.
Comencé a moverme sobre él cuando noté su miembro duro y
erecto rozando mi zona íntima, y él llevó la otra mano a mi pecho
para jugar con ambos a la vez. Gemí en su boca y me moví un
poco más rápido, de tal manera que la fricción entre ambos me
enloquecía.

Me quité la camiseta cuando Alan bajó las manos por mi


espalda, dejando mis turgentes pechos a la altura de sus ojos, esos
que brillaron de nuevo por el deseo. No lo dudé y me toqué
ambos, masajeándolos y rozando mis pezones mientras me seguía
moviendo más despacio esta vez sobre su miembro, notando el
calor que ambos cuerpos desprendía.

Alan se inclinó y lamió uno de mis pezones, después el otro y


volvió a besarme mientras me atraía hacia él con esas grandes
manos en mi espalda.

Le quité la camiseta y me deleité mirando ese torso desnudo, se


notaba el trabajo en el gimnasio y al tocarlo comprobé que todo en
él estaba duro.

Contrajo el vientre al notar las yemas de mis dedos


acariciándolo, y cuando llevé una de las manos al interior de su
pantalón y el bóxer, cuando envolví su enorme erección con la
mano, gimió con los ojos cerrados.

—Mírame, Alan. Mírame porque quiero que te quede claro que


es conmigo con quien estás —le pedí repitiendo sus mismas
palabras y él lo hizo mientras me sonreía.
—Jamás pensaría que estoy con otra, pequeña, porque te deseo
solo a ti desde hace mucho tiempo —confesó y volvió a besarme
mientras yo movía la mano sobre la longitud de su miembro.

En un movimiento rápido cogiéndome por las caderas me


recostó en la cama quedando ligeramente sobre mí para besarme y
lamer mis pezones mientras yo seguía dándole placer con la mano.

Se apartó y al levantarse retiré la mano de su entrepierna. Me


observó y me quitó el pantalón y las braguitas, dejándome
completamente desnuda sobre su cama.

—He perdido la cuenta de las veces que te he imaginado así —


dijo, arrodillándose en el suelo mientras separaba mis piernas—.
No sabes lo que me ha costado no caer, pequeña, pero no puedo
más, no después de verte la otra noche tocándote —murmuró,
llevando la mano a mi zona íntima y separó los labios vaginales
con una mano para comenzar a tocarme el clítoris con la otra, y
gemí arqueando la espalda—. Así, pequeña, así, gime para mí
porque quiero escuchar cómo te corres.

Lo siguiente que sentí fue su lengua deslizándose en mi clítoris


de un modo que nunca había experimentado. Arqueé aún más la
espalda y noté cómo me penetraba con dos dedos. Tuve que
agarrarme a la sábana con todas mis fuerzas mientras Alan me
devoraba sin pudor ni vergüenza alguna, haciendo que todo mi
cuerpo se volviera tan caliente por el deseo y el placer, que
comencé a mover las caderas para que lo hiciera más y más rápido
cada vez.
Y lo hizo, tanto que acabé corriéndome mientras me cubría la
cara con una almohada para que la niña no me escuchara.

—Estás preciosa, pequeña —dijo al verme mientras se quitaba


el pantalón y el bóxer.

Cuando apoyó la rodilla en la cama con intención de


penetrarme, lo detuve arrodillándome yo.

—Quiero devolverte el favor —dije melosa mientras lo besaba y


envolvía de nuevo su miembro con la mano, moviéndola desde la
punta a la base y viceversa.

Me aparté de sus labios y lo miré a los ojos mientras me


inclinaba, y también cuando deslicé la lengua fuera de mi boca
para pasarla por su longitud muy despacio. Alan gimió, y cuando
lo acogí en mi boca sus ojos brillaron con ese deseo que me había
gustado ver en ellos.

Lo llevé tan profundo como pude porque era un hombre grande


en todos los sentidos, y mientras lo tomaba en mi boca llevé una
mano a mi entrepierna y comencé a tocarme mientras lo miraba,
sintiendo así ese doble placer.

Alan me cogió por el cabello y comenzó a mover las caderas un


poco más fuerte, hasta que se apartó y me cogió en brazos para
besarme de nuevo.
Me recostó en la cama y sentí la punta de su masculinidad en la
apertura de mi vagina, llevé ambas manos a su espalda y clavé
ligeramente las uñas diciéndole de ese modo que lo hiciera.
—Por Dios, Alan, hazlo —le pedí mirándolo—. Quiero sentirte.

—Y yo, pequeña, no imaginas cuánto.

Volvió a besarme y se adentró por completo, poco a poco hasta


lo más profundo de mi ser.

Gemí en su boca y mientras él movía las caderas penetrándome


una y otra vez sin parar y yo las movía al mismo ritmo que él
marcaba para sentir aún más ese placer que me estaba dando.

Me rodeó con el brazo por la cintura, se quedó de rodillas en la


cama y sentado sobre sus talones conmigo encima, siguió
penetrándome una y otra vez mientras con una mano pellizcaba mi
pezón y con la otra me tocaba el clítoris haciendo que la sensación
fuera aún mayor y más intensa.

No podía dejar de gemir, de jadear y de pedirle que siguiera,


presa de un placer como el que nunca antes había experimentado.

Alan me cogió por la cintura e hizo que me quedara sentada a


horcajadas sobre él, de modo que seguimos haciéndolo así,
mirándonos a los ojos mientras nos entregábamos el uno al otro.

Y nos besamos, nos besamos de ese modo apasionado en el que


Alan lo hacía y que me dejaba aún más deseosa de todo cuanto él
me daba y entregaba.
Comencé a moverme sobre él, sintiendo más y más
profundamente su miembro, el modo en el que parecía encajar a la
perfección como las piezas de un puzle, me apoyé con ambas
manos en sus hombros y sentí las suyas agarrando con fuerza mis
caderas.

Estaba tan excitada y lista para volver a liberar el clímax que me


costó controlarme, pero es que no quería hacerlo antes que él, mi
cuerpo me pedía que esperara el momento indicado.

Volvimos a recostarnos en la cama y siguió penetrándome


mientras nos mirábamos, mientras sus ojos y los míos quedaban
completamente conectados en ese momento.

Alan se retiró y lo miré frunciendo el ceño, hasta que lo vi


sonreír mientras se inclinaba para besarme de nuevo.

—No quiero que esto acabe, pequeña —susurró acariciándome


la mejilla.

—Tenemos toda la noche por delante si es eso lo que te


preocupa.

—Toda la noche —me miró bajando la mano despacio por mi


vientre hasta alcanzar mi zona íntima y comenzar a penetrarme
con el dedo al tiempo que su pulgar jugaba con mi clítoris.

—Sí —gemí—. Toda la noche.


—Pues voy a hacer que te corras así de nuevo —siguió
tocándome con sus dedos por toda mi zona íntima, besándome y
lamiendo mis pezones, hasta que me corrí tal como quería.

Me arrodillé en la cama apoyando ambos brazos en la almohada


y me mordisqueé el labio, juguetona y mientras separaba las
piernas, no tardó en situarse justo detrás de mí y comenzar a
penetrarme de nuevo.

Mis gemidos y gritos quedaron amortiguados por la alfombra y


sus penetraciones cada vez fueron más y más profundas. Hasta
que noté el momento exacto en el que él se acercaba a ese clímax
al que yo misma estaba llegando.

Comencé a mover las caderas yendo en busca de sus


penetraciones, le cogí la mano para llevarla entre mis piernas y
que me tocara mientras seguía entrando y saliendo de mí, y de ese
modo llegamos juntos al clímax.

Gemimos y nos liberamos de esa tensión acumulada desde que


nos habíamos besado en el porche, y no se detuvo hasta que el
último coletazo de nuestros orgasmos llegó a su fin.

Nos dejamos caer sobre la cama, él me abrazaba desde atrás y


dejaba suaves besos en mi espalda mientras yo buscaba recobrar el
aliento con los ojos cerrados.

Alan me giró para quedar frente a frente, colocando una de mis


piernas sobre las suyas y me besó con esa pasión que le
caracterizaba y me hacía desearlo más si es que eso era posible.
—Tienes cinco minutos para recuperarte —me dijo mientras
acariciaba mi nalga con la mano muy despacio.

—Vamos, que te has tomado en serio lo de que tenemos toda la


noche —me salió una risilla.

—Sí, muy en serio. Te recuerdo que llevo siete años sin sexo,
más que algún alivio rápido con la mano, y cinco deseándote.

—O sea, que me vas a dejar sin fuerzas —le acaricie el torso.

—Pero muy saciada, eso te lo aseguro, pequeña.

Volvió a besarme y sí, Alan cumplió su promesa.


Capítulo 13

Noté un brazo alrededor de la cintura y el calor de un cuerpo


fornido a mi espalda.

No había bebido tanto la noche anterior, solo un par de copas de


licor de chocolate…

Alan, fue el nombre que vino a mi mente en ese instante y abrí


los ojos de golpe, perdiendo hasta el sueño, despertándome como
si hubiera dormido doce horas, en vez de solo cuatro.

Porque sí, hacía solo cuatro horas que nos entregamos por
última vez al deseo y al placer y me abrazó para quedarnos
dormidos.

Aquello no podía estar pasando, ¿cómo se me había ocurrido


acostarme con él? Por el amor de Dios, era el marido de mi
difunta hermana, si viudo. ¿En qué mierda pensaba yo?

No, no pensaba, ese había sido mi problema tras el beso que nos
dimos en el porche, y el que nos dejáramos llevar por el momento,
que no pensaba con claridad en lo que hacía.
Tenía que salir de allí, huir como una cobarde y meterme en mi
cama tratando de olvidar todo, pero, ¿cómo se olvidaba una, de los
mejores besos que le habían dado en su vida? ¿Cómo podría
olvidarme del modo en el que me miraba, de cómo me tocaba y la
manera en la que me hizo el amor?

Porque lo que habíamos hecho durante esas horas no había sido


solo sexo, no señor, aquello fue mucho más que eso, lo noté en
cada mirara y cada caricia de Alan.

Joder, pero es que era mi cuñado, el padre de mi sobrina, esa


adorable niña de siete años a la que yo llevaba cuidando desde que
vio por primera vez el mundo. No podía haber cometido
semejante estupidez, no podía.

Me moví despacio para huir de su cama y esconderme durante el


resto del día en mi habitación hasta que volviéramos al ático, pero
no me lo permitió porque se aferró aún más a mí.

—Buenos días, pequeña —murmuro, besándome el hombro.

—Me voy.

—¿Qué? ¿Por qué? —podía ver, sin necesidad de mirarlo, cómo


fruncía el ceño.

—Porque esto ha sido un error Alan. Lo que pasó anoche…


—Pasó, y no hemos cometido ningún delito —me cortó y lo
miré por encima del hombro.

—Eres mi cuñado, Alan, esto no está bien. No debería haber


pasado.

—Pero pasó —me hizo girar y recostarme bocarriba de modo


que él quedó sobre mí—. Pasó porque no pude ni quise
controlarme más. Te lo dije anoche, pequeña, he pasado los
últimos cinco años deseándote y luchando para no caer, pero
anoche no pude más. Y sé que no debería, joder, eres la hermana
de mi difunta esposa, pero yo… —se quedó callado.

—¿Tú qué? —pregunté con un hilo de voz.

—Que siento algo por ti, pequeña —confesó—. Que, en algún


momento hace cinco años te vi de un modo diferente y no hay un
solo día que no piense en ti, y a la vez me cuesta volver a casa por
eso, porque estás ahí y controlarme para no tocarte, para no
besarte como quiero, es una jodida tortura —dijo mientras
apoyaba su frente en la mía.

—Alan… —cerró los ojos al escucharme decir su nombre


mientras entrelazaba mis dedos en su cabello.

Cuando me miró, con ese brillo en los ojos que me dejaban aún
más claro que me deseaba, lo atraje hacia mí para besarlo.

No estaba bien, seguía pensando lo mismo, pero el mal ya estaba


hecho y al igual que él había dicho, en algún momento yo también
comencé a verlo de manera diferente sin darme a penas cuenta.

Y el beso nos llevó a acariciarnos de nuevo, a dejarnos envolver


por el deseo y la pasión, y entregarnos al momento.

Me hizo tener un primer orgasmo con sus manos y su lengua


que me arrancaron más de un gemido, y sin que apenas me
hubiese recuperado de ese momento, me penetró de una sola
embestida llegando a lo más profundo de mi ser.

Alan me miraba fijamente, me besaba y seguía haciéndome el


amor como lo había hecho durante la noche, nos movíamos al
unísono, acompasados sin perder el ritmo, y así fue como
llegamos al clímax y lo liberamos juntos.

Grité sobre su hombro para evitar que la pequeña pudiera oírme,


no quería que supiera lo que pasaba entre su padre y yo, no al
menos todavía porque, tal vez no era más que sexo y tendría que
dejar el ático antes que después.

Cuando nos quedamos abrazados en la cama besándonos aún


unidos por nuestros sexos, escuché la puerta de la habitación de
Emma abrirse y sus pasos yendo por el pasillo hacia la cocina.

—Mierda, tengo que ir con ella —dije haciendo que Alan se


apartara y me levanté de la cama para coger mi ropa y salir de allí.

Escuché la risita floja de Alan antes de abrir la puerta y lo miré


con los ojos entrecerrados en señal de amenaza silenciosa.
Me asomé por el pasillo y cuando escuché la televisión, salí para
entrar en cuarto de baño. Tras asearme rápido y ponerme el pijama
que había llevado la noche anterior, fui hacia la cocina.

—Buenos días, cariño —saludé a mi pequeña, que estaba


sentada en el sofá viendo los dibujos.

—Buenos días, tía. Te has levantado antes que yo —dijo con


una sonrisa mientras me miraba.

—Es que me hacía pis.

—Y has hecho tu cama antes de ir al baño, yo no habría podido


—se le escapó una risita.

—Ya sabes que soy muy maniática —me encogí de hombros.

Empecé a preparar el desayuno y no tardó en aparecer Alan por


la cocina, con el pijama de la noche anterior, el pelo alborotado y
con el aliento oliendo a eucalipto del enjuague bucal.

Sin que la niña lo viera, pues tras darle los buenos días a su
padre volvió a centrarse en los dibujos, Alan se pegó a mi espalda
y me dio un leve apretón en la nalga mientras me besaba el
hombro.

—Has huido muy rápido —susurró en mi oído—, y eso supone


que esta noche, dormirás en mi cama.
—No, en el ático con la niña al lado, no —murmuré.

—Alicia, no quiero volver a dormir ni una sola noche sin ti, que
te quede claro —me besó en los labios y fue a poner la mesa.

Me quedé allí parada, inmóvil como una estatua, pensando en lo


que acababa de decir. Esto se nos había ido un poquito de las
manos, porque lo que empezó siendo un beso que debió quedar
ahí, había pasado a ser una relación de sexo consentido entre dos
adultos.

Dos adultos que además eran familia porque él era el padre de


mi sobrina, la hija de mi difunta hermana.

Dios mío, iba a acabar yendo al Infierno por esto. ¿Cómo podía
haber traicionado a mi hermana de esta manera? No debí hacerlo,
no debí dejar que pasara, tenía que haber puesto fin a esto justo en
el momento del primer beso.

Terminé de tostar el pan, calentar la leche para Emma y hacer el


café para nosotros, y serví el desayuno en la mesa donde no
tardaron en sentarse ellos.

La pequeña estaba de lo más feliz porque en cuanto acabáramos


el desayuno volveríamos a ir a pasar el día a la playa, y tanto su
padre, como yo, sonreíamos encantados al verla así.
Los dos siempre habíamos querido lo mejor para ella, los dos
nos volcábamos en darle ese amor que necesitaba y en llevarla por
el camino correcto. Era una niña de lo más cariñosa y empática, y
siempre tenía esa sonrisa preparada para dedicarle a todo el que lo
necesitara.

Tras el desayuno me di una ducha rápida y me puse el bikini


blanco que realzaba el tono bronceado de mi piel, unos shorts, la
camiseta y las chanclas, y fui al salón donde ya me esperaban los
dos listos para irnos.

Cogí las toallas que habíamos lavado y que dejé secándose en el


porche y al ver el balancín me asaltaron de nuevo todos los
recuerdos de la noche anterior.

Estaba un gran problema porque me había acostado con mi


cuñado, y siendo sincera conmigo misma, no solo había disfrutado
de ello, sino que había algo más fuerte que sentía por él y ahora
comenzaba a darme cuenta.

Amor tal vez era una palabra demasiado grande para esto que
sentía, pero estaba claro que era mucho más que simple cariño y
afecto.

Y era una locura, no tenía la menor duda de ello, al igual que


una manera de traicionar a mi hermana, pero los dos habíamos
sentido lo mismo, los dos habíamos querido hacerlo y no había
vuelta atrás.
Contra el deseo podíamos luchar, pero este a veces ganaba la
batalla.
Capítulo 14

Llegamos a la playa y colocamos las toallas en una de las


sombrillas que encontramos libres, hoy había más que la mañana
anterior y eso que era domingo.

Esta vez Emma no hizo ni el intento de salir corriendo, sino que


ella misma, tras quitarse el pantalón y la camiseta, sacó el bote de
protector solar y me lo dio para que le pusiera un poco por todo el
cuerpo.

Y al igual que había hecho el día anterior, cogió a su padre de la


mano y se fueron los dos al agua mientras yo terminaba de colocar
las toallas y me quitaba la ropa.

Me uní a ellos y Alan no tardó en rodearme por la cintura sin


que la niña se diera cuenta de ello, acariciándome la cadera
mientras la pequeña decía que iba a nadar.

Fue en el momento en el que dio la primera brazada cuando su


padre me dio un beso en los labios.
—Alan —le reñí, pero con una leve risita—. Que nos puede ver
Emma.

—Tranquila que no nos va a ver —y volvió a besarme.

—No te la juegues tanto, que tu hija es muy lista y se acabará


dando cuenta de que pasa algo.

—Ese bikini te sienta muy bien —dijo ya pegado a mi espalda y


rodeándome por la cintura con ambos brazos, sin que ninguno de
los dos perdiera de vista a la niña.

—Me alegro de que te guste.

—Me encanta —me dio un beso rápido y noté su mano


adentrándose por la braguita.

—Alan, aquí no —murmuré.

—No va a vernos nadie. Separa un poco las piernas, pequeña —


pidió en un tono bajo y de lo más sensual que me hizo obedecer
sin poner la más mínima pega.

La niña iba y volvía nadando hacia nosotros, que seguíamos allí


observándola y animándola a que siguiera, mientras los
juguetones dedos de Alan buceaban en mi zona íntima, y lo de
bucear era precisamente porque estábamos con algo más de medio
cuerpo en el agua.
—Alan, por favor.

—Por favor, ¿qué, pequeña?

—Para, que nos pueden ver, en serio.

—Quiero que te corras. Muévete, deja que mi mano haga todo.

Y lo dejé, porque me pareció increíble el modo en el que ese


hombre podía tocarme y excitarme hasta el punto de que moviera
el trasero rozándome con su miembro erecto, y al mismo tiempo
prestara atención a su hija.

Me agarré a sus muslos con fuerza cuando me llegó el orgasmo


y liberé el clímax evitando gemir o gritar. Alan me dio un beso en
los labios cuando Emma no miraba y sonrió.

—Me encanta ver el brillo de tus ojos después de un orgasmo.

—Eres un descarado, en serio, esto no se hace —le di un


manotazo en el hombro.

—Tranquila, que esta noche podrás gritar cuanto quieras —me


dio otro beso y se apartó para ir a nadar en busca de su hija.

Cuando llegó donde ella estaba la cogió por la cintura y soltó un


gritito de sorpresa seguido de una risa. Verlos juntos era lo que
más me gustaba, el modo en el que él la abrazaba y besaba en la
frente al bajarla, cómo ella le rodeaba con sus bracitos y se reía
disfrutando de su padre.

—¡Mami, ven! —gritó la muy loquita de mi niña y sonreí


negando.

—Eso, mami, ven —dijo Alan, y ahí sentí algo muy diferente al
escucharlo llamarme así.

Nadé hasta ellos y le hice cosquillas a mi niña mientras se reía a


carcajadas.

—Que no me llames mami, que se va a creer todo el mundo que


lo soy.

—Casi, casi lo eres —sonrió—. Además, la abuela dice que te


pareces mucho a ella.

—No tanto, cariño —le di un beso en la mejilla.

Alan siguió con ella en brazos y a nuestra pequeña no se le


ocurrió otra cosa que el que su padre la lanzara al agua. Y claro, él
que se desvivía por su niña y hacerla reír, no lo dudó.

Una y otra vez mientas ella se lo pedía muerta de risa Alan la


fue lanzando al agua. Hasta que exhausta y jadeando casi sin
respiración, dijo que se iba a la toalla.
Regresamos los tres para secarnos, Alan fue por algo de comer
mientras yo le ponía protector a Emma y cuando regresó nos
tomamos ese desayuno igual que la mañana anterior.

Emma se fue con una niña que había cerca a jugar en la orilla y
hacer allí varios castillos de arena, Alan aprovechó ese momento
para ponerme protector en la espalda.

Lo extendía de tal manera que más bien pareciera que me


estuviera dando un masaje, mientras dejaba algunos suaves besos
en mi hombro.

—Te vas a acabar quedando dormida —me dijo al oído.

—Es que no sabía que se te diera tan bien esto de dar masajes.

—Cuando quieras te doy uno de cuerpo entero —susurró.

—No me tientes…

—Es lo que intento. Quiero hacer tantas cosas contigo, Alicia —


me sostuvo la barbilla para que lo mirara y me dio un beso en los
labios—. No quiero que nos quede nada por hacer y, si algún día
nos separamos, quedarme con las dudas o las ganas.

—¿Si algún día nos separamos? —Fruncí el ceño.


—Soy realista, pequeña, y, por mucho que te quiera a mi lado el
resto de mi vida, sé que no será posible. En algún momento
conocerás a alguien, te enamorarás y harás tu vida lejos de Emma
y de mí. Solo te pido una cosa —me acarició la mejilla con el
pulgar—. No vuelvas a acostarte con Brian, ni con ese otro del
hospital. Si hay algo que no soporte, es que otro te bese o te toque.
Eso me ha estado matando durante cinco años.

—No me he acostado nunca con Brian —confesé y frunció el


ceño—. Sé lo que dije, pero cuando él te hizo creer eso yo estaba
delante, no podía contradecir sus palabras.

—Menudo cabrón, cuando lo pille… —sonrió negando— Pero


sé por qué lo hizo.

—¿Por qué? —curioseé.

—Porque él sabe lo que siento, lo que he deseado tanto tiempo,


y el muy capullo me quiso poner a prueba y lo consiguió.

—Así que él ya sabía esto.

—Sí, me sinceré con él una noche meses después de comprender


lo que me pasaba. Y me animó a dar el paso, pero me negaba, me
decía a mí mismo que estabas prohibida para mí.

—Hasta anoche —sonreí.

—Realmente hasta la noche en que te vi con ese juguetito tuyo.


—Odio a Sam por regalármelo en mi último cumpleaños.

—Tenemos que usarlo alguna vez.

—¿Estás loco? —reí.

—Ya te he dicho que quiero hacer muchas cosas contigo, y usar


ese juguetito es una de ellas.

—Vamos, que voy a pagar yo estos siete últimos años de


celibato tuyos, ¿no? —Arqueé la ceja.

—Algo así —sonrió y volvió a besarme.

Nos quedamos así abrazados mientas Emma seguía haciendo


castillos en la orilla, hasta que nos dimos un último baño y tras
secarnos de nuevo, fuimos a comer a una pizzería muy famosa de
la zona.

Después de un helado de postre y un café que nos tomamos


nosotros, regresamos a la cabaña dando un paseo para recoger
todo y volver a casa.

El camino lo pasamos hablando sobre la cena, y es que Emma


decía que le apetecía pollo frito con patatas, así que cuando
llegamos, nos duchamos por turnos y nos pusimos el pijama
mientras entre Alan y yo, preparábamos el pollo que teníamos en
la nevera.
Como él estaba oficialmente disfrutando de unos más que
merecidos días de descanso del trabajo, empezaron a hacer planes
para las mañanas puesto que Emma no se quedaría con mis
padres, sino con él hasta que yo regresara del trabajo.

Después de cenar Alan acostó a la pequeña mientras yo recogía


todo y ponía el lavavajillas.

—Se ha quedado dormida enseguida —dijo Alan, rodeándome


por la cintura con ambos brazos cuando regresó a la cocina—. Y
tú, mami, ahora eres toda para mí.

—No soy su mami —sonreí.

—Lo eres, aunque no haya estado en tu vientre, y lo sabes.


Emma te quiere como a su tía que eres y como a una madre.

—Y yo como si fuera mi hija.

—Lo sé —me besó en los labios antes de mirarme fijamente—.


Y ahora —me cogió en brazos como haría un hombre recién
casado cogiendo a su esposa— tú y yo nos vamos a mi cama, que
quiero escucharte gemir y gritar a placer —dijo, volviendo a
besarme nuevamente.
Capítulo 15

Una mañana de miércoles más en el trabajo, y aún no me había


atrevido a contarle a Sam que me estaba acostando con mi cuñado
desde el sábado.

Y sí, desde esa primera noche, lo habíamos hecho todas hasta


ahora.

Iba a ir al Infierno por traicionar de ese modo a mi hermana, ya


no tenía la menor duda, pero lo peor de todo es que eso que sentía
por Alan cada vez era aún más intenso.

Estaba terminando de recoger la mesa del box en el que Mike y


yo acabábamos de atender a un hombre que se había caído de un
andamio y se había roto la tibia, cuando apareció Sam.

—¿Vas a contarme de una vez qué es lo que te pasa? Llevas tres


días de lo más callada y extraña —dijo ayudándome a recoger.

—¿Y por qué tendría que pasarme algo?


—No sé, dímelo tú —se cruzó de brazos apoyándose en la
pared.

—No me pasa nada especial.

—Claro, y yo soy tonto y me lo creo. Vamos a tomar un café y


me lo cuentas —dijo mientras me cogía del brazo una vez que me
deshice de lo que había que tirar.

Me llevo casi arrastras hasta la sala de descanso, preparó dos


cafés y sacó un par de bollos de la máquina y nos sentamos en la
mesa.

—Habla ahora o calla para siempre.

—Eso lo dicen en las bodas —volteé los ojos.

—A mí me sirve para obtener información. Habla.

—Me he acostado con Alan —dije en el momento justo en el


que Sam daba un sorbo al café, por lo que acabó escupiéndolo.

—Perdona, ¿qué has dicho? —preguntó casi con un grito


mientras me miraba con los ojos muy abiertos.

—Que me he acostado con Alan.

—Dime que ha sido un sueño mega erótico, por Dios.


—No ha sido un sueño, aunque cuando me pilló con ese
juguetito que me regalaste, como te dije, yo, no sé por qué, estaba
pensando en él.

—Alicia, me acabo de hacer tu fan. Te has acostado con el


marido de tu difunta hermana, eso es una papeleta directa al
Infierno.

—Por Dios, Sam, no me digas eso —me tapé la cara con ambas
manos muerta de vergüenza.

—Eh, que estoy de broma —me quitó las manos de la cara y se


quedó con las suyas entrelazada a las mías—. Si ha pasado es
porque los dos habéis querido, y si fue cosa de una sola noche
pues no pasa nada.

—No ha sido una sola noche —suspiré.

—¿Dos? —curioseó con la ceja arqueada.

—Las últimas cuatro, en realidad —contesté—. Bueno, y


también el domingo por la mañana.

—Pues sí que os ha golpeado fuerte el deseo —soltó un


silbidito.

