Los servían las mujeres que asistían a los enfermos.
Manon admiró sus uniformes y
sus cofias de un blanco impoluto, lo que la llevó a evocar el aspecto sucio de las
diaconisas de Bedlam; muchas olían a cuerpo desaseado. Mandó llamar a los niños y
a Timothy, que se presentaron agitados, con las pieles frías y las mejillas arreboladas.
Sorbieron un té deprisa, engulleron una porción de bizcochuelo, elaboración de la
cocina del hospital, como aclaró con orgullo Dennis Fitzroy, y solicitaron
autorización para volver a salir. Alexander se las concedió.Los servían las mujeres
que asistían a los enfermos. Manon admiró sus uniformes y sus cofias de un blanco
impoluto, lo que la llevó a evocar el aspecto sucio de las diaconisas de Bedlam;
muchas olían a cuerpo desaseado. Mandó llamar a los niños y a Timothy, que se
presentaron agitados, con las pieles frías y las mejillas arreboladas. Sorbieron un té
deprisa, engulleron una porción de bizcochuelo, elaboración de la cocina del hospital,
como aclaró con orgullo Dennis Fitzroy, y solicitaron autorización para volver a salir.
Alexander se las concedió.Los servían las mujeres que asistían a los enfermos. Manon
admiró sus uniformes y sus cofias de un blanco impoluto, lo que la llevó a evocar el
aspecto sucio de las diaconisas de Bedlam; muchas olían a cuerpo desaseado. Mandó
llamar a los niños y a Timothy, que se presentaron agitados, con las pieles frías y las
mejillas arreboladas. Sorbieron un té deprisa, engulleron una porción de bizcochuelo,
elaboración de la cocina del hospital, como aclaró con orgullo Dennis Fitzroy, y
solicitaron autorización para volver a salir. Alexander se las concedió.Los servían las
mujeres que asistían a los enfermos. Manon admiró sus uniformes y sus cofias de un
blanco impoluto, lo que la llevó a evocar el aspecto sucio de las diaconisas de
Bedlam; muchas olían a cuerpo desaseado. Mandó llamar a los niños y a Timothy,
que se presentaron agitados, con las pieles frías y las mejillas arreboladas. Sorbieron
un té deprisa, engulleron una porción de bizcochuelo, elaboración de la cocina del
hospital, como aclaró con orgullo Dennis Fitzroy, y solicitaron autorización para
volver a salir. Alexander se las concedió.Los servían las mujeres que asistían a los
enfermos. Manon admiró sus uniformes y sus cofias de un blanco impoluto, lo que la
llevó a evocar el aspecto sucio de las diaconisas de Bedlam; muchas olían a cuerpo
desaseado. Mandó llamar a los niños y a Timothy, que se presentaron agitados, con
las pieles frías y las mejillas arreboladas. Sorbieron un té deprisa, engulleron una
porción de bizcochuelo, elaboración de la cocina del hospital, como aclaró con
orgullo Dennis Fitzroy, y solicitaron autorización para volver a salir. Alexander se las
concedió.Los servían las mujeres que asistían a los enfermos. Manon admiró sus
uniformes y sus cofias de un blanco impoluto, lo que la llevó a evocar el aspecto sucio
de las diaconisas de Bedlam; muchas olían a cuerpo desaseado. Mandó llamar a los
niños y a Timothy, que se presentaron agitados, con las pieles frías y las mejillas
arreboladas. Sorbieron un té deprisa, engulleron una porción de bizcochuelo,
elaboración de la cocina del hospital, como aclaró con orgullo Dennis Fitzroy, y
solicitaron autorización para volver a salir. Alexander se las concedió.Los servían las
mujeres que asistían a los enfermos. Manon admiró sus uniformes y sus cofias de un
blanco impoluto, lo que la llevó a evocar el aspecto sucio de las diaconisas de
Bedlam; muchas olían a cuerpo desaseado. Mandó llamar a los niños y a Timothy,
