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M2 (2025)

El documento aborda la construcción social de la masculinidad y su relación con la violencia de género, analizando los mandatos de la masculinidad hegemónica que condicionan el comportamiento de los hombres. Se discuten las normas sociales que perpetúan desigualdades y cómo estas afectan tanto a hombres como a mujeres, enfatizando la importancia de la socialización de género en la interiorización de estos mandatos. Además, se destacan las consecuencias negativas de la represión emocional en los varones, incluyendo altos índices de suicidio y problemas de salud mental.

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El documento aborda la construcción social de la masculinidad y su relación con la violencia de género, analizando los mandatos de la masculinidad hegemónica que condicionan el comportamiento de los hombres. Se discuten las normas sociales que perpetúan desigualdades y cómo estas afectan tanto a hombres como a mujeres, enfatizando la importancia de la socialización de género en la interiorización de estos mandatos. Además, se destacan las consecuencias negativas de la represión emocional en los varones, incluyendo altos índices de suicidio y problemas de salud mental.

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Gobernador

Axel Kicillof

Ministro de Seguridad
Javier Alonso

Subsecretario de Formación y Desarrollo Profesional


Ignacio Pacho

Directora Provincial de Políticas de Género y Derechos Humanos


Dra. Romina Cutura

Directora de Promoción de la Perspectiva de Género en las Prácticas Policiales


Lic. María Laura Bacigalupo

Coordinadora de la Implementación de la Ley Micaela en el Ministerio de Seguridad


Rocio Rodriguez Weis

Equipo de Coordinación
Lic. Agustina Palazzesi

Equipo de producción de contenidos


Lic. María Belén Falleo, Lic. Agustina Palazzesi, Sofía Prins, Daiana Pastor

Equipo de trabajo interdisciplinario y tutores


Celeste Cornejo Machiavello, Sofía Prins, Daiana Pastor, Sandra Tomaino, Federico Ayala,
Esteban Mantiñan, Mónica Todarello, Marcia Llerena, Esteban Mantiñian

Equipo de diseño gráfico


Martín Tejada
MÓDULO II
CONSTRUCCIÓN SOCIAL DE LA MASCULINIDAD

Les damos la bienvenida al segundo módulo de formación en donde seguiremos


profundizando las temáticas de género y violencia por razones de género.
En el módulo anterior abordamos el concepto de “género” como herramienta para
pensar en las representaciones sociales y culturales que se construyen en base al sexo
biológico. A su vez analizamos los roles y estereotipos de género, su rol en la
reproducción de desigualdades y su influencia en nuestra vida cotidiana.
Por otro lado desarrollamos las distintas normas sociales y culturales en las cuales
se sustenta el sistema patriarcal: el androcentrismo, el binarismo, el cisexismo, la
heteronormatividad y el adultocentrismo. Estas normas sociales priorizan lo
masculino por sobre el resto de las identidades, limitando y desvalorizando las
múltiples formas de experimentar la sexualidad y la identidad de género
autopercibida.
En esta clase, abordaremos las normas sociales referidas a la masculinidad. Las
cuales a través de la imposición de mandatos sociales y culturales, condicionan las
formas de ser varón y ejercer la masculinidad.
Desarrollaremos, entonces, el concepto de masculinidad hegemónica y su relación
con las violencias por razones de género, como también otras formas de vivir la
masculinidad.