Y le conté todo lo que habíamos hablado Alan y yo la noche del


sábado, todas las veces que lo hicimos esa noche y lo que
hablamos el domingo cuando quise huir como una cobarde de su
cama.

Le confesé que me sentía bien con él y que estaba notando que


lo que fuera que sentía por mi cuñado, sin haber sido consciente
de ello cada vez era más intenso.

—La palabra con “A”, ¿tal vez? —preguntó.

—No lo sé, pero me da miedo que sea así. Es mi cuñado, el


marido de mi hermana muerta, que ahora mismo allí donde esté
debe odiarme con todas sus fuerzas.

—Blanca —dijo mirando al techo—, si odias a Alicia por


comerse a tu marido con todas las ganas y la gula del mundo,
descarga tu ira sobre ella en este momento —y el muy cabrón se
apartó con la silla lo más lejos que pudo de mí.

—¿Se puede saber qué haces?

—Alejarme por si me salpica —contestó, sin dejar de mirar al


techo.

—Sam, mi hermana no puede hacerme nada.

—No te fíes mucho, por si acaso. Ese fluorescente parece que se


mueve —miré al techo y no, el fluorescente que daba luz a la sala
no se movía ni lo más mínimo.
—Sam, basta.

—No ha descargado su ira —volvió a acercarse y dio un sorbo


al café—, lo que nos deja claro que no está enfadada contigo.

—Pero yo sí lo estoy, esto no debería haber pasado.

—Mira, como dice mi madre, lo hecho, hecho está y no hay


vuelta atrás, así que solo disfruta de lo que estás viviendo.

—¿Y si me enamoro de él, pero él de mí no? ¿Y si conoce a una


mujer que encaje en su vida y que sea una madre perfecta para
Emma y solo tengo que irme de su lado? Me aterra cualquier
posibilidad, y noto que cada vez me estoy enganchando más —
suspiré.

—Si eso pasa, ya cruzaremos ese puente —me acarició la


mejilla—. Por el momento solo disfruta de lo que viváis juntos.

Me hizo un guiño y terminamos de tomarnos el café para


regresar al trabajo.

El resto de la mañana lo pasamos atendiendo a varios pacientes


y cuando llegó la hora de irnos a comer, Nina me dijo que alguien
me buscaba y que estaba esperándome en la recepción de
urgencias.

No me dijo quién era, pero por la sonrisa que tenía, seguro que
ella sí lo sabía. Sam me acompañó y cuando salimos, vimos a
Alan y Emma allí hablando.

—Bueno, si ese hombre quisiera a otra mujer en la vida de su


hija, no creo que viniera a buscarte por sorpresa —murmuró a mi
lado mientras caminábamos.

—Alan, ¿qué hacéis aquí? —pregunté cuando llegamos a su


lado.

—Hemos venido a buscarte para ir a comer los tres juntos, tía


mami —contestó Emma, llamándome de ese modo tan extraño
que parecía gustarle.

—Así que hoy me toca comer solo, qué pena de mí —dijo Sam
con un suspiro de lo más dramático.

—Otro día te llevamos, tío Sam.

—Eso, como si fuera el perro de la familia.

—Que no, tonto —rio ella y se lanzó a sus brazos para


abrazarlo.

—¿Y si comemos el domingo en casa? —propuso Alan— Se lo


diré a Brian también.

—Hecho, yo llevaré el vino —dijo Sam—. Vamos, ve a


cambiarte que te esperan tus amores para ir a comer —me hizo un
guiño.

—Ahora vuelvo.

Alan asintió y mientras íbamos hacia la sala de vestuarios, el


muy loco de Sam empezó a silbar la melodía de la marcha
nupcial.

—¿Se puede saber qué haces?

—¿Yo? Nada, es que creo que escucho campanas de boda…

—Dios, no tenía que haberte contado nada —resoplé yendo


hacia mi taquilla para cambiarme de ropa.

—Me habría acabado enterando, y lo sabes —me señaló con el


dedo y volteé los ojos.

Tras cambiarnos y despedirme de él hasta el día siguiente, fui al


encuentro de Alan y mi sobrina. Ella me recibió con una sonrisa
cogiéndome de la mano y él posó su mano en mi espalda.

—Vamos a ir en dos coches —dije al salir.

—Tranquila, que hemos pensado en todo, ¿verdad, hija? —


contestó Alan.
—Sí —sonrió ella de ese modo tan pícaro que no auguraba nada
bueno.

Y ahí estaban Brian y otro de sus compañeros esperando para


que les diera las llaves del coche.

—Hemos tomado café con ellos y les pedí que vinieran para
llevarse el coche, como tenemos una sillita de repuesto en casa, es
la que he puesto en el mío —me dijo.

—Cada día está más guapa mi futura esposa —Brian me dio un


abrazo.

—Tío Brian, ¿tú quieres ser el novio de la tía Alicia?

—¿Yo? Por supuesto, desde hace años, pero ella se me resiste —


contestó, y la mirada que le dedicó Alan me dejó claro que le
había contado lo que pasaba entre nosotros—. Pero como la
quiero como a una hermana pequeña, solo espero que el día que
encuentre novio sea muy feliz —me hizo un guiño y sonreí
negando.

Le di las llaves de mi coche y se lo llevaron para dejarlo en el


garaje de nuestro edificio. Nosotros subimos al coche de Alan y
fuimos al centro comercial a comer.

Comimos en uno de los restaurantes asiáticos que había y


después nos dimos una vuelta por las tiendas.
Alan en todo momento estuvo de lo más cariñoso conmigo,
cogiéndome la mano cuando Emma no miraba o robándome algún
que otro beso.

Acabamos comprándole a la niña algunas prendas de ropa que


iba a necesitar para el nuevo curso y un par juegos de mesa que
quería, así como unos libros más de su personaje favorito.

Cuando llegamos a casa preparé el pijama de Emma mientras se


duchaba y fui a darme una ducha para ponerme mi pijama tal
como había hecho Alan. Nos encontramos los tres en la cocina y
preparamos sándwiches de jamón y queso fundido para cenar y
patatas fritas.

Cenamos viendo una película hasta que la peque se quedó


dormida en el sofá, él la llevó a la cama y yo recogí todo para
acostarme también.

—Por fin eres mía —susurró en mi oído mientras me quitaba el


pantalón y las braguitas.

No tardó en sentarme en la encimera y lamer mi zona íntima


hasta llevarme al clímax mientras con sus manos masajeaba mis
pechos y jugaba con los pezones. En cuanto me corrí con fuerza y
evitando gritar para que la niña no nos escuchara, me penetró con
una fuerte embestida y lamió mis pezones antes de besarme.

Acabó cogiéndome en brazos y así, con mis piernas rodeándole


por la cintura, nos entregamos de nuevo al deseo y el placer, a esa
pasión que nos asaltaba y nos envolvía.
Éramos como un par de adolescentes en ese momento, esos que
aprovechaban cualquier pequeña ocasión que tenían a solas para
besarse, cogerse de la mano o hacer el amor, lento o rápido, pero
siempre de manera intensa.

Volvió a recostarme en la encimera y así llegamos los dos al


clímax, me besó el vientre y nos miramos fijamente mientras
recobrábamos el aliento.

¿En qué momento me había enamorado de mi cuñado sin darme


cuenta? No estaba segura, pero que lo había hecho era una
realidad y ahora no imaginaba mi vida lejos de él y de Emma.

Me dio un beso rápido en los labios, me cargó en brazos y tras


coger mi ropa, esa que estaba tirada en el suelo donde él la había
lanzado, me llevó a su habitación, y es que desde que regresamos
de Coney Island el domingo, no había vuelto a dejarme dormir en
la mía, decía que no quería pasar una noche sin mi compañía, y se
lo estaba tomando al pie de la letra todas las noches.
Capítulo 16

Me encantaba mi trabajo, de verdad que sí, pero después de una


semana agotadora no había nada mejor que llegar al viernes y
tener dos días de descanso por delante.

Alan me había enviado un mensaje para decirme que tenía que


salir con Brian por un asunto de trabajo, así que llevo a Emma a
casa de mis padres, y allí que fuimos Sam y yo al salir del hospital
para comer con ellos.

—Huele que alimenta, María —dijo mi amigo, cuando entramos


en la cocina.

—Pues de sabor ni te cuento cómo está —le sonrió ella—.


Como dicen en mi tierra: pa’ quitarte el sentío.

—Ya imagino —rio.

—¿Y Emma? —pregunté tras darle un beso a mi madre.

—Con tu padre en el jardín, plantando unas flores nuevas.


Entre Sam y yo pusimos la mesa y me preguntó, con discreción
y disimulo, si le iba a contar a mi madre lo que había entre Alan y
yo, a lo que dije que no, al menos por el momento, porque no
estaba realmente preparada para esa conversación. A fin de
cuentas, se trataba de contarle a mi madre, que me acostaba con el
marido de su difunta hija.

Eso no es que fuera a ser fácil de hablar, la verdad.

—¡¡Tío Sam!! —gritó la enana corriendo hacia él, que no dudó


en cogerla en brazos.

—Aquí está mi chica favorita —le dio un beso en la mejilla.

—Hemos plantado unas rosas muy bonitas, tía Alicia. Hay que
convencer a papá para que podamos poner algunas en la terraza.

—¿Y si mejor lo sorprendemos? Podemos ir después al centro


comercial, comprar flores y unas macetas bonitas, y las ponemos
nosotras.

—Sí, esa es una gran idea.

—Pues ya tenemos plan para la tarde.

Nos sentamos a la mesa a comer con mis padres, y la niña les


contó lo que habíamos hecho el fin de semana en la playa de
Coney Island, momento que el muy capullo de Sam aprovechó
para darme un codazo en el brazo y, con la mirada, decirme que
era mi oportunidad de hablar con mi madre.

Pero no lo iba a hacer, no me sentía preparada para esa


conversación ni mucho menos.

—Hija, ¿por qué no venís a comer mañana Alan y tú con la


niña? Aprovechando que es sábado y él está en la ciudad, que
hace mucho que no tenemos una comida en familia —me dijo mi
madre, mientras nos tomábamos el café acompañado del bizcocho
de limón que había horneado.

—¿Y harás el arroz rico que me gusta, abuela? —preguntó


Emma, refiriéndose a la paella que mi madre seguía preparando.

—Claro que sí, mi niña. Y de postre, unas natillas de chocolate


con galletas.

—Tía, tenemos que venir a comer.

—Tranquila, que vendremos —sonreí.

Nos despedimos de mis padres hasta el día siguiente y de Sam


hasta el domingo que vendría a comer al ático, y subimos al coche
para irnos al centro comercial.

Emma iba a canturreando una de las canciones infantiles que


tanto le gustaban y yo la acompañaba en el estribillo. A veces me
equivocaba y ella se reía diciendo que mezclaba dos canciones
diferentes. Y sí, era lo que me pasaba, porque nos habíamos
aprendido al menos veinte canciones distintas y se me juntaban los
estribillos.

Llegamos al centro comercial y fuimos directas hacia el vivero


que había en la planta baja, era grandísimo y tenía una gran
cantidad de flores, arbustos, árboles frutales, palmeras y todo tipo
de plantas que pudieras encontrar.

Nos acercamos a una de las dependientas y le contamos cómo


era nuestra terraza, que por suerte estaba acristalada y en invierno
no se mojarían en exceso las plantas con la lluvia o la nieve.

Nos aconsejó crear un pequeño jardín no solo con flores, sino


con algunas plantas que eran perfectas, tanto para interior como
para exterior y que con un poco de agua a la semana y la luz
natural se mantendrían perfectas todo el año.

Acabamos plantando las flores en los maceteros que habíamos


comprado, con ayuda de un par de chicos encargados de la
jardinería de la tienda, que quedaron asombrados al ver a Emma
tan aplicada por ver a mi padre, y nos ayudaron a llevarlo al
coche.

—A mí el cuerpo me pide un brownie —le dije a Emma cuando


acabamos de guardarlas todas.

—Y a mí también, la jardinería me ha dado hambre —contestó


con un suspiro.
Me reí porque mi niña era de lo más graciosa cuando se trataba
de comida, y le daba igual que le pusieran algo salado que dulce
por delante, ella no decía que no a nada.

Subimos a la cafetería y nos tomamos aquella merienda dulce


que estaba buenísima antes de ir a echar un vistazo a algunas
tiendas, no es que tuviéramos que comprar nada, pero al pasar por
la perfumería pues acabamos entrando y picando.

Unas cremas, sérums, un bálsamo labial para mí, y la colonia


que usaba Emma y que me dijo que se le estaba acabando.

Cargadas con nuestras compras regresábamos al parking para


coger el coche, cuando me encontré con Matt.

—Alicia, qué sorpresa verte —dijo con su habitual sonrisa y se


acercó para darme un par de besos, esos que noté demasiado cerca
de mis labios.

—Hola, Matt.

—¿De compras con tu sobrina? Hola, Emma —se inclinó hacia


ella—. Estás más grande desde la última vez que te vi. Y muy
guapa —le dio un leve pellizco en la mejilla a modo de cariño y
ella sonrió.

—Gracias.
—¿Os apetece tomar algo? Me iba ya, he comprado unas
zapatillas nuevas para el trabajo, pero si tenéis tiempo…

—La verdad es que no, tenemos un montón de plantas y flores


en el coche para llevar a casa —contesté.

—Vamos a poner bonita la terraza de casa —le dijo ella.

—Eso está bien, hay que dar alegría y color a los espacios que
más nos gustan —respondió, haciéndole un guiño—. ¿Y si
quedamos mañana? —me preguntó, acercándose un poco más,
acariciándome la mejilla mientras me miraba con esos ojos que
me dejaban claras sus intenciones.

—No puedo, tengo comida en casa de mis padres. Y el domingo


también he hecho planes. Nos vemos el lunes en el hospital —
sonreí—. Que tengas un buen fin de semana, Matt.

—Igualmente, Alicia. Y me debes una cita.

—Lo vamos viendo —cogí la mano de Emma y continuamos


caminando hacia las escaleras mecánicas para bajar al parking.

—¿Él es tu novio, tía?

—No, cariño, no es mi novio, solo un compañero de trabajo.

—Te ha acariciado la mejilla.


—Es que es muy cariñoso —sonreí, quitándole importancia.

Subimos al coche y fuimos hasta casa cantando de nuevo, esta


vez por suerte no mezclé estribillos. Cuando llegamos al parking
del edificio le pedí al chico de la caseta de vigilancia si podía
avisar a Gary, el portero, para que nos echara una mano, y este no
tardó en venir hasta nuestra plaza.

—Hola, Gary —le saludó Emma con su habitual sonrisa.

—Hola, preciosa —sonrió de vuelta.

Gary era un hombre de lo más amable y bonachón, tenía


cincuenta años, era alto, de piel bronceada, el cabello negro y los
ojos marrones, y estaba casado con Imelda, una bonita dominicana
de cuarenta años que se encargaba de la limpieza del edificio.

—Mira qué de plantas y flores hemos comprado para nuestra


terraza —dijo ella.

—Ya veo, ya —rio—. Va a quedar preciosa.

—Siento pedirte que nos ayudes, pero es una sorpresa para


Alan.

—Poco se va a sorprender, Alan regresó hace una hora.


—¿Papá está en casa? —preguntó con los ojos muy abiertos.

—Eso parece —me encogí de hombros.

—Pues no le vas a dar una sorpresa —suspiró.

—Sí que se la vamos a dar, cariño, porque vernos llegar con


todo esto, no se lo espera —reí.

—Es verdad —rio ella también.

Gary nos ayudó a llevar todo al ascensor y sacarlo de allí para


dejarlo en la puerta del ático, cuando se marchó llamamos al
timbre y esperamos a que nos abriera Alan, que se quedó con una
cara digna de inmortalizar.

—Pero, ¿qué es todo esto? —preguntó con los ojos abiertos.

—Plantas y flores para la terraza, papá —contestó ella, cogiendo


una de las macetas más pequeñas para entrar—. Venga, ayúdanos
a decorarla.

—Mejor no preguntes —le dije, sonriendo al entrar cuando me


miró con la ceja arqueada y me puse de puntillas para darle un
beso.

—¿Y eso?
—Un beso.

—Pero —miró hacia la niña, como diciendo que podía vernos,


que era lo que yo siempre le decía cuando me los daba.

—No nos ha visto.

—Entonces dame un beso en condiciones, no un simple pico —


me rodeó por la cintura con un brazo atrayéndome a él y me besó
de esa manera a la que debía confesar que me había hecho adicta
—. Esto es un beso, pequeña —susurró mientras yo le miraba con
ganas de más, y las piernas temblando.

—¿Qué hacéis ahí parados? —preguntó Emma volviendo a la


entrada.

—Tu tía, que se ha mareado un poco —mintió él.

—Eso es porque hemos andado mucho en el centro comercial,


tía. Bebe agua —soltó cogiendo otra de las macetas pequeñas—.
Venga, que las plantas no van a ir andando solas hasta la terraza.

—Lo que me faltaba por ver —rio Alan.

Llevamos todas y las fuimos colocando como Emma nos decía,


y la verdad que quedó un rincón de lo más bonito y acogedor.
Cuando regresamos a la cocina vimos que Alan estaba
preparando hamburguesas para la cena, así que nosotros fuimos a
darnos una ducha y ponernos el pijama para disfrutar de aquella
deliciosa cena con su padre.

Emma le dijo que al día siguiente comeríamos en casa de mi


madre y él estuvo de acuerdo.

Después de cenar nos quedamos en el sofá viendo un rato la


televisión y tanto ella, como yo, nos acabamos durmiendo la una
abrazada a la otra.

Noté que me cargaban en brazos y abrí los ojos.

—¿Qué haces? —pregunté al ver que Alan me llevaba.

—Nos vamos a la cama, pequeña.

—¿Y Emma? —Miré asustada hacia el salón.

—En la cama, se durmió igual que tú y acabo de acostarla.

—Vale —apoyé la cabeza en su hombro y cerré de nuevo los


ojos.

—¿Ha sido una semana dura? —preguntó dándome un beso en


la frente.
—Un poco. Y perdimos a un paciente en el box —suspiré.

—No fue culpa vuestra.

—No pudimos hacer más por salvarlo. Solo tenía dieciséis años,
lo arrollaron yendo en bicicleta —dije cuando me recostó en la
cama y se sentó a mi lado acariciándome la mejilla.

—No os culpéis por eso, ¿de acuerdo? Médicos y enfermeros de


todo el mundo hacéis lo que podéis por salvar vidas, y os
convertís en ángeles cuando ese milagro ocurre —se inclinó y me
besó en los labios—. Ahora duerme un poco.

—¿Dónde vas? —pregunté cuando se levantó y fue hacia la


puerta.

—Tengo un mensaje de Brian, quiere hablar conmigo de trabajo.


No tardo.

—Vale.

Me acurruqué en la cama y enseguida volví a quedarme


dormida, no siempre ocurría, pero cuando estaba muy agotada, era
más normal que me durmiera en el sofá y al meterme en la cama,
cayera de nuevo muy rápido.

No sabía cuánto tiempo pasó desde que Alan me dejó en la


cama hasta que noté que se metía conmigo, me rodeaba con el
brazo pegándose a mi espalda y besaba el hombro y en ese
instante me quedé mucho más tranquila que antes.
Capítulo 17

Noté un leve escalofrío recorriéndome la espalda y al ser


consciente de que poco a poco me iba despertando, sentí ese
cosquilleo en la entrepierna que me indicaba lo que estaba
pasando.

Moví las caderas despacio y noté los dedos de Alan


agarrándolas, me estaba desayunando a mí el muy pícaro.

Pasaba su lengua de manera casi superficial por mis labios


vaginales, tan despacio que me provocaba unas leves cosquillas.

No tardó en separarlos con dos dedos y comenzar a lamer el


clítoris y mordisquearlo, provocando que mis jadeos empezaran a
salir de mi garganta.

Lamía a conciencia el muy cabrito, de abajo arriba, abarcando


mi sexo por completo.

Y cuando comenzó a ir más y más rápido, me vi inmersa en el


punto más álgido mientras crecía mi orgasmo.
Acabé enredando mis dedos en su cabello mientras él seguía
lamiendo y penetrándome con la lengua hasta que me corrí, con
un grito ahogado al recordar que no estábamos solos en casa.

—Buenos días, pequeña —susurró ya sobre mí, me besó y


comenzó a penetrarme rápido y profundo.

Mis manos recorrían su espalda y le arañaba levemente con las


uñas, le agarraba con fuerza de las nalgas y obligaba a que
profundizara aún más, hasta que los dos alcanzamos el clímax al
unísono.

—Esto sí que es un despertar relajante —dije mientras Alan


seguía aún dentro de mí.

—Y ahora, una ducha y un buen desayuno.

Me cogió en brazos y me llevó al cuarto de baño de su


habitación donde me enjabonó y lavó el pelo con una ternura que
me desarmó por completo.

Fui a mi habitación a vestirme antes de que me pillara Emma


saliendo de la habitación de su padre, y por un momento pensé si
era así como se comportaba con mi hermana.

Miré la foto que tenía en mi habitación donde Blanca y yo


estábamos con una de nuestras muecas divertidas en un día
haciendo el payaso en casa de nuestros padres, y no pude evitar
pedirle perdón mentalmente por lo que estaba haciendo.

Me sentía mal por traicionar a mi hermana, pero al mismo


tiempo bien por lo que estaba viviendo con Alan. Tenía un cacao
bueno en la cabeza.

Cuando llegué a la cocina ya estaba Emma sentada tomando su


desayuno, y Alan me había servido el mío.

—Buenos días, cariño —le di un beso a mi sobrina.

—Buenos días, tía —sonrió—. Ahora voy a vestirme para ir a


casa de los abuelos, ¿vale?

—Todavía es pronto, qué prisa tienes tú por comer arroz y


natillas de chocolate, ¿eh? —dije, y le salió una risilla.

—Podemos ir a pasear antes de ir donde tus padres —propuso


Alan.

—Sí, vamos a Central Park —dijo ella.

—En ese caso, en cuanto te acabes el desayuno, vas a vestirte —


le hice un guiño.

Y como siempre que se ponía nerviosa y con ganas de ir a algún


sitio, desayunó en un tiempo récord antes de salir corriendo para
su habitación.

Alan y yo recogimos todo y él, como ya era habitual,


aprovechaba cada momento que estábamos solos para besarme y
abrazarme, y para qué iba a mentir, a mí me encantaba que lo
hiciera.

—Estás preciosa con ese vestido —dijo apoyando la barbilla en


mi hombro—. Y a mí me facilita un poco las cosas —susurró
mientras llevaba una mano por mi muslo hacia la entrepierna.

—Alan, por Dios, que si nos ve la niña le creamos un trauma.

—Va a tardar, tengo tiempo.

—¿Tiempo para qué? —fruncí el ceño.

—Para hacer que gimas mi nombre —susurró antes darme un


leve mordisquito en los labios.

—Papá, ya estoy lista —vino avisando desde la escalera, él


resopló y yo me reí.

—Se ve que tiene prisa por irse —murmuré.

—Esta noche —me besó de nuevo—, esta noche no te libras —


se apartó.
—Pero si me he despertado contigo entre las piernas.

—Porque anoche estabas agotada.

—Sí que me estás haciendo pagar tus años de celibato, sí —


volteé los ojos.

—¿Nos vamos? —preguntó Emma entrando en la cocina.

—En cuanto coja mi bolso, cariño —le dije con una sonrisa.

Cinco minutos después estábamos en el ascensor camino del


parking para coger el coche de Alan e ir a Central Park.

Cuando llegamos Emma quiso que alquiláramos unas bicicletas


para dar un paseo por el parque y llegar hasta su estatua favorita,
la de Alicia en el País de las Maravillas.

—Cariño, que llevo un vestido y las cuñas, no estoy yo para


montar en bici —dije mientras caminaba con ella de la mano.

—Iremos despacio, ¿vale? Tenemos tiempo hasta que vayamos a


comer a casa de los abuelos.

—En eso lleva razón —sonrió Alan.

—Verás como me caiga de la bici, las vistas que va tener todo el


mundo —resoplé, y ella me soltó de la mano para ir a la zona de
alquiler de bicicletas.

—Esas vistas son solo mías, yo soy quien las disfruta y las
disfrutará —susurró Alan en mi oído antes de ir con la niña.

La madre que lo parió, qué manera de provocarme tenía el muy


cabrito.

Estábamos alquilando las bicicletas cuando vi a Matt, estaba


corriendo por el parque y cuando me vio, sonrió acercándose.

—Alicia, esto tiene que ser una señal —dijo—. Al final va a


resultar que eres la mujer de mi vida.

—Claro, claro, igual que Marcia, Elisa, Cloe, Agnes… y así


podría estar toda la mañana —reí.

—¿Un día de parque?

—La mañana solo, antes de ir a comer con mis padres.

—Ese vestido te sienta genial —se acercó aún más—. ¿De


verdad no podemos vernos esta noche? —dijo en tono meloso
mientras me acariciaba la mejilla, y me aparté al ver por el rabillo
del ojo a Emma y Alan observándonos.

—No, y no nos veremos más. Ahora hay alguien —contesté sin


mirar hacia Alan porque no quería darle pistas de ningún tipo.
—¿Cuándo ha sido un impedimento para mí que hubiera alguien
en nuestras vidas?

—Matt, en serio, estoy muy bien con él y no voy a poner en


riesgo lo que tengo.

—Vale, pero si te hace daño, me lo dices, que sé cómo romper


una pierna para que esté un par de meses sin poder caminar.

—No será necesario —sonreí—. Tengo que ir por mi bicicleta,


cosas de mi sobrina.

—¿Y qué no harías tú por ella? —sonrió— Disfruta del fin de


semana, nos vemos.

Se alejó corriendo y cuando fui hacia donde estaban ellos


esperándome, Emma se subió a la bicicleta.

—¿Es el compañero con el que…?

—Sí —le corté antes de que acabara esa pregunta—. Pero se


acabó, ahora solo estás tú —sonreí entrelazando nuestras manos.

—Emma me ha dicho que os lo encontrasteis ayer en el centro


comercial. Y que te acarició la mejilla como ahora.
—No te pongas celoso, que él se lo hace a todas las enfermeras
con las que se acuesta. Y le acabo de decir que no voy a verlo más
porque estoy con alguien.

—¿Entonces podría decirse que lo nuestro va en serio? —


curioseó con la ceja arqueada.

—De momento nos estamos conociendo —contesté, y Alan


soltó una carcajada.

—Nos conocemos desde hace diez años, pequeña.

—Pero ahora más íntimamente.

—Eso es verdad —miró hacia donde estaba la niña y como


debía estar distraída, me dio un beso rápido en los labios—. Ojalá
me hubiera atrevido a hablar contigo antes.

—Ya sabes lo que dicen, nunca es demasiado tarde para que


llegue lo bueno.

Me ayudó a subir a mi bicicleta y sí, tuve que hacer de todo para


colocarme la falda del vestido como si fueran unos pantalones
para no enseñar todas mis vergüenzas, pero como había dicho
Matt, qué no haría yo por mi pequeña Emma.

Pedaleamos despacio por el parque disfrutando de la leve brisa


del viento, nos hicimos algunas fotos, Alan incluso grabó un vídeo
con el móvil, y llegamos hasta la estatua de Alicia en el País de
las Maravillas, ese rincón creado en honor a los personajes de
Lewis Carroll, donde los más pequeños disfrutaban trepando sobre
ella y haciéndose un sinfín de fotos de lo más divertidas con
Alicia, el Conejo Blanco y el Sombrerero Loco.