que se presentaron agitados, con las pieles frías y las mejillas arreboladas. Sorbieron
un té deprisa, engulleron una porción de bizcochuelo, elaboración de la cocina del
hospital, como aclaró con orgullo Dennis Fitzroy, y solicitaron autorización para
volver a salir. Alexander se las concedió.Los servían las mujeres que asistían a los
enfermos. Manon admiró sus uniformes y sus cofias de un blanco impoluto, lo que la
llevó a evocar el aspecto sucio de las diaconisas de Bedlam; muchas olían a cuerpo
desaseado. Mandó llamar a los niños y a Timothy, que se presentaron agitados, con
las pieles frías y las mejillas arreboladas. Sorbieron un té deprisa, engulleron una
porción de bizcochuelo, elaboración de la cocina del hospital, como aclaró con
orgullo Dennis Fitzroy, y solicitaron autorización para volver a salir. Alexander se las
concedió.Los servían las mujeres que asistían a los enfermos. Manon admiró sus
uniformes y sus cofias de un blanco impoluto, lo que la llevó a evocar el aspecto sucio
de las diaconisas de Bedlam; muchas olían a cuerpo desaseado. Mandó llamar a los
niños y a Timothy, que se presentaron agitados, con las pieles frías y las mejillas
arreboladas. Sorbieron un té deprisa, engulleron una porción de bizcochuelo,
elaboración de la cocina del hospital, como aclaró con orgullo Dennis Fitzroy, y
solicitaron autorización para volver a salir. Alexander se las concedió.Los servían las
mujeres que asistían a los enfermos. Manon admiró sus uniformes y sus cofias de un
blanco impoluto, lo que la llevó a evocar el aspecto sucio de las diaconisas de
Bedlam; muchas olían a cuerpo desaseado. Mandó llamar a los niños y a Timothy,
que se presentaron agitados, con las pieles frías y las mejillas arreboladas. Sorbieron
un té deprisa, engulleron una porción de bizcochuelo, elaboración de la cocina del
hospital, como aclaró con orgullo Dennis Fitzroy, y solicitaron autorización para
volver a salir. Alexander se las concedió.Los servían las mujeres que asistían a los
enfermos. Manon admiró sus uniformes y sus cofias de un blanco impoluto, lo que la
llevó a evocar el aspecto sucio de las diaconisas de Bedlam; muchas olían a cuerpo
desaseado. Mandó llamar a los niños y a Timothy, que se presentaron agitados, con
las pieles frías y las mejillas arreboladas. Sorbieron un té deprisa, engulleron una
porción de bizcochuelo, elaboración de la cocina del hospital, como aclaró con
orgullo Dennis Fitzroy, y solicitaron autorización para volver a salir. Alexander se las
concedió.Los servían las mujeres que asistían a los enfermos. Manon admiró sus
uniformes y sus cofias de un blanco impoluto, lo que la llevó a evocar el aspecto sucio
de las diaconisas de Bedlam; muchas olían a cuerpo desaseado. Mandó llamar a los
niños y a Timothy, que se presentaron agitados, con las pieles frías y las mejillas
arreboladas. Sorbieron un té deprisa, engulleron una porción de bizcochuelo,
elaboración de la cocina del hospital, como aclaró con orgullo Dennis Fitzroy, y
solicitaron autorización para volver a salir. Alexander se las concedió.Los servían las
mujeres que asistían a los enfermos. Manon admiró sus uniformes y sus cofias de un
blanco impoluto, lo que la llevó a evocar el aspecto sucio de las diaconisas de
Bedlam; muchas olían a cuerpo desaseado. Mandó llamar a los niños y a Timothy,
que se presentaron agitados, con las pieles frías y las mejillas arreboladas. Sorbieron
un té deprisa, engulleron una porción de bizcochuelo, elaboración de la cocina del
hospital, como aclaró con orgullo Dennis Fitzroy, y solicitaron autorización para
volver a salir. Alexander se las concedió.