Consideramos que los aprendizajes son colectivos, por lo que los y las
invitamos a que puedan hacer uso del foro ante cualquier duda o consulta.
Es importante que todos y todas reflexionemos y nos enriquezcamos
mutuamente. Esperamos que tengan una lectura amena y que los
contenidos de las siguientes páginas les ayuden a profundizar la
construcción de la perspectiva de género.
En el módulo anterior, desarrollamos cómo a través de la socialización de género
se imponen ciertos mandatos, roles y estereotipos a cada género. Sin embargo, las
características asignadas socioculturalmente a hombres y mujeres, a la femeneidad y
a la masculinidad, no son valoradas de la misma forma socialmente. La perspectiva
de género nos permite visibilizar cómo estos mandatos, roles y estereotipos
posicionan a las mujeres, NNyA, y diversidades, generalmente, en situaciones de
inferioridad de poder respecto a la mayoría de los varones.
La masculinidad se refiere al conjunto de características,
comportamientos, roles y expectativas socialmente construidas que se asocian
tradicionalmente con los varones y la identidad masculina.1 Estas características,
como ya hemos visto, suelen incluir la fortaleza física, la competencia, la
independencia y la valentía, entre otras. A través de la socialización de género los
varones aprenden a desarrollar las características propias de la masculinidad para una
sociedad determinada y a desestimar otras que se le atribuyen a la femeneidad.
Sin embargo, las mujeres y personas con otras identidades de género también pueden
desarrollar características y comportamientos considerados “masculinos”, así como los
hombres pueden desarrollar comportamientos considerados como “femeninos”.

1
Kimmel, M. (1997).
La masculinidad hegemónica no es una entidad fija o universalmente
definida2. Se configura y cambia de acuerdo a la época histórica, la cultura, el lugar, la
clase social, etc. No es lo mismo el “ser varón” en un país latinoamericano que en un
país europeo o africano. A su vez, el modelo de masculinidad actual ha variado en
relación al modelo de masculinidad tradicional, el cual podemos reconocer en
generaciones anteriores de padres y abuelos, quienes habitualmente se desentendían
de las labores domésticas y de cuidados, ya que las mismas eran consideradas “de
mujeres”.
En la actualidad, se puede observar que estos cambios se van traduciendo en
varones más comprometidos con las tareas de cuidado, así como con otras prácticas
anteriormente leídas como femeninas tales como el cuidado de la estética. Es en este
sentido, que cada contexto va estableciendo las pautas que definen cuales son
las expectativas a cumplir por los hombres. Dichas modificaciones en las prácticas
desarrolladas por los varones a lo largo del tiempo, si bien constituyen avances en la
construcción de la equidad de género, no implican que la masculinidad hegemónica,
en tanto pautas impuestas, haya perdido su fuerza como dispositivo de poder que
establece desigualdades entre los varones y hacia otros géneros.

En este sentido debe considerarse que la masculinidad hegemónica no es la única


masculinidad posible, ya que existen tantas formas de ser varón como varones en el
mundo. Cada uno desarrolla su propia forma de ejercer la masculinidad de acuerdo a
sus características sociales y subjetivas, apropiándose en mayor o menor medida de
las características impuestas por la masculinidad hegemónica. Cuanto más alejados
sus comportamientos de la masculinidad hegemónica más se acercan a la

2
Connel, R. (1995).
Masculinidad Subordinada, noción que desarrollaremos más adelante en este
módulo.
Como mencionamos anteriormente, es mediante la socialización de género que
cada género interioriza, en mayor o menor medida, las reglas y normas que lo rigen.
En el caso de los varones, esto se produce mediante instituciones estatales, la familia
y, especialmente, a través del grupo de pares. Es decir que dentro de los propios
círculos de varones se suelen comparar su masculinidad y juzgar a quienes no
cumplan con los estándares establecidos por la masculinidad hegemónica, creando
presión por encajar en el ideal de varón. Del mismo modo, se generan jerarquías entre
los varones estableciendo un parámetro con el cual medirse. Es así que, en nuestra
sociedad aún existen prejuicios muy marcados, como por ejemplo que los varones
trans, nacidos con vulva, son considerados “menos hombres” que los varones cis,
nacidos con pene. Asimismo, son más respetados y legitimados los varones
heterosexuales por encima de los homosexuales, quienes a menudo debido a su
orientación sexual son ridiculizados e incluso violentados.
Las reglas, normas y comportamientos que socialmente se le exigen a los varones
para adecuarse a los estándares de la masculinidad hegemónica constituyen los
Mandatos de la Masculinidad Hegemónica. A continuación analizaremos los
principales de éstos:

Mandato de proveedor: El hombre es considerado responsable de proveer el


sustento económico a la familia, es decir es él quien debe proporcionar el bienestar
económico de las personas con las que mantiene un vínculo familiar, generalmente a
través de un trabajo asalariado. Esto lo posiciona como el “jefe de la familia”, el que
“mantiene la familia” y por lo tanto lo dota de algunos privilegios como, por ejemplo,
la posibilidad de desentenderse de las tareas domésticas y de cuidado, las cuales
quedan a cargo de las mujeres de la familia. Del mismo modo, lo dota del control sobre
la administración del dinero, lo que supone la administración de los recursos y los
fines de estos. Si bien hoy en día en la mayoría de las familias suelen trabajar ambas
partes para poder sustentarse económicamente, siguen siendo las mujeres las que se
hacen cargo de un mayor porcentaje de las tareas domésticas y de cuidado, mientras
que los varones cis se pueden dedicar a desarrollar sus carreras profesionales y/o
laborales.
Hay varias prácticas en la vida cotidiana que dan cuenta de cómo opera este
mandato, por ejemplo, la presión por no ser despedidos de sus trabajos y perder el
sustento económico que brindan a sus familias. Los niños y adolescentes varones que,
ante casos de necesidad o ausencia paterna, dejan la escuela para trabajar y así
“hacerse cargo” de sus hermanos más pequeños. O los casos en que una pareja
heterosexual comparte un mismo trabajo, pero sin embargo, recaen sobre la mujer las
tareas del hogar.
Dado que en muchas ocasiones los varones siguen manteniendo el rol de
proveedores principales en el ámbito familiar, esto puede generar violencias
económicas, ya que tienen el poder de controlar o privar ciertos gastos. Además, esta
dinámica mantiene un estado de dependencia económica por parte de la mujer, y en
numerosos casos esta dependencia resulta una gran dificultad para poder salir de
vínculos violentos.

Mandato de protector: Deber de proteger a las mujeres y los/las niños y niñas.


Este mandato le quita a la mujer el reconocimiento como un par, ubicándola en un
lugar de inferioridad y de fragilidad, es decir como alguien que debe ser protegido. Al
mismo tiempo este precepto no se centra en el cuidado de la mujer como un acto de
cuidado y/o amor, sino como un objeto de la propiedad privada, el cual debe poseer,
ejerciendo poder y control sobre ella, quitándole autonomía. Este mandato permite a
los varones tener ciertos privilegios, como el derecho al control y el poder de decidir
sobre aquellas y aquellos que se suponen más vulnerables.
Algunos ejemplos de las prácticas cotidianas que dan cuenta de este mandato
tienen que ver con el mayor cuidado o protección a las hijas mujeres en relación a las
recomendaciones de cuidado hacia los hijos varones. Por otro lado, los varones son en
general elegidos para realizar trabajos de fuerza, dando por sentado que todos los
hombres tienen la misma fuerza, mayor que el resto de los géneros, invisibilizando la
diversidad de cuerpos.

Mandato de autosuficiencia: Debe tener independencia y autonomía, que se


conjuga con la característica de ser fuerte. Este mandato indica que los varones no
deben necesitar ayuda, deben ser resolutivos, no confiar en nadie y tener siempre el
control de todas las situaciones, no ser vulnerables y estar siempre a la defensiva. El
“ser autosuficiente”, se basa en la suposición de que es poseedor de las cualidades de
racionalidad y autodeterminación, por lo que se espera que resuelva cuestiones
relativas a ésto.
Este mandato puede conducir a la soledad, ya que se ven imposibilitados de pedir
ayuda o mostrarse vulnerables, y por el contrario supone una ventaja a la hora de
conseguir trabajo ya que son cualidades muy requeridas en los ámbitos laborales.
Algunos ejemplos de las prácticas cotidianas que dan cuenta de este mandato
tienen que ver con la necesidad y la presión que sienten los varones de encargarse
ellos mismos de resolver y reparar cosas del hogar o del auto. Asimismo, este
mandato afecta en la forma de abordar su cuidado personal en relación a la salud
tanto física como mental, postergando ir al médico como parte del mandato de
autosuficiencia.