Y tras las fotos en la estatua, paseamos hasta el mítico Carrusel


del parque, donde no solo los niños, sino también los mayores,
disfrutaban de un paseo subidos en un caballo o sentados en una
de las carretas que había.

Primero se subió Emma sola y Alan le hizo todo un reportaje de


fotos, y después nos subimos los tres, haciéndonos selfis de lo más
sonrientes.

Tras el viaje en el carrusel fuimos a tomar un tentempié antes de


regresar con las bicicletas para dejarlas e ir a casa de mis padres.

Y si pensabais que iba a librarme de enseñar algo ese día, al


igual que yo, estabais un poquito equivocados.

¿Cuál era la probabilidad de que una piedra, ni muy grande ni


muy pequeña, estuviera en mitad de mi camino en ese preciso
momento? Puede que muchas, o tal vez pocas, el caso es que pisé
la piedra con la rueda delantera, perdí un poquito el control de la
bicicleta y como resultado, acabé llegando a un banco donde
choqué con la rueda, puse el pie en el asiento y dejar la caer la
bicicleta con la otra pierna levantada, se me vieron un poquito las
bragas.
—¿Está bien, señora? —me preguntó un chico que no debía
tener más de veinte años, y lo miré con los ojos abiertos.

—Estoy bien, gracias —respondí un poquito molesta por


haberme llamado señora, que a su lado me veía casi igual de
joven.

Me dio la bicicleta con amabilidad y decidí llevarla caminando


esos últimos metros.

—¿Tía, te has hecho daño?

—No cariño, pero hoy nos llevamos los tres la lección muy bien
aprendida.

—¿Qué lección? —curioseó.

—Que antes de salir de casa para venir aquí, me tengo que


asegurar de qué quieres hacer, porque yo no me subo a una de
estas con vestido, nunca más.

Alan se echó a reír con una carcajada y ella hizo lo mismo. Miré
a ambos con los ojos entrecerrados y ella se quedó callada de
inmediato.

—Uy, papá, no te rías, que esa es la mirada —le dijo bajando de


la bicicleta.
—¿Qué mirada, hija?

—La mirada de: “te has quedado sin postre una semana” —
contestó—. Me la ha puesto muchas veces, y sí, me ha dejado sin
postre —se encogió de hombros.

—¿A mí también me vas a dejar sin postre? —me preguntó,


rodeándome por la cintura.

—Y sin desayuno, y también sin cena. Tú, ya me entiendes… —


porque no estaba hablando precisamente de comida.

—Papá, te vas a quedar en los huesos si no comes —dijo ella,


toda preocupada.

—Tranquila cariño, que tiene reservas de sobra.

Alan volvió a reírse a carcajadas y yo me contuve de reír, pero


es que ese hombre me contagiaba. Regresamos al coche y pusimos
rumbo a casa de mis padres, donde, como siempre, nos recibieron
a los tres con besos y abrazos llenos de ese amor y cariño que les
caracterizaba.
Capítulo 18

Durante la comida Alan estuvo casi tan pendiente de mí como


de la niña, y mi madre nos había estado mirando mucho.

Cuando acabamos de comer, Emma y mi padre le pidieron a


Alan que fuera con ellos a ver las flores que habían estado
plantando el día anterior, a lo que él se rio porque descubrió el
motivo de que la terraza del ático ahora fuera un rincón de lo más
encantador y bonito lleno de plantas y flores.

Mientras mi madre preparaba el café yo recogía la cocina y


cuando llevé los últimos platos, se me quedó mirando apoyada en
la encimera.

—¿Por qué me miras así? —pregunté con el ceño fruncido.

—Es que tengo una curiosidad.

—¿Cuál?
—¿Hay alguien en tu vida y en la de Alan? Es que os veo
diferentes.

—¿Diferentes? Yo no he notado nada —evité mirarla,


girándome para dejar los platos en el lavavajillas.

—Alicia, que soy tu madre y te conozco desde hace veintiocho


años. Tus disimulos, no lo son tanto —dijo, porque el haberme
girado apartando la mirada de ella, era algo muy normal en mí
cuando no quería hablar de algo—. ¿Qué pasa, cariño? —Me frotó
la espalda.

—Me vas a odiar, y sería lo más normal.

—¿Has cometido un delito?

—Podría considerarse así, sí.

—Hija, me estás empezando a preocupar, y te lo digo de verdad


—la miré y sí, tenía esos ojos cargados de miedo que había visto
otras veces—. Dime qué pasa, mi niña, que todo en esta vida tiene
solución. Bueno, todo menos la muerte, que de eso tú y yo
sabemos bastante.

Suspiré apoyando ambas manos en la encimera con los ojos


cerrados, armándome del valor necesario en ese momento para
contarle a mi madre que me estaba acostando con mi cuñado, y no
solo eso, sino que me había enamorado de él sin saber cómo ni
cuándo había pasado.
La miré con una sonrisa, le acaricié la mejilla y ella me devolvió
el gesto.

—Sé que te voy a defraudar, mamá —comencé a decir—, y ni


yo misma me podía creer lo que pasaba. Y aunque me siento bien
con él, me culpo por lo que estoy haciendo, por lo que le estoy
haciendo a alguien que me importa mucho, aunque ya no esté.

—Alicia, hija, ¿qué es eso tan grave que has hecho? —Me
abrazó al ver que empezaban a caerme algunas lágrimas por las
mejillas.

Y se lo conté, le confesé a mi madre que mi cuñado y yo nos


besamos una noche en la que acabamos dejando que el deseo que
ambos parecíamos estar reprimiendo, en mi caso sin saberlo,
tomara el control.

Le dije que me había enamorado de Alan sin querer y mucho


menos pretenderlo, sin buscar que pasara, que con él sentía todo
eso que jamás había sentido antes y que no sabía si sentiría con
otra persona, que nos estábamos conociendo de un modo diferente
al que ya nos conocíamos y que tenía la sensación de que los dos
nos queríamos no solo como familia.

Lloré en brazos de mi madre, que no habló ni una sola vez


mientras yo se lo contaba todo, simplemente estaba ahí para mí,
escuchándome, acariciándome la espalda y el pelo como cuando
era una niña y me caía haciéndome una herida, o esa adolescente a
la que su primer novio le rompió el corazón al dejarla por no estar
lista para tener una relación sexual, o la joven que perdió a su
hermana después de que la vida le diera el regalo de ser tía.

—No debería haber pasado, mamá, sé que está mal, es mi


cuñado —seguía llorando—, es el marido de mi hermana, me
estoy acostando con él y me he enamorado. No tenía que haber
permitido que pasara mamá, pero ahora no quiero perderlo y me
aterra la posibilidad de hacerlo.

—Cariño, ni tú ni Alan habéis hecho nada malo. Y si te soy


sincera, mucho habéis tardado en dejaros llevar —dijo acariciando
mi espalda antes de apartarme y sostener mis mejillas entre sus
manos para secarme las lágrimas—. En estos casos es algo de lo
más normal, mi niña, porque, como bien dice el refrán: “el roce
hace al cariño” —sonrió levemente—. Lleváis siete años
conviviendo juntos, no de manera habitual por su trabajo, pero sí
que pasáis muchas horas bajo el mismo techo. Y los dos os
desvivís por Emma, os preocupáis por darle lo mejor y que no le
falte el amor de ninguno de vosotros. Eres más que una tía para
ella, cariño.

—Me dijo que ha pasado cinco años controlándose para no


decirme nada.

—Menudo aguante entonces, así estaréis ahora —carraspeó—,


como dos chiquillos en sus primeros meses de relación —sonrió.

—Mamá, por Dios, que me muero de vergüenza.


—No la tengas hija, porque lo que os ha pasado no se podía
haber evitado mucho más tiempo.

—Pero he fallado a Blanca, tiene que odiarme desde donde esté.

—Y yo te digo que no lo hace —me riño con el ceño fruncido


—. Estoy segura de que tu hermana pensará lo mismo que yo, y lo
mismo que tu padre cuando se lo cuente.

—¿El qué?

—Que no habría mujer en el mundo mejor que tú, para amar con
todo tu corazón a su hija y a su marido.

—Mamá —volví a llorar cerrando los ojos y ella apoyó su frente


en la mía.

—No me has defraudado a mí tampoco cariño, y no te odio ni te


odiaré nunca por esto, ni por nada. Alicia, que Alan y tú estéis
juntos me da paz, porque sé que él te va a amar como mereces, te
va a tratar con el cariño y el amor que tiene para dar, y mi nieta no
tendrá una madre cualquiera que no la ame ni la cuide. Hija, el
amor a veces es así, nos hace tener sentimientos por la persona
que menos esperábamos en la vida, pero ya sabes que solo nos
pone a la indicada en el momento en el que debe ponerla.

—¿De verdad que no me odias? —pregunté aún con lágrimas en


los ojos.
—Ni en mil vidas podría odiar a ninguna de mis hijas, y a ti,
mucho menos, Alicia, porque con tu juventud sacrificaste muchas
cosas para cuidar de tu sobrina recién nacida. Te debemos todos
que nuestra pequeña Emma sea la niña que es hoy, y que se
convierta en la mujer que deseé ser.

Volvió a abrazarme y seguí llorando en sus brazos hasta que me


pidió que parara para que no me viera la niña así y se preocupara.
Me limpié la cara con un pañuelo y escuché pasos acercándose,
hasta que vimos entrar a Alan y mi madre sonrió de un modo
diferente al habitual.

—Ella estaría feliz de veros juntos —le dijo a Alan


acariciándole la mejilla, y salió de la cocina mientras los dos la
mirábamos.

Alan se giró para mirarme con la ceja arqueada en señal de


pregunta silenciosa, sonreí y noté que me sonrojaba mientras se
iba acercando a mí.

—¿Se lo has dicho a tu madre? —preguntó, rodeándome por la


cintura con ambos brazos.

—Sí, y creo que prácticamente nos ha dado su bendición —me


encogí de hombros.

La reacción de Alan fue soltar una sonora carcajada con la


cabeza dejada caer hacia atrás, cuando volvió a mirarme, se
inclinó y sentí sus cálidos labios sobre los míos. Nos fundimos en
uno de nuestros apasionados besos y respiré aliviada después de
haber hablado con mi madre.

—Has estado llorando —dijo con la frente apoyada en la mía,


mirándome a los ojos.

—No era fácil para mí decirle a mi madre que me estoy


acostando con el marido de su otra hija, y confesarle que… —
suspiré quedándome callada.

—Confesarle, ¿qué? —preguntó acariciándome ambas mejillas


con sus pulgares.

—Pues eso, que tengo sexo con su yerno.

—Alicia, creo que a estas alturas los dos sabemos que lo nuestro
no es solo sexo —seguía mirándome y en sus ojos vi ese brillo
que había captado otras veces, ese que ahora me decía que no era
solo por deseo o lujuria cuando me miraba, sino que lo hacía con
amor, uno distinto al que pudiera tenerme por ser su cuñada.

No dije nada, solo me abracé a él y dejé que sus brazos me


envolvieran con ese calor que emanaba de su cuerpo.

Cuando nos separamos volvió a besarme antes de regresar al


salón llevando el café y unos pasteles que mi padre había
comprado por la mañana.
Acabamos quedándonos allí hasta poco antes de la hora de
cenar, momento en el que nos despedimos de mis padres,
quedando en ir otro día a comer con ellos, pasamos por la pizzería
que había en la calle en la que vivíamos y cuando llegamos a casa
nos duchamos por turnos para cenar en el sofá como ya era
habitual.

Emma se quedó dormida y mientras yo la llevaba a la cama


Alan me esperaba en la habitación.

Cuando entré lo vi sentado en la cama, me tendió la mano y la


cogí sin dudarlo, me senté a horcajadas sobre él y volvimos a
entregarnos a lo que los dos sentíamos, a ese deseo y pasión que
nos envolvía, y al amor, porque sí, lo nuestro era amor.
Capítulo 19

Ese domingo despertamos con una Emma más eufórica que de


costumbre, y es que le encantaba recibir a sus tíos Brian y Sam en
casa.

Preparamos crepes para el desayuno con mucha Nutella, como a


ella le gustaban, y después nos pusimos los tres manos a la obra
para preparar la comida.

Habíamos decidido hacer lasaña, así que mientras Emma y yo


nos encargábamos de la bechamel y de dejar a punto las láminas,
Alan troceó las verduras y doró la carne con que la rellenaríamos.

Estar en la cocina era acabar cubiertos de harina hasta el pelo,


así que mientras se horneaba la lasaña nos dimos todos una ducha
rápida y nos vestimos para recibir a nuestros amigos.

—Yo ya estoy lista —dijo Emma, tras bajar las escaleras.

—Pero qué guapa te has puesto —sonreí al verla con unos


vaqueros cortos, una camiseta en azul pastel y las deportivas
blancas.
—Y cómoda —sonrió ella.

—Claro que sí, cariño. ¿Me ayudas a poner la mesa?

—Sí.

Yo también me había puesto unos shorts vaqueros, una camiseta


rosa con uno de los hombros caído, y las deportivas.

Alan apareció poco después tan guapo como siempre, y noté que
me sonrojaba cuando me dedicó esa sonrisa acompañada de un
guiño de lo más sexi. No iba a seguir mintiéndome a mí misma,
ese hombre me encantaba y cada día que pasaba me sentía más
enamorada de él.

Terminamos de poner la mesa y poco después llegó Brian, y no


lo hizo solo, sino que venía con un pequeño amiguito que a Emma
le volvió loca.

—Lo he encontrado en mi calle, entre los cubos de basura —


dijo sentándose en el suelo con la niña y ese gatito blanco con las
orejas grises y unos preciosos ojos verdes que miraba a la niña con
curiosidad.

—Qué pequeñito es. ¿Te lo vas a quedar, tío Brian? —le


preguntó.
—No puedo, preciosa, sabes que pasaría mucho tiempo solo en
casa.

Y ahí fue cuando ella miró a Alan, que se temió lo siguiente que
iba a ocurrir.

—Papá… —Emma puso su mejor mirada de cachorro con leve


puchero incluido— ¿Nos lo podemos quedar? Por favor. Está
solito, no tiene mamá.

—Lo que diga tu tía —contestó.

—Eso, encima ponme a mí la presión —resoplé, pero la verdad


es que me había pasado lo mismo que a ella, que me había
enamorado de ese pequeñín.

Brian lo había limpiado con unas toallitas especiales para


mascotas que compró en una tienda de camino a nuestra casa, y
también dijo que en el coche tenía todo lo necesario para el bebé
peludo. Una cama, comida, algunas mantas, juguetes y hasta su
arenero.

—Tía, ¿podemos? Voy a cuidarle muy bien, de verdad te lo digo


—ya le tenía en brazos, y es que el pequeñín fue caminando
despacio hacia ella, hasta que debió ver que no iba a hacerle daño
y se dejó coger.

—¿Y cómo vas a llamarle? —curioseé.


—¿Eso es que podemos? —preguntó con los ojos muy abiertos.

—Sí, eso es que podemos quedárnoslo.

—¡Bien! —dijeron ella y Brian al unísono, levantando los


brazos.

—No sé quién es más niño, si ella, o tú —le dijo Alan volteando


los ojos.

—Oye, soy un alma caritativa que ha rescatado a este cachorrito


indefenso de los peligros de la calle —contestó Brian.

—Qué gracioso es —rio Emma mientras el gatito jugueteaba


con su pelo—. Y qué suave, es como el algodón de azúcar.
Algodón —dijo emocionada mirándome— Le voy a llamar
Algodón.

—Sí que le pega, sí —sonreí—. Vamos a darle un pequeño baño


para quitarle esa suciedad que le queda.

—Sí, vamos. Papá, ¿le puedes preparar un tazón de comida?

—Te ha tocado, abuelo —rio Brian, dándole un leve golpe en la


espalda—. Voy al coche por sus cosas.

Mientras Brian bajaba a la calle, Emma y yo nos encargamos de


darle un baño en el lavabo a ese pequeñajo que se portó la mar de
bien. Le secamos y cuando volvimos al salón ya estaba Sam allí
también.

—Mira tío Sam, tengo un gatito —sonrió mostrándoselo—. Se


llama Algodón.

—Qué bonito es, y qué suave.

—¿A qué sí? Vamos, Algodón, que papá te ha preparado la


comida.

—Así que ahora eres tía abuela —rio Sam dándome dos besos.

—No está mal que tenga una responsabilidad, y el gatito es un


amor.

—Vamos, que os habéis enamorado las dos nada más verlo —


rio.

—Pues sí.

Después de que Algodón comiera, le preparamos su camita al


lado del sofá de modo que pudiéramos verle y nos sentamos a la
mesa a comer esa lasaña que nos había quedado deliciosa.

Emma no dejaba de mirar todo el tiempo hacia el gatito, y este


dormía plácidamente en su cama sabiendo que por fin tenía un
hogar donde iba a ser tratado con cariño y mucho amor.
Cuando terminamos de tomar el postre, Emma fue al sofá y el
gatito, que pareció reconocerla al pasar por su lado, se despertó y
la siguió.

—¡Me sigue! —dijo con una risita.

—Claro, hija, es que eres su mamá humana.

—¿Puedo tenerle conmigo en el sofá? —preguntó mirándome.

—Sí, pero ten cuidado si te quedas dormida no vayas a


aplastarle.

—No, no, que le voy a cuidar mucho.

Nos quedamos viendo cómo cogía a la pequeña bolita de pelo


blanco y orejas negras en brazos, le daba un besito en la cabeza y
se sentaba en el sofá con él en su regazo.

—Le va a venir bien —dio Brian, y Sam asintió.

Recogimos entre los cuatro y preparamos el café para tomarlo


en la mesa, momento que, dado que la niña no le veía, Alan
aprovechó para cogerme la mano y darme un beso.

—Así que, es oficial —comentó Brian en un susurro con una


sonrisita en la cara.
—Lo es —respondió Alan mirándome, y sonreí mientras notaba
cómo me sonrojaba.

—Me alegro por ti, hermano, aunque me hayas quitado a la


mujer de mis sueños.

—Dios, ocho años así —protesté.

—Te habría hecho feliz, que lo sepas. Y en cuestiones de cama,


habrías visto las estrellas.

—Conmigo ve el Firmamento, y fuegos artificiales —soltó


Alan.

—Oye, no cuentes intimidades —le di un codazo en el costado.

—Preciosa, creo que tenemos una pequeña lucha de machos alfa


aquí delante —rio Sam.

—Nada de luchas, que nunca le querría quitar la mujer a mi


hermano.

—Vaya salto he dado, de amante, a mujer —dije con un leve


silbido.

—Nunca has sido mi amante, Alicia —me dijo Alan, haciendo


que le mirara y por Dios que me derretí con esas palabras, y más
aún con las siguientes—. Desde el primer beso has sido mi mujer
—me acarició la mejilla.

—Qué bonito, por favor —comentó Sam, pasándose los dedos


por los ojos y sorbiendo por la nariz como si estuviera llorando.

—Colega, creo que tú y yo vamos a tener que empezar a buscar


a la mujer de nuestra vida, porque estos dos… —Brian ladeó la
cabeza al tiempo que elevaba las cejas.

—Estos dos, ¿qué, hermano? —curioseó Alan.

—Pues lo que yo le dije a Alicia, que a mí esto me suena a


campanas de bodas —respondió Sam.

—No le hagas caso que está loco, no sabe lo que dice —dije.

—No me parece una locura, la verdad.

Miré a Alan con los ojos más abiertos que nunca y él seguía
bebiendo de su café como si nada, me miró de reojo y mientras
dejaba la taza en la mesa, simplemente sonrió.

—Avísame con tiempo, hermano, que me tengo que comprar un


smoking —le dijo Brian.

—Y yo organizarle la despedida de soltera a ella.


—¿Tú organizar su despedida de soltera? —Brian arqueó la ceja
— Eso no me lo pierdo, cuenta conmigo.

—Estoy aquí, por si os habéis olvidado —dije.

—Sí, sí, coge el móvil y ve buscando vestido de novia, que yo


creo que acabas el año, vestida de blanco —me dijo Sam.

—Dios, estáis los tres fatal —resoplé—. Me voy con los peques
al sofá —me levanté de mi silla y al pasar por el lado de Alan, me
cogió de la mano haciendo que acabara sentada en su regazo.

—Antes dame un beso, pequeña —me pidió, mirándome con


esos ojos que desprendían amor, ahora estaba segura.

—Na na na ná. Na na na ná…

—¿Queréis dejar de cantar eso? —protesté con una leve risita


mirando a Brian y Sam.

—¿Quién ha cantado? ¿Tú has cantado? —Brian señaló a Sam.

—No, yo no. Me da que Alicia oyes voces.

—Te voy a dar yo a ti voces, cabrito —le tiré una servilleta a la


cabeza, pero el muy hábil la cogió al vuelo—. Me voy al sofá.

—Mi beso —insistió Alan, volteé los ojos y se lo di.


—Qué bonita pareja hacéis, en serio —dijo Sam con una
sonrisa.

Me levanté y fui hacia el sofá con Emma, y escuché a Brian


hablar con Alan.

—Deberíais decírselo a la niña cuanto antes, estará encantada de


saber que su tía será su mami.

Me estremecí por el miedo que me dio esa situación, por si mi


pequeña Emma prefería seguir teniéndome como su tía y no como
su madre.

Sonrió al verme, y cuando me senté a su lado se acurrucó en mis


brazos.
Capítulo 20

Era martes y estaba de camino a la sala de descanso para


tomarme un café con Sam, quien suponía que estaría allí
esperándome porque no lo había visto desde hacía una hora,
cuando terminamos de atender a una mujer con un ataque de
ansiedad tras haber sufrido un atraco al salir del banco.

Entré en la sala y no lo vi, así que le puse un mensaje para ver


dónde estaba. No tardó en contestar que venía para la sala.

Preparé los dos cafés y saqué un par de bollos de la máquina y


cuando me senté en la mesa, me llegó un mensaje de Alan. Era un
vídeo que había grabado de Emma con el pequeño Algodón, ese
gatito mimoso y juguetón que la seguía por toda la casa con sus
pequeñas patitas dando saltitos.

Emma estaba jugando con una de las baritas que tenía un par de
plumas en la punta y el gatito se ponía a dos patas para cogerlas
con las delanteras, dando saltitos una y otra vez mientras ella la
alejaba.
Veía tan feliz a mi pequeña que me llenaba el corazón, desde
luego que ese gatito le iba a venir bien.

Ya pusimos al día a mis padres con una foto de ellos dos


diciéndoles que la familia había crecido y que ahora tendrían que
cuidar de uno más cuando yo me fuera al trabajo y Alan no
estuviera en casa.

Sobra decir que mi madre respondió que, por su nieta, cuidaría a


toda una camada de gatitos si hiciera falta. Tuvimos que decirle a
Emma que no iba a tener más de un gatito por el momento, no
fuera a pensar que íbamos a llenar el ático de michis como los
había llamado mi padre.

Alicia: Ya veo que os divertís. Recordad que tenéis que darle su


pastillita. Os veo esta tarde.

El día anterior Alan había llevado al gatito al veterinario para un


chequeo, le dijeron que tenía apenas tres semanas de vida, pero
que era todo un luchador y estaba sano, salvo por unos bichillos
que tenía que ir expulsando en los próximos días con ayuda de las
pastillas.

Daba el primer sorbo al café cuando entró Sam y se sentó a mi


lado.

—Café, qué maravilla —dijo cogiendo su taza y dando un buen


trago.

—¿Dónde estabas? No te he visto desde hace una hora.


—Visitando a Mia y al pequeño Samuel —respondió con una
sonrisa.

—¿Por qué tengo la sensación de que no es la primera vez que


los visitas?

—Porque no lo es. Ella está bien y mañana le darán el alta, pero


el pequeño, ya sabes, hasta que tenga un par de meses no saldrá de
aquí.

—Es que es muy pequeñito aún.

—Sí, pero es todo un luchador. Y tendrías que ver la fuerza que


tiene cuando te coge del dedo.

—Sam, ¿tienes algo que contarme? —pregunté unos segundos


después, aunque yo intuía algo.

—Me he enamorado, Alicia. Esa mujer me ha robado el


corazón, y su hijo, no digamos.

—Lo veo en tus ojos, sí —sonreí.

—No lo ha tenido fácil desde que se quedó embarazada, ¿sabes?


Su novio era un abogado joven recién contratado en uno de los
mejores bufetes de la ciudad, ella no tiene familia, vino desde
Texas hace un par de años cuando murió su abuelo, que fue quien
la crio, para trabajar y empezó como camarera en una cafetería. El
novio rompió con ella un par de semanas antes de enterarse que
estaba embarazada, le dijo que él ahora tenía una imagen que
mantener y su familia no quería que estuviera con una simple
camarera.

—Qué asco de prejuicios, en serio —suspiré.

—Se puso en contacto con él para decirle lo del bebé y


simplemente le dijo que se buscara la vida, que él tenía otra pareja
y que no podía arruinar su carrera de abogado por un bebé que él
no buscaba. Incluso le dijo que le pagaría la clínica para
deshacerse del problema.

—Uf, si me lo cruzo por la calle…

—Ha seguido trabajando en la cafetería, pero la despidieron


unos días antes del accidente porque traspasaban el negocio a una
empresa que iba a renovar toda la plantilla. Vive en un motel y
paga poco por una sencilla y pequeña habitación con cuarto de
baño. Ese lugar no es para un bebé, Alicia.

—Pues no. Y ahora con el pequeño ingresado estos dos meses,


aunque trabaje, querrá venir a verlo.

—Quiero ayudarla, no sé cómo, pero quiero hacerlo.

—Siempre dices que necesitas a alguien que te organice la casa


—sonreí.
—Lo he pensado, pero no sé cómo decirle que trabaje para mí,
de interna, obviamente, porque tengo una habitación libre.

—Sam, a veces eres tonto —reí.

—¿Por qué lo dices?

—¿Acabas de decirme que estás pensando en contratarla? Y


después qué, ¿te la insinúas? No seas como Alan, por favor.
Simplemente dile, Mia, me gustas, quiero conocerte y te ofrezco
la posibilidad de vivir en mi casa mientras lo hacemos.
Obviamente déjale claro que no quieres sexo con ella hasta que
esté lista.

—Joder, eso es ir muy directo —rio.

—¿Desde cuándo el Sam que yo conozco, que es capaz de


llevarse a la cama a una mujer tras solo una noche de copas y
bailes, ahora me dice que eso es ir muy directo?

—Pues desde que siento que con Mia he conectado como para
una relación.

—Razón de más para que no seas tonto y pierdas el tiempo.


Mira Alan.

—Sí, el otro día dijo que se arrepentía de haber tardado tanto en


confesarte lo que le pasaba.
—A eso me refiero. Llevas varios días hablando con ella y
pasando tiempo en la guardería de incubadoras, no seas tonto ni
tímido y dile lo que sientes. Y si no es recíproco, entonces le dices
que quieres que trabaje en tu casa y viva allí, que prometes no
intentar nada con ella y que te matarás a duchas frías todas las
noches.

—Si me manda a la mierda, le diré que hable contigo.

—¿Conmigo, por qué?

—Porque eres mi representante en cuestiones amorosas en este


momento.

—Madre mía, estás fatal —reí.

—Y tú con un pie en el altar.

—Y dale con la boda —volteé los ojos—. Que no me voy a


casar con Alan.

—De momento. Aunque ya te digo que ese hombre acaba


poniéndote un anillo en ese dedo antes de que acabe el año.
Acuérdate de lo que te digo —me señaló.

—Antes de que acabe el año, posiblemente él haya conocido a


otra y lo nuestro quede en el pasado.
—Qué poco conoces a tu hombre, Alicia.

—Mejor que tú, te recuerdo que lleva siendo mi cuñado diez


años, y hemos vivido bajo el mismo techo, los últimos siete.

—Y se enamoró de ti hasta las trancas hace cinco. No tiene ojos


para otra, te lo digo yo que el domingo en tu casa cuando ibas al
sofá, se quedó mirándote con esa sonrisilla de idiota enamorado
que lucen muchos.

—Es que no puedo evitar tener un poquito de miedo a que de


verdad encuentre a otra y me tenga que alejar de Emma, eso me
mataría y lo sabes, Sam.

—Lo sé, pero, aunque tuvieras que dejar el ático y que otra
ejerza el papel de madre, sabes que siempre serás su tía favorita.

—Chicos, os necesitamos en boxes —dijo Nina, asomándose


por la puerta.

Sam y yo nos acabamos el café de un sorbo y la seguimos por el


pasillo para ir cada uno a un box donde algunos compañeros y
varios médicos atendían a pacientes con quemaduras.

Había habido un incendio en uno de los edificios cerca de


Central Park por una tubería de gas que había explotado, y todos
venían de allí.
Pasamos la siguiente hora y media atendiendo a todos y cuando
acabamos, fuimos a lavarnos y prepararnos para seguir con
nuestro turno hasta la hora de comer.

Durante el resto de la mañana no dejé de pensar en lo que me


había dicho Sam de que siempre sería la tía favorita de Emma, y
claro que lo sería, pero quería a esa niña como si fuera mi hija y
separarme de ella sería doloroso.
Capítulo 21

Otro jueves con una jornada que se nos prolongó a todos los del
turno más de lo habitual porque hubo varios accidentes y todos
nos quedamos para ayudar al turno siguiente con los pacientes.

Cuando acabé a las seis de la tarde, sin haber comido, agotada y


con algunas manchas de sangre en mi uniforme, fui a la sala de
vestuarios para darme una ducha y cambiarme de ropa.

Sam se iba a quedar con Mia que estaba visitando al bebé y le


dije que se atreviera por fin a hablar con ella, y me dijo que lo
haría.

Pasé por el supermercado a comprar unas cosas que necesitaba y


de paso cogí un bote de helado de fresa con trocitos de los
grandes, me lo pedía el cuerpo y sabía que a mi pequeña Emma
eso le iba a encantar.

Cuando entré en el ático vi aparecer por allí a esa bolita de pelo


blanco con las orejas negras que corrió hacia mí para frotarse con
mis piernas.
—Hola, pequeñín, yo también me alegro de verte —le dije,
agachándome para acariciarle la cabecita, y acabé cogiéndole en
brazos para ir hacia el salón.

—¿Cómo puede correr tanto una cosa tan pequeña? —escuché


que peguntaba Alan.

—En una carrera, nos gana, papá —contestó Emma, y me eché a


reír.

—¿Se os ha escapado? —pregunté al verlos.

—Y tanto, como que ya se sabe mi técnica para darle la pastillita


de la cena —dijo Alan volteando los ojos.

—No sabes dársela, entonces —sonreí—. Toma —le di las


bolsas del supermercado.

Fui hacia el salón donde tenían la pastilla preparada para aquella


bolita de pelo y la cogí para llevármelo a la cocina. Una vez allí, y
con el gatito en mis brazos, saqué una de sus chuches favoritas y
lo mezclé con la pastilla.

Se lo acerqué a la boca y el pequeñín la abrió para que se la


diera. Masticó mirándome como diciendo que la había engañado e
hizo hasta el amago de escupirlo.

—No me vas a entender, pero te advierto que, como escupas esa


pastillita, te pongo a dormir el rellano de fuera —le señalé y
volvió a masticar.

—Papá, aprende, hay que mezclarlas con sus chuches y poner la


mirada.

—¿Otra vez con la mirada famosa? —Arqueé la ceja.

—Pequeña, si es que le has dado miedo hasta a él —rio Alan.

—Listo, ahora, a dejarle en su cama —se lo di a Emma, que lo


cogió en brazos y se fue con él al salón murmurando algo.

Me lavé las manos y Alan se acercó para darme un beso rápido


en los labios.

—¿Qué tal el día? —preguntó.

—Agotador.

—Ve a darte una ducha y ponerte el pijama, yo me encargo de la


cena.

—Me duché en el hospital. Guarda el helado, es para después —


le pedí y él asintió.

Fui a mi habitación a ponerme el pijama y cuando regresé Alan


ya estaba preparando perritos calientes con patatas fritas. Me senté
en el sofá con Emma y vi que el pequeño Algodón ya estaba
dormido en su cama. Mi preciosa niña se acomodó a mi lado bajo
mis brazos y vimos la televisión hasta que su padre nos llamó para
cenar.

La verdad que Alan era de mucha ayuda en la casa, no me


dejaba sola con las tareas y cuando había llegado algún día tarde
por un doble turno de urgencias como hoy, la niña ya estaba
duchada y con el pijama puesto lista para cenar.

Después de disfrutar de aquellos perritos que le habían quedado


buenísimos, nos acomodamos los tres en el sofá con el bote de
helado y tres cucharas, eso era lo mejor de los botes grandes, que
todos podíamos comer de él al mismo tiempo.

Emma se fue quedando dormida poco después y mientras Alan


la llevaba a la cama, yo recogí todo para sentarme en el sofá y
descansar un poco antes de irme a dormir.

Cuando regresó, se sentó a mi lado y me dio un masaje en los


pies que me supo a gloria.

—¿Mejor? —preguntó.

—Uf, muchísimo, desde luego —sonreí.

—Pues tengo otro método aún mejor para relajarte —dijo


mientras me cogía por la cintura.
Levantó mi cuerpo para ponerlo sobre sus piernas y quedamos
muy cerca el uno del otro, como tantas otras veces que habíamos
empezado a dejarnos llevar allí. Llevé mis manos a su cabello
mientras movía levemente mis caderas y sus manos bajaban desde
mi cintura hacia estas, acariciando la piel desnuda bajo la tela de
mi camiseta del pijama.

Me mordí el labio inferior en un gesto que a él le sacaba una


sonrisa porque era mi manera de provocarlo, me acerqué
tímidamente y agarré sus mejillas con mis manos para besarlo,
para compartir uno de esos besos apasionados a los que mi
hombre me tenía acostumbrada, acercándolo más a mí de modo
que ese beso se volvía tan profundo que me enloquecía y movía
un poco más las caderas rozándome con él.

Alan me quitó la camiseta dejando mis pechos libres ante él.


Con sus dedos comenzó a recorrer suavemente la punta de mis
pezones haciendo que se pusieran completamente erectos y que yo
gimiera en señal de que me gustaba lo que sentía.

Rompió el beso y vi que hundía su rostro entre mis pechos,


aspirando el aroma que desprendía mi piel.

Lo vi llevarse uno de mis pezones a la boca, succionándolo muy


suavemente al principio y pasando la lengua después, despacio
hacia arriba y hacia abajo, haciendo que me estremeciera por
completo.

Gemía flojito y arqueaba la espalda de manera que Alan tuviera


mejor acceso a mis pechos, esos que lamía y mordisqueaba
suavemente jugando conmigo hasta volverme loca de placer.
—Alan —jadeé su nombre y él me pegó más a su boca.

Me aparté durante unos segundos y mostrándome más atrevida


que de costumbre, me levanté para deshacerme del pantalón y las
braguitas.

Miré a Alan y vio el deseo en mis ojos, pues no dudó en acercar


su rostro a mi monte de Venus y lamer con su juguetona lengua
entre mis labios vaginales.

Agarró mis caderas con ambas manos y comenzó a dejar suaves


besos por mi zona, después bajó al clítoris y pasó la lengua por él.

Alan se arrodilló ante mí y siguió lamiendo despacio,


provocándome, haciendo que me estremeciera y gimiera deseando
que me llevara al orgasmo. Sentí sus dedos en mi vagina, esos con
los que solo un segundo después comenzó a penetrarme llevando
un mismo compás con su lengua.

Mis caderas parecían tener vida propia, las movía de atrás


adelante mientras Alan seguía dándome un placer increíble con la
lengua y los dedos, y poco después me atravesó un escalofrío que
me recorrió el cuerpo de pies a cabeza cuando me corrí,
mordiéndome el labio para no gritar.

Alan se incorporó y tras bajarse el pantalón y el bóxer volvió a


sentarse en el sofá cogiéndome por las caderas y acomodándome
sobre él, de manera que yo misma me penetré con su miembro
erecto y palpitante, y los dos jadeamos ante el contacto de
nuestros cuerpos.

Nos besamos y poco a poco me fui moviendo sobre él, subiendo


y bajando, de adelante atrás, más deprisa incluso cuando sentí sus
manos aferrándose a mis caderas con fuerza, y lo dejé guiarme.

Gemíamos en la boca del otro y el sonido de nuestros cuerpos


quedaba en un segundo gracias a las voces de la televisión, me
aparté de él y volvió a lamer y mordisquear mis pechos mientras
yo seguía moviéndome sobre su miembro, sintiendo el modo en el
que su erección se abría paso en mi cavidad y cómo llegaba a lo
más hondo de mi ser.

Grité presa del placer que estaba sintiendo y Alan no tardó en


cubrir mi boca con una mano para acallarme, la niña estaba en el
piso de arriba y si nos escuchaba y nos sorprendía así, me moriría
de vergüenza.

Comenzamos a movernos cada vez más rápido, mirándonos


fijamente y jadeando tan flojito como podíamos, hasta que ambos
alcanzamos ese clímax al que nos habíamos ido llevando poco a
poco, pero con todas las ganas y el deseo de entregarnos el uno al
otro.

—Ha sido increíble —dije entre jadeos con la frente apoyada en


la suya.

—Contigo siempre lo es, pequeña —me dio un beso en los


labios—. Quiero decirte algo.
—¿El qué? —sonreí con curiosidad mientras le acariciaba la
mejilla.

—Que te quiero, Alicia, te quiero como no pensé que volvería a


querer jamás a nadie.
Capítulo 22

Salí de la cama a regañadientes, era sábado y me encontraba tan


a gusto y relajada después de una noche movidita con el hombre
que me tenía loca y enamorada perdida, como dijo Sam.

Alan no estaba en la cama y tampoco en el cuarto de baño, cosa


extraña porque normalmente no se levantaba antes que yo. Me
vestí y salí de su habitación, justo en el momento en el que Emma
salía de la suya.

—Tía, ¿qué haces en la habitación de papá? —preguntó a mi


espalda.

—Mierda —murmuré girándome—. Buenos días, cariño —


sonreí—. Venía a ver si estaba despierto, pero no está ahí.

—Seguro que está preparando el desayuno —sonrió con


inocencia cogiéndome de la mano—. Vamos, a ver si ha hecho
gofres.

—Pero, ¿cómo eres tan golosa? —reí.


—No sé, el abuelo dice que lo llevo en los genes —se encogió
de hombros—. Esos son los que hacen que nos parezcamos a
alguien de la familia, ¿verdad?

—Sí, cariño —sonreí—. Como tú, que te pareces a tu madre.

Bajamos y encontramos a Alan en la cocina tomando café


mientras esperaba que se hicieran los gofres. Desde luego que
estaba más que claro que este hombre se desvivía por su hija.

—Buenos días, papá.

—Buenos días, mi vida —la cogió en brazos y le dio un beso en


la mejilla—. Buenos días, Alicia —me sonrió.

—Buenos días.

—Has hecho gofres.

—Sí, no creas que no te oí anoche decir que te apetecían —rio


mientras la sentaba en el taburete.

Me serví el café y vi que Alan estaba muy pendiente de su


móvil, lo tenía en la isla y cada vez que sonaba lo cogía, leía y
suspiraba.
—¿Está todo bien? —pregunté cuando nos sentamos a
desayunar.

—El trabajo —contestó.

—¿Te tienes que ir, papá?

—Es posible, cariño. Estoy esperando una llamada del tío Brian.

Y ahí, se hizo uno de esos silencios que tan solo fue roto por el
sonido de los cubiertos contra el plato. Seguimos desayunando y
cuando estábamos a punto de acabar, llegó esa llamada.

Alan cogió el móvil y se fue hacia la terraza para hablar con


Brian.

—No quiero que se vaya —murmuró Emma con la carita triste.

—Cariño, sabes que cuando lo llaman por trabajo, tiene que ir.

—¿Y por qué no puede pedir que lo dejen aquí? No es justo —


seguía mirando hacia su vaso de leche—. Mis amigos tienen a sus
papás en casa todos los días, y yo quiero eso.

—Miau —escuchamos el leve maullidito de Algodón y Emma


se levantó del taburete para cogerlo en brazos y acariciarle.
—Mi niña, mírame —le pedí tocándole la mano y ella lo hizo—.
Aunque no esté siempre contigo, tu papá te quiere muchísimo, y
también te echa de menos cuando no está.

—Yo solo quiero que se quede más tiempo en casa.

Alan volvió a entrar y por la cara que le vi, aun a esa distancia,
supe que sí que tenía que irse pronto para incorporarse al trabajo.

—¿Y? —pregunté, solo para que me lo confirmara.

—Tengo que incorporarme el lunes.

—No quiero que te vayas, papá, ¿no puedes decirles que estás
enfermo y quedarte aquí? —tenía los ojos vidriosos y conociendo
a mi sobrina, pronto empezarían a caerle algunas lágrimas.

—No, mi vida, no puedo —se acercó a ella y se puso en


cuclillas para quedar a su altura en el taburete, en ese momento
Emma empezó a llorar—. Serán solo dos semanas esta vez, no es
tanto tiempo.

—Da igual, para mí, sí lo es —lloraba mientras la pequeña


bolita de pelos se acurrucaba en su regazo—. Es mucho tiempo sin
verte, solo en una llamada, y no quiero. No quiero que sigas con
ese trabajo, papá, nosotras te necesitamos aquí.

—Hija, no llores, por favor —la abrazó con cuidado de no


estrujar entre los dos al pobre gatito.
Me partía el alma verla así, pero la entendía, ella lo pasaba mal
cuando su padre no estaba en casa y lo echaba mucho de menos,
había habido alguna noche que estando en el sofá viendo la
televisión acabó llorando por eso, porque quería que su padre
volviera cuanto antes.

El gatito maulló otra vez y ella le acarició la cabecita cuando


Alan se apartó.

—¿Qué te parece si nos vamos a pasar el día fuera? —le


propuso mientras secaba sus lágrimas.

—¿A dónde?

—Donde tú quieras, cariño.

—¿Podemos hacer un picnic en Central Park?

—Por supuesto que sí. ¿Qué quieres que llevemos para comer?

—Sándwiches de pavo, y que tengan tomate y lechuga. También


quiero patatas chips, y… ¿Podemos comprar muffins en la
pastelería antes de irnos?

—Todos los que quieras —contestó él, sonriendo.


—A ver, a ver —intervine y los dos me miraron—. Todos los
que quiera, tampoco, que, si la dejamos, se lleva la pastelería
entera —dije y a ella se le escapó una risita.

—Vamos, ve a vestirte cariño, que nosotros recogemos esto y


preparamos los sándwiches.

—Papá, ¿podemos llevar a Algodón?

—Mi niña, ¿y si se escapa? —contesté yo.

—Le llevamos en el trasportín, y le ponemos una correa para


sujetarle.

—Mejor no le sacamos mucho del trasportín, no vaya a ser que


algún perro le vea y acabe el gato corriendo por todo el parque
seguido por una manada de perros juguetones —dijo Alan.

Le dio un beso en la frente y ella se fue, junto con el gatito, a su


habitación para vestirse.

—Voy a hablar con mi jefe, en cuanto pongamos fin a esto, pido


que me asignen un despacho y hago trabajo de oficina. No puedo
verla así cada vez que me voy sin poder decirle a mi hija que soy
policía.

—La proteges, Alan —dije entrelazando nuestras manos y se


giró para mirarme.
Acabó colocándose entre mis piernas con la frente apoyara en la
mía, abrazándome.

—Lo único que me tranquiliza es saber que estás con ella.

—Y aquí seguiremos las dos cuando regreses, como siempre —


sonreí.

—Te quiero, Alicia —se inclinó para besarme y de nuevo ese


montón de mariposas revoloteando en mi estómago al escucharlo
decir aquellas palabras, como la primera vez que me las dijo.

Recogimos lo del desayuno y preparamos todo lo que íbamos a


llevarnos para ese día de picnic que quería tener Emma.

Salimos de casa una hora después y pasamos por la pastelería,


por ese surtido de muffins que ella quería antes de ir a Central
Park. Y sí, el gatito nos acompañaba en el trasportín y habíamos
cogido su comida también, Emma se encargó de guardar todo lo
de Algodón en una mochilita y lo llevaba ella.

Entramos al gran parque de Manhattan y fuimos paseando hacia


la zona donde se encontraba The Lake, el segundo lago más
grande de Central Park.

Nos acomodamos bajo la sombra de un gran árbol, Alan colocó


las mantas que habíamos llevado y en cuanto nos sentamos,
Emma cogió a Algodón con cuidado para que viera el parque.
Había que reconocer que ese pequeñajo era de lo más curioso,
pero no se iba corriendo de las mantas.
Mi niña se empezó a reír al ver esa bolita de pelo blanca jugando
con el césped, retozando y maullando, y vi que Alan estaba
grabando todo.

Después de ponerle a él un poco de agua y comida, le volvió a


meter en el trasportín para que se durmiera mientras nosotros
comíamos.

—Mira papá, mira cómo hacen volar las cometas —dijo Emma
mientras se comía un muffin.

—Yo eso lo veo difícil —dije—, a mí seguro que se me acabaría


escapando volando.

—O te arrastra, con lo poquito que pesas —rio Alan.

—Es una posibilidad, sí —reí.

—Hola —se acercó a nosotros una niña que debía tener unos
seis años, era una muñequita, pelirroja de ojos azules—. He visto
que tienes un gatito —le dijo a Emma.

—Sí —sonrió mi niña—. Se llama Algodón. ¿Quieres verlo? —


la niña asintió con una sonrisa y se sentó al lado de Emma que,
con mucho cuidado, abrió la puerta del trasportín.

—Qué gracioso es así durmiendo —rio.


—¿A qué sí? Le gusta ponerse así, bocarriba con las patas
estiradas.

—Es muy bonito.

—Me llamo Emma, ¿y tú?

—Cintia —respondió—. Mis papis están allí, tenemos una


cometa, ¿quieres venir a volarla con nosotros? Si te dejan tus
papis, claro —le dijo, y mi sobrina no la corrigió.

—¿Puedo ir, papá? Te prometo que no voy a alejarme.

—Vale, pero no te quedes mucho tiempo.

—No, solo hacerla volar un poquito y vuelvo —contestó,


levantándose y la vimos ir con su nueva amiguita.

—Qué fácil es siendo niños, hacer amigos —dije.

—Emma es muy sociable.

—Y muy cariñosa.

—No ha dicho que fueras su tía —comentó mientras se colocaba


a mi espalda y me daba un beso en el hombro.
—Teniendo en cuenta que se ha inventado el nombre de tía
mami para mí, no me extraña —reí.

—Te quiere como si fueras su madre —me rodeó por la cintura.

—Y yo como si fuera mi hija.

—Creo que necesita un hermanito o hermanita —dijo apoyando


la barbilla en mi hombro, dejándome por completo sorprendida.

—Tiene al pequeño Algodón.

—No es lo mismo.

—Bueno, pues entonces ya sabes lo que tienes hacer, darle un


hermanito o hermanita.

—Ajá, pero contigo, quiero que sea contigo, algún día.

—No corras tanto, ¿eh? Que digo yo que antes tendrás que hacer
de mí una mujer decente y no vivir en pecado —dije, y Alan soltó
una carcajada que hasta Emma escuchó y la vi sonreír cuando
miró hacia nosotros.

—Tomo nota —me dio un beso en la mejilla y nos quedamos


allí sentados viendo a nuestra pequeña Emma reír con su nueva
amiga.
Después de unos minutos con ella, vinieron las dos para
comerse un muffin y ver al gatito que se había despertado, lo
sacaron para jugar un poco con él y cuando los padres de Cintia la
llamaron, se despidió de nosotros con una sonrisa de lo más feliz.

Alan propuso dar un paseo en barca, dado que en ese lago se


podían alquilar, y recogimos todo para subirnos a una.

—Papá, ¿llevamos también el trasportín? —le preguntó cuando


llegamos a la cabaña donde las alquilaban.

—Si se cae al agua, no sabrá nadar.

—Puedo quedármelo aquí mientras pasean —ofreció la chica,


que debía tener unos dieciocho años—. Prometo cuidar muy bien
de tu gatito. ¿Cómo se llama?

—Algodón —respondió Emma.

—Pues yo me quedo con él, preciosa. Si les parece bien a tus


papás.

Sí, para quien nos viera a los tres juntos, éramos una familia en
toda regla.

—Déjale aquí, hija, volveremos pronto.


—Vale, papá.

Dejamos al cuarto integrante de la familia a cargo de la


simpática chica, y subimos a la barca que nos habían asignado.

Yo solo esperaba que no acabáramos cayendo al agua porque,


aunque con el calor apetecía un baño fresquito, no estaba por la
labor de volver al coche mojada y chorreando.

Alan se encargó de los remos y nosotras de disfrutar del paseo.


Lo mejor que tenía ese rincón del parque era que, al pasear en una
de las barcas al atardecer, como estábamos haciendo nosotros, es
que podíamos disfrutar de las preciosas vistas que ofrecían los
colores del parque y de los edificios de alrededor en ese momento.
Era una imagen digna de fotografía y que podría estar en cualquier
postal de Nueva York.

Tras el paseo recogimos a Algodón y pusimos rumbo de vuelta


al coche para irnos a casa, tocaba darse una ducha, ponerse el
pijama y cenar pizza, pues era lo que le apetecía a mi preciosa
niña esa noche.

Y después de la cena, como tantas otras noches, su padre me


mimó y me amó durante horas entre las sábanas de su cama.
Capítulo 23

Domingo, y el último día que Alan pasaría en casa con nosotras


pues se iría temprano por la mañana.

Le dejé en la habitación haciendo su equipaje porque dijo que


quería pasar el día entero disfrutando de sus chicas, y fui a la
cocina para preparar el desayuno.

Huevos revueltos, bacon, crepes con Nutella, zumo de naranja,


café para nosotros y el vaso de leche para Emma. Llevé todo a la
mesa y cuando estaba terminando de dejar las crepes, apareció mi
niña frotándose los ojos.

—Buenos días, tía mami.

—Buenos días, mi princesa —la cogí en brazos y me la comí a


besos.

—Para, para, que me haces cosquillas —reía.

—¿Tienes hambre?
—Sí, y esas crepes huelen de maravilla.

—Eso, tú no tires para lo salado, tú primero, al dulce —resoplé,


dejándola en el suelo.

—¿Y papá?

—No tardará en venir —sonreí.

Nos sentamos y cuando acababa de servir el café para Alan, lo


vimos bajando las escaleras.

—Buenos días, papá. ¿Has visto qué desayuno ha preparado la


tía?

—Ya veo, ya, si parece el bufet de un hotel —sonrió mientras se


sentaba.

—Como dice mi madre, hay que empezar el día con energía —


me encogí de hombros.

—Ponme huevos y bacon, tía —me pidió Emma, dándome su


plato.

Mientras desayunábamos la pequeña preguntó qué íbamos a


hacer ese día, dado que al siguiente ya volvíamos a quedarnos las
dos solas, y Alan propuso hacer un día cinéfilo.
—¿Un día cinéfilo? —preguntó frunciendo el ceño.

—Sí, todo el día viendo pelis en el sofá. Podemos bajar las


persianas y así parecerá que estamos en el cine de verdad, semi a
oscuras, nos llevamos chocolatinas, pedimos comida en el asiático
para comer, y merendamos muffins, que bajo ahora por ellos.

—Sí, sí, yo quiero —contestó emocionada.

—Pues ahora cuando desayunemos, voy a la pastelería por


dulces —le hizo un guiño y ella siguió desayunando de lo más
feliz.

Nuestra pequeña bola de pelo apareció por allí maullando, señal


de que tenía hambre, y como era hora de la pastillita, Emma se
encargó de hacer lo mismo que había hecho yo para dársela.

El gatito ya debía darnos por imposibles y se tomaba su pastilla


entre la comida sin salir corriendo.

Mi madre me llamó para ver cómo estábamos y si queríamos ir a


comer con ellos, pero en cuanto le dije que Alan se incorporaba al
día siguiente al trabajo y que pasaríamos el día en casa con la
niña, me contestó que era lo mejor que podíamos hacer.

—¿Y vosotros cómo estáis? —preguntó.


—Bien, ahí seguimos —sonreí mirando por la puerta de la
terraza hacia el interior de la casa.

—No os sintáis culpables por nada, cariño, el amor es así, e


intuyo que el vuestro es de los que podrá con todo. Dale un beso a
Emma.

—De vuestra parte.

—Os veré mañana, hija. Adiós.

—Adiós, mamá.

Entré y vi que ya estaban los dos recogiendo la mesa, ayudé con


lo que faltaba y Alan fue a vestirse para bajar a la pastelería
mientras Emma y yo buscábamos qué peli podíamos ver primero.

Al final se decantó por una que habían estrenado no hacía


mucho y que tenía ganas de ver.

Cuando Alan regresó cargado de bolsas de dulces como si fuera


Santa Claus el día de Navidad, dejó los muffins y otros pasteles en
la cocina, fue a ponerse el pijama para estar todos cómodos, bajó
las persianas del salón y se unió a nosotras en el sofá, donde ya
estábamos acomodadas cubierta con la mantita fina y el pequeño
Algodón tumbado en las piernas de Emma.

Sacó algunas chocolatinas que fue repartiéndonos y pusimos la


película.
Dos horas de película y, tras ellas, otras dos con una segunda
mientras los tres no encontrábamos allí de lo más cómodos.

Emma estaba en medio de nosotros, pero no por eso Alan dejó


de tocarme. Tenía el brazo estirado en el respaldo y me acariciaba
el cuello y lo masajeaba, con lo bien que lo hacía y lo relajada que
me dejaba, no sabía cómo no me había quedado dormida.

Levantó las persianas cuando acabó esa segunda película y


llamó al restaurante asiático para que nos trajeran la comida.

Emma pidió rollitos, fideos fritos con ternera y pollo. Así que
ese fue el menú que íbamos a tomar todos.

Y de postre los pasteles que había comprado Alan y que tenían


una pinta buenísima.

Aprovechamos la espera para dar de comer a Algodón y cuando


nos entregaron todo, nos sentamos en el suelo sobre los cojines
cada uno con sus platos en la mesa de café y comimos viendo la
película Mascotas, que a Emma le encantaba, al igual que la
segunda parte.

—Nuestro amor es… ¿Cómo lo digo? Nuestro amor es más


fuerte que las palabras —dijo el personaje de la película.

—Como el nuestro, ¿verdad, papá? —Emma sonrió mirando a


su padre y él, sencillamente se derritió de amor.
—Sí mi vida, como el nuestro.

Seguimos comiendo y riendo, porque sí, esa película llena de


mascotas haciendo sus propias locuras era para pasar un rato de lo
más divertido, y nos quedamos asombrados al ver que Algodón se
había sentado frente a la mesa y estaba viendo la película con
mucha atención.

Cuando acabó, hicimos un pequeño alto en nuestro día cinéfilo


para recoger la mesa, preparar café y sacar los pasteles para el
postre que tomaríamos igualmente sentados en los cojines.

—¿Cuál toca ahora? —preguntó Alan.

—La segunda de Mascotas —dijo ella con una sonrisa.

—Pues marchando doble ración de mascotas traviesas.