Mandato de la heterosexualidad obligatoria y sexualidad activa: Este


mandato entiende que, como desarrallamos anteriormente, una gran parte de la
masculinidad hegemónica se basa en el ser heterosexual. En este sentido, se presenta
una orientación sexual como el ideal, sosteniendo la supuesta complementariedad del
par varón-mujer, desestimando y estigmatizando las prácticas no heterosexuales.
Suele afirmarse que esta orientación sexual es “la normal”, porque es la que
permite la reproducción. Sin embargo, las vías de acceso a la maternidad y paternidad
actualmente son múltiples y no depende únicamente de la reproducción biológica,
además ¿por qué creer que el único fin de la sexualidad es la reproducción?
Sin embargo, para cumplir con este mandato de heterosexualidad, no solo se debe
ser heterosexual, sino que se debe manter una sexualidad activa como muestra
fundamental de la virilidad, siendo alentado a mantener múltiples prácticas sexuales
con diferentes mujeres. Es en este sentido, que a los varones se los habilita a vivir su
sexualidad libremente, frente a otras identidades quienes tienen restringidos el
ejercicio de su sexualidad desde la perspectiva pública.
Ejemplos del presente mandato puede ser la presión ejercida por los grupos de
pares, e incluso familiares, sobre niños y adolescentes para que tengan su primera
relación sexual, a menudo sin considerar la temprana edad, el desarrollo
físico-emocional del niño/adolescente ni su propio deseo. En este sentido, también es
usual que ante los grupos de amigos se divulguen detalles de experiencias íntimas
como modo de construir legitimidad, sin respetar la intimidad y el pudor de la persona
expuesta.

Emocionalidad limitada y plena racionalidad: Otro de los mandatos


imperantes es la prohibición de mostrar algunas emociones, sobre todo aquellas
asociadas a los aspectos “femeninos” o que podrían mostrarlos como vulnerables. En
este sentido, las emociones que sí les están permitidas al conjunto de los varones son
las emociones relacionadas con la violencia o la ira. En esta misma línea, la
racionalidad (contrario a la emocionalidad como característica de lo femenino) es otra
cualidad esperada en los varones cis, que los obliga a tomar siempre buenas
decisiones, no equivocarse y permanecer calmos en situaciones que puedan resultar
estresantes.
En la infancia de un niño, los adultos suelen decir frases como las siguientes: “no
llores, no seas maricón” o “llorar es de nenas”, generando que los niños repriman
emociones ligadas a la angustia, inseguridad, frustracion o miedo. Esto lleva a que,
una vez adultos, los varones expresen este tipo de sentimientos a través del enojo o la
violencia (un golpe a la pared, un portazo, etc.).
Esto conlleva también a que a menudo puedan tener grandes dificultades para
buscar apoyo emocional en momentos difíciles o acudir a profesionales de la salud
mental. Esto se traduce en altos porcentajes de varones con consumo problemático o
la alta tasa de suicidios en varones. En 2018, por ejemplo, el 81 % de los suicidios
corresponden a hombres, es decir 8 de cada 10 víctimas. 3

3
Universidad Nacional de Avellaneda (2020)
Los y las invitamos a ver el siguiente video en donde se ve cómo
se reproducen en la situaciones de la vida cotidiana distintos
mandatos de la masculinidad:
[Link]