—Menos mal que nuestro Algodón es un angelito —comenté


cogiendo un pastel.

—Con la atención con la que ha estado viendo la película, yo


creo que mañana tenemos un rebelde por la casa —Alan elevó
ambas cejas y Emma y yo nos reímos.

Seguimos disfrutando de la tarde de cine, nos duchamos y


preparamos unos sándwiches de jamón y queso para cenar y
vimos una última película antes de que todos nos fuéramos a la
cama.

Alan acostó a Emma y yo me quedé apoyada en el marco de la


puerta observándolos.

—¿De verdad que solo estarás fuera dos semanas, papá? —le
preguntó.

—De verdad, cariño —dijo arropándola.

—¿Y llamarás siempre que puedas?

—Sabes que solo puedo una o dos veces a la semana.

—Pero llama, que yo te echo mucho de menos cuando no estás.

—Yo también a ti, mi vida. Eres mi mayor tesoro y siento


mucho no estar en casa tanto como debería. Pero tienes a la tía
Alicia, y a los abuelos, al tío Sam…

—Lo sé, y los quiero mucho a todos, más a la tía que es como
una mamá —sonrió—. Pero me faltas tú.

—Te prometo que, en cuanto pueda, pediré que me dejen aquí


trabajando de manera definitiva —le dio un leve golpecito en la
punta de la nariz, como hacía siempre.
—Te quiero mucho, papá —se lanzó a sus brazos y él la apretó
contra su pecho.

—Yo también te quiero hija, más que a nada en este mundo —le
dio un beso en la mejilla y se quedaron así unos segundos, hasta
que ella se apartó.

—Buenas noches, mamá. Cuida de papá en su trabajo desde el


cielo. Te quiero —dijo dándose un beso en los dedos que después
llevó a la foto de mi hermana.

No pude evitar que se me cayeran las lágrimas y las retiré con


disimulo para que la niña no me viera y se preocupara más.

—Buenas noches, tía —me dedicó una preciosa sonrisa desde la


cama.

—Buenas noches, mi niña. Que tengas dulces sueños.

Alan vino hacia la puerta y, tras cerrarla, me rodeó por la cintura


besándome en los labios hasta que me cogió en brazos para
llevarme a la habitación.

Me desnudó despacio y me hizo el amor con calma, como si de


ese modo saboreara el instante que estábamos compartiendo, el
último hasta dentro de dos semanas.

Nos aseamos antes de volver a la cama y quedamos recostados


de lado, él a mi espalda abrazándome y dejando breves besos en
mi hombro.

—Ten cuidado estos días, por favor. Sabes que, si la niña te


pierde, lo pasaría muy mal —dije mientras seguía mirando por la
ventana.

—¿Y tú, pequeña? ¿Lo pasarías mal?

—Sí, Alan —confesé mirándolo por encima del hombro—. Lo


pasaría muy mal porque siento algo por ti.

—Pero no puedes decirme que me quieres, aunque sabes que lo


sientes —me acarició la mejilla.

—Porque tengo miedo.

—No lo tengas, no quiero a nadie más que a ti.

—Tú ten cuidado, por favor, y preocúpate de volver.

—Lo haré pequeña, porque tengo dos razones de peso para


volver a casa —se inclinó y me besó antes de volver a abrazarme
hasta que ambos nos acabamos quedando profundamente
dormidos.
Capítulo 24

Los días habían ido pasando y la ausencia de Alan era algo que
nos tenía a las dos bastante tristes.

Emma al menos contaba con su pequeña bolita de pelo blanco y


además que mis padres siempre se encargaban de mantenerla
entretenida.

En el hospital había tenido momentos de esos en los que hacía


un poquito mío ese dolor que sentían quienes perdían a alguien, y
es que sabía por lo que estaban pasando y lo que les tocaría pasar
después.

El duelo era algo doloroso también, y había que aferrarse a algo


que nos ayudara a levantarnos cada día.

Sam seguía visitando al pequeño Samuel, ese bebé lo tenía por


completo encandilado y se había adueñado del corazón de mi
mejor amigo, pero no solo él, pues su madre también y cuando la
mencionaba se le veía en los ojos, en ese brillo especial que tenía
su mirada.
La de Sam era sin duda la mirada de un hombre enamorado, y
me alegraba por él. Ojalá que con Mia llegara a tener ese amor
bonito que siempre deseé para mi mejor amigo y hermano.

Había comido todos los días en casa de mis padres y nos


llevábamos la cena lista, según mi madre, para que yo no perdiera
tiempo en prepararla y pudiera descansar más pues esta semana
estaba siendo de lo más agotadora en el trabajo.

Por fin era viernes y estaba deseando salir de un nuevo turno de


lo más devastador, y es que habíamos perdido a tres pacientes en
boxes en nuestro turno. Días como hoy no eran fáciles de digerir,
pero había que seguir adelante porque cada paciente que entraba
en la sala de urgencias de nuestro hospital, merecía el esfuerzo de
todos y cada uno de nosotros para salvar su vida.

Fui al cuarto de baño a refrescarme y recordé la conversación


con Alan dos días atrás, en esa videollamada que nos hizo antes de
que Emma se fuera a la cama.

Sus palabras eran prácticamente en código en cada una de las


frases que decía para que yo supiera que me hablaba a mí, aun
estando la niña delante. Volvió a decirme que me quería y que
éramos su mundo.

Yo también lo quería, tanto y en tan poco tiempo, que dolía


pensar que pudiera pasarle algo.

Ahora me ponía en el lugar de mi hermana Blanca y me


preguntaba cómo lo soportó ella, con lo duro que estaba siendo
para mí cerrar los ojos cada noche y no conciliar apenas el sueño
porque me asaltaba el miedo a que pudiera pasarle algo.

Y me hacía la fuerte delante de Emma porque no quería que ella


se preocupara, aunque no sabía la verdadera profesión de su padre.

Salí del cuarto de baño y me encontré con Sam que venía con
una amplia sonrisa.

—Ya vienes de ver a Samuel, ¿a qué sí? —sonreí.

—Sí. Es todo un guerrero, Alicia, en serio. Tienes que ir un día a


verlo.

—Hablas como un padre orgulloso.

—Bueno, quién sabe, quizás algún día lo sea. Oye, Mia estaba
arriba, vamos a ir a comer juntos, ¿por qué no te vienes? Iremos al
italiano que hay aquí cerca.

—Iba a comer en casa de mis padres, pero ahora aviso a mi


madre para que no me esperen.

—Perfecto, porque Mia tiene ganas de conocerte, de manera


oficial y sin estar medio drogada, según sus palabras.

—Vale —reí—. Voy a llamar a mi madre —señalé hacia la sala


de vestuarios y fui hacia ella.
Cogí el móvil de mi taquilla y vi que tenía un mensaje de Alan
que me sacó una sonrisa.

Alan: Sé que estás trabajando y no puedes atender el móvil.


Solo quería que, cuando lo vieras, leyeras mi mensaje. Te quiero
mucho, pequeña. Dale un beso a nuestra princesa y dile que nos
vemos pronto.

No le contesté porque no sabía cuándo leería el mensaje, al estar


infiltrado pasaba muchos días ilocalizable y solo usando un móvil
diferente que sus jefes tenían siempre localizado.

Marqué el número de mi madre y fue Emma quien respondió.

—Tía, hemos preparado canelones de carne para comer y que


nos llevemos para la cena —dijo.

—Hola a ti también, ¿eh? —sonreí.

—Hola, tía —se le escapó una risita.

—Así que cenamos canelones, qué ricos.

—Y comemos, tía, y comemos.

—Yo no, mi vida, hoy como con el tío Sam.


—¡¡Abuela, que la tía no viene a comer!! ¡¡Más canelones para
mí!! —gritó la muy loquita de mi niña.

—Eso, tú no me los guardes para la cena —reí.

—Se siente, tía, si no vienes, te los pierdes —y aun sin verla,


sabía que esa brujita estaba encogiendo los hombros.

—Dame, cariño —escuché a mi madre—. Hija, ¿no vienes a


comer?

—No mamá, Sam me ha pedido que coma con él, y como es


viernes…

—Vale, pues yo te guardo los canelones en el túper con los de la


cena.

—No, no, abuela, esos me los como yo.

—Yo no sé dónde mete esta niña todo lo que come, con el


cuerpo tan chico que tiene —dijo mi madre con un suspiro.

—Os veo esta tarde, ¿sí?

—Vale, cariño. Dale un beso a Sam.

—De vuestra parte, adiós.


Colgué y volví al trabajo hasta que llegó la hora de salir, Sam y
yo nos cambiamos y fuimos a la entrada a esperar a Mia.

No tardó en aparecer aquella joven de veinticuatro años,


pelirroja, con unos ojos verdes impresionantes y una bonita
sonrisa.

—Hola —saludó al vernos.

—Hola, preciosa —Sam le dio un beso en la mejilla y ella se


sonrojó—. Mia, ella es Alicia, mi mejor amiga y quien estuvo
también ayudando a que naciera Samuel.

—Encantada, Alicia.

—Igualmente, Mia —nos dimos un par de besos—. ¿Cómo


estás?

—Bien, ya sin molestias, pero con el peque ingresado todavía…


—suspiró— lo estoy pasando un poquito mal.

—Como tía que ejerce de madre suplente desde hace siete años,
te aconsejo que aproveches para dormir, porque cuando Samuel
esté en casa no vas a poder hacerlo mucho —sonreí.

—¿Madre suplente? —sonrió con el ceño fruncido.


—Oh, sí, esa es una historia larga de contar, vamos a comer y te
pongo al día —dije cogiéndola del brazo—. Y de paso te doy
algunos consejos de maternidad.

—Esos sí que me van a venir bien, porque es cierto lo que dicen


de que los bebés no traen manual de instrucciones.

—Yo tuve la ayudad de mi madre, que nos crio a mi hermana y


a mí, además, también fue enfermera durante muchos años, y mi
padre médico, en este mismo hospital, de hecho… —caminamos
hacia el restaurante y fuimos charlando.

Mia solo tenía cuatro años menos que yo, pero la veía muy
madura, de todas formas, estaba claro eso de que a la fuerza todo
el mundo acababa madurando por algún motivo, y a ella le tocó
siendo joven cuando perdió al único familiar que le quedaba y
vino a Nueva York.

Mientras comíamos seguimos con esos consejos que le di,


además de que intercambiamos los números de teléfono para que
pudiera llamarme cuando tuviera alguna duda.

Fue en los postres cuando me atreví a preguntar, curiosa como


era.

—Bueno, ¿y vosotros qué, sois algo más que amigos? —por el


sonrojo en las mejillas de ella, deduje que sí.

—Estamos conociéndonos, ¿te sirve, cotilla? —preguntó Sam y


ambos reímos.
—Me sirve, me sirve. Porque hacéis una bonita pareja. A los
padres de Sam les vas a encantar, Mia.

—Uy, no, yo todavía no estoy lista para dar ese paso…

—En cuanto Samuel salga del hospital vamos a que os conozcan


—le dijo él, acariciándole la mano que tenía en la mesa—. Sé que
se van a enamorar de vosotros en cuanto os vean —sonrió.

—Como le ha pasado él —le señalé—. Creo que en el momento


en el que tuvo a tu bebé en brazos, conectaron.

—Yo también lo creo. Mi hijo aún es pequeñito, pero, cuando


estoy con él y llega Sam, empieza a mirar hacia todos lados
cuando escucha su voz hasta que le ve. Y la fuerza con la que le
agarra el dedo como si no quisiera que se fuera.

—Es que me hago querer, preciosa, ya te lo dije —le hizo un


guiño.

—Sé que con el bebé ingresado no estarás para muchas fiestas,


pero, ¿por qué no venís un día a comer a casa? O a cenar, y así
conoces a Emma.

—Esa niña te va a encantar, es un amor —dijo Sam.

—Claro, por mí, bien. No me puedo pasar todo el día en el


hospital así que… —Se encogió de hombros.
—Pues cuando queráis solo tenéis que decírmelo para preparar
algo rico.

—Todo lo que preparas está rico, loca —rio Sam.

—Más rico todavía, para que tu chica no se quiera ir de nuestro


lado.

—Ah, entonces sí, tú agasájala con tus mejores manjares salados


y dulces, por favor.

—No sois familia, pero os parecéis un montón —comentó Mia


con una sonrisa—. Tenéis el mismo sentido del humor.

—¿Verdad qué sí? Podíamos haber sido un dúo de cómicos la


mar de divertido —dijo él.

—Deja, deja, mejor seguimos dedicándonos a la medicina —


contesté.

Nos tomamos el café y me despedí de ellos quedando con Mia


en que nos veríamos pronto. Me había caído muy bien y sabía que
me iba a llevar genial con ella.

Recogí a mi princesa, a Algodón y ese táper de canelones que


olían que alimentaban y nos marchamos para casa donde nos
duchamos, nos pusimos el pijama, y cenamos después viendo una
película antes de irnos a la cama.
Capítulo 25

Después de un fin de semana en el que Emma y yo habíamos ido


de nuevo al Zoo de Central Park, comimos hamburguesas y nos
pasamos el domingo en casa jugando a sus juegos de mesa
favoritos, el lunes había llegado pisando fuerte.

Tanto que durante nuestro turno nos quedamos casi tres horas
sin luz en todo el hospital porque había habido una avería en toda
la manzana, y tuvimos que apañarnos con los generadores.

Cuando llegó la hora de salir me despedí de Sam, que iba a


comer con Mia para visitar después otro ratito al pequeño Samuel,
y fui hacia casa de mis padres.

En la radio sonaba una de las canciones favoritas de mi hermana


y sonreí al tiempo que subía el volumen. Esa era una de las que
nuestra madre solía cantar cuando éramos pequeñas mientras
horneaba galletas con nosotras, los sábados por la tarde.

La echaba de menos y esperaba que de verdad estuviera


orgullosa de cómo había cuidado de Emma.
Cuando llegué a casa de mis padres y entré escuché las risas de
mi princesa que venían de la cocina, mi madre también se reía y
mi padre era el único que hablaba en tono serio, mejor dicho, más
que hablar, protestaba.

—Quién me mandaría abrir el refresco —escuché que dijo mi


padre, cuando estaba casi llegando.

—Eso digo yo, Jake —reía mi madre—, quién te mandaría.

—Eres una limonada, abuelo —rio Emma, y me hice una idea


de lo que había pasado.

Cuando entré, la escena no podía ser más disparatada. Por un


lado, estaba mi madre, doblada de la risa junto a la encimera. Por
otro, Emma sentada en uno de los taburetes de la isla apoyada en
esta y riendo a carcajadas. Y mi padre.

Mi padre estaba junto a la nevera, todo mojado, con un paño en


la cabeza y secándose la camisa con otro.

—Papá, esa camisa más que secarla, tienes que escurrirla —dije
al verlo—. ¿Se puede saber qué ha pasado?

—El abuelo ha cogido la botella de refresco muy rápido, la ha


puesto en la encimera y al abrirla, el gas a salido a chorro, tía —
me contó Emma.

—No me ha dado el tapón en un ojo, de casualidad —dijo él.


—Ay, papá, eres un desastre ahora mismo —me aguanté la risa,
pero al final acabé dejándola salir porque con ese paño en la
cabeza se veía de lo más cómico.

—Venga, ve a darte una ducha y cambiarte de ropa mientras


nosotras ponemos la mesa —le ordenó mi madre, y él se quitó el
paño de la cabeza para salir de la cocina.

Saludé a mi niña con un abrazo de esos que tanto me


reconfortaban y unos besos de los suyos que me revitalizaban por
completo, mi madre me recibió de igual modo y pusimos la mesa
entre las tres para sentarnos a comer cuando regresó mi padre.

Los guisos de mi madre eran una perdición, porque empezabas a


mojar un poquito de pan en la salsita y cuando querías darte
cuenta te habías comido media barra, pero me contuve, porque
después quería llevar a la niña al centro comercial y merendar
crepes.

Con tal de distraerla y que no echara mucho de menos a su


padre, haría lo que fuera.

Mi madre me preguntó qué tal estaba, sabía que yo también


echaba de menos a Alan y dijo que me veía cara de cansada.

—No estás durmiendo bien, ¿a qué no? —dijo mientras


preparábamos el café.
—Me cuesta mucho, la verdad. El hecho de que le pueda pasar
algo…

—Blanca se ponía igual cuando estaba fuera, pero acabó


acostumbrándose.

—Yo no sé si podré, mamá, y mira que son siete años así, pero
no es lo mismo vivirlo siendo la cuñada, que siendo su…

—¿Su qué? —sonrió mirándome.

—Pues no sé lo que somos, mamá.

—Novios, hija, puedes decir sin miedo que sois novios porque
es así. Y tranquila, que estará bien, Alan siempre ha sabido
cuidarse desde que entró en ese equipo —me dio un beso en la
mejilla mientras me frotaba el brazo para darme ánimos.

Regresamos al salón, Emma y mi padre entraron del jardín


donde habían estado viendo las flores con el pequeño Algodón.

Después de tomarnos el café y despedirnos de ellos hasta el día


siguiente, fuimos al centro comercial y ella sonrió al ver que la
llevaba a ver la exposición que habían montado con ese personaje
literario que tanto le gustaba.

Esa joven detective de la que a Emma le encantaba leer, era una


adolescente de doce años que siempre andaba en busca de algún
misterio que resolver en su colegio. Se pasaba horas leyendo y al
ver la exposición que habían montado para promover el nuevo
libro que estaba a punto de lanzar al mercado su autora, se
emocionó mucho.

Le compré varias libretas de ese personaje, así como bolígrafos,


marcapáginas y un tazón para los cereales.

Había una imagen de la detective en tamaño natural hecha de


cartón junto a algunos de sus amigos y todos los niños posaban
para hacerse fotos con ellos.

Mi princesa no fue una excepción y le hice varias fotos.

Cuando salimos de allí le pregunté si quería comer crepes y ya


no cenábamos en casa, o si prefería ir a la pizzería, iba a
responderme cuando me saludó Matt.

—Hola, Alicia.

—Matt, hola —sonreí.

—Qué cargada vas, pequeñaja —se inclinó para quedar a la


altura de Emma.

—Es todo de, Jackie Detective, son mis libros favoritos.

—¿Esa es la exposición que hay en la planta baja?


—Sí —sonrió.

—Había mucha gente cuando entré.

—Y ahora igual, los niños hacían fila para hacerse fotos con la
figura que han puesto —dije.

—¿Te lo has pasado bien? —le preguntó a ella.

—Sí, ha sido como estar en uno de sus libros.

—¿Tenéis prisa o puedo invitaros a comer algo?

—Estábamos decidiendo si, comíamos crepes y no cenábamos,


o nos íbamos a la pizzería —contesté.

—Os invito a lo que queráis comer —sonrió.

—Pizza, así nos vamos ya cenadas tía —dijo ella mirándome.

—Pues pizza entonces —sonreí.

Fuimos hacia la pizzería y vi a Matt de un modo diferente al que


le conocía. Estaba inmerso en una conversación con mi sobrina
sobre esa detective que a ella tanto le gustaba y así pasó gran parte
del tiempo que estuvimos cenando. Emma se fue a jugar a la zona
infantil mientras nosotros nos tomábamos un café antes de irnos, y
aproveché para darle las gracias por la invitación.
—Me debías una cena —se encogió de hombros y me eché a
reír.

—Pero qué morro tienes.

—No, no, morro no, simplemente he visto la oportunidad y la he


aprovechado. ¿Qué tal te va con ese hombre con el que estás?

—Bien, solo que está fuera de la ciudad ahora.

—¿Puedo hacerte una pregunta?

—Claro.

—Ese hombre, es tu cuñado, ¿verdad?

—¿Y por qué tendría que ser él?

—El día que te vi en Central Park con él y la niña, me miró


mal.

—Bueno, es mi cuñado, me protege…

—Alicia, sé cómo actúa un hombre que quiere dejar claro que a


su mujer nadie la toca, incluso en la distancia. De haber estado en
la prehistoria tu cuñado me habría dado con un trozo de madera en
la cabeza —volteó los ojos—. Se ve que para él eres algo más que
familia.

—Sí, es él —dije inclinando la mirada.

—¿Y por qué no lo gritáis a los cuatro vientos, si se ve que los


dos sentís lo mismo?

—Por la niña, porque es mi cuñado, porque siento que le he


fallado a mi hermana.

—Tonterías. Esa niña te quiere con locura, y estoy seguro que


nada en el mundo le gustaría más que el que tú fueras su madre de
verdad. Y en cuanto a que es tu cuñado, si hay algo contra lo que
nadie está vacunado es contra enamorarse. Lo podemos hacer de
la persona que menos imaginamos y pasar el resto de nuestra vida
con ella. Tampoco has fallado a tu hermana —me cogió la mano
por encima de la mesa—, ella estaría feliz de saber que eres tú la
persona que va a querer a su marido y a su hija con todo su
corazón hasta el último aliento.

—¿Quién eres tú y qué has hecho con el Matt que todos en el


hospital conocemos? —Fruncí el ceño.

—Soy yo, solo que esta versión de mí no la conoce todo el


mundo. Si eres feliz con él, eso es lo único que importa, hazme
caso.

—Matt, deberías mostrar esta versión más a menudo, seguro que


encontrarías al amor de tu vida.
—Como decía mi difunta abuela, cuando llegue, llegará —
sonrió.

Nos terminamos el café y llamé a Emma para irnos. Matt nos


acompañó hasta el coche y nos despedimos hasta el día siguiente.
Mi pequeña le dio un abrazo y le dijo que le caía bien, que podía
invitarnos a comer pizza cuando quisiera, lo que hizo que él
soltara una gran carcajada, pero dijera que estaría encantado de
hacerlo.

Subimos al coche y fue hablándome de Matt, preguntándome


sobre él e incluso me dijo que sería un buen novio para mí. Eso
me hizo reír, y aunque me habría encantado, me quedé con las
ganas de decirle que mi novio era su padre y que lo quería tanto
que no habría nadie más.
Capítulo 26

Las dos semanas que dijo Alan que estaría fuera, estaban a solo
un par de días de cumplirse.

Era sábado y Emma seguía en la cama cuando me levanté para


preparar el desayuno. Tenía un mensaje de Sam diciéndome que el
pequeño Samuel ya estaba mejor, y es que el día anterior les
comentaron a él y a Mia que tenía algo de fiebre, en un bebé tan
prematuro como él podía ser bastante peligroso, pero nadie iba
dejar que a ese pequeñín le ocurriera nada.

Me alegré por esa buena noticia, y es que mi amigo estaba


enamoradísimo de esa mujer y del bebé, al que decía que estaba
deseando poder coger en brazos.

Hice masa para las crepes, preparé mi café y calenté su vaso de


leche y en cuanto estaba terminando de servir la última crepe en el
plato, apareció mi niña abrazándome desde atrás.

—Buenos días, tía.


—Buenos días, cariño mío —le di un beso en la frente—. ¿Qué
tal has dormido?

—Bien.

Las clases habían empezado el jueves así que ahora teníamos


días de más ajetreo que en verano, pues cuando llegábamos a casa
la ayudaba con los deberes, ella se duchaba mientras yo preparaba
la cena y cuando la acostaba, me duchaba yo y me iba a la cama.

No habíamos sabido nada de Alan en toda la semana y eso me


tenía nerviosa, temiendo que le hubiera pasado algo. Aunque
como pronto estaría de vuelta, seguramente no fuera a llamar y
nos veríamos cuando regresara a casa.

Nos sentamos a tomar el desayuno y me dijo que cuando


acabara, mientras yo limpiaba y ponía algo de ropa a lavar, ella
iba a hacer las fichas que les había dado el profesor el día anterior
y que dejó para hoy, como solía hacer algunos viernes.

Era una buena estudiante y aprobaba todo, algo que como decía
mi madre lo había heredado de Blanca y de mí. Y es que sí, de
pequeñas nos gustaba pasar la mañana del sábado haciendo
algunos deberes y el resto del fin de semana lo teníamos libre.

Cuando acabamos el desayuno y recogimos todo, se fue por la


mochila del cole a su habitación y se sentó en un cojín en el suelo
junto a la mesa baja para hacerlas, acompañada del pequeño
Algodón.
Empecé por las habitaciones, cambié las sábanas y limpié todo a
conciencia, hasta que escuché mi teléfono y bajé a la cocina donde
me lo había dejado cargando. El nombre de Alan en la pantalla
hizo que sonriera y llamé a Emma.

Descolgué cuando nos sentamos y le vimos sonriendo.

—¡Hola, papá!

—Hola, princesa. ¿Cómo estás?

—Bien, haciendo unas fichas del cole.

—¿Ya han empezado las clases? —Frunció el ceño.

—Ajá, el jueves.

—Pensé que aún quedaban unos días para que empezasen.

—Pues no, ya estoy yendo a clase con todos mis compañeros de


siempre —sonrió.

—Me alegro. ¿Te estás portando bien con la tía y los abuelos?

—Sabes que siempre me porto bien, papá —volteó los ojos.


—Lo sé, pero me gusta buscarte —sonrió él—. ¿Qué tal en el
hospital, pequeña? —me preguntó.

—Una semana algo agotadora.

—Tienes mala cara, ¿duermes bien?

—Lo que puedo —me encogí de hombros.

—Papá, ¿cuándo vuelves?

—En unos días, cariño

—El lunes, ¿no? —pregunté yo, y Alan suspiró al tiempo que


negaba.

—No, al final no regreso este lunes.

—¿Por qué? —preguntamos al unísono.

—Se nos ha complicado un poco el trabajo aquí y nos han


pedido que estemos unos días más, tal vez una semana, no lo sé
seguro.

—No es justo, papá, ibas a volver en dos días, que me lo dijo


ayer la abuela. Dijo que quedaban tres días para que te viera, y
hoy ya son dos.
—Lo sé, hija, pero el trabajo me retiene.

—Pues que no te pidan más que vayas a otro sitio, dile a tu jefe
que quieres quedarte aquí siempre.

—Lo haré, te lo prometo. Pero de verdad que ya pronto


volvemos a vernos. Y os llevo un regalo a cada una.

—¿Un regalo? —preguntó.

—Sí, un regalo para mis dos chicas favoritas.

—¿Y qué es?

—Pues es una sorpresa hija, no me quites la ilusión de veros las


caras —rio.

—Danos una pista al menos. ¿Es una caja grande o pequeña?

—¿Y por qué tendría que ir en una caja?

—A ver, Alan, que los regalos se meten en cajas —volteé los


ojos.

—¡Te dije qué tenías que meterlo en cajas! —escuchamos gritar


a Brian.
—¿Estás con el tío Brian?

—Sí, ¿quieres hablar con él, cariño?

—Vale.

—Brian, Emma quiere hablar contigo —lo llamó, y no tardamos


en verlo aparecer, sin camiseta y con una toalla colgada al cuello.

—¡¡Hola, preciosas!! Qué chicas más guapas. Eres un hombre


con suerte, hermano —le dijo a Alan, dándole un codazo.

—Tío Brian, ¿tú sabes qué nos ha comprado papá?

—Emma —reí.

—¿Qué? Seguro que él nos da alguna pista —murmuro y nos


reímos los tres.

—Sí qué lo sé, sí, y solo diré una cosa, a cada una os va a
encantar el vuestro.

—¿Son distintos?

—Sí —asintió Brian.

—¿El mío es grande o pequeño? —curioseó ella.


—Deja que lo compruebe —contestó y lo vimos desaparecer de
la pantalla.

—Hija, eres un poco impaciente, en eso te pareces a tu madre —


suspiró Alan.

—El abuelo me lo dice mucho —se le escapó una risita.

—¡Es de tamaño medio, Emma! —gritó Brian.

—¿Y el de la tía Alicia? —preguntó ella gritando también para


que la escuchara.

—Casi me dejas sordo, hija.

—Lo siento, papá. ¿Me ha oído el tío Brian?

—Sí, sí, te he oído —contestó y volvió a aparecer en pantalla—.


El de tu tía es más pequeño.

—Papá, ¿es que a la tía la quieres menos?

—¿Por qué me preguntas eso, Emma? —Frunció el ceño.

—Mi regalo es de tamaño mediano, y el de la tía, pequeño. Nos


deberías haber comprado a las dos el mismo tamaño para que
sepamos que nos quieres mucho.
—Os quiero a las dos, cariño, os quiero como ninguna de
vosotras se puede imaginar, pero cada regalo tiene un valor
sentimental grandísimo.

—Hum —frunció el ceño—. El abuelo Jake en mi Navidad me


dijo que, el tamaño del regalo no importa, pero sí el valor que le
da la persona que nos lo ha dado.

—Exacto.

—Bueno, hay tamaños que sí importan —comentó Brian.

—¡Brian! —le reñimos Alan y yo, al unísono.

—Me refiero al tamaño de las hamburguesas, los perritos


calientes y las pizzas —dijo levantando las manos.

—Siempre estás pensando en comida, tío —rio Emma.

—Mira quién habla, la reina del dulce —resopló.

—Vete a hacer ejercicio, anda —le dijo Alan.

—Y así es como tu padre me echa de la conversación. A mí, sí


que no me quiere ni un poquito —suspiró mientras se iba.

—Emma, ¿cómo está Algodón?


—Muy bien, y yo le veo un poquito más grande.

—¿Sí?

—Sí. ¿Quieres verlo?

—Tráele —contestó, y ella se fue a buscar a su mejor y fiel


amigo—. Pequeña.

—Dime.

—Siento no poder volver antes, pero te prometo que os lo


compensaré.

—A mí no tienes que decírmelo, Alan, es a ella.

—Pero quiero que tú también lo sepas. Y que no estoy haciendo


nada con nadie, ¿vale? Dime que confías en mí, Alicia, por favor,
dímelo.

—Confío en ti, Alan, claro que lo hago.

—Te quiero, pequeña, eso no quiero que lo dudes ni una sola


vez.

—Mira, papá —Emma se sentó en el taburete dejando al gatito


en la encimera.
—Sí que le veo más grande, sí, ¿o es porque está muy cerca de
la cámara?

—No está cerca —rio ella, y a mí se me dibujó una sonrisa.

Me quedé viéndolos hablar y ella se veía tan feliz, que estaba


segura de que el día que Alan dijera que no quería infiltrarse más,
ella se sentiría aún más feliz.

Nos despedimos de él y volví a ponerme con la limpieza y a


preparar unos filetes de pollo en salsa con patatas para comer,
íbamos a pasar la tarde en el sofá viendo películas y cenaríamos
hamburguesas que me había pedido Emma que comprara la tarde
anterior cuando volvíamos a casa.

Teníamos que esperar unos días más para ver a Alan, pero
estaba segura de que la espera merecería la pena, y para mí ahora
más que nunca, pues me había acostumbrado a dormir con él y
sola ya no podía hacerlo.
Capítulo 27

Si alguien me hubiera dicho esa mañana de miércoles cuando


me desperté, que iba a ser uno de los peores días de mi vida en el
trabajo, no me lo habría podido creer.

Me levanté como siempre, preparé el desayuno para Emma y


para mí, su almuerzo para el colegio, la dejé allí y me fui al
trabajo quedando en verla en casa de mis padres a la hora de
comer, como cada día.

Cuando entré en el hospital y como iba con tiempo, me acerqué


a ver al pequeño Samuel. No lo había visto desde que nació y se le
veía un poco más grande, pero aún no estaba en condiciones de
abandonar el hospital.

Todos los empleados de cada una de las plantas nos conocíamos


y me dejaron estar un ratito allí con él.

Metí la mano por el guante para tocarlo y me miró con esos


pequeños ojos llenos de ganas de vivir.
—Hola chiquitín, soy tu tía Alicia, porque sí, sé que tu mamá y
Sam acabarán siendo una pareja consolidada —sonreí—. Vaya,
ese ceño fruncido es porque te preguntas quién es esta loca que te
habla y qué te dice —reí—. Pues sí, soy tu tía, y quiero que sepas
que eres un niño muy valiente y fuerte, y muy querido, porque no
solo te quiere tu mamá, Sam también te quiere, y mucho.

Eché un vistazo al reloj y me despedí de las enfermeras que


estaba cuidando a los bebés en esa sala, y bajé a urgencias para
empezar mi turno.

En cuanto vi a Sam y le dije que había visitado a su guerrero,


sonrió de oreja a oreja. Mia estaba instalada en su casa y me dijo
días atrás que dormían juntos y se encontraban bien el uno con el
otro.

No me contaba detalles, pero no era necesario, sabía que no solo


dormían, como nos pasaba a Alan y a mí.

Llegaron un par de pacientes con intoxicación por humo tras un


incendio en el almacén de la tienda donde trabajaban, por suerte
los bomberos lo habían controlado y no hubo que lamentar
heridos.

Las horas fueron pasando, ayudé a Mike en el box, estuve con


Sam y Matt atendiendo a otros pacientes, y entonces escuché unas
palabras que me hicieron estremecer cuando entraban los
sanitarios de la ambulancia con la camilla.
—Varón blanco, treinta y ocho años, orificio de bala con entrada
en el abdomen, no hay orificio de salida.

Por un momento el mundo se me vino encima pensando que era


Alan. No era él pues el cabello de ese hombre era negro y no
rubio, pero al pasar la camilla por delante de mí…

—¡¡Brian!! —grité al verle la cara, y fui con ellos.

—¡Emma! ¿Qué pasa? —me preguntó Sam al verme correr.

—Es Brian, le han disparado —contesté y seguí corriendo tras la


camilla.

—Pequeña —me paré en seco al escuchar esa voz, giré la


cabeza para mirar por encima del hombro y vi a Alan allí de pie,
sujetándose un brazo vendado y cubierto de sangre con la mano.

—Alan —apenas me salía la voz, sentía un nudo en la garganta


y notaba los ojos vidriosos. Corrí hacia él llorando y dejé que me
abrazara—. ¿Qué os ha pasado?

—Es una larga historia —me dio un beso en la cabeza.

—Agente, tienen que mirarle ese brazo —dijo un policía


uniformado a su lado.
—Ven, vamos al box —le dije cogiéndolo de la mano y él me
dio un leve apretón.

Hice que se sentara en la camilla y una de mis compañeras se


acercó para ver qué necesitaba, me había visto tan nerviosa y que
no era capaz de acertar a hacer nada, que incluso Alan me pidió
que me calmara.

—Pequeña, deja que ella me cure, ¿vale? Tú solo, siéntate


conmigo —me pidió, cogiéndome la mano y dándome un beso en
los labios que hizo que mi compañera sonriera.

Sam se había ido con Brian, sabía que si ocurría algo nos lo
contaría, así que me limité a quedarme de pie junto a la camilla
cogiendo la mano de Alan mientras mi compañera lo curaba.

No era una herida profunda, la bala le había alcanzo, pero solo


de refilón, no llegó a penetrar en la carne. Necesitaría varios
puntos y un buen vendaje, además de que tendría que hacerle
curas en casa.

Era policía y todo el mundo en el hospital lo sabía, pero no que


se infiltrara por lo que no me contó nada de lo que había ocurrido
hasta que nos quedamos solos en la sala de descanso donde lo
llevé para que se tomara unos calmantes con un zumo.

—Estábamos en Chicago, hemos pasado allí estas semanas —


comenzó a contarme—. Esto no tenía que haber pasado, pero la
organización en la que está mi equipo infiltrado tuvo una reyerta
con una organización rival hace unos días. Hoy han asaltado la
casa más de quince coches con hombres armados dispuestos a
matar a quien hiciera falta. Cuando Brian ha visto que me han
dado, se ha puesto delante para protegerme y disparar, y ha sido
cuando le han dado.

—Han dicho que tenía la bala alojada.

—Sí. En cuanto mi equipo vio que estábamos jodidos pidió


refuerzos, vinieron también las ambulancias y nos sacaron a todos
de allí. Fuimos directos al hospital y ya sabían por mi jefe quiénes
éramos y quería que trajeran a Brian aquí, así que nada más llegar
nos subimos los dos al helicóptero medicalizado, ahí han visto que
no podrían extraer la bala sin que hubiera consecuencias graves y
han esperado a llegar. Ese gilipollas, no tendría que haberse puesto
delante.

—Te ha salvado la vida, si no lo hubiese hecho serías tú el que


estaría ahora en una mesa de operaciones, o peor, muerto, dejando
huérfana a tu hija. Y no te lo habría perdonado, Alan, te juro que
habría ido cada día de mi vida a insultarte a la tumba.

—Vaya genio, de quién lo habrás sacado —sonrió.

—Son los genes españoles, esos que tu hija también tiene.

—Te he echado de menos, pequeña —apoyó la frente en la mía


con los ojos cerrados.

—Yo también —suspiré y lo besé con esas ganas que tenía de


hacerlo desde que se marchó sin despertarme—. Se va a poner
bien, ya sabes que Brian es un tipo duro.

—Más le vale, o el que irá a insultarlo a la tumba, seré yo. No


sabía que un puto balazo fuera a doler tanto.

—¿Es la primera que te disparan?

—No, pero sí la primera que me alcanza. Ese capullo me ha


pillado desprevenido.

—Estás vivo, y es lo que cuenta —le sostuve ambas mejillas


para darle un beso rápido.

—Ah, estáis aquí —nos giramos al escuchar la voz de Sam—.


Le han extraído la bala, está fuera de peligro, pero ya sabes, se
quedará ingresado unos días.

—Gracias por avisar, Sam —le dijo Alan.

—¿Tú cómo estás?

—Es un rasguño, pero duele como si me hubiera atravesado.

—Imagino. Paciencia y muchos calmantes —sonrió—. Alicia,


vete a casa con él, se lo voy a decir a Nina. Y, tranquilos, que si
hay alguna novedad os llamaremos.
—Vale —asentí y me hizo un guiño antes de irse—. Espérame
aquí, voy a cambiarme.

Y lo hice en tiempo récord, recogí mis cosas y volví a por él


para irnos a casa de mis padres que, al verlo, se asustaron mucho.

Alan los tranquilizó diciendo que estaba bien y lo que había


hecho Brian, y dijeron que llamarían a menudo al hospital para
saber cómo se encontraba.

—En cuanto a ti, hijo, te voy a decir una cosa —le señaló mi
padre—. Ahora no solo es Emma quien te necesita, sino también
Alicia. Si quieres a tu hija y a la mía, piensa en ellas y en ti, y haz
algo con tu trabajo —fue mi madre quien se lo contó el mismo día
que yo la puse a ella al tanto de todo, y mi padre me envió un
mensaje para decirme que estaba feliz de vernos a los dos así de
bien.

—Lo he hablado con mi jefe, Jake —contestó—, y si ya


teníamos claro que este iba a ser mi último trabajo, después de lo
ocurrido hoy te aseguro que pido un despacho en la comisaría.

—Y harás bien, porque nosotros ya perdimos a un miembro de


esta familia y no queremos perder otro —dijo mi madre—. Voy a
poneros la comida en un túper, porque imagino que iréis a recoger
a Emma para marcharos a casa a que descanses.

—Sí, María, te lo agradezco.


—No hay nada que agradecer, hijo —sonrió, acariciándole la
mejilla—. Pero ya has oído a Jake. Más vale que cuides de mis
niñas, o seré yo quien te dé una paliza.

—Te tengo más miedo a ti que a él, eso te lo aseguro —rio, y los
demás lo hicimos también.

Mi madre nos dio el túper y fuimos a recoger a Emma que se


alegró de ver a su padre. No le dijimos nada de la herida, pero sí
que procuramos que no notara nada y que no le tocara la zona.

El resto de la tarde la pasamos los tres en el sofá después de


comer, por la noche ella se duchó y puso el pijama mientras yo
preparaba la cena y, cuando la acostamos, ayudé a Alan a
ducharse para que no se le mojara el vendaje.

Y ni siquiera el dolor pudo con el deseo de sentirme junto a él,


por lo que allí, bajo el agua, entre besos y caricias, nos entregamos
a ese deseo que ambos sentíamos antes de meternos en la cama y
dormir abrazados.
Capítulo 28

Cuando Alan me dijo ese sábado por la mañana que llevaríamos


a la niña a casa de mis padres para que se quedara a dormir hasta
el domingo porque iba a invitarme a cenar, me pareció extraño
porque todos los planes que solíamos hacer eran con nuestra
pequeña Emma.

Cuando le pregunté por qué, su respuesta hizo que me diera un


vuelco el corazón.

—Porque vamos a tener nuestra primera cita de verdad,


pequeña —dijo, y ahí vinieron mis nervios.

Llamé a mi madre para decirle lo de la niña y su respuesta fue


que lo sabía desde el día anterior, y al comentarle lo que me había
dicho Alan y que estaba nerviosa, se echó a reír.

Sí, mi madre, sangre de mi madre, la persona que me dio la vida


hacía ya veintiocho años, se echó a reír.

Me dijo que estuviera tranquila, que no tenía motivos para


sentirme nerviosa porque no era como si fuera a tener una cita a
ciegas con alguien a quien no conocía. Y sí, aunque solo fuera un
poco, conseguí calmarme.

Comimos los tres en casa, vimos una película y dejamos a


Emma preparando la mochila con las cosas de Algodón para
llevarle con ella a casa de mis padres mientras nosotros nos
preparábamos para salir.

No iba a mentir, me pasé quince minutos frente al armario


escogiendo qué ponerme para esa cita. Y no porque quisiera
causar buena impresión como si de un desconocido se tratara, no,
sino porque quería verme guapa, pero también que me viera él.

Al final me decanté por un vestido negro de corpiño ajustado,


manga corta y cuello barco que dejaba mis hombros al aire, la
falda llegaba a la altura de las rodillas y quedaba entallada.

Completé el look con unos zapatos negros de tacón que mi


madre siempre dijo que me estilizaban más las piernas, maquillaje
natural con los labios rojos y el cabello suelto con algunas hondas.

Cuando entré en el salón estaban los dos sentados viendo la


televisión con la pequeña bolita de pelo en el regazo de Emma. Al
verme Alan, se puso en pie con los ojos brillantes mientras se
acercaba a mí.

Estaba de lo más atractivo con un traje gris marengo y la camisa


blanca, sin corbata.
—Hala, tía, qué guapa te has puesto —dijo mi niña
levantándose.

—Gracias, cariño —sonreí dándole un beso en la mejilla—.


¿Tienes todo lo de Algodón?

—Sí.

—Perfecto, entonces podemos irnos.

Alan seguía mirándome con esos ojos que me dejaban claro que
le gustaba lo que tenía delante. Sonreí levemente al pasar por su
lado y como la niña no me veía, me puse de puntillas para darle un
beso en la comisura de los labios.

—Está muy sexy, agente —susurré y le vi tragar saliva con


fuerza.

Llevamos a Emma a casa de mis padres y cuando llegamos, los


abuelos nos recibieron con besos y abrazos diciéndonos que nos
habíamos puesto muy guapos esa noche.

—Abuela, a que parecen una pareja de novios —soltó Emma de


la nada, y yo noté que me sonrojaba de pies a cabeza.

—Ahora que lo dices, sí, sí que parecen dos chiquillos yendo al


baile del instituto —respondió ella, que tenía una guasita que ya le
valía a mi señora madre.
—Quién tuviera diecisiete años, María —Alan resopló y todos
reímos.

—Divertíos chicos, nos vemos mañana —dijo mi padre y


subimos al coche.

—Si no fuera porque quiero hacer las cosas bien esta noche,
pararía el coche en cualquier callejón y haría desaparecer ese
vestido —me dijo tras salir de la calle de mis padres.

—Lo intuí en casa —reí.

—Vaya cena me espera —suspiró y sonreí mientras le cogía la


mano.

Cuando llegamos al restaurante me quedé sin palabras al


comprobar que era uno de los más exclusivos de la ciudad, de esos
en los que para conseguir mesa debías esperar un mínimo de dos
meses.

Uno de los empleados me abrió la puerta y bajé del coche


esperando a que Alan se uniera a mí, cuando lo hizo posó su mano
en la parte baja de mi espalda y caminamos hacia la entrada donde
dio su nombre y nos llevaron hacia la mesa.

Era un restaurante en el que primaba la elegancia y el buen


gusto de su dueña. Las paredes eran de un color marfil muy suave
con adornos dorados, lo que hacía que el ambiente fuera de lo más
acogedor.
No había muchas mesas y entre todas ellas la distancia era
amplia para dar un poco más de privacidad a los clientes.

Todas ellas lucían elegantes con manteles de lino blanco, unas


velas en el centro con una suave iluminación y un jarrón de fino
cristal con flores frescas que añadía un sutil toque de color al
lugar.

De fondo una suave melodía instrumental que acompañaba el


murmullo de los clientes.

—Alan, ¿cómo has conseguido mesa aquí? Porque es imposible


antes de dos meses —pregunté cuando nos quedamos solos
echando un vistazo a la carta.

—Digamos que en mi trabajo se conoce gente con contactos —


hizo un guiño y sonrió—. Uno de mis compañeros vino aquí a
cenar con su mujer hace tiempo, ella es íntima amiga de la dueña,
le llamé para ver si podía conseguirme una mesa para hoy, y aquí
estamos. Ahora le debo un favor muy grande —suspiró.

—¿Qué favor?

—No te preocupes que solo bromeaba. Es un buen compañero,


todos los son, y si alguno de nosotros necesita algo, los demás
están ahí para echarnos una mano.
—Señor —se acercó uno de los camareros—. ¿Qué vino desean
tomar?

—Blanco, uno suave y afrutado, por favor —respondió.

—Enseguida.

—¿Eres experto en vinos? —curioseé arqueando la ceja antes de


volver a mirar la carta.

—No, pero sé que ese es el que te gusta a ti.

Me sonrojé, y sentí que las mariposas de mi estómago


revoloteaban tanto que por un momento pensé que iba a empezar a
levitar allí mismo.

Nos sirvieron el vino que estaba delicioso y pedimos la cena.


Los dos tomaríamos lo mismo, así que nos decantamos por el
carpaccio de ternera con rúcula y lascas de parmesano,
acompañado de un toque de aceite de trufa como entrante.

Para el plato principal elegimos un filete de salmón a la plancha


con salsa de mango, acompañado con puré de patatas, y como
postre para una cena que había estado exquisita, un fondant de
chocolate negro con helado de vainilla y frutos rojos.

—Creo que he cogido dos kilos solo con este postre —dije, tras
el último bocado.
—Estás perfecta así, pequeña.

—Pelota, que lo dices porque quieres llevarme ahora a la cama


—sonreí.

—Lo digo porque es verdad, y no necesito hacerte la pelota para


que te acuestes conmigo —respondió cogiéndome la mano por
encima de la mesa.

—También es verdad.

—Tienes que creerme cuando te digo que te quiero, Alicia,


porque te aseguro que no podría querer a nadie más que a ti.

—Estuviste casado con mi hermana —recordé con pena


apartando la mirada.

—Y la quise con todo mi corazón los años que estuvimos juntos.


Aún la quiero, es y siempre será la madre de mi hija. Pero a ti te
amo, pequeña, eres la razón, junto con Emma, por la que sonrío
cada día desde hace cinco años.

—Yo también te quiero, Alan.

—Lo sé, aunque no me lo dijeras con palabras, sí lo hacías con


tu mirada y tus gestos —me besó la mano.
Nos tomamos un café y nos invitaron a un chupito tras pagar la
cuenta, que barata no fue, ya os lo digo, pero Alan decía que
nuestra primera cita de muchas lo merecía.

Salimos de allí y cogimos el coche para ir hacia un local


tranquilo a tomar una copa. Era un lugar acogedor y con música
blues de fondo, algunas parejas bailaban y hasta nosotros nos
atrevimos a dejarnos llevar por una melodía de lo más romántica a
la vez que sensual.

Tras un par de besos de esos que nos incitaban a algo más,


decidimos marcharnos a casa.

Íbamos caminando tranquilos cogidos de la mano hacia el coche


cuando nos abordaron varios hombres.

—Miren a quién tenemos aquí, chicos —dijo uno de ellos, y vi


que todos llevaban un arma en la mano.

Eran seis y nos rodeaban en un semicírculo, Alan me colocó tras


él y supe que esto no era solo un simple asalto de unos ladrones de
poca monta.

—¿Qué quieres, Gregory? —preguntó Alan.

—El jefe quiere que vengas con nosotros, rata traidora. Sabemos
que eres un puto poli.
—Alan —murmuré su nombre mientras me agarraba con fuerza
a su cintura, temblando por el miedo.

—Tranquila —me pidió mirándome por encima del hombro.

—Muy guapa tu puta, podría compartirla, ¿no crees, hermano?

—Deja que se vaya, habéis venido a buscarme a mí.

—Exacto, y vas a venir porque te conviene. El jefe quiere que


nos ayudes con un trabajito, y antes de que te niegues —el tal
Gregory hizo una señal con la cabeza a uno de los otros y este
sacó un móvil del bolsillo que nos mostró.

—¡¡Emma!! —grité al ver la foto de mi sobrina durmiendo en lo


que parecía el suelo de una furgoneta.

—¿Qué le habéis hecho a mi hija, cabrones? —gritó Alan


acercándose a ellos, y todas las armas nos apuntaron a los dos.

—De momento nada, y así seguirá si colaboras. Si no lo haces,


la niña muere y tu puta pasará a ser de todos nosotros.

—¿Qué les habéis hecho a mis suegros?

—Un aviso, nada grave, tranquilo —se encogió de hombros.


—Alan, no vayas —le pedí haciendo que se girara con mis ojos
húmedos por las lágrimas.

—No va a pasarme nada —contestó sosteniendo mis mejillas


entre ambas manos y pasando los pulgares por ellas para retirar las
lágrimas—. Ve a casa de tus padres, comprueba que están bien y
tranquilízalos —me dio las llaves de su coche.

—No, no voy a irme sin ti.

—Puedes venir, nena, lo pasaremos muy bien todos contigo —


dijo ese hombre y el resto rieron.

—Alicia, escúchame —me pidió volviendo a cogerme ambas


mejillas para que lo mirase solo a él—. Voy a estar bien y volveré
en cuanto pueda, te lo prometo. Sabes que tengo dos razones de
peso para volver a casa —se inclinó para darme un beso rápido en
los labios.

—Muy tierno todo, poli, pero tenemos prisa.

—Toma —me dio una caja pequeña que sacó del bolsillo de su
pantalón—. Cuando regrese quiero una respuesta —volvió a
besarme y lo retuve conmigo todo el tiempo que pude hasta que se
apartó.

—Alan, por favor —no podía dejar de llorar, pero él no se giró.


Caminó con aquellos hombres hasta una furgoneta en la que
subió y sentí que esa era la última vez que lo vería.

Corrí cuanto pude hasta el coche y conduje hacia casa de mis


padres, a quienes encontré con una herida en la cabeza siendo
atendidos por los sanitarios de la ambulancia que había aparcada
fuera.

Mi madre lloró mientras me decía que se habían llevado a la


niña y no pudieron evitarlo, y mi padre preguntaba por Alan, les
conté lo ocurrido y ambos se quedaron devastados.

La policía también estaba allí, así que les dije quién era Alan y
se pusieron en contacto con sus superiores para informarles
mientras yo llamaba a Brian, que seguía en el hospital, para
ponerlo al corriente.

Me dijo que iba a llamar a su jefe para informarlo de lo ocurrido


y me pidió que por favor me calmara.

—No puedo, Brian, se han llevado a la niña, y Alan se ha ido


con ellos.

—Los traeré de vuelta, Alicia, te juro que los traeré de vuelta,


aunque me cueste la vida.
Capítulo 29

Habían pasado dos días desde que se llevaron a Emma a la


fuerza y que obligaron a Alan a que los acompañara si no quería
que la niña muriera.

Dos días que se me estaban haciendo insoportables y en los que


no había dejado de llorar más que cuando me quedaba dormida, a
ratos, por el agotamiento.

Estaba siempre pendiente del móvil, esperando que sonara con


una llamada que no nunca llegaba, esperando que Brian me dijera
que ya los tenían y que volvían conmigo a casa.

Cada rincón del ático me recordaba a ellos, pero no me había


movido del sofá más que para ducharme y cambiarme de pijama.
Había dormido allí desde que llegué de casa de mis padres el
sábado.

Cuando me desperté esta mañana llamé a Nina y le pedí unos


días libres, necesitaba estar en casa para cuando Brian me llamara,
no podía contarle nada de lo ocurrido, así que me limité a decirle
que no me sentía bien.
Diferente fue cuando Sam me llamó, dos horas después, para
preguntarme qué me pasaba, tuve que contarle la verdad pues él
sabía de sobra los peligros que corría Alan en su trabajo, y me dijo
que vendría a verme cuando acabara el turno.

Volví a quedarme en el sofá con la manta, acurrucada allí con el


pequeño Algodón que también notaba la ausencia de Emma y no
quería moverse de mi lado. Era como si notara que me pasaba
algo y que debía calmarme a como diera lugar.

No podía soportar la incertidumbre, el hecho de no saber nada


de Alan y tampoco cómo estaría Emma. Era solo una niña, estaría
asustada y necesitaba a sus padres.

Apenas comí, hoy tampoco tenía hambre y me bastaba con


tomarme un vaso de leche caliente que me templara el cuerpo y
me calmara los nervios.

Estaba acostada en el sofá cuando escuché que se abría la puerta


de casa. Me levanté con la esperanza de que fuera Alan, pero en
cambio…

—¡¡Tía!! —gritó Emma desde la puerta y corrí hacia su


encuentro.

—Emma —lloré y la cogí en brazos—. Mi niña, ya estás aquí.

—Te echado de menos tía.


—Y yo a ti, cariño, no sabes cuánto.

—Hola, Alicia —vi a Brian allí sonriendo y bajé a la niña.

—Ve al salón, mi vida, que Algodón está allí dormido —le dije y
fue corriendo—. ¿Dónde está Alan?

—Vamos a la cocina mejor —me pidió y asentí.

Se sentó mientras se quejaba por las molestias de su herida,


hacía apenas unos días que le habían disparado y aún debería estar
en el hospital, no sabía qué estaba haciendo fuera de esa cama.

—¿Te han dado el alta?

—La pedí yo ayer. En realidad, la pedí el sábado por la noche,


pero no estaba mi médico y no me la quisieron dar, tuve que
esperar a que llegara por la mañana.

Le puse el café delante y di un sorbo al mío.

—No tenías que haber salido de allí al menos en unos días más.

—Claro, yo en una puta cama de hospital con mi hermano y mi


sobrina desaparecidos, muy de poli, sí.

—Brian…
—Vale, ya sé que tendría que estar en cama, pero me encuentro
bien. Esos calmantes hacen milagros.

—¿Qué ha pasado? ¿Dónde está Alan?

—La organización ha caído, han sido todos capturados y hemos


conseguido liberar a la niña.

—¿Y Alan? —insistí.

—No lo han encontrado —contestó con la cabeza inclinada y la


mirada fija en su taza de café—. Han mirado en todas las
propiedades que tiene la organización, repartidas por Estados
Unidos, y no estaba en ninguna.

—Pero, tendréis alguna manera de localizarlo.

—Van a interrogar a todos los de la organización, tenemos la


esperanza de que alguno diga dónde lo han llevado. Pero teniendo
en cuenta que descubrieron que era policía, no creo que quieran
colaborar.