La masculinidad hegemónica puede medirse o compararse a partir de la riqueza, el


poder y el éxito en todos los ámbitos de la vida: laboral, sexual, familiar, etc. En este
sentido, y de acuerdo con los mandatos desarrollados anteriormente, el mostrarse
vulnerable entra en contradicción con el modelo hegemónico de masculinidad, por lo
que los varones ven limitadas las posibilidades de expresar emociones tales como
tristeza, frustración, miedo o inseguridad. El hecho de ocultarlas o reprimirlas no
implica que los varones no atraviesen estas emociones, sino que no se les
permite transitarlas libremente. El reprimir las emociones de forma continuada a
menudo pueden derivar en consumos problemáticos, auto-lesiones, suicidios,
enfermedades físicas y psicosociales, entre otras.
Por el contrario, las emociones que sí se les tienen permitidas demostrar
socialmente a los varones, es decir apatía, ira o enojo, usualmente se expresan a
través de la violencia hacia otras personas o sí mismos. Como señala Kaufmann, “al
perder el hilo de una amplia gama de necesidades y capacidades humanas, y al
reprimir nuestra necesidad de cuidar y nutrir, los hombres perdemos el sentido común
emotivo y la capacidad de cuidarnos”4
Es así que, previamente a ejercer violencias contra otras personas, los varones en
primer lugar se autoinflingen violencia al coaccionar sus propias conductas y
comportamientos de forma que estos respondan a los mandatos de la masculinidad.
Vemos, entonces, cómo la masculinidad hegemónica implica un factor de riesgo para

4
Kaufman, M (1997).
mujeres, niñeces y LGBTTI+, como así también para los propios varones. En muchos
casos, el ocultamiento de la fragilidad a cualquier costo, implica el despliegue de
diferentes formas de violencia, muchas de las cuales se dirigen hacia mujeres y
personas del colectivo LGBTT+, las cuales dentro de un sistema patriarcal se
encuentran en una desigualdad de poder. De esta forma, la violencia forma parte
inherente en la constitución de la masculinidad hegemónica. En este sentido, la
violencia termina siendo un medio y requisito para competir entre varones,
para mostrarse fuertes y activos, así como para demostrar que tienen poder
hacia dentro de los grupos.

Las consecuencias de reproducir los mandatos de la masculinidad hegemónica


podemos observarlas en los siguientes datos estadísticos: en la mayoría de los casos
los varones protagonizan las peleas, los homicidios y otros delitos (95%). También
representan la población que más muere en accidentes de tránsito (71%) y, además,
según el Instituto de Estudios Comparados en Ciencias Penales y Sociales (Inecip), son
quienes portan el 99% de las armas de fuego en Argentina.” 5

A pesar de que las estadísticas reflejan que los varones suelen tener actitudes
más agresivas que el resto de las personas con otras identidades de género, es
importante remarcar que la violencia no es algo natural ni una enfermedad. Es un
comportamiento aprendido en el marco de un sistema patriarcal e implica una
construcción colectiva, que puede usarse como recurso para afirmar o exigir el
reconocimiento de la identidad masculina por sobre las demás identidades de
género:

5
Datos disponibles en: <Armas de fuego, un dominio masculino – INECIP>. Estadísticas vitales.
Instituto de Estudios Comparados en Ciencias Penales y Sociales (2021).
s6
Del mismo modo, es importante comprender que para ejercer la violencia, así
como para sostener los mandatos, los varones a menudo requieren de la complicidad
de otros. En este sentido, la complicidad entre hombres se configura como un
código implícito entre pares, que se naturaliza a través del silencio cómplice ante
comentarios despectivos, la justificación de actos violentos, la minimización de
comportamientos machistas, entre otros, perpetuando la violencia de género.
Como se mencionó anteriormente, la masculinidad se practica, demuestra,
reconoce y consolida en los grupos de pares. Los varones están bajo el persistente
escrutinio de otros varones: se muestran y representan como varones frente a otros
varones, es allí donde se avalan y reproducen muchas de las prácticas más nocivas
para ellos y para sus relaciones sociales. Este proceso de legitimación está lleno de
peligros, riesgos de fracaso y una competencia intensa e imparable que hacen que el
miedo a quedar afuera del grupo de pares sea la emoción que moviliza cada gesto,
práctica, palabra.