—Brian, tenéis que encontrarlo —le pedí cogiéndole de la mano


—. Tenéis que traerlo de vuelta porque su hija lo necesita, yo, lo
necesito —dije con las lágrimas a punto de brotar de mis ojos.

—Sabía que al final se declararía antes de que acabara el año —


dijo al ver el anillo en mi dedo, ese que había en la pequeña caja
que me dio Alan antes de irse con aquellos hombres.

—No me lo pidió, solo me dio la caja antes de irse.

—Te lo iba a pedir esa noche —aseguró, y yo asentí porque fue


lo que deduje al verlo—. Vamos a encontrarlo, Alicia, te prometo
que haremos todo cuanto esté en nuestras manos para encontrarlo
y traerlo de vuelte.

—Hazlo, por favor te lo pido, porque ni la niña ni yo podríamos


soportar perderlo.

Brian me abrazó y dejó que llorara todo lo que necesitara, yo ni


siquiera sabía cómo era posible que aún tuviera lágrimas que
derramar con todo lo que había estado llorando en esos días.

Nos terminamos el café y se despidió de nosotras, quedando en


que me mantendría informada de todo.

Abracé a mi niña cuando nos sentamos en el sofá y le pregunté


cómo estaba, dónde la habían tenido y si le habían hecho daño.
Me dijo que no, que la habían tenido en una cama cómoda y
caliente, que le daban de comer, pero no sabía en qué lugar estaba.
Confesó que cuando se despertó tuvo miedo, pero una mujer que
le dijo que era amiga de su papá le aseguró que no iba a pasarle
nada.

Imaginé que tal vez se trataría de alguna de las mujeres de la


organización con las que solía relacionarse Alan por su tapadera, o
quizás una de las policías infiltradas a la que no habían pillado en
esa mentira.

Le di un beso en la frente y la abracé tan fuerte que se quejó


diciendo que no podía respirar.

—Perdona mi niña, pero te echaba mucho de menos.

—Y yo a ti. ¿Dónde está papá?

—Emma, tengo algo que contarte, pero es un secreto.

—Vale.

Cogí aire con fuerza y lo solté con calma, era una niña, pero era
muy lista y tenía derecho a saber al menos a qué se dedicaba su
padre, así que se lo dije. Le conté que Alan era policía y que sus
trabajos lo mantenían tiempo fuera porque estaba ayudando a
atrapar a los malos. Le dije que uno de esos malos era el que se la
había llevado y que también le pidió a su padre que se fuera con
él, así que no sabíamos cuándo volvería.

Entendió todo y cuando acabé dijo que, ojalá su papá volviera


pronto a casa con nosotras.

—Hay algo más, cariño.

—¿El qué, tía?


Me toqué el anillo y sonreí antes de hablar.

—Tu papá y yo, somos novios.

—¿En serio? —preguntó con los ojos muy abiertos.

—Sí, en serio, pero no desde hace mucho.

—Da igual, eres la novia de mi papá, así que ahora sí que puedo
llamarte mamá —sonrió.

—¿De verdad te parece bien, mi niña?

—Claro, siempre te he llamado mami de broma y ahora podré


hacerlo de verdad. Eres mi tía, pero te quiero como si fueras mi
mamá. Me has cuidado desde que era pequeñita, como hacen las
mamás.

—Siempre te sentí como si fueras mi hija —lloré.

—No llores mamá —me secó las mejillas con sus manos y
sonrió al llamarme así—. Papá va a volver con nosotras, ¿a qué sí?

—Sí, mi vida, claro que va a volver.

Nos abrazamos y sentí que la vida nos volvía a poner a prueba


de nuevo a las dos, quitándonos a la persona que más queríamos.
Cogí el móvil para hacer una videollamada con mis padres y los
dos se alegraron de ver a Emma en la pantalla, mi madre dijo que
vendrían esta tarde para traernos comida que estaba cocinando y
darle un abrazo a ella.

Cuando colgamos fuimos a la cocina a preparar algo de comer,


no es que yo tuviera apetito, pero debía hacer un esfuerzo por ella.

Preparamos unos filetes de pollo en salsa y después de comerlos


llegó Sam a verme, que también se alegró al encontrar allí a la
niña.

Emma se fue a la habitación un rato con Algodón y cuando nos


quedamos solos le conté lo que me había dicho Brian, también le
dije que había hablado con la niña sobre la relación que tenía con
su padre, y volví a llorar de nuevo.

—Ey, tranquila, ¿de acuerdo? —me pidió, cogiéndome ambas


mejillas— Lo van a encontrar y antes de lo que crees estará de
vuelta en casa.

—Eso espero Sam, porque no sé qué haríamos sin él. Emma no


puede perder también a su padre.

—Si eso llegara a pasar, Alicia, te recuerdo que te tiene a ti, y


siempre te tendrá.

—Sabes que no es lo mismo —negué.


—Y no estarás sola, tus padres y yo estaremos con vosotras
también —me dio un beso en la frente y me abrazó mientras
lloraba.

No estaba sola, lo sabía, ninguno de ellos me había dejado sola


durante estos siete años en los que me había hecho cargo de la
niña, pero ahora era diferente porque si perdía a su padre eso la
devastaría por completo, dado que, a él, a diferencia de a mi
hermana, sí le había podido conocer.
Capítulo 30

Cinco meses después…

Los días esperando noticias de Alan se convirtieron en semanas,


y las semanas, en meses.

Aquellas habían sido las peores Navidades para nuestra familia


desde que perdimos a Blanca, y es que era mucho peor el no saber
dónde estaba Alan, si estaría vivo todavía o no, la incertidumbre
era lo que nos mataba a todos.

Procuramos que Emma lo pasara lo mejor que pudiera, y nos


quedamos esos días en casa de mis padres para no estar solas en el
ático, algo que agradecí inmensamente.

Estábamos en febrero y en un día de esos en los que las personas


que se quieren celebraban el amor por todo lo alto, yo por mi parte
este día de San Valentín celebraba el amor que tenía hacia mi hija
Emma, pues así habíamos pasado a llamarnos desde aquel día,
para ella era su mamá, y ella mi hija.
Brian me acabó contando que todos los policías que se
infiltraban llevaban un dispositivo de rastreo que activaban en el
momento en el que, por lo que fuera, eran capturados, y Alan lo
hizo desde el mismo momento en el que me dejó atrás. Pero que
había dejado de emitir en Boston por última vez hacía meses y no
le encontraron en esa localización tampoco, como había sido el
caso en las anteriores.

Los de la organización tampoco habían dicho nada, ni uno solo


de esos hombres abrió la boca para confesar qué habían hecho con
él, y por eso mi esperanza era tan escasa.

Cinco meses sin Alan, y cada día se me hacía más cuesta arriba
mantener la esperanza de que siguiera vivo.

Me levantaba y me acostaba cada día perdiéndola, porque con


cada anochecer que veía y él no estaba, sabía que era difícil que
fueran a encontrarlo.

Emma preguntaba por él y cuando me veía llorando me decía


que no lo hiciera, que su papá era valiente y nos quería tanto a las
dos que volvería a casa con nosotras.

Ella había sido el motivo por el que salía de la cama cada día y
sonreía, y no solo ella, sino también esa personita que crecía en mi
vientre desde hacía ya seis meses.

No supe que estaba embarazada hasta unas semanas después de


lo ocurrido. Estaba en casa de mis padres y me dio un mareo tan
fuerte que hizo que me desvaneciera y acabara perdiendo el
conocimiento. En cuando desperté, me llevaron al hospital y allí
nos dieron la noticia.

Alan iba a ser padre y ni siquiera había podido decírselo. Quien


sí lo sabía y estaba encantadísima con la noticia de ser hermana
mayor, era Emma.

Hoy me tocaba revisión para ver si mi bebé se dejaba ver, otro


que había salido tímido o tímida como su hermana, y en la sala de
la clínica esperando conmigo estaban Emma, Sam, Mia y el
pequeño Samuel, ya que mi mejor amigo y su novia habían sido
un gran apoyo para mí en estos meses, viniendo a casa a comer o
cenar y no dejándonos solas en ningún momento.

Steven y Madison, los padres de Sam, estaban encantados con


su nuera y su nieto, y los querían a los dos con locura, al igual que
les ocurrió a mis padres cuando los conocieron.

—Alicia, puedes pasar ya, cielo —me dijo la enfermera y todos


nos levantamos—. Vaya, veo que no vienes sola —rio.

—Venimos para hacer presión, a ver si mi sobri decide dejarse


ver o tenemos que amenazarle con darle papillas de brócoli hasta
que cumpla los doce —dijo Sam.

—Hala, tío, no digas eso, pobre hermanito.

—O hermanita, que a lo mejor ahí hay una niña tan tímida como
lo fuiste tú —le dije.
—No, yo sé que es un niño.

Entramos en la consulta y tras darme los resultados del último


análisis, en el que todos los niveles estaban correctos, me
acomodé en la camilla y esperé hasta que al fin vi en la pantalla a
mi bebé.

Crecía cada vez más y siempre que me hacía las revisiones mi


ginecóloga me decía que estaba perfectamente sano.

—¿Habéis pensado nombre? —curioseo ella, mientras pasaba el


ecógrafo por mi enorme barriga.

—Sam si es niño —dijo mi amigo.

—No, no, tío, no mientas que no se va a llamar así —le riñó


Emma, que estaba a mi lado mirando atenta a la pantalla.

—¿Qué nombre le vais a poner si es niño, cielo? —le preguntó


la ginecóloga a Emma.

—Alex, como se llamaba mi abuelo paterno —contestó con una


sonrisa.

Sí, recordé que cuando Blanca estaba embarazada me dijo que,


si era niño, quería llamarle Alex para darle la sorpresa a Alan, al
igual que si era niña se llamaría Emma. Y yo quería hacerlo por
los dos, por Alan y por mi hermana.
—¿Y si es niña? —preguntó.

—¿Voy a tener una hermanita? ¿Es una niña? Mamá, que la


vamos a poder llamar Alexandra.

—¿Es una niña? —preguntaron Sam y Mia al unísono, ella con


el carrito del pequeño Samuel al lado.

—No, es un niño —contestó con una amplia sonrisa—. Saludad


a Alex que ahora está moviendo la mano.

Me eché a llorar porque me sentía dichosa en ese momento al


saber que iba a poder cumplir el deseo de mi hermana y darle la
sorpresa al hombre que amaba cuando lo volviera a ver.

Salimos de allí todos felices, Sam llamó a mi madre para darle la


noticia porque decía que le hacía ilusión ser él quien se la contara,
y en ese momento sonó mi móvil con una llamada de Brian que
hizo que me detuviera en seco y con el cuerpo en tensión.

—Dime, Brian —hablé despacio y con cautela.

—Alicia, Alan está en el hospital. Te veo en la entrada de


urgencias.

Colgué, se lo dije a Sam y Emma empezó a llorar al saber que su


padre había vuelto.
Subimos todos al coche de Sam, que ahora tenía un bonito y
confortable monovolumen familiar, y fuimos hacia el hospital
mientras llamaba a mis padres para que lo supieran y fueran
también, a fin de cuentas, siempre lo consideraron un hijo más.

Cuando llegamos vi a Brian en la puerta fumándose un cigarro,


hábito que nunca había dejado y menos en momentos de tensión
como los últimos que habíamos vivido en estos meses.

—Hoy tenías revisión, ¿no? —preguntó tras abrazarme.

—Sí. Es un niño —sonreí.

—¿En serio? ¿Voy a tener un ahijado? Joder, Alan se va a poner


de lo más contento.

—¿Le has dicho algo?

—Absolutamente nada, como me pediste. Vamos, está en la


habitación ya.

Seguimos todos a Brian y fuimos hacia la planta en la que


habían ingresado a Alan. Estaba él solo en la habitación y había
algunos policías por el pasillo y cerca de la puerta.

Cuando Brian abrió él giró la cara y sonrió al verle, fue entonces


cuando Emma salió corriendo.
—¡Papá! —gritó y lo abrazó como pudo.

—Hola, princesa. Siento haber tardado tanto en volver —le dijo,


besándole la cabeza.

—Estás aquí, papá, y es lo que importa —contestó llorando.

En el momento en el que levantó la vista y me vio, con la


barriga de por medio, le cambió la cara.

—Alicia, estás…

—¿Podéis dejarnos solos, por favor? —les pedí a todos—


Emma, ve con los tíos, ¿sí?

—Vale —sonrió ella, le dio un beso a Alan y cogió la mano de


Brian para salir fuera con Sam y Mia.

—Has rehecho tu vida —me dijo cuando nos quedamos solos—.


Lo entiendo, ya me dijo Brian que todos pensabais que había
muerto. Dile que es un hombre con suerte.

—¿Por qué crees que he rehecho mi vida? —pregunté


acercándome a él.

—Es evidente, estás embarazada.


—¿De verdad crees eso? —dije cuando estaba más cerca y él
frunció el ceño sin entenderme. Me incliné y posé los labios en los
suyos, esos que besé con las ganas acumuladas de cinco malditos
meses de dolor y angustia.

Estaba más delgado, tenía ojeras y se notaba que le habían dado


algunos buenos golpes en la cara pues aún se le veía un moratón.

Pero seguía siendo Alan, mi Alan, y no iba a dejar que se


volviera a alejar de mí en la vida.

—Es tuyo, Alan —dije mirándolo a los ojos y los abrió con
sorpresa—. Ya estaba embarazada cuando desapareciste, pero no
lo supe hasta unas semanas después. Y sí —sonreí mientras ponía
mi mano sobre su pecho para que viera bien ese anillo de oro
blanco con dos diamantes en el centro que me puse la misma
noche que me lo arrebataron—, mi respuesta es sí, mi amor.

—Oh, pequeña —apoyó su frente en la mía mientras yo seguía


llorando—. Te amo, Alicia, te amo con todo mi ser.

Volvimos a besarnos y abrazarnos y en silencio ambos nos


prometimos que jamás íbamos a separarnos ni permitir que
alguien lo hiciera.

Como dijo Emma, en nuestro día cinéfilo viendo esa película, el


nuestro era un amor más grande que las palabras.

Lo quería, y le iba a querer siempre.


Capítulo 31

Un mes después…

No podía creer que este mes hubiera pasado tan rápido, teniendo
en cuenta que los cinco anteriores se me hicieron interminables,
llenos de incertidumbre, pena y dolor.

Desde el momento en el que volví a ver a Alan y le dije que sí,


que aceptaba casarme con él, aunque su pedida fuera simplemente
entregándome ese anillo y sin decir una sola palabra, mi madre, la
madre de Steven, Mia y yo nos encargamos de preparar todo para
nuestra boda, esa que se celebraba hoy.

Estuvo diez días en el hospital, lo habían encontrado bastante


deshidratado en la celda de un sótano en la propiedad de unos
narcotraficantes colombianos que trabajaban con la organización
en la que él y su equipo habían estado infiltrados durante tanto
tiempo.

Al parecer lo descubrieron solo a él, no sabían quién más estaba


infiltrado y durante esos meses que le tuvieron allí retenido le
intentaron sacar información sobre esos otros policías a base de
golpes y otras prácticas de tortura que no quiso contarme. Allí
también estuvo el jefe de la organización a quien Brian no me
había dicho que no encontraron cuando la hicieron caer, pero en el
momento en el que supieron por uno de los hombres de la
organización que decidió hacer un trato con la policía para
proteger a su familia, también capturaron al jefe y ahí sí todo
acabó.

Alan me confesó que cuando le dijeron que lo querían para un


último trabajito él sabía que no era nada de eso, sino que lo
llevarían a ver al jefe, este le daría una paliza y, a saber, qué más
habrían hecho con él. Lo que no imaginó es que se lo llevaran a
una fortificación en mitad de la selva.

Pero eso ya pasó, él consiguió recuperarse en esos días en el


hospital y cuando salió, se centró en retomar sus rutinas en el
gimnasio en el ático para estar todo lo en forma que pudiera para
este día y para ser el padre de siempre con su pequeña.

En lo que referente a nuestro bebé estaba encantado, no dejaba


de tocarme la barriga cada vez que tenía ocasión, y se lamentaba y
disculpaba por no haber estado a mi lado en esos meses, por todo
lo que se había perdido del embarazo y por no haber podido
cuidarme.

Le dije que no se preocupara por eso porque al menos estaría


para verlo llegar al mundo, y ahí le cambió la cara.

Tenía miedo de que me pasara lo mismo que a mi hermana


cuando nació Emma y quedarse de nuevo solo con un bebé, y le
pedí que no pensara en ello ni por un segundo.
El mismo día que lo recuperamos Emma fue quien le dijo que ya
sabía que era su novia y que me llamaba mamá, que le había
contado lo del anillo un día que lo vio y que no querría nunca otra
mamá que no fuera yo.

Alan abrazó a su hija y lloró con ella, y yo acabé llorando


también porque claro, entre lo sensible que ya de por sí era y las
hormonas del embarazo…

Y aquí estaba yo, en un bonito domingo de marzo, con mis siete


meses de embarazo, y un vestido de novia precioso. Aunque según
mi madre, toda yo estaba preciosa y resplandeciente.

Mia me había ayudado a prepararme, ella se encargó del


maquillaje y mi peinado y de que el vestido se amoldara a mi
figura de embarazada como lo había hecho la chica de la boutique
donde lo compré.

Mi cabello negro caía en suaves ondas hasta mis hombros y


según ella, me enmarcaba el rostro con elegancia.

El maquillaje era natural y suave, destacando mis ojos verdes


con el eyeliner que los hacía parecer más grandes y expresivos.

Y los labios eran el centro de atención con ese color rojo que
siempre usaba.
El vestido era precioso, sencillo y de diseño clásico, pero
elegante, de un delicado encaje blanco con detalles florares
bordados. Era de mangas tres cuartos y la falda, a pesar de mi
barriga, caía con gracia hasta el suelo y terminaba en una pequeña
y discreta cola.

Nos casábamos en el jardín de mis padres, y por lo que había


visto desde la ventana de la que fue mi habitación, lo habían
dejado tan bonito que parecía sacado de un cuento.

Los árboles que plantó mi padre cuando se compraron la casa


estaban en flor, comenzando a brotar muchos de ellos, de modo
que le daba un toque de color y magia encantador.

Habían puesto una alfombra blanca desde la salida del salón a


modo de camino, rodeada de macetas con tulipanes de colores y
acababan en el altar decorado con guirnaldas de hojas verdes y
tulipanes.

No éramos muchos, solo nuestra familia, esa a la que también


pertenecían Sam y los suyos, y nuestro alocado Brian, así que las
sillas las habían dispuesto frente al altar formando un semi
círculo.

La mesa, por lo que me había dicho Mia, estaba preparada en el


porche de la casa para que allí comiéramos todos.

Un par de golpecitos en la puerta hicieron que me girara y vi


entrar a mi padre.
—¿Está lista la novia? —preguntó con una sonrisa— Porque
abajo tenemos un hombre muy nervioso.

—E impaciente, seguro —reí.

—Mucho, Brian está evitando que suba a buscarte.

—Ya estoy lista, papá —cogí el ramo de flores y él me ofreció el


brazo.

—No pensé que llegaría a ver casadas a mis dos hijas.

—Y con el mismo hombre, que eso es fuerte, ¿eh?

—Te voy a ser sincero, cariño —nos paramos antes de salir de la


habitación—. No podría haber un mejor hombre que Alan para
cuidar de ti, porque cuidó a tu hermana cada día desde que se
conocieron. Sabes, tal vez esto era lo que debía pasar, que Alan
llegara a tu vida a través de Blanca. Ellos estuvieron juntos solo
unos pocos años, pero vosotros os conocéis desde hace once años
ya, y habéis llegado a ser, ante todo, amigos primero. Y esa, hija
mía, es la base para una buena relación, que seáis amigos además
de amantes —me dio un beso en la frente y salimos para ir hacia
el jardín donde esperaban todos.

Sonreí al ver a Emma con un bonito vestido rosa pastel y una


cinta blanca a modo de cinturón, acabado en un gran lazo en la
espalda, y otra para recoger su cabello en una coleta.
Empezó a lanzar pétalos de rosa por la alfombra al vernos llegar,
caminando delante de nosotros hasta donde estaba su padre, que le
cogió la mano con una sonrisa mientras se secaba algunas
lágrimas que le caían al haberme cuando me vio.

Mi padre cogió mi mano y la de Alan y las acercó para que las


entrelazáramos.

—Os deseo toda la felicidad del mundo, hijos —dijo antes de


besarme en la frente e ir a sentarse con los demás.

—¿A qué está guapa, papá?

—Sí, hija, está preciosa.

—Pero si parezco un huevo Kínder —reí.

—Nuestro huevo Kínder, mamá, no lo olvides —me señaló con


el dedo—. Porque a ti no te dejamos irte, que lo sepas.

—Qué manera de amenazarme.

Le di un abrazo y le pedí que se quedara allí con nosotros,


porque, aunque me casaba con su padre, también le prometía a
ella que estaría siempre que me necesitara como había estado
estos años.
El oficiante comenzó la ceremonia y Alan no me soltó la mano
en ningún momento, nos mirábamos con esa complicidad de
siempre y cuando él me sonreía, yo notaba las mejillas
sonrojándose.

No había recobrado aún la forma física en su totalidad, pero


seguía siendo el mismo hombre alto y atractivo de siempre, con
ese cabello rubio y los ojos azules que le daban un aire surfero y
que llamaba la atención por allí donde iba.

Decir que mi futuro marido era guapo, era quedarse corta.

—Los anillos, por favor —dijo el oficiante, y fue Brian, como


padrino del novio, quien los acercó.

Cada uno cogimos el que debíamos ponerle al otro y fue Alan el


primero en hacerlo.

—Alicia, hoy aquí, con nuestros seres queridos como testigos, te


prometo que seré tu compañero en cada paso que des a mi lado. Te
prometo mi amor incondicional, mi apoyo en los momentos
difíciles y mi alegría en los momentos felices. Eres mi mejor
amiga y de eso me di cuenta en el momento en el que aceptaste
cuidar de mi hija, pero ahora también eres mi gran amor, y te
prometo que juntos, construiremos el mejor hogar para nuestros
hijos —me puso el anillo y sentí las lágrimas humedeciendo mis
ojos, esas que él se encargó de retirar con los pulgares.

Llegó mi turno y vi que Emma me miraba con una sonrisa como


había mirado a su padre.
—Alan, hoy aquí, con nuestra familia como testigo de este día
tan importante, te aseguro que te elegiría a ti como compañero de
vida una y otra vez. Prometo que seré tu refugio y tu fortaleza para
superar aquello que nos encontremos en el camino. Te amo por
quién eres y por quién serás. Y no dudes, ni por un segundo, que
estaré para ti y nuestros hijos cada día de mi vida.

Con los anillos puestos y una más que feliz y sonriente Emma a
nuestro lado, nos dimos ese primer beso ya convertidos en marido
y mujer y cuando se apartó llevó una mano a mi barriga mientras
me rodeaba con el otro brazo y Emma estaba a mi lado
cogiéndome de la mano.

No había fotógrafo, pero tampoco lo necesitábamos porque Sam


se había encargado de grabar todo en vídeo y Mia de hacer fotos.
Cuando me mostró esa, en la que ya éramos de manera oficial una
familia, supe que sería la que estaría en el salón del ático junto a la
que se hicieron Alan y mi hermana, cuando estaba embarazada de
Emma.

Mi pequeña siempre tendría a su madre, esa a la que no pudo


conocer más que por fotos y a través de lo que todos le
contábamos de ella, pero también me tendría a mí, que siempre
había sido su segunda madre desde el momento en el que mi
madre la puso entre mis brazos.

Pasamos al porche a disfrutar de la comida que había preparado


mi madre durante el día anterior y en esas primeras horas de la
mañana junto con Madison, que la había traído de su casa.
Incluso tomamos tarta que había encargado mi padre en nuestra
pastelería favorita, y a pesar de ser una boda íntima sin
demasiados invitados, no faltaron los momentos de fiesta, risas y,
cómo no, el primer baile como marido y mujer.

Alan me cogió de la mano y me llevó hasta el altar donde nos


habíamos casado, la música sonaba desde el porche y tras
abrazarme y apoyar su frente a la mía, comenzamos a dejarnos
llevar por la melodía de aquella dulce canción, Thinking out loud
de Ed Sheeran.

Si había una canción que podía representarnos, sin duda era esa,
porque hablaba de la conexión entre dos personas, del modo en el
que el amor verdadero duraría en el tiempo, intacto, a pesar de las
circunstancias o los desafíos que les pusiera la vida.

[1]
“Well, me, I fall in love with you every single day…”

Bailábamos con los ojos cerrados, meciéndonos al ritmo de esa


suave melodía acompañados de la voz de Ed Sheeran como si
estuviera cerca de nosotros.

[2]
“And, baby, your smile’s forever in my mind and memory…”

—Te amo, Alicia —susurró y lo miré, contemplando en esos


ojos azules que brillaban cargados de amor, que eran sinceras sus
palabas—. Te amo con todo mi ser y siempre lo haré.
—¿Incluso cuando sea una abuelita de setenta años, vieja y
arrugada, como dice la canción?

—Incluso entonces, porque yo seré diez años mayor y estaré


calvo, y con barriga.

—¡¡Quiero el divorcio!! —grité mirando a todos, que se


pusieron de pie y corrieron hacia nosotros.

—Pero hija, ¿por qué dices eso? Si os acabáis de casar —dijo mi


madre.

—Alicia, que al pobre hombre no le ha dado tiempo a cagarla


tan pronto —comentó Sam.

—Me ha dicho que cuanto tenga ochenta años estará calvo y


gordo, yo no quiero un hombre así.

—Hermano, es una sutil manera de decirte que sigas


machacando en el gimnasio todos los días —dijo Brian.

—Pequeña, lo siento, pero no admito devoluciones —Alan me


rodeó con ambos brazos—. Has dicho que sí, te has casado
conmigo, así que, ahora, a cumplir como mi esposa, aunque sea
viejo, calvo y gordo. Es lo que hay —se encogió de hombros y me
besó mientras me reía.

Lo amaba, mi corazón lo había escogido a él cada día y siempre


lo haría.
Capítulo 32

Alan y yo habíamos decidido no tener un viaje de luna de miel


de varias semanas ni a ningún lugar demasiado lejos de casa por
mi avanzado estado de embarazo, por lo que finalmente decidimos
que volaríamos a Lake Placid, ese lugar entre las montañas donde
podríamos disfrutar igual que si hubiéramos ido a nuestra cabaña
favorita de la playa.

Y dado que en marzo aún podíamos tener algunos días de


nevadas, y tuvimos la suerte de que en la boda no ocurrió,
metimos algo de ropa de abrigo en el equipaje.

Pero no íbamos solos, ni mucho menos, porque nuestra pequeña


Emma también merecía pasar esos días con su padre, después de
cinco meses de ausencia.

Cuando llegamos a la cabaña que habíamos reservado, en lo alto


de la montaña rodeada por esa nieve que aún quedaba, Emma y yo
sonreímos porque allí estábamos seguras que nos íbamos a
divertir, y mucho.
El olor a leña quemada nos dio la bienvenida nada más entrar en
ese acogedor vestíbulo decorado con detalles rústicos y una cálida
iluminación.

La sala de estar sin duda era el corazón de aquel hermoso lugar,


con un sofá que se veía cómodo y que podía hacerse cama y dos
sillones que se encontraban frente a la chimenea de piedra que
desprendía ese calor tan reconfortante.

Contaba con unas grandes ventanas que ofrecían unas


espectaculares vistas panorámicas de las montañas nevadas, a la
vez que permitían que la luz natural entrara por ellas.

La cocina estaba completamente equipada, tenía una pequeña


ventana que daba al exterior donde habíamos aparcado el coche de
alquiler y junto a ella había un pequeño comedor con una mesa
redonda y cuatro sillas.

Cada una de las dos habitaciones estaba decorada con ese estilo
acogedor y cálido que caracterizaba toda la cabaña de madera. La
principal tenía una cama de tamaño extragrande en el centro, y
había una preciosa manta de lana a los pies que incitaba a
acurrucarse con ella.

La otra era más pequeña, contaba con dos camas individuales y


ese aire rústico de toda la cabaña también se notaba en ella.

Desde el salón se podía acceder a un porche en la parte trasera


donde sin duda poder disfrutar del aire de la montaña, tomar una
taza de chocolate caliente contemplando las vistas, y jugar en la
nieve entre los árboles que rodeaban la cabaña.

Era el lugar perfecto para los tres, para desconectar del bullicio
de Manhattan y vivir esos días de nuestra luna de miel.

—Esto es precioso, papá —dijo Emma después de dejar el


equipaje en la habitación—. ¿Vamos a poder hacer un muñeco de
nieve?

—Claro que sí, cariño —sonrió—. Ahora mismo si quieres.

—¡Vale! —gritó yendo hacia la puerta.

—Quieta ahí, jovencita —la detuve—. Antes de salir tienes que


abrigarte. Vamos.

—Voy.

Corrió de vuelta a la habitación y Alan sonrió al verla.

—Es bueno ver que te hace caso —dijo mientras me abrazaba


para besarme—. ¿De verdad estás feliz con este viaje? Podríamos
haber ido a muchos otros sitios…

—Tenemos toda la vida para viajar, Alan. Venir aquí ya es


alejarme de casa, pero bueno, no creo que me ponga de parto tan
pronto.
—¿Te he dicho que te quiero, pequeña?

—No desde que subimos al avión —arqueé la ceja.

—Fallo mío, qué mal marido voy a ser —suspiró.

—Ya estoy lista —nos giramos al escuchar a Emma y la vimos


muy cargada—. Y os he traído vuestras bufandas y guantes. A ti te
he traído también el gorro, mamá.

—Gracias cariño —sonreí cogiéndolo.

Alan y yo nos abrigamos igual que ella y aprovechando que era


temprano aún, salimos para hacer ese muñeco de nieve que
esperábamos aguantara toda la semana que íbamos a estar aquí.

Hoy era lunes y nos marcharíamos el domingo siguiente, así que


más nos valía hacer el muñeco consistente y con mucha
resistencia.

Fuimos moldeando una a una las dos enormes bolas de nieve


que formarían su cuerpo, y después la de la cabeza un poco más
pequeña.

Emma cogió unas ramas para ponérselas a modo de brazos y


entró en la cabaña para coger una zanahoria, ya que los
encargados de cuidar las cabañas de esas zonas las dejaban con la
despensa llena.
Regresó cargada con un gorro de lana negro y una bufanda que
dijo que había encontrado en uno de los cajones del armario del
pasillo.

—Le faltan los ojos —dijo cuando Alan le había puesto el gorro
y la bufanda.

—A ver si encuentro algunas piedras —contestó él y se alejó un


poco de la cabaña.

Regresó con dos del mismo tamaño y se las puso en la cabeza al


muñeco de nieve.

—Le voy a llamar Señor Nieve —sonrió Emma al verle—. Qué


pena que no hayamos traído a Algodón, le habría gustado esto.

—Y para encontrarle si le perdíamos, no te digo la que


habíamos liado, hija —rio Alan.

—Por las orejas —ella se encogió de hombros—. Las tiene


negras y se las habríamos visto.

—Cariño, se habría congelado al hundirse en la nieve —dije.

—Ay, no, entonces está mejor en casa con los abuelos.

—Bueno, ¿quién tiene hambre? —preguntó Alan.


—Yo como por dos, así que puedes hacerte una idea del hambre
que tengo —contesté mientras iba hacia la cabaña.

Cuando entramos y después de quitarnos toda la ropa de abrigo,


Emma y yo fuimos a calentarnos a la chimenea mientras Alan
preparaba la comida.

Desde aquí nos llegaba el delicioso olor de esos solomillos de


carne que estaba dorando mientras preparaba una salsa a la
pimienta con los que iba a cubrirlos y unas patatas fritas.

Emma preguntó si podíamos ir por la tarde a las pistas de esquí,


ninguno de los tres sabíamos esquiar y yo tenía una barriga que no
era para nada adecuada para ese deporte, pero solo quería pasear y
aprovechar para tomar un chocolate caliente.

Así que después de comer y de echarnos una siesta calentitos en


el sofá los tres juntos, nos abrigamos para ir a las pistas de esquí.

Cuando llegamos a las pistas Emma vio a unas niñas tirándose


en trineo con sus padres y quiso probarlo. Acabamos alquilando
uno y fueron los dos hacia la zona habilitada para ello.

Primero se sentó Alan y yo saqué el móvil para grabarlos,


después se sentó ella y me saludó con la mano mientras sonreía.

—Agárrate, Emma —le dije y ella cogió las cuerdas como lo


hacía su padre.
Para verlos a los dos lanzarse cuesta abajo deslizándose por la
nieve. Ella riéndose a carcajadas y Alan manejando el trineo como
un experto.
No solo les grabé en vídeo, sino que hice un montón de fotos
para tener como recuerdo.

—¡Qué divertido, mamá! —gritó cuando subieron, y aproveché


para hacerme un selfi con los dos.

Volvieron a tirarse un par de veces más y uno de los monitores


se acercó para preguntarles si querían participar en una carrera con
otras parejas de padres e hijos. Habría tres ganadores y cada uno
tendría un premio especial.

Alan me miró, sonreí encogiéndome de hombros y Emma no


dejaba de mirarlo a él con esos ojitos de cachorro que tenía.

Al final se apuntaron y nos dio tiempo a tomarnos un chocolate


caliente en la cabaña que tenían como cafetería.

—Qué bonitas han quedado las fotos, mamá. ¿Podemos


mandarle esta a los abuelos? —dijo al ver el selfi que nos
habíamos hecho.

—Claro —sonreí y se la mandé a mi madre, que no tardó en


responder diciendo que estábamos los tres guapísimos.
Después del chocolate volvimos a la zona de trineos y dio
comienzo el concurso. Había un total de veinticinco parejas de
padres e hijos participando y para que no fuera peligroso para los
más pequeños, se fueron haciendo tandas.

Iban a disputarse cuatro carreras de cinco parejas cada una de la


que saldría un único finalista, de modo que la última carrera sería
disputada por esas cinco finalistas y, las tres primeras en cruzar la
meta, ganarían.

Alan y Emma participaron en la tercera carrera y ganaron, de


modo que eran la tercera pareja finalista para la última carrera.

Todos los familiares de los finalistas, así como los que no habían
podido pasar, animaban a las cinco parejas en esa caída por la
ladera hasta que vi el trineo de Alan y Emma cruzar la meta los
primeros.

Mi niña empezó a gritar y saltar de alegría allí mismo,


lanzándose a los brazos de su padre, que acabó cayendo en la
nieve de manera irremediable con ella encima.

Cuando todos llegaron a la cima de nuevo, el monitor entregó un


pequeño trineo a modo de trofeo a las parejas que habían quedado
en cuarto y último lugar, y al igual que a las demás que no habían
pasado a la final, les dio una caja con chocolatinas y galletas.

A quienes quedaron en tercer y segundo lugar, además de las


chocolatinas que sí o sí todos recibían, les hizo entrega de un
trineo mediano con el número del puesto en el que habían
quedado, además de un conjunto de gorro, guantes y bufanda para
los niños.

Emma estaba sonriendo feliz a la espera de su premio, a pesar de


que, bien sabía ella que lo importante siempre era participar.

Les entregaron un trineo más grande con el número uno, la caja


de chocolatinas y galletas, el conjunto de gorro, guantes y bufanda
para ella, una caja con chucherías en la que debía haber por lo
menos dos kilos, y además unas botas perfectas para la nieve con
pelito por dentro que a ella le encantaron y no dudó en estrenar en
ese mismo momento.

—Mamá, ¿puedo repartir las chuches con los demás niños? Es


que son muchas para mí sola —me preguntó.

—Claro que puedes cariño, y es una idea estupenda —sonreí.

Ella fue corriendo a llamar a los niños mientras yo abría la caja,


había un montón de pequeñas bolsitas con chuches, así que
pusimos a los niños en fila para darles varias bolsitas a cada uno
después de apartar las que iba a quedarse ella.

Todos los padres nos dieron la enhorabuena a Alan y a mí por la


hija que teníamos y nos felicitaron por esos valores que le
habíamos inculcado. Cuando Emma fue a jugar a tirarse bolas de
nieve con los demás niños, Alan me abrazó y me dio un beso
rápido en los labios.
—Ella es así porque tú la has educado de ese modo, le enseñaste
siempre que había que compartir con los demás, así que, el mérito
es tuyo, pequeña.

—No es solo mío, también es de ella, tiene un buen corazón, y


es empática con los demás. Desprende amor —sonreí mirándola.

—El mismo que tú —me besó en la mejilla.

Regresamos a la cabaña justo para la hora de la cena, nos


duchamos por turnos en el pequeño cuarto de baño que había en la
cabaña y Alan preparó unas deliciosas hamburguesas.

Había sido un primer día de esos que se quedarían en nuestra


memoria para siempre, y estaba deseando disfrutar de cada uno de
los siguientes.
Capítulo 33

Los días en la cabaña fueron pasando rápido y sin apenas darnos


cuenta, pero los tres disfrutábamos de cada segundo del día como
si fuera a ser el último.

El segundo día en Lake Placid llevamos a Emma al Jack Shea


Arena, a patinar sobre hielo. No lo había dicho antes, pero Lake
Placid fue sede de los juegos de invierno en el año mil
novecientos treinta y dos, y también en mil novecientos ochenta,
por lo que muchos de los lugares que había allí eran parte de
aquellos juegos celebrados antaño.

También contaban con un museo dedicado a los juegos que


podía visitarse, como hicimos nosotros, y que te transportaba a
aquella época nada más entrar allí.

Yo no patiné, pero ellos sí lo hicieron y la niña se divirtió


muchísimo por pasar ese tiempo de calidad compartido con su
padre.

Aquel día acabamos paseando por el lugar y cenamos fuera de la


cabaña, disfrutando de las vistas del lago desde el Mirror Lake
que daban lugar a una bonita postal con el reflejo de las casas y las
luces, así como el cielo, en el agua.

Otro de los días decidimos dar un paseo por las montañas, corto
y sin que yo tuviera que esforzarme demasiado no fuera a ser que
me pusiera de parto allí mismo y entonces sí que la habríamos
liado.

Regresamos a las pistas de esquí donde Emma se atrevió a


ponerse unos y dejar que una de las monitoras la enseñara a
practicar, poquito y despacio, al igual que muchos otros niños, y
nosotros mientras la observábamos y hacíamos fotos y vídeos que
después ella querría enseñarles a sus abuelos.

La guinda para esos días había sido precisamente esa mañana


cuando decidimos ir a disfrutar de la zona de juegos de golf que
había para que los más pequeños se divirtieran.

Y es que a nuestra pequeña Emma no se le daba mal eso de


golpear la bola con el palo, no, todo lo contrario, y además había
que admitir que tenía una puntería extraordinaria. Que se lo
preguntaran sino a su padre, que recibió un pelotazo en la frente
que le había dejado como resultado un buen chichón.

Yo me reía de verlo con eso rojo y abultado y la niña no dejaba


de pedirle perdón una y otra vez.

Sobra decir que Emma decidió dejar los palos y las pelotas y nos
pidió que la lleváramos a comer fish and chips al restaurante que
había cerca del lago.
Ya por la tarde paseamos por allí comprando algunos recuerdos
pues era sábado y el último día que estaríamos allí, puesto que el
domingo desayunaríamos, prepararíamos el equipaje y nos iríamos
después de comer para coger el vuelo de vuelta a casa y llegar
antes de la hora de cenar.

Y en eso estábamos ahora Alan y yo, preparando unas pizzas


para la cena mientras Emma se duchaba y ponía el pijama.

—Es una pena que se acaben ya estas mini vacaciones —dije


tras meter las dos pizzas en el horno.

—Tendremos muchas más y lo sabes, pequeña —me abrazó y


besó.

—Lo que más tranquila me deja es que ya no te irás de Nueva


York a ningún sitio por trabajo —apoyé la cabeza en su pecho.

—No podría, porque ahora tengo tres razones de peso para


quedarme en casa.

—¿No lo echarás de menos?

—Ni tan siquiera un poco, te lo aseguro. Era agobiante estar


siempre mirando a mi espalda, pensando en que pudieran
descubrirme, dispararme o matarme. No, te aseguro que voy a
estar mucho mejor haciendo trabajos de oficina hasta que me
jubile —me besó de nuevo y Emma apareció por allí con su
pijama y su habitual sonrisa.

Fui a darme una ducha rápida mientras él se quedaba vigilando


las pizzas, y después se duchó él en lo que la pequeña y yo
poníamos la mesa.

Cenamos hablando de aquellos días en los que ella había


disfrutado como una enana y que quiso repetir algún día, a lo que
Alan dijo que no se preocupara porque siempre que pudiéramos
volveríamos a ese lugar.

Después de cenar nos sentamos en el sofá a ver la televisión


junto al calor de la chimenea, y como venía siendo habitual Emma
se quedó dormida.

Cuando Alan regresó, volvió a abrazarme bajo la manta y


seguimos allí terminando de ver la película.

Miré a mi marido y al notar que lo hacía me miró con una


sonrisa en los labios. No tardó en inclinarse para besarme.

Ambos cerramos los ojos en el instante en el que se encontraron


nuestros labios, y poco a poco, a cada segundo que pasaba,
nuestro beso fue aumentando de intensidad hasta que ambos
dejamos que las lenguas hablaran.

Ellas se encontraron y jugaron durante unos minutos mientras la


mano de Alan se introducía por debajo de mi camiseta para
acariciarme los pechos, esos que estaban más grandes e hinchados
por el embarazo y que él no dudaba en llevarse a la boca, como en
ese momento.

Levantó la camiseta y lamió un pezón y después el otro, se llevó


primero un pecho a la boca y succionó, lamió y mordisqueó a
placer mientras yo gemía despacio observándolo.

No tardó en quitarse la camiseta él también y, tras sentarse,


cogerme en brazos como si no pesara nada para sentarme sobre
sus mus piernas.

Nos besamos de nuevo y las manos de uno y otro acariciaban el


torso con delicadeza y cuidado, las suyas abarcaron de nuevo mis
pechos y los masajearon despacio hasta que comenzó a pellizcar
mis pezones de tal modo que sentí que me excitaba aún más.

Comencé a moverme sobre su más que evidente erección,


rozándome con ella en mi zona íntima, que iba humedeciéndose a
cada segundo que pasaba.

Alan me pidió que me levantara y lo hizo, de modo que me


quitó el pantalón y las braguitas hasta dejarme completamente
desnuda. Por suerte para nosotros Emma dormía del tirón toda la
noche y no se despertaba, o pillarnos allí, en esa situación, sería de
lo más vergonzoso.

Él también se quitó el resto de la ropa y me pidió que me sentara


de nuevo, pero de espaldas a él. De eso modo tenía un mejor
acceso a mi cuello, ese que le encantaba besar al igual que
disfrutaba acariciándome los pechos en esa postura.
Bajó una mano por mi costado hasta el muslo, me hizo separar
un poco más las piernas y comenzó a tocarme con los dedos entre
mis labios vaginales, centrando toda la atención en el clítoris, ese
que tocaba y pellizcaba hasta que me arrancaba un gemido tras
otro.

Sin dejar de atender ese pequeño botón del placer, me penetró


con dos dedos y no se detuvo hasta hacer que me corriera. Me
pidió que me levantara y guio su miembro erecto hacia la entrada
de mi vagina para comenzar a penetrarme, volví a sentarme
quedando completamente unida a él, y me moví mientras él
comenzaba a tocarme de nuevo el clítoris hasta darme un segundo
orgasmo.

Nos levantamos del sofá y acabamos recostados en la alfombra,


sobre la manta, frente a la chimenea. Alan se colocó entre mis
piernas y lamió mi zona íntima al tiempo que me penetraba con
dos dedos para que llegara de nuevo al orgasmo, y vaya si lo hice,
controlándome para no gritar como deseaba hacerlo y no despertar
a la niña y que nos encontrara allí.

Me hizo recostarme de lado, se colocó a mi espalda y comenzó a


penetrarme así, mientras con una mano masajeaba mis pechos de
manera alterna y pellizcaba los pezones.

No tardamos mucho en llegar juntos a ese punto de no retorno


en el que el clímax nos golpeó con fuerza y gemimos liberándolo
al unísono.
Nuestros cuerpos temblaban aún en esas últimas sacudidas por
el intenso orgasmo que habíamos tenido. Lo miré por encima del
hombro y nos besamos manteniéndonos aún unidos por nuestros
sexos, de modo que podía sentir el modo en el que el miembro
erecto de Alan palpitaba en mi interior.

—Te quiero con todo mi ser, Alicia —dijo mirándome fijamente


con los ojos muy brillantes.

—Yo también te quiero, Alan.


Epílogo

Cinco años después…

Que cada quién tenía su destino escrito desde el mismo


momento en el que nacía, era un hecho.

Y el de Alan y el mío tal como dijo mi padre el día que nos


casamos, sin duda iban a acabar cruzándose en un momento u otro
de nuestras vidas.

Lo hicieron gracias a mi hermana mayor, esa a la que nunca


habíamos olvidado en casa y nunca olvidaríamos porque era parte
de nuestra familia.

Desde que regresamos de aquella breve, pero perfecta luna de


miel junto a nuestra pequeña Emma en Lake Placid, nos
preparamos para la llegada de nuestro hijo Alex en unos meses.

Cuando llegó el día de su nacimiento Alan lo pasó mal porque


temía perderme como había perdido a mi hermana Blanca, pero
todo salió bien y nuestro hijo nació perfectamente sano y gritando
con unos pulmones que bien podrían haber sido los de un tenor de
ópera.

Alex se parecía mucho a Alan, y ahora con cuatro años se


apreciaba aún más el color rubio de su cabello y esos ojos azules
que tenía su padre.

Sam decía que mi hijo iba a ser un peligro para las mujeres
cuando fuera mayor, y razón no le faltaba.

Pero es que el pequeño Samuel, hijo de Sam y Mia, tampoco se


libraría de serlo porque se veía que era un niño guapo, y ya no
digamos Steven, su segundo hijo, que se parecía a mi mejor amigo
y a sus tres años perseguía a su hermano y a su primo por las casas
de unos y otros cuando nos juntábamos.

Sam y Mia se casaron un año después que nosotros, y también


lo hicieron embarazados, algo que mi padre dijo que como lo
hiciéramos una tradición familiar podíamos ir yendo
preparándonos para cuando Emma nos dijera que se casaba.

Tal como me había dicho Alan en aquel viaje tras la boda, su


trabajo se centró en las oficinas de la comisaría, al igual que el de
Brian, pues ninguno de los dos quería volver a sufrir un disparo de
muerte o que los llevaran en mitad de la selva a torturarlos de por
vida.

Y Brian también nos sorprendió en otro sentido, cuando nos dijo


que estaba comenzando una relación con una de sus compañeras
de la comisaría, una chica de treinta años, diez menos que él, que
le robó el corazón al derramarle el café en su primer día en esa
comisaría donde la habían trasladado.

Gina era un encanto, y quería a todos sus sobrinos postizos con


la misma pasión y locura que todos los demás sentíamos por ellos.

También eran padres de una preciosa niña de dos años llama


Alana a la que Brian adoraba y por quien se le caía la baba sin
remedio cuando la tenía en brazos.

Nosotros también vimos aumentar nuestra familia con la llegada


de Blanca, que al igual que Alana tenía dos años, y era, como
decía Sam, una versión mía en miniatura. Preciosa, con el cabello
negro y los ojos verdes, y la naricilla pequeña y chatita como tenía
mi hermana Blanca.

Mis padres y los de Sam, eran un gran apoyo para todos, pues
yo seguía trabajando en el hospital como enfermera de urgencias
en el turno de mañana al igual que Sam, y Mia puso su propia
cafetería cerca de la comisaría donde todos los policías, sin
excepción, iban a desayunar o comer algo.

Tenía contratadas a dos de sus antiguas compañeras de trabajo


con las que no perdió el contacto, y confiaba plenamente en ellas
para encargarse del negocio si ella tenía que ausentarse.

Alan y yo hicimos un cambio con mis padres, ellos se mudaron


al ático y nosotros nos instalamos en su casa para que nuestros
pequeños pudieran disfrutar del jardín como habíamos hecho
Blanca y yo siendo niñas. Además, hicimos una ampliación a la
casa para poner una habitación más, el despacho para él y un
pequeño gimnasio.

Para las comidas y reuniones familiares nos íbamos turnando


entre nuestra casa y la de los padres de Sam, donde nuestras
madres se encargaban de cocinar gustosamente para todos.

Y hoy era un día especial porque cierta señorita cumplía trece


años y estábamos todos reunidos en nuestra casa para celebrarlo.

Mi madre había preparado el arroz que tanto le gustaba a Emma,


Madison había traído unas croquetas de pollo y el pastel de
salmón que era un bocado delicioso para nuestros paladares, y de
la tarta se encargó Mia, que le había pedido a una de sus chicas
que la hiciera, puesto que en la cafetería tenían obrador propio.

Durante unos meses Alan y yo estuvimos hablando con mis


padres y con Emma sobre la posibilidad de que yo la adoptara
como hija, y dado que ya tenía mi apellido por Blanca, no sería
cuestión de mucho papeleo.

Yo les decía a todos que no quería usurpar ese lugar que, aunque
lo había estado desempeñando desde que nació, le correspondía y
siempre le correspondería a mi hermana. Emma decía que para
ella yo era su mamá, aunque la otra estuviera en el cielo y nunca
dejaría de quererla, y me pidió en reiteradas ocasiones que la
adoptara.

En todas ellas mi respuesta era que lo pensaría, y ella, aunque


aceptaba, no dejaba pasar más de unos pocos meses hasta que
volvía a sacarme el tema.

—Mamá —me giré al escuchar su voz mientras preparaba la


mesa en el porche de nuestra casa y sonreí al verla.

A sus trece años era el vivo retrato de mi hermana a esa edad,


salvo por la voz que era distinta, el resto era como estar viendo a
Blanca.

—Dime, cariño.

—La abuela Madison me ha dicho que te traiga esto —me dio el


cucharón para dejarlo en el centro y servir después el arroz que
había hecho mi madre.

—Muchas gracias, mi vida —la abracé.

—¿Lo has pensado ya? —preguntó sin soltarme. Era casi tan
alta como yo y me encantaba tenerla así, entre mis brazos,
disfrutando del olor de su cabello.

—¿El qué, cariño?

—No —se apartó un poco—, no te hagas la tonta.

—Es que no sé qué tenía que pensar, creo que eran varias
cosas…
—Mamá —protestó resoplando.

—Ya lo hemos hablado muchas veces, mi niña, lo pensaré —le


di un beso en la frente.

—Siempre me dices lo mismo. Mi madre no va a dejar de ser mi


madre porque tú me adoptes, y yo solo quiero que esto sea más
real.

—Lo pensaré —repetí—. Anda, ve a la cocina y trae el pan, que


vamos a comer ya.

Se fue suspirando y sonreí, porque aquella conversación la


habíamos tenido muchas veces desde mi cumpleaños, siete meses
antes.

Todos fueron saliendo al porche para sentarse a la mesa,


comenzamos a comer y brindar por la cumpleañera, que sonreía y
se mostraba feliz de toda la familia que tenía.

Después de soplar las velas y comer la tarta, tomamos café y


llegó el momento de abrir los regalos.

Esa era otra cosa que mi pequeña Emma tenía, se pasaba


semanas rebuscando por la casa hasta encontrar el regalo que su
padre y yo le habíamos comprado, no tenía mucha paciencia para
que la sorprendiéramos.
Entre mis padres y los de Sam le compraron un buen surtido de
ropa para el colegio, Sam y Mia le regalaron una mochila nueva y
un reloj que le gustó una de las tardes que estuvimos con ella y los
niños en el centro comercial.

Brian y Gina le habían comprado unas botas nuevas para el


invierno y un abrigo a juego que le encantó.

Su padre le compró una bicicleta nueva que por suerte no vio, ya


que nos la guardaron mis padres en el ático, y yo tenía algo que
sabía que le haría mucha ilusión.

—Toma, cariño —dije poniendo la caja delante de ella.

Todos lo sabían, se lo había contado y mis padres no pudieron


alegrarse más al saber que finalmente me había decidido.

—¿Otro regalo vuestro? Mamá, con la bicicleta era suficiente.

—Esa es de los dos —le contestó Alan—, pero ese, solo de ella
—sonrió y me cogió la mano.

Emma frunció el ceño, deshizo el lazo que envolvía la caja,


rompió el papel con cuidado y la abrió para sacar aquella carta que
le había escrito y que me sabía de memoria.

«Mi preciosa Emma.


Dicen que las cosas ocurren en el momento en el que deben
ocurrir, ni antes, ni después. Todo en la vida tiene su momento, su
tiempo, y como bien sabes, si deseas algo con todas tus fuerzas,
finalmente ese deseo acaba cumpliéndose.

Soy tu madre, no te di la vida, pero te he visto crecer en estos


trece años sacándome una sonrisa en mis peores momentos, y por
eso sé qué es lo que has estado deseando en tus últimos
cumpleaños, incluido hoy.

Te quiero, pequeña Emma, te quiero con todo mi corazón y


siempre serás un regalo que me dio la vida y me dejó mi hermana
mayor, tu verdadera madre.

Ahora abre el sobre, princesa. Feliz cumpleaños.»

Cuando Emma abrió el sobre, sacó el papel y lo leyó, me miró


con lágrimas en los ojos.

—¿Esto es de verdad? —preguntó, y todas estábamos llorando


emocionadas.

—Sí, mi niña, es de verdad —contesté con una leve sonrisa


entre lágrimas.

—Me has adoptado —dijo en un susurro y la abracé—. Este sí


que es el mejor regalo de cumpleaños —seguía llorando y yo con
ella—. Gracias, mamá.
Alan nos abrazó a las dos y dejó un beso en nuestras cabezas,
cuando lo miramos él también estaba llorando por la emoción.

—Nuestro amor siempre será más grande que las palabras,


¿verdad papá? —le dijo ella, y él asintió con una sonrisa.

—Sí, cariño, porque los dos tenemos el amor de Alicia.

Yo era la afortunada, porque, aunque tuve que perder a mi


hermana para ganar un marido y una hija, me sentía afortunada de
tenerlos a ellos y a mis otros dos hijos en mi vida.

Estaba claro que, en la vida para ganar, a veces había que perder,
y aunque dolía el modo en el que perdí a mi otra mitad, como era
mi hermana, la felicidad que sentía junto a Alan y nuestra familia
era de esas que no podían medirse, porque era simplemente
infinita.
¡Hola! ¿Cómo estás? ¿Qué te ha parecido esta novela?
Curiosidad de autora jeje.

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¡¡Nos vemos por allí!!

Sarah Rusell.

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Instagram: @sarah_rusell_autora
Página de autora: [Link]/SarahRusell
Twitter: @ChicasTribu

[1]
Traducción: Pues, yo, me enamoro de ti todos los días
[2]
Traducción: Y, nena, tu sonrisa siempre se quedará en mi mente y en mi
memoria

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