6
Dirección de Promoción de Masculinidades para la Igualdad de Género. Ministerio de las Mujeres,
Políticas de Género y Diversidad Sexual de la Provincia de Buenos Aires (2022).
Los mandatos recientemente desarrollados, influyen en los diversos ámbitos
de la vida de los varones condicionando su accionar y a su vez naturalizando prácticas
que reproducen desigualdades y/o violencias.
A menudo, cuando se habla de “género” asociamos este concepto a las mujeres o
diversidades. Sin embargo, los varones, al igual que todas las personas, cuentan
con un género y, por lo tanto, también son sujetos de género. Rara vez a los
hombres cis heterosexuales tienen oportunidad de cuestionarse respecto a su género
o pensarse a si mismos como sujetos de género. Michel Kimmel (1997) plantea que
los hombres viven como si no tuvieran género, viven ignorando/negando los
privilegios que ser varones les otorga.7
Muchos de los privilegios del ser varón, forman parte de la organización de
nuestra sociedad, por lo que se encuentran naturalizados e incorporados a la
cotidianidad. Esto conlleva a que sea mucho más difícil cuestionarlos y
desnaturalizarlos.

7
Kimmel, M.S. (1997).
A la hora de competir por un puesto laboral, se prefiere siempre
a los varones, entre otras cosas, porque se supone que las mujeres o son
madres, o son potenciales madres, a pesar de la manifestación explícita de
no maternar. Nadie pregunta a los varones si planean ser padres en el futuro porque
eso no supone ningún impedimento para el trabajo.
En contraste, debido a los roles de género y la feminización de las profesiones,
para ciertos trabajos serán preferidas las mujeres: docente de educación inicial y
primaria, cuidador de NNyA o ancianos/as, servicio de limpieza, etc.
Las mujeres enfrentan mayores obstáculos para acceder a puestos de dirección y de
toma de decisiones en el mundo del trabajo, el empleo y la producción. Solo el 5,1% de
las mujeres ocupadas acceden a cargos de dirección o jefatura, mientras que el 8,4%
de los varones ocupan ese tipo de cargos. A su vez, las mujeres perciben ingresos que,
en promedio, son un 28,1% menores que los de los varones.8

La palabra de los varones suele tener más valor social: Aún en la


actualidad, en algunos ámbitos laborales, sociales y familiares, la palabra
del hombre adulto cisheterosexual es la que suele prevalecer por encima de
las demás voces al momento de tomar decisiones. Del mismo modo, a menudo, aún
hoy, en caso de existir posiciones enfrentadas sobre una temática suele generar “más
confianza” la perspectiva del varón por sobre la de la mujer, independientemente del
conocimiento que cada uno tenga sobre el tema. Cabe destacar también que, en
comparación, la palabra de las mujeres y diversidades tiene poco valor social, lo cual
puede ejemplificarse con los reiterados cuestionamientos que se realizan a las
denuncias radicadas por éstas.

La prevención de embarazos recae principalmente sobre las


mujeres. A nivel mundial existen más métodos anticonceptivos para
mujeres que para varones. En Argentina existe la ley 26130 que establece el
derecho a acceder a prácticas como “ligadura de trompas de Falopio” y
“ligadura de conductos deferentes o vasectomía” en el sistema de salud pública. No
obstante el 99,2% de las intervenciones quirúrgicas de anticoncepción son ligaduras
de trompas en mujeres. En el 2016 se hicieron solo 97 vasectomías contra 12.976

8
Observatorio de las violencias y desigualdades por razones de género (2022).
ligaduras de trompas, según los datos del Programa Nacional de Salud Sexual y
Procreación Responsable de la Argentina.

Paternidad no obligada: En nuestra sociedad, el abandono paterno y


materno son reprobados. Sin embargo, el abandono paterno, tanto parcial
como total, se encuentra mayormente naturalizado, sin que esto le cause
un gran costo social. Según el informe de Incumplimiento de la obligación alimentaria
de los Centros de Acceso a la Justicia (CAJ), el 85% de las familias monoparentales (los
hijos e hijas estén reconocidos/as legalmente por una única persona progenitora),
están a cargo de una mujer, las mujeres cuidan más horas por día que los varones, el
68% de los progenitores varones no convivientes incumple su responsabilidad
parental, etc.

Se pueden des-responsabilizar de las tareas reproductivas y de


cuidado, por lo tanto pueden dedicar su tiempo a trabajar, cuando la
mujer debe ocuparse de su trabajo formal y de las tareas de cuidado casi
exclusivamente. Si un hombre realiza tareas de cuidado es un aspecto a destacar y
exaltar como una cualidad.
En la Provincia de Buenos Aires, aproximadamente el 90% de las mujeres
realiza tareas domésticas y de cuidado no remuneradas y les dedican en promedio casi
7 horas diarias. En contraste, menos del 60% de los varones participa de estas
labores, a las que les dedican 3,6 horas diarias en promedio, esto es, la mitad del
tiempo que las mujeres.9

A diferencia de las mujeres, a quienes se les impone rígidamente el


mandato de la belleza, en los varones no es tan rígido. Si bien existe un
ideal de cómo debería ser un hombre, su valor social no pasa por la belleza
sino por su estatus socio-económico. Es por esto que, la gran mayoría, de los
productos de cuidados y belleza de la piel, dietas, tratamientos de cabello, etc. se
encuentran dirigidos hacia las mujeres, quienes por mandato social siempre deben
verse jóvenes y hermosas.
Si bien cada vez más varones y masculinidades utilizan dichos productos, el
imaginario que construye la idea de que el cuidado del cuerpo y la piel es algo
“femenino” afecta a los varones y masculinidades, ya que desestiman el cuidado de un

9
Ministerio de Hacienda y finanzas GPBA (2021)
órgano sensible, corriendo mayores riesgos de enfermedades.

Como desarrollamos anteriormente, los varones no ejercen violencia únicamente


sobre las mujeres, sino también sobre otros varones que están abajo de la jerarquía
que impone el sistema patriarcal. No todos los varones tienen el mismo estatus
social, sino que existe un orden vertical de relaciones de poder, el cual da
acceso o restringe posiciones, derechos, privilegios, obligaciones, el permiso
de ejercer determinadas costumbres sociales, etc. En este sentido, los varones
que más se acercan a los mandatos establecidos por la masculinidad hegemónica
tendrán un mayor prestigio que los varones que habitan masculinidades
subordinadas.

Incorporar el concepto de interseccionalidad, que abordamos en módulo


anterior, nos permite pensar las masculinidades atravesadas por otras estructuras de
poder como la clase social o la etnia. Por lo tanto, si bien la sociedad impone un
único modelo de “ser varón”, en la realidad hay tantas masculinidades como
varones en el mundo ya que está atravesada por los contextos sociales,
culturales, económicos y personales de cada persona.

A lo largo del módulo, vimos que los modelos socio-culturales que describimos no
son características innatas, sino que se fueron construyendo a lo largo de la
historia, y al ser construcciones socio-culturales también se pueden
deconstruir y transformar. En este sentido, la perspectiva de género es un
instrumento que nos permite repensar y problematizar la masculinidad.

Para ello es necesario que los hombres se reconozcan como sujetos de género. Los
mandatos sociales son invisibilizados y naturalizados, es decir que se piensan como
innatos y por lo tanto no se los pone en crítica. El reconocerlos como una construcción
social y cultural dentro de un esquema de géneros jerárquico, que produce y
reproduce desigualdades, da la oportunidad de poder cuestionar ciertas prácticas.

Por lo tanto, para prevenir la violencia, pero también los efectos negativos en la
salud de los varones debido a la represión de ciertas emociones, es necesario realizar
un trabajo colectivo de cuestionamiento hacia los mandatos de la masculinidad
hegemónica, pensar en nuevos modelos de masculinidad que busquen de forma
responsable la igualdad, dejando de lado ese ideal de varón basado en el poder, la
fuerza y la violencia, entre otras características.

Luego de leer este texto te invitamos a continuar explorando el módulo, así como
los distintos materiales obligatorios y complementarios que se encuentran en el
Programa del Curso. Finalmente, recuerda pasar por la sección actividades para
completar la primera actividad obligatoria del curso. Cualquier duda puedes
comunicarla en el foro de consulta correspondiente.

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